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CON Marcus y mucha familia EN Casa de los O'Donnell Día 31 de diciembre
Alzó una ceja y miró sibilinamente a Lex. – Vaya, vaya, Lex... Parece que con el whist se nos da mucho mejor que con los snaps explosivos. – Dijo sacando la mano ganadora que habían conseguido. La cara de Marcus era un poema, y hasta Erin se veía molesta por haber perdido. Chasqueó la lengua y chocó la mano de Lex por encima de la mesa, que parecía que hasta se lo estaba pasando bien. –Ahora sí que nos vamos a vengar. – Ella sola se había inventado una nueva variante del whist en la cual, si ganabas la partida, le pintabas lo que quisieras en la cara al contrario. Y la primera vez le había salido rana, porque habían perdido Lex y ella contra Marcus y Erin y el primero le había pintado un par de corazones azules a su hermano en las mejillas, y Erin le había escrito a ella en rojo bien brillante en la frente "Monito", porque claro, el gracioso de Marcus ahora se lo llamaba delante de la gente, y Erin se había quedado con la cantinela.

Pero ahora llegaba su venganza. – Me pido a tu hermano. – Dijo levantándose rápidamente a coger la cera roja para pintar a Marcus, que ya estaba tratando de huir, por supuesto, y se puso a perseguirlo por el salón. – ¡Uy, Tita! Vas a tener azul Ravenclaw hasta en la sopa. Por si estos años aguantando a tres Ravenclaws en la familia no han sido suficientes. – Dijo Lex acercándose a Erin, a su vez, que también intentaba huir.

Marcus salió por la puerta del salón y Gal corrió detrás de él, llegando a alcanzarle y de la misma, saltó y se enganchó a su cintura con las piernas, para poder encaramarse y pintarle la cara. – Ya te tengo. – Dijo con cara pillina y mirándole tentadora, porque sabía que se estaba dejando. Había empezado a pintarle las mejillas del rojo que había usado Erin con ella, cuando notó que la pelirroja se había tirado cuerpo a tierra para evitar a Lex y la había agarrado del tobillo. – ¡Huye sobrino! ¡Los Gryffindor no abandonamos a un compañero! – Justo entonces llegó Lex y volvió a tirarse encima de su tía y le pintaba rayas azules inmisericordemente en la cara. Gal se quejó falsamente entre carcajadas. – ¡Tía Erin! ¡Honra tu casa y ten honor al perder!

Y justamente en ese instante sintió el frío entrar por la puerta principal, oyó un carraspeo y se dio la vuelta. Casi se cae de los brazos de Marcus de la impresión de ver a su padre allí. En seguida se dio cuenta de que estaba su tía también, ambos con grandes sonrisas. Al parecer Arnold y Dylan ya los habían visto fuera, porque entraban del jardín. Se bajó de encima de Marcus solo para saltar encima de su padre. – ¡Papi! ¿Pero qué haces aquí? ¡No te esperábamos! – William la agarró fuertemente de la cintura y le dio la vuelta con facilidad poniéndola colgando boca abajo como cuando era pequeña (tampoco era mucho más grande que entonces) – ¿Qué forma es esa de saludar a un padre, pajarito? ¡Soy como los buenos regalos, inesperados! – Y Gal se rio con ganas, porque cuando veía a su padre en ese humor, todo se le pasaba y solo tenía ganas de reír. Dio media voltereta para caer de pie y liberarse de su padre y corrió a abrazar a Violet.– ¡Tata! ¡Cómo me alegro de que estés aquí! – Y su tía la achuchó con fuerza y le dio muchos besos en la frente. – No podía soportar pensar que ibas a pasar una noche sin saber divertirte como Dios manda. Y no ibas a hacerlo porque no estaba la tata Vivi para garantizarlo. – Dijo haciéndole cosquillas en las costillas repentinamente.

Su padre se había acercado a Marcus y ya le estaba estrechando la mano y dándole palmadas en el hombro. – ¡Marcus! ¡Feliz Navidad, chico! ¿Me la has cuidado bien? – Dijo señalando con la cabeza a Gal. Luego tendió la mano de Erin del suelo y la ayudó a levantarse. – ¡Hola, Erin! ¡Y Lex! – Le señaló la cara con el dedo. – Tantos años tu hermano pugnando por que te cambiaras a Ravenclaw ¿Y solo ha hecho falta que un sobrino tuyo te haga un placaje? – Y su tía se rio con ganas mirándola. Y Gal se percató muy mucho de como se habían quedado devolviéndose las miradas. Vivi se acercó, a Erin, aún enganchando a Gal por los hombros. – ¿Así que tía Erin? ¿Me voy dos meses y ya os cambiáis de tía? ¡Eh, Marcus! – Dijo dirigiendo la mirada al chico. – A partir de ahora o me llamas tata, o no me llames. A ver si Erin es la única que puede jugar a robar sobrinos. – Gal sonrió y le miró, sin poder refrenar toda la alegría que sentía en su interior. Era increíble cuánto había echado de menos su algarabía y su caos.
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CON Alice y mucha familia EN Casa de los O'Donnell Día 31 de diciembre
- ¡Tía! ¡El algoritmo estaba clarísimo! Te había dicho... - Y empezó a guiñarle un ojo como si le hubiera dado un tic nervioso. Erin le miró con la nariz arrugada. - ¿Qué? Eso no lo entiende nadie, Marcus. - El chico chistó con fastidio, dejando las muecas y dándose una palmada frustrada en las rodillas. - Tú no sabes contra quiénes hemos perdido. Tengo miedo, tía. - La mujer rodó los ojos. - Qué exagerado. Ya sabemos por qué no estás en Gryffindor. - ¡Vaya, señora me meto en la boca de los dragones! Ya sabemos por qué tú no estuviste en Ravenclaw, que no sabes captar una simple clave. -

Ese "me pido a tu hermano" le saltó todas las alertas y le hizo pegar un salto, huyendo de allí literalmente por encima del sofá, aprovechándose de sus largas piernas para saltar por encima y ganar tiempo mientras Alice lo bordeaba. - ¡Que me sé el hechizo, eh! ¡Que te tiño la cera de azul! - Amenazó en balde mientras trataba de huir de la chica, haciendo el truco malo de tratar de engañar al persecutor con el rumbo que iba a coger a base de moverse rápido a izquierda y derecha. Pero en esas, Alice le averiguó el camino y tuvo claro que iba a placarle de un momento al otro, así que se giró para enfrentarla y, efectivamente, la chica se le echó encima. La agarró con sus brazos y le esbozó una sonrisilla pícara. - Si me cambian de casa por culpa de esto ya no podré ser tu prefecto. - Dijo mojándose los labios, con los ojos entrecerrados y dejándose pintar mientras la sostenía. Total, ¿qué otra cosa podía hacer?

Pero entonces su tía entró en acción y Marcus soltó una sonora carcajada, dando un par de suaves brincos de emoción en su sitio, aún con Alice en volandas. - ¡Jah! Una Gryffindor en mi equipo, chavala. Eso por aliarte con un Slytherin, son sibilinos. - Y de hecho ahí estaba el Slytherin reptando por el suelo para atrapar a su tía y pintarle la cara. Debía reconocer que la estampa merecía la pena ser vista, aunque hubieran perdido. Estaba muerto de risa, tanto que temió que le fallaran las fuerzas y se le cayera Alice al suelo.

Creyó que el carraspeo venía de su madre, que ya estaba tardando en bajar a poner orden, pero cuando se giró se quedó de piedra. Solo unos segundos, el tiempo que tardó en reaccionar y... Oh. Soltar a Alice. Porque no era otro sino William Gallia, el padre de la chica, el que acababa de aparecer en su pasillo. Para no variar, todos parecieron vivir aquello con una facilidad pasmosa, pero Marcus aún estaba alucinando. ¿Qué hacían allí? A ver, se alegraba muchísimo de verles, por supuesto, era solo que no se lo esperaba. Por como estaban y por la cara que le vio a su padre después, dudaba que fuera por algo malo, así que al menos se relajó por esa parte.

Se giró al escuchar los tacones de su madre acercarse allí y como se detuvo en seco y, con toda la calma del mundo, arqueó una ceja. Ya está, hasta ahí todas las reacciones de Emma después de encontrarse a Violet y a William Gallia, este último sosteniendo boca abajo a Alice, a las puertas de su salón. Bueno, añadió una reacción más: ladear casi imperceptiblemente la cabeza mirando a su marido. Marcus le miró también, ya por curiosidad, y de paso a ver si daba alguna explicación, porque él también estaba algo confuso. Pero su padre simplemente sonrió y se encogió de hombros. Casi podía oír el cerebro de su madre suspirando.

Sonrió cuando William se le acercó y estrechó su mano de vuelta. - Feliz Navidad, Señor Gallia. Me alegro de verle. - Algún día conseguiré que me llames William. - Rio un poco, pero la pregunta que le hizo a continuación le tuvo en silencio unos delatores segundos hasta que contestó con la mayor normalidad que pudo y una risita. - Espero que sí. Lo he hecho lo mejor que he podido. - No me cabe duda. - Contestó el hombre, con esa sonrisa tan suya y una palmada un poco más fuerte de la cuenta en su espalda, ¿o había sido cosa suya? Iba a tener un problema si todo lo que hacía William le despertaba mala conciencia. Entre otras cosas porque sabía que ese hombre no se iba a callar lo más mínimo.

Vio como su tía se levantaba del suelo y prácticamente no se le veía el azul de las ceras en la cara porque la tenía roja como un tomate. Se estaba tocando el pelo, a pesar de llevarlo recogido como habitualmente solía tenerlo, pero hacía mucho ese gesto cuando estaba nerviosa. Tenía la mirada esquiva, pero de vez en cuando la levantaba hacia Violet, que desde luego la vergüenza no parecía ni conocerla. Sabía que su tía era tímida, pero le resultaba raro verla reaccionar así, ¿acaso no eran mejores amigas? Supuso que solo estaba un poco impactada por la llegada inesperada, como él. Su tía y su intrincado registro emocional.

Rio ante el comentario de Violet y asintió. - Hecho. - Bueno, eso estaba por ver, no tenía tanta confianza con ella como para llamarla tata... O sí pero los estándares del protocolo de Marcus no se lo permitían. La cuestión es que allí hacía falta una explicación que nadie parecía estar dando con esa normalidad tan rara que se había creado, hasta que su padre decidió intervenir. - Han venido a pasar la Nochevieja con vosotros. - Dijo el hombre, asomándose por el tumulto para mirar a Alice y a Dylan, que se había unido al grupo. Su madre arqueó la ceja más todavía, estaba claro que necesitaba más datos, solo que no los iba a pedir en voz alta. Marcus, sí. - ¿Aquí? ¡Eso es genial! - Él ya lo había dado por hecho, o había optado por la estrategia de dar por hecho. Porque sí, tenía que ser allí, esa Nochevieja ya estaba más que planificada en su cabeza y no quería que se rompiera. - Bueno, lo cierto es que hemos venido un poco de improviso y... - William miró a Emma. - Tampoco queremos molestar. - ¡Venga ya, William! ¿Desde cuando eres una molestia? - Marcus estaba conteniendo la respiración y tratando de disimular con una sonrisa emocionada y su mejor cara de niño bueno, mirando de reojo a su madre. Porque su padre estaba dejando claro de qué lado estaba.
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CON Marcus y mucha familia EN Casa de los O'Donnell Día 31 de diciembre
Se aguantó una risa cuando Marcus respondió a lo de si la había cuidado bien, porque estuvo a punto de saltar y decir "oh ya lo creo que sí" pero justo había bajado Emma O'Donnell y no quería generar más tensión de la que ya se iba a generar. Porque era llegar los Gallia y formar un auténtico caos que, comparable a lo que había visto días anteriores con los Horner e incluso con los propios O'Donnell, era aún peor de lo que siempre le había parecido. Tenía una imperiosa necesidad de quitarse la pintura de la cara, pero se centró en la escena.

Tan contenta se había puesto de que estuvieran allí, que no había caído en las implicaciones de que ellos estaban en casa de los O'Donnell precisamente por su ausencia. Y claro, ahora que estaban allí, no tenía sentido que estuvieran todos juntos. – ¿Nos vamos a La Provenza? – Preguntó, tratando de que su tono fuera casual, sin soltarse de su tía, pero tragando saliva. Su padre negó. – No, no. Solo hemos venido a pasar la Nochevieja porque os echamos mucho de menos en Nochebuena. Mañana por la noche volvemos a Saint Tropez y vosotros seguís aquí. – Mentiría si no dijera que eso le alivió. Vale, quizá pasarían la noche separados, y eso le daba rabia, pero al menos al día siguiente les devolverían allí y terminarían las Navidades juntos. Miró a Marcus y apretó los labios, en resignación.

Pero Arnold parecía haberse unido al intento de su hijo de hacer una Nochevieja masiva con las dos familias. Se le olvidaba que cuando estaba su padre implicado, Arnold perdía un poquito las formas. Y por la cara de su mujer, a ella también. Iba a decir algo pero, para su sorpresa, Erin intervino, muy nerviosa, cambiando las manos de posición de ponerlas en el aire frente a ella a apoyándose en su cintura indistinta y frenéticamente. – Mamá dijo que vendríais… Que vinierais… Que os llamarían… Que os llamaran – dio por fin con la expresión– , por Nochevieja, pero dijeron estabais ocupados. Y que… Pero bueno, yo estaba de acuerdo. Porque… Así somos… Más. Y mejor. Y mamá se va a alegrar mucho... – Se quedó callada por un momento y suspiró, como harta de sí misma y su discurso. – Y papá, claro. Todos contentos. – Gal tuvo que contenerse la risa, y notó como su tía Violet también, pero simplemente esbozó una sonrisa y le dio un codazo suavecito, guiñando un ojo. – Bien dicho. – Gal volvió a mirar a Emma y a su padre y dijo. – A ver, en casa no hay comida, eso es verdad. Y son... Las cuatro de la tarde. No sé cómo vamos a hacer para tener lista la cena y la casa para dormir. – Emma suspiró y terminó de bajar las escaleras, poniéndose al lado de Arnold. – Bueno, viniendo mis suegros siempre hay comida de sobra. – Miró a los Gallia con una leve sonrisa más relajada y asintió brevemente con la cabeza. – Quedaos. Ahora nos organizaremos con cómo dormir. – Ahí Gal no pudo evitar que se le iluminara la cara y se le ampliara la sonrisa. – ¡Gracias, señora O'Donnell! ¡Gracias! – Y dio un saltito de felicidad. Vio que Dylan también se reía y se abrazaba a la cintura de su padre. Y por una vez, sintió que la vida le remaba a favor en vez de en contra y se permitió dejarse llevar y disfrutar del momento.

Venga, pasemos al salón, que aquí nos vamos a quedar helados. – Aportó Arnold, y mientras lo hacían Gal dijo. – La tata puede dormir conmigo, en la cama. No sería la primera vez que nos toca ¿A que sí? – Dijo mirando a su tía, que asintió con la cabeza. – Claro, así Emma solo tiene que vigilar una cama ¿Verdad, prefecta Horner? – Dijo pasándole por el lado a la susodicha y dándole unas palmadas en el brazo. A Gal se le abrieron los ojos como platos y se puso roja, porque lo sintió. Emma suspiró y su expresión se volvió más gélida. – Feliz Navidad a ti también, Violet. Tan correcta como siempre. – Lex estaba mirando la escena con los ojos como platos, probablemente porque nunca había visto a nadie hablarle así a su madre. Su tía se giró hacia él y dijo – Cosas de los Slytherins del pasado. Tu madre y yo nos entendemos. – "Eso lo dudo mucho" Pensó Gal, pero simplemente pasaron todos al salón y se sentó en el suelo, en la alfombra, para dejar sitio a los mayores en el sofá. – ¡Hemos traído regalos de Navidad! – Intervino su padre, ajeno a todo drama, como siempre. Violet y él les dieron dos paquetes a Dylan y a ella.

Dylan abrió primero los suyos. El primero era un juego de tablero con un montón de fichas y dados, que hizo que la mirara con curiosidad e interrogación, lo cual Gal entendió perfectamente. – No tengo ni idea de cómo se juega, patito, pero si le das las instrucciones a Marcus te las analiza y se las aprende del tirón. – Lo otro, era una cometa con forma de dragón rojo chino enorme, que evidentemente le había traído su tía Vivi y que, por la cara de Dylan, tardaría en ser estrenada lo que tardaran los mayores en liberarle de su deber de estar allí dentro. Pasó a los suyos y abrió el que le había tendido su padre. Envueltos en un papel de seda precioso, descubrió dentro de la caja unos zapatos azules de tacón con un lacito en la punta y miró a su padre ilusionada. – ¡Qué bonitos, papá! ¡Muchas gracias! – Dijo sacándolos y mirándolos. Últimamente le regalaban cosas preciosas que no había tenido nunca. Iba a abrir el de su tía cuando ella le dijo – ¡Gal! Ese mejor no lo abres aquí delante de todos. – Sintió todas las miradas de la habitación posarse sobre ella y tragó saliva ¿Qué demonios? – Es que son cosas nuestras. Que le he traído de Francia. – Gal alzó las cejas y con el paquete en la mano, sonriendo. – Bueno pues... Me voy a abrirlo. Seguid abriendo regalos vosotros. – Dijo señalando con la cabeza al resto de paquetes.

Subió las escaleras a su habitación y abrió con toda la curiosidad del mundo. Oh, Dios mío, sí, menos mal que no lo había abierto delante de los demás. Ahí había tres conjuntos de la lencería más bonita que hubiera visto en la vida. Claro, ya se quejó a su tía de que le daban vergüenza los sujetadores que tenía y ella se lo había tomado a lo personal. Pero es que debajo había unas medias finísimas con... ¿Qué era eso? ¿Era como para atárselas? Vale, tendría que preguntar, como Dylan con el juego. Y en el fondo, los tres camisones más bonitos (y ligeros) que había visto nunca, que hacían juego con los tres conjuntos. Gal levantó uno por los tirantes "Vale, estos son mejores que mi pijama de buhitos seguro" Pensó con una risa. A Marcus le iba a encantar todo esto. De hecho... Cogió el conjunto azul con toda su idea y se lo puso a toda prisa, con intención de volver a bajar tal cual como si nada al salón.
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CON Alice y mucha familia EN Casa de los O'Donnell Día 31 de diciembre
Aún estaba intentando dilucidar qué hacían William y Violet allí, y no porque les sobrara ni mucho menos, sino porque necesitaba saber si su Navidad con Alice se acababa de terminar. Estaba sonriendo pero la inquietud por dentro no se la quitaba nadie. Al menos les confirmaron que solo habían venido para la Nochevieja... La cuestión era dónde pasarían la Nochevieja. Giró la mirada hacia su tía Erin cuando la escuchó intervenir, sorprendentemente, pero acabó entrecerrando los ojos y ladeando la cabeza. ¿Qué? O los nervios le estaban volviendo muy torpe, o a su tía no se le había entendido lo más mínimo en lo que había querido decir.

Pero sí captó algo. - ¡Es verdad! ¡Lo dijo! - Relájate, Marcus. Bajó la mano que había subido para dar énfasis a su frase y frunció una sonrisa tímida. Pero Erin tenía razón, su abuela había sugerido invitarles en Nochevieja, así que... ¿Quiénes eran ellos para contradecir a su abuela? Él no se atrevería, desde luego. Estaba mirando a uno y a otro, asintiendo enérgicamente y con obviedad cuando Alice dijo que su casa no estaba habilitaba. Fue a añadir que podía dar fe de ello porque había estado allí hacía un par de días pero se calló, aunque no dudaría en hablar si se terciaba. No hizo falta, porque cuando miró a su madre y la escuchó confirmar que podían quedarse, se le iluminaron los ojos. No lo pudo evitar. Tan pronto su padre dijo de pasar al salón, aprovechó que su madre se quedaba por un momento la última y se lanzó a ella. - Gracias mamá, gracias. - Para desconcierto de Emma, su hijo se le había encaramado y la estaba achuchando como si tuviera cinco años. - Eres la mejor. La más buena. La más guapa. - Le dio un par de besos en una mejilla mientras le agarraba la otra. - La mejor. La mejor. - Marcus. Para. - Se separó de ella pero se quedó mirándola con una sonrisilla infantil. La mujer rodó los ojos. - Lo que yo no haga por vosotros... - Estás sonriendo. - Dijo Marcus con tonito, porque sí, la había visto sonreír disimuladamente ante los interesados cariñitos de su hijo. Pero no debió hacerle gracia la broma porque le miró gélidamente, y Marcus fue a dar un pasito atrás pero sin perder la sonrisilla. Y en ese momento apareció Violet por allí con ese comentario. Abrió los ojos como platos. - Yo creo que se está mejor en el salón, sí. - Y ahí sí que se fue antes de que su madre se arrepintiera.

Iban a tener otro momento regalos, con lo que a él le gustaba eso, y sin siquiera esperarlo. Se sentó en la alfombra con ilusión, aunque no esperaba recibir nada, solo para ver como le daban los regalos a Alice y Dylan y su padre y William se daban uno entre ellos como solían hacer. Se acercó al niño en la alfombra y miró el juego con entusiasmo. - Oh, qué buena pinta. - Miró a Alice con los ojos entrecerrados. - Ja ja, pues sí, justo eso pienso hacer. - Comentó con orgullo y siguió atendiendo a la entrega de regalos. Pero cuando llegaron al regalo de Violet para Alice, la mujer la detuvo. Marcus las miró a ambas extrañado, y no era el único. ¿Por qué no podía abrirlo allí? ¿Qué podía ser que no pudieran ver los demás? Total, Alice iba a seguir viviendo allí una semana más, en algún momento lo verían... Pero para Marcus "algún momento" no era un periodo de tiempo válido.

- ¿Qué es? - Tardó en preguntarle a Violet el tiempo que tardó Alice en desaparecer de allí y su padre y William en empezar a intercambiarse sus regalos. La mujer le miró con una ceja arqueada y esa expresión tan Violet que te hacía sentir como si conociera tus más oscuros deseos. - Eres muy curiosillo tú. - Lo soy. - Confirmó con una caidita de ojos, y se acercó un poco más a ella. - Va, dímelo. ¿Qué es? - Estoy segura de que mi sobrina te lo enseñará en algún momento. - Seguro... - No tenía ni idea de lo que era, solo estaba lanzando órdagos. - Por eso no tiene sentido ocultármelo, me voy a enterar igual. - Violet le miró con una sonrisita pícara. - No se te escapa nada, ¿eh? - Nop. - Dijo él con seguridad, ya expectante por la confesión... Pero la mujer giró la mirada a la entrega de regalos y no le dijo nada.

Frunció los labios, tratando de interactuar con la escena. Pero no se podía concentrar. - Va, dímelo. - ¿De verdad no prefieres que te lo diga ella? - Yo lo que quiero es saberlo y ya está. Marcus y su paciencia ante los misterios. Guardó silencio... Dos segundos. - ¿Y una pista? - Violet soltó una risita y volvió a mirarle. - Te va a gustar. - Genial. Justo lo que su incertidumbre necesitaba. - ¿Y por qué no...? - Te toca, Marcus. - Giró la cabeza a William. - ¿A mí? - El hombre sonrió, encogiéndose de hombros con obviedad. - Claro. Eres mi preferido, te tengo que consentir como consiento a Arnold. - ¿Tú me consientes a mí? Lo que hay que oír... - Tomó lo que William le ofrecía, aún un poco alucinado, justo cuando Alice aparecía por allí otra vez.

La miró con ojos de niño ilusionado y abrió el regalo. Se quedó alucinando. - Wow, ¿en serio? - Su padre, que para esas cosas era igual de niño pequeño que él, se levantó y se le puso al lado. - A ver... Vaya, tu abuelo te lo va a robar. - Era un transmutador de líquidos precioso, nuevecito e impresionante. - Ya sabes. - Comenzó William, con toda la normalidad del mundo, mientras Marcus miraba su regalo con la boca abierta. - En Francia se quiere mucho a sus alquimistas, tu abuelo te lo puede confirmar. Y todo alquimista que se precie necesita uno. - De verdad que estaba sin palabras. - Es... Vaya... Muchísimas gracias, Señor Gallia. - Se giró a Alice. - ¿Has visto esto? - Y ya se lo estaba enseñando como si le hubieran regalado un juguete. ¿Cómo no iba a adorar a William? Era imposible. Qué lástima que hubiera perdido esa carencia de filtros que te daba la infancia, porque si no tuviera un protocolo que guardar se le habría tirado encima para darle un abrazo. De pequeño lo habría hecho sin duda. Se lo tenía que compensar de alguna forma. Y tanto que sí.

También tenía un regalo para Lex, unas gafas chulísimas para el Quidditch, encantadas especialmente para que repelieran todos los bichitos y motitas de polvo y le protegieran los ojos mientras jugaba, y con una elegante serpiente como correa, lo cual a su hermano le encantó. Pero Marcus estaba demasiado alucinado con su propio regalo, enseñándoselo a Alice como si ella no hubiera visto ninguno en su vida. Eso sí, no tardó en volver a su reiterativo tema anterior. - ¿Qué te ha regalado tu tía? - Así, como quien no quiere la cosa.
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CON Marcus y mucha familia EN Casa de los O'Donnell Día 31 de diciembre
Bajó justo a tiempo de ver cómo su padre le daba un regalo bastante grande a Marcus. Y fue abrirlo y le hicieron los ojos chiribitas. – ¿Es un transmutador de líquidos? ¡Es chulísimo! – Dijo poniéndose a gatas al lado del instrumento con Arnold y Marcus y haciéndolo girar empujándolo suavemente con un dedo. – Es precioso... Yo quiero uno... – Dijo con voz de niña pequeña. – Las enfermeras no son alquimistas. – Contestó su padre con retintín. Ella chasqueó la lengua. – Al final entre todos vais a conseguir que monte yo mi propio laboratorio. O me quedaré el del abuelo Larry, ya me lo ha ofrecido. – Respondió ella con el mismo retintín y poniendo un gesto muy fingido mirando a su padre. Pero enseguida volvió a acariciar los bordes dorados de la circunferencia central del transmutador. Se sentía tan feliz que estaba hasta distraída, pero Marcus vino a bajarla a la tierra con su pregunta y se acordó de golpe de lo que llevaba puesto. Era tan atrevido, la verdad, que se puso sonrojada y paseó los ojos por la habitación buscando una salida, aunque con una sonrisita. – ¡Vaya, Lex! ¡Qué gafas más chulísimas! ¿Me las dejas? – El aludido suspiró pero medio sonrió, tendiéndoselas. – Tú tienes que probar todo lo de los demás ¿no? – Y ella asintió mientras se ponía las gafas. – Eres libre de intentar ponerte mis tacones nuevos. Suerte con ello. – Se giró a Marcus con las gafas puestas, poniendo morritos y una mano por debajo de la barbilla, haciendo el tonto. – ¿Cómo estoy?

Y así estaban, entre risas cuando su tía dijo – ¡Ah! Y espera... Te he traído otra cosa. – Se rebuscó en el bolsillo algo y le ofreció el puño cerrado. – Creí que lo echarías de menos. – Abrió el puño y allí estaba. El dichoso lazo azul. Se quitó las gafas con los ojos y la boca muy abiertos. – Es... Es mi lazo. Mi otro lazo. – Especificó. Lo cogió y se giró de inmediato hacia Marcus, sosteniéndolo entre los dedos y sin salir de su asombro. – ¿Dónde estaba? – Peligro. Su tía se echó hacia atrás con los brazos cruzados con esa cara de "voy a decir algo que a mí me va a hacer mucha gracia y a ti no" – En el desván de Saint-Tropez. Lo encontró la tía Simone limpiando. ¿Cómo llegaría allí? – Vale, sí. Ya sabía además cuando se le había caído. Aquella noche que estuvieron a punto de acostarse, en la vorágine del momento, se le deshizo la trenza y, obviamente, no había tenido tiempo de pararse a recoger el lazo. Ni se había dado cuenta de ello, para ser sinceros. – Eso digo yo, si tú no subes a ese desván, diría yo desde... La noche de los fuegos de hace dos veranos... – Gal apretó los labios y arqueó las cejas, con una sonrisita. – ¿Qué puedo decir? Soy yo. Entro y salgo de todas partes. Voy hecha una loca y ni me doy cuenta de por dónde paro ni lo que se me cae. – Sí, siempre era buena excusa la de "soy Gal, estoy mal de la cabeza, no me echéis cuenta". Pero se le escapó una miradita de refilón a Marcus y una sonrisa. – No, Alice no estaba allí. Fueron Marcus y Jackie los que fueron a lo del desiluminador. – Dijo Arnold de repente. – Alice creo que estaba intentando teñirse el pelo de azul. – Ella levantó una mirada agradecida hacia Arnold que venía a decir "Gracias por salvarnos a ambos, señor O'Donnell. A mí de la vergüenza y a usted de la bronca de su esposa". Pero ella ahora solo podía mirar el lazo que tenía en la mano, y el que era su pareja en la muñeca de Marcus. Tanto que su propio padre se inclinó para delante y le agarró la muñeca a Marcus. – ¡Anda! Pero si tú tienes el otro. – Ella sonrió y asintió con la cabeza. –Se lo di yo. Para que me cuidara el que no se me había perdido. Marcus nunca pierde nada.Es un detalle muy bonito, pajarito ¿Y qué tienes tú? – Dijo cogiendo su muñeca. – ¡Oh! Esta me la regaló él a mí. Por Navidad. Está hecha con alquimia. – Su padre asintió con la cabeza y miró a ambos, sonriendo cálidamente. – Es precioso.

De nuevo, Gal recurrió a la técnica de la distracción para rebajar el ambiente. Cogió de la mano a Dylan y lo puso delante de su padre. – Oye, Dylan ¿No tienes nada que contarle a papá? – E hizo el gesto de hablar con la mano. Su hermano se puso un poco rojo y parecía reticente, pero por fin se volvió hacia William y dijo. – Alice me obliga a hablar cinco minutos al día si quiero usar la vuelapluma que me regaló el señor O'Donnell. Y Marcus me ha dejado que llame Marcus a mi búho. Y la tata y la tía Erin tienen el mismo patronus. – Un buen resumen de las navidades hasta entonces, desde luego. Pero su padre y su tía estaban demasiado extasiados con haberle oído hablar. William le había cogido pro la mejilla y Vivi se había puesto de rodillas a su lado. – ¡Dylan! ¡Patito, estás hablando!Solo cinco minutos. – Especificó. Cabezota. Pero su padre la miró con los ojos brillantes y ella le devolvió la sonrisa, emocionada. – Lo que tu hermana no consiga... – Le acarició el pelo. – Mamá va a estar tan contenta... – Y así como si nada, el buen momento se convirtió en uno tremendamente incómodo. Pero Dylan estuvo rápido y se echó a los brazos de su padre y dijo. – ¿Quieres que gaste mis cinco minutos contigo mientras volamos la cometa? – William asintió, ajeno a lo que acababa de decir antes. – ¡Sí, por supuesto que sí!¿Viene, señor O'Donnell? – Y Arnold asintió con una sonrisa, aunque visiblemente turbado y se levantó detrás.

Allí se quedaron, recogiendo los papeles de los regalos cuando Emma se le acercó. – ¿Estás bien? – Ella asintió, con una sonrisa fruncida. – A todo se acaba acostumbrando una. Incluso a eso. – Vio cómo Marcus se acercaba también por detrás y Emma dijo. – Bajad al sótano a por la cama plegable y las sábanas para William. Yo recojo esto.– Y ambos asintieron y se fueron en silencio. Al principio pensó que iba a estar incómoda por lo que acababa de pasar, pero no quería arruinarse una tarde tan bonita por una sola frase. Y según bajaba las escaleras fue notando como el ruido de arriba se iba haciendo cada vez más sordo. Oh. Esa era su oportunidad.

Buscó un hueco aún más resguardado y encontró un armario que quedaba justo tras las escaleras. Tiró del brazo e Marcus. – ¡Eh! Prefecto curioso ¿Quieres saber lo que me ha regalado mi tía? – Sonrió pícara y se mordió el labio inferior, pegándose a las puertas del armario. – Cierra los ojos. – Le susurró. Y cuando lo hubo hecho, se sacó la camiseta. – Ya puedes abrirlos. – Y le miró con cara pillina. – Y va a conjunto. – Le dijo recordando las palabras que el haba dicho aquel día en la sala de los menesteres. – Y hay más. Y camisones. Y algo que aún no sé cómo se pone pero pienso descubrirlo. – Dijo pasando los brazos por el cuello de Marcus y atrayéndole hacia sí.
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- Eeeeh que ese puesto es mío. Y mi transmutador nuevo también. - Dijo rodeando el aparato con sus brazos... Y de repente se vio a sí mismo con un año, en ese mismo salón, tapando los bloques para que Alice no se los tirara. Vaya... Sí que habían cambiado poco. Bueno, estaba de broma realmente. - Pero no me importa compartirlo con una buena alquimista. - Comentó relajando la postura y dedicándole una sonrisa coqueta a la chica.

No le pasó desapercibido que desvió su pregunta y se puso a hablar con Lex de su regalo. Eso solo le intrigó más. En serio, ¿¿qué le había regalado Violet?? Oh, Dios, no sería algo peligroso, ¿no? Aunque se tuvo que reír con las tonterías de Alice. - Muy apropiada. Podrías ser la primera enfermera-alquimista-jugadora de Quidditch. - Pero, en serio, ¿qué te ha regalado tu tía?

Dejó de mirar a Alice inquisitivamente cuando la susodicha tía Violet dijo que le había traído otra cosa, y de verdad que como le dijera que también era algo secreto iba a echar humo por la cabeza. Pero esta vez se lo dio en público... Y después de oír la argumentación casi que hubiera preferido que, precisamente eso sí, se lo diera en privado. Después de que se le desencajara la mandíbula viendo el lazo perdido en manos de Violet, vio la expresión de esta y las palabras le fueron llegando casi a cámara lenta mientras pensaba para, no, no lo digas. Fue como si algo hubiera hecho click en su cabeza en el momento en el que la mujer sacó él lazo, como si hubiera conectado Gallia-Provenza-Lazo y le hubiera salido el misterio resuelto: el desván. Esa fue la última vez que lo vio, atado a la trenza de Alice. Se le encendieron delatoramente las mejillas y trató de disimular haciendo como que miraba el transformador, pero ya era tarde.

Los Gallia eran muy divertidos hasta que te metían en su descontrol, que entonces los resultados que podían tener aquello eran una completa incógnita. Con la mirada puesta en el transformador abrió más los ojos, de nuevo delatándose solo con su inevitable expresividad, cuando William dio en el clavo con lo de la noche de los fuegos. ¡Venga ya! Eso no podía ser casual, ¿cómo podía acordarse de eso? ¿Por qué lo decía? ¿Le regalaba un transformador y luego le ponía en el punto de mira delante de su familia? ¿Para eso les cubrió las espaldas esa noche, para guardárselo al momento oportuno? Le estaba mirando de reojo con ojos de cordero degollado. Creí que era tu preferido, pensó con pena infantil. Lo peor es que ni siquiera era capaz de atribuirle mala idea porque estaba casi seguro de que lo estaba diciendo como William decía siempre las cosas: sin pensarlas.

El colmo de lo inesperado fue que la tabla de salvación vino de manos de su padre, el cual estaba mintiendo descaradamente con esa afirmación porque recordaba perfectamente la conversación que tuvieron al llegar a Londres, en la que le dejó clarísimo que no se había creído ni una palabra de ese numerito. - Sí, eso fue, efectivamente. - Dijo mirándole, e intentó disimular de aquella manera encogiéndose de hombros y chistando con superioridad. - Ya ni siquiera me acordaba... - No que va. Prefería ni mirar a su madre. De hecho, tenía la mirada en el transformador por tal de no clavarla en ninguno de los presentes cuando notó que alguien tiraba de su muñeca. No, no "alguien": William. ¿Pero por qué? Ahí estaba, la venganza del padre de la chica con la que se estaba acostando. La máquina de la paranoia de Marcus ya iba a toda velocidad.

Afortunadamente Alice tenía una excusa y eso le hizo esbozar una sonrisa para nada parecida a sus sonrisas naturales habituales. Ahí sí miró inconscientemente a su madre, a la cual vio aplanándose la falda en el regazo como si se estuviera guardando un suspiro de resignación detrás de otro. Pero William pareció bastante conforme con la explicación y le dedicó una sonrisa cálida tras ver la pulsera de Alice que él correspondió. Se alegraba de que le gustara, la verdad. No llegaba al nivel de lo que él hizo con los díctamos para Janet... Mejor no lo recordaba que se ponía triste. Solo esperaba estar a la altura lo máximo posible... No sabía qué hacía pensando eso.

El momento lo alivió Dylan, al cual todos se alegraban de escuchar hablar, solo había que ver la sonrisa en cada uno de los presentes. Se tuvo que tapar la boca con una mano ante ese resumen, y al mirar de reojo a su tía buscando la complicidad al haber sido los dos O'Donnell mencionados en el discurso, se la encontró roja como un tomate y mirando de reojo a Violet. Eso le hizo tener que taparse la risa aún más... Hasta que escuchó a William y se le agarró un pellizco en el pecho. "Temo por William, no lo va a superar". Las palabras de su padre resonaban en su cabeza cada vez que veía momentos como ese. Pero simplemente respiró hondo y disimuló, como hicieron todos los demás.

Todos se fueron dispersando y Marcus cogió su maravilloso transformador y se lo llevó contento a su cuarto. Al bajar los últimos escalones vio de refilón una cabellera pelirroja entrando en la cocina y cerrando la puerta tras ella. Frunció el ceño, un tanto extrañado, ¿para qué iba su tía a encerrarse en la cocina? Estaba hablando con alguien, porque oía voces, y si hacía un recuento de los presentes, los que estaban en el jardín con la cometa y los que estaban en el salón, ese alguien solo podía ser Violet. Él, por su parte, siguió su camino, llegando hasta donde su madre y Alice hablaban. Asintió a su orden y se dio media vuelta por donde había venido, pero con Alice. Menos mal que ser prefecto en la torre más alta del castillo te insensibilizaba a eso de subir y bajar escaleras constantemente.

Fue a dirigirse a donde guardaban las sábanas cuando Alice tiró de él y le arrastró al armario tras las escaleras. ¡Vaya, por fin! Qué misterio. Esa miradita y esa petición no sabía hasta qué punto auguraban nada bueno, por lo que entrecerró los ojos y la miró de arriba a abajo con una sonrisilla. - Las dos tramando algo dais un poco de miedo... - Pero cerró los ojos igualmente, aunque sin perder la pose y la sonrisita chulitas. No tenía ni idea de lo que se iba a encontrar al abrirlos... Pero, desde luego, no imaginó que fuera eso. Tardó unos segundos en reaccionar, pero la expresión de sorpresa embobada y el escalofrío que le recorrió el cuerpo entero sí que estuvieron ahí desde que abrió los ojos. - Vaya... - Era difícil dejar a Marcus sin palabras, pero lo había conseguido. Sí, definitivamente había sido buena idea no dárselo en el salón, se ruborizó solo de imaginarse la escena. Si es que era muy pesado, no podía esperar a recibir las pertinentes explicaciones de las cosas.

Se dejó atraer y notó su cuerpo pegado al torso de la chica, pero no podía quitar la mirada de allí a pesar de que ahora, en ese ángulo, no lo veía tan bien. - Vaya... - Repitió. Debería de decir más cosas. Se recompuso un poco y volvió a dibujar la sonrisita y la caída de ojos. - Pues yo quiero ver las demás cosas también. - Acercó su rostro un poco al de ella y susurró. - A ser posible puestas. - Sabía que la casa estaba llena de gente, sabía que su madre había puesto un contador de tiempo en su cabeza y que iría a buscarles si consideraba que tardaban más de la cuenta. Pero era demasiado tentador quedarse allí un ratito, colocar la mano en la cintura de la chica tal y como hizo y hablar tan cerca de sus labios. - Ah pues... Ya tengo algo más que investigar en estos días. - Añadió en otro susurro y besó sus labios, lentamente pero buscando su lengua, encendido. No había tenido otra oportunidad como esa desde lo ocurrido en casa de Alice, que con el accidente se quedó bastante a medias. - Yo creo que el juego de Dylan puede esperar. -
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No pudo evitar que se le escapara una risilla cuando Marcus dijo lo de su tía y ella. – Encima que me ha regalado esto porque le dije que me daba vergüenza que me vieras con mi ropa interior aburrida e infantil... – Y se volvió a reír, casi que de ella misma, por darle vueltas a las cosas. Pero claro, la reacción de Marcus le recordó por qué había sido buena idea. Deslizó los dedos por sus labios, porque los adoraba y necesitaba acariciarlos. – Ajá. – Dijo con una sonrisa pilla y mordiéndose el labio. – Como comprenderás, no podía dejar que esto lo viera todo el mundo. Es solo para ti. – Dijo bajando el tono aterciopeladamente.

La mera cercanía del cuerpo de Marcus le provocaba cosa, como cuando rozas algo que ha estado cargado de electricidad estática, su propia electricidad, la que él le generaba, con sus caídas de ojos y sus sonrisa de chulo. – ¿Cómo puede ser que me guste todo de ti? – Preguntó en voz alta mientras le acariciaba la cara y le miraba apasionada. Sin soltar sus caderas para mantenerle sobre ella puso cara curiosa. – ¿Ah sí? – Y se rio otro poquito, metiendo las manos debajo de la camiseta de Marcus y acariciando su torso, porque su piel le llamaba a gritos. – Pues son dos conjuntos más como este... Pero diferentes. Y tres camisones... Que te aseguro que son más ligeros que cualquier vestido que me hayas visto. – Dijo mientras se acercaba a besar su cuello. Sabía que Marcus tenía una imaginación muy potente, y si juntabas eso a resolverle misterios, ya lo tenía en el bote. – Vas a necesitar al menos tres noches para verlo todo puesto, prefecto O'Donnell. – Paró para seguir besándole en cuello y enterrando la mano en su pelo. – ¿Cómo pretendes apañártelas? Si no quieres ni que aparezca en tu ventana con los vestidos que te gustan.

Se dejó besar por él, sabiendo que había encendido su llama y su curiosidad, y al contacto con su lengua, notó como se había encendido ella también y saltó a sus brazos, como había hecho en Nochebuena, quedándose así un poquito más alta que él y sin dejar de besarle. Ah, qué mal, ahora se había encendido demasiado y no podía parar, le deseaba demasiado. Y no era una buena idea, qué va. Porque ya no solo estaban los señores O'Donnell y los hermanos. Es que su padre y la tata se metían por todas partes con toda naturalidad y sin preguntar. Y ni eso la frenaba. Si es que no debería proponerse portarse bien, no era un propósito realista. – Tenías razón. – Dijo, que ya de por sí, sabía que le gustaría que se lo dijese. – Nos hemos vuelto locos de remate. – Volvió a buscar sus labios, con fiereza con necesidad, tratando de frustrar en ese beso todo lo que fluía por dentro de ella. – Te he vuelto loco, si me besas y me miras así. – Apoyó la cabeza en la pared y dejó salir un jadeo que por poco no era un gemido y en cuanto recuperó el resuello soltó una risita. – Y si has reaccionado así al ver solo una mitad del conjunto, espérate que veas la otra. – Dijo bajando la mano al borde de su propio pantalón y enganchando con el dedo una de las finas tiras que adornaban la parte de abajo y tirando de ella hacia arriba, para que se fuera haciendo a la idea.
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Se estaba mordiendo el labio, mirando ese sujetador tan bonito que la chica había tenido el detalle de enseñarle, por lo que empezó a contestar casi ido. - Pues qué deta... Espera, ¿qué? - Genial, Violet también sabía entonces lo que había entre ellos. ¿Por qué se lo había dicho? Daba igual, total, al parecer todos los adultos de su entorno lo sabían ya... Oh, Dios, ¿lo sabría William? Mejor no lo pensaba. Igualmente tampoco podía concentrarse en mucho más que no fuera Alice en sujetador agarrada a su cuello. - Nada que tú lleves es aburrido. - Susurró, rozando su nariz con la de ella. "Aburrido" y "Alice" eran dos palabras que, simplemente, no casaban.

Cerró los ojos lentamente al notar los dedos de Alice en sus labios, con ese escalofrío tan intenso que se le empezaba a descontrolar. No, no podía perder el control, habían bajado a por unas sábanas y deberían subir pronto. Pero Alice diciendo esas cosas, tocándole y susurrándole, activaba todas las terminaciones nerviosas de su piel. Rio leve y mudamente entre dientes. - Soy un privilegiado entonces. - Solo para él. De verdad que iba a necesitar mentalizarse mucho para que se le bajara la excitación que se le estaba subiendo a pasos agigantados.

Tragó saliva. Buena pregunta esa, él también se lo preguntaba, ¿cómo era posible que le gustara todo de ella, absolutamente todo? No fue capaz de contestar, solo tomó aire ruidosamente, mojándose los labios y sin disimular la mirada que le dedicaba. Y en lo que respiraba notó la mano de la chica bajo su camiseta y se le escapó un gemido de contención, cerrando los ojos de nuevo y mordiéndose los labios. Muy difícil, se lo estaba poniendo muy difícil. - Alice... - No sigas, no hagas eso, no vayas por ahí. No me puedo contener así. Esa iba a ser la advertencia, era la idea, pero se vio interrumpida cuando tuvo que tragar saliva una vez más y contener la respiración, porque la chica había empezado a besar su cuello.

Sin abrir los ojos dejó escapar otra risita entre los labios ante ese comentario. Los abrió y enfocó su mirada. - Estoy dispuesto a pasarme esas tres noches en vela y las que hagan falta. - Acercó su rostro un poco más a ella, tentando, acercándose de más a sus labios pero apenas rozándolos, sin llegar a besarlos. Él también sabía jugar a eso, no tan bien como Alice pero sabía. - Ni creo que sea obligatorio que sea de noche, ¿no? Al fin y al cabo... Ahora no lo es y me lo estás enseñando. - ¿No existía ningún hechizo que detuviera el tiempo? ¿O alguno que hiciera a su familia olvidarse de su existencia durante una hora? ¿O que les hiciera creer que ese desván no existía y no pudieran acceder a él? ¿No existía ningún tipo de magia que le permitiera hacer lo que quería hacer con Alice sin tener que enfrentarse a ninguna consecuencia?

Se mojó los labios, arañándolos con los dientes en un intento más de autocontrol. - Déjame pensar y ya se me ocurrirá algo. - Contestó inmediatamente, ya ni se le veía la sonrisa, solo el deseo. Desde luego que se las pensaba apañar, pero esas vacaciones no iban a terminar sin que Alice y él lo hicieran otra vez, bien claro lo tenía. Se fundió en ese beso apasionado, tan desenfrenado que la chica saltó sobre él, agarrándose a su cintura con sus piernas, y él la sostuvo con fuerza al tiempo que recortaba la distancia con la pared, poniendo la espalda de Alice en ella con un ruido sordo en el que ni siquiera reparó, porque estaba demasiado ocupado en acercarse a ese cuerpo que le hacía perder la cabeza por completo.

Dejó escapar un jadeo cuando sus labios se separaron, mirándola como si fuera lo único que existía en el mundo, porque en ese momento lo era. Se había olvidado de por qué había bajado allí, de dónde estaba siquiera, solo ansiaba el momento de volver a besarla. Tenía razón, ya lo creía que tenía razón, y no era una cuestión de que a Marcus le gustara llevar la razón siempre. Era mucho más que eso, era lo que se provocaban el uno al otro y parecían haber estado conteniendo o soltando a comedidas dosis durante todos estos años, hasta que había estallado. - Me has vuelto loco. - Susurró en confirmación, devorando sus labios de nuevo hasta que Alice volvió a separarse, dejándole con la respiración desbocada. Y cuando vio el por qué, lo que decía y lo que significaba... Cuando bajó la mirada para ver lo que quería enseñarle... El corazón se le desbocó, la respiración se le aceleró aún más y sus ojos se llenaron de deseo, alzando la mirada y clavándola en la de la chica otra vez. Volvió a dejar el aire escapar entre los dientes en una especie de risa muda que contenía demasiadas cosas. - Me vas a buscar un problema. - Susurró en tono tentador. La mano que tenía en su cintura descendió con suavidad, acariciando su piel y llegando hasta esa cinta que, honestamente, no sabía muy bien qué tipo de ropa interior describía, pero le daba igual. Le iba a gustar seguro. - Esto ya no es un reto. Me estás poniendo al límite. - Bajó los párpados, acercándose de nuevo a su boca, mezclando su respiración agitada con la de ella. - No sabes lo que estás haciendo. - La besó desenfrenado, y aunque pareciera imposible se pegó aún más a su cuerpo. - No sabes lo que sería capaz de hacer por ti, Alice. - En ese momento, literalmente, cualquier cosa.

Y de verdad que lo hubiera hecho, estaba totalmente dispuesto. Unos segundos más y aquella situación se hubiera tornado bastante más complicada. - ¿Las encontráis? - Se separó automáticamente, dando un par de pasos hacia atrás y recomponiéndose. - Sí, sí. Estamos... Buscando. - Contestó a su madre, lo más disimuladamente que pudo. - ¿Necesitáis ayuda? - ¡No! Ya vamos, ya... Ya casi estamos. - Tenía la respiración desbocada, su pecho subía y bajaba con violencia. Miró a Alice, con las manos en la cintura, sonrojado y apurado... Pero no pudo evitar sonreír.
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Su nombre en labios de Marcus así pronunciado hubiera podido encender mil fuegos, de no ser porque ya estaban encendidos. Sí, si sabía lo que estaba haciendo, y sabía que no debería, pero era como soltar una hoja al viento y pedirle que por favor, tuviera consideración y no volara en su dirección.

Todas las veces que había estado con Marcus, se le antojaba pura magia que, aunque estuvieran intimando físicamente, nunca abandonaran nunca esa faceta de amigos astutos y picajosos que ella siempre le había encantado. Incluso así, con sus labios jugueteando con los de ella, tan excitada como estaba, reconocía al Marcus de siempre, al que le encantaba echarse partidas dialécticas. Paró para reírse un poco y dijo. – Hombre sería un poco raro que saliera de día con esos camisones y el liguero, en cuanto averigüe cómo ponérmelo, por la casa ¿No crees? – Y entre risas volvió a enredarse en sus labios. Ah, sí, le encantaba la situación en sí.

Que Marcus la pusiera con esa fuerza contra la pared le arrancó un gemido que quedó ahogado en los labios de ambos y que se aferrara más fuerte con sus piernas a su cuerpo. Dios se le estaban tensando todas las terminaciones nerviosas en anticipación. Y ya solo había Marcus, y su piel, y su calor. Y de nuevo, esa complicidad de ellos la atacó y le hizo mirarle con una sonrisita, entre astuta y encendida. – Tienes al problema en tus brazos y no te veo precisamente angustiado. – Pero lo del reto la arrebató. Porque es que oía esa palabra y ya no podía pensar en otra cosa. – Pues precisamente por eso es un buen reto. – Susurró ardientemente en su oído. Pero entonces dijo aquello, y el corazón le dio un salto y se separó mínimamente para mirarle, porque cuando le decía cosas así no podía ni pensar en acostarse con él. Solo en mirarle a esos ojos preciosos y decirle que le amaba.

Buen momento pues, para ser interrumpidos una vez más. "Algún día... Algún día voy a tener una casa y voy a cerrarla a cala y canto una semana y nadie me va a interrumpir con Marcus" Pero de momento, allí estaba Emma. Cayó al suelo suavemente y se agachó rápidamente a coger su camiseta y ponérsela. – ¡Te dije que estaban en el otro armario, Marcus!  Si es que este no es armario de guardar sábanas. – Dijo al borde de la risa ella también, admirando la sonrisa del chico. Cogió las susodichas sábanas del armario que sí era (veinte segundos le había costado. A ver cómo explicaba los cinco minutos que llevaban ahí abajo) y le señaló las escaleras con la cabeza.

Allí en el vestíbulo estaban las tías y Emma hablando, y justo entonces, entraban Dylan y los padres. Cinco segundos tardó su hermano en escribir "Estás muy roja". Ella asintió con los labios apretados. – Las escaleras, me han dejado muerta. – Su hermano la miró extrañado y escribió. "¿Y cómo haces en Hogwarts, si duermes en el sitio más alto del castillo?" La lógica aplastante de su hermano. Ella se encogió de hombros. – Son menos inclinadas ¿Qué hago dándole explicaciones a un mico que debería estar volando una cometa? – Arnold negó con la cabeza dijo. – Hace demasiado viento y no queremos que se rompa.Sí, y aquí hay mucho que hacer. – Emma se giró hacia ella y Gal pudo percibir cómo inconscientemente se recogía sobre sí misma con un poco de miedo. – Alice, Violet ¿os importa arreglar los platos y poner la mesa? Usad los de esa vitrina. – Dijo señalando unos que Alice se creía que eran de adorno de bonitos que eran. – ¿Pero en esos platos se come? – Le salió del alma, tanto que a su padre se le escapó una carcajada. Emma la miró con una ceja alzada pero media sonrisa. – Es que son como... ¿Demasiado bonitos? – La mujer soltó una risita. – Son los que me regalaron cuando me casé. Hoy es un buen día para sacarlos. – Ella asintió con una sonrisa y fue a dirigirse al salón, cuando se dio cuenta de que su tía Vivi se le había quedado mirándola. No enfadada, pero tampoco sonriendo... Como si... Le estuviera leyendo la mente. Vale, tenía que dejar de escuchar a Marcus en todas sus paranoias, eran pegadizas. Echó una última mirada de reojo a Marcus, con una sonrisita, y entró al salón.

Abrió la vitrina y llevó los platos, las salseras y los cubiertos a la mesita del salón, para ir limpiándolos con un trapo, mientras su tía cogía un montón de servilletas que Emma había dejado allí. Seguía mirándola así. – ¿Qué? – Vivi se rio. – Que ya puedes hacer magia fuera de la escuela. Puedes usarla para quitarle el polvo a los platos. – Gal negó con la cabeza. – No, no. Que son muy valiosos, imagínate que rayo uno o lo tiro sin querer. – Su tía se rio, tratando de aguantar una carcajada, y vio que iba a decir algo más, cuando pasaron Arnold y Dylan por el salón. – Vamos a cortar leña para la chimenea. – Indicó Arnold con un gesto muy serio que Gal vio que era fingido para intentar demostrar que era una acción muy importante delante del niño. – Dylan va a ser mi ayudante ¿verdad? – Y el niño asintió con la misma gravedad. La escena había hecho un alto en fuego en las miradas de Vivi, pero Gal sabía que su tía no se callaría mucho más tiempo. Lo que el señor O'Donnell y su hermano tardaran en desaparecer del campo auditivo, concretamente.  
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Última edición por Ivanka el Mar Ene 19, 2021 11:41 am, editado 1 vez


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Cinco minutos más para la cuenta atrás
CON Alice y mucha familia EN Casa de los O'Donnell Día 31 de diciembre
Al menos su madre había tenido a bien quedarse arriba de las escaleras, que ella era muy de aparecer en silencio detrás de ti y pillarte haciendo lo que no debías, y eso que Marcus nunca hacía lo que no debía... Salvo cuando entraba Alice en juego, claro. Aunque mirando a esa chica, viendo esa sonrisa y ese cuerpo, ¿quién podía decirle que eso era "lo que no debía"? De hecho no sabía qué estaba haciendo que no estaba con ella y nada más, no había ninguna otra cosa mejor que pudiera hacer.

Pero era lo que había. Respiró hondo y se dispuso a buscar lo que tenía que buscar, porque sí, indirectamente eso también merecía la pena hacerlo porque era una señal de que los Gallia se quedarían en su casa en Nochevieja, y desde luego que Marcus necesitaba que eso fuera así. Miró de soslayo a Alice con una sonrisilla, negando con la cabeza, y comentó en una voz tenue y que no parecía abandonar el juego que se habían traído segundos antes. - Este no es armario de guardar sábanas... - Ya sé para qué quieres tú este armario. De verdad, se tenía que relajar. Se le iba a notar un montón cuando subiera las escaleras, que podía jugarse la mano a que lo primero que iba a hacer su madre era mirarle de arriba a abajo.

- ¡Marchando sábanas! - Dijo tan pronto apareció por las escaleras, encontrándose con las miradas interrogantes de Violet y Erin directamente. Se dio cuenta en ese momento de que estaba demasiado contento y trató de reconducir. - ¿Dónde las pongo? - Hubo un par de conversaciones cruzadas que su embotada mente solo entendió a medias pero se dedicó a esperar, quietecito y obediente, tapándose detrás de la pila de sábanas hasta que su madre empezó a dar directrices. - Lleva un juego a la salita en la que duerme Dylan, para William, y otro a la habitación de Alice para Violet. - Vivi puede venir a casa de mis padres. - Cada vez que su tía Erin abría la boca, todos la miraban. Hasta Violet, que ya iba encaminada con Alice a la tarea que le habían mandado, se giró con una sonrisita. Su tía estaba coloradísima, pero Marcus estaba demasiado pendiente de gestionar sus propias reacciones corporales. - Quiero decir, tienes mucha gente aquí ya, ¿no, Emma? Es por no sobrecargarte. - Por mí no es molestia, puede dormir con Alice, que seguro que echan de menos estar juntas. - Marcus escondió un poco la cara tras las sábanas. ¿Su madre estaba cercando el terreno de Alice esa noche para que no volviera a pasar lo de Nochebuena? ¿O es que se estaba emparanoiando ya de más? - Bueno, que ella decida. - Comentó la mujer, con una sonrisa suave, porque debía haber detectado que Erin había bajado la mirada con pena. - Claro, si Violet y Erin son muy amigas, también se echarán de menos, ¿a que sí? - ¿Quién le mandaba a él meterse ahí? Pero era por decir algo, aunque ahora iba a parecer que lo que quería era a Alice libre esa noche... Que también, pero no era su intención, solo quería echar una mano a su tía, que la había visto triste. Y ahora esta le miraba como si acabara de acusarla de un crimen. Marcus puso expresión extrañada. ¿Qué? ¡Pero si te estoy ayudando! - Bueno, tú súbelas de todas formas y ya veremos qué pasa. - Asintió y se dirigió a las escaleras.

Dejó un juego de sábanas en la habitación en la que estaba durmiendo Alice y fue a la de Dylan a dejar el otro. Justo cuando se estaba girando hacia la puerta para salir, la voz le sobresaltó. - Así que esta va a ser mi humilde morada. - Ah, hola, Señor Gallia. - Dijo con una risilla nerviosa por el sobresalto. El hombre esbozó una expresión de disculpa. - Oh, perdona Marcus, no quería asustarte. - No no, no se preocupe. Iba pensando en otra cosa. - Y tanto. - Gracias por traerme las sábanas, ya me ocupo yo. Eres muy amable. - Marcus se encogió de hombros con una sonrisita. - No hay de qué. - El hombre se acercó con una risa y, dándole un toque en el hombro, le dijo con complicidad. - Se agradece, de todas formas. Así no sobrecargo más a tu madre con mi presencia. - Marcus negó con la cabeza con una risilla.

- ¿Te gustó el regalo, Marcus? - El chico puso cara emocionada, como cada vez que hablaba de algo que le entusiasmaba mucho. - Ya lo creo, es genial. Muchísimas gracias, me moría por tener un transmutador de líquidos. En Hogwarts están un poco oxidados, de todas formas no me arriesgo a llevármelo porque no quiero que se parta. Pero ya tengo algunas cosas pensadas para... - Marcus, Marcus. No me refería a ese regalo. - Interrumpió el hombre con un gesto de las manos. Se quedó unos segundos pensativo, con la mirada jovial de William clavada en él. De repente empezó a recorrerle por el cuerpo un escalofrío bastante desagradable. Regalo... Gustarle... Lo que acababa de pasar en el desván... - Eeeemm eeem no... No sé de qué regalo... - De Alice... - Empezó William. Marcus se quería morir ya, se le debía estar notando en la cara. Pero el hombre añadió otra pista. - Nochebuena... - Y ahí ya cayó. - Oooh, el hechizo. - Menos mal que era ESE regalo. Suspiró de alivio, escapándosele una risilla que esperaba que William no interpretara como lo que era: una casi pillada. Claro, Alice le dijo que le había pedido ayuda a su padre para hacerlo, como no. Los ojos se le volvieron a iluminar y esbozó la sonrisa que ponía siempre que lo recordaba... Aunque también se había puesto delatoramente colorado. - Es... Es fantástico, Señor Gallia. Me encantó. Me encanta. - Le encantaría toda la vida. - Alice hace unos hechizos espectaculares. Pero no me extraña, tiene de quien aprender. - William soltó una sonora carcajada. - Venga, Marcus, no me adules. Pero me alegro de que te haya gustado. - Entonces, le pasó un brazo por los hombros y añadió. - ¿Me lo enseñas? -
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CON Marcus y mucha familia EN Casa de los O'Donnell Día 31 de diciembre
Cogió un plato y se puso a pasarle el trapo, en silencio. Su tía seguía con cara de aburrida hechizando servilletas y poniéndoles forma de monstruitos. Ahora que se fijaba, no eran monstruitos, eran dragones… Frunció el ceño, pero escuchó el largo suspiro de su tía y dijo- Suéltalo ya ¿quieres?- Ella se inclinó hacia delante con media sonrisa y dijo- Venga, va, cuéntaselo a tu tata. Os habéis acostado otra vez ¿Verdad?- Gal asintió silenciosamente, sin comprometerse a nada, cogiendo otro plato- ¡Oh, en toda la cara de Emma Horner! No me lo puedo creer. – Su tía estaba disfrutando demasiado de aquello, pero no podía evitar que le hiciera gracia. – ¿Y qué? ¿Haciendo variaciones sobre lo de la sala de los Menesteres?- Casi se le cae el plato carísimo y preciosísimo, pero lo agarró más firmemente y se mordió el labio, mirando a su tía fastidiada- Casi me haces romper un plato de la vajilla de boda de Emma O’Donnell, no sé hasta qué punto eres consciente del drama que eso sería. - Dijo apretando los labios de nuevo -¡Uf! Me hubiera encantado, pero eres demasiado responsable para ser sobrina mía. Es más, eres demasiado responsable para ser la hija de tu padre.

-Bueno, entonces ¿qué? ¿Cómo va la vida de sexualmente activa?- Gal miró hacia atrás comprobando que Emma y Erin seguían en la cocina y que Arnold y Dylan estaban fuera- ¡Por Dios te lo pido, tata, baja la voz, habla en código o lo que quieras! Pero no me delates tanto. - Su tía hizo una pedorreta y se echó sobre el sofá. - ¿Que no te delate yo? Pero si te delatas tú sola. Vamos, Gal, por favor… Te doy el regalo, te lo llevas, tardas como cinco minutos en volver, y luego os mandan a por sábanas y tardáis en volver media vida. Ha tenido que ir la prefecta a por vosotros. Iban a mandar a Dylan, pero como no habla, le he salvado de pillar a su hermana haciéndole un show al tío que todavía admira…- Gal se frotó los ojos. - Yo no estaba haciendo ningún show. Y claro, para ti es un cantazo, porque sabes qué era el regalo, pero tú misma me has dicho que no lo abriera, así que nadie más lo sabe. - Violet se rió con la cabeza hacia atrás- No, el sector masculino estaba bastante perdido, eso seguro. A Erin no le importan mucho vuestros dramas, pero Emma… Emma no es tonta. ¿Qué te voy a traer de Francia que no pueden ver los demás? - Suspiró y negó con la cabeza.- Como me dijiste que te dio vergüenza que te viera con el sujetador de algodón, pues me dije que era un buen regalo. - Gal no pudo evitar sonreír un poquito en sus labios apretados.- ¿Cómo sabías que lo quería azul? - Su tía ladeó la sonrisa. - ¿Tú o él? - Yo. - Él. - confirmó su tía. - Pero ¿tú que sabrás?- Su tía volvió a reír y se llevó las manos a los ojos. - ¡Qué inocentona eres! Vamos a ver, cualquiera que conozca a tu novio… - No es mi novio… - Cualquiera que haya pasado más de tres minutos con Marcus sabe que, si su madre le dejara, engalanaría la casa con paredes azules y águilas doradas, pero aparte de eso… Encanté la lencería. Se ve del color que lo quiera ver el que la mira. Prueba, mírate y piensa en un color. - ¿Cómo que me mire? - Su tía se inclinó a ella y le enganchó la tira del sujetador, dejándola caer con un chasquido sobre su hombro - ¿Tú te crees que soy tonta? Compruébalo. - Gal tiró de su camiseta hacia fuera y pensó intensamente en el color más contrario al azul. Naranja. El maldito sujetador se veía igual pero naranja. Tragó saliva y la miró sonriendo- Hay que ver la inventiva que tienes. ¿Cómo sabías que se lo he enseñado a Marcus? - Pffff por favor, estáis en ella edad de follar sin parar. - Gal se mordió los carrillos por dentro y suspiró muy fuerte. - No se puede contigo. No hemos…- No quería repetir lo que había dicho su tía. - Hecho eso. No ahora, al menos, con todo el mundo aquí. - Pero por poco. Pero eso su tía no tenía por qué saberlo. Y dejó ese plato y cogió otro.

-Ahora en serio- Dijo Vivi inclinándose hacia delante, acercándose a Gal y bajando el tono. - Estás usando la poción tal y como te dije ¿no?- Ella suspiró y pasó al siguiente plato. Qué poco le gustaba hablar con su tía de esas cosas. Aunque, bien mirado, no tenía nadie más con quien hablarlo, porque a lo mejor Hillary no era la mejor asesora en esos temas, y su tía sabía algo más (bastante más). Pero primero pensaba devolvérsela. - ¡Pues mira no! Voy a la buena de Dios, a ver qué pasa. El mes que viene te cuento. - Entornó los ojos. Menudas preguntas hacía. - Ja ja, muy graciosa, Gal. No, pero en serio ¿te la estás tomando? - Gal resopló- ¡Pues claro que me la estoy tomando! ¿Tú qué pasa? ¿Que me ves cara de querer ser madre antes de terminar Hogwarts o algo? - Su tata rio y hechizó otra servilleta, esa con forma de gato… ¿O era un kneazle? - A ti no sé, pero ese de ahí fuera va a querer poblar el mundo de pequeños O’Donnells muy puros y muy magos y muy Ravenclaw. - A eso no contestó, sabía que tenía razón y no se había parado a pensarlo. Bueno sí, pero con dos copas de más en Nochebuena. Y cuando vieron los recuerdos del pensadero. Y entonces volvía a sus pensamientos de "Sí, qué bonito tener un mini Marcus" ¿Y si le pasaba algo, qué? ¿Más huérfanos entristecidos como ella? ¿Más personas con la incertidumbre que ella sentía cada vez que le faltaba su madre? Dejó el plato en la pila y se recostó, de brazos cruzados, replicando la postura de su tía, con un suspiro, porque si se paraba  a pensarlo, se le recalentaba la cabeza.

-Gal… Sé que, no soy el mejor ejemplo… Pero… No está mal querer… algo mejor ¿sabes? - Ella frunció el ceño y alzó las cejas extrañada. - ¿Mejor como qué? - Su tía hizo una mueca y alzó los ojos. - Mejor como… Esto. Una casa enorme y bien cuidada, platos bonitos de regalo de boda, una boda, para empezar… Puedes no querer ser una Gallia desastrosa. Puedes querer ser algo así como Alice O’Donnell… Y tener odonellcitos y vestirlos a todos de azul y… En fin. Tu padre no te leía los cuentos de princesas por nada. - Gal se revolvió incómoda, sin descruzar los brazos. - Yo no he dicho que quiera eso solo por acostarme con Marcus- Dijo, aunque sus propias palabras le sonaron mucho más inseguras de lo que desearía. Su tía se acercó por el sofá, con expresión paciente, poniéndose hombro con hombro. - ¿Eso te dices a ti misma? ¿Que solo te acuestas con él? Porque tú y yo sabemos que eso no es verdad.- Gal tragó saliva y posó la cabeza en el sofá, derrotada. - Pues no, no lo es. Estoy enamorada de él hasta las trancas. Y yo no quería esto… Y él no me quiere a mí, así que estamos en las mismas. - Violet la miró, genuinamente extrañada- ¿Por qué dices que no te quiere? - Porque él quiere todo eso que has dicho tú y yo…- ¿Y tú qué? ¿Crees que porque te tomas una poción contraceptiva a los diecisiete años ya no vas a querer hijos nunca más?- Ella negó con la cabeza y chistó- Es que no los quiero. No quería esto, no quería sentirme así por nadie. Quería ser como tú, a ti te va bastante bien siendo así- Violet puso una triste sonrisa y bajó la mirada- ¿Eso crees?- Gal se quedó mirándola, parándose por primera vez a analizar una reacción de su tía, porque generalmente no le echaba mucha cuenta, asumía que soltaría un comentario de los suyos y ya está. Pero ahora la veía seria, como al noche que el habló de la tan traída y llevada poción contraceptiva. - Pues sí, eso creía. ¿No es así?
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CON Alice y mucha familia EN Casa de los O'Donnell Día 31 de diciembre
Abrió la puerta de su habitación y la dejó entreabierta, para que apenas entrara un haz de luz que les permitiera verse pero mantuviera la zona oscura. Así era como mejor se veía en hechizo. - Vaya. Sí que ha quedado bien. - Marcus sonrió con las manos en los bolsillos, mirando a las estrellas. - Es genial. Ha quedado idéntico a... - Casi. Casi precisa. No hacían falta tantos datos, porque esa noche se escaparon de la supervisión de sus padres y fue Violet quien les encontró. - ...Al cielo de fuera. - A la noche de San Lorenzo. - Marcus tragó saliva, pero William señaló al cielo con obviedad, sentándose en una esquina de su cama. - Son las perseidas. No es la primera vez que las veo. Y sabía que mi hija estaba evocando un recuerdo concreto. Así es como más potente sale el hechizo. - Sonrió, con la cabeza respetuosamente inclinada hacia abajo. "Negarlo siempre es peor". Vaya, Alice le estaba pegando sus frases. Aunque realmente ahí no había nada que negar, si William era casi el creador de ese hechizo. Era tontería llevarle la contraria.

- Aún no te había dado las gracias. - Marcus se extrañó, mirando al hombre con el ceño fruncido. William, con esa sonrisa tranquila que lucía siempre, sacó su varita e hizo la luz en la habitación. Al fin y al cabo ya habían visto el hechizo, ahora quería mirarle a él. - Por hacer que mis hijos tengan una Navidad que merece la pena. Sé que fue idea tuya. Eres igual que tu padre, y le conozco de hace demasiado tiempo ya. - Marcus intentaba, dentro de su expresividad, mantener una expresión neutra, lo cual pareció hacer mucha gracia a William. - Lo siento, pero en eso también te pareces a él. Lo cual no quiere decir que no hayas sacado cosas de tu madre. Has sacado las mejores, de hecho. - Sonrió un poco, y el hombre dio un par de palmadas en la cama, cerca de él. Marcus se sentó mientras contestaba. - No tiene que dármelas, Señor Gallia. Yo estoy encantado, para mí también están siendo unas Navidades geniales. - Imagino. - Dijo el hombre asintiendo, mientras miraba a su alrededor. Pero entonces volvió la mirada a él y cambió súbitamente de tema. - Entrasteis en mi pensadero, ¿verdad? - Marcus se tensó, mirándole con los ojos muy abiertos sin poderlo evitar. Se delataba en seguida. - Aunque no lo parezca, cualquier leve variación en mi despacho la detecto. - Entonces empezó a mirar a su alrededor de nuevo y frunció ligeramente el ceño, ladeando la sonrisa. - Igual que detecto que aquí se ha echado un hechizo mío, y no es el del cielo estrellado. - Tragó saliva, bajando la mirada pero sin poder devolver los ojos a su estado de apertura normal. Empezaba a notarse temblando. Y eso que conocía a William Gallia de toda la vida, no es que no tuvieran cierta confianza o pensara que iba a matarle o algo de eso... Pero aún así...

- Relájate, Marcus. Ni una cosa ni la otra te la estoy diciendo por algo malo. - Aclaró William con una risa. Intentó sonreír, de verdad, pero apenas le salió un rictus tenso, y por supuesto no podía mirar al hombre a los ojos. - Lo segundo... Realmente valoro lo mucho que tienes en cuenta mis creaciones, siempre te interesaron, desde pequeño. Y no sabes lo que significa para mí, de verdad... - Le admiro mucho, Señor Gallia. - Contestó con timidez, y no porque quisiera pelotear, sino porque era la pura verdad. - Lo sé... Y también sé con qué intención creé ese hechizo, así que vamos a hacernos un favor a ambos y a dejar el tema aquí. - Tragó saliva y bajó la mirada aún más, ruborizado. William, sin embargo, no parecía alterado lo más mínimo. - Y con respecto a lo del pensadero... - El hombre respiró hondo y ahí sí le vio perder un poco la sonrisa. - Tu padre siempre me ha ayudado a centrarme, aunque no lo parezca, y lo sigue haciendo. - Se encogió de un hombro, con la mirada perdida. - Nunca debimos separarnos de vosotros. - Marcus tragó saliva otra vez y se mojó los labios. No sabía cómo intervenir en esa conversación, pero no le gustaba ver a William así. - Bueno... Entiendo por qué lo hicisteis. - Pero no lo compartes. - Dijo el hombre con tristeza, mirándole con la sonrisa ladeada de nuevo. Marcus le miró con prudencia. - Yo tampoco lo compartiría. Tu padre no lo compartía. Y tú eres igual que él. - Repitió. - ¿Sabes? Cuando te veo así tan mayor... Eso también me centra. En ese sentido tienes el mismo poder que Arnold. - Eso le dio una sacudida en el pecho, y le hizo sentir... Bien. Era triste, pero dudaba que hubiera muchas cosas en el mundo que pudieran enorgullecerle más que el que William Gallia le dijera que hacía algo bueno por él. - Y me recuerda el tiempo que ha pasado. - Marcus frunció los labios, y por unos instantes dudó, se lo pensó, porque nunca había tenido una conversación así con un adulto... Pero era William. Y había empezado él, al fin y al cabo. - Señor Gallia... ¿Está usted bien? - Preguntó con cierto temor, pero también con todo el aprecio que le tenía. El hombre respiró hondo, sin desdibujar su sonrisa triste, y contestó. - Bueno. No estoy pasando por mi mejor momento. - Pronunció un poco una sonrisa fruncida que Marcus correspondió. - Pero estoy en casa de mi mejor amigo para celebrar la Nochevieja, así que yo diría que no podría estar mejor. - Ambos rieron un poco. Sí, visto así, pintaba bien el plan.
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CON Marcus y mucha familia EN Casa de los O'Donnell Día 31 de diciembre
-Gal, yo he tomado ciertas decisiones en la vida a base de lo que he querido por mi personalidad y mi trabajo. No porque no crea en el amor -Yo creo en el amor. Creo que cuando se acaba, por una cosa o por otra, te destroza- Vivi suspiró y le acarició el pelo y bajó la mano hasta la espalda- Nadie debería haber vivido cosas que tú sí has vivido... Pero, Gal, no se debe tener miedo a la muerte...- Si no a la vida no vivida. Y eso es lo que intento -¿Negándote la felicidad con Marcus crees que estás viviendo? De qué vale vivir si no es con quien quieres hacerlo...- Volvió a mirarla extrañada y, ciertamente, apenada- ¿Tú no vives como quieres?- ella se encogió de hombros y dijo- Tú estás a tiempo de hacer las cosas diferentes, hacerlas bien -¿De verdad me está diciendo Violet Gallia que me case y sea la señora de Marcus O'Donnell?- Su tía se rió estruendosamente- ¡Madre mía! Para no quererlo no veas si lo tienes claro... Lo que te estoy diciendo es que si ese es el caso... No dejes que la historia de tus padres te detenga- Gal alzó las cejas y apretó los labios, molesta- ¿Qué parte? ¿La de ponerse en contra a la mitad de la familia y que tengan el suficiente poder para perseguirte incluso después de muerta? ¿La de dejar atrás a una familia destrozada que vive solo escasos momentos de paz y felicidad desde que te fuiste?- Se arrepintió en parte de haber dicho eso. Sabía que su tía y su madre eran buenas amigas, que siempre que podían estaban juntas, y que aunque no lo enseñara, se preocupaba mucho por su padre -Tú no vas a ponerte en contra a nadie. Arnold no lo permitiría. Ya te mira y habla de ti como si fueras su propia hija, y Marcus es su niño adorado, no dejaría que os alejarais. Emma... Dios me libre de defender a esa prefectilla malhumorada, pero también quiere a sus hijos. Y si su hijo te quiere a ti... Lo acabará aceptando- retuvo una amenaza de llanto que apareció en su garganta. Ojalá eso fuera todo.

- Alice- dijo su tía, cambiando el tono, y eso le valió una mirada preocupada de su parte, porque hacía años que no la llamaba así- ¿Te preocupa... Tener la enfermedad de tu madre?- Nadie, nunca se había atrevido a preguntárselo así, aunque estaba segura de que al menos su padre y Arnold lo habían pensado. Se acordó de cómo reaccionó cuando la oyó toser en casa de los Horner. Y era cuestión de tiempo, o de que le diera por investigar de que murió Janet, que Marcus se pusiera así también. Sabía que activaban todas las alarmas. Pero su madre tenía treinta años cuando su enfermedad se manifestó, y previamente la había tenido cuando era poco más que un bebé, cosa que ella no. Aun así, había mañanas que se levantaba y, con miedo, tomaba respiraciones muy profundas comprobando que no se ahogaba con ellas- Qué más da. Si la voy a heredar no podré evitarla, y si no, mejor no darle más vueltas -Eso que estás haciendo es precisamente temer a la muerte- Se giró a su tía furiosamente con los ojos llenos de lágrimas- No voy a convertirme en mi padre, tata, no van a romperme el corazón. Y definitivamente, si está en mi mano, no voy a convertir a Marcus en él- Su tía, sin perder la calma, puso la mano sobre la suya y dijo suavemente- Me temo que eso ya no está en tu mano, pajarito. Podéis negarlo todo lo que os empeñéis... Pero las cosas no van a cambiar. Lo sé, lo he visto en tus ojos y en los suyos. Podéis jugar a esto toda la vida... Pero solo estaréis no viviendo la vida. – Gal negó con la cabeza y se limpió las lágrimas de los ojos con la manga, sorbiendo.

Se habían quedado en silencio y Gal notaba un nudo muy grande en la garganta, que trataba de deshacer tragando saliva. Tomó una respiración profunda y en medio del silencio dijo. – ¿Estás enamorada de Erin? – No sabía qué le había llevado exactamente a preguntar aquello. Llevaba días rumiándolo y aquella reflexión de su tata le había hecho pensar. El silencio era muy pesado. – No estamos hablando de mí. – Dijo Vivi con media sonrisa. – Tata, te estoy hablando en serio. – Giró la cabeza para mirarla a los ojos. – ¿Estás enamorada de Erin? – Preguntó de nuevo. Su tía se cruzó de brazos y se quedó mirando a la nada. Tras unos segundos asintió. – ¿Y por qué no te estás aplicando tus propios consejos? – Su tía ladeó la cabeza, sin dejar de mirar a la nada, y se mordió los labios por dentro. – Porque aplicarlos ahora, para mí, es mucho más difícil que para ti. – Se inclinó hacia ella, ahora mirándola. – Escúchame, Gal... – Arrugó el gesto y el ceño, y Gal diría que estaba conteniendo el llanto, aunque nunca la había visto hacerlo. – Toda mi vida, la gente me ha dejado muy claro lo que pensaban de mí. Que era una niña guapa y sin seso, una buscona y una cabra loca. Y soy mucho más. – Gal la miró y se giró para cogerle las manos. – Pues claro que eres mucho más, tata...Déjame terminar. Para protegerme, lo cogí por bandera y le di en la cara con ello al mundo, y a la vez me labré mi futuro, mi profesión, los ue yo quería hacer, para demostrarles que se puede tener todo. Pero se me olvidó cómo era. Asumí tanto aquel papel que me perdí. Y por querer tenerlo todo, perdí lo que más me importaba en realidad. – Apretó los labios, parando un segundo, pero ella no se atrevía a hablar. – Sé lo que oíste de la abuela. Sé lo que llevas pensando todo este tiempo, lo que yo misma te he dicho. – Subió las manos y la agarró por las mejillas. – Pero Gal, los chicos como Marcus sí pueden acabar con las chicas como tú. Porque tú eres exactamente la chica que Marcus necesita, y viceversa. – Ya no pudo evitarlo y se le escaparon las lágrimas a ella, evitando la mirada de Vivi. – Pero, tata, tú no sabes lo que pasó en casa de los Horner, y...¡Gal! Que no importan los Horner. Ni los O'Donnell, ni los Gallia, ni todo Hogwarts. Importáis vosotros. Deja de asumir lo que dicen los demás como si fuera parte de ti. Vive, Alice, como quería tu madre. Vive sin miedo. – Y Gal asintió entre lágrimas, antes de abrazar a su tía con fuerza.
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- Por cierto. - Se rascó la nuca. - ¿Recuerda el cubito que me regaló cuando nací? El que se convierte en un pajarito. - Lo que me sorprende es que lo recuerdes tú. - Bromeó el hombre. Marcus rio un poco. - Ya, bueno, la verdad es que… Lo tenía un poco olvidado. - Dijo con un tono avergonzado, y giró el tronco hasta la repisa en la que reposaba. - Pero el otro día hablando con mi padre… - Lo cogió y volvió a girarse al hombre. En apenas segundos, el pajarito apareció de nuevo y empezó a piar alegre entre sus dedos. Eso le hizo sonreír y, por unos segundos, perderse en ese precioso encantamiento que parecía darle la bienvenida cada vez que lo tocaba. Y entonces recordó que no estaba solo, y que William le estaba mirando, y volvió a tensarse con cierta vergüenza.

Quizás no estaba adoptando una buena estrategia. Parecía que estaba haciendo algo malo o vergonzoso, cuando realmente lo que tenía era pura curiosidad intelectual… ¿no? Y si alguien conocía su curiosidad infinita y su capacidad de preguntar hasta la saciedad desde que era pequeño, era William Gallia. - Me preguntaba… - Dijo en un tono más seguro, alzando la vista y adoptando una pose académicamente adecuada. - ¿Cómo está hecho? Es decir, lo he estado investigando en estos días, le he dado muchas vueltas y parece un hechizo muy complejo y… Es perfecto, la verdad. - Sonrió. Sí que era perfecto. A William se le daba bastante bien crear cosas perfectas.

Y también se le daba bien quedarse mirando en silencio con esa sonrisa que podría tener mil interpretaciones. No sabía por qué, algo que de pequeño le hacía sentir bien ahora le incomodaba un poco… Bueno, sí sabía por qué. Con William siempre tenías la sensación de que sabía mucho más de lo que parecía, y de pequeño tenía la conciencia más tranquila que ahora. - ¿Quieres saber cómo lo hice? - Vale, iba por buen camino. Solo tenía que intentar sonar un poco menos brusco. - Me gustan mucho los encantamientos y esta versión, la que unifica transformación con elementos sensoriales, siempre me interesó mucho. Me parece un encantamiento muy elegante, es técnicamente impresionante como… - Vamos, que sí, que quieres que te diga cómo lo hice. - Marcus se detuvo, frunciendo un poco los labios, mientras William negaba con la cabeza con una leve risa de fondo. - Das más vueltas que tu padre para decir las cosas, que ya es mérito. - El hombre soltó un suspiro circunstancial. - Este Arnold, cada vez que su pieza entra en juego… - Marcus frunció el ceño, extrañado. ¿Qué había querido decir con eso? ¿Era por lo que le había dicho de que encontró el cubo mientras hablaba con él? ¿Acaso su padre le había dicho algo?

William respiró, se recompuso un poco en el asiento y añadió. - ¿Te he contado que una vez fui a un espectáculo de magia muggle? - Eso descolocó a Marcus. ¿A qué venía? - Bueno, “magia”, ya sabes. - Los dos rieron. - Pero estuvo entretenido, la verdad. Era más un número cómico que magia real, obviamente, pero la gente estaba disfrutando mucho. - Suspiró con los labios cerrados, rememorando. - Fue en América, con Janet. Llevábamos poco tiempo juntos… Bueno, “juntos”. No nos duró mucho el noviazgo, la verdad. - Volvió a reír y Marcus sonrió también. Le gustaba oír hablar a William de su vida con Janet… Y le apenaba a partes iguales. - Las tonterías que hace uno en los noviazgos… Pero bueno, qué te voy a contar. - Le miró súbitamente con cara de no entender nada. ¿Qué había querido decir con eso? - Pero vamos, que volvería a hacerlo mil veces. - Ya iba a cambiar de tema. Pero, no, en serio, ¿qué había querido decir con eso? Daba igual cuanto se lo preguntara a sí mismo porque no iba a recibir respuesta. - La cuestión es que hubo una frase en particular de ese número que me gustó mucho y… Me la apunté. ¿Sabes qué le dijo el mago-muggle a su público cuando le preguntaban cómo hacía las cosas? Marcus negó con la cabeza y William, pronunciando la sonrisa, se acercó un poco más para bajar el tono como quien cuenta un secreto. - Que un buen mago nunca revela sus trucos. - Marcus rio con los labios cerrados, negando con la cabeza. Vaya frase. Tenía su gracia, pero… Sí, lo cierto es que a William le pegaba bastante. - Eso es porque solo usan trucos, no magia de verdad. - Oh, ¿entonces yo uso magia de verdad? - Comentó el hombre divertido. Marcus volvió a reír mientras se encogía de hombros con obviedad. Y William negó una vez más con la cabeza, perdiendo la mirada en algún punto indefinido de la estancia. - Hay cosas, muchacho… Que son superiores a la magia. Tienen su truco, y solo su dueño lo sabe. - Le miró, y a Marcus le saltó un latido el corazón. Porque conocía las miradas de William, y sabía cuando estaba diciendo más de lo que traslucían sus palabras. - Pero es importante que el dueño lo sepa, lo conozca bien y no lo pierda de vista. - Entonces, el hombre acercó sus manos a las de él y el pajarito saltó hacia estas. Marcus lo miró expectante. Hasta el momento, cada vez que soltaba al pajarito se transformaba automáticamente en cubo, lo cual le había dado más de un quebradero de cabeza. Sin embargo, con Alice se mantuvo como pájaro. Se moría de curiosidad por saber qué ocurriría con William, su creador.

Y, para su sorpresa, el pajarito también se mantuvo... Pero con una actitud totalmente distinta. El hombre prosiguió. - En eso, Marcus, tú vas a ser mucho mejor que yo, créeme… - Marcus alternaba la vista entre él y el pajarito, que había dejado de piar y miraba a William con ojos atentos. En un momento determinado, posó el cuerpo por completo en las manos del hombre y cerró los ojos, como si durmiera plácidamente. Marcus sacudió levemente la cabeza, anonadado. Pero William seguía, como si aquello fuera de lo más normal. - Solo te falta un poco de tiempo. - El hombre acarició su dedo índice con suavidad por la cabecita del pájaro y este, en lugar de con un golpe seco como hacia siempre, se fue desvaneciendo poco a poco hasta convertirse en cubo otra vez. - Y no olvidar que ese truco lo has creado tú. Y es solo tuyo. -
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CON Marcus y mucha familia EN Casa de los O'Donnell Día 31 de diciembre
Su tía le palmeó la espalda y se separó con una sonrisa. – Escucha, no tienes que decidirte ahora. Puedes pensarlo un poco más. Plantearte lo que quieres de verdad. Pero lo que quiero es que la decisión no la tomes coartada por lo que es una creencia errónea. – Gal suspiró y asintió, limpiándose las lágrimas. Cogió los platos y siguió limpiándolos con el trapo. – Es que no estoy segura de lo que siente Marcus por mí ¿Sabes? Porque siempre le ha gustado Poppy y... – Vivi alzó las cejas y puso los ojos en blanco. – Es posible... Pero no ha invitado a Poppy a pasar aquí las Navidades. No se la ha liado bastante parda a su madre invitando a todos los McKenzie sin avisar el día de Nochevieja. Todo eso lo ha hecho por ti, Gal. Tenlo en cuenta también. – Se rio mientras volvía a limpiarse las lágrimas, justo cuando entraban Emma y Erin.

Como si tuviera un radar, Emma llegó a su lado. – ¿Estás llorando? ¿Qué ha pasado? – Alzó la mirada a su tía. – ¿Qué le has dicho? – Vivi alzó las manos con cara anonadada. – ¿Por qué asumes que he sido yo? – Emma soltó un suspiro ofendido y se cruzó de brazos. – Porque la última vez que la vi estaba perfectamente, y la dejo sola contigo diez minutos y mira. – Erin se acercó, con la cabeza gacha y poniéndose el pelo detrás de la oreja. – Oye, que sigue aquí, dejad de hablar como si no estuviera. – Se agachó frente a ella y la miró. – ¿Estás bien? – Gal asintió con una sonrisa, imitando el gesto de Erin para despejarse la cara. – Perfectamente, no pasa nada, de verdad. No son lágrimas de tristeza. Es que soy muy llorona. – Erin sonrió suavemente y rio un poco. – Y no se te puede tomar muy en serio porque aún llevas escrito "monito" en la frente. – Se rio ella también y miró de reojo a su tía, observando como miraba a Erin con adoración y una sonrisa que no le veía con nadie más ¿Cómo no se había dado cuenta antes? ¿Cómo no se había dado cuenta nadie más? Sintió entonces una mano en su hombro, y por el tacto supo que era Emma. – ¿Seguro que está todo bien? – Ella asintió con una sonrisa y las miró a todas. – Estoy bien, de verdad. Y vamos a dejar de darle importancia a esto, porque como Marcus, el señor O'Donnell y mi padre por esa puerta y nos vean así, vamos a saber lo que es un drama de verdad. – Y las tres mujeres se rieron brevemente. – Sí que son muy dramáticos.Venga, pongámonos en marcha. Erin ayúdame a poner la mesa y preparar esto y tú vete a la ducha a quitarte eso, Alice.A mí también me vendría bien una de esas. Hay que ponerse guapa que es Nochevieja. – Dijo su tía poniéndose de pie de golpe. Salieron del salón y se fueron escaleras arriba.

Entonces oyó voces que venían del cuarto de Marcus y se acercó allí, apoyándose suavemente en la puerta, con una sonrisa y los brazos cruzados. – Pero bueno ¿Qué hacéis aquí? Como se entere Emma de que estáis sin hacer nada os vais a enterar. – Dijo con dulzura, porque le cogía el corazón ver a su padre y a Marcus juntos, entretenidos con algo que no veía bien lo que era. Alzó la mirada al techo inconscientemente y sonrió. – Me quedó bien ¿Eh, papi? Lo dije muy bajito, como dijiste, y lo mantuve el minuto y medio que tardó Marcus en subir y arruinar su propia sorpresa. – Dijo mirándole significativamente, pero ni si quiera le salía el tono de broma. Solo pura adoración.
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CON Alice y mucha familia EN Casa de los O'Donnell Día 31 de diciembre
Por más que lo miraba no salía de su asombro, incluso sacudió la cabeza una vez más con desconcierto, sin desdibujar la expresión de incredulidad que le mantenía con la boca y los ojos muy abiertos. No era el hecho de que el pájaro se hubiera convertido en cubo de nuevo, eso era lo esperable, sino cómo lo había dicho. - ¿Cómo... como ha... ? - Empezó a balbucear, mirando por los lados el cubo. Se sentía como seguramente debiera de estar unos de esos muggles del espectáculo de no-magia que había relatado William, porque no estaba entendiendo nada. - Hay muchas cosas que no entendemos, Marcus. No te creas que yo lo entiendo todo ni mucho menos, ojalá. - El hombre se levantó y, tranquilamente, se acercó a su mesa y colocó el cubito de nuevo en la repisa, bajo la aún anonadada mirada de Marcus. - Ni lo controlo. - Eso sonó con un toque triste. - Pero hay cosas que son tuyas. Hay trucos... Que son solo tuyos. Y como tú los conoces, no los conoce nadie más. Créetelo. Créete con la capacidad de manejar tu propio truco como tú quieras... Aunque no tenga explicación, aunque nadie más lo entienda, aunque ni siquiera tú supieras explicarlo. Simplemente... Forma parte de ti. - El hombre sonrió con suavidad y se metió las manos en los bolsillos.

Marcus se había quedado pensando, y William estaba paseando una curiosa mirada por la habitación y mirando al cielo de nuevo, mientras él trataba de entender ese mensaje que le había dejado aturdido, con la mirada un tanto perdida. ¿Se lo decía? ¿Le decía que con Alice también se quedaba como pájaro y le preguntaba si lo había hecho aposta? ¿Si estaba escrito de verdad? ¿Le confesaba que estaba haciendo una estúpida analogía entre ese encantamiento y Alice desde hacía una semana que no sabía si le estaba aclarando o liando aún más? ¿Le decía... Que amaba a su hija? - La pulsera es preciosa, por cierto. - Pues no pudo, porque sacándole de sus pensamientos, William volvió a hablar y a cambiarle de tema. - No es nada fácil lo de conservar flores con alquimia, a mí me ha costado bastante. Será porque he empezado a interesarme más por la materia un poco tarde. - Sonrió un poco pero eso le recordó algo, en concreto los papeles que vio en su despacho. - ¿Crees que a tu abuelo le importará que le visite en su taller? Me gustaría preguntarle algunas cosas. - Por supuesto, seguro que le parece bien. - ¡Estupendo! Pues esta noche le pregunto. - Miraba a William con precaución, expectante y tenso, deseando que le confirmara que solo era curiosidad, que no estaba pretendiendo hacer... Lo que parecía...

Y entonces llegó Alice. William rio ante su comentario. - Yo siempre que entra Emma en juego me termino enterando de algo. - Se giró hacia él. - No te ofendas, Marcus. - Tranquilo. - Comentó con una risa. Qué iba a decir, si era verdad. - Te salió perfecto, pajarito. - Dijo el hombre mirando al techo de nuevo, orgulloso, mientras Marcus rodaba los ojos. - No me arruiné nada, cuando llegué ya estaba hecho. Y yo cumplí con el tiempo, es solo que tú lo precisaste mal, empezaste a contar aquí y yo empecé a contar cuando te fuiste. - Se encogió de hombros con una sonrisa. Sabía que eso no era así pero de alguna manera se tenía que defender.

- Bueeeeno. -  Se habían hecho si acaso dos segundos de silencio que, al parecer, William no sabía sostener. - Me voy a hacer mi cama como un buen chico antes de que me regañen. - Comentó con una risa, saliendo de la habitación, pero cuando fue a salir abrió bien la puerta, dejándola cómicamente pegada a la pared. - Así mejor. - Marcus volvió a bajar la cabeza, ruborizándose. Ya... Captado el punto. Cuando William se hubo ido, miró a Alice, y al hacerlo frunció un poco el ceño. - Tienes los ojos un poco rojos. - Esperaba que no hubiera estado llorando. Ladeó una sonrisilla. - A lo mejor se te ha metido un poquito de pintura de monito. - Bromeó. - Quería que le enseñara el hechizo y hemos estado un rato charlando. - Señaló hacia atrás con el pulgar y otra vez le volvió la expresión sorprendida. - ¿Sabes que el pajarito se queda dormido con él? Y no se transforma en cubo de golpe, se desvanece poco a poco. - Parpadeó un par de veces con fuerza y los ojos muy abiertos. - De verdad que no entiendo nada... Pero creo que no me voy a enterar nunca. -Se rascó la nuca, recordando otra cosa que le había dicho. - Ah, y... Sabe que estuvimos en el pensadero. Algo tuvimos que dejar por medio y lo ha visto. - Hizo una mueca con la boca. - Pero se lo ha tomado bastante bien. -
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Puso una sonrisa orgullosa y le miró emocionada. – Gracias, papi. No tan bien como si lo hubieras hecho tú, pero... – Miró a Marcus. – Creo que a él le gusta. Tanto tanto, que no podía esperar. – Dijo con las cejas alzadas. – Ya, sí, le pasa bastante por lo que parece. – Gal rodó los ojos y dejó pasar el comentario. Asintió a lo que dijo su padre de hacer su cama, pero tuvo que agachar la mirada con una sonrisilla cuando hizo lo de la puerta. Esperó a que desapareciera por la otra puerta para acercarse a Marcus, apoyando las manos en su pecho, como le gustaba hacer. – Es que he llorado de risa con la tata, ya sabes cómo es.

Sonrió y atendió a lo que le contaba Marcus, poniendo una sonrisa y mirada tiernas. – Tiene hasta sentido. Cuando era pequeña, siempre me quedaba dormida encima de él. Si lo conseguía conmigo, que era un terremoto ¿No iba a conseguirlo con su propio hechizo? – Dijo contenta. Luego se encogió de hombros. – Ah, seguro que sí. Si es que en su caos tiene su propio orden. Ya lo hablaré con él, cuando no estemos en una casa llena de gente y a pocas horas de acabar el año. – Se quedó mirando a los ojos de Marcus y susurró. – Contigo siempre está más contento y mejor. Por algo eres el favorito. – Se acercó y juntó sus frentes y volvió a susurrar. – Y el mío. – Justo entonces oyó la puerta de la habitación de invitados abrirse y a su padre decir. – Sigo aquí. – Ella inclinó la cabeza hacia atrás para mirar por el pasillo, encontrándose con la mirada de su padre desde la otra puerta, pero sin despegarse de Marcus. – Y yo también, papá. Y Marcus. Y con el pájaro ya estamos todos. – A su padre le dio la risa y dijo. – Si no te vas a quitar eso de la cara, va a ser a ti a quien regañe Emma. – Suspiró y se separó de Marcus con una caricia y una sonrisa.

***

¿Y esto ahora dónde lo ato? – Vivi se cayó de rodillas muerta de risa de la cama al suelo. – ¿Pero cómo puedes hacerlo tan difícil? ¡Gal, que se supone que tú eres la lista y esto solo es un liguero! – La mencionada resopló y dijo. – Mira déjalo. Voy sin medias. Total, no vamos a salir de casa. – Vivi la miró frunciendo el ceño atravesando del reflejo del espejo, a donde había ido a retocarse antes de bajar. – ¿No te has traído medias? – Ella levantó las manos confusa. – Pues sí, pero ni idea de qué hice con ellas. – Y otra vez le dio la risa a su tía. Ella soltó aire de golpe y se cruzó de brazos. – Pues verás como las encuentre Emma por donde no deberían estar... – Y más risa que le dio. Gal la cogió del brazo y la empujó a la puerta. – Déjame vestirme tranquila. Que menudas ideas tienes. – ¿Encima? ¿Yo? – Preguntó su tía, ofendida, antes de que le cerrara la puerta.

Se dio unos segundos de tirarse en la cama y respirar. Y de pensar en cómo demonios se iba a quitar ahora ella sola el afamado liguero. Pero estaba feliz, con ganas de bajar y estar con todo el mundo, celebrando al más puro estilo Gallia. Y no podía dejar de pensar en su tia diciéndole que sí, que debería estar con Marcus. Se dio la vuelta sobre sí misma en la cama y se quedó apoyada en su mano. Alice O'Donnell. No se le olvidaba. No podía quitárselo de la cabeza y no podía evitar sonreír sin parar. Justo entonces alguien llamó a la puerta de su habitación, así que se levantó de un salto y dijo – ¡Un momento, que me estoy vistiendo! – Se quitó a toda prisa y como pudo el liguero y se puso el cancán y abrió mientras se abotonaba el vestido. En la puerta se encontró con la amable sonrisa de Molly. – ¡Abuela! ¡Ya habéis llegado! Y yo sin arreglarme. Me van a matar. – La señora entró con una gran sonrisa. – ¿Problemas eligiendo el vestido otra vez? – Ella se rio y negó con la cabeza. – No, fui a casa específicamente a por este. Y mi padre me ha regalado esos zapatos. – Dijo mientras se alisaba el vestido y se acicalaba el maquillaje. Tarde se dio cuenta de que el liguero seguía en el suelo a medio atar y Molly lo señaló con la vista. – Ah, ya veo cuál era el problema. Esos pueden ser un quebradero de cabeza. – Gal se mordió el labio y cerró los ojos muy fuerte, agachándose a cogerlo. – Sí, haz como que no lo has visto por favor. – Lo metió en el baúl de cualquier forma. – Son cosas de mi tía Vivi. – Molly se rio. – Ya, ya me imagino ¿Te ato el lazo este? – Ella asintió y le dio la espalda para que lo atara. – Iba a pedírselo a... – Y justo apareció su padre en la puerta. – ¿Ese vestido no era granate? – La cabeza de su hermano apareció por detrás asintiendo. – Oye, los del guiñol que se vayan a molestar a otra parte, que me estoy vistiendo, por favor. – Su padre alzó las manos y empujó a Dylan camino de la escaleras. – Vamos, vamos, que se enfada mucho cuando se está vistiendo y le abren la puerta. Si yo te contara la que me armó en la Provenza una vez... – Y Dylan le miró asintiendo con los ojos muy abiertos como diciendo "Sí ¿verdad?". La abuela Molly terminó el lazó y le acarició la falda y luego el pelo. – Ya estás. Hecha una princesa. Aunque este vestido en granate sería precioso, sin duda... – Y Gal la miró sonriendo tiernamente en el reflejo del espejo. Adoraba a esa mujer. – Por algún motivo, lo prefiero azul.
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CON Alice y mucha familia EN Casa de los O'Donnell Día 31 de diciembre
Ya estaba dando vueltas como un loco como se ponía en el castillo. En Nochebuena estaba tan nervioso con estar absolutamente perfecto con su traje que no salió de la habitación, simplemente se pasó todo el tiempo retocándose delante del espejo. Pero ahora había mucha gente en su casa, su tía Erin estaba allí, Alice y Dylan estaban allí, William y Violet estaban allí, sus abuelos estaban a punto de llegar y sus padres y Lex, obviamente, ya estaban también. Una locura. Y Marcus estaba que daba saltos como si se hubiera tomado cinco litros de café. Relájate, Marcus. Pero no era efectivo, por mucho que se lo dijera. Entre otras cosas porque no se hacía ni caso a sí mismo. No se quería relajar. Estaba contento. Estaba nervioso. Estaba con los Gallia allí. Estaba muchas cosas.

- ¿Pero está bien anudada? - Que sí, Marcus, que está bien anudada. - No me la noto bien anudada. - Quizás si dejaras de tocártela. - Voy a preguntarle a mamá. - Su padre rodó los ojos y suspiró, pero él ya había salido corriendo de allí y entrado como un tornado por la habitación de sus padres. - Mamá. - ¡Marcus! Qué susto, no me has pillado sin vestir por un segundo. - ¿Está bien anudada? - No paraba de tocarse el nudo de la corbata, parecía que tenía un lazo del diablo en la garganta, y claro, se la estaba dando de sí. Su madre echó un poco de aire y se puso a colocársela bien. - Es que así me aprieta. - Te la aflojo un poco. - Entonces se ve lánguida. - Está bien así, Marcus. Estás muy guapo. - ¿Sí? - Preguntó casi con un suspiro de alivio. Pero no iba a quedarse conforme con algo tan simple. - A ver, un espejo, necesito un espejo. - Se puso delante del espejo de pie de sus padres y empezó a mirarse por todas partes. - ¿Se ve bien? ¿Debería haberme puesto otra corbata? Sí, ¿no? Ya está, me la cambio. - Marcus, como te cambies otra vez la corbata no esperes a que yo te la anude. Estás bien así. - El chico resopló, sin quitarse de delante del espejo, empezando a hacer poses interesantes e ignorando a su madre, la cual pasó de la expresión exasperada a contenerse la risilla y negar con la cabeza. Lo cual Marcus en algún momento detectó. - ¿Qué? ¿Qué pasa? ¿Estoy arrugado? ¿Es la camisa? - Marcus, cariño. - Su madre estaba haciendo en parte acopio de mucha paciencia, teniendo en cuenta que su hijo estaba que se subía por las paredes unido al día que llevaba, y a la semana que llevaba, y al mes que llevaba, y en parte enterneciéndose con sus nervios. - Estás perfecto, como siempre. - El chico sonrió y su madre le puso las manos en los hombros. - Pero cálmate un poco, ¿vale? Todos los fines de año estás que das saltos, pero hoy estás redoblado. Somos muchos, así que es mejor que... - ¡¡YA HAN LLEGADO!! - En mitad del discurso de su madre había sonado la puerta y solo podían ser sus abuelos. Y Marcus perdía pie con sus abuelos. Salió corriendo del cuarto y dejó a su madre con la palabra en la boca.

- A ver, ¿dónde está el heredero de mi templo? - ¡¡Aquí arriba!! - Bajó el primer tramo de escaleras y se asomó a la baranda. - ¡Mi niño! Míralo, qué guapo. - ¿Por qué no bajas? - No he terminado, abuelo. Ahora voy. - Contestó risueño y se giró automáticamente, subiendo casi sin mirar el tramo de escaleras que había bajado. Iba a tal velocidad y descontrol que se comió a alguien por el pasillo. - ¡Pero bueno! - ¡Perdón! ¡Perdona, Violet, perdón! - Madre mía, qué energía. - Dijo la mujer con una carcajada, mirándole de arriba a abajo. - Eres todo un galán, Marcus O'Donnell. - Él se irguió, todo orgulloso, con una caída de ojos y una pose elegante. - Gracias. Tú estás tan hermosa como siempre, Violet. - Soltó otra carcajada aún más sonora e hizo un gesto de la mano. - Anda, anda. Guárdate las galanterías para tu princesita de cuento. - Y se fue de allí, bajando las escaleras con una risa de fondo.

Entró de nuevo en su dormitorio y se echó colonia... Otra vez. Porque no recordaba haberse echado antes, y en la cabeza de Marcus, más valía dos veces que ninguna. Dio un par de vueltas por la habitación. Ya no le quedaba nada que hacer, estaba más que listo, solo tenía que relajarse un poco. Ni siquiera sabía por qué estaba tan nervioso. Volvió a ponerse ante el espejo, se aseguró de tener bien el pelo, el traje, la corbata. Y respiró hondo. Vale, ya estaba más tranquilo, más o menos. Así que se giró hacia la puerta. - ¡Ay, por todos los...! - Dijo dando un paso atrás con un sobresalto, llevándose la mano al pecho. Ese fantasma que acababa de aparecer en su puerta, por contra, se quedó con la misma cara de póker con la que le estaba mirando cuando él ni sabía que estaba ahí. - ¿No te cansas? - ¿Qué? ¿De qué? ¿Qué quieres ahora? - Lex rodó los ojos. - Tío, o dejas de dar botes por ahí o antes de que acabe el año te habré echado una maldición. - Marcus arrugó la cara con burla infantil. - No puedes, sigues siendo menor. Te expulsarían. - Y habrá merecido la pena por tal de que cierres la boca. - Marcus bufó hacia un lado, rodando los ojos y saliendo de su habitación, pasando por el lado de Lex y dejándole atrás.

Solo le quedaba una cosa por hacer en el piso de arriba: buscar a Alice. Quizás si iba a buscarla a su cuarto, que a la vista estaba que no había terminado de arreglarse porque fuera no estaba, podía atarle el lazo del vestido. O ponerle alguna joya como en Nochebuena. O algo, le daba un poco igual. Se paró ante su puerta, respiró hondo para recomponerse y aparecer por allí con toda la tranquilidad que no llevaba teniendo en la última hora y sonrió, preparando su entrada. Dio un par de toquecitos con los nudillos y, con una sonrisita, empezó a asomar la cabecilla por la puerta. - ¿Se puede? - ¡Bueno! Al parecer los hombres de esta casa no saben respetar cuando una mujer se está vistiendo. - ¿Qué hacía su abuela allí? Era la última persona que esperaba encontrar ahí dentro. Nada más escuchar esa regañina encogió los hombros e hizo una mueca con la boca como si acabara de meter el pie donde no debía. Así que, tan lentito como empezó a entrar, empezó a salir. - Perdón... - Venga, hijo, pasa. Era una bromita. Y líbreme Merlín de ponerme yo en el camino de un muchachito a estas alturas de la vida. - Confirmación suficiente. Se irguió de nuevo, con una sonrisa fruncida en los labios y la seguridad que le daba saber que estaba engalanado y cerró tras él. - Venga, hijo, dile algo, ¿a que está guapa? - Guapísima. - Confirmó él, sin desdibujar la sonrisa ni la pose caballeresca, mirando a Alice. - Por lo visto el vestido era granate, pero "por algún motivo lo prefiere azul". - La mujer soltó una risita graciosa mientras terminaba de atarle el lazo, pero él no podía dejar de mirar a la chica. - ¿Tú sabes algo? - Marcus sacó un poco el labio inferior, con una teatralizada normalidad, y negó levemente con la cabeza. - No. No tenía ni idea. - Claro que lo sabía. Como sabía que adoraba a esa chica y que se podría pasar la vida allí, simplemente mirándola. Otra imagen que guardaría en su pensadero mental toda la vida, a falta de tener uno físico.

Su abuela se acercó a él, le dio un cálido beso en la mejilla que Marcus correspondió y añadió. - Anda, no tardéis mucho en bajar que tu abuelo no va a dejar de preguntar por ti hasta que no lo hagas. Y ya nos ha chivado William que tienes una cosa que enseñarle así que... - Hizo un ruidito y abrió mucho los ojos, mientras se encaminaba hacia la puerta. - Te digo yo que no va a haber quien lo aguante hasta que no lo hagas. - Rio un poco y asintió. - Bajamos en seguida, abuela. - Esperó a que la mujer desapareciera y, cuando lo hizo, volvió a mirar a Alice y se mojó los labios. Sonrió un poco de lado y, separando un poco los brazos impresionado, simplemente dijo. - Guau. -
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CON Marcus y mucha familia EN Casa de los O'Donnell Día 31 de diciembre
Tuvo que reírse ante la respuesta de la abuela Molly cuando Marcus llamó a su puerta. Ah, sí, en su cabeza iban a tener un momento como el de Nochebuena, a solas, en silencio, todo bonito, frente al espejo. Había olvidado la variable Gallia en la ecuación. Tuvo que ponerse colorada cuando la abuela incitó a Marcus a que le dijera que estaba guapa y se encogió de hombros escondiendo la cara vergonzosa. – Tú también estás muy guapo. – Y volvió a reírse cuando comentaron el color del vestido. Solo podía mirarle con adoración, admirando que estuviera tan guapo, que oliera tan bien, que hubiera venido a su cuarto a buscarla. – Gracias por ayudarme, abuela, bajamos en seguida. – Y ella sí que les cerró la puerta. Para eso estaban las abuelas ¿No?

Le miró encantada y tierna y dio una vuelta sobre sí misma, riendo. – Ni que no lo hubiera visto antes, señor O'Donnell. – Dijo con un guiño del ojo. Se acercó a él y dijo. – Guau debería decir yo. Estás elegantísimo. – Dijo tirando del nudo de la corbata para atraerle junto a sí. – Y hoy no me he pintado los labios aposta. No quiero más deudas en besos. – Juntó sus labios con los de Marcus un segundo, sintiendo aquella corriente que siempre había entre ellos. Se separó lentamente y soltó la corbata, mirándole de arriba a abajo. – Y por si no puedo besarte a media noche, para empezar bien el año. – Para empezarlo exactamente como quería, con él, de su mano, de sus besos. – Venga, coge el transmutador, antes de que suba una procesión de Gallias y O'Donnells a buscarnos. Aunque, espera... – Le tendió los pendientes que Arnold y Emma le habían regalado en Navidad y dijo, aparatándose el pelo de las orejas. –No son un collar, pero... ¿Me los quieres poner? – Iban perfectos con lo que llevaba.

Y allí bajó, con Marcus cargando el transmutador y entrando en el comedor. – ¿Ese vestido no era granate? – Dijo su tata. Ella suspiró y puso los ojos en blanco. – ¿Cómo es que todos os acordáis de un vestido que ni siquiera había estrenado? ¿Se me explica? – Dylan cogió la libreta y escribió "Porque no tienes tantos de invierno" Gal ladeó la cabeza y asintió. – Touchée. Pero bueno, una puede cambiar de opinión, para eso está el hechizo de cambio de color ¿No? – Dijo poniéndose en el regazo de su tía Vivi que le rodeó con los brazos la cintura. Su padre se inclinó y le dio un beso en la frente. – Claro que sí, pajarito, estás preciosa. Y además el azul aquí es muy apropiado, es el color favorito de la mayoría de los O'Donnell. – "Gracias, papá, por si a alguien le quedaba alguna duda". Desvió la vista y volvió a mirar a Marcus, que estaba con el abuelo y el transmutador. – ¿Qué te parece, abuelo Larry? Tu nieto no me lo quiere dejar, dice que es suyo. – Dijo sacándole la lengua a Marcus como cuando eran pequeños. – Aunque primero tengo que aprender a hacer transmutaciones líquidas, pero pretendo aprender solo por que me deje el trasto ese. – Dijo entre risas.
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CON Alice y mucha familia EN Casa de los O'Donnell Día 31 de diciembre
No podía quitar los ojos de ella, con esa mirada que ya ambos conocían... Aunque no del todo. Porque aunque pareciera imposible, Alice no parecía haber detectado todavía el amor en sus ojos, o lo había hecho y por algún motivo lo estaba ignorando... Igualmente, esas miradas, esas sonrisas y esos momentos eran solo de ellos, fueran como fueran, y los pensaba disfrutar.

- Gracias. - Comentó con esa pose segura que traía, con su sonrisa ladeada, y acto seguido se dejó llevar por el tirón de su corbata, juntando su cuerpo al de ella sin oponer la más mínima resistencia, y correspondiendo a ese beso que se le hizo demasiado corto. Sonrió aún más cuando este acabó y arqueó una ceja. - Te has rendido muy rápido con ese propósito. Así no se estrenan los años. - Se iban a besar a media noche, lo tenía clarísimo, ya buscaría la manera. Llevaba dándole vueltas días, deseando que el reloj marcara el final de 2001 y el inicio de 2002 para besar a Alice, como para que ella ahora dijera "no sé si voy a poder". Descuida, que ya buscaré yo la forma.

- Por supuesto. - Confirmó, lamiéndose un poco los labios para saborear ese breve beso mientras agarraba los pendientes y se colocaba junto a ella. - Plumitas para un pajarito. - Dijo de nuevo, tal y como hizo cuando los abrió en Navidad, después de ponerle el segundo. Dejó una caricia en su cuello antes de separarse y, con un guiño, salió trotando hasta su cuarto para coger el transmutador y bajar con la chica.

- Hola, abue. - Hola, nieto. A ver ese famoso transmutador que viene directo de Francia. - Marcus se lo tendió con una sonrisa radiante a su abuelo, que empezó a admirarlo. - Es muy parecido al que usaba cuando trabajé con Flamel. Más moderno, claro. Pero los franceses no pierden su estilo. - Comentó mientras lo miraba por todos lados. Marcus estaba entusiasmadísimo. - Y mira esto, abuelo. - Ya lo veo, parece muy preciso. Vas a hacer grandes cosas con él. - A Marcus se le iluminaban los ojos hablando con su abuelo, se le iluminaban los ojos hablando de alquimia y se le iluminaban los ojos cuando le decían que haría grandes cosas. Acababan de darse las tres cosas a la vez. - Mañana podría llevármelo a vuestra casa, y lo probamos en el taller. - El hombre soltó una risa. - ¿Tú es que no descansas ni en fiestas? - Marcus negó graciosamente con la cabeza, alzando la barbilla y moviendo los rizos. - Además, el Señor Gallia me ha dicho que quería preguntarte una cosa sobre alquimia. Y ya que me lo ha regalado él, que vea como se usa. - No está mal pensado. -

En ese momento escuchó a Alice dirigirse a ellos. Alzó la barbilla e hizo una mueca infantil con la cara. - Es que es mío. - Se giró a su abuelo y le guiñó un ojo. - Tss, "el trasto ese", qué falta de respeto. - Bromeó, pero su abuelo ya estaba en pos de intervenir. - Mañana me encargaré de que te lo preste si quiere que le dé algún consejito sobre transmutaciones líquidas con el que estrenar su regalo. - A Marcus le faltaba aplaudir y dar saltitos de alegría, pero en lugar de eso simplemente se hizo el interesante. - Podría interesarme el trato. -

La comida estaba empezando a servirse en la mesa así que fue a llevar el transmutador de nuevo a su cuarto, porque podría pasarse toda la noche mirándolo y hablando de él, pero tenían una Nochevieja que celebrar. - Me han dicho que por aquí gusta mucho el faisán, así que lo he cocinado expresamente. - Dijo su abuela, dejando lentamente posarse por obra de su varita una enorme fuente de faisán en la mesa que olía de maravilla. - Mmm qué rico. - Marcus miró a Violet y a Alice divertido. Las dos iguales con el faisán. - Seguro que en la Provenza tienen recetas mejores, pero espero estar a la altura. - Dijo la mujer con su toque cariñoso y humilde habitual. - Estoy segura de que sí. - Violet y su tía habían sido las primeras en sentarse, las dos juntas. Él iba a ponerse junto a Alice, obviamente, y a su otro lado se sentó Dylan. - Nos encantó tu felicitación navideña, William. Podrías no haberla firmado y habríamos reconocido que es tuya a la perfección. - Comentó su abuelo. El aludido rio. - Gracias. Me alegro de que os gustara. - Qué alegría me ha dado veros por aquí, hijo. ¿Veis? Al final no iba yo mal encaminada, sabía que era buena idea que pasarais aquí la Nochevieja. - Las cosas de su abuela.
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CON Marcus y mucha familia EN Casa de los O'Donnell Día 31 de diciembre
Puso carita de niña buena y dijo. – Alice y trasto, uno, Marcus, cero. – Y miró a su padre extrañada por lo que acababa de decir Marcus. – ¿Que quieres ir laboratorio para qué? ¿Qué te ha dado ahora con la alquimia? – Su padre la miró, sacando el labio inferior. – Usted disculpe, señora Alquimista, que tiene usted la patente del interés por la alquimia ¿O qué? – Rodó los ojos. Lo iba a dejar pasar porque estaban de celebración, pero no le gustaba un pelo que su padre se acercara a la alquimia, porque no estaba en sus cabales, y un accidente con alquimia podía ser muy peligroso. – No os peleéis que todos podemos ser alquimistas si os da por ahí. – Dijo el abuelo, que ya empezaba la noche hinchado como un pavo porque todos querían hacer alquimia. Gal se acercó riendo a la mesa y se sentó junto a Marcus con una sonrisa.

Cuando vio el faisán abrió mucho los ojos y miró a Molly con una gran sonrisa alucinada. – ¡No me lo puedo creer! ¡Gracias, abuela Molly! – Justo entonces su tía reaccionó también y ella negó levantando el dedo índice. – Eh, no, eso sí que no, tata. No te atrevas. Lo ha hecho por mí. – Su tía rio sarcásticamente. – Sí, seguro que sí. La mocosa esta que se cree que una no la lleva años de ventaja ¿A que sí, Molly? – La nombrada rio y le pellizcó la mejilla a Vivi. – A mí me gusta consentir a todas mis niñas. Si puedo consentir a dos a la vez, pues mejor que mejor. – Su tía se levantó y dijo. – Además, yo traigo sobornos de Francia. – Y volvió de la cocina con tres botellas en los brazos. Champán. Pues perfecto. Molly rio como si acabara de hacer ella misma una travesura, pero a Gal no se le escapó que Emma suspiró y murmuró. – Ya empezamos... – Su tía, ajena a todo drama, abrió estruendosamente una botella y dijo. – Sabía yo que mi Molly iba a querer una copita. – La abuela se rio y dijo. – Sí, sí, por una empezamos, ya luego vamos viendo... – Vivi se fue para el lado del abuelo y le pasó un brazo por los hombros. – Y tú también quieres ¿Verdad, Larry? – El abuelo soltó una carcajada fuerte y miró a la tata realmente contento. – ¡Se me habían olvidado las ventajas de tener a Vivi en casa! – Su tía se encogió de un hombro, echando champán en la copa de Lawrence. – Es que cuando me voy solo os acordáis de lo malo. Pero soy un amor. Eres la jovencita más divertida que he conocido. Seguida de tu sobrina.– Dijo guiñándole un ojo a través de la mesa a lo que Gal correspondió con una amplia sonrisa. –¡Uh ya no soy tan jovencita, Larry! – Contestó con una risa, mirándola a ella también después. – ¿Esa? Esa es un muermo comparada conmigo. Tu nieto la incita a seguir las normas y portarse bien, a este paso vamos a acabar echándola de la familia. – Y los abuelos se reían estruendosamente, nunca les había visto reírse así, sería el efecto Vivi. Y Erin miraba la escena con la sonrisa más amplia y bonita que podía haber. Era un mujer estupenda, y cuantimás lo pensaba, más se alegraba por su tía. La que parecía que no le hacía tanta gracia el asunto era Emma, y Arnold, en consideración, se estaba aguantando la risa. Sin preguntar, su tía les sirvió champán. Miró a Marcus cogiendo la copa y la inclinó hacia él para que las chocaran, mirándole con una sonrisa intencionada. – Por seguir las normas, prefecto O'Donnell. – Y no dejó de clavarle los ojos mientras bebía.

Cuando le sirvieron, se puso a devorar el faisán, deleitada con el sabor, disfrutando de comer complacía años que no lo hacía. Su padre se reía y miraba. – Viendo cómo mi hija se come el faisán, parece que la matamos de hambre. – Gal puso cara de queja. – A mi nadie nunca me hace faisán, déjame disfrutarlo. – El champán se le estaba subiendo mucho más que la hidromiel, eso y que con los O'Donnell se sentía en familia. – Abuela Molly, es el mejor faisán que he probado en mi vida. Ni Provenza ni nada. – Vivi la señaló con el tenedor. – Me voy a chivar a memé, y de que llamas abuela a Molly también. – Gal puso cara de superioridad. – Fue ella la que me dijo que la llamara así. Además, memé es memé y Molly es abuela. – Molly rió y dijo. – ¡Es verdad! Que Helena, cuando se casó con tu abuelo, se compró todo el pack Provenza. Y te hace llamarla memé cuando ella nació en Newcastle. – Casi se le sale la comida de la risa. Oír a alguien hablar de su abuela así le hizo muchísima gracia. Su padre se inclinó hacia Molly. – Ni que lo jures. Y nos obligaron a aprender francés, una tortura. – Molly volvió a reír y miró a Gal. – A ver si por aquí pasa lo mismo y se compran el pack Irlanda. Aunque algo me dice que enseñar gaélico a los hijos, va a ser más complicado. – Y sin pensar mucho en lo que estaba haciendo, cogió su copa. – ¿Sabes qué, abuela? – Se inclinó y puso la copa en el centro de la mesa para que los demás brindaran también. – Slaínthe. Sigue siendo más bonito que "Santée" – Dijo diciéndolo en francés. Lo de slainthe se lo había enseñado Hillary y no sabía ni cómo había aparecido en su cabeza, pero había sido un impulso demasiado fuerte para no seguirlo.
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CON Alice y mucha familia EN Casa de los O'Donnell Día 31 de diciembre
Le encantaba esa escena, su abuela consintiendo a Alice y a Violet y las dos peleando como dos niñas pequeñas por ver a quién le prestaba más atención. Su abuela era muy cariñosa y, aunque sabía que les quería muchísimo a Lex y a él, también sabía que le hubiera gustado tener una nieta. Pero sus padres ya más hijos no iban a tener, y su tía Erin no parecía muy por la labor. Se notaba que Molly estaba disfrutando de lo lindo con ese juego al que su nuera y su hija no le entraban con tanta facilidad como Alice y Violet.

Siguió intrigado con la mirada a Violet, girando el cuello descaradamente para no perderla de vista en su trayecto a la cocina, porque de verdad que tenía curiosidad por ver qué estaba tramando. Violet, en lo que a travesuras se refería, era como una Alice multiplicada por siete. Le daba curiosidad, pero también traspasaba considerablemente sus umbrales de miedo. Abrió mucho los ojos y tuvo que fruncir los labios conteniendo la risa cuando la vio aparecer con no una, ni dos, sino tres botellas de champagne. Lo que sí le hizo girar la cabeza automáticamente como una lechuza alucinada fue el comentario de su abuela, ese de "por una empezamos". Estaba descubriendo una faceta de sus abuelos esa Navidad de la que no era consciente.

Miró de reojo a su madre, se puso la mano delante de la boca para que no se le viera que estaba conteniendo echarse a reír, y se inclinó hacia Alice para susurrar. - Tú tía va a emborrachar a mis abuelos. - Los cuales no parecían nada disconformes con aquello, no como su madre, a la que había mirado de reojo mientras susurraba a Alice. Buen inicio de cena. Por alusiones se irguió. - ¡Eh! - Sin pensar mucho en lo que hacía, porque total, nada que hiciera podía ser más desmadrado que un solo pestañeo de los Gallia, enganchó el brazo de Alice por encima de la mesa. - Alice no es un muermo, y si lo fuera, ¿por qué tiene que ser por culpa mía? - Porque aburres hasta a las plantas. Creo que los estandartes de Ravenclaw están más caídos desde que Marcus entró en esa casa. - Miró a su hermano con burla. - Ja-ja. Como si tú pudieras verlos. - Y es un poquito miedica. - Todos se echaron a reír, mientras Marcus miraba a su tía con decepción. ¿De verdad no hablas nunca y hablas para esto? Otra como Lex. Negó con la cabeza, recomponiéndose aunque sin soltar el brazo de Alice. - Envidia. - Dijo señalando a Violet. - Envidia. - Repitió, señalando a Lex. Finalmente, hizo lo propio con su tía. - Y mal perder. En serio, no era una señal tan difícil. - Aún le quedaba carrete con lo de la señal no captada.

Seguía haciéndose el digno cuando, de repente, se encontró con su copa llena. - Perdona, se me habrá derramado con la envidia. - Bromeó Violet cuando la miró, y la mujer le guiñó un ojo y siguió llenando copas. Miró de reojo a su madre, pero Emma parecía haber tirado la toalla esa noche, así que lo interpretó como un "haz lo que quieras". Iba a beber más en esa Navidad que en toda su vida... Literalmente, porque no había probado mucho más alcohol antes que eso que el buche de licor de espino que le dio Alice. - Por ser divertido. - Respondió al brindis de Alice y se llevó la copa a los labios, sin quitar la mirada de ella. Sin quitarse la mirada el uno del otro.

- Abuela, esto está buenísimo. - Corroboró con respecto al faisán, que estaba de muerte. Tan bueno estaba que Alice estaba comiendo como un ser humano normal, lo cual también le hizo reír, pero no perdió la atención de su propia comida ni mucho menos. Atendió a esa conversación entre los Gallia y su abuela con una sonrisa, hasta que Molly dijo lo de Irlanda y sus dos hijos se dieron por aludidos, intercambiando miradas y suspirando. - Ya estamos con lo de Irlanda... - Mis hijos se ofenden cuando digo lo de las raíces irlandesas... - Empezó a narrar su abuela, con una caída de ojos muy digna y un movimiento de los hombros, mientras Arnold y Erin volvían a poner cara de circunstancias. - Porque Arnold se ha convertido en todo un señorito inglés y Erin es una ciudadana del mundo. - Erin siguió comiendo después de encogerse un poco de hombros, mirando a su madre como si no pudiera hacer otra cosa. Pero Alice intervino antes de que Arnold replicara.

Marcus la miró sorprendido. - ¿Sabes gaélico? - Preguntó sin poderlo evitar. ¿Cuántas cosas sabía esa chica? Y a Marcus se le compraba absolutamente con conocimientos, solo escuchar eso le había producido un cosquilleo. - Yo también sé gaélico. - Marcus ni siquiera le miró, pero sí contestó mentalmente. No te ofendas, papá, pero no es tu gaélico el que me interesa. Cogió su copa, con una amplia sonrisa y brindó. - Slaínthe. - Y de nuevo, el resonar de las copas y las miradas intercambiadas. Maldita sea, si hubiera tenido la seguridad de que Alice iba a decirle que sí, se habría declarado mucho antes y ahora estarían disfrutando de esa cena, literalmente, en familia, con esa chica como su novia y los Gallia como parte de su familia también. Lo que se estaba mordiendo la lengua y conteniendo no era normal... Al menos desde su punto de vista, porque las miradas que se echaban no eran nada discretas. Se le estaba empezando a subir el champagne. Y hablando de champagne, ¿dónde se había ido la mitad de la copa que le faltaba? ¿En serio llevaba ya media?

- ¿Sabes qué, abuela? El otro día estuvimos hablando mientras estab... - En su casa. Mientras estaban en casa de Alice, cuidando del jardín de Janet. No quería decir eso con William allí. - ...amos hablando del verano, que este podríamos ir a Irlanda. - Se encogió de hombros. - Por variar y por conocer tu pueblo, que sé que tienes muchas ganas de ir. - La mujer dio una palmada emocionada, agarrándose las manos. - ¡¡Ay!! Qué ilusión. - Bueno, lo iremos viendo... - Oish, este niño, qué poco le ha gustado Irlanda siempre. - Se ofendió Molly otra vez ante el comentario de Arnold. Su abuelo decidió intervenir. - Creo que estos chicos ya son mayorcitos para venir a Irlanda sin sus padres. - Comentó mirando significativamente a Arnold. Su madre puso cara de "lo que nos faltaba ya", pero Marcus se estaba dejando llevar por la emoción, mirando de hito en hito a su abuelo y a Alice. - Y nosotros también somos mayorcitos para irnos solos, ¿no, querida? - Añadió con una risa. Marcus también rio, y cuando fue a tomar su copa, estaba llena otra vez. La miró extrañado, con el ceño fruncido, y nada más alzar la vista vio a Violet colocando la botella de champagne en la mesa. Y guiñándole un ojo.
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CON Marcus y mucha familia EN Casa de los O'Donnell Día 31 de diciembre
Se rio sinceramente por el enfrentamiento de Marcus con las tías y Lex, y apoyó distraídamente la cabeza en el hombro de Marcus cuando la agarró, alzando los ojos sin dejar de reírse. – Un poquito si es cosa tuya. Cuando estás tú me porto mejor. – Ese rio aún más cuando su tía dijo lo de que se le había derramado la envidia. Pues sí, envidia sería, de que ellos podían mirarse así, tener aquellas sonrisas cómplices, aquella nube en la que estaba.

El champán estaba fluyendo por la mesa como si tal cosa, y su copa era de las que se iba vaciando. Pero si eso le llevaba a ver cómo a la abuela se le iluminaban los ojos y el abuelo Larry se reía, merecía la pena. – ¡Bien dicho, cariño! Slaínthe. – Se unió la abuela. – Slaínthe. – Dijo el abuelo chocando la copa también en el centro. – Como se diga en gaélico. – Llegó su padre. Y así acabaron uniéndose todos, chocando todas las copas. Se sentía inmensamente feliz y con las mejillas ardientes. Tras dar su trago a la copa, se inclinó un poco al oído de Marcus y susurró. – La verdad es que no, no hablo gaélico. Solo sé decir eso. Vamos a tener que aprender, ahora no podemos dejar a los abuelos con toda la ilusión. – Y terminó con una risita traviesa. Así, hablando en plural, claro que sí, Gal ¿Qué te lo impide?

Pero era Marcus el que ahora estaba diciendo lo de ir a Irlanda como si tal cosa, delante de toda la familia, así que no iba a ser ella la que lo dejara correr. – A mí me encantaría. – Miró a Arnold. – ¡Oh, vamos, señor O'Donnell! Llevan siete años viniendo a la Provenza todos los veranos, alguna vez tendrán que ir los Gallia a territorio O'Donnell ¿No le parece? – Molly se rio y dio otro sorbito a la copa. – ¡Ja! ¡Siete años! No había quien llevara a mis hijos a Irlanda si estaban tus abuelos de por medio. Todos los veranos a Saint-Tropez. El primer año que se llevaron. Marcus dije "Ya estamos otra vez". Claro, la playa y las florecitas son muy atractivas. Pero en Irlanda tenemos piedras mágicas. – Dylan abrió un montón los ojos y escribió "¿En serio hay piedras mágicas?" Y mientras la abuela asentía, Gal miró de hito en hito a Arnold y a su padre. – Un momeeeeeento... ¿Entonces el señor O'Donnell también iba a La Provenza de joven? ¡Perdona, señorita, yo soy joven! – Ella ladeó la cabeza y le miró con una sonrisa fruncida. – De más joven. – Y Arnold asintió lentamente con una sonrisa. – Y menudas las hacía... En verdad era como Marcus, pero tu tía y yo siempre hemos sido mucha peor influencia que tú. – Y todos se rieron, bueno, Emma no, pero llevaba así toda la noche. Arnold se inclinó por la mesa y cogió la botella de champán. – Bueno, bueno, ya está bien por hoy. Que no va a quedar champán para brindar en año nuevo. No pasa nada, le traemos el transmutador nuevo de Marcus al abuelo Larry y nos transmuta el agua en champán. – Dijo Gal alzando la copa hacia el nombrado, que se estaba riendo con ganas.

Deslizó la mano hacia el lado de la silla, mientras jugueteaba con el tenedor en su plato con la otra mano, buscando la de Marcus. Le rozó con el dorso y fue deslizando poco a poco sus dedos a su al rededor. Miró a Larry y Molly, y las bromas con irse juntos a Irlanda, la llenaban de ternura. Miraba a Arnold y Emma, mirándose de reojo, ayudándose a soportar ese caos que tan poco les gustaba. Miraba a Erin y su tía, que justo se giró y dijo. – ¿Qué dices, pelirroja? ¿No hay nada que puedas alimentar o domar en la Irlanda rural? Y yo puedo cogerme unas vacaciones, me deben unos diez años. – Y ahí estaba, aquella era la única mirada que Erin mantenía, aunque ya se estuviera poniendo colorada por la zona de las pecas. Molly le dio en el brazo. – Así se habla, Vivi.Adiós a las vacaciones románticas. Pero ¿A quien quiero engañar? Si siempre he querido una familia enorme a la que llevar por todas partes. – Y Gal volvió a reírse y a beber de la copa, acercando más los dedos a los de Marcus. – Estoy esperando que alguien me cuente cosas de La Provenza en los setenta... – Dijo alzando las cejas y mirando a su padre. – O... Tendréis que cantar el famoso villancico que salió a la palestra en Nochebuena. – Terminó vaciando su copa.
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CON Alice y mucha familia EN Casa de los O'Donnell Día 31 de diciembre
Dio el trago a la copa tras el brindis y se inclinó hacia Alice, escuchando lo que le susurraba. Arqueó las cejas y, con una sonrisita, devolvió en voz baja y tono gracioso. - Igualmente ya sabes más gaélico que yo. - Rio un poco y volvió a beber. Y mientras lo hacía, Alice propuso lo de aprender juntos. La miró con los ojos entrecerrados y una sonrisilla. - Me parece una idea fabulosa. ¿Antes o después de que me enseñes francés? - Muchos proyectos de futuro se estaban haciendo ya. Pero, ¿era malo eso?

Lo que no esperó fue ese dato que le hizo abrir los ojos y la boca en una expresión que vaticinaba que ese tema iba a dar que hablar. - ¿Tú ibas a la Provenza? - Rio mirando a su padre, alucinado. - ¿Por qué no me lo habías contado? - Sí te lo he contado. - ¡No es verdad! Me acordaría. - Giró hacia William cuando empezó a hablar, sin desdibujar el interés y la sorpresa en su rostro. Y volvió a reír. - No te imagino para nada, papá. - Ni falta que hace. - Y cuando su padre quitó la botella de champagne del alcance de los Gallia, Alice soltó una idea que nunca se le habría ocurrido pensar. Eso le hizo soltar una carcajada, y eso que en condiciones normales se habría llevado las manos a la cabeza. ¿Un preciadísimo transmutador de líquidos siendo usado para transformar agua en champagne? Menudo sacrilegio. Pero ahora le había hecho mucha gracia la idea. Lo que no se le ocurriera a Alice. - Pues yo lo veo buena idea. - Dijo Violet entre risas. Claro, a quién si no le iba a parecer eso buena idea. - Podéis hacer un concurso todos los alquimistas de esta mesa a ver a quien le sale mejor. - Jovencita, en esta mesa el único alquimista de verdad por ahora soy yo. Los demás solo son aspirantes. - Su abuelo bebió de la copa con suficiencia mientras Marcus contestaba. - Uuuuh cuidado, Señor alquimista de verdad. Pero el trasmutador es mío, tengo que otorgar mi correspondiente permiso. - Miró fugazmente a Alice de reojo. Menos mal que solo ellos captaban aquello, pero es que no lo había podido evitar. - ¿A que sí, Señor Gallia? - Uy a mí no me hagáis preguntas complicadas, que estoy viendo cómo voy a robarle la botella a tu padre de nuevo. - Eso hizo que Arnold la arrastrara un poco más lejos y que los demás se echaran a reír.

Bajó la mirada a sus manos, aún riendo por los comentarios, cuando notó el contacto de la de Alice, y luego la miró a ella, con una sonrisa que en su cabeza era interesante, o seductora, o segura... Pero que en la realidad era bobísima y un poco aliñada por tanto champagne. Su copa parecía no vaciarse nunca, pero él bebía, ¿quién se la estaba rellenando? ¿No había su padre quitado ya la botella de en medio? Ah, claro, había tres. Los demás estaban hablando pero él no podía evitar tener parte de su atención en la conversación y la otra parte en la chica. Quería besarla, quería dedicarse solo a ella en aquel momento, que el mundo se parara y se quedaran solos. Pero también se estaba divirtiendo muchísimo así que no se pensaba quejar. Ya mismo estarían de vuelta en el castillo y echaría de menos a su familia, así que aprovecharía... Y ya se buscaría los momentos para estar a solas con Alice, que pensaba tener muchos.

Y entonces ella misma soltó una bomba en la mesa que a él le hizo volver a mirar a su padre con los ojos muy abiertos. - Oooohhhh el villancico. - William estaba mirando a su hija un poco alucinado. - ¿Cómo sabes tú eso? - Puede que alguien lo dijera en Navidad. - Comentó su abuelo, medio escondido tras la copa, provocando las risas de los presentes. William dejó con decisión la servilleta en la mesa. - Pues no se diga más. Arnie, deleitemos a nuestros... - Ah, no, ni hablar. - Su padre estaba negando reiteradamente con la cabeza y William ya estaba de pie. Marcus estaba al borde de las lágrimas de la risa. - No... No no... - Veeeeeeenga. Va, empiezo yo, te doy pie. "Cuaaaando cae la nieeeeve..." - William por todos los alquimistas de Francia te lo suplico. - Su padre estaba ya suplicando. - ¡Jo, papá! Qué cortarrollos. - Déjalo. Yo tampoco quiero oír esto. - Lex tan amistoso como siempre. - A ver, si vamos a poner en peligro a todos los alquimistas de Francia, mejor cambiamos de tema. - Intervino su abuelo, pero estaba clarísimo que eso tenía algo detrás. - ¿Sabéis que en la Feria de San Lorenzo antes organizaban gymkanas? - No, por favor... - Cuando su padre empezaba a esconderse de esa forma y Violet a reírse como si le fuera la vida en ello, es que aquello prometía ser divertido. - Pues muchas eran para niños pero otras eran para mayores de edad, porque había que usar magia. Adivina qué dos estaban perfectamente metidos en su papel de niños y qué dos no aprobaban eso de que les impidieran participar en una actividad. - Su tía Erin estaba muerta de risa, y Marcus ya no controlaba más la curiosidad. - En nuestra defensa. - Interrumpió William, que se había vuelto a sentar. - Hay que decir que llevábamos ya tres años viendo los mismos juegos para niños, no los renovaban, y como buenos Ravenclaw nos lo sabíamos ya de memoria. - A este buen Ravenclaw no le importaba saberse el juego. Había unas normas claras, y están para algo. - Vaya. Eso había sonado demasiado a él mismo. A Violet y a Erin les iba a dar algo de reírse, parecían estar contagiándose la una a la otra. - No te hagas el bueno, Arnold, que bien que me dijiste "te prometo papi" y cuando me di la vuelta estabas usando a tu hermana para distraerme y que no viera lo que tramaban aquellos dos. - Uuuuh usando a tu hermana de cebo. Qué feo, Arnie. - Pinchó Violet. Marcus se estaba riendo, pero en el fondo eso... También le sonaba. - Eso no es cierto. Solo les estaba vigilando para impedir que fueran expulsados por hacer magia fuera del colegio. - Yaaaa ya claro. - Dijeron los dos hermanos Gallia al unísono, provocando más risas. - Por eso me tenías en brazos cuando llegó tu padre, ¿verdad? - Apostilló Violet, y por la mirada que este le echó a su madre y Erin a él, esa parte de la historia no la habían contado hasta ese momento. William soltó una sonora carcajada mientras Marcus seguía mirándoles a todos boquiabierto. - ¡No te rías y di la verdad! - Se ofendió su padre. - ¡Es que no dejaban a los hermanos ponerse juntos! Así que dijimos que Vivi era la novia de Arnie y yo me quedé... Bueno, no sé qué me quedé haciendo. Reírme de Arnold, seguramente. - Y en lo que todos reían, inconscientemente, Marcus agarró la mano de Alice por debajo de la mesa. Al fin y al cabo ya se estaban rozando, ¿no?
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CON Marcus y mucha familia EN Casa de los O'Donnell Día 31 de diciembre
Estaba demasiado entretenida y encantada con la batalla dialéctica que se había montado en la mesa, con que estuvieran sacándole los colores a Arnold O'Donnell, las bromas de todos, el champán y las manos de Marcus y ella jugueteando bajo la mesa.

¡Vamos, papi! ¡Cántalo! – Arnold se bajó del carro en seguida, pero el abuelo empezó a relatar y ella escuchaba, deleitada y con la risa esperando en la garganta, a los tres hombres contándola. Realmente era como algo que les podría haber pasado a Marcus y ella pero en otra vida. Se empezó a ver venir el desenlace y ya ahí no pudo parar de reír, tanto que se le saltaban las lágrimas. Y entonces lo vio por el rabillo del ojo. Su hermano enseñando a todos la libreta poniendo "A mí también me usan para distraer. Creo que es porque somos callados". Bajó la libreta y miró sonriendo a su hermano. – Calla, Dylan, que no es lo mismo.No, yo quiero oírlo. Bueno, leerlo. – Vaya tela con el hermanito. Gal se mordió los carrillos y Dylan escribió a toda prisa "En la Provenza, Alice me mandó con los mayores la noche de los fuegos". Ella miró con una sonrisa triunfal a Lex y dijo. – Para teñirme el pelo de azul ¿No lo has oído a tu padre? Lo ha contado antes. – Lex le hizo una cara de burla. Bala esquivada por los pelos. Por si acaso desvió al atención de sí misma. – ¿Cómo se tragó el de la feria que erais novios? No he conocido dos personas que peguen menos. – Eso le valió las risas de un buen sector de la mesa, y hasta Emma, torció un poco algo parecido a una sonrisa. – ¿Y dónde estabas tú, papi? – Su padre inspiró profundamente y sacó el labio inferior. – Ya sabes, aquí allá, soy William Gallia, a veces me pierdo y hasta tres días después mi mejor amigo y mi hermana están tan ocupados fingiendo que son novios que no me encuentran... – ¡Ja! Como que no se conocía esa excusa. Era la que usaba ella. La tata dio una palmada en la mesa como si se acabara de acordar de algo. – ¡Estabas con Marianne! – Su padre apretó los labios y dijo – ¿Con quién? ¡Con Marianne! La que el padre era panadero y la madre bruja. ¡No te hagas el tonto con tu hermana, William Gallia! – Su padre levantó las manos como si no entendiera nada, pero Gal se echó para adelante. – ¡Qué fuerte, papi! ¡Que tenías novia en La Provenza! – Arnold se rio sarcásticamente. – Uy sí, eso hubiera querido ella. Le faltó ir a rondarle al balcón a tu padre. – Vivi negó con la cabeza. – Se hubiese encontrado conmigo haciendo la maniobra desván. – Arnold se giró dramáticamente a Vivi y Gal la miró como diciendo "corta corta" pero nada. – ¿Cómo es esa maniobra, Vivi? – Su tata se encogió de hombros y bebió un. poco más. – Pues ya sabes. Abres la ventana redonda del desván. De ahí se sale a la cornisa y das la vuelta y acabas cayendo o en nuestra habitación. – Dijo señalándolas de hito en hito. – En la de Dylan o en la de mi hermano. – Gal estaba mirando otra vez al plato aguantándose la risa. Menos mal que sabía que iba en detrimento del propio señor O'Donnell decir nada demasiado delator. – Qué interesante. Y peligroso. No veo yo a mi Marcus haciendo eso... – Dylan escribió "El primo André lo hacía para escaparse a ver su novia". Sí, Dylan siempre para más señas.

Marcus terminó por darle la mano entera y ella solo puso ampliar la sonrisa y estrechársela más, contando cómo se le aceleraba el corazón. Para intentar parecer distraída, miró a su padre y dijo. – Bueno ¿Y que fue de Marianne? – Su padre negó como si no supiese de lo que le estaba hablando. – ¡Ay, papá! Que negarlo siempre es peor. – Su tía se inclinó hacia ella. – Ahora es de esas que echa las cartas a los muggles y es adivina. – Eso hizo que le diera la risa. – ¡Acabáramos! Tenemos que ir a verla cuando estemos en La Provenza, a ver qué patraña nos suelta. – Gal se rio y negó con la cabeza. – No, no, muchas gracias. Con una vez que nos leyeron la mano, tuvimos suficiente. – Ahora fue Emma la que les miró atónita. – ¿Cómo? ¿Que mi hijo se dejó leer la mano? – Miró a Marcus un poco apurada y alzó las cejas y se encogió de hombros. – Fue hace tiempo. Y es que Hillary y Sean nos retaron y... Teníamos catorce años. – Se rio un poco nerviosamente y esperó a que alguien sacara otro tema, pero se había hecho el silencio y todos les miraban, así que soltó la mano de Marcus y se cruzó de brazos. – Bueno ¿Pero nos vas a decir qué os dijo, hija? Que nos tienes en ascuas. – Gal se mordió los labios por dentro. – Bueno... A mí me dijo que era muy difícil de leer... Y... Bueno... No tenía mucho sentido. – De nuevo silencio y todos mirándola. Se sentía tartamudear. – Solo dijo que veía espino blanco el día de mi boda. – Y se encogió de hombros. El silencio lo rompió el abuelo Larry con una sonora carcajada. – Vaya lince la maestra de Adivinación... Hay que ver... – Gal estaba como un tomate, y la abuela lo captó y dijo – ¡Bueno! Hora de sacar la tarta de tres chocolates. Que es la parte favorita de mis niños ¿eh? – Y entonces la oyó, por su lado izquierdo, inconfundible. – ¿Y a ti que te dijo, Marcus? – Claro, en seguida iba a dejar Emma O'Donnell pasar algo así.
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Ay, los retitos
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Un jour viendra tu me dira je t'aime
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