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Sáb Jun 26, 2021 6:47 pm



ET VESTALIS IGNIS SACRI CUSTODIAT
ONE ON ONE | ORIGINAL | ROMA

♨
Año 162 de nuestra Era.
El fuego de Vesta se mantiene intacto en el templo consagrado a la Diosa, al pie del monte Palatino.
Y mientras el fuego arda ininterrumpidamente, Roma está a salvo.
Es por esto, entre otras cosas, por lo que el reciente emperador Marco Aurelio, apodado el Sabio, puede dormir tranquilo.

♨

Tras el templo, en la Casa de las Vestales, diecinueve mujeres ostentan un poder único para su sexo en Roma.

Ellas son las Vestales, las vírgenes consagradas a la diosa, vigías eternas de esa llama que no se ha apagado nunca desde que el rey Numa Pompilio, allá en los inicios de la monarquía romana, las instituyera.

Las vestales deben ser niñas hermosas, sin mácula alguna en la mente o en el cuerpo, hijas de padres romanos libres y reconocidos.

Pero en muchas ocasiones, las famílias no desean darlas, pues las pierden para siempre. Por eso, cuando el Pontífice máximo reclama para el templo a la hija de un patricio, la niña será llevada con o sin el consentimiento de su pater.

Esto es lo que ha ocurrido con Iulia.

Es hija de un tribuno militar romano retirado, que se ha establecido en el Lacio, en su villa, junto al resto de su familia.
Iulio Servio Agellius tenia un hijo y esta única hija. Por esto mismo, la llegada de la Virgo Vestalis Máxima, para reclamar a la niña, le cayó encima como una jarra de agua fría. Sin embargo, nadie en su sano juicio se alzaría contra tal decisión; de echo, era evidente que la niña había sido propuesta para tal honor por su propio hermano, pontífex de Marte (Flamen Martialis).

Tres son las etapas de servicio:
De los seis a los diez será conducida al templo. Hasta los veinte, será novicia.

De los veinte a los treinta, será sacerdotisa, y gozará de privilegios tales, a cambio de su virginidad y devoción, como voz en el senado o la potestad de perdonar la vida a un reo condenado a muerte.

Entre sus tareas diarias destacaban presenciar ceremonias religiosas, purificar la tierra del Templo cada mañana con el agua extraída de una fuente dedicada a la ninfa Egeria y cuidar de reliquias religiosas. Algunos aristócratas aprovechaban su inviolabilidad para que protegieran sus documentos y cartas importantes.

De los treinta a los cuarenta, será instructora de las novícias, vestal reconocida y respetada.

La sacerdotisa mayor se conocerá como Virgo Vestalis Máxima.

Cumplidos los cuarenta, sería libre de irse o de casarse, si lo deseaba.

Pero el castigo para la vestal que pusiera en peligro la seguridad de Roma, incumpliendo su voto de virginidad, sería la muerte, sin excepción.
La muerte...sólo que no se puede derramar la sangre de una vestal, ni siquiera en este caso.
Por este motivo, aquellas infractoras que traicionaran así al Imperio, serían maniatadas y se las cubriría con un sudario, para después colocarlas en una litera.
Las exhibirían por las calles y, al presentarse delante del Pontífice Máximo, este levantaría sus brazos y, tras recitar una plegaria, la vestal atravesaría una lápida para descender hacia una cripta.
Allí, enterrada en vida, encontraría una lenta muerte.
Y por si esto no era suficiente castigo, dejaban comida y agua en su interior para prolongar por más tiempo su agonía.
♨

Con tal amenaza sobre su cabeza,
¿Quién sería la desdichada que se atrevería a jugar con fuego?
♨

Cuando Iulia llegó al templo, fue otra novícia algo mayor que ella, Lívia, quien la ayudó a adaptarse, quien consoló sus noches de llanto.

Ahora, cuando Iulia alcanza la misma condición que ella y abandona el noviciado, las dos volverán a acercarse.

♨

Y, ¿qué dice la ley vestalis sobre dos mujeres?
¿Es este el mismo delito?

Iulia
Vestal| Marianna Fontana | Little Cash
Livia
Vestal | Rachel Weisz | Myshella
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Sáb Jul 03, 2021 9:14 pm


Hic et nunc
LIVIA | TEMPLO |
El día de su conversión se acercaba a grandes zancadas provocando un sinfín de sentimientos encontrados en Julia que apenas recordaba ya su vida fuera del templo. Su familia había llorado desconsoladamente entre las discretas paredes de su hogar cuando fue llamad a servir a Vesta como una de sus vestales. Un sacrificio que pagaron como buenos romanos a pesar del dolor de sus corazones.

Julia sí recordaba las palabras de su madre y de su padre, cómo le decían que estaban orgullosos de ella mientras las lágrimas recorrían las mejillas de la esposa del patricio. Sus hermanos la despidieron como si fuese a morir porque sabían que pasarían años hasta que volvieran a verse...si es que llegaba a convertirse en alguien de valor para la comunidad. Ella estaba pagando, ojalá no se olvidasen del alto precio.

Era media tarde y los rezos de ese día estaban a punto de finalizar. Julia había abandonado la sala para dirigirse al jardín interior del templo, un espacio donde podían reunirse con otras vestales o entregarse a más horas de rezo. Ella creía en los dioses y en sus designios pero estaba cansada de una vida que nunca había deseado. Se sentía sola a pesar de estar rodeada de personas y soñaba con marcharse de ese lugar para siempre. Los primeros meses había llorado en soledad pero al final se había acostumbrado a no sentir nada más que obligación y devoción hacia la diosa que mantenía a Roma en alza.

Sabía que su papel era crucial para el bienestar del Imperio pero se había cuestionado muchas veces porqué había sido ella y no otra, ¿qué la hacía especial frente a otras muchachas? Desconocía que su tío había sugerido su nombre alegando que quería que su familia recibiera tal honor. Julia se observaba los dedos en profundo silencio sabiendo que en nada sería nombrada sacerdotisa.

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Última edición por Little Cash el Sáb Jul 10, 2021 12:39 pm, editado 3 veces
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Lun Jul 05, 2021 7:20 pm


Hic et nunc
Livia, con Iulia | Casa de las Vestales | Última hora de la tarde
Era la víspera de la Vestalia, y por eso los familiares de las niñas, las jóvenes novícias, así como los de las sacerdotisas, gozaban del privilegio de visitarlas en el Atrium Vestales, su palacio.

Ella recordaba perfectamente la ilusión con que esperaba, no hacía más de dos años atrás, la llegada de esa festividad para ver a su madre.

Porque las novícias en extrañas ocasiones atraviesan las puertas del templo y se adentran en Roma. Y, de hacerlo, acompañan a una de las sacerdotisas en trayectos perfectamente bien custodiados.

Por supuesto, porque ese es su derecho. La escolta de las Vestales es un asunto de estado.

Livia atendía, solícita, a la llama Sagrada. Era su turno.

Desde la puerta del templo, fuera, en los jardines, una novícia en concreto llamó su atención, bajo aquel velo blanco que cubría las siete trenzas. Una a la que, en la festividad del día siguiente, llevarían a vestir la toga sacerdotal y abandonaría su posición de aprendiz.

Nuevas tareas y responsabilidades...como la que atendía ella en ese momento. Pero también nuevos privilegios y renovada libertad, para entrar y salir del templo. La presencia de una Vestal en cualquier acto público siempre aportaba prestigio, de modo que las casas patrícias se las disputaban.

Se acercó al lindar de esa puerta. Aguardó a que los familiares se despidieran de ella.

Y la llamó.

-Iulia.

Una sonrisa se dibujó en su rostro, recordando el día en que, de niña, esos diez años atrás, la Virgo Maxima Vestalis la hizo subir al carpentum y acompañarla.

Vamos a buscar a tu nueva compañera, le dijo entonces, cuando ella misma era una de las seis novícias.

De pie, a las puertas del templo, con la llama de Vesta ardiendo a sus espaldas, cruzó las manos ante sí y esperó a que la más joven de las dos se acercara a ella.






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Sáb Jul 10, 2021 12:48 pm


Hic et nunc
LIVIA CASA DE LAS VESTALES | ÚLTIMA HORA DE LA TARDE


Su familia había ardido feliz al reencontrarse con ella, sobre todo, su madre que había necesitado muchos meses para asumir que su hija nunca podría desposarse con un hombre ejemplar y darle nietos. Su marido la había ayudado a pasar el luto propio de los padres que han imaginado en su mente cómo sería el futuro para sus hijos perfectos. Iulia había sido elegida para un bien mayor y superior, eso le decía su hermano a la madre de la criatura.

Cuando se despidió de ellos, se protegió debajo del velo para que nadie viese su expresión taciturna. Sabía que el "ascenso" a sacerdotisa le daría más libertad pero ella seguía pensando que no era la mujer idónea para ocupar ese cargo. Aun así, nunca se había atrevido a decirlo en voz alta por temor a que quisieran castigarla o, peor, a decepcionar a los sagrados dioses en los que tanto creía desde su niñez.

Una voz suave se dirigió hacia ella. Era la de Livía, ya nombrada hace años sacerdotisa. Una joven que la había recibido en sus primeros días y con la que siempre había congeniado. Livia la había protegido de todos los males, a veces, incluso la había consolado cuando nadie miraba. ¿Cómo no iba a hacerlo si no era más que una niña? Verla siempre resultaba extrañamente reconfortante.

—Livia— pronunció su nombre con un deje de familiaridad conforme se levantaba, algo más alegre, para posicionarse delante de ella. Livia cuidaba de la Llama Sagrada, una labor que pronto también le correspondería a ella. Aquel flameante elemento era hipnótico y mágico...sabía reconocer que escondía una esencia especial entre sus colores anaranjados.

—¿Cómo estás?— preguntó con ese halo de timidez que la acompañaba desde la infancia.

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Dom Jul 18, 2021 9:00 pm


Hic et nunc
Livia, con Iulia | Casa de las Vestales | Última hora de la tarde
Livia sonrió ampliamente, cuando Iulia hubo subido la escalinata del templo.
-Orgullosa-anunció, cabeza en alto y manos ante sí- por mi nueva hermana.

Llevó la diestra a señalarle el camino, hacia el interior de ese pequeño templo de tan vital importancia para la Gran Roma, y aguardó a que ella entrara primero, antes de seguirla al pie de la llama sagrada.

-Aunque a decir verdad hace ya diez años que lo somos- posó su mano sobre el hombro de la joven recién ascendida- desde el momento en que pendiste del árbol, se cortaron tus cabellos y vestiste la túnica blanca.

Esa costumbre, la de atar una cuerda entorno a la cintura de la niña y elevarla sobre las ramas del árbol central del patio de la Casa de las Vestales resultaba tan inquietante para cualquiera de ellas como extraña era su explicación.

Para elevarlas sobre el mundanal devenir, para ascenderlas, como elegidas de la Diosa Protectora.

Vaya cuento.

No había una sola de ellas que no hubiera hecho un terrible esfuerzo por no gritar, cuando no habría logrado contener ese chillido.

Que ella recordara, Iulia había sido menos escandalosa que ella misma, esos tres o cuatro años antes, cuando fue ella quien atravesó las puertas del palacio virginal por primera vez.

Lo del cabello...era también algo traumático. Porque no, no tardaba nada en volver a crecer la melena cuidado y brillante de cualquiera de las vestales. Pero eso de tener que cortarse el pelo primero...también arrancaba lágrimas a las novícias.

Recolocó, al pensarlo, un mechón de los cabellos de Iulia que escapaba, rebelde, de las siete trenzar enzarzadas.

-Creo que la Vestalis Maxima ha decidido que sea conmigo con quien realices la primera visita a Roma.


Y su mirada se desvió a la puerta. No la del templo, sino la de más allá, la del muro. La que daba a la ciudad, con toda probabilidad, añorada en aquella década por ella.

-En calidad de vestal, por supuesto. Debemos llevarte al emperador.
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Jue Jul 29, 2021 3:59 pm


Hic et nunc
LIVIA CASA DE LAS VESTALES | ÚLTIMA HORA DE LA TARDE


Livia había sido un rayo de luz durante los primeros años de su estadía en el templo. Era una mujer madura de fuertes convicciones y creencias que la había acogido y ayudado a establecerse en la sociedad y rutina de las vestales. Su compañía le infundía sosiego, tranquilidad y paz. Era la persona en la que más confiaba, su mejor amiga en medio de un mar de inocencia y fe. Sin ella estaba segura que hubiese vivido mucho peor todos los cambios, era una guía.

—Gracias Livia—le sonrió con ternura e inocencia. Seguía siendo una niña encerrada en el cuerpo de una futura sacerdotisa. ¿Cómo crecer cuando se te ha privado de tu desarrollo?

Obedeció la indicación educada, sus pies pisaron las sagradas losas del lugar tantas veces encomendado a las vestales. Era un centro religioso de vital importancia para el devenir de la sociedad romana. Solo los aptos podían traspasar sus puertas y observar la llama.

El tacto contrario erizó el vello de su piel, Iulia observó los ojos de Livia con intensa devoción. Admiraba su forma de moverse, de profesar una fe infinita y, a su vez, de salvaguardar la integridad de sus propias emociones. Deseaba ser tan fuerte como ella.

—Ha pasado tanto tiempo...—susurró rememorando el horrible día de su entrada a la orden. Había aguantado por su familia pero había odiado a toda la estructura social por obligarla a un acto tan difícil. Solo la mano ajena tuvo la fuerza necesaria para protegerla de su tristeza en esa década y devolverla a la realidad en esos momentos.

—Oh...—sonrió con amplitud porque la idea la agradaba, Livia era la mejor persona para ello —Será un honor ser acompañada por ti—reconoció con sus iris brillantes —El emperador...¿y qué sucederá a continuación?—intentaba recordar todos los pasos pero los nervios le jugaban malas pasadas.

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Dom Ago 01, 2021 5:59 pm


Hic et nunc
Livia, con Iulia | Casa de las Vestales | Última hora de la tarde
Rió, al verla así, tan prudente y tan comedida. Tan impresionable aún.

-Nada-contestó, la voz endulzada, un tanto apiadada de ella- ¿Qué esperas que suceda?

Livia se sentó en el margen de mármol, el primer escalón del fuego, y dejó espacio a su lado para ella- es sólo que tiene que verte.

Todas ellas eran importantes, y mucho, para Roma. ¿Cómo no iba a querer saber el emperador su nombre, cómo no iba  a querer reconocer su rostro? Más allá de las ropas que la delataran, cuando se encontraran de ahora en adelante en cualquier acto, fiesta o, simplemente, calle o palacio?

-Verás que pronto empezarán a invitarte a todo tipo de eventos. Las familias patricias se pelean por nuestra presencia. Dicen que les aporta prestigio. Ya ves tú...como si nuestra mera presencia hubiera de atraer sobre ellos la protección de los dioses.

Livia sabía que, en toda aquella parafernalia, se encerraba el deseo siempre insaciable de los grandes cónsules por alcanzar más gloria y más riqueza que los otros.

-Y, por supuesto, habrá quien considere de lo más entretenido tentarte. Jugar a provocar un desastre. Cuídate mucho de esas aves de carroña.

Provocar la caída de una vestal. Olvidaban, acaso, esos mismos que en el castigo a ellas se imponía también pena al causante. Pero aún así, o justo a propósito de esto. ¿Qué mejor modo de librarse de un oponente especialmente odiado que acusarle de haber seducido ni más ni menos que a una vestal, en cuya virginidad descansaba la segurida de la misma Roma?

-Sin embargo, volver a ver la ciudad te sentará bien. Nos adecentaremos y nos iremos en cuanto Marcia tome el relevo, cuando venga ella a custodiar el fuego.

Esto era, entonces, a esa última hora de la tarde. Aquella noche las dos vestales cenarían en el Palatino.
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Sáb Ago 07, 2021 7:56 pm


Hic et nunc
LIVIA CASA DE LAS VESTALES | ÚLTIMA HORA DE LA TARDE


La risa de Livia era un regalo para sus oídos, la Sacerdotisa conservaba su júbilo y buen humor a pesar de lo difícil que resultaba para las más jóvenes mostrarse alegres en sus primeros días o meses. Livia se había adaptado a esa nueva vida con una facilidad envidiable para la mayoría.

Iulia se encogió de hombros porque solo conocía la teoría aunque, en el fondo, esperase cualquier cosa que la desprendiese de ese lugar y la llevase a otro camino. ¿Y si el Emperador se encaprichaba de ella? ¿O algún hombre de su consejo? No, era imposible. Eran observadas con tanta devoción que estaban destinadas a una vida de soledad que entristecía los recodos de su corazón.

—Cierto— asintió y se sentó a su lado atreviéndose a tomar su mano —¿Recuerdas cómo fue tu rito, Livia? ¿Estabas tan inquieta como yo?— preguntó la "novicia" con un halo de curiosidad bañando sus irises pardos. Siempre quería saber más sobre Livia, era un placer culpable.

La realidad de la que le hablaba...le parecía atrayente, debía admitirlo. Saberse rodeada de patricios y fuera de las paredes del recinto era...un soplo de aire fresco que anhelaba sentir en su rostro. Una sonrisa expectante decoró su tez blanquecina, antesala de la emoción que tenía contenida en el estómago.

—¿Me acompañarás a esos eventos?—sus dedos dibujaron las formas de los de Livia en un gesto cariñoso pero nada lujurioso, era el único afecto que podía mostrar y compartir aunque la mención de posibles enemigos la hizo arrugar el rostro —¿Tentarme? ¿A ti te ha sucedido?—abrió mucho los ojos, sintiendo cierta ¿rabia? por imaginarse a uno de esos sucios hombres queriendo mancillar a una mujer como Livia.

La promesa la obligó a abrazar a Livia. Se perdió en el olor que emanaba de su cabello en los apenas diez segundos que duró aquel gesto. Después se apartó rápidamente para recuperar la compostura, estaba visiblemente emocionada por la salida.

—Pero...¿puedo salir ya?—preguntó antes del incesante paso de las horas.

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Lun Ago 09, 2021 9:18 pm


Hic et nunc
Livia, con Iulia | Casa de las Vestales | Última hora de la tarde
Los nervios de Iulia le resultaban enternecedores. No tenía recuerdo de haber estado tan nerviosa ella, al pasar de novícia a vestal, esos tres años atrás.

Sí  a su llegada, de niña, a la Casa de las Vestales. Y eso, quizá, porque ella era, además, algo menor de lo que fuera Iulia en su momento.

Cuando la nueva vestal tomó su mano, buscando protección, ella acarició sus cabellos, sobre esas trenzas enlazadas.

-Exactamente igual que el tuyo, y el de cada una de nosotras, desde que Roma existe y hasta el final de sus días-le contestó, risueña- recuerdo que lo esperaba con ilusión. Que quería volver a ver las calles, y el foro. Que me habían asegurado que, a mi paso, se perdonaría la vida a los condenados a muerte, y que los patricios me ofrecerían manjares lujosos para que honrara su mesa. Que los lictores apartarían de mi camino a cualquiera que osara interferir en él, sin mi consentimiento. Y, casi, casi, que cuando yo saliera a la calle la lluvia cesaría si ese era mi deseo.

Livia rió.

-Esto último no es cierto- lo demás, lo era.Todo.

Correspondió a su abrazo, arrullándola por un instante, y alzó su mentón al siguiente, para que la mirara.

-No siempre-respondió, con total sinceridad- porque en ocasiones es una sola de nosotras la que acude a donde se la solicita. Y porque en otras, tú estarás aquí, custodiando la llama, y en otras lo estaré yo. Pero cada noche regresamos a la Casa de las Vestales. Y siempre puedes venir a verme, antes del dormir, para conversar sobre cualquier cosa que te inquiete.

Soltó su rostro, y se puso en pie.

Fuera, en el patio, podía apreciarse la blanca túnica de una tercera vestal aproximándose.

-Y los lictores te protegerán siempre, eso es completamente cierto, no te preocupes.

Livia señaló hacia la entrada del templo.

-Ah, mira, Sabina. Mi guardia acaba-tendió la mano a Iulia- podemos irnos, hay mucho qué hacer.

Sabina atravesaba el lindar del templo entonces, y se detuvo a saludarlas. Besó ambas mejillas de Iulia, dándole la bienvenida al grupo de las consagradas.

Entonces Livia pudo llevarse consigo a la joven vestal.

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Miér Ago 11, 2021 3:19 am


Hic et nunc
LIVIA CASA DE LAS VESTALES | ÚLTIMA HORA DE LA TARDE


Livia le relató cada una de las ventajas que le ofrecería su nueva posición, su radical cambio de vida. Prometía ser algo mucho más alegre y fantástico que le permitiría ver más a su familia e, incluso, socializar con otras personas fuera del círculo de las elegidas. La simple idea de comer aquellos alimentos que no probaba en años, le hizo la boca agua.

La muchacha se sentía protegida no solo por el aura de Livia sino por su consejo sincero y positivo. Ya se imaginaba en todas estas situaciones siendo protegida, admirada y apreciada por el pueblo romano. No se le había olvidado que jugaba un rol fundamental en el porvenir de la ciudad pero debía admitir que no siempre le resultaba suficiente para sentirse feliz cada mañana. Pero, por fin, todo cambiaría.

—Suena sugerente—admitió con mirada cómplice —Lo de la lluvia será mejor que no suceda—rió con la mayor envuelta en la atmósfera de confianza absoluta que las rodeaba. El abrazo correspondido fue lo mejor de su día y cuando finalizó, se perdió en los orbes ajenos que tantas veces la habían contemplado con afecto.

—Así será—aseguró muy segura de que le contaría cada una de sus "aventuras" a Livia igual que ella había hecho en algunas ocasiones —Gracias—se desprendió del tacto cálido de su mano y después se incorporó en cuanto apareció la hermana Sabina para relevar a Livia. La más joven se despidió de la sacerdotisa entrante recibiendo sus besos con una sonrisa mucho más alegre de lo habitual.

—Te sigo—su mirada se perdió en el bello movimiento que la túnica de Livia creaba al ser mecido por el viento y rozar el mármol del brillante suelo de la que pasaría a convertirse en una de las salas más importantes de su vida. No sabía a dónde irían pero mientras Livia estuviera con ella, se sentiría segura.

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Jue Ago 19, 2021 10:03 pm


Hic et nunc
Livia, con Iulia | Casa de las Vestales | Última hora de la tarde
La pragmática Roma vivía, paradójicamente, de supersticiones.

Y, como toda superstición, en el aspecto de ellas -una superstición, además, que andaba bien visible entre los vivos- radicaba toda su magia.

La vestal debía vestir de fino blanco. Trenzaba sus cabellos en siete trenzas simbólicas, como las siete colinas sobre las que se alzaba la gran Roma. Entrelazadas entre sí, se recogían a su vez sobre una diadema elaborada en rojo y blanco, la vitta.
Finalmente, cubría, al cruzar las puertas del palacio de las vestales, cada una de ellas su cabeza con el manto blanco, símil de la palla de mas matronas.

Así, Livia condujo a Iulia, antes de nada, al baño y al tocado, para que las esclavas las ayudaran a ambas a vestirse adecuadamente. Las stolas de esa noche se tejían en telas especialmente finas y costosas, aun cuando fueran pulcro blanco.

Después, las puertas del atrio de las vestales se abrieron para ellas dos, y ambas mujeres salieron a la calle.

Las aguardaba la guardia de lictores, y un carpentum. Porque cómo iban a ensuciar ellas sus sandalias, andando por Roma...

Livia se acomodó en la litera, dejándole sitio a su lado.

La luna se alzaba ya sobre las calles.

-No tardaremos en llegar-le dijo, tomando su mano- ¿recuerdas cuando viniste? la vestal máxima me escogió a mi para acompañarte, como ahora. ¿Porqué crees que lo haría? ¿Cómo podría ella saber que nos llevaríamos bien?- más que bien, siempre le había agradado por encima de las demás. Sentía por ella un aprecio dulce que, en el pasado, siendo niñas, y en este tiempo en que habían ocupado espacios distintos dentro del templo, achacaba a sentimiento fraternal. Porque Livia tenia una hermana menor, de la edad de Iulia. Aunque, al sonreírle, la mirada tranquilizadora fija en la contraria, se encontró pensado con extrañeza que quizá no era exactamente fraternal.

Desestimó el pensamiento, dejó ir con suavidad esa mano, y se volvió, a apartar ligeramente las cortinas.

-Es tarde. Poca mujer decente, por no decir ninguna, recorre las calles ahora.

Excepto ellas. Las más puras de todas.
❈ PROUVAIRE ❈





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Dom Ago 29, 2021 3:46 am


Hic et nunc
Livia, con Iulia | Casa de las Vestales | Última hora de la tarde
Peinada como una vestal se sintió imponente al abandonar el edificio para saludar a los lictores y subirse a la litera. Sus ojos se mostraban ligeramente emocionados al presenciar el mundo exterior después de tantos años. ¿Seguiría todo en el mismo sitio o habría cambiado? Estaba deseando descubrirlo pero debía comportarse y no parecer una niña. Primero, porque tenía una imagen que mantener y segundo, porque no quería decepcionar a Livia.

Jugueteó con sus trenzas hasta que la mano de la mayor se posicionó sobre la suya. Su corazón ya se había acelerado denostando una emoción que no sentía con nadie más...como si Livia pudiese despertarla del estado de somnolencia que le provocaba estar encerrada después de tantos años.

Iulia se dejó mecer por el vaivén de la litera y el cosquilleo que le provocaba Livia. Su mano abrió un poco las cortinas semitraslúcidas. La brisa nocturna arremolinaba sus cabellos y sus ojos se enfrentaban a la luna con admiración profunda. Era hermosa y tan libre que la envidiaba.

—Puede que haya sido cosa de los Dioses, ¿no crees?—la contempló admirando la forma de su rostro, estaba especialmente hermosa esa noche —No es de extrañar...¿Siguen siendo peligrosas? Recuerdo que mi madre me lo decía porque siempre quería correr por ellas vacías de gente...Por supuesto, no lo hice—rememoró con una sonrisa nostálgica en su boca.

—Livia...—susurró su nombre —¿Crees que seré una buena vestal?—preguntó realmente preocupada. Era una duda que la asaltaba a cada instante desde que le avisaron de que pronto ascendería en tan peculiar jerarquía religiosa.





Última edición por Little Cash el Jue Sep 02, 2021 5:21 pm, editado 1 vez
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Mar Ago 31, 2021 5:28 pm


Alea iacta est
Livia, con Iulia | Calles de Roma | Primera hora del anochecer
Por supuesto que no lo hizo, salir sola a recorrer nada.

El lugar de la patricia romana es en su casa. Ellas, de hecho, gozarán ahora del privilegio de una libertad excepcional para una mujer en el Imperio.

Eso las diferencia de las bárbaras y de las esclavas, ¿no es justamente así?

Ellas tendrán voz y voto en la política de la gran Roma. Pero sólo ellas, y porque su virtud consagrada les confiere ese poder.

Livia cambia su posición en el carpentum, y se acomoda mejor, estirándose al lado de Iulia, para ver a través del mismo punto de las cortinas que ha apartado la joven.

Alcanzan a ver las piernas de una mujer de túnica corta, justo por detrás de los brazos del lictor que camina a ese lado de su litera, que las escolta.

Al alzar la vista, distingue el cabello teñido de rojo. Una meretriz.

Toma el rostro de Iulia del mentón, volviéndolo a ella, en un afán protector, quizá. Quiere evitar que la vea.

-Las calles de Roma deben ser peligrosas, porque esta ciudad es el corazón del mundo, y en ella viven tantas personas como en reinos enteros en otros lados.


Que puede que sea un poco exagerado...pero menos de lo que puede parecer

-Y por supuesto eso implica gente de todo tipo. Pero nosotras estamos seguras.

La siguiente pregunta, la lleva a sonreír. Dulce y suave, mirada y voz -de Iulia- se le antojan adorables.

-Tú ya eres una vestal magnífica.

Cuidadosa, deja un beso sobre la mejilla de esta, su protegida de entre todas sus compañeras, y la acerca a ella.

-Llegaremos pronto-le anuncia.

Pocos metros las separan ya del Palatino.




Última edición por Myshella el Lun Sep 13, 2021 9:56 am, editado 4 veces



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Jue Sep 02, 2021 5:34 pm


Alea iacta est
Iulia, con Livia | Palatino | Primera hora del amanecer
Iulia escuchaba cada palabra de su protectora con la misma dedicación que la persona encargada de recopilar las vidas de las personas. Adoraba a la contraria y todos lo veían aunque nadie creía considerarlo nada insano, más bien, fruto de un vínculo comprendido solo por las mujeres que vivían entre los sagrados muros del templo.

La mano ajena se le antojó cándida y audaz cuando la apartó de presenciar las piernas de una mujer distinta. Livia, que parecía escuchar sus pensamientos, le advirtió de los peligros que encerraban las calles de una de las ciudades más importantes del mundo conocido. Ella aceptó las ideas hasta interiorizarlas aunque seguía sintiendo curiosidad por lo que sucedía allá donde nadie se atrevía a mirar. ¿Depravación? ¿Crímenes? ¿Injurias?

La visión del Palatino extinguió de su mente las ideas previas. Era uno de los lugares más importantes de la ciudad donde se contaba que la Loba había encontrado a Rómulo y Remo, fundadores del centro neurálgico del Imperio. Los edificios eran colosales y majestuosos, la colina menos elevada de las siete que la conformaban.

El hogar del Emperador se encontraba ubicado en tal enclave y a unos pasos el Circo Máximo donde se disfrutaba de las carreras de cuadrigas entre otros tantos divertimentos. Era un sitio único del que solo le habían hablado pero nunca había tenido la oportunidad de visitar de cerca.

—¿Estoy bien?—preguntó al bajar del palanquín y alisarse las ropas. Nerviosa era poco.



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Mar Sep 07, 2021 5:25 pm


Alea iacta est
Livia, con Iulia | Palatino, casa de Livia | Anochecer
-Perfecta-asintió Livia, ampliando sonrisa y llevando la diestra sobre el hombro de la que era, al menos por aquella noche y los días posteriores, su protegida.

Con suavidad, la hizo avanzar -una junto a la otra- hacia la entrada, en donde la guardia pretoriana abrió paso para ellas.

Se dirigían al complejo más antiguo del conjunto, justo a la izquierda del pórtico principal. A la Casa de Livia.

Cuando hubieron cruzado aquella primera entrada, en el vestibulum, antes siquiera de llegar al atrium, una figura imponente aguardaba su llegada.  Dos pasos más atrás, su esposa esperaba a que las vestales se acercaran primero al emperador, antes de saludarlas ellas.

-Bienvenidas- las recibió Marco Aurelio. Y al inclinar la cabeza de Livia, hizo lo propio esa Roma encarnada.

Livia se apartó, dejando frente a él a Iulia.

-Nuestra nueva hermana-indicó- Iulia

Domitia Faustina, la emperatriz, se acercó entonces hasta Livia, a quien reclamó a su lado, tomándola del brazo para llevarla hasta el triclinum.

-No somos muchos en esta noche-le aseguró, al oído, tras lanzar una mirada a su espalda, a la joven nerviosa- para que se sienta más cómoda.

-Te lo agradecemos- musitó Livia, refiriéndose con ese plural al conjunto de las vírgenes vestales.

Así, Marco Aurelio quedaba frente a frente con la joven recién ordenada.

-Iulia...-repitió, ofreciéndole él el brazo- ¿de qué família procedes, vestal?

Cuando hubieron alcanzado la sala correspondiente, pudieron ver que apenas seis de los senadores habían sido invitados.

Faustina llevó a Livia hacia los de la izquierda, en donde se esperaba que pudieran acomodarse las tres mujeres presentes.




Última edición por Myshella el Lun Sep 13, 2021 9:56 am, editado 3 veces



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Lun Sep 13, 2021 2:51 am


Alea iacta est
Iulia, con  Livia | Palatino | Primera hora del amanecer
Caminó junto a Livia siguiendo cada uno de sus pasos. Espalda recta, hombros alzados y mentón rígido. Las trenzas caían sobre su espalda y todo en ella parecía apto y digno de la posición que iba a ocupar en el hogar de las vestales.  

El hogar del Emperador era hermoso y brillante. Los mosaicos del suelo le recordaban a su hogar y los altares a los dioses del hogar estaban en los sitios pertinentes. Algunas flores frescas inundaban de dulces fragancias las estancias y los guardias no apartaban la vista de un punto desconocido en el horizonte.

El Emperador era apuesto, imponente. Iulia inclinó la testa con delicadeza y profundo respeto hacia el dios humano del Imperio con quién se quedó "a solas" cuando la Emperatriz reclamó la compañía de Livia.

—Es un honor conoceros—admitió agarrándose al brazo de su anfitrión —De la familia de los Claudios, mi Señor—contestó con la elegancia y la sencillez propia de las vestales. No obstante, prefería no ser ella la que iniciara la conversación sino dejarse guiar por Marco Aurelio hacia la estancia donde había seis senadores preparados para una velada crucial en su futuro.

Iulia inclinó la cabeza con una sonrisa suave esperando que Livia le echase un cable. ¿Debía seguir del brazo del Emperador o unirse a las mujeres?





Última edición por Little Cash el Jue Sep 23, 2021 1:49 am, editado 1 vez
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Jue Sep 16, 2021 11:03 am


Alea iacta est
Livia, con Iulia | Palatino, casa de Livia | Anochecer
Livia rezagó un poco el paso, dejando que la emperatriz se adelantara a ella, y se volvió para recoger a Iulia. Ambas sacerdotisas se reunieron entonces con esa otra mujer, cuya importancia para Roma no era nada despreciable pero que, a decir verdad, jugaba un papel muy distinto al de ellas.

Los emperadores habían tenido, desde la adorada Livia Drusila, emperatrices de todo tipo. Algunas de ellas encumbradas como el modelo a seguir por las matronas; otras, difamadas, habían pasado a la memoria colectiva como libertinas. Unas habían influido en la política imperial y en el senado. Otras, ni siquiera habían mostrado interés por los asuntos de estado.

Pero todas ellas ejercían esa influencia así. En cenas pequeñas e íntimas, bajo mano.

Sin embargo, las vestales tenían voz en ese senado. Se las escuchaba, como si de hombres patricios se tratara.

Faustina se recostó en el triclinium justo a la derecha, en la posición más cercana a su marido. Iulia quedó en el centro, y Livia  su izquierda.

Y, mientras los hombres allí presentes omitían sus nombres, dando por sentado que la joven vestal debía conocerlos, y Livia quien susurraba disimuladamente los nombres a su oído- Vero, Marco,  Lucio, Petronio, Tiberio y el hijo del emperador, Cómodo-un liberto entró, seguido de los esclavos domésticos, para servirles.

La cena se dispuso en las mesas ante ellos; en el lado de los hombres, sirvieron el vino que ellas, como buenas romanas, tenían prohibido beber. Las tres.

No hubo mucho de que extrañarse en los tintes que tomó la conversación siguiente. Referencias a campañas militares en Germania, y a los designios de los Dioses. Bienaventuranzas para la nueva servidora de Vesta, y comentarios aquí y allá sobre quien de ellos había tenido en la familia jóvenes designadas como vestales con anterioridad. Todo un honor, para cada casa.

Mientras el parloteo amenazaba con sumirlas en el aburrimiento, y Livia atendía a Faustina, uno de los esclavos dejó junto a Iulia una pequeñísima nota cuidadosamente doblada.





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Jue Sep 23, 2021 1:59 am


Alea iacta est
Iulia, con  Livia | Palatino | Anochecer
Su amiga apareció en el momento idóneo para guiarla junto a la anfitriona y emperatriz. Iulia se acomodó en el triclinium que le fue asignado y fue memorizando varios de los nombres más poderosos e influyentes del Imperio Romano. Nombres que le sonaban del pasado y que había creído haber olvidado en sus últimos años de vida cuando servir a la diosa se había convertido en su máxima prioridad.

Sus rostros se mostraban bien cuidados y atentos a cada una de las palabras que pronunciaba apaciblemente, como ser divino, el Emperador. Fue en uno de esos momentos en los que no prestas toda la atención, que recayó en que habían empezado a servir la cena y la bebida aunque ellas no compartiesen el líquido granate que deleitaba a los hombres. Sus ojos se posaron en el zumo y cuando tuvo la oportunidad lo saboreó recordando cuán lujosa había sido su vida anterior.

Como hija de patricio había poseído hermosos vestidos y joyas. Había podido acudir a algunas actividades ociosas y a reuniones donde sus amigas y ella hablaban del futuro. Una vida que se le antojaba tan lejana como ajena, como si la hubiese vivido otra persona y no ella.

Perdida unos segundos en sus reflexiones regresó para atender los comentarios de su anfitrión y sus invitados. Comentarios sobre episodios bélicos que escuchaba con atención por ser distintos a todos lo que estaban a su alcance en un templo donde, en la mayoría de charlas, solo se hablaba de la llama y la diosa. Después el foco de la conversación se desvió hacia las vestales y su futuro por lo que se permitió asentir agradecida o sonreír educada cuando halagaban su papel en Roma.

Fue en uno de esos momentos cuando descubrió un papel doblado que abrió con sumo cuidado. Nadie podía verlo porque era casi tan pequeño como la palma de su mano. El mensaje no le era muy claro y tampoco sabía quién se lo había enviado por lo que buscó con la mirada a cada uno de los libertos y esclavos esperando que el indicado le hiciese algún tipo de señal...

¿Qué significaba aquello?



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Vie Sep 24, 2021 9:33 pm


Alea iacta est
Livia, con Iulia | Palatino, casa de Livia | Anochecer
La mirada de Iulia no logró cruzarse con la de liberto o esclavo alguno, puesto que el que había entregado la nota bien se cuidó de evitarla y, los otros, por supuesto, mantenían su posición.

Con la mirada que sí se encontró, fija en ella, fue la perteneciente al senador de menor edad, Tiberio.

Tiberio era un hombre joven para ostentar ya el honor de vestir la púrpura senatorial. Joven, en comparación a los demás, puesto que en Roma se estipulaba que, para formar parte del senado, debían haberse pasado los sesenta años.

La edad nos vuelve prudentes y sabios, dirían.

En el caso que nos ocupa, se había hecho una excepción, debido a la importancia de la familia a la que el patricio pertenecía. Y, aún así, había sobrepasado los cuarenta.

Y, aún así, parecía que no le asistía toda la prudencia y la sabiduría que cabría esperar.

Porque la nota pretendía invitar a la nueva vestal a otra cena. Una privada, en la domus de su propiedad. Una cena para la que, decía esa nota, le agradaría fijar fecha. Y para eso pretendía llamarla fuera de la cena, por un momento.

Livia se había vuelto hacia Iulia en ese instante y, al ir a hablar con la joven, notó la mirada del hombre. Así, tan insistentemente sostenida en ella.

Apretó los labios, por un instante.

-Iulia-la llamó, al tiempo en que estiraba la mano para recoger la de ella- Iulia...la emperatriz nos comentaba que querría que asistiéramos con ella al teatro, en la próxima semana. No creo que la vestalis máxima ponga objeción alguna. Además, se trata de una tragedia especialmente representada para las patricias romanas.

Se inclinó un poco hacia ella.

Mientras, en el otro lado de ese triclinium, Tiberio se incorporaba.

-Disculpadme un momento- dijo el patricio.

Y salió al atrio.

Salió al atrio seguro de que, una joven recién ordenada, no querría ofender ya a una familia tan poderosa como la suya.





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Sáb Sep 25, 2021 6:12 am


Alea iacta est
Iulia, con  Livia | Palatino | Anochecer
No encontró lo que buscaba y eso la dejó con la curiosidad revoloteando en el interior de su mente. Sabía que no era lo correcto porque su posición era un honor y debía cuidarse pero no dejaba de ser una persona inquieta y la nota...era extraña, casi ambiciosa.

De repente, notó el cuerpo de Livia más cerca del suyo, su voz hablándole cerca sobre no sé qué había comentado la Emperatriz. ¡Ah, el teatro! La muchacha asintió recuperando la compostura aunque nunca había dejado de estar perfecta e impoluta para la pequeña comitiva que estaba presente en la cena.

Se aferró a los dedos de Livia. A su calidez, a su aroma, a su presencia. Era el puerto al que regresar cuando se sentía a la deriva y sinceramente consideró que era un regalo de los Dioses para guiarla en su confusiones. Por eso le dedicó una sonrisa suave.

—Será un honor asistir al teatro junto a la Emperatriz—lo dijo en voz alta para que su anfitriona la escuchara.

Inesperadamente el senador más joven se puso de pie. Era apuesto, galante pensaría una patricia en edad casadera y...releyó la nota lejos de Livia y se preguntó si él era el dueño de esa letra y si debía aceptar esa pequeña e inesperada reunión. ¿Qué podía ocurrir si se negaba a acudir?

—Necesito acudir al baño—le dijo al liberto más próximo que, para su poca sorpresa, la condujo hacia el lugar donde se encontraba el joven Tiberio. El corazón de Iulia latía a mil por hora.

—¿Queríais hablar conmigo, Senador?—le preguntó manteniendo las distancias. Sus ojos eran los de un cordero inocente y dulce.



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Dom Sep 26, 2021 6:33 pm


Alea iacta est
Livia, con Iulia | Palatino, casa de Livia | Anochecer
La nota, desde luego, venía escrita de casa. Un fragmento de pergamino, por mucho que tenga restos de haber sido reutilizado, no se consigue al momento y en cualquier lugar.

Antes de acudir a la cena, la presencia de las dos vestales era de sobra conocida para los invitados.

Las letrinas, por otro lado, se sitúaban fuera, en la parte posterior del patio. Como en la mayoría de las casas romanas. Y, del mismo modo, constaban de un largo banco en el que podrían sentarse cómodamente dos o incluso tres personas a un tiempo. Tinajas de agua y jabón para limpiar restos indeseados, y ese canal de agua que las recorría por debajo, para servir de alcantarillado.

Quien diría que en un tiempo no tan lejano-apenas cien años más- acudir al baño se convertiría en un quehacer privado y vergonzoso.

Pero a Iulia no la llevaron hacia el persitilo exactamente. O más bien sí. De hecho, a la entrada de ese jardín interior, y a la diestra. Al pie del altar a los lares que se ubicaba en este punto. Uno discreto, pequeño e incluso bonito. Discretísimo, si tenemos en cuenta que se encontraban en la primera de las dependencias del Palatino.

Allí aguardava, contemplando las figuritas, el senador.

Tibero se volvió al oír los pasos. Sonrió. De un gesto despreocupado de la mano despachó al esclavo que había llevado con él a la joven.

-Ah, Iulia- la llamó, indicando un lugar a su lado, antes de volver a mirar el pequeño altar.

-Me honra que hayas aceptado reunirte conmigo- prosiguió- Oh, posiblemente tú no lo sepas. Pero tenemos antepasados comunes-le explicó.

Ese no era un dato extraño. Las famílias patricias, de un modo u otro, divorcios o repudios arriba y abajo, acababan todas emparentadas.

-Mi abuelo materno y, creo recordar, el tuyo paterno.

Posiblemente sería más acertado decir su bisabuelo. La diferencia de edad entre una y otra suponía esa generación.

Tras nombrarlo, y por supuesto con intención de que sirviera para que la joven confiara un tanto más en él, se volvió a mirarla y le tendió la mano.

-A mi familia les honraría mucho contar con tu presencia. Me preguntaba si cenarías con nosotros, en nuestra domus.

Una pausa marcada, y un inclinarse hacia ella dio continuidad a la frase, con la parte realmente importante para él.

-Me refiero a tí, desde luego. No serán precisas otras vestales. A fin de cuentas, estarás en casa.

Dentro, en el atrio, Livia había alzado la cabeza, contando tempos. Algo, no podría decir qué con exactitud, le estaba resultando molesto...inquietante.

-Disculpad...-empezó a decir, antes de que la emperatriz la detuviera.

-Iulia estará por volver- indicó la patricia.

Y ella no tuvo otro remedio que volverse a reclinar.

-Enviaremos a alguien a buscarla- propuso domina Faustina.

Alzó la mano, y la voz.

-Visania-llamó, y una esclava de tez oscura se acercó hasta ella- ve a por la domina. Quizás no se encuentre bien.

La muchacha hizo una reverencia, y salió al impluvium, a cumplir con su cometido.






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Vie Oct 01, 2021 3:31 pm


Alea iacta est
Iulia, con  Livia | Palatino | Anochecer
Le inquietó que los esclavos la condujeran directamente hacia el encuentro de Senador porque denotaba que todo estaba preparado. ¿Había organizado todo aquello el político para encontrarse con ella? ¿Se trataba de un interés personal y concreto hacia ella o le habría valido cualquier vestal? ¿Por qué no escoger a Livia que estaba más preparada y gozaba de mayor experiencia en ese tipo de reuniones? Iulia estaba confusa pero procuró mantener el rostro sereno hasta dilucidar de qué iba todo aquello.

La acompañaron hasta el jardín donde aguardó inquieta y con el corazón latiéndole furioso y acongojado. No entendía lo que estaba sucediendo y, cuando llegó Tibero, no supo si alegrarse o huir al baño en busca de refugio. Sus ojos inocentes se posaron en los del hombre antes de presenciar la retirada ordenada del esclavo.

Estaban solos. Aparentemente.

Iulia tragó saliva y se posicionó donde el hombre le indicó. Estaba sobrecogida porque ella no dejaba de ser una niña que todavía no se había convertido en vestal y había crecido aislada del mundo real, sus problemas y sus intrigas. No podía imaginarse que Tibero pudiese albergar indecorosas o malas intenciones. Era ingenua.

—Desconocía ese detalle, Senador pero me honra saberlo— no había olvidado todo lo que sabía pero lo había guardado en una parte de su mente asociada a un pasado melancólico que prefería no transitar en exceso. Su vida estaba vinculada al fuego sagrado y no existía nada más.

Dubitativa aceptó la mano del contrario. Su propuesta la dejó perpleja, curiosa y un tanto desubicada.

—¿Yo?— cuestionó incrédula —Os acompañaré, claro aunque no sé si es posible todavía— admitió temiendo haberlo ofendido y que eso no solo la perjudicara a ella sino a la propia Livia —¿Podrá esperar? Sabrá usted que nos regimos por unas leyes estrictas que no deben ignorarse— apartó la mano despacio procurando aparentar tranquilidad —Mas, preferiría acudir acompañada, no quisiera ser un aburrimiento para su familia— sugirió advirtiendo unos pasos aproximándose.

Visania, a la que ella desconocía, los miraba de una forma que indicaba que estaban haciendo algo poco idóneo. Iulia percibió la inquietud contraria antes de que la esclava le preguntase si estaba bien y le informase que era reclamada en la reunión.

—Debo volver, Senador. No quisiera ofender a la hospitalidad de nuestro Emperador— comentó despidiéndose y dispuesta a seguir a la esclava de vuelta a la reunión principal.



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Mar Oct 05, 2021 3:14 pm


Alea iacta est
Livia, con Iulia | Palatino, casa de Livia | Anochecer
Visania había aparecido justo a tiempo.

Cuando la joven esclava entró en el peristilo, había detenido el paso al tiempo en que carraspeaba para hacer notar su presencia. Y para provocar que el senador retirara la mano de la vestal.

Al menos, mientras desviaba la mirada de la joven vestida de blanco hasta dar con el objeto de intromisión; tiempo suficiente para que la sacerdotisa pudiera apartarse también sí, como ella creía, estaba viéndose comprometida.

Como esclava conocía bien las reacciones, las alertas en la pose y el la voz, cuando una mujer se sentía acorralada, por ligera que fuera esa presión.

Y debía ser así, porque en efecto la domina Iulia había aprovechado el momento para volverse rápidamente con ella.

Visania sonrió, caminando delante de la joven, más no le dijo nada...porque, ¿qué podía decir ella, una esclava? A una desconocida. Si se hubiera tratado de una domina de la casa, la confianza sí le habría permitido preguntar si todo estaba en orden.

El senador se quedó allí, la vista vuelta hacia los lares. Se había limitado a asentir con un golpe de cabeza. Y a pensar que habría mejor ocasión para insistir.

Ambas mujeres regresaron a la cena, y la esclava se retiró tan pronto como Iulia ocupó de nuevo su lugar en los divanes.

Livia fue entonces quien estuvo observándola, ligero halo de preocupación en su mirada, que no hizo sinó incrementar cuando, pocos minutos después, Tibero regresó también.

El resto de la cena prestó poca atención a la conversación. De hecho, se disculpó en nombre de las dos-y sin consultar a Iulia-tan pronto como hubieron tomado algunos dulces de miel y dátiles, de postre, y antes de que quisieran agasajarlas con música.

-El fuego nos reclama- expuso, a modo de disculpa. Aunque ni una ni otra tenían turno esa noche para cuidarlo. ¿Quién podria saber que eso no era cierto? Nadie conocía el modo en que se distribuían ese sagrado deber las vestales.

El emperador y su esposa insistieron en acompañarlas hasta la entrada, en donde volvían a esperarlas sus guardias.

Subió al carpentum y aguardó a que se acomodara Iulia, antes de cerrar las cortinas, y aislarlas a ambas del mundo exterior.

-¿Qué ha ocurrido?-le preguntó







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Jue Oct 14, 2021 2:22 am


Alea iacta est
Iulia, con  Livia | Palatino | Anochecer


Iulia caminó junto a Visania en completo silencio hasta que abandonaron el peristilo y se adentraron de nuevo en la domus como tal. La aspirante a sacerdotisa lanzó una mirada a su alrededor y entonces buscó las palabras exactas en su cabeza.

—Por favor, no informéis a nadie de esto—no era una orden sino una petición. Iulia había perdido familiaridad con los esclavos al abandonar su vida acomodada para convertirse en vestal donde ella había pasado a realizar acciones y tareas que normalmente les correspondían a los hombres y mujeres adquiridos por la familia. Desde tales cambios, no se atrevía a ordenarle a nadie que hiciese algo por ella; así que se dirigió a Visania con educación, como si hablase con una igual y no con alguien socialmente inferior.

Cuando regresó a la reunión, nadie se percató en exceso de su presencia excepto Livia que la analizaba con preocupación e inquietud. Iulia recuperó su asiento y dejó a un lado sus propios temores para centrarse en ser una invitada interesante y comprometida con la conversación social en la medida que le era posible.

La cena le supo a gloria porque había pasado toda una vida desde que devorase manjares como aquellos. Sonriente se despidió de sus anfitriones y subió al carpentum junto a Livia para regresar al templo donde las aguardaban el fuego, sus compañeras, sus deberes y su refugio.

La pregunta se formuló en cuanto las cortinas se corrieron poniendo a Iulia en una posición comprometida porque sabía que iba a decepcionar a Livia y no podía soportar tal idea.

—Un esclavo me entregó esto—le pasó el pequeño pergamino y cuando creyó que lo había leído prosiguió —El senador me habló de nuestras raíces compartidas y me solicitó acudir a una cena junto a su familia en honor de tales orígenes—compartió incapaz de mirar a los ojos a la vestal mayor.



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Jue Oct 21, 2021 6:44 pm


Alea iacta est
Livia, con Iulia | Palatino, casa de Livia | Anochecer
La vestal recogió la nota que le entregaba la más joven, al tiempo en que esbozaba una sonrisa tranquilizadora.

En parte, porque imaginaba el contenido de ese retazo de pergamino, en parte porque la confianza que en ella depositava Iulia era tal que incluso le permitía leerla, en lugar de darle un relato convenientemente sesgado sobre el pequeño incidente.

Su confianza, aunque no inesperada, sí era digna de toda deferencia.

Estiró en trocito de letra, y la leyó, al tiempo en que ella se lo resumía.

Y suspiró, a medio camino entre la resignación y el alivio. Porque, después de todo, el tono de la misiva era suficientemente...educado, discreto.

Aun cuando la vestalis máxima lo hubiera encontrado en su posesión, de nada podría haberla acusado.

-Pues no se si sois parientes realmente, aunque dada la antigüedad de uno y otro linaje, muy probablemente se pueda encontrar por donde justificarlo, sí- empezó a decirle, al tiempo en que recogía el papelito y lo guardaba ella.- pero me resulta inquietante que indique, justamente, esa preferencia porque acudas sola, justo en tus primeros días de regreso a las calles de Roma...

Se inclinó un poco, acomodándose mejor en la litera, y pasó un brazo entorno a los hombros de Iulia, acercándola a ella.

-Ya te dije que seducir a una vestal, justo por lo prohibido, es casi un pasatiempo para hombres de alta posición social. Y, claro, al mismo tiempo declinar la invitación de un senador es casi una ofensa. El truco está, cara mea, en no permanecer a solas con ellos.

Cuestiones a caballo entre la seducción, el orgullo propio y la política.

Se volvió a mirarla, porque mientras la acomodaba contra sí, había estado pendiente, esquina de esas cortinas tomadas, del avance a través de las calles.

-Por supuesto, un esclavo o una esclava no cuenta. No podrían testificar, si se diera el caso. Yo iré contigo. Una vez esté allí, no se atreverán a echarme.

Llegaban entonces a la casa de las vestales.

El carpentum se detuvo, y Livia bajó de él. Lo primero que hizo, camino de las puertas de entrada a su prisión dorada, fue dejar caer en la pira que ardía a modo de antorcha en la vasija junto a la jamba la nota, para que el fuego la consumiera.

-Ya no dormirás en la alcoba de las novícias-le recordó- te quedarás conmigo, compartiremos estancia. Al menos hasta que tú instruyas a otra.

Quizás el año próximo.





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