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Lun Ene 25, 2021 11:12 pm

Escenas de Navidad (Parte II)
CON Alice y mucha familia EN Casa de los O'Donnell Días del 1 al 6 de enero
- ¡¡EL QUE QUIERA GOFRES QUE SE LEVANTE!! - Dio un bote en su sitio, y entonces sintió como si alguien le hubiera clavado un clavo ardiendo entre los dos ojos. - Vivi... Si tan solo gritaras... Un poquito menos... - No te molestaban anoche mis gritos, pelirroja. - ¡¡VIVI!! Au... - La propia Erin debió hacerse daño en la cabeza ante su exclamación, porque nada más lanzarla cerró con fuerza los ojos y se llevó los dedos a las sienes. Pero Violet no se daba por vencida, y entró por el salón como quien entra en una verbena, haciendo sonar una especie de campana que no sabía ni de dónde salía. - ¡SE ENFRÍAN LOS GOFRES DE MOLLY O'DONNELL Y ESO NO PUEDE SER! - ¿Se puede saber qué...? - Empezó su madre, apareciendo por allí de brazos cruzados. Pero la mujer rodó los ojos nada más llegar a la puerta del salón. - Oh, por Dios, qué escena... - Suspiró con un toque de desprecio, negando con la cabeza hacia otra parte. Violet se giró hacia ella y se empezó a reír con descaro. - Buenos días, Prefecta Horner. Echaba de menos que acudiera usted en camisón a una de mis llamadas. - Emma automáticamente se cerró la bata en torno a sí con dignidad pero con apremio. La cara de su madre era hielo puro. Tras ella apareció un tambaleante y somnoliento Arnold frotándose un ojo. - Buenos días. - Saludó, totalmente ajeno a que había allí dos personas a punto de achicharrarse a hechizos y otras cinco en proceso de despertarse.

Parecía que tenía el gramófono de anoche dentro de la cabeza. Había dado un respingo, como todos los presentes, ante el primer bramido de Violet, pero se había quedado apoyado con una mano en el respaldo y las rodillas aún en el sofá, solo habiendo separado el tronco de... Oh, Dios, que estaba encima de Alice. Rápidamente se sentó a un lado. El movimiento brusco le arrancó un gruñido de dolor, obligándole a cerrar los ojos y a taparse la cara con las manos. ¡Cuánta luz! Parecía que le estaban apuntando directamente con una varita. - Amigo, recuérdame por qué decidí dormirme en el suelo. - Dijo William quejumbroso, reapareciendo tras la montaña de cojines. Lex no paraba de mover el cuello de un lado a otro con una mueca de dolor. El que parecía resplandeciente era Dylan, que aunque bostezaba con sueño estaba claro que era el menos afectado del grupo. - La próxima vez que... Oh, vaya, Emma. Qué hogareña. - Ohj. - La mujer volvió a cerrarse la bata, pero ya girándose de nuevo hacia las escaleras. - Arnold, ocúpate de esto, por favor. - "Esto" se llama desayuno calentito cortesía de tu suegra. De nada. - Abrió los ojos con dificultad y vio a Violet zarandeando una bolsa en el aire, mietras con la otra mano sostenía su varita y... Ah, ahí estaba el ruido, un puñetero encantamiento de campana. Le estaba taladrando el cerebro.

- Pajarito, ayuda al trasnochado de tu padre a levantarse, por lo que más quieras. - Dijo William, a quien claramente le dolían todos los músculos del cuerpo por haberse dormido en el suelo. - Que algunos no hemos tenido la suerte de dormir tan cómodos. - Y le miró a él. Marcus ahí sí que abrió los ojos, apurado, y clavó la mirada en el suelo rojo como un tomate. - Te tenías estudiada la postura, ¿eh? Eso no es de hoy. - Va, William, deja al principito tranquilo. - Dijo su padre, adentrándose en el salón con no mejor cara que ellos y una risilla. Marcus lo miró con el ceño fruncido en el más absoluto desconcierto. ¿Qué? ¿Por qué le llamaba así? Dios, no se acordaba de la mitad de las cosas...
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Mar Ene 26, 2021 12:04 am

Escenas de Navidad (Parte II)
CON Marcus y mucha familia EN Casa de los O'Donnell Días del 1 al 6 de enero
Estaba dormida al estilo de esas veces que ni si quiera sueñas. Un sueño profundo que te impide abrir los ojos, mover un solo músculo del cuerpo, pero no te impide oír a tu tía entrando armando un escándalo. Un escándalo que te perfora el cerebro. Hizo amago de darse la vuelta, como hacía siempre que la despertaban y no quería. Pero al hacerlo, notó el cuerpo de Marcus sobre ella. Creyó distinguir la voz de Emma también, y por un momento, en su pozo de negrura metal, su voz protestó "eh, estábamos acompañados, esta postura tan poco ortodoxa no significa nada". Trató de incorporarse del sofá abriendo un ojo y apoyándose sobre sus codos. Estaba de muy mal humor. Con el movimiento, se dio cuenta de que, en su pierna derecha, que ahora colgaba por el borde del sofá, aún enmarcando a Marcus, el cancán y la falda se habían hecho un rebullo, provocado por Marcus dejándose caer sobre ella la noche anterior ¿Realmente era ya de día? Por todos los Dragones podría haber dormido diez minutos o diez años y no estaría del todo segura de la diferencia. Miró desde allí a su padre cuando le pidió ayuda y dijo – Pues no, ahí te quedas. Tú le hiciste ese maldito hechizo de usar la varita de cencerro, mereces levantarte en el suelo y peor ¿No sabes ya que tu hermana se cree muy graciosa cuando todos los demás acaban de levantarse? – Su padre hizo un ruido parecido a un sollozo y se frotó el ojo. – ¡Ay, pajarito, no me regañes! Yo no te digo nada de que duermas con Marcus y el vestido por las orejas. – Con muy mala cara, le tiró un cojín, que los trastocados reflejos de su padre no pudieron evitar. – Cállate. Vergüenza debería de darte ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio. Bueno, más bien he visto la cara de Marcus en las... – Soltó un bufido para hacer callar su padre y se frotó los ojos. – Sois insoportables.

Se levantó del sofá y puso observar las caras de muertos vivientes que le rodeaban, Arnold y Erin incluidos. La única que se libraba, por supuesto, era Vivi. Se acercó a ella con cara de perro a punto de atacar y le quitó la varita, tirándola al otro lado del salón. – Para. Escandalosa. – Dijo con voz ronca y amenazante. A lo que su tía empezó a reírse inmisericordemente. – ¡Y esa, señoras y señores es Alice Gallia, mi amada sobrina, que es absolutamente insoportable cuando se acaba de levantar, no digamos cuando está de resaca! – Pero Gal ya iba de camino a la cocina. – ¡Insoportable eres tú! ¡Erin, mira lo que te espera! – Dijo mientras se alejaba y se metía en la cocina. Tenía que hacer poción revitalizante para cinco almas en desgracia. Fue cogiendo los ingredientes y poniéndolos en el caldero para que se fueran haciendo. – ¿Alguien va a querer café con los gofres? – Se giró iracunda. – ¡Dios! ¡Tata, cállate, no puede ser tan difícil! – Y se dio cuenta tarde de que era Emma, que ya se había vestido y estaba perfecta como siempre. Se llevó las manos a las sienes y dijo. – Discúlpeme, señora O'Donnell. Mi tía me trae por la calle de la amargura. – La mujer asintió y usó la varita para sacar la cafetera. – Puedo empatizar ¿No quieres café? Te va a venir bien. – Suspiró y asintió, aunque los gores no quería ni olerlos. Estaba echando la poción en una jarra y cogiendo vasos para todos. – Sí. Café sí. Pero no me acerque los gofres, por favor. – Emma se aproximó al fuego y dijo en voz baja. – ¿Necesitas... Ruda, por un casual? – Por un momento, achicó los ojos y volvió a masajearse las sienes. – La poción revitalizante no lleva ruda... – Pero Emma seguía mirándola, y algo hizo click en su cerebro, haciéndola girarse. – ¡Ah! ¡Ruda! ¡No! – Dijo demasiado alto para su maltrecha cabeza. – No... No, anoche no... No... Quiero decir que no... – Emma agachó la cabeza, con su expresión habitual. – Me ha quedado claro que no. – Gal suspiró y se frotó la cara. – Gracias. Voy a llevar esto a los del salón.

Cuando llegó, Erin y Vivi ya estaban poniendo la mesa para el desayuno. Ambas tenían una sonrisilla tonta y un brillo de felicidad que en otro momento le hubiera parecido adorable, y ahora le hacía odiar un poquito a la humanidad. Se echó poción ella y le llevó otro vaso a Marcus, para el que intentó poner una sonrisita. – Tómatela, te vas a sentir mucho mejor, créeme. Lo que tienes ahora tiene cura. – "La vergüenza que vas a pasar cuando te acuerdes de anoche, ya no", pero ya llegaría ahí. Se derrumbó en un silla mientras se terminaba la poción y llegaba Emma con el café, cuyo olor pareció devolverle a la vida. – Me has dado miedo, tía. Me has recordado definitivamente a... – Gal se giró, con expresión asesina, mientras se echaba el café. – Alexander O'Donnell, ahora mismo te mataría si terminaras esa frase. – Eso le hizo reír. Vaya, el señor puercoespín no tenía mal despertar. Es más, el día de Navidad les haba ayudado a una hora muy temprana, claramente era la hora Lex. – Defintivamente, te pareces a mamá. Super turbio todo. – Y con otra risa se sentó a su lado y ella se enterró en la taza, para beber el café. Y como no pensaba desayunar se levantó y se fue a la ducha.
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Mar Ene 26, 2021 1:03 am

Escenas de Navidad (Parte II)
CON Alice y mucha familia EN Casa de los O'Donnell Días del 1 al 6 de enero
No sabía ni por qué su padre se estaba riendo pero de verdad que no podía pensar. Cerró de nuevo los párpados con fuerza y se masajeó las sienes, pero ahora había otra voz que no paraba de hablar: la de Alice. Estaba diciendo muchas cosas y lo único que lograba captar era que estaba enfadada. ¿Pero qué había pasado? Y luego William contestó, y le mencionó, y Marcus volvió a mirarle. Y a mirar a Alice. Y a William. Y a Alice. Y paró porque de tanto mover la cabeza se estaba mareando.

- Por favor... No habléis tanto... - Pidió, volviendo a masajearse las sienes con los ojos cerrados, los codos apoyados en las rodillas y la voz aguardentosa. Se intentó aclarar la garganta. El sonido de una varita cayendo contra el suelo le chirrió en el cerebro, porque sí, parecía estar extremadamente sensible al ruido. Abrió un ojo, apretando el otro, para ver a Alice como una hidra con Violet. Vaya... Cuando se despertó en Navidad no estaba de tan mal humor... - Vaya niñata. Marcus, aún estás a tiempo de pensártelo. - ¿Eh? - Preguntó en voz baja y totalmente confundida. Se apoyó en el brazo del sofá como si fuera un anciano buscando un bastón y, tras hacer lo posible por mantener el equilibro y volver a gruñir por el dolor punzante en su cabeza, avanzó a pasitos lentos. - Voy al baño... - Y al baño se fue, arrastrando los pies, escuchando a su padre reírse de fondo. Fuera lo que fuera, no tenía gracia.

Se echó agua en la cara y se quedó unos segundos con las manos apoyadas en el lavabo, solo respirando y... Oh, Dios. Empezaba a acordarse de cosas. Y casi hubiera preferido quedarse como estaba antes. ¿Le había hablado a su padre de...? ¿Pero...? Joder, la mesa. Alice. El conjunto. Lex diciéndoles que tenían la puerta abierta. Las escaleras. Su padre riéndose de él y... Lo de príncipe. Joder joder joder... Se tapó la cara con las manos, echando el aire entre los dedos. ¿Pero qué había hecho? ¿Cómo había podido írsele la pinza de esa forma? Y con todos allí. Con William. ¡Con su madre! Por favor, le iba a matar. Qué vergüenza.

Arrastrando los pies de nuevo volvió al salón, rascándose la cabeza, ni se había molestado en peinarse en el baño. Total, entre el pelo, la mala cara y la ropa torcidísima y arrugada, ya no tenía arreglo. - ¿Qué pasa, chico guapo? - Comentó Violet en un meloso tono burlón mientras colocaba el desayuno que provocó que Erin escondiera una risita detrás de la mano. Marcus las miró de reojo con mala cara. - Cualquiera diría que no os lo pasasteis de miedo anoche. - No me acuerdo. - Dijo con la voz pastosa. Las mujeres se miraron y rieron complicidad. - La estrategia O'Donnell para tapar vergüenzas: "no me acuerdo". - Eh, que yo no hago eso. - Comentó Erin en tono suave, con otra risita, dándole una palmadita en el brazo. Marcus las miró con desconcierto. ¿A qué venía esa actitud? Oh, espera... Vale, acababa de acordarse de otra cosa de anoche... Oh, esto es una pesadilla. Pensó, tapándose la cara con las manos otra vez, con los codos en la mesa.

Notó una presencia cerca de él. No quería más comentarios ni burlitas, no quería hablar con nadie. Pero era Alice. Se destapó y la miró, tratando de fruncir una sonrisa agradecida y tomando el vaso. - Gracias. - Musitó, dando un sorbo... Y nada más tragar compuso una cara de asco que le hizo arrugar todo el gesto. - Ugh. - Mira que era difícil que a Marcus no le gustara algo. Vaya, ¿habría ofendido a Alice con eso? No era su intención, y... Ya parecía venir enfadada. La miró de reojo con timidez, escondiendo la boca tras el vaso. - Perdón. Seguro que está perfecta. - Pero también está asquerosa.

- No os preocupéis, ya he podido levantarme yo solo. Gracias por vuestra inestimable ayuda. - Se quejó William, sentándose en la silla frente a él con una colección de ruiditos de dolor que a Marcus le estaban martilleando el cerebro. - Café. Gracias cariño. - Dijo su padre, al que no sabía si eran imaginaciones suyas pero se le veía una sonrisa un tanto estúpida. - ¡Para ti no! - ¡Venga ya! Yo también estoy de resaca. - Volvió a quejarse William, que al parecer no estaba teniendo su mejor mañana. Pero no era el único. Y Marcus podía jurar que era la primera vez que le estaba sobrando oír tanto a ese hombre hablar. - Sin que sirva de precedente, estoy de acuerdo con la rama sensata de la mesa: olvídate del café. - Apuntó Violet, que había recuperado su varita y estaba haciendo volar un gofre a cada plato con ella. - Nadie quiere hoy un accidente en el laboratorio de Lawrence. - Oh, Dios, había quedado con su abuelo. Qué horror, no podía verle así. Se forzó a dar otro sorbo a la poción... Por favor, qué mala estaba...

Adoraba los gofres de su abuela, pero cuando le cayó el suyo en el plato se quedó mirándolo como ido. Si le daban un segundo más, era capaz de dar un cabezazo en la mesa, porque se le caían los párpados de sueño. - Marcus. - ¿Eh? - Reaccionó atontado y desorientado otra vez. Escuchaba la risa de Lex de fondo, muy mal disimulada. - No tienes por qué desayunar si no te apetece. - Dijo su madre, con tranquilidad. - No... No no... Sí. - Respondió, y cogió el tenedor... Pero, además de tardar un buen rato entre que lo tomó, cortó el trozo, lo pinchó y se lo llevó a la boca, cuando lo hizo casi no se lo podía ni tragar. Quería arrancarse la cabeza y ponerse una nueva de tanto que le dolía.

- Creo que, por primera y probablemente última vez en la historia de la humanidad, yo soy el que menos historias vergonzosas tiene que contar de anoche. - Dijo William como si aquello fuera un triunfo. Marcus le estaba mirando con los ojos entornados hacia arriba, aún con la mano lánguida sujetando el tenedor sobre el plato, pero giró la vista a Dylan cuando este empezó a señalarse a sí mismo. - Tú no cuentas, patito, eres demasiado joven. Aunque yo a tu edad ya apuntaba maneras. - Que me lo digan a mí. - Comentó su padre con una risa mientras se llevaba un trozo de gofre a la boca. - Yo tampoco tengo. - Comentó Lex, indiferentemente orgulloso de eso. - Vaaaaaaale vosotros ganais, no soy el que menos historias vergonzosas tiene. Pero estoy entre los tres finalistas. - El hombre hizo una pausa para comer que nadie interrumpió, lo cual solo le hizo ampliar la sonrisa. - Y el hecho de que todos guardéis silencio me da la razón. - Soltó una risa y paseó la mirada por todos los presentes. - A ver, ¿por dónde sugerís que empiece? -
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Mar Ene 26, 2021 1:50 pm

Escenas de Navidad (Parte II)
CON Marcus y mucha familia EN Casa de los O'Donnell Días del 1 al 6 de enero
La poción empezaba a hacer efecto y la ducha, con agua casi hirviendo, le devolvió poco a poco a la vida. Vaya locura. Su familia estaba loca de remate en general, y llevaban aquella locura a donde fuera que iban. Y Marcus se había contagiado un poquito bastante de ella. Oh, mala cosa para recordar. Suspiró bajo el agua y se pasó las manos por la cabeza. Daría lo que fuera por volver al momento y acordarse de dejar la puerta cerrada, porque quería que aquella visión que había tenido de Marcus se repitiera. Oyó golpes en la puerta y se dio cuenta de que estaba acaparando un poco el baño, así que cerró la ducha rápidamente y se envolvió en el albornoz.

Abrió la puerta, secándose el pelo. – ¡Ya voy, ya! – Y cuando levantó la vista se encontró con la versión muerto viviente de Marcus. Y hasta así estaba guapo el maldito de él. Puso una sonrisa dulce y le acarició la mejilla. – Hola, príncipe ¿Te está haciendo efecto ya la poción? – Con Marcus siempre tenía la capacidad de ser dulce y considerada, además su humor había mejorado considerablemente. Pasó los brazos por su cuello y miró a ambos lados. Cuando comprobó que no había nadie por allí, se puso de puntillas y le dio un piquito. – Buenos días. – Se separó pero no se soltó, quedándose mirándole. – Verás que te sientes mejor cuando te duches. – Bajó el dedo índice acariciando su cuello y sonrió. – Cuidado con el agua. – Bajó el tono y puso una sonrisilla. – Que está ardiendo. – Y se fue hacia su cuarto.

Allí entró ella, la mar de contenta, con su sonrisilla aún en la cara y cerró, apoyándose en la puerta. – Vaya, mira qué contenta está ahora ¿Con quién se habrá encontrado? Espero que así de poco vestida, con Emma no. – Suspiró e hizo un sonidito de queja. A cada lado de su cama estaban su tata y Erin, con esa sonrisita que no se les quitaba a ninguna de las dos. – Oye, me alegro de corazón que a vosotras no os interrumpieran anoche, ni tuvierais una familia entera pendientes de lo que hacéis, pero no comáis delante de los pobres.– Pasó hacia la cómoda, pero su tía tiró de ella y la tiró sobre la cama, entre ellas dos, y casi le desbarata el albornoz entero, que se recolocó como pudo. – ¡Tata! ¡Por favor! ¿Qué? ¿Te vas a poner vergonzosa ahora? ¿Te ha hecho Marcus chupetones donde no podemos ver? Sí, qué más me gustaría a mí... – Erin estaba colorada y muerta de risa infantil, porque la pobre no estaría acostumbrada a la franqueza con la que hablaban su tía y ella. Giró la cabeza hacia ella y puso cara de niña buena. – Perdona, tía Erin, es que está loca y es mejor hablarle en su idioma. – Su tata se tiró en perpendicular sobre ella y se quejó exageradamente. – Mira, mocosa, bastante que no te he hechizado esta mañana cuando me has tirado la varita, no pongas a Erin en mi contra. – Se apoyó en una mano, sin moverse de encima de ella y la miró. – ¿Entonces anoche nada de nada? – Gal suspiró y se pasó las manos por detrás de la cabeza. – Pues no. Tú me dirás, si para un rato que tuvimos, subió Lex con ansias románticas de escribir a su novio y nos dijo que cortáramos el rollo. – Y las dos mujeres se echaron a reír fuertemente, lo cual la hizo aunque fuera sonreír, porque le encantaba verlas así. – ¿Pero, el conjunto lo vio? – Gal asintió con la cabeza. – Buen trabajo, tata. Ya si pudiera llevármelo una semana a una cabaña perdida en el bosque donde no nos pudiera encontrar nadie para enseñárselo a gusto, sería perfecto.Podrías llevártelo a una cueva de dragones en Croacia. – Gal se incorporó con los codos y las miró. – ¿En serio? ¿En una cueva de dragones? – Erin volvió a ponerse roja como un tomate y su tía se rio. – Oye yo no te pregunto por los sitios. – Gal soltó una carcajada sarcástica. – ¡Por favor, tata!Vale, sí lo hago. Pero no me preguntes delante de Erin que se pone nerviosa. – La aludida bajó la mirada y Gal aprovechó para levantarse y empezar a vestirse. – ¡No me preguntes tú a mí por lo que hago con su sobrino! – Replicó señalándola. Las dos se echaron a reír. – Su sobrino nos pilló anoche en la cocina en situación inequívoca. – Se dio la vuelta abriendo mucho los ojos mientras se subía los pantalones. – ¿En serio? – Las dos asintieron. – ¿Y qué dijo? A ver, no era un brillantísimo orador en ese momento. Pero creo que se quedó un poco en shock.Pero luego a mí me dijo que guardaría el secreto. Creo. La verdad es que no entiendo bien sus señales, pero sí, debe ser que guardará el secreto. – Gal entornó los ojos y volvió a tirarse entre ellas dos, mientras se ponía una camiseta que tenía granate, con intención de darle gusto a Molly, dándole la espalda a su tía para que la peinara, como hacía siempre. – ¿A quién van a poner más incómodos los abuelos hoy en la comida? ¿A nosotros o a vosotras? – Las dos se echaron a reír otra vez, de verdad que estaban de un humor excelente. – Me temo que la atención está puesta en vosotros. – Dijo Vivi tejiéndole una trenza de raíz en el pelo. – Pero nos comprometemos a desviar la atención si es necesario. – Gal las sonrió a las dos. Sí, podía acostumbrarse a eso, a una Erin sonriente y a una tata así de feliz.

Salió con las tías de su cuarto de camino a al vestíbulo y se encontró con Dylan, que fue a engancharse a su cintura como hacía siempre. "¿Ya estás de mejor humor?" Eso la hizo reír y asintió con la cabeza. "¿Puedo ir al laboratorio con vosotros? Papá me ha dicho que te pregunte a ti." – ¿A mí? ¿A mí por qué? – El niño se quedó quieto un momento y finalmente escribió "Bueno ha dicho a tu madre, pero ya sabes que a veces se lía". Gal asintió. Y ya estábamos otra vez. – Bueno, ya veremos, igual un ratito te dejamos entrar, para que veas alguna transmutación hecha por un alquimista de verdad. Pero hay que estar tranquilito, que ahí hay muchas cosas que se pueden romper y causar un accidente. – Dylan asintió feliz y Gal se dirigió a hablar con su padre, que ya estaba arreglado y esperando sentado en una silla. – Hola, papi.Hola, pajarito ¿Ya no quieres matar a nadie? – Ella suspiró y se sentó en la silla de al lado. – No me pasáis ni una eh. Vaya reputación me estoy labrando. – Su padre se rio y se quedó otra vez mirando a la nada. – Papá. – Llamó su atención y la miró. – ¿Estás aquí?Pues sí, hija ¿Dónde iba a estar? – Gal se inclinó hacia él y, aunque no perdió la sonrisa, le clavó la mirada y tomó sus manos. – Aquí, papá, aquí de verdad. No quiero que te pongas a lidiar con alquimia si no estás concentrado y consciente al cien por cien de lo que estás haciendo. – Su padre se encogió de hombros sin perder la sonrisa. – Ay, cariño, pues estoy de resaca, como todos, pero tu poción era fantástica, te deja como nuevo... – Ya se iba a quejar y le iba a decir que se dejara de cambiarle de tema cuando dijo. – ¡Marcus! Tienes mucha mejor cara, chico. Si ya estás listo tú, podemos irnos ¿No? – Y Gal se dio un momento para suspirar y coger fuerzas. No terminaba de ver el plan.
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Mar Ene 26, 2021 6:34 pm

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CON Alice y mucha familia EN Casa de los O'Donnell Días del 1 al 6 de enero
Miró a los lados, extrañado de que Alice no hubiera cortado ya a su padre, pero resultó que ni siquiera estaba por allí. Se sentía totalmente solo ante el peligro. - ¡Marcus! - Se tensó de golpe, mirando a William. - ¿Me pasas el azúcar? - Tardó un par de segundos en procesar la pregunta. Pensaba que... Iba a... Escalofríos le daban por todo el cuerpo. Le pasó el azucarero, escuchando las risitas escondidas y cómplices de los demás. Se estaba sonriendo hasta su madre. En otras circunstancias preguntaría "¿qué os pasa?", pero algo le decía que no lo quería saber.

- Creo que esa reacción es porque quería que empezaras por él. - Dijo Lex mientras se llevaba a la boca un trozo de gofre con una sonrisa de satisfacción que pocas veces le había visto. - Al fin y al cabo a él le encanta ser el primero en todo. Y el centro de atención. - Marcus le miraba con los ojos entornados. Entre la mala cara de la reseca empezaba a verse una clara expresión de odio. William, dentro de que se estaba riendo por lo bajo, pareció apiadarse un poco de él. O no querer arriesgarse a que Alice no fuera la única malhumorada de la casa. - Venga, chico, mejor come un poco que la alquimia necesita tener el cerebro despierto y para eso hace falta energía. - Y para caerse por las escaleras también. - Murmuró Lex mientras cortaba los gofres, pero en un tono claramente audible que hizo que Violet y Erin se rieran por lo bajo como colegialas. - Leeeeex. - ¿Qué? Solo me preocupo por la salud de mi hermano, papá. - Contestó con voz del niño bueno que nunca había sido. Marcus seguía taladrándole con la mirada. ¿Por qué me odias así? Ni siquiera le salía la voz del cuerpo. Pero Lex le estaba mirando con una sonrisa fruncida y, tras mantenerse la mirada unos segundos, señaló su plato con el tenedor. - ¿Te lo vas a comer? Si no, me lo como yo. - Marcus miró con desidia el gofre ante él, al que solo le faltaba la esquinita que había podido comerse, y suspiró desganado. - Todo tuyo. - Concluyó, pasándole el plato a Lex y levantándose. - ¿Tú rechazando unos gofres? ¿Es que te estás muriendo? - - Eso parece. - Contestó con sarcasmo a su padre, dándose muy poquito a poco media vuelta. - Me voy a la ducha. - Cuidado con las escaleras.  - Lanzó Violet como si nada. Se produjo otro corrillo de risitas disimuladas que hizo a Marcus girarse. El único que miraba hacia todas partes como si no se estuviera enterando pero igualmente le hiciera gracia era Dylan, pero su madre tenía la boca tapada con una servilleta, William y su padre se lanzaban miraditas mientras se reían, Lex se estaba riendo sin disimular y Erin, que sí estaba teniendo el decoro de intentar que no se la viera, estaba colorada de la risa. Violet, por su parte, tan descarada como siempre le devolvió la mirada burlona y con una radiante sonrisa cuando se giró. - Vale, estaba mareado y decidí dormir en el sofá, qué divertido. Reíros pero se llama prudencia. - Respondió sarcástico y ofendido. Solo provocó más risas. - Claro, hijo, nos referimos a eso. - Contestó su padre. De verdad que no entendía nada. - Mejor vete a la ducha, cielo. - Contestó su madre, que por fin se había quitado la servilleta de la boca y había adoptado un tono tranquilo, pero la sonrisa se le seguía viendo. Rodó los ojos, harto de la vida y de todos y cada uno de los presentes, pero cuando fue a encaminarse a las escaleras le volvieron a interrumpir. - ¡Eh, Marcus! - Otra vez. De verdad, empezaba a parecerle no tan gracioso William. Se giró para mirarle y vio como el hombre se hacía algunos gestos superficiales en el pelo. - Hazte así. - Eso solo provocó más carcajadas. Marcus se dio un manotazo en el pelo para aplanarse los rizos despeinados, por contestar, o por hacer algo, no sabía ya ni lo que estaba haciendo. Pero frunció los labios y se dirigió escaleras arriba, porque aún era lo suficientemente respetuoso con ese hombre como para no contestarle.

Se dirigió ya un poco más despierto y un poco más cabreado hacia el baño. Más que enfadado, estaba desconcertado, pero claro, entre sus lagunas mentales y las risitas de los demás... Y la manía de Marcus de querer tenerlo todo bajo control... No era una situación agradable ni mucho menos. Iba haciendo tal esfuerzo por no desmayarse del dolor de cabeza que directamente giró el pomo de la puerta del baño cuando llegó, pero esta no se abrió y casi se da de bruces. Frunció el ceño e insistió. ¿Había alguien dentro? Estaba tan despistado que perfectamente se le podía haber adelantado alguno de aquellos graciosos y estar gastándole una bromita, aunque juraría que no. Llamó para comprobar si había alguien dentro o, por el contrario, se había atascado, pero una voz respondió. Claro, la de la única persona que no estaba abajo. - Oh, perdona, Alice, perdón. - Se frotó la cara, resoplando. ¿Pero seré idiota? Si había dicho que se iba a duchar. De verdad, necesitaba dormir y centrarse, como para meterse en un taller de alquimia estaba ahora.

Volvió un poco en sí al ver a Alice. Vaya, él todo desarreglado y ella... Así, con el pelo mojado, su albornoz y esa sonrisa. Mientras él prefería ni saber la cara que tenía. Qué desastre. - Un poco, aunque ya sabes que la paciencia no es lo mío. - Se frotó un ojo con la palma de la mano y trató de esbozar media sonrisa. - Necesito ser el Marcus lúcido ya, y temo que se haya ido para siempre. - En serio, en su vida le había dolido tanto la cabeza, y el cuerpo entero en general. Se sentía como si se hubiera caído de una escoba. Pero ese piquito y esa caricia le hicieron sonreír de verdad, aunque seguía sin estar lo suficientemente rápido para contestar. Se quedó mirándola alejarse de allí, con una sonrisa alelada, y cuando tuvo a bien reaccionar entró en el baño. No sabía si necesitaba agua caliente o fría, no sabía ni lo que necesitaba, solo dejar de sentirse así de aturdido. Se quedó un buen rato simplemente debajo del agua, perfectamente podría haberse quedado hasta dormido allí, porque al final se había decantado por la caliente y le estaba dando un sopor que controló porque estaba de pie, y lo que le faltaba era caerse en la ducha.

Al menos estaba ligeramente más despejado y notaba que podía abrir los ojos en condiciones y respirar un poco mejor. También se le había paliado el dolor de cabeza, pero seguía considerablemente aturdido y con una sensación de cansancio que empezaba a sospechar que no se le pasaría hasta que se acostara en su cama a dormir un buen número de horas. Se peinó un poco el pelo mojado y salió de allí, mirando a los lados para comprobar que ninguno de sus invitados anduviera por los pasillos. Porque, por supuesto, no se había parado a coger ropa para cambiarse, así que tuvo que ir a su habitación envuelto en una toalla. Salió al ver que no había nadie, pero antes de llegar a su dormitorio, se cruzó con Lex y su sonrisita de satisfacción. - Vaya, qué estilo. - Marcus ladeó la cabeza, entrecerrando los ojos con cara de confusión. - ¿Disfrutas con esto? - ¿Con ver a mi siempre perfecto hermano mayor liarla pardísima delante de nuestra familia y la de su ligue nivel ni siquiera se acuerda de lo que ha hecho y ahora está hecho un trapo? - Preguntó retóricamente, justo antes de erguirse en toda su altura y sonreír más ampliamente. - Mucho. - Marcus bufó, negando con la cabeza y pasando de largo. No tenía ganas de aguantar tonterías. Pero, justo después de rebasar a Lex, le escuchó murmurar, al parecer, imitándole. - Como me pegues me chivo. - Marcus se giró para mirar, con el ceño totalmente fruncido y sin saber de qué cojones hablaba, pero el otro ya se estaba marchando de allí mientras se reía entre dientes.

A pesar de haberse duchado con agua hirviendo tenía el cuerpo cortado y sensación de frío, por lo que se puso un jersey calentito, pero sobre un par de capas más, en el taller de su abuelo hacía una temperatura rara a veces. Bajó las escaleras con un poco más de seguridad de como las subió, aunque tampoco muy diestro... Tenía que recordar no beber de esa forma, a ser posible, nunca más, pero mínimo estando en Hogwarts, porque se veía sin poder subir o bajar de su amada torre, y no sabía si era peor no tener sitio para dormir o no poder ir a clase. Nada más bajar sintió como si le dieran un balonazo en el estómago, pero solo era Dylan abrazándose a él como siempre. Marcus sonrió y le revolvió un poco el pelo, pero cuando el niño se separó le hizo un gestito con el dedo índice para que se agachara. Marcus lo hizo (y ya podía valorarlo Dylan, como tenía la cabeza) y el chico le susurró algo en el oído, muy bajito. - Lo de anoche salió muy bien. - Marcus parpadeó un momento. A ver, a ver, porque ya sí que no le cuadraba nada que se hubiera compinchado con Dylan para algo que tuviera que ver con la noche anterior. Pero, aún así, sonrió. El niño ni siquiera había esperado respuesta, solo se había puesto a escribir. - "¿Puedo ir con vosotros a ver a los abuelos?" - Claro, colega. De hecho creo que la abuela ya cuenta contigo. - El niño sonrió ampliamente, escribió en la libreta -"Voy a cambiarme" - tan rápido que a Marcus y su lento procesamiento apenas le dio tiempo a leerlo y subió escaleras arriba.

Todavía no había entrado por el salón y William ya le estaba llamando a gritos otra vez. Al menos ya no se le metía en el cerebro como un clavo ardiendo como antes, aunque seguía molestándole. - Sí, claro. - ¡Genial! Cojo mis cosas y nos vamos. - William desapareció y Marcus se giró a Alice, esbozando una sonrisa. Pero luego cayó en algo. - Ay, mierda. - Murmuró, chistando con fastidio. No quería subir otra vez las escaleras, de verdad que no. Pero... - ¡Dylan! - Llamó, asomándose por el hueco de estas. - ¿Puedes bajarte mi transmutador de líquidos, por favor? Está en mi cuarto. - Al menos se ahorraba subir y bajar otra vez. Se dirigió de nuevo a Alice, dejando escapar un poco de aire en forma de risa avergonzada. - ¿Parece al menos que no me han pegado una paliza? - Porque él se sentía como tal. Si llega a saber que tenía esa mala cara no se hubiera mirado al espejo mientras se vestía. - Como mi abuelo me vea aparecer por el taller de alquimia así, se lo lega a otro. - Bromeó, aunque no exento de cierta vergüenza de que alguien como su abuelo, a quien tenía en tan alta estima, le viera así y pudiera siquiera intuir qué había hecho la noche anterior... Que ni él lo tenía muy claro. - ¿Serías capaz de hacerme un resumen de por qué parece que todo el mundo tiene muchas ganas de reírse menos nosotros? -
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Mar Ene 26, 2021 7:55 pm

Escenas de Navidad (Parte II)
CON Marcus y mucha familia EN Casa de los O'Donnell Días del 1 al 6 de enero
Marcus seguía teniendo pinta de haber pasado por un calvario, y ahora ella estaba un poco demasiado derrotada para ser un buen apoyo o una alegría si quiera. Estaba agobiada con lo de que su padre estuviera dando bandazos con la cabeza. Toda la despreocupación y alegría del día anterior se le había quedado en nada. Y no era solo eso. Oyendo a Marcus encargarle algo a su hermano se dio cuenta de que éste lo tenía todo demasiado interiorizado, demasiado aceptado que su padre la confundiera con su madre y el hecho de que ella tuviera algo que decir en los permisos que dar o no dar a Dylan.

Levantó la mirada cuando Marcus le preguntó por la noche anterior y ladeó la sonrisa parpadeando. Luego alargó las manos y agarró las del chico. – Pues a ver… A grandes rasgos… Hiciste trampa en un juego folclórico irlandés para bailar conmigo, luego nos escapamos, me temo que más descaradamente de lo que yo creía, y nos fuimos a mi cuarto a… – Alzó la mirada y amplió la sonrisilla, mirando a Marcus. Bajó la voz y dijo. – Sería una pena que no te acordaras del conjunto, la verdad, porque recuerdo que te gustó… Mucho. – Tanto como para ponerse a hacer lo que se puso a hacer, y solo el recuerdo le arrancó un suspiro que pudo controlar como respiración profunda. – Total que Lex nos pilló, te fuiste a hablar con él, así que no sé qué dirías ahí, pero luego bajaste las escaleras todo despeinado y cuando te preguntaron, dijiste que es que te habías caído. Luego te metiste con tu padre la baño, así que otra conversación que no presencié, pero, si te hace sentir mejor, yo me até mal los botones y fue mi padre quien se dio cuenta. – Se rio un poco y le acarició. – No fue tan horrible. Todo el mundo estaba de muy buen humor, y ahora se harán los listos, pero los únicos no contaminados por el alcohol fueron nuestros hermanos, y a todos los efectos, ambos son mudos. – Rio y se puso de puntillas para darle un beso en la frente. – Estás hecho un príncipe, como siempre. Solo quita esa cara de pena, y el abuelo ni lo notará.

Miró a las escaleras para comprobar que Dylan todavía no bajaba y se acercó un poco más a él, seria y bajando la voz. – Oye… – Agh, odiaba abordar temas de su familia con Marcus, de verdad que sí, solo le hacía recordar el desastre que eran. – Mi padre está… – Soltó aire y dejó caer las manos, desesperada consigo misma. – Está… O sea que antes me ha confundido con mi madre otra vez, porque le ha dicho a Dylan que me pidiera permiso para ir al taller y… – Se estaba explicando divinamente. – ¿Puedes… Ayudarme a que no líe nada el laboratorio de tu abuelo y que no se de cuenta de que está así? Ya lo paso mal cuando le pasan estas cosas delante de la gente, pero que lo viera tu abuelo me rompería el corazón… Y sé que a él también. Si fuera consciente de ello.– No le dio tiempo a que el nudo de su garganta se hiciera más grande, porque por allí bajaron su padre y su hermano con el transmutador y ya tenían que irse.

Había estado una vez en casa de los abuelos O’Donnell, allá por primero o segundo, en un cumpleaños de Erin, que era en medio del verano, y solo recordaba lo absolutamente genial que era el jardín para jugar. Pero en cuanto los cuatro aparecieron en el dicho jardín, no pudo evitar que se le escapara un suspirito y una gran sonrisa. – ¡Qué sitio más bonito! – Todo era hogareño, cuidado al detalle, parecía que te llamaba y te decía “Entra, quédate y no te vayas nunca”. Los abuelos salieron a la puerta y olía a varios tipos de comida, y a pesar de lo poco que le había apetecido la comida aquella mañana, le abrió el estómago. – Justo a tiempo. Yo sabía que mi heredero no me iba a fallar. Me han dicho que os lo pasasteis de miedo– Dijo dándoles palmadas a Marcus y a su padre en los hombros. La abuela le rio la gracia y recibió a Dylan en sus brazos. – ¿Tú también vas a hacer alquimia? – Gal se acercó y le dio un beso en la mejilla a Molly. – Él se va a quedar contigo un ratito ¿Verdad? Y luego le vamos a dejar entrar al laboratorio, cuando papá haya acabado con lo que tiene que hacer. – La abuela puso cara de felicidad. – ¡Pues claro que sí! Y mientras me va a ayudar a hacer el postre, que me han dicho que hace unas tortitas de infarto. – Dylan sonrió, hinchando el pecho, muy orgulloso de sí mismo.

Toda la casa era una maravilla, y Gal se hubiese tirado en los mullidos sofá del salón o se hubiera refugiado junto al fuego de la cocina y dicho “Idos a hacer cosas de alquimistas, yo me quedo aquí el resto de mi vida”, pero no se atrevía a dejar a su padre sin supervisión, aunque ya hubiera advertido a Marcus. El laboratorio estaba en una especie de casita aparte, en el jardín y ella solo pudo admirarlo. – Ojalá poder tener una casa aparte en el jardín para un laboratorio. Es genial. – Lawrence se giró hacia ella con una sonrisa. – Bueno, quizá el día de mañana, Marcus te preste este, o tengas el tuyo propio en tu casa. – Gal se rio y paseó los ojos. – No creo que pueda permitirme una casa como esta, abuelo. – El hombre volvió a reírse y dijo. – Sí, bueno, no me refería exactamente a eso. – Pero no le oyó hablar más, porque justo entonces entró por la puerta del laboratorio y se quedó sin habla. Era el laboratorio más completo y bonito que hubiera visto en la vida. Ríete del de Hogwarts. – Vale, definitivamente, esto es mucho más de lo que yo podría tener. – Corrió hacia la gran mesa del centro, observando los instrumentos y las tablas. – ¿Tiene círculos de transmutación ya hechos? – Lawrence se rio. – Claro. Si tuviera que dibujar los círculos cada vez que transmuto algo, estaría toda la vida dibujando. Pero estos son para las transmutaciones más básicas. Las interesantes sí requieren un dibujo más complejo. – Gal estaba que no se lo creía, casi se le había olvidado el agobio que traía con su padre. – ¡Mira, Marcus! Recipientes de cobre, como dice siempre el profe que hay que tener. – Se giró a su padre para explicarle. – El cobre transmuta peor que otros elementos y es más seguro, porque es menos probable que se mezcle con la transmutación – Al hacerlo, se encontró con la mirada triste de William, aunque llevara puesta una sonrisa. Igual se había pasado con las alabanzas y ahora su padre no se sentía bien. Reculó un poco y se mordió los labios por dentro, dejando que Marcus y el abuelo montaran el transmutador de líquidos en la mesa. Estaba más guapa callada, desde luego.

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Miér Ene 27, 2021 12:42 am

Escenas de Navidad (Parte II)
CON Alice y mucha familia EN Casa de los O'Donnell Días del 1 al 6 de enero
Agarró él también las manos de Alice, ya sintiéndose algo más reconfortado solo por eso... Aunque esa sonrisilla... Uy, esa sonrisilla de Alice no auguraba nada bueno, que ya la conocía desde hacía demasiado tiempo y ni una resaca bestial le iba a impedir detectar eso. Pero la dejó hablar, y conforme la iba escuchando iba abriendo los ojos como platos y se le iba descolgando la mandíbula. Cada evento que escuchaba era otro escalofrío por todo el cuerpo, ya le faltaba jersey para quitarle el frío y le sobraba para el calor que le estaba entrando, se notaba todos los pelos de punta y las mejillas ardiendo. - ¿Cómo que trampas? - Él no hacía trampas, eso lo primero. - ¿A...? - Porque Alice no había especificado a qué habían ido a su cuarto, pero por mucho que se hiciera el ignorante, estaba clarísimo a qué se habían escapado. Oh, sí, de eso sí que se acordaba, y tanto que se acordaba. Es decir, en su cabeza llevaba un ritmo un poco frenético y todo fue muy rápido, y desde luego no recordaba si había cerrado o no la puerta... Oh, Dios, no recordaba si había cerrado la puerta. Bajó la cabeza, alucinando consigo mismo y con una expresión de haberse quedado en shock. La mención del conjunto le mandó una imagen muy clara a la cabeza y... Uf, eso sí que le había producido un escalofrío, tanto que tuvo que parpadear un par de veces.

Antes de que pudiera confirmar que sí se acordaba del conjunto, y de más cosas, porque su memoria selectiva muy inteligentemente había decidido que de eso no podía prescindir, el desenlace le hizo sacudir la cabeza. - ¿Cómo que nos pilló? - No, por favor, otra vez el evento del aula de pociones no. Y por la imagen que recordaba de Alice... Y de él... Hubiera sido BASTANTE peor la pillada que lo del aula de pociones. ¿¿Pero en qué estaba pensando?? Aunque viendo lo graciosillo que estaba su hermano esa mañana, lo cual ahora entendía un poco mejor, muy traumatizado no se había quedado, así que dedujo que no llegó a ver nada. No tenía imágenes de eso en su cabeza, de hecho, solo de... Ah, la frase. "Como me pegues me chivo". Ahora sí que todo le encajaba... Maldito Lex...

Y ahí le encajó otra cosa. - ¿Qué me había caído? Eso no tiene sentido. - ¿Cómo se le ocurrió decir semejante idiotez? Ahora entendía tanto cachondeito. Pero aún quedaba más. Abrió los ojos con espanto y la cara directamente la tenía del color del tomate. - ¿Que tu padre... te vio...? - Se llevó las manos a la cara. Dios mío Marcus... Qué vergüenza, y ahora se tenía que ir a hacer alquimia con él. Quería que se lo tragara la tierra. Aún le quedaba una última posible tabla de salvación.  - No es verdad. - Aseguró, tanteando la posibilidad de que fuera una broma, mirándola con un toque precavido y la cara ya destapada. Nunca había deseado tanto que Alice le gastara una broma como en aquel momento... Pero, al parecer, de broma no tenia nada.

Miró a Alice con cara de pena cuando, precisamente, le dijo que quitara la cara de pena. - Vaya liada, Alice... - Suspiró, chistando y echando aire por la nariz mientras negaba con la cabeza. Iba a decir que por qué no le detuvo antes de que se le fuera la pinza de esa forma, pero... En fin, ya había dicho demasiadas estupideces en las últimas veinticuatro horas como para añadir a la lista pedirle a un Gallia autocontrol en una fiesta.

Se estaba frotando un poco la frente, tratando de recomponer mentalmente toda esa situación, cuando Alice se le acercó más seria. Temió haberla liado aún más, que hubiera algo lo suficientemente malo como para que se lo dijera así... Pero no iban por ahí sus palabras. Se le pasó el agobio radicalmente, porque ahora tenía algo más importante en lo que centrarse... Aunque en ese momento se sintió un poco mal por haberse mosqueado con sus bromas esa mañana. William era una persona muy importante para él. Se mojó los labios, bajando la cabeza y escuchando con atención, pero subió de nuevo la mirada para asentir. - Claro, por supuesto. - Muy rápido se había ofrecido a eso. No las tenía todas consigo ni siquiera de no liarla él mismo, tal y como estaba, como para hablar por otro. - No te preocupes... Es un gran mago, se centrará cuando vea que se está trabajando con cosas importantes. - Quería creerlo así. Y que su abuelo era alguien que centraba a las personas con su sola presencia, también. Giró el cuello cuando escuchó que Dylan y William bajaban pero, antes de que se les acercasen, sonrió a la chica y le guiñó un ojo, apretando su mano. - Lo vamos a pasar bien, ya verás. - Y comedidamente bien, importante. Que para "pasárselo bien" fuera de los límites con la noche anterior tuvieron más que suficiente.

Tan pronto se aparecieron, sus abuelos ya les estaban recibiendo. - No podría defraudarte, abuelo. - Contestó, muy bien puesto él, como si no hubiera estado muerto y desbaratado en el sofá hacía apenas hora y media. Eso sí, la palmada le sentó como si le hubiera lanzado una piedra encima, pero disimuló. Dylan se fue contento hacia su abuela y Alice empezó a hablar con Lawrence, así que él se quedó atrás con William, su sonrisa tranquila y sus manos en los bolsillos mientras caminaba. Marcus estaba un poco incómodo, para qué negarlo, por demasiadas cosas. Aún así quería hablar... Pero William se le adelantó, obviamente. - Ya me ha advertido Alice de que hay que estar muy centrado para entrar en un taller de alquimia. - Marcus lo miró con cierta prudencia. ¿Le estaba confesando que...? - Así que espero que se te haya pasado la resaca. - Ah, claro. William nunca dejaba de sorprenderte. Rio con suavidad, dejando escapar el aire entre los labios, y entonces tuvo un arranque de honestidad que no habría tenido de estar en pleno uso de sus facultades. - ¿Cómo se hace para no morirte de vergüenza después de haber desfasado más de lo que deberías en una fiesta? - Sin paños calientes. Total, era William. Total, ya le tenía caladísimo. Total... Ya había hecho el idiota delante de él de formas que ni siquiera recordaba, y mejor así. El hombre amplió la sonrisa y le miró con ternura. - El truco está en no plantearte lo que deberías hacer y lo que no. - Debió imaginar una respuesta así. Lamentablemente, no se aplicaba a su personalidad, así que no ayudaba mucho.

Siempre que entraba en ese taller se sentía en casa, más que en ningún otro sitio. Le encantaba, y tenía tantos recuerdos buenos en él que no acabaría nunca de relatarlos. Normalmente se obnubilaba mirándolo todo a su alrededor, y empezaba, como si fuera un juego, a buscar qué cosas nuevas había hecho su abuelo y dejado por allí con respecto a la última vez que entró. Pero ese día había algo que llamaba mucho más su atención, que le tenía totalmente absorto: esa Alice, en su lugar favorito del universo, el taller de su abuelo, mirándolo todo con esos ojos de Ravenclaw, curiosa e ilusionada, mientras el hombre le explicaba con el mismo cariño con el que le explicaba a él. Se había quedado cuajado mirando esa escena... Hasta que oyó a William carraspear a su lado. Eso le hizo salir de su nube y mirar a otra parte. - Tranquilo, puedes seguir. - Comentó jovial, aunque le notó un cierto toque nostálgico en sus palabras. Por un momento abrió la boca para hablar, pero...

Alice le interrumpió. Y menos mal, porque ni siquiera sabía lo que iba a decir. Se acercó a ella sonriente. - Efectivamente. - Corroboró orgulloso y entusiasmado a lo del cobre. - De hecho, si te fijas, hasta la mesa en la que estás apoyada tiene fibras de cobre. El abuelo está en todo. - El hombre rio, mientras preparaba algo de espaldas, probablemente alguna solución de prueba con la que poder estrenar su trasmutador. Lo dejó sobre la mesa y se desplazó a otro lado del taller, haciendo a Alice un gesto con la mano para que le siguiera. - Mira, ven a ver esto, te va a gustar. - Tal y como la chica había apuntado, había algunos círculos de transmutación ya dibujados, pero había visto los que estaban expuestos. Había otros escondidos, y Marcus era la persona que mejor se sabía los secretos de ese taller después de Lawrence. - ¿Ves estas cúpulas? - Preguntó, ilusionado, señalando el suelo. Tomó de un frasco lleno de piedras que había en la repisa tras él una pequeña y se agachó junto a las cúpulas. - Acerca la mano cuando yo te diga. Pero con cuidado. - Levantó del suelo la que se encontraba a la derecha lo justo para dejar ver el círculo de transmutación pintado en el suelo. Metió con prudencia la mano bajo la mampara de cristal, sin tocar el suelo, e indicó con un gesto a la chica que hiciera lo mismo. Hacía muchísimo calor. Cerró rápidamente para que la temperatura no se perdiera y agarró la otra cúpula. - A ver si te suena lo que hay aquí. - Comentó con una sonrisa. Levantó la campana de cristal y colocó automáticamente la piedra en el centro del círculo. El suelo y todo lo que la cúpula cubría estaban tan a baja temperatura que salía vaho, y la mano se le quedó helada nada más acercarse. Pero en apenas unos toques, la piedra se convirtió en un hermoso cristal de hielo. Lo tomó entre los dedos con satisfacción y se lo entregó a Alice. - Ahora tenemos uno cada uno. - Aunque el que ella le regaló a él en la nieve era mucho más especial. - Como bien sabes, el entorno favorece mucho las transmutaciones. El abuelo tiene sus propios microclimas creados, porque, ¿por qué no? - Comentó entre risas. Su abuelo conseguía hacer de algo increíble lo más corriente.
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Miér Ene 27, 2021 2:08 am

Escenas de Navidad (Parte II)
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Pero no podía durarle mucho la preocupación, porque ya estaba Marcus explicándole más cosas del taller, y la alquimia siempre se abría paso por su mente. Se acercó con él a las cúpulas que señalaba y le observó, extasiada, cómo sabía donde estaban todas las cosas, con qué seguridad se movía. Marcus no era una persona insegura ni mucho menos, pero nunca le había visto tan en su ambiente como en ese sitio. Observó cómo abría las campanas y fue metiendo las manos tal como él le decía. Todo aquello la tenía fascinada. Se levantó con una sonrisa tomando el cristal en sus manos con una sonrisa. – Y todavía tuviste la cara de preguntarme cómo lo había hecho aquel día. Tú has crecido aquí, con todo esto ¡Y mira lo que te ha costado hacerme uno!– Comentó riendo y mirando aquel cristalito como si fuera un tesoro.

-¡Vamos, vamos! Alice, no me irás a decir que te conformas con la transmutación sólida más facilona de la historia. – Dijo Lawrence mientras llevaba dos jarras de líquido hacia el transmutador nuevo de Marcus. Y a ver, también le llamaba el cristal, pero lo que la tenía loca era Marcus en aquel entorno, moviéndose como pez en el agua y haciendo cosas bonitas por ella delante del abuelo y su padre. – Aquí puedes ver maravillas, hija.Ya lo creo. – Dijo acercándose sin dejar de mirar a todos los lados. – Microclimas, no se me hubiera ocurrido nunca. En Hogwarts estamos en la edad de piedra de la alquimia, claramente. – Lawrence volvió a reír, claramente complacido con su entusiasmo y le dio con el índice en la nariz. – Un alquimista nunca desprecia el poder de una piedra, querida. – Ella se rio, y estaba segura de que le brillaban los ojos de puro entusiasmo. – Pero en Hogwarts quieren que aprendáis los básicos de la alquimia, si os pusieran todas estas cosas por delante no controlaríais eso que acaba de hacer Marcus con la piedra. Y todo en la vida se debe empezar por los cimientos, si no, el tejado no se sostiene. – Ella asintió, como una niña pequeña a la que le están contando un cuento, y observó como echaba agua en el transmutador de líquidos.

Justo entonces, su padre le rozó el brazo. – Sabes que puedes ser alquimista tu también ¿Verdad? – Se giró a su padre con una sonrisa y el ceño medio fruncido. – ¿Yo? – Encogió un hombro lentamente. – No… Yo… A ver, me encanta la alquimia. Pero bueno es… Hay que tener mucho conocimiento previo y dedicarle mucho tiempo y… – Y ella no tenía un laboratorio donde practicar todo aquello. Tragó saliva y amplió la sonrisa. – Yo quiero ser sanadora, papá. Pero creo que la alquimia puede ayudar mucho en la sanación ¿Verdad, abuelo? – Lawrence asintió gravemente mientras terminaba de cerrar el transmutador de líquidos. – Ya lo creo. Venga, intenta transmutar tú el agua en otro líquido. Ya tienes la plantilla del círculo dibujada en el propio transmutador ¿Qué elementos necesitas? Seguro que mi nieto te los encuentra. – Gal se dio con el índice en los labios, muy concentrada de repente. – Aprovecha y piensa en una difícil, ya que el transmutador es nuevo y estoy yo aquí para prestarte los medios y echarte una mano. – Suspiró y miró fijamente el lado del transmutador que aún estaba vacío, y de repente tuvo una iluminación. – Vale ya lo sé. – Y se acercó a los circulitos de la plantilla, dibujando con la varita los símbolos que necesitaba. – Y de precio necesito… Metal ¿Tienes alguna pieza de metal? – Como si fuera una orden, Marcus le tendió un taquito de acero, claramente cortado para servir de precio de transmutación, y el abuelo rio entre dientes. Gal lo metió en el recipiente del centro y, posando sus manos sobre el transmutador, empezó a hacerlo girar, como si fuera un giratiempo gigante, mientras dibujaba las estructuras de ambos líquidos en su mente. Cuando paró, se separó y miró los recipientes. El agua seguía hasta la mitad en el recipiente de la izquierda, pero el metal había desaparecido totalmente y ahora, en el recipiente de la derecha, había una fina capa de mercurio. – ¡Lo he conseguido! ¡Me ha salido! – Larry dio una palmada en el aire. – ¡Eres una intrépida, Alice Gallia! Pero muy bien hecho, la suerte favorece a los valientes.¿Alguien me explica qué ha conseguido mi hija? – Dijo William mirándola con orgullo y desconcierto. – Tu hija se ha tomado muy a pecho lo de que probara algo difícil. El mercurio es uno de los elementos más complicados de manejar porque es entre líquido y sólido, por lo que transmutarlo requiere mucha concentración. Claro, que con ayuda de un transmutador tan preciso, es más sencillo. Pero ha salido con una solución muy ingeniosa usando el metal como precio. A través de él es mucho más fácil llegar a la esencia del mercurio. – Gal estaba mirando de cerca los recipientes, confusa. – Pero no he podido transmutar todo el agua y ha salido muy poco mercurio. – El abuelo volvió a reírse. – Bueno es que no esperaría que una alumna, por mucho que sea de séptimo, tuviera tanto poder mágico como para transmutar toda esa agua, me retiraría, vaya. – ¿Por qué hay menos mercurio? – Preguntó William observando de cerca el artefacto también. – Porque la densidad del agua y el mercurio es diferente. – Gal miró a Larry con auténtica admiración. Ojalá les hubiera enseñado él alquimia. Y Marcus toda la vida aprendiendo con ese hombre, qué suertudo.

Se cruzó de brazos mirando la estancia, todos los cachivaches, la cantidad de círculos dibujados, tarros… Era como un sueño. Ahora entendía por qué Marcus sentía esa pasión desde pequeño. La voz de su padre la bajó a la tierra de nuevo. – La sangre y el agua tienen densidades parecidas ¿No? ¿Sangre humana? Sí, más o menos. – Comentó el abuelo. – Esa sí sería una buena aplicación de la alquimia a la medicina. Para operaciones y demás. – Larry ladeó la cabeza a un lado y a otro. – Sí, ciertamente, claro. Seguro que ya se le ha ocurrido a alguien. Mejor que el mercurio, que es extremadamente venenoso. – Gal se acercó a él y le dio un codazo suavecito, mirando hacia arriba. – O curar, todo es cuestión de la dosis. – El abuelo volvió a reír y dijo. – Y por eso yo no fui alquimista-enfermero ¿Te imaginas el desastre? – Y ahí estaban los dos riéndose, cuando su padre cortó, un poco bruscamente. – ¿Podrías hacerlo, Larry? ¿Transmutar con ese transmutador el agua en sangre humana? – El abuelo se paró a pensar, porque en el fondo Marcus era igual que él, y un reto intelectual le encantaba. – Bueno, para eso tendría que conocer el tipo de la sangre y saber un poco más sobre su estructura molecular… Eso un biólogo lo podría saber mejor. Pero… – Frunció el ceño. – Puedo intentar transmutarla en sangre de dragón. Esa la conozco mejor, de las pociones y demás. – Arrugó un poco más el gesto. – Necesitaría algo vivo para transmutarlo claro, porque, si no, no sería viable en un el ser vivo en cuestión, sería como inyectarle zumo por así decirlo. – Gal asintió, extasiada, porque realmente podía ser una cosa muy útil, y miró en la ventana. Cogió una rama de tomillo de una de las macetas que estaba bien cargada de hojas. – Esta tiene bastante vida. Inténtalo abuelo, sería increíble si lo consiguiéramos. – Se puso al lado de Marcus y se agarró de su brazo, extasiada, mientras Lawrence preparaba de nuevo el transmutador. Pero Marcus estaba serio y muy callado, como si estuviera pensando o… – ¿Estás bien? – Susurró. – ¿Te da miedo la sangre? Hay gente que le pasa. – Y, siendo sinceros, Marcus era un poquito aprensivo en la vida.

Pero el abuelo empezó la transmutación y ya solo pudo atender a eso. Con mucha más facilidad que ella, Lawrence manejó el transmutador y, casi inmediatamente, apareció la sangre en el recipiente de la derecha. – ¡Es increíble! ¡Brutal, abuelo! ¡Eres genial! – Pero su padre estaba muy concentrado, con la cara que ponía cuando quería aprender a hacer algo bien, y Marcus seguía con el ceño fruncido, pensativo, así que nadie compartió su entusiasmo. – ¿Crees que sería viable en un dragón? – El abuelo se encogió de hombros, mirando el recipiente a trasluz. – Eso habría que preguntárselo a mi hija. Toda la vida con los bichos a cuestas y ahora que necesitamos que nos hable de ello… – Se giró hacia su padre. – Pero es una gran idea William, y puedes haber tenido una idea muy importante para la medicina. Esa cabeza tuya es brillante, chico. – Su padre esbozó una sonrisilla. – Gracias, Larry. Solo tengo mucho tiempo para pensar. – Pero Gal se fue sonriente a su lado y se abrazó a su brazo, apoyando la cabeza en su hombro. – No, el abuelo tiene razón. Eres un genio.


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Miér Ene 27, 2021 12:25 pm

Escenas de Navidad (Parte II)
CON Alice y mucha familia EN Casa de los O'Donnell Días del 1 al 6 de enero
Marcus se levantó junto a la chica, riendo y quitando importancia. - Porque lo hiciste en plena nieve, sin esperárselo nadie. - Comentó con obviedad, sin dejar de sonreír. - Aquí está todo adecuado y perfectamente preparado, solo tenía que ejecutar la orden en mi cabeza. - Marcus se daba bombo hasta por pestañear cuando estaba en Hogwarts con el resto de alumnos, pero con Alice... Bueno, a veces también lo hacía, pero ella conseguía impresionarle casi cada dos minutos (o dejarle descolocado, que también valía), y le conocía demasiado bien, así que no tenía sentido. Con Alice podía dejarse de fanfarronadas y ser el chico entusiasmado por todo que realmente era.

Pero ya estaba allí el abuelo para hacerle sacar el ego a relucir. - ¡Eh! Que no todo el mundo sabe. - Facilona, decía. Si se pasara por su clase de alquimia de séptimo curso se echaría a llorar con lo que hacían algunos, de verdad que le daba pena del profesor, teniendo que explicar ochenta veces lo mismo. Se puso a ayudar a su abuelo a preparar todo lo necesario para usar el transmutador, ya nervioso y expectante, y le hizo un gesto alegre a William con la cabeza para que se acercara a mirar, porque se había quedado un tanto retirado. - Usted tiene un asiento especial en este espectáculo, Señor Gallia. - Comentó alegremente... Pero William apenas le contestó con un rictus sonriente. Se había puesto las gafas y miraba muy serio el transmutador. Estaría concentrado, supuso... Aunque nunca le había visto así en el despacho. Hizo un amago de fruncir levemente el ceño porque... Le había dado un pálpito extraño, desagradable. Pero supuso que solo eran imaginaciones suyas.

Se quedó en una esquina de la mesa, porque a pesar de la tontería del día anterior diciendo "el transmutador es mío y ya veré a quién se lo presto", no pensaba meterse ni lo más mínimo en aquello. Al contrario, estaba con los antebrazos apoyados en la mesa y la barbilla en estos, con una sonrisa de niño pequeño, mirando y escuchando a su abuelo y a Alice hablar de transmutaciones líquidas. Ya tendría tiempo de usar él el transmutador, ahora estada disfrutando de algo precioso. Eso sí, dio un salto diligentemente en cuanto su abuelo sugirió que le facilitara a Alice los elementos que necesitaba. - Voy. - Dijo alegremente, y con un trote se dirigió directamente a los frascos de metales y le dio a Alice un taquito de acero, absolutamente intrigado. Se volvió a su esquinita de la mesa, aunque ya no se quedó tan retrepado, sino inclinado para mirar. Por un instante se recordó a sí mismo en la imagen que había visto en el pensadero, subido encima de la mesa de William porque quería guardar las distancias pero se moría por mirar lo que estaba haciendo. Ahora tenía la altura y el autocontrol suficientes como para guardarse las ganas de subirse encima de la mesa, miraría desde allí. Conociendo a William, si él mismo había caído en eso, seguro que ya mismo le estaba haciendo una broma de las suyas diciendo "esto me suena" o algo así... Pero no. Le miró de reojo y volvía a estar muy serio y concentrado, de brazos cruzados, y volvió a atacarle ese mal pálpito. Solo está concentrado, Marcus, él mismo lo ha dicho, la alquimia requiere centrarse. Sí, tenía que ser eso.

Sacudió un poco la cabeza para echar fuera los pensamientos y se centró en lo que Alice hacía, lo cual solo le llevó el tiempo de posar sus ojos de nuevo sobre el trasmutador. Se quedó alucinado. - ¡Eso ha sido increíble, Alice! - No era nada fácil lo que había hecho. Ya sí que se levantó y se puso a su lado, total, ya había terminado, ya no la podía molestar, y él necesitaba mirar más cerca. Si por Marcus fuera se metería dentro del transmutador. - ¿Cómo se te ha ocurrido? Y además para empezar, yo habría empezado con otra cosa. - Marcus era ambicioso pero mucho más prudente que Alice, habría iniciado con algo más sencillo y hubiera ido escalando después. Pero Alice se tiraba de cabeza a las cosas y encima le salían bien. Y allí estaba él, alucinando. Estaba tan entusiasmado que, ante la pregunta de William, fue a contestar, pero su abuelo se le adelantó. Y menos mal, porque la explicación de Lawrence era mucho más estructurada y tranquila que lo que hubiera sido la suya, porque Marcus estaba a punto de lanzar una verborrea entusiasmada.

Estaba mirando la solución de mercurio que había logrado transmutar Alice con una sonrisa maravillada cuando la pregunta de William se la borró de golpe, haciendo que alzara la mirada a él, y bajándola súbitamente al transmutador de nuevo con incomodidad. No le gustaba esa pregunta, le había provocado un escalofrío por el cuerpo. Y eso era muy raro, al fin y al cabo era una pregunta como otra cualquiera... Y además bienintencionada, porque en seguida aseguró que era para darle aplicaciones en medicina. Esbozó una sonrisa breve y volvió a poner sus ojos en el transmutador, pero no quitó el oído de la conversación. Va, Marcus, no pienses cosas raras. Es William, es curioso, como Alice, ya está. No podía esperar que alguien con el intelecto de William y con su edad preguntara tonterías de alumnos de Hogwarts, obviamente tenía que ir un paso por delante... Se estaba repitiendo demasiado eso a sí mismo...

De verdad que intentó centrarse en el mercurio que había transmutado Alice pero las preguntas de William se lo hacían imposible. Empezó a ponerse un poco nervioso, se le notaba porque estaba moviendo las manos con incomodidad, tocándose la frente y los labios y rascándose el pelo, aunque sin quitar la vista del aparato de alquimia. Porque Alice y Lawrence parecían totalmente ajenos a lo que él temía que pretendiera saber William... Que no dejaba de indagar. Se lo dijo, le dijo que quería ir al taller porque tenía algo que preguntarle a su abuelo, ¿era eso? ¿Si se podía... transmutar sangre humana? ¿Por eso le había regalado un transmutador de líquidos? Se frotó el brazo porque le había dado frío, pero no podía mirar a ninguno de los tres.

Lo hizo en cuanto empezaron a hablar de la sangre de dragón y de que necesitaban algo vivo para transmutarla. Pasaba la mirada de uno a otro con una sombra de temor en sus ojos, porque no le gustaba nada por donde iba aquello, porque su abuelo se creía que estaban hablando simplemente de ingredientes para pociones y porque Alice estaba tan entusiasmada como si estuvieran en la mejor clase sobre alquimia de su vida. Pero William seguía muy concentrado y serio, y se le notaba que estaba pensando más allá de lo que veía. Cuando Alice se le enganchó del brazo sacudió un poco la cabeza, tratando de disimular y esbozando una sonrisa tensa... Que, por supuesto, ella detectó. - No, no, no es eso. - No le daba miedo la sangre, no es que fuera su elemento favorito pero no le daba miedo si la veía simplemente en una transmutación. No era eso lo que le pasaba, pero necesitaba una excusa. - Bueno, mucha gracia no me hace. - Trató de reducir la tensión, pero su intento de risa y comentario salieron tensos. Se llevó una mano a la sien. - Es que aún me duele un poco la cabeza, pero estoy bien. - Con eso tendría que valer, pero ahora se sentía mal. Odiaba mentir, pero sobre todo odiaba mentirle a Alice. Pero ni siquiera tenía pruebas de que lo que estuviera pensando fuera lo que realmente William pretendía, porque era una absoluta locura. No podía asustar a Alice de esa forma sin pruebas... El problema era que quizás no debería permitir que llegara siquiera a haber pruebas.

En apenas un segundo, su abuelo había transmutado la sangre de dragón y Alice estaba saltando de entusiasmo. Se soltó de su brazo y miró a William, y al verlo tan concentrado, al oír su pregunta, solo pudo fruncir el ceño aún más con preocupación. Ni siquiera podía disfrutar de lo que estaba haciendo. La escena de la chica abrazándose a su padre y su abuelo disfrutando con aquello solo hizo que le atravesara otro escalofrío desagradable. Había que parar eso. Había que pararlo ya. Se estaba empezando a agobiar.

- Pues el postre ya está en el horno. - Dijo su abuela jovial, adentrándose en el taller pero solo un poquito, porque llevaba a un ilusionadísimo Dylan tras ella y no querría que el niño empezara a toquetear por allí. En otras circunstancias, Marcus ya se habría ido hacia Dylan y estaría enseñándole cosas, pero estaba paralizado, así que se quedó sentado en su sitio y ese puesto lo tomó su abuelo. Miró de reojo a William y vio que este seguía concentrado, mirando el transmutador. Tragó saliva y retiró la mirada de nuevo.

Bajo la guía de su abuelo, Dylan estaba ahora donde se encontraban todos y se había puesto a explicarle, como lo hacía con él cuando era más pequeño, lo que había hecho Alice con el acero y el mercurio, en un claro tono de alabanza hacia la chica, y lo que había hecho él para conseguir la sangre de dragón. Pero Marcus les escuchaba de fondo, como si estuviera metido en una pompa. Pompa que rompió su abuela Molly cuando le puso las manos en el hombro, haciéndole dar un breve respingo. Pero la mujer se acercó y le susurró con ternura. - He hecho tarta de melocotón como me sugeriste, pero también tengo salamandras de jengibre de las que te gustan. - Marcus giró el cuello hacia la mujer, que estaba a su espalda, y esbozó una sonrisa. - Gracias, abuela. - Pero esta frunció el ceño. - Uy uy, que malilla cara tienes, con lo contento que estabas tú anoche. - No, no, estoy bien. - Dijo con una risa que pretendía quitar importancia a su estado, pero le traicionó el subconsciente. Porque en un acto reflejo, miró a William y su rostro se ensombreció otra vez. Trató de devolver la mirada a su abuela, pero ya era tarde, esta lo había captado. La mujer respiró hondo y echó un poco de aire, ligeramente exasperado, entre los labios, y le dio un par de toquecitos con su mano en el hombro. - Déjamelo a mí. -
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Miér Ene 27, 2021 5:28 pm

Escenas de Navidad (Parte II)
CON Marcus y mucha familia EN Casa de los O'Donnell Días del 1 al 6 de enero
Durante un brillante momento, pareció que Marcus estaba tan entusiasmado como ella, viendo el transmutador y lo que había conseguido. – ¡Pues me ha surgido así! A ver, el mercurio es un metal, pero es líquido, y quería probar algo realmente difícil… ¡Estoy alucinando con haberlo conseguido! – Dijo volviendo a mirar su fina capa de mercurio que se movía con ese tacto extraño dentro del cilindro. Pero Marcus seguía taciturno ¿Le habría molestado que su abuelo la alabara? No tenía al chico por alguien celoso, pero su abuelo era su abuelo… Y estaban con la materia que más le gustaba en el mundo. La excusa del dolor de cabeza, si bien era plausible, se le antojaba extraña. Ah, siempre acababan igual, uno de los dos se rallaba y el otro no llegaba ni cerco del núcleo del problema.

Justo entonces, llegó la abuela con Dylan, que no podía disimular su entusiasmo al ver el lugar (como era lógico y normal) y no quiso arruinarle el entusiasmo, así que se unió al abuelo y se pegó a su hermano para oír sus explicaciones. – Pero recuerda, Dylan, realmente nada se crea, solo se transforma. – Gal acarició sus ricitos rubio con cariño. – ¿Te gusta todo esto? – Dylan asintió entusiasmado. “Quiero ver al abuelo hacer cristales como los tuyos”. Lawrence se rio fuertemente y dijo. – Sí que tienen éxito los cristales de hielo. Pudo hacerte un cristal de verdad, Dylan. De vidrio. – El niño abrió mucho los ojos y luego miró a Gal.Ay, abuelo, el círculo de transmutación del vidrio es un dolor de cabeza. – El hombre se dio la vuelta y rebuscó en una especie de recipiente donde tenía varias tablas. – No si lo tienes ya hecho. – Dijo levantándolo triunfalmente. – A ver… Podemos usar… Sal, para que tu hermana no nos regañe por ser demasiado difícil ¿No crees? – Dylan asintió muy serio, como si fuera un experto en alquimia. En un momento, el abuelo, transmutó la sal sobre el círculo y le entregó a Dylan un patito de cristal, mucho más bello que lo que a ella le hubiera salido nunca, que del copo de nieve no pasaba. Su hermano dio unos saltitos muy breves con el patito en la mano, sosteniéndolo con delicadeza. Luego miró al hombre y dijo. – ¡Gracias, abuelo Larry! – El aludido sonrió más aún y le revolvió el pelo.

Ella aprovechó para acercarse a Marcus y la abuela. – ¡Ey! ¿Has visto lo que le ha hecho el abuelo a…¡Ay cariño, qué bien que vienes! ¿Te importa dejar la alquimia un ratito y ayudarme con la cobertura de la tarta de melocotón y a poner la mesa y esas cosas? – Gal se quedó un poco impactada, pero en seguida asintió. – Sí, yo… ¿Has hecho tarta de melocotón? – Preguntó anonadada. – Sí… Cierto caballero – dijo sacudiendo el brazo de Marcus – me dijo que la había probado en La Provenza, y que Helena me perdone, pero una abuela no puede permitir que otra abuela cocine mejor que ella. Vamos, no faltaba más. – Fue hasta ella y la enganchó de un brazo. – Y para que no se diga, William, hijo, ven a poner la mesa y prepararlo todo para cuando lleguen los demás. – Su padre se revolvió un poco. – Ay, Molly, es que quería preguntarle a Larry… Bueno, lo que sea se lo preguntas luego, si tienes todo el día. Venga ¡Tú también, Dylan! Que necesito alguien que me cace al gnomo del jardín, me viene trayendo loca. – ¿Era cosa suya o Molly estaba intentando sacarles del taller? ¿De verdad Marcus no les quería allí? Eso la entristecía un poco. Que sí, que ella misma había dicho que no quería ser alquimista… No de forma profesional y eso… Pero su única manera de mantenerse en contacto con ese mundo era si Marcus y Lawrence la dejaban entrar allí, aunque fuera a experimentar un poco… Para no perder la costumbre. Pero bueno, si él no les quería allí tampoco podía culparle, eran demasiado caóticos, y era su sitio especial con su abuelo. Cogió de los hombros a Dylan y lo dirigió hacia el jardín, echando una última mirada a Marcus, pero volvió a encontrarse con un chico angustiado. En serio ¿Qué le pasaba? Eso no era una pataleta de celos. No obstante, Dylan no parecía muy afectado por el cambio de escenario, y en seguida se entregó a la tarea que le había mandado Molly, mientras ellos entraban de nuevo a la casa.

La cocina era reconfortante y hogareña, hacia calorcito y olía a comida por todas partes. – ¿Cómo la cubrimos, pues? – Gal aterrizó de nuevo en el mundo y vio a la abuela sacar la tarta, perfecta, del horno. – Ah, pues… Mi abuela suele hacerle la cobertura con queso en crema, limón y azúcar glas. – Molly rio y le dio un beso en la mejilla. – Pero qué lista es mi niña, y qué hogareña, algún día vas a tener un marido muy gordo de lo bien que le vas a cocinar. – Ella se rio y se acercó a la encimera, para coger los ingredientes que le iba pasando Molly. – ¿Y yo que hago, Molly? – La abuela se volvió hacia su padre. – Pues poner la mesa, hijo, parece mentira ¿Te voy a tener que decir yo ahora dónde están las cosas en esta casa? – Su padre alzó las manos en gesto de son de paz. – ¡En absoluto, señora! – Y se fue al comedor. Estaba mezclando los ingredientes en un bol y Molly se acercó a ella, bajando la voz. – Está un poco despistadillo ¿No? – Gal rio un poco y alzó las cejas, entornando los ojos. – ¿Un poco? A veces parece que está en otro planeta. – La abuela chistó. – Igual estas reuniones familiares le recuerdan un poco a tu madre. – Ella suspiró y negó con la cabeza. – Él no necesita las reuniones para estar todo el día pensando en ella… – De hecho, estaba segura de que estaba así porque llevaba mucho sin hablar con el maldito cuadro, y estaba como si tuviera petardos en los pies por ir a verla, pero no quería decirlo abiertamente. – ¡Ay! No tengo la espátula de decorar aquí. Ya mismo vengo. Ve echándolo sobre la tarta. – Y Gal, obedientemente, se puso a echar con cuidado la crema. Entonces apareció su padre en la puerta y se quedó mirándola con los brazos cruzados. – No sabía que también te gustaba la tarta de melocotón. – Ella le miró un segundo y sonrió de medio lado. – Pues, claro, papá. Diría que es de mis favoritas.Y yo creyendo que era la de cereza. – Ella frunció el ceño, pero siguió esparciendo la crema con cuidado. – Ni si quiera me gusta la de cereza. – William puso cara cómica y dijo. – Usted perdone, pero hágame saber la señorita cuando cambia de gusto. Vaya a ser que algún día deje de gustarte yo, Janet. – Se le cortó la respiración y le temblaron tanto las manos que tuvo que dejar el bol en la encimera. Levantó la vista para tratar de reubicarle antes de que alguien le oyera, pero ya tarde. Molly estaba en la puerta mirándole con cara espantada y la espátula en la mano, petrificada en la puerta. – William… ¿Acabas de llamar Janet a tu hija? – Su padre, como siempre que le pasaba aquello, se adelantó a negarlo. – ¿Yo? No, no le estaba diciendo nada. – La abuela terminó de entrar y dejó la espátula en la encimera, parpadeando muy lentamente y poniéndose las manos en las caderas. – Acabo de oírte, William.Molly, no sé qué… – Pero la mujer levantó el dedo índice haciéndole callar. Se giró lentamente hacia Gal y la señaló. – Y tú no pareces ni medio sorprendida. – Les miró de hito en hito. – Esto no es la primera vez que pasa ¿Verdad? – Su padre se encogió de hombros y puso su sonrisa liviana habitual. – De verdad, Molly, no sé a qué te refieres solo estaba… Estaba...¿Qué? ¿Qué estabas haciendo? Porque si no te acuerdas de lo que estabas haciendo hace medio minuto, también es grave. – Los dos seguían callados y el nudo de la garganta de Gal era tan fuerte que no podía ni llorar. Aparte de Dylan, solo Marcus había visto en vivo y en directo a su padre llamarla Janet. La primera vez que se lo llamó, ella casi lo hechiza, así que podía entender que provocara reacciones adversas en las personas. – Vale, vamos a dejar eso un momento. – Dijo señalando a la tarta, y cogiéndola para meterla en la nevera. – Y vamos a sentarnos los tres y hablar de esto muy seriamente.


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Miér Ene 27, 2021 7:00 pm

Escenas de Navidad (Parte II)
CON Alice y mucha familia EN Casa de los O'Donnell Días del 1 al 6 de enero
Su abuela había captado algo, porque Molly las pillaba al vuelo. Lawrence, Arnold y él eran unos académicos brillantes, y su abuela también era una mujer muy culta, pero sobre todo tenía ese tipo de inteligencia que le hacía ver cosas que los demás no veían a simple vista. Y ahí había visto algo, de hecho por un momento temió que su abuela supiera literalmente en qué estaba él pensando. Marcus y sus inseguridades con respecto a que le lean la mente, aunque en esas circunstancias y tratándose de su abuela, no le hubiera venido ni mal. Pero Molly no era legeremante, solo era tremendamente avispada.

Volvió en sí al ver a Alice acercarse. Con una sonrisa, dirigió la mirada hacia su abuelo ante la mención, a pesar de que la mujer la había interrumpido. - Ey, colega, cómo mola. ¿Lo has hecho ahora, abuelo? - Claro, muchacho, ¿dónde estabas? - Comentó su abuelo con una risa, claramente aludiendo al despiste que traía por la fiesta de la noche anterior. Pero no era ni de lejos eso lo que le tenía en otro plano. Volvió de golpe a la conversación de su abuela cuando le agarró del brazo. Entre la resaca y sus nervios, estaba tremendamente aturdido, iba de una conversación a otra dando tumbos como una pelota, y al final no se enteraba de nada en ninguna. Pero simplemente sonrió a Alice como pudo, desde luego no con la naturalidad con la que él sonreía habitualmente, cuando su abuela dejó caer que la sugerencia de hacer tarta de melocotón había sido suya. - Sé que te gusta. - Comentó con normalidad, encogiéndose de hombros. Asistió al resto de la conversación con las manos en los bolsillos, tragando saliva con una sonrisa tensa, hasta que se fueron. Y por unos segundos, simplemente se quedó mirando a la puerta, de espaldas a su abuelo, como si el hombre no estuviera allí. Como si ni él mismo supiera si estaba o no allí.

Se giró lentamente, cabizbajo, y se dirigió al transmutador para recoger. Pero la mano de su abuelo le detuvo. - ¿Cuál es la primera norma en mi taller, Marcus? - Le miró con la humildad del aprendiz y, antes de contestar una respuesta que tenía aprendida desde que apenas levantaba un palmo del suelo, tragó saliva. - Si quieres usar el taller, tienes que estar en el taller. - Sin soltarle la mano, el hombre le devolvió una mirada sabia, arqueándole las cejas. - ¿Y tú estás ahora en el taller? - Se quedó mirándole un par de segundos, en un silencio avergonzado, hasta que negó con la cabeza. Su abuelo le soltó la mano. - Entonces no toques nada. Siéntate ahí, ya recojo yo. - Se dio media vuelta obedientemente, como un niño pequeño, y se sentó cabizbajo donde estaba antes.

El único sonido que hubo por unos instantes fue el de los útiles mientras eran limpiados y recogidos por su abuelo, al menos fuera de su cabeza. Dentro de esta, una sucesión de preguntas de William, de imágenes, de lo que vio en el despacho, de la voz de Janet en el cuadro, de la voz de Alice diciéndole que su padre no estaba bien... - Te conozco lo suficiente como para saber varias cosas. - Empezó su abuelo. - La primera, que te pasa algo, aunque creo que eso lo sabría cualquiera que te viera aunque fuera de paso por la calle. En eso eres como tu tía Erin, transparente como el cristal. - Marcus seguía cabizbajo, mordiéndose los labios por dentro del nerviosismo. - La segunda, que ese algo no tiene nada que ver con la resaca de anoche. Eso da otros síntomas. - El hombre, de espaldas, hizo un gesto con la mano para que le acercara uno de los trapos que había por allí. Marcus hizo caso mientras Lawrence seguía. - La tercera, que es lo suficientemente importante como para que eclipse el hecho de tener a tu adorada Alice Gallia en el taller de tu no menos adorado abuelo. - El hombre le miró con una sonrisita que Marcus no pudo evitar devolver mientras le entregaba el trapo que le había pedido. - Y la cuarta. - El hombre se giró con un suspiro y se apoyó en la mesa mientras se secaba las manos con el trapo. - Que lo que quiera que sea, ha pasado mientras estábamos aquí. - Pues sí que era difícil ocultarle a sus abuelos algos. Lo peor es que el hombre aún tenía algo más que añadir. - Y podría seguir dando argumentos, porque conozco a mi mujer y sé que no necesita a tres personas para hacer la cobertura de una tarta. Pero como siga hablando yo, no vas a decir nada. - Mentiría si dijera que no había pensado refugiarse en dejar a su abuelo hablando solo.

Marcus se mojó los labios y se rascó un poco los rizos de la nuca, mirando a otra parte. - Bueno, emm... No es que me pase algo exactamente, es solo que... - No podía decirle a su abuelo lo que estaba pensando, era demasiado grave. No se atrevía, directamente, y no porque desconfiara de Lawrence ni mucho menos, sino porque... No sabía si era así, y si no lo era, estaría echando piedras sobre una persona a la que admiraba muchísimo, aprovechándose del estigma de que últimamente no estaba bien. No era justo. Ya le fastidiaba cuando lo hacían los demás, no iba a hacerlo él. - Creo que tenías razón cuando has dicho que... Bueno, que tienen que darnos mucha base de Alquimia en la escuela. - El hombre asintió, escuchándole con paciencia. ¿Estaría colando? - Pero Alice también tiene razón, no avanzamos nada. Y... En fin, creo que voy a salir poco preparado de Hogwarts. - Ya contábamos con ello. ¿Por qué te crees que, a mis años, no he contratado todavía un aprendiz? Pensaba encasquetarte todo el trabajo sucio cuando acabes tus estudios con la excusa de que estás en prácticas. - Bromeó, lo cual hizo a Marcus reír un poco. - Va en serio, abuelo. - Di lo que sea de una vez, chico, que sé que tramas algo. - No, no era él quien tramaba algo... Pero sí, algo tenía que decir.

Se mojó los labios una vez más y bajó la mirada. - He... Estado investigando, cosas, por mi cuenta. Ya sabes, libros que no me había leído nunca, más avanzados... Y hay muchas cosas que no entiendo. - Su abuelo estaba escuchando, esperando que fuera al grano. Reunió valor. - Quería... Preguntarte por una cosa que... Bueno, me ha llamado la atención, la información es confusa. - Miró a su abuelo con prudencia. - ¿Es... Posible la transmutación humana? - Su abuelo arqueó una ceja y Marcus se tensó, pero trató de disimular. El hombre respiró hondo, tomándose unos segundos para contestar. - Define "posible". - Bueno, es decir... Si se puede hacer. - Lawrence tenía las manos entrelazadas ante el regazo y una especie de solemnidad inexpresiva en la cara. Y Marcus, que no estaba nada seguro de que su pequeña mentira se sostuviera en absoluto, estaba temiendo desmoronarse de un momento a otro. - Si tu pregunta es si científicamente, por medio de la alquimia, es posible llevar a cabo la transmutación humana... La respuesta es sí, pero un sí con muchos impedimentos. En concreto, con un altísimo coste y unos resultados muy cuestionables. - Hizo una pausa severa. - Si tu pregunta es si ese es un procedimiento o experimento como cualquier otro que pueda llevarse a cabo en un taller de alquimia como este, la respuesta es un rotundo y tajante no. - Eso ya lo sabía él, o lo imaginaba, porque no entendía casi nada de transmutación humana pero podía atar cabos. Muchos cabos. - ¿No decía tu libro que es una práctica ilegal y, por supuesto, nada ética? - Marcus asintió enérgicamente. - Sí, sí, claro, es... Solo tenía... Curiosidad. - Hay que tener cuidado con nuestra curiosidad a veces, Marcus. Y tú eres un chico bastante sensato, ¿verdad? - Volvió a asentir, pero con nerviosismo. Y sintiéndose fatal. Por no poner a William en la palestra se había puesto él, y a mucha honra, pero ahora le dolía pensar que su abuelo pudiera llegar a juzgarle.

Menos mal que Lawrence de tonto no tenía un pelo. - Entonces, ¿me estás diciendo que te has puesto así de repente porque un día leíste en un libro una cosa que te dio curiosidad y no entendías? - El hombre dio un paso hacia él. - Marcus O'Donnell hablando de transmutación humana justo antes de abandonar la escuela y con esa cara de pánico, sacando el tema de un segundo para otro, me parece una importante línea roja que quiero saber qué origen tiene. O si no, Marcus O'Donnell hoy se queda sin comer. - Ahí sí que abrió los ojos con miedo, pero solo se encontró con una sonrisa burlona de su abuelo. Pero la expresión preocupada no se le había ido del todo. - Iba a decirte que, si querías, me lo podías contar... Pero mucho me temo que lo que debería decirte es que me lo debes contar. - Marcus tragó saliva. Pues sí, se lo debía contar.

Miró a la puerta, nervioso, esperando que nadie la cruzara en ningún momento y poniendo el oído para comprobar que el resto de su familia no hubiera llegado todavía. Parecía que todo estaba en calma, así que... Era el momento. - Tengo que... Contarte una cosa, abuelo. - Le miró a los ojos y ahí empezaron las súplicas, perdiendo ya el poco temple que tenía. - Pero por favor, por favor por favor, abuelo: no se lo cuentes a nadie. - Juntó las manos. - Prométemelo. Abuelo, prométeme que no se lo vas a contar a nadie, absolutamente a nadie. Por favor. - ¡Ya vale, Marcus, me estás asustando, por las barbas de Merlín! - Marcus descruzó las manos y soltó aire agobiado. - Tú dímelo, confía en mí, muchacho. Y ya veremos de qué se trata. - El chico tragó saliva y empezó. - Es... Es William. Vi sin querer algo en su despacho el día que fui a casa de Alice, y... - Bajó la mirada, mordiéndose los labios. Su abuelo le estaba buscando los ojos, un poco asustado. - Creo que quiere revivir a Janet. -
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Escenas de Navidad (Parte II)
CON Marcus y mucha familia EN Casa de los O'Donnell Días del 1 al 6 de enero
Ninguno de los dos dijo nada, simplemente siguieron a Molly al salón y se sentaron, su padre y ella cada uno en una esquina del sofá, y Molly en la butaca de al lado, mirándoles gravemente. Nunca se imaginó que aquella señora tan adorable pudiera imponer tanto. Su padre tenía cara de estar quitándole importancia al asunto. – ¿Por qué estás tan tranquilo, William? – Su padre alzó las manos y movió la cabeza. – Porque no pasa nada. Estáis todos muy preocupados por mí, y os lo agradezco, de verdad, pero… Solo estoy triste. No puedo caminar sobre lo que me pasó como si nada. – Molly se inclinó hacia delante y juntó las yemas de los dedos, y por un momento le recordó muchísimo a Marcus, aunque físicamente no se parecían en nada. – No. Claro que no. Pero ¿De verdad no te das cuenta de que desconectas? – Su padre alzó las cejas y sacó un poco los labios. – Bueno, pero… Eso me ha pasado… Siempre… Ya me conoces, Molly, me pongo a pensar… Corta el rollo, William. No me refiero a eso. Te conozco desde que no levantabas diez palmos del suelo. Sé cuando te pierdes en tus divagaciones, y no era eso lo que te pasaba ahí en la cocina. – Gal seguía callada, porque pretendía no decir nada a no ser que la preguntaran directamente. No iba a decir nada en contra de su padre, ni siquiera a la abuela, ni aunque vinieran los dementores y le absorbieran el alma diría nada malo de él. – William, mírame. – Su padre obedeció, con cara de “ahora qué”. – ¿Qué ves? – El soltó aire y se encogió brevemente de brazos. – A Molly O’Donnell. La madre de mi mejor amigo, que ha sido como una segunda madre para mí, y que, por algún motivo que aún no entiendo, está enfadada conmigo como cuando liaba alguna trastada de niño. – La abuela seguía seria, pero pudo notar como algo en su gesto delataba la ternura y la tristeza que sentía. – Esto no es una trastada, William, y lo sabes. Mírala a ella. – Dijo apuntándola con la barbilla. – ¿Quién es? – Su padre giró rápidamente la cabeza. – Mi hija Alice. – La abuela hizo un gesto de conforme y se volvió a recostar en el sillón. – ¿Y es a ella a quien veías en la cocina hace un momento? – William se encogió de hombros, confuso. – No sé a dónde vamos a parar con todo esto.Te he oído perfectamente. La has llamado Janet, pero digo más, te conozco como si fueras mío y recuerdo perfectamente cómo mirabas a tu mujer. Hace un momento la estabas mirando así. – Gal tragó saliva y empezó a retorcerse las manos en el regazo, encajando la mandíbula como cuando estaba muy nerviosa. – ¿Cómo? – Dijo su padre agudizando la voz. – ¿Cómo voy a mirar así a mi hija? Ni siquiera estaba hablando con ella, Molly, te has debido confundir…A mí no me intentes liar, William Gallia ¿Qué es lo que veías en esos momentos? – Su padre ya tenía cara de no entender nada, como el día de verano que Arnold se presentó en casa y se encontró con aquella escena. – No se acuerda. – Dijo, no sabía muy bien por qué, y le sonó hasta rara su voz. – Cuando eso le pasa, nunca se acuerda. – Ahora su padre la estaba mirando entre atónito y triste, y Molly como si le hubieran dicho algo que ya sabía, pero no por eso era menos doloroso de oír.

Alice… Alice ¿Es eso cierto? ¿Te he llamado Janet alguna vez? – Ella se estaba mirando las manos en el regazo y mordiéndose el labio, sin atreverse a mirarle. El se agachó en el suelo a su lado, buscando sus ojos. – Hija, contéstame, por favor… ¿Ha pasado? – Ella tragó saliva y tomó aire. – Constantemente, papá. También hablas de ella como si estuviera aquí. – William frunció el ceño y sacudió la cabeza. – Pero… Pero ¿Por qué no me lo has dicho? – Ella alzó las cejas y se encogió de hombros. – Porque siempre vuelves en ti. Y entonces no te acuerdas. Y recordarte que has tenido ese momento se me hacía…Porque es una niña de diecisiete años, William. Y por mucho que quiera, aún no es la enfermera de nadie, y menos de su padre. – Su padre abrió la boca pero no parecía poder articular palabra. Volvió a mirarla, y luego a Molly, y se dejó caer sentado en el suelo, apoyándose en sus propias rodillas y mirando a la nada. – ¿Qué dice tu familia de esto? ¿Habéis hecho algo al respecto? – Preguntó Molly mirándola. Gal levantó la mirada como un perrillo apaleado. – No lo saben. – La abuela suspiró fuertemente. – Ya decía yo que me extrañaba que Helena no hubiera hecho nada al respecto. Claro que también te digo, si me he dado cuenta yo en un día, me extraña que ella no. – Gal se encogió de hombros. – Memé es experta en mirar hacia otro lado, más cuando se trata de mi padre. – El mencionado se giró y la miró. – ¿Cuánta gente más sabe cosas que yo no sé? – Y Gal se echó hacia atrás automáticamente, en un acto reflejo. – Arnold. Y Dylan, claro, lo veía todo el tiempo… – Se mordió los labios, mirándole entre temerosa y culpable. – Y Marcus. Pero yo no se lo conté. Me llamaste Janet delante de él en Hogwarts. – Su padre se pasó las manos por la cara, y se quedó así ocultándosela. En seguida empezó a ver cómo sollozaba, y Gal se lanzó a tirar de sus manos. – No, no, papi, por favor, no llores. Por favor. Cuando lloras te pones peor. No estoy enfadada, papi, de verdad. ¿Qué debe pensar mi mejor amigo de mí? Que estoy loco de verdad. Y Marcus… La única persona que me admiraba… ¡No! Papi, mírame, mírame, no digas eso… – Tiró de sus manos y buscó sus ojos. – No podrías perder la admiración de Marcus, créeme. Y Dylan y yo te admiramos muchísimo.No os doy motivos precisamente.Eso no es justo, William. – Intervino la abuela poniendo una cálida mano sobre su hombro. – Estás mal, hijo, pero eso no te convierte en alguien que no sea digno de admiración. Ni digno de cariño. Mi hijo no podría dejar de quererte le hicieras lo que le hicieses… Ni tú a él. Y no has hecho nada malo ¿Me entiendes? – Su padre se giró y se apoyó en su regazo, dejándose consolar por la mujer. – Me van a quitar a Dylan… Ahora lo veo claro. – Alzó la mirada y miró a Molly con los ojos anegados en lágrimas. – Debí haber sido yo, Molly. Todo lo bueno que he hecho en la vida lo hice ya… Pero no sé mantenerlo, no puedo cuidar de ellos. Janet era todo lo bueno de este mundo y sin ella, nada tiene sentido… – La abuela asintió gravemente, acariciando la cabeza de su padre como si fuera un niño desconsolado.

A ella no le salía ni llorar, estaba con el corazón roto y no podía respirar. Nunca le había oído decirlo con esas palabras y era increíblemente duro. Quería salir corriendo, huir, a algún lugar donde soplara mucho el viento y la ayudara a respirar. Pero sintió la mano de Molly sobre la suya. – Vamos a arreglar esto. Pero primero tienes que hablar con tus padres, William. Alice no puede estar pendiente de ti, porque está en la escuela, que es donde debe estar ¿Verdad? – Su padre asintió con la cabeza y luego la miró lleno de pena. – Pero mírala, Molly ¿Cómo no voy a verla a ella? – Y ahí sí le salieron las lárgrimas y el puchero en los labios. – Y cada vez que la veo llorar o estar triste es como si se lo hiciera a ella… Y sé que no me lo perdonaría. Hacer sufrir tanto a nuestros hijos… No cuidar de nuestro tesoro. – Dijo limpiándole las lágrimas. Ella cogió su mano y la apretó. – No me haces sufrir, papá. De verdad. Solo quiero que no sufras tú, es todo lo que pido que no estés triste tú. Que dejes de ver fantasmas…Eso es. – Dijo Molly, cogiendo de las mejillas a su padre para que la mirara. – William, lo que le pasó a Janet fue una tremenda injusticia. Era un alma buena y risueña, que llenaba de alegría el lugar donde estaba. Pero no puedes anclarte en ese recuerdo, hijo. Tus hijos están aquí aún y ella los quería con todo su corazón. Tienes que distinguir, William. Janet ya no está. Alice sí. Son distintas. Muy parecidas, es verdad, pero completamente distintas. – Su padre asintió con la cabeza. – Necesitas que te ayuden. Y para eso tienes que contarles todo a tus padres con detalle, porque son ellos los que te tienen que ayudar con esto.


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Miér Ene 27, 2021 11:55 pm

Escenas de Navidad (Parte II)
CON Alice y mucha familia EN Casa de los O'Donnell Días del 1 al 6 de enero
Podía verlo en sus ojos. Su abuelo había dibujado primero una expresión de sutil confusión, que poco a poco se fue tornando en una mueca espantada. A Marcus se le hicieron eternos los segundos que tardó en contestar. - ¿Qué estás diciendo? - Se notaba temblando, sentía como se hacía cada vez más y más pequeño, incluso se encogía. - Marcus... ¿Has dicho lo que creo que has dicho? - No lo sé seguro. - Comenzó, notando como la voz le temblaba y se le quebraba. Su abuelo fue a hablar, probablemente a decirle que no podía decir algo así si no estaba seguro, como era normal. Pero a Marcus ya se le escaparon todas las palabras. - Lo tenía en su despacho. No... No quería leer, osea, no quería mirar sus cosas, solo buscaba un papel que me pidió Alice y lo vi, ponía transmutación humana, había mucha información, y... y aquí... Ha dicho lo de la sangre, y si podría usarse en humanos, y yo... - Marcus, eso que dices son acusaciones muy graves. - ¡Yo no quiero acusarle! - Aseguró desesperado, notando como se le humedecían los ojos. - Abuelo, te lo prometo, yo no quiero acusar a William, no he querido creerme esto, te lo juro. Pero... Me da miedo esto, me ha entrado miedo al escucharle. - Su abuelo bajó la mirada y se giró ligeramente, como si estuviera procesando la gravedad de la situación. Marcus empezaba a entrar en desesperación.

Le temblaban las manos, los labios, los ojos y el cuerpo entero. Volvió a girarse hacia la puerta, temiendo que alguien le escuchara, y se acercó unos pasos a su abuelo. - Está muy triste, y está desorientado. Se pasa todo el día encerrado en el despacho hablando con el cuadro de Janet. Y tú no has visto la tumba, se nota que va todos los días. - Una cosa es visitar la tumba de tu esposa a diario y otra querer revivirla, Marcus. - ¡Ya lo sé! Pero... Es que... - Se pasó las manos por el pelo. - Es horrible, abuelo, todo lo que les ha pasado. No quiero ni imaginarlo. Si a Alice le pasara algo... - ¿Intentarías revivirla con alquimia? - Cortó su abuelo, en tono bastante severo. - ¡No! Bueno, ¡no lo sé! - ¿No lo sabes? - ¡Él la quería! - Dijo con más intensidad de la que debería. Nunca le había hablado en ese tono a su abuelo... Y los ojos empezaban a anegársele en lágrimas. - La echa de menos, la alquimia no es su disciplina, y si ha visto que se puede... - ¿Qué habría hecho él en su lugar? Aparte de volverse loco, claro...

- A ver, Marcus... - Su abuelo había respirado hondo y estaba intentando poner razón en todo aquello, pero el chico ya estaba muy alterado. - No es mala persona, no le haría daño ni a una mosca. Tiene que haber un error, abuelo. Pero no está bien, y está investigando, y ha sufrido mucho. - Ya sé que ha sufrido mucho, hijo. Pero repetirlo más no hace lo que pretende menos grave. - ¡No sé si quiere hacerlo! ¿Hay alguna forma sin pagar precio o algo? - Sabes perfectamente la respuesta a eso... - Volvió a llevarse las manos al pelo y se le derramó una lágrima sin querer. Se estaba agobiando demasiado. Su abuelo se acercó a él, bajando el tono de voz e intentando poner calma. - A ver, hijo, cálmate. - Abuelo no se lo digas a nadie por favor. - Primero relájate, ¿vale? - Marcus se le quedó mirando mientras su abuelo dejaba cálidamente las manos en sus hombros. Ya no podía contener las lágrimas. Asintió lentamente... Pero con una condición. - No me preguntes qué haría yo, abuelo... - No podía soportar esa pregunta, porque no podía soportar imaginárselo. Su abuelo le revolvió el pelo con cariño y le empujó a sus brazos. Tenía demasiada angustia contenida, y su abuelo era su abuelo. Podía permitirse llorar tranquilo.

Cuando pudo respirar con más normalidad se separó de Lawrence y se limpió las lágrimas con el dorso de la mano, respirando hondo. - Vamos a hablar con tranquilidad. De alquimista a alquimista, ¿te parece? - Preguntó el hombre, que si bien mantenía un tono suave por no alterar a su nieto, seguía bastante preocupado y con razón. Marcus asintió con conformidad, aclarándose la garganta, un poco más sereno. El hombre también asintió e inició la conversación. - ¿Hasta dónde crees que ha llegado? - Respiró un poco, tratando de contestar, como su abuelo había dicho, de alquimista a alquimista. Con serenidad y desde lo que sabía. - Creo que solo está investigando. - Se encogió de un hombro. - No llegué a ver mucho porque no quería husmear en sus cosas, solo vi información básica. Y por las preguntas que ha hecho hoy, me hace pensar que solo esta valorando la posibilidad de que se pueda hacer, no ha iniciado nada. - Su abuelo sopesó sus palabras, asintiendo con gravedad mientras miraba al suelo, hasta que finalmente dijo. - Estoy de acuerdo. - Le miró. - ¿Lo sabe alguien más? - Marcus negó con la cabeza. - Eres el primero al que se lo cuento. Y creo que Alice no sabe nada. No suele entrar en su despacho y no parecía alarmada aquí. -

Se quedaron en silencio unos instantes hasta que su abuelo contestó. - Bien. Mejor que siga siendo así. - No se lo habría dicho a nadie porque si por él fuera el tema no existiría. Pero existía, lo había visto ante sí y consideró que su abuelo era la mejor opción a quien contárselo. - Si esto llega a oídos del tribunal mágico, o del comité de alquimia, o del ministerio de magia... William podría tener un problema muy grave. - Lo sé. - Su abuelo respiró hondo. - Estamos ante un tema muy delicado, Marcus. No deberíamos hacer nada si no tenemos pruebas, pero no debemos bajar la guardia con esto bajo ningún concepto. - Lo que él se temía. Pero, entonces, ¿qué hacer? Su abuelo seguía pensando, hasta que finalmente dijo. - Déjame tiempo para pensarlo. -
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Jue Ene 28, 2021 1:26 am

Escenas de Navidad (Parte II)
CON Marcus y mucha familia EN Casa de los O'Donnell Días del 1 al 6 de enero
William estaba tratando de coger aire, y asintió con la cabeza a lo que le había dicho Molly. – Eso es, mi niño. Vas a ser valiente y vas a mirar a esta situación a la cara. Y tus niños van a estar contigo. Y tus padres. Y todos los O’Donnell. Sabes que mi hijo te acompañaría al infierno si fuera preciso ¿Verdad? – Él asintió con la cabeza de nuevo, limpiándose las lágrimas. – Volvéis a La Provenza esta noche ¿No? – Dios, casi se le había olvidado. Ahora no quería perder de vista a su padre ¿Y si se iba con ellos? – Cuando Vivi llegue, voy a hablar con ella. Y mañana sin falta, habláis con vuestros padres. – Su padre volvió a asentir, y Molly se levantó tirando de él. – Vamos, vamos. Hay que recomponerse. Piensa que entre Dylan por la puerta y te vea así. O mi Marcus, que te quiere mucho y no va a soportar verte tan decaído. Venga, ven conmigo a terminar de preparar esa tarta. Así se te cambia el ánimo, y cuando lleguen todos hacemos lo que tenemos que hacer, que es celebrar que ha llegado el 2002 y estamos aquí para verlo. – Gal se levantó y dijo. – Voy a salir un momento ¿Vale? Necesito… – Su padre se soltó de Molly fue hacia ella, agarrándole las manos y acariciándole el pelo. – Perdóname, hija. Por favor, dime que me perdonas. – Ella agarró sus manos y le miró. – No tengo nada que perdonar, papi… Tú amabas a mamá… Tú la salvaste. – Dijo con una sonrisa tierna y encogiendo un hombro. – ¿Sabes eso que dice la tata? No hay que tener miedo a la muerte… Si no a la vida no vivida. – Su padre dio una risita y asintió. – Tú salvaste a mamá de la vida no vivida. Lo entendí cuando vi aquel arce en el cementerio… Mamá no habría cambiado un solo día contigo. La hiciste feliz ¿Y sabes qué? Dylan también lo sabe. Me lo dijo un día, que hacías reír a mamá hasta en lo peores momentos. Los dos sabemos cuánto la querías y la ayudaste. Deja que te ayuden ahora a ti.Sí, pajarito. Por vosotros lo que sea. – Se puso de puntillas y le dio un beso en la frente, antes de salir al jardín.

Una vez fuera, tomó una fuerte bocanada de aire, y se mareó un poco de tan fuerte que inhaló. Se dejó caer de rodillas sobre el césped y hundió las manos en él. Ahora mismo estaba muy confusa y pensando en mil cosas al mismo tiempo. Necesitaba vaciar la cabeza. – El viento, saltar en los charcos, las estrellas, cuidar las plantas, oler las flores, los libros viejos, el olor a tinta, la risa de Marcus O’Donnell… – Ya podía respirar un poco mejor, normal de hecho. Se llevó una mano al pecho para tratar de controlar su respiración y sentirse un poco mejor ¿Qué podía hacer? ¿Se iba a La Provenza esa noche? Se el rompía el corazón de pensarlo, pero ¿Cómo iba a dejar a su padre solo en semejante trance con los abuelos? Ella quería estar con Marcus, pero Marcus nunca abandonaría a sus padres en una situación así… Volvió a controlar la velocidad de la respiración, y entonces apareció Dylan lleno de tierra, con la libreta en la mano. “¿Me limpias antes de que me vean lo mayores y me regañen?” Alzó los ojos y sonrió, levantándose y sacando la varita de sus vaqueros. – ¡Tergeo! – Su hermano sonrió y le tocó la cara con el índice. – Sí, he llorado, pero ya estoy bien. – “No te has vuelto a pelear con Marcus ¿Verdad?” Ella mantuvo la sonrisa y negó con la cabeza. – No. Está en el laboratorio con el abuelo. Haciendo cosas de alquimistas. – Dylan puso cara de estar encantado y ella se acercó y le abrazó acariciando sus rizos y estrechándolo contra ella. Podían irse, sí, pero no creía que su presencia en La Provenza fuera a mejorar mucho ninguna circunstancia, y Dylan y ella eran felices allí. Era egoísta, era irreal, porque no podía proteger a su hermano toda la vida, y alguna vez habría que contarle la verdad. Pero no sería esas Navidades. Aquello era como la sala de los menesteres. Podía alargarlo un poco más, por irreal que fuera, total, tendría que salir al mundo de verdad igualmente ¿Qué más le daba, aunque fuera, terminar las Navidades en aquel entorno familiar idílico?

Suspiró y se separó de Dylan. – Escúchame, patito. Papá está un poco triste ahora. – Él se encogió de hombros como diciendo “cuéntame algo que no sepa”. – No, pero como… Muy triste. Siente que… No cuida bien de nosotros. – Su hermano frunció el ceño y negó con la cabeza. – Ya, pero él lo siente así. Está con la abuela en la cocina, y tú eres experto en alegrarle. Ve un ratito con él y haz como si nada, le ayudas con las cosas de la comida y eso ¿Te parece? – Su hermano asintió, y salió dando botecitos hacia la cocina, tan alegre como siempre. Sí, definitivamente, él tenía la personalidad de su madre en eso, en lo de llevar alegría a todas partes. Volvió a hinchar los pulmones de aire y cerró los ojos, mirando hacia el sol, que estaba oculto entre nubes, para variar, pero que algo calentaba y se dejaba notar entre a pesar de los nubarrones grises. “Siempre que llovió, paró”, le decía su madre cuando se ponía muy dramática con algo y lloraba. Y pararía, aunque ahora pareciera que no dejaba de llover sobre ella. – El viento, saltar en los charcos, las estrellas, cuidar las plantas, oler las flores, los libros viejos, el olor a tinta, la risa de Marcus O’Donnell… – Volvió a repetir en voz baja.

Como si lo hubiera invocado al mirar al sol y recitar su lista, notó unos brazos que le rodearon la cintura desde la espalda y eso le hizo sonreír. No había nadie más que fuera a abrazarla así, pero aunque no fuera así, reconocería ese tacto, su calor y su olor en cualquier parte. Echó la cabeza hacia atrás apoyándola en su hombro, sin abrir los ojos, que seguían dirigidos al sol. – Hola, príncipe. – Murmuró. Había mucho silencio en el jardín, solo se oían las voces de los abuelos, su padre y su hermano a lo lejos, en la casa, y los goteos y sonidos propios de la vida de un jardín tan grande y variado. Había paz, y podía notar como su ansiedad, incluso su mala conciencia, se desvanecían en los brazos de Marcus. – ¿Estás mejor? – Dijo, manteniendo el tono bajo para no pertubar esa paz.
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Jue Ene 28, 2021 1:49 pm

Escenas de Navidad (Parte II)
CON Alice y mucha familia EN Casa de los O'Donnell Días del 1 al 6 de enero
Se habían vuelto a quedar en silencio. Por un momento sintió el impulso de volver a suplicarle que no le dijera nada a nadie, pero ya se lo había pedido mil veces y no quería hacerle enfadar. - Toma. - Le dijo su abuelo, tendiéndole un cáliz transparente. Marcus le miró desconcertado, tomándolo con un poco de desconfianza. - Solo es agua, Marcus. Menudo taller de alquimia sería si no tuviera algo tan simple como agua. - Ya ya. - No es que creyera que su abuelo le iba a envenenar, solo le había pillado de improviso.

- Deja si quieres el transmutador aquí y luego lo recoges. - Marcus asintió y se levantó para salir, pero su abuelo se había quedado un tanto retrasado. Le miró con una sombra triste en la cara que Lawrence supo interpretar. - Marcus... Has hecho bien en contármelo. Pero me temo que no puedes hacer mucho más. Solo... Si te enteras de algo más, dímelo. - Difícilmente iba a poder enterarse estando en Hogwarts y no sabiendo Alice nada. - Yo... Estaré al tanto también. Ya se me ocurrirá algo. - Concluyó el hombre, y con un gesto de la cabeza le indicó que ya podía irse si quería. Marcus asintió, se dio media vuelta y salió del taller.

Apenas dio unos pasos fuera del taller y vio a Alice de rodillas en el jardín, de espaldas. Primero pensó que quizás solo estaba disfrutando de aquello, a Alice le gustaba la naturaleza... Pero le daba la sensación de que no estaba bien. Antes de que pudiera acercarse, vio como Dylan se ponía ante ella para que le limpiara el barro. Eso le hizo sonreír, aunque con un toque triste. No era justo. No era justo para ninguno de ellos, ni para William, ni para Alice, ni para Dylan, ni por supuesto lo fue para Janet. - Menos mal que disimular no es una asignatura. - Dijo su abuelo, que se había colocado a su espalda. Marcus rodó los ojos con teatralidad, girando el cuello para mirarle, pero se tuvo que reír un poco. - Ya tuve suficiente con vuelo. - Dices mucho eso, pero al final sacaste una matrícula de honor. - Tss, yo siempre saco una matrícula de honor. - Respondió con indiferente vanidad, como si fuera lo más obvio del mundo, lo cual hizo al hombre soltar una carcajada. Mientras él se reía, y Marcus un poco también, el chico se había quedado mirando a Alice en la distancia, y de nuevo a darle vueltas a cómo acercarse a ella sin que se le notara todo lo que acababa de pasar. Pero Lawrence le pasó la mano por los hombros, mirando en dirección a la chica, y suspiró. - Hijo, yo tampoco creo en la Adivinación. - Ambos se miraron y el hombre continuó. - Pero no le hagas una jaula. - Marcus tragó saliva, con una sonrisa leve, y negó. - Nunca lo haría. - El hombre le dio un par de toques en el hombro y dio la conversación por terminada. - En fin, me voy a ver esa tarta. - Y se marchó de allí.

Al volver a enfocar a Alice vio que Dylan también entraba en casa, pero ella se quedaba allí. Esbozó una sonrisa más tranquila y se dirigió a ella, en silencio. La escuchó murmurar su lista... Esa lista, la que repetía cuando estaba asustada. Sí, él también estaba asustado, se preguntaba si era por lo mismo... Pero por un momento, pensó, daba igual. Él necesitaba sentirse bien, y con nadie se sentía tan bien como con ella... Quizás ella necesitara lo mismo, quería pensar que sí, y al fin y al cabo era lo único que le podía ofrecer. Pasó sus brazos por su cintura, a su espalda, y apoyó la cabeza en su hombro. - Hola, princesa. - Contestó de vuelta, con suavidad y una sonrisa. - Estoy contigo. - Contestó simplemente a la pregunta. Hizo que la chica se girara para poder mirarse frente a frente, agarrando sus manos. - Eso es indicativo de estar mejor siempre. - Añadió, por si no había quedado claro.

- Eso que has hecho ha sido impresionante, en serio. - Comentó con una sonrisa impresionada, porque en el taller estaba tan pendiente de otra cosa que no le había dado el bombo que merecía. - Te has ganado que te preste mi transmutador de vez en cuando. - Bromeó. Se mojó los labios, miró de reojo a los lados comprobando que no había nadie y se acercó un poco más a ella. Dio un pequeño toque en su nariz con la propia, sonriendo, y dijo. - Lo mejor de la borrachera de anoche fue que se me pegara un poquito de la personalidad Gallia. - Torció la sonrisa, cómicamente. - Lo justo como para ver viable escaparme contigo en plena fiesta con las dos familias en casa... - Y para lo que pensaba hacer. Ya lo hizo en su día en la Provenza, pero la situación era bastante diferente. Se mojó los labios sin desvanecer la sonrisita. - Lo peor, aparte de este infernal dolor de cabeza... - Volvió a mirar de reojo a los lados y se acercó un poco más, susurrando. - ...fue dejarme la puerta abierta. -

- ¡A veeeeer! ¿Qué os tengo dicho de los seis centímetroooos? - Berreó Violet, que claramente acababa de aparecerse por allí junto con todos los demás y por un momento temió verla venir con otra botella de alcohol en las manos. Por el tono parecía querer imitar a su madre, ya poniendo a prueba su paciencia hasta límites peligrosos. Justo cuando iba a besar a Alice... Pero en fin, era de esperar que eso iba a pasar. Ocultó una risita y se separó, pero no de un salto brusco como hacía siempre, sino lentamente y sin quitar la mirada de la chica. Total, ya de qué valía disimular.
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Jue Ene 28, 2021 2:46 pm

Escenas de Navidad (Parte II)
CON Marcus y mucha familia EN Casa de los O'Donnell Días del 1 al 6 de enero
La voz de Marcus era lo más hermoso que hubiera escuchado en la vida. “Estoy contigo” ¿Cómo algo tan simple podía llenar tanto de felicidad su cuerpo entero? Pero es que era importante. Estaban juntos, y no es como que hubieran pasado mucho tiempo separados desde que se conocieran, pero era el cómo se habían separado, el miedo a que volviera a pasar, lo que era la clave. Pero si llegaba, y le decía esas cosas, la abrazaba así, la tomaba de las manos y se acercaban, quizás había un rayo de luz en el tumulto que les rodeaba, una escapada, como aquel rayo de sol que escapaba de las nubes. – Lo mismo digo. – Le contestó con una sonrisa.

Se encogió de hombros y ladeó la sonrisa. – No es para tanto. Yo no soy alquimista, solo curiosa. E intrépida, como ha dicho el abuelo. – Se inclinó a su oído. – Aunque creo que tú a eso lo llamas negligente, si mal no recuerdo. – Dijo, separándose mínimamente otra vez para poder mirarle a los ojos. Así fue como la llamó en la Provenza el día de los melocotoneros y sonrió aún más solo de recordarlo. – Pero no vale con ser intrépida para ser alquimista. Tú tienes el conocimiento y los medios, gracias a tu abuelo. Y vas a ser un grandísimo alquimista. – Entornó los ojos y rodeó su cuello. – Pero aceptaré ese ofrecimiento de usar el transmutador encantada. Y quizá podamos transformar el agua en champán, como dijimos ayer.

Disfrutó de la cercanía de Marcus cerrando los ojos, dejando que se acercara a ella y rozara la nariz, como hacían siempre que querían besarse pero la situación no lo permitía. Se limitó a reírse de lo de la borrachera y dijo. – El carácter Gallia acabará contigo, O’Donnell. El dolor de cabeza es la mejor prueba. – Resbaló las manos hasta su rostro, acariciándole sin perder su mirada en sus ojos. – Fue una locura digna de mí. Pero me encantó… – Ladeó la cabeza a un lado y otro, alzando la mirada. – Lo de la puerta… Lo teníamos que haber tenido en cuenta. – Volvió a mirarle. – Pero ya tendremos más oportunidades. Todo es buscarlas. – Apoyó la frente en la suya y suspiró, llenándose del olor de Marcus y sintiendo que ya estaba más tranquila, más feliz. – No sabes la paz que me das…

Y, en verdad, daba igual, porque ya estaba allí Violet Gallia para desbaratar toda la paz que se pudiera haber alcanzado. Gal se separó de Marcus, admirándole aún, disfrutando de cómo la miraba él a ella. Pero su tía ya estaba a su altura. – Tata, hoy te has desayunado megáfono, no hay quien pueda contigo. – Vivi cogió a ambos de los hombros, con un brazo a cada uno, aunque con Marcus tuvo que subir significativamente el brazo. – Sobrina, esta noche tengo que volver a La Provenza con la pesada de tu abuela. Déjame divertirme un poquito mientras tanto. – Ya iban caminando hacia la casa. – ¿Cabreando a Emma? – Su tía se rio. – Evidentemente. Es una de las cosas más divertidas que se pueden hacer en la vida. Eso y el beer-pong, pero os enseño otro día que no estéis tan resacosos y poco receptivos.

Entraron en la cocina y vio a su padre con la espátula y a Dylan mirando atentamente cómo seguía direcciones de Molly. – Desde luego, William, no me extraña que tu hija sepa tanto de cocina, eres un desastre, hijo. – Su padre se encogió de hombros, confuso, y Gal se dio cuenta de que se había manchado la nariz de cobertura. Se acercó riéndose. – Cariño, demuéstrales cómo se cubre una tarta, haz el favor. – Y ella se acercó, tomó la espátula y se puso a esparcir la cobertura por la superficie de la tarta, que olía deliciosamente. Su padre, Arnold y Marcus habían sustituido a Dylan en lo de observarla y le dio la risa. – ¿Qué? No es tan difícil, por Dios. ¿En serio un creador de hechizos, un aritmántico y un alquimista consideran cubrir una tarta una especie de milagro? – La falta de respuesta la hizo reír y miró por detrás de ellos que estaban solos en la cocina, antes de levantar la espátula con la cobertura que se había quedado en ella y ofrecérsela a Arnold. – Venga, señor O’Donnell, que la señora O’Donnell no está mirando, dese el gusto. Y a ti… – Dijo señalando a Marcus y luego buscando por la encimera el bol donde había dejado las cosas. – Te dejo meter el dedo aquí. – Y se lo pasó. Su padre se cruzó de brazos ofendido. – ¡Oye, no es justo! ¡Yo lo he intentado! Y ellos ni eso ¿A que me invento un hechizo para cubrir tartas? – Gal le miró sonriente. – Papi… – Y se dio con el dedo en su propia nariz, para que captara la indirecta. – ¿No estaréis metiendo las manos en el postre antes de comer verdad? – Sonó a lo voz de Emma en la puerta. – No. – Contestaron todos a la vez. Eso es, nada sospechoso. La mujer se cruzó de hombros y esbozó una sonrisa. – A comer. Ya. – Y se dirigió al comedor, volviendo a sonreír, porque la verdad, le encantaba ese ambiente.

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Jue Ene 28, 2021 5:57 pm

Escenas de Navidad (Parte II)
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Ladeó varias veces la cabeza con una muequecita, mirando hacia arriba como si sopesara sus palabras. - Si está bien encauzada no es una negligencia. - Comentó, aunque lo siguiente le hizo rodar los ojos con una expresión turbada. - Uy, no, más alcohol no, por favor. Prefiero el mercurio. - Pero pedirle eso a un Gallia era tarea inútil, porque allí había llegado ya Violet sugiriendo juegos de beber, y perturbando la paz del ambiente. Esa paz que Alice decía que le daba... Entraron en casa, ambos bajo el brazo de Violet, pero no podía evitar mirar a la chica de reojo. Si le hubieran dicho hacía unos años, hacía unos meses sin ir más lejos, que iba a acabar pensando que Alice le daba paz... No era el tipo de tranquilidad de estar en silencio leyendo relajadamente, porque con Alice el mundo parecía ir siempre a gran velocidad. Era... otro tipo de paz, una sensación que solo le daba ella. Marcus ya tenía suficiente tranquilidad por sí mismo, no necesitaba alguien que se la diera: necesitaba vida. Necesitaba florecer, como el espino.

Se dirigieron directamente a la cocina, donde estaba William. Eso le dio una punzada de incomodidad y tristeza por la conversación que acababa de tener con su abuelo, pero su padre poniéndole una mano en el hombro con esa sonrisa como si no pasara nada, y la imagen de William con la nariz manchada de tarta, desde luego que relajaba bastante. Eso, y ver la crema caer sobre el dulce. Era hipnótico y tenía una pinta deliciosa. Se había quedado embobado mirando la mezcla cubrir la tarta, ya notando un considerable agujero de hambre en el estómago, porque apenas había desayunado una esquinita de gofre, una poción asquerosa y medio sorbo de café. Entonces Alice se volvió hacia ellos, y en ese estado hipnótico que estaba, vio como la chica le daba a su padre la espátula de crema. Frunció el ceño y ya iba a quejarse de favoritismo cuando le dijo que para él había reservado el bol. Ah, ahí no le importaban los favoritismos. Lo cogió con ilusión infantil y, por un momento, se planteó relamerlo indecorosamente en lugar de meter el dedo, hasta miró a los lados como si estuviera a punto de realizar un acto clandestino. Pero se controló.

Había metido el dedo hasta el puño en el bol, de manera que se había manchado todos los demás, así que ahora estaba chupeteando la masa como un niño de dos años, ignorando por completo la existencia de nadie más en aquella cocina. Aunque reaccionó automáticamente a la sugerencia de William de crear un hechizo para cubrir tartas. - Por favor, eso estaría genial. - Respondió en el acto, sin ser consciente de que tenía toda la mano llena de dulce y parte de la mejilla y la nariz. Señaló a Alice. - ¿Ves? Eso es una sugerencia culinaria que merece la pena, no la d... - ¿Iba a decir delante de sus dos padres que Alice le había propuesto usar su transmutador de líquidos para obtener alcohol? No había pensado bien eso. Bajo la mirada interrogante de William y Arnold, volvió a bajar prudentemente la cabeza al bol como si no hubiera dicho nada y siguió mojando el dedo en la masa.

La voz de su madre le hizo dar un salto que casi hace que se le caiga el bol de las manos. - No. - Contestó automáticamente, coreando a los otros dos, que tenían la misma cara de culpables que él. Asintió a la directriz de su madre y se dirigió al fregadero para dejar el bol mientras los demás salían de la cocina... Pero antes, mojó el dedo otra vez. Era una pena desperdiciar eso. Se lavó las manos y la boca, porque se había puesto perdido, y se dirigió al comedor junto a los demás.

- Tengo que decir que tenemos en la familia a dos proyectos de alquimistas excelentes. - Empezó su abuelo con una sonrisa cuando todos estaban ya sentados a la mesa, mirando a Marcus y a Alice. El chico la miró a ella con una sonrisa de satisfacción. - Y que apenas se les ha notado que vienen de haber dormido como mucho dos horas. - Eso generó algunas risitas, y Marcus rodó los ojos y suspiró. - Abuelo... - No, si lo digo en serio, es todo un halago, muchachos. Yo llego a hacer eso y ahora esta comida estaría siendo la de mi funeral. - Molly se estaba riendo mucho con los comentarios de su marido, y este la señaló. - Y mi esposa se ríe porque sabe que la fiestera de la pareja siempre fue ella. - Ahora le viene muy bien la excusa de que está viejo, pero de joven era igual de penoso para las fiestas. - La mujer le miró con ojos cuestionadores. - Y no te hagas el abuelo ideal ahora, porque llevas desde que las dos chicas se fueron... - Señaló con un pulgar a Violet y Erin. - ...gruñendo porque "a quién se le ocurre quedar después de Nochevieja" y "esta juventud te iba a dejar plantado". - Calumnias. - A todos les estaba haciendo mucha gracia el conato de discusión de los abuelos. - Yo sabía que mi nieto no me iba a defraudar de ninguna manera. - Marcus se irguió en la silla con una sonrisita de orgullo infantil, pero su abuela rio. - Sí, ha puesto cara de abuelo embobado en cuanto lo ha visto aparecerse en el jardín. Pero también se ha reído entre dientes y me ha dicho "mira que ojeras trae". - Eso hizo aún más gracia a los demás, pero Marcus le miró dolido. - ¡Abuelo! ¿Te has reído de mí? - Merlín me libre, muchacho, yo nunca haría eso. - Pero su abuela lanzó una graciosa carcajada diseñada para poner en evidencia y provocar a su marido. Al menos, dentro de su dolor de cabeza, ya no le taladraban las risas en el cerebro.
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Jue Ene 28, 2021 8:34 pm

Escenas de Navidad (Parte II)
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Le hacía mucha gracia cómo los abuelos, en el fondo, los tenían caladísimos a todos, y ella solo pudo poner carita de niña buena y decir. – El abuelo Robert siempre le decía a la tata, cuando yo era pequeña, “Si no vas a poder cumplir por la mañana, no vayas a salir por la noche”. – Su tía levantó el vaso en su dirección. – Y aprendí a hacerlo ¿O no? ¿Quién estaba más fresca que nadie esta mañana? – Yo estaba perfectamente. – Dijo Emma. Le hacía gracia verla entrar en esos piques. – Vale, sí, la prefecta Horner siempre en forma, pero me refiero de los que se lo pasaron bien anoche. – Se señaló a sí misma con ambas manos. – La señorita Gallia. – Gal asintió y miró a Molly. – Sí, te agradecemos los gofres, abuela, pero menuda idea has tenido mandándolos con ella ¿Sabías que tiene un encantamiento para usar la varita como cencerro? – Molly se echó a reír mientras iba sirviendo los platos. – ¡Sí, así es! Me lo ha enseñado esta mañana y me ha resultado muy gracioso, la verdad, muy bien conseguido. – Y siguió riéndose, y era imposible enfadarse con ella, con esa risa tan adorable y contagiosa que tenía.

Se quedó observándolos, a Larry y Molly ¿Cuántos años llevarían juntos? Y seguían haciéndose reír y picándose de esa forma, con esa complicidad que tenía más magia que ninguna que pudieran llegar a enseñarles en Hogwarts. Se quedó así, obnubilada mirándoles, sonriendo, tanto que no se dio ni cuenta de que ya tenía el plato delante. – Se te va a enfriar, pajarito. No empecemos a pelear por la comida, por favor. – Dijo William. Ella suspiró. Sí, tendría que comer, aunque fuera por darle gusto a la abuela. Pero antes se inclinó un poco hacia Marcus y le dijo. – Así querría ser yo. Como tus abuelos. – Y no especificó en qué ámbito o circunstancia quería parecerse a ellos, pero diría que el brillo de sus ojos lo decía todo.

***

La abuela empezó a repartir la tarta de melocotón y Emma a servir café, y pocas veces se había sentido más en casa que en ese momento. Las horas con aquella familia se le pasaban volando, y no quería que las reuniones se acabaran nunca. Ahora entendía por qué Marcus ponía tanto empeño en estar presente en todos los cumpleaños y reuniones que podía. Arnold cogió el plato con la tarta y dijo. – ¡Qué pintaza, mamá! Aunque menos mal que no has tenido que mandar a los jóvenes a por melocotones… – Gal se encogió de un hombro y le miró con superioridad. – Ahora habríamos podido aparecernos directamente allí, sin tener que usar la bici de la tata. – La mencionada levantó el dedo, mientras terminaba de masticar su trozo. – Un respeto a esa bici, un año me la llevé a Hogwarts y la encantamos para ver si lográbamos hacerla volar. – Arnold levantó las manos. – No sé por qué estás empleando el plural en esa frase si fue tu hermano solito el que lo hizo. – Su padre asintió con una sonrisa y la mirada perdida, claramente satisfecho con la travesura. – Tú estabas ahí controlando. – ¡Sí! Escoba en mano por si tenía que salir volando detrás de ti, que siempre estabas dispuesta a probar las locuras de William. – Bueno era supervivencia, crecí con él, o me acostumbraba a las locuras o me amargaba la vida. – A lo que Emma soltó una risita sarcástica. – Sí, eso dice nuestro jefe, también. – Y su padre soltó otra carcajada y dijo. – Todo verdad. – Y Gal se reía a carcajadas solo de imaginarse aquellas situaciones y de la naturalidad con la que se reía su padre de sí mismo.

El abuelo suspiró y negó con la cabeza. – Desde luego, lo grave no es encantar cosas para probar. Lo grave es llevarse esos cachivaches muggles a Hogwarts, que es un templo de la sabiduría y el aprendizaje mágico. – Vivi se asomó a mirarle. – ¡Anda! Pues justo eso decía tu nuera… – Y lo dejó en el aire, con la clara intención de poner tensa a Emma sobre si iba a terminar de contar todo lo que sabía o no. – En mis tiempos – continuó Lawrence –, los alumnos nos dedicábamos a explorar el castillo por nuestra cuenta y descubrir todos los rincones mágicos que hay en él.¡Oh, venga papá, eso lo hemos hecho todos! Tú siempre igual con que tu época fue mejor. Sí, y tú eras una rata de biblioteca, cariño. Ni si quiera sabía cómo era la parte inferior de tu cara porque siempre la tenías metida en un libro. – Todos se rieron, pero Larry hizo un gesto con la mano en el aire. – Reíros, pero yo encontré prácticamente todos los pasadizos y salas secretas del castillo. Al menos las que no estaban prohibidas. – Eso le hizo soltar una carcajada de garganta a Gal, porque hab´ia sonado demasiado Marcus. Erin se encogió de hombros. – Yo encontré muchas buscando lugares donde leer y estar tranquila, y a veces donde refugiar pollitos del frío. – Y se oyó un “awww” generalizado. Vivi se inclinó hacia ella con una sonrisa. – Si es que es un amor. Un amor rarito pero un amor. Y yo encontré muchos también, pero buscándola a ella. Excepto esa que decían que estaba en el cuarto piso. Esa no hubo forma de dar con ella ¿Verdad? – Erin negó a su vez con la cabeza y Emma dijo. – Es una leyenda. En algún momento, los prefectos nos habríamos dado cuenta, nos recorríamos el castillo mil veces una y otra vez en las rondas. – William asintió. – Sí, no será por veces que yo he necesitado esconderme de dichas rondas, y un pasillo en el cuarto piso me hubiera venido bien.¡No es una leyenda! – Le brotó, sin querer, del pecho. Y no era la única. Había vuelto a hablar a la vez que Marcus. Y, una vez más, miradas inquisitoriales sobre sus personas. Y esta vez, las dos historias que había detrás, eran bastante avergonzantes.

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Jue Ene 28, 2021 11:53 pm

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Al menos estaba volviendo en sí mismo, en el sentido de que había recuperado su cualidad de pozo sin fondo para comer. Ahora se arrepentía de no haber aprovechado los gofres, aunque conociendo a su abuela seguro que tenía masa de sobra que podrían llevarse para desayunar al día siguiente. Llevaba devorada media porción de tarta cuando casi se atraganta ante el comentario de su padre. Le vino bien tener la boca llena como excusa para no contestar y para que Alice y Violet se le adelantaran. Pero la miradita se la lanzó igualmente.

Afortunadamente el tema no tardó en derivar de nuevo en las peripecias de los hermanos Gallia en Hogwarts (y fuera) y sus padres tratando de soportarlo como buenamente se podía, lo cual le hacía reír. Siguió comiendo tarta, y picando alguna salamandra de jengibre de vez en cuando, mientras escuchaba atentamente a su abuelo hablar con una sonrisa. - ¡Veis! Yo también lo digo. - Logró decir cuando su abuelo lanzó el comentario del templo del saber, y justo después le dio en el brazo a Alice con una mano. - Cuando se metan conmigo en el colegio por decirlo, ya sabes: dos sabios en esta mesa lo dicen también. - Su madre sonrió orgullosa con el piropo que le acababan de atribuir, y había mirado ligeramente de reojo a Violet con altanería.

A Marcus le gustaba mucho hablar, pero también le gustaba escuchar, sobre todo cuando hablaban adultos, y sobre todo si esos adultos eran o profesores o personas de su familia. Asistió a la conversación entre todos mientras seguía llevándose cucharadas de tarta a la boca, con una sonrisa y mirada de interés. Miró con los ojillos entrecerrados a Alice cuando soltó esa carcajada, pero solo pudo reír y encogerse de hombros con obviedad, como diciendo "es lo más lógico" pero sin decirlo, porque tenía la boca llena. Coreó la expresión de adorabilidad junto con los demás ante el comentario de Erin, que ya había oído que pasaba más tiempo entre las criaturas que entre las personas, como seguía siendo de hecho. Se había mimetizado demasiado con esa conversación, con su sonrisa alegre por sentirse en familia y con su deliciosa tarta, tanto que respondió con total naturalidad... Demasiada naturalidad... Y a la vez que Alice. - ¡No es una leyenda! - Porque, claro, pocas cosas le gustaban más a Marcus que dar una charla sobre algo que él conocía y los demás no. Pero ahí se había colado.

Tan pronto se dio cuenta se quedó con los ojos muy abiertos mirando a un punto indefinido de la mesa. Lentamente soltó la cuchara en el plato y cogió la servilleta para limpiarse la boca, bajo ese silencio y esas miradas clavadas sobre ellos que ahora dominaban la escena. - Ah, ¿no? - Preguntó su madre, con ese tono que pretendía ser casual pero que se alejaba mucho de la cordialidad. Y esa cabeza ladeada, y esa sonrisa de piedra. Marcus tragó saliva, pero justo después chistó con una risa entre dientes, encogiéndose de hombros. - ¡Llevo en el Club de Misterios desde segundo! ¿De verdad creéis que no iba a descubrir una cosa así? - Nosotros también estábamos en el Club de Misterios. - Dijo su padre, señalándole a William y a él. Pero el aludido le miró extrañado. - ¿Lo estábamos? - Preguntó. Su padre le miró anonadado. - ¿Qué te crees que hacíamos los martes y los sábados antes de la cena? - Aaah era por eso... - Dijo William en un tono suave, mirando a un punto indefinido, pensativo. Tras un par de segundos de pausa, se encogió de hombros. - No había caído. - Arnold rodó los ojos y volvió a mirar a Marcus. - En fin. En los tres años que estuvimos en el club, nunca nos enseñaron eso. - Lo darían en años anteriores y os lo perderíais. - William hizo una mueca con los labios, ladeando a un lado y a otro la cabeza con expresión pensativa. - Es posible. Yo no recuerdo ni siquiera estar en un grupo. - No no no. - Insistió aún así su padre, negando con un índice. No le había convencido nada el intento de evasiva de su hijo. - Recuerdo perfectamente que, como bien dice Emma, nos dijeron que solo era una leyenda. - Marcus se encogió de hombros. - Lo descubrirían después de que salierais. - Ahora la que parecía no estar convencida era Erin. - Pero eso no tiene sentido. Las leyendas se hacen en base a algo, sería mucha coincidencia que naciera una leyenda de la nada y a posteriori se descubriera que era verdad. - ¿Tú no estabas con los pollos? Pensó Marcus, mirándola inquisitivamente. Se había generado un murmullo y una corriente de gente pensando en la mesa que amenazaba con acorralarle en breves.

- A mí me ha parecido muy bonito que lo digan los dos con tanta convicción. - Dijo su abuela con voz adorable, intentando ayudar... Pero solo lo había empeorado, porque eso acentuó en foco en otra cosa. - Es verdad. - Y, claro, su padre que era el que más lagunas parecía verle a aquello, no tardó en pillarlo. - Aunque lo hubieras descubierto en el club de misterios, lo cual dudo, eso no explica que Alice lo sepa. Porque tú no estás en el club de misterios, ¿verdad, Alice? - Por un momento casi se siente pillado, pero en apenas un segundo se irguió, reconduciendo aquello. - Lo sabe porque se lo he contado yo. - Dijo con orgullo y mirada altanera. - Porque somos amigos y los amigos no tienen secretos entre sí. Y, como buen templo del saber que es Hogwarts, tiene que nutrir a todos sus alumnos de conocimientos por igual, sin excepciones, y todos debemos compartir nuestros conocimientos los unos con los otros. Mi ética académica no me permite tener una información así sobre el castillo y no contársela a una de las mentes más despiertas de nuestra generación, como es la de Alice. - ¿Has terminado ya? - Preguntó Violet con tonito, justo antes de apoyar el codo en la mesa y, mirándole con los ojos entrecerrados y una sonrisita maquiavélica, apuntarle con la cucharilla del postre. - No me creo para nada que un prefectillo perfectillo como tú vaya a ser tan imprudente de contarle a este diablillo que tengo por sobrina algo tan jugoso, y que ella no va a querer ir, ni tú vas a ir detrás de ella a vigilarla y a aprovechar que sois los únicos o casi los únicos alumnos de Hogwarts que sabéis algo así. - La mujer, muy orgullosa de sus conclusiones, arqueó las cejas y se apoyó de nuevo en el respaldo, cruzándose de brazos. - Así que ya estáis cantando, pajaritos. - Yo no soy un pajarito. - Respondió con burla infantil. Muy bien, Marcus, impecable la defensa. Mucho le había durado el disimular. Y ahora se había vuelto a crear un tenso silencio en el que claramente todos esperaban que ellos hablasen... Hasta que William, que parecía estar en su mundo particular, lo rompió. - ¿Seguro que se llamaba club de misterios? A mí no me suena de nada. -
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Vie Ene 29, 2021 12:55 am

Escenas de Navidad (Parte II)
CON Marcus y mucha familia EN Casa de los O'Donnell Días del 1 al 6 de enero
Se hab´ian delatado pero bien. Pero si salía ella ahora a intentar explicarse, quedarían mucho peor. De hecho, por un momento, pareció que la conversación se iba a dirigir por otros derroteros gracias a la falta de atención de su padre, lo cual le hizo reír a carcajadas y ayudaba a distender el ambiente, pero estaba claro que Arnold y su tía tenían una agenda, y en ella ponía “Dejar en evidencia a Marcus y a Alice en todas las situaciones posibles que esto pudiera ocurrir”. Y la abuela, menuda era la abuela, que parecía que todo lo decía con adorabilidad y al final era la que les iba a acabar sacando hasta la Marsellesa.

Y por supuesto, Marcus se lio demasiado explicando con palabras muy rimbombantes cosas a las que no había que darles tantas vueltas y aquello empezaba a dejarse ver a través de los siete velos de palabrería. Su tía fue la primera en apuntarlo, y la gran defensa de Marcus fue que el no era un pajarito. “Mira y aprende” dijo en su cabeza. – A ver, no os lo está contando como debería, porque le da vergüenza decir que la lio en sus primeros meses como perfecto prefecto. – Se inclinó hacia la mesa y apoyó los codos en la mesa, como si estuviera hablando de la transmutación que había hecho antes o de sus plantitas. – Estábamos en quinto, y era como octubre, o sea que era prefecto neófito total. El caso es que a mí se me perdió la Condesa una tarde que había una tormenta que parecía que se iba a caer el colegio. Y a ver, la Condesa hace lo que le da la gana, pero me daba miedo que se hubiera mojado demasiado o que le cayera un rayo, así que me puse a buscarla. Y para cuando me rendí porque estaba caladita y fui a buscar a Marcus era un poco tarde.¿La gata estaba muerta? – Preguntó Lawrence. – ¡No! Digo tarde de hora. Y aquí mi amigo no había pedido el permiso ese de la hora especial que tienen los prefectos, pero como me vio tan angustiada, pues allá que fuimos, piso por piso. Y cuando estábamos en las escaleras, la oímos maullar y fuimos como locos hacia el sonido. Y yo pensaba que ya nos estábamos moviendo locos, pero Marcus se dio cuenta de que era detrás de un espejo que hay enorme que pesa una barbaridad. – Ya se dio cuenta de que tenía a la audiencia como si contara un cuento, lo cual le venía divinamente. – Y ahí estaba la Condesa. Hubo que meterse un poco y ya vimos que había un pasillo, pero nada más. No hay tanto misterio.

Todos los presentes se quedaron en silencio, mirándola, y casi que podía oír sus cabezas pensar. Sacó el labio inferior y alzó las cejas como si tal cosa, poniendo tono ligero– ¿Qué? Ya sabéis que yo no miento. Negarlo siempre es peor. Eso fue lo que pasó. – Solo que cortado a la mitad, pero mentir mentir, no estaba mintiendo. – ¿Y mi hijo nos ha soltado toda esa perorata solo porque le daba vergüenza admitir que no tenía los permisos adecuados? – Preguntó Emma incrédula. Gal se cruzó de brazos y ladeó una sonrisa. – Es Marcus. – Dijo como si fuera evidente, y eso levantó una risilla generalizada escondida. Su padre, que acababa de aterrizar en la tierra por lo visto, dijo. – Bueno ¿Y qué, qué había? Aparte de la gata, claro, que la verdad, pajarito, podrías probarle a echarle alguna bronca alguna vez, porque yo me la he encontrado en cada sitio de la casa que te pega un susto… – Su tía se inclinó hacia delante, con expresión extrañada. – Eso, eso… Que estabais solos, a deshoras, en un pasillo que nadie sabía donde estaba… Solos, no, con la Condesa. – Apostilló la abuela. Hala, venga, aquí todos aportando. – Lo importante es que salvaron a la gatita. –Intervino Arnold, pero Vivi no se daba por vencida. – Venga, contadnos ¿Qué más había allí? – Ahora ya sí que se estaba quedando un poco más sin argumentos, porque claro, ya el mero recuerdo de llegar hasta la pared final y lo que pasó allí la primera, pero sobretodo la segunda vez, no era tan fácilmente seleccionable como el resto de la aventura. – ¿Y cómo se metió la gata ahí? – Irrumpió la voz de Erin, absolutamente confusa, también acabando de aterrizar en la conversación. – Eso, tía Erin, sigo preguntándomelo todos los días, pero qué puedo decir. Es mi gata…


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Vie Ene 29, 2021 7:05 pm

Escenas de Navidad (Parte II)
CON Alice y mucha familia EN Casa de los O'Donnell Días del 1 al 6 de enero
Iba bien, creía que iba bien. Pero entonces intervino Alice con su filosofía de "negarlo siempre es peor" y empezó a hablar, y Marcus la miró súbitamente con los ojos desencajados. ¿Qué vas a contar, Alice? No, por favor. Una cosa es que se les fuera la pinza la noche anterior y todos supieran, o intuyeran, que se habían liado, y otra era decirlo allí en plena mesa delante de sus abuelos, sus padres y el padre de ella. Y las tías, para adornar. Y Lex, para que tuviera más motivos para meterse con él. Y Dylan, para crearle un trauma y que le cambiara definitivamente el nombre al búho.

Pero si ahora se lanzaba en plancha a interrumpirla iba a ser demasiado descarado, así que simplemente trató de contener la expresión y de disimular (su gran asignatura pendiente) deseando con todas sus fuerzas que Alice virara en otra dirección lo suficientemente creíble como para no entrar en detalles y que nadie más preguntase. Lo primero, aparentemente, lo hizo: contar cómo y por qué habían encontrado el pasillo y decir que no tenía tanto misterio, porque era verdad, no lo tenía, solo era un pasillo ciego. Lo de que los demás no preguntaran iba a ser algo más difícil de conseguir.

Aprovechó el leve silencio para girarse con expresión de circunstancias a Alice. - ¿Prefecto neófito? ¿En serio? - Lo que había que oír. Sí, era nuevo, en algún momento tendría que empezar, y gracias a ella y su gata apenas había estrenado el puesto y ya se estaba saltando las normas... Claro que, después de lo que ocurrió, no se pensaba quejar ni lo más mínimo. Pero dado que su familia no conocía ese dato, tenía que hacerse el digno. Su madre apuntilló que sus versiones no casaban demasiado, lo cual Alice solucionó con un simple "es Marcus" que le hizo mirarla de nuevo como si estuviera faltando a su dignidad.

Tal y como predijo, ahí llegó el aluvión de preguntas, y por supuesto que él pensaba mantenerse en un segundo plano, intentando ser invisible hasta que nadie le preguntara nada directamente, pero también mirando a Alice de reojo y pensando venga, doña "negarlo siempre es peor", a ver cómo salvas esto ahora. Por fuera intentaba hacer ver que estaba totalmente tranquilo con la anécdota y que solo se había dicho la verdad, pero por dentro estaba muy tenso. A Marcus se le daban bien muchas cosas, muchísimas, pero mentir no era una de ellas.

- Venga ya, sobrina, no cambies de tema que nos conocemos. - Erin se encogió de hombros con una expresión de genuino interés. - Pero es que, si el espejo era tan pesado como dicen y por fuera no se veía que era un pasillo, no entiendo cómo pudo colarse la gata ahí. - Violet suspiró, cerrando los ojos y abriéndolos de nuevo con paciencia. - A ver, ¿a cuántos de esta mesa les interesa cómo llegó ahí la gata y a cuántos lo que aprovecharon para hacer Marcus y Alice ahí dentro? - Marcus paseó la mirada incómodamente por el techo, claramente no sabiendo ya dónde meterse. Se oyeron algunas risitas, pero la única que contestó fue su madre. - A mí no me interesan ninguna de las dos cosas. - Esa frase llevaba más toque de dignidad que de veracidad. Igualmente, Violet la ignoró por completo y, con dulzura pretendida, se giró a Erin y le acarició la mejilla. - ¿Ves, cielo? A nadie le importa eso. - Erin le retiró la mano con un mohín de niña enfurruñada y Violet se giró de nuevo hacia ellos, dando una palmada en el aire. - Así que, venga, que no tengo todo el día, que esta noche dormimos en la Provenza. - Ya os hemos dicho que no hay nada más que contar.  - Aclaró Marcus, encogiéndose de hombros y alzando las manos. - Era un pasillo ciego que la gata aprovechó para refugiarse de la tormenta. Punto, no tenía más. - Y ahí podía haberse quedado la conversación... Pero no.

- Así que el Club de Misterios... ¿Desde cuando mientes, Marcus? - Preguntó su padre, entrelazando las manos y reposando la barbilla en esta, con los codos apoyados en la mesa y una sonrisa de "di la verdad de una vez". Claro, Alice en su maravillosa y honesta a medias versión no había caído en que le dejaba vendido a él con su mentira cutre. Se quedó unos segundos en silencio, pero luego se hizo el interesante y recondujo. - Ah, ya, ya sé lo que ha pasado. - Comentó con una risilla desenfadada, balanceando un índice ante sí. - Es que me había confundido con la Sala de los Menesteres. - Ah, ¿quieres decir que le enseñaste a Alice la Sala de los Menesteres? - Preguntó su padre con un impostadísimo tono interrogante. Todas las miradas estaban sobre ellos otra vez y el silencio volvía a reinar en el ambiente. Marcus se había quedado mirando a su padre con una absoluta ausencia de expresividad en la cara, como si alguien le hubiera puesto en pausa. Genial, Alice me va a matar. Si es que cada vez que hablaba la liaba, ¡¡si es que él no podía mentir!!

- Sí... Sí, efectivamente. - Trató de salvar con dignidad. Estaba viendo las caras. Sobre todo la de Violet. Sobre todo la de su madre. Dylan el pobre no sabía ni de lo que estaban hablando. - En segundo. Nos la enseñaron en el Club de Misterios, como ya he dicho, y esta que está aquí. - Señaló a Alice con el pulgar. - No aguanta que se descubra nada sin ella. - Le puso a la chica una expresión burlona con la cara y siguió hablando. - Y no le sentó nada bien que yo supiera algo que ella no, y más algo tan misterioso, así que la llevé para que la viera. - Enfatizó con el índice. - Y de ahí saqué mi enseñanza, como he dicho antes, de que los amigos no tienen secretos entre sí y comparten todo su conocimiento. - ¿Y qué visteis, si se puede saber? - Preguntó Violet con tonito de adolescente de catorce años. - Un invernadero precioso. Alice quería más semillas para plantar en herbología, y ya sabéis que la sala muestra lo que necesitas. - Violet hizo una sonora pedorreta despreciativa. - ¿En serio habéis usado la sala de los menesteres para recolectar semillas de plantas? ¿Y en serio en toooodos estos años de ser absolutamente inseparables no habéis vuelto a ir? - Sí, tiene sentido. - Dijo entonces su padre, recabando sobre su persona todas las miradas sorprendidas de los demás, incluida la de su propio hijo, el autor de ese discurso. El hombre se encogió de hombros con normalidad. - Es una sala que te muestra lo que necesitas, si no necesitas nada... - Violet se estaba riendo irónicamente por lo bajo, pero Arnold continuó. - Y al fin y al cabo yo no llegué a usarla en mis años de colegio. - ¿¿En serio?? - Preguntó la mujer entre risas, soltando una carcajada justo después. - Pues yo en cuanto esta se fue... - Señaló a su madre con el pulgar, la cual rodó los ojos con hastío. - ...le di pero que bastante uso. - Volvió a soltar una carcajada. Los abuelos y William estaban riendo por lo bajo, Lex tenía cara de desear estar en cualquier otro lugar del planeta menos allí y Erin estaba un tanto incómoda. - ¿Qué? Se le llama también sala de usos múltiples, ¿no? Pues eso hice yo, darle usos múltiples. - Pues eso, yo creo que ha quedado aclarado el tema. - Comentó su padre con cordialidad, y eso a Marcus le pareció... Extraño, después de que antes había intentado pillarle. Y solo pudo atribuirlo a una cosa: le había pillado. Su padre era el único que sabía a ciencia cierta que se había acostado dos veces con Alice estando en Hogwarts, y los lugares cuadraban: el pasillo y la sala de los menesteres. Debió considerar que era mejor dejar el tema estar. - De aclarado nada. - Violet, claramente, no opinaba lo mismo. - Aún no habéis contestado a lo que hacíais en el pasillo. -
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Vie Ene 29, 2021 8:34 pm

Escenas de Navidad (Parte II)
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Nada, con su tía era imposible totalmente. Miró a Erin y se encogió de brazos, pero Marcus ya parecía más tranquilo y abordó la situación para tomarle el testigo porque empezaba a ponerla muy nerviosa.

No había contado con que contando lo del pasillo le había dejado mal. Esta situación se le empezaba a ir de las manos así que se puso a comer tarta para hacer algo con las manos y tener la boca llena. Ay no, Marcus. La Sala de los Menesteres no. Eso solo les iba a poner más nerviosos a los dos. Pero lo cierto era que estaba utilizando una técnica suya, y ella ni se acordaba de aquella otra vez buscando la dichosa sala. Contenta por haber inculcado aquella técnica en Marcus y sintiéndose orgullosa de él, le agarró del dedo y tiró de él, siguiéndole la broma. – ¡Anda! ¡No te fastidia! ¿Tú conoces a alguien que le guste más investigar que a mí? Si el primer día casi la encuentro solita con el Barón de Cauldron. Fue una cosa muy fea que la encontraras con Bradley antes que conmigo. – Pero se rio, porque siempre que hacían cosas juntos acababan pasándolo bien. – ¿Y por qué no estás tú en el club de misterios entonces? – Se encogió de hombros, pero su padre volvióo a intervenir. – Igual es porque no existe, y es cosa solo de O’Donnells. – Gal se rio pero solo dijo. – Porque prefiero ir a mi aire, o que Marcus me cuente las cosas, a mí me encanta escucharle. – Se quedó mirándolo con lo de que los amigos compartían el conocimiento. Sí, así era como mejor se lo pasaban, sin duda. Y el invernadero con semillas y plantas. – Quién lo pillara. – Dijo apoyándose en su mano. – Había toooodo tipo de semillas, me hubiera quedado allí. – Pero ya estaba su tía para romper la magia. Gal resopló. – Ay, tata, de verdad, déjalo estar ya. – “Sobretodo porque sabes perfectamente lo que pasó allí, por Dios, cállate”. – ¿Para qué íbamos a querer volver? Descubrimos el misterio, no la necesitábamos para nada en especial, y eso fue todo. – Sonrió un poco y dijo. – Hay muchos sitios mejores donde estar siendo inseparables. La clase de alquimia, la torre de Astronomía, el invernadero, incluso la Sala Común con los pesados de Hillary y Sean. – "El pasillo del cuarto piso, sepan ellos lo que sepan, y siempre será solo nuestro. El cielo de la Provenza, cualquier lugar en el que pueda abrazarle o darle la mano".

Parecía que Arnold estaba un poco de su parte, porque estaba conduciendo con bastante maestría la conversación, pero con su tía no había quien se rindiera. Gal resopló otra vez y dejó la cucharilla en la mesa. – Nos metimos para ver qué había. Llegamos a la pared y eso fue todo ¿Qué más se puede hacer en un pasillo cegado a la mitad? No había ni cuadros ni nada. – ¿Y luz? – Preguntó su padre, repentinamente lúcido. Entornó los ojos y dijo. – No, no la había, pero ya te digo que era muy pequeño y cegado, con las de las varitas dio. – Miró a ambos lados y volvió a cruzarse de brazos. – ¿Queréis preguntarme sobre algo más que no tenga chicha y sobre lo que queráis dar mil quinientas vueltas inútiles? Podemos hablar de las clases de Historia de la Magia en cuarto para eso. – Miró a Marcus y se rio un poco. Entonces cayó en algo salvador y dijo. – Oye ¿Y tu transmutador? No lo tenías cuando has salido al jardín. – “Dime que tenemos que ir a por él, por favor, antes de que intenten acosarnos a preguntas otra vez”. Adoraba a su tía y a su padre, pero no había nadie capaz de ponerle tan nerviosa como ellos.

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Vie Ene 29, 2021 9:27 pm

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De verdad que no dejaba de sorprenderle la naturalidad con la que Alice eludía el tema mientras él se hacía un enredo solito y sin que nadie se lo pidiera. En su cabeza ya estaba en un callejón sin salida y, si su padre lo había captado, no tardarían en captarlo todos los demás, sobre todo si Violet seguía insistiendo de esa forma. Eso sí, puso cara de orgullo y se irguió en su pose habitual cuando Alice dijo que "había muchos sitios mejores donde estar siendo inseparables", porque eso eran ellos al fin y al cabo por encima de todo, amigos inseparables. El que se le hubiera ido un poco la mente pensando a qué podía estar refiriéndose Alice era otra cuestión, indudablemente, muy contaminada por los acontecimientos que estaban teniendo lugar en Navidad. Pero no lo iba a reflejar.

Por un momento algo le chirrió en el cerebro cuando Alice dijo que si querían preguntarle algo más, hasta que captó que solo era una ironía. Reaccionó cuando se dirigió a él. - Está en el taller. No quería moverlo tanto de un lado a otro. - Y en lo que lo decía, ya se había puesto de pie. Porque sí, salir de allí le parecía una idea fantástica. - Eso, huid, apenas se ha notado nada. - En realidad se está haciendo un poco tarde. - Dijo William, mirando el reloj. - Y tenemos que ir a casa de los O'Donnell a recoger nuestras cosas, y yo quería pasar por casa antes de irme. - Emma se levantó. - Sí, mejor vamos recogiendo. Id vosotros a por el transmutador, no tardéis. - Permiso concedido. Y a Marcus le faltaba ya tiempo para irse.

El jardín lo recorrieron en silencio y a paso rápido, aparentemente por la orden de su madre, pero en realidad era porque cuando a Marcus le iban los pensamientos a toda velocidad, los pies también. Nada más entró en el taller respiró de alivio, como si hasta que no cruzara esa puerta se temiera en peligro todavía, apoyado en una de las encimeras. - Por poco... - Musitó. - Creía que me iba a desmayar, te lo aseguro. - Volvió a echar un poco de aire por la boca y, tras el momento de recuperarse del pánico, se irguió y se cruzó de brazos. - Tú vas a acabar con mi salud, ¿lo sabes? - Dijo con cierto tono cómico, pero sin perder el atisbo de miedo y nerviosismo en su voz. - Cuando has empezado a contar lo del pasillo creía que me daba algo. Que, por cierto, ya veo el caso que le has hecho a mi elegante y discreta coartada: ninguno. - Chistó y dejó caer los brazos con fingida exasperación. - Me pasa por hacer trastadas con un diablillo como tú. -
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Vie Ene 29, 2021 10:34 pm

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Le hizo una cara de burla a su tía, cuando les acusó de huir, pero todos los presentes estuvieron de acuerdo en que había que ir recogiendo. Feliz de la vida salió detrás de Marcus por el jardín e inició una carrerita tras el chico, que iba a más rápido y, teniendo las piernas más largas que ella, se le estaba escapando. – ¡Eh, eh, eh! Prefecto O’Donnell que te pierdo ¿Tanta prisa llevas? – Solo el salir de aquella habitación llena de gente y poder volver a estar en el taller, le había hecho ponerse de buen humor.

Se acercó riendo a Marcus. – Nada, interrogatorio superado, con más o menos fortuna. – Se rio un poco más fuerte y se apoyó en el pecho del chico. – ¿Ves por qué se lo conté a la tata? Es una interrogadora implacable, puede acabar con tu cordura. – Y ella ya tenía la cordura medio qué en aquel momento del verano en el que le contó todo lo de la Sala de los Menesteres. Entornó los ojos cuando dijo que iba a acabar con su salud. – No es cierto, y lo sabes. – Bajó el índice por su pecho y lo dejó donde estaría su corazón, apuntando hacia él. – Mantengo en forma ese corazoncito tuyo dándole emoción. – Se mordió los labios por dentro cuando le afeó lo de la excusa. – Cierto, ahí no estuve rápida. Pero, oye, yo también me pongo cardiaca cuando nos hacen esos interrogatorios, aunque no lo aparente tanto. Ya sabes que mi estrategia es solo contar la verdad, no entera, pero la verdad, al fin y al cabo. Pero tienes razón, no he caído en que nuestras versiones no concordaban. – Volvió a soltar otra carcajada y dijo. – A ver… Me has llamado negligente, monito, diablillo… ¿Te queda algo? – Se acercó a él y pasó su mano por sus rizos con una sonrisa de adoración, mirándole a los ojos. – Anda, no te enfades conmigo, prefecto, que te pones muy feo cuando te enfadas. Como un colacuerno. – Se rio más aún y se acercó a él. – Bueno, vale, no es verdad. Tú nunca estás muy feo. Solo te pones menos espectacularmente guapo. – Bajó las manos acariciando sus mejillas y se separó de él con una sonrisa, porque al final había acabado inclinada sobre él.

Se paseó una vez más por el laboratorio, admirándolo todo, deteniéndose en los tarros, los recipientes, los círculos de transmutación… – Me encanta este sitio. No me extraña que te vuelva tan loco la alquimia y te guste tanto estar aquí. – Acarició uno de los tarros con zinc. – Es una maravilla. – Siguió paseando y estaba de espaldas a Marcus. Suspiró y dijo. – Antes tu abuela ha oído a mi padre llamarme Janet… – Se apoyó con ambas manos en la encimera, pero sin dejar de admirar lo que tenía delante, solo que más seria. – Hemos pasado un poco de mal rato… Pero la abuela le ha convencido de que se lo cuente a mis abuelos y ellos le ayuden. O le controlen que para eso son sus padres. – Empezó a jugar con sus manos, retorciéndose los dedos, y avanzó hacia otra zona del taller. – He pensado en… Irme con ellos a Saint-Tropez, pero… – Se rascó la frente y suspiró, mirándose los pies. – Yo no sé… Ayudarle. Y no tengo los medios para hacerlo. Y… Aquí soy feliz. – Se acarició los brazos, aún sin mirar a Marcus. – Sé que tú siempre haces lo correcto y estás donde debes estar, pero… He hecho caso a lo que quería yo, por una vez. He… Elegido libremente. – Dijo recordando las palabras de su madre. – Por eso estaba un poco nerviosa y recitando mi lista cuando me has encontrado en el jardín… La de para todos los públicos, claro. – Dijo con una risita nerviosa. – La otra no me tranquiliza.

Aún no se atrevía a mirar a Marcus, porque no sabía lo que se iba a encontrar en sus ojos. De hecho, aún estaba a tiempo de decirle “No ¿Qué dices? Vete con tu padre ¿Qué clase de hija eres?”. Así que se dedicó a otear la pared, y se acercó a un marco grande, donde había un círculo de transmutación ¿Qué haría enmarcado? ¿Sería peligroso? ¿Entonces por qué Lawrence lo tenía ahí a la vista? Pero lo que le había llamado la atención es que no era excesivamente complicado, y encima, tenía aquello. La luna y el sol. Siempre que los veía pensaba en Marcus y ella. Se acercó y acarició el cristal con los dedos. – ¿Qué círculo de transmutación es este? No lo he visto nunca ¿Y por qué lo tiene tu abuelo enmarcado? – Pasó los dedos hacia el sol. – Hermano sol… – Susurró. Luego deslizó las yemas al otro lado. – Hermana luna…

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Sáb Ene 30, 2021 12:20 am

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Le gustaba que se apoyara en su pecho, le despertaba sensaciones agradables y le hacía sonreír. Pero claro, aún tenía una indignación nada creíble que mantener en pie así que miró hacia arriba con dignidad. - Pues no me convence porque yo tenía la situación perfectamente controlada. Tú es que te rindes muy pronto. - No se lo creía ni él. Siguió la dirección del dedo de la chica, pasando por su pecho hasta su corazón, y esbozando progresivamente una sonrisa de lado. Entrecerró los ojos con un toque de chulería. - Demasiada, diría yo. - Insinuó, con un tono bastante más aterciopelado que el tonito ofendido de antes. Ni se imaginaba Alice lo que provocaba en su corazón. Ni él mismo había sido capaz de ponerle nombre hacía apenas un par de meses.

Al menos reconoció que sus versiones no concordaban. Podía hacer como siempre y darle mil vueltas a eso como un histérico... Pero no quería, ciertamente. Estaba en el taller de su abuelo, con Alice apoyada en su pecho, los dos solos. Así que simplemente la dejó hablar y, cuando recordó su lista de motes, se mojó los labios de nuevo con su sonrisita ladeada y los ojos entrecerrados y añadió. - Duendecillo de cornualles. - Le dio en la nariz con la suya. - Pajarito. - Ese no era suyo, pero... Le gustaba. Sonrió cuando acarició sus rizos, frunciendo un poco el ceño fingiendo ofensa pero sin dejar de sonreír. - Sigo siendo un majestuoso dragón y tú un bichito insoportable. - Bromeó, replicando las palabras que le dijera aquel día en plena sección prohibida, en la biblioteca. Pasó la mirada por su rostro, mordiéndose los labios. - Tú estás peligrosamente guapa hagas lo que hagas. Eso es un problema para mí. - Pero la chica se separó y él se quedó mirándola pasear por el taller con una sonrisita.

Se guardó las manos en los bolsillos, mirándola desde la puerta con su sonrisa ladeada, y tuvo que reprimir una carcajada muda en los labios. La alquimia me gusta, lo que me vuelve loco eres tú, pensó, pero se contuvo de decirlo, mirando en un acto reflejo hacia la puerta tras él y avanzando un par de pasos hacia la chica, rozando él también algunos tarros al pasar. Pero se detuvo en seco, perdiendo la sonrisa, cuando escuchó las palabras de Alice. William había vuelto a llamarla Janet, y su abuela le había oído. Volvió a guardarse la mano en el bolsillo y bajó la mirada, un tanto incómodo. Hacía apenas unas horas había tenido una conversación muy desagradable sobre William en ese mismo sitio, y... A Marcus se le seguía dando mal disimular, y eso no era ninguna broma, o tapar un escarceo amoroso ante su familia. Era algo muy grave y que podía provocar una crisis en Alice. No podía decirlo así como así, porque mirando a la chica de reojo, oyéndola hablar, le quedaba claro que no sabía nada. Y le daba pánico tener que ser él quien se lo dijera... Pero también que se enterara y le culpara por no habérselo dicho antes.

Se mantuvo en silencio, escuchándola, y se le encogió el corazón cuando dijo que había pensado irse a Saint-Tropez. En su mente iban a pasar juntos toda la Navidad... Pero lo cierto era que solo serían cinco días, y luego volverían a compartir todos sus días en Hogwarts durante los próximos seis meses. No podía ser tan egoísta, William la necesitaba mucho más que él, por más que le doliera... Tenía la mirada cabizbaja, esperando a que Alice diera su esperable veredicto para mostrarse sereno y comprensivo, cuando dijo que allí era feliz. La miró ligeramente sorprendido, notando como el corazón le daba un pequeño vuelco, mientras la chica se mantenía aún de espaldas. No se sentía orgulloso, pero... Se le había escapado una sonrisita. Había elegido, y había elegido quedarse allí con él. ¿Significaba eso... Lo que él querría que significara? ¿Era una buena señal? ¿O simplemente... Estaba huyendo de estar con su padre y refugiándose en su familia porque la hacían sentir bien, lo cual también era perfectamente comprensible?

Frunció los labios porque no quería que le viera sonreír con ese sabor a triunfo, y porque ella tenía razón: él siempre hacía lo correcto, actuaba más desde la razón y la lógica que desde los sentimientos, aunque tuviera muchísimos. Pero tuvo que reír cuando dijo lo de la lista de todos los públicos. - Menos mal. - Comentó divertido, con una risa suave, y luego ladeó varias veces la cabeza. - Aunque a mí la otra me gusta bastante. - Pero sí, para relajarse precisamente no era muy útil. Tomó un poco de aire, dispuesto a decirle a Alice... Algo, no sabía bien cómo o el qué. Que apoyaría su decisión tanto si era quedarse como si era irse, que no sabía la alegría que le daba diciéndole que se quedaba, pero... Que entendería que se fuera. Pero Alice se había trasladado a otra zona del taller y se había quedado mirando algo.

Frunció el ceño con una sonrisa curiosa, mirándola y acercándose a ella mientras escuchaba su pregunta. Conforme la oía, conforme se aproximaba, su sonrisa se ampliaba. "Hermano sol... Hermana luna...". Miró él también el círculo enmarcado y, como hubiera hecho antes en el jardín, pasó sus brazos por la cintura de la chica, a su espalda, y apoyó la barbilla en el hombro de ella. - Es el círculo de la vida... El sol y la luna. La dualidad. El todo. - Respiró hondo en silencio, mirando el cuadro. - Como bien sabes, no se puede transmutar la vida. - Eso le agarró un pellizco en su interior, pero continuó, esbozando una leve sonrisa, aferrándola un poco más aunque con suavidad. - Es... Como un recordatorio para los alquimistas. No se puede usar, al menos no se le puede dar un uso práctico... Pero es importante saberlo, que está ahí, no perderlo de vista. Por eso lo tiene enmarcado. -
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