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Lun Ene 25, 2021 11:12 pm
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Escenas de Navidad (Parte II)
CON Alice y mucha familia EN Casa de los O'Donnell Días del 1 al 6 de enero
- ¡¡EL QUE QUIERA GOFRES QUE SE LEVANTE!! - Dio un bote en su sitio, y entonces sintió como si alguien le hubiera clavado un clavo ardiendo entre los dos ojos. - Vivi... Si tan solo gritaras... Un poquito menos... - No te molestaban anoche mis gritos, pelirroja. - ¡¡VIVI!! Au... - La propia Erin debió hacerse daño en la cabeza ante su exclamación, porque nada más lanzarla cerró con fuerza los ojos y se llevó los dedos a las sienes. Pero Violet no se daba por vencida, y entró por el salón como quien entra en una verbena, haciendo sonar una especie de campana que no sabía ni de dónde salía. - ¡SE ENFRÍAN LOS GOFRES DE MOLLY O'DONNELL Y ESO NO PUEDE SER! - ¿Se puede saber qué...? - Empezó su madre, apareciendo por allí de brazos cruzados. Pero la mujer rodó los ojos nada más llegar a la puerta del salón. - Oh, por Dios, qué escena... - Suspiró con un toque de desprecio, negando con la cabeza hacia otra parte. Violet se giró hacia ella y se empezó a reír con descaro. - Buenos días, Prefecta Horner. Echaba de menos que acudiera usted en camisón a una de mis llamadas. - Emma automáticamente se cerró la bata en torno a sí con dignidad pero con apremio. La cara de su madre era hielo puro. Tras ella apareció un tambaleante y somnoliento Arnold frotándose un ojo. - Buenos días. - Saludó, totalmente ajeno a que había allí dos personas a punto de achicharrarse a hechizos y otras cinco en proceso de despertarse.

Parecía que tenía el gramófono de anoche dentro de la cabeza. Había dado un respingo, como todos los presentes, ante el primer bramido de Violet, pero se había quedado apoyado con una mano en el respaldo y las rodillas aún en el sofá, solo habiendo separado el tronco de... Oh, Dios, que estaba encima de Alice. Rápidamente se sentó a un lado. El movimiento brusco le arrancó un gruñido de dolor, obligándole a cerrar los ojos y a taparse la cara con las manos. ¡Cuánta luz! Parecía que le estaban apuntando directamente con una varita. - Amigo, recuérdame por qué decidí dormirme en el suelo. - Dijo William quejumbroso, reapareciendo tras la montaña de cojines. Lex no paraba de mover el cuello de un lado a otro con una mueca de dolor. El que parecía resplandeciente era Dylan, que aunque bostezaba con sueño estaba claro que era el menos afectado del grupo. - La próxima vez que... Oh, vaya, Emma. Qué hogareña. - Ohj. - La mujer volvió a cerrarse la bata, pero ya girándose de nuevo hacia las escaleras. - Arnold, ocúpate de esto, por favor. - "Esto" se llama desayuno calentito cortesía de tu suegra. De nada. - Abrió los ojos con dificultad y vio a Violet zarandeando una bolsa en el aire, mietras con la otra mano sostenía su varita y... Ah, ahí estaba el ruido, un puñetero encantamiento de campana. Le estaba taladrando el cerebro.

- Pajarito, ayuda al trasnochado de tu padre a levantarse, por lo que más quieras. - Dijo William, a quien claramente le dolían todos los músculos del cuerpo por haberse dormido en el suelo. - Que algunos no hemos tenido la suerte de dormir tan cómodos. - Y le miró a él. Marcus ahí sí que abrió los ojos, apurado, y clavó la mirada en el suelo rojo como un tomate. - Te tenías estudiada la postura, ¿eh? Eso no es de hoy. - Va, William, deja al principito tranquilo. - Dijo su padre, adentrándose en el salón con no mejor cara que ellos y una risilla. Marcus lo miró con el ceño fruncido en el más absoluto desconcierto. ¿Qué? ¿Por qué le llamaba así? Dios, no se acordaba de la mitad de las cosas...
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Sáb Ene 30, 2021 1:30 am

Escenas de Navidad (Parte II)
CON Marcus y mucha familia EN Casa de los O'Donnell Días del 1 al 6 de enero
Las palabras y la voz de Marcus provocaba sensaciones por todo su cuerpo. Tomó aire lentamente cuando notó que se volvía a acercar a ella y posó la otra mano sobre la que él tenía abrazando su cintura. Les escuchó a hablar, porque cuando lo hacía, su corazón no latía desbocado, como cuando se tocaban y besaban a oscuras, si no que se ensanchaba, como si fuera tan feliz que no cupiera tanta felicidad en él. – Creo que mi mente práctica y rápida había llegado a la conclusión de que, si no se puede transmutar, no le hace falta un círculo… Pero eso que dices es más bonito. – El sol y la luna eran la vida, pero juntos no funcionaban. ¿Con qué parte de las dos se quedaba? – Si hay algo que nunca deja de sorprenderme es la alquimia. Y tú explicándomela, más aún. – Dijo terminando con una sonrisa y dejando caer los párpados.

Con la mano que tenía reposada en la de él, le dibujó un sol en el dorso de la mano, como había hecho aquel día en La Provenza, pero con los símbolos alquímicos. Se perdía en sus propias comparaciones. Se giró dentro de su brazo, quedándose pegada a su cuerpo y pasando los brazos por su cuello, quedándose mirándole. – Me haces feliz de verdad, Marcus. Y tú sí que mantienes en forma mi corazón. – Le dijo mientras le acariciaba la mejilla. Se inclinó un poco y juntó los labios con los suyos. Llevaba desde anoche antes de dormir queriendo besarle. No habían tenido ocasión de hacerlo, y encima traían toda la presión de los interrogatorios encima, así que se moría de ganas de hacerlo. Rozó sus labios con los de él con ternura, con calma, dejándose caer en sus brazos cálidamente. Se separó lentamente con un suspiro, porque desearía con todas sus fuerzas quedarse así para siempre. – Quería que tuvieras otro buen recuerdo aquí. – Acarició su mejilla una vez más con una sonrisa. – Anda, vámonos, a ver si por una vez es posible que no vengan a buscarnos. – Y Salió por la puerta, dirigiéndose al jardín y frotándose los brazos de nuevo, porque ya anochecía y el frío arreciaba.

Dentro, ya estaba la tata como si le quemaran los pies por salir a buscarles. Como llegó ella primero, miró por su hombro, para ver si estaban solas y dijo. – Ya ha hablado Molly conmigo. – Bajó una mano por su hombro y se lo apretó. – Va a estar todo bien, Gal. Nosotros nos ocupamos. Tú cuida de Dylan, prepara los EXTASIS y… – Se acercó un poco más a ella y dijo. – Recuerda que puedes querer ese algo más. Y que las chicas como tú – dijo alzándole la barbilla para mirarla a los ojos – consiguen todo lo que se proponen. – Y terminó guiñándole un ojo. Gal sonrió y la miró emocionada. – ¿Sabes, tata? A veces despistas con lo de ponernos de los nervios a todos, pero… Eres la mejor. – Justo entonces entró Marcus con el transmutador. – ¡Benditos los ojos, O’Donnell junior! ¿Se puede saber qué os ha llevado tanto tiempo? – Gal alzó una ceja. – ¿Has estado en un laboratorio de alquimia, tata? No hay mucho que se pueda hacer aparte de, obviamente, alquimia. – Justo llegaban Lawrence y Molly al recibidor y la abuela rio fuertemente. – Mejor no hagas esa pregunta precisamente. – La tata se giró y dijo. – ¿En serio, Molly? Tiene que ser hasta peligroso. – A la abuela Molly le dio una risa descontrolada y le salieron los colores, dándole a su tía con un trapo en el brazo. – ¡Oh, Violet Gallia! ¡Eres de lo que no hay! – Trató de calmar la risa, que a Gal también le había dado pero que ocultó tras su mano. – No me refería a eso. – Entornó los ojos hacia Marcus. – Que te lo cuente el que lo lio todo. – Dijo señalando a Lawrence con la barbilla y perdiéndose en la cocina.

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Sáb Ene 30, 2021 5:08 pm

Escenas de Navidad (Parte II)
CON Alice y mucha familia EN Casa de los O'Donnell Días del 1 al 6 de enero
Marcus tenía una gran capacidad para almacenar información, pero no tanta como para conectarla y darle esos significados hermosos y trascendentales que le daba Alice. Algo debía habérsele pegado de ella, sin embargo, porque en ese momento miraba el círculo de la vida de la alquimia, el cual conocía desde pequeño, miraba ese sol y esa luna abrazado a Alice... Y pensaba cosas. Y sentía cosas. Últimamente tenía la cabeza en las nubes con esa chica. Y lo más curioso era que le daba igual.

- Bueno... Supongo que es... Como un recordatorio, una norma. - Seguía con la barbilla apoyada en su hombro, mirando el círculo, pero alzó un poco la cabeza para acercarse graciosamente a su oído, rozando la mejilla de la chica con su nariz. - Supongo que tu mente práctica y rápida no ha contemplado la utilidad que una norma puede tener. - Bromeó. Alice y las normas, todo el sentido práctico que él les veía, ella lo desoía. Bajó la mirada con una sonrisa, viendo como la chica dibujaba el símbolo del sol en su mano, y la contempló mientras se giraba hacia él. Y esa afirmación... Se quedó mirando por un instante sus labios, pero la sacudida que generó en su pecho hizo que la mirara a los ojos. - Tú me haces feliz a mí, Alice. - Susurró en respuesta. ¿Sería el momento? ¿Era... El momento para decirle lo que sentía por ella? Allí, en uno de sus lugares favoritos del mundo, a solas con ella... Si había llegado a plantearse decírselo, Alice interrumpió su intento con ese beso. Ese beso dulce, suave y cálido en el que podía haberse quedado durante horas. Se separó lentamente, lamentando lo poco que había durado, y sonrió ante su comentario mientras abría los ojos. - Ya lo tenía... Pero ahora es mejor. - Alice haciendo alquimia junto a su abuelo era ya un recuerdo maravilloso en sí mismo, pero por supuesto que la chica lo podía mejorar. Y lo había hecho.

En lo que recogía su transmutador, asegurándose de que estuviera perfectamente limpio y sin restos ni de mercurio ni de sangre de dragón ni de nada que pudiera perjudicarlo o dañarlo, Alice había salido antes que él del taller. Volvió a la casa, donde la chica estaba junto a su tía en la puerta, la cual no dudó en lanzarle otro comentario de los suyos otra vez. - Poco tiempo ha sido, de hecho. Si por mi fuera vendría más a menudo. Aún tiene un montón de secretos que no conoce. - Dijo señalando a Alice con una sonrisa misteriosa. Pero se ve que él estaba hablando desde una inocencia académica que no era el fondo de aquella extraña conversación que empezó a originarse, curiosamente, cuando su abuela entró en juego. Se estaba perdiendo algo, definitivamente. Y algo le decía que prefería seguir perdiéndoselo.

La mujer le había lanzado el tema a su abuelo, que justo acababa de aparecer por allí y ahora soltaba una carcajada. - Ah, sí, las maravillas de la alquimia. ¿No te lo ha contado mi nieto? - Marcus por un momento frunció el ceño, pero estaban empezando a llegar los demás al recibidor y, al ver la expresión de adorabilidad de sus padres, escuchar la risita que aún no se había amortiguado de su abuela de fondo y verle la cara a su abuelo, lo supo. Bajó la mirada con una risa incómoda y dijo. - Sí, bueno, ya. Vamos, los Gallia tienen prisa. - ¡Venga, Marcus! ¿No me digas que tu amiga no sabe que a ti te hicieron en un taller de alquimia? - Bajó la cabeza con resignación. Genial, ahí estaban sus anécdotas infantiles poniéndole en vergüenza. William y Violet acababan de dibujar una expresión totalmente sorprendida, al igual que Erin pero con un toque cómico en lugar de incómodo, y el hombre soltó una carcajada, cruzándose de brazos y mirando a sus padres. - Peeeeeeero Arnie, ¿cómo es eso? - Créeme que no va por ahí. - Respondió su padre con una risa. Sí, efectivamente no iba por ahí, solo había que ver lo tranquila con su conciencia que parecía su madre. Iba por dejar a Marcus en ridículo. Un momento muy idóneo para eso.

- De verdad, esta familia tiene muchas cosas que hacer antes de volverse a la Provenz... - Tú no te preocupes por nosotros, que mi hermano es un maestro de la aparición. - Dijo Violet, recuperando ese tono de voz malintencionado y poniéndole las manos en los hombros, haciendo que Marcus rodara los ojos con cansancio de nuevo. - A ver, ¿cómo es eso, Larry? - Pues resulta... - Ya no tenía marcha atrás aquello. Marcus echó aire entre los labios, resignado, viendo como su abuelo se preparaba para contar por millonésima vez esa historia pero, esta vez, delante de Alice y William, la ilusión de la vida de Marcus. Molly había vuelto a aparecer por allí, decidiendo que no quería perderse aquello, como si no lo hubiera escuchado nunca. - ...que un día, metiéndonos con el desinterés de mi hijo Arnold por la alquimia en una comida, le dije de broma "que sepas que tu madre y yo te hicimos en un taller de alquimia". - Molly se echó a reír con una carcajada adorable de nuevo. Su padre asentía con gravedad, pero dado que el objeto de ridiculizar en esa anécdota no era él, tenía escondida una sonrisa en los labios fruncidos. - Y justo al decirlo, escucho una vocecilla detrás mía que dice "¿¿Y a mí??". - Y encima eso, SIEMPRE le imitaba. Marcus rodó los ojos otra vez, porque todos había detectado de quién debía ser la vocecilla y ya se estaban empezando a reír.

Había hecho una deliberada pausa para crear expectación, porque así era su abuelo, mientras Marcus esperaba pacientemente con cara de circunstancias a que aquello terminara. - Cuando me giré me encontré con esa carita que ahora es de adolescente que no soporta a su abuelo pero que en aquel momento era de un adorable Marcus de cinco años. Solo se le veían unos enormes ojos brillantes en la cara esperando a que le dijera que sí. - Y más risas y ruiditos de adorabilidad. Lawrence se llevó una mano al pecho. - Y claro, uno que es débil, me tuve que inventar una historia de cómo creé a mi nieto con alquimia en mi taller. - Se escuchó un sonoro "ooooohhhh" que hizo a Marcus rodar los ojos por enésima vez. - Va, abuelo, muy bien, ya lo has contado... - Mereció la pena solo por lo contento que se puso, y cada vez que venía al taller me preguntaba. Y yo le enseñaba los tarros vacíos y le decía "y este era de sabiduría, y también lo usé. Y con esto te di los rizos. Y por echarte de esto es por lo que eres un glotoncillo. Y le eché muuuucho líquido azul." - De verdad, es que en estas fechas las aduanas se ponen muy puntillosas. - Él seguía intentando instar a los Gallia a que tenían que irse, pero aquello no había quien lo cortara. - Yo creo que cuando entró en Hogwarts todavía pensaba que realmente le habíamos hecho así. - Marcus miró a su abuelo con expresión sarcástica, tratando de sobrevivir a aquella marejada de carcajadas a su alrededor. Pero Lawrence, sin perder el hilo cómico, se giró hacia Arnold. - Le habrás explicado ya que los niños no se hacen así, ¿no? A ver si voy a estar metiendo la pata ahora... - Yo creo que ya lo ha descubierto él solito. - Marcus ladeó la cabeza para mirar a Lex. Su hermano y sus brillantes aportaciones después de pasarse horas sin abrir la boca.
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Sáb Ene 30, 2021 7:37 pm

Escenas de Navidad (Parte II)
CON Marcus y mucha familia EN Casa de los O'Donnell Días del 1 al 6 de enero
Gal abrió mucho los ojos oyendo por dónde iban los tiros de la historia y cómo Marcus intentaba evitar el tema a toda costa. Le encantaba, también, ver cómo Lawrence se perdía en el favoritismo a su nieta mayor, cómo hinchaba el pecho y le brillaban los ojos, solo de hablar de él de pequeño. – ¡No! Definitivamente no me lo ha contado y eso necesito oírlo.

La mención de que le hicieron en un taller de alquimia le sacó un poco los colores. No le gustaba que las bombas cayeran contra sí misma, pero que hablaran de esos aspectos de la vida de Arnold y Emma… Pero estaban demasiado tranquilos, así que su padre se iba a quedar con todo su gozo en un pozo. Y la historia era mucho mejor, porque Alice podía imaginar como si lo tuviera ante sus ojos a aquel Marcus pequeñín, precioso, con sus enormes ojos, y miró a Lawrence completamente enternecida. – Me muero… – Juntó las palmas de las manos, y se las llevó a los labios, sonriendo mientras miraba a Marcus, que parecía visiblemente incómodo con todo aquello. De verdad que se moría con aquel chico tan lleno de ternura y curiosidad, era como un tesoro que había que preservar, por mucho que a él le avergonzara recordarlo. Cuando el abuelo se puso a decir lo de los tarros, ya no pudo resistirse más. – ¡Oh, por favor! No he oído nada más adorable en toda mi vida, abuelo, eres genial. – “Y la verdad, es que es tan perfecto, que era hasta plausible que lo hubiera hecho uno de los mejores alquimistas de su época” Y no podía evitar mirarle con ojos de cordero degollado, al pensarlo y verlo tan mosqueado porque estaban hablando de él. Hasta así era adorable.

Sus risas y sus ojitos brillantes se cortaron de repente cuando Lawrence hizo la bromita de que la habían explicado cómo se hacían los niños de verdad. Tragó saliva y mantuvo la sonrisa, para no parecer demasiado sospechosa, y se agarró el brazo izquierdo con la mano derecha, para no estar sin saber qué hacer con las manos, como le pasaba cuando estaba nerviosa. Pero, encima, tuvo que llegar el maldito Lex, cuya agenda consistía en meterse con su hermano a como diera lugar, y la mirada le traicionó y acabó mirando al suelo. Arnold, en su objetivo personal de defenderles, dijo. – Cosas de Ravenclaws, tienen que aprender de todo, de eso incluido. – Dijo levantando el índice. Y su padre, que, vaya por Dios, esta vez si que estaba atento a la conversación, soltó una carcajada y dijo. – Pues yo a Alice la hice en un motel de Brooklyn y me salió bien bonita. – Ella resopló y se llevó las manos a los ojos. – ¡Vale! Ya hemos tenido suficiente de anécdotas, creo yo. – Se acercó a su padre y le dio unos golpecitos en el brazo. – Venga, despídete, papá, que los Gallia te esperan en La Provenza.

Ella hizo lo propio y se puso de puntillas para dar un beso en la mejilla al abuelo. – Gracias por dejarme usar tu taller, abuelo. – Él sonrió y dijo. – Siempre que quieras, querida. Y ya sabes, si necesitas cualquier hierba, me escribes. Aún tengo esperanzas de que dejes esa absurda idea de la enfermería y vengas a trabajar con Marcus y conmigo al taller. – Ella rio y dijo. – Ya veremos. – Y en verdad, sabía que eso la haría feliz, a juzgar por cuanto le gustaba la materia y había disfrutado el día de hoy. Pero tenía un plan. Aunque, la verdad, empezaba a replanteárselo todo, aunque no estuviera dispuesta a decírselo a nadie, de momento. Se acercó a la abuela y la cogió de las manos. – Gracias, abuela. Por la comida, por la diadema, por estas Navidades… Pero sobretodo por lo que ya sabes… – Dijo entornando los ojos hacia su padre. Molly la abrazó y dijo. – A ti. Porque lo que tú nos das no tiene precio. – Entornó los ojos ella también, tras separarse, hacia Marcus. – Ya sabes tú también el qué.

En seguida se aparecieron en casa de los O’Donnell y ella se quedó sentada en las escaleras del porche de la casa. – Me quedo aquí para despedirme de mi padre y mi tía. – Le dijo a Marcus mientras levantaba la mirada y apretaba su mano. – ¿Puedes asegurarte de que Dylan se queda dentro? Tengo que hablar con ellos antes de irse. – Y dejó que pasaran dentro. Aquellos dos días se le habían pasado como dos semanas, y definitivamente, necesitaba dormir. Pero aún se sentía un poco mal por dejar solo a su padre en Francia. Cuando salieron se puso frente a él y le miró con ternura. – ¿Sigues enfadada conmigo? ¿Me toca bronca? Siento haber dicho lo de Brooklyn, pero es que estos O’Donnell siempre tan grandilocuentes me provocan… – Ella rio un poco y negó con la cabeza. – No. No es eso. – Aunque preferiría que no hiciera esas cosas, pero ese era su padre, tampoco iba a cambiarle ahora y le quería así. – ¿Estás seguro de que no quieres que mee vaya con vosotros? Estás a tiempo de pedírmelo. – Su padre negó con una sonrisa. – No, sería un padre terrible si te quitara esto… Mira qué casa, mira qué comida y qué familia. Además, aquí está Marcus… No puedo dejarte en ningún lugar mejor. – Gal suspiró y asintió, sin perder la sonrisa. – Prométeme que vas a hablar con los abuelos. Y con quien te haga falta. – Su padre asintió gravemente, deshaciendo un poco la sonrisa. – Deja de preocuparte por mí, pajarito. Todo está bien. Disfruta de lo que te queda y cuida de Dylan ¿Sí? – Ella asintió de nuevo y le abrazó, hundiendo la cabeza en su pecho. – Te quiero mucho, pajarito. – Gal levantó la cabeza riendo y contestó. – Hablas fatal francés, papá. Pero yo también te quiero. ¿No hay nada para la tata? – Sonrió y la abrazó también. – Contigo ya he hablado. Buen viaje, tata ¿Te veo cuando acaben las vacaciones? Sí, vendré a verte antes de volverme. Pórtate fatal, estás en casa de Emma O’Donnell. – Soltó una risa y se dirigió a la puerta para entrar, pero se quedó mirando al jardín, hasta que su padre y su tía desaparecieron.

Para hacerle olvidar ese huequecito que se le había quedado en el corazón, se encontró con Dylan y Marcus en el salón, y el niño corrió hacia ella con la libreta “¿Podemos ir al mercado de Navidad que dijo la tía Erin?” Gal parpadeó y sonrió. – Eh… Sí… Si quieres… Bueno, habrá que preguntarle a la señora O’Donnell. – El niño escribió a toda prisa “Ha dicho que si me lleváis vosotros, sí” Alzó las cejas. – Bueno, sí. Pero quizás te llevo solo yo y dejamos a Marcus tranquilo un día… – Dylan volvió ha escribir “Ha dicho ya que sí también”. Gal suspiró y sonrió. – Bueno, pues no hay más que hablar. No sé para qué me preguntas. – Y el niño se rio y se fue todo contento a otro lado. Ella aprovechó y se acercó al sofá con Marcus, apoyando su cabeza en su hombro. – Tu madre tiene razón, los Gallia perturban demasiado la paz. – Cerró los ojos y susurró. – Mi padre acaba de decirme que no hay ningún sitio mejor donde pueda estar que donde estés tú. – Abrió los ojos y enfocó los de Marcus. – Coincido. – Se rio un poco más y bostezó, tapándose la boca. – Vámonos a dormir, aunque sea tempranísimo. Que lo vamos a necesitar. – Y le dio un beso en la frente, levantándose.

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- ¡Nos vamos! - Coreó contento, bajando las escaleras al trote mientras se ponía los guantes. Como siempre que tenía que salir, y como siempre que estaba tan exultante de felicidad, daba vueltas de un lado a otro. Dylan, haciendo honor a su mote, le seguía como un patito por todas partes. Al menos los primeros diez minutos, luego ni siquiera el niño de once años fue capaz de seguirle el ritmo y optó por pegarse a su hermana. Marcus entró en el salón y dio un par de palmadas en el respaldo del sillón en el que estaba Lex. - ¿Seguro que no quieres venir? - El chico, que parecía intentar hacer algo parecido a estudiar con poco ánimo, soltó un poco de aire sin levantar si quiera la cabeza, en tono desganado. - No, gracias. Intento imaginarme que estoy en mi sala común, ese lugar en el que no puedo oírte ni verte dando bandazos constantemente. - Yo también te quiero. - Respondió como si nada, saliendo del salón, sin detenerse ni lo más mínimo.

- Iba a ponerme mis orejas de elfo que me gané con honores en la fiesta de Navidad de Hogwarts, pero no quisiera robarle protagonismo a la feria. - Comentó con pedantería cuando llegó a la puerta, donde Alice y Dylan le esperaban. En lugar de las orejas se colocó un gorrito de lana, ideal para el día frío que hacía. Había estado toda la noche nevando, y aunque ya había parado, las calles aún estaban blancas y el aire era gélido. Abrió la puerta de la casa y se giró una vez más para despedirse. - ¡Volvemos a la tarde! - Tened cuidado, cielo. - Comentó su madre, a modo de despedida. Pero Marcus aún no había terminado. - ¡No nos esperéis para comer! - Que sí, pesado, vete ya. - Su padre empezaba a cansarse de tanta despedida. Y estuvo a punto de añadir algo más, pero temía que el próximo en despedirle fuera Lex lanzándole un zapato.

Los tres se aparecieron rápidamente en el centro de Londres, en una plaza no demasiado grande y considerablemente abandonada. Se acercaron a lo que parecía una caseta de madera, un puestecillo de mercado cerrado, destartalado y roto. Sacó la varita, miró a los lados y, comprobando que no viniera nadie, les hizo un gesto a ambos para que le siguieran. Dio un par de toques estratégicos en las maderas con la punta de su varita y, con un crujido, estas cedieron convirtiéndose en la puerta a otro lugar. Se agachó un poco para entrar y, en apenas un par de pasos, el Londres mágico se abrió ante ellos.

- No es tan grande como el Callejón Diagon, pero os aseguro que vamos a estar muy entretenidos todas estas horas. - Porque allí había entretenimientos de sobra. A Marcus le encantaba ese sitio, iba todos los años al menos un día en las vacaciones de Navidad, y no podía sentirse más feliz estando allí con Alice. Todo estaba engalanado con muérdago y guirnaldas de colores, y los puestecillos de madera, que con sus techos nevados parecían sacados de un cuento, tenían de todo: desde juguetes mágicos, hasta todo tipo de artilugios interesantes y, por supuesto, mucha comida. De ahí que Marcus hubiera decidido que no iban a comer en casa, pensaba probar de por allí todo lo que pudiera. - Cuando anochece es cuando hacen los espectáculos de luces, las lanzan desde allí. - Le indicó a Dylan, señalando unas escalinatas a lo lejos. - Aquella es la zona de la comida. - Alzó las manos. - Y ya no digo nada más al respecto, que ya sé lo que me vais a decir... Pero podríamos acercarnos y comprar algo para picar mientras paseamos, que si no, de aquí a la hora de comer y con lo bien que huele, a mí me da un desmayo. - Estaba paseando la mirada por todas partes y vio con entusiasmo algo que llamó su atención. - Mira, Alice. Allí están los puestos botánicos. Tienen muchas plantas pero también sacos de semillas. ¿Empezamos por allí? -
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Escenas de Navidad (Parte II)
CON Marcus y mucha familia EN Casa de los O'Donnell Días del 1 al 6 de enero
Podía oír los pasos de Marcus correteando por toda la casa. Y los más chiquititos de Dylan detrás. Suspiró y siguió haciéndose el moño. Mira que no tardaba casi nada en arreglarsee, pero lo de esos dos era como vivir con dos petardos en los pies. Se puso las botas altas y les echó el encantamiento impermeabilizador que había aprendido de Marcus el otro día, porque odiaba mojarse los pies, y se abrigó a base de bien con su abrigo rojo y la bufanda, para que nada le frenase en la feria. Bajó y esperó a que Marcus terminara su ronda de despedidas (esperaba que sin un ojo morado decorado por Lex).

Sonrió y se despidió de Arnold y Emma con la mano, mientras el primero les miraba con los brazos cruzados y decía. – Mira, el príncipe, caperucita roja y uno de los siete enanitos. – Con una risa, condujo a Dylan fuera y se preparó para aparecerse en Londres. Nunca había estado en la feria, así que dejó que Marcus les condujera. Solo el hecho de tener que entrar por aquel puesto destartalado a ese lugar tan maravillosamente navideño, la puso de buen humor. Le dio la mano a Dylan y él solito se fue a agarrar la de Marcus, yendo entre los dos.

El sitio era absolutamente precioso, rezumaba Navidad por todas partes, y casi que ele brillaban los ojos al ritmo de las luces. – Es maravilloso. – Dijo mirando como una niña emocionada a Marcus. – Quiero ver los juguetes, me encantan esos cachivaches, y quiero ver ese puesto. – Dijo señalando a uno que tenía objetos de alquimia. Pero se giró hacia el chico. – Estoy dispuesta hasta a ponernos a comer desde ya – o que lo hicieran ellos, al menos – si me prometéis que la siguiente parada es el puesto ese de botánica que dice Marcus. Me gustaría regalarles una plantita a tus padres, se han portado muy bien con nosotros. Y quiero buscar una para cada uno que me parezca que les pega y les representa. – Dylan estaba dando saltos como loco con todo, y señaló a donde los juguetes. – Sí, iremos también. Pero antes a por comida, no se nos vaya a desmayar el guía.

Fueron todos juntos hacia el puesto de comida y Dylan se soltó para asomarse a ver cómo hacían unas empanadas en directo, y Gal aprovechó para cogerse del brazo de Marcus. – A ver, señor guía, yo te enseñé la feria de San Lorenzo, ahora te toca a ti ¿Qué se come por aquí? – Señaló una parte del puesto. – ¡Oh, mira! Esos hombrecillos de jengibre bailan… ¿No te parecen súper monos y te da penita comértelos? – Dijo poniendo voz como con la que se habla con los bebés. Se agarró un poquito más fuerte a él y oteó su alrededor. Estaba lleno de muérdagos, y solo podía pensar en que siempre le había parecido una tontería y una horterada pero… La música, la nieve, el ambiente… Y ahora quería que Marcus quisiera también besarla bajo el muérdago… Porque estaba tremendamente adorable con ese gorro de lana y esa sonrisita de niño emocionado.

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Dom Ene 31, 2021 12:35 am

Escenas de Navidad (Parte II)
CON Alice y mucha familia EN Casa de los O'Donnell Días del 1 al 6 de enero
A pesar de que Dylan se había agarrado de la mano de ambos y que Alice acababa de señalar como primer destino el puesto de juguetes, Marcus se sentía allí el más niño del lugar. Se le iluminaban los ojos con todo lo que veía, quería estar en todas partes al mismo tiempo y, si no fuera porque en el fondo sabía que ya era mayorcito, hasta se tiraría a rodar por la nieve de lo contento que estaba. Le encantaba la Navidad, le encantaba esa feria... Y le encantaba Alice. Lo tenía todo en aquella mañana, y endulzado con olor a comida. No podía pedir más.

La miró como si le acabara de dar la mejor noticia de su vida, pero luego entrecerró los ojos con fingida desconfianza. - ¿Dispuesta a comer desde ya? ¿Es que tramas algo, Alice Gallia? - Ladeó la cabeza, volviendo a enfocar los puestos ante él. - Mira que no me lo tienes que decir dos veces... - Caminó con una sonrisa tremendamente orgullosa, como si estuviera haciendo algo digno de admirar solo por pasear con esa chica. Cuando fueran novios no iba a haber quien le aguantara por el castillo... Vaya, acababa de dar eso por sentado con demasiada facilidad. Meh, no estaba para rayarse ese día. - Tengo curiosidad por saber cuál es la planta que le pega a cada uno, y me acabas de asegurar que vas a comer ya si empezamos por el puesto de botánica, así que me has convencido. - Giró ligeramente sobre sus pasos, sin soltar a Dylan, que iba calladito e ilusionado mirando a todas partes a la vez, y siguió como un perrillo el rastro del olor a comida.

- Esas empanadas están buenísimas. Para comer nos pillamos unas. Las hay extremadamente picantes, las llaman aliento de dragón, creo que te hacen echar fuego por la boca. Yo nunca he probado ninguna, la verdad. - Dijo con una risa. Mientras Dylan se quedaba mirando las empanadas, Alice se le enganchó del brazo y él la miró con una sonrisa orgullosa. - Sí, son súper monos. Pero no, llámame cruel pero no me da ninguna pena comérmelos. - Contestó con una risa. - Hay vino especiado sin alcohol, está muy bueno, sabe a frutas. También hay vino especiado normal, el cual yo no he probado nunca... - Miró de reojo a Dylan, reprimió una sonrisita en los labios y se inclinó hacia Alice para susurrar. - Aunque parece que los adultos hoy somos nosotros. - Porque vistos desde fuera debían parecer una familia. Volvió a recuperar su postura y siseó ligeramente. - Aunque creo que yo no me apunto a eso del alcohol, al menos hasta que se me olvide el dolor de cabeza del otro día. - Señaló con la cabeza el puesto de bebidas a su izquierda. - También tienen ponche de huevo, y chocolate caliente. - Giró el rostro y señaló con el dedo varias casetas a su derecha. - Allí están los dulces navideños, mágicos y muggles. Allí, los dulces mágicos. Donde está tu hermano y los dos de al lado está la comida, pero yo picaría algo dulce primero con una bebida calentita. ¿Qué te parece? - Él estaba decidido, igualmente. Así hizo, se pidió un vaso de vino especiado (sin alcohol, que aún le duraba la resaca) y un cartucho de palitos de chocolate con virutas de colores para los tres y se encaminó a los puestos de plantas.

- Estos no dan pena comérselos, ¿eh? No se mueven. - Dijo Marcus, que había puesto a levitar el paquetito para que fuera a la misma distancia por delante de los tres y se estaba comiendo un palito solo con los dientes, como un conejo, porque Dylan se le había vuelto a enganchar de la mano y con la otra sujetaba el vaso de vino. Menos mal que ya tenía entrenada a su varita para mantener hechizos sencillos aun teniéndola en el bolsillo, esperaba que no acabaran todos los palitos en la nieve. - Aquí tienes donde elegir desde luego. - Dijo con una risa alegre, mirando todas las plantas del primer puesto en el que habían parado. Parecía una pequeña selva, tenía hasta palmeras en miniatura. - Con lo chiquitita que eres... - Empezó a meterse con Alice. - Como te metas por aquí no te encuentro. Dylan, no la vayas a soltar que... Eeeehh. - Había visto a alguien. También era chiquitita, pero ya estaba acostumbrado a verla emerger de detrás de las plantas. Así la había conocido al fin y al cabo. - Pero si es mi amiga Olive. - Dijo alegre. La niña le respondió con una gran sonrisa y se acercó a ellos, saludando graciosamente con la mano. - Hola, Marcus. - Dijo con su vocecita dulce. Fue a hablar con ella cuando notó un tirón de su mano. Dylan se había soltado de repente y, si bien intentaba ponerse erguido y bien puesto, lo cual tenía mucha gracia, estaba visiblemente colorado, habiendo colocado sus manos cruzadas tras la espalda y dado un pasito atrás.

Marcus prefirió no prestarle mucha atención para no ponerle más nervioso, y ocultando una sonrisita, señaló el paquete de palitos de chocolate. - ¿Quieres uno? - La niña se ruborizó con un poco de timidez, pero finalmente se encogió de un hombro. - Vale. - Dijo, cogiendo uno. - Por qué será que no me extraña verte por aquí. - La niña soltó una risita adorable. - Mis padres están en el puesto de juguetes con mi hermana pequeña. Como ya estoy en Hogwarts, me han dejado asomarme sola a este. Desde aquí me pueden ver, al fin y al cabo. - Perfectamente comprensible. - Corroboró Marcus. Y entonces recordó algo, apuntando a la chica con un dedo divertido, y luego a Alice, mientras alzaba las cejas. - No te lo conté, pero aquí mi amiga Olive fue de gran ayuda para tu regalo de Navidad. ¿La lleva puesta, sabes? - La niña puso cara de ilusión y miró a Alice. - ¿Sí? ¿Me la enseñas? - Marcus sonrió ampliamente, pero entonces cayó en algo: el para qué iba a usar su flor de espino no era el único secreto que le contó a Olive, ni mucho menos. Tratando de disimular, se mordió el labio y dio un paso atrás para colocarse detrás de Alice mientras esta le enseñaba a la niña la pulsera. - Qué bonita es. - Dijo Olive, mirando la joya. - Te ha quedado genial, Marcus. - Y, cuando la niña alzó la mirada hacia él, lo que vio fue a un Marcus haciendo gestos detrás de Alice. En concreto, señalando a Alice, haciendo un corazón con los dedos y negando con la cabeza y un índice. La niña se quedó un poco bloqueada, por lo que Marcus repitió con cómica insistencia e hizo mímica con los labios diciendo "no lo sabe" mientras repetía el corazón y se señalaba a sí mismo y a Alice. La niña frunció una sonrisita, ruborizada y claramente conteniendo reírse, pero pareció entenderlo, y él pudo dejar de hacer el tonto antes de que Alice le pillara.

- Es una crack con las plantas, me lo contó un día que comí con ella. Cuéntaselo tú, Olive. - Dijo Marcus, dejando que la niña contara a Alice su propia experiencia con el espino y por qué le había dado una flor. Y mientras él miraba sonriente, recordó algo. ¿Acaso no iban con otra persona a esa feria? Ah, Dylan. Estaba prácticamente escondido detrás de su hermana pero no quitaba los ojos de encima de Olive. Marcus frunció mucho los labios, apunto de soltar una carcajada, pero respiró para contenerse antes de agacharse junto a él y susurrarle. - No te veo poner en práctica tus propios consejitos, colega. - Sí, a Dylan le gustaba esa niña, se notaba a la legua. Y sí, al niño se le daba muy bien decirle cosas a su manera con respecto a Alice, y cada vez era menos sutil en sus indirectas. Dylan le miró con el ceño fruncido, como si quisiera suplicarle con enfado que se callara. Ah, no iba a ser tan sencillo...
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Dom Ene 31, 2021 3:19 am

Escenas de Navidad (Parte II)
CON Marcus y mucha familia EN Casa de los O'Donnell Días del 1 al 6 de enero
Dio un suspiro ofendido. – ¿Por qué tengo que estar tramando algo? Igual solo quiero darte gusto ¿Lo has pensado? –Dijo con retintín. Escuchó todo lo que le señalaba con una sonrisa, encantada de verle tan entregado. – Yo no quiero nada dulce, pero me apunto a lo de la bebida calentita. – Sonrió ampliamente a lo del vino especiado sin alcohol. El pobre seguía con la experiencia de Nochevieja demasiado latente. Pero asintió a su invitación. – No, mejor sin alcohol también, hay que estar pendiente de aquel. – Dijo señalando a Dylan con la barbilla, que ya estaba en modo su padre sin parar de dar saltos y mirar a todos lados con curiosidad. – Venga, apuntadas las empanadas. Pero nada de picante, que ya es lo que nos falta. – Justo llegó su hermano y puso cara ofendida. “¿Vosotros podéis beber y yo no puedo tomar picante?” Gal rio y bajó el vaso a su altura. – Mira. Es sin alcohol. – Y Dylan metió el morro en el vaso, inquisitor, para acabar asintiendo conforme. – Vaya con el inspector. Anda, no te quejes tanto, que te han comprado palitos de chocolate. – Dijo con una sonrisa. – Y ahora, plantitas. – Dijo señalando con ambas manos hacia el puesto.

Se estaba riendo mientras veía a Dylan enganchándose de Marcus como un monito, probablemente por los palitos. – No le des muchos, que darle azúcar a Dylan Gallia es como echarle leña al fuego. – Se hizo la ofendida con lo de que se podía perder. – ¡Oye! Que yo no me pierdo, además, el prefecto O’Donnell siempre me encuentra. – Dijo con toda la intención, mirándole con una sonrisa pícara. Ya se había empezado a fijar en lo que tenía alrededor, cuando Marcus le llamó la atención sobre algo. Más bien sobre alguien. – ¡Hombre, Olive! Esto sí que es una grata sorpresa. – Y se giró para mirar a su hermano, que automáticamente se había echado hacia atrás y estaba rojo como un tomate. Admiró cómo Marcus se la ganaba con los palitos de chocolate y asistió con ternura a la escena. Siempre había sido así, extremadamente bueno con los niños, divertido y tierno. Asintió a lo que le pidió Olive y se levantó la manga del abrigo. – Muchísimas gracias por colaborar. Es un regalo precioso, y no sabes la ilusión que me hizo ¿Son flores de tu espino? – Pero, antes de que la chica pudiera contestar, se dio cuenta de que estaba mirando por encima de su hombro. Se giró y vio a Marcus justo bajando las manos, y ella se apoyó una en las caderas. – ¿Ya me estás haciendo burla? – Pero justo, convenientemente, Olive tiró de su otra mano y dijo. – Hice todo lo que me dijiste. Bueno la poción herbovitalizante me la tuvo que dejar la profe de Herbología, pero corté las ramas como me dijiste, y le reviso las flores todos los días. – Gal asintió orgullosa. – Vas a superarme en Herbología dentro de nada. – La niña rio. – Nooo, tus plantas son las más bonitas del herbolario ¿Vienes a comprar más? – Sonrió y negó. – En verdad vengo porque quiero regalarles una a los padres de Marcus, unas que les peguen. – La niña, que entendió el concepto "pegar plantas con personas" asintió entusiasmada. – ¿Os puedo acompañar? – Y ella asintió, poniéndole las manos en los hombros. – ¡Claro, será genial! Por cierto. – Dijo girándose hacia Dylan y dándose cuenta de que Marcus estaba agachado junto a él. – Este es mi hermano Dylan. Dylan, esta es Olive, es de primero, como tú, pero va a Gryffindor. – La niña le miró, seria, pero pudo ver un toque de ternura en sus ojos. – Hola. – Él levantó la mano y la agitó. – Es que no habla. – Olive cambió la expresión a curiosidad. – ¡Oh! ¿No puedes?No quiere. – Apostilló Gal. – Pero si necesita decirte algo, te lo hará por gestos o te lo escribe en una libreta que lleva siempre. – Pero Dylan estaba tieso como un palo de escoba, así que decidió darle un poco de espacio. – Venga ¡En busca de esas plantitas! Y que nadie se me pierda por aquí. – Se giró y le dijo a Marcus. – Ya no soy tan chiquitita ehhh – Terminó arrugando el gesto en una cara burlona, pero con una gran sonrisa.

Avanzaron mirando las plantas y por fin se paró ante un sano rododendro. Se agachó y la inspeccionó. – Hmmm esta sería buena para el señor O’Donnell. – Olive se agachó a su lado. – ¿Por qué?Porque es aritmántico. – Ahhhh – Y asintió muy gravemente, como si fuera ministra cuanto menos. Le hacía mucha gracia que aquella niña fuera tan seria, pero se lo pasaba muy bien con ella. Notó las miradas de su hermano y Marcus y se giró. – Explícaselo, Olive. Las hojas de los rododendros siguen proporciones geométricas perfectas. – Se rio y acarició el pelo de la niña. – Me encanta, me la quedo. – Dijo con una gran sonrisa. – Definitivamente cogemos esta. – Levantó la planta y la puso en las manos de Marcus donde, por supuesto, ya no quedaban palitos de chocolate. Aprovechó y se adelantó un poco con Olive. – Y quiero buscar lirios de cala para la señora O’Donnell, son muy esbeltos y elegantes… Uf, yo no los regalaría, son dificilísimos de cuidar. – Eso le hizo soltar una risita y entornar los ojos de un lado a otro. – Fíjate que creo que por eso mismo se lo va a tomar como un halago. – La niña se encogió de brazos. – Ah bueno, si tú lo dices… – Marcus tenía razón, lo de ser el faro de autoridad en algo, tenía su puntito.

Se habían hecho ya con los lirios, y estaban en la fila para pagar, cuando decidió echarle una mano a su hermano, porque a ese ritmo iba a ser un día muy aburrido en la feria. – ¿Sabes? Dylan no tiene muchos amigos en el cole.¿Porque no habla? – Gal puso una mueca. – Debe ser, sí… Yo tampoco hablo mucho. No me gusta. Pero con vosotros sí. – Eso la hizo sonreír con ternura. – Él con nosotros también habla a veces. El caso es que aún no conoce mucho los terrenos ¿Verdad? – Dylan negó con la cabeza mirándola por cautela. – ¡Ah, pues yo me los conozco de maravilla! Te los puedo enseñar. – Buen comienzo. – La feria tampoco la conoce. Yo vengo todos los años. Varias veces, si puedo. – Dylan se puso a escribir a toda prisa. “Si quieres vamos a donde están tus padres y me enseñas los juguetes” Olive asintió y dijo. – Venga. – Y le hizo un gesto para que le siguiera. Gal levantó la mirada hacia Marcus, dejando la maceta del lirio en el mostrador. – Y eso, es un Gallia de verdad. De cabeza a conocer a los padres y no ha visto necesario pedir permiso. – Se rio un poco y pagó las plantas. Justo entonces empezó a pensar que tal vez no había sido tan buena idea pasar a por aquello primero, cuando la tendera, tocó con la varita ambas plantas y se convirtieron en dos paquetitos de rafia que cabían en una mano. Lo miró alucinada. – Cuando quieras plantarlas, solo hay que echarlas en una maceta y regalarlas. La planta saldrá sola. – Se giró a Marcus con cara de niña chica y los dos paquetitos en la mano. – Me encanta este sitio. Quiero más. Vamos donde la alquimia. O donde los juguetes y así vigilamos a Dylan. Donde tú me digas. Estoy demasiado entusiasmada. – Dijo atropellada y sin perder la sonrisa y el brillo en los ojos.


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Escenas de Navidad (Parte II)
CON Alice y mucha familia EN Casa de los O'Donnell Días del 1 al 6 de enero
- ¿Yo? - Respondió en tono cómico, llevándose ambas manos al pecho, disimulando el haber estado gesticulando tras ella apenas dos segundos antes, aunque no por hacerle burlas precisamente. - Creo que ves visiones. A ver si tu vino llevaba alcohol. - Afortunadamente la niña salió a su rescate pronto y él pudo fruncir con fuerza los labios para evitar echarse a reír y, de paso, respirar aliviado.

"- ¿De qué la conoces? -". Marcus se encogió de un hombro con mirada interesante. - De nada, solo andaba evaluando candidatas de primero que pudieran ser tu novia. - Dylan le miró con los ojos tan abiertos que le ocupaban toda la cara, y Marcus se echó a reír, aunque bajito para que no le escucharan las dos chicas. - ¡Que es broma, hombre! La conocí por casualidad en el invernadero, ya sabes, los prefectos conocemos a mucha gente. - Dylan asintió con más convencimiento, aunque seguía con expresión molesta por la broma. "- ¿Y de qué la conoce mi hermana? - ". Por si no te has fijado, son las dos igual de fanáticas de las plantas. Tu hermana pasa mucho tiempo en el invernadero y Olive parece que vive allí. - Dylan hizo una muequecita de "tiene sentido" y se quedó mirándolas. De verdad que a Marcus le estaba haciendo mucha gracia todo aquello. Pero mientras él se tapaba la mano con la boca, el niño escribió algo en su libreta. "- Yo se de alguien que podría ser tu novia y no me meto contigo. -". Marcus ladeó la cabeza y moderó un poquito la risa. Touché.

Aunque sus esfuerzos por aguantarse la risa se tuvieron que multiplicar cuando Alice presentó a Dylan, y Marcus frunció los labios tanto que casi los tenía metidos hacia dentro. Negó cuando Alice le dijo con burla que no era tan chiquitita, pero no podía ni contestar, seguía conteniéndose. Y no debería, porque tal y como Dylan le había señalado minutos antes, no es que fuera el más indicado para meterse con él. Por un momento casi se estaba viendo a sí mismo con esa edad comportándose como un idiota delante de Poppy. Cómo habían cambiado las cosas...

Se detuvieron ante un rododendro y lo más llamativo no era la seguridad con la que Alice aseveró que era perfecta para su padre, sino que Olive lo había corroborado en seguida como si fuera lo más lógico del mundo. Creía recordar de cuando estudiaba herbología que era por las proporciones de sus hojas y flores, pero Dylan tenía una cara de confusión absoluta. Asintió atento como en clase a las explicaciones de la niña (efectivamente, no se había equivocado en su suposición) y notaba como Dylan a su lado también escuchaba con atención, pero el rubor no se le pasaba. - Y esto es lo bueno de tener una amiga que sabe de plantitas. - Comentó Marcus mirando al niño, y sin esperárselo le cayó una maceta en las manos. - ¡Eh! Por poco la riego con el vino. - De hecho tuvo que hacer un improvisado equilibrio para sostener en una mano el vaso y con la otra y los brazos el macetero. Pero Alice y Olive estaban ya metidas en su mundo de plantas particular, así que Marcus y Dylan se miraron y las siguieron en silencio, aunque sonrientes.

- A mi padre le va a encantar. - Comentó, mirando el rododendro, y al mirar a Alice vio como había escogido unos lirios de cala para su madre. - Uy, y a mi madre le va a súper encantar. Le gusta mucho esa flor. Si mal no recuerdo, su ramo de novia las llevaba. Se guardó uno de recuerdo, de hecho, lo tiene en una cupulita en su cuarto. Mi abuelo se lo conservó con alquimia. - Olive se giró hacia él con una sonrisa. - ¿Por eso sabías conservar la flor de espino? - Marcus le esbozó una amplia sonrisa y la niña bajó la mirada, encogiéndose de un hombro y comentando como si nada mientras miraba las flores. - Cuando yo me case, también voy a conservar las mías. - Miró de reojo a Marcus. - ¿Crees que te dará tiempo a enseñarme cómo se hace antes de irte del colegio? - A Marcus se le escapó una carcajada adorable, pero no le quería cortar la ilusión. - Bueno, lo podemos intentar. - Ni de coña iba a poder, si era a él, que llevaba toda la vida en el taller de su abuelo y tres años cursando la asignatura, y le había costado lo suyo. Pero se entretendría mucho explicándoselo.

Dylan había vuelto a aprovechar la conversación que no tenía nada que ver con él para quedarse mirando desde su escondite tras de Marcus a Olive, pero esto no tardó en cambiar. En apenas unos minutos, los dos niños habían abandonado el puesto de plantas en dirección a la caseta de juguetes. Marcus les vio alejarse y, ante el comentario de Alice, se rio. - Ni que lo dudes. Menos mal que no ha traído la vuelapluma, que ese trasto mal dominado habla sin permiso. Hubiera delatado que la chica le ha parecido monísima. - Se acercó a Alice y le dijo, como si fuera un secreto, con un tonito divertido. - Estaba todo nerviosito. Creo que le gusta. - Y mejor no entraba en más detalles a ver si se iba a delatar él a sí mismo también.

Al parecer, Alice no había caído en que las plantas había que encogerlas. ¿Qué iban a hacer? ¿Cargar con ellas todo el día? Negó con la cabeza con una risita, pero entonces recibió un bombardeo de entusiasmo que le hizo abrir mucho los ojos, y que su sonrisa solo se ensanchara más aún. - Y esto sí que es una Gallia de verdad, que parece que se ha tomado tres kilos de azúcar con dos litros de café solo porque ha visto algo que le entusiasma. - Comentó divertido, poniendo las manos en sus hombros y girándola para, suavemente, empujarla fuera del puesto de botánica. - Pues sin ánimo de que empieces a dar más botes que un puffkein y te me pierdas por ahí, hay como cuatro casetas dedicadas a la alquimia que están justo a dos de distancia de aquí. Y al lado tienen una de pociones curiosas, de esas que no te enseñan en Hogwarts. - Ya habían salido del puesto de botánica, pero Marcus seguía con las manos sobre sus hombros. Aprovechó su postura para entrelazar los brazos, cruzándolos por encima de su pecho, y apoyar la barbilla en su hombro. - Tu hermano parece entretenido. - Dijo, viendo desde allí como el chico saludaba a los padres de Olive y a una niña que no debía tener más de siete años, seguramente su hermana. - Sé que hay un puesto de pociones de esas que los padres pasan de largo cuando van con niños, y me muero de curiosidad por ver qué tienen. - Susurró con una sonrisilla desde su posición. - ¿Vamos? -
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Sonrió oyendo hablar a Olive. Le recordaba a una versión más tranquila de sí misma, pero si le hubieran hablado de conservar flores con alquimia a esa edad, hubiera atormentado al que se lo dijera y hubiese intentado conservar todas las del jardín de su madre. Le devolvió el saludo a Dylan desde el puesto, cuando se lo hizo, con los padres de Olive mirando. Y se quedó mirando aquella familia por un momento. Dylan, con toda probabilidad había olvidado que esos fueron ellos durante un tiempo. Los padres, los dos niños, todos juntos y felices en una feria. Y eso ya no iba a poder dárselo. Solo esperaba que no le doliera verlo en los demás.

El mal momento se le pasó cuando Marcus le remarcó su comportamiento Gallia y le hizo reír. – Ya nos vas calando ¿Eh? – Dijo con una risita. Asintió a lo de que a Dylan le gustaba la niña, estaba hecho un lince. – Sí, no sé en qué lo habrás notado, quizá en que se ha quedado tieso como un palo hasta que por fin ha reaccionado y se ha ido detrás de ella como si le fuera la vida en ello. – Se guardó ambos paquetitos en el bolsillo del abrigo y miró ilusionada a Marcus cuando empezó a decir cosas. Dio un par de saltitos mirándole, a su lado, y se llevó las manos a las sienes. – ¡No puedes darme tantas opciones, O’Donnell! Voy a estallar. – Miró rápidamente a todos los lados. Se moría de ganas de mirar los objetos de alquimia, rezando porque no fueran muy caros y pudiera permitirse, algo, lo que fuera, porque desde que había estado en el taller de Lawrence tenía unas ganas tremendas de tener más útiles de alquimia para usarlos en Hogwarts. Pero claro, ya le tuvo que tocar su otro tema favorito: las pociones. – ¿Pero qué es esta feria? ¿El pabellón de tentar a Alice Gallia con todo lo que le gusta? – Dijo cerrando los puños de emoción. Y entonces dijo lo de las pociones que los adultos pasaban de largo cuando llevaban niños. Se giró y le miró con una ceja alzada. – ¿Qué me estás proponiendo, Marcus O’Donnell? – Se echó a reír y volvió a engancharse de su brazo. – Anda, llévame ahí primero. Creo que Dylan está entretenido para un rato.

Se acercaron juntos al puesto, donde todo tenía un aire misterioso y sugerente (poco sutil, la verdad) y se inclinó para ir viendo las pociones. La primera que cogió le hizo reír. – Vaya, Amortentia. – Dijo riéndose. – Así que cosas que no permiten en el colegio ¿Eh? – Rio entre dientes y la volvió a dejar en su sitio. Observaba todo con el ceño fruncido y dijo. – La verdad es que no son tampoco nada del otro mundo. Filtros de amor varios, pociones revitalizantes que, en fin, yo hice una en Nochevieja, curar la resaca tampoco me parece súper tabú… – Y entonces se acordó de cuando el año pasado, en el club de pociones, Layne le había dicho aquello de “yo nunca he necesitado una” con aquel tonito. – Ah… – Dijo cayendo de repente en otros usos posibles usos de la poción revitalizante. Chasqueó la lengua y negó con la cabeza. – Cretino… – Susurró entre dientes, solo de acordarse. Se acercó a otro botecito donde ponía Felix Felicis y se giró a Marcus. – ¿Tú crees que será de verdad? – Susurró. – Es dificilísima de hacer, casi imposible, así que que la vendan aquí como si nada… – Oyó un carraspeo al otro lado del puesto y vio que la tendera les estaba mirando. – ¿Sois mayores de edad? – Gal asintió. – Él seguro que sí ¿Pero tú? – Alzó las cejas un poco ofendida, pero tampoco la podía culpar, realmente parecía más pequeña. Sacó la varita e hizo salir unas chispas, para demostrar que podía hacer magia fuera de la escuela sin consecuencias, y la tendera asintió. De repente, un tarrito llamó su atención. Tenía un líquido que parecía un jarabe rojo, más transparente que la sangre, pero de color muy intenso. – ¿Qué es esto? – Le preguntó, aprovechando que aún les estaba mirando. – Aceite de navarryl. – Ella frunció el ceño. – ¿El ryl no es una droga? – La tendera negó con la cabeza. – Como todo, depende de como lo uses. El ryl es un bulbo de raíz. Su líquido sintetizado puede ser una sustancia altamente alucinógena y adictiva, pero el líquido sin más, emulsionado, es inocuo. ¿Y qué es lo que hace?Crea un efecto eco en las sensaciones. Mira. – Sacó otro tarro que tenía a medias de detrás del mostrador, claramente para las demostraciones, y se echó en un dedo y luego le hizo un gesto en la mano a Gal para que le tendiera el suyo. Juntaron ambos dedos y no notó nada más que un cosquilleo agradable. – ¿Y ahora qué? – La tendera se dio un pellizco en la mano con la que tenía libre, y Gal lo notó inmediatamente en la suya, dando un respiro. – ¡Qué fuerte! ¡Marcus lo he notado totalmente en mi mano! – Dijo mirándole, alucinada. – Y eso ha sido con una gota, en un dedo y entre dos personas que no tienen conexión emocional. Imagínate echarlo por el cuerpo entero. – Y sí, solo podía imaginárselo. Merecía la pena probarlo. – ¿Cuánto vale?Doce galeones, el tarro pequeño. – Lo miró, levantándolo y dijo. – Yo creo que con el pequeño, para probar, será suficiente. – La tendera la miró alzando una ceja y con una sonrisilla de “tú sabrás”. Gal le dio el dinero y las gracias y se volvió a enganchar del brazo de Marcus, mientras se guardaba el tarrito en el abrigo. – Ahora no sé si tendré suficiente para el puesto de alquimia, pero estoy por jurar que va a merecer la pena. – Le dijo mirándole significativamente.


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Dom Ene 31, 2021 6:16 pm

Escenas de Navidad (Parte II)
CON Alice y mucha familia EN Casa de los O'Donnell Días del 1 al 6 de enero
Marcus adoraba esa feria, era uno de sus eventos anuales que no se podía perder, una tradición que le encantaba. De pequeño estaba deseando que llegara el día de ir, a veces se las ingeniaba para ir un día con sus padres, otro con sus abuelos y otro con su tío Phillip, o con su tía Erin. El caso era ir. Se conocía todos los puestos de memoria, había probado todas las comidas y jugado con todas las atracciones. Solo había una cosa que nunca había hecho: ver ese maldito puesto de pociones curiosas. Todos lo ignoraban y, hasta ese día, él nunca había sido el mayor del grupo, ni ido solo, ni considerado lo suficiente maduro como para entrar, o simplemente los que iban con él hacían como que no lo habían visto y pasaban de largo. Marcus estaba deseando compartir con Alice uno de los recuerdos más bonitos de su infancia en Navidad, sí... Pero iba de cabeza a ese puesto. Lo tenía clarísimo. Y sabía que solo tenía que decirle a Alice las palabras adecuadas para que la chica no solo aceptara, sino que lo interpretara como una locura Gallia más a realizar. Él solo tenía que dejarse inocentemente arrastrar como si no hubiera sido de todas todas idea suya desde antes de salir de Hogwarts el 23 de diciembre.

Soltó una carcajada. - Esta feria, querida Alice Gallia, es el paraíso. ¿Te crees que solo los provenzanos sabéis hacer fiestas chulas? - Se irguió con burlita sobrada. - Vosotros tenéis vuestras cositas veraniegas y nosotros las invernales. - La miró con los ojos entrecerrados y una sonrisita pícara, alzando las cejas. ¿Que qué le estaba proponiendo? Justo eso, lo que ella gustosamente acababa de aceptar: ir a ver en qué consistía ese puesto, qué tenía tan misterioso que en diecisiete años no había podido asomarse ni una vez. Así que se enganchó de su brazo y se dirigió hacia allí, muy decidido por fuera, muerto de la intriga y la expectación por dentro. ¡Por fin! Esperaba que la espera hubiera merecido la pena.

Se le había subido la emoción infantil al cerebro y su propio entusiasmo le estaba embotando, así que respiró hondo y decidió poner cara de adulto, al menos para que no se le notara que estaba saltando por dentro ante el hecho de estar en un sitio hasta ahora prohibido para él, pero al que ya les permitían acceder. Con lo que a él le gustaba sentir que tenía acceso como adulto a cosas a las que antes no. Miró a su alrededor, todo tenía un aire sugerente y un olor intenso que, por un momento, casi le hace arrepentirse de haber entrado allí ni más ni menos que con Alice. Parecía... Que habían ido... A por cosas... En fin. En su mente aún llena de recuerdos infantiles no había caído en qué contenido podía tener ese puesto, solo estaba obcecado en que quería ver de qué se trataba y ya está, y ahora que lo tenía delante de las narices le pareció insultantemente obvio. Debió caer antes.

Casi dio un paso a un lado. - Anda, no me acerques eso. - Dijo con una sonrisilla asustada, medio en broma medio en serio. Ni peligro que tenía la amortentia, que se lo dijeran a él. Eso le recordó que aún no había descubierto quién había sido el o la intelecto que dejó la poción por allí, haciéndoles a ellos caer como chinches.

Alice señaló el tarro de poción revitalizante y Marcus rio. - No querrán enseñarle a los adolescentes que se puede beber, y que eso tiene consecuencias que esta poción puede paliar. - Bromeó, al tiempo que tomaba uno de los tarros y miraba sus ingredientes. Porque había varios ejemplares de poción revitalizante, pero algunos tenían tonalidades un poco distintas. Mientras que la mayoría eran azuladas, como la que preparó Alice, había algunas denominadas "filtro vigorizante fuerte" que tenían un extraño tono anaranjado, y Marcus quería saber qué tenían esos de especial, así que leyó la etiqueta. "Con extra de vigorizante". Solo eso le extrañó. "Vigorizante" no es ningún ingrediente, pensó, así que investigó qué era eso extra que la hacía más vigorizante. "El filtro vigorizante de siempre, con un extra de potencia. Esta poción revitalizante cuenta con una mayor concentración de aguamiel y un extra de coclearia, que mejorará tu resistencia y tu vigor, dotándote de una mayor energía para tus días... Y para tus noches". Vale, ya no necesitaba seguir leyendo, lo había captado. De repente estaba captando el rumbo que parecían tomar todas las pociones de allí. Dejó el tarro en su sitio veloz y discretamente (aunque estuvo a punto de tirar el de al lado con el tembleque), antes de que Alice le preguntara qué estaba leyendo y por qué. A ver cómo defendía su inocencia y hacía creíble que no había caído en para qué podía servir un filtro vigorizante hasta que no lo había leído.

Se acercó a Alice cuando llamó su atención y sonrió, agachándose para mirar a través del delicado y tarro de Félix Felicis. - Al menos el color transparente está bastante bien conseguido, y por la consistencia no parece que sea simplemente agua. - Porque, sí, Marcus era bastante escéptico con la utilidad de esa poción. Tenía la teoría de que la mitad de las veces solo te vendían agua, y eras tú el que te sugestionabas al bebértela. El carraspeo le hizo girarse de inmediato como si estuviera haciendo algo malo, y sintiéndose un tanto avergonzado de que la vendedora pudiera haberle escuchado poner en tela de juicio la eficacia de sus pociones. Aunque le hizo mucha gracia que a él le considerara mayor de edad (lo cual le hizo llenar el pecho orgulloso) y a Alice no. Otra vez estaba frunciendo los labios para controlar la risilla.

Fue tras Alice y se quedó observando atento el tarro que había cogido, y como la tendera explicaba lo que era, lo cual Alice ya parecía saber. Se cruzó de brazos, ceñudo, como cuando se interesaba mucho por el mecanismo de algo nuevo, y miró atentamente a las dos mujeres. Abrió mucho los ojos. - ¿En serio? - Escuchó ligeramente boquiabierto a la mujer. Solo una gota, en un dedo, y entre dos personas que no tenían conexión emocional, y aún así había sido instantáneo y bastante vivido por la reacción de Alice. Parpadeó un par de veces, sacudiendo la cabeza. Eso... Eso podía usarse para muchas cosas... Y debía estar demasiado contaminado por ese entorno porque se le estaban ocurriendo algunas en las que habitualmente no solía pensar. A la vista estaba, que ni se le había pasado por la cabeza el uso que podía dársele a la mercancía de esa tienda hasta que no había leído directamente la etiqueta de una poción.

En lo que parpadeaba de nuevo para centrarse, Alice había comprado la poción. No le dio tiempo ni a reaccionar, solo se quedó boqueando como un besugo. Había... Comprado una poción... En una tienda para mayores de edad... Siendo la primera vez en su vida que iba a esa feria... Siendo la primera vez que entraba a ese puesto... Por un momento miró hacia atrás, como si temiera que sus padres aparecieran por la puerta, y se frotó un brazo con un leve escalofrío. Esa Alice atrevida, que no le daba mil vueltas a las cosas como él, que nunca sabías por dónde te podía salir... Empezaba a preguntarse para qué quería usar la poción y a temer que fuera con él... Bueno, "a temer".

Se despidió de la tendera con un educado gesto de la cabeza y salió de allí con una sonrisa de "no pasa nada" bastante artificial en los labios y en silencio. Alice fue la que decidió hablar. A ella le salía mucho mejor eso del "no pasa nada", probablemente porque se lo creía más que él. - ¿Sí? ¿Por qué? Osea, ¿merecer la pena por qué? - Ya empezaba a balbucear nervioso. Respiró hondo y echó el aire por la boca, serenándose. - ¿De verdad has notado el pellizco? - Dudaba que se hubiera gastado doce galeones solo para quedarse con él, pero... Tenía que preguntarlo. Suspiró, mirando hacia un lado con una sonrisita ladeada mientras caminaban hacia los puestos de alquimia, y decidió escudarse en el humor chulesco para frenar los pensamientos de su cabeza. - Quien iba a decir que una menor de edad sería tan atrevida. - Bromeó en clara referencia a la confusión de la dependienta. Se giró para mirarla con expresión burlona, le dio un par de toquecitos en la cabeza y, con tono bromista, dijo. - Es que eres muy pequeñita. - Más bien, él era considerablemente alto. Pero le gustaba meterse con ella con eso y la mujer del puesto le había dado una excusa de oro.

Llegaron a los puestos de alquimia, pero se desenganchó del brazo de Alice para dirigirse al trote hacia el primero de ellos, completamente ilusionado. - ¡Eh! Yo venía a este siempre. Llevaba años sin verlo. - Dijo colocándose ante el mostrador. La mujer tras el mismo rio un poco al verle aparecer por allí. - Sí, llevábamos cinco años sin montarlo, desde que falleció mi madre. - Oh, vaya, lo siento mucho. - La recordaba. Era una señora mayor bastante agradable y conocida de su abuelo. La mujer se encogió de hombros con dulzura. - Gracias. He decidido rescatarlo porque a ella le encantaba tenerlo e inculcarle su amor por la alquimia a los más peques, así que aquí estoy. - Pues me alegro mucho de que haya vuelto. Me trae muy buenos recuerdos. - La mujer rio con dulzura. - Me imaginaba que venías por los recuerdos, porque al verte he pensado, "este chico es muy mayorcito para que le interese nada de aquí". - Los dos rieron, pero Marcus alzó un índice con interés. - No se crea, señora, que aquí había cosas muy chulas. - La mujer volvió a reír y se giró para atender a una familia cuyo niño también se había pegado al puesto como una lapa. Él aprovechó para explicárselo a Alice. - Era un puesto de alquimia para niños. Como imaginarás, no tiene nada ni muchísimo menos peligroso, pero yo tenía varios libros de estos. Deben seguir por mi cuarto. - Explicó, enseñándole algunos libros con dibujos y alquimia explicada como si fueran cuentos. - Mira, "manual de alquimia para principiantes". También lo tenía. - Por la cara que tenía mirando el puesto, parecía haber vuelto el Marcus pequeño que alucinaba con todas aquellas cosas. - Mira, un transmutador de líquidos de juguete, eso es nuevo. En mis tiempos no había cosas tan avanzadas. - Dijo con una impostada voz quejumbrosa. Ahora sí que había sonado cien por cien a Lawrence.
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Dom Ene 31, 2021 8:59 pm

Escenas de Navidad (Parte II)
CON Marcus y mucha familia EN Casa de los O'Donnell Días del 1 al 6 de enero
Tuvo que reprimir una risita por los reparos de Marcus. Ya le había visto un poco tenso mirando las pociones, probablemente porque si a ella no se le había ocurrido para qué podían servir también las pociones revitalizantes, a él tampoco ¿Pero no hablaban los chicos de esas cosas? Bueno ella tampoco había hablado mucho del tema con Hillary. Tanto menos con Donna o Poppy. Así que a lo mejor él tampoco lo había hecho. Pero entornó los ojos y se separó un momento de él, parándose. – ¡Y tanto que lo he notado! Ha sido como un tacto fantasma, pero perfectamente distinguible. Y eso es porque era muy poquito y solo en el dedo. – Sacó el tarrito del abrigo y leyó de las instrucciones de la etiqueta. – Dice “Con efectos sobre las terminaciones nerviosas y los cinco sentidos, creando un efecto eco en las sensaciones, que se amplifica cuanto mayor sea la conexión emocional entre las personas.” – Levantó la mirada y le dijo. – De eso tenemos un rato. – Y volvió a la etiqueta. – “Se recomienda echar menos de media onza en cada una de las manos de las personas, juntarlas y luego esparcir el aceite por cuantas más zonas del cuerpo mejor.” – Hasta entonces, había leído en tono normal, y ahora, inconscientemente, lo había ido bajando. – “El efecto puede durar entre una hora y noventa minutos, y cuantas más partes del cuerpo estén en contacto, más intenso será. Puede causar mareos durante los primeros usos y sensación embotamiento justo después”. – Entornó los ojos, notando cómo se había puesto un poco roja y sonrió. – Sí, no me extraña. Esto es genial, Marcus ¿Nunca has pensado… Ojalá saber lo que siente en este momento? – Porque se acordaba de sí misma diciéndole en la cama "ojalá supieras lo que me haces sentir". Bajó los ojos a la etiqueta. – Dice aquí que para llegar a experiencias psíquicas y anímicas hay que usarlo varias veces, pero ya te digo yo, que solo por conocer las físicas merecería la pena. – Y entonces le hizo la pregunta y ella le miró como diciendo “¿En serio?” – ¿De verdad me estás diciendo que no se te ocurre para qué lo podríamos usar? – Soltó una risita y se lo volvió a guardar, agarrando de nuevo del brazo a Marcus. – Cuando lleguemos a casa probamos menos de lo que dice ahí y solo en una mano, para que lo compruebes tú mismo. Y ahí me dices a ver para qué lo podríamos utilizar.

Le sacó la lengua cuando le dijo lo de menor de edad. – Eres tú muy listo. Al menos uno de los dos tenía que serlo, y teniendo en cuenta que yo – dijo haciendo hincapié en la palabra y apuntándose al pecho –, soy la mayor, por dos meses, tiene sentido que sea más lanzada. – Dijo terminando con una risita desde la garganta, pero sin soltarle el brazo. Cambió la expresión que tenía a una de niña buena cuando se acercaron al primer puesto de alquimia, y se hizo la loca con el tema de antes, porque Marcus parecía conocer a la señora del puesto. Claro, obviamente, porque si había un puesto de alquimia para niños, probablemente Marcus se hubiera agarrado como una lapa a capa poste de ese mismo puesto. Escuchó lo que decía la señora y sonrió levemente. A veces se preguntaba si no estaría ella haciendo eso, continuar los deseos de su madre ahora que ya no estaba. Sabía que a su madre le hubiera gustado ser sanadora, lo decía siempre, y quizá solo estaba prolongando ese deseo… Porque aquellos días con la alquimia… Suspiró y movió un poco la cabeza, como si así pudiera espantar aquel pensamiento de sí, y atendió a la explicación de Marcus. – ¡Qué bonito es todo! Ojalá haber venido cuando era pequeña y haber tenido… Cualquier cosa de aquí. – Cogió el manual que le señalaba Marcus y lo ojeó. – Incluido esto. No me vendría nada mal que me lo prestaras, creo que llevo bastante retraso respecto a ti. – Dijo con risas. Luego se fijó en los cuentos y los miró con ternura. – Es súper buena idea, si… – “Si tuviera hijos, se los enseñaría desde pequeños” Pero eso no parecía un pensamiento ni suyo. Parecía que se había colado ahí sin permiso al pensar en su madre. Tenía que reconducir. – Si tengo que regalar algo en los sectores infantiles de la familia pensaré en esto. – A ver si su primo André tenía de eso, porque por los demás, parecía que el clan Gallia se extinguía fácilmente. Y a ver si a ella se le pasaba ese pensamiento repentino tan peregrino. Se tuvo que reír con el comentario sobre los juguetes. – ¡Vale, abuelo Larry! Si quieres te compramos el transmutador de líquidos de juguete y me quedo yo el de verdad. – Se rio un poco más y dijo, ya más en serio. – Es genial que haya cosas de estas para que los niños que no tienen un taller como el de tu abuelo a mano lo vayan conociendo. – Ah, qué de cosas habría hecho ella de pequeña con todo aquello.

Se dirigieron al puesto de al lado con todos los objetos de alquimia, ya de tipo más profesional. – ¡Oh, mira! Cucharas medidoras de cobre, me encanta, me parece súper útil, y nosotros ahí en Hogwarts dejándonos la vista en medir con cucharas de madera, pesar y toda la pesca… – Se acercó a un círculo de transmutación que estaba grabado en plata sobre una laza de piedra pizarra, negra, elegantísima, con la luna en medio también en plata, que le había entrado por los ojos según lo había visto y se acercó, sin atreverse a tocarlo. – Qué preciosidad… Es un círculo separación ¿Verdad? – dijo girándose a Marcus y dejando la mano cerca, pero sin posarla. – A veces me parece mentira que haya cosas tan bonitas. – Se giró y vio que estaba a su lado, lo cual le puso una sonrisa tierna en los labios, porque estaba encantada con todo aquello.

Ya estamos aquí otra vez. – Era de agradecer que Dylan viniera ahora con estímulo sonoro, por lo que pudiera ser. – ¡Ey! ¿Qué tal, patito? ¿Qué habéis hecho? – Su hermano le dio un manotazo en el brazo y entornó los ojos significativamente hacia Olive. Debía ser por lo del mote. Pero a la niña pareció darle bastante igual, porque siguió con sus cosas. – Dylan ha dicho, bueno, ha escrito, que hay un puesto de astronomía y que a los dos os gustan mucho, así que hemos venido para ir con vosotros. – Gal se asomó a los puestos y vio a los padres por allí cerca con la niña pequeña, a una distancia prudencial, para tener vista a la hija pero no agobiarla, lo cual le dio risa interna, por tener la suerte de vivir este tipo de situaciones a través de Dylan. Miró a Marcus y dijo. – Sí, vamos a lo de astronomía, que, de aquí, me llevaría toda la tienda. – Luego se inclinó y susurró a su hermano en el oído. – Perdón. Es la costumbre, ya no lo hago más, señor Gallia.


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Lun Feb 01, 2021 12:05 am

Escenas de Navidad (Parte II)
CON Alice y mucha familia EN Casa de los O'Donnell Días del 1 al 6 de enero
No tenía que haberle preguntado a Alice por lo de la poción que había comprado, parecía que no la conocía. Y hasta ahora, a pesar de su chulería, Marcus había pecado de ser bastante inocentón. Pero de unos meses a esta parte había "despertado" bastante, y había despertado con Alice, y ahora en su cabeza todo sonaba raro y con dobles significados... Lo peor es que la chica no se molestaba ni en ser sutil, sino que decía las cosas a las bravas. Él, que aún no se había recuperado de lo que, a medida que se le fue pasando la resaca su cabeza mostró más nítidamente, intentó hacer en Nochevieja con la puerta abierta, estaba como para oír esas cosas.

Se frotó la nuca con una mano, mirando a otra parte como si quisiera hacerse creer a sí mismo que Alice estaba hablando de algo absolutamente insustancial, pero se había puesto a leer las instrucciones de aquello en voz alta, dejando poco margen a la ya de por sí incontenible imaginación de Marcus. "Se amplifica cuanto mayor sea la conexión emocional entre las personas". Pues con nosotros va a explotar, pensó automáticamente, alarmándose él solo por esa voz que había cobrado vida dentro de su cabeza y parecía estar más en sintonía con Alice que su yo consciente. Ya estaba allí la chica para confirmarlo con un apunte por si acaso él no lo hubiera pensado. Esbozó una sonrisa tensa, intentando echar a andar, pero no, ella aún no había terminado. Se mojó los labios con impaciencia y nerviosismo. "Esparcir el aceite por cuantas más zonas del cuerpo mejor". Así de clarito lo decía y así de clarito lo había leído Alice, mientras Marcus miraba de nuevo incómodo a su alrededor y, echando aire por la nariz, se metía las manos en los bolsillos. Otra vez esa sensación de que sus padres iban a aparecer por allí de un momento a otro, o Dylan y Olive, o la señora de la tienda diciendo "oh, sí, sé lo que vais a hacer con eso". Se estaba poniendo bastante nervioso.

Ni muchísimo menos parecía Alice haber pillado su nerviosismo, o estaba pasando olímpicamente de él, porque seguía leyendo en voz alta. "Cuantas más partes del cuerpo estén en contacto, más intenso será". Y dale con las partes del cuerpo. Lo peor es que se le estaban viniendo imágenes a la cabeza y hasta sensaciones por su piel, por lo que se frotó uno de sus brazos con incomodidad. - Oye no vayamos a perder de vista a tu hermano. - Dijo girándose hacia el puesto, pero Dylan estaba perfectísimamente a la vista, y su intento de cambio de tema había surtido cero efecto, como era de esperar. De hecho, Alice por fin había terminado de leer, pero ahora venía la peor parte: los comentarios. ¿De verdad tenían que hablar de eso allí? La miró de soslayo y se le escapó una sonrisita que, de nuevo, trató de ocultar frunciendo los labios. Mientras Alice continuaba leyendo la etiqueta más larga de la historia de las pociones, volvió a frotarse la nuca con incomodidad, mirando a otra parte... Aunque se le había quedado la sonrisilla.

Vale, no eran novios, solo amigos. Vale, estaban a plena luz del día en un sitio público. Vale, no habían hablado nunca tan claro de... Esas cosas. Pero las habían hecho, y por la dinámica en la que estaban, ninguno de los dos podía llamarse a engaño: no había sido un error, no había sido un desliz y, desde luego, no iba a ser algo esporádico, porque Marcus estaba deseando repetir y podría jurar que la chica también. Y que hubiera comprado esa poción solo para... Con él... Mejor dejaba de imaginar porque se estaba poniendo tan nervioso que se estaba mareando. Cuando se le acercó y le preguntó que si de verdad no sabía para qué se podía usar, miró de nuevo a su alrededor fugazmente, pero se le escapó una especie de risa bufada entre los labios. Con la vista en otra parte, como quien vigila no ser escuchado, dijo en voz baja y pretendiendo ser interesante, aunque con un toque nervioso. - ¿De verdad crees que estoy así porque no lo sé? - Se mordió un poco el labio, conteniendo la sonrisilla, pero finalmente la miró y arqueó una ceja, acercándose para susurrar cerca de su oído. - Si tuviera que sentir lo mío... Y lo tuyo... Creo que me moriría. - Se separó un poco y la miró sin quitar la expresión de ceja arqueada, mojándose los labios. - No sé si mi corazón está tan ejercitado para soportar eso. No me has entrenado tanto todavía. - Suspiró teatralmente y se dejó agarrar del brazo por la chica. - Pero sí, habrá que probarlo ya que lo has comprado... Todo sea por la ciencia. - Marcus pasaba de estar como un flan a ir de sobrado en un abrir y cerrar de ojos, al menos en apariencia. Por dentro seguía temblando tanto que no las tenía todas consigo de que no fuera a caerse al suelo si Alice le soltaba.

A pesar de que estuviera lleno de cosas infantiles, porque básicamente era para niños, Marcus podría pasarse horas en ese puesto, solo por los buenos recuerdos que le traía y por la gracia que le hacía imaginarse a un crío usando esas cosas creyéndose alquimista... Lo que había hecho él antes de llegar a Hogwarts, básicamente. Soltó una carcajada. - Estás deseando apoderarte de mi transmutador, pero siento comunicarte que, con muy buen criterio, el Señor William Gallia me lo regaló a mí. - Se despidió de la señora del puesto y pasaron al que ya sí tenía cosas más adaptadas a su edad. A Marcus todo lo que tenía que ver con la alquimia le fascinaba, podría comentar cada pequeño objeto o dibujo que había allí. Rio ante el comentario de Alice y se cruzó de brazos con un bufido. - Ni me lo recuerdes. ¿No te acuerdas del mal humor que me puse la primera vez que vi esas cucharas? Están en el siglo pasado con eso, yo creo que soy hasta generoso no poniéndoles más atrás en el tiempo todavía. - Se inclinó sobre el puesto, escudriñándolas. - Deberíamos comprarnos una. - ¿Había hablado en plural? ¿Había dado por hecho que si compraba algo sería para los dos? Se incorporó de nuevo, lidiando con la leve incomodidad. - Es decir, creo que voy a comprarme una. Y podemos usarla en clase los dos. Vaya que puedes usarla cuando la necesites. - Más o menos lo había salvado, creía.

Compró la cuchara de cobre y, tras pagarla, se acercó a Alice, que estaba observando una taza muy bonita. Esbozó una sonrisa y asintió. - Así es. ¿Sabes por qué lo se? - Divertido, se acercó a ella como si contara un secreto, tapándose la boca con una mano, y susurró. - Lo aprendí en mi "manual de alquimia para principiantes". - Se retiró, riendo. "A veces me parece mentira que haya cosas tan bonitas". Marcus se mordió un poco el labio, con una sonrisa, mirándola con la cabeza un tanto ladeada. Y, como si él también estuviera hablando de la taza, respondió. - Coincido. -  

- ¡Ey! Hola de nuevo. - Respondió alegre a los dos chicos cuando se acercaron otra vez. Se sorprendió un poco ante la reacción de Dylan, parecía muy contento con su mote habitualmente, claro que no siempre quería quedar bien delante de una chica, como parecía ser el caso, y desde luego "patito" no era un mote que diera mucho estatus. Bajó la mirada y se acarició la línea superior de los labios con los dedos, tratando una vez más de esconder una risa tras su mano. Pero volvió a alzar la cabeza ante la propuesta de Olive. - Sí, el puesto de astronomía está genial. De hecho, tienen una cosa chulísima que seguro que os gusta. - Y emprendió camino. Como vio que Alice se había acercado a Dylan, él se puso sonriente junto a Olive, haciendo algo así como darle un toquecito hombro con hombro que más bien fue un toquecito costado con hombro, por la diferencia de altura. - ¿Qué edad tiene tu hermana? - Desde hoy, ocho. - Contestó la niña con una sonrisa. Marcus esbozó una expresión alegre. - ¿Es su cumple? ¡No me digas! - La niña asintió sonriente. - Por eso hemos venido, para celebrarlo. - Pues me parece una idea fantástica. Si el mío no fuera en junio, yo también lo celebraría aquí. - La chica se rio con su comentario.

Nada más llegar al puesto se detuvieron frente a lo que Marcus quería enseñar. - ¿Quién quiere ser el primero en probarlo? - Los dos niños levantaron la mano con entusiasmo a la vez y Marcus soltó una carcajada. - A ver, a ver. - Dijo haciendo el gesto de detener con las manos. - ¿Cómo podéis responder tan rápido si ni siquiera sabéis lo que hace? - Es un telescopio, ¿no? Supongo que ver el cielo. - Marcus asintió como si fuera un profesor pensativo, entrecerrando un poco los ojos y sacando el labio inferior, con las manos en las caderas. Con esa pose se parecía muchísimo a su padre. Miró hacia arriba. - Pero... Si es de día, ¿qué pretendéis ver? - Los dos se quedaron pensativos. Marcus les apuntó con un índice a uno y a otro. - Esta es la enseñanza de hoy: chico de Hufflepuff, no confíes tanto en lo primero que te diga cualquiera; chica de Gryffindor, no te lances a la aventura sin saber ni siquiera dónde vas. - Extendió los brazos en cruz. - Os lo dice el prefecto de Ravenclaw, que por algo somos los más listos y no nos equivocamos nunca. - Dylan le hizo una pedorreta bastante descarada con la lengua que provocó que Olive se riera. Marcus se quedó mirándolo con una fingidísima muestra de indignación, con la boca abierta y los brazos en jarra. - Solo por esa falta de respeto va a empezar ella, Señor Gallia. - Le hizo un gesto a la chica para que se acercara, pero cuando lo hizo le susurró con divertida advertencia. - Pero te he visto reírte, que conste. - La niña se encogió de hombros con una sonrisita. Ya estaba cogiendo más confianza.

- Mira por aquí. - Le indicó a la niña, que se había subido en un banquito para llegar a la mira. Se agachó un poco junto a ella y preguntó. - ¿Qué ves? - ¡Es de noche! - Respondió asombrada. Marcus sonrió. - Exacto. No es un telescopio real, es de entrenamiento. Eliges un cielo y miras lo que habría en él ahora, a tiempo real, si fuera de noche. - Waaaala. Qué bonito. ¿Y qué se ve ahora? - Marcus agachó la cabeza, mirando la parte de abajo, dónde unas letras luminosas indicaban dónde estaba programado. - Londres. El último que lo probó no fue muy original. - Volvió a erguirse sonriente y añadió. - Pero puedes añadir cualquier sitio que quieras: Londres, las Colinas Altas, Irlanda... - Alzó la mirada, aún en su posición, con una sonrisa, hacia Alice. - La Provenza... -    
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Escenas de Navidad (Parte II)
CON Marcus y mucha familia EN Casa de los O'Donnell Días del 1 al 6 de enero
Genial, y ahora solo podía pensar en usar el navarryl. Porque, para variar, había arrastrado a Marcus en una de sus locuras, y había pocas cosas que la provocaran más que eso. Pero trató de centrarse en el presente y en que iban con Olive y Dylan por la feria. Miró a Marcus que llevaba su nueva cuchara alquímica. – Fijaos, el prefecto O’Donnell adelantando un par de siglos al Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería comprando cucharas medidoras de cobre. Y adelantándome un poquito a mí, claro, porque si no, no vive. – Dijo con retintín, pero una sonrisa fruncida. – Espero que cumpla su promesa y la comparta conmigo.

Llegaron al puesto y se entretuvo en ver el espectáculo O’Donnell alucinando a alumnos de primero con su oratoria. Le daba mucha ternura cuando le veía así, y realmente se le daba bien captar la atención de los niños, así que simplemente le escuchó, riéndose, hipnotizada en el fondo, tal como lo estaban los niños. Le palmeó la cabeza y dijo. – Los prefectos no se toman muy bien los cuestionamientos a la autoridad. – Y negó con la cabeza. – Dylan ha dicho que las estrellas os gustan mucho. – Dijo Olive mirándoles. – Que es parte de vuestras listas de cosas favoritas, pero yo no tengo una ¿Puedo hacérmela? – Gal la miró con ternura. – ¡Pues claro! Cuando paremos un ratito te ayudamos a hacerla. Hay que estar concentrado. – Y, como hacía siempre, Olive asintió como si fuera un asunto de estado.

Y como amante de las estrellas que era, aquel artefacto que le interesaba. Y claramente había tenido la misma idea que Marcus y se quedó mirándole. Sí, querría ver el cielo de La Provenza. Dylan escribió “Papá está allí, veremos las estrellas que verá él esta noche”. Ella asintió. – Pues sí, ve a mirar si quieres, Marcus te lo pone. – Olive se puso a su lado y dijo. – ¿Qué hay en La Provenza?Pues nuestra familia. Tenemos una casa allí, mis abuelos van mucho y en vacaciones siempre están allí. Está al lado de la playa y hay muchas cosas… Y un cielo precioso. – Dijo levantando la mirada y cruzándola con Marcus, suspirando. Pero, cuando iba a pedir a Dylan que la dejara ver, el niño se giró y escribió “¿Podemos ver el de Nueva York?” Gal frunció el ceño y sonrió. – Sí, claro, supongo que sí. – Dijo mirando fugazmente a Marcus. – Pero ¿Por qué Nueva York? – “Porque mamá vivía allí cuando conoció a papá. Tú y Marcus tenéis el cielo de la Provenza en su cuarto, pero quizá, algún día, aprenderé a hacer el hechizo yo y se lo puedo hacer a papá con el cielo de Nueva York” Gal asintió, conteniendo la emoción y le señaló el telescopio con la barbilla. – Ya lo tienes listo. – Su niño tierno, siempre pensando en los demás y en cómo hacerles felices. Pero se separó demasiado pronto, con cara de pesar y les miró a Marcus y a ella, tras escribir “No me sé las constelaciones, en verdad” Gal rio un poco y se agachó. – Ya miro yo. – La verdad es que era precioso poder el cielo estrellado en cualquier momento. – Cuando sea mayor y pueda permitírmelo, pienso tener uno de estos en mi casa. – Dijo muy segura. – Se ve la constelación de géminis, la de piscis, y Antares… La estrella más brillante del cielo. – Se separó y su hermano le hizo un gesto en la palma de la mano. Tardó en entenderlo, pero se gachó frente a él sonriendo – Querías ver la estrella a la que se refería mamá ¿Verdad? – Miró a Marcus y a Olive y aclaró. – Siempre que teníamos miedo o estábamos agobiados… – Tragó saliva, porque eso pasaba sobretodo los últimos años al verla enferma. – Mamá nos cogía la palma de la mano y nos decía que, cuando no sabes qué hacer, tienes que mirar a Antares, que es la estrella más brillante del cielo y siempre está ahí. Y que esa estrella era ella, porque su carta del tarot era La Estrella. Y entonces hacía esto. – Y cogió la mano de Dylan y empezó a dibujar en su palma un asterisco. – Estrella, estrella de plata, si tú me guías, nada me falta. – Recitó, y terminó dándole con el mismo dedo en la frente, lo cual a su hermano le puso una gran sonrisa, porque así terminaba siempre su madre. – ¡Que guay! – Dijo Olive, claramente de corazón, lo que hizo que Dylan diera un botecito y se pusiera muy puesto de repente otra vez. – ¿Cómo se sabe cuál es tu carta del tarot? – Dylan se acercó a ella y le señaló el puesto del tarot, que estaba justo en la diagonal del de astronomía. – Seguro que tienen un libro donde mirarlo. Vamos si queréis.

Los chicos se adelantaron corriendo, pero ella se quedó a la altura de Marcus y rozó brazo con brazo. – Gracias por enseñarnos esto. Con cosas como esta, él también lo va superando. – Y se acercaron al puesto, donde Dylan y Olive buscaban dónde mirar las cartas. Había dos grandes libros, que Gal había visto funcionar de cuando en cuando. Se acercó a uno y sacó la varita. – ¿Cuándo es tu cumple, Olive?El cinco de febrero. ¡Uy! Dentro de nada, te lo tenemos que celebrar en Hogwarts. – Golpeó las páginas con la varita y murmuró la fecha, reflejando en la página la carta. – ¡Mira! Eres La Justicia. Muy Gryffindor. – La chica miró por encima de su brazo y sonrió. – Es muy bonita ¿Y la vuestra cual es? La mía El Emperador y la de Dylan El Carro. Nuestra madre tenía una baraja y le encantaba echarla de cuando en cuando. – Dylan escribió “Pero no nos lo creíamos mucho”. Ella rio. – No, pero Olive tiene razón, son bonitas. ¿Y tú cuál eres, Marcus? – Gal levantó la cabeza. Nunca le había dado por mirarlo, porque le parecía absurdo y no creía en ello, pero ya que estaban ahí, señaló el libro con la barbilla. – Míralo, no te va a echar una maldición ni nada. – Como le saliera La Muerte o El Ahorcado la iban a tener, con lo aprensivo que era.


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Lun Feb 01, 2021 2:00 pm

Escenas de Navidad (Parte II)
CON Alice y mucha familia EN Casa de los O'Donnell Días del 1 al 6 de enero
Rodó los ojos fingiendo exasperación, pero tenía una sonrisita intentando no salir que no engañaba a nadie. - Es que la autoridad está para algo, no debe ser cuestionada. No es una manía de prefecto sino una cuestión de orden y respeto. - Dijo con tonito pedante, después de que Alice le hubiera devuelto el gesto de palmearle la cabeza para meterse con él como el propio Marcus hubiera hecho con ella minutos antes.

Dejó que Dylan se acercara al telescopio y la chica fue con Alice. Mientras lo colocaba, dijo en voz baja y grave, como si estuviera hablando consigo mismo en lugar de a Dylan, pero disimulando para que las chicas no les escucharan. - Así que patito ya no te convence como mote, ¿no? - Comentó mientras ajustaba la mirilla, viendo como el niño primero le miraba de soslayo y luego escribía en su libreta. "- Me gusta, pero en privado. -". - Entiendo. - Confirmó Marcus con gravedad, pero forzándose por no reír. - ¿Cómo quieres que te llame, pues? - El niño volvió a escribir. "- Solo Dylan. Cuando me llamas Señor Gallia parece que te estás metiendo conmigo. - ". Tuvo que volver a tocarse los labios con disimule para no estallar en una carcajada, llenando el pecho de aire. - Está bien. Solo Dylan. - Si a Marcus le hubieran llamado Señor O'Donnell con once años se hubiera sentido súper importante, con lo rimbombante que él era. Pero no hacía falta señalar que Dylan no era ni mucho menos así.

Cuando ya tenía ajustado el cielo de La Provenza, Dylan pidió el de Nueva York, así que Marcus volvió a agacharse bajo la base para cambiarlo. Notó que se había hecho un silencio mientras lo colocaba, supuso que Dylan estaría "hablando" por su libreta... Aunque algo le decía que el ambiente estaba algo incómodo. - Listo. - Anunció cuando se incorporó, y miró de reojo la libreta para ver qué había escrito... Lo que se imaginaba, de ahí venía el silencio. Además, esa mención al cielo que Alice había originado en su dormitorio le encogió el corazón. Tragó saliva y dio un paso hacia un lado, dejando a los dos hermanos disfrutar de aquello juntos. Al ponerse junto a Olive vio que la chica tenía una expresión un tanto triste. Marcus esbozó una sonrisita y optó por cambiar de tema. - ¿A que está chulo? Si quieres puedes probar luego algún sitio que no sea Londres. - La niña le miró y asintió lentamente con una sonrisa triste. Su estrategia de cambio de tema no funcionó del todo, porque Olive se acercó a él y le pidió que se pusiera un poco a su altura para decirle algo en voz bajita. - No tienen madre, ¿verdad? - Preguntó con voz triste. Marcus frunció una sonrisa. - La tienen, solo que no está con nosotros ya. - Ella asintió. Sí, esa definición le había gustado más. - Dylan nos lo ha escrito cuando mis padres han preguntado donde estaban sus padres, y les ha dicho que su padre en La Provenza y su madre en el cielo. - Marcus aspiraba a parecerse a su padre todo lo posible, y lo cierto es que cada vez más estaba cerca de ser un adulto que del niño que era... En momentos como ese, desearía ser un niño. Pero en momentos como ese, también, era donde tenía que demostrar la influencia que su padre había tenido en él. Si antes le admiraba, ahora que vivía lo difícil que eran ciertas conversaciones, le admiraba más todavía.  

- Se puso muy enferma. Estábamos en tercero, Alice y yo. Dylan tenía siete años. - La niña miró entristecida hacia donde estaban sus padres. Podía ver en lo que estaba pensando: en qué haría ella sin su madre, en qué haría su hermana sin su madre. Su hermana, que tenía la misma edad de Dylan cuando su madre murió. Sabía lo que Olive pensaba porque él había pensado exactamente lo mismo en su momento. - Se llamaba Janet. Yo la conocí, ¿y sabes qué? Tú también la puedes conocer. - La niña le miró extrañada, y Marcus señaló a los dos hermanos con el dedo índice. Olive les miró, entretenidos con el telescopio. - Solo tienes que mirar a Alice, porque era igual de guapa, y hablar con Dylan, porque era igual de buena. - La niña sonrió. - ¿Y en que casa estaba? - Estudió en Ilvermorny porque como ha dicho Dylan vivía en América. Su casa era Pukwudgie, que es muy parecida a Hufflepuff, y quería ser sanadora como Alice. También le gustaban muchísimo las flores y el color morado. - Marcus, que estaba con una rodilla en el suelo para compartir altura con Olive, apoyó un antebrazo en la rodilla que tenía flexionada en ángulo recto con una sonrisa. - ¿A que ahora tú también la conoces? - Olive asintió con una sonrisa amplia.

Se puso de pie y miró a los hermanos justo cuando Alice le estaba hablando a Dylan sobre, precisamente, su madre. Olive conectó en seguida con la conversación y él también se acercó a ambos. Los dos salieron corriendo diligentemente hacia el puesto de tarot y Alice se enganchó del brazo de Marcus. Asintió con una sonrisa tranquila y se acercó un poco más a ella. - Me alegro. - Negó con la cabeza. - Y no me des las gracias. Estaba deseando venir, y estaba deseando venir contigo. Me lo estoy pasando genial. - Con un gesto de la cabeza, apuntó graciosamente a los dos niños, que ya estaban husmeando por el puesto de tarot. - ¿Hacen buena pareja, eh? - Comentó entre risas. Pero, como ya estaban con ellos otra vez, prefirió callar. No quería que Dylan le asesinara allí mismo.

Alice se acercó diligentemente a uno de los libros y sacó la varita con mucha seguridad, lo que hizo a Marcus arquear las cejas. - Vaya, Alice Gallia, no conocía yo esta faceta tuya como tarotista. - Había salido con tonito burlón, pero en su fuero interno estaba impresionado otra vez. Porque a Marcus se le ganaba con conocimientos, fueran de lo que fueran, y cada vez que descubría que Alice sabía de algo que no todo el mundo sabía se le hinchaba el pecho de una mezcla entre orgullo por su amiga, fascinación y, por supuesto, amor. Cuando vio el resultado de Olive se cruzó de brazos. - Pues espero que la mía esté relacionada con la sabiduría. - Se acercó con curiosidad al libro, después de poner una expresión de burlita por el comentario de Alice, y miró. - Oh, El Emperador... ¿No era esa la tuya también? - Dijo mirando la carta. - ¿Es porque somos del mismo año y la misma casa? Creía que influían más variables, y somos de meses distintos. - En ese momento Dylan empezó a pasear la libreta como si fuera un cartel publicitario por allí, bajo la risita de Olive. "- Será el destino. - ". Marcus le bajó la libreta cómicamente mientras el niño se reía. - Te pones muy místico cuando se te deja un ratito mirando estrellas, ¿eh? - El niño se encogió de hombros como diciendo "es lo que hay", y Marcus se giró a Alice. - A ver, señorita tarotista. Ahora es cuando nos das la explicación de esto. -      
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Lun Feb 01, 2021 6:53 pm

Escenas de Navidad (Parte II)
CON Marcus y mucha familia EN Casa de los O'Donnell Días del 1 al 6 de enero
Rio un poquito a lo de que hacían buena pareja. Sí que la hacían, para ser sinceros, si su hermano terminaba de soltarse en algún momento. – Sí, y me gusta que Dylan tenga ganas de relacionarse con alguien. Aunque vaya diálogos filosóficos van a tener, también te digo. – Dijo tapándose una carcajada con la mano.

Cuando Marcus le hizo aquella pullita, le miró con una risita. – Mi madre adoraba esa baraja, se lo preguntaba todo. Buena cosa hizo la tía Simone regalándosela. – Dylan escribió corriendo “La tía Simone las echa de verdad, memé le pregunta muchas veces y yo la he visto acertar cosas increíbles” Gal suspiró y negó con la cabeza. – Tú lo que necesitas es gente de tu edad en La Provenza, pasas demasiado tiempo con las señoras. Igual Olive quiere venir el verano que viene. – Y Dylan se apresuró a escribir “Hay una cueva de medusas luminosas”. Vaya con el niño, que ya empezaba a tener sus técnicas. Enfocó la mirada a Marcus, justo cuando reveló su carta. No podía decir que no le sorprendía que tuvieran la misma. Eran tantas coincidencias una y otra vez. – Sí… Es cuestión de… – Y entonces su hermano puso lo del destino. Soltó una carcajada muda y entornó los ojos. – Que no te oiga el señor O’Donnell. Es una cuestión de probabilidad numérica. – Luego se giró hacia Marcus. – Hay veintidós arcanos mayores, tu carta la que tenga el número resultante de la suma de las cifras de tu nacimiento. Es… Probabilidad. Como los dados. Pero es una carta bonita, a mi me gusta mucho, y suele significar orden y concierto, aunque muy influenciada por lo que salga alrededor.

Rio un poco a lo de que su hermano se ponía esotérico. – Es que hasta en eso se parece a mamá, si les dejas sin timón, se escoran al esoterismo… – Dio una palmada en el aire. – Oye ¿Volvemos al puesto de astronomía? Tenían astrolabios preciosos… ¿Tu madre te enseñó a echarlas? – Se paró ante la pregunta de Olive y se mordió un poco el labio. – Ohm… Eh… Bueno, se las vi echárselas a sí misma muchas veces, y alguna vez a otra gente, pero para eso hay que saber mucho de los arcanos menores y yo…¡Por fa! Me interesa verlo. – Dylan escribió corriendo “Por favor, hermana. Échaselas a Marcus, seguro que a él no le importa” “Sí, seguro que no. Tú estás ciego de amor, patito” Y no pensaba volver a dejárselo a memé y a la tía solo en La Provenza, eso por descontado. Suspiró y dijo. – Pero no tenemos baraja, está en nuestra casa, y no vamos a comprar otra. – Olive señaló a una mesa vacía. – Ahí te dejan una baraja para que te las eches tú mismo por cinco knuts ¡Yo los pago! – Y se fue corriendo a dejar la monedita en el recipiente, en el la moneda se desvaneció y apareció una baraja. Con un suspiro más largo y paso pesado se acercó y cogió la baraja, empezando a barajarla entre las manos, con los juegos esos que le había enseñado a su padre hace años, a ver si con eso dsitraía a los niños. – ¿Estás segura de que no quieres que te las lea a ti? – Olive negó. – No, no, quiero ver el futuro de Marcus. – Gal ladeó la cabeza y le señaló el asiento de enfrente a Marcus. – Pues nada, señor O’Donnell, cuando vea usted. – Le puso el mazo delante y le dijo. – Corta, para que se – Movió los dedos en el aire y puso voz cómica –, infiera de tu energía vital. – Soltó otra risita. Y se puso a colocar las cartas en herradura, tal como recordaba que hacía su madre. – Como supongo que no tendrás ninguna pregunta concreta, te hago este, que habla un poco de todo. Saca tres cartas de cada montón, la primera con la mano derecha, la segunda con la izquierda y la tercera con la derecha.

Marcus dirigió la mano al primer montón y ella indicó. – Ese es la familia. – El nueve de espadas, La Emperatriz y el as de oros. Ya empezaban mal. Dylan, que no sabría tanto como ella, pero sí sabía que el nueve de espadas era de las peores cartas de la baraja. Pero inmediatamente, se dio cuenta de que, respecto a Marcus, estaba al revés. – Oh, menos mal… – Carraspeó y sintió la mirada de su amigo encima. – Nada, nada, no te dejes llevar por el dibujo. Está al revés, eso es bueno. La Emperatriz simboliza la energía femenina, la fertilidad, la amabilidad… – Sintió de nuevo la mirada cuestionadora de Marcus. – A ver, que la hicieron en el siglo XIX ¿Vale? El caso es que en tu futuro hay una mujer así en tu familia. El nueve de espadas, invertido, es la paciencia, y tiene sentido, porque el as de oros invertido quiere decir que el éxito puede tardar en llegar, pero ya el hecho de que sea el as de oros quiere decir que va a llegar. Así que yo diría que una mujer de tu familia te va a ayudar a tener éxito con algo, dándote paciencia, aunque tarde en llegar. – Señaló con la barbilla el segundo montón. – El dinero. – Vio las cartas. La Fuerza, el doce de copas y el ocho de bastos. Le hizo reír y negó con la cabeza. – Esto es una estupidez. Esas cartas son contradictorias. – Dijo señalando los arcanos menores. – El ocho de bastos son las prisas. Las demasiadas prisas, de hecho, y el príncipe de copas es la vida hedonista y el disfrute…A lo mejor es la Fuerza lo que los equilibra. – Dijo Olive apoyada en la mesa, mirándolo todo interesadísima. Pero no era descabellado. – Bueno sí… La Fuerza siempre representa la capacidad de lidiar con lo que venga, así que quizá si puedes controlar las ansias por el futuro y por los placeres terrenales…. – Se tuvo que morder los labios por dentro de risa contenida. – Te vaya muy bien con el dinero. Dale a la vida amorosa. – Señaló con una sonrisita intrigante. – Vaya, qué tino, Señor O’Donnell. Todo el mundo quiere las dos copas en la vida amorosa, es todo lo bueno entre dos personas que están enamoradas. El as de bastos es un buen comienzo y el cuatro de oros el éxito… Vaya si tienes suerte. – Dijo con tonillo, mirándole significativamente. Entonces Dylan escribió “El cuatro de oros es una niña y el as de bastos un niño, mamá dijo que le salieron cuando estaba embarazada de nosotros” Gal carraspeó. – Bueno, pero por eso es importante en dónde se interpreta y quién lo hace. Eso tendría sentido en la familia, y si Marcus estuviera embarazado. Venga, que no tengo toda la mañana. La profesión y los logros laborales, que sé que te interesa. – Rio un poquito entre dientes. Mentiría si no dijera que tenía el corazón un poquito (un poquito solo) acelerado. – Vaya con las espadas. Odio las espadas. Significa futilidad, insatisfacción, pero el dos de bastos es madurez ante los problemas y el cuatro de copas es realización complta así que yo diría que, aunque vayas a sentirte insatisfecho en un momento dado, lo afrontarás con madurez y conseguirás la satisfacción completa. Suena a Marcus O’Donnell, sí. – Él siempre quería más, eso solía generar insatisfacción, y hasta ella sabía que, algún día, el taller de Lawrence O’Donnell se le quedaría pequeño. – Uhhhh la sombra. Lo que no sabes de ti mismo, esto es lo que a ti te da yuyu. – Dijo moviendo los hombros y con tono cómico. – ¡Oh, el Papa boca abajo! – Se rio un poco. – Eso es demasiado autoritario y estrecho de miras, demasiado teórico… Vaya, vaya ¡Oh, pero mira que bonito! El tres de bastos es la nobleza, eres todo un caballero… – Y ahí estaba. Solo había tres cartas que deseaba que no salieran y allí estaba una. – Tranquilo. La Muerte no es muerte literalmente. Es más como… Borrarlo todo y empezar de cero… La evolución… Un poco como la fermentación en alquimia. Pero es cierto que no es una cosa que se te ocurriría a ti solo, aunque esté en todo. – Pero se le había acelerado el pulso ¿Querría Marcus realmente empezar de cero… Y borrarla a ella? – Venga, la posibilidad de crecimiento, que ya no nos queda nada. – Inconscientemente, se puso a morderse una uña. Y ahí estaba la otra carta que quería evitar. – Tranquilo, el diablo no es malo per se… suele ser… Obsesión… Y sí tiendes a obsesionarte mucho con el futuro, así que nada que no supiéramos. – Y entonces vio el cinco de oros. – Bueno y… Un amor del que emanan los problemas… Que es el causante de esos problemas, vaya… – Dijo con la voz un poco más quebrada de lo que le gustaría. – Y el doce de espadas… Que combatirás esos problemas con audacia e inteligencia… Estas cartas no me están diciendo nada que no sepa, desde luego. – Se cruzó de brazos y Olive la miró emocionada. – Solo queda uno ¿Cuál es?El consejo que le pides a la baraja, como petición final. – Se quedó observando la mano de Marcus, un poco perturbada. – El ahorcado boca arriba… El uso de la sabiduría. Ya sabes, usa la sabiduría, Marcus, que para algo la tienes. – Dijo con tono ligero, apoyándose en su mano. – El nueve de bastos, la capacidad de aguantar una larga lucha… Claramente en eso te va a ayudar la sabiduría. Y la justicia. Que aplicada a consejo sería algo así como… Mantente firme en tu propósito. Ahí tienes un consejo bastante claro. Mantente firme en tu propósito, aunque el camino sea largo, y usa la sabiduría para llegar. – Se encogió de hombros y miró a los niños. – ¿Qué, contentos? ¿Nos vamos a comer? ¿O a otra parte donde no tengáis a vuestra disposición algo para marearme?

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Escenas de Navidad (Parte II)
CON Alice y mucha familia EN Casa de los O'Donnell Días del 1 al 6 de enero
Al parecer había una vertiente de tarotistas en la Provenza, lo cual hizo a Marcus reír, recordando de paso la historia que contó Violet en Nochevieja sobre esa chica que había intentado ligar con William cuando eran jóvenes y ahora echaba las cartas. Si no fuera porque Marcus le tenía un poquito de respeto a esas cosas (no creía ni muchísimo menos que fueran verdad, pero no le gustaba que le sugestionaran) sería su próxima parada nada más pisara la Provenza de nuevo, aunque fuera solo por las risas.

Miró la carta que le había tocado, asintiendo a Alice e ignorado deliberadamente el comentario de Dylan. - Tiene sentido. Al fin y al cabo, la gran parte de las cosas en la vida se reducen a números y probabilidades. A ciencia, básicamente. - Se irguió, aún con la vista puesta en la carta, con una expresión pomposa. - Aunque no está mal eso del emperador. Me gusta. - Todo lo que fuera rimbombante le gustaba, y emperador desde luego sonaba a tener mucha importancia. Orden y concierto influenciado por lo que tenía a su alrededor. Sí, definitivamente podía sentirse identificado con eso... En el hipotético caso de que el tarot tuviera sentido alguno, claro.

Bueno, pues ya habían hecho la gracia. Ya se podían ir. - ¡Cierto! He visto uno de plata que... - Pero, al parecer, los niños no compartían el interés de Alice y él por los astrolabios. Ahí es donde se notaban que ellos eran dos adultos inteligentes y prácticos mientras que los otros solo eran dos niños... Aunque realmente a Marcus también le hubieran interesado más los astrolabios que el tarot cuando tenía once años. Menos mal que Alice viraba más en su dirección que en la de los chicos. Se quedó mirando a la chica con una complicidad tierna, esperando a que ella declinara la oferta de Dylan y Olive... Pero se estaba perdiendo demasiado en las excusas. ¿Por qué no decía que eso era una bobada y ya está? El colmo fue ver que Dylan pedía que se las echara a él. Dobló un poco el tronco con una risotada sarcástica y las manos en los bolsillos. - No, no, que va. - Dijo entre risas.

Pero en lo que él contestaba, la niña había salido corriendo y echado una moneda en la jarra para que esta les diera una baraja. Miró a todos los presentes como si se hubieran puesto de acuerdo para gastarle una broma. - ¿Va en serio? - Para su asombro, el cual dejó patente mirando a Alice con la boca abierta mientras él seguía plantado con las manos en los bolsillos, la chica se había sentado en la mesa del tarot y ya estaba barajando las cartas. Bufó hacia otro lado con una risa que pretendía no sonar nerviosa, más bien irónica, y se dirigió a la mesa. - Os estáis aprovechando de que no estamos en Hogwarts. Me voy a volver loco quitando puntos en cuanto llegue. - Dylan bajó la mirada a su libreta y alzó la misma cuando terminó de escribir. "No puedes restar puntos a alumnos de otras casas". Marcus miró a Alice con los labios fruncidos y alzó ligeramente los brazos para dejarlos caer con frustración, negando con la cabeza. - Desacato constante a la autoridad. No puede ser esto. - Pero los niños estaban ya expectantes por ver qué pasaba ahí. No tenía escapatoria. - Está bien, veamos qué me depara la vida. - Ironizó, aunque ante la vocecita de Alice pidiéndole que cortara el mazo se tuvo que reír, mirándola. Al menos era Alice, y no otra vez la profesora de Adivinación o un pirado por el estilo. Sabía, o quería pensar, que estaría en la misma sintonía que él con aquello. Vamos a reírnos un rato. Eso dijo cuando lo de la clase de Adivinación y... Pero solo estaban en un puesto de tarot de una feria. No había ni muchísimo menos nada que temer ahí. Quería pensar.

- Me pregunto qué clase de caos cósmico generaría si usara la mano que no es para sacar las cartas. - Volvió a ironizar mientras sacaba las cartas que Alice le decía. Marcus solía escudarse en la ironía cuando se sentía turbado por algo que a los de su alrededor no parecía preocuparles y tenía un estatus que mantener... Exactamente lo que estaba pasando en esa situación. Bajó las manos y las colocó entre las piernas, tomando aire con una leve sonrisa en los labios, esperando al veredicto de la chica sobre sus cartas. Aparentando tranquilidad y curiosidad aunque con una inquietud interna que no pensaba reconocer, mientras esbozaba la típica sonrisita con la que pretendía mostrar que él estaba por encima de todo aquello, que no le parecía más que un juego.

Y en esa misma expresión, arqueó una ceja ante ese "menos mal". ¿Menos mal qué? Pensó. Y se encogió de hombros cuando le dijo que no se dejara llevar por el dibujo. ¿Debería? ¿Qué malo tenían esos dibujos? No entendía nada, y a Marcus no le gustaban las cosas que no entendía. Se aclaró un poco la garganta, moviéndose ligeramente en el asiento. Al menos los niños estaban más pendientes del espectáculo que de él. Volvió a mirar a la chica con expresión interrogante cuando empezó a describir a la emperatriz, pero en seguida se escudó en que era algo del Siglo XIX. - Menos mal que ya estamos en el XXI. - Ironizó de nuevo, con una risita. En otras palabras, que estaban perdiendo el tiempo con cosas no científicas de hacía dos siglos.

Asintió al resumen sobre su familia sacando un poco el labio inferior. - Tiene sentido. - No lo tenía. No le decía de qué mujer se trataba, y en su familia había varias que cumplían ese requisito, tampoco el "algo" con el que iba a tener éxito, y añadía que "tenía que tener paciencia mientras llegaba", como con todo en la vida básicamente. Era extremadamente impreciso, pero al mirar de reojo a los niños los vio alucinando. Era como volver al día en clase de adivinación con Sean y Hillary, solo que con Olive y Dylan le daba pena ser cruel, así que se calló.

- Uuuh. - Bromeó cuando anunció que tocaba hablar del dinero. Coreó la risa de Alice. - ¿Una estupidez? Jamás lo hubiera imaginado, Alice Gallia. Por favor, no te desvíes, que está muy interesante. - Volvió a ironizar, sin poder evitar reír. Al menos las risas con ella le rebajaban la tensión, y tampoco es que el dinero fuera un área que le preocupara en demasía. Como aquello parecía no tener sentido, Olive hizo su aportación. Marcus iba pasando la mirada de una a otra mientras hablaban, con una leve sonrisa confusa en los labios. El desconcierto total vino cuando metió "los placeres terrenales" dentro del área del dinero, porque desde luego lo que le había evocado esa frase con el dinero no tenía absolutamente nada que ver... Se mojó los labios mirando a otra parte, porque se había ruborizado un poco y no quería que los niños lo notaran. Volvió a aclararse la garganta y apremió. - Venga, siguiente área. - Ah, el amor. Qué oportuna. Solo la mención le produjo un escalofrío. ¿No podemos obviar esta? Pensó. No tenía ganas de que le hablaran de eso, no iba a poder controlar ponerse nervioso. No quería hablar de eso delante de dos niños, ¡a saber qué salía! Y, desde luego, no quería que fuera precisamente Alice la que le hablara de su destino amoroso. Sería el colmo de los colmos que Alice le pillara en sus sentimientos por culpa de unas puñeteras cartas de tarot después de tantos años.

A ver, Marcus, que las cartas tampoco dicen tanto, relájate. Volvió a esbozar su sonrisita de seguridad y esperó a la lectura. Y desde luego que no podía haberle salido mejor... En el caso de que se la creyera, claro. Pero estaban jugando a creerse el jueguecito, ¿no? - ¿Ah, sí? - Dijo con voz interesante y las cejas arqueadas, dibujando una sonrisa aún más pilla y devolviéndole esa mirada intensa a la chica. - Fíjate que afortunado soy. - Ojalá y lo fuera. En los segundos que se mantuvo mirando a Alice con esa expresión, Dylan añadió algo a su libreta, insinuando que esas cartas querían decir que tendría un niño y una niña. Tampoco le parecía ni mucho menos mal plan. Pero Alice había decidido que ya habían tenido suficiente en ese área y pasó de largo.

- Sí, esto me interesa. - Corroboró alegremente aunque sin perder el tono cómico, mientras se movía de nuevo en la silla para recolocarse. Frunció el ceño. - Yo no quiero sentirme insatisfecho en mi trabajo. Y no soy nada fútil. - Hizo una mueca con un gruñidito. Sí, por desgracia sí que sonaba mucho a él. Meh, tonterías, pensó. Seguía siendo algo demasiado genérico, sonaba a él como podría sonar a cualquiera en realidad. Alzó la mirada ante el siguiente área y frunció el ceño otra vez. - No me da yuyu. - Respondió en un tono que pretendía ser digno pero que había sonado un tanto infantil. Y sí que le daba yuyu. Rodó los ojos cuando empezó a decir lo de autoritario y estrecho de miras con ese tonito. Escuchaba las risitas de los niños de fondo. - A ver si alguno de los dos con mi edad llega a prefecto y, en ese caso, me contáis qué tal se os da. - Qué fácil era picar a Marcus. Aunque lo siguiente que dijo sí le gustó más, haciendo que volviera su risita orgullosa. - Lo soy. Más que un caballero diría yo. - Comentó, mirando a Alice con intenciones.

Pero la siguiente carta no dejaba lugar a dudas, y a Marcus se le había agarrado un desagradable pellizco en el estómago. Sacudió un poco la cabeza, ceñudo. ¿Borrarlo todo y empezar de nuevo? Él no quería borrar nada, le gustaba su vida así. ¿Y si era la muerte con significado literal y Alice no quería decírselo? Espera espera, ¿¿qué hacía creyéndose y asustándose de esas cosas?? ¡¡Por eso no le gustaba nada que tuviera que ver con las dotes adivinatorias!!  Se había quedado en silencio y con el ceño fruncido mientras la chica, que también parecía un poco nerviosa, avanzaba. Los niños estaban en silencio sepulcral, parecía que ni estaban allí. - Pff, yo no me obsesiono con el futuro. - Sí lo hacía. - De hecho la idea de hacer esto ha sido vuestra, a mí me daba igual. - Dijo tratando de aparentar normalidad. Y lo siguiente sí que no se lo creyó en absoluto. "Un amor que es el causante de todos los problemas". - Eso sí que no me lo creo. - Se le escapó en voz musitada, y tan pronto lo dijo miró a ambos chicos. Y los dos le estaban mirando. Y él retiró dignamente la mirada a las cartas otra vez.

Al menos podía refugiarse en lo siguiente. - Yo todo lo combato con audacia e inteligencia. - Dijo orgulloso. Aparentemente solo quedaba una cosa: pedirle un consejo a la baraja. ¿Vale pedirle cómo hago para que se me olviden todas las tonterías que me ha enseñado? Pensó, como si pudiera hablarle de verdad al tarot, como si fuera la profesora de adivinación y no un instrumento aleatorio en manos de una persona que no lo sabía leer ni creía en eso, como era Alice. Se tuvo que reír con el comentario de la chica, de todas formas, y cómicamente se inclinó hacia las cartas. - Gracias, ahorcado boca abajo, menos mal que me lo has dicho. - Bromeó. Que usara la sabiduría... Lo que tenía que oír... "Mantente firme en tu propósito, aunque el camino sea largo, y usa la sabiduría para llegar". Eso pegaba mucho con él. La cuestión era, ¿en qué propósito? Porque tenía varios... Uno de ellos le estaba leyendo las cartas. Pensar en eso le hizo esbozar una sonrisa automática. Quizás fuera sugestión, pero... ¿era malo sugestionarse a que debía usar la inteligencia y ser paciente si lo que quería era conseguir el amor de su vida, que era Alice? Quizás estaba divagando de más.

- Mareado estoy yo del hambre que tengo. - Dijo Marcus levantándose, deseando salir corriendo de allí cuanto antes. "¿No te echas tú las tuyas?". Preguntó Dylan a Alice, pero Marcus le tomó por los hombros y le hizo girar hacia los puestos de comida, empujándole fuera de la zona del tarot con suavidad. - Voy a pedirle que le echen extra de picante a tu empanadilla para que escupas una bola de fuego tan grande que se te queme el cuaderno. - El niño se rio, pero Olive se puso a su altura. - ¿Me puedo ir a comer con vosotros? - Preguntó la niña, contenta. Marcus sonrió. - ¡Claro! Si tus padres te dan permiso... - ¡Voy a preguntarles! - Y salió corriendo de allí. Marcus la vio alejarse y, entonces, miró a Alice con complicidad y le arqueó las cejas. Le hizo un gesto de la cabeza y, súbitamente y antes de que el niño pudiera reaccionar, Marcus y Alice empezaron a agarrar a Dylan de la cintura y los hombros, iniciando un ataque de cosquillas y piques en las costillas. - Vaya vaya Dylan Gallia, con que intentando impresionar a la chica con estrellitas, ¿eh? Vaaaya de quién lo habrás aprendido. Te gusta Olive eeeh. Sí, es verdad es una monada, ¿a que sí, eeeh? ¿A que lo es? - Inició sin parar, haciendo que el niño se revolviera con fastidio. En una de esas, se desprendió de ambos con un bufido y sacó la pluma y la libreta como quien desenvaina una espada. Le vio las intenciones, se las vio totalmente. Suerte que la niña ya iba para allá, así que Marcus se acercó rápidamente y le bajó la libreta justo cuando el niño empezaba a escribir "pues vosotros". - Tu amiga viene por ahí, así que cuidadín. - Dijo en tonito burlón. Dylan le miró con los ojos achinados, como si quisiera decirle "me pienso vengar". Meh, tuviera que ver que Marcus O'Donnell tuviera miedo de un Hufflepuff de once años.

- Me han dicho mis padres que me puedo quedar a comer con vosotros con la condición de que cuando acabe me vuelva con ellos. - La niña se giró a Dylan. - Pero me han dicho que puedes venirte con nosotros si quieres. - El niño miró a Alice, pidiéndole permiso a la figura de autoridad más cercana que tenía por allí. Eso le daba a Marcus la esperanza de quedarse otro ratito a solas con la chica. Llegaron al puesto de comida y se pidieron una empanada y una bebida cada uno, sentándose los cuatro en una de las mesitas. Durante todo el tiempo que estuvieron pidiendo, Olive y Dylan no paraban de comentar entusiasmadísimos todas y cada una de las cartas que le habían salido a Marcus como si él no estuviera allí, y dándole setenta explicaciones nuevas a cada una. La niña hablaba a toda velocidad y Dylan escribía a toda velocidad, y no callaron desde la cola de las empanadas ni cuando estuvieron sentados a la mesa. Marcus por su parte, solo miraba a Alice de reojo y escondía una risita, negando con la cabeza divertido. Bueno, si no te lo creías demasiado, había que reconocer que aquello tenía su gracia.

Lo que no esperaba fue lo que ocurrió a continuación. - ¡Y le ha dicho que lo conseguirá todo con sabiduría! - Marcus se quedó congelado, incluso paró de masticar. Dylan había arrancado a hablar así por las buenas. Hasta Olive se había sorprendido. El niño les miró a todos y se encogió de hombros. - ¿Qué? Aún no había usado mis cinco minutos diarios y ya estoy harto de escribir. - Y, tan tranquilo, se giró a la niña y vuelta al entusiasmo sobre el tarot. Marcus había arqueado las dos cejas como único movimiento de sorpresa, y justo después giró las bolillas de los ojos hacia Alice. Nada más cruzar la mirada con ella se le escapó una carcajada que le obligó a taparse la boca con una mano para que no se le escapara la comida. Tragó y murmuró hacia la chica. - Resulta que el truco estaba en darle un tema jugoso y una niña de su edad con la que explotarlo. - Comentó divertido. Eso sí, cada vez que le llegaban los comentarios analizando todo su futuro tenía que rodar los ojos.

- Y le han salido las dos copas. Eso es súper bonito. - Los niños soltaron risitas y le miraron de reojo. - Dos personas que están enamoradas, ¿quiénes serán? - E iba a tener mucha suerte. - Y tenía que tener paciencia, y usar la sabiduría. - Y con el niño y la niña. - ¿A que es curioso, hermana? Y tú misma se lo has leído. - ¿Y cuándo será el comienzo? Porque ha dicho que iba a ser muy bueno. - Pues las navidades están siendo muy buenas. - ¿A que voy y pido más picante? - Zanjó Marcus con una expresión psicopática en la cara, a medio camino entre la broma y la amenaza. Miedo le daba donde podía acabar aquella conversación.
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Lun Feb 01, 2021 10:37 pm

Escenas de Navidad (Parte II)
CON Marcus y mucha familia EN Casa de los O'Donnell Días del 1 al 6 de enero
Menos mal que siempre se podía contar con el hambre de Marcus. Y ya estaban Dylan y él vacilando sobre el picante y eso la tranquilizaba. No quería que Marcus se quedara estancado en las cartas, como, por lo visto, estaba haciendo ella. Aquella Muerte la había dejado preocupada y no entendía por qué. Y no tenía sentido darle más vueltas. Y pensaba esconder la baraja de su madre en el rincón más recóndito de su casa en cuanto tuviera posibilidad para evitar estas tonterías.

Entonces Olive se fue trotando a pedir permiso para seguir con ellos, lo cual le daba muchísima alegría porque le acercaba más al objetivo de que Dylan empezara a relacionarse con niños de su edad. Aunque claro, no podía evitar que Marcus fuera derechito a picarle y ella, con todo lo que había tenido que tragar de su hermano el psicólogo, se fue a por él en cuanto captó la señal de Marcus. Se tiró al suelo directamente y se dedicó a hacerle cosquillas por todo el costado. –¡Claro que le gusta! Si hace todo lo que quiere. Si ahora le pidiera que abrazara a una banshee lo haría encantado de la vida con tal de que Olive le hiciera caso. – Le revolvió el pelo. – Y ya no es patito, ahora es “Señor Gallia que sabe mucho de estrellas y le gustan las cartas del tarot”. – Dijo poniendo una voz muy grave. Su hermano, lógicamente, estaba ya preparando su venganza en forma de libreta acusadora, pero Marcus hizo notar que Olive volvía. – ¡Eso, eso! – Secundó la advertencia de Marcus. – Que, con lo bien que le caemos a Olive, no le va a gustar nada que nos hagas enfadar.

Asintió con la cabeza al permiso silencioso de su hermano y dijo, recolocándole los rizos que ella misma le había despeinado. – Pero hay que portarse como en la vida ¿Eh? Que los padres de Olive vean que eres todo un caballero francés. – Y su hermano asintió muy gravemente, lo cual la hizo sonreír un poco. Con la tontería, había cogido hasta un poquito de hambre, y le apetecía probar cosas, por el mero hecho de probarlas. Se pusieron en la cola y trató de ignorar a los niños mientras seguían comentando la jugada de las cartas. – No sé si la quiero de atún, queso y huevo o de pollo y setas. – Miró al chico, que al menos se estaba tomando lo de los niños a risa también. – Le dejo la elección al glotón del grupo, para eso tu abuelo te puso extra de ese ingrediente en el laboratorio cuando te hizo. – Dijo con una risilla y dándole un codazo flojito. – ¡Y quiero probar ese ponche de huevo! – Y había visto una cosa para el postre que pensaba probar también en cuanto acabaran de comer.

Pues todo estaba delicioso, pero los niños seguían a sus cosas, e incluso Dylan empezó a hablar. – ¡Vaya! Parece que ya ha encontrado alguien con quien quiere gastar los cinco minutos.¿Qué son los cinco minutos? Unos que me obliga mi hermana a hacer si quiero usar la vuelapluma.¿Tienes una vuelapluma?Sí, me la regalaron los señores O'Donnell, otro día te la enseño. A lo que iba… – Y volvían a hablar de las cartas. Gal miró a Marcus con una sonrisa mientras comía de la empanada. – ¿Cuánto crees que tardará en darse cuenta de que va a hablar más de cinco minutos? – Entornó los ojos y rio un poquito por lo bajo. – Miedo me da lo que le vaya diciendo a los padres de Olive. – Se giró cuando insistieron en lo del niño y la niña y Marcus ya estaba amenazando con el picante otra vez. – ¿Sabes qué, Dylan? Igual es verdad lo del niño y la niña, al fin y al cabo, aquí os tenemos a los dos. Y no veo el momento de echarles esa maldición super secreta deslenguadora que nos enseñan en séptimo ¿Verdad prefecto O’Donnell? – Y se inclinó sobre su hermano moviendo otra vez los dedos y haciéndole reír. – ¡No es verdad, hermana! … ¿Verdad? – Ella se levantó y dijo. – Hmmmm, puede ser mentira o no. Yo ahora mismo voy a por algo… Puede ser un postre muy especial… – Dijo avanzando hacia Olive y apareciendo junto a su hombro. – O una maldición mortal. – Se incorporó alegremente y dijo. – ¡Ya lo veremos!

Volvió sonriente con una botella de cristal azul oscuro en la mano y cuatro cucharas. – Es ponche misterioso. Sale del sabor que la persona que lo está echando quiera. Ya de por sí suena guay, pero creo que podemos hacerlo más guay. – Dijo disfrutando de las tres miradas de expectación. – Podemos pensar cuando lo vayamos a echar, pero darle la cuchara a otro, y arriesgarnos a ver qué ha pensado. El mío está tirado, así que se lo voy a dar a Olive, que es la única que no lo sabe, y además es Gryffindor, es una chica valiente y no le importa probar. – La niña se inclinó sobre la mesa asintiendo muy rápido, pero Dylan le dio en el brazo. – Yo quería darle el mío. – Pero la chica puso una mano en su hombro. – Tranquilo, te doy yo el mío y ya está. – Y con eso pareció valerle. Vertió el jarabe en su cuchara y salió color morado oscuro. Se la pasó a Olive con cuidado y esta se la metió directamente en la boca. Sí que era valiente. Paladeó el sabor y sonrió. – Es de arándanos ¿Verdad? ¡Qué rico! – Gal asintió. – ¡Muy bien! Olive haciendo honor a su casa y a su buen gusto. Venga ¿Quién es el siguiente?


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Lun Feb 01, 2021 11:42 pm

Escenas de Navidad (Parte II)
CON Alice y mucha familia EN Casa de los O'Donnell Días del 1 al 6 de enero
Todo aquello estaba mereciendo la pena solo por ver a Alice tan feliz. Hasta quería innovar con la comida, y pocas cosas le gustaban más a Marcus que eso. No es que hubiera podido meter mucha baza teniendo en cuenta que los dos niños tenían monopolizada la conversación, pero daba igual. Con sus miradas y sus sonrisas le bastaba. Sobre todo por lo que Alice señaló. - De hecho juraría que lleva más de diez. O eso o se me están haciendo muy largos. - Bromeó. Pero ver a Dylan tan feliz era también un extra para que él lo estuviera. Su padre iba a ponerse muy contento cuando le dijera que se había hinchado de hablar, aunque fuera a costa de meterse con él.

Se tapó fugazmente la boca para tapar una risa, pero rápidamente se puso muy bien puesto. - Efectivamente, Señorita Gallia. Además, yo ya la tengo más que dominada. - Pero tuvo que reírse cuando la vio asustando a los niños así. Se quedó mirando como la chica se alejaba hacia el puesto, sonriendo. Le encantaba verla así. Le encantaba... Todo, absolutamente todo de ella. Si esa feria podía ser un poco mejor, era por la presencia de Alice. Esa forma alegre de caminar, esa sonrisa con la que estaba pidiendo el postre... Un momento, ¿no estaba todo extrañamente en silencio?

Oh, vaya por Dios. Trató de disimular, pero ya era tarde. Se había quedado mirando a Alice embobado y los dos niños le estaban mirando con cara de ir a acribillarle a preguntas indiscretas en cuestión de segundos. - ¿Qué te dijo cuando le diste la pulsera? - ¿Y qué le dijiste cuando te hizo el hechizo? - ¿Y por qué ese cielo? - ¿Es verdad que Alice durmió esa noche en tu cuarto? - Marcus miró a Dylan con los ojos como platos, mientras Olive ahogaba un sonidito de asombro con la boca muy abierta, tapándosela con las manos. - ¡Qué fuerte! ¿Os besasteis? - Yo los he visto besarse. - ¡¡Que bonito!! - ¿Cuándo vais a ser novios? - ¿¡Y si las dos copas sois vosotros!? - Vale, parad. - Detuvo, mirando de reojo hacia el puesto, porque Alice debía estar a punto de girarse hacia allí. - Vosotros... - ¿Qué? Ni siquiera se le ocurría que decir. Se había quedado mirándoles con cara de advertencia, apuntándoles con un índice, pero en un absurdo silencio. Los niños le estaban mirando, esperando que se decidiera de una vez por lo que fuera que tuviera que decir. Pero por la mirada periférica vio a Alice volver, así que se reclinó en su asiento y sentenció. - Viene ahí, así que a callar. - Y a disimular.

Escuchó atentamente y con una sonrisilla la propuesta de Alice. - Por lo pronto la botella me gusta. - Comentó mirándola. Obvio, era azul. Se ahorró reírse cuando la chica dijo que su sabor tenía que adivinarlo Olive, porque claro, Marcus sabía lo que iba a ser antes de echarlo incluso. Efectivamente, el color morado no engañaba a nadie. - Te vas a hacer famosa en el castillo por ser la niña de los arándanos. - Comentó. - ¡Ahora yo! - Se aventuró Olive, vertiendo el líquido de la jarra en la cuchara, saliendo este de un bonito color verde, y acercándoselo a Dylan con mucho cuidadito. El niño paladeó un poquito, pensativo. - ¿Menta? - La niña asintió con felicidad. Lo cierto era que los colores daban muchas pistas, pero el juego era divertido. - ¡Me toca! - Ahora fue Dylan quien se hizo con la jarra, echando el líquido en la cuchara. Marcus le miró con interés. - A ver qué me pones, ¿eh, colega? - El contenido de la cuchara empezó siendo de un delator color chocolate, pero empezaron a salirle vetas amarillas. Marcus saltó. - ¡Eh! No valen dos sabores. - ¡Jo! ¿Cómo lo has sabido? - Será tramposillo. Eso es de Slytherins, ¿eh? - La niña se rio y Dylan hizo una muequecita. - Vaaaale, me quedo con el primero. - Y le acercó la cuchara, que ahora solo tenía el líquido marrón uniforme. Marcus adivinó lo que era nada más llegó a su boca. - ¡Mmm, son las monedas de chocolate de mi abuela! Saben igual. - El niño se encogió de hombros con una sonrisita. - Es que estaban muy ricas. - Pero Marcus había alzado la botella y la estaba escudriñando con interés. - ¿Cómo está hecho esto? Qué bien conseguido... - Ya iba a cortar todo el juego con su necesidad académica de descubrir el por qué de las cosas.

Pero le tocaba a él, así que se recentró. - ¡Oh, mi turno! - Con una sonrisilla, cogió la cuchara y, antes de echar el líquido en ella, miró a Alice y arqueó las cejas. - ¿Preparada, Alice Gallia? - Fue a volcar la botella... Pero se detuvo otra vez. - Que sepas que te lo voy a poner muy difícil. - Dejó de crear expectación... Por el momento. Pero al menos volcó el líquido en la cuchara, y este había adquirido un rosa oscuro muy intenso. Dejó con expresión chulesca la botella sobre la mesa y se giró hacia la chica. - ¿Preparada? - Se mojó los labios y le acercó un poquito la cuchara... Pero la volvió a alejar. - No sé yo, ¿será muy difícil? - Chistó, con una sonrisilla. - Va, venga, lo dejo así. - Volvió a acercarle un poquito la cuchara, acercándose él con ella... Pero la volvió a retirar. Aunque él no volvió al sitio de antes. - Es que a lo mejor no lo identificas. Pobrecilla, vas a ser la única en no acertar. - Le encantaba provocarla, y le encantaba verla reír. - Venga venga, te la doy. - Volvió a acercar la cuchara, y a acercarse él... Y la retiró un poco de nuevo, poniéndola ya cerca de su rostro, porque tampoco había mucha distancia por recortar. - ¿Una pista? - Por un momento se le había olvidado que los dos niños estaban allí, porque estaba divirtiéndose demasiado con aquello, estaba perdido en esos ojos, en esa sonrisa, en esa risa y en esa impaciencia divertida de la chica. - A ver... Acércate. - Dijo en voz más baja y aterciopelada. Ya no se movió, se quedó en su sitio, esperando que fuera ella la que se acercara a probar la cuchara. Y se acercó, de hecho se acercó mucho, porque al fin y al cabo la distancia era bastante escasa. E inconscientemente se mordió un poco el labio al ver los suyos llevarse el líquido rosa de la cuchara que sostenía. Mal asunto tanta cercanía en público.

Hablando de público... Oh, vaya por Dios otra vez. Cuando giró la mirada, los dos niños estaban con la boca abierta hasta el suelo, y unas sonrisillas en las comisuras. Muy bien, Marcus. Como que no tenían ya ellos motivos para decirle tonterías, él le había dado más. Dejó la cuchara en la mesa como si nada y puso postura interesante, con una caída de ojos. - Bueno, ¿qué? ¿Lo adivinas? -
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Mar Feb 02, 2021 1:04 am

Escenas de Navidad (Parte II)
CON Marcus y mucha familia EN Casa de los O'Donnell Días del 1 al 6 de enero
Gal suspiró y se hizo la ofendida cuando le dijo lo de los arándanos. – ¿Eso crees? – “Veremos si eres tan listo cuando acabe esta ronda” Y miró como Dylan y Olive estaban todo entusiasmados con sus sabores. Le gustaba estar creándole recuerdos tan bonitos y significativos a su hermano, aunque solo fueran unas monedas de chocolates, aunque no tuvieran una familia normal, seguían siendo bonitos.

Pero llegó el turno de Marcus que, parecía que no le conocía, no había nada que le provocara más que un jueguecito. – Mira, O’Donnell. – Dijo apoyando los codos sobre la mesa e inclinándose. – No me retes, que acabo ganando. – En verdad, en cuanto a paladar culinario, no es que ella estuviera muy entrenada, pero es que no podía achantarse ante Marcus, había algo en ella que se lo impedía. Observó atentamente la cuchara y el líquido rosa que acababa de salir de la botella ¿No sería amortentia, no? No, eso sería la típica locura que se le ocurriría a ella, no a Marcus. Pero el tío seguía provocándola, retirándole la cuchara, y de ese modo ya la tenía con medio cuerpo encima de la mesa hacia él. – Deja de provocarme, Marcus, que la vamos a liar. – Dijo con una sonrisa pícara. Y otra vez se la quitaba, y esta vez se quedaba él. Que ganas de besarle repentinamente. Tomó aire y entornó los ojos. – Estoy esperando a que te decidas a jugar. A lo mejor es que te da miedo que sepa perfectamente lo que es. – Y por fin le puso la cuchara al alcance, y trató que no se le notara que se había derretido entera con aquella voz. Pero lo que si hizo fue clavarle la mirada y abrir la boca lentamente, deslizando la cuchara por sus labios, con toda la intención de ponerlo al límite. El caso es que no sabía cuál era el sabor. Y ahora tenía las miradas y risitas de los niños encima, para más presión. Ah, pero ella había probado aquello. Tenía un recuerdo asociado, algo… “Siempre que miro las estrellas pienso… Qué suerte he tenido” ¡Eso era! – ¡Meigas fritas! – Dijo demasiado alto y entusiasta. Miró a Marcus y le señaló con una sonrisa pícara. – Eres un prefectillo retorcido y lo sabes. – Una vocecilla demandó. – ¿Por qué meigas fritas? ¿Qué pasa? Yo quiero oír la historia. – Pero justo, la niña se asomó a algo a sus espaldas. Gal se giró y vio a los Clearwater. – Vaya, parece que os tenéis que ir. Luego os buscamos. – Olive asintió y se levantó, y su hermano, volviendo a ponerse vergonzoso, iba lentito detrás de ella. Gal le paró un momento. – Pórtate bien. Sé educado. Marcus y yo no nos movemos de la feria, por si nos necesitas ¿Vale? – Dylan asintió, mirándola, y Gal conocía lo suficiente a su hermano para saber que quería abrazarla pero que le daba vergüenza. Vio como se despedía de Marcus y se iba con la familia.

Esa era la suya. Cogió la botella y la cuchara y se sentó al lado del chico en el banquito, donde antes estaba Olive. – A ver, listillo. A ver si tú eres capaz de adivinar el sabor. – Vertió el líquido anaranjado en la cuchara y dijo. – Eh, eh, experto en paladar, no mires el color. Digo más, cierra los ojos, solo abre la boca. – Había ido bajando el tono a medida que avanzaba la frase. Le dio la cuchara y esperó a que se la tomara para retirársela e inclinarse sobre su oído y susurrar. – Pero qué sabrá un prefectillo que no seguiría a un monito negligente a lo alto de un árbol. – Aprovechó para darle un beso en la mejilla y volvió a su posición. – Tú dirás cuál es la próxima parada, cariño.


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Mar Feb 02, 2021 1:35 pm

Escenas de Navidad (Parte II)
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- ¿Estás segura de eso? - Preguntó ladeando la cabeza y entrecerrando los ojos. "No me retes, que acabo ganando". Ya hace mucho tiempo que los retos los ganamos los dos, pensó. Pero suficiente numerito erótico para todos los públicos les estaba dando ya a esos niños como para echar más leña al fuego. Aunque en el juego de la provocación, Alice llevaba años luz de ventaja con respecto a él. Él solo la impacientaba, mientras que ella le hacía temblar por dentro.

Ya estaba bien de jueguecitos con la cuchara, de todas formas, porque no quería otro interrogatorio de esos niños pero esta vez con Alice delante. Aunque aún faltaba que la chica diera su veredicto, para el cual se estaba tardando. Entrelazó las manos con una sonrisilla de suficiencia, apoyando lentamente la barbilla en estas, con los codos en la mesa. Pero acabó dando en el clavo. - Correcto. - Arqueó una ceja con teatralizada sorpresa. - ¿Retorcido? ¿Por qué? Es un dulce como otro cualquiera. - No era un dulce cualquiera, no desde la feria de San Lorenzo. Y estaban viviendo un momento relativamente similar. Su subconsciente se lo había traído a la mente solo. Sonrió mojándose los labios, mirando a la chica, mientras Olive pedía la historia que había detrás. Los niños se habían sumado al carro de ese romance casi más que los propios Marcus y Alice, donde él aún estaba a verlas venir y ella todavía no tenía muy claro si estaba o no estaba. Pero... ¿y si los chicos tenían razón? ¿Y si era más obvio que todas las vueltas que estaban dando? Seguía mirando a Alice mientras lo pensaba, mientras pensaba... Que quizás ese sitio que tanto le había gustado toda la vida, ese entorno, en esas Navidades, ahora que los dos niños iban a dejarles solos, sería el momento ideal... Pero de nuevo le atacaban las dudas de siempre. Porque no hacía ni una hora que Alice había leído alto y claro que tendría una familia, y él había respondido contento... Y no tenía claro que ella hubiera reaccionado igual ante ese veredicto. ¿Y si le decía que lo suyo no tenía sentido? Quizás le quisiera, pero a veces... Con el corazón no bastaba. Y no quería un drama en esa feria, con Dylan delante, y tener que sobrellevarlo los días que les quedaba de Navidad en casa, echando por tierra unas vacaciones fabulosas. Se lo pensaría bien y, de hacerlo, lo haría en Hogwarts, era lo mejor. Allí al menos tenía cómo distraerse y dónde esconderse en caso de estrepitoso fracaso.

Saludó amablemente con un gesto de la mano a los padres de Olive, y también a la hermana con un gestito gracioso. Cuando se despidieran iría a hablar con la niña, con lo que le gustaban a Marcus los niños y los cumpleaños no podía desperdiciar esa oportunidad. Vio con una sonrisita pilla como Alice se sentaba a su lado, mirándola de arriba a abajo con los ojitos entrecerrados. - Hasta que no me retas no te quedas contenta, ¿eh? - Comentó, girándose un poco en el banco hacia ella. Arqueó una ceja. - Vale, vale. No necesito que el color me dé pistas. - Comentó sobrado, y cerró los ojos, irguiéndose, aunque no podía evitar la sonrisilla esbozada en los labios. El líquido tenía un sabor dulce que identificó en el acto, sobre todo viniendo de Alice. Pero, por si aún le quedaban dudas, la chica susurró algo en su oído que hizo que se le erizara la piel. Recibió el beso en la mejilla pero no abrió los ojos, solo se mojó los labios, saboreando el líquido y sonriendo.

- Pues... sabe a riesgo de vida o muerte. - Concluyó, abriendo los ojos y mirando a Alice como si los dos supieran perfectamente de lo que estaban hablando, como si estuvieran llevando ese juego más allá. Lo que hacían siempre. - Aunque... No sé si es digno del melocotón más alto del árbol. A ver, dímelo tú. - Se acercó a la chica y besó lentamente sus labios, en un beso suave y pausado, breve porque seguían estando en una feria, pero lo suficientemente largo como para llevarse las sensaciones con él, para dejar una leve caricia de su lengua en la de la chica y desear quedarse allí todo lo que pusiera. Se separó despacio, abriendo lentamente los ojos. Al mirarla, tan cerca, se mojó de nuevo los labios con una sonrisilla. - ¿Qué me dices? - Marcus con su expresión chulesca habitual, tratando de disimular que estaba derretido por dentro. - Las meigas fritas están bastante conseguidas. - Como si tuviera la capacidad de distinguir algo cuando sus labios se encontraban.

Volvió a su sitio, pero siguió mirando a Alice. - Al final, al que menos creía en el tarot es a quien le han leído las cartas. Lo que hay que aguantar. - Comentó con tono de falsa queja. - Si te has quedado con ganas de más, podemos volver a ver cómo son las tuyas. Con esa interpretación tan extremadamente precisa que dan las ciencias adivinatorias. - Rio un poco. - Otra opción es seguir paseando por los puestos de comida. Que hay más, aunque no te lo creas. -
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Miér Feb 03, 2021 12:01 am

Escenas de Navidad (Parte II)
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Siendo sinceros, Marcus y ella llevaban mucho en ese plan. Las miraditas, los dobles sentidos… Pero es que ahora le salía tan natural como respirar, y se veía enredada en sus palabras, en su voz, en su cercanía tan placentera. – Tú qué sabrás de a que sabe el riesgo, mi muy muy prudente prefecto… – Dijo, intentando picarle, pero con un tono deleitoso, pasando el índice por su cara en una caricia y con mirada de pura adoración, porque le encantaba estar así – Si para eso ya estoy yo… Te arrastraría a ese lavadero otra vez ahora mismo. – Lo que no se esperó fue aquel besó, que la desarmó entera y que le hizo hasta soltar un sonidito de placer mientras notaba aquellos labios suaves y tiernos encontrarse con los suyos y su lengua llegando hasta la de ella. Enredó las manos en su pelo suavemente y se separó con una sonrisa que estaba bastante segura de que le dejaba una expresión de absolutamente idiota. – Ni me he enterado, la verdad, estaba saboreando lo que más me gusta en el mundo. – Dijo acariciándole los labios con una gran sonrisa.

Se separó, muy a su pesar y se levantó del banco estirándose. – ¡No! Más comida no, por favor. Pero luego podemos ir a los juegos, pienso ganarte en todos. Igual hasta te consigo un premio y todo. – Dijo guiñándole un ojo. Pero no se le había pasado lo de las cartas. Suspiró y sonrió. Quizá si se leía las suyas y no le daba importancia, Marcus olvidara lo que había dicho antes y no le daría tantas vueltas. Señaló el puesto del tarot con la cabeza. – Si invitas tú, me leo las mías. – Cerró los ojos y extendió un brazo, llevándose la otra mano a la sien. – Estoy tan alineada con las estrellas que a lo mejor hasta veo lo que voy a sacar en Herbología en los EXTASIS. – Abrió los ojos y le miró asintiendo. – Matrícula, obviamente. No estás tú para quitármela. – Y siguió, con una risita hacia el puesto.

Fueron al mismo lugar de antes, donde ahora había, si cabía, menos gente. Mejor, no quería que mucha gente se enterara de lo que le salía ¿Pero, qué estaba pensando? Que ella no creía en las dichosas cartas. Que estaba haciendo aquello para dejar el tema correr de una santa vez. Marcus le pasó la baraja y barajó rápidamente, sin truquitos esta vez, solo estaban Marcus y ella, no había razón para tardarse tanto.

Colocó las cartas en su orden y se frotó las manos. – A ver, familia, aquí me van a salir las penas del infierno, verás. – Levantó las tres cartas y suspiró según vio la primera. – El Carro boca abajo, vaya que bien… Caos, descontrol… – Subió la mirada y negó con la cabeza, torciendo el gesto. – Bienvenidos a los Gallia. Diez de bastos, carga pesada… Esto empieza a ser bastante apropiado… Y… ¡Oh! Once de oros, eso son buenas noticias. Mira, parece que a pesar de todo esto, que ya sabíamos, las cartas dicen que buena noticia. Pues nada, muy bien. – Miró el siguiente montón. – ¡Dinero! Dame buenas noticias, anda tarot. – Levantó las tres cartas y rio. – ¡Oh! El Emperador, nuestra carta. Sabiduría, reflexividad… Que no gaste a lo loco ¿No? De verdad que estas cartas no me dicen nada… Y el sol, vaya, eso siempre es éxito. Igual es que voy a ganar mucho dinero siendo sanadora, aunque creo que no es lo más habitual. Y mira, me lo confirma el ocho de oros, que es un buen comienzo en los negocios. Voy a hacerme de oro con lo de curar magos. – Dijo con una risa. Pero le asustaba la siguiente, de veras lo hacía.

Sacó las tres cartas y suspiró. – Seis de espadas, éxito después de un gran sufrimiento. – Puso una mueca y miró al chico. – No me mola. Optaré por no creérmelo. – Porque, la verdad, esperaba no tener que llegar al gran sufrimiento. – Los Amantes… Muy apropiado. Es una elección, el encuentro de los contrarios… – No pudo evitar poner una sonrisa y carraspear, había dicho que no se lo iba a creer y eso pensaba hacer. – Vaya, ya me la ha liado el as de bastos boca abajo. Cobardía. En fin, absurdo, yo no soy nada cobarde. – Dijo, un poco ofendida de más con una maldita baraja. Estaba perdiendo los nervios definitivamente. – ¡Vamos a por la profesión! Y como me diga cosas feas, vuelco la mesa y aquí se acabó la tontería. – Levantó las tres cartas y se echó a reír nada más vio la primera. –El Loco. Carencia de sentido común. Potencial fuerza de voluntad y destreza. El espíritu en busca de experiencia. Audacia, extravagancia… Mira sí, lo soy todo. – Pero abrió mucho los ojos con la segunda. – ¡Eh! ¡Es El Mago, el alquimista! Esta sí que es buena. Es la gran habilidad para hacer algo. – Genial, como no se había replanteado suficiente su futuro en los últimos días… – ¡Anda! Y La Estrella, la carta de mi madre… Es la esperanza, claro. Parece que aunque parezca una locura lo que voy a hacer, se me da bien y tengo esperanza… De acuerdo, no tiramos la baraja por los aires.

Entrecerró los ojos y dijo. – Uhhhhh la sombra. A ver el lado oscuro de Alice Gallia… Seguro que hay arándanos. – Dijo con otra carcajada. Pero se le cambió la cara en cuanto vio la segunda carta. Y encima no podía inventarse el significado porque antes le había salido a Marcus. – Bueno, eh… La… – Carraspeó, un poco bloqueada. – El Hermitaño, claro… El deseo de alejarse del mundo… – Alzó las cejas. – Supongo que siempre estoy tan rodeada de gente en Hogwarts que a veces puedo querer estar sola… En el futuro claro… – Levantó la mirada. – La verdad es que para estudiar los EXTASIS prefiero ni cruzarme con Hills… – Se mordió los labios por dentro. – Y bueno… La Emperatriz, claro. Que obviamente sabes lo que es… Porque te ha salido antes. Y… – Hinchó los carrillos y soltó el aire. – Todas las mujeres queremos ser madres en el fondo ¿No? – Se frotó los ojos. – Vale, olvida que he dicho esa estupidez, quizá simplemente no sé leer esto. Mira, de hecho, el once de copas es la tranquilidad, y yo tranquila, tranquila… – ¿Eso era lo que quería en verdad y no sabía? ¿La familia, la tranquilidad? Justo lo que no había tenido… “Me das cosas que ni si quiera sabía que deseaba” Le había dicho a Marcus aquel día en la nieve. “Juntos hacemos cosas maravillosas”. Demasiado pensar. – Posibilidad de crecimiento. Ya se lo digo yo, ninguna, me voy a quedar retaco toda la vida. – Bromeó, para distender el ambiente. Dio la vuelta a las cartas y palmeó la mesa. – El dos de espadas, las fuerzas equilibradas. Necesito equilibrio, pues. Tres de bastos boca abajo, ya estamos. Decepción ¿Tengo que llevarme una decepción para crecer? Es que todo me llega torcido, de verdad. Y el cuatro de espadas. Una tregua, un retiro. Tengo que parar para crecer. Vale, me ha quedado claro, que me relaje si quiero avanzar. Muy sutil, baraja. – Dijo con retintín. – ¡Oh! Por fin terminamos. Dadme el consejo ya, malditas cartas. – Sacó las tres cartas con un suspiro de alivio. – El catorce de oros. Un aliado de confianza. – Frunció el ceño. – El ocho de espadas es la… ¿Enfermedad? – Un nudo se le puso en la garganta y suspiró. – Bah, ni idea de lo que significa en un consejo, la verdad. Que no me coja catarros, supongo. Y el dos de bastos invertido. Otra vez la enfermedad… O el miedo a la enfermedad… – Por un momento se quedó mirando aquello. – Que busque un aliado… Para… ¿No enfermarme? – Frunció el ceño. – O para no tener miedo a una enfermedad… – Sacudió la cabeza y recogió. – Bueno, como dijo la profesora en su día, es que soy muy difícil de leer, más que tú la verdad. – Dijo con una sonrisa ladeada.

Se levantó y dejó la baraja en el bol de antes. No, aquellas cartas no dictaban nada sobre ella, mucho menos sobre su salud o sus miedos. Tan convencida estaba que puso una gran sonrisa y le dio la mano a Marcus. – Y ahora que hemos comprobado que esto es estúpido. – Caminó un poco de espaldas y le dio con el índice en la nariz al chico. – Vamos a los juegos. El mejor de tres, para no dejarnos la herencia de nuestros padres en la feria. Y luego quiero ir a ver el espectáculo, me muero de ganas. – Alzó los ojos y miró un muérdago bajo el que pasaban. Oh sí, si le daba tiempo, pensaba besarle bajo uno de esos.


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Escenas de Navidad (Parte II)
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Sonrió, tratando de mantener su estatus de dominar la situación, pero notándose ese cosquilleo que se había producido en su estómago. - Me iría con los ojos cerrados. - Ese lavadero, el campo de lavandas. El sol, el agua fresca, los melocotones recién cogidos del árbol. Alice, su vestido, sus novelas medievales, su trenza... Sería muy idiota si no quisiera ir allí en ese preciso instante, por mucho que le gustara aquella feria y por muy bien que se lo estuviera pasando.

Soltó una carcajada mientras se dirigían de vuelta a los puestos del tarot. - Perdona, ¿que me vas a ganar tú a mí a qué? - Chistó e hizo un gesto con la cabeza, mirando a los puestos. - Si me consigues un premio... Todavía, pase. Pero no me vas a ganar, ni muchísimo menos. - Se giró para mirarla justo a tiempo de verla tratando de "adivinar" lo que iba a sacar en Herbología, lo cual le hizo soltar otra carcajada. Se puso delante de la chica y siguió andando, de espaldas para poder mirarla de frente mientras lo hacía. - Negaré haberlo dicho ante el Tribunal Mágico si hace falta, pero tratándose de Herbología, contaba con que la matrícula te la llevaras tú. Pero sí, en la versión oficial diremos que te la llevaste tú porque no estaba yo para quitártela. -

Llegaron hasta el lugar y Marcus echó los cinco knuts pertinentes, haciendo brotar la baraja de allí. - Toda tuya. - Anunció con una sonrisa, dándole a Alice la baraja y sentándose de nuevo frente a ella. Ciertamente, no sabía qué estaba haciendo: él no creía en esas cosas, y hecho no le gustaban, le daban reparo. Ya se las dejó echar a sí mismo a regañadientes, ¿por qué había lanzado a Alice a eso? Para reírse de ello, quería suponer. Para que le salieran cosas absurdas y reafirmarse él mismo y a ella en que no eran más que patochadas sin base científica que no decían nada. Para... ¿quitarse de la cabeza la profecía de la profesora de adivinación, quizás? Tampoco era tan mala, realmente, bien pensada... Era esperanzadora para él, si sabía como hacerlo. También estaban los mensajes de la bola de cristal, que si bien apenas podía recordarlos nítidamente, estaba seguro de que Alice sí. Se lo había dicho en Nochebuena. Supuso que solo estaba intentando ver como el tarot decía alguna tontería que hacía a Alice reírse cruelmente de él y ambos podían dar el tema por zanjado, reforzando su idea de que no era sino una estupidez.

Rio un poco ante el comentario de Alice, aunque con cierto toque amargo. - Eh, que tienes al padre más divertido del mundo, no te quejes de él o se lo voy a decir. - ¿Qué iba a hacer? ¿Darle más motivos para llorar? Entrelazó las manos sobre la mesa con interés y considerablemente menos tenso que cuando se las estaba leyendo a él, inclinándose un poco sobre la madera para ver mejor las cartas. Al menos la ironía de Alice le hacía sonreír. - Descontrol, ¿eh? Esas cartas vieron lo que pasó en Nochevieja. - Bromeó. Cuando empezó a hablar del dinero, soltó una risa y dio una palmada. - Los emperadores son ricos, ¿no? Fíjate, Señorita Gallia, vas a ser la enfermera más rica de San Mungo. Pero no gastes a lo loco, ¿eh? Inviértelo en cosas operativas como, no sé, comprarle a tu gran amigo el alquimista Marcus O'Donnell un montón de cosas chulas para su taller. - Al menos se lo estaban tomando todo a broma... Aunque ahora venía el amor. A ver si era capaz de hacer bromitas también con eso.

Al menos eso de "optaré por no creérmelo le hizo reír". - Sabia decisión. - Comentó, pero se había quedado mirando a las cartas en vez de a ella. ¿Éxito después de un gran sufrimiento? ¡Él no quería hacerla sufrir! Bueno... Dando por hecho que eso de "éxito" iba encaminado a acabar juntos. Aunque esas serían en todo caso sus cartas, no las de Alice. Cuando sacó la de los amantes se removió un poco inconscientemente en el asiento, porque le había dado un escalofrío. Pero estaban en el plano de no creerse nada, ¿no? Pues eso... De hecho, ahí estaba la prueba de que no tenía sentido. - ¿Cobarde tú? Sí, vaya, menos mal. - Dijo bufando con una risa sarcástica. - Si llegas a ser valiente, no sé yo que pasaría. - Mucho disimular, pero se había puesto un poquito nervioso. Menos mal que ya habían terminado con el apartado amor.

- ¡Anda! Con esa sí que te conoce. - Comentó divertido cuando empezó con la profesión. Incluso se inclinó un poco más sobre la mesa para potenciar su broma mirando la carta. - ¿Seguro que pone "el loco" y no "la Alice"? - Rio y volvió a su sitio antes de que la chica cumpliera su amenaza de tirar la mesa pero contra él. - Humm, con que el alquimista. Alice Gallia: enfermera de día, alquimista de noche, ¿o era al revés? Como sea, así no me extraña que te hagas rica. - Estaba resultando ser bastante divertido aquello al final. Si te lo tomabas a broma, claro. Volvió a reírse por la mención a los arándanos y atendió a lo que decía sobre su "lado oscuro". Aunque por un momento se le cambió la cara. Frunció un poco el ceño, viéndola trabarse con la explicación mientras alternaba la mirada entre ella y las cartas, pero intentando no perder la sonrisa. Porque habían quedado en que se lo iban a tomar a broma... ¿no? Estaba tan tranquilo mirando las cartas cuando Alice dijo eso. "Todas las mujeres queremos ser madres en el fondo, ¿no?". La miró súbitamente, sin ser capaz de disimular lo más mínimo. Pero antes de poder reaccionar, ella ya había reculado. No, no solo había reculado, lo había llamado "estupidez". Bajó la mirada de nuevo, mojándose los labios con un toque apurado. Ahora no sabía con qué quedarse, si con el rayo de esperanza que le había dado esa afirmación, el pensar que Alice podría llegar a querer ser madre algún día, porque eso les daba oportunidades de estar juntos, al menos así lo veía él... O si bajar a tierra y entender que Alice, una vez más, acababa de dejar patente que lo de la maternidad en su caso era "una estupidez". Genial... Para qué tendría que ocurrírsele a él la maldita ideita de leer las cartas...

Al menos había vuelto al tono bromista, lo cual le hizo reír, aunque quizás ya no con la misma soltura que hacía apenas un minuto. Se le pasaría, se le acabaría pasando, porque si solo le diera vueltas a eso en la cabeza viviría amargado y, al final y tal y como decía su padre, no disfrutaría de su presente con ella tal y como lo tenía. - Pues lo que yo te he dicho siempre, que te relajes un poquito. Al final las cartas me van a dar la razón. - Realmente Marcus era bastante más tendente al agobio en líneas generales que Alice. Llegaron al último apartado y, nada más decir lo del aliado, Marcus se cruzó de brazos con una sonrisa de suficiencia y le arqueó las cejas. Pero luego salió la otra y se le encogió el pecho. No, no podía ser. Alice era la última persona en el mundo a la que debía salirle esa maldita carta. Y no solo le salió una, le salieron dos. Hablando de agobios, ya se estaba agobiando él, tanto que la sonrisa se le había ido y se había descruzado de brazos para ver mejor las cartas, como si esperara que ambos lo hubieran visto mal. Entonces la chica hipotetizó que quizás debería buscar un aliado para no enfermar y Marcus saltó con un resorte. - Yo lo sería. - Vaya. Apenas había sonado desesperado. - Quiero decir... - Y bufó un poco con una risa, disimulando, tratando de hacer como que seguía tomándoselo a broma, cuando realmente se le notaba nervioso. - Igual que te salvé magistralmente y con un temple envidiable aquella vez que te desmayaste en primero... - Sobre todo con temple. Poco más y le dura el llanto desconsolado todavía. - ...Si tuviera que volver a hacerlo... Lo haría sin dudar. - Se le había agravado un poco el tono en eso último. Tragó saliva y sonrió, haciendo un gesto de desdén con una mano. - Igualmente, ¿quién no le tiene miedo a la enfermedad? Eso también me podría haber salido a mí. - Suspiró y se levantó. - Una vez más, la adivinación demostrando que con afirmaciones así de genéricas se puede sentir identificado cualquiera. - Y ya estaba bien de predicciones por hoy. Mejor volver a cosas demostrables y tangibles, que en esa feria había muchas.

Arrugó la nariz con una sonrisita ante el toque de la chica y la siguió de la mano hacia los juegos. - Hecho, al mejor de tres. Además, hay algunas pruebas que requieren lanzamiento de hechizos y no he podido participar hasta ahora. Pero ya somos magos adultos. - Que le gustaba decir eso. Dieron una vuelta por los puestos de juegos, la mayoría para niños, pero algunos más avanzados. Se decantó por el que más ganas tenía de probar. - ¡Este! Simulación de duelo pero en vez de uno contra uno, más difícil todavía. - Se puso ante el mostrador y señaló a la chica una especie de panel de cartón que había al fondo. - El atacante tiene que lanzar un hechizo mientras piensa de dónde va a salir el mago tenebroso. Osea, un títere simulando a un mago tenebroso. - Obviamente, no iba a ser uno de verdad. - Segundos después, sin aviso, sale el mago y el defensor tiene que defender. Si no te defiendes, te caen las consecuencias del hechizo, que pueden ser cosquillas, o que te pique la nariz, o que te caiga un globo de agua encima. Espero que esa no, que hace un frío que pela. - Rio. - Si te defiendes bien, le cae al atacante. - Se guardó las manos tras la espalda e, irguiéndose, arqueó las cejas y esbozó una sonrisita. - ¿Al mejor de tres, pues? -
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Escenas de Navidad (Parte II)
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Ya, si ya sabía que le había asustado con la enfermedad. Y ya se lo había dicho su tía, que en el fondo tenía miedo de vivir y encontrarse con algo así ¿Pero de qué servía pensarlo? ¿De no disfrutar de aquel lugar precioso, a solas con Marcus y de buen humor? No. Pero tampoco podía ignorar lo que le había dicho. Así que se paró y le miró. – Lo sé. – Apretó su mano. – Eres mi aliado para todo. Y yo la tuya. En lo que nos eche la vida, aunque esas cartas no tengan idea de lo que será. – Aseguró con una sonrisa.

Afortunadamente, habían llegado ya a los juegos, y escuchó lo que le explicaba Marcus con atención. Le dejó explayarse, enterándose bien de las normas, pero en cuanto terminó le miró con una sonrisita pilla y apoyándose la mano en la cadera. – Te morías de ganas de ser mayor de edad para hacer esto ¿Eh? – Se rio y asintió, poniéndose donde el defensor. Al notar la mirada del chico sobre ella dijo. – ¿Qué? Las damas eligen primero, además tú tienes más posibilidades de ser un mago oscuro que yo. Tienes más habilidad, delirios de grandeza y se te da mejor atacar. – Sacó la varita y la movió con una sonrisita. – Yo solo soy la pobrecita que solo sabe defender. – Dijo poniendo cara de santa y disponiéndose a jugar.

La primera ronda, defendiendo, puso los reflejos al máximo y le salió una defensa de las suyas, que le devolvió un poquitín del hechizo de cosquillas (porque el ataque había sido bastante potente y su escudo había aguantado por poco) – ¡Toma! Se te ha quedado la misma cara que se les queda a mis compañeros del club de duelo cada vez que les devuelvo un hechizo. – Dijo dando un saltito. Se cambiaron de lados y trató de estar atenta al mago tenebroso, pero no fue capaz ni de atinarle bien a dónde iba a salir, y Marcus tiró un hechizo potentísimo. A los dos segundos notó como si sus pies estuvieran sobre hierro resbaladizo y tuvo que agarrarse a la mesa del juego para no caerse. – ¡No vale! Soy muy mala atacando y lo sabes. Es injusto. Exijo que la última ronda sea yo la defensora. Si tan bueno eres, me ganarás igualmente. – Y se intercambiaron de nuevo de sitio, poniéndole un gestito arrugado de burla. Esta vez lo vio venir, pero se distrajo mínimamente y su escudo no fue lo suficientemente fuerte para el pedazo de hechizo que había tirado Marcus. Por un momento se quedó en tensión, esperando la reacción del juego. De repente, el mago blanco se movió para llamar su atención en un movimiento mecánico y, justo cuando miró, le lanzó un globo de agua certeramente en la cabeza. No iba a haber quien aguantara a ese chico.

¡Hay que ver! Cúrate del mago bueno… Vaya telita. – Miró a Marcus con un suspiro y cara de circunstancias, apoyándose de nuevo sobre su cadera. – Pues vaya gracia. Aunque supongo que me la debías de cuando la sección prohibida. – Aún recordaba la cara de perrillo mojado y enfadado que se le había quedado con el aguamenti. – Pero a ver como le explicas a tu padre que me has provocado una pulmonía, para un día que me sacas a pasear y confían en ti.


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Miér Feb 03, 2021 10:02 pm

Escenas de Navidad (Parte II)
CON Alice y mucha familia EN Casa de los O'Donnell Días del 1 al 6 de enero
Alice parecía haber captado el juego rápidamente porque ya estaba en la posición de defensa. - Anda que te lo has pensado, ¿eh? - Pero ante su siguiente comentario se hizo el ofendido, frunciendo el ceño. - ¡Yo no tengo delirios de grandeza! Tengo grandeza a secas. - Esbozó una expresión digna. - Pero es verdad, tú no podrías ser una bruja oscura. Como mucho una bruja de color arándano. - Se colocó en su posición de atacante y sacó su varita, y mientras lo hacía respondió al comentario de la chica. - Te recuerdo que "la pobrecita que solo sabe defender" casi me destroza la cara con un libro hace dos meses. - Arqueó una ceja y la miró. - No cuela, Alice Gallia. Tú de inocente no tienes nada. - Que me lo digan a mí.

Estaba tan seguro de que en aquel juego iba a dominar él solo por el hecho de conocerlo de vista (porque, realmente, los dos se estaban estrenando ese día) que no hizo un ataque demasiado complicado. Mala idea, con Alice no se podía bajar la guardia de la competitividad. - ¿Cóm...? - No pudo terminar la frase porque empezó a sufrir un ataque de cosquillas por todo el costado que le hizo doblarse con una mezcla entre quejas y risas. Pero sobre todo quejas porque le estuviera pasando aquello. - Ah, ¿si? - Mala cosa era hacer a Marcus perder en la primera ronda. - Me has pillado desprevenido, que lo sepas. Espero que hayas disfrutado de tu primera y última victoria. - Ahora le tocaba defender, y vaya si defendió. Porque iban al mejor de tres y sabía que el punto fuerte de Alice era la defensa. Como mínimo tenía que empatar, o la tercera ronda no tendría sentido.

Pues lo hizo, consiguió su empate. Estaba tan centrado en hinchar el pecho con orgullo que ni ocupaba tiempo en reírse de los intentos de Alice por mantenerse en pie. - Cuando la señorita deje de patinar sobre el hielo, nos volvemos a cambiar. - Contestó con cómica altanería. Pero ahí empezaron las quejas infantiles de Alice, y Marcus solo pudo rodar los ojos con teatralidad. - Mimimimimi, venga ya, no tengas mal perder. - Hablaba él de mal perder. No se sabía si iba a ser más inaguantable un Marcus habiendo perdido o un Marcus victorioso, pero igualmente, estaban a punto de iniciar la tercera ronda. Se colocó de nuevo en la posición de atacante, concentrado, mirando fijamente donde tenía que apuntar, moviendo el cuello a un lado y al otro y sacudiendo un poco los brazos como quien va a iniciar una carrera... Más parafernalia que otra cosa, o una táctica para desesperar a Alice, pero igualmente le había servido.

Estalló en una carcajada cruel que le duró varios minutos, casi dando de rodillas en el suelo mientras se apoyaba en el mostrador, cuando vio al mago blanco lanzarle el globo de agua a Alice. Si le hubiera pasado a él no le hubiera hecho tanta gracia, pero visto desde fuera era increíblemente gracioso. - ¡No vale! Soy muy mala atacando. - La imitó, mientras seguía riéndose. Se limpió las lágrimas y se acercó a ella, tendiéndole los brazos. - Perdona, perdona, es verdad, es muy desagradable. - Dijo poniendo los brazos en sus hombros en un amago de abrazo, pero le dio la risa otra vez nada más verle la cara mojada y de malas pulgas a la chica. - Vale, vale, ya paro. - Respiró hondo para intentar contener el ataque de risa y la apuntó con la varita, pero no hizo nada. - Estás muy mona mojada. - Se volvió a reír, pero solo un segundo. Valoraba demasiado su vida como para seguir burlándose de Alice así. Con un movimiento de varita, conjuró un chorro de aire caliente con el que pudo secar a la chica. - Ea, ya no coges una pulmonía. - Dijo cuando ya estaba seca, acercándose a ella y colocando una mano en su barbilla. - Fíjate por donde, este prefecto aburrido te ha vuelto a salvar de esas. - Como aquel día en el Lago Negro. Sí, ese día, el día que se dieron su primer beso. Ahí sí que le pilló desprevenido, más que en ninguna otra ocasión en sus siete años de amistad.

- Creo que el ganador oficial de este duelo se merece un premio. - Dijo hinchando el pecho, dirigiéndose al siguiente puesto. - Mira, a este sí jugaba de pequeño y se me daba bastante bien. - Se colocó ante el mostrador y miró una especie de piscina ante él, dentro del puesto, que aparentemente no tenía nada salvo otro títere con forma de mago pescando desde el borde. - Es un juego de percepción, hay que estar súper atento. - Se mojó los labios. Ya tenía la mirada puesta en la piscina. - Se supone que bajo ese agua hay diez caballitos de mar. Nueve son normales y uno es alado. Tienes que tirar de esta cuerda. - Dijo, señalando una cuerda a su lado. - Justo cuando creas que la caña del mago está pescando uno de los caballitos. Aunque parezca que no se ve nada, fíjate bien. ¿Ves? Hay como burbujitas. - Se mordió un poco el labio y entrecerró más los ojos. - Si no pescas nada, pierdes. Si pescas un caballito normal, te dan otra oportunidad, hasta un máximo de tres. Si pescas el caballito alado, te llevas un premio. - Había ido bajando poco a poco el tono de voz conforme hablaba, porque estaba ya demasiado concentrado en las pompitas. Se inclinó hacia delante, escudriñando el agua, y se pasó lo menos un minuto entero en silencio, solo mirando, concentrado. Hasta que de repente tiró de la cuerda.

El títere se movió, lanzando la caña hacia arriba, y de esta salió un caballito de mar que echó a volar por todo el puesto. - ¡Toma! Y a la primera. - Celebró con triunfo. Ah, le encantaba esa sensación de satisfacción. Se apoyó en el mostrador con chulería y miró a Alice con una ceja arqueada. - ¿Sigues pensando que tengo delirios de grandeza, o que soy grande y ya está? - Se giró hacia el tendero, que esperaba que le pidiera el premio que quería, y tras pensárselo un poco, vio el objeto perfecto. - Esa corona de ahí. - Pidió, señalando una corona de latón bastante bien conseguida, con joyitas incrustadas y todo. La tomó de sus manos con una sonrisa y dijo. - Todo buen emperador necesita una corona, ¿no? - Se giró hacia Alice y dio un paso hacia ella. - Es broma. - Se mojó los labios con una sonrisa y se la colocó a ella, despacio, y luego miró sus ojos. - Toda princesa debe tener una corona, ¿no? -
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Jue Feb 04, 2021 12:19 am

Escenas de Navidad (Parte II)
CON Marcus y mucha familia EN Casa de los O'Donnell Días del 1 al 6 de enero
En verdad le hacía mucha gracia el Marcus competitivo, porque a ella la competitividad le duraba exactamente el mismo tiempo que la adrenalina del momento, en cuanto se le pasaba, a otra cosa. Pero tampoco iba celebrar que el otro se metiera con ella inmisericordemente. Movió los hombros para quitarse sus manos y le miró con los labios fruncidos. En el fondo, por dentro, la había ganado con lo del recuerdo del Lago Negro ¿De verdad había pasado todo aquel tiempo desde que se besaran por primera vez? ¿Por qué nunca hablaban nada, por todos los dragones? Mas de tres años así y… En fin. Suspiró con impaciencia fingida cuando terminó, pero no pudo evitar poner una sonrisilla cuando le levantó la barbilla. Vaya, qué ganas tan tontas de besarle. Menos mal que se quitó de en medio él solo, si no, no se hubiera resistido a cruzar la distancia y besarle otra vez. – Iba a darte uno pero te has ido… – Dijo tentativamente y rozándole la mano al pasar hacia donde iba él.

Se acercó al nuevo juego y miró con curiosidad. – ¡Oh, qué bonito! – Dijo con ilusión infantil asomándose al agua. – ¿Dónde está? ¿Cómo lo sabes? – Preguntó, sintiéndose un poco la Alice de seis años, mirando el agua y moviendo los ojos a toda velocidad a ver si veía al caballito. Intentó echarse para atrás para dejarle espacio al experto, porque de repente era como algo personal que pillara al caballito. Juntó las manos entrelazadas y se las puso ante los labios, antentísima a lo que hacía Marcus, y sin poder parar de mover aunque fuera las piernas en anticipación. Cuando levantó la caña tuvo un segundo y medio de silencio tenso de no tener claro que había sacado, hasta que lo percibió y dio un saltito. – ¡Toma! ¡Que tío!¡Mira, mira las alitas! ¡A la primera! – Se rio mirando a Marcus. – Tienes destreza. Dejémoslo así. – Concedió con una risita, y se acercó a coger al bichillo.  – Aww… ¿No nos lo podemos quedar? – Pero Marcus ya estaba hablando con el tendero. Tuvo que reírse con lo de la corona, y ya iba a vacilarle, cuando se la puso a ella. Y allí se quedó, mirándole como una idiota integral, con los ojos brillantes como si le estuviera poniendo una joya de la Reina de Inglaterra. Tomó aire y se miró en un espejo que había justo en el puesto de al lado. – Ciertamente… Solo un emperador podría coronar a una princesa. – Se dio la vuelta con una gran sonrisa. – Debería ponerme en plan clásica Alice Gallia y decir “no soy una princesa y no necesito una corona de mentira”. Y es verdad, no la necesito, pero la quiero.

Y ya no pudo aguantarlo más. Tiró de la mano de Marcus hacia uno de los muérdagos y le atrajo hacia sí. – ¿Sabes por qué la gente se besa bajo el muérdago? Porque en los países escandinavos, las bolitas se usan en infusiones calmantes, así que si tienes el corazón acelerado, besarte bajo un muérdago te lo puede curar. Y aquí, en Inglaterra, las chicas que buscaban el amor se ponían bajo el muérdago a esperar a que pasara un chico a besarlas. Ese chico sería el adecuado para ellas. – Le pasó los brazos por el cuello, mirándole con una gran sonrisa. – Pero yo soy Alice Gallia, no sé esperar a que vengan a buscarme. – Y se puso de puntillas para unir sus labios con los de él. Pero llevaba ya dos besos reprimidos y no pudo evitar sumergirse en ese, rozando sus lenguas, cerrando los ojos y dejándose caer en sus brazos.

Estaba en un estado de felicidad difícil de describir, cuando de repente, demasiado cerca de ellos oyó. – Qué. Fuerte. Sean y Donna no me van a creer cuando lo cuente. – Abrió los ojos de golpe y se soltó de Marcus, girándose anonadada para ver a su amiga, abrigada hasta las cejas y cargada de paquetes. – ¿Hills? ¿Pero qué haces aquí? ¿Por qué no estás en Gales? – La chica soltó una carcajada. – ¿Y tú por qué estabas en la lengua de Marcus?¡Hillary! – Miró a ambos lados colorada. – ¿Qué? ¿No te da vergüenza morrearle en público pero sí que lo diga yo? – Se echó a reír. – Por cierto, hola O’Donnell, te veo de lujo. Qué bonito que tus amigos ni se molesten en abrazarte cuando te ven. – Eso la hizo reír un poco se acercó a rodearla con los brazos, ya que la chica iba tan cargada que no podía corresponderla. – Eres de lo que no hay.



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