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Sáb Nov 21, 2020 1:18 pm

Ci ha dato il cielo, e le chiare stelle
CON Marcus EN Saint-Trôpez A LAS 20:30h, 10 de agosto de 1999
El sol cada vez estaba más bajo y anaranjado, y a esas horas ya no le molestaba en los ojos. Ya casi a ninguna hora le quemaba la piel, porque después de un mes y medio en La Provenza, estaba bastante más morena de lo que solía ser su tono de piel, pero lo prefería a esa hora, porque era suave y agradable. Se revolvió en la arena, poniéndose boca abajo, con el pelo revuelto cayendo sobre su hombro derecho y su frente, alzando la mirada. Si algo podía mejorar la tranquilidad de estar allí era levantar los ojos y ver a Marcus en una de las tumbonas, sentado, todo formalito y, por supuesto, leyendo. Alargó una mano y le tocó el pie- Me quiero bañar antes de irnos a cenar- Apoyó el codo en la arena y se apoyó en su propia mano- Y creo que la tata Vivi está en otro plano astral y nuestros padres se han ido a pasear- dijo señalándola con la cabeza. Su tía estaba en otra tumbona, quieta como si fuera de mentira y los ojos ocultos tras unas grandes gafas. Arnold y William ahora eran como lapas, y Gal lo agradecía, porque su padre se distraía de veras y era lo más parecido a feliz cuando Arnold estaba con él.

La desgracia de todos los veranos de Gal era que, a pesar de tener ya sus cumplidos quince años, no la dejaban bañarse sola, porque no sabía nadar. Generalmente, si no estaban su padre o su tía con ella, no le dejaban meterse, pero últimamente habían asumido que Marcus era algo así como un adulto funcional, y eso había ido en detrimento de él y en favor de ella, porque ahora tenía a quien atormentar sin tapujos para que se bañara con ella- Aaaaanda Marcus, báñate conmigo, solo un ratito, que a esta hora son las mejores olas y luego se queda uno super agustito antes de meterse en la cama...- Se puso de rodillas sobre la arena, dispuesta a seguir dándole la lata a su amigo, cuando notó que algo le empujaba por la espalda y le tiraba de boca en la arena de nuevo- ¡Dylan! ¡Que me matas!- dijo riendo y tratando de quitarse al monito de su hermano de la espalda- ¿A que tú también te quieres bañar? Pero tú sabes nadar. A ti te dejan ¿Pero a que no es lo mismo sin tu hermana?- le preguntó, dándose la vuelta, dejando que cayera sobre ella y haciéndole cosquillas en los costados- ¡Pues a por Marcus!- Gal le quitó el libro de las manos y lo dejó de lado, porque sabía que si le pasaba algo al libro tenían las de perder. Dylan tiró de una mano y ella de otra, tirándole a él también boca abajo en la arena. Ella se tumbó sobre su espalda y Dylan sobre la de ella, haciéndola reír a carcajadas- ¡Parecemos un plato de tortitas!

-¡Alice! ¡Dylan! ¡Comportaos y dejad al pobre Marcus! Sois unos salvajes- les riñó su abuela desde donde estaba sentada- ¡En su mano está, memé! Si nos dice que nos vamos a bañar, nos quitamos de encima ¿A que sí, Dylan?- Su hermano asintió con la cabeza, y ella le transmitió a Marcus, que no le podía ver bien- Ha dicho que sí- Acarició su mejilla con la de Marcus, acercándose a su oído, traviesa- ¿Qué dices, O'Donnell? ¿Nos bañamos?

Merci Prouvaire!


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CON Alice EN SAINT-TRÔPEZ A LAS 20:30H, 10 de agosto de 1999
Llevaban allí varios días y se estaba muy muy bien. Francia no tenía nada que ver con Inglaterra en agosto, desde que conocía ese sitio le encantaba, ¿a quién no le iba a gustar? Eso sí, tomaba todas las precauciones posibles porque era muy blanquito y no quería llegar achicharrado a casa: se echaba crema solar treinta veces, procuraba estar lo máximo posible en la sombra y sabía cuáles eran las horas más peligrosas de sol en las que no deberían estar en la playa. Como siempre, Alice le desbarataba los esquemas y se las ingeniaba para tenerle metido en el agua cuando deberían estar recogiendo para irse, o sacar algún juego cuando tenía las manos manchadas de crema, o pedir que fuera a ver una concha súper bonita cuando acababa de asentarse bajo la sombrilla. Pero, ¿qué más daba? Si no le importaba en Hogwarts, no le iba a importar allí, que estaba súper relajadito.

Y como estaba tan relajado, en la serenidad y tranquilidad de una tumbona en una playa de la Provenza al atardecer, decidió que era un momento tan bueno como cualquier otro si no mejor para profundizar en los fundamentos de la oclumancia. Desde que tuviera el susto con el boggart en tercero había estado dándole vueltas a eso, pero ese año fue un poco convulso y con la mente alterada no se puede aprender una disciplina tan mental y tan compleja. Así que empezó a investigar en cuarto, pero las asignaturas le quitaban demasiado tiempo por lo que allí estaba, profundizando en vacaciones. Tenía tal estado de relajación que, quería pensar, el ejercicio de dejar la mente en blanco le sería fácil.

Si no fuera, claro, porque Alice estaba allí. Cuando le habló contestó con una voz adormilada y concentrada, sin mover los ojos de la lectura y con los labios casi cerrados. Ahora estoy leyendo. Marcus hablaba así cuando no quería desconcentrarse de la lectura, con una especie de murmullo de ultratumba, como si invirtiera la menor energía posible en eso para no desconcentrarse. Casi no se le entendía. Pero claro, Alice no sería Alice si no insistiera. Nnnmmomento. Marcus inventaba su propio idioma cuando estaba concentrado. Pero es que casi lo tenía. Casi... Casi...

Nada, así era imposible. El escenario era perfecto pero con los Gallia allí aprender oclumancia era una utopía. Suspiró con resignación y alzó la cabeza, pero antes de poder reaccionar Alice le quitó el libro de las manos. ¿Qué ha-NO NO NO NO NO NO. Tarde. Por más que intentó frenarse con los talones le habían pillado con la guardia demasiado baja, y cuando se quiso dar cuenta había dado de bruces en la arena. ¡Mis gafas! Que ya no sabía ni por qué las llevaba porque no hacía tanto sol. Pero quitárselas era otra de esas acciones que mermarían su concentración así que se las dejó puestas. Y ahora estaban rodando por la arena.

¡Pesáis mucho! Mentira, estaba seguro que entre los dos pesarían más o menos lo mismo que él y tampoco eso era tanto. Pero por poco que fuera se estaba clavando todos y cada uno de los granitos de arena que tenía bajo sí en el pecho. Intentó revolverse pero era inútil, aunque tenía que reconocer que escuchar las risas de aquellos dos, aunque tuviera ganas de matarles porque, ¡por Dios! ¡Su pelo lleno de arena! También le hacía gracia a él.

Intentó revolverse con un jadeo dificultoso bajo el peso de ambos solo para intentar sin éxito girar la cabeza en dirección a la abuela de Alice. ¡Señora Gallia, socorro! Se le escapó una risa e intentó mirar a Alice. ¡Me están torturando! Pero ya no colaba porque él también se estaba riendo. Miró de reojo a la chica cuando acarició su mejilla con la de ella, tremendamente cerca, con una sonrisilla de lado, y abrió los ojos. ¡Oh, ya te digo que nos bañamos! Tengo arena hasta en las pestañas, ¿no me voy a bañar? Se hizo el fastidiado, bufando y tratando de revolverse. Anda, quitaros de encima, que sí, que me baño. Esperó a que se quitasen y, con cansancio por el esfuerzo y el peso, se levantó y soltó un poco de aire.

Miró a Dylan con el ceño fruncido, jadeando un poco y con las manos en las caderas. ¿Sabes? Deberías aprender mejor con quien aliarte. Le dijo al chico. Porque... Y, antes de que pudiera reaccionar, agarró a su amiga por la cintura como si fuera un fardo y se la echó al hombro, saliendo corriendo en dirección al agua. Él ya era bastante más alto que ella y si había podido aguantar su peso y el de su hermano contra la arena, podía cargarla. ¡Tú eres el próximo, Dylan! Bramó mientras corría con Alice cargada al hombro como un saco de patatas, y tan pronto llegó al agua se lanzó, cayendo los dos dentro y soltándose por la propia caída. Sacó la cabeza del mar y, con una risa, se secó los ojos y bromeó. ¿Qué? ¿Contenta?
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CON Marcus EN Saint-Trôpez A LAS 20:30h, 10 de agosto de 1999
Gal rió y levantó la cabeza- ¡Oh! ¡Rastrero! Ya está chivándose a la abuela. Torturando dice, te vas a enterar- Se quitó de encima a Dylan, dejando que se levantara y preparando el ataque que le iba a hacer, cuando Marcus se adelantó. Tardó medio segundo en darse cuenta de que estaba en sus brazos y que iba cargando con ella- ¡Oye! ¡Eso no se vale! ¡Yo no puedo cogerte! ¡Esto es abuso de autoridad, futuro prefecto!- Miró desde su posición a su abuela y señaló al chico- ¡Para que veas, memé! ¡No puedes fiarte de este!- Pero estalló en carcajadas mientras Marcus caminaba con ella hacia el agua. Primero, porque se había salido con la suya, segundo porque le gustaba como sentía estar en brazos de Marcus- ¡Tened cuidado, por favor! No os vayáis a hacer daño- Dijo la abuela, dando por perdida la batalla de que Marcus se quedara leyendo tranquilito. Violet se revolvió en la tumbona, y sin quitarse las gafas ni nada y gruñó- No, daño no creo que se vayan a hacer- y luego soltó una risita -¡Violet! -Mamá...- contestó ella con una sonrisa amplia

El viento le encantaba, pero el agua la ponía inmediatamente de un humor excelente. Se dejó envolver por el agua salada, manteniendo la respiración. Sacó la cabeza y buscó con el brazo a Marcus, porque sí, le encantaba bañarse, pero al fin y al cabo, era verdad que no sabía nadar. Pasó el brazo por sus hombros y se aferró a él, mientras dejaba el cuerpo flotar. Desde que Marcus había llegado a Saint-Tropez, se había estado sintiendo... rara sería una buena palabra para resumirlo. Quería pegarse a él, quería estirar cada minuto con él, y no solo con él, con él a solas. Y no era nada fácil en aquella casa con su padre, sus abuelos, Arnold, los Sorel que entraban y salían de la casa a todas horas, para comer, o cenar o jugar a las cartas, y Dylan que les seguía a todas partes. Cada roce se le hacía un mundo, y luego se quedaba todo el día pensando en ese momento. Como ahora, que con la tontería del agua, sentía su cuerpo pegado al suyo y, gracias al bikini, notaba todo su costado rozándose contra el de él, piel con piel. Y a veces, como ahora, se acordaba del beso. Que difícilmente podía compararse a esa sensación constante que tenía desde que Marcus había llegado en verano, pero que ahí estaba y que le recordaba que, al menos una vez, había cruzado la línea con él.

Se quedó mirándole, con sus encantadores rizos empapados, admirando cómo se secaba los ojos. El gesto más tonto del mundo, o el más sexy, según le parecía a ella ahora, bañados por la luz anaranjada del atardecer- Mucho- dijo contestando a su pregunta con una sonrisilla traviesa, y pasó un poco más el brazo por su hombro, rozando su cuello- Pero no me sueltes ahora eh...- dijo bajando sin darse cuenta la voz. Pero justo en ese momento salió una cabecilla del agua entre ellos y ella se sobresaltó y se separó un poco de Marcus- ¡Dylan! ¡Qué susto!- Su hermano se rió y salpicó a ambos inmisericordemente, a lo que Gal lo atrapó entre sus brazos- ¿Tú te quieres creer el mico este? ¡Qué poco respeto por tus mayores!- apretó sus brazos entorno a los de su hermano y le susurró- A la de tres, nos sumergimos, y le agarras de un pie y yo del otro, ahí es donde hay que atacarle.

Nada más le soltó, eso hicieron, haciendo perder un poco el equilibrio a Marcus y haciéndole cosquillas en la planta de los pies -¡Entérate, prefectillo! ¡Él siempre se alía conmigo! Soy su hermana mayor, no se puede ser el favorito de todo el mundo- dijo mientras se reía y seguía haciéndole cosquillas.

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CON Alice EN SAINT-TRÔPEZ A LAS 20:30H, 10 de agosto de 1999
Rió un poco con un jadeo por la carrera, el peso y la caída al agua y contestó. Yo no abuso de la autoridad que claramente, como tu prefecto, voy a tener a partir de ahora. ¿Tú no querías agua? Ah, sí, lo de ser prefecto. Estaba que no cabía en sí de alegría desde que se lo confirmaran en mayo, no veía la hora de llegar a Hogwarts y empezar a ejercer como tal. Y era otro de los motivos por los que le venía bien saber oclumancia, vaya que algún alumno de los últimos cursos quisiera explorar sus debilidades. De eso ni hablar.

Alice se agarró a su cuello y él se pegó un poco más a ella con una sonrisita. Los ojos se le veían mucho más azules cuando estaba en el agua, tenía una expresión muy distinta. Claro, que no tenía nada que ver el entorno invernal de Hogwarts y de Inglaterra con el veraniego ambiente de la Provenza en agosto. Sería eso, él también se veía distinto (y no porque estuviera moreno porque su piel no había cogido ni una gotita de sol). No pensaba hacerlo. Contestó en el mismo tono. Además de tu futuro prefecto, también me he autoproclamado tu profesor de natación. Añadió mientras se disponía a agarrarla por la cintura para que se sintiera segura en el agua (después de haberla lanzado allí), pero Dylan se coló de repente entre ellos. Se echó a reír y se tapó la cara con los brazos, aunque devolvió un poco las salpicaduras. No te has atrevido a que te lance a ti también, ¿eh? Bromeó.

Y mientras se centraba en defenderse de las salpicaduras y en devolverlas, vio que Alice tramaba algo de nuevo con su hermano. ¿Qué? Ni se os ocur- Pero no le dio tiempo porque notó como le agarraban de los pies y le hacían perder el equilibrio. Era lo suficientemente alto como para que no le sumergieran del todo, pero tuvo que estirar bastante el cuello. Pero las cosquillas le desequilibraron del todo. ¡¡Ay no!! ¡¡Para!! Se quejó entre risas, revolviéndose en el agua para zafarse e impulsándose hacia atrás para alejarse de esos dos, nadando de espaldas. A eso se le llama hacer trampa. Esa alianza es ruin y desproporcionada, me hacéis una encerrona detrás de la otra. Quejas, quejas, quejas. Pero se estaba riendo mientras huía.

No se separó mucho, solo lo justo para poder planear una venganza. Os estáis metiendo con el enemigo equivocado. Ya veréis. Amenazó con una sonrisita chulesca y, acto seguido, se sumergió en el agua con la mano en su frente, con la palma estirada hacia arriba y de canto como si pretendiera simular la aleta de un tiburón. Se impulsó hacia ellos con los pies, buceando y dejando fuera la mano para delatar su posición, pero entre que no se había ido lejos, el impulso y que era bastante alto, llegó antes de que pudieran emprender una efectiva maniobra de escape. Sobre todo Alice. Porque Dylan se había escurrido por ahí, siendo pequeñito y sabiendo nadar, pero la chica no había sido tan operativa. Además, ¿a quién quería engañar Marcus? Iba a por ella.

Llegó hasta donde estaba y la agarró de la cintura, saliendo del agua de golpe y empujándola de nuevo hacia esta para caer dentro los dos, sin soltarla. Salió de golpe, sacándola también a ella aferrando su cuerpo al suyo, y sacudió la cabeza para quitarse el exceso de agua. Pero no te he soltado, como me has pedido. Bromeó y soltó un poco de aire, riéndose. Estaban muy cerca, tenía un brazo agarrando su cintura y el otro una de sus manos para evitar que le hiciera una travesura de las suyas otra vez. ¿Qué? ¿Ahora qué me vas a hacer? Pero el tono había sonado más bajo que amenazador, y... Lo dicho, estaban probablemente más cerca de lo que hubieran estado nunca. O si lo habían estado... Ahora se le antojaba distinto, y no sabía por qué.

Pero esa pirañita que tenía por hermano se le cayó encima de nuevo, enganchándose a su espalda, y le tiró contra el agua. Al salir de esta le agarró a él también. Te la estás ganando. Dijo entre risas, porque el otro no paraba de reír (de reírse de él y lo desprevenido que le había pillado, claramente). Y, para empeorar las risas, Marcus se puso a hacerle cosquillas. Hoy te la estas jugando, Dylan.
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CON Marcus EN Saint-Trôpez A LAS 20:30h, 10 de agosto de 1999
Reía sin parar con ver a Marcus tan en desventaja, cuando siempre era él el que tenía las de ganar en esas cosas. Cuando le vio hacer el tiburón, más se rió y empujó a su hermano- ¡Corre, Dylan! ¡Huye! ¡Tu hermana te defiende!- Y su hermana prácticamente se dejó atrapar con todas las de la ley, porque ya que el pequeño había huido podía seguir ese acercamiento que había empezado hacía un momento. Y vaya que lo siguió. Sintió el brazo de Marcus entorno a ella cuando sacó para tirarla del agua, y se aferró fuertemente a su cuello, aunque se dio cuenta de que él tampoco tenía ninguna intención de soltarla. Y así se lo dijo, sujetándola de la otra mano. Sus rostros estaban bastante cerca, y el tono que estaba usando era parecido al que el había salido a ella antes, y no podía evitar seguirle totalmente- Solo faltaba que me soltases y me dejases hundirme, serías muy mal prefecto...- dijo mordiéndose el labio con una sonrisilla- O muy mal profe de natación.

Y en ese momento volvió a aparecer Dylan, esta vez por la espalda de Marcus, por supuesto. Rió y se apartó para dejar que Marcus le hiciera cosquillas a su hermano, que pataleaba y reía absolutamente feliz. Si en algún lugar podía encontrar la felicidad, tenía bastante claro que sería allí. Desde la orilla su tía Vivi gritó- ¡Gal! ¡Marcus! ¡Dylan! ¡Salid ya que nos vamos a casa!- Así que Gal empujó al pequeño y dijo- ¡Venga! Ya has oído. Tonto el último- Pero solo era una técnica para que el niño saliera y darse un momento para vengarse de Marcus. O para acercarse a él otra vez.

Cuando ya estaban casi fuera del agua, caminando hacia la orilla, se tiró hacia la cintura del chico y lo derribó contra la arena, cayendo sobre él- ¿Creías que no me vengaría? En la arena no eres tan valiente ¿eh?- dijo cogiendo dos puñados de los lados y restregándoselos por los brazos y los hombros. Es más, al llegar a los hombros, sus manos iban a seguir el camino solas hacia su pecho, pero algo sintió dentro, un latigazo, un pulso, algo que la dejó un poco bloqueada. Momento en el que el siempre rastrero Marcus aprovechó para darle la vuelta y ponerla a ella contra la arena y derrotada, mientras las olas les seguían bañando las piernas y llegaban suavemente hasta ellos- Tú sigue, que más terrible será mi venganza y más de arena te vas a llenar- le dijo de nuevo con tono travieso y mirándole fijamente a aquellos ojos verdes tan preciosos. Pero entonces oyó un carraspeo. Y así todo el día, cada vez que conseguía acercarse a Marcus... Algo ocurría. En este caso, visualizó los pies en la arena de su padre y Arnold, y al levantar la mirada les vio, ambos mirando hacia el suelo, con las manos en las caderas- ¡Papi! Socórreme ¿quieres?- Su padre se agachó junto a ella y dijo- Yo no te veo muy en apuros, pajarito, es más, diría que has empezado tú, porque se os oía desde la otra punta de la playa- dijo terminando con una risita. Y eso le hacía reír a Gal, claro, porque era difícil ver así a su padre. Gal suspiró haciéndose la ofendida y sentándose en la arena- ¡Ah , cierto! Se me olvidaba que solo soy la favorita de mi hermano. En los demás, Marcus gana siempre-dijo poniéndole tono burlón y mirándole, aún con un toque pícaro en los ojos.

-Te equivocas- dijo William, tendiéndole la mano para levantarla- También de tu tía Vivi, pero ahí acaba tu suerte- Gal le dio en su gran brazo- ¡Pero bueno!...- Su padre rió más fuerte- No te enfades, cariño. Y vamos, que creo que tendréis ganas de cenar rápido, tenemos planes para después- Gal empezó a dar botecitos al rededor de su padre- ¿El qué? ¿Qué hacemos? ¿Qué es?- Su tía entró en escena quejosa, recogiendo las cosas- Iba a ser una salida de adultos- William se encogió de hombros -Alice y Marcus ya son prácticamente adultos, pueden venir. Nos vamos a la feria de San Lorenzo. Siempre es divertida, y Arnold y Marcus nunca han estado- Y era verdad, generalmente venían en julio y no se quedaban lo suficiente como para llegar a la feria de San Lorenzo. Y a ella le encantaba. Dio un saltito de alegría- ¡Sí! ¡Qué guay!- Su padre se agachó frente a ella y le ofreció la espalda- Sube anda. Tu viejo aún puede cargar contigo- Y ella sin pensarlo, se puso el vestido de playa sobre el bikini, sin importarle que estuviera empapada, y saltó sobre él, feliz de la vida, girándose a Marcus y diciendo- Chínchate, a mí me llevan- Dijo moviendo las piernas en el aire y abrazándose a su padre después, mientras se dirigían a la portezuela del jardín de su casa, que daba a la playa.
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CON Alice EN SAINT-TRÔPEZ A LAS 20:30H, 10 de agosto de 1999
Dejó de torturar a Dylan con cosquillas cuando oyó que Violet les llamaba. No había más que decir, si un adulto le decía algo, él iba directo y obediente hacia ello. Así que soltó al niño y, cuando su hermana animó para que corriera, sonrió al ver como no perdía ocasión de salir el primero del agua. Se sacudió el pelo mientras salía del agua y miró a la chica de reojo. ¿Qué? ¿Te ha merecido la pena? Comentó con una sonrisilla, salpicándole agua deliberadamente al frotarse los rizos. Él no se hubiera bañado, se imaginaba que se iban a ir pronto y ahora estaban chorreando. Pero Alice quería bañarse, así que... Se ve que no era a los adultos a los únicos que seguía sin pensar. No es que Marcus no tuviera autodeterminación o fuera influenciable, de hecho él tenía una personalidad muy firme y era bastante cabezota, no moviéndose de su camino cuando tenía las ideas claras. Pero en su personalidad entraba ser obediente ante lo que cualquier adulto decía. Lo de Alice... Debía ser alguna lagunilla. Pero todo el mundo tenía una.

En lo que pensaba se vio de nuevo derribado en la arena, con Alice sobre él. Abrió mucho los ojos, entre sorprendido y... Sorprendido. Sorprendido por el susto y... Sorprendido. Pero Alice parecía muy natural, así que él también debería estar natural, no había motivos para no estarlo. Tampoco le dio tiempo a pensar mucho porque, por si con dar con el cuerpo en la arena no era suficiente, la chica le estaba manchando a conciencia los brazos. ¡¡Estás loca!! Bramó inclinándose ligeramente hacia ella, pero con una sonrisa, porque no pudo evitar reírse. ¿Me estás llamando cobarde? Y entonces ella se detuvo y él vio su oportunidad de oro. Agarró sus muñecas y le dio la vuelta, colocándola a ella contra la arena y él encima. ¡Ja! Bajaste la guardia. Apresó sus muñecas contra la arena y soltó solo una para quitarle la bola de arena que tenía y restregársela por... Bueno, se quedó con la bola en la mano, mirándola. ¿No te he dicho que no es bueno tenerme de enemigo? Es que no aprendes. Sí sí, ¿pero qué pensaba hacer con esa bola de arena? Abrió los ojos y se acercó un poco a ella. Uuuhh que miedo. Venga, inténtalo. Y entonces oyó el carraspeo y, al alzar la vista, vio cuatro pies inconfundibles ante ellos.

Abrió los ojos casi con espanto y se retiró automáticamente. Ha empezado ella. Un poquito cobarde sí que era. Se encogió de hombros y puso cara de niño bueno, levantando las palmas de las manos con inocencia... Después de tirar la bola de arena. Yo estaba tan tranquilito leyendo. Un libro de oclumancia, que es una lectura muy ligera para una playa. Su padre extendió la mano y le levantó. Le miraba con esa expresión suya tan afable de siempre, pero... ¿Eran imaginaciones suyas o había un toque un tanto raro en su mirada? ¿Como si le estuviera... regañando? No, no era eso. La primera vez que te llevé a una playa no querías ni pisar la arena y mírate ahora. Le dijo mientras le sacudió el brazo y le quitó un poco de arena del pelo. Me pregunto qué habrá cambiado... Me he acostumbrado. Se quitó él también un poco de arena con una mueca, estirando los músculos de la espalda donde no llegaba con su mano. Aunque no te creas que me hace mucha gracia.

Agudizó el oído porque estaba escuchando a William y a Alice hablar de una feria y eso le interesaba. Abrió mucho los ojos y miró a su padre. Sí, Marcus. Aún no te he dicho nada. Arnold asintió con una sonrisa. Vale. Pregunta. ¿Podemos ir? Arnold le miró con una ceja arqueada, sin desdibujar la sonrisa, y Marcus puso cara de niño bueno otra vez. El hombre miró al frente con un suspiro. Creo que los Gallia ya han decidido por nosotros. Y volvió a mirarle, arqueando las cejas de nuevo. Vete acostumbrando. Marcus le miró por un momento extrañado pero estaba tan contento con la resolución de aquello que no le dio mucha importancia.

Giró el rostro hacia la chica cuando le gritó desde lo alto de la espalda de su padre. Le hizo una burla, sacándole la lengua y poniendo los ojos bizcos, antes de echarse a reír mientras les veía avanzar. Se mordió el labio y miró a su padre de reojo. No pienso hacer eso, que estás ya muy larguirucho. No te lo iba a pedir. Dijo con tono burlón. Se acercó un poco a su padre y susurró. Se le ve contento, ¿no? Preguntó esperanzado, deseando que la respuesta fuera "sí, está genial, está como siempre". Su padre sonrió con ternura y le quitó otro poco de arena. A Dylan también. Dijo señalando al niño que corría hacia su casa con un gesto de la cabeza. Marcus asintió con una sonrisa un tanto triste... Y captó el punto. Su padre había desviado el tema de William y se lo había devuelto con Dylan, para que él diera una respuesta similar a la suya. Ambos estaban... "bien".
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CON Marcus EN Saint-Trôpez A LAS 20:30h, 10 de agosto de 1999
Llegaron al porche y entraron por la cocina, donde estaba su abuelo cocinando -¡Alice! ¡Haz el favor y bájate de ahí! Que ya no eres una niña, compórtate como una señorita-La abuela miró a Dylan y Marcus de arriba a abajo y suspiró- A ducharse todos, os quiero ver presentables en media hora, que ya está casi la cena- Gal hizo el saludo militar y se bajó de la espalda de su padre, cruzando una pierna detrás de la otra y cogiéndose de los bordes del vestido como si hiciera un saludo de dama antigua- Gracias por el paseo, señor padre - El placer es todo mío, señorita viento- dijo con un guiño a lo que Gal rió. Le gustaban mucho los días en los que su padre estaba así.

Una vez más, dirigió a Dylan por delante de ella, escaleras arriba, ya que antes le había salido bien la técnica para quedarse a solas con Marcus. Cuando Dylan llegó a lo más alto, ella se paró en seco, un poco más abajo, y se giró sobre sus pies, apoyándose con un brazo a cada lado de la barandilla, mirando a Marcus, que quedaba dos escalones por debajo de ella- Ah, ahora no puedes pasar. Por aquí no pasan traidores- dijo con tono travieso y una sonrisilla, inclinándose hacia delante, agarrándose aún a las barandillas- Y menos aún, traidores que estaban a punto de enterrarme en arena y se hacen los buenecitos cuando aparecen los padres- dijo arqueando las cejas e inclinándose un poco más cerca de él- Te he dicho que me iba a vengar y me vengaré... Y ahora no puedes pasar a quitarte toda esa arena...- Y su corazón y su respiración se aceleraron solo de pensarlo, y, como le venía pasando últimamente, recordó el roce que habían tenido en el agua y allí se quedó, suspendida sobre Marcus, con la respiración agitada, hasta que- ¡VOY! ¡SUBO! ¡ESTOY SUBIENDO!- Su tía apareció por el giro de la escalera y se apoyó sobre una cadera- Venga, que no tengo toda la noche. A mí me han prometido fiesta y fiesta voy a tener. A la ducha, los dos- empujó un poquito a Marcus y le señaló a ella el final de la escalera- A la suya cada uno- Gal notó inmediatamente como se ponía coloradísima y dijo -¡TATA!- ¿Qué? No quería que se me malinterpretara...

Una vez fuera de la ducha, se puso en ropa interior delante de su armario. Nada, ni un vestido azul, no se lo podía creer. Qué desgracia para su casa. Se estaba peinando el pelo mojado y pensando ausente en si habría algún vestido de su prima Jacqueline en esa casa que se pudiera poner, cuando oyó un ruido en la puerta. Se asomó tras la puerta del armario y dijo- ¡Ay tata! Qué susto- Su tía le miró con las cejas alzadas y dijo- Sí... Duermo aquí también ¿Quién creías que era?- la miró de arriba a abajo y dijo- Espero que ninguna otra persona, teniendo en cuenta lo vestida que estás- De nuevo se puso colorada y agachó la cabeza sentándose en su cama- Tata...- ¿Qué? ¿Qué tienes? ¿Por qué no estás vestida aún?- Ella apretó los labios y dijo- No tengo ningún vestido azul...- Su tía rió, mientras empezaba a maquillarse en el espejo- ¿Y por qué querrías un vestido azul ahora?- Ella se encogió de hombros- Es el color de Ravenclaw- Ahhhh es eso- rió un poquito y se dio la vuelta- A ver, coge uno, el que más te guste, de los que ya tienes- Gal la miró sin comprender pero hizo lo que decía y se lo puso- Quieta ahí- cogió la varita del tocador y la agitó hacia ella- Colovaria caelourum- Y Gal vio, alucinada, como el fondo del vestido se volvía azul cielo. Las florecitas del estampado ya eran color bronce de antes, por lo que el resultado era perfecto. Fue corriendo a su tía y le dio un abrazo- ¡Gracias, tata! ¡Me encanta!

Su tí la hizo sentarse en la banqueta del tocador y cogió un mechón de pelo de al lado de su oreja que empezó a tejer en una trenza- ¿Y este repentino interés por ponerte guapa?- Gal se encogió de hombro y puso una sonrisita. La verdad es que se había acordado del día en el que Marcus y ella hablaron de sus cosas preferidas, y entre las de él estaban los colores de su casa. Llevaba desde que se había metido en la ducha pensando en la cara que pondría Marcus al verla con un vestido de esos mismos colores- No sé. Vamos a la feria... Es verano...- Está Marcus aquí...- terminó su tía. Ella soltó un suspiro que trataba de sonar ofendido pero no dijo nada. Negarlo siempre es peor. Pero su tía no necesitaba mucho estímulo- Oye, está bien que quieras que te mire... Como te mira. Es algo bueno ¿sabes? Y propio de vuestra edad. Y del verano. Y de estar aquí, ese es el privilegio que tenéis. Luego en Hogwarts está todo lleno de gente y... Aquí tenéis privacidad- Gal soltó una carcajada sarcástica- ¡Uy sí! De entrada tenemos a Dylan toooodo el día pegado a nuestros talones, los padres, los abuelos, toda la familia que entra y sale de aquí como si esto fuera un gallinero...- Su tía se rió con ganas, y pasó la trenza que le había hecho como si fuera una diadema por su cabeza- Ya veo... Pues... Solo puedo decirte...- continuó mientras le aseguraba la trenza al otro lado de la oreja con unas horquillas- Que seas más lista y busques la forma de quedarte a solas con él- Gal dio un respingo- ¡Yo no he dicho que quiera estar a solas con él!- Su tía asintió y rió más- Ya, ya, por supuesto que no... Pero si te da por ahí... Por lo que sea... Esta noche son las perseidas... Y en playa se ven divinamente. Y yo puedo decir que os he visto subir a dormir... Y así nadie irá a buscaros...- Cogió un pintalabios del tocador y dijo- A ver, separa los labios. Este es rosita, la abuela no te dirá nada- Cuando terminó de pintarla, juntó los labios y ella hizo lo mismo, imitándola, para que el pintalabios se aferrara- Hala, lista, corre antes de que memé te regañe más, que ya te va a regañar por no cenar suficiente, como todas las noches.

Y sí, su tía tenía razón, pero se sentía guapa, se sentía feliz, y ahora era una mujer con un plan, gracias a su tata. Llegó a la cocina donde ya estaban su hermano y su padre sentados y se acercó a su abuela- Memé, ¿Tienes unos pendientes que me prestes?- Su abuela la miró extrañada, pero como nunca tenia esos momentos que a ella tanto le gustaban, pues simplemente sonrió, y se fue a por unos. Eran unas florecitas de lis de perla, que le puso en las orejas- Gracias, memé ¿cómo estoy?- dijo mirando a los tres hombres de su casa.
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CON Alice EN SAINT-TRÔPEZ A LAS 20:30H, 10 de agosto de 1999
Le daba bastante vergüenza entrar en casa de los Gallia lleno de arena. Intentó sacudirse en la puerta como un perrillo pero no daba mucho resultado, e igualmente Alice y Dylan habían entrado como un torrente, así que eso hizo. Total, la casa de la mujer ya iba a llenarse de arena igualmente, al menos no hacerla esperar con la cena.

Subió obedientemente las escaleras pero se detuvo en seco ligeramente sorprendido cuando vio a Alice parada en mitad. Abrió la boca y los ojos. ¿Traidores? Le siguió la broma con un tinte de indignación. Se inclinó hacia ella con los labios fruncidos y los ojos entrecerrados. No me hago el buenecito, SOY buenecito. Tú eres un bicho. Subió un escalón más y, ladeando la cabeza con expresión retadora, susurró. ¿Me vas a hacer cogerte en brazos otra vez? Pero entonces Violet empezó a decir que subía y él descendió de nuevo el escalón que había subido, mirando a Alice de reojo y disimulando. Sí, cobarde.

Se dejó empujar y retomó la subida por las escaleras con obediencia, pero no pudo evitar mirar rápidamente y con desconcierto a la mujer cuando dijo eso de "a la suya cada uno". ¿Qué? Terminó de subir, vio como Alice se iba para su cuarto y, al dirigirse él al suyo, la mujer le llamó de nuevo. ¡Ah! Espera Marcus, un momento. Se detuvo intrigado en la puerta de su habitación, viendo como Violet desaparecía tras una puerta y aparecía segundos después, lanzándole una camisa que él atrapó en el aire. Aquí no se lleva el estilo inglés. Miró la prenda entre sus manos con extrañeza. ¿Florecitas? Se encogió de hombros y miró al lugar por el que había vuelto a desaparecer Violet. ¡Gracias! ¡De nada! Se escuchó a lo lejos.

Tardó un buen rato en quitarse cada granito de arena, y no estaba totalmente convencido de que no tuviera más pegados por la espalda. Se peinó, se puso unos vaqueros y se quedó mirando la camisa algo indeciso. Pero era azul y las florecitas eran color bronce, así que... Sí, supuso que, dentro de no ser su estilo, era su estilo. Se la puso frente al espejo y se pasó un buen rato mirándose, recolocándose la camisa, echándose colonia, peinándose cada rizo en su sitio y... Bueno, comprobando que estaba bien. Hijo, se enfría la cena. Dijo su padre entrando en la habitación. Se volvió hacia la puerta y dijo con una sonrisa insegura. ¿Cómo estoy? Arnold alzó las cejas con una sonrisa y las manos en los bolsillos. Vaya. Qué guapo. Sonrió con alivio y se volvió de nuevo al espejo, para mirarse los rizos una vez más. En el reflejo de este vio como su padre ponía cara rara. ¿Te has bañado en colonia? Qué exagerado, solo me he echado un poquito. ¿Un poquito en comparación con el Lago Negro? Marcus rodó los ojos y se giró a su padre. Qué gracioso. Y volvió a mirarse al espejo.

Arnold se le acercó lentamente y, colocándose a su lado, dijo. Yo creo que ya estás bien. Marcus reafirmó su imagen frente al espejo, echó aire por la boca y afirmó. Es verdad. Vamos. Espera espera espera. Su padre le había agarrado del antebrazo y cortado su camino hacia la puerta. Marcus le miró, dando pasos para atrás de nuevo hacia él. Estaba sonriendo pero... Volvía a tener la sensación de que tenía un toque extraño en la mirada.

¿Te lo estás pasando bien? Marcus sonrió y asintió con la cabeza. Mucho. Me alegro. Hizo una leve pasa. ¿Y con Alice... Bien? Marcus no entendía la pregunta, así que solo se encogió de hombros. Sí. Bien. Bien. Esa conversación era rara. Hizo amago de irse de nuevo pero su padre volvió a hablar. Oye... Esos jueguecitos que os traéis en la playa... Ah, ya. Comentó sin darle importancia, rodando los ojos. Tranquilo, no me ha manchado el libro. Sabe que como haga eso me voy a enfadar un montón. Ya... Esto, no... Su padre se frotó los ojos con dos dedos, levantándose un poco las gafas. No es el libro lo que me preocupa. Marcus frunció el ceño y ladeó la cabeza, extrañado. Tú solo... Ten cuidadito, ¿vale? Que ya, papá, que ya sé que no sabe nadar. Nunca nos alejamos de la orilla. Parece que no me conoces, no voy a dejar que se meta para dentro... Con las manos. Cortó su padre, mirándole con la vista hacia arriba y las cejas arqueadas. Y los juegos. Marcus se le había quedado mirando porque seguía sin entender por donde iba. Y la poca ropa. Vale, ya sí. Dio un paso hacia atrás con expresión espantada y colorado como un tomate. ¡¡PAPÁ!! ¿Qué...? Es... ¡¡Es mi amiga!! Ya lo sé, Marcus, pero ya vais siendo mayorcitos. Solo te digo que tengas cuidado con lo que haces. Y... Tengo... Tengo... Se había bloqueado. ¡Yo no he hecho nada! Relájate, que no te he dicho nada. El tono de su padre era tranquilo, pero a Marcus le había entrado tanto calor que le sobraba hasta la camisa.

El hombre se acercó a él pero el chico estaba ya un poco reticente. ¿A qué venía eso? ¿Qué se creía su padre que hacía con Alice? No tenía ni idea, había llegado en mitad de un juego y ya se estaba pensando... Cosas raras. Solo te digo... Continuó, con un tono más pausado, mientras Marcus se intentaba serenar y le miraba de reojo. Que tenéis una amistad muy bonita, y que... Tengas cuidado. ¿Pero cuidado de qué? Marcus. Que os he visto en la arena. ¿Y? ¡Ha empezado ella! Abrió mucho los ojos. ¿¿Te crees que yo...?? No me creo que nada. Solo aviso. Marcus agachó la cabeza y tragó saliva. Quería decir algo pero... No sabía ni qué, ni como. Si tú me dices que solo estabais jugando... Yo te creo. Marcus miró a su padre y este sonrió y le dio una palmadita en el brazo. Venga, para abajo. Que se va a enfriar la cena. El chico se giró hacia la puerta, pero antes de salir se volvió. ¿De verdad crees de mí...? Arnold suspiró. Marcus, tienes quince años. Solo quiero asegurarme de que no metes la pata, de que no haces nada que te incomode ni a ti ni a ella. Ya está. Fin del drama. Le miró con su habitual mirada de cejas arqueadas y repitió. Fin del drama. Vale. Hizo una mueca con la boca. ¿Estoy bien, entonces? Estás estupendo. Pues ya está. A disfrutar de la fiesta, pues.

Bajó las escaleras de dos en dos y apareció sonriente por la cocina, muy orgulloso de su estilismo veraniego y con la escenografía preparada para dar una vuelta sobre sí mismo y ver la reacción de Alice. Pero al ver a la chica en la cocina se detuvo en seco y abrió un poco más los ojos. Oh. Se le escapó, esbozando una sonrisa. Qué guapa estás. Vale, le había salido demasiado espontáneo eso. Pero es que estaba muy guapa, era la verdad. Y eran amigos, ¿no? Había confianza, podía decírselo... Muchas excusas se estaba dando a sí mismo ya. Y al retirar ligeramente la mirada, reparó en que no estaban solos: que estaba allí la Señora Gallia, Dylan y William Gallia. Tragó saliva y sonrió, al tiempo que veía como William se giraba lentamente en la silla hacia su padre, que acababa de aparecer por la puerta tras él, y le decía señalándole. Tú tenías más filtros. Marcus bajó la mirada, haciendo una leve mueca con los labios y notándose un poco ruborizado. Que sí, que eran amigos, pero acababa de lanzarle a una chica que era guapa delante de su padre. ¿En qué estabas pensando?

Se acercó lentamente como un cangrejito, como si nadie le viera hacia donde estaba Alice, mirando de reojo como los dos hombres entablaban una conversación y parecían olvidarse de él. Cuando se sintió fuera del foco de atención, se acercó a la chica y, sonriendo, miró su vestido. Me gustan los colores. Alzó la vista a ella con una sonrisita. Te favorecen. Podríamos proponerlo como uniforme de verano de Ravenclaw. Rió y, dando un paso hacia atrás y abriendo los brazos en cruz, preguntó. ¿Te gusta? Me la ha prestado tu tía. Bajó los brazos. No es mucho mi estilo, pero... Vamos a juego.
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CON Marcus EN Saint-Tropez A LAS 20:30h, 10 de agosto de 1999
La voz que le contestó sin embargo, no era la que esperaba. Se dio la vuelta hacia la puerta y se puso como un tomate. Hala, toda la fachada a tomar viento fresco. Se agarró las manos delante del regazo y sonrió- Gracias...- Iba a decir que él también estaba guapo (como GUAPÍSIMO) pero entonces su padre dijo lo de los filtros y ella suspiró y dijo levantando la mano y haciendo un gesto hacia los padres- Ignóralos- y le dio los platos y los cubiertos para que la ayudara a terminar de poner la mesa- ¿A ti cuando te lo dieron en el hospital al nacer te dijeron que se haría mayor?- Preguntó William mirando a Arnold y luego señalándola a ella- Porque a mí nadie me preparó para eso. A ti te prohibo crecer, patito- Gal se giró dispuesta a hacer una broma como las que se hacían su padre y ella siempre, pero vio que Arnold y él la miraban... Con cierta tristeza, como si vieran algo que les recordaba a algo triste... Así que dirigió su mirada de nuevo a Marcus, que había llamado su atención.

-Gracias- murmuró con una sonrisilla. No sabía si era mejor idea decirle que le había cambiado el color aposta o simplemente dejarlo en el aire, porque ahora mismo empezaba a acelerársele el corazón. Rió un poco más a lo del uniforme- Es buen uniforme Ravenclaw, es verdad- dijo entornando los ojos- Y al menos en color se parece al de Beauxbuttons así que mira, sería un apropiado uniforme de verano de la Provenza- comentó. Luego le miró, y se mordió ligeramente el labio inferior. Así que su tía Vivi iba más que avisada cuando ella le había dicho lo del vestido azul- Hay que ver con la tata, está en todo... Pues te queda super bien... Estás muy muy guapo... Y tienes los rizos muy bonitos...- Dijo alzando un dedo y tocando el que caía sobre su frente suavemente. Por instinto se acercó un poco más a él y aspiró- Y te has echado colonia, qué bien hueles- Se dio cuenta de que se había acercado demasiado y se separó rápidamente, se dirigió a la mesa y se sentó, al lado de su padre y dejando una silla para Marcus entre Dylan y ella- Y sí, vamos a conjunto, como buenos Ravenclaw que somos- termino con una sonrisilla, dejando que su abuela le sirviera.

Durante el resto de la cena, no podía dejar de mirar de reojo a Marcus, y apenas se había comido la mitad del pescado rebozado, porque no estaba ella para comer, estaba a otras cosas, otros pensamientos- ¿Quieres más, Marcus?- preguntó su abuela emocionada y luego mirando a Arnold- Así da gusto, qué bien come este niño, todo le parece bien- dijo con una sonrisa acariciando su mejilla- Y llámame memé, nada de Señora Gallia- Gal se giró y le echó lo que quedaba en su plato del de él- No hace falta, ya le doy yo lo que me sobra- Su abuela soltó un suspiro exasperado- ¡Siempre igual, Alice! No puede ser que no cenes, no desayunes...- Su abuelo, sin mediar palabra, le pasó un melocotón por encima de la mesa y ella le tiró un besito, cogiéndolo- Mira, memé, lo mejor del verano, además de la playa, es que una puede vivir a base de melocotones- Su abuela entornó los ojos y negó con la cabeza- Si encima todos los que están aquí te malcrían, pues para qué queremos más...- Gal se encogió de hombros- Ya comeré en la feria. Siempre hay montones de puestos de comida que está buenísima- dijo mirando significativamente a Marcus. Dylan sacó la libreta y se la pasó "¿Vamos a la feria?" Gal negó -No, tú no, que si no nos hacen volvernos más temprano porque te quedas dormido. Yo esta noche no tengo intención de volver pronto- Dylan se cruzó de brazos ofendido sobre la mesa, pero entonces dejó escapar un bostezo y todos se rieron- ¿Ves? Ya te llevaremos un día por la tarde- "Marcus siempre me cuenta cuentos antes de dormirme" escribió. Eso la hizo sonreír inevitablemente solo e imaginarse la escena -Ya te lo cuento yo hoy, deja que se diviertan... Ya llegarás a esa edad, ya...- Y detectó una sonrisilla y un tono en su abuela que nunca había notado, y que la hizo sonreír aún más mientras se comía feliz su melocotón.

Ya en la entrada, cogió una chaqueta vaquera, porque una se iba conociendo ya las traicioneras noches de la Provenza y no quería que nada le detuviera esa noche de estar fuera todo el tiempo que quisiera. Cuando Marcus apareció por allí, iba derecha a agarrarse de su brazo, pero, cómo no, apareció por allí su padre y le dio una cesta- Para que lleves las hierbas que compres, que luego no tienes dónde meterlas- Y tenía razón. Así que se limitó a llevar la cesta en las manos y girar la cabeza de cuando en cuando hacia Marcus mientras caminaban en dirección a la feria- Es que hay muchos puestos de hierbas medicinales y de flores- Se acercó un poco más y dijo bajito- Sobretodo lavandas, a mi madre le encantaban porque son moradas... Siempre compraba muchas- Y miró con media sonrisa al cielo. A ella le encantaban aquellos planes verano, y estará encantada de estar allí con ellos haciendo eso mismo.
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CON Alice EN SAINT-TRÔPEZ A LAS 20:30H, 10 de agosto de 1999
Escuchó a su padre soltar una carcajada. A mí cuando me lo dieron en el hospital me dijeron que ya era mayor. Bromeó, y Marcus buscó la complicidad en su amiga negando con la cabeza con un suspiro y haciendo rodar los ojos. Pero sí... Están creciendo rápido. Volvió a mirar a su padre porque había detectado el toque melancólico en su voz, y al cruzar la mirada con él volvió a toparse con su sonrisa. Supuso que el amago de conversación que habían tenido hacía escasos minutos en su dormitorio no solo había sido incómoda para Marcus.

Rió a los comentarios de Alice mientras tomaba los platos para ayudar a poner la mesa. Sí que está en todo. Comparada con esta camisa mi ropa es un poco aburrida. Bromeó. Estaba de tan buen humor y tan acoplado al entorno veraniego que se veía hasta bien con ella. Seguro que cuando volviera a su casa no se la pondría ni de broma. Miró a Alice con una sonrisita cuando le dijo que estaba "muy muy guapo" y que tenía los rizos bonitos, tocándole uno. ¿Por eso se había pasado media hora ante el espejo poniéndoselos perfectos, porque sabía que a Alice le gustaban? Podía ser... Pero al fin y al cabo, estaba allí porque ella le había invitado, que menos que tener un detalle. Aunque fuera... En fin, una tontería. Gracias. Tú también. Respondió cuando le dijo que olía bien, porque sí, ella también olía muy bien. Pero Alice rápidamente se apartó y se fue a la mesa, mientras él la seguía con la mirada con una sonrisita. Fue tras ella, sentándose en la silla que le había dejado junto a sí misma y junto a Dylan, que ya estaba allí sentadito, y rápidamente se dejó conquistar por la comida que le empezaban a servir.

Está todo buenísimo, Señora Gallia. Dijo con admiración en uno de los pocos momentos que consiguió no tener la boca llena de comida. Sí que estaba todo bueno, y él que había pocas cosas en el mundo que no le gustasen. Asintió con la boca llena y un intento de sonrisa cuando le preguntó si quería más. Le caía bien la Señora Gallia y al parecer era recíproco, porque la mujer le miraba siempre con cariño. Hasta le dijo que no la llamara Señora Gallia. Él asintió también a eso, con una sonrisa más pronunciada. Pero antes de que la mujer pudiera servirle, se le adelantó su amiga. La miró y rió un poco. Venga, Alice. Si está buenísimo. Qué poco comía, no sabía como podía sostenerse en pie. Pero su abuelo le había pasado ya un melocotón así que dedujo que no, que no iba a comer más. Y era una pena tirar la comida, la verdad, así que se comió él lo que a la chica le había sobrado.

Volvió a pillarle con la boca llena el comentario de que en la feria había un montón de puestos de comida. Miró de nuevo a la chica como un perrito que oye abrirse un paquete de galletas. ¿Ah sí? Pues ya sí que tenía ganas de ir. Quizás debería parar de comer, porque si se llenaba no iba a poder probar los puestos de comida. Aunque él era de por sí un pozo sin fondo. Pero, contradiciendo este pensamiento, siguió comiendo. Aunque pudo ver de reojo como Dylan preguntaba si le llevarían. Miró a Alice con cierta pena, había dicho con demasiada autoridad de dejar al pobre Dylan en casa. El niño le miró y él se encogió de hombros, al fin y al cabo era la última autoridad en esa casa y Marcus respetaba las jerarquías (y estaba comiendo). Además, el bostezo no era una buena baza a su favor, tuvo que aguantarse una risilla mientras masticaba. Terminó de tragar y le revolvió un poco el pelo a Dylan. Mañana te cuento dos. El niño pareció conformarse, aunque un tanto a regañadientes.

No te vuelvas loco con los puestos que ya has cenado un montón. ¿Y si tienen queso? En Francia hay un montón de quesos. ¿Queso, Marcus? ¿Por qué no piensas en algodón de azúcar, como un niño normal? Uh, qué rico. Ya estaba salivando, mientras se dirigía a la entrada junto a su padre. Puso una expresión chulesca. Yo pienso en todo, papá. Ya. A ver si vamos a tener que aparecernos esta noche en San Mungo. Exagerado... Avanzó hacia la salida y, cuando estaba prácticamente fuera, escuchó a su espalda a William hablándole a Alice. Se volvió hacia la chica. Casi pareces una niña buena con tu cestita. Se metió con ella y se colocó a su lado, para caminar juntos dirección a la feria.

Iba paseando con las manos en los bolsillos y mirando a Alice, junto a él, mientras esta hablaba de la feria a la que se dirigían. Nunca había estado en un sitio así, sí en alguna que otra fiesta mágica pero no en una feria como tal, con ese ambiente tan veraniego. Sonrió a la chica cuando recordó a su madre y asintió. Pues hecho, compramos lavandas. Con un gesto un tanto cómico estiró el cuello como si quisiera mirar el interior en la cesta. Aunque yo creo que eso tiene mucho más espacio del que ocupan las plantas, ¿eh? Podríamos llenarlo, no sé, con comida por ejemplo. Se le había quedado en la cabeza lo de los puestos pero podía escuchar la amenaza de su padre en su cabeza sobre que le iba a explotar el estómago, así que comprarla y llevársela no le parecía mala idea. ¿Qué tienen? Preguntó con curiosidad, para ir haciéndose ya a la idea mientras llegaban.

Se quedó alucinado nada más empezó a ver el entorno. Música, puestos de comidas, de regalitos, magia por todas partes. ¡Qué rabia no poder hacer magia todavía! Pero sí que podía alimentarse de ella, había un montón de espectáculos de hechizos y atracciones. Miró con los ojos abiertos e ilusionado a todas partes. Wow. Cómo mola esto. La música ya estaba inundando todo el ambiente y retumbando por todas partes. Se acercó a la chica y agarró su mano contento. Vas a tener que guiarme, que aquí hay un montón de cosas y no conozco nada. Comentó emocionado sin dejar de mirar a su alrededor. Venga, ¿por dónde emp-OH ESO SON MEIGAS FRITAS? Sí que lo eran, le llegaba el olor. Agarró a Alice y tiró de ella hasta el puesto en el que los dulces hacían levitar a todos los que estaban alrededor. Primero uno y luego otro, a ver si vamos a salir volando. Bromeó. Sabía que eso no era posible, pero tendría su gracia. Es broma. Aunque con lo poco que pesas, a ver si va a soplar el viento y te va a llevar por ahí. Voy a tener que anclarte al suelo. Añadió, apretando un poco más su mano. Pero en mitad de su trote hacia el puesto, otro llamó su atención al pasar por lo que dio un frenazo y echó pasos para atrás, soltando a su amiga y dirigiéndose a él. Habló con el tendero y a cambio de un par de knuts le dio un ramito de lavandas. Volvió hacia Alice con una sonrisa y se las extendió. Toma. Las primeras para tu cesta.
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CON Marcus EN Saint-Tropez A LAS 20:30h, 10 de agosto de 1999
-Yo soy buena en muchas cosas, O'Donnell, que es lo importante- dijo con voz burlona y chocando su costado con el de él, pero le sonrió, al verle tan ilusionado con lo de la feria- Tú siempre pensando en comida. Pues a ver- dijo entornando los ojos- Sin que me oiga el señor O'Donnell... Tienes razón, lo mejor son los quesos. Hay unos que les llaman ahumados, y si te los comes, luego abres la boca y sale una llama- dijo riéndose- Pero es una que no quema. La salamandras de canela están muy buenas, se parecen a las inglesas de jengibre, pero están más buenas... Y tienen todas las hierbas que te puedas imaginar, muchas de las que no crecen en Inglaterra... Pero no todo es comida, hay atracciones y gente. que hace cosas chulísimas con fuego y se puede bailar...

Pero no necesitó ahondar mucho más, porque en seguida llegaron. Y se limitó a disfrutar del hecho de que Marcus le había cogido de la mano y tiraba de ella. Desaparecieron entre la gente y se entretuvieron en los puestos- ¡Sí!  Pero yo no me las tomaría por la noche. Sientan regular al estómago y puede ser que te toque una de efecto retardado y te despiertes, por la noche, en el techo. Da mucho susto- Sí, le había pasado, y no había gritado poco, despertando a todo el mundo en la casa, justo antes de preguntarse seriamente si podría usar la levitación para volar un poquito como el viento. Aferró más aún la mano de Marcus y levantó la mirada enfocando sus ojos- No me iría a ninguna parte- Dejó la frase en el aire y luego puso cara traviesa- Y ya puedes dejar de decir todas esas cosas que a mi abuela le encanta oír, que no está delante- Se acercó a él y rozó su nariz con la suya- Traidorcillo. Venga, echa aquí dos meigas, y luego nos las comemos. - dijo ofreciendo la cesta.

Tiró de él hacia un puesto de hierbas donde se puso a apañar un precio con la tendera- ¿Y ajedrea? No, de la verdosa, la negra no la utilizo...- Notó a Marcus de nuevo a su lado y dijo- Tengo que aprovechar para hacerme con orégano y ajedrea aquí, que luego en Inglaterra no hay quien las haga crecer...- Pero entonces levantó la mirada y vio que le daba un ramito de lavandas. Notó cómo se ruborizaba otra vez (vaya nochecita, Gal) y lo tomó de sus manos y, después d olerlo y embriagarse del olor de las lavandas, dijo- Gracias...- Dejó el ramito en la cesta, pero sacó dos brazos de lavanda especialmente cargados de flores. Uno lo puso en el ojal del cuello de la camisa de Marcus y el otro se lo puso ella en el pelo, pillado en la trenza- Así mejor- Se volvió a la tendera con una sonrisa y recogió el resto de hierbas le pegó. Pero la tendera hizo un gesto para que esperara y, después de buscar, le tendió dos flores- Para usted y el caballero. Es una...- Anémona francesa, la flor del viento- dijo ella asintiendo con una sonrisa- Para los filtros de amor- Ella rió y dijo- Eso son leyendas medievales- La tendera se encogió de hombros y dijo - Nunca se sabe... siempre lo puede probar- Y haciéndole un gesto con la cabeza, dejó las flores en la cesta y volvió a tomar la mano de Marcus, avanzando a otros puestos- Son anémonas francesas, son las flores del viento y aquí hay muchas leyendas con ellas- dejó caer simplemente con una sonrisita, sin soltarse de él- Dicen que son con las que Lancelot enamoró a Ginebra, e Isolda a Tristán... Pero no he leído ningún libro en el que confirmen que sirven para eso- agachó la mirada y dijo- Son bonitas, de todas formas.

Llegaron a uno que era de muchísimos cachivaches que cambiaban de color por distintas acciones. Señaló un móvil de cristalinos de colores y dijo- ¡Ese lo conozco! Cambia de color dependiendo de quien le mire, por el color que quieras...- Ambos lo miraron, e inmediatamente se volvió azul, lo cual hizo reír a Gal- Con nosotros dos es un poco aburrido. Cierra los ojos y piensa en otro color- Ella lo hizo y lo miró. Morado, el color de su madre. Inmediatamente algunos de los cristales se volvieron de ese mismo color, pero otro objeto llamó su atención- ¡Mira! Esa bola cambia de color según el ánimo de quien la toca- subió la mano de Marcus y la dejó en su superficie, con la suya encima. La bola se puso color ámbar inmediatamente y Gal inclinó la cabeza para ver la explicación de los distintos colores- Felicidad ¿eh?- dijo inclinándose hacia él otra vez- Yo también estoy muy feliz ahora mismo...- Y entonces, en la vista periférica, vio como la bola empezaba a cambiar a rosa, y acababa de leer la explicación de eso, así que tiró de Marcus de nuevo, cambiando de tema radicalmente- ¡Vamos a la casa de los espejos! Hay que ser Ravenclaw por lo menos para encontrar la salida.

Entró en la susodicha casa, que tenía paredes techo y suelos hecho de espejos, y se soltó de su mano, porque le causaba demasiada curiosidad la sensación de caminar sola por aquel mundo que parecía paralelo. De cuando en cuando se giraba para ver que le seguía y para mirarle, porque casi sin quererlo, había acabado a solas con él otra vez- Ahora hay muchas Alices, ¿Cómo vas a saber cuál es la buena?- dijo, desviándose por otro pasillito y esperándole ahí mientras decía- Yo veo muchos Marcuses... Y todos quieren ser prefectos, seguro- Y justo cuando llegó a su altura, tiró de su brazo hacia ella, poniéndole frente así, mientras se apoyaba en el espejo tras ella, con una gran sonrisa y sin soltarle- Pero yo siempre encuentro a Marcus O'Donnell.
Merci Prouvaire!


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CON Alice EN SAINT-TRÔPEZ A LAS 20:30H, 10 de agosto de 1999
Miró a Alice con los ojos muy abiertos. Nunca. En mi vida. Me ha pasado eso. Y se echó a reír. Pero menos mal. Fingió que le daba un escalofrío. Claro, cómo iba a él a darle efecto retardado algo si todo lo que comía lo enterraba en más comida. O le hacía efecto en su momento o ya no se lo hacía. Eso te pasa por comer tan poco. Confundes a tu estómago. Bromeó, entretenido en el puesto de meigas. Pero volvió a reír al siguiente comentario. ¿Te crees que solo digo esas cosas por tu abuela? No soy tan pelota. Sí lo era. Arrugó la nariz en un gesto gracioso y sonriente después de que la chica la rozara con la suya y echó dos meigas... Y luego otras dos. ¡Dos meigas era muy poco! Qué ridícula era Alice para la comida.

Mientras él compraba la lavanda, Alice se había entretenido en otro puesto. Solo se encogió de un hombro cuando le dio las gracias y vio como la chica sacaba un par de ramitas y le colocaba una a él en su camisa, y la otra en su pelo. Más a juego todavía. Comentó. Alice volvió a la tendera pero él se quedó mirándola de reojo, a ella y a su propio ramito de lavandas en su solapa. Aquello... Estaba bien, estaba muy bien. Era divertido. Con Alice todo era divertido, pero aquello ya no se limitaba a una carrera por Hogwarts, a una trastada o a compartir los apuntes. Ahí estaba viendo a Alice en el mundo real, y... Le gustaba esa Alice. Sobre todo le gustaba verla feliz después del año que había pasado. Ojalá pudiera mantenerse siempre así.

Miró hacia atrás un segundo para localizar con la mirada a los adultos. Se encontró con la mirada de su padre y se saludaron mutuamente con un gesto de la cabeza. Estaba con William, que no paraba de hablarle de a saber qué como si estuviera en el salón de su casa en vez de en mitad de una feria. Violet había desaparecido. Se giró de nuevo hacia Alice y la miró a ella y a la tendera como en un partido de Quidditch, porque al hablar entre ellas en francés no se estaba enterando de nada. Sonreía mientras hablaban pero por un segundo frunció un poco el ceño, curioso, porque la tendera le miraba y le daba la sensación de que estaban hablando de él. Pero solo se estaban intercambiando plantas, así que no tenía mucho sentido.

Se despidió con un gesto de la cabeza de la tendera y echó de nuevo a andar de la mano de Alice, escuchándola hablar. Sonrió. Me encanta que sepas tanto de plantas. Y de historias, y de leyendas, y de cosas típicas de otros países. Alice sabía muchas cosas. A Marcus se le notaba que era una biblioteca andante, mientras que Alice parecía una cabrilla loca perdida por el castillo. Y, sin embargo, de vez en cuando abría la boca y soltaba cosas como esa. A Marcus le fascinaba eso, que fuera tan lista y supiera tanto sin ser tan cuadriculada y estirada como él. Era una capacidad admirable. Y tú siempre llevas una flor contigo. Le dijo, sacando una de la cesta y poniéndola junto al rostro de la chica por un instante para ilustrar una frase que no era la primera vez que le decía. Sí son muy bonitas. Corroboró, volviendo a dejarla en la cesta. Como buenos magos experimentadores que somos te diría de ponerlo a prueba con alguien. Dijo mirando a su alrededor, con una risilla. Pero los Ravenclaw no pierden el tiempo con leyendas. Añadió, mirando a la chica de nuevo con una sonrisilla chulesca. Una forma de disimular que lo que realmente quería decir era "mejor no arriesgarse".

Aquello era un no parar de puestos diferentes. A Marcus no le había pasado desapercibido uno por el camino. ¡Eh! ¿Esas son las salamandras de canela que has dicho antes? Quería probar eso, pero giró la cabeza al frente, justo donde Alice le había detenido, y se le olvidaron (más o menos) las salamandras porque todo lo que tenía delante era fascinante. Wow. Se quedó como un niño pequeño mirando los cristales que cambiaban de color y, como ido, murmuró. Tengo que venir aquí más veces. Quería verlo TODO, probar TODA la comida y que Alice le contara la historia de TODAS las hierbas que vendían allí. Una noche iba a saberle a muy poco. Rió con la chica cuando dijo que con ellos era aburrido porque se había puesto automáticamente azul y cerró los ojos cuando lo pidió. Al abrirlos, los cristales estaban morados. Arqueó las cejas. Pues sí que acertaba. No se le ocurría ningún color así que simplemente se le vino a la cabeza la lavanda que ambos llevaban a juego y... Bueno, pues de ahí el color morado, supuso.

Fue tras Alice y dejó que colocara su mano en la bola. A ver. Dijo curioso, buscando el significado del color ámbar, pero la otra se le adelantó. Asintió con una mueca impresionada. Coincido. Corroboró, y cuando la chica se acercó a él, ladeó un poco la cabeza y sonrió. ¿Te extraña? Pues claro que estaba feliz. Aquello era súper divertido, estaba disfrutando al máximo de sus vacaciones mientras aprendía cosas nuevas y se estaba hinchando de comer cosas ricas, ¿qué más podía pedir? Pues sí, podía pedir más: ver a Alice feliz. Ver a William ser William y a su padre con ellos. Y eso también se estaba cumpliendo. Como para no ser feliz.

Vio de reojo como la bola cambiaba de color pero Alice tiró de él hacia otra parte. ¡Eh! ¡Yo quiero saber que es el rosa! Se quejó, caminando casi en volandas tras ella. ¡Luego tenemos que volver! No iba a dejar algo a medias. Definitivamente le faltaban horas en esa noche para disfrutar de todo lo que la feria tenía. Pero claro, ante el desafío de "ser Ravenclaw por lo menos" para encontrar la salida en la casa de los espejos, cayó totalmente convencido. Entró en la casa y, en lo que Alice se soltaba de su mano, de repente se vio rodeado por un montón de versiones de sí mismo. Wow. Volvió a alucinar. Al primer paso que dio se estampó con uno. ¡Ah! ¿Pero qué...? Vale, ya pillo la dinámica. Es que nunca había entrado en una. Estudió un poco el entorno y se echó a reír cuando su amiga habló. Pregunta trampa: ninguna Alice es buena. El bueno soy yo. Bromeó, y soltó una carcajada ante lo siguiente, mientras seguía palpando los espejos con cuidado para no chocarse otra vez. Muy graciosa. Pero sí, que no te quepa la menor duda. Pero entonces la verdadera Alice tiró de él y casi tuvo que apoyarse en el espejo tras ella para no caer sobre la chica. Rió un poco y ladeó la cabeza, señalando a su alrededor. Cuando sea prefecto, vas a necesitar muchas casas de estas para escapar de mí. Pienso encontrarte todas las veces, Alice Gallia. Arqueó las cejas y entrecerró los ojos, poniendo una fingida voz de tipo duro. Nadie escapa al ojo del prefecto O'Donnell. Rió y, separándose un poquito, volvió a mirar a su alrededor. A más de un profesor le daría un ataque de pánico aquí dentro ahora mismo. Se llevó las manos a la cabeza y empezó a teatralizar. ¡¡No, por favor!! ¡¡Más Alice Gallia no!! ¡No tengo suficientes ojos para controlarlas a todas! Se giró y siguió haciendo el tonto. ¡Ah, socorro! ¡Me faltan dieces para tantos Marcus O'Donnell! Se echó a reír doblando el tronco. Aquello era bastante divertido, tenía que reconocerlo. Lo que no pensaba reconocer era que no tenía ni puñetera idea de donde estaba la salida.

Volvió a acercarse a la chica, que no se había alejado mucho de ella porque no se arriesgaba a perderla por ahí, y se agachó de espaldas delante de ella, haciéndole un gesto. Venga. Yo camino y tú guías. Porque no se fiaba ni un pelo de que fuera a salir corriendo por ahí y a dejarle allí loco perdido buscando la salida. Al menos así iban juntos, aunque fuera haciendo él de mulo de carga. Tampoco era la primera vez que hacían eso, al fin y al cabo. Esperó a que la chica se subiera a su espalda, agarrándola bien para que no se cayera, y dio un saltito. ¡Capitana! ¿Cuál es el próximo destino? Bromeó, echándose a reír. Venga, que quiero ver más puestos guays. Echó a andar a saltitos por donde le decía y añadió. Me merezco mínimo un queso ahumado de esos por el esfuerzo, ¿eh?
Merci Prouvaire!


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CON Marcus EN Saint-Tropez A LAS 20:30h, 10 de agosto de 1999
Rió con ganas a lo de que era una pregunta trampa. Sí, sí que lo era, pero no había esperado que la pillara. Tuvo que limpiarse las lágrimas que le provocó imaginarse un colegio yendo de Alices que no pararan de liarla- ¡Ay! No se lo cuentes a los profesores o tendrán pesadillas durante años- Hizo una pedorreta a lo los dieces y apoyó la cabeza en el espejo- ¡Por favor! Si ya sacas diez en todo, no necesitas muchos Marcuses para agotar los dieces del colegio, es más, es justo lo que nos faltaba- Y siguió riendo. Oh sí, pocas cosas le hacían tan feliz como compartir esos momentos con Marcus. Le miró unos segundos con ojos enternecidos , antes de cambiar y decir- ¡Oh, sí, prefecto O'Donnell! No me cabe duda de que vas a ser muuuuy severo- Y había pretendido que sonara de broma pero... Siendo completamente sinceros... No había sonado así.

Pero disipó esos pensamientos y sonrió cuando Marcus le ofreció la espalda, bajándose la cesta hasta el codo y subiéndose sobre él y aferrándose a su pecho, al pasar las manos hacia delante. Y aquella situación era tensa ciertamente, porque pro fin estaban solos, y ahí estaba ella, con el vestido, que era más tela que un bikini pero seguía sin ser mucha tela, y Marcus la estaba agarrando de las piernas, y claro, era para sujetarla,  no era cuestión de ponerse tonta por ese roce... Pero no podía evitarlo. Así que se concentró en dar instrucciones precisas a Marcus sobre cómo salir de la casa de los espejos entre risas. Y justo al salir, estaba pensando en contestar a lo de los quesos cuando oyó una voz muy familiar.

-Tus deseos son órdenes, Marcus, querido- Dijo su tía apoyada a la salida de la casa de los espejos. Gal se bajó como si nada pasara y dijo- ¡Tata! ¿Dónde estabas? -Buscando delicias de la feria para traéroslas, anda vamos- dijo cogiéndola por los hombros y dirigiéndoles a donde les esperaban los padres. Era una especie de placita dentro de la feria, donde había mesas de madera con bancos, farolillos y música, y en el centro un espacio libre que servía de pista de baile para algunas parejas. Gal se sentó en el banco de enfrente de en el que estaban los mayores y notó cómo Marcus se sentaba a su lado- ¡Oh! ¡Cuántas cosas, pajarito! No habéis perdido el tiempo. Las meigas fritas no las has comprado tú, eso seguro- Ella rió y negó con la cabeza- Pues no, evidentemente ¿Pero qué habéis conseguido vosotros?- La tía Vivi señaló los platos- Estos son quesos ahumados, estos son de oveja- se giró hacia Marcus- Te hacen balar durante unos segundos... Y esto- dijo señalando a los bombones- Son bombones ruleta rusa- A Gal le hizo echarse a reír, porque recordaba aquellos dulces de otros años. Su tía miró a los O'Donnell- Hay cuatro deliciosos y uno con un picante espantoso por dentro. O pruebas el mejor chocolate de tu vida o te mueres de picor. Pero antes, los quesos, el pan y el vino- Dijo acercando los platos y las copas- Tata ¿puedo...- No- Contestaron su padre y su tía a la vez. Ella puso ojitos de santa y una sonrisita inocente- Bueno, bueno, que no lo preguntaba en serio...- Y si colaba, había colado.

Pasaron un rato con los quesos riéndose a base de bien y con el pan y las bebidas, pero llegó el momento clave, el de los bombones. Y Gal sabía que a Marcus le daría demasiado miedo, pero también sabía que si se lanzaba ella, iría detrás. Así que fue la primera, y paseando el dedo sobre el plato, cogió uno. Suspiró y se lo metió en la boca del tirón. Se dejó embriagar por el delicioso sabor de aquel chocolate y cerró los ojos de gusto. Luego miró a Marcus y dijo- Te aseguro que si no pruebas esto te vas a arrepentir, con lo goloso que eres- Dijo girándose con todo el cuerpo hacia él, y notando como su pierna se rozaba con la suya. Por un momento se quedaron así, anclados en esa sensación, mirándose, y ella solo se mojó los labios y dijo- Venga, O'Donnell... Atrévete...- Pero entonces se giraron hacia los padres, porque Vivi estaba intentando contener una risa y William ya lo hacía abiertamente. Gal se mordió el labio inferior y miró a Arnold, que estaba rojo como un tomate y sudando- ¡Ay, señor O'Donnell! Qué mala suerte...- Y no se rió. Le daba pepita por él, siempre tan dulce y bueno... Ya podía haberle caído a la chinche de su tía o al alocado de su padre.
Merci Prouvaire!


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CON Alice EN SAINT-TRÔPEZ A LAS 20:30H, 10 de agosto de 1999
Muchísimo. Sobre todo contigo. Contestó mirándola como podía desde su postura, debajo de la chica. Qué poco pesaba, y mira que él era delgadito. Se fue trotando y riéndose hasta la salida de la casa de espejos tal y como Alice le iba guiando, y al llegar a la puerta, se encontraron directamente con Violet, la cual aseguraba que tenía un montón de delicias para ellos y que "sus deseos eran órdenes". Bajó a Alice y se acercó a la mujer con una sonrisa. ¡Jo, Violet! Dijo llevándose una mano al pecho con expresión enamorada. Es que estás en todo. La mujer soltó una carcajada y le pellizcó un poquito la mejilla. Ay que zalamero eres. Se giró, avanzó un par de pasos y dio un suspiro dramático tras el cual a Marcus le pareció escuchar. Igualito que tu tía... Marcus frunció el ceño extrañado y miró a Alice. Pero simplemente se encogió de hombros y siguió andando.

Llegaron hasta una placita en mitad de la feria y Marcus, con su mirada curiosa habitual, paseó la vista por todo el entorno con la boca abierta, quedándose absorto en absolutamente todo lo que veía por unos momentos antes de llegar a las mesas, donde esperaban su padre y William. ¡Papá! ¡Hemos comprado meigas fritas! Ya, ya. Respondió él con una risa. Al parecer ya lo sabía, pero claro, como él se había quedado mirando el entorno había llegado tarde a la conversación. Miró a Alice, al lado de la cual se había sentado, y luego a Violet y a las cosas que había traído. Todo tenía una pinta deliciosa. Le daba igual balar o echar fuego, quería probarlo todo.

Por supuesto que lo probó todo y por supuesto que acabó balando y echando fuego, y muriéndose de risa y haciendo bromas con Alice, con su padre, con Violet y con William. Estaba siendo una noche realmente divertida, y había algo especial en verles a todos riéndose así, en no ver a William tan triste y en ver a Alice... Siendo Alice. Había llegado el turno de probar los bombones y eso ya no le convencía tanto. Por supuesto su amiga tenía que ir la primera. La miró con la cabeza ladeada y se mojó los labios al verla disfrutar con el bombón. Y encima se lo vendía así y claro... Estaba deseando probarlo, pero, ¿y si le tocaba el de guindilla? No quería quemarse el paladar y perder todos los sabores que había probado esa noche (y los que le quedaban). Pero Alice le estaba retando como hacía tantas veces, y él se mordió un poco el labio y entrecerró los ojos como si se estuviera haciendo el duro. No dijo nada, solo la miró así durante unos instantes, viendo como ella le devolvía la mirada. Por un momento parecía que todo ese entorno tan pintoresco y quienes le rodeaban habían desaparecido, y solo quedaban ellos, como cuando se retaban por los pasillos del castillo.

Pero la risa de William le devolvió al plano real y por un momento temió que hubiera visto algo en ellos y se estuviera riendo. Pero no, no era de ellos de quien se reía, sino de su padre. Marcus estalló en una carcajada claramente irrespetuosa hacia su progenitor, pero la situación lo permitía. ¡Papá! ¿Ahora quién va a tener que aparecerse en San Mungo? Siguió riéndose, mientras su padre le echaba una mirada asesina y claramente no podía contestarle porque intentaba lidiar con el picor. Estoy deseando contárselo a mamá. Se pasó riéndose un rato y, finalmente, cogió el último bombón y miró con triunfo a Alice. Solo era cuestión de esperar un poquito. Se llama estrategia. Se llamaba cobardía, pero eso no sorprendía a nadie. Se llevó el bombón a la boca, mirando a la chica y cerrando los ojos, regodeándose en él con teatralidad y un puntito corrosivo, de una forma bastante más exagerada y burlona que la que había hecho ella. Mmmmm. Torció el cuello, aún con los ojos cerrados y dejándose caer en el hombro de ella con burla, riéndose y apartándose justo después, cuando ya se había terminado el bombón.

¡Uy, esta me encanta! Saltó Violet de repente, levantándose. ¡Venga, Arnold! El picor se quita bailando. Uy no no no... Dijo su padre, aún secándose las lágrimas y moviendo las manos, riendo con apuro. Veeeeenga. No no, que va, me perderías todo el respeto. ¿Y tú, hermanito? ¿Yo? ¿Quieres que nos echen de aquí? ¡Oish! Violet se giró hacia ellos y les hizo un gesto con la mano. Pues me llevo a los chicos. ¡Venga! ¡Veniros! Marcus miró a Alice, con una sonrisilla. Sabía, conociéndola, que la chica iría de cabeza. Pero él no estaba muy seguro de aquello. Miró a su padre y le pilló susurrándole algo a William. Se entera Emma y ya no vengo más... Eso hizo a William reírse bastante.

No se equivocó, Alice ya estaba de pie. Se fue tras ella, aunque a Violet, la que en teoría les había pedido que le acompañaran, la había perdido de vista. ¿Y tu tía? Preguntó con una risa, pero ya estaban prácticamente en el centro de la pista y con el estruendo de la música no se escuchaba casi nada. Empezó a moverse como pudo, con una sonrisilla y haciendo más el tonto que bailando en serio, entre risas. Mira, Alice Gallia, hasta en esto soy mejor que tú. Eso estaba por ver, pero a ego no le ganaba nadie. Siguió bailando un rato, moviendo los brazos y saltando, agarrando de vez en cuando la mano de su amiga para hacer juntos el baile. Cuando acabó la canción empezó otra, y mismo método. Bailar puede que no tanto, pero saltar, reírse y hacer el tonto, muchísimo.

Después de tres canciones estaba ya jadeando, pero no se dejaba de reír. Estaba esperando a la siguiente pero de repente pareció cortarse el ritmo de las canciones bailables... O al menos, ese tipo de bailable. Había empezado a sonar una música bastante lenta y Marcus, que aún trataba de recuperar un poco el aliento, miró a su alrededor y vio como todos los solitarios iban desapareciendo y solo se quedaban parejitas. Miró a Alice y se rió un poco. Lo lógico sería irse, y en un principio era lo que iba a hacer... Pero al fin y al cabo, no habían estado haciendo nada en serio en esa plaza desde que fueron, así que, ¿por qué no continuar? La canción era bonita, estaba en francés, él no la había escuchado nunca así que... Bueno, otra de tantas cosas que estaba probando esa noche y no había probado nunca. Se mojó los labios e hizo una especie de reverencia a la chica, bromeando. ¿Me congcede egste baig-le, madame? Dijo conteniendo una risilla, en un fingido acento francés. Tomó su mano y se acercó a ella, haciendo como que bailaban acaramelados pero claramente a destiempo con la canción, riendo y moviéndose de una forma un poco exagerada. En una de esas, entre risas, alzó la mano con la que agarraba a su amiga y la hizo girar. Y cuando acabó el giro se acercó a ella... Se quedaron el uno pegado al otro, aún con la respiración un tanto agitada y una sonrisa. Mirándola. Y el tiempo volvió a detenerse. Y todo lo que les rodeaba a desaparecer.
Merci Prouvaire!


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Cuando el propio Marcus se puso a reírse, Gal no aguantó más y tuvo que soltar una carcajada y luego se llevó la mano a la boca- Perdone, señor O'Donnell, de verdad... Es que...- y volvió a morirse de risa, pataleando y todo, apoyándose en la cabeza de Marcus cuando él se apoyó en su hombro.

Entonces su tía Vivi se levantó para bailar y a ella le faltó tiempo de dar un salto- ¡Voy!- Y se acercó a su padre tendiéndole la mano a su padre- ¡Vamos, papi! Yo siempre te guardo mi primer baile- Le dijo con una sonrisa tierna, ladeando la cabeza. Y entonces su padre se dio media vuelta en el banco y miró algo detrás de ella. Cuando se giró, vio que Marcus (sorprendentemente) se había animado a bailar y también iba a la pista de baile. Pero aún así, volvió a girarse a su padre, como si necesitara que se lo confirmara- Tú siempre eres el primero, papá- Él sonrió- Hasta un papá loco como yo sabe que a veces, se puede renunciar al primer baile si se deja en buenas manos- Tragó saliva pero no quitó la sonrisa, porque eso que decía era triste y precioso a la vez. Se alejó hacia la pista de baile, sin dejar de mirarle hasta que se puso a la altura de Marcus. Entonces empezó a moverse al ritmo de la música, levantando las manos, moviendo los pies al compás y disfrutando de que la música la llevara a contonearse- No lo creo, O'Donnell- dijo con superioridad mientras seguía bailando- La tía Vivi ya habrá encontrado algún francés desprevenido, ya que tu padre ha pasado de ella- Dijo con una risita.

Se lo estaba pasando de lo lindo bailando al rededor de Marcus, viéndole en flashes entre los saltos y las vueltas, tomándole de la mano para bailar a veces, haciendo el loco, como a ella le gustaba, y sin poder parar de sonreír. Cuando llegó la canción lenta. Cada cierto número de canciones tenía que tocar una de esas para las parejitas. Cogiendo aire y con las manos en las caderas, recuperando el resuello, estaba buscando con la mirada su mesa, cuando Marcus le ofreció la mano, con una terrible imitación del acento francés. No pudo evitar sonreír un poquito, y siguió la broma, aunque el corazón se le desbocó al ver a ese guapísimo Marcus pidiéndole un baile lento. Cruzó una pierna por detrás de la otra y dijo- Pog supuesgto, señog O'Donnell- Y se unió a sus movimiento exagerados con una risa- Eres el bailarín menos cortés que he conocido en la vida- le dijo a carcajadas. Pero, bromas aparte, la tenía agarrada de la cintura, estaban cerca, moviéndose uno frente al otro, y sentía sus manos unidas. Y entonces la hizo girar, y estaba tan embotada que al volver, cayó prácticamente en sus brazos. Y lo vio, vio en sus ojos que él también lo estaba sintiendo. Lo que fuera que llevaba sintiendo desde que había llegado a Francia. Y más profundo, más dentro de ella estaba ese conocimiento certero que tenía desde aquella fatídica tarde en la que se quedó dormida sobre su pecho. Y aquella maldita canción y los ojos de Marcus no estaban ayudando en nada- No entiendes lo que dice ¿verdad?- Preguntó en un susurro, cerca de su rostro, mientras seguían bailando, ahora más lento, más entregados a la música. Casi podía sentir sus rizos en su frente- Pues se llama "un jour viendra" que significa "llegará un día..."- Y entonces apoyó la cabeza en su pecho, sin dejar de moverse al ritmo de la música pero escuchando su corazón- Un día te enseñaré francés, y entenderás qué dice- Prometió, con una leve sonrisa y un suspiro.

Y entonces sintió que una pareja se acercaba a ellos, bailando agarrados también, y se despegó del pecho de Marcus, viendo como una muy animada tía Violet y un muy rojo Arnold O'Donnell estaban bailando. Sin soltar al chico arqueó las cejas- Nadie se resiste a Violet Gallia, señor O'Donnell. Le guardaremos el secreto- dijo con una sonrisilla y volviéndose de nuevo a Marcus, deseando que aquella canción cuya letra empezaba a clavársele en el alma nunca acabaran y pudieran bailar toda la noche así.
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CON Alice EN SAINT-TRÔPEZ A LAS 20:30H, 10 de agosto de 1999
Abrió los ojos y la boca, aunque con una sonrisilla en las comisuras, fingiendo ofenderse. ¿Perdona? Chistó, negando con la cabeza mientras suspiraba con una muequecita. Mira, ni me pienso dar por aludido con eso. Contestó con superioridad pero con ese toque cómico que ellos tenían siempre, mientras seguían haciendo como que bailaban la canción lenta pero de aquella manera.

Y al girar no solo se acercó a ella por inercia, o sin querer, o siguiendo la broma o... Simplemente se acercó. Sino que la chica cayó en sus brazos. Se quedaron muy unidos, mirándose el uno al otro, con una sonrisa ya menos burlona pero sonriendo igualmente. Alice estaba ciertamente guapa ese día, y muy divertida, como ella era siempre pero ahora en un contexto en el que Marcus podía no estar tan tenso por profesores, horarios, normas o cosas que hacer, sino donde solo tenía que pensar en divertirse. Estaba siendo una noche fantástica y... Le apetecía aquello. No lo había hecho nunca, pero le apetecía dejar de pegar saltos como un crío y... Bailar con Alice. Como si aquello fuera un momento solo para ellos y ya está. Como si se estuvieran dando las gracias el uno al otro por la experiencia tan bonita que estaban viviendo.

Aunque por muy bien puesto que se pusiera, un poquito de vergüenza sí le daba. Nunca había bailado así con una chica, nunca había bailado una canción lenta de hecho. Y con Alice tenía una relación muy especial, dentro de lo que cabía era, al menos, la persona con la que menos vergüenza podía darle hacer algo así. Si tenía que ser con alguien... Perfectamente podía ser con ella. La miró con ese toque de adoración que sentía hacia su amiga, por lo mucho que la quería, por lo bien que se lo estaban pasando, por lo que la admiraba. Por todo lo que habían pasado juntos y por la seguridad de que nada podría separarles jamás. Había ladeado un poco la cabeza y tenía una sonrisa tranquila, que frunció un poco más cuando le dijo que no entendía la canción. Negó. Efectivamente, no tenía ni idea de lo que decía porque estaba en francés. Se quedó mirándola con la calma que la canción aportaba pero expectante, porque Alice parecía estar a punto de traducírsela... Pero solo se quedó en el título, apoyando la cabeza en su pecho después. Dejó escapar una risa breve y susurró. Hecho. Y al hablar por primera vez desde que hubieran empezado a bailar así sintió como si... Aquello fuera más real. Pero que sea aquí. Un día volveremos y... Me enseñarás a hablar francés. Pidió, en voz casi susurrada. Así podré comprarte lavanda en francés. Bromeó, sin alzar el tono y con una risita suave, apoyando un poco su cabeza sobre la de ella, relajado y casi permitiendo que sus ojos se cerraran, dejándose llevar por el momento. Y sentía... Que ese momento le estaba envolviendo de una sensación... Placentera, pero extraña.

Menos mal que antes de que Marcus entrase en su modo Marcus de darle mil vueltas a las cosas, cuando simplemente seguía relajado bailando con su amiga y disfrutando de la música, notó que esta se despegaba un poco y miraba algo a su espalda. Giró un poco la cabeza y se le escapó una risa. Vaya papá, al final te ha cazado. Comentó, sin soltar a la chica pero mirando hacia su padre. Violet soltó una carcajada entre musical y de villana, y este le devolvió una mirada reprobatoria, de esas que parecían querer decir "cuidadito con lo que dices y a quien" y contestó con ironía. No parece que sea el único débil de la fiesta. Vale, eso iba por él. Pero, ¿qué iba a hacer? ¿Ofenderse? Pues si era un débil por bailar con Alice... Lo cierto es que le daba bastante igual porque se lo estaba pasando como en toda su vida. Así que se giró a la chica sin perder la sonrisa y con una expresión de estar totalmente de acuerdo con la afirmación y a mucha honra. Y al comentario de ella sonrió más ampliamente. Parece que no es el único O'Donnell que no puede resistirse a bailar con una Gallia. Se mordió un poco el labio, dejando que se escapara una fugaz risa entre estos y se pegó de nuevo a la chica, favoreciendo que esta volviera a dejar la cabeza sobre su pecho. Le gustaba estar así. Se estaba bien.

La canción avanzó y simplemente estaban allí, bailando, en silencio el uno con el otro. Había dejado su cabeza apoyada en la chica y dejado que sus ojos se cerraran. Pero cuando fue vaticinando que la melodía estaba llegando a su final, susurró. Me lo estoy pasando muy bien. Sin separarse, sin abrir los ojos, sin querer perder esa sensación tan relajante en la que se encontraban. Está siendo una noche genial. Se separó de Alice lo justo para volver a mirarla, sonriente, y añadió. Gracias por invitarme. Y pegó su frente a la de ella, como tantas veces hacían, solo para dejar que llegara el final de la canción y que fuera otro de esos muchos momentos de ellos. De Marcus y Alice.

La miró con una sonrisilla traviesa cuando el ritmo de la música volvió a ponerse festivo, aún sin haberse separado de ella, y rió un poco. Dejó de agarrarla y dio un pasito hacia atrás porque... Bueno, ya sería raro seguir así, ¿no? La canción había terminado. Pero no dejó de sonreír. No me hace falta una bola de esas para que se note lo feliz que estoy, ¿no? Entrecerró los ojos, frunciendo los labios en una sonrisilla cuestionadora. Pero no me has dejado ver qué era el rosa. La apuntó con un índice, arqueando las cejas. Y no vales que tú sepas más de mí que yo de ti.
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CON Marcus EN Saint-Tropez A LAS 20:30h, 10 de agosto de 1999
No recordaba haberse sentido nunca así, tan complementada, tan... Donde tenía que estar. El olor de Marcus se mezclaba con el de la lavanda, la canción era preciosa, la luz de los farolillos... Todo. Así que si Marcus quería volver algún día, cuando fuera, ella volvería con él. Y si tenía que enseñarle francés para que entendiera la canción, así lo haría sin duda- Hecho- Murmuró- Volveremos cuando quieras. Y te lo enseñaré. Te lo prometo- Y rió un poquito a lo de la lavanda, justo antes de ver el momento roto por Arnold y su tía. Pero era bastante gracioso verle pasar un mal rato y la risa maléfica de su tía. Luego enfocó a Marcus y dijo- Yo creo que has sido muy valiente saliendo a bailar en primer lugar. Pero a tu madre le diremos que las Gallia os arrastramos y obligamos bajo tortura a bailar con nosotras- dijo con una suave carcajada, disfrutando sin más de aquella cercanía, mirándole con ojos brillantes, llenos de vida, como estaban los suyos, hasta que la invitó a apoyarse en su pecho otra vez.

-Gracias a ti por venir- dijo simplemente- Hacía tiempo que no era... Feliz. Sin más. Sin peros. Feliz y ya está- Y no era del todo, porque en su pecho estaba el "y si tú me desearas, me quisieras, como yo a ti, sería completamente feliz" pero ¿Por qué sabotear una noche perfecta pensando en eso? Era absurdo, y era perder el tiempo, así que se limitó a sonreír y decir- Ya sabes que podemos repetir... Todos los años si es lo que quieres...- dijo, mientras Marcus apoyaba su frente en la de ella, como hacían siempre, sin dejar de mecerse al ritmo de la canción que se acababa. Había tantas cosas que se le ocurrían y que morían al llegar a sus labios o que sus miembros no eran capaces de llegar a realizar... Solo mirarle, admirarle, más bien, respirar su aroma, deleitarse en sus ojos. Pero la música paró y ellos se separaron, con una sonrisa, dejando unidos solo sus manos.

-No, no hace falta- dijo un poco embobada todavía, confirmando lo que él decía. Y entonces se acordó de cómo se había puesto la bola cuando la había tocado ella y abrió la boca para responder- ¿Con la de cosas que hay aquí para ver y quiere volver a lo que ya has visto?- dijo, no muy convencida, pero justo en ese momento llegaron los Sorel a la mesa y vio que les llamaban para ir- Uy, mis primos- dijo yendo para allá y saludando a todos con la mano. Su padre estaba metido en la conversación con ellos, y Gal le pasó una salamandra de canela a Marcus, porque no había mejor manera de entretenerle que con la comida.

Entonces, en la música, empezó a sonar la música de los bailes tradicionales provenzales, y al notar que alguien le tiraba del brazo supo que era su tía atormentándola- ¡No, tata! Por favor, no me hagas bailar esto- Pero ya estaba allí con las bobinas de hilo. Se giró rápidamente a Marcus y le explicó- Es un baile de aquí, que hacen las chicas. Un extremo del hilo se lo das a tu novio, o marido y si no tienes, lo sujeta tu padre y al otro extremo, bailas tú, hasta que al final te enrollas en él y acabas donde está la persona que lo sujete... Mi abuela se obsesionó en que lo aprendiera cuando era pequeña y todos los años me lían...- Y dicho y hecho, ya estaban sus primas tirando de ella y llegó justo a tiempo de dárselo a William antes de prepararse para unirse al ritmo- Para un año que tienes a quién dárselo que no sea tu padre... Deberías dárselo al inglesito guapo- dijo una de sus primas dándole un codazo. Ella sonrió y arqueó las cejas- Algún día- Y empezó a dar los saltitos y las vueltas que tenía que dar al otro extremo del hilo. En una de esas, cuando su tía se acercó dando vueltas le dijo -Dentro de nada dan las doce... Y empezarán las estrellas fugaces- tuvieron que volver a separarse por el baile, pero cuando se volvieron a juntar dijo- Yo entretengo a Arnold. Tú llévate a Marcus corriendo- el baile estaba acabando, y se enrolló a sí misma en el hilo, acabando en brazos de su padre con una risa- Al final sí hemos bailado, papi- Él se rió y la miró con ternura, mientras la ayudaba a desliarse.

En cuanto se vio libre, corrió hacia Marcus, que acababa de quedarse solo porque la tata se había llevado a Arnold, cogió la cesta y le agarró de la mano- Hay algo que quiero ver antes de que se acabe la noche, pero no está aquí ¿Vienes conmigo?- Y vio como ambos se iluminaban con las luces de los fuegos artificiales que empezaban a aparecer en el cielo. Tiró de la mano de su amigo y bajó corriendo pro la calle empedrada que descendía a la playa con el ruido de su risa coreando los fuegos.
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CON Alice EN SAINT-TRÔPEZ A LAS 20:30H, 10 de agosto de 1999
Aunque ya se habían separado se había quedado mirando a Alice, y por mucho que tratara de esconderlo tras la fachada de las nuevas bromitas, estaba aún un tanto atontado. Además, le había dicho que era feliz. Que hacía tiempo que no era tan feliz, sin más, y que él podía haber tenido parte de responsabilidad en eso. Solo eso le hacía sonreír sin remedio. Era lo único que quería, que Alice fuera feliz y poder hacer algo, lo que fuera, por diminuto que fuese, para colaborar en esa felicidad. Había sufrido mucho, la vida había sido muy injusta con los Gallia. Ojalá estuviera en su mano decir "las desgracias se acaban aquí". Por el momento, se conformaría con eso: con verla sonreír. Con verla feliz.

Se tuvo que reír con su comentario pero negó con la cabeza y con un índice. No intentes manipularme, Alice Gallia, que nos conocemos. Se acercó un poco a ella con chulería. He dicho que quería conocerme todos los puestos y en ese me he quedado a medias. Ya sabes que yo tengo que saberlo todo todo, no me gusta quedarme en la superficie. Pero el debate se vio interrumpido por la presencia de los Sorel. Volvió a reír brevemente entre dientes y se dirigió él también a la mesa. Se había librado por poquito, pero pensaba volver a ese puesto, ya ves que sí.

Tomó alegremente la salamandra de canela que Alice le ofrecía y empezó a comérsela. Sí que estaban buenas, ¿cuántas cosas había probado ya desde que llegó a esa feria? La salamandra de canela, los bombones ruleta rusa, el queso de oveja, el queso ahumado... Y aún le faltaban las meigas fritas. Mientras estaba comiendo Alice se acercó de nuevo para explicarle que había un baile tradicional que se hacía con la música que empezaba a sonar en ese momento, y antes de que pudiera contestarle se la llevaron corriendo. Se echó a reír. ¡Que te diviertas! Bramó desde su posición mientras se terminaba la salamandra de canela. Y ahí se quedó, mirando el espectáculo y sonriente, viendo a Alice bailar con sus primas.

Su padre se le puso al lado mientras él estaba absorto mirando el espectáculo. No sabía que bailaras. Marcus rió sin darle mucha importancia y respondió. Ni yo que tú bailaras. Venga, que a mí me han liado. Tú has ido solito. Se encogió de hombros con una sonrisita y mirando a Alice bailar y reírse con sus primas. Su padre soltó una risita y un suspiro, pasando también la mirada hacia el baile. Lo que esa chica no consiga contigo... En otros momentos se hubiera revuelto y hubiera dicho algo así como "yo hago las cosas porque quiero" o "no soy tan influenciable" o alguna salida de esas tan Marcus. Pero ahí simplemente amplió la sonrisa con una mueca conformada y las manos tras la espalda, sin dejar de mirar el baile. Pues sí. Su padre le miró con una expresión de extrañeza absoluta y, para ilustrar su broma, se giró a mirar la mesa en la que aún reposaba el plato de bombones. ¿Qué tenían esos bombones? ¿Qué has tomado? ¿Quién eres tú y qué has hecho con mi hijo? Ambos empezaron a reírse hasta que Marcus contestó. Estoy contento. Ya está. Sí. Simplemente estaba contento.

Nada más terminó el baile las chicas se dispersaron. Alice ya venía hacia él, pero la imparable Violet secuestró a su padre antes de que su sobrina llegase. Le hacía mucha gracia esa escena, ahora entendía por qué su madre definía a la tía de Alice como "imposible", aunque mientras ella no parecía estimarla demasiado, a Marcus le hacía bastante gracia. También entendía por qué a su tía Erin se le escapaba una risilla cada vez que se hablaba de ella, a saber cuantas trastadas de Violet habría presenciado.

Se dejó agarrar por Alice y puso cara de asombro. ¿No está aquí? Porque parece que haya pocas cosas que no estén aquí. Dijo con una risa mientras la chica le sacaba de la fiesta casi en volandas. Le gustaba que Alice lo arrastrara... Eso le iba a costar más trabajo reconocerlo en Hogwarts que allí, pero bueno. Miraba al cielo mientras iba tras ella, admirando los fuegos artificiales. ¿A dónde me llevas? Preguntó entre risas y a la carrera. ¿A un puesto oculto o algo así? Bromeó, mientras veía como sus pasos se dirigían de nuevo a la playa.

Al pisar la arena se giró, admirando las luces de la feria que habían dejado a lo lejos y el ruido de gente y música lejano, todo bañado por los fuegos artificiales. Se volvió a Alice, modulando la respiración por la carrera, y sonrió. ¿No irás a pedirme bañarte otra vez, no? Lo había dicho de broma pero viniendo de Alice hasta podría ser verdad. ¿Sabes? Tienes cierta querencia por las aguas negras de noche. Bromeó, no sin cierta inquietud por verse metido en el agua a esas horas y sin nadie por allí. Sonrió un poco de lado y preguntó, ya sin poder contener la curiosidad. Bueno, ¿qué es eso que me querías enseñar?
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CON Marcus EN Saint-Tropez A LAS 20:30h, 10 de agosto de 1999
Los colores de los fuegos, la brisa nocturna del mar que subía por la calle, Marcus a la luz de las farolas, con su mano bien agarrada, entrelazando los dedos. Era como un sueño. Un sueño del que no quería despertarse. Se giró, mirándole, aún en ese estado onírico y le dijo- ¿Te acuerdas de la lista de mis cosas favoritas?- Le acercó tirando de su mano- El viento, saltar en los charcos, las estrellas, cuidar las plantas, oler las flores, los libros viejos, el olor a tinta...- Ladeó la cabeza y achicó un poco los ojos- Y aquel día, añadí "la sonrisa de Marcus O'Donnell" porque siempre que te ríes, significa que lo estamos pasando bien. El viento ya lo tenemos- dijo mirando al rededor y pasándose una mano por la falda del vestido, que se empezaba a alborotar por la dicha brisa- Saltar en los charcos... Creo que bañarse en el mar cuenta como veinte veces eso; cuidar las plantas y oler las flores- dijo levantando la cesta- hecho; los libros viejos y la tinta... No se deben llevar a la playa... Y la sonrisa de Marcus O'Donnell... Ya la tengo- Levantó la mirada hacia el cielo- Esta noche es la lluvia de estrellas de las perseidas, y comienza a media noche... Y quiero verlas en la playa. De pequeña siempre me quedaba dormida, como Dylan pero... Me hace mucha ilusión- Levantó la cesta y dijo- Coge las meigas, voy a casa a dejar esto y ahora vuelvo... Espérame en la playa.

Fue corriendo a su casa, entrando por la portezuela de atrás y sin perder de vista la sombra de Marcus en la playa. Fue al patio que había cerca de la cocina, donde estaba la ropa tendida, y cogió una de las toallas grandes que usaban para los picnics en la playa y se miró un momento en el reflejo de la ventana. ¿Por qué se veía diferente? ¿Y por qué quería verse más guapa, más deseable? Sí, sabía lo que sentía por Marcus, más o menos había llegado a términos con ello, igual que había decidido que aquello no podía ser... Y que ya se pasaría. Pero no estaba actuando como tal y lo sabía. ¿Pero por qué detenerse? Si Marcus la seguía, la seguía sin pensar si quiera, solo con esa chulería que le salía a veces y que a ella le encantaba, porque sabía que era todo fachada. Mejor no pensarlo tanto. Mejor correr, que era lo que mejor se le daba, correr hacia delante, como el viento, y como el viento también, si le ponían una pared... Simplemente desaparecería y aparecería en otro lugar.

Llegó a donde estaba Marcus y tendió la toalla en el suelo- Así cuando empiecen las estrellas, nos podemos tumbar a verlas- Luego cogió una de las meigas de las manos de Marcus y sonrió- Esta vez tú primero, que ya no me fío de tus estrategias- Dijo silabeando la palabra- A ver cuánto se levanta Marcus O'Donnell del suelo, él siempre que se jacta de tener los pies en la tierra- Con la mano que no tenía ocupada con la meiga, agarró la suya- Yo me quedo aquí por si acaso.
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CON Alice EN SAINT-TRÔPEZ A LAS 20:30H, 10 de agosto de 1999
Estaba mirando a Alice con una sonrisa expectante, con esa mezcla entre "tengo la situación controlada" y "a ver donde me arrastras ahora" con la que no podía evitar mirarla siempre. Porque sí, conocía los preludios de las tramas de Alice, y si bien siempre estaba alerta, también se metía de cabeza sin pensar. Y más esa noche, que se había propuesto no pensar, solo sentir y divertirse.

Se acercó a ella, escuchándola, y sintió un vuelco en el corazón cuando dijo que había añadido su sonrisa a la lista de sus cosas favoritas, no pudiendo evitar que se reflejara un velo de sorpresa en su cara (y probablemente que se ruborizase un poco, lo cual esperaba que fuera indetectable por la escasa luz de la noche). Solo tragó saliva y sonrió, bajando un poco la cabeza y alzando la mirada mientras seguía escuchándola. Y mientras lo hacía, pensaba pero ojalá no tuvieras que recitar esa lista nunca. Porque sabía que Alice recitaba esa lista cuando tenía miedo, aunque en esa noche dudaba que estuviera teniendo miedo, simplemente estaba enumerando sus cosas favoritas... Y él, su sonrisa, estaba entre ellas. Se mordió el labio. Sí, claramente la de ella también estaba entre sus cosas favoritas. Probablemente la que más.

Hm. Frunció el ceño y los labios, escondiendo una sonrisilla. No estoy de acuerdo con eso de que no se puedan llevar libros viejos a la playa. Yo tenía uno esta tarde. Bromeó, solo para chincharla un poco, porque ¿qué pegas podía ponerle a esa lista? Era perfecta. Pero, ¿acaso no era esa toda la dinámica de su relación, cuestionarse todas sus frases hasta que alguien ganara esa batalla que ni era batalla ni era nada? Sonrió un poco más a eso de que ya tenía su sonrisa y alzó la vista al cielo cuando ella lo hizo. Pero la bajó para volver a mirarla emocionado. ¿De verdad? Volvió a subir la vista al cielo. Hala, siempre quise verlas. No sabía que era hoy. ¿Y podía haber un mejor sitio para verlas que en la playa? No, ¿podía haber una mejor noche para verlas que esa noche? Cuando creía que no podía mejorar, simplemente lo había hecho. El poder de Alice. Siempre tenía la guinda final perfecta para todas las tartas.

La siguió con la mirada hasta que la perdió al girar para entrar en su casa, y Marcus dio alguna vuelta errática por la arena, con una sonrisita incontenible, mirando por momentos las meigas y por momentos el cielo estrellado. Se lamentó un poco en sus adentros de no poder hacer magia por ser un menor fuera de Hogwarts. De poder, ya se estaría inventando algo para recordar aquella noche para siempre. Aunque... Todavía algo podía hacer. Se trasteó los bolsillos y, ¡ah! Marcus seguía siendo Marcus hasta de vacaciones. Sacó un trocito de pergamino y arrancó un par de flores del ramito de lavandas que llevaba en su solapa. Las puso con cuidado en el pergamino y lo dobló bien, presionándolas. Y en ese momento llegó Alice. Arqueó una ceja y suspiró en silencio. Como le había pillado trasteando, para que iba a esperar más. Dado que aún no tengo los suficientes conocimientos sobre alquimia y aunque los tuviera no podría hacer nada mínimo hasta dentro de tres años... Lo haré a lo muggle. Rió un poco y siguió doblando el pergamino, pero lo abrió un segundo para mostrarle a la chica su interior. Para tenerlas de recuerdo, una para cada uno. Y cuando venga a comprarlas en ese francés perfecto que me vas a enseñar, espero tener ya los suficientes conocimientos como para conservarla fresca, no seca. Volvió a reír y, con cuidado para que no se desprendieran de su sitio, se guardó el pliegue de pergamino en el bolsillo trasero del pantalón. Y para que lo sepas, si tuviera aquí un libro viejo me saldría mejor esto... Pero bueno, en casa las guardo.

Se acercó hasta donde la chica había extendido la toalla y dejó que agarrara una de las meigas de su mano. La miró de nuevo con su expresión de falsa ofensa, con los ojos y la boca muy abiertos y una mano en el pecho. Lo que hay que oír. Negó con la cabeza pero, ante el retito de Alice, entrecerró los ojos y alzó una de las golosinas entre sus dedos. Hecho. Lanzó con chulería y se llevó la meiga a la boca. Soltó un ruidito de gusto, no solo porque estaba buenísima sino porque llevaba horas queriendo comérsela y cuando algo se hacía esperar tanto, luego se cogía con más ganas. Se rió un poco y miró hacia abajo. Pues a priori nada. A ver si me voy a despertar en el techo esta noche como tú. Bromeó, pero mientras se estaba riendo notó como se le despegaban los pies del suelo. Se aferró con fuerza a la mano de Alice e intentó mantener el equilibro en el aire mientras se partía de risa. ¡Eh! Con suerte pillo una perseida. Bromeó entre risas.

Se mantuvo en el aire por al menos un minuto, riéndose y bromeando, agarrado a la mano de la chica. ¡Ni se te ocurra comerte la tuya hasta que yo no baje! Advirtió sin dejar de reír, con un índice apuntando hacia ella. Que no se fiaba ni un pelo de su amiga, y vale que las meigas no eran nada peligrosas, dejaría de levitar en cuestión de segundos, pero por si acaso. Se sentía más seguro anclado al suelo. Y, efectivamente, en apenas segundos se le pasó el efecto de las chucherías, y se le pasó de golpe, porque cayó al suelo sin avisar, perdiendo el equilibro por lo blando de la arena y los pliegues de la toalla y dando con las rodillas en esta, sin parar de reír. Se reía tanto que aunque había caído de rodillas, acabó rodando por la toalla y agarrándose el vientre. Cuando consiguió serenarse un poco miró a la chica. Venga, te toca. Se puso de nuevo de rodillas en la toalla. ¿No tendrás miedo, verdad, Alice Gallia? Le mostró las manos. No voy a dejar que te caigas. Te lo prometo.
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CON Marcus EN Saint-Tropez A LAS 20:30h, 10 de agosto de 1999
Cuando llegó y Marcus le dio el pergamino con la lavanda la mantuvo en la palma de la mano con el corazón acelerado. Alzó la mirada y dijo- No la querría diferente. La quiero para recordar el aquí y el ahora. Si ahora no podemos hacer magia... Solo la quiero así, como tú me la des- Sonrió y suspiró- Es perfecta. C'est parfait, ahí te va la primera lección de francés.

Rió cristalinamente y observó a Marcus comiéndose la meiga de un bocado- Madre mía, vas a salir volando disparado- Pero tardó unos segundos, y era tan largo que no se despegó muchísimo del suelo- Solo te faltaba eso esta noche- dijo con una sonrisa emocionada- Cazarme una estrella. Creo que eso lo haría todo perfecto. Y un poco imposible. Pero me gusta pensarlo- Terminó con una risita. Y ahora cogió la mano de Marcus y giró entorno a él, haciéndole girar en el aire, riéndose a base a de bien- ¡Nooo! Hay pocas cosas a las que les tenga respeto, y una de ellas son las meigas- Alice Gallia nunca verbalizaba la palabra "miedo".

Marcus cayó y la arena le desequilibró, y como se negaba a soltarle, tiró de ella, cayendo al lado suyo en la manta riéndose- ¡Eres tremendo!- dijo entre carcajadas y poniéndose boca arriba en la manta, manteniendo su mano y mirando el cielo estrellado- No te vuelvo a dejar comer meigas en la vida...- Se giró cuando le dijo lo del miedo- Res-peto. No es lo mismo. Pero si el traidorcillo de Marcus O'Donnell se la ha comido... Yo no voy a ser menos- dijo poniéndose la meiga en los labios y tomando aire antes de comérsela. La masticó suavemente y la tragó, sentándose en la toalla. En seguida notó cómo empezaba a flotar. Alargó las piernas y se impulsó sin querer, agarrando ambas manos de Marcus y diciendo, mucho más apremiante de lo que le gustaría- ¡No me sueltes! ¡Marcus, no me sueltes!- Le gustaba volar y a la vez le daba miedo subir tanto como aquella vez que acabó en el techo. Miró a los ojos de Marcus, y luego a las estrellas. Era como si las tuviera más cerca, y la curiosidad vencía al miedo, como siempre en ella, y alargó una mano hacia el cielo, como si pudiera acariciar el manto estelar.

Justo en ese momento, el efecto de la meiga pasó y cayó en la arena, desestabilizándose como le había pasado a Marcus, pero ella no cayó a la toalla. Notó los brazos de Marcus entorno a su cintura y ella dejó caer las manos sobre su pecho. Se quedó mirándole, con la respiración agitada, notando el calor de su cuerpo en contraste con la brisa del mar. Quería decir algo algo, hacer algo, pero entonces, una luz pasó en arco sobre ellos- ¡La primera perseida!- Tiró de la mano de Marcus para que se tendiera a su lado, quedándose rozando su mano e inclinando la cabeza hacia donde estaba- Cuando miro las estrellas siempre pienso en qué suerte he tenido... De que todos los elementos alquímicos se juntaran en mí, naciera en esta estrella, en este planeta... Y ahora pueda estar aquí, así, y aunque me hacen sentirme pequeñita... También me hacen sentir afortunada- dijo terminando con una sonrisa, sin poder dejar de mirar los dibujos de las constelaciones.
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Ci ha dato il cielo, e le chiare stelle
CON Alice EN SAINT-TRÔPEZ A LAS 20:30H, 10 de agosto de 1999
Si ya se estaba riendo de antes, ver a Alice igual de revolcada que él por la toalla solo le hacía reírse más. ¡Eh! Mi aterrizaje ha sido perfecto. Dijo, sin dejar de reír. ¡Ché parfé! ¿No era así? Fíjate, ya sé francés. Comentó sin dejar de reirse y sin estar del todo seguro de si había pronunciado bien la frase que le había dicho la chica antes, pero y qué más daba eso. Se puso de rodillas e hizo una burla a la chica. Uuh, perdona, "respeto". Y de traidorcillo nada, que soy mejor que tú y ya está, algún día lo reconocerás.

Rió un poco y miró a la chica atentamente, viendo la precaución con la que se comía la meiga y atento para agarrarla cuando levitara. Estaba seguro de que volaría más alto porque pesaba menos y porque había comido menos, por fuerza le tenía que hacer más efecto. Se había sentado y, al empezar a levitar, estiró las piernas y lo que hizo fue impulsarse. Marcus se echó a reír pero en seguida se inclinó para agarrar sus manos, temiendo de verdad que se fuera volando por ahí. ¡Pero no hagas eso! Soltó entre carcajadas, agarrando con fuerza sus manos. Hasta cuando algo le daba "respeto" Alice tenía que hacer una locura de las suyas. Pero ahí estaba esa poca confianza que le tenía a las meigas. ¡No te suelto, no te suelto! Estoy aquí. La tranquilizó, sin perder una leve risa y sin dejar de sonreír.

Pero la que se soltó fue ella, o al menos una de sus manos. Instintivamente llevó esta mano libre a su cintura y estiró un poco el tronco, porque Alice se estaba alzando bastante y pronto se pasaría el efecto de las meigas y no quería que se hiciera daño al caer. Subió la vista a las estrellas cuando vio como la chica intentaba alcanzarla y... Estaba seguro de que era una de las imágenes más bonitas que hubiera visto jamás, y que no la olvidaría en su vida. Se quedó absorto en ese paisaje los suficientes segundos como para que le pillara ligeramente desprevenido el fin del efecto de las meigas en su amiga. En un acto reflejo aunque con suavidad, llevó ambas manos a su cintura para evitar que se golpeara con el suelo, y ella cayó apoyada en su pecho.

Se quedaron unos segundos así, mirándose. Mirando sus ojos, esos ojos tan azules que hoy hacían juego con ese vestido tan bonito que en esos momentos estaba tocando, mientras agarraba su cintura. Se había quedado ahí parado, sin ser del todo consciente de que estaba aún sujetando a la chica a pesar de que ya no hacía falta. Pero la señal de ella le sacó de su ensimismamiento, haciéndole alzar la mirada al cielo y abrir mucho los ojos, fascinado. Nunca había visto una, era alucinante. Bajó la mirada de nuevo al notarla tirar de su mano y él, tal y como le indicaba, se tumbó a su lado en la toalla, acomodándose en esta con una sonrisa y mirando al cielo... Y a su amiga a su lado.

La escuchó como escuchaba esas historias que a veces contaba y que tanto le gustaban. Alice tenía ese tipo de sabiduría, de decir justo lo adecuado, de contar cosas bonitas. No repetía datos como un libro parlante como hacía él, sino que a todo le daba un significado profundo y hermoso. Si le tocaba la alquimia, además... Pues ya le ganaba por completo. Respiró hondo y fue echando el aire poco a poco. Nunca lo había visto así... Dijo con voz tranquila, mirando a las estrellas. Es... Muy bonito... Todo esto es muy bonito... La miró, y se quedó unos segundos así, mirándola, con una leve sonrisa. Sí... Todo aquello, todo, era muy bonito. Volvió a suspirar, dejando una de sus manos junto a la de la chica, rozándose con la de ella, y la otra sobre su vientre, mientras giraba de nuevo la mirada hacia las estrellas. Sí que somos afortunados. Reflexionó en voz alta, con ese tono tranquilo que se le había quedado después de la risa, después de que su respiración se relajara, en ese ambiente tan ideal y tras un día y una noche tan felices. Podría añadir esto a mis cosas favoritas... Las meigas fritas... Agosto en la Provenza... Las perseidas... Oírte decir que eres afortunada... Y feliz...Volvió a mirar a la chica. Su voz poco a poco se había vuelto más susurrada, y esbozó una sonrisa tranquila en sus labios. La sonrisa de Alice Gallia.
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CON Marcus EN Saint-Tropez A LAS 20:30h, 10 de agosto de 1999
Rió un poco a lo que dijo su amigo. Era raro oírle decir que no sabía algo, o que no se lo había planteado, o que todo aquello era bonito. Porque sí, su vida en Hogwarts era genial, pero en el sentido de... divertida o apasionante, no con esa belleza serena que habían alcanzado en la Provenza. Se encogió de hombros y sacó un poco el labio- A mí tampoco, es más, se le ocurrió a San Francisco en el siglo XIII- miró a su amigo y arqueó las cejas- ¿Qué? Yo todo lo que sea poesía lo he leído, y más si es medieval. Y más parecía un alquimista que un santo... De hecho diría que es mi poema favorito- Volvió a mirar a las estrellas y alzó la mano, trazando las constelaciones que veía con el dedo, sin dejar de rozar la mano de Marcus con al otra- El cielo nos ha dado; Y las claras estrellas- recitó mientras sonreía a otra de las estrellas que caía- Hermano Sol, Hermana Luna- dijo girándose, mientras pronunciaba las palabras lentamente, al rostro de Marcus- La Madre Tierra; con frutos, prados y flores- dijo dibujándole con el dedo, el símbolo alquímico de la tierra en la frente, porque por mucho que le gustaran las plantas, Marcus era tierra, era un anclaje al mundo, lógico y evolutivo- el Fuego, el viento- dijo llevándose el dedo a su frente y dibujándose el símbolo del aire riendo un poquito, porque, por supuesto ella era el fuego y el viento, pasional, libre- Aire y agua pura- terminó dibujando el símbolo acuático en la palma de él. Porque sí, Marcus podía ser como río más bravo o el lago más tranquilo, pero siempre era él, transparente, sin engañar a nadie- Fuente de Vida; Para sus criaturas; De su inmenso amor...- terminó con una sonrisa tierna, relajada, como la que le acababa de poner él. Suspiró profundamente sin dejar de mirarle un segundo- ¿Se te ocurre una forma más bonita de explicar la vida? Más bonito que como lo he dicho yo, eso seguro...


Sin darse cuenta, se giró su costado, pegándose más a Marcus, sin desviar sus ojos un segundo, mientras le escuchaba decir sus nuevas cosas favoritas- Yo añadiría la lavanda seca...- Pero se tuvo que quedar sin palabras cuando dijo lo de la sonrisa. Soltó un poquito de aire, lentamente, como si no pudiera mantener más la respiración- Me alegro... Porque eres experto en conseguirla- Terminó con una amplia sonrisa. Por un momento, bajó los párpados, y un área de su cerebro que no controlaba aun del todo susurró- ¿Quieres saber qué significaba el color rosa en la bola?- alzó la mirada solo un poco y susurró, en una callada respuesta, casi como dicha sin aire, como si se hubiera olvidado de respirar o no se atreviera a decirlo- Deseo.
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CON Alice EN SAINT-TRÔPEZ A LAS 20:30H, 10 de agosto de 1999
Frunció el ceño y la miró con esa extrañeza divertida con la que miraba a su amiga cuando quería preguntarle de dónde había salido eso pero, a la vez, estaba adorando y deseando escucharla y saber más. ¿San Francisco? Preguntó curioso, con una risita suave. Pero se quedó mirándola mientras hablaba, mientras la oía decir que "todo lo que fuera poesía lo había leído" y su ceño se fue desfrunciendo poco a poco... Y en su lugar debió ir quedando, sin que él la pudiera controlar, una mirada bastante embobada. Ya Alice tenía captada su atención de antes, pero más aún cuando dijo que ese hombre era como un alquimista. Sí, recordaba haber oído a su abuelo hablar de él en ocasiones, pero estaba seguro de que nada relacionado con un poema. Ahora sí que era todo oídos.

Miró a las estrellas a la vez que la chica, viendo como las perseidas caían, escuchando su voz recitar ese poema tan apropiado para esa noche. Estaba totalmente en otro mundo, en un mundo precioso en el que, de nuevo, solo estaban ellos. Marcus y Alice. Ellos y esa habilidad de abstraerse, de hacer desaparecer todo y a todos y quedarse solo el uno con el otro sin importar nada más. Y cuando notó su voz algo más cerca, su rostro mirándole, él también la miró. Seguía recitando el poema y notó sus dedos en su frente. Cerró los ojos para centrarse en lo que dibujaba y sonrió, abriéndolos de nuevo. El símbolo alquímico de la tierra, lo que acababa de recitar. Y luego se dibujó a sí misma el del fuego y el viento y eso le hizo sonreír aún más. Él era tierra, ella era viento. Ella era... Magia, en sí misma, aunque no pudiera usar su varita daba igual, porque hacía ese tipo de magia que solo algunos llevan consigo. Y él era... Un ancla, alguien que impedía que se fuera volando mientras la miraba con admiración.

Con esa misma admiración, embelesado por el poema, por los gestos y la voz de Alice y por las estrellas, bajó la mirada a la palma para ver el último símbolo que dibujaba, y volvió a alzarla hasta sus ojos. Y se quedó allí, en sus ojos, escuchando el final del poema y lo que dijo después. Con suavidad y lentamente, sin moverse de su postura, negó con la cabeza. No, no se le ocurría una forma más bonita de explicar la vida... Ni tampoco... No creo que eso sea posible. Dijo con suavidad, con esa sonrisa suave que se había quedado en su rostro. ¿Más bonito que como lo había dicho ella? Lo dudaba. "Alice Gallia hablando en verso sobre alquimia". Escalando a las posiciones más altas en la lista de sus cosas favoritas.

Él también se giró sobre su costado. En esos momentos no era capaz de hacer otra cosa que no fuera mirarla y copiar sus movimientos como si fuera un espejo. Sonrió y soltó un poco de aire, una leve risita muda, cuando dijo que era experto en conseguir que sonriera. Pues eso era lo que quería, hacerla feliz, hacerla sonreír. Seguir mirándola y ver esa sonrisa y esa forma de mirarle. Que momentos como ese no se acabaran nunca... Asintió con la cabeza en ese movimiento lento que se le había quedado instaurado en el cuerpo desde que se tumbaron en la toalla, aunque con una mirada curiosa y levemente sorprendida. Pensaba que Alice había pasado de largo de lo de la bola, al fin y al cabo solo era un puesto de feria... Pero entonces, respondió.

Si se hubiera parado a analizarse, probablemente se habría dado cuenta de que había dejado de respirar por unos segundos, de que se había quedado con cara de idiota y de que su mirada había ido a parar a sus labios mientras pronunciaba esa palabra, "deseo", y que de allí no se había movido. Se mantuvo unos segundos solo así, mirándola, con la respiración atropellada porque su cuerpo trataba de rescatar oxígeno mientras su mente estaba demasiado embotada como para pensar en respirar. El corazón se le había acelerado y, de nuevo, todo a su alrededor había desaparecido. Hasta la playa, hasta la feria, hasta las estrellas. Solo estaba ella, y él sintiéndose atraído como una polilla a la luz.

Sus rostros estaban bastante cerca, mirándose, y su mirada seguía en sus labios. Lentamente se fue acercando, poco a poco, sin pensar, prolongando ese instante de manera inconsciente porque pocas cosas deseaba más en ese momento que la meta a la que se estaba acercando. Cerrando los ojos tan pronto notó que su nariz rozaba la de la chica. Acercó sus labios a los de ella, lentamente, en apenas un roce. Pero el roce le sabía a poco, por lo que se acercó un poco más y los presionó ligeramente, disfrutando del contacto unos instantes antes de separarlos. Y aunque dejó de tocar sus labios con los suyos, no se distanció de allí. Continuó con su nariz rozando la de ella, en esa distancia en la que podía sentir la respiración de ambos, y aún con los ojos cerrados. Puede que... La bola estuviera... Incompleta, conmigo. Porque sí, era feliz, muy feliz. Pero si también detectaba el deseo... Entonces se había quedado corta.

Sin moverse lo más mínimo abrió los ojos. No era consciente, a pesar del beso, de lo cerca que estaban. Podía ver los de la chica más cerca que nunca, más incluso que cuando juntaban sus frentes, o esa era la sensación que él tenía. Estás muy guapa. Susurró, sin pensar, igual de sin pensar que lo dijo cuando la vio en la cocina. Porque si pensara, probablemente no lo diría, hallaría mil razones por las que era mejor callarse. Igual que, por lo mismo, no pensó demasiado en lo que iba a hacer, en que necesitaba rozar sus labios de nuevo y esta vez... Quedarse un poco más. Cerró los ojos y volvió a besarla con suavidad, deseando con todas sus fuerzas que Alice no le echara de allí, que le preguntara que qué estaba haciendo y diera la noche por terminada. Pero al ver que no lo hacía, acarició sus labios con los suyos y prolongó ese momento, esa sensación. No era su primer beso, ni siquiera el segundo. Se besaron en el lago, hacía ya casi un año, y por mucho que disimulara era algo que no había podido olvidar ni lo haría en su vida. No solo por ser su primer beso, sino por... Ser ella, ser Alice. Pero en esos dos besos hubo un perdón por parte de ella, como si hubiera sido sin querer, y un comentario altanero por parte de él, como si solo hubiera sido un reto más. Allí quedo, como un desliz y como un juego. Pero eso, lo que estaba pasando ahora, no era un desliz ni un juego. Era... Deseo.
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CON Marcus EN Saint-Tropez A LAS 20:30h, 10 de agosto de 1999
Había más magia en aquel momento que en nada que hubiera visto salir nunca de su varita. El sonido de las olas, la luz intermitente de las estrellas que caían, iluminando el precioso rostro de Marcus. La vez que se besaron, en el lago, no se había entretenido mucho en evaluar su cercanía. Pero ahora la atesoraba como el regalo más precioso que le hubiera dado la vida en sus quince años. Marcus, en una playa, bajo las estrellas fugaces, pegado a ella, diciendo que no era posible que hubiera algo más bonito, y no lo había. Aquello se forjaría en su retina para siempre.

Temía, en cierto modo, la reacción de Marcus a aquella palabra tan directa. Pero lo cierto es que llevaba sintiéndolo, el deseo, demasiado tiempo. Mucho se controlaba ya, desde que empezaran las vacaciones, no permitiendo a su cuerpo dejarse llevar por las sensaciones cada vez que se daban aquellas situaciones... Pero no pareció molestarle, porque cada vez estaba más cerca, si es que eso era posible y ¿qué tenía que hacer ella? Pues no le dio tiempo a pensarlo, porque Marcus rozó sus labios con los de ella. Un pulso eléctrico la recorrió entera, disfrutando de aquel contacto, como si tuviera miedo de romperlo, queriendo más, pero quedándose a la vez anclada en ello.

Cuando se separaron, se sintió diferente. Diferente a aquellos dos primero besos que se habían dado en el lago. Habían sido como... como un experimento. Como otra cosa más de las que probaban en Hogwarts. Y sí, garantizado que se había sentido... Rara, especial, cuando lo habían hecho pero ahora... Lo que sentía era justo eso, el deseo, mezclado con algo profundo que inundaba su pecho. Esbozó una sonrisa, que casi hacía rozarse sus labios otra vez, por la cercanía que tenían, y entonces dijo lo de la bola.

Hasta ese momento, Gal se había sentido enternecida, emocionada, feliz... Pero en ese momento, las sensaciones que había sentido durante los roces de los días anteriores, volvieron a su interior. Su corazón y respiración se aceleraron y sintió como un tirón en su estómago, algo que llevaba a su cuerpo a pegarse al de Marcus y subir la mano a su nuca, para evitar que se fuera de allí. Le miró, en aquella cercanía, con las pupilas dilatadas y apenas alumbrados por las estelas de las perseidas que seguían cayendo, dijo con la voz, entre entregada y derrotada, derrotada en su control por ese deseo que había nombrado antes, por la confirmación de que él lo sentía- Me he puesto así para ti- No había pensado mucho eso, pero es que ya tenía los labios de Marcus otra vez sobre los suyos, y esta vez los abrió, haciendo que se rozaran más.

Su cuerpo respondía solo a aquella sensación, pegándose a él, sus dedos se enterraban en los rizos de la nuca de Marcus, y cada vez acariciaba con más entrega sus labios, en una especie de baile que no había ensayado, pero que allí estaba. Y en la línea de dejarse llevar, porque ya había decidido que había perdido el control, dejó avanzar su lengua y se chocó con la de él, profundizando el beso, en una sensación que bien podía haber sido la más placentera, la más natural, que había sentido nunca, y que le llevó a acariciar la mejilla de Marcus con una mezcla extraña de cariño, ternura y deseo infinitos.
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