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Recuerdo del primer mensaje :


La erótica del poder
CON Alice EN Sala común A LAS 08:00h, 1 de marzo de 2002
— Creevey. ¡Creevey! — Frunció los labios, dando vueltas por delante del dormitorio de las chicas como un león enjaulado. —  ¡Creevey, sé que estás ahí! ¡Kyla! — ¡Ya, ya, Marcus, tranquilo, que lo estoy buscando! – Resonó la voz de la chica, impaciente, desde dentro. Marcus resopló. Y por eso era bueno tener prefecto y prefecta, para cuando pasaban estas cosas y a algún alumno le daba por colarse en los dormitorios contrarios. Creevey tenía que ser. No sabía ni de qué le sorprendía.

- ¡No estoy haciendo nada! – Escuchó la voz quejica del chico desde dentro. Eso le hizo aproximarse a la puerta, con la mandíbula apretada, pero sin llegar a asomarse. - ¡Creevey te estoy escuchando! ¡Sal ahora mismo! - ¡Solo estoy hablando con una compañera! – Le escuchaba, y ya no sabía si discutía con Kyla o con él, pero no tenía paciencia para comprobarlo cuando ni siquiera veía qué estaba pasando dentro. - ¡Pues hablas en las zonas comunes, que para eso están! - ¡Si el Prefecto O’Donnell quiere que salga, que entre a buscarme! - ¡¡Ya sabes que no tengo acceso!! – Dijo, perdiendo la poca paciencia que le quedaba. De verdad, le ponía de los nervios.

Pero no salía. Y él venga a dar vueltas por delante de la puerta mientras echaba humo como una tetera. Lo peor es que escuchaba al otro argumentando dentro. – Vengo aquí, como buen Ravenclaw, a traerle un libro a una compañera enferma, y me llevo una bronca. – Marcus negó con la cabeza, con la mandíbula apretada. Siempre tenía que tener una argumentación para todo, y la mayoría de las veces era mentira, o solo parcialmente verdad, o una verdad muy manipulada. - ¿Y qué culpa tengo yo si mis amigas quieren aprovechar que estoy aquí para que charlemos un rato? ¿Es que queréis que sea mal amigo? ¿Es eso lo que queréis? - ¡Benjamin Creevey, no te lo digo más! ¡O sales ahora mismo o…! – Pero no le dio tiempo a terminar la frase, porque una muy malhumorada y empijamada Kyla le estaba ya sacando por el cuello de la túnica y prácticamente se lo tiró encima. – Llévatelo de mi vista. – Gracias. – Confirmó Marcus, mirando al chico con enfado. - ¿Es que no puede pasar ni un solo día en que no la líes? – Soltó aire por la boca en un bufido y se giró a Kyla. - ¿Ha pasado algo indecoroso, Kyla? – La chica alzó una ceja, con su cara inexpresiva rozando el desprecio habitual. – O’Donnell… Tiene trece años y es básicamente el payaso del castillo, ¿tú qué crees? – Marcus se encogió de hombros, pero antes de contestar, el apercibido se rebeló. – A este payaso solo hace falta que le deis un poquito más de tiempo, listillos. – Tú te callas. – Zanjó Marcus, girándose a Kyla de nuevo tratando de relajar la expresión, haciendo un gesto de la cabeza. – Perdona por las molestias, intentaré que no se me vuelva a escapar. Gracias. –

La chica fue a girarse, dando su misión por concluida, pero antes de que pudiera hacerlo, Marcus dio un paso hacia ella, poniendo una mano en su brazo. – Oh oh, espera… Eem… - Se mojó los labios, con una sonrisilla, y se aclaró la garganta. - ¿Puedes darle las buenas noches a Alice de mi parte? – La chica le miró unos segundos con la misma cara de antes, por encima de las gafas, mientras Marcus la miraba con cara de niño que acaba de pedir un favorcito. Suspiró y esbozó una sonrisa artificial. – Se las daré. – Gracias. Ah, y, ¿puedes decirle que tengo ganas de que llegue mañana para verla? – La cara de Kyla era un cuadro. - ¿Estás de coña? ¿Tengo cara de lechuza del amor o algo así? – No, no, es solo que… - Trató de justificarse, pero entonces sus ojos se abrieron y su sonrisa se ensanchó. Al parecer, Alice le había escuchado, porque oía su voz venir desde dentro de los dormitorios y responderle. Ya hasta se había olvidado de Creevey. Se mojó los labios emocionado y contestó en voz más alta. - ¡Buenas noches, mi amor! – Binis nichis, mi imir. – Ah, sí, por supuesto que el niño seguía allí. Al menos Kyla ya se había ido no sin antes rodar los ojos con cansancio.  

Se giró hacia él con los ojos entrecerrados. – Andando. Que me tienes contento. – Pero el chico se estaba partiendo de risa. – Oh, Gal, mi amor, ven a darme un besito dentro del marco de la legalidad, pero que no sea indecoroso. – Tú sigue así, que vas a perder puntos hasta del año pasado. – El otro soltó una carcajada. – Uh, seguro que tenéis un montón de juegos pervertidos de esos. Oh, sí, prefecto, ven a quitarme los puntos… - ¡Ya está bien! – Bramó, pero se había puesto delatoramente colorado. - ¡Para el dormitorio! ¡Ahora! ¡Y diez puntos menos! - ¡¡Eh!! ¿¿Por burlarme de ti?? ¡Eso es abuso de poder! – No por burlarte de mí, Creevey, por colarte en una zona que para ti está prohibida, que son los dormitorios de las chicas. Y cierra ya la boca, que todavía puedes perder más. -
Merci Prouvaire!


Última edición por Freyja el Lun Jun 28, 2021 8:22 pm, editado 1 vez


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Mar Jun 29, 2021 5:56 pm

La erótica del poder
CON Marcus EN Sala común A LAS 08:00h, 1 de marzo de 2002
Desde que desarrolló su voz definitiva, oír a Marcus siempre había tenido un sitio especial en su propio placer, simplemente cerraba los ojos y le oía hablar. Si encima le decía aquellas cosas en ese contexto... Oh, por todos los cielos, que gritaría hasta quedarse sin voz del placer que le provocara que le susurrara y le acariciara los labios de aquella manera mientras se movía en su interior. Marcus y ella siempre disfrutaban mucho del sexo, pero esto era una nueva escala con la que no había contado. Diría que lo de los lugares era una sugerencia, pero aquella era la mejor idea conjunta que habían tenido desde hace tiempo. Para no haber hecho aquello nunca, ese habían acoplado en una curiosa sintonía, y le encantaba sentir como sus brazos sostenían su cintura y su pierna.

En cuanto le dijo que se agarrara a él, obedeció con ahínco, agarrándose fuertemente a sus hombros y su espalda, tal como le pidió en la Sala de los Menesteres, y eso le encantaba, le encantaba entregarse a su fuerza, sentirse en sus brazos, vivir con tal intensidad aquellos momentos, ya intensos de por si. En cuanto le tapó la boca, sintió un pulso de placer, y no sabía si se lo haba pegado a él o que él sintió el mismo. Aquel rollito les iba peligrosamente, y estaban descubriendo una faceta de sí mismos que, por mucho jueguecito que hubieran traído cuando la huelga y demás, no era comparable a lo que se estaban haciendo sentir el uno al otro con aquello. Era un instinto que no sabía que tenían y que sentía completamente desatado mientras Marcus apoyaba la frente sobre la de ella, y de Gal solo podían salir sonidos ahogados desde su garganta, que de no haber tenido la mano de Marcus deteniéndola habrían sido de esos gritos que tanto le gustaban. Y por fin algo con lo que se sentía identificada: la perfecta alumna díscola, por fin podía considerarse perfecta en algo de verdad, en ser la perfecta alumna díscola para el perfecto prefecto. Pero ya cuando le dijo que la tenía donde quería fue demasiado para ella y su cuerpo entero tembló del placer más absoluto, dejándose caer un poco sobre la puerta, y el grito escapó entre los dedos de su novio. — Marcus... — Saberse deseada, buscada y, en ese modo tan especial, controlada por él y el placer que le daba, hacía que todas sus ansias de libertad y de volar que tanto había proclamado, se convirtieran en la sensación de Marcus haciéndola suya.

Tan profundo y fuerte había sido su éxtasis que ni se había dado cuenta de si Marcus había llegado. Pero por cómo le oía respirar y por cómo la sostenía entre sus brazos, se figuraba que sí. Dejó caer los párpados y trató de normalizar la respiración, mientras notaba que se salía de ella. Y casi le daba hasta pena, porque le gustaba demasiado la sensación, si no fuera porque la postura ya dolía, de hecho, al apoyar la pierna, se desequilibró y tuvo que volver a sujetarse a sus novio. — Perdón, esto ha sido demasiado intenso. — Cogió la cara de su novio para que la mirara y enfocar su mirada, susurrando con ternura. — Tantas galaxias, sistemas solares, nebulosas y planetas, y solo hay una mujer en el universo que pueda tenerte así. — Se rio y rozó su nariz con la de él. — Y esa bastarda suertuda soy yo. Y no sabes lo afortunada que me siento de serlo. — Y juntó los labios con los de él con suavidad y amor. — Te amo. — Susurró con cariño. Porque en el fondo sabía perfectamente que Marcus solo hacha esas cosas por ella, porque le encantaban, y lo dicho, no podía sentirse más afortunada por ello. Qué menos que recordarle cuánto le amaba. Se agachó a por su ropa interior y se la puso, pero antes de abrocharse la camisa, se abrazó a su novio, para sentir sus pieles en contacto, un momento de paz y tranquilidad, de sosegarse el uno en la piel del otro, antes de salir al mundo y tener que volver a comportarse con decoro. Acarició su pecho con la mejilla y susurró. — Eres el centro de mi mundo y la luz más brillante de mi vida. — Y sentía que si ahora se lo arrebataran simplemente dejaría de respirar.
Merci Prouvaire!


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Mar Jun 29, 2021 7:12 pm

La erótica del poder
CON Alice EN Sala común A LAS 08:00h, 1 de marzo de 2002
Había perdido casi la noción de sí, solo podía aferrarse a ella, moverse con el ritmo que le pedían sus cuerpos, y hacer un esfuerzo por contener los gemidos, aunque esto último probablemente no lo tuviera tan controlado como pensaba. Del propio frenesí y del temblor de su cuerpo, debió mover la mano lo suficiente para que su novia pudiera hablar, para que pudiera suspirar su nombre con la voz cargada de placer. Y hasta ahí llegaba su capacidad de aguante.

Se quedó sobre ella, sin apenas poder moverse por unos instantes, solo respirando agitadamente. Cuando tomó más conciencia de sí y pudo abrir los ojos al menos, la soltó con cuidado, saliendo de ella. A pensar del tiento, estaban ambos tan temblorosos que la chica casi pierde el equilibrio. La agarró en un acto reflejo por la cintura, y automáticamente no pudo evitar reír. Menuda locura acababan de hacer, y eso que aún no tenía la mente cien por cien fría, pero ya estaba viendo lo descabellado que era. Increíble como podía cegarle el deseo por su novia, porque de repente el mundo parecía haber emergido a su alrededor, cuando antes solo estaban ellos dos. - Sí que lo ha sido. - Corroboró con una leve risa, sin querer alzar apenas la voz. Sí, ahora se iba a comedir con la voz, con lo bien que le había ido con eso durante su encuentro.

Miró directamente sus ojos, aún con los labios entreabiertos para poder respirar al ritmo su corazón desbocado demandaba. Sus palabras debieron dejar una expresión de ternura infinita en su rostro, porque ahora sentía sus latidos acelerados por dos motivos. Rio un poco, notando las mejillas ardiendo por la pasión y el leve sonrojo que, al parecer, nunca dejaría de provocarse ante las palabras de Alice. Besó sus labios y, sin abrir los ojos, sin perder el roce de estos, susurró de vuelta. - Te amo, mi amor. Te amo no sabes cuanto. - Podría calcular las funciones más difíciles del mundo, todo lo que el profesor de Aritmancia Avanzada quisiera ponerle y más. Pero su amor por Alice... Eso era incalculable.

Se apoyó un poco en la pared, echando la cabeza hacia atrás y frotándose el pelo, recobrando la respiración. Alice acababa de agacharse para vestirse de nuevo, y él ciertamente debería hacer lo mismo. Uf, pero qué cansado se sentía, ahora hasta abrocharse los pantalones le suponía un mundo. Lo hizo a pesar de todo, porque tenían que salir de allí, pero antes de hacer lo propio con su camisa, su novia se abrazó a él. Sonrió y correspondió el abrazo, apoyando la cabeza en su pelo, respirando profundamente con los ojos cerrados. Podría gastar todas sus energías en amarla, fuera donde fuera, ya fuese un pasillo oscuro, un baño abandonado o la sala más hermosamente adornada del mundo. Y ella sería capaz de recargarle la energía de nuevo solo con un abrazo. La separó lentamente para mirarla, después de tomarse su tiempo para abrazarse y tras escuchar esa frase que le dedicó. Acarició su mejilla y besó sus labios de nuevo, antes de susurrar. - ¿Qué sería de mí sin ti? ¿Sin mi lunita preferida? - Sonrió. - Lo siento, pero... En eso de tener suerte, también gano yo. - Rio un poco y la volvió a besar. Rozando su nariz con ternura, con los ojos cerrados, susurró. - Prométeme una cosa. - Los abrió y miró los suyos. - No dejes nunca de meterme en líos. - Se mordió un poco el labio con una sonrisa y dijo. - Yo siempre seré tu prefecto. - Y una última vez, antes de salir de esa estrecha cabina, besó sus labios, despacio y con ternura, deleitándose en la despedida de otra más de sus travesuras.

Después de vestirse, abrió la puerta con cuidado y miró a los lados. Respiró aliviado. Menos mal que no había nadie, porque vaya corte si lo hubiera. - Voy a salir yo primero, ¿vale? Nos vemos donde antes, te hago una señal. - Susurró, saliendo de los baños con la misma normalidad que había entrado. El pasillo estaba aún más desierto que antes, porque al terminar la lección de Aritmancia Avanzada, todos los alumnos se habían ido y el aula estaba cerrada. De hecho, ya había empezado la siguiente hora, por lo que todos los alumnos que tuvieran clase estarían en las mismas en ese momento. Bendita hora libre. Se colocó en la esquina de antes y lanzó un par de chispas con su varita para avisar a su novia de que no había nadie y que esta pudiera salir con tranquilidad. Sonrió ampliamente cuando la vio llegar, como un bobo, como si llevara sin verla una semana. Ah, pero es que estaba demasiado enamorado, no lo podía evitar. Cuando estuvo a su altura, agarró sus mejillas y presionó sus labios con los de ella. - Al final te las ingenias para que te dé la razón siempre... - Sí, porque otra vez habían hecho una locura marca Gallia y bien contento que estaba, mientras que si se lo hubiera dicho antes de entrar a clase, como mínimo le habría dicho que si había perdido el juicio. Tomó su mano y se encaminó por el pasillo. - Bueno, nos queda aún un buen rato hasta la comida. Aunque podríamos bajar un poco antes, así nos sobra algo de tiempo antes de nuestra reunión con los de tercero y podemos buscarles algo que les guste. - Se encogió de hombros. - Y he perdido mucha energía. La tengo que recuperar. -
Merci Prouvaire!


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Mar Jun 29, 2021 8:52 pm

La erótica del poder
CON Marcus EN Sala común A LAS 08:00h, 1 de marzo de 2002
Para lo brutos que habían estado en el baño, el resto de la mañana se lo habían pasado de paseítos de la mano, besitos, "te quiero" "te amo" y mirándose como si les hubieran hechizado, y un poco sí, porque ni el mejor mago hubiera conseguido una magia como la que habían alcanzado ellos en aquel baño. Ahora estaban comiéndose a medias un bol de fresas que Gal le estaba dando, tal y como habían acordado aquella mañana en el reto de Aritmancia y lo alternaban con la crema de castañas que habían puesto de postre y con la que, por una vez, estaba especialmente encantada. Cogió un poco más del bol con la cucharilla y la degustó. — Si te digo que esto me encanta y que la comería sin parar... ¿Aprenderías a hacerla? — Se rio, relamiendo la cuchara antes de dejarla y darle un besito antes de ponerle otra fresa en la boca. Luego sacó el relojito de su bolsillo y dijo. — Tengo que subir a los dormitorios antes de que vayamos con los de tercero. — Se separó de su novio y solo entonces se dio cuenta de que habían estado bastante más enredados de lo que hacía falta para comer. Bueno, todo dependía de cómo se comiera, si tenías que dar fresas con la mano, estaban a una distancia perfecta. Le tiró un beso y se dirigió, flotando de felicidad hacia los dormitorios.

Esperaba que no estuvieran sus compañeras y ya se pusieran a darle la tabarra, especialmente Hillary, en cuanto la vieran tomarse la poción. Y precisamente era Hillary la que estaba en la habitación, pero estaba tumbada en la cama mirando hacia la pared, y parecía estar dormida. Gal se acercó sigilosamente al baúl y abrió despacito, dejando la tapa levantada, para que hiciera de pantalla igualmente, mientras sacaba uno de los tarritos de poción contraceptiva y se lo bebía del tirón, para acabar cuanto antes. Echó un hechizo al botecito para que se limpiara, y se iba a levantar para irse en silencio de nuevo, pero en cuanto bajó la tapa del baúl, vio a Hillary que se había girado hacia ella. Hubiera esperado la cara suspicaz de su amiga de siempre, pero estaba como una planta cuando le falta agua. — ¿Estás mala? ¿Te hago alguna poción? — La otra se rio un poco, pero con expresión triste. — ¿Sabes que hay una enfermería en este castillo y que no tienes por qué cuidar de todo el mundo? — Gal sonrió de vuelta y se sentó en el borde de la cama. — A ti sí. — Le acarició el borde de la cara y le puso el pelo detrás de la oreja. — ¿Qué te pasa? ¿Estás mala o solo vaga? — Ella se rio y alzó las cejas. — Mala. Conmigo misma. Por permitir que mi estatus de bastarda medio-muggle defina mi vida. — Gal se hizo un sitio a su lado en la cama, como hacían siempre que la otra estaba triste, desde que tenían once años, y Hillary se movió para dejarle el sitio. — Y cuando tú lo hacías con tu pasado y tu familia me daba mucha rabia que lo hicieras y me parecías tonta, antes de que me lo digas y me lo llames. — Ella rio y negó con la cabeza. Pero sí, lo había pensado.

Si conocía de algo a su amiga, no le iba a contar lo que había pasado así sin más. — ¿Sabes cómo se llaman los bastardos en Francia? — La otra la miró curiosa. — A esa parte del vocabulario no hemos llegado. — Gal se rio un poco y recordó que su amiga estaba tomando clases de francés por la exigencia del Ministerio. — Pues se llaman "enfants d'amour", niños del amor. En tu caso, que eres una chica, "fille d'amour". — Se recostó y se giró de medio lado, para estar cara a cara con su amiga. — Pase lo que pase, somos hijas del amor Hillary, y eso es lo único que tiene que importarnos. — Soltó aire y sonrió. — Y ahora cuéntame por qué tu estatus de fille d'amour te ha condicionado hoy. — Su amiga suspiró hondamente, ya más reblandecida por la chorrada que Gal acababa de soltar y que no arreglaba nada, pero que bueno, le daba el toque bonito a la tarde. — Sean quería hablar de las vacaciones. Yo al principio pensé que es que quería quedar, y me parecía bien, porque en fin, quiero verle... Pero luego ha empezado que si el Domingo de Pascua siempre organizan algo en su casa, que sus padres y su hermano no están casi nunca y que estaría bien que yo estuviera... — Sean lo de esperar y no agobiar lo llevaba regular. Ya tendría unas palabritas con él. — Y cuando me ha debido ver todo el careto de agobio, pues me ha dicho "Marcus y Gal llevan haciéndolo toda la vida, y solo son novios desde enero, y ya conoces a mi abuela, no significa nada, solo quiero enseñarte una parte de mi vida". — Gal apretó los labios. No era la misma circunstancia, pero bueno, bien traído, Hastings. — No suena mal tampoco, ¿no? Su abuela es genial, probablemente su familia también lo sea. — Hillary alzó las cejas y dejó caer los párpados. — Lo sería... O sea, podría pensármelo. Si no fuera porque él probablemente quiera lo mismo de mi familia. Y a ver, mi familia es: — sacó los dedos y se puso a enumerar significativamente — mi abuela que es una señora mayor muggle galesa, que idolatra la tele y que, a mi me traga porque soy su nieta y me adora, pero su concepción de los magos no es muy buena, lógicamente; y mi madre, que lleva toda la vida diciéndome "céntrate en los estudios, Hillary, déjate de hombres, solo traen problemas y al final ninguno se preocupa". Ya me dirás tú lo bien que me va a ir cuando le diga que me he liado con un mago antes de terminar el colegio. — Dejó caer los brazos. — Por no hablar de que en la familia de Sean sí son magos, y no estarán preparados para que su hijo llegue con una muggle a casa, por muy majos que sean. — Chasqueó la lengua y apretó los labios. — Y así están las cosas. Llevo desde las once de la mañana dándole vueltas sin parar. —
Merci Prouvaire!


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Mar Jun 29, 2021 9:02 pm

La erótica del poder
CON Alice EN Sala común A LAS 08:00h, 1 de marzo de 2002
Fue salir del baño y empezó a dejarle caer a Alice que no se le olvidara tomarse la poción. Unas treinta veces. La chica se fue al final del puro cansancio, o eso o porque la otra opción directamente era matarle. Igualmente, al final se habían entretenido coqueteando tanto en la hora libre como en la comida y se le había echado el tiempo encima, así que mientras ella iba a tomársela, él se fue a buscar las cosas que quería llevarse a la reunión con los de tercero. Qué pena que se hubiera dejado el transmutador de líquidos que le regaló William Gallia en casa, pero claro. Una cosa eran útiles de aritmancia, y otra cosa era eso. Lo tenía guardado como oro en paño hasta que pudiera usarlo para ejercer como alquimista propiamente dicho.

Comprobó en la biblioteca que el libro en el que él estaba pensando no lo habían cogido. Normal, eso era mucho pedir, él lo conocía porque era un obseso de la alquimia y llevaba escuchando a su abuelo hablarle de ese libro desde que nació. Lo sacó de la biblioteca y se llegó al laboratorio de Alquimia, donde le pidió un par de útiles muy básicos al Profesor Weasley. Al hombre le gustó mucho su idea, tanto que le dio cinco puntos de casa solo por su afán de inculcar conocimiento a los alumnos menores (y porque necesitaba público para su asignatura, todo había que decirlo, que cada vez tenía menos alumnos). El día no le podía estar saliendo más redondo, vamos. Diez puntos llevaba ya, quince contando los que también se había llevado Alice. Su novia se iba a poner contentísima cuando se lo contara.

Iba con una sonrisa de oreja a oreja por el pasillo, subiendo desde las mazmorras hasta la Torre Ravenclaw cargado de cosas para su improvisada reunión y metido en su mundo ideal de alumno modélico para su casa. - ¡Marcus! – Le llamó una voz a su espalda. Se frenó y se dio la vuelta cómicamente, con una sonrisa. - ¡Ey! ¿Has comido? No te he visto en el comedor. Alice y yo acabamos de terminar, hemos quedado con los de tercero en la sala común. – Comentó alegremente, pero Sean se dirigía hacia él con cara de cabreo. Vaya el pie izquierdo con el que se había levantado su amigo. Marcus esperó a que llegara a su altura sin perder la sonrisa, a pesar de que el otro lucía una bastante artificial y tensa fruncida en los labios. - ¿Qué tal la mañana? – Le preguntó con tono helado. Conocía lo suficientemente a Sean como para saber que eso no era una pregunta cualquiera, que le iba a caer encima el enfado de su amigo por algo. Pero, como no sabía por qué, simplemente comentó con toda la normalidad del mundo. – Bien. - ¿Bien? – Marcus parpadeó. – Bien… Sí. – Estupenda, diría yo. – Replicó Sean, desbordando sarcasmo. Uh. Ahí se estaba cociendo algo y no sabía el qué.

Su amigo se acercó entonces a él, mirando a los lados. Con el rostro en tensión, le dio un leve empujón en el hombro y le soltó un susurro regañón. - ¿¿Tú estás tonto, o qué?? - ¡Eh! ¿Pero qué demonios te pasa? - ¿¿Que qué me pasa A MÍ?? – Marcus le miraba a cuadros. De verdad que no sabía qué había hecho para enfadar tanto a su amigo. Este no tardó en sacarle de la duda. – Os han escuchado. – Marcus sintió una sacudida en el pecho, abriendo mucho los ojos. A pesar de que esta reacción era bastante delatora, dejó escapar una risa nerviosa que pretendía ser casual y dijo. – No sé de qué me hablas… - Tú. Y tu novia. En el baño del séptimo piso. – Tragó saliva. Aún podía desviarlo. Bufó, volviendo a reír con desdén y dijo. – Sigo sin sab… - ¡Joder, Marcus! ¿¿Es que te has vuelto loco o qué?? – Sean se frotó la cara, con una expresión de padre enfadado que no podía con ella, y siguió echándole la bronca en voz susurrada pero alterada. - ¡¡Un puto baño abandonado en el último piso!! ¡Ideal para que retumbe todo! ¡Y vosotros ahí, dale que te pego! – Nosotros no… - ¡Ni te excuses! ¿¿Es que has pasado demasiado tiempo siendo perfecto y la quieres liar por todo lo alto antes de irte, o cómo va esto?? - ¡Oye! – Respondió encogido, con un puntito de ofensa infantil. - ¡Ya vale con la bronca! – Oh, perdona, ¿te molesta que te regañe? – Respondió Sean con tonito hiriente. Marcus, con el ceño fruncido, volvió a decir con actitud de enfado infantil. – Pues sí. - ¡Vaya! ¡Pues bienvenido a como se sienten todos los alumnos del castillo cuando otro alumno les alecciona, Señor Prefecto! – Marcus frunció los labios. Pero, por desgracia, le había dejado sin nada que decir.

Aún podía tratar de salir indemne, de todas formas. – Podría ser cualquiera. Será que no hay parejas en Hogwarts, ¿cómo sabes que éramos nosotros? – Sean chistó y empezó a hacer un teatrito. – Oh, es verdad, me has pillado. Espera, que voy a sacar un pañuelo para limpiarme las lágrimas de llorar por el palo tan grande que acabas de darme. – Se llevó la mano al bolsillo, pero no sacó un pañuelo. Sacó un objeto pequeño que estampó contra el pecho de Marcus, haciéndole sobresaltarse y llevar las manos allí antes de que lo que fuera se cayera al suelo. Cuando lo tuvo entre sus manos, tragó saliva. Oh… Qué cagada. - ¿Te suena? – Preguntó Sean. Pues claro que le sonaba: era el colibrí azul que Alice llevaba como broche en el pelo. Tragó saliva. – Podría ser de cualquier chica. – Sean abrió mucho los ojos, con una expresión que le daba aspecto de psicópata total. – Claaaaro que sí. – Frunció el ceño y le espetó. - ¡Es un pájaro azul, Marcus! ¿¿De quién mierdas va a ser?? – Se cuadró y añadió. – Y si quieres te doy más datos: ¿cuántos Marcuses conoces en la escuela? ¿Y Marcuses con novia? Porque alguien debió pensar que aún no estabais siendo lo suficientemente descarados y gimió tu nombre. - ¡Oh, por Dios! – Dijo, llevándose las manos a la cara. Si es que, para qué preguntaba. Definitivamente no necesitaba que le diera más datos, que ya le estaba chirriando el cerebro. Sean bufó. – Sí, eso, espántate ahora, eso te pasa por querer negarlo. – Gran frase que a su novia le encantaría. Si será que no se lo había dicho veces… - ¡Aquí donde me ves, gran erudito Marcus O’Donnell, soy más observador de lo que os creéis, por mucho que me tachéis de despistado! ¡Y ese broche lo llevaba puesto en el desayuno! - Primero su lazo azul, y ahora eso. Iban dejando pistitas de por donde se iban dando amor por el camino. Pensaba decirle a Alice que no se pusiera más cosas en el pelo cuando tuvieran intención de…
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La erótica del poder
CON Marcus EN Sala común A LAS 08:00h, 1 de marzo de 2002
Tomó aire después del discurso de su amiga. Agarró su manos entre las suyas y la miró con paciencia. — ¿Se te ocurre algún impedimento más? ¿No? ¿Segura? ¿No crees que pueda aparecer un dragón en el techo y liarla? — Eso hizo reír un poco a Hillary. — Vaaaaaale, vaaaaaale, soy una exagerada. — Gal negó y sonrió. — No, no eres una exagerada. Pero hay que poner las cosas un poco en perspectiva. — Se recostó un poco más de lado para mirarla. — Vamos a analizar. Primero lo de tu madre, que claramente es lo que más te preocupa. — Gal la miró a los ojos. — No se lo cuentes hasta que no quieras. Y si a Sean le molesta que se aguante, es tu familia y tú la gestionas como quieras. — Inspiró y miró al techo. — Una cosa es que no queramos que el pasado nos defina, y otra que lo ignoremos. Es una realidad que tu madre se enamoró de un mago y no le fue muy bien, y tenerte le hizo muy difícil ir a la escuela esa de muggles para mayores. — Hillary sonrió. — La universidad. Eso. Pues actúa en consecuencia. ¿Cuántos meses te quedan de Hogwarts? Tres. Y aún no tienes las cosas claras con Sean, pues no cuentes nada. Termina el colegio, aclara tu situación, y cuéntaselo a tu madre cuando tengas todo bien claro. — Hillary puso una mueca y se encogió de un hombro. — Es que dudo que nunca les llegue a parecer bien. — Ella le puso la mano bajo la barbilla. — Ya, pero cuando seas una abogada en ciernes, una mujer hecha a sí misma, que es bruja, porque sí, Hills, tú no eres una muggle, por mucho que te hayas criado con ellos, no van a poder criticarte nada. ¿Que preferirían un muggle? Pues puede ser. Pero no va a ser. — Soltó aire y ladeó la sonrisa. — Sean lo entenderá. Es una situación complicada. Yo siempre pensé que Marcus se espantaría cuando sacara toda la mierda de debajo de la alfombra, y aquí estamos. — Su amiga sonrió más dulcemente y se acurrucó más cerca, como un gato que busca mimos.

Ahora, con lo de los Hastings. — Le dio unas palmaditas en el costado. — Te aseguro que te vas a encontrar magos pucho más elitistas y menos abiertos. Los Hastings han viajado un montón, y seguro que si Sean te lo ha pedido es porque algo les ha dicho ya de que vas a ir y les parece bien. — Hillary tragó saliva y bajó la mirada. — Hills, es como si pudiera leerte la mente ahora mismo. — Volvió a levantarle la barbilla. — No, no creo que Sean les haya comentado nada de vuestra relación, sea la que sea. Y tampoco creo que implique nada. Con matices, pero Sean tiene razón: Marcus y yo llevamos toda la vida pasando tiempo juntos con nuestras familias. Y sí, nos han insinuado mil veces que si estábamos juntos y demás. Mi familia de Francia lo tiene asumido desde el verano del 2000 en la Feria de San Lorenzo, con eso te lo digo todo. ¿Puede que los padres o la abuela de Sean se huelan algo? Pues sí, porque algo hay, como nos pasaba a Marcus y a mí. Pero no significa por fuerza que estás formalizando nada, de hecho te va a venir muy bien para quitarte los miedos de si encajarás o no ahí. — Le acarició el pelo. — Paso a paso, Hills. No hay prisa, pero no te quedes parada esperando a que la vida te pase por delante. Y no le digas a ese tonto que le he defendido, pero también tienes que darle algo a él. — Su amiga cambio el gesto a uno ofendido y entornó los ojos. — Ya le doy bastantes cosas, créeme. — Se le escapó una risa seca. — No de esas, Hillary. Eso no es dar, eso es compartir, ¿o me vas a decir que a ti no te gusta? — Su amiga se revolvió un poco en la cama, con una risa incipiente. — No, no voy a decirte eso. — Gal asintió como si fuera evidente. — Pues por mucho que os guste, hay otras cosas. Y cuando no se cumple con ellas vienen los problemas. — Hillary la miró con una ceja alzada. — ¿Lo dices por experiencia? — Ella sintió. — Totalmente. Y con el experimento de las Navidades me di cuenta de que... Me encantaba todo eso. Incluso Emma peleándose con mi tata. O mi padre poniéndonos en ridículo por bocazas. O el abuelo Lawrence lanzando tiritas en el brindis. Todo eso somos nosotros también. Y hace la vida más bonita. — Hillary sonrió un poco más y bajó la mirada. — ¿Qué se pone una para conocer a unos padres magos? — Gal se echó a reír y se llevó la mano a la cara. — A mí no me preguntes, mientras la madre no te pille en el jardín a las siete de la mañana con la ropa de la noche anterior y un abrigo de su hijo, todo bien. — Y ambas se echaron a reír.

Pero justo oyó una vocecita en la puerta. — Hola, Gal. ¡Oh! Hola, Coraline. — Dijo ella muy contenta. La chica entró tímidamente. — He buscado muchas cosas de alquimia, pero la gran mayoría no las entendía... Y no sabía si llevarlas y decir que no las entiendo o limitarme a lo que entiendo y que parezca que he mirado poco. — Gal tuvo que hacer un sonido de adorabilidad absoluta, y se sentó en el borde la cama, invitándola a pasar con un gesto de la mano. — Yo tampoco entendía casi nada de alquimia, pero nunca hay que avergonzarse de no saber algo, si tienes intención y pones de tu parte de aprenderlo, como haces tú con la alquimia. Ya estás en tercero, pero sin conocimientos previos es muy difícil entender alquimia. ¿Tú la entendías? — Ella negó con la cabeza. — Muchas cosas no. Pero tenía a Marcus para explicármelas y a mi primo André, que iba a Beauxbatons y allí se da Alquimia desde tu curso, tercero. — La niña abrió mucho los ojos. — ¿En serio? Me parece dificilísimo. Ya me agobio bastante con los exámenes de Runas. — Eso la hizo reír y se giró, dándole un toque a su amiga. — Anda, mira, a ti también te ha salido una heredera.¿Y tu colibrí? — Gal volvió a mirar a Coraline con el ceño fruncido. — ¿Qué?El colibrí que llevabas en el pelo esta mañana. Era azulito y me gustaba... — Hillary contuvo una carcajada sin mucho disimulo en la garganta. — A mí que lo ha perdido durante la mañana... — Le metió un codazo con disimulo. Pero ahora en serio, a ver cómo volvía ahora al baño y recuperaba la peineta, porque estaba segura de que se le había caído en la pasión del momento. — ¿Bajamos con Marcus y los demás? Seguro que ya están ahí. — La chica asintió contenta y echó a andar a su lado, pero antes de irse e volvió a su amiga. — Habla con Sean. — Hillary se rio, levantándose. — Y tú encuentra tu peineta. No esperes dos años como con el lazo.
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CON Alice EN Sala común A LAS 08:00h, 1 de marzo de 2002
- Yo es que flipo con vosotros, de verdad… - ¡Bueno, vale, está bien! – Detuvo Marcus, alzando las palmas de las manos. Miró a los lados y, agachando la cabeza, reconoció. – Éramos nosotros. – Sean soltó otro bufido despectivo. - ¿Nos has… Pillado tú? – Su amigo se quedó mirándole un par de segundos con una ceja arqueada y los brazos en jarra. – No.  – Su primera reacción fue respirar aliviado, pero acto seguido se tensó otra vez. No quería que su amigo desde los once años les escuchara… Hacer esas cosas. Pero es que, fundamentalmente, no quería que NADIE le escuchara hacer esas cosas. Y Sean al menos ya lo sabía. Si les había pillado otra persona, quería decir que lo sabían, como mínimo, dos personas en el castillo. Aquello iba de mal en peor. – Por desgracia para mí, y por fortuna para ti, me lo han contado. – Dijo Sean. – Y digo por fortuna para ti porque no habéis podido tener más suerte. - ¿Quién ha sido? – Preguntó prudentemente. Sean esbozó una sonrisa tensa y sarcástica. – Alguien que os quiere lo suficiente como para no arruinaros lo que queda de curso diciendo por ahí que vais chingando por los baños. - ¡Que solo fueron unos minutos! – Se excusó. Como si el que fuera poco tiempo invalidara el hecho en sí. – Es que… Es que… - No lo quiero saber. – Detuvo Sean, alzando una mano. – Solo quiero que sepas que, de haber sido la persona equivocada, ahora lo sabría todo el castillo. – Marcus tragó saliva, sintiendo el miedo invadir todo su cuerpo. Se rascó la cabeza. – Al menos… Dime quien es, para que le dé las gracias. – Sean soltó una carcajada casi escandalosa. - ¿Tú te crees que yo nací ayer, O’Donnell? Le vas a dar la vuelta, te vas a llevar a esa persona a tu terreno hablándole del amor que sentís y no sé que mierdas y, encima, le vas a cuestionar qué estaba haciendo en un sitio que solo se usa para ilegalidades, tal y como tú mismo te has encargado de proclamar tres años a los cuatro vientos. – Vaya. Pues sí que le conocía bien.

- Lo único que tienes que saber es que es una persona lo suficientemente buena como para venir a decírmelo a mí y que sea yo quien te ponga los pies en la tierra, en lugar de divulgarlo por todo el castillo, callarse a la espera de que metas la pata otra vez, o decírtelo en persona y hacerte pasar una vergüenza tremenda. Porque, contesta, ¿prefieres que te diga esto tu mejor amigo, o que lo haga cualquier otra persona de esta escuela? – Marcus negó varias veces con la cabeza, con ojos asustados. Definitivamente, prefería tener esa conversación con Sean. – Pues ya lo sabes. Da gracias. – Fue a pasar de largo por su lado, pero antes de hacerlo, añadió, dándole otro empujoncito de advertencia en el hombro. - ¡Y no la líes a última hora, la madre que te parió! ¡No he aguantado a un Don Perfecto siete años para que salgas de aquí siendo la comidilla del castillo! – Y dicho eso, se fue y le dejó plantado en mitad del pasillo.

Tragó saliva. Menuda liada monumental, tenía que decírselo a Alice antes de que empezaran su reunión con los chicos de tercero, porque a ver con qué cara se plantaba delante de ellos a dar lecciones de nada. Malditos fueran los dos, ¿¿en qué narices estaban pensando?? ¿¿Y quién les había pillado?? A priori, era una persona que cumplía con los criterios de “quererles mucho”, en palabras de Sean, de ser tan buena persona que había buscado a quien menos mal iba a sentarle que le dijera eso, y de ser lo suficientemente tendente a lo ilegal como para entrar en un sitio al que solo se entra para hacer lo que no se debe. Pues vaya tres criterios, no había tanta gente que los pudiera cumplir… Oh. Ya sabía quién era.
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Miér Jun 30, 2021 11:44 am

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CON Marcus EN Sala común A LAS 08:00h, 1 de marzo de 2002
Bajó con Coraline dando pasitos acelerados tras ella, claramente entusiasmada, después de haber cogido un par de cosillas que quería para animar el asunto con los chavales. Llegaron a la sala común y ya estaba el grupito del desayuno, donde había cuatro chicos de tercero, y Beverley, que debían haberle sonado campanas respecto a que Marcus le iba a explicar algo. — ¡Hola, Bev! — Saludó contenta. La niña miró a Coraline de reojo y se pegó a su otro costado como una lapa. — Gal, ¿a que me puedo quedar? ¿A que da igual que sea más pequeña? — Ella se rio y le acarició la espalda. — Pues claro, Bev, la alquimia es para todo el mundo. — Fue y se sentó en medio de la alfombra, cerca del fuego, y Coraline se sentó a su lado y Bev frente a ella, apoyándose ligeramente sobre Gal, haciendo ver a todos que tenía un lugar especial allí.

Marcus aún no ha llegado, ¿qué está haciendo? — Preguntó el que llevaba la voz cantante. — La verdad es que no lo sé, pero la última vez que lo vi estaba yéndose a por instrumentos guays que usamos en alquimia, que solo suelen estar en el laboratorio.Pero a él se los dejan, ¿verdad? — Preguntó Beverley. — Pues claro, por Marcus es muy bueno en alquimia.¿Hay que sacar buenas notas en los TIMOs para cogerla? — Gal hizo una mueca. — Sí, mal no te vendría, sobretodo en Pociones y en Encantamientos. Hay que saber canalizar muy bien la magia para hacer bien las transmutaciones. ¿Y puedes transmutar cualquier cualquier cosa? — Ella se encogió de hombros y rodeó a Bev con los brazos, pero miró a los demás. — A ver, decidme vosotros, si habéis estado investigando como os ha dicho Marcus, tendréis que saber ya las leyes básicas de la alquimia. — Coraline se puso de rodillas a su lado y dijo. — La base es la ley del intercambio equivalente, que yo no lo entendía, pero es como que la materia es la que es, solo puedes transmutar ajar con la que tienes, ni más ni menos. — Gal la señaló. — Exactamente. Hay otras dos. No se puede transmutar la vida ni usar la piedra filosofal, solo Flamel, porque la descubrió y la tiene que custodiar. — Dijo Beverly muy puesta. — ¡Sí señora! Chicos, las chicas os comen terreno... — Otro de los chicos dijo. — Y lo del oro, ¿no? No se puede transmutar oro para no hundir la economía. — Ella asintió pero alzó el dedo. — Por eso, a partir de que pasa de alquimista de acero, uno tiene que diseñar su sello alquímico, para que sus transmutaciones se puedan reconocer. Muy bien chicos, os veo informados. ¿Podemos hacerte un pregunta cada uno antes de que venga Marcus? — Dijo el líder. Ella asintió y dijo. — Venga, empieza tú. ¿Has transmutado joyas? — Preguntó sin dudarlo. Parecía que la traía pensada. — Pues no, pero Marcus me hizo esta pulsera con alquimia. Luego si queréis le preguntáis a él. — Dijo extendiendo el brazo hacia el centro y, como si tuviera un imán en las frentes de todos, se inclinaron a verla. Otro del grupo dijo. — ¿Vais a ser alquimistas los dos? — Ella asintió con una sonrisa. — Sí. Al menos alquimistas licenciados, mi intención no es tener un laboratorio, si no, cuando tenga el rango de acero, ser sanadora alquimista. — Sonó un "ohhhh" generalizado. — ¿Cómo se hace dinero con la alquimia? — Preguntó otro. — Bueno, generalmente se tiene un taller o laboratorio de alquimia y la gente te encarga cosas y te paga por ellas. A veces son muebles, joyas, piezas para construir casas... Depende de lo que quieras especializarte. Luego hay puestos de alquimistas para los gobiernos y comités, y los alquimistas de fuego claro, que son militares, por si hubiera una guerra mágica. — Y los ojos de los chicos se abrieron hasta el infinito. — ¿Ha habido alquimistas mujeres? — Preguntó Coraline con su vocecita tan adorable, casi con miedo. — Pues claro que sí, ¿sabéis cómo se cocina al baño maría? — Algunos pusieron cara de desconcierto total pero parecía que a otros sí que les sonaba. — Esa técnica la encontró María la Judía, la alquimista mujer más famosa que ha habido. Y estaba también Isabella Cortese, Floriana Canale, Marie Le Jars... — Puso cara pilla y como si fuera a contar algo interesante. — Y Fulcanelli. — Y todos contuvieron la respiración, porque quien más quien menos había oído hablar de ese nombre, aunque fuera solo para recalcar que había cometido el tabú ancestral. — Nadie sabe quién era Fulcanelli. — Dijo Beverley muy segura. — ¿Y eso descarta que sea una mujer, Bevy? ¿Habéis visto algunas de su transmutaciones escultóricas? Realmente parecen más hechas por una mujer que por un hombre... Por no hablar de otras cosas que entenderéis... Cuando leáis sus libros, no os lo voy a contar yo todo.

Justo en ese momento vio entrar a Marcus cargado con los instrumentos alquímicos y se levantó a saludarle. — Hola, mi amor. — Se acercó y dijo en voz baja. — Me tenías de cuenta cuentos, estos quieren a la estrella. — Beverley se estiró y saludó con entusiasmo, mientras Gal cogía algunas de las cosas que llevaba Marcus y las dejaba en el centro de la alfombra. Pero su novio no estaba todo lo lleno de entusiasmo y orgullo que ella esperaba así que se levantó y le acarició la mano. — ¿Te pasa algo, mi amor? — Susurró mirándole con cariño.
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Miér Jun 30, 2021 8:20 pm

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CON Alice EN Sala común A LAS 08:00h, 1 de marzo de 2002
Ya tenía dos cosas que decirle a su novia. Menos mal que el día le estaba saliendo redondo, pero claro, alguna peguita tenía que tener. Y con todo y con eso, Sean tenía razón: peor podía haber sido. Tocaba hacerse la nota mental de que esa experiencia había sido estupenda pero ya no deberían hacerla más, demasiados riesgos habían corrido. Solo esperaba que su novia lo viera con la misma sensatez que él... Quizás era mucho pedir eso. Tanto como no perder el norte de nuevo si se lo volvía a proponer. Al fin y al cabo, las consecuencias no habían sido tantas y los beneficios, muchos. ¡¡Pero bueno, Marcus!! Estaba fatal, se estaba volviendo peligrosamente Gallia a cada minuto que pasaba. De nuevo, Sean tenía razón: más valía que se centrara, que le quedaba muy poco de colegio, y no merecía la pena liarla a esas alturas.

Cruzó la puerta de su sala común, pero antes de llegar al salón, escuchó algo. "¿Vais a ser alquimistas los dos?". Se detuvo en el pasillo y se quedó escondido, mirando desde allí, y esbozando una sonrisa inevitable. Al parecer, la reunión había empezado sin él, pero no le importaba en absoluto. Ah, y Beverly se había unido al club. Qué ingenuo si pensaba que iba a perderse eso. Tuvo que fruncir los labios para ocultar una risa con la admiración de los niños por los planes de futuro de Alice... Pero, sobre todo, se le estaba cayendo la baba. La visión era tan... Respiró hondo. Mira que se había dicho a sí mismo de no darle tantas vueltas al tema de los hijos... Pero Alice, probablemente de forma inconsciente, no se lo ponía nada fácil. Sería tan bonito, ¿cómo podía darle miedo eso? ¿Cómo podía no verlo? ¿Es que no se imaginaba haciendo eso que tan bien se les daba hacer para sus propios hijos? Él lo veía tan obvio...

De nuevo ocultó una risa. Ya tardaba su novia en sacar a Fulcanelli a relucir. Negó con la cabeza, apoyando esta en la pared y sin dejar de mirar la escena. Allí podría quedarse toda la vida. Pero en algún momento tendría que entrar, que si no, se le iba a ir el tiempo en observar a Alice entreteniendo a los pequeños Ravenclaw. Sonrió conforme se adentraba en la sala, y su novia se fue hacia él. Pero Marcus soltó un comentario a los chicos. – Si vais a leer a Fulcanelli, hacedlo con precaución. No es una lectura ligera. – Bromeó. Se acercó a Beverly y, con un cortés movimiento de la cabeza, dijo. – Bienvenida, majestad. – La niña se puso como un tomate, pero esbozó una sonrisa radiante y, por supuesto, la adornó con una miradita de superioridad a sus compañeros en cuanto Marcus cambió su propio foco de atención. Dejó los instrumentos entre los chicos y dijo. – Bien, os voy dejando esto. Tratadlo con cuidado y... Os doy un ratito para que intentéis averiguar lo que podáis sobre estos. – Se fue hacia su novia de nuevo, mientras los chicos toqueteaban los instrumentos que había dejado allí como ardillitas curiosas. Tenía un tema que abordar antes de empezar esa reunión.

– ¿Yo soy la estrella? – Preguntó sonriente, acariciando su mejilla. – Yo diría que la luna les gusta mucho. – Rio un poco y añadió con voz suave. – Pues se te da muy bien contar cuentos. – Mejor paraba. Ya tenía suficiente con lo que tenía como para sacar más temas. Siseó un poco y dijo. – Tengo dos noticias: una buena, y otra... Regular. Podría ser peor, pero buena buena... No es. – Se mojó los labios, ladeando varias veces la cabeza y mirando hacia arriba. – Voy a empezar por la buena. – Puso una sonrisita de triunfo infantil y dijo. – El Profesor Weasley me ha dado cinco puntos para Ravenclaw. ¡Bien! – Celebró en voz baja, alzando los puños. – Le ha gustado nuestra idea de inculcar la alquimia a las próximas generaciones... Creo que teme tener cada vez menos alumnos. – A ver, sí, la alquimia era difícil, pero era interesantísima, preciosa y superútil. La gente era muy quejica y vaga. A este paso, se iba a perder una ciencia tan ancestral. Y a ver qué hacían cuando eso ocurriera. – La otra noticia... – Se mordió el labio y bajó la mirada a su bolsillo, del que sacó el colibrí azul y se lo tendió a Alice. – Me lo ha dado Sean. – Frunció los labios. – Y no, no nos ha pillado él... Nos ha pillado alguien, cuyo nombre no me ha querido decir aunque tengo mis sospechas. – Respiró hondamente, echando el aire por la nariz con la mirada puesta en el broche, ya en manos de Alice. – Eso hacen un total de mínimo dos personas en este castillo que saben lo que hemos hecho. – La miró. – Y suerte que hemos tenido que esa persona se lo ha contado a Sean en vez de a... Todo el mundo. – Se encogió un poco y, acercándose a la chica, susurró. – Creo que deberíamos empezar a plantearnos no llevar adornos cuando... En fin, ya sabes. –
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Jue Jul 01, 2021 7:29 am

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CON Marcus EN Sala común A LAS 08:00h, 1 de marzo de 2002
Sonrió y entornó los ojos, dándole la mano a Marcus. — No hagáis caso. Todo lo que Fulcanelli escribe es precioso, poético y os puede llenar de sentimientos solo de leerlo. — Dijo a los chicos, aunque estaba mirando a los ojos de Marcus con cariño. Le encantaba ese pique que se traían desde siempre con si Fulcanelli era demasiado poco científico, que si es que había que entenderlo con los ojos de un soñador... Tantas cosas le definían y esa era una de las más importantes, debatir incansablemente sobre alquimia. Sonrió más ampliamente cuando Marcus saludó a Beverley así y dejó los instrumentos de alquimia, porque la verdad es que todo aquel contexto le hacía más feliz de lo que estaba dispuesta a admitir. Pero, tal y como haba detectado de inmediato, su novio tenía que contarle algo.

Antes se dejó llevar un poco por el halago del chico, poniendo una sonrisita más cariñosa y dejándose acariciar y dijo. — Esa luna solo brilla para ti y con tu luz. — Dijo con la voz melosa que llevaba trayendo todo el día. — Dos noticias... — Se cruzó de brazos pero trató de no cambiar mucho la expresión. Si fuera algo malo de verdad, su novio no habría dicho "regular" y no habría seguido adelante como si nada con la improvisada clase de pre-alquimia para los niños. Cuando escuchó la primera sonrió y le dio un toque en la nariz. — Estás que lo tiras, prefecto O'Donnell. Enhorabuena, amor mío.— Dijo con alegría. — A ver la regular... — Exigió, ladeando la sonrisa. Frunció el entrecejo cuando dijo lo de Sean. Todo el buen día que Marcus llevaba, su amigo Sean parecía haberlo tenido cuesta abajo, a saber con qué cenicidad le había ido ahora. Pero cuando le dio la peineta, se lo vio venir. No podía haber salido tan bien a la primera. Encima les había pillado alguien que no era ni Sean. Casi podía sentir el agobio de Marcus donde estaba ella. Suspiró hondamente y sonrió un poco, mientras se recogía le pelo como aquella mañana y ese lo prendía con la peineta. — Ojalá planificara más esas cosas. O sea, yo quería desde que me he levantado, pero ha sido todo un poco espontáneo... — Y tan espontáneo. Ni en sus mejores sueños su novio proponía ir a un sitio así a... Se rio y se acercó un poco más a su novio. — Pero entiendo lo que quieres decir. — Bajó las manos y la puso sobre su pecho. — Lo siento. Sé que te he prometido antes que nunca dejaría de meterte en líos pero... Te prometo también que no serán de esta índole. — Se puso de puntillas y dijo en su oído. — Aunque me haya encantado lo que hemos hecho antes. — Ella tenía que dejarlo patente. — A partir de ahora... Solo donde estemos seguros de que no nos pueden oír... — Terminó con una sonrisilla y mirada sugerentes.

Se separó, pero no despegó las manos de su pecho. — ¿Y quién crees que ha sido? Habría que darle las gracias, porque vaya, si llega a ser alguno de esos con los que tenemos rencillas... — Luego ella sola se quedó pensando y dijo. — ¿Y qué hacía ahí de todas formas? A ese baño solo se va a hacer maldades...¡Marcus! ¡Quieren tocar los círculos de transmutación y yo les he dicho que no se puede, ¿a que no?¡Chivata, Duvall! — Ella suspiró y dijo. — Pero vamos a dejarlo para luego. — Volvió a ponerse de puntillas para darle un beso en la mejilla. — Siento haberte metido en este lío también, pero... A mí me ha merecido la pena. — Dijo alejándose de él con una caricia en la mejilla.

Se acercó de nuevo al grupito y dijo. — A ver, a ver, que Bev tiene razón, no se pueden tocar los círculos, que se puede crear una transmutación involuntaria, a mí me pasó cuando estaba en primero. ¿En serio? ¿Y qué pasó? — Volvió a sentarse donde estaba antes y se puso a recolocar lo que había traído Marcus. — Casi nada, un alumno se haba dado una piedra en el círculo y yo hice una transmutación de calcinación y la reduje a cachitos pequeños, básicamente. Pero hay que tener cuidado. — Alzó la mirada a su novio y le señaló el suelo para que se sentara con los demás. — Pero el prefecto estará encantado de contaros cómo fui una auténtica imprudente en aquella situación. — Dijo con una amplia sonrisa.
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La erótica del poder
CON Alice EN Sala común A LAS 08:00h, 1 de marzo de 2002
Hizo un gestito de niño orgulloso con la cara, porque pocas cosas que le gustaran más a Marcus que el reconocimiento de un profesor. Si su novia se lo aplaudía, encima, para qué quería más. Era verdad que ese día estaba teniendo una suerte inusitada, ni que se hubiera tomado un Felix Felicis. Podía haber tenido un pelín de más suerte y que nadie les hubiera pillado en su pequeña incursión amorosa a los baños, pero... Dentro de lo malo, ni tan mal. Y estaba de tan buen humor que no podía ni venirse abajo, ya vendría la vergüenza cuando lo pensara fríamente.

Entrecerró los ojos y la miró, con una sonrisilla que trataba de ser disimulada en sus labios fruncidos. – Si llevabas queriendo desde esta mañana, no ha sido tan espontáneo. – Marcus y sus puntualizaciones léxicas. Se encogió de hombros y dijo, ya sin esconder la sonrisita. – Sí que ha sido bastante espontáneo. – Y eso que él hacía pocas cosas movido por la espontaneidad, pero eso le había salido bastante bien. No perfecto, perfecto hubiera sido que nadie les hubiera oído, pero sí considerablemente bien. Lo dicho, le entraría más agobio cuando ese buen día parara y empezara a darle vueltas a la cabeza, o cuando se encontrara de frente con quien creía que les había oído y se muriera de vergüenza. Hoy, sin embargo, estaba de muy buen humor. Aun así, su novia se apoyó en su pecho y se disculpó, lo cual le hizo ladear la cabeza. – Alice Gallia... – Empezó con un tono que fingía ser sorprendido, pero que tenía un puntito burlón. – Para una vez que el imprudente soy yo, ¿me pides perdón? – Rio un poco y le dio con el índice en la nariz. – Me lo quedo de todas formas, por todas las veces anteriores que me has hecho pasar un mal rato y encima he tenido que oírte decir "¿ves? No era para tanto, hay que tener curiosidad". – Eso último lo dijo con una vocecilla que pretendía ser una muy mala imitación de su novia. Rio un poco ante sus comentarios, mirándola con adoración cuando susurró en su oído, y asintió. – Compro eso. Travesuras en entornos controlados. Lo dicho, tú ideas... Y yo perfilo. – Dejó un cariñoso beso en su mejilla (ya valía de espectaculitos por hoy, que había niños presentes) y añadió. – No me arrepiento lo más mínimo... Pero sí, a la próxima nos buscaremos otro sitio. – Dijo con una risita. No veía la hora de que tuvieran su propia casa y privacidad de sobra.

Suspiró, pero no le dio tiempo de responder a su novia con su hipótesis sobre quien se trataba, cuando los chicos interrumpieron. Ladeó una sonrisilla y asintió. – Sí, luego seguimos... Que las futuras generaciones nos demandan. – Comentó. Mejor ahora dejaban de pensar en eso y se centraban en su clase improvisada de Alquimia, que seguro que la disfrutaban casi más que los chicos. Agarró su mano cuando dejó la caricia en su mejilla y dio un beso en esta, antes de dirigirse junto a su novia al centro de la sala. – Como dice la futura alquimista y enfermera Gallia. – Comentó, mirando de reojo a la chica mientras hablaba al grupito. – Los círculos de transmutación no se tocan salvo que sepas lo que haces, y aunque lo sepas, hay que hacerlo con cuidado. Es decir, más que no pueden tocarse, no deben tocarse. La alquimia es preciosa, pero también es peligrosa, así que hay que usarla muy sabiamente. – Se sentó en el corrillo de alumnos y añadió. – Además, dos cosas: una, llamar al prefecto cuando alguien está haciendo algo que puede ser peligroso y/o no se debe hacer, no es ser chivato, es seguir las normas. – Dijo mirando al chico que había acusado a Beverly de chivarse con las cejas arqueadas. – Dos, Beverly, has hecho muy bien en llamarme, pero a la gente hay que advertirla antes de proclamar a los cuatro vientos que lo que hace no está bien. Primero le recomiendas que pare, le explicas por qué no debe hacer lo que hace, y si sigue haciendo lo que quiere, entonces avisa. Pero primero hay que dar una oportunidad. – La chica se puso muy bien puesta, pero Marcus sabía que había tomado nota. Otra cosa no, pero para Beverly todo lo que él decía iba a misa.

Iba a dar comienzo a hablar de alquimia cuando Alice le sirvió la anécdota en bandeja. Soltó una carcajada y la señaló con un índice. – Ahora me río, pero vaya mal rato me hiciste pasar. – Se recompuso en su sitio y empezó a narrar. – A la Señorita Gallia se le ha olvidado un dato: que no debería estar allí. Muy convenientemente ha señalado que a un alumno, de forma imprudente, se le había olvidado una piedra en el círculo, pero no ha dicho nada de que se coló en el laboratorio sin permiso. Eso sí, "solo quería mirar". – A pesar del tonito de meterse con ella, lo estaba diciendo con tanto cariño que los chicos estaba encantados con el teatrillo de la pareja. Algunos se estaban riendo por lo bajo, pero un par de ellos (como Coraline) tenían los ojos y la boca muy abiertos como si les estuviera contando un relato de suspense. Beverly estaba disimulando todo lo que podía para no mirar con altanería a Alice por saltarse una norma, como que no la conocía ya. – Y yo, que aunque no os lo creáis también hubo un día en que fui un pobre y asustadizo niño de primero que no quería tocar donde no se le llamaba y cierta personita "era muy curiosa" y le llevaba a todas partes... – Más risitas y más ojos abiertos. – ...Me fui con ella, vilmente engatusado y bajo la promesa de que no iba a tocar nada, cosa que... Obviamente no pasó. – Frunció los labios en una sonrisita cómica, ladeando la cabeza. Suspiró. – Yo la llamaba desde la puerta. "¡Alice! ¡No toques nada, que no tenemos permiso!". Fíjate, justo lo que ha hecho Beverly. – La niña puso ojos de ilusión. Marcus se giró al otro chico. – Solo que, a diferencia de ti, ella no me hizo caso. – Le susurró en una falsa confidencia, porque se enteraron todos. El chico se rio por lo bajo. - Pobrecito. Debiste llevarte un mal rato. - Dijo Beverly, con un tono que pretendía ser empático pero que más bien sonaba a "yo te comprendo mejor que tu propia novia". Duvall tendría que nacer de nuevo para dejar escapar una oportunidad así.

Y Marcus bien que le seguía el rollo. Suspiró y asintió. – Pues sí, sobre todo porque, después de verme obligado a entrar para sacarla de allí antes de que le pasara algo malo... Se desmayó delante de mis narices. – Hubo un generalizado grito aspirado. - ¿¿Por la alquimia?? - ¿¿Qué había pasado?? ¿¿Y qué hiciste?? - ¿¿Fue por la piedra?? - Acababa de desatar un caos generalizado. Se echó a reír y pidió calma con ambas manos. – Está viva, como podéis comprobar. – Lejos de respirar aliviados, los chicos seguían con cara de demandar respuestas. – Lo que hice fue pedir auxilio, que es lo que hay que hacer cuando se te plantea un problema y no sabes lo que hacer. Llamé a Howard Graves, mi prefecto de aquella época, del que aprendí muchísimo y me hice muy amigo. Él la cogió en brazos y se la llevó en volandas a la enfermería. – De nuevo, ese falso tonito de confidencia que podía oírse perfectamente, aunque fuera un paripé para que Alice no se enterara. – Creo que le gustaba un poquito, porque luego se murió de vergüenza cuando se lo conté. – Eso desató algunas risitas, pero vio como Beverly miraba a Alice de reojo. - ¿Y tú fuiste con ellos? - Preguntó uno de los chicos. Marcus asintió. – Por supuesto. Les acompañé y aguanté estoicamente hasta que se despertó, dando una firme y serena versión de los hechos a la Enfermera Durrell. Quien, por mi ejemplar comportamiento ante la emergencia, permitió que me quedara con ella esa noche en la enfermería. – Se encogió de hombros y dijo. – No quería dejarla sola. ¿Y si se me escapaba otra vez? – Dijo con una risita. Coraline miró a Alice y le preguntó. - ¿Pero y qué te había pasado entonces, Gal? - Marcus miró a la niña y contestó rápidamente. – Resultó que el desmayo era por no comer. Como historia épica sobre la intrusión en un laboratorio de Alquimia es un final un poco decepcionante, PERO. – Remarcó, alzando un índice. – Se puede sacar una importante enseñanza de esto y la que en ese momento establecí como que sería mi primera norma en mi futuro taller: no se entra sin comer. Así que ya sabéis, chicos, para hacer alquimia hay que estar bien nutrido. – Pues menos mal que estuviste tú allí para rescatarla, si no, le podía haber pasado algo malo. - Apuntó Beverly con tono repipi. Marcus la miró unos segundos y dijo. – ¿Pues sabes qué, Bev? – Cambió la mirada a Alice y, con la voz cargada de amor, dijo. – Menos mal que aquel día entró. – Sonrió. – Hay veces que, de la mayor de las locuras... Puedes sacar lo mejor de tu vida. – Añadió, mirándola a los ojos desde su posición. Se oyó un pequeño "oohh" de algunos miembros del grupo. Pues sí, su historia era preciosa, y lo mejor de lo que podía fardar.

Dio una palmada y dijo. – En fin, vamos a empezar. – Se subió las mangas y adoptó tono de profesor. – Mi primera norma es muy simple: hay que comer. Aprendida por experiencia. – La guiñó un ojo a Alice. – Pero eso es solo un complemento mío. En todos mis años acudiendo al laboratorio de mi abuelo, Lawrence O'Donnell, él siempre me decía lo mismo: la primera norma de mi taller es que, si quieres usar el taller, tienes que estar en el taller. – Enfatizó. – Es decir, para hacer alquimia hay que estar muy muy concentrado, no es algo que puedas practicar a la ligera o cuando tienes un mal día. Esto es fundamental y lo primero por lo que hay que empezar. Por lo demás... Contadme, ¿para qué creéis que sirve lo que he traído? –
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CON Marcus EN Sala común A LAS 08:00h, 1 de marzo de 2002
Ella se encogió de un hombro y desvió la mirada, haciéndose la distraída. — Querer no siempre es poder. Querer quiero siempre... Cuando te veo hacer de prefecto, cuando pones esa sonrisa de chulito, cuando veo que se te escapa alguna que otra miradita a donde no debes... — Dijo bajando la voz. — Si fuera por eso, no saldría de la habitación ni con ropa. — Se rio y lo dejó correr, que no quería poner más nervioso a su novio. Amplió la sonrisa cuando le dijo lo de que es vez era él el culpable. — Oh, vamos, mi amor, ambos sabemos que no habrías hecho algo así si no te hubiera provocado. — Besó su mano y le miró. — No me gusta hacértelo pasar mal, ya lo sabes, por eso pido perdón. Pero no te aproveches para echarme encima travesuras que no he cometido. — Terminó, dándole un toque en la mejilla con el índice.

Se sentaron y dejó que Marcus se pusiera de entrada a aleccionar. Pero no pudo evitar que se le pusiera una expresión de ternura cuando habló de lo de dar una oportunidad. — Como veis, hasta los prefectos, o futuros prefectos — dijo mirando a la niña, porque estaba segura de que algún día lo sería —, pueden aprender de los más traviesos. — Y le dirigió un guiño a Marcus. Luego dejó atacara con la épica de su relato sobre su desmayo en el laboratorio, encogiéndose de hombros con expresión angelical cada vez que aludía a sus tropelías. Entornó los ojos cuando dijo que le gustaba un poquito. — Es que era prefecto, moreno, muy alto, muy bueno con los alumnos... — Dijo, haciendo evidente las cosas que tenía en común con Marcus. — Y te puso lo de Gal, ¿a que sí? — Saltó Beverley, encantada de poder usar información que solo ella manejaba. Asintió y dijo. — Así es. Y me gustaba un poquito... — Dijo estrechando los ojos haciendo el gesto con los dedos. — Pero no tanto como la alquimia o meterme en líos. — Pero vamos, ya estaba Beverley ahí para consolarle. No dejaba pasar una la tía. Tuvo que entornar los ojos cuando dijo lo de la versión que le dio a la enfermera Durrell, y no dijo nada porque no lo vio, pero atendiendo a cómo estaba cuando se despertó, dudaba mucho que las cosas se hubiesen desarrollado así. Pero claro, luego decía esas cosas y la dejaba embobada. Sonrió y dijo. — Tú eres la mejor aventura de mi vida. — Y le daba igual que los de terceros se echaran a reír e hicieran sonidos como de besitos. Les miró con una ceja alzada. — ¿Creéis que sois los primeros en hacer la coña? Llevamos desde los once años aguantando a nuestros amigos y nuestras propias familias con las insinuaciones. — Aseguró con una risita. Se cruzó de brazos y dijo con recochineo. — Venga, contestad al prefecto. —

Los chicos dejaron las burilas y se inclinaron para mirar los instrumentos. Uno cogió las cucharas. — Esto son cucharas medidoras. — Gala asintió. — Efectivamente, es muy importante ser exacto en la alquimia. Ah y por eso esto es un peso. — Ella ladeó la cabeza. — Sí y no. Eso es un peso de esencias, mirad. — Se giró a la chica. — Quítame la pulsera, Coraline, y ponla ahí. — La chica obedeció diligentemente y la puso en el peso, que inmediatamente, aunque con un quejidito metálico (qué razón tenía Marcus cuando decía que estaba todo el material muy viejo), apareció la lectura en el cuadradito de abajo. — ¿Qué pone? — Y todos como locos a mirar. — Sesenta por ciento bronce, veinte ámbar, diez espino blanco y... ¿Diez precio? ¿Qué quiere decir eso? — Leyó al chica. Gal levantó la vista. — Quiere decir que si quieres pasar una esencia de un estado a otro, como le pasa a la flor que hay aquí dentro, hay que hacer una transmutación de estado y pagar un precio por ella. En este caso, hizo una destilación de la flor, para lo cual tuvo que dejar algo equivalente a esa esencia sin el quinto elemento, sin la vida, pero no sé qué planta usaste para ello. — Dijo mirándole con curiosidad. La noche que se la dio se les lio un poco el asunto como para preguntar aquellas cosas. — ¿Y los círculos? — Gal lo miró por encima. — Bueno pues este es un círculo básico de calcinaciones sólidas... Ese es un círculo elemental para transmutaciones de transformación sólidas de piedra... Esas son las más sencillas, no hace falta pagar precio por ellas, porque simplemente estás transformando una materia ya existente, dándole distintas formas por así decirlo.¿Y los líquidos? — Saltó Coraline por detrás. — Bueno, bueno no hay que correr tanto, los líquidos con muy difíciles. — Había uno que seguía entretenido con las cucharas y otro preguntó. — ¿Es verdad que se pueden hacer transmutaciones ígneas? — Por poder se podía, pero eso ya excedía los conocimientos de Gal. — Esto son símbolos de los elementos, ¿verdad? Y están en el círculo para que se pueden transmutar cualquiera de ellos. — Preguntó el líder. Ese iba de cabeza a alquimia, lo tenía clarísimo.
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La erótica del poder
CON Alice EN Sala común A LAS 08:00h, 1 de marzo de 2002
Estaba demasiado enamorado como para no deshacerse con las palabras de Alice, pero en cuanto empezaron las burlitas hizo un alto. – ¡Eh! Un respeto a la autoridad. – No debía haber sonado excesivamente convincente, porque algunos se detuvieron pero otros siguieron con las risitas. Le daba igual, miró a Alice y le dedicó una sonrisa cómplice. Se aguantó una risa entre los labios, sin dejar de mirarla, cuando les dijo que sus ofensas no llegaban a ninguna parte. Era verdad. Con mucho orgullo llevaba él su noviazgo por bandera, podían decir lo que quisieran.

Se agachó sobre los chicos, sobre todo sobre el que había detectado las cucharas. – ¿Y de qué material están hechas? – El que la tenía en la mano la escudriñó. - Parece cobre. - Marcus asintió. – Es cobre. Son las ideales, pero son caras, así que no en todos los talleres las encontraréis. De hecho, es una de las pocas que tenemos. – Flexionó las rodillas y cruzó los brazos sobre estas. – ¿Alguien sabe por qué son de cobre? – El líder del grupo estiró el brazo todo lo que su hombro se lo permitía. Marcus le dio paso y este contestó. - Porque es el material que menos transmuta. - ¡Exacto! Hay transmutaciones muy sencillas para las que, entre comillas, no importa demasiado el material que uses. Pero para transmutaciones complejas, más delicadas o en las que la esencia es tan pequeña que tienes que ser extremadamente preciso, cuanto menos transmute el material de tus útiles, mejor. – Los chicos asintieron y Coraline añadió. - Ya ves, imagínate que follón si se te mezcla también la esencia de la cuchara en lo que estás haciendo. - Eso hizo reír a Marcus, pero asintió. – Sí, sería un follón. –

Alice empezó a explicar lo del peso de esencias y él simplemente atendió, sonriente, porque los chicos estaban muy interesados. Lo cierto es que era uno de los instrumentos que más curiosidades despertaba. Rio un poco y contestó. – Sí que es curioso que no me preguntases. – Se reacomodó en su asiento y explicó. – El espino es una flor delicada y difícil de conseguir, tiene una esencia muy pura y especial... Hay otras que, si bien la gente piensa que son más corrientes, son tan versátiles, resistentes y útiles que... Solo eso en sí, las convierte en plantas tan especiales como las excepcionales. – Miró a Alice a los ojos y, con una sonrisa, respondió. – Usé romero. Y en la cantidad justa, su esencia era sorprendentemente parecida a la de la flor de espino. Fue un intercambio perfecto. – Ladeó la sonrisa y se encogió de un hombro. – Además, un pajarito me dijo una vez que te gustaba mucho esa planta. – Completó, guiñándole un ojo.

El tema derivó hacia los círculos, que era realmente algo imprescindible de dominar si querías hacer alquimia. Alice comenzó a explicar y él atendió de nuevo, llevándose una mano a los labios para esconder la risilla cuando los chicos empezaron a preguntar por transmutaciones dificilísimas. Ravenclaws, pensó, riendo para sus adentros. Ahí decidió entrar él y retomar un poco. Si bien no dominaba ni muchísimo menos las transmutaciones ígneas, su abuelo le había hablado bastante de ellas. Con un poco que explicó, los chicos se quedaron conformes. Luego empezaron a utilizar los libros. Cada chico había traído uno, y lo mejor no eran los manuales en sí, sino los motivos que cada uno alegaba por los cuales habían elegido ese y no otro: quien había elegido el de aportaciones históricas de alquimistas, quien había elegido los de transmutaciones dificilísimas para demostrar su ambición, quien se había decantado por un manual básico sobre círculos de transmutación... Beverly se había quedado un poco triste (y herida en su orgullo Ravenclaw) por no haber llevado ninguno, claramente se había enterado de la reunión estando ya allí. Marcus palmeó su lado. – Ven, ponte aquí. – La chica tardó cero segundos en levantarse y sentársele al lado. Muy al lado, le faltó agarrarse a él como un peluche. – Toma. – Le dio su libro y le dijo. – Si adivinas por qué he traído este y no otro, es como si lo hubieras traído tú. – Beverly se puso el manual en su regazo y empezó a escudriñarlo.

Entre Alice y él fueron comentando los manuales que los chicos habían traído, dándole valor a todos ellos. Le encantaba ver como cada uno pensaba diferente, pero todos estaban bien orientados. – Todo lo que habéis traído es esencial para poder practicar alquimia y superútil. Muy buena investigación. – Ah, ese orgullo en los ojos de todos. Sabía lo que se sentía. – Yo me he decantado por ese, pero estoy seguro de que Beverly va a explicar muy bien por qué. – La chica se irguió y dijo. - Es un libro sobre material mágico. Habla de las propiedades de los materiales y su utilización para diversos usos mágicos, desde maderas apropiadas para varitas hasta metales utilizados en alquimia. Es decir, no es un libro de alquimia y por eso ninguno lo habéis traído. - La niña le miró de reojo, con una sonrisilla prepotente, y dijo. - Pero Marcus es muy listo. - Él miró a Alice y se aguantó la risa de nuevo. Beverly no se cortaba, no. - Y como nos ha traído materiales, ha traído esto para tener una base teórica de lo que ha traído. - Marcus asintió impresionado y dijo. – Impecable. Yo no lo habría dicho mejor. – Miró al resto. – Y además, lo he traído porque esto es tan tan básico, que pasa muchas veces desapercibido. Nos gusta tanto aprender, soñar a lo grande y volar muy alto... – Miró a Alice al decir eso, sin poder evitar una leve sonrisa. – Que al veces se nos olvida lo más obvio: hay que empezar por el principio. De nada nos sirve conocer los mayores secretos de la alquimia y las transmutaciones más difíciles, si no sabemos por donde empezar a trabajar, si nuestro taller no está bien equipado. – Miró al chico que seguía centrado en las cucharas y le dijo, sonriente. – El material erróneo podría echar a perder nuestro trabajo. – El chico le devolvió la sonrisa. No estaba tan mal encaminado centrándose en eso como pudiera parecer.

La conversación era tan entretenida, y los niños estaban tan entusiasmados, que pasaron más tiempo del que imaginaba hablando de ello. Cuando vio entrar a más alumnos en la sala fue cuando tomó conciencia de que debían llevar más de dos horas con aquello. Pero el apartado "ruegos y preguntas" se había convertido en un divertido debate, muchas risas e incluso alguna que otra idea que Alice y él pensaban comentarle al profesor en la próxima clase. Era tan divertido... Él estaba sintiéndose tan feliz, y dudaba equivocarse en pensar que su novia... También. Se descubrió a sí mismo en más de una ocasión mirándola embobado. Se le daba tan bien... Se les daba tan bien...

– Bueno, fin de la lección. – Sonó algún que otro "oooh", pero ya creía que le habían dado suficiente cuerda a aquel tema. Antes de terminar, dijo. – Sois geniales, de verdad. Ha sido una tarde superdivertida. Y por el buen espíritu Ravenclaw y ganas de aprender que habéis demostrado, y eso que es viernes por la tarde... Cinco puntos para Ravenclaw, para cada uno. – Eso generó una oleada de júbilo. Miró a Alice y añadió. – Incluida la profesora. – Sonrió y se encogió de hombros. – El Profesor Weasley me ha dado cinco puntos a mí por la divulgación de su materia, y tú también lo has hecho, y de forma inmejorable además. Te los mereces tanto como yo. – Se puso de pie, tendiéndole la mano a su novia para ayudarla a hacer lo mismo, y se giró a los chicos, señalándoles a todos con el índice. – Que no me entere yo de que ninguno de los aquí presentes no se coge la asignatura en sexto. Pienso venir a comprobarlo. – Los chicos rieron, les dieron las gracias a ambos y Marcus recogió tanto el libro como los útiles.

Salieron de la sala común, encaminándose a devolver los materiales. Mientras paseaba con Alice, dijo. – Antes de que me lances la bromita o me preguntes, no es favoritismo, ya sabes que yo soy muy íntegro. Te merecías esos puntos. – La miró y ladeó una sonrisa. – Te he quitado más puntos de los que a ambos nos gustarían a lo largo de estos años, qué menos que darte alguno. También soy tu prefecto, al fin y al cabo. – Le guiñó un ojo, rio un poco y siguió caminando. Y tras esto, se mojó los labios y añadió algo más. – No se nos da nada mal, ¿eh? – Es que si no lo decía, explotaba.
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Jue Jul 01, 2021 8:41 pm

La erótica del poder
CON Marcus EN Sala común A LAS 08:00h, 1 de marzo de 2002
Fue oír lo del romero y sentir cómo se derretía entera y su sonrisa salía irremediablemente. A veces, Gal hablaba y hablaba sin parar, de su opinión, de las cosas que le gustaban, y, generalmente, a sumía que no la había escuchado. Porque, ¿por qué alguien iba a tener la destreza, la paciencia y el interés de escuchar todo aquello? Pues Marcus. Y encima iba y usaba el romero para hacerle la pulsera, que ya se estaba atando de vuelta con la ayuda de Coraline. — ¿Entonces hay que saber también de Herbología? — Preguntó uno de los chicos. Ella abrió mucho los ojos y miró a Marcus significativamente. — Fíjate qué buena pregunta. — Se rio un poco y negó con la cabeza. — Siempre hay que saber un poco de todo, pero no es fundamental. Siempre podéis echaros una pareja que esté loca por las plantas. — Dijo torciendo la sonrisa y mirando de reojo a su novio.

Daba gusto oírle hablar de alquimia, se notaba todo lo que sabía y lo bien que lo sabía transmitir. Ese era el sueño de Gal, transmitir a cuanta más gente mejor, todo lo que sabía, que aún era muy poco, pero esperaba que fuera más cada día. Vio lo que hizo con Beverley y su adoración por él solo crecía más y más. Sonrió y asintió mirando a Beverley. — Eres experta en encontrar lo que no está a simple vista, Bev. Y eso te puede hacer ser una gran alquimista porque... — Cogió el libro y buscó alguna imagen del berilio y puso el libro en medio señalándolo. — Cuando la mayoría de la gente solo ve una piedra verduzca y deforme no puede imaginar que algún día sera una valiosa y brillante esmeralda... Hay que saber ver más allá de las cosas. — Dijo dándole en la naricilla con cariño.

Lo cierto es que la tarde se les pasó volando, y no es que tuvieran muchos planes, pero su novio decidió terminar allí el debate, y eso que si les hubieran dejado se le sharía de madrugada con aquellos alumnos tan entregados. Sonrió ampliamente cuando repartió puntos a diestro y siniestro y, cuando le tocó a ella, se señaló, con una sonrisa y mirada brillantes. — ¿Yo también? Hay que ver, voy a tener que daros más charlas. — Dijo mirando a los chavales con cariño y entre risas. Levantó el índice y los señaló. — Que lo hace de verdad, eh. Cogérosla por el orgullo de la casa. — Dijo dándose en el corazón, antes de seguir a su novio repartiéndose los materiales con él. Normalmente le daría pereza tener que bajar hasta las mazmorras con todo aquello desde la torre, pero cualquier rato a solas con su novio era un regalo divino, así que no le importaba. Entornó los ojos cuando dijo lo de los puntos. — Tranquilo, sé que eres estricto con ese asunto. Si me los das es que crees que los merezco de verdad. — Soltó una carcajada cuando dijo lo de que le había quitado más puntos de los deseados. — Pero yo no te lo tengo en cuenta, mi amor. Creo que te he demostrado que también me gusta cuando pones en plan prefecto regañón. — Y se rio un poco más. — Dame un besito dentro de la normativa legal vigente, anda. — Dijo poniéndole los morrillos hacia fuera para que le diera un pico. — Siempre serás mi prefecto.

Y, por supuesto, algo tenía que mencionar de ese asunto. Ni dos semanas había tardado en sacarlo de vuelta. Sonrió y dijo. — Nop, no se nos da para nada mal enseñar Alquimia. Pero no creo que quieran dos profes de Alquimia en Hogwarts, por mucho que el señor Weasley se quiera jubilar. Y creo que llegamos al acuerdo de que no queríamos estar aquí el uno sin el otro. — Alzó las cejas y le miró con cariño. — Sé en lo que estabas pensando. Te lo veo en la cara y te conozco como a mí misma. — Inspiró, sin perder la expresión y dijo. — Pero ya sabes lo que te dije... Tú y tu amigo Sean parece que no sabéis lo que significa "necesito tiempo". — Le dijo con tono picajoso, porque ya sabía que le iba a replicar por compararle con Sean. — Luego te amplío la información. — Añadió, porque estaban entrando en el laboratorio. Dejaron al profesor muy contento con el reporte de cómo había ido la charla, y salieron de la mano, felices de haber cumplido. — Oye, me debes una confesión de quien ha rescatado al colibrí. — Dijo, que era la manera más inocente y neutra de referirse a lo que había pasado. Sabía que Marcus querría hablar con quien fuera, y ella prefería estar también, ya que se consideraba instigadora del crimen.
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CON Alice EN Sala común A LAS 08:00h, 1 de marzo de 2002
Rodó los ojos, aunque con una sonrisilla en los labios. Sí, sí que le había dejado claro que le gustaba en modo prefecto regañón. Y eso del besito dentro de la normativa legal vigente le hizo mucha gracia, solo que tenía que fingir que no. – Sí, que ya hoy nos hemos pasado un poco con los no-normativos. – Devolvió el beso y rio de nuevo, respondiendo con cariño. – Y tú mi perfecta alumna díscola. Aunque hoy has ejercido tanto de eso como de alumna superaplicada, no está mal. –

Si conocía a Alice de algo sabía que esa forma de "no pillar" lo que había querido decir era fingida. Primero, porque él no era tan bueno disimulando; segundo, porque ella era muy lista; y tercero, porque le conocía demasiado bien. Ciertamente, no le hubiera venido mal que no le captara el significado, pero se lo captó. Se encogió de hombros mirando a otra parte cuando le dijo que sabía en lo que estaba pensando, de nuevo en un alarde de su nefasta capacidad para el disimule, pero de ahí no tenía ya escapatoria. La comparación con Sean le hizo fruncir el ceño y mirarla. ¿Por qué le comparaba con Sean? – No he llegado a decir nada. – Se defendió, más ofendido que extrañado por la comparativa. La chica le dijo que luego le explicaba, así que rodó los ojos con los labios fruncidos y lo dejó estar. Qué más quisiera él que no pensar en eso... Pero no podía evitarlo. Ella no podía evitar tener miedo, y él no podía evitar soñar despierto cuando se veían pasarlo tan bien con los chicos. ¿Qué podía hacer?

Por lo pronto, entrar en el laboratorio y charlar con el profesor, y para cuando salieran, cambiar de tema. Sí, eso sería lo mejor, dejarlo estar, como llevaba diciéndose día tras día a sí mismo. Ah, la persona misteriosa que les había descubierto. Miró a Alice con los ojos muy abiertos. – ¿Te puedes creer la bronca que me ha echado Sean? Peor que mi padre, vamos. ¿Qué le pasa? – Se encogió un poco, indignado. – ¡Pues ni que fuera cosa suya! ¡Vale, sí, no hemos estado muy finos! Pero si meto la pata, pues es cosa mía, ¿no? No hay por qué lanzarme un chaparrón. – Vaya. Lo que él iba haciendo por todas partes con la gente y llevaba haciendo desde que nació, solo que cuando alcanzó el estatus de prefecto lo hacía de manera oficial, ahora le resultaba indignante cuando se lo hacían a él. Seguramente, si se lo plantearan así diría "no es lo mismo".

– La persona... – Murmuró en voz alta, asintiendo ensimismado. Arqueó las cejas y, mientras subían el tramo de escaleras entre las mazmorras y el sótano, contó. – No lo sé seguro pero tengo una teoría, a ver si coincidimos. Según Sean, y según las evidencias, es una persona que cumple tres criterios: que "nos quiere mucho", porque de lo contrario, no se habría tomado tantas molestias en avisar a nuestro mejor amigo para que nos diera el toque de atención y no nos pase más; que tiende lo suficiente a lo ilegal como para meterse en ese cuarto de baño, porque nadie que entra en ese cuarto de baño entra a pasearse, está totalmente abandonado; y que es lo suficientemente buena persona como para... – Empezó a enumerar con los dedos. – ...Uno, como ya he dicho, contárselo a nuestro mejor amigo para que nos avise. Dos, no divulgarlo por ahí. Tres, no limitarse a no decir nada, que no nos enteremos y que volvamos a hacer lo mismo y que nos pille otra persona la próxima vez. Y cuatro, no decírnoslo directamente, haciéndonos pasar vergüenza, sino relegar el hecho en una persona de mayor confianza para nosotros. Y yo le añadiría un cuarto criterio... Es alguien al que no solo le importa lo que hicimos porque nos quiera, y quiera darnos el toque de atención para que no nos metamos en un lío. Es alguien que TIENE que darnos un toque de atención, es decir... Es prefecta. – Bajó la mano y miró a Alice con obviedad. – ¿Quién se te ocurre que pueda ser así? No hay muchas personas en este castillo. –

Suspiró y miró al frente. Y, como si la hubiera invocado, antes de que Alice pudiera contestar, ahí estaba la susodicha. Claro, si justo pasaban por su piso. Ellos estaban llegando al rellano de las escaleras mientras ella entraba en las mismas. Y, en un claro ejemplo de como alguien podía disimular aún peor que Marcus, la chica abrió mucho los ojos al verles y, una milésima de segundo después, se giró noventa grados sobre sus talones y se puso a mirar el techo como si pasara por allí y fuera la primera vez que lo veía. Eso sí, el pelo empezó a adoptarle un muy delator color rosa chicle. Marcus se detuvo y detuvo a Alice, agarrándola suave pero firmemente por el codo. – Pues ahí la tienes. – Susurró, señalando a Olympia con la cabeza. Miró a su novia un tanto apurado y dijo. – ¿Qué hacemos? ¿Deberíamos darle las gracias, hacernos los tontos, o...? – Tampoco es que hubiera muchas más opciones. Se cruzó de brazos, con los hombros encogidos, y dijo. – La verdad es que me da un poco de vergüenza. No sé cuánto escuchó, pero... – Miró de soslayo, hacia la chica, que seguía fingiendo acabar de aterrizar allí mirando al aire, y volvió a dirigir los ojos a su novia. – ...Como mínimo, te oyó decir mi nombre, y el colibrí debió cogerlo después de que nos fuéramos. Así que yo diría que escuchó bastante. –
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CON Marcus EN Sala común A LAS 08:00h, 1 de marzo de 2002
No quería enfadarle, ni agriarse un día tan bonito, pero ya le había dicho que le iba a contar sobre Sean, y viendo la bronca que le había caído gratuitamente a su pobre novio, mejor aclararlo, aunque de refilón les acabara tocando a ellos y a ese temita que les llevaba rondando desde que estuvieron en Hogsmeade. — Es cosa de Hills, como te habrás imaginado. Él la ha invitado a su casa en Pascua, para cuando vayan sus padre y eso. Y bueno, no te voy a decir que esté encantada, pero no parece un problema real. El problema es Lindsay... Ya sabes, no tiene la mejor experiencia del mundo con los magos, ni con echarse novio mientras estás estudiando... Así que echarse un novio mago mientras está en el colegio no le parece el mejor plan para su hija, y Hills no quiere disgustarla... Y claro, tu amigo Sean ya se lo está tomando a la tremenda. — Gal suspiró y se pegó un poco a al brazo de su novio, para apoyar la cabeza sobre su hombro mientras andaban. — Yo le he dicho que vaya de buena gana a lo de la familia de Sean... Y que le de una oportunidad... Pero no podemos luchar contra su pasado. Eso es algo que tiene que hacer ella sola. — Y que Gal también tenía que hacer sola contra sus demonios. Sin tener que estar escuchando todo el rato lo bien que le iría si lo hiciera. Pero conocía a Marcus, si creía que algo era lo mejor para ella, insistiría hasta la saciedad, ¿pues no llevaba siete años diciéndole que comiera a todas horas?

Trató de no rallarse más con ese tema y escuchó las deducciones de su novio. — Impecable como siempre, O'Donnell. — Dijo hacia la mitad, porque le gustaba mucho cuando su novio lo ponía todo así ordenadito y bien presentado, aunque fuera hablando con ella. Inmediatamente pensó en Ethan, al menso hasta que llegó. la parte de hacérselo notar. Hombre, Ethan no perdería oportunidad de llamarla putón verbenero y lo que se le ocurriera en el momento si se enterara de que iba a haciendo semejantes cosas por los baños, pero no tendría la deferencia de decírselo a Sean. No, para nada, les buscaría y les sacaría los colores hasta que parecieran el escudo de Gryffindor. Así que eso reducía la lista a... — ¿Oly? — Preguntó, porque la verdad es que los prefecto de Gryffindor no se le antojaban tan amables, y Kyla les habría sacado a golpe de berrido de ahí. — Es muy posible, de hecho, la vi al salir porque... — Y como si la hubieran invocado, allí apareció.

Miró a su novio y se encogió de un hombro. — Hombre, algo deberíamos decirle, aunque fuera darle las gracias por no delatarnos, ¿no crees? — Le miró y puso media sonrisita, enganchándose de su brazo. — A ver un poco de vergüenza sí da, pero es Oly. La hemos visto drogada, me ha drogado a mí sin querer... Quiero decir, si fuera un profe vale, pero es ella, si alguien que no nos va a juzgar es ella, y te quiere muchísimo, y tú a ella, que lo sé yo. — Apretó un poco más su brazo y tiró de Marcus hacia ella. — Venga, anda, le damos las gracias, y nos vamos. Y no te pares a pensar en lo que oyó anda... No quiero que recuerdes lo que pasó ahí dentro y pienses en Olympia precisamente. — Vamos, se le ponían todos los pelos de punta solo de recordarlo. Porque le había prometido que no lo harían más que si no... Tiró e él y se acercó a la chica, que haba estado haciéndose la loca. O a lo mejor iba como solía ir ella a veces. — Ey, Oly, ¿qué tal? Uy, Marcus y Gal. qué pareja tan bonita y qué alegría veros... ¿De... Dónde venís?¿Buscáis a Dylan? Podéis entrar a avisarle — Preguntó con curiosidad. Se le puso el pelo de un rojo rosáceo muy mono, y seguía mirando a los lados pero poniendo sonrisita como si no pasar nada. — No, no, déjate, ya veré a mi hermano en otro momento. — Además de verdad, que Dylan todo lo que oía luego lo repetía. — Te buscábamos a ti... Para darte las gracias.
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CON Alice EN Sala común A LAS 08:00h, 1 de marzo de 2002
Rodó los ojos. – Ya me extrañaba a mí que estuviera tan enfadado solo por el griterío de Creevey anoche y esta mañana. – Eso le pegaba más a él que a Sean, ciertamente, aunque Benjamin tampoco fuera santo de la devoción de su amigo. Desde luego que tenía mucho más sentido que se tratara de un problema con Hillary. Puso una mueca en los labios mientras su novia relataba. – Oh, vaya... – Lo peor era que entendía a ambos. Suspiró. – Mira que le dije que se lo tomara con calma... – Negó con la cabeza y se encogió de hombros. – No le voy a justificar, sé que está un poquito pesadito con el tema, y le dije que fuera poco a poco... Pero está raro. Estaba ilusionadísimo con eso, cuando me lo contó me daba pena hasta decirle que frenara. Y sin embargo, por otro lado, está muy malhumorado últimamente. Parece que no tiene término medio. – Y eso en su amigo era rarísimo. Siempre tuvo más temple que él, por ejemplo, que tanto para bien como para mal tendía a emocionarse más. Asintió. Sí, Hillary necesitaba reconciliarse con su pasado, pero... Tampoco le vendría mal dejarse ayudar un poco, y Sean le parecía la persona más apropiada para ello. Alice y él por poco acaban mal por no mirarse a los ojos y poner las cartas sobre la mesa, sino ir cada uno pensando en sus propias cosas. No deberían fomentar que sus amigos hicieran lo mismo. Aunque Hillary ya le había pendido tiempo a Sean... En fin. Tenía que hablar con su amigo y relajarlo un poquito.

Oly, sí. La chica seguía haciendo como que no les había visto, y él seguía de brazos cruzados y encogido como si quisiera hacerse una bolita y rodar por ahí. No debería sorprenderle en absoluto que su novia sí decidiera que era lo mejor hablar con ella. Realmente, tenía razón... Habría que darle las gracias... Pero es que... – Si no es por eso... Y haberla visto así no hace que me dé menos vergüenza que... – No lo podía ni decir. Oh, Dios, ya estaba llegando. Ya se le estaba pasando el subidón y estaba llegando la vergüenza. Sean se lo advirtió, su propio cerebro se lo advirtió, pero él no hizo caso. El entusiasmo era efímero, y una vez se esfumaba, llegaba la realidad. Y su realidad ahora era tener que ponerse frente a frente a su amiga desde primero y compañera de puesto y darle las gracias por no contar lo que había oído. Oh, por todos los dragones, que les había oído...

Se frotó la cara y, antes de destapársela, su novia tiró de él. Abrió mucho los ojos. – ¿Qué? ¡No! ¡Alice! – Susurró con urgencia. ¡Que necesitaba mentalizarse primero! ¡Elaborar unas palabras aunque sea! Tragó saliva y, cuando llegaron a la altura de Olympia, frunció una sonrisa incómoda en los labios y se quedó prácticamente escondido detrás de su novia. Qué valiente. Ya estaba ese Marcus interior dándole la brasa otra vez, eso le pasaba por no escucharle en su momento. El pelo de la chica estaba cada vez más rojo, aunque seguía teniendo el fondo rosado. Si es que conocía a Olympia, ya se estaba viendo venir lo que iba a pasar como le sacaran el tema...

No se equivocó, de hecho se quedó corto. La chica suspiró y, con una sonrisa suave, se llevó una mano al pecho. - Ya ha hablado Sean contigo, ¿verdad? - Preguntó mirándole. Él asintió, pero ella ya llevaba su propio recorrido. En concreto, acercarse a Alice y acariciarle casi con devoción el broche que llevaba en el pelo. - Qué bonito es, es tan tan tú... Hubiera sabido que era tuyo aunque no te hubiera oído decir su nombre. - A Marcus ya empezaba a chirriarle el cerebro. Se mojó los labios y, mirando hacia arriba, suspiró dispuesto a hablar. Pero Olympia había cogido ya carrerilla, aunque sin perder ese tono etéreo con el que hablaba siempre. - En el fondo hay... Como algo muy místico y simbólico, ¿sabéis? - Dijo haciendo un movimiento con las manos. Marcus la miró parpadeando varias veces. - En realidad... Soy yo quien debería daros las gracias. - Acabáramos. Olympia iba a empezar a soltar locuras en breve, así que mejor pararla antes de que derivara. – Oly, realmente te agradecemos que... – Ay, yo sabía que tú lo ibas a pasar peor. - Le dijo la chica, poniéndole con suavidad las manos en las mejillas. Marcus entornó los ojos a Alice como si le gritara socorro, y eso que era un gesto muy habitual en su amiga. Pero en ese contexto... Era raro. Y más raro que se iba a poner.

- Eres tan correcto, y tan bueno, que pensé, "ay, mi pobre Marcus, si llega a enterarse alguien, como va a sufrir". Y digo, se lo voy a decir a Sean, porque ay, Sean tiene un alma tan bonita. Es que no había nadie mejor para contárselo, te iba a comprender tan bien. - Tú no sabes la bronca que me ha echado, pensó, pero a Olympia no había quien la interrumpiera ya. - Tenía que tener un gesto con vosotros, porque... - Volvió a hacer un gesto con ambas manos, pasándolas de arriba abajo señalándose su cuerpo. - Cuando uno hace el amor... - Marcus miró a los lados, espantado. Por Dios bendito, que nadie les escuchara. Ella siguió. - ...Hace una entrega, deja una parte de su alma. Todo vibra a su alrededor, la sintonía, el ambiente, los cuerpos... - Bueno. – Trató de cortar, carraspeando. – Nosotros solo veníamos... – Todo fluye. Ay, Marcus, no cortes ahora tu fluir. Tú sabes fluir, hoy ha quedado demostrado. - Se frotó la cara. No podía estar viviendo eso, de verdad que no. - Y vuestras vibraciones... Eran... Tan... TAN fuertes. - – De verdad que siento en el alma que hayas tenido que... - ¿¿Sentir?? - Preguntó Olympia, con los ojos muy abiertos pero sin alterar el tono. Como si la locura la hubiera dicho él, vamos. - ¡Me habéis dado un regalo! He sido parte de esa armonía, de esas vibraciones del amor y la pasión... - Y más rojo intenso se le estaba poniendo el pelo. Eso iba de mal en peor. - Vosotros me habéis entregado eso, y como algo simbólico... - La chica volvió a acariciar el colibrí en el pelo de Alice y añadió. - Dejasteis esto. Y yo lo encontré, y creo que era una metáfora perfecta de que debía devolveros el amor que me habías permitido presenciar... - Vale. - Detuvo Marcus, con un gesto de las manos y el tono lo más suave que pudo, acompañándolo con una risita nerviosa.

Tragó saliva y trató de sonreír (y de ignorar el hecho de que Olympia le estuviera mirando como si realmente les hubiera hecho un regalo). – Estamos en paz, entonces. – Oh, y tan en paz. - Dijo la chica con una especie de risita aliviada. Se llevó una mano al pecho otra vez y añadió. - Podía percibir vuestro amor y... Ha sido precioso. Y esas cosas que decíais, y... – ¡Por Dios! ¿¡Cuánto tiempo estuviste allí!? – Ya no pudo evitar preguntar. ¡Pensó que solo había entrado, oído y salido! Al parecer, no había sido así, y viniendo de Olympia podías esperar cualquier cosa. La chica esbozó una expresión pensativa. - Pues a ver, fui a recoger a Ky, la acompañé a clase de Teoría de la Magia y volví a subir para... - Entonces se detuvo. Frunció los labios, mirando a uno y a otro con expresión de niña que acaba de desvelar sin querer que ha roto un jarrón. - Bueno, entré en la cabina a la que iba y coincidió que era la de al lado. Entonces os escuché hablar de algo así como la erótica del poder y... - La cara de Marcus era un poema. Los ojos se le iban a salir de la cara. - ...Dije, "¡uy! Qué interesante, esto suena súper a Ravenclaw, me va a venir bien mientras..." - Y se volvió a parar. Marcus la estaba mirando ya con ojos de "di ya lo que sea que me va a dar un infarto". Pero Olympia volvió a reconducir a su manera. - Entonces detecté que erais vosotros, y dije, "ay, pero míralos, cómo se aman, si es que son tan preciosos". - Otra vez el pelo rosa chicle. Marcus prefirió interrumpir antes de que continuara. – Dime que te fuiste después de eso. – Olympia le miró sin comprender y, con toda la obviedad del mundo, respondió. - Claro que no. - Otra vez Marcus frotándose la cara. Se iba a desmayar, y la otra seguía hablando tan tranquila. - Estaba siendo partícipe de una energía pasional y tremendamente especial. - Ya tenía el pelo rojo otra vez, pero probablemente no tanto como deberían estar las mejillas de Marcus a esas alturas. Qué vergüenza estaba pasando. - Y fue tan bonito. Si por eso confirmé que eras tú, porque Alice dijo "Marcus". - Oh, por Dios... – Encima emulando el tono. De verdad, las cositas de Olympia.

- Pero Marcus, cielo. - Dijo la chica, comprensiva, poniéndole una mano en el hombro. Y Marcus que solo quería meterse bajo una manta y desaparecer. - Aish, ¿ves? Si por eso prefería que se lo contara Sean. - Añadió, mirando a Alice. - Es tan correcto, sufre mucho con estas cosas. - Gracias por la puntualización, Oly, pensó con retintín. Como que Alice no le conocía ya. - Pero cielo, no tienes que agobiarte. Si es lo que tenéis que hacer, sois guapos, y atractivos, os amáis, y os deseáis. Estas cosas no pueden reprimirse... – Pero no era el sitio. – Especificó él. La chica asintió. - Y por eso, porque sabía que pensarías así, he querido avisarte. Porque tú lo haces todo taaaan bien... Comprobado que todo todo, con el permiso de Alice, pero se la escuchaba bastante... – Bueno, creo que ya podemos dejar el tema. – Volvió a intentar zanjar, con una risa nerviosa y un gesto de las manos. Y también creo que pasas demasiado tiempo con la Profesora Hawkins. Es que hablaban las dos como si estuvieran igual de locas. No había nadie más interesado que él en parar ese tema, sin embargo... Frunció el ceño al caer en algo y, mirando a la chica, preguntó. – ¿Y tú qué hacías allí? – Ah, de repente se le había cortado el discursito.
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Vie Jul 02, 2021 8:27 pm

La erótica del poder
CON Marcus EN Sala común A LAS 08:00h, 1 de marzo de 2002
Si por su novio fuera, no irían nunca a hablar con Oly, y eso no podía ser, porque era su amiga, y Marcus la veía constantemente para ejercer de prefecto, pero le daba tantas vueltas a las cosas y, sobretodo, los discursos incómodos, que si no daba ella el paso, no lo darían nunca. Pero es que fue empezar a hablar Oly y la magia salía sola. Tuvo que morderse los labios por dentro cuando dijo lo de que debería darles las gracias y asintió mientras le acariciaba la peineta. — De nada, mujer. — Casi le dice "si lo llegamos a saber lo hacemos más por los baños a ver si le alegramos el día a más gente", pero se calló, primero porque a su novio le daba un patatús si decía eso, con lo agobiado que estaba, y segundo, porque Oly creía de verdad esas flipadas que decía y no quería ser una aguafiestas.

Inspiró muy fuerte y fingió un carraspeo porque la carcajada que casi le sale cuando Oly empezó a hablar de fluir y todas las bromas que se le ocurrían con eso, con que Marcus ahora no fluía, y demás eran demasiado graciosas en su cabeza. y no podía contárselas a nadie, qué tristeza. No quería decir nada porque si lo hacía se iba a empezar a partir de risa, aunque se preguntaba con qué gente y en que estado lo habría hecho Oly para tener aquella concepción. Tragó saliva con lo de la erótica del poder. Sí que era muy Ravenclaw, y también un poquito Slytherin. Y por supuesto que no se fue, vamos, si conocía de algo a la prefecta, lo raro era que no se hubiera puesto a hacer alguna danza de la lluvia del amor para animarles. Inspiró muy fuerte otra vez cuando Oly imitó su gemido y miró a ambos lados y dijo. — Tía, yo no hago eso. — Se hizo un silencio en el que la miraron las únicas dos personas que, efectivamente le habían oído hacerlo. Y Lex. Tenía que dejar de gritar el nombre de su novio cada vez que hacía ciertas cosas. — Bueno, no con ese tono... Es más... Sentido. — Trató de salvar, porque estaba segura de que Marcus se iba a desmayar. El pelo de Oly era un festival de tono rojizos, pero ya sabiendo más o menos lo que se iba a encontrar, podía controlar sus reacciones.

Por eso asintió con seriedad cuando se dirigió a ella. — Sí. La verdad es que ha sido un poco culpa mía. No pienses mal de él, Oly, sabes que siempre intenta hacer las cosas bien, la mala influencia soy yo. — Dijo poniendo una mano encima de la de la chica, que de inmediato se giró. — Oh no, no, no... Para nada... — Cogió la mano de Marcus y las unió, como si les estuviera casando por una especie de ritual de la flipadura. — Si vosotros sois dos almas en conjunción que estaban hechas la una para la otra. Yo lo supe desde siempre. — Ella sonrió. — Pues gracias por la confianza, Oly. — Y la tontería esa de cuando Marcus se quedó por ahí con Maggie o esa declaración fallida del pobre Theo, que se quedó con el alma hecha trizas.... — Bueno sí, sí, un camino muy largo, pero ya estamos aquí. — Atajó Gal. — Eso es completamente verdad. — Y otra risa que tuvo que contener cuando dijo lo de que lo hacía todo bien. Asintió, aguantando muy estoicamente y dijo. — Confirmado, prefecta Lewyn. — Es que no se podía resistir, se lo había puesto demasiado a tiro. — Pero si quieres que Marcus fluya... No hables de estas cosas delante de él. Que ya ves que no le hace ninguna gracia, y luego se enfada y ahí sí que no fluimos nada de nada. — Oly asintió también lentamente y aferró la mano de Gal. — Lo entiendo perfectamente. Y tranquilos, yo nunca traicionaría la intimidad que os personas elijan tener, sean cuantos sean los espectadores. — Eso último le hizo fruncir el ceño. ¿Pero qué infiernos pasaba en la sala de Hufflepuff?

Y por fin llegaron al tema candente: por qué estaba ahí. Gal ya había deducido que era por Kyla, pero... Ciertamente, ¿por qué había entrado en el baño? Era de lo más extraño. Por primera vez en su discurso, la chica se había quedado sin palabras. — Bueno, es que yo conozco ese baño porque es muy tranquilo y... Ahí me concentro muy bien... — Gal frunció el ceño y dijo. — ¿No tendrás cosas escondidas en ese baño, verdad, Olympia? — La chica alzó las manos negando, pero el pelo se le puso naranja. — No, no... O sea no están escondidas. Son plantitas que crecen más felices allí... — Ella soltó un jadeó ofendido. — ¡No te creo! después de lo que pasó en quinto... — Oly la señaló, pacificadora. — Eh, ya nos habíamos perdonado por eso, y además veo que empiezas a recordar, por lo que comentaste de las nebulosas antes en el baño... — ella miró a la chica y a Marcus confusa. — ¿Qué? A ver, volvamos. — Dijo tratando de retomar el hilo. — No se pueden criar bien plantas en los baños, la humedad de las tuberías... — Abrió mucho la boca. — No... — Dijo cayendo en lo que podía ser. — ¿Tienes setas alucinógenas, verdad? — La otra tragó saliva y ladeó al cabeza. — Pero son muy flojitas, nada parecido al estornudo del diablo, y es que a ti no te gustan las setas.... — Cierto, a Gal le daban mucha grima las setas, y cuando había que cuidarlas o recolectarlas se lo solía pedir a otro. — Y claro yo te las he quitado de en medio, vaya que no te dejen concentrarte... — Gal se llevó las manos a la cabeza. — Qué fuerte... Oly, eres de lo que no hay... — Ella suspiró hondamente. — No me regañéis, por fa. La vida como prefecta de séptimo es dura, y yo no tengo con quien comulgar como vosotros... — Comulgar... Que cara más larga tenía. — Estoy en plena conquista de Kyla y no me hace ni caso... Y eso que estoy segura de que nuestros espíritus concuerdan.
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La erótica del poder
CON Alice EN Sala común A LAS 08:00h, 1 de marzo de 2002
Estaba ya que no sabía donde meterse. Esperaba que su novia estuviera contenta con su decisión de buscar a Olympia para darle las gracias. Ellos, que hicieron algo que se debe hacer en privado donde no debían, y la chica, que era un festival de colores chillones y explicaciones alocadas e innecesarias sobre cosas que no debería saber. Un plan sin fisuras para no generarle un trauma.

Se estaba frotando la cara una vez más cuando notó que Olympia agarraba una de sus manos y la unía a las de Alice. Las miró de hito en hito con los ojos como platos, ya temiendo que les casara allí en mitad del pasillo por algún tipo de rito espiritual inventado por la Profesora Hawkins o a saber qué. Pero solo quería reafirmar la buena pareja que hacían, mientras Alice no tenía otra cosa mejor que hacer que seguirle el rollo con lo de que lo hacía todo bien. La miró con cara de no entender qué había hecho mal en la vida para que su novia fomentara semejante mal rato. Rodó los ojos con el tema del fluir. – Pues no, no fluyo. – Comentó cascarrabias, retirando la mano y cruzándose de brazos, encogido como si deseara tener un caparazón en el que meterse. Aunque abrió los ojos como platos y alzó la cabeza como un resorte, mirando a Olympia cuando dijo eso de "sean cuantos sean los espectadores". – Eh, no, nosotros, no... Ha sido un caso aislado. Aisladísimo. – Dijo mirando a Alice de soslayo. Esperaba que le hubiera gustado la experiencia, porque no se iba a repetir.

Afortunadamente y por fin, parecían haber dejado su tema. Aunque el tema actual no era mucho mejor, porque algo le decía a Marcus que la respuesta de Olympia no le iba a gustar. Mucho tenía que quererla y muy buena persona debía ser, porque saltaba a la comba con las normas, y él miraba a otra parte siempre. ¿Qué iba a hacer? ¿Chivarse a su compañero de Hufflepuff para crear tensión en los dos prefectos? ¿Decírselo a su jefe de casa, el Profesor Kowalsky, quien la trataba como si fuera su niña mimada y que seguro que le quitaba importancia porque era todavía más imprudente que toda la casa de Hufflepuff junta? ¿Se lo decía al Director Potter, para poner a su compañera en un aprieto gordísimo? Nada de lo que hacía era tan grave como para eso, pero seguía siendo una infracción de la norma. De verdad que no sabía qué hacer con ella.

Asistió a la conversación de las dos chicas cruzado de brazos, expectante y con ojos de "por favor no confieses un crimen ahora". No, qué va. Bueno, no era un crimen, pero sí una escandalosa ruptura de las normas. Ya casi se le salen los ojos de la cara cuando dijo lo de las nebulosas, apretando los labios como si así pudiera ayudar a la otra a callarse. Alice seguía sin recordar ni saber nada y así debía seguir siendo, al menos hasta que se fueran del castillo, porque Marcus tenía la firme creencia de que ese día se pasaron mil pueblos saltándose normas y aún podían ser castigados con carácter retroactivo. Entonces Alice dio con la clave. Ahí sí que los ojos le ocuparon toda la cara. – ¿¿Que tienes qué?? – Dijo alucinado, en un susurro urgente, notando el corazón en la garganta. La chica se encogió un poquito, mordiéndose el labio. – ¡¡Pero Oly!! – ¡Ay, no me regañes, Marcus, jo! - Lloriqueó. Ya estaba él frotándose la cara sin dar crédito otra vez, mientras ella se seguía justificando. - Es que estoy muy estresada, y Ky me hace el caso justito... – ¡Estupendo! – Dijo Marcus, alzando los brazos y rebosando sarcasmo por todos los poros. – ¡Le diremos a todos que tienes hongos ilegales y tóxicos cultivados en un baño del castillo porque la chica que te gusta no te hace caso! – Y por los EXTASIS. Y porque ya empieza a venirme largo lo de ser prefecta. - Marcus miró a otra parte y dejó caer los brazos con frustración, negando con la cabeza. - Es que a mí no se me da tan bien como a ti, yo tenía que haber sido tutora y ya está... No me gusta regañar y eso... Y tengo que estudiar mucho, y hacer un montón de cosas y... Ya nos quedan muy pocos meses... -

La chica se detuvo y Marcus, después de suspirar indignado, la miró de soslayo dispuesto a recordarle todo el reglamento de régimen interno entero y lo que un prefecto debía hacer en su cargo... Pero vio que su amiga había agachado la cabeza y el pelo se le había vuelto de un gris muy triste de repente. Tragó saliva. Si es que lo sabía, conocía demasiado bien a Oly, sabía que si estaba en ese baño era porque estaba haciendo lo que no debía. Sabía que se habían metido los dos en un lío, cada uno en el suyo, pero que al final habían quedado irremediablemente unidos y tenían un arma el uno contra el otro... Y ninguno de los dos la quería usar. Se frotó la cara otra vez y resopló. – A ver, Oly... – La chica seguía con la mirada baja y parecía un perrillo apaleado. Como se le echara a llorar, se moría, que Marcus llevaba muy mal los lloros. Miró de reojo a Alice. Ya parecía estar escuchando a su novia diciéndole "si mírala, pobrecilla, no es tan malo lo que ha hecho, no seas así, ella nos ha cubierto las espaldas, se lo debemos". Suspiró otra vez. – Oly... ¿Desde cuando tienes eso ahí? – Desde principio de curso. - Marcus parpadeó. Encima incumplimiento de normativa reiterado... - Se me ocurrió la idea en verano. Mi abuela está muy malita y en San Mungo le mandaron una poción que no había visto nunca, porque era la única que la mantenía medio estable. La estuve analizando y descubrí que tenía setas, lo cual no es nada habitual... - Dentro de su triste argumentación, soltó una risita. - Y cada vez que se la tomaba se ponía muy graciosa. Flipaba un montón... Decía que veía el color de mi pelo por todas las paredes de la casa. - Se encogió de hombros. - Así que deduje que era una seta alucinógena, pero tenía alguna propiedad medicinal, porque si no, no se la habrían dado. - La chica miró a Alice y le tiró de la manga. - Herbología y medicina, pues lo que a ti te gusta. - Rio y se encogió de hombros otra vez. - Pero no te dije nada porque... Bueno, aparte de que es ilegal y todo eso, es que no lo sabía seguro. Y lo dicho, no te gustan mucho las setas. - Se giró entonces a Marcus y dijo. - Te juro que estoy estudiando mucho, pero mucho mucho. Tengo un montón de libros, te encantarían, te los puedo prestar si quieres. Pero claro... Yo no soy como vosotros, no leo tan rápido ni tengo tanta retentiva, y necesito mi tiempo para... - Se llevó los dedos a la cabeza e hizo una floritura con un gesto de concentración. - ...Interiorizarlo todo, ¿sabes? Que me llegue, que se me queden así bien las cosas. - Echó aire por la boca y añadió. - Y claro, entre querer sacar esto, estudiar para los EXTASIS, hacer todos los trabajos, las reuniones de prefectos, estar pendientes de todo lo del puesto... Y querer pasar tiempo con mis amigos y con... - Frunció los labios. -...Una persona que claramente le da más importancia a todas esas cosas que he dicho que a mí. - Marcus y Alice intercambiaron miradas. Algo le decía que no era Sean con la única persona con la que habría que tener una conversación. - Pues un día dije... Oye, mi abuela se queda muy relajadita cuando las prueba, voy a probar un trocito... - Miró a los chicos con cara ilusionada y dijo. - Están ricas, son como champiñones. -Bueno, ya había oído suficiente.

– Oly... ¿Por qué no dejas todo eso para cuando salgas del castillo? – Alzó las palmas. – Vale, no es exactamente lo mío pero... Reconozco que está muy bien. Todo conocimiento es bien recibido, sobre todo si es para salud. – Olympia le miró con la cabeza ladeada y expresión triste, aunque un tono bastante tranquilo. - No tengo tantos recursos, Marcus. - Tragó saliva. A veces se le olvidaba que no todo el mundo tenía las mismas comodidades que él. - Mi casa es pequeñita, no tengo jardín y se caldea mucho, se me morirían todas las setas. ¿Y dónde las consigo? Aquí siempre hay alguien que puede conseguirme las semillas, pero yo vivo en Cornualles. ¿Cuántos alumnos conoces de Cornualles? No tengo demasiados contactos... A saber cuando podría retomar mis investigaciones. Si al menos salgo de aquí con algo sobre lo que presentarme ante los magos y brujas y decir, "ey, he descubierto esto, ¿podéis ayudarme a seguir investigando?" - Le miró con ojitos de pena y le dijo. - Vosotros me entendéis, ¿verdad? - Marcus esbozó una sonrisilla. – A ratos. – Bromeó, pero tiró suavemente de la chica y le dio un abrazo. – Sí que tienes un privilegio, ¿sabes cuál? – La chica rio un poquito, abrazándole, y dijo. - ¿El de que Marcus O'Donnell me las perdone todas? - Se echó a reír y, separándola, le dijo. – Eres más lista de lo que nos quieres vender, Olympia Lewyn. –
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La erótica del poder
CON Marcus EN Sala común A LAS 08:00h, 1 de marzo de 2002
Entornó los ojos y contuvo una risa, dándole ganas de decir "que sí, mi vida, que no lo haremos más". Pero Oly empezó a darle pena en el momento en que Marcus empezó a regañarla. Sí que era verdad que el puesto de prefecta le venía largo, lo pensaba desde quinto, pero claro, ¿quién era ella para juzgar quién es buen prefecto y quién no? A ver, que ella no aprobaba para nada le uso de esas sustancias ni en el colegio ni en ninguna parte, pero en cuanto empezó a contar lo de su abuela se le reblandeció un poco el corazón, y más de imaginarse a la abuela viendo los colores por las paredes. Y era tan mona relacionándola a ella con las plantas y la medicina. — Ya, pero, Oly... — Dijo con un tono mucho más dulce. — Eso es para la gente que lo está pasando mal físicamente y hay que calmarla... No puedes usarla sin más para el estrés que tengas, eso se tiene que manejar de otra forma... — "Aparte de que es ilegal y todo eso". Esa era Olympia Lewyn en estado puro. No pudo evitar sonreír. — Sí, sí que me dan grima. Pero eso es lo de menos... — Notó cómo su novio la miraba al mencionar lo de Kyla. Tanto se habían reído sus amigos de ellos, y al final iban a acabar teniendo que resolverle la papeleta a todo el mundo.

Se unió asintiendo a lo que le propuso Marcus. — Es que si lo haces fuera del colegio sí que vas a poder desarrollarlo como Dios manda... — Pero es cierto que no estaba teniendo en cuenta el contexto de Oly. Nunca hablaba mucho de su casa y su familia, de hecho ni se acordaba de que era de Cornualles. Y un poco de razón sí tenía en que no iba a poder desarrollar casi nada allí... — Se nos tiene que ocurrir otra solución. — Dijo determinada. — Si te pillan, te echan y no podrás hacer magia, y ahí sí que la habremos liado. Así que... Bueno, tú de momento ten mucho ojo. — Suspiró y la miró con una sonrisa. Mientras abrazaba a Marcus, y le miraba a él con adoración, que se transformó en risita cuando Olympia salió con aquella contestación. — No se te escapa a ti una. — Le dijo con cariño. — Y, para ayudar en lo que puedo yo, despreocúpate del trabajo de Herbología y de la clasificación. Esa te copio la mía y la usas. — Oly abrió mucho los ojos. — ¡Pero, Gal! Con las horas que te ha costado a ti tenerla así tan ordenada y completita. — Ella se encogió de hombros. — Bueno, no me importa compartirla contigo. Y además, Ethan me la roba y me la va copiando poco a poco cada vez que me pongo a trabajar en el invernadero, si crees que no lo sé... — Ambas rieron un poquito. — ¿Y el trabajo?Me apaño con Theo y hacemos tu parte, no nos va a costar nada. Seguro que a él no le importa tampoco. — Y le saltó a los abrazos también. — Eres un alma reluciente, Gal. Solo te van a pasar cosas buenas en la vida, ya lo verás. El universo te lo devolverá. — Eso la hizo reír mientras se separaban. — Ya te lo ha devuelto un poquito... — Dijo entornando la mirada a Marcus. Ella le pellizcó la mejilla y se rio. — Zalamera, que sabes muy bien a quién adular... — Pero tenía mucha razón. Tomó la mano de Marcus y se dispuso a alejarse con él. — No te metas en líos, prefecta Lewyn. — Ella negó. — Ni vosotros, y seguid tan bonitos. — Dijo tirándoles un beso.

Se alejó de allí con su novio de la mano, y cuando llegaron al piso principal, tiró de él hacia los jardines, aunque ya estuviera oscureciendo. — Ven, quiero tenerte un último ratito para mí nada más. — Entornó los ojos y puso una sonrisilla. — De manera casta y legal, lo prometo. — Dijo arrastrándole al patio sur, cerca de aquel pozo que le traía recuerdos del día que le contó el sueño que había tenido con él. — ¿Te acuerdas que aquí te conté aquel sueño... Especialito? — Dijo con una risita. Se acercó a un banco y le sentó a su lado, acariciándole la mejilla. — ¿Sabes con qué sueño ahora? — Alzó las cejas y se perdió en sus ojos, lo cual la hacía sonreír como una boba. — Con esa casa que me enseñaste. Con las horas que vamos a pasara trabajando en el taller... — Agarró sus manos y las miró, acariciándolas con los pulgares. — Con que llegue el día en el que sepa hacerte plenamente feliz. — Y ella sabía a lo que se refería. Se inclinó hacia delante y le besó tiernamente. — Oly, tiene razón. Tengo mucha suerte de tenerte, es un regalo que me hace el destino o el universo o lo que sea... Por todo lo malo que me ha pasado... Ahora tengo un Marcus. — Le dio otro breve beso. — Y sé que te he dicho que me encanta el Marcus regañón y todo esto... Y me encanta, eh... Al menos en ese contexto. — Se rio y volvió a acercarse, sin perder la vista de sus ojos. — Si estoy enamorada de ti es porque veo ese Marcus bueno, justo, comprensivo... Tan tierno cuando quieres... Que ser... — "Serías tan buen padre" pero no quería tirarse piedras en su propio tejado. — Que serás siempre tan buena persona, que cualquiera daría lo que fuera por tenerte a su lado para siempre. — Soltó una risita y se encogió de hombros. — Por desgracia para los demás, eres mío.
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Dom Jul 04, 2021 12:28 pm

La erótica del poder
CON Alice EN Sala común A LAS 08:00h, 1 de marzo de 2002
Miró a Alice con una sonrisilla y se tragó un suspiro de reprobación, pero en fin, qué le iban a hacer. Porque, por supuesto, Marcus tenía que aportar su parecer a eso de dejar que otros alumnos copien tus apuntes. "Así no se aprende", decía siempre. Se calló, sin embargo. Lo dicho, a Oly se las pasaba todas, y siendo honestos, la Hufflepuff sabía más de Herbología que el noventa por ciento del castillo y gran parte de la población mágica, si bien era del tipo de Herbología que no siempre se impartía en clase. No podía hacerle daño a su conocimiento copiar los apuntes de Alice, solo facilitaría su camino.

Ya lo de hacer su parte del trabajo no le convencía tanto, pero en fin. Ni era su asignatura, ni era su casa, ni era su trabajo, ni era él básicamente. No entraba en su jurisprudencia, aunque Marcus tuviera que ponerle la nota de opinión sobre lo que le parecía correcto y lo que no a todo. Tenían bastante consentida a Olympia, la verdad, pero ahí estaba la Hufflepuff, lanzándose a darle un abrazo a Alice. Alzó las cejas con una sonrisa cuando dijo que el universo ya le había dado algo bueno, mirándole a él. Rio un poco y negó con la cabeza. – Qué bien se te da comprar a la gente. – La chica soltó una risita alegre y movió la melena, la cual mantuvo su color rosado pero empezó a lucir unas bonitas vetas azules. Marcus volvió a reír, se despidieron y su novia y él se fueron juntos de la mano.

Rodó los ojos, pero no pudo evitar reír. – Sí, por favor, ciñámonos a lo legal lo que queda de día al menos. – Contestó entre risas. Alzó un índice y añadió. – Aunque, hasta donde yo sé, la casa ha ganado en las últimas veinticuatro horas un total de treinta y cinco puntos: los diez que nos ha dado el Profesor Adams, los cinco que me ha dado a mí el Profesor Weasley, los cinco que te he dado yo a ti y los veinticinco que han reunido nuestros cinco discípulos, hacen un total de cuarenta y cinco puntos... Menos los diez que anoche le quité al puñetero Creevey, treinta y cinco. – Se encogió de hombros, sonriente, pasándole el brazo por los hombros a la chica. – Eso unido a nuestro ratito impartiendo alquimia, y a nuestro otro ratito... – Miró a los lados y se acercó de nuevo, bajando la voz. – Fuera del marco de la legalidad. – Volvió a su sitio. – Hacen que haya sido un gran día. Casi hasta ha compensado el mal rato que me ha hecho pasar Oly. – Bromeó.

Se acercaron al pozo que estaba en el centro del patio y asintió, riendo levemente, a la pregunta de su novia. – Ya ves que si me acuerdo... – Un año hacía de eso, y parecía que había pasado más tiempo que en toda su amistad junta. Habían vivido tantas cosas desde entonces... Y todo había cambiado tanto... Atendió a sus palabras y su sonrisa se fue ensanchando cada vez más. Respondió su beso y, con los ojos aún cerrados, susurró. – No dejo de pensar en ello. – Su futura casa, su futuro taller. El taller de sus sueños, literalmente, en La Provenza. El reflejo que el Espejo de Oesed le devolvía... Ah, eso le recordó algo. En segundo juraron volver a ponerse ante el espejo justo antes de abandonar el castillo para ver si algo había cambiado. Y tanto que había cambiado... Había cambiado a mucho mejor. Y si en aquel momento estaba decidido a hacer sus deseos realidad, ahora muchísimo más.

Acarició su mejilla con ternura, negando un poco con la cabeza. Él no era un regalo, él era solo... Él. Pero sí coincidía con Alice en que lo había pasado muy mal y merecía ser feliz. – Tengo toda la vida para darte solo cosas buenas. – Y eso sí que lo tenía clarísimo. Hacía años que le pidió a las estrellas el deseo de que Alice fuera siempre feliz. Realmente, era una promesa hecha a sí mismo, la promesa de hacer todo lo que estuviera en su mano por conseguirlo. Rio al comentario sobre el Marcus regañón. – Espero que te guste de verdad, porque te quedan muchos años de verlo... – Él era consciente de lo cascarrabias que podía llegar a ser, y solo tenía diecisiete años. Lo que le quedaba que aguantar a la pobre Alice. Pero ella seguía, y empezó a decirle esas cosas bonitas que le hicieron fruncir los labios en una sonrisa, mirándola enternecido. Por un momento parecía haber dejado una frase cortada a medias... Pero continuó como si nada, y él estaba demasiado perdido en sus palabras como para pensar en lo que no había dicho. Acarició su mejilla de nuevo y su último comentario le hizo reír. – Lo soy. – Volvió a besarla, demorándose un poco más en un suave beso, por aquella vez hacía un año en aquel mismo lugar en la que hubiera deseado no estar espalda contra espalda, sino frente por frente, besándose así y prometiéndose cosas que él no era capaz entonces de reconocer que quería. Rozó su nariz con la de ella y le dijo. – Para lo bueno y para lo malo... No te vas a librar de mí tan fácilmente, Alice Gallia. – Con una sonrisa y sus ojos clavados en los de ella, apoyó su frente en la de Alice y añadió. – ¿Sabes lo que seré siempre? – Y, con una caricia en su mejilla, respondió él mismo su propia pregunta. – Un pobre prefecto enamorado hasta las trancas de la perfecta alumna díscola. –
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