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Jue Ene 06, 2022 4:29 pm por Ivanka
L'étoile de la connaissance
ORIGINAL — ÉPOCAS PASADAS — SIGLO XIX+ALQUIMIA
En 1849 el mundo está controlado por los hombres. Los hombres son los que reciben educación reglada, los que escriben tratados, los que, en definitiva, tienen las ideas, las desarrollan, las difunden y sientan cátedra. ¿O no es tan fácil afirmarlo?

En Francia, Eugéne Viollet-Le-Duc es una eminencia en restauración, no para de recibir encargos para devolver al gótico francés a su gloria pasada con sus boyantes proyectos que prácticamente construyen nuevos edificios, pero que se convierten en los cimientos de la identidad nacional. Lo que nadie sabe, es que hace años que la mayor parte de los proyectos salen de la ayuda inestimbale y el ingenio de una joven de Carcassone, Chantal Garnier, que sin estudios ni prácticamente saber leer, con su buen ojo, su sensibilidad y su sabiduría popular, es capaz de imaginar y dibujar proyectos que Eugéne ni imaginaba. Desde que la encontró en Carcassone, se la llevó con él, y ahora son amantes y es parte fundamental de su taller, aunque Chantal se siente muy desplazada del mundo intelectual y refinado de Eugéne. Él se ocupa de enseñarle lo que puede, pero no para de llegarles trabajo, y apenas tienen tiempo de nada. Pero Chantal tiene un sueño: escribir en un libro todo lo que ha aprendido sobre alquimia, brujería y su relación con las iglesias católicas.

Mientras tanto, en Inglaterra, el teórico y restaurador enemigo de Viollet, John Ruskin, acaba de contraer matrimonio con la joven Elizabeth Gray. La ahora conocida como Effie Ruskin, tiene veinte años y ha sido educada para ser la esposa perfecta de una familia de clase alta inglesa. Pero John tiene otros planes. Su trabajo y sus investigaciones le tienen completamente absorbido, y aunque tiene cariño por Effie, la diferencia de edad y de objetivos en la vida les tienen completamente distanciados, hasta el punto de que no han consumado aún su matrimonio. Effie es una persona resuelta y muy inteligente, que tiene muy claro desde pequeña que se iba a casar con John, solo que ella esperaba algo más de la vida de casada. Por eso quiere acercarse a su marido empezando a conocer algo de su mundo: el arte y la restauración, algo que en su educación de perfecta señorita no había entrado.

Con motivo de la preparación de la Exposición Universal de 1855 de París, los Ruskin se han trasladado de Venecia, donde habían estado viviendo desde su boda, a la capital francesa, y Eugéne está siendo el coordinador de todo lo que tiene que ver con la sección artística de la exposición y remodelación de los monumentos de la ciudad. Todo el mundo está expectante por ver la reunión de los dos grandes genios, tan contrarios en sus teorías, pero, fuera de la oficialidad, hay un encuentro que va a cambiar la vida de dos mujeres.
Chantal Garnier
Emma Mackey — Freyja
Elizabeth Ruskin
Zoë Tapper — Ivanka




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Última edición por Ivanka el Dom Mayo 15, 2022 1:21 pm, editado 1 vez


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Sáb Ene 08, 2022 12:00 pm por Freyja
1. The women in the shadows
Chantal — París — Primera reunión
- ¿Me vas a hacer ir de verdad? - Preguntó, con los dientes apretados y la voz casi rota. - ¿Qué función cumplo hoy? ¿La de elemento decorativo de compañía, la de trofeo, o simplemente es para que no vayas solo? ¿O para que te aplauda, mezclada entre el gentío? - No tengo tiempo para un ataque de histeria, Chantal. - Contestó el hombre. Ella ahogó una sarcástica carcajada con los labios cerrados, mirando a otra parte con los ojos húmedos, pero él siguió. - La posición que tienes ya la sabes. - Lo cierto es que no. - Se acercó a él y, de nuevo, se rebajó a suplicarle una explicación que sabía que, o no le iba a dar, o si se la daba le iba a escocer. - ¿No puedes darme un poco de crédito? ¿Un mínimo aunque sea? - Y mientras ella le preguntaba, él ya se estaba riendo por lo bajo, como quien se ríe de un niño que dice algo extremadamente utópico e irreal, digno de alguien que no sabe lo que es la vida porque no la ha empezado todavía. - La torre de la Basílica de Saint Denis. Solo eso. Di que eso es mío, que lo he descubierto yo. - Nadie se lo va a creer. - ¡Sí se lo creerán si lo dices tú! Se hubiera caído entera si no hubiera visto como estaba. ¿Qué más da? Es solo una torre, solo el cimiento, ni siquiera se ve por fuera. - Solo el cimiento... - Dijo él entre risas desacreditadoras, como quien se ríe de una niña, mientras ella seguía tratando de rogar. - Solo vi que estaba inestable, y la gente mira lo bonito, tú lo dices, lo espectacular y hermoso, no mira las piedras que sujetan. Solo di eso: yo he creado un proyecto hermoso, pero la que se dio cuenta de que iba a caerse era ella. - He dicho que no tengo tiempo para la histeria. Ni para memeces. Termina de acicalarte, por favor. - La despachó con un gesto de la mano, y se movió hacia el espejo junto a la puerta de la habitación, dejándola allí con los brazos caídos, impotente y mirando a la nada.

- Solo te pido un mínimo reconocimiento. Uno, una cosa, una simple imagen. Un labrado de nada, una roca, un soporte, o una intuición, y tú te quedas con miles de catedrales. Dame un solo resquicio a mí. - No recibió ni media respuesta. Apretó los dientes y los labios, perdiendo una lágrima que cayó directamente en los volantes de su corpiño. - Me llevas para que haga el ridículo delante de un montón de gente. - Si estás con la boca cerrada, no harás ningún ridículo. - No soy un objeto de exhibición. - Sí lo eres. En estos actos, sí. - Pues a lo mejor empiezo a comportarme como un mero objeto de aquí en adelante. Y los objetos no hablan, ni miran, ni tienen ideas brillantes. - Y tú tampoco. - Eso hizo que soltara una carcajada despectiva. Antes de responder, el hombre la miró y detuvo con un gesto de la mano. Su tranquilidad al hablar, su serenidad y ese convencimiento de que ella era estúpida y él el señor que con amable tono paternalista tenía que explicarle lentamente las cosas la ponía de los nervios. - No tenemos tiempo de ponernos a discutir ahora. Deberías dar gracias de llevar una vida de la alta sociedad cuando claramente no lo eres, y no querrás volver al lugar de donde vienes. - El hombre suspiró con falsa resignación. - Tienes una capacidad de visión que sería un crimen no aprovechar, pero nadie escucharía a alguien como tú. Yo soy tu voz, gracias a mí se te escucha. - No se me escucha a mí, se te escucha a ti. - Corrigió ella. - Al gran Viollet-Le-Duc. Al gran Fulcane... - ¿¿Quieres callar?? - La cortó con un tono tan brusco y alto que la hizo sobresaltarse. Vaya, no era temple y serenidad su modo perpetuo, también sabía enfadarse.

- ¡Si es que no se puede negociar con las mujeres! ¿Por qué pondrá Dios los dones en la gente equivocada? - Refunfuñó mientras se movía por la habitación recogiendo sus cosas. Ella, dignamente, se irguió y volvió a hablar con la mandíbula en tensión. - Pues son sus caminos inescrutables, y no debiera ser el hombre quien tuviera que contradecirlos. Él nos dio la fe para que levantáramos sus iglesias, iglesias que mis ojos ven y cuyas rentas tú te llevas. Así que no lo cuestiones, que sales muy bien parado de sus supuestas equivocaciones. - El hombre la miró con expresión circunstancial y condescendencia. - ¿Ves por qué tengo que hablar yo? - Ella mantuvo su postura digna, pero no sabía bien a qué se había referido con eso. Y por ello era que él la manipulaba a su antojo, porque ella solo era dos ojos y una boca que metía mucho la pata, su cerebro no daba para hilar como él hilaba. Entre eso y su condición de mujer... Pues, por desgracia, razón tenía, ¿quién la iba a escuchar? - Sécate las lágrimas y, por última vez te lo digo, termina de acicalarte. Llegamos tarde. -




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Dom Ene 09, 2022 7:17 am por Ivanka
1. The women in the shadows
Effie — París — Primera reunión
Estaba organizando el desmontaje de los equipajes, y de paso repasando con las doncellas los trajes de los que disponían. Tendría que salir de compras con total seguridad para John, porque tenía un armario tan exiguo que, aunque llevara un año tratando de ponerlo en orden y completo, seguía siendo insuficiente para alguien de su categoría; y probablemente para ella, porque París no era cualquier sitio, y el tiempo era muy distinto al de Venecia, y todo lo que había traído, a excepción de algunas pocas cosas de Inglaterra, era de allí.

En ese momento, entró John, ya con el abrigo y poniéndose el sombrero. Ella le miró desconcertada. — ¿Salimos? — Él negó y se acercó a darle un beso en la mejilla. — No, querida, sé que estás ocupada haciendo que esto funcione, como siempre. Pero me acaban de mandar una nota de la Academia de Bellas Artes diciendo que hay varios simpatizantes de mi método que quieren reunirse conmigo antes del acto en la ópera. — No acababan de llegar y ya estaba quitándose de en medio y buscándose problemas con Le-Duc. Como si no le conociera. — John, ¿puedes esperar a después de la presentación aunque sea? No empieces llamando la atención… — Él chasqueó la lengua y negó con la cabeza, sonriendo, como quien habla con un niño pequeño. — Recuerda que la presentación comienza a las siete en punto, en la Ópera Garnier. Te dejo al cochero, yo voy caminando. En coche son unos… Treinta y cinco minutos desde aquí. Nos vemos allí, ten cuidado. — Pero, John… — ¿Iba a ir así vestido a la presentación inaugural de la Exposición Universal de París? Pues sí. — Coge el paraguas, aquí llueve como en Londres por lo menos. — Y lo que les faltaba es que llegara calado, con el aspecto que tenía de entrada. Suspiró y volvió a sus quehaceres, no le quedaba de otra, deseando que su marido la hubiera llegado a escuchar, antes de cerrar la puerta de su inmensa suite.

Terminó de arreglarse y se miró en el espejo de la habitación, retocándose el peinado con delicadeza. — ¿Qué tal estoy? — Preguntó a una de sus doncellas. — Preciosa, señora. La juventud es una ventaja para una belleza indiscutible como la vuestra, señora. — Ella suspiró y torció el gesto. — Joven es lo que no quiero parecer. Estoy cansada de especificar que soy la señora Ruskin. — Se encogió de hombros. Igual, si buscaba eso, no debería vestirse de rojo escarlata, que era un color de juventud. Cogió sus cosas y se dirigió al coche, no sin antes recibir unos cuantos “madmoiselle” a modo de saludo, que ya no se molestó en corregir.

Una vez en las escaleras de la Ópera, un joven con levita muy amable se dirigió a  ella con una sonrisa. — ¿Su nombre, madmoiselle? — Ahí ya no ocultó un suspiro. — Madame, es Madame Ruskin. — Ahora agradecía de veras las obstinadas clases de francés desde su infancia. Los primero meses en Italia fueron un infierno sin enterarse de nada. El chico se disculpó afligido, mirando la lista. — Discúlpeme, Madame Ruskin. Como su marido había entrado ya, se la había considerado admitida en la fiesta. — ¡Effie! ¡Effie, querida! — La llamó desde dentro John. Sin esperar respuesta del chico, atravesó el camino hacia él, de peor humor del que le gustaría para estar en la preciosa Ópera de París. Uf, estaba con el pesado de Merimée, peor se lo ponían. — ¡Hay que ver, John, eres único! Una esposa tan preciosa y vas y te la dejas fuera y se te olvida. Bienvenida a París, querida. — Le dio un beso en la mano, y luego la atrajo hacia sí y le plantó uno en la mejilla. Ugh, franceses. Básicamente la trataba igual que su marido, menudo descaro. — Monsieur Merimée. — Saludo, correcta. — Qué bien le sientas a John, subes su categoría. — Aguantó una cara de asco, renunciando ya a que su marido se pronunciara en nada y simplemente puso una sonrisa de cortesía.

— Es indignante, Prosper, no sé por qué lo consientes. — Vaya, John ya estaba alterado con algo. Todo lo que él podía alterarse, claro. — Es la presentación de una Exposición que será un hito para el arte. De todas las Exposiciones Universales que se han hecho, esta va a ser la primera que se centre en el arte, va a cambiar la visión del mundo sobre la pintura, pero claro, tu amigo si no hay pináculos y contrafuertes de por medio, no se interesa… — John, John, amigo, qué inglés eres… — Merimée parecía todo el día borracho y condescendiente. La ponía enferma. — Si Le-Duc fuera un poco más inglés, no estaría llegando tarde a esta presentación. — Merimée rio de nuevo. — Me han informado que acaba de llegar, de hecho. Debe estar preparando el discurso y la salida triunfal con Desvalliéres y quien sea que se encargue de la escultura. — Se inclinó un poco hacia John y dijo. — Creo que es que ha estado un poco ocupado antes de salir de casa, si me entiendes… — No, no te entiende, pensó Effie, teniendo que reprimir entornar los ojos. — Pero, amigo, no te sulfures así. No te conviene abrir una guerra entre Eugéne, Desvalliéres y tú. — Si Desvalliéres tomara partido de algo… — Que esto no va de partidos, John… — De repente, Merimée pareció reparar en ella. — Effie, querida, te estamos aburriendo. Quizá quieres que te presente al resto de esposas, no se tarda nada en encontrarlas, solo tienes que seguir el murmullo de un parloteo incesante. — Ella amplió la sonrisa dulcemente y dijo. — No, voy al tocador. Pero no se preocupe por mí, Monsieur Merimée. Creo que la conversación aquí, es bastante parecida a la de la sección de señoras. — Y con una inclinación de cabeza, se fue hacia el tocador.

Qué agobio nada más empezar. A Effie le gustaba la vida social (era mejor que estar por el decadente palacio de Venecia esperando a que John se fijara en ella), pero los hombres como Merimée y las esposas que le sacaban quince años, tampoco eran su ambiente favorito. Iba a acabar echando de menos Venecia solo por el alivio de las fiestas. Se miró al espejo con un suspiro, cogiendo fuerzas, cuando oyó un llanto fuera del tocador. Había más silencio, porque debía ser que el discurso había empezado por fin y habrían entrado todos al escenario, así que el vestíbulo estaba en silencio. Vio a una chica un poco mayor con cara de malas pulgas, que claramente había llorado. Iba… Arreglada, pero sus ropas no eran muy caras. ¿Sería sirvienta de alguien? — Madmoiselle… ¿Se encuentra bien? ¿Necesita algo? — Dirigió los ojos hacia el interior y distinguió una voz dando un discurso, que debía ser Desvalliéres. Pues entonces John no tendría ni el más mínimo interés en saber dónde estaba, seguro.





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Vie Ene 14, 2022 9:01 am por Freyja
1. The women in the shadows
Chantal — París — Primera reunión
- ¿No será de mala educación llegar tarde? - Preguntó Chantal con prudencia. Después de lo de antes de salir, y con el trabajo que le había costado enjugarse las lágrimas, ya no se atrevía a dar una voz más alta que la otra. E igualmente parecía haber defraudado a Violet con su pregunta, por la cara de hastío que mostró y el tono cansado con el que respondió. - La gente me espera a mí. ¿Llega la novia a la boda la primera? - Eso la hizo ocultar una risilla infantil. - ¿Eres la novia de la boda? - Digamos, salvando las distancias, que sí. - Mantuvo una sonrisilla residual que, tan pronto comprendió las palabras, se le fue diluyendo. Al menos ya vas a tener una boda. A veces se preguntaba qué hacía deseando una promesa de vida por parte de un señor que la trataba con tanta condescendencia. Luego se daba cuenta de que al menos él la escuchaba y dejaba explotar su visión y su escaso intelecto, dándole voz aunque no llevara su firma, y se le pasaba. También se daba cuenta de lo tonta que era, pero como buena tonta no es como que pudiera aspirar a mucho más... A mucho más de ser la amante de un hombre que no ama a nadie tanto como se ama a sí mismo.

Cuando llegaron le recibieron con halagos y mucha pompa. A él, por supuesto. No es como que esperara que a ella la fuera a conocer nadie, pero en lo que sonreía para aquellos que cruzaban la mirada con ella el instante que tardaban en comprender que no era nadie, al menos hubiera agradecido su saludo. Violet ni se presentó en molestarla, y eso le hacía recordar la pregunta que le hizo cuando aún estaban en la casa: ¿para qué quieres que vaya? Pues para llevar un bonito complemento con él, como quien se pone una levita o un bombín. Tragó saliva, tratando de deshacer el nudo de su garganta. Hoy estaba especialmente sensible y no sabía por qué, pero aquello empezaba a superarla. Atrás quedaban los tiempos en los que el simple hecho de poder acudir a esas fiestas la hacía sentirse honrada. Ahora le resultaban tediosas, cargantes y le recordaban lo insignificante que era, y la injusticia de que un hombre se llevara sus méritos mientras que ella no tenía nombre siquiera para la gente. Quienes la miraban olvidaban su rostro tan pronto giraban la cara a otra parte. Empezaba a hacérsele demasiado cuesta arriba todo eso.

El revuelo que se originó segundos después, lleno de pomposas risas que pretendían sonar muy varoniles, daba pistas de que el discurso estaba a punto de empezar. Puso la mejor de sus sonrisas y avanzó junto a Violet... O hizo amago de ello. Tan pronto avanzó un pie por delante del otro, el hombre la miró con extrañeza, como si acabara de recordar que estaba allí con él. - ¿Dónde vas? - Ella no pudo evitar mirar confusa a los lados. ¿La pregunta era para ella? No la entendía. - Contigo. - Contestó. El hombre miró a los lados, pero no con la genuina confusión de ella, sino más bien temiendo que alguien les estuviera viendo hablar y quedar en ridículo. - Voy a dar el discurso. - Ella parpadeó. ¿Y? No es como que fuera a subir al estrado con él, aunque sería un detalle, pero al menos contaba con estar en primera fila. - Mejor... Quédate por ahí. - Indicó, con un gesto distraído de la mano, y antes de recibir respuesta se giró y avanzó entre las gentes, dejándola a ella ahí plantada con cara de no comprender. Sí que era tonta, porque tampoco había nada que comprender: ella no era absolutamente nadie allí, ¿de verdad esperaba estar en primera fila? Temiendo lo que iba a encontrar, giró lentamente el rostro hacia donde le había indicado. Efectivamente, su lugar estaba entre la muchedumbre sin nombre: el servicio, las amantes o directamente las putas que otros hombres llevaban consigo, y los cualesquiera que querían formar parte de las altas esferas pero se notaba que eran de menor clase que ella, solo se habían colado allí a ver qué podían pillar. Agachó la cabeza, dócil, y se dirigió hacia allí, girándose para mirar el discurso, levemente apartada del grupo (tampoco es como que hubiera mucho espacio para apartarse, en el lugar de los parias no había mucho espacio). Violet fue presentado junto con otros hombres a los que no tenía el gusto de conocer y todos aplaudieron, incluida ella, pero cada aplauso le apretaba el nudo en la garganta y la hacía tragar con violencia para que no se le cayeran las lágrimas. Notaba las miradas de su propio grupo, el grupo al que al parecer pertenecía, sobre ella, preguntándose qué era: si una trepa, una criada o una puta. Lo peor es que se sentía un poco de todo. Trató de mirar a Violet y los otros hombres, pero las lágrimas le empañaban la visión, y se negaba a llorar delante de gente que solo por su mera presencia ya la estaban juzgando. Se dio media vuelta y buscó un lugar más privado.

El vestíbulo junto al tocador estaba vacío, pero este estaba ocupado, así que se apoyó en la pared junto a la puerta y rompió a llorar con desazón, notando como le faltaba el aire en los pulmones de tanto que había aguantado las lágrimas. Ya le daba igual si quien fuera que estuviera dentro la veía, dudaba que su situación fuera a empeorar. Buscó un pañuelo en su bolso, pero no lo encontró, lo que le hizo maldecir entre dientes mientras seguía derramando lágrimas y sollozando sin control. Se estaba secando las lágrimas con violencia, manchando sus propias manos y sus mangas, lo que claramente no se esperaría del protocolo de alguien correctamente invitado a una reunión así, cuando una voz a su lado la sobresaltó, haciéndola aspirar una exclamación que más sonó como un sollozo violento. La miró con mala cara y retiró la vista a otra parte de nuevo, mientras se seguía secando las lágrimas. - Estoy bien. - Cortó, sollozando una vez más. ¿Qué le pasaba? ¿Por qué semejante ataque de llanto? No podía controlar la velocidad a la que su pecho subía y bajaba, de verdad parecía que le faltaba el aire. - No necesito nada que usted pueda darme. - Contestó con dignidad, secándose las lágrimas. - ¿Está ya libre el tocador? - Preguntó sin mirarla, dispuesta a pasar de largo y encerrarse dentro. Cuanto menos la mirara, mejor. Total, nadie reconocía su cara ni aun mirándola directamente, cuanto menos en aquellas circunstancias. Y siendo otra mujer, igualmente no se le haría el menor caso.




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Lun Ene 17, 2022 4:58 pm por Ivanka
1. The women in the shadows
Effie — París — Primera reunión
La joven no parecía especialmente inclinada a hablar con nadie. De hecho, tenía toda la pinta de que había cambiado de humores de la tristeza al enfado. Y ya iba a dejarla tranquila, porque claramente no quería hablar con nadie, cuando la vio limpiarse las lágrimas de aquella manera, y supo reconocer a una mujer orgullosa a la que le han pegado en el centro de su orgullo, y que ahora se sentía observada y, por lo tanto, atacada. Buscó un pañuelo entre sus bolsillos y se lo tendió. — De entrada puedo darle un pañuelo. — Dijo dejándolo en su mano. Miró hacia atrás al tocador y dijo. — Sí que está libre sí… — Señaló los manchurrones de sus mangas. — Pero no intente lavar con agua esas manchas, solo se extenderán. Dele con jabón seco, como si fuera una goma de borrar y luego le pasa el pañuelo y se lo lleva todo. — Dijo con una leve sonrisa y tono suave.

— Discúlpeme si me meto donde no me llaman… Pero no parece usted tan bien como dice. — Se apoyó en la pared, cerca de ella y suspiró, quedándose en silencio. — Igual no puedo ayudarla yo, pero usted sí puede ayudarme a mí. — Miró al techo y suspiró. — Acabo de llegar a París, literalmente. No había estado nunca. Ni había visto jamás una ópera tan grande y decorada, con tanta luz eléctrica… — Sonrió. — Es precioso, pero es sobrecogedor, como toda la ciudad. — Se encogió de un hombro. Esa había sido su vida durante un año “es precioso pero sobrecogedor”, en Venecia todo era así, John no le explicaba nada, no tenía tiempo. — El caso es que no sé ni cómo se entra al patio de butacas y a mi esposo se le ha olvidado que estoy por aquí. — Se agarró la muñeca con una mano, dejando flotar el silencio.

— O podemos quedarnos aquí. — Dijo con un suspiro. — Porque, al fin y al cabo, no sé usted, pero realmente conmigo no cuentan ahí dentro, y no suelen variar mucho los discursos. — Se rio un poco y dijo. — Además, queda mucho para que empiece la Exposición, nos quedan años de discursos como estos. — Puso una sonrisa dulce. — Así que ya ve, yo creo que tenemos tiempo de que usted me ayude a mí y yo a usted. — Señaló la puerta suavemente. — Yo le ayudo a limpiarse esas mangas, y usted me ayuda a moverme por este edificio, todo sea que acabe el discurso y aún no haya encontrado a mi marido. — Y se olvide de mí, la verdad, que posible es, pensó.





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Jue Mar 03, 2022 11:30 am por Freyja
1. The women in the shadows
Chantal — París — Primera reunión
La miró de reojo como un animal temeroso cuando le dejó un pañuelo en su mano, mirando el mismo como si fuera a explotar y a ella de vuelta, casi de la misma sorpresa se le había cortado el llanto. Apenas le duró unos instantes, porque estaba dispuesta a volverse con dignidad, girar la cara porque no necesitaba de la caridad de nadie y entrar al tocador, olvidando ese encuentro como si nunca hubiera tenido lugar... Pero Chantal, en el fondo, no era así. No lo había sido nunca, al menos, pero la ira que Violet le provocaba le estaba cambiando hasta la manera de ser. Por esto, frunció los labios y apretó en su puño el pañuelo en silencio, bajando la mirada y limpiándose las lágrimas. Ni siquiera había atinado a dar las gracias.

Miró sus mangas cuando hizo referencia a ellas. Ah, genial, una mujer de clase alta viéndola toda manchada, seguro que eso ponía a Violet contentísimo, en el hipotético caso no solo de que le importara, sino de que alguien la fuera a relacionar con él. Se frotó las mangas con timidez y la mirada baja, tragando saliva fuertemente e intentando contener el llanto, lo cual era complicado. En ello estaba cuando la mujer volvió a hablar. La miró de reojo, y lo que dijo la hizo fruncir el ceño. Se le escapó una especie de carcajada bufada que se mezcló con otro sollozo. - Dudo que yo pueda ayudar a nadie. - ¿Quién era ella? Ah, espera. Quizás no era más que otra persona adinerada y de clase alta que quería aprovecharse de una pobre desgraciada. Pues qué bien. Aunque no se imaginaba qué podía querer de ella una mujer, salvo que fuera una tirana y solo quisiera una esclava, porque lo que podían querer de ella los hombres lo tenía bastante claro. Apartó la mirada conforme ella fue hablando, tragándose los hipidos e intentando por todos los medios de contener el sofocón de su pecho con un mínimo de dignidad, y al mismo tiempo, pensando a toda velocidad. Pensando en qué podía Chantal ayudar en ninguna de las cosas que la mujer estaba diciendo.

Volvió a mirarla de reojo. Al parecer acababa de llegar a París, pero eso no fue lo que más llamó su atención. "A mi esposo se le ha olvidado que estoy por aquí". Tragó saliva. Al menos usted es "esposa", pensó, como si la mujer tuviera la culpa de sus desgracias o ese vacío consuelo la fuera a hacer sentir mejor en algo. Bajó la mirada de nuevo al suelo. ¿Por qué era tan tonta? ¿Ahora le iba a dar pena por aquella mujer, por estar "olvidada" e ignorada por su esposo, cuando claramente era de un estatus muy superior al suyo? Se podía permitir el lujo de llorar por un ojo. Aunque, bueno... También podría estar haciéndose la mártir por ahí y mirarla por encima del hombro y, en su lugar, se había acercado a hablarle. Quizás estaba pecando de ingenua... Pero dudaba que pudiera sentirse más humillada de lo que ya se sentía por hablar con esa mujer.

Soltó una risotada amarga. Ya, con ninguna de las dos contaban ahí dentro. Aunque lo de que les quedaban años de discursos como esos sí la hizo reír genuinamente, no mucho y sin perder el llanto, pero al menos le había sacado una risa sincera aunque fuera triste. - No se hace una idea de lo poco que cuentan conmigo ahí dentro. - Comentó, enjugándose las lágrimas con el pañuelo. Sorbió un poco y la miró hablar. Se volvió a mirar las mangas y luego a ella de nuevo. Asintió y pasó al interior del baño. - ¿Quién es su marido? Si no es indiscreción. - Preguntó, ya dentro del tocador, dejando las mangas a disposición de la otra mujer. Si la viera Violet haciendo que una mujer claramente de posición superior a la suya le limpiara el vestido que se había manchado por hacer un drama de mujer histérica... - Nunca había entrado aquí yo tampoco. - Encogió un hombro. - Conozco el edificio por fuera, por fuera sí lo he visto mucho... Y me oriento bien. Puede que sí que pueda ayudarla. - Hizo una mueca que parecía esconder una risa pillina. - Siempre que su marido esté donde creemos que está. - Se le escapó una risa y trató de disimularla con una tos. - Disculpe. Eso ha sido inapropiado. - Del todo. Si es que Violet tenía razón, no tenía educación alguna.




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Sáb Mar 05, 2022 2:04 pm por Ivanka
1. The women in the shadows
Effie — París — Primera reunión
Veía a la chica terriblemente agobiada, en esos momentos en los que estas tan sobrepasada que cualquier opción te parece mala, y sabía reconocer cuando alguien estaba almacenando presión dentro de un recipiente y los riesgos de estallar iban aumentando. A ver, era inglesa, en su país así era como se hacían las cosas. En Italia, sin embargo, había aprendido que los italianos se gritaban y montaban dramas a menudo, y luego todos tan amigos y mucho lío tenías que armar para que te miraran mal por ello. Pero ella prefería resolver las cosas a la inglesa, que lo controlaba mejor: manteniendo la calma. Simplemente condujo a la muchacha al tocador y empezó a frotar las manchas con jabón seco, para que la suciedad se adhiriera, y luego cogiendo papel. — ¿Ve? Es como usar una goma de borrar, como los artistas, o los niños en el colegio. — Dijo con voz tranquilizadora. Unas mangas manchadas no eran nada, pero cuando la olla estaba guardando mucha presión, era un detalle que la podía hacer estallar. Así era la sociedad de exigente con ellas. Levantó la mirada y sonrió un poco. — Todos podemos ayudar a alguien. De un modo u otro. A veces de formas que ninguno de los dos sospecha. —

Terminó de limpiarle las mangas y sonrió cuando le dijo que con ella tampoco contaban mucho. — Desde luego. Esos hombres solo cuentan con ellos mismos. Bastante llena estará ya la habitación con ellos y sus egos. — Dijo con una risita. Effie tenía que lidiar con ello todos los días. En otros aspectos de la vida, John no era nada egoísta, ni demandante, ni narcisista, pero es que su trabajo lo inundaba y contaminaba todo. Tiró los papeles que había usado y sonrió cálidamente. — Pues ya está. En cuanto esté más tranquila, nadie notará nada. Aunque permítame que le diga que rara vez nuestros estado de ánimo preocupan a los hombres, solo cuando interfiere en sus planes. — Dijo entornando los ojos.

Contenta de que le preguntara por ella, viendo que la chica empezaba a abrirse un poco en comparación a como habían empezado, amplió la sonrisa. — Mi marido es John Ruskin. Arquitecto, teórico y restaurador. Está aquí para ayudar con la planificación de la exposición. Por si no había notado que soy británica y mi francés del colegio perfecto no es. — Miró a su alrededor y señaló la salida hacia el pasillo de nuevo. — Oh, eso sí que es una suerte, pasear tanto por París. — Comentó con una risita. — Aunque parece que me queda mucho tiempo aquí entre una cosa y otra, así que le pediré consejo. — Miró los altos techos de la ópera. — Eso sí, yo no me oriento tan bien, y no sabría cómo moverme por un edificio solo viéndolo por fuera. Me encanta el arte pero soy más de pintura. Mi esposo es capaz de volverme loca con tantos planos y obras. — Todo para que al final, nuestra casa de Venecia estuviera prácticamente en ruinas todo el tiempo, pensó amargamente. Ese era John. Salvaría tres catedrales al mes, pero solo se daría cuenta de que el techo de su casa estaba en la ruina cuando le cayera en la cabeza.

Rio al comentario de la chica y entornó los ojos. — No se preocupe. Agradezco que los chistecitos los haga otra mujer para variar, y que el objeto de burla no sea yo si no un hombre respetable como mi esposo. — Se señaló la oreja y señaló la sala del teatro. — Pero en breves descubriré si mi marido está por ahí, le tocará hablar y se pondrá a discutir con gente importante. — Dijo encogiéndose de hombros. Se había dado cuenta de que, con la tontería, no se había presentado. — Perdóneme, no le he dicho mi nombre. Soy Elizabeth, Ruskin, ya se imaginará. — Remató con una risita. Sí, su cruz, su marido y los credenciales de este, siempre por delante. — ¿Y usted es? — No quería columpiarse, que en Francia había mucha amante oficial y cosas de esas, así que si ella era la señora de alguien ya se lo haría saber.





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Sáb Mar 05, 2022 6:57 pm por Freyja
1. The women in the shadows
Chantal — París — Primera reunión
Se quedó mirando como le limpiaba las manchas, conteniendo en su pecho los sollozos. Quería estallar a llorar, pero ya delante de esa mujer le daba vergüenza. Bueno, le daba vergüenza en líneas generales llorar como una niña pequeña, las mujeres importantes e inteligentes no lloraban de esa manera... No era difícil suponer que ella no era una mujer ni importante ni inteligente. Al final, ni era nadie, ni podía llorar tranquila. Alzó la mirada a ella cuando le dijo el por qué de limpiar con jabón seco y, con los ojos anegándosele aún más, puso una sonrisa amarga. - Ya veo. - Musitó, y volvió a bajar la mirada, notando como al parpadear se le caía otra lágrima que se apresuró en limpiarse. "Como los artistas o los niños de colegio". Ella usaba gomas de borrar, pero ya le había quedado más que claro que no era una niña de colegio. - Será que soy una niña de colegio. - Pensó... No, no lo había pensado, se le había escapado, aunque apenas había salido sin voz de sus labios, solo en un murmullo entristecido, con la cabeza muy agachada y el pañuelo limpiando sus lágrimas. Con suerte la otra no la habría escuchado.

Volvió a mirarla cuando dijo que todos podían ayudar, aunque ni el ayudado ni quien prestaba ayuda lo supiera. Esa mujer... Empezaba a darle un poco de miedo, de ese miedo absurdo e inexplicable, porque parecía conocer su alma y su circunstancia tan bien que era como si alguien se la hubiera contado. Y ella no era nadie, ¿quién iba a hablar de Chantal a una señora como aquella, que ni siquiera era francesa? Bajó de nuevo la mirada y no dijo nada. Aunque el comentario de los egos le hizo gracia, solo que rio muy discretamente, con los labios cerrados. - Gracias. - Le dijo de corazón y con una sonrisa más sincera, aunque igualmente no demasiado pronunciada. Lo que dijo sobre que a los hombres solo le interesaba su ánimo si interfería en sus planes la hizo mover los ojos de forma delatora y despectiva. - Estoy de acuerdo. - Corroboró. Quizás esa mujer tan elegante y ella tuvieran más en común de lo que creía, porque no podía ser que la conociera tan bien. Quizás es que compartían situación, de alguna manera.

Justo había rebajado un poco sus defensas cuando la mujer se presentó, y Chantal se tensó como la cuerda de un violín. De seguro se le notó en la leve apertura de ojos automática que le había provocado. Ruskin... No se lo podía creer. Probablemente en estos momentos fuera el mayor enemigo de Violet. Sintió un miedo apoderándose de ella. ¿Qué sería de Chantal si Violet la veía confraternizando con los Ruskin? La llamaría traidora, cuanto menos. Aunque... ¿No sería de justicia poética que esa mujer, que tampoco parecía muy satisfecha con su circunstancia, y ella, se aliaran contra sus hombres? Ah, qué estaba pensando, fantasías puras. Ese era el mayor problema de Chantal, fantaseaba con demasiada facilidad. Tragó saliva e intentó disimular todo lo que pudo, si es que era posible hacerlo. Con el pequeño momento de pánico había perdido un poco el hilo de lo que le decía, por lo que sonrió un tanto artificialmente al ver a la mujer soltar una risita, ya que no sabía ni qué le había dicho.

Encogió un poco el hombro, agachando la mirada con humildad. - Yo de arte no entiendo apenas... Pero me oriento bien. Y sé ver... Cosas. Estructuras. Es decir... - Alzó la mirada aún enrojecida a la bóveda, perdiéndola en ninguna parte. - Sé cuando algo es... Bueno. Cuando está en buen estado o haría falta intervenir para que no se derrumbe. Solo... No sé, me parece de sentido común, me sale natural. - Dobló una sonrisa triste, de nuevo con la mirada baja, y encogió el hombro otra vez. - Pero de arte no entiendo nada. De pintura, menos aún, lo mío son los edificios. Y solo saber si van a caerse o no... No sé valorar... Lo que es bello. - Eso se lo decía mucho cuando intentaba aportar una idea. "Tú no sabes de belleza, no tienes la formación, los estudios". Ya, pero bien que se nutría de sus ideas.

La miró con los ojos entornados, y de nuevo se el escapó una sonrisa, esta vez sincera. ¿Le gustaba que se metiera con su esposo? Eso no era habitual... Creía, tampoco es como que estuviera codeándose con mujeres de alto standing continuamente. - Chantal. - Dijo simplemente, con una sonrisa. Se dio cuenta de que no había dicho su apellido, así que añadió. - Garnier. Es... Es mío, estoy soltera. - ¿Por qué tenía que avergonzarse al decir eso? No tenía un hombre que la definiera a su lado, Violet... Era el gran Violet Le Duc. Ni él era de ella, ni ella era de nadie. - Solo... Acompaño. - Tragó saliva. Genial, acababa de dar impresión de ser una prostituta. Sacudió la cabeza. - Como... Asesora o... - Tragó saliva otra vez. - Simplemente acompañante. Aunque nadie desee mi compañía. - Volvió a pasarse el pañuelo por la cara, con un toque de rabia, y tomó aire antes de decir. - La acompaño a... Con su marido. Donde esté. -




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Dom Jul 03, 2022 1:43 pm por Ivanka
1. The women in the shadows
Effie — París — Primera reunión
La chica estaba definitivamente confusa, pero al menos ya no lloraba y no parecía tan a la defensiva. Confusa, eso sí, cada vez más a cada cosa que decía Effie, claramente. Igual es que no se estaba expresando bien en francés, aunque la chica no se lo había hecho notar, pero quizás solo intentaba no ser ruda con ella. — Disculpe de nuevo mi francés. He pasado los últimos años en Italia, y al final me he acostumbrado más al italiano. Pero ahora que vamos a pasar una temporada en París, creo que tendré oportunidad de ponerme al día.

Frunció el ceño cuando dijo que no entendía de arte pero sí de las otras cosas. — Pues ya es más de lo que entiendo yo, o muchos de los que están aquí. — Dijo con una risita, agarrándose las manos delante del regazo. — Verá, cualquiera puede tener opinión sobre lo que es bonito o no, ¿sabe? Yo misma, puedo decir “oh, qué edificio tan precioso” y no tener ni idea de cómo volver a él, o, a la vista está, no perderme por él, y ya ni hablemos de mantenerlo en pie. Aunque algo he aprendido viviendo en un palacete que se caía por todos los lados en Venecia. Su paraíso, si trabaja de eso, la contratarían en dos o tres edificios al día. — Le dijo con una risita cómplice. Bueno, no le iba mucho la conversación ligera a la muchacha, seguía metida en lo que fuera que la había hecho llorar como una magdalena.

— Chantal, qué bonito nombre. — Halagó con una sonrisa. Asintió, sin perderla, cuando dijo que era soltera y solo acompañaba. Aquello sonaba a lo que sonaba, pero acto seguido añadió que era como asesora. — ¡Ah! No me diga que he acertado infiriendo que se dedica usted al arte. Calo rápido a las personas. — Aseguró, ampliando la sonrisa. Menos mal, quizá así si John la veía con ella la dejara tener una conocida sin aspavientos porque fuera de mala vida. Pero la chica seguía triste. — Bueno, eso es del todo incorrecto querida. Si venía acompañando a un hombre, y supongo que sí, porque aquí casi todos son hombres, debe saber que nuestro valor no reside en si ellos nos reconocen o nos quieren a su lado para una u otra cosa. — Si no, ella ya se habría vuelto loca. — Si no en el que nosotras mismas nos demos, y ahora mismo tiene que darse por lo menos el valor de haberme ayudado porque yo estaba sola y perdida por este edificio. Y si es usted asesora, seguro que ha contribuido en las concepciones que se van a poner hoy en valor aquí. Le den el crédito o no. Ya solo por eso, es una compañía fabulosa para mí. —

Justo por donde estaban andando se oyó un cambio de ponente, por unos aplausos al anunciar a alguien. — Oh, parece que no va a hacer falta que me acompañe. Mi marido estará preparando su discurso, y puedo verlo desde aquí, o al menos oírlo, y así no molestaré a nadie al entrar. — Se asomó por una portezuela que daba a un pequeño palco, probablemente utilitario o para el servicio, porque no tenía muy buena visión. — Oh, es monsieur Desvalliéres, aún queda para que salga John, probablemente furioso porque no han dicho lo que él quería. — Tomó del brazo a Chantal y susurró. — ¿Quiere ver el discurso o me hace un tour privado por el edificio para que lo entienda con una experta y no piense que es simplemente bonito?






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Jue Nov 10, 2022 9:25 am por Freyja
1. The women in the shadows
Chantal — París — Primera reunión
Negó rápida y humildemente, con una única sacudida de cabeza y una leve sonrisa que hacía parecer más que quien debía una disculpa era Chantal. Una mujer que había vivido en Italia y que debía ser inglesa por su nombre, que sabía italiano, inglés seguramente de nacimiento y que estaba conversando en francés, se estaba disculpando por si su dicción en este último no era buena... En serio, ¿qué pintaba ella, alguien como Chantal, entre tanta elegancia, cultura y educación? Maldito Dios que había puesto ojos en ella para ver las cosas que veía, sin darle el estatus correspondiente. Estaba segura de que en esos momentos estaría mucho más feliz lavando ropa en un río.

Pero la afirmación de la mujer la hizo parpadear, mirándola. Debía ser una burla, ¿ella saber más que la señora de Ruskin o que, en palabras textuales, "cualquiera de los que estaban allí"? Lo dudaba profundamente. Escuchó su razonamiento y sonrió con amargura. — Precioso me parecería creer que esas palabras son ciertas. — Bajó la mirada. — No se ofenda usted... Siento si sueno tan apesadumbrada... Pero no, no trabajo de eso. Solo... solo tengo ojos en la cara para quien quiera usarlos. Quien pueda darles provecho, más bien. Unos ojos para ver y una boca para trasladar la información, por vaga que sea, a quien sepa emplearla. — Se encogió de hombros, volviendo a mirarla con la sonrisa triste. — Contratarían al que sepa qué hacer con ella. —

Notó que se ruborizaba como una idiota, lo que le hizo bajar la mirada otra vez. — Gracias. Sois muy amable. — Musitó. Peor aún, más culpable se sintió, ante la alegría de la mujer por haber acertado que se dedicaba al arte, porque nada más lejos de la realidad. Negó. — No... no, lo siento, siento la confusión. No piense que la engaño, como le digo, yo de arte no entiendo, pero asesoro... ayudo... Intento aportar mi visión en lo que pueda a... un artista, un hombre de ese mundo. A eso me refería. Mas solo soy... — Bajó la mirada. — Una mujer en la sombra. — La subió de nuevo y se forzó a esa misma sonrisa fruncida y triste, que trataba de ser cortés y que, sin embargo, seguro que era demasiado vulgar. Y si realmente la mujer frente a sí no era una lunática y se creía firmemente que calaba a las personas, no tardaría en "calar" que Chantal no era nadie y dejar de perder el tiempo con ella.

Su siguiente discurso, en cambio, la descolocó, y al igual que la tristeza no pudo disimularlo en su rostro. Oh, realmente empezaba a sospechar que era una lunática. ¿Por qué se creía que eran hombres todos los de allí? ¿Que ellas solo eran sus compañeras? Así estaba el mundo construido y pobre de aquella que se ilusionara con lo contrario, Chantal podía hablar en primera persona de ello. Solo estaba tomando conciencia de la realidad. — Lo que decís es hermoso, pero... — Empezó, pero la mujer continuó. Y algo dentro de ella... deseaba agarrarse a esas palabras como si fueran su única tabla de salvación. Pero solo la hundirían más, estaba segura. Violet le había dejado bien clarito que no era nadie y solo le estaba diciendo la realidad pura y dura. Aferrarse al discurso esperanzado de una desconocida, que si bien mujer no pertenecía ni de lejos a su clase social... pero Chantal era una tonta y, al parecer, tropezaría otra vez con la piedra de confiar en quien no debía y hacerse ilusiones para nada.

— Bien, la he ayudado... y usted me ha dado crédito. — Dijo con voz musitada, mirándola con prudencia. Se encogió de hombros. — Pero, si así fuera, si las aportaciones de Violet... — Oh. Maldita sea, se le había escapado el nombre. Carraspeó mudamente, con la mirada baja, rezando porque no le hubiera oído, o más bien porque no le hubiera reconocido el nombre, así que continuó como si tal cosa. — Si las aportaciones de a quien acompaño son mérito mío o no, no habrá quien lo crea o considere si no se me da el crédito. Tampoco lo creerían si yo quisiera dármelo, solo con verme... — Una cría vestida con unos trajes prestados y aun así claramente de baja clase que anda llorando por las esquinas. — Aunque... supongo que lo de la compañía puedo aceptarlo. — Dijo con una sonrisa leve. Más que aceptarlo, era lo mejor que tenía en esos momentos, lo único para no sentirse tan sola. Aunque fuera un espejismo o un error.

La mujer entonces se asomó a una portezuela para ver quién era el siguiente ponente, y cuando dijo que su marido estaría enfadado de esa forma tan divertida no pudo evitar que se le escapara una risilla, que se vio obligada a taparse tras una mano con vergüenza. La sugerencia la tomó descolocada de nuevo, tanto que parpadeó, ruborizándose ligeramente. — ¿Ver el discurso? — Movió los ojos a su alrededor, como si fuera a encontrar allí la respuesta. — Si no estoy para... el de... — Tragó saliva. ¿De verdad se creía que a Violet le importaba que ella estuviera presente? ¿De verdad se iba a enfadar? ¿La vería acaso? Pero ¿y si no la veía y luego la pagaba con ella? ¿Y si la echaba de su vida? ¿Sería malo eso? ¿Y si...? Demasiados miedos y preguntas por su cabeza. Miró al ponente. Ah, no, desde luego no le interesaba para nada. Tragó saliva y volvió la vista a la mujer. — La acompaño. Prefiero pasear. — Sonrió levemente. — Aunque... ¿Podemos estar de vuelta para...? Bueno, quisiera escuchar a mi acompañante, y que usted... — Se mordió el labio, con una pausa. — Quiero que le oiga usted, y me diga lo que piensa. Yo tengo ojos, y veo cosas, y las digo como puedo, ahora lo va a comprobar, que mis conocimientos no pasan del "eso se cae" o "ahí quedaría bonito un arco o algo que tape eso tan feo y agrietado". Pero él habla de las cosas con conocimiento. Quisiera... su opinión... sobre lo que él dice. — Porque Chantal se extasiaba escuchándole y esa había sido su perdición. Pero quizás, si otra mujer le oía... si le pasaba o que a ella o por contra decía... otra cosa... Quizás podría abrir los ojos para dejar de mirar edificios y mirar su propia vida.

Comenzaron a caminar, ambas el brazo, al principio en silencio. ¿Y ahora qué? Iba con una dama de alta clase paseando, se había metido en un brete, como si ella fuera alguien. Pero entonces, vio algo. — Mire, ¿eso lo ve? Aquello de allí. Donde las hojas labradas de madera. — Señaló a una esquina del altísimo techo. — Está mala. Bueno, la madera no, lo de encima. Es dorado pero no es oro, ¿pan de oro? No lo sé. Pero ¿ve? Mire allí. — Señaló unos metros más a la derecha. — Y vuelva a mirar allí. — Volvió a señalar la esquina. — ¿Ve que el color es distinto? Está como... ¿Verdoso, puede ser? U otro tipo de marrón... Pero debería ser color oro, y no lo es. Si se pudiera... pintar por encima, o quitarlo y ponerlo de nuevo... Pero la cuestión es que no está bien, no está como el otro. — Tragó saliva y siguió avanzando. A lo lejos se entreveía una sala amplia tras una puerta abierta. — Y allí, esa zona tan diáfana. — Encogió un hombro. — ¿Ha visto el portón de la entrada? Si se pudiera replicar, pero un poco más pequeño... poner unas figuras o labrados, porque esa sala es demasiado... ¿Vacía? En comparación con todo lo demás, tiene... como pocas cosas, es más sosa. Hay dorados pero en las paredes, como pintado, hay poco labrado y mucho espacio libre. Algo como lo de la puerta, lo haría más... ¿Armónico? Más del estilo del resto del edificio. — Se detuvo, suspirando, un poco harta de sí misma. — ¿Ve? No se expresarme en absoluto. Pero cuando digo estas cosas, él las caza al vuelo, como si las viera. Y las transforma, las transforma en arte real. ¿Pero qué he dicho yo? No he dicho nada. Solo digo cuatro palabras y él escribe un libro. ¿Qué haría yo sola? —




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