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Escenas de Navidad (Parte II)
CON Alice y mucha familia EN Casa de los O'Donnell Días del 1 al 6 de enero
- ¡¡EL QUE QUIERA GOFRES QUE SE LEVANTE!! - Dio un bote en su sitio, y entonces sintió como si alguien le hubiera clavado un clavo ardiendo entre los dos ojos. - Vivi... Si tan solo gritaras... Un poquito menos... - No te molestaban anoche mis gritos, pelirroja. - ¡¡VIVI!! Au... - La propia Erin debió hacerse daño en la cabeza ante su exclamación, porque nada más lanzarla cerró con fuerza los ojos y se llevó los dedos a las sienes. Pero Violet no se daba por vencida, y entró por el salón como quien entra en una verbena, haciendo sonar una especie de campana que no sabía ni de dónde salía. - ¡SE ENFRÍAN LOS GOFRES DE MOLLY O'DONNELL Y ESO NO PUEDE SER! - ¿Se puede saber qué...? - Empezó su madre, apareciendo por allí de brazos cruzados. Pero la mujer rodó los ojos nada más llegar a la puerta del salón. - Oh, por Dios, qué escena... - Suspiró con un toque de desprecio, negando con la cabeza hacia otra parte. Violet se giró hacia ella y se empezó a reír con descaro. - Buenos días, Prefecta Horner. Echaba de menos que acudiera usted en camisón a una de mis llamadas. - Emma automáticamente se cerró la bata en torno a sí con dignidad pero con apremio. La cara de su madre era hielo puro. Tras ella apareció un tambaleante y somnoliento Arnold frotándose un ojo. - Buenos días. - Saludó, totalmente ajeno a que había allí dos personas a punto de achicharrarse a hechizos y otras cinco en proceso de despertarse.

Parecía que tenía el gramófono de anoche dentro de la cabeza. Había dado un respingo, como todos los presentes, ante el primer bramido de Violet, pero se había quedado apoyado con una mano en el respaldo y las rodillas aún en el sofá, solo habiendo separado el tronco de... Oh, Dios, que estaba encima de Alice. Rápidamente se sentó a un lado. El movimiento brusco le arrancó un gruñido de dolor, obligándole a cerrar los ojos y a taparse la cara con las manos. ¡Cuánta luz! Parecía que le estaban apuntando directamente con una varita. - Amigo, recuérdame por qué decidí dormirme en el suelo. - Dijo William quejumbroso, reapareciendo tras la montaña de cojines. Lex no paraba de mover el cuello de un lado a otro con una mueca de dolor. El que parecía resplandeciente era Dylan, que aunque bostezaba con sueño estaba claro que era el menos afectado del grupo. - La próxima vez que... Oh, vaya, Emma. Qué hogareña. - Ohj. - La mujer volvió a cerrarse la bata, pero ya girándose de nuevo hacia las escaleras. - Arnold, ocúpate de esto, por favor. - "Esto" se llama desayuno calentito cortesía de tu suegra. De nada. - Abrió los ojos con dificultad y vio a Violet zarandeando una bolsa en el aire, mietras con la otra mano sostenía su varita y... Ah, ahí estaba el ruido, un puñetero encantamiento de campana. Le estaba taladrando el cerebro.

- Pajarito, ayuda al trasnochado de tu padre a levantarse, por lo que más quieras. - Dijo William, a quien claramente le dolían todos los músculos del cuerpo por haberse dormido en el suelo. - Que algunos no hemos tenido la suerte de dormir tan cómodos. - Y le miró a él. Marcus ahí sí que abrió los ojos, apurado, y clavó la mirada en el suelo rojo como un tomate. - Te tenías estudiada la postura, ¿eh? Eso no es de hoy. - Va, William, deja al principito tranquilo. - Dijo su padre, adentrándose en el salón con no mejor cara que ellos y una risilla. Marcus lo miró con el ceño fruncido en el más absoluto desconcierto. ¿Qué? ¿Por qué le llamaba así? Dios, no se acordaba de la mitad de las cosas...
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Escenas de Navidad (Parte II)
CON Marcus y mucha familia EN Casa de los O'Donnell Días del 1 al 6 de enero

Entraron riendo mientras la tata les contaba cosas de La Provenza y la familia, pero nada más entrar, Dylan se quedó callado de golpe. Y Gal también lo notó. Su padre no estaba en el despacho, si no en el salón, muy serio, con las manos cruzadas sobre el regazo y mirando al suelo. – Vivi, llévate a Dylan a dar una vuelta. Tengo que hablar con Alice. – Casi que por única vez desde que tuviera memoria, ni su tía ni su hermano preguntaron nada. De la misma, se dieron la vuelta y salieron por la puerta. Aquello pintaba mal no, fatal.

¿Has tocado tú el jardín? – Preguntó sin levantarse del sofá, con los brazos cruzados y la cabeza gacha. La voz más grave de lo que le hubiera escuchado en años. Dejó el baúl en el suelo y le miró con el ceño fruncido. – Pues claro ¿Quién lo va a haber arreglado, papá? ¿Te crees que hay una banda de ladrones mágicos que te ordenan la casa o algo? Llámalos para que le echen un ojo a tu despacho. – Dijo terminando con una broma, aunque estaba un poco tensa y preocupada. Su padre tensó la mandíbula. – El jardín es de tu madre. – Ya. Ya sabía que por ahí iban a ir los tiros. Se cruzó de brazos y suspiró. – Papá, el jardín estaba hecho una jungla. Dylan me dijo que echaba de menos cómo estaba antes y yo vine y lo arreglé. Fin. – Su padre negó con la cabeza y frunció los labios, y Gal reconocía en esos gestos cómo estaba conteniendo la rabia. – Alice, ese jardín es de tu madre y ninguno podemos tocarlo. – Sabía que no tenía que contestarle, que no debería, pero no pudo evitar un suspiro ofendido. – No, papá. Ese jardín hay que cuidarlo, como todo. Lo haga yo, lo hagas tú o quien sea. Porque mamá, por mucho que nos duela, ya no puede. – Su padre se levantó de golpe y le miró de brazos cruzados. – ¡He dicho que es el jardín de tu madre! Si ella no lo puede tocar, nadie lo hará. Y punto. – Y se dirigió hacia el despacho.

Pero Gal estaba realmente ofendida y, sin descruzar los brazos ni moverse gritó. – ¡No! ¡No está! ¿Qué pasa? ¿Que como mamá murió todos tenemos que morirnos con ella? ¿Esperar a que el polvo y las malas hierbas nos consuman? ¡Estamos vivos, papá! ¡Dylan y yo! Y somos como ese jardín. Nos merecemos que nos cuides, aunque no esté mamá aquí. – Su padre se giró, apretando los puños. – Y no lo hago ¿no? – Ahí Gal tragó saliva y se quedó sin palabras. – Dilo, Alice. Díselo a tu padre y no a tu tía, o a los O’Donnell. Mírame y dime que no os cuido.¡No te cuidas ni a ti mismo! – Gritó sin pensar, presionada por el ritmo que estaba cogiendo la conversación. Dos lágrimas resbalaron por sus ojos. Su padre se quedó respirando agitado, soltando el aire por la nariz. – Tú no tienes ni idea del dolor. No lo conoces. No sabes lo que es luchar todos los días de tu vida por la persona que amas, desde que la conociste. Y perder la batalla. – Las lágrimas corrieron libremente por la cara de Gal y se tapó la boca para contener el llanto. Su padre se dejó caer de nuevo en el sofá, dejando la cabeza entre las manos. – No sé qué hacer sin ella. Voy a la deriva. No veo la solución, porque la solución era ella. – Gal se acercó a él y le agarró de brazo. – Papá… Sé que es muy duro… ¡No! ¡No lo sabes! Tú lo asumiste en seguida. Tú seguiste adelante, sigues todos los días. – Ella le miró dolida, con cara de niña pequeña a la que se le ha dicho algo que no estaba preparada para oír. – ¡Porque alguien tenía que hacerlo! No podía enterrarme en vida. Pero pienso en ella a todas horas. La necesito todos lo días, cada vez que me muero de miedo. Es por ella que quiero aprende a curar, papá. Estoy haciendo lo que ella me pidió. No dejarte solo, luchar por nuestra familia, nuestra casa, todo. – Su padre se echó a llorar en sus manos, sin cerrar el bloqueo. – Ni siquiera has ido a su tumba. – Ella tragó saliva, agobiada porque sabía que en parte tenía razón. – Sí he ido. Fui estas Navidades. – William se giró un momento, con los ojos anegados en lágrimas. – Las flores de almendro moradas… ¿Eran tuyas? – Se encogió de hombros, mirando al suelo. – De Marcus, en verdad. Vino conmigo. Pero sí, las hizo por mí ¿No te diste cuenta cuando las viste? Mamá plantó aquel almendro por mí. Y bueno… Marcus las hizo moradas por ella. – Su padre se pasó las manos pro la cara, sollozando de nuevo.

No. No me di cuenta. – Resopló. – Ella me odiaría ahora mismo. Os he hecho infelices ¿verdad? Os he descuidado. Casi nos quitan a Dylan… Y tú me odias. – Gal tiró de los brazos de su padre, arrodillándose ante él y obligándola a mirarla. – Mírame, papá. Yo no te odio. Eres mi padre y te quiero con mi vida. – William seguía llorando. – Y me hubieras hechizado arriesgándote a que te echaran de Hogwarts aquel día del verano. Y lo peor es que no sé ni lo que hice… Y eso me aterra.



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Escenas de Navidad (Parte II)
CON Alice y mucha familia EN Casa de los O'Donnell Días del 1 al 6 de enero
Estaba apoyado en el quicio de la puerta, mirándola. Su madre volvía a estar de espaldas, de nuevo arreglando sus varitas. Podía pasarse horas así. Había llegado a la puerta y, al verla de espaldas y concentrada, simplemente se había apoyado allí en silencio. Hacía casi dos semanas de que tuvieran allí mismo una conversación nada agradable, y aunque la tensión se había aliviado, no había dejado de darle vueltas. Y no podía volver a Hogwarts sin hablar con ella, los dos solos. Pero al llegar allí… Simplemente no sabía cómo abordar aquello.

- Ojalá de pequeño te hubieras quedado tan calladito mirando alguna vez. - Marcus se quedó un tanto atónito. Su madre ni siquiera se había girado y, sin embargo, sabía que estaba allí, cuando él juraría no haber dado ni un ruido. No dijo nada ni ella se giró, solo se quedó unos segundos más en su sitio frunciendo los labios y moviéndolos, pensativo. Tras unos minutos, su madre se giró, con una de sus varitas en sus manos. - ¿Puedes probarla? - Marcus alzó la mirada, saliendo de sus pensamientos. Su madre le miró. - Es de ébano negro, como la tuya. - El chico asintió y se acercó, tomando la varita en sus manos. - Está bien, es ligera. - Fue a devolvérsela a su madre pero esta le estaba mirando con su tranquila sonrisa habitual y la cabeza ladeada. Hizo una leve pausa y, con serenidad, dijo. - Prueba un hechizo. - Ah. - Era la primera vez que tomaba una varita que no era la suya, así que estaba un poco nervioso. Su madre debió detectarlo. - Uno cualquiera. Ese que has estado practicando este verano, por ejemplo. - Marcus la estaba mirando de reojo con la varita alzada, no sabía por qué pero se sentía ligeramente evaluado, más que en cualquier clase. Pero, ¡qué tontería! Era su madre. Solo quería que probara esa varita porque era de la misma madera que la suya. Se mojó los labios y se apuntó a la palma de la mano. ¡Orchideous! De su varita salió un ramo de flores… Azules. Había estado practicando ese hechizo para Poppy todo el verano, hasta el punto de obsesionarse y llegar a dominarlo por completo. De hecho, lo había puesto en práctica en alguna que otra ocasión esa misma navidad… Pero, cuando no pensaba en algo concreto, cuando lo lanzaba simplemente por defecto… las flores siempre le salían azules. Además, se había puesto tan irracionalmente tenso que parecía haber desaprendido lo aprendido.

Echó un poco de aire por la boca, frunció una sonrisa tensa que trataba de tapar que el hechizo parecía haber vuelto a salir como él quería y no como si lo tuviera dominado y dejó las flores a un lado, devolviéndole a su madre la varita. Está bien. Ya veo. Dijo esta con calma y una sonrisa, tomando la varita con delicadeza entre sus dedos y dejándola en su estuche. Marcus se guardó las manos en los bolsillos y se quedó cabizbajo. Su madre le miró, manteniendo ese silencio por unos instantes. Cuando la razón tambalea, habla el corazón. La mujer se acercó a su hijo y le acarició el rostro, y este levantó la cabeza. Olvidemos esa conversación, ¿vale? Reconozco que no estuve muy acertada. La mujer sonrió y volvió a sus varitas, aunque esta vez se puso a cerrar los estuches para apilarlos y llevarlos al mueble. Marcus se había quedado en silencio.

Tomó aire, mirando a un punto indefinido del suelo. Lo que había tratado por todos los medios de no decirse a sí mismo constantemente, lo que no había llegado a decir tan directamente a su padre en esa conversación que tuvieron, ni por supuesto a la propia Alice, iba a decirlo allí, delante de su madre, la persona que más le imponía del mundo. La persona de la que menos podía predecir una reacción. Nada más esta se volvió, alzó la mirada y la cruzó con la de ella. La mujer parecía estar esperando a que su hijo arrancara a hablar, con las manos cruzadas delante del regazo. Así que no se demoró más. - Estoy enamorado de ella. - Dijo, sin más rodeos, aunque con la voz insegura. No porque no estuviera seguro de lo que decía, sino porque sentía que estaba lanzando una bomba donde no debía. Pero su madre solo sonrió con ternura y se quedó donde estaba.

No sabía qué era peor, si sus palabras o su silencio. Tragó saliva y bajó la cabeza, negando un poco y dejando escapar una risa amarga. - Pero no tienes de qué preocuparte. Porque ni siquiera sé si… Es decir. - Tragó saliva y sacudió un poco la cabeza, algo incómodo. - Aún estoy pensando qué hacer. Y en el caso de que empecemos a salir… Bueno, creo que no va a durar. - Se mordió un poco el labio, con la mirada clavada en el suelo. - Durará… Lo que tenga que durar… Si es que ella llega a aceptar. Así que… - Se encogió de hombros, sin levantar la cabeza y llevándose de nuevo las manos a los bolsillos. Pues ya estaba… Ya estaba dicho.
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Lun Feb 08, 2021 4:57 pm

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Gal tragó saliva. Se arrepentía terriblemente de haberle apuntado con la varita a su padre aquel día. Ella ni si quiera sabía atacar bien, y no quería hacerle nada a su padre solo que… – Me asusté, papá. Y no sabes cuánto me arrepiento. Solo fue un acto reflejo porque estabas fuera de ti, porque entonces no entendía… Que me llamaras como mamá. – Su padre la miró a los ojos con pesar. – Alice, te juro que cuando te miro te veo a ti. Te lo juro. – Ella negó con la cabeza. – No, papá. Eso no es cierto. A veces ves a mamá. Y… En parte, lo entiendo. He visto las fotos, me veo todos los días en el espejo… – Su padre negó con la cabeza. – Te juro que no recuerdo cuando te llamo así. Son como lapsos. – Gal asintió con la cabeza y soltó aire. – Lo sé… Y tenemos que arreglarlo. Pero hay que hacerlo paso a paso. Y el primer paso es que dejes de vivir en el caos. Sé que mamá te ayudaba mucho con eso… Pero tienes que dejar de vivir en una casa fantasma. Ocúpate de esto, del jardín, que cuando vengamos en vacaciones esté la casa como antes, que a Dylan le vas a hacer feliz. – Miró hacia arriba de las escaleras. – Guarda los vestidos de mamá, y vuelve a dormir en la cama. – Su padre aumentó el llanto. – Es que si duermo en la cama… Cuando me despierto siempre tardo un rato en acordarme por qué no está. Pienso que se ha levantado antes, que bajaré y la encontraré en la cocina o que saldrá de la ducha. Y cuando me doy cuenta de que no… Es como perderla una y otra vez. – Gal se abrazó a su padre y lloraron los dos, así, abrazados un rato.

Cuando se separaron, su padre le acarició la mejilla. – El amor es una cosa preciosa y complicada ¿Verdad? – Ella puso una sonrisa ladeada y se encogió de un hombro. – Eso parece. – Su padre se rio, limpiándose las lágrimas. – No intentes engañarme, Alice Gallia. Conozco a mi hija, aunque esté así… Y conozco a mi favorito. – Ella rio también y puso los ojos en blanco. – Por supuesto. – William alzó las cejas. – Eh, que por muy favorito que sea, tú eres mi niña. Aunque no sepa actuar de padre, la verdad. – Ella volvió a reírse y se apoyó con el brazo en su rodilla. – Él te lo va a agradecer. Ya tiene a sus padres para ponerse en modo controlador. Nosotros somos Gallia, somos un desastre. – Su padre volvió a acariciarla. – Tú no. Tú estás haciéndolo todo bien. Tú eres la que va a romper el ciclo. – Ladeó la cabeza a un lado y otro. – Bueno, menos por ese pobre diablo de Jean. Vino dos o tres días a casa con tu prima Jackie, yo creo que intentando verte el pelo, o preguntar por ti. – Gal se levantó y miró a su padre sorprendida. – ¿De veras? – Y por un momento pensó “¿Y no sería más fácil escribirme?” Pero entonces cayó en que había ignorado al menos dos tercios de las cartas que le mandaba los primeros meses. Por no hablar del verano, en el que pasó a ignorarlas todas. Y justo acababa de cumplirse un año desde que estuvo con él, pero la verdad, ni se había parado a acordarse del tema. – Ya… Es posible que haya pasado un poco de él… – Su padre se rio y la miró astutamente. – El chico no tenía ni una oportunidad ¿Eh? – Gal se rio y dejó caer los párpados, pero al final negó con la cabeza. – No, la verdad es que no. – Su padre se encogió de hombros. – ¿Puedo llamar ya yerno al favorito, entonces? – Ella se encogió de hombros y alzó las manos, pero sin perder la sonrisa. – Ya veremos.Pero tú le amas. – Ella asintió con la cabeza. William se rio y juntó las palmas de las manos. – Menos mal. Estaría bueno que después de tantos años al final te lo pensaras. El amor es complicado, Alice, y a la vez, es facilísimo. – Ella recogió las rodillas y se las abrazó, apoyando la barbilla, como hacía Marcus. – Hubo un día, en Hogwarts, hace un par de meses – empezó a relatar, no sabía ni por qué – , que salí a buscarlo. Para decirle que le amaba. Que nada me importaba, que quería estar con él.¿Y? Y no le encontré. Me lo tomé como una señal. Llegué a clase de Alquimia y ya estaba ahí, como si nada. ¿Y por qué no te lo tomaste como que estabas en un castillo enorme con miles de alumnos, decenas de pisos y centenares de estancias distintas y que eso no influye en el hecho de que debáis estar juntos? – Tuvo que reírse. Sí, era la misma sinceridad que su hermano, la reducción al absurdo, pero agriado por los años y las desgracias.


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Lun Feb 08, 2021 5:24 pm

Escenas de Navidad (Parte II)
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Cuando se animó a levantar la cabeza se encontró con que su madre seguía mirándole con una sonrisa tierna. No entendía muy bien por qué, porque normalmente le ponía esa cara cuando iba a decirle que se estaba equivocando pero que le parecía muy tierno. Y ni creía estar equivocándose, ni creía estar diciendo nada adorable. Su madre no podía no saber el dolor que le producía decir eso. Cuando se hartó del silencio, frunció un poco el ceño y se encogió de hombros, como si quisiera que su madre le dijera de una vez en qué estaba pensando. Necesitaba que dijera algo, lo que fuera, pero le estaba irritando ya tanto silencio.

Y, con su tranquilidad habitual, finalmente habló. - ¿Por qué no? - Alzó la mirada levemente sorprendido. Eso sí que no se lo esperaba. - Pues… - Volvió a bajar la mirada y se encogió de hombros. - No queremos lo mismo. - Su madre soltó una breve y suave risa suspirada y el chico volvió a mirarla extrañado. - Ninguno de los dos sabéis lo que queréis. - Ya. - Dijo con una carcajada sarcástica, mirando hacia arriba y soltando aire pesadamente. Tardaba ya en salir una demostración de su madre de lo lista que era ella y lo poco que sabían los demás.

La mujer se acercó hacia él con elegancia, sin quitar las manos cruzadas ante su regazo ni su sonrisa tranquila, pero Marcus ya estaba un tanto más reticente. - No me has entendido. - Se puso a su lado, y el chico la miró de soslayo. - Creéis que sabéis lo que queréis, pero no os habéis dado cuenta de que serías capaces de tirar por la borda eso que supuestamente queréis por preservar lo que queréis de verdad. - Se quedó mirándola con el ceño levemente fruncido. - No… Sé si lo he entendido bien. - Su madre ladeó un poco más la cabeza, con una sonrisa tierna. - ¿Recuerdas lo que te decía de pequeño cuando te frustrabas porque no entendías algo? - Frunció los labios y bajó un tanto la cabeza. - “No tengas prisa por entender las cosas. Todo llega.” - Su madre sonrió con satisfacción. Vale, no iba a entender eso ese día, era lo que quería decir… Pues genial para su estado…

- Ven. Siéntate aquí conmigo. - Su madre le recondujo hasta las dos sillas que tenía frente a su escritorio y, tras sentarse, suspiró y le miró, de nuevo sonriente. - Que pequeño eras hace nada y qué pronto has crecido. - Rio un poco y negó con la cabeza. - No empecemos, mamá… - ¿Qué pasa? ¿No puede una madre ponerse nostálgica? - Preguntó acariciándole de nuevo, con una risita. Eso hizo que él se riera un poco también, con suavidad. - Han… Estado bien las Navidades, ¿verdad? ¿Te han gustado? - Apenas se le notaba que necesitaba desesperadamente la aprobación de su madre, y Emma lo sabía. Le acarició los rizos, sin dejar de mirarle como llevaba haciéndolo un rato, como si siguiera siendo su niño pequeño. - Han sido estupendas. Todo lo que haces es bonito. - ¿De verdad? - Preguntó entre ilusionado y aliviado. Así parecía de verdad un niño pequeño. - Claro. ¿Y a ti? ¿Te han gustado? - Las mejores de mi vida. - La mujer soltó una risita. - Me lo imaginaba. - Al menos el ambiente estaba mucho más relajado. Eso le hizo respirar con alivio.

Pero no iba a tardar en volver a lo de antes, claro que no. - Ya lo sabía, Marcus. - Y no, no se refería a su opinión sobre la Navidad. El chico la miró un tanto extrañado. - ¿Te lo ha dicho papá? - La mujer rio no sin cierta superioridad. - ¿Crees que me hace falta? - Obviamente no - Pues no sé cómo lo sabías, porque yo me he dado cuenta hace poco. - Tú, Marcus. No yo. - El chico arqueó las cejas.  - Me vas a decir que lo sabes porque eres mi madre o algo así, ¿no? - No, cariño. Lo sé porque eres igual que tu padre: incapaz de disimular. - Vaya. - Ladeó la cabeza, recibiendo el golpe. - Tu arrolladora sinceridad nunca defrauda. - La mujer se echó a reír con su elegancia característica y el chico no pudo evitar reír con ella.

Apoyó la cabeza en el hombro de su madre y esta le acarició los rizos, dejando un beso en estos y permaneciendo los dos en silencio unos instantes. Tomó aire y lo dejó escapar. - No pareces alguien que haya pasado las mejores navidades de su vida. - Frunció los labios, sin moverse del sitio. - Sé que… No van a ser siempre así. - Es verdad. Ninguna Navidad es igual que la anterior. - Marcus rodó los ojos, dejando escapar el aire. - Ya sabes a lo que me refiero, mamá. - La mujer le movió para poder mirarle a los ojos. - Marcus. El amor, como la magia, es hermoso y poderoso. Pero peligroso si se nos desborda, si no podemos gestionarlo. Si dejamos que nos domine. - Marcus la miraba con un toque de tristeza. - Los Gallia han vivido mucho con eso. - El chico negó con la cabeza. - Alice no es así. - Alice es demasiado buena para lo que le ha tocado vivir. - La miró directamente. No esperaba esa respuesta. - Sinceramente… No sé cómo habría sido yo en su vida. O como hubieras sido tú. - Se giró hacia su hijo y continuó, acariciando su brazo. - Somos personas muy afortunadas, Marcus. Hemos tenido una vida fácil y feliz, y eso a veces nos vuelve egoístas. O nos hace pensar que todo seguirá siendo siempre así, o que la vida es un camino en línea recta… No es así. A mí también me gusta controlarlo todo, en eso has salido a mí. Solo que yo ya he asumido que no se puede, y aun así… Lo sigo intentando. - Se inclinó un poco hacia él y le dijo con tono suave. - Solo quiero que seas feliz. Siempre. - Marcus frunció una sonrisa. Lo sabía. Sabía que lo único que su madre quería era verle feliz. - Con ella lo soy. - La mujer frunció una sonrisa. - Lo sé. - Eso le provocó un violento latido. Su madre… Lo sabía. Lo había estado viendo durante esas dos semanas que habían vivido todos bajo el mismo techo.

- Y… - Marcus, sé que no soy la más indicada para decir esto porque no suelo ponerlo en práctica, pero déjate llevar un poco. - La mujer suspiró. - Estás pendiente de analizar tus propios sentimientos hasta la saciedad, de adivinar los de Alice y de que a tu padre y a mí nos parezcan bien. Relájate. - Marcus asintió lentamente, esbozando una sonrisa un tanto más aliviada. La mujer dejó un beso en su mejilla y el chico no lo pudo evitar, se abrazó a ella con fuerza. La oyó suspirar de nuevo. - Mi niño… No sabes cuánto te quiero. - Yo también te quiero, mamá. - Se separó y se quedaron mirándose con una sonrisa. Necesitaba eso, necesitaba esa conversación. Necesitaba… Irse tranquilo.

Pero su madre también necesitaba algo: dar su punto y final. - Eso sí, la próxima vez que tengas pensado dejarte llevar… Procura que yo no me entere. - Tragó saliva y bajó la cabeza, claramente ruborizado. - Entendido. - Porque Emma O’Donnell siempre, en el fondo, tenía que mostrar que seguía siendo Emma Horner.
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Lun Feb 08, 2021 7:15 pm

Escenas de Navidad (Parte II)
CON Marcus y mucha familia EN Casa de los O'Donnell Días del 1 al 6 de enero

Pues no lo sé, papi. Porque… Me desinflé, porque no fui capaz de decirle lo que siento y… – Se mordió los labios por dentro y tragó saliva. – Una vez oí a mamá y a la tata hablar de cuando se vino a Inglaterra. Yo era muy pequeña, no entendía bien, pero… No se me va a olvidar nunca que la tata le preguntó que si no había tenido miedo cuando vino. Y ella le respondió que no, que siempre confió en ti. – Las lágrimas acudieron a sus ojos. – Y yo ni si quiera tengo que confiar en Marcus para algo tan grave, y no soy capaz de confesarle que le quiero. Desde que tenía catorce años y estaba perdida, y sola, y triste… Y solo podía pensar en él… – Se limpió rápidamente las lágrimas. – Tengo miedo de que me diga que no, que no estamos hechos para estar juntos y entonces perderle en todos los sentidos… – Su padre ni se había movido, ni había cambiado su expresión pensativa.

Tu madre me dejó. – Gal levantó la cabeza y le miró con el ceño fruncido. – En Nueva York. Cuando terminé el trabajo y me dijeron que me quedaba menos de un mes allí. Cuando tuvimos que mirar cara a cara a todo lo que teníamos que afrontar si queríamos estar juntos. Y aún no sabíamos que te íbamos a tener a ti, y ya parecía difícil solo con lo que teníamos encima. – Se encogió de hombros con expresión indulgente. – Así que tu madre vino a Brooklyn, un domingo, que claro, no nos habíamos visto en el MACUSA, así, de la nada, y me dijo que teníamos que olvidarnos el uno del otro. Que había sido bonito pero que no podía pedirme que aceptara todos los problemas que venían con ella y los Van Der Luyden. – Ella tragó saliva. Era imposible que su padre supiera que ella se había sentido exactamente igual con respecto a Marcus y los Gallia, porque no se lo había dicho a nadie más que a Hillary, ni siquiera a su tía Violet. – Y yo me quedé ahí, como un pasmarote. Al principio me negué, claro, pero ella venía tan segura… Que solo pude sentarme en la cama y llorar… Y entonces pensé que tenía que salir corriendo detrás de ella, detenerla, reaccionar. – Se hizo un silencio. Parecía que no conocía el final feliz de esa historia y necesitaba que su padre se lo contara con pelos y señales. – Y cuando llegué a la calle, vi a tu madre corriendo de vuelta hacia mí. No llegó ni a entrar en la parada del metro antes de arrepentirse. – Los ojos de Gal se anegaron en lágrimas. – Ahí decidimos que estaríamos juntos contra viento y marea, pasara lo que pasase. Solo habíamos probado la devastación de estar separados por unos minutos, pero fue suficiente para darnos cuenta de que nos necesitábamos, independientemente de lo difícil que fuera la vida. – William se inclinó y tomó una de sus manos. – Tu madre sí tuvo miedo. El suficiente como para venir y renunciar a mí. Aunque luego se arrepintiera. Y yo también lo tuve. Tanto que simplemente me quedé llorando, en vez de salir corriendo detrás de ella en el momento. – Le acarició el pelo. – Todos hemos tenido miedo, Alice. Eso no significa nada, solo que eres humana. Y no puedes intentar querer estar por encima de la situación siempre, hija. – Trató de detener sus lágrimas y asintió con la cabeza.

Ya podrías haberte dejado ese recuerdo fuera, igual me habría echado una manita en las Navidades. – William rio secamente. – Procuraré que la próxima vez que quieras espiar la cabeza de tu padre, te deje algún recuerdo especialmente productivo. – Se quedaron en silencio unos segundos, mientras Gal se limpiaba las lágrimas. – De todas formas… ¿De verdad no te dijo nada el recuerdo de cuando erais pequeños? – Gal se encogió de hombros. – Solo que los Van Der Luyden llevan siendo unos cerdos toda la vida. – Su padre se rio por lo bajo con ese comentario. – Me refería a lo que había antes de eso. – Ella asintió lentamente con la cabeza. – Que llevo toda la vida queriendo a Marcus. – William alzó la ceja. – Y él a ti. – Ella se encogió de hombros también. – Solo sabía enfadarse conmigo porque le tiraba los bloques. – Ambos se rieron al recordarlo. – Yo no veía eso, pajarito. No lo veía entonces, no lo he visto todos estos años cuando te seguía como un loco allá donde fueras, cuando te miraba de reojo en La Provenza o cuando le brillaban los ojos el otro día en el taller de Lawrence… Hija, tienes miedo y es normal, pero no te hagas la ciega o la tonta, tú siempre has mirado las cosas a la cara. Vive tu vida, eso también se lo prometiste a tu madre antes de morir. – Ella rio brevemente. – La tata me dijo lo mismo.Pues hazlo ¿Qué más necesitas? – Ella encogió un hombro y puso una sonrisa triste. “Saber que soy mejor partido que Poppy, que no voy a defraudarle. Que toda esta maldición que arrastramos desde aquellos días vuestros en Nueva York no nos va a comer.” – No sé. Cuando lo sepa, lo buscaré. – Su padre asintió. – Una mujer con un plan ¿Eh? – Se rio, porque le gustaba la faceta de su padre lúcido y dando consejos. – Algo así.Eso ya ha sonado más Gallia. – Ambos se rieron y ella se levantó. – Voy a subir a ducharme y a cambiarme y hago la cena para los cuatro.

Se estaba alejando, cuando su padre le dijo. – Alice. Dos cosas. – Se giró. – Una. Cuando estuviste aquí con Marcus y entrasteis al pensadero… ¿Hablaste con… – Ella hinchó los pulmones de aire. – Habló ella, más bien. – William tragó saliva. – Gracias. Por no ignorarla. Sabes que es importante para mí.Prefiero evitarlo. – Dijo en tono neutro, para no empezar otra pelea con su padre. Él asintió en silencio. – ¿Y la segunda? – William pareció pensárselo y, finalmente dijo. – Os cargastéis la cama ¿Verdad? – Había puesto una sonrisilla traviesa de niño chico. Gal se tuvo que reír un poco. – No estábamos haciendo lo que tú crees. Estábamos buscando un vestido para mí. – Su padre levantó las manos en son de paz. – No, no, si no digo nada. Pero os he preparado a ti y a tu tía mi cama, al menos hasta que te compre otra nueva, porque eso no creo que aguante ni una noche. Tu Reparo fue un poco cutre. En qué tendrías la cabeza... – Gal se rio un poquito más y dijo. – Está bien. – No las tenía todas consigo de dormir en la cama de su madre, pero no iba a darle más la lata a su padre. Entró en la habitación, comprobando que había guardado todos los vestidos y vio una nota en el lado en el que solía dormir su madre. “Vas a estar preciosa con el vestido azul. A ella le hubiera encantado” Y sus ojos se anegaron en lágrimas una vez más, pero esta vez de ternura.

Merci Prouvaire!


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Lun Feb 08, 2021 8:23 pm

Escenas de Navidad (Parte II)
CON Alice y mucha familia EN Casa de los O'Donnell Días del 1 al 6 de enero
Cenaron los cuatro juntos, la última cena antes de que Lex y él volvieran a Hogwarts. Se habían pasado toda la comida charlando, comentando anécdotas de la Navidad (al menos dejaron de lado las que avergonzaban a Marcus, que ya habían tenido bastante de eso) y los planes que tenían para los próximos meses en el castillo. Hablaron un poco de todo, del trabajo de mamá, del de papá, de la temporada de quidditch de Lex y de los EXTASIS, que traían a Marcus de cabeza, pero en vez de agobiarse se dedicó a ilustrar a todos los presentes con su maravillosa planificación de estudio que pensaba seguir a rajatabla empezando por mañana mismo. La conversación se prolongó hasta un buen rato después del postre, y se les hizo bastante tarde charlando. Tenían que aprovechar, porque el tren salía al día siguiente a medio día y ya no volverían a verse hasta Pascua. Pero ya sí, había llegado la hora de acostarse.

- ¿Lo tienes todo listo? - Lex le miró con una ceja arqueada, en el marco de la puerta de su habitación. - ¿Ya estamos? ¿Ni a mañana esperas? - Marcus se encogió de hombros. - No viene mal hacer varios repasos mentales. - Lex suspiró. Antes de que Marcus se girara, le preguntó. - Apuesto a que es el año que menos ganas tenías de volver al castillo. - Marcus hizo una mueca pensativa, esbozando después una sonrisa de lado y mirándole. - Apuesto a que es el año que más ganas tienes tú de volver. - El otro rio con suavidad. - Touché. - No era habitual ver a Lex de tan buen humor, y eso le gustaba. Sonrió, pero no se fue. Conocía a su hermano, sabía que tenía ganas de hablar. Más o menos, lo que eran para él ganas de hablar. Así que se quedó allí, en silencio, esperando a que arrancara. - Han estado bien las fiestas. - Marcus asintió. - Han estado muy bien. - Se quedó mirando a su hermano, mientras este miraba al suelo, ambos con una sonrisita. Lex volvió a hablar segundos después. - No tienes tan mal gusto como yo creía. - Marcus rodó los ojos. - Para, que me vas a hacer llorar. - Era un cumplido, idiota. - Marcus rio con suavidad. - Lo sé. Solo te estaba picando. - Se mojó los labios y, tras mirar a su hermano un par de segundos, dijo. - Gracias. - Lex le miró con el ceño fruncido. - ¿Por qué? - Marcus sacó un poco el labio inferior y se encogió de hombros. - No sé. Solo... Gracias. - Y ahí es cuando Lex le decía "qué rarito eres", "no hay quien te entienda" o "¿es que sigues drogado todavía?", pero... No lo hizo. En su lugar, vio como bajaba la mirada con un toque... ¿Culpable? Marcus frunció el ceño extrañado, viendo como Lex tragaba saliva y ponía esa mala cara que ponía cuando algo le dolía emocionalmente y no lo sabía expresar.

Le buscó la mirada a su hermano desde su posición, confuso. Pero Lex se animó a hablar antes de que pudiera preguntarle. - ¿Crees que el año que viene... Estaremos... Los mismos, o... Quizás alguno más... ? - Siguió con expresión extrañada, porque no entendía muy bien la pregunta... Hasta que la entendió. - Oh. - Claro. Lo de "los mismos" iba por Alice, obviamente. Lo de "alguno más", por Darren. Había que hacer muchos cálculos mentales para captar los mensajes velados de Lex, pero Marcus lo conocía lo suficiente. - Por la cuenta que me trae, espero que mínimo los mismos. - Dijo entre risas, medio en broma, aunque con cierta inseguridad. Se mojó un poco el labio. - Si lo somos, si somos los mismos... Bueno, y si no lo somos también, porque en fin, ni que fuera culpa tuya... - Lex seguía con la mirada clavada en el suelo. ¿Por qué le daba la sensación de que ocultaba algo? Bueno, tampoco es que tuviera mucho conocimiento de la faceta enamorada de Lex, quizás esa era su cara. - Te prometo que haré lo posible porque seamos más. - Su hermano le miró, apenas un par de segundos. Y luego bajó la mirada, asintiendo. - Buenas noches. - Y hasta ahí le llegaba la cuerda para hablar. Marcus sonrió con un toque resignado y se despidió. - Buenas noches, Lex. -

Comprobó una vez más todo lo de su baúl, para no variar su ritual habitual, se puso el pijama y se tumbó en la cama, con las manos detrás de la cabeza. Desde allí podía ver la corona de latón sobre su equipaje. Y, por supuesto, el cielo de la Provenza sobre su cabeza. Pero no estaba en total paz y armonía porque alguien no dejaba de hacer ruido. Suspiró. - Ya están guardadas las chuches, Elio. Mañana te doy. - Pero seguía piando. - Te vas a empachar. - Ni siquiera le miraba mientras hablaba, porque estaba demasiado centrado en su cielo lleno de estrellas. Pero no iba a ser posible un minutito de relax antes de dormir porque Elio tenía ganas de llamar la atención. Revoloteó y se le posó en el estómago. Marcus lanzó una queja. - Estoy cansado, Elio, no me hagas levantarme ahora a revolver entre las cosas. - La lechuza salió volando y se colocó la lado del baúl, dando un par de picotazos en el compartimento exterior. Marcus rodó los ojos con un suspiro. - Eres muy listillo, tú. - Básicamente le había ido a decir que no tenía que rebuscar nada porque Marcus siempre guardaba las chuches en un compartimento exterior. Malditas fueran sus rutinas y maldito su pájaro que se las sabía todas. Cogió la varita de la mesilla de noche y apuntó. - ¡Accio chuches! - El bolsillo se abrió y el paquetito salió volando hasta su mano, con Elio detrás. - Mira que eres cabezota... - Murmuró, abriendo el paquetito mientras la lechuza lo miraba. - Toma. Que sepas que como se me olviden aquí, va a ser culpa tuya. Y te vas a aguantar hasta que papá pueda enviarme más. Por avaricioso. - Dejó el paquetito y la varita en la mesilla de noche y volvió a su postura.

Escuchaba de fondo el picoteo de Elio sobre la chuchería, con un sonido monótono, mientras él miraba su cielo estrellado y le acariciaba el plumaje distraídamente. Se le estaban cerrando los ojos... Hasta que notó un tirón en la muñeca. Los abrió y frunció el ceño. - ¡Eh! ¡No me lo quites! - Dijo agarrándose la muñeca con la otra mano con infantil territorialidad. La lechuza había enganchado el pico en su lazo azul y ahora le estaba piando. Marcus soltó aire entre los dientes, parpadeando pesadamente. - Ay Elio, me muero de sueño, no estoy para conversaciones largas. Que el nocturno eres tú, no yo. - Y para ilustrar que se quería echar a dormir, se giró de un costado, dejando al animalito a su espalda y cerró los ojos... Eso sí, sin dejar de agarrarse la muñeca del lazo. Pero su lechuza aún no había terminado.

Abrió un solo ojo y le vio, delante de sus narices, mirándole con esa cara de estar esperando a que le dijera algo. - Dios, eres peor que Sean. - Suspiró, frotándose los ojos, y se puso boca arriba otra vez. - A ver, ¿qué quieres que te...? - Pero antes de reaccionar, la diminuta lechuza había dado un saltito y se había acurrucado cerca de su cuello. Marcus sonrió y volvió a acariciarle... Y al hacerlo, notó el picotazo en la muñeca una vez más. - Ya... - Suspiró. - ¿Me vas a decir que tú también lo sabías? - Elio no contestó, obviamente, solo se acurrucó más. - Ahora resulta que lo sabía todo el mundo menos nosotros dos... - Porque él había tardado bastante en darse cuenta, y con respecto a Alice... Estaba dando por hecho que no lo sabía. Prefería pensar que no lo sabía, que aún había una posibilidad de que la chica sintiera lo mismo y estuviera igual de perdida que él, sin saber lo que él sentía, y que cuando se lo dijera... Todo iría bien. La otra opción era pensar que no le quería y ya está. Y había una opción aún peor, que era que no le quisiera y, encima, supiera que él a ella sí y hubiera estado dándole cancha... No, Alice no haría eso, quería pensar que no era ese tipo de persona. Eso le volvía a llevar de nuevo a la conclusión de que todo el mundo sabía lo que él sentía, menos él mismo y Alice. Pues vaya con los dos Ravenclaw, el orgullo de su casa, vamos.

- ¿Y si me rechaza, Elio? - Murmuró, mirando las estrellas. Y el plano idílico para filosofar lo rompió su lechuza por completo dándole un picotazo en el cuello. - ¡Au! ¡Que duele! - Chistó, frotándose el lugar del ataque con una mano. - Pues tú has sido el que me ha sacado el tema, yo me iba a dormir. - Echó aire por la nariz... Y miró las estrellas. Ese día se dijeron tantas cosas, pasaron tantas cosas... Y en Nochebuena más aún... Siempre juntos. Somos el todo. - Reformulo la pregunta, a ver qué te parece. - Se mojó los labios, reacomodándose en su postura. - ¿Y si... Me acepta? - Vaya, eso sonaba considerablemente mejor, solo decirlo le había arrancado una sonrisa. Quizás era eso, quizás solo estaba igual de perdida que él y no tenía ni idea de lo que sentía por ella. Cabía esa posibilidad, ¿no? Se mordió un poco el labio con una sonrisa. - ¿Tú me ayudarías a preparar algo bonito? - La lechuza parecía solo contestar para mostrar su desacuerdo, así que interpretó la ausencia de respuesta como un sí. - Ya que he esperado tanto... - Llenó el pecho de aire y lo soltó poco a poco, mirando las estrellas. - Lo voy a hacer, Elio. Tengo que hacerlo. - Susurró, notando como los párpados le pesaban de nuevo. - Esto... ha sido una señal. Esta Navidad. Todo. - Cerró los ojos y, en un susurro más suave, añadió. - Entre hablar o morir... Elijo hablar. -          
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