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Miér Mayo 12, 2021 3:56 pm

Abre los ojos
CON Alice EN Sala común A LAS 19:30h, 20 de febrero
Desde que ocurriera lo de la amortentia, el Profesor Antares había decidido mantener el aula de pociones cerrada a cal y canto los fines de semana. Le parecía una medida correcta solo a medias, porque de hecho el día que se hizo la amortentia era jueves, pero no es que fuera novedad para nadie que tuviera criterios en cuanto a proceder diferentes a los del profesor de Pociones. Después de su conversación con el hombre, este prácticamente le echó del aula cuando aún tenía su remesa de pociones a medias porque tenía que cerrar. Las dejó a buen recaudo, insistió en que estuvieran guardadas donde nadie pudiera encontrarlas (no se fue hasta que se aseguró de ello, de hecho), y le dijo a Alice que retomaría el trabajo en cuanto abriera el lunes. Ni que decir tenía que sexto no era el año para llevar las planificaciones más ideales, porque entre la presión en cada asignatura por la proximidad de los EXTASIS, los estudios y las obligaciones de prefecto, su tarea extra con las contraceptivas había pasado a un segundo plano. Era miércoles ya y a Marcus le empezaba a dar un tic nervioso de ver que ya casi hacía una semana que se propuso hacer algo y no lo tenía hecho todavía. Aunque nadie, salvo él, le estuviera obligando.

Le había pedido permiso al profesor para terminar la remesa a tercera hora, que Marcus la tenía libre, pero Antares insistió en que tenía clase y no podía ser. Marcus solo necesitaba un caldero y una mesa, estaría calladito y prudente en un apartado del laboratorio sin perturbar lo más mínimo, ni que fuera la primera vez que un alumno de otro curso estaba realizando un proyecto mientras se daba una lección. No hubo manera. Ponía la mano en el fuego porque Antares no quería arriesgarse a que alguien le preguntara a Marcus qué estaba haciendo y verse en la tesitura de tener que explicarlo. "Pues son alumnos de quinto, no vendría mal que preguntaran, yo estoy dispuesto a responder", le había dicho él muy bien puesto. Ni por esas. De verdad, ese hombre le crispaba la paciencia, luego el cuadriculado era Marcus. No consintió prestarle el aula hasta última hora de la tarde, cuando todos se hubieron ido. Con lo que Marcus odiaba tener que hacer las cosas con prisas.

Pues con prisas había tenido que ser. Allá que iba, con la caja de veinticinco pociones levitando ante él, muy despacito porque eran muy delicadas. - Lo que molaría darte un susto ahora. - Marcus rodó los ojos. La misma capacidad que tenía Antares para mimetizarse con una pared de neutro que era, la tenía Creevey para todo lo contrario. Aparte de que aparecía por los rincones más insospechados del castillo, es que siempre tenía que andar llamando la atención. – Tírame una sola gota de poción y me las vas a hacer todas de nuevo. - Ni loco le dejaba a Creevey esa tarea, para que le envenenara a su Alice. Pasó de largo pero el otro se puso delante, caminando de espaldas y con esa sonrisilla de mala idea que llevaba siempre en la cara. - ¿Son para...? - Y empezó a hacer gestos obscenos. Honestamente, Marcus estaba ya tan cansado de ese niño y sus continuos comentarios soeces y burlas, y estaba tan subidito con el tema de la utilidad de las contraceptivas, que se detuvo en seco y esbozó una sonrisa con los labios fruncidos. – Pues sí. - Eso dejó a Creevey a cuadros. Definitivamente no esperaba esa respuesta. Pocas cosas daban más satisfacción a Marcus que dejar a un pesado así con la boca cerrada.

Arqueó las cejas con superioridad, ampliando una sonrisa falsa, y pasó de largo, dejando al otro atrás totalmente descuadrado. Por supuesto, antes de perderse por el pasillo, el menor tuvo que soltar otro de sus comentarios. - ¡Pues sí que te vas a hinchar! - Marcus simplemente alzó un pulgar con chulería y giró por la esquina para subir las escaleras hacia la Torre Ravenclaw. Lo mejor de todo es que, encima, era altamente probable que Creevey pensara que se había tirado un farol. Ya ves tú lo que a él le importaba. Estaba tan seguro de sí mismo y de estar haciendo lo correcto, y tan feliz de ser novio oficial de Alice y que lo supiera todo el mundo, que lo que hablara la gente le importaba entre poco y nada.

- Mira, no te creo. - Dijo Hillary en cuanto lo vio aparecer. Estaba muy retrepada en un sillón junto a Sean, que asomó los ojos por encima del libro tras el que estaba escondido y empezó a reírse. Más hinchó Marcus el pecho, buscando a Alice con la mirada por la sala común. – ¿Dónde está mi novia? - Dime que eso no es lo que creo que es. - Fue la respuesta de Hillary, que seguía sin salir de su asombro. Donna también le estaba mirando con la boca abierta. Y Marcus más crecido todavía. – Si lo que crees que es se trata de una poción sanitaria para garantizar la salud y bienestar de mi pareja y que nos va a permitir disfrutar del amor que nos profesamos tranquilamente y sin riesgos que puedan comprometer nuestros proyectos a corto y medio plazo... - Ohj, Dios... - Interrumpió Hillary, con voz de asco. Marcus ni se inmutó. – Entonces, sí, es lo que crees. - Qué fuerte. - Dejó escapar Donna, con una risa alucinada, mirándole con ojos de incredulidad y una sonrisilla. Sean asintió con falsa impresión. - Y se presenta con la pedazo de caja volando y lo dice aquí sin paños calientes en mitad de la sala común. Di que sí, con dos huevos. - Cada día estás más flipado, parece que entrenas. - Añadió Donna, que aún estaba alucinando.

Marcus suspiró, haciendo caso omiso a sus amigos y sin dejar de otear el entorno con su seguridad en sí mismo habitual. – Bueno, ¿no me dice nadie dónde está? - En los dormitorios. Puedes subir y compruebas si has conseguido el efecto deseado con eso. - Bromeó Sean, echándose a reír y haciendo a Donna estallar en una carcajada también. Marcus suspiró. – Ya, muy maduros. No pasarían estas cosas si este contenido llevara en el itinerario curricular desde quinto. - Él seguía con su obsesión con el itinerario curricular. Hillary no se reía, simplemente le miraba como si se hubiera dado un golpe en la cabeza. - Sabes que te va a matar como te vea aquí en medio con eso, ¿no? O sea, ¿por qué no haces una pancarta y lo proclamas? - La chica bufó, mientras Marcus se adentraba un poco más con intención de dirigirse a las escaleras del dormitorio de las chicas para esperar a Alice al pie de estas. - Dios, dime que no te has venido con la caja flotando por todo el castillo. - ¿Conoces alguna otra manera para llegar hasta aquí desde las mazmorras? – Hillary se acercó a él con los ojos muy abiertos y los brazos cruzados. - A ti se te ha ido la olla, ¿verdad? - Marcus ladeó la cabeza y esbozó una sonrisilla. – Tengo muchas y me han salido muuuuuy bien. - Dijo con un extraño tono sugerente, bajando la voz. – ¿Quieres una, Hills? - Eso le granjeó un puñetazo de la chica en el brazo. – ¡Au! - Dijo con un respingo, llevándose la mano al lugar del golpe con expresión dolorida. Se le desdibujó toda la chulería en un segundo. - La próxima vez te lo doy en esa sonrisita estúpida que pones. Mira, me voy a por tu novia y que te aguante ella. - La chica subió las escaleras echando humo, mientras Marcus la miraba con un mohín infantil de disgusto. En cuanto desapareción (haciendo alarde de su valentía habitual) se puso muy bien puesto otra vez y bramó. – ¡Aquí pienso esperarla! ¡Porque soy un buen novio! - Recochineó. Tsss... Qué mala es la envidia, de verdad...
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Miér Mayo 12, 2021 5:05 pm

Abre los ojos
CON Alice EN Sala común A LAS 19:30h, 20 de febrero
No, mira, es más simple que eso, solo lo pones aquí. – Dijo situando el instrumento de progresiones sobre el número, y este se empezó a alargar solo por el papel. – Y él ya se estira lo que haga falta para marcarte la siguiente progresión lógica de la derivada. – Amber y sus dos amigas suyas hicieron un sonoro "ohhhhh" entendiéndolo por fin. Habían ido hace un rato a pedirle si les podía enseñar a usar el medidor de progresiones para Aritmancia, y estaban un poco perdidas. En algún momento de la reunión improvisada en su cuarto, Beverly se había autoinvitado a entrar y se había sentado en la cama, observando muy atentamente. – ¿Y el semicírculo para que sirve? – Preguntó con su vocecita chillona. – ¿Esto? – Preguntó Gal cogiendo otro de sus instrumentos. – Es un medidor de funciones, pero este no se usa hasta sexto en Aritmancia Avanzada.Qué bonitos son. – Dijo la niña con una sonrisa. No podría ser más Ravenclaw si lo intentara. – Y los míos son viejos, eran de mi padre, pero yo los metía en una poción desoxidante y otra abrillantador y están bastante bien. Pero los de Marcus se los regalaron estas navidades mismas, luego le pedís que os los enseñe.Su papá es aritmántico, ¿verdad? – Preguntó Beverly moviendo los pies desde la cama. Gal sonrió y asintió. – Y su mamá ha escrito libros de hechizos. Y tu papá hace hechizos también. – Le dijo mirándola. Vaya con la niña, no veas si estaba informada. – Así es, pero hacen hechizos ligeramente diferentes. No tienen, por así decirlo, el mismo estilo. – Por decirlo de alguna forma, porque no podían ser más distintos. Aunque quizá eso era lo que los hacía valiosos como creadores de hechizos. Además, su padre no hacía, o no debería hacer, más hechizos, al menos en un tiempo.

Lo sé porque sale el nombre de tu papá en el libro de Defensa contra las artes oscuras. En el hechizo que hizo para proteger el MACUSA. – Gal sonrió más todavía y asintió. – Vaya ojo tienes, Bev. – La otra asintió con orgullo y Amber preguntó. – ¿Qué hechizo era? – Iba a contestar y la niña se le adelantó. – Es el hechizo protector más potente que se ha realizado en un entorno muggle. Está basado en las propiedades protectoras unitarias del díctamo, ¿a que sí, Gal? – Ella asintió. – Eso mismo. Hala ¿y tú te lo sabes? – Preguntó Amber con los ojos muy abiertos. Ella se rio. – Bueno, sé hacerlo a pequeña escala. Para proteger plantitas y eso, y no sale tan fuerte como eld de mi padre. Además el suyo lo lanzaron entre un montón de magos del MACUSA, así que en verdad, nada que ver. ¿Y no te sabes ningún otro? – Preguntó Beverly. Ella se giró con una sonrisa y dio con la punta de la varita en la rodilla de la chica. – Numeria aérea. – Y como si saliera de Beverly, una cifra flotó sobre ella, moviendo los números hasta dar con la cifra exacta. – Eso es el número de chicas que somos en Ravenclaw. Es lo que usó para calcular cuántos díctanos había en Utah, para poder desarrollar el hechizo y se puede hacer con lo que sea que quieras calcular. Woooow. – Oyó al unísono. Sí, su padre era único para atraer la atención de las jóvenes mentes.

Princesa Gal, hay un príncipe abajo que te reclama, y tiene un regalillo para ti. – Dijo Hillary, con tono hastiado desde la puerta. Ella frunció el entrecejo. No solía perderle la pista a su novio, pero justo había coincidido que había tenido Herbología y se había quedado un rato con Mustang y cuando había vuelto se había metido en la ducha, y al salir se había encontrado con Amber y compañía, así que no le veía casi dad la comida. Se levantó con una sonrisa y dijo. – Venga, señoritas, que yo creo que hoy ya hemos aprendido suficiente incluso para ser Ravenclaws. Vas a ver... – Dijo Hillary comuna sonrisilla maliciosa. Uuuy, a ver qué andaría tramando.

Bajó las escaleras de los dormitorios, con las cuatro chicas siguiéndola como si llevara vagones de cola y ella fuera la locomotora. – Me han dicho que mi príncipe me buscaba. – Dijo con una sonrisita de niña buena, poniéndose las manos a la espalda. Llegó a su altura y le dio un piquito ante de susurrar. – Ahora yo también tengo fans, creo. – Pero algo pasaba, porque Sean y donna no paraban de mirarse entree ellos con cara de tontos y aguantándose la risa. – ¿Qué...? – Y entonces lo vio. La caja llena de pociones. No, que lo había hecho en serio. Alargó la mano y atrajo la caja flotante hacia sí. – Pero... – Se mordió los labios y miró al rededor. Ay, de verdad, cuando ese proponía algo, y él mismo se convencía de que era exactamente lo correcto, traspasaba todas las barreras de la vergüenza, porque según Marcus O'Donnell era lo que había que hacer. Y claro, ahora no iba a dejarle vendido. Se rio un poco y levantó la varita, tocando uno de los botes. – Numeria aérea. – Y un veinticinco salió flotando de las botellitas. – No está nada mal. – Dijo abriendo mucho los ojos y mirando a Marcus sin perder la sonrisa. – Gracias, cariño. ¿Qué es? – Preguntó inevitablemente Beverly. – Una poción de necesito y que Marcus, que es muy buen novio, me ha hecho. – Contestó, tratando de mantener la compostura. – ¡Oye, Marcus! Creevey va diciendo por ahí que le has hecho a Gal una poción para... – Llegó Colin, informando al punto, pero se quedó petrificado cuando vio a Amber y su neutra mirada apuntándole, acompañada de los demás que estaba ahí. Solo lo rompieron las risas de Sean y Donna. – A ver cómo sale ahora de esta... – Decía Sean, a lo que Gal se giró y dijo. – No tiene que salir de nada. Está comportándose como un novio atento y responsable. A ver si aprendemos. – Dijo alzando un poco la voz. En verdad la etaban liando, pero bueno, igual haba que ir cambiando las dinámicas de llevar aquellas cosas a escondidas y hablar con más franqueza de según qué cosas. – Y esto es de nuestra incumbencia y de nadie más. Y menos de Creevey, que esta poción no la va a necesitar hasta sabe Merlín cuando. – Lo cual hizo reír un poquito a Colin, que era el único de los pequeños que sabía de que iba el tema.
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Jue Mayo 13, 2021 12:36 am

Abre los ojos
CON Alice EN Sala común A LAS 19:30h, 20 de febrero
No se pensaba mover ni dejar de levitar la caja, y bien orgulloso que estaba. Pasaba olímpicamente de las risitas de Sean y Donna, es que vaya dos, parecía que tenían ocho años. En cuanto al resto de la sala común, en realidad lo único que podían ver allí era un montón de tarros en una caja, no es que pusiera "poción contraceptiva" por ninguna parte. Y lo dicho, le daba igual que la gente se enterara. Tenía el firme convencimiento de que lo que estaba haciendo, lo estaba haciendo bien.

Claro que no contaba con ver a Alice bajar con tantas chicas menores tras ella. – Vaya, la princesa viene con séquito. - Dijo con una sonrisita, aunque un tanto nervioso. ¿De verdad? Beverly y Amber, ni más ni menos. Podía hacer apuestas a ver cuál de las dos le preguntaba primero, y lo peor es que eran capaces de acertar por sí solas y todo. Recibió el piquito con una sonrisita y saludó con un gesto cortés de la cabeza a las acompañantes. – Chicas. - Saludó protocolario. Amber le devolvió el mismo saludo recto y sus amigas dijeron un "hola, Prefecto O'Donnell" muy natural. Beverly fue la que emitió el saludo más cariñoso, con una sonrisita y un movimiento de su mano. Rio un poco al comentario de Alice sobre las fans y dijo. – No me extraña. - Aunque no es hoy el día más oportuno para tenerlas. Quizás debería predicar con lo que le pedía al Profesor Antares y, si le pedían información, darla como la daba de cualquier otra cosa. Pero, honestamente, tampoco es que él fuera especialmente ducho en la materia... Y le daba un poquito de vergüenza, todo fuera dicho. Que todas eran chicas, y más pequeñas que él (bastante, además, en el caso de Beverly). Y no chicas cualquiera, chicas Ravenclaw, que eran bastante preguntonas. No estaba preparado para eso. ¡¡Si es que por eso deberían de ir estas cosas en el itinerario curricular!!

Alice tomó la caja y él esbozó una sonrisa de labios fruncidos, un poco avergonzada. Cuando vio salir el numerito, la mueca de sus labios fue más sincera. – No se lo digas a mi padre, pero me encanta ese hechizo. Es súper útil. Aunque entiendo que a él no le guste, es una especie de "trampilla" a su trabajo. - Comentó, con suerte el foco atencional se centraba en el hechizo. Pero no. Le hubiera gustado tener allí a su padre y que definiera las probabilidades de que fuera Amber o Beverly la primera en hacer esa pregunta. Fue Beverly. Afortunadamente, Alice salió bastante bien del paso y él pudo erguirse como un orgulloso buen novio. Pensó que la cosa quedaría ahí y ya está... Pero ya tuvo que llegar Colin alarmando como si hubiera un incendio. Tenía que enseñarle a ese chico el valor de la sutileza. Un prefecto que anunciaba tanto su llegada pillaba pocas travesuras.

Le miró con los ojos muy abiertos, y no porque fuera a espantarle ni mucho menos lo que iba a decir, sino porque lo hiciera delante de Beverly, que aún estaba en segundo. Aunque ciertamente ninguno de los presentes daba mucha credibilidad a lo que Creevey decía. Igualmente, no hizo falta advertencia alguna porque Colin se detuvo solo nada más ver a Amber. – Los Ravenclaws no nos dejamos llevar por la rumorología, sino por datos contrastables. - Dijo Marcus, mirando significativamente a Colin. Vio como Amber asentía gravemente a eso, totalmente convencida de la argumentación. Esa sí que era su digna heredera, era una extraña mezcla entre Kyla y él. Miró con una sobrada caída de ojos y Sean y Donna, de soslayo y con la dignidad de quien sabe que no merecen ni su atención, y pasó un brazo por los hombros de Alice. – Chicos, esta es la lección más importante que vais a aprender hoy. - Dijo ceremoniosamente. – Cuando amas a alguien, o cuando le aprecias de cualquier forma, y tienes en tu mano hacer cosas por esa persona, las haces. Y no esperas nada a cambio, solo las haces. Por su bien, por el tuyo y porque eso demuestra valía de corazón. El intelecto es importante, pero la bondad también. - Y hecho, ya había dado su discursito, el cual finalizó con otra caída digna de ojos y mirada de superioridad a sus amigos, cuyas muequecitas de burla entre ellos le importaban entre poco y nada.

– Cariño, te espero aquí mientras subes... - Aunque en este caso sí que hay datos contrastables. - Interrumpió Amber. Marcus la miró inexpresivo. Al parecer, la chica no había estado atendiendo a su memorable discurso como habían hecho sus amigas y, por supuesto, Colin y Beverly, que se tragaban absolutamente todo lo que Marcus decía con devoción. - Ya sabemos que Benjamin es un patán, y estoy de acuerdo en que la rumorología es la deshonra de todo Ravenclaw. - Efectivamente, muy bien dicho. – Contestó Marcus, que ya estaba empezando a temerse que aquello fuera a más. Se giró hacia Alice e hizo por cortar el tema de nuevo. – Y una vez aclarado, si quieres puedes llev... - Pero sigue un patrón muy concreto en sus burlas y comentarios. - ¿El de decir tonterías que no le importan a nadie? - Preguntó Beverly con evidente sarcasmo. - Exacto, pero son un tipo muy concreto de tonterías. - Respondió Amber, con la seriedad de un juicio en el Ministerio de Magia. Marcus dejó escapar una risita y miró a Alice, como si aquello no tuviera importancia, negando con la cabeza. – Lo dicho, que mejor no hacerle caso... - Colin. - Dijo Amber, volviéndose al chico súbitamente. Este reaccionó como si le hubieran echado un Petrificus Totalus. - ¿Recuerdas exactamente cuál era el contenido de los comentarios de Creevey? - Yo no creo que sea de interés, de verdad. – Dijo Marcus entre risas. Ya se le estaba yendo aquello de las manos, porque Amber era mucha Amber. Y los idiotas de Sean y Donna riéndose de fondo. De verdad, les iba a lanzar un cojín a cada uno.

Se hizo un silencio pesado de apenas un par de segundos, porque el comentario de Marcus había sido flagrantemente ignorado y Amber seguía muy seria esperando respuesta de Colin. Beverly también. Porque la chica estaría enamorada de su prefecto, pero era muy metiche y le tenía bastante manía a Creevey, no iba a dejar escapar esa oportunidad, que con suerte se enteraba de qué se traía Marcus entre manos y conseguía que este se enfadara lo suficiente como para quitarle puntos al otro. Dos pájaros de un tiro. La única reacción en el cuerpo de Colin fue que empezó a ponerse colorado de golpe. - Eeem eeem yooo... No... No me acuerdo, esto... - Decía, mientras miraba a Marcus de reojo. Él le devolvía al chico una mirada significativa. A ver qué respondes, colega. Amber, dándose cuenta de que los balbuceos de Colin no iban a ninguna parte, tomó el testigo otra vez. - Estos son los datos de los que disponemos: se trata de una poción que Marcus le ha hecho a Gal porque ella la necesita, alegando que es "por ser buen novio, atento y responsable", por lo tanto puede que la variable de la relación estable tenga algo que ver, así como la de la responsabilidad. Es algo que incumbe a ella pero en lo que él tiene responsabilidad. - No, no, qué va. – Dijo él con una risilla nerviosa, diciendo que no con el índice. Amber ni caso, continuó. - Tiene que llevar intrínseco algún elemento susceptible a la burla para que Benjamin Creevey vaya hablando de eso por el castillo, y para que los dos amigos del Prefecto O'Donnell que están allí al fondo no paren de reírse. - A Sean y a Donna se les cortó la risa de golpe, por alusiones. Eso por idiotas, pensó Marcus. Pero de verdad que tenía que cortar aquello. No iba a ser tan fácil, porque Amber parecía haber cogido carrerilla. - Y también algo lo suficientemente comprometedor para el prefecto como para que Colin venga corriendo a contárselo, pero ahora no se atreva a decirlo delante de nosotras. - Colin agachó la cabeza. A Marcus se le volvió a escapar una risilla nerviosa, queriendo camuflarla de seguridad y superioridad, y le puso una mano en el hombro a Beverly. – Vaya, yo creo que ya estamos aburriendo a esta chica de aquí. - ¡Para nada! Yo quiero saber las conclusiones. - Dijo la chica, con los ojos brillantes de intriga. Mala estrategia. Marcus echó un poco de aire, teñido de risa nerviosa otra vez, pero antes de poder pedirle a Amber que cortara, esta se giró muy puesta hacia él y le preguntó con mucho protocolo y seriedad. - Prefecto O'Donnell, ¿son pociones relacionadas con tener relaciones se...? - Marcus soltó un exagerado carraspeo, seguido de una tos bastante estruendosa, que enmudeció el final de la frase de Amber. Vaya, acababa de revivir todas las veces que su padre hacía eso para interrumpir algún discurso de Violet. Beverly la estaba mirando con un toque de indignación y expectante porque repitiera, porque el ruido del chico le había impedido enterarse de algo que, muy probablemente, no iba a entender. Colin tenía la cara desencajada y estaba más colorado que el escudo de Gryffindor.

– Ey, Bev, ¿por qué no acompañas a Alice arriba a que deje las pociones? Seguro que necesita tu ayuda para guardarlas, ¿verdad? - Dijo mirando a su novia casi con súplica. Que se llevara a la niña, por Dios, que tenía que leerles la cartilla bien leída a Amber y a Colin. Beverly, por su parte, había fruncido el entrecejo enfurruñada y no parecía nada convencida de que la echaran de allí. – Ya sabes, Princesa de Ravenclaw, es importante que sus majestades se ayuden. - Dijo con un tono con el que sabía que se la iba a camelar. Efectivamente, la niña esbozó una sonrisa orgullosa y se fue tras Alice escaleras arriba. Marcus se quedó mirándolas esperando que se perdieran, con una sonrisita de disimulo, y nada más desaparecieron se giró como un resorte a los otros dos. – ¡¿Pero cómo decís estas cosas delante de una alumna de segundo?! - Preguntó con un susurro indignado y urgente. Colin se encogió como una tortuga, pero Amber se quedó imperturbable, como si no supiera el motivo de tanta turbación. – A ver. - Dijo con un gesto de las manos, respirando hondo y cerrando los ojos, manteniendo la calma. – Sé que sois dos postulantes para futuros prefectos, y los dos lo valéis mucho. Pero hay ciertas cosas con las que tenéis que tener cuidado. - Miró a Colin. – Evans, te ha faltado venir tocando una pandereta. Y deja de dar pábulo público a todo lo que diga Creevey. Cuanto menos caso se le haga, mejor. - No creo que debas avergonzarte de esto, Prefecto O'Donnell. - Dijo Amber con toda la normalidad del mundo. Marcus parpadeó, mirándola, y ella prosiguió. - Ciertamente me parece un acto muy romántico por tu parte y que denota responsabilidad y entrega. - Gracias por tu veredicto, Ming, aunque no te lo haya pedido. – Dijo con una sonrisa y tono ácidos. La chica como si nada. - Lo que quiero decir es que deberías mostrarlo con orgullo. Considero que estas cosas deberían estar en el itinerario curricular de Pociones. - ¡Gracias! – Dijo señalándola con ambas manos y los ojos muy abiertos. Ah, en eso sí tenía razón, ¿ves? Si es que no era tan difícil. - Podrías proponérselo al Profesor Antares. - Comentó la chica. Ya tenía ganado a Marcus. – Le he presentado una propuesta oficial, y de hecho estoy en vías de hablar con la Enfermera Durrell para... - Se detuvo. Amber le seguía mirando con toda la normalidad del mundo, como si realmente estuvieran debatiendo, pero Marcus acababa de tomar tierra otra vez. ¿¿Estaba hablando de sus precauciones sexuales con una niña de catorce años?? Cerró los párpados y se frotó los mismos con los dedos. – Ming, de verdad, ni es el momento ni soy la persona con la que tienes que hablar esto. - Yo... Creo que... Voy a... Irme ya. - Dijo Colin, dando un pasito para atrás. Marcus suspiró con cansancio y señaló los sofás con la mano. – Idos los dos, por favor. Antes de que Alice vuelva a bajar. -
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Jue Mayo 13, 2021 1:46 am

Abre los ojos
CON Alice EN Sala común A LAS 19:30h, 20 de febrero
Gal encogió un hombro y puso puso cara de niña buena chasqueando la lengua. – Al trabajo de tu padre es imposible hacerle trampas. Está demasiado bien hecho. – Dijo con cariño, porque ella admiraba mucho a Arnold, como el hombre tranquilo, reflexivo y trabajador que era. Pero sabía que a Marcus le gustaban más que a nadie las chorradas de su padre, y disfrutaba haciéndolas para él.

Pero Colin rompió un poco el momento con lo que vino diciendo. Gal suspiró y le miró. – Si es que a Creevey no se le puede echar leña al fuego... – Pobre Colin. Era Marcus sin el punto de chulería, y tenía la mecha todavía más corta. A ver si Amber le breaba un poquito. Al menos a su novio siempre le quedaba la palabrería, y ya empezó a echarles la chapa, mientras Gal aprovechaba y se hacía con la caja de pociones. No pudo evitar poner una carita de adoración sonriente cuando dijo lo de "cuando amas a alguien" y le lanzó un beso. La verdad es que era único dejando a loss estudiantes con cara de póker. Pero claro, no contaba con Amber, que era la horma de su zapato para ese asunto. en cuanto la oyó empezar su discurso susurró. – Ay, no... – Porque Gal tenía que aguantar con mucha asiduidad a Amber y ya sabía que les iba a salir por la tangente. – Vamos a ver, que seguís dándole pábulo a lo que dice Creevey... – Pero nada, Amber seguía a lo suyo y suspiró. Aquello les iba a explotar en la cara. Y nada, la muchacha tenía para todos, Sean y Donna incluido, pero Gal se calló y simplemente dejó que Marcus manejara la situación, porque ya se conocía aquello y ella iba a hacer alguna maniobra Gallia y luego Marcus le diría "me has dejado vendido".

De hecho, cuando Marcus insinuó que se llevara a Beverly, amplió la sonrisa y cogió de los hombros a Beverly. Sí, la niña era muy inteligente y había descubierto que se le daba bien hablar con ella een la intimidad de mujer a mujer. – Sí, ahora mismo bajo. – Dijo mirando e hito en hito a Amber y Colin. – La primera tenía esa expresión que nunca quitaba, neutra y analizadora, y el otro le miraba gritando "socorro" , porque estaba entre que había dejado en vergüenza a su amado prefecto y el cariz que estaba tomando la conversación, se le notaba que se quería morir. – Venga, alteza, vente conmigo y ahora hablo yo contigo de un par de cosas. – Y miró, sin quitar la sonrisa, a su novio. Si es que, a pesar de ser los mayores, era demasiado nuevo en aquello. Beverly no parecía muy conforme, pero hubiera tenido que nacer otra vez para no hacer algo que su prefecto le mandara. Se fueron para las escaleras de los dormitorios y se giró a la niña. – No te enfades, Bev. – Ella alzó los ojos y la miró. – No soy una cría y no soy tonta. – Oy, cuanto le sonaba aquel discurso. – Lo sé, pero, ¿conoces a tu prefecto? Hay cosas que le da mucha vergüenza hablar, y es normal. – Llegaron arriba y se fueron hacia su cuarto,

Cuando entraron le dio las pociones a Beverly para poder abrir su baúl a los pies de la cama. Sabía que la niña mirarías las pociones a ver si sacaba algo en claro, pero también le demostraría que no quería ocultarles nada. Las volvió a coger y las guardó. Cerró la tapa del baúl y se sentó sobre ella mirando a Beverly. – Bev, ¿tú ya tienes la regla? – La niña la miró abriendo los ojos mucho, luego los paseó por la habitación mirando a ver si había alguien más y luego lo devolvió a ella. – Sí. – dijo agarrándose las manos a la espalda. – ¿Y a que no te gusta que nadie lo sepa, ni hablar de ello delante de quien tú no quieras? – Ella asintió, y ya podía ver un poco del arrepentimiento. – ¿Te tomas alguna poción para que no te duela? – Volvió a asentir. – ¿A que no te gustaría que todo el mundo hablara de tu poción en la sala común? – Negó con la cabeza, pero esta vez añadió. – ¿Es para eso? – Gal negó también. – No. Pero forma parte del ámbito privado de mi vida con Marcus y no nos gusta hablar de ello delante de la gente. Llegará el día en que uses pociones que antes no sabías que existían, y que no quieres que los demás sepan que usas. Pero eso no quiere decir que te tratemos como un aniña pequeña. – Ella asintió apretando los labios. – ¿Marcus se ha enfadado conmigo? – Gal sonrió y volvió a negar. – No, para nada. Ya verás, pídele luego qu te enseñe lso instrumentos de Aritmancia, va a estar encantado. – Eso puso una sonrisa en la cara de Beverly y Gal puso bajarse tranquila.

Parecía que Marcus haba conseguido neutralizar a los dos retoños de prefecto y ahora estaba respirando tranquilo. Se acercó a él y le rodeó con los brazos por el cuello y le miró con cariño. – Buen trabajo, prefecto O'Donnell. Yo he hecho el mío. – Dijo mirándole alzando las cejas. – Aunque me temo que vas a tener que compensar a su alteza con enseñarle unos instrumentos de Aritmancia más nuevecitos que los míos. – Se acercó a él y juntó la frente con la suya. – Gracias por las pociones. – Bajó la voz y dijo. – Y gracias por la expectativa de que vamos a necesitar nada más y nada menos que veinticinco. Voy a teener que ingeniármelas para buscar sitios nuevos. – Se acercó a su oído y dijo. – Te dejé claro que solo se necesita una, aunque lo hagamos varias veces, ¿verdad? – Y se rio un poquito. Tiró de la mano de Marcus hacia el sofá, junto a la chimenea haciéndole tirarse con ella. – Ven y cuéntame qué tal te ha ido con Zafar Antares, el hombre menos dispuesto a los cambios de la historia. – Dijo entre risas, poniéndole las piernas por encima del regazo y acurrucándose contra él con cariño.
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Jue Mayo 13, 2021 12:54 pm

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CON Alice EN Sala común A LAS 19:30h, 20 de febrero
- Por favor, mantenme informada de tus avances con el Profesor Antares. - Dijo Amber, haciendo alarde de una formalidad tan extrema que hasta el mismísimo Marcus se sorprendía. El chico asintió con una sonrisa cordial. – Lo haré. - Al fin y al cabo, voy a tener que continuar yo con ese trabajo, porque dudo que a ti te dé tiempo a hacerle cambiar de opinión en lo que te queda. - Respondió en su tono de monocorde naturalidad habitual. Marcus se pasó la lengua por los dientes lentamente, chasqueando los labios. – Gracias, Ming. - Respondió lentamente, con tono de estar armándose de paciencia. De verdad, lo que tenía que aguantar. La chica se tomó las gracias a lo literal, hizo un cortés gesto de la cabeza y se marchó, con Colin siguiéndole los talones, mientras Marcus negaba con la cabeza mientras les veía alejarse. Anda que vaya cuadro de sucesión se dejaba en Ravenclaw...

- ¿Tienes alguna otra charla más sobre educación sexual que dar? Ahí hay unos cuantos alumnos de tercero, ¿por qué no vas y les hablas? - Dijo Sean, acercándose a él junto a Donna, entre risas. Marcus les miró con una sonrisa artificial. – Ja-ja. No sé si sois más graciosos o maduros. - Lo que no son es tan fanfarrones como tú. - Dijo Hillary a su espalda, apareciendo por las escaleras de los dormitorios y riendo también. - Te lo tienes merecido por sobrado. - Y no sabes lo que te has perdido. - Aseguró Donna entre risas. Marcus abrió la boca para responder, irguiéndose dignamente, pero Sean se le adelantó. - Antes de que empieces un alegato sobre la envidia que te tenemos, nos vamos a cenar. - ¿Ya ni nos esperáis? Alice tiene que estar a punto de bajar. – Donna soltó una risa, cruzada de brazos. - Ha sido muy divertido el espectáculo, pero pasamos de veros comiéndoos la boca en la cena a modo de agradecimiento por el numerito de las pociones. - Muy elegante, Hawthorne. – Contestó irónico. Hillary soltó una carcajada y se puso junto a sus amigos. - No tanto como pasearse por el castillo con un cartel que dice "no quiero dejar preñada a mi novia". - Los tres se echaron a reír, pero Marcus rodó los ojos y soltó aire por la boca. – Está claro que el hambre os está haciendo decir tonterías, así que sí, idos a cenar y ya iremos nosotros. - Gracias por su permiso, prefecto. - Contestó Sean con burla, siendo coreado por sus amigas.

- En fin, que cuando sus majestades quieran, en el comedor estamos. - Dijo su amigo, girándose y encaminándose los tres hacia la puerta. Marcus se quedó con expresión de no importarle lo más mínimo. Pero tendría que nacer de nuevo para no contestar. – Los reyes siempre llegan los últimos a los banquetes, que lo sepáis. - Al menos ya sabemos que no tendremos herederos al trono en un tiempo. - Oyó a Donna comentar por lo bajo, siendo coreada por más risas de los otros dos. Tss, vaya tres tontos tenía por amigos, de verdad.

Alice apenas tardó un par de minutos en bajar. Cuando lo hizo, toda la tontería de sus amigos y el apuro con los chicos menores desapareció por completo, devolviéndole una sonrisa satisfecha y de corazón cuando se enganchó a él. El comentario de Beverly le hizo rodar los ojos con apuro. – Perdona por encasquetártela, ya sabes que me llevo bien con ella, pero tenía que decirles unas palabritas a esos dos. - Dijo señalando con la cabeza a Amber y Colin. La chica estaba sentada en una silla frente a las estanterías, muy concentrada metida en un libro sobre pociones (estaba claro que no iba a dejar el tema ahí), mientras el chico, sentado a su lado, sugería que podían irse a cenar y seguir investigando luego. – ¿Te ha hecho muchas preguntas? - Esperaba que no, que Beverly era incansable y le tenía un poco de manía a Alice, aunque parecía que se habían reconciliado bastante desde que le regaló su corona.

– De nada. - Susurró de vuelta con una sonrisa, apoyando su frente en la de Alice. El mundo alrededor desaparecía cuando estaban así. Aunque lo siguiente que dijo le hizo soltar una leve risa y ponerse ligeramente colorado. – Bueno... Pensé que ya que me ponía, hacía una buena remesa, para que no te falten. No se ponen malas, al fin y al cabo. - Sin separarse, giró los ojos para comprobar que nadie les miraba, aunque no había mucha gente teniendo en cuenta que era la hora de la cena. Luego susurró un poco más cerca de ella. – Aunque mejor no nos arriesgamos a que se caduquen. - Susurró con una sonrisa de lado. Le dio un piquito y asintió. – Me quedó claro, sí. Pero yo siempre sueño a lo grande, parece que no me conoces. - Dijo guiñándole un ojo. E igualmente, ¿no tenían toda una vida por delante para ellos? Pues eso. Que esas pociones se iban a acabar gastando tarde o temprano.

Se dejó guiar hasta el sofá y se sentó junto a Alice. – ¡Bufff! - Resopló, rodando los ojos. Se acomodó, pasando un brazo por encima de las piernas de Alice y torciendo el tronco hacia ella. – ¿Como puede una persona desviar cualquier conversación hacia la más absoluta neutralidad? - Negó con la cabeza, echando aire por la nariz. – ¿Sabes que el itinerario curricular de pociones lleva sin cambiarse desde 1987? Resulta... - Para qué habría preguntado Alice. La misma chapa que le cayó al Profesor Antares le estaba cayendo ahora a ella, pero ampliada, porque al menos su novia le escuchaba con atención y no le interrumpía ni resoplaba con hastío. – Yo creo que lo que le pasa es que no controla el tema. O que le da vergüenza. O peor aún, que no quiere comprometerse. - Chistó y volvió a negar con desaprobación. – Se lo voy a pedir a la Enfermera Durrell. Podría hacer un seminario anual, adaptado a cada edad. ¿cómo lo ves? ¿Crees que aceptará? - Suspiró y miró de reojo a Amber, que seguía metida en su libro y con un Colin que seguía ingeniándoselas para llevársela a cenar al lado. – Al menos si no me da tiempo este año, dejo legado. - Dijo en voz baja, señalando a la chica con un gesto de la cabeza.
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Jue Mayo 13, 2021 2:36 pm

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CON Alice EN Sala común A LAS 19:30h, 20 de febrero
Negó con la cabeza a lo de Beverley. – No, más bien estaba enfadada porque la tratáramos como una cría, pero le he hecho ver que hay cosas de la intimidad que uno no quiere que se hablen con todo el mundo. Entonces lo que le ha preocupado ha sido que te enfadaras con ella, por eso le he dicho que no se preocupara y que te preguntara por los instrumentos de Aritmancia. Yo creo que va a ser una Arnold O'Donnell de manual en el futuro. – Se giró para mirar a amber y Colin. Le hacía demasiado gracia aquel dúo, y creía firmemente que algún día Colin conseguiría que Amber le hiciera caso y que harían una pareja muy curiosa. ¿Quién mejor que ella para garantizar que las parejas que parecen no pegar pueden llegar a ser perfectas?

Sonrió como una niña traviesa y le dio un beso un poquito más largo a Marcus cuando le dijo lo de soñar a lo grande. – Y yo estoy aquí para cumplir tus sueños, mi príncipe azul. – Y si esos sueños incluían tener que usar esas pociones, con más razón. Y, obviamente, no había conseguido nada respecto a Antares. Ella levantó las palmas y asintió. – ¿Qué me vas a contar? Le he pedido de todo tipo de pociones en estos años, sobre todo medicinales y ya ves tú. – Y escuchó lo del itinerario curricular. Tuvo que soltar una risa sarcástica. – O sea, enseñaban cosas tan peligrosas como esa del olvido, pero luego no quieren meter las medicinales más básicas, porque se puede hacer mal uso de ellas. – Resopló y miró a su novio. – Pues a ver, de todo se puede hacer mal uso, pero digo yo que habrá que el desconocimiento no puede ser el escudo para todo. – Chasqueó la lengua y se cruzó de brazos, indignada. Ella lo veía tan claro... Miró a su novio y negó con la cabeza. – No creo que le dé vergüenza. O sea, a lo mejor también, que es Antares, pero creo que es porque hay gente que está en contra del uso de métodos anticonceptivos en magos. Por esa tontería de la sangre limpia y todo eso. Supuestamente, cuantos más hijos tengan los magos entre ellos, más seremos, y eso es todo lo que les importa. Y además, muchas familias solo conciben que tengas relaciones dentro del matrimonio. Mis abuelos, sin ir más lejos, que lo de mi madre fue un drama porque mis padres no estaban casados. Que ya ves tú, ni aventuras que tuvo mi padre antes de conocer a mi madre... – Entornó los ojos y se rio. – Se llama hipocresía, y hay magos que se la toman para desayunar. Antares no se quiere enfrentar a las consecuencias de las todopoderosas familias de sangre limpia que están en contra de esos. Y probablemente, el resto tampoco. – Había que ser realistas, pero cuando dijo lo de la enfermera Durrell se llevó un índice a los labios. – Pero no es mala idea eso. A ella le importan más bien poco los prejuicios, y es una amante del conocimiento como nosotros, y dede luego sabría explicarlo mejor que el señor Antares. – Se inclinó hacia su novio y le agarró de las mejillas. – Si es que tengo el novio más listo del mundo, madre mía, siempre encuentra soluciones. – Y le dio un beso en los labios con una sonrisa. – Y de premio... – Dijo, dejándolo en el aire. – Nos vamos a cenar que ya es hora. – Terminó con una risita. Se levantó y tiró de su mano, y ante de irse dijo. – ¡Amber! Deja eso ya, mujer, que es tarde y hay que cenar. Vas a matar de hambre al pobre Colin. – La chica levantó la mirada, que apuntó hacia ella, luego hacia Colin, y sin cambiar la expresión, se levantó también y se dirigió hacia la puerta como ellos.

Para variar, ella no había cogido más que arándanos, y escuchaba entre risas las pociones que proponían sus amigos, porque claro, lo de proponer pociones al profesor Antares, abría un mundo de posibilidades demasiado amplio para un grupo de Ravenclaws, y el tema se había trasladado a la discusión de sobremesa. – No, pero ahora en serio, una para los nervios antes de los exámenes estaría genial. – Dijo Hillary. – ¡Yo te puedo hacer una! La de mi abuela es infalible. – Apuntó Sean en seguida. Eso la hizo reír, y se inclinó hacia Marcus susurrando. – Y luego somos nosotros, ¿sabes? ¿Y si la gente se liara a hacer Felix Felicis? – Dijo Donna, pensativa. Gal chasqueó la lengua y entornó los ojos. – ¡Ay, Donna! Primero, el Felix Felicis ese de las pociones más difíciles de hacer que he visto. Y luego, yo no creo tanto en su efecto. No la permitirían con tanta alegría si su efecto fuese real... – Es que era demasiado ideal para ser cierta. Parecía más bien que lo había inventado un Gryffindor o un Slytherin más que alguien con dos dedos de frente. En esa conversación estaba, cuando algo aterrizó en la mesa dándoles un susto. Lo reconoció al instante. – ¡Ay, Arturo! – Trató de coger al pájaro antes de que la liara más grande. – Es el cuervo de mi padre. Está fatal el pobre. Pero en fin, mi padre tiene que recoger todo lo que funcionalmente parezca inútil. – Encima, a pesar de ser un cuervo negro, tenía alma de cachorrillo de perro y se le pegó, frotándole la cabeza en la mano como diciendo "mira que daño me he hecho, cuídame". – Sííí, sí, venga, súbete aquí. – Le dijo palmeándose el hombro y cogiendo las dos cartas que había dejado en la mesa. Arturo obedeció y se quedó allí, acurrucánddose contra ella. Pero Gal estaba a otras cosas. – ¿Carta de mi padre? – Miró a Marcus y bajó la voz. – Si no me puede... – Les habían desaconsejado las cartas. Muy urgente tendría que ser. Ya se había arriesgado ella escribiéndole cuando empezó con Marcus, pero eso había sido hacía un mes y él no le había respondido, lógicamente. Y, para mayor sospecha, había otra de su tía. – Esto es raro. – Dijo sin apartar los ojos de su novio. Bajó la voz y le dijo. – ¿Las abro? – ¿Y si en verdad no eran de us familia si no señuelos de los Van Der Luyden? Por Merlín, ¿cuándo dejaría de estar tan paranoica con ese tema? Si supuestamente estaba controlado... Buscó a Dylan con la mirada y estaba mirando algo que hacía Olympia en la mesa de Hufflepuff. Suspiró. Las había traído Arturo, no debería desconfiar pero es que... Volvió a fruncir el ceño. – Están mojadas. – Dijo dándoles la vuelta. – Si no está lloviendo... – Dijo mirando por la ventana. Aquello cada vez era más raro.
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Jue Mayo 13, 2021 9:34 pm

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CON Alice EN Sala común A LAS 19:30h, 20 de febrero
Chistó, mirando de soslayo a Amber y Colin. – Si es que... Solo a esos dos se les ocurre sacar el tema delante de ella. - Ponerse a hipotetizar sobre la vida privada del prefecto delante de la alumna de segundo que está colgada de él, claro que sí, muy hábiles. Aunque cuando Alice dijo que estaba preocupada por su reacción, no pudo evitar enternecerse. – Ooh. - Frunció los labios. – Esa niña es una monada. - A esa niña solo la consideraba una monada Marcus, exclusivamente, y era porque se comportaba como su mejor fan. Para el resto del castillo no tenía fama de ser precisamente "una monada". Según Marcus, porque no la conocían lo suficiente, claramente. Según cualquier otra persona, Marcus era el único que la veía así por el más que obvio trato de favor de Beverly hacia él, o cuelgue mejor dicho.

Negó con la cabeza, mirando a otra parte con indignación. Sabía que Alice compartiría su forma de pensar, ¡si es que era lo lógico! Y más ella, que llevaba lidiando con Antares dos años más que él. Soltó un bufido. – Pues claro que el desconocimiento no es una excusa. Entre otras cosas porque, ¿sabes cómo se cura el desconocimiento? - Dijo con la vocecilla del niño repipi que aún habitaba en él, dándose con un índice en la sien. – Leyendo. Estudiando. Informándote. Será que no tenemos una biblioteca llena de libros, y un pueblo con librerías a quince minutos de aquí. Es que vaya excusa más mala. ¿Sabes cómo lo llamo yo? Desinterés. - Aunque el argumento que dio Alice a continuación tenía sentido. Frunció los labios y miró hacia arriba, reflexionando. – Pues tanto una cosa como la otra me parecen absurdas. - Dijo, encogiéndose de hombros. – Es decir... Se supone que esto no se hace solo para tener hijos, sino porque... Quieres a esa persona. - Soltó una risa sarcástica. – Y yo conozco a muchas familias de sangre limpia y clase alta y no es que estén plagados de hijos precisamente. - Su tío Finneas y su tía Linda, sin ir más lejos. – Una de dos, o usan pociones contraceptivas, o no se querrán tanto. - No es que se hubiera parado mucho a pensarlo, pero lo de que sus tíos no traslucían el cariño que se tenían sus padres, por ejemplo, no era secreto para nadie. Y, en fin, su madre tenía ruda plantada en el jardín. Suponía que eso eran suficientes datos.

Seguía pensando en todo lo que Alice había dicho cuando la chica se inclinó hacia él y le agarró de las mejillas, sacándole del estado reflexivo y haciéndole reír. – Sí. - Contestó como un niño orgulloso, con la barbilla alzada y una sonrisita, cuando le dijo que siempre buscaba soluciones. La miró con una ceja arqueada cuando dijo lo del premio, y su respuesta le hizo echar la cabeza hacia atrás, apoyándola en el respaldo con una carcajada. – Mira, muy mal tengo que estar para no considerar la comida un premio. Pero no me hubiera importado otro, ahí lo dejo. - Comentó, alzando las palmas de las manos. Rio ante el comentario de Alice a Amber y la secundó. – Ya habéis oído a la reina de Ravenclaw, a cenar. - Continuó, dejando un sonoro beso en la mejilla de su novia mientras se encaminaban al Gran Comedor.

Alice ni caso a sus recomendaciones, solo arándanos. De verdad, no le quedaba nada con esa chica y el tema de la comida. Que tampoco es que Alice fuera desmayándose por los pasillos, solo le había pasado una vez, pero Marcus se había quedado con su trauma particular. Él no se limitó a un cuenco de arándanos, él llenó su bandeja hasta arriba como todas las noches. Estaba comiendo y debatiendo sobre las pociones, pero la sugerencia de Hillary le hizo reír. – Hills, el remedio para no ponerse nervioso antes de un examen es estudiar. - Vaya, como que yo no estudio. De hecho estudio más que tú. - Marcus lanzó una exagerada carcajada. – ¿Cuándo has soñado eso? - Igualmente Sean ya se había sacado una solución de la manga cual caballero andante, y al susurro de Alice se inclinó hacia ella para oírla y se tapó la boca con la mano, disimulando la risa. Pinchó comida con el tenedor y se la llevó a la boca, escuchando el debate sobre la Felix Felicis. – Hmm. - Emitió pensativo, mientras masticaba. Quería hacer constar que había pedido la palabra pero que no podía hablar con la boca llena. Cuando ya le fue posible, miró a Donna pero señaló a Alice con el tenedor. – Yo estoy con ella. Creo que esa poción es una estafa de principio a fin. Su elaboración es ridículamente difícil, necesitas cumplir unos criterios de perfección digno de los mejores pocionistas del mundo, y científicamente no se puede explicar que se genere suerte. La suerte es un estado externo al cuerpo, no vas a tener suerte por ingerir tú la poción. - Vale, Sócrates, ¿entonces por qué está en el itinerario curricular? - Preguntó Sean. Marcus dejó escapar una carcajada. – ¿Quieres que te exponga mis consideraciones sobre el itinerario curricular de Pociones? - No, por favor. - Dijo Hillary. - Que luego la que tiene que aguantar el martilleo en Runas mientras vosotros estáis tan contentos mezclando ingredientes soy yo. -

Iba a contestar a eso, pero algo cayó entre ellos en la mesa, haciéndole dar un respingo y retirar la bandeja en un acto reflejo. Alice fue quien le reconoció. Ah, sí, no era la primera vez que veía a ese cuervo. De verdad, adoraba a William, pero lo de ser práctico no era lo suyo. Ese bicho estaba para el arrastre, casi que sería mejor que se lo diera a su tía Erin para que lo cuidara entre algodones como hacía con toda criatura que se encontraba. - Hay que mejorar ese aterrizaje, ¿eh? - Bromeó Sean, arrancando un par de risitas sutiles, pero todos se habían quedado ligeramente más tensos. Alice llevaba meses sin recibir cartas y todos sabían por qué, y ahora no tenía entre sus manos una, sino dos. De William y de Violet. Marcus tragó saliva y soltó los cubiertos, expectante. – Serán las respuestas de las que tú les enviaste, quizás no han podido hasta ahora. - Dijo, tratando de tranquilizar, encogiéndose ligeramente de hombros en un gesto de pretendida normalidad. Pero Alice tenía razón: eso era raro. Y sí que era extraño, además, que las cartas estuvieran mojadas. Aunque viendo la destreza de ese pájaro no le extrañaría que se hubiera metido en una laguna por el camino. – Sí, claro, a ver qué dicen. - Respondió a lo de si las abría, tratando de quitar hierro al asunto, aunque lo cierto es que él también estaba muy extrañado. Y sus amigos. Solo esperaba que no fueran malas noticias.
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Jue Mayo 13, 2021 11:20 pm

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CON Alice EN Sala común A LAS 19:30h, 20 de febrero
Sentía el latido del corazón en los oídos y le temblaban un poco las manos. Se había quedado muy callada, y no podía ni fingir, porque estaba preocupada. Tragó saliva y miró a Marcus, esperando su confirmación. Él lo sabía todo, él tomaba siempre muy buenas decisiones, pero no solo ella estaba esperando. Sus amigos se habían quedado muy callados. Alzó la mirada para comprobar que tanto Dylan como su primo estaban a otras cosas y abrió primero la de su padre, con un suspiro y las manos temblorosas. Apretó los dedos e inspiró. Tenía que estar tranquila, no tenía por qué ser nada malo.

Querida Alice:

Antes que nada, no te asustes, pajarito mío, que te conozco y ya sé que te vas a alterar solo de ver a Arturo dar tumbos por ahí. Pero creía que si aparecía otra vez por Hogwarts igual los profesores ya me decían que si es que a ver si quiero volver (que la respuesta es sí) y tenía que hablar contigo. Lo primero es lo primero, y ya fui a leerle tu carta a mamá al cementerio. Y me alegro, cariño, no sabes cuánto me alegro, de verdad. Quiero a esa copia de Arnold como si fuera mío y no podría pensar en nadie mejor para mi pajarito. Supongo que esta vez buscaste mejor por Hogwarts y diste con él, eso o mini-Arnold ha montado un buen espectáculo para declararse, que sería muy suyo, ya me lo contarás cuando me veas.

Pero realmente, la carta es para decirte otra cosa más importante (aunque tu felicidad también lo sea). Los abuelos están bien, no te vayas a preocupar, pero el abuelo dice que está fastidiadillo del reuma y la artritis y dice que en Guildford llueve mucho y que aquí nunca llega la primavera y que Saint-Tropez está mucho mejor para eso. Y como ya van estando mayores, no quiero que estén ellos y la tía Simone solos en la casa, y como Dylan ya está en Hogwarts, he pensado que me vendrá bien estar en La Provenza. Aquí... Aquí son muchos recuerdos. Estar un tiempo alejado me vendrá bien y allí hay menos peligros, si sabes a lo que me refiero. Pienso dejar que memé y la tía me pongan gordísimo, voy a practicar el francés a ver si lo mejoro de una vez y a disfrutar del buen tiempo ahora que estoy de excedencia.

Le he escrito otra carta a tu hermano y va dentro de esta, dásela o díselo tú, según veas, pero vamos, que yo lo que quería era que viera que está todo bien. No podré escribirte un montón, pero haré lo que pueda para que sepas que estoy bien, y ya estoy hablando con la abuela a ver cómo podemos hacer para usar la chimenea de aquí y hablar un poco más. Sobretodo, pajarito: no te preocupes. Tú disfruta de tu noviazgo y de tus últimos meses en Hogwarts. Son los mejores días de tu vida. Y ten la tranquilidad que de tu viejo y tus abuelos se están cuidando mutuamente (y haciendo todo lo que manda la tía Simone, que para eso es la reina de esa casa).

Cuídate y estáte tranquila, hija mía. Te mando un abrazo muy fuerte para ti y para ese yerno mío.

Te quiere. Papá.


Inspiró muy profundamente. El alivio le duró dos segundos. Casi se traga las palabras de su padre. Casi. Pero ya estaba encontrando discordancias en lo que decía. Conocía a su padre perfectamente, sabía que no se iría de manera indefinida a un lugar lejos de su madre. Tanto la tumba como el cuadro. No, no, no, y menos por sus abuelos. Casi con brusquedad cogió la otra carta, la de su tía, y le dio la de su padre a Marcus. – Léela. – Le dijo sin más, mientras abría aturulladamente la de la tata, casi rompiendo el sobre porque no podía más con la temblona de dedos. – Gal... – Dijo Hills, acercándole la mano. – Estoy bien. Es que está... Muy bien... Cerrada. – Dijo, rompiéndolo finalmente. Sus ojos se fueron derechos a la tinta verde que siempre usaba su tía.

Hola, petarda.

Antes que nada, no entres en pánico porque estemos todos en La Provenza. Sí, yo también me he venido aquí. Yo no soy tu padre, no sé que te habrá dicho, pero seguro que lo ha disfrazado. La verdad es que en Inglaterra ya no están tranquilos, y aquí en Francia están amparados por todo el mundo. Mejor que estén cerca del abogado y de los primos por lo que pueda ser. Nadie corre peligro, nadie tiene por qué alterarse, es solo una medida preventiva y lógica. Tu padre está muy solo y los abuelos también, mejor si están por aquí. Yo, por mi parte, creo que es hora de que pida un destino más tranquilo y más cerca de casa. He tenido parajes chinos suficientes para una vida entera, pero me vendrá bien el cambio de aires y de responsabilidades. Así que me han trasladado a la delegación de El Profeta en Marsella, así puedo ir y venir todos los días de Saint-Tropez sin hacer un esfuerzo de aparición muy importante. Creo que a mí también me hace falta esto y replantearme algunas cosas.

El caso es que no quiero que te preocupes por nada, todo está bien, todo está bajo control y yo me encargo. Tú sigue con tus clases, con tu recién estrenado novio, haced cosas de novios adolescentes y déjanos a los mayores el trabajo de los mayores.

Pórtate fatal. Te quiere. La tata.


Sonrió un momento, porque las cartas de su tía eran para verlas, pero no le duró la risa. Algo no iba bien. Algo no iba para nada bien. Al menos estaba bastante segura de que las habían escrito ellos. Sí, ellos intentando mentirle, vaya, como que no les conocía. Levantó la mirada y se fijó en que sus amigos la miraban preocupados y Marcus todavía estaba con la carta de su padre en la mano. Le agarró del brazo y dijo. – Ven... Vamos fuera. – Dirigió le mirada hacia las otras mesas y dijo. – Cubridme con Dylan. – Pidió a sus amigos, que asintieron. Una vez en el pasillo, había ya bastante soledad, pero aun así, tiró de Elkarris hacia una de las ventanas y bajó la voz. – Esto no es normal. Me están mintiendo, y no me digas que es paranoia mía porque les conozco. No sé el motivo pero me están mintiendo. Mira. – Rebuscó en los bolsillos de la sudadera que llevaba puesta porque sabía que tenía allí guardada una cosa precisamente que desmontaba eel discurso principal. – Es una carta de André. Me la mandó cuando estábamos enfadados y la llevaba aquí para acordarme de contestarla. – La desdobló y buscó la frase. – Aquí lo dice. Que Jackie se ha ido a vivir a la casa de Saint-Tropez porque se está haciendo una casa con Noel y hasta que esté terminada va a vivir y a montar el taller allí. La tía Simone y los abuelos no iban a estar solos. Y espérate que hay más. – Rebuscó de nuevo por la carta. – Aquí. Aquí me dice "el abogado es el mejor de París, puedes estar segura de que los Sorel han elegido bien". El abogado está en París, no en Saint-Tropez, ni si quiera está en La Provenza, así que la excusa de estar cerca es absurda. – Miró a su novio, con una mezcla entre angustia y súplica. – Está pasando algo y no me lo quieren contar.
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Vie Mayo 14, 2021 12:15 am

Abre los ojos
CON Alice EN Sala común A LAS 19:30h, 20 de febrero
Algo le decía que su cena se había acabado por esa noche, porque se le había cerrado el estómago. Sabía que sus amigos se miraban de reojo entre ellos y le miraban a él, pero Marcus no quitaba la vista de encima de Alice, intentando leer todas y cada una de sus expresiones. Sabía que la chica adoraba a su padre, de ahí las sonrisitas que aparecían de vez en cuando y la mirada emocionada. Pero no estaba bien. Algo de lo que estaba leyendo no le estaba cuadrando. Conocía demasiado bien a Alice, y sobre todo conocía muy bien el intelecto de Alice. Sabía la cara que ponía cuando algo comprometía su lógica.

Dio un breve respingo de la impresión cuando le pasó tan bruscamente la carta, abriendo mucho los ojos y tomándola entre sus manos. Ellos siempre se contaban el uno al otro lo que sus padres les decían, pero de ahí a darle directamente la carta... Lo dicho, algo no le cuadraba y quería que Marcus lo viera con sus propios ojos para contrastarlo. Apretó ligeramente la mano de su novia, porque la estaba viendo muy nerviosa abriendo la carta y quería infundirle aunque fuera algo de calma, calma que él no sentía. Tragó saliva y empezó a leer. Y a pesar de la preocupación, no pudo evitar la sonrisa sincera. "Quiero a esa copia de Arnold como si fuera mío y no podría pensar en nadie mejor para mi pajarito". Si no fuera porque estaba buscando gato encerrado, ahora mismo estaría hasta llorando, porque eso era muy bonito y le emocionaba. Adoraba a William desde que tenía memoria, que fuera recíproco era todo un honor para él. También le hizo mucha gracia lo de que si había montado un espectáculo. Ya, eso es lo que habría querido, mejor no entrar en detalles...

Pero lo dicho, ahí había algo que perturbaba a Alice y lo tenía que encontrar... Pero lo cierto era que todo lo que decía le parecía bastante plausible. De hecho, no solo le parecía plausible, le parecía buena idea. A William no le hacía ningún bien pasarse el día en casa solo, hablando con el retrato de Janet, sin siquiera poder distraerse para ir a trabajar porque estaba de excedencia. Se pasaba el día en el despacho y... De repente notó como se le retorcía el estómago y el corazón le daba un fuerte latido, casi se sintió mareado por un segundo. Los experimentos de William. Sus investigaciones sobre transmutación... Tragó saliva y sacudió levemente la cabeza, lo justo para que apenas se le movieran los rizos. No, eso no podía haber ido a más, de haberlo hecho, William nunca habría consentido moverse de su despacho, ni pasar tanto tiempo en compañía constante. El que estuviera en Saint-Tropez era, de hecho, una buena noticia si lo enfocaban así... Quería pensar.

Al alzar la mirada se encontró con que Alice ya había terminado de leer la carta de Violet, y con que sus amigos esperaban ansiosos que dijeran algo. No le dio tiempo apenas a reaccionar, porque en seguida la chica le agarró del brazo y le pidió ir fuera. Por supuesto, se levantó y la siguió inmediatamente, pero antes le dedicó una mirada tranquilizadora a sus amigos. Que no se quedaran con la angustia... Aunque, de nuevo, no sabía hasta donde iba a poder garantizar. Se dejó arrastrar hasta una de las ventanas y le puso las manos en los brazos. – Cariño, tranquila. Va a estar acompañado, es mejor así. - Pero no podía ser tan ingenuo, sabía que Alice no se preocupaba en balde, así que preguntó. – ¿Qué dice tu tía? - Porque si algo tenía claro, es que la clave estaba en la carta de Violet. William no iba a saltarle las alarmas a su hija. Solo esperaba que el hombre no hubiera mentido.

Por lo que Alice decía, en cambio, sí que parecía que había mentido. O si bien no había mentido deliberadamente, había disfrazado mucho la verdad. Escuchó el bombardeo de datos intentando conectarlo todo en su mente sin que el temor que le acosaba en Navidades interrumpiera más de lo necesario. Acercó la mirada a la carta de André, entre las manos de Alice, y vio la frase que le señalaba con sus propios ojos (aunque estaba escrita en francés, pero bueno, la palabra "París" era fácilmente identificable). Una vez ella terminó con todo, simplemente se quedó unos instantes en silencio, procesando. Era mucha información y su miedo de fondo, ese miedo del que Alice no sabía nada ni se atrevía a contárselo, no ayudaba. Echó aire por la boca y, mirando de soslayo a los lados, por donde los alumnos aún iban y venían del Gran Comedor, le dijo a Alice. – ¿Por qué no vamos a un sitio más tranquilo? - Esbozó una sonrisa leve y le acarició la mejilla. – A la Torre de Astronomía, por ejemplo. Ese sitio te encanta, allí puedes sentir el viento, eso siempre te despeja y te ayuda a pensar. Y estaremos los dos solos. Vamos a estar más tranquilos para... Valorarlo bien todo. - La tomó de la mano y se dirigieron hacia el lugar.

Habían ido hasta allí en silencio. Alice debía tener sus propias cosas en la cabeza, y él tenía las suyas. Una parte de él se gritaba a sí mismo que no, que aquello no tenía nada que ver, que eso había sido solo una cosa puntual, que William nunca lo haría, que estaba pasado. Que su abuelo estaba al tanto y nunca lo permitiría. Simplemente, no podía tener que ver con eso. Otra parte de él no lo tenía tan claro. Las cosas así no desaparecen tan fácilmente, Marcus. Abre los ojos. Pero había sido tan bonito vivir durante un mes en una realidad en la que todo era idílico y perfecto. En la que solo tenían que soñar a lo grande.

Se sentó junto a Alice en una de las ventanas y agarró sus manos. – ¿Hay algo en la carta de tu tía que... Te haga sospechar? - Básicamente, que desmonte lo que decía William en la suya. Acarició su mejilla. – A ver... Vamos a intentar analizar lo que tenemos, ¿vale? - Se frotó los ojos, dándose unos segundos para pensar. – A mí no me parece mala idea que tu padre esté acompañado en Saint-Tropez, mucho mejor que estar en tu casa solo. - Ladeó un par de veces la cabeza. – Pero... Es cierto que la excusa no parece muy creíble. - Apretó las manos de la chica y la miró a los ojos. – Sé que da mucha rabia cuando no son sinceros con nosotros, bien sabes que yo lo llevo fatal... Pero quizás tu padre no te ha entrado en detalles porque no quería preocuparte. Quizás simplemente... Haya pensado, como bien dice en la carta, que desde Saint-Tropez tendrá mejores formas de comunicarse contigo, que el salir de la soledad de su casa le vendrá bien y que... Bueno, es cierto que a priori lo de París no tiene mucho sentido, pero es más fácil aparecerse de Saint-Tropez a París que desde Londres. - Pero ¿y qué pasaba con la carta de Violet? De hecho, si William estaba en Saint-Tropez, ¿cómo habían enviado las dos cartas a la vez? ¿Acaso Violet también estaba allí? Porque eso sí que no tendría como justificarlo.
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Vie Mayo 14, 2021 1:30 am

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CON Alice EN Sala común A LAS 19:30h, 20 de febrero
Ya sabía que Marcus iba a intentar tranquilizarla, pero estaba Gal para tranquilizarse. No podía parar quieta, daba pasos frenéticos en su sitio. Alzó los ojos y puso expresión sarcástica. – ¿Mi tía? ¡Ja! Esa si que es para flipar. – Pero sí, Marcus tenía razón. Mejor no hablarlo allí. Relajó un poco los hombros y la expresión y soltó el aire. Qué bien la conocía, qué bueno era. Se acercó a él asintiendo con la cabeza y apoyándola en su pecho, cuando estuvo a su altura, para oír su corazón antes de salir andando hacia la torre. Sí, eso siempre la hacía sentir bien.

Pero iba como hipnotizada por las escaleras. Le pasó cuando la llevaron a San Mungo. No recordaba los seis días allí. Solo cuando ese despidió de su madre, porque el resto del tiempo era como si la llevaran de un lado para otro sin más. Como si no tuviera voluntad. Y ahora iba así, de la mano de Marcus, hasta la Torre. La verdad es que no había vuelto desde la bronca, pero adoraba ese sitio, y volvía de la mano de su novio, oficialmente. Los lugares no pueden hacerte nada, solo tus recuerdos, y Gal iba a quedarse con el resto de recuerdos de aquel lugar, con el viento, con la sensación de estar más alto que nadie. Siempre más alto, como Ícaro. Como su padre.

Dejó que Marcus le tomara de las manos y le escuchó, tratando de analizar como él decía, que solía tener la cabeza más fría que ella. Rio un poco a lo de la carta de su tía. Verás cuando se lo contara... Iba a quedarse a cuadros. Tragó saliva e inspiró. – Marcus, sabes tan bien como yo que mi padre no ese iría lejos de eso... – Se refería al cuadro obviamente. – No quiere dejarla sola. No es capaz de estar mucho tiempo sin oírla. Y no me hagas hablar de la tumba. Que se ha ido a otro país y no tiene fecha de vuelta. Mi padre no ha hecho esto voluntaria y alegremente, no. – Negó con la cabeza y cerró los ojos, dejando que el aire le diera en la cara y le despejara. – La soledad de su casa no tiene nada que ver, porque él en su casa no se siente solo, ¡a ver! Que él cree que mi madre está en ese cuadro. No, no, ha tenido que pasar algo para que acceda a irse. – Rio amargamente y volvió a apartar la vista, dirigiéndola hacia el lago, por ponerla en alguna parte. – Además, mi padre aguanta a mis abuelos como mucho los meses de verano, y ya las ultimas semanas esta que se sube por las paredes. – Negó y sacó la carta de su tata. – Y no tengo que contarte qué tal se lleva esta con su madre. – Apretó su mano y le miró muy seria. – Mi tía dice que ha pedido un traslado a Marsella y está viviendo en al casa de Saint-Tropez con todos. La tata. Con memé Conviviendo. Lo que no ha hecho desde los diecinueve años. Un traslado, Marcus. La tata no ha pedido un traslado jamás, ha dejado que El Profeta la mandara donde haga falta. Y menos a Marsella, donde tiene que volver a casa por la noche a ver a mi abuela todos los días. – Suspiró y negó con la cabeza, apoyando la espalda en la jamba de la ventana. – Ella dice que es por seguridad. Pero en verano nadie dijo nada y fue cuando nos mandaron la carta. ¿Dónde estaba la seguridad entonces? ¿Por qué se lo han contado a los Sorel ahora? No, no... Aquí hay gato encerrado...

Suspiró y miró a su novio. Estaba preocupado. Por ella, por la situación, probablemente por su padre también. Se inclinó y se dejó caer sobre él, dejando la cabeza en su pecho, rodeándole con los brazos. – Que días aquellos de La Provenza cuando el problema era si íbamos o no de exploración, si terminábamos las decoraciones o si Dylan se quedaba por fin dormido... – Sus ojos se inundaron y su vista se emborronó con la luz de la luna. – Daría lo que fuera por solo poder darte amor y no disgustos. Porque pudiéramos disfrutar de verdad, como hemos hecho este último mes. Qué poco nos ha durado la paz. – Hacía una semana casi, estaban en el pasillo amándose, comiendo chuches, imaginando su casa... ¿Por qué no podían tener esa paz un ratito más aunque fuera?
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Vie Mayo 14, 2021 2:09 pm

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CON Alice EN Sala común A LAS 19:30h, 20 de febrero
Frunció los labios, pero no dijo nada, solo la dejó hablar. Por desgracia, sabía que Alice tenía razón en eso: William no se iría voluntariamente lejos de Janet. Pero su mente práctica le decía que, de forma voluntaria o no, la cuestión era que se había ido. Que no estaría solo, que estaría lejos de esas investigaciones que empezaba a hacer y no debería... En definitiva, que estaría más vigilado. Quizás hasta le viniera bien para entrar en razón y centrarse... O quizás Marcus se estaba pasando de optimista.

Lo que sí fue un giro inesperado y al que, desde luego, no podía dar explicación alguna por muy optimista que se pusiera, fue lo del traslado de Violet a Marsella. No pudo evitar que se le abrieran los ojos. ¿En serio? En todos los años que se conocían, Violet no había estado ni medio cerca del resto de la familia, de hecho no tenía residencia fija, y cuando la tenía (aunque fuera temporalmente) era en la otra punta del mundo, que por algo estaba ahora en China. Tragó saliva y se esforzó porque no se le notara que le estaba recorriendo una desagradable inquietud por dentro.

Así estaban las cosas: era altamente probable que a William le hubieran obligado a trasladarse a Saint-Tropez para no dejarle solo en su casa en Londres y Violet había pedido el cambio de sede a Marsella. – A ver... - Murmuró para centrarse él mismo, rascándose la frente, pero Alice seguía añadiendo datos. Echó un poco de aire por la boca. – Ciertamente... Si fuera por lo de los Van Der Luyden, habría pedido el traslado a París, no a Marsella. Total, ya que lo pide... Aunque igualmente ese tema no es de tu tía, sino de tu padre... Aunque si es porque no quiere dejarle solo, podría vivir con ella, pero lo dicho, en París. - Solo estaba pensando en voz alta mientras intentaba buscarle lógica a todo aquello. Lo peor es que Marcus, en el fondo, tenía un motivo: William no había detenido sus investigaciones sobre transmutación humana. ¿Habría llegado a... Intentar algo? No estaría huyendo de la justicia, ¿verdad? ¿Y estaba su abuelo enterado de todo aquello? Tenía que escribirle cuanto antes.

Y no podía decirle nada de esto a Alice, y a Marcus disimular no se le daba nada bien. Volvió a tragar saliva, esta vez pasándose una mano por la nuca mientras la chica hablaba. ¿Qué hacía? ¿Se lo decía? Su abuelo le dijo que no, que era algo muy grave, y realmente solo tenía conjeturas basadas en su propio miedo y sospecha, no tenía pruebas de que se hubieran trasladado por eso. Iba a ponerle mal cuerpo a Alice para nada, porque igualmente ella no podía hacer nada desde allí. Pero ¿y si resultaba que era por eso? ¿Y si William no había abandonado sus investigaciones? ¿Cómo iba a reaccionar su novia cuando se enterara de que él lo sabía desde Navidad, de que tenía una hipótesis del por qué de todo aquello y no se lo había contado? Podría perfectamente no perdonárselo jamás. Se estaba empezando a agobiar. Y a asustar.

– ¿Tú... Piensas algo? Es decir, ¿tienes alguna hipótesis que no sea por lo que dicen ellos? - Preguntó, tanteando el terreno. Sabía la respuesta a esa pregunta: no. Si pensara algo, lo estaría poniendo sobre la mesa. Si creyera que su padre pudiera estar haciendo lo que él intuía que estaba haciendo, los malos pensamientos no la dejarían vivir. No quería ver a Alice sufriendo de esa forma, no quería de ninguna de las maneras. Pero no quería mentirle tampoco. Estaba prácticamente convencido de que Alice no sabía nada, y una vez lanzada esa pregunta fue cuando pensó: ¿y si le preguntaba de vuelta si él tenía alguna hipótesis? ¿Qué pensaba responder a eso?

Entonces la chica se abrazó a él y Marcus la rodeó, soltando aire por la nariz y cerrando los ojos. Su cabeza ahora mismo era un hervidero. Cómo echaba de menos a sus padres y a sus abuelos en circunstancias como esa, siempre daban buenos consejos, siempre parecían bien orientados con respecto a lo que hacer. Pero por más que intentaba pensar qué harían ellos en su circunstancia, estaba tan agobiado que no llegaba a ninguna respuesta que le convenciera. Por no hablar de que eran cuatro personas distintas y parecía que les estaba oyendo decir a cada uno una cosa diferente. Y Alice habló en ese momento, y el recuerdo de lo que decía le pinchó en el corazón. Le acarició el pelo, apoyando la mejilla en este, pero cuando oyó el lamento sobre lo que le gustaría darle, la culpabilidad le golpeó en el pecho como un martillo de demolición. – No digas eso, Alice. - Susurró, con la voz tomada por la emoción, y volvió a cerrar los párpados, frunciendo los labios con fastidio. ¡Joder, Marcus! Luego te pondrás de mejor novio del mundo por hacerle dos litros de una poción que ella sabe hacer perfectamente. Se sentía el mayor cretino sobre la faz de la tierra. Él tenía una hipótesis, él intuía cuál podía ser ese "algo muy grave" que había hecho a William y a Violet trasladarse a Saint-Tropez sin fecha de retorno. Se estaba agarrando a que no tenía pruebas, pero... Fundamentalmente, estaba mintiendo a la persona que amaba. Con algo, encima, sobre SU familia. Prometieron que nunca se mentirían. Apenas llevaban un mes y ya estaba incumpliendo sus promesas con ella.

La rodeó con más fuerza, porque no se veía capaz de mirarla a la cara sin delatarse. – Yo tengo paz siempre que estoy contigo, Alice. Y... Haré lo posible porque tú estés así, todo lo que esté en mi mano... Solo quiero que estés bien, y feliz... - Dijo de corazón, sin soltarla, sintiéndose aún peor solo por decir eso. Pero era la verdad. Estaba obrando mal, pero lo estaba haciendo con toda su buena voluntad. No podía poner en la palestra a William de esa manera, delante de su hija, separada irremediablemente de él y sin poder hacer nada, sin siquiera tener pruebas. Simplemente no podía. Pero la estaba traicionando y lo sabía, y aquello no tenía vuelta atrás. Era una decisión dicotómica: o lo contaba, o se callaba, y ninguna era buena. Volvió a respirar hondo y dijo. – Te juro que... Estoy aquí. Que sea lo que sea, que no lo sabemos y quien sabe, quizás le estamos dando más vueltas de las que tiene... - Lo dudaba, pero bueno. – ...Estoy contigo, mi amor. - Se mordió el labio y susurró, sin soltar el abrazo. – Y que te amo. - Por favor, que lo supiera. Que todo lo que hacía lo hacía porque la amaba con toda su alma.

No podía soltarla, de verdad que no se veía capaz de ver sus lágrimas y decidir no contarle nada, se iba a desmoronar su ya de por sí cuestionable estrategia. Perdió la mirada en la noche, angustiado... Y le vio. No podía ser, debía estar confundiéndose. Parpadeó varias veces, pero... No había dudas, era él. Y por si aún dudaba, acababa de cruzar el cielo y se había metido directamente por la ventana de su dormitorio. Paracelso, el enorme búho blanco de su abuelo, acababa de llevar una carta directamente a su cuarto. Eso no era buena señal. Eso no era en absoluto buena señal.
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Vie Mayo 14, 2021 6:11 pm

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CON Alice EN Sala común A LAS 19:30h, 20 de febrero
Agradeció infinitamente que su novio no la llamara paranoica o exagerada, que era lo que tendía a hacer su familia. Pero claro, luego su padre se comportaba como un... Loco. Como un loco, porque esa era la verdad, que su padre hacía locuras, y su familia no había querido verlo hasta ahora, pero se escandalizaban al descubrirlo. – Mi familia ha mirado a otro lado con lo de mi padre. Mi abuelo nunca dice nada, ríete tú de Antares. No he conocido a nadie más neutral y sometido a lo que diga su esposa. Memé hace que las cosas sean como ella quiere y punto. No sabes la de veces que le he oído decir "es verdad porque lo digo yo". Y eso se traduce en que ella ha decidido que a mi padre no le pasa nada, y ahora todo el mundo tiene que actuar como tal. Y eso ha provocado que el tío Marc y la familia de Francia no se haya enterado hasta estas Navidades. Así que, sinceramente, si lo están haciendo para cuidar de mi padre, no quiero saber qué ha hecho esta vez para hacerles abrir los ojos. –

Marcus le preguntó, y no quería dar respuesta a aquello. Porque sí había pensado. Y no solo había pensando en relación a esas cartas, es que lo llevaba pensando desde que volvió del fatídico verano. Su padre, solo todo el tiempo, con la única compañía de aquel cuadro, probando hechizos que no funcionaban, que provocaban accidentes... Tragó saliva y removió la cabeza contra su pecho, aferrándose a él más fuerte, cerrando las manos entorno a su túnica. – Marcus... – Las lágrimas cayeron y el llanto quebró su voz, pero ella no quiso moverse. – Tú no crees que mi padre haya intentado nada... Contra sí mismo, ¿verdad? – Ahora sí necesitaba ese Marcus que decía "no, cariño, cómo dices eso" "eso no va a pasar nunca, tu padre no os dejaría solos en el mundo". Pero es que ella había probado una semana lo que era pensar que había perdido a la persona que amaba para siempre, y no se podía imaginar lo que había sido para su padre todo aquel tiempo desde que su madre murió.

Escuchó el consuelo de su novio, porque lo necesitaba, como le dijo a Dylan, como el agua en el desierto. Ella aspiró su aroma y dijo, con la voz tomada. – Yo también te amo. – Pero alzó la cara y le miró a los ojos. – Marcus júrame que, me pase lo que me pase a mí en el futuro, tú no te convertirás en mi padre. Que no dejarás que tu mente pierda la batalla, por favor. No podría seguir adelante pensando que algún día te haría esto. Sé que mi madre se moriría de pena si le viera ahora. Menos mal que nunca lo hará.– Porque su madre haba tenido una vida que ella creía que haba sido feliz, pero que solo lo haba sido en la superficie. Siempre apenada por las sombras de los Van Der Luyden y el escándalo, aunque no se lo dejó ver a sus hijos. Si encima supiera cuánto daño le haba hecho sin quererlo al amor de su vida... – Si levantara la cabeza, volvería a morirse de pena. Y de decepción de ver que yo no he podido hacer nada. – Cerró los ojos y se quedó apoyada sobre el pecho de Marcus, como si pudiera así dejar salir sus problemas, sanar sus heridas, calmar su sed.

Entonces cayó en algo y activó el modo hermana responsable. – Tengo que contárselo a Dylan. – Resopló y se frotó la frente y los ojos. – Ese hermano mío y sus habilidades... Me va a notar que pasa algo nada más me acerque a él. Mi padre me ha dado una carta para él pero... Es que, ¿qué le digo? – Dijo mirando a su novio, ya con tono más desesperado que triste. Todos siempre esperaban que fuera ella la que lidiara con Dylan, que le explicara cosas que no entendía ni ella misma. ¿Cómo iba a ser ejemplo nada ni guía de su hermano? – Es que... Es que no sé cómo hacer esto. No se me da bien. No sé qué debería saber y qué no... – Tragó saliva y dejó que cayeran dos lágrimas. – Yo no soy mi madre, yo no sé decir siempre la palabra adecuada para calmarte o hacerte sentir bien. Y no quiero arruinarle más aún la infancia... – Entornó los ojos y miró al lago negro, recordando el primer año. – Nuestros primeros años fueron perfectos, y él... Él ha lidiado con un padre loco, una hermana deprimida y unas navidades que han sido preciosas, pero que en cuanto tome conciencia de por qué fueron así... – Se mordió el labio y negó con la cabeza. – No sé por qué me esfuerzo en que no me lo quiten, si yo tampoco sé cuidarlo. – Apretó los labios y dejó el llanto salir. – Por mi madre. Porque ella no hubiera querido bajo ningún concepto que su familia se acercara siquiera a nosotros... Pero no porque yo sea la persona adecuada para cuidar de él.
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Sáb Mayo 15, 2021 1:01 am

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CON Alice EN Sala común A LAS 19:30h, 20 de febrero
Cuando Marcus iba a La Provenza estaba tan metido en el modo vacaciones, en ser feliz con Alice y hacer cosas juntos, que no se había parado mucho a pensar en cómo eran sus abuelos. A él le trataban muy bien... Pero sí que había notado que Helena no era especialmente afectiva con Alice. Y en cuanto a Robert, simplemente estaba allí. Era correcto y poco más. La analogía con Antares le parecía bastante adecuada, ahora que lo pensaba. Si irritaba tenerle como profesor, no quería imaginar lo que sería tener a alguien así en su familia, cuando hay un problema tan grave del que ocuparse.

Ladeó varias veces la cabeza. – Bueno, tu padre y tu tía estuvieron en Navidad en La Provenza arreglando asuntos complicados sobre los Van Der Luyden, y como bien dices, ahora tu tío Marc está al tanto. Quizás eso les haya hecho entrar en razón. - Eso era lo que decía por fuera, pero por dentro estaba de acuerdo con Alice. Había pasado algo grave, cada segundo que pasaba lo veía más claro. Y no quería, de verdad que no lo podía ni pensar, solo focalizaba un "no" muy grande y muy alto con todas sus fuerzas en su cabeza como si eso fuera a cambiar algo. Pero tenía sentido. Desgraciadamente, tenía demasiado sentido.

Solo la forma en la que le llamó le hizo temblar, porque se estaba viendo venir una pregunta que no iba a saber responder. Con todo y con eso, lo que dijo después fue aún peor de lo que imaginaba, porque su mente seguía intentando aferrarse a que estuvieran exagerando, a que hubiera una explicación a todo aquello. Tragó saliva y se mojó los labios, cogiendo aire. Sabía que estaba llorando, sabía que estaba asustada... Él estaba muerto de miedo también. – Tu padre es muy inteligente, Alice, y os quiere muchísimo. - Eso no respondía a la pregunta de la chica. Se mordió un poco el labio, mientras acariciaba su pelo. – Si... Ha pasado algo... Habrá sido un accidente, y ahora esta protegido. Tiene a toda su familia con él, y nos tiene a nosotros. Y a mi familia, estarán con él aunque se haya ido a Francia, aunque no estén presentes. No le va a pasar nada. - No podía prometer nada, ojalá pudiera jurarle que William jamás haría algo así... Él era el primero que quería creer eso. Pero no podía. Y ya le estaba mintiendo demasiado.

Todas las noticias, el miedo de ambos, la incertidumbre y aquello que sabía y durante meses se había empeñado en ignorar era ya suficiente para estar tenso y agobiado. Por si fuera poco, haber visto al búho de su abuelo meterse directamente en su dormitorio, en vez de ir a buscarle al comedor como solía hacer la correspondencia, y llegando oportunamente junto a la carta de William y Violet... No podía dejar de darle vueltas. No podía ser casualidad y necesitaba leer qué decía. Pero mientras le daba vueltas a la cabeza, Alice se separó para mirarle, y el notó como se le caía el alma a los pies viéndola así y teniendo lo que tenía oculto dentro. Ya se notaba al límite con sus emociones, y lo que dijo le terminó de encoger el corazón. – No digas eso por favor. - Se apresuró a decir, en un susurro casi asustado, colocando las manos en sus mejillas. – No va a pasarte nada, Alice. No pienses en eso ahora, por favor. - Y no me hagas pensarlo a mí, dijo en su cabeza mientras apoyaba su frente en la de ella y hacía un gran esfuerzo por no llorar. Lo peor era que podía entender a William. Él también se volvería loco. O directamente se moriría con ella.

Dejó que se apoyara de nuevo en su pecho, y al escucharla negó con la cabeza. – Tu madre estaría muy orgullosa de ti, Alice, es imposible no estarlo. Y ella quería que fueras libre, tú lo sabes. Quieres muchísimo a tu padre, y lo has hecho todo bien desde que ella no está... Lo has hecho mucho mejor de lo que lo hubiera hecho yo. - No quería imaginárselo siquiera, pero dudaba que él hubiese tenido la entereza para lidiar con una situación así. Pero al hablar de su madre, Alice recordó a su hermano, y eso la hizo alterarse. Puso las manos en sus brazos con cariño y la miró a los ojos para intentar calmarla. – Alice, tu hermano no nos ha visto, no sabe que te han llegado esas cartas. Mejor lo hacemos mañana, tranquilamente, yo puedo ir contigo si quieres. Pero tú sabes que Dylan es muy sensitivo, te va a ver alterada, y ciertamente, ni siquiera sabemos a ciencia cierta que está pasando. No merece la pena asustarle cuando podría no ser nada. - Pero era algo, a cada segundo que pasaba, a cada segundo que sabía que había una carta de su abuelo esperándole en su dormitorio, más seguro estaba.

"No sé qué debería saber y qué no". Suspiró en silencio, mirándola con el rostro entristecido. Pues sí, ¿qué debería saber y qué no? Tanto Dylan... Como Alice. Ahí residía todo su dilema, en si debería decírselo o hacía bien en ahorrarle el sufrimiento. Pero lo siguiente que dijo le hizo ladear una sonrisa leve. – Alice, Dylan te adora. Has sido la mejor hermana que podría tener, y la mejor hija. - Le acarició la mejilla, aprovechando para llevarse una lágrima. – Y siento llevarte la contraria en un momento así, pero eso de que no sabes qué decir para hacer sentir bien... Yo puedo dar buena cuenta de que no es verdad. - Dijo con una risa suave. Adoptó una pose más seria, aunque comprensiva, y agarró sus manos. – Alice, Dylan no sabe nada aún. Espera a estar más tranquila, y cuando lo estés, estoy seguro de que vas a encontrar la mejor forma de decírselo. Puedes incluso dejarle la carta para que la lea, no pone nada malo en ella al fin y al cabo, y él no se va a plantear lo que nosotros nos estamos planteando. - O eso quería pensar. Dylan había demostrado ser bastante listo, además de su sentido especial para detectar las cosas.

Pero lo que dijo Alice justo después le hizo abrir mucho los ojos y acercarse a ella. – Eh, Alice, mi amor, no digas eso ni en broma. No hay nadie en el mundo mejor que tú para estar con Dylan, ni mejor que tu padre. Vale que no está en su mejor momento, pero sois una familia que se quiere muchísimo y que debe estar unida. Y tu hermano no querría estar con nadie que no fuerais vosotros. Por favor, si te sigue a todas partes. - Dijo con una sonrisa triste, acariciando su rostro de nuevo. Pero  no podía mirarla sin sentir como se le partía el corazón. ¿Y si William realmente estaba intentando... Lo que parecía que estaba intentando? Se iba a hacer daño a sí mismo, tal y como Alice vaticinaba, y sería para nada. La transmutación humana era inviable y científicamente imposible, al menos tal y como William la concebía. Tragó saliva. Estaba hecho un lío tremendo, veía a su novia llorar y le dolía más que si estuviera llorando él mismo. No quería mentirle, de verdad que no... Pero no podía decírselo. No podía hacerle semejante daño. Necesitaba pruebas al menos... Necesitaba saber qué le decía su abuelo. Pero no podía salir corriendo así sin más, ni sin levantar sospechas, y Alice estaba en un mar de lágrimas. La abrazó y suspiró en silencio, cerrando los ojos, intentando darle unas fuerzas que no tenía. Intentando al menos calmarla. Y cuando lo consiguiera, sugeriría ir a la sala común. Y al menos, quería pensar, despejaría una de sus dudas de su cabeza.
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Sáb Mayo 15, 2021 2:30 am

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CON Alice EN Sala común A LAS 19:30h, 20 de febrero
Su padre era inteligente, sí. Y les quería, también. Alzó los ojos hacia Marcus. – Pero no nos quiere más que al recuerdo de mi madre. ¿Por qué crees que nunca me he atrevido a deshacerme ese cuadro? Porque sé que nunca me lo perdonaría. – Negó con la cabeza. Las mente era poderosa, y la de su padre lo era más todavía. Cuando era para bien, genial, el problema era que esa misma capacidad de imaginar y abstraerse era lo que estaba acabando con él.

Pero, en parte, Marcus tenía razón. Si había ocurrido algo (cosa que ya no podía cambiar a posteriori y desde Hogwarts), lo importante esquema su familia parecía haber espabilado y cuidarían de él. Quería creerlo, que no le iba a pasar nada, y trató de concentrarse en ello. Solo esperaba que Marcus no se equivocara, aunque no se le escapaba que no le había contestado exactamente a la pregunta. Tampoco podía pedir más, sabía que sus novio no iba a mojarse en afirmar nada tan comprometido sin certezas. Era una de las magias de Marcus y ella, que a pesar de ser diferentes, discurrían parecido y eso les ayudaba a entenderse sin necesidad de verbalizar e hilar todo el pensamiento.

Su reacción a la promesa que le había pedido no era la que quería, aunque quizá sí la que esperaba. Ella quería al Marcus analítico, al Marcus que le diría "claro que sí, Alice, soy un hombre de ciencia, con cabeza, que analiza y entiende sus emociones, no permitiría que ni siquiera tu falta me llevara a estar como tu padre". Pero no era así, no. Dejó que las lágrimas cayeran y mojaran las manos de su novio, cuando cerró los ojos al juntar sus frentes. No quería asustarle más, ponerle más triste, plantearle cosas tan duras. No era el momento. Pero necesitaba esa promesa. Porque su mayor miedo había sido acabar como su padre, pero según pasaba el tiempo y veía según que cosas, más miedo le daba convertir a Marcus en su padre. Quizá su madre pensó en aquello también en sus últimos años. Y, como ella, tragó saliva y quizá pensó "no puedo permitirme alejarme de él. Dejaría de respirar ahora mismo si lo hiciera". Así que, aunque cada vez tenía más necesidad de esa promesa, simplemente susurró. – Perdóname. – Perdóname, porque no quería poner esas imágenes y esos supuestos en tu cabeza, pero tengo que hacerlo, pensó. Pero no sería esa noche, ya tenían bastante. – No quiero que sufras más por mí, amor mío.

¿Que mi madre estaría orgullosa de mí? ¿De qué, Marcus? Mira como está mi padre, mira Dylan, que no habla y no conoce lo que era la felicidad de esta familia hace años... – Se perdió un poco en el abrazo porque no quería darle muchas vueltas, pero no, en la vida su madre podría estar orgullosa de ella. Se separó para escuchar su solución a lo de Dylan. Sí, porque las cosas podían ponerse muy feas, pero Marcus al final, para todo, acababa encontrando soluciones. Asintió, porque encima era lógico. – Sí, tengo que esperar... Pero lo cierto es que no sé si voy a poder controlarme... Porque encima no puedo hablar con ellos como si nada, responderles las cartas como me gustaría... – Toda aquella situación era angustiante y tremendamente incómoda para todos, los O'Donnell incluidos, que se habían visto ahí en medio. Suspiró. – Pero sí, mejor esperar. – Concluyó. Sí, sabía que Marcus creía que ella era una buena hermana y una buena hija, pero ella no había conseguido salvar y proteger a su familia de nada. Sonrió un poco y dijo. – Que me siga a todas partes o que quiera estar conmigo no significa que yo sea buena para criarle y educarle. A la vista está, que no he podido ningún de las cosas malas que nos han pasado... – Ladeó la sonrisa y apoyó la cara contra su mano, aumentando la caricia y dijo alzando los ojos. – Aunque una cosa sí he hecho bien... Contártelo a ti. – Se acercó a él y besó la palma de su mano. – Me siento mal por cargarte con algo así... Pero no me había dado cuenta de cuánto me pesaba todo esto hasta que he podido descargarlo en alguien. – Se inclinó y, acariciándole la mejilla también, le besó con suavidad y ternura, a modo de agradecimiento de corazón. – Te amo. Y gracias por amarme con todo lo que es Alice Gallia. Esto incluido.

El reloj dio las campanadas y ella se separó un poco, pero le dio la mano. – No vamos a arreglar esto aquí y ahora. Aunque haya sido muy buena idea venir. – Dijo de nuevo con media sonrisa. – Pero vamos a volver ya antes de que Gallia entretenga de más al prefecto O'Donnell otra vez, en su larga historia. – Marcus la había liberado de parte de su carga, y estaba agradecida de lo que había hecho, pero ahora necesitaba pararse y pensar. Así que, de la mano de su novio, bajaron hacia la sala común y no tardaron nada en llegar. Sean, Hillary, Donna y Kyla estaban en los sofás y se giraron como cuatro suricatos curiosos a mirarles. Ella puso una sonrisa triste y se acercó. – No os voy a decir que sean buenas noticias, pero podría ser peor... Solo estoy... Preocupada. Bueno, y de momento, mi padre se ha ido a vivir a Saint-Tropez con los abuelos... Y mi tata también, por lo visto.¿Que Vivi ese ha ido a vivir con tus abuelos a Francia? – Preguntó, incrédula, Hillary. Ella la miró significativamente y asintió. – Sí, esa ha sido mi reacción. – Ella aprovechó y se sentó en la alfombra, a los pies de sus amigos, apoyándose en el regazo de Kyla, para no tener que levantar mucho la voz. – Pero... Entonces, ¿tu padre está bien? – Preguntó la prefecta. Gal se encogió de hombros. – Eso no lo tengo nada claro, la verdad.
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Sáb Mayo 15, 2021 9:47 pm

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CON Alice EN Sala común A LAS 19:30h, 20 de febrero
Frunció los labios y negó con pesar, pero no dijo nada. Dudaba que William quisiera más al recuerdo de Janet que a sus hijos, porque quería con todo su corazón a Alice y a Dylan, se le notaba... Pero no podía poner la mano en el fuego porque no fuera mayor su amor por Janet, y él creía fervientemente que vivía en ese retrato. Ponerse en su lugar le hacía sentir mal, muy mal. Le hacía no atreverse a juzgarle o a asumir nada, porque no sabía qué haría él en su situación. Por eso prefería no hacerle promesas a Alice que no sabría si podría cumplir.

Esa disculpa le hizo mirarla súbitamente, sin entender nada. Que la perdonara, ¿por qué? Podía entender que le hiciera esas preguntas. Ojalá él supiera contestarlas. – No me pidas perdón, mi amor, no tengo nada que perdonar. - Susurró mientras le secaba las lágrimas, pero no podía ni mirarla a los ojos. ¿Se podía sentir peor? Le había evadido una promesa que le había pedido porque sabía que era muy probable que no la cumpliera, y eso ni siquiera era lo peor. Estaba mintiendo a Alice, o más bien le estaba ocultando la escasa información que tenía, pero que daba una explicación muy plausible al traslado de los Gallia a Francia. Tragó saliva y agachó la cabeza, apretando los dientes de la pura contención. Porque sabía que había una carta de su abuelo esperándole en su dormitorio y no se quería precipitar, Marcus no era persona de precipitarse. Pero lo que sabía le estaba abrasando por dentro. Nunca pensó que el conocimiento de algo dolería tanto.

Echó aire por la boca y negó con la cabeza. – Lo has hecho lo mejor que has sabido y que has podido. Hay muchas cosas que no está en tu mano poder evitarlas. - Dijo con suavidad, aunque conocía a Alice. Sabía que la situación de su familia la atormentaba y que, cuando estaba así, no iba a entrar en razones, se iba a cargar con todas las culpas aunque no las tuviera. Alice era única haciéndose daño a sí misma, y él no pensaba consentir que lo hiciera, porque no se lo merecía ni tenía lógica alguna. Pero en esos momentos era mejor dejar que se desahogara y se serenara, no iba a conseguir nada entrando en debate con ella sobre eso. Un debate en el que él se sabía con todas las de ganar.

Le devolvió una sonrisa triste y la caricia en su mejilla. – Entre los dos es menos carga. No quiero que pases por esto sola, ojalá supiera cómo arreglarlo para que ni siquiera ocurriera. Lo mínimo que puedo hacer es estar contigo... Como siempre lo hemos estado y lo estaremos. - Respondió a su beso, volviendo a sentir en el pecho la punzada de culpa. Necesitaba leer la respuesta de su abuelo, no aguantaba más. – Alice Gallia está en mi lista de cosas favoritas, en general. Ya lo sabes. - Dijo con una sonrisa, dejando otro beso más breve en sus labios. – Yo también te amo. - Y por eso, por paradójico que sonara, se estaba callando. Porque la amaba, porque no la quería ver sufrir, porque no quería ver a esa Alice que se cargaba con las culpas y con la responsabilidad de no haber podido evitar algo que no estaba en su mano. Por eso no le decía nada. Estaba anteponiendo su sueño de ver a Alice feliz, a la promesa que le hizo de no mentirle. Y por Merlín que no tenía ni idea de si estaba en el buen camino, o si se estaba equivocando estrepitosamente en su decisión.

Rio un poco y se levantó junto a ella. – No se lo digas a nadie, pero el Prefecto O'Donnell ya ha asumido su derrota en esta batalla. - Bromeó, tratando de suavizar el ambiente y tomando su mano para dirigirse hacia la sala común. El camino hacia allí hacía que su corazón fuera latiendo más y más fuerte en anticipación, porque por fin iba a poder leer esa carta, saber qué decía, si estaba pasando algo, si sus sospechas tenían algo que ver en todo aquello. Esperaba que no. Por primera vez en su vida, esperaba no tener razón, que fuera una carta de su abuelo como tantas otras que se llevaban mandado siete años, que solo fuera una coincidencia, que la carta de William dijera la verdad simple y llana. Esperaba, aunque sabía que era en balde, pero no perdía nada por esperar.

Permaneció en un discreto segundo plano mientras Alice explicaba lo ocurrido a sus amigos, que esperaban noticias ansiosos. Se había cruzado de brazos, un paso tras ella, con la cabeza agachada, deseando salir corriendo a leer esa maldita carta. Pero no podía ser tan descarado, al menos dejar un par de segundos, esperar a que sus amigos empezaran con la horda de preguntas y retirarse discretamente. Pero alzó la mirada un segundo y esta se cruzó con la de Sean. No lo podía evitar, Marcus no sabía disimular, y su amigo le estaba viendo la preocupación en la cara. Estaba claro que esa noche iba a tener un interrogatorio más profundo del que Sean le iba a hacer a Alice. Y honestamente... Casi lo necesitaba. Aunque no pudiera contarle toda la verdad, porque no podía contarle eso a nadie, pero necesitaba desahogarse.

– Voy al baño un momento. Ahora vengo. - Dijo colocando la mano con suavidad en el hombro de su novia cuando esta se sentó, y subió al dormitorio. Nunca se le habían hecho tan largas las escaleras, notaba el estómago cada vez más contraído y una opresión en el pecho. Entró a toda velocidad y, efectivamente, sus ojos no le habían engañado: allí estaba Paracelso, elegante y señorial cual emisario real, posado sobre el cabecero de su cama con una carta en el pico. – ¿Qué tal? - Susurró con cariño, acariciándole las plumas... Y estaban mojadas. Miró por la ventana, tontamente porque acababa de estar en la Torre de Astronomía y sabía de sobra que no estaba lloviendo. Tragó saliva. Aquello pintaba de mal en peor. – Toma. Algo me dice que has hecho un camino largo. - Dijo, abriendo el cajón un poco bruscamente de los mismos nervios y dándole una chuchería al enorme búho. Ya sí que no se demoró más. Con dedos temblorosos, abrió el sobre lacrado de Lawrence y leyó a toda velocidad.

Querido Marcus,

Espero que Alice y tú estéis siendo tan felices como os merecéis. La vida con quien amas es hermosa en todas sus fases, te lo dice de buena tinta un servidor, pero los primeros meses de noviazgo son especiales. Disfrútalos y haz feliz a Alice como bien sabes, como haces con todo el mundo... Esto es importante, hijo. Cuida bien de ella, pero, sobre todo, hazlo con sabiduría. Y atiende a lo que te voy a contar.

Si mis cálculos no son erróneos y esa criatura que William recogió a saber de qué suelo ha llegado con vida, para cuando llegue Paracelso ya habréis recibido las cartas de William y Violet. No en balde le he dicho a mi fiel mensajero que vaya a buscarte a tu dormitorio. Estas palabras son para ti, y exclusivamente para ti, Marcus.

Debo serte honesto: tenías razón. William ha estado investigando sobre lo que tú y yo sabemos, y ya conoces su intelecto, sus investigaciones van bastante avanzadas. Por fortuna y que sepamos, no ha llegado a hacer nada, pero hemos tenido que tomar medidas inmediatas. Yo mismo me he encargado de pedirle a Violet su traslado a Marsella, así como de hablar con Robert sobre esto. William no puede pasar más tiempo solo, y esto es una carga demasiado pesada para cargarla sobre los hombros de sus hijos, especialmente de Alice, por ser la hija mayor. No es justo y no es sabio, porque ella ni siquiera está aquí. Hoy mismo, tras enviarte esta carta, volveré a Londres, he pasado unos días en Francia con ellos. William está bien aquí, está controlado, y ha dejado sus papeles en su casa. Queremos pensar y confiar en que abandonará esta empresa tras pasar un tiempo separado de ese retrato y de esa casa, rodeado por su familia. Yo estaré pendiente de si intenta hacer avances de algún tipo, de todas formas.

Quiero que te quedes con este mensaje, hijo: todo está bajo control ahora. Hiciste bien en contármelo, pero tu misión acaba aquí, esto es algo de lo que debemos encargarnos nosotros. Es una carga demasiado dura para vosotros, que no os corresponde y con la que no podéis hacer nada desde el castillo. Solo queda una cosa que sí puedes hacer: no se lo cuentes a Alice. Sé que eres inteligente y que tú mismo, mientras leías mis palabras, habrás llegado a esta conclusión. No merece la pena hacerla sufrir, y si todo sigue el curso deseado, podría no llegar a enterarse nunca. Queremos y deseamos que esto sea un pasaje temporal en la vida de William, nada más. Sé que no eres partidario de las mentiras, pero el amor también es esto, Marcus: proteger a quien amas. Preservar su bienestar. No ganamos nada haciendo partícipe de esto a Alice, y ella podría perder su sonrisa. Sé que no quieres que eso ocurra. No lo hagas.

Nos vemos en Pascua. Ya me ensañarás esa conservación de romero y espino tan bonita que le has hecho a tu novia. También podrías hacerle alguna a tu abuelo, aunque sea como agradecimiento por tanto asesoramiento. Y disfrutad de esta etapa, Marcus. No la volveréis a tener, pero será la base para lo que esté por llegar. Haced una buena base. De lo demás, nos encargamos los que ya tenemos vida recorrida de sobra.

Sed felices, hijo. Y quédate tranquilo, que el viejo de tu abuelo aún puede encargarse de algunas cosas. No quieras quitarme tan rápido el puesto, que te veo venir.

Te quiere,
Lawrence

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Dom Mayo 16, 2021 12:26 am

Abre los ojos
CON Alice EN Sala común A LAS 19:30h, 20 de febrero
Así que ahora... ¿Vais a vivir en La Provenza? – Preguntó Hills. Gal también se lo preguntaba. De pequeña soñaba con que algún día viviría allí. Saldría a la playa todos los días, vería a sus primos, estaría con las flores... La casa de Saint-Tropez era más grane, con un jardín precioso, hacía más sol y no vivía con el recuerdo constante de su madre. Se encogió de hombros y parpadeó. – Bueno, mis abuelos siempre se van un poco antes que nosotros, porque les gusta mucho estar ahí. Mi padre de momento se queda con ellos y... No sé, me imagino que ya veremos que hacemos cuando nos veamos en Pascua. – Dijo frotándose los ojos. – ¡Ay, Dios! Pascua... No había contado yo con eso. Marc... ¿Dónde está Marcus? – Se había girado para hablar con su novio pero ya no le veía. Sean le puso una cálida mano en el hombro y y dijo. – Ha dicho que subía al baño. – Ella asintió y suspiró. Impresionante cómo llevaba años tratando de dejar a Marcus al margen de todo y ahora no podía estar sin él.

Pero entonces, Gal, yo creo que son buenas noticias. Tu padre va a estar mejor allí. – Dijo Kyla, con un tono suave, pero utilizando su lógica aséptica y aplastante de siempre. Ella la miró y negó, bajando la voz. – Kyla, mi familia no ha visto motivos para preocuparse hasta ahora. Y mi padre odia irse de aquí por... – Mejor se ahorraba lo del cuadro. – Porque le gusta estar cerca del cementerio y no irse de la casa en la que vivió con mi madre. Es extraño que haya aceptado y me haces preguntarme qué ha podido pasar. Luego, el hecho de no poder hablar, lo empeora todo... – Tomó aire lentamente. – Y aún me queda decírselo a Dylan. – Se hizo un silencio. Sean parecía escucharla, pero a la vez tener la cabeza en otra parte y miraba de cuando en cuando hacia las escaleras. Hillary y Donna, que ya habían tragado bastante de este drama, simplemente la miraban con prudencia y mantenían el contacto con ella como diciendo "estamos aquí". Y Kyla, que en los dramas Gallia era bastante nueva, trataba de darle un sentido a todo que no tenía. – Bueno, lo contaremos como una posibilidad, lo de que haya pasado algo lo suficientemente grave, pero, aunque ese sea el caso, está arreglado. – La miró a los ojos. – Y en cuanto a las comunicaciones, Gal, yo puedo prestarte mi sistema, el que uso con mi padre, que te asegura... – Ella le puso una mano encima a su amiga y sonrió. – No es necesario, Ky. No voy a usar un sistema super seguro del gobierno solo para decirle a mi padre que no haga locuras. No me lo va a contar por carta, y, como tú dices, ahora está acompañado y vigilado. – Trató de ampliar la sonrisa, y la perfecta asintió con la cabeza, apretando su mano.

¡Oye! Ahora igual os lleváis a Dylan a Beauxbatons. – Dijo Hillary con tono jocoso. – ¿Te imaginas que se vuelve todo un señorito francés?En verdad daría igual, porque escribir puede escribir en los dos idiomas. – Contestó ella con una risita. Al ver que había tenido buen efecto, Donna secundó. – Eh, eh, yo siempre he querido ir a París, y Marcus y tú siempre estáis que si Provenza lo esto, que si Provenza lo otro... Habrá que ir. Bueno, a ver, apártense, que a la única que ha invitado oficialmente es a mí, cuando íbamos en mi coche. – Dijo Hillary muy digna alzando las manos. – ¿A mí me vais a obligar a ir en el cacharro ese? – Preguntó Sean con tono jocoso. Hills le sacó la lengua, pero los ojitos le brillaban.– Si es que pretendes venir a Gales algún día conmigo... Obviamente. – Gal aprovechó y le miró con una sonrisa. – Está entretenido, pero hay una cosa que se llama cinturón que es un coñazo... Como un atabraquium. – Sabía que sus amigos estaban haciendo aquello para distraerla, hacerla sentir mejor. Sabía que todos estaban preocupados por ella y que sabían detectar una situación peligrosa y preocupante. Eran Ravenclaws, era lo suyo. Pero no quería tirar todos sus esfuerzos por la borda, y seguir amargada, aún podáis darles eso a sus amigos, y le parecía el mínimo, después de cómo se preocupaban por ella.

Por fin, Marcus bajó del baño, y ella alargó la mano hacia él, porque necesitaba sentirla. Puso una sonrisita y le escrutó la cara. A priori no detectaba más angustia que la que había visto antes en la Torre y estaba bastante tranquilo. En general, sus amigos y su novio tenían razón. No le quedaba más que conformarse, por insatisfactorio e inquietante que fuera. Sonrió débilmente a Marcus y le dijo con dulzura. – ¿Todo bien? – Porque no quería arruinarle el sueño esa noche, bastante que había tenido que pasar aquel mal rato con ella. Y el tema de la promesa que le había pedido seguía en el aire, pero al menos sabía que Marcus siempre tendría una cosa: sus amigos. Su padre siempre había sido demasiado peculiar y difícil de aguantar. Solo por Arnold, y por asociación, a Emma le había tocado también, pero solo dos personas no podían con todo el dolor de una sola. Pero Marcus siempre tendría una familia que le quería y le apoyaba de verdad, y más en sus cabales que la suya, y un grupo de amigos que siempre le respaldaría y que eran más que sensatos. Sí. No necesitaba aquella promesa, si tenía todo lo demás.
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Dom Mayo 16, 2021 1:26 am

Abre los ojos
CON Alice EN Sala común A LAS 19:30h, 20 de febrero
- Ya era hora de que ese bicho redondo evolucionara en pájaro adulto de verdad. - Dijo la voz burlona de Creevey, pasando por allí. Pero Marcus debía de tener una cara leyendo que le cortó la broma de golpe. Se había leído la carta de cabo a rabo había perdido la cuenta del número de veces, anclado en algunas frases. Sus sospechas habían sido confirmadas: William quería revivir a Janet. No se lo podía creer. ¿Cómo podía estar pasando algo así? El corazón le latía con violencia y se sentía hasta mareado. Iba a tener que leerse muchas veces las frases tranquilizadoras de su abuelo si quería interiorizarlas de verdad.

El otro había sido flagrantemente ignorado, pero de vez en cuando demostraba el intelecto suficiente que le había hecho digno de estar en Ravenclaw. Se acercó con pasos cautos y con su sonrisa burlona ladeada en una mueca insegura, acompañada de un ceño fruncido. - Es coña... Sé que no son de la misma especie... - Marcus no contestó, entre otras cosas porque no estaba ni escuchando. Sentía estar metido en una burbuja. - Oye... - Dijo el chico, con tono de conversación distendida y conciliadora, señalando al búho. - Vaya bicharraco, ¿eh? El porte que tiene el tío. Es de tu abuelo, ¿no? El alquimista. - No es el momento, Benjamin. – Dijo con voz grave y monocorde, clavando la mirada en ninguna parte. Por fin la había retirado de la carta, simplemente la sujetaba con derrota entre las manos. - Ya veo... - Dijo el otro con un toque incómodo, rascándose la nuca. Se dio media vuelta, dubitativo, en mitad del espeso silencio que se había creado, en el que Marcus simplemente seguía como en trance...

Pero no se fue. Ese chico tenía que nacer de nuevo para no insistir e insistir. La vena preguntona Ravenclaw. - ¿Qué le pasa a Gal? - Marcus le miró con los ojos entornados. Ni de coña iba a responder a esa pregunta, a pesar de que no parecía ir con mala intención. El otro solo con ver el gesto alzó las palmas de las manos. - ¿Es por lo que he ido diciendo? No jodas, ¿se ha cabreado contigo o algo? Que era coña, a ver. - Por un momento Marcus no sabía ni de lo que estaba hablando, debió vérsele en la cara de desconcierto. Cayó al par de segundos, soltando aire por la boca y rondando los ojos hacia otra parte. – No está enfadada conmigo. Ni contigo. - El otro suspiró con alivio. - Ah, bueno, qué susto. Que a ver, tú te lo habrías buscado, también te lo digo, pero en fin... Que no quiero ser yo el capullo que va rompiendo parejas ideales y esas cosas... - Marcus seguía sin contestar. El chico se puso las manos en las caderas, incómodo de nuevo. Pero no se iba. - Ya decía yo que no tenía nada que ver con la carta de tu abuelo esto... - Creevey, ¿quieres algo? – Preguntó con cierta brusquedad, y nada más hacerlo se arrepintió. Ese chico le traía de cabeza desde el primer día que pisó el castillo y era un auténtico trasto. Pero, a su manera, intentaba ser comprensivo con ellos.

- No no, si solo era porque te he visto ahí mustio y he dicho... A lo mejor si le toco un poco los cojones y eso se anima. - Dijo con una risa que intentaba suavizar el ambiente. – Pues... - Empezó a decir, dispuesto a continuar con un "no estoy para tus tonterías" o algo por el estilo. Pero en lugar de eso, y a saber por qué, esbozó una sonrisa cansada. – No es mal método. - Quizás su abuelo tenía razón. Centrarse en Hogwarts y sus rutinas allí era lo mejor que podía hacer, y llevar a Alice a eso, a que no tuviera la cabeza allí fuera, sino en el colegio. Respiró hondo, y mientras lo hacía oyó la carcajada seca del otro, ya con el nivel de incomodidad considerablemente más rebajado. - Si es que no puedes vivir sin mí. Y espérate a que no me quede con tu puesto de prefecto cuando te vayas. - Por encima de mi cadáver. – Contestó Marcus, cerrando la carta y levantándose para guardarla a buen recaudo. El otro irguió el pecho. - Lo que tú digas, pero aquí ha tenido que venir el mal alumno Creevey a decirle al novio y prefecto del año que llevas ya como quince minutos aquí metido y tu novia está abajo hecha una mierda. Que se te va a notar que estás escondido, colega. - No estoy escondido. – Dijo con mala cara, pero el otro ya se estaba yendo de allí riéndose como un duendecillo de Cornualles. No pensaba reconocerlo, pero a su extraña manera... Creevey tenía su inteligencia y sabía cómo usarla.

El chico tenía razón: llevaba allí ya demasiado rato, tenía que bajar. Y quería bajar, no había dejado a Alice sola ni mucho menos pero quería estar con ella. Aunque era fundamental que no le notara nada en la cara. Cerró los ojos y respiró hondo. Vale, Marcus. Está bajo control. Tu abuelo está al mando. No hay nadie en quien confíes más. No iba a ser tan fácil dejar de pensar en ello, pero al menos sabía que su abuelo (como mínimo, quizás más gente de su familia) estaba al tanto y pendiente de la situación. William no podría hacer nada desde Saint-Tropez. Eso acabaría siendo algo pasajero. Sí, así tenía que ser. Y Alice no tenía por qué enterarse jamás, porque aquello no iba a llegar a ninguna parte.

– Ve a descansar a la lechucería. Supongo que ya te sabes el camino, ¿no? - Le dijo al búho, quitándole un poco del agua sobrante de las plumas. – Eso sí... Necesito que te vayas muy tempranito mañana, ¿vale? Iré a buscarte con una carta para que se la lleves al abuelo. - La pensaba escribir esa misma noche, y aprovechar su permiso para salir una hora antes para hacer al animal partir antes de que nadie lo viera. Este ululó conforme y desplegó sus enormes alas para salir por donde había entrado. Verle perderse en el interior de la lechucería fue el punto y aparte que necesitaba para poder iniciar el modo que su abuelo le había pedido que adoptara a partir de ahora. El punto y final lo daría cuando le viera volar con su carta en el pico.

Bajando los últimos escalones oyó las risas. Tenía que darle las gracias a sus amigos por haber conseguido eso, era lo mejor que podían ofrecerle, mantener a Alice con ánimo. Sonrió y se acercó donde todos estaban. Asintió a la pregunta de la chica y le guiñó un ojo. No, no iba todo bien, pero se había dicho mentalmente dos cosas: que podría estar peor, y que Alice no tenía que enterarse de nada. Por lo tanto, a ojos de ella, sí, todo bien. Se agachó a su lado para sentarse con un leve y fingido quejido, acercándose a su oído mientras se colocaba. – Otra vez que me haces tirarme a una alfombra. - Le dijo en voz baja y disimulada mientras adoptaba la postura en el suelo, dejando un beso en su hombro justo después. – ¿De qué habláis? - De que Hills va a torturar a Sean metiéndole en un coche si quiere ir a verla a Gales. - Contestó Donna, y todos rieron. – Venga ya, tío, no te quejes más. - A ti me gustaría a mí verte metido ahí dentro. - Le respondió su amigo, pero le estaba leyendo la mirada: Sean sabía que no iba "todo bien". Le conocía demasiado, y Marcus le devolvió un "ahora te cuento" escrito en los ojos mientras ambos hacían como que continuaban con la broma. – Mira, esta casi me mata en una bicicleta. - Dijo señalando a Alice con el pulgar y alzando las palmas justo después. – Yo ya he cumplido. - Volvieron a reír, y él pasó un brazo por los hombros de ella para abrazarla, dejando que se apoyara en su pecho. La única que en vez de estar riéndose parecía estar reflexionando sobre algo era Kyla. - De verdad que no entiendo el atractivo de los trastos esos. En el Departamento de Uso Indebido de la Magia del Ministerio llegan como tres de esas cada semana, encantadas para hacerlas volar. ¿Pero qué le pasa a la gente? Son mucho más aparatosas e incómodas que una escoba. - A mí me gustan, son bonitas y son más seguras que una escoba. - Apuntó Hillary. Marcus miró de reojo a Alice porque sabía que ahí se iba a iniciar un divertido debate. - No si vuelan. Las escobas están diseñadas y adaptadas para el vuelo, las bicicletas no. - No me refería a biclicletas voladoras, sino a bicicletas muggles normales. Yo tenía una de pequeña, era monísima, tenía una cestita y unos lacitos de colores atados en los manillares. - Todos corearon un "ooooh" adorable y empezaron a meterse con ella. Hillary tardó tres segundos en picarse, como siempre. Eso le dio para un rato de charlas, risas y debates sobre medios de trasporte muggles y mágicos.

- Yo me voy ya a la cama, que estoy muerta. Los miércoles son destructivos. - Dijo Donna. Eso desató las risitas del grupo. - ¿Qué ha hecho Kowalsky esta vez? - Preguntó Sean entre risas. Donna rodó los ojos y bufó. - Traer una caja con un millón de herraduras para Porlocks. - Wow, un millón. Me sorprende que todos los cacharros imantados de la Profesora Hawkins no hayan salido volando hasta los terrenos. – Bromeó Marcus, arrancando las risas otra vez. Donna le miró con ojos hastiados. - Ja-ja, qué humor, O'Donnell. Nos hemos pasado la hora y media de clase limando pezuñas y calzando herraduras a los Porlocks. ¿Habéis puesto una vez una herradura a un caballo? No, ¿verdad? Pues es muy cansado, y difícil. Y esto no es un caballo, es un caballo en miniatura e hiperactivo. Es como ponérsela a un perro con durezas. - Donna estaba quejándose con sinceridad, pero allí estaban todos desternillados de la risa. Porque, claro, allí todos los presentes eran demasiado inteligentes para perder el tiempo en Cuidado de Criaturas Mágicas, y ahí que sacaban toda su soberbia Ravenclaw a relucir cuando se hablaba del tema. – Solo se te ocurre a ti cogerte la asignatura de Kowalsky. - Dijo Marcus, secándose las lágrimas de la risa con el dorso de la mano, aún abrazado a Alice y sentado con ella en el suelo. Donna soltó un bufido exagerado y Sean la señaló. - ¡Eh! ¡Ya hasta hablas como los Porlocks! - Más risas, Marcus estaba ya a punto de rodar por el suelo. Donna chasqueó la lengua y rodó los ojos. - Yo me voy a la cama, y vosotros podéis iros a la mierda si eso. - Todos soltaron un jocoso "wowowo". – Pero cuanta agresividad. Si es que no se puede pasar tanto tiempo entre bestias. - Dijo Marcus, pero la chica ya se estaba yendo, aunque dejando las risas tras de sí.

- Me voy con ella. Que como se acueste enfurruñada, se levanta enfurruñada. - Dijo Hillary, aunque aún no había dejado de reírse. Kyla también se levantó. - Yo me voy a hacer la ronda. - La chica se le acercó y le revolvió el pelo, haciéndole reír. - Desde que tienes novia vives muy bien, ¿sabes? - Marcus se encogió de hombros con inocencia. Sean fue el último en levantarse. - Yo también me subo, quiero repasar el último tema que vimos en Defensa antes de dormir. - De nuevo, su amigo le lanzó esa mirada que Marcus tan bien conocía. - ¿Te veo arriba? - En otras palabras: te espero para hablar. Marcus frunció los labios en una sonrisa y asintió. – Ahora subo. - Y sus amigos se fueron, dejándoles solos.

– Que digo yo, que puestos a estar en el suelo, podríamos acercarnos un poquito a la chimenea. - Bromeó, acariciando la mejilla de Alice. Agarró un cojín del sofá y lo colocó en la alfombra, un poco más cerca de la lumbre, arrastrándose con ella hasta allí. – Me gusta verte reírte. - Le dijo con una sonrisa, y señaló a los dormitorios con un gesto de la cabeza. – Estos sí que son el remedio para todos los males. - De verdad que sí. Tenía mucho que agradecerle a sus amigos esa noche.
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Dom Mayo 16, 2021 2:07 pm

Abre los ojos
CON Alice EN Sala común A LAS 19:30h, 20 de febrero
Ahora le costaba leer la expresión de Marcus. Parecía... Tranquilo, aunque a la vez veía algo... Bueno, ya empezaba a ver sombras en todas partes, tenía que relajarse. Cuando su novio se sentó a su lado y le dijo aquello soltó una risita, solo de acordarse de aquel momento, de aquella primera noche juntos. – Ya se están diciendo guarradas. – Dijo Donna, picajosa. Gal entornó los ojos y chasqueó la lengua. – Pero bueno, ¿quién os creéis que somos? Tú concretamente, la que necesita veinticinco botellas de poción contraceptiva. – Dijo Hillary con intención. Ella negó con la cabeza y se rio un poco, frotando su mejilla con la frente de Marcus cuando le dio el besito. Él y sus detalles, sus cariñitos que siempre le hacían sentir mejor.

Volvieron a las coñas con Sean a raíz de lo del coche, y Marcus, que realmente parecía mejor después del rato que había estado arriba, ya tuvo que mentar la bicicleta, porque sabía que eso la haría reír, al recordar días más luminosos, más felices y despreocupados. Y en La Provenza. – Pues precisamente, le decíamos a Gal que si el señor Gallia va a estar ahora en La Provenza, igual por fin nos invitáis a conocer ese paraíso vuestro. – Ella sonrió y se acurrucó bajo el brazo de su novio, sintiendo su calor en el costado y haciéndola sentir instantáneamente mejor. Alzó la cabeza y le miró con los ojos brillantes. – Igual os invitamos a una fiesta de Ravenclaws cuando consigamos ese taller de los sueños de Marcus, al lado del mar y rodeado de flores. – Sí, eso era una buena cosa en la que concentrarse. Sus sueños, sus esperanzas, todo eso que habían construido con tanta facilidad en un mes y que era una vía rápida a la felicidad, a intentar apaciguar su mente y su espíritu. Los demás estaban debatiendo sobre las bicis, y a pesar de que le punzó un poco el recuerdo, sonrió y miró a Marcus, recordándola anécdota que contaron Arnold y Vivi en Navidad. – Ni confirmo ni desmiento que los Gallia lo hayamos intentado. – Y, como todo se murió de amor solo de imaginar a una Hillary chiquitita con esa bici. – ¡Y no me has enseñado fotos de tal cosa cuando he estado en Gales! – La regañó, dándole un empujoncito de broma, que acabó en su amiga convenientemente cayendo sobre Sean.

La lucha dialéctica y de conocimientos entre Marcus y Donna sobre las criaturas mágicas era ya un viejo clásico de la sala común, porque ninguno d ellos dos cedía en sus posturas, pero Donna era muy graciosa (sin pretenderlo) describiendo sus penurias en la asignatura, y al final siempre acababan riéndose un montón con esas circunstancias. Marcus encima le ponía la puntilla a todo, cosa que se le daba muy bien, con lo de la profesora Hawkins. Pero al final, su amiga se mosqueó y se fue a la cama (eran muchos años aguantando que se metieran con ella por coger la asignatura) y eso provocó una desbandada general. Sean, sin mucho disimulo, se quedó como esperando a que Marcus le dijera algo, pero finalmente también se fue, y Kyla estaba considerablemente más amable que de costumbre, así que le dedicó una sonrisa tierna y agradecida. Amaba a sus amigos, pero agradecía tener un momento con su novio antes de irse a dormir. Si es que podía dormir algo, que estaba por verse.

Cuando Marcus dijo lo de la chimenea, ella alzó la ceja y le miró con media sonrisa. Había que fastidiarse con el prefecto, luego iría de buenecito. Asintió y se acercaron al fuego, poniendo la espalda sobre el pecho de Marcus y dejando que la rodeara con los brazos. Se sentía considerablemente mejor allí, calentita, arropada por su novio, mirando el fuego, como siempre le había gustado, desde pequeña, y dejando que la mezcla entre la tristeza, el agobio, la culpa y el momento olvido del rato con sus amigos, cayeran como un velo sobre ellos y simplemente se quedaran allí, abrazándose, recordando que, pasara lo que pasase, estaban juntos. Se dejó caer sobre el pecho de sus novio y aferró los brazos que la rodeaban. – Tenemos mucha suerte. Con todo. – Le dijo en tono tranquilo. Giró la cabeza para mirarle. – No todo el mundo ha encontrado a la primera a la persona ideal. O tiene unos amigos tan buenos como los nuestros. No todos los novios hacen lo que sea por hacerte feliz. – Terminó con una sonrisa. Le dio un breve beso en los labios. – Sí, me doy cuenta que ese es todo tu afán. Y lo consigues, mi amor, pero igual que tu dices que hay cosas que ocurren en mi familia que no son culpa mía, hay cosas que ocurren en la vida que no me dejan ser plenamente feliz, a pesar de tus intentos. – Le acarició y le miró con todo el amor que sentía dentro de ella. – Pero al final del día, Marcus O'Donnell me ama, me abraza, está conmigo y eso es todo lo que necesito. – Le dio un beso y se levantó. – Vámonos a la cama, que hoy ya no nos merece la pena pensar más, mi vida. – Y cuando él se levantó, le besó de nuevo y dijo. – Buenas noches. Te amo. – Y alargó la mano mientras se separaban, para sentirle el mayor tiempo posible.

Pero Marcus tenía un efecto en ella que, cuando Marcus desaparecía, se quitaba un poco, y al verse a oscuras y sola en los dormitorios, volvió la máquina de rallarse a funcionar. Una vez ya metida en la cama, y viéndose incapaz de dormir, susurró. – Hills... ¿Estás despierta? – Oyó unas sábanas removerse y un susurró de vuelta. – Sí. ¿Te vienes aquí conmigo, porfa? – Preguntó, como cuando era pequeña y se metía en la cama de sus padres.
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Dom Mayo 16, 2021 5:28 pm

Abre los ojos
CON Alice EN Sala común A LAS 19:30h, 20 de febrero
Cerró los ojos e hizo un ruidito de garganta, como si acabara de comerse un dulce. – "Ese paraíso vuestro". Me gusta como suena. - Confirmó, dejando un beso en la mejilla de Alice. Alzó un índice y dijo. – Mi taller va a ser precioso PERO, tendrá sus normas. - Ya estamos con las normas... - Dijo Sean, buscando la complicidad con la mirada en Hillary y Donna. No buscaba a Kyla porque la prefecta, como no tardó en confirmar, iba a estar de acuerdo con Marcus. - Es lo más sensato. Ya de por sí un taller de alquimia en mitad del campo puede tener sus riesgos, que menos que tener unas normas claras. - Gracias. – Respondió él, señalando a Kyla con un ceremonioso gesto de su mano.

La conversación con sus amigos había sido un soplo de aire fresco. Quedarse a solas con Alice era algo que deseaba y que siempre le hacía sentir bien, pero que en vista de los últimos acontecimientos le hacía renacer la inquietud en su interior. Iba a dar muchas vueltas en la cama esa noche, lo estaba viendo venir, pero al menos a la mañana siguiente esperaba encontrarse más centrado en lo que tenía que hacer. Estaba todo muy reciente todavía.

Sin embargo, Alice parecía estar mucho mejor, lo que le permitió relajarse a él también. Dejó que se apoyara en su pecho y la rodeó entre sus brazos, apoyando la mejilla en su pelo como tantas veces hacía. El comentario sobre la suerte, en vistas de lo que estaba ocurriendo en su familia en ese momento, le pilló un poco por sorpresa. La miró a los ojos cuando giró el rostro hacia él y atendió a sus palabras. Visto así, sí que tenían mucha suerte. Sonrió levemente pero luego chasqueó la lengua. – Vaya, me has pillado. - Dijo tratando de seguir la broma, pero... Ese maldito sentimiento de culpa, otra vez. Sí, el objetivo era preservar la felicidad de Alice, pero en base a mentirle. Seguía sin tener claro si era la opción correcta o no, aunque la confirmación de su abuelo ayudaba bastante en la toma de decisiones. No por ello se sentía menos culpable.

Volvió a sonreír y le devolvió la caricia en su mejilla. – Y así será siempre. Siempre estaré contigo. - Rozó su nariz con la suya. – Pase lo que pase, al final del día... Nos encontraremos. Nos lo contaremos todo, nos abrazaremos y nos diremos que nos queremos. Y sí, eso es una suerte. Y lo que pienso hacer cada día de mi vida. - Otra cosa no, pero eso lo tenía clarísimo. Respondió a su beso y se levantó junto a ella. – Buenas noches. Yo también te amo. - Y esperó a que se perdiera escaleras arriba, como solía hacer, mirándola con una sonrisa hasta que desaparecía. Cuantas veces habría hecho ese gesto tan simple. Cuantas cosas se habría quedado pensando, allí plantado en las escaleras, una vez Alice ya se había ido. Se mojó los labios, inspirando profundamente, y subió hacia su dormitorio.

Entró apesadumbrado, sabiendo que la noche iba a ser larga, y valorando qué palabras escribir en la carta de vuelta a su abuelo. Pero sabía que iba a venir algo antes de todo eso. Frunció una sonrisa y miró a Sean, que le esperaba sentado en su cama. Su amigo no defraudaba nunca. Se habían quedado compartiendo un silencio de unos instantes, hasta que el otro palmeó a su lado para que se sentara junto a él. Eso hizo Marcus, y justo después respiró hondo y dejó salir el aire en un resoplido, con la cabeza agachada. - Estaba aquí cuando ha llegado Paracelso. - Claro, eran tantos años que Sean conocía perfectamente al búho de su abuelo. Si hasta el metiche de Creevey lo conocía. Su amigo soltó una leve carcajada muda con los labios cerrados. - Ese animal está bien entrenado para entregar correspondencia confidencial. Cualquiera se le acercaba. Por la mirada que me ha echado, no me he atrevido. - Marcus sonrió con tristeza, sin levantar la mirada. Sabía que su amigo iba a saber hilar todo lo que había ocurrido. Ahora lo que Marcus se planteaba era hasta donde podía contar.

- Es grave, ¿verdad? - Preguntó Sean, con tono tranquilo, mirándole. Marcus no le devolvía la mirada. Tras unos segundos, asintió con pesar y contestó. – Bastante. - Alzó la mirada. – Alice no lo sabe, y... Nadie debería. - Sean negó. - Tranquilo. Ni te pregunto ni digo nada... Pero... - Sean miró de reojo a su alrededor. No había nadie por allí, era muy poco probable que le estuvieran escuchando, pero aun así se acercó un poco a él y bajó la voz. - Tío, es una carta confidencial de tu abuelo. Justo después de ese traslado tan sospechoso. Y Alice se teme lo peor. ¿Tiene... Que ver con la alquimia? - Marcus bajó la mirada de nuevo, tragando saliva. Volvió a darse otros segundos para contestar, hasta que asintió. – No puedo decirte lo que es, pero... Mi abuelo está al tanto, y William necesita estar vigilado y protegido. - Marcus miró a Sean con tristeza. – No está bien, Sean. William no está bien. - Dijo con la voz ligeramente tomada, sintiendo un nudo en su garganta. – Y no quiero que Alice se entere. Lo último que quiero en el mundo es mentirle, pero... Esto es muy grave, lo suficientemente grave como para... Bueno, ya has visto el revuelo. - Se frotó los ojos con una mano. Le escocían y sentía un cansancio abrumador solo del peso de lo ocurrido en las últimas horas. – Alice no puede hacer nada estando aquí, ninguno de nosotros puede. Y... Si se enterara... Lo pasaría fatal, Sean. Lo pasaría muy mal. No quiero verla sufrir de esa forma. - La última frase salió con la voz quebrada, y volvió a pasarse los dedos por los ojos, pero esta vez se frotó la cara, tapándosela con las manos, y apoyó los codos en las rodillas. Su amigo puso una mano en su hombro y Marcus resopló. – Mi abuelo me ha dicho que está todo bajo control y que él se encarga, que me preocupe solo de que Alice esté bien... Pero Sean... - Tío, es lo mejor que puedes hacer entonces. - Dijo su amigo, comprensivo. - Ya sé que no quieres mentirle, y que es una putada que te tengas que quedar eso para ti. Pero... Es lo mejor que puedes hacer si es por su bien. - Marcus asintió, con la cabeza agachada. Y ahí se quedaron ambos, compartiendo un triste silencio.

Se mojó los labios. Había otra cosa que le picaba en el pecho, y necesitaba dejarla salir. Se habían creado otros segundos de silencio, porque su amigo le conocía y lo sabía, sabía que Marcus no había terminado todavía. Respiró hondo, decidiendo no abusar más de la paciencia de Sean, y dijo. – Me ha pedido que le haga una promesa. Alice. - Dijo, con la cabeza agachada, jugando con los dedos entre sus manos. – Quería... Que le jurara que, si algún día le pasaba algo... Que no acabaría como su padre. - Se le humedecieron los ojos. Podía percibir la tristeza de Sean aunque no le estuviera mirando. No se veía ni capaz de contestar, por lo que su amigo le dio pie. - ¿Y qué le has dicho? - Marcus tragó saliva. – Que no pensara en eso ahora. Y he cambiado de tema. - Frunció los labios con decepción, negando lentamente con la cabeza, con la mirada perdida. – No puedo soltarle dos mentiras en el mismo día, Sean. No puedo jurarle eso. No lo voy a cumplir. - Se le cayó una lágrima. Estaba tan asustado, tan agobiado, que por un momento barajó la hipótesis de Alice como un evento que se daría en algún momento de su vida. Y notaba como el corazón se le encogía y tenía ganas de morirse, y ni siquiera había pasado. Sean detectó la reacción de inmediato y se acercó un poco más a él, apretando su hombro con afecto. - Eh, venga tío. No le des vueltas a eso, tienes razón, no es el momento para pensarlo ahora. Solo te lo ha dicho porque está asustada. - Lo peor es que le entiendo, Sean. – Dijo con la voz emocionada y otra lágrima asomando por sus ojos, mirando a su amigo con la mirada enrojecida. – Entiendo a William. Entiendo por qué hace lo que hace. Pero... No puede, simplemente no puede hacer algo así, es... - Una locura. Negó con la cabeza y apartó la mirada una vez más. – Es muy peligroso, Sean. Y lo peor es que ni siquiera va a servir de nada. - Quizás estaba hablando ya más de la cuenta, pero la idea era tan descabellada, y los conocimientos de Sean sobre alquimia tan poco profundos, que dudaba que su amigo pudiera pensar algo así. Nadie en su sano juicio pensaría algo así... ¿Pero quien pierde al amor de su vida y mantiene sano su juicio?

- Mira, aún nos queda mucho Marcus y Alice que ver, ¿me oyes? En el trasto ese en el que Hillary quiere montarme para ir a Gales no sé, pero en la bicicleta esa de La Provenza en la que casi te matas me pienso montar. - Eso le hizo reír con sinceridad, pasándose la manga por los ojos. – Que tonto eres... - Le dijo con cariño. En el fondo, Sean era único para relajarle. Su amigo detectó que iba por buen camino y continuó. - Te lo digo en serio. Tan en serio como que me pienso pasar por el forro las normas de tu taller y entrar de todas formas. - No vivirás para contarlo. – ¡Uy, que no! ¿Pero tú conoces a tu novia, chaval? Me pienso aliar con ella para que me deje pasar cuando tú no miras. - Eso le hizo reírse aún más y mirar a Sean. Pero al hacerlo se sintió derrumbado otra vez. Le había dado varios abrazos de consolación a Alice esa noche... Ahora necesitaba uno él.

Su amigo le abrazó y se quedó ahí, como un niño pequeño, esperando calmarse. Respiró hondo y, cuando se sintió un poco más sereno, se separó. - ¿Mejor? - Preguntó él. Marcus asintió, secándose las lágrimas, y entonces una reflexión acudió a su mente. – Tenemos mucha suerte, Sean. - Dijo con voz grave. Su amigo le estaba mirando. – Tenemos dos padres que se quieren… Y les tenemos. - Ahora fue Marcus quien le devolvió la mirada. – Ni Hillary ni Alice pueden decir ambas cosas. - Por un segundo se quedaron intercambiando miradas tristes, pero Sean agachó la cabeza poco después. - Lo sé... - A nosotros nos ha tocado la parte fácil. – Dijo Marcus a continuación, tragando saliva y tratando de serenarse un poco más. – Y lo mínimo que podemos hacer es... Quererlas, entenderlas, y... Tenerles paciencia. - Miró a Sean. – Nosotros en el lugar de ellas estaríamos hechos una mierda. - Sean soltó una especie de bufido confirmador y se frotó los brazos. - Puedes estar convencido de ello. - Silencio otra vez. Ambos con la mirada perdida en ninguna parte, reflexionando... Hasta que Marcus habló una vez más. – Tan convencido como que vas a acabar subido a ese coche. - Y luego soy yo el tonto. -
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