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Jue Jun 09, 2022 2:57 am por Little Cash

Alea iacta est


Eran tiempos de apogeo y esplendor para el Imperio Romano y sus habitantes no atados al yugo de la esclavitud. Roma se había expandido a través del mar y las montañas coronándose como uno de los grandes imperios de su momento. Ni la Galia, ni Egipto lograron emular la hazaña de los pictos. Eran imparables, lógicos y funcionales. Sus grandes obras de la ingeniería han sobrevivido a día de hoy y su legado cultural consiguió traspasar la eternidad hasta ser reconocidos como uno de los mayores imperios del mundo conocido.

Mas no todo era felicidad y algarabía. Existían los crímenes, los enfrentamientos, las guerras y los botines de las mismas, como Alucio. El hispano fue arrebatado de la tierra que lo había visto nacer cuando no era más que un niño o un hombre si se reflexiona con la mentalidad de la época. Alucio fue encadenado junto a su amigo Corbis y trasladados a Roma donde serían vendidos al mejor postor: Un hombre que les doblaba la edad y tenía importantes negocios con las apuestas deportivas en el Coliseo.

Alucio se convirtió en gladiador aunque no entró al Coliseo hasta cumplir los 15. A día de hoy el mundo sigue sin saber cómo un muchacho de esa edad logró tumbar al gran Yembé, un esclavo traído de tierras más orientales. El hispano mejoró con cada pelea y se burló de la muerte invocando a sus dioses íberos. Su fama fue creciendo como al espuma hasta llegar hasta las más altas esferas.

En el otro lado de la pirámide social estaba Lucius, que fue tomado por el emperador Septimus Severus como hijo adoptivo, y ascendió al cargo tras la muerte de este. En realidad, fue la segunda opción, pero el hombre que iba a tomarle el relevo a Septimus terminó muriendo antes de tiempo.

Lucius fue educado en asuntos militares, pero nunca destacó por su habilidad como estratega o guerrero, siendo más bien un aficionado de la música y el buen vino. Sus repetidas ausencias en varias campañas militares clave hicieron que su círculo cercano comenzara a dudar de su capacidad de liderazgo, y los rumores permearon en los estratos inferiores, quienes le pusieron el apodo de "ignavus", por su actitud perezosa y cobarde. Un viejo conocido de su padre, esclavista y violento, le instó a interesarse por el mundo de los gladiadores, asegurándole que eso despertaría su virilidad, y que la gente le respetaría si se dejara ver por los grandes espectáculos de Roma.

Asustado por la opinión de políticos, filósofos y patricios, se obligó a intentar dar la talla, a sabiendas de que más de uno había empezado a conspirar. Como solían decir, alea iacta est.

Lucius Aelius Severus
Emperador | 33 años | Aaron Jakubenko | Arcadia
Alucio
Gladiador | 33 años | Michiel Huisman | LittleCash
ONE ON ONE, ORIGINAL ÉPOCAS PASADAS, ANTIGUA ROMA
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Dom Jun 12, 2022 8:21 pm por arcadia

Capítulo 1
Sangre y metal
La llegada de las Quinquatrías, fiestas en honor a Minerva, traía con sí todo un despliegue de recursos y excesos. Aquel año, el pretor Nasica había organizado unas jornadas de combates espectaculares, (obviamente, con la intención de llegar a cónsul). Aparte de las fórmulas ordinarias, Nasica había introducido combates con animales exóticos, que lucharían bien con humanos, bien entre ellos, y también había movilizado a un esclavista de tierras lejanas para contar con sus mejores guerreros, esclavos grandes como armarios seleccionados con mucho cuidado, que lucharían a cara cubierta, casi como si fueran semidioses.
Todos los esclavistas de Roma habían preparado también a sus mejores hombres, asustados por la posibilidad de perder dinero y reputación. En la ciudad no se hablaba de otra cosa, parecía que iba a ser la celebración de la centuria.

Lucius... no estaba impresionado. Como era de esperar, el pretor le había dicho que contaba con él para los combates. En realidad, solo tenía que sentarse en el palco del emperador y hacer acto de presencia durante un par de días. A decir verdad, preferiría tragarse un puñado de ascuas que ir al Coliseo. No es que la violencia le molestara, ni mucho menos, es solo que no era capaz de encontrar ningún placer en aquel espectáculo. Hacía calor, la gente no paraba de gritar, y los hombres de poder ganaban o perdían cantidades ingentes de dinero en cuestión de minutos. Por no hablar de Nasica, ese hombrecillo repulsivo que se metería bajo la toga  de cualquiera con tal de ascender en el cursus honorum.

A pesar de su poco interés, el primer día de las jornadas se sentó en su palco, con gesto impasible, analizando a la gente de su alrededor como un halcón. El pueblo parecía gratamente sorprendido por tener ahí al mismísimo Lucius. El resto, solo estaban sorprendidos. Tal vez molestos, porque tendrían que morderse la lengua en presencia del emperador.
-Señor -Nasica, que estaba sentado a su lado por algún motivo, se inclinó hacia él-. Ya vereis... nunca habéis visto nada igual. Hoy mismo tenemos con nosotros al gran gigante de Tracia.
-No me suena.
-Oh, señor, eso es porque se estrena hoy en Roma... es un gladiador invicto, lleva más de quince años reduciendo a sus rivales a muñecos de trapo...
-Hm. Veremos.
Dirigió su mirada al centro de la arena, expectante. Aquella descripción le había generado un poco de curiosidad, a decir verdad. El pretor realmente lo había dado todo para ofrecer un espectáculo imponente.
En el Coliseo, con la gente de Roma


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Sáb Jun 18, 2022 4:32 pm por Little Cash

Capítulo 1
Sangre y metal
No era la primera vez que Roma celebraba una fiesta y aunque Alucio había aprendido sobre la cultura de los latinos, no le interesaba en ocasiones. Su vida como esclavo no gozaba de los mismos lujos que la de los patricios aunque tampoco se ahogaba precisamente en la miseria. Su reputada experiencia y fama como gladiador imbatible le habían convertido en un ídolo de masas. Tenía fans que apostaban por él e incluso maldecían a otros combatientes para que ganase. Su nombre era comentado entre plebeyos y patricios por igual. Era sinónimo de fuerza y victoria.

Sin embargo, solo él sabía que cada día podía ser el último porque, a veces, ni el mejor entrenamiento, te impedía ser atravesado por un arma. Alucio llevaba más de la mitad de su vida en las arenas del Coliseo y solía realizar más de dos de combates por la semana. La afición de los romanos por un entretenimiento tan mortal alimentaba a los dueños de los gladiadores y también a los funcionarios. Era un negocio muy rentable del que todos sacaban su beneficio.

No obstante, todo gladiador sabía que lo importante no era cómo empezaba la pelea sino cómo acababa. Era tan prioritario saber como atacar que como defenderse. Otra de las claves era la resistencia y el aguante. Su dueño no quería que matasen rápido a sus rivales sino que diesen espectáculo y eso también se aprendía. Por este motivo, les había hablado 200 veces sobre los colosales esclavos traídos de tierras orientales para los combates organizados por Nasica. "Tenéis que estar atentos porque os superan en cuerpo pero vosotros sois más listos", les recordó antes de indicarles el orden. Debido a la presencia del Emperador habían decidido empezar con los contendientes más fuertes para que se entretuviera y se animase a acudir a más enfrentamientos. A nadie se le escapaba que prefería emplear su ocio en otros menesteres.

El primero en ser presentado fue su rival. Un tipo enorme con cara de pocos amigos y de piel quemada, que portaba un tridente y una malla. El público le aplaudió con poco esmero aunque lo suficiente para que se sintiera animado y presentase espectáculo. Lo más seguro es que le sacase cuatro o cinco cabezas, y mira que Alucio era medianamente alto, pero ese extranjero era más armario que humano.

"Alucio. La bestia de Hispania", anunció el presentador. Con una amplia sonrisa y saludando, el esclavo se lució delante de sus seguidores y después se colocó al lado de su contrincante. En el caso del combatiente local, portaba un escudo pequeño y redondo, y una espada, además de las protecciones para los tobillos y los brazos. Una vez que estuvieron ambos, saludaron al Emperador, comenzó el combate.

El hispano clavó sus talones contra el suelo y empezó a deslizarse con agilidad para estudiar a su rival. Andaban siguiendo un círculo imaginario para contemplarse y probarse mutuamente. El otro condenado era grande por lo que debía centrarse en sus puntos débiles: las extremidades inferiores. Si lograba herirle en una pierna, puede que lo hiciera caer.

En el Coliseo, con la gente de Roma




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