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Dom Sep 22, 2019 1:39 pm


Pride, prejudice and magic

Año 1800, Francia


Con la maldición a rastras de una temprana vejez rondando la treintena, Leonard Blackwood debe tener más cuidado que nunca con la magia, pues ésta ha sido la culpable de su triste estado, así como de otras muchas cosas que no tienen cabida aquí, y sólo podrá librarse de tamaña maldición si logra enamorar a una joven y recibir de ésta un beso de amor. Con el mundo sobrenatural como mecenas, rinde culto al demonio serpiente Machida que le provee todo tipo de suerte y fortuna con tan solo hacer una cosa: sacrificios  femeninos.

Procedente de uno de los más importantes aquelarres de Salem, Sigune Trevrizent, que no siempre fue conocida por este nombre, no olvidaría el día en que tomó la decisión de darle la espalda a su Dios, cuando entre sus brazos estrechó a un vástago que nacería muerto. En adelante abrazaría el culto al demonio Mára, esperando que éste sanara todos sus males a cambio de un tributo poco convencional: cuerpos de bebés que nacían sin vida, pues ella era matrona y hacerse con ellos no le era arduo trabajo.

No imaginéis cómo, pues ahora os lo diremos, y es que si alguna vez llegaban a conocerse, comprenderían que tenían en común más de lo que podían llegar a pensar.


 
Leonard Blackwood
Hechicero, por decir algo
30 años | Aparenta 50
Inglés
Alan Rickman
Marlowe
 
Sigune Trevrizent
Hechicera
35 años
Americana
Ginni Goodwin
Phantom

 
CRONOLOGÍA
· The Cave of Eden
· La Feria de las Vanidades

...
 




Última edición por Marlowe el Miér Nov 03, 2021 8:54 pm, editado 6 veces


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Dom Sep 22, 2019 1:59 pm


The Cave of Eden

"A veces nuestro destino semeja un árbol frutal en invierno.
¿Quién pensaría que esas ramas reverdecerán y florecerán?
Mas esperamos que así sea, y sabemos que así será.
"
- Goethe


Machida, Rex Anguis qui habitas catacumbis oblivionis...


Gotas de agua que se precipitan de forma brusca, el sonido tenue pero reiterado de roedores y quirópteros preguntándose por qué no están solos. Una orquesta para los sentidos que no dudaba en deleitar a cualquier vecino que decidiera hacer acto de presencia en aquel lugar concreto, sin importar intenciones.

...relinquo vobis antrum et ostendam tibi ante me...


Y mi voz, grave y oscura como la noche, recitando cual soneto shakesperiano el cántico del nunca acabar. La súplica trémula a un ente que supera con creces lo imaginable por el redil de Nuestro Señor. Una petición de gran trascendencia que convierte a un simple mortal en poco más que un dios mundano. Suficiente en algunos casos y extraordinario en otros.
¿Pero cuál es la variante que nos obliga a dialogar acerca de este ritual concreto? De este que bien podría perderse en el olvido de los cientos de ellos que ya ha presenciado la Cueva del Edén -como llamo graciosamente a lugar semejante, donde nacen mis emolumentos-.

Et ego dabo vobis haec femina corpus est scriptor...


¡Oh, no será, desde luego, lo que siempre termina por ser! La figura de una mujer. Criatura misteriosa y virtuosa donde las haya, pero también pérfida e insidiosa. El espectro de un sueño en una noche de verano que no sólo no calma la sed, sino que sesga la vena más contundente de tu cuello descubierto y se baña en lo que de ella brota, danzando a la par en derredor de quien alguna vez fuiste y ya nunca serás.

¡Pero, ah! Permitid que sea yo el que os guíe por esta ficción sin ayuda ninguna de voz femenina que pueda enturbiar nuestro paseo por el manuscrito de la memoria. Retrotraigamos nuestros horizontes a momentos antes, cuando Selene parecía recién levantada y ningún mortal se había dejado caer todavía en manos de Morfeo:

___________

FLASHBACK

Creo recordar que perdí la fe a temprana edad. Ni Dios ni sus acólitos lograron hacerme entrar en razón cuando presencié de manera inocente la reconversión de una novia del Señor a novia de Satán. Desde entonces he aceptado más de lo que nunca estuve dispuesto a aceptar. Valoré el hecho de cambiar el orden de mis priroridades y la formación de mis valores, casi nacidas por defecto habiendo sido criado en un pueblo religioso. Me puse a mi por delante y después al resto. Abracé todo aquello que me procurara copiosidad y es por ello que mis tonteos con la magia oscura me han valido más de un disgusto pero también más de una alegría.

Cuando escuché por primera vez el nombre de Machida mi semblante mutó en aprensión al descubrir cuál era el precio a pagar por semejantes jornales y la tentativa que me ofrecía en cuanto a engañar a la suerte. Con el tiempo me forcé a cambiar de pensamientos. Si deseaba fortuna no estaba dispuesto a destrozar mi cuerpo y dejar de lado mi mente por el camino, así que tomé el camino más simple, que no fácil. Pues suponía sacrificar la poca virtuosidad que me quedaba en pos de un crimen. Un crimen... por mes.

Es así que, con la mano en el corazón, he de comunicar a todo lector que hoy es ese día y que, aunque mi rostro no muestre signos de la desesperanza que siento al sesgar una vida humana, mi corazón llora el día veintiocho de cada mes. En el que me siento y espero a que la mujer elegida se lleve mi mirada por delante y me haga levantarme para seguirla a cualquier parte antes de convertirme en motivo de sus llantos.

_________

Tal vez me equivoque. Puede que sí necesite la inestimable ayuda de una voz femenina que de algo de sentido a toda mi monserga. La insto pues a que haga acto de presencia y así aclare las partes más oscuras de mi dispersa cantinela.
Leonard Blackwood · Con Sigune Trevrizent
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Última edición por Marlowe el Lun Sep 23, 2019 7:42 am, editado 1 vez


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Dom Sep 22, 2019 2:52 pm


Las horas se hacían interminables entre aquellas frías paredes de piedra revestida, las rejas no eran más que un vano decorado al tormento del encierro. El sonido solo sonido de las gotas recordaban a la tortura china, pero el verdadero suplicio no residía en el encierro, sino en escuchar aquel murmullo vacuo de un personaje que desconoce la existencia de un semejante cuando lo tiene delante.  

Sigune recorría su celda de esquina a esquina contando cuántas gotas por minuto podían caer. Había llegado a la conclusión de que caía una cada cinco segundos, un total de doce gotas por minuto, setecientas veinte gotas por hora, diecisiete mil doscientas ochenta al día, y aún harían falta dos mil setecientas veinte gotas para llenar un recipiente de un litro. Llegó a la conclusión que no terminaría ahogándose en la primera semana.

Un suspiro de aburrimiento escapó de entre sus labios, mientras se sentaba en el suelo. Agradeció llevar puesta su capa, pues el frío de las piedras se le calarían aún más en los huesos de no ser así.

El tiempo que llevaba allí metida habían bastado para recordarle lo que es morirse de aburrimiento realmente, pero, ¿qué la había llevado a estar encerrada en tal lugar? Ella era una bruja con experiencia, cuyas artimañas podían valerle para su propio rescate, aun así, prefería el frío húmedo de su celda.  

La cuestión no era salir de allí a como de lugar, sino más bien, ver a dónde la llevaba estar sentada allí, esperando, como damisela en apuros, a que Parzival se presente montado en su blanco corcel e investido en su armadura roja y blandiendo la espada de Gournemans. Ese era el papel que jugaba aquel día, y en cierto modo, le divertía.

___________
FLASHBACK


Había llegado la hora de la salida, llevaba días haciendo Turnos extras en el holspital, pero aquella tarde obtuvo resultados, una vez más yacía en sus manos un mortinato; tuvo que convencer a la debilitada y sollozante madre de que lo mejor era quemar el cadáver. Le aseguró que sería previamente bendecido por un cura y recibiría sus cenizas al cabo de tres días. De más está decir que aquello no se cumpliría.

Sigune llevó a la criatura envuelta en arpillera a la linde del bosque, donde invocaba a Mára, un demonio envuelto en negra túnica y apoyado en un bastón de Saúco. En algunas culturas era conocido como la muerte, en otras, como el dios de la ilusión; pero en la realidad, sólo ella conocía y disfrutaba de sus verdaderas habilidades, sólo ella recreaba ilusiones tan buenas como las del mismísimo demonio, y todo eso gracias a un pacto.

El pacto. Parecía cosa del destino, caprichoso como él solo, había hecho que sus caminos se entrecruzasen. Los mortinatos eran el alimento de Mára y Sigune se los proveía de cuando en vez, pero más de una al mes. Así era, pues, como lograba que sus mentiras e ilusiones se hicieran más reales.  

Volvía a la ciudad para descansar por fin, su única intención era llegar a aquella pequeña casucha a la que llamaba hogar, muy cerca de la capital de las artes y la riqueza, pero lo bastante alejada de todo lujo y ostentación que allí se derrochaba. Sigune, una mujer extremadamente reservada, prefería verse alejada del mundanal lujo que gozaban una gran mayoría de ineptos y aburridos lores, princesas, señores y damas de la clase alta. De lo único que ella gozaba, era de la venganza.

___________

Puso los ojos en blanco y suspiró tan alto, que una rata le devolvió el sonido, correteando de una esquina a otra. Pensó en cogerla, entre sus manos y usarla como chivo expiatorio, pero corría el riesgo de ser descubierta demasiado pronto. ¿Cómo se iba a divertir entonces si toda su actuación acababa siendo descubierta? Aún no era el momento, además, estaba a punto de ser partícipe de una invocación, lo que le daba más juego a la situación. Allí encerrada, olía igual que su escondrijo del bosque, olía a otro demonio, olía pacto, su palabra favorita.

Tengo sed — masculló a viva voz, dejándose hacer oír. Esperaba, de manera juguetona, haber desconcentrado a su captor. — si no quieres que muera antes de lo esperado, traeme agua — aplaudió dos veces para llamar su atención. Así es como empezaba aquel juego de dos, donde cada uno ponía las reglas a su antojo.

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Dom Sep 22, 2019 4:36 pm


"La locura es relativa. Depende de quién tiene a
quién encerrado en qué jaula
."
- Madeleine Roux.

Las mujeres resultaban ser un compendio de emociones cuando se veían sujetas a situaciones tales como las que solía plantearles cuando Machida me lo exigía. Pasaban del miedo al llanto en cuestión de segundos. Algunas parecían alienadas por defecto y que al acceder al interior de la cueva y oler la humedad de las rocas, su afección se acrecentaba en exceso hasta la calvarie más absoluta.

- Machida, prodest servo tuo et... et... ¡Maldita sea! -aquel angelillo insufrible de rizos negros no paraba de interrumpir mis cánticos y yo siempre he visto la paciencia como un pajarillo escurridizo, así que decidí acercarme a ella-. ¡Cállate! -esputé frustrado-. ¿No te das cuenta de que aquí no hay agua? ¿Que te voy matar?

___________

FLASHBACK


La iglesia más cercana entreabría sus puertas. La huida inesperada de uno de sus dulces corderillos me permitió un instante de pensamiento donde una celestial melodía parecía convertirse en guía de éstos. Durante un segundo sentí la mano de Dios posada en mi hombro derecho. Mudo, quiso darme a entender que no debía proseguir con mis actos y que debía volver al redil. Bajo penitencia, fuera la que fuera. Pues pecados tales no iban a ser perdonados con suma facilidad. Por desgracia para él, nunca he sido partidario de tomar el camino difícil por mucho que éste pudiera llegar a bifurcar en una luz deslumbrantemente sosegadora. Recuerdo admirar mi otro hombro, que poco después se encontró ocupado de forma similar al derecho. Una mano oscura y áspera me sujetaba mientras una serie de susurros comenzaron a sucederse en mi oído izquierdo. Aquello sí se parecía al camino que pretendía perseguir. «Fortuna, suerte, absoluta prosperidad a la par que la absoluta condena.» Y si me convencía a mi mismo de dejar a un lado la última parte... no sonaba del todo mal.

- Disculpe -interrumpí a una dama que pateaba las empedradas calles, deshaciéndome de la sombra de mi conciencia-. Perdone que la moleste. Soy nuevo en París como quizás haya podido observar por mi acento y necesito hospedarme. ¿Podría usted ayudarme? Indicarme la localización de un hostal o tal vez... ¿acompañarme hasta el mismo? Se lo recompensaré, se lo garantizo -prometí sin reparo alguno, bajo una simulada y encantadora sonrisa que acompañé de una mirada embelesadora-.

_________

No, yo no iba a matar a nadie.

- Él. Te va a matar él -aclaré a la mujer y a mi propio subconsciente-. Si quieres agua, orínate encima -finalicé de forma cínica, volviéndome con intención de alejarme, pero la curiosidad pudo conmigo-. ¿Por qué no estás llorando o gimoteando cómo hacen todas? ¿Quieres que te ate y te ponga un cuchillo en el cuello para que tu cerebro reaccione y comprenda el peligro al cual está a punto de someterse?

No quiero pensar que soy un cobarde, pero sé lo que no soy y eso es un valiente. Mis dotes de actuación tampoco eran famosas en Avon. Nunca hubiera podido actuar para Lord Chamberlain's Men y mucho menos para The King's Men. Así que no era dificultoso que aquella dama viera en mi mirada cualquiera de mis mentiras.

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Última edición por Marlowe el Lun Sep 23, 2019 7:44 am, editado 1 vez


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Lun Sep 23, 2019 2:44 am


Resultaba realmente tedioso el tiempo de espera sin nada que hacer más que mirar a las frías y húmedas paredes, y ya que encontrar alguna otra distracción parecía imposible, Sigune prefirió hacer lo que mejor se le daba: ser un grano en el culo; es decir, molestar a su captor hasta rozar los límites. Ser tediosa, sarcástica y poner a las personas de mal humor era su actividad favorita en momentos así, y no es que abundaran situaciones como esas, pero en el mismo momento en el que un hombre cualquiera pretendiese demostrar su supremacía de la forma que fuera, Sigune se aseguraba de demostrar que no tenían a una contrincante cualquiera delante de sus narices, y es que la muchacha era reacia a mostrarse inferior a nadie, en sus venas corrían el orgullo propio de una mujer capaz de todo, incluso a desafiar a la muerte cara a cara. Como parecía ser aquella noche.

Sigune rió como una colegiala a punto de ser pillada en su broma más absurda, incluso se llevó las manos a la boca, mientras sus pies tamborileaban una melodía sin sentido contra el suelo. Había descentrado a su captor sin mucho esfuerzo y le resultaba realmente tentador seguir con aquel jueguecito. — Perdón, perdón, me equivoqué de exaltación, tendría que estar llorando y suplicando por mi vida... — carraspeó ligeramente, volviendo a su seriedad habitual, pero esta vez, fingiéndolo. — Fallo mío, déjame empezar de nuevo... — inspiró cerrando los ojos y se puso a cuatro patas en el sucio suelo, arrastrándose con parsimonia hacia las rejas que la separaban de su captor.  — P-Por favor, un vasito de agua, por favor, no quiero morir sedienta... ¡oh tenga piedad de mi! — se agarró a las varas de metal, sintiendo el frío de estas incrustarse en su piel. Una sonrisa ladina curvó sus labios y sus penetrantes ojos verdes se dirigieron a los oscuros del hombre que tenía delante. — ¿Así mejor?.

___________
FLASHBACK

Había perdido la completa noción del tiempo, lo único que tenía claro es no eran horas de estar deambulando sola por las afueras de la ciudad, al menos eso pensaría cualquier persona beata y con un alto sentido del "respeto" por las leyes de los santos evangelios. Pero Sigune no esperaba encontrase con nadie a quien haría callar las acusaciones de indecente que profesaría contra ella; y mucho menos esperaba encontrarse con alguien que la viese como un puente hacia la riqueza y el poder absoluto, pero nada era de esperar en aquella ciudad, y eso le resultaba un tanto divertido, al fin y al cabo, ella tampoco era lo que uno se esperaría de una mujer.

Un fingido sobresalto la motivó a llevarse la mano derecha al pecho, como quien sujeta una cruz de madera para rogar protección al falso Dios. — Señor... — una ligera reverencia como saludo. Sigune sentía en su propia fiel el tipo de calor que emanaba del hombre que tenía delante. Algunos lo llamaban Aura, otros Distintivo, ella no le había dado nombre a tal visión, simplemente observaba y actuaba como mejor le venía en gana.  — Creo que la suerte no va de su lado hoy, mi señor, pues como podrá notar en mi acento, yo tampoco soy de aquí — una sonrisa vergonzosa y un ligero encogimiento de hombros, todo en conjunto a su apariencia sencilla y bondadosa, la convertían en la actriz perfecta. — Yo vengo del hospital, una noche terrible para los enfermos de la fiebre amarilla — ella suspiró y negó con la cabeza, mientras hacía la señal de la cruz.
Ahora Dios los tiene en su gloria — palabras vacías formaban aquellas frases tan típicas del pueblo creyente, que incluso ella misma se las hubiese creído de no ser quien es. — No conozco ningún hostal, pero de camino a mi casa —señaló el oscuro sendero que giraba a la derecha pasando por una vieja capilla — Por ahí hay una taberna que sigue abierta a estas horas... No me mal entienda, señor, yo puedo guiarlo hasta allí y seguramente le darán hospedaje o una dirección a algún hostal, pero no se me permite entrar— dio un paso hacia delante, bajando la voz — Verá, es un lugar de hombres y mujeres de mala vida, y alguien como yo podría correr muy mala suerte allí... pero si le vale tal lugar, yo le guiaré — ¿Quién diría lo contrario de tan buena dama? Deseó echarse a reír, pero prefirió seguir en su papel.

La penetrante mirada del hombre que tenía delante, delataba unas intenciones poco propias de alguien que simplemente buscaba un lugar donde pasar la noche. Fue aquella mirada la que la instó a cometer tal actuación, pues de no haber llamado su atención de aquella manera, en conjunto al aura que de él emanaba, lo más probable habría sido enviarlo a freír espárragos. Pero él y ella compartían un camino similar, lo notaba incluso en los vellos de su nuca, que se erizaban al sentir aquel poder.

___________

Agarrada a los barrotes, se puso de pie lentamente, colocando el rostro, que cabía a la perfección hasta las orejas, entre ambos barrotes metálicos. — Él me va a matar y tú vas a mirar — asintió, arqueando los labios en un falso puchero. — Ya he meado en aquella esquina, pero las ratas se han cagado encima, así que ya no queda líquido en mi que pueda ser de provecho... — mentira, aún le quedaba sangre.

Y de nuevo un suspiro. Había encontrado cómoda aquella posición, con el rostro encajado entre el metal, mirando fijamente al hombre que tenía delante. — Comprenderá usted, señor mío, que yo no hago, no hablo y no soy "como todas" — chasqueó la lengua y sonrió de manera divertida una vez más. — No me hubiese imaginado que le gustasen esos fetiches... pero si me quiere atar y amenazar con un cuchillo, sea libre de hacerlo — dio un paso hacia atrás, desencajando la cabeza de los barrotes, y abriendo los brazos de par en par. — Tal vez así conseguiría hacerme llorar o tal vez hacerme gemir de placer, no sabría decirlo con exactitud — entrecerró los ojos y volvió a acercarse a la reja, mirándolo fijamente. — O tal vez así yo lograría hacerlo mear de rabia y por fin conseguiría algo que beber en esta maldita estancia — gruñó como un animal rabioso, mostrando sus perfecta y blanca dentadura. — ¡Tengo sed! — gritó hasta hacer temblar los barrotes, tanto que podía escucharse en cada esquina de aquel lugar.

La paciencia de Sigune empezaba a escasear.

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Lun Sep 23, 2019 7:35 am


"Es una locura para las ovejas hablar de paz con un lobo."
- Thomas Fuller.

Subrealista se había convertido en la palabra idónea para definir situación tal. No sólo por lo ilógico en el comportamiento de la mujer, pues me he tomado la libertar de cambiar además una de las erres de la palabra y sustituirla por una be ya que la cueva se extiende más allá del subsuelo. Subrealista debido a la locura intrínseca del género lunático y a la oscura y húmeda gruta subyacente que nuestros pies no hacían más que pisar. Y subrealista era también la mueca de mi rostro, si nos ponemos exquisitos. De gesto enloquecido y ceño fruncido, por debajo de su posición habitual -dejando muy claro donde encaja el comienzo de la palabra-.

Durante un instante dudé: ¿importaba la cordura del sacrificio? ¿Machida se enfadaría? ¿Me la devolvería como el diablo que devuelve a su ofrenda no virtuosa? Mi siguiente pensamiento aclaró gran parte de las ideas que me rondaban: ¡Todas las mujeres están un poco locas! Aunque quizás no tanto como aquella.

___________

FLASHBACK


- Le agradecería enormemente si pudiera guiarme, madame -cualquier lapso de tiempo era agradecido en la búsqueda del que intenta hacerse con algo que no es suyo. Ya sea un reloj de bolsillo o una mujer. La materia de confección no es muy distinta y la gris tampoco. Sólo la mujer que demuestre lo alejada que se encuentra del parentesco con un objeto, dejará de ser, a mis ojos, posesión de cualquiera que se precie a poseerla-. Y dígame, ya que vamos a compartir un grato paseo, ¿cómo debería llamarla?

Angelique, Mary Alice, Adora, Rita... todas tenían un nombre. Alguno ni siquiera forma ya parte de mi, sino que pertenece a un pasado bastante lejano. Rita era astuta, lo reconozco. Negoció conmigo hasta su último aliento. Mary Alice era dulce cual ángel y sus lágrimas sabían a sal. Por el contrario, e irónicamente, Angelique era una diablesa. Casi lo estropea todo.

- Yo he tenido el privilegio de ser bautizado con el nombre del primer hombre: Adam -y como ya sucediera en la Biblia, de nuevo éste traicionaría a Eva-.

Las calles se sucedieron mientras la conversación fluía. Como parte de un hechizo, la puerta de la taberna no tardó en vislumbrarse.

- Vamos, acompáñeme. Le aseguro que nadie dudará de su virtuosidad a sabiendas de lo que le espera por mi parte. Copee conmigo e hágame compañía en esta solitaria ciudad.

____________

- No necesitas hablar mucho más para que sea yo el que te mee en la boca por decisión propia -soltó irritado, hasta comprender lo soez que sonaba aquello y que no era común en él dejarse llevar por semejantes ordinarieces- ¿Qué te pasa? ¿Estás mal de la cabeza? -preguntó dejando a un lado los pocos modales que todavía pudieran quedar en aquella conversación-. ¿Tus padres son hermanos o algo así? ¿O es que me he dado un golpe y sólo estoy soñando que eres estúpida?

Haciendo camino al andar hasta su lugar de peregrinaje y deshaciendo el mismo sendero fruto de la curiosidad que sentía, sus huellas en el suelo parecían confusas.

- ¿No tienes curiosidad por saber quién soy? ¿Qué va a pasar contigo? ¿No quieres negociar? ¿Rezar por los vástagos huérfanos que vas a dejar? ... ¿algo?

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Lun Sep 23, 2019 2:42 pm


La rabia que acumulaba en su cuerpo no se comparaba con la sensación de diversión, en sus adentros se reía como a una niña que le divierte ver como alguien se tropieza. No había maldad en sus intenciones, y sin embargo tenía la sensación de ser ella el único demonio que habitaba aquella caverna.

No pudo evitar poner los ojos en blanco ante la falta de sensatez del caballero, parecía ignorar la esencia propia de la mujer que tenía delante y eso la amargaba profundamente. No sólo por el hecho de que parecía estar negando el poder que en ella habitaba, sino también por ser nefasto a la hora de dar con una piedra en su camino, con la que se tropezaría más veces. — No hay peor ciego que el que no quiere ver... — masculló entre dientes, cerrando los ojos una milésima de segundo para no estallar en ese preciso momento.

Se jactaba de ser una mujer paciente y abierta, sin embargo, como parecía sucederle con todo hombre que se anteponía en su camino, había terminado por perder esos resquicios de paciencia en su interior. Uno, dos, tres...

Ni aunque contase hasta cien lograría calmar el hervor de su sangre, y todo por un mísero vaso de agua. ¿A caso era mucho pedir?.

___________
FLASHBACK

Como si aquello se pudiese fingir, su mirada parecía avergonzada, sin embargo sus mejillas seguían tan blancas como de costumbre, su perlada piel no cambiaba de tono a pesar de su grandiosa actuación. — Lo guiaré hasta medio camino, pero luego seguiré el mío — Asintió con la cabeza, mientras empezaban a andar. Ella lo miraba de soslayo, como cualquier mujer de la época haría frente a un caballero, incapaz de retener la mirada del sexo opuesto. — Miss Callum, es mi apellido de soltera... porque no tengo otro — nadie diría que la pequeña risa que soltó era fingida tras aquella pobre broma.

Hubo un instante en el que no creyó en segundas intenciones por parte del caballero, y sin embargo, el rodeo que había dado para presentarse a sí mismo, borró cualquier atisbo de realidad en sus palabras, demasiado maquilladas para expresar un simple nombre. El mismo nombre de su difunto marido. — Entonces yo seré Eva esta noche — Encogió los hombros con ligereza, mostrando nuevamente una amable sonrisa.

Doblaron la esquina y perdieron la claridad de las farolas, pues en la travesía que habían tomado inundaba la oscuridad de la noche mezcladas con las sombras de los edificios de la zona. El lugar perfecto para cometer atrocidades. La soledad los había alcanzado, pese a los murmullos lejanos de una taberna de mendigos y borrachos.

___________

¿Vas a seguir ladrando? — el gruñido que soltó no era propio de una mujer bien educada, pero hacía largas horas que había perdido toda educación posible, pasando a ser una pervertida más de la calle roja de París. — ¡Perro malo! — agitó un dedo en dirección del hombre, soltando una risa burlona. — Viejo perro malo, mejor dicho — y volvió a reír de manera sonora. No esperaba más que hacerlo rabiar, y sin duda alguna lo estaba consiguiendo, descentrando también de su anodino ritual.

Sigune volvió a colocar el rostro entre los barrotes de metal apretando los dientes y mostrándolos con rabia. No había discutido así desde su matrimonio, algo preferible de no conmemorar, teniendo en cuenta cómo había acabado Adam la última vez que levantó la voz a su mujer. — El problema, Adam — su voz se había tornado calmada, y monótona, sin embargo sus palabras no dejaban de esbozar un ligero tono oscuro. — No es mi ignorancia frente a un ser como tú... — tuvo que ladear la cabeza para mirarlo, llena de curiosidad a la reacción de su captor. — el problema, Adam — repetía aquel nombre con asco, como si fuera capaz de escupirle a la cara en cualquier momento. — Es tu ignorancia a quién soy yo en verdad — Dio un par de pasos hacia atrás y agachó la cabeza, mirándolo fijamente. Esta vez la oscuridad se había cernido sobre todo su ser.

Las ratas empezaron a corretear enloquecidas, chocándose unas con otras, mientras un murmullo incoherente salía de los labios de Sigune, quien parecía poseída por un ser de otra dimensión. En un abrir y cerrar de ojos, la jaula se abrió, vibrando tras el golpe de la puerta contra los propios barrotes. Las ratas seguían correteando fuera de sí, mientras ella, con una tranquilidad pasmosa, caminaba fuera de su celda, para dirigirse a una vieja mesa de madera que contenía una jarra de metal llena de agua. Se la llevó al rostro sin dilación, bebiendo con tanto ahínco que empapó su embarrado vestido. — ¡Ah! — un sonido de satisfacción brotó de su garganta, parecido a un gemido. Mucho mejor... de verdad que me estaba muriendo de sed. — se apoyó en la mesa y lo observó de manera divertida, sonriendo como aquella buena mujer que se había encontrado a medio camino, sola en una fría noche de invierno.

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Lun Sep 23, 2019 3:19 pm


Triste es el sino del que con otras criaturas de mágico linaje se topa, pero que debido a la sequía en sus venas de la verdosa hechicería que debería tintar las gotas de su sangre, no consigue apreciar o intuir compañía de un semejante cuando lo ve, cuando lo siente. Triste es pues la fortuna que me rodea, donde, por no haber nacido bajo el manto de una familia consagrada al diablo, los esfuerzos en utilizar la brujería como apoyo a una vida miserable, terminan volviéndose contra uno.

________________

FLASHBACK


Miss Callum..., pensó.
- Es una lástima que no sea usted Miss Caelum, porque parece un ángel caído del cielo.

Si algo parecía haberme seguido desde la cuna era el dulce aroma de mis modales anglosajones y la delicada caballerosidad con que suelto cada uno de mis pensamientos.

- ¿En serio? Pues he de advertirte, Eva. No cogeré ninguna manzana esta noche si tú me la ofreces.

Nuestros pasos se sucedieron y recuerdo dejar de caminar cuando mi ingenioso pero escaso repertorio de halagos y mentiras tocó a su fin. Con mi pañuelo favorito y el brebaje adecuado emponzoñando éste, recuerdo colocar con suavidad mi mano frente al rostro de la mujer, dejando que sus ojos se cerraran con delicadeza sin comprender el porqué, observando como última visión de su libertad las iniciales bordadas en mi pañuelo: L. B.

El camino se hace arduo cuando tienes que lidiar con el peso de un cuerpo ajeno. Más aún si se trata del de una mujer, pues siempre es más complicado cuando te sudan las manos y tiemblas al rozar sus vestiduras. Incluso en los momentos de mayor flaqueza, cuando el recuerdo del amor perdido vuelve a martillearte, te atreves a posar tus labios en los suyos, esperando algo de complicidad. Como si tal acto no fuera deplorable, como si un cuento se estuviera contando y yo fuera el príncipe que despierta a su amada.

Así fue como capturé a Sigune y así fue como comenzó a ser mía, sin serlo nunca del todo.

_______________

La frustración parecía tomar vida y ya sólo le impedía caminar el hecho de no tener cuerpo propio. No recuerdo el hilo de pensamientos que me llevó a hacer aquello, pero sí el hecho de explotar y no sentirme cómodo del todo con el hecho de pegar a una mujer. Lo cual hizo que comenzara a tirarle piedras. Absurdamente era algo que liberaba mi enfado pero, al mismo tiempo, las únicas piedras que había por aquel suelo eran minúsculas. Casi parecía que me estaba riendo de ella. Y así fue que ella misma no tardó en reírse de mi.

- ¿Y quién eres tú, Eva? -triste, triste... triste del que no ha sido dado a luz bajo el influjo de luna mágica-.

Como un pobre cabritillo al que acaban de acorralar, mi retirada ante la fuerza oscura que parecía desprender aquella mujer hizo que cayera de espaldas y, sin dejar de quitarle el ojo y con mueca de susto mientras bebía aquel cristalino elixir, musité:

- No te la bebas toda, que no hay más.

No recuerdo en que momento creí que ese debía ser el comentario adecuado ante semejante situación, mas parecía que aquella era una mujer que disfrutaba de los momentos más absurdos y nunca lo hay más absurdo cuando Leonard abre la boca.

- ¿Y ahora qué? -pregunté, asqueado frente a la idea de tener que hacer esfuerzo doble aquella noche para hacerme con otro sacrificio. Cosa que no dudé en echarle en cara- ¿Vas a traerme tú otra mujer a la que sacrificar? Podías habérmelo dicho. No sé, un rayo... o que tus ojos se volvieran amarillos mientras hablábamos, no sé, algo.

Podía haberme levantado del suelo, pero puesto que mi situación en aquel instante era la del perdedor en la batalla, el suelo era el lugar idóneo para permanecer. Me acomodé y miré indignado a aquella hija de Salem, como si me debiera algo. Como si no acabara de secuestrarla y encerrarla y ella tuviera la culpa de todo... de alguna manera.

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Lun Sep 23, 2019 3:39 pm


Incontables eran las veces que se había sentido atrapada en su propia vida, demasiadas para recordarlas todas, y sin embargo podía contar con los dedos de una mano a los culpables de todas esas situaciones, irónico era que solo habían sido dos a lo largo de toda su vida. Tres, si contábamos esta, ¿cómo llamarla? Inusual, sí, inusual experiencia.

Lo irónico no era la sensación de estar sumergida en una pecera de cristal, sino que en todas las veces el único culpable resultaba ser un hombre. El verdadero sexo débil. Por esa razón se había decantado, ya hace muchos años atrás, a seguir los designios de la magia negra. Ella no era una curandera más, una hada madrina de las buenas causas ni un alma de la caridad. Bruja, con todos sus matices; era una bruja oscura que se dedicaba a hacer pactos con demonios, usaba almas errantes para adherirlos a cualquier cuerpo o materia a su alcance, creaba ilusiones de lo más aterradoras y era capaz de hacer uso de la posesión corporal de cualquier ser mortal o inmortal.

Sigune era, lo que algunos llamarían, una bruja malvada.

___________
FLASHBACK

Tuvo que soltar una risilla obligada ante aquella pésima broma o muestra de coqueteo, sea como fuera, en su interior no pudo evitar poner los ojos en blanco. A medida que sus pasos avanzaban en la oscuridad, hizo la señal de los cinco cuernos sobre su pecho bajo su capa, aquella señal sólo la conocían los discípulos de Mára, lo que significaba estar bajo su protección en situaciones adversas. Ella reconocía a un igual sólo con la mirada, pero no era capaz de intuir sus movimientos futuros a no ser que pudiese poseerlos, pero prefería pasar desapercibida, al menos hasta conocer el motivo de tanta artimaña.

Sólo se la ofrecería si antes me convence una serpiente — ¿Cómo podía ella saber que aquello podría ser una broma de doble filo? No tenía ni idea, pero en el futuro lo recordaría como una divertida anécdota.

Supo exactamente en qué momento los latidos de su corazón empezaron a descender, por lo que con calma, se dejó llevar por un profundo y repentino sueño, no sin antes distinguir perfectamente las letras L.B. bordadas en un suave pañuelo al tacto. Sin duda no se encontraba ante un "Adam". Lo que ocurrió después poco pudo recordar, sólo tuvo la certeza, al despertarse, de que al menos no habían abusado de ella.

___________

No pudo evitar reír al verlo allí en el suelo, parecía un niño que no podía decidirse entre el susto y el asombro, le resultó un tanto cómico y enternecedor al mismo tiempo, pero en aquella situación que poco tenía de simple, comprendió que no era un hechicero de grandes poderes, sino un patán que fue a dar con un demonio de los deseos, casi como ella, pero sin el control que determina las habilidades propias de un brujo de sangre pura.

Creo que hemos quedado al descubierto, Adam — Miró la jarra casi vacía, para luego encogerse de hombros y volver la vista hacia su interlocutor. — ¿No hay más? ¿Pero es que estamos atrapados aquí los dos? — negó con la cabeza con despreocupación. — Ayayayay... — suspiró con decepción.

A pasos lentos, se dirigió hacia él, viendo que había decidido quedarse sentado en el suelo, se detuvo ante sus propias narices y llevó su mano, fría como el agua y las piedras de la cueva por falta de abrigo, hasta los finos cabellos del hombre, un gesto que no resultaba más que una irónica burla, disfrazada de una suave caricia.

Pobrecito mío, aún no comprendes tu situación — se arrodilló ante él, poniéndose a su misma altura, escudriñándolo con la mirada, mientras colocaba ambas manos en su mejilla. Se detuvo un buen rato en sus oscuros ojos marrones, profundos, demasiado profundos. — Dime, ¿por qué las mujeres tenemos que pagar siempre el pato? — le dio una palmada en la mejilla izquierda. — ¿Por qué mejor no te ofrecemos como tributo a ti por todas las mujeres del mundo? — una sonrisa casi diabólica curvó sus labios. ¿Sería capaz de tal venganza? Sin dudarlo. — Tengo una idea mejor... ¿por qué mejor no te ofrezco a ti de tributo al demonio que tengo a mi servicio? — Volvió a acariciarle los cabellos, hundiendo los dedos en la profundidad de su melena, para luego tirar de ella sin previo aviso. — Su nombre... ¡No te lo diré de buenas a primeras! Pero... — acercó su nariz a la suya para mirarlo directamente a los ojos y luego susurrar: — Es conocido en el mundo entero por ser el demonio de la muerte... algunos hasta lo llaman "ángel", pero no es más que un vil asesino... y verás, mi demonio, a diferencia del tuyo, le da igual que seas hombre, mujer, virgen, niño... ¡Se los lleva a todos!.

De un salto, se separó de él para ponerse en pie y dar saltos sin ton ni son, aplaudiendo con excesiva alegría, para luego volver a mirarlo con aquella peculiar sonrisa fingida. — ¡Vamos a hacer eso! ¡Sí, sí! — Sin duda, el papel de loca le quedaba a la perfección. — Ahora dime, ¿cómo te despedirás del mundo, Ele Be? — las ratas de la celda correteaban por toda la sala, eran capaz de sentir a los espíritus errantes que rondaban a Sigune. Al fondo aún se oía aquel goteo incesante.
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Lun Sep 23, 2019 3:44 pm


Por primera vez el lobo se había tornado en cabritillo. Y reconozcámoslo, el cambio de roles resultaba interesante hasta un punto caricaturesco.

- Eso parece, Eva -contesté molesto-. Yo todavía tengo ganas de miccionar, podemos matar dos pájaros de un tiro. Ya que contigo no he podido.

No era valentía. Aquello que recorría mis venas en aquel instante y que parecía consumirme a cada segundo no era más que miedo. El miedo a Machida y, ¿por qué no? El miedo hacia Eva.
Curiosa forma de sentir miedo pues, ¿no? Con cruentas respuestas en una batalla de lenguas e ingenios. Pero reconozcamos que ni para eso he sido nunca alguien corriente. Mucho menos inteligente. No lo suficiente quizás como para, en situación tal, agradecer a regañadientes el tacto de una mujer, aunque fuera aquella, que poco parecía tener de fémina.

- ¿Vas a sacrificarme a otro demonio pero de aspecto femenino, o algo así? -pregunté mientras sentía mis mejillas arder ante el tacto de aquella mujer insidiosa. Más todavía frente a su suave palmada cargada de humillación y al tirón de pelos que seguiría a ésta-. Vaya, parece entonces que no voy por mal camino. ¿Te importaría no volver a hacer eso? Soy de cabello pobre.

Mientras el teatrillo de marionetas continuaba, pensé en la casualidad. No era muy difícil encontrar bestias recorriendo las calles en los tiempos que corrían. Desde Avon siempre supe que nunca habíamos estado solos. Mas se me hace hasta poético el hecho de haber sido cazado por mi presa, una mujer de aspecto débil pero de carácter fuerte, y que esta misma dedique sus quehaceres a otro demonio de la misma forma en que lo hago yo. Por un momento sentí cierta cercanía con ella. Tal vez incluso algo de empatía. Pero, aún con todo, no dejaba de ser una arpía.

- Por favor, no seas hipócrita. ¿Crees que sacrificándome a mi va a cambiar algo? ¿Como por arte de magia, las mujeres dejarán de estar supeditadas al hombre? Me reiría en tu cara, pero parece que estás loca, así que no quiero tentar al Diablo.

Hasta yo mismo conseguía sorprenderme frente a todo lo que no fueran plegarias y lloros por mi parte. Y, sin embargo, algo había en aquella mujer que me daba pie a continuar, al margen de las amenazas de muerte.

- Parece que la suerte no está contigo. ¿Habrías caído sino en una trampa como esta? ¿No te interesaría entonces un poco de dicha, de fortuna quizás? -pregunté, observando sus ropajes-. En lugar de acabar conmigo de forma absurda, podría ayudarte a dejar de vestir como una mendiga. ¿No quieres un sirviente que aguante tus incesantes locuras y al que poder maltratar por el bien de las mujeres?

No era muy inteligente reírme de ella, pero reconozco que aunque no me refería a mi en cuanto al papel de sirviente, por un momento me imaginé de traje y erguido, sintiendo a diario aquella mano juguetona contra mi rostro y los propicios tirones de pelo.

Aquella era mi forma de despedirme del mundo, negociando. Aquello que llevaba haciendo durante años con el peor de los Demonios, y ahora la peor de las diablesas.

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Mar Sep 24, 2019 3:04 am


Ante la aparente falta de seriedad por ambas partes, Sigune volvió a sentarse en el suelo, delante de Adam, mirándolo a los ojos directamente, sin apenas parpadear. Tendía a ser demasiado intensa, incluso en con sus gestos y expresiones. Fruncía el ceño ligeramente, como si intentase indagar por la mente del hechicero sin fortuna alguna.

—  Pues hazlo en tus pantalones, qué problema hay — se encogió ligeramente de hombros y llevó ambas manos a os lados, apoyándolas en el suelo sin dejar de mirarlo, esta vez incluso con los labios fruncidos en una mueca de superioridad. — Su nombre es Mára, conocido entre los aquelarres, pero en realidad es el demonio de la muerte, un jinete del apocalipsis — ésto último lo dijo en un susurro tétrico, al que le siguió una risotada aún más tétrica. Aunque podría tacharla de actriz y exagerada, sólo ella conocía la realidad de sus palabras, y aunque Mára no fuera el diablo encarnado, sí que infundía el miedo propio de la muerte cuando llama a tu puerta, y sólo se puede negociar con ella cuando no es tu vida la que corre peligro, sino la de un semejante, sangre de tu sangre. Pero esa es otra historia.

Sigune se inclinó ligeramente, acomodando los codos sobre sus rodillas para mirar más de cerca a su captor, con la nariz casi pegada a la suya. El espacio personal poco le importaba en ese momento, lo que le gustaba era incomodarlo como parecía hacerlo hasta el momento. — ¡Qué importa la pelambrera ahora, si de todas formas acabarás muerto! — negó con un dedo frente a los ojos de Adam, casi de manera juguetona, chasqueando la lengua en un ademán negativo. Pero las palabras de este hicieron que Sigune abriera aún más los ojos, pues razón no le faltaba, por lo que por un momento, dubitativa, se preguntó qué haría con el hechicero que tenía delante, que poco tenía de brujo y mucho menos de poderoso.

Tienes razón — asintió a regañadientes, pues aunque tendía a ser testaruda, nunca negaba la obviedad de la realidad.—  Pero al menos clamaré venganza por todas las mujeres que has otorgado, por lo que pretendías hacer conmigo y, por qué no, por todas aquellas a las que harás lo mismo si te dejo en libertad... ¿no es un trato justo acaso? — sus labios se arquearon en una gran sonrisa, donde incluso sus dientes, blancos como la nieve, relucieron en la penumbra. —  Pero como estoy loca, tal vez no necesite a ningún demonio para encontrar un final ideal a todo esto, sí, tienes razón, la cordura no está de mi lado — ladeó la cabeza, de manera teatral. Aunque sus palabras profesaban locura rotunda, Sigune era una mujer muy cuerda, capaz de utilizar el don de la palabra a su favor, y aunque la situación en la que se veía envuelta en ese momento distaba mucho de cordura, ella no hacía más que jugar al gato y al ratón, para ver hasta dónde era capaz de aguantar su captor, que irónicamente, había terminado por ser capturado.

¿Aún crees que caí en tu trampa por tu maravilloso ingenio? Fui yo la que te lo permitió — Le colocó un dedo sobre los labios para hacerlo callar, negando ligeramente con la cabeza. — Lo único que lograste con éxito fue dormirme un par de horas con ayuda de un químico, pero no olvides que ahora estás a mis pies — le guiñó un ojo y apartó la mano de su rostro, crujiéndose los dedos, más por manía que por otra cosa. Iba a rechazar cualquier oferta que el pobre diablo pudiese ofrecer, sin embargo, como iluminación divina, una idea fugaz se abrió paso en la mente juguetona de la hechicera, quien no pudo evitar sonreír divertida, casi de manera infantil.

—  Nunca he tenido riquezas, ni ha sido mi cometido en la vida, sin embargo suena a trato justo... — comenzó a decir. Cualquiera podía entenderlo a su manera, y estaba segura que él creería estar zafándose de la situación de la manera más perspicaz posible, ofreciendo un tributo a cambio de su libertad, incluso a cambio de la libertad de la propia Sigune. Pero ella quería más, no a cualquier sirviente y mucho menos cualquier riqueza. —  Estoy segura que te sobra oro, tiempo y modales que podrías compartir, y aunque de buen corazón podría pedirte que lo desperdigues todo entre los pobres, no jugaré a ser Robin Hood hoy — colocó sus dedos índice y corazón sobre las manos de Adam, moviéndolos como dos piernecillas diminutas que recorrían el largo camino de su brazo hasta llegar a su cuello y, por último, a sus mejillas. — Como sé que continuarás con tu tributo mensual y seguirán siendo pobres e inocentes mujeres, haré de ti mi sirviente personal — le pellizcó la mejilla y suavizó el tono de su voz, aún con un deje de diversión en él.

—  Verás, yo a penas tengo educación, sé mucho de medicinas pero nada de modales y etiqueta y tú, por el contrario, pareces todo un experto, así que juguemos a las muñecas, me vestirás, me instruirás y me llevarás allá donde vayas en sociedad — se llevó las manos a las mejillas, sonriendo como una niña. —  Yo seré Cenicienta y tú mi hada madrina — bromeó nuevamente —  No quiero toda tu riqueza, ni la octava parte si quiera, sólo un intercambio de conocimientos, y quizá te venga bien aprender algo de brujería real, ya que sólo sabes hacer tratos con el diablo sin pedir beneficios reales. ¡Poderes reales! — extendió su mano derecha frente a él, con el fin de estrecharlas para sellar el trato. — Seremos aprendices mutuos, ¿qué me dices, Adam? — La otra opción era, sin duda alguna para Sigune, encerrarlo en su propia mazmorra y volver a su vida cotidiana, que nada tenía que envidiar a los sibaritas parisinos. —  Y puedes llamarme Sigune.
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Mar Sep 24, 2019 8:30 am


Una vez más, la labia que había aprendido al domar mi propia lengua e ingenio a partes iguales, daba su fruto. Aunque, ¿para qué engañarnos? Es más llamativa cualquier joya engarzada en brillante oro que las simples palabras de un mentecato. Y fuera esa la piedra preciosa que coronó la montaña de ideas que resultaron beneficiosas para mi provecho frente a los intereses de aquella mujer: la arpía. Pero ah, parecía estar queriendo ocultar los mismos bajo un manto transparente de desprecio hacia mi persona que estaba obligándole a tomar las riendas de idea descabellada con, posiblemente, absurdo resultado.

- Vaya, la fina hipocresía sigue reluciendo en tu actitud. Has pasado de vengadora a avariciosa en menos de lo que tardaría Machida en comerse a tus queridas hermanas las mujeres.

Y aunque la baraja de naipes se hubiera cortado a mi favor, las costumbres ajenas impedían que mi juego fuera natural y espontáneo, colmándome de atenciones y pequeños gestos destinados, desde luego, a hacerme perder la cabeza y la propia compostura.

Parecía que el improvisado juego de convertirme en 'Bruno, el mayordomo' había tomado forma en la mente de la bruja, queriendo llevar más allá cualquier absurda fantasía alejada de la realidad y buscando procurarme, sin lugar a dudas, más quebraderos de cabeza de a los que estaba ya acostumbrado.

- No creo que mi paciencia florezca de árbol perenne. Al menos no lo suficiente como para tener que ser la institutriz de ninguna niñata montaraz. Aunque he de reconocer que casi me convences con la parte en la que aseguras que deberé vestirte, pues espero que desvestirte vaya implícito.

¡Cuántos habían sido los comentarios aquella noche que alguien como yo jamás hubiera pronunciado delante de dama! Claro que, poco tenía de dama el ser que por desgracia me acompañaba.

Se hizo el silencio cuando su naturaleza mágica salió a relucir y mi naturaleza interesada comprendió que unos cuantos francos no eran nada comparado con la sabiduría del poder que podía hallar de la mano de hechicera semejante.

- Ahora que lo dices, no me vendría mal una acompañante femenina en las celebraciones más sonadas. Creo que madame Miggins comienza a sospechar maliciosamente de mis gustos entre sábanas y no queremos que la pobre vieja tenga tarde o temprano que desmentirse.

No pude evitar reir cuando nuestras manos se estrecharon. ¿Sigune? ¿Qué clase de nombre era ese? ¿Algo típico de su linaje campestre?

- Si, verás, en cuanto al nombre... ¿Qué tal si te llamamos con algo que destile la elegancia acorde a las situaciones que viviremos en adelante? ¿Qué tal Priscila? ¿Anastasia? ¿Angelique? Oh, ¿y qué tal Catherine? Como Catherine Monvoisin, 'La Voisin'. Otra mala bruja como tú -solté sin pelos en la lengua, refiriéndome a su condición de insidiosa y no por compartir poderes con la mujer-.

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Mar Sep 24, 2019 7:22 pm


Aquella noche, los acontecimientos se habían vuelto de un tono claro-oscuro imposibles de determinar un fin en común. Ambos, el hechicero y la bruja, habían adoptado papeles fuera de lo común en sus personalidades, y que sin embargo, dirigía a un camino que recorrerían en conjunto, aunque en aquel momento, ambos negarían rotundamente los designios del destino. Ni ella era una princesa, ni él un caballero de brillante armadura.

Creo que se me ha pegado algo de ti durante esta noche  — al comentario sarcástico de Sigune lo acompañó un cruce de brazos por encima de sus pechos, enarcando ligeramente una ceja. — Aunque en realidad mi meta es otra, no pretendo hacerme con tus riquezas, sino colmar tu santa paciencia — arrugó la nariz y sonrió de forma ladina. Disfrutaba sacar de quicio a tan refinado señor. — Lo que más me gustará de todo este asunto, es irritarte con mi presencia a cada segundo  — y sabía que no necesitaba demasiado para hacerlo, pues aunque no fuera la más malvada de las brujas, sí que resultaba la más tozuda de todas.

Se puso de pie y sacudió su vestido, más por costumbre que por pulcritud, ya que la humedad y suciedad de la mazmorra había echado a perder sus pobres harapos. Dio un giro sobre sí misma para buscar con la mirada su capa, con el fin de colocársela encima, pues no pretendía pasar la noche en un lugar desprovisto de leña y fuego. — Si crees que desvestirme es lo mejor que podrás hacer, te dejaré  — enarcó una ceja mirando al hombre en el suelo, observando como el rubor en sus mejillas se iba acentuando ante su comentario. Imaginó que no era la clase de señor que se dedicaba a hablar de aquella forma malsonante a las mujeres, incluso lo tildaba de casto en algunos aspectos de la intimidad. — Pero podrías acabar manco — se encogió de hombros, quitándole hierro al asunto.

Dio un último vistazo al lugar, memorizando cada esquina y recoveco, como vieja costumbre de mujer en guardia, que no perdía su tiempo en destacar sólo el hecho de encontrarse en una mazmorra por debajo del suelo, para Sigune, hasta la más pequeña piedrecilla cumplía una labor significante en el estudio del campo de batalla. — Llámame como quieras, corderito, incluso mamá si te hace ilusión, ya que a pesar de los muchos años que pareces llevar encima, aún no sabes nada de la vida — negó con la cabeza en señal de reproche. Irritar a los hombres parecía una de sus habilidades menos cuestionables, y lo mejor de todo es que no necesitaba magia alguna para lograrlo.

Tras una seca despedida, Sigune encontró la salida de aquella helada cueva, poniéndose nuevamente rumbo a casa, pero esta vez sin volver a ser atacada. En cuanto a Leonard, acordó volver a verlo dentro de dos días para comenzar a cumplir con su parte del trato. Pero, ¿qué ganaba Sigune con tal intercambio? Las riquezas nunca fueron una necesidad imperiosa para ella, pero también es verdad, que sus verdaderas intenciones no las exibiría de buenas a primeras. Como en toda caza, primero necesitaba hacerse al terreno antes de empezar a colocar las trampas.
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Última edición por Major Tom el Mar Sep 24, 2019 8:23 pm, editado 1 vez


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Mar Sep 24, 2019 8:10 pm


La Feria de las Vanidades
"Festejar es un dulce sufrimiento."
- Robert Byrne.


El borgoña recorría las copas colocadas sobre los tapetes, dispuestas unas sobre otras, evocando una torre de cristal que marcaba absurdamente el significado de la clase alta de la época: vulnerable, con personalidades transparentes y... empapada de vino. Los dulces que acompañaban no resultaban muy distintos. Llamativos pero insípidos, cargados de los colores más refulgentes, acordes a los pomposos vestidos de las damas y a sus mejillas coloreadas. Reluciendo gracias al barniz glaseado que competía en brillo con las joyas de todas aquellas aristócratas más preocupadas por aparentar dignidad que por poseerla realmente.
¿Y qué podemos decir del ornamento masculino? Un nido de ratas albinas aposentadas en nuestras cabezas, engalanadas con un femenino lazo y chillando ante tal servidumbre poco agradecida. Chorreras, pantuflas, medias aterciopeladas, zapatos con tacón y brillantes engarzados en un chaqué no muy distinto a los vestidos de las mujeres. Sin duda, una época pintoresca la que me había tocado vivir en cuanto a costumbres de nobleza. Donde un hombre parece de todo... menos un hombre.

_____________________

FLASHBACK

El tintineo de mi impaciencia contra la mesa se hacía cada vez más rítmico y los pies comenzaban a hacer los coros. ¿Dónde estará esa arpía?, me preguntaba sin ganas de seguir esperando a semejante demonio descortés cuando unos golpeteos incesantes sacudieron la paz que reinaba en la estancia.
Como por arte de magia, a mi sirviente parecía haberle salido un sarpullido tedioso con forma de mujer y ambos se dirigían hacia mi.

- ¡Vaya, Madame Monvoisin! -comencé la mofa- Un placer tenerla por fin con nosotros. Retírese Abelard.

Ofrecí asiento a la bruja -nunca me verán refiriéndome a ella como una dama hasta que deje de ser algo más que una bestia- y comencé a pasear en derredor.

- ¿Por dónde queréis empezar, mi señora? -tal vez si que estuviera dispuesto a tratarla como tal siempre y cuando fuera con recochineo-.

______________________

Por primera vez en mucho tiempo, mi travesía desde los jardines hasta el interior del palacio resultó estar llena de ojos curiosos y lenguas viperinas que se extrañaban de que, por una vez, mi brazo estuviera ocupado por una mujer. Bueno, eso pensaban ellos que era: una mujer.
La señora Miggins, valiente víbora vieja, resultaba ser la protagonista del evento, pues era el cumpleaños de su marido pero como bien podemos comprender de las mujeres, que alguien les quite el protagonismo no iba acorde con ellas. Fue por ello que tras hacer acto de presencia, ésta no dudó en acercarse a hablar con nosotros, buscando enterarse de absolutamente cualquier chismorreo referente al porqué de mi compañía femenina.

- ¡Leonard, querido!
- Madame Miggins, tan joven y hermosa como su hija -a la que, ¿para qué nos vamos a engañar? ya había echado el ojo-.
- ¿Quién es esta bella dama, Leonard? ¿Por fin te has casado? ¿Parecía imposible, verdad? ¡Pero todo llega tarde o temprano!
- No, madame. Es mi prima Catherine -no dejaría con tanta facilidad la guasa de Monvoisin-. Es una prima muy muy muy lejana -aclaré para salvar las distancias entre su futuro comportamiento y el mío-.

La noche acababa de empezar y no recordaba que entre mis habilidades se encontrara la adivinación, pero intuía una ceremonia desastrosa.

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Villa de los Miggins




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Mar Sep 24, 2019 9:06 pm


El popurrí de olores, los colores brillantes y la pomposidad exagerada parecían haber vomitado sobre aquel gran salón, donde el simple destello de las joyas podían cegar a cualquiera que las mirase directamente. Sigune no sabía hacia dónde dirigir su mirada, a cada paso que daba, algo parecía relucir en cada esquina, llamando su atención y logrando que abriese aún más los ojos, de ser aquello posible, pues no había dama más sorprendida en aquel lugar que ella misma.

Le sorprendía la exageración de los vestidos, incluso el suyo propio se tornaba incómodo por momentos, no soportaba el tono brillante del mismo, y sin embargo, parecía pasar desapercibida entre aquella multitud pedante de damas y caballeros, a quienes parecían dolerles las mejillas si sonreían de forma real y no curvando ligeramente los labios como si un olor desagradable apestara el ambiente y tuviesen que disimular el hedor propio de la pedantería.

Fuera de lugar, así se sentía ella, la mujer que colgaba del brazo de un arlequín con peluca.

___________
FLASHBACK

Tuvo que apresurar el paso para no llegar tarde, y aún así lo hacía, pues había olvidado por completo la hora exacta de su cita por entretenerse con su entrenamiento más tiempo de lo requerido, pero a pesar de ello, logró ponerse en camino con la presteza suficiente, incluso a pesar de haberse dado un baño rápido para quitarse de encima el barro y el olor a bosque.

Sus rizos sueltos bailoteaban a cada paso, cayendo como una cascada sobre sus hombros, con el salvajismo propio de una niña y no la elegancia de una mujer, un hecho que le daba aspecto de llevar muchos menos años encima de lo que realmente tenía. Pero a pesar de que nunca se había visto disconforme con su apariencia, allí se encontraba, a las puertas de un cambio repentino, sólo por jugar un poco con las riendas del destino. No era su fin más acérrimo, hacerse un hueco en la alta esfera de la sociedad, pero sí su cometido el de importunar a un hombre incapaz de pensar con rectitud.

Un sirviente la atendió y fue guiada hasta un salón del tamaño de tres apartamentos como el suyo. No se sorprendió por la opulencia, y tampoco por la forma que tenía Leonard de tratar a las personas, ¿pero qué más podía esperar de un hombre como él? La respuesta era simple: nada bueno.

No olvides que Monvoisin fue una envenenadora profesional — puntualizó la bruja, mientras tomaba asiento, agradeciendo sus servicios a Abelard. — Por el principio, ¿por dónde sino empezarían las cosas? — observó a Leonard, cruzándose de brazos. — ¿Crees que sé lo que hacen las damas de alta sociedad cuando se juntan? Beben té, hacen punto y leen en voz alta... y las más osadas hasta cantan — puso los ojos en blanco y pensó en lo aburrida que le resultaría una vida así. — Tal vez podrías darme algunos temas de conversación y pautas, de todo lo que sé es de caza, desmembramiento, hechizos y pociones — puntualizó Sigune, mientras se echaba hacia atrás en el sillón, dejando colgar ambos brazos a los lados, disfrutando de la comodidad mullida del mueble.

___________

Aunque muchas miradas se posaban sobre ella, conocía la curiosidad que se escondía en ellas, y no era sobre su persona, sino el por qué una dama acompañaba a Leonard Blackwood. Escondió su burlona sonrisa detrás de sus dedos enguantados, bajando la mirada. Ni si quiera esta gente comprendía tal hecho, lo que provocaba la risa burlona de la bruja.

Creo que ninguna mujer sería capaz de soportarlo — aclaró la bruja, haciendo un pequeño ademán con la mano hacia la señora, a modo de saludo. — A veces ni yo misma lo hago y eso que somos familia — puntualizó, dándole un ligero codazo a su acompañante, aprovechando el hecho de estar colgada de su brazo. — Aunque no lo parezcamos, por suerte, ya que no soportaría ser del lado de la familia a la que le toca crecer con esa nariz — se señaló la nariz dando ligeros toques sobre esta, para luego mirar de forma burlona a Leonard, de cuya nariz se estaba burlando.

Había roto una de las reglas básicas para toda mujer de sociedad: No hablar de más. La noche parecía prometer mucho más de lo esperado, a pesar de encontrarse rodeada por un montón de personajes pedantes y estirados.
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Última edición por Major Tom el Mar Sep 24, 2019 11:28 pm, editado 1 vez


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Mar Sep 24, 2019 9:26 pm


El ruidoso murmullo de los arlequines tristes y las prostitutas de seda se volvía incesante. Hablar, hablar y hablar, conversaciones banales cuyo único fin consistía en marcar lo que llevas entre las piernas o lo que sobresale del corpiño. El mercado de la carne, el negocio de la alta nobleza. Vendo, compro. Vendo a mi vieja mujer, y adquiero los derechos de mi joven sirvienta. Tal vez algo que fuera absolutamente necesario en celebraciones de índole similar fueran menos conversaciones absurdas y más genocidios en cadena.

- Ni yo aguantar a ninguna mujer. Mucho menos si se parece a ti, querida prima -aclaré en necesidad de que mi ego no cayera fulminado en demasía-. Oh, mejor nariz grande que cerebro pequeño, ¿no les parece? -bromee saliéndome sin querer del papel de galán y caballero, pues mi orgullo así lo requirió y así exploté en carcajada burlona, falsa, similar casi a la de un cerdo o asno-.

- Oh, querido, usted siempre tan bromista.

________________

FLASHBACK

- Si, no se me olvida. Tus palabras me envenenan los oídos de igual forma. Tu manera de pronunciar, de hablar. Se puede sacar a una pordiosera del bosque pero no al bosque de la pordiosera, por lo que parece. Y es por eso mismo que seguramente comencemos por ahí -decidí mientras me sentaba frente a ella y erguía mi espalda en su dirección-. Repite conmigo: La vida de la de la desposada termina de una estocada -pronuncié con un perfecto acento inglés que parecía volver loca a la alta nobleza parisina. Y con razón, pues siempre hemos sido superiores-.

No resultaba difícil escandalizarse frente a las palabras de su majestad Artemisa de los bosques, pues en algún momento la naturaleza hizo de ella una fiera indomable que parecía estar rezando por ser aquello que le correspondía de una maldita vez: una auténtica dama.

- Si, tienes razón. Beben té, hacen punto, leen, cantan, tocan instrumentos, son instruídas en distintas lenguas, modales, baile, algunas hasta tienen la suerte de tener familias liberales que les permiten estudiar como hace un hombre, aprender pintura o escribir. Dime, ¿sabes hacer tú alguna de esas cosas o tengo que enseñárte a hacerlas todas?

El reloj corría y la parte más tediosa de aquel trato parecía alargarse innecesariamente. ¡Y eso que acababa de comenzar!

_____________________

Pero la única broma que parecía tener cabida aquella noche era la del propio destino que había decidido jugar conmigo.

Radiante como la primavera y misteriosa como la noche parisina, la hija de madame Miggins no tardaría en hacer acto de presencia en aquella fiesta, descendiendo cual ángel celestial por la enorme escalera que conquistaba el resto de la estancia y haciendo latir mi corazón como caballo desbocado.

- Que belleza -pensé para mi sin llegar a comprender que también lo había dicho en voz alta-.
- Le insté a que se sujetara el pelo, pero parece ser que no me ha hecho mucho caso. ¡Niños!
- Está perfecta -declaré frente a una situación que resultaba realmente irónica, pues mi acompañante, la señorita Hood, había decidido por si misma dejar sus bucles al aire pese a que yo le insistí una y mil veces a que las damas de verdad no hacían eso en esta clase de eventos-.


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Mar Sep 24, 2019 11:33 pm


Todo iba como una rosa hasta el momento, pese a que Sigune sentía el impulso, hasta el momento frenado, de querer salirse de las normas establecidas y buscar una copa de whisky con hielo y no el burbujeante champán que ofrecían los camareros con adornos y peluca en aquel gran salón. A veces arrugaba la nariz ante tanta pedantería, pero la dama de la casa parecía no darse cuenta de la incomodidad de la nueva invitada, por lo que aún podía pasar desapercibida su tozudez y poca clase.

Miró a Leonard de reojo, levantando una ceja de forma interrogatoria, como si no se creyese las palabras del petulante caballero, y en realidad no lo hacía, por lo que no pudo evitar soltar un resoplido de burla.  

Da igual el tamaño del cerebro, primito — le estrujó la mejilla con malicia — Si de todos modos no lo usas — lo puntualizó con retintín, estirando la mano para coger una copa de la bandeja que llevaba uno de los pingüinos, que caminaba con pesadez en la mirada. Pobres animales de carga. Pensó la bruja para sí misma, dando un trago a la bebida, cuyo gas se le escapó por la nariz, obligándola a fruncir los labios y escupirlo de nuevo dentro de la copa. — Esto es veneno — musitó más para sí misma que para sus acompañantes, que terminaron escuchándolo de todos modos. La dama se dio por aludida ligeramente y escondió una mirada fulminante detrás de su abanico.

Es el mejor champán de toda Francia, querida— aclaró con la cabeza en alto, como si su rechoncho cuello le permitiese levantar la cabeza más allá de sus decaídos hombros.
Tanto, que es imposible beberlo — aclaró la vagabunda vestida de dama, encogiéndose de hombros para vergüenza del caballero al que acompañaba.

___________


FLASHBACK

Puso los ojos en blanco al escucharlo, la frase parecía sacada de un libro de pedantería caballeresca, tan insulsa y poco comprensible, que Sigune no pudo evitar hacer lo que tan bien se le daba; hacer rabiar a Leonard. — Lah vida de la dehposada termina en una ehtocada — puso ahínco en pronunciarlo de la peor forma posible, con un marcado acento de Luisiana, el condado donde su padre había nacido, y a quién más adoraba escuchar por el divertido deje acentual a la hora de hablar. A ella nunca se le pegó tal acento, pero imitarlo era su actividad favorita cuando niña, haciendo llorar a su padre de risa en esos momentos de complicidad. — ¿De verdad empezaremos por mi pronunciación? ¡Si es perfecta! — aclaró divertida, levantando las piernas en cruce poco femenino, sobre el sillón, dejando ver sus piernas desnudas bajo el vestido, algo muy propio, ya que odiaba llevar enaguas, pues las telas tan gruesas le irritaban la piel.

Pues sí, listillo, estudié enfermería y además sé hablar y escribir en inglés, alemán, francés y latín a la perfección, así que podré avergonzarte en varios idiomas frente a tus amiguitos distinguidos — aclaró con un deje de superioridad, mientras se llevaba los dedos a la boca para mordisquear las pielecillas sueltas alrededor de sus uñas, con la mirada fija en el amargado hechicero.
 
___________


Sigune dirigió la mirada hacia dónde Leonard y la señora Miggins observaban, recayendo en una muchacha de rojizos rizos y cuya belleza no escapaba ni para la propia Catherine.

Creo que tienes un poco de baba, por aquí... — cogió el pañuelo del bolsillo delantero del traje de Leonard, para pasárselo por la comisura de los labios como lo haría una madre con su hijo, sólo que de manera burlona. — Pareces un viejo verde — rió por lo bajo y volvió a guardar el pañuelo de Leonard en su bolsillo derecho, un hecho que incomodó e incluso podría decirse que escandalizó a la remilgada mujer que lo
acompañaba.
Creo, querida, que es oportuno presentarte al Barón de Calvinet, le encantará bailar con una dama como tú— Madame Miggins se enganchó del brazo de Sigune y tiró de ella con la fuerza propia de una mujer rechoncha como ella, logrando un traspiés por parte de la bruja, lo cual la enfadó ligeramente. —Leonard, a Rosabelle le encantará saludarte, no te preocupes por tu prima, estará en buenas manos— la anfitriona tironeó de Sigune a pesar de su negativa, a quien dejó con el "no" en los labios, para terminar llevándola junto a un grupo de caballeros pasados de edad, quienes parecían tener la edad propia de una momia.

No soy muy sociable, debo advertir... — protestó Sigune, rechinando ligeramente los dientes
¡Tonterías!— espetó de buena gana la señora, carraspeando frente a un grupo de caballeros. —Lumiere, querido, deja que te presente a la buena señorita Catherine...— frunció ligeramente el ceño al darse cuenta que desconocía su apellido. —la prima de un muy buen amigo de la familia, se estaba preguntando si le permitiría un baile con ella— le dio un par de golpecitos en el brazo y soltó a Sigune, dejando que el caballero tomase su mano de buena gana.
Será un placer, mi buena señora, no podría rechazar a una mujer como ella— el hombre sonrió de oreja a oreja, llevando a Sigune a la pista de baile, donde tardaron varios segundos en llegar, pues parecía que su cadera en cualquier momento terminaría quebrándose simplemente al andar.

Sigune maldijo por lo bajo, fulminando con la mirada a Madame Miggins y luego a Leonard, quien sin duda estaría regodeándose de dicha en su interior al verla disgustada de aquella manera. Quiso lanzarle su zapato, pero la noche aún era demasiado joven como para acabar de tal forma.
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Mar Sep 24, 2019 11:59 pm


La premisa de que se puede sacar a la bestia del monte pero no al monte de la bestia se me venía poco a poco a la cabeza. Acompañada de otras como que aunque la ordinaria se vista de seda, ordinaria se queda. Sin olvidarnos aquella que dice Sigune, cierra la boca.

- Mi muy aguda prima Cath, siempre sabiendo donde poner la nota bufónica en cualquier reunión de clase adinerada -declaré intentando salvar la situación al tiempo que hincaba el codo en las costillas de mi querida acompañante-. Bébetelo y no protestes -le pedí bajando el tono-. Está claro que no se ha hecho la miel para la boca del asno, ¿verdad, señora Miggins?

- Querida Catherine -pronunció como si en este caso querida significara algo-, os voy a dar un consejo. A los hombres no les gustan los bufones. Se casan con damas. Recordadlo si queréis ser alguien el día de mañana. Una Vanderbilt o una Machault de Arnouville quizás.

¡Ja! Arnouville, valientes estúpidos. Con razón sus padres son hermanos.

________________

FLASHBACK


- Vaya, no creí que pudieras pronunciar peor de lo que lo haces a diario. Felicidades.

Mi mano se deslizó por debajo de la mesa y sacó un pulverizador que comencé a utilizar con aquel mal bicho, usando agua en lugar de veneno.

- Cada vez que hagas algo que no haría una dama de clase alta, volveré a echarte agua. Decide tú si quieres salir de aquí a pie o en canoa -expliqué antes de volver a mojar su rostro en señal de que aquel sentar no era el correcto-.

Muchas eran las formas de instruir a un animal en las finas costumbres del hombre de a pie y de entre todas ellas, aquella más inofensiva -no olvidemos que esa desventaja de poderes sigue estando ahí y que el miedo todavía roza algunas de las ideas que rondan mi cabeza- y humillante parecía ser la de la pulverización. Al fin y al cabo, lo único distinto entre una mujer y un sabueso es que éste se mantiene fiel hasta el final.

- Estupendo. Bendito aquel que te enseñó a hablar. Deberé enseñarte lo propio, a callar.

Pulvericé y pulvericé.

- ¿Cómo crees que se comporta una dama en sociedad? Descríbemelo, o mejor, demuéstramelo. Yo te corregiré si veo que yerras.

_____________________

En verdad aquella mujer no decía ninguna mentira. Pues todo viejo es en el fondo un joven igual de verde que lo será con los años. Como podía suceder conmigo mismo, encerrado en un cuerpo que no me pertenecía.
Una sonrisa vacilona que intenté ocultar salió de mis labios y mis ojos se entreabrieron todavía más al escuchar el apellido Calvinet.

- ¡Si, si! Calvinet te encantará -declaré antes de volver a reirme-.

Pero la realidad no tardó en golpearme. Por un lado, debía presentar mis respetos frente a la bella Rosabelle y asegurar que supiera de mi existencia. Por el otro, nunca más habría existencia alguna que presentar para la alta burguesía si permitía que Sigune abandonaba sus modales en pos de su enfado. Es por ello que accedí a la pista de baile y tomé su mano al vuelo, pidiendo unas ágiles disculpas al vetusto caballero.

- ¿No puedes estarte quieta? Tengo otras cosas que hacer, no puedo estar vigilándote como si fuera tu padre.

Mi mirada saltaba ágilmente entre una belleza y la otra, y pronto se me ocurrió una idea que tal vez no hubiera sido la más inteligente:

- Ayúdame con Rosabelle. Si lo haces haré lo que quieras. Échale un hechizo, algo. Haz que pose sus ojos sobre mi y nunca más vuelva a quitarlos.

Aunque, como todos sabemos pero buscamos ignorar, la magia siempre termina volviéndose contra uno. Más en mi caso.

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Miér Sep 25, 2019 12:10 am


Había comenzado a danzar con aquel anciano, quien la sostenía de manera casi brusca por la cintura, como si temiese una escapada temprana. Sigune observaba a su alrededor, con la única intención de mantenerse alejada del rostro del vetusto caballero, sin embargo no tuvo que aguantar la respiración por demasiado tiempo, cuando quiso tramar un plan de escape, Leonard se encontraba a su espalda, pidiendo el siguiente baile a la dama, que poco tenía de delicada, y disculpándose con el caballero, quien a regañadientes, cedió la mano de su acompañante.

Sigune suspiró por lo bajo y se sujetó a Leonard como éste le había enseñado, descansando la mirada en su hombro derecho, incapaz de agradecer aquel gesto, siendo el salvador de aquella situación, la que, visto de otra manera, él mismo había provocado al presentarla a Madame Miggins.

Ya tardabas...— espetó sin más, cuando él empezó a recriminarle sus acciones. Sigune puso los ojos en blanco y a drede le pisó un pie, clavando la mirada enfadada en los ojos ajenos.

___________


FLASHBACK

Exageración— pronunció la muchacha, enarcando las cejas. —Se llama exageración, porque lo he hecho a propósito sólo para verte la cara de estirado que pones al oírme hablar— sonrió entre dientes, viendo lo mucho que le divertía hacerlo rabiar, pero no se imaginó que él también tuviera un As en la manga, y hubiese ideado una manera mucho más molesta de hacerla rabiar. Se había encontrado con un auténtico rival mental, a pesar de que sus medios nada tenían que ver con los de la bruja.

Su sorpresa fue para mal, cuando el agua dio directo a su rostro. Su boca, abierta en una perfecta O, y sus ojos cerrados por la molestia que causaba el agua, indicaban perfectamente lo sorprendida que se encontraba ante aquel ataque tan repentino y gratuito. Quiso rechinar los dientes y saltarle a la yugular, sin embargo Leonard no hacía más que pulverizar y pulverizar cada vez que ella abría la boca o se movía, incluso hasta cuando no lo hacía, simplemente porque su manera de sentar no era la adecuada.

Phasmatis accere— susurró al viento, logrando abrir los ojos. En pocos segundos, una ráfaga de viento arrebató el pulverizador de la mano de Leonard, logrando que cayese a varios metros de distancia. En ese momento, Sigune se abalanzó contra él, sentándose en sus rodillas y sujetándole el rostro con las manos, casi a modo de amenaza. —No soy muy buena con las sorpresitas desagradables. Simplemente, no me hagas enfadar— aunque todo parecía un juego entre los dos, a Sigune no le gustaba que la tratasen como a un ser inferior. Y por razones propias, tendía a ser muy vengativa, por lo que sacar la salvaje que llevaba en su interior, podría resultar un arduo trabajo para el inexperto de Leonard.
 
___________

Observó a su alrededor a medida que iban girando en el salón de baile. Intercaló miradas con otros caballeros que la miraban del mismo modo que Leonard miraba a Rosabelle o incluso a otras damas que se encontraban danzando a su alrededor. Sintió un repentino calor subir desde su estómago hasta su pecho y creyó que era rabia por el modo en el que los hombres veían a las mujeres; el objeto perfecto que designaba belleza y satisfacción.

No lo haré— Apretó la mandíbula y volvió el rostro hacia su tutor. Había muchas cosas que ella debía aprender de aquel mundo, eso le quedaba claro, sin embargo, Leonard parecía no entender el mundo de la magia en su totalidad, creía que se podría usar en beneficio propio pagando un precio sin más. Lo que no entendía era que ese precio siempre sería él mismo y nadie más. —Leonard, querido, si no sabes como funciona el amor, mucho menos sabrás como usar la magia— y Sigune no se refería al amor sexual que él deseaba por parte de Rosabelle, sino al amor propio.

Lo único que lograrías sería una vana ilusión, en la que ella diría las palabras que tú quieres oír, pero sin sentirlas, por lo que ese tipo de amor, no alberga magia alguna— giró sobre sus propios talones cuando la coreografía lo impuso, y volvió a sujetar la mano de Leonard con la suya, dirigiendo aquel baile ligeramente hacia las puertas del gran jardín. —No puedo obrar mi magia si eso implica enjaular a una mujer a su peor destino: tú.— A veces las palabras herían más que cualquier puñal.

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Miér Sep 25, 2019 12:52 am


Efectivamente el amor era algo desconocido para mi. El simple conato de éste que llegué a sentir se fue prontamente a la tumba junto con ella: Lucinda, la de dulces encantos. Asemejada por mi a las deidades griegas en cuanto al epíteto de su persona: Andrómaca, la de níveos brazos. Artemisa, la de áureo trono. Aurora, la de azafranado vuelo. Briseida, la de hermosas mejillas. Sin olvidar a Sigune, la de carácter encabritado.

Como el asno más sobresaliente del establo, miré a Sigune con una ceja enarcada, sin comprender lo que me estaba diciendo. Pues ¿no sería para Rosabelle la mayor de las suertes el poder ser mantenida por un hombre que la trataría como la reina que nunca pudo ser? ¡Ah, Rosabelle! Rosabelle, la de cabellos de fuego.

- No entiendo -fueron las únicas palabras que pronuncié, sin comprender qué había de malo en aquel amor cuando, en el fondo, no era más que un deseo desmedido-.

________________

FLASHBACK


- Mi cara de estirado es perpetua, princesa de los bosques.

No pude ocultar la satisfactoria gratificación de apreciar el rostro de Sigune, tan empapado como estupefacto. Mi sonrisa comenzaba a desbordarse y las carcajadas internas que estaba profiriendo no me dejaban concentrarme en otra cosa más que burlarme. Eso fue, sin embargo, hasta que Sigune se las ingenió para deshacerse del pulverizador y se sentó traicioneramente sobre mis rodillas. ¡No pude sino apartarme! Supongo que caer al suelo es algo que a la bruja tampoco le agradó en demasía, pero como para ella el suelo parecía resultar un sitio mucho más natural en el que sentarse que una silla, no me preocupé mucho.

- Una dama no se sienta sobre un caballero de forma tan vulgar -objeté absurdamente, pues la verdad es que aquel acercamiento había despertado cierta incomodidad en mi persona-. Levántate.

Aquel parecía el momento indicado para que las lecciones se decantaran por el baile. Insté a la muchacha a que tomara una pose femenina que yo mismo imité y por la cual no dejó de burlarse.

- No sé de que te estás riendo. Aún con todo, yo soy más femenino de lo que tú nunca llegarás a ser.

El momento de pasarle la batuta llegó y tomé finalmente la pose de barón que me correspondía.

- ¿Sabes bailar o tampoco?

_____________________

Las palabras de Sigune no eran ni mucho menos las peores que alguien me había dedicado nunca y, sin embargo, en este caso habían atravesado mi corazón como una flecha lanzada por Artemisa. Solté la mano de la mujer y me fui de allí con el poco orgullo que me quedaba a rastras, dejando un residuo negro a su paso que más tarde tendría que limpiar algún sirviente.

Hasta la luna que podía apreciarse desde el balcón de los Miggins parecía burlarse de mi.

- Lord Blackwood -pronunció una voz dulce como la miel que procedía de aquel sueño llamado Rosabelle-. ¿Podría ayudarme a...?

- Ahora no.

Mi mano comenzó a moverse sola, indicando que se fuera, a lo que reaccionó desapareciendo de forma casi inmediata, algo airada por aquel desprecio inesperado. Tan inesperado como lo fue para mi más adelante, cuando comprendí lo que acababa de hacer.

Leonard, el de los amores imposibles. El de las penas inconsolables, pensé para mi regodeándome en una melancolía que siempre había estado ahí pero que vio la luz gracias a las palabras de Sigune.

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Miér Sep 25, 2019 1:10 am



A penas habían dado dos de las seis vueltas que contenía la estudiada coreografía, cuando Leonard soltó a Sigune en medio de la pista, para dejarla a su suerte, tal vez conmocionado por sus palabras, tal vez irritado por su sola presencia; pero bastó para arrancar un suspiro en la bruja, quien lo siguió con la mirada hasta perderlo detrás de las puertas francesas del balcón.

Se acercó a uno de los camareros y pidió una copa más fuerte que el burbujeante champán. Un trago de bourbon endulzaron sus labios. A lo lejos vio al vetusto caballero con el que había intercambiado un par de palabras y unos pasos de baile, acercarse de nuevo. Se encogió ligeramente, dándole la espalda y pidió otras dos copas más al caballero, para terminar de salir por patas de aquel lugar.

Había dado su espacio a Leonard, pero debía admitir que sin él, en esa fiesta de cuervos, terminaría por ser carne de carroña. A paso lento se dirigió al balcón, observando en su cercanía cómo la joven Rosabelle volvía a entrar al gran salón con la mirada llena de enfado y las mejillas llenas de aire, haciendo un puchero propio de una niña de cinco años. Sigune sonrió negando con la cabeza. "¿Buscará a caso criar una niña en vez de la compañía de una mujer?" se preguntó, mientras miraba a Leonard.

___________


FLASHBACK

Una sonora risotada retumbó en la habitación, mientras Sigune se abrazaba a su estómago, sentada en el suelo tras caer de las rodillas de Leonard. No había esperado aquella reacción tan rápida y repentina, por lo que no pudo evitar reír con ganas. Se lo había ganado, por lo que, enjugándose las lágrimas de tanto reír, se puso de pie para volver a mirarlo con aquella superioridad fingida, casi imitando la manera que tenía Leonard de mirarla.

No creo que sea malo que saques a relucir tu feminidad, así que, por favor, enséñame a ser tan femenino como tú— realizó una exagerada reverencia, volviendo a tomar asiento frente a su profesor. —Simplemente no vuelvas a usar trucos de animales conmigo, porque puedo resultar un poco... temperamental— intentó hablar con toda la finura que le era posible, sin embargo en todo momento parecía estar burlándose de aquel hombre, aunque tampoco es que le importase demasiado, pues lo único que provocaba eran comentarios llenos de ironía y fanfarronería hacia ella, hecho que la hacía estallar de risa en su interior. Empezaba a gustarle de más aquella lucha de egos, como si de un juego se tratase, y el ganador terminase por llevarse el mejor de los premios: ver al otro por los suelos.

No, no sé bailar, tendrás que enseñarme eso también— balanceó los pies en las sillas, mirándolo con una sonrisa de oreja a oreja, como quien finge inocencia.
 
___________

Se acercó a él lentamente y se colocó a su lado, dejándole la copa junto a su mano derecha, apoyada en la gruesa  baranda de piedra. Ella dio un trago a la suya y se quedó allí a su lado, en silencio, mirando los farolillos que decoraban el jardín y que proveían algo de luz a aquella inmensa oscuridad.

Pasaron unos minutos hasta que se atrevió a hablar. —Lo siento— musitó con la copa apoyada en sus labios. —No fue mi intención herir tus sentimientos... si es que tienes alguno— no podía ser demasiado amable con él. —A veces la verdad duele y hay que aceptarla— se atrevió a mirarlo por fin y distinguió un atisbo de enfado en su mirada, lo que provocó un suspiro en ella.

Leonard, la magia no viene del viento o del aire que respiramos, sino de aquí— se atrevió a ponerle una mano en el pecho, señalándole el corazón, mirándolo con la cabeza ligeramente ladeada. —Son nuestros sentimientos los que provocan que el poder que acumulamos tome forma en el exterior. Por lo que, así como no puedes forzar al amor, tampoco puedes forzar la magia, ambos necesitan de comprensión para salir a flote y eso, amigo mío, lleva su tiempo— se separó de él y se apoyó contra la barandilla, dando un trago a su bebida, nuevamente con la mirada perdida en el infinito.

Comprender el amor no implica que no vaya a doler...— dijo al cabo de un rato, habiéndose acabado ya la copa—siempre acaba doliendo— musitó casi más para sí misma que para él, encogiéndose ligeramente de hombros y olvidando por un momento el lugar en el que se encontraban.

Cuando parecía que la melancolía había hastiado el ambiente, dio un ligero respingo y volvió a mirarlo, dándole un ligero golpe con la mano abierta en el hombro. —La clave está en no compadecerte de tí mismo, así que ponte regio, quítate esa peluca ridícula y ve a hablar con la niña que te estaba buscando, ¡nada de ser un cobarde!— miró su copa vacía y decidió girarse para volver a entrar y buscar otra copa con la que seguir endulzando sus labios, y quizá también algo de pastel.

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Miér Sep 25, 2019 9:22 pm


Como el niño que alguna vez había sido y, sin embargo, nunca había dejado de ser, en mi cabeza las palabras de Sigune volvían a repetirse con una cantinela que incitaba a la mofa: Sentimientos blablabla, la verdad duele blablabla....
No sería hasta que su mano se posó en mi pecho que el adulto volvió a tomar tierra haciéndose de nuevo con el cuerpo que le correspondía, sin corresponderle -pues recordemos que aunque mi rostro grite a los vientos lo vetusto de mi existencia, la verdad era otra bien distinta-.
Las palabras de aquella bruja tenían más sentido del que podía reconocer. Es por ello que nunca llegué a hacerlo en voz alta. Y, sin embargo, entendía a la perfección porque la magia nunca se había manifestado en mi de igual forma que en alguien como ella.

__________________

FLASHBACK

- Temperamental... -repetí para mi olvidando que también mis labios lo estaban pronunciando al mismo tiempo y era perfectamente perceptible para ella-.

Ansioso por acabar con aquel juego de niños, incité a Sigune a levantarse, tomándola de la cintura y de la mano con la vergüenza recorriendo mi rostro, que luchaba por mantenerse serio y altanero.

- Un dos tres, un dos tres -comencé a repetir mientras mis pies danzaban lentamente por la sala, a la espera de que los suyos me siguieran, pero encontrándome con un pato mareado que parecía ir a trompicones en lugar de deslizarse sobre las tablas de madera de la casa-. Por una vez en tu vida, intenta concentrarte en hacer algo más que no sea molestar.

Siendo consciente de la complejidad del baile para alguien como aquella mujer, que se acercaba más al mono que al ser humano, comencé a tararear una cantinela clásica que ayudara en su práctica. Al principio con miedo, pues sabía que no tardaría en burlarse de mi voz y mi repertorio. Sin embargo, la importancia de dicha cantinela empezó a cobrar importancia cuando comprendió que era una herramienta más que eficaz en aquel baile continuo de instrucción.

____________

- Claro -musité. Menos para Lucinda, pensé además-. Pero me pregunto, ¿cómo puedes sentir tú algo si no tienes corazón? -interrogué a la mujer mostrándole con mi común ironía que tal vez no la odiaba pero que, al mismo tiempo, era una auténtica bruja por haberme hecho sentir de aquella manera tan compungida-.

Comprendí con rapidez que Rosabella no era del agrado de Sigune, pues se molestaba demasiado en infravalorarla refiriéndose a ella como una niña y no como una mujer. Una mujer a la que, ya puestos, aquella noche ya no me apetecía tener que ver.

- Vamos a hacer otra cosa -propuse- Tráeme otra copa y algo de pastel, ¿quieres? Este veneno parduzco es asqueroso y tus palabras me han dado hambre, a la par que aburrirme.

Era irónico que yo, orgulloso en gran medida de ser un hombre de alta alcurnia -aunque esta se base en una ilusión demoníaca- y viril cuanto menos, tolere absurdamente mal las bebidas alcohólicas cargadas de grados que tomaba la americana. Acostumbrada a un sabor mucho más concentrado y áspero que los elixires más o menos delicados que frecuentábamos nosotros. Aún con todo, aquella parecía una caja de sorpresas que llamaba mi atención en aquel momento más que la joven Rosabella: la ruda Pandora.


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Jue Sep 26, 2019 12:20 am



Por un momento sus pensamientos volaron a viejos recuerdos, donde unas pequeñas manitos se asían a sus dedos con una fuerza increíble a pesar de su diminuto tamaño.
Sigune se encontró a sí misma observando sus dedos, ante aquel lejano recuerdo. —Puedo sentir esas lágrimas que nunca se secan...— musitó casi de forma inaudible antes de volver en sí misma y encontrarse con el rostro de Leonard, quien la miraba con una mezcla de irritación y debilidad. No pudo sonreír ante aquella imagen, pensando que de no tener las marcas de edad en su rostro, Leonard le recordaba a un niño perdido en la inmensidad de un bosque oscuro, una imagen que casi enternece su corazón.

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FLASHBACK

Un formalismo para que no te refieras a mí como puta loca— puntualizó la bruja al oírlo murmurar la palabra que ella había pronunciado anteriormente.
Mientras despolvaba su vestido antes de que Leonard la tomase por la cintura para enseñarle unos pasos de baile. Sigune observaba los pies de su instructor para seguirle el ritmo, sin embargo, y como era de comprender, aquella mujer de pueblo, poco y nada sabía de bailes de salón, Vals y sucedáneos, todo aquello escapaba de a su entendimiento. En su vida jamás lo había necesitado, por lo que intentar copiar unos pasos casi imposibles para sus pies, resultó en un cúmulo de pisotones y traspiés por parte de ella.

¡No vayas tan rápido!— se quejó casi a grito, sujetándose más fuerte del hombro de Leonard, temiendo salir volando en cualquier momento, debido a las volteretas que en cada cierto cambio de ritmo debían hacer. Intentó centrarse en la melodía que Leonard tarareaba para comprender las pausas y los pasos, pero aquello tampoco ayudaba a que cesase en pisar a su profesor de baile. —¿No podemos simplemente dar saltos y palmas?— Levantó la mirada para observar a Leonard, en quien destacaba el rosado tono de sus mejillas. Ese hecho hizo sonreír a Sigune, a quien la cercanía de dos cuerpos nunca le había resultado vergonzosa en lo más mínimo. Por un momento hasta pensó en que aquel maduro caballero se veía casi adorable.

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A través de los impulsos eléctricos del cerebro, una máquina como yo solo siente algo de ese modo— respondió a la pregunta del inglés, mientras se cruzaba de brazos y levantaba la nariz, dándose un aire altanero y cómico al mismo tiempo. —Soy una bruja y me alimento de los corazones puros, no lo olvides— dio un paso hacia adelante y le codeó con complicidad. —Por suerte el tuyo es tan negro como el mío, así que no me sirve— arrugó la nariz y se acercó a la puerta, esperando que él la siguiera, para ir a buscar a Rosabelle, sin embargo la respuesta de Leonard la sorprendió tanto que no pudo evitar reflejarlo en su rostro.

Sigune rió con sonoridad, asintiendo a las palabras de Leonard. —No puedo creer que de verdad disfrutes de beber ese veneno burbujeante...— volvió a acercarse a él y le pellizcó las mejillas con ambas manos, hablando casi en susurro para que solo él la pudiese oír: —Pidiéndolo con esa vocecilla casi hasta enterneces mi oscuro corazón. A pesar de ser un viejo, a veces te ves como un niño perdido...— negó con la cabeza entre risas y se separó de él para ir a buscar algo de beber y un par de trozos de pastel. ¿A los dos nos gusta el pastel cuando nos sentimos decaídos? cayó en ese pensamiento solo al recordar que ella también iba en busca de un trozo de pastel mientras Leonard se encontraría con Rosabelle. No se había percatado hasta el momento, pero el solo hecho de nombrar a aquella insulsa muchacha, le hacía desear una ración doble de pastel.

En su camino de vuelta, logró esquivar al candelabro oxidado, al menos así es como había apodado ella al señor Lumiere, y a la señora Miggins, quienes se encontraban cuchicheando en una esquina mientras miraban a los presentes. Para su suerte, nadie la vio escaquearse con dos grandes trozos de pastel y dos botellas diferentes, una de champagne y otra de bourbon. Salió al balcón a toda prisa y le indicó a Leonard que la siguiera. —Vamos— se dirigió hacia una de las puertas que daban a otra habitación que compartía el mismo balcón con el salón de baile. Entraron en un oscuro despacho o salón de lectura, donde a nadie se le ocurriría buscar las botellas perdidas de alcohol. —Tuve que matar a dos pingüinos para robar esto— bromeó, mientras se acomodaba en un diván, quitándose los zapatos cuyos tacones le estaban destrozando los pies. —¡el trozo más grande es para mí!— señaló uno de los trozos de pastel que había dejado sobre una mesita de té redonda junto a las botellas.

Descorchó el champagne y se lo sirvió en una copa a Leonard, para luego darle un trago a la botella de bourbon desde la boquilla. Seguramente ese hecho le parecería inaudito al caballero que tenía delante, pero poco le importaban los modales en aquel momento, aunque no lo rechazaba del todo, pues le había servido aquella burbujeante bebida en una copa para que no se sintiera incómodo de tener que beber a morro. A pesar de la sencillez del asunto, Sigune se había tomado la molestia de pensar en la comodidad de Leonard antes de realizar su pequeño hurto, pues había llevado una copa y dos cucharillas de postre para no parecer tan salvaje, como él la llamaba.

Sigune Trevrizent · Con Leonard Blackwood
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Última edición por Major Tom el Mar Nov 12, 2019 10:53 pm, editado 1 vez


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Lun Nov 11, 2019 2:58 pm


FLASHBACK

- ¡Claro! -contesté frente a aquella propuesta tan irrisoria-. ¡Vamos a dar palmas y a pegar saltitos como si fueramos chimpancés! Y luego podemos tirarnos heces los unos a los otros. ¡O desparasitarnos! ¿Qué te parece?

Cualquier medidor de sarcasmo habría explotado tras mi último comentario, y es que sólo a Sigune Trevrizent se le habría ocurrido semejante disparate.

- ¿Qué? ¿Qué estás mirando? -pregunté nada cómodo con su sonrisa-. ¡Concéntrate! -solté dándole un soberano pisotón para que centrara sus miras en su correcto aprendizaje-.

De nuevo, nuestros cuerpos volvieron a danzar de un lado al otro. Cada cierto tiempo nos deteníamos para que aquella bruja asimilara sus pasos y en pocas horas la pueblerina se encontraba cada vez más cerca de hacerse pasar por noble.

- Pardiez, quien lo hubiera dicho. Podéis asemejaros a una mujer si os lo proponéis.


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¿Cerebro?, pensé para mi, pues no hacía falta compartirlo. Sí, bastante bruja sí que era, y sí, ambos parecíamos compartir una capa de porquería que oscurecía la corteza externa de nuestros corazones. Sin embargo, yo sabía que dentro de Leonard Augustus Blackwood había algo más de lo que yo mismo me molestaba por mostrar. ¿Habría algo más dentro de ella de igual modo? ¿Nos asemejaríamos también en eso?

- ¿Veneno? No se ha hecho la miel para la boca de la bruja, parece ser.

Aquel acercamiento y el consiguiente pellizco de mejillas me recordó a mi esperpéntica tía Sybille, que con sus rechonchos dedos repetía el mismo acto cuando yo era todavía mancebo. Avon era sumamente pequeño por aquel entonces y la tía Sybille se molestaba en visitarnos una vez a la semana, casi siempre el último día de la misma. Nunca conseguí responder a la pregunta de si detestaba más el terrible té negro que nos hacía beber, sus gruesas pantorrillas que eran casi hipnóticas, o aquel gesto. El gesto que la tía Sigune se había molestado en repetir.

- Un viejo -repetí nostálgico y a un mesurado volumen. Pues lo único que tenía de viejo tal vez fuera aquella peculiar mezcla entre mi cuerpo y mi carácter, pero la vida tan sólo me había dotado de unos míseros veintipocos años. Ya ni recordaba cuantos.

Con el botín en sus manos, aquella ladronzuela llamó mi atención con una botella que se suponía sería una delicada copa llena de burbujas. No tiene remedio, pensé mientras me aventuré a seguirla.

- ¿Alguna vez has matado a alguien? -pregunté aposentándome en uno de los sillones mientras rellenaba mi copa con la botella, pues no iba a beber a morro como los animales. Es decir, como más tarde vi que haría ella-.

Si, la pregunta podía resultar irónica viniendo de alguien que sacrifica mujeres todos los meses a un demonio por un bien mayor, pero simplemente dejé que por una vez salieran por mi boca los pensamientos que encerraba.
Leonard Blackwood · Con Sigune Trevrizent
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Miér Nov 13, 2019 12:24 am


La bruja, que había estado bebiendo a morro de la botella, se quedó con la mirada paralizada en un punto lejano de la habitación, la mente en blanco y el cuerpo en pausa, pues parecía una estatua más que una persona. Sus pensamientos habían viajado tan lejos en sus recuerdos, que pareció tardar una eternidad para responder a Leonard.  

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FLASHBACK


Parecía que nunca lograría dar dos pasos seguidos sin pisar a su acompañante o dar un tras pies, pero después de horas de estrictas prácticas con el pseudo hechicero, la bruja de bosque parecía convertirse lentamente en una dama de sociedad. El fin casi imposible del caballero que la adiestraba, empezaba a adquirir forma.  

Más bien, según vuestras normas sociales y molde preestablecido, voy pareciéndome a la idea que tenéis de una mujer, porque según recuerde, nunca he dejado de ser una, ¿o es que necesitas verlo más a fondo para convencerte?— Sigune soltó una risita por lo bajo, separándose por fin de Leonard, sintiendo sus piernas adoloridas y sus pies cansados, deseaba poder sentarse de una vez por todas. —Vale, lo admito, no eres tan mal profesor después de todo— parecía un cervatillo realizando sus primeros pasos o un pirata borracho saliendo de una taberna, mientras caminaba hacia uno de los mullidos sillones del gran salón.

Se sentó estirando los pies y agradeciendo poder descansar al fin de aquella tortura acompasada. —¿Cuándo empezaremos tus clases de brujería? Me he cansado de ser el conejillo de indias por hoy— lo cierto es que la clase de baile la había dejado exhausta, y por otro lado, deseaba ser ella quien llevase el mando por una vez.  

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Como si volviese de un trance, miró a Leonard parpadeando varias veces, para luego llevarse un bocado de tarta a la boca. —¿A posta o por accidente?— preguntó luego de un rato, mientras comía su trozo de tarta con parsimonia, disfrutando de cada bocado, sintiendo la crema pastelera derretirse en su boca. Era tan adictivo que terminaba dando lametones a la cuchara.  

Maté a mi marido a posta. Me acusó de brujería.— cogió la botella de bourbon y volvió a darle un trago a morro, para luego seguir relatando. —Lo saqué de la cama a rastras, le clavé una navaja en varias arterias principales y me quedé mirándolo a los ojos mientras se desangraba, pero antes de que muriese desangrado, lo mutilé extremidad por extremidad, dejando para lo último la cabeza, así me aseguraba de que sufría. Luego quemé sus pedazos. Una alegoría perfecta de cómo fue nuestro amor y del cual ya ni cenizas quedan— le dedicó una sonrisa complaciente al hechicero y se comió el último bocado de pastel que quedaba en su plato.

¿Y tú Leoncito?— dejó el plato vacío en la mesita de té y sujetó la botella con ambas manos, mirándolo. —¿Has matado con tus propias manos o el demonio se ha encargado siempre del trabajo sucio?— podía representar a la peor de las mujeres, pero lo cierto es que Sigune solo había tomado venganza por el sufrimiento que la vida le había causado a ella y a todas aquellas brujas que nunca habían atentado contra la naturaleza real de la vida. Era su manera de redimirse ante la maldad de sus actos.
Sigune Trevrizent · Con Leonard Blackwood
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Última edición por Major Tom el Miér Ene 22, 2020 8:38 pm, editado 1 vez


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