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Miér Mar 16, 2022 2:07 pm por Keifler


TEACHING THE DAMNED
¿TIENE SENTIDO EDUCAR A UN POBRE DIABLO?
Estamos en el viejo y salvaje Oeste norteamericano, tierra de frontera y de oportunidades, pero también de violencia y pobreza, de vidas miserables que intentan salir adelante a pesar de la guerra, de la violencia, del clima adverso.
Andrés Wayward, algunas veces conocido como Andrew, es hijo de una mexicana y un norteamericano. O eso afirmaba su madre, pues él nunca llegó a conocer a su padre. Ser el hijo de una meretriz en estas tierras de frontera no auguran un futuro prometedor. La mala fortuna se cebó con ellos, su madre murió joven, y ante él tuvo dos opciones: la cruz o la pistola. Optó por convertirse en bandolero, pues los religiosos no le caían demasiado bien.
Su vida de delincuencia y criminalidad se vio, de algún modo, recompensada. Había muchos negocios legales que requerían de acciones ilegales para llevarse a cabo. Muchos promotores, magnates y comerciantes contrataban a pistoleros y matones a sueldo como él para poner a tono a sus rivales, o forzar a la población a llevar a cabo acciones que les beneficien. Andrés ha ganado algo de dinero y conocido (y disparado) a gente interesante, pero es alguien totalmente inculto, analfabeto, e incapaz de salir del mundo de la delincuencia.
Un día supo de la existencia de una escuela cerca de donde estaba realizando sus operaciones. Allí, la maestra era la profesora Sínead O'Malley. Sinéad es hija de inmigrantes irlandeses, aunque nació ya en suelo americano. Afincados originariamente en la costa este, se mudaron un par de veces, buscando fortuna al viajar hacia el oeste. Tuvo suerte de tener un conocido, un vecino que se hizo muy amigo de la familia, que la enseñó a leer y a escribir, a pesar de su condición de mujer, pues era la más inteligente de todos sus hermanos. Intentó enseñar en casa a sus hermanos por su cuenta, con resultados diversos, pero esa semilla de la enseñanza ya estaba plantada en ella. Al final se le dio la oportunidad de ejercer de maestra en una comunidad y se entregó a ello para luchar contra el analfabetismo, tratando de alejar a los jóvenes de las armas, el alcohol, la vida putañera y la violencia a través de la educación. Ahora mismo vive con su madre y dos de sus hermanos. El padre murió tiroteado, al resistirse a un atraco mientras viajaba en una diligencia que debía proteger, pues era su oficio. La diligencia repelió el ataque, pero hicieron saber la identidad del asesino a la familia de Sínead: un pistolero rubio oscuro, de ojos avellana, y una gruesa cicatriz en el antebrazo derecho, el de la pistola.
Sínead, o la señorita O'Malley, como la llaman sus alumnos, es una persona cándida y generosa. Inteligente aunque encorsetada por las normas de sociedad que le han sido inculcadas. Una personalidad totalmente enfrentada a la del matón que parecía empezar a interesarse por ella, pues quería aprender a leer y a escribir, dejar de ser un analfabeto. Estaría por ver si primaría en ella su sentimiento de deber hacia los analfabetos, o el rechazo que le producían los hombres violentos como Andrés.

SINÉAD
O'MALLEY
PB: SOPHIE SKELTON — US: LITTLE CASH
ANDRÉS
WAYWARD
PB: GIAN MARIA VOLONTÉ — US: KEIFLER

ONE ON ONE — ORIGINAL — WESTERN




Código Sinéad:

Código Andrés:
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Jue Mar 17, 2022 2:04 am por Little Cash


PRINCIPIOS INALIENABLES
Sinéad había llegado a ese pueblo hacía un lustro acompañada de sus hermanos Matthew y Callum, y su madre aquejada de los dolores propios de la edad y de la pena que se había instaurado en su corazón desde el asesinato de su padre. Habían sido unos comienzos difíciles porque, como nómadas que eran, siempre necesitaban un tiempo de prueba para decidir si ese sería el lugar definitivo. El Este no había sido clemente con ellos, por eso, optaron por el Oeste con la esperanza de la fortuna cambiase sus vidas y, por fin, acertaron.

Matthew se convirtió en el ayudante del sherrif y Callum trabajaba repartiendo la correspondencia de ese pueblo y sus alrededores, su madre había cultivado un pequeño huerto y se mantenía entretenida con sus cuidados y el de los animales. Además, Matthew se había casado y tenía un hijo de tres años que era la alegría de la casa. Por su parte, había culminado sus estudios como maestra y se dedicaba a enseñar a los niños a leer y escribir, y coordinar las reuniones de un club de lectura femenino que gozaba de cierta popularidad. Era una mujer genuina dentro de las condiciones y normas de una sociedad poco amable con las de su sexo. También había enseñado a leer a algunas mujeres adultas y prestaba su ayuda al pastor cada domingo. Era un alma caritativa aunque esa mañana iban a ponerla a prueba y no podía imaginar cuánto.

El reloj de la pared marcó el fin de las clases y los niños se levantaron entusiasmados. Sinéad aguardó a que recogieran sus pertenencias aunque Timmy siempre se retrasaba. Sus ojos cargados de cariño rodaron por la torpeza del pequeño hasta que se fijaron en un elemento discordante. Andrés Wayward era conocido en el pueblo por su mala fama, de él se decía que hacía esos trabajos que implicaban ensuciarse las manos y rara vez mostraba arrepentimiento. Un hombre de la misma calaña que los que mataron a su padre.

—Sal Timmy— la pelirroja se acercó hasta el niño y lo ayudó a guardar sus pertenencias —Dale saludos a tu madre— apartó la mano de la espalda del menor y después se fijó en el hombre que había descubierto apostado en la ventana —Buenas tardes— lo saludó con una seriedad inusual en ella —¿Qué desea?— preguntó con inquietud.


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Vie Mar 18, 2022 1:10 pm por Keifler


ÁNGELES Y CONDENADOS
Andrés no era ningún santo. Eso lo sabía él, sus vecinos, sus antiguos compañeros de fechorías, los promotores y magnates que le tenían a sueldo, y hasta su difunta madre lo sabía. No sabía bien si él había escogido ese tipo de vida, o si ese tipo de vida le había escogido a él. Aunque, en el Lejano Oeste norteamericano, en estas tierras de frontera entre dos países de herencia europea y entre diferentes naciones nativas americanas, llevar una buena vida, una vida virtuosa y decente, era un lujo al alcance de muy pocos. No acudían muchos santos por allí, y los pocos que había duraban poco, o acababan cediendo a la tendencia del lugar.

Una de esas pocas mujeres que se resistían a ser malvadas porque todo el mundo era malvado era la profesora O’Malley. En aquel poblado se habían construido los edificios habituales para conformar una sociedad: el salón para emborracharse, el burdel para tener sexo barato, la caserna del sheriff para mantener un poco el orden, e incluso una iglesia para confesar pecados y volver a cometerlos. Pesaba todavía el pasado católico en aquel poblado, ahora norteamericano, aunque en suelo mexicano y antes español durante siglos. No muy lejos había una misión católica, de hecho. Se sabe porque a veces sus castos y célibes misioneros a veces se escabullen montaña abajo, vestidos con ropas oscuras para pasar desapercibidos, para entrar al burdel y echar una canita al aire.

Y, entonces, llegó la escuela. No era una escuela muy grande, apenas una aula pequeña para que acudieran allí los niños. Las sufridas madres reunían ahorros para pagar esos estudios básicos a su prole, para que al menos supieran leer y escribir, hacer operaciones matemáticas básicas y tener un mínimo de educación, aunque muchos no aspirasen a más que a ser caravaneros, granjeros o trabajadores del tren. Pero si estudiaban mucho algunos podrían ser maquinistas, o incluso regentar alguna tienda local. La escuela fue un cambio en el pueblo, que lo alteraba de manera notable. No porque el edificio resaltase mucho entre las casas de la calle, qué va. Sino porque era un cambio, era algo bueno, positivo y, en cierto modo, incluso altruista.

Pero esa no era la tendencia, y aún había gente peligrosa como el propio Andrés. Cautivado quizá por aquella bondad, o simplemente curioso de ver cómo funcionaba eso de una escuela, se pasó al final del día a ver qué había por allí. Coincidió su visita con el final de las clases, precisamente. Y todos los niños que salían le vieron allí a la puerta, con su aspecto desgarbado, frente sudada, oliendo fuerte a tabaco, su revólver enfundado en su cadera. Y con esa mirada que asustaba. Por no hablar de que, seguramente, muchas de sus madres le habrían prevenido sobre él, que era un tipo peligroso, que no hablasen con desconocidos pero específicamente con él no lo hicieran. Así que le evitaron, algunos con pasos rápidos y asustados.

Estaba acostumbrado.

Lo que no esperaba era que la señorita acudiese a saludarle. Cruzó miradas con ella, para saber si ella también estaba asustada como los pequeños. Generalmente, las mujeres con las que habla lo están, sólo por su presencia y por su aspecto. De hecho, no contestó inmediatamente a su pregunta, sino que se la quedó mirando en silencio. Una mala costumbre de vivir con malas compañías, eso de retar a todo ser viviente con la mirada para calibrarlo. Luego, contestó.
—Aquí es donde enseñan a leer y a escribir, ¿verdad?

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Dom Mar 20, 2022 3:01 am por Little Cash


PRINCIPIOS INALIENABLES
A pesar de todo lo que se contaba y se sugería sobre ese hombre, Sinéad no le tenía miedo, no de una manera paralizante y menos aún estando en su escuela con los niños esperando a sus padres. Aquel lugar era su refugio contra el mundo. Un santuario donde niños y mujeres acudían para recibir ayuda y mejorar sus condiciones de vida así que debía mostrarse tranquila y entera porque si ese hombre quería intimidarla...se había equivocado.

La serie de miradas intimidantes y analíticas que le fueron dedicadas no consiguieron achantarla. Sinéad se acercó hasta el hombre procurando que no percibiese su inquietud más interna y profunda. Ella ya conocía a ese tipo de individuos o, mejor dicho, lo que eran capaces de hacer por dinero. En sus días de mayor soledad, todavía recordaba el cuerpo de su padre maltrecho y el entierro que tuvieron que darle rápidamente antes de que toda su vida se desmoronase. El cuerpo había quedado sepultado en el hogar de su infancia puesto que trasladarle con ellos era simplemente inviable. Su madre nunca se lo había perdonado y ella tampoco.

Durante unos largos segundos, el caballero la observó fijamente aunque ella no le apartó la vista en ningún momento. Aguardó preguntándose porqué estaba allí y qué iba buscando. ¿Tenían alguna deuda pendiente y quería matarla? La posibilidad le inquietaba aunque no le atemorizaba porque su mente estaba tranquila. Si debía morir, lo haría creyendo que Dios la aceptaría en el Cielo y podría reunirse con el padre arrebatado.

La pregunta fue escueta y directa, alejada de la posibilidad de plantearse hipótesis. Como una especie de cabo lanzado al mar y esperando ser agarrado por alguien en el momento preciso. Sinéad se fijó en que los padres se alejaban dubitativos y que más de uno se estaba encaminando hacia la oficina del sheriff para avisar a su hermano. ¡Que ilusos! ¿De verdad creían que llegaría antes de que ese hombre apretara el gatillo?

—Sí, a los niños. ¿Por qué lo pregunta? ¿Acaso tiene un hijo o un sobrino que desee aprender?—ladeó el rostro con curiosidad —No tendré problemas en acogerlo, aquí nadie es discriminado—explicó la pelirroja —¿O acaso existe otro motivo para su visita? Es la primera vez que lo veo aquí, Señor Wayward—señaló con perspicacia.


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Última edición por Little Cash el Sáb Mar 26, 2022 1:33 am, editado 1 vez


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Mar Mar 22, 2022 11:16 am por Keifler


ÁNGELES Y CONDENADOS
Ese duelo de miradas que hacía con todo el mundo con el que se iba encontrando a su paso arrojó resultados interesantes. Era una mujer de fuertes virtudes, o quizá más dura de lo que podía aparentar su fachada. Intimidarla no era su objetivo, pero era el resultado que solía obtener simplemente por su presencia, por su mala fama, por las habladurías que le atribuían aún más fechorías de las que había cometido realmente, que tampoco eran pocas. De hecho, los padres cercanos estaban nerviosos y no sabían cómo actuar, simplemente porque estaba hablando directamente con una mujer. Una simple charla en el porche de la pequeña escuela del poblado, entre dos vecinos. Pero él no era un simple vecino, y allí donde él iba, la gente podía ver las pesadas cadenas que rodeaban a un condenado como él.

Andrés atendió a su explicación y negó lentamente con la cabeza, adoptando una postura relajada, apoyando una mano en la cadera opuesta a la que llevaba la pistola enfundada y seguramente cargada. Volvió la mirada un momento para ver a todos esos padres y vecinos preocupados. Ni siquiera podía salir de casa sin ser señalado. No podía decir que no se lo hubiese ganado a pulso. Tampoco estaba haciendo nada ilegal, sólo poner nerviosos a los vecinos. Paradójicamente, a quien no conseguía poner nerviosa era a la maestra O'Connor.
—Sólo a menores, ¿eh? Bueno, usted misma acaba de decir que "no se discrimina a nadie" en esta escuela. ¿Tampoco me va a enseñar a mí?

No se andaría más con rodeos. Andrés era un analfabeto, no tenía vergüenza de reconocerlo. Pero quería dejar de serlo. Hacer algo virtuoso que no esté relacionado con el engaño, el pillaje o con las armas de fuego. Aunque sea aprender a escribir su propio nombre. No pretendía aprender todas las materias que aprendían esos niños, tan sólo quería poder leer y escribir por sí mismo. Aún a su edad. Desde luego que ya no era un niño y todo rastro de inocencia se había perdido en él, pero quería intentarlo. Si ella quería. No se veía con fuerzas para obligarla a punta de pistola. Sería contraproducente, ahora que tenía un trabajo dentro de la ley. Quizá, en otra época, hubiese estado dispuesta a raptarla y obligarla, si se negaba. Ahora, era mejor así.

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Sáb Mar 26, 2022 1:42 am por Little Cash


PRINCIPIOS INALIENABLES
Mientras Sinéad hacía acopio de toda su entereza para no mostrar inquietud, el hombre estaba totalmente relajado, así lo indicaba su postura corporal. Resultaba evidente que ella no poseía ninguna habilidad o rasgo que pudiera preocuparlo...no era una amenaza para él, ni aunque cogiera la pistola para apuntarle a la cabeza. En ese caso, él podía apoderarse del arma y cambiar las tornas.

"¿Tampoco me va a enseñar a mí?". Las palabras de Andrés Wayward resonaron en su cabeza y Sinéad se quedó totalmente desarmada. Sus ojos se abrieron de más expresando gran asombro y durante unos segundos pensó que le estaba tomando el pelo. ¿Ese hombre quería que le diese clases? ¿De qué exactamente? ¿Y cuándo? ¿Por qué iba a querer aprender un matón conocimientos más teóricos?

La profesora cerró la boca porque la había dejado sin capacidad de contraargumentar. Si se negaba, se notaría que era una excusa y, encima, faltaría a su palabra demostrando que no valía nada. Y si aceptaba...¿Dejarían los padres de llevar a sus niños a la escuela? ¿La tomaría con ella y se vengaría haciéndole daño? Las posibilidades eran muchas y ninguna parecía amable. Iba a tener que aceptar.

—Puedo enseñarle pero será con mis condiciones. No puedo incluirle en la clase como comprenderá. Yo le avisaré del horario aunque siempre será de tarde o tarde-noche porque tengo otras clases con algunas mujeres y el club de lectura todos los miércoles. Si las acepta, le daré clase aunque antes necesito saber qué es lo que necesita aprender. Ah, y otra cosa...—miró el revólver —Nada de armas en mi clase. La dejará en la entrada de la misma y cuando acabemos la recogerá. ¿De acuerdo?—preguntó con gesto serio.


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Lun Abr 04, 2022 3:13 pm por Keifler


ÁNGELES Y CONDENADOS
Podía apreciar en la mirada de su interlocutora que había conseguido descolocarla, aunque fuese un poco. Andrés no era un tipo muy hablador, prefería hablar a través de sus acciones, dejar que la violencia o la pólvora hablasen por él. Pero, cuando tenía que hacerlo, demostraba que era una persona inteligente. Una inteligencia y una audacia que estaba claro que se habían echado a perder en un mundo de delincuencia y muerte al carecer en su vida de suficientes estímulos en su vida para seguir un camino correcto y virtuoso. Paradójicamente, Andrés estaba allí esa tarde, hablando con la profesora, porque quería hacer algo bueno en su miserable vida, aunque fuese aprender a escribir antes de recibir un balazo o la horca.

Sabía que la había puesto en una especie de aprieto, usando sus propias palabras contra ella. Mas el matón a sueldo no quería amedrentarla y que le rechazase, sino todo lo contrario. Sus mismas palabras tan sólo allanaron el camino, el buen corazón de la profesora hizo el resto. Alguien normal se hubiese despreocupado y le hubiese rechazado, inmediatamente o más adelante, engañándole para que le dejase tranquilo y luego llamando a los agentes de la ley para que les protejan, emboscándole. La idea de que Sinéad hiciese lo mismo con él se le pasó por la cabeza. Pero la profesora O’Malley no tenía pinta de hacer ese tipo de cosas.

La profesora tenía condiciones para enseñarle, por supuesto. A muchas de de esas condiciones el maleante no estaba en posición de negociar. No le parecía mal eso de tener clases solos, a él no le gustaban los niños. Tener clase al final del día sonaba mejor que tener que madrugar, además solía trabajar por la mañana o ya de noche cerrada. En eso podían estar de acuerdo. Pero no con las armas.

—Me temo que eso no va a poder ser. No puedo dejar mis armas lejos. Pero puede enseñarme a escribir en otro lugar, un lugar abierto, o quizá el salón o el lupanar. Donde todos van armados y acabaría acribillado si se me ocurriera desenfundar contra usted.

Al parecer, Andrés no lo captaba. Sinéad no tenía miedo de que él pudiese dispararla. Si Andrés quería hacerlo, podía hacerlo en ese mismo momento, o cualquier otro en el que esté sola y desprotegida. Aún estando desarmado, seguramente Andrés podría acabar con ella si quisiera, con sus propias manos desnudas. No, lo que la profesora no quería eran armas, por lo que significaban y simbolizaban, especialmente en manos de pistoleros como él. Eran la muerte misma. Aunque, quizá, quien no lo había entendido del todo era la misma profesora O’Malley. Con pistola o sin ella, Andrés era la muerte misma igualmente.

Aguardó su respuesta a su condición. Es cierto que quizá Andrés pedía demasiado, pero también es verdad que no había pedido mucho más por su parte, salvo aprender a escribir y leer. Habiendo hecho su petición y su propuesta, Andrés relajó un poco la postura corporal para mostrarse abierto a negociar. Luego, echó un vistazo dentro del aula, ahora vacía y sin niños ni libros y la pizarra medio borrada tras el día. Olía a libros, a tiza, a enseñanza. Y también al perfume de la profesora, sutil y humilde, pero evidente.

Volvió entonces a mirarla, demandando la respuesta. No estaba siendo tan agresivo como suele ser a la hora de negociar, pero aun así se mostraba asertivo y que tenía claro que no se quedaría ni un segundo sin su revólver.

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Mar Abr 05, 2022 12:55 am por Little Cash


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Sinéad negó un par de veces mostrando su desacuerdo ante el rechazo de su condición más importante. Una escuela no era un lugar donde portar armas, el único que tenía ese privilegio era el sheriff y tampoco le agradaba porque no quería que sus niños viesen esos horribles artefactos dentro de un espacio que ella concebía como refugio de la crueldad de aquellas tierras.

—¿Piensa que voy a darle clase en el lupanar?—Sinéad chasqueó la lengua con aire desaprobatorio —Daremos las clases aquí. Para aprender necesitaré silencio y tranquilidad, no un sitio tan transitado—la pelirroja se preguntó en silencio si la negativa del hombre procedía de su costumbre de andar armado o, si acaso, había otro asunto —No le estoy diciendo que las deje en otra sala. Solo en la mesa de la entrada—le recordó intentando no perder la paciencia —¿Cree que le digo lo del arma porque tema que me dispare? Sé que no necesita de la pólvora para hacer daño a alguien, Señor Waynward. Si quiere, puede estrangularme con sus propias manos o empleando uno de los lápices que vaya a usar—hizo una pausa —No le daré clase si lleva la pistola en el cinto. Es la condición más importante de todas porque si usted no se siente seguro en el aula, nada de esto tiene sentido. Esto es una escuela. Aquí nadie vendrá a por usted y si eso sucede, seguramente podrá usarme de escudo y muera yo primero—era realista —Piénselo bien. Puede sentarse en la mesa más cercana a la puerta si eso le tranquiliza pero no voy a cambiar de parecer—le estaba brindando opciones.

A pesar del aspecto masculino, Sinéad era la "dueña" de la escuela. Su palabra iba a misa dentro de esas cuatro paredes de madera y no iba a permitir que ningún hombre de dudosa honorabilidad pusiera en duda su autoridad. Ella era la que mandaba y si quería que le prestase su tiempo e ignorase todos sus principios por él lo haría...pero solo si él estaba dispuesto a renunciar a los suyos. Quid pro quo.


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Miér Abr 06, 2022 7:30 pm por Keifler


ÁNGELES Y CONDENADOS
La maestra tenía carácter y también tenía las cosas claras. No se dejaba amedrentar por la presencia del hombre de mala vida, eso era más que evidente. Generalmente, Andrés conseguía lo que quería con un poco de su malvada presencia, las gentes de bien y las gentes que no buscaban problemas con personas de gatillo rápido como él hacían que le dieran rápidamente lo que él quería. A veces surgía en su camino gente como Sinéad, a la que tenía que convencer de otros modos. En este caso, haciéndola ver que si no enseñaba a alguien como él, todo su sistema de valores caería como un castillo de naipes. Al fin y al cabo, era él quien había acudido a ella, y no al revés.

Las opciones que propuso Andrés no fueron del agrado de la señorita O’Malley, que las rechazó todas. No quería dar clase al aire libre, tampoco en un entorno cargado de gente y de distracciones. Desde luego que no entraría en el lupanar, si bien aquella “propuesta” no fue más que otra de sus tretas para intentar provocarla. La maestra supo rechazarle con elegancia, Andrés no consiguió sacar mucho más de ello, salvo mostrar de nuevo el valor y la entereza de la mujer.

A pesar de ello, también ella sabía que tenía que ceder un poco. Andrés necesitaba de tener las armas siempre a mano por la larguísima lista de enemigos que se había granjeado a lo largo de su vida. Si dieran con él y le vieran desarmado, solo en una sala junto a una mujer también desarmada, sería el momento perfecto para emboscarle. Si, además, iba desarmado, con más motivo. Tener las pistolas cerca, pero no encima, era algo que Andrés estaría dispuesto a aceptar. Aunque no entendía su petición, y no dudó en hacérselo saber.
—En ese caso no entiendo, señorita. Si sabe bien que las pistolas no son más peligrosas que mis propias manos, ¿por qué me obliga a deshacerme de ellas, a tenerlas a la entrada del aula? ¿Qué diferencia hay entre que estén en mi cintura y colgadas del perchero junto a la puerta?— perchero que señaló con la cabeza, que estaba junto a la entrada misma, cerca de ellos. Era una pregunta razonable, pues no entendía la lógica tras la demanda de la mujer.

No obstante, aunque no la entendiera, Andrés iba a aceptar su petición. Dejaría que contestase, si quería hacerlo, a su pregunta sobre las armas, y luego cerraría el trato con ella.
—Muy bien. Vendré mañana a esta misma hora. Mañana no es miércoles.— lo que dijo podía sonar un poco raro, pero era una manera de demostrar a la mujer que había escuchado y tomado en consideración el resto de puntos que él debía respetar hacia su profesora, como sus jornadas de lectura los miércoles.

No hubo una despedida formal por su parte. Simplemente sacudió la cabeza como queriendo decir “no tenemos nada más de qué hablar”, se ajustó el cinturón a su cuerpo y se marchó por donde había venido. Ni un “buenas tardes”, ni un “hasta luego”, ni nada. Tan seco y descortés como llegó, tanto como se esperaba de él. No es un hombre de formalidades, no es ningún caballero.

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Miér Abr 13, 2022 12:52 am por Little Cash


PRINCIPIOS INALIENABLES
—Cuando inauguré esta escuela lo hice porque quería construir un refugio donde todo el mundo se sintiera a salvo de sus problemas y vicisitudes. Un colegio no es un sitio donde estar armado, es un lugar donde el conocimiento es la única arma que vale. Por eso, no voy a enseñarle si está armado. Necesita desprenderse de esa actitud ofensiva y violenta para poder llegar al saber. No sé si entiende realmente mi filosofía. Pero en este refugio, solo le dejaré llevar encima un libro y le adelanto que no hay arma más poderosa que esa—Sinéad se explicó como mejor supo sin sonar pretenciosa o maleducada. Ella había sido educada para ser maestra, no para tratar con maleantes como el que tenía delante.

La siguiente respuesta del varón fue escueta, directa y diplomática. Le aseguró que se presentaría mañana por la escuela a la hora estipulada puesto que no era miércoles. Después, sin darle tiempo de reacción, se fue. La pelirroja quiso recriminarle su falta de modales pero optó por mantener la boca cerrada y observar su figura. Los padres, que todavía estaban por allí, le lanzaron algunas miradas profundas y prolongadas. La conversación no había sido un secreto aunque tampoco habían logrado oírla al completo. Sus ojos denostaban desconfianza e inquietud.

Tras unos segundos de silenciosa reflexión, Sinéad cerró la escuela con llave y se dirigió a casa. Debía informar a su familia de su nuevo alumno aunque sabía que ninguno lo aceptaría. Lo más probable es que su hermano se acercase a curiosear para cerciorarse de que estaba bien o que su madre se dejase caer por la escuela fingiendo que había olvidado algo. La familia O'Malley había sufrido demasiado a manos de hombre como aquel y no estaban dispuestos a que el nombre de su querida Sin se sumase a la lista de fallecidos de Andrés Wayward.


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Lun Abr 25, 2022 11:24 am por Keifler


PRIMERAS LECCIONES
Al día siguiente, aproximadamente a la misma hora que el día anterior, Andrés se dejó ver por los alrededores de la escuela. Esta vez, no obstante, esperó algo alejado y oculto tras las esquinas para que no le vieran los padres que venían a recoger a sus hijos, o simplemente pasaban por allí. Había más que el día anterior, algunos de ellos armados, seguramente alertados tras correr la voz de que el violento y peligroso señor Wayward estuvo ayer en la escuela, a la salida de los niños. Andrés no tenía intención de causar problemas ni de encontrárselos, así que esperó a que la calle se despejara antes de entrar.

No sabía si la maestra de la escuela le estaba esperando o no. Como había pasado un buen rato desde la salida de los niños hasta que finalmente llegó, era bastante probable que la mujer hubiese dado por hecho que, al final, su alumno particular y un tanto peculiar no hubiese cumplido su palabra o se hubiese olvidado de aparecer. Pero no fue así, y cruzó la puerta con semblante serio. Con esa sequedad y antipatía que le caracteriza, Andrés se limitó a saludar con un "hola" y un gesto con la cabeza mientras entraba.

Se dirigía hacia el pupitre de primera fila para sentarse, pero a medio pasillo se detuvo en seco. Apretó los labios y bajó la mirada hacia su revólver, colgado de su cintura. Recordaba la condición de la maestra y se notaba en su cara cómo le costaba cumplirla. Chasqueó la lengua y parecía que maldecía algo en español, entre dientes, mientras elevaba la vista al techo de la escuela y se desabrochaba el cinturón que llevaba el arma, siempre cargada. Dejó el cinturón sobre el pupitre más cercano a la entrada, sonó pesado el metal de la pistola al caer sobre la madera del mismo. No sin cierta inquietud, como si estuviese desnudo, caminó hacia el pupitre más cercano a la pizarra y a la maestra.

Y lo hacía sin pistola, pero también sin lápiz, libros, papel, ni material alguno. Tomó asiento allí en silencio, echó un par de vistazos hacia atrás, girándose, para calcular los pasos hasta sus armas y hasta la salida. Luego, se sentó hacia delante y miró fijamente a la maestra, guardando silencio, atendiendo a sus primeras lecciones.

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Jue Abr 28, 2022 1:31 am por Little Cash


PRIMERAS LECCIONES
Nadie en su familia se alegró de la noticia recibida porque temían a los hombres como Wayward. El Salvaje Oeste, que en nada se parecía a su ancestral Irlanda, era un lugar donde reinaba la ley del más fuerte. No había lugar para la misericordia o el perdón, debías cazar o ser cazado, no era sitio de medias tintas. De ahí que a nadie le sorprendiese escuchar de vez en cuando algún tiroteo o saber de la muerte de alguno de sus vecinos. Los bandidos atracaban diligencias, trenes y bancos; los soldados se enfrentaban a los nativos y el ferrocarril devoraba los paisajes. No era tierra de paz sino de constante cambio y, sobre todo, de perseverar.

Por todo ello, Sinéad era fuerte. Se había curtido desde su niñez para tolerar falta de comida o bebida, frío o calor excesivo. No era una dama al uso porque nunca habían gozado de lujos pero tampoco carecía de educación. Sus impecables modales le habían valido para estudiar y aprender de una dama culta en uno de sus muchos hogares. Si había logrado fundar una escuela era porque nunca se había rendido o doblegado a lo sencillo, ya sabéis, a buscar un marido y cumplir simplemente como esposa. No, ella quería ofrecerle algo más al mundo.

Así que discutió con su familia por el temor que les atenazaba y sentenció que daría clases a ese individuo. No obstante y a pesar de su entereza, le costó algo de trabajo conciliar el sueño y se despertó en plena noche con sudores fríos recorriendo su cuerpo. Había vuelto a ver el cuerpo de su padre sin vida y esa escena siempre la dejaba destemplada.

A la mañana siguiente partió hacia la escuela, enseñó a los niños a diferenciar entre la 'b' y la 'v' y disfrutó de la comida junto a una conversación amena y distendida con su alumna Mary Lou. A la hora de siempre, el reloj dio por finalizada la clase y todos se fueron marchando uno a uno acompañados de sus padres.

La apertura de la puerta sin su correspondiente 'se puede' anunciaron la llegada de su nuevo alumno. Sinéad lo observó desde una de las mesas —Thomas se había dejado un libro olvidado y ella lo recogía— sin emitir ruido alguno. Con sus ojos siguió cada uno de sus movimientos hasta que recayó en lo que pendía de su cadera. Pese a todo, dejó el arma sobre el pupitre denostando algo más que terquedad a la maestra.

—Buenas tardes, Señor Wayward—lo saludó con una sonrisa sincera y espléndida —Bienvenido a la escuela. Veo que no ha traído nada pero no se preocupe—le proporcionó lápiz, sacapuntas, borrador y un cuaderno para que tomase notas —Agradezco su comprensión—inclinó la cabeza respetuosamente y luego se aproximó a la pizarra —El lenguaje que usamos para hablar y escribir se construye mediante oraciones que, a su vez, se erigen sobre palabras. Es como si construyésemos una casa. Necesitamos una buena base para colocar el tejado y con el lenguaje ocurre lo mismo—recogió la tiza —Las palabras están formadas por letras y hay dos tipos. Vocales y consonantes—hablaba despacio y con claridad —Las primeras conectan las segundas entre ellas—explicó con paciencia —Y son estas: A-E-I-O-U—las fue dibujando conforme las pronunciaba —Ahora, cópielas en su cuaderno en la segunda página—pidió educada.


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Lun Mayo 09, 2022 3:53 pm por Keifler


PRIMERAS LECCIONES
Bien podría dar la impresión de que aparecer allí sin ningún tipo de material por su cuenta, y sí hacerlo con su pistola, sería una especie de provocación hacia la maestra. Pero la realidad era bien diferente. Por supuesto que podía conseguir lápices y papeles, comprándolos de manera honesta con un dinero ganado de manera no tan honesta, o simplemente extraviándolos de la tienda o de algún vecino. Simplemente, no se le ocurrió. No sabía exactamente cómo era eso de aprender y qué cosas se daban por sentado, como que cada alumno tenía que tener sus propios materiales. Él sólo había aprendido las cosas por transmisión oral o por las malas, y en ninguna de las dos necesitó lápiz y papel.

Por suerte para él, la maestra era lo suficientemente atenta y buena como para prestarle materiales para su nuevo y controvertido alumno, para poder enseñarle. Andrés no sabía cómo iba eso de aprender, se le podía excusar, sobre todo al tratarse de su primer día.
—¿No he traído nada? Ah. No, no he traído “nada”. No sabía que tenía que traer nada.— se excusó el infame pistolero. —Mañana vendré preparado.

Cuando la maestra empezó a explicar su lección, su alumno apretó los ojos mientras la miraba con atención. No habría montado tanto jaleo para perder el tiempo y hacérselo perder a una mujer que no le ha hecho nada a él ni de la que iba a sacar nada mediante la violencia. Por eso cumplía su parte, aunque la situación no podía dejar de ser extraña, forzada para ambos. Pero, por ahora, el hombre del que se contaban cosas terribles —algunas puras invenciones, otras ciertas— prestaba atención y respetaba a la señorita O’Malley.

Andrés juraría haber visto esas letras escritas por muchos lugares, aunque no sabía exactamente qué significaban o cómo se leían. Excepto la primera.
—Reconozco esa, la A. Es la letra de mi nombre, Andrés. O Andrew, me llaman a veces, aunque es la misma letra. Esa aprendí a escribirla cuando me enseñaron a firmar.— La firma del hombre no era más que sus iniciales y una pequeña cruz bajo ellas. Algo simple y básico, pero mucho más elaborado que una simple X como firman muchos de los analfabetos en el Viejo Oeste. Dibujar esa A mayúscula le resultó fácil y familiar, como una flecha que apunta hacia arriba, y luego una raya vertical que la divide.

A continuación se puso a dibujar una W. No era lo que le había pedido, pero quería enseñarle a la mujer de lo que era capaz. Que no era ningún idiota, solamente no había podido recibir la suficiente educación formal como para saber escribir ni leer. Dibujó esa W como si fuera una A mayúscula invertida y doble, sin la raya del medio. Luego, remató con la cruz de su firma.
—¿Lo ve? Estas son mis iniciales, y así es como yo firmo. Es mi nombre, Andrés Wayward.

Thomas irrumpió en la escuela e interrumpió a Andrés, quien se giró para ver quién había entrado. Lo hacía calmado, había escuchado pasos pero también que eran pasos pequeños, de algún infante, seguramente. Giró su cuerpo sin levantarse de la silla, apoyando el brazo en el respaldo de la misma, mirando atentamente al jovencito que se quedó parado, intimidado por una presencia extraña en una aula tan familiar. Andrés no dijo nada, no le hizo falta para ponerle nervioso. Simplemente quería recuperar el libro que se había dejado.

Mientras salía por la puerta, Andrés empezó a reírse, de manera controlada y relajada, pero evidente. ¿Le hacía gracia asustar a niños sólo con mirarlos?

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Sáb Mayo 14, 2022 4:36 pm por Little Cash


PRIMERAS LECCIONES
—No se preocupe, en el aula siempre habrá material si lo necesita gracias a las donaciones de nuestros convecinos—la pelirroja contestó con cortesía aunque entre líneas se podía leer que le abría una puerta que él desconocía. Ella no pensaba cobrarle por las clases, igual que no cobraba a nadie pero a final de mes recibía un salario por parte del pueblo. Todos eran conscientes de su importante labor y sabían que la comida no se pagaba simplemente con gratitud. Sin embargo, a ella no le preocupaba tanto su alimento como la posibilidad de que sus alumnos no tuvieran con qué escribir y aprender.

—Sí, eso es. La A es la vocal por la que empieza su nombre y si se da cuenta contiene otra vocal, la E—la maestra escribió el nombre de pila de su estudiante en la pizarra y después se aproximó a su mesa para comprobar lo que decía —Muy bien. Es una buena forma de firmar aunque la práctica le permitirá hacer una rúbrica más compleja e impedir que otros puedan falsificarla—no era un comportamiento común en su pueblo pero los dos sabían que existían personas capaces de hacer cualquier cosa con tal de ganarse unas monedas.

—Oh, Thomas—la interrupción del menor arrancó una sonrisa dulce a la irlandesa —Toma, tu libro—le entregó el volumen que había colocado unos minutos antes en su mesa y después observó el comportamiento del "adulto" con una mueca de disgusto —¿No le da vergüenza, Señor Wayward?—esperó al que pequeño se largase —Intimidar a los menores es mucho más despreciable que lo que pueda hacer para esos hombres que le pagan—chasqueó la lengua con desagrado y regresó a la pizarra —Venga, copie las vocales y dígame cuáles son cada una y si conoce alguna palabra que las contenga—le mandó desde su posición privilegiada.



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