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Imita al Nilo
ORIGINAL — EXCAVACIONES — 1X1
Un antiguo proverbio egipcio reza «Oculta el bien que haces, imita al Nilo que oculta su fuente» pero solo algunos se atreven a escuchar y aprender de la sabiduría de las civilizaciones antiguas como es el caso del arqueólogo francés Pierre Morhange que escuchó hablar hace décadas de los egipcios y desde ese preciso instante, quedó embaucado por los misterios de una cultura exótica y atrayente.

El estudio, las formación y los contactos lo condujeron hacia el corazón de la mismísima tierra de faraones sin saber que le aguardaba, como al conocido Howard Carter, toda una serie de secretos a desentrañar. Enigmas de un pasado ansiosos de enfrentarse a un juego de astucia donde el tiempo, la paciencia y la superstición caminan de la mano como piezas intrínsecas de un tablero del que solo se conoce la superficie.

Nacida entre las dunas del paisaje bañado por las aguas del eterno Nilo, estaba Amunet, una joven que se buscaba la vida en las calles al haber perdido a sus padres a una edad soberanamente temprana. Pasó de ser una niña hasta transformarse en una auténtica buscavidas sin acceso a una educación o unos modales idóneos. Mas su pericia y belleza le proporcionaron la entrada a diversos yacimientos como traductora o amante de los hombres blancos que querían conocer a sus antepasados.

Fue en una noche de luna llena cuando los designios de los dioses prepararon una encrucijada donde sus destinos se cruzaron. ¿Unirían sus conocimientos en pos de la exploración innata de los humanos? ¿O sucumbirían antes sus múltiples diferencias?


Pierre Morhange
Arqueólogo— Oscar Isaac — Serpensortia
Amunet
Buscavidas— Sybilla Deen —  LittleCash




post de rol:

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Última edición por Little Cash el Sáb Oct 02, 2021 9:21 pm, editado 1 vez
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I. Con nocturnidad y alevosía
Amunet — Noche— Con Pierre
La noche había ido inundando con suaves caricias el cielo hasta abrir las puertas del cosmos. Las estrellas empezaron a brillar con intensidad sobre sus cabezas conforme los jadeos del hombre se sucedían uno tras otro. Quejidos placenteros, gruñidos descarados. Amunet había aprendido a usar todas las herramientas a su alcance para no morirse de hombre. Era el precio a cobrar por ser una niña de la calle.

No obstante, ella elegía a las víctimas de sus tretas y artimañas. Solo los más codiciados eran aptos para sus garras de mujer superviviente y ciudadana de una época machista y poco amable. Desahuciada de una vida que nunca tuvo, se había habituado a hacer lo que fuese necesario para sobrevivir. Sin respeto por los blancos, sin respeto por los hombres o las leyes. Residente del cortante filo de la navaja.

La vida era adelantada en ocasiones como cuando se inventaron los primeros preservativos, no siempre eficaces, para impedir embarazos no deseados en las prostitutas más posicionadas. La marcha atrás era otro clásico. Ambos los usaba cuando tenía que quitarse la ropa que no era siempre, ojo, tenía muchos talentos.

Al acabar, el arqueólogo inglés quedó dormido y ella se vistió. Tras robar un cigarro abandonó la tienda y salió al exterior. Estaban en la sombra de una pirámide buscando los misterios de sus constructores y dueños. Amunet siempre había soñado vivir en una de esas grandiosas edificaciones pero, ¿acaso podía soñar una niña de la calle?


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I. Con nocturnidad y alevosía
Pierre — Noche— Con Amunet
Apenas reparó en la mujer que salía de la tienda de campaña del arqueólogo inglés. Había bastantes tiendas por allí, pues la expedición era bastante grande. Incluso habían conseguido que Inglaterra y Francia colaboraran, cosa extraña. La Gran Guerra había terminado y la época de los grandes descubrimientos había empezado.

Pierre estaba animado. Pero la verdad es que lo habría estado más si hubiera sido capaz de desentrañar los misterios que tenía delante. A él no le importaba que fuera de noche, el afán de descubrimiento le quitaba el sueño y le hacía quedarse despierto hasta horas intempestivas, incluso cuando el resto del campamento llevaba horas completamente dormido, en absoluto y total silencio.

Se había sentado frente a la pirámide, con unas antiguas tablillas en una mano y un pesado volumen lleno de jeroglíficos y traducciones en el suelo. Sobraba decir que estaba teniendo verdaderos problemas para entender los misteriosos dibujos de las tablillas. Encima, al ser de noche, tenía que sujetar su vieja linterna entre los dientes para poder pasar las hojas del libro.

Cuando ya había decidido que debería esperar a la mañana siguiente, reparó en la mujer egipcia. Seguramente acababa de tomar una decisión estúpida, pero merecía la pena arriesgarse. Dejó las tablillas en el suelo, a su lado, y se quitó la linterna de entre los dientes.

Perdone, señorita —La llamó con su árabe cargado de acento francés, educado—. ¿Usted sabe leer esto? —Alzó el libro y apuntó con la linterna para que viera que estaba lleno de jeroglíficos. Probablemente era una chorrada. Sabiendo que allí no había mujeres, era evidente de dónde había salido. Las probabilidades de que fuera analfabeta eran elevadas, mucho más si se tenía en cuenta que la mayoría de egipcios actuales no habían visto demasiados jeroglíficos—. Me ayudaría mucho si supiera.


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I. Con nocturnidad y alevosía
Amunet — Noche— Con Pierre
Mitad mujer, mitad felina; así la habían llamado otros que vivían como ella entre la pobreza y el doble filo de la ley. Amunet no tenía una casa, solo cuerpos que le terminaban ofreciendo una cama donde dormir y algún que otro escondrijo en lugares abandonados. Ni tan siquiera era una nómada porque carecía de un hogar que transportar.

Percibió una luz a unos pasos pero no quiso aproximarse porque sabía cuán protectores eran con su intimidad los occidentales, sobre todo, los que estaban casados y no deseaban que sus compañeros pudiesen contarles a sus mujeres que se acostaban con prostitutas exóticas.

El hombre la llamó pero Amunet se giró creyendo que se refería a otra persona. Sus ojos volvieron a los de él cuando concluyó que solo podía referirse a ella. La pregunta la dejó anonadada porque nunca en su vida le habían pedido ayuda para tales cosas así que se acercó curiosa hasta descubrir el rostro bañado por las llamas de la vela. Atractivo y marcado, más oscuro que el de su cliente.

—Buenas noches—lo saludó —¿Puedo?—señaló un sitio a su lado para acomodarse y poder observar ella misma las tablillas que sostenía —Hermosos jeroglíficos—los delineó con cuidado, su mirada parecía brillar con intensidad —No creo que posea mayores conocimientos que usted, Señor...—esperó a que le dijese su nombre —Soy Amunet—se presentó antes de apartar sus mechones oscuros —¿No tenéis ninguno perteneciente o relacionado con Jufú, el faraón que ordenó construirla?—preguntó Amunet antes de darle una suave calada a su cigarro.



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I. Con nocturnidad y alevosía
Pierre — Noche— Con Amunet
Buenas noches —respondió rápidamente, al darse cuenta de que no la había saludado como era debido. En realidad, apenas se había fijado en la hora que era, salvo por el hecho de necesitar velas para iluminarse—. Sí, claro, póngase tan cómoda como le sea posible —contestó con una sonrisa amable. No era él quien fuera a negarle el asiento a una mujer, por mucho que aquella seguramente estuviera muy lejos de ser una dama—. Morhange, mi nombre es Pierre Morhange.

Alzó las cejas al escuchar su nombre, sorprendido. Amunet era el nombre de una mujer que había sido sacerdotisa de la diosa Hathor hacía unos 3000 años. La momia no había sido encontrada, pero había leído bastante acerca de ella, pues estaba relacionada con el faraón Akenatón y la reina Nefertiti, además de otros personajes importantes en la historia de Egipto. Definitivamente, no esperaba encontrarse con una mujer que portara ese nombre.

No demasiados, la verdad —reconoció en voz queda—. No en francés, al menos —Pasó algunas páginas hasta dar con lo que buscaba—. Esto es lo único que hay sobre Jufú.

Estaba gratamente sorprendido. No estaba muy acostumbrado a que la población local tuviera disposición a ayudarle, aunque fuera poca. Normalmente percibía que no les querían allí. La mujer no podía ayudarle, claro, pero bueno, algo era algo.

¿Cree que podría encontrar algún libro sobre el tema en el bazar? —Se permitió bromear—. Preguntaré a los ingleses, dudo que tengan algún libro en árabe, pero nunca se sabe —Miró a su alrededor—. Bueno, mañana por la mañana. ¿Ya está bien que usted ande sola por ahí?

No había que ser un lince para saber a qué se dedicaba, pero eso no significaba que no fuera peligroso para una mujer andar sola por la noche, especialmente en un campamento lleno de hombres.


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I. Con nocturnidad y alevosía
Amunet — Noche— Con Pierre
El hombre no tardó en presentarse y ella almacenó su nombre en el interior de su mente como un dato útil de cara al futuro. No obstante, no le pasaba desapercibida la forma en la que él miraba, es decir, carente de deseo o interés sexual; como si fuese una persona digna y no un cuerpo en el que buscar el calor que reinaba por su ausencia en las noches desérticas.

—Encantada, Pierre—lo tuteó porque él lo hacía olvidándose de la perfeccionista educación del resto de hombres con los que había estado y que perdían con relativa facilidad cuando estaban alejados de oídos y ojos indiscretos. Ninguno era un caballero en el catre.

Percibió la sorpresa en el rostro ajeno al pronunciar su nombre y sonrió de esa forma tan característica tuya: felina y atrayente a partes iguales. No dejaba de ser una sombra en busca de su lugar en el mundo o, mejor dicho, de un camino por el que transitarlo.

—Un lástima, aún hay todo un mundo por descifrar debajo de nuestros pies y, también, sobre nuestras cabezas—contempló el jeroglífico indicado y se quedó pensativa —En el bazar no creo pero hay una especie de anticuario que tiene libros peculiares. Si quiere, podría llevarle hasta allí mañana a cambio de un módico precio—terminó sonriendo con descaro —¿Se preocupa?—preguntó sorprendida —No debería, conozco esta tierra demasiado bien y si alguien se pasa de la raya, siempre puedo invocar a los dioses—comentó con aire supersticioso —¿Tien fuego, Pierre?—el cigarro se le había acabado —¿Qué cree que encontrarán en al pirámide?—se interesó esperando que le diese una respuesta sincera.



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I. Con nocturnidad y alevosía
Pierre — Noche— Con Amunet
Arrugó ligeramente las cejas cuando ella le tuteó, con un ligero recelo. No se conocían de nada y por eso le sorprendió que no le tratara de usted a pesar de que él si lo había hecho, tratándola en todo momento con respeto y educación, como creía que todas las personas merecían.

Asintió, atento a lo que le decía.

No sé dónde está, así que me vendría bien que me acompañara, señorita Amunet —Sonrió ligeramente, aunque era posible que, con la luz de la luna en la espalda y las velas en el suelo, ella no pudiera distinguir demasiado bien el gesto—. Ah, sí, claro —Sacó un mechero y se lo acercó a los labios para que pudiera encender de nuevo el cigarrillo—. ¿Me pregunta lo que creo que encontraremos o lo que me gustaría encontrar a mí?

Sonrió de nuevo, esta vez divertido, porque la respuesta era diferente según qué se preguntara. A Pierre le encantaría poder hacer el descubrimiento del siglo, pero sabía que eso era soñar despierto y que no iba a ocurrir. Ni Dios, ni Amón, ni Alá ni cualquier deidad protagonista de ningún clero ni actual ni antiguo iba a ayudarle a profanar una tumba.

La Gran Pirámide de Guiza está formada por muchas cámaras, supongo que encontraremos alguna más que quizás en el futuro nos pueda dar detalles sobre las Cámaras del Rey y la Reina. Hace unos años un egiptólogo llegó a la conclusión de que en la Cámara de la Reina tenía que haber alguna clase de ejes, debido a la forma que tiene. Sin embargo, no hemos podido entrar ni confirmar la presencia de éstos —Se encogió de hombros—. Intentamos confirmarlo, pero no sé si podremos. Poder entrar sería... —Dejó la frase a medias, sin saber muy bien qué decirle—. Pero imagino que lo que quiere saber realmente es qué queremos encontrar. Nos gustaría dar con el contenido de esas cámaras. Dudo mucho que los ladrones que se colaron aquí hace más de 1000 años llegaran a saquearlas, y pensamos que ésto nos daría muchísima información sobre como los egipcios del pasado edificaban estas magníficas construcciones y sobre cómo vivían.

No merecía la pena mentirle, porque no estaba rebelando ningún secreto, así que siguió hablando, esta vez sobre él.

Me encantaría poder ver mi nombre en un libro sobre egiptología —Sonrió de nuevo, algo emocionado ante la perspectiva—. Pierre Morhange, el arqueólogo francés que consiguió desentrañar los misterios de la Gran Pirámide.

¿Debía preguntarle qué hacía allí? Seguramente no, así que se quedó callado, observándola.


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I. Con nocturnidad y alevosía
Amunet — Noche— Con Pierre


Observó el ceño ligeramente fruncido del francés y se preguntó a qué debía ser. ¿Al hecho de que lo llamase Pierre y no usase su apellido? Amunet decidió no darle más importancia porque, como demostraría, lo trataba con el mismo respeto que había recibido por parte de él.

—Le acompañaré, Señor Morhange—lo hizo a caso hecho el usar su apellido para que relajase aunque tampoco parecía demasiado perturbado a ojos de Amunet —Le acompañaré y me encargaré de que nadie le estafe si no conoce el idioma—prometió muy segura de que allí nadie, excepto ella, iba a aprovecharse del francés económicamente. Si el hombre necesitaba algo de la fémina, Amunet se lo daría; así funcionaba el mundo para ella.

Contempló su facciones iluminadas por el fuego con una curiosidad descarada, nada discreta. Sus ojos las recorrieron antes de absorber el cigarro para que este prendiese gracias a la química. Sus pulmones se inundaron de nicotina y después expulsaron la expulsaron a la atmósfera.

—Ambas respuestas seguro que son interesantes—admitió porque una cosa era saber qué creía un hombre —basándose en la lógica— que iba a encontrar y otra muy distinta, lo que anhelaba descubrir. Lo segundo le desvelaría mucho en relación a la personalidad del arqueólogo francés que no tardó en contestar a lo primero. Su conocimiento sobre sus ancestros era mayor al de muchos de sus vecinos porque —como era de esperar— el acceso a la educación no era precisamente sencillo. Eran un país en vías de desarrollo.

La segunda contestación iluminó el rostro del contrario, al menos, eso fue lo que ella creyó ver. Amunet compartió su entusiasmo de forma silenciosa y se preguntó qué debía de sentirse al ser recordado por un buen motivo y no por ser una simple buscavidas.

—Seguro que lo consigue. Parece un hombre inteligente y presiento que la fortuna le sonríe—volvió a probar la nicotina —Solo debe de tener fe en los dioses y en sí mismo—seguidamente acortó un poquito más la vida útil del cigarro —Espero que no se olvide de mí cuando se haga famoso—bromeó guiñándole un ojo con diversión.



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I. Con nocturnidad y alevosía
Pierre — Noche— Con Amunet
Gracias —respondió, sorprendido. Conocía el idioma, el problema era que no estaba nada acostumbrado a regatear, algo que se llevaba mucho en los países árabes—. Se lo agradeceré mucho.

Él también aprovechó la luz que les proporcionaba el fuego para observar su rostro. Había algo de felino en aquellos rasgos, y no pudo evitar que le recordara a una enigmática esfinge. Era atractiva, y por un momento se preguntó qué misterios escondería.

Bueno, supongo que imagina que es mucho más difícil de conseguir que de hacer —Sonrió—. Sea como sea, estoy seguro de que esta expedición será provechosa. No puedo decir que será un éxito, pero sí provechosa.

Los gobiernos habían puesto bastante dinero, así que supondría que podrían quedarse bastante tiempo allí, haciendo sus investigaciones.

Con un nombre como el suyo no podría olvidarla, señorita —¿Cómo iba a hacerlo con aquel nombre tan especial? Se preguntó si conocía su significado, pero no se atrevió a preguntarle. Le pareció que denotaría falta de educación—. Si no le importa, creo que debería regresar a mi tienda e intentar dormir un rato. Usted debería volver a casa también —dijo, sin tener ni idea de la situación de la mujer—. ¿Dónde puedo encontrarme con usted mañana?


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I. Con nocturnidad y alevosía
Amunet — Noche— Con Pierre


Cuando le pagaban no era tan oportunista, es decir, velaba por cumplir con el servicio acordado para que el cliente volviese a repetir porque de eso se trataba, de ganar dinero. Amunet era una mujer que se buscaba la vida como buenamente podía y eso incluía velar por los intereses de su clientela porque si alguien podía aprovecharse de ellos, era ella y nadie más.

—Agradecédmelo con dinero y todos satisfechos—no se mordía a la lengua a la hora de decir lo que realmente pensaba por mucho que estuviera ante un hombre y encima blanco. Le guiñó un ojo para comprometer sus palabras y después advirtió que en análisis visual era correspondido aunque desconocía que tipo de pensamientos encerraba la mente del hombre. Lo que estaba claro, es que él era distinto al resto de sus compañeros.

—No puedo imaginarme exactamente cómo será porque, como mujer y encima pobre, no se me ha permitido entrar a la pirámide aunque puedo contarle que las gentes de aquí a veces curiosean por los lugares de nuestros antepasados—había una magia ancestral que los atraía —Mas viendo su entusiasmo, no me cabe la menor duda de que alcanzará el éxito—en la determinación estaba la gloria.

—La diosa del misterio y dadora del viento del Norte. Sí, abunda en misticismo. Casa conmigo—reconoció con orgullo y el cigarro a punto de morir —No se preocupe, nos veremos en el mercado. Le encontraré, Pierre Morhange—prometió antes de ponerse en pie y regresar al interior de la tienda que le serviría de refugio hasta el amanecer. Solo entonces, abandonaría el yacimiento para dirigirse a su escondite.



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II. El bazar
Pierre — Mañana — Con Amunet
Se fijó en que Amunet se metía en la misma tienda de la que había salido, pero no le dijo nada. Lo que hiciera no era asunto suyo, y estaba claro que necesitaba el dinero, teniendo en cuenta cómo le había hablado. Él siempre había odiado a la gente que usaba ese tipo de servicios, porque le parecía que era aprovecharse de la desesperación de otra persona, pero quién sabe, iba a pasar mucho tiempo allí y no era que fuera a tener muchas oportunidades de ligar, precisamente. Tampoco tenía a nadie esperándole en París, así que tampoco era que fuera a engañar a nadie. Y, encima, por lo que había visto, eso era bastante habitual en el campamento, de manera que estaba claro que nadie iba a juzgarle por ello si acababa cediendo.

A la mañana siguiente, se levantó relativamente temprano y, tras intentar ganas la dura batalla contra los jeroglíficos durante un buen rato, decidió marcharse al mercado. Con la cartera bien escondida, se dedicó a esperar a la mujer. La buscaba con la vista, pero no la veía por ninguna parte. ¿Quién sabe? Quizás había encontrado un negocio más provechoso.

Cuando ella apareció tras él, a punto estuvo de pegar un bote.

Oh, hola, señorita Amunet. Buenos días —Sonrió—. Espero que haya podido descansar.

Una frase dicha únicamente para ser educado, pues dudaba que hubiera dormido mucho. O quizás sí, si el inglés estaba ya profundamente dormido cuando ella había vuelto a la tienda.

La observó detenidamente, a la luz del día estaba claro que era una mujer hermosa. Sin embargo, no la deseaba. Seguramente su moral tenía algo que ver.


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II. El bazar
Amunet — Mañana — Con Pierre


Despertó antes de que saliesen los primeros rayos de sol envuelta en la agradable manta que su cliente había comprado o traído desde su hogar. Su servicio había sido rápido porque los hombres como aquel no toleraban en exceso los días de soledad y terminaban dándose amor cuando nadie se fijaba. Ni siquiera habían repetido cuando ella volvió de su conversación con el francés. Todo había quedado zanjado y pagado.

Amunet le robó un par de cigarros y comió de sus provisiones antes de abandonar la tienda con su capa que la protegía del sol y del frío sobre sus desnudos hombros. No vestía como una ramera al uso, más bien parecía una ciudadana más del Cairo aunque con menos ingresos que otros de sus conciudadanos.

Llegó al bazar antes de que lo hiciese el francés pero aprovechó la ventaja para estafar a un par de turistas, robar un par de frutas y regresar a su hogar donde se cambiaría de ropa. Ojo, tenía más de una prenda aunque sabía que no era inteligente aparentar riqueza cuando no se tenía para no llamar la atención de otros ladrones.

Una vez que estuvo lista, sus pasos la devolvieron al mercado y sus orbes pardos se toparon con la espalda del francés. Puntual, como era de esperar. Con suavidad susurró su nombre marcado por su fuerte acento egipcio y aguardó a que se girara.

—Buenos días, Monsieur. Por supuesto, ¿Ha descansado usted?—preguntó sin perder su simpatía —Acompáñeme y no se pierda, no quiero que otra persona intente estafarle—esperó que pudiese seguirle el paso ágil a través de las decenas de personas que se congregaban para adquirir los mejores productos. De no hacerlo, la acabaría perdiendo entre el bullicio aunque Amunet comprobaba con asiduidad que continuase a su lado mientras le prometía que ya estaban más cerca.

A la puerta de una gruesa puerta de madera se detuvo la mujer de nombre místico. La esencia misma de la sabiduría rodeada del umbral de la antesala natural al establecimiento. Amunet le dedicó una mirada cómplice al francés antes de empujar la puerta y encontrarse rodeados de estanterías repletas de libros y un fuerte aroma a incienso. Un hombre anciano colocaba volúmenes en absoluto silencio.



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II. El bazar
Pierre — Mañana — Con Amunet
Sí, gracias, ha sido una noche corta y me he despertado con los primeros rayos de Sol, pero me siento descansado. La emoción de un nuevo descubrimiento, supongo.

Quizás estaba hablando de más, porque seguramente a aquella mujer poco le importaba lo que él pudiera explicarle sobre sus días y sus noche, pero siempre le pareció que era de buen caballero tratar de entablar conversaciones banales para que el silencio no lo envolviera todo. Además, no estaba mintiendo en absoluto. Se había acostado tarde y se había despertado pronto, pero se sentía como si hubiera dormido mucho más, completamente descansado, y sabía que se debía, precisamente, a lo que llevaban entre manos. Pierre estaba un pasito más cerca de ver su nombre en los libros de historia.

Fue a ofrecerle el brazo en un gesto muy europeo, pero ella ya se alejaba, moviéndose entre la multitud como si estuviera en su hábitat natural. Seguramente lo estaba. Aquella mujer... No sabía de dónde había salido, y sentía mucha curiosidad hacia ella y hacia los misterios que ocultaba, pero sabía que no había nada que hacer. Parecía más lista que el hambre. Y al final, lo que hiciera o dejara de hacer con su vida, no era asunto suyo, no estaba en Egipto para resolver los enigmas de la población local.

La siguió hasta el  edificio y, en cuanto ella abrió la gruesa puerta, tosió. El aroma a incienso era muy intenso, demasiado para él. Además, debido a la cantidad de humo, la sala parecía como rodeada de un halo de misterio. Era como encontrarse rodeado de una fina niebla que se colaba en sus pulmones para asfixiarle. Se abrió un poco el cuello de la camisa y se recordó a si mismo que, después, debería conseguir ropa más adecuada para ese país.

Buenos días, señor —saludó el arqueólogo con una sonrisa. Su acento marcadamente francés no le avergonzaba—. Mi acompañante, la señorita Amunet, sabe lo que estoy buscando.

Decidió cederle la palabra porque, al final, ella conocía la lengua mucho mejor y le pareció que era más práctico. Además, estaba seguro de que ella regatearía mucho mejor que él, que era un completo inútil en el tema.


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II. El bazar
Amunet — Mañana — Con Pierre


La fragancia a incienso inundaba la estancia otorgándole el cariz propio de las tierras misteriosas en las que estaba ubicada y tanto llamaban la atención de los hombres del continente europeo. El olor era muy característico y fuerte aunque ellos estaban más que acostumbrados a su caricia tenue.

El extranjero tosió y la mujer sonrió pérfida por la reacción física que había provocado el incienso en él. Le divertía ver como los europeos intentaban adaptarse sin mucho éxito a la cultura que imperaba en Egipto. Dos mundos distintos que colisionaban desde la colonización de esas tierras por parte de los europeos.

—Buenos días—el anciano se giró lentamente hacia el francés con ojos ávidos de detalles sobre sus orígenes —¿Y usted es?—su oficio de librero le convertía en un caballero culto que conocía algunas palabras del inglés y el francés aunque su edad le provocaba serias lagunas en tales conocimientos —Amunet, otra vez aquí—saludó a la mujer egipcio y ella le contestó explicándole lo que su cliente iba buscando con tanto ahínco.

El tercero de la conversación asintió despacio y le indicó que lo siguiera hacia uno de los cargados pasillos para sostener entre sus brazos dos o tres volúmenes de jeroglíficos que pesaban más de lo que una dama estirada podría soportar. Por fortuna, Amunet era más robusta de lo que aparentaba.

—Venga. ¿Es esto lo que quiere?—llamó al arqueólogo esperando que comprobara lo que tenía.



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II. El bazar
Pierre — Mañana — Con Amunet
Disculpe, señor —respondió él, en árabe, al darse cuenta de su falta de educación—. Mi nombre es Pierre Morhange, soy uno de los arqueólogos que están investigando La Gran Pirámide.

No dio demasiados detalles, porque no se sentía demasiado cómodo en la librería, con ese olor tan fuerte. Lo único que quería hacer era marcharse de allí. Mientras el anciano le mostraba los libros a Amunet, él estuvo cotilleando un poco los pesados volúmenes que había en las estanterías. Había libros muy interesantes, aunque Pierre no podía permitirse entretenerse con lecturas que no tuvieran nada que ver con los jeroglíficos, por desgracia. Pensó que, cuando la expedición terminara, volvería a la librería para comprar alguno.

Tan pronto como la mujer le llamó y la vio tan cargada, cogió los libros.

Sí, es esto. Muchas gracias —Sonrió, satisfecho—. Me llevaré los tres, por si acaso. ¿El precio es...?

Cuando el librero respondió, él miró a Amunet. Sabía que el precio era ridículamente alto, pero no se atrevía a regatear con él, por si le ofendía. Era mejor que ella se encargara de eso.




Oculta el bien que haces, imita al Nilo que oculta su fuente AHDuBbR

Bendiciones para mi firma:
Oculta el bien que haces, imita al Nilo que oculta su fuente YWLBefX
Oculta el bien que haces, imita al Nilo que oculta su fuente ZkJlllF
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II. El bazar
Amunet — Mañana — Con Pierre


Codicioso y, ante todo, oportunista, el anciano se frotó las manos y depositó todos los libros que consideró interesantes para el hombre occidental sobre los brazos de Amunet. Mujer de la que tenía conocimiento desde su niñez al haberla alimentado más de una vez para protegerla del desamparo de las calles. Había crecido hasta convertirse en una superviviente nata y sagaz.

El francés tomó toda su compra librándola del peso —que no le era del todo insufrible al haber tenido otros trabajos peores— de los volúmenes. El precio era exagerado, engordado por el hambre de dinero de un hombre que no vivía en la más pobre de las miserias sino todo lo contrario. El librero era personaje de bien dentro de la sociedad de la capital egipcia al ser uno de los comerciantes que contaba con mayores lecturas para los arqueólogos extranjeros.

Amunet se enzarzó en una batalla dialéctica de regateo y números que subían y bajaban vertiginosamente. En los rostros de ambos contrincantes se percibía el divertimento que les provocaba tal práctica ancestral hasta que —finalmente— ella se alzó con la victoria con una sonrisa ancha.

—Ya hemos terminado—sentenció elevando su barbilla de esfinge antes de indicarle el precio final de los volúmenes —¿Desea hacer algo más, Monsieur?—preguntó cuando abandonaron la mística tienda para ser nuevamente dos cuerpos más en el bullicioso zoco.



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II. El bazar
Pierre — Mañana — Con Amunet
Él escuchó la batalla de números en silencio, serio. Podía ver la diversión en ambos rostros, algo que a él siempre le había parecido extraño. ¿No era más fácil poner un precio fijo a los productos y ya está? El regateo hacía más fácil ser estafado, en su opinión. Además, a saber cuanto intentaba cobrarle Amunet, y él no sabía si aceptar el precio directamente la ofendería.

Al final, cuando ella le rebeló la cifra acordada, él asintió y rebuscó su cartera en el bolsillo hasta sacar la cantidad de monedas adecuada y pagar al anciano con una sonrisa.

Muchas gracias por su ayuda, señor —dijo a modo de despedida, y después abandonó la tienda—. Pues lo cierto es que estaba pensando en comprar algo de ropa —comentó—. He traído la que me recomendaron en Francia, pero está claro que es completamente inadecuada para esta expedición —Sonrió—. ¿Podría recomendarme un par de tiendas y acompañarme? Aunque, si le soy sincero, primero me gustaría ir a dejar los libros al campamento.

Pesaban, pesaban y eran voluminosos, lo cuál hacía muy incómodo pasearse con ellos por el bazar. Pierre miró a su alrededor, bastante inseguro del camino a seguir. Si no fuera con Amunet, estaría totalmente perdido en las calles de la ciudad.

Suerte que usted me acompaña, me temo que no sabría volver.




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II. El bazar
Amunet — Mañana — Con Pierre


Dejó que él cargase con parte de los libros pero, por supuesto, no con todos porque necesitaba demostrarle que era útil y le merecía la pena tenerla en nómina. Amunet no era solo un rostro bonito, también era inteligente, sabía idiomas y poseía un carisma innato que le había puertas cuando se lo proponía. Otras, cuando no acompañaba a ningún occidental, no era siempre bien recibida en todas partes.

¿Quería ropa? Ropa tendría. La egipcia sabía bien a dónde acudir y que no les estafaran porque él era extranjero. Los egipcios eran personas muy honradas pero el hambre apremiaba en ocasiones y no podían andarse con remilgos porque tenían que alimentarse a sí mismos y a sus familias.

—Podemos ir a dejar los libros, sí pero perderemos tiempo. Lo que sí podemos hacer es dejarlos en un lugar seguro o pagarle a un taxista para que los lleve—le ofreció —Tengo un buen amigo que los llevaría asegurándose de que quedan a buen recaudo pero si no se va a quedar tranquilo, Monsieur, iremos nosotros—propuso ambas ideas a su cliente esperando que se decantase por la que más le conviniese puesto que, a fin de cuentas, ella tampoco tenía tantos compromisos.

Sonrió cuando evidenció que la necesitaba, hecho que, por supuesto, la alegraba. La egipcia quería ser fundamental para el porvenir del francés aunque no había esperado que fuese a resultar tan fácil hacerle creer aquello.

—Aunque disfruto siéndole de utilidad, debe aprenderse el camino por su propio bien—le aconsejó levantando la mano uno de esos alocados automóviles se detuviese con la intención de transportarlos rápidamente hacia al campamento. No obstante, quedaba la posibilidad de que él prefiriese obviar ese viaje.



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II. El bazar
Pierre — Mañana — Con Amunet
Él la escuchó atentamente, pero no tardó demasiado en decidirse.

Prefiero que pasemos por el campamento primero —No le pasó desapercibido el que se había dirigido a él usando el título de monsieur en francés, así que sonrió ligeramente—. No es que no me fíe de los taxistas, pero prefiero saber dónde están los libros en todo momento.

Dudaba mucho que sus compatriotas le robaran los libros y, a decir verdad, también de que lo hicieran los ingleses. Estaban en el mismo bando. Los egipcios, en cambio... Bueno, estaba seguro de que había ciertos grupos de personas que no estaban de acuerdo en que los occidentales estuvieran por allí, por mucho que dejaban bastante dinero en el país (especialmente cuando les estafaban en el bazar).

Sí, debería, pero las calles son muy confusas aquí —comentó—. Es mi primera vez en Egipcio, ¿sabe? Hasta ahora, todos mis conocimientos eran meramente académicos.

Pierre todavía era joven y consideraba todo un logro que le hubieran permitido ir hasta allí. Por esa razón, trabajaba el doble y se quejaba la mitad que sus compañeros. Tenía que causar buena impresión. A fin de cuentas, la mayoría de sus compañeros pasaban ya de los 50 y eran arqueólogos mucho más experimentados. Al menos sabía que, pasara lo que pasara, aprendería mucho de ellos.

No tardaron demasiado en llegar al campamento, y el hombre enseguida dejó los libros en su tienda. Saludó a unos compañeros, y uno de ellos dirigió una mirada lasciva a Amunet. El francés no sabía porque, pero aquello le molestó especialmente, y a punto estuvo de darle una colleja. Afortunadamente para él, recordó que no debía hacer eso y que, además, era ella quien había pasado la noche en la tienda de un inglés.

¿La tienda de ropa está muy lejos de la librería? —preguntó cuando volvió junto a ella, más por curiosidad que otra cosa, porque realmente no le importaba si tenían que ir muy lejos—. ¿Usted que hará cuando terminemos las compras?




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