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Vie 20 Nov 2020 - 18:56
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when faith clouds reason

Entorno al año 1500

El pueblo costero de Bergeyonne lleva siglos viviendo de la pesca en alta mar.

Cuando el buen tiempo llega, los barcos arrian velas y se pierden en las aguas del Atlántico por un par de meses.
Generación tras generación, los curtidos marineros se despiden de sus famílias y dejan que el océano se convierta en su hogar.

Mecidos por las olas, dejan que el recuerdo del rostro de sus esposas, hijos e hijas, acunen su sueño con la promesa del dulce reencuentro y el apacible fuego del hogar en invierno. Cuando no se puede navegar, y uno disfruta de tierra firme.

︵‿︵‿︵‿︵‿︵

Pero no sólo de la pesca vive el hombre, aun cuando su comercio sea tan lucrativo para nuestra pequeña comunidad costera.

Es precisamente con el buen tiempo cuando llega el momento de hacerse cargo de la cosecha. Y los rebaños no aguardan a que ellos regresen, ni se conducen solos.

Las mujeres de esta comunidad están más que acostumbradas a trabajar juntas, sin la presencia de sus esposos.
A organizarse y a dirigir la vida del pueblo.

Eso han hecho siempre, y eso deben seguir haciendo.


Hasta el día en que un sacerdote de miras estrechas y fe recalcitrante llega hasta Bergeyonne, acompañado del joven monje que ha sido puesto bajo su custodia para finalizar su formación eclesiástica, antes de tomar los votos definitivos y ejercer, él también, como guarda y custodio de la fe, el decoro y la modestia. Como inquisidor.

Cual será la sorpresa del viajero al descubrir de qué modo se comportan estas mujeres. Descaradas, autosuficientes, decididas y sin la guía del varón.

Brujas, a todas luces.

¿De qué otro modo podrían ser llamadas? No ha de ser sino Lucifer quien las haya  henchído así de orgullo, llevándolas a olvidar el lugar que les corresponde.

Y, por supuesto, es tarea suya, de ambos inquisidores, poner fin a la herejía.



Dominique Gauthier
Inquisidor-Tobias Menzies-Mahariel

Marie-Madeleine Bescond
Mujer del capitán/¿bruja?-Caitriona Balfe/Myshella

Joanne Dubois
Hija de marinero/¿bruja?/Adelaine Klane/Mahariel

Léo Regnard
Sacerdote novel/ Eddie Redmayne/ Myshella

1x1  / Original

XIII





Cronología
Cruce de caminos
Innocence
De mujeres y remedios

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Última edición por Myshella el Sáb 24 Jul 2021 - 0:12, editado 2 veces



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Vie 27 Nov 2020 - 15:15
Capítulo I
Cruce de caminos

El día había amanecido despejado. Algunas nubes rasgaban el brillante color azul del cielo para perderse tras el horizonte. Los cantos de las aves se fundían con los árboles que crecían a ambos lados del camino. El coche de caballos traqueteaba sobre la tierra. Tiempo hacía que habían abandonado la seguridad de las calzadas. El lugar al que iban no era una ciudad; tampoco un enclave estratégico. Marchaban hacia un pueblo, que quizá sería más correcto denominar como aldea, ubicado en la costa, cerca de Normandía. El anterior párroco que guardaba la villa había fallecido y un joven cura ocuparía su lugar. Dominique iría con él para mostrarle el lugar, puesto que en otro tiempo había conocido bien la zona, y para instruirlo en los asuntos de la fe. El muchacho necesitaba disciplina, domar sus instintos y su corazón para alcanzar paz que se requería para dedicar su vida a la contemplación. Con algo de suerte, podrían separar sus caminos al cabo de unos meses, y Dominique podría volver a la ciudad.

El carruaje se detuvo ante un cruce de caminos. A un lado, abrazado por la maleza, se erguía un poste de una madera tan desgastada que sudaba serrín. El tiempo había devorado las letras de los carteles. El conductor del coche necesitó un momento para intuir qué letras había donde ya solo quedaban manchas de humedad. Tras unos instantes, el caballo retomó la marcha. Dejaron atrás el cruce, el poste y la placa de madera que les indicó el camino.

A Bergeyonne.

Los acompañó el calor de la primavera. Conforme se acercaban a su destino, el olor del salitre, de las olas rompiéndose contra la costa, de la arena que se llevaba la brisa marina hacia el interior de la tierra, se mezcló con el de las flores y la madera de los árboles. El muchacho, Léo, fue el primero en ver el mar. Dominique se asomó por la ventana para avistar el horizonte. Las casitas se apiñaban sobre la irregular orografía del lugar y, de fondo, un telón azul oscuro las hacía resaltar sobre todo lo demás. El carro se adentró en el poblado. Pronto oyeron las voces de sus habitantes revueltas con el ruido de las ruedas. El sacerdote observó la aldea con cierta curiosidad, contagiado, quizá, del nerviosismo de su protegido, y saludó con discreción a las mujeres con las que cruzaba miradas. El vehículo se detuvo frente a la parroquia, pequeña, maltratada por el tiempo, pero cuidada por su guardián, y al abrir la puerta para salir  del carro lo deslumbró la luz del sol.

Bienvenido a tu nuevo hogar, chico — se giró para mirar a Léo, mientras a su alrededor se iban deteniendo los curiosos que habían esperado la llegada de su nuevo pastor.


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Sáb 28 Nov 2020 - 16:33
Capítulo I
Cruce de caminos

Amasaba el pan a golpe de fuerza, tiznada la cara de harina, mientras Áurelie sostenía a su lado una jarra de agua tébia, para ir añadiendo a la masa, a orden de su madre.

Un poco más allá, frente al fuego que aún consumía las últimas llamas, retazos de la noche, sus dos hijos menores se entretenían con unos dados de madera.

No hacía mucho que Joanne había llegado, trayendo consigo una cesta de frutas.

-¿Ha ido tu madre a los lavaderos ya?-preguntó a su sobrina, cuando la vió aparecer.

Claro que sí. Era sábado, y habían dejado las tareas del campo para el día siguiente, antes de que tocaran las campanas.

No era lo habitual, pero suponía que no tardarían mucho en tener visita y era menester estar preparadas.

Para lo que pudiera ser.

Por más que se esforzara, Márie-Madaleine no recordaba haber visto otro párroco en Begeyonne. Antes del padre Basile, quería decir.

Ella era posiblemente una chiquilla cuando el hombre llegó.

Y, la verdad, le costó muy poco hacerse a la vida de ese pueblecillo, junto a la costa, que se hizo tan suyo. Encajó allí a la perfección, alzándose en custodio de aquel grupo de mujeres cuando el buen tiempo llegaba.

Aún les costaba a todas creer que llevara muerto casi un mes. ¡Y de un modo tan inesperado, tan precipitado!

Un mes...tanto ya. Y, sin embargo, tan poco.

  Tanto, justo por esto; porque aún esperaba verle aparecer con ese sombrero suyo de paja, enorme. Las mangas arremangadas hasta el codo, y la hoz en la mano. Más que dispuesto a ayudar a sus feligresas en las tareas diarias.

A él no le importaba si las campanas de la iglesia llamaban antes o después, si sonaban en domingo o en lunes, o cuando fuera. Sabía de sobras que aquí, lo importante, era lograr sacar adelante la cosecha.

   Tan poco porque, esos días resultaban insuficientes para avisar al párroco vecino -ir hasta allá ya llevaba medio día de camino-que él diera la desdichada nueva  a la diócesis, que el obispo la recibiera, que designara sucesor, y...esas cosas.

A saber a quién les enviaban ahora.

Y esto, a medida que el pan iba tomando forma y estaba listo para ser horneado, era lo que rondaba insistentemente la mente de Márie-Madeleine.

Porque en ocasiones olvidaban las peculiaridades de su comunidad.

-Sólo espero que no sea un completo inútil, y sepa arremangarse como su antecesor-soltó, sin venir a cuento.

Y, en cambio, estaba segura de que la joven la había entendido.

Luego alzó a la pequeña Harmonie, tomándola del brazo, y la condujo hasta donde se había quedado Joanne.

-Ayúdala a acicalarse un poco, mientras me limpio yo-le pidió a su ahijada.

Joanne era hija de su hermana mayor. Ella era algo más joven de lo que era por aquellos dias la propia Joanne, cuando nació.

Por eso mismo pareció una idea de lo más bonita a sus hermanos que la menor de la casa fuera madrina de la niña.

Quizá por eso suele pasar tanto tiempo la muchacha bajo su techo como bajo el de sus padres.

Para cuando se había lavado la cara, peinado y recogido su mantilla, ya se oía rumor fuera.

Se encaminaron a la plaza.

Y, sí, efectivamente. Tal como ella temía, había llegado ese nuevo sacerdote.

O dos. Dos, porque ante sí tenía a dos hombres muy, muy dispares entre sí. Y no sabía cual de ellos era el que iba a quedarse.

Mientras el grupo iba cerrándose entorno a los viajeros -miradas curiosas, de mujeres y niños- fijó los iris en el mayor de los dos visitantes.

Ese rostro enjuto, esa expresión fría, esos labios finos, fijos en una mueca severa...

La mujer del capitán Bescond sintió un escalofrío recorrerle la espalda.


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Lun 30 Nov 2020 - 15:29
Capítulo I
Cruce de caminos

Joanne se dejó embriagar por el dulce perfume de la primavera. Los árboles frutales del huerto habían florecido, y de sus ramas se desprendían los pétalos que, mecidos por el viento, se enredaban en el césped. La época de lluvias había pasado y dejó tras de sí vida para los campos. Un poco más allá, tras los nudos de las raíces, fluía un río de agua limpia, clara, cristalina. Desde allí se escuchaban las conversaciones de las lavanderas.

La joven agarró un par de frutas y las dejó en el cesto de mimbre que había traído consigo. Suspiró profundamente el aroma del campo antes de alejarse de él. Las raíces de los árboles parecían querer detener su avance buscando los bajos de su falda.

— Ya ha empezado a hinchársele el vientre — comentó una mujer al tiempo que sacaba del cesto unas prendas de ropa —. Dentro de poco lo tendrá tan grande que no se podrá mover.

— Qué lástima — añadió la madre de Joanne —. ¿De cuánto está? Ya serán… — frunció el ceño. — ¿cuatro meses?

— Algo así — la lavandera sumergió sus ropas en el agua —. No creo que su marido esté aquí para verla parir.

Joanne cruzó el río por su estrechez y se inclinó sobre su madre para dejarle un beso en la sien antes de regresar al pueblo. La dejó charlando con las demás. Sintió un pellizco de tristeza al imaginar la situación de aquella muchacha. Dar a luz en soledad debía de ser terrible, pero era algo que, por desgracia, sucedía con cierta frecuencia, y las mujeres de la aldea habían aprendido a hacerse compañía. En ello pensó en su camino a casa. Poco después de cruzar el umbral de la puerta, la recibieron sus primos pequeños. Les revolvió el pelo, les besó las mejillas y fue a ver a su tía.

Sí, allí la he dejado, con Ludivine — dejó el cesto en la mesa y se sentó frente a ella —. Estaban hablando de la chica del molino, la que está embarazada — su tía siguió intentando doblegar la masa de pan —. Decían que su marido no estará aquí cuando dé a luz — hizo una pausa y suspiró —. Al menos tendrá al nuevo cura para su bautismo.

Joanne sonrió ante el comentario de su tía y se encogió de hombros. No es que hubiese tenido la oportunidad de conocer a muchos seminaristas a lo largo de su vida, pero por el pueblo se comentaba que jamás habría un párroco igual al que habían tenido durante tantos años. Bergeyonne se había acostumbrado tanto a él que parecía imposible pensar en un reemplazo para su ausencia.

Ya veremos — replicó al tiempo que aupaba a la nena —. Tú descuida, va a estar preciosa.

La joven peinó los rebeldes cabellos de su niña, eligió junto a ella un vestido y la ayudó a ponérselo. Para cuando su tía hubo terminado de acicalarse ya había revivido la calle. Las mujeres se habían hecho a la plaza al oír la llegada de un carro tirado por caballos. Joanne salió con Harmonie en brazos y fueron hacia allá, donde se ubicaba la parroquia del pueblo. Se acercó hacia el carruaje, lo observó con prudencia. De él descendieron dos hombres, ambos con ropajes oscuros y zapatos brillantes. La muchacha no pudo evitar fijarse en el que bajó segundo del carro. Era un zagal joven, no mucho mayor que ella, de piel blanca, repleta de pequeñas motas de sol.

¿Es ése el nuevo cura? — le susurró a su tía.


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Miér 2 Dic 2020 - 18:48
Capítulo I
Cruce de caminos

El mar.
El olor dulzón que se colaba por la ventanilla tallada en ese carruaje, y que tuvo la virtud de atraerle, de tal modo que ya no fue capaz de apartar la vista de esa inmensidad azul.

Léo no había visto nunca el mar.
O, al menos, no lo recordaba.
Porque había nacido justo al otro lado, en la costa de Marseille.
Pero era tan, tan pequeño cuando le llevaron al monasterio para que fuera educado allí, destinado como estaba a servir a Nuestro Señor, que no tenía conciencia de haberlo visto nunca antes.

O…algo parecido.

Porque aun cuando la imagen le resultara tremendamente nueva y maravillosa, había algo en ese olor a sal que tenía la virtud de arrullar su corazón. Algo familiar. Un recuerdo enterrado en el subconsciente, quizá.

De hecho, el joven habría asegurado, sin faltar a la verdad, que su destino no alcanzaría jamás a ir más allá de sus muros. A lo sumo, viajaría a otros monasterios cuando se le encomendara hacer copia de algún manuscrito de valor.

Porque a pesar de contar con la ayuda inestimable de ese nuevo invento, la imprenta, el trabajo artesanal en estas obras de arte no podía ser comparado, claro. Y algunos, como él mismo, tenían una caligrafía y una paciencia con las iluminaciones más que codiciadas.

Sin embargo, su inteligencia le llevaba a destacar. Y el abad pronto accedió al reclamo que la Santa Sede, alentada por el obispado, le elevaba.

Así, se había visto puesto bajo la tutela del padre Dominique, con quien llevaba año y medio, aproximadamente.

¿No era, entonces, aún muy pronto para encomendarle su propia parroquia?

De haberle preguntado a él, habría afirmado que sin duda alguna.

Claro que no se lo preguntaron, y ya se había hecho a la idea.
A fin de cuentas, resultaba esperanzador e ilusionante. ¡Tendría oportunidad de ayudar, de verdad, a un grupo de gentes, en su vida y en su salvación!

Llegaron al grupo de casitas, sin que el joven interrumpiera en momento alguno a su mentor.

Bajó del coche justo tras el mayor, y se colocó bien la capa, ciñéndola con destreza. Se sentía observado.

No era para menos. Entorno a ellos, cuidadosa y tímidamente, diría el joven sacerdote, se congregaba un grupo de mujeres y criaturas.

-Mi nuevo hogar…-recogió al vuelo, volteando lentamente sobre sí, procurando abarcarlo todo con esa mirada curiosa que le caracterizaba.

Sus feligreses. ¿Estaría él a la altura?

Domique estaba plantado justo en el centro de aquella congregación. Con ese porte decidido y severo suyo. Mentón alto, mirada imperturbable.

Él, se mantuvo a su espalda. Como un ratoncillo que aguarda. Fue atendiendo a cada una de las miradas con las que podía cruzarse. Quería impregnarse de esas primeras impresiones. Ver, después, si la sensación que le transmitiera el rostro de una u otro se correspondía con lo que, de ellos, llegaría a conocer.

Sin embargo…¿eran todas las adultas mujeres? Quizá ellos estaban en la jornada, a saber. Ya se lo explicarían.
Le llamó la antención una mirada en concreto. Primero. La de una mujer que parecía preocupada. Incluso algo desafiante.

Y, justo tras ella, se encontró absorto en otra mirada. Una muy distinta. La de una joven de edad similar a la de él, que permanecía cerca de esta, y que llevaba en brazos a una chiquilla.
Una muchacha de rostro dulce e iris avellana.

Al rato, lo que le pareció un tiempo poco prudente, apartó la mirada.


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Lun 21 Dic 2020 - 15:40
Capítulo I
Cruce de caminos

Bergeyonne se arremolinó en torno a la pequeña plaza del pueblo. Unos niños se perdieron entre los callejones que nacían del centro de la aldea para avisar a sus mayores de que al fin habían llegado los párrocos que habían estado esperando. Dominique sonrió, disfrutando del sol, de la brisa marina y del suelo firme bajo sus pies. Se tomó unos momentos para situarse. Miró a su alrededor y le pareció hermosa la vista del pueblo que tenía frente a él, de colores desvaídos, pero cálidos; arquitectura irregular, primaria y funcional; de gentes curiosas y de rostros amables.

Dominique se giró hacia la cabina del conductor. Intercambió con él un par de directrices sobre el camino y el tiempo que estarían allí. Le dio las gracias por el trayecto y se despidió de él estrechándole la mano. Entonces, abrió de nuevo la puerta del carruaje para inclinarse sobre los equipajes que habían colocado bajo sus asientos durante el viaje.

Léo — lo llamó, pero no obtuvo respuesta. Sacó su maleta, se la dejó a sus pies —. ¿Léo? — entonces, se giró. El muchacho estaba a apenas unos metros de su mentor, pero no era capaz de alcanzarlo con su voz. Dominique siguió su mirada y encontró el motivo de su distracción. Una jovencita había llamado su atención. El párroco arqueó las cejas. Después, dejó caer la maleta del joven a sus pies, despertándolo así de su ensimismamiento. — Ayúdame con esto.

Cuando sacaron sus enseres personales del carruaje, el conductor asió las riendas y se marchó por donde había venido. En lo que tardaron en hacerse con sus pertenencias se llenó la plaza. Dominique echó un rápido vistazo a las figuras que los rodeaban y frunció el ceño al ver que solo había mujeres y niños en la plaza. Una de ellas, de cabellos oscuros y gesto adusto, le devolvía la mirada. Le hizo un gesto a su protegido y se aproximaron a ella.

Es un placer conocerlas — saludó a las mujeres de su alrededor, las tomó de las manos y les sonrió discretamente —. Mi nombre es Dominique Gauthier, y este joven que me acompaña — hizo un gesto en su dirección — es Léo Regnard. Nuestro Señor nos ha enviado a este lugar para ofrecerles nuestra ayuda ahora que Don Bernard ha fallecido —. Miró a la mujer de gesto serio y se dirigió a ella —. Discúlpeme, señora, pero ¿no sabría usted dónde podríamos encontrar al alguacil? — inquirió con tono amable, ofreciéndole su mano. — Querríamos hablar con él sobre los pormenores de nuestra estancia en esta aldea.

Dominique comprendía que la misiva con las noticias de su llegada no era demasiado concreta, pero sí cabría esperar un recibimiento oficial por parte de las autoridades del poblado. Al fin y al cabo, la llegada de un nuevo guía espiritual a una aldea no era algo que suciediese todos los días, y los curas tendrían que hablar necesariamente con las gentes de Bergeyonne para conocer las dinámicas que los altos mandos de la ciudad desconocían.


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Miér 23 Dic 2020 - 23:00
Capítulo I
Cruce de caminos

Marie Madeleine no había apartado la mirada del severo mentón del hombre mayor, el que claramente disponía de posición privilegiada con respecto al otro.

-Esperemos que no-respondió, entonces, a Joanne.

Fue al volverse a mirarla, a ella, a su sobrina, y encontrarla ensimismada al frente, cuando siguió el camino de los iris jóvenes y se dio cuenta de que observaba al otro.

Al muchacho pecoso y pelirrojo, de aspecto tímido y menor edad de la que una desearía que tuviera alguien condenado ya a la soledad.

-Ah, ese…-murmuró, entre divertida y prudente.
Divertida primero, porque no había visto antes ese mirada encandilada en su sobrina.
Y más que prudente, directamente exaltada cuando se dio cuenta de lo que tenía delante.

De un manotón en el brazo de la joven, devolvió su atención-o eso pretendía-a ella y la niña.

-Deja de mirarle-le espetó- o te envío con tu madre ahora mismo.
No habría tenido tiempo de cumplir la amenaza.

Para cuando la había proferido, los pasos a son de golpe de bota anunciaron que eran ellas el objetivo al que ese mayor se dirigía.

Marie Madeleine alzó de nuevo el mentón; tomó aire y aguardó la llegada del hombre.

Para entonces, la posición del muchacho había vuelto al lugar que ocupara al principio, nada más bajar de ese carruaje: no le prestaba atención alguna.

-Bienvenido, padre-respondió. La respuesta correcta, la respuesta debida. Sin un ápice de emoción en ella.-soy la señora Bescond.

Convenía dejar clara su condición de casada. Lo sabía.

-¿Es usted el sustituto del padre Basile?

Basile Bérnard. El párroco. El amigo. Esa persona que, lejos de reprochar nada, se arremangaba las mangas y se tiznaba el rostro de tierra cuando era preciso.

Para cuando ella formulaba una pregunta, el hombre la respondía ya, en otra.

Estaban condenados a no entenderse, puesto que se sobreponían las palabras de una y otro. O a complementarse, puesto que se contestaban, al fin.

Qué…sorpresa fue oírle decir que el sacerdote destinado era el otro.

Diría mejor qué alivio, la esposa del marinero. Porque lo era, en si.

Ella que se guiaba por los impulsos del corazón; ella que sabía, con esa sabiduría heredada de las madres y las abuelas, que el primer pálpito tiene la costumbre de no engañarnos, suspiró aligerada cuando supo que sería el muchacho pecoso quien se quedaría con ellas.

Entonces, la juventud excesiva se tornó virtud. El tiempo jugaba a su favor; podrían moldearlo con arreglo a sus particulares necesidades, las de Bergeyonne.

Por eso, quizá justo por eso, respondió antes de lo que habría debido. Antes de medir sus siguientes palabras.
-Oh, no va a ser eso posible, padre Gauthier. No hay aquí ningún hombre que pueda recibirles. Esa, en ausencia de mi marido, es tarea mía. Ellos regresarán en un par de meses. Cuando acabe la estación de la pesca en alta mar.

Se mordió los labios nada más acabar.

No ha sido esta una intervención inteligente, Marie Madeleine.
Aunque…¿y porqué no, si aquella era su realidad? Le gustara o no al tal Dominique.

-Yo me encargaré de guiarle a su nueva casa. Sígame.

Tan empeñada en cumplir con su papel de cabeza de família, a nivel de pueblo, andaba, que olvidó asegurar que Joanne permanecía antenta a ella.


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Jue 31 Dic 2020 - 11:09
Capítulo I
Cruce de caminos

La llegada de aquellos hombres despertó la curiosidad de Joanne. La costumbre de ver siempre a las mismas gentes por los caminos de Bergeyonne hizo que los nuevos rostros resaltasen sobremanera sobre todo lo demás. La joven creía que la Iglesia les mandaría un sustituto hecho a imagen y semejanza del párroco que había cuidado anteriormente de la aldea, pero los hombres que bajaron del carro distaban mucho, en fondo y forma, de lo que Joanne había podido imaginar. Se sorprendió a sí misma escudriñando los gestos del muchacho de piel manchada y, cuando su tía le llamó la atención, bajó la mirada, súbitamente avergonzada por su falta de cuidado. Al fin y al cabo, todos los hombres habían sido alguna vez jóvenes, incluso los que consagraban su vida a la fe.

Devolvió su atención, pues, al mayor de los ministros del Señor. Le pareció, así, de primeras, un hombre amable, de impecables modales, aunque gesto adusto, y le ofreció una sonrisa en respuesta a su presentación. Así fue como averiguó que el muchachito que lo acompañaba, y que hasta entonces no había pronunciado palabra, se llamaba Léo, y Joanne pensó que era un nombre bonito.

Encantada — inclinó ligeramente la cabeza en señal de respeto, puesto que, al tener a la niña en brazos, no podía saludarlos de otra manera. Después, se mantuvo en silencio, dejando a los adultos conversar, tal y como su madre había tenido a bien enseñarle. Cuando su tía explicó al padre Gauthier la ausencia de hombres en el poblado, Joanne pudo apreciar cómo se torció el gesto del párroco, tintado de confusión. Para ellos sería extraño, claro, pero para ella la falta de los varones se le hacía tan natural como la caída de las hojas a la llegada del otoño.

Hola — Harmonie, que hasta entonces había estado acurrucada en los brazos de Joanne, sacó uno de sus bracitos para saludar a los hombres. Como a su madrina, le llamó la atención el más joven de los dos. La pequeña nunca había visto a nadie con los cabellos anaranjados —. Me llamo Harmonie — Joanne le deó un beso en el pelo y la pequeña sonrió.

Yo soy Joanne — se presentó ella ante el joven pelirrojo, y la voz le salió casi en un murmullo, para no molestar a su tía, que ya iba a mostrarle al señor Gauthier su nuevo hogar —. Será mejor que echemos a andar si no queremos perderlos — sonrió y siguió a los otros dos. Al cabo de unos momentos de silencio, preguntó — ¿Qué tal el viaje? ¿Venís desde muy lejos?


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Vie 1 Ene 2021 - 16:05
Capítulo I
Cruce de caminos

El sonido seco de la maleta cayendo al suelo devolvió la atención de Léo a donde la reclamaban; a su mentor.

-Sí, sí, claro-tartamudeó, enrojeciendo entonces.

Cargaba con la maleta, cuando, apresurando el paso, se encontró siguiendo a Dominique justo hasta donde se encontraba aquella joven.

Y se mantuvo así; dos pasos por detrás de él, callado y retraído, mientras el padre Gauthier y aquella mujer que decía apellidarse Bescond hablaban de él como si no estuviera presente.

De hecho, incluso estiró de su capucha, para cubrirse, retraído, parte del rostro.

Posiblemente hubiera acabado apartando la mirada nuevamente, indeciso e inseguro, de no ser porque la pequeña que aupaba Joanne reclamó atención.

Y, desde luego, a él le faltó tiempo para sonreír, amable, entonces.
Echó la capucha atrás de vuelta, para asir la mano que le tendía esa niña y permitir a la pequeña verle los ojos.

-Yo, Léo-le repitió, aunque su maestro le hubiera presentado ante las mujeres.

A quien dedicó entonces una sonrisa tímida, cuando también se presentó, fue a la joven que llevaba a la niña en brazos.

Joanne.

Pensó que era un nombre bonito.

No es que no lo hubiera oído antes. Pero, de pronto, sonó más melodioso.

A la observación de ella, volvió la mirada a los dos mayores, y asintió.

Se alejaban sin esperarles.

-Eso parece-confirmó, ladeando un poco la cabeza.

Y echó a andar, junto a la joven y la niña, cargando con su maleta.

-Desde Limouges-respondió. Y detuvo el paso un momento, preguntándose si sabría Joanne a qué distancia estaba eso. Porque él, antes de emprender el viaje, no tenía idea- a unos diez días de viaje.

Miró a la niña. La inocencia brillaba en sus iris, y hubiera podido asegurar Léo entonces que resultaba evidente que era feliz. Una infancia feliz era un tesoro. Lo sabía. Justo porque él no había gozado de esa riqueza.

-Puedo llevarla yo-se ofreció-si quieres. ¿Joanne es tu hermana mayor, Harmonie?-preguntó, dirigiéndose entonces a la chiquilla.


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Lun 18 Ene 2021 - 18:55
Capítulo I
Cruce de caminos

Con el mediodía cayeron los rayos del sol sobre la plaza. Su luz deslumbraba al reflejarse en las fachadas de los edificios más claros. El padre Gauthier frunció el ceño, cegado por el día, con la vista acostumbrada a la penumbra del carro que ya se había marchado, y cuando la mujer le respondió, la miró, perplejo. Le llevó un momento comprender sus palabras. Cuando lo hizo, suavizó su gesto.

Oh — musitó, arqueando las cejas, apartando la mirada de la mujer para que la luz que se reflejaba tras ella dejase de molestarlo —. Ya veo. Qué curioso — se hizo entre ellos un breve silencio —. Gracias, señora Besconde.

— ¿De dónde viene usted, padre? — le preguntó otra mujer, de piel más oscura y cabellos cobrizos, dorados por el sol.

De la ciudad — respondió con voz amable —. De Lyon.

— Oh, ¿de verdad? — le brillaron los ojos. — ¡Qué distinto tiene que ser aquello de nuestra aldea!

Dominique asintió y respondió a las preguntas que le fueron haciendo las muchachas que lo habían saludado. En un momento dado, la señora Bescond tuvo a bien terminar con aquel interrogatorio para mostrar a los nuevos párrocos la que sería su residencia. La siguió, pues, cuando echó a andar, cargando con su equipaje. Tuvo la oportunidad de ver algo más de Bergeyonne. Los terrenos sobre los que se asentaban los caminos eran ligeramente irregulares. Sencillos, claro, nada que ver con las calzadas de las ciudades que Dominique había visitado.

¿Es usted la esposa del alguacil, entonces? — le preguntó para continuar con la conversación que se habían dejado en el corazón del pueblo. El párroco creyó que de su marido tendría que haber aprendido cómo gobernar el pueblo. — ¿Cómo se organizan mientras dura la temporada? — inquirió con genuina curiosidad —. Debe de ser difícil soportar una ausencia tan prolongada, aunque… — miró a su alrededor — veo que cuidan bien de su pueblo, ¿no es así?


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Mar 19 Ene 2021 - 18:26
Capítulo I
Cruce de caminos

Si había tomado la delantera y emprendido camino cuanto antes era justamente porque desconfiaba de aquel hombre, y pretendía centrar la atención del párroco mayor en ella. Alejarlo, de momento, de las demás.

Marie Madeleine era consciente de que ellas constituían una comunidad singular. Tanto, como de que las más jóvenes, especialmente, estaban tan acostumbradas a la rutina en la que habían crecido que podían no dase cuenta de lo extraño que era el día a día de Bergeyonne.

Pero por lo visto sus reflejos no habían sido suficientemente rápidos.

Varias de las mujeres congregadas en la plaza hablaban con el hombre llamado Dominique, e impedían que dejaran la plaza con tanta premura como ella deseaba.

Por eso carraspeó, les recordó que los recién llegados precisaban dejar sus pertenencias en su nuevo hogar, y las despachó, de modo más tajante que cortés.

Cuando echaron a andar, asintió a la pregunta que le hacían.

Esta vez, con más cuidado que cuando se refirió a los hombres del pueblo.

-Sí, lo soy. La esposa del alcalde; del alguacil-se corrigió. En realidad, no sabía cómo debía decirlo- verá, la comunidad en tierra viene a ser la del mar. Mi marido es el capitán del barco. Y el alcalde, en tierra.

Más o menos, eso era.

Lo que la cogió por sorpresa hasta el punto de llevarla a detener el paso y volverse a mirarle, con renovada curiosidad, fue la siguiente cuestión.

Esta…quizá expresada con mayor amabilidad de la que ella esperaba, en principio. La expresión de la mujer pasó de la ligera duda a un atisbo incluso de dulzura. Muy ligero, eso sí.

-Siempre es difícil aguardar el regreso de un esposo, de un hermano o incluso de un hijo, padre. Lo es. El miedo a que ocurra algo y no regresen, nos persigue cada día. Pero- tomo aire y prosiguió el camino, en esa ocasión aminorando el paso. Había dejado de llevarlos a la carrera.

-Pero precisamente porque les esperamos con anhelo, ponemos todo nuestro empeño en cuidar de su hogar. Para que, al regresar, las penurias de alta mar hayan merecido la pena.

Habían alcanzado una casa, justo en la encrucijada en la que se dividía en dos la callejuela por la que iban. Era una casita modesta, de piedra. La hiedra cubría la pared norte de la edificación,  y de la chimenea salía un hilito de humo que atestiguaba el cuidado que ellas habían tenido, encendiendo el hogar ya de mañana, en aquellos días, a la espera de que cuando el nuevo párroco llegara no se encontrara con una casa helada.

Marie Madeleine sacó la llave de la bolsita que colgaba en su cinto, y se la tendió a Dominique.
-Haga usted los honores.


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Dom 24 Ene 2021 - 18:56
Capítulo I
Cruce de caminos
Jóvenes como ella no tenían muchas oportunidades para viajar a otros lugares. Joanne solo conocía lo que entraba en las fronteras de su aldea. Lo demás le quedaba tan lejano que le resultaba ajeno. Bergeyonne era un pueblecito que había emergido de rocas escarpadas, aguas embravecidas y bosques lo suficientemente densos como para perderse en ellos. Los caminos eran ciertamente difíciles de transitar, debido a su falta de uso. Allí tenían todo lo que necesitaban, pero Joanne sintió cierta curiosidad cuando Léo mencionó su lugar de origen, del que solo conocía el nombre y quizá algún rumor más.

Algo me suena — replicó ella, pensativa, tratando de recordar algo sobre aquel sitio —. Debéis de estar muy cansados — Joanne jamás había tenido que embarcarse en un viaje de tantos días, pero se imaginó que no habrían sido capaces de conciliar un buen sueño en el pequeño carro que los había llevado hasta allí.

La muchacha aupó a Harmonie y la apoyó sobre su cadera. Cuando el párroco la vio, se le iluminó la cara, y fue entonces cuando Joanne pudo verlo sin aquel velo de tristeza que lo había cubierto hasta ese momento. Mientras su ahijada hablaba con él y le llamaba la atención, ella no pudo apartar los ojos de aquel hombre. Algo había en él que despertaba su curiosidad, y quizá alguna otra cosa más.

Quiso rechazar el ofrecimiento del cura, porque algo le decía que, de enterarse su tía, no le faltaría tiempo para buscar una buena vara de roble para aplicarle el correctivo correspondiente al hecho de haberse tomado esas confianzas con un enviado del Señor al que no conocía de nada, pero había algo en su mirada que la hizo dudar. Harmonie aprovechó sus zozobras para estirar los brazos en dirección al párroco, y, al final, no tuvo más remedio que entregársela, echando después un vistazo al frente para comprobar que su tía seguía, efectivamente, distraída.

Dejad que os ayude con vuestro equipaje — musitó, con el rubor en las mejillas, tomando de las manos de Léo una bolsa de viaje de tamaño reducido —. Gracias — murmuró, esbozando una sonrisa cómplice en su rostro antes de seguir andando.

Ño — respondió Harmonie, acurrucándose en los brazos ajenos, alzando las manitas al mentón del muchacho, mirándolo con curiosidad —. Es mi tita. La tita Joanne — añadió, como si fuera lo más obvio del mundo.

Soy su madrina — casi todas las mujeres del pueblo marcharon alrededor de los otros dos, por lo que ellos quedaron rezagados, casi invisibles a ojos de los demás, absortos en sus propias conversaciones —. Es la hija de mi tía, la señora Besconde — con un gesto, señaló al lugar donde tendría que haber estado su tía, perdida en la multitud. Tras un suspiro, agregó —. Pero es como si fuese mía.


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Mar 26 Ene 2021 - 17:19
Capítulo I
Cruce de caminos

Recogió a la chiquilla, en brazos, al tiempo en que le corregían en cuanto al parentesco que las unía.
-Oh-añadió Léo-entonces, ¿eres tú la hermana mayor, en tu casa?

Mientras recogía a la niña, intentaba responder a Joanne que no era necesario que le ayudara con su equipaje; que tampoco es que su maleta pesara tanto. Podía sostener a Harmonie con un brazo, y asir el asa del equipaje con la contraria, la que servía de apoyo tan sólo. Si la niña se cogía de su cuello, cosa que ya había hecho, se veía plenamente capacitado para seguirlas.

Tampoco es que hubieran de recorrer millas; el pueblo era relativamente pequeño, ¿cierto?

Y en eso estaba, en un no es necesario, gracias, cuando Joanne se hizo con la otra bolsa; una menuda, que hubo de recoger de manos del párroco, y que provocó que el dorso de la de uno y la palma de la de la otra fueran a coincidir momentáneamente.

A Léo le hubiera parecido más que correcto retirar esa mano suya cuanto antes; pero, inconscientemente, tardó un par de segundos de más en deshacer el eventual contacto.

Por fortuna, no quedaba ya nadie entorno a ellos.

Unas se habían dispersado, para volver a los quehaceres que tuvieran previstos en aquel domingo sin misa.
Las otras, habían seguido a Marie Madeleine y el padre Dominique.

Léo miró un instante fugaz a Joanne y, una vez cada cual se hizo cargo de una parte de ese equipaje, continuó andando. Sin mucha prisa. Dirigiéndose de nuevo a la niña, aun cuando esperara respuesta de la joven.

-¿Y cómo era el anterior párroco? Seguro que sabía muchas más cosas que yo. ¿Os enseñaba a leer?

Veía, al fondo de esa calle, así, aún semiocultos por las últimas feligresas que se habían posicionado tras ellos, a los dos adultos que les precedían. La esposa del capitán  y su mentor.

Parecían estar abriendo la puerta de una casa en concreto.

-¿Ahí voy a vivir?


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Sáb 30 Ene 2021 - 21:16
Capítulo I
Cruce de caminos
La comitiva alcanzó el que sería el nuevo hogar de los párrocos que habían llegado a Bergeyonne. Marie Madeleine se detuvo ante una casa de dos plantas y muros de roca, abrazados por la naturaleza que les crecía alrededor. Sacó del bolsillo una llave gruesa y pesada, oscurecida por los años, pulida por el uso. La cerradura se abrió con un chasquido. La madera gimió al ser empujada por la señora Besconde, que se reprendió a sí misma por no haberse acordado de engrasar las bisagras. El interior de la vivienda olía a la leña que habían apilado en la entrada. La casa los recibió con el suave calor de las brasas que quedaron preparadas desde por la mañana.

Cuando Joanne se dio cuenta de que ya habían llegado a su destino, soltó el equipaje del más joven de los curas, y le pidió que le devolviese a su ahijada. La pequeña se despidió de él desde los brazos de su madrina. Marie Madeleine no llegó a ver aquel intercambio, puesto que estaba en el interior de la vivienda, enseñando el lugar al otro visitante. A Dominique lo sorprendió el hecho de que una casa tan pequeña pudiese estar tan bien equipada. Allá donde mirase encontraba orden, útiles, vestigios de la buena vida de otro hombre de fe.

Léo se despidió de Joanne y de la pequeña Harmonie. Cruzó el umbral de la puerta y tuvo la sensación de que aquella casita lo recibió como nadie nunca lo había hecho, y miró en derredor, memorizando cada detalle del único lugar que le había parecido capaz de ser algo parecido a un hogar. Mientras Dominique buscaba las estancias, él abría puertas. Una de ellas dio al exterior. El anterior inquilino había tenido a bien preparar un pequeño terreno para cultivar hortalizas cuando llegaba la época. Sin nadie que las regase, las plantas se habían mustiado y sus hojas caían arrugadas sobre la tierra. Quizá sería bueno retomar el proyecto de su antecesor y cuidar de aquel huerto, aunque, por lo pronto, tendría que ocuparse de ordenar sus pertenencias en el mobiliario pertinente.

El joven regresó al interior de su vivienda y corrió una cortina que caía sobre una ventana. A su través vio a Joanne, aún con Harmonie en brazos, reencontrarse con la señora Besconde, que se recolocó su pañuelo sobre los hombros antes de indicarle a su sobrina que ya era hora de marchar. Léo quedó mirando cómo se perdían entre las callejuelas de Bergeyonne. Antes de desaparecer, Joanne se giró para mirar en su dirección, pero no alcanzó a ver al párroco, puesto que el brillo del sol sobre los cristales los pintó de blanco.


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Dom 31 Ene 2021 - 20:20
Capítulo II
innocence

El lunes amaneció tímido, de un gris que quería dejar colarse al sol pero no llegaba a disipar las nubes.

Léo había seguido las instrucciones de Dominique en cuanto a instalarse en la casa concernía; había ocupado uno de los dos dormitorios del piso superior, y pensado quizá en que no tenía ni la más remota idea de en qué iba a ocupar el otro, cuando su mentor le dejara.

Por lo visto, y según  había tenido a bien comunicarle durante el desayuno que ambos compartieron, después de la oración de laudes, tampoco era aquella una preocupación que debiera quitarle el sueño precisamente.

El sacerdote de mayor rango pretendía alargar allí su estancia algo más de lo que originalmente había previsto.
Tal como argumentó mientras permanecieron en la mesa, si en efecto estaba aquella comunidad carente de varones en los meses cálidos, habría que asegurar muy bien su tarea allí.
Para guiarlas. Para organizar la comunidad y velar por ellas, pues, con mayor razón, se veía al frente de un grupo de mujeres que precisaban ser tuteladas. Debía convertirse en el indiscutible cabeza de família.

Y ambos sabían que si de algo andaba escaso Léo era precisamente de dotes de mando.

Para muestra, un botón. El joven sacerdote no se quejó en momento alguno, aunque bien pasó por su cabeza la certera idea de que, a fin de cuentas, el alma de las bergeyonnianas había sido puesta en sus manos, no en las del padre Dominique.

-Como vós consideréis prudente-se limitó a decir

Dominique habia dejado la mesa y la casa, con intención de pedir un informe más exhaustivo sobre las actividades diarias y las costumbres cristianas de esas feligresas. Así, dejando que fuera él quien se encargara de poner orden, marchó a dar con la casa de la señora Bescond.

El joven sacerdote lavó los dos servicios, colocó el crucifijo que habían traído con ellos en la pared central de la estancia, dejó algo de leña que mantuviera el hogar encendido, y salió también a la calle, con su cuadernillo en las manos.

Por un instante, había tomado camino de la capilla que aún no conocía.

Más entonces algo le detuvo. Repentinamente frenado su avance, llevó la vista al libro que sostenía. E, inmediatamente, el recuerdo de un rostro amable llegó nítido y claro hasta él.

Miró entorno, a esa actividad que ya debía llevar un buen rato ocupando a las habitantes de la aldea. Y sopesó, rostro alzado al cielo, cuánto tiempo estimaba él que podría permanecer su mentor discutiendo o conversando, según el ánimo, con la mujer del capitán.

Volteó sobre sí mismo, dejando la capilla para más tarde, y siguió al primer grupo de jóvenes atareadas con las que se cruzó. Allá donde el día empezara, debía encontrarse también Joanne, sin duda alguna.

La búsqueda podría haberle llevado un buen rato, teniendo en cuenta que no conocía aún nada entorno a él. Pero tuvo la suerte de dar con un grupito de chiquillos que jugaban.
Y sonrió, satisfecho, al descubrir unos ojitos brillantes que sí le eran ya familiares entre los presentes. Ahí estaba Harmonie, de la mano de otra niña mayor que ella.

-¡Harmonie!-la llamó, acercándose-estaba buscando a tu tía. ¿Puedes decirme dónde encontrarla?



Mañana · Calle de Bergeyonne · Joanne & Léo

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Última edición por Myshella el Jue 11 Feb 2021 - 16:48, editado 1 vez



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Mar 9 Feb 2021 - 17:29
Capítulo II
innocence
Conforme se aproximaba la época estival antes rayaba el alba el cielo nocturno de Bergeyonne. Aquel día la aldea había amanecido bajo un brillante tapiz blanco. A lo lejos, en el horizonte donde se perdía de vista el mar, se dibujaban trazos de oscuridad. La tormenta terminaría alcanzando al pueblo y convirtiendo sus calles en improvisados canales donde los niños dejaban barquitos hechos de ramas para verlos partir arrastrados por las corrientes. El agua levantaría del suelo el polvo y haría estallar las flores que estaban por salir en los alrededores. Llenaría entonces de color las colinas, los márgenes del río, las faldas de las montañas y las paredes de los acantilados.

Las mujeres de la aldea no temían a la tormenta. Su modesto pueblo costero se había enfrentado en un millar de ocasiones a los caprichos del tiempo, habían resistido a los días en los que se levantaban vientos que parecían capaces de arrancar los muros de las casas, y habían visto emerger del mar olas que podrían devorar arrastrar a sus hombres hacia las profundidades.

En las arenas de la playa, al lado de una roca, quedó abandonado un cesto. Unas huellas se hundieron en la arena seca, aquella que no alcanzaba la marea en las mañanas, y trazaron un camino hasta la orilla del mar. Joanne se recogió el cabello para que le dejase de molestar. El salitre se le pegó a las manos, a los codos y a los tobillos. La arena le manchó las manos mientras buscaba a los bivalbos enterrados en ella. Logró atrapar a uno que se le quiso escapar de entre los dedos. Cuando se incorporó vio que alguien la miraba desde la playa. Era aún temprano para que fuese a buscarla su tía. Estaría ocupada con otros menesteres. Joanne entrecerró los ojos y logró distinguir una túnica que ya sí le resultó familiar. Sonrió y alzó una mano.

¡Padre Regnard! — lo saludó desde la distancia antes de regresar a la orilla. — ¿Qué hace usted por aquí? — aquella alegría inesperada iluminó su rostro. — ¿Ha venido a dar un paseo por la playa?


Mañana · Playa · Joanne & Léo

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Jue 11 Feb 2021 - 17:05
Capítulo II
innocence

-En la playa, recogiendo bivalbos.-había respondido la niña-ya sabe, moluscos...

Esas cosas que reconocería bien cualquier criatura de la edad de Harmonie, criada en costa, y a las que el joven sacerdote había alzado las cejas, evidenciando su ignorancia y siendo presa de la risa infantil.

No le quedó otra a Léo que sonreír, divertido, y dejar que los niños se rieran de él y su educación de interior.

-Gracias-le respondió, uniendo las manos en gesto de pregaria ante sí, antes de alejarse y dejarles jugando de nuevo, como si allí no se hubiera detenido nadie.

Acabó de cruzar el pueblo, recorrió los campos que le separaban de la cala frente a la villa, y se detuvo sobre las rocas del acantilado, tanto para buscar el paso en la tierra que descendía hasta la arena, como porque podía ver destacar la figura femenina metida en esos primeros pasos de agua.

Bajó.

Volvió a pararse en la arena, antes de llegar al mar. Justo junto a la cesta que, soponía, había dejado a resguardo ella.

Aguardaba quizá a que se diera la vuelta, o a que alzara la vista del agua, pues no quería alarmarla con la presencia inesperada de un observador. Un momento adecuado para alzar la mano y saludar. Sin sobresaltos, a ser posible.

O quizá simplemente la observaba sin atreverse a abrir la boca.

Más pronto que tarde, fue ella quien le vio y el cura se encontró sonriéndole, algo cohibido y, al mismo tiempo, aliviado porque, al fin, no había sido él quien hablara en primer lugar.

Movió la cabeza un poco, pretendiendo indicar, al llevar el índice a su oído, que le costaba oírla, con el sonido de las olas.

Se quitó los zapatos, y los dejó con los de la joven.

Y se aventuró a entrar en el agua, caminando con algo de dificultad y evidente falta de costumbre, hasta donde estaba ella.

Los bajos de la túnica oscura pronto se bañaron, y Léo fue cayendo en la cuenta, a un par de pasos de Joanne, de que a poco que doblegara una sola vez la tela y la reenganchara en el cinturón, levantaba el bajo los centímetros necesarios para que el agua alzanzara sólo el dobladillo.

Mucho mejor.

-¿Puedo ayudaros?-le preguntó, al ver los...¿bivalvos? en su mano.-no, no paseaba. La verdad es que vuestra sobrina me envió aquí. Yo... quería hablaros de una cosa.

Que no dejaba de ser cierto; al menos, en parte.


Mañana · Playa · Joanne & Léo

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Sáb 27 Feb 2021 - 20:01
Capítulo II
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Las aguas del océano se divirtieron tratando de alcanzar los bajos de su falda. El aire que corría de un lado a otro de la costa le erizaba la piel que le había mojado el mar. En las proximidades de la orilla las olas dibujaban caminos de espuma. En uno de ellos, Joanne se encontró con Léo, y le ofreció su mano para guiarlo en lo irregular del terreno. A la joven le resultó extraña la presencia del párroco en la playa. Su predecesor solo pisaba la orilla a la marcha de los barcos, para bendecir las aguas y pedir por un buen viaje y un seguro regreso a casa, pero si algo le había quedado claro a Joanne desde el primer momento en el que vio al muchacho que tenía enfrente era que poco o nada se parecía al que había sido el guía espiritual de Bergeyonne hasta ese momento.

¿Sabéis lo que son? — inquirió con una sonrisa ante el gesto desconcertado del padre, cuyo rostro siempre parecía pintado de curiosidad. — Se llaman navajas. Crecen en la arena y las recogemos para cocinarlas al vapor — enjuagó una de ellas en el agua y se la mostró al pelirrojo —. ¿Las habéis probado alguna vez?

Quizá aquellos bivalbos así como estaban, llenos de arena y encerrados en sí mismos, no se le antojaban muy apetecibles, pero una vez cocinados eran un alimento tan bueno como otro cualquiera. En su modesto pueblo costero era el mar el que les proveía los alimentos, y no siempre tenían a su disposición carnes como las que seguro que el padre Regnárd habría probado en alguna ocasión. Mientras los hombres estuviesen fuera, las mujeres tenían que apañárselas con los que les daba la tierra, y hasta entonces no habían tenido un solo problema. Si Léo quería integrarse en su nuevo hogar, más le valía familiarizarse con las aguas que los rodeaban.

¿Mi sobrina? — frunció el ceño en un gesto de confusión que no se diluyó una vez que su interlocutor reveló el motivo de su visita. — Oh — murmuró, comprendiendo al fin que el padre no había acudido a la playa para admirar el paisaje que se dibujaba frente a ellos —. ¿De qué cosa?

En aquella ocasión, era ella la que hablaba con una cierta curiosidad, transformada en un nerviosismo que no estaba segura de saber disimular.


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Dom 28 Feb 2021 - 13:44
Capítulo II
innocence

No había casi acabado la frase cuando se topó con la mano tendida ofreciéndole ayuda, y a Léo, que además era algo patoso en lo que a costa se refería, se le iluminó el rostro en una sonrisa blanca, al tomarla.

Se dejó guiar unos pasos más adentro, en esas aguas cristalinas. Tomó la navaja que le ofrecían, repitiendo el nombre en voz alta, y la alzó ante sí, observándola.

-¿Navajas?-aún el gesto negativo con la cabeza y la expresión a medio tiznar de curiosidad con una pizca de divertimento ya servía de respuesta para Joanne-me temo que no podría haberlas reconocido.

Miró abajo, en el agua, indicando un molusco de distinto tipo de concha y forma.

-¿Y eso?-quiso saber- vaya párroco voy a ser, si no conozco el pueblo que me han encomendado.

Era el comentario sincero, pero no gris. Porque, de hecho, se sentía entonces extrañamente cómodo y tranquilo junto a la joven de Bergeyonne. Bastante más que en presencia de su mentor.

-Es del todo vergonzoso reconcer que nací en un pueblo de costa; aunque se me llev...me fuí-se corrigió sobre la marcha, aunque la primera oración habría resultado mucho más correcta-tan niño que apenas tengo recuerdos vagos. Y, por lo visto, un desconocimiento terrible al que poner remedio cuanto antes.

Alzó la vista al horizonte, tan azul, y hubo de cubrirse los ojos con la mano extendida, para tener algo de sombra que ayudara a ver más allá de la cálida luz.

-Es hermoso- dijo, admirado. Y se volvió de nuevo a Joanne, al percibir un cambio en el tono de su voz.

-Oh, no quería..¡.no quiero alarmaros! No se trata de nada grave, o al menos eso espero. Pensé...supongo- Léo tomó la mano de Joanne entre las suyas, volviéndola hacia arriba para depositar, de vuelta, la navaja en la palma de la joven. Tardó un instante, que dedicó a observarla, antes de darse cuenta  de que había dejado la frase a medias, recordar el hilo de lo que iba a decir, y proseguir-que el anterior párroco, el padre Basile, se encargaba de enseñar a leer y escribir a los niños del pueblo. Y me parece que cuanto antes retomemos esa tarea, mejor. Voy a necesitar ayuda, y pensé...pensé que quizá seríais tan amable de ayudarme, Joanne. Yo no les conozco, y puede que no quieran venir conmigo.

Ella era tan dulce que para cualquier chiquillo resultaría mucho más tranquilizador que ayudara como maestra. Y él, Léo, se convencía de ello ignorando deliberadamente que, en general, tampoco solía tener mayores problemas con los niños, precisamente por su aire tirando a inseguro. Que quizá quien precisaba de ese apoyo y de su presencia era más bien él.


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Sáb 13 Mar 2021 - 18:06
Capítulo II
innocence
Por fortuna, el padre no traía consigo más que buenas intenciones y una inocente curiosidad por las particularidades de Bergeyonne. A Joanne la alegró saber que Léo había nacido al amparo de las costas francesas, pero la sonrisa que dibujó el pensar en aquel frágil vínculo que los unía se apagó cuando el pelirrojo reveló que no le habían dejado tiempo de explorar su lugar de nacimiento.

Bien sabía la joven que la vida a orillas del mar no siempre era sencilla. Dependiendo de los recursos naturales que tuviese a su disposición el poblado, el día a día podía oscilar entre lo apacible y lo imposible, y no todas aquellas personas que acababan habitando las costas eran capaces de habituarse a ello. En alguna ocasión Joanne había conocido a extraños que por azares del destino habían terminado en Bergeyonne, y ninguno de ellos se había quedado, exceptuando, por supuesto, al padre Basile, y también supuso que a Léo.

En ello quedó pensando mientras se perdía en las líneas y los colores de su rostro. El sol le pintaba destellos cobrizos en el cabello, y a la joven le pareció que solo bajo esa luz y en ese instante de soledad tenía la oportunidad de ver a aquel muchacho como realmente era.

Me alegra que penséis así — lanzó una mirada al horizonte y suspiró —. Veréis que en un abrir y cerrar de ojos empezaréis a sentiros como en casa.

Tiñó sus palabras de esperanza, deseando con sinceridad que el padre Regnard hallase en aquel humilde lugar su propia felicidad, al igual que lo había hecho ella, y que aquello fuese suficiente para convertir la vieja casita en el centro de la aldea en el hogar de su pastor. Por alguna razón, aunque no había cruzado con él más que un par de palabras, tenía la sensación de que la apenaría en gran medida su marcha.

¡Oh! — cuando el muchacho reveló el motivo de su visita, Joanne sintió cómo las olas se llevaban su preocupación. — ¡Claro! Es una idea maravillosa. Me alegra mucho que queráis continuar con las enseñanzas del padre Basile. Estoy segura de que nuestros niños lo agradecerán — volvió a colocarse un mechón de pelo tras la oreja, luchando contra la brisa que se empeñaba en alborotar —. Y será para mí un placer ayudaros, claro, aunque no sé muy bien cómo podré hacerlo. Al fin y al cabo, yo tampoco sé escribir o leer, pero… — arrugó la nariz en una sonrisa. — Algo podremos hacer — hizo una breve pausa —. ¿Cuándo queréis empezar?


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Lun 15 Mar 2021 - 19:00
Capítulo II
innocence

En casa.
Estaba por asegurar que, en sonrisas como aquella-o quizás en aquella en particular-encontraría, en efecto, motivos suficientes para convertir Bergeyonne en su hogar.

En la calidez de sus gentes, se corrigió el pensamiento él solo.

O puede que en aquellas olas, que traían a su memoria recuerdos enterrados de una infancia, unos padres y unos hermanos a quienes, posiblemente, no volvería a ver.

En la amabilidad con que le recibían; seguramente, esa sensación reconfortante en el pecho también respondía a ese detalle. La rapidez con que Joanne aceptaba ser un vínculo entre él y los infantes del pueblo.

Alzó, sin embargo la mirada, y dibujó una expresión de sorpresa a apurada, algo avergonzado. De hecho, volvieron a encenderse sus mejillas.

¡Qué tonto! ¿La habría puesto en un compromiso?
¿Cómo olvidaba que muchas de aquellas muchachas no habían aprendido a leer, que si él sabía era justo por su condición de sacerdote?

-¿No sabéis?-aún preguntó, encogiéndose un poco, antes de dar con la solución más evidente-os enseñaré también a vos, Joanne.

Sí, eso era justamente lo que iban a hacer. Primero, darle unas nociones a ella, al menos para que no se descubriera ante los pequeños. Podría ir mejorando después.

Y ayudarle con la atención de los niños y niñas.

-No os quitaré mucho tiempo; se que las mañanas son para tareas más importantes-las que aseguraban la supervivencia de aquella comunidad-pero podemos dedicar dos horas, después de la comida, dos días a la semana.

Con los niños, claro.

-Quizá otros dos para que aprendáis vos. Quizá nos convenga empezar con esas lecciones, las vuestras, primero, y en un par de semanas recuperar a los chiquillos. Imagino que debería convocar también antes a sus madres, a la iglesia, y hablarles de ello, ¿verdad?

Sería lo mejor.

Sonreía, el sacerdote, satisfecho. Sí, era importante que por lo menos fueran capaces de escribir unas letras, si debían enviar una carta. O de llevar las cuentas correctamente, a futuro, cuando crecieran. Difícilmente se opondrían sus madres, si no les quitaba con ello tiempo de ayuda en casa.

E iba a, muy a su pesar, despedirse ya, puesto que se quedaba sin motivo aparente para seguir en la playa, metido en agua y en compañía de la joven. Pero justo en ese momento el viento tornó intenso y, al alzar la cabeza al cielo,
extrañado por un repentino rugido, nubes oscuras se apiñaron sobre sus cabezas, irrumpiendo de pronto en una agresiva descarga de lluvia intensa.

-¡Dios bendito!¿Se forman tormentas así, tan de pronto, habitualmente aquí?

Le habían dicho que sí…que la costa que daba al océano era mucho más impredecible que la del mar.


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Dom 4 Abr 2021 - 20:03
Capítulo II
innocence
Joanne había imaginado que la única ayuda que podría prestar al padre Régnard tendría que ver con conseguir que los niños acudieran a las lecciones, y estaba dispuesta a asistir al párroco en la ardua tarea de disciplinar a un puñado de chiquillos que jamás habían conocido cosa parecida a las escuelas que sí que había en otras partes más prósperas del país. Lo que no habría anticipado era que él la considerase apta para ayudarlo a enseñar a los niños a leer y a escribir cuando no tenía ni la más remota idea de cómo hacerlo. En cierto modo le resultó halagador que depositase en ella su fe de aquella manera. Fue entonces cuando le floreció en el rostro una sonrisa de las que uno no se puede zafar.

No tenéis que hacerlo — le salieron las palabras de los labios atropelladamente, y volvió a colocarse un rebelde mechón de pelo tras la oreja para tener una excusa para apartar brevemente la mirada del rostro ajeno. Parecía que, pese a sus palabras, Léo estaba dispuesto a educar a Joanne, y ella halló magnética su determinación. Para cuando volvió a alzar el mentón, de sus mejillas no se había caído un ligero rubor —. Dos horas, dos días a la semana — repitió, asintiendo —. Está bien.

La brisa que hasta entonces los había acompañado se convirtió en un viento intermitente, que luchaba contra las olas, arrancándoles de las coronas perlas de agua que terminaban rompiéndose en sus ropas.

Sí, sería lo mejor — replicó, teniendo los pensamientos junto a las mujeres del pueblo —. No creo que a ninguna de ellas les parezca mal que instruya usted a sus hijos, pero… yo hablaría con ellas antes de hacerlo, para explicarles la utilidad de lo que les queremos enseñar — al darse cuenta de la forma verbal empleada, Joanne enmudeció durante un instante, súbitamente cohibida —. Creo que no será difícil convencerlas.

Las sombras se extendieron por la superficie del mar, y las olas se convirtieron en remolinos, azuzados por un viento hecho ventisca. Sonó el rugido de los cielos abriéndose para romperse sobre ellos.

¡Ay! — se quejó Joanne cuando la alcanzó la lluvia, de gotas gruesas y frías que estallaban contra su piel. — Salgamos de aquí — le exclamó, encogida sobre sí misma, alzando la voz por encima del estruendo que los rodeaba.

Soltó los moluscos que sostenía y tomó la mano del párroco para guiarlo de regreso a la orilla, que se pintaba de la espuma blanca de unas olas enfurecidas. Lo ayudó a caminar sobre la arena, luchando contra las aguas, y se aproximó a la cesta donde reposaban los bivalvos que había recogido hasta entonces.

Será mejor que nos refugiemos por aquí hasta que pase la tormenta — los humores del océano jamás tenían una duración determinada, y la joven confiaba en que las nubes se marchasen antes de que se les hiciera encima la noche —. Por ahí hay unos salientes, podemos esperar allí a que amaine la lluvia — le contó ya dirigiéndose hacia los acantilados de Bergeyonne, entre los cuales se abrían cuevas que Joanne de sobra conocía.


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Jue 8 Abr 2021 - 13:41
Capítulo II
innocence
Convencer a las madres, calculaba el joven párroco, no tendría mayor dificultad que la confianza que depositaran en él. Sobre todo porque le habían dicho que el sacerdote anterior ya dedicaba algún tiempo a esa tarea, la de enseñar a leer, escribir y contar. Lo imprescindible, si esos niños y niñas eran el legado de Bergeyonne,  y de ellaos dependía la economía futura de la población.

De todos modos, la cuestión de cuando y cómo lo hablarían con ellas y acordarian un tiempo que no interfiriera en las tareas que los chiquillos hubieran de realizar para con sus famílias, quedó completamente relegada a un segundo plano cuando el estruendo anunciador estalló en gotones de lluvia tan grandes que uno los sentía chocar contra los hombros, y pensaba que iban a acabar por agujerearle como si de manteca se tratara.

Porque sí, por lo visto si...las tormentas llegaban fuertes y traicioneras a las costas de su nuevo hogar.

Cerró la mano entorno a la que le recogía, sintiéndose un poco crío dirigido. De hecho, pensó que seguro que aquellos que antes jugaban en la plaza tenían más recursos para encontrar refugio ante tal imprevisto que él.

Menos mal que estaba allá Joanne.

Tras ella, volvió a la arena, En el revuelo en que la joven recogió la cesta, él asió los zapatos de uno y otro, y los envolvió en su capa.

-¡Te sigo!- confirmó de voz y en gesto, afirmando con la cabeza.

Alcanzaron esos arrecifes y, entre las rocas, la apertura de una cueva, en la que entraron ambos precipitadamente.

Era un agujero de roca castaña, en el que algunas raíces hacían mella, delatando la presencia de altos árboles justo sobre sus cabezas, más allá del techo natural que entonces les cubría.
Amplia entorno a unos ocho pies, y suficientemente alta como para que se alzara aún unas veinte pulgadas por encima de sus cabezas, parecía un refugio más que aceptable, dada la furia que descargaban los cielos fuera.

Entre los resquicios de las rocas más bajas aparecían aún algunos rastrojos.

Dentro, Léo dejó, ante todo y en primer lugar, los zapatos pulcramente colocados a resguardo. Soltó la lazada de la capa, que extendió en el primer saliente que encontró y, con las manos, zarandeó el pelo rojo, achispado por la lluvia de tal modo que parecía que fuera a encenderse de verdad.

Se giró, de inmediato, a mirarla a ella.

-¡Santo Dios, Joanne!-exclamó. La lluvia se había llevado, sin que se diera cuenta, ese trato de vós consigo-¡estás empapada!-cualquiera diría que él no, cuando las gotas iban cayendo, una tras otra, sin tregua,a  sus pies.

Top. Top. Top.

En nada, el charco entorno a uno y otro era tal que Léo acabó por echarse a reír.

-Creo que nos va a hacer falta un fuego. Eso sí se hacerlo.



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Lun 26 Abr 2021 - 20:31
Capítulo II
innocence
Joanne y Léo desaparecieron en la orografía de los acantilados. Al interior de la cueva donde se refugiaron llegaban los ecos de las olas, los susurros de la marea, el incesante repiqueteo de la tormenta rompiéndose contra la piedra. Ante ellos, en el exterior, la lluvia formó un velo que ocultó la súbita oscuridad del océano tras de sí, y la muchacha suspiró, aliviada, cuando pudo recuperar el aliento.

Ay — se miró y se peinó los cabellos mojados con una mano para apartárselos del rostro —. Qué desastre — musitó, cohibida, tomando su melena para tratar de quitarle el agua que le sobraba.

Allí, en la cueva, Joanne pudo ver lo mucho que había cambiado su aspecto. Las ropas se le habían pegado al cuerpo, al igual que los cabellos, y así parecía quizá más delgada que de costumbre. Su imagen distaba mucho de aquella que debía ofrecer al sacerdote, pero lo cierto es que él tampoco tenía muy buen aspecto. La túnica se le había llenado de agua y tenía el pelo sobre la cara.

Su tía la habría regañado si hubiese sabido que se le escapaba la mirada hacia el cura, pero, como por fortuna o por desgracia allí no había nadie que los acompañara, tuvo que ser ella misma quien tratase de apartar la mirada.

Lamento que hayáis conocido así el tiempo de Bergeyonne — musitó, intentando ofrecerle una sonrisa —. Pero no os preocupéis por mí, de verdad, no tenéis que hacer nada — le aseguró, dándose cuenta de que se había encogido sobre sí misma para espantar el frío que amenazaba con erizarle la piel —. Además… — miró a su alrededor. — No creo que aquí haya material para hacer un fuego — escudriñó la oscuridad y después miró al sacerdote —, y... tampoco querría molestaros.

En ese instante, un trueno sacudió la caverna y Joanne se estremeció.


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Jue 29 Abr 2021 - 21:38
Capítulo II
innocence
La risa del sacerdote tenía ese matiz casi infantil del que gozan las cosas que no encierran malicia alguna, que responden tan sólo a un sencillo gusto por la vida y, sobre todo, la voluntad de ser de ayuda para con los demás.

Él se ofrecía a encender esa pequeña hoguera porque se sabía capaz y porque, viéndola encogerse sobre sí, era más que evidente que la joven necesitaba secarse.

Si se mantenían así de empapados hasta llegar al pueblo, ambos enfermarían. Y algunas de esas fiebres era suficientemente virulentas como para poner en jaque la vida de cualquiera. La salud a largo término, como poco.

Se habría acercado a frotar los brazos de Joanne, si eso hubiera servido de algo. Pero...pero el estado en que se encontraba él, más que ayudar, habría añadido agua.

-No parece que podamos salir de aquí en un rato, y desde luego que vamos a necesitar un punto de calor. Puedo, de verdad que sí-ratificó, tozudo.-confía en mí

Centró atención en arrancar algunas de esas raíces que pendían del techo, en recoger algunas matas de las que se colaban entre las grietas de la roca. Pequeños fragmentos, sí, pero secos, puesto que estaban a cubierto.

Un amasijo de hojas y raíces, de pequeñas ramitas o simplemente astillas, que reunió en un punto del centro de la cueva, apartado de la entrada.

Se sentó en el suelo, e inspiró, profundamente.
Con una piedra y una de las ramitas, empezó, paciente, a hacer girar el bastoncito hasta conseguir que saltara una chispa.
Recogió un puñado de ese amasijo de hojas secas, y las prendió. Luego sopló, aún más paciente, si cabía.


Con el mismo cuidado con que se ilumina una Bíblia en el scriptorium.

Cuando la llamita por fin prendió, pudo dar fuego al grupito de restos vegetales que había dispuesto.

-Nos servirá-afirmó, suficientemente satisfecho de su obra.

Pasó entonces la túnica sobre su cabeza, quitándosela. El sacerdote se quedó con los calzones puestos, buscando de donde tender esa túnica, de tal modo que algo de calor le fuera llegando.

Y, dado que estaba realmente empapada, de inmediato un hilito de vapor empezó a desprenderse de la prenda.

Se volvió a mirara Joanne, entre preocupado por el catarro inminente y ensimismado por el aspecto de la joven.

Porque pudiera ser que ella considerara que su aspecto era algo extraño, tan aferrados cabellos y ropas al cuerpo, pero  la figura se dibujaba, delgada y esbelta, y la melena oscura brillaba. Y a él le pareció tan hermosa que sintió arder las mejillas.

Entonces, el problema fue cómo darle algo de privacidad.

-Me sentaré de espaldas, a este lado del fuego-le dijo, dándose ya la vuelta, para encararse a la roca gris.-te recomiendo que hagas lo mismo que yo...la túnica se secará rápido, Joanne. No voy a volverme, y no querría por nada del mundo que enfermaras por mi causa. Porque ha sido culpa mía que te demoraras en la playa.

Era aún media mañana y, cuando más alto debiera empezar a estar el sol, más oscuridad sesgada por rayos y truenos se veía fuera.



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