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Miér Mar 16, 2022 5:35 am por Brightest Sun
49
Anno Domini



Es el 49 a.D. y el Imperio Romano ha logrado forzar su gobierno sobre la mayoría de los grupos nativos que residen en la provincia Británica. Los nuevos señores traen promesas de civilización y cultura camuflados en hábitos de pedantería; y Publius Ostorius Scapula, general del ejército latino, está confiado en sus logros. Es sólo cuestión de tiempo para que su dominio sea absoluto. Tanta es su seguridad, que ha decidido establecerse de forma definitiva en el nórdico territorio y ha mandado a traer a su esposa e hijo menor desde la capital. El mensaje que quiere divulgar es claro: Su nombre pasaría a la historia no solo como el protagonista de aquella hazaña digna del Imperio y los Dioses, sino que también su sangre seguiría rigiendo de ahí en adelante y hasta el fin de los tiempos.

Mientras tanto, entre las profundidades de los bosques y las amplias planicies verdes de las colinas, se esconden aun peligros sin rostro, murmullos que llegan a los oídos de aquellos que deseen escuchar. El norte se agazapa, sus hijos esperan con paciencia a que su presa se confíe.

Donna
Romana — Monica Bellucci — Brightest Sun
Ebbert
Bretón—  Clive Standen — Little Cash
Original — Epocas Pasadas — One on one


Brightest Sun
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Miér Mar 16, 2022 7:33 am por Brightest Sun
1
Alea iacta est.
Después de tantas horas de viaje, el traqueteo del carruaje era insoportable, y la expectativa de estar finalmente llegando a su destino sólo incrementaba su impaciencia. Había estado contando los días desde que salieron de Roma, tal vez en un intento vano de controlar su vida, pero después de tantos amaneceres se dio cuenta de la futilidad de tal acción. Llegarían cuando llegaran, y no había nada que ella pudiera hacer para acelerar el proceso.

Maldijo diez veces a su esposo por aquella decisión. Las promesas de grandeza, honor y riquezas parecían ahora insignificantes y vanas. ¿Cuánto daría por estar en climas más cálidos, disfrutando de un vino dulce y conversando con el resto de las damas? Pero no, Donna se encontraba en una caja de madera andante que rebotaba y sonaba incansablemente, mientras intentaba mantenerse caliente con varias mantas gruesas. Y es que la humedad y el aire frío parecían haberse vuelto permanentes desde hacía unos días.

-Mamá, ¿cuánto falta? -La voz somnolienta de su hijo la arrancó de sus pensamientos. Lucius era un niño intrépido y sonriente de nueve años. Ya tenía edad suficiente como para aventurarse y tener una mente independiente, pero aun era lo suficientemente joven para apreciar el mundo con ingenuidad.

-Ya casi, ya casi llegamos… -Aseguró de nuevo sin saber si mentía o no. Estiró una mano delicada y peinó uno de los mechones rebeldes detrás de la oreja de su hijo. Este hizo puchero y aburrido optó por echarse de nuevo, usando los muslos suaves y acobijados de su madre como almohada.

Apenas media hora después, el traqueteo se redujo y pudo ver el rostro juvenil de su esclava asomándose por la portilla del carruaje. -Señora, ya entramos al territorio del General Publius Scapula. El carretero calcula que llegaremos a la duodécima hora*. -Su semblante no cambió, simplemente asintió con seriedad y la esclava le devolvió el gesto para desaparecer de nuevo. Lucius en seguida se levantó con la emoción latente en su rostro infantil. En cuestión de segundos el sueño se le había disipado y le rogaba que lo dejara hacer el resto del trayecto a pie. Entendiendo la necesidad del niño y también apreciando la oportunidad de un poco de soledad, se lo permitió.

Finalmente bajó la guardia, relajó los hombros y dejó que un suspiro escapara de sus labios. Entonces su mano buscó entre las telas de su toga hasta encontrar el dije que colgaba a la altura de su pecho: una lechuza, la representación de Minerva, la diosa a la que Donna le había dedicado su vida, su patrona, su fuente de sabiduría. Levantó sus pensamientos, pidiéndole conocimientos para poder lidiar con aquellas nuevas tierras, para poder proteger a Lucius, y para sobrellevar todo lo que le esperaba. Entonces el barullo de una comunidad comenzó a permearse hasta llegar a sus oídos. Reconoció risas de niños y algunas voces más maduras, hasta que finalmente el gritillo alegre de su hijo la alcanzó. -¡Padre!

El carruaje se detuvo y segundos después se abrió la puerta. Otro de sus esclavos se ofrecía para ayudarla a bajar, pero ella no lo aceptó. En segundos analizó el terreno, el escenario y el horizonte, y con dignidad y autoridad descendió del transporte, entregándose finalmente al viento frío, y sintiendo la tierra blanda y húmeda bajo sus sandalias.

-¡Esposa mía! -Donna volvió su mirada al origen de la voz: el General Publius, un hombre inteligente, formado por la batalla, marcado por sus enemigos, y con el ego repleto hasta la coronilla. Le sonrió como era costumbre, lo saludó como debía, y se mostró sumisa como se esperaba. Creyó que llegar sería un alivio, pero la presencia de su esposo era un pequeño detalle que su cerebro había olvidado.

El resto de la tarde y la noche se desenvolvió como era de esperarse: celebraciones en honor a los recién llegados, una excusa para que los soldados pudieran emborracharse y disfrutar de una noche de placeres y tentaciones. Ella, mientras tanto, se mantenía en silencio, solemne, apenas dedicando sonrisas corteses cuando se dirigían a ella. Aquel era un mundo de hombres, y las pocas mujeres presentes ni siquiera eran romanas.  

Finalmente llegó la hora de retirarse, y aunque su rostro se mantenía impertérrito, por dentro no podía esperar el momento de acostarse en una cama decente y dormir todo lo que su cuerpo necesitara. Fue dirigida por uno de los hombres de Publius, pero antes de que pudiera retirarse completamente, este le pedía una última acción.

-Señora, aquí tengo a su disposición buenos ejemplares nativos que le servirán de protección, guía, y cualquier otra necesidad que se le presente. – Y en efecto, frente a sus aposentos había diez hombres y mujeres en línea, todos perfectos ejemplares de su etnia. Pero en esos momentos no quería pensar ni tomar decisiones.

-Estos tres… -Dijo de forma aleatoria, escogiendo a los últimos más cercanos a ella: dos hombres y una mujer. -Y tu guardarás la puerta. -Le dijo al más alto, sin siquiera considerar si entendía latín. Este era un hombre fornido, de cabellos largos, mirada penetrante y barba poblada. El soldado se encargaría de dar a los otros las órdenes que fueran necesarias.

Sin decir más, se adentró en su nuevo hogar, dispuesta a entregarse a Somnia y complacida de que no tendría que lidiar con su esposo, ya que este estaba demasiado entretenido con las tres mujeres que le habían estado haciendo compañía durante el festejo.

*Entre las 3:30 y 4:30 de la tarde
Ordovices — Tarde/Noche — Ebbert


Brightest Sun
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Miér Mar 30, 2022 1:03 am por Little Cash
1
Alea iacta est.
Ebbert todavía recodaba el aciago día en que despertó bajo el fuego romano. Las llamas devoraban el ancestral hogar de su familia y las espadas de acero se clavaban en las carnes de sus somnolientos vecinos. Era un niño cuando sus padres murieron en manos de los invasores y acabó atrapado por el yugo del metal forjado. Los días de felicidad quedaban atrás y una nueva época se dibuja en el horizonte revestida de sangre y cenizas.

Ebbert ya no volvió a ser el mismo. Atrás quedó esa amplia sonrisa que hacia acto de presencia cada vez que su madre se cepillaba el pelo junto al río o cuando su padre le alzaba en volandas para arrancarle alguna que otra risa. Solamente sobrevivieron él y su hermana Iseult aunque hubiese preferido, comprendió después, que muriese también ese día.

Como esclavos del Imperio Romano, fueron trasladados a uno de esos campamentos repletos de tiendas y estandartes con el águila imperial. Los encerraron en una jaula junto a otros compatriotas, obligados a imaginarse en silencio acerca de su destino. Ebbert planeó escaparse pero allí no quedaban hombres, solo más mujeres y niños como él que habían sobrevivido a sus ataques.

Cada noche, durante los ocho días que duró su encierro, observaba como los soldados sacaban a la fuerza a las mujeres y a las niñas más mayores para desfogarse con ellas. Gracias a su protección, su hermana gemela se ahorró tal violencia. Sin embargo, no pudo hacer nada cuando apareció un romano de mayor rango y se la llevó entre palabras que no entendía. Más tarde, sabría que Iseult servía a la esposa de ese militar. En cuanto a él, bueno, acabó sirviendo a los soldados como criado, arreglando a los caballos, preparándoles comidas o afilando sus armas. Trabajo que le permitió observarlos desde cerca, conocer sus costumbres y creencias, y aprender algunas de sus tácticas de guerra.

A sus 13 años, Ebbert ya era un muchacho robusto y fornido que ascendió hasta formar parte de aquella legión. Le entrenaron para combatir a favor del Imperio, creyendo que jamás le traicionaría y cuando tuvo ocasión, lo hizo. Cierto es que necesitó de esfuerzo, astucia e inteligencia para lograrlo pero lo hizo. Con sus manos mató a ocho de esos hombres y huyó en plena noche a lomos de uno de sus caballos. Nunca más volvieron a verle, excepto aquel día que fue a buscar a su hermana y descubrió que había muerto.

Durante un tiempo, Ebbert vagó por las vastas tierras de la llamada Britannia combatiendo con distintos hermanos y provocando dolores de cabeza a los romanos hasta que un día fue capturado por un hijo de puta que respondía al nombre de Publius Ostorius. Aquel malnacido era un auténtico engreído pero no le quedó más remedio que agachar la cabeza mientras urdía un plan de huida en su cabeza.

Un día cualquiera, de su vida sin calendarios, supo que la mujer e hijo del romano llegarían a Britannia para quedarse. Decían que era una dama hermosa a la que el señor de la casa consideraba una joya de incalculable valor...La mismita que iba a ayudarle a él a abandonar ese lugar y cambiar su porvenir. Aguardó paciente su llegada y cuando le eligió como guardaespaldas asintió con seriedad. Ebbert la siguió silenciosamente tras recibir un arma.

—¿Desea algo más la Señora?—preguntó deteniéndose junto a la puerta.

Ordovices — Tarde/Noche — Donna




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Mil gracias Timelady <3
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Dom Abr 10, 2022 1:51 am por Brightest Sun
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Alea iacta est.
Observó la construcción, amueblada con madera de la zona y acolchada con pieles y telas finas. No era su casa romana, de ambientes amplios y hermosos pilares de mármol blanco, pero definitivamente no era la pocilga que había empezado a imaginar de camino. La habitación tenía un aire acogedor en aquel mar verde y despoblado. Ahí podría encontrar calidez en las noches y cuando el tiempo se pusiera aún más frío.

-Ve por agua… -Repitió nuevamente de forma autoritaria aunque sin alzar la voz en ningún momento. -Luego me acompañarás durante la noche. Tengo preguntas. -Se alegró de saber que el latín del esclavo que había escogido era bueno y fluido. Eso significaba que podría preguntarle más acerca de la zona y conseguir información necesaria para poder adaptarse a aquel lugar remoto y completamente nuevo para ella.

No esperó a que terminara de salir para comenzar a soltarse las fajas y cordones decorados con hilo de oro que sostenían la toga blanca, dejando a merced del aire su cuerpo femenino y sintiendo como en seguida su piel se erizaba ante el frío. Entonces tomó la bata que le habían dejado para dormir. Esta era de una tela más suave y tersa, y la combinación de pieles la hacía también mullida y caliente. Luego se sentó en el banco frente al espejo de vidrio y comenzó a soltarse las trenzas para dejar su cabello oscuro y largo en libertad también.

En ese momento volvió su nuevo esclavo, el que sería su acompañante de aquí en adelante y la ayudaría con lo que necesitara y quisiera a menos de que se cansara de él. No volvió a verlo, sino que siguió concentrada en su tarea, mientras separaba los cintos de color de entre las hebras de su cabello.

-Esclavo, ¿cómo te llamas? -Para ella no era nada más que un sirviente, sin embargo había aprendido que el uso del nombre era definitivamente una ventaja, además de que la ayudaba a tener más control sobre ellos y a distinguirlos con facilidad. -Y cuéntame de estas tierras… -Siempre mantenía ese tono de superioridad, aunque la evidente sed de conocimiento también definía su voz susurrante. Era evidente que quería entablar una conversación real, no esperaba una respuesta monosilábica o simple. Esperaba que el hombre se explayara. -¿Eres nativo, cierto? Quiero saber acerca de tu hogar… todo. Los lugares bellos, los que aborreces, la fauna, las plantas… quiero entender estas tierras salvajes.

Ordovices — Noche — Ebbert


Brightest Sun
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Sáb Abr 16, 2022 7:30 pm por Little Cash
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Alea iacta est.
A Ebbert no le gustaban los romanos y mucho menos sus esposas. No había tenido la oportunidad de conocer a muchas pero con unas pocas había tenido suficiente para saber cómo eran. Se trataba de damas de alta alcurnia arrastradas a habitar en una tierra ajena que consideraban inferior e indigna, casi incivilizada. Entre las muchas historias que había escuchado de bocas de esos cabrones, siempre recordaba la de la belleza arquitectónica de Roma. Allí —en la ciudad de sus desvelos— el reflejo del sol era mucho más cálido y marmóreo. Los árboles estaban en la ciudad aunque eran un elemento más propio del campo. Roma era una ciudad ordenada, limpia, donde los malos olores se recluían a los barrios más pobres. Aseguraban que las formas de entretenimiento eran varias aunque no había nada más intenso que una lucha en el coliseo. En definitiva —porque contaban muchas más cosas—, Roma era un enclave único, la joya de un imperio.

¿Cómo iban entonces tan estiradas damas a adaptarse a la naturaleza de las inusitadas tierras de Albión? En su hogar, los dioses no requerían de grandes edificaciones para rendirles tributo, solo de lugares místicos donde el progreso del hombre no llegaba. Las gentes vivían de lo que les otorgaba la madre tierra sin exigirle más de lo necesario. Ni siquiera se podía combatir contra ella. Por eso, Ebbert sabía que si ellos no expulsaban a los romanos de Albión, lo haría ella misma.

—De acuerdo, mi señora—servir a una dama no era una tarea físicamente difícil aunque sí aburrida y exasperante. Ebbert prefería tratar con los caballos, no con los modales de la esposa de ese puto romano. Sin embargo, no rechistó, solo se limitó a obedecer y traerle el agua que quería para lo que fuera que la quería.

La mujer se había deshecho de sus ropas de viaje y entre ellas, pudo dilucidar su carne infinitamente más morena que la de las féminas de Albión. Sus ojos no siguieron descubriendo la figura ajena consciente de que podía perderlos. Depositó el agua junto a ella para que le diera el pertinente uso ya que no le había aclarado si quería beberla o usarla para asearse. ¿Por qué cojones estaba haciendo el trabajo de una sirvienta?

—Ebbert—respondió escueto —Sí, nací aquí—contestó en el mismo tono plano —Para conocer la esencia salvaje de estas tierras, mi Señora, debéis recorrerlas. No hay palabras que hagan justicia a la magia que aquí reside—los romanos odiaban el mundo natural, les aterraban los bosques y las montañas porque estaban convencidos de que en ellos habitaban seres de oscuras intenciones —Aquí no tenemos grandes y marmóreas ciudades como Roma. Aquí convivimos con la tierra. La belleza reside en los bosques, los acantilados, las montañas y los arroyos—continuó con absoluta tranquilidad —No aborrezco nada de mi hogar excepto lo que en él habita y no es autóctono—agregó con sutileza.

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