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Dom Jul 18, 2021 3:29 pm

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One x one. Inspired. Harry Potter (spin off Golden Shields)
Ballyknow, Galway, Irlanda, 1953.

Irlanda es una tierra fundamentalmente mágica, casi más que Inglaterra, pero, como en tantos otros casos, el mundo mágico está más focalizado en la isla vecina, y por ello todo el mundo tiende a irse de una tierra empobrecida y sin oportunidades, por muy mágica que sea. No fue el caso de los O’Donnell, una pareja de famosos aritmánticos que permanecen en su pueblo, ni de Margaret Lacey, que tras ser alumna de Hogwarts, volvió a Ballyknow por estar con su madre viuda y porque su sueño era trabajar en la biblioteca del pueblo, renovarla y que fuera un lugar donde poder impartir sabiduría mágica.

Por su parte, el hijo de los O’Donnel, Lawrence, sí que ha optado por viajar por el mundo, estudiando todo lo que ha podido para ser alquimista, y su proyección es llegar a lo más alto de los rangos, ser un erudito y conocer, conocer sin parar. Por ello, sus padres han perdido ya la esperanza de que encuentre una mujer o de que siente la cabeza en algo que no sea un escritorio para crear su próximo libro.

Pero ahora, por cuestiones de sus investigaciones, ha tenido que volver al pueblo que lo vio nacer después de tanto tiempo, y se le hace pequeño, agobiante y falto totalmente de cultura. Por su parte, Margaret acaba de romper su compromiso con su novio desde hace once años porque pretendía que dejara de trabajar al casarse, justo ahora, que su biblioteca empieza a arrancar y va viento en popa, por lo que se ha convertido en la comidilla del pueblo.

No eran amigos precisamente en Hogwarts, pero quizá en Ballyknow, donde cuchichean sobre los dos, y donde el refugio natural de ambos es la biblioteca, quizá el ex prefecto de Ravenclaw y la ex alumna alocada de Gryffindor amante de los libros encuentren justo lo que estaban buscando.
Lawrence O'Donnell
30 años - Alquimista - Ravenclaw - Jude Law - Freyja
Margaret Lacey
28 años - Bibliotecaria - Gryffindor - Holland Roden - Ivanka
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Dom Jul 18, 2021 5:54 pm

I. Page one of forever
Lawrence • 18 de julio de 1953
Se frotó los ojos y echó aire por la nariz, aunando paciencia. Luego decían que si era un cascarrabias y que renegaba de sus raíces. No era eso, es que simplemente... Bueno, qué más daba. Estaba harto de explicarse y no hacerse entender. Porque al parecer era muy difícil. Era muy difícil comprender que una persona que quiere investigar no puede conformarse con los cuatro libros del pueblo. De verdad que no tenía nada en contra de su pueblo, pero... Se estaba empezando a desesperar.

No todos los días se le concedía a uno la posibilidad de estudiar con Edward Çelik en Estambul, solo de pensarlo se ponía nervioso. Habían oído de su talento y sabían estaba preparándose para la licencia de alquimista de cristal en los próximos meses. Lawrence, por su parte, llevaba años siguiendo los pasos de Çelik, porque era absolutamente innovador y hacía cosas con materiales que nadie había usado jamás. Su última obsesión: meteoros. Había pasado varios años coleccionando rocas caídas del cielo y viendo en qué las podía transmutar, si eran más valiosas en sí mismas o si carecían del valor suficiente y por tanto podían ser usadas de precio sin perder material terrestre (Lawrence dudaba profundamente de esto último, pero bueno, nunca sobraba el hipotetizar). Lawrence llevaba devanándose los sesos desde que se sacó la licencia de alquimista de acero sobre qué transmutación hacer con materiales preciosos sin que sonara a lo mismo de siempre. Algunos decían que se le había subido a la cabeza eso de querer un nombre. Él, simplemente, quería hacer algo distinto. El mundo no podía limitarse a ser el mismo siempre y ya estaba. Podía utilizar las normas existentes en su beneficio para crear algo que nadie hubiera visto nunca... Creía.

Pero no lo iba a hacer desde su pueblo, a la vista estaba. Sus padres le habían pedido volver a casa en verano antes de que "volviera a encerrarse otra vez en algún taller en la otra punta del mundo y no hubiera quien le viera el pelo", que allí estaban sus sobrinos, que nunca veía a su hermano, que algún día faltarían y se arrepentiría de trotar por ahí, que Irlanda en agosto está preciosa... En fin. Había aceptado porque sabía que todo era verdad, ciertamente. Quería mucho a su familia, pero también quería mucho labrarse un futuro y seguir investigando. El mundo no evolucionaba solo, no se hacía alquimia contemplando lo bonita que está la vegetación en julio en Irlanda. Lo dicho, estaba un poquito cascarrabias.

Tenía sus motivos. Se había pateado todas las tiendas de libros de la ciudad y ahora estaba en la biblioteca del pueblo intentando encontrar ALGO, pero no había NADA. Parecía que en Galway no supieran que existía algo más allá del planeta Tierra. Quería investigar sobre astronomía antes de plantarse ante el Señor Çelik y quedar como un bobo, porque apenas había tocado la materia desde que dejó Howgarts y se sentía bastante oxidado. Y Edward Çelik tenía una mente demasiado prodigiosa, apostaría una mano a que estaba evaluando la posición de los astros justo cuando hubiera caído la roca o algo así, sabía que había métodos mágicos para averiguar la posición de un meteoro antes de su caída. Necesitaba saber todo lo que pudiera sobre posiciones astrales antes de ir con él, o su oportunidad de dejar con la boca abierta al tribunal se diluiría, y cada vez le quedaba menos tiempo. Necesitaba ESE libro. Era EL libro, el manual por excelencia, ese libro que debería estar obligatoriamente en toda biblioteca que se precie... Y no estaba allí.

Aún le quedaba la esperanza de que su paciencia y su vista cansada de tanto estudiar le hubieran hecho pasarlo por alto entre las estanterías, por lo que se dirigió al mostrador para preguntar. Había entrado en la biblioteca tan obcecado, tan metido en su "seguro que no está y a ver ahora de dónde saco la información", que ni siquiera había visto si había alguien por allí. Ya se esperaba cualquier cosa de esa minúscula biblioteca de ese minúsculo pueblo de esa "tierra tan llena de magia" que era Irlanda pero que no lo parecía por ninguna parte. Relájate, Lawrence. Sí, debería rebajar el nivel de agobio, o se veía una bronca de sus padres porque "estaba obsesionado con la alquimia". Otra vez. Con sus treinta años ya.

Sí que había una persona en el mostrador, una joven que debía tener más o menos su edad y que estaba allí sentada leyendo. Se acercó a ella y esbozó una sonrisa cortés, esperando que no se le notara que tenía la paciencia un poquito al límite. - Disculpe, señorita. Buenos días. - Saludó, con un gesto cortés de la cabeza. - Busco el Harmonices Mundi de Kepler, debe de estar por aquí pero... No doy con él. - Dijo con una leve risa. Esperaba que no se estuviera notando demasiado que el mensaje velado era "porque doy por hecho que lo tenéis porque me parecería tremendo que no estuviera tampoco aquí". No perdió la sonrisa, de todas formas. - Por casualidad no lo tendrán en el depósito, ¿verdad? O quizás lo haya pedido alguien o... -
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Dom Jul 18, 2021 6:50 pm

I. Page one of forever
Margaret • 18 de julio de 1953
En una semana empezaban los cursos que tenía planeados sobre literatura mágica y conocimientos básicos de las principales disciplinas que un mago estudiaba. Tenía comprobado que los niños irlandeses, especialmente si venían de zonas rurales, llegaban a Hogwarts muy faltos de conocimientos, así que organizaba cursos en la biblioteca impartidos por distintos profesionales, y algunos por ella misma, para que llegaran al menos con las nociones básicas, hábito lector y demás. Y le gustaba mucho, se sentía bien enseñando a los niños, llenaban de alegría su biblioteca. Porque sí, el silencio y todo eso, pero una biblioteca era para usar los libros, e Irlanda, especialmente aquella parte de Irlanda, se estaba muriendo, había que cuidar de los niños que les quedaban. Les enseñaba a leer y escribir adecuadamente, el señor O'Donnell se acercaba a darles clases de aritmancia, algo de biología y herbología básicas, y por supuesto gaélico, que se estaba perdiendo... En fin, lo que ella creía que todo el mundo debía saber. Y como en el pueblo tampoco es que los padre supieran mucho de pedagogía y no querían tener que estar encima de los niños todo el día, pues se los dejaban. Todos ganaban.  Además, no tenía nada que ver que en una semana debiera estar celebrando su boda, y ya no lo iba a hacer. Eso era un detalle en el que no le apetecía pensar. Y precisamente la biblioteca era el único lugar donde no oía los susurros de "solterona" "hay que ver que se ha quedado tirada un mes antes de la boda", por lo que era el sitio ideal para pensar en otra cosa que no fuera su fallida boda.

Estaba leyendo un libro muggle sobre el aprendizaje de los niños, porque no había muchos magos que indagaran sobre esa materia (había que fastidiarse, como si los niños pudieran enseñarse solos simplemente por ser magos), del cual iba tomando apuntes de cómo aplicar los métodos muggles a las materias mágicas, cuando vio una figura delgaducha y alargada rondar por su biblioteca. Si era Graham otra vez, iba a acabar gritando en su propia biblioteca, y era el día ideal para hacerlo porque justo no había nadie por allí. Pero no. Graham no hubiera armado tanto jaleo buscando algo, la tapadera se le hubiera caído en seguida, no es que tuviera muchos secretos para nadie. Fingió estar leyendo su libro pero, ¿quién demonios era ese larguirucho que no paraba de moverse por la biblioteca? A ver, que Molly no era una bibliotecaria estricta ni mucho menos, pero tampoco veía el punto de no parar de desplazarse de un lado a otro. Con un suspiro, se sumergió en su libro otra vez, tratando de obviar el movimiento. Fuera quien fuera, no tenía por qué pagar el malestar de Molly con el mundo.

Finalmente, el desconocido decidió que podía probar a preguntar, y sintió la sombra acercarse. Eso sí, en cuanto abrió la boca, le miró con las cejas alzadas. Ahora lo entendía todo. El O'Donnell que ella conocía no se hubiera parado a preguntar jamás, él todo lo sabía y todo lo encontraba. Siempre estaba solo, con contadas excepciones cuando llevaba a Robert Gallia detrás como un perrillo faldero, y mucho menos lo había visto jamás preguntar por un libro. Cerró el suyo y le miró con la caja alzada. — Prefecto O'Donnell. — Saludó con tonillo. — Buenos días a ti también. — Se levantó de la silla y le miró. Ya, ¿por qué iba a acordarse de ella? — Margaret Lacey. De Gryffindor. — No lo había visto en el pueblo en años, y a ella no se le solía escapar lo que pasaba en el pueblo. Y menos lo que les pasaba a los O'Donnell, que eran bellísimas personas y habían contribuido y ayudado mucho a su biblioteca ya la educación de los niños. — No te acuerdas de mí, ¿eh? — Dijo con una risita. — Mejor, tu sobrina Eillish es mi alumna, no quiero que le hables de mis locuras en Hogwarts. — Aseguró. Habían tenido cierto encontronazo en un San Patricio que ahora parecía haber ocurrido hacía una vida entera y no los trece años que realmente habían pasado. —

Abrió uno de sus cajones sen perfecto orden y sacó una hoja de solicitud, dejándosela con una pluma sobre el mostrador. — Kepler es de depósito, sí. Es un libro extremadamente difícil de conseguir para una biblioteca como esta y no puedo dejarlo por ahí para que lo coja cualquiera.Sí, tú también cuentas como cualquiera, tuvo ganas de contestarle cuando le vio la cara. — ¿Te has cansado ya de viajar por el mundo y ahora quieres viajar al espacio? — Sonrió un poco más y dijo. — En cuanto me rellenes la solicitud, te lo saco. — Sabía que era alquimista, que viajaba muchísimo y que sabría de todo, pero eso le daba igual, ¿no amaba tanto las normas el prefecto O'Donnell? Pues ahora que se las aplicara.
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Dom Jul 18, 2021 11:58 pm

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Lawrence • 18 de julio de 1953
Se le tuvo que notar en la cara el desconcierto cuando le llamó de esa forma, hasta parpadeó un par de veces. Llevaba sin que alguien le llamara Prefecto O'Donnell trece años, solo sus amigos o su hermano se lo habían dicho de broma alguna vez, pero desde luego que hacía años que habían dejado de hacerlo. ¿Quién era esa chica? Tirando de lógica, siendo irlandesa y teniendo más o menos su edad, debían haber coincidido en Hogwarts. Pero claro, tantos años después, años que había pasado enterrado en libros y rotando de taller en taller de alquimistas a cual más viejo que el anterior... Hacía que se te olvidaran algunas caras. Aunque podía jurar que esa cara en concreto no la conocía, o no lo suficiente... Dudaba que se le hubiera olvidado, era bastante bonita.

Y parlanchina. Porque desde luego que no se esperaba ni ese desparpajo, ni esos comentarios en una bibliotecaria. La vio levantarse y escuchó su nombre. Pues... No le sonaba especialmente, aunque puede que cayera con hacer un poco de memoria. En sus años en Hogwarts había conocido a muchísimos alumnos, sobre todo desde que le nombraron prefecto. Tenía sentido que, tantos años después, no recordara a alguien que no era ni de su promoción ni de su casa. Debió pillarle en el desconcierto, porque captó que no se acordaba de ella. Se aclaró la garganta y trató de recomponerse. - Sí, bueno... - Pero ni le dio tiempo a labrarse una excusa, porque ella siguió hablando. Lo de las locuras sí que le dejó totalmente descuadrado, haciéndole esbozar una mueca entre sorprendida y pensativa. ¿De verdad tenía tan mala memoria? Se tenía que acordar si realmente se conocían tanto...

Aunque le daba en la nariz que simplemente ella le conocía a él, porque a los prefectos les conocía todo el mundo, pero no se daba el caso inverso, y ahora se estaba aprovechando de su desorientación. Muy lista, a la par que inoportuna, porque no era el mejor día para jueguecitos con él, que tenía mucho que hacer... Claro que cuando no tenía él mucho que hacer. Volvió a aclararse la garganta y, con una sonrisa igualmente cortés aunque ciertamente más tensa, añadió. - Procuraré no dar mala imagen de usted. - Y eso era tan aplicable a las supuestas locuras en Hogwarts, como a su opinión si esa mujer seguía metiéndose con él y sin conseguirle el libro.

Sí que lo tenían, lo cual le hizo respirar de alivio. Le duró poco el alivio, porque la tal Margaret Lacey de Gryffindor siguió hablando y diciendo cosas que le desubicaban. Arqueó una ceja. ¿Cualquiera? Vaya. Al parecer, la chica tenía la suficiente buena memoria como para acordarse de que era prefecto y el suficiente conocimiento del pueblo como para saber que Eillish era su sobrina, pero no parecía haber reparado en el hecho de que estaba ante un alquimista de acero licenciado, que tampoco es que abundaran por el pueblo. Aun así, asintió con cortesía. - Me parece una precaución adecuada. - Suspiró en silencio y se agachó sobre el mostrador para rellenar el formulario mientras decía. - Si bien mejor me parecería tener más de un ejemplar... Quizás si consiguierais el contacto adecuado, podríais obtener más... - Mientras terminaba de firmar, añadió. - Quien menos se lo espera podría ayudarla a conseguirlo... Cualquiera puede tener el contacto correcto. - Remarcó el punto final con la pluma con un gestito de superioridad, con una sonrisa artificial, y devolvió tanto esta como el formulario, junto al tirito que había lanzado. Lo dicho, no estaba de su mejor humor ese día.

Cruzó las manos ante el regazo y mantuvo la sonrisa artificial. - No, no voy a viajar al espacio. Ni me he cansado de viajar por ahí. El conocimiento no descansa. - Llenó el pecho de aire y lo soltó por la nariz. - Pero mi mente sí que podría viajar hasta otras galaxias... En cuanto tenga mi libro. - En otras palabras, que se alegraba de verla, pero no había ido hasta allí a charlar. Aunque hubo algo que le dio curiosidad y no pudo evitar preguntar. - ¿Es que sois bibliotecaria y profesora al mismo tiempo? - Dijo con una ceja arqueada. No sabía qué hacía dándole conversación, si él lo que necesitaba era que le dieran su manual y empaparse de él. Pero algo le decía que esa chica le estaba tomando el pelo... Y que sabía demasiado de él para lo poco que él sabía de ella. Y no estaba acostumbrado a ser el que menos sabía del grupo.
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Lun Jul 19, 2021 1:49 pm

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Margaret • 18 de julio de 1953
O'Donnell sería muy protocolario, pero a Molly no se le escapaba que prácticamente estaba a punto de ponérsele a temblar el ojo por ver que ella conocía tantas cosas de su familia y de él y que le hablaba... Pues como hablaba Molly a todo el mundo, a ver, que este sería alquimista, pero había nacido en Ballyknow exactamente igual que ella. Y de hecho, ahora mismo la necesitaba a ella, si tantas ganas tenía de leer a Kepler.

Alzó la ceja casi hasta la raíz del pelo cuando dejó caer lo del ejemplar. Soltó una carcajada ofendida con la boca abierta. — ¿Ah sí? ¿Tienes idea de cómo era esta biblioteca cuando llegué? No, porque, si mal no recuerdo, en cuanto saliste de Hogwarts no volviste a pisar este pueblo en Merlín sabe cuanto tiempo. Conseguir el Harminoces Mundi de Kepler, desde Irlanda, cuando no solo bibliotecas y librerías, si no ciudades enteras, acababan de ser destruidas por los bombardeos en medio mundo, fue un calvario. — Aseguró, cogiendo la hoja bruscamente del mostrador y hechizándola para que se guardara en su fichero correspondiente. — Pero me imagino que las bombas tampoco caen sobre los laboratorios estatales y esas bibliotecas tan exclusivas que los alquimistas tenéis. — Qué coraje le daba aquel régimen estúpido. El conocimiento tenía que estar accesible a todo el mundo. Seguro que tenían muchos libros de Kepler en aquellos refinados lugares, y nada de lo que tenían lo compartían más que entre sus listísimos alquimistas. Snobs.

Se metió al depósito, que estaba justo a la espalda del mostrador e invocó el libro desde allí. Volvió a soltar una risa hueca. — Y seguro que tú, alquimista de... ¿plata? ¿acero? ¿Por dónde vas ya? Eres la persona adecuada para conseguírmelo. — Cogió el libro delicadamente, como si fuera un tesoro, frenando su impetuoso espíritu por lo único que era capaz de refrenarla: el cuidado a sus adorados libros. Se acercó y se lo dejó suavemente en el mostrador. — Dudo que puedas, porque si has venido a MI biblioteca — dijo haciendo hincapié en el posesivo —, a por él, es porque tú no lo tienes, pero te invito, famoso alquimista al que le parece que sabe cómo llevar una biblioteca, a que me traigas más de un ejemplar de Harmonices Mundi. — Y dicho eso, se sentó y volvió coger su libro.

Pero espera, que tan urgentemente no necesitaba a Kepler, porque ahí estaba dándole conversación. Bajó el libro para mirarle y dijo. — ¿Quién te ha enseñado a hablar así? Tus padres no son tan resabiados. — Dijo con expresión extrañada. — Solo tengo dos años menos que tú, y no estoy casada, puedes hablarme normal. — Dijo encogiendo un hombro. A ver si es que en el Código de Flamel les obligaban a hablar como en la Edad Media. — Y respondiendo a tu pregunta, sí, soy profesora a veces. Alguien tiene que enseñar a los niños de Irlanda antes de ir a Hogwarts, porque no todos los padres tienen las mismas capacidades ni posibilidades. — Dijo con un suspiro, sin levantar la vista del libro. — Y alguien tiene que hacerlo, ¿por qué no una bibliotecaria? Considero que las bibliotecas deben ser lugares vivos, donde se transmita el conocimiento y no solo se guarden libros.
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Sáb Jul 24, 2021 12:33 am

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Lawrence • 18 de julio de 1953
Alzó las cejas y parpadeó sorprendido, no pudiendo evitar incluso echar el cuello ligeramente hacia atrás. Pero bueno, ¿de qué le conocía tanto esa chica? ¡Si él no sabía ni quien era! Una cosa era recordar al que una vez fue prefecto mientras estabas en Hogwarts, y otra saberse su recorrido. Realmente mucha gente se sabía su recorrido, se había hecho un buen nombre en esos años... Pero no se lo echaba encima de esa forma. Estaba tan sorprendido como descolocado.

Se recompuso, carraspeando. - No dudo que para usted haya sido una epopeya. - Lo decía en serio, aunque por el contexto podía llegar a sonar casi irónico. A él no le costaba tanto trabajo conseguir el libro que quería cuando lo quería, pero claro... Podía llegar a entender el contexto. No por gusto había salido corriendo del pueblo. - Lo que quiero decir es que es un manual básico que debe estar en cualquier biblioteca, nada más. No estoy pidiendo nada exageradamente específico o las últimas innovaciones en el campo de la alquimia médica. Este libro tiene trescientos treinta y cuatro años, ha dado tiempo a sacarle copias y repartirlas por el mundo. - Como empezase a escalar por lo que le parecía de recibo y lo que no, no iban a acabar nunca esa conversación. Lo de las bombas le hizo arquear una ceja. - Le sorprendería saber lo que ocurre en los laboratorios de alquimia en los tiempos que ocurren, precisamente por culpa de las bombas. - Demandaban más que nunca alquimistas de fuego, tema que a Lawrence no le interesó nunca. Y le habían ofrecido dinero, mucho dinero, para destinarse a ello, pero siempre renegaba. Y algunas personas influyentes podían ser especialmente persuasivas... Persuasivas hasta el punto de hacerte abandonar el país lo más rápido posible si no querías tener un problema en tu laboratorio. - Dejémoslo en que no está siendo una época fácil para nadie. - Sentenció con tono grave, posando la mirada en otra parte. No le gustaba ponerse tan duro pero... En fin. Suficiente tenía con estar allí, como para tener que aguantar sermones de lo difícil que era la vida. Estaba harto de que le dijeran que la suya era fácil. ¿Conocían los demás la palabra esfuerzo y perseverancia? Porque pareciera que no.

Respiró hondo mientras la chica iba al depósito, pero volvió con más retahíla, lo cual le hizo mirarla con una ceja alzada otra vez. - Acero. Seré de plata algún día si logro el material que necesito para estudiar. - Lanzó, tratando de mantener un tono sereno, pero con un punto ofendido. O sea, que sabía toda su genealogía pero no sabía cual era su rango. Pues qué bien. Ladeó la cabeza. - Podría serlo. - Dijo aparentando mucha seguridad, porque empezaba a sentirse cuestionado y no le hacía ninguna gracia. Lo que dijo detrás, remarcando ese posesivo, le hizo soltar una sarcástica carcajada hueca, cruzándose de brazos. Se mojó los labios. - Lo haré. - Dijo con una sonrisa artificial fruncida en los labios, mirándola con los ojos entrecerrados. - Me haré con dos ejemplares, de hecho, en cuanto pueda salir de este pueblo: uno será para usted, ya que así me lo demanda, y el otro me lo quedaré yo, así me ahorro el cuestionamiento gratuito al que estoy siendo sometido por ese gran atrevimiento que he hecho, nada más y nada menos que pedir un libro en una biblioteca. - Lo dicho, no era su día. Él era un hombre correcto, protocolario, educado y con mucho temple. Pero si ya se sentía atado de pies y manos en lo que a conocimiento se refería en ese minúsculo pueblo, el cuestionamiento a su proceder por parte de una chica menor que él y de Gryffindor era lo que le quedaba que pasar para que su paciencia se colmara.

Volvió a dibujar una expresión de ofendida extrañeza en el rostro, recomponiéndose erguido, aunque un tanto herido en su afán de caballerosidad. - Se llama educación, y mis nada resabiados padres me han dado mucha. Usted es una profesional en su centro de trabajo y yo un cliente, y hasta ahora pensaba que no nos conocíamos... Veo que es unidireccional. En cualquier caso, la dirección va de mí a usted, por lo que a mí respecta, no hay la suficiente confianza. - Estaba empezando a perderse en palabrería, lo cual sí que le llevaban toda la vida corrigiendo sus padres. Se aclaró mudamente la garganta y desvió ligeramente la mirada, erguido. Aunque la respuesta a su pregunta hizo que girara los ojos a ella de nuevo, si bien no inmutó la postura. Dejó caer ligeramente los párpados, rebajando el nivel de defensa, y dijo en un tono más suave. - Es muy loable por su parte. - Era cierto que los niños del pueblo tenían muchas carencias educativas cuando llegaban a Hogwarts, por lo que todo lo que fuera inculcar conocimientos le parecía una gran idea. Era Ravenclaw por algo.

También le gustó lo que dijo de las bibliotecas. Lástima que fuera tan descarada rozando lo faltoso, parecía una chica inteligente a pesar de ser Gryffindor... Vaya, ese pensamiento le había sonado snob hasta a él. Echó aire por la nariz, descruzándose de brazos y apoyando las manos en los bolsillos de su pantalón, con una expresión menos mosqueada y más interesada. - En eso estoy de acuerdo con usted. - Él seguía empeñado en no tutearla. - Aunque, y sin ánimo de ofenderla... - Antes de que me llame resabiado y elitista o cosas por el estilo otra vez, pensó, pero simplemente continuó la frase sin decir esto, mirando mientras hablaba a su alrededor. - Este lugar... No parece muy vivo, precisamente. -
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Miér Jul 28, 2021 10:58 pm

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Margaret • 18 de julio de 1953
Rio ofendida. — No, para mí no, para cualquiera. No es que yo sea especialmente torpe ni nada de eso, ¿sabes? — No, si es que encima iba a ser culpa suya que media Europa, incluyendo las bibliotecas, hubiera echado a arder. Dejó el libro que estaba intentando leer con un golpe seco en la mesa. — ¿Has oído algo de lo que te he dicho? Da igual que hayan pasado muchos años desde que difundió, si el continente entero está en llamas, señor alquimista. Se han quemado muchos, y los muggles no lo reeditan porque consideran que está pasado. No ha desaparecido, pero desde luego que hay muchas menos copias que antes de las últimas dos guerras. — A ver si sacaba un poco la nariz del laboratorio. Oh, espera, que ahora pretendía que le tuviera ella lástima a los alquimistas, cuando los había que con un chasquido podían hacer arder barrios enteros. — Algo he oído sobre los alquimistas de fuego. Historias que darían para uno de los libros de la sección de terror que ocurrieron en Berlín y en el frente alemán. No está siendo fácil para nadie, pero hasta donde yo sé, a los alquimistas no les falta para comer nunca. Y aquí hay gente que se hubiera comido los libros si les hubiera dejado. Y no les culpo.Culpo a quien deja que se mueran de hambre, la verdad y a quien se va de aquí dejándoles a su suerte. Pero no se iba a poner a discutir de eso con el prefecto O'Donnell.

Puso una sonrisa falsa cuando le dijo su rango. — Felicidades. — Y en cuanto lo dijo, la quitó, intentando volver a su lectura. Pero el prefecto seguía con su pulsito. Entornó los ojos y resopló. — Lawrence, el día que aportes un Harmonices Mundi a esta biblioteca puedes pedir lo que quieras. Que me haga yo alquimista, por poner, me imagino que leyendo muchos libros sobre el asunto no será tan difícil. — Se echó a reír un poco cuando se empezó a hacer la víctima. — Qué blandito eres, señor alquimista de acero, más bien pareces alquimista de tiza. Yo no te he cuestionado, te he pedido que rellenes el formulario como cualquiera, lo siento si te molesta que ese te trate como a los demás. — Le señaló. — Tú has empezado insinuando que en mi biblioteca no hay suficientes libros cuando si no fuera por mí, este pueblo ni uno ni ningún ejemplar de Harmonices Mundi, digo más, ni si quiera tendría biblioteca y tus tres sobrinos no tendrían clases antes de Hogwarts. Y te los mento a ellos porque son lo únicos que conoces, aunque en este pueblo hay muchos más. — Bueno muchos mucho tampoco, pero total, él tampoco tenía que saberlo. — Cosa que sabrías si te dignaras a poner un pie aquí, pero supongo que estabas sufriendo mucho investigando en tus laboratorios esta arde. — Hombre ya, tanta victimización, cuando recibía la dotación que recibían todos los alquimistas, que se creía que no era vox populi el dineral que les daban por investigar, cuando en Irlanda la gente lloraba por patatas.

Y ahí le caía otra parrafada. Cómo le gustaba argumentar a aquel hombre. Ya había perdido la concentración definitivamente, así que ese quedó mirándole intensamente, de brazos cruzados, balanceándose en la silla. — Quizá si te hubieras molestado en levantar la cabeza de los libros en Hogwarts o de escucharme cuando me castigaste el día de San Patricio, o de pasar mas dee dos días seguidos en este pueblo, podrías gozar de esa confianza. Y voy a seguir tuteándote. — Declaró. Puede, solo puede, que estuviera muy enfadada con el mundo entero y con su vida y con su ex prometido y Lawrence lo estuviera pagando.

Lo cierto es que él también pareció bajarse un poco de su alto y alquímico pedestal y alabó su labor. Ella desvió la mirada, pero bajó el tono. — No lo hago para que me alaben. Defiendo mi tierra y mi pueblo, y el futuro son sus niños. Tienen que dejar Irlanda bien alta, y no olvidar de dónde vienen. — Cedió un poco y bajó la mirada. — Lo primero tú lo haces bastante bien. Y lo hacías ya en el colegio. — Una por otra, la verdad. Pero claro, ya tuvo que tirarle la de que aquello no estaba muy vivo. — Pues será sin el ánimo, pero la crítica para mí se queda. — Dijo con retintín. — Es porque los cursos a los niños empiezan la semana que viene. Y cuando no hay cursos de niños o actividades que yo organizo, no se suele pasar mucha gente por aquí, por el mero placer de leer. Cosa que estoy intentando cambiar a base de educar a las nuevas generaciones. No hay mucho interés por la cultura cuando lo estás pasando mal para sobrevivir, tus padres son una excepción aquí. — Y ella, porque su madre era una muy buena mujer, pero no muy dada a los libros, y Molly lo pasaba como todos para sacar adelante la biblioteca, pero ya le habían dicho demasiadas veces que era imposible como para que ella no se lo tomara como un reto personal.  
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Mar Ago 10, 2021 9:50 pm

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Lawrence • 18 de julio de 1953
Se ahorró rodar los ojos, porque era un hombre demasiado correcto, pero sí bajó la mirada y echó aire por la nariz. - No porque usted particularmente sea torpe, me refería a la accesibilidad desde aquí. - Por parte de una chica de veintiocho años que ha montado una biblioteca por voluntad propia pero no cuenta con acreditación alguna. Y Gryffindor. Luego le decían que era un estirado de Ravenclaw y se ofendía, pero a ver. Lo de que ellos conocían más libros que el resto de las casas como norma general, lo sabía todo el mundo.

Su forma de cerrar el libro y la mordacidad de sus comentarios le hicieron sobresaltarse ligeramente. Parpadeó. Había oído que se habían quemado muchos libros, lo cual le ponía los vellos de punta cada vez que tomaba conciencia. El ataque hacia los alquimistas le hizo soltar una risotada sarcástica en forma de aire entre los labios. - En primer lugar, no nos falta para comer, no, ahí tiene usted razón. Aunque le aseguro que las horas, y horas, y horas de preparación y estudio no se cobran, mucho menos cuando estamos en la situación que usted tan bien describe. Las investigaciones sobre como hacer joyas o como intercambiar las esencias de las plantas quedan un poco en segundo plano en favor de las investigaciones para que los alquimistas de fuego puedan seguir sacando armas. - Ladeó la cabeza. - En segundo lugar... No digo que mi situación sea peor que la de aquellos que mueren de hambre, no soy tan cínico. Pero sepa usted, que cuando alguien tiene tanto poder en sus manos y se desata una guerra, se vuelve tan solicitado como potencialmente peligroso. Quizás algún día una de esas bombas que narra me caiga a mí encima mientras estoy leyendo. - Sí, estaban amenazados. No, no prestaba la menor atención a dichas amenazas. Si moría estudiando o haciendo alquimia, moriría haciendo lo que más le gustaba y lo que creía que tenía que hacer para dejar su contribución personal al mundo. - Y en tercer lugar. - Estiró ambos brazos y señaló un camino imaginario tras él. - Ahí está el camino de la alquimia para quien lo quiera coger. - Empezaba a estar un poco alto de las recriminaciones por parte de la gente del pueblo de si se creía un señorito alquimista, cuando muchas de esas personas ni se habían molestado en cursar la asignatura en el colegio. Ahí estaba la oportunidad, haberla cogido. Su trabajo le había costado llegar hasta donde había llegado.

Puso una sonrisa sobrada cuando le dijo que aportara un Harmónices Mundi a la biblioteca, dispuesto a contestarle que lo pensaba hacer, cuando esta se quedó congelada ante la siguiente frase. Arqueó las cejas. ¿Leyendo muchos libros sobre el asunto? ¿En serio? No daba crédito a sus oídos. Gryffindor tenía que ser, se creían que los Ravenclaw eran como eran porque "simplemente leían". - Claro. El record está en cien libros al año, lo tiene Nicolas Flamel. Quizás usted lo consiga batir. - Ironizó ácidamente. Frunció el ceño. - Ese rango no ex... - Se detuvo, alzando los ojos y echando aire por la nariz, exasperado de sí mismo. ¿¿Qué haces entrando al trapo de semejantes tonterías, Lawrence?? Si es que tenía que haber cogido el libro y haberse ido y ya está. Y otra vez el tirito sobre la alquimia. Abrió mucho los ojos y bufó hacia un lado. Definitivamente, ni en toda su vida lograría entenderse con esa mujer, pero no pensaba explicar de nuevo lo que ya había explicado.

Lo que le hizo mirarla de nuevo fue la mención a Hogwarts, en concreto algo que hizo activó uno de sus recuerdos. Pensó unos instantes, ceñudo, y entonces cayó, abriendo mucho los ojos y señalándola. - ¿Tú fuiste la del día de San Patricio? - Había entrado de cabeza al tuteo de repente. - ¿La que llenó el castillo de duendes de chocolate que se fueron derritiendo por los pasillos? ¡Un alumno resbaló con un charco! ¡Me pasé dos horas con él en la enfermería mientras le reencajaban el hombro! Disculpa si no tuve tiempo de escuchar excusas sobre por qué había que poner el castillo patas arriba solo porque era diecisiete de marzo. - Lo cierto es que no la recordaba de manera concreta, solo recordaba al grupito, y a una chica que le argumentaba un montón de cosas que solo le enfadaron más y las oyó como quien oía llover. De hecho, probablemente la derivara a los prefectos de Gryffindor, así que no sabía por qué le tenía tanta inquina en concreto a él.

Salvando el patriotismo absurdo que no terminaba de entender, porque no es que él le viera a Irlanda nada de especial (mucho menos después de haber recorrido tantos países con mucha más aportación intelectual), tenía que reconocer que dotar a esos pobres niños que llegaban a Hogwarts tan perdidos de unos conocimientos básicos era muy de valorar y de agradecer. Le sorprendió ese halago entre tanto ataque, por lo que se quedó mirándola sin decir nada. - Gracias. - Dijo simplemente, pero claro, tenía que durar poco la amabilidad. Tuvo que volver a hacer un esfuerzo por no rodar los ojos. - No es una crítica hacia usted, no es culpa suya. Solo señalo un hecho objetivo. - Por las barbas de Merlín, esa chica se ofendía por todo, ni que le estuviera él pidiendo que repoblara el pueblo. - Pues se agradece su gesto, su interés y, sobre todo, su labor. - Ah, sí, había vuelto a las referencias de usted. - Es importante que la cultura no muera, es lo que queda detrás de nosotros cuando ya no estamos. Es nuestro regalo al mundo, somos sus herramientas para hacerlo evolucionar. - ¿Qué hacía poniéndose tan metafísico? Se reajustó las gafas y carraspeó. - En fin. - Tomó el libro. - Gracias por la búsqueda. - Porque intuía que ya ahí no había más conversación de la que tirar.
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Margaret • 18 de julio de 1953
Vaya por Dios, que el alquimista se le había ofendido y había sacado sus mejores armas caballerescas contra ella. Pues buena suerte. Molly admiraba mucho a la gente culta y estudiada, pero recordar incansablemente lo erudito que uno era, le resultaba cargante y prepotente. Y en otro le resultaría pretencioso, en Lawrence eso no, porque no se le veía querer ser mejor que nadie específicamente. Aunque tuviera una superioridad un poco absurda respecto a encontrar libros. Rio desde la garganta y entornó los ojos a él desde su libro. — Lo cogeré si me interesa. Como cualquiera. — Recalcó. Que con nacer mago y estudiar muchas horas se podía ser tan alquimista como transformista o hechicero. Pero bueno, eso ya no lo dijo porque ya había discutido bastante.

Puso una expresión arrugada cuando dijo lo de los cien años. — Para cómico no ibas, desde luego. Y para actor tampoco. — Puso los ojos en blanco y suspiró. Esos Ravenclaw, que se creían que podían hacerse los orgullosos a lo Gryffindor y solo le salía un chiste malo de libros. Tremendo, vaya. Eso sí, tuvo que contener una carcajada cuando le entró de lleno a lo de los rangos. Vaya con el erudito.

Asintió con una leve sonrisa complaciente a lo del día de San Patricio. — Al menos hacía algo por celebrar la fiesta grande Irlanda. Reconozco que antes se me derretían los duendes, pero ahora he aprendido a hacerlos más resistentes, y para navidad pretendo conseguir que pasen de moneda de chocolate a duendecillo cuando la tocas. — Dijo ampliando la sonrisa, muy orgullosa. Chasqueó la lengua y agitó la mano en el aire. — No, que ahora será culpa mía que la gente sea torpe y no mire ni por dónde va, ¿sabes? — Ese prefectillo… No había cambiado ni un ápice desde que le había abroncado aquel día. Y no se había quedado con una sola palabra de las que le dijo entonces. Bueno, por no, no se había quedado ni con su cara, por lo visto. — Hacer que nuestra cultura no muera y se note nuestra presencia en Hogwarts no es una excusa, es una explicación completamente válida de por qué hay que celebrar el día de San Patricio. Pero supongo que las celebraciones típicas a los prefectos alquimistas les dan igual. — Menudo despegado. Era de uno de los sitios más ricos culturalmente del mundo y le molestaba que los demás (porque él claramente no hacía nada) lucharan por conservarla.

Y ya estaba otra vez con que no era una crítica a ella y patatín patatán. — Vale, vale, me queda claro que no hablas de mí y eres muy objetivo. — Dijo con tono cansino haciendo círculos con la mano en el aire. — Cuídame bien a Kepler y que encuentres tus esencias y materias ocultas por algún motivo en un tratado de astronomía. — Por bueno e importante que fuera. Iba a volver a su libro cuando dijo lo de la cultura. Ahí levantó la vista y le miró a los ojos, ya sin el gesto sarcástico o bromista. — Completamente cierto. — Hinchó el pecho de aire. — Pero si no se esfuerza uno en conservarla, se muere, como todo lo que no se cuida. — Puede que ella supiera un poco de eso. Bajó la mirada. — Y ni un alquimista podría infundirle vida a la cultura si simplemente dejamos que se pierda. — Hizo como que volvía al libro pero mantuvo la sonrisa. — De nada, Lawrence. Que disfrutes del libro y del verano en Ballyknow. — Y se dedicó a mirar la misma página del libro una y otra vez, porque aquella mañana no fue capaz de leer una sola letra. Solo veía los ojos del alquimista.
 
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II. Un buen día
Lawrence • 25 de julio de 1953
- ¿Al menos puedes quitar esa cara de sieso amargado? - La mujer chistó con desaprobación y le pasó a Lawrence un brazo por los hombros. - No le digas eso a mi niño, que está muy guapo. - Eso, tú sigue mimándolo. - Si no se le mima, luego no viene. - Aportó su padre, con ese toque solemne e impasible de siempre. Lawrence rodó los ojos una vez más, perdiendo la cuenta de cuantas veces lo había hecho desde que salió de su casa, y echando aire entre los labios. - Pues está ya muy mayorcito el señor alquimista para necesitar tanto mimo. - ¿Tú me vas a dejar de tener envidia algún día? - Habló ya por fin. Su madre volvió a chistar. - ¿Qué habrá hecho una en la vida para tener a sus hijos todo el tiempo descontentos? - Papi y el tito se llevan mal. - Dijo la vocecilla traviesa de su sobrino de fondo, el cual se tapó la boca como un niño malo justo después. Lawrence le revolvió los rizos. - Eres muy graciosillo tú. - El niño volvió a reír. - Menos mal que has salido a tu madre, qué bendición. - Ya estamos. ¿No tienes ninguna flor que deshojar en Singapur? - Y entonces su madre empezó a chistar como loca y a darles golpecitos en los brazos para que se callaran. A saber qué había visto ahora. Qué largo se le hacía el pueblo, de verdad que sí.

Y más largas aún las fiestas del pueblo. Encima de que iba arrastrado, tenía que estar aguantando que su hermano Cletus resaltara cada cinco minutos que tenía cara de no tener ganas de fiestas. Qué observador les había salido, el muy pesado, Slytherin tenía que ser. De verdad que no se daban cuenta de que se estaba jugando el futuro, que tenían mucho que estudiar. Pero claro, su argumento era que "él siempre tenía mucho que estudiar". ¡Perdonad si quiero labrarme un futuro, eh! En fin. La cuestión era que su madre había visto algo, a saber el qué, y que empezaba a temer que tuviera que ver con él. Porque estaban tan empeñados en convencerle de que ese era su lugar, su verdadero hogar, que de repente hasta una hoja que se caía de un árbol tenía que ver con él.

No se equivocó. - Es Margaret. Ve y pídele perdón. - ¿Perdón? - Preguntó desconcertado, mirando a su madre con los ojos muy abiertos. - Sí, eso mismo, pero ahora a ella. - Madre, no puede estar usted hablando en serio. - ¡Y tan en serio! Es una buena muchacha, le da clases a Eillish y seguro que el año que viene adopta a Cilliam también en su grupito. ¡Es un auténtico amor! - Arqueó las cejas y miró a otro lado con tono sarcástico. - No estoy yo tan seguro de eso. - Pero claro, su madre qué iba a decir. Seguro que la chica se los había llevado al huerto porque eran el matrimonio más prestigioso a nivel cultural de todo el pueblo, con ese carisma barato de los Gryffindor y ese "me gustan los libros" tan artificial. ¡Tss! Y luego decía cosas como que la alquimia se podía aprender leyendo mucho... Vaya, toda una erudita que era la chica.

Estaba en su divagación perdido y no se había dado cuenta de que su madre había seguido hablando. - ...Y hace una tarta de limón que está para chuparse los dedos. Dice que tiene muchas ganas de aprender a destilar el licor de la flor de espino, le enseñaré mi receta. - La miró con el ceño fruncido. - Esa receta es familiar. - Bueno, hijo, los conocimientos hay que expandirlos, parece mentira que te ofendas tú por eso. Y desde luego, ya ha mostrado más interés la muchacha que mis propios herederos. - Eso lo dijo con tonito intenso. Vale, captaba la indirecta, y al parecer su hermano también, porque lo había oído resoplar. - No he tenido buen inicio con la chica. - Ay, Lawrence, por favor, supera ya lo del Harmonices Mundi, hijo. De verdad, qué obsesión con los libros. - Lo que tiene que superar es su puesto de prefecto. - Dijo su padre, que hablaba poco y mirando a otra parte, como si no estuviera en la conversación, pero cada vez que hablaba sentaba cátedra. Eso hizo reír bastante a su hermano. Su madre, por su parte, continuó. - Además, la pobre chica no está pasando por un buen momento. - La miró extrañado. - ¿Y eso? - Su hermano gruñó con una carcajada sorprendida. - Por todos los dragones, Larry, tienes que ser el único en el pueblo que no se ha enterado. Y este es el listo... - Se casaba hoy. - Lawrence miró a su madre con los ojos muy abiertos. - Tú sabes que nosotros no somos dados al chismorreo, hijo, y suficientemente mal lo ha pasado la pobre con sus circunstancias como para alimentar con habladuría. Es una buena mujer. - Se había quedado un poco pillado. - No... No sabía que estuviera prometida. - El tito se ha puesto colorado. - Dijo la vocecilla de Cillian otra vez. Miró a su sobrino y le señaló con un dedo. - En Hogwarts no gustan los chivatos. - - Lo dices por experiencia, ¿no? - ¡Por Dios! ¿Te quieres callar un rato? - Encima que insinúo que mi hijo no se parece solo a su madre, también a su tío. - ¿Puede parecer que los hijos de los O'Donnell son dos adultos normales en vez de dos críos peleando, por favor? - Interrumpió autoritario su padre, aunque sin alterar el tono. Él nunca alteraba el tono.

Su madre hizo caso omiso de la rencilla e insistió. - Ve a hablar con ella. - Lawrence bufó. - Dudo que quiera verme. - Empieza por disculparte, y seguro que quiere verte. - Lo que intenta decirte mamá es que aproveches que la chavala está soltera y vulnerable a ver si sientas cabeza de una vez. - ¡Cletus! - ¿¿Qué?? ¡Venga ya, mamá, todos lo hemos pensado! Son los dos igual de repelentes para los libros, y al menos la muchacha es simpática. Va a ser un marrón encasquetarle al muermo de mi hermano, pero lo hago por él, a ver si deja de estar tieso como un palo con una Gryffindor que le alegre la existencia. - Lawrence se había quedado pensativo, mirando hacia Margaret. A veces se lo decían, que se centraba tanto en profundidades, que no veía otras cosas, no se paraba a observar el entorno por no sacar la nariz de los libros. Quizás no haría mal en hablar con ella y... Bueno, no creía que tuviera que disculparse por nada... O quizás sí, un poco en realidad, se había puesto prepotente hablando con ella. - Ya está maquinando algo. - Volvió a interrumpir su hermano. Cogió aire y dijo. - Iré a hablar con ella. Pero solo para agradecerle su labor y disculparme, nada más. - Aclaró, con un gesto de la mano. No hacía falta jurar que no iba a haber nada más. Esa mujer y él eran la noche y el día.
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Jue Ago 12, 2021 11:13 pm

II. Un buen día
Lawrence • 25 de julio de 1953
Aminoró un poco el paso al de su madre, para que no pareciera que iba arrastrándola del brazo a la fiesta. — Vaya perra ha cogido usted con salir hoy, eh madre. — Rosaline se encogió de hombros. — ¿Y por qué no? No llueve, eso aquí es un milagro. Y es la fiesta de Saint James. En este pueblo nunca pasa nada, pero en verano hay una celebración cada semana. Hija, con la turra que das siempre con las fiestas y justo esta no te apetece. — Su madre paró y la miró de arriba a abajo. — ¿Es porque hoy te tenías que haber casado? — Siempre tan certera. Pero no te lo decía con malicia, simplemente esa era su madre, deslenguada a más no poder. — ¿Le parece poco? — Su madre se encogió de hombros y sacó el labio inferior. — El hecho, hija mía, es que ya no te casas. ¿Por qué no celebrar otra cosa? A ver, si hubiera querido acabar tu vida social te hubieras metido a monja. — Ladeó la cabeza, como si dialogara consigo misma. — Claro, que la biblioteca donde vives no es tan distinta a un convento y si encima ahora no quieres ni ir a las fiestas… — Ella inspiró, con una sonrisa y dejó salir el aire poco a poco. — ¿Pero de qué se queja usted? Todas las madres quieren quedarse a sus niñas para siempre, que es lo que tiene usted. — La otra la miró, echando la cabeza para atrás. — No, pues no será esta madre. No, señora, los hijos tienen que vivir la vida de ellos. — Molly entornó los ojos. — Luego está todo el día suspirando porque Frankie se ha ido a Nueva York. — Su madre hizo un gesto al aire. — De algo hay que quejarse siempre. — Y así, entre risas, llegaron a la pradera.

La pradera era un área de césped, despejada de árboles, donde se montaban las mesas y las casetas de los pubs, y se solía adornar con farolillos y puestos para las fiestas. Bajaba hasta una zona más arbolada, y más allá, los acantilados caledonios. Y de ahí, todo de frente, solo el océano. Todo recto hasta Nueva York y Terranova, que era a donde se iban todos. Ah sí, a Molly le encantaba su pueblo. Le gustaba su música y sus fiestas, su pradera siempre verde, y las tardes como esas, con el suave sol del verano. Hubiera sido una boda preciosa. Lástima que, en el fondo, ni siquiera la deseara. Lo peor de todo era verse observada y juzgada por una boda que ella ni siquiera había querido nunca realmente. De hecho, había dos tipos de gente: los que se dedicaban a escrutarla, deseando de averiguar por qué habría dejado plantado a ese chico escocés que se aparecía allí las veces que hiciera falta para verla, que tan simpático era con todo el mundo y que parecía estar perdido por ella, y otros la miraban con pena “pobrecita, está sufriendo”. No estaba siendo agradable no. Y echaba de menos a Graham… Aunque no… Como novio. Echaba de menos tener alguien con quien compartir su vida pero… Digamos que debió haber visto las señales antes. Fuera como fuere, no le hacía gracia ninguno de los dos tipos. Claro, que no había nadie en el pueblo que no lo supiera y tuviera una opinión… Bueno… Quizá sí. Pero el prefecto O’Donnell no estaría por allí. No se lo imaginaba en la fiesta.

Su madre se sentó en una mesita cerca de las barras y se recolocó la rebequita que llevaba en los hombros. — Venga, hija, tráele a tu madre una pinta o algo, ¿no? — Molly se rio un poquito y se levantó a pedir. Fue saludando a todo el que se encontró, y trató de aparentar normalidad, sonrisas, lo típico de una fiesta. Se excusó en que su madre había decidido salir hoy para volver a su lado, y todo el mundo mostró gran alegría por ella. El padre de Molly había sido muy querido en el pueblo, y de su madre cuidaban, poquito a poquito, con lo que podían, todos los vecinos. Volvió a su lado con dos pintas. — Ea, ¿ya está usted contenta?En Irlanda todo se celebra con pintas, hija, hasta el martirio de un santo. — Ambas rieron y, mientras Molly bebía, su madre le preguntó. — ¿Y qué haces aquí todavía? ¿No me estarás usando de excusa para no hacer cosas de jóvenes? — Ella entornó los ojos pero no dijo nada, porque la respuesta era sí. Pero una voz chilloncilla a su lado le hizo mirar. — ¡Señorita Lacey! ¡Ha venido! ¡Hola, Eillish! Sí, al final me he animado, por hacer compañía a mi madre. — La niña asomó la cabeza y sonrió a Rosaline. — Hola, señora Lacey.Hola, preciosa. Qué niña más bonita. Fíjate, cómo se nota que es O’Donnell. Los O’Donnell hacen niños muy guapos. — Vaya, ya algo iba a tener que apuntar. Ni que no la conociera. — Señorita Lacey, no tiene usted corona de conchas. ¡Le traigo una! — Y se fue corriendo, para volver con su madre y una corona. — Hola, Amelia. Hola, Margaret, hola, señora Lacey. ¡Ay, tú eres la nuera de O’Donnell! Chiquilla qué bien estás después de ¿cuántas criaturas llevas?Tres. — Amelia rio un poquito, mientras Eillish alzaba las manitas para ponerle la corona. — Se le ponen conchas porque son la iconografía de Saint James, mami ¿sabes? Nos lo enseñó la señorita.Anda, esta te ha salido a los abuelos. — Dijo Rosaline entre risas, y Amelia también se rio, acariciándole la cabeza a su hija. — Sí, pero es gracias a que su Margaret se lo enseña. Aunque mi Eillish está más que espabilada, la verdad. — Molly acarició los mofletes de la niña. — Es que con alumnas como Eillish, da gloria enseñar cositas. —

Justo entonces empezó la música a tocar un reel y Eillish dio un saltito. — ¡Es un reel de tres compases! ¡Usted nos enseñó a bailarlo! — La niña tiró de su mano. — Baile usted conmigo, señorita Lacey. — Ella sonrió apretando los labios, porque no estaba muy de ánimo. — Báilalo con tu hermano o con tu mamá, ella sabe bailarlo seguro. Yo tengo que hacer compañía a mi madre. — Ya iba la mencionada a intervenir, cuando Amelia dijo. — Yo me quedo con tu madre, ve a bailar con Eillish y diviértete un poco, mujer. ¡Eso mismo digo yo! Así puedo hablar de niños con alguien. — Dijo su madre muy segura de sí misma. Ella miró a las dos mujeres y suspiró, negando con la cabeza. Sabía que solo buscaban su bien y… Bueno, tenía debilidad por esa niña. Así que con su corona de conchas y de la mano de Eillish, salió a bailar el reel, con esos pasos tan complicados, pero que a ella le salían tan naturales como respirar. Y según fue bailando de su mano, se fue animando y ya la amplia sonrisa apareció en su cara, como siempre que bailaba, y al terminar, estaba jadeando, pero considerablemente más contenta. Eillish se soltó de ella para agitar la mano y saludar a alguien, y cuando se giró, lo vio allí. Tenía que decir que, de entre todas las personas, el alquimista era el último que se esperaba ver allí. — Es mi tito Larry, es alquimista y no viene nunca porque está estudiando. Sí… Si le conozco… De Hogwarts. — Y subió una mano, agitando los dedos para saludarle, sin perder esa sonrisa que ya se le había quedado puesta. — Igual por eso estaba mirando para acá. — Apuntó la niña, que no se le escapaba una. Sería Ravenclaw, como su tío.





Última edición por Ivanka el Sáb Oct 02, 2021 11:54 am, editado 1 vez


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Vie Ago 13, 2021 11:06 pm

II. Un buen día
Lawrence • 25 de julio de 1953
No estaba nada convencido de aquello, pero bueno. Lo iba a intentar por dos motivos: el primero y fundamental, para callar a su familia, porque aún le quedaba un verano por delante en ese pueblo y no tenía necesidad de escucharles decirle todos los días que hay que ver que no se había disculpado; el segundo, porque bueno... Tampoco pasaba nada si se disculpaba con una chica que, según últimas informaciones, no estaba pasando por un buen momento. Al fin y al cabo, él era un hombre correcto y educado, qué menos. Tampoco es que él hubiera estado muy fino el otro día, ahora que lo miraba en perspectiva.

Se acercó hacia donde estaba, pero se quedó a un lado, mirándola a lo lejos. Estaba bailando con su sobrina y se la veía alegre, desde luego más alegre que el día que la conoció en la biblioteca, y la niña parecía encantada con ella. Antes de que le diera tiempo siquiera a perderse en sus divagaciones, una voz en su hombro le hizo sobresaltarse. - No muerde. - Chistó, girándose para mirarle con mala cara. - ¿Me vas a dejar tranquilo? - Venga, Larry, ya en serio: eres lo suficientemente listo como para saber que, al paso que va, te vas a convertir en un viejo gruñón con la vista cansada de tanto leer en... ¿Cinco años? - ¿Y se supone que estás hablando en serio? Pues sí. - Su hermano señaló a Margaret en la lejanía. - Esa chica es guapa, es alegre, y seguro que hoy está especialmente sensible. Uno no deja escapar una oportunidad así. - Por Dios... - Murmuró, rodando los ojos. - No puedo atarme a una chica del pueblo, Cletus. Ni puedo ni quiero. ¿Es que no te enteras de que...? - Sí, que tienes una importantísima beca con un alquimista de Estambul. Larry, de verdad, tienes tiempo de sobra para hacer esas cosas. Diviértete. Vale, no te cases si no quieres, pero date una alegría al menos. - Le dio un escalofrío. - De verdad, en qué términos hablas. - Oh, disculpe, señor, no le quisiera yo escandalizar. Inténtalo con Margaret, y si te da calabazas, al menos ya habrás roto el hielo, lo vuelves a intentar con otra. ¡Espabila, hermanito! Que te quedas soltero. - Hay cosas más importantes en la vida que casarse, ¿sabes? - Que sí, que lo que tú digas. Hazme caso y espabila. Me lo agradecerás algún día. - Y ya, por fin, se fue.

Nada más acercarse, su sobrina le detectó y le saludó enérgicamente. Él sonrió y devolvió el saludo. La mujer también le saludó, y algo más tímidamente devolvió el saludo. - ¡Tito! Esta es Molly, es mi profe. - ¿Molly? ¿No es la Señorita Lacey? - Bromeó, mirando a su sobrina aunque levemente de reojo a la mujer. La niña rodó los ojos con una sonrisilla. - Sí, es la Señorita Lacey, pero me deja que la llame Molly cuando no estamos en clase. - Ah, bien bien. - Dice que te conoce de Hogwarts. - Frunció los labios, se los mojó levemente y alzó la mirada a ella. - ¿No me digas? - Ya sé: tú no te acuerdas de ella porque eres mayor y pasabas mucho tiempo estudiando. - Miró a la niña con un punto ofendido, y esta empezó a reírse descaradamente. - ¡Eh! ¿Qué forma es esa de hablarle a tu tío? - Pero Eillish ya había salido corriendo de allí. Esa niña había sacado un poco de cada miembro de su familia: era inteligente como él y sus padres, adorable como Amelia y con el puntito de mala idea de Cletus. Te lanzaba una de esas cuando menos lo esperabas.

Negó con la cabeza, con un suspiro y una sonrisa de lado, y miró a Margaret. - Hemos vuelto a coincidir. Me alegro de verla. - Saludó cortesmente. Miró a los lados y rio con suavidad. - No sabía que bailara usted tan bien. ¿Lo aprendió en esas fiestas de Hogwarts que el prefecto de Ravenclaw arruinaba? - Dijo en tono de broma, pero ya se planteó si quizás sonara a reproche. Hizo una mueca ladeando los labios, bajó la mirada y dijo. - Lo siento, no estoy acostumbrado a hablar con gente normal. Ni a venir a fiestas. - Rio un poco. Vaya si estaba quedando mal. Se rascó un poco los rizos, echando aire entre los labios, y dijo con un punto de timidez, tratando de sonar lo más educado y correcto posible. - Creo que el otro día no estuve especialmente acertado... Lo siento. - Miró a su sobrina, que ya estaba por ahí jugando con otros niños, y la señaló con un leve gesto de la mano. - A la vista está que ha conectado usted muy bien con su alumnado. -
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Dom Ago 15, 2021 2:14 pm

II. Un buen día
Lawrence • 25 de julio de 1953
En cuanto Lawrence se acercó, Eillish la presentó apresuradamente. Parecía bueno con sus sobrinos, y que tomaba un poco de tierra cuando estaba con los niños. sonrió con ternura y acarició la cabeza de la chiquilla, conteniéndose la risa cuando dijo lo de que siempre estaba estudiando. Ella se encogió de hombros y alzó las cejas. — No sé de dónde ha podido sacar semejante información. — Dijo parpadeando y con tono de broma. No, realmente no había sido ella, pero ese comentario llevaba toda la marca de Cletus. Eillish salió dando saltitos por ahí y ella le dijo. — Adiós, eh. Ya no quieres bailar más el reel conmigo. — Y se echó a reír justo después guiñándole un ojo.

Alzó la mirada para enfocar a Lawrence y mantuvo la sonrisa. — Es difícil no acabar coincidiendo en este pueblo, y menos cuando hay una fiesta. Lo cierto es que… No tenía muchas ganas de venir, pero para una vez que mi madre quiere salir, no iba a decirle que no. Está ahí, con tu cuñada, hablando de cosas de… Madres. — Dijo con un suspiro. Iba a decir “de señoras casadas”, pero no le apetecía sacar ese tema, porque probablemente a esas alturas, algún buen samaritano le habría contado ya la trágica historia a Lawrence. Abrió más los ojos con aquella alabanza. — ¡Oh! Gracias. — Pero ya luego tuvo que echar el tirito, aunque le hizo gracia. — No, no, mi padre y mis hermanos me enseñaron. Mi hermano Arnold se quejaba mucho cuando le pisaba, así que al final una acaba aprendiendo. — Rio otro poco y miró alrededor. — Ya, ya me imagino que este no es el típico ambiente de un laboratorio estatal. Pero si te dejas llevar un poquito acaba siendo divertido. Puedes pedirle una de estas a tu sobrina y ya integrarte del todo. — Dijo señalando la corona de su cabeza.

Aun así, le veía como incómodo o nervioso. ¿Por qué se habría acercado a ella si no se iba a sentir a gusto? Ah no. Que era que estaba disculpándose. Ciertamente no lo esperaba para nada (bueno, es que ni siquiera le esperaba ahí) pero puso una sonrisa comprensiva y se enrojeció un poco, porque notó las mejillas calentarse. Lo del alumnado le tuvo que hacer gracia, porque redicho era un rato, y eso no se le quitaba. — Sí, bueno yo tampoco me porté como debe una bibliotecaria de categoría. — Soltó un poco de aire por la nariz y se frotó los ojos. — No llevo la mejor semana de mi vida tampoco. Pero no es excusa. — Dejó caer los brazos y le miró. — Mira, acepto tus disculpas con dos condiciones. Deja de llamarme de usted, por favor. Ni tu sobrina me llama de usted, ya la has visto. Igual esa es la clave de lo de “conectar con el alumnado” — Dijo haciendo las comillas con los dedos. — Y dos… Invítame a una cerveza ahí. — Dijo señalando al puesto de bebidas. — Tú y yo. A ti no te gustan las fiestas, y yo paso un poco de la gente en este momento. Así tú me cuentas qué hace un alquimista de verdad y yo te demuestro que puedo ser mucho más amable que el otro día. — Se acercó riendo y agitando su falda hacia el puesto de bebidas. — Igual hago que te guste esto y todo.

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Jue Sep 16, 2021 11:59 am

II. Un buen día
Lawrence • 25 de julio de 1953
Frunció un poco los labios, pero al final se le escapó una leve risa. "Cosas de madres", ya, básicamente de lo que hablaban su cuñada y su propia madre todo el tiempo, así que dedujo que también lo hablaría con la madre de Margaret. Escuchó la historia de como aprendió a bailar y puso expresión de pensárselo, aunque un poco falsa, a lo de la corona de flores. - Creo que no me pega mucho. - Aseguró. - A ti te queda indudablemente mejor. - Vaya, ¿acababa de soltar un piropo? No era su intención. Bueno, sí, pero no. No quería que Margaret pensaba que iba allí a cortejarla. ¡Maldito Cletus! Le había tenido que meter ideas raras en la cabeza, con lo tranquilo que él iba... Bueno, tranquilo tranquilo, tampoco, pero con la conciencia tranquila sí, al menos.

Frunció de nuevo los labios, aunque esta vez en expresión comprensiva. Probablemente la chica no tuviera muchas ganas de hablar de donde podría estar hoy en lugar de en esa fiesta, e igualmente él acababa de enterarse, así que no era un tema que dominara mucho. Prefería no hablar de cosas que no dominaba. Había bajado educadamente la mirada, pero la subió un tanto sorprendido cuando le dijo que le pedía dos condiciones. Rio con la primera. - Está bien... Aunque yo no soy su alumno, pero está bien. - Bromeó. Ciertamente, para él que otra persona no la llamara de usted no era pretexto para no hacerlo él, pero sí que se veía un poco ridículo haciéndolo cuando ni los niños la llamaban así. Al fin y al cabo, tenían casi la misma edad. - Solo no me queda claro su apelativo de preferencia: ¿Señorita Lacey, aunque la tutee, Margaret o Molly? - El último le parecía demasiado coloquial, pero ya que hablaban de como la llamaba su sobrina...

El segundo debió hacer que se sonrojara, estaba seguro, lo notaba en las mejillas. Miró donde le señalaba y luego a ella levemente desconcertado. No es como que beber cerveza fuera lo más descabellado que podía hacerse en una fiesta, pero... Nunca había invitado a una chica a beber alcohol, así, tan directamente. En Irlanda lo tenían peligrosamente normalizado, pero en otros países podría considerarse bastante atrevido o incluso maleducado... Parecía que estaba sintiendo el dolor de la colleja que le daría su madre si le oyera decir eso, junto a un "pero tú eres irlandés" de regalo.

Rio un tanto tímidamente y volvió a poner una expresión pensativa. - Supongo que me encuentro fuera de la categoría "gente". - Volvió a bromear. La gente no siempre pillaba sus bromas, porque Lawrence se agarraba a una palabra suelta para soltar una alegoría intelectual que solo le hacía gracia a él. Carraspeó un poco para reconducir. Fue a asentir y a confirmar que estaba de acuerdo, cuando ella se movió, agitando su falda y sonriendo, diciendo que podía hacer que le gustara aquello. Sonrió levemente. Por lo pronto, ya me gusta más de lo que pensaba, se sorprendió pensando. Quizás su familia tenía razón, y una fiesta de vez en cuando no estaba mal. Vaya, Lawrence diciendo que irse a beber con una Gryffindor en una verbena "no estaba mal". Quién le había visto y quien le veía...

Pidió dos pintas tan pronto se acercaron a la barra y se apoyó en uno de los taburetes, con un pie reposando sobre la barra entre las patas, mirando a la chica aunque con la mirada levemente esquiva. Sonreía mucho y esa corona de flores le daba un aspecto muy... Algo, agradable, podía decirse. Le daba un poco de vergüenza mirarla directamente, no sabía por qué. Igualmente, él era tan respetuoso y estaba acostumbrado a tratar con gente tan importante, que siempre miraba con educación y cortesía. - Hacer que esto me guste sería una epopeya digna de un Gryffindor, se lo... Te lo advierto. - Corrigió a mitad de camino, riendo un poco justo después. - Y hablar en una fiesta de lo que hace un alquimista de verdad suena muy Ravenclaw hasta para mí. - Ladeó varias veces la cabeza, pensativo. - Pero supongo que lo puedo intentar, igual que tú puedes intentar hacer que esto me guste. - Amplió la sonrisa y dijo. - ¿Qué quieres saber? -




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Sáb Oct 02, 2021 8:58 pm

II. Un buen día
Lawrence • 25 de julio de 1953
Rio un poco a lo de que le quedaba indudablemente mejor. Solo el prefecto O’Donnell podía hacer un halago tan… Diplomático. — Margaret. — Dijo alzando las cejas con una sonrisa. — Antes de que te de un infarto de tanta informalidad. — Encogió un hombro y sacudió la cabeza. — Y… A lo mejor te ganas llamarme Molly y, quién sabe, incluso ser mi alumno en algo que no sea la alquimia. ¿Qué tal cocinas? — Levantó la mano. — Sin usar transmutaciones. — Especificó. — Yo hago de todo, te puedo enseñar.

Se alegró más de lo que esperaba de que aceptara su propuesta y por verle de mejor ánimo que el otro día. Rio a lo de gente. — Tú me has llamado a mí “normal” y eso puede ser un poco feo también. — Señaló, sin dejar de reírse. — Tu eres gente que ya no es del pueblo, que no se sabe mi vida al milímetro y que me juzga por no tener más de un Harmonices Mundi y no por… —Apretó los labios y se encogió de hombros. — Otras cosas.

Se sentaron y, hasta que les trajeron la cerveza, se dedicó a buscar la mirada de Lawrence, que parecía estar en todas partes menos en ella. — No me huyas, prefecto O’Donnell. — Dijo con una risita. — Tienes unos ojos muy bonitos, no los escondas. — Comentó divertida. Así se hace un halago, Lawrence, apunta para la próxima. Bueno, si es que había próxima y no estaba simplemente siendo simpático esa tarde y luego volvía a los libros. Se giró para tener localizada a su madre, que se reía con Amelia sin parar de mirarles, y saludó. Empezaba a pensar que todo esto estaba conectado. Las cervezas llegaron, justo cuando Lawrence parecía recuperar la capacidad de hablar. Ella se encogió de hombros y se encogió de hombros. — Nos gustan los retos sí… Pero bien planteados. — Dijo, girándose hacia él totalmente en el taburete. — A ver, ¿cuánto te quedas? Y más importante, ¿cuánto tiempo estás dispuesto a no estar estudiando? Porque Irlanda no se conoce por los libros. Irlanda hay que vivirla y sentirla… Luego se te mete en la piel… Y ya no se va jamás. Allá donde vayas, llevas Irlanda contigo. — Aseguró. Cogió la pinta y la levantó para brindar. — Slaínte. — Dijo guiñando un ojo. Le dio un traguito y la volvió a dejar en la barra. — ¿Que qué quiero saber? De todo. — Se rio. — ¿Cómo es la vida de alquimista? ¿Cómo trabajas exactamente? ¿De qué va lo de los rangos? Y sobre todo… ¿Por qué eso te hace irte lejos del pueblo? No, esa pregunta no era adecuada, y no sabía ni lo que hacía en su cabeza. — ¿Por qué la elegiste?






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