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Dom Dic 12, 2021 11:06 am por Myshella
White wings & Diáspora
Octubre de 1917.
La era de los grandes zares ha tocado fin.
El Palacio de Invierno ha sido asaltado y, tanto el zar como sus hijos están en manos de los revolucionarios.
El Ejército Blanco ha caído.
El nuevo poder, el Terror Rojo, les da caza.
Y la esperanza para las casas nobles de la antaño gloriosa Rusia se ha caído, como pluma lanzada al vacío.

¿Quien habría podido preveer que se iban a ver así, de la noche a la mañana, desposeídos de toda riqueza?
¿Cuándo ha dado la contienda un giro de tal magnitud?


Ahora no son nada.

Sobrevivirán arrojados al exilio, u ocultos en las sombras, renegando de esos apellidos que antes portaron con orgullo, rezando a cada instante para que ninguno de sus antiguos vasallos les reconozca.

El heredero de los Savitkov es uno de ellos.
Heredero, cuando debiera ser nuevo príncipe, tras el reciente y trágico fallecimiento de su padre.
Él, en cuyo pecho han pendido las insignias de la Guardia Blanca, ha quedado rezagado, aún a las puertas de su palacio, tras asegurar la huída de su madre y de su hermana.

Sabe que no puede enfrentarse solo a esto.
Ahora es él quien debe huír, esconderse o morir. Es su turno.

Lo que ocurre es que ese turno, esa vida suya que ahora pende de un hilo, ha ido a parar justamente a las manos de quien menos se esperaba.
Porque resulta que euien parece tener la clave para salvarle o condenarle es uno de sus antiguos vasallos. Un joven cuya familia ha sufrido las malas prácticas de un príncipe, su augusto padre, que llevaba muy arraigada en la superioridad en la sangre.

Un joven que engrosa las filas del ejército rojo y canta a pleno pulmón el himno de la revolución.

¿Lograrán entenderse?


PERSONAJES
Aleksei (Lyosha) Savitkov
Príncipe —
Kivanç Tatlıtuğ — Riven
Yegor (Jora) Yurievich
Revolucionario —
Blake Ritson — Myshella
ONE ON ONE — ORIGINAL — REVOLUCIÓN RUSA





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Código:
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<post><img src="IMAGEN DE PERSONAJE"> TU POST AQUÍ</post><tit1><front1>DATO — DATO — DATO</front1></tit1></inside></div><div id="rivcre1"><a href="https://www.treeofliferpg.com/u1258">— riven</a></div>

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Dom Dic 12, 2021 2:28 pm por Riven
"White wings & Diáspora"1. The end of Autocracy
El miedo.

Ah, Lyosha, como le llamaban desde pequeño para distinguirlo de su padre, sabía perfectamente lo que era esa sensación. Entender que estaba entre la vida y la muerte no resultaba extraño para alguien que, hasta hace poco, había sido enaltecido y condecorado distintas veces para informar a todos quienes pasaran en frente de él, que el futuro príncipe era un miembro valeroso de las fuerzas zaristas.

Algo de lo que estar orgulloso. Algo para hinchar el pecho y observar a todos con sus ojos azules, de un color gélido como cuando el Volga se congelaba en el invierno. Pero que ahora no servía absolutamente de nada. Ni siquiera, como un salvoconducto.

Peor que el miedo, podía asegurar, era la incertidumbre. Elegir encomendarse a la buena voluntad de Dios no era para él extraño, más sin embargo, estaba seguro, más bien con una pizca de desesperanza, que nada podía parar a aquellos que se decían revolucionarios, ni siquiera una voluntad divina que parecía haber abandonado a toda Rusia.

Casi podía escuchar en sus oídos en las noches el chispazo de la pólvora, después de los golpes incesantes en la puerta de entrada a aquella que alguna vez había sido la casa familiar. De la cual su madre y su hermana habían huido ya, despojadas de absolutamente todo. Él, por su parte, debía esperar, pues, a que consiguieran para si una forma de escapar de aquel infierno. Ahora, se había acostumbrado a dormir, si es que pegar el ojo al desmayarse de sueño se podía considerar de esa forma, con un revolver bajo la almohada, y un cuchillo en la bota derecha.

No sabía exactamente para que los tenía, si para salvar su vida, o, por el contrario, acabar rápido con ella, pues sabía que su destino era incierto, pero se dividía claramente en dos: un tren, hacia fuera de las fronteras del caído imperio, o contra una pared, esperando la cuenta atrás del pelotón de fusilamiento.

Dudaba, sin embargo, que los rojos fueran a darle la honra de una muerte digna de su rango.

Despertó pues, sobresaltado, aferrando el mango y con la hoja preparada para pelear, o, de verse superado, cruzar su garganta con ella, aquella fría madrugada casi invernal en la que uno de los hombres que le permaneció fiel, pese a todo, informó que el contacto conseguido, quien supuestamente le tendría preparada una vía de salida de Rusia, hacia la incertidumbre de otros lugares de Europa, estaba esperando.

Una vez en el punto de encuentro, el otro hombre se vio en la necesidad de partir, para evitar ser descubierto. Supo, entonces, que estaba por su cuenta, pero no quiso hacer otra cosa antes que brindarle un último abrazo a lo poco que le resultaba familiar en esos momentos de desesperación. —Gracias, Mikhail, estaré en eterna deuda contigo. — aseguró, pues sabía que se estaba arriesgando el cuello al hacer eso.

Y así, entregándose a su destino, terminó reuniéndose con quien, aparentemente, era su boleto a la libertad. Rápidamente, le reconoció, y no pudo olvidar que ya lo había visto con la cinta roja atada por encima del abrigo. Incluso entonces la tenía encima. Quizá, allí se acababa todo y había sido traicionado. ¿Podía culpar al pobre sirviente, acaso? No, simplemente aceptó su destino. —Si voy a morir, al menos ten un acto de clemencia y que sea rápido — dijo, antes de observar a su, según su propia visión, aparente verdugo.
Aleksei Savitkov — Octubre, 1917 — con Jora Yurievich




Última edición por Riven el Miér Dic 15, 2021 7:53 pm, editado 1 vez


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Mar Dic 14, 2021 8:17 am por Myshella
"White wings & Diáspora"1. The end of Autocracy
El miedo.

Esa sensación que le había acompañado toda su vida, en cada una de las ocasiones en que la figura del Príncipe aparecía frente a él.

El miedo, de niño, aprendido de una madre que bajaba la vista al suelo, como si alzar los propios iris a la altura de los orbes de sus señores hubiera de arrancarle un pedazo de alma.

El viejo miedo al hambre, al frío, o a la tiranía que pendía siempre sobre sus cabezas.

El nuevo miedo, a la guerra que asolaba Europa y se ensañaba en Rusia. Miedo al Zar, a los nobles. Miedo a la muerte, en las manifestaciones de febrero.

Pero en el mismo vientre del terror se gesta, en ocasiones, la esperanza.

El zar había abdicado.
Las tornas se volvían, y los bolxeviques acorralaban a los húsares, a la Guardia Blanca, a esa aristocrácia fría y distante, privada de alma humana.

Y Jora, por primera vez en su vida, se atrevía a soñar con un futuro que, aunque incierto, fuera suyo y sólo suyo.

Fue su madre la que, aguja en mano, junto al fuego de la chimenea, interrumpió su tarea.

Una mirada firme y serena que se paseó de arriba abajo del fusil que Jora limpiaba en aquel momento de la noche, a duermevela.

Era fina, demasiado fina, la línea que separaba justícia de venganza, decía.
Ellos sí tenían corazón. Ellos no estaban hechos de escarcha.

A la nobleza se le daba caza, cuando resultaba más que suficiente arrebatarles esos privilegios adquiridos de la nada. Echarlos de un país que ni les necesitaba ni les quería. Quizá a alguno se le cayera la venda de los ojos, y entendiera que todos habían nacido iguales. Esos pocos, quizá merecieran una segunda oportunidad.

¿A donde quieres ir a parar, madre?, preguntó Jora.

Los suyos. Sus señores. Esa gente a la que, de un modo u otro, resulta que estaban ligados.
No quiero que pese sobre  mis hombros, o los tuyos, o los de tu hermano, su asesinato.

A regañadientes, y a medida que entendía, Jora se comprometió.
Al menos, diría la mujer, a pensar acerca de ello.

¿Qué daño harían, lejos? Qué superioridad moral tendrían entonces ellos.

Y ahí estaba.
Noche cerrada, fusil cargado a la espalda y machete al cinto, camino del perfil sombrío y tétrico que recortaba sobre la noche el palacio vacío.

O casi vacío.

Mikhail como enlace y la puerta trasera de esa cocina en la que había vivido toda su infancia.

Esperaba, suponía, al atravesarla, que se encontraría con las mujeres de la família.
La princesa Savitkov y su hija. Eso es. Una mujer de edad ya madura, y una joven que no alcanzaba la de ser desposada. Su madre tenía razón, pensó. Tampoco iban las atrocidades por las que pudieran pasar una y otra a devolverle a su padre.

Las llevaría  a la frontera.

Eso pensó.

Pero, al cruzar el umbral, no se encontró con ellas.

Le vio a él.

Él. El príncipe joven, el heredero. Ese al que había visto crecer, siempre de lejos, siempre observando a lomos de su corcel. Siempre por encima de todos.

Se quedó helado, por un momento.

¿Era una broma? ¿A esto le enviaban, a ayudarle a él?

Hechó mano a su fusil en un gesto instintivo, casi esperando que se tratara de una encerrona. Al menos, tendría más sentido.

Pero entonces vio el mismo desconcierto en la mirada del otro. Y supo que no, que no había error.

Le enviaban por él.

Si voy a morir, al menos ten un acto de clemencia y que sea rápido
dijo el príncipe.

Y el hijo del cocinero, el bolxevique, le dedicó una mirada hiriente, un bufido exhasperado y un mierda sentido. Bajó la mano del fusil, escupió al suelo, y se dio la vuelta.

Echó a andar, un par de pasos. Afuera.

Al frío.

A encender, la mano trémula, un cigarrillo. Y soltarle un par de joder, la madre que me parió a la luna.

Jora Yurievich— Octubre, 1917 — con Aleksei Savitkov




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Miér Dic 15, 2021 7:59 pm por Riven
"White wings & Diáspora"1. The end of Autocracy
El otrora orgulloso miembro de las fuerzas zaristas, el próximo en la línea de conseguir el título de Príncipe Savitkov simplemente había aceptado su fatídico destino en ese preciso momento, al ver al bolchevique sosteniendo un fusil que posiblemente tenía más años que la misma Dinastía Romanov. Una cosa era segura, sus equipamientos eran cuanto menos, inseguros.

No quedaba nada, o prácticamente nada, de todas las posesiones de los que habían habitado toda su vida en aquel palacio que había pertenecido por generaciones a su familia, desde que Pedro I el Grande les había otorgado el título como reconocimiento a las brillantes carreras militares de los varones de la familia.

Siempre se habían sacrificado por el Imperio, y ahora, este mismo los dejaba a la suerte, para que fueran parias en su propia nación. Una que muchas veces habían visto intentar ser invadida por otros, y repelido con éxito. Ahora, eran los mismos pertenecientes a este que simplemente habían desbaratado todo. Desde el interior. Lo que, en opinión de Aleksei, era una ironía bastante grande.

Pero no más que lo que estaba sucediendo ahora.

Por supuesto nunca más que ello. Así, sus ojos claros escrudiñaron al de cabellos oscuros como si de un espécimen a analizar se tratara. De hecho, jamás había tenido tan cerca a uno de los rebeldes, pues habían empezado a identificarse a si mismos después de haber operado en la clandestinidad para desbaratar todo. Antes era riesgoso mostrar tus simpatías, ahora, era riesgoso haber sido uno de los que evitasen el desastre.

¡Había peleado en la Gran Guerra! Y así se lo pagaban.

No había luna en el cielo, cosa que parecía evidenciar que era una noche perfecta para movimientos ilegales. Muchos morirían esa noche, aquellos que no habían logrado escapar a tiempo, los primeros días. Él era uno de los rezagados, y ahora, abandonaba finalmente, vestido con ropas que pudieran disimular su condición ante cualquiera que preguntase o viese.

Había aceptado su destino, más ese destino fatal no llegó, sino que parecía reírse en su cara, y simplemente juntarlo a uno de esos que parecían culpables de sus desgracias. Aleksei, de todos modos, no suspiró aliviado, sino simplemente siguió en tensión y en silencio, emprendiendo un camino desconocido.

Supuso que no tenía que hacerle caso a un pedido como el que le había hecho, pero esos insultos murmurados entre dientes, le dieron la pauta de que algo que no entendía estaba ocurriendo. —¿Por qué tu? — preguntó, finalmente, cuando sintió que pese al frío y al nudo en su garganta era capaz de pronunciar palabra. —¿No eres acaso uno de los que nos quieren muertos? — si, seguía escrutándolo con la mirada. Desconfiaba, por supuesto. Como si buscara un indicio de que, finalmente, iba a morir. Que nunca volvería a abrazar a su madre, y que jamás volvería a escuchar cantar a su hermana frente al piano, mientras tocaba para ella.

No, no pensaba en la opulencia que había perdido. No. Simplemente era un hombre que, ahora, desamparado como el que más, desesperanzado, necesitaba las faldas de su madre como un niño pequeño asustadizo que se despierta en el medio de una tormenta que parece engullirlo todo.
Aleksei Savitkov — Octubre, 1917 — con Jora Yurievich




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Dom Dic 19, 2021 7:58 am por Myshella
"White wings & Diáspora"1. The end of Autocracy

El otro, el noble, salió tras él-

Era lo que debía hacer, desde luego, si pretendía…¿qué?¿Sobrevivir?


Esa era la idea, ¿cierto?
Para eso estaba él ahí.

Sólo que, si Jora no esperaba encontrarse justamente con ese miembro de la familia en particular -el príncipe, joder…¡tenía su madre que apiadarse del príncipe!¿porqué?- resultaba evidente que el otro tampoco había esperado al hijo del cocinero y la lavandera.

Claro que no.

Cuando su contacto, fuera quien fuera el tipo al que hubiera sobornado con las riquezas que continuaran en su poder, debió anunciarle que al fin contaban con una oportunidad, él debió dar por sentado que se trataría de un extraño. Un desconocido.

Habría sido lo mejor, sin duda.

Ladeó el rostro, para mirarle.

Los ojos fríos, los labios contraídos.

Le observó por un instante con la fiereza y el descaro de quien se rebela. Porque, de hecho, ¿cuántas veces le habían dicho de niño que no alzara la vista cuando ellos pasaran por su lado?

Que detuviera el paso, mirara al suelo, y aguardara a que siguieran su camino.

-Lo soy-contestó, brusca la voz.

Se rascó la cabeza, gesto nervioso producto de la incertidumbre.

Porque sí. Tan fuera de lugar estaban uno como otro.

Joder.

Dio una calada impaciente, al punto de consumir todo el cigarrillo de golpe.

-Lo soy, y eso es exactamente lo que quiero- confirmó una segunda vez, por si no había quedado claro-puedes darle las gracias a aquello en lo que creas, porque por lo visto tienes un ángel guardián que no te mereces.

Quizá fuera porque le había visto nacer. Su madre, al príncipe. Quizá porque en aquella casa todas las mujeres de edad habían ejercido de niñeras en un momento u otro.

Puede que, en la mente de la señora, aquel continuara siendo un chiquillo. Un poco como él mismo.
Aleksei.

¿Sabría acaso él, el Savitkov, cómo se llamaba su madre?

Seguro que no.

Cargó bien su arma y empezó a andar, de nuevo, nieve a través.

-¿Estás esperando una invitación formal?-preguntó a su espalda, sin haberse detenido a comprobar- de nuevo- si le seguia o no.

Era noche cerrada, sí. Pero no saldrían de inmediato. Debía meditar. Hacia dónde, por qué lugar.

Y…

Dos asuntos distintos fueron a desvelarle más, si cabe.

El primero, el hecho de que esa noche asaltarían el palacio.
No sólo lo sabía, sino que...quizá le conviniera formar parte del grupo. Mientras el otro esperaba.  Porque no hay mejor lugar para esconder a alguien que, justamente, a la vista de todos.

El segundo...
Se volvió a mirarle.

Le repasó de arriba abajo. Así, vestido de…¿qué creía que estaba haciendo? ¿Qué si se quitaba las condecoraciones ya parecía un tipo corriente? ¿Con ese pelo pulcro, esa mirada brillante, esas manos enguantadas en piel, ese andar elegante?

-¿De verdad crees que ya no hueles a aristocracia rancia?
-preguntó.

Dio un golpe de cabeza, señalando adelante.

-Sígueme.
Jora Yurievich— Octubre, 1917 — con Aleksei Savitkov




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Jue Dic 23, 2021 7:01 pm por Riven
"White wings & Diáspora"1. The end of Autocracy
Evidentemente, ante esa pregunta que formuló, no esperaba, ni mucho menos, una respuesta cordial y educada a la altura. También era posible que él estuviera expresándose bruscamente por la misma incertidumbre que estaba experimentando. El miedo a morir no le era ajeno, y podía decir que seguía sintiendo aquello, si, pero lo peor, sin dudas, era no entender su situación. ¿Acaso el plan había funcionado, o simplemente no?

Era por eso que, quizá con ese tono incrédulo, es que preguntó sobre el alineamiento de aquel hombre que ahora, le servía de guía hacia la incertidumbre más completa. —Lo sospeché — respondió Aleksei, señalando, un poco despectivamente, por supuesto, el brazalete que llevaba encima del abrigo. —Entonces ¿Por qué? — volvió a preguntar, pues menos entendía, claramente, lo que estaba sucediendo a su alrededor.

No le sorprendía en lo absoluto, de hecho, que aquel hombre no fuera alguien de fe. Normalmente aquellos que daban la espalda a su nación no lo eran. Y si tenía suerte, como el de cabellos oscuros dijo en ese preciso instante, entonces pasaría a otro intermediario más temprano que tarde, y toda aquella farsa se acabaría.

O eso esperaba.

Aún así, el ex príncipe, por supuesto, rodó los ojos ante la respuesta. Después de todo, si era lo único que le quedaba para aferrarse a la vida, entonces lo haría. Durante la Gran Guerra tuvo que aprovechar oportunidades cuando se le fueron dadas, y, por supuesto, no iba a desoír sus propios instintos que le decían que, al menos por el momento, siguiendo a aquel bolchevique, por muy extraño que fuese, estaba seguro.

—¿Qué esperas, acaso? — Lyosha respondió, dirigiendo la mirada ligeramente hacia abajo por la diferencia de altura que había entre ellos. No por nada en especial, y de hecho, lo miraba fijamente a los ojos, igual que el otro hacía con él. Incluso ante su desfavorable situación, era capaz de sostenerle la mirada sin achicarse. Aunque fuera eso el infierno personal de su padre, lo cierto es que ahora, era de igual a igual. —Además ¿has pagado tu por los pecados de tu padre? — cuestionó, rápido de pensamiento, porque el muchacho, hasta ese momento, no había tenido posibilidad de manejar la casa. Su padre había muerto repentinamente justo antes de que todo se fuera al carajo.

El mayor hijo de Aleksei Savitkov III había heredado un título sin nada que sirviera para ejercerlo a cabalidad. Aún y cuando se hubiera mostrado en desacuerdo con los accionares de su progenitor, nada podía hacer. —Si no es el caso, entonces no me hagas pagar a mi por los del mío. — comentó. Al fin y al cabo, se conocían solamente de vista.

Y de algunas pocas veces, tan solo.

Lyosha había estado los últimos tres años en el frente, alejado de su hogar, de todo lo que conocía, para volver y encontrarse con el inminente desastre. ¿Acaso no estaba en su derecho también de sentirse traicionado por la gente a la que había defendido con su vida? A la que sin dudar se la hubiera entregado.

De todos modos lo siguió, y no dijo más palabra, al menos por el momento.
Aleksei Savitkov — Octubre, 1917 — con Jora Yurievich




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Lun Dic 27, 2021 1:20 pm por Myshella
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Porqué.

Porqué.

¡Porqué!

Esa era la maldita pregunta.
Porqué le habían enviado a sacar de la ratonera justamente a la rata mayor.

-Cierra el pico- le soltó, molesto, entre dientes, alzando la mirada ese medio palmo por encima de él.

Jodidos aristócratas. Solían sacarle a un ese trecho, bajar la mirada para enfrentar la de ellos.
Por supuesto, se dijo. Él no había pasado hambre, no antes de esos días. A él no le faltó el alimento mientras crecía.

Cuando mencionó a su padre...¿cómo había dicho, los pecados de su padre? afianzó la culata del fiódorov con tanto ímpetu que sintió cada una de las hebras de la madera del fusil mimetizándose con las lineas de sus manos.

-He dicho que te calles- le repitió entredientes, aligerando el paso e ignorando su mirada adrede, por no ensartarle un golpe en pleno pecho.

¡Ellos, parásitos que habían construido el imperio de sus fortunas y sus mal llamados derechos sobre la sangre y el sudor de otros! ¿Cómo se atrevía a mencionar siquiera faltas en un pobre cocinero maltratado, avasallado por el príncipe mayor? Demasiado plácida había sido la muerte que se le llevó.

Atravesaron el sendero de nieve, torcieron a la izquierda, junto a la arboleda de copas blancas, y Jora empujó la puerta de su casa.

Se volvió entonces y, la misma expresión de rabia contenida tiñéndole los iris, le indicó con un gesto seco de la cabeza que entrara. Antes que él.

Cuando el nuevo príncipe atravesara el umbral, él cerraría tras de sí y echaría el cerrojo.

Dentro, la casa parecía reducirse a una salita coronada por una chimenea al fondo; Una escalera destartalada a la diestra, una puerta a siniestra y otra más, alineada con la primera.

En el centro de la salita había una mesa rectangular cubierta con una mantelería oscura. Sobre ella, un costurero abierto y, frente a ella, una mujer mayor, sentada en una butaca.

La mujer, cabellos grises y rostro cansado, abrió exageradamente los ojos al verles entrar y apunto estuvo de decir algo. En su lugar, apoyó la mano de dedos enrojecidos y ajados por el trabajo sobre la madera, e hizo ademán de ir a ponerse en pie.

Eso enfureció a Jora.

El hombre atravesó en dos zancadas la distancia que les separaba a él y la mujer, apoyó la mano sobre su espalda, y la acompañó, de inmediato, de vuelta a la butaca.

-No se levante, madre- dijo. Y uno no hubiera podido decir si pesaba más el respeto debido a su progenitora o la orden implícita dada.

Ni muerto iba a permitir que ella volviera a inclinarse ante sus señores.

La mujer miró a su hijo, preocupación en el rostro, y volvió la cabeza después al recién llegado, a quien dedicó una suave sonrisa maternal.
Le había cuidado, sí. De niño. Algunas veces.

Jora dejó el fusil...justo a su lado.

-Necesita ropa- le pidió a su madre-quizá una camisa, una chaqueta de padre. ¿Podría prestársela, madre?

Los pantalones servirían. Si le quedaran cortos - aunque su padre había sido un poco más alto que Jora- resultaría sospechoso.

-Ella es tu porqué-respondió entonces, a la pregunta en el camino- y si de verdad pretende...-miró de nuevo a su madre- que le saque de Rusia...-de vuelta al Savitkov- vas a tener que hacer exactamente lo que yo diga, sin preguntas. Empezando por quedarte aquí, no moverte de aquí. Tener un cuidado exquisito en que nada le ocurra a ella, ni nadie entre en esta casa en las próximas tres horas. Y esperar. Dentro. Sin salir. Hasta que yo vuelva. ¿Queda claro?

Jora Yurievich— Octubre, 1917 — con Aleksei Savitkov




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