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ANTES DE INICIAR UN VIAJE
DE VENGANZA, CAVA DOS TUMBAS

La hoja del calendario de mesa que adornaba el escritorio de James Moore marcaba el 20 de diciembre de 1917. Uno de los periodistas gráficos más renombrados de Estados Unidos iba detrás de los intercambios y negocios de dos hombres pertenecientes a dos de las mafias más poderosas de la ciudad de Nueva York.

Su cámara cayó destrozada contra el suelo inundándose a los segundos del líquido carmesí que manaba de sus heridas. Cinco disparos. Un grito desgarrador y un golpe seco contra el asfalto protagonizaron marcaron la entrada de su esposa a la escena del crimen. Elspeth Moore lo sujetó contra su cuerpo mientras las lágrimas rompían contra sus ojos grises ese día.

No se hallaron a los autores del delito, solo un cuerpo y una cámara destrozada sin carrete en su interior. Desde ese momento Elspeth Moore se centró en su trabajo como redactora de sucesos en el New York Times hasta escalar la prestigiosa posición de jefa de sección. Un hito en una época imperantemente masculina. Dejó a su hijo James con sus padres y se enfrascó en una carrera de fondo para hallar a esos hombres.

Al otro lado del mostrador había un hombre, Joseph Lennox. Siempre se habían llevado bien porque él le había proporcionado información para sus investigaciones. Nunca dudó de la honestidad de Elspeth, ni se aprovechó de ella. Ni siquiera cuando su amistad fue transformándose en algo más. Una atracción silenciosa.

—Recuérdalo, Lennox. Te lo digo como amigo—le dijo el viejo agente Smithsson —Díselo a la Señorita Moore. Dile que antes de antes de iniciar un viaje de venganza, debe cavar dos tumbas— ambos sabían lo que significaba. O se detenía o acabaría acompañando a su marido en la lista de víctimas que se cobraba un sistema de economía sumergida que no solo alimentaba a criminales sino a empresarios, políticos y policías. A una ciudad corrompida.


Joseph Lennox
Detective— Orlando Bloom— Serpensortia

Elspeth M. Moore
Periodista — Kattie Mcgrath— LittleCash

1x1 / Original / Épocas Pasadas

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la llamada
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Joseph Lennox había trabajado en la policía a tiempo completo durante mucho tiempo, encargándose de los asesinatos, hasta que había decidido que ser detective privado era más lucrativo. Aunque no era el plan inicial, había mantenido los dos trabajos, porque el de detective era bastante aburrido. En general, la mayoría de los trabajos consistían en acudir a las demandas de una esposa celosa que creía que su marido la engañaba con la secretaria y otros casos similares. Cosas que jamás habrían llegado a formar parte del papeleo habitual de la comisaría y que podía resolver perfectamente en un par de horas en la mayoría de los casos. Dos días, si el marido en cuestión sabía disimular o, directamente, no era infiel.

Sin embargo, aquella mañana había recibido una llamada que se salía de lo habitual. Elspeth Moore, viuda de su amigo James Moore desde hacía dos años, había recibido una nota que podría echar algo de luz sobre el caso. Ella también era su amiga, y por eso había decidido ayudarla personalmente en lugar de recomendarle encarecidamente que fuera a ver a la policía, como cualquier otra persona en su sano juicio habría hecho.

Aquel caso llevaba cerrado prácticamente un año, después de que el papeleo se acumulara durante meses sobre el escritorio del inspector general sin ningún cambio. Si era porque no había pistas suficientes o porque el asunto era extremadamente peligroso, Lennox no lo sabía. O no estaba seguro, más bien. El inspector general no era un cobarde, pero aun así, meterse en un asunto tan turbio...

La cámara había aparecido destrozada en la escena del crimen y no había ni rastro del carrete. Quien hubiera cometido el asesinato no era un idiota, se había cubierto bien las espaldas. James Moore tampoco era estúpido. ¿Temerario? Quizás, pero tenía una gran investigación entre manos, y era evidente que había descubierto algo gordo. Sólo así se explicaba que alguien hubiera decidido poner punto y final a su vida. Aquello no era un robo violento ni nada por el estilo. No, James sabía algo que alguien consideraba que no debía (o no podía) salir a la luz.

Ese mismo mediodía se habían visto, durante la pausa que ella tenía para comer. Era jefa de sección en el New York Times y no siempre se podía escapar, pero aquel día lo había conseguido. Joseph suponía que la importancia del asunto tenía que ver con ello. Seguramente había movido toda su agenda alrededor de esa comida.

No le había mostrado la nota.

Elspeth era inteligente, de manera que él ya había imaginado que no llevaría la nota al trabajo. No, la nota estaba en su casa, a buen recaudo, tal y como él había sospechado y ella le había confirmado. Sabía que era innecesario recordárselo, pero aun así le había recomendado ir con cuidado. No le transmitió las palabras del agente Smithsson, porque pensaba impedir que la segunda tumba fuera la de su amiga. Eso, o finalmente serían tres tumbas en lugar de dos.

Ya era negra noche cuando el detective se personó en el edificio en el que la señora Moore (viuda o no, para él seguía siendo una señora) y llamó al timbre. Ella no tardó demasiado en abrir, y él subió por las escaleras para hacer algo de ejercicio. Cuando llegó al rellano, la puerta estaba entreabierta.

Buenas noches —La saludó. No sonreía, el asunto era demasiado importante, grave y urgente como para mantenerse serio. Estaba trabajando—. Siento haber tardado tanto, había algo de lío en la comisaría.

Sabía que ningún hombre decente se dejaría caer a esas horas en casa de una mujer decente, pero se había negado a esperar al día siguiente.


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No había vuelto a dormir desde que recogió el cuerpo de James entre sus brazos, en verdad, nunca había sentido igual. Su corazón se había resquebrajado en mil pedazos ese día y su mente se había concentrado en encontrar a los asesinos de su esposo a cualquier precio.

Elspeth M. Moore era una periodista eficiente, sus temas eran aplaudidos por otros profesionales de los medios y su columna de opinión era leída por los hombres con interés. Muchos desconocían que se trataba de una mujer y otros fingían no saberlo para no sentir sus orgullos masculinos quebrándose. No obstante, era buena y solo los necios podrían negarlo en sus mentes.

No obstante, su trabajo le requería un tiempo que le impedía ser madre aunque, en el fondo, la decisión de enviar a James (su hijo) con sus abuelos no había sido una decisión del todo madura sino cobarde y triste. La viuda no soportaba no ser la madre que su hijo necesitaba. ¿Cómo iba a mirarlo a la cara cuando no era capaz de anunciarle que la policía había detenido al asesino de su padre? La ausencia de pistas siempre le conducía a la misma conclusión: nunca habían querido encontrar a esos mafiosos hijos de puta. El sistema estaba podrido.

Pero, un buen día alguien envió un sombre a su nombre a la redacción del Times y cuando lo abrió el mundo se le vino abajo. En la fina nota y con pulcra caligrafía, había una dirección y una anotación. Elspeth removió todo el edificio en busca del encargado del correo pero no supo decirle quién había sido o cuál era el remitente. Todo era un misterio para el que necesitaba ayuda. ¿Y qué mejor que la del Inspector Lennox?

Después de una rápida comida, quedaron en su piso. Amplio, luminoso, carente de muchos objetos, un mero sitio donde vivir mientras su auténtico hogar palidecía solitario sin la presencia de la familia Moore. Era grande para la época, denostaba un buen salario, pero no había mucho que robar excepto un par de máquinas de escribir, documentos, una radio, un teléfono y poco más.

Ante el aviso del timbre, Elspeth le dio acceso al policía con el interfono aunque el portero comprobaría que todo estaba en orden. Una vez arriba, la pelinegra abrió la puerta y lo invitó a quitarse la chaqueta.

—Buenas noches, Lennox. No te preocupes, agradezco de corazón tu ayuda. Ya lo sabes—le sonrió con cercanía —¿Has cenado algo? ¿Quieres alguna cosa?—siempre tenía un tentempié para alimentarse a horas intempestivas —¿Un cigarro? ¿Lo que sea?—propuso y sin más dilación le entregó el sobre donde aparecía el escueto mensaje: "Si quiere adivinar quién mató a su marido vaya al Confesionario Carusso".



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Ah, gracias —respondió mientras se quitaba la chaqueta y la colgaba en un perchero cercano. La verdad es que no había cenado, pero no quería abusar de su hospitalidad—. Sólo un cigarrillo, gracias.

En realidad le apetecía tomarse una copa. Desconocía si su amiga tenía alcohol en casa, pero no quería ponerla en un aprieto. La ley seca estaba presente en Estados Unidos y no era muy buena idea que en un agente policial diera esa clase de ejemplo. Además Elspeth era inteligente, y aunque confiara en él, seguramente no iba a mostrarle dónde escondía el alcohol (si es que lo tenía).

Ya con el cigarrillo en los labios, cogió la nota.

El Confesionario Carusso... —comentó con aire pensativo, dio unas cuántas caladas antes de seguir hablando—. Es un lugar muy poco concurrido y muy oscuro, Moore, no deberías ir sola.

Lo dijo de esa forma porque sabía perfectamente que iba a ir, no merecía la pena insistir en lo contrario.

No deberías ir —añadió, porque aunque no fuera a insistirle, tenía que darle su consejo—. Pero sé que vas a ir igualmente, que llegarás hasta el final. Lo entiendo —aclaró, serio—. Permíteme que te acompañe.


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—Ten—se acercó hasta la mesa para coger el paquete de tabaco y entregárselo para que se sirviera él mismo —Puedo ofrecerte una copa siempre y cuando prometas no contárselo a la policía...—sabía que la condenada ley seca estaba instaurada y, en parte, era una de las culpables de la proliferación de las mafias alimentadas por negocios ilegales o compras procedentes de otras partes del mundo. No obstante, ella le compraba a una persona de máxima confianza que lo fermentaba él mismo al sur del estado alejado de curiosos. No era barato pero sí necesario cuando la tristeza y la rabia atenazaban tu corazón.

Sirvió dos copas y le entregó el sobre sin decir mucho más al respecto. Después cogió el mechero y prendió un nuevo cigarrillo, probablemente el octavo del día como mínimo. Elspeth era una fumadora empedernida debido, en parte, al hecho de que se podía fumar en cualquier parte y estaba sometida a mucho estrés por culpa del trabajo y su compromiso con el mismo.

A diferencia de la mayoría de mujeres, Elspeth vestía con traje de pantalones y chaqueta como cualquier hombre; era un símbolo de su identidad. Se sentía más cómoda con dicho atuendo y se evitaba ciertas miradas aunque no algunos comentarios. Afortunadamente, gracias a su forma de ser todos esos detalles carecían de importancia puesto que solo deseaba vivir bien consigo misma y hacer justicia.

Dejó que Joseph leyese la nota y cuando terminó, escuchó sus palabras con suma atención. Sabía que se preocupaba por ella pero no iba a abandonar la búsqueda porque fuese un sitio oscuro o peligroso. Se había metido en demasiados tugurios en busca de la noticia como para rendirse a esas alturas de su vida.

—Iré pero no tienes porqué hacerlo tú. ¿Estás seguro de que no se verá comprometida tu posición dentro del cuerpo? No quiero ocasionarte problemas, Joseph—lo llamó por su nombre —Además...no sé que voy a encontrarme allí—admitió sin apartar la vista de él —Tengo pensado ir mañana o pasado como muy tarde. No puedo esperar más tiempo—sentenció dándole un trago a su whisky —Aunque también cabe la posibilidad de que sea una trampa...—susurró.



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Sonrió, por supuesto que Elspeth tenía alcohol en casa. Era periodista, si alguien sabía dónde estaba el contrabando, era ella. Y la policía también lo sabía, evidentemente. Sin embargo, sabían que si metían las narices, habría una revuelta en las calles. Y, ¿para qué negarlo? A ellos también les convenía que hubiera contrabando; a saber en qué estaba pensando realmente el presidente al imponer la ley seca. Se suponía que debían destruir el alcohol que confiscaban, pero en ocasiones... Bueno, a veces una botella o dos desaparecían durante el recuento.

Ojalá pudiera negarme —respondió tras pensárselo un rato—. Pero una copa no hace daño a nadie, ¿no? —Y con la conversación que iban a tener, iba a necesitarla en cualquier momento, no tenía sentido ir de puritano. No con ella, al menos—. Además, no te has gastado lo que vale el alcohol hoy en día para tenerlo escondido en la bodega.

Entonces, mientras daba un corto trago a su copa, se fijó en su ropa. Su amiga siempre había vestido adelantada a su tiempo, con esos trajes que las mujeres nunca llevaban pero que le daban tanta presencia. No recordaba en qué momento había decidido cambiar las faldas por los pantalones, pero no era relevante, lo importante es que, de alguna forma, la situaba a la altura de cualquier hombre, cosa que la mayoría no estaban dispuestos a aceptar. Que fuera atractiva tampoco ayudaba, porque muchas personas la tachaban de cara bonita y ponían en duda que hubiera ascendido gracias a su talento. En otro momento, habría aprovechado los segundos entre calada y calada para preguntarle si el traje era nuevo pero, como tantas otras cosas, en ese momento le pareció un dato innecesario. No sólo estaba allí por su amiga, también por trabajo.

¿Y a quién se lo vas a pedir si no? ¿Al agente Smithsson? Ni hablar, ya te acompaño yo, será más seguro —No es que no se fiara de las habilidades de su compañero, pero ya tenía una edad bastante avanzada y no tenía los reflejos de antaño—. Precisamente porque no sabes qué vas a encontrarte allí, es bueno que vayas acompañada de alguien armado —Hizo una pausa, consciente de que su amiga no sería tan estúpida de ir allí sin un arma—. Y con eso me refiero a alguien que dispare bastante a menudo, sino a diario —Suspiró—. ¿A caso dudas de que sea una trampa? Lo es, Elspeth, no tengas ninguna duda.

Dio un par de vueltas al vaso, observando como el hielo se movía en su interior, pensativo, mientras volvía a acercarse el cigarrillo a los labios.

Tienes que ir con cuidado. El viejo Smithsson quería que te dijera que antes de iniciar un viaje de venganza, debes cavar dos tumbas. Y creo que tiene parte de razón. Si no vas con cuidado, en lugar de vengarte acabarás enterrada junto a tu marido.

Y él no quería eso. James Moore tampoco lo habría querido.


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Sonrió ladina y después negó ante su pregunta sobre si una copa hacía daño. Elspeth no era una alcohólica porque tenía un trabajo que cumplir pero sí ahogaba sus penas en el tabaco que, por aquella época, estaba permitido en todas partes y ayudaba a los ciudadanos estadounidenses a paliar la ausencia de sus amadas copas. Era el gran beneficiado por la Ley Seca.

—No, ni tampoco para enriquecer a las mafias, puedes estar tranquilo. Este procede de un productor estadounidense aunque no te diré su nombre porque un buen periodista nunca revela sus fuentes—le guiñó el ojo con camaradería —Simplemente disfruta el trago a mi salud. Es lo menos que puedo hacer por ti—no le gustaba alejarlo de su trabajo o su rutina pero era de las poquísimas personas en las que confiaba.

No se percató en exceso de la mirada de Joseph porque con él se sentía en paz y tranquila ya que no al juzgaba por su carácter adelantado a su tiempo o sus ideas políticas. Con el policía podía comportarse sin presiones y por eso le agradaba y, en cierta manera, le recordaba a su difunto esposo. James siempre había sido un hombre abierto de miras que la había dejado ser sin establecerle límites.

—Pensaba ir sola—reconoció encogiéndose de hombros denostando vez más su personalidad intrépida y, a veces, poco lógica —No dudo de que sea una trampa pero se lo debo a mi marido y a mi hijo. Llegaré hasta el final cueste lo que cueste—su voz no dejaba margen a posibles faroles —Pero no rechazaré tu compañía porque sé que vendrás aunque me niegue—si ella era terca el otro no se quedaba atrás.

La reflexión del viejo agente de policía le provocó un escalofrío porque —por mucho que lo supiese— nunca era agradable oírlo en voz alta. ¿Cuántas veces no había concluido que lo más sabio era abandonar el barco y regresar con su hijo? Muchas pero siempre rechazaba esa idea porque se sentía cobarde e impotente. Le debía justicia a James.

—Agradezco tu preocupación—sus ojos azulados se fijaron en los de él —Y la del Agente Smithsson pero debo hacerlo, Joseph—susurró dejando que el silencio los arropase en medio de uno de tantos momentos extraños que antecedían a ese. Igual que sabía que actuaba como una loca suicida, también que Joseph era el único hombre que le había llegado a despertar sentimientos después de James. Por eso y solo por eso, carraspeó.



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Asintió frente a su respuesta, dio un corto trago a su copa y luego observó el licor durante unos segundos antes de alzar la mirada hacia ella.

No sé de dónde lo sacas y no te lo voy a preguntar —La información era un arma de doble filo, los dos lo sabían, y él no pensaba llevarse nada que pudiera incriminar a su amiga en ningún delito—, pero salga de donde salga, es un buen licor. Aunque, quién sabe —Esbozó una sonrisa ladina y se encogió de hombros—, tal vez la falta de alcohol hace que bebamos cualquier cosa. Este es bastante fuerte, si te digo la verdad.

Chasqueó la lengua en cuanto la oyó decir que pensaba ir sola.

Estás en lo correcto, lo único que habrías conseguido sería que te siguiera de incógnito —Lennox no era un hombre especialmente cariñoso, pero aun así alargó el brazo para apretar la mano de la periodista—. Elspeth, James era mi amigo. Yo también quiero saber que le ocurrió —confesó en voz baja—. Tú también eres amiga mía y quiero ayudarte, no sólo en calidad de policía.

No, sus razones no eran meramente profesionales. Elspeth no sólo era la viuda de uno de sus mejores amigos, sino que una profunda y larga amistad le unía a ella también. Justo después de la mujer, el agente era el primer interesado en vengar a Moore.

Lo sé y por eso tienes todo mi apoyo, como amigo y como policía. Además, sé que eres una mujer inteligente y que no te guiarás sólo por lo que te dice el corazón, sino también por lo que te diga tu mente —La observó y dio otra calada antes de seguir hablando—. ¿Me prometes que si la cosa se vuelve demasiado peligrosa volverás con tu hijo?

Pero ah, la palabra demasiado era un término tan ambiguo que aquella promesa caería por su propio peso con demasiada facilidad.


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Elspeth agradecía que Joseph fuese comprometido con su trabajo pero no que fuese un don perfecto que juzgase las acciones de los demás creyéndose superior a un nivel moral. El policía tenía unos principios tan férreos como los suyos y, a la vez, estaba plagado de claroscuros que lo hacían tan humano como a cualquier otra persona.

—Lo es—su sonrisa ladina le arrancó una divertida a ella —¡Oye! ¡No pongas en duda mi buen gusto!—replicó negando suavemente —Puede que tú hayas perdido tu paladar pero yo no. Sé reconocer un buen licor cuando lo tengo delante—ella y James habían disfrutado de los placeres de la vida siempre que su trabajo se lo había permitido y uno eran los restaurantes, la comida y la bebida. Cuánto añoraba salir a cenar con él.

—Sí y por eso es tan bueno, porque te ayuda a olvidarte de todo o, al menos, a sumergirte en un sabor que recuerda a tiempos mejores cuando el Gobierno no propiciaba el contrabando—comentó afilada —Disfrútalo aunque después tendrás que disimular el olor si vuelves a comisaría—ella también lo hacía con caramelos de menta.

Ella bufó levemente porque sabía que era capaz de hacer eso y mucho más. El carácter indómito y comprometido de su amigo no tenía parangón y por protegerla, sabía que podía cruzar el mundo entero. Se podía decir que era como un ángel de la guarda.

—Gracias por tu amistad, Joseph—aceptó su mano y se reconfortó con su calidez en silencio —Sí, me jacto de ser inteligente y no cometeré ninguna estupidez sino estoy segura de que puedo sacar provecho de ella—la mención a su hijo le borró la sonrisa del rostro —Te prometo que lo intentaré—ambos sabían que era todo cuanto podía darle sin caer en una mentira —Bueno, mi propuesta es que finjamos ser un matrimonio que va a buscar un vehículo e intentemos sonsacar algo de los empleados. ¿Qué te parece?—preguntó recuperando su propio cigarrillo —Y que me des unas clases de tiro—añadió sabiendo que se estaba adentrando en un tema pantanoso.



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Él se limitó a reírse, divertido, y no elaboró una respuesta que pasaba por recordarle que el tabaco mataba el sabor de todo, destrozando las papilas gustativas y que, si seguía supliendo el licor que tomaba cuando comía en los restaurantes del centro por tabaco, acabaría sin notarle el sabor a nada. Y de paso, él podría meterse con ella por haber perdido el paladar.

Soy consciente de que no se destruye ni la mitad del contrabando que interceptamos —Suspiró—. No sé en qué piensa el presidente. Podemos detener a todos los intermediarios que queramos, las... Mulas —No le gustaba hablar así de la gente— son totalmente prescindibles para las magias, siempre hay otra persona por la que pueden ser sustituidas. Sin embargo, el problema de raíz sigue allí, creciendo —Después sonrió—. No, tranquila, después voy directo a casa. Esta noche la tengo libre, si no hay ninguna urgencia. Ya sabes como va, tengo que quedarme en casa por si necesitan refuerzos y me llaman, pero no suele suceder.

Asintió cuando le comentó la idea de plan que tenía, y no le habría dicho nada más si no le hubiera pedido esas clases de tiro. Él la miró serio, evaluándola mientras daba un par de tragos más y se terminaba el cigarrillo tranquilamente. Quizás tardó un poco de más en responder, pero la situación lo requería.

Tres días a la semana, una hora.


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La risa del policía fue una sinfonía de primavera para sus oídos habituados a un eterno invierno. Normalmente era una persona alegre pero su trabajo no siempre estaba acompañado de momentos amenos y rara vez tenía tiempo para disfrutar de la compañía de sus pocos amigos. Lennox la devolvía a un pasado donde todo era mucho menos gris.

—Seguramente mucho es consumido por la policía o revendido, o, incluso, se pide a las mafias que paguen una cantidad para permitir que continúe en el mercado. La corrupción está en todas partes, ni siquiera el palacio de justicia se libra—añadió —Esa gente no entiende de humanidad. Todos son objetos para ellos, hasta sus empleados—no tenía dudas porque la policía hallaba muchos cadáveres de personas que se sabía que tenían tratos con las mafias perdidos en el mar o por las calles tirados cuál colillas.

—Bien, no quiero que te metas en un buen lío por mi culpa. No era mi plan convertirme en tu mala influencia—su propuesta quedó prendida en el aire mientras el silencio no los importunaba sino que complementaba la escena. Elspeth acabó su vaso con un par de tragos y después escuchó complacida el veredicto final.

—Trato hecho, profesor—sonrió satisfecha —¿Quieres otra o te vas a casa? No es que quiera echarte pero mañana nos espera un día duro—reconoció ligeramente expectante ante los sucesos que les aguardaban en la siguiente jornada. La periodista ya olía el inequívoco olor de la justicia.



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Es posible, aunque no me refería a eso realmente, sino a que en ocasiones sale de las comisarías pero no llega a su destino. También estoy totalmente convencido de que no requisamos ni un tercio del contrabando. Controlarlo es imposible y, como bien has dicho, la Ley Seca no hace más que empeorar el problemas de las mafias —No quiso mojarse en cuanto a corrupción se refería, aunque en líneas generales estaba de acuerdo con ella—. El problema es estructural, no se trata solo de las mafias, se trata de los Estados Unidos, si no se ayuda a la gente de a pie, tienen que recurrir a este tipo de organizaciones para sobrevivir. Pero en fin, Elspeth, creo que bastantes problemas tenemos ahora mismo entre manos como para preocuparnos de los problemas sociales de este país.

Pensó un poco antes de responder. Realmente le apetecía otra copa, pero su amiga tenía razón, mañana sería un día duro.

No, en realidad debería irme —Sonrió—. Ya te he dicho que no creo que me llamen para pedir refuerzos, pero si me necesitan y no estoy localizable, puede haber un problema grave, no sólo para mí.

Y era cierto. Si los refuerzos no aparecían, las consecuencias podían ser desastrosas, tanto para el cuerpo de policía (que podía perder algún miembro) como para la población (por haber un delincuente suelto).

¿Te veo mañana?


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Caballo de Troya
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Madrugó como tenía por costumbre y avisó al periódico de que ese día llegaría más tarde, por lo que relegaba la tarea de acudir a la primera reunión a su redactor más veterano y de confianza. Sabía que cumpliría con sus obligaciones y defendería a capa y espada la sección de sucesos que tantos lectores le otorgaba al Times desde hacía años debido al interés por el morbo que existía en la humanidad.

La morena sacó al perro que no se había inmutado de la visita de Joseph la noche anterior, y después tomó un desayunado basado, sobre todo, en café y algunas galletas para coger fuerza. Sus labios consumieron un par de cigarros mientras se preparaba todo dentro del bolsillo de su abrigo y bajó hacia la puerta donde Lennox acudiría a recogerla para proteger la tapadera planeada.

Como la idea emplear una artimaña eficaz contra los vendedores, Elspeth se había colocado uno de sus vestidos dejando al amparo de las medias sus esbeltas piernas. La pieza era de color verdoso y resaltaba sus ojos. También se había maquillado siguiendo la moda de la época y se había soltado el pelo abandonando su estilo menos coqueto y más práctico.

—Buenos días, Inspector—saludó a su amigo cuando se subió al automóvil —Seremos el Señor y la Señora Arthur que llevan cinco años casados y desean un coche nuevo para su esposa para que pueda cumplir con sus obligaciones como madre y esposa—explicó observando por el cristal las calles de la bulliciosa ciudad de Nueva York —Te dejo que te encargues de los detalles del vehículo, me haré la esposa florero como es de esperar—argumentó mientras los minutos se sucedían en el reloj.

—Si todo sale bien, estaremos más cerca de la verdad—murmuró fijando sus ojos en el perfil de Lennox.



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Tal y como había previsto, la noche anterior no le habían llamado. Eso significaba que había podido descansar sin que nadie le molestara y que podría haber cenado perfectamente con su amiga. Sin embargo sabía de sobras que, faltaba que no estuviera en casa para que le llamaran. Así pues, con el apunte mental de invitar a Elspeth a cenar un día, se dio una ducha, desayunó y se preparó para ir a recogerla.

Podría haber ido con el coche policial, pero eso habría tirado por los suelos la tapadera, así que, aunque el automóvil seguía estando preparado para cualquier cosa, era de incógnito. Negro, para que fuera elegante durante el día y difícil de ver por la noche.

Buenos días, Elspeth —Saludó él. No sonreía. No estaba especialmente nervioso pero sí preocupado. Sin embargo, su siguiente comentario le hizo reír ligeramente—. Está bien, mi querida esposa —respondió, ya metido en el papel—. Hoy estás muy guapa, ¿lo sabías?

Y no había forma de si quien pronunciaba esas palabras era el Señor Arthur o el Señor Lennox. Lo cierto es que se trataba de ambos. El inspector se había sorprendido gratamente al ver a su amiga con vestido. Estaba realmente preciosa. Siempre lo estaba, en realidad, si uno sabía fijarse en los pequeños detalles, pero aquel día llamaba mucho más la atención. Peligroso pero útil, ya que nadie esperaría que una mujer así fuera armada.

Frenó en una intersección y aprovechó para encenderse un cigarrilo y ofrecerle el cajetín a Elspeth.

¿La Señora Arthur fuma o eso lo dejamos para la Señora Moore? —preguntó con una sonrisa divertida. A pesar del cariz serio de la situación, Joseph se sentía como si fueran dos críos jugando a ser adultos en un mundo peligroso, como si estuvieran en una versión sonora de las películas que tanto le gustaban—. Hay  más tráfico del que pensaba.



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No sabía si el halago era totalmente sincero o fruto de la situación en la que estaban envueltos. Era una incógnita que tampoco iba a molestarse en resolver porque sabía que Joseph era su amigo y siempre tenía una buena opinión al respecto sobre ella aunque no obrase siempre de la forma más lógica.

—Gracias, querido—contestó sonriente —Todas las señoras fuman, está de moda—tomó entre sus dedos la caja de tabaco en busca de un cigarro que colocarse en los labios y prenderlo con su propio encendedor siempre a la mano en el interior de su maletín o, en este caso, bolso —Estamos a unas cuántas calles, el concesionario está ubicado en el barrio italiano—los inmigrantes procedentes del antiguo centro neurálgico del Imperio Romano se habían acomodado en una de las zonas más accesibles para ellos igual que hicieron los judíos o los chinos. Al final, esos guetos se habían acabado convirtiendo en auténtico barrios residenciales y con oportunidades laborales para ellos. Eran como una gran familia, a veces, hasta las mafias eran las que sostenían la estructura de esas áreas con sus negocios de contrabando.

—Nuestro hijo se llama Arnold, tiene 7 años y es sumamente encantador aunque esté cansado de ir en el coche del abuelo al colegio—continuó perfilando la gran mentira en el interior de su cabeza conforme las calles iban arropándolos con su bullicio incesante y neoyorquino. La gran ciudad estaba creciendo y prometía arrollar con todo aquel que no se adaptara a esos cambios.

—Ahí es—señaló el lugar y esperó a que el hombre estacionara —Deberías abrirme la puerta para guardar las apariencias—argumentó con diversión antes de que él siguiese sus indicaciones y el aire otoñal le acariciase una vez más su pálida tez —Aquí estamos—cogió aire y se acomodó en el brazo de Lennox para cruzar juntos la entrada del negocio.

Los coches brillaban impolutos, anhelantes de un dueño que les diera el mimo que merecían y la adrenalina para la que habían sido concebidos. Había utilitarios más femeninos y otros más masculinos, también de diversas gamas de precios; estos coexistían con el cada vez más flamante auge de la industria automovilística.

—Buenos días, señores. ¿No es un esplendoroso día para comprar un coche nuevo?—preguntó el vendedor con su marcado acento italiano —¿Qué puedo ofrecerles?—agregó a la oración con pulcra educación.



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¿Ah sí? —preguntó, ligeramente sorprendido. No hacía tanto que había dejado de estar tan mal visto—. Bueno, de alguna manera tienen que distraerse ahora que no pueden tomarse ni una simple copa de vino —Sonrió—. Ah, de acuerdo.

Hizo girar el volante y se dirigió hacia el barrio italiano. No era su zona favorita de la ciudad, pero había que reconocer que era un buen lugar para comprar un coche. O fingir que lo compraban, daba igual. Empezaba a haber demasiado tráfico, y aquello no le gustaba, pero era lo que ocurría cuando el mundo se modernizaba. Tuvo que pararse en varios semáforos y pasos de cebra y pensó que, su próximo coche, sería con cambio automático, por muy caro que le costara.

No me sorprende, el coche del abuelo es una tartana —respondió, divertido—. Seguro que preferirá ir en el nuevo y flamante coche italiano de su madre, mucho más moderno. Puede que hasta tenga radio —Su sonrisa se acentuó con la broma—. ¿Lo quieres con cambio de marchas manual o automático? Me gusta conducir, pero cada año hay más tráfico y empiezo a odiar el cambio de marchas.

A sus órdenes, señora, pensó, pero no lo dijo. Se limitó a bajar y abrirle la puerta. Después le ofreció el brazo y le sonrió como si realmente fueran un matrimonio normal y corriente a punto de comprar un coche y no un agente de policía y una periodista investigando un asesinato.

Buenos días, señor... —Joseph bajó la mirada hasta la identificación del hombre— Adagio —Sonrió, educado—. Soy el señor Arthur —Se presentó—. Buscábamos un coche para mi esposa. Nos gustaría que fuera un coche lo más seguro posible, porque llevará a nuestro hijo al colegio todos los días. También nos gustaría que tuviera un maletero amplio, para la compra.

Era lo que se esperaba de una madre de familia, a fin de cuentas.



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—Muchas. El hecho de que el tabaco aparezca en las películas de Hollywood ha aumentado sus ventas y su presencia. Las personas siempre sueñan con las vidas que se muestran en la gran pantalla, es el imperante deseo del ser humano de ascender socialmente—explicó con aire didáctico —Todos quieren lo que no pueden tener, así funciona—desveló aunque estaba segura de que Lennox lo sabía de antemano.

Que Lennox se tomase aquel teatrillo con tanta naturalidad y divertimento la ayudaba a olvidarse momentáneamente de que estaban a punto de jugarse la vida. El motivo de esa visita era de todo menos alegre, era la evidencia física del asesinato de James, la perpetua realidad en la que él no estaba presente desde hacía dos años. No obstante, el inspector poseía un don natural para entretenerla, para arrancarle de los brazos de la debacle para sumergirla durante unos instantes en una realidad alterna donde podían bromear.

—Me gusta controlar el automóvil, prefiero las marchas—contestó sumergida en el acogedor clima que habían configurado en apenas unos minutos —Tú imagino que ya te estás planteando adquirir uno con marchas, ¿tu sueldo te lo permite?—ser policía no estaba ligado a cobrar un buen sueldo como creían los ciudadanos de a pie, de hecho, solo los altos mandos podían pertenecer a una clase más alta.

—Buenos días, Señor Adagio. Como bien ha indicado mi esposo—le dedicó una mirada cariñosa —Necesito un automóvil para llevar a nuestro pequeño Arnold al colegio. Un utilitario—el hombre asintió indicándoles que le siguieran hacia el primero de los coches, uno que -según él, era el más elegido por las señoras de bien —¿No lo tiene en un color más discreto?—preguntó como si verdaderamente le preocupase aquel tono rojizo y no estuviera fingiendo en busca de información —¿Y los vehículos vienen directamente de Italia?—agregó apretando ligeramente el brazo a Lennox para que se fijara en la puerta del fondo. Seguramente, daba a los despachos.



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Sí, la verdad es que sí, aunque tendría que mirar muchos modelos, porque evidentemente no puedo permitirme cualquier coche. Ya no soy un policía de poca monta, pero tampoco es que sea precisamente el inspector general —Sonrió ligeramente—. De todas maneras tengo la esperanza de que cuando tenga que despedirme de mi automóvil actual, dentro de cinco o seis años, los coches con cambio automático sean un poco más económicos —Suspiró. Otro semáforo en rojo. Pisó el embrague, frenó, puso primera, soltó el embrague y esperó—. ¿Ves? Esto es exactamente lo que odio.

Él escuchó la conversación, bastante centrado, pero a la vez pendiente del lugar. No era que temiera que fueran a asaltarles en cualquier momento, y su mano derecha ni siquiera estaba cerca del arma, pero los tics de policía nunca se perdían, y siempre estaba pendiente de lo que había a su alrededor. También estaba el tema de que estaba buscando algo. Algo que su supuesta esposa encontró antes que él. Joseph no hizo ningún gesto que indicara que lo había visto, pero sabía que ella lo entendería. Simplemente no podía girarse y mirar hacia allí.

Un color gris sería más adecuado para mi esposa, señor Adagio. A ella suelen gustarle los colores neutros. Buscamos un coche utilitario pero también queremos que se sienta cómoda con él —indicó. Necesitaban parecer potenciales compradores, porque así con suerte podrían entrar en aquel despacho.

Oh, sí, claro, éste es sólo el modelo de muestra —respondió el hombre con su marcado acento italiano—. Los coches son importados desde Italia y los tenemos en una amplia gama de colores. Si lo desean, pueden probarlo y después podemos ir a mi despacho y les enseño el catálogo.

Algo se accionó en la mente de Lennox. Aquello estaba siendo demasiado fácil, y no le gustaba ni un pelo. O les habían pillado, o simplemente no había nada fácil de encontrar en el despacho.

¿Qué opinas cariño? ¿Quieres que lo probemos?



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—Tampoco existe una amplia variedad en el mercado—Ford prácticamente lo había monopolizado al ser el primero en poner en marcha la fabricación en serie, un visionario —Te pagaré bien por tus servicios—podían ser amigos pero él estaba ejerciendo de investigador privado y Els no era de las que olvidaba un favor —Nunca pierdas la esperanza—dijo sabiendo que era precisamente lo que la mantenía con vida.

****

Un gesto pequeño, imperfectivo, suficiente. La periodista supo que el inspector la había entendido y con eso fue más que suficiente. No podían salir corriendo hacia el despacho y abandonar al vendedor cuando se suponía que estaban de lo más interesados en adquirir uno de esos vehículos. Debían ser precavidos y andarse con ojo, estudiar sus posibilidades y continuar con el teatrillo aunque no les fuese del todo rentable adentrarse en el despacho acompañados de su dueño. Debían entrar solos, al menos uno de ellos.

—Gris es muy triste, cariño pero un tono verde puede ser interesante—contestó ella sin abandonar el brazo de su esposo —Probemos el coche, ¿aunque puedo usar el servicio antes, Señor Adagio?—el hombre le contestó que por supuesto y le indicó que se encontraba en la puerta del fondo, la segunda a la izquierda. Bingo.

Els apretó el antebrazo de su marido y se alejó con paso tranquilo. El disimulo era una de sus grandes habilidades por lo que no tuvo problema en alejarse por la sala hasta perderse por la puerta indicada. Después de cinco pasos, estaba a la derecha del despacho de Adagio. Sin embargo, cuando fue a entrar escuchó a alguien que la llamaba por su nombre real. Helada hizo el amago de girarse pero no pudo, la boca de una pistola le apretaba la parte baja de la espalda.

—Encontrará lo que busca dentro del coche que quiere probar, Señora Moore—susurró el varón —Espere dos minutos y salga a probar el automóvil—concluyó echando a correr en dirección opuesta.

—¿Probamos ese coche?—preguntó a los caballeros ocultando la inquietud de su mirada.



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¿Verde? —preguntó ligeramente sorprendido, no le parecía el tipo de tono que Elspeth escogería—. Bueno, seguro que a nuestro hijo le encantará, es su color favorito. Estás en todo cariño —Sonrió.

Entonces ella pidió ir al baño y, cuando regresó, le pareció que estaba muy pálida, como si algo la hubiera espantado lo suficiente como para hacerle perder todo el color. Totalmente ajeno a lo ocurrido en el baño, le dedicó una mirada relajada. Cogió la llave que el señor Adagio le tendía.

Por supuesto. ¿Conduces tú? —ofreció mientras le abría la puerta del coche. Todo un caballero, como siempre—. Creo que será lo mejor, ya que es para ti.

Subió al asiento del copiloto y, una vez la periodista también estuvo en el vehículo, aprovechó que el señor Adagio no subía al coche para preguntarle.

¿Ha ocurrido algo en el baño?




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