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Jue Abr 15, 2021 12:27 am

La palabra más hermosa
CON Marcus EN Sala común A LAS 8:00, 14 de febrero de 2002
Estaba despierta, pero estaba revolviéndose en las sábanas. No pasaba nada si justo ese día se hacía un poco la remolona. Y mira que la noche antes estaba como cuando en Nochebuena se iba temprano a la cama para tener los regalos al día siguiente. Tenía montón de cosas que hacer y preparar, y pretendía atender en clase, pero es que estaba demasiado deseosa de que llegara la tarde. Pero podía seguir un pelín revuelta en sus sábanas, que iba a tener un día movidito.

Pero el remoloneo se acabó cuando oyó un ruidito en su ventana. Conocía a su novio y estaba esperando que algo hiciera. Mandar a Elio era parte posible de ese algo. Se levantó de un salto y abrió la ventana, con el chiquitín entrando dando saltitos con total alegría. – Cierra, penca, que hace un frío de mil demonios. – Se quejó, para variar, Hillary. – ¡Hola, monada! – Dijo ignorando absolutamente a su amiga y con un tono absolutamente adorable, que Elio correspondió con un piar más adorable aún. – ¿Pero qué te ha puesto el loco de tu amo? – Preguntó muerta de amor, dándose cuenta de que el bichillo llevaba anudado su lazo. Se agachó en el suelo frente a la cama, acariciándole la cabecita. – ¡Pero si hasta hueles como él! – Elio cerró los ojitos de placer y luego saltó hasta ella con una carta en el piquito, que dejó sobre la cama. – Es verdad que huele a Marcus. – Dijo Donna un poco confundida. – ¡No me jodas que le ha echado su colonia al pájaro! Yo lo flipo, eh. – Pero Gal estaba demasiado ocupada en abrir la carta, que decía:

Mi querida Alice,

Después de siete años, por fin puedo celebrar contigo San Valentín como nos merecemos, llamándote mi novia, mi princesa de Ravenclaw, siendo el chico más afortunado de todo el castillo. He de decir que no he podido preparar el escenario que a mí me gustaría (y que tú te mereces), pero nos quedan muchos San Valentín por celebrar si tú así lo quieres, y pienso currarme todos y cada uno de ellos para que sea a cada cual más especial que el anterior. Aunque a tu lado todos mis días son especiales.

Por lo pronto este año tendremos que quedarnos con lo que Hogwarts nos tiene preparado. Pero es nuestro último curso, nos quedan meses de compartir todos nuestros días juntos, pero tengo toda una vida por delante para darte. Esto solo es el principio de nuestra gran aventura. La mejor travesura que hemos hecho juntos.

Te quiero, Alice

Marcus

PS: Este no es mi único regalito, por supuesto... El otro, ya lo verás.

Con el corazón desbocado y los ojos brillantes, dobló la carta otra vez y se la llevó a los labios. – ¡Ay mira la muy boba! Qué cara se le pone con las cursiladas del prefecto. – Ella se incorporó, sin quitar la sonrisa. – Cursi serás tú, linda. – Hillary se giró con mirada maliciosa. – ¿Ah sí? A ver que te cuenta el prefecto en sus cartitas. – Gal se la vio venir sobre ella y se subió de un salto a la cama, alterando a Elio que se le puso en el hombro y se puso a piar a Hillary y Donna que empezaban a cercarla por los bordes de la cama. La salvó la puerta que se abrió, dejando ver a Amber con una caja de calderos picantes. – Me ha aparecido esto en la ventana, ¿sabéis quien me lo ha podido dejar?Alguien que no te quiere bien, Ming, eso son calderos picantes.  – Ella se encogió de hombros. – No, si a mí me gustan. Entonces un admirador. – Dijo alzando las cejas con intención. Sabía la ilusión que podían llegar a hacer esas cositas. – ¿Qué haces ahí subida, Gal? – Preguntó la chica, percatándose de la situación como si acabara de caer del cielo. Hillary se giró, sin abandonar su expresión maliciosa. – Tiene una cartita de amor de O'Donnell que no quiere compartir con sus amigas. ¿No te parece una falta de respeto terrible? – Amber se encogió de hombros. – Bueno, la correspondencia privada, y más entre los miembros de...¿Marcus te ha escrito una carta de San Valentín? ¿Yo puedo verla? – Dijo Beverly entrando como un torbellino en pijama en su cuarto, pero ya con las trenzas perfectamente hechas. – Uy no, tú eres muy chica para leer esas cosas. – Dijo su amiga con una risa. – ¡Hillary! – Contestó ofendida Gal. – ¡Pero bueno, ocupaos de vuestras cosas! No os voy a enseñar mi, como bien ha dicho Amber, correspondencia privada. – Pero tenía una sonrsilla que no se le quitaba por nada del mundo. Kyla apareció en la puerta, ya perfectamente vestida. – Pero bueno, ¿ya estamos así desde tan temprano? Estamos espiando la correspondencia entre el prefecto O'Donnell y Gal, pero tengo dudas sobre lo apropiado de su contenido, porque Vaughan asegura que no es para niños. – La chica resopló y miró a Gal con cansancio. – ¡Kyla! Que no las creas, que ninguna ha leído la carta. – Respondió ella, aunque no podía quitar la sonrisa y le salía reírse al hablar. – ¡Te estás riendo! – Señaló Donna. Y entonces, notó una desestabilidad en el colchón y la pequeña polvorilla de Beverly la pillo desprevenida, quitándole la carta y bajándose corriendo. – ¡La tengo! ¡La tengo!¡Léela en voz alta, corre, Duvall! – Dijo Hillary haciendo de pantalla con los brazos para que no pudiera bajar de la cama. – Mi querida Alice, – empezó a recitar la niña con su tono repipi –, después de siete años, por fin puedo celebrar contigo San Valentín como nos merecemos, llamándote mi novia, mi princesa de Ravenclaw, siendo el chico más afortunado de todo el castillo. He de decir que no he podido preparar el escenario que a mí me gustaría... – Gal logró bajarse por el otro lado de la cama y llegó corriendo a las manos de Bev para quitarle la carta. Además se había dado cuenta de otra cosa. – La prefecta Farmiga tiene otra carta, atormentadla a ella. – Kyla enrojeció de repente y escondió las manos en la túnica. – ¿Qué? ¡No! Yo no... – Pero ella aprovechó para pasar entre la prefecta y Amber y salió corriendo escaleras abajo, llevando su carta bien agarrada.

Sabía que iba a estar esperándola. La esperaba al pie de las escaleras casi desde el primer día, cuánto menos un día así. Y que guapísimo estaba. Y ella con un pijama que ni pijama era realmente, si no un pantalón de pijama con pajaritos y una camiseta interior que no era la de su juego. Pero al menos era azul cielo. Corrió hacia él y le saltó encima, juntando sus labios con los de él. – Buenos días, amor mío. – Acercó la nariz a su cuello. – Pero qué bien hueles y qué guapo estas. – Volvió a juntar sus labios con los de él. – Eres el mejor novio del mundo, ¿lo sabes? – Se acercó a su oído. – Pero yo también soy buena novia. Tu regalo empezará a eso de las... Cinco, calculo. – Terminó con una risita. – Feliz San Valentín, mi perfecto prefecto.
Merci Prouvaire!


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Jue Abr 15, 2021 2:53 pm

La palabra más hermosa
CON Alice EN Sala Común A LAS 8:00h, 14 de febrero
- ¿De verdad era necesario despertarse a las cinco de la mañana? - Qué exagerado. Me he levantado a las seis. - Bueno, a las cinco y media, pero igualmente Sean estaba como un tronco y no lo podía saber. - Y ya sabes que tengo que levantarme temprano para cumplir con mis obligaciones de prefecto, que hoy es un día movido. - Se excusó, mientras seguía acicalando a Elio. Pero por supuesto que su amigo no había terminado con las quejas. - Pues yo no te he visto salir del cuarto. - Porque hoy mi cometido era expresamente ese, comprobar que ningún alumno se había fugado de su cuarto. - Dijo con mucha seguridad, pero solo se ganó una pedorreta de Sean. - Mira, no te lo crees ni tú, te lo estás inventando sobre la marcha. - No pienso dignificar eso con una respuesta. - Chistó y se giró hacia él. - ¡Y calla ya, tío! Que me vas a estresar a Elio y se le rizan las plumas. - Sí, eso, plánchale también las plumas a tu pájaro, que anoche solo te pasaste una hora planchando el uniforme. - Rodó los ojos. Elio estaba la mar de contento y orgulloso con su cometido, él tenía su cartita preparada y lacrada desde anoche (escrita desde hacía mucho más tiempo, por supuesto), ya se había pasado más de una hora en el baño entre ducharse, peinarse cada rizo, comprobar que tenía la ropa perfectamente bien puesta y echarse colonia...

Que, por cierto, hablando de la colonia. Se levantó de un salto, fue al baño y tomó su tarrito. - A ver, colega, cierra los ojos. - Le dijo a la lechuza, que le obedeció con mucha dignidad. Roció un poco con el pulverizador para no echárselo directamente encima, y el pájaro se removió graciosamente bajo la rociada. - Eso, échale tu colonia a tu pájaro, no vaya a ser que Alice no lo reconozca. - Como dos caballeros que somos tenemos que ir bien acicalados en un día tan importante como este. - Dijo muy erguido y muy digno, con el pecho hinchado. Lo más gracioso de la escena es que Elio había adoptado exactamente la misma pose que su dueño. Volvió a recolocarle las plumas, por si alguna se le hubiera encrespado al caerle la colonia, y le dio el toque final. Con una sonrisilla, le arqueó las cejas a su pájaro y le dijo. - ¿Preparado? - Este pio contento, y tanto Marcus como él ignoraron por completo las toses de Sean asegurando que había empestado la habitación.

Se desató el lazo azul de la muñeca y lo puso en torno al redondo cuellecito de Elio, con mucha delicadeza, haciendo un lazo perfecto. - Venga ya. ¿Le estás poniendo una pajarita a tu lechuza? - Ahí fue Elio el que le lanzó un graznido ofendido, tanto que Sean, que estaba acostumbrado a verlo en su faceta de bolita adorable de plumas, abrió los ojos y se echó hacia atrás. Marcus, que seguía dándole al lazo la forma perfecta con la mayor delicadeza que sabía, se encogió de hombros. - Tío, es que irradias mucha negatividad. - Sean bufó y se fue mascullando hacia el cuarto de baño.

Ya estaba todo listo. ¿Por qué estaba tan nervioso? Bueno, era su primer San Valentín con novia y, desde luego, no una novia cualquiera: Alice. El amor de su vida desde que tenía once años, la chica con la que había celebrado todos los San Valentines sin saber ni lo que estaba haciendo. Ahora sí que lo iban a celebrar con propiedad, y siendo el primero tenía que ser PERFECTO. - Vale, recuerda que esta carta es muy importante y delicada, ¿eh? Cógela con cuidadito. - Elio abrió el pico y lo cerró muy lentamente en torno al sobre. - Buen chico. Estás muy guapo. - La lechuza se removió contenta (sin piar, porque tenía el pico ocupado) y saltó sobre la muñeca de Marcus. - Ponnos en buen lugar, ¿eh? - Le bromeó, ya en la ventana, y le echó a volar. En apenas un bucle en el aire, la lechuza llegó al dormitorio de las chicas, donde inclinándose lo suficiente podía verle picotear en la ventana. Tan pronto le vio entrar a los dormitorios, él se metió hacia el suyo de un salto.

Al ir como una escoba al cuarto de baño se topó casi de bruces con Sean, que dio un paso atrás, asustado. - ¡Cuidado! - Lo siento. Prisa. - Contestó apresurado. Solo quería volverse a mirar en el espejo, por decimoquinta vez, para comprobar que estaba bien. Salió en seguida, pero al hacerlo se encontró con el que sí era el alma de la fiesta. Pero para mal. - Vaaaaya vaaaaya qué guapo te has puesto, Prefecto O'Donnell. - Yo todavía sigo flipando con que le hayas puesto pajarita a Elio. - Apuntó Sean. Eso hizo que Creevey soltara una descarada carcajada. - A ver, Hastings, si yo tuviera novia también me lo curraría. Que todos sabemos para qué está San Valentin. - Exacto, para expresarle a la persona amada lo que sientes por ella. - Respondió Marcus. Benjamin bufó sardónicamente y Sean negó con la cabeza. - Dios, qué empalagoso eres. - Tú di lo que quieras, pero deberías tomar nota. - Replicó con intenciones, pero Creevey se volvió a reír. - Eso, Hastings, toma nota. Que todos sabemos aquí como va a acabar O'Donnell la noche. - Y el crío empezó a hacer unos gestos bastante explícitos y ordinarios con los brazos y las caderas, mordiéndose el labio. Eso le granjeó un almohadazo. De Sean. - Gracias, tío. - De nada. No quería arriesgarme a que por hacerlo tú se te saliera un bucle de su sitio y tuvieras que volver a empezar. - Sé que eso en tu idioma es un piropo, así que gracias otra vez. - Le dijo dándole un par de palmadas en el hombro y dirigiéndose a la puerta. Pero antes de salir, porque si Marcus no decía mil frases en un minuto y aunque nadie se las hubiera pedido no era Marcus, se giró a los presentes y, pomposamente agarrándose las solapas de la túnica, añadió. - Y ahora, si me disculpáis, me voy con mi amada. - Y bajó las escaleras, a lo justo para no oír los comentarios soeces que Creevey fue dejando por ahí.

Probablemente nunca hubiera estado tan nervioso esperándola al pie de las escaleras como ese día. Al ser tan temprano aún estaba todo considerablemente silencioso, y al agudizar el oído pudo escuchar risitas provenientes del dormitorio de las chicas. Mientras tanto, ahí estaba él, jugando con los dedos entre las manos y dando vueltas en círculo. Hasta que un torrente y un sonido de pasos veloces inequívoco le hicieron girarse hacia las escaleras. Sonrió. Sí, esa era su novia, no podía ser nadie más.

A pesar de esperarla, se le lanzó encima tan rápido que apenas le dio tiempo a reaccionar. Eso sí, reaccionó estupendamente en cuanto tomó conciencia de que se estaban besando, respondiéndole con ganas. - Buenos días, princesa. - Dijo, aún con la chica en brazos y una sonrisa radiante. Al comentario sobre lo bien que olía rio un poco y le mostró el cuello. - ¿Te gusta? ¿Te suena el olor? - Bromeó, estaba convencido de que habría notado que Elio se había echado colonia. Volvieron a besarse mientras él la seguía teniendo en sus brazos. No es que fuera el chico más fuerte del mundo, pero Alice era una plumilla. Se mojó los labios con una sonrisita. - ¿Eso es porque has visto mi carta? - Dijo, fingiendo no saber. Siseó un poco. - Ya, pues... No es mi único regalo, así que... - Ah, pero por supuesto que no iba a ser el único en generar intrigas ahí. Ya estaba Alice susurrándole en su oído, poniéndole la sonrisilla que le ponía siempre y generando un misterio de los suyos. - Ya me muero de ganas. - Rio levemente y respondió. - Feliz San Valentín. - Y volvió a besarla. Porque sí, porque podía, y pensaba tirarse el día entero haciéndolo.

Se separó de sus labios y la miró de arriba a abajo, sin soltarla, fijándose en su pijama. - Hmm... ¿Vas a ir así a clase? - Preguntó con una sonrisilla y el ceño levemente fruncido, como si quisiera cuestionarla... Todo una farsa. Inmediatamente después de su pregunta, rozó su nariz con la de ella y susurró. - Porque estás preciosa. - Por supuesto, otro beso. Lo dicho, se pensaba pasar así todo el día. Pero un ruidito y un leve peso de más en su carga le hizo separarse y abrir los ojos. - Vaya, pero si es nuestro heraldo real. - Elio pio con alegría y orgullo hinchado sobre la cabeza de Alice. Dejó a la chica en el suelo y el animal se bajó al hombro de ella, para que ambos novios pudieran admirar lo guapo que estaba. Porque a Elio le gustaba un halago tanto o más que a su dueño. Se acercó a su pájaro e hizo el paripé de susurrarle, señalando a Alice con la cabeza. - No estoy del todo seguro, pero... Yo creo que le ha gustado. - Eso hizo al animal mover las plumitas y a él reírse. - Has cumplido muy bien con tu cometido. Y ahora... ¿Me dejas cogerlo de nuevo? - Elio echó la cabeza hacia atrás en un ángulo de torsión que solo una lechuza podría conseguir, claramente dándole permiso para recoger su lazo. Se lo quitó con suavidad y se lo tendió a su chica. - ¿Me lo atas? Es que si no lo haces tú, no queda igual. Lleva siendo así desde el primer día. -
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Jue Abr 15, 2021 7:13 pm

La palabra más hermosa
CON Marcus EN Sala común A LAS 8:00, 14 de febrero de 2002
Rio a lo de la colonia. – Mira, me parece lo más adorable que te he visto hacer hasta ahora. Elio ha causado sensación. Has puesto las expectativas demasiado altas al resto del personal. – Mejor no le decía que su querida Beverly haba empezado a leer la carta en voz alta, porque no quería empezar un día tan bonito e importante con infartos de miocardio. Ladeó la cabeza ligeramente. – Tu carta la he visto, sí. Pero te lo digo porque eres el mejor novio del mundo y hoy es el día perfecto para recordártelo, amor mío. – Y otra beso. Si es que se le perdía el discurso con aquellos besos. Puso los brazos entorno a su cuello y se separó un poco para poder mirarle a los ojos con una mirada pícara y una sonrisa a juego. – Aún no te imaginas cuánto te mueres de ganas de que llegue. – Se miró a sí misma cuando la hizo aquella pregunta y se echó a reír. – Estaría bien ¿eh? Pero no. Ahora mismo subo a vestirme, pero antes quería darte un beso, decirte lo preciosa que ha sido tu carta y... – Miró a ambos lados y se inclinó sobre su oído. – Que lo importante no es lo que llevo puesto ahora, o lo que voy a llevar durante el día, si no lo que voy a llevar por la noche. – Y se separó alzando las cejas y mordiéndose el labio.

En cuanto se le subió Elio encima, se bajó ella de los brazos de Marcus y le alisó con las manos un poco la túnica. – A ver, que te he descuageringado un poco, y Elio está demasiado bonito como para que no vayáis a juego. – Le tendió la mano para que se subiera y le puso en el hombro de Marcus. – Eso es, ahí están mis chicos guapos. – Y Elio todo puesto presumiendo casi de la misma manera que lo hacía Marcus, le hizo reír. Cuando Marcus le tendió el lazo, sus ojos se humedecieron un poco, mientras lo tomaba entre los dedos y empezaba a rodear su muñeca con él. Su primer San Valentín juntos oficialmente, y el último en Hogwarts. Mientras lo ataba delicadamente, alzó la vista y dijo. – ¿No te emociona pensar qué lejos hemos llegado? – Terminó de atarlo y se inclinó sobre él. – Desde las barcas... Hasta siempre. – Susurró sobre sus labios. Iba a darle un beso, pero una voz atronó detrás. – ¡Más alto! ¡Si vais a deciros guarradas que lo oigamos todos!Pero si no se dicen nada interesante, están con lo de siempre. ¿Cómo que guarradas?Hillary, las niñas. – Riñó la voz severa de la prefecta. Se giró para ver a Hillary, Donna, Kyla, Amber y Beverly asomadas a las escaleras y suspiró. – ¿No tenéis otra cosa mejor que hacer en San Valentín? Pues qué triste. – Dijo girándose y mirándolas significativamente. – ¡O'Donnell y Gallia sentados en un árbol, se dan un besito...! – Bajó Creevey cantando por las escaleras, con un Sean de aspecto especialmente cenizo. – Bueno, viendo cómo está el panorama, solo besitos igual ya no se dan... – Dijo con un tono inequívoco y muy tonto. Gal suspiró. – ¿Y tú qué, Benjamin? ¿Sigues sin poder pillar ni si quiera en San Valentín? – El niño la miró tirándose de la túnica. – Dame tiempo, Gal que tengo un par de... – Se giró sobre sí mismo y vio a Beverly asomada a la escalera, atropellando sus discurso y abandonado toda posturita. – Anda, Bev, buenos días... Feliz San Valentín... – La niña le miró con profundo hastío, pero ahí seguía clavada.

Pero Marcus tenía razón, no podía irse así a clase, así que apretó su mano y le sonrió. – Voy a arreglarme, que si no, imagínate la cara que me va a poner el profe de Pociones si aparezco en pijama. – Se puso de puntillas y dejó un besito en sus labios. – Nos vamos viendo... Novio. – Dijo guiñándole un ojo. – Me muero por ver mi regalo. – Y estirando su mano todo lo que pudo subió corriendo escaleras arriba. – A ver, paso, que llevo prisa, me tengo que arreglar, por favor. – Aunque como le había adelantado a su novio, lo importante era lo que se iba a poner por la tarde. Es más, tenía poco tiempo para organizarlo, el justo que tardara Marcus en encontrar todo. Mientras se lavaba los dientes y se vestía a toda prisa, dejó el bolso de extensión indetectable preparado con todo y cogió todas las notitas para Marcus, guardándoselas en el bolsillo de la túnica. Y antes de eso, quería dejar también preparada la cajita que iba a darle a Theo. El año anterior él le había regalado la esencia de jardín, que era super laboriosa de hacer y ella no había podido darle nada. Y encima en Navidad le había traído los toffes de agua salada, algo tenía que darle después de todo lo bien que se había portado con ella. Así que cogió un poco de variedad de los dulces que había hecho para Marcus y los metió en la misma cajita que él le había dado por navidad. – Colovaria flavo. – Y la cajita se volvió del amarillo de Hufflepuff. Iba a ponerle negro, pero aplicar el hechizo cambia color en negro era arriesgado y casi que mejor se quedaba así. Se metió la cajita también en el bolsillo de la túnica, satisfecha, y fue a mirarse en el espejo, para asegurarse que no iba hecha un cuadro. Siempre intentaba hacer demasiadas cosas por las mañanas.

¿Qué le vas a regalar a Marcus? – Apareció de nuevo Beverly en su puerta. Ella se giró con una sonrisilla. – No es un regalo físico. – Alzó la ceja. – Es un reto, lo que más nos gusta a nosotros. – Y, muy satisfecha, salió por la puerta. Iba a seer el mejor San Valentín de la historia y que vinieran a decirle lo contrario, que verían las risas.
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Jue Abr 15, 2021 9:45 pm

La palabra más hermosa
CON Alice EN Sala Común A LAS 8:00h, 14 de febrero
Pues eso era lo suyo: poner las expectativas altas a la gente. Podría decir que lo hacía sin querer... Pero un poquito queriendo sí que lo hacía. Sonrió orgulloso y se encogió de hombros con falsa modestia, chistando. En este caso, el motivo por el que lo había hecho estaba muy lejos de ser el de pavonearse: lo había hecho enteramente por ver esa sonrisa que tenía delante, y no hacía más cosas porque no podía, que Marcus podía llegar a ser un poquito excesivo como se viniera arriba. Por Alice haría las mayores estupideces que ella le quisiera pedir. Total, ¿no llevaba siete años siendo así?

Le arqueó una ceja y ladeó la sonrisa. Uh, Alice con esa sonrisilla pícara, esa mirada y diciendo que "aún no se imaginaba cuánto se moría de ganas de que llegase" vaticinaba cosas, vaticinaba un sin fin de cosas. Efectivamente, ahí estaba el susurro malicioso que se lo confirmaba y le atravesaba con un escalofrío el cuerpo de la cabeza a los pies. Separó un poco los labios y abrió los ojos. - Oh, vaya... - Dijo intentando sonar chulesco, pero le había salido un poquito tembloroso. ¡Como para no! Era una declaración de intenciones en toda regla, de esas con las que había pocas dudas antes de estar saliendo, cero dudas siendo ya novios formales. - ¿Y no me das ni una pistita siquiera? - Susurró, acercándose él también a su oído. - A ver si no me voy a poder concentrar en clase... Pensando... - Imaginando, fantaseando.

Rio un poco ante lo de ir a juego con Elio, que estaba orgullosísimo y tomándose aquello más en serio que si fuera hacia su propia novia. A pesar de que se había pasado media noche planchando, ni se había planteado lo más mínimo el estado de su túnica. Él solo quería que su novia le viera radiante, y teniendo en cuenta el recibimiento mañanero, estaba para todo menos para quejarse. Ahí estaban los dos, dueño y mascota, más contentos que nada con los mimitos de Alice. Le tendió la muñeca y observó con cariño como le ataba el lazo, sin poder evitar mirar sus ojos. Había visto como le brillaban, y estaba convencido de que él tenía el mismo brillo. Sonrió. - La verdad es que sí. - Dijo con voz suave e hipnotizada por el momento. Amplió la sonrisa mientras ella rozaba sus labios con los suyos al hablar, haciéndole cerrar los ojos. - Siempre. - Susurró. Ah, pero por supuesto que les interrumpieron, como no. Pero ni mil interrupciones podían cargarse ese momento.

Suspiró en silencio y le puso mirada de circunstancias a Alice, con la sonrisa ladeada. Estaba convencido de que ese día encontrarían su propio hueco para estar solos, era cuestión de tener paciencia y saber buscarlo. Y, les gustara o no, su reciente noviazgo se había convertido en uno de los motivos de cotilleo predilectos de su sala común. San Valentín no iba a ser una excepción para ello. - ¡Feliz San Valentin, chicas! - Saludó con un gesto de la mano y una sonrisita galante, como si nada, demostrando que no estaba ni medio turbado con la interrupción. Que, salvo el horario en el que Alice estuviera en Pociones, pensaba estar todo el día pegado a los talones de su novia, así que esa interrupción no era nada para él. - Estáis todas preciosas esta mañana. - Las reacciones no pudieron ser más dispares: Beverly emitió una risilla y se sonrojó, Kyla arrugó la nariz como si acabara de decirle me gusta comer bichos, Donna simplemente rodó los ojos y Amber se quedó con cara inexpresiva, como si se lo hubiera dicho en otro idioma y esperase traducción. La única en emitir sonido fue Hillary, que lanzó un bufido. - Madre mía, O'Donnell, es que ni con novia dejas de ser cursi. - Todo lo contrario: pienso ser extremadamente cursi. - Dijo mirando a Alice y rozando graciosamente su nariz con la de ella como si le diera un leve piquito.

La cancioncilla y esa voz insoportable le hicieron vaticinar la llegada de Creevey. Otra vez. Esperaba que no dijera ordinarieces delante de Alice, que no es que su novia se fuera a espantar (él se espantaba más, de hecho) pero quería que siguiera en el ambiente esa nube amorosa y pomposa que había creado y dejar los comentarios velados y las insinuaciones para su estricta intimidad. Rodó los ojos, pero estaba de tan buen humor que ni ese chico se lo podía tumbar. El dardo de Alice le hizo reír. El chico intentó salvarlo con una bravuconería y felicitándole el San Valentin a... ¿Beverly? No, por Dios. Pensaba decirle a la niña que se merecía algo mejor que ese mendrugo insufrible. - Oye, Creevey, a ver si es que lo que quieres es que te diga que estás precioso esta mañana a ti también. - Uy, sí, O'Donnell, me has pillado, me pones un montón, por eso me paso todo el día persiguiéndote. Aunque bien pensado, a algunas les ha funcionado. - Dijo mirando maliciosamente a Alice. - A otras no tanto. - Dijo con retintín, lanzándole una miradita a Beverly, que ahora le miraba con los ojillos entrecerrados y una mueca en la boca como si le quisiera hacer estallar la cabeza con la mente. Vaya, al señor le había ofendido no recibir su felicitación de vuelta, al parecer. - Qué poca clase... - Le dijo con pena, pero el otro bufó con desdén. - Claro, porque eso es justo lo que las tías van buscando en un tío. Que tenga "clase". - Se burló el chico, haciendo las comillas en el aire. Marcus puso expresión de suficiencia y sacó un poco el labio inferior. - A algunos nos ha funcionado. - Le lanzó de vuelta, mirando justo después a Alice y guiñándole un ojo.

Su novia le confirmó que iba a ir a arreglarse y él sonrió recibiendo el piquito. - Aquí estaré esperando... Novia. - Se despidió, pero entonces recordó algo y le agarró la mano para detenerla antes de que corriera escaleras arriba. - Oh, una cosa. - Se acercó a ella y le susurró al oído. - Lleva la carta contigo todo el día. Ya sabes... Para que no la lean y eso. - Dijo, con una sonrisilla, mojándose los labios. - Y te daré mi regalito a la vez que tú a mí el tuyo. - Así la dejaba con la intriga él también. Ya sí se fue y Creevey empezó a hacer burlas con comentarios bastante ordinarios que pretendían presuponer lo que se habían estado los novios susurrando. Marcus entornó los ojos hacia arriba, suspirando mudamente y aunando paciencia. Pero como quería tener el día en paz, sacó la varita y, apuntando a su espalda, susurró. - ¡Flipendo! - La alfombra que pisaba Creevey salió despedida unos metros hacia atrás y le hizo caer de culo en el suelo. Ante el quejido dolorido y de fastidio, Marcus miró por encima de su hombro con una caída de ojos y absoluta indiferencia. - Ups. - Dijo monocorde, justo antes de subir las escaleras al dormitorio otra vez.

- Esta chuche para el mejor compinche que tengo y tendré jamás. - Le dijo a Elio, sacando una chuche de sus cajones y dándosela. Se la comió de un trago el muy glotón. - Te doy otra, por bueno, pero, ¡ssh! - La retiró antes de que su lechuza se la quitara de los dedos de un picotazo. - Adminístratela. Que si hoy te llevas ración doble, ya no hay más en varios días. - Se la dejó en el pico. Elio le miraba con ojos entornados, pero Marcus le señaló con el índice. - Que voy en dos horas a la lechucería a comprobar que sigue ahí, ¿eh? - No lo pensaba hacer, pero ahí quedaba la amenaza. Se despidió con cariño de su lechuza y este salió volando de su ventana a su parcelita propia en el castillo.

Otra de las cosas que había hecho la noche anterior había sido guardar a buen recaudo el regalo para Alice. Como no se fiaba ni de esa novia suya ni de la locura de San Valentín que se generaba en el castillo, vaya que no le diera tiempo a subir a por él, decidió llevarlo consigo hasta encontrar el momento adecuado para dárselo. Tenía un saquito del tamaño de la palma de su mano con un hechizo de extensión indetectable y otro de acolchado, que su regalo era frágil y no quería disgustos, que el hechizo Reparo no siempre dejaba luego las cosas bien. Ya tenía el regalo perfectamente acomodado dentro, pero aun así lo comprobó, y una vez asegurado se lo guardó en el bolsillo del pantalón, a buen recaudo y tapado por la túnica. Al girarse se topó con Sean y casi se lo traga. - ¿Tú no estabas abajo? - ¿No se podría eliminar este día del calendario? - Preguntaron casi a la vez. Sean pasó de la pregunta de Marcus, pero él detectó perfectamente la del otro. - Tío, ¿pero qué te pasa hoy? - A mí no se me dan estas cosas tan bien como a ti, ¿sabes? Siempre he ido a tu remolque, tú hacías una payasada de las tuyas... - Vaya, gracias. - ...Y yo te la secundaba, y ya está. El único año que no fui absolutamente invisible fue el año pasado, pero pasé mi primer y maravilloso San Valentín con Patrice, y para mí fue un día eterno. No estaba como tú estás ahora. - Marcus le miró por unos segundos. Bajó la cabeza y suspiró. - A ver, Sean... Los dos sabemos con quien quieres pasar este día. De verdad, no pierd... - Mira, ahórrate los consejos porque ya sé lo que me vas a decir. Nosotros no tenemos lo que vosotros tenéis, y aun así por poco la pierdes, así que no creo que seas el más indicado. - Marcus hizo una mueca, mirando a otra parte. Sean echó un poco de aire por la boca. - Lo siento, tío, no tenía que haber dicho eso. - No, si tienes razón. - Confirmó él con naturalidad. Se metió las manos en los bolsillos y se encogió de hombros. - Y precisamente por eso soy el más indicado. De haber hecho las cosas como había que hacerlas, quizás Alice y yo ya llevaríamos tres o cuatro San Valentines celebrándolos juntos, y no que por poco no celebramos ninguno, como bien dices. - Negó con la cabeza y se acercó a su amigo. - Tío... El "no" ya lo tienes. Haz algo, lo que sea. - Le quitó la mano del hombro y se encogió de estos una vez más. - Yo tengo un hechizo Orchideous que me sale de miedo, por si lo quieres. - Tío que pesadito estás con el puñetero hechizo de las flores, lo metes cada vez que puedes. - Pues nada, Señor Variado, a ver a ti que se te ocurre. - Fue a salir de su cuarto pero, al pasar por su lado, le susurró. - Yo solo digo que hoy en el desayuno hay tortitas en forma de corazón. No es mal inicio. - Y volvió a bajar las escaleras.

Apenas dos minutos después de que él bajara apareció Alice de nuevo por allí. Puso la mejor de sus sonrisas y le ofreció el brazo. - Déjame que hoy te haga el desayuno, princesa. - Sabía que eso sonaba mejor para él que para ella, así que le entornó los ojos mientras se encaminaban hacia fuera de la sala común. - Porfa. Te prometo que no será como el de cuarto, lo haré más comedido. - Le picó en el vientre. - Para no escucharte decir "Marcus me da dolor de barriga solo de verlo". - La imitó de aquella manera y se echó a reír. - Ya en serio, pienso hacerte el plato más bonito de desayuno que verás en tu vida. - Se acercó a su oído con una sonrisa y susurró. - Por ahora. Porque pienso hacerte todos los desayunos que tú me pidas, toda la vida. -
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Vie Abr 16, 2021 12:03 am

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CON Marcus EN Sala común A LAS 8:00, 14 de febrero de 2002
Iba a najar, pero antes, se dio la vuelta y se puso una cosa más. La diadema de piedras negras de la abuela Molly. No se la había vuelto a poner desde el día de Navidad... No le traía buenos recuerdos y era demasiado bonita para llevarla de normal. Pero aquel era un buen día para borrar aquellos malos recuerdos y para sentirse más bonita de lo normal. Y, ya que estaba, de ir un poco a la par de arreglo con Marcus, encima con una diadema que era de su abuela.

Bajó bastante contenta consigo misma, un poco como solía ir Marcus, debía ser el efecto de saber que ibas a causar sensación. Hillary que estaba ahí de brazos cruzados hablando con Donna, alzó la mirada y abrió la boca. – ¿Y esa diadema? Cómo se te va la mano ya con las coronas O'Donnell. – Ella estiró el cuello muy puesta y se enganchó del brazo de su novio muy orgullosa, mientras salían de la sala común. – No me la ha hecho él. Pero sí que la ha hecho un O'Donnell. Lawrence, su abuelo. – Hillary soltó una risita sarcástica. – Pues eso es más que hacerte pajaritos de tierra, eh. – Movió la cabeza de lado a lado. – No me la hizo a mí, se la hizo a la abuela Molly, y ella me la regaló en Navidad.Pero solo llevan juntos desde el dieciséis de enero, ¿sabes? – Aportó Sean con el tono cenizo que le caracterizaba esa mañana. Su amiga rio y dijo. – Sí bueno, eso no se lo creía nadie de inicio, vaya. Hasta los abuelos parecían saberlo. – Gal suspiró y siguió mirando al frente, aunque puso expresión de superioridad. – Vaya, solo hacía falta una diadema alquímica para que se dirigieran la palabra, ¿te das cuenta? Porque llevaban evitándose toda la mañana. – Apretó su brazo entorno al de Marcus y se inclinó sobre él. – ¿Por qué será?

Atendió lo que le decía su novio y le miró con las cejas alzadas y una miradita incrédula. – A ver en qué estás pensando. – Pero ya sacó él solo el tema de que solía ser muy exagerado con los desayunos para ella. Y eso que no sabía lo que le tenía preparado para después, eso sí que iba a seer una exageración, pero es que tenía que compensarle dejarle sin la cena. Porque sí, estaba segura que a la cena no iban a llegar. – Hmmmm así que va a ser un desayuno artístico eh... Puede interesarme. – Dijo haciéndose la interesante con el índice sobre los labios. – Pero no te pases con las cantidades, eh. Que no queremos pasar San Valentín conmigo retorcida en la cama porque me he pasado con la comida. – Pero toda su argumentación se vio ensombrecida por esa afirmación y, por un momento, pudo verse levantándose todos los días de su vida y con Marcus haciéndole el desayuno. Bueno, si aprendía a hacerlo, pero Marcus aprendía rápido, otra cosa no. Apoyó la cabeza en su hombro y dijo. – Me encanta como suena eso. – Se rio un poco. – Aunque con lo remolones que somos los dos va a ser un drama lo de hacer el desayuno cuando podamos levantarnos cuando nos dé la gana. – "Y donde nos dé la gana" Ah sí. La playa desierta. Sin interrupciones. Algún día.

Llegaron al comedor y dejó que su novio se fuera a hacerle el desayuno artístico prometido, mientras Hillary se sentaba al lado suyo, y Donna se quedaba investigando con Amber y Beverly el origen de los calderos recibidos por la primera. Le parecía un buen momento para abordarla. – Bueno, ¿y a ti qué te pasa hoy con el pobre Sean? – Ahora es pobre, vaya. – Dijo la otra bufando y completamente a la defensiva. – No todas tenemos un novio chorra al que le va San Valentín, ¿sabes? – Suspiró y se apoyó sobre la mesa. – Sabes que si quieres un novio y un San Valentín, y todo el pack, solo tienes que abrir la boca para pedirlo, ¿verdad? – Su amiga volvió a bufar, bebiendo el zumo de naranja sanguina que habían puesto por San Valentín para que fuera rojo y luego la miró muy seria. – A mí San Valentín me da igual. Es una fiesta estúpida, que no me dan ganas de celebrar nada porque el mundo entero se vuelve absurdo entorno al mito del amor romántico. – Gal escuchó pacientemente, haciendo aquella técnica adquirida de su suegra (qué raro se le hacía pensar en Emma como su suegra), con media sonrisa, sin interrumpirla. Ella sola volvió a hablar. – Además, ¿por qué tengo que ser yo la que hable? ¿Por qué no puede hacer algo por una vez en su vida, dar un paso, demostrar que me quiere lo suficiente como para decir o hacer algo? – Gal alzó las cejas y la miró de arriba a abajo. – ¿Ves como estabas quemada? – Hillary soltó aire ofendida y levantó las manos, con la cabeza funcionando a demasiado rendimiento a lo suyo como para contestarla. Así estaba el patio cuando llegaron los chicos, y ella cerró los ojos a posta para no ver nada hasta que tuviera el plato delante. – Qué intriga, quiero ver mi desayuno artístico ya mismo. – Dijo removiéndose en su asiento como cuando era pequeña y algo le hacía ilusión.
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Vie Abr 16, 2021 1:06 am

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CON Alice EN Sala Común A LAS 8:00h, 14 de febrero
Por supuesto que nada más Alice aparecer, la vio: la diadema de su abuela. Sonrió. - Estás guapísima. A mi abuela le encantaría vértela puesta. - Le acarició la mejilla brevemente. - Pienso escribirle mañana para decirle que te la has puesto. Y fardar de ese súper regalo que me tiene preparado mi novia. - Dijo arqueando las cejas. Se moría de intriga... Bueno, ahora que lo pensaba, a ver si era un regalo apto para contárselo a su abuela o no.

Como Marcus estaba de tan buen humor ese día y nada ni nadie se lo iba a desmontar, en cuanto Hillary empezó a hacer de las suyas se acercó a ella y, cómicamente, le agarró una mano y se la llevó a los labios para darle un ceremonioso beso. - Hillary Vaughan, mi otro amor. - ¿¿¿Pero qué le pasa al tonto este??? - Saltó la chica, espantada, mirando a Alice como si temiera ser la causante de la ruptura de la pareja en pleno San Valentín. A veces parecía que no le conocía. - Le diré a mi abuelo que te haga una joya a tu altura, te lo prometo. - ¡Anda, anda! ¡Suelta ya! - Le dijo desenganchando su mano de la de él, pero un poco colorada a pesar de su cara de malas pulgas. Marcus volvió a engancharse a su novia entre risas. Los comentarios de sus amigos siguieron y él suspiró. - Creo que tanto mi amada como yo estamos de acuerdo en que nuestro amor lleva fraguándose mucho tiempo y este romance podría haber empezado antes. - Sus amigos ya estaban con cara de hastío. Mira, con suerte se iban con sus malos humos a otra parte y les dejaban a Alice y a él solos para desayunar. - Sin embargo, oficialmente nuestra fecha de inicio es y será siempre, en efecto, el dieciséis de enero. - Miró a Alice. - Y no la cambiaría por nada del mundo. - Le dijo sonriente, dándole un beso en la mejilla. Cada momento vivido con ella tenía sentido por sí mismo y era parte de su historia. Así era como debía de ser.

Rodó los ojos cuando Alice le hizo ese comentario y miró hacia atrás para comprobar que sus amigos no le escuchaban. Se acercó y le susurró. - Porque están tontísimos. Al menos Sean, pero por lo que veo, Hills no se queda atrás. - Se retiró un poco y la miró con una sonrisilla traviesa. - A estos va a haber que encerrarles, como nos hicieron a nosotros. - Volvió a acercarse a Alice para susurrarle en tono bromista mientras el brazo que la enganchaba le apretaba un poco más y con el otro le hacía cariñosas cosquillas. - Pero ya si eso le pedimos el favorcillo al Gryffindor y a la Hufflepuff, que estos Ravenclaw tienen un día muy ocupado. - Rio y volvió a dejar un beso en su mejilla. Estaba que desbordaba felicidad y corazones azules por todas partes.

Suspiró teatralmente y se hizo el importante. - No sé si interesante es la palabra correcta. Yo más bien lo definiría como... Extremadamente romántico. - A Marcus le encantaban los detallitos y las ñoñerías, le habían gustado siempre, y ahora tenía una novia que le reía todas sus gracias y a la que se le iluminaban los ojillos ante sus propuestas. No pensaba ponerse ni medio freno. Rio ante sus quejas. - Por favor, no me perdonaría provocarle un dolor de estómago a mi novia. Ya tengo asumido que comes como un pajarito. Elegiré bien, para que sea poquita cantidad pero lo suficientemente azucarada como para endulzarte el día... Y disminuir el riesgo de desmayos. - Ni que Alice se fuera desmayando por la vida, pero aún le duraba el trauma de primero y no quería que se repitiera el evento precisamente hoy. Entonces la chica apoyó la cabeza en su hombro y él hizo lo mismo, cerrando incluso un poco los ojos, y eso que no había dejado de andar. Pero el comentario le hizo reír y apartarse. - Se te olvida que soy nieto de Molly O'Donnell. Mi abuela es capaz de prepararte un desayuno en el aire sin salir de la cama, a punta de varita. Le pienso pedir que me enseñe a hacerlo. - Y tanto que sí. Porque acababa de imaginarse a sí mismo enredado en las sábanas junto a Alice mientras se comían un desayuno hecho por él y quería eso. Lo quería a como fuera lugar.

Tardó apenas un par de minutos en prepararse su desayuno, porque él iba a tiro fijo, y el de Alice, porque tenía la idea en mente. El desayuno de él era un poco lo de siempre: muchas cosas. Pero el que había preparado para ella parecía una pintura romántica: en el centro, una tortita de fresa, con tonos rosados y forma de corazón, tal y como le había dicho a Sean que habría; por encima, unas finas líneas de mermelada de frutos rojos, y sus correspondientes frutos rojos desperdigados adornando (arándanos incluidos, faltaría más); en una esquina del plato, un remolino de nata montada con media fresa en el centro y tres arándanos alrededor; por último, en una curva paralela al borde del plato y en la esquina opuesta a la nata, unas rodajas de plátano en fila, separados por onzas de chocolate y con unas líneas de caramelo adornando por encima. Él se había echado en su plato lo mismo pero multiplicando las cantidades por tres, y por supuesto no tan bonito, porque el plato de Alice estaba puesto al milímetro. - Y falta el toque final. - Anunció, ceremoniosamente, bajo la mirada de aburrimiento de Sean, que ya se había apilado en su propio plato un montón de comida sin orden ni concierto, y entre las cuales llevaba pocos o ningún elemento romántico. Se llevó la mano al bolsillo y sacó una prímula morada, que colocó con delicadeza en un lado del plato. - Maravilloso. ¿A que sí? ¿A que está perfecto? - Sean suspiró. - Sí, venga, vámonos. - Eh eh eh, espera. ¿Es que no le llevas nada a Hillary? - El otro miró hacia las chicas y, con el ceño fruncido, se encogió de hombros. - Ya tiene comida en el plato. - Marcus rodó los ojos con un gruñido. - De verdad. He visto exámenes de EXTASIS más fáciles que ayudarte a ti a ligar. - ¿Quién te ha dicho que quiero ligar? - ¡Tu cara! - Respondió, y se llevó la mano al bolsillo. - Toma. De nada. - Sean lo cogió extrañado y lo miró entre los dedos. - ¿Qué demonios es esto? - Tu salvación, melón. - Cogió su plato y el de Alice y se acercó a su amigo, que seguía contemplando la flor amarilla de pétalos puntiagudos. - Es un narciso, el símbolo de Gales. Como son muy grandes le he lanzado un hechizo reductor. Déjaselo en su plato, le va a gustar. - Pero si ya está comiendo. - ¡Tío, búscate la vida, no te lo voy a hacer yo todo! - Y se adelantó, acercándose a su novia y dejando que Sean decidiera hacer lo que le diera la gana con el narciso.

Antes de soltar su propio plato, se acercó a Alice por la espalda para sorprenderla con el suyo. La muy pilla le había visto llegar y había cerrado los ojos. Dejó el plato de él en su asiento mientras no le veía y luego colocó con delicadeza el de ella, dejando un suave beso en su cuello. - Espero que le guste a la señorita. - Esperó a que abriera los ojos. - Feliz San Valentín, mi amor. - Le dio un beso en los labios y se fue contento a su sitio. Mientras se estaba sentando, miró a Hillary como quien no quiere la cosa y le dijo. - ¿Me pasas una servilleta, Hills? - La chica, que estaba comiendo con mirada hastiada y sin haber querido ni hacer caso a la escena que habían protagonizado Alice y él a su lado, cogió una servilleta y se la tendió sin mirarle. Tan pronto Marcus la tuvo en la mano, sacó su varita y apuntó a la misma. La servilleta se transformó inmediatamente en un corazón de chocolate. - Si ha salido bien, debería llevar mousse de fresa por dentro. - Hillary ya sí que sí había alzado la mirada, con los ojos como platos. Por increíble que pareciera en su amiga, había conseguido descuadrarla. Se lo tendió con una sonrisa y le guiñó un ojo. - ¿No pensarías que me iba a olvidar de ti? - Hillary todos los años le llamaba cursi y se quejaba, pero ahí se había quedado con los ojos vidriosos, mirándole en silencio. Finalmente, cogió el corazón y sonrió. - Eres de lo que no hay, O'Donnell. - Dijo con una sonrisita y la mirada baja, dejando el corazón en su plato. Y, al hacerlo, reparó en algo que le hizo fruncir el ceño. - ¿Y esto? - Dijo, tomando el diminuto narciso que parecía acabar de brotar en su plato de repente. La chica alzó la mirada directamente hacia Sean, que estaba comiendo al lado de Marcus, masticando lentamente y con la mirada tímidamente bajada. Marcus miró a Alice, frunciendo una sonrisa, en silencio, expectante por la resolución de aquello. Tras unos segundos de Hillary mirándole, Sean se encogió levemente de hombros y dijo. - Es bonito. -
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Vie Abr 16, 2021 1:29 pm

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CON Marcus EN Sala común A LAS 8:00, 14 de febrero de 2002
Abrió los ojos y admiró el plato con una gran sonrisa. Estaba teniendo demasiados estímulos a la vez, entre el plato tan precioso que le había hecho Marcus al que no le faltaba de nada pero que, efectivamente, no se había pasado en cantidades, el beso en el cuello que mandó un escalofrío por todo su cuerpo y la prímula morada... Fue justo la flor lo que cogió con alegría, antes de recibir el beso de su novio. – Eres definitivamente perfecto. – Se llevó la flor a la nariz y la rozó con sus labios, sonriendo y mirándole al sentarse a su lado. – Las prímulas de mi madre... Y además es la flor de las enfermeras. – Hinchó el pecho de aire y se dispuso a comer. No tenía ningún hambre, pero se iba a comer hasta la ultima miguita de aquel plato si así podía corresponder tantos detalles y gestos en un solo desayuno. Y sabía que no habría mejor manera de agradecérselo a su novia que verla comer. Había comenzado partiendo un poco de la tortita y pinchando el plátano con ella, cuando vio el hechizo que su novio le hizo a Hillary. Era súper adorable y bonito, y había logrado poner de buen humor a la chica, pero... Qué raro por parte de Marcus no llevarlo encima, ya preparadísimo. Y entonces lo vio. En el plato de Hillary había un narciso, la flor de Gales. Y Sean tenía cara de querer que se lo tragara el fondo de la mesa. En seguida Sean hubiera caído en lo de la flor de Gales y la hubiera hecho pequeñita para ponerla en el plato. Miró de soslayo a Marcus y sonrió. Así que la tonta iba a ser ella, ¿sabes? Y Hillary estaba mirando a Sean como si le hubiera dado un lote de oro en el plato. – ¿Es tuya? – Sean se encogió de hombros y puso una mueca que quería ser una sonrisa. – Bueno, ahora es tuya... Feliz San Valentín, Hills. – Eso le puso una gran sonrisa en la cara y miró a Marcus. Definitivamente era el mejor. Y aquellos dos idiotas se merecían ser felices, a pesar de ser idiotas. También lo habían sido ellos.

Es el mejor desayuno que me han hecho en la vida. Me vas a poner como un globo si todos nuestros desayunos van a ser así. – Cogió un poco de nata con el dedo y se la puso en la punta de la nariz a Marcus. – Tienes que estar guapo hasta así, condenado. – Y se rio mientras se comía sus fresas, dejándose los arándanos para, al final, envolverlos en la tortita y comerlo todo juntos. Mientras degustaba su tortita asintió con la cabeza y bajó la voz. – Siempre te digo que has aprendido un montón. – Ladeó la sonrisa, porque se lo solía decir en ciertas circunstancias concretas. – Pero desde luego que a lo que mejor has aprendido es a hacer desayunos. – Se inclinó sobre su oído y dijo. – Que suerte va a tener a la que se lo hagas todos los días a punta de varita desde la cama. – Dijo sugerente. – Y que suerte va tener el que vea los regalitos de San Valentín que hace Alice Gallia. – Sí, quería dejarle pensando en aquello. Quería mantenerle en esa línea todo el día, y el hecho de que del estuviera todo el día pensando en el asunto le ponía a ella por las nubes, retroalimentando un estado que les iba a hacer llegar cuanto menos nerviosos a la sorpresa, pero no podía negar que le gustara.

Se fijó en cómo Beverly les miraba de reojo y reía un poquito, así que se separó y recuperó su tono de voz normal. – Por cierto, es posible que me hayan tendido cierta trampa esta mañana – dijo mirando significativamente a Hillary, que seguía con al flor en las manos como si fuera lo más preciado del mundo –, y hayan cogido tu carta... Bev ha leído el principio en voz alta, pero la he rescatado con prontitud. Yo les quitaría puntos. – Dijo entornando los ojitos y con tono de broma. – ¿Eh? – Eso le hizo soltar una carcajada. Miró el plato de Hillary como si buscara algo. – Qué curioso, no veo nada rebozado por ahí para explicar el empanamiento que tienes, Hills. – Su amiga ya había reaccionado y resopló. – Eres tonta.No, perdona, tonta estás tú, que ni siquiera estabas escuchando. – Justos en se momento llegó Beverly por ahí con galletitas en forma de corazón dentro de una bolsita, y puso unas pocas delante de Marcus y otras delante de ella. – Para ti, prefecto. Feliz San Valentín. Y para ti también Gal. – Ella abrió la bolsita y sacó una. – ¡Oh! Son de frosting de fresa, qué riquísimo. ¿De dónde las has sacado? – Preguntó masticando.– Las gané ayer en el concurso de Historia de la Magia sobre San Valentín. – Y se puso muy estirada y orgullosa. Como Marcus y Elio. Vaya trío. Se sacudió las manos y se levantó. – ¡Enhorabuena! ¿Sabes qué? Puedes contárselo a Marcus, yo tengo que irme a Pociones, que hay un paseo hasta las mazmorras. – Le dejó su sitio y luego se fue por el otro lado, para darle un beso a Marcus. – Te veo más tarde, mi amor. Te quiero. – Luego se acercó a su oído y dijo muy bajito. – Piensa en mí. – Y se levantó con un guiño. – Vamos, Hastings. – Y Sean casi se lleva por delante la mesa al levantarse atropelladamente. Eso le hizo reír. – A ver, por favor, que te necesito centrado para no tirarme ácido en una mano. – Dijo señalándole la puerta, y cuando ya se iban, le susurró. – Y te necesito despierto, que te tengo que pedir una cosa cuando salgamos de clase.
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Vie Abr 16, 2021 6:23 pm

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CON Alice EN Sala Común A LAS 8:00h, 14 de febrero
A Marcus le encantaba ser detallista. Lo era con Hillary, que era su amiga y que a veces reaccionaba con quejas, y aun así lo hacía con gusto y encantado. Cuanto menos lo haría con Alice, que era su novia, la persona a la que amaba y su amiga inseparable desde que la conoció con once años, y cuyas reacciones además eran así: sonriendo, oliendo la flor, con los ojos brillantes de la niña a la que conocío el primer día. Le merecería la pena todas y cada una de las veces. - Y además es morada. Ya sabes, no se le puede dar tanto protagonismo al rosa. - Le guiñó un ojo, con una sonrisa cómplice, mientras se llevaba un trozo de tortita a la boca. Sabía que esa frase era de Janet, Alice se lo había dicho. Aunque de una forma distinta a como a ambos le gustaría, lo menos que podían hacer era seguir manteniendo viva a Janet todo el tiempo que pudieran, aunque fuera con pequeños gestos como ese.

Arrugó graciosamente la nariz cuando le puso nata y se rio. - ¿Seguro? ¿Y si hago esto? - Contestó a lo de que estaba guapo hasta así, poniéndose bizco para mirar la nata en su nariz y sacando la lengua en un torpe intento de recuperarla con la punta. No tuvo éxito. - Beh, no tengo tanta paciencia. - Se limpió la nata con un dedo y se lo llevó a los labios, riendo con Alice de su propia tontería. - Serías un globito monísimo. Azul, como a mí me gusta. - Comentó, mientras se quitaba los restos de nata con la servilleta. Siguió comiendo pero se irguió ante lo que su novia le dijo. - Hm, eso es un gran piropo. Ya solo me falta extrapolar mis destrezas a otras comidas del día. - Entonces dijo lo de la suerte y la miró con ojos pícaros y sonrisa ladina. - Pues sí, vaya dos afortunados, me pregunto quienes serán. - Le iba a tener todo el día dándole vueltas a lo que tenía planteado. Se mojó los labios y la miró de reojo mientras comía, con una sonrisilla. Ahora solo quería que avanzaran las clases a toda velocidad y llegar a la tarde... Quién le había visto y quien le veía.

Frunció el ceño, mirando el plato de la chica, divertido. - Así que el truco para que comieras era que yo preparara la comida, ¿eh? - Comentó, viendo como estaba dejando el plato vacío. - No se hable más. - Comenzó, alzando las palmas de las manos. - Tomo nota. De esa parte, me encargo yo. - Con lo que le gustaba comer y la de hechizos que se sabía su abuela, y su capacidad de rápido aprendizaje como Alice decía, podría aprenderse todas las recetas del mundo si quisiera. - Mientras de las galletas te encargues tú. Son mis favoritas. - Añadió, dejando un tierno beso en el hombro de su novia.

Siguió comiendo y escuchó lo que contaba su chica mientras masticaba. Miró a Hillary con ojos de incredulidad (aunque por supuesto que se lo podía creer. Se había guardado mucho las espaldas también de poner ciertas cosas en la carta porque contemplaba esa posibilidad, de hecho). - Letrada Vaughan, ¿qué tiene que decir sobre el hecho de leer correspondencia privada? - Pero la futura Letrada Vaughan parecía en otro plano astral con la flor, así que simplemente rio entre dientes y siguió comiendo, aunque se inclinó hacia Alice y susurró. - ¿Ves? Por eso te he dicho que la llevaras todo el día encima. - Ya. Por eso.

Después de reírse con el pique de su novia a su amiga, vio aparecer a Beverly por allí. - Feliz San Valentín, Majestad. - Le dijo a la niña, que dejó escapar una risita y colocó un par de platitos con galletas delante de él y de Alice. Abrió la boca. - ¿Pero y esto? - Preguntó contento. Y lo mejor no eran las galletas, sino cómo las había conseguido. Muy teatralmente, se llevó una mano al pecho. Alice se despidió de él, la correspondió con un te quiero de vuelta y una sonrisa y, tan pronto ella se levantó, él entró en su teatro de cabeza. - Me postro ante vos, Princesa Duvall. - Literalmente, porque acababa de hincar la rodilla en el suelo. Eso hizo a Hillary levantar la mirada, pero como estaba en el empanamiento antes destacado por su novia, ni siquiera dijo nada. El que sí se quejó fue Sean, soltando un bufido y girándose, porque ya se había levantado para irse detrás de Alice. - Es que de verdad, así no se puede... - Beverly, por su parte, había puesto leve cara alucinada con las mejillas encendidas y la boca abierta, mirando a su alrededor (porque, por supuesto, el numerito había llamado la atención de algunos alumnos cercanos). Eso sí, las comisuras no tardaron en elevársele en señal de superioridad por ver que todo aquel numerito era expresamente para ella. - Galletas de San Valentín y ganadas en un concurso de Historia de la Magia. - Hizo una reverencia. - Mis respetos. - Al erguirse, sacó del bolsillo la tercera de las flores que había guardado, una pequeña de pétalos redondeados y un intenso color morado que tiraba a azul. - ¿Sabes que flor es? - La chica negó con la cabeza. Marcus se la ofreció y esta la cogió delicadamente, mientras él le decía. - Se llama flor princesa. ¿Y sabes por qué te la doy? - La chica sonrió contenta, con la dulzura de una niña de doce años pero también con su porte orgulloso habitual. - Porque soy la Princesa de Ravenclaw. - En ese momento, la flor emitió un fulgor que hizo que Beverly la mirara con los ojos muy abiertos, y se transformó en una coronita azul del tamaño de la palma de la mano. La niña tenía la mandíbula prácticamente en el suelo, como en el suelo seguía clavada la rodilla de Marcus. - Sé que ya tienes una, pero esa es de azúcar. - La niña le miró con ojos brillantes y, tras unos segundos de reacción, se lanzó a sus brazos, recolgándosele del cuello. Eso le hizo reír. Cómo me gustan los encantamientos, se dijo a sí mismo. Tenía que comentarle a William todos los avances que estaba haciendo en los últimos meses. Bueno, y al Profesor Handsgold. Pero sabía que esas cositas eran más del corte de William.

- Bueno, a ver que yo me entere. ¿De qué iba ese concurso? - Preguntó, ya sentado de nuevo y terminándose el desayuno mientras la chica ocupaba el sitio de Alice y empezaba a parlotear a toda velocidad. Su novia y Sean se habían ido y él se quedó atendiendo a Beverly contarle con todo lujo de detalles la seguridad con la que había respondido absolutamente a todas las preguntas de clase, con ese puntillo (o puntazo) resabiado y orgulloso que la chica tenía. Hillary, por su parte, seguía en su mundo. Sin embargo, la niña se fue apenas cinco minutos después porque tenía clase, pero Marcus disponía de la hora libre, así que desayunó tranquilo. Fue al despedirse de la niña y volverse a su plato cuando reparó en la presencia de Hillary, en silencio, ya con su plato vacío (corazón de mousse incluido) y oliendo la florecita como en trance. Eso le hizo esbozar una sonrisa y seguir comiendo. - Marcus. - Le llamó entonces su amiga, cuando ya cada vez quedaba menos gente en el Gran Comedor y él tenía su desayuno casi acabado. - Dime la verdad: ¿la flor era de Sean, o tuya? - Él masticó, ladeando un par de veces la cabeza pero con rostro inexpresivo. Al tragar, contestó con tono neutral. - ¿De quién querrías que fuera? - Y se llevó el último trozo de tortita a la boca, mirando a su amiga. Esta se quedó unos segundos mirándole, pero finalmente bajó la mirada de nuevo a ninguna parte, con la flor rozando su nariz, y vio como sonreía detrás de esta.

Puso los cubiertos sobre el plato con un suspiro de satisfacción y comentó. - Creo que voy a aprovechar que Alice está en clase para repasar runas. ¿Vienes? - Hillary salió de su trance y asintió, pero entonces oyó una voz tras él. - Marcus. - Se giró y, como una farola inexpresiva, ahí estaba su hermano Lex. Marcus le miró desde abajo con una enorme sonrisa, aún sentado en su sitio, girándose hacia él con el antebrazo apoyado en la mesa. - ¡Hermanito! ¡Feliz San Valentín! - Lex simplemente parpadeó, inexpresivo. A veces casi parecía que se había convertido en un ser humano normal con los años. Casi. - ¿Puedes... Venir? - Preguntó al fin. Hillary, que ya conocía a Lex desde hacía los suficientes años como para detectar las nada sutiles formas de su hermano de darle a entender a la gente que sobraba, se levantó con un suspiro. - Voy a subir a mi cuarto un momento y luego estaré por la biblioteca, por si quieres venir. - Perfecto. - Confirmó él. Cuando la chica se hubo alejado, miró a su hermano y se encogió de hombros en un gesto interrogante. - ¿Y bien? - Lex, tras unos segundos, simplemente echó a andar hacia la salida. Marcus rodó los ojos. Vale, allí no, en otra parte. Captado.
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Sáb Abr 17, 2021 1:38 am

La palabra más hermosa
CON Marcus EN Sala común A LAS 8:00, 14 de febrero de 2002
Hills. – Susurró desde el otro lado de la puerta. Hillary estaba hablando en el pasillo con una de su curso y llevaba el narciso entre los dedos, como quien no quería la cosa. Se giró y dijo desde su sitio. – ¿Qué?Que vengas. – Hillary suspiró un poco y se acercó. Cuando pasó al otro lado de la puerta abrió mucho los ojos y cerró de inmediato. – ¿Pero qué haces así? – Solo llevaba uno de sus conjunto de lencería francesa (el que cambiaba de color, que no habían podido sacarle el rendimiento deseado en Nochevieja) y el camisón que le iba a juego, pero para ser sinceros, llamar ligero a ese camisón hubiese sido incluso pasarse. Y le encantaría poder ir a conjunto en actitud, pero estaba entre nerviosa, alterada porque ya estaba gastando demasiado tiempo y el juego de Marcus debía estar a punto de empezar, si no había empezado ya. – Es parte del regalo. – Dijo insegura juntando las manos y cruzando los dedos. – ¿Y por qué lo dices así? Ni que te fuera a ver nada que no te hubiera visto ya. – Ella ladeó la cabeza. – Es que hay una cosa que no sé ponerme. – Hillary la miró alzando las cejas. – ¿Y qué es lo que pretendes? ¿Que yo sí sepa?Igual lo has visto con los muggles. – Se lanzó al baúl y sacó el liguero, que Hillary cogió con cara extrañada. – Esto... ¿Esto es un liguero?Sip. – Ya su amiga no pudo contener más la risa. – ¿Y no te lo sabes poner?Y lo peor de todo es que estoy cien por cien segura de que no me lo sabría quitar. Y eso si que sería un problema. – Hillary estaba doblada por las carcajadas y seguía sujetando el liguero con una mano. Sí. Se esperaba esa reacción de su amiga. – Ya me imagino que te hace mucha gracia, pero de verdad que tengo prisa.O'Donnell sí que tiene prisa por ver esto y todavía no sabe cuánta. – Comentó la otra con sus risas inmisericordes.

Hillary se limpió las lágrimas y miró el liguero. – ¿Por qué tiene las medias ya atadas? – Gal suspiró. – Porque una de las veces que he intentado ponérmelo se las he puesto antes a ver si así era más fácil. – Se sentó en la cama recogiendo las piernas contra el pecho. – Y no. – Su amiga siguió riendo mientras desataba las medias, reiniciando el liguero a su estado original. – Yo nunca me he puesto uno, pero lo he visto en las pelis.Tú y tus películas. Pero mira, si te han enseñado a poner ligueros, me parece divino. – Hillary rio y desató una parte de la pieza que sujetaba las medias que Gal no sabía ni que estaba ahí. La miró con una sonrisita ladina y dijo. – Levántate el camisón, anda. – Gal la miró con una ceja alzada. – Invítame a cenar o algo primero, ¿no? – Hillary suspiró. – No tengo seis años para hacer el tonto a tu al rededor y liarme contigo por cada esquina oculta de Hogwarts hasta que llegue el día de mi cumple y la Sala de los Menesteres esté libre. Discúlpame.Touchée. – Se puso de pie y Hillary se colocó a su espalda, mientras ella se levantaba el camisón. Le pasó la parte de arriba justo por las caderas y lo abrochó atrás como si fuera un sujetador. – ¡Ah! Ahora entiendo. – Su amiga asintió y le pasó las medias. – Póntelas y súbetelas hasta lo más alto del muslo que puedas. – Mientras obedecía, Hillary se quedó mirándola y soltó un silbido. – ¿Puedes dejar de mirarme las bragas? – La otra rió y entornó los ojos. – No sé si yo las llamaría bragas, igual están en una categoría por debajo. – Ella chasqueó la lengua y dejó caer los pies al suelo. – ¿Y ahora qué? Aquí hay cosas sueltas. – Hillary se agachó a su lado y cogió una de las tiras sueltas y buscó algo en el borde de encaje negro de las medias. Enganchó el extremo en una pestaña de tela y dijo. – Ya está, solo tienes que hacer eso con las demás. ¿Y para quitármelo? – Hillary soltó una risita malintencionada. – Eso es más fácil. Hasta O'Donnell puede hacerlo. Los desabrochas de ahí detrás y simplemente tiras para abajo. Se quita todo del tirón. – Gal de momento estaba ocupada en terminar de atarse aquello. Se admiró la pierna, sacando un poco el labio inferior y miró a Hillary. – Oye esto es perverso, eh. – Eso hizo a su amiga soltar otra carcajada. – ¿No lo sabías cuando te lo compraste? Es que no me lo compré, me lo regaló mi tata en Navidad. Acabáramos. Sí. Tenía demasiada clase para ti.¡Oye! – Dijo dándole en hombro.

Justo entonces, alguien llamó a la puerta, y Gal tiró de Hillary para que se pusiera delante suyo, con el tiempo justo de taparla mínimamente. – Chicas, ¿podéis dejarme...? ¿Qué hacéis? – Encima la prefecta. – ¿Qué pasa, Ky? – Preguntó Hillary con cierta naturalidad. – Pues que... Quería que me dejarais algo para la fiesta... Es que no tengo ropa muy... Festiva. – Hillary se aguantó al risa. – No es por ti, Ky. Es que... Pasa y cierra la puerta. – Kyla terminó de pasar, desconcertada, y Gal se levantó de la cama y salió de detrás de Hillary. La prefecta la miró abriendo mucho los ojos y desvió la mirada, poniéndose un poco roja. – ¿Pero a dónde vas así? A la fiesta no. – Apostilló la otra, muerta de risa. Gal suspiró y sacó algunos vestidos del baúl. – Elige el que quieras, todos te van a quedar bien. – Le sonrió con dulzura. – Me alegro de verdad que te animes a bajar. Lo vais a pasar genial. – Aprovechó y sacó sus zapatos de tacón azul y la gabardina del mismo color. – ¿Vas a ir así por Hogwarts? – Preguntó Hillary incrédula. Ella se encogió de hombros, cerrándose la gabardina. – Pues sí, qué le hago. Tampoco voy muy lejos. ¿Y a dónde vas?A ti te lo voy a decir. – Dijo chasqueando la lengua. Cogió el bolso de extensión indetectable y se puso una bufanda para terminar de disimular. Y entonces se acordó. Sacó la cajita para Theo de su túnica. No le iba a quedar más remedio que buscarle. – Lo que me extraña es que te hayas puesto un camisón amarillo para ver a O'Donnell. A no ser que le quieras vacilar. – Puso una sonrisilla astuta y justo Kyla, que estaba poniéndose los vestido sobre ella antes de probárselos delante del espejo, dijo. – Yo no lo he mirado mucho, pero me ha parecido turquesa, no amarillo. – Gal guiñó el ojo y se fue hacia la puerta. – Que lo paséis bien, chicas. – Las dejó desconcertadas, pero todavía pudo oír a lo lejos a Hillary decir. – Impresionante. Vivi está en todo...
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Sáb Abr 17, 2021 2:14 pm

La palabra más hermosa
CON Alice EN Sala Común A LAS 8:00h, 14 de febrero
El regalo-sorpresa de Alice en teoría empezaba a eso de las cinco, y Marcus llevaba mirando el reloj cada dos minutos desde las once de la mañana. Se hacía el interesante pero, en realidad, estaba bastante intrigado y nervioso. A su inquietud ya base de si a Alice le gustaría su regalo se le sumaba el no tener ni idea de lo que la chica se traía entre manos. Porque claro, cuando preparó el regalo para Alice, se le olvidó el pequeño detalle de que ella también tendría regalo para él. Si no, llevaría nervioso una semana.

Encima le había tenido que coincidir el día en el que tenía más horas libres, con lo amenas que se le hacían a él las clases, le hubieran servido de distracción. Igualmente, entre el numerito con su hermano y el ir buscando a cada amiga suya por el castillo, se había distraído bastante. Había dejado un centro de flores y chucherías variadas en la sala de reuniones de prefectos para todos sus compis, aunque Kyla y Olivia se habían llevado un corazoncito azul y uno multicolor respectivamente, que para eso eran sus amigas más cercanas. Ni que decir tenía que la segunda había reaccionado más amorosamente que la primera, pero merecía la pena ver a Kyla refunfuñar igualmente. Le había dado otra rosa de caramelo a Poppy (y tuvo que improvisar otra para Peter porque empezó a decir "yo también quiero" con voz penosa cuando lo hizo) y un osito de gominola gigante a Donna. A Olive le había regalado una maceta a la que le crecían flores de chuche en vez de plantas. Ni que decir tenía que se había pasado la última semana ideando regalos para medio mundo y probando encantamientos, y que tenía un millón de anotaciones de las cuales, faltaría más, pensaba mandar una copia a William Gallia y otra a su madre. Por algo eran su inspiración a la hora de crear encantamientos. Ah, y otra a su abuela. Que le gustaban los hechizos que tenían que ver con comida.

Pero aún le quedaba una persona a la que obsequiar, la que con diferencia le ponía más nervioso. Miró el reloj y no le quedaba mucho tiempo hasta que su novia le buscara para darle su regalo, así que más le valía hacerlo pronto. Así que se cuadró, respiró hondo, se aclaró la garganta y se fue con paso decidido hacia la Torre de Astronomía. Pero se la topó justo cuando se acercaba. - ¡Profesora Granger! - Muy efusivo, rebaja. Se reprendió a sí mismo. Volvió a carraspear pero la mujer le sonrió y le hizo su protocolario y recto saludo. - O'Donnell. Creo que es el día del año que más ocupado te veo siempre, y eso que ya es difícil ocuparte más. - El rio protocolaria aunque nerviosamente. - Me gusta mucho San Valentín. Y este es triplemente especial, por ser el último y por... Bueno, ya sabe. - Lo raro sería no saberlo. Aunque aún espero tu comunicado oficial. - Marcus se quedó mirándola cuajado por un segundo, parpadeando. La mujer precisó. - Es broma. - Eso le hizo reír nerviosamente otra vez. Vamos, si la Profesora Granger le pedía un comunicado oficial de que estaba saliendo con Alice, lo hacía inmediatamente y lo colgaba por todas las paredes de la escuela si hacía falta.

- La estaba buscando porque tenía algo para usted. - Se aclaró la garganta y se puso muy recto. La profesora ya se lo estaba viendo venir, pero la pobre mujer no tenía escapatoria ya. - Señora Granger. Huelga decir que para mí ha sido un honor ser prefecto de nuestra honorable casa, que ha sido usted un referente, y que si bien el amor es un concepto puede explorarse en multitud de facetas... - Marcus, querido. - Le interrumpió, poniéndole una afectuosa mano en el hombro. Él ya se había puesto nervioso solo porque le llamara Marcus en vez de O'Donnell. - Sé que tienes unas hermosas palabras dedicadas para mí y casi para hasta el último cuadro de esta escuela cuando te vayas el último día, ¿verdad? - Frunció los labios y respondió con tono emocionado. - Sí que las tengo. - Bien. - Dijo la mujer con cariño pero sin perder el porte de autoridad, irguiéndose de nuevo. - En ese caso, dejémoslas para entonces, y así haces el discurso completo. - Me parece una sabia decisión. - Corroboró, apenas siendo pelota. Con lo que se había ensayado él sus palabras. - Igualmente, tenía un pequeño obsequio para usted. - Tras la espalda tenía escondida una rosa de un azul reluciente y brillante, claramente mágico, que le tendió a la mujer. Esta echó un poco de aire por la boca con una sonrisa y respondió mientras la cogía delicadamente por el tallo. - Es preciosa, O'Donnell. Muchas gracias. - ¿Podría usted recordarme cuál es su horóscopo, Profesora Granger? - La mujer se extrañó un segundo, pero respondió. - Libra. - La rosa emitió un leve brillo y sus pétalos se abrieron y se alargaron, formando en la mano de la mujer la forma de la constelación de Libra, con sus estrellas unidas por líneas del mismo azul estrellado de la flor. Marcus se mojó los labios, expectante por la reacción. La mujer arqueó una ceja y le miró con una sonrisa leve. La había impresionado. Esa era su cara de impresionada. - Vaya, una transformación impecable. ¿Te ha ayudado la Profesora Fenwick a conseguirla? - Marcus negó con la cabeza, con una sonrisa infantil y orgullosa. - La he investigado por mi cuenta. He tenido... Mucha inspiración. - La mujer le miró con una sonrisilla ladeada. - Una buena inspiración, pues. - Comentó. Arabella Granger siempre daba la sensación de saberlo todo, como buena jefa de Ravenclaw, podías verlo en sus ojos. La mujer volvió a mirar la constelación, que flotaba sobre la palma de su mano. Sacó el labio inferior y asintió lentamente, con gesto impresionado, hasta volver la mirada de nuevo a él. - Pues es perfecta. Hay combinaciones que, aunque parezcan improbables... Resultan siendo perfectas. - Marcus sonrió con los labios fruncidos. Al final le iba a emocionar de verdad.

- ¡¡Marcus!! ¡¡Mira!! ¡He descubierto que s...! - La niña se detuvo en seco y se puso como el escudo de su casa, con la boca y los ojos abiertos de apuro. - Uy. Perdón. - Marcus se tuvo que reír. "Uy, perdón". Las dos primeras palabras que le escuchó. Y, de nuevo, detrás de una maceta. Olive no iba a perder nunca su esencia. - Vaya, Señorita Clearwater, qué planta tan... original. - Dijo la mujer con ternura. Olive se encogió un poquito, sonrió tímidamente y le miró a él de reojo. - Me la ha hecho Marcus. Es de chuches. - La Profesora ladeó la cabeza y le miró con una sonrisa. Marcus, que se estaba aguantando una risita adorable, preguntó. - ¿Y qué dices que habías descubierto? - La niña sonrió contenta. - Que si le echo agua, le salen más. Y si le echo agua fría son de un color y si es agua tibia de otro. No me atrevo a echarle agua caliente, a las plantitas no les gusta, aunque puedo probar con unas gotas. - Eso dejó a los dos Ravenclaw presentes bastante impresionados. - ¿Has descubierto eso en solo dos horas? - Dijo Marcus. Porque no hacía tanto que le había dado a la niña su regalo. Esta asintió feliz, y la profesora se agachó frente a ella. - Eres una alumna brillante, Olive. Una de las que mejor se sabe las constelaciones de toda mi clase. - La halagó, mirando a Marcus de reojo. - Gracias. - Dijo la niña, de nuevo colorada y casi escondida detrás de la maceta.

Pero a pesar de su mirada baja, detectó algo. - ¿Eso es una constelación? - Preguntó con los ojos muy abiertos. La mujer rio. - Y algo me dice que te gustaría ver qué forma tenía antes. - Se puede revertir de la misma forma cuando usted quiera, Profesora. - Dijo Marcus. Al hablar, la niña dio un saltito, como si no recordara que estuviera allí. Lo que había ocurrido realmente es que, al parecer, no le estaba buscando para hablarle de la planta de chucherías, sino para darle algo. - ¡Oh! Marcus, toma, esto es de... - Se detuvo. Miró a la mujer de reojo y le tendió a Marcus una notita. - ...Alguien. Para ti. - ¿Alguien? Marcus frunció el ceño y abrió la nota. La Profesora había vuelto a decirle algo a Olive, pero Marcus ya no estaba prestando atención porque se había puesto a leer.

“Empieza tu aventura de San Valentín. Te prometo que no hay nada prohibido. Bueno, casi nada. No puedo traerte el cielo de La Provenza aquí también, pero puedo hacerte subir a buscar la próxima nota a un lugar concreto.
El cielo nos han dado, y las claras estrellas,
hermano sol, hermana luna”

Abrió mucho los ojos. El corazón se le iba a salir por la boca. Eso era... ¿Una gymkana? ¿Alice le había organizado una gymkana temática por el castillo? Se le debía estar poniendo una cara de idiota sonriente considerable, menos mal que las otras dos andaban distraídas con su conversación, porque se había quedado ahí con cara de tonto más plantado que la maceta de Olive. A ver, Marcus. Pon el cerebro a pensar. Se notaba embotado, pero Alice acababa de lanzarle un reto y tenía que poner la máquina de pensar a funcionar a toda prisa. El cielo... Las estrellas... Subir... Miró hacia atrás. Le había pillado en el lugar perfecto, desde luego, lo que le hizo esbozar una sonrisa. Fue a salir corriendo, pero se detuvo y se aclaró la garganta. - Ha sido un placer enorme veros a ambas. Pero ahora, si me disculpáis... - Olive le estaba mirando con carita risueña, como si su cabeza estuviera pensando a gritos "qué diver, qué romántico". Ah, coger a Olive como gancho, gran acierto, Alice Gallia. La Profesora Granger, por su parte, esbozó una sonrisa que volvía a simular que sabía todo cuanto allí ocurría y le despidió con un gesto cortés de la cabeza.

Tras disimular los primeros pasos acabó subiendo a toda velocidad las escaleras hacia la Torre de Astronomía. - ¡BIENVENIDO A SU PRIMERA ETAPA, CABALLERO! - ¡OY, POR DIOS, QUE SUSTO! - Dijo llevándose la mano al pecho, que no había terminado de subir el último escalón cuando se había encontrado con el grito. El barón soltó una graciosa carcajada que casi sonaba a la época de la que debería provenir. - A estas alturas de su vida os vais a asustar ante la visión de un fantasma. - Marcus entornó los ojos, pero esbozó una sonrisilla. - Sería gracioso que vos fuerais el segundo gancho de Alice. - ¿Os referís a la Señorita Gallia? ¿Vuestra amada? ¿La misma a la que distraje el primer día y os trajo corriendo de la mano hacia donde yo le había lanzado la pista sobre la sala de los menesteres? - El fantasma flotó hacia él e hizo como el que susurraba, con una mano junto a los labios. - Sala que, me consta, conocéis más que bien. - Marcus se apuró. - No digáis esas cosas delante de Sir Garreth, por favor. - El barón volvió a carcajear con estruendo. - No osaría. -

La conversación estaba siendo muy entretenida pero Marcus había ido allí por algo. Estaba convencido de que la segunda nota debía estar en la torre, así que sus ojos ya andaban repasando todo el lugar. - ¿Buscáis algo en especial? - Marcus le miró con cara de circunstancias. Eso hizo reír al fantasma de nuevo. - Ah, en brillantes juegos nos embarcan las damas inteligentes. Lo echo de menos... Aunque lo vivo a través de mis estudiantes. Y me río de caras como la que lucís vos ahora mismo buscando. - ¿Y si me dierais una pista? - Dijo Marcus, divertido aunque con un puntito de impaciencia. - ¿Pista? - El fantasma flotó un poco por el lugar, haciendo a Marcus subir la cabeza para mirarle, y empezó a mirarse sus transparentes uñas como quien no quería la cosa. - No es muy de caballeros Ravenclaw pedir pistas. ¿Sabéis? En mi época erais exactamente igual de pesados que ahora, no habéis cambiado ni un ápice. - Marcus resopló. - ¡Venga ya, Barón! Tampoco es que aquí haya muchos escondites. - El fantasma le miró entonces con una ceja arqueada y sonrisa pícara. - Oh... ¿Es que acaso se precisa de buenos escondites para ocultar algo? - Sacó él labio inferior con un gestito de superioridad y volvió a mirarse las uñas. - Yo pensaba que, cuando querías ocultar mucho algo, solo tenías que... - Le miró. - Ponerlo descaradamente a la vista. - Marcus procesó apenas un segundo, pero en seguida abrió los ojos como platos. Esa frase. Recordaba haber dicho esa frase. Recordaba... Habérsela dicho a Alice.

El árbol. Cayó de repente, abriendo los ojos aún más. Las alturas. Su cumpleaños, el caldero de ranas de chocolate que puso en la rama a la que Alice había subido. La chica indignada porque no le había dado por buscar mirando hacia arriba... Alzó la cabeza y sonrió triunfal. Efectivamente, allí estaba, pegada al techo, la segunda nota. - ¡Accio nota! - ¡Cuidado! ¡No quiero agujeros en mi torre! - Pero Marcus ya tenía la nota en las manos y estaba leyendo.

“Muy inteligente, prefecto. Ojalá me pudieras traer las estrellas de verdad, sería un bonito regalo de San Valentín. De momento, busca tu próxima pista en una vidriera. No en una cualquiera. Es la vidriera por la que viste salir el sol por primera vez con diecisiete años. Allí siempre tendremos diecisiete”

Sonrió y se le escapó una leve carcajada. - Dios, Alice... - Murmuró, negando con la cabeza. Oh, por supuesto que sabía donde estaba eso, lo tenía clarísimo. - Esa expresión no vaticina nada sobre lo que debiera preguntar. - Dijo el barón con tono alegre. Marcus rio y le miró. - Muchas gracias por la colaboración, mas me temo que debo partir. - Ah, sí, Marcus se adaptaba bien a hablar con personajes de época (salvo con Sir Garreth porque le ponía de los nervios). - Partid, vos que tenéis una amada a la que cortejar. Suerte con el resto de las notas. - Se despidió el barón, y Marcus volvió a correr escaleras abajo. Pasó como un rayo por el pasillo, dirección al séptimo piso, cuando una voz le interrumpió. - Adiós, O'Donnell. - Dijo tranquila y sobria la voz de la Profesora Granger, lo cual le hizo detenerse en seco con un derrape y ponerse un tanto nervioso, mientras ella le miraba con una sonrisa muy tranquila. Olive seguía allí y se estaba aguantando una risilla. - Oh, em, adiós, Profesora Granger. Adiós, Olive. - Y de tan nervioso que estaba, hizo una especie de reverencia como despedida. Él solo se extrañó a sí mismo y frunció el ceño. ¿Pero qué? Mira, mejor se iba ya. No tenía tiempo que perder.
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Dom Abr 18, 2021 1:23 am

La palabra más hermosa
CON Marcus EN Sala común A LAS 8:00, 14 de febrero de 2002
Por todos los dragones, el frío que estaba notando. Por no hablar de que le daba la sensación de que todo el mundo podía ver lo que realmente llevaba debajo de la gabardina. Llevaba los brazos cruzados sobre sí misma y una cara que casi seguro que la delataba. Ya lo que le faltaba sería encontrarse a Marcus dando tumbos por el castillo haciendo la gymkana, aunque se había asegurado bastante de alejarle del cuarto piso. El problema es que no iba al cuarto piso.

Si conocía de algo a los de Hufflepuff, estarían de pre fiesta en la sala común dándolo todo, y más en San Valentín. Esperaba que Dylan no se le pegara, porque con lo perceptivo que era su hermano, iba a confundir los sentimientos de Gal por ansiedad o nervios o algo así. Llamó a la puerta de la sala común y le abrió una chavala que debía ser de quinto como mucho, con una diadema con corazoncitos que salían de ella con muelles. – ¿Puedes llamar a Theo Matthews, por fa? – La chica se rio un poquito y dijo. – Pasa tú, no hay problema. – Iba a declinar, pero realmente, prefería estar dentro de la sala común de Hufflepuff que ahí en medio tal y como estaba. Si se encontraba con la señora Granger se iba a desmayar. Entró a la sala, que, como la otra vez que la haba visto, estaba animada (aunque no tanto como aquella noche) y buscó a Theo con la mirada. Pero la vio él antes. Siempre pasaba. – ¡Gal! ¿Qué haces aquí? Qué abrigada vas, te vas a ahogar así. – Ella respondió con una sonrisa tensa. – Oye, ¿podemos hablar en algún sitio un pelín mas privado? – Theo asintió con una risita. – Sabes que aquí no nos suele gustar ese concepto, pero podemos ir allí. – La condujo a uno de los bancos de pared que tenían en una esquina. No era mucho más privado, pero sí lo justo. Se quitó la bufanda porque sí que se estaba asando. – Solo quería verte un momento y darte una cosa, tengo un pelín de prisa. Podías haber esperado a la fiesta, ahora iremos todos. – Ella rio y negó con la cabeza. – Es que yo no voy a la fiesta... Tengo otros planes. – Comentó evadiendo un poco la mirada. Theo asintió de nuevo, sin perder la sonrisa. – Ya, yo si tuviera novia tampoco andaría por la fiesta, la verdad. – Gal se mordió el labio. Ya estaba sintiéndose culpable. – Sé que no lo he hablado contigo, es que... Quería contártelo bien y a solas, y en Herbología siempre están Ethan y Darren y a veces hasta Mustang metiéndose en las conversaciones... – El chico levantó la mano. – No tenías por qué. Pero... Tu hermano va hablando de su cuñado con mucho orgullo. Y... A ver, medio Hogwarts lo ha comentado. Ethan no para de decir que qué suerte tienes de tener a Marcus para ti solita, y Darren te llama cuñadita siempre que puede – Se rio un poco. – Y yo te dije que lo arreglaras y fueras a por él. Así que estaba blanco y en botella. Yo doy muy buenos consejos –Dijo poniendo una pose de falsa chulería a eso último. Sí que lo había hecho. Aquel chico era demasiado bueno para ella y para el mundo. – Es lo que te mereces, Gal. Lo que os merecéis los dos. – Terminó él con una sonrisa serena.

Theo siempre la descolocaba, así que tragó saliva y le tendió la cajita, que sacó del bolsillo de la gabardina. – Quería darte esto. El año pasado me pillaste un poco desprevenida. Y en Navidad. La verdad es que soy un desastre. Pero quería que tuvieras algo mío por San Valentín. – Theo cogió la cajita con ojos brillantes y una sonrisa. – ¡Guau!... ¿Esta es la caja en la que te di los toffes? – Ella se rio y entornó los ojos. – Noooo... Ahora es una caja amarilla, que, vaya, es el color de tu casa. Y ya no tiene toffes. – El chico la abrió y cogió una de las mini tartaletas. – ¡Oh! ¿De qué son? Qué color más bonito. Pruébalas, a ver si eres tan buen herbólogo como pareces y lo adivinas. – Se comió una del tirón, y pareció pensárselo. – Madre mía, como para no averiguarlo. Son de lavanda, ¿cómo las has hecho? – Gal levantó el índice y le miró con las cejas alzadas. – Néctar de lavanda, más concretamente. Receta secreta provenzal – El chico asintió divertido y dijo. –Jo, pues muchas gracias. Me encantan. Me las pienso comer ya mismo, antes de que los gorrones de mis amigos las localicen y me las roben. – Se encogió de hombros y frunció los labios. – Yo no tengo nada para ti. – Eso la hizo reír. Hubiera sido ya el colmo que, teniendo ella novio ese San Valentín, le tuviera un regalo. – No está mal, para variar, ¿no crees? – Él simplemente rio mientras se comía otra tartaleta. Gal tomó aire y lo soltó, midiendo bien lo que iba a decir. – Theo... No sé cómo decirte esto sin que suene... Lastimero o... – Se mordió los labios por dentro. – Gracias. Gracias por ser tan bueno. Por no... Aprovechar la ventaja que tenías aquella noche que me diste los toffes. Por... Esperar pacientemente medio sexto y, aunque no te llevaste lo que buscabas, seguir siendo mi amigo... Hay poca gente que conozca que realmente tenga un corazón de oro como tú. Y siento no haber estado a la altura. – El chico estaba de nuevo enrojecido y mirando al suelo, pero sin perder aquella sonrisita suya. – No digas tonterías... Somos amigos, Gal. Te lo he dicho mil veces. Los amigos... Se tratan así. Si no vaya mierda de amigos, ¿no? – Ella rio un poco. – Tú has sido mil veces mejor amigo que yo. – Él negó con la cabeza. – Discrepo. Tú me has ayudado a ganar seguridad en mí mismo. Me has hecho pensar que valgo más la pena de lo que creía. – "Pues no sé cómo, rechazándote". Pero así era Theo, esas eran sus conexiones mentales. Le dio la mano y se la apretó. – No solo mereces la pena. Es que eres el chico guapo de Hufflepuff. Y un partidazo. Y vas a ser el mejor sanador mental de San Mungo, no me cabe la menor duda. – Él le apretó la mano de vuelta, pero no dijo nada.

Realmente no tenía mucho más tiempo, pero no quería dejar así al chico. – Theo... Algún día... – Buscó sus ojos para poder clavarle la mirada. – Vas a casarte con una francesa de verdad. Una que sea perfecta para ti, que te quiera y te cuide como alguien como tú se merece. – Theo rio y negó con la cabeza. – Tú no crees en la adivinación. – Ella se rio de vuelta y se encogió de hombros. – Debería empezar a darle aunque sea un poco de crédito. – Él se encogió de hombros también y miró la cajita de reojo. – ¿Me puedes asegurar que me hará tartaletas de estas? – Eso la hizo reír con ganas, como siempre que estaba con él. – Si es de La Provenza, sí. – Se acercó y susurró. – En verdad somos las mejores, ¿sabes? – Ambos rieron y ella se levantó, seguida del chico. Se miraron así, de pie, y ella se acercó a darle un abrazo. – Gracias por el regalo, Gal. Gracias a ti por... Theo, en general. – Rieron un poco más y se dirigió hacia la puerta. – Pásatelo bien, ¿vale? – Miró de reojo a sus amigos y dijo. – Y aléjate de Neil. No te da buena suerte. – Theo rio y se despidió con la mano y se quedó mirándola mientras se iba. Ahora solo le faltaba llegar al cuarto piso sin encontrarse con nadie y montar el pasillo tal como ella quería. Todo eso antes de que llegara Marcus, que solo Merlín sabría en qué parte de la gymkana paraba ahora.
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CON Alice EN Sala Común A LAS 8:00h, 14 de febrero
Al menos no estaba muy lejos, pero aun así iba a toda velocidad, tampoco es que a nadie fuera a extrañarle verle corriendo por ahí. La tercera nota estaba en la sala de los menesteres, estaba convencido. Era donde había visto amanecer por primera vez con diecisiete años, como bien decía, y un lugar importantísimo para ellos. No había mucho que pensar. Empezó a dar vueltas por delante del tapiz de Barnabás el Chiflado pensando en lo que necesitaba encontrar esa tercera nota para continuar la gymkana, con el corazón a mil por hora y no precisamente por la carrera. Sentía su corazón latir con la misma fuerza con la que adoraba esos retos intelectuales. Con la misma fuerza con la que amaba a Alice.

Lo que le provocó un latido aún más fuerte en el pecho fue ver la sala de los menesteres materializarse ante él. Iba tan metido en el juego que ni siquiera miró si le estaba viendo alguien entrar, con la consiguiente malinterpretación de aquello. Igualmente iba a salir en cuanto encontrara la nota, no es que fuera a estar dentro mucho tiempo. Abrió la puerta con la seguridad de que se encontraría o bien el mismo salón de Alice de aquella noche, o quizás lo que él imaginó el día que empezaron a salir, o una simple sala vacía con la nota sobre una mesa (bueno, eso seguro que no, demasiado fácil), o quizás algo que Alice hubiera ideado para él... A lo mejor era eso último, pero tendría que preguntarle entonces. Porque el sitio que se encontró se sentía ligeramente familiar, pero estaba seguro de que nunca había estado allí antes.

Se quedó un par de instantes parado, reconociéndolo. La nota no la veía a simple vista por ninguna parte, pero eso no era lo llamativo. Le resultaba curioso como la sala había reproducido con todo lujo de detalles lo que parecía una casa completa, escaleras incluidas, aunque estas se fundían con el techo, porque la sala no podía recrear un segundo piso, solo estaba la planta baja y sin paredes, como si fuera todo una misma habitación. Podía ver el hall de entrada, la cocina y el salón, que era la parte más grande y llamativa. La chimenea estaba encendida y en el centro había un bonito sofá azul con cojines marrones. En el silencio de la sala podía oír un cantar de pajaritos, y al girar la vista a la cocina, vio lo que parecía que habría tras esta en el caso de haber una pared: un jardín enorme, presidido por un almendro en flor, con un huerto y plagado de flores. Frunció el ceño ligeramente extrañado, pero... Le gustaba ese sitio. No lo conocía, nunca lo había visto antes... Pero se sentía... En casa.

Le encantaría explorar más el lugar, pero quería encontrar esa nota. Pasó los ojos por todo lo que veía, sin poder evitar clavar su atención en cosas diferentes aquí y allá (¿eso era una estantería ENORME y llena de libros en la sala de estar?), intentando no desconcentrarse de su empresa de encontrar la nota de Alice. Pero allí había demasiado donde mirar. ¿Estaría en una de las flores del jardín? ¿En uno de los libros? Eso era una locura, le llevaría horas... Pero en la pista le había hecho una clara referencia a la primera noche que pasaron juntos. ¿Debería reproducir sus movimientos? El lugar no era idéntico a la casa de Alice, pero guardaba similitudes. De hecho, la disposición del salón era prácticamente idéntica. Quizás la clave estuviera ahí.

Se fue hacia el salón y miró en la chimenea, pero no podía estar ahí, el fuego la habría quemado. Se dirigió entonces al sofá y movió los cojines... Nada. Se sentó, con el ceño fruncido, pensativo. Como si estuviera en su propia casa, se permitió el lujo de tumbarse. ¿Acaso no se había echado a dormir aquella noche en un sofá frente a una chimenea, sobre los cojines? Ya tumbado, sacó la pista de su bolsillo y la leyó de nuevo. "De momento, busca tu próxima pista en una vidriera. No en una cualquiera. Es la vidriera por la que viste salir el sol por primera vez con diecisiete años". Abrió mucho los ojos y solo tuvo que alzarlos de la nota y la vio: la vidriera, justo frente a él. La madre que te parió, Marcus. Se había puesto tan nervioso que había leído mal, entendió "la sala de los menesteres" y allá que fue como un loco, olvidándose de media pista. La visión de la sala le había terminado de desconcentrar del todo. Pero allí estaba. Lo primero, después de Alice, que vio al abrir los ojos en aquella misma posición, tumbado en el sofá: la vidriera con el águila de Ravenclaw. Era la que estaba justo frente a él y la que más brillaba de las cuatro que representaban a cada casa.

Se levantó de un salto y se estiró para recuperar la nota de la vidriera, abriéndola a toda velocidad y, ya sí, leyendo con un poco más de atención y tranquilidad. Vaya que la liara otra vez:

“Aquí debí haberte dicho que te amaba. Aquí te consideré mi amor imposible. Pero hace muchos años ya, le dije a tu abuela que tan imposible no será el amor cuando dos personas se quieren. Por si acaso, tráeme las plantas del filtro de Scarborough, si no, no te doy mi regalo”

No había duda ninguna ahí: el invernadero. Se guardó la nota en el bolsillo y salió corriendo... Pero, al girarse para salir por la puerta, se detuvo un segundo y tragó saliva, mirando aquel sitio. ¿Se iba a perder así como así? Siempre se le quedaba la misma amarga sensación al abandonar la sala de los menesteres. Era un sitio muy bonito y acogedor... Se quedaría con él. Se haría nota mental y se lo contaría a Alice, quizás ella tuviera la clave. Por lo pronto simplemente sonrió y cerró la puerta de la sala.

Perejil, salvia, romero y tomillo. Recitaba mentalmente mientras bajaba corriendo las escaleras. Perejil, salvia, romero y tomillo. Llegó como un torrente al invernadero, y otra cosa en la que no había caído. - Oh. Hola, Profesora Mustang. - La mujer, que estaba a cargo de una de sus plantas, le miró con una ceja alzada. Marcus se rascó la cabeza. - Venía a... - ¿Buscar ingredientes para una poción? - Marcus tragó saliva y sonrió un tanto nervioso. - Sí, eso, justo eso. - Tú ya no cursas Pociones, O'Donnell. A no ser que busques precisamente en San Valentín ingredientes para una poción concreta. - Le dijo con demasiadas intenciones, arqueando la ceja aún más. Marcus se había quedado en el sitio, pero la mujer simplemente se rio y se volvió a su maceta. - Anda, quita esa cara. Solo quería dejarte constancia de que haces bien en no mentir porque se te da fatal. - Respiró aliviado. - Por supuesto que nuestra querida Alice Gallia tenía que meter mi invernadero en los prefiero-no-saber jueguecitos que os traéis. - Hizo un gesto de la cabeza, señalando. - Creo que ya sabes en qué pasillo está. - Lo cierto era que no sabía en qué pasillo concreto estaban los ingredientes, pero sí sabía qué pasillo concreto era especial para él. Por supuesto que era el que había elegido Alice para dejar la nota. Sonrió y fue hacia allí al trote. Nada más llegar, la vio: la macetita de albahaca. Sonrió con ternura y se acercó allí, agachándose y recogiendo la nota para leerla.

“Y aquí debiste decírmelo tú. Suerte que ya te he dejado las plantas aquí. Pero no pensarías que iba a ser tan fácil, ¿verdad? Todo tiene un comienzo, mi amor, y no fue aquí precisamente. Y todo comenzó en cuarto, como esta nota, que es la cuarta. Ve al lugar donde todo empezó en cuarto.”

El Lago Negro. Su primer beso. Se mordió el labio y, guardándose tanto la bolsita de ingredientes como la notita en el bolsillo, se levantó. Antes de salir tenía que lanzar un comentario de los suyos, no obstante. - Están muy bonitas sus petunias, Profesora Munstang. - La mujer, sin levantar la mirada de la planta, dibujó una sonrisilla que juraría no haberle visto nunca. - Gracias. El Profesor Kowalski me las ha regalado y las estoy trasplantando. Todos los años me regala por San Valentín un ramito de petunias desde que sus dichosos murtlaps se comieran las mías... - La mujer suspiró con un muy artificial tono resignado y negando con la cabeza con una mueca. - Este hombre... Tiene unas cosas... - Pero ahí estaba, sin levantar la mirada de sus petunias nuevas. Marcus sonrió, se despidió con un gesto cortés de la cabeza y corrió hacia su siguiente nota.

Llegó a la orilla del Lago Negro y lo contempló, con la brisa invernal azotando sus rizos. Podía verles allí mismo, hacía ya tres años, dos idiotas discutiendo y besándose justo después. La cara de tonto que se le quedó a él cuando Alice se acercó a sus labios, parecida a la que se le quedó a ella cuando le dio la réplica. No iba a olvidar aquel momento en su vida, un punto de inflexión a partir del cual todo fue diferente. Disfrutó del paisaje pero, al mirar a su alrededor, vio un elemento que no solía estar allí. Se acercó hacia el árbol al que Alice trepó aquel día, en concreto a la barquita de madera bajo el mismo, una barquita que, o había llegado hasta allí por una hermosa coincidencia, o era cosa de su novia. La miró por encima pero no vio la nota en ella, aunque estaba ligeramente posada sobre el agua, en la orilla. Tuvo que avanzar un poco y estirar el brazo para acercarla, así podría verla mejor. Pero, al contacto de sus dedos, la barca se transformó. Retiró la mano y dio un paso atrás, justo a tiempo de ver como la barca se convertía en una hermosa sirena de madera, que sostenía la carta en sus manos. Sonrió y una breve risa se escapó de sus labios. - Qué bonita. - Comentó. Claro, si imaginaba que las sirenas eran así de bellas, no le extrañaba que quisiera conocerlas, pero la realidad es que eran bichos bastante feos. Negó con la cabeza, sin poder evitar una sonrisa de oreja a oreja y el corazón a punto de estallarle de tantas emociones, y cogió la nota de manos de la sirena. Al hacerlo, esta se levantó con una sonrisa dulce, para sorpresa de Marcus, inclinándose hacia él y dejándole un besito en la mejilla. Acto seguido, se desvaneció. Y allí se quedó él, con cara de idiota, el corazón a mil por hora y la única presencia de la brisa fría del lago. Volvió a reír. - Eres la mejor. - Susurró, cuando pudo reaccionar de nuevo. Pensaba decírselo en cuanto la viera, porque aquella gymkana estaba siendo absolutamente perfecta. Pero ahora tenía una nota que leer.

“Nuestra historia no empieza con nuestro primer beso, por muy genial que fuera. Nuestra historia se escribió en las barcas, buscando sirenas. La mejor suerte de mi vida. O quizá no. Quizá estaba escrito. Quizá tenías que hacerme replanteármelo todo. Ve al lugar donde me diste aquello que necesitaba, pero no sabía que anhelaba. Como haces siempre”

Tragó saliva, porque se había quedado anclado en las primeras frases de aquella nota, notando como sus ojos se humedecían. Quizás estaba escrito. Quizás era verdad lo que él había pensado toda su vida, que las cosas perfectas existían. Para él, desde luego, era perfecta. Se mojó los labios y volvió a mirar el lago, el lugar en el que se conocieron, el lugar en el que sellaron con un primer beso el comienzo de algo más intenso que una amistad. Respiró hondo y sonrió, quedándose allí simplemente unos minutos, porque lo necesitaba. Y ya volvería a pensar en su siguiente parada cuando pudiera manejar la emoción que sentía.
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Dom Abr 18, 2021 11:32 pm

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CON Marcus EN Sala común A LAS 8:00, 14 de febrero de 2002
Llegó al cuarto piso miró a los dos lados, apretándose la gabardina, aunque la llevaba abrochada hasta el cuello. Lo cual, ahora que lo pensaba era hasta raro en ella y levantaría más sospechas todavía. Bueno ya daba igual. – ¡Mobile! – Susurró al espejo. Volvió asegurarse que nadie la veía meterse y allá que fue. ¿Qué hacía? ¿Encendía los candelabros? Pero ella había traído sus propias velas que eran aromáticas, y eso iba a ser demasiada luz ¿no? Que también había traído las lucecitas para la pared. Suspiró. ¿Qué hacía atorándose tanto? Si tenía aquello más que planificado. Pues porque quería que fuera absolutamente perfecto, porque Marcus era perfecto, porque se merecía un San Valentín perfecto para enmendar todos los anteriores en los que no había estado a la altura. Pero para eso había que empezar por el principio.

Encendió los candelabros porque los necesitaba para lo que quería hacer en ese momento, que era dejar el sitio habitable. Echó un hechizo de los que limpiaba el polvo por todo el suelo y las paredes y ya sí, se dispuso poner las manas y los cojines en el suelo. Se había traído todos los que había podido pillar por su habitación (y se había distraído algún otro de la sala común al que le había cambiado el color a azul, para disimular). Los dispuso, colocó y recolocó unas cinco veces, aunque resultaba bastante absurdo. La última vez, ni mantas, ni cojines, ni nada que se le pareciera, se habían echado sobre el revoltijo de ropa sin más, y decir que les había ido bien sería subestimar mucho esa noche tan maravillosa. Así que las cosa mejoraría notablemente solo por el hecho de tener mantas separándoles del suelo y cojines una almohada donde apoyarse estuviera como estuviesen colocados. Luego iban las velas. Tenía que colocarlas de tal manera que iluminaran todo el pasillo pero no fueran peligrosas mientras estaban a otros menesteres. Se dedicó a poner una hilera de ellas a cada lado del pasillo desde el final de las mantas hasta la entrada del espejo, como si marcaran el camino. Y para iluminar la parte de las mantas y los cojines había traído las luces precisamente, que colocó desde los últimos candelabros hasta la pared que cegaba el pasillo, pasándolas por toda ella zigzageando, como si aquella pared que les había llevado dos veces hasta el interior del pasillo fuera el cabecero de una cama, que, la verdad, un poco como ello si había ejercido. La comida la sacaría después, y además en un orden especial. Aunque a lo mejor se lo comían todo del tirón, si se repetía la experiencia de Navidad.

Ahora tocaba lo del regalo. A ver, el regalo era ella con la lencería y lo del navarryl, ahora solo tenía que pensar como se lo daba. Sacó la ramita de espino que había traído y la enredó en la botella de navarryl, que camufló entre dos de las velas. Tendría que encontrarlo. Y el asunto era dónde guardaba la notita para hacerlo más interesante. Hmmm... El liguero era sin duda el elemento innovador de su atuendo. Vale, allí la guardaría. Y ahora, ¿cómo le esperaba? Se quitó al gabardina y se tumbó. No, muy obvio. Se levantó ¿Se quedaba con el camisón sin más? Era la gracia, ¿no? No, pero ella era el regalo... Mejor que tuviera que desenvolverla. Le esperaría con la gabardina, que se tuvo que volver a poner, y de pie. Pero como no sabía cuánto tardaría en aparecer por allí, se sentó otra vez hasta que oyera la puerta. Ahora estaba que se subía por las paredes porque solo deseaba que aquello fuera como estaba en sus cabeza. Y sobretodo que no fuera aquel el día en el que alguien entrara en el pasillo. Porque sin duda, iba a ser la pillada más grande de la vida, hasta con gabardina. Apagó los candelabros y se quedó mirando las luces de las velas, aquel espacio y suspiró. Eran Marcus y Alice. Era el pasillo del cuarto piso. Iba a ser perfecto sí o sí.
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Lun Abr 19, 2021 12:42 am

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CON Alice EN Sala Común A LAS 8:00h, 14 de febrero
Respiró hondo y se centró en la nota de nuevo. Ve al lugar donde me diste aquello que necesitaba, pero no sabía que anhelaba. Vale, esos podían ser muchos sitios, y Marcus estaba ya considerablemente emocionado y nervioso y empezaba a no pensar bien. Cerró los párpados con fuerza y se puso a rememorar momentos con Alice, porque recordaba su vida con ella con tanta nitidez como si hubiera transcurrido todo hacía cinco minutos. Pero aquella pista era más abstracta, más difícil que las anteriores, y podía conducirle a demasiados lugares distintos. El castillo era muy grande, tenía que ir a tiro fijo. Venga, Marcus, piensa.

Respiró hondo una vez más y abrió los ojos, girando sobre sí mismo un par de veces mientras miraba al cielo, pensativo, barajando opciones. Se detuvo en su caminar errático, bajando la vista al suelo, sin dejar de estrujarse los sesos. Se apoyó las manos en las caderas, alzó la vista y les vio. Ah, claro, San Valentín. Casi se le olvida con el tema de la gymkana que era prefecto. - ¡Eh! ¡Eh! ¡¿Dónde vais?! - Bramó a una parejita que no parecía mayor de cuarto o quinto curso y que se aproximaba peligrosamente al Bosque Prohibido. De fondo le dijeron varias excusas a gritos que ni conseguía escuchar en condiciones ni se las iba a creer aunque lo hiciera. - ¡Por ahí no se puede pasar! - Estiró una mano e hizo un gesto hacia el castillo. - ¡Volved atrás! ¡Estáis pisando la linde! - Y algo pareció hacer click en su cabeza de repente. La linde del bosque, él regañando a los alumnos por pisarla... Lo hizo el día que hicieron el muñeco de nieve con Dylan. El día que oyeron a Dylan hablar después de años. El lugar donde me diste aquello que necesitaba, pero no sabía que anhelaba. Se lo dijo después en la sala común, que había sido por él que Dylan había vuelto a hablar, que ella casi había perdido la esperanza. - Lo tengo. - Murmuró para sí, con los ojos muy abiertos de la propia sorpresa, y salió corriendo hacia el lugar concreto de los terrenos, olvidándose por completo de los dos chicos a los que regañaba.

Lo vio tan pronto llegó y la sonrisa se le volvió a ensanchar de oreja a oreja. - Ah, venga ya. - Dijo con una risa de pura adoración, arrodillándose en el suelo. Había allí un cristal con forma de corazón, claramente creado con alquimia, justo donde Alice hubiera hecho un cristal apenas dos meses antes. Cuántas cosas habían pasado en tan solo dos meses, era increíble. Al tomarlo entre sus manos vio la nota dentro. Chistó y se mordió el labio. ¿De verdad lo iba a tener que romper? No quería, era muy bonito. Lo miró unos segundos, admiró su brillo a través de la ya escasa luz del atardecer y dibujó un círculo de trasmutación con la varita en el suelo. Colocó el cristal en el centro, suspiró y, ya muerto de curiosidad, puso la mano sobre este, sin tocarlo. En apenas segundos, el cristal volvió a convertirse en lo que probablemente fuera antes de que Alice lo trasmutara: un montoncito de sal. Sacó la nota de entre esta y la abrió.

“Sé que tú no me romperías nunca el corazón, pero tenía que demostrarte cuánto he aprendido gracias a ti. No solo de alquimia, sino de la vida, de cómo ser buena persona, de mí misma. Ya has llegado casi. Siete notas, por siete años. Si quieres la última, reúnete conmigo. Refúgiate de la tormenta. Yo te espero allí.
4, 3, 2, 1…”

Nunca lo haría, te lo juro. Pensó nada más leer que nunca le rompería el corazón, si hasta algo dentro de él le había dado un pinchazo en el suyo solo por tener que destruir el cristal. Pero sintió un vuelco en este cuando leyó ese reúnete conmigo. Volvió a sonreír como un idiota. ¡Lo había conseguido! Bueno, no es que dudara que lo fuera a conseguir, pero... Le hacía ilusión igualmente. Solo le quedaba la última parada, y allí estaría Alice. Y tenía clarísimo cuál era la última parada. Refúgiate de la tormenta. Se mojó los labios y se levantó de un salto, guardándose la nota. El pasillo del cuarto piso. Alice le estaba esperando allí.

De verdad que no podía ir andando, tenía que ir corriendo. Pero antes tenía que hacer algo. - ¡Si en quince minutos no os veo en la fiesta, se lo haré saber a vuestros jefes de casa! - Bramó en dirección a la parejita, que aprovechando su despiste habían vuelto a girarse hacia el bosque prohibido. Como que él pensaba comprobar lo que hacían o dejaban de hacer esos dos. Pero ahí quedaba la amenaza.

Recorrió como un rayo la entrada al castillo y subió las escaleras como si le persiguiera un oso. Tal era su prisa que, al girar en el pasillo del cuarto piso, se topó de bruces con alguien, tan violentamente que casi la tuvo que agarrar para no tirarla al suelo. - ¡Uy! ¡Lo siento! ¡Perdón! - Oh, vaya, tenía que ser ella. Eunice McKinley, la prefecta de Slytherin. Fue a pasar de largo, total, ya se había disculpado y tenía prisa... Pero en la cara de odio de la chica por haberse chocado con ella detectó unos ojos absolutamente enrojecidos de quien lleva horas llorando. Frunció el ceño, preocupado. - Ey, ¿te encuentras bien? - Dijo, colocando una mano con suavidad en su brazo. Lo que recibió a cambio fue un manotazo para quitársela. - ¿Y tú, estás bien? ¿Es que no tienes ojos en la cara? - Pasó por su lado dándole un empujó en el hombro y murmurando. - Imbécil. - Marcus se quedó totalmente a cuadros, viendo como la chica se perdía escaleras abajo. Nunca se había llevado bien con ella, pero... ¿Le habría hecho algo el imbécil de Layne? Sacudió la cabeza. No, no era el día, y desde luego no era su contienda. Él tenía un objetivo y desde luego ni la chica era amiga suya, ni le había dado muestras de que quisiese su ayuda. Miró hacia atrás una vez más, pero ya no la vio. Así que prosiguió su camino.

Ya estaba delante del espejo, más nervioso que ninguna de las otras dos veces que hubiera entrado. Se mojó los labios, miró a los lados y comprobó que no había nadie, por lo que sacó la varita y susurró. - ¡Mobile! - Empujó el espejo lo justo como para colarse por la rendija, que con lo delgadito que era no fue demasiado, y cerró cuidadosamente tras él, sellando a punta de varita después. Entonces se giró... Y lo vio todo. - Wow. - Se le escapó espontáneamente nada más volverse y ver lo que Alice había organizado allí. Todo estaba lleno de velitas y luces, estaba mucho más limpio de lo que recordaba aquel oscuro y polvoriento pasillo y Alice lo había decorado con mantas y cojines. Ah, Alice... Por supuesto allí estaba, esperándole. - Vaya... - Dijo con una sonrisa y dejando escapar el aire entre los labios en una especie de carcajada nerviosa, sin poder evitar mirarlo todo a su alrededor. Se notaba el corazón a mil por hora. Miró a su novia, con los ojos llenos de ilusión y una sonrisa irremediable. - Esto... Es lo más increíble que he visto en mi vida, Alice. - Volvió a mirar a su alrededor mientras se adentraba un poco más en el pasillo y comentaba. - Todo... Las notas... Esto... Es increíble. - Volvió a mirarla y ya no aguantaba más. Se acercó a ella, acelerando el ritmo de sus pasos, y dijo. - Tú eres increíble. - Agarró sus mejillas y la besó, con toda la emoción que llevaba conteniendo durante todo lo que había durado ese juego. Al separarse juntó su frente con la de ella. - No sé ni por donde empezar. - Dijo con una risa nerviosa. Se mojó los labios y cerró los ojos. - Te amo. - Volvió a besarla. Sí, esa era una buena manera de empezar. Al separarse de nuevo de ella, abrió los ojos y sonrió de lado. - Aunque... - Miró a su alrededor, y de nuevo a Alice. - Creo que aún me queda una notita por recoger. -
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CON Marcus EN Sala común A LAS 8:00, 14 de febrero de 2002
Oh sí, era su voz. Su voz diciendo "Mobile" y su voz sellando la puerta. No se había sentido tan aliviada en su vida, y a la vez sentía un abismo gigantesco en el estómago, de emoción si a Marcus le había gustado. Solo ver su expresión al observar todo el adorno del pasillo, hubiera merecido la pena cualquier cosa. Ser capaz de conseguir esa reacción en Marcus valía el mundo entero. Sus ojos se humedecieron y puso la sonrisa más boba que había puesto en toda su vida, simplemente de verle a él mirando todo lo que había hecho. Y de repente, todo parecía realmente perfecto, solo por tenerle a él allí, tan ilusionado, tan contento por todo lo que había organizado. Las últimas dos semanas, consiguiendo esto aquí y allá, soñando con el momento en el que le viera hacer eso mismo, se resumían en la emoción de aquella escena.

Rio, emocionada, cuando dijo aquello. – Quiero que sea perfecto. Como tú. – Respondió, cargada de sentimiento. Se haba sentido indigna, inferior, inadecuada, durante demasiado tiempo. Ahora solo querrán sentir que lo había sorprendido, que le había hecho inmensamente feliz. Dejó que se acercara a ella con esa velocidad, y el corazón martilleándole en las sienes mientras la besaba de aquella forma. Ahora lo hacían mucho, lo de besarse, pero hacerlo en aquel sitio era especial, era como resumirlo todo en aquel beso, y era intenso muy intenso. Pronto empezaba. Cuando se separaron ella se rio un poco. – Tú has sido increíble todos estos años, lo mínimo era devolvértelo. – Alzó las manos y acarició su rostro, sonriéndole. – Y esto no hay hecho más que empezar. – Sacó la varita del bolsillo de la gabardina (qué enorme idea dejársela puesta) y la alzó hacia el techó, haciendo un gesto con la muñeca que invadía todo el pasillo. –¡Silentium! – Bajó la varita y se la guardó, sin dejar de mirarle. – Sé que te prometí una playa paradisíaca... Desierta... Pero... – Se acercó de nuevo a él y deslizó las manos por las solapas de su túnica, agarrándolas. – Hoy vamos a pasar mucho rato aquí... Porque tengo todo lo necesario para que no tengamos que salir... Así que... – Le quitó la túnica, dejándola caer por sus brazos y subiendo las manos para desanudar la corbata lentamente. – Cuando quieras, usamos esa potente imaginación de Ravenclaws que tenemos para imaginarnos que estamos en esa playa desierta... Solos... Tú y yo. – Alzó la mirada para poder quedarse así, como dos idiotas, mirándose intensamente.

Y gesto reflejó la profunda ternura que le producía ese momento, que le dijera que la amaba así, que fuera tan inmensamente bueno y dulce con ella. – Yo también te amo, Marcus. Te amo con toda mi vida. – Aseguró, de corazón, antes de recibir otro beso, volviendo a perderse en aquellos labios divinos, subiendo las manos para rodear su cuello y quedarse así colgada de él. Se soltó del besó cuando se separó de ella, pero se quedó colgada de su cuello, como un monito de una rama, como le decía él siempre. Amplió la sonrisa y entornó los ojos. – Qué listo eres, cariño. – Volvió a acercarse a él y le dio un piquito. – Sí que te falta una nota... – Le dio otro piquito, y esta vez aprovechó y atrapó su labio inferior entre los suyos, en una suave caricia. – Pero te adelanto que tu regalito soy yo... – Se alejó de él con una mirada y sonrisa traviesas. – Pero... Hay dos inconvenientes. – Se enredó un dedo en uno de sus rizos lentamente. – El primero, que estoy envuelta, como buen regalito. – Dijo señalándose de arriba a abajo la gabardina. – El segundo... Que tienes que encontrar la notita... Y encontrar lo que sale en ella, claro. –Terminó alzando una ceja. Dio otro pasito hacia atrás, para darle una mejor perspectiva. Olive, el Barón, la señora Mustang, la sirena... Todos te han dado pistas, así que qué menos que hacer lo propio. – Le guiñó un ojo. – La nota la tengo yo... Solo tienes que encontrarla... – Y a ella le parecía super obvio dónde se la había escondido, pero sería por que la sentía entre la liga y la piel, en la cara interior del muslo y eso se le hacía muy evidente. – Por ser la última, y porque tengo ganas de que llegues al regalo... Otra pista. – Alzó las palmas abiertas y movió los dedos. – No la tengo en las manos. El resto... Lo tienes que averiguar tú. – Terminó con una sonrisa y tono completamente provocadores, sin dejar de mirarle. Estaba ya encendida y ni le había puesto las manos encima todavía. Suficiente trabajo hacía ya su cabeza, sabiendo lo que sabía que había en aquella habitación solo y exclusivamente para que lo usasen para su placer,
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Lun Abr 19, 2021 2:03 pm

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CON Alice EN Sala Común A LAS 8:00h, 14 de febrero
La miró y se mordió el labio cuando dijo que aquello no había hecho más que empezar, y entonces ella sacó la varita. Siguió con la mirada el recorrido de la misma y ladeó la sonrisa aún más, entrecerrando los ojos al mirarla a ella de nuevo. No era tan ingenuo, sabía lo que iba a pasar allí, sabía lo que iba a pasar ese día en algún momento del mismo y lo estaba deseando. Pero ese Silentium echado tan pronto prometía bastante.

Seguía atendiendo a sus palabras y notando el escalofrío de la anticipación, mientras ella le hablaba con esa voz seductora, diciéndole que tenía todo lo necesario para que aquello durara todo lo que quisieran, y tocando su túnica con sus manos... Justo antes de quitársela y de empezar a desanudar su corbata. El corazón le empezó a latir más rápido y ya no podía más que mirar sus labios, aunque también el resto de su... Un momento, ¿llevaba una gabardina? Se acababa de dar cuenta. No estaba acostumbrado a verla con gabardina. Rio levemente a lo de la imaginación y ladeó un poco la cabeza. - Yo ya estoy mentalmente allí. - Miró a su alrededor y se acercó a su rostro para susurrar sobre sus labios. - Aunque este sitio me gusta especialmente. - Sobre todo por el historial que tenían allí. Por eso y por lo bien que Alice lo había decorado.

Se dedicaron a besarse con la intimidad que aquel lugar tan suyo les proporcionaba, hasta que sus labios se separaron y Alice se quedó enganchada a su cuello. Arqueó graciosamente las cejas cuando le dijo que era muy listo, dejándose llevar por ese piquito breve que hubiera deseado que fuera más largo, pero les quedaba mucho tiempo por delante. Se había quedado mirando sus labios pero alzó la mirada a sus ojos con leve sorpresa cuando dijo que su regalito era ella, lo que le hizo fijarse una vez más en su gabardina. Sonrió de lado. Uh, qué bien suena eso, pensó mientras la miraba alejarse y oía esas palabras que ya le estaban provocando demasiadas cosas en su cuerpo.

Ladeó la cabeza con el ceño ligeramente fruncido y sin perder la sonrisa ladina, siguiéndole el rollo a la chica, cuando dijo que había dos inconvenientes. El primero le hizo soltar una breve risa. - Eso no me parece un inconveniente lo más mínimo. - Y siguió con la mirada, de arriba a abajo, como se señalaba la gabardina. Aquello tenía truco y estaba deseando descubrirlo. Ante el segundo inconveniente, hizo una mueca de superioridad con los labios, acompañada de una caída de ojos. - Tampoco me parece un inconveniente eso, ¿acaso no he encontrado las otras seis? - Comentó con un tono chulesco muy meloso y cargado de intenciones, acorde con la situación. Otra cosa que estaba convencido de que tenía truco, algo le decía que la nota no iba a estar simplemente escondida tras un cojín. Vio como se alejaba y, siguiendo ese rollito, se mojó los labios con esa sonrisilla que ponía cuando Alice le lanzaba un reto y se cruzó de brazos con seguridad. - Me parece lo justo. - Comentó a lo de las pistas, y entonces lo dijo: que la tenía ella. Aquello se iba poniendo cada vez más interesante.

Ah, y otra pista más. Sí que tenía ganas de que llegara "al regalo", pero podía jurar que él tenía más ganas todavía. Pero con lo que dijo no pudo evitar soltar una carcajada, echando la cabeza hacia atrás sin descruzar los brazos. - No se ofenda, Señorita Gallia, pero eso ya lo intuía. - Dijo de nuevo con esa voz aterciopelada a la par que chulesca, mirándola con los ojos entrecerrados. Al ver que Alice no decía nada más, solo le miraba con esa picardía y esa sonrisa traviesa, se mojó los labios y ladeó la cabeza. - Entonces... - Dio un par de pasos hacia ella. - ¿Tengo ya permiso para proceder? - Era obvio que sí. Se acercó lentamente a la chica y se colocó frente a ella sin dejar apenas distancia entre sus cuerpos, lo cual le iba a dificultar eso de "desenvolverla", pero le daba bastante igual: necesitaba sentirla cerca. Descruzó los brazos y pasó una mano con suavidad por la solapa. - A ver... No me gustaría romper el envoltorio, es muy bonito. - Bromeó en un susurro. Se notaba la respiración considerablemente acelerada, pero fue bajando poco a poco las manos por los botones sin querer desvelarse nada hasta que no la tuviera desabrochada por completo. Llegó al cinturón y lo desabrochó lentamente, subiendo la mirada a sus ojos y colocando las manos en su cintura. - Yo creo que ya lo puedo quitar. - Anunció sin perder el tono suave. Pasó las manos por el borde de la gabardina, subiéndolas a los hombros para resbalar la prenda por estos... Y, oh, dentro de que quería dejarse sorprender y había optado por no imaginar de más, vaya si se sorprendió.

- Wow...- Susurró, notando mucho calor de repente. Se apartó un par de pasos, agarrando una de sus manos como si no quisiera que se le escapara y estirando el brazo todo lo que podía para verla bien. - Alice... Estás... - Si empezaba a soltar adjetivos, se le iba la noche. No podía dejar de mirarla con los ojos muy abiertos. - ...Impresionante. - Dejó escapar un poco de aire entre los labios en una sonrisa nerviosa, sintiendo que el corazón se le iba a salir del pecho, tras lo cual la miró a los ojos. Respiró hondo sin poder evitar la sonrisa y dijo. - ¿Y... Se supone que debo buscar... Por aquí? - Preguntó, acercándose ligeramente a su cuerpo de nuevo y pasando las manos por la suave tela de la lencería. ¿Nota? ¿Qué nota? A él se le había olvidado eso ya, o había pasado a un cuarto plano por lo menos. - A simple vista no la veo, voy a tener que... - Iba comentando, conforme sus manos acariciaban a la chica. No había mucha tela donde buscar, la verdad, pero si tenía que hacerlo tocando... No se iba a oponer.

El problema era que esa visión de Alice y rozar su cuerpo con las manos, mientras veía cómo le quedaba el conjunto, le estaban subiendo la excitación a las nubes. Así no podía pensar, y ciertamente, sabía lo que los dos estaban buscando, por fin tenía la certeza clara después de muchos años de dudas, y eso aumentaba su impaciencia. Se acercó mucho más a ella y, rozando su nariz en un toque más intenso que tierno, susurró. - ¿Y si quiero disfrutar de mi regalo primero? - Lo dicho, lo de la nota acababa de perder mucha importancia. La besó con intensidad, pegando su cuerpo al de ella y arrastrándola hacia atrás lo suficiente como para dar contra el final del pasillo, esa bendita pared que les había servido de tope todas las veces anteriores para poder quedarse en ese lugar tan maravilloso. Aquello ya había empezado por lo que a él respectaba. - Estás más sexy que nunca. - Susurró, bajando los besos por su cuello y atrapando el tirante entre los dientes suavemente, para decir justo después con una sonrisa. - Este envoltorio es demasiado bonito, insisto. - Susurró, alzando la cabeza y volviendo a susurrar sobre sus labios. - Intentaré no romperlo. - Dijo antes de besarla con frenesí. Porque quitarlo, desde luego que lo iba a quitar.

Pegó su cuerpo al de ella en ese beso y bajó una de las manos a su muslo, levantando su pierna para que la chica le rodeara con ella y poder encajarse mejor... Y al hacerlo oyó un ruido que poco pegaba en ese contexto. Eso le hizo separar el beso y arquear una ceja. - Ahá... - Musitó, rozando su cuerpo tentativamente con el de ella, a ver si lo volvía a oír... Y allí estaba. Otra cosa no, pero Marcus O'Donnell reconocía a la perfección el rasgar de un pergamino. Dibujó una sonrisa triunfal y movió la mano que estaba en la cara exterior del muslo de la chica a la interior, rozando su piel en el proceso, hasta que sus dedos dieron con el tacto del papel. Extrajo la nota y miró a Alice con esta en las manos. - Je. - Que tonto se ponía cuando ganaba. Pensaba continuar con aquello, ya ves que sí, pero primero iba a tomarse un segundito para leer.

“Encuentra tus flores, mi espino, esta princesa te está esperando”

Alzó la mirada con una sonrisa ladina y la ceja arqueada. Hizo un leve vistazo de reconocimiento, pero volvió la mirada a Alice. Mordiéndose el labio, se le acercó y susurró sobre los de ella. - Vas a ver como termino este juego, princesa. No tendrás que esperar mucho. - Porque excitado estaba, mucho, muchísimo, pero ¿quién no esperaba los escasos minutos que iba a tardar en encontrar esas flores (que por su prefectura que iba a ser MUY POCO) cuando había esperado mucho más tiempo otras veces? ¿Cuando podían hacer ese juego mucho más interesante, como a ellos le gustaba? ¿Cuando una Alice en lencería le lanzaba un retito intelectual como guinda final de una gymkana perfecta? Iba a encontrar esas flores como que se llamaba Marcus O'Donnell.

- Deduzco que eso no lo llevas encima. - Comentó, dando un par de pasos hacia atrás. Desde luego, entre la poca ropa y la cercanía que habían tenido hacía apenas segundos, se habría dado cuenta. Se puso a pasear por el lugar, parpadeando primero con fuerza un par de veces para despejarse un poco la mente y poder reconocer adecuadamente. No parecía estar por el centro del pasillo, quizás estaba entre las velas. Empezó a recorrer el pasillo de la derecha de vuelta a la entrada y, con satisfacción, vio como entre dos velas, a mitad de recorrido, asomaban unos pétalos blancos. Se giró hacia Alice con una sonrisilla, arqueando las cejas, anunciando con este gesto que, ya sí que sí, acababa de completar la gymkana. Pero cuando fue a tomar las flores, vio que no era una rama suelta, sino que estas rodeaban algo. Y cuando supo qué era ese algo se alegró mucho, pero mucho, de no haber disfrutado de su regalo antes de terminar la gymkana.

Se giró lentamente hacia ella, mirándola desde el lugar del que había sacado la botellita de aceite de navarryl, con este entre las manos y la mandíbula ligeramente entreabierta. Se le escapó una risa nerviosa entre los labios. - ¿De verdad? - Dijo sin poder evitar reír. Aquello se tornaba más interesante por momentos. Miró la botella en su mano y asintió, impresionado. - Y por eso digo siempre que primero tienes que terminar las cosas, antes de empezar con lo siguiente. - Sí, claro, como que no iba él de cabeza a acostarse con Alice, ni gymkana ni nada. Se acercó con pasos lentos hacia ella, de nuevo dedicándole una mirada entrecerrada cargada de intenciones. - La princesa pone cada vez la apuesta más alta. - Comentó, llegando hasta ella y deteniéndose cerca de su cuerpo. - Yo creo que este príncipe ha demostrado ser bastante digno llegando hasta aquí... Espero que también esté a la altura. -
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Lun Abr 19, 2021 6:30 pm

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CON Marcus EN Sala común A LAS 8:00, 14 de febrero de 2002
Le miró con una sonrisita juguetona y dijo. – Pues claro, señor O'Donnell... ¿Cuando no ha tenido permiso usted? – Y es que solo de saber lo que se iba a encontrar cuando le quitara la gabardina ya se estaba excitando, y eso que solo le estaba agarrando de las solapas... Para cuando llegó al cinturón, Gal había perdido la noción en sí misma y suspiró solo de oír aquella frase y notar sus manos en la cintura. Desde luego que ni en sus mejores sueños se esperaba aquella reacción. Ante sus halagos encogió un poco el hombro y amplió la sonrisa. No era vergüenza pero... Notar aquella mirada sobre ella era sin duda halagador y la hacía sentirse muy dichosa. – Pues es todito para ti, soy tu regalo al fin y al cabo. – Terminó con una risita.

Asintió con la cabeza, recuperando la miradita seductora. – Y tienes que encontrarla, o el regalo no estará completo. – Pero su discurso tentador se cortó al notar las manos de Marcus tocándola, arrancándole un jadeo de deseo. No debería proponerle a Marcus retos que no sabía si ella misma podía cumplir, porque le encantaban las manos de Marcus, y esa ansia con la que la acariciaba le hizo inclinar la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos, tratando de controlar sus impulsos. Total, para nada, porque, se puso sobre ella y le hizo aquella pregunta que no le dio tiempo a contestar, porque su beso pasional interrumpió toda línea de pensamiento lógica. Pues sí, dejaría que disfrutara de su regalo en ese mismo momento, y estaba tan nublada que ni se le pasaría por la cabeza explicarle que podían estar todavía mejor si completaba la dichosa gymkana que para eso estaba. Cuando la puso contra la pared, ahogó un gemido sobre sus labios y su lengua, debería mirarse por qué le ponía tanto que Marcus hiciera eso. – Yo sé que tú eres muy delicado, mi prefecto. – Dijo entre jadeos, cuando notó que le bajaba el tirante con los dientes. De verdad que era como si estuviera viendo las estrellas mismas, cada vez que abría los ojos. Soltó una risita cuando le dijo lo de que estaba muy sexy. Había cambiado un poco el discurso de los quince años de "estás guapísima" en ese mismo pasillo. – Había que aprovechar todo lo que no habíamos podido usar en Navidad. – Y eso en verdad era una pista para lo otro que tenía que encontrar, aunque probablemente no se diera cuenta. Su corazón se aceleró más todavía cuando agarró su pierna, levantándosela, porque no había nada que le pusiera más que el hecho de que Marcus tomara el control cuando estaban así. Tan excitada estaba, que no se dio cuenta de que se haba delatado sola. Y la verdad, le dio igual, porque mereció la pena la expresión triunfal de Marcus y sus dedos explorando por su piel hasta dar con la nota. Rio un poquito y dijo. – Es que el regalito no estaría completo sin ello.

Y ella iría de muy segura y que si regalo completo y no sé qué, pero si Marcus hubiera seguido con aquellos besos, se le habría olvidado también, la verdad. – No, no lo llevo encima, hubiera sido toda una proeza, la verdad. – Ah aquellas miradas, aquel labio cuando se lo mordía... Solo quería lanzarse sobre él otra vez y aferrarse a su piel como si fuera un salvavidas en el agua. Aprovechó para tomar aire y ponerse bien puesta en las mantas y los cojines, sentándose y esperando a que lo encontrara. No tardó, mucho, como bien había predicho él. Le dedicó una risita y una alzada de cejas. – Yo sabía que ibas a ser demasiado listo como para dejarlo pasar. – Mentira. Y se le hubiera pasado a ella de la exacta misma manera que se le estaba pasando a él, si no llega a encontrar la notita en ese momento. Tiró del chico hacia el suelo, uniéndose con sus labios, y, mientras lo hacía, cogió la botellita de sus manos, dejándola de un lado, hasta que fueran a utilizarla. Lo empujó suavemente para que reposara entre la pared y los cojines y le miró con los ojos brillantes, encendidos de pasión, y dirigió sus manos a quitarle la camisa rápidamente, mientras decía. – Tú siempre superas mis expectativas, prefecto O'Donnell. – Se deshizo de la camisa y admiró el torso del chico, pasando las manos con devoción por él hasta llegar al pantalón, que desabrochó del tirón, bajándolo con una sonrisa. – Teníamos que estar en igualdad de condiciones. – Se puso de rodillas y le atrajo hacia sí, tal y como habían estado aquel día en la cama de Marcus en casa de los O'Donnell y volvió a besarle, a enredarse con su lengua y a enterrar la mano en sus rizos. Se separó mínimamente y susurró en su oído. Cuantas menos cosas lleve encima, más fácil vas a ser echarme ese aceite por todas partes. – Separó mínimamente y miró con hambre animal su cuerpo. – Yo te aseguro que ya tengo un mapa de por dónde voy a pasar las manos. – Dijo, hincando las yemas del los dedos sobre esa piel ardiente que necesitaba más que nada en el mundo y llevaba sus labios al cuello de Marcus besándole con ansia. – Aún te quedan capas del regalo que desenvolver, prefecto O'Donnell. – Susurró ardiente. – ¿Crees que puedes aguantar un poco más las ganas de hacer tuya a esta alumna díscola? – Y terminó con un suave gemido, mordiendo el lóbulo de su oreja.
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Mar Abr 20, 2021 12:13 am

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CON Alice EN Pasillo del cuarto piso A LAS 8:00h, 14 de febrero
Apenas había alcanzado a Alice cuando esta tiró de él hasta colocarle también sobre las mantas, y él por supuesto se dejó llevar encantado. La gymkana había terminado oficialmente al encontrar la última nota y el aceite de navarryl, que no veía la hora de estrenar (de hecho, indigno le parecía que no se le hubiera ocurrido a él la idea, pero para esas cosas Alice era mucho más avispada, y menos mal). Se dejó guiar hasta que le colocó y empezó a quitarle la camisa. Ya tenía la respiración acelerada otra vez y se mordía el labio, mientras veía a esa Alice en lencería desabotonarle la ropa y hablarle en ese tono y con esas palabras. Arqueó las cejas cuando le dijo que siempre superaba sus expectativas, pero la siempre atrevidísima Alice se deshizo de sus pantalones antes de que le diera siquiera tiempo a reaccionar. Dejó escapar una breve risa entre los labios, temblorosa de la pura excitación que ya sentía. - Yo diría que ahora llevas tú más cosas que yo, de hecho. - La miró de arriba a abajo con una sonrisa ladina. - Unas cosas muy bonitas, y que te sientan de miedo, pero... Demasiadas. - Sí, le quedaban demasiado bien esas cosas. Pero le empezaban a sobrar.

Cuando le atrajo hacia ella se aferró a su cuerpo para besarla, para sentirla más cerca, para perderse en aquello que ya no se iba a ver interrumpido por nada más, ni por gymkanas ni por nada... Bueno, quizás por algo sí: por darle uso al aceite de navarryl. Pero bien iba a merecer la pena. Ese susurro en su oído le hizo soltar un leve gemido de contención, en sustitución a abalanzarse sobre ella y ni aceite, ni interrupción, ni nada. Lo siguiente le hizo soltar una muda risa con expresión chulesca. - Ah, ¿sí? Pues deseando estoy que me lo enseñes. - El final de su frase casi se entrecorta y se mezcla con otro gemido, notando las yemas de los dedos de la chica en su piel y los besos por su cuello. Su escasa contención, que no sabía ni por qué tenía ya a esas alturas, se fue al traste con aquella preguntita. - Para nada. - Respondió en un susurro ansioso, aferrándose a la cintura y a la espalda de Alice para tumbarla sobre las mantas y ponerse encima de ella.

- Creo que... Iba desenvolviendo por aquí. - Dijo, enredando uno de sus dedos en el tirante de lo que parecía un minúsculo camisón que tapaba el sujetador y poco más que el vientre de la chica. Bajó ambos con las manos, recreándose en acariciar sus brazos mientras bajaba los besos por lo que la tela iba descubriendo al bajar, deteniéndose justo en la línea en la que empezaba esa pieza de lencería extraña que en teoría no tapaba nada pero estaba enganchada a las medias. No tenía ni idea de qué era todo aquello, pero qué bien le quedaba. Sacó el camisón a la chica y pasó los dedos por esa tela, primero por la cintura y luego bajando por lo que conectaba a sus medias. - Me vas a tener que enseñar a desenvolver esto. - Dijo, dejando otro beso en su vientre. - Aunque no me importaría investigar por mi cuenta... No tengo ninguna prisa. - Bueno, un poquito de prisa sí que tenía. Se refería a prisa por irse de allí, de todas formas. Creía haberse hecho entender.

- Realmente... Yo creo que ya... Podríamos ir probando esto, ¿no? - Dijo, tomando la botella de aceite en sus manos. El Marcus racional y asustón tendría bastante precaución con aquello, lo pensó desde que lo compró. El Marcus que probó sus efectos en lo bueno se moría por usarlo, y el que recordaba el mal rato que pasó en la cena le decía que a ver si no iban a provocarse más cosas de las que podían soportar... No estaba escuchando a ninguno de esos Marcuses. Solo al Marcus tremendamente excitado que deseaba de todas todas seguirle el rollo al jueguecito de su novia por San Valentín. - Mmm... ¿Cómo decías que iba esto? - Preguntó haciéndose el loco. Se echó una gota en el dedo e hizo el teatrillo de mirarla. - Voy a ver si... - Colocó con suavidad dicho dedo justo debajo del cuello de Alice y empezó a bajar por su piel, por la línea entre sus pechos, hasta toparse con la cinta del sujetador que los unía. Se mordió el labio y la miró con intenciones. - Voy a comprobar que funciona... Con tu permiso. - Musitó, descendiendo de nuevo y besando allá por donde la piel de la chica ya había absorbido el aceite que él le acababa de dejar. No tardó en sentir un cosquilleo en su propio pecho que le provocó un escalofrío y le hizo alzar la mirada a sus ojos con una sonrisa pícara. - Yo ya he roto el hielo. - Susurró, acercándose a sus labios. - Ahora... Enséñame ese mapa. -
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Mar Abr 20, 2021 1:10 am

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CON Marcus EN Sala común A LAS 8:00, 14 de febrero de 2002
Se dejó tumbar por Marcus, deseando que la desnudara entera, porque verdad era que la lencería le había servido para el teatrito de la llegada, pero poco más. Le encantaba sentir sus brazos cuando la agarraba tan fuerte, cuando se ponía sobre ella, cuando notaba en su pulso cuánto había tirado de su cuerda hasta llevarle a aquel vórtice. Abrió los labios para buscar el aire que le faltaba, mientras Marcus recuperaba la tarea de "desenvolverla". Cada roce, por mínimo que fuera, como el de la tela resbalando su piel, le hacía más difícil respirar, la excitaba más y más, y ese tuvo que agarrar a las mantas mientras él iba besando su piel.

Tuvo que hacerle gracia cuando llegó al liguero y vio como se quedaba pillado mirándolo y se rio un poquito, acariciando sus rizos cuando se agachó para besarle el vientre. – Tranquilo. Quitarlo es mucho más fácil que ponerlo... De hecho... Si mi príncipe no lo quiere ahí... – Se llevó las manos a la parte baja de la espalda y lo desabrochó. – Yo me lo quito sin problemas. – Tiró de él hacia abajo de sus piernas sin dejar de mirar a Marcus a los ojos y se mordió el labio inferior, conteniendo las ganas de lanzarse salvajemente contra él.

Se volvió a tumbar, con una sonrisa al ver cómo Marcus estaba impaciente por usar el navarryl. Realmente tenía un mapa mental de dónde ir echándolo, pero dejó a su novio tomar la iniciativa. Le vio echarse una gota en el dedo, y antes de que pudiera recordarle como había que hacer la conexión, él ya había llevado el dedo a su cuello, bajándolo de aquella forma por su escote. Su pecho se levantó y su espalda se arqueó involuntariamente, dejando caer los párpados pesadamente. – Oh, Marcus... – Alzó la cabeza para mirarle y sonrió. – Estás fundiendo el hielo, amor mío. – Se incorporó, poniéndose de rodillas de nuevo y cogiendo la botellita. – Vas lanzadísimo. – Le dijo con una risita. Levantó la mano del chico y vertió lo que decía la botella, el tamaño de una moneda pequeña. Luego se echó lo mismo en su palma y las juntó, entrelazando los dedos. Se inclinó sobre sus labios para recordarle. – Hay que hacer esto para crear la conexión. – Nunca había utilizado tanto, y lo notó inmediatamente como un hormigueo por su brazo derecho, subiendo como un calambre. Sintió un calor repentino en su pecho, y supuso que se debía a que empezaba a sentir la excitación de los dos. Separó la mano con cuidado se la frotó con la otra para repartir el aceite. – Ahora sí que puedo empezar con mi mapa. – Dijo abriendo las palmas sobre el pecho de Marcus y paseando los dedos por su piel lentamente. Fue bajando ella misma, al ritmo de sus propias manos y sin dejar de mirar a los ojos de Marcus. Pasó sus manos rodeando la cintura del chico hacia su espalda, circunstancia que aprovechó para atraerle contras sí, y ahí sí que lo notó de golpe, los brazos fantasmas que tiraban de ella. De repente era consciente la piel de su propio vientre contra el de Marcus, deslizándose el uno sobre el otro. Bajó las manos por su espalda, con los dedos muy abiertos, para abarcar más centímetros de piel.

Paró un momento, separándose lo justo para poder mirarle a la cara y susurró. – Te amo. Te deseo. Voy a amarte siempre, Marcus. – Y entonces lo sintió. El mareo total que embotó la cabeza de ambos. Cuando las emociones eran demasiado fuertes, podía pasar eso, y no había emoción más fuerte que el hecho de amarse mutuamente con tanta intensidad. Pero ella tenía un mapa y haba dicho que lo iba a enseñar. Con la misma diligencia que había bajado sus pantalones, bajo también su ropa interior, dejando que mientras él terminaba de quitársela, sus manos bajaran por allí, acariciando con firmeza pero solo por encima, de camino a sus piernas. En los muslos había mucho flujo de sangre, y eso hacía que el navarryl hiciera efecto más rápido, y era precisamente eso lo que estaba buscando. Aprovechó que llegó con sus manos a la línea entre los muslos del chico y el suelo y se tumbó ante él, alargando la pierna de tal forma que rozó con el pie la cintura de Marcus y ella pudo sentirlo perfectamente en su costado. Nada de efecto fantasma. Rio un poco y, al hacerlo, se vio a sí misma como si estuviera fuera de su cuerpo. Se estaba viendo como la veía Marcus. Oh, no estaba mal la visión. Se rio y le miró. – Cierra los ojos, vas a ver. – Y se quedó mirando su cuerpo, sus rizos, sintiendo aquella excitación y aquella adoración que siempre eran tan fuertes dentro de ella cuando le miraba. Echó los brazos hacia atrás y volvió a sonreír. – Tu turno, mi príncipe. – Y después empezaría con la experimentación. Estaba teniendo mil ideas locas en la cabeza y al menos unas cuantas quería probar.
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Mar Abr 20, 2021 11:00 am

La palabra más hermosa
CON Alice EN Pasillo del cuarto piso A LAS 8:00h, 14 de febrero
Pues ciertamente, le quedaba muy bonito pero no, no lo quería ahí. Así que simplemente miró conteniendo el deseo que sentía como Alice se lo quitaba, mordiéndose el labio, solo para tumbarse de nuevo sobre ella tan pronto se deshizo de la prenda. Duró en la postura lo justo que mantuvo el jueguecito con el navarryl y provocó a Alice, teniendo con ello el efecto deseado: acelerarla más. Sus palabras cuando se puso de rodillas frente a él le sacaron una leve risa. - Tenía demasiada intriga por mi regalo. - Dijo, acercándose y dejando un beso en su hombro. - Me ha gustado demasiado mi regalo. - Dejó otro en su cuello. - Echo demasiado de menos a mi regalo. - Subió hasta sus labios para besarlos y se separó al notar que Alice agarraba su mano. Ah, sí, había que juntar las manos para hacer la conexión, un pequeño detalle que se le había pasado, no conocía tanto el aceite de navarryl... O más bien, como había destacado Alice, iba tan lanzado que ni pensaba. No le importaba lo más mínimo dejarse enseñar. A Marcus le gustaba mucho aprender.

Soltó un jadeo porque ya podía notar el efecto de aquel aceite apenas segundos después de juntar sus manos. Ese calor casi sofocante le era demasiado familiar, pero ahora estaba en el contexto idóneo para dejarlo bullir. En lo que él aún procesaba, Alice se frotó el aceite en ambas manos y las puso sobre su pecho, haciéndole temblar levemente y cerrar un segundo los ojos, hasta abrirlos para mirar los de ella. Iba lanzadísimo, sí, pero Alice conseguía neutralizarle a base de gestos como ese, que le nublaban el entendimiento.

El tirón contra ella le hizo reaccionar, pegándose a su cuerpo de nuevo conteniendo las ganas de desbocarse. Pero algo estaba embotando su cabeza aún más, algo estaba palpitando en su pecho con el doble de fuerza con la que lo hacía normalmente... Sí, sus sentimientos y los de ella. Más le inundó cuando escuchó sus palabras, notando como le temblaba ligeramente todo el cuerpo, haciéndole sonreír con un leve jadeo. - Te amo, Alice. Eres el amor de mi vida, desde el primer día que te vi, hasta el último. - Se acercó a sus labios y los besó con suavidad, con todo el amor que sentía por ella. Como si el hecho de que ella probablemente estuviera sintiendo lo que en ese momento sentía él no fuera suficiente... Ah, qué bien les hubiera venido saber identificar eso hacía apenas un mes, cuando andaban llorando su desamor por los rincones. Soltó un poco de aire entre los labios tan pronto el beso lento terminó... Y, con él, toda la pausa que se podía dar. - Y no sabes cuánto te deseo. - Quizás sí, porque notaba que le iba a estallar el pecho de tanto sentir y eso solo podía ser la suma de lo de él y de lo de ella. Pero, por si acaso, no estaba de más decirlo. Como no estaba de más lanzarse a sus labios ya con mucha menos ternura, buscando su lengua y buscando desbocarse de una vez por todas.

Pero Alice tenía un mapa mental, claro. No solo notó como le desprendía de su ropa interior, sino como acariciaba sus piernas aún con aceite en las manos. La miró a los ojos con estos entornados en una mirada traviesa y una sonrisa con ese velo de inseguridad que aparecía en Marcus siempre que hacían algo nuevo y un tanto descabellado, como aquello. Y no sería porque él no seguía a Alice al fin del mundo si hacía falta, que ya había quedado más que demostrado. O porque aquello le estaba gustando muchísimo. Pero Marcus seguía siendo Marcus. - A ver si voy a poder soportar esto. - Susurró sobre sus labios en un tono entre tentador, bromista y cauto. Porque ya se sentía arder de excitación y estallar de amor por ella y ni siquiera le habían añadido el componente placentero obvio.

Por si quedaban dudas con esa forma de tumbarse, el toque del pie de la chica en su cintura era una invitación tan clara que le hizo sonreír y morderse el labio una vez más. - Ahora sí que no estamos en igualdad de condiciones. - Dijo, deleitándose en esa lencería tan bonita que llevaba puesta pero que, insistía, hacía ya un buen rato que iba sobrando. Se estaba tumbando lentamente sobre ella de nuevo, tratando de encajar su cuerpo y trazando mentalmente el recorrido que iban a recorrer sus manos para deshacerse de la poca ropa que quedaba, cuando vio a Alice reír. Le extrañó un poco la petición (no sabía hasta cuando en su vida iba a seguir extrañándose por las peticiones de Alice) pero la cumplió, cerrando los ojos... Y lo que vio le desconcertó bastante. Sintió una oleada de excitación golpeando su pecho una vez más, pero la visión que tenía ante sí era... ¿Él? ¿Se estaba viendo a sí mismo? Abrió los ojos de golpe y parpadeó un par de veces. - Uh. - Dijo con una única risa irremediable y nerviosa. - ¿Es...? - La miró unos segundos... Y entonces ladeó una sonrisita chulesca de las suyas y entrecerró los ojos, porque además la chica no había tardado ni medio segundo en retarle de nuevo. Se mojó los labios y se acercó más a su cuerpo, tumbándose por completo. - ¿Así que... Así es como me ves? - Había sido una experiencia rara, pero lo que había sentido estaba muy clarito. A esas alturas, afortunadamente, no tenía ya dudas de lo que Alice sentía por él, pero vivirlo en propia piel alimentaba su ego bastante. Y, por supuesto, intensificaba sus sentimientos. Todos ellos.

Se acercó a su oído y susurró. - ¿Puedes ver como te veo yo? - Porque si le había dicho que cerrara los ojos era porque ella misma había comprobado el efecto antes. Rozó su cuerpo con el de ella y, sin separarse de su oído, volvió a susurrar. - ¿Y no te vuelves loca? - Porque él ya hacía mucho tiempo que había perdido el juicio por esa chica y lo poco que le quedaba en pie lo iba a perder esa tarde. Movió el rostro hasta rozar sus labios con los de ella y pasó la mirada descaradamente por su cuerpo con una sonrisa ladina. - Ha sido interesante, pero... Me gusta más la visión real que tengo debajo de mí. - Le gustaba considerablemente más, como le gustaba mucho más besarla con desenfreno que seguir hablando, así que eso hizo. Alzó levemente la espalda de la chica, notando una presión extraña en la suya propia que resultaba un tanto desconcertante pero que no le iba a hacer detenerse lo más mínimo. Desabrochó el sujetador y pasó sus dedos por los tirantes, hacia delante, para desprenderse de él... Y al hacerlo notó como si pudiera respirar un poco mejor. Se separó de sus labios con el ceño fruncido en señal de extrañeza y miró la prenda entre sus manos. - Oye, esto aprieta un poco, ¿no? - Preguntó pretendiendo sonar a broma, pero iba en serio. Le parecía demasiada coincidencia que pudiera respirar ligeramente mejor después de habérselo quitado.

Ya hablarían de mecánica textil en otro momento si eso, ahora tenía muchas cosas que hacer. - Así estás mucho mejor. - Susurró, mirando su pecho desnudo y pasando las manos por estos con suavidad, las mismas manos que él también tenía cubiertas de ese aceite, por lo que aquello iba a ponerse interesante (esperaba que no hasta el punto de lo peligroso) en breves. Volvió a tumbarse por completo de nuevo mientras bajaba las manos por su cintura, enredando los dedos en su ropa interior y bajándola. Sí, ahora sí empezaban a estar en igualdad de condiciones, y su cuerpo estaba reproduciendo demasiados escalofríos juntos que le arrancaban una respiración cada vez más agitada y ruidosa. En lo que terminaba de deshacerse de la ropa interior, bajó los labios hasta su pecho para besarlo... Y eso mandó un pulso nervioso demasiado intenso al suyo propio que le hizo soltar un gemido y alzar la mirada hacia ella. Vaya, ¿tanto le gustaba? Pues a él también, así que ya lo estaba haciendo.

Ya estaban piel con piel en toda su totalidad, con sus labios y su lengua acariciando uno de los pechos de la chica mientras sus dedos rozaban el otro, sintiendo el placer por los dos, el cosquilleo por todo su cuerpo que le estaba nublando el entendimiento y encendiendo cada vez más. Subió hasta su boca de nuevo tras deleitarse todo cuanto pudo, primero en uno y luego en el otro, y cuanto su cuerpo le permitió, porque necesitaba entrar en ella ya, no aguantaba más. - ¿Hay alguna etapa más de este juego que quieras mostrarme? - Susurró sobre sus labios. - ¿O puedo empezar? - Ya había empezado. Solo quería llegar más lejos. Todo lo lejos que pudiera.
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Mar Abr 20, 2021 12:14 pm

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CON Marcus EN Sala común A LAS 8:00, 14 de febrero de 2002
Sí, conocía esa sensación de echarle de menos, de desear locamente su cuerpo sobre ella, aunque no hiciera ni un mes desde la última vez que lo hicieron. Sentía que su piel iba a salir ardiendo, que su corazón iba a estallar, quizá porque estaba sintiendo lo de los dos, y aquello era demasiado. Y aún así, ellos siempre encontraban un lugar para la ternura, y cuando le dijo aquello, paró para mirarle a los ojos, deseando que pudiera sentir todo lo que sentía ella en ese momento, cuando le decía esas cosas, cuando miraba a sus ojos de esa manera.

Observó la reacción de Marcus cuando cerró los ojos y se vio a sí mismo como le veía ella, ladeando una sonrisa. – Por si aún te quedaba alguna duda después de sentir en tu propia piel los calentones que me provocas. – Se le puso la piel de gallina del cuerpo entero cuando le susurró aquello. Sí, había podido verse, y sí, no podía negar que le había gustado verse así, más que ningún piropo o halago que le pudiera haber hecho nunca, por que era sinceridad pura, directa de su corazón y sus ojos. Subió una mano y la enterró con fuerza entre sus rizos, notando el escalofrío que mandaba por sus columna. – El truco está en estar ya loca, cariño. – Contestó con una risita. Dejó que le sacara el sujetador y se tuvo que reír con la apreciación sobre lo apretado que era el sujetador. – Me alegro de que te des cuenta. Es el pan nuestro de cada día. – Quizá cuando terminaran le contara el drama que supuso para ella cuando empezó a desarrollarse y no tenía modo de hacer que su pecho no creciera más y dejara de molestarla y avergonzarla, como aquel día de verano en casa de los O'Donnell. Aunque ahora, para ser justos, no le estaba estorbando nada.

También le hizo gracia el gemido que soltó Marcus justo después de ponerse a besarle los pechos y le devolvió la mirada a su novio como diciendo "sí, así es". Ese aceite era una maravilla y todo el mundo debería probarlo. Y además le acababa de dar una idea que no había tenido hasta ahora. Pero de momento, se dejó deleitar por la lengua y las manos de Marcus, retorciéndose de puro placer, y con la satisfacción de saber que le estaba enviando aquel mismo placer a él. Y a lo mejor no debería hacer muchos planes, porque siendo sinceros, necesitaba que Marcus entrara en ella y saber cómo diablos sería aquello, o si simplemente se desmayarían del placer por duplicado que podrían sentir.

¿Quién es ahora el que siempre quiere más? – Preguntó con toda la intención. Cuando volvió a sus labios, ella los besó con aquel mismo frenesí que ponía él y se aferró a su cuerpo, pero Marcus, para variar, hizo la pregunta adecuada. – Ahora que lo dices... – Lamió sus labios y sonrió pícara. – Sí que he tenido una idea que quiero probar. – Volvió a devorar sus labios y, mientras lo hacía, presionó con su cuerpo para darle la vuelta y ponerle a él tumbado contra la manta. Se detuvo un momento para admirarle, pasear los ojos por aquel cuerpo que deseaba más que nada en la vida. – Me quedé... Con una duda en la Sala de los Menesteres. – Descendió los labios suavemente hasta el vientre de Marcus y alzó los ojos para mirarle, mientras bajaba poco a poco. – Saber qué tal se me dio lo que hice... Soy una buena Ravenclaw, quiero mi nota. – Estaba ya llegando a zona conflictiva, sin dejar de mirarle. – Y el aceite no miente... Y yo quiero sentirlo. – Y sin demorarlo más, descendió sus labios hacia su miembro, sintiendo un pulso de placer que se había ido construyendo mientras ella bajaba, pero que ahora era hasta cegador. Y ahora que había empezado no podía, no quería parar. Se agarró a la cintura de Marcus mientras seguía paseando su lengua y ahogando gemidos de placer en la garganta. Definitivamente, había sido un buen regalo.
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Mar Abr 20, 2021 5:12 pm

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CON Alice EN Pasillo del cuarto piso A LAS 8:00h, 14 de febrero
Si fuera capaz de pensar con raciocinio, se preguntaría algo así como hasta donde iba a llegar eso, porque solo estaba besando los pechos de Alice y ya se le estaba nublando hasta la visión de lo placentero que se sentía... Si fuera capaz de pensar con raciocinio, claro. Pero no lo era. O lo era pero estaba ignorando la capacidad deliberadamente. ¿Quién elige parar cuando se siente tan bien? ¿Cuando puede ir incluso a mejor?

Rio levemente mientras besaba sus labios. - Contigo siempre quiero más... - Dijo entre besos. - ¿Es que no ha quedado ya claro? - En todos aquellos años, fuera la situación que fuera, nunca, jamás, había querido menos de Alice. Siempre había querido más. Aun cuando le ponía de los nervios, aun cuando le metía en una de las suyas, no podía separarse de ella. Y el "ojalá fuera más tranquila" ya hacía tiempo que lo dio más que por perdido, y que asumió que era algo que, en el fondo, nunca pensó de verdad. Estaban bebiendo el uno de los labios del otro cuando una simple frase de Alice le hizo tomar conciencia de que, quizás, no había sido lo más inteligente decirle eso... ¿O sí? ¿No había quedado en que siempre quería más, en que le gustaba esa Alice arrojada? La inquietud no se la quitaba nadie, de todas formas, y seguían manejando un producto que no habían tocado nunca y que tenía demasiados efectos en su cuerpo... Ah, pero qué placentero era. ¿Cómo se iba a plantear quejarse siquiera?

Frunció el ceño con mirada pícara antes de que se lanzara de nuevo a sus labios, y el cambio de postura le pilló por sorpresa. Parpadeó y tragó saliva, notando el torrente de calor bajar y subir por todo su cuerpo de la sola anticipación. Porque esa sonrisa, esas palabras... La mención a la sala de los menesteres, la postura, la forma en la que Alice bajaba los besos por su piel... Ya sabía lo que iba a pasar, no había que ser un lince tampoco, y eso que no es que tuviera el cerebro perfectamente lúcido. Pero para cualquier cosa relacionada con el disfrute de sus cuerpos estaba más que despierto, eso sí. El comentario sobre que era una buena Ravenclaw le hizo soltar una risa nerviosa, y tendría que hacerse mirar por qué le excitaba tanto aquello... Bueno, tampoco era sorpresa para nadie que Marcus fuera un poco tonto para las cosas relacionadas con su casa, y Alice sabía usarlas muy inteligentemente, era demasiado lista y le conocía demasiado bien.

Se mojó los labios, notando su respiración ya sin posibilidad de recobrar un ritmo normal, mientras la seguía con la mirada. Volvió a esbozar un rictus de sonrisa nerviosa, de lado, y fue a responder. - No sabes lo que estás pidien... - Pero no pudo terminar, porque Alice ya había iniciado lo que había ido a hacer, por lo que el final de su frase se convirtió en un jadeo ruidoso. Se dejó caer sobre las mantas porque el placer no le permitía sostenerse, y porque igualmente no iba a ver nada, porque sus ojos se le habían cerrado. Se preguntaba cómo diantres era posible que se le hubiera olvidado esa sensación tan intensa, y probablemente no lo hubiera hecho, solo lo hubiera dejado a un lado y ahora lo estaba viviendo con la intensidad multiplicada por mil: la de saber ya a lo que iba, la de tener un poco más de experiencia en aquellos terrenos, la de unos sentimientos que sabía mutuos y correspondidos, la del año y medio de espera y la del maldito aceitito. Como para no estallar.

Se pasó una de las manos por la cara y el pelo, resoplando para contener inútilmente los gemidos y la respiración desbocada, notando como todo el cuerpo se le erizaba y su espalda se arqueaba. La otra mano descendió hasta la chica, buscando rozar su piel o enredar los dedos en su pelo, o algo, lo que fuera, algo que le diera otro estímulo más (por si no tenía suficientes) para confirmar que aquello estaba pasando de verdad. Notar la excitación de ella, como se aferraba a su piel con los dedos, como aumentaba la intensidad y ahogaba el ruido, solo lo hacía todo demencialmente más intenso. Su pecho vibraba de la excitación de ambos y el aire entraba en él de manera errática. ¿Estaría sintiendo ella exactamente lo mismo que él? Por lo pronto, él lo que estaba sintiendo empezaba a írsele de las manos. Y eso no podía pasar tan pronto.

- Alice... - Dijo en un gemido, justo antes de plantearse si aquello debería parar antes de que fuera demasiado tarde, y tan pronto su nombre salió de sus labios sintió como si un rayo de placer le diera un toque de advertencia que le atravesó el cuerpo entero. Incorporó la espalda y se separó. - Para... - Susurró, con una leve risa. - Para... - Repitió, sin saber ni por qué le había dado la risa floja. Debía haberse vuelto loco de remate ya, definitivamente, era la confirmación. - Supongo que... Habrás intuido... O sentido... - Básicamente, el por qué de la interrupción. Se acercó a ella y colocó una mano en su mejilla. - Ninguno de los dos quiere que esto acabe tan pronto... - Dijo falto de aire, sin perder la sonrisa, besando sus labios en un cóctel de las mil emociones que sentía, sumadas a las de Alice, lo cual dificultaba la tarea de relajarse un poco.

- Creo que... Te sales de todas las escalas, princesa... - Dijo sobre sus labios, notándose lo suficientemente seguro en la escasa serenidad que le había dado esa pausa para poder retomar. - Un simple diez sería indigno. - Dio un beso breve en sus labios y, al separarse, ladeó una sonrisa cargada de intenciones. - Yo también soy Ravenclaw, ¿recuerdas? - Tan pronto terminó la frase, se tumbó sobre ella en las mantas una vez más, sin soltarse de sus labios. - Y también tengo cuestiones que querría comprobar. - Dijo, bajando los besos por su cuerpo. - Y dudas que resolver... - Y que Merlín le asistiera, porque si iba a sentir lo mismo que acababa de sentir, no sabía si esta vez sería capaz de parar a tiempo. Pero, al igual que Alice, no pensaba quedarse con la duda, por no hablar de lo mucho que le apetecía devolverle el placer a ella en primera persona. Que ya se iban conociendo también en esas lindes.

Bajó los besos por su vientre hasta colocarse entre sus piernas, acariciando su piel y besando sus muslos. No perdió la oportunidad de lanzarle una mirada y una sonrisa pícara, porque seguía teniendo puesta la liga en la que se había escondido la nota. - La hubiera acabado encontrando. - Comentó, rozando la tela, pero ya ni podía ni quería perder más tiempo. Necesitaba besarla, acariciarla con su lengua y sentir el intenso pulso de placer que ella sentía en su cuerpo, pero en el de él. Saber lo que le provocaba, lo que le hacía sentir. Con Alice nunca dejabas de descubrir cosas nuevas.
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Mar Abr 20, 2021 7:26 pm

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CON Marcus EN Sala común A LAS 8:00, 14 de febrero de 2002
¿Podía ser esa la mejor idea que hubiera tenido nunca? Estaba disfrutando de lo lindo, variando, explorando, y sintiendo casi en sí misma todo lo que iba haciendo. Y sí, estaba notando a Marcus al límite, pero llegado ese punto, no le importaba probar qué pasaba si le llevaba hasta el final solo así. Entonces la llamó así por su nombre y es que oírle así era hipnótico y le encantaba, más aún cuando venía en forma de esos gemidos que le sonaban al cielo mismo. Notó que se apartaba e hizo un sonidito de queja consiguiente. – Ehhhh... – Le llamó lastimeramente, aunque se dejó caer en sus brazos, volviendo a envolverle. – Quería seguir. Me estaba gustando. Te estaba gustando... – Dijo significativamente. – Podríamos seguir probando... – Trató de redirigirlo, mientras le besaba y ese enredaba en sus labios. Pero no, Marcus a sus cosas, él también tenía su hoja de ruta en la cabeza. Y no se iba a quejar en absoluto, le encantaba que él tomara la iniciativa.

Rio un poco mientras se dejaba caer. – Matrícula de honor para ambos, pues. – Dijo acariciándole. – Se nos tenía que dar bien esto también... – Y entonces vio aquella mirada. Sí, ya veía por dónde iba. Se disponía a objetar, porque el aceite había hecho bastante su efecto y ella estaba también un poquito al borde, y no sabía qué consecuencias podía tener eso, pero es que Marcus descendiendo besos sobre su piel y colocándose entre sus piernas no la dejaban pensar demasiado, era pura lujuria en ese momento. – Mi amor, espera... – Pero se detuvo porque le hizo gracia el comentario sobre la nota. – Sí, la idea es que hubieras tenido que buscarla así, pero eres demasiado listo. – Y esa vez sí que lo decía sinceramente. En su cabeza habría tenido que cachearla más, pero, ¿a quien le importaba ya la nota, si estaba notando como aquellos besos traviesos se dirigía a su centro? Ella iba a objetar algo, pero ahora justo no se acordaba.

Y en cuanto sintió su lengua y se notó tan tan tan cerca del clímax, se acordó de lo que iba a objetar. Que estaba demasiado estimulada con la tontería del aceite, los besos en sus pechos, y sus manos desnudándola y acariciándola, y todo eso la tenía al borde. Y Marcus, cuando hacía las cosas, no las hacía a medias precisamente y ahí le tenía, entregado, y ella más entregada aún y muy muy cerca de terminar. – Marcus... – Todo eso habría querido decírselo, pero solo le salía gemir y retorcerse. También quería decirle que no sabía qué consecuencias podría tener que ella llegara al clímax, teniendo en cuenta lo del aceite, en el cuerpo de su novio, pero... Suponía que ya lo descubrirían, porque él seguía entregadísimo a ella, y ella solo podía pensar (si a eso se le llamaba pensar) en lo que él le estaba provocando. Se agarró con una mano al cojín, y la otra la enterró en el pelo el chico, pero empezó a sentir cómo le temblaban las piernas. – Marcus, si sigues así... Voy a... – No podía seguir hablando, porque ahí seguía él, cumpliendo con lo que se había propuesto. Pensaba vengarse, ya encontraría la manera. Ahora mismo no podía ni controlar su propio cuerpo, que se contrajo entero, haciéndole arquear la espalda y soltar un gemido que salió desde lo más profundo de sus interior.

Se dejó caer sobre la manta, jadeando, con los brazos abiertos y mirándole. Puso una débil sonrisa y le miró. – Hay que ver lo que eres capaz de hacer por tal de sacar más nota que yo. – Comentó con una risita. Casi no podía ni moverse, pero se incorporó, con él aún entre sus piernas, pero poniéndose a la altura de su cara. Se agarró de su nuca y besó sus labios con suavidad, aún jadeante. – ¿Quieres seguir? – Porque no se había fijado en los efectos que había tenido su propio clímax en él, estaba un poco liada en el momento. Se dejó caer perezosamente sobre su hombro y susurró, entre melosa y tentativa. – Con lo sensible que estoy y el aceite... Si entras ahora sí que va a ser algo nuevo que probar. – Y a ella le encantaba probar.
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Mar Abr 20, 2021 9:15 pm

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CON Alice EN Pasillo del cuarto piso A LAS 8:00h, 14 de febrero
Le había dicho que esperara, pero un poco tarde, porque él estaba demasiado deseoso de sentirla y porque igualmente ya se imaginaba lo que iba a objetar: lo estaba viviendo en su propia piel, por él y por ella. Las sensaciones que a él le habían obligado a detenerla las tenía que estar sintiendo ella también, porque se había quedado muy al límite y no estaba recuperado del todo, y ahora iba a hacérselo a ella. Pero se moría por probarlo, necesitaba hacerle sentir lo que él había sentido en su propio cuerpo y no solo un eco. Y quería saber lo que era capaz de provocarle a la chica. Quería vivirlo con ella. Aunque eso les llevara al final.

Pero si iba a objetar era por algo, claro, que Alice conocía su cuerpo tan bien como él conocía el suyo. Fue dar la primera caricia con su lengua y el escalofrío volvió a atravesarle de punta a punta... Aunque no paró, ni muchísimo menos, todo lo contrario. Saber que esas eran las sensaciones que despertaba en su novia solo le hicieron aferrarse más a ella, besarla más y acariciarla más, ahogar los gemidos y tratar de concentrarse en que aquello no se le fuera de las manos. Pero era difícil, muy difícil. La situación ya habría sido excitante de por sí sin el aceite, ya le habría costado contenerse solo de como veía apenas minutos antes. Sentir lo que ella sentía era espectacular, sí, pero a su contención no ayudaba nada.

Sentía los dedos de Alice enredados en su pelo y el temblor de sus piernas, y ni quería ni podía parar, quería seguir haciéndola sentir de esa forma y, además, todo lo que ella sentía lo vivía también él. Era una absoluta locura, no sabía como Alice podía haber aguantado antes tanto, pero él empezaba a notar que ya no podía más, y en cambio no deseaba otra cosa que no fuera continuar, aunque se desmayara. El corazón le latía desbocado, notaba que sus propias piernas le temblaban y sus manos se aferraban más a la piel de sus caderas, y esa advertencia de la chica volvió a llegar tarde. Sabía lo que estaba pasando y sabía que ya no había marcha atrás, por lo que solo se quedó allí, sin dejar de rozarla con su lengua y ahogando los gemidos en el interior de su pecho, porque juraría que ese clímax que le estaba provocando a Alice lo estaba viviendo él también.

Se incorporó levemente porque no podía ni consigo mismo, si bien había sentido el leve descanso de la chica cuando esta se dejó caer en las mantas, pero era solo un descanso fantasma. Él seguía tratando de recuperar la respiración entre jadeos, parpadeando varias veces. ¿Qué acababa de pasar? ¿Había... Acabado? Ella sí, ¿pero él? Lo había sentido como tal, distinto pero muy real... Pero... Las consecuencias físicas, por así decirlo... No estaban. Eso se veía claramente a simple vista. ¿Quería eso decir que, si quisiera... Podría continuar? Bueno, si no se moría en el proceso, suponía que sí.

El comentario de Alice le hizo reír con la respiración entrecortada. - ¿Es que ha sido mala idea? - Porque él juraría que había sido de las mejores ideas que había tenido en su vida, y había tenido que tenerla con Alice, como no. Cerró los ojos y se dejó besar, como si ese beso le insuflara el aire que le faltaba... Y entonces le preguntó si quería seguir. Abrió los ojos y parpadeó varias veces. ¿Pero no había...? Ah, pero aún tenía algo más que añadir, y esa frase le puso todos los vellos de punta y por poco no se lanza sobre ella como un loco. Pero seguía un poco confuso, tanto que se echó una delatora mirada a sí mismo. Sí, definitivamente, su cuerpo estaba disponible para continuar si ella quería... Pero la sensación había sido tan... Real... Y normalmente, después del clímax, ya no podía continuar. Y eso había sido un clímax, vaya si lo había sido. Miró a Alice un tanto confuso. - Espera... ¿Tú... Puedes... Terminar y... Seguir? - Eso de "terminar y seguir" sonaba a todas luces a incongruencia, pero no sabía como expresarlo mejor. Nada más decirlo se sintió como el tío más estúpido sobre la faz de la tierra. ¿¿Qué preguntas son esas, Marcus??

A ver, mejor se recentraba. Tomó una bocanada de aire entrecortada por su acelerada respiración y se acercó a su rostro y sus labios. - Yo quiero probarlo todo contigo... Todo... - La besó. - Todo... - Siguió besándola y ya se estaba encendiendo otra vez, si es que en algún momento se llegó a apagar. Definitivamente aquel clímax que había sentido no era propiamente el suyo, y por ende, podía perfectamente continuar. Y Alice acababa de darle vía libre para ello. ¿A qué estaba esperando? - No sé cuanto va a durar esto... - Susurró sobre sus labios con una leve risa, mientras se encajaba sobre su cuerpo. Solo sentirse tan cerca le hizo cerrar los ojos y tener que respirar hondo. - Me pasaría la eternidad aquí contigo si pudiera... - Volvió a susurrar, y ya sí que no podía prolongarlo más. Llevaba deseando entrar en ella había perdido la cuenta de cuanto tiempo, en el caso de las últimas horas con deseo desmedido, y en el de los últimos minutos con unas ganas demenciales y del todo irracionales. Se condujo poco a poco hacia su interior, dejando escapar un gemido prolongado entre los labios conforme se notaba más en ella, y sintiendo de nuevo su placer y el de la chica, un placer cegador que le impedía abrir los ojos y que le iba a hacer perder la cabeza. No, aquello no iba a durar demasiado... Pero qué bien que lo habían probado.
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Mar Abr 20, 2021 10:50 pm

La palabra más hermosa
CON Marcus EN Sala común A LAS 8:00, 14 de febrero de 2002
Cerró fuertemente los ojos y los volvió a abrir enfocando al techo, tratando de centrarse, cuando le hizo aquella pregunta. – Ha sido... – No tenía palabras para describirlo. Había sido lo más intenso que había sentido en su vida, y a ver, sabía, o más bien intuía, que podía terminar solo con Marcus haciendo eso, pero nunca lo habían probado así. Y a lo mejor se lo apuntaba para más veces, porque menuda idea. – Creo que lo mejor que puedo hacer para describirlo es llevarte yo a ti a lo más alto. – Le susurró sobre los labios. Se tuvo que reír un poquito ante la pregunta, sin dejar de rodearle con los brazos. – Sí, sí que puedo. Es un superpoder femenino. – En verdad no lo había probado nunca con otra persona, solo ella sola. Las noches del último verano después de la Sala de los Menesteres habían sido muy malas. – Pero hazlo despacito, que estoy sensible. – Le advirtió con dulzura, mientras dejaba que la tumbara.

Acarició su cara y sus rizos, con un poco de sosiego, después de toda aquella tormenta, muriéndose de amor con sus palabras y mirándole con adoración. – Todo, amor mío. – Se incorporó un poco para besar su frente con cariño. – Todo lo que soy es tuyo. – Sintió cómo se encajaba en su cuerpo y el corazón se le aceleró. No había dicho en balde lo de que estaba muy sensible, pero lo estaba para bien, para muy bien, si obedecía a los impulsos de su cuerpo. Cerró las piernas para atraparle entre ellas y le miró a los ojos. – La eternidad es nuestra. – Y lo creía de verdad. Creía que cada segundo que Marcus y ella pasaran así, entrelazados dándoselo todo, era eterno, durara lo que durara realmente. Cuidadoso, como ella le había pedido ella, sintió a Marcus entrando en ella y cómo todo su interior se contraía para sentirlo más todavía. Como ella misma había predicho, todo lo sentía muchísimo más que de normal, y se sentía inundada por dentro solo para recibirle, para sentir cada centímetro de él unirse con ella en ese encaje perfecto, como piezas que están echas la una para la otra. Y ahora el efecto del navarryl lo hacía todo distinto, porque a veces notaba a Marcus en ella, como le pasaba siempre, pero otras notaba esa sensación que debía estar sintiendo él al llegar hasta lo más profundo de ella, aunque todo se quedaba demasiado entremezclado entre los ecos del placer de ambos en una ola permanente en el que se mezclaban sus sensaciones y se encadenaban los gemidos de él y de ella.

Sabía, era obvio, que Marcus estaba a punto de llegar al clímax, y ella lo estaba disfrutando de lo lindo gracias al aceite y a esas sensaciones a flor de piel que le había dejado antes. Pero aún le quedaban fuerzas para usar ese aceite solo un poquito más. Subió la mano a la mejilla de Marcus y lo dirigió a su frente, para juntarlas como hacían siempre, mientras ella movía las caderas para encontrarle más aún, sin dejar de mirarle. Y pensó en todo lo que sentía y había sentido por Marcus en su vida, todo ese amor acumulado en su pecho, aquellos sentimientos, aquella necesidad, desde la primera palabra en las barcas hasta la mirada que le había echado al entrar en el pasillo. Lo pensó y lo sintió con fuerza, clavando la mirada en aquellos ojos preciosos, como si pudiera liberarlo de su pecho de golpe. – ¿Lo sientes? – El momento se estaba poniendo tan intenso que se le escapó un gemido, pero no apartó la mirada. – ¿Me sientes? ¿Sientes todo lo que siento por ti, todo este amor? – Vamos, navarryl, haz de las tuyas, sirve para algo más que para lo obvio. Y entonces la envolvió. No solo el placer de Marcus al estallar dentro de ella, si no todas esas sensaciones que ella había intentando transmitir, como un torrente por sus venas, invadiendo a ambos mientras se contraían y se abrazaban más fuerte con el placer mutuo. Era lo más fuerte que hubiera sentido jamás, como un volcán, como... – Como mil rayos de sol. – Susurró casi sin aire mientras Marcus se apoyaba en su pecho y ambos trataban de recuperar la respiración, aún sintiendo los calambres de placer recorrer sus nervios.
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