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Miér Abr 07, 2021 6:34 pm
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Un toque de magia
CON Alice EN Casa de los O'Donnell A LAS 12:30h, 3 de junio de 1997
- ¿Y la tarta? ¿Está la tarta? ¿Dónde está la tarta? – Aquí, Marcus, aquí, en el frigorífico. – Contestó su padre, al que no le había dado tiempo de responder a la primera pregunta cuando su hijo había lanzado ya tres. – Cálmate un poco, Marcus. - ¡¡Es que tiene que ser todo perfecto!! – Dijo emocionado, dando carreras y botes de un lado a otro, comprobando que todo estaba en su sitio. Su padre suspiró y rodó los ojos hacia su madre, que justo aparecía en ese momento por allí. – Menos mal que lo hemos traído antes, que si no, no sé cómo nos hubiéramos organizado. – Ironizó el hombre, lo que provocó una risilla disimulada de la mujer que hizo reír a su marido también en reflejo. Marcus ni caso. Tenía mucho que preparar.

No tenía que hacer ni una hora que se había bajado del expreso de Hogwarts. Había salido el primero como una bala, prácticamente arrastrando a Lex, porque quería llegar a su casa cuanto antes para poder asegurarse de que todo estaba en orden antes de que llegaran sus amigos. El año anterior habían salido del colegio el día cuatro de junio, por lo que su cumple lo celebró en el castillo, con fiesta de fin de curso incluida. Pero ese año habían salido el día tres. Quería que sus amigos estuvieran en su cumple, pero también quería celebrarlo con su familia, así que había tenido la maravillosa idea de invitar a Alice, Sean y Hillary a su casa para una comida-merienda de cumpleaños. Estaba eufórico. Iban a ir sus abuelos, y su tía Erin. También irían la madre de Hillary y la abuela de Sean, y, por supuesto, William y Janet Gallia, y Dylan. Una fiesta en toda regla, y organizada por él, ¡su idea! Si es que no podía estar más contento.

- ¡Y los sándwiches justo aquí! Pero que no estén cerca de los snaps explosivos, a ver si se van a manchar. – Dio una carrera. - ¡Ay! ¡Las ranas de chocolate! ¿Se pueden poner en un calderito? ¡Voy a por uno, los tengo todos limpios, y hay uno que tiene el tamaño perfecto! – Se giró a tal velocidad, mientras hablaba, que se chocó de bruces con alguien. - ¡Ay! ¡Lex! - ¿Por qué no paras de dar vueltas? – Preguntó su hermano, monocorde. Marcus esbozó una enorme sonrisa. - ¡Porque es mi cumple! – Lex parpadeó un par de veces, mirándole, carente de expresión. Al parecer no pillaba la conexión entre una cosa y otra. – Me pones nervioso. – Concluyó. Marcus soltó una pedorreta. – Pues es lo que hay. – Y se fue a por el caldero, corriendo escaleras arriba. Bajó igual de corriendo pero con el caldero en la mano, y su hermano seguía donde le había dejado, como un pasmarote, siguiéndole con la mirada como un cuadro maldito. – No hace falta que ordenes las chuches. Te las vas a comer igual. – Marcus chistó con fastidio, dando una pequeña patada en el suelo. - ¡Mamá! Dile a Lex que deje de quejarse. – No me estoy quejando. Solo digo que es una tontería. - ¡¡Van a venir mis amigos!! ¡Dile que deje de comportarse como un puercoespín enfadado! – Marcus, ten más paciencia con tu hermano. - ¡Lleva de morros todo el curso! – Lex… - Es que no para de correr, tú no lo ves por el castillo, lo conoce todo el mundo. Qué vergüenza. – A ver, chicos, tengamos la fiesta en paz. – Dijo su padre, apareciendo por allí con una sonrisilla. – Porque creo que empiezan a llegar algunos de nuestros invitados. – Marcus abrió los ojos, desbordado de ilusión, como si no hiciera si acaso media hora que había dejado a todas esas personas en el andén, y salió corriendo al jardín para recibirles.

Iba tan contento que se detuvo en seco, con los ojos muy abiertos y la sonrisa desaparecida, cuando su cerebro procesó la estampa que tenía delante, porque no se la esperaba exactamente así. En su jardín, unos preocupados Sean y Hillary, junto a la abuela del primero, intentaban sostener y echar aire a la madre de la chica, que estaba al borde del desmayo en el césped. – Oh, vaya por Dios. – Escuchó a su padre musitar mientras se acercaba junto a su madre y Lex. Marcus, ya salido del estado de desconcierto, corrió rápidamente en su socorro. – Ay… Ay, qué mareo… Ay por Dios… - Suspiraba la mujer, con la cabeza hacia atrás y los ojos cerrados. – Ya está, querida, ya está, ya pasó. Ay, qué mala pata. Si es que claro, no está la pobre acostumbrada… - Intentaba justificar con una especie de dulzura quejosa la abuela de Sean, aunque estaba claramente preocupada. Marcus se puso junto a ella. - ¿Se encuentra bien, Señora Vaughan? – Hillary se puso brazo con brazo con él y, con un carraspeo bajito, le dio un leve codazo. – Es señorita, no señora. – Susurró. Marcus se apuró. – Oh, perdón. – Se apresuró en disculparse. Vale, reconduciendo pues. - ¿Se encuentra bien, Señorita Vaughan? – Ay… Ay hijo… Ay perdona… Ay, ¿dónde estoy? – En mi casa. – Contestó él con normalidad. – Si es que yo lo dije, que nos teníamos que haber ido en escoba. – Abuela, que la Señorita Vaughan no sabe montar en escoba. – Dijo Sean, un tanto encogido y avergonzado, como si fuera culpa suya. La mujer se encogió de hombros con obviedad, dejando por un segundo de abanicar. – Bueno pero tampoco sabía aparecerse y aquí estamos. - ¿Ha dicho usted escoba? – Reaccionó la mujer, atinando a abrir los ojos. Hillary chistó. – Jo, mami, esto ya lo hemos hablado. Venga, va, ponte bien, que no ha sido para tanto. – Se inició un leve debate entre Hillary y su madre por el cual no se ponían de acuerdo en si era o no para tanto eso de pestañear y estar en un sitio totalmente distinto, durante el cual Marcus se acercó sutilmente a su padre y le preguntó en voz baja. – Papá, ¿los muggles se pueden aparecer? – Ahí había venido todo el problema. La madre de Hillary era muggle y, al parecer, pretendía llegar a su casa… Pues eso, por medios muggles. La abuela de Sean se había ofrecido amablemente a hacerles aparecerse a los cuatro, pero evidentemente la mujer no sabía en qué consistía eso de aparecerse. – No por sus propios medios, y no deberían de hacerlo porque, en teoría, los muggles no están en contacto con el mundo mágico. La excepción es que tengan un familiar directo que sea mago o bruja, como es el caso de la Señorita Vaughan, que tiene una hija bruja. – Pues igualmente no le había sentado nada bien la aparición.

- Creo… Que estoy un poco mejor. – Dijo la mujer, tomando aire profundamente. Antes de que nadie pudiera asegurarse de eso, el foco de atención viró a la nueva aparición, que entró por el jardín haciéndose notar desde el segundo cero. - ¡Pero bueno! ¡Qué mayor, si es que se te nota por minutos! Se nota que eres… - El hombre miró el reloj. – Veinte minutos más viejo desde la última vez que te vi. – Marcus rio con la ocurrencia y saludó. – Hola de nuevo, Señor Gallia. – Te cogería en volandas, como hago con esta. – Dijo el hombre, señalando con el pulgar a Alice, que estaba tras él. – Pero eres demasiado largo. ¡Eh, Arnold! ¿Es que lo riegas por las noches? - ¡Pero si ni siquiera le veo! Ya no quiere nada conmigo, solo con sus amigos. – Aaaaah claro, eso va a ser. – Contestó William, girándose a Alice. - ¡Eres tú la que le riega por las noches! Ya te he dicho que eso es solo para las plantas, pajarito. – Marcus volvió a reírse. Si es que con William Gallia era imposible no hacerlo.

- Oh, ¿te encuentras bien? – Janet se había dirigido directamente hacia la madre de Hillary. – Sí, sí, estoy un poco mejor. – Ay, pobre, ha sido la aparición, ¿verdad? – La madre de Alice tomó las manos de la mujer entre las suyas. – No te preocupes, es normal, pasa siempre las primeras veces. – La mujer soltó una risilla nerviosa. – Oh, de primeras nada. Yo esto ya no lo hago más. – Janet soltó una risita risueña y apretó aún más sus manos. - ¿Sabes cómo se arregla esto? Con una poción de albahaca, menta y verbena. - ¿Poción? – Contestó la mujer, un tanto turbada. Hillary suspiró. - ¡Sí, mamá, poción! Como las que yo hago. – Con la poca paciencia que tenía Hillary no debía estar haciéndole nada de gracia que su madre reaccionara así a cualquier signo mágico a su alrededor. Pero Janet, en su dulzura habitual, recondujo rápido. – Bueno, es más bien un zumito. – Guiñó un ojo a Hillary. – Si a Emma no le importa que use un segundo su cocina... – Por favor, faltaría más. – Contestó protocolariamente su madre, pero Marcus vio como, tras devolverles una muy sutil sonrisa educada, rodaba los ojos hacia su marido y le murmuraba. – Lo que sea porque saque a esa enclenque de mi vista. – Emma… - Marcus frunció los labios, aguantándose la risa. Menudo cuadro habían montado en un segundo.  
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Miér Abr 14, 2021 7:23 am

Un toque de magia
CON Marcus EN Casa de los O'Donnell A LAS 12:30h, 3 de junio de 1997
Le dio un codazo suavecito a Marcus para que dejaran de interrogar a Lex. Ya le había costado bastante conseguir que el chico subiera con ella, lo que les faltaba precisamente era que lo pusieran en duda y ya se cerrara como los caracoles en su caparazón. – Es un O'Donnell, ¿qué esperabais? Su terreno es la comida, y más el dulce. – Y ladeó una sonrisilla para Lex. Ya si con eso seguía creyendo que le caía mal, no sabía qué más hacer.

Afortunadamente el foco pasó a Dylan, siendo absolutamente adorable emocionándose con que Marcus le diera las chuches. No se le escapó la risita de Lex cuando Marcus sacó las varitas de caramelo. Claro, hace dos minutos, su cerebro debía haber sido algo así como un megáfono gigante en el que se oía VARITA DE CARAMELO. Dylan, muy diligentemente, abrió la boca como un hipopótamo, y eso le tuvo que arrancar una carcajada. Al poco, distinguió que era una varita de caramelo, porque su hermano era como su madre, amantes del dulce. Y encima, gracias a su adorabilidad, se ganaba los cariñitos de todos, incluso de Hillary. – Hala, la clave eran los ricitos rubios, claro está. No tenía ni una sola oportunidad con las bolas. – Dijo mirándolas en manos de Hillary con pena. En verdad le daba un poco igual, pero desde luego era lo que más le gustaba de toda la cesta. – ¡Te quejarás, patito! Todo el mundo cuidando de ti y dándote dulces. – Su hermano le tendió una de las plumas. – ¿Quieres una, hermana? Tú sí sabes escribir. – Eso le hizo reír. La vida por los ojos de su hermano era tan alegre, sencilla y despreocupada que te contagiaba en seguida.

Era el turno del cumpleañero, y ella iba a ofrecerse, pero ya llegó Marcus a ella antes a través de la lógica. Se encogió de hombros y miró, arrugando el gesto, a Sean. – Te lo ha explicado muy clarito, Sean, si no entiendes lógica básica háztelo mirar. – El aludido levantó las palmas de las manos y las movió en el aire. – Uhhhh cuidado con la señorita Gallia, que recurre a la ofensa cuando se ataca a su Marcus. – Ella entornó los ojos con cansancio. – Es una persona, no es mío.Ya, ya, hazte la loca. – Dylan se había arrastrado hacia Sean y le dio con el dedito en el hombro parar llamar su atención, mirándolo con enormes ojos azules curiosos. – A mí también me mosqueaba que Marcus quisiera a Alice de hermana. Pero luego me explicó que se puede compartir, porque ellos son amigos, y nosotros somos colegas y seguro que también quiere ser colega tuyo, y Alice es como la hermana de todos, porque nos cuida a todos. – Impecable discurso, Dylan, al menos alguien entendía de una buena vez las cosas. Aunque Hillary y Sean estaban partidos de risa, a lo que ella se cruzó de brazos y les miró con la ceja alzada. – Increíble que un niño que aún no tiene seis años os tengo que explicar las cosas. A mí me daría vergüenza, vamos. Sí, pues ya le voy a explicar yo lo que son las "hermanas" cuando crezca. – Dijo Hillary haciendo las comillas con los dedos. Alice entornó los ojos una vez más con hastío y negó con la cabeza, pasando de aquellos dos trogloditas que no merecían el nombre Ravenclaw. Oteó la cesta y sonrió. – Venga, cierra los ojos, que ya sé lo que te voy a dar. – Dijo con una sonrisilla traviesa.

Era difícil elegir algo de aquella cesta para que Marcus adivinara, porque si había alguien que controlara de chuches allí era él, pero había visto aquella bolsita con las bolas verdes y amarillas y lo supo. Eran caramelos tropicales, y por dentro tenían un relleno cremoso que sabían a alguna fruta tropical, nunca sabías cual. Y entre que frutas tropicales en Inglaterra no había muchas y que cada vez tocaba una distinta, lo hacía un poco más un reto. Sacó una de las bolas y se arrastró frente a Marcus. – No abras los ojos ahora, eh, que voy. – Advirtió. Le puso la bola en los labios, y Marcus, siendo el Marcus glotón que ella conocía cerró los labios en cuanto la notó. Tan rápido que se le quedaron las yemas de los dedos sobre sus labios cerrados durante unos segundos. Y esos segundos se le hicieron eternos, mientras miraba los ojos cerrados de Marcus. Estoy comprobando que los tiene cerrados, se dijo a sí misma. Pero en las yemas sentía como si estuviera tocando algo eléctrico, y que a la vez debería quitarlos y que quería arrastrar un poco los dedos para sentir el tacto de esos labios tan suaves. Y un poco sí lo hizo, cuando se retiró hacia atrás, poniendo en seguida una sonrisa de superioridad. – ¿Qué me dices O'Donnell? Como no aciertes, me voy a llevar una decepción. – Terminó con una risilla. Ojalá su corazón volviera a la normalidad, porque le estaba martilleando en los oídos.
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Miér Abr 14, 2021 10:43 am

Un toque de magia
CON Alice EN Casa de los O'Donnell A LAS 12:30h, 3 de junio de 1997
Si es que era lo más lógico... Aunque en verdad, Alice ya había dado a varias personas y Hillary solo le había dado a Sean, por poner un ejemplo. Pero la chica estaba demasiado ocupada pasando de todo el mundo mientras se comía con alevosía las bolas de mousse, así que no había más que hablar. Así lo ratificó Alice también. Es que no entendía por qué sus amigos tenían que darles tantas vueltas a todo. Fue a bufar y a decirle a Sean que dejara de decir tonterías y ser tan quejica cuando Dylan se le adelantó. Eso hizo reír a Marcus solo de lo adorable que era, y le alborotó los rizos con una mano. - Si es que eres listísimo. Ya mismo te tenemos por Ravenclaw. - En realidad, Dylan apuntaba bastantes maneras para ser Hufflepuff, pero bueno, de la ilusión se vivía.

Esbozó una sonrisita y, con un movimiento contento de hombros, cerró los ojos. Decía mucho que no se fiaba ni un pelo de Alice, pero no era verdad. No se fiaba en contexto travesuras, pero por lo demás, le confiaría su vida. Su amiga siempre le trataba bien, y por ser su cumpleaños le consentía un montón, así que seguro que le daba algo que le gustaba... Bueno, a Marcus le gustaba todo lo de la cesta, pero le daría algo especialmente rico. Negó graciosamente con la cabeza cuando le dijo que no abriera los ojos, él no hacía trampas, además el juego no tendría ninguna gracia si los abriera. Tan pronto notó que el dulce se acercaba a sus labios los abrió para comérselo, y tuvo la sensación de que había rozado los dedos de Alice sin querer. Claro, como estaba con los ojos cerrados... El tacto le produjo un ligero escalofrío, nunca una chica le había tocado los labios, tanto fue así que tuvo la sensación de que había durado más tiempo de lo normal... Pero probablemente fuera simplemente eso, una sensación.

Al igual que debió ser una sensación la caricia que sintió en los labios cuando se retiró. Le había producido un cosquilleo agradable y un leve escalofrío... Pero ahora tenía que centrarse en adivinar. Masticó la chuchería, pensativo. Tenía forma de bolita, eso descartaba muchas cosas, y no sabía a chocolate, por lo que descartaba otras cuantas. Nada más romperse el caramelo y notar el interior, arqueó las cejas, aún con los ojos cerrados y una sonrisilla. Justo iba a hablar cuando Alice se le adelantó, lo que le hizo esbozar una expresión chulesca de las suyas, que debía quedar un tanto extraña sin abrir los ojos. - Te puedo asegurar que no te vas a llevar una decepción. - Dijo muy seguro. - Es una de las bolitas tropicales. Espera, que estoy tratando de identificar la fruta... - Paladeó un poco más, se la tragó y se mojó los labios, reflexivo. No tardó en caer. - ¡Es de piña! ¿A que era amarilla? - Oyó a Sean bufar. - ¡Vaya! Que ahora resulta que soy yo el único que no acierta. - Abrió los ojos con una sonrisa orgullosa, pero miró a Sean de reojo con superioridad. - Por favor, soy el rey de las chucherías. - ¿Es que no tienes suficiente con ser el rey de Ravenclaw? - Dijo Sean con tonito burlón. Marcus le miró asintiendo lentamente, con el labio inferior ligeramente sacado. - Me gusta eso de rey de Ravenclaw. Me lo apunto. - Lex miró a su amigo con cara de "deja de darle ideas", pero Marcus ya estaba acercándose la cesta. - Por lo pronto este rey se va a pedir... Mmm... ¡Las babosas de gelatina! Que están fresquitas. - ¡Agh! A mí eso me da asquito. - Dijo Hillary, arrugando la nariz, viendo con desagrado como Marcus se llevaba una ceremoniosamente a la boca. - Tú es que eres muy sensible, Hills.- Usted disculpe. Pero una se ha pasado los primeros once años de su vida en un entorno muggle, y a ninguno se le ocurriría llevarse una babosa a la boca, te lo puedo asegurar. - ¡Son de gelatina! De babosas solo tienen la forma. - ¡Y que se retuercen! - Pero saben a limón. - Marcus lo veía súper obvio.

En lo que Hillary y él debatían, Dylan se había arrastrado hasta el regazo de Sean y se había sentado con él. Eso pilló a Sean por sorpresa, pero le recibió con una sonrisa. El niño tiró de la cesta hacia ellos y le dijo. - Como Marcus está entretenido, podemos ser colegas un ratito. Que también me caes muy bien, no estés triste, ¿vale? - Sean se tuvo que aguantar la risa, pero lo recolocó en el regazo pasándole los brazos por la cintura. - Estoy súper contento ahora mismo. - ¡Bien! Solo queda mi hermana, ¿le damos la chuche juntos? - Marcus y Hillary habían dejado de lado su disputa para observar la escena con una sonrisilla. Sean asintió. - ¡Claro! - ¡Hermana, cierra los ojos, que vamos a elegir! - Ordenó Dylan. Alice obedeció, pero el niño estaba mascullando con su amigo en una voz muy poco disimulada lo que iban a coger. De verdad que Marcus estaba con las lágrimas saltadas de la risa. Se arrastró por el suelo y se puso al lado de Alice. - Soy el rey del cumpleaños. - Le susurró divertido, pero se apresuró en añadir. - No abras los ojos. He venido a distraerte porque tu hermano no sabe hablar en susurro, así que voy a hacer un poco de ruido para que no te enteres de la que anda tramando con Sean. - Comentó.
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Miér Abr 14, 2021 5:29 pm

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CON Marcus EN Casa de los O'Donnell A LAS 12:30h, 3 de junio de 1997
Ya sabía que iba a acertar, menuda novedad, Marcus adivinando un dulce. encima dijo el sabor y todo. Puso una sonrisilla fruncida. – Sin sorpresas en el frente, a ver qué me dan aquellos. – Entornó los ojos a lo de Hillary. – Eso no es cuestión de muggle o no muggle, Hills, es cuestión de imaginación. si solo te sabes imaginar que son babosas no hay forma. – Extendió la mano. – ¿Me das una? – Y le cogió una a Marcus, comiéndosela y dejando que el refrescante y un poco ácido sabor las inundara. – ¿Ves? Yo me la como y pienso en el limón... y es un poco gelatinosa así que... – Sacó el labio inferior pensando. – Medusa de limón. – Hillary arrugó el gesto y contestó sarcástica. – Ah sí, mucho mejor. – Alice le sacó la lengua. – Piensas eso porque no has ido a la cueva de las medusas luminosas con la tía de Marcus. Mola un viaje. Pero supongo que si tanto asco te da, no te llevaré cuando venga a Saint-Tropez. – Pero Dylan ya estaba planeando darle la cuche, porque por fin era su turno y no podía eludirlo. Se mordió los labios por dentro, como si estuviera nerviosa, pero era todo teatrito para su hermano, cuya nueva causa personal parecía ser Sean.

Se volvió a poner de rodillas, y se agarró las manos a la espalda, para que no hubiera dudas de que no hacía trampas, cerrando los ojos. Sonrió al oír la diatriba de su hermano con Sean, pero de repente, notó algo junto a ella, y un escalofrío le recorrió la espalda, como antes. Solo que esta vez se extendió a sus brazos y le puso todos los pelos de punta. – No los abro. – Contestó comuna sonrisa. Bueno, era normal, es que lo tenía muy cerca de la oreja, y su respiración le hacía cosquillitas. No era otra cosa. De hecho se rio brevemente, subiendo un poquito el hombro. – Ruido no sé, pero me haces cosquillas. – Pero no se movió ni un centímetro, estaba bien así. Era raro tener los ojos cerrados y sentir a Marcus tan cerca... Se mordió el labio y puso un tono más sereno, aunque sin perder la sonrisa, susurrando un poco, sin saber por qué. – ¿Ves como ha sido todo perfecto, majestad? – Lo pensaba de verdad, sabía que era todo lo que quería Marcus en su cumple, que le dijeran lo genial que había sido. – Ignora las quejas de Hills... Sean y mi hermano están encantados, tu hermano se ha dignado a jugar con nosotros, las abuelas se han hecho amigas, nuestros padres estaban como enanos con el cacharro ese, hemos hecho pociones, alquimia... – Se encogió de hombros y negó con la cabeza. – No se le puede pedir nada más a cumpleaños. – Justo entonces oyó la voz chillona de su hermano. – ¡Ya lo tenemos, hermana! A ver, abre la boca. – Fue tan impetuoso que le dio con lo que fuera de chuche en la paleta. – Au, Dylan. Perdona, perdona. – Vale era algo tremendamente duro. Y estaba dulce pero... Pero no lo identificaba. No tendría que haberse comido la babosa antes, maldita fuera. Lo paseó por la lengua, pero nada, inviable. – Ay no lo sé, me rindo. – Arrugó el gesto al tragarlo. – No está ni bueno.

Abrió los ojos y Dylan parecía decepcionado. – ¡Joe, hermana! Era la más fácil de las que proponía Sean, te lo aseguro. Solo es carbón dulce. – Eso le hizo reír. – Te creo, patito, al cien por cien. No pasa nada, no quería chuches de todas formas. – Dijo, cruzando las piernas con una sonrisa, y dirigiendo un momento la mirada a Marcus, que hacía un momento estaba tan cerca... De hecho, no estaba atendiendo a lo demás... Tanto, que cuando notó a alguien por el otro lado, se sobresaltó. Se encontró con esa mirada tan extraña de Lex de siempre, pero más cerca que de costumbre. – ¿Qué? – Preguntó un poco sobresaltada. Lex no dijo nada, y a ella el dio por bajar la vista, y vio como le tendía el paquete de chicles de arándanos explosivos. –No siempre está mal, ¿verdad? – Decir que Lex estaba sonriendo o siendo sarcástico habría sido una exageración, pero una variación sobre su tono habitual si notó. Le guiño un ojo y sacó uno. – Gracias.Vaya, ahora el otro O'Donnell también. – Dijo Hillary mirando a Sean significativamente y desviando la mirada a Lex. Iba a replicarle, pero le pareció más efectista y mejor idea mascar un poco el chicle, y cuando empezó a notar los pequeños estallido en la boca, se inclinó un poco sobre su amiga, y chasqueó los dedos junto a su oreja. Del chasquido, salió un estallido pequeñito, que le hizo pegar un salto. – Calla, petarda. – Todos, hasta Sean, empezaron a partirse de risa. – Si es que para gastar bromas son los mejores, mirad. – Abrió las palmas y las juntó, sin hacerlo muy fuerte, fuera a ser que lo oyeran los mayores, y de sus manos salió el ruido de unos fuegos artificiales, haciéndola reír. – Es que es lo máximo, eh. – Sí, se lo había enseñado su padre, quién si no. Y encima sabían a arándanos.

Pasaron así un buen rato, riéndose, hablando de chuches, estableciendo encendidos debates sobre cómo de buena ra tal chuche o tal otra, sobre lo que harían cuando pudieran ir a Hogsmeade... Y entonces se abrió la puerta y vio a Lindsay y a su padre. – ¡Eh, papi! ¿Ya le has arreglado el cacharro a la señorita Vaughan? – William asintió. – Sí, se han vivido instantes de tensión, pero al final lo he conseguido. – La otra rio un poco. – Hillary, cariño, tenemos que irnos. La abuela no quiere que conduzca de noche, y ya vamos un poco tarde para eso. – La aludida suspiró, pero se levantó. – En cuanto pueda, me voy a sacar la licencia de aparición y se acabó el conducir. – Su padre les miró a ella y a Dylan. – Nosotros nos vamos también. – Alice frunció el ceño. – Jo, papi...Sí, eso, jo, quiero que nos quedemos. – La sonrisa de su padre se diluyó un poco. – Es que mamá está un poco cansada. – Y ya está. Captó el tono. Se puso de pie de un salto y tiró de Dylan. – Venga, patito, que cocinamos en casa, y papá te hace un baño con espumas de colores, ¿a que sí, papi? – ¡Pues claro! – Se apuntó su padre, recuperando el entusiasmo. – Y con olas como las de la playa si quieres, patito. ¿En serio? – Dijo Dylan alucinado. – Bueno, a ver que dice mamá. – Aportó Alice, que ya se conocía aquellas escaladas, y al final acababa siendo ella la culpable de alguna forma. Se arrastró hacia Marcus y le dio la mano. – Lo siento, pero si mamá está cansada será mejor que nos vayamos... – Alzó la mirad y la clavó en la de Marcus, con sinceridad. – Ha sido genial.
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Miér Abr 14, 2021 6:59 pm

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CON Alice EN Casa de los O'Donnell A LAS 12:30h, 3 de junio de 1997
Rio un poco cuando Alice le dijo que le hacía cosquillas, lo que provocó que se acercara aún más. - Es por el limón. - Bromeó, volviendo a reír. Y entonces Alice le dijo que todo había sido perfecto en su cumpleaños y se quedó mirándola, con una sonrisa embobada. Sí, ese razonamiento no dejaba lugar a dudas, y él mismo lo sabía. Había sido un gran cumpleaños, no podía estar más contento. - Sí que ha sido perfecto. - Susurró, mirándola, aunque era un poco raro, porque ella seguía con los ojos cerrados y él cerca de su oído. Rio suavemente cuando dijo que no se le podía pedir nada más y se encogió de un hombro. - Quizás que mi amiga no se caiga de un árbol. - Dijo con lo que en teoría debía ser un tonito chulesco, pero había sonado suave. Probablemente... Por agradecimiento. Tenía mucho que agradecer a todos, pero sobre todo a su mejor amiga. Por compartir siempre su entusiasmo. Por ir siempre un poquito más alla.

Fue decirlo y Dylan saltó para darle el caramelo, así que Marcus se retiró un poco, aún con la sonrisita que las palabras de Alice le habían dejado. Se tuvo que aguantar la risa, pero cuando Alice se rindió, alzó y bajó los brazos, chistando. - ¡¡Nooo!! - Miró a Sean. - Tío, has cogido una de las cosas más complicadas. - ¡Ya estamos! No era tan difícil, es carbón dulce. - Yo le hubiera dado otra cosa, pensó. Algo como, por ejemplo... Lo que precisamente Lex le estaba tendiendo. Al final iba a resultar que su hermano y él se medio parecían. Sonrió ampliamente, y en lo que Alice iba a vengarse de Hillary por sus comentarios, Marcus se arrastró hasta su hermano y le ofreció el paquete de babosas de gelatinas. - Viscoso, pero sabroso. - Bromeó. Lex entornó los ojos a su broma mala, pero aun así cogió una de las golosinas y luego le dio de sus dragones. - ¿Te lo has pasado bien? - Lex se encogió de hombros y dijo. - Tengo ganas de ir al partido de Roma. - Marcus sonrió con una risa suave. Lo tomaría como un "sí".

Tras un rato riendo con los efectos de los chicles de Alice y debatiendo sobre chucherías, aparecieron William y Lindsay en la puerta. Solo de verles se le diluyó un poco la sonrisa, porque ya se imaginaba por qué estaban allí. - ¡Podéis quedaros a dormir! Tenemos sitio. - Trató de salvar. Llevaba meses conviviendo con sus amigos, ahora iba a ser raro no verles un día detrás del otro, y no quería que aquella fiesta acabara. Pero los argumentos de los padres eran difíciles de refutar, y por si fuera poco su amiga le confirmó que se tenían que ir. Esbozó una leve sonrisa y asintió. Sabía que Janet estaba un poco enferma, si tenía ganas de descansar en su casa, sí, era mejor que se fueran. No le quedaba de otra que asumir que su cumple había acabado. Apretó la mano de su amiga con una sonrisa y se levantó para acompañarles. Igualmente, había sido absolutamente espectacular. No se podía quejar.

Los invitados se fueron yendo poco a poco hasta que solo quedaron sus abuelos, que cenarían con ellos, y los Gallia. - Muchas gracias por venir, y por el regalo. Me ha encantado. - William estaba un poco en su mundo, cargando a Dylan sobre sus hombros, así que le dio el mensaje a Alice y a Janet. La mujer se agachó y le acarició el pelo. - ¿Lo has pasado bien? - ¡Mucho! ¿Y usted, Señora Gallia? También era su cumple. - La mujer rio. - Bueno, el mío es el día ocho, pero ya me doy más que por festejada con esto. La tarta de cereza de tu abuela, mmmm. - La mujer había hecho un sonidito casi infantil de gusto que a Marcus le hizo mucha gracia y le recordó a sí mismo cuando pensaba en comida, haciéndole reír. - La mejor de mi vida. - Le diré que se la vuelva a hacer el año que viene. - Dijo muy convencido. La mujer esbozó una sonrisa triste y le volvió a acariciar, con los ojos brillantes. - Eres un chico estupendo, Marcus. - Eso le hizo sonreír ampliamente. Le encantaba que los adultos le dijeran cosas bonitas.

- ¿Nos vamos, pajarito? - Le dijo Janet a Alice, y él se despidió con un gesto de la mano y una sonrisa... Pero cuando la vio girarse, se mordió el labio. Se le había quedado algo pendiente. Su cabeza estaba ya pensando a toda velocidad: William y Dylan estaban fuera del porche, Janet iba de camino y su amiga se había ido dando saltitos tras ella... Pero aún la podía cazar. - ¡Alice! - Dijo dando una pequeña carrerilla sin pensárselo demasiado, porque si se lo pensara, no lo habría hecho tan impetuosamente. Porque al llamarla, no solo se giró Alice, a la cual había tomado suavemente de la muñeca al alcanzarla como si temiera que se fuera sin que él hubiera terminado, sino que también se giró Janet. Tragó saliva y se mojó los labios. - Gracias... Por todo y... - Esbozó una sonrisa tímida. Venga, Marcus. Si vas a ser un caballero no puedes tener tantos nervios. ¡Dilo ya! - Te queda muy bonito el vestido. - Ya estaba, soltado. Nada de "es azul" ni "es un vestido" ni obviedades de esas... Ah, pero ahora le daba un poco de vergüenza lo que pudiera decirle. Pero se tenía que ir, ¿no? Pero, ¿iba a darse media vuelta y punto, dejándola irse como si nada? Sin pensarlo, una vez más, le dio un beso en la mejilla, y ya sí se despidió y les dejó irse. Al fin y al cabo, pensó, ella lo hacía de vez en cuando y a él le gustaba, así que... Bueno. Era un punto y final tan bueno como otro cualquiera.
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