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Mar Feb 15, 2022 4:10 pm por Freyja



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ONE ON ONE • ORIGINAL • ÉPOCAS PASADAS
En 1924, Ellis Island es una de las puertas principales por la que inmigrantes provenientes de multitud de países de Europa entran a Estados Unidos. Personas de todas las edades, algunos solos y otros con familia, que traen consigo o que dejan allí, pero todos con un objetivo común: labrarse un futuro en el país de las grandes oportunidades.

Puede que no tantas, o no para personas como ellos, al menos. Si eres irlandés o italiano, o hijo de estos, las cosas son mucho más complicadas para ti. Sarah Jane llegó a Nueva York con quince años, dejando atrás su Irlanda natal, a sus amigos, sus costumbres y el chico que le gustaba. Los estudios que con tanto esfuerzo se intentaba sacar y una vida que ahora se le antoja muy diferente. Pero siendo la mayor de siete hermanos, y tal y como estaba el país, sus padres solo podían buscar algo mejor para ellos. Primero fue su padre quien se embarcó, y en cuanto pudo les llevó con ellos. No hay dinero para costear los estudios de las mujeres, es más rentable dárselo a los varones, y la casa tiene muchas carencias. Puede que su gran pasión, la música, tenga que ser ya para siempre una mera afición, ya ha asumido que nunca será violinista profesional. Pero al menos puede tocar por dinero en las calles. Ya es algo: sigue disfrutando de su violín, y mete un poco de dinero en casa, aunque sea una mínima parte.

Gianni, por su parte, viene solo. Hace apenas unos meses que ha aterrizado en aquel lugar tan frenético y contaminado en comparación con su San Gimignano nata y su diminuta granja donde vivía con sus padres y sus dos hermanos. El campo no da muchas más salidas que no sean el propio campo y la vida allí te hace pasar muchas penalidades, y ha oído hablar de Nueva York, esa gran ciudad llena de trabajo y oportunidades... Será para otros, porque él a esas alturas no ha encontrado nada, y cada vez tiene menos recursos de los pocos que ya de por sí tenía cuando llegó. Si no avanza en los próximos meses, tendrá que volver a Italia y asumir que le queda toda una vida por delante como granjero, porque el horizonte no parece plantearle mejores opciones.

Sarah Jane y su familia han ido, como manda la tradición, todos en tropel a ver la misa del gallo, ya que al menos les queda su fe, si bien la de ella cada vez se tambalea más ante la dureza de la vida. A Gianni a esas alturas solo le queda rezar, y aún recuerda las palabras de su abuela diciéndole que, por lo que más quisiera, buscara la iglesia más cercana y no abandonara a Dios. Quizás sea la mano de este, la del destino, o una extraña forma de Nueva York de darles esa oportunidad que tanto pedían, pero sus caminos acaban de cruzarse.

Sarah Jane Mulligan
20 años • Saoirse Ronan • Ivanka
Gianni de Luca
22 años • Eduardo Valdarnini • Freyja




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Jue Feb 17, 2022 2:46 pm por Ivanka



It was Christma's Eve
Sarah Jane • CON Gianni • Iglesia de Saint Patrick, Hell's Kitchen
¿Nos darán dulces en la fiesta de la parroquia después? — Iba preguntando Duncan, balanceándose en los brazos de sus padre de camino a la parroquia. — Eso depende de cómo canten Sarah Jane y Marie en el coro. — Dijo su madre mirándolas, con tono malicioso y una sonrisita. Sus hermanos se habían quedado con hambre, y eso que habían cenado más que cualquier noche. En los grandes almacenes daban buena paga por Navidad, y Marie y ella habían cobrado bien. Con el violín no había podido sacar tanto, porque en Nueva York hacía tantísimo frío que no había podido tocar mucho aquellos días, se le atenazaban tanto los dedos que era incapaz. Pero habían usado solo parte de ese dinero, porque intentaban ahorrar, así que había sido una cena grande, pero no grandiosa. Pero como eran muchos irlandeses, y católicos en general, iban a hacer una fiesta en la parroquia tras la misa y allí todos aportarían lo suyo, por lo que habían puesto todas las esperanzas de los pequeños en ese momento. Además, era una buena forma de convencerles de salir a la calle, con el frío y la ventisca, y aguantar toda la misa del gallo.

A Sarah Jane le gustaba la misa del gallo, le recordaba a Irlanda, y le recordaba que aún quedaba gente en aquella ciudad que le podía recordar a casa, aunque hubieran pasado ya cinco años, cinco largos años, y sentía cómo su isla se alejaba cada vez más. Reunirse con otro irlandeses, ir a misa, o cantar en el coro era conservar un poquito de sí misma, y olvidar que no estaba precisamente donde ella se imaginaría que estaría a los veinte años. Al menos si estaba organizando el coro y la misa, no estaba pensando en cuánto le quedaba para reunir todo lo que necesitaba para volver.

Marie y ella se dirigieron con el párroco y el resto de miembros del coro a repartir los libros de canciones y organizarse entre risas y felicitaciones por la Nochebuena, cuando sintió que su hermana le dio en el brazo. — ¿Quién es ese? — Se giró a donde le señalaba. Había un chico muy guapo (que sería por lo que Marie se lo había señalado). Pero es que era como MUY guapo. — Ese no ha venido nunca. — Sarah Jane miró a su hermana con una sonrisilla. Tenía dieciséis años, y todos los chicos de Nueva York mínimamente guapos, le llamaban la atención. Ella no había sido así. Ella había tenido a Bill, solo había visto a Bill, y no había sido capaz de olvidarlo al dejar Galway. — Tiene pinta de italiano, ¿no? ¿Por qué no estará con los demás italianos? — Dijo mirando al resto de la comunidad, eran muy reconocibles. — No lo sé. Pero acércate, tiene cara triste. Acércate tú, es a ti a quien le ha entrado por el ojo. — Le dijo ella dándole un codazo. — Que no, Sarah, que me da vergüenza. Además parece mayor… Ve tú. Y ya luego si eso me dices. — Ella suspiró, y cogió uno de los saquito de granos que calentaban en la estufa para repartirlos en los días de frío para que la gente se los metiera en los bolsillos de los abrigos. — Tiene delito que uses a tu hermana mayor para ligar. Lo hago porque me da pena. Ese abrigo que lleva es finísimo, y tiene pinta de no enterarse de nada. — Marie entornó los ojos y puso voz cómica. — Oy, santa Sarah Jane, ella no se acerca por interés, se acerca por pena.

Con una sonrisa, se acercó al banco donde estaba el chico y se sentó justo en el de delante, dándose la vuelta. — Hola. — Dijo con una sonrisa. Le tendió el squito y dijo. — Toma, para que te ayuda entrar en calor, te he visto con ese abrigo, y me has dado frío solo de pensarlo. — Sintió un cosquilleo en el estómago. No veas si era guapo el muchacho, de cerca más. — Eres italiano, ¿verdad? — Cayó entonces en que los italianos tenían la desventaja del idioma, y ella hablando como si nada. Ella en seguida empatizaba con otros inmigrantes, pero los italianos le daban más penilla que ninguno, porque venían sin hablar ni jota de inglés, y el clima era mucho más frío y extremo. — ¿Hablas ya inglés? — Preguntó más despacito. Señaló a los italianos, que también estaban organizando el coro. — Ellos son italianos, como tú. — Dijo señalándole de nuevo. — Pueden ayudarte. — Luego le sonrió con calidez y se señaló. — Yo soy Sarah Jane. — Le tendió la mano para estrechársela. — Encantada.




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Dom Feb 20, 2022 1:08 am por Freyja



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Gianni • CON Sarah Jane • Iglesia de Saint Patrick, Hell's Kitchen
Si le vieran sus padres, pondrían el grito en el cielo. Parecía que los estaba escuchando. "¿Para eso te has ido a América? ¿Ese era el gran sueño americano?" Pensaba en ellos y se entristecía. Se molestarían de verles así, le caería una buena bronca, pero el enfado no sería más que fruto de la preocupación y del dolor de no tener a su hijo con ellos para nada. Y eso que no tenían ni idea de que, por momentos, había pensado que iba a morir en esa isla. No iba a decirles eso, obviamente. Era innecesario preocuparles.

Desembarcar en Ellis Island no había sido ni mucho menos lo que él pensaba que sería. Le recluyeron en un albergue junto con otros italianos. Pensó que sería por el tiempo que tardaran en revisarle el equipaje, o en gestionarle el visado... Para nada. Llegó a pensar que le habían encerrado allí, cual trampa, para que se muriera ahí dentro. Vio morir gente, de hecho. Aún se despertaba por las noches viendo el rostro de esa mujer, la primera a la que vio muerta, junto a él además, sin esperárselo. Pasó verdadero terror, y lo único que pudo hacer conforme pasaban las horas y las horas, los días y las semanas, fue... Rezar. Suplicarle a Dios, a quien tanto habían venerado su familia y él en sus vidas, que le sacara de allí. Que permitiera que su familia le viera una vez más. Le pedía perdón una y otra vez por haber sido un ambicioso obstinado que pensó que hallaría una vida mejor lejos de donde él había designado que naciera, que no le castigara de esa forma, que no lo hiciera por él, que lo hiciera por sus padres, que eran buenas personas... Al parecer, le había escuchado. Al parecer, al igual que tuvo a su Hijo vagando cuarenta días por el desierto, cuarenta días le tuvo a él ahí encerrado entre la podredumbre. Y al término de dichos cuarentas días, le soltó. A su suerte en mitad de un país desconocido, pero libre. En cierto modo.

Seguía rezando. Llevaba rezando desde que puso un pie en ese barco, por un motivo u otro, y obviamente en la noche del nacimiento de su Hijo, él no podía estar en otro lugar que no fuera la iglesia. A veces pensaba... Si Dios no les estaba retorciendo demasiado el camino a algunas personas como a él. Luego se odiaba a sí mismo por pensarlo, porque otros murieron en ese cuchitril y él estaba vivo, ¿quién era él para cuestionar los designios de Dios? Su abuela estaba convencida de que tenía grandes planes para él... Solo que tener la paciencia suficiente para esperarlos, a veces, resultaba muy complicado.

Lo mejor de no tener espejo en el lugar en el que se hospedaba era que sus padres y su abuela no eran los únicos que no estaban viendo la delgadez en la que se estaba quedando. Él nunca había sido especialmente grueso, pero esos dos meses desde que pisara Estados Unidos le estaban dejando en los huesos. En su reclusión había comido poquísimo y muy mal, y la cosa no había mejorado al salir: la comida que encontraba no era de su gusto, y los productos de supermercado con los que podría cocinarse algo decente en la humilde hornilla de su cuchitril no eran cosas que pudiera permitirse en ese momento. Se limitaba a suspirar delante de los escaparates y a volverse a comer lo mismo que llevaba comiendo desde que llegó. Al menos esa noche se había dado algo parecido a un festín en comparación con lo que llevaba comiendo en los últimos dos meses. Una cortesía de la lonja. Eso sí, al menos había encontrado trabajo en el puerto, si bien estaba muy lejos de donde había encontrado ese diminuto apartamento, pero le salía más rentable el tren, aunque se llevara gran parte de su día en el trayecto, que ninguna vivienda cercana al puerto. Quería pensar que mejoraría con el paso del tiempo... Pero le estaba pesando demasiado la tristeza y la soledad.

Tenía más que localizada la iglesia porque fue lo primero del barrio que visitó, así que entró y miró a los lados. Escuchó algunas palabras en italiano perdidas por ahí, pero... No se atrevía a meterse en grupos de gente aún. Estaba muy cohibido. Debería mejorar en el inglés, ya había tenido más de un problema por no hablarlo correctamente. La mayoría de la gente de la lonja eran nórdicos, casi ningún italiano, y menos pueblerinos como él. Si es que ni el propio Gianni sabía qué pintaba él en la lonja, si no había visto un pez vivo en su vida antes de llegar a Nueva York. Dándose cuenta de que, obviamente, no tenía cara conocida alguna que buscar allí, localizó un banco discreto y vacío y se sentó, con un suspiro resignado, encogido sobre sí mismo porque el frío marino de su día a día se había instaurado en sus huesos de manera permanente y no le pensaba abandonar. Estaba un poco lejos del altar, pero total, en la casa de Dios todos los bancos eran iguales, y para rezar tampoco necesitaba compañía alguna o lugares preferenciales.

Perdido estaba en sus pensamientos cuando una chica se sentó en el banco de delante y se giró para hablarle. Por un momento movió los ojos a los lados, porque no le cuadraba que estuviera justo hablando con él. No la conocía de nada, debía ser americana porque estaba hablándole en inglés, y... No entendió muy bien lo que le dijo al principio, pero le estaba tendiendo un saco. Sonrió humildemente, agarrándolo. - Graz... Gracias. - Corrigió. Maldito fuera él mismo, que le seguía saliendo el italiano automático aunque le hablaran en inglés. Como no se había llevado ya insultos por eso... A ver cuándo cambiaba el hábito.

Se abrazó al saco. Estaba calentito y eso le reconfortó bastante, de hecho tuvo que contener un escalofrío. Había asumido el frío de tal manera que, al notar calor, su cuerpo reaccionó instantáneamente con una queja. Lo que entendió a la perfección fue la pregunta que le hizo, porque la había escuchado demasiadas veces desde que llegó. Asintió, ladeando una comisura en un tic tímido que parecía una sonrisa de disculpa porque la respuesta fuera un sí. También entendió la siguiente pregunta. Ladeó la cabeza. - Un po... Poco. Un poco. - Tragó saliva. En realidad iba conociendo bastantes palabras a base de oírlas, pero tenía un acento tan marcado que siempre le decían que no se le entendía, y eso le cohibía al hablar. Giró la vista donde le señalaba y volvió a mirarla, asintiendo. Sí, les había oído, y quizás debería hablar con ellos... Solo que había perdido un poco la esperanza en que nadie que fuera Dios le fuese a ayudar. E incluso Dios tenía días. - Piacere... Encantado. - Cazzo, Gianni. A ver si se acostumbraba ya al inglés porque aquello iba para largo. - Yo soy Gianni. - Respondió, calcando la frase de ella, a ver si así iba cogiendo dominio con el idioma. - ¿Estás... Sola, aquí? ¿Americana o...? - Rio un poco, tímidamente y negó. - Italiana no, imagino. -




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Dom Feb 27, 2022 3:22 am por Ivanka



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Sarah Jane • CON Gianni • Iglesia de Saint Patrick, Hell's Kitchen
Sonrió ampliamente al chico. Pobrecillo, se le veía tan solo y desubicado. Debía ser horrible no enterarte de nada, y venir de un lugar donde todo era más soleado y alegre. A Sarah Jane y sus hermanos Flynn y Marie (que al fin y al cabo eran los que más se acordaban de casa), Irlanda también le parecía mucho más alegre que Estados Unidos, pero gracias a vivir allí habían conocido la alegría italiana, algo que les unía a ellos, aparte de ser católicos, y les hacía sentirse más en casa en fiestas como Navidad. Pero aquel italiano en concreto parecía haber venido solo, y nadie debería estar solo en Navidad. Apretó su mano y asintió. — Piacere, Gianni. — Dijo imitando su expresión.

Negó con la cabeza sin perder la sonrisa. Aquel chico era demasiado adorable. — No, no, qué voy a estar sola. — Dijo riéndose. Volvió al ritmo pausado de conversación y dijo. — Irlandesa. Soy irlandesa. — Y señaló el pin del trébol verde con el que prendía su bufanda. — Y esa… — Dijo señalando al gran grupo de sus hermanos y sus padres. — Es mi familia. — Hizo un gesto con los dedos. — Todos. — Se señaló a sí misma. — Yo soy la mayor. — Y levantó la mano a su lado. Esperaba estar haciéndose entender. Luego señaló a Marie. — Esa es mi hermana. Sorella. — Especificó, porque esa palabra se la sabía. — Marie. — Especificó. Su hermana les estaba mirando y se puso automáticamente roja, girando la cabeza, después de echarle una mirada asesina. Se rio y negó con la cabeza. Su hermana y las prioridades.

Volvió a mirar a Gianni y le hizo un gesto de esperar con las manos. Fue a donde estaban las cestas de pan para repartirlos a la salida de la misa al día siguiente a los mendigos de la calle. El pobre chico no sería un mendigo, pero tenía malísima cara. Se lo llevó y se lo puso en las manos. — Para ti. — Dijo con un gesto de la mano. — Por Navidad. Jesús también multiplicó los panes y los peces. — Igual eso no lo había pillado, pero bueno. — No estás solo, Gianni. — Dijo señalándole. Luego se señaló a sí misma y a toda la iglesia. — Ninguno somos americanos. Todos somos católicos. — Dijo sacando la cruz de madera que llevaba al cuello y dándole un beso. Y al hacerlo, sus ojos se encontraron con aquellos ojazos oscuros y profundos. Estaba demasiado delgado y parecía cansado, pero, con todo y con eso, era uno de los chicos más guapos que había visto nunca. Parpadeó, reconectando con su mente y con el hecho de que estaba en una iglesia, con toda su familia, ante un chico que acababa de conocer. — Después de la misa, fiesta, aquí, ¿sí? — Dijo de vuelta a su sonrisa cálida. — Ahora, tengo que ir a cantar. Te veo luego. — Y se puso los dedos antes los ojos y luego le señaló.

Se levantó más bailarina y alegre de lo que había llegado y se fue a donde estaban los del coro. — ¡Idiota! ¿Qué le has dicho de mí? — Le dijo su hermana, apareciendo de repente a su lado y dándole un manotazo en el brazo. Sarah Jane se rio. — Que eres una cazafortunas peligrosa. — Entornó los ojos y resopló. — No sabe casi ni hablar inglés el pobre, y está muerto de hambre y frío.Pero, ¿cuántos años tiene? — Preguntó su hermana sin inmutarse. — ¿No te he dicho que no sabe ni hablar inglés? Solo me he enterado de que es italiano y que se llama Gianni.Pues te sigue mirando. — Dijo la otra con tonillo. Ella le tiró del brazo y le dio la vuelta. — Estate a lo que tienes que estar. Que hay una misa en la que cantar. — Pero antes de ponerse en su sitio en el coro, dirigió los ojos, de lado, para encontrarse de nuevo con esos ojos. Y lo hizo, vaya si lo hizo. Ahora iba a ser más difícil afinar, desde luego.





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Lun Abr 11, 2022 12:16 am por Freyja



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Gianni • CON Sarah Jane • Iglesia de Saint Patrick, Hell's Kitchen
La miró con un toque sorprendido por un momento. ¿Hablaba italiano? Eso le vendría genial... No tardó en darse cuenta de que solo quería ser amable. Aun así, esbozó una sonrisa leve, ligeramente triste pero agradecida. No hablaría italiano, pero ya era un detalle que quisiera esforzarse en que le entendiera. Era mucho más de lo que se había encontrado desde que llegó allí.

Ah, era irlandesa. Pues no, a priori no tendría por qué hablar italiano siendo una irlandesa que vivía en América. La había entendido a la primera, pero el gesto al señalar el trébol le hizo reír ligeramente. - Ya veo. - Yo podría ponerme una pizza como pin, pensó, divertido, porque Gianni era divertido y bromista, o lo fue algún día. Pero no podía formular esa frase entera en inglés, y en italiano no le iba a entender, así que... Se guardaba su broma absurda para él. Eso le provocó otra punzada de tristeza. Así vivía desde que llegó allí, triste. Parecía mentira que hubiera habido un día en el que había hecho semejantes bromas absurdas. La siguiente señal hizo que siguiera el recorrido de su dedo y, al mirarla a ella, arqueara levemente las cejas, sorprendido. - ¿Todos? ¿Tu familia? - Rio. - Es muy grande. - Y estaban todos allí. Su parte egoísta querría que su familia estuviera allí también, al menos no estaría tan solo, pero lo que quería realmente era estar él en Italia, no condenaría a sus padres a semejante infierno.

Sonrió más ampliamente, porque la chica había vuelto a intentar comunicarse con él en italiano. - Tua sorella. - La miró de reojo y vio a la chica ruborizarse y esconderse. Se aguantó la risa y miró a Sarah de nuevo. - É bella. - Rio un poco. Vaya, esa chica había conseguido sacar al Gianni bromista dos veces, aunque la primera no hubiera llegado a decir nada. Ya era un gran logro teniendo en cuenta lo taciturno que llevaba los últimos dos meses. La chica, en cambio, se levantó. Esperaba no haberla espantado con sus bromas, aunque cuando la siguió con la mirada, vio que solo iba a coger un poco de pan y a volver. Solo de verlo le rugió el estómago. - ¿Se puede? - Preguntó, prudentemente, cuando dejó el pan en sus manos. Pero luego habló de Jesús multiplicando los panes y ya sí que le agarró el corazón. Porque, sí, la palabra de Cristo se la conocía bien en inglés, se había preocupado de ir a misa, al fin y al cabo no le quedaban muchas más opciones que rezar. Y no, su Señor no podía querer que pasara hambre de esa forma, seguro que veía más que justificado que se comiera ese pan, aunque hubiera gente en peor estado que él en el mundo. Hablaba su desesperación. - Gracias. - Volvió a decir, de corazón, antes de llevarse un trozo de pan a la boca que le supo a pura gloria.

Mientras masticaba, volvió a mirarla, anonadado. Que no estaba solo... Y le enseñó su cruz al cuello. Quería llorar. ¿Le habría enviado su Señor a esa chica como un ángel de la guardia? Espera, ¿sería... su Dios... enviando un mensaje? Parpadeó. Definitivamente, necesitaba comer, estaba empezando a delirar. Pero es que Sarah de verdad que parecía haberle caído del cielo en ese momento. Había clavado la mirada en la de ella sin ser muy consciente, dejando de masticar, solo porque... Aún estaba procesando si aquello realmente era el golpe de suerte, el regalo divino, por el que tanto había estado pidiendo desde que llegó allí. No fue capaz de decir nada, se quedó como un estúpido solo mirándola, y ella no tardó en decirle que se tenía que ir (creía, lo había dicho un poco rápido), levantarse y marcharse con su familia. La siguió con la mirada. ¿Era real? Nada de lo que le había pasado hasta ahora parecía real de lo crudo que era, si ahora le caía algo bueno... Se lo merecería también ¿no?

La chica se había colocado junto al coro y hablaba con su sorella Marie, como la conocería él a partir de ahora. En un momento dado, le miró, y claro, le pilló mirándola. Sonrió levemente, y luego ella apartó la vista, y él sonrió aún más. Se llevó otro trozo de pan a la boca. La misa estaba a punto de comenzar, no debería estar comiendo... Pero es que el pan estaba crujiente y caliente, y tenía mucha hambre. Dio un par de pellizcos más, alternando la mirada entre la chica y el entorno, y vio que había un par de huecos libres tras el coro. ¿Qué hacía allí solo, cuando la chica ya le había dicho que no tenía por qué estarlo? Discretamente, porque justo todos parecían estar tomando asiento para la misa, se levantó y se sentó en el otro lado, unos bancos tras ella. Volvieron a cruzarse sus miradas, sonrió y se guardó lo que le quedaba de pan en el bolsillo. Y, ya sí, la misa dio comienzo.

Estaba un poco desconcentrado, y el estómago le seguía rugiendo, quejoso por no recibir más pan aun teniéndolo en el bolsillo. Intentó centrarse en rezar con todas sus fuerzas, en pedir por su porvenir, por su propia vida y por su familia. En pedir por aprender inglés lo antes posible, si es que esas cosas se pedían, pero estaba demasiado desesperado. Y puede que... Esa chica se hubiera cruzado en sus plegarias. Era buena de corazón, le había dado pan e intentado hablar con él, que menos que pedir por ella... Y, si Dios pudiera no alejarla demasiado de su camino, pues tanto mejor. Al fin y al cabo, era su única conocida por el momento. La misa acabó y él se levantó de su asiento, esperando prudentemente a que ella estuviera un poco menos rodeada de gente aunque fuera un instante. Y, cuando lo estuvo, se acercó. - Muy bonito. Las... Cantar. - Menuda birria de inglés tenía. Tragó saliva, tratando de componer una sonrisa. - Entonces... ¿Vas a la fiesta? ¿Y... los italianos...? - Vamos, que si podía ir, era básicamente lo que intentaba expresar.  




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Lun Abr 25, 2022 2:17 am por Ivanka



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Durante sus años en Nueva York, Sarah Jane había llegado a pensar que es que en otra partes del mundo, la gente no hablaba tanto como en Irlanda. Al final, había entendido que los pobres extranjeros no entendían el idioma y se dedicaban a pensar en el suyo e intentar ir traduciendo y eso parecía estar pasándole al muchacho. Y claro, había detectado a alguien que intentaba hablar con él y se había ido cerca de ella. Lo cierto es que la estaba distrayendo un poco de ponerse cantar, pero por fin se concentró.

El villancico de Wexford siempre le encogía el corazón y las lágrimas acudían a sus ojos. Cómo echaba de menos Irlanda en aquellos momentos. Cerraba los ojos y se imaginaba que estaba en Galway otra vez, oyendo aquella misa en su parroquia, rodeada de su comunidad… Los ojos del buen Kevin se le cruzaron por la mente. Cada vez los veía con menos claridad, y eso también era un hecho. Volvió a concentrarse y trató de afinar, que ya lo que le faltaba era quedar mal delante de toda la parroquia cuando ella le decía a aquel que quisiera oírla que quería dedicarse a la música.

Cuando acabó, Gianni apareció a su lado al punto y ella le sonrió. Le había visto muy atento en misa, y rezaba con una concentración y un fervor de un auténtico creyente. Asintió a lo que le decía. — Muchas gracias, Gianni. — Amplió la sonrisa. — Canciones. — Le corrigió con dulzura. — Pero te he entendido. Me gusta mucho cantar. — Claramente intentaba pedirle o decirle algo. — ¡Ah! La fiesta. Claro, hombre. Todo el mundo está invitado. — Dijo poniéndole una mano en el hombro. Pero claro, él querría ir con los italianos. Vamos, no sabía ni de qué se extrañaba, la verdad. — Ven, que te los presento. — Y en lo que iban hacia allí se percató de que el chico prácticamente había devorado el pan. — Gianni… ¿Has cenado? — Preguntó haciendo el gesto de comer. Miró a ambos lados y desvió la ruta, tirando de él hacia una de las puertas del comedor. A ver, que la sopa y eso había sido para los indigentes, pero insistía, aquel muchacho lucía muerto de hambre. Pasaron a la sala y dejó la puerta entornada, para tampoco levantar ninguna habladuría, y le condujo a una de las ollas. — Mira, aún queda un poco de estofado irlandés. — Lo echó en un plato y se lo pasó, poniéndole una cuchara. — No es comida italiana precisamente, que tiene pinta de estar deliciosa, pero te servirá de banquete de Navidad. — Justo cuando se lo pasaba, sonaron las campanadas y señaló hacia arriba. — Ya ha nacido el niño Jesús. — Le gustaba la mirada de ese chico. Le parecía inocente y bueno, y ella sabía muy bien lo que era sentirse en tierra de nadie, como casi todos los de allí.

Justo entonces aparecieron su hermana Marie (cómo no) y Teresa Modigliani por la puerta. — ¿Qué haces? — Le preguntó su hermana. — Darle de cenar a Gianni, creo que le daba un poco de vergüenza pedirlo, pero estaba muertecito de hambre. — Teresa avanzó hacia allí con una sonrisa, y Marie enganchada a su brazo, las dos con un pavo que no podían con él. — Mira igual contigo si puede hablar. — Señaló Sarah a la chica italiana. — Bueno, yo ya nací aquí. Sé el italiano justo que hablan mis padres, aunque nos han enseñado bastante. — Iba a añadir algo más, pero entonces oyó, en la sala de actos, que era donde se celebraba la fiesta, al viejo Jamie entonar la canción de Casadh an Tsugáin, y los ojos se le llenaron de lágrimas, desconectando de la conversación y acercándose a la puerta. Ya nunca oía hablar irlandés, solo en su cabeza, en sus recuerdos. Sus hermanos empezaban a olvidarlo o no habían llegado a aprenderlo, como el pequeño Duncan, y le preocupaba estar perdiendo esa parte de ellos irremediablemente. Entonces notó a alguien cerca de ella y se giró para ver a Gianni con esa cara de querer preguntar algo y a Teresa y Marie tratando de disimular la contrariedad de claramente haber intentado entablar conversación sin conseguirlo. — Oh, hola. — Dijo limpiándose las lágrimas. — Ni caso a esto. — Dijo señalándose. — Es que me pongo sensible en Navidad. — Sonrió y señaló con la cabeza hacia fuera. — Eso sí que no lo entiendes seguro. Es gaélico, mi idioma de verdad. — Nuestro idioma es el inglés. — Apostilló Marie. — Nuestro idioma es el gaélico, aunque hablemos el inglés. — Dijo ella más autoritaria. — El idioma de nuestra historia y de lo que somos. — Luego miró de nuevo a Gianni. — Te prometo que luego tocarán cosas más alegres. Hasta una tarantella, seguro. ¡Yo sé bailarla! — Saltó Teresa. Vaya, ahora sí le va a salir la venita italiana, pensó con retintín. Miró a Gianni con dulzura y preguntó. — ¿Quieres salir? Hay bebida, y más italianos por ahí.





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Sáb Ago 20, 2022 11:39 pm por Freyja



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Sonrió y asintió. Al menos le había entendido... Bueno, más o menos. Si la había entendido bien, ella había pensado que él quería decir que le gustaban las canciones. Lo que realmente le había gustado era cómo cantaba. Pero demasiado complejo de explicar en un idioma que no era el suyo, y a una chica a la que acababa de conocer. Casi que quedaba mejor si ella pensaba que lo que le gustaba eran las canciones.

La cara se le iluminó con una sonrisa. Ah, una fiesta. Por fin un poco de vida entre tanta negrura y tristeza. No es como que Gianni se pasara la vida en Italia de fiesta en fiesta, su pueblo era muy tranquilo, pero solían reunirse de vez en cuando y comer juntos, o escuchar música con la excusa de, por ejemplo, aprovechar un cerdo que acabaran de matar y sacar comida para medio pueblo. Allí... todo era frío y distante. La fiesta le vendría bien, no solo para practicar un poco con el idioma, sino para comer. Tenía muchísima hambre, le daba hasta vergüenza reconocerlo, parecía un pordiosero.

Y, de hecho, la chica se dio cuenta. Se quedó un tanto bloqueado. - Sí, sí. Muy bueno. - Vale, por su cara, algo le decía que no le estaba preguntando en concreto por el pan. Sonrió y asintió, pero estaba haciendo el tonto porque no sabía ni a lo que estaba contestando. Pero el gesto le pareció clarificador. El chico alzó el pan. ¿Que si se lo había comido? Obviamente. Ah, puede que le estuviera preguntando si había comido antes. Debió contenerse con el pan... Qué vergüenza. La chica le arrastró entonces a otra parte, en concreto a unas cocinas, y casi se desmaya solo por el buen olor. Se había quedado embobado mientras ponía el plato en sus manos y lo rellenaba, y él mirando como un estúpido, sin poder contestar a nada de lo que decía (entre otras cosas porque solo estaba entendiendo palabras sueltas). - Gracias. - Fue lo único que atinó a decir. Fue a llevarse una cuchara a la boca, pero entonces sonaron las campanas. Y lo que dijo a continuación sí lo entendió. Esbozó una sonrisa brillante, casi con una risa de genuina alegría, y dijo. - Il bambino Gesú. - Dijo, contento. - En Italia... Se dice cosí. - Contestó, alternando un pésimo inglés con italiano. Pero creía que le había entendido. Desde la fe, al fin y al cabo, todos se entendían.

Ya sí, empezó a comer, e iba a decir que aquello estaba buenísimo cuando entraron dos chicas y casi tuvo el impulso de guardarse el estofado tras la espalda como si estuviera haciendo algo malo, pero se contuvo. Una de ellas era la hermana de Sarah Jane, la había visto. La otra era, como mínimo, conocida suya, por la familiaridad con la que hablaron (él seguía sin enterarse de casi nada). Lo que sí le pareció entender era que la conocida era italiana, o descendiente de italianos, y eso le hizo sonreír. - Sei italiana? - Preguntó, y la chica empezó a contarle un poco de su historia en su lengua, pero desconectó apenas en un par de frases. Deseaba con todo su corazón oír su lengua en aquel lugar, pero había mirado a Sarah Jane y había visto que, de repente, su expresión había cambiado. - Scusi. - Se disculpó con la chica, por no dejarla con la palabra en la boca. Pero esa mujer había sido demasiado amable con él como para verla triste y no acercarse al menos.

Se puso a su lado y ella no tardó en detectarle. Querría preguntarle si estaba bien, pero se sentía absurdamente bloqueado. Su inglés no era tan pésimo, pero entre el hambre, la confusión por verla así y lo especial de esa noche, en la que Cristo acababa de nacer, no estaba especialmente lúcido. Sonrió levemente, porque más o menos pudo entender lo que le decía. - Io también. - Dijo. - Navidad... É bella... Y triste. - Volvió a alternar ambos idiomas. - Ma hoy... Es... noche de felicitá. Il bambino Gesú nació. - Trató de salvar, con una sonrisa. - No quiere... Tú... - Se señaló la mejilla, por debajo del ojo. Quería decir que Dios no querría verla llorar el día que su hijo nacía. Él, tampoco. Le gustaba más su sonrisa, era bonita.

Hubo un cruce de conversación entre las hermanas, al parecer acerca del gaélico. - Eso sí que no entiendo. - Trató de apuntar con una risa, para distender el ambiente, mientras se llevaba otra cucharada a la boca. La chica se dirigió a él de nuevo y eso sí que lo entendió. - ¡Oh! ¡La tarantella! - Dijo contento, mirando a la descendiente de italianos, que aseguró saber bailarla. Asintió a Sarah Jane. - Sí, certo. - Pero antes, tenía que comerse el estofado. Lo apuró con ganas, porque estaba buenísimo, dejó la cazuela a un lado y salió junto a las chicas.

- Lo siento. Soy... torpe. Italiano. - Rio. Ya habían salido y, efectivamente, el ambiente era bastante alegre allí, lo cual le relajaba. Tragó saliva. A ver si podía conjugar una frase entera. - Trabajo... Ma, llevo qui... Poco. Y no... Mi inglés... Non es bueno. - Puso una sonrisilla tímida y la señaló. - ¿Tú? ¿Mucho aquí? -




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