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Mar Mayo 10, 2022 6:40 pm por Myshella
Anfitrión
o Zeus transmutado
El traqueteo del camino tenía la virtud de adormilar a Mary, de modo que, en realidad, a la dama le importaba más bien poco la hora del día en la que estaban alcanzando el fin de su viaje.

Oh, sí. Había protestado ligeramente- o eso creía- cuando Percy la había despertado, ciertamente pronto, para avisarla de que estaban llegando.

Pero la perspectiva de alcanzar de una vez por todas su destino -esa villa en la que habían de pasar un verano substancialmente más tranquilo y distendido que el que les hubiera deparado a todos ellos la encorsetada Londres- la habían llevado a guardarse cualquier protesta y adecentarse lo antes posible.

Era pronto, desde luego. Y suponía que al hombre que les esperaba, su anfitrión, no le haría demasiada gracia que aparecieran a la vuelta del camino a esas horas de la mañana.

Por mucho que, a cualquier otro, las once le parecería una hora apropiada.
A Byron no, desde luego. Y le entendía. Sí, lo comprendía perfectamente.

De hecho no hacia falta una gran intuición para saber que, en los días venideros, el grupo al completo se abandonaría a ese gusto compartido por la noche y las veladas eternas.

Mary se enderezó un tanto. A su lado, su hermanastra, Claire, mantenía aún los párpados cerrados.

Recolocó uno de sus bucles cobrizos, mientras observaba el perfil de su nariz.

En parte ella era un buen motivo para aquellas vacaciones.

Por supuesto, a Mary le agradaba la idea de pasarlas con tan selecto grupo de amigos.

Pero si su condición de compañera reconocida, con respecto a Percy, ya era delicada y le había ganado la reprobación de la sociedad previctoriana...- aun cuando acabarían casándose, más pronto que tarde, suponía, ahora que Percy era víudo- lo de Claire con George, que además de casado era lord, ya era de escándalo.

Y aún así no es que ella fuera el mayor escándalo de su apreciado amigo...

La casa silueta de villa Diodati fue recortándose en el horizonte, al final de ese camino.

Al verla, lo siguiente que pensó Mary fue que parecía suficientemente grande como para que todos tuvieran la oportunidad de ignorarse cuando, tal como les pasaba a menudo, sintieran la necesidad de esquivarse, de aborrecerse, y de encerrarse en sus propios pensamientos.

El coche de caballos se paró, al tiempo en que ella esbozaba otra sonrisa. Una un tanto maliciosa

Claire acababa de despertar.

-¿Estás segura de que nos han invitado a venir, Jane?- le inquirió, por enésima vez- Lo dijo así...exactamente así. Que nos invitaba a pasar el verano con él, y con el doctor Polidori...¿cierto?

Arqueó las cejas, y se volvió a Percy.

-Aunque estoy por asegurar que el cochero nos ha perdido, y en lugar de traernos a una casa campestre en Suiza, nos ha transportado a Siberia. ¿Habéis visto esas nubes?

Si el clima parecía dispuesto a confundirles, no así el camino. En un cartel, a la entrada de la propiedad, se leía claramente Villa Diodati. Y al fondo de ese sendero, bajo el porche de la casa, se vislumbraban dos figuras.

1816 — Julio — Suiza





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Myshella
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Myshella
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Vie Mayo 13, 2022 11:32 pm por Riven
Anfitrión
o Zeus transmutado
“El sol retumba a la antigua usanza, en melodioso canto de las fraternales esferas, y culmina con un rayo su prescrito itinerario. Su luz da fuerza a los ángeles, aunque ninguno puede dar razón de él. Las nobles y sublimes obras son tan espléndidas como el primer día.”

Aquellas palabras en alemán saltaban de entre medio de las hojas impresas que llevaba consigo, después de haber leído, y rodado los ojos, por supuesto, la dedicatoria que el bueno de Goethe había escrito como preámbulo de su teatralización. Justo, decía, era un diálogo entre un director de teatro y un poeta, cosa que tocaba a Percy Shelley como a ningún otro.

De todos modos, el poeta no lo había percibido ni mucho menos como un insulto, sino, casi, con morbosa curiosidad, mientras que ocupaba una mano en eso, y otra en acariciar los dulces mechoncitos pequeños que salían de entre la cabellera de Mary, que, adormilada, retozaba a uno de sus lados usando su pecho como almohada, sin que el otro se sintiera turbado o molesto por aquello.

Las palabras lo transportaban, entonces, a la desesperación, al anhelo profundo de algo irrealizable por la humanidad. O no tanto: la inmortalidad.

¿Y acaso él no era inmortal, ya, por conseguir plasmar en papeles y que circularan por el resto del mundo lo que él había escrito? Ah, eso es algo que el poeta pensaba, y era casi atormentado por ello, en silencioso secreto mientras que disfrutaba de las mieles de las pieles perladas en sudor de sus, ahora, dos acompañantes.

Muchos podían pensar que era demasiado, y quizá lo era, pero ¿no tenía él mismo la libertad de decidir hacia donde se orientaban sus musas, dependiendo del día? Quizá hacer una oda a la piel nívea de Mary o bien una cantata a los rebeldes rizos de Jane era suficiente para él, que se quedaba hasta altas horas, con la luz de las velas como únicas compañeras, pluma en mano, mano derecha manchada de tinta, haciendo lo posible por ser memorable.

Por dejar un legado.

Legado que ni siquiera el intento burdo de su muerta anterior esposa podría empañar, pues él, artista, alma errante, había elegido mejores compañías una vez que ¿para qué negarlo? se aburrió de ella.

“Desapareced, bóvedas
oscuras de la techumbre.
Mira el mayor hechizo
del seductor y azul
éter que está penetrando en este lugar”

Sintió, pues, indiscretamente se podía decir, el perfume que acompañaba a Jane en sus cabellos, al ser removidos por la rubia fémina y sintió celos. Sentía celos prácticamente incluso de las sedas que vestían a ambas mujeres, y tocaban sus pieles más que él mismo. Finalmente, su ensimismamiento y lectura fue interrumpida, graciosamente, por el despertar y los movimientos de su querida Mary, que se llevó una ligera sonrisa, esquinada, de Percy, cuando después de mirar invariablemente hacia fuera, por la ventanita de la portezuela del coche, este se paró, dejándoles la vista de la majestuosa villa que sería la hospedadora de tan variopinto grupo de amigos.

—Y si no lo ha hecho, tarde será pues, para arrepentirse. — sentenció el hombre, mientras que el alto hombre se dedicaba a mirar de reojo a la otra muchacha, esperando la respuesta de la bella durmiente vuelta a la vida. —Dudo que haya sido tan incompetente, aunque, por supuesto, tampoco suena tan alentador unos nubarrones así en verano. — mencionó, finalmente, antes de ingresar al territorio de la dichosa propiedad, mientras Shelley volvía a mirar invariablemente hacia el exterior.
1816 — Julio — Suiza





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Lun Mayo 16, 2022 11:51 pm por Amaryn
Anfitrión
o Zeus transmutado
George Byron se había exiliado de su país natal por múltiples razones. Inglaterra lo sumía en la más profunda de las desolaciones, no sólo por sus problemas personales, si no por lo constreñido, lo agobiado, lo apresado que la sociedad lo quería tener. No solía hablar de eso con Polidori, aun cuando se entregaba en cuerpo y alma a sus servicios médicos, pero había líneas que no dejaba que nadie cruzase. Ni siquiera Jane Clairmont.

La otra razón, aunque no la había vocalizado, era el clima. Suiza tenía en los veranos un tiempo acogedor, un sol radiante pero nada pesado, y aunque era de placeres mayormente nocturnos, Byron cada tanto se regocijaba con la idea de las caminatas a plena luz del día. No era frecuente, pero le levantaban la moral. Con lo triste que había estado al verse necesitado de irse de su país, eso era más que suficiente.

Sin embargo, 1816 parecía no ser el año en el que la fortuna golpease a la puerta de su hogar, no importaba donde éste estuviera. Tenía que dar gracias de que había traído algo de abrigo invernal, y que había suficiente madera y acceso a ella para calentarse, porque ese tiempo parecía más un horrible invierno inglés que un suave verano suizo. Nubes negras y peligrosas se acercaban a la villa, como si persiguieran al carruaje que venía a lo lejos con sus tres invitados, uno de los cuales quizás no estaba muy seguro de su presencia, puesto que, aunque afín al tiempo presente, presentía que acercarse demasiado a Jane iba a ser más perjudicial que beneficioso para él en el futuro.

Pero lo hecho, hecho estaba. Y aunque se daba cuenta que el frío era el mayor culpable de arruinar sus planes, no iba a echarse atrás en ese momento.

- Será que los paseos matutinos quedan suspendidos hasta nuevo aviso, ¿verdad, doctor? - le dijo Byron a Polidori que estaba a su lado, con la voz cansada. O mejor dicho, harta. Quería de verdad pensar en como entretenerse ese verano en Suiza, pero en ese momento, con esas nubes en el cielo, no se le ocurría nada que pudiese servirle.

Esperaba que, avanzada la noche, las cosas mejorasen.
1816 — Julio — Suiza





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Te voy a escribir la canción más bonita del mundo:
Y en tu descanso seré el reposo, y en tu camino seré el andar:
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Amaryn
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