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Sáb Sep 21, 2019 2:19 pm

The Divine Comedy

 Año 1800, Francia


Dos almas en pena recorren París en la noche.

Philip Lancaster bajo la sombra de todos aquellos que fue alguna vez y los que sigue siendo, buscando poder por fin tener algo a lo que llamar vida sin depender de los ecos de su cabeza.

Christopher Marlowe en concubinato con la bebida y sordo ante la musa de las palabras que ardientemente le visitaba años ha, cuando todos palidecían bajo el mandato de Elisabeth I.

Ambos ignoran, sin embargo, que, de alguna manera, la respuesta a sus lloriqueos está más cerca de lo que piensan.


 
Philip Lancaster
Vampiro
100 años
Inglés
Cody Fern
Phantom
 
Christopher Marlowe
Vampiro
236 años
Inglés
Rufus Sewell
Marlowe

 
CRONOLOGÍA
† Old devils
† Los dos caballeros de Verona
† Hierve la sangre, arde la carne

...
One on one· Original · Épocas pasadas
 




Última edición por Marlowe el Miér Nov 03, 2021 8:57 pm, editado 7 veces


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Sáb Sep 21, 2019 3:22 pm

Old devils

Why should you love him whom the world hates so?
Because he love me more than all the world.
— Christopher Marlowe.

París, Francia, miércoles 14 de Febrero de 1816. Inicio de las fiestas Lupercales, conocido entre los cristianos como "San Valentín".

Shakespeare describió las lupercales como una celebración ancestral en la que la religión y los ritos de fertilidad se unían para un fin común. Antiguamente la fiesta se llevaba a cabo en el monte Palatino, donde según el mito, los gemelos Rómulo y Remo fueron amamantados por una Loba. En la tragedia de Julio César, Marco Antonio fue nombrado jefe de los lupercos, y con el fin de yacer con Calpurnia, esposa del César, para así concebir un heredero. — Y pensar que ahora se conoce como el día de "San Valentín", sólo para enfatizar la supremacía del catolicismo, pero el fin sigue siendo el mismo, fornicar a placer con la excusa de agradar al santo de los matrimonios. Echaría la bilis si eso aún fuera posible. — Los pensamientos de Philip se arremolinaban entre un descontento por la actualidad y su propia reticencia a las festividades cristianas, por ello, y por su basto conocimiento shakespeariano, prefería seguir llamando a aquel día "lupercales".

Llevaba horas rondando la ciudad sin un rumbo fijo, se había levantado de mal humor por el aroma a rosas que se acumulaba en París; y teniendo en cuenta que dormía en el cementerio, donde cada noche se despertaba entre un popurrí de flores muertas, aquel olor le desagradaba aún más en un día en el que todo París parecía oler a primavera podrida. No hacía más que bufar de tanto en tanto, cuando se encontraba con un puesto ambulante de flores, y aquel regusto a dulces baratos en el ambiente también lo descomponía. Nunca había le habían gustado los sabores dulces, en su antigua humanidad, prefería los sabores cítricos, incluso chupaba limones por gusto. San Valentín era un mal día para el vampiro.

Aunque solía deambular por las brillantes calles parisinas con gusto, prefirió alejarse un poco del mundanal ruido, sin perder de vista a la muchedumbre, pues aún no había saboreado el agridulce sabor de la sangre aquella noche, y se ponía realmente malhumorado sin su "tentempié diario". Pero tampoco se había topado con la víctima ideal, y aunque en un día como aquel abundaban las jóvenes parejas arrejuntadas para escapar del helado aire de invierno, no soportaba beber de ellas y saborear su patética "felicidad amorosa" en la sangre. —Asqueroso, saben a chocolate de abuela, de esos que llevan siglos en una caja de metal vieja— prefería la sangre de los desdichados, incluso la de los deprimidos, el regusto era más amargo.

Suspiró una vez más, mientras sus pasos, alargados y poco acompasados, lo llevaban hasta el Puente Nuevo de París, donde la iluminación era más tenue, pero eficaz para su propósito: sentarse a leer con el sonido del agua al fondo. Lo único que le ponía de buen humor era leer aquellas cartas que desde hacía más de un siglo atesoraba. La llevaba en el bolsillo interior de su abrigo aterciopelado, envueltas en una cinta de seda azul, como si del pergamino más importante se tratase.

Se colocó justo debajo de una farola, pues aunque su vista no necesitase de luz artificial para ver en la oscuridad nocturna, prefería pasar desapercibido entre los mortales que se encontraban dando un paseo. Llamar la atención no estaba en sus planes durante los días grises, así llamaba a los días en los que su ánimo decaía. Y aquello que lo ponía de mal humor, aún más que las flores, los bombones, las parejas y el amor que se respiraba en el aire, era el hecho de haber perdido la pista a lo que él llamaba "La investigación más importante de su vida". Tenía doble matices, la primera, no era una investigación realmente, sino más bien una suposición, y la segunda, él carecía de vida, por lo que más bien debía llamarlo simplemente "la investigación", pero ese nombre no tenía gancho ni base.

Charles Murdock no es un nombre de un escritor con renombre — musitaba para sí mismo, mientras acariciaba el lazo de seda azul con la yema de sus dedos, antes de deshacer el nudo con delicadeza y coger la última carta del montón, amontonadas por fechas. — No es el nombre ideal para Christopher Marlowe — el tono de su voz cambiaba al pronunciar aquel nombre, como si en su pecho volviese el calor de la vida. Desde hacía tiempo, Philip había empezado a creer en la vida maldita de Marlowe, intuyendo, o más bien profetizando, que no se encontraba muerto, como había hecho creer a todos siglos atrás; había empezado a enlazar algunas pistas cuyo camino culminaba en la idea de la inmortalidad del escritor inglés, pero la certeza no era parte del resultado, al menos no en aquel momento.

Llevaba meses siguiendo a un vampiro en la lejanía, con la simple ventaja de bloquear su mente para que nadie se diese cuenta de su presencia, pero aún teniendo aquella vaga idea de haber dado con el personaje en cuestión, acercarse a él conllevaba valor, lo que le faltaba Philip, aún más en los días en los que era simplemente él, Philip, un hombre sin nombre, sin historia y sin leyenda.

En sus días buenos, afirmaba estar poseído por el alma de Shakespeare, de llevar en sí una parte del propio William y no sólo en su nombre, sino en su alma. Pero, ¿quién lo creería? Sino más que él mismo y su propio afán por ser un renombrado escritor inglés.

La penúltima carta del montón, era la respuesta que Marlowe nunca recibió, escrita por William Shakespeare en el cuerpo de Philip August William Lancaster. Una respuesta que no llegaría a destino hasta tener la certeza de que Christopher aún caminaba entre los vivos.

Si Philip pudiese llorar, lo habría hecho allí mismo, empapando aquel pedazo de papel, de pura impotencia. — Marlowe, Marlowe, Marlowe... — susurró al viento, abriendo la carta para deleitarse con sus versos — Si fuese tan fácil invocarte pronunciando tu nombre tres veces, como Faustus lo hace con Mefistófeles, aquí estarías tú y yo rogaría el beso inmortal una vez más — llevaba la condena de ser un enamorado de las letras.
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Sáb Sep 21, 2019 3:38 pm

Hell is empty and all the devils are here"
— William Shakespeare.

Si podía darse la condición de que los días fueran todavía más soporíferos para el vampiro de talento caduco a quien la propia Historia me ha permitido dar voz, esa condición se volvía legítima en días donde el populacho parecía más exaltado que de costumbre. Fechas señaladas en un calendario cristiano como el nacimiento del Señor, o el propio día que hoy nos atañe: San Valentín.

- Oh, Lupercales... -rezaba en voz alta el inglés- tú y tus látigos hechos de pieles de animal muerto. ¡Y el estruendoso jolgorio de la dama siendo subyugada por su propio bien y el de su fertilidad! -durante un instante, permaneció mudo, pensativo- Creí que te echaría de menos, ¿pero sabes qué? Que no lo hago.

No olvidemos que Christopher Marlowe no dudó en adelantarse a su época con la figura de un Fausto humanista que empezaba a dejar atrás el ámbito de la religión para centrarse en intereses más provechosos y personales. Es, así pues, ejemplo de desarrollo y progreso hasta el punto de comprender la superioridad de la mujer en cierta manera. Como ángeles que custodian al hombre perdido y no como esclavas que satisfacen los caprichos de este último.
Motivo por el cual, nuestro vampiro podía identificarse más con el tono ácido de los vinegar valentines que parecían haberse puesto de moda por aquel entonces, donde en lugar de azotar mujeres inocentes, plasmabas la magnitud de tu desprecio hacia el destinatario de la misma en forma de sátira o burla. ¿Y cómo no va a casar más la burla con Marlowe en lugar de los látigos? Pues su propia vida era una burla en si misma y su respirar no salía de la ironía -ya que hacía años que ya no respiraba-. Los vinegar valentines eran la excusa perfecta del que ha perdido a su amor, pero odia a su jefe. Del que no logra que el anhelo de sus entrañas pose su vista sobre él, pero desprecia al padre de la joven dama.

- Y hasta el asno supino que has decidido ser... -comenzó a fantasear con su cuartilla de San Valentín, sin mucho futuro- No, demasiado directo. ¡Oh, tú, gorrino deshonesto e impúdico! -volvió a empezar antes de comprender que la gracia de aquellas misivas radicaba en la sátira y no en ser absolutamente directo-.

Cuando el papel comenzó a escasear y el dramaturgo selló con cera y su propia empuñadura cada uno de los pergaminos escritos, decidió salir a la calle y entregar en mano todos ellos. Y quien dice en mano, dice a sirvientes, o dejarlos estratégicamente frente a sus puertas -un cobarde no deja de ser cobarde por más que pasen los siglos-. De nuevo, Christopher Marlowe no comprendía que el anonimato era interesante en aquella clase de juegos. Más cuando el número de enemigos que te puedes granjear con ello puede elevarse al cielo. Aunque también podríamos pensar que era algo que él mismo sabía de sobra, pero que su forma de ser resultaba sucintamente destructiva cuando hablamos de un enamorado de la sátira.

El viento recorría las calles de París dispuesto a sisear cualquiera de los nocturnos de Chopin, cuando una voz cortó la cantinela. Una voz que repiqueteaba el nombre del escritor una y otra vez. Detalle que el inglés no pasó por alto, pero sólo respondió parándose en seco y atribuyendo aquellos susurros a los momentos más parlanchines de una mente que no lograba el silencio ni debajo del agua. Fue incluso en aquel momento que consideró la llamada de su coetáneo, vagabundeando todavía en alguna parte de su cabeza, pues Marlowe no había podido librarse todavía del bardo.

Con paso decidido, retomó su camino por el bosque empedrado de la sátira, ignorando las trampas del subconsciente. ¿Quién iba a decirle a él que aquellas voces eran reales y que el William Shakespeare que se entrometía en sus pensamientos a diario dejaría de hacerlo con la llegada de este ser por razón que nadie alcanza a comprender?
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Dom Sep 22, 2019 3:53 am

Una ligera borrasca se adentró en la ciudad, las hojas podridas por el agua de la nieve derretida, se volvían a alzar del suelo, bailoteando entre los pies de los transeúntes, pegándose a sus zapatos. Philip podía olerlas en el aire, también podía distinguir otros cien aromas a su alrededor, el perfume de cada persona, de cada animal u objeto que se moviese a su alrededor, era capaz de apreciar tantas cosas a la vez, increíblemente imperceptible a los sentidos humanos, y sin embargo, no fue capaz de apreciar de la fantasía cuando se acercaba a él.

Desconocido, en un mar de personas, sus súplicas parecían tomar forma, y sin embargo el desconocimiento lo cegaba. Allí seguía él, sentado en la baranda del puente, poniendo a resguardo sus cartas en el bolsillo interior de su abrigo, temiendo perderlas ante tan repentino viento, a pesar de sostenerlas con precisión. ¿Cómo sería él capaz de reconocer el rostro de una leyenda que nunca había visto en persona? Los cuadros no poseían el movimiento que rezumaba una vida, por lo que diferenciar la copia gráfica de la realidad vital, le costaría lo suyo. Por no comentar que Philip, muy ágil para muchas artes, nunca había tenido la precisión, delicadeza ni habilidad para la pintura, por lo que el arte gráfico nunca había llamado su atención, así como tampoco admirar pinturas ni retratos.

Si tan sólo hubiese tenido un ojo más ágil, había podido relacionar el personaje de aquel retrato que profesaba "Quod me nutrit, me destruit", con la persona que estaba a punto de cruzarse en su camino, y sin embargo para él pasó completamente desapercibido. Lo único que pudo sentir, en cuanto más se acercaba, era un halo vampiresco, similar a su propia esencia.

Philip suspiró una vez más y se puso de pie sobre la baranda de piedra. Dramatizar era lo suyo, formaba parte de un juego que a él le gustaba llamar "la caza". — De los hermosos el retoño ansiamos... — empezó a aclamar a viva voz, gesticulando con grandeza. Su voz iba cambiando de tono, jugando con los altos y los bajos, mientras los transeúntes lo observaban desconcertados. Algunos reconocían la autoría del verso al escucharlo, otros pasaban de largo sin más, pensando en la locura que cometía aquel pobre desgraciado subiéndose a la húmeda baranda para desafiar a la muerte en caso de caer al río.

para que su rosal no muera nunca,
pues cuando el tiempo su esplendor marchite
guardará su memoria su heredero.

Pero tú, que tus propios ojos amas,
para nutrir la luz, tu esencia quemas
y hambre produces en donde hay hartura,
demasiado cruel y hostil contigo.

Tú que eres hoy del mundo fresco adorno,
pregón de la radiante primavera,
sepultas tu poder en el capullo,

dulce egoísta que malgasta ahorrando.


Parecía haber acabado el numerito, algunas personas hasta habían detenido su paso para escucharlo y tirar algunas monedas al suelo, pensando que de un loco o un vagabundo se tratase, no muy lejos de la verdad, para ser exactos. Sin embargo, los dos últimos versos llegaron lentos, haciéndose resonar palabra por palabra, cuando la mirada de Philip se cruzó con la presencia de aquel vampiro. — Del mundo ten piedad: que tú y la tumba, ávidos, lo que es suyo no devoren. — su lengua acariciaron la punta de sus colmillos cuando una sonrisa arqueó sus labios. Los transeúntes aplaudieron y continuaron su camino, entre murmullos de bochorno y palabras de alabanzas. ¿Es que alguna persona en la tierra podría no reconocer un soneto shakespeariano cuando lo escuchase? No en la refinada y erudita París.

Habéis aclamado formidablemente — sonrió una muchacha, agarrada a un cesto de flores que parecía estar vendiendo. Tímida pero alegre, no pudo evitar alabar los versos de Philip. — De haber podido oír al mismísimo Shakespeare en persona aclamar su primer soneto de amor, creo que se oiría tal cual lo habéis hecho vos — A Philip le hubiese encantado llevar su sombrero puesto aquella noche, había dado más dramatismo a lo que estaba por venir.

Gracias — puntualizó. — Puedes llevarte las monedas del suelo si gustas, por tus amables palabras — Parecía tan impropio de él aclamar a la bondad y amabilidad, y sin embargo, la muchacha halagada, empezó a recoger las monedas. — ¿Te cuento un secreto, querida? — volvió a tomar asiento sobre la baranda, mirándola desde lo alto, como una estatua que vigilante. — De haber podido oír al mismísimo Shakespeare en persona, te habrías encontrado de nuevo conmigo — sus palabras quedaron sonando en el aire, pues la muchacha, ingenua pero lista, lo tomó como una absurda broma..
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Dom Sep 22, 2019 12:58 pm

Las orejas del dramaturgo comenzaron a danzar. La melodía culpable de tal acto parecía ser la propia nostalgia, que había encontrado un condiscípulo acertadamente vivaz y correcto en la entonación de cada estrofa de aquella cantinela. Sin recordar que segundos atrás lanzaba pasos al aire en dirección a la rue des rosiers, Christopher Marlowe parecía haber cambiado sus botas cochambrosas por un par de zapatos de cemento.
Una descarga recorrió su espalda desde la parte más decorosa hasta el propio cuello agujereado del inglés. Cada uno de aquellos versos le hacían retrotraerse hacia sus diferentes vivencias pretéritas.

...cuando el tiempo su esplendor marchite
guardará su memoria su heredero.


Y así se sentía el vampiro, caduco en epítetos literarios, sabiendo al mismo tiempo que él tendría que llevar la cruz de ser su propio heredero, por los siglos de los siglos. Un heredero no muy a la altura de lo que alguna vez fue Christopher Marlowe aunque, irónicamente, sea él mismo. La sombra de un monumento al teatro, la última página garabateada de un libro que alguien, en algún momento leyó y que destilaba exquisitez.

Pero tú, que tus propios ojos amas,
para nutrir la luz, tu esencia quemas...


No había amor más absurdamente correspondido que el que él mismo se profesaba. Al mismo tiempo, podemos reconocer que no existía otra persona que se juzgara a si mismo tanto cono lo hacía él, sabiendo que siempre hubo tiempos mejores y castigándose a golpe de lingotazo por ello. Incapaz de escribir un párrafo que ilumine la parte más oscura de su miserable existencia sin obcecarse en la miseria, como si ésta fuera a proporcionarle lo que busca: desamores, tragedias griegas, su propia vida y no-vida. Cuando lo primero que necesita es solventar las desavenencias de un pasado que se perdió en el olvido. Atrapado pues queda nuestro vampiro en el tiempo, incapaz de mirar hacia adelante tanto como hacia atrás.

No dudó en fijar su mirada en aquel esperpéntico bufón. Los acontecimientos no parecían permitirle tomar otra decisión, así que terminó por acercarse. De haber podido oír al mismísimo Shakespeare en persona aclamar su primer soneto de amor, creo que se oiría tal cual lo habéis hecho vos, declaró una joven, a lo que Marlowe rápidamente contestó elevando su pintoresca risa al cielo, poniendo en duda lo que la dama acababa de decir y pidiendo disculpas a continuación todavía con la sonrisa en la boca. Aquello parecía lo más divertido que había escuchado en mucho tiempo. Nadie declamaba como Shakespeare. Nadie.

- ¿Por qué no tiras por la borda el trabajo de otros poetas, muchacho? ¿Qué tal Góngora? Estoy seguro de que a Quevedo le encantaría oirlo.

Pues si alguien oía recitar al bardo a diario era Marlowe, en algún rincón de su cabeza. Y aquello... aquello no se parecía en nada al haragán que acostumbraba a porfiar dentro de sus pensamientos.
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Lun Sep 23, 2019 2:35 am

Las palabras del desconocido vampiro hicieron sonreír al mezquino Philip, quien, orgulloso y lleno de desparpajo, se llevó las manos a la espalda, dando lentos pasos hacia su interlocutor, no sin antes ayudar a la muchacha a ponerse en pie, una vez recogidas las monedas. Se limitó a observarlo de refilón, sin dejar de pasear a su alrededor, como polilla que revolotea alrededor de una lámpara.
En ningún momento pretendió morderse la lengua viperina suya para soltar palabrerías poco gratas, pero tampoco se apresuró a decir nada, estaba disfrutando como un niño que observa un juguete en el escaparate de una tienda, llenando su imaginación con un objeto que no poseía, eso mismo hacía Philip.

Yo no soy una entendida ni mucho menos, señor, pero creo que el joven lo ha hecho a la perfección — intentó disculparse la chiquilla, agradecida por las monedas que, sin esfuerzo alguno, había ganado aquella noche.

Philip levantó la mano, rechistando para hacerla callar, había trastocado sus pensamientos con palabrerías vanas. Se detuvo frente al caballero, ladeando la cabeza al mirarlo, sin dejar de sonreír. — Por eso mismo, querida, deberías quedarte callada, pues el entendido aquí es nuestro excelentísimo señor, Don Anónimo — levantó un dedo, dejando escapar una risilla de entre sus dientes. Poner nerviosos o enfadar a los demás era su pasatiempo favorito, y vaya si esto le venía como anillo al dedo. Había pasado de la tristeza a la euforia en cuestión de minutos, deleitándose con la mirada escrutadora del hombre que tenía delante.


«Yace aquí el capellán del rey de bastos, que en Córdoba nació, murió en Barajas y en las Pintas le dieron sepultura» — recitó en un perfecto español la última estrofa del poema "Otro contra el dicho" dedicado a Góngora por el propio Quevedo. — Pena el poeta cuyo poema muerto queda, porque de su pluma la tinta se seca,y en su epitafio conmemoran a sus poemas y nunca al hombre que una vez fue poeta — dijo tras colocarse a las espaldas del desconocido, sin despegarle la mirada de encima.


Eso ya escapa a mi entendimiento, señores, así que será mejor que me ponga en marcha, ha sido un placer — Philip fulminó con la mirada a la muchacha, a quien había elegido como alimento y se apresuró en detenerla, con movimiento exagerado de brazos. — No, no, no, querida, tú de aquí no te vas, esto empieza a ponerse interesante y necesito que nos des tu criterio como árbitro en juego — posó una mano con delicadeza en su hombro, asegurándose de que no se moviera, y luego volvió la mirada al vampiro, apretando los labios.

No son los versos que recito los que en mi os molesta, ¿no es así? — masculló ante el caballero, sin apartar sus azulados orbes de él. — Más bien el poeta de mi elección... — ladeó ligeramente la cabeza, sonriendo de buena gana. — También poseo un amplio repertorio del desconocido Marlowe, si lo prefiere, pero Shakespeare vive en mi, y como comprenderá, no voy en contra de mi naturaleza poética — Llevó una mano sobre su pecho, en burda actuación pueril.

Ignoraba la verdadera esencia que se escondía bajo la tiesa carne vampírica del hombre al que se dirigía, pero el hecho de haber oído el desagrado en sus palabras, resultaba razón suficiente para retarlo a un duelo poético, aunque de buenas a primeras pudiese llevar todas las de perder.
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Lun Sep 23, 2019 7:38 am

Como el caballo al que no permiten ver más allá, Marlowe se enfocó en la insistencia de aquella muchacha, dejando a un lado al oscuro astro que parecía haberse introducido en su órbita, dando vueltas en derredor.

- ¿No véis que vos misma os contradecís, my lady? Asumís vuestro inferior rol en esta contienda de opiniones al decir que no sois una experta, pero después valoráis como si os lo creyérais. Yo, por el contrario, voy a ser sincero, pues mi competencia en este campo dista mucho de la vuestra y este caballero posee de trovador lo mismo que usted, probablemente.

Tal vez estemos hablando de una joven humilde que nada pretende demostrar y, sin embargo, Marlowe ha visto en ella el reflejo de una sociedad que comenzaba a alzarse donde el populacho necesitaba demostrar cuanto sabía -no aprender en si, sólo demostrarlo-, ignorando siquiera el porqué de su necesidad. Como si llegados a aquel periodo de falsas luces, una persona no pudiera denominarse apta si no es capaz de soltar cualquier clase de perorata sobre los más exquisitos temas ligados de alguna manera al clásico y refulgente arte.
Demasiados herederos que han mamado de la teta de la ignorancia y que sólo ocupan sus días con el vino, los sádicos juegos de la alta sociedad y el pomponeo de sus sucios y canos pelucones.

- William Shakespeare estaba demasiado ebrio como para recitar bien cualquiera de sus escritos -esputó, serio, en el rostro de su nuevo compañero, ofendido ante la insinuación de que él mismo pudiera ser otro de esos quiero y no puedo del saber-.

No caigamos en la trampa de pensar que las palabras de aquel vampiro se desplomaron en saco roto, pues la estrofa no pudo ser más acertada para con el propio Marlowe y su situación, sin querer desmerecer la de Góngora. Recordemos pues que el inglés ya no es más que la sombra de lo que fue. ¡Peor todavía! Es la sombra de lo que él mismo llegó a crear entre versos y sábanas: un pupilo de renombre único.

¡Alto! El mundo se paró cuando retumbó el pronunciar de aquel joven y de sus labios salió el nombre de nuestro perdedor favorito: Christopher Marlowe.

- Yo no tengo la culpa de que el populacho tome a cualquier sabandija como hijo pródigo y se olvide del oro que más reluce -respondió absurdamente orgulloso el vampiro, sin tener en cuenta las últimas palabras de su adversario en aquella tertulia, que Marlowe había tomado estrictamente como metáfora y no como auténtica realidad. Pensando, al mismo tiempo, que si Shakespeare turbaba la esencia de alguien era de él mismo, con sus incesantes e incisivos comentarios en los peores momentos-. Anda, ¿por qué no dejas volar a esa joven paloma y me demuestras que sabes de algo más que de creer saber?

Tal vez fuera un vampiro y como tal necesitara alimentarse, mas acostumbraba a paladear el regusto de la sangre de roedor por miedo a herir a nadie. Demasiados fueron los cuerpos, y la pila todavía arde en su memoria, de cuando Europa palideció a su paso y al de otros dos. Y no es que se alimente única y exclusivamente de alimañas, pues tiene la suerte de encontrar almas a la deriva que ruegan por un mordisco hoy y otro mañana, saboreando ellos al mismo tiempo la sensualidad del tacto de la noche que algunos ansían inconscientemente más de lo permitido por la moral de la época.
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Lun Sep 23, 2019 2:51 pm

Como un niño, así estaba disfrutando de aquella discusión de tres, por lo que no pudo evitar reír cuando el hombre, o peor dicho, vampiro, regañó a la muchacha con toda la razón del mundo. Se llevó una mano a la boca, para esconder su sonrisa inminente. Si por él fuera reiría a carcajadas, pero no quería espantar a la muchacha antes de tiempo. Se dedicó a asentir con la cabeza y a contemplar al vampiro con ligero asombro y admiración.

Estaba seguro de estar ante un ser que llevaba en las sombras muchos más años que él, seguramente le doblaba la edad, y aunque eso conllevaba más fuerza física, también sugería más habilidad mental. Philip apretó los labios para dejar de sonreír como un chiquillo, y tuvo que centrarse aún más en mantener la mente bloqueada, pues era sabido la habilidad de algunos vampiros de leer la mente, y él no quería ser descubierto tan pronto, no quería que nadie supiese que él era en realidad Shakespeare.

Pobrecita mía, estoy seguro que no pretendía ser tan rudo — tomó de la mano a la muchacha, que ante el asombro y la vergüenza había enmudecido repentinamente. Incapaz de soltar palabra alguna, pretendió marcharse, sin embargo Philip la retuvo contra sí, acercándola más a su pecho. No dejaría escapar a su alimento tan fácilmente. Ella no levantó la mirada, roja como un tomate, se llevó la mano izquierda al pecho, disculpándose en muda voz.

Philip volvió sus azulados orbes hacia el hombre, echándose a reír como no lo había echo antes, hasta la joven dio un respingo al oír su risa, un tanto macabra. — ¡Tú lo conoces muy bien! — Agitó su dedo índice ante él, como quien acababa de pillar a un ladronzuelo de manzanas, pero de forma divertida. En todos sus años de vampiro no se había topado con ninguno de la época isabelina, por lo que tener a alguien así ante él, le hacía casi tanta ilusión como le hizo en su momento recibir las misivas de Shakespeare a Christopher Marlowe.

Pero, ¿por qué debería usted tener la culpa? — su sonrisa desapareció y su ceño se frunció ligeramente, no entendía las penúltimas palabras del vampiro que tenía delante cuando él había pronunciado el nombre del dramaturgo isabelino. Un ligero desconcierto se apoderó de Philip, quien apretó contra sí a la muchacha, que había dejado de entender la situación y pedía ser liberada para seguir su camino. — Verá, antes de demostrarle nada, había decidido cenar, y yo no dejo escapar la cena con ligereza... eso va en contra de mi naturaleza — era la segunda vez que hablaba de su naturaleza, pero refiriéndose a dos matices diferentes, su naturaleza psicótica y su naturaleza biológica, Shakespeare por un lado, el vampiro asesino por el otro.

Hacía ya unos largos minutos que las personas habían dejado de pasar por el puente, la ciudad estaba cada vez más sumida en la oscuridad propia de la noche, por lo que Philip pudo aprovechar rápidamente el momento. Y a vistas de que el otro vampiro no parecía compartir su modo de caza, Philip se giró con la muchacha abrazada a él, para clavarle los colmillos en la yugular, ahogando el grito que intentó soltar, al colocarle una mano sobre los labios y apretar con fuerza. Degustó con rapidez cada gota hasta la saciedad, lo que significaba la semi-muerte de la muchacha, semi, porque aún respiraba, pero no por mucho más. Philip apartó la cabeza soltando un suspiro de alivio y con un empujón, se deshizo de ella, dejando que su cuerpecito cayera del puente directa a las heladas aguas del río, donde se hundió lentamente. — Demasiado dulce... — se quejó en un murmullo mientras sacaba un pañuelo de su bolsillo para limpiarse el rastro de sangre de la comisura de los labios.

Se giró hacia su interlocutor y le dedicó media sonrisa. — Estoy listo, ¿damos un paseo? — hizo un ligero ademán con la mano derecha antes de presentarse — Philip William Lancaster, a sus servicios — agachó ligeramente la cabeza y empezó a caminar a paso lento.
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Lun Sep 23, 2019 3:23 pm

- ¿Y no es el hombre capaz de luchar contra lo impuesto? -comenzó el inglés, con la vana esperanza de convencer a su nuevo compañero en las sombras-. Capaz de elegir cuál será la verdadera naturaleza de sus impulsos, rechazando la voz interna de la propia existencia.

Marlowe recitó sus más absurdos pretextos movido por el sentimiento de culpa mientras él mismo era movido por sus propios pasos vacilantes en dirección a su interlocutor.

- El Oráculo de Delfos ya no funciona en la época en que nos encontramos. Ni siquiera las brujas de Macbeth tienen la menor idea de lo que estaré haciendo el día de mañana. El destino es el que baraja las cartas, pero nosotros somos los que jugamos -se atrevió a pronunciar-.

A un paso de incomodar más todavía a la joven que se interponía entre los dos, sus miradas se encontraban cada vez más cerca y sus alientos se entremezclaban.

- Vamos, ¿por qué no...? -comenzó el endiablado, cuando la sangre empapó su rostro.

Philip Lancaster había decidido tomar aquel trago a expensas de lo que el isabelino le estaba contando, empujando suavemente a su víctima contra éste hasta emparedarla entre los dos cuerpos, y que así no tuviera más remedio que sentir la sangre que se iba derramando entre sus dedos, pues el inglés acababa de sujetarla por los brazos.
Con las gotas de aquel líquido recorriendo su rostro y el calor que parecían prestarse los tres cuerpos en concordia, Marlowe cerró los ojos un instante y se mordió el labio inferior. Cuando los volvió a abrir se encontró con los de aquel diablo de rostro angelical y su boca se secó, envidiosa ante aquel festín al que no estaba invitada.

En menos de un minuto la muchacha dejó de incordiarles para empezar a molestar a los peces. Fue entonces cuando Marlowe se vio obligado a regresar de su ensoñación y se incorporó a la caminata.

- Cha-Charles Murdock -mintió, como si aquel vampiro no fuera capaz de leerle la mente y estuviera dispuesto a jugar al juego que jugaba con todos-. ¿Y a qué te dedicas, a parte de matar personas y recitar poesía tan muerta como sus propios literatos? Tienes cara de artista. Bien podrías pintar tu próximo cuadro con la sangre que aún pende de tus ropajes.

Más le hubiera gustado a él. Compartir aquel sendero con alguien a quien poder mirar de forma condescendiente, como se mira a un joven idealista ducho en las artes más vanguardistas, presumiendo de los clásicos que le inspiran pero conociendo únicamente la punta del iceberg.
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Lun Sep 23, 2019 3:33 pm

¿Cómo podía él ir en contra de su naturaleza? El sólo hecho de negar quien era le parecía absurdo, ya estaba muerto, ¿qué más podía perder? ¿la cabeza? De eso ya hace muchos años atrás. Habían escondido su basta existencia, negado su esencia, su verdad, habían hecho la vista gorda de lo que era siendo humano, y esa pequeña espina la arrastraba consigo, en su sangre, en su historia. Pero atrás quedaba ya su vida mortal como para volver a caer en viejos recuerdos, en traumas infantiles; ya no estaba a merced de nadie y negar que se alimentaba de sangre entre los suyos, sería volver a caer en la vana negligencia de negarle su modus vivendi.

—  ¿Por qué negarle la muerte a estos ángeles del cielo? — chasqueó la lengua mientras miraba al vampiro de soslayo. Había intentado dejar en libertad a la pobre muchacha por empatizar con sus miedos, ¿se había encontrado ante un juez de la moralidad vampírica? No pudo evitar poner los ojos en blanco por unos segundos. —  Tal vez mis métodos no sean de su agrado, pero al menos yo no los uso de pretexto para ganarme el perdón de nadie. No lo necesito, vivo en paz conmigo mismo — y con mis otros cien yo.

Podría haberse servido de ella también, pero no lo hizo... —Sus pasos eran ligeros como la espuma, a penas habían llegado a la otra punta del puente cuando escuchó aquel nombre, un nombre que él mismo se había estado repitiendo toda la noche. Volvió a pensar en lo insulso que sonaba, y aún así, sus ojos se abrieron de par en par, sorprendido ante tan grato hallazgo. No pudo evitar girarlo contra la baranda del puente y acorralarlo contra sus propios brazos, mirándolo con una fugaz sonrisa en los labios. —  Charles Murdock, ¿el dramaturgo? — sus dientes se apretaron en una sonrisa divertida, mientras su voz se volvía más tenue y relajada.

Desperté una noche  y salí a correr con la luna.
Vivía como un arma de guerra, joven y alocado,
Cubrí a mis amantes de heridas,
Y aún les asusta mi endiablada risa

Pensé que el sol vendría y me derribaría,
pero cada día es un cruel anochecer...



Sus ojos poseían un brillo especial, mirándolo como quien descubre una octava maravilla. De sus labios salían aquellas palabras sin pensar, unos sentimientos que guardaba para sus noches solitarias entre papeles y tinta. No había esperado que el destino actuase al azar, como tampoco había esperado que su Shakespeare interior reluciera con tanto desparpajo ante un hombre que parecía haber estado buscando siglos atrás.

—  Durante tanto tiempo había esperado este momento y sin embargo no soy capaz de decirlo en voz alta... — volvió a reír como una adolescente atontada por las dulces palabras de un caballero que la corteja, y sin embargo el vampiro no había hecho más que presentarse y continuar con un soliloquio que Philip ignoró completamente tras haber oído su nombre.

Doy la bienvenida a las estrellas con vino y gaitas,
y que digan que el tiempo es como el agua,
más yo soy como el mar.
Nunca lo hubieran notado,

excepto por la maldición de la eterna noche,
oscura y solitaria.

Mírame ahora, ¿qué dicen tus ojos?
¿Quiere que creamos estos desvaríos y mentiras?
Tomé mi orgullo y me sucumbí a todos los placeres.
Me reí y pensé que sería perdonado.

Y ahora el aire mismo es como fuego sobre mi piel.
E incluso la luz de la luna es cegadora.



Si pudiera poner la mano ajena sobre su pecho descubierto para que sintiese los latidos de su acelerado corazón, lo habría hecho sin dudar, sin embargo allí ya no latía ningún corazón que pudiese demostrar la alegría de un soñador. —  Charles Murdock no es un nombre para un escritor de renombre — citó sus propias palabras, llevando una mano a la mejilla ajena con la suavidad misma que acarician los pétalos de una rosa. —  No es el nombre que Christopher Marlowe debería llevar... — susurró con tanta delicadeza, que él mismo sintió su propio gélido aliento contra su mejilla.

Su mirada se había quedado hipnotizada ante el mar de los ojos de Marlowe, como si fuese capaz de llorar. Sintió como la sangre tibia que acababa de ingerir se posaban en sus redondas mejillas, tornándolas coloradas. Si él mismo se viera de fuera, se habría dado asco, y sin embargo allí seguía, adorando a lo que parecía la estatua de un dios griego o como si Antinoo volviese desde el Nilo a los brazos de su fiel Adriano.
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Lun Sep 23, 2019 3:40 pm

Sus oídos todavía rechinaban. La rata que bagaba a trompicones por sus pensamientos pasados había recibido la instrucción tradicional de la época. Se familiarizó con la Biblia, el book of common player, los libros de las homilías. Había recibido instrucciones en oratoria, retórica y literatura clásica. Desde una edad temprana ya incluso se exigía a los niños que hablaran en latín y así fue que puso a prueba a su homónimo personaje en Las alegres casadas de Windsor (IV, I) cuando se le interroga sobre sus conocimientos en la materia.

¿Es lícito entonces preguntarse quién era en verdad aquella sombra de lo que pregonaba ser en realidad? No olvidemos que los años han preservado el rostro de nuestro vampiro pero han envejecido de forma inesperada la prosa con la que alguna vez pudo gozar de renombre. Ahora, el único re-nombre que tiene es el de re-nombrarse a si mismo con distintos alias. Esperando que alguno le de lo que los años le han arrebatado.
¿Y si esta misma maldición ha caído sobre El Bardo? Asumiendo, desde luego, que aquel joven lo era. Cosa que Marlowe todavía no pensaba creerse.

- De ser así, te envidio -comenzó-. Por lo general, el vampiro medio carece de alma y de valores éticos. He de posicionarme entonces en un rango superior, habiendo vencido la inocuidad de esta naturaleza tan plana.

Pero la realidad era otra. Con los siglos a cuestas, Christopher Marlowe había dedicado gran parte de su no-vida a amontonar los cadáveres de un juego que recorrió toda Europa y cuyos compañeros en aquella farsa, vivían también de la oscura noche. Imposible resulta ya para él contrastar sentimientos como el cariño o el apego con la mutilación y la barbarie de la sangre.

- Supongo que si mi nombre no es desconocido para ti y puedo dejar de guardarlo bajo llave en el primer cajón de mi cómoda, en algún momento caerás en la dicha de dejar de mancillar el de mi coetáneo, pues ni tu rostro se asemeja al suyo, ni tus palabras brillan como la luna de sus metáforas.

Desconcertado y tal vez algo abochornado, el inglés alejó en su justa medida a su nuevo compañero. ¡Cuántos habían sido los años! Y no recordaba fanático más desquiciado. Tal vez uno, aquel que le prestó mecenazgo tanto en arte como en vida. El vampiro que ya poco cuerdo, dotó de inmortalidad al anhelo de sus ensueños. Un rey sin trono ni corona dando a luz a otro príncipe del olvido. La familia nace en sangre y en sangre se baña.

- No fantasees con su prosa, amigo. Pues ella no te ama. No eres un auténtico Cuervo advenedizo.

Y volviendo a los comienzos, Christopher Marlowe recitó para si el fragmento que Robert Greene, frustrado ante el talento de Shakespeare y su recién entrada en la miseria, escribió con amargura en un mísero panfleto: "Pues hay un Cuervo advenedizo, embellecido con nuestras plumas, que con su corazón de Tigre envuelto en piel de actor, se figura capaz de declamar pomposo un verso blanco tan bien como el mejor de vosotros: y [...] es en su vanidad el único sacude-escenas (Shake-scene) del país".
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Mar Sep 24, 2019 2:58 am

Tuvo que luchar contra sus propios instintos para despegarse de Marlowe, Philip se sentía acelerado, como si un millón de corrientes eléctricas pasasen por todo su cuerpo. Eléctrico, así se sentía. Dio un paso atrás y lo observó con entusiasmo, pese a las palabras que éste le dedicaba. De venir de otra persona, se hubiese sentido humillado, sin embargo Christopher podría decirle cuán absurdas eran sus palabras y Philip no diría nada, lo aceptaría sin más. ¿Cómo no hacerlo? ¡Él era el escritor! Philip, por el contrario, un mísero lector.

No negaré tu verdad, pero tampoco rechaces de buena medida la mía — su mano derecha, temblorosa, buscaba de nuevo el frío tacto de la piel del dramaturgo, sin embargo se conformó con rozarle la mano delicadamente. — Yo no mancillo el nombre de aquel que vive en mí — se mordió el labio inferior y agachó la cabeza, ocultando una sonrisa sincera.

Por algún motivo, cuando lo hacía, cuando sonreía de verdad, lo ocultaba de los ojos ajenos, como si fuera un signo de debilidad demostrar una sonrisa de alegría alguna vez. Philip no comprendía los sentimientos más simples, la dicha, el amor, la amistad, todo ello se le fue negado, por lo que todo lo que de él salía, solía ser un manojo de nervios, un ataque de locura o una actuación muy bien estudiada. Por lo que esa sensación eléctrica que sentía, esa estúpida sonrisa que curvaba sus labios y la delicadeza con la que intentaba sentir nuevamente el tacto de Marlowe, no tenían nombre para él. Extraño, lo llamaría, sentimientos extraños.

Fui nombrado William por él, nací el día de su aniversario y su espíritu vagó por mi cuna hasta fundirse con el mío — se llevó las manos a la boca, escondiendo una risa divertida. Su cuerpo volvió a fallar en el intento de alejarse, por lo que dio un paso hacia delante, para susurrar al oído de Christopher: — Él vive en mí y sé que su corazón no latía por Anne Hathaway — su furtiva mirada buscó con necesidad imperiosa los profundos ojos azules de Marlowe, pero descendieron rápidamente a sus finos labios.

Tragó saliva y lo observó durante unos momentos casi eternos a su parecer. La garganta volvía a quemarle, como si la sed volviese a corromper su necesidad de agua y lo guiase a un profundo pozo lleno de sangre. Sin embargo, no era sangre lo que anhelaba en aquel momento. Como un hombre perdido en el desierto del Sahara, se conformó con una ilusión de su propio imaginario.

Dio un paso atrás, apartando la mirada, ligeramente avergonzado de sus propios pensamientos. — Es verdad, no soy el Cuervo advenedizo, sólo una sombra, un espíritu que comparte el cuerpo con otro hombre — Por momentos parecía volver en sí, resquebrajado por dentro, como un niño que teme ser puesto en ridículo ante todos. — Pero, ¿acaso no es peor callar la verdad? ¿Preferir ser un solo hombre en todas sus vidas que un montón de nombres que quedarán en el olvido? — su viperina lengua volvía al ataque. Resultaba una situación extraña incluso para él, quien luchaba entre su fantasía y su desenfrenadamente alocada personalidad.

Al menos no he vendido mi alma al diablo para acabar escribiendo nimiedades en post de reconocimiento — No estaba dolido por las palabras de Marlowe contra él, estaba dolido por el fracaso del dramaturgo. — Charles Dickens es ahora el escritor más famoso de Inglaterra y no es ni la mitad de buen escritor que Christopher Marlowe, el Marlowe que sigue haciéndome vibrar cada vez que leo el Doctor Fausto, ese que nada tiene que ver con lo que escribe Charles Murdock, Cornelius Merchant o Carlisle Monaghan... — Sin miramiento alguno, tomó las manos del dramaturgo entre las suyas, sin perder aquella delicadeza tan propia de él, suave y lento acarició el dorso de la mano ajena con su dedo pulgar, volviendo a clavar su mirada en la del vampiro. — Ninguno puede volver a ser lo que era... es a lo que me refiero — Lo hemos perdido junto a nuestra humanidad.
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Mar Sep 24, 2019 8:34 am

Atónito ante tamañas declaraciones, el isabelino no pudo evitar intentar hacer memoria hasta dar con la última vez que el Bardo surcó sus pensamientos y cuan alejada se encontraba aquella situación del momento que les estaba tocando vivir. ¿Es posible que la voz que desde años le había atormentado en los peores momentos de su miseria literaria hubiera decidido tomar las riendas de otro carro tirado por caballos más jóvenes? ¿Y qué podía tener aquel muchacho impertinente que llamara la atención de Shakespeare? Tanto como para abandonar a aquel con quién había vivido siglos, alojado en sus más quejumbrosos pensamientos. La podrida uña que junto con la carne, formaron durante todo ese tiempo uno sólo. ¿Y cómo de sencillo es engañar a cualquier mancebo de que el mayor poeta de todos los tiempos ha fusionado su esencia con el existir de la lozanía? Muy sencillo parece ser. Así como el convencerse a uno mismo de su propia valía al ser elegido de entre todos, en lugar de atisbar los quebraderos de cabeza que supone oír al Bardo noche sí y noche también.

- Nunca he tenido el placer de conocer a nadie como tú -comenzó, halagador para después apuñalarle-. Cuanta ignorancia en un mismo cuerpo. ¿Crees acaso que esa pobre cabecita tuya podrá aguantar los devaneos de la locura que William Shakespeare dispara a cañonazos casi a diario? Si crees que oir su voz en tus sienes va a resultar provechosa de algún modo, no eres más que un iluso. Te lo dice la voz de la razón, a la que ha permanecido anclado durante décadas y que ha evitado con sus desafortunados comentarios que su vida pueda llamarse de tal modo: VIDA.

Ignorante, con la idea entre ceja y ceja de que lo que experimentaba Philip en su interior era la sombra de aquel vecino que se hospedó en Marlowe, el vampiro lanzó una perorata llena de condescendencia pero que, sin él saberlo, no iba a ninguna parte.

- Debería darte las gracias entonces, ya que tal vez ahora la musa de mis escritos decida aparecer de nuevo, sin que nadie la eche a patadas. Gracias, aclamado desconocido -declaró haciendo una reverencia a la par que mofándose del otro vampiro. Como si no agradeciera al tiempo que envidiara aquella situación, donde Christopher Marlowe ya no parecía ser el favorito de William Shakespeare. Por primera vez en cuatrocientos años-.

La creciente fijación del otro en perseguir la cercanía con Marlowe resultaba irritante. Aún con todo, era imposible ignorar, incluso para el dramaturgo, que Apolo, Adonis o Narciso enmudecerían de celos si se toparan con semejante ser y que parecía haber tomado fácilmente predilección hacia el isabelino. Una macedonia de emociones chocaba entre si dentro de éste, impregnando del sabor erróneo un sentimiento u otro, como la mandarina se baña en el jugo de la piña.

- Dices que no has vendido tu alma al Diablo, pero vives bajo las sombras como hago yo y rezas por tener un aliento que así pueda unirse al mío -orgulloso, volvió a alejarse del vampiro, dejando de asir sus manos. Aquel vampiro que parecía querer extraerle su no-vida, como ya hiciera el Bardo con sus dañinos comentarios-. A lo mejor -comenzó de nuevo, adoptando otra actitud más afín y volviendo a acercarse al muchacho- es eso lo que necesitas para que tus pájaros dejen de revolotear. Conocer de verdad al dramaturgo. Su vida, sus miserias -continuó mientras ajustaba su pañuelo y deslizaba sus manos por las solapas de aquel chaleco aterciopelado-, sus conquistas. La realidad detrás del ensueño que parece fabricar tu mente. ¿Eso te gustaría?
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Mar Sep 24, 2019 7:19 pm

Aguantar devaneos de la locura de Shakespeare. Philip soltó una sonora carcajada, llevándose el torso de la mano a los labios para acallarse a sí mismo. — La locura es mi fiel compañera — musitó más para sí mismo que para su receptor, a quien volvía a observar directamente. Esta vez la vergüenza lo había abandonado, la sensación eléctrica de haber encontrado a su escritor favorito había sido cambiada por una sensación distinta, irreconocible para Philip y sin embargo muy normales para la delicada calma de un Shakespeare hasta el momento silenciado por la excitación del joven de dorada melena.

Entonces debería entregarte pergamino y tinta para que tu pluma vuelva a la vida... — echó la cabeza hacia atrás e inspiró profundamente antes de soltar el aire por la boca. Sintió como sus marchitados pulmones se llenaban del frío aire que reinaba en París aquella noche.

Cerró los ojos y pensó en lo innecesario que resultaba ya llenarse de aire, y sin embargo, lo hizo como auto-reflejo para pausar las palabras del dramaturgo y poner en regla sus pensamientos. Pensamientos que habían dejado de ser parte del propio Philip, para pasar a darle forma el mismísimo William. Porque así es como le gustaba llamarse cuando tomaba el mando dentro de la desorbitada locura del inglés. William Shakespeare, William para el nuevo mundo que se alzaba ante sus ojos, un mundo diferente y sin embargo tenía al mismo rostro familiar de siempre delante de sus narices. Brujería, diría en otra vida. Bendición divina, la llamaba ahora.

Tú quisiste vender mi alma al diablo para que pudieses seguir escribiendo, porque en el fondo sabías que sin mí, sin tu odiado y al mismo tiempo amado Shakespeare serías incapaz de escribir — observó como sus manos descendían por la solapa de su chaleco, y con la suavidad misma que lo había estado haciendo Philip, apartó aquellas heladas manos de él y subió a la gruesa barandilla del puente, donde tomó asiento mirando a Marlowe con ojos inquisidores. — Sus conquistas... — repitió aquellas palabras en una irónica sonrisa. — Creí querer lo mismo que tú en un punto de mi vida, sin embargo tú querías más... siempre más. — se sujetó al borde de la baranda con las manos y echó la cabeza hacia atrás, observando el grandioso río correr en la oscuridad perpetua de la noche.

Sus pensamientos divagaron unos minutos antes de dejar a sus labios pronunciar palabra alguna. Se hizo esperar más por el deseo de escuchar la retahíla de negativas del dramaturgo que las razones que tenía él que dar para que lo creyese. — Me pregunto, si me arrojo a este río, volvería a ahogarme como la noche que morí —  se irguió lentamente, sentándose a horcajadas en la baranda esta vez. — Me ahogué en mi propio vómito y todos culpan a la fiebre de la borrachera —  rió negando con la cabeza, para volver la mirada a Marlowe. — Bebí tanto sólo para olvidar, para olvidarte... y aquí estás de nuevo. Quería olvidar tus palabras, las razones que tenías para llevarme contigo, enmascaradas de un absurdo "te necesito", pensaba que no era verdad, que nunca lo hiciste y sin embargo, a través de los ojos de este muchacho me he dado cuenta de que sí lo hacías.

Se puso de pie de un salto sobre la baranda, dando dos pasos hacia adelante para luego girar y volver a repetir la misma acción, con las manos juntas en la espalda, caminaba como el abogado del diablo en el juicio final. — Me necesitabas para escribir, porque sin mi, sin aquel que te imponía, como el antagonista de tu mejor drama, eras incapaz de crear una obra digna de ser leída. —  Se detuvo frente a él, mirándolo desde lo alto y levantó los brazos a los lados, mientras el viento hacía bailar su abrigo. — Aquí me tienes de vuelta, tan inmortal como lo habías preferido en su momento, ¿a qué esperas entonces?
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Mar Sep 24, 2019 8:18 pm

Las palabras que Christopher Marlowe acababa de pronunciar parecían parte de un vago conjuro de invocación que había traído de entre los muertos ni más ni menos que a una sombra del pasado. ¿William Shakespeare tal vez? ¿Richard Burbage quizás? Lo que estaba claro es que el tal Philip no parecía dar señales de vida en aquel cuerpo. En su mirada había desaparecido el destello del fanatismo y la sonrisa nerviosa que acompañaba a éste.

La lengua de Marlowe se atragantaba dentro de su boca. Todos saben que el Bardo murió tras una borrachera en una fría noche, pero nadie podía conocer los acontecimientos que llevaron a ello pues sólo dos personas eran conocedoras de los mismos. Y esas dos personas parecían, de forma absolutamente imposible, volverse a encontrar.

- ¿Có-cómo...-balbuceó- cómo sabes eso?

En algún momento la forma de hablar del tal Philip había mutado de tercera a primera persona, detalle que Marlowe dejó pasar sin percatarse.
Las palabras de Philip no hacían más que tentarle a una lucha pretérita que todavía había quedado en el aire, sin importar quien o qué fuera aquello que había tomado forma en aquel cuerpo.

- ¡Hablemos de quién quería más! -vociferó el inglés tan nervioso que no podía controlar el temblor de su mano derecha- ¡TODO! ¡Te lo dí todo! Mis conocimientos, mis tácticas con el hablar y el sentir en pos del recitar y escribir, mi cuerpo, mi alma. Pero a ti eso nunca te pareció suficiente. Querías que te alabaran como si tu nombre fuera el mío. Querías que te desearan como si los labios de otros fueran los míos. ¡Hablemos de quién era el que lo quería todo!

Respirar se había convertido en algo imposible. Su pecho parecía dispuesto a librar una carrera en la que el aire entraba y salía en tiempo record, sin pararse a descansar. Agitado por su propio comportamiento, alejado del razonar y más cercano a lo vulgar, Christopher Marlowe aprovechó esos minutos de calma que se le ofrecían para tranquilizarse. Sólo es un idiota, se decía para si, ignorante ante la idea de quien inspiraba tal pensamiento: Philip o el isabelino.

El sentimiento de culpa conquistó el castillo en el pecho del inglés. Las palabras de William sobre la noche de su defunción hacían recordar a éste parte de su pecado en aquel suceso. Y aún con todo, se extrañó. Se extrañó al escuchar sus palabras. Él, que había dedicado los últimos minutos de aquel encuentro a declamar cuán feliz estaría ahora sin la voz de su coetáneo dentro de su sesera. Pero William siempre había conseguido mirar más allá. En su época e incluso en el propio Marlowe.

Las palabras volvían a amontonarse en boca del poeta. Se había convertido en alguien cuyas relaciones finalmente mutaban en una mera herramienta de escritura que dejaba salir todo su ser. No obstante, no siempre había sido así. Absurdamente, Marlowe sí que había sido un tonto enamorado que creía poder vivir para siempre del dulce néctar del otro. Mas los Dioses nunca lo permitirían.

- No -rechazó de forma tajante-. No puedes ser tú.

La ansiedad en su pecho volvía a dar señales de vida. ¿Pero quién mejor que un vampiro para comprender que las idas y venidas del mundo sobrenatural eran imposibles de intuir para nadie?

- No -volvió a decir, esta vez negando con la cabeza casi en símbolo de plegaria-. Por favor.

Aquella situación era insostenible para el vampiro y sus piernas tomaron ejemplo, incapaces de sostener a un hombre que acababa de postrarse de rodillas.

Con los ojos del alma cargados de dolor -recitó para si, bañado en lágrimas-, hoy contemplo tu gloria como estrella fugaz, que cae del firmamento a la vil tierra.
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Mar Sep 24, 2019 8:56 pm

Sus manos se escondieron en los bolsillos de su abrigo, buscando un vano calor contra el frío viento de invierno, mientras sus ojos se posaban sobre el desencajado rostro de Marlowe, a quien miraba con rudeza. No por odio, disgusto o desgracia, sino por no haber creído en su palabra. Se quedó allí de pie, en lo alto de la baranda, mirándolo sin pronunciar palabra, mientras el incrédulo vampiro lo acusaba de insatisfecho; no pudo evitar sentir un escalofrío conocido recorriendo su espina dorsal, como si aquella discusión le fuera familiar. No pudo evitar pensar: Los viejos demonios han vuelto.

De un salto bajó de la baranda, quedando frente a frente con el dramaturgo, cuya mirada parecía perderse en la inmensidad de la oscuridad. — Mírame y atrévete a negar que soy yo una vez más... — quiso tomarlo de las solapas de su abrigo, sin embargo no realizó ningún movimiento en vano, quedándose allí de pie, con las manos escondidas aún en sus bolsillos. — ¡Mírame! — imperó con voz autoritaria, dando un paso hacia adelante. Sin embargo allí estaba Marlowe, negando la situación, negándose a comprender la realidad efímera del instante en el que vivían, como quien niega la presencia de un espíritu austero rondándole en sus sueños.

Supongo que ahora confensaremos que hemos estado sufriendo — parecía burlarse del sufrimiento ajeno, aún más cuando el propio Christopher cayó sobre sus propias rodillas, incapaz de sostener la situación ni su propio peso. William observó las finas y brillantes lágrimas caer por su mejilla como pequeños destellos de diamantes, pero no hicieron nada, allí quedaron de pie frente al otro, obligándolo a observar al fantasma de su pasado. — Nuestros viejos demonios han despertado — lo había dicho con la calma propia de aquel que posee la verdad absoluta y la empuña con rectitud. Como el caballero que blande su espada para proteger su reino de los ataques enemigos. Recio y firme se encontraba el muchacho de rubia y brillante melena frente al otro, siendo alguien quien no es, pero sin ser capaz de fingir o de mentir. Para Philip, William Shakespeare era él y al parecer, en aquel momento, para Marlowe también.

Soy yo, ahora mismo delante de ti, como lo fui entonces. No reniegues de mi, no te atrevas a volver a hacerlo. — Pese a sus duras y directas palabras, William se arrodilló frente a él, sacando las manos de los bolsillos para colocarlas sobre las mejillas de Marlowe con suavidad, lo tomó del rostro y lo obligó a mirarlo directamente a los ojos. — No niegues mi existencia, porque he vuelto sólo para ti — pese a su rectitud, el cariño parecía hacer acto de presencia, pues los pulgares de su mano acariciaban la fina piel de las mejillas que sostenían, enjugando las lágrimas que bañaba tan adolorido rostro.

En ti veo las caras de los que más amé — musitó contra los labios ajenos —y tú, con todos ellos, me poseéis entero. — y el viento se llevó aquel murmullo, dejando la atmósfera en silencio.

Los labios del joven se posaron en los húmedos y salados labios de Marlowe, bañados en sus tristes lágrimas. Un beso que pareció eterno, sin embargo, ¿qué es la eternidad para dos seres inmortales? Un relámpago fugaz, un parpadeo y sus labios volvían a despegarse.

La garganta de Philip ardía como si llevase días sin beber sangre. Una mezcla de sensaciones extrañas que se describirían como una sed inquebrantable y las ganas absolutas de llorar. Sintió que la única forma de mitigar aquel dolor, era volver a besar los labios de Marlowe, sin embargo no lo hizo. Bajó las manos hasta asir las ajenas y lo observó con una ligera sonrisa.

Te lo he dicho... — murmuró bajando la mirada a sus manos — Él vive en mi — como quien despierta de un letargo, Philip volvía a tomar posesión de sus palabras y pensamientos, despertados por un beso. A nadie nunca diría que aquel fue el primer beso que había robado en su longeva existencia.
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Mar Sep 24, 2019 9:30 pm

Muchas fueron las palabras que escaparon a oídos del inglés que, incapaz casi de respirar, escuchaba su corazón martillear sus oídos, ineficaces éstos ante la acción de percibir nada más.
Es entonces cuando el contacto con unas frías manos  despierta de algún modo al escritor de su ensueño. Dispuesto entonces a introducirse en la ilusión que aquellos gélidos ojos parecían ofrecerle. Sintiendo, a quemapiel, un tacto que le era familiar, aunque nunca lo hubiera sido en verdad.

Cuántas lágrimas santas y fúnebres lamentos -comenzó para si, dejando caer sus párpados y recordando parte de aquel soneto que se le estaba recitando- han robado a mis ojos un religioso amor como ofrenda a los muertos que aparecen ahora.

Una época entera resurgió de aquel beso. El olor a la vieja Inglaterra emanaba en cada uno de los edificios que parecían abrirse paso desde el propio centro de la tierra hasta lo más alto de una civilización cuna de  letras y declamaciones. Un beso que borraba cada uno de los siglos pasados y hacía despertar una y otra vez a Christopher Marlowe en cama ajena, cubierto por pergaminos enletrados, firmados todos ellos con el nombre de William Shakespeare. La misma firma que llevaba aquel par de labios.

Rota la fantasía inglesa de un amor vetusto, Marlowe alejó violentamente al gemelo de su amado, volviendo a ponerse en pie y actuando de la única forma que sabía ante situación semejante: echando a correr. Dejando atrás su pasado y el posible resurgimiento del propio Diablo, aquel que le embrujó de por vida -y no vida-, aquel que conjuró sus lágrimas y todo un universo de recuerdos que creía perdidos en el olvido.
Una vez más, la Inglaterra isabelina que ambos conocían volvía a desplomarse, dejando a su paso los cadáveres del recuerdo y del amor.

Y así fue como Christopher Marlowe conoció a Philip Lancaster, como la caja de Pandora que desataría el mal en la tierra.

"Tú eres tumba que guarda mi sepultado amor,
ornado con trofeos, que fueron mis amores
y que de ti me dieron, todo lo que tenían
y lo que fue de muchos a ti te pertenece."

- William Shakespeare, Sonetos.

Christopher Marlowe · Con Philip Lancaster · Calles parisinas




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Mar Sep 24, 2019 9:52 pm

Los dos Caballeros de Verona
"Pues menos afrenta halla el pudor en las mujeres al cambiar
de traje, que en los hombres al cambiar de sentimientos."

Los dos caballeros de Verona (Acto V, escena IV)


Juegue el destino con su lamento y ríase la diosa Fortuna de su suerte. No hay hombre, demonio o santo caído en mayor desgracia que el isabelino de sentimientos refulgentes y maniobras huidizas. El hombre que ante su pasado renace y se ahoga, al mismo tiempo, en un mar de incertidumbre, luchando por llegar a una orilla donde, sin saberlo, el miedo es arena entre los dedos.

Muchos fueron los días que el inglés vagó desconsolado recorriendo de lado a lado la diminuta buhardilla que de hojas engalanaba, cuyas palabras parecían dispuestas a unirse en un reclamo hacia su persona: Marlowe, cobarde -leía pasando por cada uno de sus escritos, inconsciente de cómo nadie había podido escribir tal cosa. Ignorante ante la idea de que tal vez aquellas palabras nunca hubieran estado escritas más que en su propia cabeza-. ¿Doscientos años no son suficientes para un corazón herido? Cronos te hace un flaco favor si aún pasados dos siglos todavía das despavorido ingentes bocanadas de aire cuando alguien menciona al Bardo. Cállate, cállate, ¡cállate!, vociferaba el vampiro colocando furioso sus manos en las sienes, prensando su cabeza como el que intenta comprimir cada uno de sus pensamientos.

Las noches, sin embargo, las pasaba martilleando su sesera de otras muchas maneras. Los licores embobaban su capacidad de raciocinio y las peleas callejeras resultaban relucientes estrellas que bailaban con él. Mas nunca una constelación tan ígnea como la que estaría a punto de contemplar las noches que se sucedieron al gran encuentro, donde su imaginación en comunión con sus preocupaciones internas hacían las veces de proyector y obligaban al poeta a vislumbrar entre la multitud una cara conocida: el nuevo rostro del Cuervo, describía para si el inglés refiriéndose a Philip Lancaster. Pues echaba a volar cuando por fin éste parecía darle caza, convertido en poco más que la sombra de un recuerdo que volvía para torturarle.

Desesperado ante una obsesión que parecía ir en aumento, Christopher Marlowe engañó a Christopher Marlowe para ir al teatro. Falsamente ilusionado ante la idea de dejar su vida atrás por un momento y ser otra persona, en algún lugar de su cabeza, una parte de él era consciente de cual sería la representación que tendría lugar aquella noche y que más que hacerlo olvidar, rememoraría a su coetáneo con cada frase dedicada al amor. Pensando si él mismo habría recorrido los pensamientos del bardo en el momento de deslizar su pluma por cada uno de los pergaminos que contenían la auténtica obra.
Como un niño que juguetea danzando a paso ligero por su propio hogar, sin importar lo que se cruce en su camino, Christopher Marlowe acostumbraba a recorrer los pasillos del teatro y colarse entre bambalinas si así gustaba, pues conocía todos los escondrijos del sitio al dedicar su imaginación al mismo, como escritor. Fue entonces que aquella noche el capricho llamó a su puerta y de entre todos los palcos que podía haber elegido para el disfrute de la obra, abrió la puerta del único que amenazaba con destapar una entrada al propio Infierno, rezando lo siguiente:

"¡Oh vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza!"
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Mar Sep 24, 2019 11:45 pm

Ni la eternidad parecía lo suficientemente larga en comparación con los minutos que había pasado Philip arrodillado en el suelo tras la repentina huída de Marlowe. Pensó, iluso de él, que volvería a dar la vuelta o que, al menos, su mirada inquisitiva se posaría nuevamente en él, y sin embargo, no lo hizo, y ahí quedó, abandonado nuevamente a su mala suerte.

Los suspiros y la sed no apaciguaron el malestar que sintió durante las noches siguientes, nada parecía tener sentido para el desdichado vampiro, que vagaba sin rumbo, por las calles iluminadas por deslumbrantes farolas. La noche parecía más brillante que el día y Philip más apagado que nunca. Ni si quiera matar le habría traído gloria alguna, pues no albergaba en él ningún deseo de venganza, más bien, deseaba desvanecerse en la neblina del alba. Era demasiado cobarde para buscar a Marlowe, incluso William era demasiado cobarde para hacerlo; por lo que a ambos no le quedaba más que sorberse los mocos y aceptar el fracaso.

Pero el sentimiento de abandono se había hecho aún más grande, cuando pasados un par de noches, Philip era incapaz de escuchar a William en su interior. Nuevamente imbuido en la soledad, había deseado hacerse un ovillo en una esquina oscura de su habitación y permanecer en el olvido hasta que alguna otra personalidad desease llevar el control. Pero la cripta en la que dormía, no albergaba esquinas desprovistas de objetos, y la compañía de los cadáveres putrefactos hacían sentir a Philip constantemente observado, incluso juzgado por su comportamiento infantil.

Sin razones aparentes, surcó las calles como barco a la deriva, hasta que la cartelera nocturna del teatro llamó su atención. El destino parecía iluminarlo nuevamente. El cartel rezumaba: Los dos caballeros de Verona. — Maravilloso — pensó el muchacho, mientras pedía un palco privado. Deseaba volver a sentir a Shakespeare mandando en su mente y en su cuerpo, y la mejor manera de despertarlo era haciéndolo crítico de uno de sus dramas, de los primeros que había escrito.

VALENTÍN. -Por estar enamorado. Amar
es comprar desprecios con lamentos; miradas
de desdén con suspiros de dolor; es cambiar
por un instante de placer veinte noches de ansiedades y desvelos. Si se triunfa, cara cuesta la
victoria. Si se nos engaña, sólo conservaremos
desastres. ¿Qué queda, pues, del amor? Una
tontería conseguida a fuerza de ingenio o un
ingenio vencido por la tontería o la locura.



De todo ello había sufrido Philip varias noches seguidas. Desprecios, lamentos, suspiros y locura, ésta última, parecía más la sombra que nunca lo abandonaría, que un estado mental. Philip se apoyó en la barandilla del palco con ambos brazos, observando la obra con atención, sin escuchar ninguna voz en su cabeza que le indicase lo buena o lo mala que era. William seguía desaparecido. Pero Philip disfrutaba de aquello como el niño que alguna vez había sido, con el mentón apoyado en sus brazos, el pelo liso cayéndole a un lado y las ojeras aún más marcadas por los días que llevaba sin alimentarse. Sumido en la obra, las lágrimas empezaron a brotar de sus ojos casi sin razón aparente, aunque tampoco deseaba darles un por qué.

Y como obra del destino o de las propias Moiras, la puerta del palco se abrió de súpeto, provocando que Philip volviese a erguirse en su asiento y mirase al caballero que de pie, frente a él se encontraba. Pocos segundos bastaron para que su ceño fruncido se relajase, y su corazón, aunque inmóvil, volviese a latir de manera acelerada. Sin embargo no enjugó sus lagrimas.

Hola... — musitó casi con vergüenza, sin apartar la mirada de él. — Ese asiento está libre —señaló la obviedad del asunto, como si el propio Marlowe no fuese capaz de ver el asiento contiguo al de Philip. No pronunció ninguna palabra más, le dio la espalda y volvió a su posición anterior, apoyado en la baranda sin porte alguno, con la mejilla derecha pegada a sus brazos como si estuviese a punto de caer rendido por el sueño.

Aunque podría haber deseado un nuevo encuentro con el isabelino, las palabras no brotaban de los labios de Philip, y ni si quiera el propio William deseaba hacer acto de presencia en aquel momento, temiendo que el dramaturgo volviese a huír de la presencia del otro.

PROTEO. -Sin embargo, dicen los autores
que el amor ardiente se encuentra en las inteligencias más privilegiadas, como el gusano roedor en los más lozanos capullos.

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Mar Sep 24, 2019 11:53 pm

Inmóvil ante la sorpresa de un rencoroso destino, Christopher Marlowe valoró los posibles finales para aquella novela de fantasmas. El más recurrente pero ya manido fue el de correr dejando tras de si su estela de innegable cobardía. No obstante, antes de aplicar cualquier peligrosa maniobra que dejara todavía más en entredicho su valor, el inglés reconstruyó un escenario familiar de días atrás donde comprendió que la persona con la que estaba a punto de compartir palco no respondía al nombre de el Bardo. Fue entonces que, como el que intenta aprovecharse del otro en los momentos de mayor debilidad, decidió dar rienda suelta a su lengua.

- Yo le dije que lo cambiara -comenzó-. Valentín y Proteo no podían estar enamorados. Hubiera sido como poner una soga en nuestro propio cuello. ¿Y qué hizo él? Los enamoró de Silvia y Julia a regañadientes y se molestó mucho en mostrar como ese amor los convertía a los dos en absurdos según avanzaba su romance e incluso a Proteo en una bestia.

Con los ojos pasando de Philip a la propia obra a lo lejos, Marlowe se acercó a la baranda del palco, y tras colocar la parte trasera de su chaqué, decidió sentarse por fin. No sin antes seguir su cantinela de sentimientos encontrados.

- ¡Ni camuflando a Julia como hombre se puede negar lo innegable! Irónico que lo llamara Proteo ¿no crees?, pues el dios del mar que lleva su nombre era capaz de cambiar su forma a voluntad y sin embargo el mancebo de esta historia ni siquiera tenía control sobre sus actos según avanzaba la misma.

El valor que se le daba a la amistad entre los hombres de aquel entonces, según Marlowe, no era más que una cortina de humo. De la misma forma que lo era el disfrazarse de mujer para interpretar subido a las tablas, pues todo hombre busca en el fondo ponerse una peluca y un par de medias de seda. Amor puro y noble entre caballeros, ajeno a las turbulencias del deseo. ¡Pamplinas!, pensaba el escritor.

- ¿Qué es lo que adora en ella que no pudiera yo hacer adorable en mi, si el necio amor no fuera un dios ciego? -se preguntó Marlowe recitando las palabras de Julia a destiempo y pensando en otro de los fantasmas que compartían, de nombre Anne y de apellido Hathaway-.
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Miér Sep 25, 2019 12:06 am

Philip no podía despegar los ojos de la obra, incluso aunque Marlowe comenzase a hablar.  En sus palabras no había remordimiento alguno, como si lo pasado no fuera más que eso, pasado, por lo tanto cualquier atisbo sentimental sería negado. Claro está, que aquella idea la comprendió por se Philip y no William el que estaba allí sentado. Rechinó ligeramente los dientes por saberse insuficiente, él también echaba de menos que William tomase el control, a fin de cuentas parecía más fuerte y el más cuerdo de los dos.

Las eligió a ellas como si se pudiera elegir en el amor, demostrando la sarcástica realidad de todo el asunto entre Valentín y Proteo — contestó Philip, con la mirada fija en el escenario y el mentón aún apoyado en sus brazos. — las eligió como si el amor no fuera un rayo que te parte los huesos. Y dirán ellos que las eligen porque las aman, pero en realidad es del revés, las aman porque fueron elegidas para ello. — estiró la manga de su camisa hacia fuera, ya que el último pañuelo que llevaba encima lo regaló a una mujer que lo acompañó en su borrachera. Se enjugó las lágrimas con la cabeza apoyada en un brazo, mientras  escuchaba las palabras de Marlowe sin la aparente atención.

Su mirada estaba fija en el escenario, sin embargo el resto de sus sentidos estaban alerta a las palabras y movimientos del hombre sentado a su derecha. Por un momento, sus pensamientos se alejaron de la obra y viajaron a un tiempo no tan lejano, cuando creyó haber sido elegido por quien era y no por lo que representaba. Aunque mucho distaba su historia de la del Bardo, comprendía por qué enmarcaba las apariencias a regañadientes, porque también a regañadientes, la verdad nunca sería aceptada entre sus coetáneos, como la suya tampoco lo fue casi dos siglos después. Philip suspiró y cerró los ojos unos minutos, intentando alejar de su mente el rostro perfecto de aquellos dos hombres que le prometieron felicidad eterna, mientras él no hacía más que sentir sus miserias engrandecerse.

La ironía no está en la capacidad de mimetizarse con el ambiente que creía poder darle a Proteo; el nombre no hace alusión al poder de la deidad, sino a que fue el primero, el Protos, el primordial, el que sería amado desde el primer minuto — su mirada viajó hasta Marlowe, levantando la cabeza de la baranda para observarlo. — Ahí está la ironía, que pese a ser el primordial, a quien hubiese elegido primero, tuvo que conformarse con enamorarlo de una mujer, como él tuvo que conformarse con Anne — volvió a su posición habitual y observó la obra en silencio y con tranquilidad.

Tras uno minutos, agregó:— No se elige a Silvia, ni a Julia, ni si quiera Romeo eligió a Julieta, así como no elegimos la lluvia que nos cala hasta los huesos cuando salimos sin paraguasNo se elige al amor, ni a la amado, sólo cae sobre nosotros como una maldición. Quiso agregar, sin embargo aquellas palabras se quedaron en sus pensamientos, mientras la acción avanzaba en el escenario, ajenos a la profunda conversación de dos vampiros que nada, y a la vez todo, tenían en común.
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Miér Sep 25, 2019 12:47 am

El vampiro de Canterbury podía presumir de muchas cosas. Haber sobrevivido doscientos años, el autocontrol a la hora de alimentarse, haber preservado su peculiar atractivo. Sin embargo, algo de lo que detestaba poder presumir es el hecho de sentir cuando un corazón estaba roto.

Rebuscando en el bolsillo de su chaleco, ofreció su propio pañuelo a Philip -C.M. eran las siglas bordadas en el mismo- mientras observaba a éste de reojo, intentando comprender cuales eran las guerras internas del inglés que parecían estarse manifestando en cada una de sus palabras y en la forma en que traducía la obra, acorde a sus propias emociones. Y seamos sinceros, ¿quién puede presumir en verdad de conocer a ciencia cierta los designios de algo tan caprichoso como el propio amor? La fuerza más escurridiza y cambiante de cuantas juegan en el tablero de la vida. Muchos han sido los poetas, escritores, amantes, galanes y doncellas que han intentado atrapar algo de ese amor y enfrascarlo para poder así estudiarlo, vivirlo o sentirlo. Mas, como ya sucede con un huracán, es imposible domar éste.

- Los griegos nos hicieron un flaco favor. Redujeron todo al destino inexorable y así se aseguraron de no ser responsables de ninguno de sus errores. Pero si algo debería habernos enseñado un largo paseo de siglos es el hecho de que el hombre marca la diferencia. Ánthrōpos métron, que rezaba Protágoras: El hombre es la medida de todas las cosas. Y es el hombre el que decide hasta qué punto le afectan las fuerzas externas y hasta qué punto permitirá que éstas amarguen lo que queda de su triste existencia. ¿Por qué crees que se grabó Gnôthi seautón en el templo de Apolo en Delfos? Han pasado veintidos siglos y no somos suficientemente inteligentes para comprender las pistas que la vida nos deja...

Si había algo más de lo que Christopher Marlowe podía presumir era de creerse todos sus cuentos. Al fin y al cabo, a eso se dedicaba, a contar historias. Pero aunque sabía que nunca había podido enfrentarse a la fuerza arrolladora del amor por falta de fuerzas o de valor, quería pensar que ahí fuera había personas que no pecaban de cobardes y que mantenían sus sentimientos a raya.

Era dificultoso para Marlowe tratar a Philip como un ente y a Shakespeare como otro muy distinto, por mucho que parecieran compartir cuerpo. ¡Que ridículo suena todavía!, se sermoneaba el propio vampiro. Como difícil le resultaba también el hecho de centrarse en los pensamientos de Philip y buscar las palabras adecuadas para servir de apósito, pero tener al mismo tiempo que pensar en el Bardo por las palabras de Philip, que hicieron enmudecer al poeta de nuevo mientras su mirada se tornaba contraria al asiento del otro.

Con el trascurso de los minutos y la curiosidad a flor de piel, su cuello se volvió hacia Philip Lancaster. ¿Quién eres?, se preguntó. Y como el que pone todas sus cartas boca arriba en mitad del tablero, el vampiro volvió a preguntárselo, esta vez en voz alta.

- ¿Quién eres?

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Miér Sep 25, 2019 1:07 am

A regañadientes, más por vergüenza que por pena, tomó el pañuelo que Marlowe le ofrecía, observando aquel bordado que, como los suyos propios, grababan sus iniciales, pensó en que el objeto más común podía acercarlos de una manera singular, y una ligera sonrisa curvó sus labios ante ese pensamiento. Pudo parecer un agradecimiento enmascarado, pero en cierto modo resultó la respuesta a una acción enternecedora a ojos de Philip, que no resultaba más que una muestra de caballerosidad por parte de Christopher, como él lo tuvo con la muchacha que perdió su pañuelo.

Se secó las lágrimas y se irguió en su asiento, pasando los dedos por el bordado del mismo mientras miraba la obra con la mínima atención, pues sus sentidos seguían clavados en el vampiro que tenía sentado a su lado. De alguna forma comprendía los sentimientos que el fantasma de William enfundó en él por medio de aquellas cartas, sin embargo Philip no era dicharachero, abierto y engreído como el William que había creado en su cabeza, era tímido, cortante y necesitado de amor.

La vida — Philip soltó una ligera risa sarcástica, sin mirar si quiera a su acompañante, mientras respondía: — La vida es hoy en día la definición que los griegos le daban a las Moiras, si ellos hablaban de destino, los románticos de mi época hablaban de la vida como el medio de explicar la conciencia del Yo autónomo, que actúa sólo con referente a sus propias convicciones y vivencias, olvidándose completamente del estatuto de humanidad. Ellos sí que eran egocéntricos. — Remarcó Philip, girando ligeramente el rostro para dedicarle una mirada.

Ahora la vida y el Yo ya no están de moda, se habla de existencialismo, del yo como ser inferior frente al ente espiritual, Kierkegaard lo define muy bien, está loco, casi como yo, pero en su filosofía ahonda el individuo frente a la subjetividad de las creencias, ahora el ser humano es un compendio de angustia y desesperación. Así que si me das a elegir, preferiría seguir pensando como los griegos. — un suspiro escapó de sus labios, a lo que añadió una absurda broma como intento de relajar el ambiente:— Dedicaría mi vida a Dioniso — sonrió ligeramente, negando con la cabeza ante lo absurdo de sus propias palabras.

Volvió la mirada al escenario, pues no quería increpar a Marlowe teniendo los ojos fijos en él. Agradecía los sentidos agudos que el vampirismo le había otorgado, pues a pesar de la charla, no había perdido el hilo de la obra, por lo que pudo seguirla sin problema alguno. Pero la última pregunta del isabelino lo desencajó ligeramente, perdiendo toda noción teatral y volviendo a fijarse en él, esta vez con la mirada confundida y el ceño ligeramente fruncido, pero no por enfado, sino por sorpresa.

¿Quién era él? ¿Philip? No, ese era el nombre que le habían dado, sin embargo, esa pregunta nunca la había respondido con introspección propia a su ser. Se lo preguntaban sus víctimas, a lo que él respondía, sanguinario como era: la muerte. ¿Qué más podía decir de sí mismo? Tal vez era simplemente la imagen de la locura, o de la soledad, tal vez era una mezcla de todo ello y al mismo tiempo nada. Philip estaba confundido.

N-no lo sé —musitó sin más, devolviendo el pañuelo a Marlowe, mientras su mirada se perdía en la oscuridad infinita del suelo, incapaz de filosofar a cerca de su propio ser. ¿A caso de eso se trataba el existencialismo y entendía por fin las palabras de Kierkegaard? No, iba más allá, Philip nunca había sido nadie, desde su más tierna infancia, fue el niño adorado de su madre, el enemigo acérrimo de su padre, el asesino de la mansión, el joven aristócrata cuya cordura la perdió en la adolescencia, fue un lector ávido, y actor singular. Es tantas cosas, tantas personalidades en una sola mente, a la que le cuesta definirse a sí misma cuando no es nadie, cuando tan solo está Philip y resulta tan básico y común como cualquiera de los mortales. Philip no era nadie.
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Miér Sep 25, 2019 1:11 pm

Las palabras del endemoniado ayudaron ciertamente a Marlowe en su búsqueda de saber más acerca de aquel espécimen. Su auténtica edad, concretamente.

- Hablas en pasado, pero ¿has podido echar un vistazo a la sociedad en que te encuentras ahora? No sólo el egoísmo es base en su existencia, sino que hiere a podredumbre, la podredumbre del espíritu. Si me preguntaran, afirmaría sin lugar a dudas que esta es la última época que viviremos. Es imposible una continuación.

Aquel pensamiento había recorrido sus ideas durante varias épocas, esperando que por fin llegaría la última y todo lo inherente a la corruptela humana terminaría por fin sepultado o desligado del cuerpo.

- Eres más ignorante de lo que esperaba si crees que el egocentrismo puede salvarte de cualquier pesar o sufrimiento. Dime, ¿podemos decir que sirvió de algo el quitarle la vida a aquella mujer en el puente? Oh, si. Un irrisorio segundo de placer para el vampiro que no cura amargura en espíritu, sino solo el ínfimo placer de una vacía glotonería. Y aún así, de poco te importó acabar con su vida con tal de aportar a tu propio ser cero y nada.

El reproche no era tal, sino más bien una línea de diálogo que pudiera servir en ambos sentidos: por un lado, Philip podría cuestionarse su existencia una vez más, valorando el alcance de sus actos. Por otro, Christopher Marlowe podría borrar de su conciencia los cadáveres que éste seguiría dejando a su paso, absurda y vacuamente.
Ahora era el poeta el que mantenía su mirada fija en el otro, habiendo encontrado un interés mayor al de la obra de su coetáneo y comprendiendo el oscuro vacío que oprimía el pecho de Philip.

- ¿Y crees que vas a descubrirlo aquí, siguiendo la estela -dijo señalando a la obra con su mirada- de alguien que no ha dudado en fagocitarte? -como también hizo conmigo, de algún modo, pensó. Ocasión que se le presentó para sentir quizás algo de cercanía con Lancaster-. Alguien que ha hecho lo contrario a ayudarte a saber quién o qué eras, dándote prácticamente el nombre de urna y tratándote como tal. El medio para el fin. Sin comprender que estaba tratando con un fin en si mismo.

Sus palabras sorprendieron a quien menos esperaba, a él. Angustiado por las humillaciones que había vivido en carne propia de mano de su coetáneo, instaurado en su propia sesera, no podía evitar sentir que, de algún modo, Philip Lancaster estaba corriendo la misma suerte y que su obligación era ayudarle a salir de aquella cárcel, cosa que no pudo hacer consigo mismo y a la que nadie pudo ayudarle.

Sin pensárselo dos veces, Christopher Marlowe se levantó de su asiento.

- Puedes venir conmigo ahora, o puedes quedarte con él. Apresúrate en tu elección, pues la vida de los eternos es más perecedera de lo que piensas.

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Miér Sep 25, 2019 4:21 pm

A cada palabra que Marlowe pronunciaba, más intenso se hacía el sentimiento de vacío en Philip, incapaz de darle completamente la razón al vampiro, negó con la cabeza, bajando la mirada y sonriendo ligeramente, no porque el comentario le hiciese gracia, sino porque difería completamente con su forma de ver la realidad. Christopher era un fiel creyente de la separación cristiana entre lo bueno y lo malo, mientras que Philip rechazaba por completo esa idea y defendía la de los hechos; lo que se llega a hacer y lo que no, y sólo había dos tipos de personas en la tierra. Él era de los que actuaban por su propio bien.

No estés tan seguro de eso, no hemos vivido revoluciones suficientes y créeme que llegarán. Y no hablo de política ni conflictos sociales como las que están viviendo el proletariado actualmente. Llegará un punto en el que personas como tú y yo podrán vivir su sexualidad a puertas abiertas y eso podría recrear una de las mayores guerras del mundo, porque el ser humano sólo es capaz de aceptar la realidad puritana, todo lo demás, son actos depravados. Una razón más para vivir mejor en la época de los griegos. — No era rabia lo que de sus labios salía, sino una profunda introspección a la realidad en la que vivía. Y aunque su experiencia sexual no fuera basta y profunda, hacía muchos años atrás, en su juventud mortal, que había aceptado su homosexualidad de forma pacífica, sin verla como una depravación mental. Incluso se atrevía a decir que era lo más coherente que habitaba en él.

Sirvió para aplacar mi sed. — dijo con sequedad, casi encogiéndose de hombros, para luego continuar: — Creo que no vivimos en el mismo mundo, muy a mi pesar. Yo acepto mi naturaleza y tú luchas contra ella. La muerte es un estadio más de la vida de todo mortal, llegue como llegue, no se puede frenar. No negaré la maldad de mis actos, porque sería intentar tapar el sol con un dedo, pero al mismo tiempo, tampoco dejaré de alimentarme de quien haga falta para saciar la sed que me quema por dentro. Y aunque lo parezca, tampoco lo hago sin contemplación, porque heme aquí, sediento hasta marcar las débiles venas de mi rostro y aún así, no me he abalanzado contra el público que llena el teatro, aunque eso no implique que deba ser aplaudido por ello ni mucho menos, sino que puedo llegar a tener autocontrol — tensó la mandíbula y volvió la mirada hacia el escenario, apoyándose nuevamente en la baranda con ambos brazos, preguntándose cuándo volvería William a aplacar esa soledad que lo amargaba.

Pese a ilusionarse con la presencia de Marlowe en el palco privado, la sensación de amargura no hacía más que crecer en su interior, con una vana creencia de que él, en su esencia pura, no agradaba a nadie, por lo que sería imposible encontrar un punto de similitud entre el hombre que tenía delante y él mismo. Parecía excusarse en cada palabra sólo para agradarle, cuando jamás lo había intentado con nadie más, exceptuando su madre, a quien le bastaba una mirada apenada de su hijo para estrujarlo en sus brazos. En momentos así, la echaba de menos.

Sus ojos se llenaron de lágrimas nuevamente cuando Marlowe dijo que seguía la estela de William. Se mordió el labio inferior y cerró los ojos dejando que las gotas saladas resbalasen por sus mejillas. ¿Cómo explicarle que era el único que aplacaba su soledad? Aunque viviese en su cabeza, William hacía de Philip un ser más completo, eclipsándolo por completo.

Volvió la mirada hacia Marlowe, abriendo los labios para responder y sin embargo ningún sonido salió de ellos, ni un balbuceo, nada. Se quedó mirándolo, dejando la obra en un tercer plano y concentrándose solamente en el hombre que tenía a lado. Quiso darle forma a sus pensamientos, quiso explicar lo que suponía su propia existencia, quién era Philip y por qué no era nadie si William no aparecía, y sin embargo no fue capaz de hacerlo. Bajó la mirada como si pidiese perdón por el peor de sus actos.

Sin él no soy nadie... — logró musitar casi de forma inaudible, sintiendo como un escalofrío le recorría la espalda al haber aceptado su condena. Pero cuando Marlowe pronunció aquellas palabras, que parecían ser su condena o su salvación, no tardó en ponerse de pie, mirándolo a los ojos encandilado y sorprendido, sorprendido no por las palabras del isabelino, sino por la reacción que había tenido su cuerpo casi de forma instantánea al escucharlo. ¿Eran las llaves de su celda u otra jaula en la que se encerraría? — Tal vez la perdición sea yo y no él — excusó a Shakespeare una vez y sin embargo, dio un paso hacia adelante, dando a entender que seguiría a Christopher allá donde fuera. Tal vez fuera su egoísmo actuando por él, su modo de luchar contra la soledad de su ser, o tal vez la salvación que venía tras un mudo grito de auxilio.
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