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Jue Ene 06, 2022 9:29 pm por Ivanka
L'étoile de la connaissance
ORIGINAL — HISTORIA — SIGLO XIX+ALQUIMIA
En 1849 el mundo está controlado por los hombres. Los hombres son los que reciben educación reglada, los que escriben tratados, los que, en definitiva, tienen las ideas, las desarrollan, las difunden y sientan cátedra. ¿O no es tan fácil afirmarlo?

En Francia, Eugéne Viollet-Le-Duc es una eminencia en restauración, no para de recibir encargos para devolver al gótico francés a su gloria pasada con sus boyantes proyectos que prácticamente construyen nuevos edificios, pero que se convierten en los cimientos de la identidad nacional. Lo que nadie sabe, es que hace años que la mayor parte de los proyectos salen de la ayuda inestimbale y el ingenio de una joven de Carcassone, Chantal Garnier, que sin estudios ni prácticamente saber leer, con su buen ojo, su sensibilidad y su sabiduría popular, es capaz de imaginar y dibujar proyectos que Eugéne ni imaginaba. Desde que la encontró en Carcassone, se la llevó con él, y ahora son amantes y es parte fundamental de su taller, aunque Chantal se siente muy desplazada del mundo intelectual y refinado de Eugéne. Él se ocupa de enseñarle lo que puede, pero no para de llegarles trabajo, y apenas tienen tiempo de nada. Pero Chantal tiene un sueño: escribir en un libro todo lo que ha aprendido sobre alquimia, brujería y su relación con las iglesias católicas.

Mientras tanto, en Inglaterra, el teórico y restaurador enemigo de Viollet, John Ruskin, acaba de contraer matrimonio con la joven Elizabeth Gray. La ahora conocida como Effie Ruskin, tiene veinte años y ha sido educada para ser la esposa perfecta de una familia de clase alta inglesa. Pero John tiene otros planes. Su trabajo y sus investigaciones le tienen completamente absorbido, y aunque tiene cariño por Effie, la diferencia de edad y de objetivos en la vida les tienen completamente distanciados, hasta el punto de que no han consumado aún su matrimonio. Effie es una persona resuelta y muy inteligente, que tiene muy claro desde pequeña que se iba a casar con John, solo que ella esperaba algo más de la vida de casada. Por eso quiere acercarse a su marido empezando a conocer algo de su mundo: el arte y la restauración, algo que en su educación de perfecta señorita no había entrado.

Con motivo de la preparación de la Exposición Universal de 1855 de París, los Ruskin se han trasladado de Venecia, donde habían estado viviendo desde su boda, a la capital francesa, y Eugéne está siendo el coordinador de todo lo que tiene que ver con la sección artística de la exposición y remodelación de los monumentos de la ciudad. Todo el mundo está expectante por ver la reunión de los dos grandes genios, tan contrarios en sus teorías, pero, fuera de la oficialidad, hay un encuentro que va a cambiar la vida de dos mujeres.
Chantal Garnier
Emma Mackey — Freyja
Elizabeth Ruskin
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Sáb Ene 08, 2022 5:00 pm por Freyja
1. The women in the shadows
Chantal — París — Primera reunión
- ¿Me vas a hacer ir de verdad? - Preguntó, con los dientes apretados y la voz casi rota. - ¿Qué función cumplo hoy? ¿La de elemento decorativo de compañía, la de trofeo, o simplemente es para que no vayas solo? ¿O para que te aplauda, mezclada entre el gentío? - No tengo tiempo para un ataque de histeria, Chantal. - Contestó el hombre. Ella ahogó una sarcástica carcajada con los labios cerrados, mirando a otra parte con los ojos húmedos, pero él siguió. - La posición que tienes ya la sabes. - Lo cierto es que no. - Se acercó a él y, de nuevo, se rebajó a suplicarle una explicación que sabía que, o no le iba a dar, o si se la daba le iba a escocer. - ¿No puedes darme un poco de crédito? ¿Un mínimo aunque sea? - Y mientras ella le preguntaba, él ya se estaba riendo por lo bajo, como quien se ríe de un niño que dice algo extremadamente utópico e irreal, digno de alguien que no sabe lo que es la vida porque no la ha empezado todavía. - La torre de la Basílica de Saint Denis. Solo eso. Di que eso es mío, que lo he descubierto yo. - Nadie se lo va a creer. - ¡Sí se lo creerán si lo dices tú! Se hubiera caído entera si no hubiera visto como estaba. ¿Qué más da? Es solo una torre, solo el cimiento, ni siquiera se ve por fuera. - Solo el cimiento... - Dijo él entre risas desacreditadoras, como quien se ríe de una niña, mientras ella seguía tratando de rogar. - Solo vi que estaba inestable, y la gente mira lo bonito, tú lo dices, lo espectacular y hermoso, no mira las piedras que sujetan. Solo di eso: yo he creado un proyecto hermoso, pero la que se dio cuenta de que iba a caerse era ella. - He dicho que no tengo tiempo para la histeria. Ni para memeces. Termina de acicalarte, por favor. - La despachó con un gesto de la mano, y se movió hacia el espejo junto a la puerta de la habitación, dejándola allí con los brazos caídos, impotente y mirando a la nada.

- Solo te pido un mínimo reconocimiento. Uno, una cosa, una simple imagen. Un labrado de nada, una roca, un soporte, o una intuición, y tú te quedas con miles de catedrales. Dame un solo resquicio a mí. - No recibió ni media respuesta. Apretó los dientes y los labios, perdiendo una lágrima que cayó directamente en los volantes de su corpiño. - Me llevas para que haga el ridículo delante de un montón de gente. - Si estás con la boca cerrada, no harás ningún ridículo. - No soy un objeto de exhibición. - Sí lo eres. En estos actos, sí. - Pues a lo mejor empiezo a comportarme como un mero objeto de aquí en adelante. Y los objetos no hablan, ni miran, ni tienen ideas brillantes. - Y tú tampoco. - Eso hizo que soltara una carcajada despectiva. Antes de responder, el hombre la miró y detuvo con un gesto de la mano. Su tranquilidad al hablar, su serenidad y ese convencimiento de que ella era estúpida y él el señor que con amable tono paternalista tenía que explicarle lentamente las cosas la ponía de los nervios. - No tenemos tiempo de ponernos a discutir ahora. Deberías dar gracias de llevar una vida de la alta sociedad cuando claramente no lo eres, y no querrás volver al lugar de donde vienes. - El hombre suspiró con falsa resignación. - Tienes una capacidad de visión que sería un crimen no aprovechar, pero nadie escucharía a alguien como tú. Yo soy tu voz, gracias a mí se te escucha. - No se me escucha a mí, se te escucha a ti. - Corrigió ella. - Al gran Viollet-Le-Duc. Al gran Fulcane... - ¿¿Quieres callar?? - La cortó con un tono tan brusco y alto que la hizo sobresaltarse. Vaya, no era temple y serenidad su modo perpetuo, también sabía enfadarse.

- ¡Si es que no se puede negociar con las mujeres! ¿Por qué pondrá Dios los dones en la gente equivocada? - Refunfuñó mientras se movía por la habitación recogiendo sus cosas. Ella, dignamente, se irguió y volvió a hablar con la mandíbula en tensión. - Pues son sus caminos inescrutables, y no debiera ser el hombre quien tuviera que contradecirlos. Él nos dio la fe para que levantáramos sus iglesias, iglesias que mis ojos ven y cuyas rentas tú te llevas. Así que no lo cuestiones, que sales muy bien parado de sus supuestas equivocaciones. - El hombre la miró con expresión circunstancial y condescendencia. - ¿Ves por qué tengo que hablar yo? - Ella mantuvo su postura digna, pero no sabía bien a qué se había referido con eso. Y por ello era que él la manipulaba a su antojo, porque ella solo era dos ojos y una boca que metía mucho la pata, su cerebro no daba para hilar como él hilaba. Entre eso y su condición de mujer... Pues, por desgracia, razón tenía, ¿quién la iba a escuchar? - Sécate las lágrimas y, por última vez te lo digo, termina de acicalarte. Llegamos tarde. -




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Dom Ene 09, 2022 12:17 pm por Ivanka
1. The women in the shadows
Effie — París — Primera reunión
Estaba organizando el desmontaje de los equipajes, y de paso repasando con las doncellas los trajes de los que disponían. Tendría que salir de compras con total seguridad para John, porque tenía un armario tan exiguo que, aunque llevara un año tratando de ponerlo en orden y completo, seguía siendo insuficiente para alguien de su categoría; y probablemente para ella, porque París no era cualquier sitio, y el tiempo era muy distinto al de Venecia, y todo lo que había traído, a excepción de algunas pocas cosas de Inglaterra, era de allí.

En ese momento, entró John, ya con el abrigo y poniéndose el sombrero. Ella le miró desconcertada. — ¿Salimos? — Él negó y se acercó a darle un beso en la mejilla. — No, querida, sé que estás ocupada haciendo que esto funcione, como siempre. Pero me acaban de mandar una nota de la Academia de Bellas Artes diciendo que hay varios simpatizantes de mi método que quieren reunirse conmigo antes del acto en la ópera. — No acababan de llegar y ya estaba quitándose de en medio y buscándose problemas con Le-Duc. Como si no le conociera. — John, ¿puedes esperar a después de la presentación aunque sea? No empieces llamando la atención… — Él chasqueó la lengua y negó con la cabeza, sonriendo, como quien habla con un niño pequeño. — Recuerda que la presentación comienza a las siete en punto, en la Ópera Garnier. Te dejo al cochero, yo voy caminando. En coche son unos… Treinta y cinco minutos desde aquí. Nos vemos allí, ten cuidado. — Pero, John… — ¿Iba a ir así vestido a la presentación inaugural de la Exposición Universal de París? Pues sí. — Coge el paraguas, aquí llueve como en Londres por lo menos. — Y lo que les faltaba es que llegara calado, con el aspecto que tenía de entrada. Suspiró y volvió a sus quehaceres, no le quedaba de otra, deseando que su marido la hubiera llegado a escuchar, antes de cerrar la puerta de su inmensa suite.

Terminó de arreglarse y se miró en el espejo de la habitación, retocándose el peinado con delicadeza. — ¿Qué tal estoy? — Preguntó a una de sus doncellas. — Preciosa, señora. La juventud es una ventaja para una belleza indiscutible como la vuestra, señora. — Ella suspiró y torció el gesto. — Joven es lo que no quiero parecer. Estoy cansada de especificar que soy la señora Ruskin. — Se encogió de hombros. Igual, si buscaba eso, no debería vestirse de rojo escarlata, que era un color de juventud. Cogió sus cosas y se dirigió al coche, no sin antes recibir unos cuantos “madmoiselle” a modo de saludo, que ya no se molestó en corregir.

Una vez en las escaleras de la Ópera, un joven con levita muy amable se dirigió a  ella con una sonrisa. — ¿Su nombre, madmoiselle? — Ahí ya no ocultó un suspiro. — Madame, es Madame Ruskin. — Ahora agradecía de veras las obstinadas clases de francés desde su infancia. Los primero meses en Italia fueron un infierno sin enterarse de nada. El chico se disculpó afligido, mirando la lista. — Discúlpeme, Madame Ruskin. Como su marido había entrado ya, se la había considerado admitida en la fiesta. — ¡Effie! ¡Effie, querida! — La llamó desde dentro John. Sin esperar respuesta del chico, atravesó el camino hacia él, de peor humor del que le gustaría para estar en la preciosa Ópera de París. Uf, estaba con el pesado de Merimée, peor se lo ponían. — ¡Hay que ver, John, eres único! Una esposa tan preciosa y vas y te la dejas fuera y se te olvida. Bienvenida a París, querida. — Le dio un beso en la mano, y luego la atrajo hacia sí y le plantó uno en la mejilla. Ugh, franceses. Básicamente la trataba igual que su marido, menudo descaro. — Monsieur Merimée. — Saludo, correcta. — Qué bien le sientas a John, subes su categoría. — Aguantó una cara de asco, renunciando ya a que su marido se pronunciara en nada y simplemente puso una sonrisa de cortesía.

— Es indignante, Prosper, no sé por qué lo consientes. — Vaya, John ya estaba alterado con algo. Todo lo que él podía alterarse, claro. — Es la presentación de una Exposición que será un hito para el arte. De todas las Exposiciones Universales que se han hecho, esta va a ser la primera que se centre en el arte, va a cambiar la visión del mundo sobre la pintura, pero claro, tu amigo si no hay pináculos y contrafuertes de por medio, no se interesa… — John, John, amigo, qué inglés eres… — Merimée parecía todo el día borracho y condescendiente. La ponía enferma. — Si Le-Duc fuera un poco más inglés, no estaría llegando tarde a esta presentación. — Merimée rio de nuevo. — Me han informado que acaba de llegar, de hecho. Debe estar preparando el discurso y la salida triunfal con Desvalliéres y quien sea que se encargue de la escultura. — Se inclinó un poco hacia John y dijo. — Creo que es que ha estado un poco ocupado antes de salir de casa, si me entiendes… — No, no te entiende, pensó Effie, teniendo que reprimir entornar los ojos. — Pero, amigo, no te sulfures así. No te conviene abrir una guerra entre Eugéne, Desvalliéres y tú. — Si Desvalliéres tomara partido de algo… — Que esto no va de partidos, John… — De repente, Merimée pareció reparar en ella. — Effie, querida, te estamos aburriendo. Quizá quieres que te presente al resto de esposas, no se tarda nada en encontrarlas, solo tienes que seguir el murmullo de un parloteo incesante. — Ella amplió la sonrisa dulcemente y dijo. — No, voy al tocador. Pero no se preocupe por mí, Monsieur Merimée. Creo que la conversación aquí, es bastante parecida a la de la sección de señoras. — Y con una inclinación de cabeza, se fue hacia el tocador.

Qué agobio nada más empezar. A Effie le gustaba la vida social (era mejor que estar por el decadente palacio de Venecia esperando a que John se fijara en ella), pero los hombres como Merimée y las esposas que le sacaban quince años, tampoco eran su ambiente favorito. Iba a acabar echando de menos Venecia solo por el alivio de las fiestas. Se miró al espejo con un suspiro, cogiendo fuerzas, cuando oyó un llanto fuera del tocador. Había más silencio, porque debía ser que el discurso había empezado por fin y habrían entrado todos al escenario, así que el vestíbulo estaba en silencio. Vio a una chica un poco mayor con cara de malas pulgas, que claramente había llorado. Iba… Arreglada, pero sus ropas no eran muy caras. ¿Sería sirvienta de alguien? — Madmoiselle… ¿Se encuentra bien? ¿Necesita algo? — Dirigió los ojos hacia el interior y distinguió una voz dando un discurso, que debía ser Desvalliéres. Pues entonces John no tendría ni el más mínimo interés en saber dónde estaba, seguro.





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Vie Ene 14, 2022 2:01 pm por Freyja
1. The women in the shadows
Chantal — París — Primera reunión
- ¿No será de mala educación llegar tarde? - Preguntó Chantal con prudencia. Después de lo de antes de salir, y con el trabajo que le había costado enjugarse las lágrimas, ya no se atrevía a dar una voz más alta que la otra. E igualmente parecía haber defraudado a Violet con su pregunta, por la cara de hastío que mostró y el tono cansado con el que respondió. - La gente me espera a mí. ¿Llega la novia a la boda la primera? - Eso la hizo ocultar una risilla infantil. - ¿Eres la novia de la boda? - Digamos, salvando las distancias, que sí. - Mantuvo una sonrisilla residual que, tan pronto comprendió las palabras, se le fue diluyendo. Al menos ya vas a tener una boda. A veces se preguntaba qué hacía deseando una promesa de vida por parte de un señor que la trataba con tanta condescendencia. Luego se daba cuenta de que al menos él la escuchaba y dejaba explotar su visión y su escaso intelecto, dándole voz aunque no llevara su firma, y se le pasaba. También se daba cuenta de lo tonta que era, pero como buena tonta no es como que pudiera aspirar a mucho más... A mucho más de ser la amante de un hombre que no ama a nadie tanto como se ama a sí mismo.

Cuando llegaron le recibieron con halagos y mucha pompa. A él, por supuesto. No es como que esperara que a ella la fuera a conocer nadie, pero en lo que sonreía para aquellos que cruzaban la mirada con ella el instante que tardaban en comprender que no era nadie, al menos hubiera agradecido su saludo. Violet ni se presentó en molestarla, y eso le hacía recordar la pregunta que le hizo cuando aún estaban en la casa: ¿para qué quieres que vaya? Pues para llevar un bonito complemento con él, como quien se pone una levita o un bombín. Tragó saliva, tratando de deshacer el nudo de su garganta. Hoy estaba especialmente sensible y no sabía por qué, pero aquello empezaba a superarla. Atrás quedaban los tiempos en los que el simple hecho de poder acudir a esas fiestas la hacía sentirse honrada. Ahora le resultaban tediosas, cargantes y le recordaban lo insignificante que era, y la injusticia de que un hombre se llevara sus méritos mientras que ella no tenía nombre siquiera para la gente. Quienes la miraban olvidaban su rostro tan pronto giraban la cara a otra parte. Empezaba a hacérsele demasiado cuesta arriba todo eso.

El revuelo que se originó segundos después, lleno de pomposas risas que pretendían sonar muy varoniles, daba pistas de que el discurso estaba a punto de empezar. Puso la mejor de sus sonrisas y avanzó junto a Violet... O hizo amago de ello. Tan pronto avanzó un pie por delante del otro, el hombre la miró con extrañeza, como si acabara de recordar que estaba allí con él. - ¿Dónde vas? - Ella no pudo evitar mirar confusa a los lados. ¿La pregunta era para ella? No la entendía. - Contigo. - Contestó. El hombre miró a los lados, pero no con la genuina confusión de ella, sino más bien temiendo que alguien les estuviera viendo hablar y quedar en ridículo. - Voy a dar el discurso. - Ella parpadeó. ¿Y? No es como que fuera a subir al estrado con él, aunque sería un detalle, pero al menos contaba con estar en primera fila. - Mejor... Quédate por ahí. - Indicó, con un gesto distraído de la mano, y antes de recibir respuesta se giró y avanzó entre las gentes, dejándola a ella ahí plantada con cara de no comprender. Sí que era tonta, porque tampoco había nada que comprender: ella no era absolutamente nadie allí, ¿de verdad esperaba estar en primera fila? Temiendo lo que iba a encontrar, giró lentamente el rostro hacia donde le había indicado. Efectivamente, su lugar estaba entre la muchedumbre sin nombre: el servicio, las amantes o directamente las putas que otros hombres llevaban consigo, y los cualesquiera que querían formar parte de las altas esferas pero se notaba que eran de menor clase que ella, solo se habían colado allí a ver qué podían pillar. Agachó la cabeza, dócil, y se dirigió hacia allí, girándose para mirar el discurso, levemente apartada del grupo (tampoco es como que hubiera mucho espacio para apartarse, en el lugar de los parias no había mucho espacio). Violet fue presentado junto con otros hombres a los que no tenía el gusto de conocer y todos aplaudieron, incluida ella, pero cada aplauso le apretaba el nudo en la garganta y la hacía tragar con violencia para que no se le cayeran las lágrimas. Notaba las miradas de su propio grupo, el grupo al que al parecer pertenecía, sobre ella, preguntándose qué era: si una trepa, una criada o una puta. Lo peor es que se sentía un poco de todo. Trató de mirar a Violet y los otros hombres, pero las lágrimas le empañaban la visión, y se negaba a llorar delante de gente que solo por su mera presencia ya la estaban juzgando. Se dio media vuelta y buscó un lugar más privado.

El vestíbulo junto al tocador estaba vacío, pero este estaba ocupado, así que se apoyó en la pared junto a la puerta y rompió a llorar con desazón, notando como le faltaba el aire en los pulmones de tanto que había aguantado las lágrimas. Ya le daba igual si quien fuera que estuviera dentro la veía, dudaba que su situación fuera a empeorar. Buscó un pañuelo en su bolso, pero no lo encontró, lo que le hizo maldecir entre dientes mientras seguía derramando lágrimas y sollozando sin control. Se estaba secando las lágrimas con violencia, manchando sus propias manos y sus mangas, lo que claramente no se esperaría del protocolo de alguien correctamente invitado a una reunión así, cuando una voz a su lado la sobresaltó, haciéndola aspirar una exclamación que más sonó como un sollozo violento. La miró con mala cara y retiró la vista a otra parte de nuevo, mientras se seguía secando las lágrimas. - Estoy bien. - Cortó, sollozando una vez más. ¿Qué le pasaba? ¿Por qué semejante ataque de llanto? No podía controlar la velocidad a la que su pecho subía y bajaba, de verdad parecía que le faltaba el aire. - No necesito nada que usted pueda darme. - Contestó con dignidad, secándose las lágrimas. - ¿Está ya libre el tocador? - Preguntó sin mirarla, dispuesta a pasar de largo y encerrarse dentro. Cuanto menos la mirara, mejor. Total, nadie reconocía su cara ni aun mirándola directamente, cuanto menos en aquellas circunstancias. Y siendo otra mujer, igualmente no se le haría el menor caso.




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Lun Ene 17, 2022 9:58 pm por Ivanka
1. The women in the shadows
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La joven no parecía especialmente inclinada a hablar con nadie. De hecho, tenía toda la pinta de que había cambiado de humores de la tristeza al enfado. Y ya iba a dejarla tranquila, porque claramente no quería hablar con nadie, cuando la vio limpiarse las lágrimas de aquella manera, y supo reconocer a una mujer orgullosa a la que le han pegado en el centro de su orgullo, y que ahora se sentía observada y, por lo tanto, atacada. Buscó un pañuelo entre sus bolsillos y se lo tendió. — De entrada puedo darle un pañuelo. — Dijo dejándolo en su mano. Miró hacia atrás al tocador y dijo. — Sí que está libre sí… — Señaló los manchurrones de sus mangas. — Pero no intente lavar con agua esas manchas, solo se extenderán. Dele con jabón seco, como si fuera una goma de borrar y luego le pasa el pañuelo y se lo lleva todo. — Dijo con una leve sonrisa y tono suave.

— Discúlpeme si me meto donde no me llaman… Pero no parece usted tan bien como dice. — Se apoyó en la pared, cerca de ella y suspiró, quedándose en silencio. — Igual no puedo ayudarla yo, pero usted sí puede ayudarme a mí. — Miró al techo y suspiró. — Acabo de llegar a París, literalmente. No había estado nunca. Ni había visto jamás una ópera tan grande y decorada, con tanta luz eléctrica… — Sonrió. — Es precioso, pero es sobrecogedor, como toda la ciudad. — Se encogió de un hombro. Esa había sido su vida durante un año “es precioso pero sobrecogedor”, en Venecia todo era así, John no le explicaba nada, no tenía tiempo. — El caso es que no sé ni cómo se entra al patio de butacas y a mi esposo se le ha olvidado que estoy por aquí. — Se agarró la muñeca con una mano, dejando flotar el silencio.

— O podemos quedarnos aquí. — Dijo con un suspiro. — Porque, al fin y al cabo, no sé usted, pero realmente conmigo no cuentan ahí dentro, y no suelen variar mucho los discursos. — Se rio un poco y dijo. — Además, queda mucho para que empiece la Exposición, nos quedan años de discursos como estos. — Puso una sonrisa dulce. — Así que ya ve, yo creo que tenemos tiempo de que usted me ayude a mí y yo a usted. — Señaló la puerta suavemente. — Yo le ayudo a limpiarse esas mangas, y usted me ayuda a moverme por este edificio, todo sea que acabe el discurso y aún no haya encontrado a mi marido. — Y se olvide de mí, la verdad, que posible es, pensó.





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