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Sáb Feb 20, 2021 1:32 pm
Recuerdo del primer mensaje :


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CON Varios EN Sala común Del 8 al 15 de enero
Perfectamente podrían haber sido las veinticuatro horas más largas de su vida. Hacía tres días estaba con Alice en su casa, hacía dos le estaba diciendo a Sean que quería decirle lo que sentía por ella... Y, de repente, ni siquiera supo cómo ocurrió, todo estalló en mil pedazos. Y algo le decía que era de manera definitiva. Al final le dijo lo que sentía, sí... Mal, a gritos, con reproches y con el resultado de que ella le dijera claramente que no le creía. Tanto tiempo perfilando en su cabeza como hacerlo bien, para acabar haciéndolo estrepitosamente mal, imposible hacerlo peor. Cuántas oportunidades había perdido. Quién pudiera volver atrás en el tiempo...

...O no. Ciertamente, estaba muy enfadado, dolido, frustrado, decepcionado y sintiéndose estúpido. No había pegado ojo en toda la noche, y por momentos se enfadaba más aún con ella, y por otros le daban ganas de salir corriendo a buscarla y rogarle que hicieran como si nada hubiera pasado. Y se odiaba a sí mismo por necesitarla tanto, al tiempo que se odiaba por ser tan sumamente orgulloso y negarse a ir a buscarla. Al fin y al cabo, ella había sido la que había estallado sin venir a cuento, la que le había increpado con un montón de cosas hirientes y, por supuesto, la que le había dicho que se fuera. "Sal de mí, Marcus", "vete", "márchate". Muy bien, él ante todo era obediente. Si quería que volviera, iba a tener que pedírselo ella... Y ya se lo pensaría. Se negaba a pasarse toda la vida siendo abandonado cada vez que a Alice le diera la gana. La decisión estaba tomada. Se acabó.

Era más fácil pensar eso cuando era de día y estabas ocupado, cuando no la tenías delante, cuando no estabas en un sitio que te recordaba a ella. Que, en el caso de Marcus, era básicamente... Todo el maldito castillo. Porque así eran ellos, se habían pasado siendo inseparables siete años, y eso tenía su contraparte cuando te intentabas, de hecho, separar. Otro punto negativo de todo aquello era esa necesidad de estar solo y que nadie te molestara, porque todos le veían la cara, porque todos parecían no tener mejor ocupación que cotillear sobre ellos y a esas alturas, a solo un día de la pelea, ya parecía haberse enterado Hogwarts entero de que no se hablaban. Pero, al mismo tiempo, cuando estaba solo pensaba en ella. Recordar los buenos momentos se sentía como una estaca ardiendo clavada en su corazón, pero su alternativa era darle aún más vueltas a la discusión, o a los malos momentos que habían pasado, a discusiones o separaciones anteriores. En definitiva, ninguna opción era buena. Y odiaba estar así. Ese estado había tomado control de él. Y Marcus necesitaba sentir que él, y solo él, tenía control de él.

De la clase había ido al Gran Comedor, cogido su almuerzo y llevado al aula de prefectos, donde se había encerrado a comer mientras repasaba labores propias de su cargo de cara al inicio del trimestre. Esa cosa que nadie hacía pero Marcus, sí. Y era un momento tan bueno como cualquier otro. De allí, se fue a clase. Al menos en clase podía ponerse en primerísima fila, atender (o intentarlo), trabajar y olvidarse del mundo. Iba a irse a la biblioteca después, pero de seguro encontraría a más gente de su casa allí que en su sala común, a esas horas casi deshabitada. Sean se fue tras él. Su amigo había intentado saber cómo estaba, y Hillary. Pero solo se habían llevado un gruñido, un comentario cortante y un silencio por respuesta. Hora y media después, Marcus seguía en su sala común, sentado de mala manera en uno de los sillones, leyendo con cara de enfado, con una pierna por encima de uno de los brazos del mueble y la espalda torcida. Poco a poco la sala se había ido llenando de estudiantes que querían echar un rato de descanso con sus amigos antes de la cena. Pero Marcus no despegó la cabeza del libro.

No engañaba a nadie, no estaba leyendo, solo pasaba los ojos enfadado por encima de las líneas del manual. Llevaba una hora y media, literalmente, mirando las dos mismas páginas y sin poder evitar darle vueltas a la cabeza, lo cual solo le hacía fruncir más el ceño y aumentar su cabreo. Sean de vez en cuando le decía cosas: "creo que hoy toca pollo para cenar", "al final encontré el libro de pociones que estaba buscando", "me han dicho que el profesor de encantamientos da pistas para los EXTASIS", "anda, al final se ha puesto a llover". Marcus no contestaba a nada, como mucho soltaba un monosílabo que más parecía un gruñido. Hasta que la apertura de la puerta de la sala común le hizo entornar la mirada hacia arriba de nuevo.

Alice. Solo verla le agarró un doloroso nudo en el pecho y le hizo bajar la mirada al libro automáticamente, escondiéndose tras él mientras echaba aire por la nariz con frustración. No quería verla, suficiente había tenido con verla en clase esa mañana. No podía soportar estar allí. No sabía disimular, hacer como si nada, y no quería iniciar una nueva discusión con todos delante. No, es que directamente no quería que se hablaran, ni que se miraran. Ni arriesgarse a que fuera ella la que iniciara la contienda. Tampoco iba a estar muy receptivo si por obra de un milagro la chica se le acercara de buenas. No, definitivamente, no. Se tenía que ir de allí.

Tras apenas un minuto desde que hubiera llegado en el que se mantuvo con la mandíbula apretada y los dedos aferrando las páginas, cerró el libro y se levantó. - ¿Dónde vas? - Saltó rápidamente Sean, que al parecer se había esperanzado estúpidamente con que ese casual encuentro lo resolviera todo. - Tengo que estudiar. - Respondió secamente, echándose la mochila al hombro y dirigiéndose a la estantería. Sean se había levantado también. - Pero... Estamos estudiando aquí, ¿no? Se está muy bien, muy tranquilito. - Tengo cosas que hacer. - Cortó de nuevo mientras sacaba uno de los libros de la estantería, lo unía al otro en sus brazos y salía de la sala común a grandes zancadas. No sabía si se iba a ir a la biblioteca o no, como si se iba a mitad del campo de quidditch. Pero allí no se quedaba.

Apenas había llegado a la mitad del pasillo cuando alguien tiró violentamente de su brazo y le hizo girarse. - ¿Se puede saber qué coño haces? - Ya te lo he dicho: estudiar. - Se giró, pero Sean volvió a colocarle donde estaba. Estaba bastante enfadado. Lo que le hacía falta a Marcus, otro enfadado. - ¿Así va a ser esto ya siempre? ¿Ella aparece y tú te vas? - Déjame, Sean. - Estás haciendo el gilipollas. - ¿NO ME DIGAS? - Dijo, ciertamente alterado, volcando todo el tono que se había estado guardando desde que bajara la noche anterior de la torre de astronomía. Algunos alumnos se giraron de un respingo ante el bramido, y Sean dio un paso atrás. Pero Marcus ya había iniciado, así que siguió. - ¡¡Bienvenido a mi vida, Sean!! ¡Es justo lo que llevo haciendo desde que pisé este puto castillo, el gilipollas! ¡Enhorabuena, ya lo he reconocido, si era lo que querías! ¿Contento? - Bajó los brazos. - Ahora, deja que me vaya a estudiar, por favor. -
Merci Prouvaire!


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Mar Feb 23, 2021 5:08 pm

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CON Varios EN Sala común Del 8 al 15 de enero
Pero el muy gilipollas fue tan inútil de levantarse riendo, como si nada. - ¿Ahora vas a decirme que eres una niña inocente y buena que se escandaliza si le rozan? – Negó con la cabeza y dijo. – Mira, me voy, porque paso de meterme en problemas solo porque me estés provocando. – Y entonces la agarró del antebrazo, tal como había hecho aquel día, tal como a ella le ponía tan tensa y con un nudo en la garganta. – Tú no vas a ninguna parte y lo sabes. Venga. ¿Por qué te pones así? No te estoy pidiendo nada que no le hayas dado ya a Lyevin y a O’Donnell, seguro que hasta a ese Hufflepuff que te seguía como un perrillo… ¿A qué viene ponerte tan estrecha? - Y aquello ya fue demasiado. Se pareció demasiado a Percival en casa de los Horner. A esa frase de “las chicas como Alice” y ya había tenido suficiente. Se giró rápidamente y le dio una bofetada. – No dejaría que me tocaras ni muerta. - ¡Gallia! ¿Qué estás haciendo?

Mierda, pensó. Se había dejado provocar, y ahora Kyla y la profesora Mustang la estaban mirando alucinadas. Cerró la boca porque creía firmemente que cualquier cosa que dijera lo iba a empeorar. - ¿Acabas de darle una bofetada a un prefecto? – Ella frunció los labios y se giró para salir de allí- ¡Eh! ¿Dónde crees que vas? Ahora mismo me explicáis que estaba pasando aquí. – Espetó la profesora. El prefecto aún se estaba pasando la mano por donde le había dado la bofetada, pero seguía con esa sonrisilla de superioridad. – Esta, que se cree muy digna dándome un tortazo solo porque se le diga la verdad. – Gal soltó aire por la nariz y dijo – Aprende lo que significa “no”, cretino, y luego me cuentas.Seguro que todo esto tiene una explicación, señora Mustang. – Dijo Kyla mirándola como si tuviera más información que la que acababa de recibir. – Pues estaría encantada de oírla. – Dijo la profesora, cruzándose de brazos. – Quería algo de mí que yo no le quería dar. Y no le ha sentado bien que se le diga que no. – Dijo parafraseando el tonito que había usado él. La profesora suspiró y dijo. – No puedo dejar sin castigo que hayas agredido a un prefecto. – Ella bufó y se dirigió a la salida. – Pues quíteme puntos. Estarán bien invertidos si he dejado en ridículo a este imbécil. - ¡Gallia, ya está bien! A vuestras salas los dos. Ya hablaremos tú y yo, prefecto Hughes. – Iba ya camino de la puerta, con Kyla corriendo detrás de ella, cuando oyó a su espalda. – Que me hayas dicho que no, no cambia el hecho de que seas una golfa. Por eso O’Donnell te ha tirado como una colilla cuando ha tenido lo que quería de ti ¿Para qué más se querría una chica como tú? - Se dio la vuelta enfurecida, pero Kyla se interpuso en medio, mientras la profesora se giraba, alucinada. – Diez puntos menos para ti, Hughes. Porque te vas el año que viene, si no, propondría fervientemente que te retiraran el cargo de por vida.

Kyla seguía empujándola para atrás, y Gal estaba obcecada en llegar hasta a él, pero entonces oyó la voz de la muchacha diciendo- ¡Gal! ¡Por favor! No puedo hacer esto dos veces hoy. Compórtate, te lo pido. – Ella frunció el ceño y la miró- ¿Dos veces? – Kyla asintió con la cabeza y dijo – Sí, pero por favor, vámonos y te lo cuento. Por favor. – Y con un resoplido, siguió a Kyla fuera del invernadero, deseando haberle dado más fuerte al gilipollas del prefecto. Avanzaron hacia el castillo a zancadas y Kyla empezó a tirarle del brazo. – ¡Eh! ¡Eh! ¡Gal, para! – Se giró bruscamente y gritó. – ¿QUÉ? – Y Kyla se echó un poco para atrás. – ¿Qué te ha hecho?¡Lo que los hombres siempre creen que pueden hacer conmigo! ¡Estoy harta! – La chica le cogió de las manos y la miró. – Gal, Gal... Viene de pelearse con Marcus. ¿Que qué? – Preguntó anonadada. – Ha estado provocándole esta mañana, lo único que quiere es alteraros a los dos y haceros tropezar. – Gal soltó una risa sarcástica. – Pues he tropezado pero de lo lindo. – Kyla ladeó la cabeza. – Bueno, podría ser peor. Podría haberte visto el director o el jefe de casa y no una profesora que te adora. – Pero Gal ya estaba llorando y mirando a otro lado. – ¿Peor que que haya tíos que se crean con derecho a tocarme sin mi permiso solo porque creen que me he acostado con Marcus, con Alek y con Theo? – Kyla suspiró y se inclinó hacia ella abrazándola. – Eh, ya está, no va a hacerte nada. Yo estoy aquí ¿Vale? No lo pienses más... No merece la pena pero... – Se separó de ella y le dijo, mirándola. – En algún momento tenemos que hablar de Marcus.

Merci Prouvaire!


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Mar Feb 23, 2021 5:26 pm

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CON Varios EN Sala común Del 8 al 15 de enero
Tragó saliva cuando atinó a reaccionar y negó con la cabeza, sacando esa sonrisa que nadie se creía otra vez a relucir. - No no, no se preocupe. - La mujer ladeó la cabeza con una sonrisa tierna. Había cerrado el libro y lo sostenía en su regazo, con las manos entrelazadas. - ¿Habéis escuchado ya todas las frases que os dijo mi bola de cristal? - Abrió los ojos como platos, delatándose en el acto. La mujer le emuló, abriendo mucho los ojos también. - ¿Otro tema difícil? - No, es… Esto, no sé de qué me… - ¿Hablo? - Terminó ella. - Mírame a los ojos, Marcus, y dime que no estás deseando saber de quién es ese corazón que escucháis. - ¿Cómo sabía eso? No lo sabía casi ni él, solo tenía la pista de lo que le había dicho Alice en Nochebuena. Se había quedado mirando a la mujer con una sombra de miedo en los ojos, porque no, de ninguna manera podía saber eso. Aunque… Fue de las pocas cosas que él le escuchó a Alice cuando habló en ese trance, y se lo dijo. Quizás era eso, sí, quizás le había oído decírselo. Tenía truco seguro.

- Yo no escuché nada. Lo que quiera que fuera, solo lo escuchó ella. - Dijo demasiado rápido, nervioso, con la cabeza algo baja, tratando de defenderse de sus propios pensamientos confusos. La mujer se acercó a él, recuperando la sonrisa. - Aún os queda tanto camino, Marcus… - Ya, yo no lo creo. - Zanjó él con amargura. No sabía por qué estaba entrando al trapo de aquello, pero ya de perdidos al río. - Al parecer sí que hice una jaula, y el pajarito ha salido volando. - Se encogió de hombros con una mueca irónica. - Siento si la he defraudado. - No más que cualquier otro Ravenclaw. - Dijo la mujer con una leve risa, como si tuviera delante a un niño pequeño que pataleaba por una tontería y a ella le pareciera absolutamente adorable. No le gustaba sentirse así, sabía muy bien de lo que hablaba. - Vuestra mente es vuestra mayor fortaleza, y a la vez vuestra mayor debilidad. - Continuó la mujer, mientras Marcus la miraba con cierto recelo. - A veces pensáis tanto, y tan rápido, que os olvidáis simplemente de… Mirar. Sentir. Percibir las cosas. - Marcus retiró la mirada, mojándose los labios. De ser un alumno ya le estaría dando varios cortes, pero era una profesora… Y, ciertamente, sentía que intentaba ser buena con él. A su extraña manera. - Es lo que os separa de la perfección, mi querido Marcus. Vuestra mente está cerrada. No veis más allá de lo que está escrito en los libros. Y hay cosas… Que también están escritas, aunque no podáis leerlas. - Esa frase. Seguía notando el corazón acelerado, pero la mujer aún tenía una última puntilla que dar. - Hay hombres que no creen que nada esté escrito, si no lo han escrito ellos mismos. - Marcus la miró súbitamente, y la mujer se irguió con orgullo. - Eso se lo oí al Ravenclaw más sabio que he conocido jamás. - Mi abuelo. - Confirmó Marcus. La mujer ensanchó su sonrisa. - Estoy segura de que no te conformas con compartir con él solo su apellido. Hay algo que diferencia a los hombres inteligentes de los hombres sabios. - La profesora puso una mano en su hombro con cariño, mientras se miraban a los ojos. - Sé un hombre sabio, Marcus. - Y con una última sonrisa, retiró la mano y pasó por su lado, dejándole totalmente descuadrado.

Segundos después, se giró hacia ella cuando la mujer ya se marchaba. - ¿A qué casa fue usted, profesora? - La mujer se giró sonriente. - Hufflepuff. -Dijo con orgullo. - Como el hermano de tu amiga. Estoy segura de que será mi mejor alumno. - A Marcus se le escapó una leve risa. - Bueno, eso será si se coge la asignatura. - La mujer soltó una carcajada musical, echando la cabeza hacia atrás, amplificando el aspecto de lunática que ya de por sí tenía.  - Créeme, la cogerá. Ese chico tiene un don que pocos tienen. Y cuando uno está predestinado a algo… - Y ahí lo dejó, en el aire. Le guiñó un ojo y, con su enigmática sonrisa, se dio media vuelta y se marchó.  
Merci Prouvaire!


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Mar Feb 23, 2021 7:49 pm

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¿Para qué más se querría una chica como tú? ¿Ni siquiera del primo Marcus? Conozco a las chicas como tú, que sirven para divertirse mientras... Se despertó, a Dios gracias. Ya no sabía si prefería esas pesadillas o las de las toses. De las otras se despertaba ahogándose, y despertaba a todo el mundo, y al menos estas eran más silenciosas. Pero el mal cuerpo y la sensación que se le quedaban eran terribles. Hillary y Donna estaban profundamente dormidas, pero a ella le daba hasta miedo volver a acostarse. Levantó la cabeza para mirar por la ventana y suspiró. Ya clareaba, pero aún no había empezado a amanecer. Cuando era más pequeña, aquello le pasaba mucho. Se levantaba antes que el sol y que nadie, y se ponía. leer o hacer cosas ella solita en la sala común. Ya nostenía doce años, pero aquella sensación de no querer volver a la cama era la misma. Lo bueno de ser más mayor es que tenía más experiencia y se atrevía a hacer más cosas, pero estaba menos loca. Con mucho sigilo, se vistió y se puso el abrigo más gordo que tenía. Supuestamente, salir a esa hora, era casi tan infracción como hacerlo a las doce de la noche, pero la vedad es que, con la semanita que llevaba, si se encontraba con algún profesor, no descartaba derrumbarse y decirle "Mire, tengo pesadillas con el prefecto Hughes y con Percival Horner ¿Le suenan?".

Pero no había nadie, absolutamente nadie. Era catártico recorrer el castillo así. En el frío silencioso de la mañana, oyendo solo los pajaritos, o algún cuadro charlando muy de fondo con otro. Realmente podría quedarse dando vueltas por los pasillos, pero la verdad es que sí que era tentar un poco a la suerte de encontrarse con alguien, así que dirigió sus pasos hacia los terrenos y a donde la quisieran llevar. Iba mirándose los pies, o mirando las nubes que cada vez se ponían más rosas anaranjadas por la llegada del amanecer, pero al final, esperaba que su subconsciente la llevara al invernadero. Pero no. Había acabado allí, en la maldita orilla. Aquel sitio era más que especial para ella. Era el sitio donde decidió dar el paso de besar a Marcus. Ese paso que lo haba cambiado todo, que había abierto la puerta a todo lo demás. Y Dios, cómo echaba de menos aquellos labios.

Pero, realmente, haciendo eso, ¿había sido ella la agente del caos de su propia destrucción? Ella había besado a Marcus, ella le había dado su ansiado permiso. Ella le había dado a entender que podía tener eso de ella. Ella le arrastró al suelo en el pasillo del cuarto piso, y al desván en La Provenza. Solo intentó pararle una vez. En la sala de los menesteres. Y porque sabía que eso sí que sería imposible de superar como amigos. Y tampoco intentó pararle con mucha insistencia. "No me voy a ir" resonaba en su cabeza. Y aún hoy, más de medio años después, sentía las brasas de su deseo arder cuando lo recordaba. Así que... ¿No era acaso verdad que ella era una de esas chicas de las que hablaban Percival y Layne? ¿O su abuela? O incluso Emma O'Donnell cuando hablaba de su tía Vivi. Porque era ella la que haba arrastrado al plano del "más que amigos" a Marcus. No podía culpar a Marcus de tratarla como ella misma le había demostrado que podía ser. Ella se lo dio todo, porque, como siempre, se había dejado llevar por los deseos de su corazón, y todos se resumían en uno: ser de Marcus. Ser de Marcus en cuerpo, pero también en alma, y eso no se lo había dejado claro. Ella misma había convertido a Alice Gallia en una de esas chicas que nunca había querido ser, pero a las que parece que estás condenada a convertirte si sigues el corazón y los deseos de la piel.

Se dejó caer de rodillas junto a la orilla. Las lágrimas rodaban por su rostro sin permiso y sin consuelo. Le pesaba el alma. Le pesaba el corazón. Le pesaban los días que llevaba peleada con Marcus, y la perspectiva de lo que le quedaba de vida sin él. Y le pesaba la muñeca. Se la miró, levantando la manga del abrigo. La pulsera. La parte de Marcus que llevaba con ella siempre y que ahora parecía quemarle la piel.
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Mar Feb 23, 2021 8:19 pm

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¿Cuánto le iba a durar ese estado depresivo de ir como un alma en pena por el castillo? Cuando no estaba cabreado con el mundo, tenía ganas de llorar. Era horrible. Cuando discutió con Alice, cuando determinó que aquello sabía acabado, sabía que iba a pasarlo mal. Pero los días transcurrían terriblemente lentos y sentía que iba a peor. Aquello era una tortura, apenas podía concentrarse a ratos fugaces, el resto del tiempo no hacía más que pensar en ella. Estaba tan desesperado que esa noche, mientras daba vueltas en la cama, llegó a plantearse si no sería muy descabellado pedirle a su tía Andrómeda que eliminara todos los recuerdos de Alice de su cabeza porque no aguantaba más. Pero apenas tardó segundos en arrepentirse: antes prefería morirse que perder sus recuerdos con ella, por mucho que dolieran.

Se había ido a la biblioteca antes de clase, harto de no poder dormir. Y ahora estaba delante del libro de Defensa y había ido a topar con el tema que estaban estudiando la noche que acabaron en el pasillo del cuarto piso. Sería tan fácil como pasar a otro tema, o como cerrar el libro y coger otra asignatura. Sí, sería fácil. Para otro. No para Marcus O'Donnell y su estricta planificación para el estudio. Alzó la cabeza y echó el aire, frotándose la cara... Y al abrir los ojos, lo enfocó. Ese pasillo. El pasillo que conducía a un sitio que llevaba cinco años sin visitar. Un sitio que le traía recuerdos de Alice, por supuesto, cómo no. Pero un sitio en el que podía encontrar una meta que no tenía nada que ver con ella. Ya lo había hecho una vez, ¿no? Perderse en lo que más ansiaba su corazón: su éxito, su futuro como alquimista, como mago de prestigio. Sí, eso le quitaría a Alice de la cabeza, le centraría de nuevo, le haría consciente de que había una vida sin ella y de que tenía un sueño que cumplir. Cerró el libro de golpe. Decidido, se acabó el llorar. Iba a encontrarse con el Marcus O'Donnell del que nunca se debió olvidar.

Miró a los lados y, tras comprobar que no venía nadie, abrió la puerta y se adentró en la estancia que guardaba el espejo de Oesed. Tragó saliva y se puso ante él, y allí estaba. Sí, había funcionado, debió suponerlo. Solo ver su reflejo le hizo sonreír: una versión de sí mismo ya no tan diferente de como se veía cuando lo miró con doce años, puesto que ya se parecía bastante a quien era ahora. En un enorme laboratorio de alquimia, rodeado de sus propios libros... Aunque, ahora que se fijaba, recordaba que fueran más, ya no eran tantos. Igualmente eran sus libros. Ese era su objetivo: ser un alquimista de prestigio y escribir muchos libros. Sin embargo, el Marcus del reflejo tenía un aura distinta. El que recordaba estaba de pie, orgulloso y sonriente, y desprendía un aura poderosa. Este no. Este estaba sereno, tranquilo, sentado y escribiendo. Sonreía pero... Tenía una extraña calma. Y entonces, el Marcus del espejo levantó la mirada, pero no le miró a él. Miró a su derecha.

Y esa sonrisa sí que lo iluminó todo. El Marcus de verdad frunció el ceño confuso. ¿Qué? ¿Qué había visto? ¿Qué era eso y por qué se le presentaba diferente el reflejo? Y entonces la vio. Por su derecha apareció Alice y el corazón le dio un violento latido. Estaba preciosa, llevaba una trenza a un lado y flores en el pelo. Se sentó junto a él, que no podía sonreír más, y dejó un beso en sus labios. Y allí se quedaron los dos. Con la frente apoyada el uno en el otro. Y de repente, todo lo demás ya no importaba. Los libros, los instrumentos de alquimia... Todo estaba deslucido en comparación con aquella imagen. Con la felicidad que manaba de ellos dos.

Se sentó en el suelo, derrotado y con los ojos llenos de lágrimas. ¿Eso era? ¿Eso era todo lo que su corazón deseaba? Y ahora, ¿qué? La había perdido, eso era un objetivo que nunca podría alcanzar. El espejo le estaba dando la razón a sus peores miedos: nada importaría, nada sabría igual, si Alice no estaba presente. Todo quedaba cubierto de una capa de polvo y tristeza si no estaba ella para compartirlo. Quería irse de allí, quería increparle al espejo que le había traicionado, que ese no era el objetivo con el que había ido a la sala. Que si lo llega a saber se queda estudiando. Pero no lo hizo... Solo se abrazó a sus rodillas y se perdió en esa hermosa visión, dejando que las lágrimas hablaran en silencio por él. Perdiendo la noción del tiempo.

En un momento determinado oyó un ruido tras él y rápidamente se pasó la manga por las mejillas. Miró hacia atrás y, para su sorpresa, vio a alguien a quien no pensaba ver allí. - ¿Dylan? - El niño sonrió y le saludó con un gestito de la mano, como si acabaran de encontrarse en un lugar cualquiera. ¿Cómo conocía Dylan ese sitio? ¿Se lo había dicho Alice, o lo había descubierto él solo? Respiró hondo y dio un par de palmaditas en el suelo para que se sentara a su lado, mirándole con una sonrisa fruncida en los labios. El chico avanzó y se sentó junto a él. - ¿Qué haces aquí? - Dylan sacó su libreta y escribió. - “Vengo a estar con mamá.” - Marcus tragó saliva, notando como se le hacía un nudo en el pecho. Le sonrió con cierta tristeza y mucho orgullo, ese niño era todo un ejemplo a seguir, no como él, que estaba allí lamiéndose sus heridas y haciendo el idiota. Pasó un brazo por encima de sus hombros y le atrajo hacia así, apoyando él la cabeza sobre los rizos rubios del chico y el niño dejando caer un poco la suya en su pecho.

Se quedaron así un ratito hasta que vio como el niño se revolvía un poco para poder escribir. Marcus aflojó el abrazo para darle más libertad y miró a la libreta. - “No se lo digas a Alice”. - Volvió a fruncir una sonrisa y le revolvió ligeramente el pelo. - Descuida. - Si ni siquiera hablaba con ella… Pero no veía necesidad de decirle eso. A lo mejor él lo sabía, quizás su hermana se lo hubiera dicho. O quizás no… Sea como fuere, él prefería no sacar el tema.

Tomó aire y miró de nuevo al espejo. Hablando de ella… Allí estaba. Se mordió el labio y bajó la cabeza, sintiéndose incluso avergonzado. Él tenía a la persona cuyo corazón más deseaba tener cerca a escasos metros y no le hablaba, y estaba sentado ante el espejo como el mayor mártir de la tierra. Y allí estaba Dylan a su lado, sereno y sonriente, viendo a alguien en el espejo con quien jamás podría hablar. ¿Se podía sentir más idiota? Pero en lo que él divagaba, el niño volvió a escribir. - “¿Vienes a verla a ella?” - Esbozó una expresión extrañada mientras leía la pregunta una y otra vez, como si intentara entenderla. Dylan debió captar su confusión y, segundos después, dibujó una flechita desde esa pregunta hacia donde en la frase anterior ponía “Alice”. Marcus alzó la mirada y se encontró con la de él. Se había quedado totalmente sin palabras.

Probablemente no estuviera tan en blanco en su vida. Ni él mismo sabía que iba a encontrar a Alice en el espejo, precisamente había ido allí para intentar olvidarse de ella. Y Dylan en los escasos minutos que llevaba allí lo había captado al vuelo. Ese niño nunca dejaba de sorprenderle. Y, además y lógicamente, era bastante paciente con los silencios de las personas, porque Marcus no le estaba contestando, se había quedado bloqueado y miraba un punto indefinido del suelo. Fue a abrir la boca pero Dylan debió pensar… Algo, no supo el qué, porque de repente le vio pasar las hojas de su libreta hacia atrás, como si buscara algo. Marcus le miraba con genuina curiosidad y el corazón un tanto acelerado. Empezaba a no saber por dónde podía salirle ese niño.

Entonces encontró lo que parecía estar buscando y, directamente, le tendió a Marcus la libreta. Este le miró, aún con el ceño fruncido en extrañeza, y lentamente la agarró y empezó a leer. “¿Es verdad que Marcus maldijo al prefecto de Slytherin por ti?” “Dicen que eres novia de Marcus y del de Durmstrang a la vez” “Me gusta Marcus. El otro me da miedo”. No tenía ni idea de por donde iba la historia, estaba totalmente bloqueado y su corazón se había acelerado de más. Pero esa última frase le había hecho un poco de gracia, no pudo evitar una breve risa. Entonces, leyó la siguiente: “¿Quieres a Marcus?” El corazón se le saltó un latido y, cuando volvió, iba a mil. Porque, ¡maldita sea! La pregunta estaba sin responder. Pero aún había más. “¿Como papá quería a mamá?”. Se le humedecieron los ojos. No sabía ni por donde empezar a pensar, ya no había nada más escrito, incluso pasó a la siguiente página pero lo que encontró fueron preguntas que parecían hechas a un profesor porque eran sobre Encantamientos. Tragó saliva. Esa pregunta se le había clavado en el alma, pero había más… ¿Dylan había preguntado eso… Porque… La respuesta anterior… Fue un “sí”?

El chico debió detectar que seguía confuso y bloqueado porque, suavemente, le quitó la libreta de las manos y volvió a la página que estaba. Escribió de nuevo y se lo enseñó. - “Quieres a Alice”. - Marcus tragó saliva, alzó la mirada hacia él y asintió con la cabeza, con una sonrisa y los ojos brillantes. Dylan esbozó una sonrisa pícara y señaló la frase que había escrito, en concreto los lados. Había hecho un par de circulitos a los lados de la frase y Marcus lo captó: que no era una pregunta, era una afirmación. Eso le hizo reírse sin poderlo evitar. Ese niño era muy grande. 
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CON Varios EN Sala común Del 8 al 15 de enero
Era la parte de Marcus que vivía con ella, que llevaba como un recuerdo de sus momentos juntos. De que algo sintió por ella, aunque ella misma se lo hubiera cargado. Y ese leve hilo de esperanza, que era fino pero seguía ahí, lo único que hacía era tirar de su corazón. Tenía que asumirlo. Asumir que ya no eran nada, que esa esperanza era vana y dañina. Se desabrochó la pulsera y la observó en su mano. Solo era un objeto inanimado, no latía, no hablaba, no sentía. Aquella pulsera no era Marcus, tenerla no le iba a dar nada, y no tenerla puede que le quitara de unos cuantos dolores de corazón. Así que, con un nudo en la garganta y el pecho cogido, se acercó a la orilla, y la tiró al lago. La oyó caer, con un chapoteo pequeñito, casi imperceptible. Así de rápido se haba deshecho de ella. Como su relación con Marcus. Tanto trabajo y en un chasquido, casi sin hacer ruido, había desparecido.

Se dio la vuelta, deseando irse y olvidar ese momento, pero se dio cuenta que no podía. Sentía una angustia enorme dentro, no podía ni andar, y un dolor punzante en su pecho acompañado de un angustia en su estómago que no podía tolerar. Volvió girarse y se dirigió corriendo a la orilla, llegando a meterse hasta los tobillos y gritando mientras sacaba la varita. – ¡Accio pulsera! – Y, para su suerte, la pulsera salió volando hacia atrás exactamente por el mismo sitio por donde había caído. Tiró la varita hacia atrás y la atrapó con las dos manos, ignorando el agua fría y todo. Ya estaba tranquila otra vez. Ya no tenía ese yunque en el pecho, ese miedo que la había atenazado cuando trataba de irse de allí. Aferró la pulsera entre sus dedos y se llevó el puño al pecho, llorando. – Lo siento, lo siento, lo siento... – Dijo, dejando salir su llanto libremente.

Estaba hablando on un objeto, pequeñito, que apenas pesaba, que ni siquiera correspondía o tenía ninguna magia. Y casi se siente morir cuando se iba sin él ¿Cómo se sentiría su padre con el retrato de su madre? Que le contestaba, le sonreía, le hacía ver que estaba allí. Qué no daría ella por que la pulsera le contestara a una sola de aquellas disculpas que en realidad quería decirle a Marcus. Cogió la joya y se la puso en la muñeca otra vez, dándole un beso cuando estuvo atada. – No voy a sacarte de aquí nunca más. Siempre conmigo. Pase lo que pase. No puedo olvidarte, no quiero olvidarte, eres parte de mí. – Y entonces lo entendió todo. La cama. Los vestidos. El retrato. Todo lo que ella le haba afeado a su padre, cobró sentido en su corazón. No era comparable, claro, si ella viera morir a Marcus, moriría con él. Pero al menos su padre tenía el convencimiento de que hizo feliz a su madre hasta el último día, y sin embargo ella... Había traído la tristeza y la amargura a la vida de Marcus. Había tantas cosas que cambiaría, tantas cosas que haría diferentes... Pero fuera lo que fuese, aquella pulsera viviría con ella. Hasta el último de sus días.

De repente oyó un grito. – ¡Gal! ¡Gal! ¿Qué haces? – Alzó la vista. – ¿Hills? – Su amiga corrió hasta ella y le tiró del brazo. Hacia fuera de la orilla. – ¡Gal! ¿Qué haces? No sabes nadar. – Ella fruncido el ceño extrañada. – Ya. No pensaba bañarte precisamente.¿Y qué haces aquí sola? ¿Con los pies metidos en el agua? ¿Y a estas horas? – Parpadeó. La verdad es que no se lo había pensado mucho, pero había sido estúpido por su parte. – Se me había caído una cosa al agua. He venido para hacerle Accio y recuperarla. – Su amiga la miró como si hubiera perdido el juicio, pero no dijo nada y simplemente la abrazó. – No me des estos sustos, Gal, por favor. – Se separaron, pero su amiga siguió mirándola, agarrándola de los hombros. – Hoy te quiero todo el día pegada a mí ¿Me has entendido? Pero Hills... ¡Alice Gallia! Pegada a mí he dicho. – Y tiró de ella en dircción al castillo. – ¡Hillary! ¡Hillary! ¡Pero déjame secarme que me muero de frío!¡No haberte metido en el agua en pleno enero! ¡Imbécil!
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Mar Feb 23, 2021 11:29 pm

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- "¿Qué hay en tu reflejo?" - Marcus ladeó una sonrisa mientras leía, y el chico añadió algo más. Debió verlo poco convencido. - "Si me dices el tuyo, te digo el mío." - Rio un poco y asintió. - Hecho. - Respiró hondo y miró hacia el espejo. - Me veo a mí mismo, un poco más mayor que ahora, en mi propio taller de alquimia y rodeado de libros que he escrito yo. -El niño le miraba sonriente, como si le estuviera contando un cuento. Como si le estuviera contando algo hermoso, abriéndole su corazón. Así debía interpretarlo un alma tan pura como la de Dylan. - Y... - Se mordió un poco el labio. - A tu hermana. - Tragó saliva. No podía dejar de mirarla. - Lleva una trenza en el pelo y... Flores. Como las que Olive y tú le pusisteis el otro día en los terrenos. - Le miró y se encogió de hombros con cierto toque de disculpa. - Lo siento... Pasaba por allí y os vi. - Dylan se apresuró a escribir. - "Lo sé." - Frunció el ceño. - ¿Me viste? Estaba bastante lejos. - El niño volvió a escribir. - "No. Pero Alice estaba feliz. Y Alice es feliz cuando tú estás cerca, aunque no te vea." - Tragó saliva. Dylan no dejaba de sorprenderle nunca, ni de descuadrarle. Al final iba a tener razón la Profesora Hawkins y tenía un don.

En el caso, claro, de que lo que dijera fuera cierto, que en vista de los últimos acontecimientos, lo dudaba bastante. No parecía ni mucho menos feliz cuando fue a buscarla a la torre de astronomía, más bien le estorbaba, se lo dejó bien clarito cuando le echó de allí. Miró a otro lado mordiéndose el labio con fastidio, pero por el rabillo del ojo vio como el niño escribía de nuevo. - "En mi reflejo estamos todos en La Provenza". - Marcus sonrió. - "Mamá está sana y papá está feliz. Y también los abuelos, y la tía Vivi. Y el Señor O'Donnell está jugando conmigo". - Marcus frunció el ceño pero sonrió aún más. - ¿Mi padre sale en tu reflejo? - El niño le miró en silencio unos instantes, con una expresión impertérrita. Por un momento temió que le preguntara si era tonto o algo así, porque le estaba echando una mirada de obviedad total. Pero bajó la vista de nuevo al cuaderno. - "Están todas las personas que quiero, y están felices. Por eso Alice y tú estáis juntos." - Alzó las cejas, y los ojos se le humedecieron otra vez. - ¿Yo también salgo? - El niño asintió contento y volvió a escribir. - "Y Alice lleva una trenza y flores en el pelo. Porque así es como te gusta a ti, y como le gusta a ella. Así que aparece así." - Frunció los labios en una mueca y retiró la mirada. Dylan lo veía todo tan... Sencillo. Era solo cuestión de quererlo y ya estaba, con quererlo lo tenías y era feliz. Ojalá fuera todo así de sencillo.

- Voy a usar mis cinco minutos para hablar contigo. - Eso le pilló tan por sorpresa que se giró súbitamente a mirarle. El chico se había arrastrado un poquito por el suelo para enfocarle mejor, con las piernas cruzadas. - Alice te quiere, como papá quería a mamá. Y tú a ella también. - Cuando quería, ese niño podía ser muy lapidario y dejarte sentado en el sitio, tal y como estaba Marcus ahora. - ¿Por qué no estáis juntos? - ¿Cómo se le respondía esa pregunta a un niño de once años que, para más señas, era el hermano de la chica de la que estabas enamorado perdidamente, con la que acababas de decidir que no tenías futuro? Se mojó los labios. - No es tan fácil, Dylan. - El niño le miraba en silencio. Qué difícil era sostener un silencio cuando te picaba la conciencia. Tomó aire profundamente. - No queremos las mismas cosas. - Sí que las queréis. Os queréis el uno al otro, ¿qué más necesitáis? - Somos muy distintos. - Papá y mamá también eran distintos, y menos mal. ¿Te imaginas que hubieran sido los dos iguales? - Marcus tuvo que soltar una risa suave, y negó con la cabeza. - Pero se complementaban. - Vosotros también. Hasta decís las mismas frases. ¿O te crees que eres el primero que responde "no es tan fácil, Dylan"? - Vale, el niño empezaba a dejarle sin argumentos. Y tenía delito que un niño de once años le dejara a él sin argumentos.

- Mi hermana tiene miedo a quedarse tan triste como papá. - Marcus parpadeó varias veces, mirándole. No sabía... Si terminaba de entender eso. Afortunadamente, Dylan continuó. - Pero papá no puede evitar estar triste. Vosotros, sí. - Se mordió el labio una vez más, conteniendo la emoción. Tragó saliva y dijo con la voz ligeramente quebrada. - Se le pasará. Cree que le he hecho daño, así que cuando deje de echarme de menos, dejará de estar triste. - ¿Y tú? ¿Vas a dejar de estar triste? - Pillado otra vez. Tuvo que tragarse las lágrimas una vez más. - Dylan... - No. No me vas a convencer, ninguno de los dos. ¿Sabes? Yo no seré Ravenclaw, pero aquí yo sé más que vosotros, porque vosotros estáis siendo muy tontos. - Perdió la mirada en un punto indefinido, con una mueca en los labios y asintió lentamente. - La verdad es que sí. - ¿Y qué iba a decir? No tenía ya más argumentos que dar.

- Creía que nunca os rendíais. - Le dijo con un tono entre triste y decepcionado. No soportaba eso, no soportaba ver a Dylan decepcionado con él, cuanto menos con su hermana. No era justo. El niño se aferró a la libreta de nuevo y Marcus captó el concepto: ya no iba a hablar más. Tragó saliva y se mojó los labios, pero cuando fue a hablar no pudo evitar que se le cayera una lágrima. - Lo siento. - Porque de verdad que lo sentía. Lo sentía por él, por Alice, y por todo lo que estaban arrastrando con ellos. Pero antes de que pudiera pensar más, el niño se lanzó a él y le dio un abrazo. Marcus le estrechó con fuerza. - Vas a ser mi hermanito pequeño siempre, pase lo que pase, ¿vale? - Dylan se apartó y, tomando la libreta, escribió de nuevo. - "No soy tu hermano, soy tu cuñado." - Eso hizo a Marcus soltar el aire en una carcajada muda, mientras se limpiaba las lágrimas. No sabía ni por qué se reía, supuso que porque había sido adorable, porque no tenía ninguna gracia. Porque no era verdad. Pero no podía darle más disgustos a Dylan, así que simplemente asintió y le revolvió el pelo.

Tomó aire para poder contener la emoción y hablar con normalidad. - ¿Quieres que te deje solo? Yo debería irme a estudiar, al fin y al cabo. - Y el pobre niño había ido allí a ver a su familia feliz y unida. Se sentía tremendamente mal por estar allí. Sin embargo, Dylan negó con la cabeza con una sonrisa y se levantó. - "A ti te hace más falta". - Le miró con los ojos brillantes y el chico, tras otro gestito de su mano, se giró y se fue. Cuando desapareció, Marcus giró la vista de nuevo al reflejo, a esa Alice que hacía circulitos en la palma de su mano como había hecho tantas otras veces, y a los ojos con los que él la miraba, que reflejaban la adoración y la entrega absoluta. Y, como estuviera antes de que el chico llegara, volvió a abrazarse a sus rodillas y a dejar las lágrimas caer. Perdiéndose en un futuro ideal que ya no tenía tan claro que pudiera alcanzar.
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Miér Feb 24, 2021 12:06 am

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CON Varios EN Sala común Del 8 al 15 de enero
Solo estaba haciéndose la dormida. Todo lo que no había dormido la noche anterior, lo fingía ahora, y la verdad es que se sentía destruida. Pero Hillary insistía en sacudirle la pierna. – Gal, vamos que hay que irse a clase. – Emergió de las mantas con cara de pena. – No me encuentro bien, yo creo que me voy a quedar aquí. – Su amiga le miró con la ceja alzada. – ¿Ah, sí? ¿Qué tienes? ¿Los pies fríos de hacer el tonto por las mañanas? – Aún no se lo había perdonado. Ella se encogió de hombros y hundió la cabeza en la almohada. – No lo sé, me encuentro mal. No puedo ni levantarme de la cama. – Hillary suspiró y miró a Donna, que se sentó también en su cama. – Gal… Estás triste, todos te entendemos. Pero no puedes pasarte las noches sin dormir y luego decir que estás enferma. – Se destapó hasta la cintura y se incorporó en la cama, como un resorte, pero con cara de muy malas pulgas. – ¡Que estoy enferma! ¿No me veis la cara? – Sus amigas la miraron con cara de circunstancias. – Sí, pero esa cara que tienes es de llorar demasiado y no dormir. Tu medicina se llama Marcus O’Donnell, para arreglar todo esto. – Dijo Hillary ya con tono cansino. Donna se cruzó de brazos y negó con la cabeza. – Ese es más bien la enfermedad que tiene. – Gal se dejó caer en la cama de nuevo resoplando y frotándose la cara. – Y lo que le pasa es que no quiere verle por ahí.¡Bueno, ya está bien con el gabinete psicológico! ¡Que estoy enferma, os he dicho! Y vosotras en vez de ayudarme os sentáis ahí a juzgarme. Intentamos ayudarte. Pero es que no estás enferma Gal, estás triste, estás desconsolada. Y la única solución que hay a eso no es quedarte hoy sin ir a clase con los EXTASIS acechando. Es hablar de una bendita vez con Marcus y arreglar las cosas. – La chica bufó y se levantó y se dirigió a la cómoda a coger ropa. – ¡Vaya, una curación milagrosa! ¿Vienes a clase? – Se volvió bruscamente, tanto se mareó un poco, lo cual para su ficcioncita de enferma le vino hasta bien. – ¡No! Me encuentro tan mal que me voy a la enfermería, que allí me cuidan mejor, seguro. – Empezó a vestirse con ropa cómoda y se hizo un moño ante la atónita mirada de sus amigas.

¿Y qué le vas a decir que tienes a la enfermera? – Parpadeó un segundo mientras se ponía los calcetines, sin abandonar la expresión de “es evidente”. Aunque en verdad no lo tenía muy claro. – Que estoy mala del estómago. Claramente algo me ha caído mal. – Hillary se rio sarcásticamente. – ¡Pero si no comes, prácticamente! ¿Qué te ha podido caer mal? – Se levantó, con un sonidito ofendido y se puso una chaqueta. – ¡Pues precisamente por eso no como! Porque algo me ha caído mal. ¿La bronca con Marcus quizás? – Dijo Donna, cínica. Gal contestó con un bufido. – Ten amigas para esto… Me voy a la enfermería. – Se giró antes de salir por la puerta, señalándolas. – Y no se lo digáis a Dylan, si lo veis, que no quiero que se preocupe.Pues si te estás muriendo estaría bien que tu hermano lo supiera. – Dijo Hillary adoptando el mismo tono que la otra. Gal resopló otra vez y se rascó la frente. – Ni a Sean. Que nos conocemos. – Donna chistó. – Ya, porque no quieres que se lo diga a Marcus. Pero se va a dar cuenta igual en cuanto no aparezcas por alguna de las asignaturas que tenéis juntos. – La chica suspiró muy fuerte y subió la mano, haciendo un gesto de “he tenido suficiente”. – ¿Sabéis qué? Que me encuentro fatal, así que me voy ya. Haced lo que os de la auténtica gana. – Pasó por la sala común mirando para el suelo, haciendo que no oía a Sean llamarla, y a un par de personas que llamaron su atención, antes de irse para la enfermería.


***

La enfermera miró el termómetro. – Fiebre no tienes. – Le cogió el brazo y le empezó a tomar la tensión. – Lo que creo es que estás falta de hierro porque tienes las ojeras muy oscuras. – Gal asintió con la cabeza, sabía que no había que hablar cuando te estaban tomando la tensión. La enfermera escuchó atentamente y dijo. – Y la tensión la tienes por los suelos. – Se encogió de hombros y dijo. – Creo que solo es una intoxicación alimentaria, es solo malestar. – La mujer la miró de reojo y anotó un par de cosas. – ¿Sí? Pues por aquí no ha venido nadie más que le haya sentado mal lo que les han puesto ¿Has comido algo fuera, en Hogsmeade o en el bosque? – Ella negó con la cabeza. – ¿Y cuando fue la última vez que comiste? – Gal había recibido suficientes broncas de adultos en su vida como para saber, por el tono y la mirada, que se venía una. Apretó los labios y dijo, casual. – Ayer. – La enfermera suspiró. – ¿Ayer a qué hora? – La chica frunció el ceño y alzó la mirada al techo. – Antes de la cena seguro, porque ya para cenar me sentía mal. – La enfermera volvió a suspirar. – Gallia, contigo siempre tenemos el mismo problema. Tú quieres ser enfermera ¿No? – Ella asintió con una leve sonrisa. – Pues sabrás que las personas necesitan comer para sobrevivir. Si no, se desmayan, que te ha pasado más de una vez, les duele el estómago de pura hambre que tienen… En fin. Esto ya lo he vivido contigo. Me falta Graves pidiendo papeles y O'Donnell llorando desconsolado. – Recogió los instrumentos y descorrió la cortina del cubículo donde la había metido para examinarla. – Métete en la cama de allí al fondo. Te quedas todo el día y la noche de hoy, hasta que logremos subirte esa tensión, que, tal como estás, te puedes desmayar por cualquier parte. Y a ver si recuperas un poco del hierro con la poción. – Puso cara de pena y sacó un pucherito. – Esa poción es asquerosa. Yo creo que ya me encuentro mejor. – La enfermera rio y dijo. – Buen intento. No te lo voy a repetir, Gallia, bastante paciencia estoy teniendo ya. Métete en la cama y tómate todo lo que te lleve sin rechistar.

Gal estiró el cuello para ver lo que estaba rellenando, y la enfermera levantó la mirada con cara de circunstancias. – ¿Y ahora qué?¿Qué está rellenando? – La mujer suspiró. – El parte de justificación, para dárselo a tus prefectos y que justifiquen la falta de asistencia en clase, cuando les lleguen las listas de asistencia. – Se quedó callada, moviendo los pies en aire desde la camilla, sopesando lo que quería preguntar. – ¿Es que no has estado nunca enferma? Ya sabes que hay que hacer todo esto.¿Y pone ahí lo que me pasa? – Se le iban a acabar los suspiros a la enfermera de tanto que los estaba gastando. – Bajón de tensión y falta de hierro. No es un crimen. No ha puesto que sea porque no he comido suficiente ¿Verdad?No, porque hasta ahora no me lo habías dicho con esas palabras. – Aunque por el tono que estaba usando ya se notaba que lo sabía. – Gallia. Por última vez, vete a la cama. Tú sabrás qué prefieres. Cuarenta y ocho horas en cama tranquilita o una semana aquí encerrada y que te pierdas todas esas clases con los EXTASIS a la vuelta de la esquina. – Ante aquella amenaza, se puso en pie y se fue hacia la cama. – ¿Puedo pedirle algo? – La enfermera la miró desesperada. – Si vienen mis amigas, les dice que no puedo ver a nadie, que tengo que descansar. Lo cual es cierto. – Gal asintió con una sonrisa. – Exacto. Es que se ponen muy pesadas. Gracias, enfermera Durrell.Gallia, si no te metes en la cama ahora mismo, te voy a hechizar. – Y la chica se alejó hacia una de las camas que estaban cerca de las ventanas. Así al menos no se aburriría.

Gal estaba inmersa en el libro de Defensa contra las Artes Oscuras, cuando oyó un ruido cerca. De puro acto reflejo, escondió el libro bajo la almohada, porque si la enfermera Durrell la veía estudiando semi a oscuras, la iba a regañar por quinta vez en el día. Y lo demás no sabía, pero tanta regañina para su tensión no podía ser bueno, o eso había decidido ella. Pero cuando asomó la cabeza, vio que la mujer seguía detrás de su escritorio en la puerta, mirando papeles. Y otra vez el ruido. Se giró y miró por la ventana, abriéndola muy lentamente. En el pequeño hueco que abrió, en seguida se asomó una cabecita que le era familiar. – ¡Elio! – Dijo susurrando. Le puso la mano para que se posara en ella y entró de nuevo a su cama, acariciando la cabecita de la lechuza. – ¿Qué haces tú aquí, monada? – Elio pio feliz mirándola, como si nada. Sus ojos se anegaron en lágrimas, pero se aguantó apretando los labios. – Al final resulta que estaba malita de verdad, pero no pasa nada. – El animalito dio un saltito a su regazo y luego se puso a su lado en la cama. Ella lo interpretó y se arrellanó en la cama, tumbándose, poniéndose de costado y apoyando la mano cerca de donde estaba la lechucita. – ¿Tú me velas esta noche? – Y el bichillo pio como si contestara. – Venga, vale. Realmente necesito dormir.

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Miér Feb 24, 2021 2:08 pm

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CON Varios EN Sala común Del 8 al 15 de enero
Normalmente Marcus solía llegar a clase de los primeros. Eso había cambiado ligeramente desde que fuera prefecto y estuviera pendiente a mil cosas distintas, pero igualmente solía llegar de los primeros (salvo que la profesora de adivinación tuviera a bien pasear con él mientras le recitaba un poema, claro, pero lo contaría como excepción). Marcus llegaba, se iba directamente a primera fila, saludaba al profesor si ya estaba allí (quien dice saludar, dice charlar sobre cualquier cosas con él) y se sentaba como un niño bueno a esperar a que la clase empezara mientras preparaba el material. Y además, solía ir acompañado. De Sean, de Hillary... De Alice. En la última semana, se las había ingeniado para pasar solo el mayor tiempo posible, a pesar de tener a sus amigos encima continuamente. Lo de las labores de prefecto parecía ser una buena excusa para que le dejaran en paz.

En lugar de contento y con la barbilla alzada como en los últimos siete años, llevaba una semana entrando en clase cabizbajo, sin mirar hacia los lados y yendo de cabeza a sentarse en uno de los primeros bancos para solo tener que mirar hacia el frente. Pero en un momento determinado de la clase, el profesor comenzó a caminar por entre los bancos, y al seguirle con la mirada no pudo evitar reconocer el lugar... Y no la vio. Por más que miraba, no estaba en clase. Alquimia no tenía tantos alumnos, era fácil ver quien había y quien no. Alice no estaba.

Salió como un tiro de la clase y se fue de cabeza a buscar a Kyla. La encontró en mitad del pasillo leyendo algo, pero conforme se acercó la chica pareció detectarle y, en un gesto nervioso y delator, intentó esconder el papel a toda velocidad entre sus cosas. - ¿Qué es eso? - No es nada. - Respondió a toda velocidad, delatándose ella sola. Marcus frunció el ceño. - Farmiga, por favor. -Son cosas mías. - Pero Marcus no estaba para bromitas. Entre la cara de pocos amigos y lo ocurrido el día anterior, Kyla no fue capaz de sostener su mentira mucho más tiempo. Echó aire entre los labios y rodó los ojos. - Es un informe de la enfermería. - La cara de Marcus ya dibujaba el miedo a la perfección, tanto que tan pronto la chica dejó el papel asomar prácticamente se lo arrancó de las manos y empezó a leer a toda velocidad. Un informe de Alice. Kyla volvió a echar aire por la boca. - No es nada. Aparentemente solo ha sido un bajón de tensión. - Le dan mucho, ¿ha comido? - Respondió automáticamente, sin dejar de leer. Estaba tan abstraído en el informe que había hablado casi sin darse cuenta. Kyla se encogió de hombros, cruzada de brazos a su lado. - No le sigo los pasos, O'Donnell, ese era tu papel, no el mío. - La prefecta rodó los ojos. - Aunque no lo parezca en vista de los últimos acontecimientos. - Murmuró tras el comentario ácido. Pero Marcus no le estaba haciendo ni caso, solo estaba leyendo cada letra de ese informe.

- Mira, si mi permites mi opinión personal... - Empezó la chica. Él aún estaba leyendo, aunque ya prácticamente llegaba al final, y objetivamente no había nada alarmante. En teoría. Pero él estaba nervioso igual. - ...Al orden de la conversación que he oído esta mañana en el dormitorio... - ¿Ahora le hacemos caso a las conversaciones de dormitorio? - Murmuró Marcus, que aún no despegaba la vista del papel. La chica no le hizo ni caso. - ...Parece que ha sido más una pataleta de Gal para quitarse de en medio que una dolencia real. - Marcus alzó la mirada con una ceja arqueada. La chica volvió a encogerse de hombros. - Solo digo que se ha ido por su propio pie a la enfermería y que Hillary y Donna no parecían nada convencidas. - Marcus bufó y le devolvió bruscamente el informe a la chica. - ¿Así estamos ya, fingiendo enfermedades? - No lo sé seguro, es solo una sospecha. - Ya... - Negó con la cabeza, arqueando las cejas con sarcasmo, y se fue de allí. - Avísame si hay alguna novedad. - Dijo monocorde. Pero la inquietud ya se le había quedado en el cuerpo.

Ya había caído bajo Alice si andaba fingiendo enfermedades, ¿a qué venía eso? En fin, la enfermera Durrell desde luego no aguantaba tonterías, así que la vería en clase de aritmancia en unas horas... Pero no. Tampoco estaba. Y él, que de por sí tenía un pellizco en el pecho a pesar de llevar todo el día diciéndose a sí mismo que no era nada, ya solo podía ocupar su pensamiento en su preocupación. Si fuera algo leve o un invento, ya estaría de vuelta. Si fuera algo grave, quería pensar, ya se habría enterado. ¿Podía ser algo que no fuera lo suficientemente grave como para que no le hubiera llegado la información, pero que tampoco fuera lo suficientemente leve como para que la dejaran salir? Era lo suficientemente grave como para que llevara horas en la enfermería, al menos. ¿Y si se lo estaban ocultando? No podía con la incertidumbre. Pero no quería aparecer por la enfermería como un histérico y que Alice le echara de allí otra vez. No podría soportar otro rechazo... Ni su orgullo se lo permitía, sabiendo que había bastantes posibilidades de que no fuera nada.

Pero algo tenía que hacer. En concreto, fingir estar de ronda, casualmente, por el pasillo de la enfermería, y empezar a dar vueltas por allí como un tonto, estirando el cuello para intentar ver algo dentro. Pero todo estaba muy tranquilo. De hecho, la enfermera Durrell parecía estar ocupándose de papeles. No estaba atendiendo ninguna emergencia. No estaría tan tranquila si... - ¿Qué haces? - Dio un salto, con la mano en el pecho, y al girarse y verla resopló. - Hillary, qué susto... - Qué patético eres. ¿Por qué no entras y ya está? - Gracias por el calificativo. Y no sé de qué me hablas. - ¿Que no sabes de qué te hablo? Pareces una viuda en un muelle. - Marcus rodó los ojos. - Solo estoy haciendo ronda por el pasillo. Los alrededores de la enfermería tienen que estar tranquilos y en silencio, y la gente viene muy revuelta de la Navidad, por no hablar de que a la hora de la cena se... - Que sí que sí, que lo que tú digas. - Cortó su amiga con un gesto de la mano. - Yo voy a entrar a verla, a ver si ha mejorado su excusa porque la de esta mañana no se la creía nadie. ¿Quieres que le diga algo de tu parte? - Por un momento hasta se lo pensó, quedándose unos instantes mirando a Hillary en silencio, con expresión ceñuda. Pero al final negó con la cabeza. - No... Voy a cenar. - Y se marchó de allí, notando como el corazón se le encogía. Debería ser él quien estuviera entrando en esa enfermería.

Del Gran Comedor se fue directamente a la sala común, por supuesto dando un rodeo por la enfermería. Si no se había cruzado con Alice, era porque no había salido, lo tenía claro. Se conocía ya demasiado bien las rutas como para no saber estimarlas. Al llegar, se encontró a su lechuza siendo mimada por un montón de alumnos de los primeros cursos. Rodó los ojos. - Elio, ¿qué haces aquí? - Preguntó con cansancio. Miró a los chicos. - ¿Alguien le ha dado maíz? - La primera en levantarse como un resorte fue Beverly. - Yo les he dicho que no lo hicieran, Marcus, porque a Elio le sienta mal. He visto el cartelito de la lechucería. - Marcus sonrió con amabilidad. - Gracias Bev. - La niña sonrió con un sonrojo, pero Marcus no estaba para hablar con nadie, así que cogió a Elio y se sentó en una de las mesas apartadas.

- A ver, esto de salirte de la lechucería para ponerte hasta arriba de chuches se tiene que acabar. Que ya no eres un pollito, eres una lechuza adulta. Y te vas a poner malo. - Y ya tenía suficiente con una enferma esa noche. Elio se movió por la mesa y picoteó un par de rollos de pergamino con dignidad, ofendido porque le regañara. Ya, si en el fondo sabía por qué estaba su lechuza en la sala común. Había pasado casi una semana y no había escrito a casa todavía, lo cual no era nada habitual. Raro era que no estuviera ya llegando allí la lechuza de su padre, tenía que estar ocupada. Pero a Marcus se le daba mal disimular hasta por carta, y sabía que si no mencionaba a Alice en esta, la respuesta de su padre empezaría por un "¿cómo está Alice?". Por no hablar de que les dio a entender a ambos que iba a declararse nada más pisara Hogwarts. Cualquier cosa que escribiera iba a ser sospechosa... Y de verdad que no estaba preparado para contar la verdad.

Tenía el pergamino extendido ante sí y la pluma mojada cuando notó una presencia a su lado y unos ojitos mirándole, pensándose qué decir. La niña tenía las manos agarradas tras la espalda y balanceaba el tronco de un lado a otro. - Tu amiga Alice está enferma. - Vaya, sí que se había corrido la voz. Espera... ¿Estaría muy mal? No, solo eran las cosas de Beverly, que era demasiado amante de los cotilleos. Marcus frunció una sonrisa tensa y asintió. - Lo sé. - La niña se quedó callada, con una muequecita en la boca, sin dejar el bailecito de su tronco de un lado a otro. Él volvió a mirar el pergamino, pero si de normal no se podía concentrar, con ella mirándole menos aún. - ¿No vas a verla? - Se mordió un poco el labio, sin levantar la mirada. Tras unos segundos, contestó. - Ya mismo vuelve, por eso la estoy esperando aquí. - La niña volvió a hacer una muequecita con los labios hacia un lado. Pero, justo cuando iba a hablar de nuevo, apareció Kyla por allí. - Todas a la cama, vamos, que ya es muy tarde. Venga, os quiero a todas subiendo a los dormitorios. - Beverly pareció quedarse un poco fastidiada y con ganas de preguntarle más cosas, pero finalmente se despidió y se fue.

Ya solo quedaban Kyla y él en la sala común. El por qué Alice no había vuelto todavía empezaba a picarle en el pecho, porque ya estaba más que cumplido el horario, y la Señora Durrell no mandaba a nadie a sus dormitorios fuera de este. Se giró en la silla y miró a su compañera. - ¿Tienes el informe de enfermería? - Preguntó con un toque tenso en la voz, aunque quisiera aparentar que solo era un mero formalismo. Kyla asintió y se lo pasó. Antes de que pudiera leerlo con sus propios ojos, le destripó el final. - Va a pasar la noche allí. - Marcus la miró alarmado. - ¿Por qué? - Tiene el hierro bajo y la tensión por los suelos, prefiere tenerla vigilada. - ¿Pero está bien? ¿Está consciente? - Kyla le miró con cara de circunstancias. - Marcus, no se está muriendo. No es la primera noche que Gal pasa en la enfermería. - Pero no sola. - Cortó automáticamente, ya con un deje de alteración. La chica se sentó a su lado. - Pues ve con ella. - Marcus se quedó mirándola y, ciertamente, se lo pensó. Pero finalmente agachó la cabeza. - No creo que eso mejore su estado. Y ya estará dormida de todas formas. - Kyla suspiró en silencio. - Como quieras. Pero no te vayas a pasar la noche rallándote, que te conozco. Gal está bien. Sin ser enfermera ni nada, juraría que lo que tiene es mal de amores. - Marcus tragó saliva, sin mirarla. La chica se levantó y, dándole una palmadita en el hombro, se despidió. - Buenas noches, O'Donnell. No te acuestes tarde. -

Esperó a que su compañera se fuera y se quedó allí, pensativo, en la mesa. Ni podía concentrarse en escribir, ni podía concentrarse en nada que no fuera Alice y su estado. No creía que, después de llevar días sin hablarse y haber acabado como habían acabado, ir con ella fuera lo más indicado. La enfermera Durrell le echaría a patadas por aparecer por allí a esas horas y provocando una bronca, para más señas. Pero se le partía el alma de imaginarla sola toda la noche. Elio pio entonces, llamando su atención, y Marcus entornó los ojos para mirarle. Sí, esa podía ser una buena solución. Acarició el plumaje de su lechuza y se acercó a ella para susurrar. - ¿Cuidas tú de ella por mí? - La lechuza pio con alegría y, sin esperar ni un segundo más, salió volando por la ventana. Mientras Marcus se quedaba allí, mirando como se perdía en la noche.
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Miér Feb 24, 2021 3:55 pm

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CON Varios EN Sala común Del 8 al 15 de enero
La luz muy brillante la despertó. Debía ser tarde, nunca se despertaba tan tarde. Claro, que nunca tenía tanto insomnio acumulado. La cama de la enfermería le había venido divinamente, y no tenía ganas ni de abrir los ojos. Elio estaba dormidito en el hueco entre su mano y su cara, plácidamente, como si fuera de juguete. No podía abrir mucho los ojos porque la luz se lo impedía, pero vio una figura avanzar por el pasillo. Iba de negro, así que la enfermera Durrell no era, por lo que sería alguien con intención de visitarla. Pues bien, ella estaba dormida con Elio, no estaba para nadie. Oyó la respiración que quien quiera que fuera y cómo se acercó a su cama y recogió el libro de Defensa, que se le habría caído durante la noche, y se lo ponía en la mesilla. De repente, Elio se despertó piando, muy alegre y agitó sus plumas, saliendo del hueco donde se había quedado dormido, pero ella siguió en su sitio. Pasados unos segundos, quien fuera se fue, y Elio también, así que ella simplemente se dio la vuelta dispuesta a seguir durmiendo, pero ya no podía. Su mente se había puesto a trabajar otra vez, volvía a tener flashazos de la Navidad, la cama de Marcus, que era la más cómoda que había probado en la vida. Pensaba en la casa de los O’Donnell, tan bonita, a la que no volvería a ir, con su hechizo allí en el techo ¿Qué haría Marcus con él? ¿Lo quitaría? Probablemente, porque no querría nada que le recordara a ella. Suspiró y dejó dos lágrimas caer de sus ojos.

Unos minutos después, oyó los decididos pasos de la enfermera Durrell dirigirse a su cama y el colchón cediendo a su peso cuando se sentó a sus espaldas. – Gallia ¿Estás despierta? – Se limpió las lágrimas con la mano que tenía más cerca y murmuró. – Sí, pero me molesta la luz.Fotofobia ¿Eh? Seguimos con el hierro bajo, pues… – Tiró un hechizo a la ventana de al lado de su cama que se oscureció. Realmente eso le permitía abrir los ojos mucho mejor. Se dio la vuelta para mirar a la enfermera, y le tendió el brazo para que le tomara la tensión. – Esto ya está mejor. Pero prefiero que pases un día más aquí. Te dejaría irte pero no confío para nada en que te vayas a quedar quieta en la cama. – Gal se rio un poco. – Puede pedirle a mis amigas que monten guardia, creo que si les pide que me atormenten con algo van a estar encantadas. – La enfermera rio un poco y cogió, del carrito que había traído, la poción rojo oscuro que era para el hierro. – No me fío de que te las apañes para escaparte de ellas. Bebe. – Gal arrugó el gesto, pero se acercó la copa a los labios y se puso a beber.

La enfermera señaló con la barbilla el libro de Defensa. – ¿Te lo ha traído el prefecto O’Donnell? – Ella frunció el ceño. – No ha estado aquí. – La mujer rio y la miró como si la estuviera vacilando. – Acabo de estar con él en la puerta, cuando salía. – Así que había sido él ¿Qué había ido a hacer allí? Si había ido a verla a ella, solo estaba demostrando que la trataba como una responsabilidad y no como alguien a quien se quería, porque le había dejado muy clarito que ya no eran nada, así que si había ido a interesarse por ella habría sido por el deber de prefecto. – Estaba dormida. – La enfermera asintió lentamente. – Ya. Pues será por eso que me ha preguntado por tu estado a mí en vez de a ti. – Gal solo miraba a las mantas, enfurruñada, confusa, mientras la enfermera revolvía entre sus cacharros. – A ver, mírame aquí. – Tuvo que levantar la mirada para enfocar la luz de la varita con la que le estaba apuntando. – Bien, un poquito más de reposo y estarás como nueva. Y así el pobre prefecto podrá volver a respirar. – Gal la miró entre confusa y molesta. – Se agobia por todo. Ya encontrará otro alumno por el que preocuparse. – La enfermera rio y se levantó. – Pues yo solo le he visto con esa cara dos veces. Y mira que me ha traído chiquillos que se habían caído o puesto enfermos. Pero esa mirada de hoy… Solo se la vi cuando te trajo desmayada en primero. El pobre no tenía consuelo. – La chica siguió mirándola, pero sin decir nada, porque se acordaba de que aquella vez también se acababan de pelear. – Claro que… Ya no tiene once años, y él mismo es prefecto. No esperaba que entrara montando el drama que armó aquel día… Pero esa cara… Inconfundible. – Gal suspiró. Quizá no era solo una responsabilidad, pero entonces… – Podría haberme despertado y haberme preguntado a mí. – Dijo muy digna, cruzándose de brazos sin darse cuenta. La enfermera se rio. – Podría. Pero ha hecho bien, tienes que descansar. – Pero Gal seguía enfurruñada. La enfermera la miró fijamente. – Gallia. Todo esto no será por O'Donnell ¿Verdad? – Gal se cruzó de brazos, frunciendo aún más el ceño. – No. – Dijo del tirón. Luego entornó los ojos. – ¿A qué se refiere?A lo de estar como un alma en pena sin comer y sin dormir... – Le puso la mano sobre el cruce de sus brazos. – La enfermera Durrell también ha sido joven ¿Sabes? – Sonrió mínimamente. – Para el mal de amores no te puedo dar nada. Solo decirte lo que he visto... – Gal asintió, pero no dijo nada. Querría creerlo. Querría pensar que mañana se despertaría y todo se habría solucionado. – ¿Y qué ha visto? A un chico que lleva cuidando de una chica desde que la conoce porque la quiere. Pero que no se atreve a hablar con ella. – Le tiró con el pulgar de la mejilla hacia abajo, como si volviera a mirarle los ojos. – A una chica que ha llorado. Y no poco. – Negó con la cabeza, ante el insistente silencio de Gal. – Mira, Gallia, yo sé que tú sabes que la vida está llena de problemas reales. No te crees uno que no tienes. – Se quedaron mirándose unos segundos y la enfermera sonrió, cogiendo el libro de la mesa. – Duerme. Esto me lo llevo. – Volvió a arrellanarse en la cama, ahora más enfurruñada y un poco confusa con la conversación, tanto que pudo disipar un poco su tristeza en el hecho de que el muy cabezota hubiera ido a verla y no la hubiera despertado.

Al rato, mientras estaba en duermevela, notó unas palmaditas en la pantorrilla y se levantó como un resorte. – Perdón, no te quería asustar. – Ah, Sean. Por un momento se había imaginado que... – No es que me esperara que saltaras a mis brazos, pero ya veo que no soy el que esperabas. – Rio. Se le debía haber notado un poco en la cara. Se apartó el pelo y le miró con una sonrisa ladeada. – Si quieres te salto ahora.No, no déjalo, yo no tengo estructura de caballero andante, como otros. – Eso la hizo reír un poquito más. – Pero me haces reír. – Sean se le acercó, sentado en el borde de la cama. – Mira, pues viendo la semana que llevas, me voy a sentir afortunado y todo... ¿Cómo la has liado tanto para acabar aquí? – Ella se encogió de hombros. – Es que soy muy poca cosa. En seguida me dan de estos bajones. Y más te van a dar si no comes. – Gal chistó y resopló, dejándose caer sobre las almohadas. – ¿Tú también? Es que Marcus está deseando de venir a decírtelo él mismo, pero no se atreve. – La sonrisa se le borró un poco y se quedó con la mirada baja. No se había atrevido a preguntar por Marcus ni si quiera a Kyla. No quería saberlo, pensar que era ella la causante de su dolor. – ¿Cómo está? – Sean subió los brazos, abriéndolos en el aire. – Jodido ¿Cómo crees? Histérico porque estás aquí y no puede aleccionarte. Deseando perdonarse contigo, y que todo vuelva a ser como antes, como todos. Digo más, como antes no... Como siempre tuvo que ser. – Se miraron un momento y Gal suspiró. – Eso no puede ser, Sean. Hay cosas que, una vez oídas, no se pueden desoír. – Él negó con la cabeza. – Es que no tenéis que desoír nada. Solo hablar las cosas con propiedad, aclarar. – Le cogió la mano y la apretó. – Mírate, Gal ¿Quieres estar así mucho más tiempo? ¿No lograr ser feliz? – Suspiró con tristeza. – Dejad de hacer el tonto. Y tú empieza a comportarte como la adulta inteligente que eres. Come, duerme, y ponte a pensar cómo vas a arreglar esto. Porque lo tienes que arreglar. – Ella sonrió y soltó aire fuertemente. – Mira, se te da bastante bien hacer de Marcus. – Sean levantó las manos. – Eh, eh, eh... Yo no voy por ese camino, que conste. Estoy siendo majo. Aparte, no sé si yo podría en un pasillo... – Gal cogió una de las almohadas y le dio en el brazo, chistándole. – ¡Sean, eres gilipollas! Que no te oiga yo... ¡Ah! ¿Ves? Esa es mi Gal. Ahora ponte buena pronto y vuelve a donde perteneces.¿A la sala común? – Sean negó con la cabeza. – No. A Marcus.
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Miér Feb 24, 2021 5:31 pm

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CON Varios EN Sala común Del 8 al 15 de enero
Se le estaban empezando a acumular las noches sin dormir, dándole vueltas a la cabeza y moviéndose en la cama de un lado a otro. Sean directamente había tirado la toalla con regañarle por no parar quieto, nadie quería someterse a sus contestaciones, porque últimamente estaba de todo menos amistoso. Pero lo que le faltaba era saber que Alice estaba en la enfermería. Ya le resultaba un mundo saber que estaba a apenas una pared de distancia y que no se hablaran. Pero ahora estaba enferma. ¿Y si le pasaba algo durante la noche? Probablemente fuera la primera vez en siete años que odiara estar en la torre más alta del castillo. Se iba a enterar el último.

Ya había amanecido y él tenía permiso para salir una hora antes, y lo pensaba usar. Ya no aguantaba en la cama más tiempo. Se vistió rápidamente y bajó las escaleras de los dormitorios, dirección a la enfermería. El castillo estaba en completo silencio, y la enfermería también. Oía a la Enfermera Durrell trastear en su despacho, porque esa mujer también se acostaba la última y se levantaba la primera. Pero él necesitaba ver como estaba Alice con sus propios ojos. Eso sí, iba a tener que aunar mucho valor. Se estaba lanzando allí sin pensar, ¿de qué iban a hablar si estaba despierta? Porque todos los diálogos que trazaba en su cabeza acababan con ellos discutiendo. Bueno, en algunos él acababa rogándole que le perdonara. Pero seguía sin vislumbrar el final feliz de aquello.

No lo iba a comprobar, de todas formas. Se acercó sigilosamente y lo comprobó: estaba dormida. Algo en su interior sintió cierto alivio, solo por el hecho de no tener que enfrentarse a una conversación incómoda, o que se viera en entredicho su orgullo de haber sido él el primero en ir a buscar al otro. Otra parte de él... Sintió una punzada de frustración. Por fin cerca el uno del otro, por fin los dos solos desde aquella fatídica pelea, y ella ni siquiera sabía que estaba allí. Se irían sin hablar. Mejor así, supuso... Si no fuera porque aquella situación le tenía en una agonía.

Tragó saliva y, sigilosamente, se acercó a su cama. Nada más hacerlo vio el libro de Defensa en el suelo. Se agachó para recogerlo y lo puso con suavidad encima de la mesa. Pero temió despertarla, porque las sábanas se removieron y el corazón de Marcus se saltó un latido. Pero solo era su lechuza. Le esbozó una sonrisa y este pio y dio un saltito por encima de la chica, haciendo que Marcus se llevara un dedo a los labios para pedirle silencio. Lo que le faltaba para arreglar todo aquello era despertarla y encontrársela ya con mal humor de base. Elio se subió en su hombro y él le dejó una caricia de agradecimiento en las plumas... Pero se quedó mirando a Alice. En aquellos siete años, y sobre todo en los últimos meses, la había visto muchas veces dormir. Y la primera fue, precisamente, en aquella enfermería. Nunca se había sentido tan lejos de ella como en ese momento. Se mojó los labios y bajó la mano, acercándola a ella, con la tentación aunque fuera de dejar una leve caricia de sus dedos en su brazo, o tocar su pelo. Comprobar que era real, que no se había esfumado para siempre, que seguía allí. Que seguía siendo la misma chica que se había dormido en sus brazos en la playa de la Provenza, o en su casa en Nochebuena. Pero... Eso iba a ser peor. Constatar que era la misma chica y que esa chica había decidido que ya no quería saber nada de él.

Retiró la mano. De nuevo, se dijo a sí mismo, era mejor no despertarla. Así que simplemente frunció los labios, algo más tranquilo por ver que estaba bien, y dio un par de pasos hacia atrás para alejarse de allí. Se dirigió al despacho de la enfermera Durrell, pero no estaba allí. Los alumnos empezaban a moverse por el castillo así que la mujer se habría movido también, adecentando el lugar por si venía alguien de haber pasado una mala noche. Dio un par de vueltas por el pasillo buscándola y la encontró cerca de la puerta. La mujer le vio y le dedicó una sonrisa tranquila. - Buenos días, O'Donnell. Casi llegas antes que yo. - Le saludó con cordialidad. Él respondió con un respetuoso gesto de la cabeza, y luego fue al grano. - ¿Cómo está? - Esa pregunta le salió ligeramente menos profesional y más asustada de lo que pretendía. La mujer le miró con ternura. - Saldrá de esta. - Marcus la miró con cara de circunstancias. Ya, muy graciosa, todo el mundo se creía muy gracioso con su preocupación. Pero había sido él quien la había visto caer redonda al suelo con once años, ese pánico se lo había comido él solito. No se reirían tanto si se pusieran un poco en su lugar.

Soltó un poco de aire por la boca y decidió ignorar la ironía y sacar su artillería de preguntas, las que llevaba acumulando veinticuatro horas. - ¿Es porque no está comiendo? ¿Ha sido la tensión? ¿Hierro? He visto la poción del hierro en la mesilla. ¿Cuándo va a salir? ¿La noche la ha pasado bien? - Vale, tenía que parar. Y buscarse una excusa creíble. Se encogió de hombros. - La Prefecta Farmiga necesita saberlo, por si hay alguna indicación a seguir. De cara a la próxima noche. Porque ya va a salir, ¿no? ¿Pasará aquí otra noche? ¿Tan mal se encuentra? - Marcus, querido. - Para que le llamara Marcus en lugar de O'Donnell, ya tenía que estar pinchando en su compasión. Se acercó a él y dejó una mano en su brazo. - Solo es falta de hierro y tensión baja. Si la tengo aquí, es por vigilarla, porque no me fio de que esté sin comer o le dé otro desmayo. Pero está bien, no es nada grave y la única indicación a seguir es la de siempre: que coma. - Ya. Pues solo había que ver el caso que le había hecho a él en esos siete años. Y ya ni eso...

El chico asintió y se dispuso a irse. - Gracias, enfermera Durrell. - La mujer se cruzó de brazos y parecía que estaba escondiendo una risita entre los labios. No podía ser, no había dicho nada gracioso... Sí podía ser. Se estaba riendo entre dientes mientras le miraba. Marcus frunció el ceño y ella suspiró, revelando los motivos antes de que él le preguntara, mientras daba un lento paso en su dirección. - Siempre has sido tan bien puesto, O'Donnell. Eres como tu madre, pero con el tono de buen padre de Arnold. Yo era mayor que ellos, estaban en tercero cuando yo cursaba mi último año, pero les conocí lo suficiente como para verte reflejado. - Se le volvió a escapar una risita. - Y me acuerdo perfectamente de ese día, en quinto, poco después de que cogieras el cargo, que me trajiste a un par de tortolitos prácticamente a empujones. Venías súper alterado, y eso que los pobres ya venían llenos de moratones. - Sí, se acordaba de ese día. Rodó los ojos. - Los muy inteligentes se habían puesto a darse arrumacos en la falda del sauce boxeador. Casi me mato yo por traerlos. - La mujer se echó a reír, más sinceramente. - Tienes razón, vaya ideas, solo se le podrían ocurrir a un par de chicos de catorce años. Pero no me río por eso. Me acuerdo de tus palabras. - De eso no se acordaba ni él, así que estaba ciertamente intrigado. La mujer empezó a recitar. - "Esto es un templo del saber, y si hay algo por lo que deban hablar de vosotros, es por vuestras aptitudes y actitudes académicas. Y no por ser la comidilla del colegio". - Le imitó, con tono rimbombante. Sí, eso sonaba bastante a él. Lo que no sabía era a qué venía.

Ya estaba allí la mujer para sacarle de dudas. - Me parece ciertamente injusto para contigo, O'Donnell, con lo buen alumno que has sido todos estos años, que ahora seas la comidilla de la escuela por aspectos no académicos. - Marcus bufó. - La gente está muy aburrida. -Siempre lo ha estado, desde que yo tenía tu edad, y hasta ahora no les habías dado motivos para que hablaran de ti. No más de los que pueda dar cualquiera. - La mujer se le acercó y le tocó un poco la cara, como si le examinara la mirada. - Desde luego, si tuviera que diagnosticar en base a ojeras, tú también pasarías aquí alguna que otra noche. - Le soltó y entrelazó las manos. - Pero me temo que tu diagnóstico es el mismo que el de esa de ahí. - Añadió, señalando con un gesto de la cabeza en dirección a Alice. Suspiró y concluyó. - Demuestra que eres inteligente de verdad, O'Donnell, y arregla esto antes de que os arrepintáis los dos. - Y, antes de girarse, señaló a Elio. - Y deja de meter bichos en mi enfermería. -

Se dirigió de nuevo hacia los dormitorios para coger sus cosas y no tener que subir más antes de ir a clase, directamente irse después del desayuno. Pero justo se topó con Sean en la puerta de la sala común. - ¡Ey! Qué madrugador. Vienes de la enfermería, ¿verdad? - Marcus suspiró. - Fíjate, de algo te sirvieron las lecciones de Adivinación. - Ya, muy gracioso, tampoco hay que ser un lince. ¿Cómo está Gal? - Por la sonrisa de su amigo, dedujo que pensaba que le iba a dar buenas noticias. Estaba claro que no le estaba viendo la cara. - Dormida. - Sean dejó caer los hombros con derrota. - Osea que no habéis hablado, ¿no? - Ni lo vamos a hacer. - Su amigo soltó un gruñido de hastío, echando la cabeza hacia atrás. - Por Merlín, qué cabezotas sois. - Le señaló. - El día menos pesado, apareceréis enganchados del brazo por estas mismas puertas como si no hubiera pasado nada y tendrás que darme la razón. - Ya. Voy a por mis cosas. - Y se marchó de allí. No tenía ganas de hablar. Le esperaba otro día de darle vueltas a la cabeza.
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Miér Feb 24, 2021 8:35 pm

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CON Varios EN Sala común Del 8 al 15 de enero
Por poco no había salido más escaldada de la enfermería de lo que había entrado. Se había comido todo el arroz con pollo y dos plátanos. No uno, dos. Así se lo había hecho saber a la enfermera Durrell. Con ahínco. Se había levantado unas tres veces seguidas de la cama, y a la cuarta, la mujer desistió en su propósito y le dio el alta, amenazándola con las penas del infierno si se enteraba de que se haba desmayado por ahí. Que ya podían llevarla directamente a San Mungo porque, si no, la mataba. Anotado mentalmente, le pidió la receta de la poción del hierro para ir a hacérsela rápidamente.

Lo primero que hizo, no obstante, fue ir a ducharse. Como todo el mundo estaba comiendo o dirigiéndose a clase, pudo adecentarse pasando bastante desapercibida. Ya con fuerzas renovadas, bajó a las mazmorras y se puso a hacerse la poción, deseando fuertemente que Layne y su novia no aparecieran por allí bajo ningún concepto, y subió tan ligera como había bajado, yéndose a uno de los claustros a estar tranquilita hasta que empezaran las clases. Se sentó en unas escaleras secundarias, pegadita a la pared y se sintió más ella.

Y ya creía que podía sacar su libro incautado aquella misma mañana y ponerse a estudiar, cuando oyó una voz familiar. – ¡SEÑORITA GALLIA! ¡LLEVO SIGUIÉNDOOS UNA HORA POR TODDO EL CASTILLO Y VOS ESTÁIS SORDA POR COMPLETO! – Gal levantó la cabeza con el ceño fruncido. – ¿Sir Garreth?HE ESTADO EN UN SINVIVIR DESDE QUE SUPE DE VUESTRA CONDICIÓN. – Ella frunció aún más el ceño y por fin consiguió enfocarle. – Vuestra enfermedad. El motivo por el que habéis visitado a la matasanos esa. – Abrió la boca lentamente y con una sonrisa, cayendo en lo que quería decir el escandaloso cuadro. – ¡Ah, eso! Ya estoy mucho...Y YO VENGA A GRITAR Y GRITAR ¡SEÑORITA GALLIA, SEÑORITA GALLIA! Y NADA, VOS A VUESTRAS COSAS. Y EL RESTO DE CUADROS APROVECHANDO, "ALLÁ VA SIR GARRETH OTRA VEZ, ESCANDALOSO, DRAMÁTICO" – Gal asintió con una leve sonrisa comprensiva. – No puedo ni imaginármelo.Y no os estaba llamando por vuestro nombre de pila, porque aún no hemos tenido tanta confianza y a una dama hay que tratarla con respeto. – Ella se rió y apoyó medio cuerpo en la pared, enfocándole mejor. – Me llamo Alice. Podéis llamarme así si queréis. – Sir Garreth alzó la barbilla, muy digno, pensándoselo. – Así pues ¿Cómo os encontráis de vuestra condición? – Ella respondió una sonrisa y tono más suaves. – Mucho mejor. La enfermera Durrell me ha dejado irme. Terrible mujer. También me regaña mucho por el ruido que hago. No sé a que se refiere, la verdad. – Eso le hizo que le diera la risa, pero se mordió los labios por dentro, porque ese cuadro tenía la mecha muy corta y se la liaba en un momento. – ¿Viviréis? ¿Cómo? Que si vuestra condición no empeorará y os llevará a la tumba. Dios no lo quiera. – Entornó los ojos tratando de ponerse seria. – No, qué va. Estoy estupendamente. Ha sido un estado transitorio. Se soluciona comiendo más y descansando. Bueno y con esta poción que me he hecho. – Sir Garreth se inclinó hacia delante dentro del cuadro y oteó la poción, con ojos de experto, como si fuera médico o algo. – ¿Asuntos femeninos? – Eso ya le hizo sacar una carcajada, que tuvo que retener en la garganta. – No. Bueno. En verdad, sí, eso también. Pero básicamente es que como poco. – El noble soltó una carcajada y miró hacia la nada, alzando más aún la barbilla. – No me extraña. La comida en vuestro siglo es deleznable.

Justo en ese momento, oyó su nombre al final del pasillo, en una vocecita femenina que en seguida reconoció. – ¡Mira, allí está! – Pensó que Olive venía con su hermano, pero no. Una nube grisácea adelantó a Olive por el pasillo en dirección hacia ella y se plantó a su lado. – ¡Barón de Cauldron! ¿Qué hacéis tan lejos de la torre? Señorita Gallia, acabo de enterarme de vuestra condición. – Otro con la condición. Gal fue a tomarle de la mano para tranquilizarlo, pero reculó a tiempo. Hubiera quedado como una auténtica idiota. – No ha sido nada. Una noche en la enfermería y ya está.Ilustrísima. – Saludó el cuadro. – Sir Garreth. – Contestó el fantasma, a modo de saludo, pero sin mirarle mucho. – Mirad qué ojeras. Tenéis cara de muerta, querida, creedme sé de lo que hablo. – Y se rio de su propia gracieta. El Barón y sus chistes malos. – ¿Seguro que estáis mejor de vuestra dolencia? – Justo entonces llegó Olive, jadeando de la carrera que se había pegado. – Me lo he encontrado en la Torre de Astronomía y te estaba buscando y preguntando a todos los ravenclaws. Le he traído para acá antes de que se encontrara con Marcus. – Eso la hizo sonreír de ternura. Alargó la mano y acarició la carita enrojecida de Olive. – Mi niña lista. – Y solo ha habido que seguir el rastro de cuadros enfadados con Sir Garreth. – ¡DISCULPAD, INFANTE! SIR GARRETH NO ENFADA A NADIE. LOS DEMÁS SE ENFADAN SOLOS Y POR NADA. – Ambas rodaron los ojos, pero el Barón ya estaba maquinando. – ¿Marcus? ¿El joven prefecto que merecía vuestra atención? – Se llevó las manos a los ojos y se los frotó. Esto sí que se le estaba yendo de las manos. – ¿Hay un joven que merece vuestra atención? ¿No será el infante desagradable? – Gal suspiró. – El mismo. – Y de repente los dos asintieron como si tuvieran una pieza de información que les faltaba. – Entonces ya está todo mucho más claro. Sí, no cabe duda. – Ella le miró, ahora confusa. – ¿Qué?Pues que adolecéis de mal de amores. Claro como el día.
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Ya le habían dado el alta. Por supuesto que se iba a enterar, porque Marcus por fuera podría fingir que "ella sabría lo que hacía", que "si estaba bien, pues mejor", que "no era de su incumbencia" o que solo tenía "la preocupación propia de un prefecto". Pero no era verdad, ni muchísimo menos. No iba a respirar tranquilo hasta que no la supiera fuera de la enfermería, en cuyo momento ya podría volver a su drama habitual. Pero al menos dejaría de estar preocupado por su salud. Después de decirle a Kyla cincuenta veces "con cualquier novedad, me avisas", como si no fuera mucho más probable que se enterara él antes que ella con lo pendiente que estaba, acabó llegando a sus manos el informe de alta. Listo, una preocupación menos... Ahora, a seguir gestionando su duelo particular.

Un alumno de cuarto había ido a buscarle después de la comida para decirle que el Profesor de Cuidado de Criaturas Mágicas le estaba buscando. Eso le extrañó, él no había cursado nunca esa asignatura, pero había mil motivos por el que pudiera llamarle: por un alumno de su casa accidentado, por un alumno de su casa que hubiera hecho algo excelente y recibido puntos, o por contra un alumno castigado, o simplemente para pedirle un favor o hacerle un encargo... En fin. Se dirigió a los terrenos y, estando bajando uno de los terraplenes que conducían hacia la zona donde se daba la clase, vio una figura que sí que no pensaba ver allí para nada.

- ¿Tía Erin? - ¿Qué hacía allí? ¿Por qué estaba allí? ¿Es que había pasado algo en su casa? No lo parecía, porque la mujer simplemente estaba saludándole sonriente, con una sonrisa que podría ser perfectamente la de una alumna alucinando con la clase de Cuidado de Criaturas Mágicas... Seguramente lo que sería ella misma en su etapa en Hogwarts. - ¡Hola Marcus! - Llegó a su altura y sonrió. - Espero que no te importe la leve mentirijilla de que te había llamado el profesor. Era la mejor forma de localizarte sin alarmarte. - Lo cierto es que sí. - Confirmó con una leve risa. - ¿Cómo tú por aquí? - La mujer se encogió de hombros con una sonrisa. - Cuando Violet publicó el artículo sobre mí en El Profeta, todos los ojos de los magizoologos se posaron en eso. - Rodó los ojos, algo ruborizada, y Marcus se tuvo que guardar la risa. Justo lo que más le gustaba a su tía, ser el centro de atención. - El Profesor Kowalsky llevaba mandándome cartas insistentemente desde septiembre, quería que viniera a darle a los alumnos una charla sobre Zmajeva špilja... Sobre la cueva del dragón de Croacia. - Especificó. Ella decía ese nombre impronunciable con mucha alegría porque llevaba meses allí, pero nadie salvo ella sabía lo que era. Al menos ya lo especificaba. - No es que me hiciera especial ilusión, no me gusta mucho hablar en público, pero ya tuve que dar una conferencia en Croacia y salir en portada del periódico así que... - Se encogió de hombros. - Me compensaba más venir y que se callara de una vez a seguir recibiendo sus cartas. Que el correo no llega fácil a la cueva y estoy harta de recibir lechuzas asustadas. - Marcus se tuvo que reír con eso. - Me parece una sabia decisión. -

Pasaron un rato hablando sobre su experiencia con los alumnos de cuarto y el hecho de que había una niña que le recordaba mucho a ella con su edad, que se hubieran quedado charlando pero que el profesor la había echado porque tenía otra asignatura después. Captó el tono quejoso. Su tía Erin no solía hablar, pero cuando conectaba con alguien, sobre todo si era hablando de criaturas, le daba rabia que le interrumpieran la conversación. Erin conectando con alguien era un hecho insólito. - Hablaré con ella. Le diré que te escriba por vía mía si quiere. - Se ofreció. Tener contactos era importante, si esa niña quería ser dragonologista, no estaba mal ir conociendo a una. Erin asintió, y entonces llegó el súbito cambio de tema. Se había descuadrado tanto con la presencia de su tía que no se lo había visto venir. - ¿Cómo está Alice? - Se le debió cambiar la cara demasiado, porque para que Erin lo notara, que no era especialmente diestra en captar emociones...
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Gal suspiró de nuevo. Al parecer, lo peor de que todo el mundo supiera lo de Marcus y ella es que todo el mundo, fantasmas y cuadros incluidos, se creía con derecho a opinar. – Que no es mal de amores. Mirad, es cosa del hierro. – Sacó el bote de la túnica. – Solo tengo que tomarme esto. – El Barón giró al cabeza varias veces. – Yo no veo hierro alguno. Sí, lo ha dicho antes también y yo tampoco lo he entendido. – Admitió Sir Garreth. Solo Olive, que se había sentado a sus pies la miró con ojos brillantes. – ¡Guau! ¿Te has hecho tu propia poción? – Ella asintió, orgullosa. – Sí. Pero tú no lo hagas hasta dentro de unos años, y solo si la enfermera Durrell te dice que puedes hacerlo. Entonces ¿El joven prefecto os pretende como es debido? – Y otra vez. Ya pensaba que les había distraído con la poción. – No. No me pre...¡NO ES POSIBLE! YA SABÍA YO QUE NO ERA TRIGO LIMPIO ¿NO HABRÁ ULTRAJADO VUESTRO HONOR? ¡POR TODOS LOS DRAGONES! ¿POR ESO OS ESCAPABAIS DE NOCHE CON ÉL? – Sir Garreth había desenvainado la espada y miraba a los lados. Olive, por su parte, la miró como una lechuza. – ¿Qué es ultrajar el honor?Esta infante no debería estar oyendo esta conversación. ¡Bajad el tono Sir Garrteh! Seguro que todo tiene una explicación. – Menos mal que estaba ahí el Barón. Ese era su castigo por haber sido tan descuidada y haber sucumbido al deseo de buscar hasta el último rincón del castillo con Marcus. Enterró la cara en las manos y se echó hacia atrás el pelo. – No. Marcus ha sido un caballero conmigo. – No para los estándares de esa gente, desde luego, pero no iba a escandalizar más a Sir Garreth o se liaría en una cruzada contra los O'Donnell en cualquier momento. – Pero... No puede ser. No podemos estar juntos. – Ambos caballeros asintieron con gravedad, como si estuviera diciendo lo más normal del mundo. – Claro, claro. Aunque siendo ambos de buenas familias de sangre pura mágica, cabría preguntarse cual es el impedimento para vuestro enlace. – Dijo el Barón pensativo. – ¿Os vais a casar? – Preguntó Olive otra vez, porque algo de "enlace" le haba llegado. Gal apoyó las manos en sus hombros. – No, no... No nos vamos a casar porque... Somos muy distintos. Queremos cosas distintas y él... No puede perdonar ciertas cosas que he hecho y yo no puedo olvidar otras tantas... – El fantasma se había inclinado hacia el cuadro, creyendo que susurraba y señalándola. – Tiene algo que ver con un caballero francés, les oí el año pasado... Barón, que sigo aquí y le estoy oyendo. – El aludido se volvió con cara inocente. – Sí, sí, claro, perdón, señorita Gallia. – Negó con la cabeza y se puso a acariciar el pelo rojizo de Olive. – El caso es que ni hay ultraje, ni enlace, ni mal de amores, ni nada. Simplemente... No vamos a estar juntos.

Parecía que se habían conformado con ellos, y disfrutaron de apenas unos minutos de silencio en los que, por fin, Gal se pudo oír pensar. Pero, obviamente, con esos tres allí, no podía durar mucho. – Marcus me dijo que le gustabas. Cuando vino a pedirme la rama de espino. Me dijo que era para hacerte un regalo a ti porque le gustabas... Y yo lo vi en su cara. Que está enamorado de ti. – Levantó la mirada, que había clavado en su regazo, y ante sus ojos vio los del fantasma, el cuadro y la niña, esperando su reacción ¿Sería tan evidente que hasta los que ya no estaban ni vivos lo veían? ¿Y Olive? – Yo... A ver... Él está enamorado de... Lo que cree que soy. Es... Mirad, no os lo puedo explicar, es demasiado complicado... Yo diría que esperaros bien entrada la noche junto al águila es signo inequívoco de correspondencia, señorita Gallia... – Suspiró. Aquella noche. No había pensado pocas veces en ella. Tragó saliva, tratando de controlar su tristeza. – Esa noche tenía que haberme dicho claramente que ya no podría quererme. Nos habríamos ahorrado muchos disgustos. – Igual sí que le había ultrajado el honor un poquito. – ¿Cuándo fue eso? – Preguntó Olive. – Hace justo un año, a la vuelta de Navidad de sexto. – Contestó, ausente, mirando al exterior apoyando la barbilla sobre su mano. – Pues a mí eso me lo dijo antes de vacaciones, así que no te dejó de querer esa noche. – La forma de decir las cosas de aquella niña, tan parecida a la de su hermano y su padre, le hacía tener un poco vergüenza de sí misma. Miró a Olive. Si Marcus había ido a buscar precisamente el espino blanco, si tenía toda la idea de la pulsera desde mucho antes cometería ella la del regalo de las estrellas... ¿No sería porque realmente quería hacer algo en Navidad? "¿Qué te crees que he intentado hacer esta Navidad sino aferrarme a ti con todas mis fuerzas?" Había dicho...

¿Estaba equivocada todo este tiempo? ¿Había estado realmente tan ciega? El Barón carraspeó. – La señorita Clearwater habla con sabiduría a pesar de su juventud, señorita Gallia. Lo que fuera que ocurriera entre vos y el joven prefecto... Parece parte del pasado. Entiendo que habéis tenido un desacuerdo últimamente. – Ella sacó el labio inferior y ladeó la cabeza. – Por llamarlo así... – Se pelearon en la Torre de Astronomía. – Informó, al punto, Olive. – ¡Ah erais vos! Sí que sonaba desagradable. Huí en dirección contraria.¡Pues vaya guardián de la Torre de Astronomía estáis hecho! Ahora nunca sabremos lo que se dijeron. EL CASO ES – interrumpió el Barón, perdiendo la paciencia con Sir Garreth –, que el joven prefecto y vos estáis en las habituales arenas turbulentas del joven amor. Pero eso no significa que no haya amor ni que no lo vaya a haber. – Olive se giró asintiendo. – No entiendo bien lo que ha dicho. Pero Marcus y tú tenéis que estar juntos. Sois muy felices. Cuando estáis juntos, hablando o riéndoos tenéis algo... No sé cómo explicarlo... Algo entorno a vosotros. – Ella la miró son ternura infinita, y por primera vez en aquellos días, su corazón latió sin pensar solo con... Calidez. – La luz. Yo lo llamo la luz...¡Sí, eso! Como mis padres. A veces es como si... Efectivamente, hubiera una luz cuando se miran y se sonríen. – Los ojos de Gal se inundaron de lágrimas. – ¿Crees que Marcus y yo tenemos esa luz? – Olive asintió con una gran sonrisa. – E ilumina todo el castillo cuando brilla. – Dos lágrimas cayeron por sus mejillas, pero el momento se vio roto por el Barón y el cuadro llorando sonoramente y sonándose la nariz. – Los infantes tienen un talento especial para estas cosas.Ni que lo digáis, Sir Garreth, hace tanto que no vemos una boda en Hogwarts... – Se tuvo que reír de su propia situación. Cogió su mochila y se levantó. – Señores, he de retirarme, pero mil gracias por la ayuda. – Acarició la mejilla a Olive. – Y a ti también.¡Ni lo mencionéis, señorita Gallia! ¡Siempre aquí para ayudar! ¡Encontrad al joven prefecto y declaradle vuestro amor! – Le iban diciendo mientras se alejaba. No, aún no tenía la seguridad ni la templanza de ir a buscar a Marcus y declararse. Tenía que... Analizar. Pensar. Pero por primera vez en una semana, ya no sentía la necesidad de imaginarse el futuro sin él, por doloroso que fuera.
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Bajó un poco la cabeza mojándose los labios, incómodo. Intentó disimular, pero ya era tarde... Ah, eso, Marcus no sabía disimular. Su tía ya le estaba mirando con un toque de extrañeza. - Está bien. - Dijo con una sonrisa artificial, asintiendo. ¿Había colado? - ¿Seguro? - Sí. - Dijo con toda la normalidad que pudo aparentar, que no era demasiada. No, no había colado en absoluto. - ¿Y tú? - Marcus se encogió de hombros, con una risa nerviosa, metiéndose las manos en los bolsillos. - Claro. - Estaban empezando a tener un diálogo de besugos casi peor que el que tuvieron en verano. Época, por cierto, en la cual tampoco se hablaba con Alice.

- Pues... No lo parece. - Dijo ella. Él volvió a encogerse de hombros y negó con la cabeza. - Nah, no te preocupes. Solo estamos... Estresados, con los EXTASIS y eso. - Era una excusa creíble viniendo de él, al fin y al cabo. Por un momento se quedaron en un silencio incómodo. Aunque por diversos motivos, ni Erin ni él se sentían muy bien compartiendo el silencio con otra persona cuando supuestamente deberían estar hablando. Así que lo cortó, cambiando de tema. - Bueno y... ¿Has visto a Lex? - Su tía negó, con una sonrisa condescendiente. - No, aún no. ¿Sabes dónde puede estar? - En el campo de quidditch. Hoy tienen entrenamiento. - Genial. Pues me llegaré antes de irme. - Genial. - Y ya se les había terminado el tema de conversación. Otra vez.

La mujer se mojó los labios y miró a los lados, algo incómoda. - Bueno, emm... De hecho, debería irme ya, no querría llegar a Croacia de noche. - Oh, claro, por supuesto. - Dijo él con una sonrisa. Pensó que ya se iban a despedir, pero su tía era de las que, cuando decía que tenía que irse, se iba. Automáticamente. A veces hasta se le olvidaba despedirse. Sin embargo, estaba parada mirándole. Y eso hacía que no supiera bien qué esperar. - ¿Quieres que te acompañe al campo de quidditch? - No hace falta. Si no lo han cambiado de sitio, sé donde está. - Ya. - Dijo él con una risa. Pero, al parecer, no era una broma, solo... Uno de esos comentarios de Erin, porque ella no se estaba riendo. De hecho, le miraba con un toque triste.

- Marcus... - La mujer hizo una leve mueca con la boca antes de continuar. - Si me dediqué a las criaturas, aparte de porque me encantan, es porque nunca se me dieron bien las personas. - Miró a su alrededor. - He pasado mucho tiempo en estos terrenos... Demasiado. Yo sola. Mejor no te digo la de puntos que perdí para mi casa por tener que venir la prefecta a buscarme porque estaba aquí en mitad de la noche y debajo de la lluvia tratando de encontrar un murtlap entre los arbustos. Me odiarías. - Marcus rio. - Tranquila, son puntos Gryffindor. - Bromeó. La mujer rodó los ojos con una sonrisa. - Va en serio... Solo hubo una persona a la que no le importaban mis rarezas. De hecho, le gustaban. Eso parecía. O así lo he interpretado yo... Solo que muchos años después. Demasiados. - Marcus se quedó mirándola. Su mirada era triste. ¿Estaba hablando... De Violet? - Ni yo tuve la capacidad para darme cuenta en su momento y apreciarlo... Ni ella la paciencia para aguantar más de tres días bajo la lluvia conmigo. - Esbozó una sonrisa de lado, melancólica. - Hasta yo me doy cuenta de que ese no es vuestro caso. - Tragó saliva. Su tía nunca le había hablado así, tan... Desde el alma.

La mujer negó lentamente con la cabeza. - Tú no te pareces a mí en casi nada, Marcus. No quieras parecerte precisamente en esto. No cometas mi error. - Eso le hizo sentir tristeza por ella. ¿De verdad llevaban así desde su etapa en Hogwarts? ¿Tantos años? ¿Y seguían separadas y... Qué sentían, exactamente? ¿Se amaban? ¿Se amarían tanto... Como él amaba a Alice? ¿Y como lo podían soportar? Apenas se veían dos o tres veces al año, que él supiera. - Aún estáis a tiempo, tía. - No. - Dijo la mujer, expulsando la negativa con una carcajada triste. - No, sobrino, para nada. Pero no importa. Lo tenemos asumido así. - Se encogió de hombros. - Pero vosotros no. Esta no es vuestra historia, no es vuestro plan. Nosotras no hemos tenido nunca un plan. Y cada vez tenemos menos tiempo. - Se echó un mechón de pelo tras la oreja. - Ni siquiera sé qué hacemos hablando de esto, porque no estamos ni por asomo en el mismo barco. - La mujer tomó aire. - Solo te digo... Como alguien que no fue todo lo valiente que se espera de su casa... Que no seas tonto. Que no es lo que se espera de la tuya. - Se quedó en silencio, mirándola, conmovido y algo bloqueado. Era la primera vez que tenía con su tía una conversación así. Y era... Confuso.

- Ya sí me voy a marchar. - Ya estaba. Se le había acabado la cuerda, mucho había durado. - Tía Erin... - Empezó. - Yo... - El campo estaba por allí, ¿no? - Era inútil. A su tía ya le quemaban los pies y estaba deseando marcharse. Igualmente, pocos podrían decir que hubieran tenido el privilegio de que les hablara así, se tenía que dar por satisfecho. Frunció una sonrisa y asintió. - Sí. Es por allí. Si vas ahora, probablemente estén en un descanso. - La mujer asintió sonriente. - Me alegro de haberte visto, tía. Ella volvió a asentir y se giró. La vio marchar, con su pelo recogido en una coleta desenfadada bailando de un lado a otro, y sonrió. En fin, Erin, quién la entendía. Llenó el pecho de aire y se giró para irse. Pero entonces su tía le volvió a llamar.  - ¡Marcus! – Se giró y, al mirarla, vio como la mujer sonreía, se tocaba fugazmente la nariz y le guiñaba un ojo. Justo antes de girarse una vez más, dirección a los campos de quidditch.
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Jue Feb 25, 2021 12:25 am

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La conversación con los fantasmas y Olive la había dejado pensativo. Casi ni había atendido en clase. Casi ni había oído a todos los que le habían parado para preguntarle cómo estaba. Porque estaba... Ida. Y, por supuesto sola. Necesitaba pensar, pensar mucho, tanto que le echaran humo las orejas. Reflexionar como era debido. Y estudiar, también tenía que estudiar. – Hola, chica guapa. – La voz la sobresaltó, porque estaba muy tranquila, en su habitual silencio desde hacía más de una semana, mirando al Lago Negro. –¡Ay, Theo!– Se quejó. No quería hablar con nadie, y no sabía muy bien qué quería Theo. Habían seguido siendo bastante amigos, pero no como antes, obviamente, y Gal quería dejarle su espacio también. Para que la olvidara y conociera otra gente. Pero ahí estaba él con su sonrisa tan tierna y las manos en los bolsillos, apoyándose de espaldas en la columna de al lado de la repisa sobre la que estaba ella sentada, con el libro de Pociones en las rodillas. – Me has asustado.Perdona, no era mi intención. Llevo buscándote desde la vuelta, y eres cara de ver. Cuando he intentado pillarte al salir de Herbología siempre te escaqueas. – Ella suspiró y cerró el libro, mirándole entre apenada y harta. No creía que Theo fuera del tipo del prefecto de Slytherin, y al enterarse de lo de Marcus hubiera ido corriendo a por ella. Pero la verdad, no quería estar con nadie. Ni siquiera con él. – Theo… Quería estar sola. – Él soltó una risilla. – Solo te buscaba para darte esto. Antes de que se pongan malos. Feliz Navidad con retraso. – Y le tendió una cajita azul cielo. Tuvo que sonreírle, aunque fuera tristemente. – Yo no tengo nada para ti. – Él se encogió de hombros. – Ya, pero es que he estado en Estados Unidos de viaje con mis padres estas Navidades y cuando los vi, no pude evitar acordarme de ti.

Retiró el lazo brillante que la cerraba y levantó la tapa. Entre papel de seda vio unos cuadraditos pequeños, color caramelo, brillantes y que olían a dulce. – ¡Oh! ¿Qué son?Toffes de agua salda. – Gal abrió al boca y le miró impresionada. – ¿Cómo te has acordado? – Theo rio. – Me dijiste que tu madre te hablo de ellos y que querías probar eso que era dulce pero a la vez salado, que sería curioso. Pues… Estuve en Maine, comí mucha langosta y encontré estos en el camino. No pude resistirme a traértelos y que los probaras. – A pesar de que estaba cero de humor, cogió uno y le ofreció la caja a Theo para que hiciera lo mismo. Saboreó extrañada los caramelos. Tenían un gusto muy particular, pero inmediatamente entendió por qué su madre los echaba de menos. – Parece que lleva la firma de mi madre. – Dijo entre risas tragándolo. – No deberíamos estar comiendo dulces a estas horas que en media hora está la cena. – Theo hizo una pedorreta. – ¡Venga ya! Si tu no cenas nunca, Gal. – Eso le hizo reír y cogió otro. – Pues también es verdad.

Mientras lo saboreaba, enfocó los ojos azules del chico. – ¿Cómo has sabido que estaba aquí? – Theo amplió la sonrisa. – Voy a la casa de tu hermano ¿Te acuerdas? – Gal sonrió y entornó los ojos. Claro, su hermano y sus indiscreciones. – Le he preguntado y me ha dicho… Bueno, me ha escrito, que te dejara en paz. – Gal le miró sorprendida. – Sí, pero luego le he dicho que era para darte esto, y me ha dicho que vale, pero que no te moelstara mucho rato y que le diera uno. Y ya con eso hemos quedado en paz. – Rio otro poquito. – Ese hermano mío tiene demasiada cara para estar en vuestra casa. – Eso le hizo reír a Theo también, que alargó la mano y puso los dedos bajo su barbilla, subiéndola un poco. – Sí, así mejor. – Se quedó mirándole brevemente y suspiró. Theo era un chico absolutamente genial y adorable y le daba un pesar muy grande haberle hecho sufrir. Porque sí, él le sonreiría, y haría como si nada, pero vio el dolor en sus ojos el día en que "le rechazó" (que, a ver, no fue rechazo, porque ella le paró los pies antes de que se declarase). Y no se lo merecía. Es más la que no se merecía tener a alguien como él de amigo, siendo tan considerado y adorable, era ella. Un sollozo le salió sin poder controlarlo, y trató de limpiarse las lágrimas rápidamente. Theo, sin comprender muy bien qué estaba pasando, se giró hacia ella, con cara de sorpresa y agobio. – Eh, eh... ¿Pero qué...No me merezco que seas tan bueno conmigo, Theo. – Él abrió mucho los ojos y se acercó a ella, abrazándola. – ¿Pero qué ha pasado ahora? – Ella se dejó enterrar en la túnica del Hufflepuff, agarrándose a ella. – Que he destrozado a mucha gente por esta historia con Marcus. Es más, me he destrozado a mí misma y a él. Y lo que merezco es acabar sola. Pero tú sigues aquí... Y eres adorable. Pero eso solo me recuerda que yo soy una arpía. – El chico soltó una sonrisa incrédula y le acarició la espalda. – Gal... Tú... Yo no pienso así... Tú... Eres mi amiga, Gal. Te lo dije el año pasado. Sería un cretino si hubiera dejado de considerarte mi amiga solo porque no querías ser mi novia. – Dicho así, le dolía todavía más, porque encima era comprensivo. – Y tú fuiste sincera conmigo. Y eres super divertida, y sigues siendo la chica guapa de Ravenclaw... – La estrechó entre sus brazos. – Madre mía, si lo llego saber le doy todos los toffes a tu hermano. Vaya tino el mío... – Negó levemente con la cabeza, sin despegarse de él. – No eres tú... Es que me siento... Confusa, perdida, triste y... Creo que he cometido muchos errores. – Seguían ahí abrazados, pero notaba como Theo estaba pensando mil respuesta a la vez y no verbalizando ninguna, tal como solía hacer. Al final solo le acarició el pelo y dijo. – Vaya, que eres humana... ¿Crees que yo no me arrepiento de cosas? – Eso le hizo reír entre lágrimas, contra la túnica del chico. – ¿De qué puedes arrepentirte tú? Eres un santo. – Él se encogió de hombros. – De darte toffes cuando estás así de triste... De... No haber movido ficha contigo antes... De que me acabo de acordar de que no he hecho el trabajo de Historia de la Magia y ahora me va a tocar quedarme toda la noche despierto... – Eso la hizo reír. Con Theo siempre acababa estando a gusto, por rara que fuera la circunstancia. – No sé, Gal, todos nos arrepentimos de cosas todo el tiempo. Lo importante es intentar hacer algo por cambiarlo.
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CON Varios EN Sala común Del 8 al 15 de enero
Estaba sentado con Kyla en el aula de prefectos junto a su sala común y, por primera vez desde que se conocieron, ella estaba hablando más que él. No era demasiado difícil, porque él estaba en silencio absoluto, simplemente escribiendo, pasando información a un pergamino limpio, estableciendo la planificación para el siguiente trimestre. Que ya estaba establecida, pero de una forma muy caótica para su gusto, con anotaciones sobre la planificación del trimestre pasado con lo que se hizo en el segundo trimestre del año anterior. Él la quería ordenada y en limpio.

Mientras, la chica estaba sacando la información nueva. Los informes de la enfermería (entre ellos el de Alice, que ya se lo sabía de memoria y prefirió no darle más vueltas), las anotaciones de los profesores sobre los alumnos que necesitan refuerzo en las asignaturas (que, en el caso de Ravenclaw, ciertamente no eran muchos) y el registro de puntos ganados y perdidos. Kyla estaba ordenando papeles cuando Marcus terminó todo lo que tenía que pasar a limpio. Dejó la pluma en el tintero con un suspiro mudo y fue a echar mano del registro de puntos. Pero la chica se movió un poco bruscamente y agarró todos los pergaminos. La miró confuso, pero esta no tardó en excusarse. - Si nos los dividimos, vamos más rápido. - Marcus arqueó una ceja y señaló a su otro montón de papeles. - ¿Has terminado ya con eso? - Sí, bueno, ahora lo termino, no es tanto en verdad. - Comentó mientras dividía los pergaminos con lo que parecía un esfuerzo porque él no viera nada. Aquello era raro.

- Toma. - Dijo con fingida normalidad y extraña amabilidad, tendiéndole aproximadamente la mitad de los documentos. - El registro de puntos de primero a tercero. Yo me quedo con los otros cuatro cursos. - Nunca lo hacemos así. - Dijo muy serio. Siempre lo revisaban entre los dos. La chica se encogió de hombros con una sonrisa que desentonaba con aquello por completo. Kyla no es que se pasara la vida sonriendo precisamente. - Nunca es tarde para variar. - ¿Variar? Marcus arqueó tanto la ceja que casi se le sale de la cara. - ¿Y por qué yo tres cursos y tú cuatro? - La chica hizo una pedorreta con un gesto de la mano, quitándole importancia. - Ya has hecho un trabajazo pasando todo eso a limpio. Y los de los primeros cursos siempre tienen más subidas y bajadas de puntos que los de los últimos, ya sabes, para encauzarles con las normas y... - Kyla. - Interrumpió, con tono de padre enfadado. - ¿Qué pasa? - La chica chistó. - Ay, O'Donnell, de verdad, cómo eres. ¿Qué va a pasar? - Dame los de séptimo. - Ordenó, extendiendo la mano hacia ella. La chica se quedó mirándole como si realmente fuera su hija y le estuviera regañando, con los ojillos de cordero degollado por encima de las gafas. Lentamente, negó con la cabeza. Eso no echó a Marcus hacia atrás. - Dámelos. Por favor. Los voy a acabar viendo de todas formas. - Insistió, sin retirar la mano.

Se sostuvieron la mirada unos segundos hasta que, finalmente, la chica sacó los pergaminos de séptimo y se los tendió, lentamente, como si se lo estuviera pensando, mientras decía. - Tiene una explicación. - Pero Marcus lo que quería era ver qué demonios ocultaba con tanto ahínco. Cogió el pergamino con cierta brusquedad, entre enfadado y nervioso, y pasó rápidamente los ojos por este... Hasta que estos se abrieron como platos. - ¿¿Veinte puntos?? - Alzó la mirada hacia la chica, que parecía no saber dónde meterse, totalmente indignado. - ¿¿Qué ha hecho Alice para que le quiten veinte puntos?? - A ver, no seré yo quien justifique pero... - ¿¿Agresión a un prefecto?? - Sí, en la escueta frase que dijo Kyla, Marcus había vuelto a mirar al pergamino y, justo al lado de los puntos restados, aparecía la causa. ¿¿Pero qué?? ¿¿Se había vuelto loca o qué?? Primero la enfermería y ahora pegaba a un prefecto, ¿¿qué era aquello?? ¿¿Una manera de llamar su atención?? ¿Y a qué prefecto? Porque dudaba que partirle el corazón contara como "agresión a un prefecto", aunque bien podría. - Ya te he dicho que no la voy a justificar, pero... - Pero sí. Cuando se usa un pero, lo de delante no vale. ¿Por eso no querías que lo viera? - ¿Te calmas? - Preguntó la chica, cruzándose de brazos. - Sabes de sobra que agredir a otro compañero, más si es un prefecto, conlleva un castigo mayor que perder veinte puntos. ¿Te has planteado por qué no son más? ¿O por qué no está castigada? - Marcus ya no sabía ni lo que plantearse. De verdad que no entendía nada. ¿Qué cable se le había cruzado a Alice?

Kyla suspiró, pero justo cuando abría la boca, Marcus saltó de nuevo con su indignación. - A ver qué justificación le pones a agredir a alguien, porque para mí no está justificado de ninguna manera. - Pues si mal no recuerdo, tú estuviste a punto de tener la misma pena con la misma persona esa misma mañana. - Contestó la chica, con una ceja arqueada. Marcus chistó. - Yo no iba a pegarle a Layne. - Ah, ¿no? Porque yo recuerdo tener que tirarte de los dos brazos hacia atrás. - Pero no le iba a pegar, solo quería amedrent... - Y de repente algo hizo click en su cerebro. - Un momento, ¿has dicho a la misma persona? - Kyla miró a otra parte, sin descruzar los brazos, suspirando en silencio. - Sí, Marcus. Le dio una bofetada a Layne. - Por unos segundos se quedó boquiabierto y parpadeando, ya con el ceño desfruncido, como si se hubiera quedado en shock. Luego se tapó la boca con una mano en un gesto grave, negando con la cabeza ligeramente agachada. La chica suspiró de nuevo. - A ver, Marcus. Ya viste que Layne tenía ganitas de guerra, y estáis los dos muy sensibles, y... - Ella se detuvo al verle, frunciendo el ceño. - ¿Te estás riendo? - ¿Qué? No. - Sí. Un poco, sí. Ese imbécil de Hughes se había llevado un guantazo de Alice, ¿qué iba a hacer? ¿Llorar? Marcus era antiagresiones por completo, menos a una autoridad, pero... Es que se lo merecía. Sin saber qué había hecho para provocarle a Alice esa reacción, ya sabía que se lo merecía.

- Flipo contigo, O'Donnell. - ¿¿Qué?? - Dijo descubriéndose la boca cuando pudo controlar la sonrisa y encogiéndose exageradamente de hombros. - No he dicho nada. - Y en lo que discutían esos términos, alguien entró en el aula. Alguien que no era prefecto y que no sabía qué hacía allí. Marcus siguió a lo suyo mientras Lex se les acercaba. - Mira, no tiene ni pies ni cabeza que Alice haya hecho esto, ni sé por qué ha sido... - Y mejor que no lo sepas. - Frunció el ceño otra vez. Pero entonces su hermano tuvo a bien interrumpir, como si tuviera cuatro años. - Marcus. - Un momento. - Le detuvo con un gesto de la mano, sin dejar de mirar a la chica. Porque acababa de decir algo importante. - ¿Cómo que "mejor que no lo sepa"? - Kyla volvió a quedarse de brazos cruzados y en silencio. - ¿Qué le hizo? - Se notaba el enfado bullir de nuevo. Más le valía que, efectivamente, fuera una ida de pinza de Alice y no fuera porque él le estaba haciendo algo.

Se había creado un tenso silencio que fue interrumpido por una respiración impaciente de su hermano y un nuevo llamamiento. - Marcus. - Kyla, respóndeme. - Él seguía en su tema, ignorando a su hermano por completo. - Has dicho antes que la pena por pegar a un prefecto es mayor que la que le han puesto a Alice. - ¿Que Alice ha pegado a un prefecto? - Saltó Lex con los ojos como platos. Marcus tomó aire profundamente, enfadado, y miró a su hermano. - ¿Te importa, Lex? - Dijo cortante. - Estamos trabajando. - Tengo que hablar contigo. - ¿Y tiene que ser ahora? - Preferiría que sí. - "Preferiría" no me suena a una necesidad real. - ¿Sabéis qué, chicos? - Dijo Kyla levantándose de repente, con una sonrisa nerviosa y recogiendo papeles. - Ya prácticamente habíamos terminado. Ya si eso me voy y os dejo solos. - No, ni de coña. Tú no te vas hasta que no me digas qué paso. - La chica suspiró con derrota. Casi se escapa, pero Marcus hasta se había puesto de pie con ella para interceptarla si era preciso. - No pasó nada... Creo. - Marcus alzó una ceja. No le gustaba nada ese "creo". Hasta Lex tenía mala cara. - Estaba incomodando a Gal. - ¿Quién? - Espetó Lex de repente. Kyla le miró por la reacción inesperada, pero Marcus seguía esperando más detalles. - Hughes. - ¿Mi prefecto? - Preguntó Lex indignado, dando justo después una vuelta sobre sí mismo en un gesto bastante similar al que hacía Marcus nervioso, solo que con las vibraciones de agresividad considerablemente más altas. - Hijo de puta... - ¿A qué te refieres con incomodando? - Kyla se encogió de un hombro con inseguridad. - Pues... Supongo que lo mismo que te estaba haciendo a ti, pero siendo Gal. - Negó con la cabeza, mordiéndose los labios. Se estaba cabreando otra vez y su imaginación se estaba disparando peligrosamente. - Marcus, Gal se defendió solita perfectamente, a la vista está, no llegó a pasar nada, cuando llegamos la Profesora Mustang y yo fue justo cuando le estaba abofeteando. - Ya le podía haber echado los dientes abajo de un puñetazo. - Aportó Lex, siempre tan diplomático. - Te prometo que si hubiera algo más te lo contaría. A él también le quitó puntos la profesora, y le amenazó con quitarle el cargo. - Marcus bufó hacia otro lado. - A ver si es verdad. -

Se creó otro tenso silencio durante unos segundos, en los que Marcus miraba a un punto indefinido de la pared con la mandíbula tensa y los brazos cruzados, negando con la cabeza, metido en sus propios pensamientos. Kyla rompió el silencio. - Ya termino yo con esto, no me cuesta nada. - La chica se dirigió dando prudentes pasos hacia atrás. - Os dejo solos. -
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CON Varios EN Sala común Del 8 al 15 de enero
Se quedó allí, sollozando contra la túnica de Theo, que apoyó la mejilla en su pelo. Eso lo hacha Marcus siempre que la querrás consolar, que quería demostrarle que estaba allí. Pero ni en sus mejores sueños podría imaginarse que Theo era Marcus. Era más bajo, y se notaba diferente totalmente cuando apoyaba la cabeza en su pecho a cuando la apoyaba en el de Theo. Ese calor de los brazos de Marcus que le llegaba hasta lo más profundo de sí, como si por fin estuviera en casa. Con Theo lo que si se sentía era... A salvo. Sabía que podía fiarse dude él, que era un buen chico y que realmente era un buen amigo. Tenía muy buenos amigos, pero a la luz de los últimos acontecimientos, ya tendía a desconfiar de los hombres más que nada. – Siento que el mundo pasa delante de mis ojos y que yo en mi cabeza lo veo de otra forma. – Dijo sin moverse ni un centímetro. – Siento que todo el mundo sabía lo que yo sentía, lo que yo quería, lo que estaba haciendo mal y bien... Y no es que pueda decir que nadie me avisó. Si Sean y Hillary no me han dicho mil veces que me declare, o mi tía Vivi, hasta mi padre... Y yo... Seguía ciega, sorda y muda. Y ahora no lo puedo arreglar. No todo tiene arreglo, Theo. – Él subió la mano y le acarició el pelo con cariño. – Oye, míralo así. Esto es como si digo que lo de mi trabajo de Historia de la Magia no tiene solución. No es cierto ¿No? Lo que pasa es que la solución es poco placentera, y no es inmediata, ni rápida. Pero se puede arreglar. Pues lo tuyo es lo mismo. Agradable no va a ser reconocer uno por uno tus errores... Pero si lo haces... – Ella negó con la cabeza y sorbió. – Si lo hago, él no me va a perdonar. Le dije que no creía que me quisiera. Le mentí sobre cosas que ni sabe y que cuando descubra... Van a crear una brecha toda vía más grande entre nosotros. – De nuevo, Theo se quedó callado, probablemente procesando toda su información y pensando. Vaya, lo que ella no hacía nunca, pensar bien las cosas en su momento. Ella lo solía hacer después.

–Vale, según yo lo veo tienes dos opciones. – Dijo el chico con voz tranquila. – Una, levantar la cabeza, enfrentarte a lo que hay, saber que hiciste cosas mal, pero también que actuaste así por un motivo. Analiza el motivo, pregúntate si sigue ahí. Si puedes eliminarlo, puedes intentar salir adelante con él– Poppy. Los Horner. Jean. El verano separados. Los planes de futuro. Marcus le había dicho, en medio de la pelea, pero lo había dicho, que no estaba enamorado de Poppy. Así, con esas palabras con las que no lo había dicho nunca antes. Así que ese motivo, quizás, podía eliminarlo. Los Horner y todo el asunto de Percival... Puede que Marcus se lo tomara muy a mal, pero él no soportaba a su primo, y, eventualmente, podría acabar entendiéndolo. La verdad es que no le importaba sentarse en una esquina con Andrómeda toda la vida, los Horner no eran nada para ella, y Marcus creía firmemente que sus familias estaban equiparadas, no le tenía que importar lo que opinara alguien que no fuera él mismo... Lo de Jean... Estaba en el pasado. Eso no podía solucionarlo. – Hay uno de los motivos que... Está en el pasado. No puedo arreglarlo. Vaya, llevabas tanto rato callada que empezabas a parecer yo. – Eso la hizo reír un poco. – Ya, ya sé que no es lo habitual... Solo estaba haciendo lo que me decías sobre los motivos. Hay uno que está en el pasado... Y ya no tiene arreglo. – Theo se encogió ligeramente de hombros, sin soltarla. – Pues acéptalo. Si ya no puedes hacer nada por cambiarlo, acéptalo como parte de ti. Pasó, está superado, para bien o para mal.Es Marcus el que parece que no lo supera. Me lo echó en cara cuando nos peleamos. – Su amigo suspiró, porque él mismo se daba cuenta de que aquello se empezaba a poner cuesta arriba. – Y lo mismo pasa con lo del verano. Pasó y no me lo perdona. Y luego están los planes de futuro... – Theo suspiró, un poquito exasperado. – Mira que os gusta hacer eso a los ravenclaws... Gal, ninguno sabemos lo que nos depara el futuro. Es que quizá mañana las cosas cambian radicalmente y ninguno de nuestros planes se puede llevar a cabo. – Eso era verdad. Igual Marcus cambiaba e idea respecto al futuro de familia perfecta, o no podían tenerla. O quizá debería plantearse si era ella la que debía cambiar su concepción, si es que estaba dispuesta a cambiar algo así por lo que claramente haría feliz a Marcus. – ¿Crees que debería cambiar como he pensado hasta ahora por él? ¿No es malo eso? – De nuevo, los silencios de Theo. – Creo que tienes que preguntarte a ti misma si realmente piensas así o te lo has auto impuesto. Y a lo mejor no tienes por qué descubrirlo ahora. Puedes pararte y pensar.

Theo tenía razón. Tenía razón casi siempre, de hecho. Pero seguía sin ver mucha solución a los motivos de la pelea. – ¿Tú lo harías?¿El qué? Cambiar tus planes de futuro por la persona a la que quieres. – Su madre lo hizo. Su tía no. Su madre estuvo trece años felizmente casada. Su tía ahora se arrepentía. Al final todo llevaba al dolor le parecía a ella. Por eso, porque las llamas que arden tan intensamente se apagan antes, o acaban provocando un incendio, como lo que sentía ella por Marcus ¿No sería mejor para los dos si buscaran una llama menos brillantes? – ¿Cuál era la otra opción?Que le olvides. Que asumas todo eso que dices y sigas adelante en tu vida sin él, pero aceptando que no va a ser como la vida que llevabas hasta ahora. – Se separó un poco, para mirarla a los ojos. – ¿Y tú crees que puedes llevar una vida así? ¿No te gusta la que tenías justo antes de todo este drama? – Se le partía el corazón solo de pensarlo. Marcus y ella el último día en casa de los O'Donnell, en la cama, tumbados, leyendo. Hablando del fin de curso. Era una vida preciosa. Pero no sabía si podía tenerla. O si realmente debía apartarse. – ¿Hay algo más que esa vida acaso? – Theo sonrió un poco de lado. – Pues claro que la hay, Gal. El asunto es si tú quieres conocer esa vida. – Se habían quedado mirándose, ligeramente separados ¿Le estaba diciendo lo que creía que le estaba diciendo? ¿Podía ella conocer otra vida que no fuera la que había vivido e imaginado en un futuro con Marcus? ¿Y estaba dispuesto Theo, a pesar de todo, a esa vida? Le daba miedo hasta respirar. Aquello era demasiado real, y demasiado cercano a cerrar una puerta que ni quería ni estaba preparada para cerrar. Pero estaba allí, mirando a Theo, y no podía apartar una mirada llena de dudas.
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CON Varios EN Sala común Del 8 al 15 de enero
Se había vuelto a sentar tan pronto Kyla salió por la puerta, y estaba de lado en la silla, con un codo apoyado en la mesa y la mano tapando su boca, con la mirada perdida. Menuda pesadilla de semana. La fugaz sensación de venganza realizada por saber que Alice había pegado a Layne se desvaneció tan pronto empezó a pensar que eso podía deberse a que él le había hecho algo, y qué era ese algo, y si él no le habría incitado a ello con la discusión de por la mañana. Y mientras tanto se seguía regodeando en la situación de mierda que tenían, en no poder ir directamente a preguntarle a Alice sin que se lo tomara como "sus responsabilidades de prefecto". Al parecer había perdido la capacidad de hablar con ella sin ser malinterpretado. No sabía cómo lo había estado haciendo esos siete años anteriores, cómo era tan fácil hablar, como les salía todo solo. Porque ahora, todo lo que pensaba acababa en discusión.

- Seguro que se lo merecía. - Se le había olvidado que Lex estaba allí, porque su hermano se había quedado tan callado como él. Marcus ignoró el comentario, pero Lex lo completó al cabo de unos segundos. - Es un capullo. - Todavía no sabía qué quería Lex de él, y no sabía si estaba de humor para buscar estrategias de comunicación con su hermano. Primero su tía y ahora él, a cual más dialogador, ¿se habían puesto de acuerdo, o qué? - He oído que te peleaste con él el otro día. - No me peleé con él. - Dijo en tono monocorde, sin quitarse la mano de la boca ni la vista del punto indefinido en el que la había perdido. Respiró hondo y matizó eso. Porque a esas alturas era inútil negarlo. Negarlo siempre es peor. Ah, genial. Otra cosa que le recordaba a Alice. - Se estaba metiendo con ella. - En realidad se estaba metiendo con él, pero utilizándola a ella. Eso fue lo que le alteró, más de lo que ya de por sí venía.

Lex soltó un ruido asqueado. - En la sala común lanza comentarios al aire a ver si yo los cojo. Un día le voy a coger la cabeza y se la voy a... - Con dos problemas con Hughes ya hemos tenido suficiente. No necesitamos tres. - Cortó Marcus, ya sí mirándole. Lex se encogió de hombros. - No, si en verdad yo paso de largo cada vez que lo veo. - Mira por donde le iba a venir bien la tendencia de su hermano a aislarse. Porque no dudaba ni por un segundo que el prefecto intentaría provocar a su hermano por medio de él, sabiendo que este tenía mucha menos paciencia. Volvieron a quedarse en silencio, pero Lex le miraba de reojo. Volvió a hablar. - Cuando te pones así te pareces a mamá. - Marcus rodó los ojos y le miró con cara de "¿en serio?". - Entonces estarás encantado. - Pues no. Das miedo. Vuelve a como antes. - Marcus bufó hacia un lado. - ¿Qué quieres, Lex? - Que fuera al grano porque tenía ganas de acostarse ya, que había tenido un día muy largo y el siguiente pintaba igual de largo. Su hermano pareció pensárselo. Volvía a tener mirada esquiva, y eso en su hermano... Era mala señal.

- ¿Cómo estás? - Marcus cogió aire con exasperación y se removió en la silla, dejando las dos palmas de las manos en sus rodillas. - Mal. - Dijo con una sonrisa artificial e irónica fruncida en los labios. El otro seguía cabizbajo, y él empezaba a perder la poca paciencia que le quedaba. - Dudo que hayas venido a preguntarme como estoy, así que... - Tengo que contarte una cosa. - Interrumpió Lex, dejando a Marcus con la boca entreabierta y una frase a medias. La cerró y alzó las manos, expectante. - Pues cuando quieras. - Lex seguía con la cabeza gacha, pero ahora le miraba con los ojos hacia arriba. Se le notaba muy tenso, se le notaba... ¿Culpable? A veces Lex ponía esa expresión, pero normalmente nunca terminaba de contar qué le pasaba, así que era difícil averiguar a qué correspondía. Pero creía ir conociéndole ya a esas alturas de la vida.

- No te voy a pedir que no te cabrees porque... Ya estás cabreado... Y yo me cabrearía... - Eso empezaba mal. Pero igualmente Lex no era el rey de la comunicación, así que mejor dejarle. El chico tomó aire, esquivándole la mirada y jugando nerviosamente con los dedos en sus manos entrelazadas. - Es... Es de Alice. - Frunció el ceño. ¿Qué podía querer contarle Lex sobre Alice que él no supiera? Su hermano pasaba bastante de los cotilleos así que dudaba que fueran por ahí los tiros. - Me pidió que no te dijera nada... Y mamá también. - ¿Su madre? ¿Qué pintaba en esa historia? Lex había vuelto a quedarse irritantemente callado. Marcus tomó aire con impaciencia. - Lex, ve al grano, por favor. - El otro se mojó los labios. - Fue... ¿Te acuerdas que Alice se puso... como rara... en casa de la abuela Anastasia? - Eso le pilló totalmente desprevenido, tanto que sacudió ligeramente la cabeza. Claro que se acordaba. Y ahora que lo decía, también se acordaba de que estaban todos muy raros. Y de que Lex parecía saber algo. - Sí. - Dijo simplemente, notando como el corazón se le aceleraba.

Su hermano tragó saliva y agachó la cabeza más aún. Estaba seguro de que la metería bajo tierra si pudiera. - Pasó algo. - ¿El qué? - Preguntó automáticamente, porque la reacción de su hermano no le estaba gustando nada y estaba empezando a asustarse de verdad. Lo peor era que lo sabía, sabía que le ocultaban algo. Cómo odiaba eso. Lex resopló. - Te juro que yo te lo hubiera contado. - ¡Lex, por Dios, dilo ya! - Instó alterado. Su hermano tragó saliva y, haciendo gala de esas habilidades que tenía, lo soltó de golpe después de media hora de preámbulos. - No sé qué habrá hecho ese idiota de Hughes, pero aquel día pillé al primo Percival incomodando a Alice. Incomodándola de verdad. En la cocina. Se detuvo porque yo entré y me la llevé de allí. - Marcus se había quedado en blanco, casi se le había detenido la respiración. Tenía que haber oído mal. Tenía que ser una broma de mal gusto. - ¿Qué significa incomodando? - La misma pregunta que le hizo a Kyla, pero la voz ahora le había salido bastante más temblorosa. Porque le temblaba el cuerpo entero en una mezcla entre miedo, ira, frustración, pena y a saber cuantas cosas más. Lex también estaba visiblemente nervioso, pero debió considerar que, una vez había arrancado, era mejor decirlo todo de golpe. - La... Tenía arrinconada contra la encimera, y... - Marcus ya no atinaba a escuchar nada más. Se había levantado de la silla en un acto impulsivo y ahora estaba dando vueltas sobre sí mismo, frotándose el pelo, con los ojos desencajados del solo impacto. Y Lex no había terminado. - No... Llegué a escuchar bien lo que le decía, pero no era nada bueno. Cuando llegué... Alice le estaba pidiendo que la soltara. - Dime que no es verdad. - Dijo bruscamente, girándose hacia él con los ojos enrojecidos, al borde de llorar de rabia. - Dime que tú, y mamá, no sabíais esto y no me lo habéis dicho hasta ahora. - Lex había levantado la mirada. Y sí, esa expresión sí era fácilmente identificable: era cara de tremenda culpabilidad. - Lo siento. -
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Freyja
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Jue Feb 25, 2021 7:10 pm

One of us
CON Varios EN Sala común Del 8 al 15 de enero
No, no es lo que quieres. – Dijo él, con una sonrisa triste y separándose un poco más pero sin soltarla. ella estaba sin palabras. No. No lo quería. Pero por un segundo había vuelto a jugar con los sentimientos del chico. – Theo, yo... – Él negó con la cabeza sin perder la sonrisa. – Gal, deja de localizar esto en mí, o en lo que piensan los demás, o, en definitiva, fuera de ti. Eres la única que aún piensa que no tiene claro lo que quiere o lo que va a hacer. – Ella le miró entre confusa y triste, como una niña a la que le están regañando. pero Theo tomó sus mejillas y elevó su cara para que la mirara. – ¿Sabes cuántas veces he visto cómo mirabas a Marcus? Cómo se te iluminan los ojos cuando entras en un sitios y está él. Cómo te temblaba la voz cada vez que hablabas de él... – Ella tragó saliva, sintiéndose, de nuevo, el ser humano más despreciable del planeta. – Y pensaba que igual, a lo mejor, algún día podías mirarme así a mí. Y cuando aquel día me dijiste que no podíamos ser más que amigos, vi claro que no podía enfadarme contigo, o con él. Ahora, cuando me has mirado, lo que he visto es miedo y dudas, ni rastro de esa chispa que se te enciende cuando incluso piensas en él. – Seguía sin palabras, pero dos lágrimas brotaron de sus ojos. – Lo siento. – Dijo con la voz rota. Él dejó caer los párpados y negó. – No tienes nada por lo que pedirme perdón. Estás triste, estás bloqueada porque tienes miedo de encontrarte con él y no ser capaz de retenerlo a tu lado, pero Gal – Soltó sus mejillas y se separó de ella, sin perder aquella sonrisa tan dulce –, él te mira igual a ti. Y lo sé porque todos y cada uno de los días que te he observado a ti, él estaba al lado, exactamente en el mismo estado que tú.

Se quedaron así, en silencio, mirándose, en la misma posición que estaban cuando empezaron a hablar. Definitivamente, había dado mil vueltas a cosas que no podía arreglar, a cosas que quizá no eran importantes, y había perdido de vista lo que sí tenía delante de sus ojos. Miró a Theo y le dijo. – Eres la persona más buena que me he encontrado. – Él se encogió de hombros y volvió a meterse las manos en el bolsillo. – Algo bueno tenía que tener.Tú tienes mil cosas buenas, Theo. Eres... Eres absolutamente genial, y eres el chico guapo de Hufflepuff – le dijo evocando aquella broma suya –, cualquier chica va a tener mucha suerte de tenerte. Es solo que... – Tragó saliva y dos lágrimas más resbalaron por su cara y se acordó de la tarde del pensador. Lo había entendido entonces y lo entendía ahora. –Marcus y yo... Nacimos para estar juntos.– Alzó las cejas y soltó una risa triste. – Es... Es el amor de mi vida. Y nadie puede arrancármelo del corazón. Ni si quiera él mismo. – Theo amplió la sonrisa y ladeó la cabeza. – ¡Eh! Solo te ha costado siete años, una semana de llantos y unos toffes de agua salada. Es un poco vergonzoso para tu casa pero... Lo importante es llegar, no cómo llegas ni cuánto tardas. – Y eso era tremendamente Hufflepuff. Le miró sonriente y asintió. – No todo el mundo tiene a una persona que le mira como le mira esa persona a ella. Deja de esperar, y sal a buscarle. – Se acercó a él y le dio la mano. – ¿Me odias mucho? – Él se rio. – No. Yo no podría odiarte. Eres genial. Solo... – Entornó los ojos y se encogió de hombros. – Ni si quiera habría tenido sentido encontrarte antes que Marcus... Habrías acabado encontrándole a él y hubiera dado igual. La vida es un río, Gal, el agua corre. Cuando nace es muy fuerte, luego da muchas vueltas, pero al final siempre acaba en el mar... Todos pasaremos por esto. Y todos encontraremos nuestro camino al mar. – Ella asintió y se inclinó a abrazarle con cariño. – Gracias.De nada. Para eso están los amigos. – Se separaron y le tendió la cajita. – Llévatelos. Y pégate un banquete con tus amigas, seguro que te ayuda a aclarar las ideas. – Ella asintió y se alejó, camino de los dormitorios. – Te regalaré algo dude vuelta ¡Tenlo claro! – Dijo mientras se iba. – ¡Pues aquí estaré esperándolo! – Contestó alegre, despidiéndola con la mano.

Al llegar, encontró a Kyla en al sala común con los papelotes de los prefectos. Marcus solía ayudarla en eso. Le puso una mano en el hombro. – ¡Ey, prefecta Farmiga! ¿Qué haces? – Kyla dio un salto y miró a los dos lados. Esta chica, cuando se concentraba en algo perdía la noción de todo. – ¡Gal! Qué susto... ¿Estás...? No has visto a Marcus ¿No? – Ella le miró extrañada y frunciendo el ceño. – ¿Te hago un resumen de la última semana? – La chica suspiró y parpadeó, como si se despejara la cabeza. – Sí sí, qué tontería... ¿Estás bien? ¿Pasa algo? – Ella negó con la cabeza y levantó la caja. – Venía a decirte si querías venir a mi cuarto a comernos esto con Hills y Donna. Me los ha regalado Theo. – Kyla asintió, aunque aún miraba tensa hacia los lados. – Sí, sí... Sí, muy buena idea. La mejor, la verdad ¡Vamos! – Se puso a recoger todo atropelladamente y la dirigió casi a la fuerza hacia las escaleras de los dormitorios. – ¿Te pasa algo? – Kyla se quedó mirándola, con expresión culpable. – Siento mucho lo que fuera que te pasó con Hughes. No pensé que... Lo siento. Tenía que haberle hechizado yo o algo cuando vi que se peleaba con Marcus. – Gal puso una sonrisa triste y le acarició el brazo. – Ey, no te preocupes. Lo que un impresentable como él haga es culpa suya y solo suya. Tranquila. Vamos a olvidarnos de ese asunto de una vez. – Enganchó su brazo al de la chica y entraron ene l cuarto. – ¡Chicas! Gal está de vuelta y no vengo con las manos vacías. – Dijo, animadamente, sin llegar a ser alegre, pero desde luego, más que aquellos días anteriores.
Merci Prouvaire!


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Cause' Alice does belong with Marcus
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Ante todo, amigos
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Ay, los retitos
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Un jour viendra tu me dira je t'aime
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Jue Feb 25, 2021 9:07 pm

One of us
CON Varios EN Sala común Del 8 al 15 de enero
No se lo podía creer. No, sencillamente aquello no podía estar pasando. - ¿¿Pero cómo no me lo dijiste inmediatamente?? - ¡No sabía qué hacer, Marcus! - ¡Decírmelo! - Saltó, cerrando los puños y casi dando una patada en el suelo. - ¿¿Pero qué estaba haciendo?? - ¡Ya te he dicho que no lo sé! ¡El gilipollas, como siempre! - Lex, Alice estaba fatal. - Y entonces lo recordó. Como prácticamente le había empujado para que se apartara cuando la tocó, cuando hizo amago de besarla. Como luego apartó a Dylan. ¿Qué le había hecho Percival, por todos los dragones? - Lo mato... - Empezó a murmurar. - Te juro que lo mato... - Marcus, cálmate, te lo suplico. - ¿¿CÓMO QUIERES QUE ME CALME, LEX?? - Gritó, girándose hacia él, porque su hermano se había levantado para acercársele con objeto de contener que dejara de dar vueltas como un animal enjaulado. Pero del propio bramido se le habían escapado lágrimas de furia, y eso dejó a Lex congelado en el sitio.

Alice había vivido... Eso... En su propia casa. En la casa de su familia. Y no le había dicho nada. Podría haberse ido inmediatamente después de eso, podía haberle culpado de llevarla hasta allí. Y, mientras tanto, él estaba ajeno a todo. ¿Qué pensaría de él? ¿Cómo pudo estar tan normal el resto de los días? ¿Por eso estaba tan enfadada aquel día? ¿Creía que lo sabía y se había callado? En caso de ser así, normal que le odiara. ¿Pero cómo iba a saberlo él, si ella no se lo había dicho? ¿Y cómo iba él a saber algo así y no hacer nada? Dios... Era horrible... Era más horrible a más lo pensaba.

Se había quedado con la respiración agitada, pensando, mirando a la nada en silencio con los ojos enrojecidos. Lex volvió a hacer un intento por paliar su estado. - Marcus... - Tenías que habérmelo dicho. - Miró a su hermano, con expresión dolida. - ¿Por qué no me lo dijiste? - ¿Y que te pusieras así en casa de la abuela? ¿Que empezaras a gritar como un poseso, como estás ahora, delante de Alice, que ya de por sí estaba fatal? - ¡¡Mi primo se le echó encima y yo no hice nada!! - ¡¡Porque no lo sabías!! - ¡¡Porque nadie me lo dijo!! ¿¿Por qué, Lex, por qué no me lo dijiste?? - ¡¡Porque ella me lo pidió!! - Estalló Lex. Marcus se quedó callado, mirándole. Su hermano soltó un poco de aire entre los labios, agitado y derrotado. - Estaba asustada y no quería que te pusieras así. No quería... Liarla en casa de nuestra abuela, Marcus, y que la odiaras. - Marcus abrió los ojos. - ¿Pero cómo la iba a odiar por eso? - Dijo con un quiebre en la voz, como si se hubiera quedado sin energía. Lex le devolvía la mirada, más triste de lo que le hubiera visto nunca. - Marcus, tú solo ves lo bueno en nuestra familia, y acababa de pasar algo muy feo. Pensó... que te haría sufrir. - Automáticamente se le cayó una lágrima. Seguía impactado, sin saber qué decir. No podía articular ni media palabra más. Ni en sus peores pesadillas se habría imaginado que todo pudiera salir tan mal.

Alice había pasado por algo tan desagradable, y en lugar de gritar, de enfrentarse a su primo, de salir corriendo o de ir a buscarle para algo, ya fuera para consuelo o para que la defendiera... Se lo quedó para ella. Solo para no hacerle sufrir. Yo tampoco me creo que me quieras tanto. Total, ya me has mentido mil veces, ¿por qué no mil y una? Sus propias palabras llegaron a su mente sin permiso y en el peor de los momentos, golpeándole el pecho como un martillo de demolición. Se sentó derrotado en la silla, con la mirada perdida. Ni siquiera era consciente de que estaba asustando a Lex quedándose tan callado. - ¿Marcus? - El chico se había acercado a él con prudencia, como si le fuera a morder. Pero él simplemente seguía con la mirada perdida y las lágrimas cayéndosele en silencio. - Ey... Venga, tío, di algo. - Insistió su hermano con suavidad y súplica. Marcus se mordió los labios y cerró los ojos, con las pestañas mojadas... Y toda la semana que llevaba acumulada estalló de golpe.

Apoyó los codos en sus rodillas y enterró la cara en sus manos, rompiendo a llorar. Lex se arrodilló frente a él. - No no, venga, por favor, no te pongas así. Joder, que a mí se me da fatal esto... - No puedo más, Lex. - Dijo entre lágrimas. Dolía, dolía muchísimo. Alzó la mirada a su hermano. - Le he dicho cosas horribles. He sido súper injusto. - Ey, no, mira, no sé qué pasó, ¿vale? Y tú eres muy tú, y eso, pero no le dijiste cosas horribles, estoy seguro. - La acusé de mentirme. Y dije que me mentía porque no me quería. - Pero, ¿tú sabías esto? - ¡No! Claro que no, era por otra cosa, pero da igual. - Se quejó de sí mismo, entre sollozos. Ahora le parecía tan absurdo, tan irracional, tan cruel. Ahora sí que tenía claro que no le iba a perdonar. - Lo he echado todo a perder, Lex. - No, de verdad. - Lex chistó, agobiado. - Tío lo que estoy aguantando con vosotros... - Murmuró hacia otro lado. Marcus ni se lo tuvo en cuenta, estaba demasiado metido en su propia desazón.

- Al final mamá tenía razón... - Contuvo un segundo el llanto y le miró. - ¿A qué te refieres? - Lex hizo una mueca, mirando al suelo. - A que contándotelo solo te haríamos sufrir. Por eso no lo hicimos. - Marcus miró hacia otra parte, negando con la cabeza. - Genial. Ahora soy el débil de la familia. - ¿Débil? - Saltó Lex, con una carcajada socarrona de incredulidad. - ¿En serio tú eres el débil de la familia? - ¡Pues claro que sí! ¿No lo veis? Tenéis que ocultarme las cosas para que no monte un número. Mamá puede bregar con todo como si fuera de hielo, papá siempre tiene el súper mensaje educativo para cada momento y tú eres el tipo fuerte que lo aguanta todo y que todo le importa una mierda. - Eso quisiera yo, que todo me importara una mierda. - Eso es lo que dices siempre. - ¡Bueno pues no es verdad! - Esa afirmación tan categórica de su hermano le pilló por sorpresa. Parpadeó un par de veces, pero el chico continuó. - Lo he pasado fatal, ¿sabes? Intenté convencer a mamá de decírtelo, y estuve a punto de hacerlo. Y si no lo hice no fue porque fuera fuerte, al revés. No lo hice porque no soporto verte así, ¡joder, eres mi hermano! - Bufó, mientras Marcus simplemente le miraba como un niño lloroso. - No lo hice porque Alice me lo pidió y sentía que me metía donde no me llamaban. ¿Y sabes qué me pidió también? Que no le partiera la boca a Percival, porque era mi intención cuando vi esa escena. Pero ella me paró, y yo me dejé parar. - Negó con la cabeza. Y, por si eran pocos razonamientos, añadió uno más. - Y no lo hice porque me acojona mamá. - Marcus arqueó una ceja. Lex le miró y se encogió de hombros. - ¿Qué? - No, nada... No eres el único, si te sirve de consuelo. - Su madre enfadada imponía demasiado. Y sin enfadar también.

- No sabía... Que... - Empezó, pero se quedó callado. Estaba un poco aturdido, al menos había dejado de llorar desconsoladamente. Pero Lex le miró con el ceño fruncido. - No sabías, ¿qué? ¿Que tuviera sentimientos? - Marcus chistó. - Yo no he dicho eso... - Que haga como que no me importa nada no quiere decir que no me importe. - Marcus le miró sin comprender. Nunca había entendido esa actitud de su hermano, pero después de esa confesión, menos todavía. - ¿Y por qué lo haces? - Porque no es fácil vivir a tu sombra, Marcus. ¿Te has parado a pensarlo alguna vez? - Eso sí que le terminó de dejar clavado en el sitio. Parpadeó un par de veces, y en vistas de que no atinaba a responder, Lex volvió a echar aire entre los labios y a negar con la cabeza. - Tú cumples todas las expectativas, das todo lo que se te pide y lo haces todo bien. Eres asquerosamente perfecto. - Le dijo, simplemente mirándole con los ojos entornados. - ¿Te haces una idea de cuánta gente se sorprende al día de que lleve el mismo apellido que tú? - Marcus tragó saliva. - No... No era consciente, Lex... - Por supuesto que no eres consciente, eso ya lo sé yo, que no eres consciente. - Su hermano se giró ligeramente en el suelo para mirarle de frente. - Eres tan perfecto que te crees que todo a tu alrededor lo es, y que la perfección está al alcance de la mano de cualquiera. Que solo basta con querer hacer las cosas bien para que salgan bien. ¿Pues sabes qué? No es así siempre. - Probablemente fuera la primera vez en su vida que su hermano le estuviera dejando tan callado. - Y tu perfección pesa, Marcus, y crea unas expectativas. Estás tan enamorado de Alice que crees que ella y todo su entorno forman parte de tu perfección. Pero no es así. La gente tiene problemas, y Alice tiene para regalar. - Lex le echó una fugaz mirada de arriba a abajo y ladeó la cabeza. - ¿A que no te habías planteado que la jaula pudiera ser esa? - El corazón se le detuvo por un instante, mirando a Lex. El otro esbozó una sonrisa de lado. - Tss... El mejor alumno de Hogwarts... - Marcus tragó saliva y la lágrima que se había quedado a las puertas decidió caer por fin. No sabía por dónde empezar a gestionar todo lo que le había caído encima en cuestión de segundos.

- ¿Qué hago, Lex? - Preguntó con pena. El otro pareció sorprenderse. - ¿Me... Estás preguntando qué hacer? - Marcus frunció los labios. - No quiero enjaular a Alice. - Lo sé. - Contestó el otro, asintiendo. - Pero no es perfecta, Marcus, ni todo lo que arrastra tampoco. Asúmelo, y hazle saber que lo asumes, que no sienta que tiene unas inalcanzables expectativas que cumplir contigo. No es agradable, tío, te lo digo en serio. - Marcus tragó saliva. - Pero... ¿Y si para mí lo es? - Lex rodó los ojos. Por muy profundo que se pusiera, a su hermano seguían sin irle lo más mínimo los romanticismos. A pesar de tener el novio más empalagoso de la tierra. - En ese caso no sé qué coño haces aquí llorando conmigo en vez de ir a buscarla. - Marcus arqueó las cejas sarcásticamente y con amargura. - Para que veas que no soy tan perfecto... -
Merci Prouvaire!


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