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Mar Dic 15, 2020 9:36 pm

The Mansfield Manor
One on One — Original — Fantasy

Cuando Mansfield Manor se levantó, sus estancias reflejaban la luz que bañaba a éstas. Los querubines tallados en madera sonreían al chisporroteo de la chimenea y aquellos de carne y hueso correteaban de un lado al otro sin tener cuidado con jarrones o criados.

¿Qué le sucedería con los años a Mansfield Manor? Donde ahora es necesario rebuscar entre los recovecos para sentir un mínimo haz de luz, o los querubines han tornado sus sonrisas en muecas de tristeza y desesperación.

Nadie sabe responder con certeza, mas una joven muchacha está dispuesta a descubrirlo.


ISOLDE SULLIVAN
Mia Wasikowska | Asistente | Phantom

Isolde se mudó a Inglaterra con sus padres cuando aún era una niña. Su madre murió siendo ella adolescente, así que su padre la crió de la mejor manera que pudo, procurándole una educación digna, y aunque pensaran que en la vida solo se tenían el uno al otro, ella nunca le contó que algunas noches su madre aparecía recorriendo los pasillos de la casa de los Sullivan. No era la mujer que recordaba, sonriente y amable, más bien era un saco de huesos y piel que arrastraba los pies mirando a la nada, con la boca abierta hasta el pecho.
Isolde creció con el miedo y la desesperación de percibir cada fantasma de la ciudad de Londres, por lo que intentando escapar de sus viejas pesadillas, decide postularse para el puesto de ayudante de un escritor solitario que desde hace años vive aislado de la sociedad. El trabajo perfecto para quien necesita alejarse del ajetreo constante que supone vivir rodeada de la misma cantidad de vivos que de muertos.

Isolde es, por lo general, una mujer parca en palabras, prefiere la compañía de los libros y los largos paseos en solitario. Es correcta, creyente, temerosa de Dios y devota, como buena irlandesa. El ser salvaje y correr el libertad no es una de sus cualidades, sin embargo, podría sorprender a más de uno con su imaginación, su lenguaje soez, su fuerza de voluntad y su testarudez, cualidades que esconde detrás de una máscara de rectitud y buenos modales.
Edward R. Knightley
Tom Hiddleston | Escritor | Marlowe

‘El coronel Fitzherbert cerró por fin la puerta, sabiendo que ésta nunca volvería a abrirse’ reza el final de su primera novela. Aquella que escribió harto de jugar a las rimas menores o los cuentos para no dormir. Así se gana la vida Edward Knightley -más conocido como E. R. Knightley-, entre páginas e historias de fantasmas.
Joven como era cuando su estrella se apagó, el muchacho nació en el seno de una familia que le prometía cumplir cualquiera de sus sueños. No obstante, pronto se pondría el sol y el crepúsculo amenazaría tormenta.
Solo y apesadumbrado, deshecha cada uno de sus días frente a la pluma y el papel, intentando así que al menos alguien pueda tener un final feliz. Aunque pocas veces sus personajes logran conseguirlo, por más que él se esfuerza.
Las formas son importantes en sus libros, pero él tiende a olvidarlas desde hace tiempo. Aunque encantador sin proponérselo Edward es, sobre todo, desdichado y así se presta su carácter a manifestarlo airándose de forma impredecible y vigorosamente casi a diario.
CRONOLOGÍA
WELCOME AND CLOSE THE DOOR


Última edición por Marlowe el Miér Nov 03, 2021 8:56 pm, editado 5 veces


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Miér Dic 16, 2020 1:44 am

The butterfly cemetery
Isolde Sullivan
& E. R. Knightley

MANSFIELD MANOR

Decir que los fantasmas existen es como afirmar que las brujas existen, desde luego las viejas solitarias con gatos eran lo más parecido a una, sin embargo, no había nada con qué comparar a los fantasmas de cuentos con los reales, y si no que se lo digan a Isolde, quien con 14 años vio por primera vez un fantasma en carne y hueso o más bien lo que quedaba del pútrido cuerpo. Desde entonces sus noches se convertirían en una pesadilla constante de lamentos y temor.

Las llamas de los candelabros apenas duraban diez segundos, el viento aullaba contra las ventanas y un frío helado se metía incluso por debajo de las mantas, un incesante goteo se unía a la filarmónica nocturna, haciendo imposible conciliar el sueño. La melodía de una vieja nana se escuchaba a lo lejos, la llave giró por sí sola en la cerradura y la puerta se entreabrió, pudo escuchar el chirrido de las bisagras, así como también la letra de la nana.  

Ah, poor bird
Take your flight
High above the sorrows
Of this sad night


Una huesuda y fría mano se posó en su hombro derecho, obligándola a cerrar los ojos con más fuerza, no la quería ver, pero ella tiró de su blanco camisón hasta rasgarlo y quemar su piel como quema el hielo en invierno.  

Mi pequeña, nunca sigas el aleteo de las mariposas.

Y entonces abrió los ojos. Pese a sentirse un tanto desorientada por aquel sueño que rememoraba a un viejo recuerdo, Isolde sabía perfectamente que se encontraba en el carruaje junto al señor Beaconsfield, el hombre que le prometió un puesto como asistente del escritor E. R. Knightley, siendo también su editor. No había aceptado el trabajo por ser una lectora apasionada de las novelas góticas de Knightley, a decir verdad, algunas de ellas empezaban a dejar mucho que desear; más bien aceptó el puesto por cambiar de aires y alejarse lo más posible de Londres, y aunque Canterbury no estuviese especialmente alejado, ponía un trecho de varias horas en tren y luego en carruaje entre ella y sus escalofriantes recuerdos, solo añoraría los paseos con su padre y las charlas con su buen amigo William.

¿Ha dormido bien? — la ronca voz del editor la sacó de sus ensoñaciones, obligándola a sonreír por amabilidad.  

Sí, perdone por haberlo dejado sin compañía para conversar, ha sido un día largo — añadió la muchacha a modo de excusa, pues lo cierto era que el hombre la aburría con la historia familiar del señor Knightley y cómo es su solitaria vida en Mansfield Manor.

No tiene que disculparse, estamos a punto de llegar, desde aquí puede ver la torre de la mansión — el hombre señaló por la ventana del carruaje, mientras que Isolde se asomaba a mirar. Si mal no recordaba aquella era una de las alas de la casa que estaba prohibida para cualquiera que no perteneciera a la familia.  

Cuando el carruaje se detuvo, la muchacha apenas esperó al cochero para bajar, necesitaba estirar las piernas lo antes posible. Se puso a andar en círculos con las manos en la cintura, mientras el cochero bajaba los equipajes con ayuda del editor. La muchacha se detuvo para alzar la vista hacia la mansión, quedado más sorprendida por la dejadez de la misma que por su enorme tamaño. Aquello recordaba a un caserón de cuento de terror, y no estaría muy alejada de la realidad, pues un escalofrío recorrió su columna cuando traspasaron el umbral de la puerta.

Muy bien, hemos llegado a su nuevo hogar, iré a buscar al señor Knightley, por favor, espere aquí — Isolde no pudo evitar preguntarse si aquellas raídas escaleras aguantarían el peso de Beaconsfield, quien tampoco parecía muy seguro de ello, sin embargo, no quedaba de otra.

Isolde se quedó de pie junto a sus maletas en medio del recibidor, contemplando a su alrededor. No pudo evitar detener la mirada en la ventana lateral del pasillo, abierta de par en par, dejaba entrar las últimas hojas resecas del otoño. Con pasos cortos y silenciosos se acercó a echar un vistazo a lo que había al otro lado, pero lo que encontró no fueron hojas secas movidas por el viento, sino más bien un cementerio de gitanas, un tipo de mariposa común, que aleteaban moribundas en el suelo y el alféizar de la ventana.




Última edición por Phantom el Miér Dic 16, 2020 5:21 pm, editado 1 vez


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Miér Dic 16, 2020 5:14 pm

The butterfly cemetery
Edward Knightley
& Isolde Sullivan

MANSFIELD MANOR

Frederick Woodhouse era un buen mayordomo. Durante años había salvaguardado los intereses de la familia Knightley, viendo crecer a sus vástagos y atendiendo las tareas del hogar con ayuda de las sirvientas. Por desgracia para Mansfield Manor, Woodhouse se hacía viejo. La familia hacía mucho que había abandonado aquel lugar -no la mansión, sino la vida-, y con la renuncia de algunas de las sirvientas y la desaparición de otras, Woodhouse debía encargarse de un hogar que nada de cálido tenía ya. Un trabajo que poco a poco se fue haciendo patente era demasiado para él y así fue como Mansfield Manor dejó de brillar y comenzó a humedecerse en cada recoveco.

Tras la muerte de Woodhouse, Edward Knightley, el hijo menor del difunto matrimonio fue el único que permaneció en aquel lugar, esperanzado con la idea de que él podría devolver a esa casa el brillo de antaño. Pero tras innumerables e infructuosos intentos, con su reloj de bolsillo avanzando cada vez más y sin dar tregua al caballero, éste asumió su derrota. Tanto la de aquel lugar como la de su vida social, que parecía pudrirse a la par.

'Edmund Fitzherbert asumió su destino el mismo día que su mujer murió en extrañas circunstancias' comenzaría a escribir un día en unos diarios viejos hasta transformar sus devaneos en publicaciones que más tarde leería una ingente cantidad de londinenses, implorando porque el escritor diera vida a más de sus fantasmas. Lejos, sin embargo, de sentirse honrado, Knightley sustituyó la libertad de dejar volar su imaginación por unos grilletes que le ataban a su público. ¿Y si la siguiente obra no les gusta? , se preocupaba a menudo. ¿Y si sólo quieren de mi esto? Un alma que nunca sane porque la felicidad no trae consigo a ninguna de las musas.

Fue cuando un tablón suelto de las escaleras que daban al desván quebró la pierna del escritor cuando George Barrowman, su médico, comenzó a visitarle, advirtiendo que nadie parecía haber ido a aquel lugar en meses y que el propio Knightley no había visto a nadie en el mismo tiempo. Pero la verdad es que se equivocaba. Mansfield Manor, por sus características y la lejanía que suponía del pueblo más cercano, no era lugar de peregrinaje más que para las mariposas que a él iban a morir. Por ello Barrowman se equivocaba: nadie había pisado aquel lugar en al menos un año y Knightley llevaba el mismo tiempo sin visitar la ciudad.

El accidente con las ecaleras del desván le obligó a mantenerse en cama un tiempo y eso no ayudó a su carácter. Por suerte para él, Barrowman había hablado con su editor y entre ambos encontraron una solución al problema, instalando a una joven ama de llaves que tuviera conocimientos suficientes, aspiraciones, ambiciones, y paciencia en exceso para poder ayudar a Knightley y que no abandonara al escritor el segundo día tras unas malas palabras y un tono inadecuado.

-------------------

Aquel día era todo exasperación y parte de la culpa la tenía la señorita Isolde Sullivan, volvía a leer en la carta que su editor le había mandado, mientras esperaba a que un carruaje arribara con la joven. Al oir el ruido de los caballos, esperó a que su editor advirtiera su llegada y tras coger su bastón se presentó en el hall, bajando a duras penas para conocer a la nueva mariposa de coloridas alas que tarde o temprano terminaría muriendo... como las otras.

- Edward Knightley -dijo, y ninguna otra palabra salió de su boca, pues ni estaba contento de aquel arreglo ni mucho menos de que la desconocida se quedara en su casa, temiendo tener que volver a adoptar unas costumbres y un comportamiento que hacía tiempo había desechado por innecesario en la soledad que le sumía-.




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Miér Dic 16, 2020 11:53 pm

The butterfly cemetery
Isolde Sullivan
& E. R. Knightley

MANSFIELD MANOR

Las débiles mariposas aleteaban por última vez, posadas en el suelo como hojas secas. Isolde tomó a una de ellas por las alas, observándola de cerca, mientras las maderas de las escaleras crujían a cada paso que daban las otras dos personas que se encontraban en la casa. “Se las comen las polillas” oyó una vez decir a su padre, aquello la entristeció durante muchos años, las polillas se lo comen todo, creyó recordar la vana explicación, sin entender realmente el por qué. Desde entonces odiaba las polillas, porque se alimentaban de la perenne belleza de las mariposas.

Isolde volvió al centro del recibidor con la mariposa entre las manos, justo a tiempo para ser presentada al dueño de la casa. Desde lo alto de las escaleras, bajando a duras penas apoyado en su bastón, el señor Knightley imponía su presencia como dueño y señor de aquellas raídas paredes que componían su hogar, Isolde pensó entonces que la estética de la casa iba a juego con el semblante poco amigable Edward.  

Señorita Sullivan, deje que le presente a... — el señor Beaconsfield aún no acababa de terminar su frase cuando el señor Knightley lo interrumpió de manera brusca, haciéndose valer por encima de todos. Isolde suspiró y se acercó a las escaleras, sin apartar la mirada en ningún momento.

¿Es que acaso sus modales pesaban demasiado como para bajarlos consigo, señor Knightley? — preguntó con una suave y pausada voz. De apariencia, siempre había sido tachada por una mojigata tímida y callada, pero la verdad era otra, Isolde Sullivan tenía el temperamento propio de cualquier mujer irlandesa, directa y sin pelos en la lengua. — De ser así, hágame saber si necesita que vaya a buscarlos por usted, estaré encantada de ayudarlo, a fin de cuentas, para eso me han contratado — volvió la mirada al señor Beaconsfield, quien parecía un tanto desencajado por la situación.

Bueno, me alegra que se conozcan por fin, si necesita algo, no dude en enviar al mensajero a mi oficina, señorita Sullivan, estamos para ayudar en todo lo necesario — El sudor resbalaba por su frente, mientras bajaba los últimos escalones. — Edward, sé amable y no olvides enviar el manuscrito a la oficina a final de mes — le recordó el hombre regordete al escritor, antes de dirigirse a la puerta, con ansias de abandonar por fin aquella mansión. — Tengo que volver a la oficina, así que muéstrale todo lo que necesita saber a la señorita, yo me pasaré por aquí en un par de días para comprobar que todo vaya bien — se colocó el sombrero y con un rápido ademán, se despidió de los presentes.  

Isolde insistió en acompañarlo hasta la puerta, sin embargo, el hombre ya había cruzado por el otro lado del marco, cuando la muchacha logró tomar el pomo de la puerta. “Sea paciente con él” le oyó decir casi a lo lejos, lo que provocó un leve suspiro de asentimiento por su parte. El sentimiento de incomodidad de verse a solas con aquel hombre crecía en su pecho por momentos, así que, armándose de valor, giró sobre sus propios talones para hacerle frente.  

¿Sería tan amable de hacerme un recorrido por la casa o al menos mostrarme dónde están mis aposentos? — fue directa a su coger su maleta para luego plantarse junto al señor Knightley. Pese a estar apoyado en un bastón, no había perdido la compostura y la elegancia, hasta la mismísima Isolde se había fijado en que era un hombre de buen ver, sin embargo, el carácter le fallaba, y no había nada que envejeciera más que la amargura.  




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Jue Dic 17, 2020 1:19 am

The butterfly cemetery
Edward Knightley
& Isolde Sullivan

MANSFIELD MANOR

Cuando Isobel Sullivan abrió la boca, las mejillas de todo caballero presente se enrojecieron sin necesidad de acercarse al fuego, que de poco servía en aquel lugar.
Beaconsfield mantuvo los labios apretados mientras dirigía su mirada, casi desorbitando los ojos, hacia el señor Knightley, por miedo a que la mujer durara incluso menos de lo esperado en aquella casa.

- Creo que mis modales se han podido extraviar en algún lugar de esta enorme mansión.

Para auténtica sorpresa de su editor, Knightley dejó entrever algo parecido a una sonrisa que calmó con prontitud a la espera de que nadie la hubiera visto. Beaconsfield no disimuló su sorpresa y levantó la vista al cielo como si se viera obligado a dar gracias por aquel milagro.

- ¿Para qué necesito recordar nada? Ahora la tengo a ella, ¿no? -preguntó señalando con su bastón a la dama de una forma más reprobable que caballerosa-. Si el manuscrito no llega, sabrá de quien es la culpa.

Mientras Isobel intentaba acompañar a aquel rechoncho hombre a la puerta, Edward Knightley frunció el ceño mientras auscultaba los ropajes de la joven, su pelo y forma de moverse. Al contrario que cuando posó su mirada sobre él en un primer momento, con ella de espaldas se sentía libre de poder hacerlo como el que estudia un mapa del territorio enemigo en el campo de batalla.

Una vez la muchacha le pidió que le mostrara donde estaban sus aposentos, el escritor se le quedó mirando todavía, esta vez examinando su semblante, discerniendo si merecía la pena hacer aquello o no, a lo que finalmente contestó:

- Desde luego. Tal vez podamos encontrar mis modales en alguna de las habitaciones.

Edward era escritor de novela gótica, pero empezó la visita de la dama cual historiador, datando cada una de las habitaciones y explicando cada suceso familiar que había tenido lugar en ellas -dejando a un lado los más inusitados, claro está-. Habló de sus antepasados como si fueran personajes bélicos ciertamente condecorados y de las estancias como si formaran parte de algún tipo de museo antiguo. Todo aquel aire de rigurosa historia comenzaba a ponerle de los nervios, por lo que, sin él darse cuenta, regresó a donde más cómodo se sentía: las historias de fantasmas. Su primer apunte literario hablaba de la vida de una vieja mesa de madera, el segundo narraba con exquisitas palabras la historia de un cuadro antiguo sobre una de las chimeneas. Poco a poco su tono pasó de tosco a lírico y su mirada dejó de juzgar para juguetear.

El estado de la mansión era deplorable y nadie salvo alguien atado a aquella casa se quedaría durante mucho tiempo por decisión propia, así que Knightley sólo tenía que esperar. Mientras tanto, no le hacía ningún mal jugar con su nuevo juguete.

- Y aquí es donde escribo -dijo, irónicamente parco en palabras, para describir probablemente el lugar más interesante de cuantos había: el desván-.

No sabía si aquella mujer había leído alguno de sus libros, o si sabía a lo que se dedicaba. Normalmente no era una literatura que llamara la atención de las mujeres a no ser que incluyera algún tipo de relación amorosa. Aunque... por desgracia para Knightley, en todas sus novelas solía haber alguna tragedia semejante, por más que él se negara en un primer momento.




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Sáb Dic 19, 2020 7:54 pm

The butterfly cemetery
Isolde Sullivan
& E. R. Knightley

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Isolde le mantuvo la mirada al señor Knightley lo suficiente como para memorizar el color aguamarina de sus ojos, aunque le parecieran bonitos, distinguió en ellos una falta de brillo que se le antojaba familiar y por unos segundos le recordó a los suyos propios con el mismo vacío y faltos de vida. Supuso que aquella opacidad se debía a vivir rodeados de muerte, ella de los fantasmas y él de aquel hogar que se caía a pedazos.

Seguro que primero tendré que desempolvarlo y volverle a recordar cómo se usan — Siguió con la broma sobre los modales de Edward antes de subir las escaleras al paso de su guía, siguiéndolo a cada habitación y escuchando las historias de cada persona en los retratos que decoraban el largo pasillo del primer piso. Conoció al coronel Knightley, la tía abuela Victoria, los padres del actual señor Knightley e incluso hasta al perro de caza del primo Octavius, que tenía su propio retrato.

Cada habitación contaba con una historia singular, la cual Edward gustaba de relatar con especial encanto, como si fuera el artífice propio de cada relato, lo que llevó a Isolde a pensar que estaba hecho para ser escritor, su alma lo gritaba a los cuatro vientos, sin embargo, su semblante mostraba su notable cansancio. Tal vez por un exceso de trabajo o tal vez por falta de inspiración, sea como fuere, ella no estaba allí para ayudarlo a escribir precisamente, sino más bien, para hacerle la vida más sencilla para que él solo se dedicase a la producción de libros, a fin de cuentas, si la editorial no ganaba dinero con él, de nada serviría seguir manteniéndolo.

Cuando subieron al desván, el último piso de la mansión, Isolde creyó ver a alguien asomado a la pequeña ventana redonda, pero cuando ambos entraron, se percató de que allí no había nadie y que todo habría sido un juego de luces y sombras enmarcados por una imaginación desbordante, la suya propia.

Sin duda alguna un lugar muy...sucio, lleno de trastos, abarrotado de libros, con el aire cargado, oscuro, húmedo, frío, maloliente y...peculiar — añadió entonces tras dar una vuelta por la habitación y observarlo todo a su paso. — Me recuerda a la descripción que hace de la buhardilla de Edmund Fitzherbert donde encuentra el cadáver de su esposa, en realidad toda la mansión me recuerda a su libro — volvió la mirada hacia la puerta, donde nuevamente creyó ver a alguien pasar por el pasillo. Tal vez el cansancio estaría haciendo mellas en su imaginación.

¿Estamos aquí los dos solos? — preguntó repentinamente, tras volver la mirada hacia el señor Knightley, pero no quería dejarse llevar por sus ensoñaciones terroríficas, así que al cabo de unos segundos, añadió: — Una mansión tan vieja como esta se vuelve en un ser viviente con el tiempo — apretó los labios en una especie de sonrisa amable y recogió su maleta, la cual llevaba cargando todo el tiempo.

Si me disculpa, me gustaría dejar esto en mis aposentos y preparar un buen té con galletas — se dirigió a la puerta y lo miró, esperando que lo guiara a la que sería su nueva habitación.




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Sáb Dic 19, 2020 9:48 pm

The butterfly cemetery
Edward Knightley
& Isolde Sullivan

MANSFIELD MANOR

- Buena suerte entonces -contestó el caballero a su ofrecimiento de volver a instruirle en el arte de los buenos modales antes de comenzar la visita-.

Una vez en el desván, el rostro de la señorita Sullivan era un libro abierto para Knightley, que de libros entendía bastante.

- Lo sé. Creo que algo sucedió entre 'Los misterios de la hacienda Holloway' y 'El secreto de Sibile Shallow', porque creo recordar que esto no estaba tan desmantelado. ¿Usted limpia? -le preguntó sin vergüenza ninguna, esperando que su editor hubiera pensado en todo-. Porque creo que dos mujeres en mi casa sería ya demasiado, como lo sería para cualquier hombre con algo de juicio.

Por suerte para Edward, había sido el primero en acceder a la buhardilla y cuando Sullivan confesó su razonable parentesco con la habitación del coronel, otra sonrisa fugaz se le escapó a Knightley, intrigado por saber de donde provenían sus ganas de sonreír, las cuales hacía mucho que no sentía.  No tardó en volver su rostro al de Isolde y apoyarse en la mesa.

- ¿Cree usted que hay algo de biográfico en lo que escribe un juntaletras como yo? ¿Historias de fantasmas, desapariciones, monstruos? De ser así, estimada señorita Sullivan, le iría muy bien haciéndose con una pluma y un poco de papel, pues su imaginación es más febril que la mía.

Nunca unas palabras tan acertadas como aquellas, las que salieron de la boca de Isolde para intentar convencerse a si misma de que aquella casa no era tan peligrosa como... realmente sí lo era.

- Salvo que algún fantasma quiera hacer acto de presencia, estaremos los dos solos durante mucho tiempo, me temo -contestó a modo de broma y aún así sin intención de reírse de la muchacha aunque las palabras que había pronunciado con anterioridad indicaran lo contrario, pues no estaba diciendo nada que no fuera cierto-. Es casi halagador que esta casa parezca despertar ciertas inseguridades en usted pero no repare en mi como peligro más evidente. Que no le engañe mi bastón, a fe que en poco tiempo prescindiré de él.

En condiciones normales alguien de la edad de Knightley y de su salud ya habría dejado de usar el bastón. Por algún motivo a aquella pierna le costaba curarse y el escrito no sabía si tenía que ver con su maldición personal o con la humedad que desprendía la casa.

- Déjeme que le pregunte -comenzó mientras salían de aquella habitación en dirección a los aposentos de la joven dama- si su receta de galletas precisa de algún ingrediente como harina o huevos. Jengibre no, pues soy alérgico. Se lo pregunto para advertirle de que en esta casa no hay nada de eso. A veces incluso me pregunto como logro sobrevivir yo mismo. Al final esa frase: 'vivir de sueños', va a ser más cierta de lo esperado.




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Sáb Dic 19, 2020 11:14 pm

The butterfly cemetery
Isolde Sullivan
& E. R. Knightley

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Tendré que hacerlo — respondió soltando un suspiro mientras pasaba un dedo por una de las baldas de la librería, llenándose de polvo negruzco por la falta de limpieza. Seguramente llevase más de un año sin limpiar nada y tan enfrascado en sus escritos, que las arañas y las polillas le parecerían hasta buenas compañías. — Tampoco creo que nadie más aguante este desorden y dejadez, incluso me sorprendo a mí misma al quedarme aquí — lo miró de soslayo con una sonrisa un tanto perspicaz, para luego añadir: — Seguro que incluso usted espera que renuncie lo más pronto posible.

Ya le habían advertido del carácter huraño del señor Knightley, hasta ella misma esperaba a un viejo cascarrabias incapaz de soportar hasta su propia compañía, sin embargo, buena fue su sorpresa al oírlo responder a sus bromas con otras igual de puntiagudas. Lo que ella esperaba era cambiar de aires, poco le importaba cambiar la compañía de su adorable, pero cascarrabias padre, por la de un desconocido igual de cascarrabias, ella sabía cómo lidiar con hombres solitarios, era todo lo que había aprendido en buena parte de su vida, lo único que echaría de menos sería las locas ideas de William y sus primas, Nicole y Adele, sus únicas amistades en todo Londres.  

A mí me gustan más los números y las cuentas, señor, dejarme llevar por la pluma y el papel lo hago solo para escribir misivas a mi familia. — aclaró la muchacha, mientras caminaban por el pasillo a la que sería su habitación. — No se burle de los fantasmas señor, ellos pueden oírlo todo — aunque su respuesta pareciera una broma, escondían más verdad en ellas que el sermón de un cura en una misa dominical. — Teniendo en cuenta el estado de la casa y el suyo propio, y aunque guarden mucha similitud, temo más caerme de las escaleras por culpa de un peldaño roto que de sus intenciones de asustarme — volvió a ser tajante, mirándolo con cierto deje de desdén. Conocía perfectamente la posición que ocupaba tanto en aquella casa como en la sociedad que la juzgaría por convivir en una casa con un hombre soltero, pero poco y nada le importaba lo que los demás pensasen, siempre y cuando le quedase talante para aguantar y piernas para correr.  

Si al menos el señor Beaconsfield me hubiese avisado, habría hecho la compra antes de volver — resopló ligeramente irritada, pues si algo no soportaba era pasar hambre, le recordaba a su pobre infancia, donde el hambre era confundida con el sentimiento de echar de menos algo, más que con una necesidad fisiológica, aunque atrás quedaban ya aquel tiempo de pobreza desalentadora, el recuerdo seguía siendo amargo. Y por otro lado, ella era una mujer de buen comer.

Muy bien, dejaré esto aquí y veré qué hay en su cocina para hacer una lista e ir a comprar — de su boca salieron aquellas palabras casi como un bufido de animal cabreado, apenas echó un vistazo a la habitación, dejando su maleta sobre la cama, para volver al pasillo y encarar al señor Knightley con una furia arrebatada propia de una madre preocupada. — ¿de qué se alimentaba usted si no tiene nada en la despensa? Porque dudo que los cadáveres de mariposa sean un alimento delicioso más que para las polillas — colocó las manos en la cintura, mientras negaba con la cabeza.

Por favor, dígame dónde está la desabastecida cocina — señaló el pasillo con la mirada, exigiendo así que le indicase el camino a la cocina.  




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Lun Dic 21, 2020 4:51 pm

The butterfly cemetery
Edward Knightley
& Isolde Sullivan

MANSFIELD MANOR

- No voy a tomarla por tonta fingiendo que no me gustaría que se fuera, pues lo deseo ardientemente. Reconozco también que la casa necesita algo de limpieza y que la idea de esas galletas hace que no quiera echarla con tanta prontitud.

Frederick Woodhouse no sólo se encargaba de la casa, sino que hacía lo propio con el señorito Knightley mientras éste dedicaba su concentración a otras empresas. Con su muerte, la carencia de alguien que se ocupara de él fue incluso más acuciante. No es que Kinghtley fuera un completo inútil, simplemente su atención o sus intereses eran como una mariposa que se posaba siempre donde no debía.

- ¡Oh! -se sorprendió Edward cuando la señorita Sullivan habló de su amor hacia los números, deteniéndose incluso al recibir el golpe de tamaña sorpresa- No me diga que es usted de ese tipo de personas: frías, muertas en vida, como cualquier administrativo ábaco en mano. Es una verdadera lástima. Creí ver un brillo en sus ojos cuando nos presentaron, pero ya veo que no era más que el reflejo de la chimenea o de una vela antes de apagarse a causa de la fría brisa matinal.

Knightley no negaba que en el mundo hicieran falta personas como Isobel. Él mismo no podría mantener la casa si su editor o su contable no le mantuvieran a él a través de los números. Sin embargo, era clasista hasta decir basta de lo que significaba una persona, escribiera o no y cómo lo hiciera.

- ¿Sabe qué? No me gusta darme por vencido. ¿Qué le parece si le pido que me escriba una carta? Como buen amigo suyo que ahora me considero -bromeó sin lugar a dudas- estaría encantado de recibir una misiva con su opinión sobre su nuevo trabajo, sus inquietudes con respecto al fascinante mundo de los números y su deliciosa opinión sobre el hombre para el que trabaja.

Cuando la joven dejó claro que aquel peldaño en el cual Edward se había fracturado la pierna le preocupaba más que la actitud del hombre, Knightley apretó su bastón, furioso porque lo que para alguien normal hubieran sido unos ligeros y contados días de arrastrar su pierna, para él todavía no había luz al final del tunel. Frustrado, miró en derredor y continuó caminando hasta que la furia de la mujer volvió a detenerle.

- Delicioso no, pero tienen las proteínas suficientes para mantener a un alma en pena que no necesita otra parte de su cuerpo más que su mano derecha y su cabeza encima de los hombros.

Una vez en la cocina y observando la mirada de desesperación de la joven al otear las despensas, Kinghley se debatió entre encerrarse en su habitación para no tener que soportar semejante histeria o hacer lo propio.

- Si lo necesita, mañana podría acompañarla hasta la ciudad.




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Lun Dic 21, 2020 6:24 pm

The butterfly cemetery
Isolde Sullivan
& E. R. Knightley

MANSFIELD MANOR

La muchacha giró el rostro para no mostrar la burlona sonrisa que se posó en sus labios. Ante la respuesta del señor Knightley sobre esperar que la joven abandonase el hogar más pronto de lo esperado se le tornó un tanto cómica cuando mencionó las galletas, pues como bien decía su padre, a las bestias y los hombres se los calma con el estómago lleno, sin embargo, echando un rápido vistazo a aquella desolada y caótica cocina, no había mucho que Isolde pudiese hacer, solo una sopa de cebollas con patatas que calmaría las ansias de comida por un día, pero sin duda alguna, tenía un sinfín de alimentos que comprar y debía hacerse con una lista.

Aunque coincido que la pasión de cada persona es una muestra de su personalidad, no creo que sea todo lo que uno debería esperar del otro, quiero decir, sí, me apasiona los números y la economía, sin embargo, solo puedo optar a ser una asistente en el hogar de un hombre solitario que una contable de banco — se encogió de hombros, mientras se remangaba las mangas del vestido para comenzar a poner algo de orden en la cocina.

Si ese es mi primer deber como su asistente, de buen grado le escribiré una carta, pero tal vez debería imaginarme escribiéndole a otra persona, porque, ¿cómo le digo a mi jefe mediante una carta, que me indigna la miseria de su cocina y el caos de toda su estancia? ¿Es acaso esto un reflejo de lo que habita en su propia mente? — La pulla que recibió por parte de Edward, se la devolvió ella con las mismas ganas. Si bien siempre había sido tildada de ser una muchacha lúgubre y apagada, creía que al menos demostraba su pasión por la vida al no sucumbir a los seres que la atormentaban en sus pesadillas y en la tangible realidad.

Sí, por favor, me vendrá bien su compañía porque hay mucho con lo que abastecer esta cocina — miró a su alrededor y se sacudió las manos y el polvo de su vestido, tenía que empezar a poner orden a aquel hogar y sabía que le llevaría tiempo. — ¡Haré una lista! — proclamó con algo de entusiasmo, mientras revisaba las alacenas. — Si hay algo que le gustaría comer, dígamelo para añadirlo a la lista — la muchacha apenas esperó la respuesta del señor mientras se iba haciendo una lista mental, tenía tantas recetas en mente que de pronto se le antojó cocinar, pues otras de sus pasiones era la cocina, aunque eso no tenía por qué saberlo el señor Knightley.




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Mar Dic 22, 2020 12:21 am

CITY OF Nowhere
Edward Knightley
& Isolde Sullivan

PORTLAND CREEK

Temprano amenaza el gallo con su canto que un nuevo día traerá consigo nuevos retos y el primero de muchos para Edward Knightley el sonámbulo, el que duerme con el sol en alto y pasea bajo el influjo de la luna, será el recuerdo de una promesa hecha el día anterior. 'Si lo necesita, mañana podría acompañarla hasta la ciudad', dijo en un momento de ingenuidad sin esperar despertarse a la mañana siguiente más nervioso de lo habitual. Pero aquel nerviosismo no era nada comparado a su orgullo, que en lo alto de un asta se observaba a si mismo juzgando fríamente debilidades absurdas, nuevas, como las de un niño que tiene miedo a lo desconocido. Pero, ¿cuán desconocida podía ser esa ciudad que había recorrido una y otra vez antes? ¿Eran los chismes y cuchicheos sobre él lo que privaba al caballero de deleitarse con un grato paseo entre sus calles?

Poco duraron las dudas de Knightley pues en algún momento comenzó a escuchar los pasos de su nueva asistente, la cual, durante unos segundos, creyó haber soñado, y poco fue el tiempo que el hombre siguió dedicando a las sábanas antes de arreglarse en pos de una promesa.

El señor Prentiss se encargaba de los caballos, y así preparó el carruaje que llevaría a ambos a la ciudad. Un carruaje sencillo, con únicamente dos asientos. Algo más modesto que aquel en el que había venido la mujer.

- Señor Prentiss, dígale a mi querida nueva amiga que mi compañía le servirá lo mismo que la de una nodriza en una casa sin hijos. Pues con esta pierna y apoyado en un bastón me temo que sus compras tendrán que llevarme a mi y no al revés.

Las insistentes, coloridas pero poco convincentes tretas de Knightley para zafarse de aquella visita no parecían dar su fruto con la joven ni aún durante el viaje, donde inconscientemente comenzó a repiquetear con sus dedos en el hueco que quedaba entre ambos, haciendo resentirse a la madera.

Cuando la nada se convirtió en ruido y el aire fresco tornó en humo, Edward comprendió que habían llegado a Portland Creek y haciendo gala de los correctos modales abrió la puerta y bajó del carruaje a tiempo para tenderle la mano a su compañera.



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Mar Dic 22, 2020 1:37 am

CITY OF NOWHERE
Isolde Sullivan
& E. R. Knightley

Portland Creek

El sol aún no había hecho su aparición cuando la muchacha de rizos dorados se levantó. Ni las almas en pena ni las polillas hacían el mínimo ruido aquella mañana, donde lo único que se podía distinguir era el chirrido propio de la vieja madera cuando el viento soplaba un poco más fuerte. Isolde era una mujer madrugadora, nunca había sido una ferviente compañera de la noche, ya que esta, en su oscura desolación, traía consigo los pesares de los muertos, quienes tenían una ferviente pasión por la oscuridad. Ella jamás se puso a investigar el por qué, su don para hablar con los muertos ya era lo suficientemente aterrador como para molestarse en indagar más sobre los misterios de la noche y la atracción de los espíritus, lo único que le molestaba era ser la única a su alrededor con dicho don.

Poco a poco se desperezaba en la cama a medida que se iba despertando, hasta que un ruido sordo la sacó de su remoloneo mañanero para sentarse en la cama. Un libro había caído de la estantería de su habitación sin razón aparente, y ella, curiosa como la que más, se levantó para colocarlo en su lugar, no sin antes echarle un vistazo. "Las desgracias de Irina", rezaba el título de una lectura que ella desconocía. Vaya forma de darme los buenos días, se quejó Isolde en sus adentros, mientras colocaba el libro en la estantería y abría las cortinas para dejar pasar los primeros rayos de luz.

A penas dieron las ocho de la mañana, Isolde ya se encontraba junto a la puerta principal, enfundada en un vestido verde con pliegues amarillos, sus rizos resguardados en un perfecto recogido y con una larga lista de la compra entre las manos, esperaba impaciente a que el señor Knightley bajara por fin a su encuentro, esperando que no olvidase su promesa.

Buenos días señor Knightley, espero que haya dormido bien —Como era de esperar, las palabras matutinas de Edward seguían tan cargadas de recelo y desganas como las de la noche anterior, sin embargo, hacía falta más que eso para aguar la mañana de la señorita Sullivan. — Vamos, vamos, no sea tan cascarrabias, que dar un paseo y cambiar de aires le viene bien de vez en cuando — la muchacha agitó la mano quitándole importancia a las palabras del señorito, mientras iban de camino a Portland Creek.

No necesito que cargue usted con la compra, para eso llevo la cesta — recalcó mientras señalaba una cesta de mimbre lo suficientemente grande para la compra de un par de semanas. — Su compañía y su dinero son, en cambio, una ayuda de lo más modesta, a parte, yo no conozco la ciudad y contar con un guía en mi primer día es de agradecer —Y es que claro, ella de tonta no tenía un pelo, y si alguien tenía que afrontar los gastos de aquella casa, no serían los sirvientes desde luego.

Ayudándose de la caballerosidad del señor Knightley, bajó del coche mientras echaba un vistazo a su alrededor, el aire cargado y gris hacía un pequeño contraste con los inhóspitos parajes que rodeaba la mansión Mansfield, pero con el mismo deje lúgubre y solitario, algo que parecía estar inpregnado en aquellas tierras.

¿No cree que es un día maravilloso? — la muchacha acomodó la cesta en su brazo y comenzó a caminar junto a Edward, trazando el camino hacia el mercado de la ciudad. — ¿Ha pensado ya en lo que le apetece comer hoy? Se me da muy bien el pastel de carne y el faisán dorado, pero si tiene algún antojo en especial, es el momento ideal para poder comprar los ingredientes —Con aquella charla banal, Isolde solo pretendía animar a su acompañante, intentando disuadirlo de las inquisitivas miradas de los transeúntes, quienes tendrían un nuevo tema que rondaría la ciudad de chisme en chisme durante varios días. — Y no se preocupe, las galletas de mantequilla siguen en la lista, las tendremos hoy para la hora del té.




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Mar Dic 22, 2020 4:33 pm

CITY OF Nowhere
Edward Knightley
& Isolde Sullivan

PORTLAND CREEK

Poco le importaba a Edward Knightley el menú de media mañana. Cuando ambos dejaron atrás el carruaje y se incorporaron a la marcha, la pesadilla del hombre comenzó. No sabía si formaba parte de su imaginación intentando decirle que no debería de haber abandonado la casa o si realmente cada una de las personas de aquel lugar posaban la vista en ellos de forma recelosa. ¿Estarían mirando al escritor del cual tantas novelas habían leído? ¿Se estarían fijando en un hombre joven que iba a trompicones con un bastón poco acorde a su edad? Tal vez se fijaran en su nueva compañera. Algunos quizás por su belleza y otros porque conocían a Knightley -aunque nunca hubieran hablado con él- pero desconocían a aquella mujer y su relación con él, lo cual tal vez levantara más interés de lo que esperaba. Fuera cual fuera el motivo, la situación era realmente desagradable.  En el caso de estarse dando realmente, cosa que el escrito no sabía si era cierto o sólo parte de su imaginación.

- Cualquier cosa estará bien -contestó secamente a Isolde mientras intentaba mantener la compostura algo airado-.

Antes de llegar al mercado, Edward hizo un alto en el camino e instó a Sullivan a seguirlo al interior de una librería a la que hacía mucho el caballero no entraba. Un lugar vetusto pero lleno de un encanto clásico donde pocas eran las personas que solían entrar, así que estaban prácticamente solos.
Su ego rebuscó con la mirada entre los estantes esperando encontrar algún libro suyo, pero cuando no fue así se sintió aliviado. Buena literatura entonces, pensó sin dudar a expensas de si mismo.

Después de seleccionar dos volúmenes que todavía no formaban parte de su biblioteca privada, el caballero curioseó el resto de pasillos en busca de Isolde, cuya atención también parecía haber sido requerida por un libro.

- ¿Le interesa? -preguntó, esta vez con una actitud más afable, puesto que se encontraban lejos de miradas  curiosas-.



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Miér Dic 23, 2020 12:34 am

CITY OF NOWHERE
Isolde Sullivan
& E. R. Knightley

Portland Creek

Aunque sus intenciones de distraer a Edward fueran buenas, pues conocía en carne propia la incomodidad de ser la comidilla del pueblo, parecían no funcionar del todo, ella seguía intentándolo a medida que cruzaban el centro del pueblo en dirección al mercado. Intentó por todos sus medios centrarlo en las decisiones de la cocina, aunque poco y nada parecía importarle, y no se lo echaba en cara, Isolde no era muy buena para las charlas banales y cuando se le metía un tema en la cabeza, le daba vueltas hasta hartarse ella misma o hartar a los demás. Y esto segundo pareció suceder, cuando el señor Knightley se desvió del camino en dirección a una modesta librería.

Sullivan hizo lo propio y lo siguió, del mismo modo que los seguían las miradas de los curiosos transeúntes, sabía que en cuestión de pocos días, serían la noticia más vívida que habría llegado a aquel desolado pueblo en mucho tiempo. Aunque a Isolde poco le importara el qué dirán, no podía evitar preocuparse por su actual jefe, a fin de cuentas, si él terminaba hastiado de tal situación, solo debía despedirla y seguir su vida como si nada, sin embargo, para ella eso significaba quedarse sin su necesitada paga.

Suspiró por lo bajo y recorrió los angostos pasillos de la, aparentemente desolada, librería. Ella era de las que pensaban que cuanto más rápido terminasen la compra, más rápido podían volver al refugio del hogar y alejarse de las miradas ajenas, pero cada persona lidiaba con su ansiedad como mejor podía, ya Edward Knightley parecía irle mejor con la disuasión que con la concentración fija como a Isolde, a fin de cuentas eran personas distanciadamente diferentes.

¿Esto? — preguntó una desorientada Isolde, quien se había sumido en sus propios pensamientos sin darse cuenta que había estado hojeando el mismo libro durante varios minutos, cuando el señor Knightley la sorprendió. — Ya lo había leído... — se excusó dejando de nuevo en la estantería el ejemplar de "Enamorada de un fantasma en tiempos de soledad" de cuyo autor poco y nada conocía.

Aunque me gustan las novelas, prefiero leer algo de Darwin o Newton... — levantó ligeramente la nariz mientras hablaba de aquellos científicos modernos. Isolde no tenía ni idea de cómo las novelas actuales hacían suspirar a las mujeres, ella no suspiraba por nada, Adele solía decir que estaba más muerta que viva, y tal vez de tanto acostumbrarse a la presencia de sus mórbidos amigos, había cogido la costumbre de ser tan fría y sombría como ellos. — ¿Qué le parece si usted sigue buscando más ejemplares para su biblioteca personal y yo hago la compra? — Quería ahorrarle el corrillo de miradas nuevamente, por lo que pretendió ser la dama de hierro una vez más y así salvaguardar su puesto en Mansfield Manor.




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Jue Dic 24, 2020 1:46 pm

CITY OF Nowhere
Edward Knightley
& Isolde Sullivan

PORTLAND CREEK

Apoyándose en su bastón y levantando ligeramente el rostro, los ojos de Knightley se posaron en el título de aquel libro que Isolde volvía a dejar en el estante.

- Vaya, ¿de veras? Porque no creo que en esta sección vaya a encontrar nada de Newton o Darwin. Dígame, ¿qué es lo que más le interesa de ese libro? ¿La parte de romance o la de los fantasmas?

No, Knightley acostumbraba a no dejar títere con cabeza y gustaba de interrogar sobre absolutamente todo aquello que llamara su atención. Se negaba a aceptar que aquella señorita tuviera más interés en los números que en otras cosas. La primera y más evidente prueba de ello radicaba en el porqué alguien aceptaría un trabajo en Mansfield Manor, pudiendo trabajar en cualquier otro sitio, así que el escritor estaba dispuesto a encontrar todas las piezas del rompecabezas antes de resolverlo o asumir que lo que veía o le contaban era todo lo que había.

Curioso como el que más, Knightley añadió el volumen que acababa de posar Isolde a la lista de libros que compraría ese día, delante mismo de la dama.

- De eso nada -contestó firme a su proposición de hacer la compra ella sola-. Pero por favor, le agradecería si pudiera decirme la verdad sobre algo que no tengo del todo claro.

No sabía muy bien como plantearlo, tenía miedo de resultarle más loco de lo que seguramente ya le había parecido desde un primer momento.

- ¿Ha notado alguna mirada extraña entre la multitud o son solo imaginaciones mías? Porque llegados a cierto punto, tiendo a confundir la realidad con la ficción y me avergüenza reconocerlo.





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Lun Ene 04, 2021 12:25 pm

CITY OF NOWHERE
Isolde Sullivan
& E. R. Knightley

Portland Creek


Ligeramente sonrojada, Isolde volvió la vista al libro, intentando escapar de los inquisidores ojos del señor Knightley, quien parecía no bastarle la absurda respuesta que había recibido. Lejos de intentar parecer una erudita, Isolde solo pretendía que no indagase en un tema del que poco y nada quería hablar, pero Edward no tenía un pelo de tonto y si algo podían tener ambos en común era lo observadores que eran para determinados detalles, sobre todo a la hora de ver la incomodidad en otras personas.

Solo buscaba una lectura ligera para conciliar el sueño, ya sabe, de esas que no enganchan y terminan cansando la vista de lo tediosas que resultan. Ni los fantasmas ni los romances me resultan especialmente interesante. — mentía, las historias de fantasmas le resultaban más interesantes que los romances, porque lo primero lo había visto con sus propios ojos en varias ocasiones, lo segundo dudaba de su existencia y lo tachaba como cuento popular ideado para mantener a las mujeres lejos de las ciencias y la política y que hasta ahora había funcionado a la perfección. Pero comenzar un debate ideológico no entraba entre sus intereses actuales, ya que teniendo en cuenta lo cabezota que podía resultar el señor Knightley, probablemente ella tendría todas las perder.

No necesita hacer eso — añadió algo apenada cuando el caballero instó en agregar el volumen a la pila de libros a comprar, pero reiterando en su cabezonería, sabía que por mucho que discutiera, él acabaría haciendo lo que le venía en gana, aunque el detalle no pasaba desapercibido a ojos de la muchacha, quien un tanto sorprendida, volvió la mirada hacia el hombre que instaba por una respuesta real y concisa a su pregunta, y no un alarde más de absurda condescendencia. — No han sido imaginaciones suyas, pero más que mirarlo a usted, me miraban a mí, no está bien visto ir en compañía de un hombre que no es familiar tuyo y visto su fama y reconocimiento, la comidilla he sido yo y no usted, así que intente ignorarlo de buen grado, como lo seguiré haciendo yo. No todas las mujeres tienen la dicha de nacer en buena posición y permitirse no trabajar.

Isolde cogió la pila de libros que el señor Knightley acababa de comprar y las metió al fondo de su cesta para luego acomodarla en sus brazos y esperar paciente a que el caballero se decidiera a enfrentar las curiosas miradas que recibirían en el mercado.

Cuanto antes hagamos la compra, antes volveremos a casa y no tendremos que enfrentar ningún incordio más, ¿está listo? — llenó sus pulmones de aire mostrando su valentía para enfrentar aquello que a muchos desagradarían, pero si de algo sabía muy bien la joven Sullivan era ignorar lo que sucedía a su alrededor para enfocarse en aquello que realmente quería, y en esos momentos, abastecer la cocina suponía una necesidad mayor.




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Lun Ene 04, 2021 4:13 pm

CITY OF Nowhere
Edward Knightley
& Isolde Sullivan

PORTLAND CREEK

Por alguna extraña razón que el propio Knightley todavía no llegaba a desentrañar, sentía que la señorita Sullivan decía absolutamente lo contrario a lo que estaba pensando. No en este momento particular, en absolutamente todos aquellos en que el escritor preguntaba más de la cuenta.

- No la creo. Pues de ser así estaría perdiéndose las dos mejores cosas que hay en este mundo.

¿A quién puede gustarle más una lectura científica que un relato de monstruos?, se preguntaba ofendido, pues los fantasmas no sólo eran su profesión, sino que formaban parte de su propia vida, y la ofensa no habría sido tal de no ser porque algo dentro del escritor insistía en la imagen que él había creado de Isolde, que poco o nada encajaba con lo que la dama decía y eso, para un escritor que vive de desentrañar la psique humana y se alimenta de conocer el comportamiento de cada quien, era un pequeño infierno personal.

Se sorprendió, no obstante, para con él mismo cuando añadió el romance a la lista de cosas que uno no debe infravalorar. Hipócrita de si mismo, su subconsciente volvía a traicionarle una vez más.

- Intuyo entonces que no habrá leído ninguno de mis libros, ya que no parecen ser de su agrado -le reprochó en cierta medida, pero no realmente, pues por alguna razón seguía sin creerse aquello-.

Cuando Isolde contestó a sus dudas, Knightley aparcó su tono de burla e intentó, curiosamente para el hombre medio de la época, comprender la situación de su compañera. No pudo evitar pedir disculpas porque, al fin y al cabo, era él el que no había hecho compra o el que no sabía valerse por si mismo para ciertas cosas.

- No se confunda, no estoy disculpando la ignorancia de todo el que nos mira con ojos de juez, jurado y verdugo. Eso no tiene perdón de ningún tipo. Por eso prefiero los libros a las personas -dijo esto último en voz baja, volviéndole la espalda a la mujer para adquirir por completo aquellos volúmenes-.

Finalmente ambos salieron, e irónicamente, una vez en el mercado de la ciudad, rodeados de tantas personas, habían por fin logrado alejarse de aquellas miradas, pues cada quien estaba a sus quehaceres y todos estaban demasiado ocupados observando los curiosos artículos que tenían algunos de los puestos. Fue entonces que por fin pudieron ambos dedicarse al comprar y al disfrutar de una actividad que Knightley no recordaba haber hecho en los últimos años. Hasta su sonrisa, aquella que no era parte de una burla, apareció en alguna que otra ocasión.

Por desgracia para ambos, el viento comenzó a llevar su nombre de un lado para el otro y las miradas volvieron a posarse en ambos, ya no en una calle más o menos espaciosa, sino en un lugar atestado de gente inquisitiva. Curiosamente y al contrario de como se sintió el caballero al creer que aquellas miradas eran parte de su imaginación, no notó pesadumbre tanto como entonces, pero sí reparó en el rostro de su compañera y comprendió su incomodidad. Incomodidad por la que nadie debería pasar fuera parte de un trabajo o no, por lo que Edward Knightley se apoyó no sólo en su bastón, sino en Isolde, fingiendo un agobio inexistente y una sensación de ansiedad que esperaba poder materializar con sus ojos realmente abiertos, puestos en los de la mujer, intentando hacerle llegar el mensaje de que aquella salida debía llegar a su fin.

- Vayámonos, por favor -le instó usando esas dos palabras que nunca solía usar: por favor-.



Última edición por Marlowe el Miér Ene 06, 2021 12:05 pm, editado 1 vez


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Miér Ene 06, 2021 1:37 am

CITY OF NOWHERE
Isolde Sullivan
& E. R. Knightley

Portland Creek


Nunca entenderé cómo se puede romantizar tanto a los fantasmas y los monstruos en la literatura, no hay nada de romántico en la visita de un cadáver podrido. — objetó la muchacha, mientras el escritor hacía alarde de su buena disposición para las ensoñaciones románticas y fantasmales, un gusto que ella no compartía, en parte por su "pequeño" secreto y en parte por haber sido criada por un hombre parco en imaginación como lo era su padre.

Intuye usted mal, que no me agraden esos temas, no implica que no sacie mi curiosidad. Me juzga por mi sed de empirismo, pero mi método investigativo es indagar incluso en aquello que no forma parte de mis gustos personales, así que mi manera de saber más de usted ha sido a través de sus libros y no de la prensa rosa sobre los escritores. No soy una fan, si se lo está preguntando, creo que tiende a enloquecer a todos sus personajes de una forma poco lógica, pero mi opinión es poco válida, ya que los romances y los fantasmas no son lo mío — tomó aire como si aquello lo hubiese soltado sin pausa alguna, pero las ansias de acabar con las compras y volver a casa podían con ella.

Aunque de talante reservado y comedido, Isolde no tenía en buen grado ser la comidilla del pueblo, el miedo constante de ser expuesta a los ojos ciegos de la sociedad lo llevaba arrastrando desde la primera vez que comentó haber visto un fantasma, concretamente, el fantasma de su madre. Ensoñaciones, lo llamaron, incluso llegaron a usar la palabra delirio, y hasta ella misma dudó de su propia vivencia, pero el tiempo pasó y los fantasmas incrementaron a su alrededor, así que antes de ser tachada de loca, prefería la reclusión y soledad, algo que solo conseguiría en Mansfield Manor, alejada del bullicio de la gran urbe o los pueblerinos chismosos. Y a pesar de conseguir camuflar su propio descontento, producto de años de práctica frente a su padre y sus amigos, ahora debía hacerle frente a un nuevo reto, había dejado atrás el ser la niña loca que ve fantasmas, para pasar a ser la sirvienta osada del señor Knightley, y por poco que le importasen aquellas miradas o los futuros comentarios, no podía evitar imaginarse todo lo que pasaba por las cabezas de aquellos que los miraban inquisitivamente, incluso atreviéndose a girar el rostro para cuchichear por lo bajo.

Habiendo seguido la lista de la compra, estaba segura que nada le faltaba, o al menos nada que instara a que tuvieran que quedarse más de lo debido en medio de tanto traqueteo. ¡Albahaca!, pensó en alto, cuando la cálida mano de Edward se posó en su brazo, provocando una ligera sorpresa por su parte, hasta casi llegar a sonrojarse. Al levantar la mirada, la voz de su acompañante hizo que se le iluminaran los ojos, y no había sido por aquel por favor tan convincente y, que estaba segura, pocas veces pronunciaba, sino por la tranquilidad de volver a la mansión y dejar atrás las miradas inquisitivas del pueblo y sus burbullentos cuchicheos.

La albahaca tampoco es necesaria — agregó la muchacha, mientras ponían rumbo hacia el carruaje, casi a paso acelerado, como si aquella simple acción volviera a otorgarle el respiro con el que tanto ansiaba.




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Miér Ene 06, 2021 6:06 pm

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Edward Knightley
& Isolde Sullivan

PORTLAND CREEK

Respirando alivio más que oxígeno, Edward Knightley subió al carruaje tras su acompañante y ambos pusieron rumbo de nuevo a Mansfield Manor. No negaría que seguía ciertamente rígido, airado y angustiado a partes iguales tras aquella salida, pero no tanto como en principio había pretendido fingir intentando evitar más preocupaciones a su nueva inquilina.

Una vez en el hogar, Knightley colgó su abrigo y chaqueta, dejándose caer en el sillón que tenía frente a la chimenea que daba calor en su dormitorio. Después de un rato haciendo introspección acerca de lo ocurrido en la mañana y tras comenzar a oler a algo que hacía mucho no había en aquella casa: comida de verdad, el escritor decidió volver a coger su bastón y bajar a la cocina, observando durante un instante en silencio las labores de Isolde antes de interrumpirla, pues aquel momento era tan bueno como cualquier otro.

- Antes me dijo que no entendía como la gente podía 'romantizar' a los fantasmas -comenzó, asustando ligeramente a la joven, a quien pilló desprevenida-. Llevo todo el rato preguntándome si no habrá adquirido una comprensión errónea acerca de la intención del escritor de fantasía con respecto a la figura fantasmagórica -Knightley comenzó a remangarse la camisa, pues los fogones de la cocina así parecían requerírselo-. Bien puede ser cierto que dicha figura se confunda en ocasiones debido a la añoranza del ser perdido, al anhelo, al cariño, a un tiempo mejor en el que esa figura no flotaba en nuestra memoria, sino que caminaba con pies de plomo como cualquiera de nosotros. Pero -continuó adentrándose en la cocina y alejándose del marco de la puerta- lo que hace a alguien hablar del horror, es el miedo. El miedo a lo desconocido. La terrible e inaceptable idea para el ser humano de aquello que no conoce y no puede comprender. Y tal vez... sólo tal vez, definiendo su esencia aunque sea entre letras, acercándose a una ínfima parte de lo que es el ente espectral, el miedo sea menor. Ya no hablemos de lo que usted habla, 'romantizarlo'. Aunque he de reconocerle que el que lo intenta me parece precisamente el más cobarde de todos nosotros. Así como el más ignorante.

Esto último lo dijo una vez al lado de la mujer, hundiendo su dedo índice en la masa que acababa de ser preparada y llevándolo a continuación a la boca.



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Miér Ene 06, 2021 8:57 pm

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Isolde Sullivan
& E. R. Knightley

Portland Creek


Sintió cómo sus pulmones se llenaban de aire nuevamente y la presión en su pecho iba desapareciendo a medida que se acercaban a Mansfield Manor nuevamente, no pensó que podía alegrarle volver a un lugar tan decadente como aquel y sin embargo lo hacía, el haberse alejado de aquellas miradas le había dado tanta paz como una taza humeante de manzanilla. Y eso fue lo primero que hizo al llegar a la mansión, se preparó una tetera cargada de manzanilla.

Ella no era de esas personas que se enfrascaban en sus sentimientos, prefería mantener la mente ocupada, que encerrarse entre cuatro paredes y compadecerse de sí misma, era su manera de evadirse de los malos pensamientos, así que eso mismo hizo una vez llegados a la mansión, se colocó el delantal y se remangó la camisa, para comenzar a poner orden en aquella cocina. Con una rapidez casi inhumana, había logrado limpiar gran parte de la mugre acumulada, y con grata sorpresa, descubrió un viejo recetario que se encontraba debajo de las leñas para los fogones cuando estaba a punto de encenderlos, por suerte se percató del brillo dorado de los pliegues en la portada y lo rescató de un final atroz. Para gusto, se encontraba casi intacto, pese al cúmulo de polvo y hollín, pero al limpiarlo con cuidado pudo leer con claridad, aquel hallazgo le ayudaría a decidirse por el menú del día, así que dejó el cuaderno sobre la encimera abierta en la tercera página donde resaltaba la receta de un pastel de carne. Mientras metía al horno la tarta de arándanos que había preparado posteriormente, un ligero viento se levantó en la cocina, lo que provocó que levantara la vista en búsqueda de la ventana que habría olvidado cerrar, pero esta tenía el pestillo echado. Se extrañó ligeramente porque el aire frío no correspondía a la temperatura del hogar en aquel momento, sin embargo, no quiso prestarle atención, así que volvió a girarse hacia el recetario para comprobar los ingredientes cuando se fijó que no estaba abierto por donde ella lo dejó, en cambio sintió la necesidad de preparar la receta que tenía delante, un delicioso estofado.

Inmersa en sus quehaceres, Isolde no sintió la llegada del señor Knightley, quien pronunciando unas palabras desde el marco de la puerta, la sorprendió hasta el punto de hacerla dar un pequeño bote y mirarlo algo sorprendida, sin embargo, la muchacha no dijo nada, escuchándolo atentamente mientras removía la crema de calabaza que había preparado como entrante.

¿Podría intentar no matarme de un susto? Gracias— el señorito no hizo caso alguno de sus palabras y continuó hablando como si nada más importara. Isolde por su parte, lo escuchaba a lo lejos, más atenta al estofado que al señor Knightley. — Puede que yo haya entendido mal las novelas, a fin de cuenta, no soy del tipo de lectoras que instropecciona a los personajes y sus formas de actuar, pero a lo que me refería es que muchas veces se tiende a usar la figura del fantasma como un anhelo de lo perdido, pero yo los veo más como una maldición de lo vivido. Ese dicho que dice "cuando muere alguien sufren más los vivos" creo que es pura patraña, si los fantasmas existen, quiere decir que su dolor continúa incluso más allá de la muerte, por lo que no sería capaz de verlos como un "recuerdo" de la vida perdida, sino como una condena eterna. Y por favor, lávese las manos antes de hacer eso nuevamente.

Isolde negó a modo de desaprobación cuando Edward hundió un dedo en su tarta de arándanos, luego sacó la olla de los fogones y sirvió el estofado de cerdo en una fuente de porcelana blanca, para posteriormente llevarla a mesa, donde los platos estaban predispuestos.

La comida está lista, por segunda vez, lávese las manos antes de sentarse a la mesa y no pruebe el postre antes de tiempo.




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Sáb Ene 09, 2021 11:21 pm

CITY OF Nowhere
Edward Knightley
& Isolde Sullivan

MANSFIELD MANOR

Por algún motivo que escapaba a su entendimiento, la señorita Sullivan no parecía encajar con la idea que Edward Knightley se iba formando de ella y su respuesta a cada una de aquellas pequeñas equivocaciones o errores que como entendido en el arte de la creación de personajes o juzgar a cualquier viandante no podía permitirse, era fruncir el ceño. Para él, que debía soportar más de lo que podía merecerse, estaba en desacuerdo con la muchacha. Por supuesto que los fantasmas sufrían, eso él bien lo sabía. Sin embargo...

- Que nadie le engañe. No todos los fantasmas son dignos de compasión -declaró Knightley cuando a su espalda un viento gélido se sintió de pronto, sin evitar llevarse por delante una de las cucharas de madera que estaba colgada al lado de la cocina y que cayó como una advertencia al agravio del escritor, a lo que él no pudo evitar lanzar una sonrisa cargada de aspereza-.

Como Isolde le señaló, el caballero se lavó las manos en la pila y a continuación se las mostró como el niño pequeño que espera la aprobación de su madre. No dudó en sentarse a la mesa a la mayor brevedad y una vez la joven le sirvió, éste comenzó a comer. Al contemplar a la mujer, todavía de pie,  sin mover un músculo, a Knightley no le quedó más remedio que insistir.

- Siéntese, no me gusta comer solo por mucho que mi actitud pueda demostrarle lo contrario.

Aunque Knightley hubiera dejado pasar la respuesta de la mujer con respecto a los fantasmas, ni por un segundo se había olvidado de ella, más aún cuando seguía chocándose en esa pared llamada Isolde.

- No parece de esas -comenzó, lanzando una sonrisa burlona-. Del tipo de personas que no ve más allá. Supongo que yo mismo me habré engañado en mi visión de usted, pero fíjese que todavía no soy quien a convencerme del todo de que no sabe, acostumbra o le interesa hacer introspección en el carácter o parecer de los personajes, de la misma forma que estoy seguro de que lo hace con las personas. Espero que me deje tomarme esa libertad, la de intuirla embustera pero curiosa. Siempre será mejor que que la vea sincera pero insulsa, ¿no le parece?

Volviendo la vista a la mesa, y aunque algo le resultaba raro en aquella crema que para él no era del todo desconocida, lo interpretó como parte del azar, por lo que no dijo nada hasta que llegó el plato principal, donde sí tuvo algo que objetar, dejando el tenedor de una forma que no escapó a la curiosidad de la mujer.

- ¿De dónde ha sacado la receta para este estofado? -preguntó sin rodeos, sabiendo que la casualidad no jugaba esta partida-.




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Dom Ene 10, 2021 2:09 am

CITY OF NOWHERE
Isolde Sullivan
& E. R. Knightley

Portland Creek


Por primera vez estaba de acuerdo con las palabras del señor Knightley, pues aunque ella conocía el actuar de esos seres intangibles, también conocía la maldad que en ellos habita, una maldad que arrastraban de las adversidades y los fallos de sus vidas pasadas, cuando la venganza era la única meta de subsistencia que conocían, y al no haberla cumplido, se condenaban a sí mismos a repetir aquel deseo durante la eternidad. Esos fantasmas nunca se marchan.— En eso estoy de acuerdo con usted.

Cuando un viento gélido volvió a levantarse en la cocina, giró el rostro en el momento justo en el que el cucharón de madera cayó, soltando un leve suspiro. Siempre supo que no escaparía jamás de su destino, el funesto poder de poder ver a los muertos la seguiría allá donde fuera, pero la gracia de escapar de Londres no era dejar de verlos, sino más bien no tener que lidiar con tantos a la vez. Daba gracias que en un caserón tan antiguo como aquel, lo único que percibía era frío y la sensación de estar siendo constantemente vigilada, y no solo por el señor Knightley, que parecía no dejarle escapar una, indagando de forma incesante en su persona.

Como guste, señor —agregó la muchacha haciendo una pequeña reverencia de agradecimiento, mientras tomaba asiento a la mesa, para luego servirse a sí misma la cena. Justo cuando se llevaba una cuchara de sopa a la boca, le sorprendió la forma con la que le resultaba tan fácil a Edward meterse en su cabeza. Tuvo que cavilar bastante para poder dar una respuesta acorde a lo que él no esperaba de ella, pues aunque lograba acertar la mayoría del tiempo, Isolde no quería darle la satisfacción de creer conocerla con tanta antelación, más aún cuando solo llevaba dos días en aquél caserón. — Hay una línea que separa la ficción de la realidad, y yo señor mío, soy más partidaria de vivir la realidad. La ficción es, en mi parecer, para aquellas personas que no se toman la vida cotidiana con demasiado apego, o que poseen un valioso tiempo libre del que una persona como yo no dispone. En cambio, indagar en las personas tangibles, es otra cosa, mucho más divertida, ciertamente, y que permite el uso de los cálculos matemáticos para hacer introspección y eso es algo que me apasiona mucho más que la vida que se lleva en los libros. ¿Es que acaso nunca oyó la expresión "sumar dos más dos"? Es lo divertido de las matemáticas, que siempre están en todo.

Dicho aquello, se dio el placer de seguir degustando la comida, tras servir el segundo plato. El agradable aroma del estofado había inundado el comedor, e Isolde se sentía bastante complacida con aquella receta, pues aún habiéndola hecho por primera vez, sabía que le había quedado exquisita, y solo bastó con probar el primer bocado para estar de acuerdo consigo misma. Solo esperaba que el señor Knightley quedara igual de complacido al degustarlo, por ello, la pregunta le agradó en primera instancia, pensando que había hecho algo bien en su segundo día de trabajo.

Del recetario que encontré en la cocina, me pareció un plato excelente para estos días de frío, ¿no lo cree? —Sonrió complacida y continuó comiendo. No había nada que hiciera más feliz a Isolde que un plato de comida caliente preparado por ella misma.




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Dom Ene 24, 2021 3:24 pm

CITY OF Nowhere
Edward Knightley
& Isolde Sullivan

MANSFIELD MANOR

- ¿Le parece mi vida -señaló lanzando al aire su brazo derecho, indicándole el lugar en el que vivía. Lo que ella había podido ver y, desde luego, lo que no- motivo suficiente para sentir más apego por la ficción? ¡No me venga con matemáticas! -contestó ofendido mientras su puño caía sobre la mesa, no airado, pero generando un golpe. Hasta que fue consciente de que parecía estar tomándoselo demasiado en serio y eso podía asustar a Isolde, por lo que moderó sus formas-. ¿Qué matemáticas puede entender el corazón? ¿Y la parte irracional que es inherente a todo ser vivo? Lo único de lo que me convence con sus palabras es de que necesita esas absurdas creencias en los números y en la lógica para controlar su vida porque no hacerlo sería realmente caótico para usted. Y eso la aterra.

Knightley podía haber acertado o podía no haberlo hecho, pero nunca tenía reparos en lanzar una de sus perlas,  cayeran en saco roto o martillearan la pared de las inseguridades ajenas.

- ¿En la cocina? -preguntó el escritor curioso por el recetario, cuya última estancia había sido una de las habitaciones bajo llave de la casa que no le había mostrado a Isolde, llena de trastos viejos cubiertos por sábanas, objetos antiguos de personas que ya no estaban con ellos. O si-. Y supongo que me dirá que es casualidad que haya preparado este estofado en particular de entre todas las recetas.

¿Alguien se estaba disculpando con Knightley o más bien estaban jugando con él como él jugaba con los personajes de sus novelas de fantasmas? Poco importaba, a decir verdad. Después de tanto tiempo en aquel lugar, la mejor forma de que le dejaran en paz era ignorando cualquier cosa que tuviera que ver con ellos y así acostumbraba a hacerlo, por lo que dejó de fruncir el ceño e hizo lo que mejor se le daba hacer: inventar historias.

- Me temo que Hyacinth, mi antigua sirvienta, se lo haya podido dejar. La felicito. Ha logrado dar con una de mis recetas favoritas.

Pero Hyacinth no sólo había sido la sirvienta de Edward. Hyacinth había sido durante años la sirvienta de padres y abuelos y nunca había abandonado la casa. Tenía mano para la cocina, pero en ocasiones ésta era demasiado larga, llegando incluso a faltar objetos de la hacienda. No sería de extrañar entonces que hubiera aprovechado cualquier descuido de Knightley en el cuarto rojo -así llamaba él a la habitación permanentemente cerrada, ya fuera por el color de sus paredes o por las connotaciones de dicho color- para alargar sus dedos y hacerse con su querido recetario, mostrando a la joven Isolde la receta favorita de Edward, no ahora, cuando ya nadie podía hacérsela, sino antaño, cuando corría por la casa juguete en mano.




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Vie Ene 29, 2021 1:21 am

Midnight screams
Isolde Sullivan
& E. R. Knightley

Despacho

Tras la cena, Isolde quedó a gusto por el comentario del señor Knightley, siendo el primer elogio que logró sacarle, eso significaba que la relación entre empleada y señor no sería tan intransigente como se lo habían pintado, pues se hablaba de Edward como un ermitaño con nulo don social, sin embargo, en el día y medio que llevaba allí metida, Isolde había decidido calificarlo como huraño pero con algunos dones sociales.

Soltó una pequeña risa delante del espejo del baño al recalcar en su palabra la palabra "algunos", mientras se atusaba su larga cabellera rubia, vestida ya en su camisón, preparada para pasar la que sería su segunda noche. Estaba tan perdida en sus propias cavilaciones que no le dio importancia a lo frío que se puso el ambiente en cuestión de segundos, a penas lo notó cuando cogió el candelabro para volver a su habitación, descalza como iba, los dedos de los pies le cosquilleaban por el frío repentino. El aire se sentía pesado y la oscuridad a su alrededor parecía aún más intensa que de costumbre, pues ni la luna asomaba sus lúgubres rayos plateados por las ventanas, en cambio cuando alumbraba las paredes a su paso, los ojos en los cuadros parecían seguirla a cada paso que daba, susurrando su nombre en silencio.
Al llegar a la puerta de su habitación, esta parecía estar trancada al otro lado, por lo que tiró del pomo con todas sus fuerzas sin conseguir nada; casi dándose por vencida, la puerta cedió y se abrió unos centímetros, lo suficiente como para que la joven escuchara una respiración tosca e irregular detrás de esta. Curiosa como era ella, acercó el rostro a la rendija para comprobar si había oído bien o si la imaginación le jugaba una mala pasada.

De pie al otro lado, unos ojos dorados la miraban con persistencia felina, mientras sus cabellos oscuros parecían ondear en el aire. Poco a poco el rostro iba tomando una forma alargada y huesuda, dejando distinguir unos dientes prominentes e irregulares, una mano falta de carne y piel, se agarró del pomo de la puerta, acortando la distancia entre Isolde y ella. La joven sintió cómo se le erizaban los vellos de la nuca y de los brazos, pero se armó del suficiente valor como para susurrarle con determinación.

Vete de aquí, esta es mi habitación— discutir con fantasmas era algo a lo que estaba acostumbrada, pero muchas veces esos seres no respondía a razón alguna, siendo irascibles y vengativos la mayoría del tiempo, lo que comprobaría la muchacha segundos después, cuando una fuerte ráfaga de viento la echó hacia atrás, cerrando la puerta de su habitación de un portazo. — ¡Ábreme!— vociferó una vez más, mientras volvía a colocar la mano en el pomo de la puerta, sin saber que este se encontraba enrojecido de calor, un calor que lo notó nada más tocarlo, soltando un siseo del dolor. La había quemado.

Ni aquí en el fin del mundo me libro de vosotros— lloriqueó Isolde mientras resignada subía las escaleras hacia la buhardilla donde el señor Knightley tenía su despacho, pensando que estaría vacía y podría dormir en el sofá que había visto el día anterior. Pero igual de irregular que aquella respiración, eran sus pasos, pues se escuchaban las pisadas de más de dos pies, lo que la llevó a acelerar el paso y entrar en el despacho con la respiración agitada y el corazón acelerado, sin esperar encontrarse a Edward allí, aún enfrascado en sus tintas y sus pepeles.

S-Señor Knightley, siguie despi...— no pudo acabar su frase, pues un viento helado se levantó con furia, cerrando la puerta del despacho de un portazo y apagando el moribundo fuego de la chimenea. El susto fue tan repentino, que Isolde soltó un grito ahogado y corrió para colocarse detrás del señor Knightley, mirando a la puerta esperando que el fantasma la traspasase en cualquier momento. — Me ha estado siguiendo— musitó más para sí misma que para el caballero, sin esperar que le estuviera prestando atención.




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Vie Ene 29, 2021 11:49 pm

MIDNIGHT SCREAMS
Edward Knightley
& Isolde Sullivan

DESPACHO

No era extraño para Edward Knightley olvidarse de comer, de regar las plantas y hasta de dormir. Motivo por el que Isolde era imprescindible en aquella mansión según su editor. Aquella noche en particular volvió a hacer gala de su olvidadiza forma de ser cuando sujetó la creatividad por el cuello y no la dejó escapar hasta que las pisadas de la joven Sullivan se hicieron demasiado evidentes y antes incluso de que la muchacha pudiera sorprenderse de que el caballero siguiera despierto, el fuerte golpe que cerró la puerta le hizo olvidarse de lo que estaba haciendo para ponerse en guardia, acercándose a Isolde con intención de protegerla y cubriéndola cuando ésta se colocó detrás de él. Las hojas que llenaba de tinta y que ahora estaban esparcidas por el suelo ya no parecían tan importantes.

- Tranquila, sólo es el viento -mintió Knightley antes de escuchar a la joven, que ya trataba de ente medianamente corpóreo a lo que fuera que les amenazaba-.

El escritor se acercó a la ventana con intención de cerrarla y lo suyo le costó, pues el viento era realmente fuerte. La ayuda de Isolde marcó la diferencia y pronto pudieron librarse al menos de esa ráfaga fría. Estaban congelados pero tenía miedo de volver a encender el fuego, pues no sería la primera vez que en mitad de algún capricho o juego de aquellas bestias translúcidas, las llamas cubrían más de lo que debían y no quería arriesgarse a que la buhardilla terminara ardiendo o le pudiera pasar algo a Isolde, así que se quitó la chaqueta que hasta por casa solía usar cuando subía a la fría buhardilla a trabajar y se la colocó a la joven encima, ya que sólo llevaba un camisón. Cogió sus manos y las frotó contra las suyas, incluso se las llevó a los labios esperando que su aliento ayudara mientras miraba hacia la puerta, esperando porque tarde o temprano quien estuviera haciendo aquello se cansara ahora que sólo parecía golpear la madera y hacerla temblar.




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