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 :: Squad :: Quintaesencia

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Dom Jun 13, 2021 6:14 pm

Ma dove si trova la felicità?
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Villa Biondi es una residencia de los alrededores de la ciudad de Pistoya, en Italia, donde reciben tratamiento psicológico y psiquiátrico mujeres con problemas, en un ambiente cercano, dedicado y cálido. No todas las personas son iguales, ni tienen la misma historia y origen, aunque vayan a parar a un destino similar. Este es el caso de las dos amigas más improbables que pudieran encontrarse.

Beatrice es de origen acomodado y clase alta, si bien ella adorna su historia más de lo que por sí lo está. Se encuentra en Villa Biondi por padecer un trastorno bipolar, además de porque su erotomanía la hace vivir continuamente ensalzada y creyéndose la persona más importante y amada del mundo. Podría decirse que es muy feliz en su mundo paralelo... Pero no es agradable darte cuenta de que la gente no te quiere y te valora tanto como tú te piensas.

Donatella, por su parte, trae una historia turbulenta de la que prefiere no dar muchos datos. Reservada y callada, es de las que "prefieren escuchar" mientras personas como Beatrice hablan y hablan hasta el cansancio. Pero cuando te lo guardas todo para ti misma, la tempestad acaba consumiéndote por dentro, así como todos tus fantasmas del pasado, que no son pocos.

Toda la importancia que se da la una, se la resta la otra. Todo lo que una expresa, la otra lo inhibe. Quizás Beatrice necesite a alguien como Donatella para poner los pies en la tierra y ser consciente de lo que es el mundo real. Quizás Donatella necesite de una Beatrice en su vida, alguien que le ayude a sanar sus heridas. Aunque sea a base de vivir la alegría loca.



Beatrice Morandini
40 años - Valeria Bruni Tedeschi - Freyja


Donatella Morelli
28 años - Micaela Ramazzotti - Ivanka
1x1 - Inspired - La pazza gioia

XIII






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Lun Jun 14, 2021 12:16 am

CAPITULO 1:
Senza fine


No se acababa. No se acababa nunca. El dolor, en algún momento tenía que parar. La angustia de respirar, de notar esa losa en su pecho, como si algo no quisiera que ella siguiera adelante. Ahora la llevaban a "un sitio mejor". Claro, qué graciosos. Peor que los sitios donde había vivido no podía ser. Esa gente (la gente que le trataba, unos otros, que iba y venían, que siempre eran diferentes y a ella le parecían todos iguales) no sabía en qué sitios haba vivido y trabajado ella, y aún creían que se podía vivir peor que como lo hacía, y por eso siempre le decían "en tal sitio vas a estar mejor" "esta medicación te va a ir mejor", pero Donatella había tocado fondo, y en el fondo se había quedado. Y allí pensaba quedarse hasta que le dieran la solución de verdad, la de poder ver a Elia.

De entrada la habían llevado en un autobús por la campiña, pero no todo lo lejos de su ciudad que a ella le gustaría. Solo estaba en el campo, y el campo era deprimente. Siempre hacía demasiado sol y a Donatella no le gustaban las flores, ni el trigo, ni los árboles, porque son muy bonitos pero luego, avanzando el otoño, se mueren, y eso la hacía llorar. Y solían regañarla por llorar. El sitio donde entró el minibús era una villa de esas de gente rica, que se llena de turistas, solo que esta estaba llena de locas. Y nada era más deprimente que un palacio que alguna vez fue bonito y grandioso, que ahora ese caía a desconchones y lleno de locas y monjas. Ojo, que las monjas eran buena gente, pero es que ella no quería estar con nadie, y quería silencio, y las locas eran ruidosas...

Claro, obviamente esa gente creía que una villa con aquel terrenazo, lejos de todo y con eso que llamaban el encanto de la Toscana, le haría estar mejor, pero, la verdad, Donatella viviría en un vertedero, si allí hubiera alguien que la escuchase. Solo pedía eso. No un doctor o doctora más de "esa gente", si no alguien que escuchase su caso, que le prestara atención y no simplemente la oyera hablar de fondo para al final decir "no puede ser" y recetarle la próxima tanda de pastillas.

Cuando llego, el conductor del autobús la ayudó a bajar, porque iba con escayola. Dos monjas la recibieron y la hicieron pasar hacia dentro del edificio, porque la doctora la iba a recibir nada más llegar. "Gracias, señor" "Gracias, hermanas" Eso debería decir. Debería ser amable y considerada, pero no quería gastar palabras, no aún. Le costaba mucho pensarlas, estructurarlas bien (o al menos de manera coherente) y soltarlas sin trabarse. Y llevaba todos el discurso que le iba a dar a la doctora pensado durante el camino, no podía distraerse en gastar energías con aquella gente, que seguro que pensarían que era una loca más del asilo y ya está. No se había fijado ni en las internas. Al menos en la habitación que hacía de consulta había silencio, hasta que entró la doctora. Era una mujer claramente decidida y entendida, que venía muy bien vestida, mejor de lo que Donatella se hubiera vestido en su vida, y tenía una energía admirable. Claro, que si era la jefa ahí, más le valía. — Bueno días, doctora, yo quería hablar con usted porque necesito que me ayude... — Entró de cabeza. En su cabeza no sonaba tan desesperado. Pero es que estaba desesperada.

Donatella - Villa Biondi - 10 de septiembre de 2016

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Miér Jul 07, 2021 6:02 pm

CAPITULO 1:
Senza fine


- A ver, por favor, señoritas, adoptad una posición un poco más decente. ¡Cerrad las piernas, por el amor de Dios! - Si es que tenía que estar en todo. Por favor, con lo bonito que era aquel recinto (pequeño para ella, pero en fin, su familia lo subvencionaba, era prácticamente suyo) y tenía que estar viendo bragas ajenas continuamente. ¿Por qué siempre tenía que haber mujeres revolcándose por el césped como si fueran puercas en el barro? ¿En qué momento su Villa Biondi había caído tan bajo? - La maldición que tenemos las personas de cierta clase, que tenemos que hacer obras de caridad. - Fue diciendo mientras caminaba, con su precioso foulard de chasmere y su parasol. - ¡Oh, por el amor del cielo! ¡A VER! Por favor, si estás gorda no te pongas esa falda, mujer, si es que así no se puede. Me daña la vista. - ¡Señora Morandini! - De repente se le pasó todo el modo dictatorial.

Se giró hacia la voz del hombre con la mejor de sus sonrisas, recolocándose el pelo. - Ay, Señor Ferro. Qué feliz me pone cada vez que lo veo. - Qué va. Solo era un jardinero, pero el pobre hombre estaba enamorado de ella hasta las trancas. Que menos que ser amable, pobrecillo. - Me manda llamarla la Doctora Zappa. Dice que no puede estar usted por aquí. - Ella soltó una carcajada musical, como si le hubieran contado el mejor chiste de su vida. O el peor, pero necesitaba hacer el teatro de que le había hecho mucha gracia. - Señor Ferro, qué cosas me dice. Cualquiera diría que me quiere llevar usted a otra parte. - El hombre parecía un poco agobiado. - Señora, se lo digo en serio. - ¡Ay, ay, pero qué tontería, hombre! Como no voy a poder andar yo por donde quiera en mi propia villa, qué cosas tiene... - ¡Beatrice eres una puta! -¡¡OH!! -Se indignó automáticamente, llevándose la mano al pecho y buscando con la mirada a la que había osado gritarle eso. Cuanta vulgaridad, de verdad. Lástima que le daba tener eso en su propia casa. Si es que había gente que no sabía comportarse, no estaba hecha la miel para la boca del asno.

- ¡Tú! ¡Sí, tú, te he visto! - Empezó a señalar a la desquiciada que se estaba riendo de ella. Y otra vez volvió la tipa a la carga. ¡Beatrice eres una puta! - ¡¡Mírala!! ¡Envidia que me tienes, envidia de la mala! ¡Qué soez, qué vulgar, usar semejante vocabulario! ¡Solo mi vestido vale más que toda tu familia! - Y la otra que se seguía riendo. ¡No iba a conseguir semejante insulto a su persona! Con paso decidido, se acercó a ella sin dejar de bramar. - ¡No me llamas puta más! ¿Me oyes? ¡Sucia asquerosa arrabalera! - El jardinero se apresuró tras ella, antes de que tuvieran que lamentar una desgracia. - ¡Señora, por fav...! - NO ME TOQUE. - Bramó automáticamente, asustada y zafándose en seguida. El hombre echó un paso atrás, pero ella también puso distancia y empezó a alejarse. - Ya sé que está usted enamorado de mí, pero no me toque. - ¡Beatrice! - Hala, la doctora. Pues ya estaban todos.

- ¡Le digo que no tengo por qué aguantar semejantes insultos a mi persona! - A ver, lo primero, cálmate. - ¡¡Yo estoy muy calmada!! - Dijo roja de ira y con el tono considerablemente elevado. Así no parecía precisamente calmada. - ¡Pero es que en esta villa se me falta el respecto continuamente! Cuando me dejen salir de aquí... - Soltó una carcajada de superioridad y sentenció. - Cuando me dejen salir de aquí, se van a acordar de mi nombre. Todos vosotros. Van a caer uno a uno, ustedes no sabéis con quién estáis hablando. - Beatrice, esto no puede seguir así. - Dijo la doctora, aunándose de paciencia, mientras ella se retocaba el pelo y respiraba hondo con dignidad. - Esto es un hogar tranquilo, necesitamos que haya buen ambiente... - Díselo a las feas esas que me tienen envidia y no consienten ni que pase por el jardín... - Es importante que socialices. Y que socialices bien. - Abrió los ojos con indignación e hizo un gesto de incomprensión total. - ¡Pero qué más quieren que haga! Si les dejo mis perchas y mis perfumes y ellas siguen ahí, en mitad del césped con las piernas abiertas, es que es dantesco. - Pero algo interrumpió su perfecta justificación.

La furgoneta. Ya estaban todas como gallinitas parloteando para ver quien era. Pues una nueva, qué iba a ser. Menos mal que a ella no le importaba lo más mínimo. - Tengo que irme. Por favor, Beatrice... - ¡Ay, por Dios, pareces mi madre! - Despachó con un gesto soberbio de la mano, y se quedó mirando a otra parte. Pero de reojo observaba a la nueva que salía. No porque le interesara, faltaría más. Pero es que era su casa. Tenía que ver quien entraba... Y, oh, por favor, cada día entraba una calaña peor, pero qué pintas... Uf, aunque se la veía triste a la pobre chica. Y cuantos moratones. Agh, y tatuajes, de verdad, la vida se ensañaba con algunas personas de una manera... Se la llevaron como pudieron porque encima venía con una pierna rota. Se acercó a pasito ligero a la monja que venía en la furgoneta y preguntó. - ¿Tentativa de suicidio? - La monja suspiró y rodó los ojos. - ¿Qué te tenemos dicho de cotillear sobre todo el que viene? - ¡Yo no cotilleo! - Dijo indignada. - ¡Me dicen que socialice, y ahora no puedo ni preocuparme por quien entra en mi casa! - Adios, Beatrice. - Y ahí la dejó, con la palabra en la boca.

- ¡Esto es un trato humillante a mi persona! - Se quejó, ya con las lágrimas saltadas. De verdad, es que no podía ser, ¿nadie se daba cuenta de quien era ella? ¿Por qué la trataban tan mal? ¿Por qué había tanta envidia en la humanidad? Es que así no se podía vivir. ¡Que ella tampoco tenía la culpa de ser la grandiosa mujer que era! Y encima tenía ella la culpa porque no socializaba, ¡si es que no la dejaban! ¡Todos la trataban mal! Llena de rabia, indignación y frustración, se fue apretando los dientes al interior del edificio, dispuesta a... Algo. Ya se le ocurriría cuando llegara al cuarto, pero vaya, que la iban a escuchar. Iba a llamar a Berlusconi. Sí señor, Silvio la adoraba, si hasta la quería de concubina, pero claro, ella le rechazó. No iba a rebajarse a eso, una tenía un mínimo de dignidad, ¡pero podía haberlo sido de haber querido! Una palabra a Silvio, y la Villa estaba cerrada mañana mismo y todas esas haraposas en la calle. ¡Se acabó ya!

Y justo por mitad del pasillo iba cuando oyó que alguien la llamaba. Se detuvo en seco y se secó las lágrimas. Quizás no la llamara a ella, pero... ¿No querían que socializara? Se giró. Oh, era la nueva. Pobre chica, daba penita verla. Mantendría la distancia, a ver si iba a traer hasta pulgas, porque vaya pintas. Pero al menos se iba a acercar. Ay, y pobre chica, se creía que era la doctora. Pero le estaba pidiendo ayuda, ¿la iba a dejar ahí? Si es que... Era demasiado buena una, estaba hecha para la caridad. Entró decididamente en la consulta y... Había una carpeta en la mesa. Lo mismo era su expediente. - Sí... Sí. - Dijo, contestando de aquella manera a lo que la otra decía. Miró por encima los papeles. - Ay, espera... - Se sacó unas gafas del bolsillo y, mientras se las ponía, dijo con una risa cómplice. - La edad no nos perdona a ninguna, ¿eh? - Ay, si mírala, estaba la pobre como ida, ni siquiera le pillaba las bromas. - En fin... - Suspiró, mirando el informe. Pues no, no era cosa de la vista, era que no entendía una palabra de lo que ponía ahí. Bueno, una palabra sí entendió. - Ay, no no... - Empezó a chistar y a negar con la cabeza. - Antipsicóticos... Claro, claro... - Claro. A ella también se los daban. Pues así estaba la chica. - Pues esto hay que quitarlo pero ya mismo. - Suspiró y se sentó en la silla delante de ella. - Eres... Donatella Morelli, ¿sí? - Mientras miraba el informe por encima, preguntó. - Cuéntame, ¿por qué has venido a Villa Biondi? -

Beatrice - Villa Biondi - 10 de septiembre de 2016

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Miér Jul 28, 2021 5:36 pm

CAPITULO 1:
Senza fine


La doctora era una de esas personas que brilla. Brilla tanto que al mismo tiempo que te agobia de tanto que te ciega, y a la vez no quieres dejar de mirarla, porque no puedes evitar pensar: ojalá yo brillara así. No he debido brillar así jamás. Parecía que iba un poco acelerada, cuando la mayoría de los doctores que la habían tratado lucían como plantas sin regar, agotados de lidiar con una loca más. Si ella loca no estaba, solo estaba mal, triste, pero ellos siempre se empeñaban en medicarla y no escucharla ni ayudarla. Esta al menos parecía tener más vitalidad. El comentario de lo de la edad la dejó un poco extrañada. — Solo tengo veintiocho. — Dijo simplemente, sin comprender. Vaya, cuando fue madre, que haba que ver que qué joven, que cómo no iba a perder el rumbo, y ahora que la edad no perdonaba. No se aclaraban.

La vio leer el informe con empeño, y eso también era otra novedad, porque generalmente, paseaban los ojos por él y ya la diagnosticaban. Bueno etso pintaba mejor que otras veces. Eso sí, lo de que había que quitarle la medicación sí que la dejó sin palabras. — Pero, doctora... Toda la vida me han dicho que necesito la medicación. Yo no puedo ponerme mal otra vez, doctora, yo le estaba diciendo que... — Pero la señora parecía tenerlo muy claro, y si algo había aprendido en la vida es que batallar no solía servir para mucho, y más con la inmensa cantidad de fuerzas que le estaba costando. — Sí, soy Donatella Morelli. — Contestó sin más, si ya lo acababa de leer en el informe, ¿no? Más frunció el ceño ante aquella pregunta. — No he venido, me han traído. Después del último sitio, me dijeron que aquí estaría mejor, que necesitaba ocuparme y socializar. — Vamos lo de siempre. Pero aprovechó un hueco, el primero que había tenido en años, para soltar su discurso.

Doctora, si cree usted que no necesito medicación es porque cree que tan mal no estoy, y es usted médico y buena persona. — Se aclaró la garganta y tragó saliva. — Necesito que me ayude usted a escribir una carta para que me hablen de Elia. Esos es lo que yo necesito para estar mejor, ¿sabe? — Nunca lo habían entendido. Que para ella, abrazar a su niño, besarle, oír su risa... Todo eso, quitaba el dolor durante unos segundos, y eran segundos mágicos. — Porque no fue culpa mía, doctora. Es que nunca me han escuchado, y empiezo a creer que es porque no me explico bien, entonces, si usted me ayuda, porque usted es doctora y se expresa mejor, a escribirles una carta, ellos quizás entiendan... — Igual estaba yendo un poco rápido y aturullada, pero no iba a desperdiciar esa oportunidad, obviamente, y ella se había leído su informe, seguro que entendía de qué le estaba hablando.

Donatella - Villa Biondi - 10 de septiembre de 2016

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Dom Sep 19, 2021 11:14 pm

CAPITULO 1:
Senza fine


Hizo un gesto con la mano, quitándole importancia y sin dejar de mirar el informe. - Si yo te dijera lo que me han dicho a mí toda la vida. Hay médicos que no tienen preparación ninguna. Solo hacen... - Hizo un gesto despectivo con la mano. - ...Firmar papeluchos y poco más. - Cerró el informe y la miró, esperando su respuesta. No pudo evitar una leve risotada entre triste y despectiva. - Socializar. Es que, vaya cosas. - Suspiró teatralmente, reajustándose las gafas y removiéndose un poco en su asiento. - Todo mal en tu tratamiento. Pobre chica. - Como si ella supiera como enfocar su tratamiento mejor.

Y claro, la pobre estaba tan desesperada que empezó a hablar mucho, y Beatrice quiso aparentar que estaba escuchando como una profesional, pero lo cierto es que iba un poco rápido y atropellada y no se estaba enterando. ¡Es que, claro! A esa muchacha debería estar viéndola un sanador de verdad, no ella, ¡pero es que como en esa casa tenía que hacerlo ella todo! Ahí la tenían, abandonadita a la pobre y atiborrada a pastillas, y ya tiene que venir Beatrice a solucionarle los problemas a la gente. De verdad, si no fuera por ella, se venía abajo la casa.

Oh, la muchacha tenía un hijo. Y algo había pasado porque no lo tenía con él. A ver, no le extrañaba, con las pintas que tenía... Esperaba que no se le hubiera notado mucho que le había echado una mirada de arriba abajo. Tomó aire y empezó a preguntar. - Y, exactamente, ¿por qué motivo no...? -¡Beatrice! Pero bueno, ¡no puedes estar aquí! - Después del desagradable sobresalto inicial que no solo había interrumpido su pregunta sino que la había alarmado (qué manía tenía todo el mundo de gritar en ese sitio), puso expresión de desconcierto y se encogió de hombros, señalando a Donatella. - Pues estoy socializando, como me habéis dicho. - Esto no es socializar, Beatrice, esto es romper la confidencialidad de la gente. - Bueno, a ver. - Dijo con una risa superior, parando con un gesto de la mano. - Será romper la confidencialidad si se mete aquí cualquiera, pero es que yo soy la dueña de esta villa, en mi caso no es romper nada. - Beatrice, venga, no te lo digo más, tienes que salir de aquí. - ¡No me toque! - Tomó distancia otra vez, porque ya la iban a tocar, y se alejó sin levantarse de su asiento como un animal acorralado.

Se levantó con reticencias de la silla por el lado contrario al de la doctora e insistió. - Ya sé que es muy tentador tocarme pero no me toquéis. - Pues venga, salte de aquí y vuelve al patio. - ¡No! - Aseveró con un dedo amenazante. - Me voy a mi dormitorio. Porque esto no es manera de tratar a alguien de mi posición, de verdad que no. - Aseguró indignada, revolviéndose en su chal y pasando por al lado de la doctora hacia la puerta, aunque a una distancia prudencial para que no se le echara encima. - Encima que me preocupo por el bienestar de la gente, a pesar de que sean desarrapadas y todo. - Beatrice, ese lenguaje. - ¡Esto va a tener consecuencias! Pienso hablar con el conde, ¡no os va a dar ni un duro! - Soltó una risa sarcástica, mientras salía ya al pasillo. - Vamos, es que pienso llevármelo todo de aquí. ¡¡Y ese tratamiento está mal!! - Atacó por última vez, antes de dirigirse dignamente a su habitación.

Beatrice - Villa Biondi - 10 de septiembre de 2016

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