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Dom Dic 12, 2021 1:06 pm por Myshella
White wings & Diáspora
Octubre de 1917.
La era de los grandes zares ha tocado fin.
El Palacio de Invierno ha sido asaltado y, tanto el zar como sus hijos están en manos de los revolucionarios.
El Ejército Blanco ha caído.
El nuevo poder, el Terror Rojo, les da caza.
Y la esperanza para las casas nobles de la antaño gloriosa Rusia se ha caído, como pluma lanzada al vacío.

¿Quien habría podido preveer que se iban a ver así, de la noche a la mañana, desposeídos de toda riqueza?
¿Cuándo ha dado la contienda un giro de tal magnitud?


Ahora no son nada.

Sobrevivirán arrojados al exilio, u ocultos en las sombras, renegando de esos apellidos que antes portaron con orgullo, rezando a cada instante para que ninguno de sus antiguos vasallos les reconozca.

El heredero de los Savitkov es uno de ellos.
Heredero, cuando debiera ser nuevo príncipe, tras el reciente y trágico fallecimiento de su padre.
Él, en cuyo pecho han pendido las insignias de la Guardia Blanca, ha quedado rezagado, aún a las puertas de su palacio, tras asegurar la huída de su madre y de su hermana.

Sabe que no puede enfrentarse solo a esto.
Ahora es él quien debe huír, esconderse o morir. Es su turno.

Lo que ocurre es que ese turno, esa vida suya que ahora pende de un hilo, ha ido a parar justamente a las manos de quien menos se esperaba.
Porque resulta que euien parece tener la clave para salvarle o condenarle es uno de sus antiguos vasallos. Un joven cuya familia ha sufrido las malas prácticas de un príncipe, su augusto padre, que llevaba muy arraigada en la superioridad en la sangre.

Un joven que engrosa las filas del ejército rojo y canta a pleno pulmón el himno de la revolución.

¿Lograrán entenderse?


PERSONAJES
Aleksei (Lyosha) Savitkov
Príncipe —
Kivanç Tatlıtuğ — Riven
Yegor (Jora) Yurievich
Revolucionario —
Blake Ritson — Myshella
ONE ON ONE — ORIGINAL, ÉPOCAS PASADAS — REVOLUCIÓN RUSA





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Última edición por Myshella el Sáb Jun 11, 2022 3:54 pm, editado 3 veces



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Dom Dic 12, 2021 4:28 pm por Riven
"White wings & Diáspora"1. The end of Autocracy
El miedo.

Ah, Lyosha, como le llamaban desde pequeño para distinguirlo de su padre, sabía perfectamente lo que era esa sensación. Entender que estaba entre la vida y la muerte no resultaba extraño para alguien que, hasta hace poco, había sido enaltecido y condecorado distintas veces para informar a todos quienes pasaran en frente de él, que el futuro príncipe era un miembro valeroso de las fuerzas zaristas.

Algo de lo que estar orgulloso. Algo para hinchar el pecho y observar a todos con sus ojos azules, de un color gélido como cuando el Volga se congelaba en el invierno. Pero que ahora no servía absolutamente de nada. Ni siquiera, como un salvoconducto.

Peor que el miedo, podía asegurar, era la incertidumbre. Elegir encomendarse a la buena voluntad de Dios no era para él extraño, más sin embargo, estaba seguro, más bien con una pizca de desesperanza, que nada podía parar a aquellos que se decían revolucionarios, ni siquiera una voluntad divina que parecía haber abandonado a toda Rusia.

Casi podía escuchar en sus oídos en las noches el chispazo de la pólvora, después de los golpes incesantes en la puerta de entrada a aquella que alguna vez había sido la casa familiar. De la cual su madre y su hermana habían huido ya, despojadas de absolutamente todo. Él, por su parte, debía esperar, pues, a que consiguieran para si una forma de escapar de aquel infierno. Ahora, se había acostumbrado a dormir, si es que pegar el ojo al desmayarse de sueño se podía considerar de esa forma, con un revolver bajo la almohada, y un cuchillo en la bota derecha.

No sabía exactamente para que los tenía, si para salvar su vida, o, por el contrario, acabar rápido con ella, pues sabía que su destino era incierto, pero se dividía claramente en dos: un tren, hacia fuera de las fronteras del caído imperio, o contra una pared, esperando la cuenta atrás del pelotón de fusilamiento.

Dudaba, sin embargo, que los rojos fueran a darle la honra de una muerte digna de su rango.

Despertó pues, sobresaltado, aferrando el mango y con la hoja preparada para pelear, o, de verse superado, cruzar su garganta con ella, aquella fría madrugada casi invernal en la que uno de los hombres que le permaneció fiel, pese a todo, informó que el contacto conseguido, quien supuestamente le tendría preparada una vía de salida de Rusia, hacia la incertidumbre de otros lugares de Europa, estaba esperando.

Una vez en el punto de encuentro, el otro hombre se vio en la necesidad de partir, para evitar ser descubierto. Supo, entonces, que estaba por su cuenta, pero no quiso hacer otra cosa antes que brindarle un último abrazo a lo poco que le resultaba familiar en esos momentos de desesperación. —Gracias, Mikhail, estaré en eterna deuda contigo. — aseguró, pues sabía que se estaba arriesgando el cuello al hacer eso.

Y así, entregándose a su destino, terminó reuniéndose con quien, aparentemente, era su boleto a la libertad. Rápidamente, le reconoció, y no pudo olvidar que ya lo había visto con la cinta roja atada por encima del abrigo. Incluso entonces la tenía encima. Quizá, allí se acababa todo y había sido traicionado. ¿Podía culpar al pobre sirviente, acaso? No, simplemente aceptó su destino. —Si voy a morir, al menos ten un acto de clemencia y que sea rápido — dijo, antes de observar a su, según su propia visión, aparente verdugo.
Aleksei Savitkov — Octubre, 1917 — con Jora Yurievich




Última edición por Riven el Miér Dic 15, 2021 9:53 pm, editado 1 vez


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Mar Dic 14, 2021 10:17 am por Myshella
"White wings & Diáspora"1. The end of Autocracy
El miedo.

Esa sensación que le había acompañado toda su vida, en cada una de las ocasiones en que la figura del Príncipe aparecía frente a él.

El miedo, de niño, aprendido de una madre que bajaba la vista al suelo, como si alzar los propios iris a la altura de los orbes de sus señores hubiera de arrancarle un pedazo de alma.

El viejo miedo al hambre, al frío, o a la tiranía que pendía siempre sobre sus cabezas.

El nuevo miedo, a la guerra que asolaba Europa y se ensañaba en Rusia. Miedo al Zar, a los nobles. Miedo a la muerte, en las manifestaciones de febrero.

Pero en el mismo vientre del terror se gesta, en ocasiones, la esperanza.

El zar había abdicado.
Las tornas se volvían, y los bolxeviques acorralaban a los húsares, a la Guardia Blanca, a esa aristocrácia fría y distante, privada de alma humana.

Y Jora, por primera vez en su vida, se atrevía a soñar con un futuro que, aunque incierto, fuera suyo y sólo suyo.

Fue su madre la que, aguja en mano, junto al fuego de la chimenea, interrumpió su tarea.

Una mirada firme y serena que se paseó de arriba abajo del fusil que Jora limpiaba en aquel momento de la noche, a duermevela.

Era fina, demasiado fina, la línea que separaba justícia de venganza, decía.
Ellos sí tenían corazón. Ellos no estaban hechos de escarcha.

A la nobleza se le daba caza, cuando resultaba más que suficiente arrebatarles esos privilegios adquiridos de la nada. Echarlos de un país que ni les necesitaba ni les quería. Quizá a alguno se le cayera la venda de los ojos, y entendiera que todos habían nacido iguales. Esos pocos, quizá merecieran una segunda oportunidad.

¿A donde quieres ir a parar, madre?, preguntó Jora.

Los suyos. Sus señores. Esa gente a la que, de un modo u otro, resulta que estaban ligados.
No quiero que pese sobre  mis hombros, o los tuyos, o los de tu hermano, su asesinato.

A regañadientes, y a medida que entendía, Jora se comprometió.
Al menos, diría la mujer, a pensar acerca de ello.

¿Qué daño harían, lejos? Qué superioridad moral tendrían entonces ellos.

Y ahí estaba.
Noche cerrada, fusil cargado a la espalda y machete al cinto, camino del perfil sombrío y tétrico que recortaba sobre la noche el palacio vacío.

O casi vacío.

Mikhail como enlace y la puerta trasera de esa cocina en la que había vivido toda su infancia.

Esperaba, suponía, al atravesarla, que se encontraría con las mujeres de la família.
La princesa Savitkov y su hija. Eso es. Una mujer de edad ya madura, y una joven que no alcanzaba la de ser desposada. Su madre tenía razón, pensó. Tampoco iban las atrocidades por las que pudieran pasar una y otra a devolverle a su padre.

Las llevaría  a la frontera.

Eso pensó.

Pero, al cruzar el umbral, no se encontró con ellas.

Le vio a él.

Él. El príncipe joven, el heredero. Ese al que había visto crecer, siempre de lejos, siempre observando a lomos de su corcel. Siempre por encima de todos.

Se quedó helado, por un momento.

¿Era una broma? ¿A esto le enviaban, a ayudarle a él?

Hechó mano a su fusil en un gesto instintivo, casi esperando que se tratara de una encerrona. Al menos, tendría más sentido.

Pero entonces vio el mismo desconcierto en la mirada del otro. Y supo que no, que no había error.

Le enviaban por él.

Si voy a morir, al menos ten un acto de clemencia y que sea rápido
dijo el príncipe.

Y el hijo del cocinero, el bolxevique, le dedicó una mirada hiriente, un bufido exhasperado y un mierda sentido. Bajó la mano del fusil, escupió al suelo, y se dio la vuelta.

Echó a andar, un par de pasos. Afuera.

Al frío.

A encender, la mano trémula, un cigarrillo. Y soltarle un par de joder, la madre que me parió a la luna.

Jora Yurievich— Octubre, 1917 — con Aleksei Savitkov





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Miér Dic 15, 2021 9:59 pm por Riven
"White wings & Diáspora"1. The end of Autocracy
El otrora orgulloso miembro de las fuerzas zaristas, el próximo en la línea de conseguir el título de Príncipe Savitkov simplemente había aceptado su fatídico destino en ese preciso momento, al ver al bolchevique sosteniendo un fusil que posiblemente tenía más años que la misma Dinastía Romanov. Una cosa era segura, sus equipamientos eran cuanto menos, inseguros.

No quedaba nada, o prácticamente nada, de todas las posesiones de los que habían habitado toda su vida en aquel palacio que había pertenecido por generaciones a su familia, desde que Pedro I el Grande les había otorgado el título como reconocimiento a las brillantes carreras militares de los varones de la familia.

Siempre se habían sacrificado por el Imperio, y ahora, este mismo los dejaba a la suerte, para que fueran parias en su propia nación. Una que muchas veces habían visto intentar ser invadida por otros, y repelido con éxito. Ahora, eran los mismos pertenecientes a este que simplemente habían desbaratado todo. Desde el interior. Lo que, en opinión de Aleksei, era una ironía bastante grande.

Pero no más que lo que estaba sucediendo ahora.

Por supuesto nunca más que ello. Así, sus ojos claros escrudiñaron al de cabellos oscuros como si de un espécimen a analizar se tratara. De hecho, jamás había tenido tan cerca a uno de los rebeldes, pues habían empezado a identificarse a si mismos después de haber operado en la clandestinidad para desbaratar todo. Antes era riesgoso mostrar tus simpatías, ahora, era riesgoso haber sido uno de los que evitasen el desastre.

¡Había peleado en la Gran Guerra! Y así se lo pagaban.

No había luna en el cielo, cosa que parecía evidenciar que era una noche perfecta para movimientos ilegales. Muchos morirían esa noche, aquellos que no habían logrado escapar a tiempo, los primeros días. Él era uno de los rezagados, y ahora, abandonaba finalmente, vestido con ropas que pudieran disimular su condición ante cualquiera que preguntase o viese.

Había aceptado su destino, más ese destino fatal no llegó, sino que parecía reírse en su cara, y simplemente juntarlo a uno de esos que parecían culpables de sus desgracias. Aleksei, de todos modos, no suspiró aliviado, sino simplemente siguió en tensión y en silencio, emprendiendo un camino desconocido.

Supuso que no tenía que hacerle caso a un pedido como el que le había hecho, pero esos insultos murmurados entre dientes, le dieron la pauta de que algo que no entendía estaba ocurriendo. —¿Por qué tu? — preguntó, finalmente, cuando sintió que pese al frío y al nudo en su garganta era capaz de pronunciar palabra. —¿No eres acaso uno de los que nos quieren muertos? — si, seguía escrutándolo con la mirada. Desconfiaba, por supuesto. Como si buscara un indicio de que, finalmente, iba a morir. Que nunca volvería a abrazar a su madre, y que jamás volvería a escuchar cantar a su hermana frente al piano, mientras tocaba para ella.

No, no pensaba en la opulencia que había perdido. No. Simplemente era un hombre que, ahora, desamparado como el que más, desesperanzado, necesitaba las faldas de su madre como un niño pequeño asustadizo que se despierta en el medio de una tormenta que parece engullirlo todo.
Aleksei Savitkov — Octubre, 1917 — con Jora Yurievich




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Dom Dic 19, 2021 9:58 am por Myshella
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El otro, el noble, salió tras él-

Era lo que debía hacer, desde luego, si pretendía…¿qué?¿Sobrevivir?


Esa era la idea, ¿cierto?
Para eso estaba él ahí.

Sólo que, si Jora no esperaba encontrarse justamente con ese miembro de la familia en particular -el príncipe, joder…¡tenía su madre que apiadarse del príncipe!¿porqué?- resultaba evidente que el otro tampoco había esperado al hijo del cocinero y la lavandera.

Claro que no.

Cuando su contacto, fuera quien fuera el tipo al que hubiera sobornado con las riquezas que continuaran en su poder, debió anunciarle que al fin contaban con una oportunidad, él debió dar por sentado que se trataría de un extraño. Un desconocido.

Habría sido lo mejor, sin duda.

Ladeó el rostro, para mirarle.

Los ojos fríos, los labios contraídos.

Le observó por un instante con la fiereza y el descaro de quien se rebela. Porque, de hecho, ¿cuántas veces le habían dicho de niño que no alzara la vista cuando ellos pasaran por su lado?

Que detuviera el paso, mirara al suelo, y aguardara a que siguieran su camino.

-Lo soy-contestó, brusca la voz.

Se rascó la cabeza, gesto nervioso producto de la incertidumbre.

Porque sí. Tan fuera de lugar estaban uno como otro.

Joder.

Dio una calada impaciente, al punto de consumir todo el cigarrillo de golpe.

-Lo soy, y eso es exactamente lo que quiero- confirmó una segunda vez, por si no había quedado claro-puedes darle las gracias a aquello en lo que creas, porque por lo visto tienes un ángel guardián que no te mereces.

Quizá fuera porque le había visto nacer. Su madre, al príncipe. Quizá porque en aquella casa todas las mujeres de edad habían ejercido de niñeras en un momento u otro.

Puede que, en la mente de la señora, aquel continuara siendo un chiquillo. Un poco como él mismo.
Aleksei.

¿Sabría acaso él, el Savitkov, cómo se llamaba su madre?

Seguro que no.

Cargó bien su arma y empezó a andar, de nuevo, nieve a través.

-¿Estás esperando una invitación formal?-preguntó a su espalda, sin haberse detenido a comprobar- de nuevo- si le seguia o no.

Era noche cerrada, sí. Pero no saldrían de inmediato. Debía meditar. Hacia dónde, por qué lugar.

Y…

Dos asuntos distintos fueron a desvelarle más, si cabe.

El primero, el hecho de que esa noche asaltarían el palacio.
No sólo lo sabía, sino que...quizá le conviniera formar parte del grupo. Mientras el otro esperaba.  Porque no hay mejor lugar para esconder a alguien que, justamente, a la vista de todos.

El segundo...
Se volvió a mirarle.

Le repasó de arriba abajo. Así, vestido de…¿qué creía que estaba haciendo? ¿Qué si se quitaba las condecoraciones ya parecía un tipo corriente? ¿Con ese pelo pulcro, esa mirada brillante, esas manos enguantadas en piel, ese andar elegante?

-¿De verdad crees que ya no hueles a aristocracia rancia?
-preguntó.

Dio un golpe de cabeza, señalando adelante.

-Sígueme.
Jora Yurievich— Octubre, 1917 — con Aleksei Savitkov





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Jue Dic 23, 2021 9:01 pm por Riven
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Evidentemente, ante esa pregunta que formuló, no esperaba, ni mucho menos, una respuesta cordial y educada a la altura. También era posible que él estuviera expresándose bruscamente por la misma incertidumbre que estaba experimentando. El miedo a morir no le era ajeno, y podía decir que seguía sintiendo aquello, si, pero lo peor, sin dudas, era no entender su situación. ¿Acaso el plan había funcionado, o simplemente no?

Era por eso que, quizá con ese tono incrédulo, es que preguntó sobre el alineamiento de aquel hombre que ahora, le servía de guía hacia la incertidumbre más completa. —Lo sospeché — respondió Aleksei, señalando, un poco despectivamente, por supuesto, el brazalete que llevaba encima del abrigo. —Entonces ¿Por qué? — volvió a preguntar, pues menos entendía, claramente, lo que estaba sucediendo a su alrededor.

No le sorprendía en lo absoluto, de hecho, que aquel hombre no fuera alguien de fe. Normalmente aquellos que daban la espalda a su nación no lo eran. Y si tenía suerte, como el de cabellos oscuros dijo en ese preciso instante, entonces pasaría a otro intermediario más temprano que tarde, y toda aquella farsa se acabaría.

O eso esperaba.

Aún así, el ex príncipe, por supuesto, rodó los ojos ante la respuesta. Después de todo, si era lo único que le quedaba para aferrarse a la vida, entonces lo haría. Durante la Gran Guerra tuvo que aprovechar oportunidades cuando se le fueron dadas, y, por supuesto, no iba a desoír sus propios instintos que le decían que, al menos por el momento, siguiendo a aquel bolchevique, por muy extraño que fuese, estaba seguro.

—¿Qué esperas, acaso? — Lyosha respondió, dirigiendo la mirada ligeramente hacia abajo por la diferencia de altura que había entre ellos. No por nada en especial, y de hecho, lo miraba fijamente a los ojos, igual que el otro hacía con él. Incluso ante su desfavorable situación, era capaz de sostenerle la mirada sin achicarse. Aunque fuera eso el infierno personal de su padre, lo cierto es que ahora, era de igual a igual. —Además ¿has pagado tu por los pecados de tu padre? — cuestionó, rápido de pensamiento, porque el muchacho, hasta ese momento, no había tenido posibilidad de manejar la casa. Su padre había muerto repentinamente justo antes de que todo se fuera al carajo.

El mayor hijo de Aleksei Savitkov III había heredado un título sin nada que sirviera para ejercerlo a cabalidad. Aún y cuando se hubiera mostrado en desacuerdo con los accionares de su progenitor, nada podía hacer. —Si no es el caso, entonces no me hagas pagar a mi por los del mío. — comentó. Al fin y al cabo, se conocían solamente de vista.

Y de algunas pocas veces, tan solo.

Lyosha había estado los últimos tres años en el frente, alejado de su hogar, de todo lo que conocía, para volver y encontrarse con el inminente desastre. ¿Acaso no estaba en su derecho también de sentirse traicionado por la gente a la que había defendido con su vida? A la que sin dudar se la hubiera entregado.

De todos modos lo siguió, y no dijo más palabra, al menos por el momento.
Aleksei Savitkov — Octubre, 1917 — con Jora Yurievich




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Lun Dic 27, 2021 3:20 pm por Myshella
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Porqué.

Porqué.

¡Porqué!

Esa era la maldita pregunta.
Porqué le habían enviado a sacar de la ratonera justamente a la rata mayor.

-Cierra el pico- le soltó, molesto, entre dientes, alzando la mirada ese medio palmo por encima de él.

Jodidos aristócratas. Solían sacarle a un ese trecho, bajar la mirada para enfrentar la de ellos.
Por supuesto, se dijo. Él no había pasado hambre, no antes de esos días. A él no le faltó el alimento mientras crecía.

Cuando mencionó a su padre...¿cómo había dicho, los pecados de su padre? afianzó la culata del fiódorov con tanto ímpetu que sintió cada una de las hebras de la madera del fusil mimetizándose con las lineas de sus manos.

-He dicho que te calles- le repitió entredientes, aligerando el paso e ignorando su mirada adrede, por no ensartarle un golpe en pleno pecho.

¡Ellos, parásitos que habían construido el imperio de sus fortunas y sus mal llamados derechos sobre la sangre y el sudor de otros! ¿Cómo se atrevía a mencionar siquiera faltas en un pobre cocinero maltratado, avasallado por el príncipe mayor? Demasiado plácida había sido la muerte que se le llevó.

Atravesaron el sendero de nieve, torcieron a la izquierda, junto a la arboleda de copas blancas, y Jora empujó la puerta de su casa.

Se volvió entonces y, la misma expresión de rabia contenida tiñéndole los iris, le indicó con un gesto seco de la cabeza que entrara. Antes que él.

Cuando el nuevo príncipe atravesara el umbral, él cerraría tras de sí y echaría el cerrojo.

Dentro, la casa parecía reducirse a una salita coronada por una chimenea al fondo; Una escalera destartalada a la diestra, una puerta a siniestra y otra más, alineada con la primera.

En el centro de la salita había una mesa rectangular cubierta con una mantelería oscura. Sobre ella, un costurero abierto y, frente a ella, una mujer mayor, sentada en una butaca.

La mujer, cabellos grises y rostro cansado, abrió exageradamente los ojos al verles entrar y apunto estuvo de decir algo. En su lugar, apoyó la mano de dedos enrojecidos y ajados por el trabajo sobre la madera, e hizo ademán de ir a ponerse en pie.

Eso enfureció a Jora.

El hombre atravesó en dos zancadas la distancia que les separaba a él y la mujer, apoyó la mano sobre su espalda, y la acompañó, de inmediato, de vuelta a la butaca.

-No se levante, madre- dijo. Y uno no hubiera podido decir si pesaba más el respeto debido a su progenitora o la orden implícita dada.

Ni muerto iba a permitir que ella volviera a inclinarse ante sus señores.

La mujer miró a su hijo, preocupación en el rostro, y volvió la cabeza después al recién llegado, a quien dedicó una suave sonrisa maternal.
Le había cuidado, sí. De niño. Algunas veces.

Jora dejó el fusil...justo a su lado.

-Necesita ropa- le pidió a su madre-quizá una camisa, una chaqueta de padre. ¿Podría prestársela, madre?

Los pantalones servirían. Si le quedaran cortos - aunque su padre había sido un poco más alto que Jora- resultaría sospechoso.

-Ella es tu porqué-respondió entonces, a la pregunta en el camino- y si de verdad pretende...-miró de nuevo a su madre- que le saque de Rusia...-de vuelta al Savitkov- vas a tener que hacer exactamente lo que yo diga, sin preguntas. Empezando por quedarte aquí, no moverte de aquí. Tener un cuidado exquisito en que nada le ocurra a ella, ni nadie entre en esta casa en las próximas tres horas. Y esperar. Dentro. Sin salir. Hasta que yo vuelva. ¿Queda claro?

Jora Yurievich— Octubre, 1917 — con Aleksei Savitkov





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Sáb Feb 26, 2022 7:37 am por Riven
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No esperaba, por supuesto, que ninguno de los hombres que estaban al servicio de aquella revolución armada realmente supieran darle una causa convincente de todo lo que estaban haciendo. Si, quizá sus líderes eran pensadores, y podía darles algo de crédito por lo mismo, pero ¿el resto? Solo eran hombres con equipamiento viejo, robado, que posiblemente no irían a resistir un asalto de las tropas que, por seguro, vendrían al rescate de las fuerzas imperiales.

Porque al menos él, pensaba que eso pasaría a la larga. Solo debían de rearmarse, después de la cruenta guerra que había ocurrido hasta hace no mucho tiempo atrás, y todo ese intento se terminaría.

Todos podrían volver a casa. No importaba si las cosas seguían como él las conocía, o no, le daba realmente igual, solo quería tener algo de seguridad. Una que en los últimos tres años no había experimentado y que, ilusamente, creía que encontraría al volver a su hogar.

Al final, Aleksei se percató de que estaba muy equivocado. Aquella guerra que lo perseguía en sueños, volvía a recrudecerse en la realidad. Una que ahora, lo ponía en la senda de uno de sus persecutores y, aparentes verdugos, para ser salvado por una inexplicable mano mágica.

¿Acaso era tan difícil dar una respuesta?

Si no lo sabía, simplemente con eso le hubiera bastado. —Puedo hacerlo, pero aún así, sabes que lo que digo es cierto. — comentó en ese momento, pues, por mucho que pudiera pesarle, si cada quien era responsable de sus propios actos, como en cualquier mundo civilizado, entonces él, que no había podido ejercer el poder como el déspota de su progenitor, no podía tener cargos. O los tendría por omisión, o por la cuna que le albergó. Que al fin y al cabo ¿no era eso lo que combatían y pretendían aquellos con fusiles y cintas rojas atadas al brazo?

A menos que se tratara de una barbarie. Y cada vez, notaba a todos aquellos más deshumanizados, sedientos de sangre solo por el mero hecho de verla derramarse.

Y en eso pensaba el, ahora, ex príncipe Savitkov mientras que marchaban, ahora en silencio, entre medio de la espesa nieve, hasta una pequeña y modesta cabaña que creía, sin dudas, recordar de alguna vez cuando era un pequeño niño. Aleksei elaboró un gesto de hartazgo y, sin más, ingresó él el primero, tal y como le había sido indicado. Quizá, gracias a lo pequeño del recinto, no hacía falta demasiado para caldearlo, y a razón del inclemente clima, en el interior, estaba sofocante.

No tardó mucho en enfocar la vista ante la falta de luz interior, y divisar a la mujer que quiso ponerse de pie. Por mucho que el otro se enfrascara en creer que Aleksei hijo estaba dispuesto a denigrar así a las personas que trabajaban para él, simplemente le hizo una pequeña reverencia a la mujer, mostrando su respeto ante una figura, para él, de madre. Finalmente, le devolvió una sonrisa cansada, pero aún así, feliz de reconocer a alguien quien pudiera llamar amigo.

Por otro lado, no tenía tanta confianza en el hijo de esta.

—Tanto tiempo sin vernos, Olga. — dijo a la mujer, pues era una de las últimas personas a las que había visto antes de ir al frente, sin saber si volvería caminando, o en un ataúd. Sin más, y poniéndose a la altura de la mujer sentada, el príncipe de rodillas en el suelo, tomó sus manos y las acunó entre las propias, como un hijo que vuelve a buscar el afecto de su madre luego de una temporada de dura ausencia.

Después de eso, que creyó necesario y sin pedir autorización del pelinegro, Aleksei volvió a enderezarse. —Soy un soldado. — aseguró. —Puedo seguir simples órdenes. — comentó, además, sabía lo que tenía que hacer para su propia supervivencia. Su tiempo en las trincheras mucho le había enseñado. Tanto, que todavía lo cargaba como un estigma sobre su espalda. Y sin más, intercambió una mirada con la mujer, una que decía más cosas que unas simples palabras. —Tres horas, entendido. — sentenció en ese momento, antes de ocupar el asiento libre.

Dudaba que le fuera a dar siquiera una pistola, así que simplemente permanecería alerta.
Aleksei Savitkov — Octubre, 1917 — con Jora Yurievich




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Dom Mar 13, 2022 1:53 pm por Myshella
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Había apretado los dientes, disgusto claro, cuando le vio arrodillarse ante su madre, tratarla con esa familiaridad que en modo alguno pensaba consentirle, puesto que no la merecía ni por asomo.

Y si no usó la culata del fusil para darle un golpe en la nuca y dejarle inconsciente fue porque, así como su mano se aventuró a volver a recogerlo y alzarlo, una mirada de reproche de Olga le amedrantó y le llevó a bufar, retrocediendo.

Movió la cabeza, cual crío molesto, cediendo ante una mujer que, por otro lado, había vuelto la sonrisa al joven que tenía delante.

El veneno retenido se añadió al desaire que venía escapando de sus labios ya, nada más oírle asegurar que era un soldado, capaz de obedecer órdenes.

Un soldado, ¿él?
Soldados eran los pobres, reclutados a la fuerza antes de alzarse, como él mismo. Soldados eran los que pasaban hambre, sucios y perdidos, en primera línea de frente. Él era de los que permanecían detrás, con su impoluto uniforme y su caballo.

-Tú no te has tragado una puta orden en toda tu vida. Ni se te ocurra compararte con un soldado de a pie.

Escupió, a su siniestra, fiódorov cargado ya en el hombro derecho.

Antes de cruzar la puerta, aún les lanzó una última mirada.

Si le hubiera dejado inconsciente, por un par de horas, se habría ido mucho más tranquilo; y habría estado a tiempo de despertarle, agua de por medio, para sacarle arrastras de allí, cumpliendo así con la voluntad de la buena señora, Olga.

-Si le pasa algo mientras estoy ausente, más te vale salir corriendo, y esconderte muy, muy bien. Porque te encontraré, donde quiera que hayas ido, y te arrancaré la piel  a tiras.

Se lo pensó mejor.

Volvió a entrar en la habitación, esquivando al príncipe. Se acercó a su madre, dejó un beso en su frente. Le dedicó una sonrisa.

-Regresaré pronto. No se mueva de aquí, madre.

Y entonces sí, se perdió en la noche.

En el calor del modesto hogar, Olga apoyó una mano huesuda y ajada sobre la mesa; la otra, en el hombro de Alexsei.

Se puso en pie, despacio.

-¿Tiene hambre, Lyosha?-preguntó, con ese deje de vieja niñera- siéntese-le pidió.

Olga rebuscó dos cuencos y dos cucharas, para servir un tanto de caldoso repollo estofado en cada uno de ellos. Puso uno ante la silla libre, para el príncipe, y otro para sí misma.

-Coma. Luego buscaremos esa ropa que le hace falta.

Fuera, Jora se unía a un sinfín de antorchas, un centenar de fusiles listos para disparar.

El camino que fueron dibujando los fuegos sostenidos por aquellos hombres acabó por desandar el que acababa de recorrer él, en sentido contrario.

Luego vinieron los gritos, los disparos, el asalto y un fuego, mucho mayor que, prendido en cada una de las paredes del palacio, desdibujaría la silueta del hasta entonces hogar de los Savitkov en el firmamento.

En medio del caos él se había precipitado escaleras abajo, por esas mismas que llevaban a los fogones en los que sirviera su padre. Había encontrado un hombre muerto, de buena estatura. Un guardia rezagado, o a saber quién. Poco importaba.

Lo que realmente importaba era el papel que le tocaba jugar, después de muerto.

Jora cerró los ojos, y le disparó, en plena cara. Porque había que desfigurarle.

No se molestó en moverle ni un ápice; tanto si las llamas le alcanzaban como si no, nadie le reconocería. Pero él podría decirle al bolxevique al mando que el príncipe había muerto durante el asalto.

Cuando por fin regresó a su casa llevaba las manos y los guantes, de dedos cortados, manchados de sangre y el rostro tiznado por la ceniza.

Yegor (Jora) Yurievich— Octubre, 1917 — con Aleksei Savitkov





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Dom Abr 17, 2022 12:15 pm por Riven
"White wings & Diáspora"1. The end of Autocracy
¿Y qué sabía un campesino como él?

Por supuesto que a Aleksei Savitkov hijo no le gustaba dar la razón a su padre, sobre las cosas que estaban pasando actualmente, pero en ocasiones como esa se veía impelido a hacerlo. Que pensara lo que deseara, pues solo tendrían que verse las caras lo suficiente hasta que fuera seguro salir de las fronteras rusas, hasta otros lugares de Europa, donde volvería a ser recibido de buena forma, como se suponía.

Buscaría a su madre y su hermana pequeña, y encontrarían la manera de salir adelante, porque eso podían hacerlo.

Rodó los ojos sin molestarse en ocultar el pensamiento que la falta de modales exhibidos ante la mujer le traía, ya entrada en años, madre de aquel bolchevique. Pero claro ¿por qué habrían de respetar algo, ellos, quienes se dedicaban a dilapidar todas las estructuras que alguna vez sostuvieron los cimientos orgullosos del Imperio Ruso?

Ya, poco a poco, quedaba apenas un resquicio de ello.

Y la culpa siempre sería de aquellos que, como el que abandonó aquella casa, creían que quemándolo todo conseguirían algo mejor. Ya Dios, y la historia les darían una lección, por supuesto.

Solamente se removió un poco en su lugar después de que fue requerida su atención por su antigua niñera. La mujer seguía siendo igual que como la recordaba, solo que sus cabellos habían tirado más por las tonalidades canas que por un saludable color oscuro. El mismo que el hijo de ella revestía en la actualidad.

Sin decir nada, simplemente sirvió de ayuda para que la mujer se pudiera levantar de su lugar. —De hecho, si, señora. — indicó el Príncipe Savitkov, que no podría remilgo alguno a un plato de comida, sea lo que fuese servido ante él, porque había estado en peores situaciones allí, en el frente. —Primero usted. — mencionó. —Aunque su hijo no lo crea, he sido bien educado. — indicó, y es que, de hecho, gran parte de la culpa en la formación del joven Príncipe había sido cosa de la mujer que ahora se encontraba con él en esa casa.

Ayudando a la mujer en lo que precisó, para que tuviera que hacer la menor cantidad de movimientos posibles, terminaron sentados ambos a la mesa. Por su lado, Aleksei no profirió palabra alguna hasta que se hubo terminado aquella sopa de repollo como si fuese un manjar digno del mismísimo Emperador Nicolas II, aunque ya no sabía si es que eso seguía siendo algo.

De hecho, no.

Cambió entonces, después de la cena, sus ropas mojadas y sucias, aunque de una tela exquisita, a algo que lo camuflaría, como un trabajador más, aparentemente. Gracias a eso, podría moverse con más libertad, sospechaba. —Le agradezco, Olga, por todo. — indicó, pues realmente, que fuera la mujer quien había insistido para garantizar su huida por fuera de territorio ruso, la convertía, sin dudas, para él en una santa, a la par de otros tantos que formaban parte de la ortodoxia que profesaba.

La mujer había retirado el dobladillo final de los pantalones, lo que colaboró para darle algunos centímetros más, y que llegara a cubrir la altura de Aleksei. Cuando el otro volvió a cruzar el umbral de la puerta, por insinto, y poco más, el príncipe se puso delante de la mujer, para cubrirla de un posible atacante, pero se relajó al descubrir que no era otro que Yurievich.

Igual de peligroso para él, pero inofensivo para su madre.
Aleksei Savitkov — Octubre, 1917 — con Jora Yurievich




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Jue Mayo 12, 2022 12:24 pm por Myshella
"White wings & Diáspora"1. The end of Autocracy

Cuando Jora atravesó la puerta de su casa, en sus ojos bailoteaba la chispa de la locura temporal. De la adrenalina, la mala conciencia acallada, el éxtasis que provoca la fuerza compartida.

La locura de las masas, la revolución del oprimido. Y el mal sabor de boca del diablo.

Porque, a fin de cuentas, matar nunca es plato de buen gusto. Tan sólo se acostumbra uno, a base de deshumanizar al otro.

Por eso se quedó ahí, puerta cerrada a sus espaldas y pecho palpitante, observándole. Al otro. Al Savitkov. Observándole tan cerca de su madre que, por un buen par de minutos, hubo de contener el impulso de abalanzarse sobre él y alejarlo a base de patadas y golpes. De eliminar el peligro.

Pero se contuvo. ese brillo fue remitiendo, mientras recordaba que, a pesar de todo, se había comprometido.
Mientras confirmaba que su madre estaba bien.

De hecho, Olga no había hablado mucho en aquellas horas. Sí le había restado importancia al agradecimiento de Lyosha. Y había sido, en todo momento, tan familiar o afectuosa como le permitía el arraigado concepto de inferioridad respecto a él.

Estaba satisfecha con el resultado de la ropa, y con el apetito del joven a quien seguía viendo como un niño.

E igualmente satisfecha con el sentido del deber de su propio hijo, que garantizaría la supervivencia del primero.

Al fin, Jora entró, se acercó a su madre y besó su frente.

Sin mediar palabra, fue a lavarse las manos. Se las restregó con ímpetu exagerado, y regresó. Se sentó y, aun en silenciotozudo, se sirvió un plato él, que devoró.

Luego se encaró a Lyosha. Le recorrió, mirada firme, de arriba abajo. Como si escudriñara cada recoveco de su aspecto.

-Nos vamos ya-anunció- y en cuanto cruces esa puerta, tras de mí, te llamarás Dmitry. Y asegurarás ser hijo de una prima lejana de mi madre. O algo así.

Blandió la cuchara, que todavía no había soltado, en su dirección.

-Vamos, los dos, a Brest-Livtovsk. ¿Entendido? Pues en marcha.

Se puso en pie, recogió una bolsa de viaje en cuyo interior debía haber preparado con anterioridad, era de suponer, algo de ropa y munición, y se despidió de su madre, antes de regresar  a la fría noche.

Yegor (Jora) Yurievich— Octubre, 1917 — con Aleksei Savitkov





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Miér Jun 08, 2022 8:05 am por Riven
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Cruzaron miradas, exactamente igual que en el primer momento que se vieron, hace unas horas, midiéndose el uno al otro, observándose en silencio, como si fuera lo único que podían hacer sin intentar matarse de buenas a primeras. Porque Aleksei sabía que, de descuidarse, eso terminaría sucediendo. No, no confiaba en Yurievich, ni mucho menos. Confiaba en su madre, si, y por eso le estaba dando el ligero beneficio de la duda al bolchevique, y poco más.

El, ahora con una diana en la cabeza, último Príncipe Savitkov, al parecer, tenía su vida en las manos de aquel hombre.

Y no parecía contento con ese hecho, ni mucho menos.

Permaneció de pie, así, en donde había estado en un principio, mientras que todo sucedía a su alrededor a una especie de cámara lenta, porque por su parte, volvía a revestir la incomodidad de aquel que se sabe fuera de lugar. Cosa que no había pasado, por ejemplo, con la mujer anciana.

Gracias a la cual parecía estar con vida, a quien le debía demasiado.

Y volvió a observar con atención al de cabellos oscuros, intentando dilucidar qué quería encontrar en él. Alguna forma, quizá, de que se delatase, de que hiciese un gesto que lo fuera a vender, y por tanto, arriesgar esa, ya de por si suicida, misión. Aunque lo cierto era, que en ese turbulento momento que toda Rusia estaba viviendo, lo mejor era permanecer al lado de esas masas iracundas que arrasaban con todo a su paso.

Escuchó las palabras del otro y simplemente asintió, antes de apartar la cuchara de si mismo, con un gesto calmado. —De acuerdo. — mencionó, como única forma de comunicarse que había tenido desde que el otro ingresó de vuelta en el humilde hogar que le pertenecía. Esperaba, por supuesto, que los bolcheviques fueran, o bien estúpidos, o bien ciegos, porque nadie creería que ellos dos estuvieran emparentados, pues solo se parecían, evidentemente, en lo blanco del ojo.

Pero fingiría, pues eso se había solicitado de él. Ya quedaba a criterio ajeno tragarse, o no, la mentira. De menos él intentaría ser convincente.

Lyosha, por su parte, acabó por despedirse de la mujer, sabiendo que marcharían, poco a poco, hacia la parte occidental del Imperio, y desde allí, su huída a otras zonas europeas donde todavía quedasen amigos de la familia Savitkov, sería más sencillo. El problema estaba en abandonar el territorio del, ya desmoronado, Imperio Ruso.

No volvería a saber de ella, eso era cierto, y casi que fue como despedirse de una parte de si mismo, de su infancia, de sus raíces. Y eso, más el cortante frío del invierno moscovita, le provocó un estremecimiento que llegó hasta sus huesos.

— FIN CAPÍTULO 1 —
Aleksei Savitkov — Octubre, 1917 — con Jora Yurievich




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Sáb Jun 11, 2022 3:52 pm por Myshella
"White wings & Diáspora"2. Blood paths

Brest-Livtovsk.

Brest-Livtovsk era un objetivo ambicioso. Y, al mismo tiempo, el más realista.

La última ciudad antes de alcanzar la frontera más cercana. Desde allí, el príncipe tendría que seguir solo hasta Varsovia y, si era listo, optaría por seguir hasta Gdansk, y embarcarse. Se decía que en Inglaterra se estaba dando cobijo a aquellos de su clase que lograban escapar a la Revolución.

Pero, en todo caso, una vez cruzada esa frontera, el Savitkov no sería ya responsabilidad suya.

La cuestión era...llegar. Caminar en contradirección a Kyev, a la lucha armada, y justificarlo de un modo creíble. Uno en que no parecieran, ambos, desertores.

Aquel era su segundo día de marcha. Habían caminado, parado a comer, vuelto a caminar, y hecho noche en un granero abandonado, en donde no hubo rastro de alma alguna dispuesta a preguntar.

Jora sabía que, de encontrarse con civiles, lo más probable fuera que les pidieran información. Y eso podía hacerlo. Satisfacer la curiosidad de las pobres gentes que estaban soportando sobre sus hombros el peso de la Revolución. Hacerles comprender que el sacrificio que entonces hacían todos era por un bien mayor.

Sí, eso podía hacerlo.

Eran estos los instantes en que la elocuencia del soldado salía a flote. Cuando podía, ojos encendidos por la emoción, difundir aquellos mensajes que él mismo tanto se había esforzado por leer. Y que habían asentado en su alma las bases de una esperanza nueva, un futuro distinto. Más digno. Más brillante.

Desde luego...esa elocuencia habría de contrastar profundamente con el silencio absoluto que reinó a lo largo y ancho de aquella primera jornada, y buena parte de la segunda.

No se había dirigido a Alexsei en ningún momento. Lo máximo que había salido de sus labios fueron las indicaciones escuetas e imprescindibles, al detenerse a descansar. Nada más.

Y, la verdad, no tenía intención alguna de mostrarse más comunicativo. ¿Para qué? Le había dicho a su madre que lo sacaría del país. No que hubiera de entretenerlo de mientras cumplía con tamaña misión suicida, por contentarla.

Esa segunda jornada, a demás, no iba a diferir en absoluto de la primera. Misma rutina, mismo buscar cualquier rincón medio abandonado donde dormir unas horas. Y ya está.

Sólo que...estaban en Rusia. La Madre Rusia. Y ésta era una tierra que no mostraba clemencia a sus hijos. Menos en aquellos meses del año.

Primero, fueron un par de copos de nieve. Luego, una ligera cortina. Un alzarse el viento, un castañear los dientes.

-Mierda- soltó, apretando la mandíbula- vamos a tener que buscar refugio en el pueblo más cercano.

Eso implicaba, en primer lugar, volver al camino principal.

Le dió un ligero golpe en el hombro, para llamar su atención.

-Por aquí. Necesitamos una posada.

Echó a andar, sólo para volverse a detener, tres pasos por delante.

-Y tiento. Mantén la boca cerrada.
Yegor (Jora) Yurievich— Octubre, 1917 — con Aleksei Savitkov





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Sáb Jun 11, 2022 9:41 pm por Riven
"White wings & Diáspora"2. Blood paths
Entonces, luego de aproximadamente día y medio de viaje, fuera de los caminos principales, por supuesto, para evitar las miradas de más, las sospechas y las preguntas incómodas que el bolchevique no supiera responder de una manera convincente, llegaron finalmente a la primer parada como tal: Brest-Litovsk, había dicho, y cumplió con su palabra. Cosa que al menos, el príncipe Savitkov podía valorar lo suficiente de parte de aquel hombre que era su compañía forzosa.

Todavía no sabía si era mejor estar en esa situación, o haber accedido, quizá, a huir con su madre y su hermana cuando tuvo la oportunidad. Desde entonces, todo se había vuelto peor, y al no recibir noticias suyas, pues hacerlo sería, sin dudas, riesgoso, estaba a ciegas.

Y no había nada peor para alguien como Aleksei que eso ocurriera. Estaba acostumbrado a prever las cosas, pero claro, eso podía hacerlo contando con información. Ahora, solo tanteaba a ciegas, y su vida dependía enteramente de Yurievich, con quien, claramente, existía un desprecio mutuo.

Hablaban lo justo, apenas monosílabos, y de ser estrictamente necesario, pues de lo contrario, el hombre de ojos claros y altura considerable prefería mantenerse en silencio, y dar un asentimiento para saber que escuchaba. Por resto, no mencionaba nada. Aquel clima inclemente no hacía otra cosa que, además de calar los huesos de Aleksei, recordarle duramente a los cuatro años que estuvo en el frente, para volver a una patria envuelta en llamas.

Una patria que ahora los cazaba a él y a los suyos como perros.

¿Qué harían, los bolcheviques, en caso de tener que pelear una guerra como la que habían pasado ellos, en el frente, contra los Otomanos? Dudaba que con esas armas de cañones oxidados y viejos pudieran hacer frente al un enemigo mayor que nobles desarmados.

De cierta manera quería que eso sucediera, que se vieran envueltos en algo parecido a las huestes de esos últimos años de Imperio, antes de Nicolás II abdicase finalmente ante la presión de las masas.

¿Sobrevivirían? Lo dudaba.

Fue por estar perdido en sus propios pensamientos que no escuchó las primeras palabras, y solo se percató de la presencia ajena al sentir ese toque brusco en su hombro. —Ya lo sé, Yurievich. — le llamó, finalmente, por apellido, cosa que le daba entidad a aquel hombre de cabellos oscuros que le acompañaba, y no había hecho hasta el momento.

No quedaba de otra, era cierto, porque en cualquier otro refugio apenas montado improvisadamente, o a la intemperie, no sobrevivirían en la nevada. Esperaba que, ahora, el ángel guardián aparte que no se merecía tener, según el contrario, les diera la suerte suficiente como para que se tragaran el cuento que, a priori, tenía entendido que sería dicho.

Primos. Si, claro.
Aleksei Savitkov — Octubre, 1917 — con Jora Yurievich




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Dom Jun 12, 2022 7:13 am por Myshella
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Ya lo se, decía.

Con esa prepotencia subyugada tan propia de los de su clase.

Qué mierda iba a saber él. No sabía nada. Nada.

No sabía a qué velocidad se extendía la revolución, aunque creyera haber visto suficiente, resguardado tras su uniforme blanco.

Cuando lo vestía.

Yora le miró de reojo y escupió al lado opuesto del camino, con evidente disgusto.

-Vamos- insistió.

Cuanto antes encontraran posada, casa de acogida, o lo que fuera, mejor.

Cuanto antes se quitaran de en medio y antes durmieran, o fingieran dormir. Cuanto antes acabara la dichosa nevada y antes pudieran volver a caminar.

La nueva Guardia Roja se componía por centenares de hombres como él mismo, de ideologia comunista y predisposición firme para acabar, de una vez por todas, con la servitud a los señores. Pero eso significaba, también, que los nuevos e incipientes líderes eran hombres que se habían sublebado contra sus superiores. Y que ninguno estaba dispuesto a amoldarse a nada parecido a la disciplina castrense.

Traducido, que cada uno de ellos podia actuar por propio instinto. Que no bastaría, de estar en el punto de mira, con convencer a un superior. Porque la jerarquía brillaba por su ausencia.

Cientos de bolxeviches voluntarios...cientos de posibles captores. Los suyos, su gente, para más inri.

Como odiaba la idea de mentirles.

Jora calo su gorra, sujetó bien el fiódorov, colgado de su espalda, mientras encendía un cigarrillo y echaba a andar hacia el pueblo.

Las primeras casas aparecieron enseguida, mientras la nevada se volvía insistente.

Le miró de nuevo, sin disimulo alguno.

Evidentemente, Alexsei no portaba arma. Y eso iba a ser un problema, si se le quería hacer pasar por soldado. Pero ni loco estaba dispuesto a dejar que se hiciera con una.

Le apreció reconocer la calle.

No estaba seguro, pero quizá hubieran estado allí ya antes. En las últimas semanas. Él y sus compañeros.

-Al final de la calle hay un lugar- le dijo al príncipe- un hostal- si no le fallaba la memoria- cuanto antes lleguemos, mejor.

Y apretó el paso.

Un poco más allá, a su diestra, se abría un callejón.

Jora tragó saliva al ver aparecer de él a un grupo de bolxeviques. Seguramente hacían la ronda.

Se detuvo, y estiró del brazo de Alexsei.

-Baja la cabeza, mira al suelo. Vamos a seguir caminando, como si no pasara nada. Pero más despacio...que no parezca que tenemos prisa- le musitó, mientras recuperaba la cajetilla y le tendía un cigarrillo a él también.

El humo ayudaba a controlar los nervios. A que no temblara el pulso.
Yegor (Jora) Yurievich— Octubre, 1917 — con Aleksei Savitkov




Última edición por Myshella el Lun Jun 13, 2022 1:28 pm, editado 1 vez



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Dom Jun 12, 2022 4:27 pm por Riven
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Por momentos, sentía que Yurievich lo trataba de estúpido. Los pocos momentos en los que cruzaban palabra, porque eso no parecía ser una prioridad ni para el bolchevique, ni para el príncipe Savitkov, evidentemente. De esa manera, por muy retorcido que pareciera, había paz entre ellos. La paz que traía el silencio. Un silencio que parecía haberse vuelto más profundo mientras viajaban, pero se había roto en medio de lo que, evidentemente, iba a ser una repetición del primer día de viaje.

La nieve, entonces, les había hecho, forzosamente, tener que comunicarse, algo que parecía costar horrores a ambos hombres, parados en lados opuestos de la vida, de aquella revolución, de todo.

Así, Aleksei acabó por dedicarle un simple asentimiento, sin mencionar palabra, porque era lo mejor, según tenía entendido. Provocar a la fiera no parecía ser la salida mas inteligente, y por eso, optó por simplemente mantener la paz.

Lo mejor que le salió, pues el primer comentario no pudo esconderlo de ninguna manera.

Volvieron a ponerse en marcha, entonces, para conseguir el objetivo. Una posada, un cuarto privado era siempre necesario en medio de aquel viaje. Desconociendo que le creían muerto, además, contaba con una ventaja la cual no podía utilizar. Mientras las casas empezaban a aparecer, desde aquellas que estaban a las afueras, supo que ahora no les quedaba otra que seguir avanzando.

La nevada no solo no cesaba, sino que con cada paso que daban, parecía empeorar, para hacerles el trabajo mucho más complicado. Y cruzó miradas con el otro, que iba adelante, sin decir absolutamente nada mientras que iba avanzando. Soltó lentamente aire, como una especie de suspiro sonoro, que se llevó consigo un poco de su calor corporal en forma de vaho.

—Bien. — murmuró, mostrándose de acuerdo, entonces, haciendo lo mismo que el contrario. Si iban rápido, tendría sentido, de hecho, querer guarecerse del inclemente clima de las largas llanuras rusas. Por el momento, las cosas iban normales, hasta que el tironeo directo desde su brazo, hacia el interior de un callejón, acabó por desestabilizarlo. —Lo que digas. — indicó, no con sorna, sino en acuerdo, pues estaba dispuesto a seguir las indicaciones.

No le quedaba de otra, además.

Abandonaron, entonces, la seguridad de ese apretado espacio, con Aleksei con un cigarro prendido entre sus dedos, llevándoselo a los labios cuando vio oportunidad, para pasar al lado del grupo que vigilaba como si fueran, ahora, los dueños de aquella orgullosa nación.

No los miró. Avanzó, o eso intentó.
Aleksei Savitkov — Octubre, 1917 — con Jora Yurievich




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Lun Jun 13, 2022 1:51 pm por Myshella
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No estaba para valorar entonces si había sorna o resignación en el tono de voz del príncipe, ni nada que se le pudiera parecer. Estaba centrado única y exclusivamente en cruzar, del modo más inocuo posible. Sin merecer la atención de ninguno de los que hacia ellos avanzaban.

La intención era cruzarse. Cruzarse, y no respirar siquiera hasta que los otros- un grupo de cuatro hombres- se perdiera en la siguiente esquina, en cualquier dirección que no implicara volver a toparse con ellos.

Por eso simplemente asintió, en gesto aprobador- por una vez, al menos- cuando el otro aceptó el cigarrillo y se lo llevó a los labios.

De un modo más instintivo que pretendido, cerró el puño y frotó vivamente la insignia que pendía en su solapa, a la izquierda; una estrella roja de bordes chapados en algo parecido a un material dorado.
Era el distintivo que, a falta aún de bandera clara, esa milicia compuesta casi en su totalidad por obreros, que  crecía un poco más cada día, había decicido tomar por el momento.

Insignia, pensó entonces...que Alexsei no llevaba, por supuesto.

Se ciñó al plan. Cabeza baja, paso decidido.

El grupo contrario pasó junto a ellos, charlando animadamente.

Uno de los hombres soltó una risotada que llevó a Jora a mirarle de reojo, apenas un ápice de segundo.

El último de ellos, el más joven, se detuvo justo al cruzarse con los dos.

-Eh-les llamó.
Jora sintió el corazón helarse.

Levantó la cabeza, sin prisa, mentón afilado y mirada seria.

-¿Tenéis fuego-preguntó el soldado, alzando un pitillo sostenido entre los dedos.

-Desde luego.-contestó Jora, emitiendo él entonces una bocanada de humo que se entremezcló con el aliento helado, a pesar de todo.

Se acercó al tipo, aproximó su cigarrillo enciendido al del otro, que ya había sido depositado entre los labios del soldado, y esperó a que uno encendiera el otro.

El soldado dio una calada profunda, asegurándose de que prendía.

Mientras, los otros tres se habían detenido a esperarle.

El de la risotada se aproximó un poco más.

A la diestra de su compañero dirigió una mirada de arriba abajo a Jora.

-Tú y yo ya hemos coincidido antes- le dijo- ¿Cómo era? Yurievich.

Movió un dedo arriba y abajo, confirmándose a si mismo.

-Eso es...Yurievich. ¿No estás un poco lejos de casa, Yurievich?

-Tengo un encargo que cumplir- respondió Jora, tan tajante como le fue posible

El otro alzó las cejas.

Y se volvió a Alexsey.

-A tí te he visto antes. No recuerdo donde, pero que me jodan si me equivoco. Se que te he visto antes.- le señaló, adelantando el mentón, como quien reta- ¿Quién eres tú?

Jora apartó la mirada al lado contrario de Alexsey. Inshaló una bocanada profunda de su cigarrillo, consumiéndolo hasta la mitad, y dejó que la ceniza cayera sobre la nieve que cuajaba, insistente, a sus pies.
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Última edición por Myshella el Sáb Jun 18, 2022 7:06 am, editado 1 vez



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Mar Jun 14, 2022 7:38 am por Riven
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Aleksei sentía, tristemente, su vida pendiendo de un hilo, sin importar en que momento o en que situación se encontrara, ese hilo, pues, se resentía más ante la tirantez según lo riesgoso que fuera el contexto a su alrededor, y podía asegurar, sin dudas, que ese era, hasta ahora, de los peores. Aún así, respiró, intentando permanecer tranquilo.

Llenos de dudas, aunque intentando que no se reflejase en ellos en lo absoluto, ambos hombres empezaron a circular, con tranquilidad, camino de la posada, y de hecho, los habían sorteado. Pasaron por delante sin ningún percance, hasta que uno de ellos decidió llamar su atención, y de hecho, si no querían ser todavía más plausibles de sospecha, tenían que detenerse.

Era una simpleza, una mera formalidad. Una tontería entre camaradas. Y personalmente, él parecía detestar esa palabra.

Por el momento, cumplió con lo que el otro le había solicitado. Mantuvo la boca cerrada y no hizo contacto visual. No hasta que, por azares del destino, o por puta mala suerte, para ser menos halagüeño, uno de ellos se dirigió a él como tal, y Aleksei tuvo que responder. Si no lo hacía, era peor, estaba seguro.

Así, pues, el ex príncipe Savitkov simplemente se pronunció, después de soltar el humo de una calada, con una tranquilidad que ni él supo de donde cogió. —Si has estado antes en Alushta. — indicó, pues su familia, en realidad, los Savitkov, procedían de esos lares, más concretamente, tenían ascendencia tártara. —Crimea. — añadió, momentáneamente. —Dmitri Khaliev. — se presentó, pues, con el nombre inventado por Yurievich, y aunque no le habían pedido apellido, seguramente que eso ayudaba.

Luego, se volvió a llevar el cigarro a los labios, para aparentar normalidad. De hecho, no había hecho más que utilizar el apellido de su abuela paterna, que antes de tomar el orgulloso apellido de los Savitkov, había sido una de las muchachas que trabajaban para su abuelo, en sus tierras por esos recónditos espacios del vasto territorio ruso.

No podía decir que la familia de su abuela había corrido la misma suerte que ella, claramente. Y por el momento, se rehusó a dar más información al respecto a no ser que fuera solicitada. De todos modos, estaba improvisando una coartada mientras la decía.

Medias verdades, ese era el camino a seguir, antes que completas mentiras.
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A Jora se le había helado la sangre en las venas.

Por lo que podía suponer para él que de verdad ese tipo hubiera reconocido a Alexsey, pro supuesto.
No por la seguridad del otro. Por supuesto que no. Después de todo, si se descubría solo...él podría decirle a su madre que lo había intentado. No se le podría culpar.
Y recordarle de paso que, por esa absurda petición se había jugado el cuello, ¿verdad?

Claro que sí.

Pero al dar una calada profunda al cigarrillo, y dejar que el fuego lo consumiera hasta la mitad, no pudo evitar mirarle de reojo. Y esperar.
Esperar incómodamente consciente de que, en realidad, esperaba que saliera airoso de aquel primer bache.

El Savitkov tenía, incluso vestido como todos y expuesto al frío como todos, una elegancia natural que resultaba tan chocante como magnética. Eso era innegable. Iba a importarle poco o nada a él, pero la poseía.

Quizá le ganara algo de simpatía y predisposición a hacer la vista gorda por parte de los otros.

Porque...lo que no esperaba Jora es que soltara, con tamaña naturalidad, un perfecto añadido a la burda e insuficiente tapadera impuesta por él.

Consiguió no hacer gesto de sorpresa alguna- no alzar las cejas, no volverse rápidamente a mirarle, no chasquear los dedos- pero sí que regresó la mirada del suelo al príncipe fugitivo.

Tragó saliva y fue él quien se mantuvo calladito.

-Alushta- repitió, a cámara lenta el bolxeviche que le había interpelado- Alushta...

Asintió despacio, al tiempo en que otro de los hombres se acercó y posó la mano derecha sobre el hombro del primero.

-Sí-concedió- estuvimos allí. En los mítines del año pasado, antes de la Revolución- los incipientes gérmenes, entonces todavía clandestinos, en los que se encendieron las mechas. Los hubo a lo largo y ancho del territorio del Imperio Ruso.

Ambos hombres sonrieron. Porque si, efectivamente, había coincidido allí, el tipo debía ser de fiar. Un revolucionario convencido.

Alexsei no había especificado qué hacía en Crimea, o si vivía allí. Por tanto, los otros podían interpretar lo que quisieran.

-Eso es- añadió Jora, aportando un ínfimo grano de arena- vaya memoria la tuya, si entre tanta gente recuerdas la cara de un desconocido.


El hombre asintió.

-No suele fallarme- quizá...quizá no acababa de estar convencido. Pero el otro salió al paso, para alivio de Yegor.
- Este es Míjail.  Sergei y Igor- a su espalda- y yo soy Yerik.

Los demás les dirigieron una mirada más cuidadosa.

-Vamos. No habéis cenado aún, ¿verdad? Nosotros tampoco.

-Necesitamos llegar a la posada para pedir una habitación- replicó Jora.

-Es un sitio tan bueno como cualquier otro para incarle el diente a algo caliente y escapar de la nieve. Venga, os acompañaremos.

Ts.

No se libraban de ellos.

Pero insistir en que no querían su compañía podría ser peligroso. Mucho.

-Seguro...-accedió Jora.

Los hombres invirtieron la marcha, pasando delante del par de fugitivos. O el fugitivo y su niñera.

-Crimea...-musitó Jora por lo bajo, al acercarse a caminar pegado a Alexsey- justamente Crimea. ¿Lo sabías, quizá? Lo de los mítines.
Yegor (Jora) Yurievich— Octubre, 1917 — con Aleksei Savitkov





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Sáb Jun 25, 2022 10:20 pm por Riven
"White wings & Diáspora"1. The end of Autocracy
El príncipe Savitkov estaba entre la espada y la pared. El hecho de que aquel grupo de bolcheviques los hubieran abordado, gracias a reconocer a Yurievich, hacía que su vida estuviera en serio riesgo, dependiendo, absoluta y totalmente, de la facilidad que él tuviera para hablar. Para contar una historia convincente, pues fue requerida por uno de los miembros del grupo que le habían abordado.

Aleksei, sorprendentemente, eso hizo.

Consiguió soltar unas respuestas convincentes al respecto de su procedencia. Básicamente eran convincentes, y sonaron de esa forma, porque estaban basadas en la realidad. No observó a Jora, pues eso, quizá, levantaría sospechas en el grupo que los estaba escrutando con atención, en búsqueda de que, quizá, el joven príncipe se equivocara, y pudieran de esa manera capturar a un fugitivo, y a un traidor, de paso.

¿Qué más querían ellos?

Claro, una vez que terminó de revelar esa información inventada a medias, con lo que le había dado, poco y nada, cabía decir, Yurievich para trabajar, el príncipe se elaboró una coartada convincente. Que aparentemente, dejó satisfechos a sus inesperados acompañantes.

—Ah, entonces coincidimos. — confirmó, como si fuera cierto aquello, con tono que era claramente convencido. Poco se había enterado él de lo que había sucedido en las tierras que su familia poseía en Crimea, porque su padre era críptico al respecto, y a esas alturas, con su abuelo muerto, estaban encargadas de un capataz. El ex - príncipe había odiado el campo, con toda su alma, pues su abuelo tenía una filosofía clara: el trabajo de sol a sol hacía que se forjase el carácter de un hombre.

Eso hizo que tanto su hijo, como su nieto, experimentasen en carne propia lo que significaba aquello. El primero, terminó odiando aquello, y trasladando sus frustraciones a la clase trabajadora empleada en ese remoto lugar. El segundo, lo estaba usando para salvar su vida.

En eso podían coincidir, Yurievich y él, quienes no solían estar de acuerdo en, absolutamente, nada. Pero si que era cierto, aquel otro hombre los había puesto verdaderamente en jaque.

Aleksei terminó por asentir ante los nombres, usando como excusa el cigarro para su comportamiento serio y taciturno. —Eso. — aseguró. Y de hecho, era cierto. Cualquier viajero que estuviera sin refugio a esas alturas, moriría por conseguir un cuarto, y por supuesto, si no se apuraban, podían quedarse a la intemperie con la nieve, y no era algo que deseara, en lo absoluto.

Creía que Yurievich tampoco.

—Por supuesto. — mencionó el príncipe, hace unos días renombrado, antes de avanzar, una vez más, siendo seguidos por el grupo aquel, aunque adelantados después. Fortuna era que no estaban mirando sus espaldas en el momento en que el de cabellos oscuros se dirigió a él en meros susurros. —No. — indicó. Y es que realmente no estaba seguro. Las noticias no eran tan rápidas como para que llegasen a tiempo. Todo se había ido de control antes que llegasen las cartas a la capital. El imperio, ante los ojos de todos, se había vuelto una anarquía a una velocidad pasmosa. —Pero nací allí. — explicó, mínimamente, en ese mismo tono susurrado y bajo, para no ser escuchados por quienes iban delante, mientras cubrían el corto camino que les quedaba hasta el tan ansiado calor del interior del recinto de la posada.

Luego, quizá, entraría en más detalles. ¿Confiaba en Jora, entonces? Bueno, técnicamente no, sin embargo, creía que podía responder a esa pregunta.
Aleksei Savitkov — Octubre, 1917 — con Jora Yurievich




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Ayer a las 12:34 pm por Myshella
"White wings & Diáspora"2. Blood paths

Nací allí.

Por un instante, Jora se volvió a observar al príncipe, sorpresa peligrosamente reflejada en la mirada.

Recordaba vagamente la llegada de los niños de aquella casa. Él era algo mayor que el chiquillo que vestía calzones satinados, en brazos de una mujer enfundada en sedas y pieles.

Lo recordaba, si acaso, porque la actividad de su madre en el servicio de la casa grande se vio repentinamente incrementada.

Pero en cuanto al lugar del que habían llegado…esa era una cuestión que nunca se había planteado. Básicamente, porque carecía de importancia para él.

La madre de Alexsei había permanecido en alguna propiedad lejana de los Savitkov durante una temporada más larga que su propio esposo.

Eso…creía recordar.

Fuera como fuera, no se le había ocurrido que esa tierra fuera, precisamente, Crimea.

Se limitó a asentir, a golpe seco de cabeza, porque no se atrevió a preguntar entonces.

Desde luego, no. Y, de hecho, a poco que lo pensaba, se daba cuenta que la curiosidad que tal dato había despertado en él era contraproducente. Por completo. Primero, porque había que evitar cualquier atisbo de sospecha en una noche y una cena que se auguraba resbaladiza. Resbaladiza, hasta que les dejaran irse a dormir y se libraran de aquel cuarteto.

Y en segundo lugar, porqué ¿para qué iba a necesitar él saber nada del hombre que caminaba a su lado? Cuanto necesitaba conocer- era un noble, oficial del ejército blanco y, en consecuencia, el enemigo. Ya lo sabía.

Por suerte para los dos, la nieve arrecía lo suficiente como para que aligerar el paso se convirtiera en necesidad, y no hubiera más que decir hasta llegar a resguardo.

Una vez en el hostal se encontrarían con un casón de paredes desconchadas y suelos cubiertos por alfombras superpuestas; una encima de la otra, en un intento de aislarles del frío exterior.

La entrada era estrecha. Daba a una escalera empinada, resiguiendo la pared izquierda, y una puerta al fondo, justo pasando por delante de otra a la diestra. Entre una y otra, un mostrador tras el que se sentaba en un taburete un hombre entrado en carnes, de bigote largo y canoso.

-Os esperamos dentro- dijo el que se había presentado como Yerik.

Jora asintió, miró a Alexsei, y se dirigió al que supuestamente debía ser el dueño del casón, tras ese mostrador oscuro.

-Una-dijo el hombre antes de que le preguntaran. Alargó por encima de la madera una llave de no menos de medio palmo, algo oxidada, y les miró a ambos- un cuarto doble. Las camas son estrechas, pero tienen buenas mantas. En el piso de arriba, la tercera puerta. Al fondo hay un cuarto para el aseo, que cuenta con una ducha- de latón, cabía suponer- se cierra con pestillo, por dentro, pero llamen antes de abrir la puerta cuando lo necesiten. Las letrinas, en el patio- con un golpe de cabeza señaló la puerta del fondo, la trasera.

Jora dirigió una mirada de solayo al príncipe, antes de asentirle al del bigote.

No se había quejado del lugar en que habían tenido que pernoctar, la noche en ruta. ¿Podría dormir allí? Al menos había una mejora sustancial: la promesa de una ducha, que por escueta que fuera, serviría para deshacerse del olor que empezaban a pasear el uno y el otro.

-Gracias-respondió, recogiendo la llave.

El dueño de la posada volvió la vista a un folleto, periódico o algo similar que andaba leyendo.

-En la sala les darán un plato de guiso.

Jora volvió a asentir.

-Hay que sentarse con los otros- le dijo a Alexsei- se supone que debes comportarte como ellos- aunque ni él se comportaba como aquellos cuatro, estaba seguro de ello- ten cuidado con el de antes. No se hasta qué punto acabará recordando donde debe haberte visto de verdad.

Tras la puerta de la derecha, nada más atravesarla, se abría una chimenea crepitante, unas mesas alargadas y algunos bancos al fondo.

En la segunda, nada más cruzar ante esa chimenea, uno de los otros, no recordaba si el que respondía al nombre de Sergei o el tal Igor, alzaba la mano para que les localizaran.
Yegor (Jora) Yurievich— Octubre, 1917 — con Aleksei Savitkov





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