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CON Alice EN Saint-Tropez A LAS 17:00h, 14 de julio de 1997
Venga, O'Donnell, que no tengo todo el día, si no lo sabes, admítelo y ya está. – Había terminado esa frase con un tonillo un poco maligno. Esta tumbada boca abajo en la orilla, apoyada en sus brazos, agitando las piernas en el aire y disfrutando de como el mar llegaba de cuando en cuando para mojarles un poquito y paliar el calor del sol de La Provenza en pleno julio.

Por lo visto, el año anterior no había logrado asustar tanto a Marcus como para no querer volver, y allí estaban de nuevo, en la playa, disfrutando del verano juntos. Y encima, aquel año, para fiesta nacional. A Alice le encantaban todas las fiestas, y aunque no fuera francesa de nacimiento ni viviera allí, en seguida se apuntaba a las celebraciones, sobretodo porque su familia solía hacer una barbacoa multitudinaria y ver los fuegos artificiales en la playa. Y desde que supo que Marcus iba a star para esa fecha estaba deseando que llegara para que hicieran juntos las decoraciones, y, con lo que le gustaba a Marcus comer, la barbacoa (que era claramente su parte menos favorita) la iba a disfrutar de lo lindo. La única pega es que André y Jackie no estaban porque sus tíos habían aprovechado la fiesta nacional para irse de vacaciones con ellos. Pero casi que mejor, porque sus primos eran un poquito kamikazes para Marcus.

Así que, como le pasaba todos los días en los que luego iba a haber una fiesta, estaba que daba botes por todas partes, pero ya su padre y Arnold se habían ido por ahí con Dylan, para que dejara un poco tranquila a mamá, que estaba bastante agotada y quería tener un poco más de fuerzas para la fiesta, y Marcus era de planes más tranquilos, así que ya se había sacado de la manga uno de sus juegos improvisados y había ido por toda la playa recogiendo conchas y metiéndolas en un cubo. La idea era que uno sacaba una concha y el otro tenía que adivinar con los ojos cerrados de que tipo era, solo tocándola. Si acertaba, le podía hacer una pregunta al contrario, y si no, era el contrario el que le hacía una pregunta al que adivinaba. Y eso, en otros, sería aburrido, pero en Marcus y Alice era lo más entretenido del mundo, porque a ambos les encantaba tanto preguntar como responder, porque hacían preguntas interesantes y porque les encantaba saber responder bien y razonadamente a algo sin que hubiera riesgo de nota o de que algún adulto se riera de ellos. Pero es que Marcus tenía que se tan perfecto con todo que se llevaba una hora tocando la concha hasta que se decidía. – Igual para cuando empiecen los fuegos mee has dado una respuesta. Y si eso pasa, te habrás perdido toda la organización de la fiesta, con lo que sé que te gustan esas cosas. Y te habrás perdido también a mi abuela haciendo la tarta tropezienne, con lo glotoncillo que eres. – Dijo arrastrándose por la arena y dándole con el índice en la nariz. Luego se dio la vuelta y se quedó tumbada boca arriba sobre la arena, cerrando los ojos y dejándose bañar suavemente por el mar y sentirse simple y sencillamente feliz.
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Dom Mayo 09, 2021 1:06 pm

Cuarto creciente
CON Alice EN Saint-Tropez A LAS 17:00h, 14 de julio de 1997
Se levantó de un saltito, muy diligentemente, con la cuerda de banderas en las manos para colgarlas de la valla tal y como Alice le había pedido. En el camino hizo una caída de ojos en respuesta a su comentario. – Tss, yo me nutrí de todos los conocimientos que pude de mis dos prefectos, incluso de como regañar. Y por supuesto que Anne me enseñó muchas cosas, era su favorito. - Dijo con la vocecilla sobrada de quien se codea con los prefectos hasta el punto de considerarlos amigos suyos. Mejor no pensaba más en ella que se le hacía un nudillo en la garganta de pensar que el año que viene ya no estaría.

Escuchó la reflexión de Alice con una mueca en la boca, asintiendo. – Sí que parece ambición, visto así... Aunque los Slytherin suelen ambicionar a cosas materiales o a poder, no a conocimientos... Aunque lo del prestigio pega. Pero en realidad vivió media vida oculto, o sea que lo del prestigio tampoco tiene mucho sentido. -Se giró a ella, cayendo en algo súbitamente. – De hecho, ¿sabes qué? Después de haber leído sobre él un montón, resulta que en uno de los documentos ponía que se sospechaba que Fulcanelli era un seudónimo, que en realidad se trataba de otro alquimista de prestigio, o de alguien poderoso, que quiso ocultar su nombre... No me pega mucho eso con Slytherin... Aunque yo tampoco lo haría, y soy Ravenclaw. - Pero con mucha sangre Slytherin. Toda la familia de su madre al completo, ella incluida, era de Slytherin. ¿Vivirían esas ansias de ambición en él? Marcus se parecía mucho a su padre y a su abuelo en la inteligencia y sed de conocimientos, pero los dos hombres eran más comedidos que él, Marcus siempre quiso saber más... Oh, ¿le pasaría lo de a Fulcanelli? Se estaba empezando a rallar un poco con eso.

Se había quedado un poco pensativo mientras colocaba los banderines, pero asintió a la pregunta de Alice. – Sí, todos los países tienen una escuela de magia asignada. La de Italia se llama Bomarzo, está situada en un palacio y dicen que tiene un laberinto chulísimo en uno de los jardines. - Miró a Alice con los ojos muy abiertos. – Y cuenta la leyenda que en ese laberinto había un monstruo. Así que supongo que tendrán prohibido meterse, será algo así como su bosque prohibido. - El bosque no le llamaba mucho la atención, pero tener un laberinto en tu escuela y no poder entrar tenía que ser un poco rollo. Aunque había visto imágenes de la entrada y, ciertamente, daba un poco de miedo. Terminó de colocar los banderines y volvió a sentarse con su amiga, junto a las chucherías.

Rio un poco y volvió a asentir enérgicamente, porque por supuesto que iba a contárselo todo, ya lo estaba haciendo y ni siquiera había ido. Entonces le dijo que tenía una luz y por un momento se quedó un poco atontado, solo mirándola con una sonrisa ladeada, sin decir nada. Alice le decía cosas muy bonitas... Pero ya cambió al tema de la Verdad de nuevo, así que volvió a centrarse. – Hm... Eso me gusta. - Y podría convencerle. Era cierto que a Marcus le encantaba obtener buenos resultados y se orientaba mucho hacia brillar en los trabajos y exámenes, pero fundamentalmente le gustaba aprender y estudiar, no simplemente lo hacía por la competitividad de sacar la mejor nota... Que también, pero eso, que no lo hacía solo por destacar, que le gustaba aprender cosas de verdad. Podía refugiarse en eso. Sí, lo suyo no era ambición por ambición, le gustaba el camino. La resolución de Alice le hizo sonreír, apoyando el codo en la mesa y la cabeza en su mano. – Eso es porque eres muy buena. - Dijo de corazón. Alice siempre estaba pensando en como ayudar a los demás. – Yo creo... Que lo usaría para enseñar, o para divulgarlo. De nada sirve saber tantas cosas si te las quedas para ti solo. Se la enseñaría a la gente, escribiría muchos libros, se las contaría a mis hijos y a mis nietos como hacen mi padre y mi abuelo conmigo... - Sí, definitivamente le encantaría saber para hacer saber a los demás.

La miró con los ojos muy abiertos, sin perder la risilla estúpida (y un poquito colorado también). – Eh, ¿cómo que muy fácil? - Dijo con la voz no muy alta, porque le daba un poco de vergüenza en realidad. No sabía mucho de... "Hacer humanos", pero ya se iba enterando de lo justo como para que le diera vergüenza hablar del tema con una chica. Y encima después de saber que ella estaba... Como estaba... Que ya le había explicado su padre que el estado de Alice estaba íntimamente relacionado con eso de hacer humanos nuevos. El gesto de Alice imitando a su madre embarazada le hizo reír aún más, mientras seguía mirando con apuro a los lados. Oh, mirada detectada: la de su padre. – Para. - Dijo entre risas, bajándole una mano para que no les pillaran hablando de esas cosas, pero las risillas no se cortaban. – ¿Patadas desde dentro? Ugh. - Qué escalofrío. A juzgar por la cara de Alice, no parecía que quisiera tener hijos... Entonces, ¿no iba a tenerlos nunca? – Pues en algún lado tiene que estar la gracia, porque mi abuela Molly siempre dice que es lo más bonito del mundo... -  Trató de salvar. Pero algo le decía que hoy no era precisamente el día más indicado para convencerla de eso.

Siguió a su amiga hasta las flores y atendió a su explicación. Lo de las rosas le hizo reír. – No te gustan las rosas. Me ha quedado claro. - Dijo entre risas. Un buen dato a tener en cuenta... Por alguna razón. – ¡Me parece genial! Me gustan los lazos azules. - Dijo, guiñándole un ojo divertido. Seguro que Alice captaba la referencia. – También podemos envolver unas poquitas con ese mismo papel maché y colgarlas de las puertas, que se han quedado sin decorar. - Y ya sí que estaría todo listo y a punto para la fiesta. Se giró y dijo. – Mira, yo creo que en esa se... - Pero un movimiento a su lado le hizo girarse. Abrió los ojos, muy preocupado. A Alice le había vuelto a dar... Un dolor de esos. Tan fuerte que se había tenido que sentar. – ¿Estás bien? ¿Te traigo algo? - Ya estaba con la maquinaria de la preocupación activada otra vez. Por un momento se le había olvidado (o había intentado ignorarlo) pero ver a Alice así le alteró un poco. Es que, ¿¿cómo era eso posible?? Pensaba hablar con su tío Finneas en cuanto llegara a Londres. ¡No! Mejor con la Enfermera Durrell, que era mujer también. Tenía que haber un truco. O sea, eso no podía ser así, es que era de locos.

Se sentó a su lado. – Mira, si te quedaras embarazada se te quitaría. - Dijo con una risita, tratando de salvar con una broma. Se sintió sumamente estúpido nada más decirla, así que agachó la cabeza y se rascó la nuca. – Perdón, aún estoy en proceso de enterarme de como van algunas cosas... Sí que nos ha tocado la parte fácil a los chicos. - Se giró hacia ella. – ¿Quieres algo? De verdad, lo que sea, pídemelo. - Menos librarla de ese mal horroroso, que por desgracia no sabía como. – Por cierto, mi padre me ha dicho que te cede la mejor brocheta de la barbacoa, así que... - Puso una sonrisita orgullosa. – Yo te la hago, toda para ti, y sin incumplir promesa alguna, porque el beneficiario ha consentido cedértela. - Dijo en tono caballeroso. Y, hablando de caballeros... ¿Podría tirar por ahí? Quizás era un intento un poco burdo, pero... Algo hacía. – Por cierto... - Le tocó uno de los volantitos del mono que llevaba y sonrió. – Es muy bonito. Te queda muy bien. -
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Dom Mayo 09, 2021 8:20 pm

Cuarto creciente
CON Alice EN Saint-Tropez A LAS 17:00h, 14 de julio de 1997
Bueno, encima resultaba que nadie sabía con seguridad quién era Fulcanelli. Alice se encogió de hombros. – Más a mi favor en mi teoría de que era una mujer. En esa época a las mujeres no se les tomaba en serio, si hubiese dicho su nombre real, probablemente no la hubiesen escuchado... – Entornó los ojos mirando al cielo. – Y quizá por eso en sus transmutaciones era tan artística... – Miró a Marcus. – ¿No sería genial que una señora les hubiese dado una lección a todos esos señores anticuados que decían que las mujeres no podían ser alquimistas? – Ella rio y alzó una ceja. – Eso sí que sería de muy Slytherin, chaval. Dársela con queso a todos con un nombre falso, liarla pardísima, y todo para demostrar, no solo que podía ser alquimista, si no que podía ser la mejor. – Le daba un escalofrío solo de pensarlo. Por suerte ya no había barreras así, y si ella quería escribir algo, podía hacerlo con su propio nombre.

Atendió a lo de la escuela de magia italiana, y solo le hizo falta oír la palabra "laberinto" para abrir mucho los ojos y dejar volar su imaginación. Pero, por supuesto, estaba prohibido. Vaya qué raro. se ahorró el comentario de que a ver de qué narices servía tener un laberinto si no podías entrar en él, pero solo se encogió de hombros y dijo. – No me he leído El Misterio de las Catedrales entero... – Menudo galimatías era. – Pero Fulcanelli decía que los laberintos de las criptas de las catedrales eran pruebas para alquimistas... Igual... – Lo dejó en el aire, porque probablemente nunca fueran a Bomarzo. Si hacía intercambio, lo haría con Beauxbatons, tal como el había sugerido André el año pasado, pero por soñar... Ella misma lo había dicho antes. – Jo, todo lo guay está en Italia, tío, es injusto. Encima hace mucho más sol. – Giró un poco la cabeza hacia la playa. – Pero el mar y la playa son más bonitos en La Provenza seguro. – Para ella era el sitio con más encanto del mundo. Siempre que estaba allí era inmensamente feliz. No le sorprendió ver que Marcus compartía su idea de que el conocimiento había que compartirlo, de una forma u otra. – Deberíamos encontrarla juntos. – Dijo ampliando la sonrisa e inclinándose sobre la mesa un poco más. – Seguro que nos saldrían cosas fantásticas. – Y lo decía de corazón. De ahí que se hubiese puesto ya a otear la alquimia, aunque le costara media vida entender siquiera media página de Fulcanelli.

Ahora, Marcus perdía toda la erudición cuando tocaban aquellos temas no tan académicos. Le dio la risa a ella cuando le bajó la mano y le pidió que parase. – ¿Qué? Solo te estoy contando cómo fue lo de mamá, seguro que tú no te acuerdas de cuando la tuya estaba embarazada de Lex, porque te llevas muy poco con él. Pero te juro que es rarísimo. – Asintió sacando los labios cuando Marcus le preguntó por las patadas. – Sí, pero como Dylan era chiquitito, no le hacían daño. Y cuando estás ahí dentro no puedes pensar, porque mi hermano se cortaría una pierna antes que pegarle una patada a mamá. – Dijo con una risilla solo de pensarlo. Le dio en el brazo y sonrió. – Eh, hubo un momento de tu vida en el que no pensabas, ¿eh? – Y chasqueó la lengua, encogiéndose de brazos cuando dijo lo de su abuela Molly. – Hombre claro que tiene que ser guay, porque quieres a tus hijos. Cuando Dylan nació, al mes o una cosa así, me llevaron de vuelta a Inglaterra. Y yo iba preocupada, porque claro, yo no le conocía de nada, y pensaba ¿me caerá bien? ¿Le caeré yo bien? ¿Cómo se relaciona uno con un bebé? Y cuando llegué, mi madre me lo puso en brazos y me dijo "Ten cuidado, es tu hermano pequeño, tienes que cuidarlo mucho. Eres su hermana mayor, siempre vas a ser su primera amiga". – Amplió la sonrisa y le brillaron un poco los ojos al recordarlo. – Y cuando le miré la carita pensé que era lo más bonito que había visto nunca, y que le quería de corazón, aunque no nos conociéramos mucho. – Volvió a mirar a su amigo. – Supongo que cuando tienes hijos es algo así, pero más fuerte aún, y por eso a tu abuela le compensó todo lo demás.

Y ella ya se había mudado del tema de los hijos a las flores, que le gustaba más, y a los lazos azules, sonriendo consiguientemente a la referencia de Marcus, cuando le dio el dolor, y Marcus volvió a preocuparse. Tragó saliva e inspiró, levantando una mano. – No, no... Déjalo. – Y entonces dijo aquella frase. Por un momento no entendió bien a qué se refería y luego dio un respingo hacia un lado, como si Marcus quemara. – Espera, espera, espera... ¿Que lo sabes? O sea, ¿sabes lo que me pasa de verdad? – No, que es que ella se había creído una actriz maravillosa y que había logrado engañar a Marcus con sus artes para la oratoria. Se puso coloradísima y se tapó la cara con las manos. – ¿Pero quién te lo ha contado? ¿Ha sido mi padre? Si es que es un bocazas... – Resopló, con la cara oculta aún tras las manos. No necesitaba que Marcus supiera ciertas cosas de ella. Y encima el pobre estaba tratando de arreglarlo, lo cual le hizo suspirar más todavía. – Es que... – Suspiró. Recordó las palabras de su tía y se quitó las manos de la cara, pero mirándole solo de lado. – ¿A ti te pasan... Cosas... – Sí, cosas, porque su tía tampoco le había dado muchas pistas de lo que podía ser. – Que no te gustaría hablar conmigo? – Tragó saliva. – Bueno, pues esto es un poco así... Es que... Preferiría que no te hubieras enterado porque... Me da vergüenza. No porque no confíe en ti ni nada de eso... – Se apresuró a recalcar. – Pero es que... – Suspiró otra vez y ya dejó las manos apoyadas en el banco. Definitivo: tenía el cerebro demasiado embotado para que supiera explicarse. Pero Marcus le dijo que si necesitaba algo que se lo pidiera. – Que no me tengas en cuenta que no quiera hablar de algo contigo... Aunque confíe en ti más que en nadie porque... Tú eres... Un chico. Mi mejor amigo. Pero un chico al fin y al cabo. – Y era la primera vez en dos años que aquello le suponía un problema.

Pero era imposible sentirse mal al rededor de Marcus mucho tiempo. Ya le estaba prometiendo la dichosa brocheta, y como sabía que así le iba a hacer un poco más feliz dijo. – Pues mira, yo no suelo comer mucho en las barbacoas... Pero si me hace tú una brocheta, seguro que es la brocheta perfecta. – Luego paseó sus ojos por los volantes que Marcus acababa de rozar y rio un poco. – Gracias. Quería ponerme el vestido de tu cumple pero... Al final no me ha parecido tan buena idea... Pero puedo hacer una cosa. – Sonrió un poco más y sacó un lazo del bolsillo del mono. – Terminamos de colocar las flores, y me haces una trenza con el lacito azul atándola. Si es que te sigues acordando un año después de cómo se hacen. – Comentó con una risita. Al fin y al cabo, Marcus solo querrás hacerla sentir bien, y ella a él, y estaba en manos de ambos hacer feliz al otro, aunque fuera con las cosas más tontas.
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Última edición por Ivanka el Dom Mayo 09, 2021 10:38 pm, editado 1 vez


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Dom Mayo 09, 2021 10:04 pm

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CON Alice EN Saint-Tropez A LAS 17:00h, 14 de julio de 1997
Se puso el dedo en la barbilla, pensativo mientras Alice lanzaba su teoría, y asintió. – Pues podría ser, ahora que lo dices tiene sentido. - Frunció el ceño. – Pero me parecería injustísimo. A mí no me gustaría tener que ocultar mi nombre porque si no, no me hacen caso. ¡Si soy bueno soy bueno! ¿No? Mi abuelo no me ha dicho en ningún momento que haya que ser un chico para hacer alquimia. - Es que vaya tontería. A pesar de su indignación no pudo evitar reír. – Sí que sería muy de Slytherin. Aunque tú eres Ravenclaw, y una chica, y seguro que harías unas transmutaciones chulísimas, las mejores. En cuanto puedas hacerlas, claro. - Recalcó. Que conociendo a Alice era capaz de querer ponerse a transmutar ya, sin las competencias básicas, y era muy peligroso. Ya con el altercado en el aula de Alquimia el año pasado tuvieron de sobra.

Miró a Alice con los ojos muy abiertos. – ¿Insinúas que el laberinto del colegio de Bomarzo podría ser una prueba para alquimistas? - Abrió mucho la boca. – Aunque la alquimia que yo sepa no sirve para derrotar a monstruos... Bueno, los alquimistas de fuego trabajan en defensa y tienen formación militar y eso, pero de ahí a matar monstruos... O lo que sea que se hace con los monstruos. - Que como le oyera su tía Erin, pondría el grito en el cielo. Era capaz de entrar en ese laberinto solo para comprobar si el monstruo era un bichito adorable del que cuidar. Esbozó una sonrisa circunstancial a eso de que todo lo guay estaba en Italia, pero miró a Alice súbitamente con esa afirmación. – Eso estaría genial. - Dijo de corazón y sin pensárselo siquiera. Encontrar la Verdad juntos. Alucinante. – Podrías prepararte para los exámenes de alquimista conmigo cuando salgamos de Hogwarts. Total, ya estudiamos juntos siempre. - Rio un poco. – Nos saldrían cosas súper chulas. - Se estaba emocionando ante la sola perspectiva. No podía esperar a ver qué les deparaba el futuro.

Se guardó un poco la risa e intentó adoptar un tono más normal, lo cual le salió de aquella manera. – No, no me acuerdo. De cuando me alcanza la memoria, Lex ya estaba gruñendo y metiéndose conmigo. - Dijo, rodando los ojos. – Aunque mamá tiene algunas fotos embarazada de mí y de Lex. Sí que se la ve muy distinta. - Con lo alta y espigada que era su madre, era súper raro verla tan gordita. Ahora que lo pensaba, estaba mucho más gordita embarazada de él que de Lex. Claro que, según ella, se pasaba el día comiendo. Así había salido de glotón. El comentario de Alice le hizo soltar una carcajada y darle un toquecito en el hombro. – ¡Eh! Eso está por verse. ¡Y lo mismo digo, lista! - Dijo entre risas. La historia de como Alice conoció a su hermano le dejó embobado, frunciendo una sonrisa de lado. – Oh... Yo recuerdo estar de pie y ver a Lex en su cuna, aunque no tengo un recuerdo de tan pequeño. - Entrecerró los ojos y la miró con una sonrisilla. – ¿Y te dejaron un bebé en brazos? ¿A la misma que en un segundo casi se tira de la barca que lleva a Hogwarts, pero siendo aún más chica? ¿A la que árbol que ve, árbol que trepa? Yo no sé si me atrevería. - Dijo en tono bromista, picándola. Lo último que dijo le hizo asentir y suspirar un poquito. – La verdad es que mamá es súper cariñosa con nosotros, pero con los demás es más seria. Así que supongo que será algo así, sí. - Tenía que ser bonito. Ahora no le quedaba claro si Alice quería o no, porque eso que había dicho sonaba a que sí, pero antes había dicho que ni loca... En fin, sería problema de ella en todo caso, ¿no? Él a sus cosas.

Se había centrado tanto en su preocupación por el estado de Alice y en ver qué podía hacer para que se encontrara mejor (dentro de no poder quitarle la enfermedad mensual esa) que no se había parado a pensar en si a Alice le sentaría bien que él lo supiera. Al fin y al cabo, no se lo había contado ella, y era algo un poco... En fin. Se puso un poco colorado y se encogió ligeramente con una mueca. Digamos que no se había enterado por los cauces más lícitos del mundo, puesto que en vez de preguntarle directamente se lo había chivado su padre a base de él quejarse. Dale espacio, Marcus, ¡si te lo estaba diciendo! Pues nada, tú como si nada, se reprendió a sí mismo. Jo, a ver si no provocaba ahora que se enfadara otra vez, él que lo había hecho con toda su buena intención... Pero no. Solo se quedó igual o más avergonzada que él. ¿Qué le iba a decir? ¿"No te preocupes, que no te dé vergüenza"? A él se la daría. Si es que, ¡¿por qué has tenido que decirle nada?! – Eemm... - Empezó, como si tuviera algo que decir, rascándose la frente. Pero lo de intentar arreglar la situación, claramente, no estaba funcionando ese día. Verla culpar al Señor Gallia le hizo abrir mucho los ojos. – ¡No, no! No ha sido tu padre, ha sido el mío. - Lo dijo tan espontáneamente, de nuevo con intención de ayudar, que no se paró a pensar en lo que estaba diciendo. Eso, Marcus, confiésale que lo sabe más gente. – No porque lo sepa, o sea, es decir... Solo ha salido el tema, y... Bueno, ya sabes que es muy listo. Pero no nos lo ha contado nadie, quiero decir... - Miró a los lados. – ¿Te traigo una chuche? - De verdad que se estaba quedando sin recursos para salir de ese atolladero.

Pero Alice parecía querer preguntarle algo, así que atendió con toda su buena voluntad... Y conforme hablaba se iba poniendo progresivamente más colorado e inquieto por dentro. Tragó saliva. Vale, ahora entendía como debía estar sintiéndose ella... Si es que eso le pasaba por querer meter las narices en todo. – Bueno, emm... - Se rascó los rizos. – Un poco, supongo, no sé. - No mucho, en realidad, aunque su padre ya le estaba empezando a acosar con conversaciones incómodas de tanto en cuando que no sabía a qué venían. Y avanzándole que su cuerpo iba a empezar a cambiar en breves, para que no le pillara desprevenido. Y si le daba vergüenza que su padre le hablara de esas cosas (y menos mal que era su padre, que era hombre, ¡se lo dice su madre y se muere!), cuanto menos con Alice. Lo que decía tenía todo el sentido del mundo, y casi que era un alivio para él no tocar ciertos temas, así que asintió varias veces con vehemencia. – Claro claro, o sea, sí. No te preocupes. Yo... Me conformo con que, si quieres algo, me lo pidas. Y si quieres termino yo con las decoraciones, y eso. Y si te quieres acostar, puedo llevarte yo la comida. Y me quedo contigo. - Cogió dos o tres recortes de papel que habían sobrado por allí y los movió en el aire con una sonrisilla. – Me llevo una banderita y ya parece que estamos de fiesta. Y seguro que desde el desván se ven los fuegos y todo. - Ya mejor dejaba el tema, que sentía que estaba haciendo un poco el tonto.

Al menos la había hecho sonreír, por lo que él ensanchó su propia sonrisa con orgullo. Estaba bien eso de ser un caballero, no costaba nada de trabajo y se sentía bien él y hacía sentir bien a la gente. Podía adquirirlo como estilo propio, como su abuelo. Decidido, a partir de ahora diría esas cosas más a menudo. Lo que le puso realmente contento fue ver a Alice sacar el lazo del bolsillo. – Ey, los lacitos Ravenclaw, cuanto tiempo. - Dijo entre risas. Desde luego que había captado la referencia que le había hecho antes. Puso mirada de superioridad. – Tss, Marcus O'Donnell no olvida nunca algo que aprende. - Dijo poniéndose de pie y colocando las flores en su sitio. Ya estaba él terminando con eso para hacerle a Alice una trenza perfecta.

– Listo. ¿Me permites? - Dijo extendiendo la mano para que la chica le diera el lazo. Esperó a que le diera la espalda y se sentó tras ella. – Aunque la otra vez te la hice solo con la mitad del pelo, pero bueno, me va a salir perfecta igual. Ya lo verás. ¿Conoces algún alquimista que no sepa hacer trenzas? No, ¿verdad? - Comentó alegremente, mientras dividía el pelo en tres con cuidado. - Vaya vaya qué bien os veo. - Comentó el Señor Gallia, que justo pasaba de largo con su risa característica mientras él iba más o menos por la mitad de la trenza. Marcus se irguió orgulloso. – Le estoy haciendo a Alice la mejor trenza del mundo, Señor Gallia. - Uy, la mejor trenza del mundo, eso no me lo pierdo. - Comentó la Señora Gallia en tono risueño, apareciendo por allí. William soltó una carcajada, pasando el brazo por la cintura de su mujer, y añadió. - Hombre, si la hace un O'Donnell es que no me cabía la menor duda. - En realidad he aprendido de la mejor maestra posible. – Comentó zalamero, mirando a Janet, que soltó un sonidito enternecido. William miró a su padre con los ojos entornados y le señaló balanceando el dedo índice. - Te va a dejar atrás. - Eso hizo a su padre reír y contestar. - Ya me ha dejado atrás. - En mitad del grupito irrumpió Violet Gallia, que llevaba como cuatro bandejas en el aire a punta de varita, soltando un bufido teatralmente indignado y diciendo. - Eso, una aquí matándose y otros pelando la pava con todos mirando. - Creo que empieza a llegar la visita. - Interrumpió su padre en ese momento. Marcus alzó la mirada y, efectivamente, la familia de Alice empezaba a aparecerse por allí.

Tenía que apresurarse, que se había distraído un poco con la intervención de los mayores. – Ya termino. - Dijo acelerando un poco el ritmo, pero sin perder el buen tino, que quería que quedara perfecta. Llegó al final e hizo un bonito lazo con la cinta azul, sonriendo satisfecho. – Hecho. - Dijo asomándose por encima del hombro de la chica, con una risita. – La mejor trenza de la noche. Solo falta la mejor brocheta de la noche. - Miró a su alrededor. – Al fin y al cabo, la mejor decoración de la noche ya la tenemos. -
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Lun Mayo 10, 2021 12:07 am

Cuarto creciente
CON Alice EN Saint-Tropez A LAS 17:00h, 14 de julio de 1997
Ella se encogió de hombros moviendo la cabeza la pregunta sobre el laberinto y la reflexión posterior. – Es que igual no es un monstruo literal, Marcus, de los que tienen garras y colmillos, si no... Los miedos de un alquimista, sus errores... Como el de Fulcanelli... Al fin y al cabo, los alquimistas buscan el conocimiento y la respuesta siempre, no hallar la salida correcta de un laberinto les pondría de muy mal humor. – "Como a uno que yo me sé", pensó. Con la fundamental diferencia de que en el momento en el que Marcus detectara algo que diera medianamente miedo, saldría por patas o se negara a hacerlo porque contravendría alguna ley. Se rio mirando a su amigo, porque le encantaba hablar de esas cosas con él, pero cuando dijo lo de los exámenes de alquimista, tuvo que hacer un esfuerzo por no cambiar de expresión. Alice amaba la alquimia, pero con amar algo no siempre ese suficiente. Para ser alquimista había que estudiar muchísimo, y si ese fuera el único impedimento pues mira, sin problema, pero también había que aprender a transmutar bien, y ella no tenía dónde hacerlo. Los laboratorios y utensilios de alquimia eran muy caros y había que tener un laboratorio exclusivo para ello, y a ver dónde ponía ella un laboratorio en su casa, si de normal no había casi sitio para los cuatro. – Bueno yo... – Tragó saliva. Marcus se haba criado en un taller de un alquimista... ¿Carmesí? Ya ni se acordaba del rango de Lawrence, pero debía ser el más alto. No podía simplemente decirle a Marcus "no puedo ser alquimista porque nadie me cogería de aprendiz y no tendría dónde practicar. – Yo voy a ser enfermera, como la señora Durrell. Y seré la amiga del famoso alquimista Marcus O'Donnell. – Casi se oía a sí misma decir "siempre a tu lado Marcus, nunca detrás de ti", cuando estaban aquella noche en la enfermería. Era más fácil de decir que de cumplir.

Volvió a reírse con lo que dijo de Lex. Lo cierto era que no se lo imaginaba para nada siendo un bebé tiernecito y chiquito como lo fue en sus día Dylan. Estiró la columna y le miró con superioridad. – Pues resulta que sí, gracioso, sí me dejaban. Y además a Dylan le encantaba estar en mis brazos. ¿Cuántos bebés has cogido tú? – Dijo sacándole la lengua. – Yo a Dylan le daba el biberón, le dormía y de todo. – Estaba muy orgullosa de lo buena hermana que era, en eso ni O'Donnell iba a poder superarla.

Sabía que había puesto nervioso a Marcus con aquella situación, y, para variar, lo estaba intentando solucionar con chuches, pero pareció entender su circunstancia a raíz de la pregunta. Mira, pues sí que iba a tener razón la tata con que a los chicos también les pasaban cosas. Ahora ya se estaba preguntando qué cosas. No, Alice, probablemente no quieras saber. Pero puso una sonrisa de sincero alivio cuando él se ofreció a que se fueran la desván a cenar y ver los fuegos. Lo cierto es que sonaba tentador, pero... – No. No voy a dejar de hacer mi vida y lo que me gusta porque... Me pase esto. – Miró al rededor y dijo. – Y mira que chulísima ha quedado la fiesta, tenemos que disfrutarla. Y los fuegos se ven más bonitos en la playa. – Y sabía que le iba a gustar la idea de la trenza, así que entornó los ojos, ampliando la sonrisa, y simplemente le dio la espalda para que le hiciera la trenza. Al poco de empezar, oyó como los mayores salían. – Atento que tienes público, Marcus. – Bah, Marcus se crecía ante el público, y más si el público eran adultos dispuestos a alabarle. Cuando le notó en su hombro, por algún motivo, se le puso al piel de gallina y puso una sonrisita un poco tonta. – Ha quedado perfecto. Todo. – Dijo girándose para mirarle, aunque justo se encontró con su rostro cerca y volvió a girar la cara rápidamente con otra risita. – Bueno, que esa trenza ya está hecha, eh... – Dijo su padre con ese tonillo que últimamente usaba mucho para dirigirse a ellos. – Y ha quedado preciosa, cariño. Qué ilusión que mi Alice tenga alguien que también le hace las trenzas. – Comentó su madre con un tono muy dulce y mirándoles enternecida. Alice dio un saltito del banco y dijo. – Voy a saludar a los Sorel, tú vete haciéndome esa brocheta perfecta, y yo... – Porque sí, siempre funcionaban así, tenían que ganar los dos. – Te daré otra cosa perfecta, pero eso será cuando empiecen los fuegos. – Y se alejó a ponerse a saludar a los primos, lo cual era una ardua tarea.

Cuando estaba en ello, Dylan se le acercó y se le enganchó a la cintura. – Mami ha dicho que estabas malita, que no te molestara, pero yo no te molesto ¿a que no, hermana? – Ella le devolvió el abrazo y le dijo. – Pues claro que no, patito. – Se agachó frente a él. – Oye, ¿quieres ayudarme a preparar una cosa que no me ha dado tiempo a hacer con Marcus? Tráete el cubo donde tienes las conchas y las piedras. – Dylan asintió con los ojos muy abiertos. – Sí, claro que sí, porque Marcus es mi colega. – Alice rio y trió de él, confundiéndose entre la gente en el jardín, esperando que Marcus no la viera , para dirigirse hacia la parte de la playa que pegaba con su puerta. Allí había dejado la abuela dobladas varias mantas y toallas, y cogió una azul oscuro. Su hermano la miró. – Coges esa porque es del color de Ravenclaw, ¿verdad? – Alice asintió. – Coge los tarritos para las velas y vente conmigo. – Alice había estado muchos años en los fuegos, sabía cual era el sitio ideal. Perfecto, como lee gustaba a Marcus. Plantó la toalla y señaló las esquinas. – Mira, patito, pon un tarro en cada esquina, y ahora aquí, con las conchas y las piedrecitas que había en el cubo voy a poner... – Dijo empezando a colocar las mas pequeñitas sobre la tela azul. – Marcus... y Alice. – Su hermano la señaló y se agachó frente a ella. – Y Dylan, pon Dylan. Soy tu hermano y el colega de Marcus, puedo pedirme el sitio con vosotros. – Eso la hizo reír y asintió. – Venga sí, Dylan. – Dijo poniendo también sus nombre. – ¿Pone Dylan?Sí.¿No me engañas?Que nooooo.Que luego voy a venir ponga Dylan o no. – Eso le hizo echarse a reír, pero justo oyó la voz de su madre llamarles, así que cogió a Dylan de la mano y fueron corriendo de vuelta al jardín.

Allí todos tenían ya un vaso de champán o de ponche sin alcohol, los que no bebían, y eso fue lo que les cayó a Alice y Dylan. Vaso en mano, busco a Marcus entre l gentío, y ese subió en el banco a su lado para ver a su abuelo dar el discurso. – Al abuelo no le gusta nada hacer el brindis del catorce de julio porque siempre lo hacha su hermano, y él decía que era al que se le daban bien estas cosas. Mi tío Martin. Era el abuelo de Jackie y André. – Susurró Alice a su oído. – Yo estaba preparando tu sorpresa para después con ayuda de tu colega, así que espero que mi brocheta perfecta esté por ahí. – Ya detectó que se acababa el discurso, por lo que se recolocó y, distraídamente, pasó el brazo por los hombros de Marcus con la mano que tenía libre y aprovechando la altura. – ¡Liberté, egalité, fraternité! – dijo el abuelo. – ¡Vive La France! – Y todos levantaron y Alice coreó también con una sonrisa, levantando el brazo del vaso y guiñando un ojo a su abuelo como para decirle "lo has hecho bien, abuelo". – ¡Vive La France! – A ver si llegaba el día en el que le dejaran celebrarlo con champán como se debía.
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Cuarto creciente
CON Alice EN Saint-Tropez A LAS 17:00h, 14 de julio de 1997
El momento ligeramente incómodo hablando de los "problemillas" de Alice y el hacerle la trenza luego, junto con la llegada de la familia, le habían desviado un poco la atención. Pero lo cierto es que eso de que pudiera tratarse de un monstruo metafórico se le había quedado dando vueltas por la cabeza. Decidió no hacerle mucho caso al pensamiento, pero Alice se perdió en seguida entre el gentío y Marcus se vio de repente rodeado por un montón de gente hablando francés. Su padre incluido. Abrió mucho los ojos y le miró. – ¿¿Hablas francés?? ¿Desde cuando? - Su padre se encogió de hombros con una sonrisita. - No lo hablo, solo me defiendo con lo básico. Son muchos años viniendo aquí. - William apareció por allí, soltando una carcajada de las suyas. - Ya hablas francés mejor que yo. Aunque mi mujer también habla francés mejor que yo, y mi hija Alice también habla francés mejor que yo. Todo el mundo habla francés mejor que yo. - Te olvidas de tu hermana favorita. - Dijo Violet con tonito cantarín, sin dejar de saludar gente. William hizo un gesto de la mano. - A ti no hay lengua que se te resista. - La mujer soltó una descarada carcajada y empezó a decir. - Uy, ni que lo dig... - Pero su padre soltó un sonoro y considerablemente artificial carraspeo seguido de una tos que interrumpió el final de la frase.

- En fin, que como ves tuve que aprender francés porque este... - Señaló con el pulgar al Señor Gallia, que se había puesto a reírse con el comentario inconcluso de su hermana y parecía bajar a la tierra por alusiones. - ...Estaba todo el día perdiéndome por ahí y no pensaba aprenderse el idioma para desenvolverse. Lo hice por supervivencia. - Seguro que eso fue lo que conquistó a Emma. - Comentó jocoso William. Su padre hizo la de rodar los ojos, pero a mitad de camino le dio por reír. El Señor Gallia le puso entonces una mano en el hombro a Marcus. - Tú date tiempo, que vas a aprender a hablar francés mejor que yo en breves. Hazme caso. - Lo último lo dijo con una risita. Marcus sonrió y tomó nota mental. Si su padre sabía francés, y si quería pasarse años acompañando a Alice en verano como él hacía, desde luego que pensaba aprender.

– Le he prometido a Alice una súper brocheta, así que ahora vengo. - Dijo contento, pero antes de girarse su padre puso cara de pena. - ¿La que me habías prometido a mí? - A Marcus se le descompuso la cara en señal de culpabilidad, pero su padre se echó a reír y le hizo un gesto para que se fuera. - ¡Que es broma, Marcus! Anda, ve que Alice la necesita más que yo. - Pues permiso concedido entonces. Se fue diligentemente hacia la barbacoa, donde ya se estaban empezando a asar las primeras piezas, y fue seleccionando las verduras que quería meter en la brocheta. Había bolitas de queso francés también, así que las añadió al plato. Una vez estuvieron preparados los taquitos de carne, se echó unos poquitos y fue montando una brocheta para él y otra para la chica, alternando la carne con el queso y las verduras. Cuando las tuvo las dos, buscó a su alrededor a ver que podía encontrar. - ¿Buscas esto? - Dijo la voz del Señor Gallia tras él. El hombre llevaba algo entre los dedos, pero Marcus no lo identificaba. Lo miró detenidamente. – ¿Qué es? - El hombre miró lo que tenía entre las manos y sonrió. - Salsa barbacoa. - Dijo con naturalidad, encogiéndose de hombros. - Convertida en una gota con forma de pajarito. Al contacto con la carne, se derrite y se esparce. - Marcus alucinó. Como le gustaban los encantamientos de William Gallia, eran increíbles. - Te lo dejo aquí. Me parecía ideal para la mejor brocheta de la noche. - ¡Sí que lo es! – Dijo Marcus, rebosante de entusiasmo, viendo como el hombre dejaba el pajarito de salsa barbacoa en su plato.

William se estaba girando para irse, pero Marcus miró a los lados. Alice no aparecía por allí aún y él seguía dándole vueltas a la cabeza. Su padre era una persona muy sabia y a la que Marcus recurría siempre, pero en temas de alquimia no opinaba demasiado, solía hablar de eso con su abuelo. William tampoco era alquimista, pero él le admiraba mucho y, al fin y al cabo, la idea del monstruo metafórico se le había ocurrido a Alice, que se parecía mucho a él. Se mordió un poco el labio y, finalmente, se animó y trotó hasta ponerse a su altura otra vez. - Señor Gallia, ¿puedo hacerle una pregunta? - El hombre puso falsa expresión de susto. - Uy, que serio. ¿Debo esperar alguna petición formal, Señor O'Donnell? - Rio nerviosamente y con el ceño fruncido, porque no había entendido que había querido decir con eso. En fin. Sacudió la cabeza y fue al grano. – No, es que estaba dándole vueltas a una cosa y quería saber su opinión. ¿Ha oído usted hablar del laberinto del Colegio Bomarzo en Italia? - ¿Que si he oído hablar? - El hombre soltó una carcajada. - Presenté en cuarto mi solicitud para hacer un intercambio con esa escuela solo porque había oído hablar del laberinto. Ni que decir tiene que la respuesta fue... - Hizo un exagerado gesto con las manos como quien muestra una pancarta. - NOOO. Creo que me prohibieron la entrada en Italia. - Es que cuenta la leyenda que hay un monstruo en ese laberinto, pero me resulta raro que un sitio hecho por alquimistas ponga un monstruo de verdad allí. – Pues no, no les pega mucho, la verdad. - Contestó el hombre, que había entrado de lleno en su divagación mental y estaba cruzado de brazos y con una expresión interesada y pensativa. – No lo había pensado, pero Alice dice que podría tratarse de algo así como... Un monstruo metafórico. Los miedos de un alquimista, el miedo a no encontrar la respuesta o la salida... Como en un laberinto, de hecho, que te puedes perder buscando la salida. Como los alquimistas podrían perderse buscando los conocimientos. Un poco lo que le pasó a Fulcanelli. - El hombre se quedó pensando, asintiendo lentamente, con una mueca en la boca y la mirada hacia arriba. Allí se quedaron los dos en silencio, unos segundos, William pensando y Marcus más expectante que en toda su vida. Al final, el hombre bramó. - ¡Eh, Arnold! Tu hijo está empezando a hacer preguntas complicadas. - William se agachó un poco ante él, mientras su padre se acercaba. - ¿Sabes? Creo que tú te morirías de la curiosidad por saber qué hay en ese laberinto, pero no te atreverías a entrar. Y que mi hija entraría de cabeza, y luego se pondría demasiado nerviosa intentando encontrar el camino de vuelta. - Marcus se había quedado mirándole. Sí, le parecía una teoría plausible, pero... – ¿Y qué pasa con el monstruo? - William esbozó entonces una enigmática y tierna sonrisa. - Eso, hijo... Por desgracia, nadie lo sabe. - ¿Qué pasa por aquí? - Comentó distendidamente su padre. William le guiñó el ojo antes de erguirse, lo cual hizo a Marcus sonreír, y luego se giró a su padre con un suspiro. - Nada, cosas de Ravenclaws, no lo entenderías. - ¡Eh! Yo también soy Ravenclaw. - ¡Pero no te gusta la alquimia, tío! Deshonra sobre tus ancestros. - ¿Yo soy la deshonra de mis ancestros? Al menos sé hablar mi propio idioma. - ¿Seguro? A ver, dime algo en gaélico sin invocar al diablo en el proceso. - A Marcus le encantaban las discusiones tontas de su padre con William, parecían más pequeños que Alice y él.

El sonido de una cuchara golpeteando contra una copa de cristal fue diluyendo el rumor de las voces, reduciéndolas a un murmullo, y acaparó la atención de todos. Iba a empezar el discurso del abuelo de Alice y la chica no había llegado todavía, ni siquiera la encontraba con la mirada. Atendió, aunque sin dejar de buscarla, hasta que apareció de repente subiéndose al banco junto a él. Sonrió. – ¿Dónde estabas? Casi te lo pierdes. - Murmuró entre risas. Escuchó lo que le contaba y revolvió sonriente el pelo de Dylan, que estaba orgulloso de su participación en la sorpresa al lado de su hermana. – Por supuesto que lo está. - Dijo muy bien puesto. Sí, se había dejado la brocheta perfectamente preparada en un platito junto a las brasas para que no se enfriara. Puso su mano sobre la de Alice cuando la chica le pasó el brazo por los hombros, y por el rabillo del ojo vio como William se acercaba a su padre para susurrarle algo, señalándoles con la cabeza. Arnold rio y le dio un golpe en el brazo que hizo al hombre estallar en una risa, siendo apercibido por Janet para que bajaran la voz, que el discurso no había acabado todavía. Marcus se tuvo que aguantar su propia risa también. Parecían más pequeños que ellos, definitivamente... Aunque a saber de qué se reían.

Alzó el vaso de ponche sin alcohol y, detrás de Alice, coreó. – ¡Vive La France! - Esperaba haberlo dicho bien, al menos era solo una frase. Se giró hacia la chica, pero antes de hablar Dylan dio un salto y se puso entre ellos. - Te hemos hecho una sorpresa pero no te la puedo contar porque es sorpresa. - Marcus rio un poco. – Eso tiene sentido. - Que los colegas se lo cuentan todo, pero esto no porque es sorpresa. Cuando lo veas ya sí. - Marcus asintió, mirando a Alice de reojo y aguantándose la risa. - ¡Se lo voy a contar a mamá! - Estaba claro que Dylan necesitaba contárselo a alguien y a él no podía. El niño salió corriendo, así que Marcus miró a la chica. – ¿Preparada? - Se acercó hasta donde tenía el plato y se lo enseñó. – La mejor brocheta que se ha hecho jamás en una barbacoa. Y dirás, "son las dos iguales". ¡Pues no! Porque la tuya tiene... El toque especial. - Cogió el pajarito que William había dejado a un lado de su plato y lo dejó con delicadeza sobre uno de los trozos de carne. Efectivamente, al contacto con la superficie caliente, se derritió y se extendió por toda la brocheta. Marcus esbozó una gran sonrisa. – Toda tuya. -
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Lun Mayo 10, 2021 10:30 pm

Cuarto creciente
CON Alice EN Saint-Tropez A LAS 17:00h, 14 de julio de 1997
Puso una sonrisa muy amplia y miró a Marcus, mientras se apoyaba en él para bajarse del banco. – ¡Eh! Lo has dicho en francés, muy bien. – Rio mirando a Dylan. Si conocía de algo a su hermano, estaba penando por contar lo que habían montado en la playa, pero estaba tan ilusionado por darle la sorpresa a Marcus, que en el último momento salió corriendo hacia su madre. – Menuda idea he tenido contándoselo. – Dijo mirándole con ternura y mordiéndose el labio. – A ver dónde esta esa brocheta perfecta. – Y se fue al sitio que se había autoasignado con Marcus.

Dentro de que no le entusiasmaban las brochetas y que estaba segura de que había prometido comer por encima de sus posibilidades, tenía que admitir que tenía muy buena pinta. – ¡Oh! ¿Pero qué es eso? – Se fijó en lo que le señalaba Marcus y se acercó, estrechando los ojos para verlo. – ¡Es un pajarito! ¿A que lo ha hecho papá? De pequeña me hacía muchas chorradas de estas para que comiera. – Y con una gran sonrisa vio cómo lo cogía y lo dejaba caer por la brocheta. Del tirón la cogió y mordió los primeros trozos. Miró a Marcus mientras masticaba con los ojos muy abiertos. – ¡Qué buena combinación! Y no lleva calabacín, te lo agradezco, porque no me gusta nada. Oye, y qué bien que le sienta el queso. – Se incorporó un poco por encima de la mesa y cogió uno de los panes. – Mira prueba este, que te va a encantar. Es de las pocas cosas que como siempre el catorce de julio. – Comió otro poco de su brocheta y después de masticar dijo. – Es pan de pasas y nueces, es una delicia y pega con todo. Lo hace un panadero de aquí de Saint-Tropez, que su mujer y su hija son brujas, mi padre le conoce, y todos los años le pide unos cuantos. – Y partió en dos la hogaza que había cogido, dándole un trozo a Marcus. – En el Imperio Romano, ya estaríais casados. – ¿Eh? ¿Pero qué? Vio como delante de ella, al otro lado de la mesa, su tía se había hecho hueco y se inclinaba hacia ellos. – ¿Qué dices ahora, tata? – Preguntó con una risita, antes de volver a comer de su brocheta. – Que en el Imperio Romano, las ceremonias de casamiento se basaban en que la pareja cogía un pan y le daban el uno de comer al otro. – Alice se miró la mano con su mitad como si hubiese arrancado un brazo a una estatua, pero luego parpadeó y le dio un mordisco igual. Oh, por Merlín, amaba ese pan. – Bueno pero esto es Francia, tata. ¿Y cómo sabes tú eso, por cierto? – Su tía se rio y puso delante de los una bandeja con un montón de carnes distintas que no tenía mucha intención de probar. – Porque mi primer destino en El Profeta fue Milán, y allí aprendí muchas cosas de ese tipo. – Alice la miró con los ojos muy abiertos. – ¡Hala! ¿En serio? ¿Había senderos de la luz de los alquimistas como en Roma? – Sus tía masticó una aceituna mirando al cielo, tratando de recordar. – No que yo sepa. Pero en Siria sí hay una ruta de los alquimistas. – Ella se mordió el labio y la miró con toda la admiración del mundo. – Jo, tata, quiero ir a todos esos sitios. Y Marcus va a llevarme a Irlanda. – Aseguró. Vivi se apoyó sobre su mano y la miró con una sonrisa sincera. – No me cabe duda, pajarito. – Se rio un poco y dijo. – Bueno, yo en verdad he venido porque me han dicho que había un pajarito comiendo de verdad pro primera vez en una barbacoa y tenía que verlo. Y también para traeros esto. – Empujó hacia ellos dos platitos que tenía delante de ella, y que Alice, con el lío del pan, no había notado. – Pero son para el postre ¿eh? – Y a Alice le pasó un vaso. – Y eso es para ti. – ¿Es champán? – Preguntó, esperanzada, su tía era capaz de escaquear un vaso y dárselo a probar. – No, diablillo, es para tus dolores. – Y dicho eso se levantó.

Antes de tomársela, la olió. – Mmmm así, y contaminada por los olores de la comida... Distingo romero, claro, si es que sirve para todo... ¿Y diría que Melisa? ¿Qué te parece? – Dijo teniéndole el vaso a Marcus. Luego se encogió de hombros. – Pero la tata dice que ayuda con los dolores, así que pienso beberme hasta la última gota. – Se la bebió de un trago y se encogió de hombros. – Ah, no esta ni mala. La poción del hierro de la enfermera Durrell es mucho más terrible. – Y terminó de comerse la brocheta y comiendo cachitos del pan. Cayó entonces en los dos platitos. –¡Oh! A ver qué nos ha traído la tata. – Destapó el suyo y vio una tarta tropiezenne chiquitita a la que le habían puesto almendras. – ¡Anda! Esto seguro que lo ha hecho mamá. Seguro que las ha puesto también en el relleno de crema. Normalmente, la abuela no le echa almendras, pero cuando fuimos a París, la probé así y me encantó. Seguro que nos ha hecho estas especialmente para nosotros ¡A ver qué le ha echado a la tuya! – Dijo señalándolo mientras comía un poco más del pan y paseaba la mirada por la fiesta. ¡Oye, Alice! ¿Habéis decorado vosotros esto? – Preguntó uno de los Sorel más jóvenes dede donde estaba. Ella asintió sonriendo y su primo le hizo un signo de aprobación con la mano. – Os ha quedado muy patriótico para ser inglesitos. – Eso le hizo reír y miró a su amigo traduciendo. – Mira, me acaban de decir que nos ha quedado muy bonito y patriótico. A ver si te enseño un poquito de francés y así te enteras de estas cosas. – Comentó con una risita, muy orgullosa de lo que habían conseguido y de estar allí, sentada al lado de Marcus, y que todos vieran que era su amigo, y justo aquella, era una sensación que nunca había sentido.
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Mar Mayo 11, 2021 12:17 am

Cuarto creciente
CON Alice EN Saint-Tropez A LAS 17:00h, 14 de julio de 1997
Sabía que a Alice le iba a encantar el pajarito de salsa barbacoa, es que era brillante. Tenía que preguntarle a William cómo se hacían esas cosas antes de irse, porque encantamientos y comida eran dos de sus cosas favoritas en el mundo, combinarlas era una gran idea. – ¿Entonces el truco para que comas está en que la comida tenga formitas? Me lo tendré que apuntar. - Dijo entre risas. Probó su brocheta, dando un bocado considerablemente más grande que el de la chica, pero no pensaba soltar ni media queja, porque no solo estaba comiendo sino que le estaba gustando. – ¿Verdad? Y podría haberle puesto más cosas, pero he preferido dejarla equilibrada y no pasarme. Estoy aprendiendo, ¿eh? - Marcus era un poco excesivo en general, muy excesivo en particular con la comida. Pero ya iba conociendo los gustos de Alice, y al parecer dio en el clavo con las cantidades e ingredientes de la brocheta. Se encogió de un hombro con una sonrisita mientras miraba la comida entre sus manos. – Ya sé las cosas que te gustan y las que no. Podría haberle puesto arándanos, pero no le pegaban. - Añadió con una risita.

Miró el pan que cogía Alice, mientras masticaba. – Nunca lo he probado, a ver. - Dijo con esa curiosidad particular que se le despertaba ante probar comida nueva. Nada más coger el trozo le dio un bocado, pero antes de poder emitir su veredicto, Violet apareció por ahí y dijo algo que le hizo mirarla extrañado, hasta paró de masticar. La explicación le sacó una sonrisita y le permitió reanudar el masticar. – Jolín, pues habría un montón de gente casada por ahí entonces. - Que tontería, ¿cómo ibas a estar casado por haber compartido pan con una persona? Si era lo más normal del mundo. – Nosotros nos hemos casado ya un montón de veces entonces. - Bromeó, mirando a la chica y dando otro bocado al pan. Pues pocas cosas que habían compartido ellos, de pan y de cualquier otra comida, si Alice estaba todo el tiempo poniéndole lo que le sobraba en su plato.

Escuchó atentamente lo que Violet contaba. Su tía Erin también viajaba mucho, pero entre que no era muy habladora y que sus viajes solían centrarse en buscar criaturas... Pero Violet era reportera, seguro que había visitado sitios chulísimos. – Conociendo a los Illuminati, quién sabe. A lo mejor hasta trazaron una ruta conectando Roma con Milán. - Hipotetizó, soñando a lo grande como siempre. Se irguió con una sonrisita orgullosa cuando Alice dijo que le llevaría a Irlanda, mirando a Violet. Le gustaba hacer promesas porque se empeñaba en cumplirlas y siempre lo conseguía, o al menos hasta ahora no había incumplido ninguna. Así que ya se estaba viendo con Alice en Irlanda algún día. Los platitos que les acercó y que supuestamente eran postre le llamaron la atención, aunque no tanto como la poción que Violet le había dado a su amiga. ¿Había pociones especiales para lo que tenía? Oh, eso estaba bien, podría intentar hacer algunas. Aunque no recordaba haber visto en el itinerario curricular ninguna poción para... Las cosas de los meses de las chicas, si casi ni sabía que ese mal existía. – Estaría bien que enseñaran a hacerla en el colegio, ¿no crees? Deberíamos proponérselo al Profesor Antares. - Ya tenía una primera misión cuando volviera a Hogwarts.

Acercó la nariz, pensativo, y en seguida sonrió. – Mmm, huele bien. Yo diría que también lleva hinojo. Sabe como a anís, me gusta. - Efectivamente, según Alice no estaba mala. Se acercó un poco a ella con una sonrisita. – Pues cuando volvamos a Hogwarts, puedes ir a la Enfermera Durrell y decirle que has descubierto, solo por el olor y sin mirarlo en ninguna parte, de qué está hecha la poción. Seguro que le gusta ver cuanto sabes. Vas a ser una enfermera genial. - Siguió comiendo de su brocheta, la cual había menguado considerablemente más que la de Alice, aunque ambos terminaron pronto.

Se acercó a la barbacoa de nuevo y se hizo con varios filetitos, los cuales se llevó contento en el plato hasta donde estaba su amiga. Pero esta ya estaba destapando su postre. – Oh, qué rico. - Abrió la suya también. – ¡Eh, son iguales! - Dijo contento, ladeando la cabeza y mirándola más detenidamente. – Aunque la mía lleva chocolate y avellanas. Qué rico. - Le gustaba más que la versión de almendras, aunque en realidad a Marcus le gustaba todo. – ¿Quieres? - Le dijo tendiéndole el plato de filetitos. Él ya se estaba comiendo uno acompañado de pan, aunque conociendo a Alice probablemente ya hubiera llegado a su tope con la comida. Iba a preguntarle si "lo suyo" se mejoraba comiendo... Pero mejor la dejaba tranquila ya de preguntitas por esa noche, ya vería como abordaba el tema cuando le tocara estar así en Hogwarts. – Puedes coger de mi tarta también, seguro que con chocolate tiene un toque distinto. - Eso sí, él no pensaba dejar de ofrecerle comida.

En lo que masticaba escuchó a alguien dirigirse a Alice en francés, y esta contestó. Sus conocimientos de francés se limitaban a repetir coreada la frase que acababa de escuchar, y que no estaba seguro de saber reproducir de nuevo, así que no se enteró de nada. Su amiga le tradujo, sin embargo, y él amplió la sonrisa. – Ah, ¿sí? - Se irguió orgulloso. – Es que hacemos unas decoraciones geniales, sean de lo que sean. ¡Ya verás cuando seamos más mayores y nos toque encargarnos de las decoraciones del día del Orgullo Ravenclaw! - Dijo entre risas. Le encantaba ese día, se celebraba todos los 23 de marzo y el colegio se engalanaba entero con cosas azules y águilas. Cada casa tenía su día, pero a él le gustaba el de Ravenclaw, obvio. Se le ocurrió entonces una idea que le hizo girarse a su amiga, abriendo mucho los ojos. – ¡Eh! ¿Sabes lo que podemos hacer cuando seamos mayores? Ir cada año a un país distinto justo cuando sea su día nacional y alquilar una casa y ponerla toda decorada con banderas y cosas de sus colores, y comer la comida típica de allí. ¿A que molaría un montón? - Dio otro bocado al segundo filete (porque Alice había pasado y era una pena dejarlos ahí fríos), mientras miraba a ninguna parte, claramente soñando despierto. Rio un poco y añadió. – Pues sí, vas a tener que enseñarme francés. Según tu padre no me va a costar trabajo y ya mismo voy a saber hablarlo mejor que él. Claro que también dice que todo el mundo sabe hablarlo mejor que él. - Dijo entre risas, y otra vez cayó en algo que le hizo mirar a la chica entusiasmado. – ¿A que no sabías que mi padre sabe hablar francés? Yo me he enterado esta noche, en cuanto han llegado tus primos. ¿Es que hay algo que mi padre NO sepa? - Preguntó al aire, con un punto de admiración bastante evidente a pesar del nada creíble tono de queja. Algún día sería como su padre, pero en versión alquimista, como su abuelo. – Según él, aprendió porque tu padre le perdía por ahí y luego tenía que ingeniárselas para desenvolverse. - Se echó a reír, pero se acercó a su amiga con cara pilla. – Me sueeeeeeena. - Rio, dándole a su amiga un toque hombro con hombro. – Y no me digas que no, que como empiece a hacer un recuento de las cosas que he tenido que aprender a hacer por supervivencia gracias a tus líos, nos da el día de Francia del año que viene. - Y coronó la frase con un digno bocado al filete. Igual un poquito exagerado estaba siendo.
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Mar Mayo 11, 2021 1:31 pm

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CON Alice EN Saint-Tropez A LAS 17:00h, 14 de julio de 1997
Entornó los ojos cuando dijo lo de las formitas. – Qué simple crees que soy. – No eran las formitas, eran los hechizos, pero tampoco pensaba reconocerlo. Le señaló con un trozo de pan. – Y por eso me la he comido y la he considerado la mejor brocheta de la barbacoa. En el equilibrio esta la clave, que no siempre más es mejor. – Dijo levantando la barbilla. Ella también sabía usar la palabrería. Se rio mucho al comentario dee Marcus sobre que se habrían casado un montón de veces y dijo. – ¡Es verdad! En Hogwarts siempre estoy dándole de mi comida. Pues vaya boda penosa, darte medio pan de pasas. – Comentó entre risas. Si es que... Su tía tenía unas cosas...

Dejó que Marcus olfateara la poción también y dijo lo del hibisco, que a ella no se le había ocurrido. Asintió con la cabeza después de tomársela y dijo. – ¡Puf! Te deseo suerte pidiéndole nada al profesor Antares. Es buena gente, pero no se sale del currículo por nada del mundo. Si supieras la cantidad de pociones que le he propuesto para el club, ya ni para la clase. – Dijo haciendo un gesto con la mano al aire. – Y a todas me dice "Ay, Gallia, céntrate un poquito, eso no se puede enseñar". Y no creas que son pociones peligrosas. – Bueno, todo dependía de su uso. – Y sobretodo propongo medicinales, y entonces me dice "Yo no soy sanador, eso pídeselo a la enfermera Durrell". Y así siempre. – Negó con la cabeza. Era un hombre cabezota y cuadriculado, daba todos los años lo mismo y así seguiría. Enseñaba muy bien, pero de verdad, qué poca amplitud de miras. Sonrió a Marcus cuando le dijo que iba a ser una enfermera genial y alzó la barbilla. – Con ser como ella me valdrá. – Dijo muy orgullosa. – Y sí, se lo contaré, porque me dijo que algún día me dejaría hacerme mis propias pociones para cuando me pusiera mala. Igual esta me deja hacérmela también. – Uf, espera, que esto también le iba a pasar en Hogwarts... Qué agobio.

Observó que la de Marcus era de chocolate y avellanas y sonrió. – Mamá te conoce bien a ti también. A mí es que me gusta más la crema. – Y como ya había dado por concluida la cena, se lanzó a por su mini tarta, haciendo un sonidito de gusto. – Me encanta la crema, pero, ¿sabes cuál es mi trata favorita? Y sí, tengo favorita, antes de que lo preguntes. – Dijo entornando los ojos y mirando a su amigo con cara de sabihonda. – La de melocotón, que también lleva crema. A memé le sale de vicio. – Dijo asintiendo con la cabeza mientras comía de la suya. Se rio un poquito y denegó el ofrecimiento de Marcus. – No, toda para ti, que seguro que te quedas con hambre.

Atendió a lo que le decía del día del Orgullo Ravenclaw y y asintió. – Buah, es que es el mejor día del año en Hogwarts. Ni las fiestas son tan guays. – Asintió cuando dijo lo de las decoraciones. – Para cuando eso pase, procuraré que mi padre me haya enseñado a hacer hechizos de manualidades guays y vamos a dejar a los del castillo patidifusos. Por, a ver, somos Ravenclaws... – Dijo con una sonrisita chulesca y cara de evidencia. Pero lo que dijo después, la dejó con la boca y los ojos muy abiertos. – ¡Esa es la mejor idea que has tenido en muchísimo tiempo! – Ya se estaba viendo, cuando pudiera parecerse, yéndose a cada país que se les ocurriera. – Y podemos llevar las cosas planeadas en un baúl de extensión indetectable, para poder llevar todas las que queramos, y lo celebramos todo lo alto. – Ella ya estaba metido en el plan. – ¿Cuál sería el primer sitio al que podríamos ir después de Irlanda? Uno donde haga calorcito y haya playa, como aquí. – Dijo con una sonrisilla y alzando las cejas. A Alice le gustaba demasiado el verano.

Entornó los ojos y chasqueó la lengua. – Ah, qué quejica eres. Yo no te he abandonado en ningún lugar de La Provenza como para que tengas que aprender francés. – Pero luego le miró y asintió. – Sí que te va a costar poco, desde luego no tanto como mi padre, lo habla horrible. – Miró a Arnold y sonrió. – Pero no me extraña nada que tu padre lo hable, es un crack, y aprende rapidísimo, igual que tú. – Dijo dándole en las costillas. Justo en ese momento apareció Dylan dando botes por allí, mientras terminaba de comerse un trozo de tarta. – ¡Hermana! Ya van los primos y todo para la playa. ¿Vamos ya? A ver si nos van a arruinar la sorpresa. – Alice se rio por el entusiasmo de su hermano, pero asintió y terminó de comerse su tarta, sacudiéndose las manos. – Sip, vamos. Cógete la tarta que te queda, O'Donnell, que los hermanos Gallia tienen que darte una sorpresa. – Y tiró del brazo de su amigo hacia la playa, con Dylan delante.

Cuando se estaban encaminando ya hacia la toalla, dentro de la arena, le dijo. – Cierra los ojos. – Y cogió su mano dándosela a Dylan. – Llévale, patito. Tengo que coger una cosa. – Y buscó, entre las cosas que habían preparado en la puerta, cerillas. Qué ganas de poder hacer magia fuera del colegio, de verdad. Les adelantó corriendo y se dispuso a encender las velitas. – ¡Ya pues abrirlos! – Dijo levantándose con una sonrisa. Abrió los brazos señalando el entorno y luego al cielo. – Tú me has hecho la brocheta perfecta, pero un catorce de julio no está completo sin ver los fuegos artificiales en el mejor sitio de toda la playa, porque aquí da menos el viento, pero la perspectiva es perfecta. – Terminó con una amplia sonrisa. Dylan ya, por si acaso, se haba sentado con las piernas cruzadas en el medio de la toalla, no fuera a ser que lo acabaran echando en el último momento. Miró a Marcus y señaló los nombres. – Ahí pone Marcus, Alice y Dylan, para que todos supieran que aquí solo podía sentarse los colegas y la hermana y no nos lo quitaran los primos. Y las conchas y las piedras eran mías, bueno y de mi padre y tu padre, que me han llevado a cogerlas.
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Mar Mayo 11, 2021 5:29 pm

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CON Alice EN Saint-Tropez A LAS 17:00h, 14 de julio de 1997
Ya se estaba terminando el segundo filete y ahí estaba el otro quedándose frío, porque Alice ya había empezado con la tarta. Como le quedaba un trocito de pan todavía, pues se lo comió también. No iba a tirarlo, ¿no? Sonrió oyendo a su amiga hablar de tartas. – Suena rica, quiero probarla. Yo no sé si tengo una favorita, me gustan todas. Aunque mi postre favorito son las monedas de chocolate navideñas de mi abuela Molly. - Dijo llevándose otro bocado de filete a la boca. La propuesta de Alice le pilló masticando, pero se apresuró en tragar para poder responder entusiasmado. – ¡Sí! Seguro que sabe un hechizo para que las cosas se vean azules en vez de con su color normal. Yo por lo pronto le he pedido a mi madre que me enseñe a encantar las galletas de águilas, como las de mi cumpleaños. Podemos pedírselas a los elfos de las cocinas. - Ya estaba maquinando y aún faltaban ocho meses, y eso contando con que les dejaran idear tantas cosas estando solo en tercero. Tenían cuatro promociones de alumnos mayores que ellos con sus propias ideas que seguro que les tomaban el relevo. Igualmente, por soñar no perdían nada, y de hecho Alice calificó su propuesta de conocer todos los días nacionales de otros países como la mejor idea del mundo. – Y cuando hayamos visitado un montón, ¡podemos hacer un concurso con nuestra familia! Que cada uno elija un país y tiene que hacer una receta de allí, de las que nosotros le traigamos, y hacemos una súper fiesta y nos comemos todos los platos y votamos a ver cual está más rico. - De verdad que no podía esperar, es que ya se lo estaba imaginando y todo. Se lo iban a pasar genial, con todos ya mayores y haciendo sus propios platos, y pudiendo hacer magia. – ¡Italia, claro! Y así podemos hablar de Fulcanelli en la playa. - Dijo entre risas. – También podemos ir a España, o a Grecia. ¡O al Caribe! - Y empezó a hacer un bailecito tonto con las caderas y los brazos en alto, riéndose justo después. Qué fácil era soñar despierto con Alice.

Se encogió un poco con una risita cuando le picó las cosquillas, lo cual casi le hace tirar el último trocito de filete, pero en seguida se recompuso con una pose orgullosa. Estaba seguro de que aprendería francés, y de hecho cuantos más idiomas supiera, mejor. Su abuelo hablaba varios idiomas, por supuesto francés era uno de ellos porque había trabajado muchos años con Flamel. Se llevó el último trozo de filete a la boca y miró a los lados para ver qué podía coger a continuación, pero entonces apareció Dylan por allí. Ya los hermanos decidieron por él que se acabó la carne y que mejor que se llevara el postre a los fuegos. Bueno, como a Marcus no le importaban las mezclas, haría eso y si a la vuelta seguían quedando cosas, ya vería si pillaba algo más. De hecho las chuches casi no se habían tocado. Plato de tarta en mano, dio un saltito contento y se fue con los chicos hacia la playa, intrigado por la sorpresa que los hermanos Gallia se traían entre manos.

– ¡Mira, papá! ¡Me han hecho una sorpresa! - Bramó con un toque chulito, girándose hacia su padre, antes de que Alice le pidiera que cerrase los ojos. – Guíame bien, ¿eh? - Le pidió a Dylan con una sonrisilla. Un Gallia de seis años conduciéndole con los ojos cerrados y de noche... Mejor no lo pensaba mucho o no lo haría, aunque si le daban a elegir, preferiría ir de la mano de Alice. Se metía mucho con ella y sus imprudencias, pero iría de su mano a ciegas si se lo pidiera... Al fin y al cabo, era lo que estaba haciendo con su hermano, como para no hacerlo con ella, que era su amiga. Abrió los ojos cuando se lo indicó y esbozó una expresión de suma sorpresa. – ¡Wow! ¡Cómo mola! ¿Lo has hecho tú? - Preguntó alucinado. Dylan dio un saltito delante. - ¡Y yo! - Marcus se rio y le revolvió el pelo. – Bueno, eso estaba clarísimo. - El niño esbozó una sonrisita satisfecha y él le guiñó un ojo a Alice. La verdad es que su amiga era muy buena con las decoraciones y las sorpresas.

Dejó la tarta en la toalla y atendió a Dylan, acercándose a él y agachándose un poco, de pie con las manos en las rodillas y la espalda inclinada hacia delante. – Pues ha quedado todo genial. Y te lo digo yo, que soy todo un experto en conchas. - Miró a Alice y le hizo una mueca divertida entre risas. El niño le siguió explicando detalles, todo emocionado, pero Marcus sabía perfectamente quien era la artífice de todo aquello. Los veranos en La Provenza eran especiales, ahora entendía por qué su padre le tenía tanto cariño a ese sitio y era tan amigo de William. Mientras escuchaba a Dylan, miraba a Alice de soslayo, sin dejar de sonreír. Recorrerse medio mundo con su amiga estaría genial. Pero esperaba que los veranos en La Provenza, sí o sí, pudieran tenerlos siempre.

- ¡Que empieza que empieza! - Coreó Dylan, dando un par de saltitos en su sitio. - Tú aquí y tú aquí. - Dictaminó, lo cual hizo a Marcus reírse. – Bueno, al menos a mí me ha tocado el sitio de la tarta. - Comentó bromista, quitando el plato de donde lo había dejado para poder sentarse en el hueco. Dylan estaba entre su amiga y él, y en realidad no le importaba, a Marcus le caía genial y le gustaban los niños pequeños. Pero hubiera estado bien ver los fuegos con ella. A ver, los estaba viendo con ella, pero... Bueno, él se entendía. Los primeros fuegos empezaron a iluminar el cielo y todos miraron hacia arriba, sonrientes, pero tras sonar un par de ellos, miró de reojo a Alice. Sin que Dylan se diera cuenta, pasó la mano por detrás de la espalda del chico y le dio un par de toquecitos a su amiga en el dorso de la suya para llamar su atención. Solo moviendo los labios, dijo un "gracias" mudo y sonriente, y luego agarró su mano y dirigió la vista a los fuegos. Sí, también podía estar bien verlos así.
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CON Alice EN Saint-Tropez A LAS 17:00h, 14 de julio de 1997
Hacía falta muy poco para que Marcus y ella se montaran planes juntos como si tal cosa. Le señaló y dijo. – ¡Buah! Y encima concurso. Con lo bien que cocinan mi madre y tu abuela. Mi padre no, mi padre es un desastre y suele quemar las cosas, pero puede hacer de juez. Tú no, que te lo comerías todo. Más te vale aprender a cocinar para cuando hagamos eso, que a mí mamá ya me está enseñando a hacer cositas. – Le escuchó decir países y asintió a todo. Sí, Italia, España, cualquier le valía. Se le escapó una carcajada de corazón cuando le vio hacer el bailecito. Se lo había dicho de corazón, pero es que no podía dejar de pensarlo: eran diferentes en La Provenza. – Habrá que empezar por el Caribe solo por verte bailar así. – Y se rio de nuevo.

Para la tontería que había hecho, la reacción de Marcus fue genial. – Sí. Bueno, con ayuda del patito, claro. – Vio cómo su amigo estaba atendiendo a las explicaciones de Dylan, y ella le dejó hacerlo, porque sabía que a su hermano le gustaba sentirse importante con Marcus delante, mientras le miraba sonriente. Se mordió el labio y rio un poco. – Un experto en conchas cuando se le da el tiempo suficiente para ello, claro. – Le picó, mirándole de lado. Pero en el fondo estaba encantada de verle tan contento, de que al final el día no se hubiera torcido tanto y fueran a salvarlo, porque notaba aquella mirada de soslayo, y ella fingía que miraba al mar y saludaba a los padres, que les estaban mirando con sonrisas y cuchicheos, pero en verdad estaba pendiente de él todo el tiempo.

Su hermano llamó su atención y confirmó su sospecha de que no entraba en sus planes moverse de allí en medio y que le iba a tocar sentarse separada de Marcus. Que a ver, daba igual, porque de todos lados se veía bien y en eso consistía el asunto, pero... Bueno, qué sabía ella, Marcus ni se iba a dar cuenta. Y entonces notó cómo le rozaba la mano y le miró, por encima de Dylan. Sonrió ampliamente y vocalizó "a ti". A él, porque aquel día, que se le hubiese hecho muy cuesta arriba de manera normal, había sido especial solo por la cantidad de cosas que habían hecho, de sueños y planes que habían compartido y... De su mano agarrándola, eso era el broche de oro, desde luego.

Dylan había empezado muy motivado, haciendo apuestas sobre los colores de los siguientes fuegos que tirarían, y Marcus y Alice siguiéndole el rollo, tratando de adivinar sin base ninguna, pero riéndose y disfrutando con ello, pero ahora se estaba quedando dormido sobre el regazo de Alice. Y parecía intentar contener el sueño, pero ya, con toda confianza, puso los pies por encima de Marcus y se quedó completamente tumbado y pacíficamente dormido. Alice no había soltado la mano de su amigo, y una vez Dylan estuvo dormido, desvió la vista de los fuegos y le miró, viendo cómo su rostros se iluminaba bajo las luces de colores. Y sin saber muy bien por qué lógica estaba siendo llevada dijo. – Hoy, cuando estaba sola, me he tumbado en el desván... Y he pensado que... – Se encogió de hombros y puso una sonrisilla triste. – Que probablemente este sea el último verano que durmamos en el desván. Las camas se nos quedan pequeñas, y nos separarán a chicos y chicas... – Suspiró y acarició la mano de Marcus. – Y hoy mi tía me ha dicho que cada vez soy más una mujer y menos una niña y... Me ha sobrepasado todo un poco. – Ladeó una sonrisa. – Pero luego me has hecho ver que, primero, siempre seremos nosotros, pase lo que pase, y segundo, que el futuro, si lo planeamos juntos, es genial, como todo lo que hacemos.Y se acercó un poco más a él. – Así que gracias a ti, Marcus. –
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