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Jue Abr 15, 2021 12:27 am
Recuerdo del primer mensaje :


La palabra más hermosa
CON Marcus EN Sala común A LAS 8:00, 14 de febrero de 2002
Estaba despierta, pero estaba revolviéndose en las sábanas. No pasaba nada si justo ese día se hacía un poco la remolona. Y mira que la noche antes estaba como cuando en Nochebuena se iba temprano a la cama para tener los regalos al día siguiente. Tenía montón de cosas que hacer y preparar, y pretendía atender en clase, pero es que estaba demasiado deseosa de que llegara la tarde. Pero podía seguir un pelín revuelta en sus sábanas, que iba a tener un día movidito.

Pero el remoloneo se acabó cuando oyó un ruidito en su ventana. Conocía a su novio y estaba esperando que algo hiciera. Mandar a Elio era parte posible de ese algo. Se levantó de un salto y abrió la ventana, con el chiquitín entrando dando saltitos con total alegría. – Cierra, penca, que hace un frío de mil demonios. – Se quejó, para variar, Hillary. – ¡Hola, monada! – Dijo ignorando absolutamente a su amiga y con un tono absolutamente adorable, que Elio correspondió con un piar más adorable aún. – ¿Pero qué te ha puesto el loco de tu amo? – Preguntó muerta de amor, dándose cuenta de que el bichillo llevaba anudado su lazo. Se agachó en el suelo frente a la cama, acariciándole la cabecita. – ¡Pero si hasta hueles como él! – Elio cerró los ojitos de placer y luego saltó hasta ella con una carta en el piquito, que dejó sobre la cama. – Es verdad que huele a Marcus. – Dijo Donna un poco confundida. – ¡No me jodas que le ha echado su colonia al pájaro! Yo lo flipo, eh. – Pero Gal estaba demasiado ocupada en abrir la carta, que decía:

Mi querida Alice,

Después de siete años, por fin puedo celebrar contigo San Valentín como nos merecemos, llamándote mi novia, mi princesa de Ravenclaw, siendo el chico más afortunado de todo el castillo. He de decir que no he podido preparar el escenario que a mí me gustaría (y que tú te mereces), pero nos quedan muchos San Valentín por celebrar si tú así lo quieres, y pienso currarme todos y cada uno de ellos para que sea a cada cual más especial que el anterior. Aunque a tu lado todos mis días son especiales.

Por lo pronto este año tendremos que quedarnos con lo que Hogwarts nos tiene preparado. Pero es nuestro último curso, nos quedan meses de compartir todos nuestros días juntos, pero tengo toda una vida por delante para darte. Esto solo es el principio de nuestra gran aventura. La mejor travesura que hemos hecho juntos.

Te quiero, Alice

Marcus

PS: Este no es mi único regalito, por supuesto... El otro, ya lo verás.

Con el corazón desbocado y los ojos brillantes, dobló la carta otra vez y se la llevó a los labios. – ¡Ay mira la muy boba! Qué cara se le pone con las cursiladas del prefecto. – Ella se incorporó, sin quitar la sonrisa. – Cursi serás tú, linda. – Hillary se giró con mirada maliciosa. – ¿Ah sí? A ver que te cuenta el prefecto en sus cartitas. – Gal se la vio venir sobre ella y se subió de un salto a la cama, alterando a Elio que se le puso en el hombro y se puso a piar a Hillary y Donna que empezaban a cercarla por los bordes de la cama. La salvó la puerta que se abrió, dejando ver a Amber con una caja de calderos picantes. – Me ha aparecido esto en la ventana, ¿sabéis quien me lo ha podido dejar?Alguien que no te quiere bien, Ming, eso son calderos picantes.  – Ella se encogió de hombros. – No, si a mí me gustan. Entonces un admirador. – Dijo alzando las cejas con intención. Sabía la ilusión que podían llegar a hacer esas cositas. – ¿Qué haces ahí subida, Gal? – Preguntó la chica, percatándose de la situación como si acabara de caer del cielo. Hillary se giró, sin abandonar su expresión maliciosa. – Tiene una cartita de amor de O'Donnell que no quiere compartir con sus amigas. ¿No te parece una falta de respeto terrible? – Amber se encogió de hombros. – Bueno, la correspondencia privada, y más entre los miembros de...¿Marcus te ha escrito una carta de San Valentín? ¿Yo puedo verla? – Dijo Beverly entrando como un torbellino en pijama en su cuarto, pero ya con las trenzas perfectamente hechas. – Uy no, tú eres muy chica para leer esas cosas. – Dijo su amiga con una risa. – ¡Hillary! – Contestó ofendida Gal. – ¡Pero bueno, ocupaos de vuestras cosas! No os voy a enseñar mi, como bien ha dicho Amber, correspondencia privada. – Pero tenía una sonrsilla que no se le quitaba por nada del mundo. Kyla apareció en la puerta, ya perfectamente vestida. – Pero bueno, ¿ya estamos así desde tan temprano? Estamos espiando la correspondencia entre el prefecto O'Donnell y Gal, pero tengo dudas sobre lo apropiado de su contenido, porque Vaughan asegura que no es para niños. – La chica resopló y miró a Gal con cansancio. – ¡Kyla! Que no las creas, que ninguna ha leído la carta. – Respondió ella, aunque no podía quitar la sonrisa y le salía reírse al hablar. – ¡Te estás riendo! – Señaló Donna. Y entonces, notó una desestabilidad en el colchón y la pequeña polvorilla de Beverly la pillo desprevenida, quitándole la carta y bajándose corriendo. – ¡La tengo! ¡La tengo!¡Léela en voz alta, corre, Duvall! – Dijo Hillary haciendo de pantalla con los brazos para que no pudiera bajar de la cama. – Mi querida Alice, – empezó a recitar la niña con su tono repipi –, después de siete años, por fin puedo celebrar contigo San Valentín como nos merecemos, llamándote mi novia, mi princesa de Ravenclaw, siendo el chico más afortunado de todo el castillo. He de decir que no he podido preparar el escenario que a mí me gustaría... – Gal logró bajarse por el otro lado de la cama y llegó corriendo a las manos de Bev para quitarle la carta. Además se había dado cuenta de otra cosa. – La prefecta Farmiga tiene otra carta, atormentadla a ella. – Kyla enrojeció de repente y escondió las manos en la túnica. – ¿Qué? ¡No! Yo no... – Pero ella aprovechó para pasar entre la prefecta y Amber y salió corriendo escaleras abajo, llevando su carta bien agarrada.

Sabía que iba a estar esperándola. La esperaba al pie de las escaleras casi desde el primer día, cuánto menos un día así. Y que guapísimo estaba. Y ella con un pijama que ni pijama era realmente, si no un pantalón de pijama con pajaritos y una camiseta interior que no era la de su juego. Pero al menos era azul cielo. Corrió hacia él y le saltó encima, juntando sus labios con los de él. – Buenos días, amor mío. – Acercó la nariz a su cuello. – Pero qué bien hueles y qué guapo estas. – Volvió a juntar sus labios con los de él. – Eres el mejor novio del mundo, ¿lo sabes? – Se acercó a su oído. – Pero yo también soy buena novia. Tu regalo empezará a eso de las... Cinco, calculo. – Terminó con una risita. – Feliz San Valentín, mi perfecto prefecto.
Merci Prouvaire!


Última edición por Ivanka el Lun Abr 19, 2021 2:14 pm, editado 1 vez


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Mar Abr 20, 2021 11:41 pm

La palabra más hermosa
CON Alice EN Pasillo del cuarto piso A LAS 8:00h, 14 de febrero
Todo. Todo era de ellos, todo eran ellos y toda la eternidad era suya. Todo él y todo su cuerpo era de Alice, así lo creía desde hacía muchísimo tiempo, pero así lo sentía ahora con más intensidad que nunca. Sentir su propio placer y lo al límite que estaba y unirle a todo eso las sensaciones de Alice era demasiado para soportar, notaba los latidos por todo su cuerpo y la mente cada vez más embotada. Ya se notaba temblar cuando Alice colocó la mano en su mejilla y su frente con la de él, y abrió los ojos para encontrarse con los suyos, al tiempo en que la chica se movía bajo él y le arrancaba un gemido más profundo, haciéndole muy difícil eso de mantenerle la mirada.

Entre su respiración agitada algo empezó a palpitarle con aún más fuerza en el pecho. De repente se sucedían muchas imágenes, desde que se conocieran hacía seis años hasta el maravilloso momento, aún no hacía ni un mes, en el que se habían dicho al fin que se amaban. Momentos de la Navidad que pasaron juntos, de las risas, de las miradas. De los campos de lavanda y de las tardes de estudio. Las sonrisas de esa mañana en el desayuno y las veces que se había quedado dormido en su regazo en la sala común, o ella en el de él. Abrió los labios para hablar, pero entonces Alice le preguntó. Esbozó una sonrisa. - Sí. - Susurró, y el gemido de ella se acompañó de uno de él. Y sus preguntas solo aumentaron la sensación que ya de por sí se desbordaba por todo su cuerpo. - Sí... Lo siento... - Jadeó, lanzándose justo después a sus labios, agarrando sus mejillas sin dejar de mover su cuerpo en el de ella, notando como apenas iba a tardar segundos en perder la noción hasta de sí mismo. Pero había una cosa sobre la que nunca, jamás, podría perder la noción. Antes perdería la cabeza que olvidar eso. - Te amo, Alice. - Susurró, y el ritmo empezó a acelerarse, el ruido de su garganta a aumentar, y el placer a cegarle como nunca antes. - Te amo, mi amor... Te amo... - No podía parar de decirlo, como no podría parar jamás de sentirlo.

Lo que sí se detuvo fue su cuerpo, poco a poco, conforme sintió de nuevo el clímax embotar su mente, pero esta vez el suyo. Se quedó sobre el pecho de Alice, recuperando la respiración, notando su piel. No tenía ni idea de cuánto duraba el efecto del navarryl, porque el día que lo probaron en su casa fue mucha menos cantidad y porque ahora no tenía ni idea de cuanto tiempo llevaba allí, porque bien podía haber sido apenas un segundo o bien podía haber sido esa eternidad que ambos tenían. Cuando hubo relajado ligeramente su respiración, alzó el rostro y sonrió, rozando su nariz con la de ella. - No se lo digas al Marcus de ahí fuera... Pero me encantan tus locuras. - Rio con suavidad y besó sus labios con ternura. - Y me ha encantado tu regalo. - Añadió sin perder la sonrisa boba... Pero entonces abrió los ojos como platos. - Oh, Dios, tu regalo. - Giró la cabeza, buscando con la mirada el amasijo de ropa que debían haber dejado por ahí, como si no supiera perfectamente que lo había traído y donde lo tenía guardado. Pero es que se le había olvidado por completo.

Se frotó la cara con una mano y un gruñido entre la decepción y el cansancio. - Madre mía, Marcus, qué desastre. - Murmuró, riendo justo después porque estaba aún tan en una nube placentera que no podía enfadarse ni consigo mismo. Echó la cabeza hacia atrás y la apoyó graciosamente en el hombro de Alice con una sonrisita de niño bueno. - Perdona, es que es mi primer San Valentín con novia, y me he despistado un poquito. - Amplió la sonrisa, girándose después para ponerse sobre ella de nuevo. - Además, la mencionada novia me había preparado una gymkana perfecta que me tenía emocionadísimo y, cuando he llegado a la última etapa, me estaba esperando con un atuendo súper sexy y... En fin, uno no es de piedra. - Alzó la palma de una mano mientras la otra seguía apoyada en el suelo para sostener su peso. - Distracción de novato. No puedo prometerte que no volverá a pasar. - Rio y se apoyó sobre el cuerpo de la chica con suavidad, porque no estaba para aguantar su propio peso con una mano y porque le seguía gustando demasiado su cercanía. Volvió a poner su rostro muy cerca del de ella con una sonrisita y preguntó. - ¿Quieres ver tu regalo de San Valentín? - Chistó. - Aunque ya te aviso que no es tan genial... Me has puesto el listón demasiado alto. -
Merci Prouvaire!


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Miér Abr 21, 2021 12:55 am

La palabra más hermosa
CON Marcus EN Sala común A LAS 8:00, 14 de febrero de 2002
Sí, lo sentía, y ella también sentía lo que sentía él. Y sentía cuánto la amaba, y cuánto le amaba ella a él, y como eran el uno, el todo, el mundo, la verdad, como decían los tratados de alquimia. Y también sintió cómo se unían, una vez más, en la sintonía perfecta. El placer estaba genial, pero ese momento de calma de justo después, con el silencio, la luz de las velas y las luces de la pared, el calor de sus cuerpos, piel con piel, con él descansando sobre su pecho, donde ella podía acariciar aquel pelo que adoraba y ambos recuperaban la respiración, era como un paraíso de calma y felicidad. Miró el techo del pasillo, y por un momento deseó estar en la playa, en Saint-Tropez, viendo las estrellas. Pero ese era su pasillo y lo sería siempre, y, realmente, para celebrar su primer San Valentín, no había un sitio mejor.

Por fin estaba despejando un poco su cabeza, cuando Marcus le habló. Rio un poquito, pasando las yemas de los dedos por su cara. – Algo sospechaba. Pero parte de la gracia es convencer al Marcus de ahí fuera que mis ideas son buenas y que no van a acabar en desastre. – Entornó los ojos. – Casi nunca. – Y rio un poquito más, admirándole, recibiendo su beso y sintiéndose inmensamente dichosa. – Me alegro, amor mío, era todo lo que quería. – Y como si hubiera dicho las palabras mágicas, Marcus pareció recordar que tenía un regalo para ella. Ella lo sabía y lo esperaba, pero es que había pasado a un segundo plano totalmente. Estaba tan cansada, tan satisfecha, tan feliz... Que la verdad, ningún regalo material podría superarlo. Pero tuvo que sonreír al verle levantarse y buscarlo tan apurado, momento que ella aprovechó para coger una de las mantas (para eso había traído varias) y enrollarse en ella, porque en el momento en el que se le pasaba el fragor de la pasión, se quedaba helada.

Ya enrollada en ella, se sentó para mirar mejor lo que andaba haciendo su novio en aquel lío de ropa, mientras se aseguraba de que el navarryl estaba cerrado y a salvo, porque había sido una suerte que no lo hubiesen tirado por todas partes. De repente notó la cabeza de su novio con cara de niño bueno posarse en su hombro y se tuvo que reír, acariciándole los rizos y dándole un besito en la punta de la nariz. – Es que mi regalo no había terminado, es lógico que tuviera que esperar. – Comentó con una risita. Luego dejó que se pusiera sobre ella sin dejar de admirarle ni de acariciar su cara, porque le parecía lo más hermoso del mundo. – Te voy a confesar que tooooda esa maravillosa gymkana era única y exclusivamente para hacerte caer en la tentación, amor mío. – Puso cara de satisfacción. – Pero yo diría que ha merecido la pena. – Dijo con tono chulito.  

Cuando Marcus se ponía sobre ella, siempre se sentía extrañamente mejor. Aunque ya no fuera con la intención de antes, aunque estuvieran más que tranquilos, simplemente con sus jueguecitos dialécticos de siempre, siempre era una sensación que la llenaba de una alegría física. Notaba esa alegría en sus extremidades, en su pecho, recorriéndola como si fuera una sustancia en sus venas. Amplió la sonrisa solo de mirarle a los ojos y dijo. – Si es para hacer lo que acabamos de hacer, te perdono los despistes las veces que haga falta. – Luego puso su mejor carita de niña buena y sin rió como el brillaban los ojos al decir. – Pero me muero de ganas por ver qué tiene para mí el mejor novio del mundo. – Y terminó besándole con suavidad y delicadeza, pero quedándose así, enganchada a sus labios.
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Miér Abr 21, 2021 3:48 pm

La palabra más hermosa
CON Alice EN Pasillo del cuarto piso A LAS 8:00h, 14 de febrero
Estaba tan cansado que podría no levantarse de allí en días, pero también estaba lo suficientemente emocionado y entusiasmado como para hacerlo. Deseaba darle su regalito a Alice y ya llevaba en el modo San Valentín desde antes de que empezara el día, cuanto menos después de lo que acababa de pasar. - Casi nunca. - Le murmuró de vuelta, rodando los ojos pero sin poder evitar una sonrisilla ladina. Consiguió alcanzar su pantalón y sacó de este el saquito en el que tenía su regalo guardado a buen recaudo, quedándoselo en las manos y aprovechando que su novia había tomado las mantas para arrebujarse con ella (aunque seguía teniendo calor, la verdad).

Puso cara de sorprenderle enormemente esa afirmación, con la boca abierta y el ceño fruncido. - ¿Qué me dices? - Continuó la broma. - Pues he caído como un tonto. - Concluyó, encogiéndose de hombros y echándose a reír, justo antes de dejar otro beso en los labios de Alice. - Ha merecido mucho la pena. Y la gymkana me ha parecido espectacular y pienso comentarla frase a frase... Pero primero, tu regalito. - Las cosas por orden, y quería dedicar su tiempo a hablar del paseo nostálgico tan bonito que se había dado por el castillo.

Se incorporó aclarándose la garganta. Vale, en su imaginación iba muy bien vestido con su túnica planchada de la noche anterior, pero definitivamente no se pensaba quejar. Que él no llevaría nada de ropa, pero Alice tampoco, y ni en la mejor de sus fantasías se habría imaginado eso. - En primer lugar, son dos regalitos. Primero... Este. - Dijo, metiendo la mano en el saquito y sacando una caja cuadrada de cartón de aproximadamente el tamaño de sus dos manos juntas, muy sencilla, en un color hueso con un reflejo plateado. La caja no daba absolutamente ninguna pista porque era básicamente un mero medio de transporte. Se la tendió con una sonrisa y esperó a que la chica la abriera y sacara el objeto de su interior. Cuando lo hizo, se encogió de un hombro y dijo en tono suave. - A veces parece mentira que haya cosas tan bonitas. - Ahora Alice tenía en sus manos la taza de piedra pizarra con grabados en plata, entre ellos un círculo de separación y la luna. - Dijiste eso cuando la viste y... Yo te dije que estaba de acuerdo. - Alzó la mirada y la clavó en sus ojos. - Claro que yo no me refería a la taza. - Comentó con un tono cargado de amor. No, no se refería a la taza. Y desde luego que, insistía, ni en sus mejores fantasías se habría imaginado que se la regalaría estando así con ella, en su pasillo, celebrando juntos San Valentín y en las circunstancias que estaban.

Se movió para acercarse a ella y pegar su hombro con el de la chica. - Vi la cara que pusiste cuando la viste en el puesto de la feria, y automáticamente decidí que te la iba a regalar. Ya son muchos años, sé detectar cuando algo te gusta de verdad. - Fue decirlo y miró hacia arriba, pensativo, callándose un par de segundos. Luego ladeó un par de veces la cabeza en tono cómico. - Bueno, quizás siempre siempre no sé. - Bromeó. Porque él también le había gustado de verdad y había estado años haciendo el tonto pensando lo contrario. - La cuestión es que iba a regalártela por tu cumpleaños, pero afortunadamente me ha surgido una ocasión mejor antes de eso. - Añadió con una amplia sonrisa. Apoyó la cabeza en su hombro, pasó un dedo por la luna grabada en plata sobre la taza y susurró. - Además, tiene una lunita... - Miró a la chica y sonrió. - Como tú. -
Merci Prouvaire!


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Miér Abr 21, 2021 10:53 pm

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CON Marcus EN Sala común A LAS 8:00, 14 de febrero de 2002
Rio y dejó que Marcus cayera sobre ella, enredándose también en la manta. – No me cabía duda de que me ibas a comentar cada uno de las notitas. Y yo encantada, lo mío me ha costado hacerlo. – Le dio un piquito. – Y ha merecido la pena totalmente. – Le dio con el dedo en la nariz, asintiendo y poniendo morrillos. – Eso, eso, a ver ese regalo perfectísimo de mi amor. – No dudaba que lo fuera, la verdad, Marcus era único haciendo regalos. Puso expresión de sorpresa cuando le dijo que eran dos regalos y alzó las cejas. – Esto mejora por momentos.

Se incorporó para poder abrir bien aquella cajita, que, la verdad, no le daba ninguna pista. Pero en cuanto vio el contenido lo reconoció. Abrió mucho los ojos y miró a Marcus. Encima se acordaba de la frase que dijo aquel día en la feria. – Es... Es la taza transmutadora de la feria... – Dijo con una risita incrédula y los ojos brillantes. – ¿Cómo....? – Sonrió y soltó el aire, cogiendo la taza del mango y moviéndola antes sus ojos para apreciarla. – ¿Sabes? Cuando veo estas cosas, siempre pienso que no pegan conmigo. Las admiro y ya está, siempre me parece como si fueran a ser para otra persona... – También lo había pensado de Marcus. Pero seguía sorprendiéndola que ella pudiera tener cosas así, tan bonitas, regaladas por alguien con todo el cariño, que pudiera enseñar con orgullo. Le miró con cariño. – Pero desde luego lo más bonito que existe es esto. Nosotros. – Se inclinó sobre él para besarle con ternura, y se separó para seguir acariciando la superficie plateada del círculo de transmutación con la yema de los dedos. – Gracias por la taza, es perfecta y me encanta, pero... – Ladeó la mirada y la juntó con la suya, tumbándose de costado, con el cuerpo inclinado hacia él, apoyando la cabeza sobre su mano, y el codo flexionado en el suelo. – Pero sobretodo... Gracias por creer que merezco cosas como estas, mi amor. – Se inclinó un poco más para besarle con suavidad, cerrando los ojos, esperando que el navarryl siguiera haciendo efecto y pudiera sentir su profunda emoción y su felicidad.

Rio otro poco y dijo. – Pues San Valentín está empezando a subir escalones muy rápido en la escala de fiestas geniales, si es que voy a llevarme regalitos como este. – Alzó una ceja y subió la taza hasta dejarla entre los dos, sujetándola con la mano libre. – Ahora, tú no sabes lo que has hecho. Voy a ir con la taza esta a todas partes. Todas las mañanas, transmutando el café para sacar los granos y la leche por separado. – Puso cara de niña chica. – ¡Ooh! Podré hacerlo con la sopa, qué diver. Y saldrán todas las verduras cortadas y el agua por separado. Ay, me encanta. – Ya le estaba bullendo la cabeza, ya estaba con sus ideas locas, y ya se sentía como esa Alice de once añitos que se colaba en el laboratorio de alquimia. Volvió a mirar, con los párpados caídos a su novio, pasando el índice por el puente de su nariz, adorándole, completamente entregada a él. – Tú eres el mejor regalo. Eres la luz de mi vida, mi hermano sol. Yo, como bien has dicho, soy tu lunita. – Abrió la mano y acarició con su palma toda la mejilla de Marcus. Podría estar allí eternamente, tal como había dicho antes el propio Marcus, admirando su cuerpo, sus facciones, disfrutando de sus mimos y su amor. Bajó el dedo por su costado y dijo. – El segundo regalo no será por casulidad el prefecto de Ravenclaw. Porque es el prefecto más sexy que ha pasado por este castillo.
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Jue Abr 22, 2021 12:18 am

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CON Alice EN Pasillo del cuarto piso A LAS 8:00h, 14 de febrero
La reacción de Alice fue la que deseaba, una reacción que le hizo sonreír de oreja a oreja. Pocas cosas le llenaban más, le satisfacían más y le hacían más feliz, que hacer feliz a Alice, por algo era su deseo pedido a las perseidas. Con ese "¿cómo...?", se encogió de un hombro y dijo con normalidad. - Un hombre muy sabio me dijo una vez que un buen mago nunca revela sus trucos. - Hubiera removido cielo y tierra por conseguirla si hubiera hecho falta, pero no había sido ni tan difícil conseguirla. Solo tuvo que volver a la feria a por ella en cuanto Alice volvió a su casa. Pero sonaba más épico lo del truco.

Frunció los labios y negó con la cabeza. - No sé por qué dices eso. - Musitó, pero su novia le interrumpió con un beso. Iba a retomar, pero ella le estaba dando las gracias por el regalo, volviendo a añadir un comentario de esos que no entendía por qué decía. Recibió el segundo beso, con un cosquilleo de felicidad especial en su pecho que debía haberle trasmitido ella. El efecto del aceite, claramente, no se había pasado todavía. - Claro que las mereces. - Respondió, acariciando su mejilla. - Alice, tú te mereces todo lo bueno. ¿Y cómo no te va a pegar? - Se inclinó sobre ella con una sonrisilla, rozando su nariz con la de la chica. - Y yo que creía que ibas a ser enfermera de día y alquimista de noche. - Rio un poco y besó sus labios. - Toda alquimista de noche que se precie necesita una taza transmutadora con una luna grabada, ¿no? No sé, yo no veo a nadie que le pueda pegar más que a ti. - Comentó, sonando distendido, pero yendo totalmente en serio.

Soltó una carcajada. - Yo llevo ensalzando esta fiesta desde cuarto, pero no me hacíais caso. - Marcus siempre había sido muy fan de San Valentín, ciertamente, pero con los años lo era cada vez más. Ya con novia, directamente había subido muchos puestos como una de sus fiestas favoritas, como bien decía Alice. La propuesta de justo después sí que le hizo reír a carcajadas. - Por favor, ¿empezar los días todas las mañanas viendo como mi novia transmuta el café delante de toda la mesa de Ravenclaw? ¿Dónde tengo que firmar? - Siguió riendo, y ella siguió soltando sus ideas locas. Se agarró a su cintura y se inclinó sobre ella. - Ya está mi Alice Gallia volando alto como siempre, y eso que solo le he regalado una taza. ¿Qué hubieras hecho si te hubiera regalado un taller entero? - Dio un par de piquitos tiernos en sus labios. - Si pudiera lo haría, lo sabes, ¿no? - Comentó con una sonrisa, entre besos.

Arrugó graciosamente la nariz cuando la chica se la acarició, y ronroneó un poquito a su lado. - Mi lunita, qué bien suena. - Dejó un beso en su cuello y notó como pasaba el dedo por su costado. Alzó la mirada y arqueó una ceja. - Al prefecto de Ravenclaw lo tienes ya más que comprado y adquirido, princesa. - Contestó. - Ese puede ser tu regalo cuando tú quieras. - Añadió, dándole un beso más en los labios. - Pero no, ese no es el segundo regalo... No el oficial, al menos. - Dijo riendo. - Ciertamente... El segundo regalo lo has llevado contigo todo el día. - Arqueó las cejas y ladeó una sonrisa.

Sacó la varita de su pantalón, el cual se había acercado para coger el saquito, y pronunció. - ¡Accio carta! - La carta que le había dado esa mañana salió volando de uno de los bolsillos de la gabardina de Alice hasta sus manos. - En primer lugar, gracias mi amor por hacerme caso cuando te dije que no te despegaras de ella. - Dijo con una leve risa. No es que desconfiara de Alice, pero gran parte de su plan dependía de que le hiciera caso. Se veía que decirle lo de la privacidad había dado sus frutos. - En segundo lugar... No, no te he timado. Esto también tiene truco. - Le tendió la carta a la chica y explicó. - Esa carta... Nos representa a los dos. Mírala bien. - Se acercó a ella, mientras la chica fijaba la mirada en la carta, y susurró en su oído. - Si quieres ver tu regalo, tú también vas a tener que llegar hasta él... Y no dejes de mirar la carta, no hagas trampa, Gallia. - Dijo sin perder el tono susurrado, con una sonrisa. Él también miraba la carta desde su posición. - ¿Recuerdas lo primero que me gustó de ti... Y por qué? - Sus ojos. "Los tuyos son muy Ravenclaw", le había dicho el primer día, y eso que ella le había dicho que tenía ojos de Slytherin. Frunció los labios y aguantó la sonrisa esperando a que ella contestara. - Búscame con ellos... En la carta. - Susurró, esperando a que Alice posara sus ojos en su nombre escrito en el pergamino. - Esos somos nosotros... Mirándonos el uno al otro. - Rozó su nariz con su mejilla con ternura. - Yo siempre estaré contigo, Alice. Aunque no esté... Estoy. - Tomó las manos de la chica y le hizo envolver la carta con ellas. - Este regalo... Tiene contraseña. - Dijo con una sonrisa. - La he puesto yo, así que tienes que pensar como yo. - Se mojó los labios y dijo. - Di... La palabra más hermosa. - Y esa era una pregunta de nota, a pesar de que era muchísimo más simple de lo que pudiera parecer. Porque él era simple. - ¿Quieres una pista? - Se acercó un poco más y susurró muy cerca de su oído. - Para mí siempre será la misma. -Alice. Alice, su Alice, para él, siempre iba a ser ella, la que conoció el primer día. La misma. Su palabra más hermosa, la que le hacía feliz solo con pensarla. Alice.

Oírla de labios de ella la hacía más hermosa todavía. Cuando la dijo, sonrió con satisfacción y respondió. - Está en mi lista de cosas favoritas. - Justificó, y bajó la vista a la carta. Esta había empezado a desaparecer entre las manos de la chica, y el regalo ahora estaba oculto entre sus palmas. Al separarlas, apareció: una rama de flores de espino entrelazada a una rama de romero, conservadas con alquimia. Se separó un poco para poder mirar a Alice a los ojos. - Tú y yo, el espino y el romero. Así me lo mostraste el día en que supe que estaba enamorado de ti. - Colocó su mano sobre la de la chica y añadió. - Quería que durara para siempre... Y así será. -
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La palabra más hermosa
CON Marcus EN Sala común A LAS 8:00, 14 de febrero de 2002
Alzó una ceja y le miró. Era una frase de su padre. La oyó en aquel espectáculo muggle que siempre narraba al que había ido con su madre y le hizo mucha gracia la frase. Y ahora le emocionó oírselo a Marcus. Como no estaba suficientemente emocionada ya... Inspiró para contener aquel torrente que fluía por su pecho y escuchó lo que le decía, intentando simplemente reírse. Marcus siempre creía en todo lo que ella se proponía, así sin más, y hablaba completamente en serio de lo de ser enfermera de día y alquimista de noche y le demostraba que creía en ello con detalles como aquel. Para él sería una taza, para Gal no solo era la confirmación de que podía tener cosas bonitas, si no de que Marcus creía en ella en la disciplina que más le gustaba en la vida y todo eso era... Sobrecogedor cuanto manos. Y la hacía sentirse absolutamente feliz. Se rio a lo de que había estado ensalzando la fiesta y se inclinó sobre su hombro. – Bueno, a partir de ahora, esta novia-enfermera-alquimista te va a hacer unos San Valentines que lo vas a flipar. – Dijo entre risas, dejando que se acurrucaran aún más en las mantas y dejando los labios sobre su frente. – Los halcones siempre volamos altísimo. Pero da igual. Siempre volvemos con nuestro cazador. – Dijo bajando la mirada y acariciando su cara con devoción. Siempre volvía a él, a su brazos, a aquellas pequitas adorables. Hizo un sonidito lastimero y se echó para atrás. – Ohhhh yo quería un taller de alquimia lleno de flores al que no se puede entrar en bañador en La Provenza. ¿No te parece un regalo muy bonito que hacerle a tu novia y que podríamos usarlo ambos? – Dijo con tono pedigüeño de broma.

Se iba a empezar a liar otra vez en lo de que el prefecto de Ravenclaw era suyo y lo podía tener cuando quisiera cuando le dijo que ese no era el regalo, así que esperó pacientemente a que Marcus se hallara con él. Efectivamente, había llevado la carta encima todo el día, porque Marcus no se había equivocado respecto a la privacidad para nada. – Yo soy una novia muy obediente. – Obediente no era exactamente la palabra que mejor definía a Gal, pero cuando Marcus le pedía cosas, ella las hacía. Sonrió y clavo los ojos en la carta, porque él se lo pedía y porque estaba intentando encontrar el gato encerrado que había en aquello.Rio un poco cuando le hizo aquella pregunta. Estuvo a punto de responder "mi insaciable curiosidad natural" que era lo que les había llevado a subirse juntos en la barca, pero ya se imaginaba que no iba por allí. No lo olvidaría nunca, porque fue la primera vez que le dio un escalofrío con algo que decía Marcus, aunque entonces no sabía lo que aquello significaba realmente. – Mis ojos de Ravenclaw. – Y sonrió buscándole en la carta, expectante por qué pasaría a continuación. "Aunque no esté... Estoy" Aquella frase había sido su clavo ardiendo en las peores noches de su vida, pero ahora solo podía sonreír más sintiéndole acariciar su mejilla. No dejó de mirar la carta por si acaso, pero alzó una ceja. – ¿Que piense como tú? Pues eso ya es complicado, si no paras de pensar nunca. – Contestó con una risa. El corazón empezó a irle más deprisa, mientras envolvía la carta con las manos y tomó una profunda respiración. La palabra más hermosa. Tragó saliva y un recuerdo la atacó.

Papá le había dado un pajarito de papel. Era muy feo, Alice se lo había dejado claro, que había que echarle mucha imaginación para ver ahí un pajarito, pero bueno. Le había pedido que se lo llevara a mamá, que estaba cocinando. Ella llegó diligentemente con el "pajarito" en un cuenco en sus manos. – Mami, papi me ha dicho que te traiga esto. – Su madre se agachó frente a ella. – ¿Ah sí? ¿Y qué hace este, a ver? – Alice se encogió de hombros. – Ha dicho que le tienes que llamar como a la mejor secretaria del MACUSA. – Ella rio con aquella risa que iluminaba cualquier habitación en la que estuviera. – Janet. – Pero el pajarito no hizo nada. – Jane Gallia. – Nada. Alice ya se estaba quedando sin ideas, porque a ver qué más podía decir su madre. – Jane Van Der Luyden. – Ella la miró con la cabecita ladeada, porque a ver quién sería esa. Entonces se coló la voz de su padre desde el despacho hasta la cocina. – ¡Caliente, caliente! – Su madre rio y puso las manos bajo las suyas. – Señorita Van Der Luyden. – Y menos mal que lo hizo, porque entonces el pajarito se convirtió en un ramo gigante de flores moradas que hicieron poner a su madre esa expresión tan especial que solo ponía con las cosas de su padre. Entre las flores había una nota, pero Alice aún no sabía leer. – ¿Qué pone ahí, mami? – Feliz veinticuatro de febrero. – Contestó ella, extasiada mirando las flores.

Con el corazón encogido y una sonrisita y dijo, ahorra sí mirando a los ojos de Marcus, pero recordando a sus padres. – Alice. – Y sintió perfectamente cómo la carta se desvanecía entre sus manos. No tardó ni medio segundo en reconocer aquellas ramitas. Se lo dijo aquel día en el invernadero. Tú eres el espino y yo el romero. Lo había dicho tan segura. Y que eran dee climas distintos, pero que si las conservaba con alquimia durarían para siempre. No se dio cuenta pero le cayeron dos lágrimas de emoción por la cara al alzar los ojos de nuevo, asintiendo. – Para siempre. Para siempre, amor mío. – Dejó las ramitas a un lado y le rodeó con los brazos por el cuello, mirándole emocionada. – Eres el amor de mi vida. Eres lo que más quiero en el mundo. Pero para mí la palabra más hermosa no es Marcus, aunque sea preciosa. – Se acercó y apoyó su frente en la de él, porque aquel gesto era el que acompañaba a su palabra. – Segura. – Abrió los ojos y le miró. – Porque es como me haces sentir siempre. Segura de que me amas y te amo, segura de que estando en tus brazos estoy protegida, segura de lo que soy y lo que valgo. Segura como no me siento en ninguna otra parte. Que me haces sentir segura es lo más hermoso que se me ocurre y que me pueda pasar.
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La palabra más hermosa
CON Alice EN Pasillo del cuarto piso A LAS 8:00h, 14 de febrero
Miró a Alice y lo primero que vio fueron sus lágrimas resbalando por sus mejillas. - Ey, no, no llores. No he hecho esto para que llores. - Dijo, intentando acompañarlo de una risa leve, mientras secaba sus lágrimas con una caricia del pulgar. Pero la chica juntó su frente a la de él y le rodeó con sus brazos, haciendo que su mirada se clavara inevitablemente en esos ojos que tanto le gustaban. Seguía sintiendo con mucha intensidad y por partida doble, el amor de él y el de ella, palpitando con fuerza en su pecho, erizándole la piel. Pero un escalofrío le recorrió al escuchar esa palabra: segura. Se quedó mirándola, con el corazón latiendo con fuerza, recibiendo aquellas palabras. Definitivamente, eso era lo más hermoso que podía decirle. Tanto que le había dejado sin palabras a él.

- Sí que lo es. - Respondió al fin, en un susurro y sin separarse ni un milímetro de ella, y entonces sintió sus propias lágrimas caer. Se pasó los dedos por las mejillas y rio un poco. - Oh, vaya, el navarryl. - Claro, porque el que estuviera llorando era culpa exclusivamente del navarryl, nada tenía que ver las hermosas palabras que su novia acababa de dedicarle, ni toda esa intensidad de emociones en su interior, ni las circunstancias que le rodeaban. - Confirmado que si tú lloras, yo lloro. - Volvió a usar el tono distendido al hablar y a secar las lágrimas de ella con sus dedos. Al hacerlo, acarició sus mejillas y se quedó perdido en esos ojos una vez más, en silencio. Sintiéndolo todo con esa intensidad que ya ni podía ni quería parar.

- No sabes lo que significa eso para mí, Alice. - Susurró sobre sus labios, con ternura, cerrando los ojos. El corazón se le iba a salir del pecho, ¿lo estaría sintiendo ella? Quizás lo confundiera con su propia emoción, y quería que supiera cuál era la de él. Que supiera lo que le hacía sentir de verdad, no mezclado con lo suyo, no por el efecto de un aceite. Tomó una de las manos de ella y la llevó a su propio pecho, apoyándola en este con suavidad. - Para que nunca lo dudes... Esto es real. - Abrió los ojos y miró los suyos. - Te amo, Alice. Nadie me ha hecho sentir así. Contigo soy la mejor versión de mí mismo, siempre. - Rozó su nariz con la de él y susurró. - Te querré toda la vida. - Se fundió con sus labios en un beso lleno del amor que sentía, suave y largo, un beso que ojalá nunca tuviera fin. Pegó su cuerpo al de ella, porque necesitaba abrazarla y sentir su piel, dejándose caer de nuevo sobre las mantas, sin separar sus labios de los de ella. Perdiéndose en estos y prolongando el beso por toda la eternidad.

No tenía ni idea del tiempo que llevaban allí (ni le importaba). Tampoco de si el navarryl seguía haciendo efecto o no: él seguía sintiendo que el corazón le iba a estallar de tanto querer a esa chica, pero eso no era novedad para nadie. Se había quedado tumbado junto a ella, abrazado a ella y besando sus labios por un número indefinido de minutos y le daba exactamente igual, el mundo podía caerse en pedazos y a él le encontrarían allí, abrazado a ella con una sonrisa en la cara. En un momento determinado pararon los besos y simplemente se quedaron allí, tumbados, acariciándose y mirándose como dos idiotas sonrientes. - Quién iba a decir que estar con Alice Gallia me iba a hacer perderme las fiestas. - Bromeó, riendo un poco y dejando otro beso en sus labios, por si aún no hubieran tenido suficientes. - Van a tener que venir a buscarme, porque no pienso moverme de aquí hasta que tú me eches. Y suerte encontrándome. - Bromas aparte, se estaba viendo venir en cuanto saliera de allí la oleada de "Prefecto O'Donnell te estaba buscando" por parte de alumnos más pequeños que tenían algún drama relacionado con corazones rotos. A la vista estaba todo lo que le importaba, que estaba relajadísimo abrazado a su novia, con la respiración tranquila y los ojos cerrados.

- Te voy a confesar algo porque eres tú y sé que no lo vas a contar. - Dijo con un suspiro y una sonrisilla. Estaba claro que iba a decir algo en clave cómica, aunque no exento de sinceridad. Esa sinceridad que salía cuando estabas tan extasiado como lo estaba él. - ¿Recuerdas el enfado que pillé cuando el subdirector me negó el giratiempo para poder acudir a más optativas? - Cualquiera no lo recordaba, se pasó un mes dando la tabarra con el tema, y aún a día de hoy cuando salía seguía teniendo para argumentar. - Me dijo que esas cosas pueden hacer perder la cabeza a la gente, que uno los busca con fines muy loables pero se te pueden ir de las manos. Que cuando se descubren sus ventajas, el mundo de posibilidades que te pueden ofrecer, es muy fácil caer en la tentación de sobreutilizarlo, y puede ser peligroso. - Hizo un gesto de la mano en el aire, lánguidamente. - Nada que se me aplicara. Yo solo quería ir a más asignaturas, tengo unas fuertes convicciones, no lo iba a mal emplear. Me ofendió mucho que solo lo pensara... ¿Pero sabes qué? - Giró la cabeza y la miró. - Que en momentos como este pienso... Que tenía razón. - Se reacomodó de nuevo, agarrando la cintura de la chica. - He pensado demasiadas veces que ojalá me hubieran dado ese giratiempo, solo para que uno de los Marcus pudiera quedarse aquí contigo, así, como estamos ahora. - Dijo rozando la mejilla de ella con su nariz con ternura. - Solo besándonos... Abrazado a ti... Durmiendo contigo... O lo que a mi novia se le ocurra hacer. - Rio con suavidad y dejó un breve beso en sus labios. - Solo lo cortaría de San Valentín en San Valentín, porque claro, acaba de prometerme que va a hacerme unas celebraciones que "lo voy a flipar" y yo no puedo perderme eso. - Bromeó.

Se dejó caer boca arriba en la manta con un suspiro, atrayendo a Alice hacia sí para que descansara sobre su pecho mientras acariciaba distraídamente su pelo. Se quedó unos segundos pensativo, metido en el mundo interior de Marcus, recordando las palabras de Alice. Finalmente, dijo. - No sé si será que el navarryl me está pegando también la locura Gallia... Pero, ahora que lo dices, no veo nada descabellado lo del taller en la Provenza. - Movió un poco la cabeza para mirar a su novia. - Lo digo en serio. Tan en serio como que no se puede entrar en bañador, lo mantengo. - Dijo con una risa. Se había quedado mirando los ojos de Alice, con una sonrisa boba dibujada en la cara, sin dejar de acariciar su pelo. - Estaría genial... ¿Verdad? - Se lo estaba planteando de verdad. Y sonaba demasiado hermoso.
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Jue Abr 22, 2021 2:42 pm

La palabra más hermosa
CON Marcus EN Sala común A LAS 8:00, 14 de febrero de 2002
Rio entre las lágrimas y apoyó la cara en la mano de Marcus con cariño. – Ya lo sé. Pero son lágrimas de felicidad. Nada me hace más feliz que saber cuánto me amas. – Se giró un momento y dejó un beso en su palma. – No sabes tú cuánto tiempo he esperado esto. Más bien lo he deseado, porque pensé que nunca llegaría. – El momento en que pudiera tener a su Marcus a su lado, haciendo todas aquellas cosas pro ella, haciéndola sentir... Lo que tenía que ser y ya está. Rio un poco cuando vio sus lágrimas y negó con la cabeza. – Lo siento. Pero son de felicidad, no pasa nada si somos tan tan felices que lloramos. – Terminó contra risa, tantísimo, entre las lágrimas. Pero es que era tan feliz que ella, Ravenclaw de corazón, estaba completamente de acuerdo con volverse tonta por tal de ser feliz con Marcus sin que les importara nada más.

Dejó con suavidad la mano en el pecho de Marcus. Era real, lo sería siempre. Estarían juntos por la eternidad haciéndose latir los corazones el uno al otro. Aunque no creía que ella tuviera nada que ver con la versión de Marcus. – Tú siempre eres la mejor versión de ti mismo. Eres perfecto y ya está. No admito discusión. – Dijo enredándose en sus brazos. – Yo también te amo, Marcus. Con todo mi ser. Y si algún día olvido, olvidaré hasta mi nombre. – Le dijo, recordando lo que le había dicho mientras lo hacían en Navidad. Y era así. Podrían pasarle muchas cosas en la vida. Le habían pasado, de hecho, y nunca había dejado de amarle, de darle su corazón. Se perdió en sus besos y sus brazos, porque era todo lo que necesitaba en la vida. Besarle así, desnudos, entre las mantas, sintiendo sus pieles y su calor, abrazándose. Acabó por ponerse sobre el pecho de su novio, acariciándole con el índice (porque sí, es que no podía dejar de tocarle) mientras oía su "queja". Soltó una risa de superioridad. – Perdona, cada vez que te he llevado a perderte una fiesta el resultado ha sido satisfactorio. – Movió un poco la cabeza. – Excepto quizá cuando tu hermano casi te pilla en plena Nochevieja en una circunstancia que a ninguno de los tres nos hubiera gustado recordar. Pero incluso entonces, mereció la pena. – Se rio un poco y se restregó contra su piel con cariño. – Pues espero realmente que. nadie se le ocurra hacer tal cosa, porque si lo de Nochevieja fue una pillada, lo de hoy quedaría en los anales de Hogwarts como la pillada más épica de la historia, así tal como estamos. – Subió un poco la cabeza y le dio un piquito, quedándose con la barbilla apoyada en su pecho y una sonrisilla pilla. – Que los niños resuelvan sus dudas amorosas en otro lado. Esta noche eres mío, que es el día de los enamorados, ¿o no has oído a tu cuñado pregonándolo por todo el castillo? – Trepó un poco por él, posándose sobre su cuerpo, para besarle un poco más intensamente. Es que no podía evitarlo, tenía a Marcus desnudo demasiado a mano, lo tenía que aprovechar.

Paró y volvió a la posición de apoyarse en su pecho y acariciarle con el dedo mientras se reía de su "confesión". – ¿Quién podría olvidarlo, cariño? – Pero el subdirector tenía razón. Ella, de hecho, ni se había planteado pedirlo, porque sabía a ciencia cierta que lo usaría como no se debía. Aunque también fuera a las clases. Levantó la mirada y se rio. – Nooooo. Mi incorruptible prefecto no usaría nada de forma indebida. – Dejó que la besara y le miró con amor infinito. – No te hace falta un giratiempo. Yo soy tuya todo el tiempo que quieras. Tú mismo lo dijiste el último día en tu casa, que encontraríamos el tiempo para estar juntos, y ese se convierte en el mejor rato del día, porque es único. – Llegó a la altura de sus ojos y dijo. – Los giratiempos engañan. Te hacen creer que hay otras opciones. Cuando yo no cambiaría ni un solo segundo de los que he pasado junto a ti, pensando en ti. – Y le besó de nuevo intensamente. – Todas las veces que te beso son especiales por cómo lo estoy haciendo en ese momento. – Dejó que las manos de Marcus la recorrieran, poniéndose ya totalmente encima de él. – Cada vez que nos tocamos es genial porque es nueva y única. Eso es lo que hace todo esto tan intenso y especial. – Volvió a besarle y se volvió a bajar de él lentamente, quedándose a su lado, en su costado, abrazándole. – Y sí que lo vas flipar, listillo. – Dijo con superioridad.

Pero sabía cómo ganarla el muy... Hablándole de ese taller. Ese taller que llevaba en sus sueños media vida. – ¿Que no ves nada descabellado eso? – Se rio. – ¿Tú sabes lo que sería tener un taller cerca de una casa llena de Gallias? – Pero en verdad... Se incorporó, tirando un poco de la manta, y se sentó junto a él, pero sin dejar e acariciarle y mirarle desde arriba. – Marcus... He estado pensando desde hace meses... – Miró la taza desde allí y sonrió un poco, sonrojándose. – Siempre he pensado que yo no podría ser alquimista porque eso no era para mí. Y quiero ser enfermera, pero, ahora en serio... – Dijo mirándole. – Quiero ser alquimista licenciada. Quiero llegar al menos a alquimista de hielo. Quiero usar la alquimia para curar... Ahora que sé que incluso las cosas que creía que no me pegaban... Pueden ser mías. – Suspiró y miró al techo, con los ojos brillantes, soñadora. – Y me encantaría que tuviéramos un taller... Sea ese en La Provenza o sea el que sea... Genial sería poco para describir un taller... Nuestro... En uno de mis sitios favoritos del mundo... Al lado del mar, y rodeado de flores, tal y como tú lo imaginaste. – Soltó otro suspiro. Ahora igual le decía que estaba demasiado loca para ser alquimista o algo así. – ¿De verdad te gustaría algo así? – Preguntó esperanzada. – Porque para mí sería mucho más que un sueño hecho realidad. Sería lo más alto que mee veo llegar en la vida.
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CON Alice EN Pasillo del cuarto piso A LAS 8:00h, 14 de febrero
No pudo evitar reír con el comentario de su novia a la defensiva (siguiéndole el rollo, por supuesto), risa que se convirtió en una carcajada avergonzada, tapándose la cara con una mano. - Oh, Dios, había olvidado ese pequeño episodio. - Se reacomodó para mirarla, sin perder la risa. - Eh, pero es que esa anécdota no se aplica, porque no nos perdimos ninguna fiesta, solo hicimos un pequeño paréntesis. - Acercó un poco el rostro a ella y susurró con una sonrisa pícara. - Afortunadamente, mi cerebro es tan inteligente que ha creado un montón de lagunas en ese recuerdo, pero se ha quedado con lo más interesante. - Oh, desde luego que sí. Alice en sujetador. Alice desanudándole la corbata a toda prisa. El vestido de Alice y él a punto de meterse debajo de su falda... Madre mía, ¿en qué andaría pensando? La interrupción de Lex ya estaba más difusa. Lo dicho, su cerebro había seleccionado muy bien los momentos.

Miró como su novia apoyaba la barbilla en su pecho y se llevaba todos sus problemas de prefecto de un plumazo, lo cual le hizo reír y soltar un resoplido de superioridad. - ¡Pues eso digo yo! ¡Mírame a mí! Con el amor de mi vida a mi lado seis años, haciendo el idiota y sin molestar a un solo prefecto por ello. Les molesté, sí, pero por cuestiones procedimentales y académicas. Nada de dramas. - Su discurso tontorrón se vio interrumpido por un beso de su novia, al que se aferró rodeando la cintura de la chica con cariño, disfrutando de sus labios.

La escuchó embelesado y sonrió. - Me ha convencido usted, Señorita Gallia. - Él tampoco cambiaría ni un solo segundo a su lado, ninguno de sus besos por nada del mundo, ni ninguno de los momentos que habían vivido. Pero ese espíritu de Alice de "siempre más" se le había contagiado peligrosamente, y ahora todo tiempo le parecía poco para pasarlo con ella. La miró cuando se puso sobre él, sin perder la sonrisa ni quitar la vista de sus labios, recorriendo su cintura y su espalda en una caricia, porque el tacto de su piel era de las mejores sensaciones que le había dado la vida. Recibió su beso y soltó un pequeño sonidito de queja cuando la sintió bajarse de nuevo, aunque su comentario le hizo reír. - Deseando estoy. - De verdad que lo estaba.

Ante su pregunta retórica, suspiró teatralmente. - Alice, yo ya hace tiempo que asumí lo que era cualquier aspecto de la vida con un Gallia al lado, y acabo de firmar mi permanencia de por vida con el corazón en la mano. - Dijo en un tono cómico, pero con un significado muy evidente. Sí que lo sabía, o quizás no, pero le daba igual. Era lo que quería e iba a adorar el resultado, fuera como fuera, porque sería algo de ellos dos. La siguió con la mirada, sin perder la sonrisa ladina, cuando la chica se sentó junto a él. La escuchó con tranquilidad hasta que Alice hizo esa afirmación: que quería ser alquimista licenciada. Se le cambió la cara automáticamente, incluso se incorporó para sentarse a su lado, aunque no dijo nada, solo la dejó terminar. Solo escucharla hablar de ese taller de la Provenza como si no fuera un simple sueño de un niño de once años, sino un proyecto real, hizo que le brillaran los ojos de ilusión. Se había quedado embobado escuchándola, de nuevo con los latidos del corazón descontrolados, pero ante su pregunta se le escapó una suave carcajada entre los labios, sin poderla evitar. - ¿Que si me gustaría? - Se removió en su sitio para mirarla de frente y agarró sus manos. - Literalmente, harías mi sueño realidad. - Contestó con una amplia sonrisa. Bendita la hora en que soñó aquello, y bendita la hora en que decidió compartirlo con Alice. Porque todo era siempre mucho mejor cuando lo compartía con Alice.

- Usar la alquimia para curar... Es... Alice, no tengo palabras. - Volvió a reír de la pura felicidad. - Dios, a mi abuelo le va a encantar escuchar eso. ¿Es que no le viste la cara cuando le preguntabas aplicaciones a la sanidad en el taller? Es capaz de hacerse enfermera contigo. - Bromeó, aunque siendo su abuelo y su incansable necesidad de aprender, ni le extrañaría. - Alice... ¿De verdad querrías licenciarte? - Sus ojos debían estar desbordando emoción. - No te haces una idea de lo feliz que me haría eso. - Decían en broma lo de enfermera de día y alquimista de noche, pero imaginarse un futuro en el que los dos se dedicaran a su mayor pasión era demasiado hasta para él. Besó sus manos con cariño y volvió a acercarse, ya acelerando la máquina de pensamientos y sueños y poniéndola a mil revoluciones por minuto. - Podríamos prepararnos juntos y presentarnos juntos a los exámenes, y nos iríamos juntos de investigación. Y por supuesto, no es que podamos tener un taller, es que podríamos tener dos si tú quisieras: uno en nuestra casa de Londres, y otro en la Provenza. Estudiaríamos en Francia, practicaríamos en el taller de allí en nuestro año de investigación en el extranjero, y lo tendríamos como taller de verano. Y nuestro taller habitual estaría en nuestra casa de Londres. - De repente había vuelto el niño de once años que soñaba despierto, casi podía oírse hasta su misma vocecilla infantil.

- Si tenemos un taller en la Provenza... - Dijo, apretando con suavidad las manos de la chica y con un tono cargado de amor. - Pienso llenarlo de las flores más bonitas del mundo para que toda Francia sepa que es tuyo. - Rozó su mejilla con la nariz. - Y te haría una joya con cada concha que encontrara en la playa. - La miró a los ojos y sonrió. - Vas a llegar más alto que eso incluso, Alice. Llegaremos juntos. Somos Ravenclaw. Lo nuestro es volar hasta lo más alto. -
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La palabra más hermosa
CON Marcus EN Sala común A LAS 8:00, 14 de febrero de 2002
Se rio a lo que dijo de los Gallia, pero aquella risita ligera, se vio completamente obnubilada por su reacción. Le había dado muchas vueltas a si hacerlo o no, y de hacerlo, cómo decírselo a Marcus, porque la alquimia siempre había sido SU disciplina, y no quería que la viera como una intrusa o un competidora, o que pensara que no era lo suficientemente buena... Cuando se encontró con aquella mirada iluminada no pudo por menos que corresponder con una sonrisa emocionada. – ¿Me lo dices de verdad? – Se rio, nerviosa, un poco más, de ver su ilusión y el comentario sobre el abuelo Lawrence. – Sería capaz, desde luego. – Se mordió el labio inferior y entornó los ojos, conteniendo el torrente de emociones que pasaba por su pecho en ese momento. – Pues... Me ha costado decidirme una barbaridad, porque no sabía qué pensaríais tú, y mi padre, y el abuelo... – Tomó aire sin perder la sonrisa, enfocando los ojos de su novio. – Pero sí, claro que querría licenciarme. Adoro la alquimia, me interesa más que nada, y me mantengo en que quiero ser enfermera, pero primero quiero aprender alquimia de verdad, aprender tanto con ella que pueda curar de verdad... – Tragó saliva y se acercó ella también a él, sacando todo eso que había estado diento de ella y que había tratado de obviar. – La alquimia siempre nos ha mantenido unidos, como una buena transmutación conjuntiva, va tanto con nosotros, porque hay que saber de todo... – Clavó la mirada en él, esperanzada. – Creo que la alquimia, aplicada a la medicina, habría salvado a mi madre. Ya no puedo hacer nada por ella, pero, ¿recuerdas cuando te dije lo de que quería mirar a los ojos de las familias y decirles que sí, que podría curar a sus seres queridos? Pues creo que eso solo lo podré conseguir si soy una buena alquimista primero. –

Se dedica. escuchar a Marcus y a esa voz que ponía cuando hacía planes grandilocuentes, como le gustaban a él. Asintió a lo de prepararse juntos, entusiasmada, mientras sonreía aún más por sentir el beso de él en sus manos, contagiada por su espíritu. – ¿Querrías prepararte conmigo? A mí no hay nada que me apetezca más. Siempre se nos da tan bien cuando trabajamos juntos en alquimia... Sería preparar exámenes pero disfrutando. – Suspiró y alzó los ojos, soñadora. – Investigar... ¿Te imaginas que descubrimos algo importante? ¿Que podemos entrar en esos laboratorios estatales y ver el trabajo de otros alquimistas... ¡Dios! Si ya aluciné en el laboratorio de tu abuelo... Si entro a uno estatal me desmayaré. – Miró pícaramente a su novio e inclinó la cabeza hacia él. – Y no por no comer, si no del gusto, eh. – Y rieron a la vez, juntando sus frentes. Le parecía tan bonito que era como si estuviera soñando todo el tiempo. – Si quieres estudiar en Francia, vas a tener que aprender francés, son muy chovinistas con su idioma... – Acarició su mejilla mientras notaba cómo él hacía lo mismo con la nariz. – Qué bien te vendría una novia que lleve hablándolo toda la vida, ¿eh? – Rio, ya metida del todo en aquellos planes. – Ya te dije que te enseñaría francés. Es casi un requisito para estar con un Gallia. Excepto si eres mi padre, que él mismo lo habla tan mal que nunca se lo exigiría a nadie. – Volvió a perder en la cercanía de su novio y se enredó en sus brazos, pegada a su pecho, sin quitar la sonrisa y hablando de aquel futuro tan precioso. – Nuestra casa... – Repitió, soñadora. Sí, alguna vez tendría una casa con Marcus, ya se lo había dicho a sí misma en Navidades. – Dos talleres. Yo con miedo a decirte que quería ser alquimista, y tú diciéndome que quieres dos talleres. – Volvió a reírse. Que ridícula era a veces, pensó mientras subía el dorso de la mano para acariciar la piel de Marcus. – Me encantaría tener un taller así, en Saint-Tropez, en nuestra playa... – Alzó los ojos. – Pero más me gusta oírte decir "nuestra casa". Y que es pro hecho que tendremos un taller en ella. ¿No sería genial? Poder vivir juntos, de la alquimia, investigando y pudiendo hacer experimentos hasta en verano, antes de irnos a la playa. – Volvió a reír. Es que sonaba demasiado bonito para ser cierto, pero lo veía muy lanzado a conseguirlo. – André se moriría de envidia. – Dijo con una risita malévola, recordando cómo les picaba su primo cuando eran pequeños con que él ya podía hacer alquimia.

Inspiró, con los ojos cerrados, centrándose en el tono y las palabras de Marcus, imaginado ese taller que describía. – Y tendríamos flores moradas, como las que le gustaban a mi madre. Y rododendros, para que tu padre tuviera algo que mirar. – Se le salió una carcajada de la pura felicidad. – Y lirios de cala de tu madre. Y un espino blanco, por supuesto, para que haya algo de Irlanda. – Levantó la ramita que le acababa de regalar y se la pasó por el rostro. – Aunque ya vayamos a estar tú y yo dentro. – Y volvía a reír, porque no podía parar de hacerlo, porque aquel era un deseo que llevaba reprimiendo demasiado tiempo y que pro fin podía sacar de verdad y decir "quiero ser alquimista" y más concretamente "quiero ser alquimista con Marcus". Asintió a lo de volar más alto, sí, lo haría, claro que lo haría. – Volaremos juntos. – Besó los labios con ternura e ilusión y levantó la muñeca. – Aunque por mucho que me hagas joyas con conchas, que me encantaría, no creo que te queden más bonitas que esto. – Dijo mirando significativamente la pulsera. – Y yo podría hacerte de las... – Iba a nombrar las tartaletas, hasta que se dio cuenta de que no habían sacado todavía la comida. Se separó de su novio, mirándole anonadada. – Acabo de dame cuenta de que tengo una cena preparada para ti y que estamos tan extasiados con esto que ni siquiera te has puesto a pedir comida. – Dijo con los ojos muy abiertos y una carcajada incrédula.

Se arrastró hasta el bolso y sacó las tres cajas donde traía la comida y las dos cerveza de mantequilla, poniéndolo todo ante Marcus. Como empezaba a ser un lío lo de estar reliada en la manta, busco con la mano su camisón, que no abrigaría mucho pero cumplía su función, y se lo puso. – No te vayas a quejar que no está tan mal esta visión, ¿eh? – Le advirtió con media sonrisa. Una vez ya medio vestida, se puso de rodillas y señaló las tres cajas. – Cada una es de un sitio importante para nosotros. Quizá hemos estado o quizá no. Quizá solo es un recuerdo de un día concreto o algo que es importante para nosotros. – Alzó la ceja y apuntó con la varita a los tapones de ambas botellas. – Empieza por la que quieras y a ver si adivinas de dónde es cada una. – Levantó la botella y miró, encandilada a los ojos de su novio. – Y mientras tanto... Por Marcus O'Donnell y Alice Gallia... Los mejores alquimistas desde el gran Lawrence O'Donnell. – Cada vez estaba más feliz de sus decisiones. Marcus y la alquimia siempre habían ido de la mano para ella, pero es que ahora era la propia Gal la que se unía a ese dúo que tanto amaba.
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Sáb Abr 24, 2021 2:17 pm

La palabra más hermosa
CON Alice EN Pasillo del cuarto piso A LAS 8:00h, 14 de febrero
Podía ver la emoción de Alice, porque él la sentía también. Y estaba totalmente convencido de que ahí nada tenía que ver el aceite de navarryl, era una emoción y una ilusión compartida, era la perspectiva de una vida juntos y de seguir siendo los dos brillantes alumnos que aprenden codo con codo. De llegar altísimo, de saber más que nadie. De nutrirse el uno de los conocimientos del otro. De ser para siempre un equipo.

Encogió los hombros pero no dijo nada, solo se quedó escuchándola con ilusión desbordada. ¿Que qué iba a pensar él? ¡Que era la mejor noticia que le podía dar! Abría un mundo de posibilidades. Él tenía clarísimo que quería pasar su vida con Alice, pero a priori iban a hacerlo en disciplinas distintas. Se imaginaba estudiando juntos, sí, pero eso sería cuando pudieran vivir en la misma casa. Iban a pasar varios años hasta que pudieran hacer eso, y en esos años él estaría preparándose en su casa y ella en la suya, incluso tendría que ir a investigar fuera, no sabía aún donde, mientras que Alice debería quedarse en San Mungo haciendo sus prácticas. Pero si ella quería licenciarse también, todo ese camino podrían andarlo juntos. ¿Cómo no le iba a parecer la mejor noticia del mundo? Significaba pasar más tiempo con ella. Y a Marcus todo el tiempo que pudiera pasar con ella le era más que bienvenido y deseado.

Sonrió emocionado y acarició su mejilla. - Nosotros somos el todo. - Sí, la alquimia llevaba formando parte de sus vidas casi desde que se conocieron, aunque solo la llevaran cursando dos años. - Y nos seguirá manteniendo unidos. - Ahora oficialmente, sabiendo que ambos se dedicarían a ello. Le devolvió la mirada y la escuchó, asintiendo lentamente y con convencimiento. - Estoy convencido de que lo harás, y no solo eso. Estoy convencido de que nadie mejor que tú lograría algo así. - Se reajustó en su asiento y sus ojos volvieron a brillar de emoción, mientras se acercaba a ella y volvía a apretar su mano. - Alice, podrías hacer historia. Llevo años investigando sobre alquimia y te puedo asegurar que no hay muchas cosas sobre aplicaciones médicas, es un territorio casi inexplorado. Nadie se atreve a tocarlo, o los alquimistas suelen preferir otras cosas. Serías pionera en ello, ¿te has parado a pensarlo? - Porque si no, ya estaba él allí para recordárselo. Por supuesto que pensaba preguntarle a su abuelo si tenía contactos que hubieran utilizado la alquimia en medicina. - La gente suele querer especializarse solo en una cosa... - Dijo, sonriendo con adoración y acariciando su mejilla una vez más. - Pero tú eres Alice Gallia. Tú siempre quieres más. - Y eso, sin duda, era una de las cosas que más le gustaban de ella.

Su pregunta le hizo reír, pero también mirarla con incredulidad. - ¿De qué te sorprende? ¡Sería genial! Llevo años estudiando contigo, y salvo cuando te dispersas con otra cosa o me desgracias mi túnica de tinta... - Se lo pensaba recordar toda la vida. - ...Me encanta hacerlo. Juntos somos mejores, siempre lo hemos sido. - Tanto Marcus como Alice eran alumnos brillantes por sí mismos, pero hacían una combinación demasiado buena cuando se juntaban. Se complementaban el uno al otro: Alice le despegaba los pies del suelo lo suficiente como para que pudiera explorar más allá de sus cuadriculados esquemas, descubriendo cosas maravillosas en el proceso; él a ella la bajaba a la tierra de vez en cuando, para que no se fuera volando, dándole sentido práctico y un marco de seguridad a sus a veces descabelladas ideas. Juntos llegarían donde se lo propusieran.

"Sería preparar exámenes pero disfrutando", le había dicho, ante lo que Marcus frunció el ceño y la miró con fingida extrañeza y una sonrisilla. - No entiendo muy bien el "pero" de esa frase. - Él siempre disfrutaba preparando exámenes, cuanto más si eran de alquimia, pero había entendido el punto de su novia. Aunque frunció aún más el ceño con ese "me desmayaré", si bien la muy graciosilla parecía haberlo dicho a posta, porque reculó en seguida. Se guardó la risa y se hizo el ofuscado. - Pienso poner un menú obligatorio antes de entrar al taller. - Pero no podía evitar reír, estaba demasiado feliz, y Alice había juntado su frente a la de él y solo pudo cerrar los ojos, morderse un poco el labio y suspirar. Era perfecto. Definitivamente, era el futuro perfecto que ambos se merecían.

Se removió, con una carcajada. - Eh, pero ya sé decir una frase. "Ché parfé" era, ¿no? ¿No era algo así? - Dijo entre risas. La miró a los ojos y esbozó una sonrisa enamorada. - También sé decir "un jour viendra", que si mal no recuerdo es... "Llegará un día"... - La abrazó cuando se pegó a su pecho y suspiró, cerrando los ojos. - Llegará un día en que lo tendremos, mi amor. Lo tendremos todo. - Lo veía tan nítido como lo que tenía ante sus ojos en ese instante. Pensaba conseguirlo todo para los dos, para ese futuro que iban a construir juntos. El suspiro de ella le hizo sonreír. "Nuestra casa", sí, qué bien sonaba. Rio con ella justo después. - Yo tendría un taller en cada rincón del mundo si pudiera, pero por ahora me voy a conformar con dos. - Comentó divertido, aunque no carente de honestidad. Entonces Alice empezó a hablar de esa forma y Marcus sentía la emoción inundando todo su cuerpo. Abrazó su cintura con fuerza y empezó a moverla, haciéndole cosquillas. - Para, Alice Gallia, que te juro que busco ese giratiempo y me voy ahora mismo. - Dijo entre risas, tirándose de nuevo junto con ella en las mantas, riendo sin parar mientras decía. - ¡Lo dejo todo! ¡Quiero ese taller y lo quiero ya! ¡Vámonos! - Siguió haciéndole cosquillas y riendo. - ¡Que traigan esos EXTASIS, que los hacemos ahora mismo! ¡No tenemos tiempo que perder! - Besó entonces sus labios, pegando su cuerpo al de ella, con todo el amor que sentía. Definitivamente había alcanzado lo más parecido al paraíso que podía existir.

Dejó de hacerle cosquillas y volvió a abrazarse plácidamente a su novia. - André será invitado de honor en nuestro taller siempre y cuando no arrastre a mi hermosa novia a meterse en un pozo con él. - Dijo mirando significativamente a Alice con un toque de reproche en la mirada, aunque una sonrisilla que trataba de esconderse en los labios. Esta se amplió con sinceridad, perdiéndose en ver a Alice hablando de flores, porque se le ponía una expresión especial al hacerlo que a Marcus le encantaba. - Todas ellas. - Concordó, pensaba tener una especie de cada si pudiera. - Y díctamos, para tu padre. - Añadió, porque se había dejado a William fuera de ese resumen pero Marcus siempre tenía una nota para él. A lo siguiente soltó una carcajada. - Como abramos la veda de Irlanda con mi abuela, me veo una plaga de tréboles en las paredes del taller cada vez que venga. Y no te creas que lo piensa reconocer. - Miró a otro lado y empezó a imitarla, con esa dignidad dulce de Molly. - "Ay, pues no sé, pues os habrán crecido solos, al menos que vengan solos ya que a nadie parece interesarle, pero vaya, que están bien bonitos, mira que verde más bonito, es que es el toque que le faltaba". - Se echó a reír justo después porque pondría la mano en el fuego porque esa sería su reacción exacta.

Estaba escuchando las palabras de su novia con una sonrisa cuando esta pareció recordar algo, haciéndole a él parpadear sorprendido y expectante. Y entonces dijo la palabra que, sin él haberlo pensado hasta ahora, más deseaba en el mundo escuchar: cena. - ¡¿Te has traído la cena?! - Dijo casi dando un sobresalto, con los ojos muy abiertos, y ahora sí que había sonado de verdad como un niño pequeño sorprendido. Porque hasta ese momento estaba tan en su nube de amor que ni se había dado cuenta, pero ahora que lo decía, tenía bastante hambre. Miró entusiasmado, ilusionado, sonriente y expectante como Alice abría su bolso y empezaba a sacar cosas. - Y yo que creía que esto no podía mejorar. - Dijo entre risas. Al comentario de la chica, alzó las palmas de las manos y negó con la cabeza. - Tienes permiso para hechizarme si me quejo de absolutamente nada antes de salir de este pasillo. - Dijo, pero mientras lo hacía pasó la mirada por el cuerpo de su novia en camisón. Pues como para quejarse. Ciertamente, si iban a comer, mejor se ponía él algo también. En lo que ella terminó de sacar las cosas se puso la ropa interior, aunque de cintura para arriba se quedó como estaba, que seguía teniendo calor.

Atendió todo lo bien que pudo teniendo en cuenta que solo con ver aparecer las cervezas de mantequilla y las misteriosas cajitas ya había empezado a rugirle el estómago. Alzó una ceja y la miró. - La gymkana continúa, ¿eh? - Se acercó a su rostro y puso carita de niño bueno. - ¿Pero puedo comer aunque no acierte? Que estoy cansadito y con hambre, ha sido un día muy intenso. - Dijo en tono lastimero, pero sin poder evitar reír después. Tomó la cerveza de mantequilla y la alzó. - Brindo por eso. Y por nuestros dos talleres, a cual mejor. - Dio un sorbo a la botella sin quitar los ojos de su novia, pero luego miró las cajas. - Humm... Pues a ver... Así al azar... Me quedo con esta. - Dijo señalando la que estaba más a la izquierda del todo. Arqueó las cejas y esbozó su sonrisilla chulesca. - Vas a ver como acierto, cansado y todo. No hay reto intelectual que se me resista, Alice Gallia, y menos si tiene que ver contigo. -
Merci Prouvaire!


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La palabra más hermosa
CON Marcus EN Sala común A LAS 8:00, 14 de febrero de 2002
Sí que somos el todo. – Contestó emocionada, acariciándole la mejilla. Ahora todo terminaba de cobrar sentido entre ellos, ahora cada vez tenía más claro que cada paso que habían dado les llevaba a estar juntos, teniendo esa vida que les salía tan fácil imaginar. Rio y entornó los ojos. – Luego soy yo la que vuela alto, Marcus. – Negó con la cabeza. – Yo no busco hacer historia. Solo quiero saber alquimia y curar a la gente. Y trabajar contigo. Eso sería un plus maravilloso. – Rio y entornó los ojos a lo de la tinta. Aún no le había perdonado lo de quinto. Absurdo. Se lo había merecido, pero eso no pensaba decírselo. – No dudaba de lo del menú, prefecto marisabidillo. – Dijo inclinándose sobre sus labios. Hasta él se cansaba de estudiar a veces, pero no lo reconocería en la vida.

Cogió con Sabas manos sus mejillas y le miró con amor. – Menos mal que me enamoré de todas tus otras cualidades y no de tu acento francés, mon chéri. – Le dio un piquito y se separó. – Pero esa primera frase que ya te sabes, me parece el mejor sitio por el que empezar a enseñarte. De hecho, lo siguiente que decía era "tu me dirás je t'aime" que significa "me dirás "te amo"" – Miró a sus ojos cargada de amor y asintió. – Lo tendremos. – No le cabía duda. Estaba tan exultante y feliz que se sentía capaz de todo en ese mismo momento, fuera cual fuese el futuro. Conocía esa euforia. La había visto en su padre constantemente cuando su madre vivía. Ahora entendía aquella luz, aquel ímpetu por vivirlo todo. Pero las cosquillas de Marcus le cortaron el pensamiento, haciéndola retorcerse y reírse. – ¡Marcus! ¡Para! – Pero le encantaba todo aquello que estaba diciendo, porque coincidía con lo que ella misma acababa de pensar, que era capaz de todo, entre ello, de hacer los mejores EXTASIS de la historia de Hogwarts. Si tenía a Marcus a su lado, todo era posible. Le besó entre risas, aferrándose a su cuerpo. – Pero, vamos a ver, prefecto travieso, ¿ahora pretendes que una loca como yo te deje escapar después de decirme esas cosas y pegarte así a mí? – Y le iba a dejar ir porque no soportaba a Marcus hambriento y porque temía que ella misma se mareara si no comía suficiente. Y no quería dramas en aquella tarde-noche tan bonita.

Soltó una carcajada a lo de André, mientras se dejaba rodear por los brazos del chico. – Tu novia se mete solita en los pozos. Y si todo nos sale bien, tendremos que meternos ambos en el dicho pozo. – Se le iluminó la mirada. – ¡Oh! ¿Te imaginas cuán genial sería que por fin viéramos lo que había en el viejo monasterio? – Se mordió el labio, imaginando. – No puedo esperar. – Asintió al apunte de lo de su padre. Sí bueno, esperaba que aquel se lo tomara igual que su novio, pero todo estaba por verse. – ¿Qué clase de enfermera no tendría díctamos y prímulas en su jardín? Una mal equipada, ya te lo digo yo. – Contestó dándole un toque en la nariz. Pero tuvo que reírse a carcajadas con lo que dijo de Molly. Es que era demasiado cierto. – Ya me estoy viendo la pared entera llena de tréboles muy verdes y muy brillantes y la abuela Molly súper feliz. Es pensarlo y me muero de amor y de risa al mismo tiempo. – Miró a su novio y dijo. – Oye, la imitas muy bien, eh... – Y see echó a reír otra vez, porque le había hecho demasiada gracia.

Miró con una sonrisilla a Marcus cuando repasó su cuerpo con la mirada al ponerse el camisón, colocando las cajas sin apartar esa miradita tentadora. – No es exactamente una gymkana. Como tú mismo has dicho, lo puedes comer aunque no lo aciertes. Pero somos Ravenclaw, ¿qué gracia tendría que te lo dijera sin más? – Levantó la botella y la chocó con la suya antes de dar un trago. – Y por los dos talleres más bonitos que se hayan hecho jamás. – Vaya, también estaba al borde de la deshidratación y se daba cuenta ahora, pero es que cuando estaba con Marcus, el tiempo corría distinto. Hizo una cara de falsa impaciencia cuando dijo lo del reto intelectual y señaló la caja que Marcus le había dicho. – ¿Esta? Qué apropiado. – No lo sabía aún, pero acababan de hablar del tema central de aquella comida. – Aunque has ido derechito a la más difícil, pero también la más contundente. No veas si me costó elaborarla. – Y realmente solo tenía un plato y la chorrada que podría considerarse postre, pero era tremendamente complicado de hacer todo. Señaló la fuente de cristal más grande y dijo. – Esto eso pastel del pastor, y espero que tengas hambre porque lleva de todo. Aunque... Si fueras un buen O'Donnell, deberías haberlo probado ya. – Dijo guiñando un ojo. Señaló la otra fuente con cuadraditos de gelatina verde brillante. – Y esto es gelatina de licor de espino. Porque veía difícil traernos la botellas y echarnos un par chupitos y era mucho lío, así que lo convertí en gelatina, para no quedarnos sin la aportación del espino a nuestro San Valentín. – Cogió un tenedor, de entre las cosas que había sacado y lo hundió en la superficie del pastel del pastor, mientras decía. – Por cosas como esta, merece la pena tener a Darren de cuñado. Qué buena tarde echamos con los elfos en la cocina. Estaban encantados de verme cocinar. – Comentó con una risita mientras probaba su propio plato.
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Dom Abr 25, 2021 11:51 pm

La palabra más hermosa
CON Alice EN Pasillo del cuarto piso A LAS 8:00h, 14 de febrero
Se mordió el labio sonriendo y mirándola con admiración, agarrado a su cintura. - Eres la mejor, ¿te lo he dicho alguna vez? - Tenía al alcance de su mano convertirse en una bruja famosa, pionera en un área difícil, útil y casi inexplorada, y sin embargo estaba más centrada en lo que podía hacer por los demás que en su prestigio. Marcus admiraba eso, porque él a veces se cegaba pensando en su propio éxito. Alice, en cambio, era genuinamente curiosa, como William, y esencialmente buena, como Janet. Y por eso era perfecta.

Puso expresión dulce cuando Alice colocó sus manos en sus mejillas, pensando que iba a decirle algo bonito, pero en algún momento el comentario viró hacia meterse con él. - Perdone, mademoiselle, pero cuando usted se dedique a enseñarme francés en condiciones voy a hablarlo tan bien que te vas a quedar de piedra. Me van a confundir con un nacido en la Provenza. - Contestó muy chulito. Recibió el piquito y escuchó lo que la chica le decía, dejando la chulería aparte para sonreír embobado. Aunque, al cabo de un par de segundos, entrecerró los ojos y torció la sonrisa en un gesto pillo. - Aham... Pues eso no me lo tradujiste la primera vez que la bailamos. - Dijo acercándose a ella y susurrando divertido en su oído. - No me extraña que pidieras ese deseo entonces... Eres una tramposilla. - Dejó un beso en su mejilla y, antes de separarse, añadió. - Pues ha llegado el día: te amo. - No es que no se imaginara lo que venía detrás de aquella frase aun no sabiendo francés. No era tonto, sabía que era una canción de amor. Pero Marcus era experto en ignorar deliberadamente aquello que no sabía si iba a saber afrontar o procesar, como ocurrió todas las veces que escuchó esa canción antes de empezar a salir con Alice.

Rio un poco. - Sí que lo veremos, porque era un laboratorio estatal. - Se moría de ganas. Ahora que sabía lo que había allí, al menos ya no le daba miedo. Pero claro, con once años... El comentario sobre las flores le hizo reír y alzar las palmas de nuevo. - Por favor, no esperaba menos de usted, Enfermera Gallia. - Dejó la cabeza cariñosamente en el hombro de la chica un segundo y añadió. - Vas a ser la enfermera más inteligente, más buena y mejor equipada de la historia. - Le encantaba hacer reír a Alice, le contagiaba la risa. - Ah, ¿sí? Lo añadiré a mis competencias: imitar bien a abuelas irlandesas indignadas. No me hagas imitarla delante de ella, a ver si me va a desheredar. - Dijo entre risas.

Chistó y ladeó la cabeza. - Pues ninguna, tienes razón. - Contestó a lo de que no tendría gracia que no le planteara un enigma siendo Ravenclaws, aunque lo cierto era que se moría de hambre. Igualmente, llevaba siete años en Hogwarts entrando en la sala común en diferentes condiciones (con sueño, enfadado, lloroso, con prisas...) y teniendo que responder igualmente a la adivinanza de la aldaba. No era ningún martirio para él eso. Miró intrigado a la caja cuando Alice dio esa respuesta. - Difícil, contundente y costosa. Esto pinta bien. - Él ya estaba con la boca hecha agua y aún ni se había abierto la caja.

Nada más ver la fuente se le abrieron los ojos con ilusión. Ya lo había identificado antes de que Alice lo dijera: pastel del pastor. - Mi abuela Molly lo hace muchísimo. - Dijo sin quitar la vista de él. La quitó para alzar la ceja mirando a Alice por su comentario. - ¿Que esperas que tenga hambre? ¿Con quién te crees que estás hablando? - Bromeó, y luego suspiró teatralmente. - Alice, yo siempre tengo hambre, sobre todo para una comida tan rica, que me trae tan buenos recuerdos y que, por si fuera poco, me ha hecho mi novia expresamente. Novia por culpa de la cual he hecho tanto ejercicio que tengo más hambre de lo normal. - Le dedicó una mirada traviesa de reojo y se hizo el inocente. - Me refiero a la gymkana, claro. - Sí, seguro que se refería a la gymkana.

Se removió en su sitio con sonrisita de niño orgulloso y dijo. - Soy un buen O'Donnell. - Su abuela se había encargado de ello, desde luego. La gelatina le hizo abrir mucho los ojos y la boca. - ¿Y esto también emborracha? No sé si estoy preparado para otra resaca. - Dijo entre risas, pero no quitaba la vista de las gelatinas, mirando a través de su transparente cuerpecito verde. - Están perfectas. Dios, Alice, es genial. Me muero por probarlo todo. - La miró entonces. - Aunque no me importaría emborracharme un poquito si hace falta... Me parece el lugar perfecto para ello, de hecho. - Dejó caer, mirándola con una caída de ojos. Si ya se lo habían pasado considerablemente bien sin ese achispamiento que pillaron en Nochevieja, donde por poco se le va la locura de las manos, no se quería imaginar lo que podría pasar con alcohol de por medio. Sus ojos se desviaron un poco al tenedor, pero volvieron a su novia antes de empezar a hablar. - No me quiero ni imaginar a Darren y a ti rodeados de elfos de las cocinas y haciendo de comer. - Dijo con una risa que tenía ciertamente un toque asustado. Iba a preguntar si tenían permiso para ello, pero mejor no aguaba la fiesta, que Alice se había esforzado un montón. Cogió un tenedor y se llevó un buen trozo con este. Fue probar el pastel y cerró los ojos, con un sonido de gusto, dejando caer la cabeza en el hombro de la chica. - Esto está buenísimo. - Estaba en el paraíso. Confirmado.

Se había llevado tres trozos ya a la boca en lo que Alice se estaba comiendo el primero, cuando volvió a tierra. - Oh, tenía que adivinar algo, ¿no? - Dijo, luchando por masticar, tapándose la boca con una mano. Cuando lo hizo, respondió. - Todo esto corresponde, obviamente, a Irlanda. Si no lo supiera, mi abuela me mataría. - Se llevó otro trozo de pastel a la boca y miró al resto de las cajas. - ¿Y ahí hay más cosas? - Dijo con cara de glotón ilusionado. Se asomó un poco, aunque ambas estaban cerradas, y finalmente señaló con el tenedor. - Pues elijo continuar por... Esta, la primera. -
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CON Marcus EN Sala común A LAS 8:00, 14 de febrero de 2002
Se rio y rozó su nariz. con la de Marcus. – No, mon amour, yo jugué mis cartas con los recursos que tenía en el momento, que era saber lo que decía la canción y lo que sentía y aún no había confesado. – Y a punto estuvo bajo aquel manto de estrellas. Se separó riendo y encogió un hombro cariñosamente cuando Marcus le dijo aquello. – Ha merecido la pena si puedo oírtelo así, todo el tiempo. – Era increíble cuantísimo amor podía sentir hacia ese chico. Parecía que no le cabía en el pecho. Puso una mueca de muy entendida cuando le dijo lo de enfermera Gallia, porque le gustó demasiado. – Todo eso voy a ser. Y tú... – Alzó los ojos hacia el techo como si imaginara, mientras le pasaba los brazos por el cuello. – Vas a ser el señor Alquimista Licenciado de rango... ¿Cristal? – Se rio y negó con la cabeza. – No. Mi Marcus O'Donnell querrá ser Alquimista de rango Carmesí, lo tengo clarísimo. Y lo conseguirá, sin duda. – Le dio otro beso, porque necesitaba sellar cosas como aquella.

Ya se imaginaba que Marcus reconocería el plato. Tenía una memoria excelente para todo, pero para la comida era tremendo. Puso cara de superioridad y se balanceó un poquito hacia los lados, mientras degustaba el pastel, que, la verdad, estaba buenísimo. – ¿A quién te crees que le he pedido la receta, mi querido irlandés-no-irlandés? – Rio desde la garganta porque estaba masticando y lo bajó con cerveza de mantequilla. Cuando terminó de tragar rio con propiedad. – La carta más larga que me han escrito en mi vida, te lo juro. Nunca me habían detallado tan bien cómo cocinar, le voy a pedir la receta de todo a partir de ahora. Habría que convencer a tu abuela de escribirlas todas en un libro. Les haríamos de oro, y no precisamente transmutando. – Puso cara de pillina cuando le dijo lo del ejercicio y contestó. – ¿Sí eh? ¿Te ha gustado mi gymkana? La has hecho bastante rápido, de suerte que no has llegado antes que yo y te quedas tú solo sin sorpresa. – Estaba encantada de verle tan feliz, con la comida y el regalo, si ya encima le ponía la carita de niño, terminaba de morirse con él. Levantó el cuadradito de gelatina y movió la cabeza de lado a lado. – A ver... Emborracha lo mismo que un vasito de licor de espino. No creo que lo suficiente como para tener resaca... Pero sí para contentarnos un poquito... – Puso tono meloso y le miró a los ojos con su sonrisilla Gallia. – Es San Valentín, estamos enamorados y en el que es nuestro sitio secreto y especial de Hogwarts. Me parece el sitio y la circunstancia idónea para tomárnoslo. – Chocó la gelatina con la de Marcus, haciendo que temblaran graciosamente, y se la metió entera en la boca. Al hacerla estallar sintió todo el sabor del licor de espino invadiéndola y cuando lo tragó, la sensación había sido tal cual como la de aquella bebida pasándole por la garganta. Cerró los ojos y tomó aire. – Buah, me encanta.

Se encogió un poco de hombros cuando le dijo lo de Darren y se rio. – No hicimos nada malo. Los elfos estaban encantados con las recetas que llevé y no paraban de ayudarme. Darren... Se reía. Es Darren. Estaba ahí para aportar entusiasmo básicamente. – "Y enseñarme el camino secreto a las cocinas y convencer a los elfos que me dejaran cocinar allí". Pero sus halagos le hacían seguir muriéndose de amor con él y acariciarle la carita. – Me alegro de verdad que te guste, amor mío. – Para ella ya haba comido suficiente, sobretodo teniendo en cuenta lo que iba después. De lo cual, Marcus pareció acordarse de repente. Con una gran sonrisa cogió la primera caja. – Muy bien elegida, señor O'Donnell. – Dijo sugerente. Esa era la que le apetecía de verdad. La trió con deleite y señaló a ambos platos de su interior. – Eso son soufflés de queso, y eso tartaleta de néctar de lavanda. – Cogió uno de los soufflés porque les tenía ganas, probablemente porque eel navarryl estaba haciendo de las suyas y Marcus seguía con hambre, pastel del pastor por medio y todo. – Creo que es bastante evidente de dónde es. La recetas de esto me las dieron, respectivamente, de mi tía Susanne y mi tía Simone. No voy a echarme el mérito del néctar porque me lo mandó mi tía ya hecho, pero si te gusta, cuando tengamos esa casa nuestra que has mencionado, aprenderé a hacértelo. – Terminó de comerse el soufflé y se comió una tartaleta admirando el color moradito traslúcido del néctar sobre ella. Realmente, era lo más parecido que había a comerse una lavanda, desde luego. Se chupó los dedos y miró a Marcus. – Iba a hacerte tarta de melocotón pero no quería repetirme. – Se inclinó a hacia él y besó sus labios. – Ya sabes que me encanta probar cosas nuevas. – Y todo lo que habían probado aquella noche había salido muy pero que muy bien.
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CON Alice EN Pasillo del cuarto piso A LAS 8:00h, 14 de febrero
Ahora fue él el que puso una mueca muy bien puesta, la cual, a pesar de su altura, su edad y su palabrería elaborada, le daba un gracioso aspecto infantil. - Por supuesto que voy a llegar a Alquimista Carmesí, como mi abuelo. Faltaría más. - Sabía que iba a ser un camino largo y costoso, pero también tremendamente emocionante. En todos sus años, no había escuchado a su abuelo quejarse ni una sola vez. Marcus era muy pequeño cuando su abuelo adquirió el rango más alto de la alquimia, el de Alquimista Carmesí, pero tenía algunos fogonazos de la fiesta en casa de sus abuelos. Solo recuerdos inconexos, debía ser muy muy pequeño, porque recordaba a Lex en un carrito de bebé. Igualmente, su abuelo era bastante mayor cuando adquirió ese rango, así que iba a tener que echarle mucha paciencia. Era, indudablemente, un camino largo.

Se tapó de nuevo la boca para reír. - Cuando le pidas recetas a mi abuelas, no mandes a Elio, que no puede cargar con tanto. - Bromeó entre risas. Porque su abuela para hablar de comidas no tenía fin, para hablar de Irlanda no tenía fin, y para hablar de comidas de Irlanda directamente tenías que pedirte un día entero libre solo para escucharla (o para leer su carta kilométrica, como bien decía Alice). Mientras comía hizo un gesto con la mano y los ojos como respuesta al comentario de Alice. - Si supieras la de veces que se lo hemos dicho. ¿Y sabes quien la ha acabado convenciendo al final? La abuela de Sean. - Se llevó otro bocado a la boca y, cuando terminó con él, continuó. - Desde que se conocieron en mi cumpleaños no solo se escriben, sino que quedan de vez en cuando solo para hablar de recetas. Y la abuela Ellie es bastante más persuasiva que su nieto. - Dijo con una risa. - Hace poco empezó a recopilar algunas de sus recetas así que creo que se está planteando lo del libro de verdad. - Se encogió de hombros con una caída de ojos y una sonrisita mientras seguía picoteando el pastel. - A mí me viene genial que queden. Cuando lo hacen estando yo de vacaciones, la Señora Hastings siempre me trae un trocito de su bizcocho. - Comida y la perspectiva de la creación de un libro. Marcus no necesitaba más.

- Me ha encantado. - Contestó mirándola de reojo con ojos traviesos y una sonrisilla de lado cuando le preguntó si le había gustado la gymkana. No era lo único que le había encantado y los dos lo sabían. - ¿Mi Alice no llegando antes que yo a alguna parte? No contaba para nada con que eso fuera a suceder. - Sabía que Alice le estaría esperando cuando llegase, estaba totalmente convencido. Atendió con los ojos más abiertos de la cuenta y una sonrisilla escondida mientras masticaba. Así que esa gelatina concentraba un vasito de licor de espino... También se había comprobado que Alice soportaba el alcohol mejor que él, pero solo era un vasito. Serviría para ponerles un poco (más) contentos, como ella decía. Creía. Tomó su gelatina pero el comentario de Alice le hizo mirarla con un toque pícaro. - Me gustan sus conclusiones, Señorita Gallia. - Era San Valentín, estaban enamorados y ese pasillo era de ellos y solo de ellos, secreto y especial. Se acercó a ella arrastrándose un poco en el suelo y chocó las gelatinas. - En ese caso, brindo por los dos enamorados, por San Valentín y por este pasillo. - Se mojó los labios, mirando de reojo a su novia con una sonrisa ladina, y se llevó la gelatina a la boca, comiéndosela de un bocado al igual que había hecho ella. Si tenía que elegir, podía decir que la gelatina estaba incluso más buena que el propio licor. Su textura le recordaba a una gominola y tenía un toque dulce, y a pesar de que estaba sorprendentemente bien conseguida, el alcohol no abrasaba tanto la garganta como en formato líquido... Bueno, un poquito sí. Tosió disimuladamente, solo una vez y bajito, y justo después se echó a reír. - Increíble. Te vas a hacer una experta en Irlanda. - La miró con los ojos entrecerrados. - Tu intentas quitarme el puesto de nieto favorito con Molly, ¿eh? Pues nada, quédate a Molly. Yo me llevo al abuelo alquimista. - Bromeó.

Ahora le daba un poco de pena seguir comiendo y perder el saborcito del licor... Se le quitó la pena nada más detectar que seguía teniendo hambre, y ver que al pastel del pastor aún le quedaba bastante para ser terminado. Por no hablar de que quedaban todavía dos cajas por abrir. Sonrió mientras masticaba (porque había retomado su empresa de comer pastel) y vio como Alice se hacía con la caja que había señalado. Tragó a toda velocidad para asomarse con ilusión. Solo con verlo le entró tanta hambre que parecía que no llevaba un rato comiendo ya. - ¡Qué rico! - Rio un poco. - Comida de La Provenza, indudablemente. ¡Por favor, pero qué buena pinta! - Con pocas cosas se compraba más a Marcus como con comida. Lo único que le hizo apartar los ojos de la comida fue esa sentencia de Alice, que hizo que sus ojos se iluminaran de ilusión. - Esa casa nuestra... Y tartaletas de lavanda... - Dijo con voz emocionada. Se mordió el labio y siguió mirándola. - Tú quieres matarme hoy. - Añadió con una leve risa. ¿Se podía ser más feliz de lo que era él en ese momento? Probablemente, sí. Probablemente sería infinitamente feliz cuando estuviera, efectivamente, en su propia casa, la casa que compartirían Alice y él.

Recibió el beso y arqueó una ceja. - Me lo estás contagiando a mí también. - Sí, eso de probar cosas nuevas de la mano de Alice estaba muy pero que muy bien. Cogió una de las tartaletas y no pudo evitar, de nuevo, el exagerado sonido de gusto nada más morderla. - Esto está demasiado bueno. - Dijo echando la cabeza hacia atrás. - Podría comerme mil. - Lo peor es que no era una exageración. Con lo que había dicho antes se había acordado de algo, así que en lo que disfrutaba de la tartaleta, cuyo bonito y perfectamente conseguido color lavanda no podía dejar de mirar mientras la movía ante sus ojos, comentó. - Oye, hablando de casas y de la gymkana... ¿Habías diseñado tú la sala de los menesteres? - Preguntó con normalidad. Se llevó otro bocado de tartaleta a la boca y mordió. - Me resultaba muy familiar el sitio, pero creo que no he estado nunca. Te ha quedado muy bonito. - Pero al mirar a su novia se dio cuenta de que la chica no parecía tener ni idea de lo que le estaba hablando. Frunció el ceño, extrañado. - Ah... ¿No lo habías hecho tú? - Preguntó, parando un segundo de comer. Pues eso sí que era raro. - ¿Y tú qué viste cuando escondiste la nota? - En lo que le contestaba se llevó el último bocado de tartaleta a la boca, terminándoselo.

Al hacerlo se hizo con un soufflé, pero antes de comerlo, respondió. - Cuando entré había lo que parecía la planta baja de una casa. Se veían las escaleras, pero se fundían con el techo, no podía verse la planta de arriba. La de abajo no tenía paredes, por lo que podía ver todas las estancias. - Se encogió de hombros. - Y era eso, básicamente una casa normal. Lo que me extraña era que no sé por qué la sala de los menesteres me ha enseñado una casa que no es mía, ni conozco... Y sin embargo, no estaba incómodo. Es decir... Era como si fuera mi casa, ¿sabes? Pero no lo era. - Tomó el primer bocado de soufflé y siguió narrando. - La verdad es que podría ser perfectamente mi casa. - Dijo con una risa. - Era muy bonita: tenía una librería inmensa, un sofá azul delante de una chimenea, una cocina enorme... También tenía un jardín detrás de la cocina, con un huerto y un montón de flores, y un almendro gigante. - Rio y se encogió de hombros, clavándole el tenedor al soufflé mientras decía. - Vaya, que igual que mía, también podía ser perfectamente tu... - Se detuvo, mirando a la nada, como si de repente algo hubiera hecho click. Miró a Alice, pero no dijo nada. ¿Podría ser? ¿Sería esa... Su casa?
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La palabra más hermosa
CON Marcus EN Sala común A LAS 8:00, 14 de febrero de 2002
Escuchó encantada lo de la abuela Ellie y Molly. Realmente, estaban hechas la una para la otra. – ¡Oh! Y podrían escribir uno conjunto. Tu abuela las recetas de comer y Ellie las de los remedios, es una pocionista increíble. – Y la persona que poseyera este libro sería poderosa, sin duda. – Me haría con una copia nada más salir de Hogwarts. Con uno de esos no tenía ningún miedo a independizarme y quemar mi casa sin querer. – Eso le hizo reírse consigo misma. En verdad ya se ocupaba ella de su casa casi en la totalidad. Negó con la cabeza sin perder la sonrisa, dándole un toquecito en al nariz. – Claro, porque la parte importante de todo esto es que la abuela Ellie te traiga bizcocho. – Dijo entre risas.

Le devolvió la mirada pillina, mientras tomaba otra cucharada de pastel y se deleitaba con él. – A veces puedes llegar tu primero, ¿sabes? Podrías probarlo. No está nada mal. – Terminó, con un tonillo muy tentador, chupándose un dedo que se le había manchado sin dejar de mirarlo. Esperó, divertida a que se tomara la gelatina y lo vio toser. Estaba claro. La textura de la gelatina y el azúcar podían ser engañosas. Puso ella también cara de niña orgullosa y dijo. – Sabes que me encanta aprender sobre otros sitios, e Irlanda es un sitio lleno de leyendas, plantitas e irlandeses muy guapos. – Dijo inclinándose a Marcus con una sonrisilla. Luego estiró la espalda muy digna. – Pues si me convierto en la favorita de Molly O'Donnell será porque mee lo he ganado siendo más irlandesa que el resto, aunque solo sea de adopción. – Relajó la postura de nuevo y se dejó caer sobre el pecho de su novio. – Sigue en pie lo de que quiero ir a Irlanda con tus abuelos. Después de siete años en los que solo hemos visto Hogwarts, quiero ver otros sitios, donde la vida, la magia y todo es distinto. Apenas he salido de mis dos casas y sus al rededores. – Inclinó la cabeza hacia atrás y le enfocó. – Y alguien prometio llevarme a Roma algún día... ¿Recuerdas?

La reacción de Marcus a la comida de La Provenza lo merecía todo. Rio y le acarició un poco el pelo, encantada de verle tan entregado. Negó con la cabeza y contestó. – No, no, para nada. Te quiero bien vivito, pero también quiero ir apuntándome cosas para cuando la tengamos. – Le sonaba al paraíso mismo. Iba a contestar a lo de las mil tartaletas, pero entonces le preguntó lo de la Sala de los Menesteres y ella frunció el ceño. – Solo hice... la vidriera. Creí que así sería más fácil que encontraras la nota. – ¿Qué había visto Marcus al rededor de su vidriera? Porque era obvio que esta también la había visto, si no, no tendría la nota. Escuchó las descripción de la casa con el entusiasmo con el que escuchaba los cuentos de pequeña. – Suena como un sitio genial. – Sí, es lo que ella había anhelado tanto tiempo. Una casa acogedora, llena de libros... – Es lo que me gustaría a mí. Me la tienes que enseñar. Me encantaría tener una cocina bien grande para poder aprender a cocinar como Dios manda y, uf, tener un jardín para poder cuidarlo como hacía mi madre... – Y al mismo tiempo que cayó él, cayó ella. Se acercó aún más a Marcus y dijo. – Tenemos que volver. Tienes que llevarme e imaginarlo otra vez. Quiero verlo y quedarme con ello, para cuando tengamos nuestra casa poder hacerla así. – Dijo con intensidad. Rio emocionada sin dejar de mirarla. – Dios, nunca en mi vida pensé que tendría ganas de salir de Hogwarts, y ahora necesito todo eso. Aprender alquimia juntos, licenciarnos, tener una casa... – Se rio otra vez y se mordió el labio. – Parezco tú haciendo planes a lo grande. Dicen que todo lo bueno se pega.– Con otra risita cogió una tartaleta y se la ofreció, pero cuando acercó la boca se la quitó y le besó. Llevaba demasiado rato sin besarle intensamente en condiciones con eso de estar liados comiendo, y aquel momento de planificación y sueños que acababan de tener era demasiado bonito como para no celebrarlo con un buen beso. Se inclinó sobre su cuerpo haciéndole tumbarse y poniéndose sobre él. Luego se levantó un poco y le miró ese arriba. – Que te lías, O'Donnell. O te dejas liar. – Se inclinó sobre su oído y susurró. – Y aún te queda la última caja.
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CON Alice EN Pasillo del cuarto piso A LAS 8:00h, 14 de febrero
Se quedó mirando a Alice con esa cara del Marcus ausente que no estaba allí, sino escuchando la conversación y sacando sus propias conclusiones. Solía pasar cuando se hablaba de proyectos de libros, y su novia acababa de lanzar como idea un posible manual que integrara recetas de comidas con remedios curativos y pociones y eso le interesaba mucho. Y ahora lo quería él también. La palabra "independizarme" le hizo desviar la mirada y entrecerrar los ojos, pensativo. Efectivamente: ya estaba maquinando. - Realmente, tenemos un montón de profesionales de áreas diferentes entre nuestros conocidos. - Pensó en voz alta. - Si recogiéramos sus experiencias y conocimientos académicos, cada uno de su área, en diversos manuales... Nos quedaría una biblioteca chulísima. Y aprenderíamos un montón. - Dijo con la voz ausente de quien sueña despierto, con la mirada en ninguna parte, llevándose un trozo de soufflé a la boca sin perder la expresión pensativa. Es que a Marcus, en lo que a libros se refería, no se le podían dar ideas. Se perdía en ellas.

El comentario del bizcocho fue lo que le hizo volver a tierra. - Por supuesto. - Comentó con fingido orgullo, riendo después y comiendo de nuevo. Miró de reojo a Alice con una sonrisa ladina y una mirada traviesa cuando le dijo eso de que podía probar a llegar el primero alguna vez. Ya... Ellos y sus tiritos, y a Marcus no se le escapaba ni uno, ni a ella tampoco. Tampoco es que pasara desapercibido, con ese tono, esa mirada y ese gesto. Se mojó los labios e hizo como si nada, volviendo a mirar la comida... Pero ya volverían ahí, ya.

Rio a sus comentarios mientras seguía comiendo. - ¿No me digas? Preséntame a alguno. - Contestó por lo de los irlandeses guapos. Rodó cómicamente los ojos al comentario digno de Alice, pero no pudo evitar reír y abrazarla cuando se colocó sobre su pecho. - ¿Te crees que eso de Irlanda se va a perder? Ya lo dije delante de mi abuela, así que no parará hasta que se haga efectivo. - Dijo entre risas. La abrazó un poco más y se acercó a su oído para susurrar con cariño. - Sí que me acuerdo. Alguien tiene que ir a mi lado diciéndome cosas bonitas mientras recorro los pasadizos que conectan las iglesias de la luz, si no, no es lo mismo. - Dejó un beso en su mejilla.

Suspiró hondamente y con los ojos cerrados, sonriendo mientras masticaba y volviendo a dejarse caer en el hombro de su novia con un sonidito de gusto. - ¿Me vas a hacer todas estas cosas cuando vivamos juntos? Sí quiero. - Dijo en tono bromista, aunque eso último había sonado un poco... Bueno, no le pensaba dar más importancia, que estaban allí muy a gusto.

Alice se entusiasmó en seguida con su visión de la sala, pero él aún estaba procesando. ¿De verdad había visto... Su futura casa? Pero ¿desde cuando la sala hacía predicciones de futuro? Solo mostraba lo que necesitabas. Tendría que darle alguna que otra vuelta a eso para buscarle explicación. No iba a ser en ese momento, porque el entusiasmo y la alegría de Alice le hicieron mirarla y sonreír. - En cuanto salgamos de aquí... Dentro de muuuuuucho rato. - Dejó una caricia en su mejilla. - Te llevo... Aunque realmente no hice nada, no conscientemente, quiero decir. No sé si la sala me lo volverá a mostrar tal cual... Pero te llevaré. - Y esperaba que la sala no le hiciera la jugarreta de dejarles con las ganas. Se quedó embobado escuchándola y debían estar brillándole los ojos: licenciarse juntos, estudiar alquimia juntos, vivir juntos... Rio aún en ese estado de mirarla como hipnotizado por sus palabras. - Eso es porque somos grandes. - Dijo muy seguro, porque a grandilocuencia no le ganaba nadie, pero no sonó altanero ni mucho menos. Sonaba... Soñador. Deseoso. Enamorado.

Se había perdido en mirar a su novia cuando se encontró una tartaleta delante de las narices. Rio un poco y fue a abrir la boca para comérsela, pero la muy traviesa la retiró de golpe y se lanzó a sus labios. Rodeó su espalda con sus manos y se dejó caer, cediendo a su leve empuje y dejándola ponerse sobre su cuerpo, sin parar el beso. Fue ella la que lo cortó, dejando un susurro en su oído que le hizo soltar una muda carcajada y mirarla de reojo. - Tú me lías. No me culpes a mí. - Dijo con voz tentadora, mirándola. Se mordió el labio y volvió a tirar de su cintura, con suavidad pero con firmeza, para que cayera de nuevo sobre su cuerpo. - Yo creo que llevo ya un buen rato liado... Te crees que no veo tus miradas ni escucho tus comentarios. - Susurró sobre sus labios, ladeando la sonrisa, mirándolos. Tomó aire y dijo, sin perder la voz musitada. - Yo creo que esa caja puede esperar. - Besó sus labios con deseo, con ternura, aunando todo lo que sus últimas palabras le habían hecho sentir. Recorrió la espalda de la chica con sus manos, lentamente, subiendo ligeramente la tela del camisón con ellas, sin parar de besarla. Solo se separó al cabo de un rato de disfrutar de sus labios, pero se quedó muy cerca de su rostro y manteniendo el tono susurrado. - Yo también lo quiero todo contigo... - Volvió a besarla con suavidad, deleitándose, antes de añadir. - Lo único que me haría querer salir de este pasillo ahora mismo... Es irme a nuestra casa contigo. - No era un simple sueño, sentía que lo necesitaba. Que necesitaba esa vida con ella, ese entorno creado por ambos, ese futuro juntos. Quizás... Por eso se lo había mostrado la sala de los menesteres. Porque era lo que su corazón necesitaba.
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Mar Abr 27, 2021 12:30 am

La palabra más hermosa
CON Marcus EN Sala común A LAS 8:00, 14 de febrero de 2002
Si la comida ganaba a Marcus, lo de tener muchos libros le dejaba fuera de combate. Ya estaba planificando cómo recopilar todos los saberes que les rodeaban en la librería de esa casa que había imaginado. Se dejó abrazar con una risita cuando se puso a hablar de Irlanda y Roma. – Tendré que aprender muchas leyendas para contártelas mientras vamos por aquellos pasadizos secretos. – Miró a su al rededor. – Y ojo, me muero de ganas de ir, pero... – Puso una sonrisa satisfecha y se acurrucó en sus brazos. – No creo que sean como este, la verdad. – Empezaba a notar cómo el licor hacía de las suyas en su cerebro, cuando esa brumita, ese espesor de pensamientos y ese calorcito especial que le recorría.

Rio suavemente, como una niña cuando le cuentan un chiste picante cuando le hizo aquella pregunta. Sabía que Marcus le había preguntado por la comida, pero ella estaba pensado en muchas cosas que se podían combinar con la comida. Trató de centrarse en lo que le decía su novio, pero ese "muuuucho rato" le hizo reír otra vez. – Me parece fantástico. Y no creo que la Sala tenga problema. – Puso cara de derrota pero no quitó la sonrisa. – Si me hicieran decir una cosa que necesitamos tú y yo es, precisamente, una casa para nosotros. Para practicar mucha alquimia... – Se fue inclinando hacia del con voz sensual. – Para leer sin que nuestros amigos nos molesten. Para echar ocho cerrojos por lo menos... – Y pasó el índice por su brazo y rio otro poquito. – Y para levantarme todos los días y poder la cara de este irlandés tan guapísimo. – Y a esa distancia asintió con la cabeza. – Juntos lo somos, mi amor.

Y Gal no era tonta, y además llevaba desde quinto provocando a Marcus, en los últimos tiempos ya con unos objetivos muy claros, por lo que se recreó en el beso con una gran satisfacción interior del efectivamente, haberle arrastrado hasta allí. – Marcus... – Le susurró en los labios con un suspiro de deseo, aunque luego cambió a un tono elementalmente sensual. – No me culpes a mí... Es que no puedo evitarlo. – Volvió a sus labios y chocó su lengua con las de él mientras notaba cómo le iba subiendo el camisón. Soltó una risita ahogada por el beso y subió las manos para enterrarlas en su pelo. – ¿Perdona? ¿Marcus O'Donnell renunciando a comida? – Atacó sus labios, aferrando más fuerte sus rizos. – Eso voy a tener que compensarlo pero que mucho. – Levantó los brazos y terminó de arrastrar hacia arriba la tela que su novio ya había empezado a levantar, echándolo a un lado. Sería el licor de espino, pero no tenía ninguna necesidad de seguir poniendo impedimentos entre su piel y la de Marcus. Volvió a sus labios, envolviéndose en sus brazos. – Sería al único sitio al que querría ir ahora mismo que no fuera aquí. – Recibió aquel dulce beso y sonrió. – Te voy a hacer muy feliz, Marcus. Todo lo feliz que este caos Gallia puede hacer. – Volvió a besarle. – Ni la alquimia, ni todo el prestigio y la magia del mundo me atraen más que hacerte feliz. – Bajó los besos por su cuello y susurró. – Más que tu piel y tus besos... – Se separó parar mirarle y perderse en ese verde precioso mientras acariciaba con ternura sus mejilla, antes de dejarse llevar definitivamente por su fuego interior. – Que tocarte y ver tu mirada cuando me haces tuya... – Terminó con un tono casi de necesidad. – Tú quieres todo y yo todo te lo voy a dar. – Le dio un besito corto. – La comida irlandesa. – Le dio otro. – La comida provenzal... Y todo lo que viene con la cena... – Terminó con un tono totalmente sugerente y atacando sus labios con toda su pasión y anhelo, aunque acabara como quien dice de haberle tenido al cien por cien para ella. – Sí, quiero, yo también. –Alice Gallia siempre quería más.
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Mar Abr 27, 2021 1:48 am

La palabra más hermosa
CON Alice EN Pasillo del cuarto piso A LAS 8:00h, 14 de febrero
A más lo escuchaba, más le apetecía. Más fantaseaba y más se mordía el labio con deseo, soñando despierto, conteniendo las ganas de hacer el tiempo avanzar a toda velocidad. Imaginaba un futuro tan feliz junto a Alice que parecía irreal. En su propia casa, esa casa tan bonita que ellos habían diseñado, haciendo alquimia, leyendo juntos... Y, quien dice echando ocho cerrojos, dice echando el hechizo adecuado. Y también los ocho cerrojos. Lo que fuera por tal de que nadie les molestara, de tener privacidad. De tenerlo todo, y todo para ellos solos.

Su nombre susurrado de esa forma en sus labios le hizo lamérselos, anticipando los besos que se iban a dar en los próximos minutos. La pregunta le hizo reír con una suave carcajada de garganta. - No he renunciado. Solo he dicho que podía esperar. - Dijo, mientras tentativamente seguía jugando con la tela del camisón de la chica entre sus dedos, como quien no quería la cosa. El beso y los dedos de Alice aferrando su pelo le hicieron ahogar un gemido en sus labios, notando como se encendía, como el cosquilleo del alcohol empezaba a dar paseos a placer por su cabeza. - Uhh... Eso suena demasiado bien. - Y tan bien que sonaba. Prometía y mucho.

No se equivocó. En apenas un movimiento, Alice se había deshecho del camisón. Notó como la respiración se le aceleraba mientras la devoraba con la mirada, porque no se cansaría de mirar el cuerpo de Alice nunca, jamás, en su vida. Estaba a punto de dejarse llevar por el deseo cuando Alice dijo eso, dejándole fuera de juego. Y no porque no lo supiera, solo era que... Escucharlo de sus labios, en aquel lugar, piel con piel, en ese día en el que todo estaba siendo tan perfecto... Recibió su beso y sus palabras, cerrando los ojos al notar los labios de la chica bajar por su piel. - Alice... - Susurró, extasiado por todo lo que esa chica le hacía sentir. Abrió los ojos cuando la notó separarse y mirarle, llevando él también las manos a las mejillas de ella en una caricia. Sus palabras estaban haciendo que su pecho subiera y bajara por la respiración acelerada. Dejó salir entre los labios una risa leve por la mención a la comida, pero no podía evitar seguir mirándola embelesado. Se mordió el labio y negó con la cabeza. - Tú lo que querías era emborracharme. - Dijo con suavidad. Bajó los dedos por el cuerpo de la chica, admirándolo. - Ah, y... ¿Qué era lo que venía con la cena? - Como que no lo sabía. Como que no lo había dicho totalmente con esa intención. Lo quería todo, todo aquello. Los besos, las caricias, la pasión, las risas, las palabras. El entorno perfecto, secreto y privado. Todo lo que ellos eran.

Enterró los dedos en su pelo cuando se lanzaron a besarse, buscando la lengua de la chica, deseando unirse a ella como si llevara años sin tocar su piel, y no poco más de una hora. Y entonces lo dijo. Sí quiero, esas dos palabras que Marcus había dicho, a priori, inocentemente, pero en el fondo... Tanteando el terreno, a ver como reaccionaba. Y ella las había repetido. ¿Se estaba volviendo loco, se estaba haciendo demasiadas ilusiones, era el efecto de lo que envolvía ese momento... O Alice le estaba mandando señales claras e inequívocas? Se había quedado mirándola por unos segundos, con los ojos llenos de amor y el pecho a punto de explotar de deseo. Se lanzó de nuevo a sus labios, devorándolos, enredando una mano entre su pelo y bajando la otra por su piel. - Te quiero. - Susurró en sus labios, apenas separado de estos lo justo para poder hablar y volver a besarlos.

- Alice Gallia... - Susurró, de nuevo sin querer parar de besarla, separando su boca de la de ella solo lo imprescindible. - Alice Gallia desnuda. - Sus manos empezaron a acariciar su cuerpo lentamente. - Sus besos... Sus labios... Su lengua... - Dio otro beso apasionado a la chica, ahogando un suspiro en este, deleitándose en saborear esos labios y esa lengua que acababa de decir que le gustaban. - Su piel... - Continuó, bajando los besos por su cuello. - Sus pechos... - Subió las manos para acariciarlos, sin dejar de repartir besos por su cuerpo. - Todo su cuerpo... Sobre mí. - Alzó la vista y la miró. - Todo. - Susurró, lanzándose a sus labios de nuevo. Prolongó el beso en estos, y luego añadió. - Olvidaba lo más alto de la lista. - Atrapó con suavidad el labio inferior de la chica entre los dientes, en apenas un roce, y clavó sus ojos en los de ella. - Alice Gallia y yo... Haciendo el amor... - Al decirlo giró su cuerpo para ponerse sobre la chica, encajándose con ella. Llevó las manos a sus mejillas y juntó sus frentes. - Alice Gallia diciéndome que me ama. - La miró a los ojos. - Esa es la mejor de todas. - Volvió a sus labios, esta vez con más dulzura y menos desenfreno. Pero aquello estaba ya más que escalado de nuevo y ninguno de los dos lo pensaba detener.

- Mi lista es toda tuya... Yo soy tuyo... - Besó su cuello y, mientras lo hacía, se deshizo de su ropa interior. Entrelazó una de sus manos con la de la chica y la llevó a su pecho, guiándola por este, mirándola a los ojos justo después. - Mírame. - Susurró. Ella lo había dicho: que nada le hacía más feliz que tocarle y ver su mirada mientras la hacía suya. Y a él nada le hacía más feliz que verla feliz a ella. Acercó poco a poco sus caderas hasta guiarse hacia su interior, soltando un jadeo entre los labios, notando como su pecho se llenaba de esa intensidad que sentía y su piel se erizaba. Le mantuvo la mirada, y cuando se notó totalmente en su interior, rozó sus labios con los de ella. - Todo. - Susurró con la voz inundada por el placer. - Juntos seremos todo. -
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Mar Abr 27, 2021 4:52 pm

La palabra más hermosa
CON Marcus EN Sala común A LAS 8:00, 14 de febrero de 2002
Rio en sus labios y sse perdió en las caricias de las manos de Marcus por su cuerpo. – Esto es lo que venía con la cena. Que creo que te gusta bastante. – Puso una mano sobre otra de las suyas que la estaba tocando. – Todo esto es para ti... – Enfocó su mirada y le dijo, arrebatada. – Eres el único, Marcus. El único que ha llegado hasta lo más profundo de mí. El único que conoce mi cuerpo y mi alma al completo. Y nunca ha habido ni habrá nadie como tú para mí. Somos el uno para el otro, amor mío.– Sentía que tenía que decirlo, que su interior lo gritaba y Marcus tenía que oírlo. Que solo se sentía completa cuando estaba con él, que se sentía segura, amada, feliz. Volvió a perderse en sus labios, porque cuando la besaba con aquella pasión e intensidad se perdía las preguntas y los discursos y solo se dejaba llevar. Iba a contestar a ese "te quiero", pero los besos de Marcus la acallaron y solo pudo gemir sobre ellos.

Y entonces empezó a recitar la lista. Y sabía que la volvía loca cuando le recitaba aquella lista, de aquella manera. Sus suspiros se transformaron en jadeos al entrechocar sus lenguas, al notar aquellas manos acariciando con deleite su cuerpo, y notaba como la visión y el raciocinio se le nublaban. Justo cuando dijo lo de lo más alto dee la lista, ella gimió al notar como le mordía el labio. Maldito, cómo sabía que eso la ponía a cien. – ¿Tú te acuerdas de mi lista? – Le provocó – Marcus O'Donnell... Lo tengo. – Dijo bajando las manos por su pecho. – Sus ojos y su boca... También. – Dijo pasando los dedos, primero por sus párpados y luego acariciando sus labios. – Sus manos... Puedo notarlas perfectamente. – Dijo con una risita traviesa, dejando que Marcus volviera a besarla de aquella manera. – ¿Te acuerdas de lo último? – Dejó que le diera la vuelta y se colocara entre sus piernas. – Concuerda muy bien con lo tuyo... – Alzó la cabeza y prácticamente gimió en su oído. – Marcus O'Donnell dentro de mí. – Le ansiaba con su vida misma y le encantaba ponerle al límite.

Dejó que besara su cuello, cerrando los ojos para contener el placer mientras sentía cómo se quitaba la ropa interior. ¿Para qué intentarían vestirse ni nada? Y entonces le pidió que le mirara y ella se dejó hacer, abriendo los ojos y dejando llevar su mano por su pecho. Sí, le habían calado suss palabras previas y no podía dejar de mirarle y de disfrutar de su piel, tanto que casi que le pilló desprevenida cuando le notó moverse hacia ella, estremeciéndose y arqueando la columna, sin soltarle. – Ah, Marcus... Vas a volverme loca... – Se quejó, con la vista nublada de placer. Volvió a abrir los ojos para sentir los labios del chicos sobre los suyos. – Todo, amor mío, todo. – Repitió, con al voz afectada por la pasión y el placer. Se dejó hacer un poco más, pero no sería ella si no intentara tomar el control en algún momento. Le empujó de los hombros para darle la vuelta y se colocó encima, tirando de sus brazos para que sus torsos estuvieran a la misma altura. – ¿No dices en tu lista que todo mi cuerpo sobre ti? – Encajó las caderas para hacerle entrar otra vez y empezó a moverse sobre él, mientras acariciaba sus rizos y le hacía mirarla. – Y lo otro... – Besó sus labios y sonrió, sin dejar de moverse. – Te amo. Te amo y te amaré siempre, Marcus. Te amo. – Y la intensidad le hizo cerrar los ojos y abrazarse a él, para sentir sus cuerpo danzar y el placer recorrerla. – Mi sol... – Le susurró mientras seguía acariciando sus rizos con los ojos cerrados. – Mi reto favorito es hacerte disfrutar como loco. – Y mientras lo decía gritó entregándose únicamente al placer de los dos, a arrastrar a Marcus a aquel paraíso que vivía cada vez que se unían así.
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Mar Abr 27, 2021 9:12 pm

La palabra más hermosa
CON Alice EN Pasillo del cuarto piso A LAS 8:00h, 14 de febrero
Sonrió, sin perder de vista esos labios que rozaba con los suyos. - Me gusta bastante. - Respondió sugerente. Desde luego que le gustaba. Lo de la cena había sido la guinda final del pastel, toda la comida estaba buenísima, sabía el esfuerzo y el cariño que le había puesto y que lo había hecho expresamente sabiendo que a él le gustaría. Era absolutamente perfecto. Pero todo lo que le rodeaba... Ah, el cuerpo de Alice contra el suyo era algo que llamaba demasiado su atención, a lo que dedicaría todos sus sentidos y toda su vida si pudiera, y nada lo podía igualar.

Lo que se llevó de verdad toda su atención fueron esas palabras. Se mordió el labio y contuvo la respiración, notando palpitar su pecho con más fuerza a cada palabra que le decía, clavando la mirada en esos ojos que adoraba desde el primer día que los vio. - Lo somos. - Susurró, colocando las manos en sus mejillas. - Te amo, Alice. Eres la única, siempre lo serás. - Siempre lo había sido, aunque hubiera tardado en verlo. No pensaba en ella como pensaba en nadie, ella estaba siempre presente en su pensamiento, ella le hacía sonreír solo con su mero recuerdo. Se besaron con ese amor que sentían el uno por el otro y que se hacía más indestructible a cada minuto que pasaba, a cada caricia que se daban o a cada roce de sus cuerpos, a cada mirada y a cada beso. Un amor que se llevaba fraguando prácticamente desde su nacimiento aunque ni lo supieran, y que les duraría hasta la muerte. Al menos en su caso, lo tenía muy claro, porque no podría vivir por nadie que no fuera por ella.

Ya estaba totalmente perdido en sus besos y sus caricias cuando ella le preguntó si recordaba su lista. - Creo que sí... Pero no me importaría que me la recordaras... - Susurró con una sonrisa ladeada y pícara. No hacía falta ni que se lo pidiera, ella ya había empezado a recitarla. La miró cuando habló de sus ojos, se mordió el labio al mencionar su boca y recorrió su cuerpo con deseo al mentar sus manos. Le tenía, sí, le tenía allí y le tendría siempre, podría tener de él todo lo que quisiera y cuando lo quisiera. Pero ese gemido en su oído y esas palabras le arrancaron otro a él, y le hicieron cerrar los ojos y que su entereza se tambalease, aferrándose aún más a su cuerpo.

Dejó salir el aire retenido en su pecho cuando se notó dentro de ella, oyendo sus palabras. Suspiró y respondió con un hilo de voz. - Yo ya estoy loco... - Estaba loco por ella, se había vuelto loco hacía ya demasiado tiempo, por eso se lanzaba directamente y sin pensar a besarla, a sentirla, a lo que ella quisiera pedirle que hiciera. Se aferró a ella y disfrutó de su cuerpo, de su cercanía y del roce de su piel, notando como ambos se aceleraban a cada movimiento que hacía. Pero por supuesto que Alice tenía que retomar el control en un momento determinado, dejándole a él fuera de juego, aunque encantado de la vida. Porque la visión de Alice sobre él era de las cosas más bellas que había tenido la suerte de ver en la vida. Y sin duda la más excitante.

Ladeó una sonrisa y colocó sus manos en los muslos de la chica. - Es verdad. - Contestó, pero el final de la frase se vio interrumpido por un jadeo cuando ella se movió sobre él, haciéndole entrar de nuevo. Sus ojos se cerraron de puro placer, pero Alice le hizo mirarla de nuevo mientras acariciaba sus rizos. Esa visión, esas caricias, esas palabras... Sus movimientos... Notaba su piel palpitar y las sensaciones que advertían de que no iba a tardar mucho en perder el control. - Alice... - Susurró, recibiendo su beso, su abrazo y sus palabras. Cerrando los ojos y aferrándose a ella. - Mi amor... - Sentía las oleadas de placer golpeando su cuerpo, impidiéndole enfocar la vista o modular su respiración, solo haciéndolo aferrarse cada vez más a ella entre jadeos. - Mi luna... - Susurró en respuesta, con una sonrisa, terminando con un gemido incontenible. Pero esa última frase sí que hizo que el placer le atravesara el cuerpo como un rayo. Colocó las manos en sus mejillas y apoyó su frente en la de ella, mirándola a los ojos pero sin parar el movimiento, todo lo contrario. - Pues no pares. - Rogó en un susurro, justo antes de descontrolarse del todo, de aferrarse a ella con fuerzas mientras notaba su mente embotarse y todo su cuerpo estallar.

Aquello era mejor que un sueño, porque ni en sus mejores sueños había tenido algo así. Por muy realista que un sueño sea, no puedes sentirlo en tu piel, en tus dedos, en tus labios. No notas el aliento de la persona que amas descontrolarse junto al tuyo, no sientes el latir de su corazón y como el tuyo parece querer salirse de tu pecho. Había soñado con Alice tantas veces. Había soñado que le decía que le amaba, y había soñado que se entregaban el uno al otro en un frenesí pasional. Pero nada como eso. Esa realidad, lo que ambos eran, superaba el mejor de los sueños que jamás pudiera tener. Se dejó caer sobre las mantas con una sonrisa embobada, abrazado a ella, recuperando la respiración y sin poder evitar una leve risa. Era como si acabara de aterrizar en el mundo real, después de haber estado volando por ahí con Alice, su pajarito de ojos azules. La miró y acarició su mejilla con ternura, y cuando los jadeos le dejaron hablar, sonrió y afirmó. - Reto superado. -
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Mar Abr 27, 2021 10:52 pm

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CON Marcus EN Sala común A LAS 8:00, 14 de febrero de 2002
Había cosas que definían a Alice Gallia. Siempre quería más, amaba el viento, era libre, era Ravenclaw y, por encima de todas las cosas, amaba a Marcus O'Donnell. Se amaban, y daba igual las veces que se lo dijeran eel uno al otro, que siempre sonaría como increíble a sus oídos. Y luego estaban las sensaciones físicas. Ese desconrtrol de su propio cuerpo mientras le sentía encima, sintiéndose una marioneta en sus brazos, y el mismo placer casi animal cuando se ponía encima y él agarraba sus piernas. Le gustaba descontrolarle, que ella por ende se llevar a sí misma al abismo del placer y se asomara, solo para coger la cordura suficiente y aguantar un poquito más, unos segundos más siendo uno. Porque merecía la pena.

Y no había forma posible de describir ni controlar lo que era sentir el pulso de Marcus, ver sus pupilas dilatadas de pasión tan cerca de las de ella, con el movimiento de dos cuerpo que ya se conocen y se buscan, se desean y se saben exprimir todo el uno del otro. Ella había empezado con los símiles alquímicos, pero cuando Marcus la llamó "mi luna", aquel círculo de transmutación de la vida fue como si apareciera ante sus ojos apretados, porque eso eran ellos, el círculo de la vida, y ya volvió a pasarle como en Navidad, que nunca lo veía más claro que cuando estaban a punto e llegar al clímax, nunca entendía el amor mejor que en ese momento. Aquella petición le hizo intensificar el ritmo, juntando su frente con la de él y mordiéndose los labios, mientras hacía un enorme esfuerzo por no dejar de mirarle, porque quería verme, ver su cara, su mirada, cuando llegara. Y solo de verlo y sentirlo por fin, ella, que estaba prácticamente al borde, llegó también, soltando los labios en un profundo gemido de satisfacción.

Se dejó caer junto a Marcus, encogiendo el cuerpo como un huevito junto a su costado, sintiéndose protegida por él, y cerca de su piel, de su olor y su calor, mientras recuperaba la respiración y el resuello. – Levantó la mirada sonriente a lo del reto y dijo. – Pues sí. Yo suelo cumplir mis retos, señor O'Donnell, creo que puedes dar buena cuenta de ello, ¿o no? – Terminó con una risita y refugió su rostro contra él, como si necesitara paz y calma después de aquella tormenta que habían provocado. Tenía ganas de cerrar los ojos, de quedarse allí, con los labios pegados a su piel, oyendo su corazón, y no levantarse. – ¿Sabes lo único que me muero por hacer que aún no hemos repetido? – Alzó perezosamente los ojos y le sonrió un poco. – Dormir como dos angelitos después de hacerlo. Así, desnudos, pegados el uno al otro... Como en Nochebuena. Pero sin sobresalto a la mañana siguiente. Simplemente... Dormir. Hasta que nos lo pida el cuerpo. Y despertarnos y que seamos lo primero que veamos... – Acarició con deleite las facciones de Marcus mirando hacia arriba. – Un jour viendrá... – Murmuró. Sí. Ya habían llegado al "te amo". Ahora, como siempre, Alice quería más.

De momento, quería más ropa, por lo que se giró para coger de nuevo la manta de antes y enrollaría en su cuerpo. Al hacerlo, se quedó boca abajo de nuevo al lado del cuerpo de Marcus, y como en las mantas no había puesto velas, se quedó mirando la pared. Aquellas piedras, aquel pasillo... Ojalá pudieran llevárselo tal cual y poder revivirlo siempre con aquella intensidad. Alargó la mano para acariciar el sillar de piedra con los dedos y se le ocurrió una idea peregrina. – ¿Cuánta gente habrá descubierto esto antes que nosotros? ... ¿Lo usarían para lo mismo? – Dijo desviando la mirada Marcus con una sonrisita traviesa. Susurró y siguió rozando la piedra con los dedos. – Deberíamos dejar algo que indique lo importante que ha sido para nosotros. Aquí, grabado en la piedra, y que dure mientras dure este castillo. – Entrecerró los ojos y apoyó la barbilla en su otra mano. – Una M y una A... Marcus y Alice... – Amplió un poco más la sonrisa. – Un poco obvio, ¿no? Vaya a ser que entre alguien antes de que nos vayamos... – Ladeó la cabeza pensando en voz alta. – Quizá O y G, pero no me convence... Porque algún día ya no seré Gallia y esto tiene que ser eterno... – Dijo ausente, tratando de buscar algo que les identificara. Se giró sobre su costado, apoyando la cabeza en la mano y mirando totalmente a Marcus. – ¿Tú qué crees? ¿Qué podemos poner?
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Miér Abr 28, 2021 12:25 am

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CON Alice EN Pasillo del cuarto piso A LAS 8:00h, 14 de febrero
Inspiró hondamente para tratar de recuperar la respiración, pero el suspiro se vio interrumpido por una suave carcajada. - Sí que puedo, sí. - Dijo arqueando las cejas, entre risas. De otra cosa no, pero de los retos de Alice sabía bastante. Se acurrucó junto a ella, acariciando distraidamente su piel, con los ojos cerrados y una sensacion tremendamente placentera... Y cansada. Llevaba un día muy intenso, sobre todo las últimas dos horas, y ese día se había levantado muy temprano. Le apetecía tanto quedarse dormido plácidamente junto a Alice...

No fue el único que lo pensó, a la vista estaba. Abrió un ojo para mirar con sonrisilla traviesa a Alice cuando hizo esa pregunta, expectante por la respuesta. Dejó escapar una leve risa cuando empezó a contestar, pero se quedó embobado escuchándola. Se abrazó más a ella y ronroneó, sonriente. - Cómo me encantaría eso. - Respiró hondo y soltó el aire en un suave resoplido quejoso. - No me quiero ir de aquí... - Se arrellanó aún más en el cuerpo de ella, con un toque divertido. - Me pones esto tan cómodo... Tan bonito... Abrazado a una chica tan guapa... - Rozó su mejilla graciosamente en el pecho de ella. - Con la piel tan suave y tan calentita... - Rio un poco y alzó ligeramente el cuello. - Ah, y sigue quedando comida. No es justo, Alice Gallia, ¿cómo quieres que me quiera ir así? Es imposible. - Dijo en un tono distendido embotado de la sensación placentera que aún inundaba su cuerpo. Dejó una caricia en su mejilla y bajó el tono. - Y si además me dice ciertas cosas... Y me hace ciertas cosas... Ya es que ni me puedo mover. - Volvió a reír con suavidad y a dejar un beso en su pelo. Eso era más que verdad: estaba que no se podía ni mover. Se quedaría allí dormido bien a gusto.

Dejó de nuevo que sus ojos se cerraran, en total paz y tranquilidad, mientras Alice se enrollaba en una de las mantas. La chica cortó el silencio a lo justo para impedir que Marcus se quedara dormido de verdad. Abrió perezosamente los ojos, dirigiendo la mirada hacia donde ella acariciaba la piedra, y sonrió. - Si tu tía Violet y tu padre no lo conocían, yo diría que poca gente. - Bromeó, aunque no exento de verdad. Entonces Alice propuso algo y Marcus se incorporó con una sonrisa curiosa, girando su cuerpo para ponerse en la misma postura que ella, mirando donde señalaba. - Sí, eso estaría genial. - Corroboró, antes de que la chica empezara a soltar sugerencias. Rio y ladeó un poco la cabeza. - Bueno, si bien nosotros somos únicos... - Fanfarroneó, arqueando las cejas. - Una M y una A podrían pertenecer a cientos de personas. - Tampoco eran letras tan raras como inicio de nombre, pero al parecer Alice tenía más sugerencias. Apoyó él también la cabeza en su mano, pero casi se cae redondo al suelo cuando ella continuó. ¿Había dicho... Lo que había dicho?

Se había quedado mirando a Alice como si le hubieran petrificado, con los ojos muy abiertos. A la porra el disimular, a la porra el "voy a dejarlo caer a ver cómo reacciona" o el "mejor lo dejamos correr". Alice acababa de decir que "algún día ya no será Gallia"... Y eso solo podía significar una cosa. Tardó un par de segundos en reaccionar, y cuando lo hizo tragó saliva y disimuló, mirando la piedra, aunque considerablemente más nervioso... Y con una sonrisa tontísima que no podía evitar salir en sus labios, totalmente incontrolable. Respiró hondo y respondió a la pregunta que había hecho, porque se había quedado en el aire. - ¿Qué te parece...? - Comentó con suavidad, con la mirada clavada en la piedra, junto a la chica. - ¿...Un sol y una luna? - La miró, con una sonrisa de lado. - Algo nuestro y solo nuestro, algo que solo nosotros comprendemos... Y algo que permanecerá eternamente. - Se acercó a su rostro, rozó ligeramente su nariz y susurró. - Antes se apagará el sol a que yo deje de amarte. - Dejó un beso en sus labios, suave y tierno, y se separó lentamente con una sonrisa.

Se mojó los labios y tanteó a su alrededor, buscando su varita. Cuando se hizo con ella, se sentó en el suelo e invitó a su novia a que hiciera lo mismo, ambos ante la piedra. - Juntos. - Le dijo cogiendo su mano y juntándola con la de él, sujetando ambos la varita. Señaló la piedra con la punta de esta y dejó que su chica guiara su mano, que ambos dibujaran juntos en la pared. Un sol y una luna, el uno junto al otro. Una vez grabado en la piedra, rozó el grabado de nuevo con la varita para darle un brillo dorado al sol y uno plateado a la luna. Se mordió suavemente el labio y miró a Alice. - ¿Te gusta? - Preguntó de todo corazón. Era lo único que quería, hacerla feliz, hacer cosas que le gustaban. Y que ellos fueran eternos. - Siempre estaremos aquí... Aunque no estemos, estaremos. - Susurró cerca de su rostro, y de nuevo se deleitó acariciando sus labios con los de ella. Estarían allí eternamente, una parte de su alma pertenecería siempre a ese pasillo.

Se había generado un leve silencio en el que él simplemente se había quedado mirando a su novia, sus ojos, su pelo, sus mejillas sonrosadas, su sonrisa. El corazón le estaba diciendo a gritos que no podía dejar ese tema en el aire, que lo tenía que decir. ¿Por qué tenía esos miedos absurdos todavía? ¿Se puede ser más tonto, Marcus? Se habían jurado amor eterno en incontables ocasiones, muchas de ellas ese mismo día, hacía escasos minutos, mientras se amaban. Por si fuera poco, Alice acababa de decir claramente que no iba a ser Gallia toda la vida, y no era la primera referencia que hacía en lo que llevaban de tarde. Tragó saliva y se acercó a ella, cogiendo sus manos. - Alice... - ¿Por qué estaba tan nervioso? Ni que le estuviera pidiendo su mano en ese momento. Pero llevaba siete años escuchándola rechazar el matrimonio, tenía motivos para estar así. ¿Es que había cambiado de opinión? ¿Le estaba mandando señales? Jolín, Alice Gallia, ¿por qué no me lo dices claro de una vez? Se llevó las manos de la chica a los labios y dejó un beso en estas. - Yo... - Alzó la mirada y la clavó en sus ojos. Ya bastaba de rodeos. Echó aire entre los labios y lo soltó todo tal y como se lo dictaba el corazón. - Yo quiero estar contigo toda mi vida, Alice. Te amo, te quiero muchísimo, ya lo sabes, y nunca voy a querer a nadie como te quiero a ti, no lo he hecho hasta ahora ni lo haré jamás. - Tragó saliva. - Lo que quiero decir, es que... Sé que hay cosas... Del futuro y eso... Que quizás no queramos... Exactamente iguales. Bueno, o sí. Pero eso no importa. En el fondo solo hay una cosa que quiero por encima de todas las demás... Y es a ti. - Se mojó los labios y sonrió con suavidad, con sus ojos clavados en los de ella. - Y quizás te llames Alice Gallia siempre, o... Quizás algún día quisieras llamare... Alice O'Donnell. - Le había dado un escalofrío solo de decirlo. - Y si quisieras serlo... Me harías el hombre más feliz del mundo. - Añadió, con la voz cargada de emoción. - Pero... Sea como sea... Recuerda mi lista. - Dejó una de las manos en su mejilla y amplió la sonrisa. - Mi lista podría resumirse perfectamente solo en una cosa: Alice Gallia. Así, en general. Te llames como te llames y... Quieras lo que quieras... - Acarició la piel de su rostro con cariño. - Para mí siempre serás Alice Gallia. Mi favorita. -
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Miér Abr 28, 2021 2:31 pm

La palabra más hermosa
CON Marcus EN Sala común A LAS 8:00, 14 de febrero de 2002
Dejó caer los ojos pesadamente. Lo que le pedía el cuerpo era, sin duda, dormirse allí, contra la piel de Marcus y no moverse, como él mismo señalaba. Sonrió y dijo, con tono somnoliento. – Esa era la idea de la chica. – Pasó un brazo por su costado y se pegó a él. – Que te quieras quedar abrazándola. – Rio un poquito, con los labios aún contra su pelo, al sentir que se colocaba en su pecho. – Todo lo que te hago y te digo son estrategias para que te quedes así... Y no me sueltes... – Si no se quedaban plácidamente dormidos sería un milagro.

Menos mal que su mente nunca dejaba de trabajar y ya había planteado lo de dejar grabada la piedra. Tuvo que reírse cuando dijo lo de sus padre y su tía. Un poco de razón sí que tenía. Entornó los ojos cuando dijo lo de que podrían pertenecer a muchas personas. – Ya lo sé, pero somos Ravenclaw, ¿qué gracia tendría dejar algo tan obvio detrás nuestro? – Dijo chasqueando la lengua y encogiendo los hombros. Pero Marcus se había quedado como hipnotizado un segundo y ella pasó la mano por delante de sus ojos. – ¿Marcus? – Se rio un poquito. – ¿Qué pasa? – Pero ya pareció aterrizar y le dijo lo del sol y la luna, a lo que ella abrió mucho los ojos y puso una sonrisa ilusionada. – ¿Que si me gusta? – Se lanzó a besar sus labios cuando se acercó a rozarla. – Me parece absolutamente perfecto. – Volvió a besar sus labios y se quedó enganchada en sus ojos, impresionada. – Y la luna solo brilla cuando la ilumina el sol. Si no, nadie la ve. – Le respondió con voz susurrada y llena de amor.

Se sentó junto a Marcus, aún enrollada en la manta, y dejó que él la tomara de la mano. Con la expresión ilusionada de una niña pequeña, dibujó, de la mano de Marcus, un sol y una luna en la pared, y soltó una risita entusiasmada cuando les dio el color dorado y plateado. Lo rozó con los dedos y dijo. – Es perfecto y único... – Levantó la mirada y oyó aquella frase. La llevaba en el corazón desde 1998, desde aquel día en el que tuvo que dejarle atrás por primera vez en su vida y afrontar difícil algo sin contar con él. Pero a Marcus le pasaba algo. Se había quedado pillado antes y ahora parecía nervioso... Gal frunció el ceño y dejó que le tomara las manos, sin saber muy bien qué esperarse que vendría a continuación. Le escuchó y ladeó una sonrisa tierna. – Yo también te amo. Con mi vida. – Dijo, para que quedara constancia, porque no sabía muy bien por dónde le iba a salir. Ah. Era eso. El futuro. Sabía que no tenía que haberle contado lo del sueño, porque ahora le iba a dar más vueltas y... Y ella misma no sabía lo que quería, pero tampoco quería ceder y luego arrepentirse y... "Y es a ti". Su corazón se saltó un latido y le obligó a expulsar el aire que no se había dado cuenta que estaba reteniendo. Se mordió el labio y notó el nudo en su garganta cuando dijo "Alice O'Donnell". ¿Era solo eso? ¿No se estaba refiriendo a los hijos? Ella frunció un poco el ceño, pero sin perder la sonrisa, dejando que le acariciara y haciendo ella lo mismo. Recordó lo que le dijo Theo cuando le habló de las incompatibilidades de futuro. Que las cosas pueden cambiar, que ninguno de ellos tenía un plan establecido y que la clave estaba en dar los dos un paso en dirección al punto de encuentro, y eso era exactamente lo que sentía que estaban haciendo. – Oh, mi amor... – No pudo evitar que le saliera la voz quebrada por la emoción. – ¿Es que creías que no quería... – Se rio un poco y se inclinó más hacia él. – Ser Alice O'Donnell? – Cuanto más lo decía más le gustaba. Desde que se lo dijo su tata en Nochevieja. – Me encantaría. Me encantaría llamarme así, me encantaría hacerte el hombre más feliz del mundo, y algún día lo haremos realidad. Te lo prometo. – Ahora tenían otros líos, pero en cuanto tuvieran las cosas encarriladas, no tenía por qué perder más tiempo. Ya habían perdido siete años. – Eso sí puedo prometértelo. Y que te voy a amar con todo mi corazón y que, en esencia, siempre seré Alice Gallia para ti... Con lo bueno y... Con los disgustos de arrastrarte a riesgos que tú no correrías. Y con las cosas prohibidas. Y la curiosidad infinita– Se inclinó a besar sus labios, acariciándolos en un beso suave y delicado. – Me casaría contigo aquí ahora mismo, yo con la gabardina y tú con el uniforme, y que nos case la jefa Granger. – Se rio de su propia tontería. – Pero me temo que no tiene validez legal y que no es el estilo O'Donnell. Es más bien el estilo Gallia. – Terminó con una carcajada.

Se separó y cogió ella una de sus manos, acariciándola y jugando con sus dedos. – Antes has dicho esa frase... Que me dijiste cuando me iba con la tata. Aquel día... Me acordé del boggart, ¿sabes? Hacia nada que habíamos vencido, juntos, al boggart. Aquello me enseñó que yo era capaz de combatir tus miedos y tú los míos. Que cuando se trataba de estar a salvo, funcionábamos mejor. – Suspiró y le miró llena de amor. – Todo el resto de veces que he pasado miedo y no te lo he dicho, una parte de mí mee ha gritado "eres tonta, ya sabes qué es lo que deberías hacer". – Se acercó a él y colocó sus frentes juntas. – No quiero volver a enfrentarme sola a nada, jamás, ni que tú tengas que hacerlo. – Sin abrir los ojos acarició su mejilla con cariño. – Nos pertenecemos el uno al otro.
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Miér Abr 28, 2021 11:37 pm

La palabra más hermosa
CON Alice EN Pasillo del cuarto piso A LAS 8:00h, 14 de febrero
Se mojó los labios, esperando la reacción. Pero ya la conocía, a su Alice, a sus sonrisas y a su mirada. A su voz cuando le inundaba la emoción. Sintió un cosquilleo en el pecho cuando ella lanzó esa pregunta, sintiéndose un poco estúpido porque en boca de ella sonaba muy obvia, pero sin poder evitar una sonrisa. Y aunque quería imaginar cual iba a ser la respuesta, nada era tan bueno ni tan perfecto como escucharlo de ella directamente. - ¿De verdad? - Ahora era él quien tenía la voz cargada de emoción y de cierto alivio, tras tanto tiempo de plantearse si alguna vez podría ser. Los ojos se le habían iluminado y su sonrisa era aún más radiante. - Ya soy el hombre más feliz del mundo solo por esto. - Dijo emocionado, besando de nuevo sus manos. ¿Se podía querer más a alguien de lo que él quería a Alice? Lo dudaba muchísimo.

Se lo estaba prometiendo, no había dudas. Alice no prometía en balde, y ellos habían jurado no mentirse nunca. No, Marcus y Alice no se hacían eso. Si se estaban jurando amor eterno, eso no se iba a romper. Rio al comentario de la chica. - Yo me dejo arrastrar encantado. No he aprendido tanto en mi vida con nadie como contigo. - Miró hacia arriba y ladeó varias veces la cabeza. - Lo de las cosas prohibidas... Quizás haya que perfilarlo un poquito. - Sí, bueno. Ahí estaba él, que había jurado solemnemente a sí mismo y a todo el universo no hacer nada fuera de la norma jamás, y allí estaba, en un pasillo oculto y desaparecido de sus funciones en plena fiesta temática del colegio. Y ni pensamiento de estar en ninguna otra parte. - Siempre lo serás. - Sí, para él siempre sería Alice Gallia.

Recibió el beso con una sonrisa, embelesado, pero la frase que dijo le hizo mirarla con los ojos muy abiertos. Se quedó unos segundos en silencio, congelado, en lo que ella se reía. - Lo haría. - Dijo. - Lo haría con los ojos cerrados. - Ya se le estaba yendo la imaginación a otra parte. Por un momento se imaginó una súper boda en la Torre Ravenclaw, en San Valentin, oficiada por la Profesora Granger, y estaba a punto de salir corriendo de allí y empezar a llamar gente y a organizar a golpe de varita, que tenía mucho que hacer antes de que acabara el día. Pero parpadeó para tomar tierra de nuevo y rio con ella. - Tendría la validez que quisiéramos darle, y para mí... Sería perfecto así. - Se arrastró un poco hacia ella, con una sonrisa, y rodeó su cintura con sus brazos. - Bajo las estrellas, los estandartes de Ravenclaw y junto a la estatua de Rowena. Como el Rey y la Reina de Ravenclaw merecen. - Rio y dejó un beso en su mejilla. - Pero te daré la boda que te mereces, la que merecemos los dos. Y será la mejor del mundo, porque será la nuestra. - Pensaba empezar a ahorrar dinero ya si hacía falta. Iba a ser una boda espectacular.

Se quedó mirando sus ojos, soñando despierto con esa boda en la que alguien iba a tener que comedirle porque si no iba a ser un absoluto dispendio, mientras la chica jugaba con los dedos de su mano. Entonces ella empezó a hablar y el tono había bajado ligeramente, lo que le hizo fruncir un poco el ceño. Ah, la frase. Él la había tenido presente también todos esos años, todas las veces en las que hubiera deseado estar más presente, poder quitarle el sufrimiento de alguna manera. Todas las veces que cerraba los ojos y pensaba que ojalá ella supiera que no podía quitársela de la cabeza. La mención a su enfrentamiento con el boggart le hizo sonreír con melancolía. Habían estado juntos y sí, se habían ayudado a derrotar los miedos el uno del otro. Ahora lo veía más claro incluso que aquel día: solo no hubiera podido. Qué equivocado había estado yéndose como un cabezota a por el boggart sin la ayuda de Alice. Se hubiera dado un tortazo contra el suelo si ella no hubiera ido a buscarle, no quería ni pensar en qué hubiera acabado eso. El saber que él también la había ayudado a ella... Pocas satisfacciones mejores que esa sentiría.

Cerró los ojos ante ese gesto tan de ellos, ese gesto que desde primero había sido su seña de identidad y que tendrían toda la vida. Juntó su frente a la de Alice y sonrió. - No lo harás, mi amor. Ninguno de los dos. - Él también acarició su mejilla. - Nos tenemos el uno al otro, y así será siempre. Yo no temo a nada si estoy contigo. - Abrió los ojos y ladeó una sonrisa. - Salvo que los miedos me los provoques tú, claro. - Bromeó, dejando escapar una breve risa. Se acercó a sus labios y dejó un suave beso en ellos. - Te quiero. Siempre estaremos juntos. Y juntos podemos con todo. - Porque juntos lo eran todo.

Se abrazó a ella, piel con piel, y dejó un beso en su hombro. - ¿Te he dicho que eres la mejor novia del mundo? - Preguntó meloso, con una sonrisita, apoyando la cabeza en el hombro de la chica con los ojos cerrados. Los abrió en un momento determinado y vio algo que le hizo arquear las cejas. - Hmmm... Yo sigo viendo por ahí una caja cerrada. - Alzó la cabeza y miró a su novia. - Dije que no había renunciado, solo lo había retrasado. - Rio un poco y rozó su nariz con la de ella. - Anda, dime qué hay en la caja que falta. Me lo he ganado, ¿no? -
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