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    Alchemist
    Freyja
    Alchemist
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    Jue 26 Oct - 18:11
    Recuerdo del primer mensaje :




    El pájaro en el espino
    Marcus & Alice | Continuación Golden Shields | Inspired - Libros (Harry Potter Universe)
    Hogwarts ha terminado y la vida adulta ha comenzado. Antes de lo que esperaban que sería, Marcus y Alice han tenido que enfrentarse a los peligros de la vida adulta, a contratiempos inesperados y a algunos de sus mayores temores. Pero también han reafirmado, una vez más, como la familia y los amigos siempre luchan juntos. Y ahora comienzan una nueva etapa en la isla esmeralda: Irlanda les espera para ahondar en sus raíces.

    Marcus es el primogénito adorado de la importante familia O’Donnell. Criado entre eruditos y con una familia unida, recto, prefecto durante tres cursos completos en Hogwarts, amante de las normas y con una inteligencia privilegiada. Nada haría augurar que acabaría entregando su corazón a Alice Gallia, otra mente brillante de Ravenclaw, pero proveniente de una familia con un pasado turbulento por parte de su madre en América, y mucho menos fan de las normas e inherente al caos. Pero ellos se adoran, las familias han recuperado el vínculo y se apoyan y la alianza O’Donnell-Gallia es un fuerte vínculo que va desde Irlanda a La Provenza.

    Juntos fueron los mejores alumnos de Hogwarts, juntos quieren comerse el mundo y ser alquimistas. Ahora saben que se aman y que quieren estar juntos, pero no todo puede ser tan fácil. Les quedan mucho años de estudio y trabajo por delante para llegar a ser quienes quieren ser, las situaciones familiares no son las ideales y aún quedan temas sin resolver.

    La historia de Marcus y Alice no podía acabarse al salir de Hogwarts, queda mucha alquimia, mundo que recorrer, momentos felices, dramas y mucha mucha alquimia y magia, que es para los que ambos nacieron. Además, aún no se han cumplido las dos profecías: queda una boda con mucho espino blanco y la creación de un nido… La última página está muy lejos de ser escrita, y esto es solo el principio.

    AQUÍ COMIENZA ALQUIMIA DE VIDA: PIEDRA, PARTE 2



    Marcus O'Donnell
    Alquimista | Timotheé Chalamet | Freyja
    Alice Gallia
    Alquimista y enfermera | Kaya Scodelario | Ivanka




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    Mar 11 Jun - 13:11


    An Irish carol
    Con Marcus | En Galway | 25 de diciembre de 2002
    Estaba agotada. Si dijera que no, mentiría. Entre unas y otras se había acostado tardísimo, y ahora mismo se sentía en la gloria siendo abrazada por Marcus, solo podía desear que no les levantaran, que todo el mundo sintiera el mismo cansancio que ella y se quedaran una horita (o dos) más en la cama. Aún le quedaba para ser Janet Gallia porque ella recordaba a su madre perfectamente levantada, con el gorro en la cabeza y una gran sonrisa cuando ella iba a ver los regalos. Sea como fuere, ese año, esa no iba a ser ella. El hechizo y la voz de Emma solo fueron suficientes para hacerla tener toda aquella reflexión, no para despertar sus neuronas, que solo hicieron su trabajo de verdad cuando Jason no le dejó otro remedio.

    Estaba tan desorientada que ni las quejas de Fergus le llegaban bien, y solo devolvió en parte los cariños de las abuelas, mientras se frotaba los ojos y trataba de ubicarse. Antes de darse cuenta, había por allí flotando unas pompas con números y Lex tuvo que decirle a cuál darle, porque es que seguía atontadísima. — ¡Oh! ¡Esto tiene pinta de Arnie! — Noooo, han sido los renooooos. — Dijo la voz de su suegro, haciéndola reír. La pompita dejó caer en su regazo una foto enmarcada con Eillish, Shannon, Emma y George asomándose a ver el jamón glaseado, todos con los delantales, riéndose y con montón de encantamientos de cocina por detrás. — ¡Ohhhhh! ¡Pero qué detallazo, Arnie! — Dijo mientras miraba las de los chicos. El aludido ya se había apoyado en el marco de la puerta y mostró un gesto de falsa modestia. — Una fruslería, ya ves. — Qué mal se te da esto, querido. — Dijo Emma dejándole un beso en la mejilla con una sonrisa.

    Justo entonces subieron despacito y con buena letra Frankie y Betty. — Madre mía, hacía unos cincuenta años que no subía a este sitio, Nuada bendito… — Rebufaba el hombre. — ¡Estas mujeres! Sube que te sube, y mi hijo, que es como un erumpent y arrasa con todo… — Entraron en el desván y preguntó apurado. — ¿Me he perdido lo de Sophia? — La aludida, que aun se estaba rascando el golpe, frunció el ceño. — ¿Qué mío? — Tu regalo lo hemos montado entre todos. A tu tío Dan le encantaría estar aquí, porque él ha sido el director de orquesta. Venga, ábrelo, cariño. — Reclamó Jason sobre ella prácticamente. Sophia lo abrió y salió, deshechizado para ser más pequeño, un maletín de doctora con muchísimas cosas. Los ojos no le cabían en la cara. — ¡Pero! ¡Pero aquí hay muchísimas cosas! — Claro, todo lo que una joven médica necesita. Cada uno ha puesto un instrumento, todos, tus hermanos, los abuelos, los tíos… Hasta el tío Tom y su familia mandaron los suyos de Seattle. — Alice corrió a verlo. — ¡Qué pasada! ¡Tía, vas a estar preparadísima! — ¡Es que no me lo puedo creer! — Insistía la chica, levantándose para abrazar a todos. — ¿Ahora puedo enseñar lo importante? — Dijo Junior. — ¡Tres trajes! ¡Tres! Y semejante colonia, es que lo voy a estrenar todo hoy mismo… — ¿En serio me habéis comprado una camisa igual que la de Junior pero tres tallas más pequeña? — Se quejaba Fergus, que a su vez, no soltaba ciertos libros y cuadernos, parecía que de enigmas mágicos, que le habían caído también. — Cariño, es que tu hermano con esos músculos es tres veces tú… — Decía Betty, conciliadora. Pero entonces Emma se acercó a ellos y carraspeó. — Los regalos de los O’Donnell están abajo, así que cuando queráis…

    Alice estaba deseando bajar al salón de Ballyknow y ver el árbol, aquel árbol antiguo y precioso, en aquel salón tan pequeño en comparación con el que tenían en Inglaterra, pero que tan bien les había acogido y tanto significaba para Molly y los demás, y… — ¿Son las galletas de Janet? — Dijo Lex en cuanto entraron en el salón y vio una bolsita encima de cada montón de regalos. Todos se giraron a mirarla y ella sonrió, más feliz de lo que se recordaba en mucho tiempo. — Y tengo dos cestas llenas para repartirlas a todos. — Dijo riéndose, y provocando las risas de los demás. — Esto sería el mejor regalo para Janet Gallia. Todos riéndonos en la mañana de Navidad. Y todo gracias a Emma, que ayer de madrugada se puso a ayudarme. — Dijo tendiéndole la mano. — ¿Y de dónde has sacado los ingredientes? Si no había tanta harina ni de lejos. — Reclamó Molly. Ella entornó los ojos. — El milagro de Yüle, supongo, abuela… — Contestó, con voz de niña buena, haciendo al abuelo casi atragantarse de la risa.





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    Sáb 15 Jun - 6:11


    An Irish carol
    Con Alice | En Galway | 25 de diciembre de 2002
    Más gente en el desván. Ya es que no se molestaba en quejarse ni mentalmente por estar siendo visto por medio pueblo y parte de América en pijama. Igualmente, estando abriéndose el regalo de Navidad de Sophia, no parecía que el foco de atención se fuera a centrar en la vestimenta de Marcus para la ocasión, así que se acercó a curiosear con ilusión infantil. - Cómo mola. - Suspiró viendo el maletín de Sophia, y ya iba a tomar buena nota de lo que había por allí por si algún día quería hacerle a Alice un regalo parecido. Estaba ojeando por encima de todas las cabezas cuando los comentarios de sus primos sobre sus respectivos regalos le hicieron reír. Se acercó a Fergus para mirar también ese libro de enigmas, pero su madre sugirió bajar, y lo cierto era que Marcus tenía tantas ganas del momento regalos que no puso ni media objeción a ello.

    Había dispuesto milimétricamente los regalos, tratando de no mirar mucho el resto de cosas que había para llevarse la sorpresa de verlos todos juntos por la mañana. Con lo que no contó fue con la pequeña bolsita que había sobre estos, y ya iba a resaltar lo bien que olía en el salón sin pararse a pensar a qué se debía dicho olor cuando su hermano dio la clave. Abrió muchísimo los ojos. - ¿¿En serio?? - Y corrió hacia su bolsita, abriéndola para comprobar las galletas que estaban en su interior, y cerrando los ojos para aspirar el aroma dulce, que le hizo revivir recuerdos que le emocionaron en el acto. Con los ojos brillantes, miró a su novia, y sus palabras le emocionaron aún más. Apenas atinó a reírse con el comentario de su abuela, porque fue hacia Alice emocionado y le dio un tierno abrazo. - Es perfecto. Como tú. - Se separó de ella y volvió a oler las galletas, cerrando los ojos, notando humedecidas las pestañas. Alzó la vista al cielo y dijo con una sonrisita. - ¡Gracias, suegra! - Y ya si, le dio un besito a Alice. - Te quiero. Me alegro de que hayas hecho más, porque esta bolsita no me llega ni al desayuno. - Bromeó. Y, por supuesto, se quedó con la bolsita en la mano, como si fuera su tesoro más preciado.

    - ¡Elio! ¡Feliz Navidad! - Dijo a su pájaro, que llegó revoloteando por allí y se le posó en el hombro, cotilla como era. - Tú deberías estar durmiendo. - Le picó Lex, pero Marcus rio. - Este no se pierde los regalos, y sabe que algo le va a caer, ya se irá a dormir luego. - Yo aquí lo que veo son muchísimas cosas. No me salen los cálculos. - Comentó su padre al aire, y fue decirlo y todas las miradas se fueron a Marcus, que estaba disimulando muy mal. No aguantó la presión ni dos segundos. - ¿Qué? - Hijo, ¿qué te tenemos dicho de pasarte con los regalos? - Preguntó Emma, a lo que Lex puso cara de obviedad. Marcus alzó las palmas. - Hay muchos bultos pero no son tantas cosas... - Luego tenemos problemas en la aduana. - Además... - Continuó, obviando la apreciación de su hermano. - Es el primer año que tengo un sueldo real. En qué mejor que invertirlo en mi fiesta favorita con mi amada familia y en un año tan especial como este. - Di que sí, cariño. - Menos mal que su abuela le reforzaba, aunque los demás no parecían muy convencidos, por lo que siguió excusándose. - Además, ha sido coyuntural. Cuando los veáis lo entenderéis. No iba a comprar tantos... - Pero los regalos se abalanzaron hacia ti y te amenazaron a punta de varita con que los compraras. - Bromeó su padre, levantando risillas crueles, pero él le miró mal y siguió, con tonito. - Pero ha surgido así. Podéis devolverlos si no los queréis. - Dijo muy digno, aunque estaba seguro de que eso no pasaría.

    Se sentaron todos alrededor del árbol, ilusionados, mirando los paquetes por fuera intentando adivinar qué habría en su interior. Pero Marcus volvió a hacerse con el protagonismo. - Si me lo permitís... - Lex suspiró, pero él siguió a lo suyo. - Sé que lo mejor suele dejarse para el final, pero antes de que empecemos a abrir aleatoriamente regalos. - ¿Tienes que protocolizar hasta esto? - Cállate, que te quito el tuyo. Como decía, necesito dar ciertas explicaciones sobre los míos. - ¿Eso le dijiste a los guardas de la aduana? - Volvió a bromear Lex, pero se llevó un golpazo de su abuela en el brazo que seguro que le había dolido más a ella que a él. - ¡Deja hablar a tu hermano! - Gracias, abuela. Y para agradecértelo PRECISAMENTE Y COMO INTENTABA EXPLICAR. - Enfatizó. - El primer regalo va a ser para ti. - ¡¡OY!! - Y, oculto como se había esforzado en ponerlo, sacó una caja enorme de detrás de varios paquetes que causó revuelo y preguntas en el entorno. - Creo que te va a gustar. Y necesito que empieces tú antes que nadie. La mejor mujer de Ballyknow y gracias a la cual estamos hoy aquí. Feliz Navidad, abuela. - La mujer dio un gritito y un saltito en su sitio, y miraba la enorme caja con ojos ilusionados. La tuvo que arrastrar por el suelo para acercársela, porque una vez librada de los hechizos pesaba bastante. Molly rasgó el papel como si se estuviera deshaciendo de la maleza en mitad de la jungla, y la reacción fue, como Marcus imaginaba, de absoluta sorpresa.

    - ¡¡¡AY NO ME LO PUEDO CREER!!! ¡¡¡ES IGUALITA A LA DE JUDITH!!! - ¿Qué es eso? - Preguntó extrañadísima Emma, observando la fotografía del cacharro que mostraba la caja. - Es un... - ¡¡¡AY MI NIÑO!!! - No se pudo explicar porque su abuela se le había lanzado encima y le iba a matar a besos y achuchones. Lex fue el que atinó a explicar. - ¡Un robot de cocina! ¡Qué fuerte, la abuela de Darren tiene uno! Eso hace de todo. Incluido un ruido que te quieres matar. - Y el chico cayó en algo de repente y le miró, con la mandíbula descolgada. - ¿¿A eso fuiste el otro día?? ¿Fuiste a la parte muggle de la ciudad? - ¡Sí! - Contestó casi enfadado, y librándose a lo justo del estrangulador abrazo de su abuela. - ¡Entre los guardias queriendo romper mis hechizos, vuestras preguntitas insistentes y TU CUÑADA, por poco me lo desveláis todo! - ¿Cómo que mi cuñada? - La mandíbula de Lex se descolgó aún más. - ¿¿Conociste a Eli?? - S... - Ni tiempo le dio a responder, porque Lex se cayó para atrás, deshecho en carcajadas. Marcus le miraba con inquina, pero al fin, su hermano consiguió decir. - Ahora entiendo que llegaras tan tarde. - Marcus soltó un gruñido, pero miró al resto y retomó su discurso. - Pues mis regalos sorpresa son un detallito de la parte muggle de la ciudad para cada uno. Solo que ya tenía comprados los vuestros, en teoría iba a por el de la abuela, que era el regalo potente. Pero la hermana de Darren me dio muy buenas ideas. - Y muy buena turra, imagino. - Siguió el otro, que seguía llorando de la risa. Suspiró. - En fin. Tenía muy claro tu regalo, abuela, y creo que la tía Maeve ha visto varios de estos en Nueva York, te enseñará a usarlo. Por lo que he visto en las instrucciones, puede batir, picar, sofreír... - ¡¡LO MÁS BONITO DE SU ABUELA!! - Y se le tiró encima otra vez. Mejor que continuara el siguiente.




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    Alchemist
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    Dom 16 Jun - 12:16


    An Irish carol
    Con Marcus | En Galway | 25 de diciembre de 2002
    Por mucho que se imaginara las reacciones de su novio, siempre eran mejores. Ahora lo entendía mejor que nunca. Toda esa dedicación de su madre, tanto esfuerzo, todo merecía la pena por ver escenas como aquella que estaba viviendo. — ¡Lex, hijo! ¡Pero espérate un poco! — ¿FE? Ef fafa mí, ¿no? — Contestó el chico ya con una galleta en la boca. Ella devolvió un beso a Marcus con una gran sonrisa y le acarició la mejilla. — Lo haré todas las Navidades si quieres, y haré más todavía. Espero que a todos les gusten tanto y sintamos a mi madre aquí.

    Elio se unió a la fiesta, justo a tiempo de darle apoyo emocional a un Marcus regañado por pasarse con los regalos. — Yo es que ya paso de intentar que modere los regalos, no lleva a ninguna parte. — Dijo rodeándole con amor por los hombros y meciéndose con él. — Ya le riñeron bastante en la aduana. — Y no pudo terminar de decir eso sin reírse. Y tuvo que aumentar cuando Arnold dijo lo de que los regalos se abalanzaron a él. A veces, ciertamente, lo parecía sin duda.

    Alice no tenía ni la más remota idea de qué había comprado Marcus, así que se sentó y escuchó, porque siete años en Hogwarts le habían enseñado que, sí, Marcus O’Donnell hacía un protocolo y discurso introductorio para todo lo realmente bueno. Lex, siendo su hermano, aún no había pillado la onda, pero bueno, nadie es perfecto. Eso sí, cuando empezó el griterío de la abuela, hasta se asustó. — ¿Pero qué es? — Preguntaba confusa. Larry parecía más asustado aún que ella, negando con la cabeza. — No entiendo, nada… — Por fin, por encima de la siempre grandiosa reacción de Molly, Marcus y Lex (cuyo conocimiento en materia muggles empezaba a ser enciclopédico) explicaron lo que era aquello, y a Alice le costaba más todavía entender que un invento muggle pudiera hacer todas esas cosas sin estar hechizado ni nada. Cuando Lex dijo lo del ruido, ella se encogió de hombros. — A ver, si hace todo eso, qué menos. Y a las malas, un hechizo silenciador y… — ¡ES VERDAD! ¡PERO QUÉ LISTOS Y MARAVILLOSOS SON TODOS MIS NIÑOS! — Exclamó Molly dándole besos a ella también, ante la espantada mirada de Lawrence. Lo que no se esperaba es que, para todo eso, su perfectísimamente mago novio se hubiera ido a una barriada muggle y, ni más ni menos, se hubiera topado con la hermana de Darren. Conociendo a la parte que conocía de la familia, y por los comentarios que hizo Lex, lo que le sorprendía era que su novio hubiera salido vivo de aquel asalto, así que le recompensó con una caricia en los rizos. — Mi amor… Lo que no hagas por la navidad… — Pero se tuvo que reír, porque Lex seguía partido de risa, y al final se lo contagiaba, y más estrambótica y charlatana se imaginaba a la tal Eli.

    La abuela recibió un par de detallitos alquímicos del abuelo, por supuesto, y elegantes decoraciones para la casa, que discretamente Emma había notado que faltaban y que quedaban muy detallistas como regalo. Así que, cuando la abuela terminó, Arnold, que estaba secuestrado por el espíritu de la Navidad y de Irlanda, declaró. — ¡VOY A POR LO MÍO! — Lástima que no le estuvieran haciendo muchísimo caso, porque estaban demasiado intrigados con el artículo muggle. — Tienes que lograr que lo enchufemos a algún lado, Larry. — ¡Que no, mujer! Que ya lograremos los chicos y yo con una transmutación buena traer la… — ¿PUEDE ALGUIEN ATENDERME? — Bramó Arnie. — Yo te atiendo, querido. — Bueno, ya, pero es que voy a abrir un regalo muy grande, parece importante, que me atiendan los demás. — Con risitas contenidas, todos se volvieron hacia el hombre y sacó el regalo que Marcus y Alice habían comprado a medias. — ¡Oh! ¿Un ábaco? — No un ábaco cualquiera. Está hecho con madera de espino irlandés, el árbol de las hadas. — Dijo Alice guiñándole un ojo. — Aquí hay muchísima artesanía en madera, pero tu hijo y yo hemos decidido practicar la alquimia con vuestros regalos y este es especial — Como tenga el hechizo calculador de tu padre me voy a enfadar. — Que noooo… Pídele números y dile en qué fila quieres que te los ponga. — Arnold levantó una ceja. — ¿De cuántas cifras? — Alice puso una sonrisilla de suficiencia y dijo. — Ábaco, ponme el 47852 en la primera fila. — Y el ábaco comenzó a moverse, para ponerse mucho más horizontal y fabricar muchas piececitas muy delgadas, ante el asombro de todos. — ¿Cómo lo hace para crearlas? — Preguntó el abuelo. — Porque las está transmutando, ¿verdad? — Alice asintió. — Es madera maciza, y tiene círculos alquímicos cíclicos, que se activan con la voz y conectados al hechizo del número. Las piezas las hace con una lámina muy fina y huecas, y luego las reabsorbe a la estructura central. En verdad es un hechizo circuito muy sencillo. Se hace con escamas de camaleón.— Todos les miraron parpadeando confusos, menos Emma que estaba más bien… Sorprendida y un poco sospechosa. — No es que no creyera que sois capaces de cualquier cosa que os propongáis, pero… Me dejáis de piedra, chicos, muchísimas gracias. — Declaró el regalado, antes de darles un abrazo doble.

    Bueno, entonces yo quiero ver el mío. — Dijo Emma, lanzándose a por el regalo de su montón que tenía el mismo papel que el de Arnold. — ¡OY QUÉ ELEGANTE! — Exclamó Molly en cuanto lo vio. — ¿Es un mueble expositor de varitas? — Preguntó la mujer con una gran sonrisa. Marcus y Alice asintieron. — Es de la misma madera que el ábaco de Arnold. Cada cajoncito tiene espacio para diez varitas, y están clasificados por materiales, porque en cada cajón hay un microclima alquímico idóneo para cada madera. — Todos la miraron y entornó los ojos. — Pueeeeede que esté trabajando en algo así para mi próxima licencia, pero ya me dirás qué tal funcionan. — Pero entonces abrió la parte de arriba, que era de cristal a modo de expositor. — Ese lo ha hecho tu hijo, y la idea de ese cajón fue de los dos. — En el último piso, y visibles, había hueco para seis ocho varitas. Y encima ponían los nombres de cada pareja de la familia. — Es para que puedas tener duplicados de nuestras varitas, por si nos quieres regalar o hacer hechizos, puedas probarlos con nuestras varitas. Porque Emma O'Donnell es eso: hechizos y familia.— La mujer les miró, emocionada, sin dejar de acariciar suavemente la superficie lisa del mueble. — No… no tengo palabras. — ¿Darren está también? — Preguntó Lex, con la voz tomada, mientras miraba por encima del hombro de su madre. — Pues claro, hijo. Aquí. — Señaló Emma. — Es parte de la familia O’Donnell, ¿dónde iba a estar?





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    Dom 16 Jun - 16:34


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    Con Alice | En Galway | 25 de diciembre de 2002
    La paliza de su abuela al menos le dejó seguir poniendo carita de orgullo, y para dosificar un poco sus sorpresas, dieron paso a los regalos de otros. De su abuela, más bien, que era como una niña en Navidad, y siguió recibiendo regalitos con ilusión. Al menos hasta que Arnold se impacientó por hacerse con uno suyo. Estaba deseando que sus padres vieran lo que Alice y él se habían trabajado para ellos, porque le hacía muchísima ilusión, y con esa ilusión les miraba. - Me hacéis quedar fatal con cosas tan chulas. - Refunfuñó Lex, pero Marcus le puso una mano en el hombro. - Ya tendrás un sueldazo de deportista de élite y viajes por todo el mundo para compensar. -

    No porque los hubieran hecho ellos, pero estaba convencido de que los regalos iban a ser un triunfo. Puso expresión orgullosa. - Y no preguntéis cómo lo hemos hecho. Un buen mago nunca revela sus trucos. - Encogió un hombro. - Es broma. Luego os lo cuento. - Lex le miraba con expresión obvia, como si en ningún momento se hubiera creído que no iba a dar una explicación larguísima que ensalzaba tanto sus virtudes como las de Alice pudiendo hacerlo. Las reacciones emocionadas de sus padres no se hicieron esperar, achuchón de Arnold incluido. No era por desmerecer a su padre y su cariño ni mucho menos, pero ver tan emocionada a Emma impactaba más. Era considerablemente significativo.

    - Ya que estamos con vosotros... - ¿¿Y mis niños no van a tener ningún regalo?? - Se indignó su abuela con voz chillona, mirando a todos, como si acabara de darse cuenta de que los tres jóvenes eran los únicos que aún no habían recibido nada. Bueno, no eran los únicos. - Se ve que un viejo tampoco merece regalos de Navidad. - Bromeó su abuelo, aunque miraba a Molly con un punto ofendido, porque se veía que a su mujer le daba igual que a él no le cayera nada en comparación con sus pobres polluelos sin regalos de Navidad. Marcus rio. - Tranquila, abuela, si ya los tenemos localizados. - Y señaló con los ojos los paquetes que veía que tenían sus nombres. - Pero mi incursión en la barriada muggle dio para mucho, y aunque iba a por un regalo estrella... - Señaló a Molly. - Ya os dije que traía detallitos para todos. - Tomó uno de los paquetes y se lo dio a su padre. - Y creo que este va a combinar genial con el ábaco. - ¡Uh! - Exclamó el hombre, divertido y compartiendo una mirada pilla con todos, mientras desenvolvía.

    Soltó una carcajada. - A ver, explícate. - Me explico. - Dijo él entre risas, porque su padre ya había abierto la calculadora, objeto muggle que conocía de sobra y, por supuesto, como todo lo que facilitaba los cálculos, no le gustaba. Pero esa le iba a gustar. - Te la he regalado, en primer lugar, porque Eli me la describió como un objeto prácticamente fabricado por los dioses. - Eso hizo a Lex reír. - Porque es una calculadora especial, ahora te cuento. En segundo lugar, es... un objeto de experimentación. - Se encogió de hombros y les miró a todos. - A ver, no hay nada que no podáis hacer con magia, pero creo que es interesante conocer otras formas de desenvolverse. Tomaos estos regalos como... una oportunidad de experimentar e intentar entrar en la mente de los muggles. - Esos extraños seres. - Calla, segundo aviso. Uno más y pierdes tu regalo. - Amenazó a Lex, aunque bromeando. Se acercó a su padre para explicar. - Es una calculadora científica y, atento, solar. - Arnold arqueó las cejas. - ¿Cómo que solar? - Marcus señaló con el dedo una pantallita diminuta en la esquina derecha. - ¿Ves esto? Según Eli, es una placa solar. Recoge la energía del sol y funciona con ella... aunque en las instrucciones recomienda no exponerla mucho rato a altas temperaturas... y Eli me dijo algo de unas cosas que se ponen en la parte de atrás por si no hay suficiente energía... En fin, es cuestión de probarla. - Todos reían. - Mejor me la llevo a La Provenza, porque aquí, poco sol va a tener. - ¡Y además! - Siguió Marcus, y empezó a señalar las funciones. Eso gustó a su padre. - Piénsalo como un juguete nuevo. ¿Será más rápido el ábaco alquímico o la calculadora? ¿Cuál es el límite de cada uno? ¿Y si puedes hacer operaciones combinadas? - Supongo que le he perdido para siempre. - Suspiró Emma, bromista, haciendo a todos reír. - Esto va a ser divertido. Gracias, hijo. - Marcus se encogió de hombros con una sonrisa.

    - Bueno, y voy a dar uno más antes de que sigáis. - Rebuscó entre los paquetes y, sacándolo, Elio empezó a revolotear en anticipación. Soltó una carcajada. - ¿Eh? ¿Acaso sabes leer? ¿Pone aquí tu nombre? - Creo que ha olido lo que hay dentro. - Aventuró Lex, y efectivamente, Marcus sacó de la bolsa otra bolsita que hizo que Elio hiciera amago de meter la cabeza dentro. - ¡Eh! Con moderación ¿vale? - Sacó una chuche y le dio una. - Y no iba a dejarte a ti sin detallito muggle. - Y, del interior de la misma bolsa, sacó lo que parecía un spray pequeño. Lex miró con curiosidad, y Arnold suspiró. - ¿Qué fruslería le has comprado ahora a tu pájaro, Marcus? - Ah, la calculadora no es una fruslería, pero este maravilloso artículo recomendado por la hija de una veterinaria, sí. - Miró a Elio con dignidad. - Cierra los ojos. - Elio obedeció, y Marcus, con delicadeza, roció un poco de spray sobre él y le acarició las plumas. - ¿Le has comprado perfume al pájaro? - Preguntó Lex, y él suspiró como si tuviera que explicar una obviedad. - Es agua especial para plumas, las suaviza, como un champú para pájaros. Para que mi Elio esté siempre perfecto. - Ya estaba oyendo burlitas, así que, con una caída de ojos, alcanzó una bolsa idéntica y la sostuvo con dignidad entre los dedos. - Y tenía otro especial para pelo de hurón por si a Noora le gustaba, pero si es una tontería, me lo quedo... - Con los demás conteniendo risitas, Lex le miró con los ojos achicados. Unos segundos más tarde, dio un fuerte silbido y apareció Noora correteando por ahí, aún con la pajarita de la noche anterior. Marcus tendió la bolsita a su hermano, que miró el spray con cierto escepticismo unos segundos, y luego lo roció con cuidado sobre su mascota. Noora se retorció contenta bajo sus caricias y Lex ladeó la sonrisa y le miró. - Gracias. Presumido. - De nada. Puedes quitarle la pajarita a tu hurona cuando quieras. -




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    Lun 17 Jun - 10:26


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    Con Marcus | En Galway | 25 de diciembre de 2002
    Cuando Alice oyó lo de la calculadora, no terminó de verlo claro. Eso sí, lo de la energía solar la dejó en el sitio. — Pero es casi una transmutación, ¿no? ¿Cómo va a transformar la luz en energía? ¿Y si no puede estar expuesta a altas temperaturas cómo lo hace? — Estoy oficialmente demasiado viejo. — Aportó el abuelo tras de sí. Lex suspiró. — Es que la ristra de preguntas Ravenclaw siempre lo tiene que arruinar todo, de verdad. — Pero lo que planteaba Marcus le pareció que, al menos con Arnold, era una idea magnífica. — Pues tu padre, como buen Ravenclaw que es, acepta un reto estupendamente, y tu hermano, también Ravenclaw, ha sabido regalarle. Simplemente el abuelo y yo necesitamos más datos. — Le contestó a su cuñado, sacándole la lengua.

    Hizo un ruidito de adorabilidad cuando Elio recibió su regalo, tan avispado como siempre, aunque parpadeó un poco ante lo del spray. — Va a parecer un lord del siglo XVIII con todo rizado. — Dijo acariciándole la cabecita, mientras a la abuela le daba un ataque de risa solo de imaginarlo y Marcus y Lex se metían en uno de sus infinitos diálogos picajosos. Pero en medio de aquella escena, Molly cortó las risas y exclamó. — ¡BUENO YA ESTÁ! Las mascotas con regalo y mis niños sin abrir todavía los suyos. Hasta aquí hemos llegado, hombre ya. ¡LARRY! — Que sí, que sí mujer… — Y el abuelo les tendió un paquete enorme donde ponía su nombre y el de Marcus. — Es para los dos, por ser tan buenos nietos y buenos aprendices. — Se miró con su novio y lo abrieron entre los dos. Era un arcón precioso, tallado con símbolos alquímicos y patrones celtas. — ¡PERO ABRIDLO! — Apremió Molly. Dentro había lo que parecían varias piezas de tela, dos en tonos azules y uno en lila con estampaditos de plantas. — ¡Oh! ¿Son…? — ¡SON MANTELES ALQUÍMICOS! — Mamá… Deja que lo abran. — TIENEN UNA EXPLICACIÓN ¡LARRY! — El abuelo se rio un poco y dijo. — Deja que terminen de abrirlos… — Porque debajo de los tres manteles había otro, uno blanco y precioso con unas ramitas de espino rodeadas de flores y pajaritos. — ¡Ohhhhh! ¡Es precioso, abuela! — Porque estaba segura de que lo había bordado Molly. — ¡LA EXPLICACIÓN! — Sí, dásela, por Merlín, que nos vamos a quedar sordos. — El abuelo carraspeó y puso la voz de discurso (¿a quién habría salido el nieto?). — Cuando fuisteis a por las cosas de madera para Arnold y Emma, la abuela y yo vimos, en el mismo taller este arca. Nos recordó mucho a las que se les regalaban a las novias con un ajuar dentro. — No es que estemos metiendo prisa, antes de que nos acuséis… — Intervino Molly. — Pero mi madre estuvo montando mi arca muchísimos años, y aun así fue muy exiguo. Sé que en Francia también se hace, Alice, y yo le hice lo que pude a Emma en su día. Tú no tienes a tu madre para montar todo esto, pero nos tienes a nosotros. Y los tiempos han cambiado, ahora podríamos dártela en cuanto tengáis una casa y necesitéis todas las cosas que hacen falta para la misma. Y como sois dos alquimistas, qué mejor que una abuela irlandesa y un abuelo alquimista para conformar esta arca, de aquí en adelante en todas las ocasiones que podamos. — Alice parpadeó, emocionada, sin dejar de acariciar las telas y el arca. — Es… Es increíble. Yo… Hablé de esto con Emma hace tiempo, me acuerdo, y… No sé, es… Es tan precioso, detallista, de conocernos tan bien, que no tengo palabras. — Pero ahí no acaba todo. — Señaló Lawrence. — Son manteles repelentes a las manchas líquidas, que para algo son alquímicos, y el de los bordados es especial… — Alzó las cejas. — Tocadle con la varita ya veréis. — Alice dejó que Marcus lo hiciera y vio como el mantel se volvía temático de Navidad, al segundo toque, de Pascua, de Halloween, de cumpleaños… La risa de una niña pequeña y emocionada la invadió. — Es… Es mil veces mejor que nada que yo pudiera imaginar. Gracias, de verdad. — Y se abrazaron a los abuelos emocionados.

    Pero no íbamos a dejar a mis otros niños sin regalos alquímicos. Porque esto nos dio ideas. — Dijo señalando a Lex. — El paquete es para Darren y para ti, pero si no lo abres, me voy a volver loca. Ya mañana le damos a Darren el suyo. — Lex rio y, un poco tímido, abrió el paquete. — ¿Son jerseys? — Preguntó. — ¡Qué bonitos abuela! — ¡Pero mira bien! Tienen hechizos como el mantel de tu hermano. — A un toque de varita, en el jersey aparecían motivos de distintas fiestas, pero también se ponía del color de los Montrose, o lucía unos colores que Alice no conocía. — ¿SON DEL TOTTENHAM? — Molly asintió. — Judith me contó que su yerno era muy de ese equipo, así que se ponen así para cuando estéis en casa de los Milestone viendo partidos de eso que es como el quidditch pero corriendo y una pelota sola. Y siempre iréis a juego. — Lex tenía los ojos brillantes, y, sin más palabras, se abalanzó sobre los abuelos, sin querer soltar su enorme abrazo.






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    Jue 27 Jun - 14:48


    An Irish carol
    Con Alice | En Galway | 25 de diciembre de 2002
    Casi tira a Elio por los aires (menos mal que estaba acostumbrado a los sustos de su dueño y salía revoloteando cuando ocurrían) ante el grito indignado de su abuela por ver a sus nietos sin regalos. Abrió mucho los ojos, porque ahora que lo tenían en las manos, era un paquete bastante grande y, además, para los dos. - Uuh. - Dijo con curiosidad, mirando a Alice mientras abrían el regalo entre los dos. Aún estaba mirando con la boca abierta el impresionante arcón cuando su abuela les gritó otra vez, sobresaltándole una vez más. - ¡Abuela! Que aún me estoy despertando. - Bromeó (no exento de broma en su totalidad) y ambos abrieron el arcón. Volvió a dejar caer la mandíbula, y estaba a partes iguales emocionado y muerto de risa con la hiperactividad de Molly explicando los regalos.

    - ¿Es... un ajuar? - Dijo, con los ojos brillantes, y Lex rio entre dientes. - Bueno... Ya has despertado al caballero medieval que lleva dentro. - Ni está tan dentro ni duerme nunca. - Respondió con burla a su hermano. Marcus era muy dado al protocolo, y ahora que tenía una familia gigantesca quería dar reuniones en su propia casa cuando las tuviera, y su abuela le habían enseñado las miles de cosas que eran útiles en una casa. Probablemente no fuera muy habitual que un chaval de dieciocho años se entusiasmara especialmente por unos manteles, pero Marcus tenía alma de señor victoriano. - Mil gracias, abuela. - Dijo con cariño por la explicación del ajuar, pero no se vio venir que aquello tuviera aún más explicación que el hecho de ayudarles a montar una casa. Tocó el mantel con la varita tal y como indicaron y ahí sí que dejó caer la mandíbula. - ¿¿Son temáticos?? - Casi lo había chillado, y ya le estaban viendo prácticamente coger aire para una retahíla (Lex hasta había dejado a Noora a un lado) y se avecinaban los suspiros. Por supuesto, nada le detuvo. - ¡Eso significan fiestas temáticas en nuestra casa en todos los eventos que queramos! - Se giró a su novia y casi la zarandeó de la emoción. - ¡¡ALICE!! ¡Las fiestas de los países! ¡Con las comidas típicas! ¡Y celebraremos Navidad en nuestra casa! ¡¡Y LAS PRÓXIMAS BÚSQUEDAS DE HUEVOS DE PASCUA...!! - Que aún no tienes la casa, cariño. - Parapetó Emma, provocando risillas en todos. - ¡Pero algún día la tendremos! Y ¡oh! Preparaos para MUCHOS eventos temáticos. - Qué pena que me vayan a pillar todos en el extranjero. - Se burló Lex, pero en realidad se le veía feliz solo de ver a Marcus tan entusiasmado.

    Abrazaron a sus abuelos con cariño, y no fueron los únicos, porque cuando Lex recibió su regalo (y el de Darren por adelantado) hizo lo mismo. Marcus cotilleó los jerseys mientras Lex agradecía a los abuelos. - Cómo molan. ¡Eh, Lex! Te lo tienes que poner cuando haya partido de quidditch de Ravenclaw para animar a los míos en mi nombre. - Uy, sí, te echan muchísimo de menos en las gradas por tu gran acto de presencia allí. Dos veces al menos fuiste en siete años. - Se picaron, riendo uno con el otro. Marcus sacó de debajo del árbol otro de los regalos muggles. - Venga, venga. Ya que estamos contigo, te doy mi regalito recomendado por tu cuñada. Espero que te guste. - Lex le miró con intriga y una sonrisilla infantil y abrió el paquete. Todos miraban con curiosidad intentando averiguar qué era. Marcus esperaba poder explicarlo, porque no estaba muy seguro de haberse enterado. - ¿Es un reloj? ¿Como de goma? - Sí pero no. Más bien una pulsera... inteligente. Póntela. - Su hermano se enganchó la pulsera negra y gomosa en la muñeca, y Marcus se acercó a él. Se lo pensó un poco antes de darle a los diminutos botones, porque, lo dicho, no estaba demasiado seguro de haberse enterado él tampoco de cómo iba. - Se supone que es una pulsera para deportistas. Es resistente al agua así que puedes usarla para nadar... Eso dice Eli. No creo que sea un dato necesario para ti pero tampoco está de más. - Él lo decía, por si acaso. - La cuestión es que te mide datos que pueden ser de tu interés, como la frecuencia cardíaca, los pasos que has hecho en el día... - Sacó de la caja en la que venía la pulsera lo que parecía un manual de instrucciones. - Mide bastantes cosas. Dice Eli que las están mejorando y que es un producto que avanza cada día y que ya mismo esa se quedará obsoleta porque las habrá que midan mil cosas más, pero he pensado que no tienes nada que se le parezca y puede ser interesante. Para probar y, si te gusta y la tecnología avanza tanto como tu cuñada dice, te compras una mejor cuando seas un deportista profesional. - Lex ya estaba metido de lleno tanto en los botones como en el manual. Igual ni le había escuchado la perorata, pero desde luego que se le veía entusiasmadísimo. - Qué guapo. Me encanta. Gracias, Marcus. - Ahora fue Lex el que rebuscó por el árbol y sacó una cajita. - Yo también sé hacer "detallitos aparte de los regalos". Este es para ti. -Marcus abrió los ojos con ilusión y solo de tomar la caja en sus manos ya sabía lo que era. - Oh. Por los dioses. ¿Es lo que yo creo? - Y era, porque solo por el olor se lo imaginaba, pero solo de abrir la caja se dejó caer en el suelo teatralmente como derretido, provocando las risas de todo. - ¡Dulces de Honeyducks! Cómo los he echado de menos. - Surtido personalizado para ti. El tipo de la tienda te recordaba perfectamente. Y una cerveza de mantequilla de Las Tres Escobas, también. - Eres el mejor. -




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    Vie 28 Jun - 5:56


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    Con Marcus | En Galway | 25 de diciembre de 2002
    El que se acababa de despertar estaba a punto de dejarles a todos sordos al ver los manteles. Lo que era conocerle, vaya. Asintió a lo de las fiestas entre risas y a lo de las búsquedas de Pascua, y a lo que dijo Emma solo le dio la vuelta. — Podremos hacer un picnic y utilizarlo allí, que eso es muy de Pascua. — Si no llueve. — Apuntó Lex, a lo que ella le dirigió una mirada exageradamente asesina. — Joe, que no puede uno ni hablar del tiempo. — Dijo entornando mucho los ojos. — Cuidado con la pareja medieval.

    Lo bueno es que también tenía regalo muggle para Lex y Alice se asomó rápidamente por el hombro de aquel, para analizar lo que le daba su novio a su cuñado. — ¿Cómo dices? — Preguntó sorprendida ante la explicación de Marcus. — ¿Pero cómo va a medir su ritmo cardíaco si lo lleva de reloj? — Preguntó Lawrence, que ese día no levantaba cabeza con los objetos muggles. — Y no está enchufado, ¿eso cómo va a funcionar? — Aportó Arnold. — Con pilas, papá, lo mismo que tu calculadora. — ¡MI NIETO QUÉ LISTO ES PARA LAS COSAS MUGGLES! — Hoy no va a bajar los decibelios, así que id acostumbrándoos. — Advirtió el abuelo ante las miradas y sobresaltos de los demás de nuevo por los gritos de la abuela. — ¡AY MIS NIETOS CÓMO SE QUIEREN Y SE CONOCEN! — Reafirmó apenas segundos después, cuando Lex le dio a Marcus su regalo. Ella sonrió y pasó un brazo por los hombros (bueno, por un hombro y la mitad de la espalda de su cuñado) y dijo. — Sí que sabes cómo hacer detallitos, será que va en los O’Donnell-Horner. — Lo de la falta de autocontrol con los dulces es solo O’Donnell. — Dijo Emma con su tono cuchillo, mientras Arnold levantaba la cabeza confuso, con media salamandra de jengibre en la boca. — ¿Qué? Mi hijo me ha ofrecido. — Sí, sí, a ti siempre te ofrecen… — Le picó Emma haciéndose la dura y haciendo reír a los demás.

    Entonces, Lex se giró hacia ella y le tendió un paquete. — Bueno, y tengo también un detalle para ti, Alice… O sea, bueno, que igual no te gusta, porque no es de tu casa, y yo soy supertorpe para estas cosas, pero… Bueno, mira, te lo voy a dar y ya está, y si no te gusta pues tú me lo dices y… — ¡QUÉ DICES! — Interrumpió Alice cuando por fin descubrió lo que había dentro. — ¡AY QUÉ ES! — Exclamó Molly asomándose también. — ¡Es una pluma de cristal y la tinta verde más chula que he visto en la vida! — Dijo levantando la cajita donde venían encajadas. — ¿Y esto es una libreta? — Era una libreta preciosa, toda decorada con hojas de distintas plantas. — No es una libreta normal… O sea es como para apuntar pociones e ingredientes… Y no es muy larga, pero he pensado que podrías utilizarla con la tinta esa para apuntar lo que aprendas aquí en Irlanda y así lo tendrás todo reunido en un sitio… — ¡PERO ESTO ES GENIAL! — Desde luego lleva el nombre de Alice. — Afirmó Arnold terminándose la salamandra. Ella se lanzó a abrazar a Lex, y casi le desequilibra por lo inesperado. — ¿Cómo no me iba a gustar algo así? — Su cuñado parecía falto de palabras. — No sé, es que como a mí todo el tema del orden y las tintas y las libretas se me da regular… — Es perfecto, lo que lo voy a usar… — Y en el subidón que le había dado, buscó su regalo a Lex y prácticamente se lo lanzó al regazo. — ¡Ahora quiero que veas el nuestro! — Sí, sí, de eso va la Navidad. — Comentó Lawrence entre risas. Lex, ciertamente ilusionado, se puso a abrir el paquete. Cuando el pequeño círculo azul turquesa con un tubo giratorio encima surgió, oyó varios tonos de desconcierto. — Espera… ¿es una vara climática predictiva? — ¿Una qué? — Dijo Molly extrañada. — Las varas climáticas son para invocar climas. — Cuestionó Arnold. — Esta no. — Contestó Alice con media sonrisita. — Esta lo que hace es darte parámetros útiles en el clima que detecte. Como en qué dirección y a qué velocidad da el viento, en que lado da el sol, a cuanto grados, si va a ponerse a llover… Esto lo usan los entrenadores de quidditch para adaptar el juego antes de salir. — Aseguró Lex a toda velocidad. — Esto es supertécnico. — Insistió. — Bueno, tú de momento eres jugador, pero, probablemente, vas a ir a sitios muy distinto entre sí, y puedes no controlar las circunstancias, así que puedes usarlo antes de salir. Siobhán me ha confirmado que está permitido. — Estaba emocionadísima con la reacción de Lex, pero dejó que Marcus también cogiera un poco de protagonismo, que para eso la habían hecho entre los dos y llevaba el sello perfeccionista de Marcus O’Donnell.







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    Vie 28 Jun - 12:18


    An Irish carol
    Con Alice | En Galway | 25 de diciembre de 2002
    Estaba como Elio cuando metía la cabeza dentro del paquete de chuches pero con su cajita de dulces de Honeyducks, cuando el grito de Alice le hizo alzar la mirada. Se sintió un poco avergonzado porque estaba tan metido en su glotoneo que Alice estaba recibiendo un regalo y ni se había dado cuenta, pero se le pasó en cuanto lo vio y empezó a curiosear. - Qué buen gusto, Lex. - Picó a su hermano, aunque lo decía totalmente en serio. - Y oye, a ella también le gusta mucho el verde. - Alzó las manos antes de que se iniciaran los comentarios burlones. - Es el color de las plantitas y de Irlanda. - ¡Claro que sí! Mi niña tiene muy buen gusto. - Y Marcus siempre podía contar con su abuela para defenderle a capa y espada como buena Gryffindor antes de que los que le miraban con burla empezaran a sacar otras hipótesis sobre el gusto de Alice por el verde.

    Ya iba a aprovechar para darle uno de sus regalos a Alice, pero estaba abriendo la boca cuando su novia prácticamente le lanzó a Lex el regalo para que lo agarrara en el aire como si fuera una quaffle. Se aguantó la risa y atendió a su hermano mientras lo desenvolvía. Al comentario de su padre, Marcus chasqueó la lengua con chulería. - Sin duda somos prometedores, pero aún tenemos solo el rango de Piedra. No podemos hacer cosas que invoquen fenómenos atmosféricos. - Miró a su hermano. - Pero sí, un regalito recién horneado en nuestro taller. - Y Lex era todo entusiasmo mirándolo. Desde luego, nada como el quidditch o cualquier cosa que pudiera usar en él para despertar su curiosidad. Asintió a todo lo que él decía, así como al aporte de que, como confirmaba Siobhán, estaba permitido. - Faltaría más. - Insistió, y luego se acercó al chico para explicarle el funcionamiento. - Tiene algo así como memoria temporal, así que antes de usarlo tiene que registrar los climas. Cuantos más registre, más preciso será. Como probablemente aún te quede casi un año para empezar las competiciones, te va a dar tiempo de sobra de entrenarla. Para hacerlo solo tienes que dejarla en el exterior el mayor tiempo posible, y si puedes exponerla a diferentes climas, mejor. Como en las mazmorras en Hogwarts no vas a tener muchas opciones de tenerla en el exterior y sería un poco arriesgado dejarla sin vigilancia, si te parece bien, déjala en casa, que papá y mamá la tengan en el jardín, y nosotros podemos llevárnosla a La Provenza cuando vayamos. Así registra climas variados. - Le tendió un pergamino detallado que estaba en el interior del paquete pero que Lex, con la emoción, no había visto. - Esta es la leyenda para que puedas leer correctamente lo que indique. - Lex seguía mirando la vara con devoción, probablemente fantaseando en su cabeza con los mil cambios tácticos que iba a hacer en el momento según marcara un clima u otro. - Mil gracias. Es genial. -

    - ¡Bueno! - Clamó Marcus, frotándose las manos y mirando lo que había bajo el árbol. - Aquí quedan aún muchas cosas. - ¡Pues sí!  - Respondió Molly, y no sabían si estaba más indignada por la presencia de regalos sin abrir (como si eso fuera que su usuario se quedaba sin ellos) o entusiasmada de que aquello aún no hubiera terminado. - Y yo me jugué la vida en la aduana y en el barrio muggle por traer fruslerías y aún faltan la mitad, así que... - Se acarició la barbilla pensativo. Miró a Alice. - Mi amor, iba a continuar contigo porque te va a venir muy bien mi regalo para complementar el de Lex. - Miró a Lawrence. - Pero hay una persona que se está llevando muy poca atención esta mañana. - ¡Menos mal que al menos alguien se da cuenta! - Se indignó el abuelo, provocando una fortísima carcajada en su mujer, que se inclinó hacia él para dejarle un beso en la mejilla. - ¡Pobrecito! Que como ya es todo un alquimista legendario no le caen regalos de Navidad. - Eso parece. - Siguió Larry con el teatro de la indignación. Marcus rio y le tendió el suyo. - Créeme que es el más raro de todos, no sé si te va a gustar... en el uso que tiene, por decirlo así. Pero, al igual que papá con la calculadora, puedes experimentar con ello si quieres. - Lawrence se extrañó, pero con ese brillo de la curiosidad Ravenclaw en los ojos, y bajo la expectación de todos abrió el regalo.

    Sacó del paquete una caja con la fotografía de un objeto que hizo a todos pasarse un rato hipotetizando sobre qué sería, porque Marcus estratégicamente le había tapado la información escrita para generar precisamente el efecto que estaba consiguiendo. - Vale, mejor sácalo de la caja, pero dámelo a mí y os lo enseño. - Que tampoco es como que él fuera ningún experto, pero vio al chico de la tienda hacerlo ante sí y, después de que Eli le jurara y le perjurara que no era peligroso y él se planteara las posibles utilidades que su abuelo le podía dar, se animó y lo compró. Tomó el objeto en sus manos, se alejó de todos y, cuando se ubicó en un sitio seguro, pulsó el botón. La llamita azulada que salió de la boquilla, definitivamente, impactó a todos. - ¡Es un soplete culinario! Ya que la abuela tiene ahora un cacharro que hace muchísima comida, con esto puedes flambear postres. ¡Pero atento que en teoría no es fuego real! Bueno, sí, pero no, pero no es alquimia, porque es muggle, y quema, pero no quema en plan como el fuego, pero sí. ¡No tengo ni idea de cómo funciona! - Por la alegría con la que lo estaba diciendo, parecía enteramente que se hubiera vuelto loco. - Pero lo vi y pensé... - "Esto nos va a matar a todos". Si no pensaste eso, me voy a preocupar de si eres un impostor que ha suplantado a mi hermano y también como chuches a toneladas para disimular. - Todos rieron al comentario de Lex, Marcus incluido, pero cuando dejó de reír negó con la cabeza. - Vale que no me parece lo más seguro del mundo, pero como iba diciendo, al verlo pensé dos cosas: la primera, que esto nos iba a dar para MUCHA investigación. Porque si no es alquimia, por los dioses que venga un muggle y me explique cómo lo ha hecho para generar sin alquimia un fuego que no quema. - Que sí quema, melón. Solo que no es una llamarada y es azul. - ¡Y te parece poco! - ¡Que seguro que...! - Y se generó un debate innecesariamente largo entre Marcus y Lex que dejó a todos con las ganas de oír el segundo motivo de Marcus para comprar un soplete.

    - ¡Bueno! A lo que iba. - Recondujo tras un rato en el que el soplete fue rodando de mano en mano negligentemente sin que él se diera por aludido. - Que creo que podemos investigar mucho de él e incluso crear aplicaciones con verdadera alquimia. Eso lo primero. Y lo segundo... - Puso expresión cómica. - Me encanta ver a mis abuelos juntos y felices y seguro que estarías encantado de ayudar a la abuela en la cocina con tu toque maestro. - ¡Hijo! ¿A estas alturas me...? - AY QUÉ BONITO QUÉ IDEA TAN BUENA. - Por supuesto, su propuesta había tenido reacciones diversas en los abuelos. Ya estaba Molly atiborrándole a besos otra vez, al menos Larry se reía. - Como le achicharre a tu abuela un postre con ese cacharro, el próximo achicharrado soy yo. Y el siguiente, tú. - ¡Eso no va a pasar porque mi niño nos ha hecho un regalo muy bonito! - La lógica Molly era para verla, pero al menos no dejaban de reír. - Ya aprovecho y termino de dar mis regalos muggles. - Se giró a Alice. - Esto es una tontería... pero lo vi y pensé que era la típica tontería que te podía encantar. - Se lo tendió a su novia. Del paquete salieron unos monísimos moldes con formas divertidas y navideñas, de distintos colores y tacto gomoso. - Son moldes para hacer postres navideños. He comprado esos en concreto porque, según Eli, "los de silicona son los mejores porque son comodísimos para lavarlos y los postres salen superbién sin necesidad de añadir grasa porque no se pegan". - Alzó las palmas. - Estoy reproduciendo textualmente lo que me dijo. - Porque él ni siquiera podría definir bien qué era la silicona sin meter procesos mágicos de por medio.

    - Y además... - Eeeeeh ella tiene dos. - Pinchó Lex, levantando graciosas burlitas a su alrededor. Marcus se puso digno. - Pues claro que el amor de mi vida tiene dos detalles aparte de SU regalo. - Solo encendió más las burlas. - ¡A ver! Que yo iba solo a por el robot de la abuela, encima que os traigo cosas a todos... - No cesaron las bromas. - ¡Bueno, no iba a traerle a una mente tan brillante solo una cosa de pasteles que a saber el material ese que me ha vendido tu cuñada si de verdad funciona! Pero mira, menos mal que lo ha hecho, porque así vamos a poder tener también dulces temáticos en nuestras MARAVILLOSAS E INFINITAS FIESTAS CON MANTELES A JUEGO. - ¡Claro que sí, mi niño! - Lo dicho, una abuela Gryffindor de tu parte era un seguro contra burlas infinito. Volvió a mirar a su novia. - Esto va a ir genial con el de Lex. - Dejó que Alice lo abriera. Del envoltorio emergió un libro denominado "el herbario de las brujas". - No te lo vas a creer, pero esto está sacado de una librería completamente muggle. - Rio un poco. - Eli intentando razonarme por qué era una buena idea fue una estampa digna de ver. - Se arrastró por el suelo para sentarse al lado de su novia. - En realidad, lo que leí tenía mucho sentido, pero claro, contenido mágico ninguno. Yo lo habría titulado "el herbario de las enfermeras", pero en fin, los muggles y sus cosas. - La miró y sonrió. - No puedo ver algo de plantitas y no acordarme de ti. Y pensé que te gustaría saber qué entienden los muggles por hierbas de brujas, y tomar tus notas. Y fíjate, ahora tienes una nueva libreta para ello. -

    Extendió la mano y sacó el último de los regalos muggles. - Y... hablando de libros y de brujas a las que puede interesarle saber qué piensan los muggles sobre su materia... - Le tendió el paquete a Emma, que puso una sonrisilla y arqueó las cejas con curiosidad. Lo desenvolvió y leyó el título en voz alta. - "El ojo mágico". - Hablan más de magia que nosotros. - Bromeó Arnold. Marcus se acercó a su madre, quien miraba extrañada las coloreadas y difusas páginas interiores del libro. - Tiene una introducción que lo explica, pero ¿sabes qué es? - La mujer (y todos por encima de su hombro) miraban con verdadera extrañeza. - La verdad es que no... No le veo mucho sentido a esto. - Porque no lo tiene. Es... sugestión pura y dura. - Su madre le miró, deseando saber. - Es un engaño sensorial, de la vista, para ser exacto. No, no tiene hechizo alguno, lo he comprobado. Resulta que los muggles tienen la teoría de que, según la persona atribuyendo a mil factores, si contemplan durante mucho rato cada una de las páginas podrán ver aparecer diferentes imágenes, desde animales hasta caras humanas, objetos o cuerpos celestes. Y, por supuesto, lo interpretan todo. Me pareció fascinante como han tratado de mezclar un engaño sensorial con una especie de adivinación, ¡y es todo sugestión! Claramente ahí no hay nada. - Puso expresión interesante. - Pero... ¿qué tal si se lo enseñas a quien tu quieras y sacas tus propias conclusiones de cómo se sugestiona visualmente la gente? Yo creo que podía darte para MUCHOS hechizos. - Ladeó varias veces la cabeza. - Intentemos que no de los peligrosos. - Emma soltó una musical carcajada que cualquier desconocido podría haber atribuido a la villanía, pero Marcus decidió que solo era curiosidad de bruja inteligente. - Más bien para saber qué hechizos podrían estar creando otros y con qué fin. - Sonrió. - Muy original, hijo. Gracias. - ¡Pues listo! - Dio una palmada en el aire. - Espero que mi incursión en el barrio muggle os haya gustado. -




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    Sáb 29 Jun - 7:07


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    Con Marcus | En Galway | 25 de diciembre de 2002
    Alice sonrió satisfecha de que todos la conocieran también e inflamaran sus gustos, y estaba orgullosa del trabajo que habían hecho con la vara climática, porque de los regalos había sido el más difícil, por equilibrarlo para que fuera lo más preciso posible, pero con Marcus siempre se podía contar que fuera simplemente perfecto.

    Se tuvo que reír ante la indignación del abuelo y levantó las cejas varias veces creando expectación, aunque realmente no tenía ni idea de qué habría podido Marcus encontrar entre los muggles. Y ni en sus sueños más bizarros habría encontrado algo así. — ¿Cómo que la llama es azul? ¿Y cómo que no quema? ¿Como la llama blanca de los cátaros? — No, si es que no salía de su asombro. Y Lex tan tranquilo, y la abuela por las nubes. Y el abuelo… Pues confuso, pero la idea de que pasaran tiempo juntos era simplemente genial, la verdad. — Esto hay que investigarlo, abuelo. — Dijo mirando el objeto con el hombre, mientras Marcus y Lex debatían. — Empiezo a pensar que estoy mayor para todos los mundos, hija. Antes, si la magia me superaba, los muggles eran más sencillos, pero ahora… — Ella le dio un codazo flojito y sonrió. — Pero si Lawrence O’Donnell, alquimista carmesí, no puede resistirse a desgranar algo que no entiende a la primera. — Y el hombre acabó riendo también, dándole vueltas entre las manos con sumo cuidado al cacharro de la llama.

    Entre las risas que estaba provocando las respuestas del abuelo, recibió ella su primer regalo muggle, que abrió con la ilusión de una niña pequeña. — ¡Oh! ¡Pero qué monos! — Dijo alegre, moviendo los moldes en sus manos. — ¡Si son perfectos! ¡Tan navideños! Y el material… — Lo maleó entre las manos. — Es raro, pero me gusta. Sí que da la impresión de que no se le pegará nada… — Admitió Emma, mirándolos extrañada. — Bueno, bueno, eso habrá que verlo, porque luego no es verdad, hija, donde esté una buena mantequilla… — Afirmó la abuela, por su parte, escéptica. Alice los puso encima del baúl y dijo. — Pues más cositas para el ajuar, aunque estos podemos usarlos mañana mismo para preparar cositas para San Esteban. — Aunque su novio lo dijo de forma mucho más rimbombante y adornada.

    Cuando abrió el segundo regalo, los ojos se le pusieron como platos y la boca se le abrió sin poder controlarla. — ¿Pero esto es muggle? ¡PERO QUÉ GUAY! ¿De verdad hablan de estas cosas? — Movió las páginas, mirando los preciosos dibujos y todas las informaciones. — Bueno, es que ya tengo lectura para lo que me resta de Irlanda, y podemos ir a los bosques a buscarlas, y encima pudiendo anotar todo lo que me interese. — Miró a Marcus y se inclinó a darle un piquito. — El tuyo… Tendrá que esperar. — Le guiñó un ojo. — A La Provenza. Solo espero que Dylan no venga chivándose. — Uy, hija, guardar secretos con los Gallia es más complicado que conmigo. — Afirmó Molly. — Bueno, no exageres, mamá… — Pinchó Arnold, justo antes de que la abuela le diera con un trapo. — ¡Cuidado el descastado este! ¡A que te quedas sin postre!

    Así entre risas, le cayó a Emma su regalo muggle, el cual era el que más preocupaba a Alice, porque Emma y los muggles no casaban muy allá. Pero cuando lo vio, de nuevo el asombro se apoderó de toda ella. — ¿CÓMO? — Se apresuró a asomarse al libro y no dejó de parpadear mientras Marcuslo explicaba. Lo mejor es que Emma parecía igual de sorprendida. — Es hipnótico el patrón. — Dijo, sin dejar de mirarlo. — Es un truco sin más. — Aseguró Lex, pero Molly y Arnold ya se habían sumado al grupito que miraba el libro. — ¡UY YO YA LO VEO! ¡SON RATONES! — Eso es el patrón, mamá. — ¿Y no es eso lo que hay que ver? — Que noooo, que tiene que ser como una imagen con volumen.¿Cómo va a tener volumen en un papel que es plano? — Y aquello se convirtió en gallinero en un momento.

    Cuando por fin lograron ver aunque fuera una de las imágenes (bueno, no todos), se vieron capacitados para continuar con los regalos, y Alice le hizo un gesto a Marcus para que le brindaran el suyo al abuelo, que ese día claramente se sentía un poquillo desubicado. — Maestro, tenemos un regalo para ti de tus dos alumnos. — Dijo Alice arrastrándose a por el regalo tendiéndoselo. — Sabemos que no te gusta considerarnos tus becarios, o que estamos a tu servicio, pero alguien tiene que ayudarte con tantos papeles y libros. Y como una de tus alumnas es hija de una secretaria, y el otro es un cerebro inquieto que sabe dar forma a cosas que ni me imaginaba… Te hemos hecho eso. — Lawrence sacó de la caja un pajarito. Era más grande que el que Marcus le hiciera en su día a Alice, pero la esencia era la misma. — Hemos usado el color y la textura del cobalto para que parezca más regio, digno de un alquimista carmesí. — Lawrence rio sin dejar de simplemente de admirar la pieza. — Si le escribes una temática o una frase en el ala, volará buscando los libros que la contengan. Así no tendrás que preguntar mil veces “¿dónde estará el libro de equivalencias metálicas? — Todos rieron el primero Lawrence, que acariciaba el pajarito como si fuera de verdad. — Es un asistente. Sabemos que lo necesitas. — El abuelo les miró emocionado y suspiró. — Yo ya no necesito nada más en mi taller, teniendo a unos alumnos como vosotros.





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    Sáb 29 Jun - 12:42


    An Irish carol
    Con Alice | En Galway | 25 de diciembre de 2002
    Se alegró de que a Alice le gustara tanto su libro, y aún le quedaba su regalo de Navidad bueno (porque él insistía en que esos habían sido coyunturales por su visita al barrio muggle). Cuando su novia le dijo que tendría que esperar a La Provenza para el suyo, arqueó las cejas. - ¡Uh! - Exclamó, sorprendido. - Entonces... ¿estoy sin regalito hasta La Provenza? ¿Y no puedo tener una pistita aunque sea? Venga, va, una pista, una chiquitita. - Por supuesto, empezaron a meterse con él. - ¡Es Navidad! Esta mente Ravenclaw se merece al menos una pista sobre su futuro regalo, ya que voy a esperar más que nadie. - Qué será para que tenga que generar tanta expectación. - Pinchó Lex, aunque también se le veía bastante curioso.

    El buen rato que echaron ojeando el libro de su madre hizo que dejara de insistir con lo de la pista (por el momento). Como quería dejar su regalo para Alice para el último, aprovecharon para dárselo a su abuelo. Ese también le gustaba mucho, así que asistió con ilusión a las explicaciones de Alice, mirando el pajarito que ambos habían creado con ternura. - Va a sernos un asistente muy útil. - Aseguró, divertido. La frase de su abuelo le conmovió. - Eres el mejor maestro que podíamos pedir, abuelo. - Dijo con una sonrisa emocionada. Se oyó un carraspeo. - Creo que... este es el mejor momento para lo que quería daros. - Arnold estaba sacando algo de su bolsillo. Tendió el pequeño paquete rectangular hacia ellos. - Este es un regalo compartido para los dos, mi padre y mi hijo. Papá, sé que no eres muy partidario de poner adornos inútiles en el taller, pero creo que este te va a gustar. - Abuelo y nieto se miraron con intriga, y juntos desenvolvieron el paquete. En un marco precioso y muy discreto, apareció una foto en movimiento que entusiasmó a Marcus, pero que emocionó muchísimo a Lawrence. - ¡Me acuerdo de esta foto! Estaba en la casa. - Clamó, mirándola con cariño. Arnold especificó. - Esa fue la primera vez que entraste al taller de tu abuelo. Quise inmortalizar el momento, aparte de porque sabía lo importante que era para ti, papá, porque siempre supe que tu futuro estaría dentro de ese taller. - Se encogió de hombros. - O de este. Es para que la tengáis, como recuerdo de esa primera vez. - En la foto se veía un Marcus diminuto, de poco más de un año, exultantemente feliz, sentado sobre una de las encimeras del taller de Lawrence, con este tras él, riendo y sujetándole para que no perdiera el equilibrio sentado, ya que no dejaba de reír, sacudir los pies y tocar las palmas. - Es precioso, papá. - Habló él por los dos, porque su abuelo se había quedado sin palabras. Arnold miró a Alice con cariño. - Siento que tú no salgas en la foto. En vistas a lo que ocurrió la primera vez que entraste tú en uno, con diez años más, deduzco que mi hijo era menos peligroso en un taller de alquimia. - Bromeó el hombre. Marcus miró a Lawrence. - Abuelo, ¿te gusta? Podemos colgarlo en la pared. - El hombre casi no podía hablar, pero le miró con emoción y asintió. - Por supuesto que sí. -

    Se oyó un hondísimo suspiro. - ¡¡BUENO!! Vamos a seguir. - Resolvió Molly, secándose las lágrimas. - Le voy a dar mis regalos a mis niños grandes, ya que mi Arnold ha tenido un gesto tan bonito. Atento, Larry. - Y Marcus aprovechó que su abuela estaba dándole los regalos a Arnold y Emma, y estos a su vez entre ellos, para acercarse a Alice, enseñarle la foto y simplemente disfrutar del momento a su lado. Aunque, de tanto en cuando, le decía. - Anda. ¿Una pistita? -




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    Dom 30 Jun - 6:15


    An Irish carol
    Con Marcus | En Galway | 25 de diciembre de 2002
    Ya se veía ella venir la reacción de su novio, así que simplemente sonrió angelicalmente y se encogió de un hombro. — Piensa que va a merecer la pena, como dice tu hermano. — Aprovechó para chinchar un poquito a su novio. Pero toda broma se cortó con la intervención de Arnold, porque los ojos de Alice se inundaron inmediatamente al ver aquella foto. — ¡Por favor! ¡No puede ser! ¡Mira esa carita tan preciosa! — Miró a su novio. — Eras el niño más bonito del mundo. — Joder, ahora esta también… — Se quejó Lex exageradamente, frotándose los ojos. La emocionalidad estaba por las nubes, y tuvo que limpiarse un par de lágrimas antes de mirar a Arnold con falso enfado ante su comentario y decir. — Vaya, gracias, hombre. Siempre perseguida por el pasado Gallia. — Lawrence rio y dijo. — Desde luego que queda en el pasado. Tú no sabes lo que nos persigue esta mujer con ir recogiendo todo lo que vamos usando y dejarlo todo debidamente cerrado. — Alice se cruzó de brazos y miró a Arnold con cara de victoria. — Para que veas. — Y aquello levantó risas hasta en Emma que dijo. — No se lo tengas en cuenta, Alice. Si en verdad lo que le pasa es que le encantaba tener a William renacido correteando a su alrededor. — Arnold chasqueó la lengua y la miró con cariño. — A William ya lo tengo cuando quiera. Ahora me alegro de poder ver a Janet siempre que quiero. — ¡AY POR NUADA! ¡QUE VAIS A ACABAR CONMIGO EH! — Exclamó la abuela antes de sonarse la nariz.

    Para rebajar la emocionalidad, los mayores se pusieron a intercambiarse regalos, y ella se inclinó sobre Marcus cuando se acercó a ella y dejó una galleta en su boca, a modo de mordaza. — Que es lo más caro que te he regalado hasta ahora. Más que aquella dichosa pluma de faisán azul. Y eso es todo lo que puedo decir. — Le caminó con los dedos por el brazo, vacilándole. — Y usted, alquimista de piedra O’Donnell, se ha pasado tres pueblos con los regalitos muggles. Si es que claramente los Millestone son su debilidad. — Y se acurrucó en sus brazos entre risas. Y entonces, Emma y Arnold se giraron hacia ellos y dijeron. — Falta nuestro regalo para vosotros. De pareja a pareja. — Dijo el hombre, tendiéndoles un sobre. — Como ya sois mayores y estáis fuera del colegio podemos regalaros cosas… Distintas. — Completó Emma con un toque de misterio. Abrieron el sobre y salió un precioso cartel mágico, con tonos otoñales que Alice reconoció inmediatamente. — ¿Es lo que creo que es? ¡Llevo queriendo ir toda la vida! — Emma asintió. — La ruta de los magos primigenios, Merlín y la tumba de Arturo en Glastonbury. Sabemos que os encanta celebrar Halloween con vuestros amigos, pero hemos creído que quizá queráis hacer un plan de parejas con estos vejestorios el año que viene, porque se puede hacer la ruta en cualquier momento… — PERO MIRAD CUANTÍSIMAS ACTIVIDADES ESPECIALES EN HALLOWEEEN. — Exclamó Alice. — ¡ME ENCANTA! ¡CLARO QUE VAMOS! — Y se levantó para abrazarles. — Recuerdo tu cara cuando le regalamos a Marcus la ruta de los Iluminati… Y siempre supe que, si estaba en mimano, te llevaría a un viaje similar. — Le dijo Emma, y, de nuevo, la emoción agarró el corazón de Alice. — ¡Esto es mejor aún! ¡Es alucinante! — Igual sí que queda un poquito de Gallia en ella, me parece estar viendo a la Alice de doce años. — Dijo Arnold pellizcándole la mejilla, y Alice sonrió sinceramente. Si era así, solo podía alegrarse, sentirse la Alice de verdad otra vez, como les dijo a sus primos.





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    Dom 30 Jun - 10:40


    An Irish carol
    Con Alice | En Galway | 25 de diciembre de 2002
    Si Alice creía que iba a desviar el tema de su regalo por darle una galleta... en parte, tenía razón. Es que a Marcus le chiflaban las galletas, y más las de la receta original de Janet, por lo que emitió un sonidito de gusto mientras la mordía y miraba como un niño goloso. De hecho, reconectó con lo del regalo al hablar Alice de nuevo, porque casi se le olvida de verdad. - ¿Caro? - Preguntó, porque realmente pensaba no haber oído bien. - ¿Cómo que eso es todo? ¡Ahora tengo más intriga todavía! - Por supuesto, Alice desvió el tema a lo que él había comprado. Chasqueó la lengua. - Yo iba solo a por el robot ese de la abuela, pero no dirás que lo que he comprado no merecía la pena. - Para él, cualquier excusa era buena. - Pero no me líes, ¿cómo qué...? - Pero nada, entre Alice dándole galletas para callarle, los arrumacos y risas que le distraían, las entregas de regalos que le hacían curiosear y los comentarios cruzados, ahí iba a quedarse toda su intriga.

    Ni se había dado cuenta que sus padres aún no les habían dado el regalo, así que puso cara de extrema felicidad, agarrando el sobre con intriga y abriéndolo junto a Alice. Se le descolgó la mandíbula nada más verlo, y le vino muy bien estar tardando en reaccionar para poder dejar a su madre explicar el regalo. Su novia reaccionó antes, él seguía en el sitio. - ¡¡Pero qué pasada!! ¿¿En serio vamos los cuatro?? - Y ya sí se levantó, riendo y abrazando a sus padres. - ¡¡Gracias!! ¡Es genial! - Aunque súbitamente y como si de una alarma interna se tratara, se detuvo, y antes de poder decir nada, habló el que claramente había leído su alarma mental. - No te rayes, tío, si a vosotros os encantan esas cosas. Tú nos la cuentas y ya la haremos en otra ocasión. - Comentó Lex, quitándole importancia. Sus padres no parecían ni medio preocupados, lo que solo podía significar que tenían un as bajo la manga. - No tenemos ni idea de la agenda laboral que va a tener nuestra prometedora estrella deportiva el año que viene. - Comentó jocoso Arnold. - Además... ya teníamos su regalo. Y le va a gustar muuuuuuuuuuuucho más. - Ya empezamos. - Porque es muuuuuuy bueno. - Papá, ya vale. - Y por eso lo estamos dejando para el finaaaaaaal. - Lex ya estaba resoplando, porque mucho meterse con Marcus pero él también se moría de intriga, y Emma suspiró. - Al final lo dices. - Yo no digo nada. - Es que tenemos una fama malísima, hijo. - Se metió Molly en el barco aunque nadie la llamara, lo que provocó que todos tuvieran que aguantarse la risa.

    - Venga, abuela. Que no iba a tener todo el mundo más de un regalo y tú solo uno. - ¡¡OY!! - Tengo otra cosita para ti. - Anunció, tomando el regalo y dándoselo a Molly, que ya ponía cara de niña pequeña. Emma suspiró de nuevo. - Marcus, ¿no crees que te has pasado un poco con los regalos este año? - Gracias. - Apuntilló Lex, satisfecho de ver que por fin le daban la razón en sus quejas por los excesos de Marcus. - Mamá, la Navidad es mi fecha favorita del año, me encanta hacer regalos y este es por excelencia el día de los regalos, y es la primera vez que tengo un sueldo propiamente mío como alquimista. - De Piedra. No eres rico. - ¿En qué mejor que invertirlo en ver felices a mis seres queridos? - El siguió con su discurso, pasando por encima del comentario de su padre. Tanto este como Emma le pusieron mala cara, así que alzó las manos. - ¡Ha sido por ser el primer año! Prometo ser más comedido en los próximos. - Uy, sí. Prometes ser más comedido cuando realmente sí que estés cobrando una millonada de sueldo de alquimista. - Marcus le hizo a Lex una pedorreta y, sin entretenerse más, le dio a Molly su regalo. Nada más la mujer lo abrió, se le iluminaron los ojos, así que se acercó a ella para explicar. - Bueno, como su propio nombre indica, "abuela, cuéntame tu historia" es una libreta especial para que... puedas contarnos tu historia. - Sonrió. - Yo me sé muchísimas, pero seguro que no todas. Estamos aquí gracias a ti y... quería que quedara todo registrado. Para siempre. Tiene muchas preguntas y estoy convencido de que hay datos de Margaret Lacey O'Donnell que aún no conocemos. Y a todos nos encantaría conocerlos. - Señaló a Lex con la cabeza. - Es de los dos. - El otro se ruborizó. La realidad era que el libro lo había visto y comprado él, pero puso al corriente a su hermano por carta. No es como que en Hogwarts tuviera mucha libertad de movimiento. Con su aceptación, Marcus tenía de sobra para meterle en el regalo.

    Sin palabras, Molly simplemente le achuchó y le llenó de sonoros besos, y luego hizo lo mismo con Lex. - Si cuando digo que tengo los nietos más bonitos del mundo no exagero. - Suspiró, mirando el libro con cariño. - ¡Ay qué buenos ratos me voy a pasar escribiendo! - Pero tienes que esperar a que lo lean. Si lo vas contando mientras escribes, no tiene gracia. - Al menos el comentario de Lawrence había bajado la emocionalidad un poco. - ¡Qué hombre tonto! Sabré yo cómo rellenar una libreta. - Pero la mujer también reía.

    Pues ya no quedaban muchos regalos. Marcus hizo un cálculo rápido y dedujo que solo quedaban los de Lex y el suyo para Alice. Ni había caído en que su hermano aún no le había dado el suyo, pero ya no podía esperar más. - Bueno, con vuestro permiso, ya termino. - Tomó el paquetito en sus manos y se lo tendió a Alice. - Este es tu verdadero regalo de Navidad. Lo otro solo eran... cosas que me recuerdan a ti y quiero que tengas. Y, a pesar de todas las acusaciones sobre mi persona de falta de autocontrol, pocas cosas compro. - Lo último lo dijo con tono de recochineo y mirando a los demás. Volvió al modo romántico mirando a su novia. - En fin... Espero que te guste. - Cuando Alice desenvolvió el paquete, apareció una caja ornamentada sencilla pero elegante, en vetas azules y con diminutas flores blancas esparcidas por la madera. - Ábrela. - Al hacerlo, comenzó a sonar la musiquita de una de las canciones de Navidad irlandesa que Nancy les había cantado el día anterior, lo que provocó una exclamación en Molly. - La música es inteligente. Detecta tu ánimo y, en función de eso, reproducirá la canción que vaya mejor con él. Con la esencia que le estés trasmitiendo. - Miró de reojo a su madre y añadió. - Puede que me hayan ayudado un poquito con eso. - Emma puso una sonrisa satisfecha, mientras miraba a Alice con ternura, aunque sin reclamar protagonismo, para dejarles su momento. Además, aparecieron en el interior de la caja algunos recuerdos: el billete de metro que tomaron para ir a casa de Howard y Monica en Nueva York, la hoja de respuestas del trivial que hicieron en el pub hacía unos días, el papel en el que habían anotado las instrucciones que Sandy les dio sobre cómo usar el teléfono móvil, y un envoltorio de muffin que rezaba "Primrose Hill, 12 de junio de 2002" escrito con su letra. - Te encantaba guardar recuerdos en la caja de música de tu madre, y en el cumpleaños de Dylan se la regalaste a él. Esa caja guardaba recuerdos de la Alice de la que me enamoré, de la primera Alice... Pero, ahora que hemos empezado una vida fuera de Hogwarts... quería que tuvieras una caja hecha por mí en la que guardaras recuerdos de la Alice de ahora. - Sonrió. - Los materiales los he creado con alquimia, pero solo es una caja. Salvando el hechizo sensorial de la música, no le he puesto ningún tipo de magia, porque creo que la mayor magia es la que tú vas a crear con lo que guardes dentro. Es tu caja, la caja de Alice Gallia. Y cualquiera que vea lo que hay en su interior, sabrá quién eres tú. -




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    Con Marcus | En Galway | 25 de diciembre de 2002
    La reacción de Marcus a lo de Glastonbury era lo que esperaba, y aunque le daba también un poco de pena de Lex, sabía que este no tenía una especial devoción por eventos así y Darren… A ver, ella adoraba a su amigo, pero era disperso y gritón, y no era el humor que necesitaba para ver algo TAN GUAY, pero tan erudito y venerado, como Glastonbury. Ya podrían hacer otras cosas en familia completa (como la que iban a hacer en apenas veinticuatro horas). Así que simplemente se rio ante las tonterías de Arnold y dijo. — Uhhhhh, ¿ahora a quién le piiiiiicaaaaaaan?

    No aportó nada al intento de regañina de Emma porque bien sabía que era inútil, y simplemente esperó un poco impaciente al siguiente regalo de la abuela, como un gato curioso y travieso. — AWWWWW. — Exclamó al verlo. Le pareció un regalo precioso, y los ojos se le iluminaron. — ¿Sabes a quién me gustaría regalarle esto? Al abuelo Robert. El pobre es como Dylan, habla tan poco que muchas veces no sabemos qué se le está pasando por la cabeza, y me gustaría que lo contara. — Dijo con ternura. Tenía ganas de ver a su abuelo y darle un abracito, así que, por lo pronto, se lo dio a Molly entre risas. — Va a ser interesantísimo, abuela, acabará en tu biblioteca ya verás, eres historia de Ballyknow. — Oy, esta hija… — Se rio la mujer, intentando parecer humilde, pero hinchada como un pavo de orgullo.

    Y entonces fue su turno, y dio un botecito en su sitio. — ¡Ay! ¡Qué nervios! ¡Los regalos de mi Marcus son los mejores! — Sííí, no nos cabía duda, es que ni competimos. — La picó Arnold, pero ella ni escuchó, porque estaba abriendo el papel como una niña chica hiperestimulada. Cuando tuvo la caja en sus manos, dio un gran suspiro de admiración. — Menos mal que me lo has especificado, porque ya creía que esto era el regalo. Qué gusto tan exquisito tiene mi nieto. — Se vanaglorió Lawrence. Pero ella realmente ya no estaba pendiente, porque al abrir la caja, se quedó sin habla. La música, el ambiente que generó, la explicación palabra por palabra de Marcus. Acarició como si fueran piedras preciosas todos los objetos de dentro y le cayeron dos lágrimas. — Mi amor, yo… — Levantó la mirada y se lanzó a darle un beso, le daba todo igual. — Gracias, Marcus, gracias de verdad… Esto es… Lo más bonito que podía recibir. — Se secó las lágrimas. — Adoraba la caja de mi madre, pero… Forma parte de otra historia. Esto… — Sacudió un poco la caja. — No paro de pensar en todo lo que vamos a meter aquí. — Y se rio de la pura emoción, abrazándose a Marcus entre sonidos de adorabilidad de la familia. — Tú haces magia todos los días conmigo, me tienes hechizada. — Le susurró con la voz tomada.

    Pues, hablando de lo de crear historia y tal… — Lex se revolvió y le alargó un regalo a Marcus. — Voy a ahorrarme la intro, porque claramente no se me da bien, así que… Ahí tienes. — En cuanto su novio lo sacó, vio que era un álbum de fotos. — ¡OHHHH, LEEEEEEX! — Exclamó Alice, que estaba muy emocionada en general. La primera página rezaba “momentos de hermanos” con un hechizo de caligrafía (bastante estético, eso igual no era de Lex, pero, a juzgar por la expresión de su suegra, era la primera vez que lo veía). Pero es que la segunda página era un Marcusito absolutamente PRECIOSO al lado de un Lex diminuto, con las ropitas blancas de los bebés recién nacidos. Encima ponía “la primera vez que nos vimos”. Pasando las páginas había momentos como “nuestro primer verano” “el primer tren a Hogwarts” y demás momentos. — La primera fiesta de la Orden de Merlín. — Señaló ella al ver su foto de la Pascua, rodeada de pequeños recortes muy de Pascua, incluso lacitos pegados de los que juraría que había en las cestas. — Me ha ayudado un montón de gente a hacerlo, dándome ideas de decoración y eso, pero la idea original fue mía… Mira, mira más adelante. — Marcus obedeció y en las siguientes páginas lo que vieron fue títulos aún sin colorear ni decoración, pero que rezaban “el primer viaje de la orden de merlín” “nuestro primer restaurante muggle” “nuestro primer partido de quidditch profesional” y Lex se ruborizó. — Te gustó tanto el talonario que le hice a Dylan… Y ahora que por fin vamos a estar fuera de Hogwarts, pues… Podemos “prometernos” hacer todas esas cosas… De hermanos. — ¡AY, POR NUADA! ¡MAEEEEEVE! ¡FRANKIE! ¡BAJAD A VER CUÁNTO SE QUIEREN MIS NIETOS! ¡QUE COSA MÁS BONITA, POR FAVOR!






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    Mar 2 Jul - 17:25


    An Irish carol
    Con Alice | En Galway | 25 de diciembre de 2002
    Se puso como un tomate cuando Alice se lanzó a darle el beso y rápidamente miró a sus familiares con apuro, pero también se le escapó una risa tontísima, como si siguiera teniendo once años y Alice acabara de darle por primera vez un besito en la mejilla. Tampoco es como si ninguno de los presentes fuera a escandalizarse, y Marcus estaba encantado con que su regalo hubiera gustado tanto. - Me alegro de que te guste. - Dijo lleno de felicidad real. Ya había tirado la toalla con que Alice no llorara, al menos era por algo bueno. Y eso es lo que él quería por encima de todo, hacerla feliz.

    Arqueó las cejas con curiosidad y una sonrisita cuando Lex intervino. ¡Faltaba el regalo de su hermano, ni se acordaba! - ¡¡Gracias!! - Dijo entusiasmado, aun sin haberlo abierto. Menos mal que lo hizo, porque se quedó sin habla cuando lo desenvolvió. De todas las cosas que hubiera esperado recibir de Lex, desde luego esa no era una de ellas. Con la mandíbula descolgada y sin ser consciente ni de todas las miradas curiosas que tenía sobre su regalo, fue pasando las páginas, sin despegar los ojos de estas, aunque bien atento a las palabras que el otro decía. Obedecía lo que le indicaba, mudo, e ignoró el grito de su abuela como si no lo hubiera oído. En su lugar, levantó lentamente una mirada llorosa hacia su hermano, y el labio le temblaba como a un bebé lloroso. - No. - Lex... - No vayas a llorar. Joder, no hagas que me arrepienta de... - Pero Marcus se lanzó a sus brazos, estrechándole con fuerza, lo que hizo que el otro se callara. Lex devolvió tímidamente el abrazo y Marcus simplemente dijo. - Gracias. - Y se quedó allí hasta que pudo contener lo suficiente las lágrimas como para no incomodar a Lex. Pero ya lloraría cuando su hermano estuviera en Hogwarts, o volando por ahí, y él mirara ese álbum una y otra vez.

    Eso sí, no tardó en recuperarse. - ¡¡HAY QUE HACER LA PRIMERA FOTO HOY!! - Lex tenía una expresión de artificial sonrisa congelada en el rostro, como si le hubieran petrificado. - ¡¡BUENO!! Y antes de que empieces a trabajar hay que hacer un EVENTAZO. Mira. - Pasó las páginas. - ¡¡Aquí va a ir!! ¡Y aquí los dos cumpleaños, el tuyo y el mío! ¡¡TENEMOS QUE HACER UNA FIESTA EN LA CASA!! ¡¡PAPÁ, MAMÁ, MACRO FIESTA DE CUMPLEAÑOS!! ¡¡ALICE, LOS MANTELES!! - Que alguien lo pare. - Suplicó Lex. - Siento haber provocado esto. - No seas tonto, es genial, ¡ya mismo está lleno! - Tío, que la vida es muy larga, deja páginas. - ¡Qué dices! Hay que hacer uno por cada etapa vital. - Jodeeeeeeer yo para qué me meto en esto... - Y todos reían viendo como Marcus se venía más y más arriba y, proporcionalmente, Lex se agobiaba.

    Un fuerte carraspeo de su padre, y las sonrisillas contenidas de este y Emma, vaticinaban lo que venía a continuación. - Nuestro hijo pequeño le ha hecho un regalo precioso a nuestro hijo mayor, y yo creo que ya está bien de hacerle esperar por los nuestros ¿no? Se va mereciendo ya tenerlo, que no quedan más. - Lex suspiró sonoramente. Claramente se moría de intriga pero no quería dejarlo traslucir. Estaban de risas cuando, de repente, una bola redonda salió de ninguna parte rápidamente en dirección a Lex y, para impacto de todos, su hermano la cogió con unos reflejos impresionantes. Ellos ni habían visto la bola y él ya había reaccionado lo suficientemente rápido como para atraparla en el aire. Definitivamente, había nacido para cazador de quidditch. Lex lo miró confuso. - ¿Cómo se abre? - Arnold se encogió de hombros. - No sé... Prueba a darle una orden. - Lex parpadeó. Tardó unos segundos en caer hasta que soltó su primera hipótesis. - ¿Faerainn? - La bola poco a poco empezó a agrandarse, y a agrandarse, tanto que Lex abrió los ojos, se vio obligada a soltarla y todos los presentes tuvieron que apartarse. - ¿¿La tengo que parar?? - Tranquilo, se para sola. - Comentó Arnold entre risas, y la verdad es que Marcus también empezaba a plantearse si eso se paraba solo y si la bola en cuestión les aplastaría. Cuando quisieron darse cuenta, su tamaño empezó a cambiar, y para cuando obtuvo el definitivo, por la forma y a pesar de seguir empaquetada, ya era bastante evidente de qué se trataba.

    Lex parecía no querer creérselo, no obstante, hasta que no la abriera. Con los ojos como platos, miró a sus padres, y rápidamente rasgó el papel, que ya sí se dejaba abrir. Los presentes vitorearon ante la aparición de la flamante escoba nueva, pero Lex estaba con el aliento absolutamente contenido. - Es... Es... - Marcus ojeó para ver la marca de la escoba, aunque se imaginaba que sería el último modelo, si bien tenía una forma bastante más... No sabía cómo definirlo, pero era diferente a las escobas que veía en la escuela. El mango era más largo y tenía una leve curvatura, además de ser menos cilíndrico y más achatado y fino. Era oscura y hacia la parte trasera del mango tenía un aro metálico que estaba convencido de que se convertiría en otra cosa a la orden de su dueño. - "Sinsonte dorada". Bonito nombre. - ¡Es una escoba de competición! - Alucinó Lex, sobresaltando a Marcus, que estaba tan tranquilo admirando lo bonita que era la escoba. - ¡¡Salió el mes pasado!! ¡Es hiper nueva! ¿Pero... qué... cómo...? - Hijo, lo que tu madre no pueda conseguir. - Comentó Arnold, haciendo que Emma rodara los ojos con una sonrisilla e interviniera, por alusiones. - Ya está registrada en el reglamento y se puede utilizar, y por lo que me he informado, va a ser la escoba que más se utilice en los próximos campeonatos. Generalmente los equipos facilitan escobas a los jugadores, y... - Los Montrose las han comprado, pero pocas, solo para los titulares. - Continuó Lex. - Es decir, tú puedes llevar tu propia escoba. Ellos te las ofrecen, pero si tu prefieres la tuya, puedes llevarla. Y habían comprado un set para los jugadores titulares... yo... no contaba... O sea... Había dado por hecho que me quedaría con una de las escobas de los suplentes. - Pues ya es decisión tuya. - Comentó Emma. - Ya tienes una. Puedes usar las del equipo o esa, e igualmente puedes entrenar con ella, hacerte a ella, independientemente de la que uses en el partido o si te ceden una de estas. - Queríamos que tuvieras tu primera escoba profesional. - Añadió Arnold. Lex tenía los ojos brillantes. - Gracias... No... No sé qué decir... - Arnold sonrió y abrió los brazos, y eso fue lo único que fue necesario decir.

    Sus padres aún estaban achuchando a su hijo pequeño cuando Molly reclamó su protagonismo. - ¡Bueno! ¿Puedo dar ya lo nuestro? - Y revolvió entre los paquetes ya desenvueltos para sacar el único que aún tenía envoltorio. Al ver otra cosa con forma de bola, Lex soltó una carcajada. - ¿Esta también tiene truco? - Me temo que no somos tan originales. - Comentó Lawrence entre risas, y cuando Lex desenvolvió, efectivamente, lo que salió fue una bola. Una quaffle, para ser exactos. - ¡Guau! - Lex la lanzó un par de veces un par de palmos, recogiéndola en el aire, presionándola con los dedos y haciendo diversas pruebas que solo él entendía. - ¡Es buena! Pero esto sí que no puedo llevármelo al partido, esta prohibido que las bolas no sean las de reglamento que facilita el campeonato. - Esta era para combinar esa pedazo de escoba y su entrenamiento. Es para ti. - Especificó Lawrence, y con un gesto ceremonioso, la señaló. - Marcus y Alice te han regalado una herramienta para controlar el clima. El conocimiento, si no va destinado a su correcta utilización, puede dejarnos un tanto desubicado. Esos datos que va a darte la vara deberían poder servirte para algo ¿no crees? - Se encogió de hombros. - No podíamos alterar la funcionalidad de la escoba por si la usas en un partido, porque eso sí que no sería legal. Pero, como bien dices, no puedes llevar quaffles de fuera. Esa es para que practiques en diferentes condiciones climáticas, para que experimentes. Está modificada con alquimia, evidentemente, porque es un regalo mío. - Rieron. - Puedes cambiar sus propiedades: volverla más resbaladiza para emular tiempo lluvioso, ralentizarla o acelerarla como si hubiera viento favorable o desfavorable... No te van a faltar condiciones con las que entrenar. - Lex tenía una sonrisa radiante. - Gracias, abuelo. Gracias, abuela. - ¿Te ha gustado, cariño? - Preguntó Molly. Lex asintió. - ¡Claro! Me encanta. - Menos mal, hijo. Yo lo que quería era hacerte otro ajuar. - ¿Perdona qué? - La reacción de Lex fue tan espontánea, como si se hubiera atragantado, que a Marcus casi le da un ataque de risa. - ¡¡No te lo he hecho porque sé que a Judith también le va a hacer ilusión...!! - ¿Cómo? - ¡¡...Y no quería yo pisarle la idea a la pobre mujer!! Pero vamos, si tú quieres otro arcón como el de tu hermano... - Yo no... - Yo me estoy poniendo ya mismo en contacto con Judith y entre las dos os vamos a hacer unas cosas preciosas. - Eh, papá. - Intervino Arnold. - ¿Se puede alterar la quaffle para ver cómo podría cogerla un jugador al que está a punto de darle un desmayo? - Todos estallaron en risas. Lex resopló, negando con la cabeza, pero rio también. - Te lo agradezco, abuela. Pero por ahora prefiero cosas de estas. - Bueno. - Dijo la mujer, no muy conforme. - Ya lo hablaré con Darren. -




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    Miér 3 Jul - 8:18


    An Irish carol
    Con Marcus | En Galway | 25 de diciembre de 2002
    Alice podía percibir a la perfección cómo Lex empezaba a arrepentirse muy fuertemente, porque Marcus estaba tan arriba con el regalo que la asustó hasta a ella con lo de los manteles, pero no podía contenerse una risita y una mirada de “tú te lo has buscado, la verdad” y los demás estaban tan emocionados que no le veían las desventajas. La risa se convirtió en carcajada en el momento que yo lo de “cada etapa vital”.

    Pero en cuanto Arnold empezó a preparar el terreno para el regalo de Lex, atendió como la buena niña que era. Cuando Lex cogió aquello al vuelo, no pudo evitar inclinarse hacia Marcus y decir. — En verdad podría ser lo que quisiera en el quidditch. Con lo alto que es, se lo rifarían de guardián. — Le hizo mucha gracia lo de la orden, pero estaba tanto deseando verlo que empezaba a impacientarse, y en cuanto vio la forma definitiva del regalo casi se le escapa un “ES UNA ESCOBA”. Voy camino de convertirme antes en Molly que en mi propia abuela. Ahora, eso sí, nunca se imaginó que una escoba le tentara tanto que incluso deseara probarla. Era PRECIOSA. — Ya puedo verte jugando con esta escoba, vaya, vas a parecer un dios, vamos. — Dijo admirándola. — Y es superslytherin. — Tiene una elegancia inherente que, si bien no fue definitorial para su compra, es un valor añadido, sin duda. — Dijo Emma muy puesta. Sí, vaya, Slytherin.Me gusta hasta el nombre. — Todos la miraron y ella se encogió de hombros. — Es un pájaro. Y además Ravenclaw. Si quieres, en casa Gallia empezamos a llamarte así. — Dijo picándole la mejilla a su cuñado.

    El regalo del abuelo lo conocía, obviamente, y estaba segura de que le iba a encantar, además de que iba muy a la mano con el que habían hecho ellos. Mientras el abuelo explicaba todas las cualidades de la quaffle, ella se rio y le dijo a Lex. — Ni te imaginas cómo ha sido probarla. No sabes las que liamos en el taller para asegurarnos de cómo reaccionaba. Menos mal que existen los hechizos domésticos. Pero nos lo pasamos increíble. — Pero se vio cortada con Molly y su batería de preguntas sobre el ajuar, que dejó fuera de combate a ese chico de casi dos metros que acaba de parar un objeto volador que no sabía que iba hacia él, pero que ante la perspectiva de hablar de manteles y copas, se bloqueaba.

    Ya no quedaban más regalos, y Alice esperaba quedarse tranquilamente admirando todo, pero entonces la puerta se abrió (sí, en Ballyknow nadie llamaba a las puertas) y escuchó un tremendo jaleo. — ¡Papá, mamá! ¡Estamos aquí! — ¡TENGO UN HUEVO! ¡UN HUEVO DE DIRICAWL! ¡ES MÍO! ¡LEX, TENGO UN HUEVO! — Claramente eran Shannon y su familia, entrando por la puerta, junto con Ruairi y la suya. — Al final han convencido a Dan. — ¿Cómo que un huevo? — Preguntó Lawrence confuso. — Ruairi, ¿puedo enseñárselo a Lex? — Preguntó Ada justo entrando por el salón con un barullo de mantas en brazos y cara de absoluta preocupación maternal. — ¡A verlo, Ada! — Le incitó Lex. Ada fue delicadamente a su lado y sacó el reluciente huevo acariciándolo como si fuera el objeto más preciado del mundo. Maeve saltaba buscándoles. — ¡Marcus! ¡Alice! ¡Me han regalado una mesa de dibujo portátil! Pero me han obligado a dejarla en casa, luego… — Bueno, vamos a hacer un buen desayuno para toda esta gente. — Dijo la abuela Molly. — Y un hechizo extensor a la mesa, claramente. — Añadió Emma yendo detrás de ella. Alice quería ir a ayudar y empezar a repartir galletas, pero se encontró con los otros Lacey bajando la escalera. — ¡DAN! ¡TITA! ¡SOIS LOS MÁS MEJORES DEL MUNDO ENTERO! — Gritó Sophia antes de tirarse sobre los dos. — ¡Uy! ¡Le ha gustado el maletín, me parece! — ¿ESO ES UNA SINSONTE DORADA? ¡NO SERÁ CIERTO! — ¡Cuidado con mi huevo! ¡No le estreséis! — Igual deberíamos haberlo dejado en casa… — ¡NO! — Contestaron Niamh, Ruairi y Ada al mismo tiempo a la sugerencia de Dan. — ¿Y SI ECLOSIONA Y ESTÁ SOLO? — Igual eclosiona de todas formas con tanto meneo… — Dijo Fergus mirando preocupado al dicho huevo. Justo entonces, sintió una corriente fría y vio que se abría la puerta principal. — ¡BUENOS DÍAS, FAMILIA! ¡TRAIGO GOF…! — Su tía se quedó cortada al ver tantísima gente. — Te dije que no serían suficientes. Sé que no lo parece pero conozco a mi familia. — Afirmó Erin en voz bajita. Ah, sí. Eso sí era una Navidad de verdad.






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    Jue 4 Jul - 10:33


    An Irish carol
    Con Alice | En Galway | 25 de diciembre de 2002
    Ahora llegaba el momento favorito de Marcus: quedarse un buen rato con su familia disfrutando entre todos de los regalos, compartiendo anécdotas, fantaseando con cómo los iban a utilizar... Bueno, quizás tendría que dejar el momento para más adelante. Se llevó un buen sobresalto cuando la puerta se abrió de par en par y apareció Ada gritando, ni se acordaba ya de lo del huevo de diricawl. Su segunda reacción tras el susto, fue reír. La tercera, temer que aquello eclosionara en mitad del salón con semejante caos que ya de por sí había. Y la cuarta recordar, una vez más, que estaba delante de un montón de gente en pijama.

    - ¡No me digas! - Celebró alegremente la noticia de que a Maeve le habían regalado una mesa de dibujo, dejando de lado sus temores sobre el pijama y la posible eclosión (porque lo primero era una batalla perdida y para lo segundo ya había allí magizoólogos de sobra que se podían encargar). - Mira, vamos a enseñarte los nuestros. - ¡¡Sí!! - Saltó la niña con alegría, mientras él la reconducía con las manos en sus hombros hasta el árbol. Iba a tener su momento de disfrutar de los regalos de Navidad como que se llamaba Marcus O'Donnell... Bueno, pues tampoco. La llegada desde el desván de Jason y familia volvió a desbaratar todo el entorno, y ya no sabía si temía más por el huevo, por la escoba de su hermano, por su álbum de fotos que había dejado sin supervisión y ahora estaba en manos de Fergus y su mirada curiosa o por el aparataje muggle que andaba por ahí rociado y de cuya fragilidad no tenía pruebas empíricas.

    - ¿Qué hay aquí dentro? - Saoirse tenía la cabeza metida en el arcón que le habían regalado sus abuelos como Elio tenía la suya en la bolsa de chucherías que, técnicamente, se tenía que administrar. Como primera medida, se lanzó casi en plancha a arrebatarle la bolsa a su pájaro, si no querían ver el nacimiento de un ser y la muerte de otro en el mismo día; después, cogió a Saoirse en brazos con su mejor sonrisa navideña para, de paso, separarla de esos delicados y mágicos manteles. - ¡Pero si es una duendecilla americana de la Navidad! ¿Qué te han regalado a ti? - ¡¡Me han comprado la Stacey Palm Pink Essential Christmas Edition Superstar!! - Marcus parpadeó, con la sonrisa congelada y la niña en brazos. - Es la muñeca de moda este año. - Precisó Maeve, que siempre tenía el don de aparecer a su lado cuando más la necesitaba. Ya con el dato pudo hacer fiestas más sinceras. - ¡Qué bien! - ¡Y la prima Sandy me dijo anoche que iba a traerme un vestido para estrenarlo en la comida de hoy! - ¡Anda! Has debido portarte muy bien este año. - Sí. - Respondió sin ningún atisbo de duda.

    - ¡Venga! ¡A desayunar! - Llamó Molly, y todos se sentaron a la mesa prácticamente en tropel, entre risas, comentarios sobre regalos y algún que otro pique (como el de Violet, que empezó a molestarle por el hecho de que él le hubiera hecho un pomposisimo regalo a su sobrina mientras que esta le había dejado a él con la intriga hasta La Provenza). - ¡¡Feliz Navidaaaaaaaad!! - Aparecieron Andrew y Allison por la puerta, haciendo muchísimas fiestas, y con Brando con un gorrito monísimo y un peluche que no dudó en compartir con Arnie, que respondió feliz a la llegada de su compañero generacional. Tenía ya el estómago lleno de tanto desayuno (y quizás no había sido buena idea, era tardísimo y les esperaba otra comilona), le dolía la mandíbula de reír y sonreír y estaba en presencia de aproximadamente treinta personas en pijama, pero se encontraba absolutamente feliz. - ¿Te imaginaste que la Navidad sería así? - Le dijo a Alice entre risas, y dando un último sorbo a su zumo, añadió. - No deja de superar mis expectativas. -




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    Jue 4 Jul - 11:11


    Crazy noisy disco Night
    Con Marcus | En Galway | 25 de diciembre de 2002
    Parecía increíble, pero sí, podían comer más. De hecho QUEDABA COMIDA EN EL MUNDO y cocinas donde cocinarla para seguir alimentando tan profusamente a tanta gente. Solo esperaba que no tuvieran que cenar, y eso que ya hacía dos horas que habían comido, pero el estómago de Alice parecía estar pidiendo unas largas vacaciones. No obstante, estaba siendo un día delicioso. Lleno de ilusión, de compartir regalos, recuerdos, anécdotas, conversaciones interesantes, emociones… Miró a Marcus y tomó su mano, dejando un beso sobre ella. — Respecto a lo que me has preguntado antes. No, nadie puede imaginarse unos días tan perfectos y significativos. — Perdió la mirada y suspiró.— Hay más en el cielo y la tierra que lo tu filosofía pueda imaginar… — Miró a Marcus y sonrió un poco tristemente. — Es de Shakespeare. Y a mi padre le encanta esa frase…

    Empezaba la cosa a ponerse emocionalmente intensa, cuando los gritos interrumpieron su reflexión. — ¡Primo Lex! Enséñanos como funciona la Sinsonte. — ¡Sí! ¡Andrew y yo podemos ensayar pases contigo, como si fuera un partido, y Allison haría de guardiana. — Intervino Frankie. — Oye, Junior, que acabo de tener un bebé, no estoy justo yo para parar tantos de un cazador profesional… — Se quejó la chica. — ¡Yo haría de guardiana! Por tal de ver volar a la Sinsonte. — Añadía feliz Nancy. — Anda esta… Que se cree que puede pararle tantos a nuestro primo profesional… — Le picó Andrew. — Pero yo lo veo. Podemos ir detrás. — ¡SÍ! ¡PRIMO LEX, DI QUE SÍ! — Empezaron a chillar los gemelos. Lex, que de repente se veía imbuido por las masas, se levantó, con una cara de chulito que no le había visto en la vida y dijo. — Venga… ¿queréis verla, entonces? — ¡SÍÍÍ! — A ver, hijo, que no es un juguete, eh… — Intentaba calmar Arnold. Y entonces llamaron al timbre y el incesante ruido de la sala se calmó. — ¡Es Flanagan! — Susurró Saoirse apartándose de la ventana de golpe. — ¡Vaya! Ya pensé que nos habíamos librado de ese… — Calla, Cletus. — Acortó Amelia. — Ya voy yo, anda… — Aseguró la mujer levantándose. Alice miró a los que la rodeaban, confusa. — ¿Quién es Flanagan? — El cura… — Dijo Andrew en un suspiro. — Yo le echo de aquí, eh… — Amenazó Siobhán. — ¿Cómo que cura? ¿Un sacerdote cristiano? — Católico, para más señas. — Dijo Niamh con una risita. — ¿Y LO sabe? — Preguntó Alice haciendo hincapié. — No. — Recibió como respuesta de varios, entre le enfado y el apunto de echarse a reír.

    ¡Pero padre Flanagan! ¡Qué grata sorpresa! — ¡Mi querida señora O’Donnell, felices pascuas! — ¡Felices pascuas, padre! Ya creíamos que este año no venía. — Hay muchos pueblos de Galway a los que llevar la fe, señora, pero yo no podía marcharme sin pasar por Ballyknow. ¡Buenas tardes, familia y felices pascuas! — Era un hombre de unos cincuenta años, pero de aspecto jovial, con sus gafitas y esa ropa negra que llevaban los sacerdotes católicos. — ¡Vaya, pero si veo caras nuevas por aquí! — Sí, padre. Son el hermano de mi marido y su familia, los O’Donnell de Inglaterra. — Los mencionados saludaron, confusos. — Y aquel es Francis Lacey, que es de aquí pero emigró a Estados Unidos, y han vuelto para la Navidad. — Jejejeje Inglaterra y América, entonces igual compartimos árbol cristiano pero no ramilla, ¿eh? — ¿Era eso un chiste? Lo peor es que los americanos se rieron, pero a ellos les estaba pillando el erumpent de una manera espectacular. — ¡Uy! ¡Andrew, Allison! ¡Si no había visto yo a este pequeñín! ¿Cuándo le vamos a bautizar? — Dijo el hombre cambiando de tercio. — ¡Qué va padre! Si ya hace tres meses lo bautizamos en mi pueblo. — Dijo Allison rápidamente. ¿BAUTIZAR? ¿Andrew y Allison a su hijo? El cura ladeó varias veces la cabeza. — Qué manía tenéis en esta familia con bautizarme a los niños por ahí siempre. — Uy, es que somos muy viajeros, padre. Mire mi hermano y Frankie sin ir más lejos. — Aportó Cletus. — ¡Ya lo veo! Pues mira, venía a dar mi sermón de Navidad, por si puedes avisar al resto de familias. ¿Seguís sin teléfono? — ¡Yo tengo uno, padre! — Dijo Sandy feliz, levantando su móvil. — ¡Ay, qué mona es! ¿Verdad, padre? Sandy, de Nueva York, es la nieta de Frankie, ya sabe, vienen de la gran ciudad y no conciben que aquí nadie tenga teléfono. — Flanagan miró a Amelia. — La verdad, señora O’Donnell, que yo no soy de la gran ciudad y aún me sorprendo de la cantidad de pueblos en esta zona que no tienen teléfono. Aunque con la cantidad de búhos y lechuzas que hay por aquí, podrían usarlos para mandar mensajes más rápido. — La forzadísima carcajada que Eddie empezó, sobresaltó hasta a su propio nieto, que le miró delatoramente con el ceño fruncido. Alice se giró a hacia Nora, que también se reía nerviosamente y susurró. — O sea, que no lo sabe… — Qué va a saber… — Contestó Siobhán por su madre con muy mala cara.

    Bueno, pues me voy a esperar allí en la sala comunitaria, ¿no? Porque ya me imagino que la iglesia sigue cerrada. A ver si nos ponemos con eso. — Ya sabe que la gente es muy agarrada para donar el dinero que hace falta para las múltiples reparaciones. — Dijo Amelia con una muy fingida indignación. — ¿Hay iglesia en Ballyknow? — Preguntó Lex, bajito, pero el tal Flanagan le escuchó. — Pues de hecho sí, joven, pero veo que, como a mí, no se la han enseñado. — Su cuñado se quedó parpadeando y dijo. — Yo es que soy un poco bruto. Deportista, ya sabe. A mí no me enseñan nada. — ¡Oh! ¿Y qué deporte practicas? — Ya iban a intervenir Amelia, Molly, Shannon y sobre todo Emma, cuando Lex, muy tranquilo dijo. — Rugby. ¿Le gusta, padre? — Todos parpadearon. ¿Qué demonios sería el rugby? — ¡Ah! Yo fui boxeador de joven, pero el rugby es un muy noble deporte que también me encanta. Seguiré sus pasos, joven. — ¡Uy! ¿Nos pegamos un poco antes del sermón, padre? — Dijo Andrew con sorna, provocando una carcajada de Frankie. Aun así, se llevó una colleja de Eillish que le dijo entre dientes. — Ya vale con el pitorreo, que al final la liamos. — Bueno, les espero allí, voy llamando a las puertas que hagan falta. —

    Y ante la estupefacción de los ingleses, tanto irlandeses como americanos empezaron a levantarse y ponerse los abrigos. — Espera, espera… ¿Vamos a ir a un sermón de verdad? — Preguntó Alice. — Eso mismo digo yo todos los años. — Dijo Siobhán con retintín. — Tómatelo como un acontecimiento antropológico, Alice. — Le instó Nancy, mientras ayudaba a abrigar a los gemelos. — Aquí en Irlanda es un mal necesario para mantener el secreto mágico. Quedaría muy raro que no hubiera NINGUNA familia católica en un pueblo. — Alice parpadeó. — Pero… ninguno sois creyentes, ¿no? — ¡NAH! — Se oyó generalizadamente. — Si es solo por el secreto… — Alice miró a su familia, parpadeando incrédula. Solo alguien se estaba riendo. — ¡Uy! Yo voy a ir confesarme y veréis cómo espabilo al cardenal gafitas… — ¡TATA! — Alice suspiró. — Veeeeeenga, venga, que no es para tanto. Y luego seguimos EL FIESTÓN EN EL PUB. — Anunció Ginny. — No me creo que tú también pases por ese aro. — Ay, es que me rio mucho con las misas. — Admitió la pelirroja. — Si tienes miedo de aburrirte ponte con Wendy y conmigo, verás las risas. — ¿Me podré llevar a Ginger? Ahora parece un gatito… — Nada. Que se iban a misa.





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    Sáb 6 Jul - 6:18


    Crazy noisy disco night
    Con Alice | En Galway | 25 de diciembre de 2002
    Y pensar que cualquier otro año, a esa hora, estaría en casa de su abuela Anastasia, con ese silencio tenso rebotando por cada mármol de la mansión, sintiendo la tensión de Lex y sus padres y escondiéndose de Percival. Llevaban todo el día riendo, enseñándose uno a otros los regalos, yendo de una casa a otra y, sobre todo, comiendo sin parar. Estaba siendo un día precioso y, por lo visto, en su familia era tradición que los más jóvenes salieran de fiesta el veinticinco por la noche, por lo que aquella jornada estaba aún muy lejos de finalizar. Rebosaba de felicidad tanto que empezaba a tener la sensación de estar incluso más gordo... Probablemente, las ingentes cantidades de comida estuvieran ayudando a la felicidad a tales efectos.

    Ya iba a arrastrar a todos los niños a donde quiera que fuera que su hermano pretendiera probar la escoba nueva, como si llevara una guardería ambulante, cuando llamaron a la puerta. Él no se dio ni medio por sorprendido, pero en el ambiente se originó un silencio sospechoso. Frunció el ceño extrañado, aunque sin diluir la cómica sonrisa. ¿Ahora os vais a extrañar de que llamen a la puerta? Aquí no deja de entrar y salir gente del pueblo que no conocemos de nada, pensó divertido, pero la alarma con la que dedujeron de quién se trataba le hizo sospechar que sería una visita non grata. Simplemente lo interpretó como que sería alguien del pueblo que no les agradaba por los motivos que fuese... No se vio venir lo que estaba a punto de vivir.

    Alice se lo tomó en serio antes que él, que ante la revelación de que se trataba del cura soltó una carcajada, dando perfectamente por hecho que se trataba de una broma. - Espera. - Detuvo la conversación antes de que abrieran la puerta, con los residuos de la sonrisa aún en el rostro. - Es broma ¿no? - Ya no quedaba residuo alguno. La expresión divertida había desaparecido por completo para dar lugar al miedo, que le hizo mirar a cada uno de los presentes con los ojos desencajados, y presenciar como a cámara lenta el momento de la puerta abriéndose y un cura, con todo el estereotipo de cura muggle cristiano que tenía en su cabeza, se les metía en una casa en la que, entre otras muchísimas cosas, había una escoba de competición expuesta y rodeada de niños. Tapa eso, TÁPALO, le gritó mentalmente a Lex, echándose tanto él como su hermano nada más captar el mensaje prácticamente en plancha encima de la escoba, y en el caso de Marcus, reptar ridículamente por el suelo para hacerle hueco debajo del sofá del salón mientras Lex la empujaba con mucha menos habilidad de la que tenía de normal. Menos mal que semejante cuadro ridículo solo fue visto por Lucius, que les miraba como si se hubieran dado un golpe en la cabeza. - Se te va a ensuc... - Ahí no hay nada. - Dijeron en un susurro urgente los dos casi a la vez. El niño empezaba a asustarse más de ellos que del cura.

    Asistió atónito a la conversación con el cura como si nada, como si no acabaran de meter en casa a los que en su día quemaron a sus antepasados (e incluso a muggles aleatorios) por brujería. No ocurre desde hace años, no ocurre desde hace años... Empezó a repetirse Marcus en su cabeza, al menos hasta que Lex le propinó tal codazo que casi lo tira al suelo. Vale, no quemaban a gente, ¿pero no les contaron una vez William y su padre que un amigo común había acabado ingresado en un sanatorio mental muggle por irse de la lengua donde no debía? A ver, le sacaron en apenas un par de días, y los obliviadores hicieron su trabajo y eso... Con los muggles, porque al pobre hombre, la experiencia no se la iba a borrar nadie. Estaba en pánico. Jamás pensó que diría algo semejante, pero en esos momentos, preferiría estar en casa de su abuela Anastasia.

    Ah, encima les presentó. El hombre parecía bonachón (sí, hasta que se entere de que haces alquimia y empiece a hablarte de herejía), así que saludó con un gesto de la mano y considerablemente más tenso y menos cortés de lo que era él habitualmente. Pareció hacer algo así como una broma a los americanos que a él le dejó absolutamente desubicado. - Luego te lo explico. - Susurró Sophia, apareciendo a su lado de repente. La miró sorprendido, y ella a él con reproche. - ¡Y quita esa cara! Que no te va a matar. - Ya. La historia está llena de curas que no han matado a magos. - No seas bobo, Marcus, que estamos en el siglo XXI. - Ya pues... - Otro fuerte codazo de Lex. Ahora fue él quien le miró mal. - ¡Deja de hacer eso! Me vas a partir una costilla. - Pues tú deja de... - Un fuerte carraspeo de su madre cortó los susurritos en el acto. Ni la miraron, ya notaban su mirada gélida encima y con eso era suficiente. Mirar a un basilisco a los ojos nunca fue una buena idea.

    Atendió de nuevo a lo justo para ver al cura haciéndole carantoñas a Brando, lo que le puso más tenso todavía. Si se había lanzado en plancha sobre la escoba, se llega a acercar un cura a un bebé suyo y no responde de sí. Pero Andrew y Allison estaban (como siempre) negligentemente tranquilos. Eso sí, la cara que se le quedó a Alice cuando escuchó la palabra "bautizar" debió ser muy parecida a la que se le quedó a él. De verdad que no sabía ya a quien mirar, de hito en hito, pero los únicos en pánico parecían ser ellos. Los americanos estaban acostumbrados a los muggles y, por algún motivo, un cura no les perturbaba; los irlandeses parecían conocer al hombre de sobra; Violet no se espantaba por nada, y Erin, por contra, se espantaba por todo; en cuanto a su madre, no pensaba mostrar ni media emoción delante de un desconocido, y su padre parecía recordar su pasado irlandés en esos momentos porque, aunque ligeramente tenso, también estaba actuando con bastante normalidad. Lo dicho: solo estaban en pánico Alice, Lex y él.

    Eso sí, el comentario sobre los búhos le hizo frotarse la cara con una mano con los nervios carcomiéndole por dentro, y ahí a más de uno casi se le cae la compostura también. Buscó a Elio con la mirada, y cuando lo localizó, alzó los brazos y los dejó caer con frustración y los labios apretados en una mueca circunstancial. Ya estaba otra vez aprovechando su despiste para comer chucherías. Pero no era el momento de llamarle la atención, al menos estaba en la parte superior de las escaleras y, desde ahí, el cura no podía verle.

    Después de tanto codazo, al final Lex acabó hablando y el cura escuchándole. Ahora fue su hermano el que se llevó su mala cara. Se ahorró hacer el mismo gesto de cara y brazos que acababa de hacer con Elio cuando dijo que era deportista. Sí, enséñale la Sinsonte, que le va a encantar, le lanzó mentalmente, pero su hermano le ignoró con conveniencia. En su lugar, dio una respuesta que le hizo arquear una ceja primero, y rodar los ojos después. Le daremos las gracias a tu novio muggle de que a ti te quemen el último. - Lo dicho, soy bruto y fuerte. - Apuntilló Lex. - Tanto que podría partir costillas. - Y eso lo dijo mirándole a él, a lo que Marcus respondió con una mueca infantil de recochineo. Menos mal que siempre se podía contar con Andrew para desviar la conversación, y poco después, el cura se fue y Marcus pudo respirar tranquilo.

    Por poco tiempo, porque, al parecer, todos iban con él. - Es broma ¿no? - Repitió, porque aún conservaba la esperanza de que aquello fuera todo un numerito digno de Rowan el Verde. Nadie llegó a contestarle porque un malhumorado Lex se le parapetó delante. - ¿Tú eres tonto o qué? - De nada por intentar protegernos. - ¿¿Protegernos?? ¿A poner cara de culpable total le llamas tú proteger? - ¿Por qué no te pones tu nuevo jersey del Tottenham para la misa, jugador de rugby? - El Tottenham es un equipo de fútbol, imbécil. - Abrió la boca para contestar pero profirió un grito de dolor en su lugar, y Lex otro. Ahora sí, miraron a su madre, varita en mano, con cara de terror. - No os va a tener que quemar el cura si os quemo yo primero. - Amenazó. - Espero no tener que pedir que se comporten a mis dos hijos mayores de edad cuando no tenía que decírselo con cinco años. - Tragó saliva, y los dos se guardaron mucho de dar ni media contestación más.

    Optó por retirarse de Lex y arrimarse a Alice, al tiempo para observar atónito a Nancy decir que se lo tomaran poco menos que como una anécdota. - Ah, sí, por supuesto. - Respondió. - Oye, antropóloga, ¿has llegado al capítulo de la historia de la antropología en la que los muggles acusaban de brujería a cualquier mujer que encontraban mirando piedras aleatorias por los bosques? Te va a encantar. - Para su irritación, la respuesta de Nancy fue soltar una risita, apareciendo Frankie a su lado para decir. - Bueno, en ese caso, entre el primo Lex con la sinsonte y yo con mi labia con los muggles te rescatamos. - Y más se rio Nancy, y la cara de Marcus era un cuadro. Se giró de nuevo a Alice, pero se llevó un buen susto por el grito que le lanzó a Violet, quien por supuesto ya estaba haciendo de las suyas. Soltó un resuello y se agarró a ella. - Esto es un callejón sin salida. Si van todos menos nosotros, va a ser rarísimo, pero no quiero ir. - La miró con terror. - ¿¿De verdad vamos a entrar en una iglesia que no es de los Illuminati a escuchar una misa?? - Se frotó la cara. - Nos estamos metiendo en la boca del lobo... - ¡¡FITZGERALD!! ¡¡AQUÍ!! - Oyeron bramar a Andrew, que saludaba fuertemente con el brazo. Marcus abrió los ojos con espanto viendo como el chico se acercaba a un muchacho de unos veinte años con una cruz en el cuello. Siobhán suspiró fuertemente. - El otro... - ¿¿Otro cura?? - La voz de Marcus había salido aguda solo del miedo. La chica rodó los ojos. - Peor. Un topo. Y de los insoportables. ¡GRACIAS POR EL AVISO! - Chilló en dirección al chico, y este le lanzó un beso en la distancia, mientras charlaba animadamente con Andrew. - Es un metamorfomago. Vamos, que es un mago, pero le encanta el rollito de hacerse pasar por monaguillo, y como le cambia el aspecto... - ¿Por qué? - Por tipo que se tira toda la vida de becario de un cura. En fin, que lleva desde niño yendo y viniendo de la iglesia. Para la familia es "quien nos filtra la información potencialmente peligrosa", y generalmente el que avisa de que viene el cura, pero hoy debía estar demasiado ocupado molestando a otros. - Marcus seguía con la sensación de no estar pudiendo respirar, y volvió a mirar a Alice para decir. - No estoy entendiendo nada. -




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    Con Marcus | En Galway | 25 de diciembre de 2002
    Sí, claro, Marcus estaba al borde de ponerse a lanzar hechizos aturdidores. Lo de las catacumbas de Roma lo dejó traumatizado. Pero allí nadie lo planteaba como un problema, así que claramente eran ellos los que no terminaban de entender cómo funcionaba aquello. Cuando Marcus le hizo notar a Nancy el pasado de la iglesia, ella se giró y le miró con una relajada sonrisa . — Sé que como buen Ravenclaw aceptarás un buen dato contrastado: querido primo, la iglesia no perseguía a los magos. Los muggles lo hacían. Perseguir al diferente que tiene más poder que tú no es una cosa que haga solo la iglesia cristiana, y si no mira el resto del mundo y cómo todo el mundo guarda el secreto mágico. La iglesia solo fue su instrumento, y no uno tan efectivo como les gusta a ambas partes recalcar, los unos por triunfalismo y los otros por victimismo, ambos exacerbados. — La chica se agarró del brazo de Marcus y se apoyó en su hombro. — Y míralos ahora. Mendigando atención de pueblos minúsculos, las cifras de bautismos y sacramentos bajan en picado a cada año que pasa… — Les miró a ambos. — Las creencias vienen y van… Nuestro poder es nuestro, y no nos lo pueden quitar.

    Empezaba a convencerse de que no sería para tanto cuando apareció OTRO cura. Y ese encima era metamorfomago. Parpadeó confusa. El chico no debía ser mucho más mayor que ellos y tenía pinta de… No sabía cómo decirlo sin decir “pringado” sin decirlo. — Estás pensando: ¿ser metamorfomago para esto? Pues piensas bien. — Dijo Ginny haciendo una pedorreta. — Y aguántate que viene a por… — ¡Hola, Nancy! Feliz navidad. — Dijo el chico en cuanto pudieron oírle. Nancy suspiró. — Fitzgerald… — ¡Qué pasa, tío! Te has dormido este año. — El chico abrió mucho los ojos. — ¿Se ha pispado de algo? — Ya sabes que no, mi abuela sabe manejar a los curas mejor que nadie. — ¿Qué tal la celebración, Nancy? — Andrew levantó un brazo y puso cara de incredulidad, que fue muy graciosamente copiada por su hijo por imitación. — Increíble. — Alice se miró con Marcus, confusa, pero justo el cura reclamó al pseudocura jovencito y volvió a irse, ante las risas de Ginny y Wendy. — ¿Me lo cuentas? — Frankie trató de hacerse el loco pero estaba más recto y serio que nunca lo había visto. — No hay nada que contar, mi familia es tonta… — El pobre lleva toda la vida colgado de ella. No se puede ser más perdedor. — Nancy cogió a Brando de los brazos de Andrew y le tiró un hechizo de empujón que lo mandó varios metros atrás. — ¡NANCY! ¡MAMÁ! — Nora se giró con gesto cansado. — Ay, hijo, por favor, no molestes tanto, que este año no tengamos que llamar a los obliviadores… Y eso va también por vosotras chicas. Ginny, Wendy, Siobhán… — ¡Hala! Toda la vida igual… Mis hermanos la lían y se la lleva la pelirroja. — ¡QUE YO NO HE DICHO NADA! — Se ofendió Siobhán. Claramente, todas las familias grandes acababan así en algún punto, y eso le hizo reír, imaginándose a Marcus y Lex llegando a ciertas edades pero siendo así tal cual. Miró a su novio y dijo. — No tengo palabras para contar lo que estoy viviendo. Verás cuando lleguemos a Saint-Tropez y lo contemos en casa Gallia. — Entonces sintió cómo Shannon la agarraba de los hombros y les hacía cosquillas. — Aaaaay mis magos inglesitos, sois tan graciosos y dogmáticos… — Tú también estás sorprendentemente tranquila. — Ay, Alice… Hay tantos enfermos que necesitan de la religión… Ya te acostumbrarás. ¡No hacen daño! — Y se alejó alegre con sus niñas. Nada, claramente estaban malentendiéndolo todo.

    Se acercaron a la sala comunitaria, de la que alguien (el pringado probablemente) había tenido la delicadeza de desactivar los hechizos, y vio por allí a más familias del pueblo, considerablemente más populosas que días atrás. — ¿Da aquí el sermón? — Preguntó en bajito a Nancy. — Ya te digo, como que la iglesia es el laboratorio de pociones del pueblo… — ¡AH! ¡Entonces ya sé cuál es! — Sí, tiene un hechizo ilusorio de una cruz en el pico de la portada solo para los muggles, para disimular. Pero es un coñazo cambiarlo todo, así que le decimos que es que tiene goteras y no hay dinero para arreglarla. — Todo aquello sí que era ilusorio. El cura se subió al mismo escenario donde días antes Marcus había hecho de Rowan el Verde y se puso a hablar.

    El discurso sorprendió a Alice porque sonaba… ¿Hufflepuff? Desde luego nada que se pareciera a lo que ella esperaba de la malvada iglesia. Algunos hacían gestos según lo que decía el cura, pero los que mejor se lo sabían eran Niamh y los niños así que tuvo que preguntar. — Tu cuñada y tus sobrinos están muy puestos en esto. La madre de Niamh es muggle y muy creyente. Cuando están con ella van a misa. La mujer considera nuestros poderes un don del Señor.Sí, hombre, yo siete años para sacarme la licencia para que sea cosa de Dios… Pensó refunfuñada. Y de repente, el mago le dio una copa al cura y empezó a sacar como galletas… y algunos se fueron a comerlas. — Claro, no podría ser irlandés sin haber comida. — Le comentó a Marcus. La cosa es que empezaba a interesarle el asunto.





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    Dom 7 Jul - 14:42


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    Con Alice | En Galway | 25 de diciembre de 2002
    Puso cara de poquísimo convencimiento ante el discurso de Nancy, mirándola de reojo cuando esta se enganchó a su brazo y se apoyó en su hombro, tieso como un palo. - Una cuchara es un instrumento para comer. No tiene voluntad propia. La gente sí la tiene. Y esta gente "se hicieron los instrumentos" para evadir culpas. No me convence. - Él no se iba a bajar de su burro, ya por cabezonería, porque a Marcus le encantaba la historia y había estudiado muchísima, pero estaba a años luz de saber todo lo que Nancy sabía. En cualquier otro momento, lo más inteligente sería escucharla. Pero un Marcus asustado y receloso no era un Marcus receptivo al aprendizaje, y aún menos al cambio de opinión.

    Más tenso se puso cuando el supuesto metamorfomago (al que miró de arriba abajo arrastrando los ojos con toda la sangre Horner que tenía) se acercó a ellos, pero claramente el muchacho no pensaba prestar atención a nadie que no fuera Nancy. Rodó los ojos. - "Nuestro poder es nuestro..." - Masculló con una burlita. Con razón defendía a la iglesia, si tenía admiradores en ella, se jugaba una mano a que le venían de vicio para sus investigaciones (a ver, si él no le tuviera tanto recelo al contacto con los cristianos muggles, también utilizaría el recurso). Aunque ciertamente no parecía muy cómoda con las muestras de atención del chico, ni Siobhán con su sola presencia, ya que no hacía más que resoplar mirándole de reojo. Negó cuando Andrew explicó lo evidente, pero la cara que se le puso al ver a Nancy lanzando el hechizo fue de pánico absoluto, verificando que los dos curas, el verdadero y el de pega, estuvieran lo suficientemente lejos. - ¿¿Pero qué haces?? - Dijo con un susurro urgente. - ¿¿Por qué no lo gritas?? - Pero su indignación estaba siendo flagrantemente ignorada, lo que solo la hacía aumentar.

    - Yo tampoco. - Respondió automáticamente al comentario de Alice, aunque indudablemente con menos alegría que ella. Rodó los ojos al comentario innecesariamente Hufflepuff de Shannon, pero a su última afirmación tuvo que responder. - Los enfermos necesitan de la medicina. Y de la enfermería. No de la religión. - Y soltó un bufido, pero la mujer ya se había marchado. Miró a Alice. - Luego me llaman clasista y esas cosas, ¿pero tú ves esto normal? - Negó. - No es porque sean muggles, ¡es porque son religiosos! ¡Y se han metido en la casa! ¡A hacer preguntas indiscretas! ¡A pedirle explicaciones a Andrew y Allison sobre qué hacen o dejan de hacer con el bebé! - Bufó de nuevo. - Me parece indignante. ¿Por qué lo consienten? Y si no son peligrosos, ¿por qué guardan con tanto celo el secreto mágico, eh? Lo siento, pero no me convencen. - Insistía, negando con la cabeza.

    Cuando vio la cantidad de gente que había en la sala comunitaria, se le descolgó la mandíbula. - Esto es demencial. - Suspiró, alucinado, aunque no supo si alguien llegó a escucharle. Miró a Nancy con los ojos como platos. - ¿¿Esa es "la iglesia"?? - Alzó los brazos, sin dar crédito. - ¡Pero ahí están entrando y saliendo m...! - Bajó los brazos y echó aire por la nariz. - Muchas personas todos los días. - Recondujo, aunque con tonito evidente. Un peligro, una negligencia como no había visto otra en su vida, y mira que había visto cosas desde que llegara a Irlanda. Y que luego lo que consideren peligroso sea una búsqueda de reliquias. Y fue pensarlo y notó la mirada ceñuda de Lex encima. Esquivó la mirada. - Ya en serio, Marcus, relájate. A toda la familia de Darren la casó un cura. Un día, paseando por el barrio de Darren, Eli me soltó un discurso longitud Millestone sobre la iglesia que había elegido para cuando se casara y por qué el cura era "guay del Paraguay". - ¿Qué tiene que ver Paraguay ahora en esto? - Que te relajes. - Zanjó Lex, y Marcus se limitó a rodar los ojos por vigésima vez en la última media hora.

    Suspiró y se colocó bien cerca de Alice, atendiendo al discurso, revisando todo su alrededor con sutiles movimientos de los ojos. El show que presenció fue para verlo: un discurso al que podría sacarle peros hasta que tuviera la licencia carmesí, gente replicando gestos y hablando a coro como si estuvieran haciendo una invocación de artes oscuras y, para colmo, vino y algo técnicamente comestible en mitad de todo aquello. El comentario de Alice le hizo negar con la cabeza con resignación. - Creía que la Navidad era tu época favorita del año. - Dijo Nancy con una sonrisilla, y después le miró, con esa mirada que pone una Ravenclaw cuando sabe que te va a poner en un callejón sin salida intelectual. - ¿Qué te crees que conmemora la fiesta? - A mí el por qué me da igual. - Se defendió, alzando luego las palmas. - Sé que es una fiesta de origen cristiano. Yo respeto, y acepto, y adapto tradiciones que considero bonitas, y esta lo es. ¿Celebrar con regalos y comida que ha nacido un bebé? Por favor, esa fiesta está hecha para mí. No es el origen de la fiesta lo que me preocupa, es... lo que hacen... sus seguidores. - Miraba al cura de reojo. Nancy suspiró. - Te puedo asegurar que lo más peligroso que puede hacer ese es echarte una chapa larguísima sobre la palabra de Dios. Poco más. - Más peligro tiene aquí don monaguillo. - Se asomó Andrew, bromista, y cuando miraron al chico, este se vio sorprendido mirando a Nancy e hizo como que estaba mirando a otra parte, pero fatal disimulado. La chica suspiró. - De verdad, qué pesado. No tengo yo otra cosa mejor que hacer. - Conocerías a la iglesia desde dentro, sin duda. - Lanzó Marcus con una sonrisa de villana satisfacción y la barbilla alzada con superioridad. Tendría él que nacer de nuevo para no devolver un tirito.

    - Hoy nuestra comunidad tiene el honor de acoger a unos nuevos hermanos. - Continuó el cura, y para su espanto, extendió el brazo y les señaló, con una sonrisa afable. De repente tenían todos los ojos del pueblo encima, y Marcus se sintió empequeñecer ante el señalamiento. Más aún Lex, que parecía haber perdido el doble de su tamaño. - Francis Lacey y su familia, el hijo de Rosaline Lacey que emigró a América, ha vuelto a su tierra por estas fechas tan señaladas. También lo ha hecho Lawrence O'Donnell y los suyos. La familia, la tierra, allá donde nació nuestra fe, siempre tira de nosotros. Siempre será el hogar que nos llama. Acojamos a nuestros hermanos. - Les miraba directamente, sin perder la sonrisa afable y con las manos juntas. - Sepan, hermanos, que siempre tendrán un lugar en nuestra iglesia, que la casa de Dios es la casa de todos sus hijos. Les invito a formar parte de esta comunidad, a recibir a nuestro señor, alimentar nuestra alma... - Se estaba empezando a marear, pero tenía la sonrisa tensa congelada en el rostro y no quería mover ni una pestaña por miedo a que se le derrumbara todo. ¿Cómo lo hacía su madre para estar TAN tranquila? ¿Cómo podía la hija de Anastasia Horner pasar de estar un veinticinco de diciembre en su mansión familiar a estar en una sala comunitaria de un pueblo de Irlanda escuchando a un cura y tener exactamente la misma rectitud? De verdad que alucinaba con ello.

    Y entonces, el cura se calló, pero no dejó de mirarles. ¿Les había hecho una preguntas? Oh, por Merlín, se le había ido la atención. - Muchas gracias, padre. - Habló Arnold. - Mis hijos, mi mujer y yo estamos muy felices de poder estar aquí. Agradecemos la... - Marcus estaba mirando a Arnold como si fuera otro, absolutamente alucinado. ¿¿Pero qué?? ¿¿Desde cuándo su padre hablaba con tanta naturalidad CON UN CURA?? ¿¿Y delante de todo el pueblo?? - ...No nos sentimos dignos de recibir al señor sin haber recibido primero confesión. - Ahí sí que se le iban a salir los ojos de la cara. ¿¿Confesión?? ¿¿Confesar qué?? No me jodas, papá, para esto no hables. - ...Y por el respeto y aprecio que nos une al Padre Ashton... - ¿¿¿Quién es ese??? Su cerebro estaba ahora mismo más confuso que en toda su vida. - ...Preferimos que sea él quien nos confiese. - Lo comprendo, hijo, lo comprendo... - Pero nos sentimos muy honrados por vuestra acogida. - La casa de Dios es la casa de todos sus hijos. - Repitió el hombre, pero al menos pareció quedarse conforme, porque pasó a otra cosa. Arnold recuperó su asiento y Marcus vio cómo Emma, con esa expresión de orgullo inflado que se le ponía cuando uno de los suyos hacía una demostración de habilidad, le daba la mano y la apretaba sutilmente. Arnold puso toda la expresión chulesca que sabía poner y, mirándole con una caída de ojos, dijo. - Hay que tener habilidad para todo, señor alquimista. -




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    Con Marcus | En Galway | 25 de diciembre de 2002
    Ciertamente, Marcus estaba extremadamente tenso con todo aquello. Ferguson hizo bien el trabajo de la caza de brujas, desde luego. De hecho, se había perseguido más históricamente a las mujeres, pero… Bueno, solo faltaba que le recordaran a su novio que ella corría más peligro que él, entonces ya sí que arruinaban la Navidad. Ella tampoco había entendido lo de Paraguay pero le tuvo que hacer gracia imaginarse a Lex recibiendo una conferencia sobre por qué casarse en tal o cual iglesia. Y al igual que su novio aún no tenía suficientes tablas con Eli, Nancy no tenía aún un master en Marcus O’Donnell con el radar de peligro activado, así que intentó seguir razonando con él, empezando ya la ceremonia. — Siendo justos, en el pueblo todo el mundo hace lo de meterse en casa ajena y hacer preguntas indiscretas, pero no he entendido lo del bebé, ¿qué se supone que deberían haberle hecho? — Contestó confusa a la intervención de su novio que, como ella imaginaba, no había sido aplacado por Nancy.

    Y hablando de experiencia, a ella le faltaba toda con el rito cristiano, porque cuando se vio señalada, se sintió como en las clases del mencionado Ferguson cuando había estado haciendo el tonto con Poppy. Y, como le pasaba en aquellos tiempos, había un O’Donnell que sí sabía de lo que estaban hablando, aunque no el que ella se esperaba. Por un momento se preguntó quién era ese tal Ashton, pero eso fue antes de ver la sutil sonrisa de orgullo y satisfacción de Emma. De hecho, casi se ríe enfrente de todo el mundo, porque Arnold era la última persona a la que se hubiera imaginado hacer un quiebro tan veloz que ni la Sinsonte podría haberlo hecho.

    La que se levantó a comerse la galleta esa, ni corta ni perezosa, fue su tía, que hasta hizo la señal esa que hacían también los que se enteraban del asunto. La miró parpadeando mientras Erin y Martha se tapaban la boca y Cerys entornaba los ojos y cuchicheaba con Siobhán con clara mala idea contra el cura. — Tata, ¿pero tú cómo sabes esas cosas? — No se lo digas que están todavía en la ceremonia… — Aportó Erin, al borde del ataque de risa. — ¡Sí! ¡Cuéntalo! — Susurró Ginny entusiasmada. — Cuando me abras ese pub tuyo, cuento lo que quieras. — Uf, el concurso de talentos familiar. Entre tanta comida y eventos aleatorios que no esperaba, casi se le había olvidado. Se agarró del brazo de Marcus y susurró. — Ya no debe quedar mucho. Concéntrate en la performance que vas a montar con tu hermano, que lo que llevamos Siobhán, Allison y yo es grandioso. Quería meter a Nancy y Sophia, pero ambas me dijeron que ya tenían otros compañeros. Miedo me dan. — Así despejaban un poco la mente y hacían pasar el rato más rápido.

    El acto terminó y todo el mundo fue dispersándose, el cura despidiéndose de Cletus y Amelia, cuando Molly y Larry se acercaron a ellos. — Hijo, qué mala cara se te ha puesto. — Los curas en Irlanda son un mal menor, solo son extremadamente pesados. ¿Quién es tan dogmático de creer todo eso sin una sola prueba? — Aseguró Larry con su profunda voz. Molly se rio. — Ay, a mí este me hace mucha gracia. Tan gordito… Cómo se nota que lo acogen en casas irlandesas… — Hola, señora O’Donnell, alquimista O’Donnell. — Ay, Fitzgerald, hijo, tú siempre con esos estropajos negros… — Contestó la abuela a la nueva incursión del falso cura, probablemente refiriéndose a las ropas ceremoniales que vestía. — Alquimista O’Donnell. — Hola, muchacho. Iba a decirte que no has cambiado nada, pero sería un chiste malísimo de mi parte. — Me hubiera gustado acercarme a su casa para saludarles, pero he estado muy liado estos meses. — Y, claramente, para ver si se puede ganar a alguien de la familia de Nancy, pensó Alice. Wendy llegó por allí con Ginny, Andrew y Allison. — Hombre, sigues por aquí. — Saludó la primera. — Estaba saludando a vuestra familia, soy muy fan de vuestro tío, es una leyenda en el pueblo. — Buen intento, esquirol. — Dijo Ginny entornando los ojos. — ¿Vais a seguir de celebración ahora? — ¡Sí! ¡Vamos al pub a hacer el concurso de talentos navideño! — Contestó Allison, y se llevó dos empellones de su cuñada y Wendy, cada una por un lado. — ¡Au! Que me da pena… — Es solo para O’Donnells y Laceys. — Fitzgerald se giró y señaló a Frankie, que hablaba con Nancy, haciéndola reír tontísimamente. — ¿Él lo es? — ¡Pues claro, hijo! ¿No ves esa cabeza tan roja? Familia directa. Anda, deja tranquila a mi prima. — Si yo solo quería participar en el concurso… — Será otro año, joven. — Intervino el cura acercándose por ahí. — Hay que irse a dar el sermón a Connemara. — Sí, padre. — Les miró y agachó la cabeza. — Que lo paséis bien. — Feliz navidad, O’Donnells, nos iremos viendo. — Se despidió el cura. Alice solo hizo un gesto afirmativo, y se quedó mirando cómo el cura y Fitzgerald se iban un coche muggle. — Sí que me da un poco penita. — Admitió. — Nancy ni le ve. — Ya, pues que se ponga a la cola. — Dijo Ginny entornando los ojos con pesadez antes de dirigirse a la familia y ponerse la varita en la garganta. — ¡A ver! ¡O’Donnells-Lacey! ¡Atiéndanme! ¡Tenéis diez minutos para ir a las cosas a recoger lo que os haga falta para el concurso. En quince minutos cierra el pub y el que no esté allí, se va a casa a dormir con el abuelo Cletus!





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    Con Alice | En Galway | 25 de diciembre de 2002
    - ¡Pero mujer! - Escuchó susurrar frustrado a Arnold, subiendo y bajando los brazos mientras veía a Violet ir a comerse lo que tenían los curas en las copas. Su familia le miró extrañado. - Me va a tirar abajo mi excusa de no confesarse. Porque... - Soltó una risa, negando. - Si alguien tiene que confes... - Emma le estaba mirando con una ceja arqueada. Vio cómo tragaba saliva. - Bueno, ya está terminando la misa. - Pues menos mal, porque a Marcus se le estaba haciendo larguísima. Suspiró al comentario de Alice. Para concentrarse estaba él, la verdad es que ya con terminar con aquella pantomima tenía de sobra. Se empezó a escuchar un llanto de bebé y, al girarse, vio al pequeño Arnie berreando en brazos de su padre. Arqueó las cejas con desdén. - Yo estoy a punto de hacer lo mismo. - Masculló.

    Miró a su abuela con cara de circunstancias, pero sí señaló con evidencia las palabras de su abuelo. Aquello no tenía nada de científico. Se veía ya fuera del alcance del cura cuando una voz le puso recto como una vela una vez más. Marcus nunca había sido bueno mintiendo. Con la edad, a veces, había ocultado cierta información a conveniencia... Pero seguía sin dársele bien mentir u omitir información, sobre todo si no era simple información, sino toda su identidad. Al menos no era el cura muggle, sino el infiltrado. Sí que era un poco pesado, y su aspecto no le daba ninguna confianza. Por la reacción que vio en sus primas, no era muy bien recibido en el entorno en general. Solo le intentaban integrar Andrew y Allison, y su postura no era muy compartida. - Feliz Navidad. - Respondió con educación, sin quitarle la vista de encima hasta verle marchar. Cuando le dejó de ver, se giró lentamente hacia sus primas, con las cejas arqueadas y cara inexpresiva. - ¿Alguien me puede explicar por qué parece habérseos pasado este dato? - Parpadeó. - Llevamos aquí dos meses, nos habéis contado todas las tradiciones navideñas, ¿y justo esto no lo habéis considerado importante? - ¿Por qué querías saber que Fitzgerald va detrás de Nancy? - ¡Eso no, Wen! - Alzó los brazos al exclamar. - ¡Lo de que se te puede meter un cura en casa! - Bah, ese ya hasta la próxima Navidad no viene. - Comentó Ginny como si nada, mirando en la lejanía al cura muggle, que hablaba encantado con varias señoras mayores. Y, dicho eso, dio las instrucciones para ir a su pub.

    Antes de volver a casa a por las cosas, tuvo que volver a la del tío Cletus y la tía Amelia porque se había dejado allí a Elio. Su pájaro no se lo vio venir, cuando se quiso dar cuenta, miraba con ojos aspaventados a un Marcus que se le había echado totalmente encima. - ¡Se acabaron las chuches! - Tras el susto inicial, Elio puso cara de pena. - ¡¡Te has comido diez!! ¿Quieres ponerte malo? - Se guardó las chuches en el bolsillo. - No hay más hasta nueva orden. - El pájaro empezó a piar enfadado, y Marcus a argumentar, y cuando se quisieron dar cuenta, Lex había agarrado al pobre animal y lo había metido dentro de su bolsa. - Se acabó la discusión. - Le miró. - Puedo meterte a ti también en una bolsa si se te ocurre protestar. ¡Que vamos a llegar tarde! - Y tiró de él en dirección a la casa. - Alice ya tiene que llevar allí un rato. Y nos va a pillar saliendo. Y va a ver nuestras cosas. - Apenas llevamos cosas, Lex. Vamos a pasearnos. Lo que tenemos que hacer lo podemos hacer prácticamente sin materiales. - Deja de chulear. Quiero que hagamos esto bien, que la gente se lo está currando un montón. - Marcus le miró. - ¿Sabes qué llevan los demás? - He escuchado a Wendy y a Sandy cuchichear de lo suyo, que no es muy difícil, pero no sé más. Pero vamos, que me da igual, lo que quiero es que lo hagamos bien nosotros. - Marcus puso una sonrisilla. - Alguien quiere impresionar a su famiiiiiii... - ¿Quieres acabar comiéndote tú las chuches del pájaro? Pues sigue hablando. - Y, riéndose, se fue hacia la casa a recoger los pocos materiales que necesitaban.




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    Miér 10 Jul - 16:31


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    Con Marcus | En Galway | 25 de diciembre de 2002
    Al menos el enfado de su novio no duraría mucho más. Tuvieron que separarse rápidamente, porque Lex estaba tomándose el asunto muy en serio, y así pudo desviarse con Siobhán y Allison, que empujaba a Andrew. — Que no me lo preguntes más, pesado, que no te lo voy a contar. ¡Qué chiquillo! ¡Desde que nació! ¡Deja en paz a mi cuñada! ¡Y dame al niño! — Exigió Siobhán, empujando a su hermano después de quedarse al bebé. Brando se estaba riendo de lo lindo, con el día que llevaba de tanto traqueteo. La verdad es que el chiquitín era una parte fundamental de su actuación, así que se fueron las tres entre risas al piso de las solteras, donde habían estado guardando sus disfraces y materiales.

    Siobhán subió a por ello mientras ellas esperaban en el rellano de la casa, y justo Allison se asomó por la ventanilla coloreada de la puerta. — ¡Alice! ¿Esos son Nancy y Frankie? — ¿CÓMO? — Gritó Sandy desde arriba, lanzándose escaleras abajo, a trompicones. — ¿Pero cómo te ha oído? — Preguntó Alice parpadeando. — Créeme cuando te digo que es mi trabajo. — Le contestó la aludida que ya estaba ahí pegada a la ventana. — Oh, cómo lo sabía… — Sophia y Wendy bajaron al trote por detrás. — ¡Ah! Así que una de mis Ravenclaws se había pasado al equipo de las divinas y la otra me ha dejado por un chico. — Sophia puso los ojos en blanco. — Por favor, dime que mi hermano no le ha puesto las manazas encima a la tía más guay de la familia. — Dijo con tono lastimero. — Vaya, gracias. — Le contestó Alice cruzándose de brazos. — Vaya que si se las está poniendo. Hay que fastidiarse, luego le dicen a una… — Informaba Sandy. De repente dio un salto para atrás. — ¡Uy! ¡Wen! ¡WEN WEN WEN WEN TÍA! ¡QUE KIKI HA VENIDO! ¡TÍA QUE TRAE FLORES Y UN REGALO! ¡QUÉ FUERTE! — ¿Quién es Kiki? — Preguntó Allison desconcertada antes los gritos de emoción de las dos. — Es Ciarán. Miss Americana no se lo aprendía y han empezado a llamarlo así. — Dijo Ginny cruzándose de brazos desde lo alto de la escalera. — Venga, dejad de ocuparme el recibidor con tanta hormona en el ambiente, tengo que irme a abrir mi pub y prepararlo para la familia. — ¡TÍA, GINNY! ¡QUE ESTÁN NANCY Y FRANKIE AHÍ! — Insistió Sandy, más emocionada que con los regalos de Navidad. Pero la pelirroja no se dio por aludida y suspiró. — Yo solo soy tía de este. — Y cogió a Brando de los brazos de su madre. — Y mi bichito y yo nos vamos al pub. — Fue verse en brazos de la mujer y el niño empezó a celebrar con risas y agitando piernecitas y brazos, como si supiera que le iban a llevar al lugar más maravilloso del mundo. — ¡Ginny! ¡Que lo necesitamos para el número! — Le gritó su hermana mientras terminaba de bajar, cargada como un camello desde lo alto de la escalera. — ¡Que ya, Siobhán! ¡Que no me lo llevo para secuestrarlo y empezar una nueva vida juntos! — Pasó justo por al lado de Ciarán y le señaló. — Eh, Connemara. — Hola Gin… — Ni una pedida en mi pub. Avisado estás. — Y siguió para adelante, frente a la actitud azoradísima y extremadamente sospechosa de Frankie y Nancy. — Anda que… Qué andarán haciendo. — Le comentó Alice en bajito a Allison, mientras cogían las cosas. La chica soltó una risilla traviesa que le hacía parecer aún más una hada del bosque. — Uy, Alice, si quieres te doy una pista, pero… — Es una forma de hablar, cuñada… — Siobhán suspiró y se quedó mirando un momento. — No son familia, ¿no? De sangre, digo. Confirmado. — Alice suspiró y negó con la cabeza. — Eso a tu primo Marcus no va a haber quien se lo haga entender. — Vaticinó. Y Lex lo va a saber en preestreno.

    La verdad es que Ginny cuidaba el pub como nadie y sabía crear ambientes con un arte que era de admirar. Arthur, como si nunca se hubiera jubilado, estaba sobreexcitado, con los ojos brillantes, dando voces a Ginny y recibiendo sus órdenes como si fuera un chaval, y George había decidido que él se ponía tras la barra y tenía entretenidas a las señoras con diferentes tipos de cóctel. En el pequeño escenario había unas telas por detrás de temática navideña y habían montado una mesa muy decorada también donde estaban los seis abuelos, claramente para ejercer de jueces y un montón de sillas delante del escenario. — El único camerino es la sala familiar, podréis acceder a ella mientras los anteriores a vosotros estén actuando, y, salvo casos excepcionales, ya os tenéis que quedar con lo que os pongáis el resto de la noche, porque somos muchísimos, no podemos atascar. — Les informó Ginny con presteza. Vivi estaba al lado de un tablón, también muy decorado, y, muy teatralmente, señalándolo, dijo. — Bienvenidos al concurso de talentos O’Donnell-Lacey. Aquí tienen su orden de actuación y en esa esquina encontrarán a la acomodadora de material. — Vio a Emma que estaba mandando dibujar a algunos de los niños con tiza los espacios dedicados a cada uno para poner las cosas. — Vosotras no actuáis, ¿verdad? — Preguntó, entendiéndolo todo de golpe. — Quién sabe. Pero no sería nada justo tenernos trabajando y hacernos actuar, ¿no te parece? — Contestó su tata tirándole un beso.






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    Crazy noisy disco night
    Con Alice | En Galway | 25 de diciembre de 2002
    - ¿Ves como íbamos bien? - Dijo Marcus con tono paternal cuando cruzó con Lex el umbral del bar y eran casi de los primeros. - Me alucina lo pesado que has sido siempre con la puntualidad y lo tranquilo que estás hoy. - Acabo de sobrevivir a una misa católica y voy conociendo a mi familia. No tengo por qué correr. Prefiero guardar mis energías para el gran espectáculo que vamos a dar. Y tú también deberías. - Con su sonrisa más carismática, se acercó a la mesa de los jueces. - Holaaa... - ¡Tú, fuera! - Puso cara de espanto y se llevó una mano al pecho. - ¡Tía Maeve! - No no no no, nada de tía Maeve. Que nos lías. Nada de favoritismos. - Intensificó la expresión de sorpresa ofendida. - Solo venía a salud... - Pero ni le dejaron terminar, porque todos los abuelos se sumaron al pie de guerra de la tía Maeve y le echaron de allí. Lex iba muerto de risa. - Algún día te tenía que pasar. - ¡Encima que uno solo quiere ser educado! - Pues nada, ya no se acercaba a más nadie.

    Poco a poco fueron llegando todos, saludó a Alice entre el gentío con una sonrisa y atendió a las instrucciones de Ginny, las cuales remató diciendo. - Y como yo no soy parte del jurado y soy la anfitriona... ¡Mi equipo abre esta velada! ¡Chicos, conmigo! - Y Horacius y Lucius botaron de sus asientos para ir corriendo detrás de su prima, generándose entre el público un corrillo de expectación, hipotetizando, riendo e intentando sonsacar a los demás qué iban a hacer. Minutos después, las luces bajaron y se escuchó un redoble de tambores. Una voz (la de Ginny modificada para parecer un programa de talentos, claramente) sonó amplificada por el local. - ¡Señoras y señores! ¡Irlandeses, americanos, ingleses y franceses! ¡Bienvenidos al concurso de talentos de la familia O'Donnell, este año con la colaboración especial de los Lacey y más gente que nunca! Demos un fuerte aplauso a los primeros competidores, cuyo espectáculo se titula "reconoce al gemelo, versión más difícil todavía". - Todos aplaudieron y jalearon, y el escenario enfocó la entrada de los dos gemelos, orgullosos y perfectamente trajeados, con pajaritas y brillo en las chaquetas como si fueran showmen. Ginny apareció tras ellos con una pajarita como la de ellos, pero solo enganchada al cuello, y un vestido de lentejuelas dorado espectacular. En algún momento, una barra de bar había aparecido en el escenario, llena de cócteles, vasos y demás utensilios. Además, había un atril con una especie de block de notas gigante, en cuyo título ponía "cóctel desafío". Sobre la cabeza de Ginny, un cronómetro mágico flotante estaba puesto en el cero, así como un contador de puntos.

    - ¡Proponemos a nuestra prima Ginny un desafío! - Empezó a clamar Horacius con voz de maestro de ceremonias. - En estas tarjetas que tengo en mi mano, mi hermano y yo hemos elaborado una serie de preguntas sobre nosotros, que vamos a lanzar en batería durante dos minutos. - Señaló elegantemente a su hermano. - Mientras yo hago las preguntas, Horacius irá mostrando en esa libreta los cócteles que tiene que hacer. Cada cóctel realizado correctamente son veinte puntos. Cada pregunta respondida correctamente, diez puntos. Estos mismos puntos se restan si hay un error. - Intensificó la voz de concurso. - Nuestra concursante ha asegurado que es capaz de llegar... ¡A los doscientos puntos en dos minutos! - Hubo un murmullo impresionado generalizado, mientras Ginny se pavoneaba graciosamente. - ¿Será capaz de conseguirlo? - La mayoría de las voces del público gritaron "sí", pero algún que otro gracioso gritó "no". - ¡Vamos a comprobarlo! -

    - Y el tiempo comienza... ¡YA! - Nada más decirlo, Lucius pasó la portada del block, y en la primera página apareció "San Francisco". Ginny, a una velocidad increíble, empezó a preparar el cóctel, pero no solo eso. Horacius empezaba a leer las tarjetas más rápido que la Sinsonte dorada en pleno vuelo, y con la misma rapidez contestaba Ginny, sin pestañear. - ¿Quién de nosotros tiró una vez de la cuna al otro sin querer? - Lucius. - Correcto. ¿Quién de nosotros se ha quedado más veces a dormir en casa de los abuelos? - Horacius. - Correcto. ¿Quién de nosotros le tiene miedo a los payasos? - Lucius. - Correcto. ¿Quién de nosotros querría entrar en la casa Hufflepuff? - Lucius. - Correcto. ¿Quién de nosotros odia las zanahorias? - Los dos. - ¡Muy bien! ¿Quién de nosotros...? - En lo que había hecho esas preguntas, Ginny había preparado ya dos cócteles e iba por el tercero. Lucius estaba al quite para pasar las páginas. - ¡Correcto! ¿Quién de nosotros soñó una vez que estaba federado en la liga por la protección del augurey salvaje? - Horacius. - ¡Correcto! ¿Quién de nosotros duerme con más peluches? - Lucius. - ¡¡Incorrecto!! - Sonó un sonido estruendoso y en el marcador de Ginny se restaron diez puntos, pero el ritmo vertiginoso no paró. - ¿Quién de nosotros ha probado ya la cerveza negra? - Lucius. - Correcto. ¿Quién de...? - ¡¡TIEMPOOOOO!! - Gritó Lucius, justo a tiempo de que Ginny cerrara la coctelera que tenía en las manos. La ovación fue enorme.

    - Ahora, los jueces deben comprobar que los cócteles son correctos. - Le pasaron los siete cócteles (Marcus estaba impresionado) que Ginny había preparado mientras respondía preguntas a Lawrence, que mediante una separación rápida, comprobó que tenían los ingredientes correctos en todos ellos, por lo que no hubo penalización. Cletus habló como portavoz, leyendo sus documentos con las gafas en la nariz. - La concursante ha realizado bien un total de siete cócteles, a veinte puntos cada uno hacen un total de ciento cuarenta puntos. Además, ha respondido correctamente a quince preguntas sobre los gemelos, lo que son ciento cincuenta puntos, pero ha fallado una, por lo que pierde diez puntos. En total, otros ciento cuarenta puntos, que sumados a los anteriores hacen un total de... ¡Doscientos ochenta puntos! Por lo tanto, ¡DESAFÍO SUPERADO! - Todos aplaudieron y ovacionaron fuertemente, mientras Ginny hacía reverencias, y los tres se despedían alegres por el lado del escenario. Maeve hizo sonar una campanita para decir. - ¡Que pase el siguiente equipo! -




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    Alchemist
    Ivanka
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    Ayer a las 13:17


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    Predicando con el ejemplo, la maestra de ceremonias fue la primera en anunciar su propio show, cortando el conato de drama que traían los O’Donnell provocado por Lex, por primera vez en la historia, tomándose algo exageradamente más en serio que su hermano.

    La verdad es que motivos no le faltaban, porque el número inaugural era de escándalo, ya solo con el planteamiento y el vestuario. Aunque su vestuario iba a ser muy cuqui también, y tenían a Brando. Cuando oyó la apuesta de la propia Ginny en boca de Horacius, no pudo evitar entornar los ojos y suspirar. Miró a Siobhán y susurró. — Cuando los Gryffindor hacéis estas algaradas, ¿qué os mueve? — La chica se rio entre dientes, pero puso una sonrisa orgullosa y dijo. — Tú verás como sí que lo consigue. — Alice rio. — Ya, si no dudo de que hay posibilidades, ¿pero por qué venderlo tan alto? — Pero se callaron porque empezó la frenética y dificilísima ronda de preguntas, aunque no sabía si le parecían tan complicadas como mantener la velocidad y la precisión en los cócteles que estaba haciendo. Claramente tenía que abrir su mente Ravenclaw al abanico de “talentos” que podía ofrecer una persona. Cuando el tiempo acabó, se descubrió a sí misma preocupada por si Ginny alcanzaba los puntos y, como su hermana había predicho, lo logró y con buen margen, así que aplaudió y celebró como la que más.

    Como bien había indicado la anfitriona, no había tiempo que perder, así que sin llegar a quitarse el traje, presentó al siguiente grupo, que era uno que a Alice le generaba muchísima curiosidad, compuesto por Wendy, Sandy y Sophia. Las tres salieron vestidas con unos vestidos rojos, muy navideños pero bastante… ¿sosos? Eso iba a tener truco. Fue Sophia la que se adelantó para presentar el número con una sonrisa tierna y cierta expresión infantil. — Buenas tardes, familia. Para los que no os habéis criado con nosotros, quizá esta asociación no os parezca tan rara, pero para el que ha pasado más de dos días en la casa Lacey de Long Island, creerá que sus ojos no están dando crédito a lo que ven. — Se oyeron varias risas y ruidos afirmativos. — Mi prima Sandy y yo siempre hemos sido como el agua y el aceite, pero también hemos tenido momentos… Momentos en los que quizá buscábamos justo que nadie nos viera, y por eso nos veíamos la una a la otra, y sabíamos reconocer a otra mujer Lacey dispuesta a, por lo menos, no juzgar. — Carraspeó. — Este número surgió de un día en el que encontré a Sandy, escondida en la habitación de la tía Shannon, tratando de hacer dos invocaciones para tener compañeras de baile y yo me acabé ofreciendo y aportando una visión de serpiente cornuda al asunto. Cuando se lo contamos a Wendy el otro día, puso tanta emoción y entusiasmo al asunto que estamos seguras de que va a ser el número de nuestras vidas. Y ya os dejo, sin más dilación, con vosotros ¡SWS! ¡Los Ángeles de Ballyknow! — Y se colocaron Wendy y Sophia a ambos lados de Sandy, bajaron las luces y empezó a sonar una música.

    Era Jingle Bells, y las sombras comenzaron a moverse muy coordinadamente. Pero no fue el baile lo que más sorprendía, es que cada más o menos diez o veinte segundos, completamente en sincronía con la canción, el vestuario de las chicas cambiaba. El primer cambio fue en cuanto se encendieron las luces, que aparecieron vestidas de una versión muy sexy de Papá Noel, que escandalizó a Jason, dejó a Cillian sin palabras y la boca abierta, y a George con la misma sonrisa de padre amantísimo que llevaba luciendo toda la tarde. El siguiente fue una también muy atrevida versión de un atuendo leprechaun muy verde, pero la cosa fue evolucionando, porque llegado el estribillo llevaban las tres el mismo vestido plateado que, a medida que giraban sobre sí mismas en distintas posiciones, iban adquiriendo un degradado de color en cada una de ellas. Pasaron por las rayas blancas y negras, atuendos circenses, hawaianos e incluso de majorettes como las que había visto en carteles en América y trajes medievales irlandeses, y todo sin descuidar la coreografía y sin que Alice pudiera ver quién de las tres estaba lanzando el hechizo con tanta precisión. Parecía increíble que solo hubieran pasado tres minutos de coreografía, pero cuando terminaron, cada una con un outfit muy personal que te hacía pensar en ellas a diario, la ovación fue tremenda. Frankie silbó emocionado y Fergus gritaba. — ¡ESA ES MI HERMANA! — Los miembros del jurado también aplaudieron profusamente, y Lawrence aseguró. — Se valorará la originalidad, y más importante ¡la pericia hechicera! Enhorabuena, chicas. — Sí que se estaba poniendo difícil el concurso.







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