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    Alchemist
    Freyja
    Alchemist
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    Sáb Abr 23, 2022 1:25 pm
    Recuerdo del primer mensaje :




    El pájaro en el espino
    Marcus & Alice | Continuación Golden Shields | Inspired - Libros (Harry Potter Universe)
    Estaba escrito. Marcus O’Donnell y Alice Gallia estaban predestinados a estar juntos desde antes de nacer, aunque las vicisitudes de la vida y sus familias, les impidieron conocerse hasta llegar a Hogwarts. Desde el primer día, en las barcas, sintieron esa conexión única que acabaría desembocando en la más bella historia de amor, pero hicieron falta siete años de idas y venidas, de heridas tan dolorosas como la pérdida de una madre o la apertura de secretos familiares que podían traer un terremoto a la vida de todo el mundo, para que acabaran juntos y felices.

    Marcus es el primogénito adorado de la importante familia O’Donnell. Criado entre eruditos y con una familia unida, recto, prefecto durante tres cursos completos en Hogwarts, amante de las normas y con una inteligencia privilegiada. Nada haría augurar que acabaría entregando su corazón a Alice Gallia, otra mente brillante de Ravenclaw, pero proveniente de una familia con un pasado turbulento por parte de su madre en América, y mucho menos fan de las normas e inherente al caos. Pero ellos se adoran, las familias han recuperado el vínculo y se apoyan y la alianza O’Donnell-Gallia es un fuerte vínculo que va desde Irlanda a La Provenza.

    Juntos fueron los mejores alumnos de Hogwarts, juntos quieren comerse el mundo y ser alquimistas. Ahora saben que se aman y que quieren estar juntos, pero no todo puede ser tan fácil. Les quedan mucho años de estudio y trabajo por delante para llegar a ser quienes quieren ser, las situaciones familiares no son las ideales y aún quedan temas sin resolver.

    La historia de Marcus y Alice no podía acabarse al salir de Hogwarts, queda mucha alquimia, mundo que recorrer, momentos felices, dramas y mucha mucha alquimia y magia, que es para los que ambos nacieron. Además, aún no se han cumplido las dos profecías: queda una boda con mucho espino blanco y la creación de un nido… La última página está muy lejos de ser escrita, y esto es solo la primera parte.

    AQUÍ COMIENZA ALQUIMIA DE VIDA: PIEDRA, PARTE 1


    Índice de capítulos

    1. La eternidad es nuestra
    2. The birthday boy
    3. Juntos pero no revueltos
    4. Rêve d'un matin d'été
    5. Don't need to go any further
    6. The ghost of the past are the fears of the future
    7. Que alumbra y no quema
    8. Where it's peaceful, where I'm happy, where I'm free
    9. Could you never grow up?
    10. El largo vuelo
    11. Family fights together
    12. The language of facts
    13. El ejército
    14. They made their way
    15. De cara al pasado
    16. Toda la carne en el asador
    17. Con los pies en el suelo
    18. The encounter
    19. Titanium
    20. La bandada
    21. Turmoil
    22. En el ojo del huracán
    23. La mágica familia americana
    24. Vientos de guerra
    25. The hateful heirs
    26. Damocles
    27. Tierra sin ley, odio que ciega
    28. Sueños de paz
    29. Antes de despegar hay que aterrizar
    30. Volar es un pensamiento que no se puede atrapar
    31. El vuelo de las águilas
    32. Como las piedras celtas
    33. Are we out of the Woods?
    34. Bad topic
    35. The date
    36. Furthermore
    37. Sin miedo a la diversión
    Marcus O'Donnell
    Alquimista | Timotheé Chalamet | Freyja
    Alice Gallia
    Alquimista y enfermera | Kaya Scodelario | Ivanka




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    Alchemist
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    Miér Mar 29, 2023 5:37 pm


    Turmoil
    Con Marcus | En Long Island |  15 de agosto de 2002

    No podía atender a las reflexiones de Aaron y Marcus, se había echado hasta a tiritar. Respiró profundamente y se apartó el pelo de la cara, mientras Maeve proponía una forma muy adecuada de volver. — Esto me da seguridad. Gracias, tía Maeve. — Ella le acarició la espalda. — Venga, no perdáis tiempo, cuanto antes vayáis, antes volveréis. — Miró a su novio y asintió. Si de ella dependía, desde luego, no iban a pasar delante de esa gente ni un minuto de más. Sonrió levemente a Marcus y, agarrándose fuertemente a él, tocó la tarjeta, y notó la brusca sensación del traslador.

    Aterrizó manteniendo el equilibrio a duras penas. — ¡Ay, qué rápido habéis venido, menos mal! — Ni siquiera estamos tan lejos, esto también es Long Island, contestó mentalmente Alice. Miró alrededor, muy alerta, por lo que pudiera haber, y no vio a nadie más que a Lucy y un hombre con un traje desabotonado y una corbata deshecha. — ¡Revelio! — Lanzó, haciendo que el hombre se pusiera en guardia con la varita. Pero ella solo estaba buscando escuchadoras o gente con hechizo de invisibilidad o así. Solo vio un hechizo muy parecido al de su padre, silenciador, pero que permitía escuchar lo de fuera, y varios hechizos bloqueadores en la puerta. No es que se sintiera muy segura, pero soltó a Marcus y enfocó a ambos.

    ¿Cómo está Aaron? ¿Habéis averiguado algo? — Preguntó la mujer, con aquella cara de preocupación permanente, frotándose nerviosamente las manos. — Él está bien. Michael McGrath, supongo. — Dijo mirando al hombre, que asintió, también con nerviosismo y les tendió una mano, que ninguno de los dos estrechó. — ¿Qué teníais que decirnos? ¿Vais a declarar contra ellos? ¿Le ha pasado algo a Dylan? — Lucy se mordió el labio inferior y miró a su marido, que tomó la iniciativa. — Tu hermano está bien, Alice. Mejor que nuestro hijo si estuviera aquí… Tengo que confiar en que le estáis tratando bien. — Ella rio sarcásticamente y dijo. — Era difícil hacerlo peor. Resulta que tenemos escrúpulos. Y ahora dígame, ¿qué demonios quieren? Tenemos un huracán encima. — Lucy se acercó hacia ella, conciliadora. — Alice, escúchame… Es imposible que Michael y yo movamos ficha. Hemos revisado lo que sabemos, lo que tenemos contra ellos… — Ella se echó hacia atrás, para evitar que su tía la tocara, con una risa indignada. — ¿Por qué no me sorprende? — Michael la miró directamente. — No es tan fácil como lo pueda ver una niña de dieciocho años. — Ella afiló la vista. — Sí, ya veo que a usted lo de decidir por mujeres jóvenes y no confiar en su criterio se le da muy bien, pero yo no soy mi madre, señor McGrath. — Él suspiró y negó con la cabeza. — Os hemos llamado para ofreceros información, pero no podemos declarar. — Es demasiado peligroso para nosotros, Alice, entiéndelo. ¡No! ¡Ustedes no entienden el peligro que corre mi hermano! — Miró a Lucy directamente. — ¿Nos contaste la verdad respecto a Bethany? — Los dos se quedaron a cuadros. — ¿Sobre qué exactamente? — La herencia. ¿Es verdad que vuestra tía desheredó a mi madre? — La mujer miró a su marido, un claro acto reflejo para todo lo que hacía en su vida. — El heredero es Teddy. Lucy lo arregló todo para que así fuera. — Contestó Michael muy seguro. — Pero es posible que quieran a tu hermano para otro tipo de negocios, les conviene tener más gente para repartir negocios en testaferros, y no pueden hacerlo con seguridad si no están bajo su custodia. — Alice echó el aire con fuerza por la nariz. — ¿Por qué todo lo que decís me suena a una mentira detrás de otra?






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    Miér Mar 29, 2023 7:36 pm


    Turmoil
    Con Alice | En Nueva York | El 15 de agosto de 2002
    Si las miradas mataran, habría asesinado a Lucy McGrath nada más aterrizar. No pudo evitar apretar los labios y mirarla mal. Ah, y no estaba sola, lo cual le puso automáticamente en guardia durante los escasos segundos que tardó en dilucidar que debía tratarse de Michael McGrath, el padre de Aaron. A pesar de que iba con la hostilidad por delante... casi le defraudó verlo. Le había imaginado como a un empresario despiadado, altanero y distante, un negligente como padre y como esposo, en vistas de los acontecimientos. Pero lo que tenía ante sí era a un hombre al que parecían haberle colocado un traje encima y mandado a la guerra sin armas. Llevaba la chaqueta mal puesta, el pelo despeinado y tenía bastantes ojeras, y la cara un tanto desencajada, muy parecida a la que ponía Aaron cuando se sentía sobrepasado. Definitivamente no era un Van Der Luyden, más bien uno de sus hombres de paja. Lástima que no le diera ninguna pena.

    Su novia se adelantó magistralmente, en lo que él lanzaba odio por los ojos a Lucy y escudriñaba a Michael. Evaluó el entorno rápidamente y lo que vio no le pareció peligroso, ni veía a esa gente capaz de echar algún hechizo tan intrincado que un Revelio no pudiera detectar... aunque nunca se sabía. Por lo pronto, lo que tenían era una versión cutre del hechizo modificado de William. No pudo evitar reír sarcásticamente para sus adentros. Si no le hubierais prejuzgado y expulsado de vuestra familia, ahora tendríais algo mejor. A la pregunta de la mujer, arqueó una ceja. Ya se había soltado del agarre de Alice, por lo que se cruzó de brazos. - No tanto como habríamos avanzado de tener más ayuda. - Movió levemente la cabeza. - Y, evidentemente, lo que hayamos o no descubierto no lo vamos a compartir con quien no colabora. - Esperaba que les hubiera llamado para algo más que para preguntarles que cómo iban. No podía ser tan ingenua de pensar que se lo iban a decir.

    Cuando el padre de Aaron les tendió la mano, frunció el ceño casi ofendido, y no se descruzó de brazos, lo cual le provocó una profunda incomodidad. Marcus era protocolario y educado hasta el extremo, jamás se hubiera imaginado rechazando tan flagrantemente a alguien que intentaba presentarse. Pero es que con esa gente no quería compartir ni el aire que respiraban, cuanto menos darle la mano. Por no hablar de que seguía sin fiarse de sus intenciones, ni saber para qué les habían llamado. Alice intentó acortar aquella pantomima, y la respuesta de Michael fue tal cual como las que Aaron le daba cuando aún estaban en hostilidad mutua, lo cual le hizo rodar los ojos y negar con la cabeza, mirando hacia otro lado, riendo sarcásticamente con los labios cerrados y aunando toda la paciencia que pudiera una persona recabar. Luego habló Lucy, y por supuesto que Alice se echó hacia atrás, pero Marcus clavó la mirada en la mujer, no dando crédito. Y, a más oía, menos daba. - ¿En serio nos han traído aquí para esto? - Preguntó, rebosando acidez. - ¿Para llorarnos porque no podéis hacer nada y hablarnos con superioridad, como si fuéramos precisamente NOSOTROS los que no sabemos del tema o los que hemos creado esta situación? - No sé quién eres tú para hablar en este tema. - Preguntó Michael, en un arrebato de defensa desesperada ante los ataques. - Esto es algo entre nuestra sobrina y nosot... - ¿¿Vuestra qué?? - Menudo latigazo de ira le había golpeado el pecho ante las palabras del hombre, tanto que el tono de su pregunta se le desbordaba. - Alice no es vuestra sobrina. Y en cuanto a vosotros, ya nos estáis dejando claro, una vez más, que no podéis hacer nada, y aun si lo hicierais yo seguiría estando mucho más metido en este tema que vosotros. Yo sí soy familia de Alice y de Dylan. - Que todavía no había puesto los pies en ese sótano y ya le estaban tirando de la lengua.

    Al menos, tras su estamento y el de Alice, el hombre hizo algo así como intentar reconducir diciendo que podían darles información. Hizo bien en no hacerse ilusiones, porque Lucy volvió a decir que era peligroso para ellos. Alice saltó en el acto, mientras él volvía a reír con incredulidad y sarcasmo. - Peligroso es para nosotros, que, como bien ha señalado su marido, no somos nadie. - Pero su novia directamente preguntó por Bethany, porque al menos, ya que habían ido, tratar de sacarles información y persuadir de que colaboraran. La respuesta de Michael no les aseguraba nada a ciencia cierta, más bien había echado la pelota hacia otro lado. - Porque es lo que llevan haciendo toda la vida, y nos lo están haciendo en la cara desde que llegamos aquí. - Respondió él a la pregunta de Alice, mirando a los otros, sin descruzar los brazos. - Si es como decís, queremos pruebas. - Eso iba a deciros. - Dijo Michael, con las manos temblorosas. Casi podía sentir cómo tenía la boca seca al hablar. - Investigad por ahí. Debe haber papeles, documentos a nombre de Dylan Gallia en caso de que le hayan utilizado de testaferro, poderes notariales, se puede investigar de mil formas. - Perfecto. Estaremos esperando. - Contestó Marcus, impasible. Lucy suspiró agobiada y temblorosa, y Michael negó con la cabeza. - Pero nosotros no podemos. Tenéis que hacerlo nosotros. - ¿Un poderoso hombre de política y una Van Der Luyden no pueden conseguir dicha información de su propia familia? ¿De verdad un tipo que no pinta nada aquí y una niña de dieciocho años, según vuestras propias afirmaciones, pueden llegar más lejos que vosotros investigando? - No es cuestión de llegar lejos, ¡es que no podemos! ¡Vosotros no estáis en este mundo, no entendéis lo que es esto! - Estamos en este mucho mucho más de lo que desearíamos estar, créame. - No puedo mancharme las manos y arriesgarme a perderlo todo por un niño, lo siento. - Y Marcus ya había oído todo lo que tenía que oir con esa sentencia que, si bien temblorosa y nada convencida, le había terminado de hartar.

    Rio sarcásticamente de nuevo y tomó la mano de Alice, diciendo. - Nos vamos... - No, por favor. Por favor, esperad un momento. - Rogó Lucy, acercándose a ellos y prácticamente llorando. - Por favor, por favor, dadnos una oportunidad. Queremos recuperar a nuestro hijo. Por favor... - Deje de hablarnos como si fuéramos sus secuestradores. - Se ofendió Marcus. Se había vuelto a girar hacia ella, soltando a Alice. - Nosotros no tenemos a Aaron retenido. Si estáis haciendo esto como si fuera algo así como una recompensa para que le liberemos, estáis muy equivocados. Ya os ha dicho Alice que tenemos escrúpulos. - ¿Y por qué no ha venido Aaron con vosotros? - Está de broma ¿no? - Contestó Marcus a Michael sin poder evitar la risa despectiva en la pregunta. - Aaron no ha venido por dos motivos: el primero, porque si alguien corre peligro en esta familia, es él, a quien habéis permitido que maltraten durante años, y que le usen de espía, cosa que no ha hecho y por lo que le podrían caer unas consecuencias que sus propios padres "no podrían hacer nada por impedir porque es peligroso para ellos." - Lucy rompió a llorar, llevándose una mano al pecho. La ignoró. - Y segundo, porque no quiere. Porque está siendo cuidado por una familia que le aprecia y le trata bien y le da calor, lo cual se le nota a la legua que no ha tenido en su vida. Aaron no ha vuelto ya porque él no quiere volver, no por nosotros. Las puertas de la casa las tiene abiertas para irse cuando quiera, preguntáos más bien por qué no lo ha hecho ya. - Lucy seguía llorando, y Michael, que le miraba con las pupilas temblorosas, tragó saliva. Marcus aprovechó para continuar. - Seguimos sin saber para qué nos habéis hecho venir. Esta información, tal y como nos la dais, no nos sirve para nada. Si realmente el heredero de Bethany es Teddy, queremos pruebas. Si realmente Dylan está siendo usado como testaferro, queremos pruebas. Decidnos si nos la podéis dar, y si no, nos vamos. Porque, no sé si lo sabéis, pero hay un huracán a la vuelta de la esquina. Y, no menos importante, no nos apetece pasar ni un solo segundo más encerrados en el sótano de esta casa. -




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    Miér Mar 29, 2023 11:11 pm


    Turmoil
    Con Marcus | En Long Island |  15 de agosto de 2002

    La indignación de Marcus iba acorde con la suya, y no pensaba decirle ni media palabra sobre cómo estaba hablando a la pareja. Evidentemente, a ella no le tomaban en serio, bueno, pues más les valdría tomar en serio a su novio antes de que sacase la varita. Y poco iba a tardar en hacerlo si seguían diciendo cosas como “mi sobrina” delante de él. Con los Van Der Luyden tenía la mecha más corta que le había visto jamás.

    Soltó una risa incrédula cuando Michael, con toda la cara, les dijo que buscaran las pruebas ellos. — ¿Pero no se supone que es usted el que mi abuelo colocó para representar a la familia en política? ¡Use sus contactos! — Pero nada, ellos seguían con que no podían hacer nada, y eso la desesperaba, y Alice odiaba estar encerrada, y empezaba a sentirse enjaulada en aquel sótano. — Sí, nos vamos, y no volvemos si no es a por Dylan. — Declaró, tajantemente.

    Pero Lucy insistió en lo de Aaron, y ella simplemente les miró… Resignada. — No entendéis nada, Lucy, de verdad que no. — Le dijo cuando Marcus terminó. — Yo no voy a decirle a Aaron que vuelva aquí. Y vosotros no podríais garantizar que no le fueran a hacer lo que le han hecho siempre. — La mujer la miró, desesperada. — Pero si vosotros les paráis los pies… Si les hundís gracias a lo de Dylan… — Y ahí se dio cuenta, y le tuvo que dar la risa. — Ah, que era eso. — Negó con la cabeza, sin perder la sonrisa ya psicótica por lo menos. — Queréis que NOSOTROS hagamos el trabajo peligroso para que VOSOTROS podáis recuperar a vuestro hijo, porque ellos ya no podrían hacerle daño. — ¡Tú recuperarías a tu hermano! No veo que sea tan injusto. ¿No crees que si no lo hemos hecho en todos estos años es porque no hemos podido? — Contestó Michael, alzando el tono también, pero ella le miró de arriba abajo, muy tranquila. — No. Creo que sois unos cobardes y que vuestro dinero y vuestra posición os importan demasiado. ¿Pero sabéis qué? Ni aunque consiguiéramos todo eso, podría asegurar que Aaron quisiera volver con vosotros. Marcus lo ha dicho, ahora ha conocido lo que es una buena familia, lo más probable es que no quiera volver a esto. — Lucy la miró derramando lágrimas. — Pero yo soy su madre, él a mí… — Alice levantó una mano, en gesto de negativa, de que cortara el discurso. — No estoy aquí para escuchar este discurso, de verdad que no.

    De repente se oyó un trueno tan profundo que casi notó vibrar el suelo. El huracán iba a empezar muy pronto y no podían seguir perdiendo el tiempo de aquella forma. — ¿Dylan estará a salvo del huracán? — Lucy asintió, mirando al suelo. — Mis padres se han ido a Maine, a la casa familiar de los Van Der Luyden, hasta que pasen los huracanes, y se han llevado a Dylan con ellos. — Ella suspiró. Ahora resultaba que estaba en Maine. Esto se lo ponía todavía más difícil, aunque en el fondo diera igual. No quería sentir a su hermano lejos otra vez. — ¿Y cómo sé que no le van a hacer nada?Porque le necesitan, y le necesitan de forma que una inspección no se lo quite, porque, si como sospechamos, le están usando, necesitan mantener su tutela. — Contestó Michael. Maldita sea, todo el plan de Howard para nada, pensó para sí misma. Siempre iban diez pasos por delante aquellas alimañas. De nuevo, un atronador sonido les estremeció a todos. Tenían que irse. — A ver — dijo, tratando de poner su mente en orden — decidme al menos nombres, sitios donde podamos buscar. — Alargó la mano abierta hacia Marcus para que le diera pergamino, y cogió un boli que había ahí en una mesa. — ¡No escribas nada! — Dijeron los dos a la vez, y ella levantó la mirada. — Mirad, si nos va a tocar a nosotros hacer esto, lo haremos a nuestra manera. Nos vamos a aparecer directamente en casa de nuestra familia, nadie va a saber esto. Los Van Der Luyden no están aquí, hay un huracán, no creo que nadie se pare a ver lo que escribo. — Dijo ya muy serio. — Decidme nombres de notarios de la familia, que podamos investigar. — Michael rio. — Inviable, están de su parte. — Y ahí ya se desesperó y tiró el boli y dejando caer los brazos. — ¿Y entonces qué sugerís? Porque me estáis volviendo loca. — Podemos decirte los que NO están corruptos. — Dijo, apurada Lucy. — Y los enemigos de Teddy, que les encantaría verle caer. Tiene varios. O a los que han cabreado o hundido de más. ¡Pues venga! Que tenemos que irnos.

    Cinco minutos después, tenía una lista bastante nutrida de notarios, asesores, gestores e incluso algún político por ahí. Dobló bruscamente el papel y miró a Lucy, dándole la mano a Marcus. — No voy a volver por aquí. Si lo conseguimos o fracasamos… Ya os enteraréis. — Suspiró. — Me has decepcionado, Lucy. Por un momento pensé que realmente querías a mi madre, que solo eras una niña asustada toda su vida… Ahora veo que tú y tu marido solo sabéis preocuparos de vosotros mismos. — Su tía agachó la cabeza, volviendo a llorar y Michael se acercó a ella. — Tú no sabes lo que es vivir con ellos. — Alice asintió. — Tienes razón. Tu hijo lo sabe. Le he visto esconderse aterrorizado pensando que venían a por él al sitio más recóndito de Inglaterra, mientras vosotros estabais aquí, sin hacer nada por él. — Les miró con desprecio. — Si está en mi mano, no le dejaré volver aquí. — Dijo de corazón, dando la reunión y su relación con los McGrath por terminada.





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    Alchemist
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    Jue Mar 30, 2023 4:07 pm


    Turmoil
    Con Alice | En Nueva York | El 15 de agosto de 2002
    A Alice le dio la risa, y a él le hubiera dado también si no estuviera tan indignado que notaba que hasta le cegaba la emoción. Solo podía seguir negando con la cabeza, mordiéndose el labio. - Increíble. - Les miró con desprecio. - Tantos años haciendo creer a todo el mundo que teníais un poder imparable, y solo era palabrería. - Miró a Alice, lleno de superioridad, y a sabiendas de que aquellos no les iban a entender, le dijo. - Desde luego, nadie como tu madre entendía el término "imparable". Lo entendía a la perfección. Siempre tuvo razón. - Y devolvió la mirada de superioridad a Lucy, cuyas lágrimas seguía sin comprar en absoluto.

    Abrió muchísimo los ojos a la afirmación de Michael. ¿¿Pero cómo se podía tener tan poquísima vergüenza?? - Aaron no está con vosotros porque vosotros le habéis echado. Dylan no está con nosotros porque nos lo habéis QUITADO. POR SUPUESTO que es injusto, no tiene ni punto de comparación. - Se le estaba yendo el tono de las manos, pero estaba lleno de ira, y todo lo que se había contenido con los Van Der Luyden por miedo a lo que pudieran hacerle a Dylan o a ellos, no pensaba contenerlo con esa gente, que estaban demostrando no ser nadie. Ya iba a responder también a Lucy, indignado, cuando su novia cortó el discurso de la mujer con tanta dignidad que él no quiso añadir nada más, solo instaurarse en su posición de seguridad, altivo.

    Su pose casi se desmorona tan pronto escuchó el trueno. Bufó con desprecio y le dijo a Alice. - Vámonos ya. Esto no sirve para nada. - Pero su novia quiso poner un poco más contra las cuerdas al matrimonio, y ciertamente no era mala estrategia, porque se les veía desesperados. Si no fuera porque el huracán acechaba, él estaría metiendo más presión también, porque lo peor que les podía pasar era irse tan de manos vacías como habían ido. La noticia de que Dylan estaba en Maine le hizo apretar los dientes y aumentó su indignación. ¿Con qué permiso trasladaban al niño? Claro, lo consideraban de su propiedad, con ese permiso. Era indignante... Y a saber ahora cuánto tiempo pasarían encerrados en casa con el dichoso huracán. De verdad que a cada día que pasaba en ese país lo veía menos bueno.

    Volvían sobre lo mismo: no le harían nada porque le necesitaban. Los McGrath se estaban basando en el supuesto del testaferro, pero si la hipótesis verdadera fuera la de la herencia, o cualquier otra, ese argumento no lo tendrían. Y saber a Dylan tan lejos de su alcance, y que dispusieran de moverle sin que ellos se enteraran y con tanta facilidad, no le tranquilizaba nada. Como no parecía que fueran a sacar nada de ellos en esa reunión, Alice pidió al menos nombres para saber por donde empezar, y ambos saltaron como gatos. Marcus gruñó desesperado. - ¡Por Merlín! - Menos mal que Alice estaba guardando más la calma, porque Marcus tenía ganas de lanzarles un hechizo a cada uno. Claro que la calma no podía ser eterna, y ya se desesperó, lanzando el boli, lo que endureció la mirada de Marcus. - ¿Es esto una estrategia para hacernos perder el tiempo? ¿Para que nos caiga el huracán encima? - No, por Dios, Marcus. - Lloriqueó Lucy de nuevo. - Os juramos que queremos ayudar, pero es que no sabemos... - ¡Sí que lo sabéis! ¡Estáis entorpeciendo el proceso! - A golpe de varita, invocó el bolígrafo de nuevo y se lo dio a Alice, sin dejar de mirar a la mujer. - No vamos a esperar ni un minuto más. Decid ya lo que sea o nos vamos. - Y, por fortuna, entre ambos les hicieron reaccionar.

    Tenían algo, al menos, y eso le dibujó una sonrisa satisfactoria y ciertamente malévola en el rostro. La sentencia de Alice fue muy firme. Michael volvió a defenderse, y tras la respuesta de su novia, dio un leve paso al frente, sin soltarla, y dijo con desprecio y sonriendo con superioridad. - ¿Sabéis quién más sabía lo que era vivir con ellos? Janet. - Movió la cabeza. - Y dejó de hacerlo. Vivió la vida que quiso. - Miró a Lucy de arriba abajo y añadió. - Seguid intentando llegar a ser la mitad de lo que era ella. - Y ya no tenía nada más que decir. Se llevó la mano al bolsillo y, alzando la cuchara como quien dedica un brindis, ladeó una sonrisa de superioridad y, con un guiño provocador, pronunció. - Sláinte. - Y Alice y él desaparecieron en el acto de allí.




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    Jue Mar 30, 2023 10:47 pm


    Turmoil
    Con Marcus | En Long Island |  15 de agosto de 2002

    Ganas de reír no tenía ninguna, pero aquella última actuación de su novio, le arrancó una sonrisa de “¿qué? ¿Cómo os quedáis? No soy una niña desvalida. Mirad lo que tengo a mi lado”, justo antes de desaparecer de allí.

    Pero al aterrizar en el porche de casa Lacey, el vendaval y la lluvia la sorprendieron de golpe. — ¡Marcus! ¡Alice! ¡Rápido! ¡Vamos a echar el hechizo ya! — Apremió Shannon desde la puerta, mientras ella intentaba recuperarse de tantas cosas a la vez. A duras penas, corrieron hasta la puerta y se dio cuenta de que estaban jadeando. — Marcus, ayúdanos. — Pidió la mujer, y a ella no le dijo nada. Se le debía ver que aún estaba un poco desubicada. — Ven, Alice, si quieres te preparo un té de camomila, me salen muy bien. — Maeve Junior había llegado a su altura. Aquella niña, por ser tan dulce, daba impresión de ser más pequeña, pero estaba perfectamente enterada de lo que pasaba a su alrededor, y, claramente, sabía cómo actuar bastante bien. — Sí… Sí, te lo voy a agradecer, cariño. — Porque no estaba ella para tirar hechizos de mucha calidad, y para eso había que tener mucha concentración y coordinación, y en medio no quería quedarse, sintiéndose aún más inútil.

    Se fue a la cocina y observó a Maeve muy resuelta poner la tetera en el fuego y preparar con primor el té. — Se te da muy bien. Es lo que tenemos las hermanas mayores, ¿verdad? — Maeve llevó una bandeja y unas tacitas adorables a la mesa y se sentó con ella, con una sonrisa. — Ya ves. Mamá se sobrepasa mucho con las chicas, la tienen un poco cansada. Y Arnie es un bebé, requiere mucha atención. — Alice le sonrió tristemente. — Yo también ayudaba mucho a mi madre con mi hermano. Cuando crezcan, sabrán agradecértelo. — La niña la miró con un poco de pena. — Habéis ido a hacer gestiones de lo de tu hermano, ¿no? — Alice suspiró y dio un profundo sorbo a la taza. Estaba buenísimo y le estaba templando el cuerpo, que de mirar por la ventana se le estaba cortando más. — Yo no diría tanto. Oye, pero este té está excelente, eh, me está viniendo genial. — Dijo, no obstante con un tono amargo. — ¿No os ha dado frutos? — Ella negó con la cabeza y dejó la taza en la mesa. — No, la verdad es que no. — Maeve alargó la mano y tomó la suya. — Mira, a mí no me cuentan casi nada, lo que voy oyendo más o menos… Pero veo que estáis volcados en esto. Y, ¿sabes? Aunque sé que no es lo mismo, sé lo que es volcarse con todo tu esfuerzo en algo y que parezca que no está sirviendo para nada, me pasa muchas veces con los estudios. — Alice la miró con cariño y apretó su mano. — Eso a veces pasa. A mí me pasaba con Transformaciones. Pero al final encuentras una manera, cada uno tiene la suya, para llegar al conocimiento, y más tú, que eres trabajadora y constante. — La niña sonrió. — Pues como tú y el primo. Llegaréis a tu hermano, estoy segura. — Y eso le llenó los ojos de lágrimas de agradecimiento. — Los Pukwudgie sois los mejores, ¿lo sabías? — Y la niña sonrió ampliamente.

    En ese momento entraron Shannon, los tíos, Marcus y Aaron, que ahora llevaba a Arnie en brazos. — ¿Cómo estás, cariño? — Preguntó Maeve corriendo. — Bien, mejor ahora, que tu tocaya me ha hecho este té tan rico. — Shannon se acercó y rodeó a su hija mayor con cariño y una gran sonrisa, claramente bien hinchada de orgullo. — Solo estaba un poco mareada del traslador y… Abrumada. — Todos asintieron con comprensión. — ¿Habéis logrado algo de mis padres? — Ella miró a Aaron y suspiró, tendiéndole el papel. — Solo eso. — ¿No van a declarar? — Preguntó Shannon indignada, y Alice negó. — Dicen que no pueden. Solo hemos sacado una lista de nombres por donde empezar a buscar… Y dando gracias. Ojalá me sorprendiera, pero me lo esperaba... — Dijo Aaron, aunque se le veía apesadumbrado. Volvió a mirar por la ventana. — Pero supongo que hasta que eso no amaine no tenemos nada que hacer. — Frankie bufó e hizo un gesto con la mano. — Bueno, aquí es que son un poco exagerados, esto en Irlanda… Se llama tormenta, que sí, papá, todos los años igual, y ya llevas unos pocos aquí. — Eso es que es la sangre O’Connor de mi suegra que en paz descanse… — Susurró Maeve disimuladamente, mientras recogía algo de la cocina. Shannon volvió a mirarla. — Es cierto que es peligroso intentar hacer algo. De momento… Contable la información a vuestro abogado y… Tratemos de pasar estos días de la mejor manera posible. — Ella asintió con una sonrisa triste y les miró a todos, cogiendo la mano de Marcus. — Con vosotros seguro que lo es.






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    Turmoil
    Con Alice | En Nueva York | El 15 de agosto de 2002
    Aterrizó aturdido, y toda la chulería y desfachatez que había echado fuera en el último segundo ante los McGrath desapareció, dando paso a la ira y la indignación más absolutas. Se hubiera dejado llevar por estas si no fuera porque cayeron en pleno vendaval, lo que aumentó la confusión de ambos, y por puro instinto y siguiendo las voces de su familia corrieron ambos a refugiarse dentro de la casa. Una vez dentro, corrió hasta donde le decían, siguiendo las indicaciones para echar los pertinentes hechizos protectores. - ¿Estás bien? - Dijo Aaron a su lado, azorado, pero apenas atinó a reaccionar con un nada aclarador gesto de la cabeza, pues les estaban empujando a ambos hacia las ventanas y puertas, y tuvieron que ponerse en serio con los hechizos si no querían que el huracán se les colara por todas partes. Alguien se había llevado a Alice a otra parte, ni se dio cuenta de quién, ni dónde. Se puso a hechizar donde le decían, como un autómata, dándose una vez más la orden de no estallar hasta que no fuera el momento, pero notando el palpitar de la ira en su interior, amenazante, adviritiendo de que no debería estar conteniéndolo tanto, que eso le iba a pasar factura. Afortunadamente, en apenas un par de minutos terminaron las gestiones, y el interior de la casa quedó en una extraña calma. Echó aire por la boca, se frotó la cara y apretó tanto los dientes, escondido tras sus manos para que no le vieran, que podría partírselos. Ya sí que no tenía motivos para contenerse.

    - Eh. - Aaron llamó muy cautelosamente su atención. Marcus se destapó la cara, bufando. Debía estar enrojecido de tanta contención. - Te dejo que me insultes. O que nos encerremos en una habitación y me hechices. Mientras me dejes hacerme un escudo primero... - ¿Qué? - Preguntó, desconcertado. El otro se encogió de hombros. - Entiendo lo que es odiar a mis padres con todas tus fuerzas. ¿Qué han hecho ahora? Da igual, no me lo digas. No puedes salir ahí fuera a partir cosas, así que... - Nadie va a hechizar a nadie. - Detuvo la tía Maeve, poniéndose en medio. Marcus volvió a frotarse la cara. - No pensaba hacerlo de todas formas... - Pero se te nota a la legua que estás lleno de ira, hijo. - Por lo pronto... - Dijo Shannon, quien colocó a Arnie en brazos de Aaron. - A este pequeñín te lo quedas tú, porque el primo Marcus está demasiado nervioso y tú necesitas que alguien te recuerde que la vida es demasiado valiosa como para ofrecerte de saco de hechizos, hijo. - Era por ayudar... - Y eso estás haciendo, ayudar a tu nueva prima a no cargar más con el bebé. - Dijo graciosamente la mujer, dándole un par de palmaditas en el hombro, a lo que Aaron tuvo que reír, y el bebé rio con él. Marcus estaba deseando dejarse contagiar por ese espíritu. Pero seguía demasiado indignado.

    Entró en la cocina dispuesto a iniciar el modo emergencia para asegurarse de que los daños psicológicos de su novia tenían reparación, o a tener otro motivo más para querer liarse a hechizos como la última vez que vino de casa de los Van Der Luyden, pero se la encontró bastante recompuesta y en compañía de Maeve Junior. Miró a la chica y sonrió con agradecimiento, y esta, con una sonrisita, agachó la cabeza. Se sentó junto a Alice y agarró su mano, mirándola. Prefirió callar. Entre todos se estaban poniendo al día, él... una vez más, y como le había pasado en más de una ocasión desde que pisara Nueva York, necesitaba poner en orden sus ideas. Como si se metiera en su propia cabeza y se pusiera a ordenar y a tirar todo lo que fuera dañino... Ojalá de todas las cosas pudiera deshacerse. Algunas, por el momento, debían estar ahí. Pero empezaban a encontrarse en la línea de salida.

    La presencia de su familia, sobre todo de las niñas, hizo que su estado de ánimo mejorara a mayor velocidad de lo que lo hubiera hecho en condiciones normales. Para la hora de la cena se encontraba ya lo suficiente en sí mismo como para loar a Maeve por su excelente mano con las pociones y conocimiento de la estructura de la casa, momento que estaba siendo continuamente interrumpido por los gritos de protagonismo en la conversación de las otras dos hermanas, para gracia de Marcus y disgusto de Maeve. Igualmente, tanto él como Alice estaban tan cansados que prácticamente se fueron a dormir a la misma hora que el bebé, por lo que su habitación iba a ser la primera en quedar inhabilitada. Él ya se había puesto el pijama y estaba metido en la cama mientras Shannon dejaba allí a Arnie, porque como Marcus se lo tenía que tomar todo al nivel excelso de práctica, quería saber cuál era la conducta más adecuada para favorecer el buen descanso de un bebé. Para empezar, les habían agrandado la cama, lo cual iba a ser bastante cómodo para los tres, había poco riesgo de pisarse. Para continuar, Shannon parecía bastante tranquila al respecto de todo, y Arnie se había quedado plácidamente dormidito en apenas segundos, y no parecía que nada le fuera a turbar. La mujer se fue y él se quedó tumbado en la cara, mirándole, esperando a que Alice llegara de ponerse su pijama.

    Se había quedado absorto mirando al bebé dormir, acariciándole levemente la cabecita, sin querer tocarlo mucho por no despertarlo. Miró a la puerta cuando Alice entró a la habitación, llevándose un dedo a los labios con una sonrisilla. Rio sin voz. - Es broma. - Dijo muy bajito. - Según Shannon, ni una estampida de erumpents podría despertarle. - Entornó los ojos hacia arriba. - De hecho, ni el ruido del maldito huracán parece molestarle... - Y eso que habían lanzado un hechizo para disminuir el ruido de la tormenta, pero era tan atroz que se seguía oyendo. Cuando Alice se tumbó, se acercó un poco (aunque con el bebé en medio, por lo que con un amplio margen aun así), con una sonrisa tierna. - Si la tormenta no te deja dormir, me cambio de sitio. No creo que a este le moleste. - Bromeó. Arnie seguía como un tronco, lo que le hizo reír levemente y acariciarle con ternura.

    Miró a Alice de nuevo. Ahora sí, apareció un leve velo de tristeza en su mirada. - Esto... va a durar unos cuantos días. - Encogió levemente los hombros, lo que le permitía su postura. - Pero podemos... aprovechar para poner en orden nuestras ideas. Hablar con Rylance, quizás él desde allí pueda hacer cosas. Y... aprovechar que estamos con los niños para despejarnos un poco. Como un campamento. - Solo de decirlo se sintió mal. Echó aire por la boca. - Yo tampoco quiero pararme justo ahora. Estoy harto de esto. - Hizo una pausa. - Alice... - Alargó la mano para apretar la de ella. - Sé que... esto no es lo que habíamos planeado. Este no era nuestro viaje soñado, el primero. Iba a ser Irlanda. - Se mojó los labios y, tras otra pausa, continuó. - Pero... cuando nos prometimos ir a Irlanda... Tu argumento fue que querías ver el principio. Que querías conocer el origen, de dónde partía todo. - La miró a los ojos, con tristeza. - Este es nuestro origen, Alice. Es nuestro principio. El de ambos, de hecho... porque Irlanda acude a ti aunque tú no puedas ir a ella. - Sonrió levemente y bajó la mirada al bebé. - A la vista está. - La miró de nuevo, y apretó un poco más su mano. - Lo vamos a conseguir, Alice. Juntos. Vamos a cerrar este círculo. Y lo mejor de todo esto, es que ya lo sabremos todo. Nuestro origen va a quedar muy claro, y el día que salgamos de aquí, será para no volver a abrir este capítulo. Quedará resuelto para siempre. Tal y como dijimos, este va a ser el inicio del resto de nuestra vida. -




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    En el ojo del huracán
    Con Marcus | En Long Island |  del 17 al 30 de agosto de 2002

    Se removió en la cama pesadamente, pero lo primero que distinguió fue el eco lejano de la lluvia, casi silenciado por el hechizo de Marcus. Había dormido bien y descansado gracias casi exclusivamente a su novio. Sus palabras antes de dormir, sus caricias cariñosas, aquella promesa sobre su principio, sobre Irlanda… Le había dado las suficientes esperanzas y paz para calmar la tempestad de su cabeza y su pecho y rendirse al cansancio junto a Arnie, que dormía como un angelito. Además, gracias al tamaño de la cama y a los hechizos canceladores de ruido, había podido descansar estos últimos días muy bien. Pero empezaba a desesperarse, demasiada tranquilidad para la situación en la que estaban.

    Miró el reloj y vislumbró las diez de la mañana. Marcus y el bebé se habían levantado ya, y ella aprovechó para poner sus pensamientos en orden.  Suspiró y se revolvió un poco más en las sábanas, pero cogiendo la varita de la mesilla. — Accio nota. — Susurró, y se dedicó a mirar lo poco que habían sacado en ese papel. Ahora, en ese silencio y soledad que tanto agradecía, comprobó la información de arriba abajo. Nada, aquello y nada era lo mismo. En otra circunstancia, con Rylance allí o… No, si es que de todas formas no servía de nada… Y estaba perdida.

    Y, como si le hubiera leído la mente, el espejo empezó a brillar, y ella pegó un salto de la cama, se quitó la camiseta del pijama y se puso una que tenía por ahí y, atusándose el pelo, se asomó por las escaleras. — ¡Marcus! ¡El espejo! — Bramó, confiando en que su novio la había oído. Con una profunda respiración, se cuadró, y le dio la vuelta al espejo. El cristal le devolvió el reflejo de Rylance y, aunque él solía estar muy serio y no variaba demasiado la expresión, le notaba… Preocupado. — ¿La he despertado, señorita Gallia? — Ella sonrió levemente y negó con la cabeza. — No, no te preocupes. ¿Tienes novedades? — Rylance suspiró y Alice empezó a ponerse nerviosa. — ¿Pasa algo? — ¿No está el señor O’Donnell? — Rylance, ¿qué pasa? — Justo entonces, Marcus llegó y Edward les miró a ambos. — He empezado las averiguaciones de los nombres que me disteis, pero… Van lentas. Tengo entendido que por allí está todo bastante paralizado. — Alice seguía callada, esperando la bomba. — Pero he hablado con la señora McCrory, de protección a la infancia, la que… — Me acuerdo perfectamente de la señora McCrory. — Aseguró. No voy a olvidar esa cara en la vida, vaya. Me ha dicho que, si Dylan empieza en Ilvermony, es muy posible que se ralenticen las investigaciones, porque se considerara que está en tutela del colegio y se pasará a asuntos más urgentes… — Alice dio un vuelta sobre sí misma. — ¿Pero qué asuntos? — Preguntó desesperada. Echó cuentas mentales, y entre el huracán, la negativa de ayuda y los procedimientos… No se veía llegando a tiempo. No quería estar el año entero separada de Dylan, ni allí en América.





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    Sáb Abr 01, 2023 10:32 pm


    En el ojo del huracán
    Con Alice | En Nueva York | Del 17 al 30 de agosto de 2002
    - Y aquí tenemos una Cometa 140, que hace... - Movió la cuchara en el aire con varias pedorretas, como si fuera una escoba medio rota, haciendo a Arnie reír a carcajadas. - Y se mueve leeeenta. - Más pedorretas. Y más risas. - Porque es muy vieja, muuuuy vieja. Va llegando, va llegando... - El niño abrió la boca para recibir la cuchara de potito que Marcus le daba. Estaba atentísimo al próximo movimiento. - Peeero no tan vieja como... ¡La Barredora 1! Que vieeeene. - Sacó la cuchara del potito. - Pero esta es mejor, porque la otra era una copia barata. Esta es clásica, mira. - Y la movió muy lento en el aire, con lo que él consideraba un tarareo de música antigua. Con la otra mano movió la varita, lo que hizo que la mano de la cuchara se pusiera en blanco y negro. Arnie rio, pero no era el mejor público que tenía en esa cocina: Maeve estaba que se salía de sí. Sentada frente a él en la mesa, le miraba con asombro absoluto y reaccionaba muchísimo a todo, lo que solo hacía a Marcus venirse más arriba. - Chaaaaaaaan mira como llega... Mira cómo se recibe a la antológica Barredora 1. - El niño abrió la boca otra vez. - Y ahora... - Arnie negó con la cabeza, con la boca llena. Marcus miró el potito. Pero si quedaba más de la mitad... - ¿No? ¿Ni siquiera para...? - Devolvió la mano a su color. Mejor se salía de lo clásico y le ponía más intensidad a aquello. Sacó la cuchara con epicidad y dijo. - ¡La gran Saeta de Fuego! - Emitió un sonido espectacular que hizo al niño reír otra vez. - ¡Esta va a toda velocidad! ¡Que va que va! - Y antes de que cerrara la boca, le metió la cuchara. Y algo le decía que se le acabaron los truquitos, porque el niño, en su lenguaje, estaba dictaminando que hasta ahí llegaba su desayuno.

    - Sabes un montón de escobas. - Dijo Maeve, encandilada, con la cabeza apoyada en las manos, moviendo las piernas en la silla. Marcus rio levemente. - Son muchas las veces que he ido al museo del quidditch con mi hermano. - Se nota que tienes un montón de memoria. - Siguió diciendo, conquistada, mientras él le limpiaba los restos de potito al bebé y reía levemente. - Oye, ¿es normal que no quiera más? A ver si tu madre me va a regañar... - Qué va. - La niña se encogió de hombros como si nada. Seguía mirándole con ojitos soñadores. - Normalmente no se come tanto. Le ha gustado lo de las escobitas. - ¡Oh! Entonces es que te has levantado hoy glotoncillo ¿eh? ¿Has dormido bien con el primo Marcus? - Y, mientras el bebé reía a sus carantoñas, oyó cómo Alice le llamaba. Y esa urgencia solo podía significar que alguien intentaba contactarles por el espejo, así que más le valía ir rápido.

    - ¿Te quedas con él? - Preguntó veloz a Maeve, quien asintió, y él corrió escaleras arriba. Entró por la habitación con una sonrisa leve aunque expectante, esperando encontrarse a sus padres al otro lado... pero el que estaba era Rylance. Se le desvaneció ligeramente, pero no se quería precipitar. - ¡Hola, Edward! ¿Alguna novedad? - Quería aferrarse a la esperanza como fuera, pero la expresión del hombre no era muy alentadora (aunque no es como que fuera especialmente alegre en general, o sería que la época en la que le habían conocido tampoco le daba muchos motivos para estar contento). Se colocó junto a Alice y atendió, con el aire contenido y los brazos cruzados, a lo que el hombre tenía que decir. Vale, lo de que estuviera todo bastante paralizado... se lo había visto venir. No estaban como para derrochar paciencia, pero el parón también podía servirles para relajarse, quería pensar que había cosas peores... Y sí que las había. Y Rylance se las estaba comunicando.

    Abrió mucho los ojos. - ¿Cómo va a ser eso? - Claro, Alice tardó en desesperarse lo que el abogado en terminar la frase. Marcus ya tenía su cerebro a toda velocidad. - A ver. - Dijo él, alzando las palmas. - Si la tutela pasa a manos del colegio, ¿no se podría usar eso a nuestro favor? Quiero decir. - Rylance le miraba como si quisiera rogarle que no tuviera un arrebato de ingenuidad justo ahora, pero Marcus necesitaba quemar todos los cartuchos, por básicos que fueran. Quién sabía si se les podía estar escapando una obviedad. - La tutela de Dylan con los Van Der Luyden es cautelar. Si en septiembre pasa a manos del colegio, ¿no podría alegarse que la tenga el colegio que ya le tuvo en primero? Que le envíen de nuevo a Hogwarts. En Navidad, si no hemos resuelto esto, tendría que volver con los Van Der Luyden, de acuerdo, pero tenemos todos esos meses para poder trabajar desde Inglaterra e impedirlo. - Me temo que no es tan sencillo. - Respondió el hombre. - Aunque la custodia pase a manos del colegio, tiene que recibirle el colegio asignado a sus tutores legales. - Pero la tutela es cautelar. No está en firme. - Cautelar no quiere decir ilegal. Legalmente, la tutela de Dylan pertenece a los Van Der Luyden, y estos están empadronados aquí, por tanto un tutelado de ellos debe ir al colegio de aquí. - Marcus soltó aire por la boca. Lo peor es que eso hacía que cobrara sentido el hecho de por qué intentaron actuar el verano pasado, durante el curso no pudieron hacer nada y, nada más empezar el verano de nuevo, se lo habían llevado. - No podemos esperar hasta el verano que viene para solucionar esto. - Se adelantó, muy serio, pero mirando a Rylance con ojos de ruego. El hombre, con comprensión pero un toque de pesadumbre, dijo. - Intentemos que no. -




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    Dom Abr 02, 2023 12:31 am


    En el ojo del huracán
    Con Marcus | En Long Island |  del 17 al 30 de agosto de 2002

    Tutela, cautelar, legal… Todas esas palabras se agolpaban en el cerebro de Alice y no podía pensar. Sentía que se ahogaba en la habitación, pero es que no podía ni abrir la ventana ni salir a que le diera el aire, por lo que recurrió al socorrido abanico con unos papeles de por ahí, mientras trataba de no perder la compostura del todo. Trató de respirar y no suspirar demasiado, para no acabar hiperventilando. Paró, el abanico, se recogió el pelo rápidamente para darse más circulación de aire y se tapó la cara con las manos un momento.

    Vamos a ver, Rylance. — Dijo, intentando estar lo más tranquila posible. — Entiendo que no nos puedes asegurar nada, pero un “intentemos”, ahora mismo no nos sirve de nada. — Se quitó las manos y respiró, cuadrándose un poco más. — Algo habrá que podamos hacer. Algo que agilice esto. ¿Qué hay de la inspección de Graves? — El abogado negó. — Inviable hacerla ahora, está todo paralizado por el huracán, y temo que para cuando se quieran poner con ella, no proceda porque Dylan esté ya en Ilvermony. — Dejó de estrujarse el cerebro, porque veía que no estaban llegando a ninguna parte, y preguntó. — ¿Qué nos queda? — Rylance miró a Marcus y eso ya la hizo suspirar. Si miraba a su novio, es porque a ella no le iba a gustar. — ¿Qué? — Exigió, ya un poco fuera de sus casillas. — Hay algo… De lo que comentaron que podría darnos cierto poder, de confirmarse. — Ella parpadeó, como queriendo decir PUES VENGA. — El tema de… La herencia. Si pudiéramos demostrar que Dylan es beneficiario de la herencia de su tía abuela, la señora Levinson. — Alice rio descreídamente. — Pues si esa es nuestra esperanza… Estamos igual, porque con esta mierda del huracán no podemos hacer nada, y no tengo claro que lleve a ninguna parte. — Ya se arrepentiría en otro momento de hablar así delante de Rylance y con los O’Donnell probablemente fuera de plano escuchando. — Quizá… Lo que queda es que hable usted con su padre, señorita Gallia. Para tratar de averiguar qué sabe él al respecto. — Ella volvió a reír. — Rylance, creo que en las veces que hayas visto a mi padre, habrás llegado a la conclusión de que cualquier información que se extraiga de él desde que murió mi madre, es de nula validez. — Alice. — Ah, si sabía ella. — Es posible que tu padre tenga la clave de todo esto, y aunque no sea la clave, toda información ahora mismo es valiosa. — Pues id vosotros, Emma. — En otras circunstancias no le habría hablado en ese tono a su suegra, que apareció al lado de Rylance. — Yo no puedo sacar nada de mi padre. — Pero Alice, tú eres su hija, y vais a hablar de asuntos que atañían a tu madre, no podéis hacer que intervenga gente que no seáis vosotros mismos. — Ella suspiró y volvió a moverse como un animal enjaulado, y solo llego a susurrar. — Necesito pensar. No sé cómo asimilar esto. — Ya ni siquiera gritaba, ni siquiera se desesperaba, solo exponía la realidad de su corazón y su cerebro en ese momento, y la realidad era que no tenía ni idea de qué hacer. — ¿Cómo sonsaco esa información a mi padre, si, en cuatro años desde que murió mi madre, no me lo ha contado?





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    Dom Abr 02, 2023 5:02 pm


    En el ojo del huracán
    Con Alice | En Nueva York | Del 17 al 30 de agosto de 2002
    Aquello iba de mal en peor. Estaba pensativo, con la mirada perdida, frotándose la cara por un lado y por otro inconscientemente, mientras Alice se alteraba más y más. Estaba considerablemente agobiado, sobre todo porque el tiempo jugaba en su contra y por culpa del huracán ni siquiera podían hacer nada, no tenían ni idea de cuántos días iba a durar eso y el inicio de curso estaba a la vuelta de la esquina. Trató de mantenerse lo más sereno posible dentro del agobio, no obstante, porque su novia estaba aún peor, y con motivos. Ni siquiera se molestó en pedirle que se tranquilizara porque sabía que iba a ser inútil.

    Lo que detectó en el acto fue la mirada de Rylance. Apretó los labios, soltó un poco de aire por la nariz y agachó la cabeza. No iba a ser el mejor momento para plantearle eso a Alice, teniendo en cuenta cómo estaba. Había tanteado alguna que otra vez el tema y su novia lo había cortado de raíz. Sabía, al igual que el abogado y que su madre, quien justo aparecía ahora por ahí, que era la única opción que tenían ahora. Y era cierto que no les parecía la salvación definitiva ni mucho menos, pero al menos era algo que podían hacer. - ¿Podemos pensárnoslo? - Preguntó cauteloso, mirando a su madre y al abogado. En los ojos parecía estar diciendo "dadme tiempo para convencerla, así no vamos a ir a ninguna parte". La mirada de los otros dos, sin embargo, reflejaba la realidad: no nos sobra el tiempo. Él vería lo que hacía, pero había que tratar de convencer a Alice a la mayor brevedad posible de que no tenían más opciones.

    - El señor Gallia puede poseer cartas. Documentos que... - Marcus tragó saliva, porque estaba viendo la reacción de Alice nada más empezó Rylance la frase. Se adelantó él, por miedo a que pudiera estallar. - Bueno... Ha estado un poco desorganizado últimamente. Quizás las haya perdido o... - Y hasta ahí llegó la disponibilidad de su novia para escuchar, porque, alegando que necesitaba aire, salió de la habitación, dejándole solo con Rylance y Emma. Suspiró, negando con la cabeza. - Marcus, tienes que hacer a Alice entrar en razón. - ¿Tú has visto cómo está, mamá? - Preguntó, desolado, mirándola. - A cada día que pasa esto se nos hace más cuesta arriba. Ayer pasamos bastante miedo, y ojalá fuera solo una cuestión de miedo. No puedo mirar a Lucy McGrath sin que me hierva la sangre, imagínate cómo se sentirá ella. Hemos oído de todo, y esto no avanza... - Estamos mucho más avanzados de lo que parece, señor O'Donnell. - Dijo, tranquilo, Rylance. - Solo que tenemos un tiempo delimitado, y esta eventualidad... no nos viene nada bien. - Emma se inclinó hacia delante. - Pero tenemos muchísimos datos, hijos. Con que William de una pista de la que tirar... - ¿Se va a detener el huracán? ¿Se va a solucionar todo mañana? - Soltó una risa sarcástica. - Casi que prefiero que William no tenga nada, porque como lo tenga y no lo haya dicho hasta ahora, no va a haber quien convenza a Alice de que le vuelva a hablar. - Bajó los hombros. - Mamá, ¿de verdad crees que la información que nos falta la tiene él? - Emma suspiró, con la mirada en otra parte, pensativa. Al cabo de unos segundos, dijo. - No. Pero Alice no va a soportar de brazos cruzados. No perdemos nada por preguntarle, y si sabe algo, puede adelantar el proceso. - Marcus seguía sin verlo claro.

    Tras unos instantes de silencio, Emma añadió. - Mañana iré a su casa para llevarle el espejo y que hable con él. - Marcus negó con la cabeza. - No me va a dar tiempo a convencerla de aquí a mañana. Está muy nerviosa... - No lo hagas. Dile que va a hablar conmigo. - Marcus arqueó una ceja. - ¿Que le mienta? - Miró a uno y a otro como si le estuvieran gastando una broma. - ¿Os habéis propuesto que implosione antes de que el huracán se vaya? No está en el mejor momento para recibir encerronas. Y llamadme egoísta, pero no me apetece que la pague conmigo. - Pues no hay más opciones, Marcus. - Dijo la mujer, seria. Él puso las manos en las rodillas, frunciendo el ceño. - ¿No? Porque, hasta donde yo sé, todo está parado. Para nosotros y para ellos. ¿Qué más da esperar un par de días? Solo quiero que haga esto por las buenas. - Alice no va a acceder a hacer esto por las buenas y estamos perdiendo tiempo. - Quiere mucho a su padre... - Y a su hermano. Y le culpan por habérselo quitado, y con razón. - Macus se calló. Emma era demasiado certera. - No tiene por qué durar más de diez minutos la conversación. Si sirve para algo, entenderá que lo has hecho por los motivos correctos. Alice es una mujer sensata, sabrá valorarlo cuando esté un poco menos alterada. - No va a favorecer esto a que esté menos alterada, pensó, por no hablar de que esta posibilidad llevaban días barajándola y ella seguía sin querer hacerla. Echó aire por la nariz, y entonces Rylance se aclaró la garganta, no queriendo interrumpir pero viéndose obligado a hacerlo. - Señor O'Donnell... le aseguro que pensaré en todas las estrategias que podamos seguir a partir de ahora, y que voy a hacer todo lo que esté en mi mano. Pero estoy llegando a más de un terreno acotado, me falta información. Todo lo que los Gallia nos puedan aportar, valdrá. - Marcus miró a ambos, en silencio. Suspiró y no le quedó de otra que aceptar.




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    En el ojo del huracán
    Con Marcus | En Long Island |  del 17 al 30 de agosto de 2002

    Se frotó la cara suspirando, y volvió a mirar por la ventana, ante la petición con la que había llegado su novio aquella tarde. — No me apetece hablar con nadie, ni siquiera con tu madre. — Movió el peón hacia las piezas blancas de Maeve Junior, y la chica les miró a ella y a Marcus. — Hombre, Alice… Yo si mi suegra me dijera que tiene que hablar conmigo… Igual me lo pensaba. — Ella miró a la niña como diciendo “sí, ¿qué vas a decir tú? Que ves por los ojos de aquel”. Suspiró de nuevo y sacó un papelito. — Anda, escribe la posición de la partida, retomamos cuando vuelva. — La chica sonrió y se puso, siempre tan diligente, a apuntar, con cara de mucha concentración. Ella pasó por al lado de Marcus y dijo. — Cada vez tienes un ejército más grande de seguidores. — Y subió, dispuesta al discurso que Emma le quisiera echar.

    Llegó ante el espejo y allí les vio a los dos, Emma y Arnold, no podía ser bueno. — Hola, Alice. — ¿Cómo estás, mi niña? Dos tipos de personas, sin duda. Ella se encogió de hombros. — Si os soy sincera, no estoy en mi día más receptivo. — Arnold miró a Emma muy preocupado y ésta tomó aire. — Lo entendemos, cielo, de verdad que sí… Pero un último esfuerzo, en medio de esta situación tan paralizante, te podemos pedir, ¿verdad? — Ella asintió con resignación, pero entonces, Emma y Arnold se apartaron y salió su padre. ¿PERDÓN? Gritó su cerebro. ¿Se estaban riendo de ella? Bueno, eso o que no temían a su ira ni lo más mínimo. Qué rabia más grande. — No te enfades, pajarito. — Empezó William. Ella le miró de lado, no quería ni responder. — Tenemos cosas de las que hablar, por el bien de Dylan, entiéndelo, cariño… Por favor. — Sí, claro, y tanto que tenía que entenderlo, no le habían dejado otra alternativa.

    Bueno, ya no podía hacer nada por evitarlo, ¿no? Y le habían insistido mucho en que necesitaban la información… Suspiró y cogió el espejo, apoyándolo a los pies del armario y sentándose frente a él en el suelo, cruzando las piernas y apoyando la espalda en la cama. — Cuando quieras. — Dijo monocorde. Su padre se revolvió incómodo. Ya, pues ha sido idea tuya, yo hubiera prescindido de esto, la verdad, pensó, hiriente, pero no lo dijo. — ¿Cómo estás? — Levantó la mirada y la clavó en su padre. — No he accedido a hacer esto para charlar contigo. Estoy mal, ya lo sabes. Estoy alterando el día a día de buena gente, estoy desesperada por sentir que no controlo nada, y encima esta mierda del huracán nos tiene aquí aislados y todo parado, como si no lleváramos suficiente prisa. Así que, contestando a tu pregunta, papá, estoy jodidamente mal. ¿Algo más? — William agachó la cabeza y dijo. — ¿Y Dylan? Me contaron que le viste, pero… Prefiero oírtelo a ti. — Alice se cruzó de brazos. — ¿Cómo crees? Está con esa gente. Está fatal, aunque haya vivido tanta mierda en la vida y sea duro. Corrió hacia mí desesperado cuando me vio, y esa arpía lo agarró y me lo quitó de los brazos. — La voz se le rompió y las lágrimas acudieron a sus ojos. — Así que muy mal, papá. Por eso estoy intentando encontrar un porqué. De modo que, cuando quieras, puedes empezar a contarme… — Terminó, más tensa de lo que querría, y llorando otra vez, lo cual hubiera preferido evitar.

    Su padre tomó aire y se apartó el pelo de la cara. A veces se le olvidaba lo mucho que se parecían. — No sé si soy la persona más idónea para hablar de esto… — Empezó. — Yo tampoco, pero todo el mundo parece creer que tú tienes la clave de todo esto, y yo soy muy democrática, si la mayoría habla, cumplo. — William la miró con pesar. — Hija, toda mi vida lo que intenté fue hacer a tu madre feliz, y eso incluía dejar su pasado atrás. Su voluntad era ignorarles, y yo continué esa voluntad. — Encajó la mandíbula. ¿Podía culparle? No, le parecía lo correcto, de hecho, pero eso no ayudaba ahora en su causa. — ¿Entonces no sabes nada de Bethany Levinson? — Sé que tu madre vivía con ella cuando la conocí. Y deduzco que sabía lo nuestro, porque en fin… — Rio tristemente y perdió la mirada. — Ahora veo claro que debía ser evidente que tu madre se escapaba por las noches, e incluso una vez aparecí yo por allí, en medio de una fiesta. Creo que simplemente miraba a otro lado, creo que quería de verdad a tu madre. — Sí, aquí todo el mundo quería a mamá, pero nadie hizo nada por ayudarla. ¿Estás hablando de su hermana? — Sí, y de su padre. Fue el que se ablandó para dejarnos ver a Dylan, y creo que es porque le recordé a mamá. Pero nadie quiere perder su posición y su privilegio o enfrentarse a Lucy y Teddy. — Se quedaron en silencio, ella de puro enfado y su padre rumiando lo siguiente que iba a decir y cómo decirlo.

    Cuando tu madre… Falleció… Me llegó una carta a mí de Bethany. Era un howler, no podía ignorarlo, y estaba con memé en ese momento. — Eso sí que era información nueva. — Me dijo que teníamos que hablar, que fuera a un notario de su confianza en Inglaterra, que él me pondría al corriente de todo lo que necesitaba saber. Que Janet nunca había abierto sus cartas en vida, pero que aún podía ayudarnos. Y con el howler venía un cheque para pagar el entierro de tu madre. — Alice abrió más los ojos y se descruzó los brazos. — ¿Y qué hiciste? — Pelearme con memé, que casi me corta la mano para coger el cheque y me lleva de los pelos al notario. Pero no fui, por supuesto, y le devolví el cheque. — Ambos se miraron en silencio y William se encogió de hombros. — Adelante, puedes decirme que qué estupidez, ya lo hizo memé en su día. Pero no iba a traicionar la memoria y los deseos de tu madre apenas veinticuatro horas después de perderla. — Por un momento, su expresión se relajó, aunque no sonrió, y no traslució todo el cariño que le hubiera salido en otro momento, Alice sobre todo era sincera y justa. — Para nada. Te honra que hicieras eso. Es lo que mamá hubiera hecho y estaría orgullosa. — Ladeó la cabeza y alzó las cejas. — Aunque si hubieras ido a ese notario, quizá ahora tendríamos más información. — Se inclinó, apoyándose en sus propias piernas y soltó el aire. — Es información nueva pero no sé si muy relevante, no te voy a mentir. Igual… La teoría de que mamá era la heredera de Bethany no es tan loca como yo creía al principio… Pero después de que muriera, está claro que, al no ponernos en contacto con ella ni nada, nombró otro heredero. Y ahí muere esta línea, y seguimos sin entender por qué quieren a Dylan. — Volvió a instaurarse el silencio entre ellos, y así pasaron unos segundos, Alice tratando de dar forma a las cosas en su cabeza, y su padre en su mirada penosa.

    Siento tanto todo esto. Siento haber fracasado estrepitosamente. Siempre me dijeron que acabaría mal y… Así ha sido. — Papá. — Cortó. — No pierdas el tiempo en esto. Me has pedido perdón tantas veces desde que mamá murió que no puedo contarlas. No quiero tu perdón, y no soy yo quien debe perdonarte. Y si lo hiciera, no cambiaría nada.¿Y qué puedo hacer para que lo hagas? Solo quiero eso, hija, solo que vuelvas a ser mi pajarito… Papá, que no voy a hablar de esto contigo, y menos ahora. Tu pajarito ya ha volado. No puedes hacerlo volver. Ahora te queda otro, que quiere volver contigo y todavía te adora. Dedícate a curarte y a estar bien para cuando Dylan vuelva. Asegurémonos, de ahora en adelante, que su vida sea la mejor posible. Eso es lo que sí puedes hacer. Pero, Alice, tú y yo. — Pero ella giró el espejo y dejó de oírle. Salió al rellano y buscó con la mirada a Marcus, por si estaba por allí, que le dijera si él sabía algo de aquella encerrona y contarle el mínimo avance que había supuesto.






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    En el ojo del huracán
    Con Alice | En Nueva York | Del 17 al 30 de agosto de 2002
    Se removió en la cama, respirando hondo. Al cambiar de postura y ponerse mirando para la mesita de noche, notó ese pálpito raro que te hace pensar que te estás perdiendo algo. Con el cerebro aún adormilado, hizo repaso mental: no tenían ninguna reunión con nadie ese día, ni siquiera con la familia. No es como que pudieran hacer mucho con la situación que tenían, encerrados en casa por el huracán, ¿y qué hora era? Por su cansancio y por el hecho de que la casa estaba bastante silenciosa, y de que Alice y Arnie aún dormían, intuía que debía ser temprano. Abrió un ojo: las siete y media. Ronroneó un poco y se reajustó en la cama, dispuesto a seguir durmiendo… pero había visto otra cosa de refilón al abrir el ojo. Así que abrió ambos.

    El espejo. Estaba brillando. Frunció el ceño. ¿Se lo estaba imaginando? Por Merlín, eran las siete de la mañana todavía. Bueno… en Londres serían… las doce y media, más o menos. Pero sus padres no iban a llamarle a esa hora, solían calcularla para que a ambos les pillara bien. Con el entrecejo fruncido, aún adormilado, se incorporó un poco, tomando el espejo, a ver si se lo iba a estar imaginando. Pero no. Ese brillo en el marco, con un leve parpadeo que se desvanecía, era inconfundible. Su familia quería contactar con él. Se le encogió el corazón. Debía ser muy urgente para que le despertaran a esa hora.

    Salió rápidamente de la habitación, haciendo el menor ruido posible. La situación tras la encerrona a Alice la tarde anterior se había quedado un poco tensa, no estaban enfadados pero Alice no estaba en su mejor momento en general, con él en particular. No había sido su mejor jugada, así que, como la despertase por un error y le diera el susto de su vida, y de paso despertaran tempranísimo al bebé y desencadenaran un caos por toda la casa, ya para qué quería más. Bajó las escaleras para quedarse a solas en el salón, mientras el espejo parpadeaba con insistencia. Se frotó los ojos para espabilar y se peinó un poco con las manos, colocándose el espejo apoyado en las rodillas, sentado en el sofá. Una llamada a esa hora solo podía ser por temas urgentes. Una llamada cuando era muy probable que estuviera a solas… puede que, incluso, grave. Rozó con los dedos el marco, activando la combinación que hacía que el espejo conectara con su gemelo, con el corazón a mil por hora. En unos segundos, el que apareció al otro lado fue Lex.

    — Ey. — Comentó, con una sonrisa nerviosa y de lado. Estaba mirando por encima de los hombros de su hermano, pero sus padres no estaban… De hecho, parecía que estaba en la calle. Parpadeó, confuso. — Vaya cara. — Le dijo el otro, con una risa. Marcus frunció el ceño, de nuevo dejando escapar una risilla nerviosa. — Claro, tío. ¿Sabes qué hora es? — Ah, ostia, la hora. Joder, perdón, no había caído. Ah, joder, si está todo oscuro. Perdón, perdón. Luego hablamos… — ¡No, no! — Le frenó, antes de que desactivara el espejo. — ¿Qué pasa? ¿Va todo bien? ¿Y papá y mamá? — En casa. Es que… me he traído el espejo… Luego se lo digo. No te chives, que me matan. — Marcus parpadeó. Estaba recién despertado y su hermano un poco críptico. No se estaba enterando de nada.

    Debió ver que su confusión era tan mayúscula que ni atinaba a hablar, por lo que el propio Lex inició. — Es que… he salido a hacer una cosa… y pasara lo que pasara… quería que fueras el primero en saberlo. — Marcus frunció el ceño. Vio cómo Lex tragaba saliva, pero le veía la sonrisa escondida. — Me han cogido para los Monrose Magpies. Estoy en la cantera del equipo. — Marcus se quedó en shock, con los ojos muy abiertos. Se hizo un silencio, y cuando pudo reaccionar, solo atinó a decir. — ¿Cómo? — Y ya estalló en júbilo. — ¡Lex! — Exclamó, aunque moderando la voz, que estaba todo el mundo dormido. Había dado un salto tal que se puso de rodillas en el sofá, dejando el espejo en un lado, tapándose la boca con las manos para que no se le escuchara reír, con los ojos brillando de emoción. Su hermano también reía. — Tío, te veo desde abajo. — ¡¡Estás en el equipo!! ¡¡Es increíble!! — Se pasó las manos por el pelo. — ¡¡Enhorabuena!! — Gracias. — Dijo el otro, entre risas casi tímidas. — Me… me lo acaban de decir. En plan, hace como, no sé, ¿quince minutos? Lo que has tardado en coger el espejo. Y buff… estoy nervioso. No me lo creo. Joder. No sé ni cómo volver a la casa ahora. — Marcus se echó a reír, pero entonces su cerebro conectó con algo. Abrió los ojos aún más. — Las pruebas. — Murmuró. Joder. Su hermano tenía unas pruebas vitales para él, importantísimas, y ni se había acordado. Estaba tan liado con lo de Dylan y estar en Nueva York… — ¿Cuándo eran las pruebas? —  Hoy. Te lo he dicho, las acabo de hacer. — Y el júbilo se le cayó al suelo.

    Se sentó de nuevo en el sofá y apoyó la espalda en el respaldo, con la mirada levemente perdida y apoyando de nuevo el espejo en sus rodillas, para que su hermano no dejara de verle y tuviera ahora una visión del techo. — ¿Qué pasa? — Le preguntó. — ¿Me lo habías dicho? — Preguntó, con confusión real. Negó. — Joder… Lex, lo siento. Lo siento muchísimo. — Resopló. — Yo… — Marcus, eh, para. No te dije nada. — Marcus parpadeó. Lex se encogió de hombros. — En verdad… nadie sabía nada hasta que el miércoles me pilló papá entrenando en el jardín. Y bueno, te lo iba a decir, pero… Dije, pues ya espero y se lo digo todo junto. — Marcus tragó saliva. — ¿Cuándo te las convocaron? — Hace unos días… — Eso había sonado tan falso que hasta el propio Lex se dio cuenta. — Bueno, a ver… Dan un mes de margen. — ¿Un mes? — Preguntó Marcus, y la voz le salió aguda y quebrada. Lex hizo un gesto con las manos. — Tío, no te rayes. Ya te digo que no se lo dije a nadie. Y ese día habíais quedado con Sean y Hillary y… — ¿¿¿Desde entonces??? Lex siguió explicándose, pero la cabeza de Marcus ya estaba en otra parte. Pensar en la quedada con sus amigos se le antojaba a otra vida, ese mes había sido larguísimo y habían pasado muchas cosas. Y en todo ese tiempo… su hermano había tenido aquello guardado. Había estado entrenando como loco, estaba seguro de ello, y se había enfrentado a una de las cosas más importantes y emocionantes de su vida. Y él… no había estado ahí. Por rescatar a un hermano, había abandonado a otro.

    Se le hizo un fuerte nudo en la garganta, y la visión de Lex se le empezó a emborronar. Echaba mucho de menos a su familia, y querría estar allí ahora, querría estar viviendo ese momento que seguro que sería de celebración. En unos días sería su cumpleaños, y en medio mes volvería a Hogwarts. Y él no estaría allí. — …Así que no te rayes. Solo he sido yo una vez más siendo un rarito que no habla con nadie. — Siguió Lex con su discurso, el cual Marcus, en su divagación particular, se había perdido. Se le cayó una lágrima, y Lex chistó fuertemente. — ¡No! Joder, ¿qué he dicho ahora? — Perdón, perdón. — Sorbió y se limpió la lágrima con la mano, aclarándose la garganta. — Joder, ahora me siento un capullo. No quería amargarte este momento. — Tragó saliva. — Es solo que… Lex… Joder, no pienses que… no le daba importancia o algo. — Ni se había acordado. Eso era lo que más le dolía, que en todo aquel tiempo, se le había olvidado por completo algo tan importante para su hermano. — Te juro que… — Ya lo sé, Marcus. — Interrumpió Lex, comprensivo. — Tío, estás en el puto Nueva York enfrentándote a los mafiosos mas hijos de puta del planeta. ¿De verdad te crees que me voy a enfadar porque no me preguntes por unas pruebas? — No son unas pruebas, Lex. Son… — Son la puta oportunidad de mi vida y lo más grande que me va a pasar jamás y por tu parte es una deshonra no estar a la altura. — Ironizó su hermano. — Tío, claro que esto es importante para mí. Pero sé… Sé cómo eres, Marcus. Sé que si estuvieras aquí estarías montando un puto escándalo. — Arrugó los labios y se le derramó otra lágrima, pero ya le cortó Lex la pena con el siguiente comentario. — Así que casi que me alegro de que estés bien lejos. — Idiota. — Dijo entre risas, porque en el fondo las borderías de su hermano le hacían gracia. El otro también rio. — Tío… Yo sé que tú estás… aunque no estés. — Miró a los ojos de Lex a través del espejo, con los suyos llenos de lágrimas. Si él supiera lo que esa frase significaba para él… — ¿De verdad que lo sabes? — Preguntó. — No siento que haya estado mucho… en general. — ¿Me vas a venir con dudas de mierda ahora? ¿Corto la comunicación? Que estaba yo muy contento, hostias. — Se tuvo que reír otra vez. — Tío, ¡estoy en la cantera de un equipo! Joder… no me lo creo. — Lex volvió a reír. — ¿Y sabes qué te digo? Que tú fuiste el primero que me hizo una puta pancarta enorme con cohetes y purpurina la primera vez que jugué un partido. Tú y Alice. — Se le anegaron los ojos otra vez, pero su hermano señaló con un índice al reflejo y dijo con un tono autoritario que nunca le había oído. — Así que déjate de mierdas de faltas de apoyo, porque en fin, te llego a ver aparecer por aquí con una pancarta así y te la tragas, así que igualmente no hubieras venido. Y ocupaos de traer a Dylan de vuelta, y de estar juntos, y ya está. Ya lo celebraremos. Ya me habéis animado bastante, ya sé que te alegras, y que Alice también se va a alegrar. Y que me haréis alguna fruslería de las vuestras para cuando me veáis. — Te pienso comprar lo mejor que tenga el primo Frankie en la tienda, te lo juro. — Le dijo entre risas pero con la voz acuosa y tomada por la emoción. Lex rio. — Venga, hecho. De regalo de cumpleaños. — No, eso es por pasar la prueba. Para el cumple, otra cosa. — ¿Qué soy ahora, el puto Salazar Slytherin que me tienes que venir con ofrendas? ¡Que no me compres tantas cosas! — ¡Déjame que haga lo que quiera! — ¡Pues mira, sí, haz lo que te dé la gana! — Respondió Lex, y justo después, con la voz más rebajada pero sin perder el tono autoritario, añadió. — Pero deja de llorar. Por favor. —

    Su hermano sonrió. — Júrame que no te vas a flagelar por no preguntarme por la prueba. Yo he evitado el tema convenientemente. Soy un Slytherin, te he tendido una trampa. — Y yo un Ravenclaw. No debería haber caído. — Pues te jodes y lo aceptas, y te das por satisfecho de que has sido el primero en saber algo, ¿no es eso lo que más te gusta del mundo? — Marcus sonrió también. — La verdad es que sí. Y no sé a cuál de mis dos venas satisface más eso. — Ambos rieron. — Lex… — Le dijo, mirándole a los ojos. — Estoy muy orgulloso de ti. — Vio la emoción en los ojos de su hermano, y cómo sonreía con sinceridad. — Gracias. — Sonrió él también ampliamente y dijo. — Vamos a celebrarlo por todo lo alto cuando vuelva. — Miró a su alrededor. — ¡Eh! No te he llegado a enseñar la habitación del primo Jason. Lástima que ahora esté en el salón. — Rio. — Pero en cuanto se despierten todos, te hago un tour de futuro jugador profesional. Vamos a reírnos un rato. —




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    En el ojo del huracán
    Con Marcus | En Long Island |  del 17 al 30 de agosto de 2002

    Aquellos días se le estaban haciendo eternos no, lo siguiente. Encima, había querido la suerte (o más bien el calendario, que no lo podía ignorar) que le cayera la maldición de todos los meses exactamente en esos días de huracán, así que, si ya de entrada, estaba sensible y de mal humor, ahora que estaba dolorida, cansada e incómoda, para qué quería más. Así que se había apoltronado en el banquito bajo la ventana de la habitación, con un libro en el regazo, pero mucho no estaba leyendo. Solo miraba afuera, al viento y la lluvia, como si así se fueran a parar antes.

    Alice. — Dio un saltito en su sitio del susto de de repente oír a alguien decir su nombre. Shannon se sentó junto a ella y le cogió la mano. — Cariño, sé que estás afectada, y que la conversación con tu padre el otro día no te ha sentado precisamente bien… Pero no podemos dejarte languidecer aquí. — Alice suspiró y se encogió un poco sobre sí misma. — Hoy no tengo ganas de probar nada, ni de jugar a nada. Marcus seguro que está encantado con los niños, y Frankie y Maeve estarán entretenidos… Yo solo quiero estar tranquilita… — Shannon negó. — No, tú quieres recrearte en tu desgracia, y lo entiendo, pero no lo puedo permitir, no más tiempo. — Alice recurrió ya a lo último, soltar un gemidito de angustia y encogerse más. — Es que tengo la regla. — Pero Shannon, implacable, tiró de su mano y dijo. — Pues yo te hago una poción, pero hoy tienes que hacer algo diferente. — ¿Y eso qué va a ser en estas cuatro paredes? — Preguntó, aún en tono quejoso aunque iba siguiendo a la mujer. — ¡Ah! Una sorpresa que se me ha ocurrido.

    En apenas minutos, estaban sentados en la mesa del comedor, mirando una caja en el centro, como si estuvieran en una mesa de operaciones, todos los miembros de la casa. Alice tenía a Ada en el regazo, Marcus a Arnie, y además a Maeve Junior saliéndole por el hombro, y a Saoirse y Aaron les faltaba subirse en el tablero para mirar mejor, mientras Frankie y Maeve simplemente observaban tranquilos desde sus butacones. — ¿Pero tú sabes usar esto?Preguntó intrigado su primo. — Shannon sonrió misteriosa. — A veces, los móviles pueden ser muy útiles. Más rápidos que una carta, desde luego. — Alice arrugó el gesto, y recordó cuando Lindsey les enseñó el suyo años atrás. — A mí me pareció farragoso de utilizar, y no sabía ni que Sophia nos había traído ya esto. — Lo trajo Jason antes de que empezara el huracán, pero no encontrábamos el momento. — Aclaró Maeve. — Además que nosotros nos liamos mucho con esos cacharros, pero Shannon ha pensado que nos entretendría a todos aprender a usarlo. — Ella suspiró y sonrió levemente, mirando a Marcus. — Sería la primera vez que alguien enseña algo a dos Ravenclaws como nosotros y no prestan atención. — Al menos intentaría verlo así vaya.

    Shannon abrió la caja y sacó el teléfono. Era considerablemente más pequeño que aquel de Lindsey, y eso ya la hizo afilar los ojos. Igual, contra la tendencia habitual, en América eran más pequeños los móviles que en Inglaterra. — Primero hay que ver que tenga batería. — ¿Y si no la tiene? — Preguntó Maeve Junior. — Entonces se enchufa. — ¿Qué es enchufar? — Saltó Ada. Alice tampoco lo sabía. — Nosotros generamos la luz por un hechizo asociado a los interruptores, pero los nomaj lo hacen por electricidad. Tienen unos agujeritos en la pared que le dan esa electricidad a los aparatos, para hacerlos funcionar. — Porque no tienen hechizos. — Completó Maeve Junior. — Exactamente. Pero nosotros podemos hacerle un hechizo que revitaliza la batería de un plumazo. ¡Litium revividire! — Dijo Shannon, lanzando, con su particular varita blanca, un chispazo sobre la espalda del teléfono. Ella abrió mucho los ojos y miró a Marcus. En su vida había oído ese hechizo y no sabía ni que hubiera aparatos que lo necesitaran. Shannon pulsó de forma continuada uno de los botones y la pantalla se iluminó. — ¡Encendido! — ¿Ya se puede usar? — Preguntó, inclinándose al final ella también sobre el cacharro. — No exactamente. Ahora hay que ponerle la tarjeta, para que pueda efectuar las llamadas, pero es un proceso que solo hay que hacer una vez. — Alice parpadeó. — ¿Cómo va a influir una tarjeta en eso? — La mujer suspiró. — Yo tampoco lo entiendo, te lo transmito como lo sé. Mave, mi vida, búscame una tarjeta muy pequeñita en esa caja y un número de cuatro dígitos, que tiene que estar pegado a ella. — La niña los buscó y se la tendió, y Shannon metió la tarjeta diminuta en una ranura de su mismo tamaño, y al momento, la pantalla demandó un código. — ¿Eso es para llamar ya? — No, es para que este móvil solo podáis utilizarlo vosotros, porque tenéis ese código. — Pero ahora ya lo sabemos todos. — Dijo Aaron con cara de no comprender. — A ver, que necesito un momento de concentración. — Dijo la mujer, ya en un tono un poco más tenso de ver el panorama que tenía alrededor.






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    En el ojo del huracán
    Con Alice | En Nueva York | Del 17 al 30 de agosto de 2002
    - ¿Y si le propones enseñarle el backgammon? - Retrepado en el sillón con postura aburrida, siguió limpiando las plumas con un papelito (sí, era más fácil hacerlo con magia, pero estaba tremendamente aburrido y prefería procesos lentos a seguir mirando el techo). Negó a la propuesta de Aaron. - No creo que le apetezca ahora un juego tan complicado... - ¿Y no hay nada que le puedas hacer para entretenerla? En el colegio os funcionaba, con cualquier tontería ya la tenías ahí. - Miró a Aaron lentamente, con una expresión entre circunstancial, aburrida y mordaz. - Gracias por recordármelo. - El otro chistó, alzando los brazos y dejándolos caer con frustración. - ¡Me refiero a que esa habilidad la tienes! Sois vosotros, siempre estáis bien juntos. Y sois Ravenclaw, los Ravenclaw os entretenéis con cualquier tontería. Mírate, llevas una hora limpiando cada gota de tinta de las plumas con un pañuelito... - A mí me parece una forma muy bonita de conectar con la escritura. Le pega a los Serpientes Cornuda. - Dijo Maeve Junior con dulzura, con la mirada perdida en cómo Marcus dejaba brillantes las puntas de las plumas, a pesar de que no estaba poniendo más que hastío en ello. Pero llevaba a la niña a la cola todo el día, mirando con fascinación todo lo que hacía. Solo que había veces que tenía más energías para ensalzarse a sí mismo que otras.

    - Lo que quiero decir... es que si alguien puede sacarla de ese estado, eres tú. - No es el caso... - Siempre es el caso. Es desesperante verla así de melancólica todo el tiempo. - Marcus suspiró para sus adentros, y simplemente arqueó las cejas, mirando la labor en sus manos. - Qué me vas a contar... - Murmuró con resignación. Hubo unos instantes de silencio (bueno, de oírse de fondo a Ada y Saoirse peleando en su habitación con algún juego al que jugaban), en el que Shannon seguía con Arnie en brazos mientras su varita tejía sola un pequeño jersey y el niño la miraba como hipnotizado, Aaron pensaba concienzudamente en maneras de traer a Alice de vuelta a la familiaridad y Marcus seguía en su tarea con la limpieza de plumas, bajo la atenta mirada de Maeve. - ¿Y enseñarle a usar el móvil? - Preguntó el chico de repente. Marcus frunció el ceño. - ¿Qué móvil? - El teléfono muggle. Lo trajo Jason el otro día. - Marcus bajó la mirada de nuevo y negó, diciendo. - Dudo que le apetezca ahor... - ¿El móvil está ya aquí? - Preguntó Shannon, saliendo tanto de su concentración que la varita y el jersey a medio tejer se cayeron al suelo, desconcertando al bebé. Aaron asintió. - Lo trajo el otro día. Debió pensar que sería buen entretenimiento durante el huracán... - ¡Claro que lo es! ¡Venga, todos a la mesa! - Marcus abrió mucho los ojos, deteniendo por fin su tarea. - No creo que sea buena ide... - ¡Niñas, bajad! ¡Actividad en familia! - ¡BIEEEEEEEEEN! - Y ya se escuchaba el tronar de pasos bajando las escaleras. Marcus miró a Aaron, con los labios fruncidos. El otro se encogió de hombros tanto que, de haber sido una tortuga, habría metido la cabeza en el caparazón. - ¿¿Qué?? ¡Lo ha decidido ella! ¡Y creo que le puede venir bien! - Luego no me mires si acaba alguien con el móvil en la boca. - Refunfuñó, levantándose y dirigiéndose al lugar de la reunión. Eso sí, como modo de autoprotección, se hizo con el bebé. - Si la cosa se pone complicada, tú y yo nos vamos. - Le susurró de camino, y luego rodó los ojos con superioridad. - Yo nunca dejaría un hechizo a medio hacer... -

    Como estaba escudado por el bebé (aunque este también parecía muy curioso al respecto del móvil), se mantuvo en silencio durante el primer rato de conversación, convencido de que aquello no iba a durar ni a prosperar. En la desesperación mientras estaban en Inglaterra llegó a parecerle buena idea a medias, pero tal y como estaban, y teniendo en cuenta que lo más importante podían hacerlo mediante el espejo (que les permitía verse, dicho fuera de paso, no como esa cosa), le perdió la utilidad. Era cierto que no había podido hablar con Sean y Hillary en aquel tiempo. Tampoco sabía nada de Darren... Podría hablar con ellos por el móvil ese. Pero seguía sin verlo nada seguro. Escuchó a Shannon, así como los comentarios escépticos de Alice que no le sorprendían en absoluto (porque él también los pensaba y porque, como había intentado señalar varias veces, no iba a estar receptiva para aprender a usar eso), mientras intentaba interactuar con el bebé. Pero hasta Arnie parecía interesado en el móvil, y... tenía que reconocer que era demasiado Ravenclaw como para no atender él también, por mucho que no quisiera.

    Ya iba a objetar a lo de los agujeros en la pared, que siempre que lo veía en una casa muggle le daba muy mala sensación (¿dónde iban a parar esos agujeros? ¿A la casa del vecino? Vaya sentido de la privacidad tenía esa gente...), pero Shannon especificó que había un hechizo para hacer revivir al cacharro si se apagaba o algo así, lo que le hizo asentir con cierta conformidad. Intercambió una mirada con Alice, y ese desconcierto le hizo sonreír ligeramente. Volvió la vista al móvil... y se encontró a Aaron mirándole como si tuviera diez años y quisiera burlarse por tener razón frente al listo. Puso ojos circunstanciales y pensó. Ya, solo ha sido porque no conocía el hechizo. El chico cambió una mirada de superioridad, muy teatral, y comentó en voz alta como quien no quiere la cosa. - Mira por dónde, vamos a aprender cosas nuevas y todos. Eso siempre gusta. - Marcus rodó los ojos descaradamente. Sutil, pensó. Ahora estaba discutiendo telepáticamente con Aaron, ya lo que le faltaba por vivir...

    Suspiró para sus adentros y meció al bebé en sus piernas, aunque este no le hiciera ni caso porque estaba pendiente del móvil. Pues sí que tenía pasos previos esa cosa para poderse usar, no le parecía algo operativo en caso de emergencia, desde luego. Mi Elio ya habría llegado a casa en el rato que llevamos aquí tocando botones, pensó, pero no quería romper el ambiente, así que se lo guardó para sí. Y el solo pensamiento le dio una punzada de dolor. Su pobre Elio... ¿cómo estaría llevando el estar tanto tiempo sin él? Marcus le echaba muchísimo de menos. No le había llevado a América porque Elio igualmente no podía cruzar un océano, era un viaje demasiado largo para él, y le parecía peligroso tenerle allí. Estaría mejor en casa... pero le echaba muchísimo de menos.

    Lo que ya no se pudo contener fue lo del código. - A ver, a ver, un momento. - Es que mucho se estaba callando ya. Parecía que Maeve empezaba a conocer sus movimientos y su proceder de pensar, porque tan pronto le vio alzar una mano, empezar a hablar e inclinarse a la mesa, se acercó a él y tomó a su hermano en brazos, llevándoselo silenciosamente hacia otra parte donde los dos se pudieran sentar. Marcus continuó como si nada hubiera pasado. - ¿Me estáis diciendo que hay que hacer todo este proceso para encender el móvil, y que una vez encendido por fin ahora hay que meterle un código "secreto" y que dicho código está... en la misma caja... en la que está el móvil? - Ni dejó tiempo a respuesta, alzó ambos brazos con indignación y los dejó caer. - ¿Pero qué estafa es esta? ¿De verdad este es su concepto de secreto? ¿Y qué más? ¿Usarlo para hablar mientras está enchufado por los agujeros que van a la casa del vecino? ¡Todo lo que se diga por ahí lo va a saber todo el mundo! - No es exactamente así, Marcus. Puede parecerlo, pero... - No estaba viendo a Shannon muy convencida con el discurso. La mujer se dio una pausa a sí misma y alzó ambas manos. - Dejadme que coloque la tarjeta y ahora lo explico. - Pues qué remedio.

    El silencio que se generó mientras Shannon trasteaba con el móvil era tensísimo. Hasta las niñas estaban calladas. - Vale... Esto ya está. - Lo puso en el centro de nuevo. - Os explico cómo va. Cada tecla indica un número. La persona tiene que daros su número para que contactéis con ella. Solo tenéis que teclearlo y darle aquí. - Señaló un botón con un teléfono de color verde. - Y llama. Oiréis una especie de pitido, eso es que están llamando a la otra persona. Sonará hasta que lo coja... Bueno, si no lo coge, en algún momento dejará de sonar. - Marcus arqueó una ceja. - ¿Es que cabe la posibilidad de que la persona no se entere de que la estás llamando? - Shannon se encogió de hombros. - Bueno... Imagina que tiene el teléfono, no sé... guardado en el cajón de tu mesita de noche, y que tú estás en el salón. Si te llaman, puede ser que no lo escuches. - ¿Entonces la persona se queda sin contactar conmigo? ¿Y yo sin saber que quiere hacerlo? - Shannon parecía incómoda. - Supongo... A ver, lo puede seguir intentando. - Esto no es una lechuza, tío, no va a venir a decirte "ey, Marcus, te llaman". - Pues me parece una pérdida de información entonces. ¿Cómo sé si alguien me está llamando y yo no me entero? - Respondió a Aaron. Es que solo de pensarlo se estaba angustiando. El otro se encogió de hombros con normalidad. - Puedes llevarlo siempre encima. Tampoco es tan grande. - ¡Vamos, lo que me faltaba, llevar esa cosa en el bolsillo todo el tiempo! - ¿Lo dices precisamente tú? No te separas de tu varita. - Marcus soltó una fuerte y despótica carcajada. - Si tengo que explicarte por qué no es lo mismo... - Supongo que, en parte, Aaron tiene razón. Sería cuestión de acostumbrarse. - Aportó Shannon. De repente, Saoirse salió corriendo escaleras arriba. Marcus supuso que había perdido el interés. No le extrañaba, él también tenía ganas de salir corriendo de allí...

    - No termina de convencerme. - Dijo. El término correcto era que ni siquiera había empezado a convencerle en ningún momento, pero no quería ser aguafiestas de más. - ¿Cómo se corta la llamada? - Con el teléfono rojo. - Dijo Shannon, señalando el botón opuesto al de antes. - Con que uno de los dos lo pulse, la llamada se corta. - ¿O sea que yo puedo estar hablando con alguien y que me corten sin más? -Eso hizo que Aaron se riera entre dientes. Le miró con los ojos entrecerrados. - Tienes muchas posibilidades de que alguien te lo haga. - Al menos a mí me cogerían el teléfono. - Bufó, y luego miró a Alice. - Vamos, lo que me faltaba. Con las ganas que tiene Hillary de dejarme con la palabra en la boca, me lo haría todas las veces... - Esto es mucho más intuitivo de lo que parece, de verdad que sí. - Trató de calmar Shannon. Maeve, con su sonrisa tierna habitual y Arnie en sus manos chupando... algo que había sacado de la caja, dijo. - Y vosotros sois muy listos. No os va a costar nada de nada. - ¿Qué tiene Arnie en la boca? - Preguntó Marcus, mirando inquisitivo el objeto que el niño intentaba morder. Shannon dio un salto en la silla. - ¡Arnie, no! ¡Que eso tiene electricidad! ¡Maeve! - ¡Que no, mami! Que solo es eléctrico si se enchufa. - ¿¿Eso es lo que se mete en la pared?? - Preguntó Marcus, espantado. Sí, ahora que se fijaba, aparte de un cable muy largo, tenía dos palos que debían ser los que iban en los agujeros. Ya estaba a punto de iniciar una explosión de todo lo que estaba mal ahí, cuando Saoirse llegó corriendo a la mesa de nuevo.

    - ¡¡Vamos a llamar a la prima Sandy!! - Gritó, con un papelito alzado en la mano que estampó en la mesa mientras casi se subía en ella. - ¡Tengo su número! - ¿Tienes el número de tu prima? - Preguntó Shannon, con los ojos muy abiertos. La niña asintió fuertemente, con una sonrisa maliciosa. - Me lo dio porque soy su prima favorita y me dijo que se lo diera al primo Marcus si algún día lo pedía. - Marcus arqueó las cejas. Estaba escuchando a Aaron llorar de la risa disimuladamente, tapándose la cara. - Pues venga, vamos a probar. - Dictaminó Shannon, y Marcus movió la incrédula mirada hacia ella. - ¿Ahora? - Por qué no... - ¿Y si tiene el móvil en un cajón? - Pues no lo cogerá. - ¿Y para qué la llamamos entonces? - Shannon suspiró. Estaba haciendo que la mujer perdiera la paciencia. Maeve intercedió por su madre. - No perdemos nada. Y si se entera más tarde, nos llamará de vuelta. - No le convencía el procedimiento, pero bueno. Shannon tomó el móvil y empezó a pulsar las teclas. Antes de darle al teléfono verde, advirtió. - Vale, voy a hacer una cosa porque estamos aquí todos, es EXCEPCIONAL. - Enfatizó. - Así que no os asustéis. Es para que lo oigamos todos, pero normalmente os pondréis el teléfono en la oreja y solo vosotros escucharéis a la otra persona, ¿de acuerdo? - Y dicho esto, tras completar el número, pulsó otro botón y dejó el móvil en la mesa.

    Empezó a sonar un pitido un tanto extraño, que se cortaba y que hizo a Marcus fruncir el ceño, mirando a los presentes. Apenas sonó dos veces y, cuando iba a la tercera, una voz conocida salió del aparato. - ¿Quién es? - Preguntó con una voz que sonaba entre hastiada y cuestionadora. Marcus abrió mucho los ojos, mirando a los presentes, pero Saoirse empezó a gritar. - ¡¡Es la prima, es la prima!! ¡¡La he llamado yo!! - ¿Hola? - Dijo la voz. Marcus carraspeó y, con prudencia y escepticismo, se acercó un poco al aparato. Se sentía estúpido hablándole a la mesa, la verdad. - Hola, ¿Sandy? Disculpa, espero no interrumpirte con algo. - ¿Marcus? ¿Primo Marcus? - Dijo la voz, considerablemente dulcificada. - ¿Este es tu número? Uy, ya me lo voy a apuntar... - Hola, Sandy, cariño. - Intercedió Shannon. - Estamos enseñando a los primos a usar el teléfono. - ¿Cuántos estáis en esta conversación? - Preguntó la chica al otro lado, con un tono que sonó considerablemente confuso. El dato que Marcus necesitaba para alzar los brazos, dejarlos caer y mirar a todos los presentes. - ¿Veis? Ninguna garantía de confidencialidad. -




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    Desde luego, si ella estaba apática y mustia, Marcus expresaba su preocupación y pesar usando todo su ingenio para desmontar las ventajas del móvil. Y ella tampoco lo veía claro, pero es que hacía tanto tiempo que no hablaba con sus amigos. Echaba de menos la parsimonia de Sean, que siempre le hacía tomarse la vida de otra forma, y los consejos impagables de su mejor amiga, que la conocía perfectamente, entendía sus miedos y… Necesitaba poder hablar de todo eso con alguien así.

    No obstante, cuando su novio tenía razón, tenía razón, y aquel proceso era farragoso, tanto que le hizo suspirar. — No sé yo si voy a acordarme bien de todo esto… — Dijo con sinceridad. Pero Shannon y los demás seguían insistiendo y muy a tope con todo, y a Alice le dolía mucho matar el entusiasmo de los demás, así que simplemente escuchó. Pero claro, ya surgió la posibilidad de que la persona a la que llamaras no cogiera el teléfono, y nueva intervención de su novio. — A ver, Lindsay lo llevaba siempre encima, pero sí que me parece un poco agobiante, porque entonces la gente te puede hablar en todo momento, y yo hay ratos que prefiero estar sola, o perderme por ahí. — Admitió. — Pero, si te pierdes, te vendrá bien tener el teléfono a mano para poder llamar a alguien y que sepan que te has perdido. — Dijo Ada, adorablemente, mientras se giraba para mirarla. — ¡Pues no, tonta porque si se ha perdido es que no sabrá dónde está! — ¡Pues tonta tú, porque por lo menos así sabrán que está bien! — Shannon suspiró con una queja de garganta. — Tenlos seguidos, decían. Jugarán entre ellos y se cuidarán, decían… A ver cuando llega esa época. — Total, que todos convenimos en que el teléfono puede ser útil si te acostumbras a utilizarlo. Marcus, Alice, podéis turnaros para llevarlo, así tú no lo sentirás tan como una carga, y tú no te sentirás tan vigilada. — Intervino la tía Maeve. Nadie como un Hufflepuff tranquilo, y más de esa edad, para calmar las aguas y dirimir bien rápido.

    Eso sí, lo de cortar la llamada le hizo contener una risa, pensando en cuántas veces su amiga Hillary habría querido pulsar un botón rojo de Marcus para hacerle callar. O Sean a ella misma, cuando se ponía lacrimosa y misteriosa respecto a su amigo, en aquellos días en los que aún no tenían lo que tenían. Al final, su novio logró arrancarle una sonrisa, y deslizó la mano sobre la suya para decir. — ¿Y no echas eso también de menos? Puede que esto se convierta en nuestra única forma de poder hablar con los chicos… — Miró alrededor y dijo. — Qué bien nos vendría sentir, aunque fuera un poquito, que estamos en la sala común de Ravenclaw, ¿o no? — Pero aquí nos tenéis a nosotras, nosotras podemos hacer de Ravenclaw si queréis. — Saltó Maeve Junior, y levantó a Arnie en sus brazos. — Marcus dice que este de aquí lo va a ser, solo tenemos que ser como él. Sin comernos los enchufes, eso sí. — Y todos rieron, lo cual le hizo mirar a Marcus. ¿Le hacía gracia el móvil? No. ¿Era difícil de usar? Mucho, pero al menos estaban disfrutando de verdad de un rato todos juntos, y eso, en los tiempos que corrían, era de agradecer.

    Parpadeó cuando Saorsie dijo aquello. Vaya con la primita Sandy, no sabe nada, dijo su cerebro, pero se limitó a asentir y dijo. — Recuerdo cuando Lindsay nos puso en altavoz y su madre no lo sabía. Fue gracioso. Pero entiendo que está pensado para llamarse en la oreja y no así. — Y fue un poco bochornoso, pero no iba a dar ese detalle, que bastante tenso estaba ya Marcus. Sandy cogió el teléfono repentinamente, e hicieron bien en aclararle que estaban todos oyendo, por el tono que había empezado a poner la muchacha. — Estamos todos los de la casa, Sandy, hasta tus abuelos. — Indicó Alice a la pregunta. — ¡Ay, hola, abus! Y decidme… ¿Qué tal os vais apañando con esto? — Alice rio un poco y Aaron se inclinó sobre el teléfono. — Mal, te lo adelanto yo. Tu primo lo ve anticonfidencial y su novia está que no está, que no se apaña con los números. — ¡Ay! ¡Pero pri! ¿Y lo bonito que es que podamos hablar así aunque yo esté en Atlanta y tú allí? — ¿Donde está Atlanta? — Preguntó Ada. — Muy lejos, pero es que una amiga me ha invitado a su finca hasta que pasen los huracanes. Y decidme, ¿no es maravilloso que aun así podamos hablar? — Alice ignoró la pregunta y dijo. — Sandy, una pregunta, ¿cómo haces para contestar? ¿Llevas siempre el móvil encima? — Claro, si no pesa casi nada, esa es la gracia. — Notó cómo miraban a Marcus de golpe, y ella se concentró en mirar la pantallita del móvil, para no ponerle más presión. — Bueno, cariño, te dejamos en tu finca y vamos a ver si Marcus y Alice son capaces de llamar a alguien ellos solos. ¡Vale! No dudéis en contar conmigo. Y Sersh, te debo un helado, reina. — Saorsie asintió orgullosa. Junta a dos Slytherins y empieza a temer.

    Shannon cortó la llamada y le tendió el teléfono a Alice. — Bueno, ahora voy a explicaros el tema de la cobertura. — Alice alzó las cejas. ¿Más normas? Aquello empezaba a parecerse peligrosamente a Hogwarts y al reglamento de régimen interno de Marcus. — La cobertura es lo que usa el móvil para hacer las llamadas. — ¿Y dónde está? — Preguntó ella intrigada. — No es que… Esté. No exactamente. — Alice parpadeó confusa. — ¿Ves estas líneas de aquí? Cuantas más haya, más cobertura. Si baja, es posible que la llamada se oiga entrecortada, o directamente no pueda hacerse. — Ella suspiró y miró a Marcus. Qué mal, pero qué mal se lo estaban vendiendo. — ¿Y de qué depende la cobertura? — Del lugar en el que estés y cómo le llegue la señal. ¿La señal de que no debemos usar esto? — Preguntó sarcástica. — Bueno, simplemente son puntos a tener en cuenta. ¿Y si probamos a llamar a tu amiga Hillary y compruebas lo bien que te va a venir? — Intervino Aaron que, a la fuerza, claro, había empezado a hacerse un experto en Marcus y Alice. Ella miró a Marcus y le tomó de la mano. — ¿Probamos? Sería la primera vez que le decimos que no a un reto. ¿No te gustaría oír a un Hillary rabiosa y acordarnos aunque sea un poco de casa? — Igual estaba sensible de más, pero los ojos le brillaron en lágrimas de emoción. Echaba de menos su casa, a sus amigos, la normalidad… ¿Y si con aquel cacharro anormal conseguían aunque fuera un poco de normalidad?





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    Vie Abr 07, 2023 12:46 pm


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    Bueno, eso de que todos convenían que era útil... Él no, pero bueno, no sería quien llevara la contraria a la tía Maeve, y menos en plena pelea de las niñas, no quería liarla más. Y por supuesto tampoco iba a reconocer en voz alta que... puede que solo lo estuviera boicoteando por miedo y por ese mal humor que ambos tenían instaurado en el cuerpo. En el fondo sí que podía ser útil y práctico, así lo pensó cuando se lo dijo Hillary. Pero estaba muy cenizo, y más paranoico de lo habitual por culpa de las circunstancias, y seguía viendo muchas lagunas en la confidencialidad de eso. Por no hablar de que su orgullo le impedía reconocer que un aparato muggle pudiera ser más operativo que cualquier medio mágico. No estaba en el mejor día para una exhibición de tecnología, definitivamente.

    Por supuesto, si había alguna tecla buena que pulsar, su novia la encontraba, porque cuando tomó su mano y dijo lo de la sala común de Ravenclaw le hizo sonreír levemente. Sí que echaba de menos a sus amigos... Había pensado alguna vez en pedirle a sus padres que les prestaran el espejo, pero estando en la situación que estaban y usándolo para lo que lo usaban, no le pareció conveniente ni apropiado. Pero, al fin y al cabo, Hillary y sobre todo Sean eran las personas con las que compartía su día a día durante nueve meses al año, y llevaba más de un mes entero sin saber nada de ellos. Se echaba mucho de menos.

    Decidió centrarse en la conversación con su prima, que falta le hacía. Fue a responder a cómo iban, pero ya se adelantó Aaron, lo que le hizo rodar los ojos hacia él y mirarle con cara de circunstancias. - Siempre apreciada la sinceridad de un Gryffindor. - Dijo sarcástico, provocando una risita al otro lado del teléfono. Suspiró. Suponía que sí, que estaba muy bien poder hablar así a tiempo real... Lo dicho, sí que le parecía práctico, pero no estaba de humor, y le seguía viendo muchísimas lagunas. - ¿Y tu amiga no está por ahí? - En otra habitación. ¿Es que quieres que te la presente, primo? - Bromeó la otra. Marcus se frotó los ojos. - Me refiero a que te estará oyendo ¿no? - ¡Qué va! Esta casa es grandísima. - Ahora se frotó la cara. No estaba sacando nada en claro, así que dejó hablar a los demás.

    Por supuesto que le cayeron todas las miradas encima cuando Sandy dijo que siempre llevaba el móvil con ella. Devolvió todas y cada una, inquisitivo. - Que ya lo sé, solo digo que me parece incómodo. - No como los pergaminos... - Ponte en una mano los pergaminos y en la otra el cacharro ese, a ver qué pesa más. - Le contestó a Aaron, que no iba a dejar de evidenciar todas las cosas que Marcus llevaba en los bolsillos, no obteniendo ningún resultado, porque él no era tan fácil de convencer. - Gracias, Sandy. - Se despidió, porque aunque la llamada solo le hubiera generado más dudas, siempre era educado y agradecido con los esfuerzos de la gente, y su prima se había mostrado muy solícita con la ayuda. A pesar de que, probablemente, la habrían interrumpido en lo que sea que estuviera haciendo... Lo dicho, no le gustaba el concepto del teléfono.

    Miró a Shannon con las dos cejas arqueadas, al igual que hizo su novia. ¿Más cosas? Debía ser una broma, vamos. Y la descripción era para verla, pero conectó con algo, por lo que apretó los labios, miró a Alice y la señaló. - Ya sé lo que es. Y tú también. - Giró el cuerpo hacia ella. - ¿Te acuerdas cuando te montaste en el coche de Hillary y puso la radio? Te decía que la información llegaba como por el aire... - ¡Sí! Bueno, más o menos. - Se entusiasmó Shannon, pensando inocentemente que Marcus estaba comentando eso porque le gustaba, cuando era todo lo contrario. - Eso son ondas de radio, estas... son ligeramente distintas, pero sí, digamos que envían la señal de... alguna parte, para que se pueda establecer la comunicación. - Mejor... no des más datos. - Trató de frenar Aaron, apurado, pero Marcus ya estaba negando con la cabeza. - Tranquilos, ya sé todo lo que tengo que saber... - Alice siguió preguntando, pero él estaba ya instaurado definitivamente en el no. Y esa iba a ser su respuesta a llamar a Hillary, pero vio la cara de su novia y cómo ella, una vez más, pulsaba la tecla correcta con lo del reto. Suspiró. - Alice... - No quería decirlo delante de todos los presentes, así que, tras una pausa en la que todos esperaban su respuesta, simplemente chasqueó la lengua. - Está bien. - Pero sobraba decir que no pensaba decir nada comprometido.

    Se metió la mano en el bolsillo y sacó el número que le había dado Hillary. Aaron le miró. - ¡Ah! O sea, que eso si lo llevas enc... - Vio la cara que le estaba poniendo Marcus, entre hastiada y triste, y cerró la boca. - Venga, vamos a llamar. - Dijo simplemente. No, no estaba para bromas ni para piques con ese tema. Llevaba el teléfono encima porque era la única propiedad de sus amigos que había podido llevarse con él, y porque sí, sabía que tarde o temprano, quisiera él o no, lo iba a tener que usar. No quería comentarios al respecto. - Toma, cielo, prueba tú. -Le dijo Shannon, tendiéndole el teléfono. Marcus, con un poco de reticencia, lo cogió y fue marcando las teclas correspondientes a los números. - Ahora, telefonito verde y, si quieres que se oiga como a Sandy, la tecla del altavoz. - Asintió e hizo lo que le decía. Puso el teléfono sobre la mesa justo cuando empezó a pitar. Y la voz al otro lado hizo que mirara a Alice inmediatamente y que el corazón le diera un vuelco.

    - ¿Quién es? - Ese tonito escéptico, cuánto lo echaba de menos. No pudo evitar sonreír. - ¿Letrada Vaughan? - Preguntó simplemente, con una sonrisa ladeada, mirando emocionado a Alice. Hubo una pausa muy leve. - ¿Marcus? - Escuchó al otro lado. - Marcus ¿eres tú? - Hola, Hills. - La otra aspiró una exclamación. - ¡¡Marcus!! ¿Cómo estás? ¿Y Alice? - Aquí, a mi lado? - Contestó, tomando la mano de su novia y mirándola, dándole paso para hablar.




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    Vie Abr 07, 2023 1:43 pm


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    Sí, ya se acordaba ella de las famosas ondas, y ya en su día le pareció que a Marcus no le iba a parecer nada fiable, pero al menos, el tener un conocimiento previo de algo que le estaban contando, ponía de buen humor a su novio, o aunque fuera un poquito menos a la defensiva. — Es verdad. Y luego dicen que los muggles no podrían soportar saber de la magia. Si eso no es magia… — Si es que no concebía eso de “por el aire” sin hacer ruido, ni notarlo ni nada. Y sería la satisfacción de saber de aquello de antemano, o, más probablemente, su cara de pena, de “quiero, aunque sea por un momento, recuperar Hogwarts”, pero su novio se inclinó por fin por llamar a Hillary.

    Aaron se llevó de regalo una mirada fulminante, porque estaban todos remando a favor de que Marcus se pusiera de parte de usar el teléfono y ahí estaba él, con su particular partida. ¿Te crees que estoy en mi mejor día yo también para hacer esto? Preguntó mentalmente, a ver si su primo lo leía. Volvió a dirigir la mirada a su novio y le vio con más cuidado que nunca manejando el teléfono, como si le fuera a estallar. El corazón se le encogió cuando oyó el pitido, y solo de oír el tono de su amiga y cómo la saludó Marcus, ya no pudo más y sus ojos se inundaron, mientras apretaba la mano de su novio de la emoción. — ¡Hills! — ¡Alice! Ay, madre mía, qué alegría me da oírte. — Ella dejó brotar las lágrimas y sonrió. — Pues no sabes la que me da a mí. Ay, Hills… Cuánto te he echado de menos. — Tía… ¿Cómo estáis? ¿Estáis bien? ¿Sabes algo de Dylan? — Ella se miró con Marcus y tragó saliva. — Sabemos muchas cosas, y pude estar con él, pero… Es largo de contar Hills, y tenemos aquí a todos los Lacey en altavoz, ayudándonos a usar esto. — Hillary rio, y era como si pudiera verle la cara. — Me estoy imaginando fuertemente toda la oposición de Marcus a este invento y las caras de Alice cuando le vayan explicando todo lo que hay que tener en cuenta para hacer una llamada, y los dos pensando que irían más rápido escribiendo. — Ahí hubo risa generalizada y Shannon se inclinó hacia el teléfono. — Soy Shannon, la prima de Marcus, y me alegro de comprobar que realmente eres su mejor amiga. Lo has descrito como si estuvieras aquí. — Hillary rio un poco más pero cambió de tono. — He visto en las noticias que hay un huracán, ¿os está afectando? — Solo un poco, de tener que estar encerrados todos juntos, aguantándonos con nuestras cosas. Por cierto, hola, Hillary. — ¿Aaron? ¿Pero cuánta gente hay en esa casa? — Y volvieron a reír. Alice se limpió las lágrimas. — Hills tenemos que quedar un día para hablar tranquilamente, y podrías llamar a Sean. — Claro que sí. Me habéis infartado un poco porque aquí son las once de la noche, y no me esperaba que me llamarais pero, ¿qué os parece dentro de dos días… A mis cinco de la tarde? — Alice se miró con Marcus y amplió la sonrisa. — Claro que sí. Eso es nuestras once de la mañana, para ti estaremos. — Notó cómo Hillary carraspeaba, claramente emocionada también. — Te echo mucho de menos, Gal. — Y yo a ti, Hills. — Ya ahí le salió el llanto. — Pero te prometo que me están cuidando genial, y yo siempre cuido de mi Marcus, ya lo sabes. — ¡Hombre! No me cabía duda. — Ambas rieron, entre las lágrimas. — Eh, perfectísimo prefecto, a ti también te echo mucho de menos. — Hillary estaba definitivamente llorando. — Cuidaos entre vosotros, por favor, y pasado mañana os quiero preparados para vuestro amigo Sean, que ya sabéis que es un blando y ese se va a derretir. — Puedes darle una sorpresa hasta el último momento. — Sugirió Alice. Definitivamente le estaba dando años de vida hablar con su amiga. — Ya te digo yo que los teléfonos no se le dan mejor que a vosotros y que va a alucinar en cuanto os oiga. No se lo espera. — Alice ya no pudo más y se tapó la cara para poder llorar abiertamente sin hacer mucho ruido, y Ada, siendo tan adorable como era, le echó los brazos al cuello y la abrazó como un monito, lo cual le vino de maravilla para poder abrazarse de vuelta a ella y desahogar un poco.





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    En el ojo del huracán
    Con Alice | En Nueva York | Del 17 al 30 de agosto de 2002
    Se pasó rápidamente una mano por los ojos, pero no llegó a derramar lágrimas... por poco. Escuchar a su amiga de nuevo y ver tan emocionada a su novia había despertado demasiadas emociones en él, que llevaba varios días acumulando aletargamiento, hastío y enfado a partes iguales. Tal y como decía su novia, era como volver por un momento a la sala común, ese lugar en el que todos habían sido tan felices. Qué lejano se veía...

    Su comentario no se hizo esperar. Chistó, fingiendo ofensa, porque ese era su juego particular con Hillary, aunque la sonrisilla le delataba. - Muy graciosa. No me hagas querer cortar la llamada desde ya, Vaughan. - La otra rio. Y encima Shannon corroborando. Bueno, no es como que fuera mentira, se tuvo que reír inevitablemente. Por increíble que pareciera, y con lo asustado y escéptico que estaba, escuchar a su amiga sí que le había rebajado considerablemente el mal humor. Asintió a la propuesta de su novia. - Sí, quedamos los cuatro, aunque sea por este cacharro, por favor. Lo necesitamos. - Había sonado casi a súplica. Hillary rio al otro lado. - No va a haber quien aguante a tu amigo cuando le diga que he hablado con vosotros. Os tiene todo el día en la boca. Luego se quejará, pero no puede vivir sin su Marcus. - Sonrió, pero agachó la cabeza, porque estuvo a punto de echarse a llorar. Estando allí aguantaban la situación, porque no les quedaba más remedio, pero conectar con su mundo real, el que habían dejado atrás en Inglaterra, activaba todas sus emociones.

    Respiró profundamente y se limpió los ojos de nuevo, ya un tanto más enrojecido y visiblemente emocionado, y asintió a lo que decían las chicas sobre la hora. No había caído en que era tan tarde allí. - ¡Oh! Perdona, Hills, es tardísimo... - No te preocupes. No tenía a ningún prefecto por aquí azuzando así que seguía despierta. - No sé qué echo de menos exactamente, la verdad. - Lo divertida que soy. - Seguro... - Ambos rieron, porque conectar con sus personalidades de siempre era facilísimo cuando estaban juntos. Pero esa declaración de cuánto se echaban de menos le terminó de romper. Tragó saliva, aunque la voz le salió quebrada igualmente. - Y yo a ti, letrada. Y a Sean. Dile que le he cambiado por un bebé y que es más fácil dormir con él. - Todos rieron, y Hillary soltó una carcajada estruendosa. - Ya le estoy escuchando maldecirte cuando se lo diga. Aunque se va a poner a llorar como tú, que parece que te estoy viendo. - No estoy llorando, que lo sepas. - Sí lo está. - ¡Saoise! - Esa diablilla se había chivado, pero ya estaba Maeve, su gran defensora, para regañarla al punto, mientras los demás se escondían una risilla. Marcus suspiró. - Te presento a mis primas. - Encantadísima. Tú vas a ser mi favorita. - ¡Soy la favorita de todo el mundo! - Dijo muy orgullosa la niña, lo cual levantó varias risas de nuevo, aunque su hermana mayor y Marcus rodaron los ojos.

    Alice había roto definitivamente, y Marcus estaba a punto, así que volvió a secarse las lágrimas y tomó el teléfono en sus manos. - Me gusta lo de la sorpresa, siempre que creas que su corazón de blando la puede soportar. - Ambos rieron. - Te queremos mucho, Hills. - Dijo con la voz levemente quebrada. Estaba viendo a Shannon emocionarse también. - Para, prefecto, que me vas a hacer llorar. - Dijo para que los dos rieran, pero la voz la delataba y claramente a ese punto ya había llegado. - Hablamos pasado mañana. - Se despidieron todo lo cálidamente que ese cacharro lo permitía y colgaron la llamada. Sorbió un poco y se recompuso lo más rápida y dignamente que pudo, pasándose una mano primer por el ojo derecho y luego por el izquierdo. Al destaparse el segundo, alguien estaba a su lado. - Toma. - Dijo Maeve, devolviéndole a Arnie, que le miraba con un pucherito. El bebé se le enganchó rápidamente, y Marcus le abrazó como si fuera un peluche. Entonces el que habló, tras unos leves instantes de emotivo silencio, fue Aaron, también emocionado. - Joder... teníamos que haber traído el backgammon. - Marcus soltó tal carcajada que sobresaltó al bebé, pero también le contagió la risa al resto del grupo. Tenían tanta emoción contenida que aquello desencadenó un buen rato de risas que no podía parar. Tendrían que quedarse con eso. Con que, dentro de sus circunstancias, habían tenido la suerte de dar con una familia que les quería, les apoyaba y les estaba ayudando en todo, con un aliado inesperado que necesitaba ayuda tan desesperadamente como ellos y cuyos lazos se estaban reforzando, y con saber que su vida en Inglaterra seguía siendo la misma, y que les estaba esperando con los brazos abiertos para cuando volvieran.




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    Con Marcus | En Long Island |  del 17 al 30 de agosto de 2002

    Estaba un pelín nerviosa, dando vueltas por el cuarto de Jason, mirando el móvil reposar en la cama. Se retorció las manos y volvió a mirar por la ventana. Esa noche, los huracanes les habían dado tregua, pero por lo que el parte del MACUSA había dicho, venía una nueva ola, y el cielo estaba de color plomizo, y auguraba noches aún más tempestuosas. Alice miró a Marcus y se sentó a su lado en el borde de la cama, tomándole la mano. — Sé que estos días no he sido la mejor compañía. Ni la más fácil. — Suspiró y apoyó en el hombro de su novio. — Estoy agotada, dolorida y triste… — Se levantó de nuevo y levantó una mano. — Y antes de que te mortifiques… Haces mucho por mí, haces más que suficiente, es solo que… — Se pasó la mano por la cara. — Supongo que tiene que pasar, ¿vale? Pasar el huracán, esta agonía… Y tú me estás ayudando a hacer todo lo posible para que pase. — Inspiró y cogió el teléfono con ambas manos. — Poder hablar con nuestros amigos y tener un trocito de Hogwarts con nosotros… También ayuda bastante. — Tragó saliva. — Venga, llamo yo esta vez. Enséñame, prefecto O’Donnell. — Y puso una sonrisa, mientras apoyaba su frente en la de él, demostrando una vez que ellos eran Marcus y Alice, el mundo podía ser oscuro, pero ellos estaban juntos.

    Cuando logró poner el altavoz y escuchó los pitidos, miró a su novio sobrecogida y emocionada, no podía esperar. — ¿Qué haces Hills? — Tú habla. — ¿Pero con qué? — Ay, de verdad… Chicos, hablad, estáis en altavoz. — ¡Sean! — Saltaron ambos a la vez, emocionados de oír los refunfuños de su amigo. — ¿Marcus? ¿Alice? ¿Dónde estáis? — Pues en Long Island, hijo. — ¿No íbais a Nuevas York? ¿Estáis hablando por el cacharro este? — Alice rio, conteniendo la emoción. — Estamos al lado de Nueva York, si te asomas a la bahía se ven los edificios, aunque ahora mismo no le recomiendo a nadie estar cerca del mar. — Oyó el suspiro de Sean y a Hillary bajito decir. — Venga, habla, tonto, que te pueden oír perfectamente… Con el tiempo que llevas queriendo hablar con ellos… — Se me hace tan raro, chicos… Os echo tanto de menos. — Alice miró a Marcus con una sonrisa triste. — Y nosotros a ti, tonto. ¿Cómo estáis? ¿Qué andáis haciendo? Contadnos vosotros primero, anda, así no le damos tantas vueltas a lo nuestro y podemos despejarnos un poquito.





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    Sáb Abr 08, 2023 9:21 pm


    En el ojo del huracán
    Con Alice | En Nueva York | Del 17 al 30 de agosto de 2002
    Seguía sin convencerle lo del móvil, pero desde que consiguieran contactar el otro día con Hillary no había dejado de darle vueltas. Había sido... tan fácil. Tenían la oportunidad de oír a sus amigos de viva voz, ¿cómo no lo iban a intentar? Serían muy cautos con la información, porque seguía sin fiarse de la confidencialidad del aparato, pero no perdían nada por conectar un poco con sus amigos y hablar de sus cosas. No podían hacerle nada malo. Y hasta él tenía sus dudas de cómo podrían llegarles las supuestas ondas a la gente por el aire con el huracán que les estaba cayendo encima.

    Alice se sentó junto a él, la miró y sonrió. Se apresuró en negar cuando dijo que no había sido la mejor compañía. - No, mi amor... - Bueno... Él tampoco estaba siendo la alegría personificada, estaban los dos más o menos igual, cada uno en su modo particular. Soltó aire por la nariz, negando, pero Alice, conociéndole bien, le pidió que no se mortificara. Sonrió débilmente y dejó un tierno beso en su mejilla. - Te quiero. - Suspiró. - Yo también estoy sin fuerzas... Me encantaría hacer más. - Negó, cambiando la mirada a otra parte. - Esto es desesperante. - Y no sabía si era peor no tener información, tener información poco concluyente o inconclusa, o tener información y no poder usarla. Sentía que estaba en todas las fases a la vez.

    Sonrió y asintió. - Tienes razón. - Pero entonces, su novia le dio el teléfono y le dijo que llamara él. Se le demudó un poco el rostro, aunque trató de disimular. - Ah... Sí, sí, claro. Voy... voy a ello. - Estaba tan empecinado en que no le gustaba el teléfono, que sentía que su cerebro había borrado por completo la información de cómo se llamaba. Lo miró escéptico durante unos segundos, recordando, cambiando la mirada del aparato al número en su mano, hasta que recordó el mecanismo y comenzó a llamar, prudente y con no poca inquietud. No tardó en oír el pitido que indicaba, técnicamente, que habían establecido comunicación, así como las voces de sus amigos al otro lado del teléfono, que rebajó sus inseguridades y le dibujó una sonrisa de nuevo en la cara, mirando a su novia.

    - Eh, Hastings. No me digas que he aprendido a usar esto antes que tú. Debería darte vergüenza. - O'Donnell. - Respondió él, tratando de poner ambos ese tono de meterse el uno con el otro, pero notándose el cariño en ambos. Sí que se echaban mucho de menos. Miró a Alice y rio cuando Hillary le instó a hablar, como si le diera vergüenza. Lo cierto es que él tampoco sabía desenvolverse muy bien con el móvil, pero bueno. La declaración de su amigo le hizo fruncir los labios, notando un nudo en su garganta. - Nosotros también a vosotros. - Dijo. No se quería quebrar tan pronto.

    Redirigieron la conversación hacia sus amigos. Hillary fue la primera en hablar. - Pues por aquí pensando mucho en vosotros, la verdad. Quedé con tu madre, Marcus. - Alzó las cejas. - ¿En serio? - Estábamos preocupados. No nos atrevíamos a escribir a vuestra casa por si acaso, pero... ¡Ah, eso tampoco lo he contado! - Dijo la chica con una risita. Oyeron también a Sean. - ¡Tenías que haber empezado por ahí! - Calla, calla. Las buenas noticias hay que darlas una a una. - ¿Buenas noticias? Sí, por favor, necesitaban de eso. De hecho, ya se estaban mirando el uno al otro, expectantes. - Me han concedido una beca de tres meses en el Ministerio, en período de pruebas y mientras estudio para abogacía. Estoy un poco de chica para todo pero no me importa, porque estoy aprendiendo muchísimo. Solo hay que saber dónde poner la oreja. - ¡¡Eso es fantástico, Hills!! Qué bien, me alegro muchísimo. - ¡En cuanto volváis, lo celebramos! - Dijo Sean, al que se notaba especialmente entusiasmado. - Porque estoy seguro que se va a quedar allí... - No negaré que me siento con posibilidades. - Marcus rio, muy contento. Casi podía verle la cara a su amiga mientras decía eso. - La cuestión es que vi a vuestro abogado, Edward Rylance, uno de los días que estuve por allí. Le pregunté, pero como buen abogado que es no me quiso contar nada. - Le estaba poniendo a prueba... - ¡Otra vez! Que no, tonto, que solo quería saber de mis amigos. Y ese tipo no suelta prenda, es buenísimo, solo por la capacidad que tiene de poner cara de pared cuando le hablas y de repetir "eso es algo que solo concierne a mis clientes" hasta el cansancio y sin inmutar el tono. - Marcus rio de nuevo y Hillary siguió hablando. - Total, que como me vio muy preocupada, me concedió que viera a tu madre y que ella me contara. Esa misma tarde se vieron y al día siguiente le tenía buscándome por el Ministerio y citándome para la hora de comer, ella invitaba, en el sitio concreto. Cómo se las gastan los tuyos, chico... - Marcus puso mirada orgullosa, pero estaba emocionado ante la circunstancia.

    - Y a colación de eso... - Escucharon a Sean. Hillary suspiró, pero como una risita. - Va, cuéntalo, que lo estás deseando... - No es tu madre la única que ha invitado a esta de aquí. Desde que está en el Ministerio le llueven las ofertas. - Qué tonto eres, de verdad... - Marcus y Alice se miraron con el ceño fruncido y expresión divertida. - Vamos a necesitar más datos. - Se hizo un leve silencio, en el que casi podía oír a los otros dos aguantándose risillas, hasta que Sean dijo. - Digamos que la futura letrada Vaughan ha sido oficialmente invitada a la residencia de los Hastings a comer. - ¡¡Pero bueeeeeeeeeno!! - Celebró Marcus, riendo. - ¡Qué notición! - Deja de repartir ya las invitaciones de boda, O'Donnell, que te estoy viendo venir. - Con razón está el otro tan contento. - Y ahora, también lo estaban ellos. Sí que les hacía falta eso.




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    Con Marcus | En Long Island |  del 17 al 30 de agosto de 2002

    Marcus y Sean podían ponerse como quisieran, pero se adoraban, y se les notaba en la voz lo emocionados que estaban de poder volver a hablar. Menos mal que Hills tomó las riendas y se puso a comunicar como solo ella sabía. — ¡Pero qué me dices! — Reaccionó automáticamente a sus noticias en el Ministerio. ¿Y qué ha dicho tu madre? Hubiera preguntado si no llegan a estar los otros dos delante, porque era un tema delicado, claro. — ¡Pero eso es un notición, Hills! Como dice Sean, tenías que haber empezado por ahí. — La chica se rio y Sean saltó. — ¿Ves? Llevamos demasiado sin vernos, si Gal hasta me da la razón. — Y volvieron a reír, y ella a dar la mano a Marcus. Por Merlín, aquella llamada le estaba dando años de vida. — Ya lo creo que lo vamos a celebrar. Hills se queda ahí hasta los restos.

    Alice parpadeó ante lo de Rylance, y se tuvo que reír porque parecía que les estaba viendo a los dos. A la una con cara de interrogatorio y al otro tan parsimonioso y críptico como siempre. Pero a lo que abrió los ojos como platos fue a lo de Emma. — Pues vamos a tener que agradecérselo muy fuerte, porque no será que no tiene cosas que hacer. — Dijo Alice de corazón. Estaba un poco enfadada aún con su suegra por la encerrona con su padre, pero eso se lo había borrado de un plumazo.

    Se le puso una tierna sonrisa, y juraría que le brillaron los ojos cuando Hillary dijo lo de que la habían invitado a la casa Hastings. — Y yo aquí sin poder ver qué te vas a poner. — Hillary rio. — Ahora que tienes móvil, te haré resumen detalladísimo, tenlo por seguro. — Ella suspiró con un poco de pena. — Me alegro tanto por vosotros… Vamos a poder hacer muchas quedadas de parejitas en breves… Bueno, si a la letrada Vaughan se lo permite su trabajo. — Y de nuevo, volvieron a reír. — ¿Sabes también a quién he visto? — El tonito de la pregunta… — A vuestro amigo el prefecto Jacobs. Hemos hablado un poquillo. — ¿Ah sí? — Preguntó Sean de repente. Parecía que le estaba viendo la cara. — Sí, pero casi ni hemos mencionado a Gal y Marcus, porque sieeeeempre tiene alguna subalterna alrededor el tío. — Ahí tuvieron que reírse otra vez. — ¿Te has cruzado con Percival o Linda Horner? — Hillary soltó una carcajada seca. — Qué va, les evito en la medida de lo posible, o ellos creen que les puedo contagiar mi no magialidad y me evitan también. — Y más se rieron. — Estoy todo el día con Ky, que también está de beca. — ¿De beca la hija del ministro? — Ya ves, dice que no quiere trato de favor, y ahí está, en los archivos. Pero le encanta, tía, verás que igual se queda ahí y todo. — Alice rio tristemente. Kyla, Donna, Andrew, Darren… — Oye, ¿sabes algo de Theo? — Ahí rieron los dos. — ¿Y tú? ¿Sabes algo de Theo? — Ella frunció el ceño. — Eh… ¿no? Acabo de preguntar. — Pues está con tu prima… En tu casa, con tu padre. — Eso le hizo entornar los ojos. — Bueno, mira, prácticas gratuitas. — Eso pareció hacer a sus amigos conectar. Les conocían, y no podían ignorar aquello mucho más tiempo. — Venga, tíos, no nos hagáis preguntar. — Alice suspiró y empezó el relato, muy por encima, sin comprometer ninguna información, ni por supuesto, mencionar la supuesta herencia.

    Qué hijos de… — Hills. — La frenó Sean. — Tranquilo hemos dicho de todo de ellos. Pero, de verdad, que estamos bien para estar donde estamos. Es solo que esto lo retrasa todo, y no podemos contaros ni la mitad. No, claro, no es seguro. — Aseguró su amiga, dándole bastante alivio. — Pero chicos, no podéis estar más lejos que al principio. Exactamente. — Respaldó Sean. — Y sois Marcus y Alice, os he visto resolver literalmente cualquier cosa. Si alguien puede con esto sois vosotros. — Alice miró a su novio, ya sí con los ojos inundados. — Sean, no sabes cuánto necesitaba oír eso. ¿Te vas a meter tú también a sanador mental?





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    Con Alice | En Nueva York | Del 17 al 30 de agosto de 2002
    Miró a Alice con ternura cuando dijo lo de las quedadas de pareja, si bien se interrumpió con una risa con el siguiente comentario. - ¡Eso, eso! Ahora vas a ser una señora superocupada del Ministerio. - Miró con superioridad a Alice, como si Hillary pudiera verle desde ayer, aunque seguro que le imaginaba a la perfección, se conocían bien. - Los alquimistas es que podemos elegir nuestro propio horario. - Ya está el tío fardando y ni ha empezado. - Bromeó Sean, y todos rieron. Sí que echaban aquello de menos, se notaba.

    La mención a Jacobs le hizo atender, y rio de nuevo, rodando los ojos. - El tío es un conquistador. - Gracias, tío, justo el comentario que necesitaba. - Se quejó Sean, a lo que respondió con una fuerte carcajada. - ¡Ya la tienes metida en casa, Hastings! No te quejes tanto. - Él ni había caído en preguntar por su primo y su tía. Con la que tenían encima... ni se les había pasado por la cabeza. ¿Estarían enterados de todo aquello? Seguro que sí, la cuestión era hasta qué punto, y cómo de fidedigna era su información. Si bien lo de que Hillary y ellos se evitaran mutuamente era buena señal: no quería ni pensar qué podría tramar Percival con una becaria recién entrada y con conexión directa con su primo. O no lo había asociado, o realmente había tomado nota de su último encuentro y prefería no estirar la cuerda de su tía Emma mucho más.

    Chasqueó la lengua con satisfacción, haciendo un gesto con la mano. - Esa es mi prefecta, sí señor. Llegando ahí por méritos propios. ¡Ya veréis! La veo de Ministra de Magia. Y como escuche a alguien decir que es por ser hija de quien es, se las va a tener que ver conmigo. - Ya se estaba abanderando de una causa que ni había llegado a suceder. Aprovecharon la coyuntura para preguntar por más gente, y la noticia que recibió sí que le sorprendió. No por el hecho de que estuviera con Jackie, eso ya lo sabía de sobra, sino por... Miró a Alice de reojo y carraspeó levemente. - Theo es un buen tío, querrá... estar con su novia en este momento. Y... bueno, así se hacen compañía. - Esperaba haberlo salvado lo suficiente, aunque Alice seguía sin querer ni oír hablar de su padre siquiera. La conversación con él no había mejorado las cosas para nada.

    Evidentemente, sus amigos estaban deseando ser puestos al día. Marcus aportó datos poco comprometedores, porque seguía sin fiarse de la privacidad del móvil. Ahogó una carcajada frustrada cuando Sean detuvo a Hillary. - He dicho cosas peores... - Masculló, comentario que su novia corroboró en voz alta acto seguido. El comentario de su amigo hizo que se miraran, con los ojos vidriosos. - Gracias, Sean. - Dijo de corazón. La pregunta de Alice hizo reír a su amigo. - Si os pensáis que tengo claro lo que voy a hacer... Sigo liadísimo, claramente sois mi guía en la vida. - Lo que pasa es que está en un sinvivir porque no estáis aquí. - Marcus frunció los labios. Sean chasqueó la lengua. - ¡No les digas eso, que les vas a preocupar más! - Solo digo que necesitas una tranquilidad inusitada para poder pensar y valorar opciones, y que ahora... Chicos, no es para preocuparos, pero es que estas circunstancias... Qué os voy a contar a vosotros, y no podemos dejar de acordarnos. - Hubo una leve pausa, porque tanto Alice como él estaban demasiado emocionados para contestar. - ¿Nos prometéis que estáis bien? - Marcus ladeó la cabeza. - Esto... es muy difícil. - No con la situación. La situación es terrible, y es como para que estéis mal, yo estaría así o peor. Queremos decir... entre vosotros. - Se miraron, y Marcus respondió. - ¡Claro! Lo nuestro es indestructible, Hills. - Apretó la mano de Alice, sonriendo. - En eso estamos bien. Prometido. - La pausa consiguiente pareció visualizarla en forma de sonrisa en la expresión de su amiga. - Y tío, ¿qué pasa? ¿Necesitas que vaya a darte con un libro en la cabeza para que te decidas? - Pues se ve que sí, seré masoca o algo. - Resopló. - Fuera de coña, en La Provenza hablé con Theo. No para ser sanador mental, qué va, tío, no podría, me echaría a llorar con todo lo que me contaran. Pero me he planteado ser pocionista para San Mungo, para el laboratorio. Siempre me interesó el área médica de las pociones, aunque no viviera bajo la falda de la enfermera Durrell como otras. - Marcus rio, mirando a Alice. - Íbamos a quedar para ir juntos a preguntar, ya que él se mueve mejor por allí, que yo no estoy muy familiarizado con los hospitales... Pero bueno, ahora está liado. Y yo no tengo prisa. - Oyó el cambio de tono. - Puedo ser un señor mantenido por la abogada del Ministerio por ahora. - No te columpies ¿eh? - Y eso les hizo reír otra vez.




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    Con Marcus | En Long Island |  del 17 al 30 de agosto de 2002

    ¿Podían simplemente quedarse hablando de Kyla, de los trabajos, de las posibilidades de futuro y ya está? Miró embelesada a su novio. Se transformaba solo de hablar con sus amigos, hacía sus bromas, era simplemente… Marcus, y verle así le causaba un alivio profundo. Rio un poco ante las dudas de su amigo. — Eso es porque pecas de Ravenclaw, Sean, y le das demasiadas vueltas a todo, ves todos los universos posibles, y eso no es bueno… Desde la experiencia te lo digo. — Sean rio. — Vaya, sí que está mala, me acaba de identificar como Ravenclaw. — Volvieron a reír. — ¡Qué tonto! Cada uno somos un tipo de Ravenclaw. Solo que a veces te pones muy tonto, pero supongo que todos lo hacemos. Y eso también se echa de menos, como todo. — Y su afirmación generó un breve silencio, en el que los cuatro se dedicaron a masticar la realidad en la que ahora vivían y en la que no podían contar los unos con los otros todo el tiempo como antes.

    Ante la pregunta de Hillary, se lanzó a afirmar. — Pues claro. Esto es una mierda, pero no sé qué haría sin Marcus. — Y le miró, realmente aliviada. La visita a los McGrath, la noche en Nueva York, los días encerrados… Había temido que Marcus se hubiera dedicado a reevaluar su vida. Ella ya lo estaba haciendo, pero porque era SU vida, SU familia, y lo que reevaluaba eran cosas como qué podían haber hecho diferente o quién tenía más culpa en todo aquello. Pero si Marcus hacía lo mismo lo que podía pensar era… Qué hacía allí, sufriendo todo eso… No podía olvidar lo que le dijo en Nueva York, en el piso, que su vida y su familia estaban dolidas y patas arriba por todo aquello… Pero oírle decir que eran indestructibles, hizo que las lágrimas resbalaran su cara. — Imparables. Lo decía mi madre.Ya está aquella llorando porque Marcus ha dicho algo bonito, yo creo que podemos estar tranquilos, siguen siendo Marcus y Alice. — Aquella salida de su amiga le hizo reír. — Claro que sí. — Confirmó Alice, sorbiendo y limpiándose las lágrimas.

    El buen rollo volvió gracias a Marcus y Sean, y ella sonrió gratamente sorprendida ante lo que dijo Sean de San Mungo. — ¡Ay, Sean! ¿Será posible que volvamos a ser compañeros de Pociones? Me encantaría que trabajáramos los tres juntos. — Y mientras Hills y Marcus pueden ser importantes. — Ella se rio y se estiró muy puesta. — Yo lo voy a ser también. Y tú. Danos tiempo. — Volvió reírse con lo de mantenido. — Cuidado, Hastings que te echan de tu propia casa entre ella y la abuela Ellie. — Su amigo rio, pero la risa de Hillary, esa vez, fue más tensa. Sí, Ellie Hastings podía ser complicada con SU NIÑO, y algo intuía Alice que podía torcerse, así que ya le preguntaría a la chica cuando no estuvieran las parejas delante.

    Consultó el reloj y torció el gesto. — Deberíamos ir cortando, chicos, pero prometemos no esperar tanto para la próxima llamada. — Hillary hizo un sonidito de pena. — Tía, ten el móvil siempre encima, para que pueda llamarte a preguntarte por cuestiones vitales como los conjuntos de ropa. Siempre hemos hecho eso en Hogwarts y ahora no sé hacerlo sin ti. — Bueno, y por si nos necesitáis para algo importante de verdad. — Apuntó Sean, y casi pudo oír suspirar a su amiga. — Os prometo que estaremos pendientes. Y cuando tengamos novedades en firme os llamaremos. — Su voz se tiñó un poco de tristeza. — Cuidad de todos por allí por nosotros. Que cuando volvamos, podamos sentirnos en casa. — Eso está hecho, Gal. — Dijo Hillary con cariño. — Os queremos chicos. — Y nosotros a vosotros.

    Cuando Marcus se despidió y cortaron la llamada, después de asegurarse trescientas veces de que lo habían colgado bien, Alice tiró de Marcus sobre la cama suavemente, apoyándose sobre su costado, para poder mirarle cara a cara, sin soltar sus manos. — ¿Podemos darnos cinco minutos antes de volver? Solo… Tú y yo aquí… — Cerró los ojos y suspiró. — ¿Sabes? No puedo dejar de pensar que esto es demasiado para los dos… Que nos pone a prueba todos los días, y que realmente no sé qué más hacer… — Abrió los ojos al soltar el aire. — Pero entonces te oigo decir sin pensarlo un segundo que somos indestructibles… Y pienso que puedo con todo. — Besó sus manos. — Júramelo, Marcus. Que nunca dejaremos que nada nos destruya. Nada.






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    En el ojo del huracán
    Con Alice | En Nueva York | Del 17 al 30 de agosto de 2002
    Solo Merlín sabía lo que le dolía el corazón de estar haciendo esa reunión a través de un espejo y no en persona. Lex nunca había sido la persona más fan del mundo de su propio cumpleaños, de las reuniones sociales en general, pero Marcus sí. Se le partía el alma de estar tan lejos el cumpleaños de su hermano, y más este año en concreto, que no solo estaban más unidos que nunca sino que cumplía la mayoría de edad. Habían invitado a Darren a casa, y a sus abuelos, así que pudo verles a todos durante un rato, junto con Alice. Charlaron y rieron, fingiendo que todo estaba bien y que no se encontraban en una situación absolutamente penosa, peligrosa y terrible a miles de kilómetros de distancia. Igualmente, a Marcus le había sabido a poco la reunión, por lo que le dijo a su hermano que, si le apetecía, podían charlar cuando todos se hubieran ido. En eso quedaron y así se hizo.

    Lex estaba ya en la habitación y con el pijama puesto, lo que suscitó varias burlas en idas y venidas nada más empezar la conversación. - No me has dicho hasta ahora qué se siente al hablar conmigo sin poder leerme la mente. - Bromeó, porque al menos ya habían llegado los dos a un punto con el tema sobre el que podían hablar sin ofenderse mutuamente. Lex chistó. - Como si me hiciera falta. - Le miró con cara de circunstancias. - Tío, deja de sufrir. De verdad que yo no le doy a esto tanta importancia como tú, y joder, hemos hablado más hoy que cualquier otro año en mi cumpleaños, que al final acababa cada uno en una esquina. - Rio, aunque con cierta tristeza y la cabeza gacha. - Ya... eso es verdad. -

    Se generó un silencio. Lex intentó romperlo cambiando de tema, tratando de alegrar a su hermano. No escogió bien. - Mañana me voy a llegar con papá al Callejón Diagón. Kowalsky ha mandado para... - Y la bombilla de Marcus se encendió súbitamente, mirando a Lex con los ojos muy abiertos. - El curso. Empieza ya mismo. - Uf, tío, no me agobies, que aún me quedan dos semanas de vacaciones... - El tono de su hermano era de seguir bromeando, pero a Marcus ya se le habían humedecido los ojos. Llevaba todo el día aguantándose las ganas de llorar. - Quería... haber ido a despedirte al andén... - ¡Tío! Que no eres mi padre ni tengo once años, de verdad. - Marcus agachó la cabeza. Lex resopló. - Eh... Venga, prometido que tenemos otra charla como esta antes de que me vaya ¿vale? O dos. Pero tres no, muchas para mí. - Eso le hizo reír, y se limpió las lágrimas antes de que Lex le regañara o se agobiara. - Te tomo la palabra. -

    Sorbió un poco. - Lex... No sé cuándo vamos a volver. Y... vamos a estar incomunicados cuando te vayas a Hogwarts, al menos hasta que volvamos de Nueva York. Lo sabes ¿no? - Lex le miraba con ojos apenados. - Lo sé. - Se encogió de hombros, pero su voz seguía sonando triste. - No te preocupes, Marcus, de verdad. Son... son las circunstancias. - Se rascó la nuca. - Iba a ser una sorpresa, pero... no se guardarlas, y así si te lo dijo a lo mejor dejas de llorar, que te estoy viendo. - Rio un poco. Lex trató de buscar las palabras y, finalmente, dijo. - Había pensado escribirte cuando se me antojara, en plan, como le escribo a papá y mamá, pero sin mandártelo. Y, cuando supiera que estabas de nuevo en casa, pues... mandártelo todo junto, y así no te perdías nada. Que no es como que yo tenga muchas novedades que contar, pero bueno, eso, ponerte un poco al día. - Marcus le miraba, con los ojos llenos de lágrimas. El otro se encogió de hombros otra vez. - Que si va a ser un peñazo, pues no, vaya, que no me importa, si total, si casi todo lo que voy a contar va a ser de quidditch seguro, pero digo, bueno, a este no le importa leer, y conociéndole igual le hace hasta ilusión... - Mucha. Muchísima. - Aseguró, asintiendo. - Sí que quiero que hagas eso. Yo haré lo mismo. Sin información comprometida, pero te prometo que lo voy a hacer. - Lex esbozó una sonrisa. - Pues no mandes a Elio, que va a pesar una tonelada eso. - Rio.

    - Se va a sentir supersolito cuando te vayas. - Reflexionó. - Y... ¿está volando? Un poco, aunque sea. - Sí, lo hemos usado un par de veces. Sobre todo para mandarle cartas a Darren. También le mandé una a Olive. Así no se queda parado. - Marcus se quedó pensando. - ¿Por qué no te lo llevas a Hogwarts? - Lex parpadeó. - ¿Quieres... que me lleve a Elio conmigo? - Se encogió de hombros. - Mándamelo de vuelta con esas cartas que vas a escribirme. - Sonrió levemente. - Seguro que le hace ilusión volver, y así le saludan mis amigos que se quedaron allí. Igualmente... no puede estar conmigo. Al menos que esté contigo. - Vio cómo Lex tragaba saliva y Marcus, que no era legeremante pero también podía ver a su hermano pensar, pronunció una risa muda. - ¿Qué? ¿Te sorprende que te confíe a mi única mascota? - Un poco, la verdad. - Lex, por favor. Entiendes de criaturas mucho más que yo, por no hablar de que Darren es experto. Lo único que me da miedo es que luego no quiera volver conmigo, le vais a tener consentidísimo. - Más que tú lo dudo. - Ambos rieron. - Y te tiene como a un dios, está tristísimo desde que te fuiste. - Eso le ensombreció. Lex se dio cuenta en el acto. - O sea, quiero decir, que te echa de menos. Joder... Por qué no me callaré la boca... - Yo a él también. - Le veía en los contactos con su familia por el espejo, pero claramente no era lo mismo, y para Elio era muy confuso verle así.

    Trataron de cambiar de nuevo de tema para no entristecerse más. - Ya te he dicho que no hace falta que me compres nada. - Qué pesado eres, de verdad que sí, ¿vas a decir eso siempre? - ¡Es que te pasas! - ¡Pues sí! Eres mi hermanito pequeño. - Y tú eres imbécil. - Has pasado unas pruebas importantísimas y cumplido la mayoría de edad, ¿te parecen pocos motivos para hacerte regalos? Y, cuando nos veamos, será Navidad. - Por Merlín, te veo venir con un cargamento. Te he dicho que no te pases, en serio. - Bueno, tú déjame a mí. - Miró a su hermano con entusiasmo. - ¡Por cierto! Bueno, quizás lo sepas, pero yo me he enterado aquí. ¿Sabes que el primo Frankie, el que tiene la tienda de escobas, dice que lo mejor para limpiarlas es un líquido para limpiar muebles que tienen los muggles? - ¿Ah sí? - No habla de otra cosa. - Los dos rieron. - En los equipos profesionales tienen hechizos limpiadores, pero también hay productos carísimos. Eso sí, todos mágicos. - Pues te llevaré este para que lo pruebes. Y si las tuyas se quedan mejor que las de los demás, diles "receta secreta O'Donnell". Es Lacey, pero bueno, tú me entiendes. - Perfecto, me lo apunto como uno de los regalos. - ¡Por favor, Lex, esto no cuenta como regalo, es una tontada! - Mi regalo será el método de limpieza patentado. - Eso le hizo reír a carcajadas, y a su hermano también.

    Pero ya era tardísimo y deberían cortar, y el final de la conversación volvió a ponerle un nudo en la garganta. Agachó la cabeza. - Siento no estar allí. - Lex negó. - De verdad que no tienes nada que sentir... Además, si te conozco de algo, te habrás planteado cuarenta veces cómo de viable hubiera sido ir y volver en el día. - Negó con tristeza. - Porque este maldito huracán me lo impide, que si no... - Le miró a los ojos. - Lex... Cuídate ¿vale? Déjate cuidar. - Ladeó una sonrisa triste. - Pégate a Donna, es buena chica. Y saluda a Colin y Amber de mi parte. No te dejes pinchar demasiado por Creevey, seguro que te va a decir algo, pero en el fondo es buen chico. Y... cuida de Olive. - Lex asintió. - Dalo por hecho. - Y escríbeme todas esas cartas. - Se le quebró la voz al terminar. Se acercó al espejo y se descubrió la muñeca, donde tenía el lazo azul. - ¿Lo sigues llevando? - El otro se descubrió la suya. - Como una condena. - Ambos rieron. - Qué idiota... - Se secó las lágrimas. - No me lo pienso quitar, Marcus, y menos ahora. Hice la promesa de llevarlo el año entero... o todo lo que Alice quiera prestármelo. - Se descubrió la otra, donde llevaba el lacito verde protector del hechizo de Noora. - Darren dice que parezco sacado de la cabalgata del orgullo con tantos lazos. No sé a qué se refiere y creo que no lo quiero saber, porque suena a comentario pegado de Ethan. - Rio. - Te echo de menos, Lex. Un montón. - El otro asintió. - Y yo a ti, Marcus. - El chico tragó saliva y le dijo. - Traed a Dylan de vuelta. Dile que yo le voy a estar esperando en el castillo. - Asintió, dejando correr las lágrimas. - Nos vemos en la próxima llamada, Lex. -Se despidió, deseando poder estar allí con su hermano, pero sintiéndose mucho más cerca de él de lo que se hubiera creído estar jamás.




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    Alchemist
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    En el ojo del huracán
    Con Marcus | En Long Island |  del 17 al 30 de agosto de 2002

    ¿Entonces lo has entendido? — Alice se frotó la cara y suspiró. — No mucho, la verdad, se me juntan las piezas en la cabeza. — Aaron puso un poco cara de penilla, pero se encogió de un hombro. — Bueno, no pasa nada, si en verdad yo tampoco te creas que lo he entendido demasiado, al que se le dio mejor fue a Marcus… — El chico se mordió los labios y se quedó mirándola. — ¿Hay algo que pueda hacer por ti? Nunca te había visto así. — Alice rio un poco y se abrazó las rodillas. — No… Quizá dejar de intentar hacerme sentir bien. Os lo agradezco, pero es que me temo que ahora mismo no podéis hacer nada por mí. Esto es… Simplemente desesperante y largo. Antes he visto a los O’Donnell y he felicitado a Lex y… Echo mucho de menos a mi hermano, Inglaterra, y cómo solíamos ser allí. — Aaron sonrió tristemente y miró también por la ventana. — Yo también, la verdad…

    Y por primera vez, Alice se paró a pensar de dónde había arrancado a Aaron aquel día de julio desesperante en el que había viajado con Emma y Marcus al medio de la nada, a la finca de los McKinley. — ¿Eras feliz con Ethan? — Aaron rio otra vez y asintió, mirándose la manos, mientras jugueteaba con las fichas del backgammon. — Bastante. No como… Marcus y tú. No era ese amor… Pero sí, era muy feliz, ¿cómo no serlo? Estábamos en medio del campo, y cuando no estábamos en la piscina, estábamos cocinando, paseando por allí o probando algún juego que se le ocurriera a Ethan… Mi única preocupación al estar allí era… Cuánto duraría. Cuándo Ethan se cansaría de mí y me largara y qué haría cuando lo hiciera. No tengo nada, solo un graduado mágico, no estaba ni de forma legal allí, así que… Supongo que te debo también el haberme dado algo que hacer, aunque sea volver aquí. — Alice se quedó escuchándole, y solo podía sentir pena. Pena por una persona que, incluso cuando era feliz, solo podía pensar en cuándo acabaría todo aquello, y que no era capaz de visualizar su futuro.

    ¿Sabes? Marcus y yo siempre hemos tenido el futuro muy claro. Desde pequeños dibujábamos cómo sería ser mayores, hacer alquimia, viajar… — Se rio y se apartó el pelo de la cara. — Y ya cuando empezamos, soñábamos con Roma e Irlanda, con los exámenes de alquimistas licenciados… — Tragó saliva. — Con casarnos, escribir libros… — Acarició el vidrio de la ventana, como si así pudiese escapar de aquel lugar. — Es como si desde el día en el que se llevaron a Dylan tenga que recordarme, haciendo mucho esfuerzo, qué nos hacía felices antes de esto, que había otra vida… — Miró a su primo con disculpa. — Pero creo que me he llevado demasiadas personas por delante sin pensar. Lo siento. Cuando fui a por ti a casa de Ethan no lo pensé… Pero ahora veo que te saqué de tu vida a ti también. — Aaron rio y negó. — Que no, Gal, si Ethan… — Ethan nunca había dejado a nadie acercarse tanto. Ethan nunca se había jugado el pellejo por nadie, escondiéndote de un tipo de gente que él conoce muy bien y les teme, aunque no lo diga nunca en voz alta. No lo hizo ni por Darren, y le quería de verdad, así que si lo hizo por ti… — Aaron y ella se miraron durante unos segundos en silencio, hasta que el chico volvió a mirar por la ventana. — No lo sé… Nunca he visto una pareja feliz y enamorada en mi entorno, ¿sabes? No conozco algo que no sea… Una calma agradecida, un “funcionamos en la cama y nos lo pasamos bien” o algo así. Nada tan… Entero y bien como vosotros o como Frankie y Maeve… O la pobre Shannon, que lleva unos días que no para de pensar en Dan, y como no hay correo seguro no puede saber si está bien. — Alice tragó saliva y se sintió terriblemente culpable. Ella estaba a su drama, muy justificado, sí, pero había olvidado a las personas que la rodeaban y a las que había aprendido a querer, y que ellos también tenían problemas reales.

    Igual no es el momento, o yo qué sé… Pero Aaron… Tu sitio no está aquí. — Su primo rio. — Ya os lo pregunté una vez pero, de verdad, ¿os ponéis de acuerdo para decir lo mismo? — Eso le hizo reír. — No, para nada, pero para que veas que pensamos igual… Vuelve con nosotros, busca a Ethan y… Mira, aprovecha estos días para, y esto puede que sea un concepto nuevo para un Gryffindor, reflexionar. — Aaron le sacó la lengua. — Qué graciosa. — No, pero en serio. No tenemos literalmente nada que hacer. Deja de intentar hacerme jugar al backgammon y trázate una estrategia. Y cuando todo esto pase… Toma las riendas de tu vida, es tuya, ya nunca volverá a ser de los Van Der Luyden. Y cuenta conmigo, con nosotros. — Se levantó y le apretó el hombro. — Me voy a hacer cosas más de… Alice Gallia, para no perderme.

    Sorprendentemente, Saorsie y Ada tenían una paz firmada en curso, y estaban tranquilitas jugando a las cocinitas, con Arnie en medio, que se limitaba a morder todo lo que pasaba por delante suyo y podía echar mano, y Maeve Junior dibujaba, sentada entre los abuelos. Era el momento idóneo. — Shannon, ¿te interrumpo en algo? — Aaron tenía razón, estaba bastante hundida. Se le notaba que quería aparentar normalidad, pero tenía los ojos oscurecidos y la expresión completamente alicaída. — Sí, dime, cariño. — Reaccionó rápidamente. — Que he pensado que ya que estamos aquí aislados, puedo aprovechar que tengo una enfermera en casa y preguntarle algunas dudillas que me han ido surgiendo estos años, y que me des algunos consejos para cuando… — ¡Sí! ¡Sí sí! ¡Claro! Vamos a la cocina y me cuentas, yo te ayudo en lo que pueda.

    Otra cosa no, pero Alice sabía reconocer a una enfermera apasionada por su trabajo, y también sabía hacer muchas preguntas y aprender, era su especialidad, y no pudo alegrarse más de ver la luz en los ojos de Shannon. — ¿Podrías enseñarme a cerrar un corte de unos siete centímetros en dos Epikseys? — ¡Claro! Aunque eso ya es de destreza, mira, ¿usamos un lomo que tenía mi madre aquí para asarlo? A él ya no le va a importar… — Y ambas rieron. Había hecho eso por Shannon, pero a ella le estaba viniendo de lujo poder concentrarse en aquello. — Yo lo hice en tres, pero me quedó bien cerrado. — ¿En qué circunstancia has hecho tú eso? — ¿No te ha hablado Marcus del incendio que hubo en Hogwarts? ¿Y de cómo gracias a esos tres Episkseys tengo el visado para estar aquí? — ¡Cuéntame de inmediato! — Demandó la mujer, mientras, con un cuchillo, hacía un corte milimétrico a un lomo que Alice sospechaba que ya nadie se iba a cenar, pero que habái salvado a dos buenas enfermeras de la melancolía.






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