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Mar Jul 06, 2021 6:41 pm

Things I'll never say
CON Marcus EN Aula de trabajo A LAS 16:00, 11 de junio de 1998
Estaba delante del espejo de su cuarto en toalla. No se había mirado prácticamente desde que volvió de Gales, porque tampoco tenía ganas, ni motivos. Su vida se basaba en tratar de entretener a Dylan cuando no había nadie más para hacerlo. No tenía ganas de nada y le daba un poco igual que fuera verano. Su padre estaba sumido en un silencio completamente impropio de él… Y al que creía que se tenían que empezar a acostumbrar.

Y a lo que no se acostumbraba seguro ninguno, era a que Janet no estuviera en casa. Había días que llegaba la hora de comer y a ninguno se les había ocurrido hacer la comida. Había cosas que ninguno sabía donde estaba. Había mañanas en las que se levantaban, y alguno de ellos había olvidado que Janet ya no estaba. Y Alice lo notaba, precisamente, en que no tenía nadie a quien preguntarle qué hacer a continuación. Porque aparte de porque no tenía ganas, el motivo por el cual no se había mirado en el espejo, era porque no se reconocía a sí misma. De un día para otro, su cuerpo no parecía el suyo, ya lo había notado en el funeral cuando se puso el vestido, y había empezado a notarlo con el uniforme.

Su tía le había comprado sujetadores, pero, la verdad, le había dicho “Bueno, cuando estés en casa pasa de ponértelo, es más para cuando vayas a salir.” Y como no había salido, pues nada, ahí estaban. Pero ahora iban a ir a casa de los O’Donnell. Y ese era otro problema que no podía abordar con su madre. De golpe, había entendido todas aquellas insinuaciones hace dos años de sus primos, o el típico comentario que le hacían siempre de Marcus y ella. Porque ahora le gustaba de verdad. Y no como amigo. Le había gustado como amigo antes, y no se sentía así. No se sentía ese agujero en el pecho y esa sensación en el estómago cuando le miraba a los ojos, o cuando era cariñoso o cuqui con ella. Dios ¿Pero por qué? Si él siempre había sido así, ¿ahora por qué se sentía diferente? Pero es que no solo se sentía diferente respecto a él, es que ahora había algo dentro de ella que le decía “¿Cómo te va a quedar esa camiseta ahora con el sujetador?” “¿Qué vas a ponerte?” Cosa que a ella le había dado remotamente igual siempre. Y ahora se miraba la cara y decía “Vaya cara de muerta gastas, Alice”. Bueno y esa era otra. Cada vez que alguien la llamaba Alice, se le clavaba una aguja en el corazón pensando en su madre. Pero a ver cómo decía a los demás que la llamaran.

Total, que, en resumen, no le gustaba su cuerpo, no le gustaba su cara y, por no, no le gustaba ni su nombre. Y desde luego, lo que menos le gustaba era que unos sentimientos que no entendía, se hubiera metido por medio en su relación con Marcus. Pero a eso sí que le iba a encontrar la solución. Iba a ignorarlo. Cada vez que esa sensación extraña apareciera, ella iba a cortarla de raíz. Solo eran amigos, y amigos iban a ser para siempre. Viniera lo que viniera. Hala. Hecho. Y se pondría lo que le diera la gana, total, seguro que Marcus no se fijaba en esas cosas.

Pero eso era más fácil pensarlo que hacerlo. Después de un rato largo para ponerse el sujetador, porque se negaba a rebajarse de esa manera pidiéndole a la tata que la ayudara, llegó el momento de ver qué camiseta se ponía. Y es que todas le quedaban distintas. Y estaba haciendo pruebas, cuando su padre entró en su cuarto. – Oye pajarito, que nos vamos… ¡Papá! – Dijo dándose la vuelta y cruzándose las manos en el pecho. – ¿Qué? – Preguntó alarmado su padre. – ¡Que te marches, papá! – Rugió, avergonzada, acelerada y muy enfadada. – ¿Pero qué pasa? Es que nos… ¡Que te marches, papá! – Repitió, empujándole de su cuarto y cerrando la puerta violentamente. Lo que le faltaba ya, vamos. Siguió probando camisetas aunque ninguna le gustaba, y entonces alguien llamó a la puerta. – ¿Se puede? – Su tata. Suspiró. – Sí. – Su tía entró con cara comprensiva. – ¿Qué te pasa? – Dijo mirando significativamente a la pila de ropa. Ella la miró desesperada. – ¿No se pueden esconder? – Dijo poniéndose las manos en el escote. Su tata rio un poco y entornó los ojos. – Qué va. Están ahí. Y ahora solo van a ir a más. – Soltó aire por la boca frustrada. – No quiero que se noten. – Su tía se encogió de hombros y se puso a recoger. – Créeme, no son para tanto. Tú te las ves más porque son tuyas, pero tranquila, pasan bastante desapercibidas. – Ella se miró y arrugó los labios. – Pues yo las veo mucho. Y me molestan.Sí, son bastante molestas según para qué. – Volvió a suspirar frustrada. – No me estás ayudando. ¿Qué quieres que te diga? Es la realidad… Y además, sí te estoy ayudando. Me voy a quedar con Dylan para que puedas ir a casa de los O’Donnell tranquilamente a estar con Marcus. – Puf, pues ese era otro problema, pero como empezara, no acababa. La tata se acercó a ella y le pasó una mano por el pelo. – ¿Qué quieres?Verme mejor ¿Tú me puedes maquillar como haces tú para que no me vea una cara tan horrible? – Su tía se rio. – Pero poquito eh, que si no, me regañan. ¿Y el pelo?¿Qué pasa con el pelo? No sé qué hacerme. No quiero verme más con dos coletas. – Su tía sonrió. – ¿Te hago dos trenzas? Sé que te gusta. – Ella asintió. Sí, a Marcus también le gustaban. Mierda. Que no. Que no podía pensar así. Que se estaba haciendo las trenzas porque quería y ya está.

Su padre le apareció en la calle de delante de la de los O'Donnell. Al final se había puesto el mismo vestido que en el funeral, pero con el sujetador quedaba un poco mejor, aunque quedara más estrecho de lo que le gustaría. Llevaba una caja envuelta en un papel bonito, pero la verdad, no lo haba envuelto ella. Suya había sido la idea de comprarle aquellos dulces a Marcus, pero habían sido Hillary y Lindsay las que lo habían envuelto como un regalo. En la valla apareció Arnold. — ¡Veo dos Gallias en lontananza! Proteged la propiedad. — Dijo risueño. Así iba a ser todo el rato. Todos intentando hacerles sentir bien y ellos como plantas mustias. Arnold se acercó a ella y la abrazó. — Tú también creces por días, eh... — Sí, no se hacía él una idea. Puso una débil sonrisa, porque Arnold era muy bueno y no se merecía que fuera hosca con él. — ¿Cómo te lo has pasado en Gales? ¿Es bonito aquello? — Ella asintió. — Sí, y hace mucho viento. Entonces tú encantada. — Comentó alegremente el hombre, mientras le hacía pasar a la casa. — Y me he montado en un coche. — Ahí su padre se giró y la miró. — Eso no me lo habías contado, pajarito. — Ella se encogió de hombros. — No es para tanto. — ¡Eso lo dudo mucho! Eso nos lo tiene que contar a todos cuando vayamos a merendar. Va a venir mi madre a traernos unas magdalenas irlandesas que ha hecho para un concurso, y por lo visto le han sobrado dos cestas enteras. — Yo no tengo hambre. — Dijeron William y ella a la vez. Arnold chasqueó al lengua y negó con la cabeza. — Aaaay Gallias, ¿cuándo aprenderéis que a esta casa se viene a comer? — Señaló con la cabeza jardín y le dijo a Alice. — Tu amigo está ahí fuera esperándote. Ve con él anda, que lo estarás deseando. Entre viejos nos cuidamos. — Por fin una sonrisa sincera. — Sí, la verdad.

Salió al precioso jardín de los O'Donnell y vio a Marcus sentado bajo el árbol leyendo. Se acercó y le acarició la mejilla desde donde estaba, para que notase que estaba allí. — Hola. — Dijo bajito, pero con al voz cargada de ternura y una sonrisita. — De nuevo, siento haberme perdido tu cumple, pero... — Le tendió el paquete y se sentó a su lado. — Feliz cumpleaños, Marcus.

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Mar Jul 06, 2021 10:50 pm

Things I'll never say
CON Alice EN Casa O'Donnell A LAS 16:00, 11 de junio de 1998
- No estoy acostumbrada a que mi niño se esconda. - Marcus alzó la cabeza y esbozó una sonrisa suave. No estaba escondido, solo... Quería estar tranquilo. Emma se agachó junto a él. - ¿Qué lees? - Se encogió de hombros. - Nada... Es un libro que me compré con Alice en Hogsmeade a principios de curso. - Dijo, pasando las páginas lánguidamente. Su madre señaló al césped con la cabeza y dijo. - Ahí tienes otros dos. - Marcus dirigió la mirada allí también, haciendo una pequeña mueca con los labios. Tenía dos libros apilados, nada casualmente. El de arriba tapaba estratégicamente el segundo. - Es de plantas... A Alice le gustan las plantas, y... Bueno, era por sacarle una conversación que la distrajera. - Emma esbozó una sonrisa enternecida y, tras unos segundos, preguntó. - ¿Y el otro? - Marcus tragó saliva, sin alzar la mirada. Le daba un poco de vergüenza. A ver, a él nunca le daba vergüenza leer, pero... Eso había sido un poco una tontería.

Respiró hondo, lo sacó de debajo del libro de plantas y se lo tendió a su madre. - ¿Puedes guardarlo dentro? - Preguntó, con la mirada baja. - No quiero que Alice lo vea. - Emma, extrañada, tomó el libro entre sus manos y lo miró. - "La vida en Nueva York"... ¿De dónde lo has sacado? - Se encogió de hombros. - Me lo ha enviado mi amiga Hillary. Le pedí que me buscara en una librería muggle un libro muggle sobre Nueva York... - Volvió a bajar la mirada, jugando con las páginas del libro de Hogsmeade entre los dedos. - Ya te he dicho que es una tontería. - Añadió taciturno. Tenía la mirada tan clavada en la hierba que su madre tuvo que alzarle la cabeza, con una suave caricia en su barbilla y una sonrisa comprensiva. Antes de que le preguntara nada, Marcus se explicó. - Janet era de Nueva York... -Lo sé... - Y... Alice me contó que William le había regalado un díctamo cuando se conocieron... - Agarró el libro de herbología que tenía a su lado. - Aunque no parece que sean autóctonos de allí... Creo que los cogió del desierto de Utah... - ¿Y por qué no quieres que Alice vea el libro de Nueva York? - Le preguntó su madre. Marcus alzó la mirada, entristecido, y se encogió de hombros. No sabía qué contestar. Por primera vez en su vida... No tenía respuestas a prácticamente nada.

- Alice va a llegar en un ratito... - Marcus asintió y, con un suspiro, se adelantó a las palabras de su madre. - Ya. Que no la agobie, que si está un poco enfadada o triste, que deje que se exprese, que no la obligue a comer si no quiere... - ¿Y no querrías salir a recibirla? - Volvió a hacer una mueca y miró hacia arriba, hacia la enorme copa del árbol que llegaba hasta su ventana. Estaba más callado que nunca, y si él no estaba acostumbrado a estar sin respuesta, su madre tampoco a verle así. - No has elegido este sitio por casualidad, ¿verdad? - Marcus negó. - A Alice le gusta este árbol... Se subió aquí en... -En mi último cumpleaños. En el último cumpleaños de su madre. Bajó la cabeza otra vez. Cada cosa que hacía para bien, en cuanto la decía en voz alta, se planteaba si no era mucho peor que no hacer nada. - Aunque ahora que lo pienso, quizás no sea el mejor sitio para estar... - Yo creo que no hay ninguno mejor. - Dijo su madre, comprensiva. - Seguro que sabe que lo has hecho con buena intención... Pero si quiere entrar en casa, entra con ella, ¿vale? - Marcus asintió. Su madre volvió a alzarle la barbilla para que la mirara y dijo. - Hoy nos toca ser fuertes por quienes no deberían estar obligados a serlo, cariño. Seguro que lo haces muy bien. - Le dio un beso en la mejilla, se irguió de nuevo y le dejó tranquilo, leyendo a la sombra de su árbol.

Se había quedado absorto leyendo el libro de Hogsmeade. Había llegado a la página que hablaba de las leyendas sobre ese círculo que, en teoría, te permitía viajar en el tiempo... Ojalá. Y ojalá la primera regla de los viajes en el tiempo no fuera no alterar el pasado, lo sabía porque así era como se utilizaban los giratiempos. Se informó sobre estos antes de tercero, porque quería cogerse más optativas de las que le daba tiempo físico a cursar, peor no se lo permitieron... Tsss... Ahora le parecía absurdo usar un giratiempo para ir a más clases, pudiendo usarlo para... Respiró hondo y siguió leyendo. Todo eso sobre le círculo que permitía viajar en el tiempo no parecían más que fábulas y leyendas... Pero, aun así, no salía de esa página.

Hasta que oyó la voz de su amiga. Alzó el rosto de golpe y dio un salto, dispuesto a levantarse, aunque Alice ya se había sentado junto a él. - ¡Hola! - Dijo un poco más efusivo de la cuenta, quizás, y con una sonrisa nerviosa. Casi no le dio tiempo a reaccionar cuando se encontró con la caja de dulces. - Oh... Qué rico, muchas gracias. - Sonrió. - No hacía falta. - Alzó la mirada y se dispuso a lanzarse a abrazarla... Pero se detuvo. Parpadeó un par de veces. ¿Era cosa suya o Alice estaba... Distinta? Debía llevar muchas horas leyendo, o quizás... Es que estaba distinta de verdad, no sabía si eso era bueno o malo, o si no era nada. - Est... - ¿Qué? ¿Qué iba a decir? - ¿Qué tal? - Vaya. Brillante inicio. Se mojó los labios y bajó la mirada. - ¿Los estrenamos? - Dijo levemente risueño, intentándolo al menos. Abrió la caja y cogió un dulcecito. - Oh... Qué rico. - Sí que estaban ricos. Y su madre le había dicho que no obligara a Alice a comer, pero... Bueno, era una oferta cortés, ella se los había regalado.

Tragó saliva, limpiándose el azúcar de los labios con la lengua, mirando al césped. Alzó la vista a ella otra vez. - Tenía ganas de verte. - Al menos eso lo podía decir tal cual, sin miedo a meter la pata. - ¿Qué tal en Gales? - Y otra pregunta: ¿por qué le estaba costando tanto sacarle conversación a Alice? Nunca había sido así. Se quedó mirando su pelo. Eso no había cambiado nada, quizás era buena idea tirar por ahí. - Estás... Distinta. - ¿¿Eh?? ¿¿No iba a decirle que le gustaban sus trenzas?? - Me refiero... Llevas trenzas, en vez de coletas. Me gustan. - No sabía si lo había salvado, y de haberlo hecho, había sido muy a duras penas. Pero es que era cierto: estaba distinta. No sabía por qué, pero... Lo estaba. Y ya suficiente distinta era la vida como para que su amiga también cambiara. Violet se lo advirtió, pero él se negó en rotundo. No, Alice no iba a desaparecer. Conmigo será la de siempre.
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Miér Jul 07, 2021 10:25 am

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CON Marcus EN Aula de trabajo A LAS 16:00, 21 de junio de 1998
Marcus estaba incómodo. Y no le culpaba, ¿cómo le iba a culpar? Si la veía y veía su tristeza, veía la muerte de la maravillosa persona que fue Janet. Habían pasado casi tres semanas, y habían podido evitar el tema desde el funeral gracias a los exámenes, pero ahora era momento de afrontar la realidad. Y la realidad de Alice era que ahora sentía cosas por él. Por esa cara preciosa, plagada de pequitas, bajo el sol y sombra del árbol, leyendo sus libros como siempre. Ladeó una sonrisa. — Sí que hacía falta, era tu cumple. ¿Cómo no voy a regalarle algo a mi mejor amigo? — Alzó los ojos y le miró. Sabía que le gustaría que aceptara, por mucho que no le apeteciera para nada. — A ver, vamos a probarlos. — Y cogió uno. — Se llama brith bread, es bizcocho de naranja, manzana y frutos secos. — Lo mordió y, la verdad, estaba muy bueno. Se relamió y alzó las cejas. — Cuando lo vi, pensé que tenía buena pinta y dije "Seguro que a Marcus le gustaría" y ya Lindsay y Hillary no me dejaron tranquila hasta que te los compré. Me alegro de haberlo hecho. — Dijo poniendo una sonrisa completa. — Pero yo ya te había cogido esto. — Hurgó en su bolsillo y sacó un llavero con un dragón rojo chiquitito que echaba fuego. — Sé que no eres mucho de animales fantásticos, pero es el símbolo de Gales, y te lo compré más por el encantamiento del fuego falso, que sabía que te iba a gustar y lo ibas a querer investigar. — Cambiarían muchas cosas entre ellos, pero aun sabía regalarle.

Inspiró para calmar su corazón cuando le dijo que tenía ganas de verla. ¿Por qué no podía controlar aquello? Si Marcus no le estaba diciendo nada que no le hubiera dicho antes, no podía hacerse ilusiones solo porque le dijera lo que cualquier mejor amigo le diría a su mejor amiga. — Yo a ti también. Gales es muy guay, me hubiese gustado que lo vieras. Y hace muchísimo viento, más del que haya visto yo nunca. — Dijo con una risita. — Hay castillos preciosos y una leyenda para cada sitio que vas. — Entornó los ojos y rio otro poquito. — Pero yo creo que los coches no te gustarían porque hay que ir atado y hay un cacharro que habla, pero no puede oírte ni mantener una conversación. Solo habla y habla, en plan, no para. Y es difícil entender cómo funcionan los coches, pero tiene hooooooras y hoooooras para fijarte en ello porque son bastante lentos. Tardamos cuatro horas desde Swansea a los páramos, y la abuela de Hillary diciendo "qué bien hemos pillado la carretera, hemos llegado en nada" y yo sin querer decir nada, porque es muggle, pero si eso es tardar poco no quiero ni pensar cómo es cuando no. — Suspiró. Marcus siempre lograba hacerla hablar y sonreír, pero ahora se sentía como agotada después de hacerlo. O quizá lo que le agotaba era estar luchando permanentemente con estar ocultándole algo. Algo que podría poner todo lo que tenían patas arriba.

Casi da un respingo cuando le dijo que estaba distinta, de hecho no pudo evitar girarse y mirarle de golpe. Si es que lo sabía, dijera lo que dijera la tata, eran muy evidentes, demasiado evidentes de hecho. Si es que hasta Marcus tenía que darse cuenta. Y no sería la típica cosa que esperara que le llamara la atención de, insistía, su mejor amiga. O que se hubiera pintado los ojos. Pero Anne Harmond lo hacía y a él le gustaba. Bueno pero era la prefecta y era mayor, claro. Pero luego dijo lo de las trenzas. Ah bueno, ni tan mal. Se encogió de un hombro y se pasó la mano por ellas. No le iba a decir que se las había precisamente para parecer distinta, cuando a él no parecía hacerle mucha gracia. — Ah, esto... Sí... — Tragó saliva. — Es que... Tengo el pelo más largo que nunca y ya las coletas... Me molestan. Me hacen cosquillas aquí. — Dijo tocándole con el índice en la parte baja del cuello, donde le rozaban a ella las coletas. Y a pesar de haber sido un gesto que no había pensado ni un poquito, notó como si le diera una descarga eléctrica por todo el cuerpo al tocar la piel de Marcus. Por Merlín, aquello iba a ser mucho peor de lo que creía. Cerró la mano en un puño y lo dejó caer en el regazo. — Pero mira, los lacitos los sigo llevando. — Dijo levantando la punta de las trenzas. — Como cuando me las hiciste tú en La Provenza. Y me dio la sensación de que te gustaban, pero igual tampoco entiendo de eso, pensó. Aquello era una pesadilla y una tensión perpetua, y solo podía rezar porque se pasara pronto, porque no podía perder su amistad con Marcus, ahora menos que nunca. Paseó la vista por los al rededores. — Me encanta tu jardín. Y este árbol más aún. — Dijo con una leve sonrisa. Luego dirigió la mirada al libro que tenía Marcus en la mano. — ¡Ey! El libro de Hogsmeade. ¿Tienes pensado darte una vuelta por ahí en verano o qué? — Luego dirigió la mirada al otro que había por ahí y frunció el ceño. — ¿Plantas? ¿Qué haces leyendo de Herbología? — Preguntó extrañada.

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Última edición por Ivanka el Jue Jul 08, 2021 11:27 am, editado 1 vez


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Miér Jul 07, 2021 12:38 pm

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CON Alice EN Casa O'Donnell A LAS 16:00, 11 de junio de 1998
Al menos Alice había aceptado comerse un pastelito con él, algo era algo. Estaban en su jardín, bajo el árbol y comiendo pastelitos. Las cosas no tendrían por qué ser tan distintas al fin y al cabo, ¿no? - Pues están muy ricos. - Dijo con la boca un poco llena. Sonrió y dijo. - Le escribiré a Hills para darle las gracias a ella también, entonces. - Entonces Alice sacó algo de su bolsillo. Nada más verlo en acción, abrió mucho los ojos. - ¡Oh, qué chulo! - ¿Y esa voz que le había salido? Se puso un poco colorado y trató de desviar la atención hacia el llavero, aunque antes de hablar, carraspeó un poco. - Me encanta. Podemos investigarlo juntos, si quieres. O preguntarle a mi tía Erin. Seguro que le gusta. - Al menos esa frase consiguió decirla entera sin hacer el ridículo. Genial, otro motivo para sentirse incómodo. A toda la situación que les rodeaba, había que sumarle que su garganta estaba haciéndole de las suyas últimamente. En las últimas semanas, cada vez que se despistaba, le salía una voz rara que le hacía sentir tontísimo. Lo había intentado paliar asegurándose de que tenía la garganta en condiciones antes de hablar, pero claro, eso cortaba bastante su espontaneidad. Pero a la vista estaba que, cuando la sacaba, pasaban esas cosas: que se salía una voz horrible como si fuera una flauta desafinada. Menos mal que había ido a coincidir en el tiempo con que últimamente estaba alicaído y hablaba poco.

La escuchó hablar sobre Gales, atento y calladito (porque ahora le daba vergüenza hablar otra vez y que le saliera un gallo de esos). Al menos iba respondiéndole con sonrisas, risas y gestos de la cara a lo que iba contando. - ¿Habla pero no contigo? ¿Entonces con quien? - Pensó. - ¿Será una radio? Mi abuelo me ha hablado de ellas. Bueno, y de cosas superraras que tienen los muggles, pero que coincidan con esa descripción, solo una radio... Aunque no sabía que tuvieran una máquina que te desplaza y tiene radio a la vez. Es muy raro eso. - Se cruzó de brazos, pensando. - Nunca he visto ninguna, pero casi mejor que no. Eso de que no te escucha... Está por ver. Creo que no me daría confianza hablar delante de ella. - Había gente hablando en la cosa esa, ¿cómo no le iban a escuchar? Definitivamente, no se fiaba. Y con lo poco que le gustaba a él que le espiasen. Abrió mucho los ojos. - ¿¿Cua...?? - ¡Jolín! ¿Otra vez? ¿En serio? Alice iba a pensar que era idiota. Se aclaró la garganta y bajó la voz, aunque ahora parecía que estaba enfadado hablando así. De verdad, era desesperante eso, a ver cuándo se le quitaba. - ¿Cuatro horas? Nosotros solo tardamos una en llegar a Roma, y eso que teníamos que pasar por un montón de aduanas. - Lo del transporte muggle era un atraso, pero bueno. Les daba pena en verdad, tener que tardar tanto para ir a cualquier lado.

- Podemos ir algún día. En la ruta esa de viajes que vamos a hacer... - Dejó caer. ¿Seguiría queriendo Alice hacer viajes con él? A ver, ¿por qué no iba a querer? Bueno, ahora estaba muy... Triste. Normal. Seguramente ahora no quisiera hacer nada, prefería no pensar como estaría él en su situación, se le habrían quitado las ganas de todo. Pero quería pensar que Alice seguía siendo la misma Alice, su Alice de siempre, su amiga desde primero... Aunque hoy la notara tan... Distinta. Tenía que ser por el luto, sí, ahora que se fijaba, llevaba el mismo vestido del funeral de su madre. Y eso que ese día estaba súper incómoda... Aunque le quedaba mejor. O sería que aquel día no estaba para fijarse en eso. Bueno, mejor dejaba de darle vueltas, porque total. Como siguiera con esa voz de idiota que llevaba saliéndole un par de semanas, igual Alice no quería ni que le relacionaran con él igualmente. Qué vergüenza, ya le había salido dos veces en un rato. A ver si su garganta decidía portarse y no le salía más. Su padre decía que era porque le estaba cambiando la voz. Ya... Pues que le cambiara rapidito, porque eso era un rollo. - Y tienes que contarme todas esas leyendas, igual que yo te conté lo de las Iglesias de la Luz. - Y al menos así, se distraía y pensaba en otras cosas, y podían organizar planes juntos. Y ya de paso, hablaba ella, porque él seguía obcecado en que, para hablar con esa voz, mejor no hablar.

Llevó la mirada por el recorrido de la mano de la chica, cuando le tocó para indicar por donde le llegaban las coletas. Sonrió un poco, más aún cuando mencionó los lazos. - Tus lacitos de Ravenclaw. - Que tu madre te regaló el primer día. Tragó saliva y desvió la mirada. ¿Cómo iba a distraer a Alice, si el primero que pensaba en Janet cada dos segundos era él? Pero claro, Janet le enseñó a hacerle trenzas en La Provenza, Janet le regaló esos lazos, Janet celebró su último cumpleaños con él en aquel mismo jardín... Era imposible no acordarse. Miró a Alice con un toque triste, porque se habían quedado en silencio, y vio que ella miraba a su alrededor. ¿Estaría pensando lo mismo que él? ¿Le habría gustado su idea de esperarla en el jardín, o habría sido un desacierto? Dios, había invitado a Alice a su casa para mejorarle el ánimo, ¡y no estaba haciendo nada! Todo lo estaba haciendo ella. Menuda birria de amigo eres, Marcus. Se rascó la cara. Ah, eso otra, últimamente le picaba la cara. Si es que era un no parar aquello. Carraspeó de nuevo antes de hablar. - Si quie... - Iba a decirle que, si quería, podían entrar en casa. Aunque su padre le había pedido que dejara a los mayores solos un ratito, pero bueno, podían irse directos a su cuarto. Dio igual, porque para su sorpresa, Alice dijo que el jardín le encantaba, y el árbol también. Bueno, no era una sorpresa, ya lo sabía, por eso la había esperado allí, pero... ¡Ay, no sabía ya ni lo que pensaba!

Había tardado mucho en pillarle los libros. Menos mal que le dio a su madre el de Nueva York, porque ahora lo pensaba y valiente estupidez había hecho comprándolo, pero bueno. - Ah, no, em... - Se encogió de un hombro con una sonrisilla. - Solo estaba... Acordándome del día que fuimos. - Miró a Alice con un toque de ilusión. Quizás pudiera tirar por ahí. - Hicimos muchos planes y... He pensado, bueno, podemos volver a leerlo, seguro que nos dejamos algo sin investigar. O se nos ocurre alguna idea para cuando volvamos en cuarto. Ya sé que faltan varios meses, pero... Podemos ir planeando. - Lo que fuera por tal de pensar en otra cosa, por tal de ser los mismos de siempre. - Y esto... - Dijo, mirando al libro de plantas. A ver qué excusa se inventaba ahora. - Lo tenía ahí en mi estantería y nunca me lo había leído. - Mentira. Se lo había pedido expresamente a su abuela. - No sé ni qué trae. -Mentira de nuevo. Eran plantas desérticas en concreto, estaba buscando los díctamos. De repente se había vuelto un mentiroso. Iba a mejor a cada minuto que pasaba. - Pero he pensado... Le voy a echar un ojo, y seguro que Alice ve alguna que le gusta y me cuenta cosas. También vi en el currículum de cuarto de Herbología que vais a dar la flor voladora. - Otra diferencia entre ellos a partir de entonces: Marcus había prescindido de la Herbología. En cuarto tenían que encaminar su recorrido hacia los TIMOs, los exámenes finales de quinto, y esa asignatura no la controlaba tan bien como otras. Alguna tenía que descartar. - Da un poco de mal rollo, pero dicen que es inofensiva, así que digo, voy a informarme mejor... Aunque igualmente no viene en este libro. -De verdad, ¿¿qué estaba diciendo?? ¡Si era un libro de plantas desérticas y eso era una maceta de interior! ¿Podía alguien darle con el libro en la cabeza? - En fin que... Solo estaba echando el rato. Y eso. -
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Miér Jul 07, 2021 3:48 pm

Things I'll never say
CON Marcus EN Aula de trabajo A LAS 16:00, 21 de junio de 1998
Frunció ligeramente el ceño. Vaya voz más rara le acababa de salir a Marcus. Como si estuviera completamente afónico, pero era verano, y el resto del tiempo estaba normal... Bueno, sería que le iba y le venía. — Me alegro que te guste. — Asintió, aunque no con el entusiasmo que presentaba siempre ante todo. — Sí, claro, para eso lo he traído. — Era consciente de que, en otro momento, habría empezado a dar botes, y a pedir libros de encantamientos, y habría sugerido un Engorgio para agrandar el dragón e investigarlo... Ese era su problema ahora. Que tenía las misma ideas que había tenido siempre, pero morían en su cabeza, antes de ser verbalizadas o llevadas a cabo.

Decidió centrarse en lo que le había contado de los muggles. — Sí, es eso una radio. Qué listo eres. — Dijo con tono dulce. No era nada que no supiera ya, o que no le hubiera dicho antes... Pero bueno... Notaba las mejillas un poco encendidas. — Es como que habla para que la escuche todo el mundo, y yo pensé: "pues hay gente que no me resulta interesante, para todo el mundo no debe ser", pero me dijeron que si eso, cambias de persona, y cuentan algo mejor. — Se encogió de hombros y levantó las manos. — Y no me hagas hablar de la tele. La primera vez que la vi, pensé que les habían hecho un hechizo reductor a mucha gente y les habían metido ahí como yo cuando me encerré en el tarro. — Ahí sí se rio un poco. — A la abuela Edith le encanta, sabe de todo de la tele, y me lo contaba encantada de la vida. La verdad es que es super entretenida, me enganchó tanto que casi me da pereza ir a los páramos. — Otra vez le salió la voz esa rara, y ahí sus cejas sí se levantaron significativamente. Pero prefirió no señalar nada, porque parecía que a Marcus le molestaba bastante. Asintió y suspiró. — Cuatro horas. Menos mal que, si te parece que Hillary habla mucho, ir en el coche con las otras dos Vaughan hace un total de tres Hillarys. Fue un no parar de hablar, y acusarse entre ellas de cosas y de interrogarme durante todo el trayecto. Así era imposible pensar en... — Vaya ya estaba aguando la fiesta otra vez. No es que Marcus le hubiera dicho que no hablara de su madre pero... Se ponía triste cuando lo hacía. Todos se ponían tristes. Como mentó la ruta de viajes, trató de salir por ahí y sonreír otro poco. — Sí, claro. Pero te digo yo que esa ruta la hacemos en un día y si queremos, para la hora de comer estamos en casa otra vez, usando las apariciones claro. — Asintió a lo de las leyendas. — Sí, según me vaya acordando te las cuento. — Se acordaba perfectamente, pero ahora no tenía ganas de contárselas. Cuando le contaba historias siempre estaba contenta y entregada a ellas, y ahora no estaba precisamente así.

El tema viró de nuevo a los libros y, de nuevo, sintió que su amigo estaba raro. Como muy aturrullado hablando. — Sí, claro que podemos planear. — Se pegó un poco más él, costado con costado, y apoyó la cabeza en su hombro, distraídamente. En aquel confuso discurso de su amigo, distinguió lo de la planta voladora, pero el libro de plantas desérticas la tenía rallada. Sin moverse de su posición, alargó la mano y cogió el libro, pasando las hojas. — Dime la verdad. — Dijo. — ¿Estabas buscando cómo cultivar díctamos del desierto? — Alzó un poco la mirada para buscar la suya. — Sé que no puedes resistirte a un reto, pero tienes hasta séptimo ¿eh? — Trató de sonar distendida, pero no podía ignorar el hecho de que le había hecho esa promesa en el funeral de su madre, después de ver la foto de sus padres en Utah. Mejor dejaban ya esa farsa. Se acurrucó un poco junto a él y miró hacia los pies de ambos, los de Marcus alargado sobre el césped, los de ella, recogidos, como sus piernas, echa una bolita junto a él. — Estás incómodo, ¿verdad? — Reposó una mano sobre el estómago de Marcus un momento, para que le dejara hablar. — No pasa nada. No tienes por qué mentirme, o fingir que está todo bien. Porque no lo está. Tienes razón, estoy distinta y no me gusta estar así, pero menos me gusta que tengas que actuar de manera errática o diferente a como te gustaría solo por mí. — Tragó saliva y sus ojos se envidriaron, cuando los alzó de nuevo para mirarle. — Tú no eres como las Vaughan. Tú eres como de la familia, sé que querías mucho a mi madre, no puedes hacer como si nada, y yo no quiero que lo hagas. Es más, me molesta más que la gente muestre excesiva alegría para disfrazar la pena que me tienen. — Retiró la mano y volvió a acurrucarse. — No estés incómodo conmigo porque creas que lo estás empeorando o algo de eso. Solo quiero estar contigo como siempre... Sin mentiras. Si estás triste, pues lo estás... No puedes arreglarlo todo. Ni si quiera con un giratiempo podrías. — Suspiró. Tenía narices que fuera ella la que dijera eso precisamente, que estaba mintiendo por omisión abiertamente, no contándole a Marcus sus sentimientos.

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Miér Jul 07, 2021 7:50 pm

Things I'll never say
CON Alice EN Casa O'Donnell A LAS 16:00, 11 de junio de 1998
El dragoncito era monísimo, y se moría de curiosidad por saber cómo echaba fuego, porque parecía de verdad pero no quemaba. Había tenido el rayito de esperanza, ingenuamente, de que Alice se sumara al carro y pudieran ponerse a hipotetizar e investigar desde ese mismo momento... Pero lo dejó correr. Sonrió levemente, con los labios fruncidos. Sus padres le habían dicho que no la presionara, que fuera comprensivo, que entendiera que pudiera no tener ganas de nada. Lo iba a hacer, era solo que... Le dolía tanto verla triste. Ojalá pudiera hacer algo para que volviera a ser la Alice de siempre. Por desgracia, solo una cosa podría hacer volver a la Alice de siempre, una persona más bien. Y eso no estaba al alcance de absolutamente nadie.

Negó con la cabeza, humildemente. No era una cuestión de ser listo, había coincidido que su abuelo le había hablado justo de eso. La explicación le hizo fruncir aún más el ceño. - ¿En serio? Pues vaya. A mí no me gustaría estar hablando y que alguien me cambiara porque no le intereso. - Con la rabia que le daba a él que le dejaran con la palabra en la boca. Además, cuando cambiaban a la persona que hablaba, ¿dónde se iba? ¿Se quedaba ahí? ¿O se iba a otra parte, como los cromos de las ranas de chocolate, y ya si eso volvía luego? ¿Y como sabía cuando justo habías encendido tu radio para que volviera a hablar? ¡Ves! La cosa esa espiaba. Si no, nada tenía sentido. Lo siguiente de lo que habló también lo reconoció. Fue a hablar entusiasmado, pero carraspeó, vaya que le volviera a pasar lo mismo. Ya un poco más seguro, sí hablo. - ¡Las vi! Cuando fui de pequeño con mis padres al pueblo muggle, estaban en el escaparate de una tienda, había un montón. Daba bastante mal rollo, la verdad. -Porque, efectivamente, parecía que habían reducido a un montón de gente y las habían metido dentro de una caja. Rio un poco con lo de la abuela Edith y con lo de que le diera pereza. - ¿De verdad? Ya tiene que ser entretenida para que tú te quedes sentada. - Le dijo con naturalidad, en ese pique que ellos se traían siempre. Quizás así la hiciera reír un poquito, o devolverle el pique. Lo que fuera que le recordara a su amiga Alice, bueno sería.

Vale, Alice estaba empezando a darse cuenta de que hablaba raro, y un milagro sería que no se diera cuenta también de que estaba colorado como un tomate de la vergüenza. Así que agachó la cabeza todo lo que pudo, toqueteando distraídamente el césped y dejándola hablar. Como pareció conectar de nuevo con el tema, alzó la mirada para responder con una bromita, porque no se imaginaba a dos personas más hablando como Hillary y en un habitáculo cerrado. En cambio, antes de que pudiera decir nada, notó que Alice se paraba. Frunció los labios. Sabía lo que iba a decir, sabía que iba a decir que, por unos minutos, había dejado de pensar en Janet. Él no quería que no pensara en su madre, solo que... Bueno, sí, quizás no quería que pensara que su madre no estaba, más concretamente, y para eso tenía que dejar de pensar en ella. Era todo demasiado complicado. Al igual que la propuesta de investigar sobre el dragón, la de ir a Gales y la de contar leyendas quedó reducida a apenas una frase. Sonrió de nuevo y asintió. Es norma, no significa nada, solo está triste. Compréndela y ya está. Ojalá fuera tan fácil. Ojalá pudiera quitarse de la cabeza su orden mental de haz algo para alegrarla, Marcus. No dejes que se quede triste. Haz que vuelva la Alice de siempre.

No se lo esperaba, y no porque nunca hubieran hecho algo así, sino porque... Bueno, simplemente no se lo esperaba. Alice se acercó a él y se apoyó en su hombro, y él frunció los labios y le pasó un brazo por el hombro. Llevaba muchos días sin verla, no habían pasado juntos su cumpleaños y no podía dejar de pensar en ella, en William y en Dylan, en como estarían. Solo le había escrito una carta, pero en su cabeza tenía miles escritas, una por cada día. Solo que sus padres le dijeron que con una era suficiente, que no la agobiara, que le diera su espacio... Y cuando la vio, su primer impulso fue abrazarla, y sin embargo, no lo hizo, ni siquiera sabía por qué. Aprovechó la posición y la apretó ligeramente, con cariño. Por ese abrazo que no le había dado.

"Dime la verdad", le dijo de repente, y algo se le agarró al pecho. ¿La verdad? Si ni siquiera sabía ni él mismo en que estaba pensando. Miró un poco hacia abajo, para buscar la mirada de la chica, pero se había recogido sobre sí misma. Lo que sí vio desde su posición fue... Que no era su cuerpo el único que estaba cambiando en esos días, al parecer. El de su amiga también. Empezaba a entender... Por qué la notaba distinta. Y no debería estar mirando ahí, menos cuando ella le estaba hablando tan en serio, así que miró a otra parte. La pregunta le recentró y bajó la mirada al césped, aunque ahora la chica sí que buscaba la suya. - Lo siento, no... Era con buena intención, no quería... Despertarte recuerdos o... - Se fue a rascar el pelo, pero le picaba la cara otra vez, así que se rascó la cara. - Como son plantas y... Quiero mantener mi promesa. Pensé... Que podríamos investigarlo. Pero no tenemos por qué hacerlo, si no tienes ganas. - Y, de nuevo, estaba mintiendo. O más bien, estaba omitiendo información. No sabía por qué estaba haciendo eso hoy, mucho menos después de que Alice le pidiera sinceridad. Empezaba a sentirse muy mal consigo mismo.

Y eso también se lo detectó, porque claro, lo estaba haciendo todo mal ese día. Saltó un poco con intención de responder que no, que no estaba incómodo, aunque fuera otra mentira más sumada a las muchas que llevaba en apenas el rato que hacía que Alice había llegado. Ella le interrumpió antes de que pudiera decir nada, sin embargo. Arrugó los labios y notó como se le hacía un nudo en la garganta. Sí, tenía que entender que Alice estuviera triste, y lo entendía, claro que lo entendía, él estaría destrozado. Lo estaba, de hecho, y Janet no era su madre. Pero es que... Alice era tan alegre y divertida. Era la persona que menos merecía estar triste del mundo entero. Y le frustraba sobremanera no poder hacer nada por cambiar eso. "Tú eres como de la familia". Ahí sí la miró a los ojos, y vio como tenía la mirada humedecida. Genial, pues ya eran dos así, y no quería llorar ese día. Contaba con que Alice llorara, pero él tenía que hacer de apoyo, no echarse a llorar también. La chica volvió a acurrucarse y confirmó sus sospechas. "No puedes arreglarlo todo". Apoyó la mejilla en su pelo y los dos se quedaron unos instantes en silencio. Ya, pues... Lo iba a intentar. Iba a intentar arreglarlo, algo aunque fuera.

- Lo siento. - Susurró finalmente. - Yo... Tenía muchas ganas de que vinieras y... Se me habían ocurrido muchas cosas... Pero ahora me da miedo que me digas que si estoy loco por proponerte algo así, porque no te apetece. O despertarte algún recuerdo que no debería, o... Meter la pata. - Respiró hondo. Necesitaba ese abrazo, lo necesitaba demasiado. Se removió para separarse un poco y la abrazó, como tenía que haber hecho cuando ella llegó. Se quedó unos segundos en silencio, solo apretándola contra su cuerpo. Sí, definitivamente... El cuerpo de Alice había cambiado desde la última vez que la abrazó. Tragó saliva y se regañó a sí mismo por estar pendiente de algo así en un momento como ese, así que simplemente lo dejó de pensar. Se separó de ella y la miró. La veía... Tan triste. Ah, y ahora que se fijaba mejor, se había maquillado. Le quedaba bien, le resaltaba sus ojos azules. Esos ojos azules que ahora estaban vidriosos y tristes. Ojalá pudiera... Quizás sí que pudiera. Quizás pudiera hacer algo, aunque fuera un poco.

- Ven conmigo. - Dijo de repente, levantándose y tomándola de la mano. Se dirigió a la puerta de atrás del jardín, pero antes de entrar en la casa, se giró a ella de nuevo. - Vamos a intentar no hacer ruido, ¿vale? Quiero que mis padres sigan pensando que estamos fuera. - Miró hacia dentro de la casa. Al parecer estaban todos en el salón, pillaba lejos de esa puerta, así que podía ir directamente a las escaleras sin que les vieran. Se giró de nuevo a su amiga. - Sin mentiras, te lo prometo. - Agarró sus dos manos y se acercó. - Sí, estoy triste, y sí... Estaba pensando qué podía hacer para animarte. Y se me ha ocurrido algo. - Sonrió y dijo. - ¿Qué te parece si hoy improviso yo? ¿Si hago una travesura? - Le guiñó un ojo y dijo. - La ilusión de tu vida, verme hacer una travesura. ¿Me seguirás? - Se encogió de hombros y digo. - Yo llevo tres años siguiéndote. - Sin presiones. Justo lo que se había propuesto no hacer. Pero ya, de perdidos al río.

Volvió a tomar su mano y, sin decir nada más, entró con sigilo en la casa y subió despacio las escaleras. Entraron en su dormitorio y dejó el libro de Nueva York en manos de Alice. - Toma. Luego te cuento. Espérame aquí. - Había pasado de no querer que supiera ni que tenía el libro, a dejárselo e irse. Entró en la habitación de sus padres y cogió el monedero de extensión indetectable de Emma. Miró en el joyero de su madre y cogió la llave que necesitaba. ¿Estaba haciendo eso de verdad? No lo estaba pensando muy bien. Tenía el corazón a mil por hora y estaba acallando la voz en su cabeza que le gritaba que qué demonios estaba haciendo. Algo. Algo por Alice. Eso estaba haciendo, algo a la desesperada. Si se parara a pensarlo, se detendría. Y por eso no se paró a pensarlo. Porque no se quería detener.

Volvió a por Alice y bajaron con el mismo sigilo, tanto que no les detectaron. Estaban de nuevo junto al árbol del jardín, no se lo podía creer. Se negaba a creérselo, de hecho, había sido demasiado fácil. - Vamos a guardar estos tres libros aquí. - Dijo, metiendo los tres en el monedero de extensión indetectable y guardándoselo en el bolsillo. Ni siquiera pesaban, seguramente su madre le hubiera mejorado eso. - Vale, ven conm... - ¿Qué hacéis? - Dio un respingo y aspiró un grito, llevándose una mano al pecho. Pues empezaba bien, aún no había hecho ni la quinta parte de lo que quería hacer y ya estaba a la que saltaba y con la conciencia pinchándole. Bueno, la conciencia no. Su hermano Lex. - Nada. -Respondió. El niño frunció el ceño. - No hagas eso. - Le dijo, y entonces miró a Alice. Y al mirarla, bajó la cabeza como si fuera una tortuga que se esconde en el caparazón. Marcus rodó los ojos y resopló. - No me digas lo que tengo que hacer. - Agarró a Alice de la mano y volvió a arrastrarla, esta vez hacia el huerto. Allí tenían una casetita con herramientas, dentro de la cual había un arcón cerrado con llave. Entraron en la caseta, cerró la puerta tras ellos, sacó la llave y abrió el arcón. Dentro de este, un traslador. - Lleva a Hogsmeade. - Tragó saliva y miró a Alice. - Si no quieres, nos quedamos. - Dijo, con un punto dubitativo en su voz. - Si confías en mí... - Y extendió la mano. Una vez tocaran el traslador, desaparecerían allí. Y aparecerían en la segunda parte de esa locura que, definitivamente, no estaba parándose a pensar.
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Miér Jul 07, 2021 10:55 pm

Things I'll never say
CON Marcus EN Aula de trabajo A LAS 16:00, 21 de junio de 1998
Ya, era bastante evidente que no estaba bien tampoco, ni a gusto. Su amigo era un poco evidente, en general, y más para ella. Al menos no la odiaba por no ser la Alice de siempre, y la rodeó con el brazo. Qué bien se sentía allí, qué bien le venía sentirle tan cerca... Era curativo. Suspiró. — Siento ser tan aguafiestas. Siento no ser tu Alice, Marcus... — Es que ella ya no era Alice, realmente. Aunque allí, con él, y con todos esos proyectos que le proponía... Quería volver a serlo. Tragó saliva e inspiró. — Podemos... — Iba a decir algo, pero, de golpe, Marcus la abrazó y ella se aferró su cuerpo como si le fuera al vida en ello, porque lo necesitaba, necesitaba sentirse querida, y querida por Marcus, más concretamente, con aquella intensidad. Y sabía que el corazón el latía más rápido de lo normal, y que quizá, abrazándose así, Marcus notara algo... Pero... Le daba igual. Se separaron y se quedó mirándole, así, tan cerca, con sus brazos al rededor. Oh, por Dios. ¿Por qué aquello se sentía tan bien y tan natural?

Pero en un inesperado giro de los acontecimientos, Marcus la agarró de la mano y se la levó a otra parte. ella simplemente parpadeó y le siguió, pero la paró en una de las puertas que entraban a la casa. Parpadeó y le miró. — Vale... — Dijo a lo de no hacer ruido. Le miró, asintiendo a todo lo que decía, sin salir de su asombro y sin entender nada, de hecho, solo con tenerla agarrada de las manos y esa cercanía, estaba bastante distraída, y el corazón le martilleaba en las sienes. Pero Marcus estaba como bullendo de ideas y queráis hacer una travesura. — Espera, ¿tú...? ¿Cómo que una travesura? — Pero entonces le hizo esa pregunta, y la respuesta la tenía clarísima. — Sí. — Dijo casi sin aire con los ojos brillantes. — Sí, claro que te seguiré. — Le seguiría a cualquier parte en verdad. Fue detrás de él como hechizada, tan ligera que estaba segura de que los padres no habían podido oírla. Cuando estuvieron en el dormitorio de Marcus, dijo. — Oye, pero dame una pista aunque sea. — Pero dejó en sus manos unos libros. Y desapareció. Bajó la vista y reconoció el libro al instante como uno muggle. Reconocía la portada no obstante. — ¿Nueva York? — Preguntó al aire. ¿Qué hacía Marcus con un libro muggle sobre Nueva York? ¿Sería por su madre? ¿Pero por qué se lo daba ahora? No entendía nada. Volvió con lo que parecía un monedero, y metió los libros. — ¿Es de extensión indetectable? — Pero su amigo estaba eufórico, simplemente metió los libros y volvió a agarrarla de la mano y, sinceramente, todo lo demás le daba igual.

Todo, todo, no, porque de repente apareció por allí Lex, dándole un susto de muerte, que ni lo había visto al llegar y, como siempre, estaba pasando de ellos. — Hola, Lex. — Le dijo con media sonrisa, un poco culpable, pero sin soltar la mano de Marcus. Miró frunciendo el ceño al chico. — ¿Que no haga qué? — Si, por una vez no estaba pensando en nada... Ah, que iba por Marcus. Y encima, este le contestó a su hermano de una manera que no hubiera esperado jamás. — Marcus... Espera... — ¿Qué estaba pasando? Pero no quería delatar a su amigo. Se giró un último momento hacia Lex y se dejó arrastrar de vuelta.

Llegaron al cobertizo y por un momento se concentró en el hecho de que Marcus la había metido en un lugar en el que estaba completamente solos y había cerrado la puerta. Ella parpadeó, porque claro, el año pasado se hubiera echado a reír y a saltar de alegría solo por ser una travesura, pero ahora sentía aquellas cosas... Dejó salir un suspiro solo de planteárselo si quiera. Observó el traslador y miró a Marcus anonadada. — Quieres... Que vayamos a Hogsmeade... Marcus... — Parpadeó, boqueando sin palabras. — Marcus, si nos pilla tu madre... — Eso iba a ser una debacle. Y Lex les había visto y se podía chivar... Pero le dijo que si confiaba en él. Ella nunca decía "no", su palabra era "más", y desde que había llegado solo había dicho la primera de una manera o de otra. Marcus estaba dispuesto a hacer aquello por ella... Y solo había una cosa que ella quisiera decirle siempre. — Sí. — Dijo sonriendo. — Es una locura absoluta, pero... — Soltó aire entre los labios y apretó su mano. — Confío en ti. Quiero ir contigo. — Quiero estar contigo, pensó. Pero eso ya no lo dijo. Bastante se les taba yendo la cabeza.
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Jue Jul 08, 2021 11:30 am

Things I'll never say
CON Alice EN Casa O'Donnell A LAS 16:00, 11 de junio de 1998
No, no quería ir a Hogsmeada, quería ir a otro sitio, para el cual tenían que ir primero a Hogsmeade. Pero si se lo decía a Alice, rompería la sorpresa, o quizás la chica le dijera que era una absoluta locura. Quizás debería. Quizás alguien debería decirle que es una locura y que no lo hiciera, solo con eso, Marcus se detendría. Sin embargo, miraba a Alice, y veía esos ojos tan tristes... Y estaba dispuesto a lanzarse de cabeza. Su Alice de siempre debería estar ahora emocionadísima, y en cambio le seguía como un alma en pena. Iba a cambiar eso. Si todo salía bien, y tenía que salir bien, le iba a dar la mayor sorpresa de su vida, iba a estar superfeliz... Mejor no pensar en la cantidad de lagunas que tenía ese plan.

Tragó saliva. - Tranquila, no creo que nos pille. - Bueno, eso estaba por ver. Su hermano sabía lo que quería hacer, su madre podría ir en cualquier momento a buscarles, o sus abuelos llegarían y les buscarían. Realmente, a sus abuelos aún le faltaban dos horas para llegar, y en dos horas... Podrían haber terminado. O quizás no, pero no importaba, porque cuando volvieran lo explicarían y... Le caería el castigo de su vida, porque aquello era una locura, ciertamente. No, Marcus, deja de pensar eso. Iba a salir bien. Si Alice decía que sí, tiraría hacia delante con ello y sin mirar atrás.

Y dijo que sí. No solo dijo que sí, dijo que confiaba en él, y eso era todo lo que necesitaba. Se le iluminó una sonrisa un tanto nerviosa en la cara, pero justo cuando iba a dar las instrucciones, alguien llamó a la puerta del cobertizo. El corazón se le puso en la garganta. Tragó saliva y preguntó con la mayor normalidad que pudo (y una voz cuestionable otra vez, aunque no tan rara como las anteriores). - ¿Quién es? - Y no obtuvo respuesta, solo un largo y denso silencio. Rodó los ojos. - Te dije que no hicieras más eso. No digas nada, o yo haré lo mismo. - Le bramó a Lex, fuertemente molesto. No solo le estaba leyendo la mente, cosa que odiaba y mucho más cuando estaba ideando algo que no quería que se supiera, sino que encima le estaba interrumpiendo, y no quería echarse atrás. Así que no tardó ni un segundo desde que le contestó a su hermano en coger la mano de Alice y decir. - Agárrate fuerte. - Aferró el traslador y, en un parpadeo, desaparecieron de allí.

Había viajado miles de veces en traslador, pero siempre eran sus padres los que lo tomaban, y él se agarraba a ellos. Ahora "conducía" él, por lo que el aterrizaje fue un poco brusco. Solo se notó trastabillar ligeramente al poner los pies en el suelo, agarrando a Alice por instinto para evitar que se cayeran los dos. Respiró un poco agitadamente y miró a su alrededor, aún con sus manos en los brazos de la chica. Vale, los dos estaban de una pieza, y sin caerse, y estaban en Hogsmeade. Sonrió nerviosamente. No se podía creer que lo hubiera conseguido... Espera, ¿tan inseguro estaba solo con eso? Si esa era la parte fácil del plan. Mejor no lo pensaba demasiado. - ¿Estás bien? - Verificó. - Vale, vamos. No tenemos mucho tiempo. - Y de nuevo agarró su mano y tiró de ella desde la entrada del pueblo hasta el lugar al que quería llevarla.

Iba tan rápido que casi llevaba a Alice en volandas, de los propios nervios. Quizás debería ir explicando lo que estaba a punto de hacer. - Hoy es 21 de junio. - Empezó, notando como casi le faltaba el aire de los nervios, la emoción y el caminar rápido. - Es el solsticio de verano, es una fecha mágica en sí misma. El solsticio de invierno y el de verano están interconectados entre sí, crean una energía mágica que dura todo el año pero que se hace más potente en esos días en concreto. Hoy, en concreto. - Vale, lo que estaba diciendo tenía sentido, ¿no? No era tan locura. Tenía que no ser una locura, él no hacía locuras. Emoción controlada, sí. Él mismo lo había dicho hacía apenas unos meses en aquellas mismas calles de Hogsmeade. - Dice que la magia se produce sobre todo de noche, pero realmente ya son pasadas las cinco de la tarde, es decir, no queda tanto. - Eso no tenía ningún sentido, pero es que si no se empeñaba en dárselo, lo que no tendría sentido es qué estaban haciendo allí. - Solo hay que tener muy claro el tipo de magia que quieres hacer y... - Alzó un índice y la miró. - De hecho, no se contempla como magia ilegal para menores, porque los menores no podemos hacer magia fuera del castillo. Bueno, es decir, más bien es una laguna legal, porque hay gente que no cree que se pueda hacer. - Él mismo no creía que se podía hacer. No lo creía hasta antes de la muerte de Janet. Tampoco creyó que fuera a morir Janet, y lo hizo, así que, ¿qué más daba lo que él creyera? Quizás no tenía ni idea de como funcionaba el mundo, quizás no estaba todo tan meticulosamente controlado como él pensaba. Pues si alguien como Janet, joven y buena, podía morir sin que nadie hiciera nada. ¿Por qué no iba él a poder viajar en el tiempo para verla una última vez?

Llegaron a su destino y él tenía la respiración como si se hubiera venido desde su casa corriendo. Tragó saliva y miró a Alice, continuando con su explicación. - Hemos llegado. - El círculo de piedra, situado a las afueras del pueblo. Era mucho más grande de lo que imaginaba, solo habían llegado a verlo en el libro, no en persona. Así impresionaba mucho más. En el fondo estaba muerto de miedo, pero también decidido a hacer todo lo posible por alegrar a Alice. Llevaba dos semanas investigando sobre todo eso como un loco, no se iba a detener ahora. - Por esto quería quedar hoy. Es el solsticio de verano. - Asintió enérgica y nerviosamente. - ¡Tenías razón! Y cuando hablé con Poppy, me confirmó un montón de cosas. Mi abuela también me habló de los círculos irlandeses, y he investigado por mi cuenta. - Sacó el libro sobre Hogsmeade. - ¡Mira! ¡Aquí lo dice! Los solsticios de invierno y verano son los momentos perfectos para usarlo. -"Si bien no se ha probado su eficacia ni nadie ha dado testimonio de haber realizado viajes con éxito", ponía en la frase siguiente, pero cerró el libro antes de leer eso en voz alta. Sacó el de Nueva York. - Este es el Nueva York muggle, pero también tengo esto. - De entre las páginas, obtuvo un mapa. - Es un mapa del Nueva York mágico, para saber donde tenemos que aparecernos. Allí no hay círculos de piedra, pero no pone en ninguna parte que los círculos tengan que conectarse entre ellos. - Aunque sería lo más lógico, le dijo en su cabeza la voz a la que no paraba de ignorar. - Quería ir al desierto de Uhta, pero es enorme, y allí va a ser difícil... - Saber exactamente donde estaba tu madre. Tragó saliva. Tenía la sensación de estar diciéndolo todo de una forma tan caótica que Alice no debería estar enterándose de nada.

Respiró hondo, pero tenía el corazón que se le iba a salir del pecho. Miró a Alice y sonrió nerviosamente otra vez. - Quería darte una sorpresa. - Había dejado el libro de Hogsmeade en el suelo, abierto por la página del círculo. Extendió también el mapa del Nueva York mágico y abrió el libro muggle por la página de los gobiernos. Sacó también el libro de plantas y se arrodilló en el suelo, con todos delante. - Solo hay que tener muy muy claros el lugar y la fecha. Mira. - Señaló el libro y el mapa de Nueva York. -  Aquí está el MACUSA, donde tu madre trabajaba. En el Nueva York muggle no aparece, pero sí en el mapa mágico, está con todos los edificios de gobierno, solo que oculto a la vista muggle. ¿Te acuerdas que tu madre siempre decía que allí estaban todos mezclados? ¡Pues confirmado! - Señaló el libro de plantas. - ¡Y mira! No son autóctonos de allí, pero puedes encontrar semillas de díctamo en cualquier herbolario mágico de Nueva York. ¡¡Y mira!! - Ya estaba hablando casi a gritos. Sacó otro pergamino con apuntes del libro. - La mayoría de los herbolarios de la ciudad parecen muggles por fuera pero tienen una clave para magos, o sea que solo tenemos que decirla. ¡¡Y tengo la fecha!! - Sacó otro papel. Estaba llenando el suelo de cosas. - 24 de febrero de 1983. Ese fue el día que estuvieron en Utah. O sea, no estarían en Nueva York, pero sí estaría seguro el día antes, o el día después. Podemos probar hoy con Nueva York, y en el solsticio de invierno, cuando lo tengamos más controlado, investigamos bien y vamos a Utah. - Y conforme hablaba, más lagunas le veía a todo aquello. Pero había iniciado una cuesta abajo sin frenos y no podía parar. Miró a la chica. - ¿Qué te parece? - Eso le había salido tembloroso y dubitativo. Sonrió, pero su clásica seguridad en sí mismo seguía sin hacer acto de presencia. - ¡Sería una aventura! Y podemos hacerlo en un ratito, estaremos en mi casa para la merienda. -Dime que es lo que querías. Dime que no estoy metiendo la pata hasta el fondo. Parecían gritar sus ojos mientras la miraba. Era una locura, en el fondo sabía que era una locura... Pero a Alice le gustaban las locuras, y le salían bien, y a él le salían por norma las cosas bien. Quería pensar que aquello saldría bien. Como quería pensar que la chica le pararía si viera que aquello, tal y como en el fondo sentía, se le estaba yendo de las manos.    
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Jue Jul 08, 2021 3:19 pm

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CON Marcus EN Aula de trabajo A LAS 16:00, 21 de junio de 1998
Alzó la ceja. Que no les iba a pillar, pues que le permitiera dudarlo. Emma O'Donnell lo pillaba todo. Y para muestra un botón, porque la puerta sonó. Ya estaba ella elaborando una explicación mentalmente, cuando la otra persona no contestó. Solo podía ser Lex. — Igual quiere venir también a Hogsmeade. — Dijo tanteando un poco el terreno. Pero Marcus aquel día parecía más autoritario con su hermano que en toda su vida entera. Pero no iba a insistir, porque veía que Marcus iba derecho al traslador y le dio la mano más fuerte.

Ni Marcus ni ella habían usado solos nunca un traslador, así que la caída fue digna de verse. André se hubiera reído, desde luego. Se agarró fuertemente a la camiseta de Marcus y notó cómo él la ayudaba a mantenerse. — Estoy bien. — Confirmó, turbada por el viaje y por la cercanía de nuevo. Tanto le duró la turbación que se dejó arrastrar por Marcus a algún lugar, mientras parpadeaba y comprobaba su al rededor. — Estamos en Hogsmeade de verdad. — Y no pudo evitar que con ello le saliera una sonrisita de satisfacción por estar haciendo la locura más grande de su vida. Ella era ella al fin y al cabo. y encima todo aquello se le había ocurrido a Marcus, es que era su sueño vaya, no podía evitar estar alucinada. No se podía creer que estuvieran allí, en verano y solos.

Empezó a escuchar la explicación de Marcus según iban andando por Hogsmeade. — Sí, te lo dije yo aquel día leyendo el libro... — ¿Y qué tendría que ver todo lo e los solsticios con ellos? Ah, claro, hoy era veintiuno de junio... No había caído... ¿Pero cuál era el plan? — ¿Magia para qué, Marcus? ¿Qué quieres hacer? — Ahora mismo no se le ocurría ninguna magia que pudiera hacer sin varita, y ella ni siquiera llevaba la suya porque no podían utilizarla fuera de la escuela y Marcus lo sabía mejor que nadie. Aquello cada vez se parecía más a un sueño de los locos que tenía a veces. Y para cuando quiso darse cuenta, estaban en el círculo de piedra. Entre una cosa y otra, no habían podido i en todo el año, y ahora, bajo el sol de junio y tan solitario se le hacía... Raro. Sobrecogedor. Eran muy pequeños para esas piedras tan enormes, y l lugar se notaba cargado de algo... Una especie de fuerza que no sería capaz de describir. — Guau... No me lo imaginaba así... — Dijo impresionada, mirando hacia las piedras. Volvió a atender a lo que decía. — ¿Poppy? — Preguntó, pero su amigo siguió hablando y ahora había pasado a su abuela. Sí, Alice, Poppy, por si no te acordabas, Poppy es la que le gusta. Sí, y por eso no era buena idea dejar salir lo que sentía. Tenía que dejarse de tonterías e intensidades y disfrutar de que su amigo quería seguir siéndolo y hacer todo eso con ella antes que en otras cosas. Maldita fuera, que por estar pensando en lo que no debía se estaba perdiendo parte de la explicación. — ¿Aparecernos? — Se reenganchó anonadada. — ¿Cómo que aparecernos? Espera, espera, no po... — El solsticio, las piedras... Miró todo lo que Marcus estaba poniendo en el suelo. Ella misma se lo había contado: los círculos de piedras se podían usar para viajar en el tiempo. Y ahí estaba el mapa de Nueva York... — Marcus, espera... — Levantó la mirada y la clavó en sus ojos. — ¿Quieres que vayamos a Nueva York? — Ahora mismo estaba segura de que algún cable de su cabeza se había soltado y no estaba asimilando como debería todo aquello.

Se le puso una sonrisa involuntaria total en la cara y le miraba ilusionada. — ¿Has pensado todo esto por mí? — Preguntó cuando él dijo lo de la sorpresa. — Marcus es... Es una locura digna de un Gallia, la verdad... Pero Marcus era muy listo, y parecía tenerlo todo muy bien mirado. Rio un poquito cuando recordó aquello que decía su madre. — Sí que lo decía siempre sí... — Rozó con los dedos el mapa y vio marcado con icónicos todo eso de lo que le hablaba su madre... Siempre le hablaba de lo último que vio en Nueva York: Ellis Island, Liberty Island con la estatua, y sus ojos se fueron hacia el Empire State. — El sitio más cercano al cielo que hay en Nueva York... — Sus ojos se llenaron de lágrimas al recordar aquello que Janet solía decir. — Mi madre siempre decía que fue lo último que vio de Nueva York, el sitio más cercano al cielo porque es el edificio más alto. Quería enseñármelo algún día... — Parpadeó y atendió a lo de los herbolarios y a lo de la fecha. Y el corazón le dio un latido tan fuerte que notó el pecho vibrar. — ¿Podría verla? ¿Crees que podría verla? — Era un pensamiento demasiado atractivo, demasiado dulce para ser verdad. Pero ya estaban en el círculo, solos, nunca habría apostado por ello. — Marcus... ¿Y si...? — Le tembló la barbilla y se levantó, porque necesitaba moverse, mientras se retorcía los dedos.

Marcus el tiempo es peligroso... ¿Y si se asusta de verme? Todos dicen que me parezco mucho a ella, ¿y si me ve y...? — Hizo una cuenta rápida, pero no, sus padres no estaban ni casados entonces. — Mi madre no sabía ni que me iba a tener, ¿sabes? Tenía como... Diecinueve años... ¿Y si de repente hacemos algo y es eso lo que provoca que nunca vaya al médico y no sepa que estaba ya enferma? — Respiró hondo y cerró los ojos, acercándose a una piedra, alargando la mano con cautela y rozándola muy levemente con las yemas de los dedos. — ¿Tú irías? — Preguntó, cerrando los ojos y soltando un suspiro entre los labios. — Sé que has pensado todo esto y sé que lo has hecho por mí pero... Si fueras tú... — Se giró y fue hasta donde estaba él y esta vez fue ella quien le agarró de las manos. — ¿Si fueras tú querrías verla? ¿Verla y saber que no sabe quién eres? Que la vas a ver ahí... Pero cuando vuelvas ya no va a estar... — Se mordió el labio inferior. — No quería arruinarte la sorpresa, es... — Se rio entre las lágrimas. — Si me hubieses traído un unicornio me hubiera sorprendido menos. — Volvió a enfocar sus ojos. — Pero no sé si soy tan valiente.
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Jue Jul 08, 2021 7:20 pm

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CON Alice EN Casa O'Donnell A LAS 16:00, 11 de junio de 1998
¿Que si quería ir a Nueva York? Mejor dicho, ¿que si quería ir a Nueva York viajando en el tiempo por medio de un círculo de piedras ancestral utilizando el poder del solsticio de verano? Honestamente, no. Absolutamente ninguna parte de su cerebro racional diría que sí a eso. Pero no estaba pensando su parte racional por él... Sino esa. Esa que acababa de ver la sonrisa aparecer en el rostro de Alice, arrancándole otra a él también. Eso era lo que quería. Verla feliz, entusiasmada, ilusionada por una travesura, queriendo ir juntos, hacer una locura y descubrir cosas nuevas. Esa era su Alice y eso era lo que quería: tenerla de vuelta.

Asintió, sin dejar de sonreír. Claro que había pensado todo eso por ella, ni en mil vidas se le habría ocurrido para él mismo o para otra persona. Frunció una sonrisa triste, oyéndola hablar y viendo como acariciaba el mapa. - Podemos verlo. Podemos verlo cuando quieras. - ¿Estaría muy lejos el Empire State del MACUSA? Bueno, tenían un mapa, todo era mirarlo. Y si hoy no les daba tiempo, irían en el solsticio de invierno. O irían de viaje. Ahora mismo iría donde ella quisiera ir, hasta el mismísimo año 1983. La miró con ojos brillantes cuando preguntó si podría verla. ¿Y si no funcionaba? ¿Y si lo que estaba haciendo era aún peor, porque le estaba haciendo ilusiones de algo que no podrían conseguir? Tragó saliva, y con esta se llevó las dudas. No, no no, claro que lo iban a conseguir. Lo tenía estudiadísimo, iba a salir bien, porque él quería que saliera bien. No podían salir todas las cosas mal en el mismo verano, algo, aunque fuera algo, tenía que salir bien. Iba a ser eso.

Entonces Alice se levantó y a él le tembló un poco una seguridad que ya de por sí no tenía los cimientos muy bien asentados. Se levantó y se acercó a ella, pero Alice estaba caminando y hablando a toda velocidad, y cada duda que soltaba se clavaba en su cabeza. Tenía razón, eso tenía demasiadas lagunas, pero... - No tiene por qué verte. Por eso me compré el libro. - Se agachó, recogió el libro de Nueva York y le mostró un par de ilustraciones. - ¡Mira! Justo aquí, al lado del MACUSA, hay un edificio súperalto. Y aquí hay un parque. Y aquí una... - Se acercó el libro a los ojos para leerlo directamente del papel. - Estación de metro, que no sé lo que es, pero parece como King's Cross en pequeñito. Podemos escondernos en cualquiera de esos sitios y nosotros la veremos a ella, pero ella no nos verá a nosotros. - Tendría que convencer a Alice para que no fuera corriendo a por su madre, pero si mantenían la distancia, la verían y no alterarían nada.

Cuando dijo que ellos podrían provocar que Janet nunca supera de su enfermedad, casi se le cae el libro al suelo. Abrió los ojos casi con espanto, notándose el corazón latir dolorosamente en el pecho. - No. No, no, eso es un contrasentido. Es... No puede ser eso. - Si eso fuera así, irían de todas formas. Es decir, si el que Janet estuviera ahora... Era por culpa de ellos, quería decir que eso ya había ocurrido, que ya habían ido. De lo contrario, Janet estaría viva. Y si estuviera viva, no estarían allí, planteándose ir a verla. ¡¡Dios!! Se llevó las manos a la cabeza y se masajeó las sienes. Sí, el tiempo era un tema muy complicado y peligroso de manejas. Y él que pensaba que con estudiar un par de semanas podría trazar un plan así, qué ingenuo...

La pregunta de Alice le hizo volver en sí, abriendo los ojos para mirarla. ¿Que si él iría? Por él, no. Por ella, sí. La pregunta era más complicada que eso, de todas formas. Agarró sus manos también y la atendió, con los ojos casi vidriosos solo por ver los de ella tan entristecidos. Lo del unicornio le hizo gracia, dejando una risa escapar, y casi se le cae una lágrima a él también. No había estado más nervioso en toda su vida, y triste, y se sentía impotente porque estaba intentando hacer una locura histórica y, mientras tanto, sentía que no podía hacer absolutamente nada. De ser más pequeño ya se habría echado a llorar y patalear... Eso de hacerse mayor había resultado ser un rollo, la verdad, con las ganas que tenía él de crecer. ¿Para qué? ¿Para hablar con voz rara, que te pique la cara, que tu amiga parezca distinta y ahora no sepas ni como mirarla? ¿Para que igualmente todo sea extremadamente difícil y esté fuera de tu alcance? ¿Para ver como la gente que quieres se muere y no puedes hacer nada? Pues vaya. Estaba muy taciturno ese día, y así no iba a ayudar a su amiga.

Ni mucho menos a hacer lo que había ido allí a hacer. Tragó saliva y se propuso mejorar el espíritu, ir decidido. Porque algo sí que tenía muy claro: aquello lo estaba haciendo por verla feliz. Había visto su sonrisa no hacía apenas minutos y era el efecto que quería conseguir, y seguro que se intensificaba cuando estuvieran en Nueva York. - Eres la persona más valiente que conozco, Alice. - Dijo de corazón. Apoyó su frente en la de ella, como hacían siempre. Como llevaba queriendo hacer desde que se despidieron en el andén. - ¿Quieres ir? -Le preguntó. Respiró hondo y dijo. - Si tú quieres ir... Yo también. -
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Jue Jul 08, 2021 10:57 pm

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CON Marcus EN Aula de trabajo A LAS 16:00, 21 de junio de 1998
Le veía tan dispuesto y tan seguro que era imposible. Sonrió un poco más cuando dijo del metro. — Sí, es un tren también pero va por debajo de la tierra, en París también lo hay. — Realmente, era un plan muy bien estructurado... — Solo tengo que... Mentalizarme de que la voy a ver pero no la voy a poder tocar o hablar... — Carraspeó y se limpió las lágrimas. — Y eso será mejor que no verla nunca más, ¿no? — Ya era duro pensarlo pero... Si dejaba pasar esa oportunidad, probablemente se arrepintiera toda la vida. Además, Marcus tenía razón, eso que había dicho no tenía sentido. — Es verdad. — Le dijo. — Solo iremos, les veremos allí y... — Se encogió de hombros y sonrió. — Iremos al Empire State. — Mejor no le decía lo que significaba aquel sitio para sus padres, o ya iban a volver las ideas raras.

Que era la persona más valiente que conocía, pues no se sentía así en absoluto. Se sentía una niña en un muno que le venía grande, que no tenía ni idea de cómo iba a gestionar y del que nadie le iba un manual de instrucciones. Igual, lo racional era decir "no, volvamos al jardín, esto no debería pasar", pero su padre no siempre usaba la racionalidad y era un genio... Y no podía usar la racionalidad si Marcus estaba tan cerca, y juntaba la frente con la de ella. Acarició los brazos del chico y tomó aire, cerrando los ojos. — Sí que quiero ir. — Abrió los ojos y le miró asintiendo con la cabeza. — Quiero ir contigo. — Se separaron y se agachó junto al libro leyendo el proceso.

Oteó el cielo y sí, estaba despejado, lo cual era fundamental. Luego miró a Marcus. — Efectivamente, tenías razón, para variar. — Dijo con una sonrisita. — No está prohibido. Solo canalizamos la energía mágica que ya tenemos, no hacemos ningún hechizo. — Volvió a mirar el libro y asintió. — Toma, coge el libro de Nueva York, nos va a hacer falta. — El corazón le latía. toda velocidad, pero ya había tomado una decisión, tenía que ser consecuente. Además, tenía a Marcus, eso era lo que importaba. Recogieron todo y se acercó a la piedra central. Cogió aire y volvió a mirar al sol. — Hay que intentar canalizar la energía del sol. — Dijo a su amigo. — Dame la mano. — Y se la extendió un poco como había hecho él antes. Volvió a tomar aire y se dirigió a la piedra. Pero... Cuando volvieran... ¿No iba a decirle a Dylan que había visto a mamá? ¿O a darle un abrazo a su padre, después de haberles visto juntos de jóvenes en Nueva York? ¿Y si no podían volver a tiempo y papá se llevaba otro disgusto? — Espera... — Dijo bajando la mano. El nudo de su garganta era terriblemente opresor. Pero levantó la mirada y vio a Marcus. Estaba siendo una amiga horrible, no estaba siendo ella misma, y sabía que le estaba haciendo daño. Tragó saliva, tratando de deshacer el nudo y asintió. — Vale. Vale. Vamos, ya estoy bien. — Y volvió a extender la mano y notó la vibración de la piedra y la quitó de inmediato. Miró a Marcus. — Es que no lo sé. ¿Y si algo sale mal? Yo no puedo darle este disgusto a mi padre ahora... — Se mordió el labio y miró a la piedra. — Pero quiero ir a Nueva York, quiero verla por última vez... — Los ojo se le empañaron. Tomó aire y cerró la mano libre en un puño. — Soy Alice Gallia, soy curiosa, soy valiente y quiero ir a ver a mi madre. — Dijo, casi más para animarse a sí misma y no poder arrepentirse. Avanzó de nuevo hacia la piedra, con la mano extendida, pero en cuanto puso la mano en ella, sintió un cosquilleo como una descarga y la retiro de golpe. — No podemos. No, no. Tú mismo has dicho que allí no hay círculos. ¿Cómo lo haríamos para volver? No, no... — Dijo angustiada de golpe, cayéndose de rodillas y tapándose la cara. — Dios, es que no me reconozco... No me reconozco como persona, como amiga, no me reconozco a mí misma... Yo ya no soy Alice Gallia. — Aseguró, llorando, hablando entre sus dedos.
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Vie Jul 09, 2021 10:04 am

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CON Alice EN Casa O'Donnell A LAS 16:00, 11 de junio de 1998
Asintió levemente. Pues sí, mejor verla aunque no acercarse que no volver a verla... Quería pensar... ¿Y si Alice se obsesionaba con ir continuamente a ver a su madre? ¿Y si en el último momento no podía remediar querer hablar con ella y se le escapaba para hacerlo? Todo eso podía ser peligroso, su conciencia no paraba de gritarle que no era buena idea. Pero como Marcus se había empeñado en no hacerle caso, esta optó por dejar las frases de alarma y empezó a mandarle imágenes: la cara de Lex cuando le dijo no lo hagas fue la primera. Conocía a su hermano y sabía cuando estaba asustado aunque lo quisiera ocultar, y ahí lo estaba. Y él le había echado de su vista, ¡pero es que Lex lo sabía porque le había leído la mente! ¡Estaba harto de decirle que no hiciera eso! Luego se imaginó la decepción que se llevaría su madre si se enteraba de que... Dios, había robado en su cuarto, ¿¿pero en qué estaba pensando?? Solo de imaginarse como ella reaccionaría se le pusieron los vellos de punta. ¿Y su padre? ¿Y si no podían volver? Se moriría de pena de pensar que les había perdido. ¿Y William? Acababa de perder a su mujer, no podía perder también a su hija.

Miró a Alice. Tampoco parecía muy convencida, pero... ¿Y si era una de esas veces que Marcus estaba pecando de prudente y se perdían algo fabuloso por dejarse llevar por su miedo? Pensó que habría lo peor de lo peor en la Casa de los Gritos y al final solo era un nido de pajaritos. La única diferencia era que, esta vez, Alice no estaba en el mejor momento para tener su arrojo habitual. Tenía que hacerlo él por los dos, se lo debía... Solo que, si salía mal, no se lo perdonaría jamás. Pero ella había asentido: quería ir, y quería ir con él. Pues no se hablara más.

Tragó saliva, respiró hondo para que su conciencia dejara de molestarle y se agachó junto a ella para mirar los libros y mapas, decidido. - Exacto. La magia la genera el círculo y se canaliza con la nuestra. Realmente, nosotros solo tenemos que estar ahí y concentrarnos en el lugar y momento exacto al que queremos ir. Es como aparecerse. - Lo cual, dicho fuera de paso, no sabían hacerlo ninguno de los dos. Pero había dicho que no iba a escuchar más a su conciencia. Abrió el monedero extensible y comenzó a meter dentro todo lo que había sacado. Al abrirlo, vio el traslador que llevaba a su casa en su interior, y un escalofrío le recorrió el pecho. Eso no lo había estudiado: ¿funcionaría el traslador en otra época? ¿Perdería su efecto? ¿Lo recuperaría al volver? Y si no lo perdía, lo tocaban y les trasladaba, ¿dónde les trasladaría? ¿A Hogsmeade? ¿A su casa? ¿Con la edad que tenían, o... Con la edad que tendrían si en 1983 tuvieran catorce años? Respiró hondo otra vez y cerró el monedero, decidiendo que ya no iba a mirar más el traslador.

Convencido, se dirigió a la piedra central junto a Alice, sin pensar, solo calculando lo que tenían que hacer. Ya estaba hecho, ya estaba decidido, ya no había marcha atrás. - Tenemos que colocarnos justo donde confluyen todas las piedras, donde reflejan los rayos. - Al final había sido un acierto hacerlo de día, quizás el poder fuera más potente de noche, pero era más fácil saber hacia donde apuntaban los rayos del sol cuando estaba el sol fuera. Estaba diciendo muchas cosas para autoconvencerse esa tarde. Fue a tomar su mano, pero antes de alcanzarla, ella la retiró. Por un momento sintió una punzada de alivio que hasta le hizo sentir culpable, porque no era otra cosa sino miedo lo que había hablado por él. El miedo a hacer esa locura, y que le hacía querer escudarse en que Alice no quería hacerlo para no hacerlo. Pero la haría feliz, sabía que se llevaría una experiencia para toda la vida con ello, que eso para su amiga era importantísimo. Simplemente se quedó mirándola, esperando a que volviera a hablar... Hasta que dijo que fueran, que estaba bien. Sonrió, pero tragó saliva, tenso. Pues allá que iban.

Entonces retiró la mano de nuevo, pero esta vez de la piedra, lo cual le hizo hasta sobresaltarse, pero hizo por contenerse lo máximo posible. Estaba temblando, pero tenía que disimular. Cuando dijo que no podía darle otro disgusto a William... - Es verdad... - Dijo con la voz casi rota, a punto de venirse abajo. ¿¿Pero qué estaban haciendo?? Un segundo le duró la preocupación, el segundo que Alice tardó en decir que quería ver a su madre una última vez. Pues eso, eso estaba haciendo, por eso estaba allí. La miró sin ser capaz de decir nada, mientras ella hablaba sola, y sintió como el corazón se le aceleraba con sus palabras y los ojos se le humedecían. Tragó saliva. Sí, ella era Alice Gallia, siempre iba a serlo. Su Alice. Él se iba a encargar de que no desapareciera.

Avanzó tras ella, pero la chica volvió a retroceder, y esta vez se vino tan abajo que a Marcus empezaba a írsele su propio miedo de las manos. Aquello daba demasiado vértigo, y él ni siquiera había tocado las piedras. Pero Alice había roto a llorar, y solo había algo que pudiera hacer acallar a su miedo: su necesidad de ver a Alice feliz. Cayó junto a ella y la rodeó con los brazos, mirándola a los ojos. - No, no, Alice, escúchame. - Ya estaba llorando él también. Genial, lo que quería evitar, pero qué más daba ya. - Tú eres Alice Gallia, lo vas a ser siempre. Solo estás triste, esto es espantoso, no tendría que haber pasado. Pero eres tú, siempre vas a ser tú. Eres mi amiga, la mejor amiga que podría nadie tener. - La tomó de las mejillas y retiró las manos de la chica de su rostro. - Alice, mírame. - Esos ojos azules, sus ojos de Ravenclaw, llenos de lágrimas. Le dolía tanto verla así. - Vas a ir a Nueva York, yo voy a llevarte. Y volveremos aquí. Porque aquí está nuestra casa y siempre tenemos que volver. Porque aún nos quedan muchas cosas por hacer juntos, muchas travesuras. Sé que soy un desastre haciéndolas, pero... Esta la voy a hacer bien. Quiero que salga bien. Y va a salir bien. - Se abrazó con fuerza a ella y cerró los ojos, notando como se le caían más lágrimas. - Tiene que salir bien... No sé qué otra cosa hacer. - Y no estaba nada convencido de su éxito, y quizás por arreglarlo lo iba a empeorar, pero no podía ver a Alice así.

Se levantó del suelo y la tomó por los brazos para levantarla a ella también, dándole la mano y colocándose los dos en el centro del círculo. - Mírame. - Le pidió de nuevo, aunque la voz le sonaba más temblorosa de lo que le gustaría. Alice era mucho más valiente que él, pero hoy no estaba para serlo, así que tendría que serlo él por los dos. Y estaba más que dispuesto. - Estamos juntos. Estoy contigo. - Volvió a abrazarla y dijo. - Yo lo hago. No... No mires, si no quieres. - Lo dicho, él sería valiente por los dos. Llenó el pecho de aire y se mentalizó... Pero lo único que hizo fue temblar aún más. Él sol brillaba con tanta fuerza que parecía que les estaba esperando. Se colgó el monedero de la cintura, mantuvo un brazo en torno a la espalda de su amiga, abrazándola contra él, y estiró el otro hasta la piedra. Antes de rozarla con los dedos, el miedo le hizo temblar y retirar la mano. Hazlo, Marcus. Quiere ir. Es su madre, quiere verla. Regálale esto, por lo que te ha regalado ella estos tres años. Es lo único que está en tu mano. ¿Lo estaba? ¿Realmente estaba en su mano, realmente lo tenía tan bajo control como se empeñaba en decirse? Ya daba igual. Estiró los dedos y, solo rozando la piedra, sintió un cosquilleo y vio el reflejo de la luz en esta. Cerró los ojos con fuerza. Si podía hacerlo o no... No tardaría en comprobarlo.
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Vie Jul 09, 2021 2:51 pm

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CON Marcus EN Aula de trabajo A LAS 16:00, 21 de junio de 1998
Sintió que Marcus la rodeaba con los brazos y se perdió en ese abrazo. Se separó, e iba a decirle que gracias, pero que volvían a casa, cuando se soltó aquel discurso. El corazón se le aceleró cuando la tomó de las mejillas y notó que la cara se le inundaba. — Tú también eres mi mejor amigo Marcus pero... — Soltó aire entre los labios y agarró sus muñecas con suavidad. — No tienes que hacer esto por mí, de verdad... — Porque parecía que se estaba convenciendo a sí mismo y, de hecho, cuando dijo lo de "no sé qué más hacer" se lo estaba confirmando un poco. — Sí que estoy triste pero no hace falta... — Nada, Marcus tenía las cosas bastante claras, aunque juraría que estaba temblando, o quizá es que los dos estaba atemorizados y se sentían raros.

Dejó que la tomara de la mano y la llevara a la roca, y le miró cuando se lo pedía. Miraba aquel rostro y haría lo que el quisiera, era tan guapo y tan bueno... Tan perfecto. — Lo estamos. — Le dijo. Y creyó que ahí era donde se iba a arrepentir, pero no. Fue hacia la piedra, y Alice volvió a ver algo raro en el centro de la misma. Al final no habían aclarado cómo se volvía, no tenían nada claro qué iban a hacer si no había un círculo de piedras. ¿Cómo iban a volveR? No no, Marcus no querrás hacer aquello, lo estaba haciendo por ella, porque se había autoimpuesto hacer algo para animarla, enseñarle a Janet otra vez. No podía permitirlo. — ¡No! — Dijo tirando de Marcus hacia ella. Notó cómo la tierra vibraba a sus pies, y había visto un destello en la roca. — No podemos. Ni loca, vamos. — Se había dejado llevar pro la pena, por el querer ver a su madre y querer seguir a Marcus pero todo estaba siendo un gigantesco error. Tiró más de Marcus y puso sus manos en su cintura. — Agárrate a mí. — Ella terminaba aquello aquí y ahora. Aprovechó la confusión de su amigo para quitarle el monedero, sacó el traslador, y, agarrándose a la camiseta de Marcus con una mano, inspiró y tocó el traslador.

Aterrizaron de pie y parpadeó, comprobando que estaban enteros, jadeando. Le miró recuperando la respiración y las manos en las caderas. — Marcus… — Suspiró y se mordió el labio. — No es necesario. — Miró a los lados, aunque ya estaban de vuelta en el cobertizo de los O’Donnell. Estaba sudando, y él también, porque en Wimbledon hacía un bochorno pesado, nada que ver con la claridad del cielo de Hogsmeade, y estaban muy agitados. Y estaba más guapo de lo que recordaba haberle visto nunca. Se mordió los labios por dentro y un escalofrío la recorrió entera la espina dorsal a pesar del calor que tenía. Tragó saliva y avanzó hacia él rodeándole con los brazos y apoyando la cabeza en su pecho. Podía oír su corazón latiendo desbocado. ¿De verdad le hacía pasar tanto miedo siempre? ¿De verdad había estado dispuesto Marcus a hacer algo así por ella, porque creía que era lo que quería? Al final iba a tener razón su abuela… Cerró las manos en puños entorno a la tela de la camiseta Marcus, frustrando esa mezcla entre enfado, adrenalina, desesperación… Y otras cosas mucho más potentes a las que no podía, o no quería, poner nombre. — No hagas estas cosas por mí, por favor. — Dijo pegándose más a él, con la cabeza aún sobre su pecho, y así evitaba mirarle, porque de verdad que le veía demasiado guapo. — Solo me siento peor. Los… No digas la frase, no la repitas.Tú no eres así. Tú no quieres hacer estas cosas. Lo haces solo por mí, porque crees que es cosa tuya hacerme feliz. — Se mordió el labio, cogió fuerzas y separó la cabeza de su pecho, para alzarla y mirarle. Oh, por Dios, esos ojos, esas pecas... — No es asunto tuyo eliminar esta tristeza. No es de las que se va. Es de las que se queda para siempre, y luchar contra ella sería luchar contra un muro indestructible. — Se dio cuenta de que tenía el ceño fruncido y la mandíbula apretada. — Ya haces todo lo demás. Ya estás ahí para mí siempre, eres un alumno diez, un hijo perfecto… No hagas locuras por mí, Marcus. No merece la pena.No merezco la pena, quería decir, pero sabía que eso haría reaccionar a Marcus de inmediato. Se había quedado mirándole y no sabía si quería llorar, decirle que se fuera, que no la mirara más que solo se estaba confundiendo, o si hacer el leve gesto que requeriría atraerlo contra sí y… Soltó los puños y dejó resbalar sus manos abiertas por su espalda, mientras recuperaba el aliento, aunque sin separarse. — Mi madre... Mi madre está muerta, Marcus. — Era la primera vez que lo decía así. — Lo siento si es duro oírlo, sé que lo es. Nadie quiere pensar en estas cosas, yo no quería hasta hace un mes. Pero lo está. No voy a volver a verla. E intentarlo sería una locura y transgrediría un montón de leyes cósmicas que no entendemos y no serviría para nada. — Se separó otro poco para mirarle a los ojos pero sin soltarle. — Mi madre va a vivir siempre en mí. Y... en las plantas, y mis lazos y mis trenzas y en Dylan... — Soltó una risita y dos lágrimas a la vez. — Y tus recuerdos, y los de tus padres y los de todos lso que la conocieron... Hay que conformarse con eso. Que no es poco. — Y se dejó caer de nuevo en su pecho para llorar, aunque más tranquila.

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Vie Jul 09, 2021 4:14 pm

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CON Alice EN Casa O'Donnell A LAS 16:00, 11 de junio de 1998
Seguía con los ojos fuertemente cerrados, apenas rozando la piedra. Estaba ahí, su paso a 1983 estaba en la punta de los dedos, solo tenía que visualizarlo bien, que el miedo no le paralizara, pensar con mucha fuerza en lo que quería. En sus momentos felices, en la Alice feliz, en la sonrisa que pondría cuando viera a su madre. Sería como invocar un patronus: pensar en todo lo feliz, y la magia saldría sola. Pero ella gritó un "no" asustado y tiró de él, justo cuando estaba rozando la piedra. No la escuchó, estaba decidido, sabía que Alice no estaba bien pero él lo iba a solucionar, no tenía que ser ella hoy la valiente, él lo sería por los dos... Y desaparecieron de allí.

Para aparecer en su cobertizo. Jadeó y miró alrededor, confuso. Alice tenía el traslador en las manos. Les había llevado de vuelta a su casa. De no haber actuado rápidamente, ahora estarían en Nueva York, quince años atrás. Sin embargo, estaban en su casa. Y cuando tomó conciencia de donde podrían estar y donde estaban realmente... Empezó a temblar aún más, tanto que casi cae al suelo de la propia tensión. ¿Qué locura había estado a punto de hacer? Casi les pierde por el tiempo a los dos. Al final, había sido Alice la que les había salvado a ambos.

Seguía aturdido y confuso cuando la chica empezó a hablarle. Solo atinaba a tratar de controlar el temblor y las lágrimas, mirándola, sintiéndose totalmente descorazonado. Por intentar darle la sorpresa de su vida, había fracasado estrepitosamente. Alice había tenido que poner la cabeza en todo aquello porque a él se le había ido todo de las manos. En vez de estar para apoyarla y consolarla, casi la mete en un lío peligrosísimo. Menudo desastre. No podía ni reaccionar, solo sentía a Alice apoyada en su pecho y su propio corazón a punto de salir por su garganta. Un corazón que le dolía a medida que Alice iba hablando. Frunció los labios y se notó los ojos inundados irremediablemente. Le devolvió la mirada, ni siquiera podía responder a lo que le decía, solo escucharla. Lo que le habían dicho sus padres desde el principio: solo escúchala. Era tan fácil, ¿por qué no había podido conformarse con eso? ¿Por qué había tenido que montar semejante locura? Empezaron a caérsele las lágrimas, lágrimas de tristeza, de impotencia y de rabia. De rabia contra sí mismo y de rabia contra un mundo que pensaba que era perfecto y ahora veía tremendamente injusto. Y entonces lo dijo: "mi madre está muerta". El nudo de su garganta era cada vez más fuerte. Justo lo que no quería provocar, no quería obligar a Alice a decir eso, a revivir eso, todo lo contrario, solo quería darle un rayito de esperanza. Había sido para nada. Peor, había sido peor que para nada, había sido para todo lo opuesto de lo que pretendía conseguir ese día.

Alice dejó de hablar y cayó de nuevo sobre su pecho. La escuchaba llorar, rompiendo el espeso silencio a su alrededor, y solo podía abrazarla y quedarse ahí... Hasta que, segundos después, habló. - Lo siento. - Rompió a llorar con ella, y ahí se quedaron los dos. Quizás era lo único que habían necesitado desde el principio: llorar juntos. Estar tristes, y nada más. Dejar salir las lágrimas y toda la pena que sentían, y abrazarse, sabiendo que estaban ahí el uno para otro y nada más. La abrazó con más fuerza, y después de unos segundos en los que solo se dedicaron a llorar, habló. - No quería hacerte esto, Alice. Lo siento. Perdóname. - Sollozó, con el aire entrecortado, sin soltarla. - Solo... Solo quería... No quería hacerte falsas esperanzas o que pasaras por esto. No quería hacerte llorar. Solo quería... - Que estuvieras contenta. Que estuviera contenta después de morir su madre. Ahora entendía lo absurdo que era, más absurdo aún por los medios que había intentado conseguirlo. - Perdóname. - Se sentía fatal, no podía dejar de decirlo. Y, encima, estaba muerto de miedo. Había estado muerto de miedo desde el principio, ahora que había vuelto a la seguridad de su casa veía lo que había estado a punto de hacer, donde había estado a punto de meter a su amiga. Menudo idiota.

Oyó un rumor a lo lejos proveniente de su jardín que señalaba que sus abuelos habían llegado ya. Se separó de Alice y respiró hondo, secándose las lágrimas y carraspeando. - No me dejes organizar una travesura nunca más, por favor. - Dijo totalmente en serio y casi asustado... Pero al decirlo, se le escapó una leve risa. Lo dicho, menudo idiota. - Sé... Sé que estás triste, Alice, y que tienes que estarlo. Es normal, no pretendo que no lo estés... - Sí que lo pretendía, pero reconocerlo se le antojaba otra locura como lo del viaje en el tiempo. Quería a su Alice de siempre, y la Alice de siempre era una Alice feliz. No la quería perder, se negaba a aceptar que, aquel día no solo perdieron a Janet. - Solo... - La miró a los ojos. - Déjame que lo intente. - Frunció los labios. - Yo te quiero mucho, Alice, eres la mejor amiga que he tenido... Me... Me duele mucho verte así. - Afirmó, dejando otra lágrima caer. El corazón le había latido con fuerza al decirle eso, como si esa afirmación... No fuera tan ligera como lo había sido otras veces que lo había sentido, pensado o incluso dicho, de esa u otra manera. ¿Lo había dicho alguna vez con esas palabras? ¿Que la quería? Era obvio, ¿no? Quería pensar...

Tragó saliva y agarró sus manos. - Tienes permiso para decirme que soy un pesado, y que te deje en paz, y que me vaya y te deje tiempo para estar sola. Pero... Por favor, déjame intentar... Que estés contenta. Que seamos los de siempre, que lo intentemos. Aunque sea intentarlo. - Sonrió con tristeza y añadió. - Tu madre va a estar siempre con nosotros... Siempre. Siempre vivirá en nuestra memoria, te lo prometo. - La miró, en silencio. Aún tenía la respiración acelerada y sus manos agarradas. Hacía muchísimo calor, se notaba sudando, y el espacio se le antojaba más pequeño que nunca, quizás porque el cobertizo no fuera un lugar en el que soliera encerrarse precisamente. De hecho, era probable que no hubiera pasado tanto tiempo dentro en toda su vida. De fondo oía las conversaciones de los demás y sabía que tenían que salir, pero... Ojalá pudieran quedarse allí, abrazados y solos. Todo el tiempo que hiciera falta. A pesar del calor, del reducido espacio y de la tristeza... No estaría en ninguna otra parte en ese momento.
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Vie Jul 09, 2021 6:17 pm

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CON Marcus EN Aula de trabajo A LAS 16:00, 21 de junio de 1998
Rozó su mejilla contra su pecho y sorbió. — No tienes que sentir nada. Has hecho lo que creías que me haría feliz y... Desde que mi madre no está es como si nadie lo intentara siquiera. Solo dicen "sé fuerte Alice" "sé valiente, por Dylan, por tu padre"... Tú has querido hacerme feliz. — Le apretó más fuerte en sus brazos y cerró los ojos, como si solo con eso pudieran protegerse de toda la oscuridad que les rodeaba.

Y ahora encima oía a los abuelos O'Donnell de fondo, momento idóneo, vaya. Tragó saliva y sonrió, aunque estuvieran ambos cubiertos de lágrimas, asintiendo. — Está bien. Siempre ha sido así, y mejor respetar la tradición. Yo hago las travesuras, y tú me dices que estoy loca, me paras y pones cabeza en el asunto. — Dejó salir el aire de sus pulmones casi al completo cuando le dijo que le dejara intentarlo. Amplió la sonrisa y se limpió las lágrimas. — Pues intentarlo sin hacer locuras, ¿vale? Y además... — Se encogió de hombros y sonrió. — No es que lo intentes, es que lo consigues, solo con... Ser tú. Te adoro, pensó. Y así había sido desde que se habían conocido. Ojalá poder decírselo. Y entonces fue él el que le dijo que la quería, dejándola con la boca abierta. Sentía el calor del cobertizo, los latidos de su corazón desbocados, el pecho subiendo y bajando con la respiración acelerada... Claramente, por cómo habló después, no se estaba declarando pero... — Yo... — Dejó salir el aire por sus labios y se acercó, para limpiarle la lágrima de la mejilla. — Yo te quiero muchísimo. Que esté triste no cambia eso, ni cambiará nunca. — Entrelazó sus dedos con una mano de Marcus. — Somos Marcus y Alice. Somos indestructibles. — Dijo alzando las cejas.

Pero es que para seguir poniéndoselo difícil, allá fue él a cogerle de ambas manos. Estaban solos, y se lo estaba poniendo a huevo. — No quiero estar sola... Quiero estar contigo. Estaba dispuesta a viajar en tiempo porque era contigo... — Puso la mano en su mejilla, pero ahora acariciándole, acercándose. Lo tenía ahí, podía hacerlo, podía besarle con alzar un poco más la cara, rozar sus labios y probar, probar como hacía siempre, porque ¿y si lo que se estaba perdiendo era maravilloso? — Seremos... Los de siempre. — Lo era. Lo sabía, pero será que ya no era tan valiente. Alzó la cara y dejó sus labios en la mejilla del chico. Mejor ser los de siempre que ponerlo todo en peligro. Lo había visto claro en el círculo de piedras y lo veía claro ahora. Durante unos segundos se quedó allí, con la mano en su mejilla, y los labios en la otra, los cuerpo pegados, como si no pudiera separarse de él. Pero lo hizo, poco a poco, poniéndose frente a él y mirándole. — Límpiate las lágrimas, ¿vale? — Dijo con una tono dulce y cariñoso. — Y esto no ha pasado. Sé que siempre digo que es peor negarlo pero... Tú me llevaste a Hogsmeade para animarme. Al círculo, porque era un día especial para verlo en el que nunca vamos a estar en el colegio y querrías aprovecharlo para hacerme un poco más feliz. Eso ha sido lo que ha pasado, ¿vale? — Qué calor tenía. Y aun así, no quería separarse mucho de él, no quería salir de allí, querría quedarse en ese cobertizo, que era como una realidad paralela en la que podían... Estar solos. Diciéndose esas cosas. Disfrutando del tiempo juntos. Como siempre.
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Vie Jul 09, 2021 10:45 pm

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CON Alice EN Casa O'Donnell A LAS 16:00, 11 de junio de 1998
Rio un poco, haciendo por limpiarse las lágrimas que ya le habían caído, aunque no dejaban de caerle más. Sí, definitivamente era mejor dejar en manos de ella las travesuras y en la de él la cordura, porque lo contrario no tenía buenos resultados. Eso que le decía... Era muy bonito, pero le costaba creérselo. Que conseguía hacerla feliz solo con ser él, pues ojalá. Ojalá fuera tan fácil, eso era lo que quería. Volver a Hogwarts, a su día a día, a ser los de siempre. A pasar el verano en La Provenza o a merendar con sus abuelos y ser felices. A no tener esa losa de tristeza sobre sus cabezas. Quería pensar que lo podía conseguir, solo que no tenía la suficiente paciencia para ver cuánto tardarían en lograrlo. Le daba miedo que pasara tanto tiempo que a Alice se le olvidara quien fue alguna vez y cambiara para siempre, como Violet había vaticinado. Intentaría que no ocurriera.

La caricia en su mejilla le hizo mirarla a los ojos, justo mientras ella le devolvía sus palabras. Se querían, claro que se querían, y claro que eran indestructibles. Así había sido siempre... Aunque ahora, eso también parecía sonar distinto. De repente hacía más calor, y el silencio y la soledad a su alrededor parecían mucho más notables. Habían estado muchas veces solos, pero... Ahora se notaba diferente, aunque... No estaba mal, solo era... Una sensación rara. Seguía muy acelerado, ambos lo estaban, y también estaban muy cerca. Los ojos le brillaban, esos ojos que se había maquillado por primera vez (que él viera, al menos). Parpadeó. Estaba tan obsesionado en ser los de siempre, en que su Alice fuera siempre su Alice... Pero, nada más verla al llegar, ya había notado que estaba distinta. No peor, no era malo, era solo... Distinto. La cercanía que tenían, la forma en la que de repente se fijaba en sus ojos o sus labios, o en como le quedaba el vestido, también era distinta. Y sus caricias, aunque fueran para limpiarles las lágrimas, también se notaban distintas. Tragó saliva. Aquello se estaba cargando de una energía que no sabía explicar, pero que le estaba provocando escalofríos. Y mucho calor.

"Seremos los de siempre". Sonrió. Sí, serían los de siempre, y siempre lo serían. Por mucho que las cosas parecieran distintas, no lo eran. Eran Marcus y Alice en esencia. - Yo también habría viajado en el tiempo porque iba contigo. Estaba dispuesto a hacerlo, te lo aseguro. - Por mucho miedo que le diera, pero le podía más porque era con y para ella. Y entonces besó su mejilla, y un escalofrío muy palpable recorrió su cuerpo entero. Se quedó ahí, sintiendo que temblaba por dentro (esperaba que por fuera no), siendo consciente de la cercanía del cuerpo de Alice al suyo, del leve roce de su vestido contra su piel, del de su mano en su mejilla y sus labios en su rostro. De cosas de las que no había sido tan consciente hasta ese día, ese día tan diferente y raro. Se quedó como aturdido, con la mirada clavada en ella mientras se separaba, y la respiración igual de agitada que cuando llegaron aunque ya llevaran allí el suficiente tiempo como para que se le hubiera pasado.

Asintió y, obedientemente, se limpió las lágrimas, escuchando en silencio sus instrucciones. Volvió a asentir, tragando saliva. Marcus odiaba mentir, pero definitivamente aquella versión de los hechos, si bien seguía siendo una desobediencia, era mucho menos demencial que lo que había ideado, no le dejaba en tan mal lugar. Hablaría con sus padres cuando los Gallia se fueran y se disculparía por haberse ido sin decir nada, y cogiendo cosas del dormitorio de su madre. Y asumiría el castigo que le tuviera que caer, total, él tampoco es que hubiera dado muchos motivos en su vida para ser castigado, podría soportarlo. Miró a Alice. ¿Por qué sentía esas ganas de abrazarla de nuevo? Era como si necesitara aferrarse a ella una vez más antes de salir, como si... Le atrajera. Se había quedado mirándola unos segundos, cuando una llamada desde fuera le hizo sobresaltarse. - ¿¿Chicos?? - Se limpió las lágrimas de golpe. - ¿¿Marcus?? ¿¿Alice?? - Su padre les estaba llamando, debió haber salido al jardín y extrañarse al no encontrarles. Guardó el traslador donde estaba, cerró con llave y la guardó en el monedero. - ¿Puedes hacerme un favor? - Preguntó, mientras se secaba las lágrimas. - Tengo que devolver esto antes de que lo vean. Voy a decir que voy al baño. - Y de paso iría, porque con lo blanquito que era y la llorera que llevaba, seguro que tenía la cara roja. Se lo iban a notar a la legua. - ¿Puedes quedarte con los abuelos mientras? - Lo del baño no era mala excusa, y Alice y sus abuelos se entretendrían el tiempo suficiente para que él pudiera subir a la planta de arriba, hacer lo que tenía que hacer y bajar de nuevo.

Salieron del cobertizo, escuchando a su padre llamándoles cada vez más cerca. - ¡Estamos aquí! -Arnold se dirigió al sonido de su voz y, antes de que se le acercara más, Marcus dijo. - Estaba enseñándole el huerto, que a Alice le encanta. ¡Voy al baño! - Ya han llegado tus abuelos. - Dijo su padre. A medida que el hombre se acercaba, el daba pasitos para atrás para entrar por la puerta de la cocina. - ¡Sí, ahora los saludo, tardo un minuto! - Y echó a correr hacia el interior de la casa. Su plan hubiera sido perfecto, de no ser porque la cocina era la primera habitación de la casa que su abuela pisaba por norma. - ¡Ay, pero si es mi niño! ¿Ya has olido la tarta? - Dio un saltito y puso una sonrisilla culpable. ¿Ahora qué? Su abuela soltó lo que tenía en las manos en la encimera y se fue directa a darle un sonoro beso en la mejilla. Por supuesto, nada más hacerlo, se quedó mirándole sin soltarle la cara, con el ceño fruncido. - ¿Has estado llorando? - ¡Si es que sabía que se lo iba a notar! Tragó saliva y negó con la cabeza, pero claro, eso no había quien se lo creyera. De hecho, solo de los nervios y de saberse pillado, se le estaban aguando los ojos otra vez. Su abuela puso cara de pena. - Ay, mi niño, pobrecito, ¿qué te pasa? - Negó otra vez. - Nada. - Dijo, con esa voz ridiculísima que estaba saliendo de él en esas últimas dos semanas. Se aclaró la garganta y dijo. - ¿Puedo ir al baño? - La mujer frunció los labios con leve desaprobación y le dijo. - A tu abuela no la engañas. Luego me dices lo que te ha pasado, que no vea yo a mi niño bonito así de triste. - Asintió y salió corriendo, saliendo de la cocina de cabeza a irse escaleras arriba.

Entró en su habitación y sacó del monedero los tres libros, dejándolos en el escritorio. Salió de esta y se dirigió directamente a la de sus padres, pero justo cuando entraba por la puerta, oyó una voz tras él. - Marcus. - El corazón se le puso en la garganta. Tragó saliva y se giró. Su padre se acercó a él a paso lento, con el ceño fruncido. - ¿Dónde ibas? - Al baño. - Arnold arqueó una ceja. Mala estrategia la de la mentira que no colaba, si estaba en la puerta de su dormitorio. - ¿Qué tienes en las manos? - Bajó la mirada, como si lo tuviera que comprobar, como si no supiera que era el monedero de su madre. Tragó saliva y se le cayó una lágrima de la pura tensión. Su padre se puso a su altura y, con voz serena pero firme, dijo. - ¿Me lo cuentas tú, o empiezo a hacer preguntas? -  
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Sáb Jul 10, 2021 12:16 am

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CON Marcus EN Aula de trabajo A LAS 16:00, 21 de junio de 1998
No podía durar. Y mejor que no durara, obviamente, porque Alice tenía un aguante, y de hecho no había puesto muy a prueba su aguante hasta ese momento, no sabía que tenía ni que tenía que tener un aguante. Pero sí, necesitaba contención para no besar a Marcus, para saber qué se sentía, todo aquello que André no les había querido explicar hacía dos años, y que ahora se moría por descubrir con su amigo... Su mejor amigo... Por suerte, Arnold les besaba buscando y no admitía mucha réplica.

Con un aplomo envidiable, Marcus les condujo fuera y se excusó antes su padre. "Vaya pues resulta que también valía para esto, ya lo podía haber demostrado alguna vez". Y como si nada, se escabulló a la casa y la dejó allí con Arnold. — Mmmm... ¿Me lo explicas? — Dijo mirándola con las manos en los bolsillos y una ceja alzada. Ella suspiró. — Le pongo triste. Lo siento, señor O'Donnell. Le he hablado de mamá, me he puesto a llorar y... En fin. — Se encogió de hombros. — No somos la mejor compañía ahora mismo. — Arnold suspiró y negó con la cabeza. — No digas bobadas, anda. Es normal que estemos todos así, Alice. Peor mira, han venido mis padres, tienen muchas ganas de veros. — Ella asintió y se fue hacia dentro con él. A la primera que vio fue a Molly, que abrió los brazos. — ¡Mi otra niña! Ven aquí que te vea que casi no te reconozco. — Ella se acercó con la sonrisa más amplia que pudo poner. — Hola, señora O'Donnell. — Esta la cogió de los brazos y la miró. — Pero que niña más preciosa y elegante. Di que sí, querida, el negro es un clásico, lo decía Channel, que era francesa como tu familia.Madre... — Dijo con tono criticón Arnold. — Vete de aquí, Arnie, las mujeres estamos hablando de gusto en moda y de ese tú no tienes ni un poquito, que todo sabemos que Emma te compra las camisas. — Eso la hizo reír un poquito, y Arnold la miró sorprendido. — Ah, encima le sigues el rollo. Muy bien. Me voy con mi hijo que me quiere. — Dijo con tono de falsa ofensa pero sin perder la sonrisa. — Eso es solo porque no me ha visto a mí todavía. — Dijo Lawrence apreciando por la cocina. — Señorita Gallia, quién la ha visto y quién la ve. — Ella sonrió. Lawrence era tan caballeroso y admirable que solo podía sonreírle. — Gracias, señor O'Donnell. Me alegro de verlos. No les pude ver en el funeral porque me escapé. — Se hizo un segundo de silencio, y acto seguido los dos se echaron reír. — Con esta da gusto, mentiras no cuenta. — Dijo la abuela. — Ya nos dimos cuenta, cariño, pero no pasa nada, ya estamos aquí todos juntos.

Bueno, ¿y cuál era el drama por el cual estabas echando a ese hijo nuestro? — Molly se rio y se puso sacar cosas de una cesta y poniéndolas en platos. — Nada, estaba intentando hablar con Alice de cosas de mujeres y el muy plasta por aquí rondando. — Molly la miró con aire confidencial y dijo. — No me ha dado una nieta, que era lo que quería yo, aunque mi Marcus y mi Lex sean una bendición, y encima pretende molestarme cuando estoy con lo más parecido a una que tengo. — Eso le hizo sonreír con calidez. — Hablando de ellos, ¿dónde están? — Alice entornó los ojos de uno a otro y se sentó en una de las sillas de la cocina. — Sí, eso, ¿dónde están? Llevo un rato buscando a Lex, ¿no estaba con vosotros? — Emma había aparecido con aire preocupado en la puerta de la cocina. Alice la miró con disculpa. — No lo sé, señora O'Donnell. Con nosotros no. — Y de la misma desapareció. — ¿Y Marcus? — Preguntó Lawrence. — Estaba conmigo... En el jardín. Pero se ha tenido que ir al baño. — Dijo cabizbaja mirándose las rodillas. Pues si que estaban buenos, si los abuelos estaban allí por sus nietas y la única que estaba con ellos era Alice. — Ahhhhh claro, claro... ¿Y estabais solos en el jardín? — Ella asintió con la cabeza, aunque notaba un tono extraño en la pregunta de Molly. — Pero le he hecho llorar, porque he hablado de mamá. — Molly se giró hacia ella y Lawrence se había quedado en silencio. — Lo siento. — Dijo con un suspiro ya casi exasperado. — Que lo sientes ¿por qué? — Contestó el abuelo. — Tu madre era una persona excepcional de la que podemos decir y recordar muchas cosas, todas buenas. No hay que pedir perdón por hablar de ella. — Levantó la mirada hacia ambos un poco confusa. — ¿De veras? — Los dos asintieron. — Pues claro, cariño, ¿cómo vas a disculparte por eso? — Ella se encogió de hombros. — Porque pongo tristes a los demás. — Lawrence asintió con la cabeza. — Todos vamos a estar tristes una temporada, Alice. Lo cual no quiere decir que no debamos hablar de tu madre. — Ella asintió apesadumbrada. — Oye, ¿te has pintado los ojos? — Preguntó Molly de golpe. — Ya decía yo que la veía distinta. — Comentó el abuelo. Ella se sonrojó un poquito. — Se lo pedí a la tata, quería ponerme un poco guapa como... — Como la perfecta Harmond, que a Marcus le gusta mucho, casi se le escapa. — Como ella. — Molly se giró con una risita. — Claro, y mi Marcus desmayadito por ahí. — Ella la miró con el ceño fruncido. — ¿Qué?

En ese momento entró su padre y ella cambió el modo por completo. — ¡Papi! ¿Qué haces? ¿Y tú pajarito? — Se levantó de un salto bajo la extrañada mirada de Lawrence, que ahorra crecía analizar sus movimientos. — Pues le iba a preguntar a la señora O'Donnell cómo se hacen estas magdalenas que ha traído. — La mujer dio una palmada en el aire. — ¡Pues te lo cuento encantada, cariño mío! Mira, tráete una silla y así llegas mejor, y te enseño. Porque las hice para un concurso, ¿sabes? — Ella sonrió de vuelta. — Pues seguro que lo ganó. — La otra se rio y Alice hizo un gesto a su padre. — Papi, ven y atiende tú también. Podemos hacer nosotros el concurso y que Dylan sea el juez, ¿no te parece? Sin usar magia.Uhhh entonces ya estoy perdido. — Bien. Su padre estaba distraído, pensando en cosas felices. Eso era lo que querría. Y por la mirada que ponía Lawrence, él había cazado lo que estaba haciendo.
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Sáb Jul 10, 2021 12:51 pm

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CON Alice EN Casa O'Donnell A LAS 16:00, 11 de junio de 1998
Se mordió los labios. Tenía una versión, se la había dado Alice, y había aceptado que le caería un castigo. Solo tenía que decirlo. Alzó los ojos y vio como su padre seguía a la espera de una respuesta, con los brazos cruzados. Se notaba el corazón encogido: decepcionar a sus padres era muy duro para él, nunca lo había hecho, y sentía que iba a hacerlo ahora. Volvía a estar en tensión absoluta. - Es... Es... - Tragó saliva. No supo si con intención de facilitarle el discurso o porque ya estaba harto de esperar, su padre extendió la mano para que le diera el monedero. Respiró hondo y eso hizo. Sí, mejor que lo descubriera él.

Arnold abrió, miró dentro y metió la mano, para sacar el único objeto que quedaba en el interior: la llave del traslador. La miró extrañado y preguntó. - ¿Qué hace esto aquí? ¿Y por qué lo tenías tú? - Estaba buscando las palabras adecuadas para responder, pero no terminaban de salirle, así que su padre se adelantó. - ¿Qué hacíais en el cobertizo, Marcus? - Volvió a notar que se le inundaban los ojos. - Yo solo quería alegrarla, papá. Lo siento, no tenía que haberlo hecho. - ¿Me estás diciendo que has entrado en nuestro cuarto, has cogido la llave y el monedero de tu madre sin tu permiso, y has intentado usar nuestro traslador? - "Intentado". Ya estaba mintiendo lo suficiente no diciendo que quería viajar en el tiempo, no podía omitir también que habían llegado a trasladarse a Hogsmeade.

- ¿Y para qué querías el monedero extensible? La llave podrías llevarla solo en el bolsillo. - Tragó saliva. Su padre respiró hondo y se frotó los ojos, con un toque exasperado. Últimamente tenía muy mala cara, desde que ocurrió lo que ocurrió, básicamente. Se había quedado más delgado y tenía los ojos tristes. No podía darle otro disgusto... Pero tampoco le quería mentir. E igualmente, él no le iba a dar mucha más tregua. - Marcus, tenemos visita. Lo que tengas que contar, dímelo ya. Si has podido hacerlo, lo puedes decir. - Hemos ido a Hogsmeade. -Claramente eso su padre no se lo esperaba, por como abrió los ojos. Mejor lo contaba del tirón. - Yo... Nos habíamos comprado un libro la primera vez que fuimos, y... Hablaba de unos... Círculos de piedra que tenían poderes, pero durante el curso no llegamos a ir, y... Hillary me mandó ese libro de Nueva York, y tenía el de plantas también. Solo quería... Quería llevar a Alice allí. Sé que se quedó con ganas de verlo, y... - Se le estaba agitando la respiración y volvieron a caérsele las lágrimas. No lo podía evitar, él era un niño bueno y obediente que odiaba defraudar a sus padres, y hoy había liado una monumental, justo en el peor momento, justo cuando mejor se debería estar portando porque todos estaban tristes. Se sentía fatal consigo mismo.

- Lo siento, no quería asustaros, ni robar en vuestro cuarto, ni que nos pasara nada. Solo quería que Alice pasara un buen rato, que estuviera feliz. Y poder hablar de Nueva York y de los díctamos porque a Janet le gustaban, y... - ¿Se lo iba a decir? Bueno, podía decirlo sin decirlo. - En el libro de Hogsmeade ponía que se creían que se podía viajar en el tiempo con esos círculos. Solo... - Agachó la cabeza. - Solo quería fantasear al menos con que se pudiera hacer. Quería pensar... Que Alice podría ver a su madre una vez más, aunque fuera un ratito. - Negó con la cabeza, derramando lágrimas silenciosas y con la mirada clavada en el suelo. - Solo hemos estado un rato, nos hemos sentido mal por irnos sin permiso, nos ha dado miedo... Y nos hemos vuelto. Ha sido una estupidez... Lo siento. - Ambos se quedaron unos instantes callados. Tras estos, Arnold pasó por su lado y entró en su dormitorio. Guardó la llave donde la tenían oculta y puso el monedero en su sitio, mientras Marcus le seguía con la mirada. Finalmente, se sentó en la cama con un suspiro y le hizo un gesto para que se sentase con él.

- ¿Recuerdas lo que hemos hablado muchas veces de que no podemos controlarlo todo? - Marcus asintió apesadumbrado. - ¿Y recuerdas eso de que... La inteligencia hay que usarla bien? - Volvió a asentir. Arnold respiró hondo y dijo. - Los magos y brujas que son muy inteligentes, pueden llegar a ser muy poderosos. Su propia inteligencia les puede llevar a hacer cosas grandiosas... Pero también peligrosas. Es muy fácil que el poder se vaya de las manos, porque como te he dicho, no se puede controlar todo. Esto lo entiendes, ¿verdad? - Marcus asintió una vez más. Su padre se giró y le miró directamente. - No vas a poder hacer feliz a Alice siempre, Marcus. No está en tu mano. Y no tienes tanto poder como para hacer que vuelva a ver a Janet... No se puede, hijo. - Arrugó los labios y se le cayeron más lágrimas. El hombre volvió a respirar hondo. - No pretendo que lo entiendas ahora, a mí me ha costado años. Tú solo... Tenlo en cuenta. No lo olvides. - Él siempre tenía en cuenta lo que su padre le decía. Solo que era muy duro cruzarse de brazos mientras tu mejor amiga sufría y no hacer nada por intentar evitarlo. Aunque eso de que el poder y la inteligencia se le podían ir de las manos ya lo había hablado más de una vez tanto con su padre como con su abuelo. ¿Qué se creían que iba a hacer? Ni que fuera Fulcanelli... Él era muy sensato, no se le iba a ir tanto la cabeza. Eso sí, tan sensato como era, había estado a punto de irse a Nueva York en 1983 usando un círculo de piedras. Sí que iba a tener que relajarse un poquito.

Tras otros segundos de silencio, preguntó prudentemente. - ¿Puedes ponerme el castigo después de que se vayan los Gallia y los abuelos? No quiero que Alice se sienta mal. - Ni decepcionar a los abuelos. Ya cargaba él solito con su vergüenza. Su padre le miró extrañado y soltó una carcajada muda con los labios cerrados. - No voy a castigarte, Marcus. - Ahora el que estaba extrañado era él. Arnold debió vérselo en la cara, así que suspiró y lo explicó. - Mira, lo que has hecho... No está bien. Por desgracia, ahora mismo, ninguno de nosotros estamos bien. Y cuando la gente no está bien, hace muchas tonterías. Con la mejor de sus intenciones, pero tonterías al fin y al cabo. - Le miró con una ceja arqueada y dijo. - Ha sido tu primera travesura en catorce años, y si bien no te la voy a aplaudir y no entiendo como se te ha pasado por la cabeza siquiera... - Suspiró, mirando a un punto indefinido frente a él, y añadió. - Te puedo entender. - Le revolvió el pelo un poco bruscamente y finalizó. - No lo hagas más y ya está. - No pudo evitarlo, se abrazó a su padre automáticamente. Había pasado tanto miedo y había temido tanto que se enfadaran con él, que se decepcionaran, que le castigaran a saber hasta cuando... - Gracias. - Susurró. Su padre le devolvió el abrazo y volvieron a quedarse en silencio. - Tú también estás triste, ¿verdad? - Sin soltarse del abrazo, su padre le contestó. - Mucho. - Sabía que su padre estaba haciendo un esfuerzo por no llorar delante de él, pero Marcus esa batalla ya la había perdido, así que se permitió el lujo de seguir.

- Venga, lávate la cara. - Le dijo su padre unos minutos después, cuando ya se hubo desahogado lo suficiente. - Que como tu abuela te vea bajar así y sepa que has estado conmigo, al final el castigo me cae a mí. - Eso le hizo reírse sinceramente, durante un rato además. Estaba tan tenso y lo había pasado tan mal que esa tontería le hizo mucha gracia, hasta le contagió la risa a su padre. Entró al baño, se lavó la cara (aunque la seguía teniendo roja, pero en fin), y cuando se encontró mejor bajó las escaleras. - Y por supuesto, eso sí que no falla. - Escuchó decir a su abuela tan pronto apareció por la puerta de la cocina. - Es terminar las magdalenas y, ¡tachán! Mi Marcus apareciendo por la puerta. - Eso provocó risas a su alrededor, mientras él se hacía el sorprendido. - ¡Eh! Ha sido casualidad. - Hijo, las casualidades no se producen reiteradamente y sin excepción durante catorce años. - Dijo su abuelo, lo cual hizo reír a los presentes de nuevo. Se puso muy bien puesto y se dirigió hacia las magdalenas. - Decid lo que queráis, pero ya que estoy aquí... - Cogió una y tuvo que retirar la mano automáticamente. - ¡Au! ¡Queman! - Como si estuvieran recién sacadas del horno, ¿a que sí? - Volvió a bromear Lawrence. Molly chistó. - Si es que no se puede ser tan impaciente. Todo tiene su tiempo, Marcus. Las cosas hay que dejarlas reposar. Y cuando llegue el momento idóneo para probarlas, verás que están perfectas. -
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Sáb Jul 10, 2021 11:32 pm

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CON Marcus EN Aula de trabajo A LAS 16:00, 21 de junio de 1998
Alice miraba con ojos de lechuza todo lo que Molly estaba haciendo, pero su padre ni siquiera parecía estar allí. — Papi, ¿te estás enterando? Que hay que hacerlas con magia y yo no puedo. — Su padre ladeó una sonrisa. — Bueno, y si no, me lo invento, ¿verdad? ¿No es lo que siempre hago? — Molly le dio con un trapo en el brazo, como si fuera un látigo. — Oye, jovencito, un respeto por la cocina tradicional mágica. No ganaría sun concurso ni comprando al jurado, vaya. — Y eso le sacó una carcajada. William la miró con dulzura y dijo. — Dame otra vez, Molly. Es la primera vez este mes que la veo reírse así, al menos ya hemos descubierto lo que hay que hacer: maltratar a su anciano padre. — Ella se rio un poco más y se sentó junto a Lawrence. — Lo que la va a alegrar de veras va a ser tener estas magdalenas recién hechas para desayunar, así que atiende, William Gallia. — Dijo con tono autoritario, pero claramente de broma.

Lawrence se inclinó hacia ella por la mesa y le picó en la mejilla con el dedo. — Señorita Gallia. — Ella se giró y le miró con una sonrisa débil. — ¿Cuántos años tienes?Catorce, como su nieto. Aunque yo soy dos meses más mayor. — Dijo con cierta superioridad, que hizo sonreír un poco más a Lawrence. — Pues catorce años siguen siendo pocos para cargar con un pesa tan grande como el que te quieres echar encima. — Le pinzó un de los hombros con dos dedos. — Estos hombros son muy chiquititos. — Eso le hizo reír débilmente. Iba a preguntarle que a qué se refería, pero ambos lo sabían perfectamente. — Ella le hacía feliz, señor O'Donnell. Solo ella le entendía. Ya que no está, y yo no puedo entenderle como hacía mi madre, al menos, trabajaré por hacerle feliz. Y ya se me pondrán más fuertes los hombros. — Lawrence dejó caer pesadamente los párpados pero no perdió la sonrisa. — Eres aguerrida, ¿eh? — Y entonces algo invadió su corazón, un sentimiento que no tenía desde lo de su madre: el orgullo. — Soy Alice Gallia. — Le dijo, ampliando ella también la sonrisa. — A pesar de mí misma. — Aseguró.

Justo en ese momento bajó Marcus, cuando Molly sacaba las magdalenas del horno, y los comentarios de Lawrence le hicieron reír. Pero lo que dijo Molly la dejó pensando... Marcus y ella eran muy de hacer las cosas YA, y, de entrada, no se le ocurrían muchas cosas que hubiera que dejar reposar, excepto quizá... Sus sentimientos por él. Si lo dejaba reposar... Quizá se daba cuenta de que no sentía tantas cosas, y su amor se desvanecía. O quizá, solo quizá, Marcus se olvidaba de Poppy y empezaba... A verla a ella como le veía ella a él. Sonrió débilmente y se levantó a su lado, tomando su mano. — ¿Te has hecho daño? Puedo curártelo con aloe vera. — Dijo dulcemente y bajito. Aunque no lo suficiente para que Molly no interviniera. — Claro que sí, Alice, una buena alumna de Herbología sabe perfectamente cómo hacer tal cosa. — Le dio un codazo a William. — Menos mal que tienes una de estas, te sirve igual para un roto que para un descosido. — Ella ladeó la sonrisa y fue a por el aloe vera al jardín.

No tuvo que llegar tan lejos, pero vio que Emma estaba hablando con Lex al fondo. Esperaba que no le estuviera regañando ni nada, ahora se sentía un poco mal por haberle cerrado literalmente la puerta en las narices cuando se iban a Hogsmeade. Luego, si podía, hablaría con él. Se fue a por la planta y volvió a la cocina. — Dame. — Le dijo cociendo su mano y poniéndole el jugo de la planta. — Alice, estaba pensando, y así se lo he expresado a mi nieto, que quizá te gustaría venir al taller de visita con él. Cuando vinisteis hace dos años no pude enseñároslo por el proyecto aquel y sé que te gusta la alquimia. — Lo ojos le brillaron por un momento. Pero miró a Marcus y miró a Lawrence después. — Es usted el mejor, señor O'Donnell. Me encanta la alquimia, pero... — Miró a Marcus otra vez y suspiró. — ¿Sabe qué va diciendo su nieto a todo el que le quiere escuchar? — Lawrence soltó una carcajada. — Sorpréndeme.Que la primera regla de su taller es "si quieres estar en el taller, tienes que estar en el taller". — Estaba sujetando aún la mano de Marcus y acariciándola un poco, aunque estaba cabizbaja. — Si voy a ver el taller de Lawrence O'Donnell... Quiero disfrutarlo y estar al cien por cien. — Lawrence se levantó y les acarició la cabeza. los dos. — Solo dos auténticos alquimistas hablarían así.
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Dom Jul 11, 2021 11:31 am

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CON Alice EN Casa O'Donnell A LAS 16:00, 11 de junio de 1998
Puso un mohín descontento y se miró el dedo. En realidad no se había hecho nada, había sido solo la sensación de tocar algo ardiendo, pero Alice se acercó en seguida y le preguntó si se había hecho daño. Fue a decir que no hacía falta, pero lo único que consiguió fue boquear como un pez fuera del agua y quedárse mirándola. Al final, ella se dio media vuelta para buscar aloe vera mientras él seguía el recorrido de ella con los ojos y cara de idiota. ¿Por qué no le había dicho que no le hacía falta? Es que no le hacía falta... Pero claro, la veía tan decidida... Sería de mala educación rechazarla. - Lo dicho, desmayadito. - Dijo su abuela, sacándole de su embobamiento momentáneo y haciéndole fruncir el ceño extrañado. No sabía qué quería decir, solo vio que William se acercó a ella para murmurarle algo que la hizo reír.

Se acercó donde su abuelo estaba sentado con una idea dando vueltas por su cabeza, aunque aún en una especie de trance raro. El hombre dijo con una risilla. - Tú has salido más listo que tu padre y que yo. Te dejas querer. - Pero como él seguía en su plan mental, comentó pasando por alto lo dicho por su abuelo. - ¿Puede venir Alice un día al taller? - El hombre se quedó mirándole unos segundos. - ¿Qué te ha dicho tu abuela sobre lo de dejar reposar las cosas? - Tragó saliva. Vale, captado. El hombre suspiró y le dijo en un tono más bajo, verificando que William estaba entretenido con su abuela. - Estoy seguro de que serás un gran apoyo para Alice, le va a hacer mucha falta. Pero... - Lo sé. Que no la agobie y que le de su espacio. - Repitió monocorde y taciturno. Si ya se sabía de memoria la perorata, y de verdad que se la creía más de lo que podía parecer... Pero es que no lo podía evitar. - Aun así... - Aportó su abuelo. - No me parece mala idea que vengáis a pasar un día a casa con nosotros y os enseño el taller. - Eso le hizo poner una sonrisa de oreja a oreja.

Antes de que pudiera darle las gracias a su abuelo, llegó Alice del jardín. Seguidamente, le agarró la mano y pasó el aloe por esta. Otra vez se había quedado mirándola embobado. ¿Sería por el día que llevaban, dentro de esa racha tan mala? Es que realmente veía a Alice... Distinta. Sería por el maquillaje o... Por el vestido negro... O por como le quedaba el vestido ahora que su cuerpo estaba un poco... Diferente. Tragó saliva y parpadeó, volviendo a tierra al escuchar a su abuelo hablar de nuevo. Esperó entusiasmado a la reacción de Alice... Y lo que escuchó no se lo esperaba. Una parte de él sintió un cosquilleo de orgullo en el pecho que le hizo sonreír, porque acababa de demostrar lo mucho que le escuchaba y le tenía en cuenta, que hasta se sabía las normas del taller de su abuelo sin haber estado nunca en él. Otra parte de él... Se entristeció. La Alice de siempre habría dado saltos de alegría y se habría apuntado a ese plan sin pensárselo dos veces. Hoy era la primera vez que la escuchaba decir "no". Y ya se lo había oído dos veces.

Bajó la mirada a su mano, porque no le pasó desapercibido en absoluto que la estaba acariciando. Luego la miró a ella de nuevo, y una vez más se quedó ahí, en silencio, solo mirándola hablar y sonreír con ese punto de tristeza. Y también una vez más, su abuelo le sacó del trance con su comentario y la caricia en su pelo. Sonrió orgulloso. - Lo seremos. - Afirmó mirando a la chica. Ya había metido a Alice en el carro de la alquimia, pero bueno. Como mínimo ambos se elegirían la asignatura en sexto, algo era algo, y ya verían el taller de su abuelo cuando ella estuviera mejor. Le iba a encantar.

- Bueno, vamos a merendar que ya lo tengo todo listo. - Anunció su abuela, y ellos aún seguían de la mano. Sonrió y, mientras comprobaba de reojo que todos salían de la cocina, se acercó un poco a Alice y bajó la voz, con una sonrisita de lado. - Gracias... Ha sido muy curativo. - Pretendía ser una especie de bromita de agradecimiento, pero al decirlo había acariciado la mano de la chica en un acto reflejo. Eso había sido sin querer, de verdad que sí, le había salido espontáneo. Tan espontáneo como el cosquilleo que sintió en el pecho. Carraspeó y retiró la mano, con una sonrisa. - ¿Te ha enseñado mi abuela a hacerlas? Eso es un honor, va por ahí pregonando que es su receta secreta con la que ha ganado concursos. - Dijo con una risita, intentando aliviar que seguro que se había puesto colorado. Pero bueno, ya traía la piel enrojecida de antes, así que confiaba en que no se le notara. Salieron al salón y se sentaron a la mesa. - Marcus, ve a llamar a tu hermano. - Pidió su padre, pero su madre apareció por allí diciendo. - No, no hace falta. No se encuentra muy bien, le he dicho que se quede jugando con Noora. - Su madre había dejado una mano en el hombro de su padre, quien había pasado de mirarla extrañado a parecer entender una especie de mensaje secreto que solo ellos conocían, porque se puso a servir platos como si no hubiera dicho nada. La que sí reaccionó fue su abuela. - Ay mi niño, ¿qué le pasa? - Creo que está un poco destemplado, no le sienta muy bien el calor. Pero no es nada, mi Lex es de hierro, se le habrá pasado mañana. - Se notaba cuando su madre quería dar una respuesta correcta pero que zanjaba el tema. - Bueno, su abuela le aparta unas magdalenitas para cuando esté mejor. - Marcus respiró hondo y no dijo nada, pero debía notársele la cara de desaprobación. Estaba seguro de que no era más que otra pataleta de Lex y su obsesión por estar solo siempre. Con los Gallia y sus abuelos allí, y él jugando con la rata esa. Y todos se lo consentían. Pues a él le parecía maleducado, pero en fin. Allá su hermano si quería quedar mal siempre.
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Dom Jul 11, 2021 2:22 pm

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CON Marcus EN Aula de trabajo A LAS 16:00, 21 de junio de 1998
Mientras le estaba poniendo aquello en la mano, Marcus parecía raro. Ella era muy buena leyendo las expresiones y tics corporales de su amigo, pero estaba como entre triste y confuso. — ¿Estás bien? ¿Te he hecho daño? — Preguntó frunciendo el ceño. Ya lo que le faltaba encima, hacerle daño físico a Marcus. Pero no, no parecía eso. De hecho Marcus parecía haber quitado el sonido de sí mismo, hasta que Lawrence les dijo lo de los alquimistas. Ella sonrió. Bueno, nunca sería alquimista, probablemente, pero le hacía ilusión que Marcus contara con ella como si sí.

Molly dijo lo de la merienda, y bendita la gracia que le hacía ahora a ella comer, pero Marcus pareció retomar el hilo de lo que no le había contestado y le dijo que era curativo y ella sonrió. — Sí, el aloe vera es buen p... — Pero le acarició la mano, así, como si fuera lo más casual del mundo. No daba crédito. Marcus y ella eran amigos, s evocaban, se daban la mano con cierta normalidad, últimamente con los abrazos estaban muy a gusto... Pero es que era como otro tipo de cariño, un acto reflejo. Nos había explicarlo, pero le aceleraba el corazón y la despistaba. — Alice. — Se giró. — ¿Sí papi?Que si quieres algo para beber con las magdalenas. — Parpadeó. Si es que se había quedado pilladísima. — Sí, café. — Arnold se rio, después de decirle a Marcus que fuera a por Lex. Ahora no quería que se fuera, la verdad, lo quería lo más cerca posible. — Oye, ¿tú por que te ríes? ¿Y por que a ella si le dejas beber café? Pues porque a tu hija no le afecta tanto, William. — Su padre alzó las cejas y entornó los ojos. — Y uno bebiendo leche como los niños a mi edad. — Eso la hizo reír también, y su padre le puso las manos en los hombros. — Confirmado, hija, si quiero que te rías, solo hay que humillarme. — Ella negó con la cabeza y se mordió el labio.

Ya en el salón, se preocupó un poco por Lex. Al fin y al cabo era más pequeño que ellos, y habían sido un poco bordes con él. Y ahora se quedaba solo jugando con lo que suponía que era su mascota. Luego igual podrían jugar a algo los tres. Se concentró en lo que le había preguntado Marcus, y asintió con una sonrisa. — Bueno, pero aún no puedo hacerlas. Se las ha intentado en señal a papá, pero no apostaría todo mi dinero a que él las vaya a saber replicar. — Eso hizo reír a Molly y le dio una de las magdalenas. — Ya las harás. Pero mi niño tiene razón, no se las enseñaría a cualquiera. Aunque si se las enseño a mi Alice, sé que se quedarán en la familia. — Ella amplió la sonrisa. Que buena era Molly considerándola siempre de la familia. Vio que Arnold pasaba por cerca y le daba en el hombro y susurraba. — Madre, que se te ve el plumero... — Y no sabía muy bien a qué se refería, pero ella se dedicó a comerse sus magdalenas y oír hablar a los mayores.

Cuando vio que Marcus había comida una buena cantidad de cosas (no podría decirse había terminado, porque Marcus no es que terminara nunca de comer) le dijo en bajito. — ¿Me acompañas al jardín? Que quiero hacerle un ramo a tu abuela y tu madre — Esa era la excusa. Las flores siempre eran buena excusa y las controlaba, pero quería hacer más cosas. Quería ver si Lex estaba bien, y quería hablar con Marcus, porque cuando se había ido del cobertizo se había quedado con muy mal cuerpo. Así que dio un saltito de la silla e informó. — Ahora mismito volvemos. — Dirigiéndose al jardín otra vez. Según salió se puso a localizar dónde estaban las distintas plantas con las que quería hacer los ramitos y vislumbró en la distancia a Lex. Se puso a cortar las plantitas y, mientras lo hacía, se giró hacia Marcus. — ¿Crees que tu hermano está bien? Me siento un poco culpable, igual quería jugar con nosotros. — Y siguió cortando, sin mirarle. — Y también quería darte las gracias... — Se giró y enfocó sus ojos. — Estás siendo el mejor amigo del mundo, Marcus. No dudes de eso porque yo... En fin. Haga cosas raras. — Raras así en general, sin especificar mucho, fuera a ser que se le acabara escapando algo. — Quería decírtelo sin lo demás al rededor intentando portarse bien conmigo. Yo lo agradezco, y tu familia me trata genial pero tú y yo... En fin, quería decírtelo a solas. — Levantó los dos ramilletes. — ¿Crees que les gustarán? Con el de tu madre se puede hacer infusión para la migraña, a papá cuando trabaja muchas horas le da. Y con el de tu abuela se hace una infusión muy dulcecita y rica para después de comer. — Dijo enseñando uno y otro respectivamente. — En el cobertizo he visto cuerda, voy a por un poco para atarlos. — Y se fue hacia allá.

Le dio uno a Marcus para que se lo sostuviese mientras cogía la cuerda, pero estaba en una estantería alta y se tuvo que poner de puntillas y alargar el brazo. Y entonces lo notó. La costura del costado debía estar sufriendo con su nuevo aumento, pero con aquel esfuerzo, debió decir que hasta ahí llegaba. Sintió cómo se ponía rojísima, y según se giró, alzó la mano para taparle los ojos a Marcus. El pobre debía estar alucinando porque le notó la respiración agitada. — Perdona, es que... — Trago saliva. — Mira, te lo voy a a decir sin más. — Que luego pasaba como en La Provenza cuando le vino la regla y no se entendían. — Se me acaba de romper el vestido. Y me da vergüenza que me veas, así que, si me haces el inmenso favor de darte la vuelta con los ojos cerrados y decirles a tu madre y a tu abuela que tengo una emergencia, sin que los padres y tu abuelo se enteren, te lo voy a agradecer toda la vida.
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Dom Jul 11, 2021 5:49 pm

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CON Alice EN Casa O'Donnell A LAS 16:00, 11 de junio de 1998
No le pasaba desapercibido el semblante entristecido de William, que por supuesto era totalmente normal. Aunque le gustaba ver que seguía con ganas de hacer comentarios graciosos, como lo de la leche y el café. Rio un poco. No era la primera vez que escuchaba a su padre vetarle el café a su amigo, al parecer se ponía muy nervioso. Pues como Alice se ponga aún más activa... Se le pasó por la cabeza, riendo, y automáticamente se dio cuenta. Estaba pensando en la Alice que conocía, otra vez, la que no paraba quieta y reía y hacía cosas sin parar. La miró de reojo, con la sonrisa ya borrada. No era esa Alice que estaba sentada junto a él, desde luego... Quizás no le venía mal un poco de café, a lo mejor volvía un poco a su actividad habitual. Qué tonterías piensas, Marcus.

Le gustaba lo bien que se llevaba Alice con su familia, le ponía muy contento. Y estaba de acuerdo con su abuela: Alice siempre sería de su familia, ya lo era, de hecho. Se encogió felizmente de hombros. - Si os da por competir a las dos el día de mañana por ver a quien le salen más ricas, yo puedo hacer de juez. - Eso hizo a su abuelo reír, pero él se comió la magdalena tan contento. Ya se estaba planificando un futuro hinchándose a magdalenas. Probó un poco de todo lo que había en la mesa mientras oía las conversaciones de los demás (él prefirió no hablar mucho, no tenía mucha confianza en esa voz traicionera que ya le había jugado más de una mala pasada esa tarde). Asintió a la propuesta de Alice y la siguió, llevándose en la mano un puñadito de frutos secos mientras salían de nuevo al jardín.

Estaba terminando de comérselos cuando su amiga lanzó una pregunta. Rodó los ojos y volvió a aparecerle la desaprobación en la cara. - Sería la primera vez que Lex quiere pasar tiempo conmigo. Solo viene a picarme. - No le había dicho a su hermano expresamente que le quisiera apartado de ellos, es decir, era su hermano y le quería, aunque fuera tan antipático siempre. Pero honestamente, prefería estar a solas con Alice. Era un momento muy delicado y no quería que metiera la pata, o que se pusiera a husmear en sus cabezas, no se sentía nada seguro con eso. De todas formas, una cosa era que prefiriese que le dejara solo con Alice, y otra que ni siquiera hiciera acto de presencia ante las visitas. Eso era maleducado. Estaba pensando en eso con el ceño fruncido cuando Alice le dio las gracias y pareció pegar un soplido a esas nubes negras que tenía por la cabeza, espantándolas todas y quitándole el mal humor de la cara. Se encogió un poco de hombros. - Hago lo que puedo... Y... No haces cosas raras, no más raras que todo lo que he hecho yo hoy. - Dijo con una risa avergonzada. Alzó la mirada a sus ojos. Quería decírselo a solas. Por algún motivo... Él también prefería hablar de esas cosas a solas. Siempre estaba más cómodo cuando estaban solos. Incluso en días como ese, que sentía como si no supiera ni por donde pisar, como cuando no puedes dormir y das mil vueltas en la cama a ver si el problema es la postura. Pero no. El problema es eso que no te deja dormir, eso es lo que no te quita la incomodidad. En su caso, ni siquiera sabía de qué se trataba, y a veces aparecía con más fuerza, paradójicamente, cuando se quedaban solos. Y aún así, lo prefería. Él siempre prefería estar con Alice.

Parpadeó para salir de la burbuja una vez más cuando puso los ramillentes frente a él, riendo un poco. Se aclaró la garganta, al menos ya le estaba pillando el truco... Creía. Igualmente, era un rollo eso de tener que pararse a comprobar cada vez que iba a arrancar a hablar. - Les van a encantar. - Estaba seguro. Abrió los ojos y sonrió más, mirando impresionado ambos ramilletes. - Oh, no lo había pensado. Pensé que solo las habías cogido porque eran bonitas. Estás en todo. - Dijo con sinceridad. Así era Alice, no solo te hacía un ramo bonito, también te hacía un ramo útil. Ravenclaw en esencia, por eso se llevaban tan bien. Fue tras sus pasos de vuelta al cobertizo y, al verse dentro, sintió otro cosquilleo extraño en el pecho. Se había quedado como un pasmarote con el ramo en la mano, mirándola mientras cogía la cuerda. ¿Por qué era ahora tan consciente de cuando estaban solos... Solos? Es decir, no solos como en el jardín, sino solos y escondidos. O sea, no estaban escondidos, no habían ido ahí a esconderse. Bueno, antes sí, pero ahora no. Y antes tampoco, realmente, solo que el traslador estaba allí. Y no sabía que hacía rayándose tanto por esa circunstancia, si era lo más normal del mundo, ¿no? En fin. Su casa. Su amiga. Su cobertizo. No era nada raro.

No sabía en qué mundo estaba pero de repente Alice le tapó los ojos y casi se le cae el ramo al suelo, porque el escalofrío que le recorrió el cuerpo entero le retumbó en la cabeza como si le hubieran dado un golpe desde dentro. No tenía ni idea de lo que había pasado, de lo que estaba pasando, ni de por qué, ni tampoco atinaba a decir nada (y mejor, para que le saliera esa voz ridícula otra vez y rompiera el momento, fuera lo que fuera ese momento, casi mejor que se quedara callado). Alice empezó a hablar, y de verdad que se le hizo eterno el preludio hasta que dijo lo que ocurría. Se notaba el corazón aceleradísimo, ¡a ver, ni que le fuera a secuestrar, que era su amiga! ¿Por qué demonios estaba tan agitado? El motivo le hizo arquear las cejas por debajo de la mano de Alice. - Oh. Vaya. Lo siento. - Lo que le faltaba a la pobre para terminar de estar triste, que se le rompiera el vestido. Debería apenarse, pero había notado otro escalofrío, como si estuviera uniendo las piececitas de por qué Alice le había tapado los ojos cuando su vestido se había roto... Se negaba a entender por qué había sentido lo que había asentido. Marcus era muy listo, pero se le daban bien tantas cosas que hasta hacerse el tonto se le daba divinamente. Y ahora estaba empeñado en decirse a sí mismo que no entendía a qué venía estar tan nervioso.

Lo que sí que no se le daba bien era darle vueltas a semejantes tonterías y escuchar al mismo tiempo. Sentía que Alice le había dado una instrucción y no se había enterado, y ahora estaba ahí parado como un idiota sin hacer nada. Reaccionó al par de segundos. - Ah, sí, claro, claro... - Vale, había conseguido reconducir a su cerebro y creía haber captado lo que le había pedido. Se giró poco a poco. - Los tengo cerrados, ¿vale? - Dijo para que la chica le quitara la mano de la cara, porque así no se podía mover mucho más. Se movió despacio hasta la puerta. - Voy a... - Y ya tuvo que pisar algo y trastabillar. Casi se mata. Eso sí, los ojos los tenía cerrados como si les hubiera echado pegamento. - Ahora vengo. - Trató de salvar, tanteando la puerta hasta localizar el quicio para no chocarse con él y saliendo del cobertizo. Mantuvo los ojos cerrados hasta cuando sabía que era físicamente imposible que pudiera verla desde su posición. Menos mal que no tenían piscina o un desnivel por ahí, porque se hubiera caído de cabeza.

Entró en la casa y, para su fortuna, su madre y su abuela estaban en la cocina charlando mientras su abuelo, su padre y William estaban en el salón. - ¿Y no puedes hablar con tu hermano? Quizás haya algo. - Lo he hablado con él, Molly, y solo insiste en que es control mental. Quizás debería llevarle con los sanad... - Su madre se interrumpió al verle en la puerta. Parecía un tanto angustiada, pero tan pronto le detectó, adoptó su semblante tranquilo de siempre. - Perdón... ¿Os puedo pedir un favor? - Claro, mi vida, lo que quieras. - Dijo su abuela, tan dulce como siempre. Miró hacia atrás, comprobó que nadie más estaba por allí y entró en la cocina. - Me ha pedido Alice que os busque. Se le ha roto el vestido. - Su abuela hizo un gesto apenado, juntando las manos. Su madre fue más comedida y dijo. - Voy a por mi costurero. ¿Dónde está? -  En el cobertizo. - Respondió con normalidad a la pregunta formulada, pero su madre alzó una ceja y su abuela esbozó una expresión tan graciosa como extraña. - ¿Y qué estaba haciendo Alice en el cobertizo para que se le rompiera el vestido? - Vaya, si respondía a eso les iba a chafar la sorpresa. Se mordió un poco el labio, pensando qué excusa poner, pero la risita de su abuela interrumpió. - Uy, hija, me da que has hecho una pregunta indiscreta. - Su madre no se estaba riendo. Marcus parpadeó y sacudió la cabeza. De nuevo se empeñaba en no captar lo que significaba eso, pero por si acaso lo arregló. - No, es... Os está preparando una sorpresa. Ha ido al cobertizo a coger una cosa para terminarla y mientras lo hacía se le ha roto el vestido. De verdad que es eso. - Y además era fácil de comprobar, lo verían en cuanto llegaran. - Bueno, mientras tú vas a por el costurero, yo voy a por mi pobre niña antes de que se agobie, que seguro que no es para tanto. - Resolvió su abuela. Luego le colocó las manos en los hombros, le dio la vuelta sobre sus talones y le condujo fuera de la cocina. - Y tú con el sector masculino de la casa. Que estás dándote más paseos hoy por el cobertizo que en toda tu vida. - Eso era verdad, aunque ambas veces fue por causas justificadas. Claro que a ver a quién convencía de eso.
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Dom Jul 11, 2021 11:46 pm

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CON Marcus EN Aula de trabajo A LAS 16:00, 21 de junio de 1998
No había sido la maniobra más inteligente ni más sutil del mundo lo de taparle los ojos, porque ahora Marcus no parecía reaccionar. Claro, que con el diíta que llevaban, Marcus no estaba especialmente brillante tampoco. Al menos reaccionó mejor que en La Provenza el año pasado, y pareció entender la incomodidad y gravedad de su situación. Bueno, él también parecía un poco incómodo, y no le extrañaba. Vaya trago tener que vivir eso con tu mejor amiga. Anda que estaba saliendo brillante de aquel día. Cuando dijo que tenía los ojos cerrados (que ya lo sabía porque lo había sentido en la palma de la mano, pero se había quedado un poco en el sitio), se retiró poco a poco diciendo. — Sí, sí, claro. — Y se fue a una esquinita del cobertizo a sentarse y a ver si se fundía con la pared, mientras el pobre Marcus salía tropezándose con todos, porque él tenía que ser obediente hasta con ella.

Pasó unos minutos allí sola, disfrutando del silencio y la tranquilidad de saber que no estaba sintiendo vergüenza por poder estar sola con sus pensamientos. Se dio cuenta de que, quizá hasta ese momento, desde lo de su madre, apenas había estado sola, excepto cuando iba al baño o se vestía. Parecía ser el mantra de todo el mundo, no dejarla sola, y de verdad que agradeció esos minutos para simplemente oír su respiración y sus propios pensamientos. Aprovechó y se puso a terminar los ramilletes, disfrutando de las flores y el silencio. Pero en seguida oyó una voz en la puerta. — ¿Se puede?Sí, pase, señora O'Donnell. — Por la puerta se asomó Molly con una sonrisita. — Hemos tenido una emergencia de vestuario, ¿eh? Hasta en las mejores representaciones de Shakespeare pasó. — Eso le hizo reír, pero no se levantó. — A ver, ¿dónde está ese roto? — Ella levantó el brazo derecho y señaló la costura descosida desde la axila hasta debajo de las costillas. Molly chasqueó la lengua y asintió. — Qué traicionero tu vestido. Hubiera apagado por ver la cara de mi nieto. — Ella negó con al cabeza con una débil sonrisa. — No, le he tapado los ojos. Pero se lo he explicado y se ha ido con los ojos cerrados, para que no me entendiera mal. — Eso arrancó una carcajada a Molly. — No me cabe duda. Mi niño es muy comprensivo. — Eso la hizo sonreír un poco más y se encogió de un hombro. — A veces no entiende muy bien las cosas de chicas. Se agobia y empieza a hacer y decir muchas cosas... — Molly estaba muerta de risa y levantó la mano en el aire. — Hombres O'Donnell, querida, ya te acostumbrarás, son todos iguales. — Justo entonces apareció Emma en la puerta con una caja y las pocas ganas de risa que tenía, se esfumaron del todo.

Se levantó diligente, pero se dio cuenta de que estaba encogida sobre sí misma. — ¿Qué ha pasado? — Preguntó Emma, ladeando la cabeza para mirar el roto, para lo cual ella volvió a levantar el brazo diligentemente. — Estaba estirándome para coger la cuerda para atar los ramitos que les había hecho a las dos. — ¡Pero que nos habías hecho unos ramilletes de flores! Yo te como. — Dijo Molly acercándose a verlos. Emma empezó a sacar las cosas del costurero. — Quítate el vestido. — Alice notó cómo la cabeza se le hundía más todavía y miraba a las mujeres con pena y un poquito e vergüenza. — Ay, cariño, que no pasa nada, que somos nosotras. — Dijo Molly acercándose. Ya, si es que no le gustaba su cuerpo ahora, y menos quería enseñarlo delante de nadie. Miró delatoramente a la puerta y Emma lanzó un hechizo. — Fermaportus. — Luego se giró hacia ella y alzó una ceja. — Suerte para todos los caballeros de ahí fuera intentando romper un hechizo mío. — Eso la hizo reír un poquito y vio que Emma hacia un leve gesto e sonrisa que podría considerarse cómplice. Se sacó el vestido y se lo dio, cruzando los brazos por el medio del trono y pegándose aún más a la pared. — No se esfuerce mucho, señora O'Donnell... Se volverá a romper. — Molly se acercó un poco a ella y le dijo. — ¿Te gusta mucho ese vestido? — Ella negó con la cabeza. No le gustaba nada, de hecho. — Pues igual lo puedes tirar ya y ponerte algunos que sean de chica más mayor. — En los que le cupiera el pecho, quería decir Molly, pero ella era así de cuqui siempre, y decía las cosas de forma adorable. — Es que... No tengo de más mayor. Y ningún otro me cerraba. Intenté ponerme el de la fiesta del año pasado y fue imposible. — Molly y Emma se quedaron mirándola un segundo, en silencio, pero la primera salvó corriendo la situación. — ¡Mira! Nunca había oído una excusa tan formidable para pasarse un día de compras y renovar el armario. — Ella tragó saliva. — Es que... La ropa me la compraba mi madre, pero como estaba muy mala antes de Navidades, este año no me compró nada... — Y de nuevo silencio. Esta vez las lágrimas anegaron sus ojos, porque estaba alcanzando su límite. — Y esto... Ha cambiado de un día para otro, y ya no me entra nada... — Se miró el cuerpo y se encogió más. — No quiero ni pensar en los bañadores para La Provenza y que todo el mundo me vea así...

Emma dejó la aguja encantada trabajando en su vestido y se agachó frente a ella y la tomó por los brazos. — No hay nada de malo en ese "así", Alice. Tu cuerpo solo te está demostrando que estás creciendo, es lo que tiene que pasar. — Tiró suavemente de sus brazos para descruzarlo, aunque ella seguía encogida. — No pasa nada, ¿ves? Y todavía te cambiará más el cuerpo durante unos años. Es incómodo, peor poco a poco te vas adaptando, como a todo cuando creces. — Ella tragó saliva y se limpió las lágrimas. — Es que a los chicos no les pasa nada, y Marcus no lo va a entender, y mi padre tampoco... — Molly soltó otra carcajada. — ¿Que no? ¿Pero no te has fijado en los gallos que suelta el pobre? El día menos pensado, saca una voz de ultratumba que no la vas a reconocer. — Abrió mucho los ojos y miró primero a la abuela y luego a Emma, que asintió con la cabeza levemente. — ¿Y no ves que se rasca mucho la cara? — Alice asintió. Sí, ya le iba a ofrecer algo para el picor antes, pero con todo lo que había pasado antes... — Pues es porque le quiere salir barba. Bueno, inicio de barba. — Eso la hizo reír un poquito. Emma le colocó un mechón cortito detrás de la oreja y se levantó otra vez, para terminar de encontrar el vestido. — Pero estoy contigo en que quizá Marcus esté un poco perdido con estas cosas. — Le hizo un gesto para acercarse y le puso el vestido por la cabeza. — Sé que esto es duro sin tu madre, pero si necesitas hablar con alguien... — Miró a Molly también. — Puedes acudir a nosotras. Aunque tu tía está contigo todo el día, es la que debería llevarte a comprar y hablarte de estas cosa. Claro que solo Merlín sabe qué te contaría... Emma... — Advirtió Molly, lo que le valió un suspiro de su nuera. — Emma nada, en cuanto volváis a casa voy con vosotros y tengo unas palabras con Violet. — Aquello le sonó como una sentencia de la inquisición irrevocable. Genial, su tía no le iba a perdonar en la vida que le echara encima a la prefecta Horner. La mataba vaya. — ¿Y si voy yo mejor, querida? Que conozco a Vivi como si fuera hija mía... — Casi suspira de alivio, aunque Emma emitió otro suspiro y le sacudió el vestido. — Ya estás lista, ve con Marcus, que estará como un disco rallado ya.

Pero antes de irse, cogió los ramilletes y se los dio. — Quería dárselos porque han sido muy buenas conmigo. — Se dirigió a Molly. — El suyo se convierte en una infusión dulce para después de comer, — se giró a Emma y se lo dio — y el suyo en remedio para el dolor de cabeza. Por si mi padre se lo pone en el trabajo. — Eso hizo reír de veras a Molly y sonreír ampliamente a Emma. — Gracias, Alice. Bonito y útil. Es perfecto. — Le contestó la madre de Marcus. Con una sonrisa y un sonoro beso y alabanzas de Molly, salió del cobertizo hacia el salón.

Se asomó por la puerta un poco tímidamente, porque no sabía qué estaban haciendo los chicos. — Hola... — Miró a Marcus, aunque sintió todos los ojos de la sala sobre ella. — Ya he... Bueno que... ¿Vienes? — Le dijo, un poco cortada. En cuanto lo tuvo cerca le dijo en tono más o menos bajito (no sabía muy bien por qué) — ¿Miramos lo de los díctanos y la flor voladora? Me apetece y... — Puso una sonrisa má silla. — Ese libro muggle de Nueva York me ha llamado muchísimo la atención. — Quería hacer algo normal con Marcus, lo necesitaba como el aire. Demostrar que aún podían.
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Lun Jul 12, 2021 11:57 am

Things I'll never say
CON Alice EN Casa O'Donnell A LAS 16:00, 11 de junio de 1998
Entró en el salón a paso prudente, como si hubiera cometido un crimen. Él realmente lo que quería era irse al jardín y montar guardia en el cobertizo hasta que su madre y su abuela salieran con el tema del vestido resuelto, para poder volver a estar con Alice como si no hubiera pasado nada. ¿Cuantas veces en ese día iba a pretender eso de "como si no hubiera pasado nada"? Se le hacía cada vez más complicado. Los tres hombres estaban hablando entre ellos y parecían no haberse dado cuenta de que estaba allí. Aún estaba a tiempo de darse media vuelta y... - ¡Marcus! - Pues no, no estaba a tiempo.

En cuanto William le llamó con esa efusividad que tampoco sonaba a la de siempre, porque tenía los ojos tristes, esbozó una sonrisa incómoda y entró en el salón, rascándose la cara como si tuviera un tic. - ¿Por dónde para mi pajarito? - A ver, composición de lugar: Alice le había pedido que no dijera nada. Pero no le gustaba mentir y ya llevaba un día muy movidito con eso, su padre le había perdonado el castigo y no quería abusar más de su comprensión, y su abuelo estaba delante, y la pregunta venía de William Gallia. Su padre ya le miraba con extrañeza. - Oh, no me digas que te ha soltado un ladrido de los suyos. Esta mañana también me lo ha hecho a mí... - ¿Eh? No, no, es... Solo... Pasaba por aquí. - Su padre frunció el ceño aún más, y su abuelo también parecía extrañado. Tragó saliva. - ¿Habéis discutido o algo así? - Abrió mucho los ojos. - ¡No! Para nada. - Seguía sintiendo todos los ojos clavados en él. ¿¿Era necesario semejante interrogatorio?? ¡Estaba en su casa! ¿Qué pasa? ¿No podía simplemente pasearse solo por el salón? ¿Tan raro era?

- Dejad al chico. Es una edad muy mala. - Dijo su abuelo, aunque si lo conocía de algo sabía que solo estaba intentando ahorrarle un escarnio público, pero que luego iría a averiguar qué ocurría en privado. William contestó como si nada. - Yo nunca he tenido una edad mala, he estado siempre más o menos igual... En todo caso ahora es mi edad mala. - Eso hubiera hecho más gracia a los presentes si no estuvieran en la situación que estaban. Su padre, de todas formas, no había abandonado el modo sospecha. - ¿Y dónde está Alice? - Se encogió de hombros. Mala estrategia, eso no iba a colar para nada, ya estaba viendo la ceja de su padre tan alzaba que se estaba mezclando con su pelo. William se rascó el pelo y soltó una leve risita mezclada con un suspiro. - A ver, chico. Lo que tu padre intenta provocar con esta especie de guerra psicológica que no le sale tan bien como a tu madre... - ¡William! - ¿¿Qué?? Venga ya, Arnie, esto se está eternizando, y es Marcus. Tampoco es tan complicado, con mi hija me gustaría verte enfrentándote. - Marcus se quedó pensando qué había querido decirle con eso, pero él prosiguió. - Continúo: lo que tu padre intenta hacerte ver es que parece que estás aquí distrayéndonos mientras mi hija hace una de sus diabluras. - Marcus abrió los ojos como platos, pero antes de que pudiera negar, su abuelo soltó una carcajada. - De ser así, has venido a distraer al grupo equivocado. Mejor vete a ver por donde andan tu madre y tu abuela, si es que no la han pillado ya. - ¡No no! ¡No es eso! ¡De verdad que no! - Si es que no se le podía dejar a él la parte del disimular.

Respiró hondo, se aclaró la garganta y dijo. - Solo... Me ha pedido que busque a mamá y a la abuela porque quería... Hablar de cosas de mujeres y eso. - Mentira no era, aunque faltara información. Su padre se volvió a extrañar. - ¿Cosas de mujeres? - Marcus le miró con ojos de cordero degollado y se encogió de hombros otra vez. Su abuelo parecía estar plenamente conforme con aquello, y William también, aunque se había quedado un tanto más taciturno de lo que ya de por sí estaba. Su padre suspiró y se frotó los ojos, y Marcus empezó a rascarse la cara de nuevo, en ese silencio extraño que se habían quedado entre los cuatro. Al menos lo hizo hasta que su padre le agarró la mano y se la bajó. - Déjate la cara, que te la vas a destrozar. - Le miró con mala cara. ¿Se creía que lo hacía por gusto? Le picaba un montón. Su abuelo volvió a reír y, con un suspiro risueño, dijo. - Estos niños ya no son tan niños. - Su padre alzó las palmas y contrapuso. - Bueno, son bastante niños todavía. - Eso solo provocó que su abuelo soltara una carcajada aún más fuerte. - ¿Te pones nostálgico tú? Soy yo el que ha tenido que parapetaros a vosotros dos para que no tomarais café cuando erais más pequeños que este... Aunque eso no ha cambiado demasiado con el tiempo. - Señalo a William y añadió. - Poco peligroso que era este. - Eso hizo al Señor Gallia reír, aunque hasta la risa le salía triste. - Yo no soy ya ni la sombra de lo que era, Señor O'Donnell. - ¡Uy, que no! - Dijo su abuelo entre risas. Le señaló con un índice cómico y ya solo por el gesto Marcus tenía una sonrisa inevitable. - En primer lugar, no hagas ahora el paripé de llamarme Señor O'Donnell después de tantos años solo porque están los dos estos aquí. - ¡Eh! ¿Por qué me tiene que caer a mí siempre? - Se quejó su padre, después de que Lawrence les señalara a Marcus y a él. Su abuelo continuó. - Que el primer día que me viste me preguntaste si me podías llamar Larry. Aún recuerdo la cara que puso tu madre. - Ahí sí que William soltó una carcajada. - El que se acuerda soy yo, que aún me duele la colleja que me dio. - Y en segundo lugar, no hace ni una hora que has sugerido añadir bombetas explosivas a las magdalenas de mi mujer. - ¡Pero no para que exploten! Con el calor del horno perderían el efecto explosivo y se quedarían como pompas crujientes. Les daría un punto muy curioso. - ¿Y cuántos hornos dices que has explotado para demostrar eso? - Preguntó su padre. Al menos el foco de la conversación se había quitado de encima de él, que dicho fuera de paso, se estaba divirtiendo mucho con la conversación. Y estaba alucinando con la manera en la que su abuelo había conseguido poner a William de buen humor... Le quedaba tanto por aprender de ese hombre...

Estaba muy metido en esa especie de discusión sobre travesuras del pasado y del presente entre su abuelo, su padre y William, que se había animado un poco con aquello, pero en cuanto oyó la voz de Alice miró a la puerta. No quería, de verdad que no, pero no pudo evitar pasar los ojos por el vestido. A ver, por comprobar que se lo habían podido arreglar y eso... Que no lo dudaba, pero bueno. - ¡Claro! - Confirmó, dando un saltito de la silla y saliendo del salón. - Adiós, Marcus. - Oh, eh, perdón, o sea, adiós, Señor Gallia. - Respondió apurado. A ver, no se había despedido porque no es que se fueran a ir todavía, ¿no? Aunque sí que podía haber anunciado que iba a salir de la habitación... Igualmente parecía otra de las bromitas de William, porque los tres se habían quedado conteniendo risillas.

Asintió a lo que Alice le propuso cuando estuvo junto a ella. - Dejé los libros en mi cuarto, ven. -Con un gesto, la animó a subir las escaleras tras él y se dirigieron a su cuarto. Había dejado los libros encima de la cama y, como si no hubiera pasado todo el follón de Hogsmeade, empezó a hablar de ellos. - Este es de plantas desérticas. Es probable que lo de la flor voladora no salga, pero... - Frunció los labios y miró a Alice con una leve expresión de disculpa. - Es que me daba vergüenza reconocer toda la que había liado antes de proponértelo y dije lo primero que se me ocurrió. - Alzó un índice. - Pero seguro que tengo algo por aquí. Ve mirando este si quieres. - Le tendió el libro, pero antes de buscar lo de la flor voladora agarró el de Nueva York. - Y en cuanto a este. - Lo abrió y, mientras lo ojeaba, se sentó en la cama. - Le pedí a Hillary que me lo comprara en una tienda muggle, pero no te dijimos nada porque quería darte la sorpresa. - Como notó que Alice se había sentado a su lado, se acercó a ella sin quitar los ojos del libro y, con una sonrisa entusiasmada, dijo. - Mira esto. Es lo que te he dicho antes, todos los edificios de gobierno. ¿Ves? Está superactualizado, es una edición de febrero de 1998, no tiene ni siquiera un año. Y sin embargo, ¿a que no ves ningún hueco entre estos dos edificios? - Dio un golpecito con el índice. - ¡Pues justo aquí está el MACUSA? Y no, no tiene un hechizo de edificio indetectable. Es que es ESTE edificio. ¡¡El mismo!! Lo usan los muggles para su gobierno y nosotros para el nuestro, solo que cuando se entra por la puerta, se da una contraseña mágica que hace que, ¡boom! Aparezca el MACUSA. - Rio un poco y dijo mientras alzaba la vista. - Tiene que ser impre...sio... - ¿¿Qué haces?? ¿¿Por qué te quedas pillado?? ¡¡Sigue hablando!! - ...nante. - Genial, la voz fea esa otra vez. Se iba a dar cabezazos con el libro ya.

Parecería una tontería, pero no se esperaba a Alice tan cerca. Tragó saliva y, sin querer, se le fueron los ojos al vestido. Sí, eso, al vestido, no a... Ninguna parte, o partes, en concreto. Retiró la mirada. No estaba bien, no estaba nada bien eso que estaba haciendo. - Algún día podríamos ir... En los viajes esos que vamos a hacer. - Comentó tratando de recobrar la normalidad, aunque había puesto la mirada en otra parte. Entonces cayó en algo. - Oh, ya, lo de la flor voladora. - Maravillosa excusa. Dejó el libro a un lado y se levantó, buscando por su estantería mientras se rascaba la cara. - Voy a... Ver si encuentro algo por aquí. ¿Qué dice el libro de plantas que te he dado? -
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Lun Jul 12, 2021 2:32 pm

Things I'll never say
CON Marcus EN Aula de trabajo A LAS 16:00, 21 de junio de 1998
Marcus había salido un poco aturullado del salón, pero quizá es que le estaban vacilando o algo así, aunque hoya parecía estar un poco aturullado como forma de vida. Pero le pareció buena idea lo de los libros, y su entusiasmo hizo que relajara un poco el nudo que sentía en el pecho. Y que Emma le había ensanchado un poquito el vestido, eso también.

Subieron y entraron al cuarto de Marcus, y sonrió cuando confesó lo de la flor voladora. — Tú nunca tengas miedo de confesarme nada, Marcus. Soy yo. Aunque esté un poco así... Yo nunca te voy a juzgar y te voy a ayudar siempre. Aunque parezca una locura. — Creía importante decirlo, y, como nuevamente estaban solos (vaya, ahora contaba las veces que se quedaba sola con él, genial), le pareció un buen momento para recordárselo.

Cogió el libro que le tendría y lo abrió con una sonrisa. — Pero hay díctamos. Con eso me basta, realmente. Quiero aprender cómo se cultivan... Aunque ahora mismo quizá no plante ninguno. Además, quiero dejarte intentar cumplir tu propia apuesta. — Dijo con una sonrisa, sentándose a su lado en la cama y mirando el libro. — La verdad es que es una sorpresa en sí mismo, las fotos son una pasada pero no se mueven nada. — Continuó, con genuina curiosidad. Vio lo que Marcus señalaba y abrió mucho la boca. — ¡Qué dices! ¿Sí? — Se inclinó un pco más para mirarlo. — Mira que mamá lo decía siempre, pero tanto como estar en el mismo edificio... Yo alucino con los magos americanos. Luego que no se quieren casar con muggles, ¡pero si están todo el día con ellos! — Dijo con una risita. Pero Marcus se había quedado como pillado. Ah, claro, la voz. Uf, estaba por decirle que a ella también le pasaba cosas con el crecer y que era muy incómodo, pero no sabía si así el iba a poner más nervioso todavía, así que simplemente siguió escuchando como si nada. Asintió contenta a lo de Nueva York. — ¡Sí! Y la fiesta americana es el cuatro de julio, mamá contaba que echan una cantidad brutal de fuegos artificiales al cielo, que ríete tú de los del catorce de julio en Francia... — Puso una mirada y sonrisa soñadoras, mientras acariciaba con el dedo la silueta del Empire State en en el libro. — Igual podríamos verlos aquí arriba, sería alucinante, ¿no crees? Y los colores de Estados Unidos son los mismos que de Francia. — Recordó con una risa. — Esos los controlamos ya en la ropa y todo. — Ellos y su obsesión por celebrarlo todo como era debido y con los colores a tope.

Pero Marcus estaba obsesionado con lo de la flor voladora, y Alice lo que quería era seguir mirando el libro de Nueva York, haciendo planes y... Teniéndole cerca, para qué iba a decir otra cosa. Pero nada, su amigo a sus cosas. Así que ella se quitó los zapatos y se puso boca abajo en la cama, como le gustaba a ella leer, con los brazos cruzado delante, sin parar de leer sobre Nueva York. — ¿Sabes que hay fábricas enteras que los muggles abandonaron y que los magos ocuparon para hacer factoría mágicas? Me parece una pasada. — Comentó entusiasmada, moviendo los pies en el aire. Pero Marcus seguía pareciendo apurado y moviéndose por su cuarto. Ella le miró con el ceño fruncido. — Bueno, da igual lo de la flor, ven aquí, que quiero seguir mirando lo de Nueva York, me hace ilusión... — Suspiró y le enfocó con la mirada. — ¿Es porque estoy tumbada en tu cama? Te dejo sitio. — Pero nada, seguía viéndole raro. Se incorporó y se puso de rodillas en la cama, extendiéndole la mano. — Ven, que ya sé lo que te pasa. — En cuanto su mano tocó la de ella, tiró de él y le sentó en el colchón. — Estás raro por lo de antes en el cobertizo, ¿verdad? — Suspiró, peor no soltó su mano. — Mira... ¿Te acuerdas el año pasado en La Provenza el catorce de julio? Ya ahí nos dimos cuenta de que... Habría cosas que no podríamos entender el uno del otro. Es lo malo que tiene ser chico y chica, ¿sabes? — Rio un poco, rebajando el ambiente. — Me daba vergüenza que me vieras con el vestido roto porque ahora mismo... Me da bastante vergüenza mi cuerpo como concepto. Y lo siento si te he puesto incómodo a ti... — Alzó la mano y acarició su mejilla, enrojecida. — Ya me doy cuenta que tú tampoco estás encantando con lo de... Crecer. — Ladeó la sonrisa. — Pero es que están cambiando muchas cosas y hasta que nos acostumbremos va a ser un coñazo... Pero seguiremos siendo nosotros. Y solo quiero hacer lo que hacemos siempre. — Dijo señalando con al vista los libros. Aunque ahora, allí sentados en la cama, se le ocurrían... NO. Alice, no. Los de siempre, Alice. Los mejores amigos. Y los mejores amigos no hacen cosas que no harían... AMIGOS, madlita fuera. No se miraban así... Ni se tocaban como se tocaban ellos ahora las manos como se la estaba acariciando Alice a Marcus, bajando los dedos por la muñeca, ni se fijaba lo cerca que estaban sus piernas... Esto iba a ser muy complicado.
Merci Prouvaire!


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Golden Shields:


Alice Gallia
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Cause' Alice does belong with Marcus
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Ante todo, amigos
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Ay, los retitos
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Un jour viendra tu me dira je t'aime
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