Tree Of Life :: Welcome To TOLWelcome to Tree Of Life :: Bulletin
Tree Of Life
¿Quieres reaccionar a este mensaje? Regístrate en el foro con unos pocos clics o inicia sesión para continuar.
Lun Ago 22, 2022 11:20 am por Tree Of Life
Relatos
Aniversario

¡Buenas terrícolas!

A continuación encontraréis los relatos que se han escrito para nuestro sexto aniversario. Esperemos que disfrutéis de todas estas interesantes historias y les deis mucho amor. Agradecemos a los participantes por sacar tiempo para esta bonita actividad y a los votantes por leerlo todo.

Como esta vez tenemos un gran número de relatos, éstos se irán publicando poco a poco, durante varios días. Las votaciones se abrirán el día 26 y tendréis todo el fin de semana para votar a vuestros preferidos (tendréis hasta las 7 de la mañana del Lunes para dejar vuestras votaciones).

Como detalle y promoción, se han creado unos posters promocionales para cada relato, de la bonita mano de @Red.

Votaciones de relatos.

A continuación os dejamos un índice para poder llegar a cada relato de forma rápida:

1. Para qué quiero el tacto si no es para tocar tu pelo
2. En las arenas del tiempo
3. Hastío Inhumano
4. El anhelo del dragón
5. We will never be the same again
6. El arte de la perfecta imperfección
7. Chrissy don’t wake up
8. El Diario de Kathy Kitt
9. The love is gone
10. Todo va a mejorar
11. Portrait of memories
12. Dentro de cien años
13. J de corazones
14. I'll only hurt you if you let me
15. The Iron's Shadow Extinction
16. Por un sueño
17. Toda una vida
18. Nuestro destino está escrito en piedra
19. In the burning glow (I'll pick you up from the ashes)
20. ¿Resentimiento o justicia divina?




Última edición por Tree Of Life el Vie Ago 26, 2022 12:03 pm, editado 13 veces


Relatos de aniversario LXyzNEv
Tree Of Life
Tree Of Life
Staff
Tree Of Life
Tree Of Life
517Mensajes :
50Reputación :
Lun Ago 22, 2022 11:21 am por Tree Of Life
Relatos
Aniversario


Título: Para qué quiero el tacto si no es para tocar tu pelo.
Advertencias: Mención a maltrato infantil, mención a transformaciones licántropas.
Prompt: Falling asleep together
Usuario: Bacco

Poster Promocional

Relatos de aniversario BTBZkBn


Para qué quiero el tacto si no es para tocar tu pelo

      Remus no recordaba cómo había dormido la noche en la que lo mordieron. Solo recordaba el dolor punzante que había empezado en su cuello y se había extendido como un incendio al resto de su cuerpo, el pijama manchado de sangre que se le pegaba a la piel, y el sonido desgarrador de sus gritos en sus propios oídos. Recordaba la agonía.

Se había despertado en San Mungo. Las lágrimas de su madre habían caído sobre sus mejillas, y su padre le había pedido perdón tantas veces que sus palabras habían dejado de tener sentido. Algo malo le había pasado, pero no era capaz de entender el que. No era capaz de reconocer los sentimientos que escondían las miradas que sus padres le dirigían cuando se pensaban que estaba durmiendo, pero quería gritarles que pararan, que todo había quedado atrás, que seguía siendo su hijo. Acabó pasando más días de lo que esperaba arropado por aquellas sábanas blancas demasiado ásperas para su gusto, por las noches acunado por la nana que formaba el ir y venir de los sanadores por los pasillos.

Al salir, había estado seguro de que iba a poder volver a su habitación, a sus juguetes y a su cama, pero se había encontrado con una casa que nunca antes había visto. No había nada más a su alrededor, ningún vecino, ni ningún parque. Eran poco más que cuatro paredes de piedra, escondidas entre árboles frondosos y hierbas que nadie había intentado cortar nunca. Por las noches el viento soplaba fuerte, y Remus pensaba que el techo iba a derrumbarse sobre él mientras dormía, pero el amanecer llegaba y nada parecía haberse doblegado.

Una noche cada mes, la agonía volvía a por él, y lo encontraba escondido en el sótano. No había clemencia. El dolor lo devoraba por completo, cegándole de sus sentidos y privándole de sus pensamientos. Nunca se acordaba de lo que pasaba después, pero los primeros rayos de sol iluminaban heridas que no habían surcado su piel la noche anterior, que su madre curaba entre sollozos, y si alguna escapaba los confines de su ropa, su padre evitaba mirarla, como si su solo aspecto le quemara. Así que, si cada vez rehuía más de la compañía de sus padres, no pensaba que pudieran echárselo en cara. Dudaba que a nadie le gustara sentirse como un monstruo.

Había esperado la misma soledad al llegar a Hogwarts. Lo que no había esperado era a James Potter, a Peter Pettigrew y, sobre todo, no había esperado a Sirius Black. No había esperado aquella amistad ofrecida tan libremente, incluso después de que él hubiera pasado semanas rechazándola. No había esperado aquella preocupación después de una sola noche sin aparecer por el dormitorio (una noche pasada entre gritos y tablones de madera, pero al menos Madame Pomfrey había curado sus heridas sin llorar y sin mirarle como un monstruo, así que podría haber sido peor). Quererles había sido inevitable.

Las noches en la torre de Gryffindor no tardaron en recuperar el Remus que había pensado que había muerto la noche del mordisco. Ziggy Stardust sonaba desde un tocadiscos hechizado que una prima le había regalado a Sirius, y se había convertido en la banda sonora perfecta para noches de fechorías. Peter compartía las grajeas y los lazos de regaliz que su madre le enviaba una vez a la semana, y James fantaseaba en voz alta sobre como el año siguiente, los cuatro entrarían en el equipo de quidditch. Estaba tan emocionado, que Remus no había sido capaz de decirle que le aterraban las alturas. Y cuando una vez al mes tenía que desaparecer, saber que lo estarían esperando a la mañana siguiente lo hacía todo un poco menos horrible.

Remus jamás pensaría que habría hecho algo para romper aquella rutina hasta el veintisiete de diciembre de mil novecientos setenta y cuatro, cuando un grito lo despertó en medio de la noche. Frunció el ceño, aún sin abrir los ojos. La habitación estaba en silencio. Solo él y Sirius se habían quedado durante las navidades. La lluvia suave golpeaba contra las ventanas, y nada indicaba que aquel grito no hubiera sido más que algo en sus sueños, hasta que estando a punto de volverse a rendir entre los brazos de Morfeo, el grito se repitió. Sirius.

Salió de la cama sin pensarlo, agarrando la varita que había dejado en la mesilla de noche, preparado para enfrentarse a un enemigo que resultó no estar ahí. La luz de la luna creciente iluminaba el dormitorio lo suficiente como para ver que la única otra persona en la habitación era Sirius, con la cara contorsionada en una mueca casi de dolor. Acortó la distancia que los separaba, y le sacudió suavemente del hombro. Abrió los ojos casi de inmediato, agarrando la muñeca de Remus con una fuerza desmedida.

Perdón― Aquello había sido lo que Sirius había necesitado para soltarle el brazo, como si le quemara. Había bajado la cara, y se había llevado ambas manos al regazo. Antes de que pudiera añadir nada, Remus continuó. ―. Yo también las tengo. Sobre… ya sabes. Perdón. Ella…No hace falta que me lo cuentes si no quieres.―. Remus había visto las cicatrices sobre la espalda con las que Sirius había vuelto de las vacaciones de verano. Podía imaginarse los recuerdos que lo perseguían por las noches.

Los segundos pasaban, y Remus no sabía que más añadir. Habría pasado un minuto desde que estaba de pie, cuando dio un paso para atrás. ―Si necesi…¿Podrías dormir conmigo? Sirius no le estaba mirando, y aún en la oscuridad, se podía entrever el rubor de sus mejillas. ―Claro. ― Remus se metió tímidamente en su cama, temeroso de dar un paso en falso que hiciera que aquel delicado equilibrio se rompiera, y Sirius se arrepintiera de sus palabras, pero eso no pareció llegar. Los chicos eran demasiado grandes para ocupar cómodamente el colchón, pero fueron capaces de tumbarse sin rozarse demasiado. Sentía la necesidad de hacer algo, de consolarlo, pero no recordaba como se hacía.

Lentamente, alzó la mano, dándole tiempo a Sirius de que lo frenara en cualquier momento, pero pudo posarla sobre su pelo sin que lo hiciera. Lo acarició cariñosamente, como su madre había hecho con él antes de que lo mordieran. Entrelazó sus dedos por los mechones oscuros, maravillándose ante la suavidad de estos. Sin mediar palabra, empezó a pasar la mano por su cabello una y otra vez, hasta que la respiración profunda de Sirius le indicó que este se había dormido. Remus pensó en volverse a su cama, y pasar el resto de la noche allí, pero Sirius se giró, buscando en el sueño cobijo en su pecho, y Remus se dio cuenta de que no quería salir.

Una nueva rutina sustituyó a la antigua. Cada vez que se encontraban solos en la habitación, ambos trepaban sobre la cama de Sirius y buscaban el sueño, escondidos bajo las sábanas de la crueldad del mundo. Sirius empezó a anunciar que se encontraba mal las mañanas después de la luna llena, quedándose atrás con Remus mientras Peter y James iban a clase. Corrían las cortinas, inundando la habitación de una oscuridad que en otro punto de su vida habría encontrado solitaria, pero ahora, con Sirius tumbado entre sus brazos, había aprendido a anhelar.
Los besos y las caricias habían tardado en llegar. La mañana de navidad de su sexto año, Remus había despertado encontrándose los ojos grises de Sirius mirándolo fijamente. Besarle había sido tan inevitable como lo había sido el empezar a quererlo.

La guerra le arrebató las noches tranquilas. Al dejar el dormitorio que lo había acogido durante siete años, las batallas exigieron cada segundo de su tiempo. No había noches que perder entre los brazos de su amante, no cuando la Orden contaba con él y con su monstruo. Las pesadillas que había conseguido mantener a raya gracias a las caricias volvieron, y lo hicieron peor que nunca.

Después del Valle de Godric, la única compañía que Remus encontró para las largas noches sin sueño vino en forma de botellas. Aunque un vicio poco duradero, ni siquiera el volver a encontrarse en Hogwarts le permitió volver a respirar, perseguido por el fantasma de unos ojos verdes y unos rizos indomables. Hasta que, por un momento, Remus se permitió volver a soñar.

Soñar con un futuro feliz, con cabellos azabaches entre sus dedos, caricias a tatuajes que antes no habían estado ahí, con besos que raspaban más ahora que ambos habían dejado atrás la pubertad, con noches de pesadillas que terminaban nada más abría los ojos.

Tras el Departamento de Misterios, Remus solo encontró descanso en la muerte.




Relatos de aniversario LXyzNEv
Tree Of Life
Tree Of Life
Staff
Tree Of Life
Tree Of Life
517Mensajes :
50Reputación :
Lun Ago 22, 2022 11:22 am por Tree Of Life
Relatos
Aniversario


Título: En las arenas del tiempo.
Advertencias: N/A
Prompt: Falling sleep together
Usuario: vicivosdrcams

Poster Promocional

Relatos de aniversario RPNZPVn


En las arenas del tiempo

      1999, Japón. Falta un mes para la llegada del nuevo siglo.

Todos están murmurando que dentro de poco el mundo se extinguirá.
Tsubasa lo mencionaba cómo si fuera un chiste. Lucía ajeno a la preocupación que embargaba el rostro de otros compañeros, vecinos y chismosas del barrio (sin mencionar el resto de habitantes de la tierra del sol naciente). Había mantenido esa misma sonrisa burlona desde que en el noticiero nocturno anunció un informe de última hora: ‘el fin del mundo se aproxima con la llegada del nuevo siglo’. ¿Lo había tomado en serio? Evidentemente, no. Tenía mayores preocupaciones como resolver los dichosos problemas de matemáticas y que su padre dejara de darle el puñetero coñazo de centrarse en los exámenes de acceso a la universidad de Tokio.

En Okinawa soplaba una brisa refrescante y era de agradecer después de estar sudando cuan cochino tras las prácticas de kendo mas el silencio se comía a su acompañante. O, más bien, a la figura de menor estatura cuya boca no se movió ni un ápice y su cuerpo simplemente daba la ilusión de moverse por el ligero balanceo del columpio.

Yo no me lo tomaría a risa— cortó abruptamente. Rostro de corazón que de pronto se empapó en una nube de preocupación, marcada con el ceño fruncido y los labios apretados— Últimamente se han registrado varios terremotos y el clima es anormal… hasta la gente ha cambiado.

Pese a aquel halo de incertidumbre, los ojos de Sayaka no perdían ripió de un par de niños que jugaban a la pelota. El muchacho cambió el peso de su cuerpo, dejando el pie suelto sobre la arenilla del parque y estirándose. Sinceramente, no entendía el porqué de tanta consternación. El año pasado anunciaron lo mismo con la llegada del 99 ¡el fin del mundo! ¡Todo se desmoronara! Él lo llegaba a considerar casi una estratagema de las corporaciones. Que sí. Vivían en una zona sísmica nada estable en ciertos puntos del año pero no hubo ningún desastre… que recordara por aquel entonces.

Hasta en eso te pareces a tu padre, consigues ponerme los pelos de punta—Trataba de quitarle hierro al asunto. Echó un suspiro hondo—Si ni tu hermano se preocupa y es quien más próximo está de descubrir si existen enanos que provocan que la tierra gire— se conocían desde niños y a pesar de todo, a veces notaba una tristeza en los ojos de la fémina que le costaba disolver— Podrías, no sé, contarme porque Noriko anda tan obsesionada en encontrar el kimono perfecto para las fiestas del templo— sugirió con su mejor intención. Levantó el macuto y ya estaba listo para poner sus piernas de nuevo en movimiento— Venga, va, te acompaño hasta casa.

Pero Sayaka no tuvo intención de moverse. Bajó la cabeza y simplemente dio un suave balanceo que logró remover su cabellera zaina.

Yo—no quiero volver a casa.
Solo por aquel tono, el muchacho contempló con mayor ahínco el rostro de la joven. Sin terciar palabra, volvió a dejar sus posaderas en el columpio contiguo. Sus zapatos estaban nuevamente sucios por la arenilla del parque y no le importó la futura regañina de su madre al no ‘atesorar’ algo que le costó encontrar en rebajas. Todo se centraba en Sayaka. Hasta siendo niños, siempre se fijó en cada movimiento que la contraria hacía. Ya fuera perseguir una mariposa o corriendo detrás de su hermano mayor quien le robó una horquilla del pelo.

Tú crees… ¿Tú crees que seguiríamos estando juntos después del fin del mundo?

Sayaka no pecaba de ingenua. Por mucho que el resto del mundo tratará de restarle importancia al asunto, algo en su interior le dictaba que iba a pasar. Quizás no cómo lo narraban los medios: con un inminente tsunami o ante el resquebrajamiento del pavimento. Pero algo vendría. Lo sentía.

Tras un silencio incómodo, Tsubasa no tuvo reparo en sonsacar una sonrisa socarrona.

No lo creo— con esa oración logró lo deseado; que la muchacha inflase las mejillas cuan pez globo; indignada —Y no te lo tomes a mal, intentemos ser realistas—Si bien se conocían de toda la vida, no habían formalizado su relación hasta unos meses antes; tres para ser concretos. En teoría no daban una apariencia distinta a cuando eran amigos. Seguían manteniendo una distancia ‘prudencial’ y pese a ciertas risitas por los pasillos, la mirada sobreprotectora del padre de Sayaka cuando se quedarían ‘solos’ en el piso superior estudiando y otros pocos indicios; nadie aseguraría que fueran pareja. Salvo ellos, claro. La risa del chico hizo eco junto al sonido de la sirena que anunciaba el fin de turno de la fábrica de calzado y se atrevió a rozar su nariz con la ajena—Pero puedo prometerte algo mejor.

La contraria bufó.

¿Cómo qué?

Por acto reflejo, ella cerró los ojos y sintió los labios de Tsubasa presionando gentilmente. Todo se congeló, toda preocupación previa se vino abajo y entre ambos se permitieron unos centímetros de libertad. Apoyó su frente en la de la muchacha.

Oye.
—¿Qué?
—¿Podremos encontrarnos de nuevo en nuestras siguientes vidas?


Se miraron fijamente, y él ladeó el rostro sin perder esa sonrisa que la sacaba de sus casillas.

No creo en la reencarnación.
Ella iba a hablar, con esperanza de identificar ese peso residente en su pecho pero se vio de nuevo antepuesta por la velocidad del joven.
Pero… estoy seguro… que lo haremos. Nos encontraremos.
En algún punto de esa frase, ambos cayeron al suelo y quedaron postergados en el sueño eterno. Varios astros que descendían de la cúpula celestial fueron arrojados violentamente contra la tierra. Sin embargo ninguno de los dos despertó entre el pánico y los gritos de sufrimiento.

-x-

Cuando despertó lo hizo bajó los brazos de él. Sus ojos continuaban semi-cerrados por aquel vaivén de tal ensoñación. La tela que ocultaba el trazo de luz diurna se removía y creaba graciosas sombras. La arena le hacía cosquillas en los pies y aguantó una risa. Sintió el agarre de su cintura, estrecha y con las marcas de los dedos ajenos del varón.
¿Volviste a soñar con ello?
—Sí.

El hombre únicamente abrió un ojo con interés y la joven se limitó a mirarle disimuladamente.
¿Seguía siendo tan guapo?
—Shhh, calla.

Puede que el fin del mundo hubiera aterrizado aquel quince de diciembre del 99… y, a pesar de todo, sus almas continuaban intactas.





Relatos de aniversario LXyzNEv
Tree Of Life
Tree Of Life
Staff
Tree Of Life
Tree Of Life
517Mensajes :
50Reputación :
Lun Ago 22, 2022 11:22 am por Tree Of Life
Relatos
Aniversario


Título: Hastío inhumano
Advertencias: Violencia.
Prompt: Hero becomes villain
Usuario: Aniridia

Poster Promocional

Relatos de aniversario IXDE1nM


Hastío inhumano

 
Swindmore era un pueblucho de tres al cuarto, inhóspito, casi desértico y cruel para quien tuviera la mala suerte de vivir ahí. Ese era el caso de Ewan Madison, un escritor que pensaba que la soledad le haría mejor compañía que cualquiera porque necesitaba paz para centrarse en su novela, esa que ni siquiera había empezado a teclear en su viejo portátil de 2014.

En ella quería narrar cómo una inspectora de Nueva York dejaba el cuerpo de policía tras haber vivido una serie de situaciones difíciles de describir. No está bien visto que un agente de la ley hable de cosas paranormales. Se toma por locos a aquellos que ven caras en las manchas de las baldosas del baño y sombras negras en los espejos del dormitorio. El frío que eriza la piel tras notar una presencia es distinto del que provoca el invierno. Pero al pensar que ningún compañero la creería, ella decidía no explicarle nada a nadie y marcharse sin más. Después de aquello, aparecería ahorcada en el salón de su casa, con el cuello amoratado y los pies desnudos, colgando a algo más de medio metro del suelo, y se convertiría en el fantasma de su propia historia.

Ewan estaba convencido de que aquella novela no tendría salida en el mercado. La veía demasiado oscura y desagradable para un público masivo y demasiado insulsa para un nicho más cerrado. Por eso no había escrito ni una palabra todavía. La historia solo existía en su cabeza y frente a él, el cursor parpadeaba al principio de aquella página en blanco que irradiaba una luz muy intensa en mitad de la negrura del salón de la casita que había alquilado durante unos meses. Se pasó las manos por el rostro, desesperado y cansado, antes de cerrar el ordenador por decimoctavo día consecutivo y se metió en la cama.

Las sábanas estaban frías, pero de alguna forma daba la sensación de que alguien se había tumbado ahí antes que él. Palpó el colchón en busca de algo que delatase la presencia de otro cuerpo, pero eso no tenía sentido porque no había salido en todo el día de allí y nadie le había visitado. ¿Quién le iba a visitar, si no molestaba en conocer a la gente del pueblo?

La señora Murdock, su casera, vivía a cuatro casas de la suya y desde allí, Ewan de vez en cuando veía a un gato anaranjado escurrirse por el jardín. Suponía que sería de la vieja fisgona a la que había atrapado mirándolo alguna que otra vez. En Swindmore, si te paseabas por ahí, eras un forastero y solo se hablaba de ti; pero si no salías de tu casa, las habladurías solo se incrementaban.

El hombre dejó a un lado todos aquellos pensamientos que no le aportaban nada en absoluto y apagó la luz de la mesilla para intentar conciliar el sueño.

A la mañana siguiente, el sol le pareció más brillante que nunca. Mirara donde mirara, estaba deslumbrado. Todo era entre amarillo y blanco, como si la superficie de la casa fuera de un material reflectante. Entrecerró los ojos y se puso el antebrazo delante de ellos. Sus pies trastabillaron en el suelo a pesar de que este estaba despejado y llegó tambaleante hasta la puerta de la entrada.

Cuando salió al exterior, tuvo la sensación de que la intensidad de la luz había disminuido. Al menos pudo bajar el brazo. Se montó en el coche y se acercó al centro del pueblo porque necesitaba comprar comida. Los jueves siempre hacían un mercadillo por la zona de la plaza principal y al ver a tanta gente junta, daba la sensación de que había el triple de habitantes de los que el sitio realmente tenía. Los niños corrían de aquí para allá y entre sus gritos de júbilo destacaban los de los vendedores proclamando las ofertas del momento. Ewan salió de allí con dos sandías enormes y varios kilos de otras frutas variadas que no podría comerse él solo antes de que se le pudrieran. Nunca entendía por qué caía una y otra vez en la trampa de los precios baratos cuando ni siquiera eran cosas que quería.

Miró de soslayo la bicicleta estática que le observaba desde un rincón del salón, ahora un poco más oscuro que cuando se había levantado por la mañana. Otro objeto inútil. Ewan era carne de la teletienda y de las estafas de Internet. Se podría pensar que era tonto o quizá demasiado bueno, siempre intentando ayudar a gente que decía tener enfermedades prácticamente incurables o que no podía regresar a su país de nacimiento. Podría ser, pero quizá era más adecuado hablar de una especie de adicción a tirar el dinero. Si no, ¿por qué seguía pagando su piso de Manhattan cuando se había ido a vivir en mitad de la nada?

Tras dos meses en Swindmore, se dio cuenta de que había ido hasta allí para nada. Nunca podría escribir porque aquel lugar carecía de eventos y estímulos suficientes para activar su inspiración. Miraba todos los días el periódico local y solo se hablaba de la producción de hortalizas y del precio de la luz. No ocurría allí nada merecedor de su interés.

Hay quien dice que no puedes esperar sentado a que ocurran las cosas, que eres tú quien tiene que provocar el cambio para que algo suceda. Es posible que esta frase hubiera calado profundamente en el subconsciente del escritor porque tan solo un par de noches más tarde de que pensara que probablemente ya era hora de marcharse de allí sin mirar atrás, pasó algo que le haría prolongar su estadía un poco más.

De repente, en el periódico volvieron a hacerle hueco a la sección de sucesos después de al menos una década sin percances. Habían encontrado el cadáver de la señora Murdock. Descuartizado y sin los dedos pulgar e índice de las dos manos, que parecían haberse quedado enganchados de manera inexplicable al prismático que solía emplear para vigilar a sus vecinos. Ahora que su casera había muerto, a Ewan le preocupaba su situación en el pueblo. ¿Debía seguir pagando el alquiler? Y si era así, ¿a quién? Cualquiera lo llamaría desalmado por pensar en eso en lugar de apenarse por el fallecimiento de aquella señora, pero es que no había nada que lo vinculara a ella más allá de una transacción económica al mes. Sin embargo, era a la señora Murdock a quien debería su recién recuperada motivación para escribir. Aquel asesinato era lo que necesitaba para comenzar a teclear.

Llevaba ya quince páginas cuando aquel felino pelirrojo que acostumbraba a ver unos metros más allá de su casa se paseó por encima del teclado y le pisó las manos antes de emitir un leve maullido y saltar hasta el suelo cubierto de moqueta, áspera y gris. Aterrizó al lado de un pequeño charco de color granate que se había ido formando por las gotas de sangre que caían de la hoja de un hacha que descansaba en el borde del escritorio.





Relatos de aniversario LXyzNEv
Tree Of Life
Tree Of Life
Staff
Tree Of Life
Tree Of Life
517Mensajes :
50Reputación :
Lun Ago 22, 2022 11:22 am por Tree Of Life
Relatos
Aniversario


Título: El Anhelo del Dragón
Advertencias: N/A.
Prompt: Protecting each other
Usuario: Timelady

Poster Promocional

Relatos de aniversario 4Ozbvhw


El Anhelo del Dragón

 
El primer día que vio aquella torre, la princesa Olehna conoció el mayor de los terrores.
Había aceptado su destino, sabía que era el precio que debía pagar el reino por los años de abundancia en los que había prosperado. Pues para lograrlo sus padres habían hecho un trato con el despreciable dragón de Aveac, una criatura ambiciosa que pidió como pago la vida de aquella niña cuando alcanzara la mayoría de edad. Y llegado ese momento, el temible Nogard envió un recordatorio de lo acordado.
Pero el poder ver el lugar al que la llevaban lo hizo todo mucho más real. Y por un momento tan solo pensó en cuán lejos podría llegar si su caballo daba la vuelta y huía a toda prisa de allí.

Seguramente no demasiado, no de un ser que dominaba las artes oscuras.

Los guardias que la acompañaban se quedaron al otro lado del puente levadizo que se abrió para ella sin necesidad de que ninguno de ellos indicase su presencia. Una última mirada a su libertad antes de llegar al patio de armas y ver cómo el puente se elevaba tras ella. No tenía escapatoria.
Descendió de su caballo y lo llevó hasta lo que parecía un establo. No había nadie para recibirla ni atenderla. Pero había todo lo necesario para la comodidad de su montura, que era también el único animal presente allí.

Tardó más de lo necesario en despedirse de él antes de decidir que debía regresar y enfrentarse a las escaleras que llevaban al torreón que formaba el castillo. Un gran salón la recibió, desierto también, pero había una nota con su nombre sobre una repisa. Las instrucciones necesarias para llegar a un dormitorio. Sus nuevos aposentos, elegantes y provistos de todo lo que una princesa pudiera desear y necesitar.

Durante los siguientes días, recorrió el castillo por completo, solo encontrando cerrada al paso el ala norte. La comida se servía puntualmente, pero jamás vio que nadie lo hiciera, igual que se le preparaba todo lo que pudiera precisar.
El quinto día hubo un cambio, una nota sobre su plato de desayuno, una invitación para acudir puntualmente al gran salón. Llegaba el momento de conocer al terrible dragón del que solo había escuchado las historias más tétricas.

Se adecentó lo mejor posible, dado que ante todo era una princesa, y no se permitió llegar tarde a pesar de los temblores. Pudo sentir la presencia imponente del otro al entrar en la sala. A pesar de que su figura era la de un humano, era como si llenase todo el espacio. Lo cuál debía ser cosa de su poder.
Olehna no sabía lo que podía haber esperado de aquel momento, pero no era lo que recibió: una bienvenida cordial al palacio y un nuevo trato. Se decía que el dragón disfrutaba de ellos y de sus juegos y que nunca, jamás, perdía.

Dentro de un año serás mi esposa. Pero permitiré que todo príncipe que lo desee intente destruirme hasta entonces. Solo alguien realmente digno lo conseguirá.

Desde entonces, empezaron a convivir, se veían en las comidas y en los pocos entretenimientos que compartían. Se encontraban en la gran biblioteca, llena de libros que Olehna jamás había leído y ahora empezaba a conocer aquellos mundos a los que solo la lectura permitía acceder. Poco a poco encontraron en el otro un compañero de conversación. Pero, sin duda, los momentos preferidos de la princesa eran las partidas de ajedrez tras la cena, en ellas fue Olehna quien propuso el trato: Cada victoria le daba derecho a hacer una pregunta al dragón. Y así fue conociendo su origen, pero notaba cómo él se sorprendía ante sus preguntas e interés, pero sin llegar a darle nunca toda la información. Como el ajedrez, aquel también era un juego de ingenio, y las preguntas adecuadas llegarían a desvelar lo que había más allá de aquellos tratos.

Fueron pasando los meses y llegaron príncipes que viajaban desde lugares lejanos para intentar rescatarla. Ella observaba desde la torre cómo Nogard desataba su verdadera forma, siendo tan grande o más que su propio castillo.
Y uno por uno, o en los pequeños equipos que habían formado por el camino, todos ellos fracasaban, quedando reducidos a gárgolas que servían para adornar la muralla del castillo.
Y cada vez, en la siguiente partida ganada, Olehna preguntaba por qué no la dejaba ir con ellos. La respuesta siempre era la misma: No eran dignos.

Faltaba apenas un mes para que se cumpliera el año y Nogard se negaba a responder la última pregunta que le hacía: ¿Por qué deseas casarte conmigo?
Por supuesto, podía ser simplemente porque necesitaba hacerlo con alguien y su reino en necesidad tenía una princesa disponible en el momento justo. Pero había esperado durante años, había esperado un año más. Había esperado que alguien digno apareciera. ¿Por qué? ¿Por qué no casarse en el mismo momento en que se vieron?

No estás preparada para esa respuesta.

Una semana y decidió cambiar su pregunta, ¿cómo sabía que no eran dignos si no les conocía?
El dragón la condujo a una de las salas del ala norte. Había descubierto que esos eran los aposentos que se reservaba para sí mismo y donde ocultaba las fuentes de su poder. En una sala llena de artilugios de curiosa procedencia la hizo situarse frente a un espejo y la invitó a pronunciar los nombres de los diversos príncipes que habían acudido a su rescate.
La primera imagen que mostraba la luna siempre era la gárgola en que se encontraban ahora convertidos, mas después parecía retroceder en el tiempo y mostrar lo que habría pasado si hubiera logrado vencer al dragón. Las posibles vidas que Olehna hubiera tenido al lado de aquellos príncipes eran aún más horribles que el estar en aquella torre con un dragón.

Me estabas protegiendo.

Un nuevo príncipe apareció a las puertas el último día. Varde del Lago, a quien Olehna conocía desde hacía años y con quien una vez esperó casarse. Esta vez, la princesa no esperó en la torre observando, corrió hacia el espejo para ver qué futuro le depararía su victoria y regresó.
Nogard estaba perdiendo la batalla por vez primera y a ella se le inundaron los ojos en lágrimas. Descendió tan rauda como pudo, el castillo favoreciendo su salida para que llegase a su amo.

La princesa se interpuso entre el príncipe y el dragón sin armas, solo su cuerpo y brazos extendidos, como si pudiera abarcar la inmensidad de la bestia. Pero Varde no atacó, al verla solo esperó y ella se lo agradeció con un gesto antes de girarse hacia Nogard.

— No quiero que mueras.
— Si no lo hago, no podrás marcharte.
— No quiero marcharme. —Ella misma se mostró confusa tras confesar lo que su fuero interno llevaba tiempo guardando.— Me has protegido todo este tiempo, me has tratado mejor de lo que ninguno de ellos podría hacerlo. El futuro junto a Varde no sería tan horrible, pero no es el futuro que quiero.

El dragón recuperó su forma humana, las heridas seguían sangrando, pero la princesa no dudó en correr a sus brazos. El príncipe ya había depuesto las armas, conocía a su amiga la princesa y sabía que había perdido ya aquella batalla.

— ¿Por qué deseas casarte conmigo? —Repitió la pregunta, apenas un susurro.
— Porque el espejo dijo que serías capaz de ver más allá de mi verdadera forma. —Confesó él al fin.— ¿Te quedarás conmigo?
— Solo tú eres digno.





Relatos de aniversario LXyzNEv
Tree Of Life
Tree Of Life
Staff
Tree Of Life
Tree Of Life
517Mensajes :
50Reputación :
Mar Ago 23, 2022 11:58 am por Tree Of Life
Relatos
Aniversario


Título: We will never be the same again
Advertencias: N/A.
Prompt: Gift
Usuario: Dafne

Poster Promocional

Relatos de aniversario Ws42W0q


We will never be the same again

 
La tranquilidad de la noche se vio interrumpida por el sonido estridente del timbre. Con extrañeza y un nudo en el pecho, Alexander se acercó hasta la puerta, era demasiado tarde, probablemente se trataría de una emergencia, pero al abrirla tan solo encontró la calle vacía, el silencio, la oscuridad y un paquete bajo sus pies.

Frunció el ceño, confuso, Alexander no tenía familia y tan solo una persona sabía que se había mudado a las afueras, una a la que había echado de su vida hacía tiempo, no podía ser suyo. Aquello debía tratarse de un error.

La caja se encontraba desprovista de remitente y quizá la mejor opción sería entregarla al servicio postal a la mañana siguiente, pero la curiosidad pudo con él. Abrió el envoltorio con cuidado, para no rasgarlo, y descubrió una nota y algo parecido a un antiguo medallón en su interior.

Reconoció la caligrafía al instante, incluso antes de ver su nombre dibujado sobre el papel y con un suspiro derrotado, lo leyó.

Querido Alexander, te preguntarás por qué, después de tanto tiempo, me pongo en contacto contigo. Podría darte muchas explicaciones, sin embargo, estoy convencido de que no te creerías ninguna de ellas, no hasta que no lo veas con tus propios ojos, hasta que no lo sientas en tus propias carnes, por lo que seré breve... ya no puedo más.

Hace ciento cincuenta y tres días que cargo con este peso bajo mis hombros, he llegado al límite y créeme, si pudiese hallar consuelo acabando con todo, lo haría sin dudar, mas ni siquiera eso me está permitido. Sé que te perdí, quizá debí contártelo en su momento, pero la certeza de que me observarías como si me hubiese vuelto loco me lo impidió.

He buscado, sin cesar, otra solución, la manera de deshacerme de ello sin destrozarte a ti por el camino, pero no hay ninguna, tal y como dictan las escrituras, debo cedérselo a la persona amada y aunque lo dudes, yo te amé, creo que aún lo hago.

Sé que jamás podrás perdonarme, con toda seguridad, yo tampoco, pero tenía que elegir, tú o yo y en esta ocasión, me elegí a mí, sabes que siempre fui un capullo egoísta.

Tú siempre has sido el más valiente y el más fuerte de los dos, sé que encontrarás la manera de que todo funcione, sé que acertarás donde yo fallé.

Te quiere, aunque sea un hijo de puta, Ethan.



Cerró los ojos y se permitió unos segundos para asimilar aquellas palabras, incluidas las tachadas, pero tal y como ocurrió en los últimos meses de su relación, fue incapaz de entenderlo.

Nunca fue un hombre perfecto, él tampoco, ambos tenían unas personalidades demasiado marcadas que chocaban entre sí, el día y la noche, la razón y el caos, quizá por eso se sintieron tan atraídos desde el principio, porque deseaban del otro lo que les faltaba a ellos mismos.

Y un día todo cambió, las mentiras, las salidas nocturnas, la agresividad, poco a poco fue incapaz de reconocer al hombre del que se enamoró. Intentó ayudarlo, comprenderlo, pero él se lo impidió. Pensó que podía deberse al consumo de sustancias químicas y releyendo aquel mensaje llegó a la conclusión de que estaba en lo cierto, Ethan había perdido el rumbo.

Agarró el camafeo y trazó el relieve con la yema de sus dedos, una serpiente, fuego y una pirámide invertida. Una sonrisa nostálgica se dibujó en sus labios, nunca tuvo buen gusto para los regalos.

Sin poder evitarlo lo llamó, necesitaba saber si se encontraba bien, preguntarle si necesitaba ayuda, si estaba sereno, pero tan solo se encontró con el buzón de voz al otro lado de la línea. No podía hacer más por ahora, por lo que guardó la nota y el camafeo en el paquete y se fue a la cama, tenía mucho en lo que pensar.

********

Un latido sordo y constante martilleaba sus oídos, el sudor frío recorría su columna vertebral y todos los músculos de su cuerpo se sentían agarrotados. Un desgarro, un grito, dolor. Se despertó desorientado y se levantó despacio, no sentía su cuerpo como si fuese suyo y pensó que quizá se encontraba aún entre la vigilia y el sueño.

A duras penas consiguió llegar hasta el baño. Se dobló hacia delante con un pinchazo agudo, sintió como su cuerpo se resquebrajaba por completo, se destruía en un millón de partículas para dar lugar a otras nuevas. No sentía sus manos, tampoco sus piernas, nada, tan solo vacío.

Con desesperación buscó el interruptor y la luz lo cegó momentáneamente y al observarse en el espejo deseó que lo hubiese hecho para siempre. Un grito desgarrador escapó de su garganta, no obstante, solo él lo escuchó, pues aquello también fue transformado en un murmullo fantasmagórico, espeluznante.

Tembló con violencia mientras su piel era sustituida por algo similar a la corteza de un árbol o quizá eran escamas, ¿acaso importaba? La imagen era aterradora por sí sola. Garras, cuernos, un sinfín de colmillos adornando su boca y calaveras incrustadas por doquier. Sintió ganas de vomitar, como si quisiese arrancarse su propio estómago, y al mismo tiempo un hambre voraz lo consumió por dentro. Un tormento que ansió calmar por encima de todo lo demás.

Sus ojos perdieron su color y fueron sustituidos por dos esferas blancas y allí, donde debía estar su corazón, un medallón brillaba con furia descontrolada, adueñándose de su conciencia, apagándola por completo.

Alexander Barnes dejó de existir y algo monstruoso ocupó su lugar.

********

El sol se coló a través de la persiana y perturbó su reposo, se sentía como si alguien lo hubiese vapuleado, sin duda alguna, había tenido la peor pesadilla de su vida.

Se desperezó y la humedad le caló hasta los huesos, el hedor era nauseabundo y al retirar las sábanas se encontró con la sangre que lo bañaba, roja y oscura, aún caliente.

Necesitó muchos minutos para darse cuenta de que no era suya.
Otros tantos para asimilar que el medallón, que ahora descansaba sobre la almohada, estaba maldito.
Y tan solo uno más para odiar profundamente a Ethan Graham y ansiar venganza.




Relatos de aniversario LXyzNEv
Tree Of Life
Tree Of Life
Staff
Tree Of Life
Tree Of Life
517Mensajes :
50Reputación :
Mar Ago 23, 2022 11:59 am por Tree Of Life
Relatos
Aniversario


Título: El arte de la perfecta imperfección
Advertencias: N/A.
Prompt: First meeting
Usuario: Amaryn

Poster Promocional

Relatos de aniversario 0u5xMFK


El arte de la perfecta imperfección

 
Era una noche cerrada, lluviosa y de un frío que calaba hasta los huesos. Una de esas noches en las que cualquier persona que se preciara de autodenominarse normal no habría salido a la calle para nada, salvo que su vida corriera riesgo. Como era de esperar, entonces, no había un alma en la calle. Y en la puerta de ese bar encajado en la mitad de aquel callejón de mala muerte, mucho menos.
Pero dentro del bar, en el oscuro cuarto del fondo que fungía como cocina, un grupo de sujetos estaba de pie alrededor de una mesa bajo una única lámpara que emanaba una luz amarilla casi naranja. Sobre esta, un plano en damero de la zona cercana al Museo del Prado, marcado con flechas rojas, verdes y azules, ocupaba toda la superficie de madera oscura, dejando muy poco espacio para las botellas de cerveza barata y un champagne francés muy caro y sin abrir que desentonaba con estas.
Los rostros de los hombres (y una única mujer) expresaban hastío. Uno solo de ellos estaba sentado frente al plano, el único confundido entre los presentes. El ingeniero argentino Martín Berrote no entendía cómo era que sus nuevos compañeros de juerga ya estaban enojados sin siquiera haber comenzado a armar algo y, aunque sabía que esperaban a alguien, nunca se imaginó que tal proceso les molestase tanto. Murmuraban palabras que él no entendía (¿encima eran políglotas?) pero no era tan estúpido como para no oír el desagrado en el tono de voz que usaban. Estuvo a punto de preguntarse, por un momento, si tal cosa también se debía a su presencia, pero sus pensamientos fueron interrumpidos por la puerta frente a él abriéndose con fuerza como si un viento de mar se encargara de ella.
Por la abertura entró un tipo, de un porte y elegancia tal que Berrote se sintió a su lado un integral tacho de basura. Mientras el ingeniero, extranjero por demás, iba vestido de camiseta y pantalones deportivos, el individuo recién llegado iba pulcramente ataviado de saco y pantalón de vestir elegantes pero sin perder un ápice del estilo que derramaba solamente con respirar. Caminó hacia la botella de champagne como si fuera el dueño del lugar, la abrió con presteza y se sirvió un poco del líquido en la copa que tenía más cerca, con la misma tranquilidad con la que había entrado a la habitación, como ignorando que, en efecto, había llegado tarde.
Después de un tiempo que al argentino se le antojó una eternidad, uno de los sujetos habló en español con un marcado acento, como si con la voz quisiera ahorcar a alguien.
- Te has tomado la molestia de llegar, Andrés. Muchas gracias.
El aludido dio un sorbo a su copa de champagne justo a tiempo para poder reírse de quién le habló sin escupir una sola gota de la bebida.
- Vamos, Nikita. No tengo motivo alguno para faltar a esta cita, dulzura. ¿Cómo podría perderme algo así? - le respondió Andrés con la misma calma con la que se había instalado, sentado en una esquina de la mesa.
- Tú nos convocaste aquí, Fonollosa - le respondió el tal Nikita - No puedes hacer y deshacer las cosas siempre a tu antojo como si nosotros…
- Ssshhh…
Andrés le hizo callar a Nikita de pronto con una marcada y ya característica elegancia, pero el silencio posterior parecía haberse extendido como una nube de humo por toda la sala. Berrote no sabía cómo sentirse. Si ese era el sujeto que lideraría el robo, con esas ínfulas absolutas de superioridad, sin pensar en sus compañeros… ¿cuánto tardaría en traicionarles en cuanto tuvieran lo que necesitaban?
- Calmad sus ánimos, amigos míos. He venido, y este robo se hace como sea. Además, Pedro me ha prometido algo, y no pensaba perdérmelo, ¿no creen? - dijo con soltura el hombre en el instante en el que, mientras paseaba su mirada por cada uno de los presentes, terminó por posarla sobre la única persona sentada a la mesa.
Y para el ingeniero fue absolutamente inevitable tragar saliva. Que Pedro, el hombre que lo había invitado al robo que estaban planeando (demasiado ambicioso, en su opinión) hubiera hablado de él lo suficiente como para que el tal Andrés dijera algo así, era demasiado para lo poco que creía en sí mismo. Podía disfrazarlo de desconfianza hacia los demás perfectamente, pero en quien no creía era en sí mismo.
Absorto en sus pensamientos, no vio que Fonollosa se había acercado a él solo hasta que le llegó una oleada de su perfume y vio una de sus manos posarse justo al lado del brazo derecho.
- Con que tú eres el argentino, ¿verdad? Me llamo Andrés de Fonollosa, y me han dicho que eres una mente brillante, ¿no, Pedro? - dijo mientras le tocaba insistentemente una de las sienes con un dedo índice.
Pedro, ubicado en las penumbras de la sala, solo se limitó a observar la escena, escena que incomodó a Martín a tal punto que tuvo que alejarle la mano a Andrés de su cabeza. Le fue inevitable percibir la suavidad de su piel, lo perfecto de su perfume, e incluso lo prolijo de su pelo, pero también no pudo evitar sentir que este tipo no le agradaba demasiado. Demasiado ego en un cuerpo tan pequeño, y eso no solo disgustaba en lo personal. En ese momento, completamente profesional, era mucho más vomitivo.
- Te agradecería que no me toques sin mi permiso… Andrés de Fonollosa. Y desconozco qué sabés de mí, pero me gustaría que al menos me trates por mi nombre. Me llamo Martín Berrote, no “el argentino” ni “el sudaca”. ¿Puede ser?
Para sorpresa de Martín, Andrés estalló en una sonora carcajada.
- ¿Ven? - dijo intentando no ahogarse de la risa - Estos son los imbéciles con los que da gusto trabajar, no los que te recriminan una nimiedad tal como llegar tarde. Disculpa, Martín. No quisiera que nuestra sociedad empiece tan mal de entrada. Solo quiero escucharte, ver que traes. Para eso estamos todos aquí - finalizó mientras se iba calmando de a poco y su voz se tornaba seria. Hasta responsable.
El argentino de pronto sintió como el mismo silencio que había ordenado de Fonollosa ahora volvía a extenderse sobre la sala, y como todas las miradas serias y exageradamente atentas se posaban sobre él. Aún no estaba seguro de que lo que le había mostrado a Pedro funcionase, pero no iba a echarse atrás. No era su idea robar el Prado, tampoco sería su culpa si fallaba.
Así que comenzó a explicar su plan. Las entradas y las salidas que tendrían para usar sin ser detectados. Los tiempos que tomaría, el equipo que haría falta, la cantidad de personas que necesitarían. Habló por un espacio de sesenta y cinco minutos, casi sin parar ni para beber agua, aun asombrado que nadie, y mucho menos Andrés de Fonollosa, el aparente líder de aquella banda, lo interrumpiera ni por un momento. Habló y habló hasta que terminó de explicar todo lo que necesitaba, y cuando lo hizo, tomó una profunda bocanada de aire que volvió a dar paso al silencio.
Pero esta vez, el silencio se rompió antes de lo previsto, y con un estruendoso aplauso proveniente del hombre al lado del ingeniero.
- La próxima vez, Pedro, no me escondas nunca más a nadie como él - empezó a decir Andrés, en un estado de completa euforia - Es excelente. Es maravilloso. Es… una obra de arte.
- Pero…
Martín sabía que el plan no era nada de esas cosas. Era bueno, sí, pero tenía diminutos fallos. Fallos que alguien inteligente, aún más que él (y estaba seguro que alguien así existiría) podría ver y usar a su favor. Podían atraparles y por mucho que no lo quisiera, él caería con ellos. No estaba tal cosa entre sus planes.
Sin embargo, algo que no supo explicar sucedió en cuanto Andrés lo miró, sonriendo radiante. Algo en su mirada lo detuvo de seguir hablando. Algo lo hizo pensar que, quizás, pecaba de pesimista. Que quizás el plan sí era tan bueno como le decían. Que tenían una única oportunidad con él de robar el Prado.
¿Y entonces por qué se estaba rindiendo tan pronto?
- Pero nada - finalizó Andrés entusiasmado al completo - vamos a pulir el plan y a llevarlo a cabo. Sin peros. Y tú y yo vamos a trabajar más seguido juntos, Martín. Me encantas - terminó dándole un beso en la mejilla mientras volvía a beber de su copa.
Martín se quedó mirándole mientras se alejaba, y las conversaciones a su alrededor se reanudaban. Y supo que esa misma noche, algo en su vida había cambiado. No sabía que sería un cambio que le daría vuelta la vida y que Andrés de Fonollosa se convertiría en algo más que un socio para él, pero sí sabía que su vida aburrida y pesimista se estaba terminando. Y para bien.





Relatos de aniversario LXyzNEv
Tree Of Life
Tree Of Life
Staff
Tree Of Life
Tree Of Life
517Mensajes :
50Reputación :
Mar Ago 23, 2022 11:59 am por Tree Of Life
Relatos
Aniversario


Título: Chrissy don’t wake up
Advertencias: N/A.
Prompt: Falling sleep together
Usuario: Cornamenta

Poster Promocional

Relatos de aniversario VSLcmiV


Chrissy don’t wake up

 
Llevaban quedando más tiempo del normal. Eddie y Chrissy se veían siempre en el mismo punto del bosque, charlaban, se reían y fumaban. Aunque no siempre fumaban, simplemente se quedaban ahí, conversando del futuro, del pasado, de cualquier cosa que se les ocurriese. Era algo natural, ni siquiera Eddie se daba cuenta de lo natural que era todo hasta que llegaba a casa y se estiraba en su cama.

¿Era normal sentir aquellas mariposas en la boca del estómago al estar cerca de ella? Porque Eddie Munson pensaba que se le iban a escapar de un momento a otro por la boca.

Era terrible, viéndolo desde un punto de vista totalmente cuerdo. Eddie no podía enamorarse de Chrissy, era de otro nivel, una elfa de Rivendell y él… un enano de Moria. O un simple humano de Gondor.

— Bah — soltó tirando el papel que había tenido entre las manos.

Ella seguía con aquel panoli y él no tenía ni una mísera oportunidad. Ni media. Ni un puto cuarto. Pero daba igual, ¿no? A Eddie esas cosas no le interesaban.

O eso pensaba hasta que la tenía delante con esa sonrisa de lado a lado.

Abrió una cerveza y estaba a punto de salir de la caravana para sentarse fuera cuando escuchó los  golpes en la puerta. Frunció el ceño, su tío sabía que estaba abierto y no esperaba visita alguna. Quizá era la niña pelirroja que vivía al otro lado.

Se dirigió a la puerta y se asomó. Se quedó pasmado ahí, no sabía qué hacer, porque no entendía que Chrissy estuviera llamando a su casa y mucho menos a esas horas. Era tarde para que una animadora estuviera merodeando por aquel sitio sola.

— ¿Eddie? Te estoy viendo, lo sabes ¿no? — se apresuró a abrir.

— Perdona, es que… bueno, estaba pensando que quizá podías ser una asesina en serie y, la verdad, me he cagado encima — dijo recibiendo un golpe ajeno — ¿Estás bien? ¿Ha pasado algo? — preguntó.

— No, es solo… que quería venir a verte — Eddie sabía que mentía. No del todo, claro, pero había algo que no le quería decir.

— Adelante pues a mi humilde morada, llena de cacharros sin fregar y calcetines sudados — sonrió e intentó ir retirando lo que podía conforme se iba moviendo por ahí — ¿Quieres una cerveza? — le abrió una lata y se la pasó, se quedaron en el sofá por horas, charlaron nuevamente de todo, de la vida, de la guitarra, de lo que querían ser de mayores y, cuando se quisieron dar cuenta, estaban tumbados uno al lado del otro.

Eddie abrió un ojo y la vio ahí, con el lazo deshecho, el uniforme lleno de arrugas y el rostro completamente relajado. Entonces supo que era normal tener ese cosquilleo en las puntas de los dedos porque ella era bella, por dentro y por fuera, y que sería completamente afortunado si ella decidía que era merecedor de poder compartir todas las noches de su vida con ella, viéndola despertar en sus mejores o peores días, porque Eddie, a pesar de las malas lenguas, era un niño encerrado en el cuerpo de un macarra. Un niño que necesitaba que le quisieran tal y como era, que no lo rechazaran y Chrissy no lo juzgaba.

Adelantó los dedos para rozar su mejilla. Una caricia suave antes de colocar una manta encima de su cuerpo y él, simplemente se quedó ahí, observándola hasta que Morfeo venció la batalla y se quedó completamente dormido a su lado.




Relatos de aniversario LXyzNEv
Tree Of Life
Tree Of Life
Staff
Tree Of Life
Tree Of Life
517Mensajes :
50Reputación :
Mar Ago 23, 2022 12:00 pm por Tree Of Life
Relatos
Aniversario


Título: El Diario de Kathy Kitt
Advertencias: Violencia, sangre, intento de violación.
Prompt: Self-esteem.
Usuario: Marlowe

Poster Promocional

Relatos de aniversario BXqvHir


El Diario de Kathy Kitt

 
Kathy Kitt no tiene demasiadas amigas, lejos de lo que sus padres puedan llegar a creer.
Kathy Kitt tampoco suele despertar el interés de los chicos, por mucho que su atractivo sea más que evidente.

Lo que nunca se cuenta, ni siquiera ella, bañada en su espumosa y relajante egolatría, es que Kathy Kitt tampoco se merece tal cosa, dada su forma de ser.

Nadie puede excusar que tal vez no lo pasara nada bien en la escuela, convirtiéndose en el blanco de burlas que la forzaron a reaccionar de algún modo si quería sobrevivir. Así pues, se volvió violenta frente a aquellos que la menospreciaban y después hizo lo mismo con los que no. Aquella actitud, que parecía haber servido como antídoto a las lágrimas, se extendió hasta el instituto. Sólo que ya no usaba sus puños o sus patadas contra aquellos que la rodeaban. Había cambiado éstas por palabras.
Por fin podía decirse que tenía amigas. O, al menos, las tuvo un tiempo. El tiempo que ellas se tomaron en comprender cómo era realmente Kathy.

También intentó atraer a los chicos pero, de alguna forma, éstos casi podían oler sus malas intenciones incluso desde lejos.
La joven se convenció de todo lo que había mal a su alrededor sin pensar, ni tan siquiera un segundo, que tal vez hubiera sido dentro de ella donde debía haber buscado.

Un día no demasiado especial, Kathy encontró un viejo diario entre dos libros de la biblioteca pública. Su lomo negro, carente de etiqueta alguna, le había llamado la atención y decidió sacarlo para echar un vistazo. Dentro sólo había frases sueltas, algunas en la misma página, otras en páginas distintas. Como no parecía formar parte de aquel lugar se lo llevó a su casa. ¿Por qué no?, pensó. Se olvidó de él durante unas semanas. Al parecer, tenía cosas más importantes en las que pensar, como que su amiga Joanne hablara mal de ella a sus espaldas con Chloe o que su amiga Christine quedara para estudiar con el chico que le gustaba a ella. Tampoco se libró su madre, que había cogido la egoísta costumbre de pedirle que fregara los platos después de comer o que pasara la aspiradora los domingos. ¡Pobre de ella, que debía ir a clase por la mañana y tenía tanto que estudiar de tarde, sin un solo segundo dedicado al ocio! Se preguntaba entonces su madre cómo era posible que las notas de su hija fueran tan escasas. ¿Y qué decir de su hermano pequeño? Obsesionado con pasar tiempo con Kathy. Tiempo que, desde luego, no tenía, pues dedicaba la mayor parte a poner a sus amigas unas contra otras o a convencer al chico que le gustaba de que Christine tenía verrugas en sus partes íntimas.

Fue entonces cuando se dio cuenta de que aquel diario de color azabache podía ayudarle. Escribiría en él una lista de cosas que quería conseguir. Como la que no logra centrarse en sus objetivos más que plasmándolos en el papel:

Alejar a Joanne de Chloe

Así comenzó, encontrándose a la mañana siguiente que sus amigas ya no se dirigían la palabra entre ellas. De hecho, todos los alumnos fueron testigos de cómo Joanne arrastró de los pelos a Chloe desde su clase hasta la de al lado, y de cómo lo hacía también el reguero de sangre que había dejado al romperle la nariz.

Kathy se alegró en primera instancia, pero no tardó en ponerse tensa cuando aquella pelea entre gatas en celo pasó a mayores. Ya no eran dos chicas tirándose de los pelos. Chloe había roto una botella que intentaba clavarle a Joanne y ésta le había robado una navaja a su hermano mayor. Las dos terminaron en el hospital y Kathy sintió durante unos días un halo de culpabilidad que no sabía de dónde le venía.
Semanas más tarde ya parecía la de siempre. Se olvidó pronto de aquellas amigas a las que incluso habían tenido que cambiar de instituto y se centró en su siguiente objetivo:

Conseguir que Hunter me ame

Y Hunter la amó. La amó más rápido de lo que ella hubiera esperado, pero también más fuerte. Tal vez demasiado.

Extasiada frente a haber conseguido sus propósitos con tanta facilidad, Kathy se presentó en casa de Hunter una noche en que él le había pedido ayuda con los deberes. Kathy llevaba un escote bastante vulgar y una falda a cuadros. Pretendía ser la fantasía de cualquier jovencito por miedo a no serlo ya. Y lo cierto es que Hunter no tardó en dejarse llevar por aquella falda, metiendo su mano entre las piernas de Kathy en mitad de la lección doce. La muchacha no sabía si sentía más miedo o excitación, así que dejó que Hunter se comportara como lo que parecía ser un hombre y más adelante, un animal. Kathy no tardaría en entender que a Hunter le pasaba algo, que él nunca había sido así. La sujetó de las muñecas, le dejó marcas en el pecho y el cuello. Cuando le rasgó la ropa interior su miedo fue tan grande que cogió una lámpara y se la reventó en la cabeza. Así logró huir de aquel lugar, pero no de sus pensamientos, que se preguntaban qué podía estar pasando con la gente de su alrededor.

¿Había podido toda aquella toxicidad que emanaba ser absorbida por cualquiera que la tratara? Durante unos días intentó alejarse de pensamientos tales, pero según continuó escribiendo en aquel diario y observando como todo a su alrededor se descontrolaba, se tomó el tiempo suficiente para recapacitar. Para no dejar a un lado pensamientos a los que debía enfrentarse. Entendió la ponzoña que corroía sus venas y lo que estaba haciendo con el resto. Se convenció de que la única forma de parar aquello era curarse a si misma y así fue como lo convirtió en uno de sus propósitos:

Mejorar como persona
Que todo mejore

Aquel propósito le llevó más tiempo del que esperaba. Pensaba que todo sería coser y cantar, como habían sido las cosas malas y egoístas que se había propuesto. Recolocó incluso el diario en el hueco que le correspondía de la biblioteca, queriendo subsanar aquel robo egoísta.
¿Había sido el diario, tal vez bajo algún tipo de embrujo, el que había fomentado aquellos comportamientos violentos en las personas que rodeaban a Kathy? Quién sabe. ¿Sería de nuevo el diario el que se encargaría de que ella mejorara como persona? No, eso no pensaba hacerlo.

La única que podía hacerlo era Kathy Kitt.




Relatos de aniversario LXyzNEv
Tree Of Life
Tree Of Life
Staff
Tree Of Life
Tree Of Life
517Mensajes :
50Reputación :
Miér Ago 24, 2022 11:52 am por Tree Of Life
Relatos
Aniversario


Título: The love is gone
Advertencias: N/A
Prompt: A Third Wheel
Usuario: Shadow

Poster Promocional

Relatos de aniversario WtMfsxy


The love is gone

 
Una última — y condenadamente larga— calada a su cigarro consiguió finalmente relajar un poco la tensión acumulada en sus hombros. Aguantó el humo en sus pulmones por unos segundos, cerrando los ojos para dejarlo salir despacio, con los labios fruncidos consiguió crear una nube por encima de su cabeza. Bill no sabía como había logrado estar tan en paz con la situación, después de todo, hubiese preferido quedarse en casa.
      Tiró la colilla al suelo, aplastando lo que quedaba con el pie para apagarla. Dudaba que en aquella ciudad pudiese arder algo diferente a los egos de los pijos que le rodeaban, pero nunca estaba de más asegurarse. Lo último que necesitaba era una multa por haber empezado un fuego accidental por escapar de su mesa en la discoteca.
      ¿Cuál había sido el propósito de aquella velada? Cuando Katy le había dicho que salieran se había emocionado, hacía un montón que no se tomaban el tiempo de pasar una noche juntos. Bill había tenido diversas opciones: teatro, cine, bar temático —donde siempre había buen entretenimiento en el escenario—, hasta un picnic nocturno. Tantas ideas que se habían quedado pegadas a su lengua antes de poder dar ninguna, pues la chica ya tenía decidido que quería salir de fiesta.
      Música electrónica —tan alta como para que su abuela Millie pudiese escucharla con su sordera—, una pista de baile abarrotada y bebidas que se aguaban en minutos. Esa era la forma en la que Katy quería disfrutar de la noche y para colmo, el invitado sorpresa terminó de rematarlo.
      Wolfgang Crane, un musculitos inteligente que parecía tener siempre la verdad absoluta. Una sonrisa arrebatadora que le creaba un hoyuelo en la comisura derecha y unos ojos azules que combinaban extrañamente bien con su pelo ceniciento. Un adonis, alguien con quien competir era ridículo, pues todas las miradas lo devoraban antes de que los demás tuviesen opción. Encima de todo era gracioso e ingenioso cuando alguien trataba de dejarlo en ridículo.
      Injusto.
      Era la palabra que venía a la mente de Bill cada vez que se cruzaba con él, para su desgracia Katy lo adoraba. Habían sido compañeros en la universidad, amigos desde hacía demasiado tiempo y por mucho que quisiera huir de esos encuentros no podía. Si es que a Katy parecía darle igual que él estuviese presente cuando estaban juntos.
      La puerta a su espalda se abrió, volviendo a escuchar la música y se preguntó si ya lo estarían echando de menos. Había dicho de manera escueta que se iba a fumar, pero tampoco pareció que se diesen mucha cuenta mientras hablaban de viejas batallitas que Bill no entendía.
      — Debería entrar — murmuró para sí mismo.
      Aquello era una jodida tortura, tal vez fuese más rápido mandarle un mensaje a Katy para decirle que se iba a casa. El problema era su ego, no quería perder, veía a Wolfgang y no podía evitar sentir un fuego corriendo por sus venas. La competición se encendía una y mil veces para querer superarlo, para atraer la atención de la chica, como si no supiese desde un principio que el que sobraba era él.
      Tragándose su orgullo volvió a abrir la puerta de emergencia, metiendo las manos en los bolsillos — fingiendo estar despreocupado— caminó de vuelta a la ruidosa sala principal. El ambiente estaba cargado, la pista de baile abarrotada y cuando estaba llegando a su mesa se dio cuenta de que estaba vacía. Apretó los labios hasta que se convirtieron en una línea perfecta, su ceño ligeramente fruncido mientras buscaba con la mirada a las dos figuras entre la multitud. Habían dejado las chaquetas ahí, al igual que las bebidas a medio terminar y teniendo en cuenta a Wolfgang no fue difícil dar con ellos.
      ¿Cómo iba a ser difícil dar con el hombre al que todos miraban? Podría tener a cualquiera, no importaba la persona, con una sonrisa seguro que se colgaba de su brazo, pero él tenía que querer a Katy. El brillo en sus ojos azules, ignorando el resto de la pista, con una mano en la cintura de la mujer, haciéndola bailar a su propio ritmo, acercándola más de la cuenta, pegando sus frentes en ciertos puntos y acercándose tanto que casi podría decir que estaba enterrando la cara en el hueco de su cuello.
      Tampoco era que Katy se quedará atrás, con las manos puestas en el pecho contrario, sonriendo con cada palabra que Bill no podía escuchar. Allí estaban ellos, en su burbuja personal, en su momento único mientras él miraba. Un maldito sujeta velas, eso era lo que era.
      — Quiero tres chupitos de lo más fuerte que tengas — ladró a uno de los camareros que pasaba por la zona reservada.
      — Enseguida caballero — respondió el hombre de manera cortés.
      Bill decidió ignorar de manera deliberada la mirada que había echado a su mesa, a las copas que indicaban que no estaba solo. Ya tenía suficiente con que su propia cabeza lo juzgase como para agarrarse de la compasión de alguien más. Si, estaba ahí como un puto muñeco de decoración. Katy lo había llevado para que observase como bailaba contra el musculitos inteligente, lo único que le faltaba era meterle la lengua hasta la campanilla, pero diría que eso ya sería pasarse.
      El camarero dejó los chupitos en la mesa, añadiendo un cuarto, una sonrisa encantadora y un guiño que acompañó la ofrenda. Algo así como un regalo de la casa, si que tenía que tener cara de desesperado o simplemente intentaban ligar con él y estaba demasiado fijo en lo que pasaba frente a sus ojos. No lo pensó mucho más cuando se tragó los tres primeros como si fuesen agua.
      Notó la quemazón en su garganta, un escalofrío que lo hizo cerrar los ojos y arrugar la nariz. Con cada uno el licor entraba mejor, hasta le dejo de saber a rayos cuando se tragó el chupito de regalo. Puede que alcoholizado todo fuese más fácil, la ira seguía bordeando sus pensamientos, pero también había un sentimiento diferente bullendo: culpabilidad.
      Ver hacia esa pista de baile le hacía recordar tiempos mejores, momentos en los que él no era el idiota que estaba sentado en ese sofá. Katy le había sonreído de esa manera en otra época, sus ojos habían brillado cuando la había sacado a bailar. Se había pegado a él en esa misma pista de baile, los dos demasiado centrados en el otro como para ver más allá, la había besado por primera vez en aquel mismo lugar que ahora compartía con otro.
      ¿Cuándo había ocurrido ese cambio? Bill no recordaba haber hecho nada malo. El trabajo lo había consumido, si, pero había seguido queriendo a Katy. A pesar de sus peleas, de no saber cuando estaba diciendo algo bien y cuando no. La había hecho llorar en alguna ocasión, al igual que ella lo había hecho sentir culpable. Creía que podían solucionarlo, que se querían suficiente como para hacerlo, pero se equivocaba.
      Cada salida le demostraba que ella se alejaba, que no le tenía en cuenta y era parte de la decoración. Se le escurría entre los dedos como el agua que desea seguir su camino y él era incapaz de hacer nada al respecto, así que se enfadaba. Ponía cara de chupar limones, no daba conversación y cuando tenía la oportunidad se marchaba a fumar. Porque no podía soportar ver a Katy feliz, odiaba verla sonreír cuando otro hacía una broma, observando ese brillo que una vez estuvo reservado para él.
      Ese era el problema con Wolfgang Crane. Él había llegado para arrancarla de sus brazos y por mucho que Bill extendiese los propios ya no podía hacer nada, porque en aquella discoteca había una pareja y una tercera rueda.
      ¿Había alguna duda de quien era él?
      Estaba claro que no, viendo esa escena, esa canción más lenta —que sonó por arte de magia— Bill terminó de confirmarlo. Ya no había un brillo especial reservado para él, su amor se había roto.





Relatos de aniversario LXyzNEv
Tree Of Life
Tree Of Life
Staff
Tree Of Life
Tree Of Life
517Mensajes :
50Reputación :
Miér Ago 24, 2022 11:53 am por Tree Of Life
Relatos
Aniversario


Título: Todo va a mejorar
Advertencias: N/A
Prompt: Self-esteem
Usuario: Polifemo

Poster Promocional

Relatos de aniversario TC1BE8K


Todo va a mejorar

 
No hay barrera, cerradura ni cerrojo que puedas imponer a la libertad de mi mente.
Virginia Woolf (1882-1941)

Todos los días vives la misma historia: te levantas justo antes del almuerzo porque la noche anterior no fuiste capaz de dormirte hasta las cuatro de la mañana. Ni siquiera te lavas los dientes o la cara; nadie va a dignarse a verte tal y como estás. Cuando, considerándote una aventurera, te atreves a acercarte al espejo, no soportas la imagen que te devuelve: desaliñada, despeinada, deforme. La imagen de la realidad se inserta en tu cerebro en ese momento y no te abandona hasta que vuelves a la cama. Eres su esclava, no puedes esquivarla, no puedes rechazarla: vives, si acaso consideras eso vida, por y para ella.

Desayunas, o almuerzas; para ti, no hay ninguna diferencia. Esquivas los rayos del sol; las persianas forman el muro que impide la invasión de tu privacidad, o más bien de tu pocilga. Picas cualquier cosa y te vuelves a la cama, como si no pudieras separarte de ella. Por qué ibas a salir de la cama, ¿verdad? Eso es: veo que te has dado cuenta de que no serviría de nada, pues nadie te necesita allá fuera. Además, justo en el centro de tu cama te espera tu mejor y único amigo: tu portátil. Abres la tapa lentamente, ya que cruje cada vez que lo haces y el ruido rebota en la habitación, se mete en tu cabeza y te provoca un dolor que dura hasta que vuelvas a dormirte. Como siempre, entras a los mismos lugares buscando los mismos estímulos, y, además, esperas leer algo nuevo: algún mensaje privado, algún comentario, algún like… Querida, ¿de verdad crees que eso va a suceder?

Las horas están muertas, más o menos como tú, que no eres capaz ni siquiera de salir a la calle a hacer algo de deporte, a socializar con las amigas que no han dejado de intentar hablar contigo; tampoco tienes la fuerza suficiente como para llamar al teléfono de tu psicóloga, aquel número que te dieron hace meses con la intención de ayudarte. ¿Ayudarte? No te confundas: lo que quieren es meterse en tu vida porque se creen mejores que tú; piensan que pueden sacarte del pozo en el que estás. Pero eso no es así, ¿cierto? Nadie es capaz de separarte de la miseria en la que te encuentras hundida. Y, sobre todo, lo más importante: nadie quiere hacerlo. Porque nadie te quiere. Esa es tu realidad. Cuanto antes la admitas, mejor. Dejarás de ser un incordio para los que te rodean… o, mejor dicho, para los que intentan rodearte, porque tú no les permites acercarse. Prefieres tirar tu mierda de tiempo en los foros, donde otras personas como tú comparten experiencias similares a las tuyas. Aunque, en realidad, solo lo haces porque te sabes peor que esos desconocidos; piensas que tu existencia es la más miserable de todas.
Todos los días vives la misma historia. Aun así, de vez en cuando detecto que te esfuerzas por buscar algo distinto en tu rutina. No me hagas reír, por favor. ¿Por qué querrías eso? Si estás así es porque, en el fondo, sabes que es lo que te mereces.

¿Qué haces? ¿Por qué te levantas? ¿A dónde te crees que vas? Ah, vas a la cocina, a seguir comiendo; claro, con la cantidad de energía que consumes, es normal que tengas hambre… Come, come, ¡come! ¿Eh? ¿Por qué abres la puerta? ¿Quién es esa mujer? ¿Tu amiga? ¡Bah! No tienes amigas. Recuérdalo. ¿Cómo? ¿Por qué la dejas entrar? ¿¡Qué se supone que estás haciendo!?

Oh, por supuesto: ahora cuéntale lo mal que te sientes, lo mala que ha sido la vida contigo; relátale todas esas penas que te ahogan y que no te dejan dormir por las noches. ¿En serio crees que se va a tragar cualquiera de tus estupideces? Haz lo que quieras. Anda, te ha traído un libro: seguro que no pasas de la primera página. ¿Una antología de mujeres escritoras? ¡Y a ti qué! Ni que fueses una escritora de verdad; solamente te pasas horas y horas imaginando escenarios con los personajes de tu serie favorita… Luego eres incapaz de sentarte frente a una hoja en blanco. «El mundo hay que fabricárselo uno mismo, hay que crear peldaños que te suban, que te saquen del pozo. Hay que inventar la vida porque acaba siendo verdad». ¿Qué mierda de frase es esa? ¿Quién se creería semejante patraña? La única verdad es la que te refleja el espejo cada vez que te acercas a él para intentar asearte (sin mucho éxito, he de decir).

¿Qué? ¿De verdad le has dicho a esa «amiga» tuya que esta vez sí, que de esta tarde no pasa y vas a llamar a la psicóloga? ¡Por favor! Quiérete un poco más y deja de mentirte.

Oh. Lo has hecho. Vaya. Eso sí que es una sorpresa, ¿eh? ¡Bravo por ti! Ahora cuelga, porque vas a perder el tiempo. ¿O acaso crees que de verdad le importas lo más mínimo? Lo único que pretende esa estafadora es sacarte todo el dinero que ahorraste en tus trabajos veraniegos, antes de…, bueno, antes de estar en esta situación. Situación que, por cierto, te buscaste tú solita por no haber cuidado como debías a tu novio (ahora exnovio, por si se te había olvidado, que sé que a veces te tumbas a esperar que te vuelva a hablar e ignoras deliberadamente las fotos que sube con su nueva pareja). Sí, sí, por supuesto que dice que te puede ayudar, ¿qué crees que te va a decir? Te recuerdo que tus amigas te dijeron lo mismo: que estaban ahí para lo que fuese, que contases con ellas en cualquier momento… ¿Y cuál fue el resultado? No hace falta que te lo recuerde. ¿Hace falta que te lo recuerde? Oh. Mañana tienes la cita. Veo que sí que hace falta recordártelo. Vas a vértelas conmigo toda la noche.


Hola, Victoria. Han pasado dos años desde que hablamos cara a cara. Sé que no me porté bien contigo durante mucho tiempo, y quiero pedirte perdón. ¿Tú a mí también? No, no, para nada; las dos sabemos que no debería haberme comportado así. No merecías ese trato por mi parte. Sé que te dije muchas cosas que te hicieron daño y que, de hecho, eran mentira. Fui la culpable de que vieras tu mundo no como realmente era, sino como yo quería que lo vieses. No me vas a desterrar de ti, ¿verdad? Soy parte de ti… Oh. Sonríes. ¿Por qué sonríes? Ah, que me aceptas… Vaya. Eso sí que no me lo esperaba. Con todo lo que has pasado por mi culpa… Gracias. Si pudiera, te daría un abrazo…, aunque te los puedo dar de otra forma a partir de ahora. No más insultos, no más hacerte de menos, no más despreciarte, no más odiarte; a partir de hoy, nos querremos la una a la otra. Nos miraremos al espejo y sonreiremos por vernos tan bien; nos abrazaremos al sol y lo acariciaremos con nuestra piel; nos encontraremos con nuestras amigas y nos divertiremos hasta la extenuación; escribiremos todas las historias que se nos ocurran; nos amaremos y amaremos a otra persona, cuando llegue el momento.

Aunque a veces pueda volver a ser un pequeño incordio, por fin serás feliz, y yo no te lo impediré.

Hay que ser muy valiente para pedir ayuda y para aceptarla.
Almudena Grandes (1960-2021






Relatos de aniversario LXyzNEv
Tree Of Life
Tree Of Life
Staff
Tree Of Life
Tree Of Life
517Mensajes :
50Reputación :
Miér Ago 24, 2022 11:53 am por Tree Of Life
Relatos
Aniversario


Título: Portrait of memories
Advertencias: N/A
Prompt: One drawing the other
Usuario: Dauntless

Poster Promocional

Relatos de aniversario Z3CA6ay


Portrait of memories

 
“Haz una pintura mìa.” habìan sido las primeras palabras de aquella tarde cuando ambos se encontraban en un prado tranquilamente tomando el sol, una cosa que era muy extraña debido a la naturaleza de ambos individuos, incluso si alguien los viera en esos momentos no iban a saber si se trataba de algo por lo cual debieran salir corriendo o si simplemente esperar que fuera un milagro.

Ni siquiera tengo idea alguna de como dibujar algo complicado màs allá de solo figuras de palos y círculos y me pides una pintura tuya, creo que es màs sencillo que Dios me permita la entrada al cielo que una obra de arte. - Dijo el más alto de ellos mirando con sus penetrantes ojos rojos al otro, los que denotaban que no era totalmente humano, en realidad ninguno de los dos lo era.

Solo puedes intentarlo, además tenemos demasiado tiempo libre, no estás atormentando a los humanos 24/7 y yo no estoy dándoles tantas pesadillas o dejaran de querer dormir y me moriré de hambre.-Fue la respuesta recibida ante lo que rodó los ojos, era claro que no cedería hasta que cumpliera del todo tan extraña peticiòn.

Siempre tendré una tragedia contigo, pero por ti intentaré aprender algo de arte, ni haré promesa alguna de que pueda crear algo como esos humanos, siento envidia de ellos, pero es mi naturaleza sentirla. -El otro solo se reìa, claro que conocía la singular historìa del demonio, una total casualidad los puso en el camino del otro y de ahì una rara amistad se había formado entre el famoso “coco” ser de las pesadillas entre niños y adultos con una viciosa naturaleza, habìa intentado darle pesadillas al otro creyéndolo un humano demasiado comùn.

Sorpresa había sido cuando las pesadillas consumidas eran memorias selladas cuidadosamente dentro del joven, en ese tiempo se creìa solo un humano singular, hasta que esos recuerdos olvidados un día se fragmentaron liberandolo y retornando sus poderes, vaya revuelta que era eso, siendo que con ello algunos viejos enemigos de este comenzaran a brotar màs pronto que el pasto de un jardìn.

Bien, ahora que tenemos un acuerdo podras buscar en algun decente humano quien te enseñe a pintar o algo, asi, no importa mucho, solo estoy aburrido completamente y tu inutilidad en algo tan sencillo me divierte mucho. -Se estiró como un gato que se ha comido un canario, Faim adoraba molestar a Bastien con las cosas más triviales y verlo explotar en ira, diciendo que se parecía cada vez más a justamente su hermano que era la encarnación de dicho pecado.

Ahora te ríes, pero cuando pinte el mejor cuadro te vas a quedar sin palabras. -Sentenció Bastien antes de desaparecer en una indignante nube de azufre que hiciera temer a Faim.

Dramático y caprichoso. -Murmurò envolviendose en las sombras para sembrar pesadillas por el mundo.

3 meses pasaron donde Faim no encontró en los usuales escondites a su amigo, preocupado de si realmente algo pasò, puesto que siempre estaba en la mira de los ángeles y arcángeles o solo lo evitaba, lo segundo sonarìa màs como este.

Bastien por su parte observaba con envidia a un profesor experto en pintura dando clases, era natural que sintiera envidia de su habilidad, tras colarse en su mente encontró como aprendió a pintar, no podía copiar la forma natural, pero si tratar de recrearla, es por eso que buscaba ideas en las clases donde iban toda clase de aspirantes a ser reconocidos en dicha rama del arte.

Luego de ello se marchaba a un abandonado estudio con las necesarias herramientas para practicar los trazos, varios cuadros y bocetos de papel inundaban el suelo, concentrandose a un punto donde ignoraba lo que aconteciera en el exterior. -Aquì es donde estabas escondido, me tomó mucho tiempo encontrarte al punto de pensar que alguno de los idiotas de Dios te habían matado.

No soy tan simple de matar, solo tenía cosas importantes que hacer. ¿Qué tan preocupado estabas? En el fondo sé que me amas lo suficiente pero no eres mi tipo.

Callate, yo viendo por tu bien y sales con esas cosas. no importa, ahora dime que haces. -Como si no fuera claro el hecho de que pintaba algo o intentaba, podía estar experimentando con esas cosas de arte abstracto.

Jugando con pintura solo para que alguien sea tan idiota de preguntar. -Recibiendo un golpe en la cabeza por el atrevimiento de burlarse de este. - Ya que estas aqui siéntate, voy a tratar de pintarte, no me culpes si te mueves y quedas deforme. -Faim entonces se sentó viendo como su amigo parecía meterse de lleno en ello, la tentaciòn de asomarse a ver era grande, pero si se movía el otro muy seguro le cumpliría la amenaza de que no quedara bien.

Pasaron las horas, en algún punto cerró sus ojos, mientras el atardecer se colaba por aquella miniatura de ventana.Sus hombros siendo sacudidos lo despertaron, a pocos centímetros estaba un rostro cansado, o simplemente solo estaba harto y la pintura a medias. -Lo logré. -Dijo Bastien como un padre orgulloso con su primer hijo.

¿En serio? Quiero verlo, espero que no sea una porquería que deba lanzarse a la cara. -Su expresión era como de un niño en esos momentos, corriendo hacia el lienzo, no encontró garabatos inusuales, sino una pintura que si él no estuviera parado de frente imaginaria que lo encerraron en el cuadro; quedó sin habla por minutos, solo encontró su voz poco despuès.

Esto… -Trataba de formar las palabras pero su garganta no emitía nada. -Es lo que prometí, creado con incluso un poco de esto y aquello para conservar los colores y la esencia.-Faim se llevó el cuadro y lo mantuvo consigo hasta el último momento.

Ahora el cuadro yacía en un una habitaciòn donde la luz era perfecta. -¿Recuerdas cuando lo viste terminado? No podias decirme nada de la sorpresa al ver algo tan bien creado.Y cuando preguntaste qué habìa hecho para que quedase así dije en broma que incluìa de mi sangre para los colores. -Era verdad, que fue parte de los ingredientes en la pintura, con su esencia demoniaca este simulaba tener vida.

De saber lo que pasaría te habría incitado a hacer mas cosas, pero eres un ingrato que se ha ido, envidio que estés en un sitio a donde no puedo seguirte. -Bastien tenía unas cuantas lágrimas en su rostro, su lado humano era el que sentía todo esto en lugar de su parte demoniaca. Había sido Miguel quien en la cruzada de erradicar el mal nuevamente decidía intentar matarlo, entre una cosa y otra, Faim era quien lo protegía tomando justo al centro la espada. -Decìas que no podias morir, que las pesadillas nunca terminan, te extraño maldito idiota, te dije que no te hicieras el heroe conmigo.

La envidia había perdido no solo a un compañero de desastres, sino a un amigo, uno que por mucho tiempo lo aceptaba como era, que se preocupaba y que además de todo, no lo juzgaba por sus acciones como sus hermanos del cielo. El cuadro cambió y la sonrisa como gato atrapando al canario apareció, mientras una bruma negra emanaba de este. -Sigo contigo, mientras el cuadro exista yo existo. -El demonio sonrió contento, no estaba solo.






Relatos de aniversario LXyzNEv
Tree Of Life
Tree Of Life
Staff
Tree Of Life
Tree Of Life
517Mensajes :
50Reputación :
Miér Ago 24, 2022 11:53 am por Tree Of Life
Relatos
Aniversario


Título: Dentro de cien años
Advertencias: N/A
Prompt: One drawing the other
Usuario: Ivanka

Poster Promocional

Relatos de aniversario HZDzdsI


Dentro de cien años

 
– ¿Nos queda mucho, Jan? – Preguntó el italiano con aquel acento atroz, revolviéndose un poco en su sitio. Él sonrió. – No, señor. Podéis retiraros ya. – No, no podía, pero es que moviéndose sin parar, tampoco estaba ayudando a que lo pintara. Menos mal que tenía aquella cara angulosa grabada a fuego en su mente. Por las noches, no podía parar de preguntarse qué desgraciado accidente podría ocurrirle a aquella cara del sujeto que odiaba.

Poniéndose la túnica, pasó por su lado. – No miro, no miro. – Dijo jocoso, con aquella risa estridente. – Ma… Quiero sabere, Jan… ¿Las naranjas? – Jan reunió todas sus fuerzas y sonrió, asintiendo levemente. – Se verán, señor. – Ahí, al lado de la ventana ¿verdad? – Él asintió de nuevo. – Muy naranjas, ¿eh, Jan? – Muy naranjas, señor. – Y el hombre volvió a reír escandalosamente. – ¡Señor, señor! ¡Llámame Giovanni! Si nos llamamos igual, eh, Jan. Yo Giovanni, tú Jan, pero el mismo santo… – Y ahí iba otro chascarrillo malo. Y encima, estaba mirando el cuadro por encima de su hombro. – ¿Eso es el perro? – Preguntó señalándolo. – Sí. – Giovanni arrugó la nariz, pero Jan hizo un esfuerzo más grande por sonreír. – A Jeanette le gusta, lo tiene desde hace tantos años… – Ah, y entonces al viejo italiano se le cambió la cara, y miró a la joven, que se sentaba con un suspiro, acariciándose la barriga. – ¡Ah! Si a Giovanina le gusta, no hay más que hablar, ¿verdad? Mujeres, Jan, hacen lo que quieren con nosotros. – Jeanette se rio débilmente mientras Piccolino acudía a sus pies, sacudiéndose graciosamente. – Querido, tienes que irte, que has quedado con el genovés al mediodía. – Ma che certo! Lo dicho, Jan, hacen lo que quieren, pero qué haríamos sin ellas. ¿Tú no te casas, Jan? – Jan lo que iba a hacer era asesinar como aquel siguiera allí mucho más tiempo. – La vida de pintor es muy demandante, me temo. – ¡Ah no! ¡No digas eso! Una mujer como Giovanina alegra la vida, ¡ah! ¡Y un bambino como el que me viene a mí! ¡Bueno! Me voy a ver con qué me sale hoy el genovés, hay que ganarse la vida, ¿verdad, Jan? – Dijo dándole en el hombro de seguido, lo cual provocaba en el pintor unas ansias asesinas difíciles de describir. – Yo comercio, tú pintas… Todos tenemos que alimentarnos. Llévate una naranja antes de irte, Jan. – No volvería a comer una maldita naranja en su vida si de él dependía. Las había aborrecido tanto como odiaba el tonillo de aquel italiano. – Claro, gracias, señor. Digo, Giovanni. – Y por fin desapareció por la puerta, canturreando alguna de sus cansinas canciones.

Durante un rato, Jan se dedicó a limpiar sus pinceles y organizar su material, que era un trabajo mantenerlo todo pulcro y en buen estado, mientras Jeanette miraba ausente por la ventana, acariciándose la curva del vientre o jugueteando con Piccolino. – ¿Me dejas verlo? Siempre me has dejado ver tus cuadros. – Jan suspiró. – No está acabado. – Dijo simplemente. – He visto tu primer dibujo a los once años, Jan, vas a tener ahora problemas con que vea este. – Se levantó con cierta pesadez y se acercó al lienzo, que él descubrió, porque si en algo tenía razón el maldito italiano, era en que Jeanette hacía lo que quería con él. Acto seguido, la chica hizo una pedorreta y soltó una risa. Era la risa menos armoniosa, o asociada a una dama, del mundo, pero desde que era un niño, era oírla y sentir ganas de reír con ella. – ¡Jan! ¡Me has pintado toda la barriga! Todo el mundo se va a dar cuenta de que estoy embarazada. – Jeanette, todo Amberes sabe que estás embarazada. Siento decirte que es evidente. – ¡Pero lo saben aquí y ahora! Yo quiero que este cuadro pase a mis hijos. No necesitan saber que me casé con este barrigón. ¿Te imaginas qué dirán dentro de cien años? ¡Ahí va la gorda de Jeanette, la que se casó embarazada! – Él se encogió de hombros y señaló el atuendo con la parte de atrás del pincel que tenía en las manos. – ¿Tú crees que con este manto verde tan precioso se van a fijar en lo que hay debajo? – Jeanette le pegó en el hombro y volvió a reírse con su estridente carcajada. – Pintorcillo vanidoso… – Jan sonrió, pero bajó la vista. – ¿Por qué aún no me has pintado la cara? – Ella estaba señalando el evidentísimo hueco que había entre el velo blanco y el cuello. Él se retiró a seguir ordenando sus cosas. – No me hace falta captarte al natural. Te tengo aquí. – Dijo señalándose la frente. Ahí, la chica se calló, y volvió lentamente a su cama, sentándose en ella con un quejidito leve.

Se quedaron un rato en silencio, hasta que al final, Jan no pudo resistirlo más. – ¿Giovanina? – Ella suspiró, pero rio un poco para taparlo. – Es el mismo nombre que Jeanette, pero en italiano. – Pero tú no hablas italiano. – Mi padre sí. – Tú eres flamenca, Jeanette, y tu madre lo era. – Avanzó hacia la cama. – Y tu bebé lo es. – Ahí la chica sí se puso seria y volvió a resoplar, sin quitar la mano de su vientre. – No empecemos, Jan. – No puedo soportarlo, Jeanette, y no sé cómo tú puedes vivir con ello. – La chica se recolocó y negó con la cabeza. – Esto ya estaba hablado. – ¡No, tú lo has hablado contigo misma! ¿Cómo no voy a tener tu rostro aquí grabado, si eres la única persona que he amado? Si mis días y mis noches han sido para ti. Tú fuiste lo primero que pinté, tú eres mi inspiración y mi guía. Y si no me inspiraras, daría igual porque eres mi alegría. – Se sentó en el borde de la cama y tomó la mano de la chica. – Jeanette, escúchame. Estamos a tiempo de decir que no. No te cases con él, por favor. – Ella negó con la cabeza y retiró la mano. – A ti parece que se te olvida lo que es la “vendetta” para los italianos. No volverías a pintar en esta ciudad si mi padre descubriera esto. – ¿Por qué? ¿Por qué, a ver? Yo puedo casarme contigo. Tengo dinero, tengo un trabajo. – Eres flamenco, Jan. – ¡Y tu madre lo era también! ¿Cuál es el problema? – ¡Cosas de los italianos! Mi familia concibe que un italiano se case con una flamenca pero no al revés. ¡Yo no he inventado las reglas, Jan! – Dijo la mujer ya elevando el tono, desesperada. – ¿Y crees que tu padre no lo sospecha ya? – Mientras no lo sospeche Giovanni… – Respondió Jeanette apartando la mirada, y Jan la apartó también.

– Me dan náuseas solo de pensar que lo sedujiste y llegaste a acostarte con él. – Pues más me dieron a mí de hacerlo, y más me da a mí tu hijo, y aquí estoy, peleando por que no te quedes sin encargos en esta ciudad. – Ahí, Jan levantó los ojos vidriosos hacia ella. – ¿Cómo has dicho? – Jan, sabes que si mi padre se pusiera en tu contra, ningún comerciante querría… – No, lo otro. – Agarró sus manos y se inclinó sobre ella. – Has dicho “tú hijo”. Mi hijo. No lo habías dicho nunca. – Soltó una de las manos y la puso sobre la barriga sin llegar a tocarla. – ¿Puedo? – Jeanette le miró con sus ojos del color del cielo cenizo, cuando estaba a punto de llover, como ella estaba a punto de llorar, y al final, asintió. Y oh, qué dicha sintió Jan al sentir vivo a aquel niño. Cerró los ojos y sonrió. – En mi mente, ya estoy dibujando su carita. – Y ella no pudo evitar sonreír. – Eres tan buen pintor que podrías pintar la cara de tu hijo antes de que naciera y todo. – Y así se quedaron un poco más, hasta que Jeanette acarició su brazo. – Giovanni te aprecia, y es amigo de mi padre. Podrás estar con nosotros siempre, ver a nuestro hijo… – Llamar “padre” a otro. Y tú “esposo” a ese mismo. – Ella negó con la cabeza. – Qué importancia puede tener eso. – Jan suspiró y miró el lienzo.

– Puede que no pueda teneros. O que dentro de cien años nadie se acuerde de mi nombre, y todo lo que vean sea el matrimonio de otras dos personas, pero… – Miró a Jeanette. – Lo que mejor sé hacer es pintar. Voy a llenar el cuadro de cosas que tú y yo entenderemos… Que griten sin voz a todos que eres mía, que siempre lo serás, y que te pertenezco, como Piccolino. – Dijo acariciando la cabecilla del perro que le regaló cuando eran niños. – Quizá alguien se dé cuenta, Jan. – Dijo ella con prudencia, pero una sonrisa. Pero él negó. – La gente ni siquiera se fijará en este cuadro. Pienso ponerle el título más soso del mundo, y solo verán… Una boda. – ¿Vas a pintarte a ti? – Preguntó la chica. El afinó los ojos, oteando la estancia. – ¿Qué te parece en el reflejo del espejo? Y rodearé el espejo con escenas de la pasión de Cristo. A modo de referencia a nuestra pasión. – Eso la hizo reír. – Son pasiones distintas. – Él la señaló y le dio con suavidad en la nariz. – Y eso entenderá todo el mundo. Pero tú y yo… – Se inclinó y beso brevemente sus labios. – Tú y yo sabremos la verdad, como en todo lo demás. – Ella sonrió. – ¿Y cómo lo vas a llamar? – Él ladeó la cabeza. – ¿El Matrimonio Arnolfini te suena lo suficientemente soso como para que nadie nunca le preste atención excepto nuestros bisnietos cotillas? –





Relatos de aniversario LXyzNEv
Tree Of Life
Tree Of Life
Staff
Tree Of Life
Tree Of Life
517Mensajes :
50Reputación :
Jue Ago 25, 2022 11:46 am por Tree Of Life
Relatos
Aniversario


Título: J de corazones
Advertencias: Contenido ligeramente violento
Prompt: Broken heart
Usuario: Meiga

Poster Promocional

Relatos de aniversario MSz3heS


J de corazones

 
¿Cuántos años has de dedicarle a una persona para que entienda que significa todo para ti? ¿Cuántos aspectos de tu vida has de dejar de lado para hacerle comprender que no tienes otra prioridad que no sea la de hacerle feliz?

Tal vez el problema sea precisamente ese. Que ya lo sabe. Sabe que le perteneces por entero. Que existes para completar su existencia. Que la tuya, sin la suya, no tiene sentido ni razón de ser.

Lo sabe porque le has sonreído cuando aún eráis almas desconocidas que se cruzaron en una parada de autobús.

Lo sabe porque seguiste haciéndolo tras conocer su nombre, que no le gustaba el café si no el té con leche a pesar de que tu propia adicción a la cafeína te complicaba el comprender que no todo el mundo dependía de ella para subsistir a una jornada de trabajo.

Lo sabe porque sonreías al descubrir todos sus favoritos. Comida, música, películas, lugares, tú…

Lo sabe porque aquella tarde de octubre, fría y lluviosa, te quedaste esperando a la entrada de vuestro local predilecto pese a que llegaba tarde. Y seguiste sonriéndole.

Y sonreíste ante las excusas, ante las disculpas, ante las cenas de compensación y su arrepentimiento cuando, en otras ocasiones, ni siquiera apareció.

Lo sabe porque el “sí, quiero” llegó sin vacilaciones ni titubeos ni dudas. Lo sabe porque fue pronunciado en medio de un mar de felicidad, de ojos brillantes por la emoción, de labios estirados en otra de tus eternas sonrisas que ni siquiera se apagó para besar.

Lo sabe -oh señor, por supuesto que lo sabe- por todos los “sí, quiero” de los siguientes años, incluso cuando realmente no querías.

Lo sabe porque tus “te amo” nunca han sonado fríos o vacíos. Porque los tienes dibujados en el rostro, en las pupilas, en el alma. Porque los pronuncias con los labios pero las sílabas, antes de vibrar en tu garganta, te vibran en el corazón.

Lo sabe porque, a pesar de todo, siempre estás ahí. Siempre lo estarás.

Incluso cuando no te sonríe. Cuando no quiere. Cuando no te ama.

De hecho, estás ahí especialmente en esos momentos, como si con todo lo que tú sientes pudieras suplir la ausencia de sus sentimientos. Del poner de su parte. De su falta de ganas.

¿Pueden tus sonrisas, tus “sí, quiero” y tus “te amo” arropar su alma y confortar la tuya?

Crees que sí. Porque si tú no lo crees todo se desmorona. Todo se deshace, incluso por dentro. Y las sonrisas vacilan. Y los ojos brillan, pero no de felicidad. Y los labios se aprietan, pero no en un beso. Y el cuerpo tiembla, pero no es de anhelo.

¿Por qué vacilas, entonces? ¿Por qué lloras? ¿Por qué tiemblas?

Por las palabras. Por su uso, pero también por su ausencia. Porque el silencio es frío y denso y duele. Duele como la indiferencia. Duele como el engaño. Duele como los insultos, como las amenazas, como los golpes. Duele como el miedo. Duele como la hoja de un cuchillo atravesando el pecho.

Duele, duele, duele, duele…

Pero no te hiere a ti, aunque tú también lloras. Y lo que corta no es el filo de su silencio, si no la punta de tu cuchillo. Lo que aprieta robando el aliento no es su mano en tu garganta, si no tus dedos sobre la empuñadura. Y su sangre es tan caliente como tus lágrimas. Y la herida en su pecho tan profunda como la de tu alma.

Miras su rostro y no puedes evitar reconocerte en sus ojos húmedos, en su gesto tenso, en sus labios apretados y en la muda petición de ayuda que no llega a pronunciar. En la incredulidad con la que te devuelve la mirada, incapaz de asimilar que hayas sido capaz.

Entonces te das cuenta de que, por primera vez en años, en ese preciso instante, sentís lo mismo. Aunque sea dolor. Impotencia. Frustración. Miedo.

Y le sonríes. Por todas las sonrisas pasadas, por todas las lágrimas que les siguieron. Sin culpabilidad, sin rencores, tan en paz como no recuerdas haber estado antes. Consciente de haber dado todo el amor que podías hasta que, simplemente, ya no pudiste.

Su nombre era Joanna. John. ¿Yin? O tal vez Jane. Un nombre al final no tiene la más mínima relevancia como tampoco la tiene el género porque da igual dónde hayas nacido, cómo sea tu cuerpo o la forma en la que te sientas… todos, absolutamente todos, nacemos con la capacidad de que nos rompan el corazón y, a la vez, con la habilidad para romper el corazón de los demás.





Relatos de aniversario LXyzNEv
Tree Of Life
Tree Of Life
Staff
Tree Of Life
Tree Of Life
517Mensajes :
50Reputación :
Jue Ago 25, 2022 11:47 am por Tree Of Life
Relatos
Aniversario


Título: I'll only hurt you if you let me
Advertencias: Menciones ligeras de violencia y aborto
Prompt: Who did this to you?
Usuario: Bewölkt

Poster Promocional

Relatos de aniversario IqpYAjP


I'll only hurt you if you let me

 
Las fronteras entre su territorio y el del enemigo eran claras, las diferencias saltaban a la vista y Abigail se hundió un poco más en su capucha, con las manos en los bolsillos y aferrada por el mango del cuchillo que llevaba en el interior de la sudadera. Bajo ningún concepto caminaría por las calles manchadas con sangre de los suyos sin un arma.

Tragó saliva al tocar tres veces la puerta de la casa en la que había sido citada. Esperó otros diez segundos de manera prudente antes de tocar otras dos veces, y al instante escuchó el seguro al otro lado ser retirado. La puerta se abrió ante sus ojos, y sin darse espera, entró en el lugar.

—Nadie te ha visto, ¿no?— preguntó Theo una vez puso el cerrojo. Abigail sonrió, negando con la cabeza ante la pregunta.

—Crees que si alguien me hubiera visto ¿habría llegado tan lejos?— preguntó, y se puso sobre las puntas de los pies para dejar un beso en la comisura de los labios del mayor antes de pasar al salón. Las cortinas estaban cerradas, pero la luz de la lámpara iluminaba el lugar lo suficiente como para que no fuera difícil encontrar el sofá y dejarse caer en él.

Theo no esperó demasiado antes de sentarse a su lado, rodeando sus hombros con uno de sus brazos y dejando un beso en la parte alta de su cabeza. Abigail sonrió, acomodándose sobre su pecho e inhalando un par de veces, como si necesitara recuperar el oxígeno.

—Te echaba de menos— susurró él, como si aún tuvieran un secreto que guardarse estando en la privacidad de su casa. Nadie tendría por qué molestarlos allí, pero estaban tan acostumbrados a actuar desde las sombras que no podía ser de otra manera.

—No te vayas tanto tiempo la próxima vez, y no tendrás que echarme de menos— respondió ella, con esa ironía que la caracterizaba antes de arrugar la nariz —. ¿Ha ido todo bien?— preguntó, nuevamente consciente de que no recibiría la respuesta que deseaba. En el mundo que Theo y ella compartían, la información era valiosa y sobre todo dedicada. Ella, que pertenecía al otro lado del muro, no tendría porqué tener acceso a ella. Él arrugó la nariz como respuesta.

—Hemos perdido a un par de personas, pero conseguimos lo que queríamos— explicó él, siendo escueto como siempre, a sabiendas de que ella no pediría más explicación que esa. Solo quería asegurarse de que estaba bien, si su intención fuera infiltrarse entre sus filas tendría que atravesar un cambio radical para que no se le reconociera por esos rasgos tan típicos de los Knight.

El silencio se hizo nuevamente entre ellos. Cada día que pasaba era más difícil mantener aquella relación en secreto. Theo se convertía en enemigo público cada vez que cruzaba a su lado del mundo, y ella de la misma manera al pasar al de él. Abigail tendría que odiarlo, y aun así era incapaz.

El recuerdo la llevó a un viaje en el tiempo, la primera vez que intercambiaron miradas. Theo se presentó ante su hermano como un nuevo recluta, dispuesto a realizar pequeñas tareas de vigilancia con tal de estar en un lugar seguro. Los espías no eran algo fuera de lo común, ellos también los tenían, solo no esperaba que ese en particular le sonriera de manera tal que hiciera que su corazón se parara por un segundo.

Mantener conversaciones con él era tan sencillo como respirar, y Abigail se encontró perdiendo más tiempo del necesario a su lado, haciendo vigilancias que no le correspondían solo por sentarse a su lado durante unas horas. Cuando se enteró de que estaba ahí solo para escuchar conversaciones y llevar información al otro lado, estuvo a punto de matarlo con sus propias manos… Y en su lugar, estaba ahí, tumbada sobre su pecho pensando en todo lo que estaba mal respecto a aquello. Lo ayudó a escapar, bajo la promesa de que no volvería, y dos años habían pasado desde aquello.

—Tengo que contárselo— dijo, después de unos minutos en cálido silencio —. Hay un límite para la cantidad de cosas que puedo ocultarle a Ryland y… Esta es una de las cosas que entra en esa bolsa— agregó, volviendo a levantar la mirada. Se había enterado de las noticias unos días antes de que Theo tuviera que marcharse en una de esas misiones secretas cuyo propósito ella decidía voluntariamente ignorar. Casi no tuvo la oportunidad de decírselo.

—Se lo diremos, me haré responsable— afirmó él, y Abigail lo observó en silencio como si estuviera buscando algún rastro de duda en sus palabras. Al no encontrarlo, solo pudo sonreír nerviosa mientras se llevaba una mano al vientre. Apenas podía notarlo y no estaba siendo difícil de disimular, pero eventualmente lo sería.

El resto de la tarde pasó como siempre, entre caricias, besos robados y el ruido de fondo de una película a la que ninguno de los dos estaba prestando verdadera atención. Al caer la noche, y refugiada por la oscuridad, Abigail tomó el camino usual de vuelta a su lado del mundo.

Nunca solía ser tan descuidada, y por primera vez en años pudo decir que el golpe en su nuca la tomó por sorpresa. Un golpe seco que la hizo caer sobre sus rodillas. Su atacante no se hizo esperar, Abigail podía ver el muro a unos pocos metros delante de ella, pero el siguiente golpe no tardó en llegar directamente a su temporal, haciéndola perder el equilibrio.

Su mano seguía aferrada al mango del cuchillo, y sin dudarlo, lo sacó y a ciegas buscó hacer cualquier tipo de daño. Escuchó un leve quejido de dolor, pero no el grito que estaba esperando. Sus sentidos se aguzaron, había más de una persona a su alrededor y antes de poder levantarse más golpes vinieron, tantos que no estaba segura de dónde venían.

Sabía bien que podía moverse, levantarse, tal vez incluso aparecer detrás de alguno de ellos y romperle el cuello. Aun así, su primer instinto no fue la violencia sino protegerse. Se inclinó sobre sí misma, en posición fetal y protegiendo su vientre hasta que los golpes cesaron.

—Que esto te enseñe a no volver. — Escuchó antes de sentir que la levantaban en brazos, no andó mucho y Abigail temió lo peor, no esperaba que fueran a arrojar su cuerpo al otro lado del muro. Un mensaje, uno claro.

Cuando abrió los ojos, una mirada dorada estaba fija en ella, un reflejo de la suya propia… Como dos partes de un todo. Ni siquiera pudo sonreír.

—¿Quién te ha hecho esto?— preguntó, acariciando su mejilla con tanta delicadeza, que Abigail jamás pensaría que tanto sus manos como las de su hermano estaban manchadas de sangre.

—¿Ryland?— preguntó de vuelta, como si necesitara confirmación de que seguía viva y solo él pudiera dársela. Con el paso de los segundos, algunos recuerdos rápidos aparecieron en su cabeza, y su mente se dirigió al hombre al otro lado del muro que estaba recibiendo las noticias acerca del ataque del que había sido víctima —¿El bebé?— agregó, consciente de que si estaba ahí, él ya se había enterado.

Verlo negar con la cabeza la sumió en un tipo diferente de oscuridad.





Relatos de aniversario LXyzNEv
Tree Of Life
Tree Of Life
Staff
Tree Of Life
Tree Of Life
517Mensajes :
50Reputación :
Jue Ago 25, 2022 11:47 am por Tree Of Life
Relatos
Aniversario


Título: The Iron's Shadow Extinction
Advertencias: Pistas de relación consensuada entre pj menor de edad y pj adulto, Muerte de pj principal
Inspired: Naruto.
Prompt: Something sad.
Usuario: Riven

Poster Promocional

Relatos de aniversario 8sNjY1y


The Iron's Shadow Extinction

 
No necesito tu autorización. — sentenció ¿Se atrevería su abuela a mentirle una vez más, así como lo hizo con la muerte de sus padres, que el Tercer Kazekage había desaparecido? Mientras tanto, buscó unos pergaminos entre su arsenal de marionetas selladas, que colocó en los espacios en su cinturón para tal fin. —Partiré ahora mismo —. Con sus padres, había sido demasiado pequeño. Pero ya no era un niño, y podía cuidarse solo. Eso significaba que buscaría a Hideaki, quien había sido capaz de sostener, mediante el amor más puro, el absurdamente precario vínculo que unía al chico, al genio marionetista, al letal shinobi, con aquel lugar, emplazado en el medio del implacable desierto, al que antes llamó hogar.

[…]

Llevaba días enteros bajo el inclemente sol, que hacía su visión distorsionarse, mientras que las formas de la arena se desdibujaban. Una formación rocosa lo suficientemente grande como para ser una simple ilusión se alzó ante la vista del marionetista, que, por primera vez desde su partida, veía delante de si algo más que dunas y arena arremolinarse en un arreglo distinto, pero abrumadoramente similar al anterior.

Le llevó aproximadamente una hora más de paso amortiguado por el viento que azotaba su pálida piel, arribando a la entrada de la cueva que, luego de un mejor examen, revelaba un túnel oscuro, profundo y que no parecía tener final. Evidentemente tenía la marca de ninjas. Quizá, de Iwa, la Aldea Oculta entre las Rocas. Sea quien fuere el causante de aquello, Sasori no tenía muchas opciones. Descansar un poco, rehidratarse, y seguir adelante cuanto antes, pues sus prioridades estaban claras.

“Ser un gran shinobi es mucho más… también es estrategia y actitud, la capacidad de actuar en situaciones límite y desconocidas. Ahora si haces más honor a tu nombre.”

Las palabras dedicadas por el Lord Tercero, hace ya algunos años, fueron revividas por el marionetista en el momento en que una débil respiración llegó hacia él. Esforzada apenas, como de alguien que luchaba por su vida, en la recta final. Parecía estar de suerte, obtener un beneficio de ese escondite, y agrandar su colección, que siempre daba la bienvenida a nuevas adquisiciones. Pero la apenas audible voz que llegó hacia él, le golpeó tan duro que sus ojos abiertos de par en par tuvieron que acostumbrarse a la oscuridad de la cueva más rápido. Los pasos de Sasori se aceleraron, hasta que se convirtieron en una carrera.

Hideaki. — clamó, mientras que se arrojaba al suelo, prácticamente, para quedar al lado del otro cuerpo, sosteniéndolo entre sus brazos, cosa complicada para el delgado chico, sacando fuerza de donde no tenía. La voz del hombre de cabellos azul medianoche estaba tan apagada, que no sonaba a nada con sentido lo que salía de entre sus labios. —Tenemos que volver. La aldea es un caos sin ti —. No mentía. En su opinión, nadie de Sunagakure era lo suficientemente inteligente como para hacer nada sin la sabia guía del Tercero. Ni siquiera Rasa.

Más la mirada dorada apagada y apenas fija en él, decía que eso sería imposible.

¿Cuánto llevaba así? ¿En qué momento habían decidido sus hombres simplemente abandonarle a su suerte? Muchas preguntas inundaban la mente de Sasori, más ninguna respuesta clara, que pudiese echar un poco de luz a lo que estaba pasando. Más una verdad se asomaba entre ambos, una horrorosa. Dolorosa. Una que asestaba duros golpes al escorpión que, ahora mismo, maldecía su letalidad, y cambiaría esas habilidades por aquella que le otorgase la capacidad de sanar.

Porque la vida de Hideaki se estaba escapando de entre sus dedos, deslizándose, sin que él pudiese atraparla, o hacer algo al respecto, por mucho que se aferrase a la túnica blanca que envolvía la ropa azul que solía usar el Tercer Kazekage. —¿Qué…? — su voz salió, por primera vez, quebrada, teñida de confusión. —¿Qué te hicieron? — preguntó. Era poco probable que alguien como él, proclamado el líder más fuerte de toda la Arena, hubiese sido derrotado. Buscó, desesperado, señales de una lucha, más no encontró nada. Su entendimiento se nubló aún más cuando aquel cuerpo que sujetaba empezó a agitarse de forma violenta, algo que jamás había visto ocurrir, y menos tan de cerca.

Su mente ató cabos, entregándole al pelirrojo una aterradora revelación: Hideaki, allí entre sus brazos, estaba muriendo. No sabía cuánto le quedaba, ni desde cuando estaba así. —Yo… yo sé que hacer, aguanta. — pidió, sin saber a ciencia cierta si era escuchado o no. Devolvió a la espalda de Hideaki el contacto con el suelo, observando sus propias manos manchadas de sangre que no era propia, que temblaban incontrolablemente.

Toda su vida le habían dicho que tenía una gran cantidad de chakra. Y aquella era su última baza. Una técnica prohibida, una que sería útil en esos momentos desesperados. Así, puso ambas manos por encima de las ropas, a la altura del pecho. — Kisho Tensei no Jutsu. — pronunció. Era de lo último que le había enseñado su abuela, y si podía insuflar a sus marionetas de vida, sin dudas, podía ayudar a Hideaki. Más el resplandor azul celeste de la técnica que brilló tenuemente, pronto, se apagó.

Vamos, vamos… — murmuró, mientras su vista se nublaba, no por algo externo, o estarse quedando sin chakra. La humedad corrió por sus mejillas. Eran lágrimas, que rodaban por su piel para caer sobre el rostro de Hideaki, bañando su fina nariz, sus pómulos altos y sus ojos cerrados, mientras que, sin Sasori notarlo, exhalaba su último aliento. Su concentración flaqueaba, el temblor se acrecentaba, más siguió intentando, todas las veces con el mismo resultado, solo que el período que duraba la técnica activa era menor. —No me dejes, por favor. — solicitó, con un lamento lastimero de alguien que no puede soportar más pérdida.

Todos se habían apartado de él. Por primera vez volvía a tener a alguien, y era otra vez arrebatado de su lado. ¿Cuánto más dolor tenía que soportar? ¿Cuánto más tendría que sufrir? —Maldición. Despierta. — Sasori no era alguien que maldijese a la ligera, ni mucho menos, pero necesitaba que abriese los ojos y le dijese que todo aquello era una sádica broma, aún y él sabiendo que el de piel olivácea no tenía esas retorcidas tendencias.

Volvió a colocar, como solía hacer cada noche, la cabeza sobre su pecho, más ahora, muy diferente, estaba empapando las ropas contrarias con su llanto desconsolado. Se había desplomado sobre aquel que ahora ya no guardaba nada de conocido para el joven escorpión. —Hideaki… — murmuró, con la voz rota. Mientras tanto, un odio y rencor se anidaba en su propio pecho: su abuela no había sido capaz de enseñarle bien aquella técnica. Si lo hubiera hecho, Hideaki estaría con vida ahora mismo.

Odiaba a esa vieja inservible. Igual que odiaba al resto del mundo, responsable de arrebatarle todo lo que alguna vez había apreciado, y amado. Primero sus padres, luego su mejor amigo Komushi, y ahora… no quería siquiera decirlo, pues hacerlo volvería real aquella pesadilla que estaba viviendo.

Te prometo… — dijo, entre suaves gimoteos producto de sus propios sollozos. —Que no te dejaré ir. — aseguró el jovencito, quien se había convertido en el marionetista vivo más temido de toda la aldea. —Vivirás para siempre. — y esa era una promesa que él podía cumplir. El hombre al que había amado se convertiría, para siempre, en algo bello e imperecedero, justo lo que merecía ser.





Relatos de aniversario LXyzNEv
Tree Of Life
Tree Of Life
Staff
Tree Of Life
Tree Of Life
517Mensajes :
50Reputación :
Jue Ago 25, 2022 11:48 am por Tree Of Life
Relatos
Aniversario


Título: Por un sueño
Advertencias: Muerte de un personaje (solo mencionado)
Prompt: Broken heart
Usuario: Polgara

Poster Promocional

Relatos de aniversario MfCO4w0


Por un sueño

 
¿Cuánto poder tiene una idea? La idea que ellos defendían era la justicia.

Desde que tenían uso de razón se les educaba en la idea de que Dios no les dejaría caer si su causa era justa. Y su causa lo era. Su causa era proteger a su reino del expolio que traían los flamencos, proteger los intereses de su familia. Esa en la que primaba el amor, algo que era más extraño y precioso en su mundo que las joyas. María levanta la mirada hacia el firmamento con el corazón en un puño a la espera de noticias. Eso es algo que María siempre ha llevado mal desde que ha empezado la guerra. Sí, esa es la palabra. Guerra.

Es difícil ahora pensar en algo tan abstracto como la justicia o los ideales que les impulsaban a la lucha cuando recuerda a los soldados heridos tras la toma de Burgos por las tropas imperialistas. Recuerda cómo las sombras parecían campar a sus anchas, como si también la luz les hubiera abandonado, como lo estaban haciendo poco a poco sus esperanzas. Recuerda con absoluta claridad el rostro de su esposo, con una mirada taciturna que le heló la sangre en las venas. Juan nunca había tenido esa mirada en el rostro.

Burgos está definitivamente perdida.

Le había dicho con el semblante serio. Y María en aquel momento se había aferrado a sus creencias. Creía en ellos, en la justicia de su causa, en que al final podrían lograrlo. Pero sobre todo, creía en ellos.

Nuestra causa es justa. No debemos perder la fe.

Que amargas le saben ahora esas palabras. Basta, se dice María Pacheco, Juan nunca había roto ninguna promesa que le hiciera en los dieciocho años que llevaban casados. Si le había prometido que ni la misma muerte podría impedirle regresar, es que así sería. Juan volvería victorioso y todo ese esfuerzo conjunto daría sus frutos. Un criado irrumpe en la estancia diciéndole que hay un mensajero con carta.

Por fin noticias.

Se dice al contemplar el sello de su esposo. Con el corazón martilleándole en el pecho, rompe el sello de lacre y comienza a leer la letra familiar:

"Señora, si vuestra pena no me lastimara más que mi muerte, yo me tuviera por bienaventurado. Quisiera tener más tiempo para escribiros algunas cosas para vuestro consuelo. Vos, señora, como cuerda llorad vuestra desdicha y no mi muerte que siendo ella tan justa de nadie debe ser llorada. No quiero dilatar, por no dar pena al verdugo que me espera, y por no dar sospecha que por alargar la vida, alargo la carta.

Mi ánima, pues ya otra cosa no tengo, dejo en vuestras manos. Haced con ella como con la cosa que más os quiso. Y así quedo, dejando esta pena esperando el cuchillo de vuestro dolor y de mi descanso."

La realidad de las palabras la golpea con la fuerza de un cañonazo. Y tiene la misma sensación de vértigo que se debe tener al caer y perder el equilibrio, sin saber cuándo tocará el suelo. Muerto, Juan ha muerto. El amor de su vida, su corazón, su equilibrio… las lágrimas se agolpan en el rostro de María Pacheco mientras sus manos tiemblan, porque todo su mundo se está cayendo en pedazos a toda velocidad. Su mente le recuerda entonces el último encuentro con la reina Juana y su negativa a firmar aquella declaración que podría haberles salvado: Con nuestras vidas, defenderemos lo que a vos solo os hubiera costado una firma. Pero nunca quiso que fuese la suya. Con las manos temblorosas y la visión borrosa por las lágrimas, aquella noche María escribe una carta para la que sabe, no habrá respuesta.

No será en vano, te juro que no será en vano.

Susurra María Pacheco esperando que, desde el cielo, su marido la oiga. A la mañana siguiente abandona sus habitaciones vestida de luto y con una mirada resuelta de alguien que ha perdido el corazón, de alguien que no está dispuesta a rendirse ante las tropas de un rey que tanto le ha arrebatado. María se dirige hacia la plaza del mercado para anunciar a la ciudad aquello que les han arrebatado, pero en sus ojos hay una furia ciega y una fría determinación.

Toledanos, que en Toledo no se diga que al perder a sus mejores Toledo quedó vencida.

La ciudad, en sus ansias de revancha, se prepara para el asedio y María lanza una mirada desafiante por encima de las murallas. Puede que el rey Carlos crea que ha acabado con el sueño que Juan y ella soñaron en Toledo. Pero se equivoca, porque el sueño no ha muerto en Villalar, aún queda ella en pie. Y mientras María Pacheco siga en pie, de alguna manera Juan Padilla seguirá vivo en su corazón.





Relatos de aniversario LXyzNEv
Tree Of Life
Tree Of Life
Staff
Tree Of Life
Tree Of Life
517Mensajes :
50Reputación :
Vie Ago 26, 2022 11:49 am por Tree Of Life
Relatos
Aniversario


Título: Toda una vida
Advertencias: N/A
Prompt: Broken heart
Usuario: Freyja

Poster Promocional

Relatos de aniversario 602x04c


Toda una vida

 
Toda una vida
Me estaría contigo
No me importa en qué forma
Ni dónde, ni cómo
Pero junto a ti

— ¡Apaga eso ya, anda! — Bramó la tía Auxi, haciendo a Andrea dar un bote en su sitio. Su abuela rio con malicia. — ¡Mírala! Qué carácter más agrio tiene. — ¡Que quites eso, he dicho! Menos música y más hablar con tu nieta, que la ves poco. — ¡Pero tía! — Dijo Andrea con cariño, entre risas. — Creía que te gustaba Antonio Machín. — No me gusta. — A esta lo que no le gusta es los recuerdos que le da la cancioncita. — Apuntilló su abuela, una vez más. Andrea rio por lo bajo. — Uy, se avecina historia… — ¡Ay, hija, historia! ¿Pues no lo sabes tú ya? Se pasaba esta el día y la noche escuchando a Machín con el novio… — ¡Qué lengua tienes! — Bramó la tía. — ¡Apaga ya ese trasto! — Tía, no sabía que habías tenido un novio. — Preguntó Andrea, con un evidente punto de sorpresa. Su tía tenía ya cerca de ochenta años y, para ella, siempre había sido soltera, quedando al cuidado de su madre. Esto era nuevo.

La mujer parecía ciertamente molesta, pero su abuela, sentada frente a Andrea, siguió pinchando a su hermana. — Y bastante tiempo que lo tuvo. ¡Ay, ni veces que los pillamos escapándose solos al río…! — ¡Bueno, ya está bien! — Saltó Auxi, más enfadada de lo que esperaba. Andrea, que empezó divirtiéndose con la escena y cada vez estaba más extrañada, la miró con cierta preocupación. Pero apenas pudo abrir la boca, porque la mujer apagó la radio de mala manera, con un golpe seco, y miró mal a su hermana. — ¡Viene tu nieta y te pones a contar patrañas! — Mujer, si eso lo sabe ya todo el pueblo a estas alturas… — ¡Pues que no sepan tanto! ¡Y tú dedícate a lo tuyo, por una vez! — Oy, esta mujer, qué carácter… — ¡Pues sí! Y por eso estoy sola y bien a gusto. Tan a gusto que sola preferiría estar ahora mismo, en vez de escuchándoos a las dos. — Ay, tía, no te enfades. Solo preguntaba. — Dijo Andrea, apenada. Auxi parecía más enfadada con su hermana, no obstante, además de que tenía predilección por la chica desde niña. Por esto, simplemente puso un mohín orgulloso y, agarrada a la escoba, sentenció. — Pues ya está, ya te han respondido. Tuve un novio, pero vamos, tú verás dónde está ahora. Por ninguna parte. Así que ya está. Ea, menos música e id preparándoos que comemos en quince minutos. — Y se fue de la habitación.

Andrea se quedó extrañada, mirando ceñuda la puerta por la que su tía había salido tan enfadada solo por una canción. Su abuela dio un hondo suspiro. — Es que no se puede tocar el tema… — Andrea arqueó una ceja. Pues bien que lo has sacado tú, pensó. De verdad, su abuela y tu tía toda la vida a la gresca… Pero ya tenía curiosidad. — ¿Cómo es que nunca me había contado que tuvo un novio? Me he criado con ella prácticamente. — Su abuela miró de reojo a la puerta, como si quisiera comprobar que su hermana no volvía. Suspiró una vez más y, bajando el tono, se acercó a su nieta y empezó a revelar.

— Es que no era gente muy buena. Entonces claro… No podía funcionar. — Andrea tenía la extrañeza en su cara, así que su abuela continuó. — Que no eran cristianos, vamos. Y tú sabes como era nuestra madre ¡uf! De misa todos los días. No quería ver a esa gente ni en pintura. Pero tu tía, a la contra como siempre… — Me resulta muy extraño que se echara un novio a conciencia sabiendo eso. — Comentó, por lo que su abuela soltó una risa leve. — Es que en el amor no se manda, hija. Y la Auxi y el Eusebio llevaban juntos… ¡Pues desde críos! Es que se buscaban a todas horas. Y la abuela, venga a separarlos, y ellos, venga a juntarse. Yo no la he visto más feliz ni reír más que con él. Y claro, llegaron a esa edad… — Su abuela hizo un gesto. — Ya todo el pueblo hablando. Y me mandaban a mí con ellos, claro, a meterme en medio. — Andrea tuvo que aguantarse una risa. — ¡Y el Eusebio estaba dispuesto hasta a pedirle matrimonio! — Andrea abrió mucho los ojos. — ¿Qué me dices? — ¡Y tanto que sí! Lo tenían habladísimo. Pero al final… — ¡¡Está la comida en la mesa!! — Irrumpió el bramido de Auxi desde la cocina. Su abuela, como si esta frase le hubiera borrado la historia de la memoria, dio un quejido de señora mayor, levantándose del sofá con dificultad. Andrea frunció el ceño. — ¡Espera! No puedes dejarme con la historia a mitad. — Uy, que no. Llevo setenta años con la historia guardada, hija. No te creas que no puedo seguir. — Andrea la miró con cara de circunstancias. En lo que su abuela se iba, dijo. — Y a tu tía mejor ni le preguntes. Quédate conforme con eso y ya está. Total, el final ya te lo sabes. — ¿Pero por qué no acabaron juntos? — Preguntó. Quería saber al menos eso. Su abuela se giró y, con cierto tono sombrío, dijo. — ¿Por qué va a ser? Por tu bisabuela. Nunca le quiso. Y si ella lo decía, no había más que hablar. —

Todo lo que quedó de día no pudo evitar darle vueltas a la historia. Su tía Auxi había sido siempre una mujer de carácter a la que ella quería y admiraba por encima de cualquiera, si bien siempre tuvo la duda de por qué decidió entregar su vida a cuidar de su madre. Ella pensaba que su tía se había ido a vivir a la ciudad, en lugar de quedarse en el pueblo como su abuela, por voluntad propia. Ahora dudaba de muchas cosas. Se dirigía pensativa hacia la planta de arriba, donde estaba su habitación, dispuesta a acostarse ya bien caída la noche, cuando le pareció oír un rumor desde el salón y ver una luz encendida. Afinó el oído… Y abrió mucho los ojos. La canción. La misma canción de Machín que habían estado oyendo por la mañana. No podía dejar eso pasar.

— ¿Tía? — Preguntó tímidamente, desde la puerta. La mujer, sentada de espaldas a la misma, giró la cabeza para mirarla, con cansancio, casi con hastío, y no dijo nada antes de devolver la vista a la radio. — Tía… — Insistió Andrea, sentándose junto a ella, en tono compasivo. — Te recuerda a Eusebio ¿verdad? — La mujer solo miraba melancólica la radio. — Me la dedicó hace setenta y cinco años. Teníamos dieciséis. — Andrea tragó saliva. Su tía ni la miraba. — ¿Me cuentas la historia? — Auxi se encogió de hombros con desgana. — No hay nada que contar, hija… — Hubo una pausa. — ¿Tú le querías? — Se aventuró. La mujer soltó una amarga y única carcajada entre los labios. — Que si le quería… Con toda mi alma. Y él a mí. Desde niños que llevábamos juntos. Pero no pudo ser. Y yo, si no era con él, no quería estar con nadie. —

Suspiró. — Pasábamos juntos todas las horas del día, pero cuando empezamos a hacernos más mozos, ya siempre nos ponían excusas. Y sí, nos escapábamos al río, porque a cabezones no nos ganaban a ninguno de los dos. — Andrea ahogó una risa. — Pero no hacíamos nada malo, lo que pasa es que al pueblo le gusta hablar. Pero él… cantaba bien. Y me cantaba esta canción. Y me la prometía. Que me estaría cuidando toda la vida… — Arqueó las cejas con amargura, aún con la mirada retirada. — ¿Y sabes a quién cuidé yo? A tu bisabuela. — ¿Pero qué pasó, tía? — Que mis padres no querían nada con la familia del Eusebio, y no había quien se lo explicara. Yo tenía dieciocho años cuando mi padre murió, y mi madre vio la oportunidad de oro ahí: irnos del pueblo, que yo me quedara cuidándola como la hija mayor que soy, y buscara un trabajo en la ciudad para mantenernos a las dos. Y eso hicimos. Y al Eusebio lo pusieron a trabajar aquí y ya está, no hubo más que hablar. Él se quedó aquí, y yo me fui. — ¿Y por qué no… rehiciste tu vida? — Ahí sí, su tía la miró. La tristeza era infinita. — Yo le quería a él. Me alejaron de él para cuidar de mi madre. Y juré que pasaría toda una vida amándole… Y él a mí. — Dobló una sonrisa triste. — Él tampoco se casó nunca. — Andrea abrió los ojos como platos. — ¿Cómo? ¿Qué los dos estáis solteros? — Se le descolgó la mandíbula. — ¡Pero tía! ¡Pero búscale! Si está en el pueblo, ¿por qué no hablas con él? Habéis tenido toda una vida para extrañaros, ¡pero podéis acabarla juntos! — Su tía la estaba mirando impertérrita, pero sin perder la tristeza en sus ojos. — ¿Te crees que no voy a verle cada vez que vengo al pueblo? — Andrea no entendía nada. Su tía lo aclaró. — Pero ya no hay una vida que acabar juntos. La suya ya acabó hace veinte años. Y yo nunca estuve. — Eso le golpeó en el corazón con fuerza. La mujer hizo un gesto con la mano. — No te lamentes por mí, supimos esto en cuanto me fui a la ciudad. Y encima, como él no era creyente, pues ni cielo siquiera… — ¡Ay, tía, no digas eso! — Era broma. — Dijo con amargura. Su tía y su humor… — Pero hija… solo me quedan un montón de recuerdos dolorosos y una canción… por toda una vida. — Andrea tragó saliva, con las lágrimas asomando por sus ojos. Se acercó a ella y apoyó la cabeza en su brazo, apretándolo con cariño. — Yo te querré también toda la vida, tía. — Y al menos, podía quedarse con ella, aunque fuera allí, en silencio, oyendo su canción.





Relatos de aniversario LXyzNEv
Tree Of Life
Tree Of Life
Staff
Tree Of Life
Tree Of Life
517Mensajes :
50Reputación :
Vie Ago 26, 2022 11:49 am por Tree Of Life
Relatos
Aniversario


Título: Nuestro destino está escrito en piedra
Advertencias: Violencia.
Prompt: Protecting each other
Usuario: Luther

Poster Promocional

Relatos de aniversario Zq1Ueop


Nuestro destino está escrito en piedra

 
—Esa nube parece una flor. Aquella parece un perro. Y esa parece una nube. — La joven hablaba con jovialidad mientras señalaba el cielo— Deberías descansar de vez en cuando y ver las nubes conmigo. Si yo pudiera, te cargaría para que disfrutaras las vistas— Dijo muy segura de sí misma. El hombre, que no demostraba su alegría muy frecuentemente, no pudo evitar una leve risa.

—Bien, sería interesante ver eso.  Pero seguramente sería una especie de sacrilegio. Eres una diosa, después de todo. Y yo un simple humano. — La joven golpeó el hombro del curtido guerrero.

—Si, si, no tienes que recordármelo. Pero no te llames “simple humano” como si eso fuera poca cosa. A veces, preferiría no ser una diosa. Así podría caminar a tu lado en lugar de ser cargada. O incluso, podría tener un nombre— Su tono de voz parecía genuinamente triste.

—Arriba ese ánimo— Dijo el hombre, mientras apretaba el paso— No es momento de ponernos pesimistas. Falta poco. — Se detuvo un momento y miró hacia atrás. Realmente había sido un viaje complicado. Ya no podía recordar cuantas semanas o incluso meses habían pasado desde que inicio. Sin embargo, no se arrepentía de nada. Ese viaje era la única esperanza de su pueblo.  Por todos lados se podía ver la devastación que habían provocado los Kurgardos, una raza monstruosa cubierta de metal. Habían arrasado los pueblos, esclavizado a su gente y cerrado el cielo para que no lloviera más. Su gente moría de hambre mientras rogaba a sus dioses, sin tener ninguna respuesta de ellos. Pero entonces, surgió una profecía. Que alguien llevaría a la diosa sin nombre hasta su altar en la cima del monte Heval y entonces, ella podría restaurar nuevamente el orden de las cosas. Muchos lo habían intentado y fallado. Pero él lo haría. Tenía que hacerlo.

—Además, no creo que hubiera podido llegar hasta aquí sin tu protección. Por eso me siento seguro. Se que tú me proteges. — Sintió como la joven diosa se revolvía en su asiento por la vergüenza.

—Vamos, eres tú el que me ha protegido. ¿Recuerdas cuando esos bandidos intentaron secuestrarme? O cuando casi me caigo al precipicio.  Además, no es propio de ti ser tan expresivo. Siempre estas todo serio y gruñón. ¿Tal vez nuestro gran guerrero se está ablandando? ¿O estas empezando a apreciar a su gran diosa? — Él simplemente bufó, como solía hacer cuando ella lo molestaba. Sin embargo, sus bromas hacían que se sintiera bien. El tener un rumbo fijo por primera vez en su vida y eso le daba fuerzas para seguir

—Creo que ambos nos estamos dejando llevar por nuestras emociones. Pero mira, casi lo logramos— Dijo intentando que su voz se escuchara despreocupada, pero no pudo evitar la emoción al ver a lo lejos el santuario. Y mucha gente alrededor. Seguramente habían venido a adorar a la diosa. Pero al observar sus rostros, no veía alegría ni celebración. Veía curiosidad, pena e incluso miedo en algunos de ellos. Esto lo confundió un poco. Los instintos del hombre se dispararon. Algo no estaba bien. Hasta la diosa había guardado silencio, pero eso no lo detuvo. Dejando atrás a la multitud, entró con decisión al santuario.

Una vez en el interior del edificio, miró a su alrededor. Estaba muy desordenado y descuidado. Pero entonces localizó el altar. Estaba en mejores condiciones que el resto del lugar, rodeado de cortinas carmesí. Solo tenía que hacer que la diosa llegara ahí. Y sería todo.  Caminó hacia él, sintiendo como su corazón latía con fuerza de la emoción. Diez pasos más. Cinco pasos. Tres pasos más. Solo un paso.

—¡Cuidado! — Escuchó gritar a su protegida. El hombre dio un salto instintivo hacia atrás. La punta de una espada atravesó las cortinas y cortó un tirante de la mochila. El hombre trastabillo y cayó junto a su compañera. Estaba conmocionado, pero echo mano de su espada.

—¿Estas bien? — Preguntó, pero no recibió respuesta. Miró a su compañera y ella estaba inmóvil, en el suelo. Se levantó y comenzó a correr hacia ella. Pero una risa llamó su atención. Frente al altar, se encontraba uno enorme Kurgardo, con esas escamas metálicas, rostro reptiliano y una espada en su mano. Era la primera vez que veía uno cara a cara. Pero el deseo de proteger a la diosa prevaleció a su miedo. Se colocó frente a ella, dispuesto a dar la vida— Descuida, acabaré con él y terminamos la misión. — La demoniaca simplemente soltó otra carcajada.

—¿En serio tú también? ¿Qué es lo que les pasa a los de tu raza? ¿Es que todos están locos? Siempre que vienen los portadores como tú, hablan con esas estatuas como si estuvieran vivas. — El hombre no entendía lo que quería decir, pero su cabeza comenzó a doler. La palabra estatua despertó algo en su interior. De reojo, miró hacia la diosa, solo para ver la imagen de piedra que estuvo cargando desde el primer día. No, no podía ser. La diosa era real. Había hablado con él. Le gustaba observar el cielo y encontrarles forma a las nubes. Era la salvación de su pueblo. Este ser infernal debió hacerle algo a la diosa. Así que alzó su espada y con toda su furia lo atacó. Sin embargo, un hombre agotado por el viaje no era rival para un Kurgardo bien armado. Solo necesitó un movimiento de su espada para enviarlo al suelo, con una enorme herida en el pecho, al lado de la estatua que había estado custodiando hasta ahora.

—Sus supersticiones son muy divertidas, debo admitirlo. Aunque inútiles. Pero por lo menos los mantiene ocupados. Les hace creer que hay salvación. — Dijo la bestia mientras se acercaba a él con deliberada lentitud. — No es nada personal. Pero eres un portador. Es tu destino morir aquí. Descuida. Ya vendrán más. — Su espada se levantó y por primera vez, el hombre sintió miedo. Y se dio cuenta que su vida había sido en vano. Cerró los ojos. Era el fin.

Hasta que escuchó el sonido de metal contra roca. Abrió los ojos y observó como la espada atacante había impactado contra la estatua.  Solo escuchó su voz una vez más. “Gracias por todo. Esta vez, me toca a mi protegerte. Guíalos” Antes de que la efigie se hiciera polvo.

Dos segundos. Fue el tiempo que esta maniobra le dio. El tiempo suficiente para que clavara su espada en el pecho de su sorprendido enemigo. Este siquiera se quejó, solo cayó al lado de los trozos de piedra.

El portador se puso de pie, sangrando, pero vivo. No. No era mas el portador. Ahora tenía una nueva misión encomendada por la diosa. Abrió las puertas y alzo su espada ante la estupefacta multitud.

—Tengo un mensaje de la diosa. Me dijo su nombre. Se llama Destino. Y dijo que debemos tomar nuestro futuro en nuestras manos. Y me dio un nuevo nombre. Ahora soy Libertador. Vayamos sin miedo. Ella nos protegerá. — Miró hacia el cielo. Creyó ver un rostro familiar entre las nubes, antes de que las gotas de lluvia comenzaran a caer. Definitivamente, tenía una misión que cumplir. Y ella estaría siempre a su lado.






Relatos de aniversario LXyzNEv
Tree Of Life
Tree Of Life
Staff
Tree Of Life
Tree Of Life
517Mensajes :
50Reputación :
Vie Ago 26, 2022 11:50 am por Tree Of Life
Relatos
Aniversario


Título: In the burning glow (I'll pick you up from the ashes)
Advertencias: N/A
Prompt: Villain becomes hero
Usuario: Parnassus

Poster Promocional

Relatos de aniversario KmiOSxP


In the burning glow (I'll pick you up from the ashes)

 
Envuelto en la luz rojiza del atardecer que reflecta contra las piedras lutecinas de los edificios cercanos y la palidez de su piel nívea, la figura de Richelieu se alza de manera imponente sobre la ciudad como una visión en llamas. Se trata de una imagen más que conveniente y que de forma inevitable conjura a la mente de Mathieu el recuerdo de la primera vez que lo vio hace ya tantos ayeres, de pie sobre la fuente en la plaza principal de la universidad, encendiendo a la multitud con la pasión casi incendiaria de sus palabras y rodeado de aquel halo cegador alimentado por el fuego que ha vivido desde siempre en su interior.

Por aquel entonces no era más que una chispa, el inicio de una obsesión por cambiar el mundo que hoy en día más bien amenaza con reducirlo a cenizas.

“¿Qué estás haciendo aquí?” su voz aterciopelada se alza entre ellos una vez que este se percata de su presencia en aquel tejado, con ese mismo deje de irritación al parecer reservado únicamente para sus interacciones y que para Mathieu resulta reminiscente de una época sino mejor, si más sencilla.

Aunque, mirándolo en perspectiva, no está seguro si «sencillo» es el mejor adjetivo (o el más certero) para describir la relación entre ambos.

Mirándole con las manos resguardadas en los bolsillos de sus vaqueros, una pose tal vez demasiado casual para lo que amerita la situación, no puede hacer sino pensar que al final hay cosas que nunca cambian. Y hay otras que, por el contrario, cambian tanto que resulta casi imposible reconocerlas después de un tiempo no importa cuán familiarizados hubiésemos estado con ellas. De algún modo insoportablemente exasperante, como solo él puede ser, Richelieu se las ingenia para pertenecer a ambas categorías al mismo tiempo.

“Alguien tiene que tratar de razonar contigo” es la respuesta que ofrece finalmente, tan simple como honesta, obteniendo un bufido por parte de su interlocutor.

“¿Y ese alguien eres ?” volviéndose de su contemplación a la plaza principal de la ciudad para finalmente encararle, sus ojos azules observan a Mathieu ocultos bajo la cortina mechones rubios que caen sobre su rostro, cargados con una frialdad tal que resulta casi contradictoria al venir de alguien que bien podría ser la representación humana de un incendio fuera de control.

“Pareces sorprendido.” No es un secreto que Richelieu siempre lo ha considerado como el villano, el enemigo de su causa, aún si a consideración de Mathieu aquel es un título que le otorga mucha más importancia de la que merece. Es cierto que su papel siempre ha sido el de una especie antagonista, aunque más que debido a alguna convicción malintencionada él lo atribuiría meramente a una necesidad de ver el mundo bajo una perspectiva realista. Que por desgracia la realidad vaya en contra de cualquiera de las ideas utópicas y ridículamente optimistas en las Richelieu eligió basar su visión de la vida, no es precisamente culpa suya.

Abajo en la avenida las voces de los asistentes que se han dado cita esa tarde para manifestar su descontento con la nueva ley de integración de superhumanos se alzan en el fondo como una especie de música de ambiente particularmente pérfida, aunque él apenas y presta atención a las protestas de estos, acostumbrado a ahogar los sonidos del mundo exterior bajo el ruido blanco al interior de su mente conformado por el clamor de miles de pensamientos — tanto propios como ajenos. Pero no puede decir lo mismo de su interlocutor, no solamente por la forma en que la línea de sus hombros se vuelve aún más tensa al oír aquellos gritos, sino porque su mente comienza a emanar una clase de furia que le eriza la piel a Mathieu.

Se trata de una emoción que ha experimentado muchas veces antes, viniendo de sí mismo o por parte de otras personas, generalmente de ellos, de los otros, los que temen y odian por igual a los de su clase y en un par de ocasiones memorables también de algunos que poseen su misma naturaleza, pero nunca viniendo de Richelieu.

“Siempre dijiste que la única forma en que podría haber paz sería que ellos nos exterminen a nosotros, o nosotros a ellos” explica el rubio, como si de ambos fuese él quien pudiese leer sus pensamientos y estuviese respondiendo a ellos, justificándose. “Creí que te haría feliz ver que finalmente te doy la razón.”

Mathieu ríe, pero la carcajada que sale de sus labios carece de humor alguno y no está muy seguro si es provocada por las palabras del otro o por la emoción adyacente que estas irradian. La ira no le sienta bien a Richelieu. Si bien alimenta ese fulgor que irradia de él de manera innata y que lo hace resplandecer dándole un aura inhumana, hay algo antinatural en la forma en que su enojo retuerce dicha luminiscencia haciéndola pasar de angelical a algo casi monstruoso. “No me conoces tan bien como piensas si crees que me haría feliz verte calcinar vivas a estas personas.”  

“Comienzo a creer que lo único que te hace feliz es llevarme la contra” frunciendo el ceño, adelanta un par de pasos en su dirección para acortar aún más la breve distancia que los separa. En su lugar cualquier otro seguramente retrocedería para alejarse, ofuscado por la intensidad de su presencia, pero Mathieu se mantiene en su sitio, casi disfrutando del calor que parece emanar del otro ante su agitación. “Si elijo pelear por la integración de los superhumanos en la sociedad de forma pacífica, tú insistes en que jamás va a lograrse. Si decido que la única forma de lidiar con un montón de intolerantes que se oponen a nuestra existencia es mostrándoles lo que pasaría si en verdad quisiéramos ser tan peligrosos como ellos insisten en decir que somos, tú… ¿Qué? ¿Decides que de pronto vale la pena intentar razonar con ellos? ¿Qué quieres jugar a ser un héroe y todos merecen ser salvados?”

No, piensa en responder, pero no lo dice en voz alta, a él jamás le han importado términos tan banales como esos que sirven para clasificar al mundo en blanco y negro en base a las percepciones arbitrarias de quien decida asignarlos. Esto no es más que Richelieu intentando proyectar sus propias frustraciones en él, desquitando su enfado por ver desestimados una y otra vez sus intentos por lograr un cambio en un mundo que no está interesado en escucharlo, reduciéndolo a tomar un papel que no le corresponde en esta historia y a hacer algo de lo que, sin duda alguna, va a arrepentirse por el resto de su vida si decide empezarlo. Porque, así como a él no le interesa ser el salvador de nadie, sabe que algo tan indigno como el título de villano tampoco corresponde con alguien como Richelieu.

Pero si así es como quiere verlo, Mathieu también está dispuesto a jugar. Si se trata de él, hay pocas cosas que no haría aún si quisiera negarse, representar el rol de héroe aunque sea por un breve instante es un sacrificio que está más que gustoso de realizar aún si es por las razones equivocadas. Abajo en la plaza los gritos continúan alzándose al aire en una cacofonía indescifrable, pero él puede distinguir claramente los pensamientos que giran en torno a un mismo pensamiento: Odio, repudio, disgusto.

No, piensa Mathieu, pero no lo dice en voz alta, no podría importarle menos lo que pase con ellos. El mundo podría arder y llevarlos al infierno en ese momento en lo que a él respecta. Pero Richelieu…

“No vine aquí para salvarlos a ellos,” responde al fin, dando un paso al frente y luego otro, terminando de cerrar la distancia entre ambos y dejándose envolver por la incandescencia de su contrario. “Si estoy aquí, es para salvarte a ti.”






Relatos de aniversario LXyzNEv
Tree Of Life
Tree Of Life
Staff
Tree Of Life
Tree Of Life
517Mensajes :
50Reputación :
Vie Ago 26, 2022 11:50 am por Tree Of Life
Relatos
Aniversario


Título: ¿Resentimiento o justicia divina?
Advertencias: lenguaje soez, aunque no demasiado
Prompt: Favourite spot
Usuario: Mahariel

Poster Promocional

Relatos de aniversario HjiumsP


¿Resentimiento o justicia divina?

 
Hay días en los que no te despierta la estridente alarma del reloj, sino la suave luz de la mañana. Hay días en los que te levantas con energía y una sonrisa en la cara, tan feliz como quienes protagonizan los anuncios de compresas o de préstamos bancarios con un escandaloso interés oculto en la letra pequeña. Hay días en los que la vida te sonríe y te regala la consecución de todo lo que te propongas, ya sea conseguir aparcamiento en el centro o que el funcionario de turno decida sellarte los papeles en cinco minutos en lugar de despacharte con un “vuelva usted mañana, que hoy nos pilla un poco liados”.

Bueno, pues hoy no es uno de esos días. Ni lo es hoy, ni lo fue ayer, ni lo será mañana. Nunca tengo uno de esos días, la verdad. Me despierta la alarma del casio que lleva acompañándome media vida, con el plástico negro desteñido por el tiempo, pero que no sustituyo porque ha sobrevivido a cuatro mudanzas y dos gatos y ya le tengo cariño. Me levanto con quejidos que bien podrían salir del sarcófago de Ramsés II al intentar resucitarlo y de vez en cuando suelto alguna obscenidad que haría sonrojar al cura del pueblo que finge que no me ve cuando paso por su lado. Me levanto de mala hostia, sí, y ojalá pudiera decir que me dura hasta que me tomo el primer café de la mañana, pero no es cierto. Primero, porque mi mal humor es perpetuo, y segundo, porque el médico de la seguridad social me ha prohibido el café, de la misma manera que me ha prohibido el azúcar, el tomate, las carnes rojas, las no tan rojas, los mariscos, la mitad de los pescados que habitan en el mar, las alubias, los garbanzos, los licores de toda clase y condición y, en general, la felicidad, porque se ve que lo único que puedo comer a estas alturas de mi vida es alfalfa, y yo siempre he dicho que las ensaladas son para las putas cabras, pero ahora va a resultar que tengo que tragarme mis palabras con unas tortitas de arroz que se diferencian bien poco del corcho de embalar que tanta grima me da tocar.

Mis problemas no se acaban con mi dieta. Tengo un armario de las medicinas más nutrido de pastillas que la riñonera de DJ Sangría en Ibiza. Que si el colesterol, que si la tensión, que si el azúcar, que si el estreñimiento, que si el sueño. Cada medicamento me da efectos secundarios nuevos que para sorpresa de nadie se arreglan con más medicamentos que a su vez me dan otros efectos que… bueno, entendéis lo que quiero decir, ¿no? Pues eso. Le pregunté al médico a qué venía esa evidente animadversión hacia mi persona, porque no me explico yo el someterme a esta dieta espartana si no es en venganza por una putada de proporciones cósmicas a la altura de, no sé, empujarte fuera del bote salvavidas abandonando el Titanic, ante lo cual respondió con una simpleza absurda.

«Para que viva usted más», me había dicho, el gilipollas. ¿Para qué puñetas quiero vivir más? ¿Para pasarme otros diez años dejándome los cuernos trabajando por un sueldo miserable? ¿Para sobrevivir a las cuotas inmobiliarias que se me comen la nómina? ¿¡Para seguir comiendo alfalfa!?

Para eso no, desde luego. Para hacer el mal, sí. Eso sí que me interesa.

No es que tenga la condición física o monetaria para ser perverso al nivel de grandes capullos como Darkseid, Deathstroke, Jeff Bezos, Kanye West o Amancio Ortega, porque los villanos de ficción tienen un pase, pero los demás no. Hay que ser muy cabrón para usar tu jet privado para un trayecto de media hora en coche y echarle la culpa del cambio climático al currito que tiene que ir al trabajo en su vehículo particular porque no existe combinación en transporte público, o para explotar mano de obra infantil en Bangladesh para vender una ropa con una calidad de mierda para pretender lavarte luego las manos con una caridad que bien podría ser suplida por los impuestos que defraudas en el país al que supuestamente amas, pero oye, yo hago lo que puedo con lo que tengo, que no es poco, así que me dirijo a mi lugar favorito para practicar el noble arte de tocar las narices, que no es otro que la calle.

Qué simple, ¿verdad? Y qué amplio. La calle. ¿Qué hay en la calle? Gente. Y coches. Y gente dentro de los coches. Y prisas. Y gente con prisas dentro de los coches. Y pocas cosas hay que me toquen más las gónadas que la gente que va por la calzada como si fuese suya, avasallando a vehículos y peatones por igual, saltándose señalizaciones con el pretexto de que tienen una prisa incontestable por llegar a alguna parte. No, eso no está bien, y el tiempo libre que tengo, unido a un sentido de la justicia digno de los códigos deontológicos de la Liga de la Justicia, hace que me entretenga ante los pasos de cebra. Me paro en el borde de la acera. Un coche cualquiera contiene su velocidad, con la esperanza de que cruce lo suficientemente rápido como para no tener que detener el vehículo, pero nunca lo hago. Lo miro con los labios curvados en una sonrisa y su conductor me devuelve el gesto. Al cabo de unos segundos, noto la tensión en su rostro, puedo ver cómo flaquea su amable fachada, el instante en el que se pregunta «¿Va a pasar o no?». Yo sigo en mi sitio, claro, hasta que se rinde y vuelve a meter la marcha. Ese es, claro, el momento en el que decido que sí quiero cruzar la calle, así que pisa el freno súbitamente para no atropellarme y yo regreso a la acera, fingiendo precaución. Entonces, vuelve a mirarme, lo miro de vuelta y vuelve a preguntarse cuándo puñetas voy a pasar. Me hace un gesto con la mano, finjo que no lo veo, y cuando los coches empiezan a acumularse en su espejo retrovisor decide volver a intentarlo. Ahí estoy yo, por supuesto, para evitarlo. Si consigo que se le cale el coche, mejor. Y si ese coche es un BMW, ni te cuento.

¿Qué puedo decir? Esos momentos en los que ves a un completo desconocido sentir un furibundo deseo de cometer un homicidio por algo tan sencillo como detenerse ante un paso de peatones me resultan absolutamente encantadores. Quizá sea porque por muchos billetes que te hayas gastado en la marca, el motor o la carrocería, tienes que detenerte si yo decido que quiero cruzar la calle, porque nadie quiere ir a la cárcel por una cosa tan tonta como un atropello en una zona limitada a los 50 km/h. Otro de mis lugares predilectos para hacer el mal es una calzada céntrica, sin curvas, ni semáforos, que sería perfecta para dar un acelerón antes de perderte por el trazado urbano de no ser por el cebrado que hay a la mitad del camino. Oír el rugido de la máquina, ver cómo se aproxima a una velocidad más que ilegal y lanzarme de todas maneras al paso de cebra, como un ciervo en mitad de una carretera, para escuchar las ruedas destrozarse contra el pavimento a causa de la súbita frenada y ver la mirada de odio del piloto recordando a todos mis ancestros es algo sencillamente maravilloso, porque ¿qué va a hacer? ¿Atropellarme? ¿Acabar con esta insulsa existencia mía, regalarme seis meses de baja médica y un grueso cheque en concepto de indemnización por daños y perjuicios? Pues por favor y muchas gracias, me encantará gastarme el dinero que no te vas a poder gastar en tu flamante coche nuevo en gilipolleces, y a ver si así aprendes que los límites también van contigo y no solo con los propietarios de un SEAT del año 2003.

¿Podría emplear mi tiempo en actividades más productivas? Claro que sí. ¿Voy a hacerlo? Por supuesto que no. Bastante produzco ya en mi día a día como para tener que preocuparme de hacerlo también en mi tiempo libre, y si elijo dedicarlo a hacer el mal por este resentimiento hacia la existencia que llevo dentro, pues tampoco pasa nada. Podría ser peor. Podría ser testigo de Jehová, o comercial de tarifas eléctricas, o una de esas chavalas que se te acercan con una bonita sonrisa a decirte, a grandes rasgos, que te depiles, joder, que pareces un oso pardo.

Tanto si me encontráis a vuestro lado en un paso de cebra como si lo hacéis al otro lado del parabrisas, espero que apreciéis el don de la paciencia, porque va a ser el minuto y medio más largo de vuestro día.






Relatos de aniversario LXyzNEv
Tree Of Life
Tree Of Life
Staff
Tree Of Life
Tree Of Life
517Mensajes :
50Reputación :

 
a