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Recuerdo del primer mensaje :


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CON Marcus EN Sala omún A LAS 10:00h, 23 de febrero de 2002
Se había obligado a estudiar porque no servía de nada seguir dándole vueltas a la cabeza, así que se había puesto con Alquimia, que por lo menos le gustaba. Era sábado, y Sean y Hillary habían desaparecido nada sospechosamente dirección Hogsmeade, lo cual aportaba calma a su estudio. Todos sus amigos estaban preocupados por ella desde la llegada de las cartas, y ni hablar quería de Marcus. Su novio era el mejor, quién lo dudaba, pero es que había recuperado el modo “alegrar a Alice como propósito de vida”, y ahora no era como cuando lo de su madre, ahora le daba pena tirar sus esfuerzos por la borda, así que intentaba seguirle el rollo, pero le costaba. Afortunadamente, el premio era un Marcus entregado a ella, y eso siempre era maravilloso.

No obstante, su cabeza era un zumbido de abejas constante, de abejas llamadas “William” “Van Der Luyden” y “problemas”, y la única manera de acallarlas era poniéndose a estudiar. Lo bueno de los sábados es que todo el mundo estaba en Hogsmeade o haciendo algo, así que ella se bajó muy cómoda, sin intención ninguna de moverse de la sala común, a tumbarse en su sofá, con sus libros de Alquimia. Esperaba además que así, su querido novio se convenciera de que era una buena idea no hacer nada, no anhelar planes, simplemente, sentarse y estudiar juntos su asignatura favorita. Un plan si fisuras o eso quería ella pensar.

El caso es que, al rato, se dio cuenta de que estaba bastante desconcentrada. Necesitaba una tarea mecánica y repetitiva para focalizar fuerzas físicas en ella mientras leía, así que cogió una lima de uñas y se puso a arreglárselas, tumbada de lado, mientras dejaba el libro en el sofá. Ah sí, ya había encontrado el método.

Sin embargo, y para no variar cuando se hacía un plan, al poco de estar realmente concentrada, notó como alguien larguirucho y delgado se dejaba caer entre el respaldo del sofá y ella. Realmente, le había sentido venir desde atrás, porque conocía sus pasos, porque anhelaba oírlos cuando no estaba con él, porque significaba que venían a buscarla, pero le gustaba hacerse la interesante, y quizá, si la veía muy concentrada, no propondría ningún otro plan. Ladeó una sonrisa y acurrucó su cuerpo contra él, sin levantar la vista ni dejar de repasarse las uñas. — ¿Qué dicen las normas sobre tumbarse con su novia en el sofá, a vista de todos, en plena mañana de febrero, prefecto O’Donnell? — Preguntó con tonillo sugerente y una inevitable sonrisa que se hacía más y más grande solo de tenerle a su lado y sentir su olor. — En verdad estamos medio solos, está todo el mundo por ahí. Solo quedan los niños de primero y segundo, y van a salir a jugar a ver quién adivina más plantas en dos horas. En buena hora me inventé ese juego y sus complejas normas de puntuación en primero. Ese será mi legado, si Mustang lo sigue transmitiendo. – Dijo con una risa. Se giró y dejó un beso en sus labios. – Buenos días, por cierto.

Merci Prouvaire!


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Lun Jun 14, 2021 12:49 am

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CON Alice EN Hogsmeade A LAS 10:00h, 23 de febrero de 2002
Recibió el beso con una sonrisita, pero rodó los ojos y la miró de soslayo, con una costilla en las manos. — Pues sí, me creaste un trauma de por vida. — Reafirmó. Vaya susto pasó aquel día, y le duró el susto bastante tiempo. En parte aún no se le había pasado. El tono de Alice cambió un poco al hablar de su padre. No podía ser tan ingenuo de pensar que una visita a Hogsmeade espantaría todas las nubes, pero de verdad que se estaba esforzando mucho por hacerlo. Probablemente le saliera mejor si tuviera la conciencia más tranquila, si no supiera lo que sabía, si no sintiera... Que la estaba engañando. Pero su abuelo había dado una directriz, y Marcus era obediente hasta el extremo, más aún tratándose de su abuelo, ni más ni menos, la persona que más admiraba en el mundo. Tragó saliva y asintió con una sonrisa suave. — Lo sé, mi amor. — Confirmó con tranquilidad, agarrando él también su mano. — Y verás como cuando vayamos, todo está bien. Van a ser una vacaciones espectaculares. Nuestras primeras vacaciones como pareja oficial. — Vuelta a la oficialidad. Pero al menos teñía de un velo de alegría todo aquello... Mientras su conciencia seguía diciéndole lo preocupante que empezaba a resultarle la facilidad con la que le estaba mintiendo a su novia. No le mientes, Marcus, le ahorras un sufrimiento innecesario. Sí, pensar eso le dejaba más tranquilo al menos.

Rio con el comentario sobre su madre. — Creo que la prefecta Emma Horner nunca dejó el cargo. —Comentó, mientras miraba las costillas en sus manos, disfrutando de la deliciosa comida. — Aunque me da que con Violet ha tirado la toalla. — Comentó entre risas, y mientras daba un nuevo bocado, Alice dijo ese comentario. Entrecerró los ojos y ladeó una sonrisa mientras masticaba, dándose su tiempo para tragar sin dejar de mirarla hasta que pudo hablar. — ¿Y con quién tenías pensado escaparte? — Ahora que lo pensaba... No es que Marcus fuera especialmente fan de hacer ciertas cosas con toda la familia presente, él nunca haría algo así... Bueno... Realmente, lo hizo en Navidad, pero es que era una gran excepción, fue una Nochebuena demasiado bonita y especial y el hechizo que le regaló Alice merecía una noche a la altura. Y ahora que lo pensaba... También estuvieron a punto de hacerlo por primera vez en el desván con toda la familia de Alice por allí. Vaya. Al parecer, Marcus tenía sus teorías muy claras, pero las ponía poco en práctica. — Mi madre es capaz de echarnos un hechizo de rastreo para tenernos localizados en todo momento. — Miró a los lados y se acercó, porque no era algo que quisiera que se escuchara por ahí precisamente. — Ya se la colamos una vez, algo me dice que no vamos a tener tanta suerte una segunda. — Susurró entre pícaro y divertido, volviendo a su posición justo después. — Aunque... — Dejó en el aire, mirando despreocupadamente las costillas entre sus manos. — Entre los conocimientos sobre fiestas provenzales de mi novia y los míos sobre... Mi madre y su estilo. — Se encogió de hombros, girando entre los dedos la costilla y mirándola como quien comenta algo irrelevante. — Quizás se nos ocurra algo. —Y él mismo se estaba dando cuenta de lo mucho que estaba jugando con fuego lanzando esa afirmación desde ya, y eso que ni habían llegado a La Provenza todavía. Y acababa de decirse a sí mismo que era mejor no hacer enfadar a su madre allí. En fin...

No podía evitar poner cara de niño bueno y satisfecho cuando le decían cosas así, pero le guiñó un ojo a su novia cuando terminó la frase. — Uy, si le dices a mi abuelo que con eso le vas a convertir en Alquimista de Vida, capaz y te asevera que realmente me hizo en el taller. Ya buscará las pruebas. — Bromeó. No pensaba reconocer la de años que se pasó creyéndose esa teoría de que le hicieron en un taller de alquimia, pero le seguía pareciendo una historia bonita que contar a un niño. No descartaba contársela a los suyos algún día... Si a Alice le gustaba tanto...

Su mejor Alice era la Alice que se entusiasmaba como una niña pequeña, como cuando se conocieron, ante cualquiera de sus ideas. No solo se entusiasmaba, se subía aún más al carro que él y para volar más alto todavía. Sabía que había una tecla mágica que podía tocar para sacar la sonrisa de su novia y que daría con ella a lo largo del día. Ahí estaba. Se echó a reír. — Ya me lo estoy imaginando. Casi puedo ver a mi abuela y a Darren gritando a cual más alto. Veo los cristales de mi casa rotos, y esta vez no será culpa mía. — Salvo que el haber tenido la idea se pueda considerar su culpa. Abrió mucho los brazos. — ¡Por favor! ¿Huevos de Pascua, mi novia ideando cosas y transmutaciones? ¿Dónde tengo que firmar? — Casi podía ver lo bien que iba a quedar todo, se lo iban a pasar como en su vida. En el fondo seguían siendo como niños.

Terminó de roer la última costilla, mirando de soslayo y con una sonrisa inevitable como su novia se apoyaba en él y sacaba la hoja de ruta de nuevo. Asintió. — Hecho. Bolitas de chocolate para mi novia, todas las que quiera. — Como que no tenía él ya pensadísimo comprarlas. Sabía que ella lo estaba diciendo de broma, pero él iba con el plan trazadísimo en su cabeza dijera lo que dijese. Dejó una caricia en su mejilla y dijo. —  Como tú. Pequeñitos, adorables, y haciendo mucho ruido. — Bromeó con ternura. Se limpió por última vez, porque ya había terminado de comer, y justo cuando se disponía a hacer lo que pensaba hacer antes de irse, Alice agarró su mano y le contó algo. Parpadeó, tratando de recordar, porque se le había borrado eso de la mente... Pero cuando le llegó la información de lo que la chica contaba no pudo evitar abrir la boca. — ¿De verdad dije eso? — Preguntó anonadado. ¿Se podía ser más bocazas? — Oh... — Se llevó las manos a la cara para tapársela, avergonzado y con ganas de pegarle al Marcus de trece años. — Vaya idiota... — Y le dio por reír, por lo ridículo que se sentía. Se destapó la cara, negando con la cabeza y mirando a su novia, recibiendo en ese momento el beso de ella. — Puedes tener muy claro que era una de esas veces en las que Marcus O'Donnell está diciendo una absurdez en voz alta porque es la única manera de que se la pueda intentar creer, y ni por esas cuela. — Volvió a negar, suspirando. — Ni siquiera era consciente de haber dicho eso... Porque a la vista está que era una mentira como esa casa de grande. Has sido el amor de mi vida desde que te vi... — Ladeó la cabeza varias veces. — Pero está claro que no he demostrado ser igual de listo para todo. — Afirmó con una risa. No, desde luego para eso había sido muy tonto.

— Sí que recordaba que te enfadaste, pero ni me había dado por pensar que pudiera haber sido por eso, ni me acordaba... — Apoyó el codo en la mesa y su cabeza en su mano, mirando a Alice. — ¿Sabes la rayada absurda que tenía yo ese día? — Se le escapó una risa avergonzada. — Fue al contarte lo de la estatua de Apolo y Dafne. Cuando la vi, automáticamente me acordé de ti. Me pareció bonita, y que te encantaría, y pensé... No sé, mi mente infantil debió interpretar que Apolo y Dafne estaban... Jugando, o algo así. —Hizo una mueca con la boca. — Y tú dijiste algo así como que él estaba intentando atraparla, retenerla contra su voluntad y cortarle las alas. Y que ella era libre como el viento, que sería incapaz de tenerla nunca...  — Volvió a negar con una suave y muda risa. — Supuestamente no sabía lo que sentía por ti, pero... No te imaginas la de vueltas que le di. Pensé... Es verdad, ella merece ser libre. — Alzó la mirada a sus ojos y dijo. — Me daba miedo que me vieras como Apolo. Si eso era lo que la escultura representaba... Entonces no quería serlo. Aunque tú fueras Dafne... No quería ser quien te atrapara. Dafne no estaba feliz. Yo quería verte feliz. — Eso había sonado demasiado profundo para un Marcus de trece años, pero... Ciertamente era lo que pensaba.

Pero no estaban allí para ponerse tristes, todo lo contrario. Se irguió en su asiento y amplió una sonrisa. — El Marcus de trece años, sin embargo, a pesar de sus conflictos internos y sus comentarios desafortunados, sí que dejó algo para la posteridad. — Se llevó la mano al bolsillo y sacó ambas cartas. Notó un cosquilleo en el pecho que le hizo sonreír. Por fin, después de cuatro años, iban a leerlas. — Ha sido bonito el camino... Y aún nos queda. — La miró a los ojos. — También hablamos de eso ese día. — Le tendió la que sabía que era su carta, sonriente, y dijo. — Toma, te dejo que empieces tú. A ver qué nos cuenta el Marcus de trece años. —
Merci Prouvaire!


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Lun Jun 14, 2021 2:06 am

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CON Marcus EN Sala omún A LAS 10:00h, 23 de febrero de 2002
Lo de la prefecta Horner le hizo mucha gracia, pero se aguantó la risa. — Vamos a dejar el cachondeíto, que al final se nos va a escapar delante suyo. — Y no quería más dramas en Pascua. Entornó los ojos cuando le hizo la pregunta y se acercó a su rostro. — Con Jackie. Al monasterio abandonado en medio de la noche, como teníamos pensado aquel verano, aunque al final el plan no salió como estaba previsto. — André se echó novia y estaba todo el día con ella, y Marcus no estaba por la labor de ir de día al monasterio, tanto menos de noche. Se rio y le dio un beso. — Cómo eres... — Dijo a lo del hechizo rastreador, entre risas, pero viendo el tono, la cara y lo que dijo su novio en referencia a la Navidad, no parecía una broma. — Ah... Que lo dices en serio... — Pues nada. Tendrían que pasarse la Pascua dando castos paseos con carabina. Lo encantada que iba a estar memé, no lo sabía nadie. Pero conocía aquel tonillo. Sonrió de medio lado y se hizo la interesante. — Veremos qué se le ocurre a esta cabecita mía... — Así lo dijo él aquel catorce de julio en el que intentaron escaparse al desván "esa cabecita tuya". No podría olvidar aquel día ni aunque viviera cien años. El corazón seguía latiéndole como lo loco al recordarle subiendo las escaleras y cogiéndola entre sus brazos con aquella pasión.

Le había despertado una ilusión que no se podía ni imaginar con lo de Pascua, y ese tuvo que reír con lo del alquimista de vida y las afirmaciones de su novio. Cuando se ponía así, tan guasón y entusiasmado como un niño, le contagiaba automáticamente la felicidad a ella. — ¡Sí! Es que va a ser así tal cual. Seguro que tu madre y Lex se refugian en la cocina de tanto entusiasmo. Pero también planearemos algo bonito para gente menos efusiva. Tu madre es tan elegante que solo hay que cuidar los detalles y asegurarse de que algo está impecablemente Horner, para tenerla contenta. — Dijo con una gran sonrisa, porque solo de ponerse a pensarlo ya estaba más contenta.

Puso una sonrisa satisfecha cuando dijo lo de las bolitas y restregó la cara contra la mano de Marcus cuando la comparó con los pajaritos. — Pues sí, eso somos los bebés halcón. Pero algún día creceré. — Dijo con tono de advertencia. — Qué bien que ya tenga un brazo al que volver. — Enfocó su mirada cuando le preguntó por aquel episodio y ella asintió divertida. — Efectivamente. Y yo me lo tomé tan a pecho como si me hubieras señalado directamente a mí. Porque, en el fondo, tenía muy claro que quería ser el amor de tu vida. Solo me faltaba admitirlo ante mí misma y, por supuesto, decírtelo a ti, pero estaba yo para eso entonces. — Se rio fuertemente con lo de decir una absurdas en voz alta y asintió con la cabeza. — Un poco sí, la verdad, pero no lo sabías en ese momento. — Y siguió riéndose solo de recordarlo. Se giró y le tomó de las mejillas. — Tú eres muy listo. Y muy bueno en todo lo que has podido estudiar y trabajar. Pero no sé tú, pero esta es mi primera vez enamorándome perdidamente de alguien, y cuando uno hace algo por primera vez, suele meter la pata. Con ciertas excepciones... — Dijo entornando los ojos y con tono sugerente, pensando claramente en cosas que ambos hicieron por primera vez en la Sala de los Menesteres. Se inclinó y le besó. — Lo hemos hecho como hemos podido y sabido, y el hecho es que ahora estamos juntos, así que yo diría que han merecido la pena los patinazos de ambos. — Y entonces contó lo de Apolo y Dafne y ella le miró con una sonrisa tierna, acariciando, como le gustaba hacerlo, con el dedo índice, los rasgos de su cara. — Para que veas que yo tampoco he demostrado ser muy lista tampoco... — Se acercó un poco susurrando. — Siempre he querido ser libre. Pero libre para hacer lo que quiera, y lo que quiero es estar contigo y solo contigo. Eso es la libertad, elegir tu camino. — Tal y como le había dicho su madre. Se hubieran agradecido los matices, no obstante. — Por muy guapo que seas, nunca serías Apolo. Nunca me aprisionarías. Y yo no querría huir de ti, por nada del mundo. — Le dijo con tono tranquilo y ciertamente enamorado, porque cuando lo veía así, apoyado con la cabeza en la mano, se le antojaba como un Marcus aún de trece añitos, al que querer, tranquilizar y mimar.

Lo que no se esperaba era que llevara las cartas encima. Abrió mucho los ojos y separó los labios. — ¡Oh, pero si las llevabas encima! — Alargó la mano para tomar la que le correspondía, y notó que le temblaba la mano por los nervios. Acarició el sobre y le miró. — Va a ser el camino más bonito que se ha visto. — Dijo, convencida. Tragó saliva y asintió contenta. — ¡Que bien! Voy primer. ¡Qué nervios! — Y la abrió, viendo la tinta de estrellas allí reflejada en la letra que conocía perfectamente, pero que se le antojaba ciertamente más infantil.

Querida Alice,
Uh, es súper raro escribirle a la tú del futuro, teniendo en cuenta que te tengo sentada aquí al lado. Pero como estoy súper seguro de que vamos a seguir siendo mejores amigos cuando lleguemos a séptimo… Pues aquí va mi carta. Aunque me da un poco de miedo pensar en cuantos más líos me habrás metido en cuatro años. Al menos la Casa de los Gritos ya la hemos dado por zanjada, ¡espero!
Quiero que sepas que hoy ha sido un día espectacular, y todo gracias a ti. Por eso estoy seguro de que nos quedan un montón de días de hacer planes juntos. Confío en que no se te vaya a olvidar, pero por si acaso, te lo recuerdo: ¡tenemos una ruta de fiestas por países pendiente! Yo te he prometido llevarte a Roma a ver las iglesias de la luz, y tú me has prometido llevarme a un montón de sitios, y muchos de ellos eran en Francia. Y no te preocupes, seguro que ya podemos entrar en las fiestas, y pienso entrar contigo en todas. Total, después de haber entrado en la Casa de los Gritos, me merezco una fiesta, ¿no?
Y también quiero que sepas que eres mi mejor amiga, que me encanta estar contigo y hacer cosas juntos, como hemos hecho hoy. Que nos entendemos mejor que nadie, y que me da igual lo que digan los demás, porque nosotros somos Marcus y Alice y siempre lo seremos. También quiero que sepas que, aunque salgamos del colegio y ya no estemos juntos todos los días… Espero que nos veamos mucho, mínimo una vez a la semana. ¡Tenemos que superar a nuestros padres! ¡Ah, y una vez al año para leernos este libro y venir a Hogsmeade a la fiesta! Que no es lo mismo organizar cosas si no puedo compartirlas contigo. Y que siempre que coma bolitas de mousse, me acordaré de ti, y te guardaré unas poquitas. Espero llevarme un pajarito bonito por cada bolita que te dé, ese era el trato, ¿no?
Quizás nunca te lo haya dicho como tal, o quizás sí, no sé, pero por si acaso… Te quiero mucho, Alice. Nunca había encontrado una amiga como tú. Seguro que siempre estamos juntos.

Marcus.

PD: Al Prefecto Graves no era al único al que le gustaban tus coletas. A mí también me gustan, aunque te hagan más pequeña. Me recuerdan al primer día. Así que, por si has dejado de ponértelas… Bueno, solo quería que lo supieras.


Su corazón estaba sobrecogido por la ternura y se llevó la mano al pecho, sin poder evitar un puchero al levantar la vista hacia su novio cuando terminó de leerla. — Esto es lo más bonito que he leído en mi vida. — Se la pasó y ese situó junto a él para ir señalándosela. — De entrada lo de mejores amigos lo cumplimos... Porque hasta séptimo no hemos empezado a ser novios. — Señaló con una risita. — Y ya sabías que no iba a dejar de meterte en líos, yo es que me muero contigo. — Le pasó un brazo por los hombros y le dejó varios besitos en la mejilla. — Y hoy también ha sido un día espectacular. Todo el tiempo contigo es espectacular. — Se rio con lo de la fiesta y la Casa de los Gritos. — Creo que hemos ido a más de una fiesta para compensar esa excursión. — Siempre sería Marcus y Alice, eso sí que lo dejaba bien clarito. Lo señaló con el dedo. — Cumplido también. — Se echó a reír, aún recordada sobre los hombros dee sus novio y rodeándoles con los brazos. — Espero que tengas ganas de verme más de una vez a la semana, ¿eh? — Dijo con tono de broma. Ladeó la cabeza con una sonrisa. — Un pajarito bonito. Hace mucho que no te hago uno. — Se volvió a recolocar y metió la mano en el bolsillo del abrigo de Marcus, tal como hizo ese día, cogiendo un trozo de pergamino y haciendo un pajarito con él. — Para después. — Porque le había prometido bolitas de mousse. Luego ladeó una sonrisa. — Mira qué fácil decíamos te quiero en aquel entonces y lo que nos costó decírnoslo en voz alta la primera vez. — Luego señaló varias veces la postdata y se echó hacia atrás riéndose. — Esto ha terminado de matarme, no he leído nada más adorable en mi vida. — Se mordió el labio inferior. — Si tú supieras, aquel día de verano que fui a tu casa, justo después de lo de mi madre, que me di cuenta de que el cuerpo me había cambiado y yo ya no estaba cómoda con nada, pensé mil veces en qué podía hacerme en el pelo para no llevar las coletas de siempre... Si lo llego a saber hubiera ido bien contenta con ellas. — Terminó de reírse y se revolvió en el asiento. — ¡Ay, madre mía, que ahora va mi carta! Que nervios.

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CON Alice EN Hogsmeade A LAS 10:00h, 23 de febrero de 2002
Lo de los bebés halcón le hizo mucha gracia. — ¿Crecerás? ¿Segura? Mira que llevo siete años viéndote más o menos así. — Le dijo, acariciando sus trenzas entre risas. En el fondo sabía que Alice era pequeñita, pero no tanto, más bien él era demasiado alto. Pero podía meterse con ella un poquito de todas formas, lo hacía con mucho cariño. Acarició su mejilla. — Pues lo eres. Y estrictamente hablando no te encontré en la Casa de los Gritos, de hecho te he visto más por la biblioteca que por allí. Así que, si bien no estuve acertado, tampoco estuve errado. — Puso una sonrisa satisfecha y añadió. — Emoción controlada. Eso sí he dicho siempre que me gustaba. — Más que siempre, desde que conoció a Alice. Pero eso solo le daba aún más la razón sobre lo de que era el amor de su vida.

Entrecerró un poco los ojos con una sonrisilla, mientras ella le agarraba de las mejillas y decía eso de "ciertas excepciones". — Hmm... Así que con excepciones... — Asintió, pero suspiró un poco. — Pues sí, aunque ya sabes como soy: el "como he podido" no me vale. Y menos cuando se trata de algo que me importa... De lo que más me importa del mundo. — Confirmó, aferrando sus manos. — Pero ahora somos felices así que... Ha merecido la pena. — ¿Podría haber sido mejor desde el principio? ¿Podría haberse dado cuenta antes? ¿Podría no haber tenido meteduras de pata como esa y, estaba seguro, otras peores? Pues sí. Pero lo dicho, no cambiaría ni un instante vivido con Alice en toda su historia. Aunque el runrun del "podría" siguiera por ahí acechando. Daba igual, porque su relación era ya perfecta como era, y no se puede mejorar algo perfecto.

A pesar de que lo de Apolo y Dafne solo fue una obsesión infantil, lo cierto es que, al verbalizarlo, se daba cuenta del miedo que había tenido siempre a "aprisionar" a Alice sin querer, a quitarle su tan deseada libertad, solo por estar más cerca de ella. El pájaro que quieres cazar, lo retendrás con un nido, no con una jaula. La profecía de la Profesora Hawkins sonaba en su cabeza más de lo deseado, además la escuchó ese mismo año. Él no quería cazar ni retener a nadie, cuanto menos a Alice. Cuanto menos con una jaula. Aunque, lo del nido... Volvió un poco a tierra con la comparación de su chica, que le hizo reír y sorprenderse. — Wow, por muy guapo que seas. Me gusta eso. — Bromeó, llevándose una mano al pecho. Dejó un beso en su mejilla y confirmó. — Nunca lo haría. Seremos libres juntos. — Esa era la mejor libertad que él podía tener.

Había llegado el momento de las cartas. Se mordió los labios con una sonrisilla, nervioso, y se asomó por encima del hombro de Alice para leer su propia carta. Lo cierto es que la recordaba más adulta, porque Marcus siempre se había visto a sí mismo muy correcto y bien hablado, pero ahora en perspectiva la veía bastante infantil. Se tuvo que aguantar la risa en algunos momentos y negar con la cabeza. ¿Cuántas veces vas a repetir la palabra "amiga", Marcus? Pensó de sí mismo. Pero hubo algo que recordaba haber escrito a la perfección, que en su mente siempre aparecía cada vez que pensaba en la carta: le había dicho que la quería. Él lo sabía, que había quedado ahí escrito, y si bien supuestamente las connotaciones eran otras cuando lo plasmó en el pergamino, recordaba a la perfección como se había quedado parado sobre este, pensando como expresarlo, y con el corazón latiendo a más velocidad de lo normal mientras miraba de reojo a Alice, escribiendo en la otra esquina de la sala común. Sí que la quería, sí, sin duda. Y a pesar de todo eso, qué fácil le había resultado decirlo con trece años, y que vueltas le había dado con diecisiete.

La reacción de Alice le sobrecogió y le hizo sonreír, probablemente con una expresión muy parecida a la del niño que escribió esa carta. — ¿De verdad? — Preguntó automáticamente a lo de que era lo más bonito que había visto en su vida, aunque lo otro le hizo reír y ladear varias veces la cabeza. — Sí, visto así, más que cumplido está. — Hubiera sido gracioso leer esa carta con ese "te quiero mucho" tan clarito antes de declararse. Aunque si le hubiera dado el arrebato de leerla durante el verano, cuando estaban separados, se hubiera muerto de pena. Menos mal que no lo hizo, pero cada vez que miraba el libro en su estantería sentía que se quemaba por dentro. Alzó las manos y volvió a reír. — A ver, tampoco hace falta cursar Adivinación para saber eso. — Ni líos en los que "le había metido" desde entonces. Como que él no se dejaba liar encantado. Eso sí, lo siguiente le arrancó una carcajada, porque solo al leerlo ya se tuvo que aguantar la risa. Alzó un índice, sin parar de reír. — ¡Eh! He dicho como mínimo. Verte todos los días de mi vida cumple el requisito de como mínimo una vez a la semana. — Vio como se llevaba un trozo de pergamino de su bolsillo y hacía un pajarito con él. Frunció una sonrisa tierna y la miró a los ojos. — Creo que el pajarito bonito que quería tener, ya lo tengo. — Desde ese día, y desde antes, estaba claro que Marcus no quería más que a la propia Alice, pero las metáforas venían muy bien para disimularlo. — Pero ese también me gusta. — Confirmó, señalando el otro entre los dedos de ella, con una risa.

Asintió con pesadez. — Sí que lo decíamos fácil... Aunque no te creas que lo escribí a la ligera, ¿eh? En el fondo sabía que eso iba a traer cola... Pero lo puse igualmente. — En otras palabras, no le daba tantas vueltas a las cosas con trece años, y eso que él llevaba dándole vueltas a las cosas desde que nació. Se echó a reír cuando ella lo hizo acerca de la posdata. — ¡Ahí me mantengo! No dirás que no. — Dijo, tocándole de nuevo las trenzas. Pero se quedó un tanto boquiabierto con lo que Alice contó después. Cuando acabó, soltó una muda y única carcajada entre los labios. — Mira... No me hables de ese día. — Se echó a reír y se tapó la cara, notando como se ruborizaba. A estas alturas del partido se iba a poner colorado por eso. — Aparte de que quedó demostrado que organizar travesuras se me da MAL. — Eso último lo dijo haciendo un gesto con las manos como si mostrara un enorme cartel. — Es que... Yo no era capaz de determinar eso de que el cuerpo te había cambiado, solo... Te veía distinta... Y... — Volvió a reír un poco avergonzado, con la mirada retirada. — Digamos que me gustó bastante el cambio. Dejémoslo ahí. — Qué vergüenza, por favor. — Si hubieras venido con coletas, ya sí que me habría muerto del todo. — Concluyó entre risas. Pero sí, ahora tocaba ver la carta de Alice, y se moría de ganas. Así que miró a la chica, arqueó las cejas con una sonrisilla y abrió el pergamino.

Querido Marcus:
Hoy has sido el mejor amigo del mundo. No solo hemos echado el mejor día que se podía imaginar en Hogsmeade, y me has regalado bolitas de mousse, es que has demostrado ser súper valiente entrando conmigo a la Casa de los Gritos.
Cuando volvía me he sentido como una estúpida por haberme enfadado en Las Tres Escobas, ¿sabes? Porque me dolió que dijeras tan seguro que no encontrarías al amor de tu vida allí… Y claro, yo soy tu mejor amiga, pero bueno, no es tan distinto, ¿no? Pero he llegado a la conclusión de que tú mismo dices que te gusta la emoción controlada así que… Para el amor de tu vida no sé, pero para tu mejor amiga no es tan disparatado haber descubierto que la Casa de los Gritos no es para tanto gracias a que los dos somos súper Ravenclaw.
Para séptimo quiero que: sigamos pasando tanto tiempo juntos y haciendo planes, que estemos planeando ya de ya el viaje a Roma, que ya podamos ir mirando cosas del de París, que hayamos celebrado varias veces la fiesta de Hogsmeade, que siempre siempre celebremos tu cumple y el de mamá como el de este año, y… Que sigas dándome la mano. Metafórica y literalmente. Me gusta que me des la mano, me he dado cuenta hoy. Y mira, a lo mejor en séptimo ya lo sabes y eso, pero bueno, por si acaso lo escribo.
Gracias por ser el amigo de esta loca, igual para cuando abramos esta carta ya estoy menos loca y tú ya eres prefecto. Solo espero que me sigas queriendo la mitad de lo que te quiero yo por ser el mejor.
Alice.
P.D: Te dije que me gustaban los caballeros, pero creo que lo que me gusta son los O’Donnell y su forma de decir las cosas, porque cuando lo hacen los demás… No es lo mismo. Nada es lo mismo si no estás tú implicado.

— ¿Has leído eso? Soy supervaliente. — Dijo con un bailecito orgulloso, echándose a reír justo después. Risa que se volvió más intensa, unida a una expresión de pura adorabilidad, un par de líneas después. — Es verdad, Alice. Ser amigos no es tan distinto a lo del amor de tu vida. Ha quedado perfectamente creíble. — Le agarró las mejillas con intensidad y le dio un par de besos sonoros en estas mientras decía. — ¿Pero cómo se puede ser tan adorable siempre? — Dio un par de besos en forma de picotazos cariñosos y se retiró entre risas. — Y ella sigue insistiendo en que fue buena idea. — Comentó divertido. Señaló la carta. — Mira, justo planeando el viaje a Roma. Bueno, más o menos, pero está ahí en el horizonte. — Volvió a dejar un beso en una de sus manos y añadió. — Y creo que lo de pasar más tiempo juntos lo cumplimos de sobra. Y lo de hacer planes de futuro. — Y más que quería hacer. Aunque lo siguiente le agarró un pellizco en el pecho. "Tu cumple y el de mamá". Tragó saliva y frunció una sonrisa cálida, mirando a Alice. Dejó un beso en su mejilla y dijo. — ¿Sabes? Fue el mejor cumpleaños que he tenido jamás... Aunque el inicio del de mis diecisiete estuvo muy bien. — Comentó con una risa breve, pero volvió seguidamente al tono en el que estaba. — Te propongo una cosa: todos los años, en mi cumpleaños, estemos donde estemos, intentemos que haya tarta de cereza. O lo más parecido, si no la podemos conseguir. Pero en junio se come tarta de cereza todos los años de nuestra vida, por Janet Gallia. Una buena tradición, ¿qué te parece? — Era el mejor homenaje que le podía hacer, ese y el de recordarla siempre.

Siguió leyendo y rio un poco más. — Ah, que te diste cuenta ese día de que te gustaba que te cogiera la mano. Bien, bien. — Bromeó, cargado de ternura, y apretando su mano aún más mientras seguía leyendo. La mano libre tuvo que llevársela al pecho con la siguiente frase. — Oh. — Alzó la mirada a su novia, con los ojos brillantes. — ¿La mitad, dices? Pues debes quererme muchísimo, porque yo te quiero con mi vida. — Dejó un beso en sus labios y, con mirada burlona, volvió a bajar la vista a la carta. — Ah, sí, y lo de que soy prefecto se cumple. Lo otro, ya... — Rio y se retiró antes de que su novia le ladrara por meterse con ella otra vez, entre risas. Dejó la carta a un lado y rodeó su cintura con los brazos. — ¿Así que te gustan los caballeros O'Donnell? — Rozó su nariz con la de ella y dijo. — Pues a mí me gustan las princesas con coletas, así que... — Se mojó los labios y sonrió. — Creo que esos niños eran muy listos, puede que más que nosotros. Han predicho nuestra felicidad bastante bien. — Bastante mejor que nosotros hace apenas un par de meses, pensó. — Creo que se merecen que les demos la razón toda la vida, ¿no crees? —
Merci Prouvaire!


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CON Marcus EN Sala omún A LAS 10:00h, 23 de febrero de 2002
Todos los días de mi vida. — Repitió con una sonrisa atontada. — Me gusta mucho como suena. Es más bonito que "para siempre", más descriptivo. — Rio y se encogió de hombros. — Más Ravenclaw, en suma. — Frotó su cabeza con el hombro de Marcus cuando dijo lo del pajarito. — Y lo has hecho con un nido. Al final Hawkins tenía razón. Eso sí, como vea un espino blanco en nuestra boda lo corto. — Rio y luego miró a la pulsera que siempre llevaba. — Aunque me temo que tengo espinos por todas partes. — Terminó con una risita y acariciando la mejilla de Marcus. — Sé que no era a la ligera. Tú y yo no hacemos nada a la ligera, o no habríamos tardado siete años en estar juntos.

Le dio risa cuando mencionó ese día del verano. Sí, fue un día raro. Vio la reacción de su amigo y se lo confirmó, él también había tenido momentos tensos después de aquel día. — No, las travesuras hay que dejármelas a mí, definitivo. Emoción controlada, nos ha quedado claro. — Dijo echándose a reír. Luego se llevó la mano a los ojos. Qué duro había sido descubrir la sexualidad y la atracción trayendo semejante lío al que traían. — No te creas que yo lo pasé mucho mejor. Esa misma noche, la tata estaba en casa, durmiendo conmigo en la habitación y yo que me acordaba de cómo te había abrazado, dando vuelta en la cama, muerta de calor, tanto que me tuve que bajar a dormir al jardín. Y mi padre persiguiéndome "¿estás enferma? Parece que tienes fiebre". — Se mordió el labio inferior y se rio. — Vaya par de dos. — Y ahora le tocaba a Marcus leer la suya, veríamos a ver qué encontraba.

Según la abrió, imitó a su novio y se puso a leer por encima de su hombro. Ella era más atropellada y menos protocolaria que Marcus incluso escribiendo las cartas, y se notaba que le faltaba tiempo, espacio y de todo para decir todo lo que tenía que decir. Siempre, más. Se echó a reír fuertemente con que lío del amor de su vida que claramente arrastraba desde entonces, y se dejó besar por su novio entre risas, porque le encantaba que le diera mimitos. — Si es que somos buenos hasta poniéndonos objetivos. Claramente estamos perdiendo un tiempo precioso que podríamos invertir en planear ese viaje a Roma donde vamos a verlo todo absolutamente todo de las Iglesias de Luz. — Dijo entornando los ojos sin perder ni un poquito la sonrisa. Pero ella también había leído lo de su madre y no lo recordaba. Le quedaban apenas meses, pero ella siempre confió en que habría un siguiente cumpleaños. En que habría otros muchos cumpleaños. Inspiró fuertemente y acarició la mano de Marcus. — Fue perfecto. Para todos, para ella incluida. Recuerdo cómo se reía con lo del teléfono de Lindsay, recuerdo la ilusión que le hizo el colgante que le hizo tu abuelo con una cucharilla. — Parpadeó. — Papá quiso que no se lo quitaran después de morir, y con ella esa quedó y se quedará para siempre. A veces me da pena no tenerlo, y luego pienso que estaba hecho exclusivamente para ella, yo no podría llevarlo. — Ya le costaba llevar los diamantes de la boda, no hablemos de un colgante hecho expresamente para ella. Escuchó la propuesta de Marcus y asintió dejando un beso en su mano. — Me parece un gesto precioso que a mi madre le habría encantado. Este año pídesela a tu abuela, que aquel año salió estupenda. — Marcus era la mejor persona que podía encontrar para tener a su lado, porque entendía todas y cada una de las partes de su ser, de su historia y sus sentimientos. Recibió su beso con una sonrisa ya apretó la mano de vuelta. — ¡Oye! Estoy menos loca que a esa edad, no me vayas a decir que no. — Le dio en la nariz. — Y tú eres el mejor prefecto de Hogwarts. — Se dejó rodear pro Marcus y correspondió a su roce con cariño. — Me encantan los caballeros O'Donnell. Me he quedado el que me tocaba por edad y además el único que estaba libre. — Le dio un poquito y bajó el tono. — Y no vayas a decírselo a los otros, pero también eres el más guapo. Más que Apolo. — Dijo, siguiendo la bromita de antes. Pero sí, aquellos niños eran aún más listos de lo que ella recordaba. Asintió con la cabeza y miró a los ojos de Marcus. — Así es. Todos los días de nuestra vida. — Le dio otro besito y se levantó. — Vamos, aún nos quedan un par de cosas por hacer, y estoy empezando a tener una idea. — Se guardó la carta de Marcus en eel bolsillo de la chaqueta y dijo. — Esta se viene conmigo, a la caja de música. En el doble fondo tengo todas las cartas que me has mandado todos estos años.

Salieron de la mano encaminándose a Honeydukes y ella apretó su mano. — Una de las cosas que decía en la carta es que no dejaremos de hacer planes para el futuro. — Le miró y sonrió. — ¿Qué te parece si nos escribimos otras cartas hoy? Esta noche, en la sala común. — Se paró y le cogió de las dos manos. — Nos queda muy poco en el colegio, recordemos para siempre cómo éramos esta último año. Y nos las damos... — Miró hacia le cielo pensando. — ¿Cuando seamos alquimistas de acero? ¿Qué te parece eso? — Se soltó de una mano y avanzaron hacia Honeydukes, dejándose embriagar por el otro dulzón que la tienda despedía hasta la calle. — Estoy esperando mis bolitas. — Advirtió. Miró en las estanterías de los juguetes y señaló risueña. — Mira, para niñas de seis años seguro que tienen más cosas, y así podemos llevarle algo a Miranda. Y a Lucas, los chicos sois más simples de regalar, y yo creo que con que le llevemos algo que pueda morder y deje de volver loca a tu tía, tendrá suficiente. — Cogió uno de los folletos y lo puso delante de su novio. — ¿Qué hay de este reto? ¿Cumplido también? —
Merci Prouvaire!


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Mar Jun 15, 2021 12:39 am

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CON Alice EN Hogsmeade A LAS 10:00h, 23 de febrero de 2002
"Y lo has hecho con un nido". Tragó saliva, mirando a Alice y escuchándola con una sonrisa. Había tenido tantas dudas, tanto miedo a su rechazo, precisamente por el maldito tema de los objetivos a largo plazo incompatibles... Pero lo de que Alice quería tener una casa preciosa junto a él había quedado confirmadísimo; lo de casarse, confirmado también; y lo de los hijos... Aún no se le había quitado de la cabeza el sueño ese en el que hablaba de las semillas, y algún que otro comentario suelto que Marcus convenientemente se había llevado al terreno de su interés. Sin embargo, ahí no tenía confirmación. ¿Pero qué tenían los nidos habitualmente? Huevos, pajaritos pequeños, recién nacidos. No eran solo casas vacías, eran casas con crías, ¿no? Tenía sentido, era lo lógico, no estaba solo en su cabeza, era así, ¿verdad?

Lo del espino blanco sí le hizo soltar una carcajada. — Y si lo hubiera sería porque ella nos lo ha dicho. Tú no te preocupes, no le vamos a dar la razón con tanta facilidad. — Vale, con él había acertado, y con ella... Pues sí, podría interpretarse que también. Podría interpretarse, ahí estaba la clave. La adivinación te hacía ver las cosas donde no las había, reinterpretarlas para poder decir "¿ves? Era esto". Nada científico. No le iban a convencer, y estaba claro que a Alice tampoco. Y a otra cosa no, pero a cabezotas no les ganaba nadie. — ¿Me vas a cortar a mí? Creía que era tu espino. ¿O vas a confesarme que tienes pensado casarte con otro justo ahora? No me des ese disgusto. — Bromeó. Luego escuchó el relato de Alice sobre esa noche, apoyando el codo en la mesa y colocándose la mano ante los labios para taparse una sonrisilla. Abrió mucho los ojos pero se le escapó una carcajada. — ¿Estabas... Así, y fuiste a ver a tu padre? — Dijo aguantándose la risa, respirando hondo y haciendo un dramático asentimiento, sacando un poco el labio inferior. — Brillante. — No pudo evitar echarse a reír, negando con la cabeza. Esta Alice, tenía unas cosas... — Yo dormí bien. — Dijo, pero teniendo que tragar para aguantarse la risa. Ese "yo dormí bien" podía interpretarse de muchas maneras. — Aunque... — Ladeó la cabeza varias veces de un lado a otro. — Me levanté un poquito... Eemm... — Estaba eligiendo la palabra adecuada, de nuevo tapándose la sonrisa con la mano y mesándose la barbilla como quien piensa concienzudamente. En realidad le estaba dando mucha expectación porque aquello, ahora, con la distancia y la seguridad de lo que ambos sentían (y habiendo hecho lo que habían hecho), le resultaba gracioso. — ...Alterado, por decirlo así. — Miró a Alice con los ojos muy abiertos y una sonrisa tensa fruncida en los labios. — ¿Y a que no sabes qué? Que justo esa mañana mi madre se había levantado con ganas de hacer tortitas y fue a llamarme a la habitación. Y yo sudando y tapado hasta aquí. — Dijo señalándose con el canto de la mano a la altura de los ojos. Frunció una mueca circunstancial, perdiendo la mirada en otra parte y negando con la cabeza. — Un gran momento para mi historia. Menuda escena. — Dijo con resignación. Pero lo dicho, ahora con distancia le hacía gracia. En su momento, gracia ninguna.

Lo que contó sobre su madre lo desconocía por completo. Tragó saliva y notó como los ojos le escocían de la emoción. No sabía... Que Janet llevaba el colgante, que William no había querido que se lo quitara. Se sentía el corazón resquebrajado en mil pedazos. No podía imaginar el dolor del hombre tomando esa decisión, pidiendo que el amor de su vida se quedara con ese colgante que le regalaron en su último cumpleaños y tanto le gustaba. Bajó la mirada y parpadeó. ¿Estaba de acuerdo con que William quisiera utilizar la alquimia para hacer... Lo que quería hacer? Por supuesto que no. Era una locura, era peligroso y no era ético, iba contra la ley y contra la naturaleza humana, simplemente no se podía hacer. Saldría mal, saldría claramente mal. Pero... ¿Podía entenderle? Sí. Sí, ese era el problema. Le entendía demasiado bien.

— Se la pediré. Será mi tarta este año, y lo celebraremos como aquella vez. — Confirmó con una sonrisa, espantando la pena que le había inundado por unos segundos, o intentándolo. Frunció el ceño divertido, cambiando de tema y esbozando una sonrisa de lado. — ¡Eh! ¿Cómo que el que te tocaba por edad y el que estaba libre? ¿Qué es esto, por descarte? — Recibió el piquito e hizo un teatral gesto de adoración. — Ah, eso está mucho mejor, al menos has intentado arreglarlo. — Soltó una carcajada. — ¿Que no se lo diga? Ten claro que va a ser lo primero que diga nada más pise mi casa. — Bromeó entre risas. Bueno, de broma tenía poco, poco que se iba a pavonear él ahora que Alice y él eran más inseparables todavía.

— Uh, una idea de Alice Gallia. — Dijo, levantándose junto a ella. Se guardó la carta de Alice en el bolsillo de su jersey y dijo. — Pues esta se viene conmigo justo aquí. — Palmeándose el corazón. Sí, ahí la pensaba dejar hasta que llegara a su dormitorio, y le buscaría un sitio especial para guardarla. Salió junto a ella y escuchó su propuesta, abriendo mucho los ojos. — ¡Sí! Me apunto a eso. — Rio un poco, ladeando la cabeza. — Aunque espero que no se vea tanta diferencia. — Él con trece años ya se percibía mayor y maduro, pues no digamos como se percibía con diecisiete. Si en unos años se leyera y se viera tan infantil, eso sí que sería un choque. Agarró sus dos manos y asintió convencido. — Me parece una idea fabulosa. — Y para confirmarlo dejó un breve beso en sus labios. — ¿Sabes que ya tenía ganas de alcanzar rangos, verdad? No necesitaba otro aliciente. — Bromeó entre risas. Miró al cielo mientras paseaba, pensativo, y empezó a soñar despierto. — Me parece bien eso de cartas cada cuatro años, así vemos nuestra evolución. — Miró a Alice, alzando una mano. — Porque, a ver. — Soltó una risa bufada de superioridad. — El rango de alquimista de Acero desde que se sale de Hogwarts se tarda unos... ¿Seis años? Más o menos. La gente normal, pero en fin. — Volvió a bufar, con una sonrisa doblada. — Somos nosotros. Se nos da genial, vamos a estudiar juntos, y nos va a tutorizar mi abuelo... En fin. Eso en cuatro años está hecho. — Clarísimo lo veía.

Entró contento por Honeyduckes y lo primero que hizo fue saludar con alegría a los tenderos. Como para no conocerlos, la tienda de dulces era parada obligatoria. El comentario de Alice le hizo dar un saltito muy puesto en el sitio. — ¡Por favor! Marchando bolitas de mousse para mi princesa. — Pero se entretuvo cuando ella señaló el escaparate. Rio un poco y la miró de reojo. — Me encantan los juguetes. Lo confieso: me gustan las tiendas de juguetes. Es... Bonito comprarlos, pensar en lo mucho que podrían gustarle a los niños... — La seguía mirando de reojo, como si quisiera evaluar sus reacciones, aunque en su tono no se traslucía ninguna intencionalidad. Era una conversación normal como otra cualquiera. — Podemos comprarle un peluche que nos guste, y se lo damos en Pascua... Oh, y mira esto. — Se acercó a una tetera con florecitas azules y se la enseñó a la chica. — Para nuestra próxima merienda con Miranda. Y es muy nuestro, porque es azul... — ¿Estaba siendo muy descarado? Solo quería que Alice viera lo bonito que era comprarle juguetitos a los niños... Por hablar de algo, no que quisiera sacar ningún tema a relucir ni muchísimo menos.

Agarró el folleto cuando lo puso ante ella, con altanería y muy erguido. — ¿De verdad me lo preguntas? Cumplido no, cumplidísimo. — Alzó un índice. — Te digo más: como bien sabes, lo terminé a mediados de quinto y volví a empezar. Dos años y medio. De hecho, mira. — Le devolvió el folleto a Alice y sacó otro de su bolsillo. — El que cogí aquel día. ¿Ves que algunas chuches tienen dos cruces y otras solo una? Eso es porque he cumplido el primer reto con todas, y en el segundo aún estoy en ello. Pero fíjate, me quedan pocas. — Hizo un movimiento con el folleto en el aire. — No una, dos veces lo voy a conseguir. Y hoy me toca... Oh, qué casualidad, las bolitas de mousse. Y... Oh, vaya, las plumas de azúcar. — Miró a la chica y arqueó las cejas con una sonrisilla. — Otra carta que voy a escribir con una letra estupenda. —
Merci Prouvaire!


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Mar Jun 15, 2021 1:38 am

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CON Marcus EN Sala omún A LAS 10:00h, 23 de febrero de 2002
Se encogió de hombros y le miró con los ojos muy abiertos. — ¿Conoces a William Gallia? No hace falta que tú vayas a él, él tiene la habilidad innata de venir a ti cuando es más inoportuno. — Echó a reír y negó con la cabeza. — Le eché como veinte veces, y cuando ya vi que no se iba a ir pues... Lo mandé a la otra punta des jardín y allí nos quedamos, viendo las estrellas. — Escuchó la versión de su noche de aquel día y lo entendió al momento. Se tapó la boca con la mano, y sintió una pequeña satisfacción personal de haber causado sueños de sus tipo a Marcus desde tan pronto. Porque era una tontería, pero había pensado tanto tiempo que aquel deseo viajaba más intensamente de su parte que de la de él, que confirmar que siempre había sido de dos direcciones era satisfactorio. — Ay, el pobre... Con lo ordenadito y pulcro que tú eres... — No hubiera querido ver la cara de Emma si se llega a percatar de la circunstancia.

Notó como a Marcus le costaba aguantar el tipo al oír hablar de su madre. Lo entendía, pero ella llevaba años evitando el tema siempre que podía, y ahora... Ahora la necesitaba allí. Había tantas cosas que tenía que decidir, elegir, tanta fuerza que tomar de ella, de su ejemplo... Que al menos hablaría de ella, para sentir que seguía con ellos. Asintió a lo que afirmó sobre su cumple. — Tendríamos que volver a juntarnos todos como entonces. Fue un cumple precioso, con lluvia y todo. Juntarnos todos y disfrutar todos los motivos que tenemos para estar felices. — Dijo con una sonrisa. Entornó los ojos cuando dijo lo del descarte. — Sí, a la vista. Estoy perdida por tus huesos desde que te conocí, pero claramente ha sido pro descarte. — Soltó una carcajada cuando dijo lo de que lo diría nada más llegar. Pues se lo creía. Marcus siendo su Marcus, y le adoraba así. Apoyó la cabeza en su hombro en agradecimiento cuando accedió con tanta alegría a lo de la carta, aunque abrió mucho los ojos al mencionar el periodo estimado. — ¿Cuatro años? — Soltó una risita. — Sí que confías en mí. Yo no se tanta alquimia como tú, voy a ir más lenta seguramente. — Y trataría de ponerse al día, pero no sabía si lo conseguiría. — Aunque si tú me lo pidieras, aprendería hasta transformaciones sensoriales. — Dijo con una sonrisita.

Asintió con una sonrisa cuando dijo lo de los juguetes. — ¡A mí también! Tenía muy pocos de pequeñita, me encanta tener niños al rededor otra vez para poder regalárselos. — Su familia parecía tener las mismas reticencias que ella por los hijos, al menos la familia cercana, pero Marcus tenía la suerte de tener a Miranda y a Lucas durante unos añitos en ese plan. — Sí que es bonito. — Dijo con ternura. Señaló una de esas ruedecitas que llevaban un palo para arrastrarlas y eran de colores con cositas dentro que hacían ruido. — Esos cacaharros les encantan cuando están aprendiendo a andar, y Lucas está justo en esa edad. Seguro que cuando le veamos en Pascua ya da pasitos. Dylan tenía uno, pero creo que papá acabó encantándoselo para que levitara y él pudiera manejarlo con la varita. Mamá se enfadó bastante. — Se rio al acordarse. Miró a Marcus y ese rio cuando dijo lo de la tetera. — Puedes tener por seguro que te tiene asociado con el color azul. Y a mí disociada del gris, según ella no es mi color. — Recordó entre risas el comentario sin tapujos de la niña sobre que no le pegaba el vestido de Emma.

Admiró el folleto que le enseñaba Marcus y le dio la risa. — No me puedo creer que vayas por la segunda vuelta. Ya lo creo, es nuestro mejor cliente. — Dijo uno de los dueños, pasando por al lado de ambos con una caja, lo cual le hizo reír. Estaba tan contenta que todo le parecía digno de celebración. Cerró el puño en señal de victoria y alzó los ojos. — ¡Toma! Mis dos favoritas. A ver cuáles más te faltan, y si eso compramos un tipo más, además de los juguetes. — Miró la lista y señaló emocionada. — ¡Oh! Fantasmas de coco. Superapropiados, ya que no vamos a ir a la Casa de los Gritos... — Lo dejó en el aire y ladeó una sonrisa. — Porque no vamos a ir... ¿No? — Preguntó con tono de niña buena. Se hizo un poco la loca y dijo. — Ve a por las chuches, yo voy a coger los juguetes. — Se acercó al mostrador de los juguetes y cogió la rueda y la tetera, admirándola y pensando en lo contenta que se iba a poner Miranda. — ¿Te llevas las tazas también? — Le preguntó la señora. ella asintió con una sonrisa. — Sí... Si no se lo llevamos conjuntado creo que se va a enfadar. Me hubiera encantado tener todas estas cositas... — Dijo nostálgica. La señora rio y le cogió los juguetes de las manos para envolvérselos. — Ya se los comprarás a los tuyos, y al final los acabarás disfrutando tú. — Mantuvo la sonrisa, pero se había quedado un poco en pausa. ¿Sería eso lo que estaba pensando Marcus cuando los habían elegido? Se le puso un nudo en la garganta, porque no quería arruinarse el día pensando en aquello, así que simplemente fue hacia la caja, donde Marcus ya estaba pagando y puso una sonrisa. — Vamos a ser los primos favoritos por goleada. — Dijo risueña, cogiendo ya una de las bolitas de la bolsa. — ¿Has pensado a dónde vamos a ir ahora? — Preguntó con toda la intención.
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Mar Jun 15, 2021 12:50 pm

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CON Alice EN Hogsmeade A LAS 10:00h, 23 de febrero de 2002
La alegría de Alice con los juguetes le gustó bastante, quedándose mirándola con una sonrisa embobada mientras decía, literalmente, "me encanta tener niños alrededor otra vez para poder regalárselos". Marcus no pensaba perder la oportunidad de seguirle el rollo a eso totalmente. — Es que tener niños alrededor siempre es una alegría. — Dejó caer, como quien no quiere la cosa. Ah, porque Alice era muy lista y le conocía muy bien, como se pusiera en modo mensajes subliminales le iba a pillar... Aunque no es que a Marcus se le diera bien el disimule. Pero era hijo de su madre, su madre persuadía sin que te dieras cuenta de lo que estaba haciendo, a veces hasta sin hablar. Algo habría heredado... Quería pensar.

— Lo es. — Volvió a confirmar, mirándola sonriente, porque había captado el tono tierno de sus palabras. Cuando la chica se dirigió a un juguete concreto, él fue automáticamente a atenderla. No pensaba perder el hilo ni medio segundo. — ¿Ah sí? Entonces le va a venir genial, y podríamos jugar con él. Con esas edades, los bebés crecen por días, va a estar más grande que la última vez que le vimos. — Le dio una vueltecita con el dedo a la rueda de colores y miró a Alice con una sonrisita infantil. El comentario de Miranda le hizo mucha gracia. — Es sincera, desde luego. Creo que ha habido un salto generacional en ella y directamente se parece a mi abuela, porque mis tíos no son así. — Dijo entre risas. A su tía le parecía bonito todo y su tío, si algo de ti no le gustaba, probablemente no te lo dijera. — Pues... Podría asociarte al azul a ti también, es nuestro color... Y seguro que le encanta vernos juntos jugando con ella. Y a Lucas también. — Se encogió de u hombro, mirando de nuevo la ruedecita de colores. — Y cuando estemos fuera del colegio, podríamos ir a casa de mi tío Phillip y verles más a menudo. Leeríamos sobre historia... Veríamos a Lucas crecer más poquito a poco... Podríamos hasta leerle cosas, jugar con él... — ¿Estaba quedando claro lo bonito que era tener un bebé cerca al que ver crecer poco a poco? Por lo pronto prometía la tarde de Pascua en casa Horner. Al final iba a ser hasta buena idea ir. ¿Quién se acordaba del idiota de Percival habiendo dos niños adorables con los que jugar?

Hizo un gestito de falsa modestia y orgullo cuando el señor de la tienda dijo que era su mejor cliente, porque era verdad. Estaba contentísimo de pensar que iban a irse de allí con juguetes para sus primos, y la que había ido flechada hacia ellos había sido Alice, no él. Idea de ella. Comprar juguetes. Para una niña y un bebé. Porque le gustaba tener niños cerca. Y después de decirle que él le había hecho un nido. En fin, el tema no estaba hablado ni era el día, pero... Ahí quedaban los mensajes, que en la cabeza de Marcus estaban clarísimos. — ¡Oh, sí, los fantasmas de coco! — Celebró, aunque el comentario de la Casa de los Gritos le hizo entornar los ojos hacia ella circunstancialmente. — ¿No te cansas? — Preguntó con tono monocorde. Suspiró, pero la veía tan contenta, y le estaba haciendo tan feliz a él... — Ya veremos. — Dijo simplemente. Vaya, si ya hasta parecía un padre hablando.

Su novia se dirigió directamente a por los juguetes y él, en vez de irse por las chuches, se quedó unos segundos parado, mirándola. - Sabía yo que vosotros acababais juntos. - Lo primero que hizo fue sobresaltarse exageradamente, porque no se esperaba que el señor de la tienda apareciera hablando por encima de su hombro mientras él fantaseaba (y porque cuando uno está pensando en cosas que no quiere que salgan de su pensamiento se asusta con más facilidad, y era claramente lo que Marcus estaba haciendo). El hombre se rio y se dirigió al mostrador de chucherías, con Marcus tras él, mientras decía. - Así que fantasmas de coco hoy, ¿eh? Han venido con una receta nueva, y al comerlos te sale vaho en forma de fantasma de la boca, junto con un gracioso "uuuhh". - Marcus se echó a reír. — Genial, más divertido todavía. — Realmente él se comía las chucherías por lo buenas que estaban, pero le gustaba que hicieran cosas. Cuando las tuvieron todas, el hombre suspiró. - Tú comprando chuches sin parar, y ahora ella compra juguetes. Algún día vuestros hijos nos harán millonarios. - Eso le sacó una carcajada. — También compramos libros y plumas, porque... — Porque sois Ravenclaw, sí. Chico, que te conozco de hace muchos años. - Le señaló el pecho y le dijo. - Y no te quitas esa chapita desde que te la pusieron. - Se miró la insignia de prefecto y volvió a reírse. — Tiene usted razón. — Sacó el dinero para pagar y, cuando lo dio a cambio de las golosinas, miró de refilón que Alice siguiera entretenida con la señora y añadió en una voz un poco más baja. — Nuestros hijos serán los más guapos y, sobre todo, los más listos. — No me cabe duda. Y los más golosos también. - Le dio las chucherías en una bolsa y, mientras Marcus las cogía, el hombre añadió. - Y espero que tan sonrientes y felices como sus padres. - Le miró, notando un pellizco de emoción en el pecho. Como iba a echar de menos ir allí todas las semanas... Pero tenía una feliz y larga vida por delante, estaba quedando demostrado ese día. Sonrió con sinceridad y dijo. — Seguro que sí. Gracias, señor. —

Al girarse en la caja se encontró a Alice ya allí. Rio con superioridad a su comentario. — Tss, ya lo somos. Pero sí, con esto lo seremos aún más. — Cogió una bolita de mousse y se la llevó a la boca él también. — Aún no tengo chuchería favorita, creo que me gustan demasiadas. — La miró de soslayo con una sonrisilla. — Dije que me quedaría con estas para que siempre vinieras a mi casa a por ellas... Vaya, no podría estar confesándome más descaradamente. — Dijo entre risas. Sí, cuando Alice le preguntó si solo pudiera comer una chuchería el resto de su vida, se lo pensó poco: las bolitas de mousse. Y no era por la chuchería. Era por pasarse toda la vida compartiéndolas con ella. Pero ya tuvo que sacar su novia el tema de la próxima parada otra vez. Rodó teatralmente los ojos, pero si ella tenía ganas de asustarle... Él también podía jugar a ese juego. Suspiró y le acercó la bolsa. — Anda, prueba uno de los fantasmitas de coco. Me ha dicho el hombre que están recién hechos. — Le comentó como quien no quería la cosa, como si pretendiera desviar el tema mientras caminaba, cuando por dentro se estaba aguantando la risa. Esperó a que cogiera uno y se quedó mirándola de reojo mientras hacía como que rebuscaba en la bolsa... Y entonces Alice abrió la boca y empezaron a salirle cómicos fantasmitas de humo que chillaban muy bajito como almas en pena. Fue verlo y ya estaba doblado de la risa. Y como si no supiera que a su novia era mejor no provocarla, cuando pudo parar de reírse alzó las manos y dijo. — Uuuh, socorro, qué miedo. Una vez leí que si dices "la Casa de los Gritos" tres veces en un mismo minuto como una pesada, empiezan a salirte fantasmas por la boca. — Bromeó entre risas. Iba a pagar caro eso.        
Merci Prouvaire!


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CON Marcus EN Sala omún A LAS 10:00h, 23 de febrero de 2002
Miró con ternura a su novio cuando dijo lo de las bolitas de mousse. — La verdad es que cuando te oía decirlo se me ponía una sonrisa super estúpida, así que así, era toda una declaración y algo dentro de mí lo sabía y por eso me ponía tan contenta. — Amplió la sonrisa y cogió otra bolita mientras caminaban, mirando los juguetes. — Sí que es verdad que debería asociar el azul a los dos. Como esta vez sí sé a qué voy, no me hará falta pedirle un vestido a tu madre, le pediré a Jackie que me haga uno azul cielo, para que todo el mundo sepa que soy muy Ravenclaw. Y novia tuya, claro, eres la persona del mundo a la que más se asocia el azul. — Se rio al recordar lo de que Miranda se había saltado una generación. Ciertamente, podía imaginar a Anastasia siendo así de espabilada y sincera a esa edad. — A tu prima le pasa con tu abuela como te pasa a ti con el abuelo Lawrence. Aunque, por suerte para mí, no has sido ese prefecto estirado que no sacaba la nariz de los libros y no encontraba al amor de su vida en la biblioteca. — Dijo estirando el cuello para dejar un beso en sus labios. Pensó en lo de pasar más tiempo con los niños y Philip y Andrómeda. — Es bueno eso que has dicho. Lo de estar más con los niños. Yo echaba mucho de menos a André y Jackie de pequeña, y me hubiera encantado tener primos más mayores que jugaran conmigo cerca. Y seguro que si están más tiempo con nosotros salen más eruditos. Y tu tía Andrómeda lo agradecerá, para sentirse un poco más acompañada por la familia. — No sabía si Marcus estaba diciéndole todo aquello con alguna intención... Pero quizá si pasaran tiempo con sus primos, se diera cuenta de que no hacía falta tener hijos, cuando se tienen familias tan grandes y puedes estar con los de los demás. — Y espérate que mi prima no nos dé la sorpresa un día y tengamos bebés a los que regalar y mimar en Francia también, con la marcha que lleva. — Eso tenía que haberle salido con un poquito menos de desprecio. — Pensé que lo dejaría con ese en algún momento... Pero parece que nos queda Noel para rato. — A ver si se iba acostumbrando a ver al mejor amigo de Jean (del mismo pelaje que él, además) cada vez que quisiera estar con Jackie.

Veía las caras de su novio a lo de la Casa de los Gritos, pero es que le hacía ilusión terminar allí, como aquel día. Pero asintió con entusiasmo a lo de los fantasmas. — ¡Uh sí! ¡Qué apropiado! — Cogió uno y lo masticó, disfrutando el sabor a coco. Iba a volver a aplicar argumentos a lo de la Casa de los Gritos, pero en vez de su voz, salió un fantasma que hacía "uhhh" de forma muy cómica. Eso hizo que, después abrir mucho los ojos con el shock inicial, le diera la risa, y empezaran a salir un montón de fantasmas más pequeños y con las voces más agudas, lo cual le pareció absolutamente adorable. Se estuvo riendo un rato hasta que por fin volvió a salir su voz, y le dio un pequeño empujoncito a Marcus. — ¡Tú lo sabías, maldito! — Y volvió reírse profusamente. — Y no soy ninguna pesada, solo quiero cumplir con la cita tal y como era el primer día que vinimos. — Cogió su mano y lo arrastró hacia el camino de la Casa de los Gritos. Cogió la varita y lanzó un Reducio a los juguetes, que metió en el bolsillo de su chaqueta, para tener las manos libres y poder tirar de Marcus por el camino. — Ahora, por este agravio hacia mi persona, te toca seguirme.

Avanzaron hacia la casa, que seguía igual que aquella primera vez. — Ni siquiera está peor, lo cual refuerza mi teoría e que la mantienen así tal cual está como atractivo turístico. — Dijo torciendo el morro. Oyó los grititos que la otra vez descubrieron que eran pajaritos. — Sigue habiendo pajaritos dentro. — Dijo con adorabilidad, pero soltó una risita y señaló la bolsa de fantastmitas. — Si aún quisiera vengarme de Hillary, usaría esas chuches con lo del fantasma y se iban a caer sentados. — Aunque no lo descartaba del todo. Fue acercándose a la ventana por la que miró la otra vez, cuando oyó un chillidito muy cerca de ella. De sus pies más bien. Hizo pararse a Marcus, porque con toda la hierba alta, era muy difícil ver lo que había a sus pies. Pero agachándose y siguiendo el ruido lo encontró. Era un halconcito que aún tenía ese plumón pomposo de los bebés pájaro y estaba hecho una bolita temblorosa en el suelo. Cuando lo cogió, se dio cuenta de que era bastante grandecito (no en vano, acabaría siendo un halcón), pero igualmente era un bebé y no podía volar, por lo que se acurrucó en su mano. — Oish, qué feísimos son los halcones de bebés. — Dijo con un tono adorable que no pegaba nada con su afirmación. Pero es que era feísimo. Y adorable. Todo era combinable. Miró la ventana de los cristales rotos, que no estaba muy lejos de allí. — E imprudentes, ¿eh? — Dijo dirigiéndose con voz tierna al polluelo. Con un dedo índice acarició sus cabecita. — ¿Qué intentabas? ¿Volar? Aún no puedes. Ya podrás. Más alto y más rápido que muchas otra aves. — Dijo poniéndole a la altura de sus ojos para mirarle. el halcón pio más bajito y se hizo una bolita en su mano. — Pero ahora tienes que comer y esperar a tu mamá. Y a que te salgan plumas, que si no te mueres de frío. — Miró a Marcus con una sonrisa y dijo. — Mira, Alice se parece a los halcones y los halcones a Alice.
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Mar Jun 15, 2021 4:34 pm

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CON Alice EN Hogsmeade A LAS 10:00h, 23 de febrero de 2002
Agarró aún más fuerte su mano cuando la oyó decir que le pediría un vestido a Jackie, sin dejar de caminar. — Pues vas a estar espectacular. Y espérate a que no consigamos que el color favorito de mi prima sea el azul también cuando te lo vea puesto. — "Muy novia suya". Sonaba tan bien. Marcus necesitaba muy pocos motivos para ir con el pecho hinchado, bien erguido y orgulloso, siempre tenía alguno. Esta Pascua iba a tener más que nunca, solo por llevar a Alice con él como su novia por fin. Volvió a reír y se encogió de un hombro. — Por suerte para los dos. — Se mordió un poco el labio, mirándola con ternura. — Me encanta que te acuerdes de todas mis historias familiares. Nosotros ya hemos empezado a escribir la nuestra también... Bueno, la empezamos hace tiempo. — Y espero que algún día alguien las cuente. Era la segunda parte de esa frase, pero volvió a dejarlo flotando en el aire.

¿Y era cosa suya o Alice lo había captado? ¿Estaban los dos en la misma sintonía? Porque ahora estaba diciendo que era bueno estar con niños cerca. Por su propia historia, la cual acababa de mentar, ya debería saber que callarse las cosas no era bueno, que todo les habría ido mucho mejor de haber dicho lo que pensaban y sentían desde primera hora. Quería decirlo, quería hacer planes de futuro en todos los sentidos. Ya habían hablado de su futura casa, de su futuro trabajo, de casarse... ¿Qué le impedía hablar de tener hijos? ¿Es que temía que en eso fueran a discordar? Quizás le parecía todo demasiado bonito para que fuera real, y temiera romperlo en una cita así. Se limitó a contestar a las palabras de Alice. Quizás ella misma sacara el tema en algún momento... — Me gusta eso de que salgan más eruditos por estar cerca de nosotros. — Dijo con una risa. — ¿Puede salir un Ravenclaw de un padre Slytherin y una madre Hufflepuff? Lo podemos intentar. Aunque claro... Más probabilidades habrá con dos padres Ravenclaw, obviamente. — Vale, eso sí había sido un tirito muy descarado. El comentario sobre Jackie que vino detrás tenía un tono totalmente distinto, tanto que hasta se extrañó. Aunque parecía que el problema no eran los niños, sino el posible padre. — Bueno, igualmente aún es muy joven, es decir... Tiene que avanzar en su trabajo, hacerse un nombre, promocionar... Y ya luego, entonces sí, seguro que le apetece montar una familia. Vaya, que no son cosas que haya que decidir nada más salir del colegio, ¿sabes? Solo... Saber que está ahí, y que es bonito. — Se le estaba empezando a ir de las manos eso de las señales. Parecía que le estaba viendo la cara de desaprobación a su madre. ¡Pues lo siento, Emma Horner, yo soy O'Donnell! Él solo se regañaba, de todas formas.

La escena de Alice muerta de risa mientras le salían fantasmitas de la boca, intentando recriminarle no haberla avisado, solo le hacía reírse más. Iba totalmente doblado, perfectamente podría haber rodado por el suelo. Ni siquiera era capaz de mentir diciendo que no sabía nada. Se limpió las lágrimas y dijo. — Oh, sí, como que aquel día estaba planteada esa visita. Me llevas a tu terreno como quieres. — Hacía el amago de quejarse, pero aún se seguía riendo. La chica empezó a arrastrarle mientras él seguía riéndose, aunque volvió a hacer el teatrillo de la queja. — Pffff vaaaaale. Como que no te iba a seguir de todas formas. — Los dos lo sabían. Llegaron a la casa y al menos ya se había dejado de reír. — Pues como reclamo comercial son un poco contradictorios, porque en las guías siguen desaconsejando su visita. — La miró con extrañeza, arrugando la nariz y encogiéndose exageradamente de hombros. — ¡Ni siquiera es bonita! Yo de verdad que no entiendo para qué está aquí. — Quizás arreglada fuera más o menos vistosa, pero estaba hecha una auténtica ruina.

Alice ya estaba totalmente metida en el plan, sobre todo en cuanto se escucharon los pajaritos. Ciertamente era adorable y no pudo evitar una sonrisita de lado... Un momento. Oh, pajaritos, crías, nidos. Al final le iba a venir bien y todo pasar por allí. Tragó saliva y se mentalizó. Vale, Marcus, juega bien tus cartas. Alice había ido allí por voluntad propia y claramente por ver si seguía habiendo pajaritos, y el tema de los hijos llevaba flotando en el ambiente prácticamente todo el día, sobre todo en la última hora. En un entorno en el que ella estaba contenta y enternecida, le sería más fácil ver qué pensaba al respecto, e incluso contagiarle la ilusión.

— Yo no descartaría lo de asustar a Hillary. De hecho, hoy seguro que está más o menos igual de distraída que estábamos nosotros ese día. — Comentó mientras se adentraba prudentemente con la chica en el jardín de la casa. Qué mal rollo daba, y eso que ya había comprobado que los chillidos solo eran pájaros. Alice le detuvo de golpe, lo cual le extrañó y le asustó ligeramente al mismo tiempo. Él no se había dado cuenta hasta que vio a su novia buscando por el suelo, pero sí que se escuchaba algo más cerca de la cuenta. Abrió mucho los ojos cuando lo vio. — ¡Oh! — Se acercó a ella y miró al pajarito en sus manos. — Vaya, pobrecito... Qué buen oído tienes, yo no me había dado cuenta. — La miró con los ojos entornados. — Eso es instinto. — Comentó con ligereza. ¿Iba por buen camino? Pero Alice estaba muy centrada en el pollito así que la escuchó, y su comentario le hizo reír. — Bueno, yo lo veo gracioso a su manera. Es decir... Para los halcones seguro que es monísimo. — Sí que era un poco feo, pero bueno, quizás a los halcones les parecieran feos los bebés humanos... ¿Eso tenía sentido?

La cuestión es que no le estaba haciendo ningún caso al pobre polluelo, porque la imagen de Alice mimándolo en sus manos y hablando con él era demasiado cautivadora. Como a Marcus se le metiera algo en la cabeza, le podía estar dando vueltas hasta el infinito. Y su obsesión particular de ese día era... Alice y él formando una familia. Ya veía señales por todas partes, y la dulzura de su novia con el polluelo en las manos... Solo podía ser rematada por un comentario así. "Alice se parece a los halcones y los halcones a Alice". Se le escapó una risa nerviosa y se frotó el brazo justo después, desviando la mirada al pollito. Dios, pero qué mal se me da disimular... Era terrible, y con lo poco acostumbrado que estaba él a que algo se le diera realmente mal. — Un halcón pequeñito e imprudente, queriendo explorar mundo desde que solo es un pajarito... Sí que se parece a ti. — Confirmó entre divertido y tierno. Se acercó a ella y apoyó la cabeza en su hombro, acariciando la cabecita del polluelo con cuidado. — A mí me parece bonito. Sobre todo... Si se parece a ti. — La miró de reojo un segundo, desde su postura situado tras ella, y se mojó los labios. — Mira que a gustito está... Parece que le gusta estar contigo. — Y tanto que le gustaba, como que se había hecho una bolita de las escasas plumas que tenía en sus manos. — Se te da bien... Calmar a los pollitos. Y encontrarlos. — Sin retirarse de su sitio, arqueó un poco las cejas y respiró hondo, tratando de adoptar el tono más casual posible. — Fíjate, yo no quería venir y... Menos mal que lo hemos hecho. Si no, nos habríamos perdido... Esto. Y a saber qué hubiera sido de este pequeñín. — Volvió a rascarle la cabecita con el dedo. — Hay veces que hasta las cosas que más miedo dan... Pueden ser maravillosas. —  
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Mar Jun 15, 2021 5:56 pm

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CON Marcus EN Sala omún A LAS 10:00h, 23 de febrero de 2002
Se encogió de hombro con una sonrisa. — Me encantan las historias familiares, y más las que acaban tan bien como la de tu abuelos. En mi familia siempre cuentan lo del tío Martin y la tía Simone, que de pasar tiempo juntos cuando mandaron a mi tío a Francia para protegerlo de los bombardeos en la Segunda Guerra Mundial, se enamoraron. — Gal torció el gesto. — Pero André siempre dice que es una patraña construida, y me lo creo más a él que a mi abuela y sus aires de grandeza. — Sonrió cuando dijo lo de su historia y se acercó a él cariñosamente. — Sí que llevamos tiempo. Y tranquilo, se la contamos a todo el que quiera escucharla, seguro que así se hace inmortal. — Rio un poco a lo de eruditos. — Bueno, es que es obvio, si tienen a su primo para enseñarles alquimia desde pequeños. — Soltó una carcajada cuando habló de los niños que tendrían las distintas casas, como quien mezcla colores para mezclar tonalidades nuevas. — Creo que no funciona exactamente así, pero si sirve de crédito, mi abuela Helena era de Slytherin y mi abuelo Robert de Hufflepuff y salió — proyectó las manos hacia delante —, William Gallia, que es algo así como la muerte por Ravenclaw. Así que sí, podría suceder. — Dejó pasar lo de los dos Ravenclaws y simplemente apretó un poco los dientes. Vale, sí. Ya estaba su novio soñando a lo grande. Con algo que no le podía dar. Y como ella preveía, si tocaban el tema, casi con toda seguridad acabaría en discusión, porque a Marcus no le gustaba que le desmontaran los argumentos ni los sueños.

Claro, que el pollito de halcón no le estaba ayudando al asunto. Maldita la hora. — ¿Instinto? Tengo mejor oído que tú. — Dijo con una risita. Sí, mejor hacerse la loca doblemente con todo aquello. Pero se riop un poco, porque el pollito les estaba mirando con sus ojitos saltones y cara de extrañeza. — Sí que es mono, porque es pequeñito y un poco tontorrón. — No podía evitar hacerle un gesto cariñoso al apoyarse en su hombro, acariciando su mejilla contra la de él. — Pues claro que se parece a mí, no me pusieron el mote a la ligera. Cuando uno es pequeñito siempre quiere volar más alto y cuanto antes mejor. — Dijo mirando al pequeñín con cariño. Lo peor es que le causaba ternura de verdad, y más ternura le causaba ver a Marcus acariciarle la cabecita así... Pero si se mostraba débil ahora, luego no habría quien alejara a Marcus de ese camino. Suspiró. — Claro que le gusta estar conmigo. Mejor que estar tirado en el suelo porque ha cometido una imprudencia y no había nadie para recogerlo... — Se quedó un poco pillada mirándole. Aquel pollito solo, que se habría muerto, o lo habrían pisado o cazado si ella no llega a aparecer, porque solo Merlín sabía dónde andaba la madre. — Entiendo a la criaturitas como él. Que creen que pueden volar, se caen, pasan miedo... Porque no está su madre por aquí. Por eso sé cómo cuidarlo.

Se acercó con el pollito hacia la ventana y pasó las manos por el marco sin cristal, para dejarlo con los otros pollitos del nido, que alzaban la cabeza esperando que sus madre volviera. — Ojalá que no le haya pasado nada a la madre. Porque que un pollito quiera intentar volar es normal, lo que no es normal es que se quede tirado esperando a que lo rescaten. — Se dio la vuelta y fue hacia Marcus de nuevo. — Es lo que les pasa a la crías cuando les falta su madre. Se caen, pasan miedo y tienen que confiar en extraños para salvarles. Aunque solo los hayan cogido una vez. — Esperaba haber sido bastante clara al respecto. Y no porque fuera una teoría suya, si no porque lo estaba viendo con sus propios ojos. De hecho oyó chillidos a sus espalda de todos los pollitos a la vez. — Y luego lloran, lloran mucho cuando se ven solos. — Se sacudió las manos y agarró las de Marcus, mirándole a los ojos. — Menos mal que algunos pajaritos hemos encontrado a quien nos protege y nos cuida pase lo que pase. Y que está dispuesto a hacernos el nido que nos falta. No es tan habitual. — Dijo con una sonrisa desde el corazón. Avanzó y le besó suavemente en los labios. — Gracias por venir conmigo hasta aquí, aunque te diera miedo. La vida contigo siempre es maravillosa. — Sonrió mirándole a los ojos. — Pase lo que pase. — Y no necesitaban nada más que el uno al otro, y esperaba que Marcus pudiera entender eso, que no necesitaban otra cosa. Ni ahora ni dentro de unos años.

Y ella estaba muy dispuesta a irse, pero los pollitos no paraban de piar, y se le estaba rompiendo el corazón. — Espera un momento. — Había visto gerberas en el camino y tuvo una idea. Fue y arrancó tres, acercándose a la ventana y poniéndolas en el nido. — Compartidlas como buenos hermanos, ¿eh? A ver si os aguantan hasta que venga vuestra madre. — Y volvió hacia donde estaba Marcus guiándole hacia el camino. — Las gerberas tienen un corazón de néctar muy accesible, si meten eel poquito se lo podrán beber, y como es pura azúcar, aguantarán... — Pero veía la mirada de su novio y no pudo evitar poner una sonrisita. — ¿Qué? Me gustan los pajaritos, y yo me encariño muy rápido, tenía que dejarles algo, no podía irme así como así... — Tragó saliva y see pasó un mechón de pelo tras la oreja. — Quizá sí tenga instinto para cuidar a los demás... Como me hubiera gustado que me cuidaran a mí... — Concedió. Puede que hubiera un hueco en su corazón para esa clase de amor. Solo que estaba encarcelado por los barrotes del miedo, y no sabía cómo limarlos.
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Mar Jun 15, 2021 8:46 pm

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CON Alice EN Hogsmeade A LAS 10:00h, 23 de febrero de 2002
Estaba escuchando la historia sonriente hasta que dijo que, según André y según ella, era un invento. Arqueó las cejas. Bueno, ya conocía a André y su escepticismo con el romanticismo, aunque rio un poco. Sonrió mucho más cuando habló de hacer su historia inmortal. — Lo será... Y la contaremos... A quien la quiera escuchar. — Y que durara todas las generaciones que pudiera.

Estaban los dos juntos, casi abrazados y mirando a ese pollito que les devolvía una mirada adorable. Marcus, por su parte, miraba a Alice de reojo y la veía sonreír. Era buena señal, sí, definitivamente era buena señal, eso quería pensar. Rio un poco y siguió acariciándolo. — No es tontorrón, es pequeño. Pero es muy curioso, fíjate como nos mira. — Él tenía una hoja de ruta y no era la de replicar la visita a Hogsmeade, era la de venderle a Alice lo bonitos que eran los bebés, fueran de la especie que fueran. Pasó los brazos por la cintura de la chica y se apoyó un poco más en su hombro cuando ella acarició su mejilla con la de él, disfrutando del momento. — Sí que le gusta estar contigo. — Lo de la imprudencia le hizo gracia, aunque... — Bueno, estábamos nosotros. Estabas tú. — Confirmó sin perder la sonrisa ni el tono tierno. Pero el de Alice había cambiado, o quizás sus palabras trataran de decir algo que, desde luego, rompía un poco los planes de Marcus.

Se mojó los labios y trató de reconducir. — Es que es un pajarito traviesillo, como tú. — Volvió a pasarle el dedito por la cabeza. — Y seguro que es súper listo y sabía volver, estaría dando un paseo. Y su madre... Habrá salido a por comida. Y ya lo conocerá, seguro que cuando llegase al nido diría, "eh, ¿dónde está mi pajarito travieso? ¿Ya ha salido por ahí a explorar?" — Rio un poco. — Los padres conocen bien a sus hijos, porque en el fondo... Son como ellos. — ¿Ahora Alice temía que le saliera un hijo imprudente como ella? Vaya por Dios. Bueno, por lo que a él respectaba, ya estaba más que acostumbrado. Si había podido lidiar con una persona de su misma edad haciendo locuras cuando solo era un niño, ¿no iba a poder hacerlo siendo un adulto con alguien mucho más pequeño que él? No veía problema alguno, y le iba a querer con locura, como la quería a ella. — Y sabes como cuidarlo... — Recalcó. Porque sí, las palabras de Alice sonaban amargas, pero Marcus también sabía usar las frases a su conveniencia.

Se soltó de ella para que fuera a dejar el pollito en su nido, aunque él también se acercó, mirando el nido con ternura. — Es un nido precioso, ¿verdad? — Dijo, observando el círculo de ramitas cargado de pollitos que piaban sin parar. Pero el comentario de Alice le hizo desvanecer la sonrisa ligeramente, gesto que trató de disimular con una risa suave. — No, qué va, ¿qué le va a pasar? Lo dicho, habrá ido a por comida. —Se asomó por la ventana y sonrió. — Estos pollitos tienen pinta de glotones, ¿eh? Yo sé lo que se siente, pero tranquilos, que ya viene. — Bromeó, pero Alice seguía metida en una especie de historia hipotética sobre el destino de la madre de los polluelos mucho menos halagüeña que la de él. Su novia se le acercó mientras seguía narrando, y él la miró tratando de que no se le reflejara demasiado en la cara. Tragó saliva. Creía estar entendiendo bastante bien por donde iba Alice... Y eso no le marcaba un buen camino. — Bueno, pero... No tiene por qué faltarles su madre. — Trató de arreglar. Desde luego que Alice no era la persona más idónea para decirle eso, pero realmente lo pensaba. Había tenido muy mala suerte, pero solo tenía que mirar a su alrededor: por fortuna, todos sus amigos tenían a sus madres. No era tan frecuente perderlas. Lo que le había pasado a ella era un horror, pero algo que no pasaba con tanta frecuencia... Y no le pasaría a sus hijos. Solo pensarlo hizo que se le encogiera el estómago. No, Alice iba a tener una vida larguísima y sus hijos tendrían a su madre por muchos años. Eso iba a ser así. Porque lo decía él.

Giró la cabeza en dirección a los chillidos, sintiendo un fuerte pesar cuando la chica señaló que estaban llorando porque estaban solos. — Podemos... — Pero ella le cortó, agarrando sus manos. Iba a decir que podían quedarse allí un rato hasta que la madre volviera, que no tenían prisa, que no le importaba. Que no le daba miedo la Casa de los Gritos, que solo era fachada. Que con ella podía hacerlo todo, y nada le daba miedo, porque juntos llegarían a cualquier parte. Daba igual. Si él tenía una teoría clara, Alice también. Y parecían teorías distintas.

Lo que dijo después volvió a agarrársele en el pecho, porque lo había dicho mirándole a los ojos, agarrando sus manos. Abrió la boca para hablar, pero se quedó a medias, siendo interrumpido por un beso de ella, un agradecimiento y un fin del viaje a la Casa de los Gritos. Se había quedado paralizado como un idiota, con una sonrisa a medias. Dilo, Marcus. Díselo, dile que vas a estar siempre, pase lo que pase. Que te desvivirías por hacerle todos los nidos que te pida. Te lo ha puesto en bandeja. Pues no lo hizo. No supo por que, pero no lo hizo. Eres idiota, de verdad. Y tenía muchos miedos, dijera lo que diera. Con trece años sus miedos eran la Casa de los Gritos. Ahora eran otros, pero eran miedos igualmente.

Antes de poder reaccionar, ella se giró hacia la casa de nuevo. Se quedó embobado viendo lo que hizo con las plantas, solo para dejar a los pollitos tranquilos. ¿Cómo no iba a querer que fuera la madre de sus hijos? Si pensaba quitarle esa idea de la cabeza, con esos gestos se lo ponía muy difícil. Esperó a que volviera, y debió verle la cara de embobado porque ella sola respondió antes de que le dijera nada. Y entonces lo dijo. Que quizás sí que tenía instinto. Dilo ya, maldita sea, no cometas el mismo error otra vez. — Alice. — Dijo, deteniéndola, aprovechando que iban de la mano. Se había parado en mitad del camino y ahora su novia le estaba mirando, y él se había quedado sin palabras otra vez. ¿Qué iba a decirle? ¿De verdad iba a sacar ESA conversación en ese momento? ¿Era el más apropiado? A ver, parecerlo, lo parecía... Pero si la conversación no salía bien... Era muy delicada, estaban en mitad de la calle, a punto de hacerse de noche y tener que volver al castillo. Por no hablar de que la idea de esa cita era evadir a Alice de las preocupaciones, hacerla simplemente disfrutar como cuando eran niños e iban a Hogsmeade con su hoja de ruta. ¿De verdad iba a partir eso?

Pero ya llevaba demasiado rato en silencio para ser él, y su novia iba a empezar a preguntarse qué le pasaba. — Iría contigo a cualquier parte, me dé miedo o no... Lo llevo haciendo siete años y quiero hacerlo toda la vida. — Era el tema pero estaba ligeramente desviado, aunque respondía bien a lo que ella le había dicho. Creía. — Y... Siempre tendrás un nido conmigo. — Se acercó un poco más y juntó su frente con la de ella, como siempre hacían. Así se sentía mejor. Así podía hablar con el corazón. Cerró los ojos y tomó aire, bajando el tono. — No voy a dejar que te pase nada, Alice. Ni a ti... — Ni a nuestra familia. Se mojó los labios. — Vamos a ser felices siempre, juntos. Todos esos proyectos... Los vamos a cumplir. — Abrió los ojos y buscó los de ella. — Todo lo que esté por venir, lo conseguiremos. Somos Marcus y Alice. Somos imparables. —
Merci Prouvaire!


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CON Marcus EN Sala omún A LAS 10:00h, 23 de febrero de 2002
Vaya, ahora el ahijado de Marcus era ese halconcito feo, que para él ni era feo, ni travieso, ni se había caído sin querer del nido, solo estaba explorando y podía volver solo. — Definitivamente tienes debilidad por el díscolo y travieso del grupo. Que no se entere Creevey. — Dijo alzando las cejas y entornando los ojos. Suspiró hondamente. Era un nido precioso, pero un nido sin padres, con aquello pollitos a su suerte. Se tuvo que reír con lo de que eran glotones. Si es que los pollitos eran adorables, Marcus era adorable... ¿Por qué no podía disfrutar simplemente y soñar con el futuro? Porque se le ponía una bola en garganta y una losa en el pecho cuando pensaba en tener un bebé a su cargo, una familia entera de la que ser el soporte. Sobretodo si tenía en cuenta lo bien que le había ido siendo el soporte de la suya.

Volvían ya de camino al castillo, pero conocía a su novio, sabía que no paraba de darle vueltas a la cabeza, y eso le daba miedo, siempre ese lo había dado. Que Marcus se parara a observa su relación y llegara a la conclusión de que no eran tan ideales el uno para el otro. Para ella sí, pero para él... Se paró cuando dijo su nombre y se quedó mirándole, seria, tratando de ocultar el miedo y la pena que la invadían. Alzó la mano y acarició su mejilla, tratando de centrarse en lo precioso de sus ojos, en sus pecas, en aquellos labios que adoraba, para no pensar en que le estaba haciendo daño sin querer, solo con sus miedos.

Y por fin empezó a hablar. — Lo sé. — Dijo asintiendo, pero eso no le hacía sentir mejor. Porque ella no podía llegar a done estaba él, ni siquiera podía asegurar que fuera a llegar nunca, que encontrar el remedio para ese miedo al vacío de una madre. Dejó que se acercara y juntara su frente con la de ella, lo cual le hizo soltar todo el aire de golpe, y de paso, una lágrima, porque con aquel gesto la desarmaba. Se agarró a Marcus, cerrando las manos entorno a su abrigo, como si tuviera miedo de que se separara en ese momento de ella. Le salió un pequeño sollozo, porque llevaba demasiado acumulado, cuando dijo lo del nido y solo le salió decir. — Sí. — "No voy a dejar que te pase nada, Alice." Conocía esa promesa. Se la hacían constantemente cuando su madre estaba enferma. Su padre la hacía mucho. Y no había servido de nada. — Ni a mí... Ni a ti. — Abrió los ojos y se separó de él mínimamente, lo justo para mirarle a los ojos. — Marcus... Te pedí que me lo prometieras y no he querido volver a pedírtelo... Pero no puedo olvidarlo. Necesito saber que tú siempre serás tú, pase lo que pase. Que no dejaras que nadie le gane la batalla a esto. — Dijo dándole con el dedo en la sien. Se mordió los labios por dentro y negó con la cabeza. — Hay cosas que ni siquiera tú y yo podemos prometernos, ¿verdad? — Él le pedía una familia como él la concebía, con niños, con lo que tuvieron sus padres, y ella le pedía evitar un desastre como en el que había resultado la familia que formaron sus propios padres, sin duelos, sin locura. Y ninguno de los dos podían prometerse eso. "Todo lo que esté por venir, lo conseguiremos. Somos Marcus y Alice. Somos imparables", cuando se lo oía decir, sonaba tan real, tanto tanto, que se sentía capaz de hacerlo realidad. Se abrazó a él como si le fuera la vida en ello, apoyando la cabeza en su pecho. — Yo puedo jurarte que te doy todo lo que puedo darte, Marcus, todo lo que esta chica un poco loca, con una historia familiar que es una zona de guerra, que te ama desde que te conoció puede dar. — Cerró los ojos y los apretó más fuerte. — Júrame tú que me amas así. Dímelo, por favor. Si hay algo que nunca me dicen es que soy suficiente. — Porque sí, siempre pedían más de ella. Asume lo de tu madre, cuida de tu hermano, vigila a tu padre, sé buena alumna, sé digna de Marcus, sé madura y buena... Nunca "muy bien Alice, ya estás en la meta, relájate". — Si tú me dices eso, si tú crees en mí, yo soy imparable, Marcus.

Ojalá pudiera hacer con mis miedos como tú con los tuyos, pero no puedo. No soy tan valiente como todos creíais. — O sabría cómo arreglar ese miedo a dejar a los demás atrás y haber causado más mal que bien en su vida. Su madre había sido mucho más buena que ella y aun así había dejado a su padre como lo había dejado, y a ella sin una pista de cómo seguir adelante en la vida. Y todo aquello era demasiado abismal y fuera de los estándares que le gustaría tener en su relación con Marcus, ni hablar de tener una familia, contaminada por todo aquello, contaminada por los Van Der Luyden... Suspiró y simplemente dejó la cabeza en el pecho de Marcus, como si así pudiera transmitirle todo lo que sentía, todo su amor, todos sus miedos, y rezando mientras apretaba mucho los ojos para ser eso: suficiente.
Merci Prouvaire!


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Miér Jun 16, 2021 12:56 am

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CON Alice EN Hogsmeade A LAS 10:00h, 23 de febrero de 2002
Podía ver como el semblante de Alice había cambiado, como las nubes que había conseguido disipar un poco con esa cita habían vuelto a cernirse sobre ella. No quería eso, no quería eso en absoluto, no era su objetivo. Estaba jurando que la ayudaría a superar sus miedos, que siempre estaría a su lado, que siempre la haría feliz... Y ni siquiera era capaz de mantenerla contenta un día entero. — Por favor, no llores. — Susurró, llevándose la lágrima suavemente con el pulgar. Le rompía el alma verla llorar, solo quería verla feliz. Le encantaba su sonrisa, le gustaba cuando se reía y se lo contagiaba, cuando iba dando saltos por ahí y hablaba sin parar. Verla llorar le partía el corazón. Sobre todo de pensar que pudiera haberlo provocado él. Si es que no tenías que sacar hoy este tema, Marcus. Pero nada. Él cabezota como siempre.

"Ni a mí... Ni a ti". Había prometido con mucha ligereza que no le pasaría nada a Alice, que jamás lo permitiría. Pero... ¿Y a él? ¿Y si a quien le pasaba algo era a él? Nunca se había parado a pensarlo, no contaba con ello. Tenía tantos planes, tantos proyectos, que la vida no podía meterse por medio e interrumpirlos, simplemente... Eso no podía pasar, no entraba en sus esquemas. Pero tampoco entraba en sus esquemas que Janet muriera y ocurrió. Su padre se lo dijo en Navidad: no podía controlarlo todo, nunca sabías lo que podía pasar. Debía disfrutar del tiempo que tenía tal y como lo tenía, y lo que tuviera que pasar... Pasaría. Pero él no quería afrontarlo así. Prefería pensar en un futuro perfecto en el que llevarían a cabo todos sus planes y formarían una gran familia, siendo felices hasta su último día. No podía pensarlo de otra forma. No quería pensarlo de otra forma.

Notó como Alice se separaba y le hablaba con seriedad, y el tema que tocó le encogió el pecho. Lo había desviado, lo había hablado con Sean pero con ella lo había obviado. Tragó saliva. ¿Qué hacía? ¿Mentirle? ¿Otra vez? Muchas mentiras estaba diciendo ya para su gusto. Pero si le decía la verdad, la haría llorar. La haría sufrir. O quizás la haría alejarse, quizás la promesa era condición indispensable para seguir juntos. No, no podría soportar eso. Cerró los ojos lentamente cuando puso el dedo en su sien. Sabía a lo que se refería. Sabía que estaba pensando en William. Sí, él también pensaba en William. Lo pensaba y le horrorizaba hasta donde había llegado, le apenaba pensar como un hombre al que admiraba con todas sus fuerzas estaba cayendo en un pozo cada vez más profundo... Pero le entendía, le entendía tanto. ¿Cómo le decía eso a Alice? ¿Qué pensaría de él?

Por suerte o por desgracia, Alice pareció no exigir respuesta. "Hay cosas que ni siquiera tú y yo podemos prometernos, ¿verdad?". Frunció los labios, mirándola a los ojos, notando como los suyos también brillaban. Tras unos instantes, negó levemente con la cabeza. — Supongo que no. — Dijo con amargura. Ojalá pudiera prometerle todo lo que ella quisiera, pero... No podía. Con eso no podía. Colocó las manos en sus mejillas. — Llevamos prometiéndonos cosas desde que nos conocimos. Y si algo hemos visto hoy es que somos capaces de cumplirlas. Cumplimos todo lo que nos proponemos, Alice. — Esbozó una sonrisa triste. — Todo ha sido... Tan fácil contigo a mi lado. Desde que te conozco solo he tenido que proponerme las cosas, y tú también, y lo hemos hecho. — Se encogió levemente de un hombro. — Llámame ingenuo o iluso, pero... Quiero pasarme toda la vida trazando promesas y planes contigo. — La miró a los ojos y se acercó un poco más. — Pero quiero que sean cosas que nos hagan felices, cosas que queramos que ocurran, mi amor. No vale prometerse cosas... Que nos hagan sufrir. — No quería tener que prometerle que la salvaría de una desgracia, ni que ella le hiciera prometer que mantendría su cordura si le ocurriera. No quería ese tipo de promesas en su vida, porque eran cosas que no iban a suceder. No podían suceder. Se acercó a sus labios, cerrando los ojos, y susurró. — Pídeme que te prometa lo que quieras, que te entregue mi vida entera... Y lo haré... Pero no me pidas esto. No nos hagamos daño, Alice. Sigamos soñando a lo grande. — Y para sellarlo, dejó un beso en sus labios, suave y cargado de todo el amor que sentía.

La estrechó entre sus brazos cuando se abrazó a él, cerrando los ojos con fuerza. La apretó aún más contra sí cuando le pidió ese juramente. — Yo te amo con mi vida, Alice. — La chica no se hacía una idea de cuanto la quería, probablemente por haber sido tan tonto de tardar siete años en darse cuenta. Pero pensaba demostrárselo cada uno de sus días si ella le dejaba. — ¿Suficiente? — No pudo evitar que se le escapara una muda carcajada, separándose de ella para mirarla a los ojos, dejando sus manos en sus brazos. — Tú no eres suficiente, eres muchísimo más que eso. Eres la mejor persona que he conocido en tantos sentidos que no sabría ni por donde empezar a enumerar. — Acarició su mejilla y volvió a dejar escapar una muda carcajada entre los labios. — Creo en ti más que en mí mismo. — Y eso era mucho decir, pero era totalmente verdad. Alice se había enfrentado a cosas en su vida que él no habría podido soportar, y día a día demostraba ser bastante más lista que él en muchísimos aspectos. Él era todo libros y buenas notas. Ella era la mujer perfecta.

Frunció los labios. — Para mí eres la persona más valiente que he conocido, pero ¿sabes qué? — La miró a los ojos y dijo convencido. — No tienes por qué ser valiente si no quieres. — Ladeó un par de veces la cabeza y dijo. — Te lo dice un cobardica profesional. — Rio un poco. Necesitaba hacer que esas nubes se fueran otra vez, aunque fuera con una bromita absurda. — ¿Cuántas veces me has visto a mí plantarme porque algo me daba miedo? ¿Decir por aquí no paso porque no me da la gana? Miles. — Se encogió de hombros. — Y me daba igual que los demás no lo entendieran. No quería hacerlo y tenía mis motivos. Y otras tantas veces he tenido miedo, pero... Tú me has dado la mano, un montón de argumentos no tan convincentes como tú te crees... — Volvió a reír un poco y a ladear la cabeza. — ...Y lo he hecho. He superado lo que he podido superar porque tú has estado conmigo. — Volvió a acariciar sus mejillas. — No tienes por qué enfrentarte a lo que no quieras, mi amor. Tanto si quieres arriesgarte, como si decides no hacerlo... Yo estaré contigo. — Y temía estar diciendo lo que creía que estaba diciendo. Si Alice se plantaba y decía que no quería tener hijos nunca... Le partiría el corazón. Él quería una familia, quería ser padre, quería tener sus propios hijos. Y quería que fueran los hijos de Alice y él. Sabía que sería una madre extraordinaria, sabía que serían inmensamente felices... Pero también sabía que no podía obligarla a algo así. Y que quería estar con ella hasta el último día de su vida. No había otra: Alice era el amor de su vida.

Al pensar eso miró a su alrededor y se le escapó una risa suave, negando con la cabeza. — La Casa de los Gritos... — Dijo en un murmullo, centrando luego su mirada en la chica. — Nunca encontraría al amor de mi vida en la Casa de los Gritos... — Volvió a reír y suspiró. — Para que veas lo estúpido que puedo llegar a ser. Y que... Nunca es tarde para cambiar de opinión. — Porque no tenían por qué decidirlo ahora. Porque tenían toda la vida por delante. — Eres el amor de mi vida, Alice. Siempre lo has sido, desde que nací. Y lo serás hasta que me muera. —
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Miér Jun 16, 2021 1:31 pm

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CON Marcus EN Sala omún A LAS 10:00h, 23 de febrero de 2002
Sabía que Marcus llevaba muy mal que llorara. Le había pasado siempre, y solía dejarle peor cuerpo aún llorar delante de él, porque sabía que le estaba haciendo pasar un mal rato. Pero es que no podía evitarlo, era muy llorona. Aunque la situación era para llorar, porque nunca pensó que llegaría el día en el que Marcus y ella no pudiera prometerse el cielo mismo, en el que habría problemas tan graves y perspectivas tan negras que no se sintieran con la seguridad de prometerse cualquier cosa, como habían hecho siempre. Y Marcus debáis estar siguiendo su línea de pensamiento, por lo que le dijo cuando la tomó de las mejillas. — Sí que lo somos. — Necesitaba creerlo, que eran capaces de seguir prometiéndose cosas, que serían los de siempre, aunque el mundo y la vida no tuvieran buena pinta. — Yo también quiero. Y quiero hacerte feliz para siempre. — Dijo mirándole a los ojos, con la voz tomada. — Ese era todo mi miedo, por lo que no te dije lo que sentía antes, llegar a una situación como esta, arrastrarte a la oscuridad... — Pegó su frente a la de él y cerró los ojos fuertemente, mientras acariciaba sus rizos. — Era lo que quería evitar, mi amor. — Sin abrir los ojos negó con la cabeza. — No volveré a pedírtelo, Marcus. — Respondió, tratando de controlar el llanto. No, no podía pedirle algo así, porque ella misma se volvería loca si no lee tuviera junto a ella. Aunque le diera pánico y sintiera un abismo solo de imaginar dejar a Marcus como su padre... No, no podía pedírselo y no lo haría. No haría sufrir a Marcus más si estaba en su mano, no por su historia y sus miedos al menos. — Es imposible que tú no sueñes a lo grande, Marcus O'Donnell. El sol saldría por el Oeste y se pondría por el Este ese día. Sería el día en el que yo dejara de decir "más". — Dijo con una leve risita. Ellos se amaban así, como demostraron con aquel beso tan tierno y precioso.

"Yo te amo con mi vida, Alice" Y solo eso era como echar agua fría sobre un quemadura, como si sanara todas y cada una de las heridas que se empeñaban en abrirse una y otra vez. — Y yo a ti Marcus. Más que a nada, más que a nadie. — Dijo sin soltarse ni un poquito de él. Pero escuchar cómo le decía todas aquellas cosas, le hizo sonreír mirándole, anonadada, porque no estaba acostumbrada a que se lo dijeran, y menos a sentirse suficiente para Marcus. Más que suficiente de hecho. Ella, con todos sus problemas, era más que suficiente para el siempre perfecto Marcus O'Donnell, que tendí que ser perfecto hasta para consolar. Ladeó la cabeza sobre su mano, y puso la suya sobre la de él, para que no se la llevara de allí. Quería sentirle un poco más, como si estuvieran solos en el mundo, ellos, su ternura y su amor. — Eso es mucho creer. Intentaré estar a la altura. — Dijo suavemente, mirándole a los ojos con todo el amor que sentía.

Nunca se había planteado que podía no ser valiente. Siempre le habían dicho "Alice, tienes que ser valiente" "Alice, tienes que ser fuerte" "Alice mantén el coraje y todo se solucionará" y quizá era cosa suya, pero aquellos cuatro años desde lo de su madre habían sido un camino escarpado en el que cada vez había que ser más valiente y más fuerte, habían sido cuatro vidas enteras, escalando sin llegar nunca a una cima en la que poder pararse a pensar. Y quizá lo que tenía que hacer era dejar de subir aunque fuera un momento, tal y como le decía su novio. Dejar de ser valiente por una vez y dejarse descansar. Se rio a lo de los argumentos y entornó los ojos. — Son argumentos al fin y al cabo. Eres Ravenclaw, así se te convence. — Agarró sus manos y le miró con una sonrisa enamorada.— Y estaré contigo para siempre. Con los miedos, los sueños y las promesas... Mi vida entera también es tuya. — Le dijo desde lo más profundo de su corazón. Y entonces del le dijo que no tenía pro qué enfrentar lo que no quisiera. Y Gal sabía que él era plenamente de lo que le estaba diciendo. Y eso era lo que ella quería oír primeramente, que no pasaba nada si no quería tener hijos... Pero no era tan tranquilizador como esperaba. Porque sabía que no era lo que Marcus quería, que lo haría por ella. Igual que si ella accedía a lo otro lo haría por él. Y al final, no se sabría cual de los dos estaba haciendo lo correcto. Suspiró y decidió tomar la opción inteligente. — Ahora mismo... Tengo miedos mucho peores. Temo por mi padre, temo por el tema de los Van Der Luyden... Temo por muchas cosas. — Tragó saliva y subió las manos de Marcus para dejar un beso sobre ellas. — Cuando supere los de ahora, supongo que puedo plantearme superarme los demás con tu ayuda. — Dijo con una sonrisa. No era una promesa. Era un "lo intentaré" un "llegaremos al punto medio, cuando lo veamos más claro". Juntos, siempre juntos.

Rio a ante lo de la Casa de los Gritos y negó con la cabeza, acariciando su mejilla. — Tú nunca eres estúpido. — Ladeó la cabeza varias veces, arrugando el gesto. — Un poco cobardica sí, o excesivamente prudente... Pero no estúpido. — Se acercó y lo rodeó con los brazos por la cintura. — Siendo justos, no encontraste al amor de tu vida. Primero, porque nunca hemos llegado a entrar, ni lo haremos, y segundo, porque me encontraste en las barcas. — Suspiró a lo de nunca es tarde. — Eso es verdad, amor mío. No tenemos prisa, hay que disfrutar del viaje al fin y al cabo. — Dijo citándose a ellos mismos. Se acercó a él y le besó intensamente, acariciando sus labios, deleitándose con él. — Todos los días de mi vida, Marcus. Todos. Todo. — Susurró, despegándose un momento solo para volver a besarle. Cuando se separó, le dio la mano y tiró de él hacia el camino. — Vamos, creo que tenemos una carta que escribir cada uno... — Puso una expresión más infantil. — Y esta vez no saldré corriendo escaleras arriba para ganarte. — Apretó su mano. — Iremos de la mano, que es como debemos estar.
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CON Alice EN Hogsmeade A LAS 10:00h, 23 de febrero de 2002
No volvería a pedírselo. Eso le hizo respirar con alivio, cerrando los ojos. Era algo que no iba a ocurrir, tenía claro que no perdería a Alice... Pero si ocurría... No tenía por qué prometerle algo que no sabía si iba a cumplir. Tenía a William demasiado presente en su cabeza en esos momentos y no era buena idea, su abuelo le había pedido que focalizaran la atención en otra parte. Nunca pensó que le costaría tanto trabajo seguir una directriz, cuanto menos venida de su abuelo. Para desviar a otra cosa, abrió los ojos y ladeó una sonrisa. — Yo nunca estoy en la oscuridad cuando estoy contigo. — Buscó sus ojos y añadió. — Yo soy el sol y tú la luna, ¿recuerdas? Los dos alumbramos a nuestra manera, y nos necesitamos el uno al otro. — Rio levemente a su comentario, coreando la risa de ella. Así quería verla: riendo. — Uy, salir por la dirección contraria, eso sí que no va conmigo para nada. — Se acercó aún más a ella y susurró. — No dejaremos de hacerlo, ni tú ni yo. —

No dejó de acariciar su mejilla, ahora sintiendo la mano de ella sobre la de él, y pronunció la sonrisa. — Tú siempre estás a la altura. — Alzó la mirada y ladeó la cabeza. — Y si no, ya encontrarás algún árbol al que subirte como un monito negligente. — Rio un poco y se acercó cariñosamente a su rostro. — O como un pajarito bonito, que vuela más y más alto cada vez. — Y esas eran las promesas que quería oír: que siempre estarían juntos, que entregarían su vida el uno al otro. Él lo tenía muy claro, y ver que ella también le daba fuerzas para cualquier cosa a la que se tuvieran que enfrentar, porque lo harían juntos. Escuchó sus palabras, como le decía que ahora tenía miedos mucho peores. Ojalá pudiera evitar que los tuviera, en cierto modo era lo que estaba haciendo no contándole lo que sabía. Si Alice se enterara... Sufriría muchísimo. Definitivamente no podía hacerle algo así, aunque eso supusiera mentirle, cosa que tampoco quería hacer... Pero entre incumplir una promesa y ver a Alice sufriendo, se quedaba con lo primero. Su amor por ella estaba muy por encima de su honor, por muy alto que este estuviese.

"Cuando supere los de ahora, supongo que puedo plantearme superarme los demás con tu ayuda". Eso le hizo mirarla con los ojos muy abiertos durante apenas un par de segundos, pero seguidamente parpadeó y puso una expresión más normal, con una breve sonrisa. — Cuando quieras, lo que quieras... Voy a estar contigo siempre. Me has llevado de la mano a muchos sitios, haré lo mismo todas las veces que me lo pidas. — Afirmó con convicción. Sobre todo si estaban hablando... De lo que estaban hablando. Por unos momentos había imaginado un mundo en el que estaría toda la vida con Alice, sí, y sería muy feliz... Pero no tendría hijos. Ahora, se había abierto un rayo de esperanza. Podía conseguirlo. Sabía que solo les traería cosas buenas, era cuestión de que Alice lo viera. No era para nada lo que ocurría con su padre o con los Van Der Luyden, eso eran cosas horribles. Tener hijos no, formar una familia juntos sería maravilloso. Algún día lo harían. Sí, conocía a su chica, sabía que solo tenía que relajarse y lo vería igual que él. Respiró y sonrió, considerablemente más esperanzado. Ahora sí que tenía ganas de hacer miles de planes con ella. Y ya llegaría "ese plan" cuando tuviera que llegar.

La rodeó él también por la cintura y volvió a mirar hacia arriba, ladeando la cabeza varias veces. — Visto así, es verdad. Te encontré en las barcas. A ti y a cierta gata que me cayó encima antes de poder decirte "hola". — Rio y acarició su nariz con la de ella. Frunció una sonrisa y confirmó en un susurro. — Lo importante es el camino, sobre todo si es juntos. — Ya con trece años empezaba a plantearse que así fuera, pero ahora lo tenía más que claro. Correspondió ambos besos con intensidad, notando el cosquilleo en su pecho, el alivio, la felicidad después de un momento intenso. Sonrió ampliamente, agarrando su mano para dirigirse juntos al castillo, aunque soltó una carcajada por su comentario. — Vaya, gracias. Solo me ha costado siete años que no salgas corriendo por ahí. — Se soltó y se agarró graciosamente a su cintura por la espalda. — Aunque ya no te me escapas, pajarito. Que tú volarás muy rápido, pero yo tengo las piernas muy largas y ya sé como pillarte. — Bromeó, dejando un fuerte beso en su mejilla justo después.

— Bueno, hemos conseguido llegar hasta aquí sin sustos ni incidentes. — Dijo entre risas, entrando por las puertas de la sala común. Habían ido todo el camino de la mano, como ella había dicho, riendo y recordando anécdotas como llevaban haciendo todo el día. Solo había sido una pequeña nube y la habían espantado. Ellos eran así: podían espantar cualquier nube y ser simplemente ellos, tan felices como siempre. — Aunque no me hubiera importado ver a Hillary y darle un susto. Guárdate algunos fantasmitas de coco porque eso lo vamos a hacer sí o sí. — Entró en la sala común y miró a su alrededor. — Vaya, pero si los señores ni han llegado todavía y se fueron antes que nosotros. — Miró a Alice y dijo en un murmullo malintencionado. — A ver si se han perdido por el camino... — Total, ya abrieron la veda de la pasión en San Valentín, y él por propia experiencia podía hablar de lo que pasaba cuando se abrían ciertas puertas. Ya no se cerraban más.

— Voy a por una cosa. Espérame aquí. — Le dijo a Alice, subiendo los escalones de los dormitorios de dos en dos. Mientras rebuscaba en su baúl, oyó una voz burlona pasando por allí y diciendo en voz descaradamente alta. - No veas Millestone como se está poniendo las botas con el O'Donnell. - No le hizo ni caso, sabía que Creevey solo intentaba picarle. Otra vez. Y como vio que no dio resultado, se asomó a su puerta y le dijo ya directamente. - Oh, perdona prefecto, no te había visto. Al que sí he visto es a tu hermano pegándose un morreo de la hostia en mitad de la calle en Hogsmeade. - Perfecto, ya sabes como funcionan las relaciones de pareja. — Contestó con chulería mientras se levantaba. Al pasar por el lado del chico, le dio un par de palmaditas en el hombro y le dijo con una sonrisita artificial. — Pero no te preocupes, ya encontrarás a alguien algún día. — El otro hizo una pedorreta mientras él ya estaba bajando los escalones. - ¡Estás muy subidito desde que la Gallia te da marcha "con carácter oficial"! - Bramó en tono extremadamente burlón a sus espaldas, pero no le hizo ni caso. — ¡Ya estoy! — Confirmó a Alice, y triunfalmente le mostró lo que llevaba en las manos. — Teníamos que ponerle el broche final a una cita perfectamente replicada. — Aún le quedaba tinta de estrellas del mismo bote que le regaló la señora de La Casa de las Plumas. La guardaba como un tesoro. — Tenemos que estrenar las plumas que acabamos de comprarnos como se merecen, ¿no crees? —
Merci Prouvaire!


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Jue Jun 17, 2021 2:09 am

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CON Marcus EN Sala omún A LAS 10:00h, 23 de febrero de 2002
Miró a aquellos ojos que adoraba y sonrió. — Tú mi sol... — Dijo apartando los rizos de su frente como siempre ele gustaba hacer. — Yo tu lunita... — Dijo acercándose a sus labios con un beso rápido. Y tuvo que reírse con lo de la dirección contraria porque tenía toda la razón y le encantada cuando usaba así su fino sentido del humor. Y más que le hizo reír con lo de monito negligente. — ¿Cómo puede ser que te quiera tanto que me guste hasta que me llames monito negligente? — Se acarició con su rostro al notar que se acercaba y dijo. — Pero me gusta más pajarito bonito. Ahora vas a tenerlo para siempre asegurado. — Dijo on dulzura. Cuando Marcus se ponía así con ella se le olvidaba cualquier mal.

Suspiró y asintió con una sonrisa. — Lo sé, mi amor. No lo haría de otra manera que no fuera de tu mano. — No podía mirarle a los ojos y prometerle que tendrían una gran familia tal y como él quería. Pero podía prometerle que iba a intentar quitarse ese miedo, ese abismo. Además, no era el primer miedo o la primera inseguridad que le quitaba. Dejó que la rodeara con los brazos y le apretó contra sí, diciendo. — Es porque ahora prefiero quedarme aquí en vez de volar, porque mi novio mee abrazo muy bien. — Rio cuando le dio el beso en la mejilla. — ¿Ves? ¿Qué pajarito, por mucho que le guste volar, querría dejar esto atrás? — Y se dejó mimar, porque sí, porque se lo merecía y porque lo decía en serio, no tenía ninguna intención de irse a ninguna parte.

Agradeció la vuelta a la sala común, porque necesitaba el calorcito y sentirse refugiada, después del día tan intenso que había tenido. Se giró a su novio y le cogió la bolsa de fantasmitas. — Entonces mejor las guardo yo hasta que lleguen, que ya me sé yo el destino de las chuches que desaparecen en tus manos. — Se rio y asintió. Sus amigos estaban exprimiendo el tiempo solos, después de haberse acostado, sin definir la relación. Esa historia ya la había leído. soltó una risita y dijo. — Ahora, si fuéramos malvados, con un poquito que le diéramos a la cabeza sabríamos por dónde paran, e iríamos a fastidiar como ellos con nosotros en, por poner un sitio, la sala de prefectos. Pero somos más maduros y no lo vamos a hacer. — Dijo alzando la barbilla con superioridad. Dio un beso en la mano a Marcus y dijo. — Voy a dejar todo esto arriba y ahora mismo estoy de vuelta. — Y vio que él también quería subir. Aprovechó para quitarse todas las prendas de abrigo, dejar la carta a buen recaudo con las demás de Marcus antes de darle un besito, y coger su flamante pluma nueva. Acarició su caja de música con cariño. Siempre que se sentía perdida la abría y veía aquellas cosas que, con los años había reunido allí, pero sobretodo las cartas de Marcus del doble fondo. Ahora no le hacía falta, podía recurrir a Marcus de verdad. Acarició a la Condesa, que se despertaba de una siesta sabe Merlín cuánto de larga, y bajó a la sala, deshaciéndose las trenzas, porque le gustaba cómo se le quedaba el pelo después.

Cuando bajó, reconoció inmediatamente el botecito que Marcus le enseñaba, y ella levantó la pluma orgullosa. — No se me ocurre mejor manera de estrenarla. — La movió a la luz del fuego. — Es absolutamente preciosa, mil gracias mi amor. — Se acercó y rozó la nariz con la suya. — Es el broche perfecto. Espero que tengas a mano las plumas de azúcar. — Y efectivamente, con una de ellas en la mano, se sentó frente al fuego, en el suelo, apoyándose en una de las mesitas bajas y desde donde podía ver a Marcus. Sí, él era su inspiración para ponerse a escribir mientras mordisqueaba el dulce.

Querido Marcus:

Creo que no hay mejor muestra de que cumplimos los objetivos que estar haciendo esto otra vez, pero ahora como novios ofíciales, y quién sabe lo que seremos cuando leamos esto (aparte de alquimistas de acero). Me has dado los siete mejores años de mi vida, y cuando miro para atrás, lo malo está difuso por una neblina, y lo bueno remarcado en colores brillantes. A tu lado solo conozco la felicidad, la inmensa felicidad de amar y ser amada, de haber encontrado a la persona perfecta para mí. Con tus normas, tus resoplidos y tu chapa de prefecto incluidos.

Dentro de unos cuatro años (eso igual ha sido un poco optimista, ¿no?) solo pido que sigamos riéndonos de tonterías, dándonos besos hasta que todo el mundo nos pide que paremos, que somos muy pesados. Pido poder despertarme a tu lado cada mañana como llevo soñando tanto tiempo. Que me hayas llevado a Roma, y a París y a Damasco (por lo menos), que sigas mirándome como em miras siempre cada vez que nos quedamos solos y hablamos entre susurros. Pero sobretodo quiero que, cuando la noche parezca más oscura, cada vez que creas que no eres capaz de ver las estrellas o el sol salir, pienses en mí. Es lo que hago yo. Cuando la oscuridad me consume, me asusta y me arrastra, tú y solo tú me iluminas y me rescatas. Gracias, amor mío.

Sé que hoy no he sido capaz de prometerte algo muy importante para ti. Sé que quieres una familia, sé cómo es tu futuro ideal, he querido imaginarme en él mil veces. Y he querido imaginarme a nuestros hijos, con sus ojos preciosos, como tú de preguntones y como yo de juguetones. Y es una visión preciosa, de verdad. Solo necesito refugiarme en tu luz, escapar de verdad de la oscuridad, y verlo todo más claro. Eso es lo que quiero prometerte. Que saldré de la oscuridad por ti, de tu mano.

Te amo, Marcus O'Donnell, te amo como solo se ama una vez en la vida, y no necesito prometerte que te amaré siempre porque estoy absolutamente segura de que lo haré.

Tu pajarito, tu lunita, tu Alice.

P.D. : espero que estemos leyendo esto en esa casa tan preciosa y tan perfecta que imaginaste. Y si no, no sé a qué estamos esperando, porque no sé dónde habrás colocado esa pluma de faisán azul que estoy a menos de tres meses de regalarte por fin.


Terminó la carta y sopló sobre la tinta, admirando los brillitos. Ojalá tuviera ese despacho de veras y ella pudiera tener de esa tinta sobre su mesa para cuando la leyera. Dobló la página y se acercó hacia su novio tendiéndosela. — Te la confío, como la última. ¿Dónde la vas a guardar del ojo curioso de este pajarito?
Merci Prouvaire!


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Jue Jun 17, 2021 5:23 pm

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CON Alice EN Hogsmeade A LAS 10:00h, 23 de febrero de 2002
Le tocó el pelo ondulado por haberse deshecho las trenzas y se encogió de hombros cuando le dio las gracias. No tenía que dárselas, bien contento que había comprado él una para cada uno, y podía seguir argumentando que las necesitaban. — ¡Aquí están! — Dijo jovial cuando le preguntó por las plumas de azúcar, alzando la bolsa. Se llevó una a la boca (aunque ya se había comido otra por el camino) y se fue a la mesa, donde se sentó la otra vez, lanzándole miraditas graciosas a Alice. Se sentía más niño ahora que cuando lo hizo con trece años, que estaba muy en modo chico maduro y adulto. Como adultos entonces y como niños ahora, así cambiaban las cosas. Y tanto que habían cambiado... Pero lo importante se mantenía. Y esperaba que siguiera siendo así para cuando leyeran su próxima carta.

Querida Alice

Cuando escribí mi carta anterior pensaba muchas cosas que no plasmé en ella. Pensaba que eras mi persona favorita, y todas mis cosas favoritas en general. "Alice Gallia, en general", fue lo que me dije a mí mismo cuando elaboré mi lista de cosas favoritas, casi dos años después de escribirte la carta. También quería pensar que nuestra amistad duraría toda la vida, y de ahí tantos planes locos y atropellados: los miles de viajes, las fiestas típicas, el apropiarme de tus chuches favoritas para que tuvieras que venir a casa... Todo era una estrategia para verte todos los días, porque no imaginaba la vida sin ti, aunque no fuera capaz de decirlo con esas palabras. Y también tenía muchísimos miedos (como ahora, porque soy un cobardica, ya lo sabemos los dos). Y mis miedos no eran solo una Casa de los Gritos, o un boggart que me pusiera contra las cuerdas, o que nos pillaran haciendo lo que no debíamos. Mi mayor miedo siempre fue ser demasiado Apolo para una Dafne que solo quiere ser libre. Cortarte las alas cuando solo querías volar. En definitiva... Perderte, cuando lo único que quería era tenerte.

Sigo teniendo ese miedo: el miedo de proponer demasiado, agobiar demasiado, establecer demasiadas cosas. Que veas una jaula donde intento construir un nido. Estoy escribiendo esta carta pidiendo con todas mis fuerzas que sigamos como ahora, o mejor. Que sigas queriendo volar a mi lado, o dar una vuelta por el aire pero luego volver como los halcones. Yo te esperaré siempre. No tendría sentido construir un nido, si no lo voy a compartir contigo.

Sueño demasiado a lo grande, lo sé. Quiero un taller de alquimia en Londres y otro en La Provenza, rodeado de flores; quiero alcanzar todos los rangos de alquimista que pueda, y quiero escribir libros; quiero una casa preciosa, llena de cosas azules y de libros; y quiero una familia, no te voy a mentir... Pero solo hay una cosa que quiero de verdad, desde el fondo de mi corazón, que he querido siempre y que me hará feliz toda la vida: tú. Tú eres el factor común a todas estas cosas, no saben a nada si tú no estás. Lo dicen las profecías de la Profesora Hawkins, lo dice el Espejo de Oesed, lo dicen mis sueños y lo dice lo que siento cada vez que te miro. Hay cosas que no necesitan más pruebas ni más vueltas de hoja. Podría tenerlo todo en el mundo y no me serviría de nada si no estamos juntos. Al igual que puedo con todo, y que todo me daría igual, siempre que estés conmigo.

Te amo, Alice. Tú le has dado flores a esta rama aburrida y estática, y yo puedo darte todo lo que me pidas. Todo lo que salga de ti y de mí será perfecto, porque será nuestro. No puedo prometerte que mis miedos desaparezcan para siempre, como no puedo pedirte que no tengas tú los tuyos. Pero sé que estos miedos pueden disiparse si estamos juntos, hoy lo hemos hecho, hoy hemos sido como niños que no han tenido miedo nunca ni tienen por qué tenerlo. Y que, si los tienen, pueden contar con el otro. Que tú puedes darme la mano y enseñarme un mundo que podría no haber conocido de no ser por ti, y que lo que parece aterrador no lo es tanto. Y que yo puedo ponerme entre ti y el peligro y ayudarte a afrontarlo, que los enfrentemos juntos, que no llegue a hacerte daño. Recuerda que caminamos juntos: sigue enseñándome esos paisajes tan hermosos que solo tú sabes descubrir, mi amor, y yo procuraré que no nos caigamos por el precipicio.

Ahora sí y con todas las de la ley, con el corazón en la mano como aquella vez aunque mucho más consciente de lo que digo: te quiero mucho, Alice. Te amo. Y te amaré todos los días de mi vida, brille el sol o la luna. Todos y cada uno de ellos, hasta el último.

Tu espino blanco, tu sol, tu Marcus

PD: Esto es un recordatorio para mí mismo: Marcus O'Donnell, si has dejado de hacerle trenzas a Alice, ¡retómalo! Porque estoy seguro de que te sigue encantando. Solo espero no perderte más lazos azules, aunque procuraré que nunca te falte uno. Y perderme contigo para buscarlos todas las veces que me lo pidas.


Se dirigió hasta la chimenea y se sentó junto a su novia, doblando él también la carta con una sonrisa satisfecha. — No sé si tenía más curiosidad aquella vez, u hoy. — Comentó sonriente, cogiendo la carta que ella le tendía. Soltó una breve carcajada. — ¿Si se lo digo al pajarito irá a curiosear? — Negó con la cabeza, riendo levemente. — Está claro donde la voy a guardar: donde estaban las otras. No quiero olvidarme nunca de los niños que fuimos, que tan listos eran, tan bien nos conocían y que tuvieron una idea tan genial. — Se guardó ambas cartas en el bolsillo, dispuesto a meterlas en el libro de historia de Hogsmeade en cuanto subiera a su dormitorio, y miró a su novia. Sonrió, tras mirarla unos segundos en silencio, y apartó un mechón de su pelo. — Sigues siendo la misma. — Susurró, elevando las comisuras en una sonrisa un poco más pronunciada. — Pensaba mucho en este momento... En cuando estuviera en la sala común, contigo, a apenas meses de terminar Hogwarts y pensaba... — Se mojó los labios, mirando al fuego, y chistó. — Voy a echar de menos esto. — Miró de nuevo a la chica y volvió a sonreír. — Y es verdad, lo voy a echar de menos y me va a dar pena irme... Pero estoy deseando hacerlo. — Agarró una de sus manos, mientras la otra seguía acariciando su pelo, y la miró a los ojos. — Esto no ha hecho más que empezar, mi amor. Tenemos toda la vida por delante. — Se inclinó hacia ella y besó sus labios con ternura, susurrando cuando el beso terminó. — Te amo, Alice. — Como tantas otras veces había dicho a la nada en esa misma sala común. Pero ahora, y para siempre, podía decírselo a ella.
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