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Lun 8 Feb 2021 - 20:20

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CON Marcus EN Mazmorras A LAS 16:00 del 20 de enero de 1996
Alice había vuelto con un propósito de Navidad: la alquimia. Les había hablado a sus padres de Marcus nada más volver, en modo machacón, y, por lo visto, papá era muy amigo del padre de Marcus y le había contado cosas de cuando eran jóvenes. Así había salido la palabra “alquimista” palabra que Alice no conocía. Y normal, la verdad. Porque desde que oyó la palabra no podía parar de pensar en otra cosa más que en esa disciplina que, si de verdad hacía las cosas que su padre decía, se iba a convertir en su disciplina favorita. Y encima le habían dicho que se daba en Hogwarts en el último año. Pero ya había tenido que ir el tonto de su primo André a decirle que en Beauxbuttons el ya la daba porque se da desde tercero. Ya para qué quería más.

Había vuelto al colegio con el firme propósito de ver, por lo menos, el laboratorio de alquimia de Hogwarts. Igual tocar un par de cositas. Igual, ya vería. De momento, estaba en una de sus clases favoritas, Pociones, y tenía a Marcus al lado. El niño había resultado ser un amigo genial, súper inteligente y, ciertamente, siempre muy bien informado sobre dónde estaba todo en el castillo, horarios y, sobretodo, lo que se podía hacer y lo que no. Alice opinaba que todo es interpretable, pero su gran amigo tendía demasiado a la rectitud, y a veces no era capaz de seguir su ritmo frenético. Por eso, hasta entonces, se había cortado bastante para lo que era ella de hacer travesuras e investigar. Cada vez que Marcus le decía “Alice, bájate de ahí” “Alice, no entres por esa puerta” “Alice esa es la sección prohibida, necesitas un permiso” (Hay que ver, una persona que el gustaban tanto los libros y era capaz de pasar de largo por la puerta de esa sección sin morirse por dentro pensando en TODO lo que se estaban perdiendo) ella le hacía caso.

Así que su nueva estrategia consistía en CONVENCER a Marcus de que lo que hacía era una buena idea. Y era bastante más difícil que hacerlo sin más, la verdad, pero ahí estaba, planeando su estrategia. Estaban ahí con los doce frasquitos de sangre de dragón y ella estaba terminando de organizarles sus fichitas a cada uno, todo con sus tintas de colores para distinguirlos y tener los apuntes bonitos. ¡Eh! Eso ponía de buen humor a Marcus. Empezaría por ahí. – ¿Ya los tienes todos? – Dijo estirando el cuello hacia su lado de la mesa. – Si quieres te dejo mis fichas, me han quedado súper ordenaditas, mira. – Dijo pasándoselas. Y le estaba costando disimular, no paraba de rebotar el pie en la silla y había empezado a enredar un dedo en uno de los bucles de sus coletas. Justo entonces, el profesor pasó revisando y les dijo que podían limpiar e irse ya. Era el momento perfecto, ya no tenían más clases esa tarde. Y ahora que lo pensaba, se le había olvidado comer, porque había ido a practicar una transformación que se le había atravesado y se le había volado la hora. Bueno, pero ya cenaría.

Estaban limpiando las cosas cuando se inclinó un poco hacia Marcus. – Te tengo que pedir un favor. – Puso ojitos de cordero degollado. – Tú sabes dónde está todo en este castillo… Y hay una cosa que me muero de ganas de ver. – Parpadeó con una sonrisita y bajó la voz. – El laboratorio de alquimia. – Se puso a secarse las manos y a devolver los objetos a su sitio. – Antes de que me digas que no, escúchame. Yo no sabía ni que la alquimia existía, me he enterado estas Navidades. Y mi padre me ha dicho que tu abuelo es alquimista. Tú has debido ver uno desde pequeño… – Caminó a su lado hacia la salida. – Oh, vamos, Marcus, por favor, nunca he visto un laboratorio de alquimia, y ha sido mi sueño desde que me contaron lo que era. Y el de aquí de Hogwarts no puede ser peligroso si está en el colegio ¿No? – Se mordió el labio inferior con pena. – Y encima de todo, mi primo André que va a Beauxbuttons, dice que ellos la dan desde tercero. Tan terrible no puede ser ir y mirar ¿No crees? Te prometo que solo quiero mirar. – Se vio interrumpida por el maullidito lastimero y chillón al que ya estaba acostumbrada. – ¡Oh, Condesita ¿Qué haces tú aquí? ¿Me estabas esperando? – Estaba justo frente a la puerta ddel aula, como una pelusa blanca de polvo, tan tembloncilla y asustadiza como siempre. La cogió entre sus manos y la puso en el bolsillo interior de su túnica, quedándosele la cabecita fuera. Volvió a mirar a Marcus, esperando el veredicto y esperando que, por una vez, quisiera seguirla.
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CON Alice EN Mazmorras Día 20 de enero de 1996 a las 16:00h
Embotellar ingredientes líquidos requería de mucha concentración, y precisión, y tranquilidad. Así que había respirado hondo y, uno a uno, había rellenado los doce frasquitos de sangre de dragón, con el ceño fruncido y sin derramar ni una gotita. Cuando Marcus se concentraba, se abstraía del mundo y se metía en una especie de pompa de concentración en la que nada le perturbaba. Cuando ya hubo terminado con el último, puso el tapón y los miró todos con una sonrisita satisfecha. En ese momento, Alice, que ya sabía que hablarle mientras estaba concentrado no merecía la pena, se dirigió a él. - Oh, qué bonitas. - Dijo sentándose de nuevo, porque se había puesto de pie para controlar mejor el líquido a embotellar. Se puso a mirarlas. - Se leen muy bien. Yo uso la tinta de colores por asignaturas. Todo lo de pociones lo tengo en verde. Pero este sistema está mejor. - Parpadeó un poco. - Aunque si hay demasiados colores me distraigo un poco... Creo que puedo encontrar un sistema intermedio. - Miró a la chica y sonrió. - Pero me gustan. - En ese momento llegó el profesor y les dijo que ya podían limpiar e irse. - Voy a limpiar, pero... - Señaló la mesa con orgullo. - Igualmente no he derramado ni una gotita. - Que no siempre lo conseguía. Estaba muy orgulloso de eso.

Estaba terminando de pasar el trapo por el borde de la mesa, sonriente, cuando Alice se inclinó hacia él. - Claro. - Contestó con naturalidad. Cuando le dijo que se moría de ganas por ver el laboratorio de alquimia, paró de limpiar, apoyado en la mesa, y la miró con ilusión. - ¡Yo también! ¿No es la asignatura que más ganas tienes de cursar? Porque yo me muero de ganas. Jo, y pensar que está justo al final del pasillo... - Ah, pero le estaba viendo la cara. Y esa cara no auguraba nada bueno, que ya la iba conociendo. Frunció un poquito el ceño. - ¿Te refieres... A ahora? - Sí, efectivamente, se refería a ahora. Marcus empezó a negar con la cabeza, reanudando la limpieza, mientras Alice argumentaba. No tenía nada que argumentarle. Era un no rotundo. Él, desde luego, no pensaba ir, si ella quería ir... ¡Pues tampoco! Que era muy peligroso.

Ah, pero le había mencionado a su abuelo. Se irguió con dignidad, mirándola simplemente de soslayo. - Lo es. - Dijo muy digno, con los párpados bajados, recogiendo. Sí, su abuelo era un gran alquimista, ¿y qué? El taller de su abuelo era un entorno muy controlado, y el hombre le había puesto un montón de normas para poder entrar que él cumplía a rajatabla. Seguía sin convencerle como argumento. Como ya había terminado de recoger, con la misma dignidad se dirigió a la salida, firme en su decisión, negando con la cabeza mientras la chica saltaba a su lado y daba más excusas. Se detuvo en la puerta y la miró incrédulo. - Discúlpame. - Dijo con voz repelente. - Yo llevo toda la vida queriendo ser alquimista como mi abuelo, y aun así, aquí estoy, esperando pacientemente a que llegue sexto para cursarla. ¿Y tú no puedes aguantar y solo la conoces desde hace menos de un mes? ¿Es "tu sueño"? - Apuntó, exagerando el tono y haciendo las comillas con los dedos en el aire. Rodó los ojos y se giró hacia la salida de nuevo. - No cuentes conmigo. -

Soltó una risa sarcástica. - Claro, como está en el colegio, no es peligroso. ¿Por qué no nos tiramos desde la Torre Ravenclaw? ¡Es una torre del colegio, no puede ser peligrosa! ¡Oh, ya sé! ¡Mejor volvamos al Lago Negro a buscar sirenas! ¡Están en el colegio, no pueden ser peligrosas! - Lo de que en Beauxbatons la daban desde tercero sí le picó un poquito el orgullo. Ah, claro, como en Francia había muchos alquimistas, sus estudiantes tenían derecho a cursarla desde antes. ¡Pues no era justo! Pero era lo que había y se tenía que aguantar. Iba tan centrado en dar argumentos de por qué era mala idea que casi pisa a la Condesa Olenska. Esa gata, se escurría por todas partes. No como su Elio, que siempre estaba tranquilito y sin molestar... Oh, mejor se callaba, porque de hecho, lo estaba viendo aparecer por el pasillo.

Pero con un buen motivo, seguro. - ¡Elio! ¿Qué me traes? - La pequeña lechuza se le apoyó en el hombro y él la recibió feliz, tomando la carta de su pico. - ¡Una carta de papá! - La abrió rápido, con una sonrisa radiante. - "Querido Marcus. ¿Qué tal la segunda semana después de las vacaciones? ¿Estás ya m...? msmsms" - Mejor eso solo lo murmuraba. ¡Vaya las luces de su padre! Preguntarle si había dejado de llorar ya. ¡Ni que fuera un crío! Vale, siempre le daba pena que se acabaran las Navidades y ese año más que nunca, echaba de menos a su familia... Pero tampoco había por qué ir gritándolo por ahí. - Ah, Alice, escucha esto. "Dice mamá que el otro día se acordó mucho de ti, porque le llegó a su despacho una varita como la tuya". - Puso una sonrisa radiante, pero no despegaba los ojos del pergamino. De mientras, seguía inconscientemente a Alice, dando por hecho que estaban volviendo de vuelta a su sala común. - "Dice que cada vez que haga un hechizo con ella, va a pensar en ti y seguro que le sale mucho más bonito". Jo... - Hizo una muequecita. No quería ponerse sentimental delante de la chica, eso no quedaba muy digno. Siguió leyendo. - "...y dale un saludo a Alice de nuestra parte. Te quiero, papá". ¿Has oído, Alice? Me manda saludos para t... - Y al levantar la mirada, lo vio. Se le borró la sonrisa, frunció el ceño con indignación y bajó los brazos. - ¡Alice! ¿Qué hacemos aquí? ¡Esto no es la sala común! - Claro que no era la sala común. El aula de pociones estaba en las mazmorras, y su sala en lo alto de la Torre Ravenclaw, y no había subido ni un solo escalón. La muy listilla se había aprovechado de que se le había escapado que el aula de Alquimia estaba al final del pasillo para conducirle hasta allí mientras estaba distraído. Bufó y se dio media vuelta. - Venga, vámonos. Aquí no podemos estar. -
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CON Marcus EN Mazmorras A LAS 16:00 del 20 de enero de 1996
Por un segundito, un luminoso momento, había creído que lo tenía convencido. Nada más lejos de la realidad. Pero, un momento ¿Había dicho que el laboratorio estaba al final del pasillo? Entonces era más fácil todavía. Irían allí, asomaría la cabecita, y se irían en un momento. Y ella pensando que tendrían que brujulear por el castillo.

Obviamente, Marcus no lo veía así. Y ya estaba con su orgullo de niño perfecto herido, metiéndose con ella. Alice suspiró y se cruzó de brazos. – Bueno, porque no todos tenemos la suerte de ser nietos de alquimistas. Solo lleva siendo mi sueño este tiempo porque no sabía que existía, eso no hace que me guste menos. – Replicó, picajosa. Cuando Marcus se ponía en modo “no se puede, esto está prohibido, es peligroso” a veces la ponía de los nervios, qué manera de no saber divertirse. Frunció los labios. – Eso que estás diciendo son tonterías para intentar invalidar un deseo que no hace mal a nadie, que es MIRAR. – Dijo haciendo mucho hincapié en la palabra. A ver, que no iba a transmutar nada ni nada. Solo mirar no podía ser tan peligroso. – No tiene nada que ver tirarse de una torre con entrar en un laboratorio. – Pero se guardó lo de las sirenas. Ya había iniciado negociaciones en su casa para que la enseñaran a nadar, y todo con el objetivo de ir a buscar algún día las sirenas del lago.

Pero mientras ella pensaba en todo aquello, Elio había llegado. – Hola, monada. – Saludó alegre, porque aquel bichillo siempre la ponía de buen humor. Marcus se concentró en la carta, y en principio, escuchó, pero de repente, el chico dejó de leer en voz alta y ella se encogió de hombros. Estaba muy concentrado, y eso podía jugar en su favor. Estaban súper cerca, podía guiarle sibilinamente y, una vez allí, simplemente mirar, como era su plan inicial. Oyó lo que decía de su madre y las varitas y coreó. – ¡Qué bien! – Mientras, iba paseando los ojos por las paredes, atenta a cualquier cartel o puerta que indicara que estaban cerca del laboratorio. Sonrió a los saludos del señor O’Donnell. – Qué amables tus padres. – Contestó con una sonrisa, justo cuando llegaban a la puerta del laboratorio de alquimia. Se mordió el labio con una sonrisa y se giró hacia Marcus, que justo acababa de darse cuenta de que estaban allí. Alargó la mano y le tiró de la manga. – ¡Espera, espera, por favor! Mira bien. – Dijo señalando la puerta. – ¡Está abierta! ¿Crees que en un colegio lleno de magos brillantes se dejarían abierta la puerta de un sitio peligroso? – Puso cara suplicante. – Vamos, ya estamos aquí, Marcus por favor, sé bueno y entra conmigo. Me hace muchísima ilusión, nunca he visto uno y seguro que tú puedes explicarme las cosas que veamos. Solo mirar ¿Qué daño puede hacer? – Dijo con carita de pena. – Yo no sé casi nada de alquimia, por favor, y tú seguro que sabes un montón. – Puso una sonrisita de medio lado. – Enséñame.

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CON Alice EN Mazmorras Día 20 de enero de 1996 a las 16:00h
Se iba, se iba pero ya. No tenían clase después, una lástima, porque de tenerla tendría un argumento irrefutable y perfecto para irse... Espera, ¡tenía un argumento irrefutable y perfecto para irse! - Somos alumnos de primero y no cursamos Alquimia. Aquí solo pueden entrar los alumnos de sexto y de séptimo, o un alumno de otro curso siempre que vaya acompañado de un profesor o un prefecto, o con un permiso muy específico. - Se quedó mirando a Alice un par de segundos, pero la chica no parecía decir "ah, vale, no lo sabía, en ese caso vámonos" así que echó un poco de aire impaciente y concluyó. - Ergo, no podemos estar aquí. - Y procedió a darse media vuelta otra vez.

Pero allí eran los dos igual de cabezotas, solo que Marcus lo era para lo bueno y Alice para hacer trastadas. Se giró con una muequecita en los labios y pose impaciente cuando le tiró de la manga y la dejó hablar, solo para decirle otro rotundo "no" cuando terminara. Pero solo ante el primer comentario ya abrió los ojos como platos. - ¡Oh, claro! Otro argumento igual de sólido que el de "no puede ser peligroso porque está en el colegio". - Rodó los ojos y señaló la puerta con la palma de la mano. - Perfectamente puede haber sido un alumno negligente que no ha cerrado al salir. Y ahora vas tú detrás, la negligente número dos, a colarte. Y así es como ocurren las desgracias. - Pero por supuesto que Alice no había terminado con sus súplicas.

Y lo peor es que estaba empleando la de la compasión, y Marcus era débil a eso. Alice le caía bien, y le ponía caritas suplicantes para pedirle cosas, y él cedía. Pero claro, hasta el momento no había empleado esa estrategia para pedirle nada que estuviera prohibido. Eso ya eran palabras mayores, y por ahí no pensaba pasar. Pero al mirarla de soslayo para decirle que no... Jo, es que de verdad le daba pena. ¡¡Pero es que estaba prohibido!! ¿Se creía que a él no le hacía ilusión? ¡Pues claro, se moría por verlo! Tenía un laboratorio de alquimia al alcance de su mano, con lo que a él le gustaba, y no había entrado nunca. Se mordió los labios por dentro y retiró la mirada. Porque entre sus propias ganas, las súplicas de la chica y sus caritas de pena... Que Marcus tenía unos principios muy férreos, pero...

Arqueó una ceja. - Tú no sabes "solo mirar". - También iba a "solo mirar" el agua del Lago Negro y casi se cae de cabeza de la barca. Alice lo toqueteaba todo, era un milagro que no hubiera tenido ya un accidente. Pero le cogió un pellizquito de orgullo en su interior cuando le dijo que él sabía un montón y que la enseñara. Volvió a erguirse con dignidad, haciendo como que no la miraba pero mirándola de soslayo. Se lo pensó un poquito, pero al cabo de unos instantes de silencio, dijo. - Sí que sé mucho. - Sabía bastante, porque su abuelo le había enseñado muy bien. - Y una de las cosas que sé es que es peligrosa. - Miró de reojo la puerta y echó aire por la boca. Bueno... Si solo miraban desde allí.

- Nos asomamos y ya está, ¿de acuerdo? - Miró hacia los lados, comprobando que no había nada por allí, y empujó un poquito la puerta. Madre mía, Marcus O'Donnell, incumpliendo flagrantemente una norma, y con alevosía, comprobando que nadie mira. Deshonra sobre él, ya se sentía culpable y solo había empujado un poquito la puerta. Aún podía salvar su impecable expediente moral. - No pasamos de aquí, ¿de acuerdo? - Dijo poniendo el brazo por delante de la chica antes de que se le escurriera dentro. Entonces miró al laboratorio y se le llenaron los ojos de ilusión: era enorme, y tenía un montón de cosas. Tantas que apenas las distinguía desde la puerta, pero podía ver algunas. - ¡Mira! Cada alumno tiene un trasmutador pequeño en su pupitre. Son por parejas, podemos ponernos juntos cuando tengamos clase. - Sonrió, estirando el cuello emocionado. - ¿Ves esos pesos? Se usan para medir la cantidad de lo que quieres trasmutar, pero no solo su peso en onzas, te pesa la esencia. Ya sabes, para que el valor de lo que intercambias sea equivalente. - Estiró el brazo en otra dirección. - Y eso de allí, ¿lo ves? Eso es una flor que han transmutado, porque tiene un brillo distinto. Las de al lado son flores normales, ¿ves la diferencia? - Estaba tan emocionado que se mordió el labio y dio un saltito en su sitio. Su sitio que era justo bajo el marco de la puerta, porque de ahí no se pensaba mover. - Y aquello es un círculo de transmutación. Solo que... - Estaba sobre un mostrador y desde allí no lo veía bien. Se puso de puntillas, pero solo le veía un par de líneas. - Desde aquí no puedo... Ver de qué es. - Dio un saltito. Pero nada, no lo veía. - Pero bueno, es un círculo de transmutación. - Concluyó pensativo, pero sin dejar de intentar ver de cuál se trataba, estirando mucho el cuello y... Quizás había echado un pie hacia adelante, solo un poquito, con estirarse lo suficiente vería mejor.
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CON Marcus EN Mazmorras A LAS 16:00 del 20 de enero de 1996
¿Que en sexto también se da? – Preguntó completamente emocionada. Por un momento, se quedó muy pillada escuchando a Marcus. Llevaban medio año en el colegio, y ya se sabía toda esa retahíla de normas, todos sus supuestos y excepciones. Y por algún motivo eso le hacía admirarlo, y se quedaba enganchada en sus palabras. Y, la verdad, no dejaba de ser extraño, porque ella solía entrarse de las normas cuando ya las había roto, pero no lo podía evitar. – Pero las normas no dicen nada de mirar. – Terminó ampliando la sonrisa. – Suspiró cuando se puso dramático. – ¿Pero qué desgracia puede ocurrir mirando, Marcus?

Y claro, él podía acusarla de no saber “solo mirar” Sí, un poco cierto sí era. Pero muy mucho se guardó de responder, porque Marcus pareció ablandarse un poco y estar dispuesto a enseñarle las cosas, aunque fuera desde la puerta. Por algo se empezaba. Asintió muy rápido y coló medio cuerpo por la puerta, no más porque el brazo de Marcus se lo impedía. Apretó los labios, molesta, porque por ahí no se podía ver casi nada, pero escuchó la explicación de su amigo. – Puedes apostar que sí. – Contestó a lo de que se pondrían juntos. – No has dado alquimia aún y mira todo lo que sabes. – Transmutador. Solo la palabra le sonaba a gloria. Abrió mucho los ojos. – ¿En serio hay algún cacharro que pesa la esencia? Pero eso es como lo más útil de mundo. – Cada vez estaba más emocionada.

Sacó el cuerpo un poco más para mirar en la dirección del brazo de Marcus, y no salió de su asombro. – ¿Cómo dices? ¿Que las flores se pueden transmutar? – Ah no, con lo que le gustaban a ella las plantas eso tenía que verlo. Aprovechó el saltito de Marcus y pasó por debajo de su brazo, dando botecitos suavecitos, como si tuviera miedo de que sus pasos resonaran. – Solo quiero verlas más de cerca. No tenía ni idea de que se podían conservar las flores con alquimia. – Se acercó y se puso de puntillas para rozar la flor conservada con la punta de los dedos. – ¡Madre mía! Si parece una flor normal… Pero va a durar para siempre. O sea necesito aprender a hacer eso. – Miró a Marcus, que ya se había mosqueado porque había entrado. – ¡Oh, vamos! No he hecho nada peligroso. Solo me moría por entrar. – Se acercó despacito y con cuidado a una de las mesas. Y señaló el peso de esencias. – Enséñame cómo funciona porfa porfa, no puedes decirme lo que es y luego dejarme así.


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CON Alice EN Mazmorras Día 20 de enero de 1996 a las 16:00h
- ¿A que sí? - Respondió automáticamente, ilusionado, contagiandose de la emoción de la chica por el transmutador. Pero justo al hacerlo volvió a tomar conciencia de que estaban haciendo algo ilegal y frunció el ceño como un gatito enfadado, mirando de nuevo hacia el interior del taller. - Se pueden trasmutar muchas cosas. - Respondió con tono didáctico y un suspiro de paciencia. - Desde elementos básicos como la sal, hasta cosas con vida como una plantita. O incluso algunos ingredientes para pociones. - Seguía intentando ver de qué era ese círculo de transmutación, poniéndose de puntillas. - De hecho, no me extrañaría que ese círculo fuera de... - Y lo que vio fue a Alice adentrándose en el taller.

Abrió la boca y, como si quisiera comprobar si había dos Alices o si estaba alucinando, miró hacia atrás, solo para comprobar que detrás de la barrera de su brazo no había nadie. La había subido demasiado. - No no no no, ¡Alice! ¡Para! ¡Vuelve, por favor! - Ni caso. Se pasó las manos por el pelo, miró apurado hacia atrás por si les estaba viendo alguien y se frotó los brazos, porque de repente le había entrado una especie de frío desagradable. - ¡Alice! Que esto está prohibido. - Y como a cámara lenta, vio con pánico como la chica se ponía de puntillas y alzaba la mano para tocar algo. Ya estaba. De perdidos al río.

Con los ojos abiertos muy abiertos entró en el taller y se puso a su lado, bajándole el brazo. - ¿Estás loca? ¿O es que quieres volverme loco a mí? - Volvió a mirar nervioso hacia atrás. - ¿Ves? Este es tu concepto de "solo quiero mirar", al final tocas. ¿Por qué tienes que tocarlo todo? - Estaba histérico, probablemente más de lo que se podría esperar de la situación, porque al fin y al cabo tampoco habían hecho nada... Salvo colarse en un departamento del castillo en el que no tenían permitido entrar, y que era altamente peligroso, y que Alice estaba toqueteando cosas, ¡no! Toqueteando elementos transmutados con alquimia. - Vámonos, por favor. - Pero, por supuesto, ella estaba en su mundo particular.

Ante la petición, abrió mucho los hombros y la boca, bajando un poco el cuello y señalándose el pecho con ambas manos. - ¿¿Que te enseñe?? - Miró a los lados con la boca abierta como si quisiera preguntarle a una inexistente audiencia si alguien aparte de él no podía creerse lo que estaba pasando. - ¡¡Yo no sé hacer eso!! ¡¡Solo tengo once años!! ¡Solo sé hacer cosas muy básicas, cristalitos de sal y esas cosas, ¡y mi abuelo no me ha dejado hacer nada hasta hace muy poco! ¡Porque es muy peligroso! Así que, aunque supiera, no lo haría. - Pero al parecer Alice solo quería saber cómo funcionaba el peso las esencias, lo cual no era peligroso en sí. Echó aire por la boca y volvió a mirar hacia atrás. - Alice, por favor te lo pido, vámonos. - Dijo casi con súplica. Pero estaba claro que la chica no se pensaba mover de allí.

Puso cara enfurruñada y la señaló con el índice. - ¿Sabes qué? Que aquí te quedas, que te pillen a ti, yo me voy. ¡No pienso manchar mi expediente! - Y se dio media vuelta y se fue, contando en su cabeza con la fantasía de que Alice le dijera "tienes razón, me da miedo quedarme aquí sola, esto es una locura" y se fuera tras él... Cosa que no ocurrió. Así que tan pronto llegó a la puerta, con la misma energía con la que iba a salir, se dio media vuelta y volvió a entrar. - Esto es increíble... - Masculló, colocándose al lado del peso de esencias. Elio revoloteaba confuso por encima de él, intentando seguir los rápidos movimientos de su dueño, y cuando Marcus se detuvo se le posó en la cabeza otra vez. Cuanto antes y más rápido lo hiciera, mejor. Cogió velozmente una piedrecita diminuta que había en un tarro y un pequeño racimo de romero que había en otro, y colocó cada cosa en un platillo. La balanza se inclinó significativamente en favor del romero. - ¿Ves? En onzas pesan prácticamente lo mismo, pero el romero tiene vida y la piedra no, así que su esencia es más poderosa, por eso pesa más. - Explicó a toda velocidad, y con el mismo frenetismo devolvió el romero y la piedra a sus respectivos lugares. Se cruzó de brazos, tembloroso, sintiendo que había violado una norma del castillo y que eso ya se quedaría en su conciencia para siempre. - ¿Contenta? ¿Podemos irnos ya? -
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CON Marcus EN Mazmorras A LAS 16:00 del 20 de enero de 1996
Ya andaba Marcus tardando en decirle su frase favorita. Ella simplemente chasqueó la lengua. – ¡Que no vamos a hacer alquimia ni nada! Solo quiero ver. – Le bajó el brazo bruscamente y la regañó. Sí, un poquito de razón tenía. – Era solo para comprobar el tacto. No es peligroso. De lo peligroso no voy a tocar nada. – Dijo con una sonrisa angelical y poniendo tono de niña buena. No, si ella sabía que la alquimia era peligrosa, por eso no tenía pensado hacerla. Pero sí podía curiosear, verlo todo, porque, aunque Marcus estuviera montando un drama de los suyos, sabía que por mirar en una clase que ya estaba abierta, no pasaba nada. – Venga, ya está, cómo te pones, hay que ver. – Porque aquello podía ser muy divertido.

Suspiró fuertemente. – Claro que no quiero volverte loco, que no es para tanto, Marcus. Que estamos aprendiendo, descubriendo cosas de este castillo, no trasmutando metales. – Se paró y rio un poquito. – Aunque sería flipante que supieras hacer eso. – Pero dijo que sabía hacer cristales, lo cual le hizo abrir los ojos mucho. – ¿Qué sabes hacer cristales? ¿Pero qué clase de abuelo tienes? ¡Lo quiero para mí! Es justo lo que necesito, un adulto dispuesto a enseñarme cosas. – “Cosas peligrosas que los otros adultos no quieren que aprenda”, pensó para sus adentros.
Pero la paciencia de Marcus parecía haber llegado a su fin, y ella volvió a su tono suplicante. – ¡Jo! ¡Marcus, por favor! Ya estamos dentro ¿Ya qué más te da? – Señaló a los alrededores del laboratorio con el brazo. – O sea, soy más feliz que no sé en cuanto tiempo, no estamos haciendo nada malo, solo aprendiendo. Solo quiero verlo todo bien, no he tenido la misma suerte que tú, mis abuelos lo que hacen es firmar papeles en el Ministerio. Y no va a pasar nada con tu expediente. – Tuvo que aguantarse una risita satisfactoria cuando dio la vuelta para explicarle lo de la balanza. Corrió a su lado y miró como si le fuera la vida en enterarse de ello. Le parecía inaudito que hubiera un artefacto capaz de pesar algo así y no podía dejar de mirar la ramita de romero balancearse hacia abajo. Se giró, entusiasmada. – ¡No me puedo creer que de verdad haga eso!

Estaba más que feliz, pero la paciencia de Marcus había llegado a su límite. Bueno, a lo mejor podía estirarla un poco más. Fue detrás de él y de repente notó un pinchazo en la frente bastante fuerte y puntos negros nublaron su visión. Ouch. No había comido. Y ahora que lo pensaba, la noche anterior se había quedado dormida, y ella nunca desayunaba y… Sí. Eso tenía pinta de que iba a darle un bajón. Pero estaba con Marcus, Marcus siempre llevaba dulces por ahí, le pediría uno en cuanto salieran de allí. Pero ahora tenía que concentrarse. – ¡Espera, espera! Enséñame el círculo del que me hablabas antes. Seguro que tú sabes cómo funciona. Explícamelo, sin tocar nada, te lo prometo. Si toco te vas y te enfadas conmigo y yo te… Compro chocolatinas durante un año. – Dijo asintiendo muy segura, y con una sonrisa más amplia porque los puntitos habían desaparecido y solo quedaba residualmente el dolor de cabeza.


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CON Alice EN Mazmorras Día 20 de enero de 1996 a las 16:00h
- Podemos descubrir cosas dentro del marco de la legalidad. - Replicó. La chica intentaba llevárselo a su terreno con eso de "estamos aprendiendo" pero no colaba. - Y esto no es un descubrimiento, es un aula que usaremos en su debido momento, que no es ahora. Y sí, sería flipante pero no sé. Aprenderé, insisto, en su debido momento. - Pero le tocó el otro tema que podía picar a Marcus a querer hacer algo: su abuelo. Volvió a ponerse digno. - Uno muy bueno y muy sabio. ¿Y sabes lo que dice siempre? Que la segunda norma de su taller es "primero miras, luego sigues mirando, y cuando hayas mirado durante años, entonces, tocas". En otras palabras, que tienes que conocer muy bien las cosas antes de usarlas. Porque, por si no lo he dicho ya, es peligroso. - Se cruzó de brazos a modo de sentencia. - Ah, y es la segunda norma porque la primera es "para usar el taller, tienes que estar en el taller". Y no se refiere físicamente, se refiere aquí. - Se dio un par de toquecitos en la cabeza con el índice. Él no estaba allí, él estaba en todas partes menos allí. Porque no debería estar allí.

La cuestión es que Alice, en sus propias palabras, estaba súper feliz. ¡Maldita sea, si tan solo pudiera estar igual de feliz haciendo algo que NO fuera incumplir las normas! Le gustaba verla así, por supuesto, ¡pero no a costa de una trastada! La miró de reojo cuando dijo que estaba tan feliz, y que sus abuelos solo firmaban papeles, y cuando la vio con esas ansias de aprender tan propias del espíritu Ravenclaw y que... Pues sí, le gustaban de ella, claro que sí, a él también le podía la sed de conocimientos. Pero. No. A. Costa. De. Las. Normas.

- Pues ya está, ya lo has visto. - Procuró dejarlo todo milimétricamente como estaba. - En la sala común hay varios libros de alquimia, vamos allí y los leemos juntos. Y te explico lo que quieras, pero ahora... - "Vámonos", iba a decir. Iba, porque a Alice se le había ocurrido otra de sus maravillosas ideas. Rodó los ojos y, ante su pacto, la miró desconcertado. - Si lo tocas puedes perder una mano. - Pfff, chocolatinas. - Me las vas a tener que comprar de todas formas porque me estás haciendo pasar un mal rato. - Y aun así, se fue hacia el círculo. ¿Por qué? Pues... Ni idea, ¡no sabía ya ni lo que hacía! - No. Toques. Por favor. - Rogó, echando un poco de aire entre los labios. Lo ojeó por unos momentos, ceñudo. Sí, su abuelo tenía uno así, lo identificó rápidamente. Además, solo hacía falta acercarse un poco para notar que la temperatura era diferente que en el resto de la sala. - Es un círculo de calor, transmuta constantemente en calor cualquier elemento que pongas. Aquí iría el precio. - Señaló la zona concreta del círculo con un dedo, pero sin tocarlo, a varios centímetros de distancia por encima. - Y se extraería el calor de este, el calor de su esencia, según la materia que sea. Si es de la piedra, será un calor más seco, como extraído de la tierra. Si es el del romero, más húmedo, como si evaporara la salvia. Por eso parece que hace más calor aquí, tiene calor concentrado. ¡No toques! - Insistió, y se giró hacia ella. - No sé si te has parado a sumar dos más dos, pero si haces lo que no debes, si te pones en el precio o a saber, ¿qué podía pasar? ¡Evapora la sangre de las plantas, podría hacerlo con la tuya! - Lo cierto es que no sabía eso con seguridad, su abuelo no se lo había explicado así, pero daba miedo pensarlo. Tragó saliva, volviendo a frotarse un brazo y miró a la puerta. - Va, Alice. Vámonos ya. - Y echó a andar, pasando por su lado, dirección a la puerta.
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CON Marcus EN Mazmorras A LAS 16:00 del 20 de enero de 1996
Alice asintió muy atenta a las normas. Vale, podía controlarse solo mirar. Le sería difícil, sobretodo si había cosas interesantes, pero podría, sí, al fin y al cabo, solo quería aprender. La primera norma le pareció más sencilla ¿Dónde iba a estar si no ahí? Si estaba entusiasmada, estaba extasiada de estar en ese lugar. – Estoy tan aquí que creo que no voy a poder pensar en otro sitio en mucho tiempo. Voy a estar hasta cuando no esté. – Comentó feliz de la vida. Se agarró las manos ante el regazo y se movió de lado a lado. – Te prometo que voy a comprarte chocolatinas. Y grajeas, grajeas de las más ricas. – Dijo, llena de alegría.

Se acercó con Marcus al círculo de transmutación y escuchó la explicación. Pero era bastante más bajita que él, así que se subió de rodillas en una de las banquetas y se apoyó en la mesa mirando. – ¡Que no toco! Es que no veía. – Explicó, con tono cansino. Pero siguió escuchando. – ¡Buah! ¿Y para qué se usa ese calor? ¿Y dónde va? ¿Y qué pasa con la piedra a la que le has sacado el calor? – Resopló ante lo de los libros de la Sala Común. – ¡Joe, Marcus! ¿Quién sabe cuándo podré volver a estar en un laboratorio como este? Los libros tengo toda la vida para leerlos. – De normal, habría saltado de la banqueta al suelo, pero para no poner más nervioso a Marcus, bajó despacito.

Y mala idea, porque el dolor de cabeza le atacó otra vez, esta vez más intenso, y de nuevo, los puntitos negros. – Marcus, espera. – Dijo tratando de mantener el equilibrio. La cabeza le dolía más todavía y los puntitos empezaban a verse más grande. Logró ponerse de pie y derecha justo a tiempo. – Solo un poquito más. No te enfades tanto conmigo. Venga, que a ti también te gusta. – Pero los puntitos cada vez eran más grandes, así que necesitaba quedarse quieta y fijar la vista. Se acercó a los instrumentos y concentró la mirada en lo que Marcus llamaba transmutador. Alargó el dedo y lo hizo girar un poquito, pero en seguida lo retiró. Siguió avanzando por la encimera hasta que vio otro círculo, sobre el que había una piedra. Subió la mano y la tocó con el dedo índice. – ¡Eh! Esta tiene precio ya y una piedra… – De repente notó un cosquilleo bajo su dedo y lo quitó corriendo. La piedra había desaparecido, y al otro lado del círculo, había aparecido un montoncito de sal. – ¿Yo he hecho eso? – Dijo casi gritando del entusiasmo. Pero, al segundo, se dio cuenta de que a Marcus no le iba a hacer ninguna gracia. Pero ninguna. Se giró despacito, preparada para la ira. – Perdón… No sabía que yo pudiera hacer alquimia… Sin querer…


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CON Alice EN Mazmorras Día 20 de enero de 1996 a las 16:00h
La curiosidad de Alice le encantaba, y la alquimia también, por lo que debería estar encantado de que la chica quisiera saber tanto y le preguntara tantas cositas. Lo estaría, sí, si no fuera porque, insistía en pensar, estaban haciendo algo fuera de las normas. - El calor se puede usar para muchas cosas, quizás para usarlo para otra transmutación o a saber, no he llegado a tanto. No se va a ninguna parte salvo que tú te lo lleves, se queda aquí, pero al estar en el aire, si no lo retienes, probablemente se disperse, aunque como ves aquí hace más calor que en el resto del aula. Y la piedra simplemente pierde la temperatura, no es que se quede fría, es como si tocaras algo que no tiene temperatura. Es raro. - Se encogió de hombros. Había contestado una tras otra como si fuera un libro parlante las preguntas de Alice a la espera de que se quedara conforme y se fueran ya... No tendría tanta suerte.

Aun así, él intentó irse, pero no llevaba ni tres pasos cuando la chica le pidió que esperara de nuevo. Rodó los ojos, lanzando un gruñido de hastío y echando el cuello hacia atrás para girarse sobre sus talones, dejando patente que estaba desesperado. - ¿Qué? - Preguntó con impaciencia. Volvió a rodar los ojos. - ¿Y sabes qué me gusta también? Las cosas bien hechas y legales. Y esto no lo es. - La chica se había movido de su sitio, pero Marcus estaba negando con la cabeza e iniciando otra perorata de las suyas. - Hay que saber tener paciencia, Alice. Es de sabios, ¿sabes? El conocimiento es importante, y saber cosas, y leer muchos libros. Pero también es de gente sabia saber esperar, mi abuelo lo dice siempre. Y mi padre dice que es virtud de todo Ravenclaw saber lo que es bueno saber y lo que no, que ninguna sed insaciable es buena, ni siquiera la de conocimientos. Y mi madre dice que todo llega, que no todo podemos comprenderlo ahora, y que si... - Pero entonces Alice gritó algo y Marcus detuvo en seco su discurso, mirándola. Y mirando al trasmutador... Y viendo el montón de sal donde antes estaba la piedra.

Abrió la boca anonadado, quedándose congelado allí por unos segundos. Cuando pudo reaccionar, con la misma expresión se dirigió hacia el trasmutador para ver lo ocurrido de cerca con sus propios ojos. La piedra ya no estaba... Y ahora había un montoncito de sal. Y allí no había más nadie. Y la alquimia había que tocarla para hacerla, no se hacía sola. Y Alice se estaba disculpando. Blanco y en botella. - ¡Te he dicho que no tocaras nada! - Bramó. Ni siquiera podía mostrarle su entusiasmo, porque eso que había hecho era increíble, porque acababa de trasmutar algo sin permiso y sin saber. Y por supuesto sin conciencia de riesgo, por mucho que él se lo hubiera avisado. - ¿¿Por qué lo has hecho?? - Se pasó las manos por los ojos y el pelo y miró desesperado a la chica. - ¡¡Has hecho alquimia sin saber, Alice!! ¿¿Eres consciente de lo peligroso que es eso?? ¡¡Podrías haber perdido tu propia energía tú!! ¿¿Y cómo revertimos eso?? ¿¿Eh?? - Giró la vista hacia el trasmutador, de nuevo con las manos en la cabeza. - ¡Hemos tocado algo de un aula sin permiso! ¿¿Y si era el trabajo final de algún alumno de séptimo para sus EXTASIS?? - Porque, en la mente de Marcus, uno hacía trabajos finales para los EXTASIS en enero que incluían trasformar piedrecitas en montones de sal. - ¡¡Y ahora se lo hemos roto!! ¡¡Podría suspender por nuestra culpa!! ¡¡Y repetir!! ¡¡Y si repite no puede acceder a un puesto en el Ministerio, porque para entrar necesitas un expediente buenísimo!! - Estaba empezando a respirar agitadamente, pero entonces miró a la chica con los ojos entrecerrados, enfadado. - Y todo por culpa de tus ideitas. - Puso expresión de reproche y cerró los puños con un amago de pataleta. - ¿Por qué eres cruel conmigo? ¡Yo no quería hacer esto! ¿Por qué me arrastras a estas cosas? - Negó con la cabeza, bufando. - ¡Nos vamos ya, he dicho! - ¿Y ahora qué? ¡Él no podía quedarse con eso en su conciencia! ¿Pero cómo decirlo? ¿Y a quién? Tenían que asumir su responsabilidad, ¡pero no quería que le castigaran o, peor, que le quitaran puntos de casa! - ¡Ni un ratito más ni nada! ¡Nos vamos los dos, no pienso dejarte aquí sola, así que vámonos! -
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CON Marcus EN Mazmorras A LAS 16:00 del 20 de enero de 1996
“Las cosas bien hechas” y Alice entornó los ojos ¿De verdad tenía que ponerse así por nada? O casi nada. Suspiró y le miró. – Marcus, que la puerta estaba abierta, en todo caso el que lo ha hecho mal es el que se la ha dejado abierta. – Y ahora con toda la retahíla sobre la paciencia y el conocimiento… Alice tenía paciencia, lo que no comprendía era por qué había que esperar tanto para simplemente ir conociendo. – ¿Pues no será mejor que nos enseñen a la gente como yo, poco a poco, como hacen con Pociones, que soltarnos en sexto por aquí sin tener idea ninguna? – Dijo un poco ofendida. Claro, para Marcus estaba tirado decirlo, que lo sabía todo sobre la alquimia porque su abuelo se lo explicaba. – Pues yo no quiero llegar a sexto y entrar aquí y no tener ni idea, discúlpame por eso. – Dijo un poco ofendida.

Ni nada que le quedaba por aguantar. Porque la verdad es que la había liado un poco con lo de la roca ¡Pero había sido sin querer! Daba igual. Marcus había entrado en bucle. El dolor de cabeza la atravesó más aún y tuvo que cerrar los ojos fuertemente. Mala idea. Cuando los abrió, los puntitos estaban por todas partes. Y su amigo empezaba a mosquearla. – Bueno, vamos a ver, primero de todo, si sigues hablando en ese tono nos van a pillar aquí sí o sí, gracias a tus berridos de por qué no deberíamos estar aquí. Segundo, si la alquimia es tan peligrosísima – dijo exagerando el tono – , ese alumno se merece suspender por dejarse una piedra y un precio en un círculo ya dibujado y largarse, o sea, que casi que mejor no entre en el Ministerio. – Dijo ya un poco más agresivamente.

Prácticamente no podía ver más allá de los puntitos. Y Marcus seguía regañándola. Se apoyó en la mesa, esperando que, como antes, se fueran disipando, junto al dolor de cabeza. Pero no. – ¿Cruel? ¡Cruel tú! Que has tenido estas cosas toda la vida y pasas tan tranquilo por delante, pero yo no he podido, solo quiero aprender, y tú nada más que sabes de regañarme cuando todo lo que hago lo hago por aprender, por saber, y si he metido la pata ha sido sin querer. – Dijo con tono de gatito herido. Porque sí, no estaba en su intención hacer sentir mal a Marcus, pero es que no todo podía ser leer libros y rezarle a Rowena Ravenclaw. Había que hacer más cosas en la vida. De verdad que se estaba empezando a encontrar mal. Tomó aire, pero eso solo le dio más dolor de cabeza todavía y ya si se notó tambalearse. – Marcus… – Intentaba decirle lo que le pasaba, pero no podía, tenía la cabeza embotada. – No puedo… – Y ya, los puntitos cerraron su visión del todo y trató de agarrarse a la mesa, pero lo último que sintió fue que se caía.


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Miér 10 Feb 2021 - 13:41

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CON Alice EN Mazmorras Día 20 de enero de 1996 a las 16:00h
- ¡¡No te dicho que entres sin tener ni idea, hay miles de libros en todo el castillo!! - Dijo alzando los brazos. Ya se le había ido de las manos el enfado. - ¡¡Pero no puedes entrar así como así en los sitios cuando no tienes permiso!! Y solo porque, ¡oh, claro! La puerta estaba abierta. ¡¡Pues le diré al profesor de Cuidado de Criaturas Mágicas que no se deje ninguna jaula abierta porque si no entrarás igual!! ¡¡Total, está abierta!! - Ah, pero encima la culpa si les pillaban iba a ser de él por gritar. Abrió mucho los ojos y la boca. - ¡¿Gracias a mí?! - Repitió atónito. Pero lo siguiente le sorprendió aún más. - ¡Oh, disculpe Profesora Gallia, que ahora sabes tú quién merece suspender y quien no! ¡No deberíamos estar aquí, por lo tanto da igual cómo se haya dejado ese alumnos las cosas, tú no tendrías por qué tocarlas! - Se podía pasar horas dándole vueltas al tema, porque cada vez estaba más enfadado.

Pero lo que le faltaba era que le rebotara lo de cruel. - ¿¿Que solo hago regañarte?? ¿¿Que ha sido sin querer?? ¡¡Solo intentaba que no tocaras nada por tu bien!! ¡¡Podrías hacerte daño, y podrías meterte en un problema, meternos en un problema a los dos!! - Pero ahora la chica había cerrado los ojos y bajado la cabeza. Ah, ¿ahora le iba a ignorar? - ¡Y no me acuses de no querer que aprendas! Eso me ofende, ¡y no es verdad! ¡Y no me creo que haya sido sin querer porque no paras de tocarlo todo! - Pero la chica no le hacía caso, así que bufó. - ¿Sabes lo que te digo? Que te he dicho mil veces que nos vamos y no me haces caso, ¡así que me voy yo! - Y se dispuso a marcharse, pero seguía con la retahíla. - Ya que eres tan list... - Y, súbitamente, la chica se desplomó en el suelo. Se le cortó el discurso de golpe y se quedó congelado en el sitio, mirándola con los labios entreabiertos y los ojos como platos. Elio automáticamente empezó a piar alarmado y salió volando hacia fuera del aula, pero Marcus no podía ni reaccionar. - ¿Alice? - Preguntó, pero la chica no le contestaba. De la túnica se revolvió algo, y la gata salió de entre los pliegues, colocándose frente a la cara de su dueña y maullando con confusión. Marcus parpadeó. - Alice... Si es broma... No tiene gracia. - Pero ojalá lo fuera. Tenía que serlo, tenía que ser una broma...

Oh, no. No era una broma. - ¡Alice! - Se tiró al suelo de rodillas, desesperado, y agarró la cara de la chica. Respiraba, pero no estaba consciente. Y entonces le entró el pánico. - ¡Alice! ¡Alice por favor! ¿Me escuchas? ¡Dime algo! - Había empezado a temblar y ahora sí que estaba gritando. - ¡¡Alice por favor!! ¡¡No me hagas esto!! - Se le cayó una lágrima y, desesperado, se levantó y salió corriendo. - ¡¡SOCORRO!! ¡¡POR FAVOR!! ¡¡AYUDA!! - Volvió a entrar, cayendo al suelo en un derrape, llorando desconsolado. - ¡Alice por favor dime algo! - Pero no decía nada. Oía un murmullo por el pasillo, como si alguien hubiera escuchado sus gritos, pero nadie venía. No quería dejar a la chica sola, pero no podía con ella, por un momento la miró y se planteó levantarla, pero estaba temblando, se le iba a caer. Necesitaba ayuda de alguien más mayor. - ¡¡SOCORRO!! ¡¡POR FAVOR, NECESITO AYUDA!! - ¿¿QUÉ PASA?? ¿DÓNDE ESTÁS? - ¡¡AQUÍ!! ¡¡EN EL LABORATORIO!! - Respondió a la voz, que no sabía de quién era. Hasta que le vio, girando la esquina totalmente angustiado, y con Elio volando y piando tras él. El Prefecto de su casa. Marcus casi se desmaya del puro alivio. - ¡Marcus! - ¡¡Prefecto Graves!! - Parecía que había visto a una deidad apareciendo por allí por la cara que puso. Se echó a llorar aún más. - ¡¿Qué pasa?! - ¡Es Alice! ¡Se ha caído! - ¿Cómo que se ha caído? ¿Y qué hacéis aquí? - Marcus no podía ni siquiera hablar sin entrecortarse. - Es que, es que... - Lo bueno es que el chico ya estaba dentro y se fue directamente hacia ella. - ¡¡Haz algo, por favor!! - Vale, tranquilo, la llevamos a la enfermería. - ¿¿Pero qué le pasa?? - ¡No lo sé! ¿Se ha dado un golpe o algo? - Marcus puso cara de culpabilidad. El chico, que estaba mirando a Alice y tocándole la cara, viendo si respiraba y mirándole la cabeza y el cuerpo por si tenía algún golpe, se extrañó de la ausencia de respuesta y le miró. Y Marcus no podía soportar una mirada de alguien mayor cuando no tenía la conciencia tranquila. - Ha transmutado una cosa. - ¿Cómo que ha transmutado una cosa? - Eso. - Señaló el puñado de sal entre sollozos. El prefecto lo miró, y luego miró a Marcus, y luego a Alice. - Vale, no... No curso Alquimia, pero no creo que sea por eso... - ¿¿Y si ha dejado su esencia ahí?? - ¿¿Cómo que su esencia?? - Estaba asustando al prefecto. Afortunadamente, el mayor fue más resolutivo y levantó a Alice en sus brazos y concluyó. - La llevo a la enfermería. - ¡Voy contigo! - Por supuesto que iba con él.

- ¡¡ABRAN PASO, ABRAN PASO!! ¡¡PREFECTO CON ALUMNA ENFERMA!! ¡¡ABRAN PASO!! - El prefecto iba volando por los pasillos con Alice en brazos y Marcus siguiéndole el ritmo como podía por detrás, ya que el primero era mucho más alto. Menos mal que la enfermería estaba en el primer piso, no demasiado lejos de las mazmorras, pero aun así se le hizo el camino eterno. Se quería morir. Tenía pánico de pensar que a Alice le hubiera pasado algo. Tenía que haber sido más firme, no la tenía que haberse dejado entrar, no tenía que haberse distraído con la carta de su padre... ¡No le tenía que haber gritado! ¿Y si había sido eso? ¿Y si se había alterado tanto que le había hecho eso él sin querer? No podría soportarlo. - ¡¡PASO!! ¡¡PASO!! - Ya estaban llegando. Elio iba tras ellos voleteando y la Condesa... No sabía donde estaba, quizás se le había metido en un bolsillo de la túnica cuando se arrodilló junto a Alice. En el estado que estaba, no era consciente ni de lo que llevaba encima.

El prefecto Graves abrió las puertas de par en par con un golpe del hombro y entraron los dos como un rayo en la enfermería. - ¿Pero qué ocurre aquí? ¿Qué es esta escandalera? - ¡Señora Durrell! ¡Traigo a una alumna, se ha desmayado! - ¡¡No sé que ha pasado!! ¡¡Se ha caído!! ¡¡Ha sido de repente!! ¡¡Estábamos discutiendo pero yo no quería, se lo juro!! - ¡A ver, tranquilidad! - Cortó la mujer, señalando con apremio una de las camillas libres. - Túmbala ahí. - El prefecto dejó a Alice con cuidado en la camilla y la mujer se inclinó para explorarla, pero Marcus prácticamente se echó encima también. - Chico, necesito... - ¡¿Pero qué le pasa?! - ¡Si me dejas espacio nos enteraremos los dos! - El prefecto puso las manos en sus hombros con tranquilidad y le retiró de la camilla. - Tranquilo, Marcus, ya está, ya estamos aquí. Deja a la Señora Durrell trabajar. - ¿Pero está bien? ¿Se va a poner bien? Quiero saber qué le pasa. - Tenía la respiración tan agitada que solo le salían sollozos y las lágrimas se le caían a mares. La mujer suspiró y miró al prefecto, y este tiró un poquito de él hacia atrás, pero Marcus no quitaba la mirada de la camilla. - Ey, colega, ¿te apetece una bebida calentita? Dejamos a la Señora Durrell trabajar y luego venim... - ¡No! ¡No, yo de aquí no me voy! - Pues yo necesito un poco de silencio. - Dijo la mujer, intentando sonar lo más paciente posible. Pero Marcus necesitaba que Alice se despertara ya, saber que estaba bien. Otra cosa no le iba a dar ningún consuelo. El prefecto echó un poco de aire por la nariz y se puso frente a él, tapándole el campo de visión. Marcus le miró confuso. - Vale, no nos vamos, pero vamos a echarnos a un lado para que la Señora Durrell pueda ver a tu amiga y decirte que le pasa, ¿de acuerdo? - Marcus miró de reojo a la camilla, pero acabó asintiendo, con los ojos enrojecidos y anegados y la mirada perdida.

Se echaron a un lado, pero Marcus no consintió irse a ningún lugar en el que no tuviera a Alice y a la enfermera en su campo de visión. De hecho no dejaba de mirarlas. El mayor se había arrodillado frente a él y colocado las manos en sus hombros, volviendo a suspirar resignado. - Probablemente solo haya sido un desmayo, ¿vale? Tranquilo. - Pero Marcus estaba muy lejos de estar tranquilo. Solo podía sollozar violentamente y derramar más lágrimas. Pero Graves arqueó una ceja. - ¿Qué hacíais en el laboratorio de Alquimia? Sabes que no deberíais entrar ahí, ¿verdad? - Marcus le miró con las pupilas temblorosas. En cuanto pudo contestar, se convirtió en otro bombardeo de frases descontroladas. - ¡¡Yo no quería!! ¡¡Solo íbamos a mirar!! ¡¡Se lo dije!! ¡¡Es que nos gusta mucho!! ¡¡Pero no queríamos hacer nada!! ¡¡Te lo juro!! ¡¡Por favor, no me quites puntos!! - Se había echado a llorar desconsolado otra vez. - ¡¡Por favor por favor...!! - Vale, vale, tranquilo Marcus. - Dijo el otro, tratando de adoptar un tono apaciguador y volviendo a colocarle las manos en los hombros. - Mira, estás pasando tan mal rato que creo que eso ya es castigo suficiente, no te voy a quitar puntos, no te preocupes. - Fue escucharlo y rompió a llorar, pero esta vez se abrazó al prefecto. - ¡Lo siento! - ¡Ey! Venga, colega, que no pasa nada. Tranquilo. - El chico lo abrazó un ratito hasta que a Marcus se le relajó el llanto... Más o menos.

Se separó de él, sorbiendo por la nariz y limpiándose la cara con la manga de la túnica. El mayor volvió a poner una mano en su hombro con una sonrisita tierna. - Tú no querías, ¿eh? - Marcus negó con la cabeza con un puchero y el prefecto miró de soslayo hacia donde estaba Alice. - Te entiendo, tío, yo también tengo una así. - Le dijo con un suspiro, dándole una palmadita de consuelo, pero Marcus no tenía ni idea de lo que estaba hablando. Ahora mismo no entendía nada que no fuera "quiero que Alice se ponga bien". Entonces el chico se levantó, y al mirar Marcus vio que la enfermera se acercaba a ellos. - Parece que solo ha sido un desmayo, se despertará en un ratito. ¿Sabéis si ha comido algo en las últimas horas? - El prefecto no tenía ahí nada que responder, así que le miró. Marcus se encogió de hombros. - No lo sé, no he desayunado con ella, y anoche... No me acuerdo, creo que tampoco cené con ella, osea la vi en el comedor pero... No me fijé. - La mujer suspiró. - Tantas horas sin comer y correteando por ahí, le habrá dado un bajón. - ¿Entonces no ha perdido su esencia? - La mujer le miró con desconcierto. - ¿Qué? - Creo que son cosas de Alquimia. - Dijo Graves, quitándole importancia. La mujer negó con la cabeza. - No, esto no tiene nada que ver con la magia. Solo es de no comer. - ¡Pues yo se lo digo! ¡Que come muy poco! ¡Se lo digo mucho! ¡Se lo digo siempre! - Aseveró, aún con el toque de desesperación y frenetismo que traía rodando. Nadie pareció ponerlo en duda.

- Tengo la hora libre, Señora Durrell. ¿Me quedo aquí haciéndole compañía? - Propuso el prefecto. - No es necesario, se va a despertar en un ratito, pero como quieras. Si lo haces, antes lleva al chico a su sala común para que... -¡No! - Zanjó Marcus, de nuevo recuperando la cara de pánico. Empezó a negar. - ¡No no! ¡No me quiero ir! ¡Tengo que quedarme aquí! - No puedo tener la enfermería llena de gente. Esto no es el Gran Comedor. - Vale, me voy yo entonces. - Concluyó el prefecto antes de que Marcus empezara a brotar otra vez, tratando de calmar los ánimos con una sonrisa cordial. - Seguro que mi compi de casa es mucha mejor compañía para Alice que yo. - Marcus le miró desde su posición, con los ojos llenos de lágrimas de emoción. El chico le dio un par de palmaditas en el hombro con una sonrisa. - Vengo después de comer a ver qué tal está. Señora Durrell, ¿me...? - Síiii Graves, te hago llegar un infooorme. - Dijo la mujer con cansancio. - Si pudiera incluir indicaciones para mi compañera prefecta, de cara al dormitorio de las chicas... - Gracias por recordarme cómo se hace mi trabajo, Graves. Como si no llevara más años que tú en este castillo. - El chico bajó la cabeza con educación. - Gracias, Señora Durrell. - Graves miró de reojo a Marcus y, con una sonrisita, le guiñó un ojo y se giró sobre sus talones para abandonar la enfermería.

Y allí se quedó él, sentado en un taburete junto a la camilla, totalmente desconsolado, esperando que Alice se despertase. Efectivamente, la Condesa se le había colado en la túnica, y Elio también se había escondido por ahí. Las dos mascotas parecían haber sobreentendido que no serían bien recibidas en la enfermería, pero ante la desaparición de la Señora Durrell de la escena, habían salido y ahora estaban sobre la camilla de Alice, acurrucadas una al lado de la otra a sus pies. La estampa de los tres mirando a la chica y esperando que se despertara era digna de una tragedia griega. Marcus había perdido hasta la noción del tiempo, ni sabía qué hora era ni le importaba. Solo estaba calladito, con las manos entre las rodillas y la cabeza gacha, al lado de la camilla, interrumpiendo ese silencio con hipidos esporádicos de tanta angustia y llanto agolpados en tan poco tiempo. Y esperando.
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CON Marcus EN Mazmorras A LAS 16:00 del 20 de enero de 1996
Le dolía la cabeza a horrores y sentía náuseas, pero no había comido nada, así que se sentía más bien como un calambre en estómago muy desagradable. Estaba en una cama, en un sitio donde había mucha luz, así que no se vio capaz de abrir los ojos. Tragó saliva, pero tenía la garganta seca.

A ver, recapitulando. Lo último que recordaba era estar en el laboratorio de alquimia. Ah sí, y Marcus enfadado. Y desde luego, en el laboratorio de alquimia, ni había camas ni hacía esa luz. Igual se había desmayado. Le había pasado un par de veces en La Provenza, con el calor, cuando no había comido mucho. Igual había sido eso. Llevaba sin comer… Mucho tiempo, y el círculo aquel generaba mucho calor. Claro, había sido eso. Pero no le daba la sensación de estar en su habitación, allí había mucha más luz. Se llevó el dorso de la mano a los ojos, tratando de tapar un poco de claridad para abrirlos, porque le dolía mucho la cabeza.

Al moverse, notó unas patitas sobre ella a toda velocidad. Subió la mano, buscando a tientas a la Condesa. – Hola… – Dijo suavemente. Oyó a alguien a su lado, pero oía todo como si estuviera debajo del agua. Bajo su propia mano se giró, y distinguió a Marcus. No, definitivamente en los dormitorios no estaban. Marcus no se atrevería a meterse en los dormitorios de las chicas. Pero antes de que pudiera decir nada, apareció por allí la enfermera Durrell, que se acercó a ella y le agarró la muñeca, apretando. – Hola de nuevo, Gallia. Le has dado a O’Donnell la tarde de su vida. Tú sí que sabes montar un espectáculo, chica. – Alice todavía estaba atontada. – ¿Qué? – La enfermera soltó su muñeca y escribió algo en un portapapeles que llevaba. – ¿Cuántas horas hace que no comes? – Ella apretó los labios. – No lo sé. – La enfermera suspiró. – ¿Qué hacen un gato y una lechuza aquí? O’Donnell, llévatelos, por favor, intento trabajar. – Luego se giró a ella. – ¿Has comido?No.¿Has desayunado?Es que yo no desayuno. – Segundo suspiro. – O sea que la cena de anoche, la última comida. – Alice tragó saliva. – A ver… Es que se me olvidó cenar… – La mujer abrió mucho los ojos. – ¡Pero, vamos a ver, Gallia! No se puede estar veinticuatro horas sin comer.No querrá que coma ahora ¿No? Que me duele el estómago a horrores. – La enfermera rio sarcásticamente. – Me da igual, de entrada, te tienes que beber esto. – Y le pasó un cáliz. – ¿Qué es?Agua con azúcar, para subirte la tensión. – Alice arrugó la nariz. – ¿Solo? ¿Así sin más?No me discutas, Gallia, que me tienes contenta. O’Donnell – anda, que Marcus seguía ahí, a su lado. Le miró con una sonrisita, pero la enfermera estaba en modo dictatorial – , al otro lado de la cortina, por favor, y no me discutas tú tampoco. – Y Marcus, no faltaba más, obedeció. – Bebe, Gallia. Y quítate la camisa que te tengo que auscultar. – Dijo yéndose a por lo que fuera que necesitara para auscultarla, momento que ella aprovechó para beberse el líquido. Puaj, estaba dulcísimo, en exceso, pero la enfermera Durrell le daba un poco de miedo. Volvió y le puso el cacharro ese frío en el pecho. – He leído en tu expediente lo de tu madre ¿Has tenido tú problemas para respirar? – Su expresión se entristeció un poco. Mamá llevaba un tiempo enferma, y hasta hacía nada no sabían que era por una enfermedad de los pulmones. – No, yo no.Inspira y espira, que yo lo oiga. – Alice hizo lo que le decía y la enfermera asintió. – Bien. Estás perfectamente de la respiración, eso es bueno. Puedes vestirte. – Y de nuevo, obedeció y se puso la camisa. – Ya puedes volver, O’Donnell. – Un Marcus timidillo apareció por detrás de la cortina. – Gallia, te lo digo muy seriamente, tienes que comer con regularidad. No se puede jugar así con la tensión. Nada de saltarte comidas ¿Me has entendido? Pienso dejárselo dicho a tus prefectos. Tienes que hacer todas las comidas. – Advirtió. – De entrada, te quedas aquí esta noche, para que controle yo lo que comes y cuándo lo comes. – Recogió todo lo que había traído y sin una palabra más, desapareció camino de su puesto.

Tras la retahíla de la enfermera miró a Marcus, que realmente parecía que se había tragado un sapo y estaba a punto de desmayarse. – ¡Ey! ¿Has estado aquí todo el rato? ¿Me has traído tú? – Pero cuando le miró a la cara le vio realmente triste. – Pero ¿Qué te pasa? ¿Te han castigado por mi culpa? – Preguntó preocupada. Al fin y al cabo se había desmayado en un lugar prohibido y eso era un poco delator.


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Miér 10 Feb 2021 - 17:51

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CON Alice EN Mazmorras Día 20 de enero de 1996 a las 16:00h
Y ahí seguía, en la misma posición, como una maceta que hubieran dejado en el taburete. Lo único que hacía era hipar de vez en cuando, sollozar, sorber por la nariz y limpiarse una lágrima cuando se le escapaba. Por lo demás, ni él ni las mascotas se habían movido. Por eso no fue dificil detectar cuando Alice empezó a reaccionar.

Apenas se removió lo más mínimo, Marcus alzó la cabeza con los ojos muy abiertos, Elio dio un saltito en su sitio y la condesa trepó hasta ella. Tragó saliva, notando como temblaba un poquito de nuevo, expectante, viendo si Alice realmente estaba ya despierta o no, y cómo. Nada más escucharla hablar se tensó y buscó a la enfermera con la mirada, pero esta parecía tener un sensor, porque ya iba para allá. Se acercó al borde de la cama y se apoyó, mirando a la chica. Pero antes de poder decirle nada, la Señora Durrell comenzó con su trabajo. Se quedó mirándolas de hito en hito a una y a la otra, hasta que dio un respingo ante la mención de la mujer a que se llevara a las mascotas. - Sí, Señora Durrell. - Pero, ¿cómo? No se quería ir de ahí, no se pensaba ir de ahí, y le daba pena echar a Elio y a la Condesa, estaban tan preocupados como él. Pobre Condesa, estaba temblando. ¡Y Elio había traído al Prefecto Graves! Le iba a dar todas las chuches que quisiera, lo enterraría en chuches si era preciso. Los cogió a ambos y, mirando de reojillo a la enfermera, se los metió en la túnica. Total, eran diminutos, entre los dos no sumaban el tamaño de una lechuza normal. Y ahí no molestaban. Y Elio era obediente, si le decía que no saliera, no saldría. La Condesa... No tanto, pero quería pensar que con lo asustada que estaba no se iría a ninguna parte.

Se estaba reajustando la ropa lo mejor posible para que no se le notaran cuando la mujer le volvió a llamar. Estaba tan tenso, más aún teniendo en cuenta que estaba desobedeciendo a una adulta, que dio tal saltito sobre su sitio que casi se le caen los dos animales al suelo, menos mal que se le agarraron bien. Fue a abrir la boca para repetir por enésima vez que no se quería ir, pero al parecer solo le pedía que se pusiera al otro lado de la cortina para... Oh, claro, que tenía que hacerle cosas en el cuerpo y eso. Entonces sí, mejor se escondía. Cruzó la cortina mirando a Alice como si temiera que al cerrarla fuera a pasar una calamidad, pero todo parecía en orden. Estaba escuchando a la mujer de fondo hablar, y como él parecía haber pasado a un plano en el que no iban a hacerle más caso, aprovechó para holgarse un poco la túnica y mirar por el hueco. - Estaros tranquilitos, ¿vale? Por favor. - Susurró a Elio y a la Condesa. - Que si no, nos van a echar a todos. -

La enfermera le dijo que podía volver, y Marcus asomó los ojillos con prudencia por detrás de la cortina. Pero todo estaba como cuando se fue, así que cruzó al otro lado y volvió a sentarse en el banquito. Atendió a todas las instrucciones de la mujer y, cuando se marchó, miró a Alice con pesar. Se sentía tremendamente culpable, y aunque la enfermera ya había dejado claro que el desmayo había sido por no comer, él no podía evitar pensar que si se hubieran ido tranquilamente a la sala común, ahora no estarían donde estaban. A la pregunta de si había estado ahí todo el rato asintió con tristeza, y a la de si le había traído él, negó con la misma expresión. Y entonces le preguntó si le habían castigado. Volvió a negar, y su intención era hacer una muequecita con los labios, por hacer algo... Pero lo que salió fue un pequeño puchero. Acercó el banquito a la camilla y apoyó en esta los antebrazos, dejando la barbilla reposar en ellos y notando como los ojos se le humedecían de nuevo. - Te ha traído nuestro prefecto. - Dijo, y la voz le salió muy quebrada. Bajó la mirada con pena.

Tragó saliva e intentó respirar hondo, porque no quería llorar... Pero ahí estaba, otra lágrima. Se incorporó un poco de su posición, se la limpió y tomó aire de nuevo, aunque muy entrecortado. - Lo siento. Te he dicho cosas muy feas antes de que te cayeras. - La miró. Y ahí iba a empezar otra vez el bombardeo de frases agobiadas. - ¡No lo pienso! Te lo prometo, es que estaba asustado, y enfadado, y por eso te lo he dicho. Pero no eres cruel, y me gusta que te guste la alquimia, y ya sé que no lo has hecho a posta, y que no me quieres fastidiar. Y... Y... Y no quería dejarte sola, de verdad, no me iba a ir, solo quería que me siguieras. Y tienes razón, el alumno ese no se tenía que haber dejado ahí la piedra. ¡Si te ha salido genial! Es decir, ha sido impresionante. - Sollozó un poquito y se limpió otra lágrima. - Y no, no me han castigado. - Apuntó. Porque con todo el agobio no había contestado a su pregunta.
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Miér 10 Feb 2021 - 19:16

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CON Marcus EN Mazmorras A LAS 16:00 del 20 de enero de 1996
Siendo sinceros, no se había visto venir aquella reacción de Marcus. Estaba a punto de darle la mano, cuando el chico por fin habló, y lo que dijo, la dejó clavada en el sitio. – ¿CÓMO? – ¿Acababa de decirle que su guapísimo prefecto, aquel chico tan alto, guapo y correctísimo la había llevado a la enfermería? O sea, el prefecto Graves la había cogido en brazos y ella, literalmente, se lo había perdido. Las mejillas se le pusieron rojísimas, y se le puso otra vez el dolor de cabeza como agujas. Tenía muchas preguntas que hacerle a Marcus, pero, de repente, recuperó la capacidad de hablar, o más bien, de no callar.

Trató de atender a todas las frases que su amigo decía a la velocidad del rayo, pero es que no le daba tiempo a contestar. Movió los ojos rápidamente y parpadeó, tratando de encontrar las palabras, pero solo le salió acercarse a él y limpiarle la lágrima. – Eh, pero no llores ¿Por qué lloras? Si no te han castigado, no pasa nada. Ese era todo mi miedo. Si no es la primera vez que me desmayo, ni nada… A veces es que se me olvida comer y si hace calor… – Dijo con una sonrisa de lado. – Ya sé que te estaba poniendo muy nervioso, es que a veces me ciego con las ganas de descubrir y de saber… – Se estaba angustiando de verle así. – Eh, Marcus… Somos amigos. Pase lo que pase. Aunque te enfades conmigo porque no paro quieta… Yo tampoco pienso que tú seas cruel. – Dijo con una risita. Tiró de su mano atrayéndolo hacia sí. – Estoy bien ¿Ves? Y no estamos enfadados ninguno de los dos. Todo ha salido bien. – Inclinó la cabeza y juntó su frente con la de él. – Siempre que quieras saber si todo está bien… Haz esto. Así verás que sigo aquí y que no estoy enfadada. – Sonrió y alzó los ojos para buscar su mirada. – Somos Marcus y Alice. Siempre volvemos a encontrarnos y ser amigos.

Se separó con una sonrisa, y justo la Condesa Salió de la túnica de Marcus y saltó a su regazo, haciéndose un rosquito tembloroso. – ¡Oh! Condesa Olenska ¿Tú también estabas asustada? ¿Marcus ha cuidado de ti? – Alzó la vista y le miró con ternura. – Gracias. Por cuidar de ella y de mí. – Eso le recordaba. – Oye… Eso que has dicho antes… ¿El prefecto Graves me ha traído aquí? ¿Cómo? ¿En brazos?– Otra vez notó que se ponía roja. – Oye y ¿cómo me he caído? O sea estaba como muy… – “¿Con la falda por las orejas, o cara de muerta o en algún situación en la que preferiría morir a verme otra vez?”

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CON Alice EN Mazmorras Día 20 de enero de 1996 a las 16:00h
Al menos Alice estaba bien, y solo con eso debería encontrarse mejor. Pero había pasado tan mal rato que aún le duraba el miedo en el cuerpo, y cuando la chica se acercó a limpiarle la lágrima solo pudo entornar los ojos vidriosos hacia ella como un perrillo desconsolado. - ¿De verdad? - No sabía si eso de que no fuera la primera vez que se desmayaba era buena señal o no. - Pues tienes que comer. La comida está buena. - Trató de aportar, como si eso fuera alguna ayuda o Alice no lo supiera. Al parecer no lo sabía, si se le olvidaba comer con tanta frecuencia. Pero los ojos se le habían aguado otra vez. - ¿Fue porque nos acercamos al círculo de calor? - Preguntó temeroso. Si es que lo sabía, no tenía que haber ido hacia allí.

Volvió a bajar la mirada y a sorber un poco por la nariz, lo cual pareció más un sollozo entrecortado, mientras ella intentaba consolarle. Ahora también se sentía mal por eso, porque Alice, quien claramente tenía el problema porque para algo estaba en la enfermería, tuviera que consolarle a él, que solo estaba asustado como un crío pequeño. Vaya imagen estaba dando. Pero cuando le atrajo hacia ella alzó la mirada hacia la chica y le devolvió una sonrisita triste al verla reír. Asintió a sus palabras, y entonces Alice juntó su frente con la de él. Tragó saliva y la miró, escuchando con mucha atención, como hacía cuando estaba en clase. Y lo que dijo le hizo sonreír, feliz y aliviado. - Siempre. - Repitió. Marcus y Alice, siempre volviendo a encontrarse, siempre siendo amigos. Pasara lo que pasara. Y si algo iba mal, si tenía dudas, siempre podían hacer ese gesto y volver a sentirse mejor. Sí, le gustaba eso. Anotado para la próxima... Aunque esperaba que Alice no se le desmayara más.

Cuando se separó estaba mucho más calmado, y ya se le había quedado una sonrisita en el rostro. Dio un último y suave sollozo y se limpió la cara, parpadeando. Se acabó el llorar. Alice lo había dicho, estaba bien, todo iba bien, y no estaban enfadados. Así que genial. Ahora lo que tenía que hacer era procurar que la chica se encontrara lo mejor posible y se pusiera fuerte para que no le pasara más. Miró como la Condesa se acurrucaba con Alice, asustada. Pobrecita, también había pasado un mal rato, y no era la única. - ¿Y sabes quién ha sido nuestro héroe? - Se metió la mano entre la túnica y recogió en la palma a su bolita de plumas, que se asomó tímidamente. - Nada más caerte, Elio salió a buscar ayuda. Ha sido súper valiente y ha estado aquí todo el tiempo. Y luego le voy a dar una chuche, o dos, que se las ha ganado. - Dijo meciendo un poquito a la lechuza en su mano y acariciándole la cabecita, a lo que el pajarito pio con gusto. Miró a Alice cuando le dio las gracias y se encogió un poquito de un hombro, negando con la cabeza y bajando la mirada. Era lo mínimo que podía hacer, estar allí con ella.

Volvió a guardar a Elio entre sus ropas, aunque dejando que se quedara con la cabecilla fuera, por si la enfermera volvía y le regañaba por no haberle sacado de allí. - ¡Sí! Por lo visto estaba cerca de donde estábamos, Elio le llamó y vino corriendo. - Asintió enérgicamente, con una sonrisa y los ojos llenos de admiración. Sus dos prefectos eran sus ídolos, pero después de lo que había hecho Graves por ellos... Ahora solo sentía una gratitud inmensa hacia él. - Te cogió en brazos y te trajo corriendo, así, ¡shium! - Ya se estaba entusiasmando. Había pasado uno de los peores tragos de su vida, pero ahora lo recordaba y parecía estar hablando de un héroe. Y él había presenciado su heroicidad. - Y decía: "¡abran paso, que voy a salvar a una alumna!" - Eso no había sido exactamente así. Pero entre el agobio, la admiración y la imaginación que tenía Marcus, se había desvirtuado un poquito. - Y abrió la puerta de un golpe, y vino corriendo y te dejó en la camilla, y se lo explicó todo a la enfermera, y me ayudó un montón porque yo estaba muy nervioso y no podía decir casi nada, y me dijo que me iba a llevar a tomarme algo calentito pero yo no me quería ir de aquí. Pero la enfermera luego dijo "no puede haber tanta gente" y por eso se ha ido, porque yo quería quedarme aquí contigo. - Se encogió de hombros. - Pero dice que luego viene. - Algo era algo. - Y le pidió un informe a la enfermera. Y le dijo que hablara con la prefecta Harmond para que cuide de ti en los dormitorios de las chicas. Ah, y no nos va a quitar puntos ni nada... Pero dice que no entremos más. - Eso último lo aseveró con un poco más de seriedad. Pero la siguiente pregunta de Alice era un poco rara. Se quedó pensando unos segundos, con una muequecita en los labios, pero al final se encogió de hombros. - Te has caído. - No sabía bien a qué se refería con "cómo". Él prácticamente la vio ya en el suelo. - Es decir... Has cerrado los ojos, y de repente... Pum. - Y mejor no lo recordaba, porque se le ponía mal cuerpo otra vez.
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CON Marcus EN Mazmorras A LAS 16:00 del 20 de enero de 1996
Asintió con la cabeza a lo de que le había pasado más veces. – Es que no me gusta comer. – Luego negó a lo del círculo. – No, no, si ya lo estaba notando cuando estábamos en clase, pero pensé que aguantaríamos hasta llegar a la sala común para pedirte algo dulce – bajó la voz –, que estuviera un poco más bueno y agradable que el brebaje ese de la enfermera Durrell. – Aunque probablemente sí que tenía que ver, pero es que le seguía viendo demasiado angustiado por una trastada que se le había ocurrido a ella.

Miró a Elio cuando Marcus dijo aquello y sonrió brillantemente. – ¿Eso has hecho, monada? – Elio pio alegremente cuando le dijo aquello, al ver que le miraba tan contenta. – Pues gracias por salvarme, precioso. Eres realmente un héroe. – Se inclinó hacia donde estaba, poniéndole morritos como si le fuera a dar un beso y, para su sorpresa, Elio saltó y le dio con el pico en le labio inferior. Ella saltó de sorpresa y alegría. – ¡He enseñado a Elio a dar besitos! ¡Qué genial!

Se rio y escuchó el relato Marcus. De veras que le estaba más que agradecida por quedarse allí a su lado tan insistentemente. Alargó la mano y tomó la suya. – Eres el mejor. Me has cuidado genial, yo creo que por eso me he levantado antes. Y ya me encuentro mucho mejor. De hecho, creo que me puedo ir ya, a ver qué dice la señora Durrell. – Pero Marcus no había detallado la parte que a ella le interesaba que era cómo estaba ella cuando el prefecto la cogió en brazos. Madre mía, Hillary y las demás la iban a oír, iba a repetirlo hasta la saciedad, ya se visualizaba… Y por supuesto, en su visión, no se le veía la ropa interior al levantarla con la falda del uniforme, que era lo que le preocupaba a ella de aquella situación.

Y como salido de su visión, apareció por allí su salvador. – ¡Vaya! Ya te has despertado, Gallia, me alegro mucho. Se te ve mejor. – Alice se hundió en la camilla, deslizándose entre las mantas, con una sonrisita y las mejillas encendidas. – Hola, prefecto Graves. – Dijo, siendo poseída de repente por el espíritu de una Alice súbitamente estúpida. – Me han dicho que es que no has comido, eso no puede ser, eh. Que aún tienes que crecer para ponerte a la altura de tu amigo Marcus. – Contestó él con esa sonrisa tan maravillosa que tenía, y revolviéndole cariñosamente el pelo a su amigo, y ella asintió como un corderito. – Y deja de meterle en líos, Gallia, que mira cómo se preocupa por ti. – Añadió en tono confidencial, pero sin perder esa sonrisa tan astuta. Ella empezó a juguetear con los dedos con una sonrisita nerviosa. – Tú puedes llamarme Alice. – Él amplió aún más la sonrisa. – Entonces tú puedes llamarme Howard, no prefecto Graves. – Ella soltó una carcajada nerviosa y se tapó la boca con la mano. – No… Me da vergüenza. – El prefecto rio y dijo. – Entonces yo no puedo llamarte Alice… – Y ella seguía en el bucle de la risita, por lo que él dijo. – Tengo una idea. Te voy a llamar Gal, como diminutivo de Gallia. Ni para ti ni para mí – Ella asintió entusiasmada. – Vale, genial, me parece genial, es perfecto, me gusta, me encanta. – Eso le arrancó una carcajada al prefecto de nuevo, y su vergüenza volvió.

La enfermera volvió por allí con una bandeja de comida. – A ver, que tienes que comer, Gallia ¿Otra vez aquí el gato?Es una gata. – Matizó Alice. – ¿Me puedo ir ya? – La mujer rio. – No, qué va. Te tengo que subir la tensión y vigilar lo que comes. Mañana por la mañana, te levantas y te vas a clase después de que te vea yo desayunar. – Alice arrugó el morro y se puso a comer el arroz que le habían puesto por delante. – Venga, Graves, que tengo tu preciado informe y lo que le tienes que dar a Harmond. No te quedes aquí más rato a ver si se me va a desmayar otra vez. – Dijo mirándola y con un toque de sorna en sus palabras. El prefecto se levantó con una sonrisa y le dio con el índice en la mejilla. – A sus órdenes, señora Durrell. Ponte buena, Gal. Todavía tienes que dar mucha guerra. – Y Alice podría haberse dejado morir en ese instante, pero solo pudo sonreír. – O’Donnell, puedes quedarte un rato más, pero si quieres ayudar a tu amiga deberías ir a por su pijama y el uniforme para mañana y traérselos antes de la hora de cenar.

Casi se le había olvidado que Marcus estaba allí. Se giró y le dijo. – Lo siento si te he hecho pasar mal rato. Te prometo que no vuelvo a colarme en el laboratorio. Pero tú tienes que prometerme que vas a enseñarme todos los libros de alquimia que conoces, por favor. Quiero ser una compi de laboratorio a tu altura. – Le sonrió ampliamente y susurró. – El prefecto Graves es el chico más guapo del mundo… Pero tú tienes los ojos más bonitos… Y sabes alquimia. – Le dijo guiñándole un ojo.

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CON Alice EN Mazmorras Día 20 de enero de 1996 a las 16:00h
Sonrió radiande cuando vio como Alice felicitaba a Elio y la reacción de su lechuza. Se le veía tan contento de haber ayudado, y realmente había ayudado un montón, porque si no llega a ir a por el prefecto Graves, quizás el mayor no le hubiera encontrado. Y no iba a ser la única proeza de la lechuza ese día, al parecer. - ¡Hala! - Se sorprendió, riendo después. - Es que aprende muy rápido, es súper listo. Y te tiene mucho cariño. - Se encogió un poquito de un hombro con una sonrisa, acariciando a su animalito. Había pasado un mal rato, pero ahora estaba viviendo un momento feliz.

Miró a la chica cuando cogió su mano, escuchándola, pero a lo que dijo negó con la cabeza. - Ha dicho que es mejor que pases aquí la noche. Puedo quedarme aquí contigo, si quieres, y así no estás sola. - Pero él también prefería que se quedara allí. ¿Y si se desmayaba otra vez en el dormitorio cuando ya estaban todas las chicas dormidas y no podía nadie salvarla? ¡Qué miedo! Y justo alguien entró en la enfermería. No alguien cualquiera: su prefecto. Marcus se giró y se cuadró, mucho más sonriente. - ¡Se ha despertado! - Anunció. Supuso que el chico se alegraría de aquello, también se había preocupado mucho. Se quedó en un educado segundo plano dejando que el prefecto hablara con la paciente, con las manos entrelazadas tras el regazo y una sonrisita tranquila, mirando al uno y al otro conforme hablaban. Alice parecía que se había vuelto un poco tímida de repente, nunca la había visto así, aunque si fuera él probablemente también sentiría un poco de vergüenza de que el prefecto le viera malito en la enfermería. O peor, que la prefecta Harmond le viera así, todo desmayado. Con lo guapa y perfecta que era esa chica...

Se irguió contento por alusiones cuando el chico dijo que Alice tenía que ponerse igual de alta que él. Ahora era más bajita, pero bueno, aún tenían que crecer los dos. El prefecto le revolvió el pelo y Marcus puso una cara muy parecida a la que ponía Elio cuando él le acariciaba las plumitas. Admiraba tanto al prefecto Graves, era tan listo, y tan simpático, y tan bueno... Ojalá algún día llegara a ser como él. Y a Alice parecía caerle bien, así que si llegaba a ser como él, a ella le iba a parecer buena idea. Y quizás habría alumnos de primero que le admiraran tanto como ellos admiraban a Howard y Anne.

La enfermera Durrell había vuelto y Marcus prestó mucha atención a todo lo que decía. Tenía que enterarse bien, porque conocía a Alice y ya mismo estaría dando saltitos por ahí y diciendo "no es para tanto", de hecho ya se quería ir, y necesitaba seguir el tratamiento tal y como la enfermera lo mandaba para que no le pasara más. Eso de "me pasa a veces" se iba a acabar, no quería más sustos ni ver a la pobre Alice en el suelo ni una vez más. Aunque no entendió por qué le dijo al prefecto que se iba a desmayar otra vez si se quedaba. ¡Pero sí la había salvado él! Eso no tenía sentido. Pero el chico obedientemente se levantó para irse, y Marcus se abrazó a él sin dudarlo. - Gracias, prefecto Graves. - El chico rio, revolviéndole el pelo de nuevo. - De nada, colega. Y llámame Howard, tú también. - Marcus sonrió con los ojos iluminados y el chico volvió a guiñarle un ojo, pero antes de irse les miró a ambos. - Y no os coléis más en el laboratorio de Alquimia. Le diré a Anne que os haga una pequeña excursión un día si os gusta tanto, que ella sí la cursa, pero ni hablar de entrar solos. - Les sonrió y, ya sí, se fue. Estaba decidido: iba a ser prefecto algún día.

Se giró ante la llamada de la enfermera, dispuesto, y casi sale volando para cumplir su cometido, pero Alice volvió a hablarle. Negó con la cabeza con una sonrisa. - No te preocupes... Pero te tomo la palabra. - Desde luego que no se iban a colar más en el laboratorio. Arqueó las cejas. - ¿Has oído eso? La prefecta Harmond nos va a hacer un tour. - No iba a dormir esa noche de la pura expectación. Estaba pensando en lo mucho que la admiraba a ella también y lo divertido que iba a ser cuando Alice dijo que el prefecto era el chico más guapo del mundo. No se había dado cuenta, pero era verdad que era guapo, solo una de las muchas virtudes que tenía. Aunque Alice añadió algo más... Y se sonrojó un poquito. Alice siempre tan directa. - Los tuyos son muy Ravenclaw. - Le contestó, encogiéndose de hombros con una sonrisita. - Y muy bonitos también. - Se rascó un poco la nuca... y entonces recordó que tenía un cometido.

- ¡Oh! Tus cosas. - Era importantísimo que las tuviera ya. Cogió a la Condesa y se la metió en la túnica. - Antes de que nos regañen de nuevo, me los llevo. - Se acercó a la chica y dijo apresurado. - Vuelvo en un segundito, de verdad, no tardo nada, nada de nada. Pero come. Y no te muevas. Por favor, no te vayas a ninguna parte. Y come. Tienes que comer. - Insistió mucho, pero dicho eso salió corriendo. No quería dejar a Alice sola así que más le valía correr, porque estaban en el primer piso y su sala común en lo más alto de la Torre Ravenclaw. Subió las escaleras como un rayo y entró en la sala común a toda velocidad. - ¡¡¡HILLS!!! - ¡AY! Qué susto, Marcus. - Alice está en la enfermería. - La chica ahogó un gritito y se tapó la boca con las manos. - ¿¿¿Por qué??? ¿¿¿Está bien??? - Sí sí, luego te lo cuento. Necesito que vayas al dormitorio de las chicas y me traigas su pijama, el uniforme de mañana, el libro de transformaciones porque la tenemos a primera hora y... cositas que tú creas. No sé, un cepillo de dientes o un peine o, no sé, cosas que use. - Que no le faltara de nada. - ¡Ah! Y llévatela, porfi. - Añadió, sacando a la Condesa de su túnica y poniéndola en manos de la chica, que salió diligentemente corriendo a hacer lo que le había pedido. Marcus subió volando a su dormitorio y cogió exactamente lo mismo para él porque estaba decidido a pasar la noche en la enfermería. Y cuando lo tuvo todo, sacó tres chuches de su mesita de noche y dejó a Elio posado en esta. - Tienes que quedarte aquí, pero toma, te las has ganado. Vuelve a la lechucería cuando acabes, ¿vale? - Le dio un besito en las plumas. - Eres la mejor lechuza del mundo, ¡gracias! - Y bajó de nuevo corriendo a la sala común.

Había ido tan rápido que Hillary no había vuelto aún, así que se fue a la estantería, se subió en las escaleritas para llegar a la balda de los libros de Alquimia y cogió dos al azar. Ya investigarían. Bajó y se fue a la fuentecita de chuches que había sobre la mesa y se metió una chocolatina y varias grageas en el bolsillo. - ¡Ya estoy aquí! - Vaya, pues Hillary llevaba un montón de cosas. Y él otro montón. A ver cómo bajaba con eso. Hizo una muequecita pensativa, recorriendo con la mirada toda la sala común, hasta que vio una de las mantas del sofá. Lo cogió todo y lo puso en la manta, envolviéndolo como si fuera un saco y haciéndole un nudo, sacando la varita justo después. - ¡Wingardium Leviosa! - Estupendo, así levitando lo podía cargar. Dio un saltito de satisfacción consigo mismo y, mientras volaba hacia el exterior de la sala común, bramó a la chica. - ¡¡Gracias, Hills!! - ¡Pero dime qué ha pasado! - Pero Marcus ya estaba fuera.

Apareció por la enfermería a tal velocidad que casi cayó sobre la camilla con un jadeo. - Ya... ya estoy. - Pero criatura, ¿te has traído media torre Ravenclaw? - Solo lo indispensable. - Contestó con ahogo. Había dado tal carrera que solo le faltaba desmayarse él. Miró a Alice y le sonrió con orgullo. - Lo mínimo que necesita Alice Gallia. -
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CON Marcus EN Mazmorras A LAS 16:00 del 20 de enero de 1996
Estaba hipnotizada con el prefecto y todo lo que decía. Pero es que encima había dicho que la prefecta Harmond les haría un tour por el laboratorio. Si es que eran perfectos, lo que no tenía el uno lo tenía la otra. Sonrió ampliamente cuando Marcus se lo recalcó. – Es que estoy deseando levantarme de aquí solo para eso. – Aseguró, entusiasmada asintiendo con la cabeza.

Casi se le había olvidado que tenía que comer. Y había un plátano en la bandeja. No, si encima tendría que comerse el plátano también. Con un profundo suspiro, volvió a comer del arroz, mientras Marcus volvía a caer a caer en lo de ir a por sus cosas. Dio una última caricia a la Condesa, para dejarla tranquila y dijo. – Pórtate bien, y tranquila, mañana ya estoy ahí. – Y acarició mínimamente la cabecita de Elio antes de que Marcus se los llevara. – Que sí, no te preocupes. – Le aseguró. Algo se activaba en su corazón al verle tan preocupado por ella. Alice no había tenido nunca muchos amigos. Conocía a Poppy de antes, y estaban sus primos y sus amigos de La Provenza, pero no estaba acostumbrada a que nadie que no fuera de su familia se preocupara tanto y se tomara tantas molestias por ella.

Se le había quedado una sonrisilla en la cara, cuando vio pasar a la enfermera cerca y se acordó de algo. – Señora Durrell. – Ella se giró y ahora a Alice le daba un poco de palo preguntarle. Pero la estaba mirando y ahora no podía echarse para atrás. – Antes ha dicho que ha visto lo de mi madre en el expediente… ¿Usted sabe explicarme qué le pasa? – Mamá llevaba poco tiempo enferma, pero Alice no era tonta. Aunque todos fingían que no pasaba nada, que todo iba a estar bien, veía la preocupación y las sonrisas tensas. Alice solo quería saber qué le pasaba, por si había algo que podía hacer. La enfermera la miró. – ¿No te lo han contado? – Ella se encogió de hombros. – Solo que está enferma de los pulmones y que se va a curar. Pero me da un poco de miedo preguntar, porque todos se ponen tristes cuando lo hago. – La señora Durrell asintió en silencio y se sentó en la cama junto a ella, sacando de nuevo el cacharro ese para escuchar. Se lo puso a sí misma en el pecho. – Mira, escucha. – Ella, alucinada, se puso el extremo en las orejas, alucinando. – Escucha mi respiración. – Y la enfermera hizo varias respiraciones profundas, que se sentían como la brisa del mar cuando había temporal y soplaba muy muy fuerte. – Ahora escúchate a ti. – E imitó las respiraciones de la mujer. La suya sonaba mucho más suave, como el roce de una tela. – La mía suena mucho menos. – Dijo despejándose las orejas. La enfermera asintió. – Efectivamente. Tus pulmones son los de una niña, y los míos los de una mujer adulta. Los de tu madre, son como los tuyos, pero en una mujer adulta, así que no funcionan todo lo bien que tu madre necesitaría. – Tenía sentido, claro. Asintió lentamente y dijo. – ¿Y cómo se cura?

Pero justo entonces, llegó Marcus jadeando y cargado con un hatillo gigante levitando a su lado. – ¡Hala! ¡Qué de cosas has traído! ¿De verdad decías en serio lo de dormir aquí? – Dijo con los ojos brillantes y mirando inquisitivamente a la enfermera Durrell. – Habrá que aceptarlo, igual con O’Donnell aquí tengo un buen guardián pendiente de que vas a comer. – Dijo ella con una risa. Luego le señaló con la cabeza. – Mira, escucha el corazón de tu amigo, ya verás, seguro que ahora va estruendosamente rápido. – Ella tiró de la mano de Marcus y volvió a ponerse el cacharro en las orejas. – ¡Sí, ven! – Puso el otro extremo sobre el pecho de Marcus, y un violento latido invadió sus oídos. – ¡Buah! ¡Cómo suena tu corazón! ¡Mira! – Dijo pasándole la parte de las orejas. – Estás súper vivo. – La enfermera rio y recogió el cacharro de nuevo. – Igual acabas siendo enfermera, tú también, Gallia.¿Qué hay que hacer para eso?Pues… Ser muy buena en Pociones, Encantamientos, Herbología también es importante… – Se incorporó un poco, emocionada. – ¡Soy buenísima en todo eso! ¿Alquimia hace falta? – Preguntó entusiasmada. La señora Durrell ladeó la cabeza. – Puede tener aplicaciones interesantes, sí. Pero, de momento, lo que tienes que hacer es comer. – Ella asintió obediente, porque estaba muy agradecida con la señora Durrell por explicarle tantas cosas, y volvió al arroz, mientras miraba alucinada lo que había traído Marcus y señaló los libros. – ¡Te has traído libros de Alquimia! – Terminó con el arroz y lo apartó, empezando a pelar el plátano. Mientras, se hizo a un lado para dejarle hueco junto a ella y dijo. – Vente aquí y me lo enseñas.

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Última edición por Ivanka el Jue 11 Feb 2021 - 22:30, editado 1 vez


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CON Alice EN Mazmorras Día 20 de enero de 1996 a las 16:00h
Apoyó las dos manos en la camilla y bajó la cabeza. Menuda carrera. Marcus era muy de subir y bajar escaleras, en su casa lo hacía continuamente, sobre todo cuando se emocionaba con algo y se convertía en un pequeño torbellino que hacía muchas preguntas. Era la persona idonea para tener la sala común en la zona más alta del castillo, porque no le importaba subir y bajar mil veces. Pero lo había hecho volando como una escoba.

Alzó la cabeza, aún jadeante. - ¡Pues claro! - Por supuesto que decía en serio lo de dormir allí. Ojalá tuviera dominado el hechizo convocador, habría traído todo aquello a golpe de hechizo en vez de tener que irse corriendo y dejar a Alice sola (bueno, con la enfermera Durrell), pero para aprenderlo iba a tener que esperar a cuarto. Al menos la mujer había aceptado, menos mal, porque no pensaba irse de allí y no quería pelear con un adulto.

Pero al parecer ambas estaban hablando de algo antes de que él llegara, y mientras recuperaba el resuello Alice tiró de él y le puso ese cacharro en el pecho. Se extrañó un poco, pero luego Alice le pasó lo de oír, y escuchó el golpeteo violento de su corazón. - Wow, sí que estoy vivo. - A ver, ya sabía que estaba vivo, pero eso era como una prueba muy real. - A ver tú. - Pero la enfermera ya había recogido el cacharro. La mujer debió compadecerse de su cara de perrillo apaleado y, rodando los ojos, se lo dio. - Venga, compruébalo y me lo das, que no es un juguete. - Marcus cogió el aparato con alegría y se puso la parte correspondiente en los oídos y la otra en el pecho de la chica. - Oh. Qué lentito. - Mucho, en comparación con el suyo. Miró a la enfermera. - ¿Por qué va tan lento? ¿Y por qué el mío tan rápido? ¿Es porque se ha desmayado? ¿Está bien? - Tranquilo, cielo, es el tuyo el que va más rápido de la cuenta, pero porque vienes corriendo. En un ratito, se pondrá al mismo ritmo que el de ella. - Eso tenía sentido. Le devolvió el instrumento, conforme, y atendió a la conversación de Alice y la Señora Durrell. - ¡Sí que se le dan bien! - Miró a Alice. - Podrías ser enfermera en San Mungo, o aquí en el castillo ayudando a la Señora Durrell. Eso sería genial. - Que buen equipo harían si él pudiera quedarse por allí de prefecto y Alice ser la enfermera de Hogwarts.

Sonrió con alegría, dejando el saco de cosas que había traído a los pies de la cama y sentándose en el huequito que le había dejado Alice. - ¡Sí! Estaban en una de las estanterías más altas. Supongo que porque se da por hecho que es para alumnos más mayores y, por tanto, más altos. - Se encogió de hombros y eligió uno de ellos. - ¡Mira! Este habla de conservación de plantas. - Se acercó un poco más a ella y abrió el libro en su regazo. Leyó un poco por encima, haciendo una muequecita con los labios. - Hm... Parece muy difícil... - Miró a Alice. - Mi abuelo sabe, yo lo he visto hacerlo. Algún día, aprenderemos. - Y entonces cayó en algo. - Oh, por cierto. - Dijo bajando el tono, mirando a los lados para comprobar que la enfermera no estaba por allí. - Te he traído esto. - Sacó la chocolatina del bolsillo. - También tengo grageas. La enfermera ha dicho que necesitas azúcar. - Justificó con una sonrisa.

Y ahora que lo recordaba... Él no había cenado, y ya mismo empezaría a rugirle el estómago. Bueno, cuando se recuperara de la carrera hacia la torre, iría rápido al gran comedor y se traería la cena a la enfermería. De mientras, siguió ojeando el libro. - ¿Cuál es tu flor favorita? A ver si viene por aquí cómo se conserva. -
Merci Prouvaire!


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CON Marcus EN Mazmorras A LAS 16:00 del 20 de enero de 1996
La enfermera Durrell no paraba de escalar puestos en su lista de personas favoritas, juntos a sus padres y sus prefectos. Porque no solo le había explicado perfectamente lo de mamá y le había enseñado a usar el cacharro ese, es que encima le iba a dejar a Marcus oír el suyo. Y, cómo no, ya encontró su amigo un motivo para agobiarse. – Ah, pues a mí me parecía normal. – Y la enfermera Durrell se lo confirmó, lo cual le puso una sonrisa satisfecha, que se amplió cuando Marcus confirmó lo que decía la enfermera. – ¡Sí! ¿No sería súper guay? – Aunque, en verdad, dudaba que le hiciera mucha ilusión estar en Hogwarts si Marcus no estaba por allí. Bueno, quizá se hacía profesor de Alquimia, o de Encantamientos, o de lo que le pareciera, porque realmente, era bueno en todo.

Asintió encantada a lo que le decía Marcus sobre el libro, con los ojos como platos, porque iban a leer un libro que estaba pensado para más mayores. Le encantaba. Pero tanto a Marcus como a ella siempre les decían que “eran muy maduros para su edad” así que seguro que lo entenderían perfectamente. Pero hasta él decía que era difícil. – Eso parece. Yo no entiendo nada. Pero obviamente tu abuelo sí, tiene que ser el mejor alquimista del mundo. – Dijo segurísima de ello. Aprovechó y puso la cabeza sobre su hombro mirando el libro. – Pero sin duda es lo que más me interesa de la alquimia hasta ahora.

Pero, de repente, Marcus cambió de tema, y, a escondidas, sacó una chocolatina. – Wow. – Dijo con cara de pillina y alzando las cejas. – Marcus O’Donnell desobedeciendo a un adulto por mí. – Cogió la chocolatina y la abrió. – Más vale que me coma las pruebas. – Dijo comiéndoselo. Y mientras masticaba y tragaba, se giró y le dio un beso en la mejilla a su amigo. – Gracias. Eres el mejor.

Y entonces le planteó aquella pregunta y ella se dejó caer un poco sobre el respaldo de la cama, alzando los ojos y cruzándose de brazos. – A mí no se me puede hacer esa pregunta. – Contestó finalmente con una risa. – Las flores del almendro son preciosas, y solo duran un mes al año, merecería la pena conservarlas. Pero las lavandas me recuerdan a Saint-Tropez y las anémonas francesas son las flores del viento. Luego el romero… ¡Oh! Y el espino blanco, tiene un montón de flores blancas y, cuando lo miras, parece que ha nevado… – Suspiró y le miró. – Total, que no podría decirte una sola, la verdad. Supongo que elegiría alguna que fuera importante para alguien a quien quiera mucho. Como los díctamos para mi madre. – Terminó con una risita. Ah sí, podría hacer eso eternamente y no se cansaría. – ¿De qué sabores te gustan las grageas? Puedo comerme las que no quieras tú.


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CON Alice EN Mazmorras Día 20 de enero de 1996 a las 16:00h
Miró a la chica con una expresión orgullosísima. - ¡Lo es! Es súper genial. ¿Sabes que trabajó un tiempo con Nicolas Flamel? - Podría tirarse la vida hablando maravillas de su abuelo, porque era su ídolo, la persona a la que más admiraba del mundo. - Y tiene un libro súper antiguo que me ha dicho que me lo va a regalar cuando empiece a estudiar alquimia. Tiene un montón de anotaciones escritas, que no es que yo sea partidario de escribir en los libros, pero por lo visto es un libro en el que los alquimistas pueden escribir los descubrimientos que van haciendo y eso. Y hay anotaciones de alquimistas de Irlanda, de España, de Turquía, de Francia por supuesto, ¡¡hay anotaciones de Flamel!! Dice mi abuelo que algún día, si me convierto en alquimista, podré escribir yo cosas también. Si vienes un día a casa de mis abuelos, le diré que te lo enseñe. Y cuando me lo regale, te lo prestaré. - Estaba tan entusiasmado hablando y pasando las páginas del manual, balanceando los pies que le colgaban de la camilla, que no había recabado en que Alice había apoyado la cabeza en su hombro. Estaba tan a gusto así. Solo cambiaría la enfermería por la sala común, pero por lo demás, estaba todo perfecto.

Chistó y rodó un poquito los ojos. - No he desobedecido a ningún adulto, nadie ha especificado que no puedan traerse chocolatinas a la enfermería. De hecho, la Señora Durrell dice que necesitas azúcar, y esto tiene azúcar. - Estaba perfectamente argumentado y en paz con su conciencia, así que volvió a centrarse en el libro... Hasta que el besito en la mejilla le sacó de allí. Sonrió y se ruborizó un poquito. - No es nada... - Se mordió el labio, bajando la mirada unos segundos. - Alice... Tienes que comer, ¿vale? ¿Me lo prometes? - Se giró hacia ella. - Si quieres podemos sentarnos juntos en la comida. Yo puedo ayudarte a hacer los platos si no sabes cómo elegirlos. ¡Es que en los desayunos casi ni te veo! Y te estás perdiendo un montón de cosas ricas. ¿Sabes cómo me gusta a mí comerme las tortitas? Se pone una en el planto, se le echa un poquito de sirope de arce, luego pones otra, le echas otro poquito de sirope y asi, hasta que tengas una torre de cuatro o cinco tortitas. Y luego se le echa un poquito de chocolate por encima. Y fruta. A ti te gustan los arándanos, ¿no? Pues hay arándanos, y plátanos, y fresas. A veces hay hasta nada montada. Y bolitas de chocolate. Y nueces. Están muy ricas, de verdad. El sábado te preparo yo un plato. - Porque los sábados era día de tortitas. Pero vaya, que para él todos los desayunos estaban ricos.

Cuando Alice empezó a hablar de flores y mencionó las del almendro, empezó a pasar rápidamente las páginas del manual para buscarlas. Pero entonces añadió más flores, y también fue a buscarlas, pero dijo más flores y ya se detuvo y las escuchó todas porque si no se iba a pasar todo el rato pasando páginas hacia delante y hacia atrás. Se llevó un índice a los labios, pensativo. - Lo de conservar las flores del almendro porque solo duran un mes tiene mucho sentido, lo suyo es conservar algo poco común. Pero siendo nosotros unos principiantes, quizás sea más fácil empezar por el romero, que es más frecuente y sencillo de manejar. - Pensó en voz alta, en su habitual estilo práctico. Pero miró a la chica y sonrió con su argumento. - Es verdad... Si fuera a regalársela a alguien, yo también cogería algo significativo... Aunque primero habría que hacer muchas pruebas. Sigo pensando que el romero es buena opción para empezar. - Él ya tenía su planificación montada. Un día le regalaría a Alice una florecita, para un cumple o algo así, y elegiría una de las de esa lista. Pero después de mucho investigar y practicar.

A la mención de las grageas, las sacó del bolsillo. - Las he traído todas para ti. - Dijo con una sonrisa adorable... Aunque... - Pero si tuviera que quedarme con una... - Es que le gustaban mucho las grageas. Pero no quería dejar a Alice sin chuches, así que se conformaría con una nada más. - Estas que son como doradas saben a cerveza de mantequilla. Están buenísimas. - No son horas de estar comiendo chucherías, ¿no creen? - Comentó la enfermera a su espalda, haciéndole dar un pequeño respingo. Marcus se encogió adorablemente de hombros. - Es que Alice necesita azúcar. - Alice sí, pero tú no. - Comentó la mujer con una ceja arqueada y sonrisa de "no seas tan listillo". - Ya están sirviendo la cena, O'Donnell. Deberías ir a cenar antes de que tenga que atenderte por desmayo a ti también. - Es verdad que tenía mucha hambre. Hizo una mueca pensativa y miró a la mujer. - Pero... - Síii Marcus, yo me quedo con ella. Tu amiga está perfectamente, ¿no la ves, ahí enterrada en libros? - La mujer suspiró. - Estos Ravenclaw... No hemos cambiado ni un ápice. - ¿Usted también era Ravenclaw, enfermera Durrell? - Por supuesto, ¿lo dudabas? - Comentó la mujer con una sonrisa satisfecha, y se inclinó hacia ellos para susurrarles. - ¿Acaso no somos los mejores del castillo? - Eso hizo a Marcus reír, pero la mujer se incorporó. - Venga, O'Donnell, vete a cenar. - ¿Puedo traerme mi cena aquí? - La mujer suspiró sonoramente. - Primero entráis armando un escándalo, luego me llenáis esto de animales, después me vuelcas media sala común de Ravenclaw en mi camilla y ahora entra comida de fuera. Esto parece de todo menos una enfermería. - Porfaa. - Suplicó con su mejor cara de niño bueno. - Está bien. - ¡Gracias! - Se levantó de un salto, contento. - ¡Vuelvo en nada! ¡Te dejo las grageas! ¡No te muevas! - Y salió volando de allí otra vez.
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CON Marcus EN Mazmorras A LAS 16:00 del 20 de enero de 1996
Alice asistía anonadada a la explicación de Marcus sobre el libro. –– ¿Y toda esa gente ha escrito en un solo libro? ¡Es genial! ¡Hay que leerlo! –– Luego pensó en lo que había dicho sobre que él escribiría algún día. –– ¿Vas a ser como tu abuelo? Sería lo más, porque serías alquimista y podrías enseñarme tú el laboratorio y todo eso. Y ya no estaría prohibido, porque, en fin, sería tuyo. – Dijo alzando las cejas observando el libro, según lo iba pasando, y perdiéndose en el pensamiento de qué tan guay sería ir a casa de los abuelos de Marcus y ver todas esas cosas. Aunque memé siempre decía que era una salvaje, y le daba un poco de vergüenza, por primera vez quizá en su vida.

Marcus la sacó de sus pensamientos haciéndole prometer que comería. Ella alzó la cabeza. – Yo como, Marcus, te lo juro, pero es que no me gustan muchas cosas. – Hurgó en la caja de grageas. – O sea, estas cosas sí ¿No? Pero en general es que no tengo hambre. No tienes que preocuparte por mí, solo es que tengo el estómago más pequeñito. Porque yo soy pequeñita ¡Como tu Elio! – Hizo una mueca de disgusto. – Sí que me gustan las tortitas. Y los arándanos. Pero eso que describes me está dando dolor de estómago nada más que de pensarlo. – Negó con la cabeza. Pero en verdad no quería preocuparle, ya estaba bastante asustado. – Pero mira, te prometo que no voy a saltarme más comidas. Aunque no me haga la Torre Ravenclaw en tortitas. Pero te prometo de verdad que no vuelvo a saltarme una comida.– Dijo incorporándose y mirándole con una sonrisa satisfecha, por haber llegado a un ten con ten.

Escuchó su reflexión sobre las flores, completamente de acuerdo con todo. – ¡Oh! El romero me encanta. Su olor es genial y sirve para montón de cosas. Florece sin ton ni son, puedes tener un romero durante años y un buen día ¡Pom! – Dijo haciendo un gesto, abriendo la palma hacia arriba. – Así que si tienes la suerte de que te toque una de esas, en verdad mercería mucho la pena conservarla. – Frunció el ceño leyendo lo que había justo bajo sus ojos. – Pero ahí dice que perderían el olor, así que a lo mejor no compensa mucho. El romero ese una planta útil y aromática, si le quitas eso... No tiene mucho sentido. Sería muy bonita, pero no tendría... Lo que la caracteriza.

Justo entonces, la enfermera surgió, riñéndoles, o más bien riñéndole a Marcus, por las grageas. Ella se limitó a estar callada, no lo fuera a empeorar. Pero tuvo que abrir los ojos como una lechuza. – ¡Wow! ¿Usted era Ravenclaw? – Definitivamente, la enfermera Durrell estaba en su podio de personas favoritas. Asintió cuando Marcus dijo que traería la cena y miró a la mujer. – Gracias. – Dijo con una gran sonrisa llena de gratitud sincera. Ella se sentó a su lado y le puso un manguito en el brazo. – No hay de qué. No hables ahora. – Justo iba a preguntar que eso para qué servía, pero la enfermera, como buena Ravenclaw que era, se lo vio en la cara y dijo. – Esto es para medir la tensión... La tuya aún está un poco baja, pero mejor que cuando has venido desde luego. – Ella asintió. – Aprovecha que O'Donnell no está y ponte el pijama, y métete en alguna de las camas de ese lado. – Cuando ya lo había hecho, se dirigió toda contenta con el libro de Alquimia y la enfermera le dijo. – Gallia. El plátano. – ella resopló disconforme, pero no la quería hacer enfadar a la mujer, que había sido muy maja con ellos. – Es bueno para ti. – Ella refunfuñó, cogiendo el plátano que antes había empezado a pelar. – ¿Sí? Pues a mi me empacha mucho la verdad. – La enfermera soltó una risita sarcástica. – No. O'Donnell es bueno para ti.

Ella ya se había afincado en la cama, detrás del libro de alquimia y reflexionó sobre lo que le acababa de decir la enfermera ¿Que Marcus era bueno para ella? ¿Porque era muy listo? ¿Porque era más bueno, o más bien, menos tendente a meterse en líos? ¿Porque comía como un pavo? Puede que por todo a la vez. Sí. Marcus era muy bueno con ella, así que, probablemente también era bueno para ella. Poco después, entró precisamente de nuevo en la enfermería. Alice levantó el libro y dijo. – ¡Mira! He llegado a esta parte en la que dicen que se pueden hacer joyas. Yo nunca he tenido, porque todos dicen que la rompería. Solo los pendientes y porque no me los quito. – Dijo, volviendo a hacerle hueco en la cama a su lado.
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CON Alice EN Mazmorras Día 20 de enero de 1996 a las 16:00h
Ser como su abuelo. Eso sí que sería genial. Ya solo de imaginárselo estaba deseando avanzar el tiempo a toda prisa para que llegara ese momento cuanto antes. Sonrió ampliamente a lo de que podría entrar en su taller... Pero luego se imaginó a una Alice revolucionándole su perfecto taller de alquimia y ya no le hizo tanta gracia. - Pero aunque no esté prohibido, seguirá siendo peligroso, porque sigue siendo alquimia. - Dijo con tono prudente. - Yo te enseñaré mi taller todas las veces que quieras, y haremos transmutaciones de plantitas juntos... Pero si te digo que algo no se toca, no se toca. - Remató con una muequecita resabiada. Lo que le faltaba era convertirse en un alquimista súper importante y que Alice entrara y le incendiara el taller.

No sabía si le convencía mucho el argumento de Alice. Movió un poco la boca hacia un lado en una mueca entre contemplativa y disconforme, pero a su analogía respondió. - Pero Elio no se ha desmayado nunca. Porque tiene el estómago pequeñito en un cuerpo pequeñito. - Al decirlo le hizo un poco de gracia. Esbozó una sonrisita y le dio un par de palmaditas muy suaves a Alice en el pelo. - Aunque tú también eres pequeñita. Pero no tanto. - Rio un poco, sin embargo se le cambió la expresión a una de ofensa cuando no pareció convencerle su maravillosa receta de tortitas. - Qué exagerada. Las cosas no se saben si te gustan hasta que no las pruebas. - Se encogió de hombros con dignidad. - Pues el sábado yo me haré un plato para mí. Si las quieres probar... - Ya se encargaría de vendérselas bien. Además, no había nada que vender, ¡si es que estaba buenísimo!

Al menos le había prometido que no se saltaría más comidas. Asintió conforme y se apuntó mentalmente la promesa, porque no se le iba a olvidar en absoluto. Leyó la página que Alice señalaba. - Mi abuelo una vez me enseñó un frasquito vacío cerrado que tenía y me dijo que oliera, y olía a menta un montón. Solo era olor. Quizás hay alguna forma de extraer el aroma de la planta, como hacía el círculo de calor con el calor. - ¡Es que era un mundo tan complejo e inexplorado! Además, su abuelo siempre decía que con la alquimia nunca dejabas de aprender, que cada día salía una cosa nueva, y otra y otra. Pero su estómago no paraba de rugir y la enfermera ya le había dicho que fuera a por su cena, así que no lo demoró más y salió corriendo de allí para volver lo antes posible.

Llegó de nuevo casi derrapando al comedor, colocándose directamente delante de las fuentes de comida y llenando rápidamente su plato casi sin mirar. - ¡¡Marcus!! - La voz de Sean le hizo dar un sobresalto, y al mirar le vio acercarse junto a Hillary, ambos con cara de preocupación. - ¿Dónde estabas? - ¿Estabas con Alice? - ¿Qué le ha pasado? - ¿Por qué no está aquí contigo? - ¿Y por qué vienes corriendo? - ¿Se va a quedar allí? - ¿Pero está bien? - He escuchado que el prefecto Graves la llevaba en brazos. - ¿Se va a recuperar? - ¿Se va a quedar Graves con ella? - Dicen que ha sido una explosión en el laboratorio de Alquimia. - ¿¿Estabais en el laboratorio de Alquimia?? - ¡Parad! - Cortó Marcus, que no era capaz de procesar tal bombardeo de preguntas. Los otros dos enmudecieron en el acto, pero se quedaron mirándole como dos lechuzas asustadas. - Habíamos entrado al laboratorio de Alquimia... - ¡Qué fuerte! - ¡Solo a mirar! - Precisó Marcus con impaciencia a la interrupción de Sean. - ¡Y no ha habido ninguna explosión! ¡La habríais oído! - Bufó a un lado. Explosión. Qué tontería. - Alice se ha desmayado. - Hillary volvió a taparse la boca con las manos, aspirando un gritito de angustia. - Pero ya está bien. Ha sido por no comer, así que voy a echarme mucha comida en el plato a ver si puedo darle algo. Aunque ya le he llevado algunas chuches. - ¿Te vas a quedar allí con ella? - Preguntó Sean, aunque debajo de su preocupación se veía una sonrisilla. - Sí, no quiero que esté sola y triste toda la noche en la enfermería. De hecho, ya me estáis entreteniendo. - Que él iba volando por algo. Cogió un buen cuenco de arándanos, pero sus amigos no habían terminado. - ¿Entonces el prefecto Graves la ha cogido en brazos porque se ha desmayado? - Preguntó Hillary, que acto seguido esbozó una muequecita de niña envidiosa en la cara y se cruzó de brazos. - Pues qué suertuda. Yo también me voy a hacer la desmayada... - Ya lo tengo todo. ¡Nos vemos mañana! - ¡Dile a Alice de nuestra parte que se mejore! - Bramó Sean a lo lejos cuando Marcus ya estaba prácticamente en la puerta.

- ¡Ya estoy aq...! - ¿Y Alice? No estaba en la camilla, ¿¿dónde estaba?? Casi se le cae la bandeja al suelo, pero apareció la enfermera Durrell con una tranquilidad impropia de alguien que viene a decirle "tu amiga está súper grave y le ha pasado de repente y nos la hemos tenido que llevar". Nada más verle la cara de susto, la mujer suspiró con una sonrisilla. - Solo se ha trasladado a la cama, O'Donnell. No creerás que iba a dormir en la camilla. - Vale, eso tenía sentido. Respiró con alivio y se dirigió a las camas, apareciendo por allí con una sonrisa. - Mira qué festín más rico. - Anunció en un tono nada discreto, porque se notaba perfectamente que intentaba venderle a Alice la comida como si fuera una niña pequeña. - He traído doble ración de todo, así que lo que quieras, lo puedes coger. - Sonrió. - Y te he traído arándanos. - Le puso el cuenquecito en la mesita de noche, porque eso sí que era exclusivamente para ella.

Se sentó en un banquito junto a ella y apoyó la bandeja en los pies de su cama, empezando a comer. Mientras masticaba, miró lo que le señalaba en el libro. Estaba con la boca llena y tuvo que tapársela un poco, porque no pudo evitar que le saliera una breve risilla a eso. - Me lo creo. - Que rompería todas las joyas, ya, no le extrañaba. - Pero algún día, dejarás de comportarte como un puffkein travieso y podrás llevar todas las joyas que quieras. - Se llevó otra cucharada a la boca y, mientras masticaba, vio algo que le hizo abrir los ojos con ilusión. - ¡Mi abuelo sabe hacer eso! - Terminó de tragar, que se había quedado a medias, y señaló la página. - Se hace con carbón y cristal, se transmutan juntos o algo así y brillan un montón. Mi abuelo le regaló a mi abuela una diadema con carbones transmutados como esos cuando eran novios. - Siguió mirando la página y, con una sonrisilla de suficiencia, volvió a su comida. - Los de mi abuela son más bonitos. - Siguió comiendo, mientras fantaseaba con su futuro como alquimista. - Si algún día tengo mi propio taller, te dejaré que vengas a hacerte tus propias joyas. Y yo también haré joyas para mi novia, todas las que quiera. - Comentó alegremente mientras comía. - Eso sí, tienes que prometerme que cumplirás las normas de mi taller. - Insistió, mirándola. - Y que vas a comer. Pienso poner como primera norma "prohibidos los desmayos". -
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CON Marcus EN Mazmorras A LAS 16:00 del 20 de enero de 1996
Marcus había traído comida como para cinco personas y Alice le miró significativamente. – No esperarás que coma yo algo de eso. Acabo de terminarme el plátano. – Pero vio su carita, y se acordó de como había llorado antes, así que se puso a picotear de los platos, y se dejó el cuenco sobre ella, mientras iba comiendo arándanos. Rio fuertemente y entornó los ojos. – ¡Pero los puffkein son monísimos! Y a mí me gusta mi comportamiento. Yo siempre voy a ser Alice Gallia, así que a lo mejor es que no estoy hecha para las joyas. – Dijo con un punto de dignidad, porque siempre que le decían algo del comportamiento, le dolía un poquito en el orgullo. En verdad siempre había querido joyas como las de mamá, pero no pensaba dejar de ser como era. Y si por ser así tenía que renunciar a llevarlas, pues eso le quedaba.

Pero los ojitos le brillaron cuando dijo lo de la diadema y los carbones. – ¡Eso es súper bonito! ¿Los novios alquimistas regalas esas cosas a sus novias? – "Pues más me vale buscarme un novio alquimista, quiero cien de esas". El único inconveniente es que eso eliminaba al prefecto Graves. Pero bueno ya habría otros. – Me encantan las diademas, aunque siempre llevo las coletas, pero algún día, llevaré el pelo por aquí de largo – dijo señalándose con la mano por las costillas –, como el de mamá, y sabré suficiente alquimia para hacerme una diadema yo, si es que no tengo un novio alquimista. – Alzó la mirada para enfocar a Marcus y asintió. – A ver, no te puedo prometer aquí y ahora que no me vaya a volver a desmayar nunca jamás, pero te prometo que intentaré haber comido bien cuando entren tu taller. Y solo tocar lo que tú me des permiso. – Confirmó con una expresión más seria, para que viera que lo decía de verdad. Volvió a su posición y siguió ojeando el libro por encima del hombro de Marcus, mientras comía arándanos distraídamente, hasta que llegó a la parte de los símbolos alquímicos. – Eso me interesa, antes he visto muchos y no tenía ni idea de qué significaban. – Marcus pasó la página y vio los de los cuatro elementos. Señaló rápidamente el del aire y dijo. – ¡Yo me pido ese! Es el mío porque me encanta el viento. – Le miró con una sonrisa y dijo. – Y luego el fuego. – No sabía por qué, ver arder el fuego le atraía, le hipnotizaba.

He pensado en lo del aroma que me has dicho, y con lo que t gusta a ti comer, igual, mejor que quitarle el aroma a una planta, que es como quitarle lo que la define, puedes quitárselo a la comida. – Señaló a los platos que habría traído. – En plan, galletas, o chocolatinas, o cerveza de mantequilla o cualquier cosa que te guste. Los olores son lo que más nos activa los recuerdos, así, cuando seas mayor y quieras acordarte de Hogwarts, tendrás los olores para activar tus recuerdos. – Dijo con una gran sonrisa, contenta de poder sugerirle algo. Pasaron un rato largo mirando los libros y comentando animadamente, sintiéndose en el paraíso, entonces, la enfermera llegó y dijo. – Chicos, hay que ir pensando en dormirse. Tienes que descansar y mañana hay clase temprano. – Alice asintió, pero su plan era hacerse la dormida y luego seguir hablando con Marcus, así que se hizo la buena y se levantó para lavarse los dientes, y cuando volvió, en seguida cerró los ojos muy fuerte, para que pareciera que estaba dormidísima. Pero en cuanto sintió que la enfermera apagaba las luces, alargó la mano hacia la cama de al lado y se la tendió a Marcus, hablando en susurros. – Marcus. Marcus, no te duermas. Vamos a aprovechar que estamos juntos, que siempre estas tú en el dormitorio de los chicos y yo en el de las chicas.
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