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Mar Jul 06, 2021 8:41 pm
Recuerdo del primer mensaje :


Things I'll never say
CON Marcus EN Aula de trabajo A LAS 16:00, 11 de junio de 1998
Estaba delante del espejo de su cuarto en toalla. No se había mirado prácticamente desde que volvió de Gales, porque tampoco tenía ganas, ni motivos. Su vida se basaba en tratar de entretener a Dylan cuando no había nadie más para hacerlo. No tenía ganas de nada y le daba un poco igual que fuera verano. Su padre estaba sumido en un silencio completamente impropio de él… Y al que creía que se tenían que empezar a acostumbrar.

Y a lo que no se acostumbraba seguro ninguno, era a que Janet no estuviera en casa. Había días que llegaba la hora de comer y a ninguno se les había ocurrido hacer la comida. Había cosas que ninguno sabía donde estaba. Había mañanas en las que se levantaban, y alguno de ellos había olvidado que Janet ya no estaba. Y Alice lo notaba, precisamente, en que no tenía nadie a quien preguntarle qué hacer a continuación. Porque aparte de porque no tenía ganas, el motivo por el cual no se había mirado en el espejo, era porque no se reconocía a sí misma. De un día para otro, su cuerpo no parecía el suyo, ya lo había notado en el funeral cuando se puso el vestido, y había empezado a notarlo con el uniforme.

Su tía le había comprado sujetadores, pero, la verdad, le había dicho “Bueno, cuando estés en casa pasa de ponértelo, es más para cuando vayas a salir.” Y como no había salido, pues nada, ahí estaban. Pero ahora iban a ir a casa de los O’Donnell. Y ese era otro problema que no podía abordar con su madre. De golpe, había entendido todas aquellas insinuaciones hace dos años de sus primos, o el típico comentario que le hacían siempre de Marcus y ella. Porque ahora le gustaba de verdad. Y no como amigo. Le había gustado como amigo antes, y no se sentía así. No se sentía ese agujero en el pecho y esa sensación en el estómago cuando le miraba a los ojos, o cuando era cariñoso o cuqui con ella. Dios ¿Pero por qué? Si él siempre había sido así, ¿ahora por qué se sentía diferente? Pero es que no solo se sentía diferente respecto a él, es que ahora había algo dentro de ella que le decía “¿Cómo te va a quedar esa camiseta ahora con el sujetador?” “¿Qué vas a ponerte?” Cosa que a ella le había dado remotamente igual siempre. Y ahora se miraba la cara y decía “Vaya cara de muerta gastas, Alice”. Bueno y esa era otra. Cada vez que alguien la llamaba Alice, se le clavaba una aguja en el corazón pensando en su madre. Pero a ver cómo decía a los demás que la llamaran.

Total, que, en resumen, no le gustaba su cuerpo, no le gustaba su cara y, por no, no le gustaba ni su nombre. Y desde luego, lo que menos le gustaba era que unos sentimientos que no entendía, se hubiera metido por medio en su relación con Marcus. Pero a eso sí que le iba a encontrar la solución. Iba a ignorarlo. Cada vez que esa sensación extraña apareciera, ella iba a cortarla de raíz. Solo eran amigos, y amigos iban a ser para siempre. Viniera lo que viniera. Hala. Hecho. Y se pondría lo que le diera la gana, total, seguro que Marcus no se fijaba en esas cosas.

Pero eso era más fácil pensarlo que hacerlo. Después de un rato largo para ponerse el sujetador, porque se negaba a rebajarse de esa manera pidiéndole a la tata que la ayudara, llegó el momento de ver qué camiseta se ponía. Y es que todas le quedaban distintas. Y estaba haciendo pruebas, cuando su padre entró en su cuarto. – Oye pajarito, que nos vamos… ¡Papá! – Dijo dándose la vuelta y cruzándose las manos en el pecho. – ¿Qué? – Preguntó alarmado su padre. – ¡Que te marches, papá! – Rugió, avergonzada, acelerada y muy enfadada. – ¿Pero qué pasa? Es que nos… ¡Que te marches, papá! – Repitió, empujándole de su cuarto y cerrando la puerta violentamente. Lo que le faltaba ya, vamos. Siguió probando camisetas aunque ninguna le gustaba, y entonces alguien llamó a la puerta. – ¿Se puede? – Su tata. Suspiró. – Sí. – Su tía entró con cara comprensiva. – ¿Qué te pasa? – Dijo mirando significativamente a la pila de ropa. Ella la miró desesperada. – ¿No se pueden esconder? – Dijo poniéndose las manos en el escote. Su tata rio un poco y entornó los ojos. – Qué va. Están ahí. Y ahora solo van a ir a más. – Soltó aire por la boca frustrada. – No quiero que se noten. – Su tía se encogió de hombros y se puso a recoger. – Créeme, no son para tanto. Tú te las ves más porque son tuyas, pero tranquila, pasan bastante desapercibidas. – Ella se miró y arrugó los labios. – Pues yo las veo mucho. Y me molestan.Sí, son bastante molestas según para qué. – Volvió a suspirar frustrada. – No me estás ayudando. ¿Qué quieres que te diga? Es la realidad… Y además, sí te estoy ayudando. Me voy a quedar con Dylan para que puedas ir a casa de los O’Donnell tranquilamente a estar con Marcus. – Puf, pues ese era otro problema, pero como empezara, no acababa. La tata se acercó a ella y le pasó una mano por el pelo. – ¿Qué quieres?Verme mejor ¿Tú me puedes maquillar como haces tú para que no me vea una cara tan horrible? – Su tía se rio. – Pero poquito eh, que si no, me regañan. ¿Y el pelo?¿Qué pasa con el pelo? No sé qué hacerme. No quiero verme más con dos coletas. – Su tía sonrió. – ¿Te hago dos trenzas? Sé que te gusta. – Ella asintió. Sí, a Marcus también le gustaban. Mierda. Que no. Que no podía pensar así. Que se estaba haciendo las trenzas porque quería y ya está.

Su padre le apareció en la calle de delante de la de los O'Donnell. Al final se había puesto el mismo vestido que en el funeral, pero con el sujetador quedaba un poco mejor, aunque quedara más estrecho de lo que le gustaría. Llevaba una caja envuelta en un papel bonito, pero la verdad, no lo haba envuelto ella. Suya había sido la idea de comprarle aquellos dulces a Marcus, pero habían sido Hillary y Lindsay las que lo habían envuelto como un regalo. En la valla apareció Arnold. — ¡Veo dos Gallias en lontananza! Proteged la propiedad. — Dijo risueño. Así iba a ser todo el rato. Todos intentando hacerles sentir bien y ellos como plantas mustias. Arnold se acercó a ella y la abrazó. — Tú también creces por días, eh... — Sí, no se hacía él una idea. Puso una débil sonrisa, porque Arnold era muy bueno y no se merecía que fuera hosca con él. — ¿Cómo te lo has pasado en Gales? ¿Es bonito aquello? — Ella asintió. — Sí, y hace mucho viento. Entonces tú encantada. — Comentó alegremente el hombre, mientras le hacía pasar a la casa. — Y me he montado en un coche. — Ahí su padre se giró y la miró. — Eso no me lo habías contado, pajarito. — Ella se encogió de hombros. — No es para tanto. — ¡Eso lo dudo mucho! Eso nos lo tiene que contar a todos cuando vayamos a merendar. Va a venir mi madre a traernos unas magdalenas irlandesas que ha hecho para un concurso, y por lo visto le han sobrado dos cestas enteras. — Yo no tengo hambre. — Dijeron William y ella a la vez. Arnold chasqueó al lengua y negó con la cabeza. — Aaaay Gallias, ¿cuándo aprenderéis que a esta casa se viene a comer? — Señaló con la cabeza jardín y le dijo a Alice. — Tu amigo está ahí fuera esperándote. Ve con él anda, que lo estarás deseando. Entre viejos nos cuidamos. — Por fin una sonrisa sincera. — Sí, la verdad.

Salió al precioso jardín de los O'Donnell y vio a Marcus sentado bajo el árbol leyendo. Se acercó y le acarició la mejilla desde donde estaba, para que notase que estaba allí. — Hola. — Dijo bajito, pero con al voz cargada de ternura y una sonrisita. — De nuevo, siento haberme perdido tu cumple, pero... — Le tendió el paquete y se sentó a su lado. — Feliz cumpleaños, Marcus.

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Lun Jul 12, 2021 5:55 pm

Things I'll never say
CON Alice EN Casa O'Donnell A LAS 16:00, 11 de junio de 1998
Rio un poco. - Cumpliré mi apuesta. Aunque no voy a rechazar tu ayuda, eres muchísimo mejor en herbología que yo. - Eso era un hecho, y además a partir de cuarto él ya no la cursaría, y Alice seguro que la tenía hasta séptimo. Siguió con la mirada en el libro mientras Alice respondía entusiasmada. - Es verdad que las fotos no se mueven. Mi abuela dice que la primera vez que me dio un libro muggle cuando era pequeño me puse a sacudirlo y lo miraba enfadado, como si pensara "me han dado un libro roto". - Dijo entre risas. Rodó los ojos e hizo una pedorreta. Menuda norma absurda lo de no poder casarse con muggles. Que a ver, él lo pensaba y, como preferir, prefería casarse con una bruja, porque así podrían hacer magia juntos, y sus hijos saldrían magos seguro. Pero que no tenía nada en contra de los muggles ni nada, y si se enamorara de una muggle... Pues bueno. En su familia siempre decía que lo más importante era ser feliz con la persona que eligieras... Su madre también lo decía, aunque dudaba que a ella le hiciera mucha gracia lo de la chica muggle. Y no sabía qué hacía dándole tantas vueltas a eso ahora.

Retomó el hilo, pero fue entonces cuando alzó la vista y ya sí que perdió el rumbo del todo de la conversación. Bajó la vista al libro cuando acarició la foto del Empire State y, con una sonrisita, dijo. - Podríamos. - Se había quedado como ido, y ahora pensaba en ese viaje y se sentía igual como cuando pensaban en sus viajes por el mundo para celebrar las fiestas nacionales. ¿Por qué no? ¿Y por qué hacía tanto calor hoy? A ver, vale que era finales de junio, pero no era ni medio normal. Se levantó con la excusa de lo de buscar la flor voladora y ya de paso abrió la ventana. Resopló un poco cuando notó que entraba algo de aire, aunque no era suficiente, y eso que tenían la puerta abierta. A ver, obvio, ¿por qué iban a tenerla cerrada? Pero es que nada, que no corría hoy el aire por ninguna parte. Se giró hacia las estanterías y vio que Alice se había tumbado en su cama. Tragó saliva. A ver, Marcus. ¿¿Qué demonios te pasa?? No, no, no y no. Ellos eran los de siempre. Eran amigos, los mejores amigos, no podía... No estaba pensando nada, de hecho. Nada de nada. Y eran niños, su padre lo había dicho. "No tan niños" según su abuelo entra todavía dentro del espectro "niños". Aunque él se sentía ya supermayor y así lo predicaba por el castillo, y ya iban a entrar en cuarto, y el año siguiente en quinto, y si todo iba bien sería prefecto, y... Se frotó la frente. Sudando estaba ya. Mejor buscaba lo de la maldita flor voladora. ¿¿Y por qué iba a tener él algo en su cuarto sobre flores voladoras?? ¡¡¡Dios, pero si a él ni siquiera le gustaban las plantas, maldita sea!!!

Mejor iba a su escritorio a ver si tuviera algún pergamino o dibujo de herbología o ALGO, ya no sabía ni lo que hacía. Y Alice no paraba de hablar y él no se estaba enterando de nada. - Ahá. - Dijo en un momento determinado, al menos para que la otra no pensara que no la estaba escuchando, pero no la estaba escuchando. No porque no quisiera, es que no podía. De verdad que no podía pensar con ese maldito calor y esa sensación de estar metido en un lugar muy ruidoso y con todo retumbando por su cabeza. Ni con ese picor en la cara, maldita sea, se iba a arrancar la piel ya de la desesperación. Lo que sí escuchó fue la pregunta. Reaccionó casi dando un salto. - ¿Eh? No. - Dijo tratando de darle normalidad, pero le salió demasiado tembloroso. ¿Que si era porque ella estaba tumbada en su cama? No. No no. No. Para nada. Ella podía hacer lo que quisiera, faltaría más, a ver, ¿qué problema iba a haber? Ah, que le dejaba sitio. - Estoy bien. - ¿¿Qué?? - Quiero decir, que estoy buscando... Ahora... Si eso... - Ahora si eso me mato. ¡¡Por Dios, Marcus!! Desesperado era poco como estaba ya. Dia oficial de comportarse como un estúpido.

Todavía podía ir a peor aquello. La miró con los ojos descuadrados, y eso que estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano por aparentar normalidad. Ah, ¿sí? Pensó con un tembleque por todo el cuerpo cuando dijo que ya sabía lo que le pasaba, aunque no articuló palabra. Pues que se lo explicara a él si lo sabía, porque estaba perdidísimo, aunque no sabía si quería oírlo de boca de Alice, la verdad. Estaba seguro de que había dejado de respirar cuando la chica tiró de él y le sentó en el colchón, cayendo él en este como un títere asustado. Seguían de la mano, y muy cerca, y en su cama, y no sabía por qué de repente todo eso era raro porque antes no lo era. Y él solo quería ser los de antes, sin complicaciones, los mismos que se divertían investigando juntos y haciendo planes de viajes, nada más, ¿tan difícil era? Parpadeó ante la pregunta, pero como por suerte ella siguió hablando, se quedó calladito escuchándola. Y debería haber dicho que no, porque no estaba raro por lo del cobertizo... Creía. Cuando ella rio, él hizo lo mismo, aunque no sabía ni de qué se reía, solo sabía que estaba muy nervioso. Lo que sí le hizo reaccionar fue lo que dijo sobre su cuerpo y haberle puesto incómodo. - No, no, yo no... - Bueno, casi hace una frase entera. La caricia en su mejilla le hizo quedarse callado mirándola otra vez. De verdad que debería fijarse en si estaba respirando o no, o tendría un problema en breves.

Tragó saliva. Genial, ahora Alice se había dado cuenta de que "le estaba cambiando la voz" (más bien le estaba fallando la voz) y de que no paraba de picarle la cara y eso solo podía significar una cosa: que le iba a salir barba. Dios, no quería, le gustaba su cara así. Y desde luego no quería que Alice lo notara. Oh, le estaba acariciando la cara de hecho, ¿lo estaría notando? ¿Se estaría dando cuenta de que raspaba un poquito? Maldita sea. Y maldito fuera él, que ni por esas querría que ella parara de hacer lo que hacía. Solo quería que... No se pusiera tan nervioso solo porque lo hiciera. - Emm... - Tragó saliva, con la mirada desviada. - Sí, es... Es... Es un rollo, la verdad. - Se mordió un poco el labio. - Ahora me lo tengo que pensar dos veces antes de hablar para no hacer el ridículo. - Dijo con una leve risa, y al menos al sentir que el ambiente estaba un poco más distendido, la miró. Y recordó que antes no había acabado su frase. - No tiene que darte vergüenza tu... Es decir, que estás muy bien. - Le sonaron como cuatrocientas alarmas en la cabeza. Cerró los ojos y sacudió la cabeza. - O sea, que, me refiero... - ¿Cómo era eso de pensar dos veces antes de hablar para no hacer el ridículo, Marcus? Se rascó la cara otra vez y se le escapó una risita. - Perdona, me siento un poco idiota con esta voz y... Este picor en la cara que me está matando. - Dijo rascándose con un poco de rabia y resoplando. Seguro que se había dejado un borrón rojo en la barbilla.

Respiró hondo y la miró. . - Bueno, emm... ¿Te han podido arreglar el vestido? - La pobre había llegado a pensar que estaba así porque se le había roto. Ni que ella tuviera la culpa de que él estuviera tan descentrado ese día. Esbozó una sonrisa leve y, tratando de contener esos nervios absurdos, dijo. - Te queda muy bien. - Quizás debería haber empezado por ahí, en lugar de dejarlo para el final como hizo el año pasado. Qué fáciles habían sido las cosas el verano pasado. Qué fáciles habían sido toda su vida, y que complicado se antojaba ahora todo.

Si querían ser los de siempre, mejor actuar como los de siempre. Volvió a hacerse con los libros y siguieron comentándolos. Lo cierto es que el libro de Nueva York era muy gracioso, y rieron bastante imaginándose como sería estar entre muggles y viendo las cosas de las que hablaban. Alice contó anécdotas de Janet allí y... Estaba bien. Era bonito hablar de ella y recordarla. - Toc toc. - Dijo William desde la puerta. Ambos le miraron y el hombre dijo con una sonrisilla, encogiéndose de hombros. - Ya mejor voy llamando a las puertas antes de entrar. - Algo le decía que eso podía tener que ver con lo que había contado en el salón sobre el ladrido de Alice esa mañana. - Creo que ya hemos abusado demasiado de la hospitalidad O'Donnell. - Para nada, Señor Gallia. Podéis quedaros todo lo que queráis. Podéis quedaros a dormir incluso, si queréis. - Aseguró él, muy bien puesto ahora que había calmado un poco los nervios. El hombre soltó una carcajada. - Ya habrá tiempo para eso, te lo puedo asegurar. Hoy tenemos que irnos. - Le hizo un gesto a Alice con el brazo, pero él salió junto a ambos. Que menos que acompañarla a la salida... Solo esperaba que la próxima vez que se vieran, estuviera un poco más aclarado consigo mismo. Si es que había algo que aclarar.
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Lun Jul 12, 2021 9:18 pm

Things I'll never say
CON Marcus EN Aula de trabajo A LAS 16:00, 11 de junio de 1998
Ya se estaba aturullado otra vez. No fallaba, en cuanto se metían en los terrenos pantanosos del crecer, de cómo cambiaban y demás. Y lo negaría si quería, pero Alice le notaba incómodo, lo conocía perfectamente, solo que mucho más no podían hacer por cambiarlo. Y él estaba poniendo todo de su parte para hacerla sentir bien... ¿Será que se había dado cuenta de lo que sentía? No, no, no era posible, no habría reaccionado así, quería pensar.

Sonrió cuando dijo lo de que era un rollo y asintió, pero en seguida frunció el ceño. — No haces el ridículo. Solo parece que estás afónico. — Pero lo que dijo a continuación casi le hace abrir los ojos como platos. A ver, que no se refería... Estaba intentando hacerla sentir bien, como había hecho ella hacía un momento... Y esto era todo. Sí. — Te lo agradezco. — Dijo con una risita. Vio que se estaba aturullando de nuevo y se rio, mirando a los regazos de ambos. Pero cuando mencionó lo del picor, ella le bajó la mano con suavidad y volvió a acariciarle. — La verdad es que te vas a echar abajo la cara así. Hazte un emplasto de camomila con las margaritas que tiene tu madre en el jardín. Suele quitar el picor en la piel, aunque no sé si funcionará con esto concretamente. Pero será mejor intentarlo que dejar que sigas destrozándote esa cara... Tan bonita. Ibas a decir "tan bonita", Alice Gallia. Tenía que mirar a ver si había algo contrario al filtro de amor, que te hiciera el efecto de desenamorarte de una persona, a ella no le importaba tener que preparárselo todas las mañanas si así dejaba de pensar tonterías, la verdad.

Asintió al cambio de tema y dijo. — Sí, tu madre en seguida arregla cualquier cosa. Me han ayudado mucho. — Dijo un poco con la boca pequeña, porque temblaba solo de pensar en el momento en el que Emma había sugerido ir a hablar con la tata. Pero toda emoción y pensamiento fue dejada de lado cuando le dijo que aquel vestido le quedaba bonito. Aquel precisamente, que había acabado odiando por unas cosas o por otras. Pero Marcus decía esas cosas siempre para ser un caballero y eso, porque ella misma le decía que su padre y su abuelo lo eran y... En fin, que estaba siendo buen amigo, el mejor. — Gracias. No obstante, probablemente ya no me lo ponga más. Ni el de tu cumpleaños del año pasado, que era muy bonito, pero... He crecido. — Dijo alzando las cejas. Sí, mejor decirlo así. — Buscaré todos los vestidos azules y negros que pueda, a ver si acierto. — Dijo encogiéndose de hombros. ¿Y aquella tontería? ¿Acababa de decirle a Marcus que iba a buscar vestidos porque él le había dicho que le gustaban? absurdo total.

Al menos su amigo seguía siendo el más listo del dúo y sacó el libro de Nueva York en su rescate. — Con ese no te enfades eh... — Dijo riéndose, solo de imaginarse a un Marcus bebé aporreando el libro muggle a ver si se movía. Y fue un acierto, porque pudo concentrarse en las ganas que tenía de conocer Nueva York, la curiosidad que le causaba, y contrastar con lo que su madre le contaba siempre de la ciudad. Y Marcus escuchaba, aportaba, se entusiasmaba... Sí. Eso merecería la pena siempre, laque tenían. Y no lo cambiaría por nada del mundo. Así que, durante un rato, se olvidó de lo demás y se preocupó solo de estar con Marcus, leer con él, reír y soñar como hacían antes de que la oscuridad se cerniera sobre su mundo.

Casi ni se dio cuenta dee que el tiempo pasaba, hasta que su padre apareció por allí y llamó a la puerta, haciéndola dar un respingo, que logró más o menos controlar, y dejando caer el comentario, claro. — Eso hay que hacerlo cuando la puerta está cerrada y hay alguien dentro vistiéndose, no si estamos Marcus y yo leyendo sin más con la puerta abierta. — Dijo con tono repipi. — Tomo nota. — Dijo su padre con una sonrisa y alzando las manos. Miró a su amigo. — Es que luego irá diciendo de mí que soy un basilisco, si ya le conozco yo, pero es que no atiende a modales. — Como si hablara de un perrito sin educar. Pero es que a veces tenía unas cosas... Sonrió cuando Marcus insistió en que se quedarán, y ella casi se lanza a pedir permiso para hacerlo... Pero entonces... Dylan y su padre estarían solos con la tata, y ninguno se entendía bien todavía con su hermano... Suspiró y miró al chico. — Vas a venir a La Provenza... ¿A que sí? — Preguntó girándose hacia su padre, que asintió on la cabeza. — ¿Ves? Está todo hablado. En unos días nos vemos, y te enseñarán tu nuevo cuarto con Dylan, es muy bonito. Yo ahora duermo con la tata. Pero nos lo vamos a pasar igual de bien, y van a estar André y Jackie todo el verano. Pero también podemos estar tú y yo aparte...— Dijo con una sonrisa. No sabía muy bien por qué haba que recalcar eso. En fin. Bajaron las escaleras y se despidió de Lawrence y Arnold, prometiendo verse en la playa. Emma no sabía por dónde paraba, así que simplemente pidió que la despidieran de ella. — Y denle las gracias de mi parte por... Todo. — Dijo en plan genérico. Vio que Molly cogía el bolso y se disponía a irse con ellos. Pues sí, nadie libraba a su tía de una conversación que de seguro iba a ser incómoda.

Por última vez, se giró hacia Marcus y se acercó a abrazarle. — Escríbeme todos los días, ¿vale? Yo siempre tendré algo que contarte... Aunque sea solo de... Flores voladoras o emplastos para la cara. — Dijo con una risita. — Nos las mandemos cada tres días o así para que Elio pueda descansar. Y cuando me vaya a Saint-Tropez, usaré a Morgana, que está acostumbrada a volar mucho. — Se separó lentamente, rozando sus brazos y sus manos con las suyas. — Nos vemos en La Provenza, ¿vale? — Dijo con una leve sonrisa. Y deseó no tener que dejar de ver esos ojos nunca, deseó abrazarle mas fuerte delante de todos y... Y se quedó en deseo, claro. — Hasta pronto. — Terminó, y salió por la puerta con su padre y Molly, y un cúmulo de sensaciones a las que ya no sabía cómo llamar.
Merci Prouvaire!


Última edición por Ivanka el Mar Jul 13, 2021 12:03 pm, editado 2 veces


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Lun Jul 12, 2021 11:39 pm

Things I'll never say
CON Alice EN Casa O'Donnell A LAS 16:00, 11 de junio de 1998
Cuando sus padres le decían que dejara de rascarse la cara le molestaba, porque en fin, ni que lo hiciera por capricho, parecía que no entendían lo mucho que le picaba. Alice sí que le entendía, porque ella no estaba pasando por eso pero también por otras cosas. Solo había que ver la delicadeza con la que le había quitado la mano (lo cual no facilitaba que saliera de ese estado de aturdimiento tan absurdo en el que llevaba todo el día). Además, le dio una sugerencia. Sonrió y asintió. - Lo haré. - En cuanto ella saliera por la puerta lo estaba haciendo, vaya. - Gracias. - Y se puso un poco colorado. En fin, que tuviera que venir su amiga a decirle que hacer con sus puñeteros picores de cara. Qué vergüenza.

Hizo una pequeña mueca con la cara. Ni ese, ni el de su cumpleaños. Sí que eran bonitos... Marcus, se avisó a sí mismo de nuevo, obligándose a reconducir la mirada a otra parte, que estaba poniéndola otra vez donde no debía. Sonrió levemente y dijo para aliviar. - Bueno, seguro que encuentras otros. - Y luego se sintió tontísimo con el comentario. En fin. No estaba nada fino ese día. Menos mal que derivaron el tema a los libros, que para dos Ravenclaws como ellos siempre era buena opción. Atendió divertido a la conversación entre William y Alice cuando este entró, y justo cuando se disponía a salir, Alice le preguntó por La Provenza. - ¡Sí! ¡Claro! - ¡Por favor! Provenza, playa, cosas bonitas. Iba a ser muy distinto sin Janet... Ciertamente, no se imaginaba el verano allí sin que ella estuviera. Pero igualmente, les iba a venir bien volver allí. Volver a ser los de siempre allí, y nada más. Bueno, aunque con alguna modificación. - Seguro que sí. - Afirmó, asintiendo sonriente, aunque se le agarró un pequeño pellizco en el estómago. Ya no iban a dormir en el desván, les habían separado en dos habitaciones. ¿Por qué? Ni que fuera a... Bueno, mejor así, ciertamente. Iba a echar de menos estar todos juntos en el desván, pero... Sí, mejor así.

- Yo se las doy. - Aseguró, aunque le extrañaba que no estuviera su madre por allí. Ah, Lex tampoco estaba, pues entonces ya estaba, seguro que había ido a consolar su pataleta absurda y sin sentido. Sí, pobre Lex, que hay gente en su casa y no le gusta, suspiró para sus adentros. En fin, alucinaba con las formas de su hermano y con que sus padres no le dijeran nada. Todo posible pensamiento gruñón se cortó en cuanto Alice le abrazó. Correspondió su abrazo con cuidado, siendo extrañamente consciente de como sus manos rodeaban su espalda, de como su pecho se pegaba al de él, mucho más consciente de lo que lo había sido nunca. Tragó saliva y sonrió, escuchando sus palabras. - Todos los días. - Confirmó, y se le escapó una carcajada por sus comentarios. - Por favor, cuéntame todo lo que sepas sobre esa planta... Y sobre emplastes, antes de que me quite la cara. - Bromeó entre risas, sin soltarla. Su pelo olía bien, y era una lástima que no fuera a ponerse más ese vestido porque... Resultaba muy suave al tocarlo. Un poco triste, sí, mejor cambiarlo por otro... Aunque le quedaba bien. Se separaron lentamente y miró sus ojos, esos ojos azul Ravenclaw que ahora estaban pintados. - Nos vemos en La Provenza. - Repitió en un susurro, sin dejar de mirarla. Por un momento se le había olvidado que allí había más gente. Por un momento... Se hubiera ido a La Provenza con ella sin pensarlo.

La chica se despidió y él se quedó como un tonto en la puerta hasta que atinó a decir. - Adiós. -Seguro que ya ni le había escuchado, aunque al menos no le había salido esa voz ridícula. Llenó el pecho de aire y lo soltó poco a poco. - Así que a Hogsmeade. - Dio un respingo. Su abuelo, qué manía de aparecer por su espalda con esa voz profunda y de mago sabio que tenía. - Desde que naciste supe que serías capaz de hacer cualquier hazaña que te propusieras... Pero he de reconocer que coger la llave del traslador del dormitorio de tu madre no pensé que fuera una de ellas. Me has impresionado. - Y diciendo eso último se le estaba escapando una risilla. Frunció el ceño. Antes de poder decir nada, su abuelo hizo un gesto con la mano y añadió. - No pongas esa cara de gato mosqueado, Marcus. ¿Tú puedes ocultarle algo a tu padre? Pues tu padre a mí, tampoco. Y me puedo permitir el lujo de meterme con vosotros porque mi padre ya no está presente para poder confirmar que yo era igual. Soy vuestra máxima autoridad aquí. - Se estaba rascando la cara mirando ceñudo a otra parte cuando su abuelo le retiró la mano. Marcus chistó y el hombre añadió. - Uno de los muchos beneficios de tener mi edad, junto con el de no tener que lidiar con estas tonterías molestas. Deja de rascarte, hijo. - Dice Alice que un emplaste de camomila podría ayudarme con el picor. -Comentó. Su abuelo miró hacia arriba, pensándoselo, y dijo. - Sí, por qué no. - Rio un poco entre dientes y dijo. - Una resolución muy de tu abuela Molly, ya me hubiera gustado conocerla a tu edad para que me diera esos consejos. Así que... - Le dio un par de palmadas en el hombro y le dijo. - Aprovecha, tú que puedes. Es uno de los beneficios de tener tu edad. -
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