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Cinco minutos más, para la cuenta atrás
CON Marcus y mucha familia EN Casa de los O'Donnell Día 31 de diciembre
Alzó una ceja y miró sibilinamente a Lex. – Vaya, vaya, Lex... Parece que con el whist se nos da mucho mejor que con los snaps explosivos. – Dijo sacando la mano ganadora que habían conseguido. La cara de Marcus era un poema, y hasta Erin se veía molesta por haber perdido. Chasqueó la lengua y chocó la mano de Lex por encima de la mesa, que parecía que hasta se lo estaba pasando bien. –Ahora sí que nos vamos a vengar. – Ella sola se había inventado una nueva variante del whist en la cual, si ganabas la partida, le pintabas lo que quisieras en la cara al contrario. Y la primera vez le había salido rana, porque habían perdido Lex y ella contra Marcus y Erin y el primero le había pintado un par de corazones azules a su hermano en las mejillas, y Erin le había escrito a ella en rojo bien brillante en la frente "Monito", porque claro, el gracioso de Marcus ahora se lo llamaba delante de la gente, y Erin se había quedado con la cantinela.

Pero ahora llegaba su venganza. – Me pido a tu hermano. – Dijo levantándose rápidamente a coger la cera roja para pintar a Marcus, que ya estaba tratando de huir, por supuesto, y se puso a perseguirlo por el salón. – ¡Uy, Tita! Vas a tener azul Ravenclaw hasta en la sopa. Por si estos años aguantando a tres Ravenclaws en la familia no han sido suficientes. – Dijo Lex acercándose a Erin, a su vez, que también intentaba huir.

Marcus salió por la puerta del salón y Gal corrió detrás de él, llegando a alcanzarle y de la misma, saltó y se enganchó a su cintura con las piernas, para poder encaramarse y pintarle la cara. – Ya te tengo. – Dijo con cara pillina y mirándole tentadora, porque sabía que se estaba dejando. Había empezado a pintarle las mejillas del rojo que había usado Erin con ella, cuando notó que la pelirroja se había tirado cuerpo a tierra para evitar a Lex y la había agarrado del tobillo. – ¡Huye sobrino! ¡Los Gryffindor no abandonamos a un compañero! – Justo entonces llegó Lex y volvió a tirarse encima de su tía y le pintaba rayas azules inmisericordemente en la cara. Gal se quejó falsamente entre carcajadas. – ¡Tía Erin! ¡Honra tu casa y ten honor al perder!

Y justamente en ese instante sintió el frío entrar por la puerta principal, oyó un carraspeo y se dio la vuelta. Casi se cae de los brazos de Marcus de la impresión de ver a su padre allí. En seguida se dio cuenta de que estaba su tía también, ambos con grandes sonrisas. Al parecer Arnold y Dylan ya los habían visto fuera, porque entraban del jardín. Se bajó de encima de Marcus solo para saltar encima de su padre. – ¡Papi! ¿Pero qué haces aquí? ¡No te esperábamos! – William la agarró fuertemente de la cintura y le dio la vuelta con facilidad poniéndola colgando boca abajo como cuando era pequeña (tampoco era mucho más grande que entonces) – ¿Qué forma es esa de saludar a un padre, pajarito? ¡Soy como los buenos regalos, inesperados! – Y Gal se rio con ganas, porque cuando veía a su padre en ese humor, todo se le pasaba y solo tenía ganas de reír. Dio media voltereta para caer de pie y liberarse de su padre y corrió a abrazar a Violet.– ¡Tata! ¡Cómo me alegro de que estés aquí! – Y su tía la achuchó con fuerza y le dio muchos besos en la frente. – No podía soportar pensar que ibas a pasar una noche sin saber divertirte como Dios manda. Y no ibas a hacerlo porque no estaba la tata Vivi para garantizarlo. – Dijo haciéndole cosquillas en las costillas repentinamente.

Su padre se había acercado a Marcus y ya le estaba estrechando la mano y dándole palmadas en el hombro. – ¡Marcus! ¡Feliz Navidad, chico! ¿Me la has cuidado bien? – Dijo señalando con la cabeza a Gal. Luego tendió la mano de Erin del suelo y la ayudó a levantarse. – ¡Hola, Erin! ¡Y Lex! – Le señaló la cara con el dedo. – Tantos años tu hermano pugnando por que te cambiaras a Ravenclaw ¿Y solo ha hecho falta que un sobrino tuyo te haga un placaje? – Y su tía se rio con ganas mirándola. Y Gal se percató muy mucho de como se habían quedado devolviéndose las miradas. Vivi se acercó, a Erin, aún enganchando a Gal por los hombros. – ¿Así que tía Erin? ¿Me voy dos meses y ya os cambiáis de tía? ¡Eh, Marcus! – Dijo dirigiendo la mirada al chico. – A partir de ahora o me llamas tata, o no me llames. A ver si Erin es la única que puede jugar a robar sobrinos. – Gal sonrió y le miró, sin poder refrenar toda la alegría que sentía en su interior. Era increíble cuánto había echado de menos su algarabía y su caos.
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Cinco minutos más para la cuenta atrás
CON Alice y mucha familia EN Casa de los O'Donnell Día 31 de diciembre
Se estaba frotando los ojos de la risa cuando por la vista periférica vio a Alice bajarle la libreta a Dylan, pero no le dio importancia... Hasta que intervino Lex. Se echaba a temblar cada vez que intervenía Lex. Fue entonces cuando se giró hacia Dylan y lo leyó bien claro: "Alice me mandó con los mayores la noche de los fuegos". Tragó saliva y se notó ruborizarse, pero por algún motivo la risa le seguía ahí como de fondo. Menos mal que la chica estuvo rápida. Ah, Marcus, la mala conciencia te delata. Y encima había mirado de reojo a su padre. Menos mal que él estaba lidiando con la suya propia. Pero al mirar hacia allá, vio que su abuela le ponía con complicidad una mano en el brazo a su madre y le decía. - Yo hacía lo mismo cielo, no siempre iba, le encasquetaba los niños al padre. - Erin pareció escucharlo e irguió el cuello con ofensa. - ¡Mamá! - Oh, venga, tú no tienes críos. - La mujer suspiró y volvió a mirar a Emma, encogiéndose de hombros. - Pero eso tiene sus riesgos, querida. - Desde luego... - Mejor dejaba de escuchar esa conversación, que estaba empezando a temer que no le dejaran pisar la Provenza de por vida ya.

Afortunadamente el foco de atención pasó a William y a lo que estaba haciendo mientras su padre pasaba un mal rato. Sí, siempre había un Gallia divirtiéndose mientras un O'Donnell pasaba un mal rato en vistas de sus historiales. Hasta que Violet tuvo que sacar el desván a relucir. Y Marcus que no podía dejar de reírse, aunque ahora lo hacía con un toque considerablemente tenso, mirando de reojo a Alice y tratando de disimular a base de picotear más comida de por allí, era lo bueno de ser un pozo sin fondo. Estaba en vías de disimular mirando a todas partes a la vez como si el tema no fuera con él, como si Violet explicando cómo se huía de ese desván no le estuviera plasmando unas muy vívidas imágenes en la cabeza, cuando su padre dijo que no le veía haciendo eso. Le miró súbitamente. - ¿Yo? ¿A mí? ¿Por qué? - Apenas se le había notado que se sentía delatado. Trató de recuperar una risa de indiferencia mal disimulada. - Ni siquiera sabía que había una cornisa debajo, solo la he usado para asomarme. Con Jackie. - ¿Con Jackie? - Preguntó su madre con una ceja arqueada y un tono sorprendentemente tranquilo. - Esa es la hermana de André, ¿no? - ¿A qué venía esa conjetura? Siguió la mirada de su madre y vio que señalaba a la libreta de Dylan, en cuyas páginas ahora aparecía el nombre de André y para lo que usaba el desván. Ah, genial, más amantes mías en la cabeza de mi madre. - Estaban intentando atrapar fuegos artificiales con un desiluminador. - Intervino su padre, mirándole con intensidad. Marcus asintió, con una sonrisa confirmadora. - Eso es. -Eso es absurdo. - ¿Y lo conseguisteis? - Vaya, el comentario nada alegre de su madre y el excesivamente alegre de William se habían cruzado al mismo tiempo. De hecho, Marcus miró al hombre con extrañeza. Pero si tú sabes que solo era una excusa. En serio, ¿qué? A lo mejor era la bebida pero no se estaba enterando de nada. - No se puede hacer eso. No es luz, es fuego. - Puntualizó su madre, mirando a William. Marcus dio una palmada en el aire. - Y eso mismo dije yo. Pero la chica quería comprobarlo, qué le vamos a hacer. - Que alguien cambie de tema, por favor.

Y Alice lo hizo, por fortuna, sacando a relucir a la tal Marianne. Marcus escuchó divertido e interesado toda la historia, riéndose del destino elegido por la chica, cuando la misma Alice que había desviado el foco de él a otra parte lo volvió a traer. Apenas la miró un segundo como si quisiera advertir con la mirada que no siguiera por ahí, pero ya era tarde. Y todo porque, una vez más, le ponía nervioso saber las implicaciones que aquello podía tener, cosa que los demás no sabían, pero a Marcus no se le daba bien disimular. Él no creía en la adivinación, y había obviado deliberadamente ese pasaje, pero no hacía ni un mes que se había vuelto a acordar y... Era bastante específico con lo que eran ellos para ser una adivinación genérica. Y por eso no le gustaba la adivinación, porque solo conseguía crearte una paranoia en la mente y que te vieras reflejado en la primera absurdez que te dijo hace cuatro años una adivina... Pero es que les pegaba. A los dos.

Se encogió de hombros mientras Alice le excusaba ante su madre. - Exactamente, eso. Ya sabes que yo no puedo resistirme a un reto. - Oh. Mierda. No debí decir eso. Su madre ladeó la cabeza y esbozó una sonrisa suave que ocultaba como un millón de cosas detrás. - Pues no, no lo sabía. - A Marcus se le escapó una risilla incómoda con la que trató de disimular. - Retos intelectuales, mamá, pff, por favor, ya sabes... - Qué silencio más tenso se estaba creando, se notaba todas las miradas encima y las mejillas ardiendo. Su abuela fue la que les rescató esa vez... Más o menos.

Bajó la mirada mientras Alice lidiaba como podía con la situación, frunciendo los labios. No se quería reír, no tenía gracia aquello... Pero es que se le escapaba solo. Debía ser el champagne. Parpadeó varias veces, de nuevo con esa risa nerviosa que no podía controlar pero la mirada clavada en el plato, ante el comentario de su abuelo. Pero alzó la cabeza cuando Molly sacó el postre a relucir. - ¡Tarta! ¡Sí! - Demasiado efusivo. Aunque tratándose de comida a nadie debería extrañarle. Miró a Alice. - Te va a encantar, le sale buenísima. - Pero no se había ido del todo el tema. Su madre le preguntó directamente qué le había dicho a él y, de nuevo, todas las miradas estaban encima. Rio un poco. - Pfff no me acuerdo... - No colaba. Le seguían mirando. Tragó saliva y frunció el ceño, con un gesto de desinterés de la mano y haciéndose el que tenía que esforzarse por recordar. - Era algo de... Animales o... - Violet soltó una sonora carcajada. - Pues sería gracioso que fuera un pájaro. - Dijo entre risas. Y Marcus debería haberse reído, pero en su lugar tragó saliva y, haciendo gala de sus nefastas habilidades para el disimule, miró a Violet. Y tanto esta como todos captaron la mirada a la perfección. - Oh, no me lo puedo creer. ¡Te dijo algo de un pájaro! - ¿En serio, Marcus? - Su padre también tenía cara de alucinado, pero el que interrumpió poniendo orden fue el abuelo. - A ver a ver, que de esto no me estoy enterando. Un respeto a la persona mayor de la mesa. - Marcus se rascó la frente y su abuelo se giró a él. - ¿Qué te dijo? La frase entera, que te acuerdas perfectamente. - Como que a su abuelo lo podía engañar. Tragó saliva otra vez e intentó decirlo con el tono más neutral que pudo usar... Que no lo era mucho. - Me dijo que... El pájaro que quería cazar, lo conseguiría con un nido, no con una jaula. - Silencio. Todos (menos su madre, que se mantenía impertérrita, y su abuelo, que claramente no estaba pillando la analogía) habían desencajado la mandíbula y ahora miraban a Alice. Marcus estaba como un tomate.

Tenía que salir de esas, así que carraspeó. - ¿Y esa tarta tan rica de mi abuela? - Pero no caería esa breva, porque tras su intento de salir de ahí escuchó una estruendosa carcajada. William, quien si no. - No me lo puedo creer. - El ataque de risa del hombre había desatado risitas en los demás. Marcus frunció el ceño apurado. - Ahora es cuando todos nos tragamos nuestras palabras y le damos a Janet la razón. - Sí, a la madre de Alice le encantaba la adivinación. Suspiró. - ¡No significa nada! Solo son patrañas genéricas de la adivinación. - Eso no tiene nada de genérico, sobrino. - Dijo su tía, con voz tranquila pero aguantándose la risa. Y en esas escribió Dylan. - "A mi hermana la llaman pajarito". Marcus le miró, frunciendo los labios. - Ya. Creo que lo han pillado. - Aaaaah con que es eso. - Pues no, su abuelo no lo había pillado todavía. Y ahora se estaba riendo él también. - Así que el pájaro y el espino. Esto me huele a boda en Irlanda. - Marcus se tapó la cara con las manos con desesperación y, por supuesto, muerto de vergüenza. ¡Ea, ya le habían echado toda la estrategia por tierra! Ahora Alice se iba a pensar cosas raras. - Te lo has ganado a pulso. - Cuando aún se estaba tapando la cara con las manos, escuchó ese comentario de Lex entre risas. Se destapó automáticamente y le miró con una sonrisa tensa. - Creí que Darren vendría a comer con nosotros un día. - Su hermano le miró con los ojos desencajados y su abuela se giró hacia Lex, uniendo sus manos con un sonidito adorable. - ¡Ay es verdad! Yo quiero conocer a ese chico. ¿Cuándo lo vas a traer? - Su hermano le echó una mirada asesina, pero Marcus hizo un gestito de la cabeza con expresión de suficiencia. Yo también sé disparar.
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Cinco minutos más, para la cuenta atrás
CON Marcus y mucha familia EN Casa de los O'Donnell Día 31 de diciembre
Se tuvo que reír con lo de Jackie. Si se podía liar más, siempre estaba ahí Dylan para ayudar y ya estaba escribiendo otra vez "No se preocupe, Señora O'Donnell, la prima Jackie tiene novio. Solo se besa en la boca con él" Eso le arrancó una carcajada y dijo muy sin pensar. – ¿Hay algún secreto de familia más que quieras revelar esta noche con tu libreta, patito? – Él abrió mucho los ojos y se puso a echar páginas atrás, pero Gal le puso la mano encima y dijo bajito. – Como sigas por ahí, voy a secuestrar esa vuelapluma hasta que saques un diez en Tranformaciones, te lo juro. – Y Dylan, muy dispuesto, dejó la libreta en sus rodillas y siguió comiendo. Pero la tata les señaló a los dos. – Un día, mientras duermes, te voy a robar esa libreta. Por el bien de todos. Hay que saber el material que tienes sobre nosotros. – Y entonces su hermano puso una expresión que le recordó mucho a su padre, con una sonrisa y una alzada de cejas que demostraba que sabía más de lo que ninguno presuponían. Ah, adoraba a ese renacuajo insolente, para qué engañarse.

Gal prefirió no aportar nada a la liada que estaba haciendo Marcus con lo de los retos y bebió de la copa que su tía disimuladamente había rellenado. Pero no lo veía ni medio agobiado, sería el champán, sería el ambiente, lo que fuera, pero se alegraba de veras de que no se lo estuviera tomando a la tremenda. Asintió quizá demasiado efusivamente a lo de la tarta y se sirvió un trozo, centrando la mirada en ella. Pero nada. Marcus no sabía disimular, y ella misma se delató cuando miró a su tía con cara de "para", pero nada. Cuando por fin lo dijo, tuvo aún más sentido en su cabeza. Sobretodo si lo comparaba con la historia del pajarito de madera que le hizo su padre. Vio como Marcus negaba la mayor y le dio una risita pensando "¿Es que no te he enseñado nada? ¡Que no lo niegues, que es peor!" Y ahora hasta Erin lo decía. Miró a su padre cuando dijo lo de su madre y sonrió tristemente. Pero ahí seguían todos con el temita y ella sonrió y bebió de su copa. – Bueno, no me puedo creer que estemos hablando todavía de las patrañas que nos dijo una adivina hace cuatro años, en esta mesa llena de magos científicos y eruditos, estudiados y que saben que la Adivinación no tiene ninguna base. – Pero nada, el abuelo Larry se acaba de subir al carro de la conspiración y ella ya solo pudo reírse y negar con la cabeza.

Y Lex se pasó de imprudente (parecía que no conocía de nada a su hermano) y ya Marcus le saltó con Darren. Menos mal que era con los O'Donnell, aunque claro, no contaba con los Gallia. Su tía se giró con los ojos muy abiertos hacia él. – ¿Que tienes novio, Lex? ¿Y cómo es que nadie me lo ha contado? – Dijo mirándola significativamente. Ella se encogió de hombros. – Pues que porque es la típica cosa que tiene que contar la persona implicada y que el resto de la gente no debería presionar socialmente por saber. – Dijo significativamente. Dylan escribió en la libreta "¿Darren? ¿Darren Millestone? ¡Si es de mi casa!". Lex estaba coloradísimo y con los ojos clavados en el suelo. – Sí, eh... A ver es... ¿Y a qué casa va? ¿No irá a Gryffindor? ¿No sería una coincidencia total que... – La tata le dio una palmada en el hombro a su padre. – Cállate, hermano, deja hablar al chico, que te tomas dos copas y no hay quien pueda contigo. – La abuela Molly se giró hacia él. – Eso, cariño, háblanos de él ¿De dónde es?

Lo estaba sintiendo un poco por Lex, pero eso había dirigido el foco directamente sobre él, y le daba la oportunidad de recuperar en lo que estaba antes. Volvió a deslizar su mano a donde estaba antes y estaba vez entrelazó directamente sus dedos con los de él y le miró de reojo con una sonrisa, susurrando. – No te rayes con lo que digan. Tú y yo aprendemos juntos, vivimos juntos y escribiremos nuestro destino juntos. Nosotros. No ninguna estúpida adivinación. – Giró la cabeza un momento para mirarle y rápidamente cogió una bolita de coco de una de las bandejas y se la puso delante de la boca, riéndose. – Te la debía del banquete de Navidad. – Y ahí estaba riéndose cuando se dio cuenta de que el abuelo Larry sí que les estaba mirando (en algún sitio tenían que estar las desventajas de ser el favorito) así que le señaló con la barbilla y se giraron para hablar con él. – Y qué me dices tú, abuelo ¿Crees que se puede ser enfermera por la mañana y alquimista por la tarde? Por aquí un tal William Gallia dice que no. – El abuelo rio y levantó el dedo índice. – Pues precisamente la alquimia tiene muy buenas aplicaciones en la medicina... – Y se puso a hablar, pero ella solo podía pensar en esa mano de Marcus entrelazada con la suya bajo la mesa. Siempre juntos. Siempre todo, pensó para sus adentros, deseando tener la valentía suficiente para decirlo en voz alta.
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CON Alice y mucha familia EN Casa de los O'Donnell Día 31 de diciembre
A pesar de que Alice no parecía ni medio incómoda, sino bastante segura de sí misma con todo aquello, Marcus agradeció haber tenido el buen tino de tirar la pelota al tejado de Lex. Todos allí parecían haber captado las similitudes de la profesora de adivinación con su realidad, pero tal y como decía la chica solo eran cosas pseudocientíficas con ninguna base, no sabía qué hacía preocupándose por eso... Ni muerto reconocería que una parte de él, quizás, deseara en el fondo que una fuerza superior les mantuviera unidos para siempre. Y en caso de que alguien se lo oyera decir en ese momento, culparía definitivamente al alcohol.

A una parte de él le daba un poco de pena que Lex, con lo tímido que era, se viera en esa tesitura, con nada más y nada menos que Violet acribillándole a preguntas. La otra parte de él recordaba todas las tonterías que su hermano le decía día sí y día también y le hizo esbozar una aún más pronunciada expresión de suficiencia infantil, alzando la barbilla con una sonrisita y mirada de superioridad. Cuando leyó la sorpresa de Dylan en su libreta, se asomó para mirarle y añadió. - Y de mi curso. - Total, que no fuera por datos. Pero William no parecía haberlo leído, así que Marcus, ya más relajado y sabiéndose en una posición que controlaba, se tomó la molestia de aclararlo. - No no, es de Hufflepuff. - Somos una familia muy variada en lo que a casas se refiere. - Bromeó el abuelo. Pues sí, la verdad es que tenían un poquito de todo en aquella mesa.

Cuando notó los dedos de Alice entrelazarse con los suyos la miró, y dejó totalmente de lado la conversación (o interrogatorio, más bien) que ocupaba ahora la mesa. Se inclinó un poco hacia ella, aunque desde su posición podía oírla perfectamente pero... Por si acaso. - Nosotros. - Susurró. Sin embargo, se quedó un par de segundos pensando en lo que dijo, ladeando una sonrisita con una caída de ojos. Se mojó los labios y se encogió de un hombro. - La verdad... Es que era bonita. - Bajó las pestañas. - Quiero decir... Estúpida, claro, porque es adivinación al fin y al cabo... Pero... - Frunció los labios en una leve sonrisa y la miró. - Sería bonita si fuera cierta. - Quizás se estaba colando ya en lo que debía insinuar. Mejor dejaba esa copa que... Espera, ¿estaba llena otra vez?

La empujó ligeramente para alejarla de sí mismo, arrastrándola por la mesa, como si solo por ese gesto tonto ya no fuera a beber más o como si el tenerla cerca le obligara a hacerlo. Al girar el rostro, vio la bolita de coco cerca y no pudo evitar sonreír, iluminándosele la cara ante ese gesto de Alice. Porque todos los gestos de la chica le encantaban. - A ver. - Sin cogerla, mordió el dulce que la chica sostenía ante él, sin poder evitar sonreír, literalmente como si estuvieran solos allí... Cosa que no era así. Vio como Alice señalaba a su abuelo y, al notar que les miraba, se tapó un poco la boca con una mano mientras masticaba, tratando de disimular. Un poco tarde, pero bueno. Con el tema que le sacó la chica su abuelo tenía para un buen rato. Mientras este hablaba, él la miraba de reojo, saboreaba el coco que se había impregnado en sus labios y sonreía. Si se podía ser más feliz, que viniera alguien y se lo dijera.

Terminaron el postre y se pusieron a recoger la mesa. - Pues tengo una sorpresita para celebrar la entrada en 2002. - La cual, por cierto, es en media hora. - Se les había ido bastante el santo al cielo con la cena y las conversaciones y ya eran las once y media. Sin embargo, su abuela no hizo ni caso de la advertencia de su hijo y se fue a la cocina a buscar su sorpresa, volviendo poco después. - He tenido toda una semana para replicar la receta de mi adorada suegra en esta botellita. - Y alzó la susodicha, que de "ita" no tenía nada, porque era bastante grande. - ¿Eso es licor de espino? - Alucinó Violet, acercándose a la mujer y tomando la botella de sus manos para abrirla y olerla, dejando escapar un suspiro satisfactorio. - Por favor, qué bien huele... - Como la receta de mi madre, ninguna. Aunque mi esposa la emula bastante bien, y entre los Gallia parece haberle salido una buena sucesora. - Apuntó su abuelo, guiñándole un ojo a Alice. - Lo siento, pero ese ya nos lo bebimos. - Y por eso he traído más, para que mis niños de apellido raro no se queden sin probarlo. - Por si no habéis captado la sutil referencia, mi madre ya no sabe como introducir las raíces irlandesas en esta casa. - Comentó su padre, justo después de lanzar un quejido ante el manotazo que Molly le había dado en el brazo. - ¡Te voy a hacer beberte esto con embudo si es preciso! Qué hijo más despegado a sus raíces me ha salido... - Y en lo que duraba toda la conversación, Marcus se había puesto a recolectar copas nuevas para todo el mundo porque ante todo había que ser educado... Y así tenía una para él y otra para Alice. - Yo estoy muy orgulloso de mis raíces, abuela. - Dijo con una sonrisa de nieto perfecto, a lo que Molly contestó toda orgullosa. - Pues claro que sí, mi niño, tú eres un amor. - Venga ya, mamá, lo que quiere es seguir bebiendo. No te pases, listillo. - Advirtió su padre, apuntándole con un índice. Pero él ya estaba con una sonrisa adorable y su copa tendida hacia su abuela, que no dudó en rellenársela.
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Cinco minutos más, para la cuenta atrás
CON Marcus y mucha familia EN Casa de los O'Donnell Día 31 de diciembre
Estaba enganchada en las palabras de Marcus. Le había dicho que ojalá fuera cierta ¿Qué parte exactamente? ¿La del espino en su boda? ¿Lo de cabra a al pájaro? ¿No se daba cuenta de que, de ser eso, estaba más que cazada, porque aquello era lo más parecido a un nido que había tenido en la vida? "¡Dios, Alice Gallia, habla, maldita sea! Díselo aunque sea ahí, aunque sea delante de todos, o precisamente por eso". Justo el abuelo dejó de hablar y ella tiró de la mano del chico y fue a decir. – Mar... – Pero se levantó y fue a por copas, y a Gal tuvo que escapársele un resoplido. No veas si le nublaban esos ojos, es forma de mirarle, esa voz... Si es que se volvía idiota y no podía remediarlo. Terrible, la verdad, y ella se consideraba lista.

Alzó la mirada cuando el abuelo Larry la aludió y le sonrió tiernamente, ladeando la cabeza. – ¿También haces licor de espino, hija? – Ella asintió a su padre y dijo. – Fue para agradecerle que me mandara rocío de luna. Se usa en un montón de pociones y me venía muy bien ¡Ah! Y lo teñí de verde, por lo de Irlanda. – Vio como su padre se quedaba mirándola, y por un momento se temió que tuviera uno de sus flashazos en los cuales se ponía a hablar con ella como si fuera su madre, pero miró a Larry y dijo. – No me la merezco ¿Verdad, Lawrence? – El abuelo se rio y cogió la copa que traía Marcus negando un poco con la cabeza. – Algo bien habrás hecho en la vida, William. – Dijo dándole una palmada en el hombro. – A mí la vida me dio una mujer ideal y dos hijos, que aunque son unos despegados son geniales. A ti encima te tocó una que te adora. – Justo se sentó Marcus allí y le señaló con la cabeza. – Y ese también te adora, por detrás de su abuelo, claro. – Dijo llevándose la mano al pecho. Luego volvió los ojos a Gal. – Pero a veces hay que saber que compartir. Yo comparto la admiración de mi nieto... Tu puedes compartir la adoración de tu niña ¿No crees? – Miró a Lawrence con una tierna sonrisa. Su padre ladeó la cabeza y asintió. – Alguna vez tenía que pasar. – Ay, Dios, estaba perdida, pero perdidísima y encima todos lo sabían. Notó como Marcus estaba más pendiente de su abuela, y lo agradeció, enfocando su atención en aquella dirección, y riéndose inmediatamente al oír cómo le hablaba Molly a un hombre hecho y derecho como Arnold.

Aceptó el licor que le echaba Molly y lo movió para olerlo. De entrada olía bastante más a alcohol que el suyo, pero no pensaba quedarse sin probarlo. Lo cierto es que estaba bastante más fuerte, pero también más dulce y arrasaba menos en la garganta. Más peligroso, pues, porque no se daba cuenta uno de que se lo estaba bebiendo. – Este licor es un peligro, abuela. Le da mil vueltas al que hice yo. – Molly hizo un gesto al aire. Luego se inclinó hacia delante y dijo. – Yo no tengo raíces irlandesas, pero me encanta todo lo irlandés. – Notó las miradas sobre sí y carraspeó. – Lo que viene de Irlanda... – Nop. – Las plantas las leyendas y esas cosas... – Un salvavidas.– Cuando era pequeña, Erin me contó el cuento de la princesa Firinne y la luna y me encantó. A esas cosas me refiero.– La abuela puso una expresión tierna. – ¡Oh, qué cuento más bonito!Fue porque era una pesada y nos seguía a todas partes. – Dijo su tía alzando su propia copa y bebiendo, mirándola con picardía y una risita. – Te está bien empleado. Petarda. – Ella le sacó la lengua. – Petarda tú, que menudo interés transitorio tenías en las medusas luminosas. – Su tía soltó una carcajada sarcástica. – No me hagas hablar del tuyo por las perdidas. – Gal se apoyó en su propia mano y puso cara interesante. – Siempre me han gustado las estrellas. Están en mi lista de cosas favoritas desde que era pequeña. – Su tía bebió y asintió lentamente. – Ah sí... Y la risa de Marcus O'Donnell ¿No? – Ahí sí, agachó la cabeza mirando a su plato de tarta y bebiendo un poco más de licor de espino. "Y si tú supieras cuántas más partes y acciones de Marcus O'Donnell están en mi lista..." – Es que la risa de mi niño es preciosa. – Apostilló Molly, que aparentemente estaba escuchando.

Se alegró demasiado de que no quedara casi nada para la medianoche y asintió a lo que dijo Arnold. Eso pareció activar también a su padre, que se levantó y dijo. – ¡Oh! ¡Es cierto! – Paseó la mirada por la habitación hasta fijarse en un punto. – ¡Emma! ¿Puedo encantar tu reloj?  – La nombrada se giró, confusa por el repentino giro de la conversación. – ¿Qué? ¡William, no! Espera... ¡Gracias! – Su padre ya había ido hasta el reloj de pie del salón y había agitado la varita ante él. – Atentos, que el encantamiento nos dará la cuenta atrás y cuando llegue el año nuevo... ¡Oh! cuando llegue el año nuevo os va a encantar, ya veréis. – Todos se fueron levantando para ponerse ante el reloj y Gal aprovechó para deslizar una mano por el brazo de Marcus y acercarse a él, susurrando. – Eso que has dicho antes... Lo de la profecía... – ¿Ahora que le pasaba? ¿No era capaz de decirlo? ¿De preguntárselo? Y eso que se lo había dejado relativamente clarito. – ¿De verdad quieres... De verdad me... – "Quieres. A mí. Estar conmigo para siempre, casarte conmigo y que haya espino blanco en nuestra boda, hacerme un nido, sabiendo cómo soy, sabiendo el desastre que me rodea... " Y entonces notó cómo alguien le tiraba del brazo. – ¡Estáte atenta, pajarito, quiero que lo vas en primera plana! Me acabo de inventar el hechizo, pero si es bueno lo patentaremos para todos los años ¿Qué te parece? – Miró hacia atrás a Marcus y luego a su padre. En otro momento... Suspiró mentalmente. – Sí, papi... Seguro que es genial. – Volvió a mirar a Marcus. Había dicho que la besaría a medianoche ¿Sería verdad? ¿Y podría decirle entonces... O mejor se callaba, si no sabía ni ella lo que quería decir?
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CON Alice y mucha familia EN Casa de los O'Donnell Día 31 de diciembre
Su abuela le llenó la copa en seguida bajo las miradas de sus padres, que ahí no tenían ya mucho más que hacer. Desde que Violet apareciera por allí con tres botellas, y ya teniendo en cuenta no solo la presencia de los Gallia en casa sino que ya se estrenaron en Nochebuena con la hidromiel y, mismamente, el licor de espino, aquello iba a ser ya una batalla perdida. Y, ciertamente, no es que Marcus fuera a darse a la bebida, pero estaba de celebración y no pensaba ponerse muchos impedimentos a sí mismo. Ya volvería a ser el recto prefecto cuando volviera a Hogwarts, ahora estaba de fiesta y con un entorno imposible de mejorar.

Toda esa teoría estuvo estupenda hasta que se llevó el licor a los labios con demasiada seguridad y acabó tosiendo otra vez, pero se apresuró en disimular. Ese tenía más alcohol que el de Alice, fijo, aunque también era más suave. Se acercó a la chica y se quedó mirándola, embelesado una vez más, mientras le hablaba a su abuela. Estaba tontísimo esa noche... Bueno, llevaba tontísimo bastante tiempo ya, pero siempre estaba el alcohol para echarle la culpa en ese momento concreto. Sonrió aún más cuando dijo que le gustaban las cosas irlandesas, encantado y, claramente, sin captar ni las miradas de los demás ni las implicaciones de aquello. De hecho, habló como si nada. - Es verdad, se sabe un montón de leyendas chulísimas. - Que a él, por supuesto, le encantaban. De hecho, mencionó ni más ni menos que el cuento de la princesa y el espino, y entre eso y los recuerdos de cuando se lo contó...

Carraspeó un poco y miró a otra parte, cruzándose directamente con la expresión de su tía Erin, que parecía entre sorprendida y emocionada. - ¿Te acuerdas? - La vio musitar, pero lo dijo tan bajito que Alice y Violet, que hablaban con los decibelios propios de los Gallia, no la habían escuchado. Marcus se inclinó a su tía. - Es que tiene muy buena memoria. Y le gustó mucho. - Su tía sonrió, un tanto ruborizada, y se guardó un mechón de pelo tras la oreja. - Pues me sé más. - Marcus la miró con ilusión. - ¡Cuéntaselos! - Que después me los cuenta a mí. - Que seguro que le encantan. - La mujer sonrió un poco más, mirando a Alice de reojo. Su tía solía azorarse bastante ante los halagos, pero ese le había gustado.

Pero de repente Erin bajó la vista exageradamente al plato, roja como un tomate, y Marcus se extrañó. ¿Era por lo de las medusas luminosas? No pudo pensarlo mucho porque la mención a las perseidas le hizo girar la vista hacia Violet. Pero si ya con eso había empezado a ruborizarse, con lo de la risa de Marcus O'Donnell sí que se encendió del todo. Y no por saber que estaba en la lista de Alice, eso lo sabía... Sino porque lo supiera Violet. ¿Se lo había contado? Sonrió como un bobo una vez más, mirando a la chica, y esta vez fue él quien decidió sacar la cara. Y el pecho, porque se irguió orgulloso en la silla. - Ella también está en mi lista. - Contestó a Violet, pero luego giró el rostro hacia la chica. - Alice Gallia. Así, en general. - Y lo sería toda la vida.

En un segundo, mientras él aún estaba perdido mirando a Alice, sosteniendo el momento que se había creado otra vez entre ellos, William estaba de pie y su madre pidiendo una pausa que claramente no iba a llegar. Se dirigieron todos hacia el reloj, Marcus sintiendo la expectación infantil que le creaba todo lo que William hacía, porque siempre era maravilloso y perfecto. Pero antes de que se levantara, Alice llamó su atención. Se le desdibujó un poco la sonrisa y su corazón empezó a latir con fuerza, porque... ¿Le había pillado? No parecía enfadada, ¿estaba...? ¿Iba a decirle que...? Dilo. Dímelo, por favor. Se le estaba haciendo eterno. Pero ella empezó una pregunta, y él esperaba que llegara el final de esta para, por fin, de una vez, contestar con decisión, con plena seguridad de lo que sentía... Pero William se la llevó.

Se quedó como un pasmarote, de pie, viendo como si fuera un fantasma como William se llevaba a Alice de allí, como ella se giraba para mirarle, como todos parecían ser ajenos a lo que había estado a punto de pasar. Con expresión triste, viendo como la chica se centraba ya en lo que su padre explicaba, al fin reaccionó. - Sí. - Contestó al aire, casi con pena, porque ojalá y por poco: ojalá Alice estuviera a punto de decirle lo que quisiera que le dijera, y por poco él se lanzaba de una vez y se lo decía también. Pero en ese momento notó un brazo pasar por su hombro. - ¿Estás contento, cielo? - Su madre le miraba con esa sonrisa emocionada que siempre le veía cuando estaban todos juntos, a punto de despedir otro año. Marcus sonrió y asintió. - Mucho. ¿Y tú? - La mujer amplió la sonrisa. - Claro. - ¿Segura? - Preguntó con una ceja arqueada. Su madre rodó un poco los ojos y suspiró, pero sin perder la sonrisa. - De verdad. - Marcus sonrió aún más y se pegó a su madre. - Y me vendrá bien ir acostumbrándome. - La miró de nuevo y ella le respondió con una sonrisa. Ojalá. De verdad, ojalá.

- ¡¡Menos de un minuto!! ¡¡Todos atentos!! - Anunció William. Marcus y su madre se habían unido a los demás, y el chico miró a Alice y sonrió. 2001. El año entre ellos empezó fatal, con una bronca absurdísima y sin sentido, con la sensación de que empezaban a tomar caminos separados y a buscar su interés en otras personas. Ese mantra parecieron seguir todo el curso hasta que, el último día, traspasaran las barreras que les quedaran por pasar. 2001, ese año, el año en el que supo lo que era unirse con una persona de verdad, con su cuerpo y con su alma, porque su corazón gritaba Alice por todas partes. Lo había gritado con dolor todo el verano y ahora desde la más absoluta alegría. Había sido un año de altibajos, confuso, tan doloroso como maravilloso... Un año que se acababa ya. Y 2002 estaba por empezar. E iba a ser un buen año, estaba convencido.

Del reloj emergió un brillo dorado que captó su atención. Los números de este parecieron moverse, levantarse de su lugar y transformarse en un montón de estelas doradas con formas de animales que buscaban a sus dueños. Alucinado, vio como dos águilas daban vueltas a su alrededor, y también ante Alice. Sus padres tenían cada uno un águila y una serpiente entrelazadas, Lex una serpiente y un tejón y sus abuelos un águila y un león. Miró a William con admiración, y vio como miraba su propio encantamiento con una sonrisa triste, sosteniendo en la palma de su mano el águila que le representaba a él y un ser que debía tratarse de un pukwudgie, el símbolo de la casa de Janet en Ilvermorny. Junto a Dylan, un montón de animalitos, de toda la gente que les quería. La sorpresa fue ver que Violet y Erin compartían una serpiente y un león... Debería funcionar también con los amigos, y no solo con las parejas. Al fin y al cabo... Alice y él no eran... Y ambos tenían...

- ¡Empieza la cuenta atrás! - Anunció su padre, y sobre los animales fue apareciendo un contador, en brillo dorado, con el que todos fueron contando el final del año. ¡Diez! ¡Nueve! Los números iban cambiando en el aire. Miraba a Alice, agarraba la mano de su madre como cada fin de año y sentía los nervios del fin de año correr por su interior. ¡Cinco! ¡Cuatro! Todos estaban tan felices. Él estaba tan feliz. ¡Tres! ¡Dos! ¡Uno! Y se acabó. Adiós a 2001, hola a 2002. - ¡¡FELIZ AÑO NUEVO!! - Corearon todos, y aquello se convirtió en un alboroto de besos, abrazos, risas y Violet rescatando la tercera botella de champagne.

Estaban con el jolgorio propio del inicio de año pero la cabeza de Marcus iba a toda velocidad. Sí, sonreía, felicitaba el año, abrazaba y se reía, pero por dentro su cabeza gritaba “quiero un beso de Alice y lo quiero ya”. Sabía que había mucha gente, sabía que iba a tener que jugar mucho al despiste para conseguirlo. Pero también sabía que, en esa algarabía, un segundo en el que él desapareciera de la escena no lo iba a notar nadie.

Y eso hizo, buscarse la manera de desaparecer durante apenas unos segundos sin que nadie lo notara. De reojo vio las bolitas de coco que había comprado su madre sobre la mesa y el plan empezó a maquinarse en su mente. Entre risas y comentarios, hizo como que daba un paso hacia atrás, tropezando convenientemente con la mesa y golpeando, por supuesto sin querer, la fuente de bolitas. Varias de ellas cayeron al suelo, rodando por debajo de la mesa. - ¡Uy! Alice, ¿me ayudas? - Le dijo a la chica, tirando del brazo de esta y obligándola a agacharse bajo la mesa junto a él cuando la pregunta apenas estaba terminada de formular. Segundos, solo necesitaba segundos. Tan pronto se vio en cuclillas en el suelo, agarró una de las bolitas de por allí y, sin dejar mucho tiempo a la reacción, besó los labios de la chica. Rápido, no con todo lo que a él le gustaría deleitarse, pero lo suficientemente satisfactorio. Porque decían que tenías que besar a la persona que querías en Nochevieja, y vaya si él quería a Alice. No iba a quedarse tranquilo hasta que no se llevara ese beso, aunque no llegara a decirle con él todo lo que le podía decir. Porque era su primera Nochevieja juntos, no quería pensarlo pero perfectamente podría ser la última si cada uno acababa siguiendo su camino, y lo más importante, era la Nochevieja en la que más consciente era de lo que sentía por ella.

- Feliz 2002. - Dijo arqueando las cejas, con expresión satisfecha, tan pronto separó sus labios de los de ella. Agarró otra bolita del suelo, guiñó un ojo a la chica y se puso rápidamente de pie, dejando las bolitas a un lado y apartándose de allí con una sonrisa de oreja a oreja y disimulando, metiéndose en el tumulto de gente de nuevo. Apenas llevaba un par de risas cuando notó una firme mano en su hombro que le hizo encogerse automáticamente, y al girar el cuello para ver quien era, le vio. Quién iba a ser. Ese gesto, esa sonrisa tan característica. Si no era William, no era nadie. Y ahí le traicionó la mala conciencia, que estuvo apunto de hacerle la sonrisa desaparecer, pero esta solo tembló un poquito mientras tragaba saliva. El hombre le estaba mirando, en cambio, con su sonrisa imperturbable, sin quitar la mano de su hombro. Inclinó el cuello un poco hacia él, con una ceja arqueada, y le dijo bajito. - Ese truco es malísimo. -
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CON Marcus y mucha familia EN Casa de los O'Donnell Día 31 de diciembre
Y, de repente, todo iba a toda prisa. Todos estaban cercadle reloj, y ella lo que quería era darse la vuelta e ir corriendo hacia Marcus. Y entonces, el hechizo de su padre les rodeó a todos. Ella distinguió cómo dos águilas de polvo dorado la rodeaban. Le hizo sonreír con ternura, como siempre con la inventiva de su padre. Le miró para felicitarle, y entonces lo vio, envuelto en el águila y el Pukwudgie. Eso le anegó los ojos en lágrimas. Un año más sin ella. Cada vez se alejaba más de su último abrazo, de sus últimas palabras, cada vez sería un recuerdo más difuso en la memoria de Dylan. Y cada vez, se acercaba más también a la edad de su madre cuando tomó la decisión más importante de su vida, en la que fue más valiente que nadie que ella hubiera conocido. Que lo dejó todo por amor. Miró a aquel pukwudgie y sonrió. – Seguiremos viviendo por ti, mamá. – Murmuró. Y justo entonces el reloj dio las doce. Sí, llegaba 2002, y ella seguiría su camino, tal como le prometió a Janet.

Con una sonrisa, abrió los brazos para recibir a su padre y su hermano. – Feliz año, mis polluelos. – Ella se apoyó en el pecho de William y acarició los rizos de Dylan. – Feliz año, mis chicos. – Se soltó y fue dando abrazos y besos por doquier, buscando a Marcus como un perrillo desorientado, cuando dio con él, y directamente, se chocó con la mesa y tiraron las bolitas de coco. – ¡Ay, perdón! – Dijo aturullada. Pero, de repente, bajo la mesa, Marcus la besó. Le dio el tiempo justo para poner una mano en su mejilla y separarse rápidamente. – Feliz 2002. – Contestó, anonadada. Aquel mosquita muerta de prefecto había ideado todo eso para cumplir lo que le había dicho horas antes de besarla a media noche. Tardó aún unos segundos en recomponerse, tirada bajo la mesa con dos bolitas de coco en la mano y cara de estúpida. – ¡Alice! ¿Qué haces? – Ay, Dios, la señora O'Donnell. Se levantó de golpe y se dio con la cabeza en la mesa, lo cual le hizo cerrar los ojos, en parte para apaciguar el dolor, y en parte por vergüenza. Se levantó y la miró con sinceridad. – El idiota. Discúlpeme, señora O'Donnell. Feliz 2002. – Emma Negó con la cabeza y esa sonrisa tan suya y le dio un beso en la mejilla. – Igualmente ¿Te has hecho daño? – Ella se frotó la parte de atrás de la cabeza por encima del pelo. – Sobreviviré. – "En cuanto beba otra copita de licor y mate este dolor".

Justo entonces aparecieron su padre y Marcus. No pudo evitar mirarle como una boba, totalmente sonrojada y una sonrisita. –¿Qué te ha pasado, cariño? – Se encogió de hombros y negó con la cabeza. – Nada que... Estaba... ¡Oye, qué fuegos más bonitos! – Se giró a Emma y dijo. – Gracias por dejarle hacerlos. – Ella alzó las cejas y se encogió de hombros, sin quitar la sonrisa. – Bueno, tu padre no necesita permisos. Ya estaba yo por si había que apagar el fuego. – William puso cara de niño al que han regañado por quinta vez. – ¡Oye! Fue una vez, era joven, aún no controlaba de hechizos. Además estos fuegos han sido chiquititos y controlados. – Dijo tornando su expresión a la de niño bueno. – ¿Has visto a William? – Notó las miradas de Emma y Marcus sobre su padre y luego sobre ella, como si su padre hubiera perdido definitivamente el juicio y ella les miró astutamente. – Se refiere al Pukwudgie. Era el símbolo de la casa de mamá. El Pukwudgie se llamaba William también y a mamá le encamaba contarlo porque... Bueno... La mujer que le encontró, viajó de Irlanda a América huyendo de su familia. – Su padre la miró emocionado también. – Pero fue ella la que le acabó salvando la vida al Pukwudgie, y él se quedó a su lado para siempre cumpliendo su deuda con ella. – Gal puso también una sonrisa triste. – Isolt le liberó ¿Recuerdas? Hasta William acabó siendo libre... – Y allí se quedaron los cuatro, en silencio, como si aún sintieran la presencia de Janet y sus cuentos entre ellos. – A mí me lo contó en su día. – Dijo Emma de repente. Ambos se giraron extrañados. Ella se rio un poco y se cruzó de brazos. – Cuando acababais de llegar, le dije... Que si no sentía que era demasiado joven para... – Se dio cuenta de que Emma se estaba mordiendo la lengua y dijo. – Para tenerme a mí. No se preocupe, Marcus lo sabe y a mí no me avergüenza. – Emma rio un poco más y sacudió la cabeza. – Yo no lo sabía en ese momento. Alguien había omitido esa información. – Dijo dirigiendo los ojos a su padre, que a su vez los rodó para otro lado con una sonrisa inocentona. – No, yo pensaba que era un poco joven para saber lo que quería con tanta claridad. Y entonces me contó la historia, como si eso lo explicara todo y le diera sentido a lo que estaba pasando. Así era Janet. Y al final solía tener razón. – Los ojos se le humedecieron y a su padre también. Y entonces su padre cruzó por delante de ella e hizo lo que nunca le había visto a hacer: abrazar a Emma. Ella se quedó bloqueada, pero a los pocos segundos, le devolvió el abrazo. – Lo sé. – Le dijo simplemente, sin que su padre dijera nada. – Era demasiado buena para este mundo. Es normal echarla de menos. – Y estaba segura de que, por un momento, su padre se haba sentido más comprendido que nunca.

Con el momento tan intenso que acababan de tener, no haba podido casi ni mirar a Marcus, y estaba intentando componerse mentalmente, cuando su padre tomó su mano. – ¡Eh! Hicimos un pacto, pajarito. Me debes el primer baile. – Marcus la miró y se vio en la obligación de explicarlo rápidamente, mientras su padre la arrastraba al centro de la habitación. – Me hizo prometerle, cuando tenía cinco años, que siempre sería el primer hombre con el que bailara, para que le diera tiempo a evaluar al resto de candidatos... – Pero ya no pudo decir nada más, porque estaban en el centro del salón, bailando al son de una música que no sabía ni de dónde había salido. Siempre le había gustado bailar con su padre, porque era tan grandote en comparación con ella que se sentáis segura. – Haces muchas cosas que hacha ella ¿Sabes? – Levantó los ojos y le miró. Estaba sonriendo y parecía que estaba en el plano que tenía que estar. – Lo de contar historias... Lo de cuidar de nosotros... Y hoy te he visto hacer una cosa... Le has puesto así las manos a Marcus. – Y cogió las manos de Gal y las puso sobre su pecho. Eso la hizo reír. – Bueno, no sé, lo hago inconscientemente... – Volvieron a poner las manos en su sitio para bailar. – Tu madre lo hizo el primer día que salimos, en Monument Valley. Yo me sentía el tío más dichoso del mundo porque se acercara así a mí. Y te veo dichosa a ti. – Gal se rio y entornó los ojos. – ¿No estarás tratando hacerme confesar, verdad, papá? – El se rio y le hizo dar una vuelta sobre sí mismo. – No me hace falta. Lo sé, lo he sabido siempre. – Y sin previo aviso tiró de ella hacia un extremo y juntó su mano con la de Marcus, que estaba justo ahí. – Evaluados todos los candidatos, te considero el más adecuado para sacar a bailar a mi hija, prefecto O'Donnell. – Se puso, riéndose, de brazos cruzados al lado de Emma. – Cosas que uno nunca pensó que diría y aquí está.
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CON Alice y mucha familia EN Casa de los O'Donnell Día 31 de diciembre
Pues malísimo o no, pero a él le había salido lo que quería. Pero claro, no iba a decirle eso al padre de la chica a la que acababa de besar clandestinamente debajo de una mesa, así que solo sonrió un tanto ruborizado y apartó la mirada, pero William no parecía ni mucho menos ni incómodo ni enfadado. Un ruido les alertó a ambos, que giraron la mirada y vieron a Alice salir con dificultad de debajo de la mesa y golpearse con ella. Tuvo que fruncir los labios para aguantarse la risa, al fin y al cabo su madre ya le estaba preguntando si estaba bien y parecía que sí. Y estaba demasiado contento como para que no le hiciera reír absolutamente todo.

Su madre y William empezaron a hablar de una anécdota que Marcus no estaba entendiendo, así que miró a Alice con el ceño fruncido y una sonrisita, buscando si la chica sabía algo, pero parecía que estaban los dos en las mismas. Aunque se giró de nuevo al hombre cuando preguntó si habían visto a William. ¿Había oído bien? Aunque ahí sí tenía la chica una explicación, menos mal. Marcus les miró asombrado a uno y al otro. - ¿En serio? - Qué coincidencia... Y qué triste no tener a Janet allí. Por un momento lo imaginó, la imaginó allí con su dulzura y su eterna sonrisa, imaginó qué le diría de esa relación que tenía con Alice y de la que todo el mundo parecía querer opinar últimamente. Estaba convencido de que solo diría cosas buenas... Si hasta él la echaba de menos, que apenas coincidieron, no quería ni imaginarse como estarían su marido y sus hijos.

Y su madre debió pensar lo mismo que él, porque empezó a narrar un momento con Janet y Marcus, que conocía demasiado bien a Emma, notó la ternura en cómo lo contaba, notó que desearía que estuviera allí con ellos. Y William también debió notarlo, porque para su asombro y el de su propia hija, se abrazó a la mujer. Marcus miró a Alice de reojo, pero solo un instante, porque tuvo que agachar la cabeza y tragar saliva. Demasiadas emociones juntas, demasiado intenso el fin de año y... Un poquito de alcohol, sí, pero el caso era que se le habían saltado las lágrimas de golpe y no quería ni llorar ni que nadie le viera así de triste cuando hacía medio segundo estaba contentísimo. Así que simplemente agachó la cabeza y se frotó un poco los ojos, recomponiéndose automáticamente con una larga respiración.

Al alzar la mirada de nuevo vio como William estaba más recompuesto y llevándose a Alice a rastras. Tras la leve sorpresa inicial, simplemente rio un poco y la vio alejarse, mirándola como un pasmarote (otra vez) mientras bailaba con William. Y fue ahí, mientras la miraba con una sonrisa y las manos en los bolsillos, cuando le atacó un recuerdo.

- Qué curiosillo eres.
- Sí, mucho. Porque voy a entrar en Ravenclaw y los Ravenclaw son curiosos.
- ¿Pues sabes qué? Yo tengo una niña, de tu edad.
- ¿¿Sí?? ¿Cómo se llama?
- Alice
- ¿Y por qué no viene aquí contigo?
- Créeme, mejor que no la traiga mucho por aquí o este desorden será triple desorden.
- Yo soy muy ordenado, ¿quiere que le ordene algo?
- No, gracias Marcus, eres muy amable. ¿Sabes? Creo que mi niña y tú os vais a llevar muy bien.
- ¿Por qué? Si es desordenada, yo soy ordenado.
- Pero los dos vais a entrar en Ravenclaw.
- Aahh. Pues entonces sí, me haré su amigo.

Mejor dejaba de pensar o se iba a echar a llorar de verdad, porque estaba ilógicamente emocional esa noche. Respiró hondo de nuevo y se giró, encontrándose a quien iba a buscar, que de hecho le estaba mirando. Se acercó a ella con una sonrisa. - ¿Y usted, Señora O'Donnell? ¿Me concedería a mí este baile? - Su madre se rio, negando con la cabeza. - Ay, Marcus... - ¿Qué? - Comentó con una sonrisa galante. - ¿No puedo sacar a mi querida madre a bailar? - Puedes, y me encantaría. - Contestó halagada, pero hizo un gesto de la cabeza y señaló tras él. - Pero creo que tienes una oferta mejor. - Se giró y justo vio acercarse a William, tirando de Alice hacia él, y antes de poner reaccionar había juntado sus manos. Se quedó un tanto descuadrado hasta que el hombre habló de nuevo. Instintivamente miró a su madre, pero esta sonrió y, asintiendo con la cabeza, pareció decirle que fuera, que era con Alice con quien debía bailar, no con ella. De verdad, iba a llorar, no podía ser eso. Tragó saliva y sonrió, muy en su papel formal de "prefecto O'Donnell" como William le había llamado, asintiendo. Pero el hombre ya se había ido y estaba hablando con su madre.

Ahí estaban, los dos, bailando juntos. Agachó un poco la cabeza con una sonrisa fruncida, con el corazón latiendo más rápido de lo normal. - Como inicio de año no está mal. - Comentó para ellos... y vaya tontería de comentario. ¿En serio, Marcus? ¿No se te ocurre nada mejor? Se le había ido la elocuencia a otra parte, ahora solo podía ruborizarse como un idiota y esquivar la mirada de la chica con timidez. Tomó un poco de aire y, al soltarlo, salió en forma de risa muda, con toda esa euforia que tenía contenida, todas esas emociones... Todos esos sentimientos que debería estar diciéndole y no lo hacía. Así que simplemente juntó su frente a la de ella, como hacían siempre, justo lo que necesitaba para sentirse mejor, para relajarse, para sentir que estaba donde tenía que estar y nada más importaba, ni siquiera sus propias ideas. Solo nosotros. Pasó así unos instantes, con los ojos cerrados, en silencio, bailando con ella. Hasta que los abrió y, con una sonrisa, se mojó los labios antes de hablar en un tono solo para ellos. - Estaría muy bien... Poder besarte ahora. - Le apetecía más que cualquier cosa en el mundo. Despegó su frente de la de ella para verla mejor, ladeó una sonrisa y se encogió de un hombro. - Pero me conformo con el beso de antes, por el momento. Al menos ha sido a media noche. -
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Cinco minutos más, para la cuenta atrás
CON Marcus y mucha familia EN Casa de los O'Donnell Día 31 de diciembre
Gal era de pensamiento rápido, y su tata también, pero William las superaba a ambas. Antes de que se pudiera dar cuenta, estaba de la mano de Marcus, e intentó preguntarle a su padre qué demonios estaba pensando, pero Marcus era rápido también, y si encima se le ponían protocolarios, él tenía que asumir su postura en el entuerto. Y para qué negarlo, ella estaba extasiada con él. – Me encanta cuando te pones a ejercer de caballero andante. – Le dijo con una sonrisa mientras empezaban a bailar. Se perdía en la firmeza con la que la agarraba de la cintura, lo cerca que estaban, esa sonrisa boba que se había quedado en la cara de Marcus permanentemente y que le parecía absolutamente adorable.

Se separó un poco para mirarle cuando dijo lo del comienzo de año y amplió la sonrisa. – Y que lo digas. Si me hacen jurar que el perfecto prefecto O'Donnell tenía un plan para besar clandestinamente a un chica en Nochevieja con las dos familias aquí, me hubiera reído en la cara de quien me lo dijera. – Y sin embargo allí estaban, el uno en brazos del otro, bailando, olvidándose del mundo. Inhaló cuando Marcus le dijo que estaría bien besarse y asintió con la cabeza. – Ya ves que sí. – Y disfrutó del contacto de sus frentes, siendo simplemente ellos, como eran siempre. – Bueno, yo no me conformo. Me ha sabido a poco el beso, me ha sabido a poco darte la mano debajo de la mesa... – Abrió los ojos y le miró, separándose mínimamente. – Yo siempre quiero más de Marcus O'Donnell. Pero ya encontraremos el momento. Hay muchísima gente aquí, no puede ser que todo el tiempo estén pendientes de lo que hacemos o de lo que no. – Dio una vuelta sobre sí misma bajo el brazo de Marcus y aprovechó el momento de volver a la postura inicial para pegarse más aún a él. Sonrió y le miró con los párpados caídos. – Siempre volvemos a aquella noche de la Provenza. Con un vestido azul, bailando, con toda la familia al rededor y al quite... – Se inclinó un poco hasta su oído y susurró. – Y aquella noche logramos escaparnos... – Le miró con una ceja alzada. – Todo es buscar el momento... Si eso es lo que quieres. Escaparte conmigo. – Terminó diciendo lentamente las palabras pero con un tono muy dulce y poniendo una sonrisilla. Inconscientemente, había vuelto a poner las manos en el pecho de Marcus y se rio, mirándoselas. – Mi padre me ha dicho antes que esto mismo lo hacía mi madre con él... – Negó con la cabeza riéndose. – Va a ser verdad que soy igual que ella, incluso en lo que hago sin darme cuenta.

Pero de momento estaban allí y ya irrumpió por allí su tía Violet tirando de la mano de Erin, y metiendo los brazos entre los dos. – Bueno, bueno, que corra el aire, que como os pille la prefecta Horner vais a ver... Se toma muy en serio lo de los seis centímetros. – Gal se separó pero mantuvo la mano de Marcus en la suya, mirando a su tía con el ceño fruncido. – ¿Cómo dices? – Erin, que estaba rojísima y con la risa floja levantó el dedo índice. – "¡No te quiero ver a menos de seis centímetros de ningún chico, de ninguna casa, que no sea tu hermano William... Y a cada centímetro de menos que te acerques... cinco puntos menos. – Terminó Vivi imitando el tono de Emma. Gal se tapó la boca tratando de controlar la risa. – Conmigo no contaba... – Dijo Erin con un tono culpable y una risilla. Eso le hizo reír más a Gal y su tía se dio cuenta y tiró aún más de la pelirroja. – ¡Bueno, que ya ha pasado la medianoche! Ahora empieza la fiesta de verdad. – Se fue hacia el gramófono y puso música mucho más movida, más parecida también a la de la Feria de San Lorenzo. Los abuelos se acercaron y dijeron. – Os vamos a dejar a los jóvenes con la fiesta, que ya es tardísimo para los abuelos. – Gal puso cara de pena. – ¡No! No me digas eso, abuela ¡Que ahora empieza lo bueno! – ¡Uy, ya tuvimos de eso nosotros de jóvenes! Ahora es vuestro turno. – Larry se acercó y le dio un beso en la mejilla y posó la mano en el hombro de Marcus. – Pero eso sí, mañana al mediodía quiero a mis alquimistas en mi laboratorio como un clavo. Erin, hija ¿Nos vamos? – La nombrada tenía pinta de acabar de caerse en el mundo, o más bien, de acabar de caerse bajo el brazo de Vivi. – Sí... Eh... Yo me voy a quedar un rato porque... – Señaló a Vivi primero y luego a toda la habitación, entornando los ojos. – Hay una fiesta. – Hasta los abuelos tuvieron que reprimir una risa. – Por cierto, papá... Que he pensado que... Si os parece bien, Vivi puede quedarse esta noche con nosotros. Así no tienen tanto lío aquí. – Larry la miró de arriba abajo con una sonrisa y alzó las cejas. – Pues... Estaría bueno que con cuarenta y tres años que tienes, hija, te fuera a decir yo que no. Evidentemente que eres bien recibida en casa, Vivi, tienes la antigua habitación de Arnold para ti. Lleguéis a la hora que lleguéis. – Su tía se apoyó aún más en Erin y asintió, alzando la copa. – ¡Gracias, Larry! Me encanta esa habitación. – Ella sola abrió y se giró a mirar a Emma, diciéndole en voz más baja.  – Es broma. Nunca he estado ahí. Bueno, sí. Pero sin Arnold dentro. Todo bien. – Ahí ya no pudo controlarse la risa y apoyó la cabeza en el hombro de Marcus, después de coger las copas de ambos de la mesa y pasárselas. – Son menos de seis centímetros, pero yo creo que esta noche se están saltando muchas normas.
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CON Alice y mucha familia EN Casa de los O'Donnell Día 31 de diciembre
Rio un poco, inclinando la cabeza hacia atrás. - Es que soy un caballero andante. Aunque no se si estoy contento con esa degradación de príncipe a caballero. - Bromeó, sin dejar de sonreír, sin dejar de bailar con ella. Sin dejar de disfrutar de aquello. ¿Dónde tenía que firmar para hacerlo eterno? Continuando con el tono bromista, arqueó una ceja. - ¿Insinúas que mi plan no ha sido perfecto? - Según William había sido "un truco malísimo", pero él se había llevado el beso igual... Y al fin y al cabo, era SU truco, ¿no le había dicho algo de eso esa misma tarde? Aunque comparado con lo que hacía él con el encantamiento del pajarito, se quedaba bastante a la altura del betún.

Se mojó los labios y entrecerró los ojos con una sonrisilla ladeada mientras la escuchaba, notando un cosquilleo mientras clavaba los ojos en ella. Tras soltar una fugaz y muda risa entre los labios, se inclinó hacia ella y susurró en su oído. - ¿Me estás pidiendo que me escape contigo? - Porque era un sí rotundo, ya se buscaría las mañas para hacerlo. Recordó la noche de la Provenza que le pidió escaparse al desván, lo histérico que estaba. No sabía que el truco estaba en haber pasado ya la barrera y en aliñar esa experiencia previa y seguridad en sí mismo con un poquito de alcohol. Si al final iba a tener William razón y la cosa iba de trucos. Se movió ligeramente de allí para rozar levemente su nariz con la de ella y susurró. - Marcus O'Donnell siempre quiere más de Alice Gallia. - Y mejor se contenía porque allí había mucha gente y su cabeza empezaba a creerse demasiado eso de que era como si estuvieran solos. "Como si", pero no lo estaban. Sus padres estaban bastante cerca, de hecho.

La miró con una sonrisa y colocó sus manos sobre las de ella, en su pecho. - Pues a mí me encanta. - Y cada vez entendía más a William, por desgracia. Pero alguien metió los brazos por medio y tuvo que dar pasos para atrás. Pero solo ver la risa descontrolada que lucía su tía Erin le hizo reírse a él también. No recordaba haberla visto nunca así. Y cuando esta empezó a imitar a su madre, seguida de Violet, se llevó una mano a la boca, con apuro sorprendido, y volvió la vista hacia Emma para comprobar que no había oído aquello. Y luego se echó a reír. - Que no os escuche, por favor. - Dijo entre risas. Porque aunque su madre le había dicho que se lo estaba pasando bien, mejor no tentar a la suerte. A ver si iba a ser verdad eso de los seis centímetros, que él con Alice ya había acortado esa distancia demasiadas veces en tan solo esa noche.

Cuando se acercaron sus abuelos para decir que se iban, Marcus esbozó un puchero. - Nooo quedaros. No son ni las una. - ¿Y te parece poco? A estas horas en condiciones normales yo ya llevaría cinco horas durmiendo. - Marcus no desdibujó la expresión penosa, pero al parecer la decisión estaba ya tomada. Asintió con decisión a lo de que quería verles allí como un clavo, porque Marcus estaba tan entusiasmado en ese momento que se veía capar de encadenar con el día siguiente si hacía falta y estar a tope para hacer todos los experimentos en el taller que fueran necesarios... A ver si pensaba lo mismo cuando se levantara, que ya de la Nochebuena se despertó medio tonto. Claro que durmió poquísimo y agotadísimo... Aunque también bebió bastante menos...

Miró a su tía, con esas habilidades que tenía para expresarse, diciendo que "se iba a quedar porque había una fiesta". Frunció los labios porque era una estampa muy graciosa. - ¡Di que sí, tía! La noche es joven, y tú también. - ¿Insinúas que nosotros somos unos viejos, muchacho? - Acabas de decir que te acuestas a las ocho de la tarde, abuelo. - Hubo algunas risas, la de su abuela incluida, y la de Violet por supuesto, hasta que Lawrence despachó con un gesto de la mano. - Me voy antes de que me arrepienta de haberte invitado al taller. - Rio, por ese comentario y por la bromita estilo Violet que había provocado otro cruce de miradas entre ella y su madre. No estaba acostumbrado a verlas juntas y, se pusiera su padre como se pusiera, ahí había una tensión que hasta pesaba. Pero estaba demasiado animado.

Miró de reojo a Alice con una sonrisilla cuando se apoyó en su hombro. - ¿Ah, sí? ¿Cómo cuales? - Preguntó tentador. - Como esta. - Respondió una voz a su lado, no la de Alice, sino la de Violet. Estaba alzando triunfalmente la botella de licor de espino que había traído su abuela, la cual aún seguía casi entera. - Mi queridísima Molly parece habérsela dejado aquí olvidada. Seguramente sin querer. - Su tía Erin se echó a reír, tapándose la boca con una mano. De verdad que nunca la había visto reírse tanto. - Pues yo quiero un poquito. - William había aparecido por allí, y estaba buscando a su padre con la mirada, que acababa de aparecer de nuevo por el salón después de despedir a sus abuelos en la puerta. - Y dadme el embudo, que el desapego de Arnold O'Donnell por su patria se acaba esta noche. - A mí no me líes, que nos conocemos. - Advirtió su padre, pero le estaba viendo la sonrisilla escondida. Marcus recuperó de por allí su copa y la de Alice, al fin y al cabo no estaban muy lejos. - Venga, papá, ¿me vas a decir que tu hijo va a beber más licor de espino que tú? - Uuuh ahí te ha pillado, Arnie. - Eso tiene fácil solución. - Replicó su padre con una ceja arqueada, ignorando el comentario de Violet. - Sí que la tiene. - Insistió William, que ya le estaba rellenando una copa. - Venga. La vas a necesitar para cantar ese villancico. - ¡No voy a cantar el villancico, William! - No vas a cantarlo sobrio. Va, Arnie, no te hagas de rogar. Ya sabes que no sirve para nada. -
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CON Marcus y mucha familia EN Casa de los O'Donnell Día 31 de diciembre
Se rio de lo del truco y negó con la cabeza. – Ha sido perfecto. Lo has hecho tú. – Sí, Marcus el perfecto prefecto. Quizá demasiado para ella, pero era para ella para quien había roto un poquito las normas, era a ella a quien tenía en sus brazos ahora.  Soltó un suspiro y rozó su nariz con la de él, sonriendo y bajando los párpados. – Sí. Exactamente lo que te estoy pidiendo. Pero esto mejor déjalo en mis manos... Que es una travesura demasiado grande para el prefecto O'Donnell. – Terminó con una risita, antes de que llegara su tía y el huracán que traía con ella.

Por supuesto, la tata había localizado la botella de alcohol más fuerte de la habitación y ya estaba repartiendo. Su tía era muy de desfasar, la había visto volverse loquísima con los Sorel en Saint-Tropez, y todo el mundo la quería en las fiestas, pero ahora, además, la veía feliz. Así, como estaba ella, que se limitó a reírse sin parar cuando apareció su padre en escena. Miró a Arnold y aderezó la escena al estilo Gallia. – ¡Uhhhhh, señor O'Donnell! Le van a meter Irlanda en las venas literalmente. O se arranca con el gaélico o va a acabar usted con la botella de licor de espino. – Arnold la miró, dejando la copa a la mitad y dijo. – No me tire de la lengua, señorita n... – Gal abrió mucho los ojos pero no perdió la sonrisa, mordiéndose el labio. – Señorita Gallia ¿Ves, William? Si ya ni sé lo que digo. – La tata le pasó el brazo por los hombros y le empujó suavemente la copa para arriba. – Pero aún no estás cantando, Arnie, venga, dale.¿Vas a obligarme a ir a por la regla, Violet? – Gal se tapó la boca y sacudió la mano mientras volvía a decir. – Uh... A alguien la van a quitar puntos... – Arnold se terminó la copa y salió de debajo del brazo de la mujer rápidamente. – No, no, para nada, cariño. Si es que quieren que cante... – Rio un poquito. – Gallias. – Erin hizo una pedorreta y se rio. – ¡No es cosa de los Gallia! Llevo queriendo oír ese villancico desde que supe de su existencia.

Gal tuvo que sentarse de la risa que le estaba dando solo de ver a sus mayores comportarse como cuando tenían su edad. Reparó ten Lex, que estaba a su lado, cabizbajo. – Eh. – Dijo deslizando el codo por la mesa. – ¿Aún estás enfadado por lo de Darren que ha dicho tu hermano? – El chico le respondió torciendo la boca con cara de asco. – Sí, claro. – Contestó sarcástico. – Si mi hermano no para de hablar, si me tengo que enfadar por todo lo que dice... – Gal chasqueó la lengua y volvió a darle un poquito con el codo. – Venga, no seas enfadón. – Lex la miró con la exacta misma expresión de Emma. – No tan enfadón. Es Nochevieja. Antes hemos ganado a Marcus y Erin con la fuerza de nuestro ingenio, y tú has empezado dejándolo en evidencia cuando estábamos hablando de lo de la profecía. – El chico torció el gesto. – ¿Es verdad? Lo que os dijo la adivina. – Gal torció la sonrisa y se encogió de hombros. – No tengo ni idea. Ni ella tampoco. Nadie conoce el futuro. Ni siquiera tú, que lees las mentes. – Lex torció un poco la cabeza. – Sé que no te gustan las jaulas... – La miró significativamente. – Marcus nunca te haría eso. – Gal asintió con una sonrisa más serena. – Lo sé. – Para disipar un poco la tensión, echó licor en la copa delante de Lex. – Venga, antes de que nos vea tu madre. – Y justo entonces notó a alguien detrás. Se giró tensa, pero eran Marcus y Dylan. – ¡Menos mal, solo es el prefecto O'Donnell! Venga bebe antes de que nos pillen. – Lex dio un traguito y puso cara de asco. – ¡Vaya mierda es esto! Creo que si estar de fiesta con vosotros incluye beber esto, paso. – Dylan le pasó la libreta preguntándole si quería probar su nuevo juego. – Mira sí. – Contestó Lex, y se fueron a la otra punta de la mesa. Gal suspiró y apoyó la cabeza en Marcus, y levantándola para mirarle, detrás de su silla. – Vamos a tener que ponerle la regla de los cinco minutos a tu hermano también. Es definitivamente un puercoespín.

Justo en ese momento, cayó su tía Vivi en la silla de enfrente. – No, no, no, prefecta Horner, por favor. Yo respeto los seis centímetros con todo el mundo. – Gal frunció el ceño y se rio. – ¿Alguien me puede explicar lo de los seis centímetros? – Emma se cruzó de brazos y dijo. – No creo que sea adecuado contárselo a su sobrina. – Vivi se giró, ya más coloradita a mirarla. – Me pilló liándome con uno de quinto.¡Cuando estabas en tercero! – Vivi movió la mano en el aire. – Eso también. Así que estableció que no me podía acercar a ningún CHICO. – Hizo hincapié en la palabra y oyó de fondo las risas de su padre y Erin. – Y lo de los puntos que te he dicho antes. No, pero cuéntaselo todo. – Dijo Emma con un tono que ya supo interpretar como de fingida ofensa. Su tía se encogió de hombros mientras le rellenaba la copa a Arnold pero echando el tronco para atrás, como demostrando que había más de seis centímetros. – El caso es que como a mí todo eso de los puntos y la copa me daba igual, pues me amenazó con colgarme de los pulgares en las mazmorras ¿Y ves tú? Ahí ya me lo empecé a tomar más en serio. – Gal estaba que no podía parar de reírse. – Porque Hogwarts "Es un templo del saber y el conocimiento mágico de siglos de antigüedad, no un picadero" – Recitó Vivi, de nuevo imitando a Emma. Lo peor es que probablemente fuera literal. – Me alegro que, de todo lo que tu sobrina podía heredar de ti, tu capacidad de memorizar mis frases importantes, sea lo que se quedó. – Su tía soltó una risa profunda. – También memoriza otras cosas que yo le he enseñado, pero aquí delante tuyo no las va a repetir, o más bien a demostrar... – Gal se puso roja como un tomate y agachó la cabeza todo lo que pudo. Arnold intervino, una vez más en su salvación – Yo intenté imponérselo a William, pero no me hizo el menor caso. – Su padre extendió los brazos a ambos lados. – Ay, Arnie, decías muchas cosas. Si me tenía que quedar con todas...Con la de los seis centímetros, seguro que no. – La chica se echó hacia delante abriendo mucho los ojos. – ¿Que también tenías novias en Hogwarts, papá? – Arnold chistó y movió el índice negando. – No. Tu padre solo tuvo una novia en su vida y se casó con ella. Las otras fueron – hizo las comillas con los dedos – "amigas". Que se acercaban a menos de seis centímetros siempre. – Tuvo que morderse los labios por dentro para aguantarse la risa. Pero su padre tenía cara de estar pensando en algo. Eso se iba a poner más interesante si cabía.
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CON Alice y mucha familia EN Casa de los O'Donnell Día 31 de diciembre
Se estaba tapando la boca con una mano mientras observaba, aguantándose como podía la risa, ese momentazo de William intentando emborrachar a su padre, y a Violet y Alice entrando en el juego... A esta última, por cierto, su padre parecía haber estado a punto de llamarla... ¿Cómo? Meh, un lapsus, no era propio de su padre pero andaría contentillo ya. Como él. Él no estaba contentillo, de hecho, estaba contentísimo. Y más que lo iba a estar porque acababa de darle otro sorbo al licor, que Violet ya había conseguido que tuviera la copa llena.

Giró la vista a la interacción entre su madre y Violet con los ojos muy abiertos, pero en cuanto Alice dijo "uh" él coreó con otro "uuuh". Porque sí, porque era divertido y porque nunca había tenido oportunidad de meterse con su madre, tan impertérrita y perfecta siempre. En lo que se aguantaba la risa viendo a su padre justificarse de esa forma tan torpe, notó un tirón en su manga. Al bajar la mirada, una libreta con un mensaje escrito en gigante, como si lo estuviera gritando. "Consigue que me dejen quedarme". Vaya con Dylan, se lo pensaba mucho a la hora de dar órdenes. Marcus miró a su alrededor y se agachó un poco para decírselo solo a él. - No sé si eso es competencia mía, colega. - Tú consigues todo lo que quieres. - Marcus le miró con sorpresa, ladeando la cabeza. El niño se encogió de hombros con una sonrisita de suficiencia. - Ya es otro día, puedo reanudar mis cinco minutos. - Y ahí vio Marcus su oportunidad de oro. Entrecerró los ojos con una sonrisilla astuta y se acuclilló para estar con el rostro a la altura del otro. - ¿Sabes que tienes cinco minutos... Pero que tu hermana no dijo en ningún momento que tuvieran que ser seguidos, verdad? - Dylan frunció el ceño con interés y otra sonrisita de astucia. Parecían dos mafiosos venidos a menos trazando una maldad. - Haz que sean diez, por ser un día especial, y úsalos sabiamente. Y yo haré que te dejen quedarte toda la fiesta... Pues eso, por ser un día especial. - El chico amplió la sonrisa y fue a escribir, pero Marcus le cogió la mano. - Ah ah ah, no quiero pruebas que me incriminen. - Dylan achicó un poco los ojos pero al final se acercó a él y le dijo bajito. - Hecho. -

Se acercó junto a Dylan hacia donde estaban Alice y Lex y la escuchó decir que "menos mal, solo era el Prefecto O'Donnell". Abrió la boca con una muy sutil expresión indignada y, tras el numerito de su hermano bebiendo (porque claro, él tenía superadísimo eso ya), dijo. - Disculpa. - Dylan se había llevado las manos a la boca para tratar de esconder una risita traviesa. - Creo que subestimas hasta donde soy capaz de llegar. - Ohj, Dios, me voy. - Lex y su tolerancia hacia cualquier tipo de comentario. Los dos chicos se fueron y Marcus miró a Alice desde arriba cuando ella se le apoyó de esa forma tan adorable. Rodó los ojos. - ¿Cinco? Qué tortura. Yo creo que con dos es suficiente. -

Violet había vuelto a aterrizar allí, atrayendo consigo a todos los demás, y de nuevo la bromita de los seis centímetros. Se quedó mirando divertido y con curiosidad a los mayores explicarse y por un momento casi se muere de imaginarse vivir esa escena, ¡su madre pillando a Violet liándose con un chico cuando ejercía de prefecta! Le dio por reír, porque tenía mucha gracia, tanto la anécdota, como ese tono de su madre que estaba más cerca de la broma que de la ofensa real, como ver a Violet sin querer acercarse menos de seis centímetros de su padre. Aunque lo de los pulgares en la mazmorra le hizo aspirar una sorpresa y mirar a su madre. - ¡Mamá! - ¿A que sí? Yo era un prefecto de la vía dialéctica. - Concordó su padre, que claramente acababa de dar un trago a la copa para atreverse a eso. Su madre ladeó la cabeza con esa sonrisa que ponía tantas veces. - ¿Y te funcionaba siempre? - Preguntó con un tono más helado, y Marcus detectó como había girado ligeramente la mirada hacia William, el cual estaba convenientemente distraído y aprovechó para cambiarse de sitio.

Aunque lo que le sorprendió sobremanera fue la frase. - ¡Eh eso también lo dijo yo! - Lo del templo del saber, lo del picadero... Bueno, prefería sustituirlo por otra cosa, su madre era más directa. Le había podido el entusiasmo al decirlo, hasta había dado una palmada en el aire, y ahora Emma estaba con el pecho un poco más hinchado de orgullo y una sonrisita de suficiencia, mirando a Violet. La cual soltó un halago a Alice, diciendo que memorizaba muchas cosas, que él fue a corroborar también impulsivamente en voz alta, pero vio a la chica muy avergonzada y se calló. No sabía que a Alice le ruborizaran a esas alturas los halagos, pero bueno.

William se había quedado sorprendentemente callado tras los comentarios de su padre... Apenas unos segundos. - Ahora que lo recuerdo… - Empezó. Cada vez que iniciaba así, los asistentes sentían una mezcla entre curiosidad y miedo, porque nunca sabías por dónde iba a saltar. - Yo también tengo un lacito azul que me dio Arnold - Eso tenía una historia detrás, fijo, aunque fuera solo porque aparentemente no venía a cuento para nada. Su padre rio hacia un lado visiblemente incómodo. - Ya, bueno… - Resulta. Por supuesto que lo iba a contar. Las anécdotas de colegio de William y Arnold eran uno de los pasatiempos favoritos de Marcus así que ya estaba sentado, con la cabeza apoyada en las manos y totalmente expectante. Sabía que se iba a reír. - Que cierto prefecto me pilló a deshoras por los pasillos. No hace falta precisar qué estaba haciendo. - Venga, William, no censures. - Todos rieron con el comentario de Violet, pero William pidió paciencia con las manos. - Créeme que eso no es ni mucho menos la parte divertida de la historia. - Yo ni me acuerdo de lo que está hablando… - Oh, ya lo creo que te acuerdas. - Respondió William al intento de evasiva de su padre. Marcus no podía más con la expectación, ya se estaba empezando a reír.

- La cuestión era que dicho prefecto, con la excusita de la hora de más, también estaba por los pasillos… Muy bien acompañado. - Y William lanzó una mirada a su madre. La cara de Marcus era un poema, y empezó a corearse un “uuuh” por toda la sala. Su madre se echó un mechón de pelo tras la oreja, con una sonrisita visiblemente incómoda, negando sutilmente con la cabeza mientras miraba a gente al azar, como si quisiera quitarle toda la importancia a aquello. - Tareas de prefectos, seguro. La cuestión es que… - - William. William. – Su padre había empezado a llamar la atención de su amigo, haciendo gestos con las manos para que cortara la conversación de una forma muy mal disimulada, porque si pretendía que nadie lo viera, no lo estaba consiguiendo. Por supuesto, William no le hizo el menor caso. -…Aquí el prefecto intentó comprar mi silencio dándome la primera basurilla que se encontró por el suelo. - ¿Cómo que basurilla? Y yo que te lo había dado con cariño. - Y con cariño lo guardo. Pero los dos sabemos que el cariño se lo estaba llevando otra persona esa noche. - Se escuchó una carcajada generalizada y Marcus se tapó la boca con las manos, riéndose. - De verdad que no quiero saber esto. - Soltó Lex, al cual el haberse puesto en la otra punta de la mesa no le libraba de escucharlo todo, y empezaba a echar de menos una capucha de túnica o sudadera en la que esconderse como hacía siempre. Pero si alguien se estaba riendo allí era Violet. - Vaya, prefecta Horner, no esperaba esto de usted. ¿Qué ha sido de eso de "el templo del saber" y los seis centímetros? - Tenía las lágrimas saltadas de reírse, pero también una ligera inquietud de pensar por dónde iba a salir aquello, porque su madre tenía cara de estar reprimiendo sus ganas de lanzar una bola de fuego que matara a todos los presentes.

- Pero lo mejor fue aquí la fábula que se montó el señor padre del año. - Oh, eso sí que estaba deseando escucharlo. William se irguió y se aclaró la garganta, empezando a imitar sorprendentemente bien a su padre. O a una versión de su padre con diecisiete años. - “Esto se le ha caído a una alumna que no estaba donde debería, como tú ahora. Con todo mi corazón te lo digo, como amigo tuyo que soy…” - William se había puesto una solemne mano en el pecho y todos los demás estaban conteniendo la risa para escuchar con atención. - “Espero que, cada vez que lo mires, recuerdes que uno debe estar donde tiene que estar”. Porque tú sí que sabías dónde estabas, ¿eh, Arnie? - Marcus ya sí que estaba llorando de la risa, como todos los demás. Bueno, todos menos sus padres, aunque una sonrisilla sí que tenían aunque intentaran ocultarlo. De hecho, ¿acababa de detectar una miradita cariñosa de reojo de su madre a su padre? - Chicos, de verdad que os compadezco. - Dijo William sin quitarse la mano del pecho, alternando la mirada entre él y Lex. - No me imagino lo que tiene que ser criarse con este filósofo frustrado. - Pero qué dices, si este es peor. - Vaya, Lex había tenido a bien seguir escuchando la conversación a pesar de que “no quería”. Marcus le tiró una bolita de envoltorio de bombón que había por allí, por alusiones. - Y ya sabéis. - William acababa de señalarle a él y a Alice, y Marcus estaba tan ocupado riéndose que ni se vio venir por qué hacía eso. - Para cuando se os pongan bien puestos. Que todos hemos tenido diecisiete años. -
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CON Marcus y mucha familia EN Casa de los O'Donnell Día 31 de diciembre
Le hizo mucha gracia cómo saltó Marcus a la frase citada de Emma. Sí, estaba casi segura de que, de hecho, se la había oído a Marcus alguna vez. O quizá era el licor de espino, quién sabía. Aunque, bueno, ellos consideraban Hogwarts un templo del saber, pero alguna que otra vez lo había usado para... Parpadeó. Vale, tenía que dejar de pensar en esas cosas, no era un buen momento para hacerlo, porque solo de acordarse del espejo del cuarto piso, el estómago le dio un vuelco y sintió cosquilleos por todo el cuerpo.  Aunque, al parecer, no había sido los únicos en traspasar las normas.

En su papel de chica ejemplar perfecta para su hijo, Gal se aguantó la risa y mantuvo la compostura. Un rato. Porque ver a la siempre perfecta y fría Emma Horner perder un poco la compostura y recolcarse el pelo nerviosamente, era demasiado. Se tapó la boca con la mano y contuvo una carcajada en la garganta. Y su padre tan tranquilo, contándolo alegremente. En su cabeza era impensable que Arnold, cuánto menos Emma, usaran sus privilegios de prefectos para... Eso. Y encima la excusa era brillante, sin negar nada, sin levantar sospechas y encima con enseñanza de por vida para su padre, que sabe Dios qué estaría haciendo. Y ahora que lo pensaba... ¿Podía haber visto alguna vez ese lazo entre las cosas del despacho de su padre? Pues muy posiblemente, porque su padre si era algo, era detallista. Las cosas que captaban su atención alguna vez, se quedaban allí para siempre. Pero cuando dijo lo de filósofo, tuvo que intervenir. – ¡Perdona! El señor O'Donnell será un filósofo, pero al menos no le hizo creer a su hija que no podía enseñarla a nadar por la canción de Clementine. ¿No sabes nadar? – Preguntó Lex en un tono completamente extrañado.  – ¡No! Y todo porque me dijeron que a papá le daba miedo que me pasara lo que a Clementine en la canción. – Su padre suspiró y se echó un poco más de licor en la copa. – Pajarito... En parte era verdad. – Gal se rio e hizo un gesto con la mano. – Sí, y tan en parte.¿Qué clase de canción es esa?Una que se suele usar para jugar a las sillas, o a cualquiera de estos juegos en los que tienes que pararte de golpe cuando pare la música. La canción va de un minero que tiene una hija que se asoma demasiado al risco y un día acaba por caerse y ninguno de los dos sabe nadar... – Notó cómo todos los ojos estaban sobre ella significativamente y se cruzó de brazos haciéndose la ofendida. – ¡Oíd, que yo no me he tirado nunca a ningún río! Yo me asomo. Pero con cuidado siempre. – Acto seguido, su padre, su tía y Arnold empezaron a reírse sin piedad. – Y por eso tu madre nos pidió que no te enseñáramos a nadar y que te metiéramos miedo con la cancioncita. Además le daba miedo que un día te fueras nadando. – Ella suspiró, pero no podía quitar la sonrisa. Señaló a su padre con la mano. – Y gracias a eso, papi, no puedo bañarme sola en la playa. Igualmente, el juego se hacía aburrido cuando solo jugábamos los tres.

Entonces Arnold pareció recordar algo. – ¡Eh! Pues para que veáis que no soy un despegado, en el pueblo, en Irlanda, cuando íbamos a las bodas, jugaban también a una cosa que era parando la música o algo así... – William contuvo una carcajada. – ¡Uy, sí! Ya se ve que estás apegadísimo a tus raíces. Cómo controla el tío. – Arnold chasqueó la lengua y miró a su hermana. – Erin, échame una mano. – La aludida cerró los ojos fuertemente y se los frotó. – Eh... A ver... Dices lo de... ¿Levantar las manos así? – Dijo alzando ambos brazos en ángulo obtuso. – ¡Sí! ¡Eso! Las parejas casadas se ponían haciendo una fila y los solteros pasaban por debajo hasta que la música se paraba, que se bajaban las manos y a los que atrapaban hacían pareja de baile. – Arnold les miró a todos con una amplia sonrisa y ciertamente sonrojado. – ¡Vamos a jugar! Y veremos quién es más irlandés. – Su entusiasmo no fue muy bien recibido en la mesa y, por supuesto, el primero en bajarse del barco fue Lex. – ¡Ah, no! ¡Ni hablar!¡Lex, hijo! No seas aguafiestas, hombre. Que no, papá, que yo paso. Pero necesitáis a alguien parando la música ¿No? Pues mira, eso sí puedo hacerlo. – Arnold asintió entusiasmado, pero William puso una mano en el hombro de su amigo. – Arnie, yo no soy aritmántico pero... Sé contar que aquí no hay tanta gente como en una boda y que... Desde que tus padres se han ido, Emma y tú sois la única pareja casada de aquí... – El hombre, que no se rendía, dio una palmada en el aire. – ¡Mira, pues mejor me lo pones! Vamos en proporción. – Se levantó y tiró de la mano de su mujer, haciendo gestos a todos los demás. Dylan, que era el fan número uno de Arnold por encima de todos, se apresuró a ponerse en el centro del salón, y su tía Vivi rio tirando de Erin, que parecía más reticente pero que tampoco paraba de reírse. Gal se levantó lentamente y se quedó mirando a Marcus, rozando de nuevo sus brazos al pasar. – ¿Qué me dices, prefecto O'Donnell? ¿Me dejas intentar ganarme el honor de ser pareja de baile oficialmente y a la irlandesa? – Dijo mientras avanzaba a colocarse detrás de las tías. Su padre se puso detrás de ella y carraspeó. – No vale hacer trampas ¿Eh, señorita Gallia? – Gal hizo una pedorreta y le dio un codazo suave a su padre.
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El cómo iban a salir sus padres de ese atolladero probablemente no lo supieran ni ellos, porque William acababa de dejarles en evidencia, y Marcus estaba secándose las lágrimas que directamente le habían saltado de los ojos. Curiosamente, si bien en ese apuro les había puesto un Gallia, un Gallia fue también quien les sacó, porque Alice cambió de tema. Y Marcus, no supo bien ni por qué, miró fugazmente a sus padres con una expresión orgullosa, como si quisiera decirles "no os podréis quejar de nuera". Espera, ¿nuera? Párate, Marcus, no corras.

Soltó una risotada entre dientes cuando Lex preguntó a Alice si no sabía nadar. - Y menos mal. Para tener tanto miedo no lo parece. - Escuchó lo de la canción y, ante la ofensa de la chica, solo pudo reír. - ¿Perdona? ¿Solo te asomas? ¿Sabéis que esta historia habría sido muy distinta de no caer los dos en la misma barca? - De eso no me cabe la menor duda. - Comentó su padre, y aunque a Marcus y su discurso parecieron pasarle desapercibido, hubo varias risitas y miradas cómplices entre los adultos. - ¡Va en serio! Casi se tira al Lago Negro de cabeza, tuve que agarrarla yo. Que quería ver las sirenas, decía. - Ah, y tú no la dejaste, ¿a que no? - Comentó William, mirándole con cierto toque acusatorio que hizo a Marcus encogerse de hombros con confusión y obviedad. El hombre dio una palmada en el aire y, acto seguido, se cruzó de brazos y miró a Arnold. - ¿Ves? Otro igual. O'Donnell, has criado a un aburrido. - ¡Eh! - Saltó Marcus, un poco dolido. Pero era William Gallia, no podía hablarle como si fuera un estudiante cualquiera, así que solo frunció el ceño medio enfurruñado y bajó la cabeza, mascullando con pena infantil. - Yo no soy un aburrido... - Y dale con las sirenas, William. Hace treinta años, supéralo. - ¡Porque las hay! ¿A que sí, pajarito? - ¡Claro que las hay, pero son peligrosas! - Pfff y vosotros unos miedicas. ¿Verdad, Erin? - A la mujer le pilló bebiendo y casi se mancha con el licor por el desconcierto de ver que el foco se dirigía a ella así por las buenas. - Eem sí... Sí, bueno, no son muy amistosas, pero las hay. - Los dos la señalaron con obviedad. En esa historia no se iban a poner de acuerdo un Gallia y un O'Donnell por más siglos que pasaran.

Lo que le pilló totalmente por sorpresa fue la iniciativa de su padre a bailar. Miró con los ojos muy abiertos y una sonrisa sorprendida tanto a su padre como a su tía. ¿En serio iban a jugar a eso? Porque... ¡¡Le parecía una idea genial!! A su hermano no, por supuesto, nadie se sorprendía. Ni siquiera le hizo caso, solo dio otro sorbo a la copa y miró a Alice, arqueando las cejas varias veces. Estaba alucinando con que su padre fuera de lejos el más entusiasmado en aquel plan, y de nuevo tuvo que taparse la boca con la mano al verle a su madre la cara cuando, palabras textuales de Arnold, "mejor me lo pones" por el hecho de ser los únicos casados. Porque su madre era muy discreta y correcta, porque podía apostar porque, de haber podido, su reacción habría sido la misma que la de Lex: yo no juego. Y allí estaba su padre diciendo que era una idea fabulosa. Se tuvo que tapar la cara con las manos porque estaba llorando de la risa y no quería que su madre lo matara.

Y mientras no podía ver, notó el roce de Alice en su brazo y se quitó las manos de la cara para mirarla, con los ojos totalmente húmedos y una risa contenida que no se le iba. Ante la frase se levantó casi de un salto. - El honor sería todo mío, bella dama francesa. - Se había levantado demasiado rápido, porque la sala le había temblado, tuvo que parpadear. Al menos mientras bailaba iba a dejar de beber, quizás debería parar. Se había molestado en pensar que estaba bebiendo demasiado porque le había dado un mareo al levantarse, y no porque estuviera muerto de risa como un idiota, tuviera un calor tremendo y estuviera diciendo tonterías. William dijo algo tras ellos que quedó inhabilitado por la pedorreta de Alice, lo cual también le hizo reír, y se dirigió de su brazo hacia el salón, esperando que empezara la música. O las instrucciones. Bueno, le daba igual, estaba bien como estaba.
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Estaba tan contenta que no tenía ganas ni de discutir, pero alzó una mano con el índice levantado. – Que no me iba a tirar. Que yo no me tiro. Casi nunca. Y a veces me tiran. – Dijo entornando disimuladamente los ojos hacia Marcus, en alusión a los jueguecitos que se traían en La Provenza. Ah, sí, daría lo que fuera por estar ahora mismo con Marcus en el lavadero y la ropa empapada. "Por Dios, Alice Gallia, deja de pensar esas cosas, no te haces ningún favor" Y saltó, quizá demasiado entusiasta, cuando su padre dijo lo de las sirenas, feliz de que algo distrajera a su cabeza loca. – ¡Claro que sí, papi! Yo las encuentro por ti antes de irme de Hogwarts.

Fueron todos para el salón y Arnold, con ese recién estrenado entusiasmo, condujo a Lex junto al gramófono. – Vale, tú te pones aquí. De espaldas. – ¿De espaldas? – ¡Claro, hijo! No se vale mirar y emparejar a quien te de la gana a ti. – A Gal se le escapó otra carcajada por ver a Arnie en ese plan. – Y ahora, ven aquí, querida. – Dijo cogiendo las manos de Emma y poniéndose en el centro del salón. – Cuando Lex empiece la música, nosotros levantamos las manos y los demás pasan por aquí debajo como si fuera un puente, y en cuanto la música pare. – Bajó las manos de Emma y esta tuvo que reírse observando la alegría de su marido. – Hacemos así y atrapamos al que esté, hasta que se formen las parejas. ¡Venga, colocaos! – La tata arrastró a Erin que parecía reticente, y Dylan se metió entre las dos, feliz de poder jugar a algo todos juntos, el resultado le daba un poco igual. Gal se giró lentamente, con la intención de arrastrar a Marcus, pero se encontró a su padre a su espalda, con una amplia sonrisa, poniéndole las manos en los hombros para que se diera la vuelta. – Yo me pongo aquí, por si acaso, los seis centímetros. – Y efectivamente, ya la había separado de Marcus, soltó un suspiro, pero no dijo nada, poniéndose detrás de su tata y dispuestísima a acabar siendo pareja de Marcus esa noche, lo quería lo más cerca posible. A menos de seis centímetros y sin su padre en medio, a ser posible. Arnold seguía en todo lo alto y, volviendo a levantar las manos de Emma dijo. – ¡Cuando quieras, Lex!

Erin iba la primera, y no era muy buena idea porque andaba un poco a la deriva y llevaba a un hiperactivísimo Dylan detrás que no paraba de chocarse con ella y porque, al tener que dar la vuelta, acababa detrás de Marcus y no veía lo que tenía por delante. Entre lo contentos que iban todos y los atascos que estaban formándose, aquellos era un lío, pero de alguna manera, se las apañaban para seguir pasando por debajo de los brazos de Arnold y Emma, sin parar de reírse, empujarse y pellizcarse. Y nada, que no llegaba a Marcus. De golpe, la música paró y ella tuvo que frenarse a sí misma para no chocarse con los brazos de la pareja casada. – Ay, no... – Erin había acabado frente a ella, y no parecía nada entusiasmada con haber sido la primera elegida. – ¡Vamos, hermanita! Eres la primera. Ahora habrá tres chicarrones peleando su puesto por bailar contigo ¿Es o no, William? – Su padre empezó a reírse sin parar y dijo. – Uy sí, sí, ahora mismo saco mi armadura de caballero andante y peleo por ello. – Volvieron a colocarse en fila y esta vez sintió que sí era Marcus el que se ponía tras ella, y se permitió echar la mano hacia atrás y acariciar el dorso de la del chico. – ¿Cómo vas con la conquista de la dama, mi príncipe irlandés? – Dijo siguiéndole la bromita de antes en la que la había llamado dama francesa. Pero no le dio tiempo a escuchar la respuesta porque la música empezó otra vez y volvieron a pasar por debajo de las manos. Esta vez se paró de golpe mucho antes y ella se giro a ver si, por mala suerte, había sido Marcis el escogido por los brazos de sus padres. Pero no, solo era su tía Vivi, que daba vueltas sobre sí misma celebrando su victoria. – ¡Me quedo a la irlandesa guapa pelirroja! ¡Toma ya! – Se escapó de su posición y cogió la mano de Erin haciéndola dar una vuelta sobre sí misma. Ambas se rieron. Gal se inclinó a Marcus y acarició su brazo desde el hombro hacia abajo. – Eso quiero yo. – Murmuró. Ya le daba igual lo que pensara todo el mundo. Quería estar pegada a Marcus toda la noche, lo anhelaba como aquel día en el agua en La Provenza, como cada vez que había buscado su mano o sus brazos en la cena, m o sus labios en un rincón oscuro de Hogwarts. Lo quería a él y ya está.
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Le dio un ataque de risa tontísimo con esa escena. - ¿A que ahora preferirías bailar? - Preguntó a Lex, que le miró con la cara más inexpresiva que tenía en el registro y como si estuviera pensando "tú eres imbécil". Básicamente su expresión de siempre. Ver a su padre tan entusiasmado y como ponía a ese nada entusiasmado Lex de espaldas y le daba indicaciones, era demasiado para soportar sin llorar de la risa. Ah, y a todo esto, ¿qué había hecho con su copa? Pf, se la había dejado en la mesa. Bueno, daba igual. Para bailar no la necesitaba.

Se serenó un poco, carraspeando y respirando hondo para controlar la risa y las lágrimas, frotándose las manos e intentando ponerse muy atento, como en clase. - A ver, a ver, silencio, por favor. - Que se tenía que concentrar, que su padre estaba explicando las instrucciones de aquello. Y no solo para entender las instrucciones, sino para trazar su propia estrategia. Miró de reojo con una sonrisilla malintencionada a Alice, pero entonces William se puso en medio de los dos. Frunció el ceño un segundo pero en seguida alzó la barbilla con dignidad, como si estuviera metido en una conversación imaginaria con William en su mente. No se preocupe, Señor Gallia, que yo también tengo mis propios trucos.

Aquello parecía ordenado a priori pero el orden duró poco, porque todos empezaban a atropellarse. Quería ir más rápido, como si por eso fuera a llegar a Alice o a aumentar sus posibilidades de bailar juntos, pero cada vez que se veía al borde de chocar con William daba un frenazo. Aprovechó que era el último de la cola, porque su tía Erin era la que empezaba e iba tras él al volver a iniciar el recorrido, para hacerse deliberadamente el despistado y aminorar considerablemente la marcha cuando se vio pasando por debajo de sus padres, con una sonrisilla y una mirada de "¿me ha tocado, no?". Pero su padre le hizo un gestito con la cabeza y los ojos. - Tienes que seguir. - Ah, sí, perdón, no lo había pillado. - No que va. Avanzó con cierta reticencia y, justo después, se paró la música. VAYA, LEX. Su puñetero hermano se la jugaba hasta sin mirar. Escuchó la queja de su tía y como le lanzaba una mirada de reproche, que él olímpicamente ignoró. A ver, ni que fuera su culpa... Bueno, quizás si no hubiera hecho el tonto parándose no le habría tocado a ella, ¿pero quién iba a saber eso?

Ya sí que no iba a dejar pasar la oportunidad. Todo lo lento que había ido pasando por debajo de las manos de sus padres, ahora pensaba ir volando, porque no quería que le emparejaran con su tía Erin. Que no tenía nada en contra de ella ni mucho menos, pero es que quería estar con Alice. Así que se pegó a la chica todo lo que pudo y volvió a mirarla con esa sonrisilla de estar planeando una trastada. Él. Marcus. A Alice. - Totalmente bajo control. - Bueno, tampoco tanto. - Déjalo en mis manos, mi princesa. - Susurró acercándose a ella, sin perder la sonrisilla chulesca, pero mirando a su alrededor para comprobar que nadie estaba pendiente de su miradísima estrategia. Probablemente ni la propia Alice le hubiera escuchado, porque la música había sonado de nuevo.

Efectivamente, nada más pasar Alice por debajo de las manos de sus padres, se pegó tanto a ella que prácticamente pasaron juntos. - No te creía por una tramp... - ¿Qué? No te oigo, papá, lo siento. La música. - Tramposo ni tramposo. Solo estaba intentando buscarse la situación que más le convenía. La música volvió a detenerse justo después de que él pasara, por los pelos. Y la elegida fue Violet. Se empezó a reír. ¡Qué gracia! Con lo bien proporcionados que estaban chico-chica, ahora iban a quedar desparejados... Oh oh... No le tocaría con William, ¿no?

Cuando Alice le susurró esbozó una sonrisa inicial pero se quedó un poco confuso. - ¿Que te toque con una chica? ¿Por qué? Yo no quiero que me toque con tu padre. - Quizás solo te esté diciendo que quiere bailar contigo, Marcus, que pareces tonto. Rio un poco, disimulando. - Pues atenta. - Se había fijado en que Dylan iba demasiado rápido, tanto que se pegaba al de delante. Se giró a la chica y le susurró. - Tómate tu tiempo. - Y tras esto, estratégicamente, se colocó entre William y Dylan. La música empezó y, al igual que hacía el niño, él empezó a ir más rápido de la cuenta. - ¡Ay ay, chico, qué prisas! - ¡Es Dylan, que me empuja! - Dijo entre risas. Entre lo que se estaba pegando él a William, que prácticamente le pisaba los talones, y que el niño le estaba imitando muerto de risa, le estaban haciendo un sandwich a él. Pero le daba igual. El objetivo era que Alice tuviera el suficiente espacio como para que aumentaran las posibilidades de que le tocara a ella... Efectivamente.

- ¡Ha caído la otra chica del grupo! - Coreó su padre, con Alice agarrada entre los brazos de ambos. - A ver quién es el afortunado. - Mientras su padre hablaba, se inclinó fugazmente hacia Dylan. - Eh, tenemos un trato, ¿recuerdas? - Le susurró con advertencia. El niño asintió astutamente y la música empezó a sonar. - ¡Venga papi! ¡No te quedes atrás! - Perfecto. Sencillamente perfecto. Dylan era maravilloso a la hora de distraer, y estaba descubriendo que era un aliado magnífico. - ¡Patito! Pero bueno... - ¡Vamos, papi! ¡No te distraigas! - Entre la confusión de William y la hiperactividad de Dylan, él solo tenía que hacerse el remolón hasta que... ¡Bingo! La música se paró y le agarró a él. - Qué sorpresa... - Ironizó su padre, y a su madre se le escapó una risa incontenible justo después de rodar los ojos. Pero él tenía muy ensayada su expresión de sorpresa. - ¡Anda! Va a resultar que soy todo un afortunado. - Dijo mirando a Alice, con una sonrisa y un guiño. Tomó sus manos y, como hubiera hecho antes Violet, la hizo girar.

- Tres mujeres y me tiene que tocar con mi hijo. No te ofendas, patito. - Dylan se encogió de hombros, pero William de repente miró a su madre. - Oye Emma, ¿y si...? - No. - Marcus miró a Alice, a la que había agarrado de nuevo de la cintura para bailar con ella, y le dio tal ataque de risa que tuvo que apoyar la cabeza en el hombro de la chica. William se encogió de hombros con resignación. - No me ofende. Tenía que intentarlo. - Cuando pudo dejar de reír, Marcus alzó la mirada y miró a Alice. - ¿Qué te parece, princesa? ¿He estado a la altura? -
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Le dio la risa fuerte cuando dijo lo de que le tocara con una chica, y apoyó las manos en su pecho, sin dejar de reírse. – ¡No! ¿Es que no te... – "Has dado cuenta del rollo de nuestra tías". No, por lo visto no, pero justo entonces volvió a sonar la música y Marcus se fue a poner en pie su estrategia, con la aparentemente inestimable ayuda de su hermano. Y ella todo lo que tenía que hacer era tomárselo con calma. Bueno no le costaría nada, porque la verdad es que se le estaba haciendo más cuesta arriba mantener el ritmo, erguida y sin matarse, que ir más despacito midiendo sus pasos. Y, efectivamente de repente, se vio rodeada por los brazos de los señores O'Donnell- ¡Oh! - Dijo con una sonrisa mirándoles a ambos. – Consíganme un buen partido ¿Eh? – Dijo antes de salir del abrazo ¿En serio acababa de decirles eso? Vaya, el champán y el licor ya estaban haciendo de las suyas.

Se unió a las tías, que la metieron entre ellas, rodeándola por los hombros. – ¿A cuanto se paga la apuesta de que Marcus extorsiona a media familia para que le toque con Alice? – Gal se giró abriendo mucho los ojos hacia Erin, mientras su tía se moría de risa. – Para que se haya dado cuenta Erin, nena, la cosa está muy evidente. – Entonces todas giraron la cabeza al oír hablar a Dylan y Erin soltó una carcajada y soltó aire por la boca moviendo la mano. – De tal palo tal astilla, usando al hermano pequeño de excusa... Qué rastrero... E inteligente. Los Ravenclaws sois inteligentes. – Dijo entre risas. A Gal, solo de verla así, le dio la risa también, pero tomó las manos de Marcus con una gran sonrisa. – Discúlpenme, señoritas, pero cierto príncipe azul se ha ganado el derecho de bailar con esta dama francesa. – Cayó en las manos de Marcus que ya estaban en su cintura y le miró con una gran sonrisa. – Perfecta estrategia, príncipe azul. Tendré que bailar a la altura para compensar que hayas pensado si quiera en hacer trampas solo por poder tocarme estar cerca de mí. – Dijo tentativa. Pero claro, en aquel salón, con toda aquella gente, ya tuvo que interrumpirles su padre. Mereció la pena solo por ver cómo intentaba bailar con Emma. Acarició la nuca de Marcus cuando se inclinó sobre su hombro, y justo en ese momento, Vivi lanzó un hechizo al gramófono, poniendo una música más moderna y muy movida. – ¡Te libero de tus funciones, Lex! ¡Vente a bailar! – Sí, suerte con eso, pensó, pero ella se concentró en tirar de Marcus para pegarle a ella mientras empezaba a moverse al ritmo de la canción.

Gracias al alcohol, se le hacía inmensamente fácil moverse entre las manos dee Marcus, girar bajo ellas, pegarse más a él de la misma forma que se separaba más, pero sin soltarle la mano y se ponía a saltar. Cuando lo hizo, de hecho, le miró pícara y dijo. – Cuidado con los seis centímetros. – Pero veía a todo el mundo tan liado en bailar con sus parejas, incluido su padre que tenía a un alteradísimo Dylan dando vueltas al rededor de él, que se dedicó a contonearse cerca de Marcus tal y como quería. En un momento dado, en una de las vueltas, cuando se enrolló en el brazo de Marcus, acabó con su espalda pegada a su cuerpo y cercada por sus brazos. Eso le quitó la respiración. Llevaba deseándole muy intensamente mucho rato, de hecho había pensado ya mil formas de rozarse, pegarse, tener contacto. Pero uno tan intenso la dejó deseando más. Echó hacia atrás la cabeza, dejando la de Marcus por encima de su propio hombro y pegado a su cuello. – ¿Aún quieres escaparte conmigo, mi prefecto? – Y justo entonces, se acabó la canción y se separaron mínimamente, agarrándose aún de las manos. – ¡Lex, hijo! Ponme algo con más clase, para que pueda bailar con tu padre, que no para de insistir. – El aludido la miró derrotado y dejó caer las manos sobre las piernas. – ¿Como qué, mamá?¡Como un vals! ¡A tu madre se le da genial el vals! – Y Lex obedeció con cara de "matadme cuanto antes". Sus tías parecían en otra esfera y su padre se había puesto a bailar el vals tontamente con Dylan. Así que ella se puso muy puesta y cogió los lados de la falda de su vestido, levantándolos mientras hacia una reverencia. – Por fin me va a servir de algo que me enseñaran esto. – Alzó la mirada con una sonrisa y dijo. – ¿Me concede el baile, señor O'Donnell?

Se dejó llevar con Marcus, y, como el pasaba siempre que bailaban, se le empezó a borrar el mundo de al rededor y solo podía concentrarse en sus manos, en replicar más o menos los pasos del vals tal como lo recordaba y mirar aquellos ojos. Oh sí, aquellos divinos ojos. Diría todas las tonterías del mundo enfocando aquellos ojos, le expresaría todo lo que había intentado decir antes. Y sin embargo, el momento en el que había acabado pegándose a Marcus hace unos minutos, la había encendido demasiado y solo podía imaginarse sus manos tal como habían estado antes, sobre su cintura, sobre su cuerpo, sentir su piel... – Si aún quieres... – Dijo en voz baja mirándole muy de cerca. – En cuanto empiece la próxima canción vete y espérame en mi cuarto. Yo distraigo a todo el mundo... Y voy para allá. – Se inclinó en su oír y dijo. – Creo que hay parte de cierto conjunto que aún no has visto. – Y volvió a colocarse bien mordiéndose el labio inferior. Por Dios, cómo le deseaba.

Así que en cuanto terminó la canción, oyó como Erin levantaba ambos brazos y decía. – ¡Eh eh! Había otro juego que era de bailar ¡Arnie! – Dijo enganchándose a los hombros del señor O'Donnell. – Era ese que tienes que pasar por debajo y cruzarte así ¿Te acuerdas? – Y el aludido abrió mucho los ojos. – ¡Sí, sí, sí! Molaba un montón. A ver, ven Emma ven, tú vas aquí... – Y así, Arnold tenía distraído a un importante sector. Su hermano se plantó ante ella justo cuando estaba buscando por el salón y no veía ni rastro de Marcus. – Ya estás bien con Marcus ¿Verdad? Bailáis muy bien. Mejor que papá y yo. – Ella rió y le pasó los brazos desde atrás, abrazándole y observando la escena. – ¿Sabes qué? Si consigo escaparme de aquí sin que me vea nadie, estaremos aún mejor. – Su hermano se giró y la miró inquisitivo- ¿Y eso por qué?Porque me está esperando en... – Iba a decir "mi cuarto" pero eso era demasiado para un niño de once años. – Fuera de aquí. Para hablar. A solas, sin tanta gente. – Dylan asintió muy gravemente. – Pues voy a causar un poco de caos por allí. Vete rápido. – Ella asintió y le dejó ir con una sonrisa, pensando "Algún día vas a entender todo esto y vas a querer matarme" Pero ahora le daba igual, mientras se iba lentamente del salón. Ahora quería llegar escaleras arriba, que se le estaban haciendo eternas, correr hacia la puerta de su cuarto y encontrarse con Marcus allí. En cuanto lo vio, apoyado en el marco, se lanzó a sus brazos y le besó apasionadamente, con ansia, solo separándose para decir. – ¿Me echabas de menos? – Le besó brevemente y dijo con una sonrisa. – No te veo tan nervioso como la primera vez que nos escapamos, perfecto prefecto.
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Se irguió orgulloso y con una gran sonrisa, la cual ladeó ante el comentario de la chica. - No han sido trampas, solo saber jugar bien mis cartas. - Se mojó los labios, mirándola con una caída de ojos. - Pero si hubiera tenido que hacer trampas por bailar contigo... Sin duda las habría hecho. - Se iba a arrepentir de esas palabras en cuanto estuviera sobrio. Con lo mal que se llevaban Marcus y las trampas... Ah, pero Marcus y un baile con Alice se llevaban de maravilla.

Estaba tan perdido en los ojos de la chica, en sus labios, en esa risa... Si de por sí podía abstraerse solo mirándola, ahora que el alcohol le hacía que su cerebro fuera a un ritmo considerablemente más lento, definitivamente le costaba un mundo cambiar la atención a otra cosa. Era como una polilla mirando una bonita luz, solo que él estaba seguro de que no se iba a quemar si la tocaba... Claro que probablemente una polilla pensaría lo mismo... Menos mal que Violet cambió la música a golpe de hechizo, porque se estaba perdiendo en un mar de tonterías él solo.

Alice se movía... Muy bien, demasiado bien. Él se movía, creía, que bien, aunque fuera solo por seguirle el ritmo a ella. Honestamente, le daba igual si bailaba bien o no, seguía mirando embobado esa hermosa luz como buena polilla que era, moviéndose a su son y riendo... Y mordiéndose el labio, y pensando si de estar más solos estarían bailando o haciendo otra cosas. Y qué cosas estarían haciendo. Y mejor dejaba de ir por ahí y volvía a la metáfora de la polilla... Pero era difícil. Era muy difícil cuando Alice te miraba con picardía, sin dejar de moverse y diciendo esas cosas. - Según tú ya he roto la veda con las trampas... - Acercó los labios a su oído para susurrar, pero procuró que el resto de su cuerpo se quedara separado de ella. - Y esa norma no especifica qué parte del cuerpo tiene que estar a seis centímetros. - Podía tener la cara cerca y el cuerpo lejos, ¿no? Ah, mamá, es que cuando se crea una norma no le puedes dejar lagunas. Y, de hecho, también podía ser al revés. Eso hizo, continuar con el baile y dejar deliberadamente (y provocar, y hacerlo él también) que su cuerpo y el de la chica se pegaran, pero que sus rostros estuvieran a cierta distancia. Y que viniera alguien a decirle que no se podía, que tenía argumentos de sobra.

En uno de los giros, la chica apoyó la espalda en su pecho y él la rodeó con los brazos. El corazón le latía más intensamente y su mente se estaba nublando, como cuando se quedaban solos pero rodeados de gente, y eso era un problema... Problema que el alcohol hacía que no percibiera como tan peligroso. Se mordió el labio solo viéndola así aunque fuera para contener las ganas de besarla que le urgían, pero pasó sus manos por su cintura, y eso fue muy contraproducente para sus intentos de autocontrol... Pero también muy placentero. Y no estaba ahí buscando ser productivo, precisamente.

Y entonces, esas palabras. El escalofrío podría haberle hecho desmayarse allí mismo, pero solo respiró hondo y se acercó a su oído para susurrar, tanto que podía rozar sus labios con su piel. - Lo estoy deseando. - No puedo esperar. No puedo pensar en otra cosa. No sé ni qué hacemos aquí todavía. Nunca jamás imaginó que abandonaría una reunión familiar navideña por ir a acostarse con una chica. Pero en su mapa de protocolo mental no entraba en juego la pieza Alice Gallia. Un pequeño gran dato que lo cambiaba todo y lo volvía del revés, y él estaba más que de acuerdo con el cambio.

Ni se había dado cuenta de que se había parado la música, ni estaba haciendo el menor caso al griterío que había de fondo. Estaba esperando que Alice le dijera "escapémonos" para salir corriendo de allí, ni siquiera se estaba molestando en trazar una estrategia, su cabeza solo podía pensar en irse con ella y punto y, obviamente, nadie se daría cuenta o, si lo hacía, todos lo estimarían como lo más lógico del mundo. Ahora mismo, el Marcus que valoraba al milímetro las consecuencias de todo estaba en un rinconcito de su cerebro, durmiendo abrazado a una botella de licor de espino, y el resto de Marcuses habían tomado el control.

Rio ante el gesto de la chica y lo correspondió con una pomposa reverencia. - Sería un honor para mí. - Hubiera preferido las canciones anteriores, pero bueno, así también estaban bastante juntitos. Abrió los ojos un poco más para mirarla cuando empezó a decirle su plan, con un escalofrío recorriéndole todo el cuerpo en anticipación: en anticipación a la travesura, y en anticipación a lo que iban a hacer si esta salía bien. Lo que casi le deja en el sitio fue ese susurro en su oído. Soltó un poco de aire entre los labios que pretendía ser una risa que salió temblorosa y, obviamente, excitada. Lex, lee esto: PARA LA CANCIÓN. Pensó con desesperación. Muy desesperado y borracho tenía que estar si de verdad estaba pretendiendo mandarle mensajes a su hermano con la mente.

Le encantaba bailar con Alice, pero eterno era decir poco para como se le había hecho ese baile, porque no podía esperar a que terminara. En cuanto lo hizo, miró a la chica, pasó la mirada también por los presentes mojándose los labios, calculando su estrategia, y escuchó a su tía Erin proponer otro juego (espera, ¿su tía Erin proponiendo juegos de baile? Da igual, no tenía tiempo ahora). Miró a Alice una vez más, fugazmente, se guardó las manos en los bolsillos con un suave carraspeo y, con el mayor disimulo que encontró, se dio media vuelta y salió de allí. Subió muy diligente las escaleras... Hasta el tercer escalón, en el que tuvo que agarrarse a la barandilla. Ni siquiera en las escaleras móviles de Hogwarts le había dado nunca un mareo así... Eso tenía gracia, que sus escaleras fueran móviles también. Se lo diría luego a Alice. El caso es que se había tenido que parar con un pie en el tercer escalón y otro en el cuarto, respirar hondo y hacer un esfuerzo mental y físico, muy motivado, por seguir su camino, como si fuera un alpinista a punto de llegar a la cima. Porque desde luego que el premio se lo iba a llevar, como que se llamaba Marcus O'Donnell.

Si largo se le hizo el baile, más larga se le hizo la espera. Estaba en el quicio de la puerta de Alice, al menos ni siquiera estaba reparando en la posibilidad de que las escaleras las subiera otra persona que no fuera ella, mirando y deseando verla aparecer... Hasta que lo hizo. El corazón le dio un vuelco y se irguió en su postura con una sonrisa de deseo. Y si ya de por sí él tenía el autocontrol perdido, Alice le dio un mazazo y lo hizo trizas en cuanto se le echó encima para besarle. Correspondió el beso con todas esas ganas que tenía contenidas, abrazándose a su cintura y empujando la puerta con una pierna para poder pasar dentro. - Mucho. Muchísimo. - Susurró en sus labios, sin querer separarse de ellos, besándola justo después otra vez. Pero la chica se había vuelto a separar para hablar. Iba a perder la cabeza. - He aprendido algunas cosas desde entonces. - Respondió con su toque chulesco y devorando sus labios nada más acabar, entrando en la habitación y... Medio cerrando la puerta. Le había dado un manotazo de mala manera y ni siquiera sabía como se había quedado ni le importaba. Ni hablamos ya del hecho de usar magia para cerrarla. No sabía ni donde tenía la varita. No sabría ni como pronunciar un hechizo en ese momento, de hecho.

Tenía tanta pasión desbordada que, aferrado al cuerpo de la chica y sin dejar de besarla, la llevó hacia la pared hasta que chocaron con esta, hasta que casi él mismo podía tocarla de lo cerca que estaban. No podía dejar de pasar las manos por su cuerpo, acariciarla como había deseado hacerlo... Y, por todos los dragones, ese vestido, ese conjunto. Quería el vestido fuera y el conjunto ante sus ojos, lo justo para admirarlo hasta que eso también le sobrara. Pero ahora solo podía besarla con desenfreno. - Me moría de ganas... - Susurró, bajando los besos por su cuello, entre jadeos que sonaban casi a gemidos de necesidad. - Te deseo... No sabes cuanto... - Ni que no hubiera estado con Alice otras veces, pero nunca en un plan tan apasionado como aquel, o al menos él sentía que le iba a dar algo de tanto desearla, iba a tanta velocidad que no podía ni pensar, solo besar sus labios y su piel como si le fuera la vida en ello. Había llevado las manos a su corpiño, pero la pasión desmedida, el alcohol, el no estar mirando y la falta de conocimiento en ropa de fiesta femenina estaban haciendo que no diera con la tecla. Se retiró un poco, con la respiración aceleradísima, para mirar qué puñetas estaba haciendo y por qué esos botones no parecían querer separarse. Tres segundos lo intentó. No le llegaba la paciencia a tanto. Volvió a besar sus labios y, mientras lo hacía, empezó a darse tirones de la corbata... Pero tampoco. ¡¡Me cago en...!! Le temblaban las manos y se sentía más torpe que en toda su vida. Así que, mientras seguía peleándose con la corbata y besando a la chica, susurró sobre sus labios casi con súplica, con apremio. - Quítame esto. - Y quítate eso, le faltó decir. Quitémonoslo todo. Ya.        
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CON Marcus y mucha familia EN Casa de los O'Donnell Día 31 de diciembre
El alcohol le había provocado un hormigueo por todo el cuerpo y empezar a percibir el resto del mundo como cuando lo veía através de la ventana del expreso de Hogwarts. Solo podía notar con claridad los besos de Marcus que hacían que todo su torrente sanguíneo ardiera y que su cuerpo entero le buscara a él. Aquel Marcus anhelante que la ponía contra la pared, que llevaba la iniciativa, la encendía como nada, hasta unos límites que hacía que sintiera que iba a salir ardiendo, como si las manos del chico, que tanto adoraba, quemaran sobre su vestido. Rio entre los besos. – Oh, ya lo creo que has hecho. – Enterró las manos en su pelo y se acercó a su rostro. – Pero recuérdame todo eso que has aprendido. – Dijo, apasionada, sobre sus labios.

Tardó en darse cuenta de que Marcus se estaba liando con los botones, y en cuanto lo detectó subió ella las manos y se puso a desabrocharlos tan rápido que temió romperlos. Cuando vio que el chico se rendía ya con todo, subió la mano y le aflojó la corbata un poco. – Déjatela, que me gusta. – Y para ilustrarlo, tiró del nudo hacia ella, pegando totalmente el cuerpo a Marcus. Su mente intentaba discurrir rápido, porque no estaba fácil el asunto. No tenían tiempo, porque en seguida se darían cuenta de que no estaban por ahí, y ya se habían cargado una cama en su casa, no se atrevía a tirarse como si nada en una cama en casa de Emma O'Donnell. En medio de un beso, abrió el ojo izquierdo por una idea que se le acababa de pasar por la cabeza. En el lateral de su cuarto había una mesa, un escritorio, que había considerado demasiado bonito para estudiar en él. Aunque no se le había pasado por la cabeza qué otras cosas se podían hacer en él.

Tiró de Marcus hacia allí, como haba hecho en su día en el aula de pociones y tan bien le había resultado y se sentó sobre la superficie, y casi como si fuera algo natural, él se situó entre sus piernas y ella volvió a tirar de su corbata para atraerle contra sí. Bajó las manos por sus hombros, quitándole la chaqueta y de paso aprovechando para acariciar sus brazos, donde tanto le gustaba estar. Se separó un poco, porque con lo que iba a hacer a continuación quería ver su expresión. – Te dije que el vestido era un reto. – Dijo terminando de quitárselo, dejándolo deslizarse por sus brazos con una sonrisa. Se mordió el labio inferior y, notando cómo Marcus se lanzaba hacia ella otra vez, le puso el dedo índice en el pecho, alejándole suavemente. – Eh, eh, eh... ¿No quieres ver el conjunto entero? – Bajó las manos hasta el cancán para desabrochárselo y resbalarlo por sus piernas, quedándose solo con su conjunto nuevo de lencería, que, por cierto, era como no llevar nada, porque le estaba dando hasta frío. Levantó los ojos hacia Marcus y se rio acercándose a sus labios. – Pégate a mí, que tengo frío. – Y volvió a besarle, y la verdad, nada como atrapar las caderas de Marcus entre sus piernas, y notar, incluso a través de la ropa, como ardía su cuerpo al verla, al rozarla, al pegarse a ella.
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CON Alice y mucha familia EN Casa de los O'Donnell Día 31 de diciembre
"¡Alice, por favor!" "Alice, ¡me vas a buscar un problema!" "¡Alice! ¡Me vas a volver loco!" "Alice, ¡es que así no puedo ni pensar!". Cuántas miles de veces habría dicho esas frases, enfurruñado, irritado, en mitad de los pasillos, en la biblioteca, metido en una de sus travesuras, con esa voz chillona e insoportable que ponía de pequeño o esa voz de prefecto fuera de sus casillas que sacaba ahora. Podría repetir ahora todas y cada una de esas frases... Y no significarían lo mismo en absoluto. Habían cobrado un significado nuevo y muy, muy placentero. Era como si se hubiera estado vaticinando a sí mismo ese momento toda la vida sin haberse dado cuenta.

Se mordió los labios una vez más, con una sonrisa pilla y arqueando las cejas. - ¿Me estás pidiendo que te muestre mis conocimientos? - Preguntó con voz sugerente, y se quedaría más tiempo en ese juego dialéctico si no tuviera esa necesidad imperiosa de besar a la chica como lo estaba haciendo. Pero ya lo que le faltaba era que le pinchara con su oratoria o su saber, porque estaba dispuesto a darle una clase magistral sobre muchas cosas. Ya no es que se estuviera nublando, llevaba nublado desde antes de subir esas escaleras.

Respiró con cierto alivio antes de ahogar un gemido en sus labios ante ese tirón que dio de su corbata y le hizo caer sobre ella otra vez. Si a ella le gustaba, ahí que se quedaba la corbata, aunque le sobraba por todas partes, pero bueno, tampoco es que le estorbara para lo que tenía en mente hacer. Empezó a bajar los besos por su cuello otra vez con deseo, aprovechando la piel que se había quedado al descubierto cuando Alice se había desabrochado los botones. ¡Oh, con qué facilidad lo había hecho! Si es que no podía adorarla más, ni desearla más, era imposible...

O quizás sí, porque de repente se vio arrastrado hacia otra parte y creyó que iban a la cama... Pero no. Antes de poder reaccionar, Alice se había subido encima de la mesa. - Así no puedo ni pensar... - Susurró con una risa ladeada, excitada, nerviosa, sin saber ni lo que decía ni por qué y tratando de controlarse de no pasarse de velocidad por toda esa intensidad que sentía. Se dejó arrastrar, colocar entre sus piernas y quitar la chaqueta, pero no podía quitar ni la mirada ni las manos de su cuerpo. Y menos mal que no lo hizo. Con todo lo agitada que estaba su respiración, con ese jadeo que no paraba, se quedó tan hipnotizado por la visión de Alice quitándose el vestido que echó el aire lentamente por la boca. - Por favor... - Suspiró, y apenas se tomó un par de segundos para apreciar esa belleza que tenía ante sí y fue a lanzarse para seguir deleitándose con ella.

Pero le detuvo y tuvo que morderse el labio, sin poder evitar sonreír por callarse... Bueno, no se calló. - Me vas a volver loco... - Pero sí, claro que quería ver el conjunto entero, lo estaba deseando y su propio cuerpo se lo estaba pidiendo a gritos. Y aquello fue... Espectacular. Estaba impresionante. Estaba más sexy que nunca. Le iba a dar algo ya. Menos mal que Alice se aferró de nuevo a él, aunque esta vez con sus piernas desnudas, y pudo lanzarse a besarla, a posar sus manos en su piel y recorrer su cuerpo con estas. Su cuerpo perfecto, su piel cálida y suave... Y esas piernas...

Lo dicho, no podía pensar, solo desearla, solo querer más de ella. Y sí, el conjunto era precioso y le sentaba de miedo, pero le sobraba. Deseaba quitárselo, que se lo quitaran todo los dos, pero no quería ser brusco o ir demasiado rápido. Porque en la mente de Marcus solo existían ya ellos dos, ni se había parado a pensar en que, realmente, pudieran tener cierta prisa. No solo la prisa propia que sus cuerpos le demandaban, sino prisa de verdad. Bajó de nuevo los besos por su cuello, por su pecho y ese sujetador que le llamaba a gritos desde que lo viera en el desván, por su torso... Pero era alto, Alice estaba en una mesa y aquella posición, llevando los besos a donde los quería llevar, empezaba a no ser cómoda. Iba a tener que buscarse una en la que estuviera más... Accesible. Levantó la mirada, con una sonrisita traviesa, mordiéndose el labio. Le había dicho que tenía frío, y que quería que le enseñara lo que había aprendido, y que si no quería ver el conjunto entero. Pues bien, sí a todo.

Eso quería decirle simplemente con esa mirada clavada en los ojos de ella y esa sonrisa, mientras se agachaba lentamente, acariciando esas piernas que tanto le gustaban. - Me vas a buscar un problema. - Susurró, pero no parecía ni mucho menos temeroso o arrepentido por ello, todo lo contrario. Si iba a buscarse un problema, estaba más que conforme y de cabeza que iba, pero no iba a desperdiciar esa oportunidad. Se puso de rodillas y, ah, ahí sí, ahí sí podía llegar donde quería llegar, y tenía una visión de Alice espectacular y que no había visto hasta ese momento. Una última mirada de intenciones, una sonrisa traviesa y dejó los labios en sus piernas, acariciándolas, subiendo poco a poco los besos por estas... Que llegara donde tuviera que llegar. A ese conjunto tan bonito pero que ya estaba sobrando, por ejemplo.
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CON Marcus y mucha familia EN Casa de los O'Donnell Día 31 de diciembre
Había cruzado la línea de la conciencia gritona de Marcus, y ya estaban descendiendo una vez más por la cuesta del deseo, ya volvían a comerse a besos, a liarse entre las caricias y sus lenguas recorriéndose. Rio como un diablillo cuando dijo que le iba a volver loco y negó con al cabeza. – Es que me encanta volverte loco. Es todo lo que quiero. – Se acercó a sus labios y paseó la lengua por ellos, mientras bajaba la mano a su entrepierna y le acariciaba. En el plan de acción de Gal, pensaba pedirle que lo hicieran ahí mismo en la mesa, que con la intensidad que traían de tanto roce sabía que no iban a tardar mucho en quedarse bien servidos. Pero claro, Marcus empezó a besarle por el cuello, bajando al pecho, y se le escapaban las palabras, porque el maldito prefecto y aquellos conocimientos de su cuerpo y su placer que ella misma le había mencionado antes, la dejaban desarmada y completamente entregada.

Lo que no se vio venir fue a Marcus poniéndose de rodillas frente a ella. Por un momento, estaba tan nublada por el alcohol y la propia excitación que tenía, pensó "¿A dónde ha ido? ¿Qué hace ahora?" Porque, la verdad, tenía un poco de urgencia por tenerlo dentro... Pero entonces notó los besos en el interior de sus muslos, y se incorporó un poco para mirarle. Oh. Y aquella mirada. Oh. Vale, podía hacer lo que quisiera, no pensaba oponer ninguna resistencia. Se dejó caer contra la pared mientras miraba a Marcus coger el camino corto que le mencionó en su casa. Y tan corto que iba a ser. – ¡Oh, Dios, Marcus!  ¿Qué estás haciendo? – Dijo cuando le miró a los ojos desde su posición. Los labios del chico la hicieron arquearse y quedarse mirando al techo, tratando de respirar. Y justo cuando iba a llegar la parte interesante, y ella estaba metiendo suavemente los dedos en su pelo, enredándolos en sus rizos, oyó a alguien, detrás de la puerta, que, se acababa de dar cuenta, no estaba del todo cerrada. – Eso digo yo, Marcus ¿Qué estás haciendo? Cerrad la puerta por lo menos. – Era la voz de Lex, pero no se había asomado. – ¿En serio? ¿Veis necesario follar en cualquier circunstancia? Que está todo el mundo abajo, y yo podía haber sido Dylan o la tía Erin y ya tendríamos dos traumatizados en la familia. – Estaba avergonzada, de verdad que lo estaba, pero cuando oyó lo de Erin pensó "No creo que se traumatizara tanto con lo que tu hermano estaba a punto de hacer" pero se cayó, porque no quería un Lex traumatizado de verdad. Se rio un poco. – Gracias por la advertencia. Pero no estoy muy visible. Si te vas te lo agradecería. – El chico suspiró. – No, si quieres me quedo. – Dijo entre sarcástico y ofendido, haciendo un ruido de asco justo después. – Pero dejad lo que estáis haciendo. Sobre todo tú, Marcus, sea lo que sea en lo que estuvieras, que voy a escribirle a Darren y lo último que necesito es a los tórtolos calenturientos que estáis hechos follando al otro lado del pasillo. – Gal se deslizó hacia el suelo, de rodillas, poniéndose a la altura de Marcus y asintiendo con la cabeza. – Que sí. Pero vete. – Lex suspiró y les cerró la puerta de un portazo.

Pasó los brazos por los hombros de Marcus e incorporó el tronco a él, siendo muy consciente de que aún estaba en ropa interior (que tratándose de aquella en concreto era estar MUY poco vestida) y le besó deleitándose en sus labios. – Era arriesgado, lo sabíamos. – Volvió a besarle y a acariciarle el pelo. – Te digo lo que me dijiste tú en el aula de pociones... – Se inclinó sobre su oído. – Esto no acaba aquí, mi querido prefecto. – Susurró con la voz más ardiente que supo poner. Porque de verdad, que caerse del tronco justo antes de llegar a la miel daba mucha rabia, pero tendría que aguantarse. Se pegó mucho a Marcus, por sentirle así una última vez sin toda la ropa de por medio y dijo. – Tú si que me vuelves loca a mí. Más. – Se arrastró por el suelo para recoger su cancán y su vestido y se puso a vestirse, mirando de reojo a Marcus de cuando en cuando. Qué mono y coloradito se ponía cuando estaba borracho. Y solícito. Tenía que emborracharle más. – Escúchame, tú ahora bajas y como si nada, yo espero cinco minutos y nos vemos abajo como si no hubiéramos estado este rato juntos. – Apretó los labios y sonrió, ayudándole a levantarse. – Digo más, no hables mucho. Di que te ha caído regular el licor de espino o algo así. – Le besó con intención de darle un besito breve que se acabó convirtiendo en otro beso pasional que les enredaba a ambos, peor un carraspeo de Lex la sacó de su ensimismamiento. – Anda, baja. – Le dijo con una risita empujándole hacia la puerta.
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CON Alice y mucha familia EN Casa de los O'Donnell Día 31 de diciembre
Entre los besos volvió a esbozar una sonrisa pícara. ¿Que qué estaba haciendo? Improvisar, pero llevado por el deseo. Devorar a esa chica que le nublaba la mente por completo y le hacía sentir cosas que no sabía ni que podían sentirse. Temblar al notar los dedos de ella enredarse en su pelo otra vez. Perderse en besarla y acariciarla, en esa piel tan suave y cálida, en esa imagen que tenía ante sí... Hacía muchas cosas y más que iba a hacer.

Y entonces, esa voz. En otras circunstancias habría dado un salto, se habría muerto de vergüenza... No. En otras circunstancias, no se habría planteado hacer lo que iba a hacer, en el cuarto de invitados de su casa, sobre una mesa, con la puerta casi abierta y toda la familia reunida, porque era una absoluta locura. Pero, hecha la locura, ni siquiera reaccionaba con lo que habría sido esperable en él porque el deseo y el alcohol mandaban ahora.

Se quedó donde estaba pero se separó de la piel de la chica, bajando los hombros con frustración, echando aire por la nariz y apretando los labios. - La madre que... - Musitó. Su puto hermano, de verdad, es que no se lo podía creer. ¿¿Pero por qué le odiaba?? Osea, ¿¿qué le había hecho él?? ¿Es que no podía dejarle tranquilo ni siquiera en ese momento? ¡Ni que estuviera en su cuarto! - Vale, Lex, nos hemos enterado. - Trató de cortar, pero no. Su hermano había elegido justo ese momento para soltar una perorata. - ¡Oh, por Dios! - Gruñó rodando los ojos con desesperación. ¿Sigues queriendo darle cinco minutos para hablar? Pensó, como si lo hablara con ella. Alice había respondido mientras Marcus se frotaba la cara con las manos por no ir a darle a Lex un tortazo. Pero su paciencia no estaba en sus horas fuertes precisamente. Y cuando volvió a repetir ese puñetero verbo tan malsonante y que no reflejaba PARA NADA lo que él iba a hacer, porque él era un caballero enamorado y no un puñetero animal como su hermano lo describía, bajó las manos con exasperación y, aún de rodillas, se giró a la puerta. - ¡TÍO, JODER! - ¡Que no se le ocurría ni qué decir ya! Solo quería que se fuera.

Pero Alice se había arrodillado con él en el suelo y eso le hizo perder su pose erguida y decidida y relajar los músculos con derrota, con una expresión frustrada. - No... Qué mal... - ¿No podían retomar por donde se habían quedado? Que había sido una bajona, pero con las ganas que tenía, se recuperaba rápido. Sobre todo si le susurraba así en el oído. - Alice... - Susurró casi con una súplica. No, no se podían quedar así, tenía ganas hasta de llorar de rabia. La estrechó en sus brazos cuando se pegó a él, notando como se encendía de nuevo, acariciando su piel, oliendo su pelo... Pero la chica se separó, y él solo pudo soltar un ridículo quejido.

Era para verle de rodillas en el suelo, todo despeinado, con la corbata de aquella manera, cara de pena y la derrota emanando vibraciones a su alrededor. El galante ardiente de hacía dos minutos había dado paso a algo parecido a un niño al que acababa de explotársele su globo. Se ayudó de la mano de Alice para levantarse y volvió a pegarse a ella, recibiendo ese beso, deseando quedarse allí y prolongarlo más, hacerse el tonto, decir que no recordaba la interrupción y volver a donde estaban... Y otra vez Lex carraspeando. Bajó la cabeza, echando aire por la nariz. - Lo mato. - Murmuró. Pero Alice, que se lo había tomado de lejos mucho mejor que él, le empujó hasta la puerta. Se giró, dejó otro beso en sus labios y salió, sin decir nada más. Ni podía. Entre el alcohol, la excitación, la intensidad del momento, el corte abrupto y el enfado... Mareado era poco.

Iba a bajar, sí, pero antes iba a hacerle una visitilla a su hermano. Se plantó en su puerta, pero entró con tanta intensidad que se tuvo que apoyar en el quicio. Su hermano le miró con un desprecio que rozaba la lástima. - Desde luego, vaya pintas... - ¿¿En serio?? ¿¿"Voy a escribirle a Darren"?? ¿¿Pero a ti qué te pasa?? - ¿¿A MÍ qué me pasa?? ¿Quieres que te haga un croquis de lo que hubiera pasado según qué persona os hubiera pillado? - ¡No iba a pillarnos nadie! Lo tenía todo controlado. - ¡Y una mierda lo tenías todo controlado! ¡Que estabais con la puerta abierta, joder, y se os escuchaba perfectamente! No me hagas recordar lo que he oído. - Lex hizo como que le daba un escalofrío. - ¿¿Pero y a ti qué te importa?? ¿¿Por qué tienes que cotillear?? - ¿Tú eres imbécil? ¡Que se os oía, te estoy diciendo! - Lex bufó. - Mira, si de normal paso de hablar contigo, así como estás... - Le miró de arriba a abajo y dejó escapar un ruido asqueado. - Que está claro que no te llega el alcohol al cerebro. Que diga, la sangre. - Ironizó. A Marcus la mitad de las palabras se le perdían. - ¿Esto es lo que me espera toda la vida ya con Alice y contigo? Porque vaya puto asco. - ¿Ah sí? ¿Pues sabes qué? ¡Que yo tampoco quiero saber lo que tú haces con Darren! - Ahora fue Marcus el que lanzó el ruido de asco. - Ahg, ni me lo menciones. - Lex estaba totalmente desconcertado, tanto que se encogió de hombros alzando las manos. - ¿Pero quién cojones te ha pedido a ti eso? - ¡Tú! ¡Que no paras de husmear! ¿Por qué tienes que ser tan siniestro? - ¡¡Joder!! ¿¿Otra vez?? - Estaba desesperando a su hermano, que se frotó la cara con las manos resoplando, haciendo acopio de paciencia. - Mira, porque sé que estás borracho, porque te estás ganando una hostia... - Como me pegues me chivo. - Eso sí que no venía a cuento para nada, ese comentario tan infantil con el contexto que tenían entre manos. La cara de Lex era un poema. Debió darle hasta lástima, porque, para terminar de rematar al desconcierto de Marcus, su hermano frunció los labios aguantándose claramente la risa. - Cómo estás... Te pienso recordar esto toda la vida. - ¡Me da igual! - No le iba a dar igual al día siguiente. Claramente no era consciente de lo que estaba haciendo. - Me voy, que Alice me está esperando abajo. - De hecho no. De hecho en teoría tenía que bajar él primero y estaba allí perdiendo el tiempo. - Cuidado con las escaleras, Don Perfecto. - Se despidió Lex, con un tono de burla bastante evidente.

Bajó poquito a poco, aclarándose la garganta como si eso le diera serenidad y seguridad de por donde pisaba, muy tranquilo él, muy sereno... Muy agarrándose a la barandilla. Cuando llegó al pie de estas, avanzó un poco hasta donde estaba la gente, intentando integrarse disimuladamente. - ¿Qué te ha pasado en el pelo? - ¿Eh? - Respondió con un desconcierto bastante delator mientras se intentaba reacondicionar el pelo, bajo la divertida mirada de William, quien le estaba mirando los rizos para no dejar duda de que los tenía totalmente desbaratados. – No, es, es… - Rio incómodamente. – Me he caído por las escaleras. - William arqueó una ceja, pero no fue esa la reacción más súbita entre los presentes. Creía que estaban todos distraídos… No todos. - ¿Que te has caído por las escaleras? - Preguntó su madre, que nada más él contestar se había girado con una expresión entre el espanto y la incredulidad. – Sssí. Bueno… - Le estaba viendo los ojos cada vez más abiertos a su madre y como en seguida se le iba a acercar. Mala excusa. – Osea, no. - Se le escapó otra risa, se tapó la boca con una mano y carraspeó, tratando de esbozar una expresión interesante, pidiendo un poco de tiempo con un dedo índice alzado. – Deja… Deja que… - La cara de su madre ya empezaba a ser cada vez menos amistosa… Pero es que estaba coloradita, se la veía muy mona así. Mejor no se reía más. – Luego te contesto, ¿vale? - Porque a Marcus debió parecerle buena estrategia decirle a su madre “dame unos minutos para que me piense una excusa creíble”.

Emma rodó exageradamente los ojos y, con un suspiro, soltó en voz un poco más alta. - Por estas cosas no es buena idea dar alcohol a chicos de diecisiete años. -Violet se giró grácilmente, con una risita, botella en mano. ¿Es que siempre tenía una botella en la mano? - El alcohol era para los chicos de cuarenta, pero me daba pena dejar a los de diecisiete mirando. - Eso le hizo mucha gracia. En condiciones normales se le hubiera cortado la risa nada más que su madre se giró hacia él otra vez, mirándole de arriba abajo. Pero por algún motivo le estaba haciendo todo aquello mucha gracia. - Se te ha aflojado la corbata. - Comentó la mujer con esa cabeza ladeada y esa sonrisita que quería poner cuando quería lanzar un dardo congelado. Marcus se miró a sí mismo. – Ups. - Empezó a intentar corregírsela con poco tiento. - ¿Ves? Te dije que no estaba bien anudada. -
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CON Marcus y mucha familia EN Casa de los O'Donnell Día 31 de diciembre
Antes de irse, acarició la cara de Marcus y los rizos de su frente. Le daba penita la cara que se le había quedado, y más pena le daba cada vez que se acordaba de la visión de Marcus de rodillas frente a ella. Le besó y le dijo. – Algún día, tú y yo nos vamos a ir a alguna playa paradisíaca y vamos a estar solos día y noches. Tú, yo, al arena y el mar. Y nada más. – Le dio un poquito y fue, escaleras abajo, al baño. Allí se echó agua en la cara y el cuello porque sentía que iba a salir ardiendo y se miró en el espejo. Dios, sí que veía borroso. Se acomodó el vestido y esperó a oír que alguien pasara por delante, para completar su ficcioncita y salir. Fueron su padre, Arnold y Emma los que pasaban por el vestíbulo. – ¡Pajarito! A ti te buscaba yo. – Sonrió y se cruzó de brazos.  – Me ha dado un calor horrible bailando, había venido aquí al baño. – Los tres adultos ladearon la cabeza mirando tras de ella, y vio por dónde iban sus deducciones. Empujó la puerta del baño, con una gran sonrisa, abriéndola totalmente y dijo. – No, aquí no está. – Los tres la miraron como si fuera legeremante y se hicieron los tontos al mismo tiempo. Vaya, no era la única que había bebido. – Por vuestras caras deduzco que no encontráis a Marcus. Pero yo diría que estaba un poco afectadito después de tantas vueltas en el baile, así que a lo mejor se ha ido a la cama. – Tiró para el salón y se dejó caer en una silla. Puf, prueba superada.

Alguien se le sentó al lado y una voz que se le antojó demasiado chillona le dijo. – ¿Ya habéis hablado? – Dio un poco un bote y le dio la risa de sentir la mirada escrutadora de su hermano. – Eh... Sí. Bueno, no, porque ha subido Lex y no hemos podido... – Suspiró – Hablar, todo lo que queríamos. – Dylan subió los brazos y los dejó caer. – Siempre estáis igual. Así no os vais a arreglar en la vida. – Gal sonrió a su hermano y tiró de él para que se sentara en su regazo. – Sabes que no tienes por qué preocuparte de Marcus y de mí ¿Verdad? – Su hermano hizo una mueca y movió la cabeza de lado a lado. – Hombre, tanto como no preocuparme... El día que volvisteis de casa de los Horner estabais mal... Me dio miedo que os pelearais para siempre. Y cuando lo del ruso también. – Volvió a reír y acarició los rizos del niño. – La gente que se quiere también discute. Y no pasa nada. – Dylan entornó los ojos y señaló con la barbilla a Vivi y Erin, que estaban con la botella de champán haciendo el tonto a una distancia que a la prefecta Horner no le habría parecido nada decente. – ¿La tata y la tía Erin son novias? – Gal se encogió de hombros. – Creo que no lo tienen muy claro. – Dylan soltó un suspiro exasperado. – Yo no sé para qué valoras tanto lo de hablar, si luego los que habláis todo el tiempo nunca tenéis nada claro. La señora o'Donnell habla muy poco y por lo menos está casada. – Eso hizo que Gal empezara a reírse fortísimamente. Su hermano, el día de mañana, no iba a tener ninguna necesidad de alcohol para desinhibirse, eso seguro. Justo entonces entró Marcus, prácticamente reventando la coartada que ella con tanto mimo había montado, pero estaba de tan buen humor que simplemente siguió riéndose, apoyando su cabeza en la mano, y el brazo en el respaldo de la silla.

Pero su padre se aproximó a ella y se apoyó también en el respaldo de la silla, y sin dejar de mirar a la nada, y bebiendo de su copa, dijo. – Llevas un botón mal abrochado, y por consiguiente todos los demás. – Casi tira a Dylan mirando para abajo para verse los botones. Pues sí. Vaya pillada. Se puso roja y suspiró, mientras aprovechaba que tenía a su hermano delante para desabrocharse y abrocharse rápidamente, esta vez bien. – ¿También te lo han hecho las escaleras? ¿O te dejo que te lo pienses un ratito? – Gal movió las rodillas para bajar a su hermano. – Dylan ve a buscar a Lex, a ver si baja ya, eh. – Luego se giró hacia su padre, que seguía con una risita mirando a la nada. – ¡Papá, que estaba el niño!El niño ha estado aquí todo el tiempo mientras tú estabas despeinando a Marcus y él a ti desabrochándote el vestido, no me venga ahora con esas, hija. – Ella suspiró y negó con la cabeza. – Oye, que yo no te digo nada. Pero al final vas a cabrear a Emma ¿No puedes esperarte a volver a Hogwarts? O ve a nuestra casa, si allí ahora no hay nadie. – Soltó un suspiro ofendido y dijo. – En nuestra casa se rompen las camas. – Lo había soltado sin pensar mucho, pero a su padre le dio una risa muy fuerte y sincera. Bueno, al menos tenía eso. – Ya está bien, papá ¿Por qué quieres hablar de esto conmigo? ¿En serio? – é se encogió de hombros y sacó el labio inferior.  – A mi no me incomoda, hija. Si yo me alegro de que estés viviendo la juventud como mejor te parezca, pero en fin, Emma y Arnold tardaron siglos en... – Se levantó de la silla y se apoyó en el asiento con la rodilla, para estar más alta y llamar la atención haciendo aspavientos con los brazos. – ¡Vale! ¡Mi padre necesita urgentemente que le entretengan! Señor O'Donnell ¿Cómo era ese villancico, por favor?
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CON Alice y mucha familia EN Casa de los O'Donnell Día 31 de diciembre
- Un espejo no habrá por aquí, ¿verdad? - Su madre arqueó una ceja, pero a su padre le hizo mucha gracia. Marcus también se rio... No sabía de qué. - Pues tú sabrás, ¿no vives aquí? - Lanzó su madre de nuevo con esa sonrisa helada. Cosa que a Marcus también le hizo gracia, señalándola con un índice con una risita estúpida. - También es verdad. Es que... Estoy últimamente... - Marcus, hazme un favor y no bebas más. - Mamá. - Dijo de repente, recomponiéndose muy solemne. Se acercó a ella y la cogió de las manos. Emma, que habitualmente era bastante inexpresiva, le estaba mirando con el más absoluto desconcierto, con el ceño fruncido. - Pusiste el listón muy alto, ¿sabes? Como prefecta. - Negó con la cabeza frunciendo los labios y mirando a su madre con la más absoluta admiración. - Te imagino y... - Al final se iba a emocionar. Se le estaban humedeciendo los ojos, de hecho. Demasiadas emociones en la última media hora. - Temo no estar a tu altura, mami. - Por Dios bendito... - Solo quiero que lo sepas. Que aunque no esté en tu casa, ni lleve tu apellido... - Marcus... - Pero el chico no paraba. Ni la risa de su padre tampoco, pero él no le estaba ni escuchando. Se llevó una mano al pecho y con la otra apretó aún más la de su madre, visiblemente emocionado. - Es un honor ser tu hijo, y solo quiero llegar la mitad de alto que la prefecta Emma Horner... - Bueno, ya vale, cariño. ¡Arnold, por favor! - Al hombre se le cortó la risa, más o menos. Emma había cogido a Marcus por los hombros y le había girado hacia su padre como un muñeco de trapo, y ahora lo conducía hasta él. - Llévatelo al baño y que se eche agua o algo. - A sus órdenes, prefecta Horner. - Bromeó Arnold. La cara de Emma era un poema, pero el hombre se llevó a su hijo de allí antes de que les matara a los dos.

- Así que te has caído por las escaleras, ¿eh? - Dijo su padre en un tono jocoso mientras Marcus se echaba agua en el cuello. Este se volvió para mirarle, apoyándose en el lavabo... Despacito. Estaba muy mareado. - Anda que vaya luces hijo... - Violet le ha regalado lencería. - Arnold se quedó congelado, solo alzando una ceja. - ¿Perdón? - Marcus se encogió de hombros nervioso, como si estuvieran extorsionándole para que confesara el paradero de un fugado de Azkaban. - Yo, yo, papá, es que... - Arnold empezó a reírse otra vez. Por más que se tapaba la cara con una mano se le veía. - ¡No tiene gracia! - Ya me imagino, hijo. No querría estar en tu lugar. - Dijo entre carcajadas. No tenía capacidad de discernir si eso era ironía o no. Apoyó las caderas en el lavabo y se quedó mirando a la nada, apesadumbrado. - Es que... Es tan guapa... - Su padre estaba llorando de la risa, pero intentó recomponerse de aquella manera para cruzarse de brazos y asentir con gravedad, pero aguantándose la risa. - Y baila tan bien... Y... Sabe tanto de... Cosas... De plantitas... - Eso es importante en una mujer, hijo, que sepa de plantitas. - Arnold estaba literalmente llorando de risa, pero él seguía en su nube melancólica. - Y luego hace eso... De decirme "oye príncipe" y "vamos a escaparnos" y esas cosas... - Por qué no me sorprende que eso sea idea de ella... - Y besa tan bien... - Su padre ladeó la cabeza de un lado al otro con una mueca en los labios. - Y... Dios, cómo le quedaba ese sujetador... - Vale, creo que ya no necesito saber nada más. - Cortó el hombre, que volvió a tomarle de los hombros y a sacarle del baño. - Estoy muy enamorado, papá... - Soltó en un quejido lastimero, con el mismo tono con el que un niño pequeño dice "tengo sueño, vámonos a casa". - Sí, ya, hijo, no hace falta que lo jures... Y borracho también. - Un poquito. - Un bastante.

La voz de Alice llamando a su padre tan pronto aparecieron por el salón hizo que el hombre alzara los brazos con alegría. - ¡Me reclaman! - Yo voy a por un poco de agua. - Dijo un tanto ido. Menudo bajón tenía ahora, estaba embotadísimo, no sabía si mojarse la cara le había sentado mejor o peor. Pero ahora tenía muchísima sed, y como metiera más alcohol en su cuerpo se iba a lamentar, no es que estuviera muy lúcido pero como para darse cuenta de eso, sí. Así que mejor agua.

Abrió la puerta de la cocina y se paró en seco, con los ojos como platos, aún sujetando el pomo. Lo único que pudo hacer fue parpadear un par de veces y poco más, porque no podía ni pensar. Lo había visto, desearía no haberlo visto pero lo había visto: A su tía Erin y a Violet besándose. Besándose mucho. Besándose bastante. Automáticamente se separaron mientras él se quedaba incómodamente cuajado en la puerta. Tardó segundos en reaccionar. – Perdón, perdón. Yo, perdón. - Balbuceó, excusándose con las manos, sin saber ni lo que estaba haciendo. Erin se había girado automáticamente, ahora le daba la espalda y se tapaba la cara con las manos, como un niño que intenta no ser visto, como si él no pudiera reconocer la inconfundible cabellera roja de su tía más que de sobra. Violet, por el contrario, se había tornado en la dirección contraria, mirándole directamente, con una mano apoyada en la encimera sobre la que segundos antes reposaba la espalda de su tía. Marcus dio un pasito atrás, dispuesto a irse, dispuesto a hacer que aquello no había pasado, o a pellizcarse para comprobar que no estaba soñando o se le había ido del todo la cabeza con el alcohol. Pero Violet le habló en un tono de encantadora de serpientes por lo menos. - Tú no vas a contar nada a nadie, ¿a que no, Marcus? - El chico contestó rápidamente. - No. No no. ¿Sobre qué? Ni siquiera he visto nada. - No sabía por qué estaba diciendo eso, claro que lo había visto. Pero, al parecer, había dado en el clavo con la respuesta. Violet chasqueó la lengua con una sonrisa ladeada, un gesto de aprobación y una expresión tan Slytherin que le produjo escalofríos. - Además de guapo, listo. Qué partidazo perdió nuestra casa. - Marcus soltó una risita incómoda y, bajo la mirada de Violet y aún con su tía de espaldas, dio un par de pasos marcha atrás y cerró la puerta de la cocina tras de sí. Aunque se quedó un rato con el pomo sujeto de nuevo, al otro lado, parpadeando con fuerza. – No más beber. -
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CON Marcus y mucha familia EN Casa de los O'Donnell Día 31 de diciembre
Y ahora había perdido a las tías y Marcus isn venir. Maldita sea, no quería seguir hablando de sus escapadas con su padre, pero tampoco quería tener a Marcus no controlado, que tenía la lengua muy suelta. Ay, la lengua. Cerró los ojos muy fuerte tratando de recentrarse "Gal, ahora no, mal momento para pensar en eso". Arnold llegó a su altura, limpiándose las lágrimas de la risa y dijo. – ¿Sí, alteza? – Y eso la hizo cortocircuitar un poco ¿La había llamado...? Parpadeó varias veces seguidas y se quedó mirándole como si le hubiera echado un cubo de agua fría. Ay, Dios, este había estado hablando con Marcus. – El príncipe está en el baño, que le hacía falta refrescarse un poco. El baile también le ha dejado a él atontado. – Ambos amigos se echaron a reír sin parar, mientras volvían Lex y Dylan, con Emma detrás.

¡Tengo una idea mejor, Alice! Baila la cosa esa que bailáis en La Provenza con los hilos. – Eso le arrancó una pequeña risa y se frotó la cara. – Para dar vueltas estoy yo ahora, señor O'Donnell. – Emma se puso a su altura con los brazos cruzados y una ceja alzada. – Hoy Arnold parece antropólogo, con los bailes tradicionales para arriba y para abajo ¿Este de que va? ¿Voy a tener que hacer algo o me puedo sentar? – Gal levantó el cuello como una tortuga buscando a su tía y salir un poco del interrogatorio folclórico. – La tía Vivi lo baila mejor que yo. Lleva más años de práctica. – Pero su padre puso las manos sobre sus hombros y dijo. – ¡Tonterías! Mi madre la atormentó desde pequeña para que aprendiera a bailarlo con la esperanza de encontrar un buen muchacho provenzal con quien bailarlo algún día. – Gal abrió mucho los ojos y subió un poco uno de los hombros. – Sí, ehm... Suerte con eso. Con la tía Vivi también le ha salido regular, me parece a mí. Igual es una tradición que hay que abandonar. – Pero Arnold no se daba por vencido. – Venga explícaselo a Emma. Yo lo bailo con ella. – Ella soltó una carcajada sarcástica. Y dijo. – ¡Claro! Si usted solo tiene que estarse quieto. – Miró a Emma y dibujó una cinta imaginaria en el aire con los dedos. – Se le da una cinta muy larga a un chico... O sea... – Vaya elocuencia tenía en ese punto de la noche. – Al marido, o al novio, y él sujeta un extremo y la chica el otro. Y con la música se va saltando y enrollando poco a poco en el lazo hasta que acabas completamente enrollada en el hilo y en la mano del chico. – Se encogió de hombros y levantó las manos. – La cosa es que si no tienes pareja, se la das a tu padre, porque simboliza que no te va a dejar marchar, y si se la das a un chico es porque, pase lo que pase... Y por muchas vueltas que des... él ya te tiene atrapada por el lazo... – Justo entonces entró Marcus en el salón con cara de acabar de caer en la luna. – Y da igual que parezca que no vas a llegar nunca... Ya estás unida a él para siempre. – Se dejó caer en la silla y suspiró, apoyando las manos cruzadas sobre su vientre. – Pues me parece una tradición y una historia muy bonitas. – Dijo Emma con una ligera sonrisa. Gal asintió, sin levantar la vista porque sabía que miraría a Marcus. – Pues sí, pero el baile es endiablado de aprender. Y en verdad da igual, porque la tata lo ha bailado con medio Saint-Tropez, y aquí está.¿Y tú? – Alzó la cabeza hacia arriba, para mirar a William. – Solo con papá Gallia. Creo que de momento no me suelta.Si estás dispuesta a bailar, cariño, yo le doy el hilo a quien tú quieras. – Le dio la risa y negó con la cabeza, y peor idea porque todo le dio más vueltas aún. – Además, con usted no tiene sentido, señora O'Donnell. Usted ya tiene a Arnold y todo el mundo sabe que no se soltarían el uno al otro... – Notó que se hacha el silencio, intuyendo que estaban sonriendo, pero de verdad que no podía abrir los ojos, porque estaba muuuuy mareada.

Una pregunta le martilleaba el corazón, una más angustiosa que la que llevaba tanto tiempo queriendo hacerle a Marcus "¿Lo bailaste con mamá? ¿Creías que siempre estaríais juntos? Que algo tan tonto como un lazo en el que te enrollas te puede atar a una persona de por vida y condenarte a esto" Pero no quería preguntarlo, arruinar una noche que estaba siendo alegre y perfecta. Sintió la mano de su padre en el hombro, y al levantar la mirada se encontró con la de Marcus. – Pajarito ¿Estás bien? – Ella sacudió la cabeza y sonrió ampliamente. – Sí, sí, claro que sí. Es que me está dando hasta sueño. Pero yo no me puedo dormir sin oír ese villancico. – Miró a Marcus y sonrió, tierna y serena. A ellos les unía algo más que un lazo, no valía la pena obsesionarse con algo material y sin sentido, cuando lo que ellos tenían era... Destino. Volvió a mirar a los padres y tiró de la mano de Arnold. – ¡Vamos, señor O'Donnell, sea bueno y cánteme el villancico! – Dijo on tono de niña pequeña y recuperando las bromas.
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CON Alice y mucha familia EN Casa de los O'Donnell Día 31 de diciembre
Y al final no había bebido agua. Bueno, algo habría por el comedor. Efectivamente, encontró una jarra con un poco de agua en la mesa, se la echó en el que creía que era su vaso (al menos estaba donde él había estado sentado) y se la bebió de un trago. Tuvo que parpadear varias veces para centrarse un poco, porque entre su momentazo con Alice, lo que acababa de ver, el vaso de agua que se acababa de zampar... En fin, que le daba vueltas todo y ya no sabía ni donde estaba. Se frotó un poco los ojos con los dedos y entró al salón.

Todos parecían estar de repente metidos en una conversación súper tranquila y civilizada que en su cabeza desentonaba con el caos que llevaba viviendo en la última hora. Parpadeó otra vez, pero simplemente se acercó y se colocó junto a sus padres, escuchándoles hablar de... ¿Costura? Ah, no, bailes. Lo del hilo le había liado. Quizás debería disimular, pero no podía evitar mirar a Alice mientras hablaba, aunque fuera de soslayo... Y entonces, se calló, con los ojos cerrados. ¿Se había quedado dormida? ¿Así, sin más, de repente? Eso era raro. Oh, espera... Oh, no se habría desmayado, ¿no?

Se acercó rápidamente a ella con ojos asustados y se inclinó ante el sillón, pero antes de que pudiera preguntarle si estaba bien lo hizo William. Al menos abrió los ojos automáticamente, pero él ya tenía la pregunta en la boca. - ¿Estás bien? ¿Has comido? - Vaya tontería de pregunta, ahora que ya la había lanzado. ¡Pues claro que había comido! ¿Pues acaso no habían cenado juntos? Era ya la costumbre, cada vez que la veía cerrar los ojos sin venir a cuento se llevaba el susto. Todavía no se había recuperado del incidente de primero. Aunque cuando le miró y sonrió, diciendo que estaba bien, se le pasó todo. Solo pudo devolverle la sonrisa.

- ¡Venga, no se hable más! ¡Arnold! - Saltó William de su asiento, dando una palmada en el aire. - No te hagas más de rogar. - Su padre se estaba riendo bastante. Al menos ya no parecía tan avergonzado. - Es que apenas me acuerdo... - ¡Anda ya! ¿Cómo no te vas a acordar? - Marcus se sentó en el brazo del sillón en el que estaba Alice, expectante, y se inclinó hacia ella de lado para hablarle sin quitar la vista de los mayores. - Esto promete. - Al menos ya se estaba riendo otra vez y ligeramente más centrado. Ligeramente. Mejor se sentaba en condiciones en el sofá, no tenía el equilibrio como para aguantar mucho tiempo sobre el brazo.

- ¡A VER! Todo el mundo atento. - Justo en ese momento estaban apareciendo Violet y Erin por la puerta del salón. Marcus se tocó el pelo con nerviosismo y clavó la mirada en su padre, que claramente no compartía las ganas de William de tener tanto público. - ¡Tampoco hace falta hacer tanto show, William! - ¡Uy, que no! Mira, O'Donnell medio. Sí, vosotros soy los O'Donnell junior. - Añadió señalándoles a Lex y a él, que se tuvo que reír, mirando con complicidad a Alice. - Porque respeto lo suficiente a los Señores O'Donnell senior, que si no, ahora mismo estaba enviando mi patronus a convocarlos. Pero no son horas. - De hecho a mamá le va a dar mucha pena perderse esto. - Dijo su tía entre risas, la cual, para sorpresa de Marcus, se había sentado junto a él. - Mira, que todavía me lo pienso, ¿eh? - Contestó William, lo cual generó otro girigai entre su padre y él en el que, para mejorarlo, se metió de por medio Violet. Pero nada más hablar ella, Erin y Marcus cruzaron miradas. Fue un solo instante, porque su tía en seguida frunció los labios y bajó la cabeza un tanto ruborizada. Pero Marcus sonrió y se inclinó hacia ella para darle un amistoso empujoncito hombro con hombro. - ¿Te acuerdas de la señal que...? No, claro, qué te vas a acordar. - ¿Otra vez con la señal del juego de esta tarde? No estaba nada clara, Marcus. - Tú escúchame. - Apremió en un susurro, mirando de reojo a su alrededor para comprobar que todos seguían centrados en su jolgorio particular. Se acercó un poco a ella y se tocó la nariz, casi con un acto reflejo, pero guiñando un ojo al mismo tiempo. - Tú tampoco sabes donde estaba yo, ¿a que no? - Según Vivi... - Empezó su tía, mirando de reojo a Alice. Pero Marcus la miró con una sonrisita y las cejas arqueadas, y Erin pareció captarlo, echándose suavemente a reír. - Vale. - La mujer se tocó la nariz y guiñó un ojo. Marcus sonrió ampliamente. - Habrías sido una buena Ravenclaw. - La mujer volvió a bajar la cabeza, con una risita tímida y muy sonrosada. Pero otro berrido de William llamó su atención, y al mirarle vio la estampa de ambos padres enganchados el uno del hombro del otro. Volvió a mirar a Alice y a echarse a reír. Y lo que lo hizo más cómico todo, si es que se podía, fue que de verdad empezaron a cantar... Si es que a eso se le podía llamar "cantar".

Ooooh Hogwarts, nuestro bello hogar,
un año más llega la Navidad,
y nosotros felices te cantaremos,
¡feliz Navidad, Hogwarts, te queremos!

Cuando cae la nieve
Y cubre nuestros estandartes
Con todo blanco recordamos
Que todos somos iguales

Ooooh Hogwarts, nuestro bello hogar,
un año más llega la Navidad,
y nosotros felices te cantaremos,
¡feliz Navidad, Hogwarts, te queremos!

Eso duró un buen rato, era larguísimo el villancico, y cada estrofa era mejor que la anterior. Eso sí, el estribillo quedaba claro cual era, porque lo habían repetido como quince veces. Las risas debían estar llegando a casa de los abuelos por lo menos, o al tan mencionado Hogwarts. Cuando pudo recomponerse, dio su veredicto. - Espectacular el villancico, en serio.  Aunque… - Marcus ladeó varias veces la cabeza con un siseo. – Eso de que todos somos iguales… - Y en ese momento notó que alguien se le echaba encima y empezaba a revolverle los rizos entre risas pero con venganza contenida. - ¡Ah! ¡Mi pelo impoluto! – Cállate ya, sobrino, cállate. – Su tía empezó a zarandearlo flojito, pero iniciaron una cómica y dramática contienda en el sofá. - ¡Socorro! ¡Me asesina! ¡Me ha confundido con uno de sus dragones! – Y entre las risas, Dylan alzó la libreta. – “Con un colacuerno feo, como dice Alice”. –
Merci Prouvaire!


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