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Hermanos

Tumblrs de recursos para el rol

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Dom Oct 24, 2021 7:38 pm
let's play with
this boring society!
El cuadro de la reina Victoria está ubicado en todas las salas destacables de los clubs británicos. Allí, los hombres honrados fuman sus puros y escapan de soporíferas charlas con sus mujercitas, quienes solo quieren cotillear sobre la mano larga de ciertos sirvientes y la poca valía de los diamantes regalados.

Sin embargo, en la capital del Reino Unido han comenzando a desatarse una serie de acontecimientos violentos y sin sentido; escándalos de una índole que conseguirían bajar del pedestal a los supuestos 'héroes' de la nación. Cada vez que existe una prueba, esta se borra por manos del incompetente mando de la policía.

Junto esos asesinatos a sangre fría, en las páginas del periódico la sección de sociedad está rebosante: un antiguo huérfano ha heredado la fortuna y el título de su benefactor. Mientras, la joven condesa hija de Butler Penner sigue esperando su vista en sociedad tras instruirse en lo que fue conocida como la ciudad del renacimiento. No obstante, una joven curiosa que vaga por las calles y un recién nobiliado... ¿qué podrán tener en común?

Parece ser que ambos están interesados en descubrir qué anda pasando por las callejuelas de la humorosa capital mas ¿serán capaces de vérselas con las restricciones de la época o de unir sus intelectos en una nueva 'caza'?
QUINTON WALLER
christian bale — aniridia — lord
GENEVA PENNER
winona ryder— vicivosdrcams — futura condesa
ONE ON ONE  — ORIGINAL — ÉPOCAS PASADAS





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Dom Nov 14, 2021 1:17 pm
1. La ternura
de la indiferencia
Quinton Waller jamás imaginó de niño que la estrella de alguien podía cambiar tanto. Caminar por lujosos palacios le parecía una fantasía con la que soñaban los pobres, indistintamente del género por más que esta idea se atribuyese, normalmente, al femenino. Lord Henry Waller lo había acogido bajo su ala como si fuera su hijo, y es que aquel empresario no había tenido nunca ninguno de su propia sangre. Ni siquiera se casó. Toda la fortuna que dejó tras su muerte habría sido heredada por la Iglesia y el Estado de no ser porque decidió, casi desde el mismo momento en el que aquel muchacho entró en su vida, colocar el nombre de Quinton como el único beneficiario de su gran fortuna.

Así pues, un «nuevo rico» surgía en la sociedad inglesa, término que nunca ha sido agradable para nadie, mucho menos para los que recibían aquel título despectivo que los despojaba de credibilidad y, por lo visto, también de respeto. Aun así, el respeto es algo que se gana y cualquiera, naciera pobre o con una cantidad ingente de libras bajo el brazo, podía ganárselo o perderlo a lo largo de su vida.

El heredero del señor Waller, de quien también había tomado el apellido, era el centro de las miradas en el baile de los Rothschild, una de esas familias archimillonarias que llevaban años en el escalón más alto de la sociedad y a las que Quinton no podría ni lamerle las suelas de los zapatos, cosa a la que aspiraba la mayoría de los allí presentes por muy desagradable que sonase.

Las jovencitas casaderas, de risas poco disimuladas y con rubor en las mejillas, lo saludaban inconstantemente, deseando que las sacara a bailar, pero lo cierto era que él no tenía ninguna intención de hacerlo. Solamente cambió de parecer cuando vio a una señorita apartada del resto, indiferente a su presencia y, por tanto, sin destilar aquella desesperación que tanto le repelía.

Se dirigió, pues, hacia ella y en un intento de entablar conversación, dijo:
Las rosas son tan delicadas que si dejas de prestarles atención durante un segundo, son capaces de morirse.

¿Qué quería decir con aquello? ¿Solo era poesía o escondía algo más detrás?
Quinton Waller — A medianoche — Baile de los Rothschild







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Dom Nov 14, 2021 10:26 pm
1. LA TERNURA
DE LA INDIFERENCIA.
Mentiría de forma abrupta si negara que se aburría como una ostra la sala. Los hombres fumaban puros apestando las hermosas cortinas de seda, las damas cotilleaban sobre si asistirían pronto a un convite de bodas y los ancianos trataban de seguir un ritmo un tanto decadente a pesar de que la música era animada. Geneva, en cambio, fingía estar atenta a las tribulaciones donde Gilbert Anthorp comunicaba su indignación porque su padre no le cedía el permiso para unirse de forma instantánea a la marina. Se ‘disculpó’ porque de la nada iba a bostezar y no le apetecía que su padre le fuera a soltar un último recordatorio de no decepcionarle.

Oh, cómo si evitar una conversación sobre el funcionamiento de buques de guerra fuera de destartalada.

¿Qué iba a hacer? Ella prefería fiestas donde se pudieran intercambiar verdaderos temas de interés y no sobre absurdos patrimonios. El dinero no lo era todo y tampoco los comentarios críticos sobre si cierta señorita había salido sin la compañía de una persona de confianza. Se desvió hasta una esquina, donde una hermosa estantería de roble recopilaba libros de distintas categorías: prosa, poesía, jurisdicciones, geografía… los relieves eran preciosos. Distinguía algunas ediciones por tener las propias en casa y las antiguas le cedían mayor curiosidad.

Aunque se detuvo dado que no era su hogar ni tampoco tenía el permiso de los señores Rothschild para dejar al pájaro de su curiosidad volar sin temor a furtivos.

Los cuchicheos subieron notoriamente y pese a que hablaban de un ‘apuesto joven’, Geneva siguió cavilando en sí los últimos acontecimientos ocurridos semanas atrás no serían producto de una mente literaria superior. Casi parecían marionetas movidas según la conveniencia de un demiurgo. Hasta padre reforzó la seguridad de la casona con tal de evitar sorpresas desagradables.

En cambio, Geneva no creía que esa persona, o ser, fuera a meterse en hogares ajenos: prefería cazar a sus presas en los rincones de la húmeda Londres.

Toqueteó una figura de un pequeño elefante que le sonsacó una sonrisilla risueña hasta que una voz no familiar le sacó de un posible sueño mirando la sábana africana.

Era alto, esbelto, pelo claro y ojos amigables. La muchacha dejó el pequeño elefante de vuelta con su manada de piedra y alzó una ceja, dispuesta a centrarse en el anfitrión que enseguida, imagino al no reconocerle de otras charlas, debía tratarse del nuevo heredero del patrimonio Waller.

“Deduzco, por su comentario, que pueden estar en grave peligro si alguna de las rosas que nos acompañan se sienten insultadas en no sacarlas a la pista y dedicarles un mínimo piropo. Muchas ni respiran adecuadamente por los corpiños” comentó, sin bajar la ceja “No obstante ¿no puede la rosa nutrirse de otra materia? Quizá en sí es débil mas esconde una fuerza tenaz” dictaminó, segura de sí.

Una sonrisa afable salió a palestra.

“Aunque por si un momento su análisis se refería a mí con tal dulzor de pétalos, he de confesarle que se equívoca, señor: soy más como un cardo”
GENEVA PENNER — A MEDIANOCHE — BAILE DE LOS ROTHSCHILD







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Lun Nov 15, 2021 12:26 am
1. La ternura
de la indiferencia
La peor parte de pertenecer a la escala más alta de la sociedad es que las conversaciones pueden resultar terriblemente soporíferas. Solo a un rico puede parecerle interesante otro rico, aunque siempre hay de todo en la viña del Señor y esa vez no iba a ser menos, pues si se sabía buscar, se era capaz de encontrar a alguien que realmente mereciera la pena.

Otra de las cuestiones que podían resultar nocivas era la de heredar de golpe una suma considerable de dinero, así como diversos terrenos y propiedades. La riqueza inmediata podía suponer, también, la ruina inmediata. Por suerte, Quinton se había pasado su corta vida trabajando y comprendía el valor del dinero. Además, ahora que tenía tanto, más le valía rodearse de consejeros fiables que le ayudaran a tomar las mejores decisiones. Uno de los que tenía ahora, heredado también de su «padre», estaba empeñado en que se casara y si bien era una decisión que objetivamente resultaba beneficiosa, subjetivamente no podía causarle más rechazo.

Quinton, a pesar de su educación, cultivada mucho más que la de otros que se habían encontrado en su posición —no en la de ahora, sino en la de antes— gracias a su amable y generoso benefactor —que en paz descanse—, a veces era como un niño grande y pronto se olvidaba de que ahora tenía que ponerse serio y coger las riendas de su vida. De que ahora era un hombre. Y todo el mundo se había dado cuenta menos él.

Es más, así lo reflejaban los periódicos, imprimiendo su rostro sobre miles de páginas amarillentas junto a noticias mucho menos alegres y mucho más escabrosas. Incluso él, que a veces parecía que vivía en su propio mundo y que no se enteraba de nada, había oído lo de los asesinatos. Le intrigaba demasiado. No sabía si porque tenía un afán detectivesco en su interior o si era algo provocado por ese niño que todavía habitaba en su mente y en su corazón.

Prueba de que a veces estaba en Babia era el hecho de que a pesar de que a él, por desgracia, todo el mundo le ponía nombre y cara, vivía en la ignorancia respecto a la mujer que tenía delante. Porque si hubiera sabido que era la hija del conde Penner, quizá no se habría acercado a ella. ¡Y qué error tan grande habría cometido! Se habría perdido a la única persona interesante del lugar. Y así se lo demostró enseguida, avispada, carismática y con chispa. Tan graciosa que a los más conservadores les habría provocado muecas de disgusto porque así eran esos hombres, y más en aquella época. Sin embargo, él no pudo evitar reír.

No quisiera menospreciar el poder de las rosas, pero cuando son las únicas flores que se ven en un jardín, por muy bellas que sean, siempre van a destacar otras que no lo son. Que no son rosas, quiero decir, no que no sean bellas. —Se estaba liando él solo con su propia metáfora, pero al final había logrado reconducir lo que estaba diciendo—. Permítame la osadía de discutirle, pues no pienso que sea usted, precisamente, un cardo. ¿En qué se basa para realizar tal afirmación? ¿Y por qué le perturba el destino que pudieran tener las rosas de este jardín?
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Lun Nov 15, 2021 1:32 pm
1. LA TERNURA
DE LA INDIFERENCIA.
Geneva siempre había vivido entre algodones de azúcar. Desde su uso de razón, recordaba estar rodeada de posesiones de alto nivel: carruseles con música, muñecas importadas desde Francia, vestidos con el mejor algodón y zapatos a juego. Aunque, evidentemente, faltaba una figura imprescindible: su madre. Su padre había quedado viudo cuando la muchacha cumplió cuatro años. Un fatal accidente a caballo se llevó la vida de la condesa.

La sobreprotección por su hija y heredera de su título le hizo tener en mente que debía instruirla para que el apellido Penner y por ende la historia que guardaba éste no cayese nunca. Tuvo varios tutores que le enseñaron acerca de lengua, idiomas y conocimientos básicos para la música y las artes. El conde siempre alardeaba de las cualidades de su hija, hasta de su humor cínico. Claro que la joven sabía cuando ponerse el botón en la boca, ya que no todos los señores o señoritas eran capaces de aceptar una crítica constructiva.

En aquella velada la joven hubiera preferido saber qué indagaciones guardaban sobre los escalofriantes hallazgos que la policía obró. Era inevitable que un asunto de extrema notoriedad anduviera de boca en boca y, no obstante, actuaban como si no hubiera sucedido nada de nada. Ello le repateaba ¡¿debían aguardar a que otra víctima inocente se viera enfrascada en unas manos sangrientas? Al parecer, la respuesta era sí.

Las conversaciones, triviales de por sí, terminaban por declararse sobre las últimas inversiones. Hasta su padre pecaba de glorioso contando que invirtió en los nuevos ferroviarios. Si no le conociera, ya pensaría que estaba poniendo en conocimiento una posible ‘dote’ para futuros interesados. Lejos de la realidad del resto de señoritas pudientes, Geneva no sentía ningún interés en verse de pronto atada a un matrimonio donde ni conocería el color favorito de su supuesto marido.

Cuando aquel joven, seguro de sí, le dedicó esa poética oración; su rostro pronto fue reconocido a ojos de la muchacha. En primera plana lucía, aunque las fotos donde captaron su rostro éste se mostraba como asustado. No era para menos. Ella nunca tuvo falta de nada, todo lo tuvo a pesar de que se tratara de una cosa insignificante. Se cuestionaba si el hombre sería capaz de dividir a los futuros amigos o a los interesados que quisieran sacar tajada de unas libras con fines lúdicos.

Fue interesante, y no lo negaría, que guardara atrevimiento para pasar sin ser interrumpido por inversores que tenían ganas de lanzar sus garras a cualquier flojo de mente y fácil de encandilar con labia. Ante su risa, ella repitió el gesto juntando sus manos entre sí.

Comprendo vuestra comparativa mas si las rosas son el preciado común, lo que siempre proliferan serán ellas y todos querrán seguir teniéndolas por continuar el flujo” cosa que ella detestaba. Cada vez que veía a todos copiar acciones como el fumeteo de puros cuando ni podían aguantar la peste los pensamientos de hipocresía no evitaban su mente “Y serán bellas mas al punto de reconocerlas tanto también aburridas” descartó junto un leve encogimiento de hombros. Ante su contradicción, Geneva se limitó a sonreír meticulosa “A mí parecer, son hermosos y a la vez peligrosos. Las rosas engañan con dulzura, los cardos se muestran tal y como son: con colores más clásicos u ostentosos pero sin restarles su protección. Las rosas, en cambio, solo tienen una espinas que nos las salvan del todo” dejó su rostro ladeado, inspeccionando de reojo el traje impuesto. Su altura le daba esa gracia natural “¿No lo ha oído usted? Los berrinches son horribles y más entre damitas que solo quieren bailar y que el champán suba a la cabeza y respecto a su primera cuestión: me baso en que yo de por sí me muestro como soy, sin necesidad de una capa de hermosura antes del pinche”

GENEVA PENNER — A MEDIANOCHE — BAILE DE LOS ROTHSCHILD







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