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Lun Ene 03, 2022 8:40 pm por Little Cash

ALEA JACTA EST
Eran tiempos de apogeo y esplendor para el Imperio Romano y sus habitantes no atados al yugo de la esclavitud. Roma se había expandido a través del mar y las montañas coronándose como uno de los grandes imperios de su momento. Ni la Galia, ni Egipto lograron emular la hazaña de los pictos. Eran imparables, lógicos y funcionales. Sus grandes obras de la ingeniería han sobrevivido a día de hoy y su legado cultural consiguió traspasar la eternidad hasta ser reconocidos como uno de los mayores imperios del mundo conocido.

Mas no todo era felicidad y algarabía. Existían los crímenes, los enfrentamientos, las guerras y los botines de las mismas, como Alucio. El hispano fue arrebatado de la tierra que lo había visto nacer cuando no era más que un niño o un hombre si se reflexiona con la mentalidad de la época. Alucio fue encadenado junto a su amigo Corbis y trasladados a Roma donde serían vendidos al mejor postor: Un hombre que les doblaba la edad y tenía importantes negocios con las apuestas deportivas en el Circo Máximo.

Alucio se convirtió en corredor de cuadrigas aunque no entró al Circo Máximo hasta cumplir los 15. A día de hoy el mundo sigue sin saber cómo un muchacho de esa edad logró tumbar al gran Yembé, un esclavo traído de tierras más orientales. El hispano mejoró con cada carrera y se burló de la muerte invocando a sus dioses íberos. Su fama fue creciendo como al espuma hasta llegar hasta las más altas esferas.

Titus era hijo de los más allegados hombres del Emperador de su época. Su padre se había granjeado una posición envidiada por muchos menos para el joven Titus que no tardó en hacer alarde de un talante natural para la política, la retórica y la negociación. Su carisma era su mayor arma porque un gesto suyo podía hacer cambiar la opinión de toda la Asamblea.

El patricio se crió rodeado de lujos y fue a la guerra cuando le tocó aunque siempre prefirió la política. Era un gran estratega e intelectual al que las mujeres se sorteaban con la intención de que se convirtiera en el esposo de alguna de las nobles y solteras hijas de los hombres más poderosos de Roma pero a Titus no le interesó. Él solo acudía cada día a las carreras del Circo Máximopara presenciar la pericia de aquel hispano bien aclamado.
TITUS
James Purefory - Mycelium
ALUCIO
Michiel Huisman - Little Cash
Original/Época romana




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Alea jacta est AZzkefT
Mil gracias Timelady <3
Little Cash
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Little Cash
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Jue Ene 06, 2022 7:59 pm por Mycelium

AUDENTES FORTUNA IUVAT
I've come for you.
La carcajada de Titus resonó entre las paredes del peristylium mientras caminaba entre sus altos e imponentes pilares de mármol, abriéndose paso dentro del domus de su buen amigo. En la mano llevaba una copa que no había sido rellenada ni una vez por un esclavo que los perseguía a ambos con una jarra de lo que parecía un vino bastante ostentoso. Y la razón era simple: estaba asqueroso. Titus estaba acostumbrado únicamente a la grandeza: sus estándares eran demasiado altos y lo que pudiera ofrecerle Claudius era demasiado pobre para su paladar.

Después de todo, era el Emperador de Roma.

Había organizado la visita con un propósito bien claro, aunque hasta ahora no había dado indicio alguno de cuáles eran sus verdaderas intenciones. Sin embargo, estaba claro que su compañía allí implicaba mucho más que felicitarlo por las grandes hazañas de sus aurigas en el coliseo. Había hecho acto de presencia en numerosos encuentros y no podía decir nada malo de ellos, ya que siempre dejaban bien parado a su imperio, sin importar el enemigo.

Sobre todo si se trataba de él, aquel al que el pueblo romano aclamaba con ganas en sus oportunas salidas a la arena.

Haz hecho un trabajo de renombre, Claudius. —Lo felicitó con una sonrisa a medio esbozar y arrastrando las palabras melosas. —El pueblo romano sin duda está increíblemente agradecido de tenerte como su mayor fuente de entretenimiento.

Su sonrisa se ensanchó aún más cuando vio el brillo en los ojos ajenos. Recibir un halago del emperador no era poca cosa, y para Claudius, un pobre hombre que había gozado de riquezas en su momento, pero que había vuelto a caer en la miseria, aún menos. El hombre hizo una reverencia y, llevándose una de las manos a su prominente barriga, alzó la copa. —Muchas gracias, señor. —Agradecido, empinó la copa que tenía en la mano, a lo cual el emperador respondió alzando ligeramente la suya y bebiendo tan solo lo justo y necesario para que el gusto no le picara en la lengua. El vino sería nefasto, pero no iba a ser descortés.

¿Te importaría mostrarme a tus aurigas o se encuentran entrenando ahora mismo? —Inquirió aún caminando, pero esta vez hacia una puerta que se abría unos metros más adelante. Daba directamente a un patio con arena donde un montón de hombres sudorosos se encontraban hablando sobre técnicas que él desconocía, probablemente para ponerlas en práctica en algún momento en el Trigarium. No le importaban todos, para nada. Titus solo iba con un nombre entre ceja y ceja, y el portador de ese nombre sería el premio que se llevaría a casa: Alucio.

Por supuesto, por supuesto. —Claudius volvió a hacer una nueva reverencia y sus pasos se aceleraron hacia la salida. —Están discutiendo estrategias, pero es un honor para mi que usted vea lo mucho que trabajamos para asegurarnos una victoria. —Titus no contestó, sino que solo frunció los labios cuando el hombre abrió la puerta. No iba a admitir que Claudius lo estaba sacando de quicio, pero sin duda su presencia ya no era grata para el romano.

El sol era abrasador y por un instante lo encegueció, pero igualmente vio cómo el barrigón se aproximaba a quien presumía era el instructor y, tras una corta charla y una señal de él, todos los aurigas y algunos gladiadores que se encontraban próximos al campo se alinearon perfectamente en una línea. Titus escaneó a cada uno de ellos desde el umbral de la puerta, buscando a Alucio con la mirada. Cuando por fin lo encontró, bebió un último sorbo de la copa que nunca había dejado y salió al sol con dos de sus esclavos alzando una especie de carpa armada con cuatro cañas y un trozo de tela roja por encima de su cabeza para protegerlo del sol.

Al pasar el emperador, los gladiadores y aurigas se arrodillaron uno a uno en señal de respeto. Algunos con cara de no importarles, algunos intentando llamar la atención con la tierna esperanza de salir de allí, y muchos otros con cara de muy pocos amigos. Se detuvo frente a Alucio, mirándole desde aquella distancia por unos momentos. Sus ojos parecieron alumbrarse con un brillo misterioso, codicioso y, quizá, incluso ligeramente hambriento. El mundo pareció frenarse a su alrededor en ese mísero instante y envolverlos, pero tras un pequeño movimiento de una de sus comisuras en lo que presumía ser una sonrisa, apartó el rostro para romper el hechizo que los unía.

Veo que tienes muy bien conservado a tu auriga estrella, Claudius. —Esbozó una sonrisa animada, hablando en un tono ligeramente insinuante. Estaba más que claro lo que le iba a pedir. —¿Cuántos aureus por él?

La pregunta tomó completamente por sorpresa al romano. Con una mano en la barriga y la mirada fija en el emperador, buscó la forma más adecuada de negarse, pero tenía la impresión de que no iba a poder escapar de esto tan fácilmente. Se alisó las arrugas de su toga y, con una risilla nerviosa, intentó negarse de la mejor manera posible.

Emperador… Ninguno de ellos se encuentra a la venta ahora mismo, ¿no desea que sigan entreteniendo a la población? —Su voz sonaba temblorosa.

Claudius. —Le llamó en un tono que escondía un resquicio autoritario, pero paciente, y casi sintió como al romano se le erizaban los pelos de la nuca. Algunos de los presentes se encontraban expectantes ante semejante escena—. Puedo pagarte más de lo que vayas a ganar en un año en el Circo Máximo. Sin duda podrías usar las monedas para… —Miro a su alrededor, extendiendo un poco las manos— ¿una renovación?

Ante su pregunta, y en vista que la realidad era que no podía negarse, Claudius aceptó venderlo, pero no sin antes llevarse una buena cantidad de monedas que le permitirían, si se le daba la gana, comprar tantos esclavos nuevos como quisiera para repetir su círculo vicioso.

Vámonos. —Ordenó, esta vez con los ojos fijos en el auriga que tenía delante. El sol le estaba molestando, ya había cumplido su cometido y la compañía del romano le era ingrata. Así que, tras aquella simple palabra, se aproximó a Claudius para despedirse de él luego de que uno de sus soldados le entregase una bolsa con una generosa cantidad de monedas.
En Domus de Claudius con Alucio


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Sáb Ene 08, 2022 8:11 pm por Little Cash

AUDENTES FORTUNA IUVAT
I've come for you.

Su vida había mejorado desde que se había convertido en la fuente de ingresos más importante para su amo. Las monedas danzaban sinuosas de mano en mano durante las apuestas que se llevaban a cabo antes de sus combates. Patricios y pobres creían en sus capacidades, algunos hasta le rezaban a Marte para que le siguiera dando fuerza a su cuerpo. El día que Alucio muriese en el campo, toda Roma lloraría.

Claudius, su amo, lo trataba con respeto, mejor que a la mayoría porque se lo había ganado con sangre y sudor. Dormía solo en su propia habitación y recibía la mejor alimentación. Apenas quedaba un amargo recuerdo del muchacho harapiento que habían robado de su hogar. Se había esforzado en convertirse en lo que era: un ídolo para Roma.

La voz de su instructor, al que Alucio ya ganaba con facilidad, resonó en el patio de entrenamiento. El sudor le recorría la piel quemada por el sol, eran muchos años combatiendo por un día más de vida. Había una visita: el Emperador de las vastas tierras bautizadas como Roma. Alucio se colocó en su sitio en la fila, el acero se había reencontrado con su amante en forma de cuero; la vaina del arma.

Había visto a Titus en la lejanía, se movía como el dios que le habían dicho que era y parecía creérselo. Alucio le mantuvo la mirada cuando se detuvo frente a él. No le tenía miedo, ni siquiera un profundo respeto. Él y todo lo que representaba habían subyugado a su pueblo.

Entendía latín, había aprendido con el tiempo. La conversación danzaba en torno a su propiedad y, como era de esperar, pasó a ser del Emperador. Chasqueó la lengua en un sentimiento indescriptible. No sabía qué le esperaba, quizás dejase de quemarse al sol o el Emperador quería un campeón propio.

—Sí, mi Señor aunque querría llevarme mis caballos—solicitó antes de despedirse de sus compañeros con una mirada silenciosa que rezaba un "buena suerte". Claudius le indicó que le mandaría a sus equinos y, también, su cuádriga. Formaba parte de su ser y con un extraño sentimiento de inquietud dejó que los esclavos lo guiasen hacia la calle donde andaría, si el Emperador lo deseaba, detrás de su palanquín.

¿Había dejado de ser un ídolo para convertirse en un juguete?

En Domus de Claudius con Titus




Alea jacta est AZzkefT
Mil gracias Timelady <3
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