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Miér Abr 07, 2021 11:34 pm

Un toque de magia
CON Alice EN Casa de los O'Donnell A LAS 12:30h, 3 de junio de 1997
- ¿Y la tarta? ¿Está la tarta? ¿Dónde está la tarta? – Aquí, Marcus, aquí, en el frigorífico. – Contestó su padre, al que no le había dado tiempo de responder a la primera pregunta cuando su hijo había lanzado ya tres. – Cálmate un poco, Marcus. - ¡¡Es que tiene que ser todo perfecto!! – Dijo emocionado, dando carreras y botes de un lado a otro, comprobando que todo estaba en su sitio. Su padre suspiró y rodó los ojos hacia su madre, que justo aparecía en ese momento por allí. – Menos mal que lo hemos traído antes, que si no, no sé cómo nos hubiéramos organizado. – Ironizó el hombre, lo que provocó una risilla disimulada de la mujer que hizo reír a su marido también en reflejo. Marcus ni caso. Tenía mucho que preparar.

No tenía que hacer ni una hora que se había bajado del expreso de Hogwarts. Había salido el primero como una bala, prácticamente arrastrando a Lex, porque quería llegar a su casa cuanto antes para poder asegurarse de que todo estaba en orden antes de que llegaran sus amigos. El año anterior habían salido del colegio el día cuatro de junio, por lo que su cumple lo celebró en el castillo, con fiesta de fin de curso incluida. Pero ese año habían salido el día tres. Quería que sus amigos estuvieran en su cumple, pero también quería celebrarlo con su familia, así que había tenido la maravillosa idea de invitar a Alice, Sean y Hillary a su casa para una comida-merienda de cumpleaños. Estaba eufórico. Iban a ir sus abuelos, y su tía Erin. También irían la madre de Hillary y la abuela de Sean, y, por supuesto, William y Janet Gallia, y Dylan. Una fiesta en toda regla, y organizada por él, ¡su idea! Si es que no podía estar más contento.

- ¡Y los sándwiches justo aquí! Pero que no estén cerca de los snaps explosivos, a ver si se van a manchar. – Dio una carrera. - ¡Ay! ¡Las ranas de chocolate! ¿Se pueden poner en un calderito? ¡Voy a por uno, los tengo todos limpios, y hay uno que tiene el tamaño perfecto! – Se giró a tal velocidad, mientras hablaba, que se chocó de bruces con alguien. - ¡Ay! ¡Lex! - ¿Por qué no paras de dar vueltas? – Preguntó su hermano, monocorde. Marcus esbozó una enorme sonrisa. - ¡Porque es mi cumple! – Lex parpadeó un par de veces, mirándole, carente de expresión. Al parecer no pillaba la conexión entre una cosa y otra. – Me pones nervioso. – Concluyó. Marcus soltó una pedorreta. – Pues es lo que hay. – Y se fue a por el caldero, corriendo escaleras arriba. Bajó igual de corriendo pero con el caldero en la mano, y su hermano seguía donde le había dejado, como un pasmarote, siguiéndole con la mirada como un cuadro maldito. – No hace falta que ordenes las chuches. Te las vas a comer igual. – Marcus chistó con fastidio, dando una pequeña patada en el suelo. - ¡Mamá! Dile a Lex que deje de quejarse. – No me estoy quejando. Solo digo que es una tontería. - ¡¡Van a venir mis amigos!! ¡Dile que deje de comportarse como un puercoespín enfadado! – Marcus, ten más paciencia con tu hermano. - ¡Lleva de morros todo el curso! – Lex… - Es que no para de correr, tú no lo ves por el castillo, lo conoce todo el mundo. Qué vergüenza. – A ver, chicos, tengamos la fiesta en paz. – Dijo su padre, apareciendo por allí con una sonrisilla. – Porque creo que empiezan a llegar algunos de nuestros invitados. – Marcus abrió los ojos, desbordado de ilusión, como si no hiciera si acaso media hora que había dejado a todas esas personas en el andén, y salió corriendo al jardín para recibirles.

Iba tan contento que se detuvo en seco, con los ojos muy abiertos y la sonrisa desaparecida, cuando su cerebro procesó la estampa que tenía delante, porque no se la esperaba exactamente así. En su jardín, unos preocupados Sean y Hillary, junto a la abuela del primero, intentaban sostener y echar aire a la madre de la chica, que estaba al borde del desmayo en el césped. – Oh, vaya por Dios. – Escuchó a su padre musitar mientras se acercaba junto a su madre y Lex. Marcus, ya salido del estado de desconcierto, corrió rápidamente en su socorro. – Ay… Ay, qué mareo… Ay por Dios… - Suspiraba la mujer, con la cabeza hacia atrás y los ojos cerrados. – Ya está, querida, ya está, ya pasó. Ay, qué mala pata. Si es que claro, no está la pobre acostumbrada… - Intentaba justificar con una especie de dulzura quejosa la abuela de Sean, aunque estaba claramente preocupada. Marcus se puso junto a ella. - ¿Se encuentra bien, Señora Vaughan? – Hillary se puso brazo con brazo con él y, con un carraspeo bajito, le dio un leve codazo. – Es señorita, no señora. – Susurró. Marcus se apuró. – Oh, perdón. – Se apresuró en disculparse. Vale, reconduciendo pues. - ¿Se encuentra bien, Señorita Vaughan? – Ay… Ay hijo… Ay perdona… Ay, ¿dónde estoy? – En mi casa. – Contestó él con normalidad. – Si es que yo lo dije, que nos teníamos que haber ido en escoba. – Abuela, que la Señorita Vaughan no sabe montar en escoba. – Dijo Sean, un tanto encogido y avergonzado, como si fuera culpa suya. La mujer se encogió de hombros con obviedad, dejando por un segundo de abanicar. – Bueno pero tampoco sabía aparecerse y aquí estamos. - ¿Ha dicho usted escoba? – Reaccionó la mujer, atinando a abrir los ojos. Hillary chistó. – Jo, mami, esto ya lo hemos hablado. Venga, va, ponte bien, que no ha sido para tanto. – Se inició un leve debate entre Hillary y su madre por el cual no se ponían de acuerdo en si era o no para tanto eso de pestañear y estar en un sitio totalmente distinto, durante el cual Marcus se acercó sutilmente a su padre y le preguntó en voz baja. – Papá, ¿los muggles se pueden aparecer? – Ahí había venido todo el problema. La madre de Hillary era muggle y, al parecer, pretendía llegar a su casa… Pues eso, por medios muggles. La abuela de Sean se había ofrecido amablemente a hacerles aparecerse a los cuatro, pero evidentemente la mujer no sabía en qué consistía eso de aparecerse. – No por sus propios medios, y no deberían de hacerlo porque, en teoría, los muggles no están en contacto con el mundo mágico. La excepción es que tengan un familiar directo que sea mago o bruja, como es el caso de la Señorita Vaughan, que tiene una hija bruja. – Pues igualmente no le había sentado nada bien la aparición.

- Creo… Que estoy un poco mejor. – Dijo la mujer, tomando aire profundamente. Antes de que nadie pudiera asegurarse de eso, el foco de atención viró a la nueva aparición, que entró por el jardín haciéndose notar desde el segundo cero. - ¡Pero bueno! ¡Qué mayor, si es que se te nota por minutos! Se nota que eres… - El hombre miró el reloj. – Veinte minutos más viejo desde la última vez que te vi. – Marcus rio con la ocurrencia y saludó. – Hola de nuevo, Señor Gallia. – Te cogería en volandas, como hago con esta. – Dijo el hombre, señalando con el pulgar a Alice, que estaba tras él. – Pero eres demasiado largo. ¡Eh, Arnold! ¿Es que lo riegas por las noches? - ¡Pero si ni siquiera le veo! Ya no quiere nada conmigo, solo con sus amigos. – Aaaaah claro, eso va a ser. – Contestó William, girándose a Alice. - ¡Eres tú la que le riega por las noches! Ya te he dicho que eso es solo para las plantas, pajarito. – Marcus volvió a reírse. Si es que con William Gallia era imposible no hacerlo.

- Oh, ¿te encuentras bien? – Janet se había dirigido directamente hacia la madre de Hillary. – Sí, sí, estoy un poco mejor. – Ay, pobre, ha sido la aparición, ¿verdad? – La madre de Alice tomó las manos de la mujer entre las suyas. – No te preocupes, es normal, pasa siempre las primeras veces. – La mujer soltó una risilla nerviosa. – Oh, de primeras nada. Yo esto ya no lo hago más. – Janet soltó una risita risueña y apretó aún más sus manos. - ¿Sabes cómo se arregla esto? Con una poción de albahaca, menta y verbena. - ¿Poción? – Contestó la mujer, un tanto turbada. Hillary suspiró. - ¡Sí, mamá, poción! Como las que yo hago. – Con la poca paciencia que tenía Hillary no debía estar haciéndole nada de gracia que su madre reaccionara así a cualquier signo mágico a su alrededor. Pero Janet, en su dulzura habitual, recondujo rápido. – Bueno, es más bien un zumito. – Guiñó un ojo a Hillary. – Si a Emma no le importa que use un segundo su cocina... – Por favor, faltaría más. – Contestó protocolariamente su madre, pero Marcus vio como, tras devolverles una muy sutil sonrisa educada, rodaba los ojos hacia su marido y le murmuraba. – Lo que sea porque saque a esa enclenque de mi vista. – Emma… - Marcus frunció los labios, aguantándose la risa. Menudo cuadro habían montado en un segundo.  
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Jue Abr 08, 2021 12:42 am

Un toque de magia
CON Marcus EN Casa de los O'Donnell A LAS 12:30h, 3 de junio de 1997
Total que el espejo te enseña todo lo que deseas. Y estabas tú. – Su madre se rio y le acarició la cara, pasándole la mano por el hombro. – Pues sí que sueñas corto. No te creo nada, mi Alice desea a lo grande. – Ella puso cara de ilusión, como si le hubieran dicho el mejor piropo del mundo. Se agarró a la cintura de su madre y apoyó su cabeza en su costado mientras seguían andando. Estaba tan feliz de encontrarla bien cuando volvió que no se había despegado de ella, y haba cedido su pesto en brazos de su padre a Dylan, que iba sobre sus hombros, portando muy orgulloso el regalo para Marcus.

Le gustaba el barrio donde vivían los O'Donnell, tenía casas más grandes y más bonitas que las de su barrio. – Aquí se tiene que vivir muy bien. Mira, mamá, qué no haríamos nosotras con una jardín así de grande. – Sintió las miradas de sus padres sobre ella. – ¿Qué? ¿Qué he dicho? – Janet le acarició el pelo. – Nada, mi amor. Es verdad, son jardines muy bonitos. Pero el nuestro también ¿a que sí? – Alice asintió satisfecha. – Porque lo cuidas tú. Sabes más que la profesora Mustang y todo. – Su madre rio, y la risa le provocó un poco de tos, que calmó en seguida, justo a tiempo de llegar y ver el drama que se había montado en la puerta de casa de los O'Donnell. Su padre entró haciendo el tonto, como de costumbre, y ella aprovechó para tirar de su madre hacia abajo para decirle al oído. – La madre de Hillary es muggle. ¡Ah! Y no tiene padre. – Su madre la miró con la ceja alzada. – Bueno, padre tendrá, ¿no? Pero estará en otro sitio. – Alice arrugó el gesto. – Bueno pues creo que el sitio no lo sabe ni ella. Pero te lo digo para que contengas a papá, y que contrarrestes un poco, que seguro que lo de que sea muggle no cae muy bien por aquí. – Su madre soltó una carcajada y asintió. – Me temo que a tu padre no hay quien le contenga, pajarito, llevamos años intentándolo, créeme. Pero yo me hago cargo, que me llevo muy bien con los muggles, en Nueva York vivía todo el día con ellos.

Afortunadamente, parecía que no se había enterado de nada. Se acercó a la madre de Hillary y en cuanto vio que su madre se ocupaba de ella, corrió hacia su padre dando saltitos y riendo. – ¡Qué va! No me dejan entrar en los dormitorios de los chicos, si no, ya ves que si le regaba, y ahora estaría como ese roble de alto. – Dijo dándole con el hombro a su amigo entre risas, porque solo de imaginarse la imagen de ella regando a Marcus en la cama le resultaba demasiado graciosa. Y justo, justo entonces cuando decía esa barbaridad, vio a Emma y agachó la cabeza. – Hola, señora O'Donnell. – Ya se la había bajado el tono y todo. Su padre le dio un par de toquecitos en la espalda. – Anda, pajarito, enséñale lo bonito que te queda el vestido azul a Emma. Si es que es la chica Gallia más guapa que habéis tenido en esa casa. – Oh sí, su salvación siempre pertinente, Arnold estaba allí para ella. La tomó de las manos, abriéndole los brazos, admirando el vestido y luego soltándole una mano, le hizo dar una vuelta sobre sí misma. – Ah, preciosa, y encima de azul. – Alice asintió satisfecha. Y justo apareció Hillary a su lado y dijo. – Guau, Alice con un vestido, eso así que debe ser por O'Donnell. – Ella le sacó la lengua. – No señora, es porque mamá ha dicho que ya sé comportarme como para ponerme un vestido. – Sí, cuando habían llegado a casa, ella había ido derechísima a por sus pantalones cortos, pero su madre le dijo que se podía poner aquel vestido azul cielo con volantes blancos, que lo reservaban para ocasiones especiales, y la verdad es que le había hecho más ilusión por la consideración de su madre y porque los O'Donnell siempre iban muy elegantes, que por cómo le quedaba o le dejaba de quedar el vestido. Arnold rio y las tomó a cada una con un brazo por los hombros, empujándolas suavemente hacia dentro. – Venga, vamos al jardín, que ya está todo montado allí. Yo me llevo a las chicas, así que os sugiero que vengáis ya.

Llegaron a la parte de atrás, y aquello sí que era montar un cumpleaños. Lo que ella decía, con ese jardín, su madre y ella sí que podrían montar un buen ecosistema en condiciones. – Me temo que mi madre le va a quitar protagonismo a Marcus. – Le susurró Hillary preocupada. Ella soltó una risa entre dientes. – Sí, claro. Es imposible quitarle protagonismo a Marcus O'Donnell en su cumpleaños. – Se dirigieron a la mesa y vio como la abuela de Sean sacaba un bizcocho. – Hala, ya solo con eso habéis superado los regalos de los demás. – Dijo dándole un codazo a Sean y riéndose. Pero ya llegó su padre con la varita. – No será mejor que esto. – Lanzó una onda en el césped, que levantó sucesivamente a Dylan, Sean y Marcus y los volvió a dejar en el suelo desequilibrados, lo cual les desternilló de risa a las otras dos. Alice le acercó corriendo a levantar a Marcus, y por primera vez desde que bajaron del tren tuvo oportunidad de hablar por un segundo de tranquilidad con él. – Esto esta precioso. Es el cumple más guay en el que he estado nunca y eso que aún ni ha empezado. – Señaló con la cabeza a Arnold y su padre, que estaban con Sean y Dylan, lanzando chispas azules con la varita y sonrió un poco más. – Creo que eso es en tu honor. – Nos e dio cuenta hasta entonces de que aún sostenía su mano. Justo entonces, la señora Hastings la llamó. – Alice, cariño, ya que las mamás están ocupadas dentro... ¿Me ayudáis a ponerle la cobertura y las frutas al bizcocho? – Ambas asintieron, entusiasmadas. – A ver, ¿qué fruta le gusta al cumpleañero? – Alice echó la cabeza hacia atrás. – Uy, cualquiera que le apetezca a usted, señora Hastings, pero échele bien de arándanos. – Dijo poniendo cara traviesa. – ¡Eh! ¡Eso no se vale! Póngale plátano también, señora Hastings, a ver si solo va a poder tener ella su fruta favorita. – La abuela rio. – Hay sitio para todo chicas.
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Jue Abr 08, 2021 1:11 pm

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CON Alice EN Casa de los O'Donnell A LAS 12:30h, 3 de junio de 1997
Vio un poco mejor a Alice en cuanto se acercó para secundar la broma de su padre y darle un toque en el hombro. La miró de arriba a abajo con una sonrisa. - ¡Vestido azul! Qué bonito. - No es que él entendiera mucho de vestidos, pero de colores sí, y le gustaba el azul. - Así echas menos de menos el uniforme. - Bromeó, en referencia a los colores de su casa. Por supuesto, ni era el único Ravenclaw presente ni el único al que le gustaba el color azul, para algo estaba su padre allí. Se quedó mirando la escena con una sonrisa y la cabeza ligeramente ladeada. Eso sí era un piropo, solo había que ver lo contenta que estaba Alice. "Vestido azul, qué bonito". Anda que... El rey de la oratoria, Marcus. Él quería aprender de su padre todo lo que pudiera, porque para él su padre lo hacía todo bien, hasta echar piropos. Tomaría nota de cómo se le decían las cosas a la gente.

Vio que Hillary aparecía en escena, pero antes de poder atender a lo que decía, William se robó el protagonismo otra vez. - O sea que yo llamo viejo a tu hijo y tú llamas princesita azul a la mía. Mira que eres repipi, O'Donnell, es que no defraudas. - Rebaja tus niveles de envidia, Gallia. - Lo que haces es competencia desleal. - Marcus se estaba riendo mucho con la escena, pero William se giró a él y le puso una mano en el hombro. - Y a ti te he visto mirando. ¿Es que vas a aprenderte las estrategias de Romeo barato de este? - ¿Yo soy un Romeo barato? - Mejor aprende de mí, que soy más gracioso. - El hombre bajó el tono y, con una sonrisilla, miró de reojo a Emma, que ya se alejaba de allí en dirección al patio interior. - Y más variado. - William... - Ese tono de su padre que solo le salía con el Señor Gallia, el tono de querer reprenderle pero estar aguantándose la risa. Marcus, por su parte, amplió la sonrisa y le miró con el pecho inflado. - A mí me gusta como hace mi padre las cosas, Señor Gallia. Me ha parecido muy caballeroso. - William soltó una carcajada exagerada, inclinándose hacia atrás, pero no se lo tomó ni mucho menos a ofensa. Ese hombre siempre se estaba riendo. - Como para que no sea tu favorito. - Yo no tengo favoritos. - Contestó su padre, que suspiró y se giró para llevarse a las dos chicas al jardín trasero, pero antes le dedicó una mirada cómplice. William le pasó el brazo por los hombros a él y le acompañó, sin dejar de reír. - Tú no te preocupes, chico, que eres idéntico a tu padre. Solo te falta ir cumpliendo años para parecerte cada vez más. - El hombre ladeó la cabeza varias veces mientras caminaban. - Aunque algo me dice que a ti te va un pelín más el riesgo que a él. Y las cosas azules. - Rio, aunque no sabía si había pillado bien por donde iba.

Tardó medio segundo en ver como la abuela de Sean se dirigía a la mesa con un bizcocho en las manos. - ¿De que es? - ¡Ay! Cariño, que no te había visto. - Dijo la mujer entre risas, colocando el bizcocho en su sitio. Como para verle, se había escurrido por ahí y había aparecido como un perrillo con hambre al lado de la señora. - Es de naranja, pero hay que ponerle aún el adorno. - Estaba pensando el adorno cuando se vio levantado del suelo y cayendo al césped. William Gallia haciendo de las suyas otra vez. - ¿¿Cómo lo ha hecho?? - Preguntó Sean, sorprendido, mientras que Marcus y Dylan se echaban a reír. Ellos estaban más acostumbrados a esas locuras que Sean, claramente.

- Gracias. - Le dijo a Alice aún entre risas mientras se agarraba de su mano para levantarse. Por su comentario, miró a su alrededor sonriente y orgulloso. - ¿A que sí? Pues hay más cosas, pero no te las digo, que son sorpresa. - Le guiñó un ojo. - Ha metido las ranas de chocolate en un caldero. - Saltó Lex detrás suya. Marcus se giró indignado. - ¿Por qué te chivas? - Porque no es tan sorprendente como tú te crees y le vas a hacer ilusiones para nada. - Pues no me refería a eso, listo. - Le dijo con burla, y Lex se encogió de hombros y se fue de allí. Negó con la cabeza con los ojos entrecerrados, mirando a su hermano alejarse con inquina, y luego se giró a Alice un tanto cabizbajo. - Sí que era eso. Pensé que te gustaría, como está en un caldero y te gustan las pociones. - Bufó. - Dios, tengo un hermano tonto. - Él se esforzaba por quererle, de verdad que sí, pero se lo ponía difícil.

Miró hacia donde Alice le señalaba y sonrió. - Porque me gusta el azul. - Dijo con una risa, resaltando lo obvio, y volvió a ver el vestido. Se quedó pensando qué decir los segundos suficientes como para que la Señora Hasting les llamara y Alice le soltara y se fuera corriendo. Hizo un mohín de reproche consigo mismo. No, aún no era idéntico a su padre, estaba claro, iba a tener que esperar unos años, como bien decía el Señor Gallia. Se fue tras Alice hacia donde estaba el bizcocho de nuevo y se encontró con un debate sobre frutas. - Yo creo que con plátanos va a quedar muy bien. Aportó Sean. Su abuela no tardó en responderle. - Pero si a ti no te gustan los plátanos, pastelito. - Bueno pues ya sí me gustan. - Respondió Sean un poco apurado y encogido, sonando a la defensiva. Se acercó a su abuela y murmuró. - Y no me llames pastelito delante de mis amigos, por favor. - Oish, qué humorcito tenemos hoy, y acabas de llegar. - Reprochó la abuela, sacando las frutas. - A mí me gustan todas. - Respondió alegremente Marcus. Esa era toda su aportación en lo que a comida se refería: a mí me gusta todo.

Entre los cuatro fueron decorando el bizcocho junto a la Señora Hasting, que estaba muy contenta de tener allí a su nieto y sus amigos, cuando una voz muy familiar irrumpió por allí. - ¿Dónde está lo más bonito de mi casa? - ¡¡Abuela!! - Marcus salió corriendo a abrazarse a la mujer, que le recibió entre risas adorables. - Feliz cumpleaños, mi amor. - La mujer alzó la cabeza. - Bueno, lo más bonito de mi casa que cumple años, claro. - Dijo mirando a Lex. Este simplemente parpadeó, impertérrito, pero la mujer se le acercó y le dio un cariñoso y sonoro beso agarrándole la cara igualmente. - Aquí huele a que se están haciendo hechizos sin mi supervisión. - ¡Yo no he sido, Señor O'Donnell. - Respondió rápidamente William Gallia, alzando las manos con la varita en una de ellas y con cara de niño malo. Eso hizo reír mucho a todos los presentes, hasta a su padre, aunque tenía un toque de hijo al que su padre acaba de pillar, a pesar de su edad. Su abuelo Larry apuntó a William con un índice divertido. - Eres un diablillo, Gallia, no se te puede dejar solo. - A usted no le puedo engañar. - Su abuelo rio con ganas y se acercó a Marcus, revolviéndole el pelo. Él le estaba esperando con la mayor sonrisa del mundo. - ¿Cómo está mi O'Donnell favorito? - ¡Eeh! - Se indignó su padre al fondo, aunque la indignación no era muy creíble, porque había vuelto a hacer tonterías con William. Por supuesto que Lawrence no lo dejó pasar, despachándole con un gesto de la mano. - Tú sigue jugando con tu amiguito, Don La alquimia no me interesa. - Su padre suspiró y rodó los ojos, pero William dio un saltito en el sitio como si tuviera doce años. - ¡Bien! Nos ha dado permiso. - Marcus no podía evitar reírse. Mira, en algo no se iba a parecer a su padre. - A mí sí que me interesa la alquimia, abuelo. - Lo sé. - Le dio un abrazo tierno y añadió. - Feliz cumpleaños, Marcus. -
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Jue Abr 08, 2021 2:40 pm

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CON Marcus EN Casa de los O'Donnell A LAS 12:30h, 3 de junio de 1997
Miró con ojos brillantes a Marcus cuando le dijo lo de la sorpresa, y ya iba a pedir una pista, como hacían siempre, cuando apreció por allí Lex, que para ella era casi como un desconocido, a revelar la sorpresa. Alice chasqueó la lengua y le miró con cara de "Pero, ¿por qué?" y frunció el ceño. Cómo le mosqueaba la actitud de ese niño. Pero en seguida cambió de expresión al ver la desazón de Marcus, encima en su cumpleaños. – ¡Ay! ¿En serio? Me encanta el detalle, es genial. Mira, mantengámoslo como una sorpresa. – Dijo tratando de salvar como fuera aquel detalle tan bonito que había tenido Marcus con ella. – Esconde el caldero aquí en el jardín, y durante el cumple me vas dando pistas de dónde está, a ver si lo descubro. – Y puso una brillante sonrisa que, esperaba, contrastara un poco las actitud ceniza de Lex.

Vio cómo Sean se acercaba también a la abuela y esta le dejaba en bastante ridículo con lo de los plátanos y llamándole pastelero. Tuvo que mirar a Hillary y morderse los labios por dentro para aguantar la risa, y ella, repentinamente digna, le dio un codazo y susurró. – Oye no te burles de él, que aquí a todos nos ponen en evidencia. – Alice se rio y miró a su padre. – No a mí no, yo ya estoy acostumbrada a ese. – Y como si tuviera un radar, su padre la miró. – ¿Cómo dices, pajarito? ¿Me estoy volviendo un aburrido? – Ella se echó a reír y salió corriendo. – ¡No! ¡Papi! ¡Que no! – Y su padre agitó la varita en su dirección y notó como dejaba de correr, porque estaba levantando. – ¡Papi! ¡Bájame! – Y su padre agitó la varita hacia los lados. – No, no lo creo, van a tener que ir a rescatarte. A ver si realmente eres un pajarito. – Ella se movió un poco por el aire y se agarró a una rama. Su madre le había dicho "nada de trepar árboles con el vestido" y ya lo estaba incumpliendo, pero es que era culpa de su padre. Se quedó agarrada a la rama y señaló la ventana. – Uy, Marcus, veo tu cuarto desde aquí. Inconfundible porque tiene la colcha azul y todo ordenadito. ¿Tiene algo vergonzoso que nos quiera esconder? – Le gritó Hillary desde el pie del árbol. Ella puso la mano de visera, como si oteara el horizonte. – No, nada. Es imposible buscarle las vueltas a O'Donnell. – Comentó con risas.

Justo entonces vio aparecer a la abuela de Marcus, y le hubiera encantado correr hacia ella y abrazarla, pero seguía levitando enganchada a la rama. – Hola, señora O'Donnell. – Saludó con la mano, entusiasmada. – Pero bueno, chiquitina, ¿qué haces tú ahí arriba?Ya no soy tan chiquitina. – Dijo, porque claro, eso era lo importante. – Soy más mayor que su nieto. – Molly dio una palmada en el aire. – Es verdad, es verdad. Señorita Gallia, entonces.¡Alice! ¿Pero qué hemos dicho de los árboles? – Se sobresaltó al oír a su madre, que ya debía haber acabo dentro y salía por la puerta del salón. – Mami, te juro que no he sido...¡William! La niña, hombre, que va con vestido, haz el favor.Sí, cariño. – Y su padre, diligentemente, le lanzó un hechizo. Y menos mal que no se había soltado de la rama, porque su padre se equivocó y le lanzó el que te convertía en chicle, y se le alargó el brazo de golpe, estirándose y dejándola caer justo encima de Marcus, en perpendicular a él que estaba hablando con su abuelo. – ¡Ups! Ese no era. –Por un momento miró al abuelo, y tardó en echarse a reír lo mismo que él más o menos. – ¡Hay que ver! ¿Pero qué imprudente te deja a ti suelto con una varita al cuidado de unos niños? – Su madre se puso a su altura y se enganchó de su brazo, dándole un beso en la mejilla. – Esta imprudente. Hola, Lawrence. Hola, querida. – Le tendió la mano a Alice y la levantó, porque su madre ya le había lanzado el contrahechizo, y ella a su vez ella volvió a tender a Marcus. – Perdona, Marcus, ya te prometo que no dejo que papá te tiré más al suelo. – Dijo entre risas, mientras oía a Lawrence susurrar. – ¿Cómo te encuentras? – Y su madre ponía expresión alegre. – Divinamente, ¿no me ves? Poniendo orden en el caos, como siempre. – Alice aprovechó y se puso al otro lado. – A mí también me interesa la alquimia, señor O'Donnell, ¿nos enseñara algo chulo hoy? ¡Por fi! ¡Por fi! Hágalo por el cumpleaños de su nieto. Y un poquito por el mío, que lo pasé en Hogwarts y allí no se hace alquimia de verdad. – El abuelo se inclinó y le hizo cosquillas en las costillas. – Esta es un peligro ¡Cómo sabe regalar el oído! – Justo entonces oyó a la madre de Hillary. – Alice... Acaba de... Caerse de ese árbol... ¿Con... ¿Qué he visto, por Dios? Ah, esta es la muggle. – Le susurró Lawrence y Alice asintió, mientras Janet tomaba a Lindsay de nuevo del brazo y la conducía. alas sillas. – Tú siéntate, querida, que el mareo te ha dejado regular, venga y bébete esto.
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Jue Abr 08, 2021 4:24 pm

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CON Alice EN Casa de los O'Donnell A LAS 12:30h, 3 de junio de 1997
A pesar de que Lex le había chafado la sorpresa, a Alice le había gustado igual. Eso hizo que sonriera contento. Por esas cosas merecía la pena hacer tonterías para Alice, porque todo le gustaba. No solo le gustaba, lo mejoraba. Alice siempre iba un poquito más lejos que él. - ¡Genial! Pues eso mismo voy a hacer. - Dijo entusiasmado. Ahora solo le faltaba encontrar algún sitio guay en el jardín en el que poder esconderlo.

Él estaba tan centrado en el bizcocho y en las frutas que iba sacando la abuela de Sean que, cuando se quiso dar cuenta, Alice estaba volando y William diciendo que iba a necesitar que alguien la rescatara. - ¡Yo te rescato, Alice! - Saltó muy diligente, corriendo tras ella pero sin poder evitar el tono de broma (aunque no quería accidentes en su casa, pero era William, confiaba en su buen hacer). Escuchó la risita de Hillary de fondo. - O'Donnell rescatando a Gallia, qué raro. - Creí que estabas ocupada defendiendo a Sean. - Respondió de vuelta, pero sin quitar los ojos de Alice. Al final fue a aterrizar en una rama. - ¡Vale! ¡No te sueltes! - Gritó él desde abajo, pero las dos chicas no tardaron en aprovechar la coyuntura para meterse con él y su cuarto. - ¡Eh! Encima que te rescato. - O que lo intentaba, al menos. Pero ahora quería saludar a sus abuelos así que señaló con un dedo cauteloso a la chica y dijo. - Pues que sepas que viene bien que esté tan cerca de mi cuarto, por si no puedes bajar por el tronco, puedes llegar hasta la ventana. - Y, una vez dada la indicación pertinente, se fue hasta sus abuelos.

Estaba tan contento hablando con su abuelo cuando algo le derribó al césped otra vez. No algo, alguien. - ¡Oh, Dios! ¿Te has caído? - Pero no se había caído, solo tenía el brazo exageradamente largo. Eso le hizo reír. - Al menos te he hecho de colchón. - Más o menos. Se dejó levantar por la chica y se encogió de hombros. - No pasa nada. - Se acercó a ella y susurró. - Aunque mejor no trepes por los árboles de mi casa, creo que a mi madre no le hace mucha gracia. - Y rio un poco. En lo que se sumaba al entusiasmo de Alice pidiéndole a su abuelo que hiciera cosas con alquimia, apareció por allí la madre de Hillary otra vez. Ya se había puesto Janet a su lado de nuevo, que parecía que había conectado bien con ella, pero miró a su abuelo (como referente de sabiduría) y a Alice (como su mejor amiga que era) y preguntó un tanto preocupado. - ¿Creéis que he hecho bien en invitar a la Señorita Vaughan? - Miró a la mujer. Estaba mirando como Janet le decía algunas cosas tranquilizadoras mientras se tomaba la poción con un puntito de desconfianza. - Parece un poco agobiada. - Creo que no está muy acostumbrada a pasar tiempo entre magos, pero su hija es bruja, así que le vendrá bien. - Su abuelo ladeó la cabeza, pensativo. - Quizás... Demasiados magos juntos para un primer encuentro, pero acabará divirtiéndose. - El hombre miró a Alice. - Si tu padre no le provoca un infarto antes de que acabe la fiesta, claro. - Rieron los tres y su abuelo, tras revolverle los rizos, dijo. - Voy a ir a presentarme. Uno será mago pero es educado. - Marcus rio y vio como su abuelo se iba y se presentaba con mucha cortesía ante la mujer, que le miraba con los ojos muy abiertos.

Se volvió a girar a Alice y echó un poco de aire por la boca. - ¿Te puedo confesar una cosa y que no se la digas a nadie ni te metas conmigo? - Sabía que la respuesta a eso era "sí". De lo contrario, no lo haría. - Estoy un poquito nervioso. - Hizo una muequecita con la boca y miró a su alrededor. - Es que... La Señorita Vaughan es muggle y no quiero que lo pase mal, y aparte es la primera vez que venís todos a mi casa, y está también tu hermano y quiero que esté todo adaptado a un niño de su edad, y también está mi hermano y no quiero que esté haciendo cosas de aguafiestas y me lo estropee todo, y están mis abuelos y quiero que piensen bien de mí, y tu padre, que es como súper divertido y quiero que se divierta aquí también. - Y que no me eche a arder la casa. A veces William podía pasarse de divertido. Giró la cabeza y vio como su madre salía de casa. Se acercó a Alice para decirle un poco más bajo. - Y mamá no es muy de fiestas. Dice que está muy contenta porque es mi cumple, pero... No sé. - A su madre era tan difícil captarle las expresiones. - ¡¡Larry!! ¿Se puede saber dónde se ha metido tu hija?? - Oyó a su abuela exasperarse de fondo. La abuela de Sean, que estaba junto a ella decorando su bizcocho, lanzó un sonidito de comprensión. - Ay, querida, los hijos. Los míos andan por ahí de expedición buscando... Hijo, ¿qué estaban tus padres buscando? - Abraxans. - Contestó Sean. La mujer rodó los ojos. - Ya ves tú, como que a un caballo gigante y con alas no se le encuentra fácil. - La mía seguro que está entretenida con dragones. ¡Ay, de verdad, mira que le dije que era el cumpleaños de su sobrino! - ¡Pero qué me vas a contar! Que he tenido que ir yo a recoger a mi nieto del andén. ¡Sean, cariño! ¿Y tu hermano dónde está? - Se fue con ellos. ¡Abuela! ¿Cómo es posible que lo sepa yo, que estaba en Hogwarts, y no lo sepas tú, que estabas aquí fuera? - La mujer se llevó las manos a la cabeza. - ¡Mira, porque me tienen loca con tanta escapada! Por si no tenía yo ya martirio con un hijo y una nuera magizoologos, también me ha salido cuida bichos el nieto. - Molly soltó una carcajada adorable con un suspiro. - ¡Ay, lo que sufrimos las madres de los magizoologos! ¡Todo el día dando pingos por ahí, a saber dónde anda metida la mía! - Marcus, que se estaba conteniendo la risa mientras miraba alucinado la escena de las dos señoras mayores criticando a sus hijos ya más que adultos, miró a Alice. - Al menos las abuelas se han hecho amigas. - Comentó, y ya sí que no aguantó más. Era automático: miraba a su amiga y se echaba a reír.
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Jue Abr 08, 2021 7:55 pm

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CON Marcus EN Casa de los O'Donnell A LAS 12:30h, 3 de junio de 1997
Puso cara de desesperación mirando a Marcus y alzó los brazos y los dejó caer. – Que no he trepado, que es culpa de mi padre. No le dejéis suelto con la varita y ya está. – Contestó ofendida. Pero atendió a la pregunta. Miró a la madre de Hillary y la mala cara que tenía e hizo una mueca con la boca. – Bueno, pero se acostumbrará. – Y asintió a todo lo que dijo el abuelo. – Lo de mi padre está un poco difícil porque se vuelve loquísimo con los cumpleaños, así que antes de que termine el día ya le habrá liado algo a la pobre señorita Vaughan. – Y asintió al abuelo, viendo cómo se acercaba a la mujer y le tomaba de la mano y se la besaba como un caballero. Le dio con el brazo a Marcus suavemente y sonrió ampliamente. – Me encanta cuando los señores son tan caballerosos como tu abuelo. Es como de un cuento. Y tu padre también lo hace un poco, como antes cuando me ha dado la vuelta ahí para ver el vestido. Es guay. – Terminó con una risita.

Pero su amigo estaba preocupado, y ella escuchó su preocupación, como hacía siempre. Luego ladeó la cabeza ya frunció una sonrisa. El pobre Marcus siempre lo quería todo perfecto y es cierto que todos ellos juntos podían ser un caos y que el dichoso Lex le había tocado un poco las narices.– Tu casa es preciosa y el cumple en sí mismo mola un montón. Mi hermano está feliz de que le hayas invitado, porque ya se veía en casa de los abuelos más aburrido que una ostra, y está deseando de darte el regalo porque insiste en que ha colaborado. Tu hermano... No hay quien lo alegre. Ni tú en tu cumpleaños. Y el resto está feliz, hazme caso. – Bueno ella también pensaba que Emma no, pero no iba a decirle eso al pobre Marcus. Le tomó de los hombros, para lo cual tenía que alzar los brazos, porque ya estaba bastante más alto que ella, y le dijo. – Mírame. – Y le puso una sonrisa calmada y amable. – Esto es perfecto, todo el mundo está súper contento ¿y sabes por qué lo sé? Porque todos estamos actuando tal y como somos. Mi padre haciendo locuras, tu abuelo picando a tu padre, Sean y Hillary diciéndose moñadas de esa forma tan particular que tienen ellos, las abuelas quejándose de los hijos... Eso es que estamos felices, ¿no te parece? – Soltó una risita y le dio un besito en la mejilla, cogiendo su mano y tirando de él hacia la mesa donde todos empezaban a sentarse.

Ella se auto asignó el sitio a su lado, y dejó que Dylan se le sentara en el regazo, con su hermano volviéndose, muy redicho él y dijo. – Es que los colegas tienen que sentarse cerca unos de otros, con hermana o sin ella. – Ella asintió y notó cómo su hermano empezaba a señalarle algunas cosas de la mesa a Marcus, desconectando un poco porque notó alguien a su lado. – Te caigo mal. – Se giró y se encontró con la profunda mirada oscura de Lex. Abrió la boca ofendida para responder, pero el niño intervino otra vez. – No te molestes en negarlo. Te lo he leído en la mente. – Le miró ofendida. – ¿Sabes que hacer eso es muy maleducado? Aunque tengas esa habilidad. – Él la miró con eel ceño fruncido. – Es que sabía que mi hermano y tú estabais hablando de mí. Quería enterarme.– Dejó que Dylan se bajara de su regazo y se pusiera de pie junto al asiento de Marcus, muy ocupados en algo que les estaban diciendo Lawrence y su padre. – No. Tu hermano me ha dicho que estaba preocupado por que todo saliera bien, y que le molesta que tengas esa actitud. Y no le culpo. – Arrugó el gesto. – No me caes mal. – Lex la miró genuinamente sorprendido y ella le devolvido una mirada de ciertamente incomprensión.– ¿Qué? – Preguntó. Aquel chico la confundía hasta el extremo. – ¿No te caigo mal? – Alice se encogió de hombros. – No. No te conozco casi, nunca hablas conmigo cuando he estado aquí o en casa de tus abuelos. Y en Hogwarts es que directamente nos evitas, no he podido formarme una opinión de ti.– El chico agachó un poco la cabeza. – Para la mayoría de la gente es suficiente con eso. – Alice se encogió de hombros. – Pues para mí no. Pero eso sí, me molesta mucho que trates así a Marcus. Es mi mejor amigo. Odio cuando se pone triste.– Lex suspiró y murmuró. – Está bien. – Volvió a alzar la mirada hacia ella y estrechó un poco los ojos. – ¡Que no me leas la mente, Alexander! ¿Ya estamos así? – Preguntó Emma apareciendo por detrás con impaciencia. Alice agachó la cabeza también y dijo. – No, señora O'Donnell. No pasa nada. ¡Venga, reuniros aquí! Que vamos a poner la comida. – Molly se acercó apesadumbrada. – Emma, hija, ¿no podemos esperar un pelín más a Erin? Es que la muy despistada se habrá acordado justo ahora y estará al caer. – Lawrence hizo un gesto con la mano. – Molly, tu hija tiene ya treinta y siete años y sabe lo que hace con su vida. Con que esté para la tarta y los regalos estará bien. – Emma no dijo nada más y tocó la mesa con la varita. Allí aparecieron un montón de cosas para comer que eran de todos los colores y súper divertidas. En el centro había gran jarrón de cristal con un líquido azul y pececillos de colores nadando por dentro. – ¡Es lo más chulo que he visto en la vida! – Ahí la señora O'Donnell puso algo parecido a una sonrisa y dijo. – Son de gelatina de distintos sabores y están flotando en zumo tropical, a veer si adivináis los sabores. – Cosas como esas eran las que le motivaban a comer. – ¡Esas sonrisas muerden! – Exclamó Sean, sonando un pelín alarmado de más. Señaló a unas sonrisa que estaban hechas con rodajas de tomate y aguacate y los dientes de queso y que, efectivamente, se habrían y cerraban muy cómicamente. – ¡Y esas son las galletas de mamá! – Dijo Dylan señalándolas. Emma se agachó a su lado y dijo. – ¿Quieres una? – Dylan asintió. – Pues llámala. – Dylan frunció el ceño, pero como a su hermano nunca nada le venía mal dijo. – ¡Galleta! – Y una de las galletas cogió forma de águila pequeñita y voló hasta posarse delante de él y volvió a convertirse en galleta. La verdad es que había montón de cosas y no sabía bien a qué atender. Aunque esos peces la tenían hipnotizada. Al menos hasta que unos brownies con aspecto de bólidos le pasaron por delante a la carrera en la mesa, dirigidos por ositos de gominola.

Tan contenta estaba ella viendo qué probaba primero y tratando de cazar con el tenedor un pececillo amarillo, que le sobresaltó tremendamente oír una voz que no esperaba para nada allí. – ¡Pero bueno! ¿Quién se atreve a empezar una fiesta sin Violet Gallia? – Alzó la mirada y lo confirmó. Ahí estaba su tía, apareciendo por el porche, al lado de Erin que, para variar, iba roja como un tomate. – No me lo puedo creer. – Susurró Emma, pellizcándose el puente de la nariz. – ¡Tata! – Saludó ella emocionada, saliendo corriendo a abrazarla. Su tata para ella era lo más grande que había. – ¡Pero Vivi! ¿Tú no estabas en Kenia? – Preguntó su padre justo en el momento en el que su tía les recibía a Dylan y a ella en sus brazos. – Pues ya no, a la vista está. – Se limitó a responder ella. Alice se separó y miró su vestido largo de tirantes, lleno de dibujos y colores muy vivos. – ¡Cómo mola el vestido! ¿Es de allí? – Ella asintió con una sonrisa y dio una vuelta sobre sí misma. – Pero el señor O'Donnell dice que soy la Gallia más guapa. – Su tía soltó otra risa sarcástica. – Eso es porque está delante Emma. – Contestó por lo bajini. Luego se acercó a la mesa y pasó los brazos por encima de Marcus, a su espalda y se lanzó a darle muchos besos seguidos en la mejilla. – Feliz cumpleaños, aguiluchillo ¿Cuántos te caen? ¿Treinta? ¿Eres ya mayor de edad o qué? Se me está haciendo eterna vuestra niñez, de verdad. – Alice se rio ante la estampa y se puso de puntillas para darle un beso a Erin, que parecía un poco agobiada. – No te preocupes, hay tanta gente que ni se van a fijar en ti. Bueno, tu madre igual te regaña un poco, porque lleva un rato preguntando por ti. – Le susurró, porque sabía que Erin no llevaba muy bien las multitudes. La mujer sonrió agradecida, con la mirada muy baja y dijo. – Ya, ya me imaginaba... Gracias, Alice. – Le dio tiempo a enfocar a Lindsay inclinándose a su madre. – ¿Ha dicho Kenia? ¿Kenia en plan el país? – William se giró a ella y aportó. – Sí, las apariciones con África son un poco complicadas, lo sé, pero los hermanos Gallia somos expertos en aparecernos. Yo me he aparecido en sitios de los que me han dicho nada más que la dirección. – Alice suspiró. Iban a acabar con esa mujer en una sola tarde.
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Vie Abr 09, 2021 12:16 am

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CON Alice EN Casa de los O'Donnell A LAS 12:30h, 3 de junio de 1997
Si a alguien admiraba Marcus por encima de todas las cosas, era a su abuelo. Era como una versión más sabia y culta de su padre, que además le daba todo lo que quería como si realmente fuera su favorito. Le vio saludar tan cortesmente a la madre de Hillary y como esta le miraba como si estuviera viendo a un hombre famoso. ¿Habría oído hablar de él? ¿Sería conocido también entre los muggles? A ver, no le extrañaría, su abuelo era un alquimista de mucho renombre... Pero claro, en teoría los muggles no sabían nada de alquimia. No podías conocer a alguien famoso de una disciplina si ni siquiera conocías la disciplina.

Su amiga le sacó de su divagación con un comentario de admiración hacia su abuelo que le hizo sonreír aún más. Ah, pero no era solo eso. Estaba diciendo que le encantaban los hombres caballerosos como su padre y su abuelo. Parpadeó. Pues yo también lo soy, pensó. ¿Lo era? Quizás no lo era tanto. A ver, piensa, Marcus. Ah, claro, lo del vestido. Él solo le había dicho "qué bonito, es azul", y sin embargo, solo había que ver a su padre y a su abuelo: uno dándole la vuelta, diciéndole que era la más preciosa de la familia, el otro besando la mano de la mujer, haciendo una reverencia. Claro, eran esas cosas, no era decir "es azul", eso solo era resaltar lo obvio. Mucha gente le decía que era idéntico a su padre, y su abuelo proclamaba con mucho orgullo que él iba a ser su mejor heredero. Sería lo que decía William: le faltaban años. Podía ir tomando nota, de todas formas. Sí, él también podía ser un hombre caballeroso de los que le gustaban a Alice... O sea, a las chicas. En general, no solo a Alice. Alice era su amiga. Solo le había dado la pista.

Escuchó el consuelo de su amiga. Si es que por algo le contaba las cosas, porque siempre le aliviaba y le hacía sentir bien. Rodó los ojos con eso de que a Lex no había quien le alegrara. Desde luego, no hacía falta que lo jurase. Pero todo lo demás le hizo sonreír. Rio un poco con lo de que cada uno actuaba siendo él mismo. - Eso es verdad. - No le dio tiempo a aportar mucho más porque la chica le dio un beso en la mejilla y le arrastró hasta la mesa. Sí, buen regalo ese, le parecía bien. Entre el besito, el comentario de Alice y que iba en dirección a la comida, desde luego estaba más que contento.

Sean y Hillary ya estaban sentados así que el se sentó frente a ellos, con Alice junto a él. Y, por supuesto, con su abuelo al otro lado, tenía clarísimo su sitio. Dylan se acopló en el regazo de Alice y empezó a hablarle. - Bien dicho. Los colegas son colegas siempre. - Respondió, mirando divertido a sus amigos. - ¿Cuántas cosas de la mesa se mueven? - Marcus se rio. - Unas pocas. - Si alguna da susto, me avisas, ¿vale? - Eso le hizo reír otra vez. - Pues claro, colega, yo no pondría aquí nada de miedo. Es todo muy adorable, y sobre todo muy rico, porque es comida. - Ey, Dylan. - Dijo Sean, que había apoyado los antebrazos en la mesa para inclinarse un poco y que el niño le oyera. - ¿Yo puedo ser tu colega también? - El niño señaló a Hillary. - Creía que tu colega era ella. Como os defendéis y os gustan las mismas cosas. - Marcus soltó una carcajada sonora. - ¡Os ha pillado! - No hay nada que pillar. - Contestó Sean con tono burlón aunque ofendido. - Eres una ricura, Dylan. - Dijo Hillary, que obvió el tirito y lo tiñó de adorabilidad infantil. - Pero se puede tener colegas y amigos a la vez. ¿Ves? Nosotros somos todos amigos. - El niño se lo pensó durante unos segundos en los que los tres intercambiaron miradas cómplices y divertidas. Finalmente, concluyó. - Vale. Entonces todos somos amigos de todos, pero Marcus y yo somos colegas. - Eso hizo a todos reír. - Mi colega ha hablado. Y si no os convence, es lo que hay. - Respondió Marcus, orgulloso.

- He oído por aquí algo de unos colegas y de comida que se mueve y ya me estoy ofendiendo por no estar en la conversación. - Dijo William, que apareció por allí y se quedó de pie entre Marcus y su abuelo. Dylan correteó y se puso también por aquel lado, bajándose de un salto del regazo de Alice, la cual... ¿Estaba hablando con Lex? En fin, pasaba de Lex. Le interesaba más lo que su abuelo y William tuvieran que decir, aunque esperaba que su hermano no molestara a su amiga. Dejó la alerta puesta, por si acaso, pero escuchó lo que su abuelo le estaba diciendo a Dylan. - Hay unos bizcochitos de chocolate que llevan un oso encima y van corriendo por la mesa. - Puedo hacer que hagan piruetas. - Aportó el Señor Gallia. Lawrence rio y miró hacia arriba para enfocar a William, que seguía de pie. - Tú siempre un poquito más. - Como Alice. - Contestó él con una risa, automáticamente. Notó que William iba a contestarle a su abuelo, pero que ante su intervención, se detuvo y le miró con ternura. Dylan fue el que intervino esta vez. - ¿Pero los ositos están vivos? - Oh, no, hijo, solo es un encantamiento. Es un bizcocho normal y corriente. - Respondió su abuelo con dulzura. Dylan no parecía convencido. - ¿Pero y si me da pena comérmelo? - Marcus rio conmovido, pero William se agachó haciendo un gesto con las manos como si quisiera asustar a su hijo, y dijo con voz tormentosa. - O peor, que cuando ya te los hayas comido, ¡empiecen a correr por tu barriga! - ¡¡Aaaay no, papi, que eso me da miedo!! - Pero William ya le estaba haciendo cosquillas, aunque Dylan parecía asustado de verdad. Marcus y Lawrence se habían reído, pero el hombre le dio con la mano al Señor Gallia en el brazo. - No asustes a tu hijo innecesariamente, William. - ¡Es broma, patito! - El hombre se inclinó a su abuelo y señaló a Alice con el pulgar. - Aquella no se lo habría creído. - Marcus se rio. Desde luego, Alice no se habría creído eso.

Y hablando de Alice, se giró hacia ella para ver como iba la conversación con Lex, y justo la escuchó decirle que no le leyera la mente. Frunció el ceño y estuvo a punto de bramarle a su hermano que ni se le ocurriera, pero ya entró su madre en escena. Estando Emma por allí, él ya no tenía nada que alegar, salvo otra mirada de reproche a Lex. - ¿Te ha molestado? ¿Te ha hecho algo? - Le preguntó a su amiga por lo bajo. Pero la atención se desvió rápidamente a la comida que empezó a aparecer mágicamente en la mesa. Automáticamente, Marcus dibujó una sonrisa iluminada y se inclinó sobre la mesa. - ¡¡A que sí!! ¡Me encanta eso! ¡Y están súper ricos! - Los pececillos de colores era lo mejor, aunque ciertamente a él le encantaba todo. Se echó a reír con la alarma de Sean, pero en mitad de su risa recordó algo. Abrió los ojos y buscó a Dylan con la mirada. - Ven conmigo, colega. - El niño estaba escondido detrás de su abuelo, agarrándole de la túnica. Salió corriendo y se le subió encima, mirando las sonrisas mordedoras con desconfianza. - Solo es comida, ¿vale? Si les enseñas los dientes y les haces así. - Dio una graciosa dentellada en el aire. - Se asustan ellas y no te hacen nada. - Eso pareció calmarle, tanto que rio un poquito y se entusiasmó con todo lo demás. Se entusiasmó tanto que no tardó en reconocer las galletas de su madre. Marcus miró sin comprender muy bien lo que Emma le estaba diciendo a Dylan, y abrió los ojos como platos cuando vio una de las galletas transformarse en águila y salir volando. Casi tira a Dylan de la propia sorpresa. - ¡¡¡Wow!!! ¡¡Eso mola un montón!! - Miró a William, que estaba con una alegre sonrisa y las manos tras la espalda, balanceándose en los talones. - ¿Lo ha hecho usted, Señor Gallia? - Preguntó Hillary anonadada. El hombre ladeó la cabeza varias veces. - Puede que sí, puede que no. - Las galletas son de mamá. - Repitió Dylan. William soltó una carcajada. - Por si mi hijo no os lo ha dejado ya claro, las galletas son de mi mujer. El simbolito de la casa del cumpleañero y de la señorita que pregunta, sí es mío. - Hillary aspiró una sorpresa. - ¡¡Es increíble!! ¡¡Mamá, ¿has visto eso?!! - Sí que lo he visto, sí. - Contestó la Señorita Vaughan como si estuviera en un trance, mirando no se sabía muy bien si sorprendida, espantada o creyendo estar soñando toda la comida móvil de la mesa. - Solo... No me pidas que lo replique para tu cumpleaños, ¿vale, cariño? - Añadió la mujer, sin perder el tono musitado y confuso. - El águila es el símbolo de nuestra casa, Señorita Vaughan. - Explicó Marcus súper ilusionado, como si la confusión de la mujer viniera por ahí. - Y es la mejor casa del colegio. - Miró hacia arriba y le sonrió a William. - Muchas gracias, Señor Gallia. - Beh, lo mío es una parafernalia. Dáselas a Janet, que te van a encantar sus galletas. Si las hubiera hecho yo, nos morimos todos de una indigestión. - Dijo entre risas.

No tardaron en empezar a atacar la comida, obviamente. - ¡Mira mira! ¡Esos son los osos piloto! - Dijo Marcus, señalándole a Dylan uno de los bólidos que huía por allí. - Jo, pero van muy rápido, no llego. - Se quejó el niño, hasta que un gritito triunfal llamó su atención. - ¡Tengo uno! - Celebró Hillary. - Toma cielo, para ti. - Dylan cogió el brownie con osito contento y, mientras se lo comía, alguien llamó la atención de todos. ¿Qué hacía Violet allí? No sabía ni que estaba en Londres, si no, la hubiera invitado oficialmente. Oh, ¿se habría ofendido? Bueno, no parecía ofendida. ¿Pero cómo sabía que...? Ah, claro, que la respuesta estaba escondida tras ella. - ¡¡Tía Erin!! - Llamó, moviendo el brazo desde su posición, ya que Dylan seguía sentado encima de él, para que le viera. La mujer le saludó a lo lejos.

En lo que hablaban, Marcus miró a Sean. - Es mi tía, la que te dije que era magizoologa como tus pad... ¿Sean? - No le estaba escuchando. Su amigo estaba totalmente embobado, con la boca muy abierta, mirando a Violet. Marcus también la miró. La mujer estaba girando sobre sí misma, entre sus risas habituales, para mostrarles a todos los presentes su vestido comprado en África. Sean parecía haberse quedado congelado en aquella visión. Eso le hizo fruncir los labios aguantándose la risa, mirando a su amigo, que seguía con la mirada como hipnotizado a Violet... La cual, por cierto, iba directa hacia él. Se echó a reír y se encogió un poco cuando la mujer le achuchó y besó de esa forma. - ¡No! ¡Solo trece! Y ya no somos niños, somos adolescentes. - Oh, disculpe usted mi error de nomenclatura. - Dijo Violet entre risas. - Pero si está aquí mi patito querido y precioso. - Añadió, revolviéndole los rizos a Dylan. El niño le enseñó el brownie que tenía a medio comer. - ¡Mira, tata, corren por la mesa! - Ese me da que ya va a correr poco. - Contestó la mujer con esa mordaz alegría de siempre. Sus palabras sonaban como carcajadas.

- Bueno, guapísimo, ¿es que no me vas a presentar a tus amigos? - Le preguntó Violet, pasando el brazo por sus hombros y apoyando el peso en una pierna, dándole una expresión muy jovial. Había ladeado la cabeza y miraba con su sonrisilla ladina y sus ojos claros entrecerrados a sus amigos. Marcus, muy dispuesto, obedeció. - Ella es Hillary. - La chica saludó sonriente, y Violet contestó. - Sí, a ti te conozco por mi sobri. - Es que somos muy amigas. - Contestó Hillary orgullosa. Violet asintió. - Es que mi sobrina tiene un gusto excelente para las amistades. - Violet puso mirada astuta y señaló a Hillary. - Me recuerdas a mí con tu edad. - La chica rio contenta, considerándolo un piropo, pero su madre, que aún seguía intentando procesar tanta novedad junta, buscó referencias con la mirada. Como se topara con la de Emma, no le iba a gustar lo que iba a ver. - Y ese es mi amigo Sean. - Prosiguió él. Violet amplió la sonrisa y ladeó aún más la cabeza. - Hola, guapetón. A ti no tenía el gusto de conocerte. - A Sean se le escapó una risilla nerviosa bastante patética que hizo que Marcus le mirara con cara de incomprensión total. A un lado oyó a la abuela del chico carraspear aguda y sonoramente, mientras miraba la comida con expresión exasperada. Al parecer no le había caído muy bien Violet de entrada.

Como la madre de Hillary seguía un poco confusa, los padres de Alice quisieron ayudar. Ante el comentario de William, Janet rio adorablemente. - El día que nos conocimos tenía una reunión en el MACUSA y se había aparecido en Monument Valley porque estaba estudiando unos díctamos allí. Tuvo que ir mi jefe a traérselo. - Comentó entre risas. Pero la mujer seguía sin entender. - ¿Te... Refieres... Al desierto de... Utah? ¿Desde aquí? - Janet rio un tanto apurada. - Ay, no. Perdona, no te lo he dicho, es que soy Americana. El MACUSA es donde yo trabajaba, y tiene la sede en Nueva York. - ¿El Ma... Qué? - La pobre mujer no salía de una cuando se metía en otra. Hillary chistó exasperada. - El Ministerio de Magia americano, mamá, ¡ya te lo conté! Yo quiero trabajar en el de aquí . - Uuuh, no me digáis que vamos a tener a una alto cargo por aquí. - Intervino Violet de nuevo, que ya se había acoplado en un sitio junto a su tía Erin, que estaba muy calladita sentada al lado de Lex. Las dos almas de la fiesta, menos mal que estaba Violet, que valía por siete. - Entonces tú vas a ser la que me haga un permiso de aparición vitalicio para no tener que estar renovándolo todos los años, que menudo coñazo. - Dime que no vienes de Kenia con el permiso de aparición caducado. - Preguntó Arnold con cautela. Violet, que ya estaba masticando algo, hizo un gesto despreciativo con la mano. - Nah, allí ni lo miran. - Marcus giró la vista hacia su madre. Vaya, eso sí que no le estaba gustando. - Me dejas un momento, colega. - Le dijo a Dylan, cogiéndole de la cintura y dejándole en su propio asiento. - Vuelvo en seguida. - Le susurró a Alice. Se fue con una sonrisa hacia su madre y, mirando a la mesa, dijo. - ¡Galleta! - Una de ellas vino con su forma de águila volando y se posó en su mano. - Toma. - Dijo ofreciéndosela a su madre. La mujer le sonrió con ternura y él se encogió de un hombro. - Ya sé que eres más de serpientes, pero están muy ricas. - Emma era difícil de enternecer, pero Marcus lo conseguía. Le acarició la mejilla y le dijo. - Mi niño perfecto. - Marcus sonrió con cariño. Le gustaba que su madre le dijera eso. - Este cumple es perfecto. Gracias, mami. -
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Vie Abr 09, 2021 1:47 am

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CON Marcus EN Casa de los O'Donnell A LAS 12:30h, 3 de junio de 1997
Si algo había aprendido en la vida, era que cuando Violet Gallia entraba en un sitio, arrasa. Claro, eso le estaba viniendo muy bien a Erin, porque la abuela no había tenido ni medio segundo para intervenir. Ella volvió a su asiento y se comió una de las sonrisa de tomate y aguacate, mientras escuchaba embelesada a sus padres hablar de cuando se conocieron. – Mis papis son como un cuento de hadas, señorita Vaughan. – Dijo Alice orgullosa, terminándose la sonrisa. La que no parecía tan sonriente era Emma (vaya, qué sorpresa) con todo lo que estaba ocurriendo, así que allá que fue Marcus, llamando a una de las galletas y volviendo a dejar a la pobre madre de Hillary anonadada. – Son hechizos sencillos. – Le aseguró. – Como su cumple pilla en Hogwarts se los podemos hacer. ¡Oye, traidora! Sencilla serás tú. – Dijo su padre poniéndose detrás y pinzándole los hombros. – La canija esta, que le ponen un vestido y ya se cree que puede pasar por encima de su padre. – Entonces Hillary dijo lo de trabajar en el Ministerio y Alice saltó. – Y va a ser una abogada genial. ¿Hay alguna diferencia entre abogados mágicos y muggles? – Se hizo un silencio en el círculo que su madre salvó. – Perdona, Lindsay, es que justo nos has pillado cortos de abogados en esta mesa. – Eso levantó algunas risas, logrando su madre, una vez más, rebajar la tensión, y Arnold aprovechó para decir. – Abogado va a necesitar esta si sigue apareciéndose con la licencia caducada. – Su tía chasqueó la lengua varias veces moviendo la cabeza de lado a lado con expresión de aburrimiento. – William, dile algo. – Dijo, ofendido, Arnold. Su padre salió de uno de sus ensimismamientos. – ¿Eh? ¿Qué? Alice, no hagas eso. ¡A mí no, papá! ¡A la tata! ¡Ahhhh a esa! Uy ni que tuviera yo nada que decirle a estas alturas de la vida ¡Vive tu vida, hermana! ¡Eh! Atención todos. Antes de la tarta, he pensado un juego. Vamos, en verdad lo he hecho ya. – Todos le miraban con atención, menos Emma, que estaba mordisqueando su galleta.

He metido cuatro hechizos que revelan formas en cuatro cosas de comer de por aquí. ¿Y qué formas revelan? – Preguntó Lawrence, ya metido en el juego. – La de algo que se desee mucho, ya que estamos en un cumple y se piden deseos. Así que cuidado con ellos. Yo no sé si jugar. – Saltó Sean en seguida, mirando de reojo hacia su lado. – Pero podríamos subir la apuesta. – Aportó su padre, con tono de maestro de ceremonias. – ¡Sí! – Alice ya estaba de rodillas en la silla, emocionadísima. – ¿Cómo la subimos? – William miró al abuelo. – ¿Qué me dices, Lawrence? Te ofreces a hacer algo de alquimia para los cuarto ganadores? – El abuelo hizo esa risa tan profunda y pomposa que a Alice se le antojaba de señor importante (vamos, porque lo era). Dylan se inclinó hacia ella. – Hermana, ¿la alquimia da miedo? – Alice torció la sonrisa y susurró de vuelta. – Si la hace el señor O'Donnell, para nada. Es lo más alucinante del mundo. – Molly rio también y puso una mirada astuta. – Uy, el vejestorio este... No sé yo si se atreverá delante de tanta gente. – Conocía esa táctica y le hizo gracia. De la misma forma, Erin pareció por fin venirse un poco arriba y dijo, burlona. – Seguro que no quiere ni destilaros una florecita. – Lawrence soltó una carcajada hueca y señaló a su hija. – A ti lo que te voy a transmutar es un reloj, para que empieces a llegar a tiempo a los sitios. – Lo cual sumió a Erin de nuevo en su silencio y en su barrera construida con Lex.

Venga, vale, me ofrezco. ¡Sí! Yo quiero uno, señor O'Donnell, lo voy a conseguir como que me llamo Alice Gallia. – La abuela de Sean rio y la señaló. – Me gusta tu determinación, Alice, eres tremenda. – Notó cómo Marcus se ponía a su lado justo cuando su padre abría los brazos y decía. – Pues a encontrar el tesoro. – Había varios que no participaban: su madre, porque de esos tenía todos los días con su padre, Sean y la señorita Vaughan, probablemente por miedo, y Erin y Lex, porque no parecían estar de humor. Pero las abuelas se habían animado y su tata, por su puesto, porque a todo ese tenía que apuntar, así como Arnold, que lo miraba todo con ojos infantiles. El primer premio lo obtuvo la abuela Molly, que mordió una sonrisa y salió, dibujado en polvillo azul ante ella, un libro. Hizo un gesto de victoria. – Mamá Molly vuelve a ganar. Cosa de Gryffindors, y si mi hija no estuviera ahí como una lechuga rancia, habría ganado otro. – Alice estaba tratando de localizar algo en la mesa que le pareciera sospechoso, cuando Lawrence transmutó algo rápidamente. – Toma mi querida Gryffindor. Aunque tus deseos sean tan simples como un libro. – Dijo teniéndose una rosa preciosa. Demasiado preciosa para ser verdad. – Bueno, es que estaba aquí hablando con Ellie de unas recetas y me va a haciendo falta, la verdad. – Pero Alice seguía más pendiente de encontrar algo que le llamara la atención. Y entonces, en uno de los brownies, detectó cómo dejaba un levísimo polvillo azul en su carrera. Estuvo a punto de cogerlo, pero miró a Marcus. Era su cumple, se merecía lograrlo él, y que ella lo viera. Cazó el coche y se lo tendió. – Los dos a la vez. – Dijo mirándole mientras cogía un vaso con los pececitos y lo levantaba. Se los comieron a la vez, pero no le dio tiempo a ver el deseo de Marcus, porque uno de los pececitos no lo había masticado y ahora seguía nadando por dentro de ella. Empezó a reírse sin parar, porque le estaba haciendo cosquillas como no había tenido en su vida, provocando las risas también de sus amigos. – ¿Pero qué te pasa, torda? – Le dijo Hillary muerta de risa también. – ¡Que el pececillo sigue nadando dentro de mí y me está haciendo cosquillas! – Exclamó entre risas. Y con eso ya se empezaron reír también sus padre sy más gente, y ella que no podía parar y estaba llorando. – Bebe agua, Alice. – Le dijo su tía tendiéndole un vaso, lagrimeando de la risa también. – ¡No que entonces nada más, tata! – Y más risas.

Ya por fin, al llegar a su estómago, pareció deshacerse y pudo tomar aire, mirando a Marcus y tranquilizando a su hermano, que la miraba un poco preocupado. – ¿Te ha tocado? ¿Qué deseabas? – Sintió entonces la mirada inteligente d eLawrence sobre ella. Sí, debía haberse dado cuenta de que lo había amañado un poquito, pero en lo que conocía a Lawrence O'Donnell, estaba por jurar que no tendría ningún problema en que hiciera trampas para favorecer a su nieto, así que simplemente encogió el hombro y puso cara de niña buena mirándole. Él sabría interpretarlo. Su pensamiento se cortó un poco por las toses de su madre, perro ella hizo un gesto con la mano para que no se preocuparan, mientras recuperaba el resuello y Alice dijo con una sonrisa. – Seguro que es de la risa. Perdona, mami.
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Vie Abr 09, 2021 6:26 pm

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CON Alice EN Casa de los O'Donnell A LAS 12:30h, 3 de junio de 1997
- ¿Te lo estás pasando bien? - Le preguntó a su madre, sentándose junto a ella. La mujer le sonrió con dulzura. - Claro, cielo. Si tú estás contento, yo también. -Yo estoy muy contento. - Asintió él, con una sonrisa. - Pero te veo hablando poco y eso. - Bueno, ya sabes que yo soy más de observar. - Respondió su madre, sin perder el toque tierno, pero sin perturbarse demasiado, como hacía ella siempre. Es verdad que Emma no era muy de hablar en grandes multitudes, prefería el silencio y las conversaciones de uno en uno. - ¿Quieres que me quede aquí contigo un rato? Podemos comer juntos. - La mujer rio. - No te preocupes por mí, cielo, me lo estoy pasando muy bien, de verdad. - Tenía muchas ganas de estar con sus amigos, pero llevaba sin ver a su madre desde Pascua, la echaba de menos. Y habiendo organizado todo ese súper cumple por él, no quería que se aburriera. Antes de que le diera tiempo a plantear un punto intermedio, William saltó con un juego. Abrió mucho los ojos y miró a su madre ilusionado. - ¿Vienes? ¡Anda, sí, juega con nosotros! - No, no, ve tú. - La mujer mostró la galleta. - Yo voy a comerme la galleta de mi chico de Ravenclaw. - Bueno, si la excusa era estar comiendo, a Marcus le valía. Sonrió a su madre y fue a reunirse con los demás para atender de cerca la explicación del juego.

Estaba metidísimo ya, escuchando hipnotizado a William y sintiendo la emoción crecer en su interior. "Podemos subir la apuesta", qué Gallia sonaba eso, ya les iba conociendo. De hecho, ahí estaba Alice, que le faltaba ponerse de pie en la mesa, lo cual le hizo reír por lo bajo. Tenía el cerebro dividido entre enterarse muy bien de todo, ir pensando en su deseo y ojear las cosas de la mesa en busca de señales. Se echó a reír con el cruce de comentarios entre su tía, su abuela y su abuelo, encantado con la escena, con tener a toda su familia y a sus amigos allí por él, tan contentos y tan entregados a los juegos. Alice en seguida se subió al carro de pedir un regalo de alquimia hecho por su abuelo, así que él bramó de seguido. - ¡Y yo pienso conseguir otro! - Colocándose al lado de ella y mirándola de reojo con una sonrisita. Si hubiera solo uno, ya estarían compitiendo a muerte a ver quién se lo llevaba. Habiendo cuatro, podrían hasta hacer equipo.

Su abuela fue la primera en encontrarlo, cómo no. No se imaginaba como sería su abuela de joven, porque ahora que parecía una ancianita adorable era súper competitiva. Normal, el gen Gryffindor. Ya estaba con un ojo puesto en el libro y otro puesto en seguir buscando la comida hechizada cuando su abuelo transmutó la rosa. Para completarlo, su abuela dijo que el libro era de recetas. Chistó y alzó las manos, poniéndoselas a cada lado de la cabeza. - ¡A ver, que no puedo pensar! - Se dijo a sí mismo. Un hechizo revelador oculto, un libro, alquimia y comida, tanto escrita como real. Demasiado para su concentración. Ah, por no hablar de que había más gente compitiendo, y que una de ellas era Alice, con la que tenía un pique personal de ver quién podía más en todo. Lo dicho, demasiado pedir.

Miraba por todas partes pero no localizaba nada, hasta que Alice le interrumpió dándole un brownie y cogiendo ella un vaso de pececillos de colores. Sí, mejor comía, aunque seguía con los ojos en la mesa sin querer que le quitaran el premio. Dio un bocado cuando, de repente, el resto del coche se transformó en su mano. - ¡Alice! ¡Me has dado el que tenía premio! - Cuando se quiso dar cuenta, tenía en sus manos dos jarras enormes de cerveza de mantequilla. Abrió mucho la boca y los ojos. - Wow, qué rico. Buen deseo, muchacho. - Celebró William. - ¿De verdad con la de comida que hay aquí piensas aún en más comida? ¿Y de dos en dos? - Preguntó Hillary. - No es comida, es bebida. - Contestó él, repipi. - Y no son las dos para mí. - Por supuesto que no. Habían dicho juntos, normal que su deseo hubiera venido en pareja también.

Se giró a la chica pero se la encontró muerta de risa. Tardó en darse cuenta de lo que le pasaba, pero cuando lo hizo se echó a reír. - ¡No! Agua no, échale cosas sólidas. - Dijo entre risas. Realmente no tenía ni idea de cómo hacer que un pez de gelatina dejara de nadarte dentro, pero dudaba que el agua fuera precisamente la solución, como bien decía Alice, así solo iba a nadar más. Se estaba muriendo de risa cuando recordó algo. Oh, oh. Efectivamente. Fue girar la cabeza hacia Dylan y se lo encontró con cara de miedo. - ¡No, colega, no te asustes! Si mira como nos reímos todos. - ¡Pero está vivo! ¡Le está nadando en la barriga! - Nooo, es solo el encantamiento, solo le está haciendo cosquillitas. ¿Ves que hasta ella se ríe? Verás que ya mismo se derrite. - Efectivamente, fue decirlo y Alice confirmó que el pez se había parado y tranquilizó a su hermano.

La risa se les cortó un poco a todos porque a Janet parecía haberle dado un ataque de tos, pero la mujer no tardó en confirmar que no era nada. Se acercó a Alice y le tendió una de las jarras. - Directa de Las Tres Escobas, nuestra primera cerveza de mantequilla de allí. Ya no tienes un pez que te nade dentro así que supongo que no pasará nada si bebes un poco de líquido. - Dijo entre risas y se encogió de hombros. - Tú has elegido el coche y me lo has dado, podías haberte llevado el premio. Así que, comparto el mío. ¡Chin chin! - Dijo alegremente, entrechocando su jarra con la de la chica y bebiendo. Estaba buenísima, la mejor cerveza de mantequilla que había probado en su vida. - ¿Cómo sabes que es de Las Tres Escobas? - Preguntó Sean. - Porque quiero probar la cerveza de allí expresamente, y faltan cuatro meses para que podamos ir, por fin. -¡Es verdad, ya no me acordaba! - Saltó su padre. - ¿Traes la autorización, Marcus? - El chico asintió contento, pero de fondo escuchó la carcajada de William. - ¿De verdad le acabas de preguntar a tu clon si trae la autorización? - Solo quería asegurarme. - Eh, Marcus, ¿desde cuándo tenías la autorización guardada para dársela a tu padre? - Desde febrero. - Eso hizo que William se riera aún más, pero ese hombre no se estaba riendo de él, solo era risueño. Sabía que, a su particular manera, estaba alabando su caracter organizativo. Se encogió de hombros. - Iba a dártela en Pascua, papá, pero la Profesora Granger dijo que no las iba a recoger de todas formas hasta septiembre, y vaya que se perdiera. - Has hecho bien. - Confirmó Arnold. Violet se estaba riendo. - Yo me pasé el primer año entero yendo sin autorización. De hecho, fui con unos amigos de cuarto cuando aún estaba en segundo. - Al fin lo reconoces. - Comentó su madre con un tono de superioridad monocorde, mirando a otra parte. Violet se asomó para mirarla, aunque Emma no le devolviera la mirada. - Perdone, Prefecta Horner. Quíteme puntos. - ¿De las Tres Escobas es la cerveza, entonces? - Interrumpió su padre, metiéndose por medio con una sonrisa incómoda. - Os va a encantar el sitio. - ¡Sí! Estoy deseando ir. - Miró a Alice. - Lo vamos a pasar genial. -
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Vie Abr 09, 2021 11:51 pm

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CON Marcus EN Casa de los O'Donnell A LAS 12:30h, 3 de junio de 1997
Cuando tuvo oportunidad, enfocó a Marcus y el vio con dos jarras en la mano. – ¡Qué guay! ¡Cerveza de mantequilla! Buah, qué ganas tengo de poder ir el año que viene. – Hillary, por su parte estaba rabiosa. – Vaya, O'Donnell favoreciendo a Gallia por encima de los demás, qué raro. – Alice le sacó la lengua muy digna, pero oyó unas risitas subrepticias de su tía, Arnold y su madre. – Oye, ¿de qué os reís? No le sigáis el rollo que no es verdad. – Dijo ofendida. – Oh, vamos, Alice, que te enseña todo lo encuentra en el Club de Misterios. – Ella puso una mueca mirando a Sean que, para variar, se había subido a la balsa de Hillary. – ¿Y qué? No me favorece. Si se lo pidiera cualquiera se lo enseñaría también. – Y si le montara una bronca parecida a la que montó ella, quizá también. – Pero no dedicáis suficiente tiempo a escucharle. Di que sí, Alice. – Dijo Arnold. – A los O'Donnell nos gusta que se nos escuche.Pues será a ti, yo prefiero no hablar. – Replicó Erin. – Ni yo. – Aportó Lex. Su tata le paso la mano por los hombros a la mujer y de paso le revolvió el pelo a Lex. – Son el alma de toda fiesta, sin duda. – Pero Alice seguía con su propia agenda justificativa. – Además no somos nosotros precisamente a los que les han empezado a gustar los plátanos repentinamente por nadie. – Dijo significativamente y chinchona, mirando hacia Sean. Hillary, por supuesto, lanza contraofensiva. – Porque tú no comes nada, solo te gustan los arándanos. – ¡Vaya! ¿Y por quién le habrían empezado a gustar los plátanos a Sean? – Qué tonta se ponía Hillary cuando empezaba en ese plan, todo por defender a Sean y no admitir que estaba rabiosa porque Marcus y ella eran mejores amigos que Sean y ella, y eso era así. Lo cierto es que a todos los mayores (excepto Emma, claro) parecían estar riéndose por lo bajini con el asunto.

Bueno, haya paz, que tengo que hacer algo para mi nieto. – Dijo Lawrence, con esa voz que se proyectaba tantísimo y hacía que todo el mundo atendiera. Alzó la cabeza para mirar a Emma. – Nuera, ¿te puedo robar un tenedor? – Ella asintió, alzando una ceja con curiosidad. Esta vez, el abuelo, tuvo que levantar el mantel y dibujar con tiza en la mesa un círculo de transmutación. Puso el tenedor encima, y con un leve resplandor, el tenedor se transmutó en una pluma pero que no tenía pluma de ave encima, si no que era entera de metal, plateada y muy decorada, que le tendió a Marcus. – Enhorabuena por el regalo, hijo. Luego te doy el de verdad. – Pero ya solo con ese regalo, Alice estaba completamente hipnotizada. – ¡Es impresionante, señor O'Donnell! ¡Quiero aprenderlo TODO de la alquimia! – Oyó una carcajada sibilina detrás suyo y un murmullo. – Como para que no la favorezca. Son idénticos. – Alice deseó darse la vuelta y decirle a Lex que si se parara a conocerla un poquito, no encontraría dos personas más distintas que Marcus y ella, pero su reacción se vio empañada por la conversación sobre los permisos de Hogsmeade. Ella había sido una buena niña y le había enviado el permiso a su madre por carta, para que se encargara, como hacía con todo, porque no quería por nada del mundo quedarse sin hacer esas visitas con Marcus, pero le dio la risa con lo que dijo su tata y su pequeño rifirrafe con Emma. – ¡Uy! Esa de cuarto con la que se escapaba era Erin. – Dijo Molly con una risa que le valió las miradas de circunstancias de su hijo y su nuera, pero la profunda carcajada de Vivi. – ¡Sí! No quería decirlo yo... Es que yo a mi hija siempre he sabido sacarle la información. – Ahí su tía se quedó más callada, de hecho se creó una pequeña tensión, así que su padre dijo. – ¡Bueno que quedan dos premios! ¡Seguid!–

Aún tardaron un poco más en encontrar los otros premios, pero resultaron salir a la vez, ganados por su madre ,que se había comido una sonrisa sin pensárselo mucho y había resultado estar ahí, y la abuela Ellie. El de esta última resultó ser un caballito alado en miniatura que se puso a trotar por la mesa. – ¡Un abraxan en miniatura! – Exclamó Erin con más ilusión que la que le hubiera esperado oír esa tarde. Le puso las manos echas un cuenco y eso pareció una invitación para el bichillo, que se subió en ellas de cabeza. – ¿Abuela, has deseado un abraxan? – Ellie se encogió de hombros. – Pues sí, hijo. A ver si así atraíamos a tus padres aquí, pero bueno, habrá que conformarse. – Sonrió y miró a Erin. – Quédatelo, cielo, parece que le gustas.Ella le gusta a todos los bichos. – Dijo Molly agitando la mano en el aire. – ¿Y a mami qué le ha caído? – Su madre levantó un ramo de prímulas moradas. – Florecitas, para variar. – Contestó con su sonrisita adorable y un encogimiento de hombros. –  Venga, Lawrence, sorprende a las señoras. – Dijo su padre, antes de agacharse a besar a su madre en la coronilla. El aludido tendió las manos hacia su madre. – Querida, ¿vas a necesitar esas prímulas o me las cedes para Ellie? – Su madre se las dio con una gran sonrisa y Lawrence las transmutó en una enredadera de los tallos y los pétalos con forma de E. – Señora Hastings. – Dijo ofreciéndosela. La abuela de Sean soltó una risita nerviosa. - ¡Ay! ¡Hay que ver qué detallista es usted, señor O'Donnell. Uy sí, un galán está hecho. – Dijo Molly con esa risa suya que a Alice le encantaba y le ponía de muy buen humor. – Ahora necesito una cucharilla, Emma.¿Por qué siempre se lo pides a ella?– Dijo Arnold ofendido. – Porque es a ella a quien le regalé la cubertería alquímica, no a ti, penco. – Contestó Lawrence mientras dibujaba otro círculo. Otra vez transmutó la cucharilla y sacó un colgante, sin cadena, cuya forma al principio no lograba definir, y al final vio que era una A y una D entrelazadas. Su hermano la señaló emocionado. – ¡Eso es de Alice y Dylan! ¿A que sí, señor O'Donnell?¡Oy! Qué chico más listo, como se nota que eres hijo de quien eres.Es que ya me sé las letras. – Dijo hinchando el pecho y alzando la cabeza muy orgulloso. – Pues corre a dárselo a tu mamá. – Él cogió el colgante con una sonrisa y dijo. – ¡La hermana tiene razón! No da usted nada de miedo. – Alice se tapó los ojos y negó con la cabeza y se tapó los ojos, porque la sinceridad de su hermano no conocía límites, y por fin levantó la jarra de cerveza de mantequilla y la puso en dirección. Marcus para que brindara con ella. – Por ti, cumpleañero. Y por todas las tardes que vamos a echar en Hogsmeade el año que viene.
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Sáb Abr 10, 2021 2:56 pm

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CON Alice EN Casa de los O'Donnell A LAS 12:30h, 3 de junio de 1997
Rodó los ojos al comentario de Hillary. - Ya lo he dicho, ha sido ella la que ha atrapado el bizcocho con premio y me lo ha dado, merece que lo comparta. - Le hizo una mueca chinchosa a Hillary y siguió a lo suyo, o lo intentó. Porque, para no variar, Sean siguió la estela de su amiga, y empezaron a provocarse risitas en los demás que no le hacían ninguna gracia. Frunció un poco el ceño, pero en seguida se hizo el digno. - Porque a ella le interesa y a vosotros, no. Es una Ravenclaw de verdad. - Su amiga estaba corroborando su afirmación, diciendo que si se lo enseñaba a ella era porque le escuchaba, lo que le hizo asentir enérgicamente a modo de sentencia, punto y final. Sonrió al comentario de su padre, aunque su tía Erin y Lex intentaron aguarlo como siempre, pero la reacción de Violet le hizo reír. Era muy curioso que alguien como Violet, tan alegre y descarada, fuera amiga de su tía, que apenas decía tres palabras seguidas. La salida de Alice para atacar a Sean le hizo mirarle y reírse con burla. - Por no hablar de que no ha querido jugar a esto, solo él sabrá por qué. - No soy hombre de acción, lo mío es el trabajo mental. - Contestó el otro tratando de hacerse el digno, pero Marcus movió la mano e hizo una pedorreta, mirando a Alice con complicidad. - Lo que tú digas. -

La voz de su abuelo diciendo que iba a hacer algo para él le hizo atenderle en el acto, expectante, con los ojos muy abiertos. Le encantaba la alquimia y admiraba todo lo que su abuelo hacía, así que en ese momento, el mundo se acababa de paralizar en pos de lo que Lawrence tuviera que hacer. Como siempre, lo que hizo fue absolutamente increíble. Cogió la pluma alucinado, mirándola con cara de niño de cuatro años, y saltó a darle un abrazo al hombre. - ¡¡Gracias, abuelo!! Me encanta. - Por él, podía ser ese su regalo y se quedaría contentísimo. - Tienes que enseñarme a hacerlas. - El hombre rio y le revolvió los rizos. - Créeme, algún día harás cosas mucho más complicadas que esta. - ¡Pero si es perfecta! - Insistió él, mirándola. Fue a girarse a los demás para fardar, pero la conversación se había desviado, y su abuela parecía estar metiéndose con su tía Erin de alguna manera, porque la primera reía y la segunda estaba colorada como un tomate.

Se retomó la búsqueda de los premios mientras él seguía más que contento con la pluma en su mano, aunque el deseo de la abuela de Sean le llamó mucho la atención. - Qué bonito, Señora Hastings. - Él no era muy fan de las criaturas, al contrario que su tía Erin, a la que le había valido dos segundos reaccionar. El pequeño animal también se ganó la atención de Lex. Pero a Marcus le había enternecido que la mujer quisiera reclamar a sus hijos de esa forma. Los magizoólogos viajaban mucho, pasaban mucho tiempo perdidos por ahí, también le pasaba a su tía. Sean le había contado que la mayoría del tiempo estaba con su abuela porque sus padres viajaban un montón, y al parecer su hermano mayor se había unido a la profesión. Se escabulló y se puso al lado de la mujer. - Señora Hastings, si algún día se aburren, podemos quedar en verano. Si echa de menos a sus hijos y eso. Parece que le ha caído usted muy bien a mi abuela, y así Sean y yo nos vemos. - Marcus era muy familiar y tenía una familia muy unida, así que quería ser amable con la mujer. Esta le agarró la cara con ternura. - Pero qué ricura de niño eres. - Se acercó a él y le susurró. - Pienso darte el trozo de bizcocho más grande de todos. - Eso le hizo sonreír con satisfacción. Oh, sí, comprar a Marcus con comida. Gran acierto.

La mujer se giró al ser mencionada por Lawrence, que le estaba pidiendo sus prímulas a la Señora Gallia para hacer algo. Marcus ya estaba emocionadísimo y expectante de nuevo, pero en lo que Janet las cedía, Ellie intervino. - Déjeme unas cuantas prímulas antes de transmutarlas, Señor O'Donnell. - Tomó unas cuantas y, con una sonrisa, Marcus vio como le decía a Janet. - Voy a hacerte una infusión con ellas que te va a encantar. Te va a venir muy bien para esa tos tan feilla que tienes, cielo. - Marcus miró a Alice y le hizo un gesto de la cabeza, señalando a la abuela de Sean. Ellie había sido una pocionista bastante buena antes de jubilarse, tenía hasta un libro escrito de pociones (pocos libros que Marcus no conociera). Seguro que a Alice, con lo que le gustaban las flores y las pociones, le interesaba ver aquello. En lo que la mujer guardaba a buen recaudo las prímulas, su abuelo transformó las restantes. Alucinó una vez más, miró a todos los presentes para comprobar que estaban igual de entusiasmados que él y luego le dio un codazo a Sean, a su lado, mirando a este y a Hillary. - Os dije que mi abuelo era genial. - Y él, un nieto orgulloso.

Volvió a su sitio entre Alice y su abuelo para atender a la siguiente transformación. Se rio con el pique entre los dos hombres y añadió. - Eso por no interesarte la alquimia, papá. - Dylan identificó el primero lo que su abuelo había transmutado, y fue corriendo a entregárselo a Janet, que le devolvía una mirada de admiración y agradecimiento a Lawrence. Pero antes, soltó un comentario marca Dylan que le hizo soltar una carcajada. Todo estaba siendo tan perfecto, tan bonito, tan divertido. Justo como él quería o incluso mejor. Ah, pero aún había una invitada a la que seguro que tenía que darle muchas explicaciones. Pero, antes, su brindis. - ¡Por nosotros, los mejores alumnos de Ravenclaw! - Añadió él con orgullo, chocando la jarra y dando otro sorbo. Aprovechando que todo el mundo estaba distraído, se acercó a Alice y susurró. - ¿Me has dado el brownie sin querer, o sabías que llevaba premio? - Porque si de algo conocía a su amiga, sabía que era listísima y que pocas cosas las dejaba al azar. Podía haber sido casualidad, pero, ¿acaso creían ellos en las casualidades? Le dedicó una sonrisa de lado y le dijo. - No me hacen mucha ilusión las trampas, pero nos hemos llevado una cerveza de mantequilla de regalo así que... - Se encogió de hombros, sonriente. - Le pediré al abuelo que te haga algo. - Se guardó la pluma en el bolsillo después de moverla contento en el aire.

- Hablando de alquimia, ahora vengo. - Dijo, y volvió a moverse de "su sitio", que realmente poco estaba usando porque no dejaba de ir de un lado para otro. Se colocó al lado de la mencionada invitada. - Hola, Señorita Vaughan. - La mujer parecía seguir un poco conmocionada, pero le miró con una sonrisa. - Hola, Marcus. - El chico se mordió un poco el labio y preguntó con prudencia. - Emm... ¿Se lo está pasando usted bien? - La mujer asintió dubitativa, con una sonrisa nerviosa. - Sí, sí, es... Curioso, todo. - ¿Está asustada? - Muy directo, Marcus. Hizo un gesto con las manos para justificarse. - Me lo puede decir, de verdad. Yo soy Ravenclaw, no Gryffindor. - La mujer le estaba mirando con una leve risa y cara de "no me estoy enterando de lo que me estás diciendo". - Quiero decir, que no soy... Demasiado valiente, por decirlo así. Me gustan las cosas lógicas y racionales. - A la mujer se le escapó una risa. - Yo hace un rato que decidí no tirar de lógica y razón, porque... - Y volvió a reír nerviosamente. Marcus esbozó una sonrisa leve. - Lo que quiero decir es... Que quizás si yo no supiera... Bueno, usar magia, o lo que es la alquimia y eso, pues estaría un poco asustado. Vaya, que me lo puede contar, me refiero. Yo solo quiero que todos mis invitados estén bien, porque... - Miró de reojo a Alice, y a su abuelo junto a ella. Se aclaró la garganta y se irguió un poco. - Porque soy un caballero. - La mujer rio aunque con un toque agradecido. - Muchas gracias, Marcus. Es verdad que hay muchas cosas que no entiendo bien, pero... Es divertido. Lo único que me da pena es no poder contárselo a mis compañeros de trabajo. - Dijo entre risas, encogiéndose de hombros. Él sonrió también. - Si quiere que le contemos cosas de alquimia, nos lo dice. Seguro que mi abuelo estaría encantado, podría pasarse horas hablando de eso. - No le des ideas a tu abuelo, que la pobre mujer ya tiene bastante. - Intervino su abuela, apareciendo por allí con su risita adorable, poniendo las manos en los hombros de Lindsay. - Ay, querida, en qué lío te has metido. Pero como verás, una abuela es una abuela sea bruja o sea muggle. - Su abuela le pellizcó a Marcus la mejilla. - Y esta abuela va a traer la tarta pero ya. - Oh, eso sí que le gustaba.

Para sorpresa de la Señora Vaughan, porque aquello era un no parar, las dos tartas llegaron volando: la que tenían sus padres guardada en el frigorífico, y la que había hecho su abuela. - La mía es de cereza, porque me ha dicho un pajarito que tenemos otra cumpleañera camuflada por aquí. - Se corearon soniditos de júbilo y todos empezaron a mirar a Janet, que estaba un tanto sonrosada, con su risita risueña habitual. - Ay, Molly, muchas gracias, no tenías por qué. - Bobadas, querida, yo encantada de traer cuantas más tartas, mejor. Y mi Marcus está de acuerdo, ¿a que sí? - Marcus asintió alegremente y miró a Janet. - Señora Gallia, podemos soplar las velas juntos. - La mujer rio, un tanto apurada y con una leve tos que trató de ocultar. - Pero mi cumple es el día ocho, cielo. -¡No importa! Ya que estamos celebrando, ¡cumple doble! - Respondió él entusiasmado.

De un salto, William apareció por allí varita en ristre. - ¡Yo enciendo las velas! - ¡No, tú no! - Saltó su padre, levantándose rápidamente y parapetando a William, alzando él la varita. - Ya lo hago yo. - Eres un aburrido, O'Donnell. - Contestó el Señor Gallia. Y una vez más, Marcus se cambió de sitio, esta vez para sentarse junto a Janet, enganchándose de su brazos con satisfacción. - ¡Ya está todo listo! - Anunció su padre cuando las velas estuvieron encendidas, y todos empezaron a corearles el cumpleaños feliz. Mientras les cantaban, Janet se acercó a él y le susurró. Tenía los ojos brillantes. - Sopla tú por mí, ¿sí? Que trece años no se cumplen todos los días. - Marcus asintió. - Hecho. Feliz cumpleaños, Señora Gallia. - La mujer sonrió, emocionada, y dejando una caricia en su mejilla le dijo. - Feliz cumpleaños, Marcus. -
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Sáb Abr 10, 2021 6:30 pm

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CON Marcus EN Casa de los O'Donnell A LAS 12:30h, 3 de junio de 1997
Se quedó mirando a Marcus con ilusión mientras hablaba con la señora Hastings, y en esa circunstancia la cazó Lawrence O'Donnell. – Has sido muy generosa dándole el que sabías que tenía premio, ¿eh? – Ella se giró con una brillante sonrisa. – Es su cumple, quiero que esté contento. –Dijo mirándole brevemente, para volver al señor de nuevo. – Y cuando usted le hace cosas con alquimia, él es feliz. – También está contento contigo. – Dijo dándole con el índice en la mejilla, lo cual le hizo reír. – Solo a ratos. Otras veces lo que hago es enfadarle. – Y ambos se rieron, aunque justo la señora Hastings se ponía a hablar de las prímulas y sus usos medicinales. – ¡Me encantan las pociones! ¿Me enseña a hacer esa poción? Y así yo se ella hago a mamá. – Ella siempre teniendo que preguntar más, aprender más. La mujer asintió sonriendo. – Pues claro que sí, Alice. En cuanto demos los regalos, si la señora O'Donnell nos presta su cocina, te la enseño. – Y ella asintió satisfecha.

Cuando Marcus volvió para hacer efectivo su brindis, estaba ella tan tranquila disfrutando de la cerveza, cuando le sintió acercarse y se sobresaltó un poco, casi que fue un milagro que no se manchara el vestido. Pue menuda pillada. – A ver, a ver. – Dijo ella dejando la jarra en la mesa y limpiándose los labios. – Sabía que tenía premio el que te he dado, pero no han sido trampas. – Dijo con tono firme peor una sonrisilla maliciosa. – Soy la hija de William Gallia, sé detectar sus hechizos. Y soy una magnífica observadora. Si los demás hubiesen estado más atentos, se lo hubieran llevado. Además, es justo que te lo lleves, eres el del cumple. – Terminó sus alegato dándole un poquito con el hombro y guiñándole un ojo. Quizá demasiadas explicaciones para alguien que se considerara inocente, pero sabía que Marcus no se quejaría. Marcus se fue a hablar con la señorita Vaughan y Alice volvió a encaramarse al lado del abuelo. – Señor O'Donnell... Enséñeme a hacer algo de alquimia, por fi. – Lawrence movió la cabeza de un lado a otro. – Eres muy pequeña aún, Alice, y la alquimia puede ser peligrosa. – Ella hizo un pucherito. – Por favor, que en Beauxbatons les enseñan a partir de tercero, y una vez transmuté sin querer una piedra del laboratorio. – Eso le valió una profunda carcajada del abuelo. – Sin querer, ¿eh? – Se inclinó hacia ella. – Bueno, podemos intentar algo no muy difícil... – Le guiñó un ojo. – No podemos permitir que nos adelanten los franceses, ¿eh? – Ella se rio y se acercó, satisfecha, a la mesa. Lawrence puso un poco de tierra que se había levantado para coger y una piedra, sobre la mesa y se puso a dibujar otro círculo con una tiza. – En la alquimia puedes hacer una transmutación sólida simple, como la que acabo de hacer yo para tu madre, que es alterar la estructura de algo, sin combinarlo con otra esencia ni modificarla. Pero, esto es más interesante. – Dijo señalando, y dándose cuenta de que tenía la atención de sus padres, Dylan y las tías. No le extrañaba nada. – Esto es una disolución. Vamos a disolver la estructura de la piedra en esta tierra, y hacer una esculturita de tierra que es dura como una piedra ¿Qué te parece? – Alice abrió muchísimo los ojos. – Lo más alucinante que he oído en mi vida. – Lawrence rio y dejó la tiza. Venga, pon la tierra aquí – señaló con el dedo en el círculo –, y la piedra aquí, y ahora ven aquí conmigo. – Alice se situó delante de él y Lawrence cogió sus manos, poniéndolas sobre los lados del círculo con las de él encima. – Ahora cierra los ojos y concéntrate, ¿lista? – Ella asintió, ya con los ojos cerrados y de repente notó como si un calambre suave rodeara sus manos. Cuando abrió los ojos, delante suyo había un pajarito. Realmente parecía que estaba hecho de tierra, pero estaba demasiado definido y al tocarlo muy suavecito con el dedo lo notó firme y duro. – ¡Qué fuerte! ¡Señor O'Donnell la alquimia es lo mejor del mundo! – Lawrence se rio un poco y Alice cogió el pajarito y se lo llevó a Erin. – Toma, para ti también, que te gustan los animalitos. Así te acuerdas de mí también cuando estés por ahí, que yo soy un pajarito. – Vio como el abuelo se inclinaba a su madre y le susurraba. – Dirán lo que quieran de que si es Williamn Gallia en miniatura, pero a mí me da que ha salido a ti en todo. No se queda nada para sí misma, siempre todo para los demás. – Y podía ver a su madre apretarle la mano emocionada.

Encima, justo saltó por allí Molly diciendo que tenía una tarta de cereza para su madre. – ¡Guau! Señora O'Donnell, está usted en todo. – Rio e hizo un gesto en el aire. – Es un poder de abuela.¡Mentira! – Dijo Lawrence mirándola con oración. – Lo ha tenido siempre. – Ambos se rieron, mientras Marcus sugería lo de las velas. – ¡Sí, mami! Que cumples treinta y tres, es un número super guay, y son justo veinte más que Marcus, va a quedar guay. – Eso hizo reír a su madre. – Vaya, cariño, gracias por comunicar tan públicamente mi edad. – Alice se encogió de hombros. Puf, treinta y tres, pues ni que fuera para tanto. – Arnie, os la voy a dejar aquí, que entre la alquimia y las matemáticas nos ha salido O'Donnell la niña. – Pero el señor O'Donnell estaba un poco ocupado parando a su padre de encender las velas. Y cualquier otro diría que menuda exageración, pero conocía a su padre, probablemente Arnold solo estaba siendo prudente. Se unió a todos los demás a cantar el cumpleaños feliz, más emocionada aún porque estaba su madre también soplando las velas. De hecho, le sorprendió que pudiera soplarlas de golpe, con lo que se solía ahogar, así que con más fuerza aplaudió cuando terminaron.

¿Podemos darle ya nuestro regalo a Marcus? – Preguntó Dylan impaciente, mirando a los O'Donnell. Con una sonrisa, Emma asintió. Parecía que se guardaba toda la amabilidad para su hermano. Dylan corrió con el paquete a hacia Marcus y se lo puso por delante con entusiasmo. – Ábrelo que te va a gustar mucho. – Instó. Cuando Marcus terminó de retirar el papel, surgió un caja de madera oscura y brillante mucho más pequeña de lo que Alice recordaba. – Dale con la varita, Marcus. – Indicó su padre. Cuando lo hizo, la caja se hizo tan grande como ella la recordaba y se abrió sola, mostrando el elegante tablero, con los pergaminos, los cajoncitos, los tinteros de varios colores en el frente y el hueco para las plumas. – Es un escritorio portátil. – Le dijo ella poniéndose sobre su hombro. – Le das con la varita y lo haces pequeñito otra vez para llevarlo a la biblioteca. Y se ordena solo. Y tiene de todo lo que se te pueda ocurrir de papelería.Ni lata que ha dado el pajarito con todo con lo que lo teníamos que equipar. – Dijo William, lo que le ganó un golpecito tanto de Janet como de Alice en el brazo. – ¡Vivi, socorro! – Gritó él cómicamente, a lo que su tía respondió simplemente. – Anda, que regalarle a un niño de trece de años un regalo de auror aburrido. – Sacó un paquete con estampado parecido al de su vestido. – La tata Vivi si que sabe hacer regalos. Abre eso, Marcus. – Dijo con una sonrisilla clavada. – Traído directamente de los magos Masai, verás que guay. – Alice se moría de la curiosidad y la emoción. Pero parecía un caldero normal y corriente, con unos polvos al lado. – ¿Cómo se usa eso, tata? – Ella rio. – Como me imagino que te vas a ofrecer antes que el cumpleañero a probarlo, coge una pizca de los polvos y piensa en algo que quieras ver. – Ella obedeció. – Y ahora tíralo dentro del caldero. – Nada más caer, hubo un pequeño estallidito y del caldero salió humo rosáceo con la forma de un halcón que se perdió en el aire a los pocos segundos. – Qué pa-sa-da. – Dijo encantada de la vida, deseando que Marcus se animara a probarlo.
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Sáb Abr 10, 2021 10:30 pm

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CON Alice EN Casa de los O'Donnell A LAS 12:30h, 3 de junio de 1997
- Yo hago como que soplo, y tú soplas por los dos. Verás como nadie se da cuenta. - Marcus rio por lo bajo. - Seguro. Acérquese usted mucho, yo soplo fuerte las dos velas. Seguro que lo consigo. - La mujer rio. Estaban cuchicheando como dos compinches mientras todos le cantaban cumpleaños feliz, haciendo de aquello un extraño juego entre cumpleañeros. Efectivamente, tan pronto sonaron los aplausos del final de la canción, miró de reojo a la mujer y, al verla acercarse, sopló estratégicamente las dos velas y apagó ambas llamas. Se miraron de reojo y rieron por lo bajo. Lo cierto es que prefería no profundizar en por qué estaban haciendo aquello: por qué Janet le había pedido a él que soplara las velas y que nadie se diera cuenta de la estrategia. Pero estaban todos felices, celebrando sus cumples. Mejor lo dejaban así. Mejor no pensar de más.

- Creo que alguien quiere darte un regalo. - Le dijo Janet. Dylan ya iba muy diligente hacia él y Marcus recibió lo que le daba con ilusión y una sonrisa. - Muchas gracias, colega. - Al desenvolverlo apareció una caja, la cual tocó con la varita tan pronto William se lo indicó. Alucinó con el resultado. - ¡¡Me encanta!! ¡¡Es súper práctico!! - Nada comparable a la alegría de ver a un niño de trece años decir "es súper práctico". - Dijo su padre entre risas, haciendo que los demás le secundaran. - Oh, por favor, hijo, pero si tú eres igual o peor. - Saltó Molly como abuela ofendida porque se habían metido con su nieto. - Y mucho reírte pero se te está cayendo la baba, a ti y al abuelo. Que este niño es O'Donnell O'Donnell. - Marcus puso una sonrisa radiante. Para él era un gran piropo que lo compararan con su padre y su abuelo.

Miró a Alice cuando la chica se apoyó en su hombro, sin perder la sonrisa, y reposando la cabeza un poco en su amiga mientras le explicaba. Y según William, lo había equipado ella. Desde su postura, la miró a los ojos. - Eres la mejor. Gracias. - Desde luego, si alguien podía equiparle bien para lo que necesitaba y le gustaba tener en clase, era Alice. Con ella se sentaba la inmensa mayoría de las veces y pasaba casi todo el tiempo, y les gustaba estudiar juntos. Miró a la familia Gallia y les dijo de corazón. - Muchas gracias. Me gusta un montón. -Pero Violet interrumpió. Abrió mucho los ojos porque no esperaba un regalo de ella. - ¿De verdad? - Y además venía de Kenia. Wow, eso sí que era impresionante. Al sacarlo y ver que era un caldero, venido de una tribu y regalado por Violet, estuvo más que de acuerdo en que Alice fuera la que lo estrenara. Se mantuvo prudentemente a su lado y localizó con la mirada a todos los adultos de su alrededor. Vale, estaban bien protegidos en caso de accidente, alguno reaccionaría y todos estaban cerca. El resultado le dejó con los ojos como platos. - ¡¡Wow!! ¡¡Muchísimas gracias, Violet, está chulísimo!! - Explosivo, como yo. - Contestó la mujer con una sonrisa ladina y un movimiento de hombros y caderas, con las manos en estas.

- ¡¡Nos toca!! ¡Este es mío y de Sean! - ¿Eh? - El mencionado Sean se había quedado otra vez en babia mirando a Violet. Hillary le miró con apremio. - Nuestro regalo. - ¡Ah, sí! - El chico rebuscó entre el enorme bolso de su abuela y sacó lo que parecía un cuadernillo manufacturado hecho de pergaminos ya escritos, engalanado con un bonito moño azul y bronce, los colores de su casa. Sean se lo tendió sonriente y, acto seguido, los dos se levantaros y se pusieron cada uno a un lado suyo hablando a toda velocidad. Empezó Hillary y, como si estuvieran coreografiados, fueron explicando uno y otro. - Sabemos que quieres ser prefecto en cuanto puedas. - Y lo bien que te cae Anne Harmond. - Dijo Sean, guiñándole un ojo. Hillary rodó los suyos y prosiguió. - Y que admiras mucho a Graves y a Harmond. Pero este ya era el último año de los dos. - Y te vi llorando el último día porque se iban. - ¡No lloré! - Se apresuró él en corregir, con el ceño fruncido. Maldito Sean. - La cuestión es... - Prosiguió Hillary, que tenía su hoja de ruta marcada. - Que un día, cuando Sean y yo nos íbamos a los dormitorios. - Cada uno al suyo. - Hillary y Marcus miraron a Sean con cara de pura incomprensión, arrugando la nariz y el labio y con el ceño fruncido. El otro se encogió de hombros. - ¿Qué? Solo especificaba. - Di que sí, guapetón, que aquí si no se especifican las cosas, luego te regañan. - Dijo Violet con tonito y una sonrisilla provocadora. Marcus podía sentir desde allí como su madre apretaba los dientes. - Gracias. - Respondió su amigo como un bobo. Hillary le estaba mirando con los brazos cruzados y expresión de impaciencia. - ¿Puedo seguir? - Preguntó la chica, y Sean se giró de nuevo hacia ellos, ligeramente avergonzado. Hillary prosiguió. - La cuestión es que estaban los dos haciendo sus cosas de prefectos en una mesa, y vimos como Graves arrugaba un pergamino que ya no le servía y lo echaba a un lado. - En ese momento, Sean pasó varias páginas del cuaderno que ya sostenía Marcus y señaló un pergamino especialmente arrugado. - Este, en concreto. - Dijo con orgullo. Marcus abrió mucho los ojos. ¿Cómo habían conseguido eso? Ya estaba allí Hillary para explicarlo. - Le preguntamos que qué era eso. - Y flipa, tienen un recuento de todos los puntos que se ganan y se pierden. ¡Mira! De hecho, ahí está tu nombre. - Sean señaló y leyó. - "Marcus O'Donnell. Quince puntos para Ravenclaw por la impecable realización del encantamiento Skurge para limpiar el ectoplasma del pasillo del segundo piso, contribuyendo a la limpieza de la escuela". - Molly soltó un sonidito de adorabilidad. - ¡Ese es mi niño! Lo que me gustan a mí los hechizos limpiadores, y con la porquería que dejan los fantasmas por ahí. - ¿Veis? No es idéntico a mí, en lo de los encantamientos ha salido a su madre. - Dijo Arnold, que parecía tener una conversación guardada, haciendo que Emma pronunciara una sonrisa de orgullo absoluto, llenando el pecho e irguiendo el porte en la silla en la que estaba sentada.

- ¿Cómo habéis conseguido que os den esto? - Preguntó Marcus, que aún estaba alucinando. Ahí la que se creció y se llenó de orgullo fue Hillary. - No fue fácil convencerles, alegaban que por confidencialidad no te lo podíamos pasar. Pero me revisé el reglamento y, realmente, una vez terminado el torneo de la Copa de las Casas y puestos los contadores a cero, todo punto ganado o perdido queda prescrito, ya no es válido, pues el recuento empieza de cero el año que viene. Además, no era el documento oficial, solo un pergamino en sucio que Graves había descartado y pensaba tirarlo por ahí, así que no sería tan confidencial, y si lo era, estaba cometiendo una irregularidad. La Prefecta Harmond le echó un hechizo para difuminar todos los nombres y volverlos ilegibles hasta que el conteo acabara, para que no supiéramos los datos, pero una vez prescrito, se pudiera leer. - Abogada decías, ¿no? - Preguntó William Gallia, tapándose la sonrisilla con el vaso que sostenía. - Pero hay muchas más cosas. - Dijo Sean, pasando emocionado las páginas. - Tienen un montón de trucos, rincones de Hogwarts en los que los alumnos esconden cosas. - ¿¿En serio?? - ¡En serio! - Se dijeron Marcus y Sean el uno al otro, a cual más entusiasmado. Ahora la que se llevó el vaso a los labios y habló fue Violet. - Yo recuerdo una vida académica totalmente distinta a esta. - Llámalo "vida", pero no lo llames "académica". - Dijo William entre carcajadas. Los chicos siguieron explicándole a Marcus su regalo. - Pues este cuaderno son un montón de apuntes de Graves y Harmond, con papeles que usaban en sus reuniones, chuletas de las normas, truquillos... Cosas de prefecto. -Dijo Hillary con una sonrisa orgullosa, pasando un dedo por el estrecho lomo del cuaderno. - Te lo he cosido para que lo tengas todo junto y lo guardes de recuerdo. - Y tío, mira que letra más bonita tiene Anne. - Sean suspiró. - Yo también la voy a echar de menos... - Marcus agarró las manos de cada uno de sus amigos y les miró. - Muchísimas gracias, es un regalo increíble. Lo pienso usar, algún día lo usaré. - Estaba que se salía de sí mismo de lo feliz que se sentía.

- ¿Por qué no le das el tuyo, cielo? - Le preguntó su madre a Lex muy sutilmente, para que los invitados no se percataban. El chico bajó la cabeza y negó con el ceño fruncido. - Le va a encantar. - No. Luego. Solos. - Contestó Lex en un tono tajante pero casi inaudible. - Oye, Marcus. ¿Me dejas ver tu cuaderno de prefectos? Nunca he visto lo que hacen, en Ilvermorny no tenemos. - Dijo Janet con dulzura. - Nos lo vamos pasando y así lo vemos todos, que esto es algo inédito. ¿Verdad? - Dijo a todos los demás. Había captado la estrategia: quería distraer a la gente para que no estuvieran todos los ojos sobre Lex. El chico se lo pensó un poco, pero después de que su madre le animara de nuevo, se levantó y se acercó a Marcus. Este le miró con una sonrisa prudente. - No sabía que me habías hecho un regalo. - El chico se encogió de hombros, sin levantar la cabeza. Se metió la mano en el bolsillo y la sacó con el puño cerrado. Al abrirla y extenderla frente a él, apareció una pelotita dorada. La snitch, tímidamente, desplegó las alas, pero se quedó aleteando sobre la palma de Lex. - Sé que no eres muy de quidditch, pero me colé en los entrenamientos del equipo de Ravenclaw una vez... Me gusta ver los entrenamientos. Más que las clases. - Marcus frunció los labios en una especie de sonrisa. No estaba de acuerdo con el planteamiento, pero quería escuchar esa historia, aunque su hermano la estuviera contando sin levantar la mirada. - Estaba mirando detrás de un arbusto y se les escapó la snitch del baúl. Salió volando y se vino a los matorrales en los que yo estaba y... La atrapé. - Se encogió de hombros, pero Marcus estaba alucinando. - ¿Atrapaste una snitch sin ni siquiera estar jugando? ¡Eso es bestial! Podrías ser buscador. - No. Quiero ser cazador. - Contestó su hermano muy seguro, mirándole con los ojos entornados hacia arriba, muy serio. Marcus no dijo nada. Si su hermano quería ser cazador, pues que fuera cazador. Como bien había dicho, a él no le interesaba mucho el quidditch. - Total. - Prosiguió el chico, bajando la mirada otra vez. - Que estaban locos buscándola y yo salí y les dije, "la tengo yo"... Y se sorprendieron un montón, pero en vez de recogerla, me dijeron que me la podía quedar, que me la había ganado. - Lex volvió a encogerse de hombros sin mirarle. - Pero, como te he dicho, quiero ser cazador, así que... Me da un poco igual. Y yo no soy de tener reliquias ni recuerditos ni esas cosas, eso te gusta más a ti. Y como era el equipo de Ravenclaw... - Y otra vez se encogió de hombros. Lex, cada vez que se quedaba sin palabras para acabar una frase, se encogía de hombros. Extendió un poco más la mano y le dijo. - Toma. - Marcus sonrió. Tenía los ojos iluminados. - Es un regalazo, Lex. Sí que me encanta. - Cogió la snitch. - Muchas gracias. Significa mucho. - Su hermano hizo una mueca con los labios hacia un lado, sin mirarle, con las manos en los bolsillos. - Jo... Pues yo estoy emocionado. - Dijo Sean. Cuando Lex detectó que le estaba mirando, giró la vista a él con el ceño fruncido y se volvió a su sitio. Su amigo le miró y se encogió de hombros. Marcus, con una risilla, contestó. - Lo has espantado. -
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Dom Abr 11, 2021 2:10 am

Un toque de magia
CON Marcus EN Casa de los O'Donnell A LAS 12:30h, 3 de junio de 1997
Juraría que el estómago le había dado un salto de atleta cuando Marcus le dijo que era la mejor. Tanto que no le dio ni para una respuesta sarcástica, si no que notó como se ponía roja y se le quedaba la sonrisa en la cara. Bueno, es que no estaba acostumbrada a que se lo dijera así... Sin más... Sobretodo por un regalo que se le había ocurrido a ella. Echó un pasito hacia atrás, deseando una poco desaparecer, porque se sentía muy avergonzada de repente. Lo bueno de que fuera el cumpleaños de Marcus era que era muy fácil poner el foco sobre él. Se acercó a sus padres y se situó entre ellos para observar el resto de los regalos, y de repente notó las manos de su padre en su cintura moviéndola de un lado a otro. – Con que eres la mejor, ¿eh? Nada para el creador del hechizo, porque claro, yo no llevo un vestidito y un lazo azul... – Le susurró su padre con voz burlona. Ella sacó un codo y le dio suavecito. – ¡Papi! William, déjala tranquila... No seas chinche. – Su padre alzó las manos. – Yo no chincho nada, señalo hechos objetivos. – Alice rio con media sonrisa y señaló lo que le acababan de dar a Marcus. – Para hecho objetivo, ahí tienes que ese regalo es insuperable, te lo digo yo. – Luego miró a su amigo Sean y se echó a reír, inclinando la cabeza hacia su padre. – Creo que le gusta la tía Vivi. – Su padre hizo una carcajada sabihonda y dijo. – Si me dieran un galeón por cada vez que me han dicho esa frase, ahora podríamos permitirnos la casa de los O'Donnell y la de al lado. – Eso le hizo reír con esa risa profunda y sincera que le salía con su padre y sus ocurrencias. Pero cayó de vuelta al mundo para escuchar la explicación.

En cuanto Sean intentó picar a Marcus con lo de que lloró, ella saltó. – Yo si que lloré anoche, chaval. Que Howard cogió mi carta y todo. – Dijo bien orgullosa. – ¿Que le has hecho una carta al prefecto? – Le preguntó la tata divertida. Ella se puso muy derecha y con la barbilla bien alta. – Pues sí. Howard ha sido muy buen prefecto, me salvó cuando em desmayé en el laboratorio y me puso un mote.¿Cuál?Gal. Como Gallia, pero más corto. Ha sido el mejor prefecto de Ravenclaw que haya habido, y quería darle las gracias. – Arnold la miró con una mano en el pecho y aspecto de falsa ofensa. – Perdone, señorita Gal, pero este que está aquí fue prefecto de Ravenclaw y todo el mundo estaba emocionado con mi gestión. – Eso valió una pequeña carcajada y vuelta de ojos de Emma y le hizo bastante gracia. – Perdone usted, señor O'Donnell, pero Howard Graves me llevó en brazos a la enfermería desde las mazmorras. – Dijo con cara de enterada. – O sea, un piso. – Apostilló Sean. – Sí, pues a ti no te vi por allí. Me salvaron entre Marcus y él. Y me ha ayudado con Astronomía y Defensa un montón de veces. Y me hizo mi carta astral según mi nacimiento.Ni veces que lo va a contar la tía, nos queda claro. – Dijo Hillary resoplando. – Si se pone así con Graves, qué no hará cuando Marcus lo sea. – Casi se pone roja otra vez pero estuvo rápida rebatiendo sarcásticamente. – Si me lleva en brazos a la enfermería, me comprometo a hacerle también una carta a fin de curso. – Dijo antes de sentarse en el regazo de su padre, muy digna, dando la conversación por zanjada.

Detectó de inmediato la técnica de su madre y se inclinó sobre el libro de los prefectos, riéndose con las bromas de su padre y su tía e indicándole poco a poco a su madre. – ¿Ves? Básicamente es todo lo que hace Marcus de normal ya pero con un título. – Hillary se situó por allí cerca y asintió entre risas. – ¿Cuál era su casa en Ilvermony, señora Gallia? – Preguntó con curiosidad. – Pukwudgie, nuestro símbolo es un un bichillo muy feo, mira, este. – Dijo sacándose el colgante y enseñándoselo, mientras les contaba la historia de William el Pukwudgie, que le encantaba porque siempre le recordaba a papá. Aprovechó para poner la oreja en el regalo de Lex y le miró de reojo sonriendo. En el fondo sabía ser bueno con su hermano, aunque quisiera disimularlo. En seguida llegó la abuela Molly con dos paquetes. – Nosotros te traemos dos, mi niño. Este te lo ha hecho la abuela con todo su amor. – Marcus abrió el primer paquete, que parecía blandito y sacó un jersey azul oscuro. – Mira, ¿ves el dibujo del centro? – Estaba hecho en dorado, y de entrada era el escudo de Ravenclaw. – Se pone con el dibujo que tu quieras, solo lo piensas y tocas con la varita. – Pero el regalo que Alice quería ver era el otro, que era de Lawrence, que sabía que algo iba a tener que ver con la alquimia. Y no se equivocaba. – ¡Vaya! Libros, qué sorpresa para Marcus. – Alice pegó a Hillary en el brazo. – Calla, boba, que son de alquimia, eso es un tesoro. – Dijo estirando el cuello para verlos mejor. – Y algo más. – Dijo poniendo ante él. Era como un platito de cobre, como un peso. Tenía una plaqueta blanca debajo y el abuelo la señaló. – Es un revelador de esencias que te dicen el porcentaje de esencia de las cosas. Hija, déjame el pajarito. – Lo puso encima y la plaqueta se movió y apareció en letras negras "20% piedra común" al poco se cambió y reflejó "70% tierra de jardín". Alice se giró a hacia Marcus le miró con una gran sonrisa. – A-lu-ci-nan-te – Qué suerte tenía Marcus de vivir tan cerca de un alquimista, qué más quisiera ella. Erin carraspeó y dejó otro regalo ante él. Al abrirlo parecía un objeto de zinc, cromado y brillante. Todos la miraron un poco confusos. – Es una iluminadora. Es más práctica que el hechizo lumos, porque solo tienes que decirle "Ilumina". – Y al decirlo, el tubito se levantó solo y se convirtió en una luz flotante junto a Marcus. – O lo dices "sube" o "baja" y ya cambia de intensidad, y no hace falta llevarla en la mano. – Alice la miró con una gran sonrisa. – ¡Jo, que chulo, Erin! Vale para todo. – Ya se le estaban ocurriendo mil usos en travesuras nocturnas que tenía aquel cacharro. En cuanto acabó de hablar, Erin se sentó, agachando la cabeza y poniéndose el pelo por detrás de las orejas. – Es que las usamos mucho en las cuevas de los dragones. Y como te gusta tanto leer, igual te es práctica para por las noches. – Notó cómo el tono de la mujer iba bajando y acabó oyendo susurrar a su tía entre risas. – ¿Es la tuya verdad? – Y a Erin contestando con una sonrisa. – Calla, Vivi, ¿de quién es la culpa que esto se me hubiera olvidado? – Ay, pobre Erin, debía ser muy vergonzante olvidarte del cumpleaños de tu sobrino. Sonrió y se acercó a Marcus, susurrándole. – ¿Estás contento? Está siendo perfecto, como a ti te gusta. Y aún queda el regalo de tus padres. – La dio con el hombro con una sonrisilla. – Y estoy esperando mi pista sobre el caldero.
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CON Alice EN Casa de los O'Donnell A LAS 12:30h, 3 de junio de 1997
Alice salió en su defensa desviando el foco de atención hacia ella: sí, la chica sí que había llorado la noche anterior. Y no sabía bien por qué, ciertamente, porque sería que no la habían castigado y quitado puntos veces los prefectos con la de travesuras que hacía. Pero así de buena persona era su amiga que los iba a echar de menos igual... Puede que Graves le gustara un poquito y que ese fuera el motivo. Ya se encontró una vez un cuaderno suyo lleno de corazoncitos bastante sospechosos. - Yo también les escribí una carta... Bueno, más que una carta, como me conocen bien y se van, quería darles una pre candidatura para que se la pasaran a los siguientes prefectos y me tuvieran en cuenta cuando llegue el momento. - William se estaba riendo mucho, y le estaba diciendo algo a Arnold de que estaba viajando en el tiempo. Su padre, por su parte, pareció ofenderse ante la no consideración por parte de Alice. - Mis padres han sido los mejores prefectos del castillo. - Dijo sonriente y orgulloso, a lo que su padre contestó. Gracias, hijo. - Marcus, en cambio, y aunque sabía que su padre habría sido un prefecto genial, rodó los ojos con una sonrisita cómplice hacia su madre, que le devolvía la sonrisa y el orgullo en la mirada. Sí, su madre sí que tuvo que ser una prefecta genial, aunque seguro que muy estricta. Pero eso era bueno, las normas están para algo. - Aunque Howard Graves era el mejor prefecto de todos. Y Anne Harmond... - ...Es genial, y es súper guapa, y sabe de Alquimia, y cómo recita las normas, y con qué elegancia escribe. - Empezaron a decir a coro Sean y Hillary en tono burlón como dos loros idiotas. Marcus les miró con el ceño fruncido. - Pues sí, todo verdad. - A mí me parecen aptitudes estupendas. - Dijo su abuelo con naturalidad. Claro, qué iba a decir él, si se había mencionado la alquimia. ¿Se llegarían a conocer si ella hacía los exámenes para Alquimista de Piedra? ¡Bua, eso sería bestial! Pero ya tuvo que saltar Hillary con la burlita otra vez. Miró a Alice y sonrió, aunque dibujó un toque de advertencia en su mirada. - Mejor que no te haga falta ir. - Se cuadró muy bien puesto, con una caída de ojos mirando a aquellos que se estaban burlando con superioridad. - Pero por supuesto que lo haría. Y desde la torre si hace falta, que no es "un piso". - Dijo eso en tonito de burla mirando a Sean. Oía risitas de los adultos, pero le daba igual. Porque, hablando de enfermería, pasó la vista por los restos de las tartas y evaluó, mirando luego a Alice. - ¿Has comido tarta? - No quería desmayos en su fiesta.

Lex se volatilizó de allí en cuanto notó que Sean estaba presente en su conversación y la abuela Molly aprovechó el hueco libre para dar ella su regalo. Lo abrió con ilusión y, al sacarlo, se lo llevó directamente a la mejilla con un sonido de gustito. - Qué suavecito. Y me encanta el color. - Como si alguien a esas alturas no se lo esperara. - Muchas gracias, abuela. - Le dijo dándole un fuerte abrazo. Al soltarla, tocó con la varita el centro del jersey y el dibujo central se convirtió en una tarta como la que había hecho su abuela. Eso le hizo soltar una carcajada mientras su abuela, también riendo, decía. - ¡Anda! Mi regalo por partida doble. - Marcus se puso el jersey delante del torso. - Está en modo cumpleaños. - Dijo riendo. - Me encantaría estrenarlo, abuela, pero creo que hace un poco de calor. - La mujer soltó una risita adorable. - Te cocerías ahí dentro, hijo, es muy calentito. Guárdalo bien para que puedas estrenarlo el año que viene en el colegio. - Marcus asintió conforme.

- Vale, este es medio de tu abuelo, medio mío, ahora verás por qué. - Marcus la miró con una sonrisilla astuta. Veía perfectamente que era un libro, la forma no dejaba lugar a dudas. Siendo de su abuela Molly, tenía que ser un libro, amaba los libros tanto como él. Y si había una parte de su abuelo... - "Esencial: la esencia en la alquimia". - Leyó el título en voz alta. Empezó a ojearlo por dentro junto a su abuelo mientras este le explicaba. - Una de las cosas más difíciles en alquimia es calcular correctamente las esencias, saber qué puedes transmutar, hacer equivalencias. Es un manual dedicado solo a eso, para que tengas los conceptos bien claros antes de estudiarla. Hay gente que se pone a hacer alquimia a lo loco sin saber sobre esencias y luego pasa lo que pasa... - Muchas gracias, abuelo. - Ese sí que lo estrenaría ahora si pudiera. -Dijo su padre entre risas. Desde luego. Si no fuera porque estaba encantado con su fiesta y con sus invitados, y porque era de mala educación salirse de un evento social y aislarse, ya se habría ido a su cuarto a leérselo. - Y esto para que puedas ponerlo en práctica. - Añadió su abuelo. Bajo la mirada alucinada de Marcus, el hombre puso el revelador de esencias sobre la mesa. El chico sacudió un poco la cabeza. - ¡Eh! ¿De dónde ha salido ese pajarito de tierra? - Eso se lo había perdido, vaya. Igualmente, era alucinante lo que hacía. De verdad que le estaba resultando imposible determinar qué regalo le había gustado más.

Su tía Erin se acercó y le dio su regalo. Lo abrió contento y atendió a la explicación de la mujer, mirando a la iluminadora sonriente. - Creo que ya sé cuándo y por qué la voy a estrenar. - Pienso tirarme montando guardia en tu cuarto toda la noche. - Dijo su padre en tono cómico, pero él se echó a reír, sin soltar aún el libro de su abuelo para dejar claro el mensaje: se iba a pasar toda la noche leyéndolo. Si el cansancio se lo permitía, claro, porque el día estaba siendo intenso. Miró a su tía y asintió. - Muy práctica, tita, me va a venir genial. ¡Muchas gracias! - Se quedó trasteando su iluminadora hasta que Alice se acercó a él. Le dibujó una sonrisa feliz. - Sí que está siendo perfecto. - Recordaba pocos cumpleaños mejores que ese, la verdad. Lo último que dijo le hizo reír. - ¿De verdad no sabes dónde está? Pues es muy fácil. - Dijo en tono chulillo, pero solo estaba fardando en vacío. Aún no había escondido el caldero en ninguna parte, seguía en la cocina. Pero fue decirlo la chica y se le ocurrió algo. Solo necesitaba que le echaran una mano.

- ¿Nos toca? - Dijo su padre contento. Su madre se levantó y se acercó a él, junto a su padre, pero también arrastraron a Lex, que no iba muy conforme. - Como nuestro otro niño cumple en agosto, vamos a haceros un regalo conjunto que nos hace especial ilusión. ¿Te importa que te lo demos por adelantado, Lex? - Preguntó su padre a su hermano, el cual simplemente se encogió de hombros. Marcus ya no podía más con la intriga. ¿Qué podían regalarles que les gustara a los dos? Porque tenían pocas cosas en común, y sus padres parecían muy ilusionados con el regalo. - Como es el primer año que estamos sin los dos y os echamos mucho de menos, lo que más nos apetece es pasar tiempo juntos. - Dijo su padre, y sacó una especie de cofre de detrás de la espalda. Se lo tendió a Marcus, pero su madre puso la mano sobre los hombros de Lex. - ¿Queréis abrirlo los dos juntos? - Los hermanos se miraron. Lex se puso tímidamente al lado de Marcus, con lo poco que le gustaba el protagonismo y sentir los ojos sobre él, pero Marcus estaba contentísimo. Le dio un poquito de intriga y, finalmente, abrió. Lo primero que vio fue una bufanda azul muy bien dobladita. - Ah, sí, ese es solo para ti. Había olvidado que lo había metido ahí. - Dijo su padre, mientras su madre le miraba con los ojos entornados. Marcus rio. - Gracias, papá. - Comentó risueño, y al quitarla se pudo ver lo demás. Había dos sobres, uno de ellos con unas escobas dibujadas. El otro lucía un símbolo que detectó a la primera, lo cual le hizo abrir los ojos como platos. - ¿El símbolo de los Illuminati? - Preguntó, anonadado. Ya estaba notando como su abuelo se acercaba sigilosamente por detrás para husmear. - Ábrelo, cielo. - Dijo su madre. Marcus abrió con dedos temblorosos. Lex había cazado como buen cazador que quería ser el sobre con las escobas dibujadas, pero estaba mirando atentamente a su hermano abrir su regalo. Sacó una especie de folleto brillante, cuya textura parecía como tocar las piedras de una catacumba en vez de la textura propia de un pergamino. Lo abrió y, mientras leía alucinado, su padre se aclaró la garganta y empezó a explicar. - A pesar de la opinión general de que a algunos no nos interesa la alquimia... - Es que no te interesa. - Oyó murmurar a su tía Erin de fondo, con consiguiente risotada cómplice de Violet. - He estado investigando sobre la ruta de los Illuminati de Roma. Y como bien sabes... - ¡Eran alquimistas! - Bramó Marcus, que tenía los ojos tan abiertos de incredulidad e ilusión que le ocupaban toda la cara. - En efecto. Así que hemos pensado hacernos un viajecito a Roma y conocer los entresijos de la alquimia desde hace siglos. - Concluyó su padre, sonriente y pasando un brazo por encima de Emma. - ¿¿DE VERDAD?? - Preguntó alucinado. Su padre alzó un índice. - Y no un día cualquiera. - Ambos progenitores miraron a Lex, que aún seguía un tanto aturdido y con su sobre cerrado en la mano. Ahora sí que tenía todas las miradas encima. El chico abrió el sobre con prudencia y sacó cuatro tickets. Ahora el que tenía los ojos muy abiertos era él. - La selección de Inglaterra de quidditch contra la selección de Italia. - Murmuró. Marcus, aunque no era muy de quidditch, dio un salto ilusionado para mirar. - ¿Y te has fijado en qué día es? - Preguntó su padre. Lex le miró un segundo, y luego bajó la vista de nuevo a los tickets. - El... Veinticuatro de agosto... El día de mi cumpleaños. - Musitó. - Wow, eso sí que es matar dos pájaros de un tiro. - Bramó William divertido, volviendo a esconder la sonrisa tras el vaso. - Cae en domingo, así que... - Comentó su padre. - Nos vamos el viernes y nos volvemos el lunes. Un fin de semana largo para aprovechar las vacaciones. - Concluyó, contento.

Tanto Marcus como Lex se habían quedado en shock, con los ojos y la boca muy abiertos, Lex bastante colorado y Marcus brillando de ilusión, pero ambos felices. - ¡Es el mejor regalo del mundo! - Su madre soltó una risita y preguntó. - ¿Estáis contentos? - ¿¿Qué si estamos contentos?? - Por supuesto que Marcus contestaba por los dos. Se lanzó hacia sus padres y les dio un abrazo. - ¡¡Gracias!! Es el mejor regalo del mundo, no puedo esperar para ir, de verdad. - Tenía los mejores padres del mundo. Sin duda. Su hermano solo necesitaba un ratito más para procesarlo. Pero iba a ser un verano espectacular.

Pasó un rato disfrutando de sus regalos, haciendo planes de viaje con sus padres y hablando con unos y con otros. En un momento que pilló a Alice distraída, retomó su empresa: la de esconder el caldero de ranas de chocolate para que la chica no lo viera. Necesitaba ayuda para ello, así que se acercó discretamente hacia William. - Señor Gallia. - Susurró. Pero el hombre, al volverse y verle, bramó. - ¡Hola, Marcus! - Vaya. Para ser tan travieso como todos definían, no era muy discreto para los secretos. Marcus esbozó una leve mueca y le hizo un gestito con el dedo para que el hombre se agachara y susurrarle. No podía hacer magia fuera de la escuela, e iba a necesitar magia para colocar el caldero donde lo quería colocar, y desde luego, nadie como William para hacerlo. Tan pronto le contó sus planes al oído, el hombre se echó a reír y desenvainó la varita como si fuera una espada y él un caballero medieval. - ¡Eso está hecho! - Y se fue hacia la casa. Esperó unos segundos, riendo con los demás y disimulando, mirando de reojo hacia el lugar... Hasta que lo vio. Por la ventana de su dormitorio, vio levitar el caldero de ranas de chocolate hasta posarse en una de las ramas, la misma rama de la que Alice había estado recolgada apenas un par de horas antes. Esperó a que William volviera para no levantar sospechas, agradeció con la mirada y se fue muy chulito hacia Alice. - ¿Qué? ¿No lo encuentras? -
Merci Prouvaire!


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Dom Abr 11, 2021 8:25 pm

Un toque de magia
CON Marcus EN Casa de los O'Donnell A LAS 12:30h, 3 de junio de 1997
Tuvo que contenerse una risa cuando Arnold dijo que iba a montar guardia en el cuarto de Marcus. Sí, pues si a él le montaban guardias solo por leer, qué no harían si fueran los padres de ella, con la tendencia que tenía Alice de escaparse y hacer cosas a deshoras. – Sí, de hecho lo malo es que tengas que decirle en voz alta lo de "ilumina" porque es un poco delator. – Sintió todas las miradas de la mesa sobre ella y levantó las manos. – Oye, que estoy hablando hipotéticamente, eh. Soy Ravenclaw, me pongo en todas las circunstancias. – Eso arrancó algunas carcajadas y Lawrence miró a su madre. – Igual sí que tiene de William algo más que los ojos. – Ella se encogió de hombros y puso cara de niña buena.

Estaba súper impaciente por ver el regalo de los padres de Marcus, y resultado que era para ambos hermanos. Cuando por fin lo revelaron le dio una envidia tremenda. No por el quidditch, que le daba bastante igual, aunque parecía haber conseguido emocionar a Lex, si no por los Illuminati y Roma, que era una ciudad tan antigua y tan mágica. – Ay, Roma... – Se apoyó en su mano, dejando el codo sobre la mesa con expresión soñadora. – Qué genial tiene que ser ir a Italia y ver todas esas iglesias. – Miró a Marcus. – ¡Tienes que buscar todas las iglesias de la luz! Si quieres luego cogemos un mapa y las marcamos para que no te dejes ni una. ¿Cuál será la mejor? ¿La del fuego? Me encanta esa escultura de Rafael... – Pero ya estaba soñando demasiado, que ella no iba a ir. Ya iría cuando fuera mayor. Reculó y añadió. – Apréndetelas bien que yo querré ir cuando sea más mayor y tendrás que guiarme. – Terminó con una sonrisa. Vio cómo su padre la miraba un poco ausente y entristecido. Sí, siempre estaba diciendo que no había llevado a su madre a todos los sitios que le prometió y todo eso... Pero ya tendrían tiempo de ir cuando mamá estuviera mejor y Dylan tuviera más o menos la edad de Lex, y los disfrutarían más. Se acercó a él y el pasó la mano por el cuello. – Mientras tanto, que mamá nos haga en La Provenza el postre ese italiano que te gusta. ¡El tiramisú! – Exclamó su padre, repentinamente más contento. – ¡Y lleva café! – Su madre rio, como siempre que hablaban de cuando eran novios y negó con la cabeza. – Lo hago con descafeinado, que no cunda el pánico. – En verdad estaba que ardía por dentro con lo de Roma, pero no quería decir nada, primero porque no quería sonar como una envidiosa, y segundo porque no quería entristecer a sus padres. Siempre que deseaba muy alto, a ellos se les ensombrecía la cara.

Así que se acercó a Sean y Hillary y les susurró. – Vais a tener que darle unas clasecitas de quidditch, para que por lo menos se entere de algo de lo que pase en el partido. – Sus amigos se rieron y Sean dijo. – Te vacilamos mucho, pero tu regalo es muy guay. Bueno, muy guay para Marcus, claro. – Alice se encogió de un hombro. – Bueno, es que sé elegir muy bien los regalos de la gente, soy observadora, ya os lo he dicho. A mí regaladme cosas de Pociones y Herbología. ¿Te gustan las pociones, Alice? – Preguntó la señora Hastings. Ella se irguió y asintió. – Mucho. Es mi asignatura favorita junto a Herbología, porque quiero ser sanadora. – Ellie rio y le acarició el pelo. – Eso es muy bonito. – Ella asintió. – Aunque a la Herbología le dedico más tiempo, porque las plantas necesitan muchos cuidados.Es muy pesada con las plantitas y los remedios. – Dijo Hillary. Pero a ella le llamó la atención que su padre había dicho el nombre de Marcus muy alto. Aunque tuvo que enfocar la atención de nuevo en su amiga. – Pero luego nos las cuida a todos, así que no nos podemos quejar. ¡Y las leyendas! Ella tiene que saber la leyenda detrás de cada plantita, si no no duerme tranquila. – Aportó Sean. Eso le valió una risa de Erin y Vivi, que estaban justo enfrente. – Es verdad, Alice siempre va detrás de los cuentos y las historias. – Ella se cruzó de brazos, haciéndose la ofendida, pero cruzándose. – Algún día reuniré todos esos cuentos en un libro y seré famosa por recoger todas las leyendas mágicas del Reino Unido. Y de Irlanda. – Apostilló Erin. – Y de Irlanda, gracias a ti. – Ellie rio. – Bueno, si quieres, si luego me ayudas con la infusión para tu madre, te cuento una que me sé yo para ese libro. – Eso le hizo sonreír, deseando ir a la cocina a hacerla, y justo notó a Marcus cerca de ella otra vez.

Es que no se me ha dado pista ninguna, ¿dónde quieres que busque? – Dijo respondiendo ofendida a la pregunta sobre el caldero. – Todavía no soy legeremante, ¿sabes? – Luego frunció el ceño y recordó haber visto a su padre y Marcus hablando de refilón. Y ahora su padre salía de dentro de la casa con un aire casual que era casi más delator. – Oh, no me digas que le has pedido a mi padre que me lo esconda... Eso es trampa, O'Donnell... – Pero su discurso se vio interrumpido por un grito. La madre de Hillary empezó a gritar. Todo se giraron y vio como lanzaba una rana de chocolate a la mesa. – ¿Pero de dónde demonios ha salido esto?¡Mamá! Que es una rana de chocolate, no hace nada. No te puedes poner así por todo lo que pase.¿Como que de chocolate? ¿Nos iréis a comer ranas que están vivas no? Que mira lo que ha pasado con el pez ese que se ha comido Alice. – Se organizó un buen revuelo al rededor, pero ella ya solo pensaba en algo. El caldero. Miró a Marcus con expresión astuta y luego a ambos lados. ¿De dónde le habría saltado? Ah, pero es que no le había saltado... Le había caído. Automáticamente miró hacia arriba, hacia la rama. – Serás... Me dices que no me trepe a los árboles, que a tu madre no le gusta, y me dejas mi caldero con las ranas ahí arriba. Tú lo que quieres es dejarme mal, futuro prefecto. – Se inclinó hacia él y le dijo al oído. – No pienso dejarte ni una. – Se separó despacio y le miró con una ceja alzada. – Y si te crees que voy a quedarme quieta y no voy a ir a por lo que es mío, es que no me conoces de nada... – Dijo saliendo corriendo hacia la cara del árbol que no miraba a los invitados, midiendo cuánto le iba a costar trepar hasta esa rama y hacerse con el maldito caldero.
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Lun Abr 12, 2021 12:01 am

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CON Alice EN Casa de los O'Donnell A LAS 12:30h, 3 de junio de 1997
Se había sentado a la mesa y estaba metido totalmente en el folleto, alucinando con su regalo. Aún no se podía creer que fueran a hacer la ruta de los Illuminati, ¡tenía que informarse un montón en ese mes y medio! Ya sabía muchas cosas, pero los Illuminati eran misteriosos, seguro que había muchas más que le quedaban por descubrir. En esas, notó a Alice sentarse a su lado y le sonrió. - ¡Sí! Quiero apuntarlas todas. - Vaya, ahora estaría bien estar en Hogwarts y tener un montón de horas para poder investigar eso con Alice, que ahora se iban a ver muy poco antes del viaje. - ¡Yo quiero ver el Castillo de Sant'Angelo! Dicen que la espada del ángel señala la entrada a un pasadizo secreto, y que no solo tiene uno, sino muchos. Hay un montón de leyendas en torno a eso. ¡Dicen que hay un laboratorio estatal de alquimia en las catacumbas! Como el que vimos en la Provenza el año pasado. ¿Recorrerán los alquimistas italianos esos pasadizos? - Entonces abrió mucho los ojos y miró a su abuelo. Se inclinó hacia Alice y susurró. - Mi abuelo ha trabajado en Italia, a lo mejor lo sabe. Luego le pregunto. - Como a su padre no le interesaba la alquimia a lo mejor ni había caído en preguntarle, y estaban desperdiciando una información valiosísima. Volvió a mirar a Alice y sonrió, asintiendo. - Cuando acabemos Hogwarts y seamos mayores de edad, te llevaré. Y si descubro lo del laboratorio, cuando sea alquimista, podrás venir a verme allí si algún día trabajo con ellos. - Era tan fácil soñar a lo grande, y tan bonito y divertido.

Mientras el Señor Gallia iba a esconder el caldero, se quedó vigilando que todos (sobre todo Alice) estuvieran lo suficientemente distraídos como para no pillarle, pero se quedó perdido en una imagen. Lex estaba ahora acurrucado junto a su madre, mirando los tickets del partido de quidditch aún en su mano, y con lo que parecía una sonrisa muy sutilmente esbozada en los labios. Eso le hizo sonreír. Tal y como imaginaba, solo necesitaba un poquito más de tiempo.

Tan pronto fue a picar a Alice, esta se dejó picar. Se sentía el dios de las travesuras solo por haberle pedido ayuda a William y tener a Alice descolocada, como si él no fuera un simple niño buenecito y protocolario y tuviera a una maestra en esas lindes enfrente. - Y espero que no lo seas nunca. - Contestó, fingiendo un escalofrío. Ya con su hermano legeremante tenía suficiente. Soltó una carcajada cuando le dijo que si le había pedido a su padre que le ayudara, disimulando... Pero le había pillado de lleno. Lo dicho, él no tenía el cerebro configurado para idear travesuras. - Yo no hago trampas, Gallia. ¡Venga! Creía que te gustaban los retos, ¿ya te estás rindiendo, sin ni siquiera empezar? - Chistó varias veces, negando con la cabeza con expresión de suficiencia. - No esperaba esto de ti, no te pega nada. - Fue a añadir algo más pero dio un fuerte sobresalto al sonido del grito. Era la madre de Hillary, y... Oh oh. Abrió los ojos como platos, apurado. ¿Por qué, de todas las personas que había, había tenido que ir a caerle la rana encima a la única muggle? No, peor, ¿por qué el Señor Gallia había destapado el caldero de las ranas? ¡¡Por algo se lo había dejado tapadito en la cocina, para que no se escapasen!!

Salió corriendo como buen caballero que quería ser (y porque la conciencia le estaba gritando YA TE VALE, MARCUS, ¡¡hacerle eso a una invitada!! ¡¡Vaya luces!!) y agarró la mano de la mujer. - Señorita Vaughan, lo siento, son mías, ha debido escaparse una de un salto. - ¿¿Pero son ranas vivas?? - ¿¿ESTÁN VIVAS?? - Chilló Dylan. No, por Dios. Eso iba de mal en peor. - ¡No! No son ranas de verdad, solo son chuches, de chocolate, es como el resto de la comida, está encantada. Pero... Al ser ranas, pues saltan. Y... Y... - Miró delatoramente hacia arriba. Al bajar la mirada, se encontró que su madre se había acercado, con el ceño fruncido. - ¿Cómo ha llegado el caldero ahí arriba? - Marcus tragó saliva. Fue a contestar, pero William se le adelantó. - ¡He sido yo! - Dijo, alzando risueño y sonriente la varita. - Quería darle un toque divertido a la fiesta. - ¿Es que estaba siendo aburrida? - Preguntó su madre en un tono suave pero helado, con una leve sonrisa que podría congelarte y una ceja arqueada. William rio, aunque ligeramente nervioso. - No, Emma, mujer, si todos sabemos que tú eres la bomba organizando fiestas. - Algo le decía que no lo estaba arreglando. Pero la madre de Hillary miraba a William como si estuviera a punto de preguntarle si estaba loco, aún con la respiración agitada, el susto en el cuerpo y sin soltarle la mano. - ¿Divertida? ¿Cayendo ranas del cielo? - Preguntó con voz temblorosa. Janet volvió a acercarse ella y le agarró la otra mano. - Mi marido es que tiene un concepto de la diversión un poquito peculiar, querida. - Dijo con ternura. Pero Marcus ya no aguantaba más. - He sido yo. Ha sido idea mía. Él solo lo ha levitado porque yo se lo he pedido, porque no puedo hacer magia. - Bajó la mirada. - Siento haberla asustado, Señorita Vaughan. - La mujer puso una expresión conmovida. - No te preocupes, Marcus. Mi hija tiene razón, estoy un poco asustadiza. -William apareció entonces por allí y le puso una mano en el hombro. - Primera lección: uno nunca se retracta de una travesura así como así, porque siempre se hace por un motivo. Y tu motivo está esperándote para pedirte explicaciones. - Dijo, señalando a Alice con el pulgar, que estaba tras él mirando el caldero en las alturas. - Anda, ve antes de que nos la encontremos trepando otra vez. - ¿Y las demás lecciones, querido? Has dicho primera lección, ¿cuáles son las demás? - Preguntó Janet, pero por la sonrisilla divertida con la que le miraba, debía intuir cual era la respuesta. El hombre se metió las manos en los bolsillos, mirando hacia arriba como si rememorara, y con el labio inferior ligeramente sacado se encogió de hombros. - Yo creo que con esa va bien. - Sonrió, un tanto más aliviado, y se fue con Alice.

Tan pronto estuvo de nuevo a su lado, la chica se hizo la ofendida otra vez, lo cual le hacía mucha gracia. La miró de reojo con una sonrisilla ladina mientras le susurraba en el oído. La miró tras esa amenaza y entrecerró los ojos, sin perder la sonrisita. - Eso ya lo veremos, chica traviesa. Son mías, ya veré si te doy. - Susurró de vuelta. Por supuesto que le iba a dar, pero ellos tenían que picarse, si no, no eran ellos. Vio con los ojos entrecerrados y mordiéndose el labio como la chica se separaba lentamente de él con lo que iba a ser el preludio de una de sus trastadas. Efectivamente, le había faltado tiempo para salir corriendo. Por supuesto, a Marcus le había faltado tiempo para ir corriendo tras ella, como siempre. Llegó a donde se había colocado, analizando cómo trepar, y dejó escapar una risilla. - Estás loca si crees que te voy a dejar trepar al árbol de mi casa. - Se acercó a ella en una carrerilla por la espalda y la agarró de la cintura. - ¡Ni lo sueñes! - Dijo entre risas, como si forcejeara fingidamente con ella para evitar que se le escapara trepando por el árbol. - ¿No has dicho que te gustaban los caballeros? Pues un caballero nunca dejaría que una dama le trepara por el árbol de su casa. - Añadió sin parar de reír, aprovechando su ventajosa posición para hacerle cosquillas, que sabía que Alice tenía un montón. - Y encima eres capaz de colarte a mi cuarto a revolvérmelo todo, ¡ni loco! - Continuó, riendo. Le dio la vuelta para mirarla de frente y puso expresión chulesca. - No quería que treparas. Solo quería demostrarte que no hace falta devanarse los sesos para esconder algo. Que muchas veces, si quieres ocultar mucho algo, solo tienes que ponerlo descaradamente a la vista. - Entrecerró los ojos y acercó el rostro a ella con expresión graciosa. - Es el primer sitio al que has ido a parar cuando has entrado en mi jardín, y el último que has mirado para buscar el caldero. - Un momento... ¿No estaban un poco cerca?

No sabía de dónde había salido ese pensamiento cruzado de repente, interrumpiendo su buen rollo y su risa, pero igualmente ni segundos tardó en verse interrumpido. El sonido metálico del caldero al moverse le hizo alzar la cabeza, y nada más verlo tambalearse, agarró fuerte a Alice y tiró de ella hacia sí, dando un par de pasos hacia atrás y apartándola del árbol. Pero no se iba a caer, solo salió levitando otra vez y se perdió por el otro lado, por donde estaban los invitados. Se quedó un poco desconcertado, hasta que un carraspeo le hizo soltar a Alice rápidamente y dar varios pasos hacia atrás para retirarse. - Perdón, pero entre interrumpir y que tu madre me mate, Marcus, he preferido interrumpir. - Dijo William, asomando la cabeza por el otro lado del árbol. El hombre mostró la varita, que emitía un leve destello, con una sonrisita triunfal. - Caldero puesto a buen recaudo y sin incidentes. O venís ya, o no os va a quedar ni una rana. -
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Lun Abr 12, 2021 1:30 pm

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CON Marcus EN Casa de los O'Donnell A LAS 12:30h, 3 de junio de 1997
Mira que se se estaba conteniendo el entusiasmo porque ella no iba a ir a Roma, pero es que Marcus le seguía demasiado el rollo. ¿En serio? ¿Pasadizos secretos? Se mordió el labio inferior y le miró con ojos luminosos, bajando la voz. – Ay no, no puede ser tan evidente. Eso de la espada del ángel ha de ser para despistar. Pero sería tan ENORMEMENTE guay que las catacumbas fueran laboratorios alquímicos. ¿Te imaginas que están todas las iglesia de la iluminación conectadas entre sí? – Paró para escuchar lo que lee dijo de cuando acabarán Hogwarts y la cara se le iluminó. Porque solo imaginarse esa circunstancia y que Marcus hiciera ese plan con tanta seguridad, la dejó extasiada.

Casi se le olvidaba la traición de Marcus, pero pensaba usar la confusión causada por la rana y el escándalo de Lindsay para treparse al árbol dijera lo que dijera y veríamos si se rendía, y si compartía las ranas con él, dijera lo que dijera, porque sabía que él no se atrevería a trepar al árbol. Pero la detectó antes de que pudiera hacer nada, y justo estaba por empezar a escalar y el muy traicionero fue y la agarró, a lo que ella pataleó en el aire. – ¡No! ¡Encima! ¡Déjame cogerlas! Tú las has subido, déjame cogerlas. – Y ya le empezó a dar la risa con lo del caballero, y se dio cuenta de que mucho no estaba forcejeando, porque, en el fondo, le gustaba que Marcus la agarrara así. Echó la cabeza para atrás y dijo con una sonrisa. – Es que yo no soy una dama. – Y justo iba a escapar, cuando empezó a hacerle cosquillas y eso le hizo doblar el cuerpo y revolverse en sus brazos, muerta de risa. – ¡No! ¡Marcus! ¡Para, Marcus! – Pero es que casi no podía ni respirar de las carcajadas. Cuando le dio la vuelta le miró, jadeando y aún con la respiración agitada. – No te revolvería nada... Pero lo cotillearía todo. – El dio un paso hacia ella, y ella, por no ser menos, dio uno hacia él, con la misma expresión. – ¿Hay algo que me quieras esconder, O'Donnell? – ¿Por qué no le volvía la respiración al ritmo normal? – No he mirado ahí porque confié en que lo esconderías tú y no harías trampas dejando que mi padre me lo escondiera por ti, y tú solo no hubieras podido hacerlo porque no puedes hacer magia fuera de la escuela. Eso me pasa por fiarme. – Dijo mordiéndose el labio inferior con una sonrisa. ¿Por qué estaban... Así?

Y de repente, sin saber por qué, Marcus tiro de sí hacia él y eso la hizo perder un poco el equilibrio, poniendo las manos en su pecho. Alzó la mirada un momento, desconcertada, pero demasiado atenta en lo pegados que estaban como para poder concentrarse en nada más. – ¿Qué... – ¿Qué pasa? ¿Qué haces? ¿Por qué me has abrazado sin más? ¿Y por qué no me quiero despegar? Pues todas esas preguntas se quedaron sin respuesta, porque su padre carraspeó y Marcus la soltó. Parecía que se había quedado igual de desconcertado que ella. – Ya me había interrumpido Marcus a mí en mi misión trepadora antes que tú. – Dijo con sorna. Pero sí que tenía la sensación de que la habían interrumpido en algo, no sabía en qué. Volvió a acercarse a él, aunque ni de lejos tanto como antes, con media sonrisa y mirada astuta. – Al final nos vamos a quedar sin ranas porque no has dejado que lo cogiera. – Y otra vez dio un paso hacia él, y ya estaban parecido de cerca a cuando habían empezado el rifirrafe. – Yo sí pensaba compartirlas contigo... De hecho ya sabes lo poquito que como, te hubieran quedado casi todas... Pero te han podido los instintos caballerescos. – Estaba bien así. Con la risita, con el jueguecito, con aquella cercanía, nueva pero interesante... Y de repente notó un cosquilleo fantasma en los hombros y en el pelo. – ¿Pero qué...? – Miró hacia arriba, y así, como si nada, empezó a caer lluvia como si llevara toda la tarde lloviendo. Inglaterra. Eso no hubiera pasado en La Provenza, allí las tormentas, cuando las había, se sentían en el aire horas antes, que se lo dijeran a ellos. Cerró los ojos y cogió la mano de Marcus, tirando de él hacia la mesa, esperando que alguien hiciera el hechizo paraguas.

Efectivamente, fue la abuela Ellie la que invocó un hechizo paraguas bastante grande, que salvó, con su capa invisible, toda la mesa. Lindsay no salía de su asombro, aunque esta vez no parecía espantada, si no sorprendida a bien. – Oye, qué útil.Pues claro, querida, si es que la magia es útil por definición. – Contestó Ellie, palmeándole la mano con una sonrisa. – Bueno, yo ahí discrepo, la magia puede ser creativa y divertida. – Su padre siempre teniendo que ponerle el punto William a la conversación. De repente notó la mirada de su tía y su sonrisilla sobre ella. – ¿Qué estabais haciendo vosotros? – Y vio como la mirada de su tía se posaba en sus manos. Aún le tenía agarrado y no se había dado ni cuenta. Se soltó con suavidad, como de casualidad, para que no pareciera tampoco que estaba haciendo nada malo. Porque no lo estaba haciendo. Además esta vez de verdad. Se cruzó de brazos y apoyó el peso en una pierna. – Buscar el caldero, pero papá lo había escondido con alevosía en la rama. Segunda norma: Así se salva una situación comprometida. Sin negarlo, sin mentir, solo dando la información necesaria. Si es que tiene el talento natural de su padre, no como el de al lado, que tiene el del suyo. – Oyó que le susurraba su padre a su madre, y esta les miraba y se reía. Iba a rebatirle, pero eso solo hubiera puesto el foco sobre ellos, y mejor dejarlo así. – ¿Entonces nos quedamos aquí? – Preguntó Lindsay, que seguía hipnotizada mirando el área que el hechizo protegía. – Emma miró a su madre disimuladamente, aunque Alice lo captó, y vio cómo carraspeaba y se giraba a Marcus. –Tú decides, cielo, es tu cumpleaños. Aunque a lo mejor a los abuelos y a Dylan no les sienta muy bien el agua. – Y Alice aún no se enteraría de todo, pero percibió la preocupación de Emma por su madre. Sí, bueno, mamá tenía lo de los pulmones, pero tampoco estaba taaaaan enferma, y seguro que no quería que se fueran dentro solo por ella. Pero, efectivamente, la decisión era del cumpleañero.
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Lun Abr 12, 2021 4:37 pm

Un toque de magia
CON Alice EN Casa de los O'Donnell A LAS 12:30h, 3 de junio de 1997
¿Pero qué? ¿Por qué se había puesto colorado? Sería por el forcejeo con Alice, hasta tenía la respiración un poco acelerada. Esperó con la cabeza respetuosamente agachada a que William se fuera, pero antes de echar a andar tras él, Alice volvió a ponérsele delante, y a él a aparecerle la sonrisilla que ella siempre le sacaba. Abrió mucho la boca y se puso la mano en el pecho con fingida ofensa. - ¿La culpa es mía? - Bueno, un poquito sí, por algo había sido suya la idea de poner el caldero en lo alto del árbol. ¡Pero idea basada en la idea previa de Alice de que le escondiera el caldero! Sí, siempre había un "tú más" que Alice le dejaba en bandeja para poder salir indemne. - Hay más chuches, así que si me quitas las ranas... Yo te quito todas las demás. - Dijo, volviendo a acercar una carilla burlona a la chica. Pero una gota de agua le cayó en la nariz y le hizo parpadear ligeramente impresionado. Al mirar hacia arriba tuvo que cerrar los ojos prácticamente en el acto. - Oh, jo. -Con el día tan bueno que hacía, tenía que ponerse a llover. Pero no importaba, estaba todo controlado, conocía el tiempo de Londres y contaban con ello. La casa estaba igual de bonita por dentro por si tenían que trasladar la fiesta al interior.

Cuando volvieron a la mesa vieron como la abuela de Sean había hecho un hechizo paraguas que más bien tenía el tamaño de un toldo y lo cubría todo. Sí, eso era otra solución, pero dejar a la pobre mujer pendiente del hechizo toda la tarde no le parecía de recibo. Miró a la cocina y chistó con leve fastidio. - Se han mojado las sonrisas. - Habían sobrado un par de sonrisas de las que estaban hechas con pan, y ahora la miga estaba mojada. Recondujo la mirada cuando escuchó a Violet dirigirse a ellos, pero ya contestó Alice por él. No pudo evitar una risilla por lo bajo y mirarla de nuevo. - De alevosía nada, me estaba haciendo un favor. - Hizo una caída de ojos. - Porque le caigo muy bien. - Violet soltó una risotada y se giró hacia su tía Erin para decirle algo. No atinó a escucharlo porque la mujer le había dado la espalda y hablaba en lo que parecía un susurro en tono de burla, pero su tía reaccionó dejando escapar una carcajada automática que se tapó con la mano con timidez, diciéndole. - ¡Vivi! - Y dándole un manotazo en el brazo, entre risas que emanaban culpabilidad. Eso tenía toda la pinta de que era un chiste de mal gusto de esos que Violet hacía y él no siempre pillaba, pero que a su madre no le gustaban. Lo que no sabía era qué podía tener que ver aquello con él.

Su divagación la rompió su madre preguntándole qué prefería hacer, si quedarse fuera o entrar en casa. Ladeó los labios en una muequecita pensativa, mirando a su alrededor. Lo cierto era que el hechizo de toldo estaba bastante conseguido, que la temperatura seguía siendo agradable y allí se estaba genial, todo era muy bonito, y ahora tendrían que desmontarlo todo y llevárselo dentro. Pero, por otro lado, su madre tenía razón. Quizás para un niño y para sus abuelos no era lo mejor estar fuera con lluvia, y además ahora tenían el espacio mucho más reducido para moverse porque el toldo mágico solo cubría poco más que donde estaban todos, alrededor de la mesa. Y el repiquetear de la lluvia contra el toldo hacía mucho ruido, iba a ser incómodo para hablar. Miró a su madre. - Podemos entrar si todos queréis, en el salón se está a gustito. Y la Señora Hastings dijo que quería hacer una poción con las prímulas, mamá. - ¡Uy! Gracias por recordármelo, tesoro, casi se me olvidaba. - Respondió la mujer. Marcus miró a sus amigos. - Nosotros podemos subirnos a mi cuarto con las chuches. Y así demuestro que no tengo nada que esconder allí. - Dijo mirando a Alice con los ojos entrecerrados y la nariz y la boca arrugadas en expresión de burlita. Su padre dio una palmada en el aire. - ¡Pues no se hable más! Trasladamos la fiesta dentro. - Y, con ayuda de todas las varitas de los que podían hacer magia, fueron recogiendo la comida y todo lo demás y reconduciéndolo al interior de la casa, bajo la mirada anonadada y esta vez bastante sorprendida en positivo de la Señorita Vaughan, la cual sí llevaba cosas en las manos.

Todos estaban ya dentro, aún recorriendo el recibidor y enviando las cosas a la comida, mientras sus padres indicaban las partes de la casa y donde podrían ir para estar más cómodos. De repente empezó a sonar una especie de... ¿Música? Era un sonido raro, como un ring. Todos se habían quedado congelados en sus respectivos sitios, todos excepto una persona. Por primera vez en todo el día, la única que no pareció asustarse ni espantarse fue la Señorita Vaughan, que con toda naturalidad (aunque un poco apurada) empezó a rebuscar en su bolso hasta que sacó el pequeño artefacto, claramente culpable del ruido, porque al salir de su escondite empezó a sonar más fuerte. - Disculpadme, es que no me dejan ni un segundo. - Dijo la mujer, mirando al cacharro, pero allí nadie hablaba. Todos estaban parados como estatuas y mirándola con los ojos como platos. Salvo Hillary, claro, que en su lugar había rodado los ojos con cansancio. Siendo un artefacto de su madre, ya lo habría visto otras veces. - ¿Sí? - Le preguntó al cacharro, tras llevárselo a la oreja. La mujer bufó. - Me he pedido el día libre... No, hoy no puedo hablar... A ver, Michael, estoy en el cumpleaños de un amigo de mi hija, por favor, no puedo hablar ahora... Vale, sí, a la noche reviso el e-mail... Hasta luego. - Y se quitó el aparato de la oreja, apretando un botón justo después. - Mejor lo pongo en silencio. - Pero todos seguían cuajados mirándola. Fue entonces cuando la mujer alzó la cabeza y abrió mucho los ojos, ligeramente turbada, al encontrarse los de todos los presentes mirándola. - ¿Qué? - ¿Qué acaba usted de hacer? - Fue William el primero en preguntar, tan desbordadamente entusiasmado que casi hizo a la mujer dar un paso hacia atrás. - Creo que es uno de esos artefactos que se usan para hablar con otras personas, ¿me equivoco? - Dijo su abuelo, que para no defraudar, sabía de todo. - Lo vi cuando fui a dar mi ponencia en la universidad muggle. - ¿Me está diciendo que estaba hablando con otra persona? - Preguntó la Señora Hastings, mirando totalmente incrédula a su abuelo y a Lindsay. - ¿Una persona que no está aquí? ¿Sin patronus ni espejo? ¿Y luego le parece raro aparecerse? - Es un teléfono, ¿verdad? - Preguntó Janet, acercándose a ella con un poco más de tacto que el que estaban mostrando todos los demás. - En Nueva York tenían por todas partes, hasta en mitad de la calle, pero todos iban por cable, estaban o en cabinas o en edificios. ¿Cómo puede llevar este en el bolso? - Esperad, esperad, esperad, un momento. - Saltó entonces su padre, haciendo gestos para parar aquel descarrilamiento con las manos. - ¿Me estáis diciendo que ese aparato te acaba de avisar de que hay una persona de que quiere hablarte? ¿Y has podido hablar con ella? ¿Así, sin más? - ¿Es que nos lleva escuchando todo el día? - Preguntó entonces su madre, poniendo la nota de sospecha en todo aquel debate. William soltó una estruendosa carcajada, echando el tronco hacia atrás, haciendo que todos los presentes le miraran (en el caso de su madre, con mala cara). - Y luego me dice la gente que si hablo solo y hago cosas raras. Llego a querer inventar una cosa así, y ya oiría más de una voz diciendo "oh William, qué disparate, eso es imposible". -A ver, ¿nos podemos relajar y dejar de comportarnos delante de esta pobre mujer como si fuéramos unos palurdos? - Cortó Violet. - Efectivamente, como dice Janet, es un teléfono, pero es un teléfono móvil. Los muggles lo usan para comunicarse entre sí, he visto muchos en mis viajes. De hecho, son bastante útiles. ¿Correcto? - Preguntó, mirando a Lindsay. Esta asintió lentamente y Violet, con una sonrisa satisfecha, alzó las manos. - ¡Ea! ¡Pues se acabó el misterio! - De eso nada, jovencita. - Dijo su abuelo, acercándose con pasos calmados hacia Lindsay. - Tú serás muy moderna pero este viejo aún tiene ganas de aprender, y me quedé con ganas de que me enseñaran cómo funcionaban esos trastos cuando fui a la universidad. - Se puso junto a la mujer y le tendió la mano. - Si no le resulta a usted incómodo, ¿nos sentamos aquí y me explica como funciona? - Lindsay se ruborizó un poco, con una leve sonrisa apurada, y se escondió un mechón de pelo tras la oreja. - Bueno... Claro, sí, por qué no. - Y ambos se sentaron en el sofá.

- ¡Pues yo me uno a la clase! Que para algo nació uno Ravenclaw. - ¡Eh! Que yo también soy Ravenclaw. - Dijeron William y Arnold respectivamente, el segundo con un toque ofendido, y se pusieron tras el sofá, casi peleando por ver quien asomaba más la cabeza por allí. Molly soltó una carcajada. - Mira mis niños, si es que no han crecido nada. - Comentó, mirando a William y a su padre como si fueran dos niños de verdad, los dos tras la espalda de Lawrence, mirando. Emma, cruzada suavemente de brazos, se acercó lenta y elegantemente con su sonido habitual de tacones y se puso al otro lado del sofá, detrás de Lindsay, también de pie, a mirar por encima de ella. No parecía terminar de fiarse de aquello. Marcus miró a sus amigos con los ojos brillantes de curiosidad. - ¡Pues yo también quiero ver esa clase! ¿Vamos? - Dijo, dispuesto a tirar de ellos si hacía falta. Pero Hillary resopló y rodó los ojos otra vez. - ¿En serio? ¡Yo ya estoy harta de verlo! Mi madre se pasa el día colgada de él, no tiene ninguna gracia. ¿No íbamos a comer chuches? - Parece que Violet también los conoce, ¿no? Podemos preguntarle a ella. - Dijo Sean. Todos le miraron y el otro se encogió de hombros, casi asustado. - ¡A ver! Es que ya hay mucha gente ahí, la pobre Señorita Vaughan se va a agobiar. - Bueno, yo me voy con nuestros padres y mi abuelo. - Concluyó Marcus. Miró a Alice con una sonrisilla y le dijo. - ¿Vienes? -
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Lun Abr 12, 2021 7:08 pm

Un toque de magia
CON Marcus EN Casa de los O'Donnell A LAS 12:30h, 3 de junio de 1997
Otra cosa no, pero de magos capaces estaba llena esa mesa, y en un momento lo tuvieron todo recogido. Estaba echando una mano a las abuelas ya dentro de la casa, que menos mal que era la de los O'Donnell y cabían allí holgadamente, cuando oyó un ruido que no haba oído en la vida. Se giró a Molly con el ceño fruncido y preguntó. – ¿Y ese sonido? ¿Es un pajarito? – Preguntó mirando a todos lados. Pero parecía artificial, como una campanilla. Se quedó, como todos, anonadada mirando a la señorita Vaughan, que empezó a hablar sola. Bueno, sola no, como con alguien que estaba dentro de eso que había sacado pero... ¿Cómo podían hacer eso los muggles? Pero su madre sí parecía saber lo que era y recordó que le había hablado de ello. Pero este tipo de teléfono parecía distinto. Tuvo que reírse con lo que decía su padre. – Papi, tu sugerirías que tuviera patas y manos y que en vez de hacer el ruido ese te diera los buenos días con acento británico. – Su tata explicó algo, pero Alice seguía alucinando, y le congratulaba que esta vez no fuera ella la que hiciera mil preguntas, si no que tuviera a toda la familia ahí interesada.

Cuando Lawrence propuso que les explicara lo del teléfono, se propuso mentalmente aprenderse esa fórmula, porque no oyó a nadie decirle al abuelo "hay que ver si haces preguntas" "hay que ver que curioso eres" "la curiosidad mató al gato" y esas cosas que llevaba oyendo desde que tenía memoria. Por supuesto, sus padres y Arnold se subieron al carro, y hasta Emma se acercó lentamente, porque se había quedado rallada con lo de si podían escucharles. La verdad es que a ella también le inquietaba un poco eso. En cuanto Marcus sugirió ir a escuchar aquello ella dijo. – ¡Voy! – Hillary y Sean le daban igual, ya veía dónde tenían la cabeza cada uno de ellos, pero se giró a Ellie. – ¿Le importa esperar un pelín para hacer la poción? – La abuela sacudió la mano y abrió mucho los ojos. – ¿Estás de broma? Me muero por que me expliquen qué es eso de la persona en otro lado hablando. – Eso la hizo reír, y antes de salir hacia el salón, se inclinó hacia Sean y le susurró. – La estás cabreando. Aprovecha y arréglalo. – Dijo entornando los ojos disimuladamente hacia Hillary, antes de seguir a Marcus al salón. Ella se puso de rodillas, al otro lado de la mesita de café, posada sobre ella con un brazo y la barbilla reposando en este, muy concentrada.

Lindsay lo puso en la mesa. – Como ha dicho Janet, funciona como un teléfono normal, es decir, solo puedes hablar con alguien que tenga otro. Pero hay mucha gente que los tiene ¿no? ¿Cómo puedes hablar con uno en concreto? – Preguntó Lawrence, con tono de estar en una conferencia. La mujer señaló los números en el tronco del aparato. – Pues cada móvil tiene un número.Como un código. – Intervino Arnold. Sí, cuando había números de por medio, a Arnold ya le habías ganado. – Exacto, y cada teléfono tiene el suyo. Tantos los fijos como los móviles. Lo marcas, y suena el de la persona a quien le hayas marcado, como el mío hace un momento. Y para que la persona que llama te pueda empezar a oír – dijo mirando significativamente a Emma –, tienes que darle a este botón. Y cuando terminas le das a este, y ya no te pueden oír más. – Y su padre la miró, con la mano apoyada en la barbilla. – ¿Y es unidireccional? ¿O sea tú puedes cerrar sin que el otro tenga que dar permiso.Así es.Oye, pero qué útil para cuando te están poniendo al cabeza como un bombo. Le das al botón y ya está. – Eso le hizo reír a Lindsay. – Sí, pero se considera de mala educación. Obviamente. – Convino Lawrence asintiendo gravemente. – Señorita Vaughan, llame a alguien, por favor. Para que podamos verlo funcionar. – Ella miró al rededor, observando las caras de aquellos magos que las miraban como lechuzas hambrientas. Aunque, ¿dónde se habían metido la tata y Erin? Ah, bueno, que ellas ya sabían lo que era. – Bueno... Puedo poner el manos libres. – Se hizo un silencio de no comprensión. – Es decir, que llamo y en vez de oírse por aquí, se oye – hizo un gesto con las manos al rededor del teléfono –, por todo esto. – Ninguno parecía muy enterado. – Se lo demuestro. – Y marcó unos números a gran velocidad. Debía ser un código que ya se sabía, y pulsó el botón verde y luego otro. Un pitido muy largo se oyó, e inmediatamente todos se echaron para atrás de la mesa como si quemara. Se oyó pitido y medio antes de oír una voz de mujer decir. – ¿Sí?Hola, mamá.¡Ay, Linney! ¿Ya venís para acá, hija?No, estamos aún en el cumpleaños, iremos en unas horas.Pues se te va a hacer de noche. Y bendita la gracia que me hace que cojas la carretera de noche. Bueno tú no te preocupes, yo te aviso cuando salgamos de Londres. ¿Os hago cena? ¿Qué comidas raras hacen los magos esos? No me fío ni un pelo, Linney. – La señorita Vaughan se puso muy colorada y cogió el teléfono de la mesa. – Te dejo, mamá, que tengo que colgar, venga, adiós. – Contestó apresuradamente. Miró un poco con cara de circunstancias a los demás. – Su madre no sabía que la estábamos oyendo, ¿no? – La mujer se rascó la frente con una sonrisa incómoda. – No, la verdad es que no.¿Y no hay un mecanismo que informe de que está en proceso de manos libres? – Preguntó Emma muy seria. – Yo no me sentiría nada segura hablando sin tener esa confirmación. – Lindsay se frotó los ojos y rio un poco. – No, desde luego. Nunca lo había visto así pero... Tiene razón. – Su padre se sentó al otro lado y dijo. – No, pero yo quiero sabe cómo funciona exactamente esto, y que es eso de ponerlo en silencio... – Bueno, su padre entrando en sus detalles técnicos. Miró a la abuela Ellie y la mujer le asintió con la cabeza, a lo que Alice se levantó y le susurró a Marcus. – Ahora subo a tu cuarto, cuando hagamos la poción. – Y se fue detrás de la abuela Ellie y la abuela Molly que también fue con ella.

Alice arrimó una silla a la encimera y se puso de rodillas en ella, apoyando un codo sobre la misma y la barbilla sobre la mano. – ¿Se queda con los pétalos o solo con el tallo y el estambre? – Preguntó a la abuela mientras la veía cortar los tallos. – Realmente los pétalos no tienen utilidad, pero le dan tinte a la poción y es más bonita. – Ellie la miró. – Y parecerá que no, pero hace mucho en una poción que sea atractiva a la vista. – Alice asintió, muy atenta. – ¿Quieres esa leyenda, Alice?Sí, sí, sí, cuénteme, señora Hastings. ¿Has oído hablar de la poción de Scarborough Fair? – Ella sonrió orgullosa. – ¿El primer filtro de amor? – La señora asintió. – Sí, señora. Pero el romance de Scarborough Fair, aunque detalla los ingredientes del filtro de amor, también detalla por qué el amor imposible, por mucho filtro de amor que le eches, sigue siendo imposible. – Plantas, pociones, historias antiguas y amor imposible, Alice ya estaba dentro totalmente, mirándola como si le fuera la vida en ello. – En el romance, con cada ingrediente trae una petición imposible... ¿Y cuales son los ingredientes del filtro de Scarborough? Perejil, salvia, romero y tomillo. – Dijo Alice del tirón, lo cual hizo reír a Molly, detrás. – Pues en el romance, cuando la chica pide al chico perejil le dice "Hazme una camisa de batista / Sin ninguna costura ni trabajo de la aguja/ Y volverás a ser mi amor" – Alice arrugó el gesto. – Eso no se puede hacer.Claro, porque es un amor imposible, y para recuperarlo hay que conseguir cosas imposibles. – Alice abrió mucho los ojos y la boca. Claro, ahora todo cobraba sentido. – ¿Y qué más?A ver, yo te digo el verso y tú me dices a qué ingrediente crees que corresponde. – Dijo Ellie con una sonrisilla mientras empezaba a remover la poción, y Alice estaba sobreexcitada entre ver preparar una poción tan magistralmente, jugara. adivinanzas y aprenderse una leyenda. – ¡Hecho! "Dile que me encuentre un acre de tierra / Entre el agua salada y las hebras de mar" – Ella entrecerró los ojos y apretó los labios. – La salvia. Porque antes se creía que las salvias eran algas que habían aprendido a vivir fuera del mal, pero es imposible porque ninguna planta no acuática puede crecer en tierra salada. – Ellie amplió la sonrisa. – Impecable, señorita Gallia. A ver el siguiente. "Dile que lo siegue con una hoz de cuero / Y reunir todo en un montón de brezo" Eso tiene que ser el tomillo. Primero porque es una herbácea arbustiva, como el brezo. Y segundo, porque el brezo es de Escocia, y el romero no crece en Escocia. ¡Muy bien! Obviamente el último es el romero, pero a ver si adivinas por qué. "Pídele que lo are con un cuerno de cordero. / Y que lo siembre todo de una sola semilla. – Alice alzó las manos sonriendo. – Es súper evidente. Porque, por la forma de las ramas, al romero se le llama la hierba carnero, y lo de la semilla es porque es una de las plantas que más se expanden solas, sin tener que sembrar. Aunque sería imposible ararlo con un cuerno de cordero. Parece que ha quedado claro lo del amor imposible. – Dijo Molly, con su habitación igual risa, llegando por detrás y dándole un beso en la mejilla. Ella rio un poquito. – Bueno, bueno... Son metáforas. Igual no es tan imposible, ¿no? Si ya se querían... Se pueden volver a querer. Pero sin usar filtros ni nada, eso es jugar sucio.Qué bien que lo tengas tan claro. – Oyó una voz desde la puerta, y se envaró automáticamente. Se giró hacia Emma con una leve sonrisa. – He leído muchos cuentos...Y tienes muy buena memoria. – ¡Además de verdad! – Añadió Ellie con una risa. Pero Alice se había quedado pensativa, porque todo lo que le decía Emma siempre le sonaba a crítica velada. – ¿Has aprendido a hacer la poción? – Ella asintió con la cabeza, y vio la expresión de Emma relajarse un poco, llegando a acercarse y acariciarle el pelo. – Muy bien, tu madre te lo va a agradecer, ya verás. – Ella sonrió un poco más. – A mi madre ya la está tratando su hermano, que es el mejor médico de San Mungo, todo el mundo lo dice. Y le va a hacer los pulmones más grandes. – Ambas abuelas la miraron extrañadas. – Sí, es que los de mamá son como los míos. Pequeñitos. Y mamá es más grande. Así que hay que hacérselos crecer para que deje de toser. – Explicó, acordándose de lo que le había contado la enfermera Durrell. La sonrisa de Emma se amplió, aunque vio cierto brillo en sus ojos que no correspondía a una sonrisa. – Vas a ser muy buena sanadora, Alice.

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Lun Abr 12, 2021 11:59 pm

Un toque de magia
CON Alice EN Casa de los O'Donnell A LAS 12:30h, 3 de junio de 1997
- Pienso comerme todas tus chucherías. - Amenazó Hillary, pero fue para nada. Marcus había sonreído de oreja a oreja en cuanto Alice se sumó al aprendizaje sobre ese tal "teléfono móvil", así que ya iban de camino, junto con la abuela de Sean, que había resultado ser más curiosa que su nieto. Apoyó una rodilla en el brazo del sofá, detrás de Lindsay y junto a su madre, para poder mirar por encima del hombro de la mujer el artefacto que aún tenía en las manos, aunque no tardó en ponerlo sobre la mesa y empezar a explicar. Marcus se sentó como si realmente estuviera en una clase, aunque sobre el brazo del sofá, escuhando y mirando con atención.

Tenía los ojos muy abiertos, como cuando el profesor hablaba en clase, solo que aquí no levantaba la mano y apostillaba cosas, porque todo era radicalmente nuevo para él. Tampoco preguntaba mucho, porque ya estaban los mayores allí para hacerlo. Nunca se había visto en una situación así, de estar él aprendiendo al mismo tiempo que su madre, que su padre, ¡¡que su abuelo!! ¡Qué locura! Y que su amiga Alice. Era como si estuviera soñando, como si de repente todos fueran alumnos de Hogwarts y la profe fuera una mujer muggle. ¡Rarísimo! Si lo hubiera soñado, no le habría salido tan raro. Asintió vehementemente cuando su abuelo dijo que "obviamente" cortar una conversación tan bruscamente era de mala educación. Entonces Alice pidió que llamara a alguien y Marcus miró con ilusión a la mujer, esperando respuesta... ¡Y dijo que sí! ¡Iban a ver ese aparato funcionar en directo! ¡Qué emocionante!

Además, iban a poder oírlo todos, no entendía muy bien cómo, pero no era la primera vez que veía algo manifestarse y luego le explicaban el por qué, así que se inclinó hacia delante, expectante. Pero nada más escuchar ese ruido hueco y extraño se echó hacia atrás, como todos. No fue tan sorprendente, sin embargo, como escuchar una voz salir del otro lado. Abrió mucho la boca y los ojos. ¿De verdad era la madre de la Señorita Vaughan? Automáticamente miró a la suya, brillando de emoción y sorpresa. Esta aún tenía la desconfianza en el rostro, pero le devolvió una leve sonrisa para demostrarle que le había visto. Estaba aún en shock, sin cerrar la mandíbula, cuando la mujer cortó la conversación. ¿Pues no acababan de acordar que era de mala educación finalizar sin el permiso del otro? Bueno, minucias, era todo demasiado emocionante como para fijarse en eso. Tenía mil preguntas agolpándose en su cabeza, pero su abuelo, de nuevo sacando a relucir el tema de la educación, preguntó si la mujer al otro lado del teléfono sabía que le oían. Buen punto. Se generó un pequeño debate en torno a ello, en el que Marcus simplemente miraba a uno y a otro mientras hablaban, con los ojos muy abiertos. Hasta que Alice se acercó a él y le susurró. La miró con una sonrisa y, asintiendo, dijo. - Luego te cuento lo que hemos visto. - Lo dicho, como si estuviera en clase.

- Ponerlo en silencio es quitarle todo el sonido, para que no te moleste. Se quita así. - La mujer dejó durante unos segundos el dedo pulsado en un botón del lateral, y Marcus vio por encima de su hombro como aparecía una especie de barrita que iba bajando en el cuadrado de arriba que se iluminaba y cambiaba. - Y si lo quiero volver a poner en sonido, así. - Hizo lo mismo con el botón de arriba y la barra volvió a subir. - Pero mejor se lo quito. - Y, una vez más, lo volvió a bajar. - ¿Y cómo es eso de que podamos escuchar el sonido todos? ¿Es que tiene algún tipo de amplificador? - Preguntó William. La mujer infló los mofletes durante un par de segundos y se encogió de hombros. - Me temo que tanto no sé. Yo trabajo en una empresa de compra-venta de inmuebles, solo lo tengo porque es útil. - Mala cosa había dicho, porque en esa casa, con tanta mente curiosa, un misterio así no se podía quedar sin resolver. - A ver, cumpleañero, déjale sitio al que te ha hecho antes un favor. - Dijo William, azuzándole para que se levantara. Marcus se quitó y el hombre ocupó su sitio en el sofá, trasladándose Marcus a donde minutos antes estuviera Alice, arrodillado frente a la mesa. - ¿Me lo presta un momentito? Prometo que se lo devuelvo intacto, pero es que no voy a poder dormir esta noche como no descubra esto. - Y, casi antes de que la mujer hubiera podido contestar, William había sacado la varita y colocado el móvil en la mesa. Empezó a dibujar algunas formas en el aire, con mucha delicadeza, y segundos después, el aparato se separó como un acordeón en todas las piezas que lo componían, las cuales ocuparon toda la superficie que Marcus tenía ante sí. - ¡Wala! ¡Cuántas cosas! - Se impactó él, pero Lindsay había aspirado un grito y se había llevado ambas manos a la boca. - ¡Dios mío! - No te preocupes, querida. Mi marido hace estas cosas todos los días, después te lo pone en su sitio. - Dijo Janet con mucha seguridad, dejando la mano en el hombro de la mujer. Pero esta seguía mirando su descompuesto móvil con espanto. Su abuelo, a pesar de la mirada de interés, echó un poco de aire por la nariz. - Espero que así sea, William. No traicionemos la confianza de la Señorita Vaughan, que acaba de decirnos que es una herramienta de trabajo. - Advirtió. A Marcus le pareció gracioso escuchar a su abuelo reprender al Señor Gallia como si fuera un niño, aunque claro, cuando le conoció era más pequeño de lo que él era ahora. Y no se quería imaginar como sería ese hombre con once años, si con la edad de su padre era así.

Las abuelas se habían ido, Sean y Hillary no estaban por allí, ni su tía Erin y Violet, y Dylan y Lex tampoco. Su madre echó otro vistazo suspicaz, pero no se aproximó demasiado, y Janet estaba con la mano en el hombro de Lindsay, como si la quisiera tranquilizar ante el despiece de su teléfono móvil. El resto de presentes, estaban con los ojos como platos mirando lo que William, que había sacado sus gafas y escudriñaba cada componente, estaba haciendo. - Con su permiso. - Dijo su padre, que a pesar de que el aparato estaba ya totalmente descuajeringado se sentía en la necesidad de pedirle permiso a la mujer para tocarlo. Cogió lo que parecía una pieza rectangular de goma con unas protuberancias, en cada una de las cuales había un número. Debía ser lo que había bajo el tronco, que mostraba los botoncitos con los números, porque había por allí otra pieza con unos agujeros que coincidían con los botones. - Entonces al pulsar esto, se marca el código... Pero debe estar unido a otra cosa, ¿no? - Preguntó su padre, toqueteando el flácido rectángulo de goma y dándole vueltas. Ciertamente, así por sí solo no parecía hacer nada. - ¿Y dices que cada persona tiene su propio código? - Preguntó el hombre. La mujer ladeó varias veces la cabeza. - Bueno, no todo el mundo tiene. Yo soy una afortunada, tengo uno porque trabajo en una empresa que tiene muchos clientes y necesitamos contactar los unos con los otros con mucha frecuencia. Pero son muy modernos y, por tanto, caros, no todo el mundo se los puede permitir. - William soltó la pieza que tenía en las manos con cierta culpabilidad. - Oh. ¿Me está diciendo que acabo de destrozar un artículo de lujo? - ¿Cómo que destrozar? - Preguntó temerosa la mujer, a la cual acababan de asegurarle que podrían devolverle su aparato al estado normal. Marcus podía ver ese espíritu Gallia de no pensar las consecuencias de las cosas antes de hacerlas... Aunque eso sí, estaba aprendiendo un montón y viviendo una experiencia súper chula con ello. Vaya, sonaba tan a Alice todo eso.

- ¿Dice usted que no todo el mundo dispone de uno, entonces? - Preguntó su abuelo, retomando el tema de conversación anterior. La mujer aún miraba a William de reojo, pero se giró a Lawrence y negó con la cabeza. - No, aún no, pero creo que llegará el momento. La tecnología móvil está avanzando tanto, que no me extrañaría que en unos años todo el mundo tuviera uno, o incluso dos, uno para el trabajo y otro para sus asuntos personales. - Rio un poco y dijo. - Una amiga me dijo una vez, "¿te imaginas que un día estemos en la playa y veamos a alguien hablar con un móvil con el que tiene al lado?" - Lindsay rio, pero fue la única. Todos la estaban mirando como si esperaran que explicara la broma. A la pobre mujer se le cortó la risa y se aclaró un poco la garganta. - En fin, es... Es un suponer. - Dijo algo avergonzada, llevándose un mechón de pelo tras la oreja. - ¿Y cómo sabe usted si la persona con la que quiere hablar tiene móvil? Y en caso de tenerlo, ¿cómo se sabe su código? - Su padre ya se estaba enredando en hablar de los números, pero Marcus, que ya había ojeado lo suficiente todas las piezas y estaba viendo el apuro del Señor Gallia, ya casi más centrado en ver cómo se recomponía que en analizarlas, buscó con la mirada a su madre para comentarle una cosa que acababa de recordar y le había hecho mucha gracia... Pero no estaba. La vio de camino a la cocina, donde estaba Alice con las abuelas. Eso le recordó otra cosa.

Se levantó y, con una sonrisa agradecida, le dijo a la mujer. - Gracias por explicarnos como funciona su teléfono móvil, Señorita Vaughan. - Esta le devolvió la mirada con una sonrisa. - De nada... Espero no arrepentirme. - Añadió en tono bajo, mirando a William de reojo, quien estaba escudriñando una pieza diminuta con los ojos entrecerrados, sosteniéndola muy cerca de su nariz. Marcus prosiguió con lo que quería decir. - Ha sobrado comida, por si quiere llevarle a su madre para que la pruebe. La he notado preocupada, le va a gustar mucho. - Linday soltó una risita adorable y asintió. - Gracias, Marcus, lo tendré en cuenta. - Le guardaré una rana de las que no se mueven. - Sí, mejor será. - Corroboró con una risa la mujer. Marcus, sonriente, se dirigió a la cocina, dejando atrás el debate de los presentes sobre el malogrado móvil de la Señorita Vaughan.

Llegó a la puerta de la cocina justo al tiempo de escuchar a su madre decirle a Alice que iba a ser muy buena sanadora. Esbozó una sonrisa radiante y afirmó. - Por supuesto que sí. - Al hacerlo, las presentes se giraron hacia él. Marcus se acercó a la encimera y apoyó los antebrazos en ella. - ¿Cómo va la poción? - Viento en popa, muchacho. - Dijo alegremente la abuela de Sean. - Ay, dime que no están todavía molestando a esa pobre mujer con lo del móvil. - Suspiró su abuela. Marcus comentó con normalidad, con los ojos clavados en la poción de la Señora Hastings y la barbilla en sus antebrazos. - El Señor Gallia lo ha dividido en piececitas pequeñas. - ¡Oish, por Dios! Desde luego que tu padre parece que sigue teniendo vuestra edad, hija mía. - Le dijo Molly a Alice. Pero Marcus acababa de recordar por qué andaba buscando a su madre. Alzó la cabeza y la miró con una sonrisa. - ¡Ey, mamá! Dice la Señorita Vaughan que algún día todo el mundo llevará uno en el bolsillo. ¿Te imaginas estar en Hogwarts y poder llamarte como ha llamado ella a su madre? - Las tres mujeres rieron, aunque su madre en un tono mucho más discreto que las dos abuelas. - Lo que me faltaba, que oyera nuestras conversaciones toda tu sala común. - Contestó ella. Marcus se encogió de hombros. - Fardaría de madre prefecta. - Como que no lo hacía ya sin necesidad de teléfono. - Y así podríamos escucharnos, no solo leernos. - Su madre sonrió ampliamente, se fue hacia él y, agarrándole con cariño la cara, le dio un beso en la mejilla. - ¿No querías comerte las chuches con tus amigos? - ¡Es verdad! - Dijo dando un saltito del taburete en el que se había sentado. Se dirigió a la otra esquina de la cocina y se colgó la cesta de chucherías del brazo. Luego miró a Alice con una sonrisilla ladina. - Agárrate al otro. - Esperó a que la chica lo hiciera y, orgulloso, puso mirada altiva. - Para que nuestros amigos se mueran de envidia. - Miró a las tres mujeres. - ¿A que sí? ¿A que voy bien acompañado? - Las dos mayores dejaron escapar risitas adorables. Su madre, por su parte, suspiró sonriendo levemente. - Anda, ve. Que ya has oído a la Señorita Vaughan, ya mismo se tendrán que ir o llegarán muy tarde a su casa. - A mí no me importa aparecerlas. Me vendrá bien el aire de Gales, me recuerda un poco a mi Irlanda. - Dijo Molly adorablemente, mirando a la abuela de Sean con una mano en el pecho. Pero su madre volvió a suspirar. - Mejor que vayan por sus medios. No queremos más desmayos innecesarios. -
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Mar Abr 13, 2021 1:39 am

Un toque de magia
CON Marcus EN Casa de los O'Donnell A LAS 12:30h, 3 de junio de 1997
Se sobresaltó al oír la voz dee Marcus y notó cómo se le sonrojaban las mejillas. Que alguien tan listo y buen alumno como Marcus no guardara ninguna duda de que iba a ser una buena sanadora era casi hasta una presión añadida. Agachó la cabeza, pero las abuelas ya estaban ahí al quite. – ¡Uy! ¡Pero si Alice Gallia puede ponerse colorada! – Dijo Molly cogiéndole de las mejillas. – Eso deben ser los genes de Janet, porque no he visto a Vivi colorada en la vida.No, desde luego que no. – Dijo Emma cruzándose de brazos y recuperando su tono de hielo.

Al menos hasta que Marcus le fue a contar algo de lo de Lindsay y el teléfono móvil, y contó que su padre lo había desmontado. Ella, que había aprovechado para bajarse de la silla y colocarla en su sitio, se encogió de hombros cuando Molly le dijo aquello. – Sí, mamá se lo dice mucho. – Se puso a exagerar el acento americano dee su madre. – "William eres peor que los niños" "William deja de levitar a Dylan y bájalo de la viga" "William devuélvele a Alice su color original" "Cásate con un tío mayor para esto". – Eso último les hizo mucha gracia porque la abuelas estaban muertas de risa, aunque Emma parecía más seria aún si cabía, y ella se vio en la obligación de concretar. – Es que una vez me echó un hechizo que estaba probando y me quedé entera en color sepia, como las fotos antiguas. – Se echó a reír ella también. Si es que en verdad su padre tenía mucha gracia, las cosas como son, y siempre se descubrían cosas nuevas con él.

Marcus había pasado ya del móvil a las chuches, y todo contento, se había cogido una cesta y le estaba ofreciendo el brazo. – ¡No faltaba más! Yo siempre dispuesta a hacer rabiar. – Dijo enganchándose a él e irguiendo la espalda, porque Marcus era bastante más alto que ella, y no quería parecer tan retaco. – Mira qué bonitos son mis niños.Bueno tuyo tuyo es el alto. – Dijo Ellie, sirviendo ya la poción para su madre. Molly rio. – Ay y la otra casi que también. La he visto...Molly, ¿le ponemos un poquito de miel a la infusión? ¿Crees que le irá bien? – Interrumpió Emma abruptamente. Alice se extrañó, pero se dedicó a seguirle el rollo al cumpleañero, llegando a donde estaban Hillary y Sean sentados en la escalera. – Por fin os dignáis a venir. Ay, qué rabiosa eres, chica, que no hay para tanto. ¿Eso son chuches? – Dijo Sean alargando el cuello. – ¿Ves? Esa reacción esperamos. – Y entonces vio algo por la vista periférica. Reconoció el pelo de Lex cuando se estaba escondiendo detrás de la puerta del pasillo del piso inferior. Soltó aire y se separó de Marcus. – Ahora mismo subo, dejadme alguna chuche. – Y bajó los dos escalones, acercándose a la puerta.

Era raro ponerse delante de Lex, porque era un pelín más alto que ella, pero se le notaba en la mirada que era más chico y más tímido. – ¿Quieres venir con nosotros?No. – Respondió automáticamente. – ¿Y por qué nos estás mirando? – Se encogió de hombros. Alice suspiró y se dio la vuelta para marcharse. – Bueno, pues que sepas que Marcus estaría encantado de que vinieras, pero haz lo que te de la gana. Te ha abrazado porque tenía miedo. – Alice se quedó congelada en el sitio. – ¿Cómo dices? Lo has pensado antes cuando estabas con Marcus "¿Por qué me abrazas así?". Pues es porque tenía miedo de que te cayera el caldero encima. – Se dio la vuelta y echó el aire antes de tragar saliva, para que no pareciera que le estaba dando mucha importancia. – ¿Por qué haces eso? ¿No ves que son cosas que no queremos que sepas?¡Ni yo las quiero saber! Me dais igual. Es que pensáis a gritos. Y yo soy legeremante pero se da cuenta todo el mundo. – Ella se puso las manos en las caderas, ofendida. – Bueno, pero una cosa es especular y otra hurgar en nuestras cabezas. – Lex estaba mirando al suelo. – ¿Ves como te caigo mal? – Soltó un suspiro exasperado. – ¿Es que quieres caerme mal o algo? – Otra vez se encontrado con la mirada absolutamente desconcertada del niño. – Mira, ven, anda. Las chuches están buenas, y seguro que algún juego guay se me ocurre. – Lex pareció pensárselo pero la siguió en dirección a las escaleras. – Eso sí, ni una palabra de que le has leído la mente antes, que le vas a arruinar el cumpleaños. ¿Siempre lo sobre proteges tanto? ¡Hermana! ¿Puedo subir con vosotros? Quiero ver la habitación de mi colega. – Preguntó Dylan con las manitas tras la espalda y cara de ángel al pie de las escaleras. – Venga sube. – Miró a Lex. – Y tú, sé un poquito más amable. Un poquito aunque sea.

Llegaron a la habitación y ella entró como si fuera suya, tratando de aparentar normalidad y señaló a los chicos. – Me he traído a los hermanos también. – Se fue derechita a la ventana con una sonrisa y se apoyó en el borde. – ¡Eh! Ese árbol está más cerca todavía de lo que parece desde el suelo. – Se asomó un poco más por el cristal lleno de gotas de lluvia, midiendo la distancia. – Si te quieres escapar algún día, lo tienes tirado, O'Donnell. – Dijo con un guiño de ojo. Marcus se puso a su altura con cara de preocupación y pensó un segundo en lo que Lex acababa de contarle. Que había tenido miedo de que le pasara algo. A ver si era ella la que amargaba a Marcus al final. – Venga que es broma, no te preocupes. – Le dijo con una sonrisa divertida, acariciando su mejilla brevemente con el dorso de la mano. Se giró a los demás y a la cesta. – A ver, a ver, propuesta. Vamos a jugar a algo, para hacerlo más diver. Por turnos, cada uno cierra los ojos y le damos una chuche, si la acierta, puede elegir la que quiera de la cesta.Eh, eh, eh, términos y condiciones. – Dijo Hillary levantando la mano. – No se valen cosas picantes o ácidas. – Alice levantó el índice. – Contrapropuesta: picantes no, que además están los pequeños.Soy más grande que tú. – Aportó Lex. – Sí, menuda novedad, mi hermano Dylan va a ser más grande que yo dentro de nada. Lo dicho. – Dijo volviéndose a Hillary. – Picante no, pero ácido sí, si no no tiene gracia. ¿Empieza usted, letrada Vaughan? – Se sentaron todos en círculo en el suelo con la cesta en medio. Hillary cerró los ojos y Alice señaló en la cesta los gnomos de Cork. Eran figuritas de chola que por dentro sabían a whiskey, aunque no lo llevaban de verdad. Pero se solían poner más para los adultos. Cogió uno y los desenvolvió, poniéndoselo a Hillary en la boca. Ella la abrió y lo mordió del tirón, para hacer un gesto de asco, hasta que lo tragó. – ¡Pero que asco! ¿Qué es? Ácido no es, Hills. – Dijo Alice con voz angelical. Mientras todos se reían.
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Mar Abr 13, 2021 2:45 pm

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CON Alice EN Casa de los O'Donnell A LAS 12:30h, 3 de junio de 1997
Alice ya le había contado la anécdota de que William la puso de color sepia, pero no pudo evitar que le hiciera gracia otra vez. Le haría gracia todas las veces, porque imaginarse aquello era demasiado divertido. Salió muy digno del brazo de Alice, porque lo de tener a las abuelas diciéndole cosas bonitas le hacía hincharse de orgullo, y se encontraron con Sean y Hillary sentados en las escaleras como dos plantas mustias. - Estábamos aprendiendo el funcionamiento del teléfono móvil como buenos Ravenclaw que somos. - Yo ya sé cómo funciona. - Se recochineó Hillary, pero él no se bajó de su nube altanera lo más mínimo.

Alice cogió una chuche de la cesta y se fue, y al seguirla con la mirada vio que iba en busca de un Lex que se acababa de escabullir. Ya, suerte con eso. Pensó, suspirando mudamente y disponiéndose a subir las escaleras. Pero al girarse a estas, se encontró a Sean y a Hillary cuchicheando entre risitas. Frunció el ceño y sus amigos no le dieron opción ni a preguntar, ya saltó la chica con lo que estaban tramando. - Que bien agarraditos del brazo venís. - Pues sí. - Dijo él, hinchando el pecho de nuevo y con una caída de ojos orgullosa. - Alice ha estado aprendiendo junto con todas las mentes ávidas de conocimientos el funcionamiento del artefacto muggle, y luego se ha ido a ayudar a TU abuela. - Recalcó, mirando a Sean. - A cocinar una poción maravillosa con las prímulas de Janet, y seguro que ya sabe hacerla y la podrá replicar. Mientras, yo he visto como su padre, el Señor Gallia, separaba magistralmente el artefacto en pequeñas partículas para que viéramos su funcionamiento interno. - Sus amigos le estaban haciendo burla mientras hablaba, pero le daba exactamente igual. Se apoyó las manos en las caderas y se inclinó hacia delante, mirándoles con los ojillos entrecerrados. - ¿Qué habéis estado haciendo vosotros? Aparte de moriros de envidia. - Ya te lo he dicho, O'Donnell. - Respondió Hillary con voz repipi. - Ese artefacto como tú le llamas es de mi madre, sé perfectamente usarlo, yo misma lo he usado. Se lo estaba explicando aquí a Sean sin necesidad de hacer tantos aspavientos. - Marcus suspiró con suficiencia y puso un pie en el peldaño para empezar a subir por el lado de sus amigos. - No sé de qué me extraño siquiera. Empezasteis a perder puntos el día en que os apuntasteis a Adivinación. Esto solo va a ir a peor. - Para que lo sepas, la adivinación también es una ciencia. - Dijo Hillary muy digna, levantándose para seguirle por las escaleras, pero Marcus soltó una carcajada hiriente mientras se encaminaba hacia su habitación, seguido por sus amigos. - Así que no te creas tan superior. Que mucho hablar de ciencia, pero no sé qué tienen de científico las runas. - Las runas se pueden leer, cuentan cosas y son la base de lo que hoy conocemos. - Se giró hacia Hillary con un punto de indignación. - ¡Y tú también te la has cogido! - Al menos ella no se la ha cogido por tener un cuelgue con la profesora. - Saltó Sean, lo cual hizo que Hillary soltara una exagerada carcajada. Marcus rodó los ojos con un gruñido de hastío y se giró para seguir subiendo. - Lo dicho, vais a peor. - Y no creo que seas el más indicado para criticar a alguien por cogerse una asignatura en base a un cuelgue, pensó, pero ya se lo diría cuando Hillary no estuviera delante.

- "He visto a la Profesora Handsgold leyendo un pergamino antiguo en la galería de la lechucería, apoyada en la piedra, y le daba el sol en su blanca piel y su roja trenza". - Entró Sean por su cuarto, haciendo creer que le estaba imitando con una voz ridícula. Marcus soltó la cesta y se giró. - Yo no he dicho eso en mi vida. - Pues suena muy a ti. - Dijo Hillary, subiéndose al carro de la burla. - ¿Sabéis qué suena muy a mí? Decir que estas chuches son mías y las compartiré con quien yo quiera. - O sea, con Alice. - Le dijo Sean a Hillary con una muequecita burlona, haciendo que esta se desternillara otra vez. - Con quien se porte bien conmigo, y vosotros desde luego estáis cada vez más lejos de eso. -

En ese momento entró Alice... Con Lex. Eso le hizo abrir mucho los ojos y sonreír, aunque su hermano parecía querer ocultarse tras los Gallia (inútilmente, porque aunque Dylan se pusiera sobre Alice, Lex seguiría siendo más alto. Y eso que solo tenía once años). Dylan estaba mirando todo a su alrededor como si quisiera tomar buena nota mental de lo que había para hacerse su propio cuarto-colega a medida, lo cual le hizo mucha gracia. Pero su atención se fue a Alice una vez más, porque la chica había entrado flechada hacia la ventana. Se fue junto a ella y la miró. - ¿Por qué iba a querer escaparme de mi propio cuarto? - Preguntó extrañado y con un puntito de miedo. - Y tú tampoco tienes por qué hacerlo, que la puerta también sirve para salir. - Dijo con cierto retintín, escuchando de nuevo los cuchicheos de Sean y Hillary. Se giró con el ceño fruncido. ¿Qué les pasaba a esos dos hoy? Iban a espantar a su hermano, que ya tenía puesta cara de desprecio desde la equina solitaria en la que se había colocado. Al menos Alice le dejó una caricia y le dijo que era broma. Ya, bueno, se conocía sus bromas... Pero la caricia le sacó una sonrisita.

- Si nos quedamos aquí algún día, ¿dónde dormiría yo? - Preguntó Dylan de repente. - Tenemos una habitación súper chula al final del pasillo para cuando vienen invitados. - Contestó sonriente, pero Dylan no había terminado de hacer su organización mental. - ¿Y Alice? - A lo mejor duerme aquí con él. - Murmuró Hillary, pero se la oyó perfectamente. Marcus la miró con mala cara otra vez. - Pues perfectamente podría, porque en la Provenza dormimos todos juntos. - Eso solo aumentó las risitas estúpidas. - Pues yo también quiero dormir aquí. - Dijo Dylan con un pucherito, y luego señaló a Lex. - Y el otro hermano, también. - Lex puso leve expresión de sorpresa de verse incluido en el plan. Marcus rio un poco y le revolvió al niño los rizos. - Por mí, genial, dormimos aquí todos juntos. - Y miró a Lex de soslayo para advertirse de que no se opusiera, que era solo una fantasía infantil, no le iba a hacer pasar por el malísimo trago de compartir cuarto con él.

Escuchó atentamente la propuesta de Alice y se sentó diligentemente en círculo con los demás, con la cesta entre todos ellos. Tras el pique inicial de Hillary, al final la chica aceptó ser quien empezara. Marcus se estaba conteniendo la risilla, porque Alice dándole a Hillary una chuchería a ciegas podía tener demasiados finales posibles. Se tuvo que tapar la boca con las manos para no estallar en una carcajada solo de anticipar la cara de Hillary... No se equivocó. Fue la chica reaccionar, y él se echó a reír. - ¡Eh, pues a mi abuela Molly le encantan! - Dijo él entre risas. De hecho, estaba convencido de que los había echado ella en la cesta. Su abuela y su sutil forma de meterles a todos Irlanda por todas partes. - ¡Agh! Son los gnomos esos de whiskey. - Dijo la chica, haciendo gestos raros con la lengua y con los ojos cerrados. Marcus se echó a reír. - ¡Pero has acertado! Puedes elegir la que quieras. - Por supuesto que voy a elegir, y me voy a llevar las bolas de chocolate con mousse de fresa. - ¡Eh! Que esas las tenía reservadas, son una de las mejores. - Pues que tu amiguita no me hubiera dado lo más asqueroso de la cesta. - Dijo Hillary con tonito, mordiendo sin piedad una de las bolas de chocolate, que en seguida explotó en una mousse de fresa y nata que le obligó a ponerse la mano debajo para que no se le derramara toda.

- Y además, voy a seguir yo. - Añadió la chica, con la boca llena de mousse. En lo que tragaba e intentaba quitarse los restos de dulce de los labios, porque se había manchado media cara, Sean la señaló. - Tienes nata en la nariz. - La chica se puso un poco bizca para mirársela y se limpió como pudo, mientras Marcus miraba a Alice y se aguantaba la risa (aunque se le estaba ya cayendo la baba con el dulce). - Bueno, ¿quién quiere que le elija chuche? - Yo. - Contestó Sean automáticamente, haciendo que todos le miraran. Hillary adoptó una pose chulesca y, con una sonrisilla ladina, dijo. - ¿Es que piensas que te lo voy a poner fácil, Hastings? - Uuuuhhh. - Corearon Marcus y Alice por semejante retito. Otra cosa no, pero ellos sabían de retitos. No como Dylan y Lex, que parecían no estar enterándose de nada. - Precisamente porque sé que me lo vas a poner difícil. Así demuestro lo Ravenclaw que soy delante de estos dos, que están muy subiditos. - Marcus rodó los ojos hacia Alice con cansancio aunque sin perder la media sonrisa. - Muy bien, pues cierra los ojos. - Ordenó Hillary. El chico cerró los ojos y ella rebuscó en la cesta hasta dar con lo que quería. Había un montón de plumas de azúcar, porque eran muy bonitas y ricas, a Marcus le encantaban. Pero, entre estas, había varios ratones de azúcar chillones. Por supuesto que Hillary, con carilla malvada, se fue hacia los ratones. Sean se quedó unos segundos pensativo mientras masticaba, pero no tardó en dar su veredicto. - Es de azúcar. Siendo de Marcus, serán plumas de azúcAAAAAAH. - Todos estallaron en una carcajada. Marcus se estaba riendo tanto que se cayó al suelo de espaldas. Sean había abierto los ojos. - ¡Serás! - ¡Eh! No vale, tenías que acertar antes de abrir los ojos. - Dijo Hillary, entre risas. - ¡He acertado! Solo hay dos cosas de AAAAAAAAAH. - Más carcajadas. Sean puso cara enfurruñada. - ¡Son ratones de azúcar! Es lo único que te hace chillAAAAAAAAAH. - Le iba a dar algo de reírse, estaba llorando ya. Esperaba no alertar a ningún mayor.
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Mar Abr 13, 2021 8:01 pm

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CON Marcus EN Casa de los O'Donnell A LAS 12:30h, 3 de junio de 1997
Puso gesto de cansancio con las risitas de sus amigos. – Sois infinitos, eh. A saber en qué estaréis pensando... – Lo peor es que lo sabía. Porque sus primos iban un poco de ese palo, pero de verdad que le daban demasiadas vueltas a todo y tenían la mente demasiado contaminada. Miró a su hermano y dijo. – Pues claro, patito, pero mola más en La Provenza porque hay playa y todo eso... – Y dudaba que la señora O'Donnell les dejara armarla tan grande como en La Provenza, o que Lex se quisiera apuntar, pero Dylan era así, no podía dejar a nadie detrás, el patito era él. Per Lex tuvo a bien no pronunciarse y su hermano se quedó todo satisfecho, montándose el plan en su cabeza.

El juego pareció gustar a todos (bueno, más o menos) y el estreno de Hillary no pudo ser mejor. Eso sí, la mala cara se la llevó cuando se quedó con las bolas. – ¡Hay que ver como eres, Hillary! Sabes que hay pocas cosas que me gusten, y vas y te las pillas para ti. – "Tu amiguita". Resopló y puso los ojos en blanco, qué rabiosa era. Pero se le quitó un poco el enfado para sustituirlo por una risa cuando Sean se ofreció voluntario tan rápidamente y se echó a reír inmediatamente, inclinándose un poco sobre Marcus para susurrar. – Creo que confía en que va a ser misericordiosa. Y todos menos él sabemos que no, la verdad. – Y, efectivamente a Hillary se le puso cara de Hillary siendo retorcida, y rebuscó por la cesta. Sean yendo todo chulito y empezando a gritar mientras hablaba fue demasiado para ella, que estaba retorcida de risa en suelo. – Hermana, ¿qué hacen las chuches esas? – Preguntó Dylan con tono de preocupación. – Nada, Dylan, no hacen nada, es que son unos exagerados. – Dijo Lex, en su tono habitual, pero un poco más dulcificado, lo cual ayudó a que su hermano se tranquilizara a ese respecto. – Bueno Sean elige el último, por pringado, principalmente. ¿Culpable de los cargos, señoría? – Dijo limpiándose las lágrimas y mirando a Hillary. – Culpable sin duda. – Contestó ella muerta de risa haciendo el gesto de "acabado" con las manos. – ¡Pero que he AAAAAAH certado! – Y otra vez a reírse los tres. – Has dicho plumas de azúcar y has abierto los ojos. Date por derrotadlo, Hastings.

Se recolocó, de rodillas en el suelo, y se apoyó en el hombro de Marcus y dijo. – Venga, a los hermanos se lo hacemos nosotros, para que no se pasen, que con estos no hay quien se fíe. – Vio la cara reticente de Lex y resopló. – Venga tú al mío y yo al tuyo, por variar. – Dijo con cansinería. Integrar a Lex entre los humanos era más difícil que hacerlo con una orquídea africana en un pantano escocés. – Cierra los ojos. Y no se valen trampas. Si sabes a lo que me refiero. – Por si acaso, pensó muy fuerte "varita de caramelo" mientras rebuscaba por cualquiera otra cosa en la cesta  y cogió una caja de grageas de todos los sabores. Rebuscó una difícil pero que no fuera asquerosa, mientras seguía pensando muy insistentemente VARITA DE CARAMELO. Así, llegó a al de sabor a "duende" que nunca había entendido muy bien a lo que aludía y por lo tanto le parecía complicada... VARITA DE CARAMELO. Por si acaso. Se acercó a Lex e hizo unos movimientos delante de sus ojos, para ver si los tenía cerrados de verdad. – Vale. Pero abre la boca, que si no no te lo puedo dar. Qué asco. – Se limitó a decir el otro. Ella suspiró y le cogió la mano, dejándole la grajea en la palma. – Toma anda. Pero no lo toquetees. Demasiadas pistas. – Al menos a eso sí obedeció y la masticó, pensativo. Al menos eso se lo estaba tomando en serio. – Es... Es una gragea... ¿Tengo que decir el sabor? Estaría bien.Pues... De los raros... ¿Duende? – Hm, no podía estar segura de que no le hubiera leído la mente pero... –  Venga, va. Acertada. ¡Joe! Qué paladar, nunca distingo las grageas. – Dijo Sean realmente sorprendido. – ¿Qué vas a querer? – Preguntó ella oteando la cesta. Los chicles chispeantes aún estaban allí. Bien. Ojalá duraran, después de las bolitas de mousse, era lo que más le gustaba. – Los dragones de regaliz. – ¿En serio? Pero si eso siempre era lo que sobraba porque a nadie le gustaba... Bueno, igual las habían puesto en la cesta para él precisamente. Mejor, más de lo otro para los demás. Alice los cogió y se los tendió con un guiño, al fin y al cabo, había participado, debería  felicitarle. – Todo tuyos. – Se giró a Marcus. – A ver qué le das a tu colega. –  
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Última edición por Ivanka el Miér Abr 14, 2021 10:48 am, editado 1 vez


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Miér Abr 14, 2021 1:02 am

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CON Alice EN Casa de los O'Donnell A LAS 12:30h, 3 de junio de 1997
Estaba ya rodando por el suelo de la risa, porque encima Sean no callaba y eso le hacía gritar cada vez que abría la boca. Por un momento ni se dio cuenta de la preocupación del pobre Dylan, pero Lex le relajó (sorprendentemente), y Marcus siguió con su ataque de risa. Se incorporó aún tratando de contener la risa y secándose las lágrimas, y entonces Alice se apoyó en su hombro. Asintió a su propuesta de dárselo a los hermanos, viendo como Dylan aplaudía en el aire satisfecho, y respiró hondo aún con una risa residual para intentar recomponerse.

Alice se había propuesto muy diligentemente ser ella la que le diera la golosina a Lex, y Marcus solo podía desear que no le soltara una bordería o un mordisco. Se lo advirtió con la mirada, pero su hermano tenía su cara de reticencia habitual, mirando a la chica de reojo. Había bastante expectación con aquello, porque claro, ninguno de los presentes estaba acostumbrado a ver a Lex en actos sociales y prestándose a juegos, para más señas. Rodó los ojos cuando se negó a que le diera ella la chuchería, pero al menos estaba accediendo a jugar, no iba a ponerse exigente. Y se sorprendió mucho con el resultado, abriendo los ojos. - Desde luego. No sabía que te supieras tan bien los sabores de las grajeas. - Lex se encogió de hombros. - No es tan difícil. - ¿Sabor a duende no es tan difícil? - Preguntó Sean con incredulidad, lo que le valió una mirada de ceño fruncido de Lex. Marcus miró a su hermano con un toque de desconfianza. Más le valía no haberle leído la mente a Alice.

Su hermano, sorpresa para nadie, eligió exactamente lo que hubiera elegido su tía Erin: los dragones de regaliz. A él también le gustaban, pero no estaban en su top, desde luego. A Marcus le gustaba todo, no era ningún mérito, pero era una chuche de raritos... Pues como Lex y su tía Erin, al fin y al cabo. - ¿Nos toca ya? - Preguntó Dylan ilusionado cuando Alice les dio paso. Sean volvió a intentar pinchar al niño y le dijo sonriente. - Eh, Dylan, ¿no prefieres que te de la chuche yo? - El niño lo miró por un segundo y todos tuvieron que fruncir los labios para aguantarse la risa, porque se notaba a la legua que estaba valorando cómo decirle que no sin ofenderle. - Es que Marcus es mi colega. - A ver, Sean, deja de intentarlo, tío. - Respondió él entre risas. Los demás también rieron, pero Marcus se acercó la cesta. - Vale, colega, voy a buscarte una chuche que te pueda gustar. Pero ahora tienes que cerrar los ojos. - Dylan cerró los párpados obedientemente con mucha fuerza. - No los abras, ¿eh? - El niño negó con la cabeza, moviendo los bucles dorados de una forma muy adorable. Rebuscó un poco hasta sacar las varitas de caramelo, y al hacerlo oyó un bufido de Lex. Le miró con el ceño fruncido, pero su hermano había bajado la mirada al suelo y se había puesto a comerse un dragón de regaliz, como si le hubiera salido el gesto sin querer... En fin.

- Abre la boca. - El niño abrió la boca como si Marcus fuera a echarle la cesta entera dentro, lo cual les hizo a todos mucha gracia. Se llevó una mano a la boca para contener la risa y le acercó la varita de caramelo. Menos mal que era una varita, porque el niño cerró la mandíbula con tanto entusiasmo que, de ser una golosina más pequeña, se hubiera llevado su dedo. - Ñabe a cañañeño. - Dijo el niño mientras masticaba, lo que hacía difícil entenderle y les hizo reír de nuevo. - Bien, vas bien. - Dylan se fue llevando con los dientes la varita hacia dentro, y solo con ese proceso debió caer. Empezó a hacer gestos de emoción con las manos, pero los ojos no los abría, y no podía hablar porque tenía la boca llena de chuchería. De verdad que era difícil no reírse. - ¡¡Es una varita de caramelo!! - Dijo por fin, cuando pudo hablar. - ¡¡¡Correcto!!! - Celebró exageradamente Marcus, lo había dicho tan alto que debían haberle escuchado por toda la casa. El niño empezó a aplaudir aún con los ojos cerrados. - Ya puedes abrir los ojos, Dylan. - Dijo entre risas, y el niño obedeció. - ¡Pero qué listísimo eres! Toma, te has ganado una bola. - Ofreció Hillary. Dylan cogió una bola contento y tardó cero segundos en llevársela a la boca. - Frafiaf Fillary. - Debió caer en el agradecimiento cuando ya tenía la boca llena.

- Bueno, a pesar del descarado favoritismo... - Dijo Marcus, mirando a su amiga, aunque con una sonrisilla. Como si él no hubiera hecho exactamente lo mismo. - Es verdad que has ganado, así que puedes elegir. - ¡Las plumas de azúcar! - Marcus rio. - Vaya, sí que lo tenías claro. - Esas no chillan, ¿no? - Preguntó Dylan con prudencia. Todos miraron a Sean entre risas, que estaba muy callado. - No, esas no chillan. Pero dicen que te sale la letra más bonita después de comerte una. - Yo aún no sé escribir. - Comentó despreocupadamente Dylan, encogiéndose de hombros pero cogiendo las plumas igualmente, como diciendo "me las voy a comer igual, me salga la letra como me salga". De verdad que ese niño era el colmo de lo adorable, y por eso Marcus lo adoraba.

Echó un vistazo a la cesta y suspiró, alzando las manos y dejándolas caer con pesadez. - Total, que soy el cumpleañero y me voy a quedar para el último. A este paso no van a quedar de las buenas. - Mira que eres dramas, si sabes que ahora vas tú. - Dijo Hillary. Marcus sonrió e irguió el tronco. - ¡Bien! ¿Quién me da la chuche? - Yo. - Respondió escuetamente Sean, que ya se veía capacitado para hablar sin chillar de nuevo. Marcus soltó una carcajada hiriente. - No cuela. Hemos dicho que tú eres el último, por pringadillo tramposo. - ¡Yo! ¡Y te doy una bola de las de Hillary! - Dijo Dylan con alegría, provocando las risas de todos. - No puedes decirme lo que es antes de dármelo, Dylan. - Y las muy bien denominadas bolas de Hillary ya no están disponibles. -Dijo la chica, apretando la bolsa contra su pecho con carilla maliciosa. - Además, no puede ser recíproco, y yo ya te lo he dado a ti. - Apuntó Marcus con tono comprensivo, pero eso le valió la risotada de Sean de fondo. - Vaya, que quiere que se la de Alice. - Marcus rodó los ojos. - También me la puede dar Lex. - Yo paso. - Contestó tajante su hermano, que o no hablaba o no se lo pensaba dos veces en responder, mientras se metía otro dragón en la boca mirando al suelo. En ese caso... Sí, la única opción que quedaba era Alice. La miró con una sonrisilla, empujó la cesta hacia ella y, arqueando las cejas, le dijo. - Pues nada. Dame algo bueno, entonces. -
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