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Mar Mar 15, 2022 10:33 pm por Little Cash

¿Continuaremos en pecado para que la gracia abunde?


«Ciertamente tú eres hueso mío y carne mía»
E


ra 5 de octubre de 1804 cuando una escuadra británica al mando del comodoro Graham Moore decidió atacar a cuatro fragatas españolas frente a costas portuguesas sin previa declaración de guerra. La Batalla del Cabo de Santa María se saldó con más de 200 muertos españoles —entre los que se encontraban los ocho hijos de de Diego de Alvear y Ponce de León—, la captura de los tres navíos y la consecución del tesoro de Nuestra Señora de las Mercedes. Un acto criticado no solo por España y sus aliados, sino por la propia prensa británica que lo consideró injustificado en tiempos de paz. Dos meses más tarde, su Majestad Carlos IV declaró la guerra a Inglaterra y Napoleón se beneficiaría de ello dentro de su propia batalla contra el país anglosajón.

Una contienda en la que participaría el alto cargo del ejército Miguel Ángel Vera que desde niño fue educado para seguir los principios de la rectitud y la vida castrense frente a Camillo Bianchi, hijo de un napolitano que se había mudado a España años atrás para hacer fortuna junto a su esposa. Uno pertenecía a una de las familias de mayor renombre de la península y el otro, como segundo hijo, fue relegado a la vida secular sin poder heredar el negocio armamentístico de sus progenitores. Mas lo que sí pudo —gracias a la conexión que las armas ofrecían a la familia— fue conocer a Miguel Ángel y trabar una peculiar amistad antes de que sus responsabilidades los llevasen por caminos tan dispares.

Sin embargo, el destino es caprichoso y quiso que ambos personajes se reuniesen tras la vuelta de Miguel Ángel a España con sus correspondientes condecoraciones militares. En la nación protegida, se encontró con el caldo de cultivo de la Guerra de Independencia Española —cuyo objetivo era impedir que el Primer Imperio Francés colocase en el trono español a su hermano José Bonaparte tras las abdicaciones de Bayona— pero también a un Camillo que había escalado posiciones hasta convertirse en Obispo mientras —en secreto— dirigía la empresa familiar tras la marcha de su hermano. Un hombre que, desde el instante en que pisó su Iglesia, sería su guía y, también, el mayor de sus pecados.


Miguel Ángel Vera
Militar — Kıvanç Tatlıtuğ — Mr.Groovy
Camillo Bianchi
Obispo — Michiel Huisman — Little Cash
1x1— ORIGINAL  —  REALISTA

XIII




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Última edición por Little Cash el Lun Abr 04, 2022 8:40 pm, editado 1 vez


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Sáb Abr 02, 2022 7:38 pm por Mr. Groovy


“En mis ojos se refleja tu alma, en mis venas corre tu sangre, y en mi mente guardo tu recuerdo”


No podemos evitar las pasiones, pero sí vencerlas

T


El escenario frente a sus ojos se le antojaba tan familiar como lejano. Tras cinco años de guerra, la mayor parte de los cuales se había pasado en alta mar, verse de vuelta en su ciudad natal le resultaba difícil de asimilar. Pocas cosas habían cambiado. Las mismas calles, las mismas tiendas, las mismas personas... España seguía siendo la misma, y con un poco de suerte él volvería a ser el que era antes de partir. Solo necesitaba un poco de tiempo, volver a acostumbrarse a los tiempos de paz, a tierra firme y a un lecho que no se balancea. Debía disfrutar todos aquellos lujos, ya que no sabía cuánto iban a durar.

Hacía ya casi cinco días de su regreso, y estaba convencido de que no había nadie en la península que no supiera de su llegada, cortesía de su padre. El hombre se había asegurado de comunicar a toda persona con orejas y disposición de escuchar que su hijo había vuelto de la guerra, condecorado y de una pieza. Por el modo en el que lo relataba casi parecía que Miguel Ángel hubiera peleado contra el mismo rey de Inglaterra con una mano atada a la espalda y hubiera salido victorioso. La realidad era que, de no haber sido por aquel tardío tratado de paz, motivado por los intereses comunes contra los franceses, las posibilidades de no haber regresado a casa se alzaban hasta límites vertiginosos.

Cinco días, y finalmente lograba tener una tarde para sí solo. Aquella era una de las cosas que más había echado de menos: la privacidad. Tiempo consigo mismo, solo él y sus pensamientos. En el mar había largos momentos para pensar, pero pocos para relajarse y permitir que su mente vagara sin rumbo alguno. Aquel era un capricho que había añorado, y sabía perfectamente dónde debía ir para poder retomarlo.

Pasada la última misa del día, las posibilidades de que todavía hubiera alguien en la iglesia eran escasas. Y aunque así fuera, la casa de Dios era uno de los pocos lugares en los que el silencio y la paz estaban asegurados. Había tomado la precaución de rechazar la calesa en favor de su caballo, el cual, para su agradable sorpresa, seguía reconociéndolo a pesar del tiempo que habían pasado separados. Descendió del animal cuando llegaron a su destino y se encargó de dejarlo a cubierto, protegido de la lluvia que había empezado a caer a mitad de camino. Entró en la iglesia con discreción, queriendo evitar la atención de cualquiera que pudiera seguir dentro más allá del mismo clero.

Una vez dentro, recorrió el lugar con la mirada y dejó ir un suspiro quedo satisfecho al comprobar que estaba solo. Se detuvo frente a la cruz que se alzaba tras el altar y se santiguó, para acto seguido dirigirse hacia el confesionario. No le importaba que no hubiera ningún sacerdote disponible para escucharle, con estar en el lugar diseñado para contener sus pecados le bastaba para sentirse mejor. Una vez dentro del pequeño cubículo se le escapó otro suspiro. Por fin.

Camillo —España— CAPITULO 1

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Última edición por Mr. Groovy el Lun Abr 04, 2022 7:17 pm, editado 1 vez


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Lun Abr 04, 2022 5:33 pm por Little Cash


“En mis ojos se refleja tu alma, en mis venas corre tu sangre, y en mi mente guardo tu recuerdo”


No podemos evitar las pasiones, pero sí vencerlas

L


argos días habían transcurrido desde que había sido enviado al seminario ante la odiosa imposibilidad de convertirme en heredero del negocio armamentístico familiar. Aquella obligación había propiciado en mí el nacimiento de un odio visceral hacia mi hermano y mis padres. Nunca pude verlos de otra forma después de que me arrebataran una vida 'normal'. Jamás sería padre o tomaría esposa, ni tan siquiera podría vivir como el resto de los hombres. No, estaba condenado a llevar la cruz a mis espaldas para el resto de mis días.

Los primeros años fueron difíciles y crueles. No todos los clérigos eran bondadosos de corazón, muchos de ellos albergaban almas putrefactas y turbias. Sin embargo, ninguno de ello logró mermar mi espíritu, ni mi inteligencia. Consciente de que no había otro lugar para mí en el mundo decidí enfocarme en ser el mejor de todos. Si debía casarme con Dios, lo haría.

Un buen día mi suerte cambió. La extraña muerte de mi padre llegó hasta el seminario pero no me dejaron despedirme de él. Me vi obligado a llorarle desde mi solitaria celda porque sí, le odié pero jamás dejé de quererle. Ese hombre me había enseñado todo cuanto sabía y ni siquiera podía ir a darle un último adiós. Una vez más la muralla que rodeaba mi corazón se fortaleció.

Cuando abandoné el seminario ya no era un muchacho sino un hombre. Me enteré de que mi hermano mayor se había marchado y de que el negocio familiar había desaparecido. Incapaz de permitir que el legado familiar se exterminase, me volqué en su recuperación desde las sombras y el anonimato que me ofrecía ser un simple clérigo. Mas el paso de los años y mis propias capacidades, me brindaron la oportunidad de convertirme en párroco de mi propia iglesia. Después, escalé hasta vicario y desde hacía apenas diez meses, ocupaba la posición de Obispo. La muerte de mi antecesor por una enfermedad de la edad, me abrió una puerta magnífica.

Por mi nueva condición, era raro verme dando misa. Mis obligaciones se habían triplicado aunque siempre sacaba un hueco para volver a mi parroquia y escuchar los pecados de mis feligreses. Era de sobra conocido por mi carisma y mi humilde origen, no había nadie que se resistiera a mi encanto natural y, por eso, me había hecho de querer en mi comunidad.

La última misa ya había terminado y me había acomodado en el confesionario para escuchar las preocupaciones de los míos. Muchos aprovechaban para confesarse cuando me veían al otro lado del altar, conscientes de que no sabían cuándo volvería. Sin embargo, la silueta que logré apreciar desde las rendijas de madera no me era conocida. Esperé a que pronunciase el protocolario 'Ave María Purísima' para contestarle.

—Sin pecado concebido. Contadme que os preocupa, hijo mío—mi voz  sonó pacífica y sepulcral, cercana y confidente.

Noche —Iglesia— Miguel Ángel

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Última edición por Little Cash el Lun Abr 04, 2022 8:41 pm, editado 3 veces


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Lun Abr 04, 2022 7:14 pm por Mr. Groovy


“En mis ojos se refleja tu alma, en mis venas corre tu sangre, y en mi mente guardo tu recuerdo”


No podemos evitar las pasiones, pero sí vencerlas

T


El saludo protocolario brotó de sus labios con una naturalidad que creía olvidada, pero que disfrutó recuperar. Ahí no había pecado imperdonable, no había alma insalvable, y no había hombre libre de culpa.

La voz del sacerdote sonó sorprendentemente joven a sus oídos, en particular porque había estado esperando la grave y ronca voz del obispo con el que se había confesado gran parte de su vida, cargada de edad y experiencia. Era perfectamente consciente de que en cinco años muchas cosas podían cambiar, entre ellas el personal de la iglesia, pero aún así su ceño se frunció en sorpresa. No pudo evitar girar ligeramente la cabeza en un intento de discernir quién había en la cámara adyacente del confesionario, pero la escasez de luz y el separador entre las dos partes, diseñado para proteger el anonimato, no le permitió ver nada. Desistió apenas tras un par de segundos, tras los cuales apartó todos aquellos pensamientos de su mente y se volcó a lo que había venido a hacer.

Padre, hace cinco años que no me confieso. —comenzó, su cuerpo tensándose involuntariamente. Inspiró profundamente y no se detuvo hasta que sus pulmones estuvieron a máxima capacidad. —He... he estado en alta mar, en la guerra. —añadió, sintiendo la necesidad de justificarse. —Hace cerca de una semana que he vuelto, pero no consigo... En mi mente sigo ahí. Sigo rodeado de gritos y cañones. —cerró los ojos y descansó la cabeza en la pared de su espalda. No, todavía no era capaz de los compañeros, los hermanos, a los que había perdido. Los que habían muerto estando bajo su cargo, su responsabilidad. En cambio, confesaría los pecados que había cometido en esas noches que conseguían atracar en el puerto de algún pueblo costero. Todos los vicios a los que había sucumbido. —He cometido actos impuros. No tantos como podría, pero los suficientes. He cedido a mis deseos, me he aprovechado de encontrarme lejos de mi hogar para dejarme llevar por ellos. Incluso he llevado a otros a pecar, hombres que seguramente se habrían mantenido castos de no ser por mi influencia. —suspiró, menguado de energía. Había olvidado cuán agotador era abrirse frente a otra persona, anónima o no. —Y por supuesto he matado. En nombre del rey, en nombre de España... He matado.

Camillo —España— CAPITULO 1

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Lun Abr 04, 2022 7:25 pm por Little Cash


“En mis ojos se refleja tu alma, en mis venas corre tu sangre, y en mi mente guardo tu recuerdo”


No podemos evitar las pasiones, pero sí vencerlas

A


l final del día todos los pecados eran iguales independientemente de la cuna del creyente. Los ricos engañaban a sus mujeres y los pobres también. Los hijos rompían el corazón a sus padres en las clases más altas y también en las más bajas. Todos robaban. Todos mentían. Todos blasfemaban cuando se enfadaban y dudaban de Dios cuando la desgracia les atenazaba. Era la naturaleza humana en su estado más puro.

Sin embargo, había algo distinto en esa voz. Un matiz familiar...del pasado...uno pero que muy lejano. Agudicé mi oído y guardé silencio para otorgarle al desconocido al oportunidad de ganarse el perdón. Sus pecados carecían de emoción alguna para mí, no había nada en ellos que pudiera usar a mi favor excepto...que esa voz me tenía confundido.

Cuando el militar finalizó sus confesiones, dejé que el silencio se instaurase en el confesionario durante un par de segundos. Sabía bien qué debía responderle pero quería averiguar quién era y, para eso, debía hacer uso de mi inteligencia y de mis tácticas sociales.

—Hijo Mío...Dios es consciente del enorme sacrificio que supone para los hombres partir a la batalla donde se sienten solos y están alejados de todo lo que quieren y protegen. Eres humano, Dios ya sabe que la carne siempre hará pecar a todos los hombres—añadí con mi voz cargada se sosiego —Venir aquí y reconocer tus pecados, te acerca aún más a Dios porque él sabe que tu arrepentimiento es sincero y yo como su enviado también—puntualicé —Matar a un enemigo de Dios, sigue siendo un acto atroz pero comprensible en el ejercicio de una guerra. Cumplisteis vuestro cometido, y él lo sabe—busqué su mirada a través de las rendijas —Podemos hablar largo y tendido de ello si con eso el peso que recae en vuestras espaldas se aligera...—propuse expectante.


Noche —Iglesia— Miguel Ángel

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Vie Abr 22, 2022 9:56 pm por Mr. Groovy


“En mis ojos se refleja tu alma, en mis venas corre tu sangre, y en mi mente guardo tu recuerdo”


No podemos evitar las pasiones, pero sí vencerlas

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La voz sosegada y pausada del sacerdote ayudó a que su mensaje calara en la mente de Miguel Ángel. No le estaba diciendo nada que no supiera, y aún así la autoridad que su posición en la iglesia le otorgaba cargaba sus palabras de mayor significado. Se había recordado a sí mismo que Dios lo amaba y perdonaba sus pecados cada día desde que la guerra había comenzado, pero escasas veces había conseguido realmente sentirse acompañado y exculpado.

Notó el intento del sacerdote por buscar su mirada a través de las rendijas que los separaban, pero se vio incapaz de devolvérsela, no cuando estaba exponiendo su alma. Le aguantó la mirada muy fugazmente antes de bajarla y volver la cabeza al frente, considerando su oferta. —Hay poco de lo que hablar. Las guerras siempre son iguales, no importan los bandos ni el cometido. Mueren culpables e inocentes por igual. Unos ganan, otros pierden... En ocasiones se pacta la paz. —añadió con una risa tan suave como seca. Tanto tiempo, tanto esfuerzo, tantas vidas... Y finalmente ni siquiera podía volver a su patria con el sabor de una victoria en la boca. Se alegraba de que la guerra no se hubiera alargado más de lo necesario y de que la diplomacia hubiera hecho acto de presencia, pero no podía evitar desear que se le hubiera dado la oportunidad de continuar hasta vencer o morir en el intento. Pero aquellas eran confesiones que se limitaría a susurrar arrodillado frente a su cama, jamás en presencia de otra persona por anónima que fuera.

Supliqué a Dios que me ayudara antes de cada batalla, y le pedí perdón por ello al final de cada una. —confesó, su mente viajando involuntariamente a esos días inacabables, rodeados de mar, sangre y pólvora. Días en los que se había sentido tan lejos de Dios, días en los que había sentido su conexión con Él fortalecida como nunca. —Me avergüenzo de mis actos, pero sé que mis sentimientos no tienen cabida ni peso en esta historia. Me debo a mi patria, a mi rey, y lo haría todo de nuevo si así me lo ordenara. —repitió el mantra con el que se había criado, que se había grabado a fuego en su mente y que en ocasiones le había servido para justificar sus actos. Por mi patria, por mi pueblo, por mi rey... Dejó ir un suspiro pesado y cargado de cansancio antes de pasarse una mano por la cara. —Padre, temo haber perdido parte de mi alma. Temo haberla dejado en alta mar, o en el lecho de una de las mujeres con las que yací. Temo haberme perdido a mí mismo.

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Miér Abr 27, 2022 8:13 pm por Little Cash


“En mis ojos se refleja tu alma, en mis venas corre tu sangre, y en mi mente guardo tu recuerdo”


No podemos evitar las pasiones, pero sí vencerlas

Q


uise identificar la mirada que flotaba perdida entre los profundos mares de la culpabilidad pero las aguas los alejaron de mí. Su dueño no se atrevió a ofrecerme sus ojos y yo tuve que conformarme con contemplar los cabellos rubios de su nuca. Aquel color, que se asemejaba al sol, no me recordaba a nadie en concreto y eso me provocó una profunda decepción interior. ¿Quién era ese señor?

—La guerra no es más que un trámite aunque vos lo sabéis mejor que yo—los hombres sencillos se peleaban para que los poderosos pudieran ganar pedazos de tierra para ampliar sus reinos o defender los intereses políticos de sus causas. Algunos combatían en nombre de Dios cuando yo debía recordar a diario que nuestro Señor era un ser de paz y, a la vez, que apoyaba a nuestros dirigentes para conducirlos hacia el camino del bien.

La risa seca que brotó de la garganta del varón no era más que otra constatación del hondo profundo que se instala en su alma y de la inconmensurable necesidad de sosiego que anhelaba su cuerpo tras tantos años de guerra, sangre y lágrimas. Yo nunca había acudido a la guerra pero conocía bien sus entresijos, sobre todo, el de los conflictos. Mi padre no había querido formarme como heredero de la empresa familiar aunque sí había aprendido a empuñar una espada y a disparar, después, con el paso de los años y la recuperación de antiguas responsabilidades me había visto obligado a encargarme personalmente de algunos asuntos. Sí, mis manos estaban manchadas de sangre, mas nunca habría arrepentimiento.

—Sois un hombre respetable que ha cumplido con su deber. Lo sabe el Rey, vuestra familia y Dios. Solo debéis recordároslo vos mismo para aligerar el peso que se ha acumulado sobre vuestros hombros, hijo mío—le recordé con aire paternal —No habéis de tener miedo, Hijo porque nuestro Señor no os ha abandonado en ningún momento y tampoco lo hará ahora. Vuestra alma ha evolucionado pero sigue junto a vos...¿Cómo si no ibais a estar hoy aquí?—añadí tratando de conducirlo al buen camino —Ahora debéis ser fuerte y centraros en la vida que se os presenta en España. Habéis de buscar consuelo en vuestra familia y en la biblia. Ocupad vuestra mente y tiempo con obligaciones y quehaceres y disfrutar de la vida que Dios os ha regalado con esta segunda oportunidad—había sobrevivido y pocos podían decir lo mismo.


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Sáb Mayo 07, 2022 9:33 am por Mr. Groovy


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"Sé fuerte". Aquella era una frase que había oído muy a menudo a lo largo de su vida. Era lo que se esperaba de él, lo que se le exigía, y por fortuna su complexión y carácter le habían permitido hacer justicia a las expectativas de su familia. Nunca había sido de los que se quejan por poco ni de los que cogen el brazo cuando les tienden la mano. Las palabras del sacerdote eran acertadas, era un buen hombre ante los ojos de la sociedad y, más importantemente, de Dios. Eso era todo lo que importaba.

¿Por qué, entonces, se seguía sintiendo como un fraude, un mentiroso? ¿Por qué sentía que había algo en su corazón, un vacío inexorable que no hacía más que crecer cuando no debería ni existir? ¿Por qué notaba como su alma se perdía al mismo tiempo que su consciencia enloquecía?

En el fondo sabía por qué. Muy, muy, muy en el fondo había una parte de sí mismo que reconocía que tanto tiempo rodeado de hombres leales y de buen corazón, a la par que de cuerpos y facciones agraciadas, habían provocado estragos en su interior. Algo había despertado, y se odiaba por ello tanto como anhelaba desatarlo, por lo que mantenía ese conocimiento enterrado en lo más profundo de su mente.

Cerró los ojos y respiró profundamente, intentando por todos los medios absorber de verdad las palabras del sacerdote. De poco sirvió. Sin embargo, ya poco podía hacer. Había confesado sus pecados y con un poco de suerte aquello le permitiría dormir mejor esa noche. —Gracias, padre. Lo intentaré. —aseguró girando levemente la cabeza para mirar la silueta al otro lado de las rendijas. No podía mentir en la casa de Dios y decir que se sentía mejor, o que se sentía purificado y libre de todo pecado, pero al menos podía prometer que pondría su esfuerzo en ello. —Jesús, hijo de Dios, apiádate de mí que soy pecador. —murmuró como acto de dolor de cierre de la confesión. Estaba agotado.

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Lun Mayo 09, 2022 9:50 am por Little Cash


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No podemos evitar las pasiones, pero sí vencerlas

U


n suspiro pesado brotó de los labios y nariz del militar. Como experto en la lectura de los secretos humanos, sabía que aquel hombre no estaba conforme, ni realmente satisfecho. Mis palabras no eran suficientes para paliar sus sentimientos de culpabilidad y la incertidumbre que recorría su cuerpo, lo cuál, significaba que estaba ante una persona profunda y completamente humana. Solo los necios tenían suficiente con unas cuántas frases hechas procedentes de alguien que desconocía los pormenores de la guerra.

—Rezad cuatro Padrenuestros y tres Ave Marías, Dios os escuchará y ofrecerá consuelo—el acto de confesión siempre estaba ligado a un proceso de penitencia y de perdón. Si el pecador quería redimirse, debía dedicarle parte de su tiempo a Dios.

—Si queréis quedaros un rato más, la Iglesia será vuestro refugio—esperé a que abandonase el confesionario e hice lo mismo. Mis ojos se chocaron con su figura reconociendo al instante su identidad y su apellido. Había compartido tiempos de niñez con Miguel Ángel aunque poco quedaba ya de ese infante. Se había convertido en un hombre apuesto y herido, como todos los demás.

A pesar de mis deseos por entablar conversación, decidí ofrecerle el espacio necesario para la reflexión y la elección. Mis pasos me dirigieron hacia el banco de la tercera fila y me senté como otras tantas veces a contemplar el hermoso altar tallado y pintado por grandes maestros. Mis ojos se posaron brevemente en su espalda preguntándome, en silencio, si regresaría a casa.


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