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Dom Ago 15, 2021 1:15 am

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CON Alice EN Casa de los abuelos EL 30 de julio de 1996
- ¡Venga! ¡Jo, no veas si tardáis! - Espeeeeera, Maaarcus, que aún es tempraaaano. - Bufó y rodó los ojos, moviendo el cuerpo entero bajo el marco de la puerta de la casa, con absoluta desesperación. Su padre siempre usaba ese tono como queriendo decir que era muy pesado y que ya le había dicho treinta veces lo mismo. ¿Él era el pesado, o ellos por no hacerle caso? Es que no entendía por qué no se podían ir ya, ni que los abuelos no les fueran a abrir la puerta. - Van a llegar los Gallia antes que nosotros. - Su padre soltó una carcajada. - No, no lo creo... - ¡Jolín! Es que no entiendo qué hacemos aquí. - Lo que hacían ahí era que Lex se estaba arreglando a paso de tortuga. De verdad, luego era a él al que le gustaba llamar la atención, y no a su hermano con esas cositas...

Tenía ya ganas de darse cabezazos contra el quicio de la puerta de lo entusiasmado y nervioso que estaba, y ni que fuera su propio cumpleaños. Era el de su tía Erin, que no es que fuera la persona más festiva del mundo, pero llevaba meses sin verla porque había estado por ahí. Su tía siempre andaba de viajes, buscando dragones a los que cuidar o que estudiar, o criaturas nuevas cuyo hábitat investigar. Marcus y ella eran muy distintos, pero su tía siempre venía por su cumpleaños y, a veces en su casa y otra en la de sus abuelos, organizaban algo todos juntos para celebrarlo. Ese año era doblemente especial, porque iba a estar Alice. ¡Menuda coincidencia, que la tía de Alice y su tía fueran tan amigas! Y como sus abuelos también conocían a William y a Janet, y por lo visto llevaban mucho tiempo sin verse, les habían invitado también a ellos y a Dylan. ¡Se lo iban a pasar genial!

Por fin decidieron irse, así que se colocaron todos en el jardín para aparecerse en casa de sus abuelos. Nada más aterrizar, fue corriendo hacia la casa y entró gritando. - ¡¡Felicidades, tía Erin!! - La mujer se había llevado un susto. Para ser una persona que trabajaba con bestias, se asustaba con mucha facilidad. Una vez recuperada, sonrió. - Muchas gracias, Marcus. - Luego te doy mi regalo. - Dijo guiñando un ojo, haciendo que la mujer riera un poquito. Ah, su regalo. Lo había preparado en La Provenza junto a Alice, estaba seguro de que a su tía le iba a encantar. No veía el momento de dárselo.

Mientras su hermano y sus padres la felicitaban, fue a saludar a los abuelos. - ¡Mi niño precioso! - Su abuela siempre le saludaba rebosante de alegría y con un montón de sonoros besos en la mejilla. - ¿Dónde está el abuelo? - Pues, si te soy sincera, no tengo ni idea. Anda con las narices metidas en algo en su estudio, creo que está buscando algo antes de que vengan los invitados. - La mujer alzó las manos y se giró de nuevo a sus quehaceres, o sea, a los dulces que estaba preparando. - ¡Yo a este hombre ya no le pregunto, siempre está con una historia distinta! - Venga, mamá, no te quejes, que le ves leyendo y se te cae la baba. - Dijo su padre con una risita, apareciendo por allí. Su abuela rio. - A ver, hijo, una se enamoró por algo. Es que no lo conocisteis de joven, tan guapo, tan alto y tan leído. - Que no os engañe, que se pasó tres meses diciéndome que era un estirado. - Dijo su abuelo, que tenía el mismo don de aparecer por allí que su padre. Marcus fue a saludarlo, y su abuela chistó de fondo. - ¡Vaya! ¿Qué son tres meses en una vida? - ¿No han llegado aún los Gallia? - Preguntó Marcus, a quien las historias de sus abuelos le encantaban, pero hoy tenía otra cosa ocupando su mente. Su abuelo rio. - ¿Hablamos de los mismos Gallia? No, hijo, no han llegado todavía. Mejor ponte cómodo. -
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Dom Ago 15, 2021 1:20 pm

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CON Alice EN Casa de los abuelos EL 30 de julio de 1996
Y por eso Marcus adora a Howard, y yo porque es guapísimo y me salvó. O sea, Marcus también, pero Howard es muy guapo, pero Marcus tiene los ojos verdes de Slytherin. — Dijo con una risita, acordándose de esa broma tan suya. Pero enseguida se acordó del por qué de su argumentación. — Total, que Howard siempre dice que la puntualidad es una virtud que cualquier Ravenclaw debe practicar, y el señor O'Donnell y Marcus son Ravenclaw, y creo que su abuelo también, y nosotros somos dos Ravenclaws, y deberíamos todos practicar esa virtud, porque ellos seguro que lo hacen y no vamos a ser nosotros los que no lo hagamos. — Estoicamente, sus padres la hicieron pasar a ella y a su hermano por el arco de la aduana en Calais, que era la que te pasaba a Inglaterra desde Francia. — ¿Seguro que de aquí a Londres no tardamos mucho? Seguro, hija. — Respondió su madre con una sonrisita dulce acariciando su mejilla. — De todas formas ya vamos tarde. — Suspiró ella, porque en verdad toda aquella argumentación no había servido para nada. — ¿A mí por ser su colega me perdonará? — Menos mal que alguien sí la escuchaba, su hermano siempre era buena audiencia. — Sí, tú eres el pequeño, a ti se te perdona todo. — Todos dicen que algún día voy a ser más alto que tú. — Dijo Dylan con una sonrisilla orgullosa, pero ella soltó una risita. — Ya, tampoco hay que ser un lince para ver eso. Además, memé insiste tanto en que me voy a quedar pequeña que yo creo que lo haré solo para contentarla en algo. — Eso sacó una carcajada claramente descontrolada de su padre y, de hecho, su madre le dio en el brazo. — William no le rías esas gracias, que luego lo dice delante de tu madre.Qué va, es demasiado lista para eso mi niña. — Su madre chistó y ladeó varias veces la cabeza. — No nos aparezcas en el jardín del tirón, eh… Que quiero adecentar a estos dos antes. — Su padre rio con los labios cerrados. — A ver qué os pasa a las dos ahora. Llevo lidiando con O’Donnells mucho más que vosotras, si creéis que se preocupan por esas cosas. ¿Por qué cosas? — Preguntaron Alice y Dylan al mismo tiempo, girándose a su padre. Janet suspiró. — Anda, vamos. Y haz lo que te he dicho. — Dijo mirando significativamente a su padre. Cómo odiaba cuando hacían eso.

Al final, como siempre, su padre hizo lo que le había pedido su madre, y se aparecieron en medio de una calle muy bonita, con muchos árboles y casas con jardines preciosos. — Hala, me gusta este sitio.Ha salido con gusto selecto. — Su padre la señaló con el pulgar. — Hazte alquimista y algún día podrás permitirte una casa mejor que la que te da tu viejo con sus hechizos locos. — Añadió él, riendo y arreglándole un poco los rizos a Dylan, mientras su madre se agachaba ante ella para recolocarle la blusita azul de rayas azul y blanca y los pantalones cortos. — ¡Pienso serlo! — Aseguró Alice con una gran sonrisa. — ¿Por qué no me has puesto el vestido que te ha dicho memé? — Su madre soltó una risita seca. — Porque memé nunca cuenta con tu tendencia a trepar y saltar por todas partes. Dejémonos de vestidos y alquimistas y vamos a lo importante. — Se incorporó, y controló una tosecita que le dio con el esfuerzo, pero en seguida se puso a mirar con mirada de advertencia a su hermano y a ella. — Esto no es La Provenza, ¿vale? Aquí hay que comportarse. No rompáis nada, no trepéis, no gritéis. Quiero que os vean como los niños encantadores y educados que sois y no los salvajes que os convertís en verano. Alice, tú come de lo que te pongan; patito, tú no devores todos los dulces y no comas de lo demás. — Su padre hizo una pedorreta y su madre le fulminó con la mirada, así que solo hizo un gesto con la mano en el aire. — Lo que diga vuestra madre. — Dijo, claramente controlando la risa. — Pero verás cuando llegue…¿CUANDO LLEGUE QUIÉN? ¿La vergüenza de la familia, como diría mamá?¡¡¡TATA!!! — Exclamaron los dos, corriendo hacia su tía Violet, que se agachó para recibirlos a cada uno en un brazo. — Hola, hermanita. Qué sorpresa que dejes de dar tumbos por el mundo… Para venir aquí… — Le dijo su padre en tono… Raro. Su tía alzó una ceja, mirándole desde el suelo. — Yo no soy la que ha dejado de venir aquí. ¿Y cómo me iba a perder el cumpleaños de mi amiga Erin? — En el mío no estabas. — Apuntó Dylan. Vivi le dio un beso en la frente. — Pero por eso te he compensado trayéndote un regalo superguay que te daré en casa cuando volvamos. — Se levantó a saludar a su madre y se giró hacia una de las casas. — Venga, a por los O’Donnell. — Y Alice creería que no la había oído, pero entendió perfectamente cómo le dijo a su padre. — Dime que no sienta bien estar otra vez con la otra familia. — ¿La otra familia? ¿Qué querría decir? ¿Habría más gente ahí que eran familia suya o algo?

Llegaron a la valla llena de flores de una casa y, según las vio, señaló, diciéndole a su madre. — ¡Mira qué de jazmines! ¿Ponemos de esos en casa, mami? Qué ojo más privilegiado para las plantas. — Dijo una voz muy alegre hacia el frente. No le dio tiempo a identificar de quién era antes de que unos brazos rodearan a su padre y lo achucharan. — Míralo, qué rubio y qué morenito viene de Francia, igualito que cuando era pequeño. Yo siempre voy a ser pequeño, Molly. — Contestó su padre, abrazando muy fuerte a la señora. Esa debía ser la abuela de Marcus, pero Alice podría jurar que no había visto a su propia abuela saludar a así a su padre nunca. Luego se pasó a la tata, dándole muchos besos seguidos en la mejilla. — ¿Y mi niña rubia? ¿Qué ha hecho falta para sacarte del rincón del mundo en el que te escondías? Ya sabes el qué. — Molly le agarró de la mejilla. — Ay, ladrona. Ya te he hecho buñuelos de nata, ya. — Le guiñó el ojo. — Aunque lo que de verdad te hace volver está ahí dentro, con los sobrinos. — Alice se estaba perdiendo muchas conversaciones ahí. Pero Molly se fijó en ella y la miró con ojos brillantes. — ¿Y tú eres Alice? ¡Madre mía! — Dijo acariciándole las mejillas. — Pero qué niña más preciosa, no me extraña que mi Marcus ande loco contigo. — Levantó la mirada hacia su madre y dijo, cargada de cariño. — Es igualita que tú, Janet, cariño. — Puso una sonrisa ladeada. — Y por lo que he oído, igual de buena para las plantas. — Molly la hizo sentir automáticamente bien, querida, bien recibida, por una señora que no conocía, pero que parecía encantada de que estuviera allí. — Hola, señora O’Donnell. Encantada de conocerla. — La abuela de Marcus la miró con adorabilidad y miró a Dylan de la misma manera. — ¡Oy! ¿Y este hombrecito? Madre mía, si este es igual que mi William de chico. Tú eres Dylan, ¿a que sí? — Su hermano asintió. — Pues no sabéis lo contenta que está la abuela Molly de teneros en casita con ella. Pasad que hay de todo para comer y os están esperando los demás. — Molly era tan alegre y acogedora, que a Alice se le había olvidado por completo que iban tarde.

Avanzó hacia la puerta y vio a Marcus salir con su padre y un señor mayor detrás. Olvidándose un poco de lo que le había dicho su madre, corrió a abrazar a su amigo, aunque en verdad hacía poco que se habían visto. — A mí no me saluda así, tiene una clara preferencia. — Dijo el señor O’Donnell. — Ah, hijo, acostúmbrate, con la edad, van prefiriendo a los jóvenes y guapos. — Se separó de Marcus un poco coloradita y miró a Arnold. — Hola, señor O’Donnell.Hola, mi niña. — Dijo él pellizcándole una mejilla. — Este es mi padre, Lawrence O’Donnell. — Él le tendió la mano, y ella se la iba a estrechar, pero lo que hizo fue darle un beso en el dorso, como los caballeros del ciclo artúrico, y estaba segura de que los ojos le habían echado chiribitas con que alguien le hiciera ese gesto. — Encantado, señorita Alice Gallia.Lo mismo digo, señor O’Donnell. — Se moría de ganas de hacerle unas mil preguntas, pero su madre les había pedido que se comportaran, y aún no había saludado a todo el mundo. Janet se había quedado en el jardín, hablando animadamente con Molly cogida del brazo, probablemente sobre las plantas, pero William apareció por allí, y aquel señor tan caballeresco y de porte tan importante sacó una afable sonrisa y dijo. — ¡Ven aquí, muchacho! — Y se abrazaron fuertemente. Le hizo bastante gracia que le llamara muchacho a alguien tan grande como su padre, y que se comportaran como… Como si fuera lo más normal del mundo que estuvieran ellos allí. Sus abuelos no eran tan cariñosos con ellos. Justo entonces apareció por ahí su tata. — Hola, guapo. — Le dijo a Marcus, con una sonrisita. — Tú eres ese chico de los ojos de Slytherin del que mi sobrina no deja de hablar. — Ella asintió muy satisfecha. — Yo soy Vivi, la tía de este elemento. Choca esos cinco. — Dijo extendiéndole la mano. No podía estar más contenta,. Bueno sí. Podían enseñarle el laboratorio, y entonces ser inmensamente feliz, y podía darle a Marcus lo que había traído para él. Y de hecho eso mismo hizo, extendiendo la cajita que llevaba. — ¡Toma! Que no se me olvide. Las hizo mi tía Susanne esta mañana y me dio unas para ti. Dice que para que quieras volver. — Eran rosquillas de vino, y aún tenían todo el azúcar por encima y olían divinamente, estaba segura de que ya solo con eso se iba a poner Marcus contentísimo. — ¿Dónde está tu tía? Que la quiero felicitar.

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Dom Ago 15, 2021 2:34 pm

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CON Alice EN Casa de los abuelos EL 30 de julio de 1996
- ¿Qué estabas investigando, abuelo? - Su abuelo hinchó el pecho y se agarró las manos tras la espalda, como hacía siempre que iba a empezar a exponer un tema importante de sus estudios. - Ahora mismo estoy rescatando una vieja investigación que hice hace muchos años en Estambul. Era muy novedosa en su momento, y la alquimia es una ciencia que avanza lenta, pero se han observado nuevas propiedades en el cinc que... - Creo que se refería a qué estabas haciendo cuando hemos llegado. - Cortó su padre. El hombre abrió los ojos y rio un poco. - Ooohh ya, eso. Es una tontería, luego cuando estemos todos os lo enseño. - Marcus esbozó una sonrisita. Realmente no le hubiera importado seguir escuchándole hablar de lo del cinc.

Entonces oyó un murmullo en el jardín que le hizo abrir mucho los ojos. Miró a los lados varias veces. Vaya con su abuela, había salido a recibir sin que ninguno se hubiera dado cuenta. - ¡Ya han llegado! - Dijo emocionado, casi dando un saltito. - Cualquiera diría que lleváis sin veros veinte días. - Miró a su padre con la boca abierta y ojos de indignación. ¡Pues no lo decía como si fuera poco tiempo! A ver, que él ya estaba acostumbrado a ver a Alice todos los días. Además, no venía solo Alice, venía el Señor Gallia. Marcus tenía a William Gallia en un pedestal, y también venían la Señora Gallia, que era buena y adorable, y Dylan, que era muy gracioso y con quien Marcus se llevaba muy bien porque le gustaban mucho los niños.

Contuvo las ganas de salir corriendo porque su abuelo era muy pausado al andar y no tenía ganas de escuchar a su padre decirle otra vez que contuviera los nervios, pero se sentía dar botecitos por dentro. Tan pronto se asomó a la puerta, Alice y él se detectaron mutuamente, y Marcus dibujó una amplia sonrisa. El tiempo de reacción fue el justo para devolverle un efusivo abrazo, estrujándola con cariño cuando se lanzó sobre él. Hizo caso omiso de lo que dijeron su padre y su abuelo tras él, solo se separó de la chica y fue a decirle que se alegraba de que estuviera allí, que tenía muchas ganas de verla... Pero no llegó a decir nada, solo la miró y se quedó un poco pillado. Daba igual, ya se lo diría en otro momento, o lo habría intuido ella sola por lo contento que estaba.

Su abuelo era el mejor, definitivamente. Cuando él fuera más mayor, iba a saludar a las chicas así, porque había visto la cara que se le había quedado a Alice y parecía que le había gustado bastante. Luego abrazó al Señor Gallia de una forma muy graciosa que le hizo mirar a su amiga de reojo, pero antes de poder saludar él también, alguien irrumpió por allí. Era una mujer rubia, esbelta y con apariencia divertida y un puntito travieso en la mirada que le recordaba a Alice, aunque con un toque más malvado. No hacía falta que se presentara: era su tía Violet. Sabía que vendría a la fiesta, y además cuadraba perfectamente con las descripciones que Alice le había dado. La forma de entrar a saludarle le hizo ponerse un poquito colocado y sonreír nerviosamente, no estaba acostumbrado a que una mayor le hablara así, con ese desparpajo. Pero le había llamado guapo, y Marcus se subía bastante con los halagos de los mayores, así que se irguió un poquito y chocó los cinco con ella cuando se lo pidió, aunque volvió a lanzar una miradita a Alice. ¿Le había hablado de sus ojos a su familia? Él también había contado esa anécdota. Qué casualidad.

- Encantado, Señorita Gallia. - La mujer rio escandalosamente. - No te lo voy a tener en cuenta porque has sido lo suficientemente inteligente como para no llamarme señora. - Marcus se extrañó un poco. Pues claro, si era soltera, ¿no era ese el protocolo? - Y porque ya sé como funcionáis los O'Donnell. Pero no me llames así, chico, llámame Vivi. O Violet, por si ese de ahí te regaña por exceso de confianza. - Dijo señalando a su padre, que rodó los ojos con una risa. - ¿Ya empezamos a lanzarle cosas a Arnold? Y acabáis de llegar. - Lanzarme me voy a lanzar yo a darte un abrazo, Arnie de mis amores, ahora que no está tu mujer delante para que le pidas permiso. - Su padre chistó. - Vivi... - Pero la mujer ya le estaba dando un fuerte abrazo entre risas. Marcus estaba muy contento pero ciertamente extrañado. No podía evitar seguir pensando que, si tan bien se llevaban, no entendía por qué no habían quedado antes. Parecía que eran todos familia. Si se saludaban más efusivamente que en la familia de su madre, de hecho.

Alice le tendió una cajita y la abrió con curiosidad, abriendo tanto los ojos que le ocuparon toda la cara. - ¡¡Oh, qué rico!! - Rio un poco y miró a la chica. - Sí que quiero volver. - Chistó. - Jo, además el día que volvimos estaba lloviendo un montón. Si supiera aparecerme solo, me habría vuelto de un salto a la playa. - Pasó un dedo por una de las rosquillas y lo chupó, haciendo un sonidito de gusto por el saborcito del glaseado en su paladar. - Gracias por acordaros. - Cerró la caja y asintió contento. - Está en el salón con mi madre y mi hermano. Ven. - Pero antes se giró a los mayores. No se iba a ir sin saludar como debía, obviamente. - Bienvenido, Señor Gallia, me alegro de verle. - Antes de que William pudiera responder, oyó otra carcajada de Violet y vio como la mujer le daba un empujoncito en el hombro a su padre. - ¡Es un mini tú! Qué mono. - William le revolvió el pelo. - ¡Eh, muchacho! Yo también me alegro de verte. Qué largos se nos han hecho estos veinte días, ¿eh? - ¿¿Verdad que sí?? - Contestó efusivo, desatando una risa de los adultos presentes, William incluido. Bueno, no entendía bien lo de la risa, pero al menos alguien le daba la razón y no le llamaba exagerado como su padre. - Di que sí, chico. Yo estoy por dejaros a esta unos días. Lawrence, ¿te lo puedes creer? ¡Habla más que yo! - Eso tienen que verlo estos ojos y oírlo estos oídos para que yo me lo crea. - Dijo su abuelo entre risas.

Marcus agarró la caja con una mano y a Alice con la otra y la llevó al salón. - Vamos con mi tía. - Dijo. Allí estaban Erin, Lex y Emma. Marcus dejó que Alice felicitase a su tía, mientras él se dirigía a su madre. - ¡Mira! Son rosquillas de vino, me las ha traído Alice. Las ha hecho su tía Susanne. - Qué bien, tienen muy buena pinta. - Dijo su madre con ese tono neutro que solía usar y una sonrisa sutil, mientras miraba más a Alice felicitando a Erin y que él y sus rosquillas. Sí le miró antes de añadir. - Pero guárdalas para el postre, Marcus, que la abuela ha preparado mucha comida. - Marcus asintió y cerró la caja de nuevo, dejándola sobre la mesa del salón. Se dirigió a Alice y le dijo. - Este es mi hermano Lex. - Porque no habían coincidido hasta ahora. Lex la miró con los ojos entornados hacia arriba y la cabeza agachada, saludando tímidamente con una mano porque su madre le había dado un toque de atención en el brazo, si no, ni eso. Después de su escueto gesto, se replegó un poco más sobre sí mismo en el sofá, engullido en los cojines entre las dos mujeres. - Y esta es mi madre. Aunque ya os conocéis, ¿no? - Al fin y al cabo, Alice aseguraba haberla visto en la oficina de su padre. Emma se levantó, con ese porte elegante de siempre y toda su altura, que era bastante, y se acercó a ella con las manos entrelazadas en el regazo y una sonrisa que parecía esculpida en su rostro. - Hola, Alice. Me alegro de verte. -
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Dom Ago 15, 2021 5:46 pm

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CON Alice EN Casa de los abuelos EL 30 de julio de 1996
Le dio la risa tonta con la presentación de su tía. Era única. Le sorprendió la familiaridad con la que saludó a Arnold, y el comentario hacia su mujer. Anda, la señora O’Donnell. Debía confesar que se le había olvidado, estaba tan a gusto entre aquella gente que se le había olvidado la única persona que le daba un poquito de miedo, del estilo del miedo que le daban algunos profesores. Pero Marcus la había agarrado de la mano, así que tampoco se iba a quejar, y quería ver a Erin. La visualizó enseguida porque ese pelo era difícil de ignorar, así que se soltó de su amigo y fue corriendo a abrazarla. — ¡Erin! ¡Muchísimas felicidades! — La mujer la recibió con una abrazo y una sonrisita dulce y tranquila. — Hola, Alice. ¡Cómo me alegro de verte! Muchas gracias. — Tenías que haber venido a La Provenza, y enseñarle a Marcus todas esas cosas que me enseñabas a mí. — La mujer rio y se pasó un mechón detrás de la oreja. — Lo intentaré. Alguna vez. ¿Está tu tía ya ahí? — ¡Sí! ¡Ahí con el señor O’Donnell y papá. — Señaló a su espalda. Justo entonces se acordó de lo que había soltado su tata y se arrepintió de haberlo dicho, pero Erin ya se iba. Bueno, pues sí que empezaba bien.

Se acercó a Marcus, mirando de reojo a su madre, encogiéndose un poco y hasta bajando el tono de voz. Vio al niño que le señalaba y a ese sí que le amplió la sonrisa. — Hola, Lex. — El chico no parecía tener muchas ganas de hablar y ella ladeó un poco la cabeza para buscarle la mirada, pero el niño la evitaba. Bueno, igual no estaba muy acostumbrado a tanta gente. A su tía Erin le pasaba, era normal. Eso sí, vería cuando llegara Vivi. — Hola, señora O’Donnell. — Dijo con un tono melosito y suave que no ponía casi nunca. — Oooooy, ¿le entran las vergüenzas ahora o qué? — Dijo su padre entrando. Miró a Emma con una sonrisa y la señaló. — No ha hablado tan bajito excepto cuando está tramando algo. Te la voy a dejar aquí definitivamente. — Pero a la mujer casi ni le tembló la sonrisa que traía. — Hola, William. — Pero entonces miró hacia el fondo. — ¡Janet! — Y se acercó a su madre, con una sonrisa un poco más amplia. — ¿Cómo estás? — Dijo agarrándola con suavidad de un brazo. — Mamá está incómoda. — Soltó Dylan. — Patito… — Dijo Alice, que ya se sabía lo que había que decirle a Dylan cuando percibía los sentimientos de la gente y los decía en voz alta. — Y el niño ese también. Y la amiga de la tata lo estaba, pero ya no. Ahora está contenta. — Su madre negó con la cabeza y tomó la mano de Emma, estrechándola entre las suyas. — Es que odio hablar de cosas aburridas y grises cuando todo el mundo está tan contento. Estoy perfectamente porque por fin estamos todos juntos. — Dylan se tiró a los brazos de Marcus gritando. — ¡Colega! No has venido a buscarme a mí. Como siempre, mi hermana primero. — Luego se acercó a Lex y también le buscó la mirada. — ¿Te he molestado? Lo siento, no lo controlo, y a veces cuando digo los sentimientos en voz alta, molesto a la gente. Soy Dylan. — Y eso le hizo a Lex POR FIN levantar la mirada y quedarse ahí, en una especie de duelo silencioso y curioso de su hermano, dee hecho, era loo primero que parecía despertarle genuino interés. Pero Alice se había quedado con otra cuestión.

Se acercó a Marcus y le susurró. — ¿Estás flipando tanto como yo? ¿Por qué mi familia sabe dónde está todo en esta casa y se conocen todos tan bien? — Ya había acosado un poco a sus padres en Navidad sin mucho éxito. — ¿A ti te han contado algo? Porque de mí pasan totalmente. — Dijo con tono misterioso. Eso sí, no pensaba quejarse lo más mínimo. Firmaba por muchas más veces así, la verdad. En su vista, captó, a través de la puerta que estaba abierta hacia el jardín, una casita aparte de la principal, a un lado del jardín, y se giró a mirarla. ¿Sería eso el taller de alquimia del abuelo O’Donnell? ¡Oh, por Merlín! ¿Qué tendría allí dentro? ¿Círculos de transmutación? ¿Precios para las destilaciones? Se estaba volviendo loca la curiosidad. Justo entonces oyó una voz a su lado. — ¿Tienes curiosidad? — Se giró, un poco sobresaltada, y vio a Lawrence riendo, agachado a su lado. — Un poquito. — Admitió con una sonrisilla. — Mucho. Pero me han dicho que nada de saltar, correr, trepar, curiosear donde no debo. — Eso hizo reír más aún al señor. — Pues dicen que eres igualita que tu padre, pero él ya estaría en el tejado del taller si tuviera un-poquito-mucho de curiosidad. ¿Entonces es su laboratorio? — Preguntó con los ojos muy abiertos y brillantes. — Así es. Veo que lo que me ha contado mi nieto es todo cierto. — Ella se rio un poco. — Le habrá contado que soy muy traviesa, y aquí voy a portarme bien.No me cabe duda, querida, pero lo que me ha contado es que te interesa mucho la alquimia. — Señaló al laboratorio. — Me encantaría enseñártelo, pero ahora mismo estoy trabajando en un proyecto con cinc, que es tremendamente contaminante, y un poco peligroso. — Ella asintió un poco apesadumbrada. — Pero si quieres, después de merendar te enseño un par de truquitos de alquimia. — Dijo guiñándole un ojo. — Que me tienen prohibido hacer alquimia en la mesa, ¿sabes? ¿La señora O’Donnell? — Preguntó ella con curiosidad y mirada traviesilla. El otro asintió. — Así que vamos a salir antes de que me regañen. — Y salieron al jardín. Se volvió a girar hacia Marcus y le miró con los ojos iluminados. — ¡Este jardín es el mejor que he visto! — La vista se le escapó a los árboles sin querer, porque eran preciosos y quería treparlos, para ver cómo se veía el mundo desde ahí arriba… — Como desde una escoba. — Y por un momento se asustó. Se giró y vio a Lex allí también, y luego miró a Marcus. — ¿He dicho…? — Porque parecía una respuesta obvia a lo que acababa de pensar. — Lo has pensado. Cómo se vería el mundo desde encima de ese alcornoque. Como desde una escoba. Yo quiero ser jugador de quidditch. — Movió las bolitas de los ojos, y pasó entre ellos, sin mediar más palabra. Alice miró a Marcus y le susurró con una sonrisa. — ¿Tu hermano sabía lo que estaba pensando? ¿Cuántas cosas guays van a pasarme el día de hoy? — Preguntó, mientras iban a una mesa en medio del césped, con una preciosa mantelería, la vajilla más bonita que había visto jamás y cantidades ingentes de comida. Cogió de nuevo de la mano a Marcus y se fue a sentar a su lado en la mesa, dejando que le diera el solecito, sintiéndose como en casa y muy feliz.

Por la puerta salieron Vivi y Erin del brazo, mientras su tía vociferaba hacia atrás. — Sííí sííí, prefecta Horner, nos damos por enteradas. — Y avanzaban con las cabecitas juntas riéndose. — ¿Quién es la prefecto Horner? — Preguntó Alice a Marcus en bajito, sin quitar ojo de encima a las tías. Qué contentas se las veía, se acordaba de verlas así en Francia. Su tía condujo a Erin a la silla que presidía y que quedaba al lado de Marcus. — Tú aquí, presidiendo, que eres la del cumple, y al lado de los jóvenes, que es lo que somos, aunque cumplas treinta y siete. Ay, Vivi, qué vergüenza, no no. — Sí, sí. ¿A que sí, chicos? ¿A que todos tienen que ver lo preciosa que está? — ¡Pues claro! — Aseguró Alice, que en seguida se metía en el humor de su tía. Vio cómo iban saliendo todos, pero no se le escapaba que su madre y Emma seguían dentro, y su hermano también andaba buscándola.

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CON Alice EN Casa de los abuelos EL 30 de julio de 1996
Le hizo mucha gracia la irrupción de William en el salón, y por un momento casi dice "sí, déjala aquí" como si fuera un niño pequeño. Obviamente era una broma, pero... Bueno, él había pasado varios días en La Provenza, tampoco sería tan descabellado si Alice pasaba unos días con ellos en casa, ¿no? Y William parecía conforme, al fin y al cabo ya le había dicho al abuelo que se la iba a dejar, y ahora se lo había dicho a su madre también.

Su madre se fue a saludar a la Señora Gallia, a quien por cierto él no había llegado a saludar todavía, pero el comentario de Dylan le llamó la atención. ¿Incómoda? ¿Por qué? ¿Sería porque no la habían saludad? La verdad es que se había puesto a recorrerse la casa con Alice y la había dejado un poco de lado, pobre. Aunque Janet en seguida le restó importancia. A quien también señaló como "incómodo" fue a Lex. Sí, bueno, y cuando no estaba incómodo Lex. Dylan parecía tener una sensibilidad especial a los estados de la gente, no era como lo de su hermano que le leía la mente a las personas, solo parecía sentir sus emociones. Era raro, pero era menos raro que lo de Lex, y definitivamente era un niño más alegre, porque Lex siempre había sido retraído y hosco.

Recibió el impacto de Dylan casi sin esperárselo, lo cual le hizo reír cuando pudo reaccionar. - ¡No! ¿Cómo me iba a molestar? - Dijo entre risas. Le revolvió el pelo y le dijo. - Es que tu hermana ha entrado más rápido que tú, vas a tener que correr más. - Y le guiñó un ojo a Alice al final de la frase. Claro, como que le había dedicado más atención a ella porque había entrado antes, y no porque estaba deseando verla. - Dame un momentito, colega, que voy a saludar a tu madre. - Que no fuera por él que la mujer estuviera incómoda. Se acercó sonriente y dijo. - Hola, Señora Gallia, bienvenida. - ¡Marcus! Qué guapo estás, qué camisa tan bonita. - ¡Gracias! - Respondió contento. A ver, se había puesto sus mejores galas, la ocasión lo merecía.

Dejó que las dos madres hablaran entre ellas, dando un pasito hacia atrás, y en esas se acercó Alice a él para susurrarle. Negó. - Nada, solo dicen que nuestros padres eran muy amigos en el colegio, y que "cosas de la vida" y eso, pero sí que es raro. - Frunció el ceño, pensativo. - Tiene que hacer un montón que no se veían, porque nosotros no nos conocíamos de antes. - Se acordaría si conociera a Alice de antes, Marcus tenía muy buena memoria. Se encogió de hombros. - Quizás cuando estaban en Hogwarts venían mucho aquí tu padre y tu tía, porque eran amigos, igual que tú vienes ahora, y ya luego... - Oh, ¿luego dejaron de verse? ¿Dejaron de celebrar cumpleaños juntos y de invitarse a sus cosas? Qué mal. No quería que le pasara eso con Alice. La miró de reojo. A ver como lo arreglaba ahora. Se encogió de hombros otra vez. - Lo bueno es que ya están juntos otra vez, ¿no? Los buenos amigos nunca se separan. - Habían perdido un montón de años juntos, pero bueno. Le serviría de experiencia para no hacerlo él.

Alice era un poco así, lo mismo te atendía que dispersaba la atención, y se daba cuenta de que en lo que él hablaba su mirada había detectado el taller de su abuelo. Sonrió levemente, porque vio como el hombre se acercaba y le iba a dar un susto al hablarle. No se equivocó. Eso por distraerte, pensó, guardándose una risilla. También se tuvo que ahorrar la lista cuando empezó a enumerar las cosas que le habían pedido que no hicieran. - Eh, yo también quiero que cumplas eso en Hogwarts. - Bromeó, no sin cierto puntito de hablar en serio, porque un día se iba a matar y lo peor es que él lo iba a ver. Se acercó un poco más a ambos para escuchar lo que su abuelo decía, con genuino interés. Se había quedado a medias con eso de la investigación sobre el cinc, y ahora le interesaba. Pero lo único que dijo es que era contaminante. En cuanto su abuelo se dirigió al jardín, le dijo a Alice con un susurro entusiasmado. - Hace un montón de proyectos, pero son secretos, ¿sabes? Me los cuenta cuando ya los han terminado y los van a publicar y eso. Seguro que en cuanto lo tenga terminado, nos lo cuenta. - Hizo una muequecita con la boca. - Qué pena que tenga ocupado el taller, yo también llevo sin poder entrar todo el verano. Pero bueno, a la próxima. - Porque, por supuesto, Marcus contaba con que iba a haber próxima.

Salieron al jardín y sonrió viendo lo mucho que a Alice le gustaba. Claro, ella adoraba las plantas. Lo que le produjo un desagradable escalofrío fue la aparición de Lex, que no tuvo otra cosa que hacer que leerle la mente a su amiga de manera descarada. ¿¿Es que quieres espantarla y que no venga más?? Pensó, y luego se arrepintió, porque seguro que su hermano se lo leía y ya le iba a poner aún más nervioso. ¡Dios! ¿Por qué tenía que hacerlo todo tan difícil siempre? Miró a Lex con el ceño fruncido, pero antes de poder decirle nada, Alice le susurró que era guay. ¿¿Guay?? ¡¡No era guay, era horrible!! Rodó los ojos y le dijo. - Sí, bueno, lo hace a veces. Un momento. - Pidió, y se acercó a él. - Oye, no hagas eso, ¿vale? Tengamos la fiesta en paz. - Siempre te estás quejando de que no hablo, pero cuando hablo, te enfadas. - No me enfado porque hables, me enfado porque nos lees la mente. ¡Eso no está bien! - Lex hizo un mohín de enfado y se fue de allí con los puños cerrados y el ceño tan fruncido que se le juntaba con la nariz. Chistó, pero Alice estaba cogiendo su mano de nuevo, así que pasó de él. Aun así, vio por el rabillo del ojo como se topaba con su padre en su huida y este le reconducía, poniendo las manos en sus hombros y girándole, para que se fuera con los demás, aunque el niño no cambió la expresión de mosqueo. Ya iba a dar la nota otra vez, en todas las reuniones hacía lo mismo.

Su amiga le hizo una pregunta que le hizo reír entre dientes. - Es mi madre. Su apellido de soltera era Horner, y fue prefecta de Slytherin cuando estaba en Hogwarts. Supongo que tu tía la tuvo de prefecta. - La broma era graciosa, aunque le daba en la nariz que a su madre no le iba a hacer tanta gracia. Se sentó a la mesa y asistió a la conversación de las dos mujeres. - ¡Claro, tita! Tienes que presidir, es tu cumple. - Erin suspiró. No era ni de lejos tan antipática como Lex, pero tampoco le hacían mucha gracia las multitudes, ni las fiestas, ni la gente en general. De hecho, hoy estaba especialmente contenta, teniendo en cuenta que ese entorno no era su favorito, ella era más de estar con bichos y eso.

Las dos madres llegaron las últimas, cuando todos se hubieron sentado, y entonces su abuelo se puso de pie. - Hoy tenemos muchos motivos para celebrar. El primero, lo que nos trae a todos aquí, el cumpleaños de mi pequeña. - Se oyeron soniditos de adorabilidad, mientras su tía se ponía colorada y agachaba la cabeza. - El segundo, el hecho de tener tanta gente querida en mi jardín, lo cual hacía tiempo que no ocurría. Me alegro de teneros por aquí, familia Gallia, y por supuesto estoy tan contento como siempre que puedo tener aquí a mis dos hijos, a mi nuera y a mis queridos nietos. - Todos alzaron las copas para brindar, pero su abuelo no había terminado. - Dicho esto, quisiera mostrar lo que estaba buscando antes de que todos llegaran, porque si no mi nieto no va a dormir tranquilo esta noche. - Comentó mirándole a él, que no cabía en sí de la emoción. ¿Qué sería? ¿Un nuevo tratado? ¿Una transmutación supernovedosa? ¿Un hechizo nunca visto?

No, no era nada de eso. Era una foto. - Prefiero no decir cuántos años hace de esto porque me voy a sentir un viejo, pero el otro día encontré entre mis papeles un recuerdo de un cumpleaños de mi hija Erin no tantos años atrás, y quería mostrároslo. - No, papá, por favor. - Pidió su tía, pero demasiado tarde, porque Violet se había hecho con la foto y estaba casi gritando. - ¡¡POR FAVOR!! ¡¡PERO MIRAD QUÉ COSITA!! - Erin se tapó la cara con las manos, mientras Violet enseñaba la foto a todos los presentes, que empezaron a soltar sonidos adorables. La imagen en movimiento mostraba a una niña de no más de cuatro años, con el pelo rojo fuego y los ojos azules, llevando un vestidito blanco y una felpa a juego en el pelo, aferrada al peluche de un dragón como si le fuera la vida en ello, y mirando a la cámara con desconfianza. Apenas se movía para rodar los ojos a los lados y agarrar el peluche con aún más fuerza, como si se lo quisieran quitar. - Eres más chica que yo. - Señaló Dylan, divertido, lo cual hizo reír mucho a Marcus. Su abuelo prosiguió. - Ese peluche te lo compré yo, lo traje de un viaje a Hungría del que acababa de llegar. Un colacuerno húngaro, efectivamente, el dragón más feo del planeta, pero bien que le gustó. Si llego a saber que te estaba marcando el camino para que te fueras con colacuernos de verdad... - Todos estaban encima de la foto, mirando, excepto su padre, que no había hallado hueco todavía. Pero la mención del peluche le hizo soltar una carcajada. - ¡¡No me digas!! No es un peluche cualquiera, ¡es Draquito! - Más sonidos adorables, y su tía con ganas de esconderse debajo de la mesa. - ¡Draquito! Pero qué original es mi niña. - Dijo Violet entre risas, buscándole la cabeza a Erin, que cada vez estaba más agachada, para acariciarle el pelo con ternura. Su padre siguió riendo. - No había quien la separara de Draquito. Un día se enfadó conmigo y le dije que quería más a Draquito que a mí. - Draquito nunca me haría esto. - Protestó Erin, colorada como un tomate, pero su queja solo generó más sonidos de adorabilidad en el grupo. Marcus estaba muerto de risa. - Anda que, bendita la hora en que le regalaste ese dragón a mi niña. Sembraste una semilla, Larry. - Dijo su abuela. Erin seguía negando, avergonzada. Sí que empezaba bien la fiesta.
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CON Alice EN Casa de los abuelos EL 30 de julio de 1996
Marcus parecía preocupado por lo que acababa de decirle de su hermano. En parte lo entendía, la gente también se alteraba un poco por lo que hacía Dylan y sus padres y ella tenían que ir pidiendo perdón por ahí. Aunque ni se acercaba a eso de leer la mente. Eso sí, Alice no quería que nada empañara la tarde así que en cuanto estuvieron sentados, cambió de tercio. — Proyectos secretos. — Dijo entusiasmada, retomando la cuestión del taller. — Oye, y cuando te lo cuente tu abuelo, ¿me lo contarás a mí? — Porque la curiosidad la iba a matar. — Algún día vamos a ser alquimistas y nos vamos a poder contar el uno al otro nuestros proyectos secretos y nadie más los sabrá. — Sí, se sentía orgullosa de tener cosas con Marcus que nadie más sabía. Ellos eran un poco así siempre, tenían cosas que eran solo de ellos… Bueno, a lo mejor ahora también eran de Lex. Empezaba a verle el problema a lo de leer las mentes.

Abrió mucho la boca a lo de la madre de Marcus. — Ahhhh amigo, claro tiene sentido, no nació llamándose O’Donnell. — A veces se creía muy lista pero no caía en los detalles más pequeños. Y tampoco había caído en que era obvio que, si había sido prefecta de Slytherin, había sido prefecta de su tía. Sí pues… La tata no era muy amiga de la autoridad. — Sospecho que no debían llevarse muy allá. Si yo te parezco loca es que no conoces a mi tía. — Dijo con una risita confidencial. Ya empezó a llegar la gente, y Dylan llegó buscándoles, probablemente porque Lex no le hacía mucho caso y su madre estaba con la señora O’Donnell. Se le sentó encima a lo justo para cuando Lawrence empezó a hacer un brindis. Guau, y le habían puesto copa de cristal a ella también, en su casa no se la ponían ni locos. Haría el mayor esfuerzo de su vida para no acabar tirándolo todo. De hecho, se inclinó a su hermano y susurró. — Cuidado con las copas y eso, ¿vale? Vamos a intentar no liarla. — Dylan asintió severamente, como si le acabara de encomendar una misión de estado. El discurso fue muy bonito, claramente al abuelo O’Donnell se le daba mejor que al suyo ese tema, pero no se le pasó que ahí había ocultos tiritos. Algún día se iba a enterar de qué pasó de verdad, y entonces verían. .

Y la cosa se puso más entretenida cuando enseñó la foto de Erin. A Alice le dio la risa en cuanto empezaron a hablar del dragón, pero se vio en la necesidad de salir en defensa de Erin. — ¡Eh! Era muy cuqui. — Pero la cumpleañera no paraba de echarse piedras en su propio techo, porque el nombre se las traía. Eso sí, entre las risas, se fijó en cómo hablaba su tata de Erin. A ver, Vivi era muy cariñosa con todo el mundo, pero con ella era… Diferente. Bueno, parecía algo como lo que Marcus y ella tenían, algo que solo ellas entendían. Aunque, al desviar la mirada, se encontró a la madre de Marcus mirándolas de reojo también, con una expresión muy severa, bueno, la que tenía siempre. Igual ella también leía las mentes. Las madres siempre leían un poco las mentes, la suya siempre sabía cuándo estaba a punto de liarla. — Por mi pequeña, mi Erin, mi cachito de Irlanda, aunque ella no quiera volver. Feliz cumpleaños, hija mía. — Y ya sí, todos alzaron la copa y bebieron. Lo cierto es que no sabía qué era aquello antes de beberlo, pero en cuanto lo probó exclamó. — ¡Oh qué rico! ¿Qué es esto? — Bueno, esto sí que es un acontecimiento. Mi hija diciendo que algo está bueno nada más probarlo. — Dijo su madre. Arnold rio. — Es el efecto Molly O’Donnell.Te he dicho que hay que dejarla aquí. — Insistió su padre, y Molly rio mirándole. — Si tú quisieras, te quedas aquí con la abuela Molly todo el verano, Alice, cariño mío. Es licor de frambuesa silvestre, me las ha traído mi cuñada Amelia del pueblo. Pero tranquila, es un licor sin alcohol. Sí, lo que le hace falta a mi hija justo, desinhibirse. — Rio Janet. — ¡Eh! Se está portando como una princesita bien educada, doy testimonio de ello. — Salió Lawrence en su defensa, y le dedicó un guiño. Ella se giró a Marcus, dándole otro trago a la copa. — Me encanta esto, ¿podemos venir mucho? — Preguntó en voz baja pero muy emocionada.

Pues si mi marido cuenta cosas de mi niña, yo tendré que decir, para los que no lo sepan aquí, que se llama como nuestra tierra, eso lo primero. Que Erin significa Irlanda en gaélico.Lo habías mencionado un par de veces nada más. — Dijo Arnold, antes de beber de su copa. — Calla tú, desarraigado. Y la segunda, que mi niña nació el día del aniversario de mi primera cita con Lawrence. Y aquí estamos todos estos años después, celebrando que tenemos dos hijos maravillosos, tres con mi Emma, los dos nietos más bonitos del mundo y nuestros niños de apellido raro. Una familia de verdad.Bueno bueeeeeno, cuando damos los regalos, que este año no me superáis. — Dijo Vivi con un guiño. Eso hizo a Alice volverse a Marcus rápidamente. — Mi mamá tiene nuestro regalo en el bolso de extensión indetectable, ve a pedírselo, que lo bonito es que se lo des tú, que eres su sobrino. – Luego levantó la mirada y se dirigió a su tata. — El nuestro es mejor porque lo hemos hecho nosotros. — Y le sacó la lengua. — Yo también he ayudado. — Dijo Dylan. — Claro que sí, patito. — Su padre se levantó. — El mío te lo hago en la tarta que no te he traído. — ¡No digas bobadas! Claro que tenemos regalo. — Mi mujer, que está en todo, pero yo quiero hacer un regalo a la William. Esperad y verás. Voy a por el extintor. — Dijo Arrnold haciendo amago de levantarse. — Tú con tal de no hacer un hechizo apagafuegos, capaz eres. Pero bien harías. — Y todos se estaban riendo a carcajadas, incluso Emma había puesto una sonrisita. Qué bonito era eso. Quería más. Quería todos los veranos así.


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CON Alice EN Casa de los abuelos EL 30 de julio de 1996
Todos alzaron la copa para brindar, y la primera sorprendida con la bebida fue Alice, aunque a Marcus también le encantó. - Mmm, sí que está rico. - Corroboró, pero cuando William dijo (otra vez) que había que dejar a Alice allí, se le iluminaron los ojos y miró a su amiga. Luego su abuela dijo de invitarla todo el verano, y ya sí que no pudo evitar asentir con vehemencia. A ver, pues lo que él decía, que tampoco pasaría nada si se pasaba unos días con ellos, ¿no? Él lo había hecho en La Provenza. - Hace más licores. Están todos buenos. - Aseguró, como si eso fuera materia para convencer. ¿De verdad estaba intentando comprar a Alice con licores? Había surtido efecto, de todas formas, porque Alice preguntó si podían venir más. Volvió a asentir y se llevó la copa a los labios, para rebajar un poco el tono infantil que estaba teniendo en todo ese asunto y darse un punto más interesante. - ¡Pues claro! Y a mi casa. Todas las veces que quieras. - Quizás debería pedir permiso a sus padres primero y esas cosas. Pero a ver, era Alice, sus abuelos estaban encantados con ella, obviamente, porque era Alice y era genial. ¿Cómo no iban a querer?

Atendió con cariño a su abuela, aunque tuvo que esconder la sonrisilla detrás de una mano para que no se le notara, sobre todo cuando habló su padre. Lo decía tooooodos los años, y en alguna que otra ocasión que encartara aunque no fuera el cumpleaños de su tía. Aun así, no le importaba escucharla todas las veces que hiciera falta. - La historia de mis abuelos es la mejor. - Le dijo a Alice, orgulloso. Seguro que, si se lo pedían, se pasaban horas contándoles anécdotas de cuando se conocieron, pero mejor no sacar ahora el tema o dejarían de atender a la cumpleañera... Que igual hasta era el mejor regalo que podían darle, quitarle de encima el foco de atención, porque parecía que aún no se había recuperado de la anécdota de Draquito.

Se giró emocionado hacia Alice porque había llegado el momento regalos. - ¡Voy! - Aseguró, levantándose apresuradamente para dirigirse a Janet mientras los Gallia se picaban entre sí. Rio un poco con todo pero se colocó junto a la mujer, carraspeando un poquito y con las manos en la espalda. - Hola, Señora Gallia, ¿se lo está pasando bien? - Janet soltó una de esas carcajadas musicales tan bonitas que siempre tenía y le acarició la cara. - Eres, con diferencia, el niño más educado que he conocido en mi vida, Marcus. - Gracias. - Dijo con orgullo. - La educación es un valor en alza, Señora Gallia, y se está perdiendo. - Eso hizo a la mujer reír aún más. - Eres tan redicho como mi Alice, solo que tú eres muy educado y buenecito, y ella es un descarado torbellino. - ¡Su padre era peor! - Gritó de fondo el Señor Gallia, que al parecer tenía la capacidad de estar pendiente de todos los escenarios. - Aunque, a decir verdad, nunca le oía terminar las frases. - Doy fe de eso, se iba antes. - Confirmó Arnold con resignación. William hizo un gesto gracioso con los brazos y añadió. - ¡A ver! ¿Vosotros creéis que yo tenía tiempo para aguantar semejantes chapas? - De repente adoptó lo que parecía una pose seria bastante cómica y empezó a imitar a su padre (o a una versión adolescente de él) sorprendentemente bien. - "William, has de saber que la normativa vigente no contempla la posibilidad de...". Lo siento, Arnold, William ya se te ha ido. Nunca sabremos lo que no contemplaba la normativa vigente. - Y esto, querida familia, es lo que tuve que aguantar toda mi etapa de Hogwarts y un poquito más. Menos mal que lo ha dicho él, no yo. - Marcus miraba a Alice en la lejanía y los dos se reían. Era muy gracioso ver a sus padres juntos. Jo, qué tontos, mira que estar tantos años sin verse con lo bien que se llevaban...

Se giró de nuevo a Janet, porque con la interrupción de los padres al final no había dicho lo que iba a decir. - Me ha dicho Alice que tiene usted nuestro regalo para mi tía Erin. - Efectivamente, aquí lo tengo. - La mujer trasteó en su bolso y sacó el tarro con conchas, tendiéndoselo. Marcus fue a agarrarlo, pero ella lo retiró con una mirada graciosa y una muequecita traviesa, haciéndole un gestito con el dedo para que se acercara, como si quisiera contarle una confidencia. - Sabes que puedes llamarme Janet, ¿verdad? - Le dijo en un susurro tierno. Él sonrió y se encogió de un hombro. - Mis padres dicen que a los adultos hay que tratarles de usted si son de fuera de la familia. Que cuando yo sea adulto, podré hablar con confianza si me lo piden. - La mujer rio un poquito, pero Marcus añadió. - Aunque nosotros somos casi familia. - Uy, algo había dicho, porque la mujer seguía sonriendo, pero ahora parecía un poco triste. Le duró solo un segundo. - ¿Qué te parece esto? En público me sigues llamando Señora Gallia, pero cuando hablemos de tú a tú, como ahora, puedes llamarme Janet, ¿sí? - Ella hizo un pucherito gracioso. - Es que me siento muy vieja con tanto título. No digas que te lo he dicho, pero soy la más joven de todos estos. - Añadió, señalándoles a todos con un dedo discreto, lo cual hizo a Marcus reír por lo bajo. - ¡Hecho! - ¡Genial! Tu regalito, Marcus. - Gracias... Janet. - Se guiñaron un ojo mutuamente con tono confidencial y se volvió corriendo hacia Alice con una sonrisilla.
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Mar Ago 17, 2021 12:27 am

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CON Alice EN Casa de los abuelos EL 30 de julio de 1996
Le dio la risa fuerte cuando su padre dijo que no se quedaba a oír terminar a Arnold, porque se lo podía imaginar perfectamente. — Papi, pero las normas hay que sabérselas.¿Para saber cuánto te las estás saltando? Sí. — Dijo entre risas. Pero no se había parado a escuchar quién se lo estaba preguntando. En cuanto se dio cuenta de que era Emma O’Donnell, paró de reírse de golpe y se puso muy colorada. — Pero yo no me salto las normas… No mucho, señora O’Donnell. Es solo que a veces la curiosidad me llama. — Emma entornó los ojos y negó con la cabeza, con una sonrisa de superioridad. — Cuántas veces va a tener que oír un prefecto esa frase de labios de un Ravenclaw… ¿Te saltas las normas, hermana? ¿Te van a echar? — Preguntó Dylan curioso. — Que no… ¡Qué me van a echar! Si yo me suelo portar bien… — Dijo con el tono de niña buena, aunque ciertamente un poco ofendida, porque la habían pillado un poco, y no quería que la madre de Marcus pensara así de él. — No me fastidies, prefecta Horner, que la niña no te ha hecho nada. Es mucho más buena que ningún Gallia que conozca. Por extraño que te parezca, Violet, las normas no se miden en términos de más o menos tranquilo en la escala Gallia, si no en términos absolutos. Sí, para ti todo es absoluto. — Alice la miró cruzada de brazos. Su familia y los O’Donnell ya se habían dejado de hablar una vez. No quería que volviera a ocurrir, y ya podía su tía cerrar un ratito la boca y no cabrear a la madre de Marcus.

Me han dicho que a mi niña le gustan mucho los arándanos. — Dijo una voz amigable a su lado. Oh, Molly, parecía que siempre lo descontaminaba todo. Tenía un platito de pastelitos con glaseado morado en la mano. — ¿Son de arándanos? — Preguntó emocionada. La mujer asintió. — Y tú te llevas el primero, que los he hecho porque mi Marcus me ha dicho que comes muy poco pero que te gustan mucho los arándanos. — Ella sonrió ampliamente, pero luego levantó la mirada, cogió uno y lo puso delante de la pelirroja. — Erin primero, que es la cumpleañera. — Entornó los ojos y dijo. — Y guárdele uno a mi mamá, porque su color favorito es el morado, y otro para usted, que la cocinera tiene que tener un premio. — Molly se echó a reír y le dio un beso en la frente. — ¿Pero cómo se puede ser tan buena? Te los voy a dar todos a ti. — Se rio un poquito, agradeciendo sentirse aceptada otra vez, y cogió un pastelito, comiéndoselo con deleite. Mientras lo hacía, se quedó mirando todo lo que había en la mesa. — Quiero aprender todo lo que cocina usted, señora O’Donnell. ¿Todo todo? Eso va a ser mucho. Son muchos años al lado de un alquimista que no cocina absolutamente nada para aprender. — Alice se encogió de hombros y sonrió, apoyándose en la mesa. — Me da igual, yo siempre quiero aprender. Aprenderlo todo. — Lawrence se rio. — Igual, algún día, convences a Molly para que te de algunas recetas secretas que solo se comparten con familia. — Miró a la abuela como un angelito. — Si la señora O’Donnell quiere… — Eso hizo reír a todos menos a Emma, pero al menos ya no tenía pinta de estar enfadada.

Vivi aprovechó y dijo. — Como tu sobrino parece estar negociando con mi cuñada el regalo, voy a darte el mío. — Movió la varita, y una caja verde oscuro mate apareció delante de ella. Inmediatamente, Alice y Dylan se inclinaron hacia allí, y hasta Lex se puso a orbitar entorno a la cumpleañera. — A ver qué has liado… — Dijo Erin con una risita y poniéndose colorada. Empezó a abrir la caja, pero parecía vacía. — ¿Tata le has hecho una broma? — Preguntó Dylan un poco indignado. — No… — Contestó Erin casi sin aire. Alice agudizó la vista y entonces se fijó en una pluma en degradados escarlata hacia rojo y al final blanco. — Es una pluma de Suzaku de Kyoto. Hay muy pocas, y hace décadas que nadie ve a esas aves. — Y miró a su tía con una mirada que a Alice le dejó sin palabras para describirla y la hizo sonreír. — ¿Cómo la has conseguido? ¿Cómo has sabido que siempre he querido ver una? — Vivi levantó un dedo. — A lo primero no contestaré sin presencia de mi abogado, y a lo segundo, querida, suelo escucharte cuando hablas de lo tuyo. Las tres primeras horas al menos. — Eso provocó también varias risas de los adultos, pero Alice no podía dejar de mirar ese brillo en los ojos de las dos tías, porque había algo de familiar en ello, aunque no podía decir el qué.

Justo entonces llegó Marcus con el tarrito y se puso a su lado, con las manos agarradas tras la espalda y se acercaron a Erin, que los miró como si vinieran trayendo un caldero en llamas y no un regalito escondido. — Como estábamos en La Provenza y hace mucho que no vas, queríamos traerte esto. — Pusieron el tarrito sobre la mesa. — Son partes de animalitos, que te gustan, pero como ya no están vivos, solo son como los esqueletos, no te va a dar pena que estén ahí encerrados y agolpados. — Miró a Erin y asintió con una sonrisa. — A mí tampoco me gustan las jaulas para los pajaritos. Yo he pintado la tapa. — Aportó Dylan poniendo el dedito sobre ella.

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Volvió contento y con su regalo en la mano, pero la atención estaba ahora puesta en el regalo que Violet le había hecho a Erin. - ¿Qué es? - Le preguntó a Alice, por no interrumpir a las mayores, pero su tía la sostenía ahora en la mano y la miraba con admiración. - ¡Oh! ¿Es una pluma de fénix? Qué bonita. - Es de suzaku. Se parece pero no es lo mismo, son más raras. - Dijo Lex en tono monocorde. Su hermano apenas hablaba, pero cuando lo hacía, tenía dos temas: quidditch y criaturas. De eso sí solía saber bastante. Marcus se encogió de hombros, como diciendo que vale. No era él mucho de criaturas, la verdad, con su Elio se bastaba y se sobraba.

Escondió el tarro tras la espalda y se dirigieron a su tía, dejando que Alice hiciera las presentaciones. Lo dejaron sobre la mesa y su tía lo escudriñó, sonriente, mientras la chica explicaba de qué se trataba (y Dylan apuntaba su parte en el regalo). Se acercó él también y, señalando el tarro, explicó. - ¡Y mira! ¿Te acuerdas que una vez me contaste que las conchas no están todas en el mismo sitio? Que depende de donde haya vivido el animal toda su vida, aparecen más en la superficie de la arena, o más para dentro. - Se agachó junto al cristal y fue indicando con un dedo. - Les hemos puesto un poco de arena dentro para que parezca como si hubieras cortado un trozo de playa, y pudieras ver como de profundas están las conchas. La mayoría están arriba del todo, pero mira, algunas están por mitad, las más brillantes. - Fíjate, no soy la única que te escucha, te han salido buenos aprendices. - Comentó alegremente Violet. Su tía se había acercado el tarro y lo miraba con ojos brillantes. - Es precioso, me encanta, chicos. Muchas gracias a los tres. - La mujer se levantó. - Le voy a dar un sitio especial en mi cuarto, ¿queréis verlo? - Marcus dio un saltito, pero antes de contestar, oyó a su abuela carraspear de fondo. - Hija, ¿no deberías esperar a que el resto de la gente te de sus regalos antes de irte de tu propia fiesta? - Eso hizo a Erin fruncir los labios y sentarse lentamente, con el tarro en las manos. Su tía era muy graciosa, parecía una niña pequeña cuando su madre le llamaba la atención. Pero era tímida y pasaba más tiempo con los animales que con las personas, a veces tenía meteduras de pata, aunque a Marcus no le hubiera importado irse y luego volver. Si bien es cierto que no era lo más protocolario, claro, y él el protocolo lo tenía muy en cuenta.

- Yo digo que la cumpleañera hoy puede hacer lo que quiera. - Dijo alegremente William. - Además, así preparo mi regalo mientras ella no está delante. - Oyó varios suspiros por el entorno, pero Erin lo interpretó como un permiso real y se levantó, sonriente. - Venid conmigo. - Y allí que se fueron los tres detrás de ella, aunque en lo que marchaban oyeron a Violet gritar de fondo. - Vaya, vaya, y a mí no me invitas. - Oh, ¿quieres venir? - Preguntó Erin con duda real, lo cual hizo a la otra soltar una carcajada y hacer un gesto con la mano en el aire. - Nah, en otro momento... Demasiada gente. - Y le guiñó un ojo. Su tía agachó la cabeza con una sonrisilla, se pasó un mechón de pelo tras la oreja y avanzó.

- ¿¿¿Esto es una garra de un dragón??? - Preguntó Dylan a gritos, cogiendo una cosa afilada y desgastada que había por allí. Erin rio. - No, es un colmillo de runespoor. - ¿Qué es un runespoor? - Una serpiente de tres cabezas. - Dijo Lex, y todos se giraron. Estaba en el quicio de la puerta, sin querer entrar en la habitación, al parecer se había ido tras ellos. Dylan abrió mucho la boca y aspiró una admiración. - ¿¿Se lo arrancaste al pelearte con él?? - Eso hizo a Erin soltar una carcajada, y todos rieron un poco. - Tita Erin no se pelea con animales, Dylan, los cuida. - Dijo Marcus, aunque hasta él se extrañó y miró a la mujer. - ¿Cómo se cuida una serpiente de tres cabezas? Además, creo recordar que en la clasificación de peligrosidad que establece Newt Scamander los runespoor están categorizados como "peligrosas, se requiere maestría y conocimientos especiales para su manejo". - Recitó, como si tuviera el libro delante y lo estuviera leyendo. Ah, Marcus no entendía de criaturas, pero de normativas y peligrosidad, sí. Erin le miró con una sonrisita. - ¿Insinúas que tu tía no tiene maestría y conocimientos especiales? - Rio un poquito y chistó. - Nunca me gustó esa clasificación. Todas las criaturas merecen cuidados y pueden ser cariñosas si se las trata bien. - Marcus hizo una muequecita. No estaba de acuerdo con eso. Le sonaba a negligencia Gryffindor llevada al extremo. - Fue durante mis prácticas en Burkina Faso, son autóctonas de allí. Se había escapado del área restringida que tienen en el país marcada para que los humanos no entren, porque suele ser su nido. Seguramente lo hizo para pedir auxilio, porque dos de las cabezas se habían compinchado para matar a la tercera, y la llevaban colgando muerta, pero en la batalla, la muerta le dejó un colmillo clavado en el cuello a una de las vivas, y claro, estaba empezando a infect... - La mujer se detuvo cuando le dio por mirar las caras  de su público. Hasta Lex estaba espantado, no digamos Marcus, que no era nada dado ni a las criaturas ni al peligro, o el pobre Dylan, con lo pequeñito que era. Erin tragó saliva, se ruborizó un poquito y volvió a esconderse el pelo tras la oreja, agachando la cabeza. - Bueno, la curé y me dejaron quedarme el colmillo de regalo. - Finalizó, tratando de darle a esa historia terrorífica el final más feliz posible.

- ¿Os gusta ahí? - Preguntó, colocando el tarro en una repisa junto a otras reliquias que seguro que eran de otros animales, pero ya nadie se atrevió a preguntar más. Marcus sonrió ampliamente. - ¡Queda genial! - Celebró. - ¿Te gusta? - Le preguntó a Alice, pero Dylan se había acercado a Erin y le estaba tirando de la manga. - Yo quiero ver a Draquito. - Marcus frunció los labios para aguantarse la risa, mirando de reojo a Alice. Erin se agachó ante el niño y le dijo. - Por ser tú, te lo enseño. - Se dirigió a su estantería y, tras dar un golpe con la varita, se abrió una puerta que antes no estaba. De ahí sacó al peluche, que estaba exactamente igual que en la foto. Erin cuidaba estupendamente hasta de los dragones de peluche. Dylan lo abrazó con ternura y se puso a hablar con su tía de lo adorable que era, pero Marcus se había quedado mirando el compartimento secreto. Había un montón de cartas y otros objetos que no identificaba desde allí, pero la puertecita se cerró mágicamente antes de que pudiera ver más. Erin decidió dejar a Draquito sobre su cama, porque el pobre llevaba mucho tiempo guardado, y todos bajaron de nuevo al jardín.

- ¡Eh! ¡Habéis vuelto! - Celebró William, que hasta para Marcus estaba sospechosamente sentado a la mesa y con las manos entre las piernas como un niño bueno. - Qué bien, justo a tiempo para... Ah... Oh, creo que... Voy a... ¡¡ATCHÚS!! - Dio un fuerte y violento estornudo, inclinándose sobre la mesa, y justo al hacerlo, salió una llamarada y William desapareció, quedándose solo su ropa. Marcus abrió los ojos como platos, hasta que una voz familiar resonó tras ellos, asomándose por encima del hombro de Erin. - Debería cuidarme el resfriado. - Erin pegó tal grito y tal sobresalto que les hizo saltar a todos, lo cual provocó muchas risas generalizadas, sobre todo de William, que estaba doblado de las carcajadas. - Menos mal que ya habías soltado el tarro arriba. - ¡¡Qué susto, William!! - Dijo Erin con un hilo de voz, llevándose la mano al pecho, mientras el hombre se seguía riendo. - Pues espero que te haya gustado, porque es mi único regalo. - Venga, William, no seas así. Sí que tenemos otro regalo, solo era una bromita de las suyas. - Aseguró Janet.

- Al menos no ha aparecido desnudo. - Dijo Arnold. Marcus aún se estaba recuperando del susto cuando vio que su padre se acercaba con curiosidad y el ceño fruncido hacia la mesa, alzando entre los dedos la ropa que William había dejado caer allí. - ¿Tienes dos ropas iguales? - El Señor Gallia soltó una carcajada. - Oh, Arnie, no me creo que sigas siendo tan inocente. Solo es una ilusión. - Hizo un movimiento con la varita y, en la mano de su padre, la ropa que sostenía soltó otro chispazo y se convirtió en otra llamarada que desapareció al segundo, lo cual hizo al hombre retroceder de un saltito hacia atrás. Arnold suspiró. - Lo dicho, tenía que haber traído el extintor. - William carcajeó de nuevo y añadió. - Vaya dos miedosos están hechos los O'Donnell. -
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Desde luego, en cuestiones de presentación, Marcus siempre la ganaba por goleada. Se limitó a asentir, con los ojos brillantes a todo lo que su amigo iba diciendo y admirando lo bonito que había quedado el tarro. Mientras Erin lo admiraba, Alice se inclinó para susurrar a Marcus. — Papá le ha echado un hechizo para que no se movieran mucho en el viaje, que me daba a mí miedo que descuajeringara todo. Sé que es un poquito hacer trampa, pero es que es tan bonito que no podía permitir que se estropeara. — Puso una sonrisa brillante de alegría pura por que a Erin le hubiera gustado tanto el regalo. Ella siempre estaba regalando cosas, le encantaba, y no podía esperar a todos los cumples y navidades que le quedaban con Marcus y todo lo que iba a regalarle. Sin pensárselo mucho, asintió con efusividad cuando Erin dijo que si subían a su habitación, porque a Alice siempre le venía bien ver algo más de cualquier sitio, aunque no cayó en que igual era un poco maleducado que la homenajeada se fuera. Pero ya salió su padre al rescate, probablemente porque algo querría montar que Erin no viera , así que se fue siguiendo a Erin al interior. Pero justo entonces su tía dijo una cosa… A ver, Alice no entendía mucho de ciertos aspectos de la vida, pero había leído suficiente poesía y libro de caballerías para pensar que aquello podía sonar un poco… — ¡Tata! — Dijo dándole en la mano. — Que eso suena muy… — Su tía la miró y se rio a carcajadas. — Tira, que se van sin ti. Anda… Ya entenderás, ya. —

La casa de los O’Donnell era preciosa y acogedora, pero la habitación de Erin tenía lo más chulo de toda la casa. Dylan estaba también de humor preguntón,y Erin se puso a contar cosas de cuando estaba de prácticas en un sitio que le sonaba a África y ella la miraba con los ojos abiertísimos. — Hala, qué malvadas. A mi no em la lían más esas dos. — Dijo, completamente metida en la historia de las serpientes, lanzando gritos ahogados según los acontecimientos avanzaban. Esperaba más historias, pero incluso Lex parecía estar un poco demudado. A ver, que ella no planeaba enfrentarse a ninguna, pero por saber, tampoco pasa nada. Entonces Dylan pidió ver a Draquito y Alice aclaró. — Es que le encantan los peluches. Tenemos por toda la casa. —Y Erin hizo lo más guay que había visto en su vida, sacar un compartimento secreto. — ¡Quiero uno de esos! — Exclamó, zarandeando el brazo de Marcus, como si fuera él el que los instalara o algo. — No sé qué metería, pero lo quiero. — Lo que no quieras que te roben. — Aportó Lex a un lado suyo. Ella encogió un hombro. — Bah, ¿y quién me va a robar a mí? Les acabaría saliendo peor. No, yo quiero guardar… Cartas secretas, recuerdos… — ¿Tienes cartas secretas? — Ella soltó un suspirito. — No, pero igual las tendré, ¿no crees? — Ya parecía que se iban y dedicó una sonrisa a su hermano, que acarició a Draquito. — Sí, mejor lo dejas aquí fuera. ¿Es bueno que le de la luz a los colacuernos? — Preguntó muy serio, como si fuera uno de verdad, mirando a Erin. — No está contraindicado. — Dylan la miró a ella, interrogante. — Quiere decir que no pasa nada si le da. — Su hermano asintió satisfecho y se fue, dando saltitos y diciendo. — Con-train-di-ca-do. — Tan contento con su nueva palabra. En lo que bajaban, Alice se acercó a Marcus y le susurró con una sonrisa. — Tú también necesitas uno de esos cuando seas alquimista, para guardar todos tus proyectos secretos. — Sí, ella seguía con lo de los proyectos, le había gustado demasiado, la peor palabra que se le podía decir a Alice era “secreto” seguida de cerca de “imposible”.

En cuanto llegaron, tal como había imaginado, su padre montó un numerito de los suyos, uno que ella ya había visto más de una vez, pero que, sumado a las interacciones adicionales de Arnold, le dejaron en el suelo de la risa que le dio. — No falla, papi. — Y seguía riéndose. La otra que estaba medio llorando era Molly, que miraba a su padre sin poder parar de reír. — Es que es ingenioso el condenado de él. — Arnold la miró malamente y ella se encogió de hombros. — Hijo, es muy gracioso, y sois muy exagerados asustándoos. — Viendo que tenía otra fan, Alice se dirigió a ella. — En navidad lo hace con nieve encima de la mesa en Saint-Tropez, y una vez para el cumple de Dylan lo hizo con globos. — Y ambas siguieron riéndose. — Parece mentira, mamá… — Se quejó la cumpleañera, aunque en verdad estaban todos riéndose. — Toma, querida — Dijo su madre tendiéndole el regalo. — No es un tarro guay, ni una pluma a todas luces ilegal de esas que trafica mi cuñada. — Vivi le sacó la lengua. — Ilegal eres tú que no cruzaste ninguna aduana para entrar aquí. — Le dijo entre risas. Alice frunció el ceño y miró a su madre. — ¿Es verdad, mami? — Su madre rio y negó. — algo así. Pero tranquila, pajarito, después de casi trece años nadie me va a deportar. —

Erin abrió el paquete y levantó, con los ojos muy abiertos, unos guantes metálicos. — ¡Guantes de vibranium! Son lso únicos que resisten el fuego de dragón! — Eso, — dijo Molly. — Dadle más motivos para meterle la mano a los dragones hasta la campanilla. — Pero Alice ya se estaba poniendo de puntillas para verlos. Luego se giró a Marcus y dijo. — Si todos los cumpless son así de guays, me vengo a esta familia aunque sea una Gallia. — Aseguró.


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Miér Ago 18, 2021 12:02 am

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La verdad es que no se había parado a pensar en lo de guardar secretos de alquimista en un compartimento del cuarto, como su tía tenía guardado un peluche... Pero tenía todo el sentido del mundo. ¿Tendría su abuelo alguno? Por culpa de estar divagando y planeando lo que guardaría él en su compartimento secreto, casi se muere del susto de William. Alice también casi se muere, pero de la risa, y él que todavía estaba con una mano en el pecho y la respiración agitada. Había sido alucinante, pero jolín, no esperaba que les saliera por la espalda. Eso sí, una vez se calmó, ya sí quiso saber más. - ¿Cómo lo ha hecho, Señor Gallia? ¿Se ha aparecido? ¿Pero y el fuego? ¿Y la ropa es una transformación? ¿Qué ha transformado? ¿Fuego? ¿Cómo? - Para, para, chico, que me vas a desgranar el truco entero. - Contestó el hombre entre risas.

Se acercó a Alice y la escuchó con interés. - ¿Globos? ¡Yo quiero ver eso! - ¡Sus deseos son...! - Wiiiiilliam. - Interrumpió Janet, que no perdía la sonrisita de adoración por su marido, pero le había tenido que reconducir. El hombre se encogió de hombros. - No me dejan. - Se le acercó y le guiñó un ojo. - No te preocupes, queda mucha tarde por delante. - Eso le hizo sonreír... Aunque no sabía si había sido buena idea decirle al Señor Gallia que repitiera la hazaña en algún otro momento indefinido de la tarde, ahora iba a estar en tensión esperando a que le diera otro susto.

El regalo de los Gallia a su tía estaba chulísimo, aunque desde luego no es algo que Marcus pediría, ¿o quizás sí? Se acercó a su abuelo y le preguntó. - Abuelo, ¿se pueden hacer transmutaciones con eso? Quizás sea más seguro, así no te transmutas la mano. - Su abuelo esbozó una expresión pensativa y se quedó un rato así, mirando a la nada, y Marcus mirándole a él, con una muequecita expectante en los labios. Al cabo de unos instantes, le contestó. - ¿Puedes creerte que nunca se me habría ocurrido algo así? - Marcus se irguió. - Eso es porque soy muy ingenioso. - Su abuelo soltó una carcajada. - Sí que lo eres. - Entonces, ¿crees que se podría? - El hombre ladeó varias veces la cabeza. - Yo diría que no están diseñados para eso, y puede que el vibranium interfiera de alguna manera. Aunque no se pierde nada por probar. Lo haré y te comentaré mis conclusiones. - ¡Genial! - Celebró.

Se giró de nuevo hacia Alice justo a tiempo para que la chica le hablara. - Puedes venir siempre que quieras. Yo creo que los Gallia están bastante integrados con los O'Donnell en general. - Dijo con una sonrisa. Como no podía contener más la emoción, le explicó lo que acababa de hablar con su abuelo. - ¿Sabes qué? ¡Mi abuelo me ha dicho que va a probar a hacer una transmutación con guantes de vibranium y me va a comentar sus conclusiones! - Su tía le había escuchado, y ahora miraba con ojos sospechosos a Lawrence y se agarraba a los guantes con exactamente la misma expresión que abrazaba a Draquito en la foto. Marcus se encogió de hombros. - No tienen por qué ser los tuyos, tita. - Trató de consolar, aunque ciertamente le parecía más útiles usarlos para hacer investigaciones en alquimia que para meter la mano en la boca de un dragón. Y menos peligroso.

Aún quedaban los regalos de sus abuelos y los de sus padres para Erin. Lex le había hecho algo, pero no se lo había querido enseñar. Puede que se hubiera molestado un poquito porque él hubiera hecho su regalo con Alice... En fin. El caso es que su hermano se llevó a su tía a un lugar más apartado para darle lo que le fuera a dar sin tantos ojos mirando, y el Señor Gallia aprovechó para dar una palmada en el aire y recuperar el foco de atención. ¡Bueno! Yo creo que es el momento de los juegos. - Mejor cuando hayamos terminado con la comida. - Respondió Emma, en tono calmado pero lo suficientemente firme como para que nadie la contradijera. Ah, eso a Marcus le gustaba, la comida. Ya habían estado picando, pero aún quedaban cosas sobre la mesa, así que estaba muy de acuerdo con eso de terminar primero de comer y luego hacer lo que hubiera que hacer. - Creo que voy a tener pesadillas esta noche con lo del runespoor. - Le comentó a Alice mientras se volvía a sentar a la mesa junto a ella.
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Miér Ago 18, 2021 2:20 pm

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Los ojos le brillaban de gusto cuando veía a Marcus tan entusiasmado por algo que su padre había hecho, y haciendo las mismas preguntas que había hecho ella durante años. No podía parar de reír, de dar saltitos y palmaditas, tan contenta de todo lo que estaba pasando a su alrededor que si muriera ahora, moriría absolutamente feliz.

Cuando vio que Marcus se iba donde su abuelo iba a seguirle, fuera a ser que hablara de lo de los proyectos secretos y ella no se enterara,pero prefirió darle su espacio e ir a sentarse con su tata y Erin. — Vaya cómo se te van los ojitos detrás de tu amigo eh, pajarito... — Ella sacó los morros con un mohín ofendido y dijo. — Es que me quiero enterar de lo que hablan de alquimia. — Luego enfocó a su tata y recordó lo de antes. — ¿Por qué has dicho que mamá es ilegal? — Erin entornó los ojos y puso una mano sobre la suya. — Ni caso a tu tía, Alice, tonterías que dice. Tu madre es tan británica como los demás porque está casada con uno y tiene dos hijos británicos. Pero a mí me encanta tomarle el pelo. No me lo tengas en cuenta, canija. — Alice movió un poco la cabeza ante el comentario, pero rio también, aunque habría querido preguntar por aquello de la aduana. Marcus le quitó el pensamiento No se le había ocurrido lo de los guantes, y por lo visto a su abuelo tampoco. — ¡Hala! Qué buena idea. Tienes que comer más azúcar, claramente te despeja la mente. — Dijo entre risas, porque para que a Lawrence no se le hubiera ocurrido… Bueno igual es que Marcus era un pelín prudente en exceso, de hecho, le sorprendía que aún no la hubiera denunciado ante su abuelo contando cómo se había desmayado por imprudente en el laboratorio y cómo había transmutado una piedra sin querer. No querría que le causara mala impresión, y Alice lo agradecía, porque de verdad que quería caerle muy bien a esa familia y que la invitaran más veces. Y ver el laboratorio y los proyectos secretos, eso también, claro.

Iba a apuntarse del tirón a los juegos, pero los mayores decidieron que había que comer primero. Pues vaya rollo. Si ella ya se había comido un pastelito… Cogió otro y un sandwich y esperó que nadie le dijera nada, porque bastante era para ella. Eso sí, tenía muy claro lo que quería seguro. — Señora O’Donnell, ¿puedo tomar más licor de ese? — Molly rio y le sirvió la copa hasta arriba, lo cual la alegró al mismo tiempo que la tensó, temiendo tirarlo todo. Qué difícil era la vida cuando querías comportarte y causar buena impresión, era muy más fácil ser un torbellino, la verdad. Pero la comida estuvo agradable, todos dieron sus regalos a Erin, y se rieron sin parar por una cosa o por otra. Y aunque lo estaba pasando muy bien solo así, cuando su padre la miró con cara traviesa, no pudo evitar notar la emoción de saber que ya se estaba inventando un juego.

A ver, los dos mayores, venid para acá, que sois los encargados de que todo salga bien en el juego. — Marcus y ella se levantaron para ir al lado de su padre. Él señaló a un barreño que había a sus pies y unos globos que había dentro de él. — Tenéis que llenar esos globos de agua, con el grifo y la manguera que hay allí y los metéis aquí. — Dijo señalando la esquina de la casa. — Y cuando los tengáis todos, me avisáis, y levito el cubo hasta aquí. ¿Vamos a hacer una guerra de globos de agua? — Preguntó dando saltitos. — No exactamente, va a ser mejor. — Alzó la voz y miró a los demás. — Los que quieran jugar, se ponen en círculo y se lo van pasando, y yo lo hechizaré para que explote… Cuando nadie lo sepa. Así que nunca sabréis a quién puede empapar. Aunque con el calor que hace no creo que le importe a nadie. — Emma no tenía muy buena cara, pero justo Lex dijo. — Yo quiero jugar. — Y Alice sonrió y dijo. — ¡Claro! Ven y nos ayudas atando los globos. — Contenta de que Lex quisiera participar en algo, y claramente a Emma le había alegrado también. — No tienes idea buena, cielo. — Dijo su madre sonriendo, pero frotándose los ojos. — No se vale usar magia, más que papá. — Dijo Alice mientras se iba a llenar los globos, tirando de la mano de Marcus. — ¡Lo digo por ti, tata! ¿Yooooo? ¿Cuando yo he hecho trampas? ¡Oh, por favor! — Exclamó Emma con una risa ofendida. Ella estaba feliz llenando los globos con Marcus y Lex diciendo. — Seguro que podemos ir pillándole el truco, o notar cuándo va a explotar, y hay que lograr que la tata se moje pero bien, que siempre tiene que ganar a todos los juegos, quiero que se quede empapada. — Dijo emocionada mientras llenaba los globos y se los pasaba al menor de los hermanos. — ¿Tú a qué casa quieres ir, Lex? — Preguntó alegre, pero el chico solo la miró. Vaya, tema delicado. A ver si aprendía a callarse.

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Miér Ago 18, 2021 5:10 pm

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La comida estaba buenísima, y como Marcus no tenía fondo comiendo (ni su abuela cocinando y ofreciendo comida) lo probó todo. Aún estaba masticando lo último cuando el Señor Gallia les llamó para empezar el juego, dirigiéndose diligentemente hacia allá. Atendió a las explicaciones y aquello sonaba muy divertido, aunque cuando oyó globos de agua se miró a sí mismo e hizo un mohín con la boca. Igual esa camisa no era lo más cómodo o apropiado del mundo para jugar a lanzarse globos de agua. Miró a su madre de reojo, pero esta no parecía demasiado preocupada porque se le fuera a estropear la ropa ni nada, y si a su madre le parecía bien, a él también.

El juego pintaba emocionante y divertido, pero desde luego lo más llamativo de todo fue que Lex quisiera jugar. Abrió los ojos y le miró con ilusión. - ¡Sí! Podemos hacer equipo. - Lex frunció el ceño. Marcus rodó los ojos. - El quidditch se juega en equipo, te vendría bien ir practicando. - Contestó, aunque realmente su hermano no había dicho nada. Con la boca, porque su cara lo decía todo. Se dirigió junto a Alice y seguido por Lex hacia donde estaba la manguera, diciéndole a ella. - Igualmente nosotros no podemos usar magia, porque el Decreto para la Prudente Utilización de la Magia en Menores de Edad establecido por el Ministerio de Magia establece que los menores de edad no tenemos permitido el uso de la magia fuera de la escuela, así que lo más justo sería que nadie la usara. - ¡Yo sé quien se va a mojar el primero! - Gritó Violet, que al parecer le estaba escuchando. Al mirarla, vio como miraba a su padre y le decía a gritos. - Arnie, no sabía que algunos ya nacierais siendo prefectos. - Son las normas del Ministerio de Magia, no las de Hogwarts. - Aclaró él, lo cual solo hizo que Violet soltara una carcajada más grande. En fin.

Empezaron a llenar los globos de agua mientras él atendía a lo que Alice decía y se los iba pasando a su hermano para que los anudara. Rio. - ¡Eso! A la gente que hace trampas hay que mojarla. - Miró a Lex. - Tenemos que conseguir que papá juegue, y la abuela. Mamá no va a querer. ¿Te imaginas que juega el abuelo? - Se echó a reír. Hasta a Lex le salió una sonrisilla sutil, porque claro, todo lo que fuera fastidiar a alguien, a Lex le hacía gracia. Se le borró la sonrisa ante la pregunta de Alice. Marcus suspiró, pero trató de no ponerse pesado con la falta de entusiasmo de su hermano por ir a Hogwarts y sonar lo más comprensivo posible. - Estaría guay que entraras en Ravenclaw, podrías estar con nosotros. - Pero al decirlo miró a Alice de reojo. No va a entrar en Ravenclaw. Su hermano tenía cero interés por nada que pareciera levemente intelectual. Él estaba bastante convencido de que iba a entrar en Slytherin, porque se parecía mucho a su madre y pasaba mucho tiempo con su abuela Anastasia. Y porque era demasiado huraño para ser de Hufflepuff y tenía un puntito ruin que no aceptaría ningún Gryffindor.

Lex le hizo el nudo al último globo, lo dejó en el barreño y se fue. Marcus rodó los ojos otra vez y miró a Alice. - Creo que la única casa en la que quiere estar es la nuestra. Donde vivimos, vaya. - Se encogió de hombros, viendo a su hermano alejarse. - Llevo todo el verano intentando entusiasmarle con lo de ir, pero no quiere. Creo que le da miedo echar demasiado de menos a mamá, se pasa el día con ella... Ah, y creo que va a entrar en Slytherin. - ¡A ver, los de las confidencias! - Bramó el Señor Gallia, que debía haber visto a Lex volver y a ellos cuchicheando. Marcus se giró y clamó. - ¡Ya hemos terminado! - Y, tal y como el hombre había anunciado antes, hizo levitar el barreño y lo puso en el centro del jardín.

- ¡Jugadores, a sus puestos! - Marcus miró a su entorno y abrió los ojos con alegría. - ¡Abuela! ¿Vas a jugar? - ¡Uy, pues claro! Aún no se ha inventado el juego al que yo no pueda jugar. - ¿Y el abuelo no se apunta? - Eso hizo a Molly soltar una gran carcajada. - Aún no se ha inventado el juego en el que tu abuelo pueda defenderse con decencia, y ahora encima tiene un estatus que mantener. - Como vea uno de esos globos dirigirse hacia mi persona, transmuto el agua en el aire y la convierto en algo que duela para lanzarlo de vuelta a su propietario. - Amenazó su abuelo, provocando varias risas en el entorno, pero Marcus se sorprendió. - ¡Hala! ¿Eso se puede hacer? - Jo, maldito Decreto para la Prudente Utilización de la Magia en Menores de Edad, ¡él también quería hacer esas cosas! Algún día iba a ser un mago superpoderoso y su familia se iba a quedar con la boca abierta.

Allí se habían colocado Alice, Lex, Dylan, Erin, Violet y su abuela, con el Señor Gallia en el centro para hechizar los globos con los que iban a jugar. Los niños intentaron convencer a Janet para que se apuntara, pero la mujer declinó graciosamente la oferta asegurando que había comido mucho y sentía el estómago muy pesado. Con su madre nadie se molestó en intentarlo, todos podían verle en la cara que no tenía la menor intención de jugar, de hecho estaba a una distancia más que prudencial porque debía no fiarse mucho de William. Al abuelo Larry también le dejaron tranquilo, apenas un par de bromitas y todos dieron por hecho que un señor de semejante edad y estatus no iba a ponerse a lanzarse globos de agua, su abuela Molly lo hacía porque... En fin, su abuela Molly se apuntaba a todo. Solo quedaba su padre, a quien todos llevaban ya un rato diciéndole que no tenía excusa. - ¡Venga, papá, jo, no seas aburrido! - Como vuelvas a decir que no juegas porque se te va a estropear la camisa, te lanzo un globo para que ya no tengas excusa. - Dijo el Señor Gallia, lo cual le hizo echarse a reír. Se veía que su padre y él habían compartido la misma preocupación con respecto a la ropa. - Oye, Arnie, que si el problema es la ropa, quítatela, ¿no decías que hacía mucho calor? - Dijo Violet, lo cual hizo que Erin escondiera una risilla y su abuela directamente se muriera de risa, pero su padre se puso colorado e inicio otra torpe intentona de redirigir el tema. Su madre estaba poniendo cara de no haberle hecho mucha gracia el comentario de Violet. En lo que seguían metiéndose con su padre y él rehuyendo, Lex saltó. - Mami, creo que papá quiere que le des permiso. - Eso sí que detonó en una carcajada estruendosa y generalizada que asustó a Lex, tanto que se ruborizó y se encogió como una tortuga, claramente no esperaba esa reacción del público. Vio como su madre se apuraba y, con una caída digna de ojos, decía. - Yo no soy quien para dar o conceder permisos a nadie, él puede hacer lo que quiera. - Cariño, yo te doy permiso, si es lo que quieres. - Dijo su abuela Molly entre risas. Su padre bufó y alzó las manos. - ¡Está bien! ¡Voy a jugar! Pero solo una ronda y me voy. - El Señor Gallia cogió un globo en sus manos y, mirándolo como si le estuviera hablando a él, dijo. - Estupendo, programando globo para que le explote en la primera ronda a Arnie porque el muy listo se cree que no se va a mojar por jugar solo una. - Ja, ja, William. Todavía estoy a tiempo de irme. -

En lo que todos reían y William y su padre seguían con el rifi-rafe, Lex se le acercó y le susurró. - Te va a mojar a ti. - Marcus le miró extrañado. - ¿Qué? - El primer globo va para ti, no lo cojas. - Marcus puso una mezcla entre indignación y espanto en los ojos, frunciendo los labios. - ¡Jolín, Lex! No hagas eso, así no se juega. - Su hermano puso expresión enfurruñada, cerrando los puños. - ¡Encima que te aviso! - Ey ey, ¿qué pasa por ahí? - Preguntó su padre. Marcus se cuadró, disimulando. - Nada. Le estaba diciendo a Lex que... Se pusiera allí. - Dijo, señalando otro punto del círculo que no estuviera al lado de él. Lex frunció el ceño, se cruzó de brazos y se fue donde Marcus había señalado, con muy mala cara, aunque la que Marcus le devolvía no era mucho mejor. El Señor Gallia les estaba mirando de uno a otro con esa expresión suya tan graciosa, pero con el ceño fruncido como si estuviera trantando de averiguar algo, lo que hizo a Marcus tragar saliva. Al cabo de unos segundos, balanceó un índice para señalarle y le dijo a su padre. - Ese hijo tuyo es muy listo. - Se giró a Lex, señalándole ahora a él. - Pero ese es más listo aún... - ¡Bueno! - Interrumpió su abuela, dando una palmada en el aire. - Una no está ya para esperar mucho rato de pie, a ver cuando empieza el juego este. -
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Rio con ganas cuando Marcus la siguió en el juego de ir a por su tía. Qué gusto daba tener un compañero de juegos que no fuera Dylan, que aún era muy pequeño y demasiado buenazo y solo quería que fueran todos amigos. También le hizo mucha gracia imaginarse a Lawrence O’Donnell, con todo su porte, lanzándose globos de agua con unos niños. Marcus estaba especialmente gracioso ese día, desde luego. Se giró a Lex con lo que dijo su amigo y asintió entusiasmada. — ¡Sí! Estarías en nuestra sala común, y tú, al ser un chico podrías estar en los dormitorios con Marcus, es como estáis aquí, pero en Hogwarts. — Pero la cara de Lex no parecía mostrar ningún tipo de ilusión. ¿Le daría cosa dejar a sus padres? Ella estaba segura de que a Dylan le iba a pasar lo mismo, llegado el momento. Y, de la misma, se dio la vuelta y se fue. Ya debían haberle ofendido. Otra vez. Pero su amigo se acercó para explicárselo. Ella asintió, comprensiva. — Ya. Dylan vive enganchado a la pierna de mamá, yo creo que cuando le toque ir le va a pasar igual. — Y se encogió de hombros, mirando a Marcus. — No puedes hacer que le apetezca, no te ralles con eso. Igual cuando lo haya probado le gusta más. Sobretodo si puede jugar al quidditch. — Dijo intentando animarle. Marcus era así, todo tenía que estar bien y perfecto y correcto a su alrededor, y se ponía triste cuando no era así, pero con cuestiones como aquella de su hermano, no tenía nada que hacer, era luchar contra una pared.

Menos mal que el comienzo del juego y el hecho de que hasta Molly se apuntara les alegró de nuevo. Tuvo que reírse a carcajadas cuando Lawrence amenazó con transmutar los globos. — ¡Yo también quiero verlo, señor O’Donnell! Buena cosa nos ha dicho… — El abuelo se rio y la señaló. — Tú eres un diablillo Gallia. — Y ambos se rieron mirándose, pero enseguida tuvo que prestar atención a lo que le decían, abriendo mucho los ojos al comentario de su tía. A ver, que la había visto decir cosas peores, ¡pero no al padre de su mejor amigo! Es que de verdad, todo le daba igual… Menos mal que todos aparecieron tomárselo a broma, y ella misma se rio de lo de la primera ronda. Aunque, para cuando se quiso dar cuenta, ya estaba Marcus enfadándose con Lex otra vez. Era un poco como André y Jackie, solo que sin los ratos en los que se llevaban bien. Menos mal que su padre no les dio tiempo a pensar mucho. — Molly, las damas primero. — Dijo pasándole el globo, Que Molly comenzó a hacer rular rápidamente. A cada uno que le caía, hacía grititos y lo lanzaba de las formas más raras y ridículas, haciendo que todos se rieran. Erin y la tata se lo pasaron entre ellas un par de veces, y, sin avisar, le cayó a ella, que se puso en las manos despacito a Dylan, para que no se le cayera sin querer, pero solo consiguió que se acabaran mojando los dos porque el tiempo se acababa, riéndose abiertamente mientras goteaban. — ¡Ven, patito, la venganza será terrible! — Dijo su padre dándole un globo a Dylan y agarrándolo por debajo de los hombros, para ponerlo a la altura de la cabeza de Arnold. — ¡Dale ahora! — Y su hermano, claro, encantado de poder reventarle un globo al señor O’Donnell, con las consecuentes risas hasta de su propia madre.

Volvieron a sus sitios y su padre empezó otra ronda esta vez con dos globos. Alice se acercó a Marcus y Molly y susurró. — A muerte a por la tata. — Y cada vez que les caía un globo, trataban de encasquetárselo a Vivi, que no daba a basto en recibir y lanzar globos, haciendo reír a Erin. Al final, el más grande le explotó a Vivi, pero el otro el fue directo a Marcus. Alice le miró tapándose la boca antes de estallar en carcajadas. — ¡Mira lo que le has conseguido que le pase a tu principito, mal bicho! — Dijo su tía lanzándose sobre ella y tirándola al césped a hacerle cosquillas. Ella trató de zafarase entre risas y gritó. — ¡Marcus! ¡Ayúdame! ¡Erin! ¡No vayas, tita! Violet quiere tirarte a ti también. — Advirtió Lex. Aunque esta vez, Erin solo rio un poquito y le acarició el pelo. — No pasa nada, Lex, vente tú también, solo estamos jugando. — Y se tiró sobre las dos, haciendo el tonto también. — ¿Os habéis planteado que la legeremancia congénita es, por fuerza, heredada? — Oyó que decía su padre a lo lejos. ¿Legeremancia? ¿Qué era eso? — Habrá que ver quién no nos está contando algo. — Dijo con una risa. — Yo creo que es Emma, y si no, Molly. — ¿De qué rayos estaría hablando? No le dio tiempo ni a pensarlo porque Erin y su tata empezaron a hacerle cosquillas cada una por un lado y solo pudo patalear y reírse con ganas.

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Jue Ago 19, 2021 6:28 pm

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Por hablar, a su abuela fue a la primera en caerle el globo. El juego era muy divertido, pero Marcus, que seguía siendo prudente y asustón (y con reticencias a estropearse la ropa) estaba un poquito tenso. Es decir, se divertía, pero cada vez que le caía el globo en las manos lo escupía rápidamente como si fuera un explosivo en vez de un globo de agua. Su padre disimulaba mejor que él, pero se le notaba que estaba exactamente igual. Su abuela era ciertamente graciosa lanzando el globo, parecía que se sorprendía cada vez que le caía en las manos, y eso le hacía reír a carcajadas. El primero explotó justo cuando Dylan y Alice se lo estaban pasando. - ¡Te has mojado, colega! - Dijo entre risas, las cuales se multiplicaron cuando vio como empapaba a su padre. Estaba ya doblado de la risa, viendo como el hombre refunfuñaba y se sacudía el agua, mientras los Gallia no le hacían ni caso.

A la orden de Alice, asintió y empezó a trazar la estrategia para mojar a Violet. Empezaron a lanzarle globos sin cuartel, pero el último de ellos no le dio tiempo a lanzarlo cuando le explotó en las manos. Si es que se veía venir, que se iba a mojar, pero cuando miró a su madre esta parecía muy entretenida hablando con Janet, así que simplemente se echó a reír. Mientras lo había, Violet arremetió contra Alice, y él se lanzó en su ayuda sin pensárselo (total, ya se había mojado entero, qué más daba un poco de hierba del suelo). Hasta Lex se había unido. - ¡Esto es abuso de poder, Señorita Gallia, no es ético! - ¡Mira, niño! ¡Llámame así otra vez y te comes un globo! - Eso le hizo desternillarse de risa, y con esa poca fuerza por culpa de las carcajadas no iba a conseguir rescatar a Alice.

Seguía intentando liberar a su amiga de allí, mientras todos forcejeaban entre risas en el suelo, cuando el comentario de William Gallia le provocó un escalofrío. Sí, su hermano era legeremante, y no solían decirlo fuera de su entorno familiar, porque... En fin, a Marcus le daba muy mal rollo eso, la mala suerte era que había tenido que tener justo un hermano que era así, porque si lo supiera de alguien de fuera... Probablemente no se le acercaría mucho. Él pensaba constantemente, muchas cosas y a toda velocidad, y algún día sería un erudito, un mago famoso e importante, con proyectos secretos e ideas innovadoras. No quería que nadie se las leyera en la cabeza, a saber como la podrían utilizar en su favor o, peor, contra él. Se había quedado un poco parado, mientras las dos tías seguían haciendo cosquillas a Alice, aunque algo hizo que volviera a reírse otra ves. En concreto, su padre cogiendo un globo discretamente del barreño y acercándose por la espalda de William para estampárselo en la cabeza. - Esto por bocazas. - Oyó como le murmuraba, y Marcus se tuvo que tapar la boca para ocultar la gracia que le había hecho, mientras el Señor Gallia, empapado, intentaba comprender qué había dicho exactamente para ser acusado de eso.

Los dos padres empezaron a lanzarse globos entre sí, pasando completamente de ellos, y su abuela decidió que era el momento de retirarse porque "como ella se tirara al suelo, no iba a haber hechizo levitador que la levantara". Se metió entre Violet y Alice y dijo con tono de libertador. - ¡Eh, dejad a mi amiga tranquila! - ¡Oh, por favor! Estoy deseando oírte decir algo así como "tendréis que enfrentaros primero a mí" o algo así, que debe estar en el manual de los príncipes. - Se burló Violet, a lo que Erin respondió como una carcajada. - ¿Este? Es un cobardica, como su padre. - Soy sensato y prudente, no como las personas de otras casas... - Dijo chulesco, lo que hizo que ambas mujeres aspiraran una onomatopeya sorprendida y ofendida con mucha teatralidad. - Te vas a enterar, mocoso. - Intentó huir, pero Violet se abalanzó sobre él antes de que pudiera gatear hacia otra parte, cayendo también Erin encima suya. - ¡Se te mancha la camisa, sobrino! - ¡Por fin tengo un Horner de quien vengarme! ¡Eh, prefecta, mira lo que hago con tu primogénito! - ¡Socorro! - Dijo como pudo, aunque estaba muerto de risa por las cosquillas. - ¡No! ¡Mi colega! - Dijo Dylan, que se enganchó en el cuello de Violet sin pensárselo dos veces como quien derriba a una bestia salvaje, momento que Lex aprovechó para caer sobre Erin.

Estaban ya todos agotados y tirados en el suelo, no podían ni levantarse de la risa y el esfuerzo. - ¿Qué os pasa? Estáis todos fatal. - Dijo su tía, que también estaba con la respiración agitada pero se estaba riendo de ellos por estar visiblemente más cansados. Violet, tirada boca arriba como una estrella de mar, bufó y le espetó. - ¡Tú cállate! Estás acostumbrada a pelear con dragones. - No pelea con los dragones, los cuida. - Corrigió Dylan, lo cual hizo que todos se echaran a reír. Alguien se puso de pie junto a ellos y Marcus oyó como suspiraba. - Como te has puesto... - Dijo Emma, pero Marcus ya no podía ni sentirse mal. Se incorporó y su madre le dio la mano para que terminara de levantarse, apuntándole con la varita justo después y echándole un hechizo no solo secador del agua, sino que limpiaba bastante. En apenas un minuto, estaba impoluto otra vez. - ¡Oh, pero qué maravilla! - Dijo Janet, acercándose a ellos y dirigiéndose a su madre con expresión asombrada e ilusionada. - ¿Puedes echárselo a mis niños? - Claro. - Aseguró su madre, y con su sutil sonrisa y un gesto de la mano, hizo un gesto para que Alice y Dylan se acercaran, pero el segundo dio un pasito hacia atrás. ¿Por qué a todo el mundo le daba tanto miedo su madre? Era muy buena. Un poquito seria y eso, pero muy buena.  

- Qué maravilla de hechizo, Emma, lo bien que me hubiera venido todos estos años. - Aseguró Janet con una risita, mientras todos volvían hacia la mesa ya perfectamente limpios. - ¿Lo has hecho tú? - Más o menos. Es una modificación del hechizo secador. Lo he ido perfeccionando con los años. - Janet asintió. - Pues es muy útil. ¡William! Podrías haber creado tú uno de estos. - ¿Eh? Perdona, no estaba atendiendo, es que Molly ha traído otra tarta. - Aseguró el aludido. Marcus empezó a buscar con la mirada la mencionada tarta como un perrillo que oye abrirse un tarro de galletas, procurando sentarse cerca de esta y haciéndole un gesto a Alice para que le acompañara. Janet suspiró con una risita y se giró de nuevo a Emma. - Es curioso que la que use este hechizo seas tú, con lo buenecitos que son los tuyos, y no yo, que tengo tres puffkeins saltarines en casa. - Su madre rio levemente y continuó. - Tuve que hacerlo cuando le regalamos a Lex su primera escoba, y su hurona. - Ah, sí, la hurona de Lex. Le extrañaba que no la llevara metida en un bolsillo como siempre, seguro que se fue nada más llegar a casa hacia Erin para que ella la resguardara donde nadie pudiera molestarla. - Se pasaba el día revolcado por la hierba. - ¡Es verdad, que a ti te gusta el quidditch! - Celebró William, que todo lo decía con ese tono de buena noticia, mirando a Lex. - Pues tiene que ser un puntazo lo de la legeremancia para jugar. - ¿De qué es la tarta, mamá? - Interrumpió su padre, y se notó demasiado que intentaba cambiar de tema. Janet miró a William con tono de reprender. - ¡William! - ¿Qué? ¿He dicho algo malo? - Su hermano estaba un poco encogido, así que el hombre hizo una mueca. - Oh, perdón, ¿no lo sabíais? -
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Jue Ago 19, 2021 10:01 pm

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No podía parar de reír, con su tía siendo su tía, simplemente, y Marcus, Erin y hasta Lex, rebozados por el césped con ellos. Hasta a su padre le tiraron un globo de agua. Tiró del brazo de Marcus y lo zarandeó. — ¡Eh! No os metáis con él. Ha venido a ayudarme.Cual caballero andante a salvarte. Muy O'Donnell. — Rio su tía, pero ella la miró con superioridad. — Yo no necesito que me salven. Yo soy como el viento… Siempre salgo por otro lado. — Dijo saltando sobre sus piernas sin avisar y derribándola de nuevo, trepando por su costado para hacerle cosquillas. — ¡Como ahora! — Y siguieron de risas rebozándose por el césped, hasta que su tía se levantó, agarrándole las manos. — Sí pues… Todos necesitamos que nos salven alguna vez. Hasta los pajaritos libres como el viento. — Dijo tratando de imitar su voz y saliéndole muy mal. Pero Erin y su tata se pusieron a picar a Marcus, y no le dio tiempo de responder. Dylan corrió a rescatar a su colega y ella intervino también, consiguiendo agarrarle del brazo. — ¿Veis? Yo también sé salvarle a él. — Dijo guiñándole un ojo con una amplia sonrisa.

A lo que dijo Erin protestó. — ¡Ey! ¡Yo estoy perfectamente! — Dijo poniéndose en pie de un salto. Vamos, por ella volvían a jugar a lo de los globos, pero no veía a los demás muy por la labor. Encima llegaron las madres. Se preparó para poner la cara de “perdón, soy un desastre Gallia”, pero la señor O'Donnell parecía tener un hechizo muy útil para limpiar la ropa, que le dejó alucinada. — ¡Hala, cómo mola, señora O’Donnell! — Exclamó. Dejó se que se lo echara con una risita y abriendo los brazos, como si la fuera a cachear. — ¡Ven, patito, que no pasa nada! — Miró a su madre con una sonrisa regañar a su padre, y se inclinó un poco hacia la señora O’Donnell. — Es que los hechizos de papá a veces son un poco caóticos. Una vez me dejó en blanco y negro, ¿sabe? — Se rio, perdiendo la mirada, pero cuano la devolvió, la señora O’Donnell la están mirando, pero negando con la cabeza. — No cabe duda de quién eres hija.¿A que no? — Aportó su madre con una carcajada. Bueno, si su madre se reía no sería malo. — Es igualita que William. Es como tenerlo a diferentes edades. — Emma rio un poco y le acarició la cabeza. — Ya estás, Alice. A ver, Dylan, que no se diga que no eres un chico valiente y guapo que viste como un galán. — Y eso hizo a su hermano cuadrarse inmediatamente y perder el miedo.

Gracias a las cositas de su padre, habían empezado todos a prestarle atención a la comida otra vez. Pero ella quería jugar con Marcus, llevaban ya mucho rato dedicándose a los demás, y ella quería estar con su amigo. Un poquito de egoísmo no venía mal de vez en cuando. Así que interceptó a su amigo y le tomó de la mano, llevándole por el jardín, mientras oía a su madre regañar de refilón a su padre. — Estoy cansada de compartirte con todo el mundo. — Y llegó hasta el roble robusto y con aspecto antiguo que había en el jardín. — Llevo queriendo subirme a este árbol desde que lo he visto. — Dijo trepando por él antes de que Marcus pudiera quejarse. Una vez en la rama, se descolgó con las piernas del árbol y miró a Marcus boca abajo. — ¿Ves? Por esto mamá no me ha dejado ponerme vestido. Bueno y por lo de rebozarme en el césped, supongo. — Se tiró de las trenzas. — Pero me ha hecho esto, ¿a que mola? — Se bajó de un salto con voltereta de la rama y avanzó hacia él. — Oye, ¿sabes que me dijo? Que me podía poner en cada ramal de la trenza una florecita ¡Vamos a buscar cada uno para una trenza! A ver quién tarda menos en traerlas de vuelta aquí al roble. — Echó a correr y se giró. — Tú lo conoces pero yo soy más rápida. — Y se alejó buscando ávida con la mirada. — ¡Y tengo mejor ojo para las plantas!

Había encontrado margaritas y brezos y llegó jadeando, pero Marcus ya estaba allí, tumbado a la bartola, con un montón de flores haciendo un montoncito junto a su cadera. Alice se sentó, recuperando la respiración, y se dejó caer, con la cabeza cerca de la de Marcus pero el cuerpo inclinado hacia el otro lado. — Jope, me has ganado. Pero mira — dijo levantando un brezo — , he encontrado brezos. Se parecen un montón a las lavandas, y a mamá le encantan las lavandas. — Se giró y miró al chico. — Estoy hablando demasiado, ¿verdad? — Se rio y apoyó la cabeza en el pecho de Marcus. — Mamá dice que, cuando me acelero, tengo que dejar de hablar y ponerme a pensar, y que me tengo que concentrar en oír mi corazón, y generalmente no me ayuda mucho, porque el corazón me va a mil y me dan ganas de hacer más cosas. — Cerró los ojos y tomó aire. — Pero tú eres más tranquilo, quizá si escucho tu corazón, sea más fácil calmarme… — Volvió a inspirar, concentrándose en el latido de Marcus, oyendo los pájaros, sintiendo el sol. — Me gusta cómo suena. Algún día seré sanadora, y podré oírtelo con uno de esos cacharros de los médicos de oír corazones. Y tú a mí si quieres, como cuando te dejó la enfermera Durrell. Solo que a lo mejor te altero un poco. — Sonrió y levantó la cabeza. — Mira. — Cogió la mano de Marcus y la puso en su pecho y ella la puso en el suyo. — Ahora laten a la vez. Es genial. — Y se dejó caer en la hierba.

Pero era Alice, no podía durar mucho rato callada. Giró sobre sí misma, para quedarse mirando a Marcus. — Oye, sé que has ganado, pero quiero hacerte una pregunta. Tú luego puedes preguntarme lo que quieras a cambio. Dos preguntas, de hecho, que has ganado en lo de las flores. — Aseguró, y luego enfocó sus ojos, ya normalizando su respiración. — ¿Qué es la legeremancia? ¿Y por qué todo el mundo se tensa cuando lo dice mi padre? Es un bocazas, la verdad… Pero yo le quiero. — Dijo ampliando la sonrisa.

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Vie Ago 20, 2021 1:01 am

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Hablar de legeremancia le tensaba, le ponía muy nervioso, como si de repente sintiera que todos los presentes eran legeremantes y podían ver lo que pensaban, y soltarlo por ahí indiscriminadamente, como hacía Lex. Lo bueno es que su padre y su abuela redirigieron el tema a la tarta, y él aprovechó para hacerse con un plato y empezar a comerse un trozo. Cuando Alice se dirigió a él, casi creía que le iba a decir lo que estaba pensando. Tss, qué tontería, Alice no era legeremante... Lo dicho, se ponía muy tenso. No era bueno tenerle tanto miedo a la legeremancia cuando tu propio hermano tenía esos poderes...

Su amiga, lejos de decirle en lo que pensaba, habló de otra cosa totalmente distinta y lo bueno fue que le venía bastante bien, porque era básicamente irse de allí y dedicarse a otras cosas. Apuró la tarta, dejó el plato en la mesa y se fue con ella, sonriente. Llegaron hasta el enorme roble de sus abuelos, pero el comentario de Alice le hizo mirarla sin comprender. - ¿Por qué? Los árboles no están para subirse. - Ya la había visto subida a algún que otro árbol de los terrenos de Hogwarts, a lo cual, honestamente, él no le veía la menor gracia. Al revés, un día se iba a caer y se iba a hacer daño. Pero daba igual, ya estaba la chica subida a ese también. Total, que había pasado de estar tenso porque le leyeran la mente, a estar tenso porque vaya que Alice se cayera del árbol.

Se le tensaron los músculos cuando la vio recolgarse de esa forma, pero suspiró al ver que solo era un jueguecito. - No me extraña. - Contestó a lo del vestido. Ladeó la sonrisilla al comentario sobre las trenzas y contestó. - Sí que molan, pero molan lo mismo con los pies en el suelo. - Y no cabeza abajo con el riesgo de caerte, aunque sí que era graciosa con las trenzas vueltas del revés, cosa que no pensaba decir en voz alta porque lo que le faltaba a Alice era darle más ideas. A pesar de que él no habría bajado así (bueno, él no se habría subido, para empezar), al menos ya la chica estaba en tierra firme de nuevo, así que atendió a lo que le decía y rio un poco. - Pues aquí hay un montón. - Ni siquiera le dio tiempo a que terminara la frase, porque Alice salió corriendo. - ¡Tramposa! ¡Como siempre! - Gritó en tono bromista. Sí, Alice siempre hacía lo mismo: le lanzaba un retito y, antes de que a él le llegara al cerebro, ya había empezado. Daba igual, él siempre se empeñaba en ganarla a pesar de sus estratagemas. Tenía que demostrar que ni con una trampa de las suyas podía con él.

Fue de cabeza donde sabía que su abuela tenía más flores, en concreto una fila de arbustos que crecían a la sombra del taller de su abuelo. Coleccionó algunas florecillas y volvió al roble, comprobando con triunfo como había llegado primero, por lo que se tumbó a disfrutar de su victoria, recibiendo a Alice con una sonrisilla cuando llegó. - Lo dicho, ni con trampas. - Dijo con superioridad. Miró lo que la chica le enseñaba. - Oh, es verdad que se parecen, no había caído. - Y bajó la mirada a su propio montoncito de flores. - Yo he traído estas porque son de colores distintos. Quería traerlas azules, pero había pocas, y me daba pena traerlas todas. - A ver si no iban a crecer más.

Miró a Alice y rio un poco. - Bueno, sí, pero yo también hablo mucho. - Aunque no tanto como Alice, la chica le superaba, y mira que era difícil. Su amiga apoyó entonces la cabeza en su pecho, así que él se tumbó del todo en el césped. El día estaba soleado y, aunque su madre le había secado el agua ya, aún notaba la piel fresquita. Además, acababa de comerse un trozo de tarta. Se estaba ciertamente bien allí, sin duda. Escuchó a Alice, pero lo que dijo le hizo pensar. - Oh, nunca me había parado a oírme el corazón. ¿Eso se puede hacer? - Era raro. Es decir, el corazón estaba dentro del cuerpo y eso, ¿podía oír por fuera el suyo propio? El de otro vale, pero el suyo... ¿No daba eso un poquito de grima? En lo que pensaba, Alice dijo que le gustaba como latía su corazón. - Ah, ¿sí? - Marcus solía oír muchos halagos y le decían que hacía bien muchas cosas, pero "me gusta como late tu corazón" no había sido nunca una de ellas, y al fin y al cabo él no tenía control sobre eso. Entonces Alice tomó su mano y la apoyó en su pecho, haciendo ella lo mismo en el de él. Abrió mucho los ojos y sonrió. - Sí que es genial. - La miró a los ojos. - ¿Puedes controlarlo? Yo no. - ¿Había hecho algo Alice para hacer que ambos latieran al unísono? Lo dudaba, aunque... Estaba bien. Simplemente, estaba bien. hizo lo mismo que ella y se tumbó en el césped de nuevo, sonriendo.

Había cerrado los ojos, porque estaba muy relajado y contento, hasta que escuchó a Alice hablar de nuevo. - Hecho. - Dijo con voz somnolienta y una sonrisita a lo de las preguntas, sin abrir los ojos. Pero cuando ella formuló la suya, se tensó otra vez y los abrió para mirarla. Tragó saliva.  - Eem... - ¿Ahora qué decía? A ver... Sus padres no lo iban hablando por ahí, pero... Era Alice, era su mejor amiga, confiaba en ella. Y a la vista estaba, viendo el día como iba, que eran casi como familia. Se mordió un poco el labio y, tras pensárselo un poco, se animó a hablar. - Vale, te lo cuento y te contesto pero... ¿Me prometes que no se lo vas a decir a nadie? - Miró a los lados, vaya que sus padres o Lex le escucharan y ya la tuvieran montada, y se puso de rodillas para acercarse a Alice y decírselo en confidencia. - La legeremancia es... Un poder mágico. Algunos magos lo aprenden, otros... Nacen con el don. - Encogió un hombro. - Como Lex. Mi hermano es legeremante de nacimiento. Por eso... - Echó aire por la boca y se rascó los rizos de la nuca. - Por eso sabe lo que piensas. Tú y todos. Lex puede leer la mente de la gente. - Frunció los labios. - Estoy harto de decirle que no lo haga, es de mala educación y... Es intrusivo. Es nuestra privacidad, no tiene por qué saberla. Pero él dice que no lo puede evitar. - Hizo un mohín y dijo con tono de niño enfadado. - Y mis padres le protegen un montón. - Arrancó un par de hojitas del césped. - Al menos podría ser más simpático, pero encima es borde, y se aísla... Pero claro, si va por ahí diciéndole a la gente lo que piensa... Ya le he dicho que así no va a querer ser nadie amigo suyo. - Suspiró. - Creo que ni mis padres, ni él. - Ni yo, pensó, pero eso no lo dijo. Le daba mucho miedo y le enfadaba mucho la legeremancia, no debería existir, así que definitivamente no quería que la gente supiera que tenía un legeremante en su familia directa. - Quieren que se sepa en Hogwarts. Mi madre ha estado entrenando con Lex para que lo controle más, pero no sé... Creo que no pone mucho esfuerzo, la verdad. O eso, o le encanta molestarme, porque cada vez que se le antoja suelta lo que yo pienso por ahí. - Volvió a arrancar un par de hojitas del césped y dijo. - Odio que haga eso. - Nadie se hacía una idea de cuanto.

Ladeó una mueca en los labios y dijo. - Vale, ya que hemos sacado el tema... Voy a hacer mis dos preguntas sobre esto. - Volvió a mirar a los lados, para comprobar que no había nadie por allí. - Tu padre ha dicho que podría haberlo heredado de alguien de la familia. - Le dio un escalofrío y se apresuró a decir. - Mis padres no son legeremantes, ni yo tampoco, claro. Ni mis abuelos. Ni tampoco nadie de la familia de mi madre, que yo sepa. - Aunque, lo dicho, cada vez que se mentaba el tema, se ponía nervioso y empezaba a sospechar de todo el mundo. Solo que, al rato, pensaba de nuevo con calma y se le pasaba. - ¿Tú crees que... Puede ser? - De pensar que tuviera otro legeremante en la familia y no lo supiera...

Se rascó el pelo de nuevo. - Y la segunda pregunta... - Ladeó una mueca. Esa era más incómoda aún, o más bien, le daba un poquito de miedo saber la respuesta. - ¿Qué te parece? Quiero decir... Entendería que ya no quisieras acercarte a Lex... Es mi hermano y yo le quiero y eso, pero... Es un poco raro... ¿Tú qué crees? -
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CON Alice EN Casa de los abuelos EL 30 de julio de 1996
Los árboles no están para subirse, menudo argumentazo, vaya. — Ni las plantas están para hacer pociones, y las hacemos igualmente. — Dijo ella con las palmas hacia arriba y encogiéndose de hombros. — ¿Tú nunca te preguntas cómo será lo que no conoces? Yo siempre pienso en cómo se verá el mundo desde este sitio y aquel, cómo cambiará, según el día o quién lo vea. — Dijo con ojos soñadores, mirando al cielo. Miró a su amigo y le dijo. — Tú eres más la tierra, yo soy el aire. Si encontramos agua y fuego, ya seremos los cuatro elementos y podríamos hacer alquimia a partir de nosotros. — Dijo riéndose. Sí, ya se iba enterando poco a poco de cosillas, algún libro le había conseguido André al respecto, por tal de animarla cuando Marcus se fue.

Cuando Marcus se extrañó tanto por lo del corazón. — ¡Claro! Con el fonendo, como cuando me desmayé y la enfermera Durrel me puso una parte aquí — dijo poniéndole el dedo en el pecho —, y los auriculares aquí. — Dijo señalándose las orejas. — Y eso que se oye, es el corazón. Y algún día lo oiré a mucha gente para curarles, como hace ella. Y oiré también cómo respiran, como le hace el médico a mamá que le dice “inspira así”. — Y Alice la imitó. — Pero yo lo hago sin toser. — Aclaró. Pero entonces le preguntó si podía controlarlo y ella le miró con el ceño fruncido. — ¡No! ¡Qué va! Dudo que nadie pueda controlar que los corazones de dos personas latan a la vez. — Sonrió más y se encogió de hombros. — Será que estamos sincronizados porque somos muy amigos y nuestros corazones lo notan. — Base científica no tenía mucha, pero bueno, es bonito pensarlo.

Marcus pareció pensarse un poco lo de contarle lo de la legeremancia, y sí que debía ser un tema tenso, porque Marcus y ella solían contárselo todo. Asintió, mirándole más seria. — Claro que no diré nada. — Dijo. Por descontado, lo último que querría sería perjudicar a su amigo. Escuchó la explicación de la legeremancia con los ojos muy abiertos y aguantándose cien preguntas del tipo “¿Y cómo lo oye, como voces? ¿Es desde que nació? ¿Aprendió a leer las mentes antes que a hablar? ¿Puede ser útil para según qué circunstancias?”, pero se mordió los labios por dentro y simplemente asintió a lo que le iba diciendo. Se encogió de un hombro y dijo. — Sí, ya me he dado cuenta, pero pensé que es que simplemente yo no le caía bien. Claro, que si siempre está oyendo lo que piensan los demás igual no quieres estar en un colegio rodeado de gente permanentemente. — Tenía hasta sentido. Torció el morro. Sí, había gente que podía ser cruel, o atosigarle a preguntas, y era lo que le faltaba ya a Lex. — No, claro, es normal. No diré nada, te lo prometo. — Dijo cruzando los dos índices y poniéndolos sobre sus labios a modo de promesa. No quería que ninguno de los dos lo pasara mal para nada.

Atendió a la primera pregunta con una sonrisa, aunque de esa no tenía una respuesta clara. Entornó los ojos y luego los achicó, pensativa. — ¿Que alguien más lo tenga? — Preguntó completando la duda de su amigo. — Pues… Si eres de nacimiento, lo más normal es que lo heredara de alguien. Si tuviera que apostar alguien, diría tu madre, porque parece que sabe lo que va a pasar todo el rato, pero eso creo que es una capacidad de las madres porque la mía, a veces, estoy sin más, pensando cuál será la mejor manera para subirme a algún sitio o que pasará si pongo en marcha algún mecanismo, y ya suelta “¡Ni se te ocurra, Alice Gallia!” Y te juro que no digo nada, solo lo pienso. Así que tampoco sabría decirte. — Le miró ladeando la cabeza. — ¿Tú no has notado nunca nada de nada? ¿Ni una vocecita? ¿Un susurrito? ¿Una pista? — Pero, viendo la cara de Marcus, se puso a reír. — Que es broma. Si es que en verdad no sé qué contestarte, porque me acabo de enterar de que esto existía. — Dijo con sinceridad.

A la segunda pregunta abrió más todavía los ojos, porque le había pillado un poco desprevenida. Luego negó reiteradamente con la cabeza. — ¡No! ¡Para nada! A ver… — Se rio un poco y levantó las palmas de las manos. — Todos tenemos rarezas y no nos dejan de lado por eso. O sea, mira Dylan, hace eso de percibir los estados de ánimo de la gente, ¿sabes? Y luego lo pregona y suele crear situaciones incómodas, y en fin, mi padre está fatal de la cabeza, y siempre está haciendo el cabra y yo le adoro así. — Se sentó y se encogió de hombros, mirando a la hierba que Marcus había estado arrancando, posando su mano sobre la de él, haciendo que soltara las hierbecitas al acariciar su palma, porque lo notaba nervioso y enfadado, probablemente porque el tema de su hermano le ponía tenso. — Y luego estoy yo, que me subo a los árboles, y no paro quieta, y no callo… Y tú estás aquí conmigo jugando, ¿no? — Dijo ladeando la cabeza y mirándole a los ojos. — No opino nada porque no hay nada que opinar. Es el hermano pequeño de mi mejor amigo, es un chico especial al que seguro que no todo el mundo entiende. No es superguay que me lea la mente y sepa que la voy a liar o algo así, pero tampoco me importa. Sería injusto enfadarme con Lex o que me cayera mal por ello, porque él no lo ha pedido. — Y eso era todo, no tenía que preocuparse más. Lo que quería es que olvidara todo aquello, y se pusiera contento otra vez y pudieran hacer el tonto como les gustaba a ellos. Se incorporó. — Venga, vamos a seguir jugando. en Hogwarts se me ocurrió un juego muy chulo, que se basa en que lso distintos tipos de plantas puntúan según un reto que pongas, y dependiendo de si buscas un planta rara, una medicinal o un tipo de flor, te van puntúa más o menos. Mi madre tiene apuntadas las tablas de puntos que hicimos juntas cuando volví, vamos a por ellas y jugamos si quieres, seguro que tu abuela Molly hace de juez. — Dijo ofreciéndole la mano y una sonrisa.

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CON Alice EN Casa de los abuelos EL 30 de julio de 1996
Se quedó pensativo. Sí, él se preguntaba muchas cosas, aunque más bien eran del tipo cómo podría mejorar algo, qué más podría saber de algo, cómo podría hacerlo perfecto o llevarlo supercontrolado. La alegoría sobre alquimia le gustó y le hizo mirarla sonriente. - Hala, eso me gusta. - Se puso muy erguido y perdió la mirada, con una sonrisa de satisfacción. - Yo soy la tierra. - Sí, sonaba bien, sonaba bastante guay. Miró a Alice y rio un poco. - ¿Aire? Yo más bien diría un viento incontrolable. - Bromeó y luego ladeó la cabeza para pensar. - ¿Crees que Sean y Hillary podrían ser el agua y el fuego? Hmm... Yo diría que Sean sería el agua, porque a vece es un poco denso. - Su amigo a veces estaba cuajado, la verdad. Luego decía cosas que era como, ¡wow! Él no se había dado cuenta de eso. Tenía un ojo increíble para los detallitos, esas cosas que solían pasar desapercibidas, y sabía un montón de pociones, porque su abuela era pocionista. Pero otras veces era muy lento, y Marcus se impacientaba. - Y Hillary sería el fuego, claro, porque cuando se enfada... - Abrió mucho los ojos, con una muequecita. La chica era muy simpática, pero a veces se volvía de un gritón... Aun así, no le terminaba de convencer mucho eso de Sean como agua y Hillary como fuego, definitivamente él como tierra y Alice como aire pegaban más. Ya encontrarían a los otros dos.

Escuchó a Alice hablar de medicina. Marcus era un poco aprensivo, no le gustaban mucho esas cosas, pero sí que le gustaba oír a Alice hablar de ellas, porque lo hacía todo mucho más interesante. Valoró la hipótesis de por qué latían los corazones a la vez y sacó un poco el labio inferior. - Supongo que tiene sentido. - Muy científico no sonaba, pero... Bah, qué más daba. Estaba de vacaciones, estaba contento, y estaba con su familia. No se iba a poner quisquilloso.

Él también había pensado que tenía que ser incómodo estar rodeado de gente a la que puedes oír pensar. La cuestión es que Marcus tenía la firme creencia de que Lex, efectivamente, había nacido con el don, pero lo usaba a conveniencia. Se basaba en que no solía ir diciendo por ahí lo que papá y mamá pensaban, pero bien que lo soltaba sobre él cuando quería molestarle. A la primera pregunta de Alice, ciertamente deseaba una respuesta tranquilizadora, algo así como "no, que va, eso son cosas de mi padre". Pero la chica dijo que podría tener sentido, y Marcus ya se estaba rayando. ¿Quién de su familia podría ser legeremante también? ¿Sería su madre, como Alice decía? No, no creía que fuera su madre, nunca le haría eso, en fin, era su madre... Aunque podría haberlo sido de nacimiento y que no se lo hubiera dicho... No, no podía ser. De los O'Donnell, ninguno lo era, estaba seguro, como mucho su abuelo. Él también hacía cosas como eso de "sé lo que estás pensando", pero Marcus creía que solo era una forma de hablar. En cuanto a los Horner... No tenía tanta relación con los Horner, pero quería pensar que se habría dado cuenta si alguno fuera legeremante. Porque claro, Marcus se creía lo suficientemente inteligente como para detectar eso en la familia de su madre.

La miró como si le hubiera preguntado si había matado a alguien cuando insinuó que si oía él algo, pero ella en seguida dijo que era broma. Echó aire por la boca. - Debería aprender oclumancia, pero mis padres no me quieren enseñar. - Dijo con un mohín. Se giró a Alice para explicárselo. - La oclumancia es la capacidad de cerrar la mente para impedir que entre nadie, ni siquiera un legeremante puede leer la mente de alguien que domina la oclumancia. Pero mis padres dicen que eso es muy difícil, que solo saben hacerlo los magos muy experimentados y adultos, y que cuenta como magia, por lo tanto no puedo hacerlo fuera de la escuela por ser menor... Tss. Claro, pero Lex sí puede leer mentes porque como nació así... - Se quejó. Sabía que se ponía un poco crío con ese tema, pero es que era superinjusto.

Lo bueno es que Alice no se había planteado rechazar a Lex. La miró y sonrió. - Ojalá todo el mundo piense como tú. - Lo dicho, él mismo actuaría de otra forma con respecto a Lex si no fuera su hermano. Pero Alice era muy buena persona, claro, era hija de Janet. Rio un poco. - Dylan es muy gracioso, aunque es verdad que es un poco chivato. - Y que no era lo mismo decir "te veo triste" que soltar lo que estabas pensando, ¡por favor! Solo de recordarlo le daban escalofríos. Puso una muequecita cómica y miró a Alice con los ojos entrecerrados. - Algún día voy a dejar de jugar contigo, pero porque te vas a matar. - Rio. - Tú eres divertida. - Le ponía un poquito nervioso lo de ponerse en peligro continuamente, pero bueno, lo compensaba con lo demás. Sonrió contento y se movió por el césped para pegarse a ella. - ¡Vale! - Aseguró a lo de seguir jugando, pero luego la miró y le dio un toquecito hombro con hombro. - Eres la mejor amiga del mundo. Seguro que a Lex le caes genial. - Y si no era así, definitivamente su hermano era muy rarito.

Llevaban tantas horas allí que se les estaba empezando a echar la noche encima. Los padres amenazaron varias veces con irse, pero sus abuelos insistieron en que tenían que quedarse, hasta su tía Erin no paraba de buscar excusas para retenerles, y Violet también. Era un no parar, las dos tías habían resultado ser las más divertidas y las que más jugaban con ellos. Dylan y Lex parecían haber hecho buenas migas, y andaban por ahí. Porque, claro, ya había tardado mucho su hermano en sacar a Noora a relucir, y Dylan estaba encantado con ella. Marcus ya había advertido de que mordía, cosa que Lex desmintió, y Marcus desmintió lo desmentido contando el día que él mismo se llevó un bocado en el dedo, y Lex aseguró que había sido su culpa. Claro, porque no tenía Marcus otra cosa que hacer que meterle el dedo en la boca al bicho ese. En fin. Al final habían acabado los adultos por un lado, Lex y Dylan por otro y ellos por otro. - Venga, ahora un juego en el que tú no vayas con clarísima ventaja. - Dijo para picar a Alice, porque menuda derrota estrepitosa había tenido con lo de las plantas. Apoyó la cabeza en el sofá y respiró hondo. Todos los adultos estaban en el salón principal y los hermanos en el porche, mientras ellos estaban en la sala de estar. - Tiene que ser algo de pensar. - Al menos ahí no había ningún árbol al que subirse.
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Sáb Ago 21, 2021 12:22 am

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CON Alice EN Casa de los abuelos EL 30 de julio de 1996
Alice apretó los labios y valoró. — ¿Sean el agua? No sé yo. El agua es clara, y fluye superfuerte al principio y muy tranquila al final… No me pega nada de eso con Sean. — Dijo entre risas. Luego se puso las manos detrás de la cabeza y soltó una carcajada. — Hillary puede ser el fuego cuando se enfada, sí. Pero, una cosa te voy a decir, no le duran nada los cabreos. El fuego tiene que ser alguien que… Que tenga un fuego dentro. Siempre, alimentándolo, pero no dejando que se descontrole. — Ella no era la más adecuada para lo último, le resultaba difícil poner límites, desde luego. Pero eso ahora le daba igual. — De momento tiraremos con la tierra y el aire. — Zanjó con una risita.

Se incorporó de golpe con lo de la oclumancia. — ¿Se puede aprender eso? Buah, chulísimo. — Se encogió de hombros y le miró con superioridad. — ¡Anda ya, O’Donnell! Si se puede aprender, en un par de años lo tienes dominado. — Dijo, obviando todos los obstáculos que le había puesto Marcus por delante, porque si solo se centraban en lo malo… Se limitó a torcer la cabeza para mirarle como un angelito y decir. — Pero hasta que ese día llegue, lo vamos a disfrutar. — Y lo pensaba de verdad. O sea, esperaba que Marcus nunca se cansara de ella, de ser su amigo, pero desde luego no iba a rayarse con cuánto tiempo pudiera faltar para tal cosa. Y menos cuando, al levantarse, le dijo aquello. Le miró con una sonrisita y le devolvió el toque. — Para el mejor amigo. — Dijo mientras se alejaban a seguir jugando.

Y vaya si jugaron. Es que tener a las tías lo aderezaba todo, y los pequeños estaban entretenidos con el bicho aquel de Lex así que prácticamente tenían libertad. Empezaba a estar agotada, pero mucho se cuidaba de demostrarlo, sobretodo porque sus padres parecían muy inclinados a quedarse, y ella pensaba sacarle todo el rendimiento del mundo al día, o más bien la noche en la que se había convertido ya. En un momento dado, se fueron a la sala de estar, y agradeció internamente al completo poder derrumbarse sobre el sofá. De hecho, se quitó las sandalias y dijo. — ¿Crees que a tu abuela le importara que me tumbe un poquito? Últimamente me duele un poco la cadera, mamá dice que estoy creciendo, pero memé dice que me voy a quedar así que chiquita. — Porque no comía, esa era la explicación que daba, pero como le diera esa baza a Marcus, sí que estaba perdida.

Su amigo propuso jugar a algo que fuera de pensar, y ella intentó hacer un repaso mental por todos los juegos que se sabía, cuando notó que se le nublaba el pensamiento de sueño en aquel sofá tan cómodo. No, no, no podía dormirse. — A ver, es que fuera del colegio no podemos jugar a nada que sea de lo que mejor se te da a ti que es Encantamientos. Pociones se nos da bien a ambos, y Astronomía, ojalá hubiéramos quedado dentro de diez días y pudiéramos ver las perseidas… A la jefa le parecería una actividad genial, y ya empezaría “¿son de cola azul, blanca o verdosa? ¿Serán de origen intracinturón o extracinturón?” — Eso, hablar mucho, si estás hablando no te duermes. — ¡Oh, ya sé! A ver, es un juego de quién es más probable que hago lo que digo. Si dices lo mismo que estaba pensando yo, punto para ti. Veamos, te pongo tres supuestos… — Hizo un esfuerzo por pensar. — ¿Quién sería más probable que perdiera puntos de Ravenclaw? ¿A quién es más probable que llamara si me metiera en un lío? ¿Y quien sería más probable que se metiera en un lío y tuviera que llamarme a mí para arreglárselo? — Sip. Seguro que a lo primero respondía que ella, pero Alice había pensado en Monica Fender, luego el prefecto bien, y la tercera Poppy, que era muy buena niña, pero a veces de buena y cándida que era, la acababa liando, y para resolver problema, Alice era más resolutiva. Ay no, Marcus, ¿por qué tardas tanto?... Así… Iba acabar por tener que descansar los ojos…

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CON Alice EN Casa de los abuelos EL 30 de julio de 1996
Apoyarse en el sofá y tener ese momento de relax puede que no hubiera sido muy buena idea, porque de repente le había caído el cansancio encima como si le hubieran echado un cubo de agua. No se lo había notado mientras estaba de pie y haciendo cosas, pero el sofá de sus abuelos era peligrosamente cómodo. La pregunta de Alice le hizo reír. - Te aseguro que no le importa. - Lo de quitarse los zapatos, ahora que había visto a Alice hacerlo, resultaba demasiado tentador... Pero estaban con mucha gente allí, no debería subirse entero al sofá... ¿No? Aunque, en realidad, allí solo estaba Alice y ya estaba descalza igualmente. Marcus era tan protocolario que no consideró quitarse los zapatos en la sala común para subir los pies al sofá hasta febrero prácticamente. Esa era la casa de sus abuelos, había confianza... Pero igualmente, con toda la familia allí...

Se puso a pensar, de hecho, en juegos de pensar, pero cada vez se estaba doblando más en el sofá y no se le ocurría ninguno. Menos mal que Alice habló, y en ese momento notó como si saliera de una pompa en la que no recordaba haberse metido. Parpadeó varias veces y la miró. - Sí, las perseidas. - Corroboró un poco ido, aunque su imitación de la Señora Granger le hizo reír. Menos mal que Alice no tardó en dar con un juego. Eso, sí, así se espabilaría, pensando, intentando ganarla para tener su revancha por el juego anterior. Se giró un poco para mirarla y... ¡Qué diablos! Estaba ya harto de los zapatos, así que se los quitó también y cruzó las piernas sobre el sofá, mirando a su amiga de frente.

Bien, juego de pensar, genial, eso le gustaba y le veía bien. Esbozó una expresión pensativa. - ¿Quién es más probable que pierda puntos de Ravenclaw? - Repitió, reflexivo, acariciándose la barbilla. - Yo diría que... ¡Tú! - Al decir eso último, picó con un dedo en sus cosquillas cómicamente, riendo. - Me has vendido la respuesta con la siguiente pregunta, diciendo eso de meterse en un lío. - Dijo entre risas. - Además, ¿quién va a ser? Es un milagro que no nos quitaran mil puntos cuando lo del laboratorio de Alquimia. - Mejor ni se acordaba, que se ponía malo. - Con respecto a la siguiente pregunta... - Dijo en tono lánguido, pensando. En lo que pensaba, le sobrevino un bostezo. Uf, le escocían los ojos. Se los frotó un poco y volvió al lugar en el que se había quedado. - Yo diría... Que lo más lógico es que llames a uno de los dos prefectos... Aunque también me llamas a mí muchas veces... Pero voy a decir... - ¿Por qué se sentía tan lento pensando? Ahora no era capaz de decidirse entre Graves, Harmond y él mismo. Se frotó los ojos otra vez. Si hace cinco minutos no tenía nada de sueño, ¿qué le pasaba ahora? Espabila, Marcus, para un día que está Alice aquí. - Voy a decir el Prefecto Graves. Yo también le llamo siempre. - Claro, indudablemente era su opción favorita. Aunque obviamente no se iba a llamar a sí mismo.

Parpadeó con pesadez. - Y la tercera... - Volvió a apoyar la espalda en el sofá. Mal asunto, pero es que notaba que le pesaba la cabeza en la otra postura. - ¿Quién es más probable... que metas en un lío? - Espera, es que la última había sido enrevesada y se había perdido un poco. A ver si no iba a ser buena idea eso del juego de pensar. Se frotó un ojo una vez más. - ¿Que te llame para que le saques de un lío? ¿A ti? Pues alguien muy ingenuo. - Dijo entre risas. - Tu hermano, supongo. Espera, ¿tiene que ser alguien de Hogwarts? Am, entonces... ¿Poppy? - Sí, recordaba a la perfección el día que la pobre Hufflepuff se había quedado atascada en las escaleras e intentaba buscar a Alice, pero se había acabado topando con él. Bostezó otra vez. Por Merlín, que sueño...

Mejor seguir pensando, que al final se iba a quedar dormido. - Vale, ahora yo... Ah, espera, ¿cuántos puntos me llevo? - Lo dicho, estaba lento. Se acomodó un poco más en el sofá, era tan blandito... - ¿Quién sería más probable que...? - ¿Y ahora qué se inventaba? No se le ocurría nada. Quizás si cerrara los ojos se concentrara mejor... Le escocían un poco. - Mmm... Que tenga... Un compartimento secreto, como el de mi tía. Pero tiene que ser alguien de Hogwarts. -
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Sáb Ago 21, 2021 6:44 pm

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CON Alice EN Casa de los abuelos EL 30 de julio de 1996
Al menos, las cosquillas la despertaron un poco. Se retorció y agarró la mano de Marcus. — ¡Para! ¡Y no, no señor! Yo estaba pensando en Monica Fender, listillo. No soy taaaaan mala. — Sí lo era, pero Monica Fender era peor. Y era la novia o algo así de Howard así que… Ella podría seguir siendo amiga de Marcus cuando fuera como Howard, que Alice no era su novia y no era tan desastre, aguantarían hasta mejor. Y no sabía por qué últimamente le obsesionaba tanto esa cuestión. — Qué exageración, mil puntos… No hay ni tantos. — Dijo muy segura. Esperó que contestara las otras dos, pero de verdad que se estaba durmiendo, ya con todas las letras. Oyó el nombre de su amiga y abrió los ojos de golpe. — ¡Sí! Eh, qué listo. — Dijo dándole en el brazo. — Y lo del prefecto Graves también, aunque, pensándolo mejor, igual te llamaría a ti primero, al menos hasta que seas prefecto, porque... — El bostezo se le había pegado, y se tapó la boca con la mano. — De momento, no puedes quitarme puntos. — Sentía los ojos muy muy pesados, pero Marcus claramente quería seguir jugando, que se estaba riendo, y estaba pensando cómo seguir. Tenía que aguantar como fuera.

¿Cuántos puntos? Había perdido un poco la cuenta. — La del prefecto te la voy a dar como buena porque, siendo justos, era lo primero que había pensado… Pero en la primera te has equivocado… Así que… — Y otro bostezo. — Dos. Dos puntos. — Puso una sonrisilla traviesa, aunque se le caían los ojos. — Ahora ya sé que tengo que hacer tres y ganarte. — Dijo con intención de picarle. Bueno, eso sería si se enteraba de la pregunta, porque ahora mismo la voz de Marcus le resultaba tremendamente lejana. Espera, creía que lo tenía. ¿Un compartimento secreto? Hmmm. — Supongo que decir cualquiera no valdrá. Pero es que literalmente cualquiera querría algo así. Pero me voy a mojar y voy a decir… — Los ojos se le estaban cerrando y había mucho silencio, sentía como si el sofá la tragara. — El profesor Antares. Para esconder los compuestos y las pociones peligrosas de los curiosos como yo… — Y mientras lo decía, se fue resbalando un poco por el sofá.

¿He acertado? — Preguntó a media voz. — Pregúntame… Más… — Ya en verdad no sabía lo que decía. Se dio cuenta de que Marcus estaba muy calentito, y empezaba a entrar un aire curioso por las ventanas, lo que hacía más atractivo pegarse a él. Oh, y podía apoyarse en su hombro, que no era tan cómodo como el sofá… Oh, pero si estaba tumbada, ¿cuando se había tumbado? Ay, qué más daba. Solo dormiría un segundito y se despertaría con más fuerzas y más calentita y descansada…

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Dom Ago 22, 2021 1:22 am

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CON Alice EN Casa de los abuelos EL 30 de julio de 1996
-  De momento. - Dijo con una sonrisilla ladeada, aunque con los ojos medio cerrados. Alice también estaba bostezando. Si es que estaban cansadísimos, ¡pero no estaban aburridos! Al revés, si habían sido ellos quienes habían insistido en quedarse allí. Tenían que aprovechar la noche o, si no, a la próxima sus padres iban a decirles que para qué se querían quedar, si iban a estar ahí en el sofá sin hacer nada. No, no, y el juego estaba muy interesante, así que aún les quedaban muchas preguntas por hacerse.

- Pfff otra vez haciendo trampas. - Dijo arrastrando las palabras y cruzándose de brazos, aunque de una forma muy lánguida, mientras se escurría un poco más en el sofá. Era tan blandito. -  Vale, pues dos puntos. - Tampoco estaba mal, dos de tres. Seguro que ella no le superaba, aunque para eso tenía que estar muy lúcido e idear algo difícil. Alice se pensó la pregunta, tanto que se medio sobresaltó cuando respondió, como si alguien hubiera hecho un ruido y le hubiera... ¿Despertado? ¡No, no estaba dormido! Parpadeó un par de veces para espabilarse y puso una sonrisilla. - No, no vale. - Tss, se despistaba un segundo y ya le iba a hacer trampas otra vez, si es que no la podía dejar sola. Mejor estaba más atento... Atento a como a ella parecía que también se le caían los ojos, y como bostezaba, lo cual le hizo bostezar a él también. Vaya por Dios.

El Profesor Antares. Pues no lo había pensado, era una buena respuesta. Jo, ¿por qué no había pensado en los profesores? Sí que estaba poco lúcido... - No, era yo. - No se lo había pensado mucho, la verdad. Es que a ver, él quería un compartimento secreto, eso valía como respuesta, ¿no? Pf, es que no tenía ganas de pensar tanto... Tenía ganas de jugar, pero a algo más sencillito... Cualquiera diría que el juego lo había propuesto él. Se arrellanó en el sofá, y estaba llegando a un punto en que no diferenciaba muy bien de cuando tenía los ojos abiertos y cuando los tenía cerrados, era como si le pesaran mucho al tenerlos abiertos, pero pudiera seguir percibiendo el entorno al tenerlos cerrados. O imaginárselo. Bueno, o algo así. Estaba demasiado cansado para pensar tanto.

Pero su amiga le dijo que le preguntara más. Ah, y ella sí podía cerrar los ojos, qué graciosa. Pues él también quería descansar y no pensar, no te fastidia. - Voy... Estoy pensando... - Dijo con voz adormilada, y ya sí que tenía los ojos cerrados. Cada vez le costaba más abrirlos. Llenó el pecho de aire lentamente y lo soltó poco a poco, pensando... Estaba muy cómodo, estupendamente cómodo, y realmente, si Alice estaba descansando los ojos, tampoco tendría tanta prisa por oír su pregunta, ¿no? Quizás todo lo que él necesitaba era eso también, cerrar los ojos. Solo un minutito, el tiempo para sentir que los había descansado y que ya no le escocieran, ni tuviera que emplear tantas energías en tirar de sus propios párpados. Además, había encontrado la postura perfecta, y Alice también, porque había apoyado la cabeza en su hombro, y ahora él podía apoyar la cabeza en la de ella. Sí, solo necesitaba un minutito así y se le ocurriría la pregunta perfecta...

Se removió un poco, aunque estaba supercómodo... Bueno, le dolía un poquito el cuello, pero estaba muy a gustito en general. Se aferró un poco más a su almohada y... Un momento. ¿Su almohada? ¿Estaba en su cama? ¿Cómo había llegado a su cama? No recordaba haber vuelto de casa de los abuelos, y ya hacía tiempo que tenía un tamaño considerable como para que nadie se lo hubiera llevado en brazos. Esa no era su cama, no se sentía como su cama, y lo que abrazaba no era su almohada, definitivamente. No, sus manos no estaban tocando sus sábanas, la tela parecía de ropa y... ¿Piel? Oh, oh.

Abrió los ojos. A Alice, estaba abrazado a Alice. Más aún abrió los ojos, como platos, tan pronto se percató de la circunstancia. Era mucho más de noche de lo que recordaba. Oh, por Merlín, ¿¿se había quedado dormido?? ¿¿Abrazado a Alice?? Intentó moverse, pero la chica estaba prácticamente encima de él y se agarraba a su cintura. Ay, madre. Qué vergüenza, eso no estaba bien. No estaba nada bien. Por partes: en primer lugar, se había quedado dormido en una casa que no era la suya. Vale, sí, era la de sus abuelos, pero no estaba allí para quedarse a dormir, estaba como invitado. Punto dos, se había quedado dormido en el cumpleaños de su tía, encima que la mujer había venido expresamente desde la otra punta del mundo a celebrarlo, y él allí, durmiendo. Punto tres, ¡él deseando invitar a los Gallia y hacer buenas migas, y se queda dormido cuando aún estaban ellos allí! ¿Le habrían visto? ¿Qué pensarían de él ahora? ¡Qué vergüenza! Punto cuatro, ¡había sido su idea quedarse más tiempo! ¡Y va y se queda dormido, en vez de aprovecharlo! Y punto cinco y más importante de todos... ¡¡Estaba durmiendo abrazado a una chica!! ¡¡Y con su familia allí!! ¡¡Y la de ella!! Esto no está bien. No, esto no está bien.

¿Y ahora qué hacía? ¿Se levantaba? La iba a despertar. ¿Y si Alice se lo tomaba mal? Parecía que la estaba escuchando: "jo, Marcus, yo quería jugar, y ahora me he quedado dormida y no hemos aprovechado nada, ¿por qué no me has avisado?". Seguro que se mosqueaba, vamos. Buf, y porque no se estaba parando a pensar en lo que diría del hecho de que la estuviera achuchando como si fuera su almohada. ¡¡Ah, Dios, qué vergüenza, solo de pensarlo se notaba colorado como un tomate!! Intentó retirarse despacito, apoyando las manos en el sofá para tratar de escurrirse de debajo del cuerpo de Alice. Pero no había forma, no se veía con la agilidad y el sigilo para hacer eso sin despertarla, y la chica debía haberle confundido con su almohada también porque le tenía bien agarrado. Por favor que no entre ningún mayor, por favor que no entre ningún mayor, pensaba sin parar. Respiró hondo. A ver, Marcus, ¿qué prefieres? ¿Pasar la vergüenza de tu vida con tus padres o, peor, con los padres de Alice? ¿O que Alice se mosquee contigo? Definitivamente, lo segundo. Si total, seguro que se le pasaba pronto... Esperaba. - Alice. - La llamó en un susurro. Jo, pero es que le daba pena despertarla... Para una vez que estaba tan tranquilita. - Ey... Alice... - Volvió a susurrar, pero ni caso. Le dio un par de toquecitos suaves con el índice en el brazo. Jolín... A ver cómo se salía de ese jardín.
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Dom Ago 22, 2021 1:30 pm

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Estaba teniendo uno de esos sueños pesados en los que mentalmente empiezas a despertarte, pero te es absolutamente imposible abrir los ojos. Bah, ¿quién necesitaba moverse? Siempre le estaban diciendo que tenía que dormir más… ¡Espera! ¡Si el último recuerdo que tenía era estar en casa de los O’Donnell con Marcus! Y ya tomó conciencia, aunque seguía cansadísima sin poder abrir los ojos. Bueno, vale, se había quedado dormida, pero… ¿Ese que la estaba abrazando no era Marcus? Ah, entonces será que no le importaba mucho que se hubiera quedado dormida, y qué amable por su parte abrazarla. La verdad es que estaba a gustisimo, calentita y cómoda. Bah, si había dormido un rato ya, no importaría que durmiera otro poco ¿no?

Pero claro, Marcus tenía que ir a la contra. Siempre quejándose de que no paraba quieta, y ahora que quería dormir, empezaba a llamarla. Qué tío. Pero ella solo se revolvió un poco y se abrazó más a él, a ver si así le disuadía de levantarse y seguían durmiendo. Y estaba dispuesta a hacerse la muerta si hacía falta, pero justo entonces oyó una voz atronadora. — ¡Pero bueno! ¿Qué significa esto que ven mis ojos? — Suspiró, sin abrir los ojos. — Papá… — Dijo quejosamente, con intención de regañarle, de decirle que Marcus no pillaba esas bromas, que se iba a agobia, pero no le salió ni abrir los ojos. — Primero oigo que te tuteas con mi mujer y ahora te encuentro durmiendo con mi hija, eh. — Era como si pudiera verlo, con los brazos en jarras, exagerando mucho la posición y la cara de enfado. Qué payaso era. Y ella que solo quería dormir. Pero notó como Marcus se quitaba de su lado y ella caía como un saco de patatas el sofá. Perfecto, seguiría durmiendo.

¡No acepto excusas! ¿Dónde está la carabina que estaba vigilando que aquí no pasaba nada deshonroso? ¡William! ¿Has despertado a la niña? Yo te mato. — Saltó su madre, acercándose hacia ella y acariciándole el pelo. Luego oyó que debía decirle a Marcus. — Pues sí que la has cansado, cariño. No la veía dormir así desde hace tiempo. — Ella aprovechó y se agarró a la mano de su madre como suplicando “dejadme dormir”. — De verdad, Gallia, deja de traumatizar a mi hijo, ¿no ves que no ve que es una broma? Ahora la coge con lo que le has dicho y ya va a estar una semana con la misma estrofa. Y ya está muy largo para dormir entre Emma y yo. — Eso provocó las risas de los demás, pero a Alice solo le dio para abrir un ojo y mirar a Marcus desde ahí con una sonrisita. Se lo había pasado de miedo y había dormido mejor que en años, si tuviera fuerzas para hablar le daría las gracias, pero de momento, le sonreía para que se sintiera mejor y no se tomara en serio a su padre.

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Dom Ago 22, 2021 2:38 pm

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Bien, Alice se estaba moviendo, la había despertado... O no. Solo se removió y siguió durmiendo. Echó la cabeza hacia atrás y resopló en silencio con una mezcla entre frustración y agobio. Y en esas estaba cuando oyó la voz del Señor Gallia. Aparte del susto en sí, porque su voz sonaba fuerte y alta y estaban en tal silencio que no la esperaba, y aún un poco aturdido por el sueño, es que era probablemente LA ÚLTIMA persona que quería que le viera en esas circunstancias. ¡¡Y le estaba regañando!! ¡¡El Señor Gallia!! ¡Claro, como que estaba abrazado a su hija en el sofá, y sin los zapatos y todo, ahí tirados de cualquier manera! Se quería morir. Pero antes de morirse, al menos se tenía que justificar. Si es que le salían las palabras.

- Yo, yo... - Ya estaba tartamudeando, así no iba a ninguna parte. Ah, y por supuesto, Alice ni se retiraba, ¡pues claro! Nada, Alice, tú sigue en tu maravilloso mundo de negligencia dormida, ¡a ver si puede ser que no nos veamos más! Pensó. El Señor Gallia seguía enfadado, ¡y además se había enterado de lo de su secretito con Janet! Es decir, con la Señora Gallia. Oh, Dios, ¡¡si sabía él que no se podían tutear a los adultos de fuera de la familia, ya se lo habían advertido sus padres!! Quería llorar.

Ya sí que se retiró de donde estaba, haciendo a Alice caer al otro lado, pero ya no había delicadeza posible ahí porque sentía que se estaba jugando el pescuezo, o peor, su reputación ante alguien a quien admiraba muchísimo. ¡Como fuera él el culpable de que las familias se separaran otra vez, no se lo iba a perdonar en la vida! - Señor Gallia. - Afirmó, poniéndose de pie y muy formal, o al menos todo lo que el temblorcillo le dejaba. - Puedo asegurarle que solo estábamos jugando a... - Aaaay los jueeeegos. - Dijo la voz cantarina y socarrona de Violet, que acababa de aparecer por allí claramente llamada por el jaleo. Marcus tragó saliva y prosiguió. - ...Juegos de pensar, intelectuales, pero es que el sofá era muy cómodo, y yo iba a descansar la vista, y por un momento he debido entrar en un estado de confusión... - Desde luego... - Volvió a decir Violet entre risas. Su tía Erin le dio en el brazo, una vez más con intención de que dejara de echar más leña al fuego. - Y... Pensé que estaba en mi cama, yo solo quería abrazarme a mi almohada, ha sido un momento y en cuanto me he dado cuenta la he soltado, se lo juro. - Iba por la mitad de la frase y ya estaba escuchando las carcajadas de William. ¿Sería como cuando los malos de las novelas se reían antes de matar al protagonista, o le había hecho gracia de verdad? Estaba tan nervioso que ya no distinguía.

Al parecer, se acercaba más a la primera opción, porque le dijo claramente que no quería oír sus excusas y... No sabía lo que era una carabina, pero no sonaba bien. Deshonroso sí sabía lo que significaba, bueno más o menos, y de verdad que iba a apresurarse en desmentir, pero ya se notaba los ojos brillando y la voz le iba a salir muy temblorosa como empezara a hablar. Janet trató de apaciguar aquello y se fue hacia ellos, y cuando le habló notó como le salía un puchero, pero trató de recomponerse para decirle. - Señora Gallia, creo que es mejor que la siga llamando siempre señora Gallia. - Eso hizo a Janet reír, y debió de parecerle muy adorable porque directamente le abrazó con ternura. - Ay, pobrecito mío. Mi marido está de broma, cariño, no le hagas caso. - ¿Broma? A él no le parecía una broma. Y a Violet, si se lo parecía, desde luego no estaba colaborando en relajar el ambiente. - Uy, ¿has oído eso, William? La ha cansado un montón. - ¡Vivi! - Riñó Janet, apurada, mientras aún le seguía abrazando, y Marcus se dejó abrazar, encogiéndose un poco. Quería hacerse pequeñito como Dylan y que aquello no estuviera pasando.

Oh, y el que faltaba allí: su padre. Pues nada, ya que llamaran a su madre y se terminaba de morir, si eso. Aunque, al parecer, su padre parecía estar de acuerdo con eso de que solo era una broma. Hasta que no lo oyera de boca del propio Señor Gallia, Marcus no se lo pensaba creer. Y William no desmintió nada, al contrario, se giró a su padre y le dijo. - Tú y yo deberíamos estar ahora fechando el duelo, O'Donnell. Tamaño deshonor... - Pero su padre, directamente, le dio una colleja, y William se echó a reír. Marcus empezaba a estar bastante confuso. Miró a Alice, y se encontró con que la chica le sonreír. ¿Es que estaba disfrutando con todo aquello? Porque él lo estaba pasando fatal. Pero Janet, que seguía con un brazo alrededor de él, le acarició el pelo y le dijo con ternura. - Estos hombres son como críos. Tú de mayor no seas como ellos, Marcus. - Señora Gallia. - Insistió él, tratando de recobrar compostura. - Le aseguro que no era mi intención generar ningún tipo de perturbación entre las familias. - La mujer volvió a reír y a acariciarle. - Que no, cielo, que solo es una broma de William, te lo prometo. Es normal que os hayáis dormido, si no habéis parado en todo el día, y me encanta que seáis tan buenos amigos. - Eso le hizo sonreír un poquito, y la mujer suspiró, rodando los ojos. - Ya hablaré yo con ese marido mío por haber provocado que me llames Señora Gallia otra vez... -

- ¿Qué es este jaleo? - Y apenas acabó la frase y reconoció el entorno, la mujer soltó un hondo y hastiado suspiro y rodó los ojos. Menos mal que su madre había llegado ya cuando la situación estaba medio resuelta, porque William parecía haber perdido interés en su problemática y ahora estaba discutiendo con su padre, aunque ahora hasta Marcus percibía el claro tono de broma. - A ver, muchacho. - Ah, genial, pues el que faltaba, su abuelo incorporándose a la conversación. - Deja de perturbar a mi nieto, que me lo vas a matar de un disgusto, y a ver a quién le lego yo el taller. - Aseguró, con ese toque de humor de mago sabio que tenía siempre, mientras entraba en la sala. Janet volvió a reír, se dirigió hacia su madre (que era la única que no parecía divertirse mucho con el asunto) y les dejó solos. Marcus volvió a sentarse en el sofá y le habló a Alice, eso sí, manteniendo una distancia prudencial. - ¿Segura segura de que es broma? No quiero que tu padre se enfade. -
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