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27.01.22 20:51 por Polgara
Verus amornullus   novit haber modum
Suena la música y la sangre se derrama en la plegaria a los dioses para que protejan a la joven pareja que acaba de contraer matrimonio. Se conocen desde niños y este enlace viene a cimentar una sólida alianza entre ambas ramas de la familia imperial al descender él de los Claudios y ella ser nieta del Emperador Augusto, hija del gran general Agripa.

Ellos no lo saben aún, pero los dioses les han destinado una historia de amor incluso más grande que la de Antonio y Cleopatra. Y tal vez incluso más trágica que la de estos. Una que se va forjando día a día, en la convivencia de los nuevos esposos. En las campañas en las que Agripina acompaña a Germánico, mostrando más coraje que los generales a los que manda su esposo.

No son conscientes de que van a tener el trono imperial al alcance, no son conscientes de que precisamente por eso, se convertirán en una amenaza de las mismas personas que ahora les brindan sonrisas de ánimo en su boda. Ni de que Tiberio, quien ha aconsejado a Germánico a falta de su padre, va a teñirse las manos con la sangre del joven a quien acaba de acompañar para contraer matrimonio con su hijastra.


Germánico
Nieto de Livia Drusilla — Joseph Ollman — Polgara

Agripina
Nieta de Augusto — Ana de Armas — Ivanka

Original — Épocas Pasadas — 1x1




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15.02.22 20:34 por Ivanka
Capítulo 1: Por el poder de Júpiter y Juno Victoriosos.
¿Tienes claro entonces lo que tienes que hacer? — Agripina suspiró y negó con la cabeza. — Sí, madre. No quiero hablar de estas cosas contigo y me tengo que concentrar. — Julia se rio y comió otro panecillo de los que ella no se había comido en el desayuno. Tenía el estómago cerrado y estaba un poco histérica, mientras las esclavas terminaban de peinarla. — Pues si no lo hablas conmigo no sé con quién, que soy tu madre y he tenido cuatro hijos… — Rio otra vez. — Qué cosas tiene esta niña…Pues con alguien a quien no desterrara el abuelo por promiscua, pensó. No le tenía mucho cariño a su madre precisamente. Era mucho más cercana con su tía Antonia, que ahora iba a ser su suegra, y eso le reconfortaba bastante, la verdad. — Yo creo que Agripina ya sabe bastantes cosas porque le gusta escaparse con Germánico a las cuevas de la playa… — Dijo la voz chillona de Livilla. Ah, a esa sí que no la quería de cuñada. — No hables de lo que no entiendes, Livilla. — Dijo, severa, estirando la espalda. Miró su reflejo. Ella era Agripina Julia, era nieta del emperador e hija del general más grande de la historia después de César, y una niña y una mujer que había permitido que la exiliaran por lo más espurio del mundo no iban a arruinarle su gran día. El día en el que por fin se casaría con el próximo gran general de la historia, y el único amor que había conocido.

Avanzó por la gran alfombra roja del templo, que su padre mandara construir, pasando bajo el gran óculo, con la cola del vestido portada por Livilla. Si hubiera más niñas o jóvenes en la familia, las habría llevado en el cortejo, pero estaban en una familia de varones. En el ara esperaban su abuelo, Livia, Antonia y Germánico. Tiberio, por mucho que se hubiese hecho llamar a sí mismo padre adoptivo de Germánico, estaba apartado, huraño y sospechoso, como siempre. Y, por los dioses, que solo podía ver al chico. Parecía el mismísimo Apolo que hubiera bajado del cielo. Todo el sufrimiento, la muerte de sus hermanos, la mirada oscura de Tiberio que ambos sufrían, todo sería compensado si Germánico era suyo y solo suyo ante los dioses. Agripina y Germánico no cometerían los errores de sus padres y abuelos. Ellos lo harían todo bien.

El pontifex hablaba, oficiaba la ceremonia, y por primera vez, ella no atendía, solo sentía su corazón latiendo furioso porque se iba a convertir en la esposa de Germánico. Alzó la mano cuando el pontifex se lo pidió y tomó el pan con el que se completaría. — Germánico, ¿juras ante los dioses aceptar a esta mujer, Agripina Julia, protegerla, amarla y cuidar de que nada le falte? — Y ella le miró con toda la adoración del mundo, con el trozo de pan en la mano, dispuesta a dárselo en cuanto él aceptara, olvidándose ya de que todos estuvieran mirando, de las tensiones, de los lutos y la soledad. Iba a tener a Germánico. Ya nunca más estaría sola.


Agripina — Panteón de Agripa— Germánico



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21.02.22 11:44 por Polgara
Capítulo 1: Por el poder de Júpiter y Juno Victoriosos.
No había pegado ojo la noche anterior, pues sentía como si los cascos de los caballos golpearan a galope tendido su pecho, le daba la sensación de que los latidos de su corazón podían oírse desde fuera. Así que había pasado la ultima noche antes de su boda haciéndole compañía a su hermano Claudio quien tenía la manía de acostarse tarde por estar inmerso en los mundos de tinta y pergamino que tanto le apasionaban.

En aquella noche pensó mucho en su padre, en si estaría observando con los ancestros, en si estaría orgulloso de él. Esto no podía compartirlo con sus hermanos, Claudio era un bebé cuando padre murió y Livilla era muy niña, apenas recordaba. Pero él si lo hacía, aunque cada vez le costaba más y le aterraba la idea de que un día olvidaría como sonaba su voz o como fruncía el ceño cuando estaba muy concentrado. Cierto, a su lado estaba Tiberio pero su padre adoptivo era un hombre un tanto extraño, triste y huraño. Si, estaba de su lado en el templo de Agripa y antes le había dicho que si su matrimonio salía mal siempre podía buscar consuelo en los brazos de otra persona. Y ahí Germánico pareció entender durante unos instantes a la persona que habitaba tras ese rostro huraño que le había enseñado los entresijos de la maquinaria militar de Roma.

Se dijo que ese no iba a ser su destino, Agripina y él se conocían desde niños y Germánico la adoraba. La había adorado incluso cuando de niña se había enfadado con él cuando le había hecho alguna broma. La había adorado cuando había tenido aquel gesto altivo e imperturbable aguantando el destierro de su madre con una entereza digna de admiración. Y la adoraba aun más cuando reía y su rostro parecía dejar sin luz a todo a su alrededor. Sabía que tenía suerte de que les hubieran emparejado aunque una parte de él temía hacerlo mal. Pero era plenamente consciente de que nunca habría otra mujer en su vida. Así que en lugar de palabras vacías o de titubeos, su voz salió firme cuando pronunció aquel juramento:

— Lo juro. Agripina, juro ante los dioses y ante los aquí reunidos que mi única intención a partir de este momento será la de procurar tu felicidad.

Esas no eran las palabras que normalmente se decían en las bodas, pero Germánico no quería una formula vacía, necesitaba hacerle saber que para él aquello era verdad, que a partir de aquel momento no habría nadie más devoto a ella que él. Puede que le temblaran un poco las manos cuando esparció sobre ella las migajas del pan, simbolo de que se unían ante los dioses y los hombres, pero había una sonrisa en sus labios. Dios, cuanto quería besarla en aquel momento.



Germánico— Panteón de Agripa— Agripina



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27.02.22 22:22 por Ivanka
Capítulo 1: Por el poder de Júpiter y Juno Victoriosos.
El latido de su corazón bombeó como loco en sus oídos cuando oyó el juramento de Germánico. Germánico, el elegido por los dioses, tan perfecto, estaba saltándose todos los protocolos por ella, jurando ante quienes decidían su destino que procuraría su felicidad. Y bajo el velo, solo pudo sonreír y mirarle ilusionada. Estaba tan deseosa como inquieta por ser la esposa que Germánico merecía, y a él se le veía tan seguro de que solo iba a procurar su felicidad…

Agripina, ¿juras ante los dioses aceptar a este hombre, Druso Nerón Germánico, cuidar de su familia, su nombre y traer y cuidar a sus hijos en este mundo? — Miró al chico a los ojos, aunque fuera a través de la tela. — Lo juro, Germánico. — Si él no tenía dudas de que la quería como esposa, ella se sentía capaz de todo. Y quién sabía. Si él era el heredero de Tiberio… Algún día… Algún día serían los dueños del mundo. Ellos y todos los hijos que le pensaba dar. Tuvo que ponerse de puntillas para esparcirle las migas. — Pues escuchados los auspicios, y ante Júpiter y Juno victoriosos, que nuestro panteón olímpico ampare vuestra unión y esta sea fecunda, victoriosa y tan larga como ellos así lo deseen. — Tomó las manos de ambos y las juntó en medio, haciendo efectiva su unión. Ya está. Ahora sí que era su mujer. Bueno, lo sería del todo aquella noche, pero de momento, por fin podía besarle siendo su mujer.

Se habían besado otras veces en las cuevas, como bien había señalado Livilla antes. Bueno y más cosas. Se habían abrazado, acariciado furtivamente… Pero Agripina había sido muy clara. Germánico iba a ser su esposo y nadie, ni el propio Germánico, iba a poner ni su honor ni su prestigio en entredicho. Y se le hacía complicado, mucho, pero a partir de esa noche, ya no tendrían ese problema. Dejó que le levantara el velo y se contuvo de dar ella el paso hacia el joven, porque estaban Livia y Antonia, y media Roma, mirando. Pero cuando por fin lo hizo, le recibió en sus labios con ternura, cerrando los ojos, feliz de poder mostrarle a todo el imperio quién era ella, la esposa del futuro emperador de Roma.

En cuanto se separaron, se fue a abrazar a su abuelo. — Mi niña. Los dioses se miran en tu rostro hoy. Cuán orgulloso estaría mi amigo Agripa si hoy pudiera verte así.— La besó en la frente. — Qué feliz se te ve. — Ella asintió. — Más que en toda mi vida. Germánico y yo vamos a hacerte sentir orgulloso. Por los Julios y por Roma. — Augusto rio y la acarició con los ojos brillantes. — Nunca lo he dudado, mi querida Agripina. — Luego se dirigió a Livia (por orden jerárquico y por evitar un poco a su madre y Tiberio). — Enhorabuena, Agripina. — Dijo dejando un beso en su mejilla y tomándole de las manos. — Gracias, Livia. — Nunca dejaría de llamarla Livia, no se atrevía a decirle “abuela”. — Te entrego lo mejor de mi familia Claudia. No me cabe duda de que estarás a la altura. — Y eso en Livia era una afirmación y una advertencia. Agripina la conocía, sabía temerla, pero ahora ella era su nieta ante los dioses, y algún día, ella estaría donde estaba Livia. No, estaría mejor, porque Livia no le había dado hijos a Augusto.

Sintió a Germánico a su lado, y ahí sí, se aferró a su mano y le miró. — Vamos, Druso Nerón Germánico, esposo mío. Que toda Roma vea cómo nos ha sonreído la dicha. — El protocolo era muy claro: en el cortejo que recorrería las calles de Roma hasta el palacio, donde sería la celebración, primero iban Augusto y Livia, y justo detrás, ni siquiera con Tiberio por medio, Agripina y Germánico, sintiendo el sol de las calendas de julio, iluminados por los dioses. — Te amo, Germánico. — Susurró, mientras salían, aclamados por el ejército, que tocaba las trompas y los tambores en su honor y el del joven general. El pueblo les lanzaba flores blancas, por lo ideal de su unión, y rosas, para que no les faltara la pasión. — Y todo esto va a ser nuestro.



Agripina — Panteón de Agripa— Germánico



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28.02.22 11:38 por Polgara
Capítulo 1: Por el poder de Júpiter y Juno Victoriosos.
Esas palabras salidas de sus labios le hicieron sentir un escalofrío agradable que le bajó por toda la espalda. Suyo, era suyo ante los ojos de los dioses y de los hombres. Se pertenecían ahora mutuamente en cuerpo y alma y el estar unido a una persona tan brillante, tan fuerte, con quien había compartido no solo los juegos de infancia sino toda su vida le parecía el destino más brillante del mundo. No había existido nunca ni en Roma ni en el mundo hombre más dichoso que Germánico en aquel momento.  Su sonrisa era genuina mientras aceptaban las felicitaciones de sus familiares, las flores arrojadas por una multitud enfebrecida que se había reunido allí para dar testigo de su amor.

Y en medio de todo aquello, Germánico compartió con su esposa, ¡Su esposa! una sonrisa que encerraba todos y cada uno de los momentos que habían vivido, los que les faltaban por vivir, la confianza de saber que pasase lo que pasase estaban juntos y que tenían toda la vida por delante.

— No me imagino como habría sido mi vida de no haberte conocido. De verdad Agripina, que dudo mucho que alguna vez en la historia haya habido persona más feliz de lo que estoy yo en este momento. Te prometo, que haremos mejor las cosas que ellos, contigo a mi lado me siento capaz de todo.

Era un hombre enamorado, llevaba años siéndolo, pero era muy consciente de lo afortunado que era por tenerla a su lado. El palacio nunca se le había hecho tan cálido como en aquel momento en el que la fiesta parecía dotar a aquel lugar de un aire humano que normalmente este no tenía. La música, la celebración, todo parecía querer potenciar el amor de la pareja. Germánico, imbuido por esa felicidad, aprovechó para besar de nuevo a su mujer.

— Te quiero más que a mi vida, Agripina .

No podía esperar a comenzar a construir su vida juntos.



Germánico— Panteón de Agripa— Agripina



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28.02.22 23:37 por Ivanka
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El palacio le parecía más bonito que nunca antes. La música, la comida, los bailes… Apretó la mano de Germánico y atendió a lo que le decía. — Pues para eso es una boda, Germánico. Para alegrarnos de que por fin estamos juntos. — Ya estaban casados y era su celebración, así que se cogió de su brazo y apoyó la cabeza en su hombro sin miedo a lo que pudieran pensar de ellos. — Te equivocas, mi querida y nueva hermanita… — Dijo Castor apareciendo por allí. — Las bodas son para la fiesta, la noche… — Dijo guiñándoles un ojo. — Y, por supuesto, para los juegos que empiezan mañana. — Le puso una corona de laureles dorados a Germánico entre risas, y otra corona de flores a Agripina. — Y el próximo afortunado seré yo, hermanito. — Dijo dándole un codazo. Sí, Castor también insistía en mantener la farsa aquella de la adopción. Todo por la mala conciencia de Tiberio. — Con esa brujilla de Livilla. — Le guiñó un ojo a Agripina. — Y entonces te arrepentirás de haber elegido al general y no al político, nueva hermanita. — Ella mantuvo la sonrisa, pero arrugó un poco el gesto. — Germánico y yo estábamos predestinados. Le volvería a elegir en mil vidas, y los dioses nos han bendecido. Además, no hay nada más honorable que ser la esposa de un general que lucha por expandir el glorioso imperio de mi abuelo. Como hacía mi padre. — Castor rio. — Vale, vale, pero no te arriendo la ganancia desde la tienda en Germania. — Insistió el otro, retirándose al resto de la fiesta. Ella apretó un poco más el brazo de su esposo. — No hagas ni caso. Nuestro amor es tan fuerte que da igual dónde estemos. — Le aseguró.

Fueron a ocupar su asiento presidiendo junto a Livia y Augusto y ella señaló a los hermanos de ambos. — Póstumo y Claudio se hacen mucho bien el uno al otro, ¿verdad? — Le dijo con una sonrisa. — Me quedo más tranquila sabiendo que no se quedan solos ahora sin nosotros… — Sonrió. — Siempre hemos sido como los padres de todos, ¿verdad? — Comentó con una risita. Pero se vio interrumpida por el brindis de su abuelo. — Por los novios. Por mis nietos, Agripina y Germánico. Que en ellos unen dos grandes casas de guerreros y ayudarán, con el beneplácito de los dioses, al crecimiento tanto de las fronteras como de la población de nuestra amada Roma. — Agripina notó cómo se sonrojaba. Al final entre todos iban a ponerla nerviosa con el tema, pero se limitó a beber. De hecho, se lo bebió de golpe, y se inclinó un poco mimosa sobre Germñanico y dijo. — ¿Me echas un poquito más? — A ver si así se le pasaban un poquito los nervios. — Espero no llegar con resaca a los juegos mañana. Ay, querida, nadie espera que llegues a tiempo a inaugurar los juegos mañana. — Comentó Tiberio, con la voz ya raspada por el vino, provocando las risas de muchos. De verdad, que le asqueaba que le hicieran bromas con ese tema.




Agripina — Panteón de Agripa— Germánico



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