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    Alchemist
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    Jue Oct 26, 2023 11:11 pm
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    El pájaro en el espino
    Marcus & Alice | Continuación Golden Shields | Inspired - Libros (Harry Potter Universe)
    Hogwarts ha terminado y la vida adulta ha comenzado. Antes de lo que esperaban que sería, Marcus y Alice han tenido que enfrentarse a los peligros de la vida adulta, a contratiempos inesperados y a algunos de sus mayores temores. Pero también han reafirmado, una vez más, como la familia y los amigos siempre luchan juntos. Y ahora comienzan una nueva etapa en la isla esmeralda: Irlanda les espera para ahondar en sus raíces.

    Marcus es el primogénito adorado de la importante familia O’Donnell. Criado entre eruditos y con una familia unida, recto, prefecto durante tres cursos completos en Hogwarts, amante de las normas y con una inteligencia privilegiada. Nada haría augurar que acabaría entregando su corazón a Alice Gallia, otra mente brillante de Ravenclaw, pero proveniente de una familia con un pasado turbulento por parte de su madre en América, y mucho menos fan de las normas e inherente al caos. Pero ellos se adoran, las familias han recuperado el vínculo y se apoyan y la alianza O’Donnell-Gallia es un fuerte vínculo que va desde Irlanda a La Provenza.

    Juntos fueron los mejores alumnos de Hogwarts, juntos quieren comerse el mundo y ser alquimistas. Ahora saben que se aman y que quieren estar juntos, pero no todo puede ser tan fácil. Les quedan mucho años de estudio y trabajo por delante para llegar a ser quienes quieren ser, las situaciones familiares no son las ideales y aún quedan temas sin resolver.

    La historia de Marcus y Alice no podía acabarse al salir de Hogwarts, queda mucha alquimia, mundo que recorrer, momentos felices, dramas y mucha mucha alquimia y magia, que es para los que ambos nacieron. Además, aún no se han cumplido las dos profecías: queda una boda con mucho espino blanco y la creación de un nido… La última página está muy lejos de ser escrita, y esto es solo el principio.

    AQUÍ COMIENZA ALQUIMIA DE VIDA: PIEDRA, PARTE 2



    Marcus O'Donnell
    Alquimista | Timotheé Chalamet | Freyja
    Alice Gallia
    Alquimista y enfermera | Kaya Scodelario | Ivanka




    Post de rol:


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    Mar Abr 02, 2024 8:25 pm


    Bajo el muérdago
    Con Marcus | En Feria de Navidad | 21 de diciembre de 2002
    En el fondo, el ambiente era tan bueno que era difícil de matar, con Marcus haciéndoles bromas a los niños, los piques entre Dylan y él, y ese ambiente en el que ella había sido tan feliz el año pasado y que ahora le hacía recordar las bendiciones que tenía. Sí, esa era la Alice navideña. Escuchó a Olive mientras caminaba por la tienda. — ¿Así que cartas astrales? ¿Te gustan las estrellas, Oli? — La niña asintió. — Me gusta todo lo que tenga misterios. El año que viene, Dylan y yo nos apuntamos al club seguro. Íbamos a apuntarnos este año, pero pasó todo, y yo no me iba a apuntar sin él, así que el año que viene será. — Alice la miró con cariño y le acarició el pelo. — Gracias, Oli. — Ella le devolvió la mirada. — ¿Por qué? — Por quererle tan bien. — La niña rio. — Pensé que ibas a decir “tanto”. — Es más importante querer bien. Es algo que los Gallia no siempre han tenido claro, pero tú lo haces muy muy bien. — Oli se puso un poco rojita y dijo. — ¿Buscamos algo de constelaciones del hemisferio sur? Me interesa, son misteriosas. — Alice rio y asintió, justo cuando Dylan venía también enrojecido. Alice se inclinó hacía Marcus y susurró. — He de admitir que esto es divertido, ahora entiendo a la tata cuando nos picaba.

    Mientras iban hacia la atracción de los doce días de navidad, antes de lo que a ella le habría gustado, pero Dylan estaba muy pesado en que había que hacer cola, echó un vistazo a cierto puesto. — Oye, ¿por qué no vais yendo y os ponéis a la cola? — ¡VALE! — A Dylan no había que insistirle mucho para que se quedara a su aire con Oli, pero ella les miró con suspicacia. — ¿A que vas a comprar regalos de Navidad? — Ella se encogió de hombros. — Ahhhh quién sabe. Venga, id para allá. — Se enganchó del brazo de Marcus y se puso con su voz y su risa juguetona. — ¿Sabes de qué me he dado cuenta? — Le agarró de las dos manos y fue reconduciéndole. — Que ahora soy una señora alquimista… Y que tengo un dinero que no uso casi, más que cuando la abuela me deja pagar una compra en Ballyknow o pago una ronda en el pub. — Se giró un momentito para ver si estaban en la dirección correcta. — Así que… He pensado: el año pasado yo no tenía tanto poder adquisitivo, y aun así hice una MUY buena compra en la feria de Navidad… — Alzó una ceja y puso una expresión traviesilla. — ¿Por qué no nos damos diez minutitos de… Investigar, pero no de alquimia? — Y ya estaban donde ella quería.

    La tienda de las pociones especiales siempre tenía ese aire místico, muy oloroso a especias, aceites e incienso, y con la luz que filtraban las paredes de la tienda, roja. Se rio y tiró de Marcus hacia dentro. — Me encanta tentarte aunque sea un poquito. — Se acercaron a los estantes y ella hizo una pedorreta. — Seguimos con el Felix Felicis por lo que veo… ¿Dónde estaban las interesantes? — Se tuvo que reír con unas que vio cerca. — Poción de sinceridad… Vaya confianza si le tienes que echar una poción a alguien. Y menudos disgustos han salido de aquí, vamos. — Bajó la voz y se acercó. — Si es que funciona… A ver, idiomática de lenguas muertas… — Entornó los ojos. — No sé por qué eso es de “adultos”. — Dijo poniendo comillas con los dedos. Y justo las visualizó. — ¡Ah! ¡Ahí están! Sensoriales. — Se acercó y se inclinó con su miradilla traviesa. — Hmmm ¿por qué querría nadie una poción que quitara la vista? Habiendo lazos azules que quitar y poner… — Siguió mirando y se rio. — ¡Cosquillas! No hombre no… Sensaciones oscuras… No suena bien de entrada, y si tan oscuras son no lo venderían aquí… — Ohhhh, había visto una cosa que sí le había llamado la atención… Pero trataría de distraer la atención de su novio, y luego, si le daban lugar, volvería y se lo llevaría para Navidad.







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    Mar Abr 02, 2024 11:28 pm


    Bajo el muérdago
    Con Alice | En Feria de Navidad | 21 de diciembre de 2002
    Pues nada, a hacer cola en la atracción de los días de Navidad. Y Marcus que se le iban los ojos a todos los puestos de libros. Suspiró para su interior. Ya se escaquearía a mirar en algún momento... Iba a ser antes de lo que pensaba, porque Alice acababa de dejar a los niños haciendo cola para mirar los puestos con él. Sonrió con ilusión. - Menos mal, estaba que no dejaba de mirar ese... - Pero Alice iba en otra dirección, no hacia el puesto de libros que él tenía en mente. Parpadeó. - ¿De qué? - Preguntó con curiosidad y una sonrisilla. Rio brevemente, y ya iba a decir que le parecía genial (él seguía con la cabeza en los libros) cuando Alice especificó que la investigación no iría sobre alquimia. Puso cara confusa, hasta que su mente conectó con otro dato: la referencia al año pasado. - Oooh... - Emitió con comprensión. Le volvió la sonrisilla, esta vez más pícara (y bobalicona). - Vale... - Seguía poniéndole considerablemente nervioso ese puesto, pero al menos ahora iban como novios oficiales, porque el año pasado fue un tanto... Oh, espera. Ahora que eran novios oficiales sí que iba a ser MUY OBVIO lo que iban a hacer a ese puesto. Qué vergüenza.

    Se aclaró un poquito la garganta. - Emm... - Dijo, mirando a los lados. - A ver si... va a venir tu hermano a buscarnos y... - Pero nada, Alice iba con un objetivo más que fijo. Soltó aire por la boca con fingida exasperación y se acercó a ella para susurrar. - Lo que te gusta es ponerme en mis límites, pajarillo malvado. - Pero la mirada que le dedicaba fluctuaba entre el deseo y la adoración absoluta, pasando por la advertencia, pero quedando esta en un segundo plano. Rio entre dientes. - Las interesantes... - Paseó junto a ella, echando un vistazo a las pociones. Se quedó mirando con curiosidad real la idiomática de lenguas muertas. ¿Serviría para traducir runas con mayor facilidad? No sabía si tenía sentido... Alice interrumpió su divagación. La miró de reojo con una sonrisa ladeada, pero luego volvió la vista al frente. - Supongo que... no todo el mundo es tan creativo como las alumnas díscolas. - Otra cosa no, pero Alice podía ser muy creativa, beneficios que se llevaba él. Se extrañó y omitió una carcajada sarcástica a lo de las sensaciones oscuras, pero en lo que Alice seguía mirando por ahí, ojeó el tarro. Le recorrió un escalofrío y lo soltó. Ya había tenido suficientes pensamientos... en fin, "extraños", al entrar en contacto con las reliquias. Quería estar alejado de posibles pensamientos oscuros lo máximo posible.

    - ¿Necesitáis ayuda? - La pregunta en su espalda le hizo dar tan sobresalto culpable que se alegró de no tener ningún tarro en la mano. La misteriosa mujer les miraba con una sonrisilla traviesa que le hacía avergonzarse. - No, ehm... - Carraspeó mudo. - Solo mirábamos. Muchas gracias. - La mujer hizo un gesto cortés con la cabeza, pero les lanzó una miradita sonriente a ambos. Nada, se incomodaba en esos sitios, tenía la sensación de que todo el mundo sabía lo que estaban pensando hacer... Bueno es que tampoco había que ser un lince. Suspiró y fue a decirle a Alice de acelerar la visita, que los chicos estarían esperando... pero algo llamó su atención. Curioso, se acercó al mostrador, tomando la cajita en sus manos. Parecían... ¿piedras? Piedras comestibles, como si fueran caramelos, pero se llamaban literalmente así: piedras comestibles. Parpadeó. - Eh, mira, Alice. - Comentó, con la voz inundada de descubrimiento. - Es comida hecha con alquimia. - La miró. - Sí, ya, nada de alquimia, pero es que mira. - Cogió otra caja que había a otro lado. - Y esto son bombones. Es comida hecha con alquimia... No me había planteado que pudiera usarse para repostería. - No solo eso. - Ay, la señora otra vez. Le iba a matar de un susto. - Las piedras tienen... propiedades, como los minerales. Según tu conexión con la tierra, con los astros... según tu signo, por ejemplo, los minerales pueden darte ciertas energías. Estas piedras tendrán un efecto diferente en cada quien que las consuma. Pueden usarse... para lo que queráis. - Y, de nuevo con una sonrisita, se giró y se fue. Marcus miró a Alice con las cejas arqueadas. - No sé si me da curiosidad o miedo. -




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    Miér Abr 03, 2024 2:27 pm


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    Con Marcus | En Feria de Navidad | 21 de diciembre de 2002
    Rio con travesura y le dejó un besito en la mejilla. — ¿Pero qué límites? Si no hacemos nada malo… — Rodeó con sus brazos su cintura. — ¿Si viene mi hermano? ¿Pudiendo hacer la cola de la atracción a solas con Oli? — Chasqueó la lengua muy de seguido. — Tú no te escapas de ver pocioncitas conmigo. — Y tampoco se resistió tanto. Pero es que su protocolario novio… Y luego entraba de cabeza. Ella se hizo la despistada y encogió un hombro. — Pues deberían… Pon una alumna díscola en tu vida… — Bajó la voz y le guiñó un ojo. — Esta está cogida.

    Vaya por Merlín, ya tenía que venir la dependienta. Al menos le distrajo a Marcus, entre la incomodidad y al ofrecerles una cosa que, sin duda, captaba toda su atención. Realmente, algo como comida hecha con alquimia que engañaba con el aspecto y la hacía parecer más… ¿Regia? ¿Elegante? Parpadeó y sonrió, mirándole. — Oye, pues… Preciosa es. Muy de tener en casa de alquimista importante, ¿no te parece? — Rio, pero la dependienta se puso a hablar. Iba a reírse o poner cara de superioridad, pero se limitó a decir. — ¿Sí? Pues me llevo una caja de cada. — Al abuelo le haría hasta ilusión, y podían estudiarlas en el taller, seria un detallito. Su Marcus estaría contento… — Voy a daros una guía, para que las uséis con conciencia. — ¡Ah! Pues muchísimas gracias. — Dijo Alice, esplendorosa. Quería volver a por la otra cosa, y no era plan de ponerse a la señora en contra. Les empaquetó todo y Alice los empequeñeció para poder llevarlos encima, saliendo con Marcus del brazo. Sin ser ligeramente, podía oírle pensar. — ¡Ay, cariño! Que ha sido por el bien de la ciencia y la alquimia. Además, tú sabes que nosotros no nos creemos esas tontadas de los signos y demás, por favor. Esta noche las probamos con la Orden de Merlín, y verás que diver. — Dejó un besito en su mejilla y tiraron hacia la cola de la famosa atracción.

    La verdad es que se habían currado muchísimo todo ya solo desde la entrada. Era como una especie de regalo gigante, con doce ventanitas y dibujos de cada uno de los regalos de la canción en cada una de ellas. — ¡AHÍ ESTÁN! ¡YA ERA HORA! Creía que entrábamos sin vosotros. — Regañó la vocecilla chillona de Dylan. Ella levantó las manos. — Bueno, bueno, ¿qué hubiera pasado si no llegamos? Entraríais vosotros y luego nosotros, no pasa nada. ¡Bueno! Es que el colega… Es quien te tiene que hacer los regalos a ti. A ver, en verdad, yo le puedo ayudar, y si te parece bien, pues lo compartes con Oli, y así participamos todos, pero yo solo no podía… — Oye, podría habértelos hecho yo a ti. Yo me atrevo. — Le soltó Olive al niño. Él se enrojeció hasta la punta de las orejas. — Ya, si ya… Pero tú sabes, como el colega es tan bueno con todo, y no sabemos si alo mejor hace falta magia… — La chica no le dio más vueltas, pero Alice tuvo que contener una risa.

    Finalmente, lograron entrar y unos espectros vestidos de bailarina y soldadito, rodeados de pájaros, gallinas, y guirnaldas con anillos de oro, les explicaron el funcionamiento. — Creo que la bailarina es la espectro del bar francés. Igual te echa el ojo. — Le susurró a Marcus. El lugar era sencillo, más que a los que solían ir ellos a hacer ese tipo de actividades, se notaba que era para ir con niños. — Todas las salas son iguales, simplemente las asignamos por afluencia de gente, para que todo el mundo pueda disfrutar de todo. Pueden permanecer media hora en el interior, y jugar a cuantas pruebas quieran, pero solo una vez por prueba. Las verán dispuestas en pequeños mostradores por toda la sala, en el orden en el que salen en la canción, pero no es obligatorio seguirlo. Se pueden elegir la prueba con varita o sin varita, para que los más peques también disfruten. — Dylan arrugó la nariz a eso, pero Olive y él estaban tan emocionados que se le pasó rápido. Agradecieron con una sonrisa y pasaron.

    La sala era una preciosidad, la verdad y, efectivamente, no había mucha gente. Olía a dulces, todo era evocador y navideño, y la música estaba un poquito alta para su gusto, pero todos iban mucho con el humor, así que sonrió y se alegró de que hubiera un sitio así a donde poder llevar a los más pequeños de la familia, aparte de los tradicionales juegos de la feria. — ¡Bueno! A ver los expertos, ¿por dónde queréis empezar?







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    Vie Abr 05, 2024 5:37 pm


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    Con Alice | En Feria de Navidad | 21 de diciembre de 2002
    - ¿Soy un alquimista importante? - Dijo con una sonrisilla y una muequecita graciosas, como cuando era niño. No se vio venir que quisiera llevarse una caja de cada. Sonrió, pero cuando la dependienta se fue, le susurró a Alice. - Esto tengo que aprender a hacerlo yo. No puede ser tan difícil. - No quería sonar borde diciendo que dudaba que la repostería fuera el área más complicada de la alquimia... pero un poquito sí que lo pensaba. No era tan fácil hacer cosas comestibles, pero él había sacado agua potable en su primer examen de licencia, así que sería cuestión de pillarle el truco y, a raíz de ahí, ir innovando. Eso sí, conforme salían, le añadió a Alice. - ¿Guía para comérselos? A ver qué has comprado, Gallia... que esa tienda... - Se pasaba de esotérica para su gusto, y no sería porque no le había gustado el invento del aceite de navarryl. Pero tenía pociones que, sin uso controlado, podían ser un peligro. Se limitó a suspirar y a rodar los ojos teatralmente al comentario de su novia, pero en el fondo, como solía ocurrir, las locuras de Alice le gustaban, y probarlo esa noche con su hermano y Darren podía ser divertido. Esperaba.

    Ni tiempo le dio a poner cara de ilusión y alabar el decorado porque Dylan se les echó encima, a lo que Marcus simplemente alzó las manos a modo de desarme, en sintonía con Alice. De nuevo perorata de su cuñado para no evidenciar que quería hacerle regalos a Olive, pero claramente no contaba con el espíritu Gryffindor de su querida amiga. - Soy muy bueno con todo, estoy de acuerdo. - Asintió bromista y aguantándose la risa. Pasó un brazo por encima de los hombros de cada niño y entraron. Miró con los ojos entrecerrados a su novia. - No despiertes mis pesadillas, no hay necesidad. - No le había hecho ninguna gracia el espectro ese del bar francés, daba muy mal rollo. Fingió un exagerado escalofrío que hizo a los niños reír entre burlitas. El que se tuvo que contener muy fuerte de ni reírse ni burlarse por el bien de su integridad fue él al verle a Dylan la cara que puso cuando les llamó "los más peques". Y, aún así, se arriesgó diciendo. - ¿Patitos no hay? - Le estaba matando con la mirada. - O aceitunitas. - Ea, ya eran dos asesinos en potencia. Hizo una muequecita y dio varios pasos de cangrejo hasta esconderse (o pretenderlo, porque le sacaba una cabeza) detrás de Alice.

    Ni a abrir la boca le dio tiempo porque, a la pregunta de Alice, los dos chicos empezaron un bombardeo de sugerencias. Vamos, que querían empezar por todo a la vez. Rio con ternura y compartió una mirada con ella. No se podía burlar, ellos habían sido iguales, y en el fondo seguían siéndolo. - Yo creo que los cuatro pájaros cantores deberíamos dejarlos para el final, como guinda del pastel. Un homenaje a los cuatro pájaros cantores que estamos aquí presentes. - Propuso. - Y... con vuestro permiso... - Comentó ceremonioso, mientras se adelantaba y miraba con esos ojos de caballero medieval que se le ponían a Alice. - Yo voy a empezar por las dos palomas tórtolas. No creo que haya mejor prueba que hacer para una amada que la de las dos tórtolas y ALGUIENES han reclamado que así lo haga, y no lo pienso demorar más. Así que... - Los niños le miraban entre risillas, mientras él se dirigía al puesto correspondiente. Allí le esperaba una chica muy alegre que le recordó muchísimo a Poppy, y que dio un saltito nada más verle acercarse. - ¡Hola! ¿Versión para mayores de edad o para menores? - Al ver que Marcus se había quedado un tanto contrariado, señaló con dulzura. - La de menores usa papel maché y la de mayores puede usar magia. Pero magia no peligrosita, que no tenemos seguros anti incendios. - Dijo con una risita que Marcus acompañó. Algo le decía que eso del seguro no iban a aprobar mucho sus jefes que lo dijera por ahí. - Opción mágica. Ya si otros quieren usar la no-mágica lo dejo a su elección. Yo vengo a hacer un regalo a mi tortolita. - Oooooh qué bonito. - Respondió la chica con adorabilidad, tras lo cual se asomó tras él y saludó con efusividad, como si acabara de ver a una vieja amiga. - ¡¡Hola!! Supongo que eres la tortolita. - Marcus se aguantó la risa y leyó las instrucciones.

    Era sencillísimo, pero bueno, no esperaba grandes dificultades en una feria de Navidad. Había unos montoncitos de hierbas con bolitas rojas que debía ser una transformación de muérdago, y solo tenía que crear una combinación con la varita que su amada adivinara para generar el efecto que deseara. Pensaba darle su toque, por supuesto. Se jugaba una mano y no la perdía a que la mayoría de la gente dibujaba con la varita un corazón en el aire. Él prefería hacer otra cosa. Activó el mecanismo, pero le añadió un poquito más de magia, girándose hacia Alice. - Tienes que adivinar el código para revelar el regalo secreto de este sol enamorado. - Lo dicho, no era muy difícil. En cuanto Alice dibujó la luna en el aire con la varita, el amasijo de hojas y bolitas comenzó a transformarse. Debería convertirse en un muérdago convencional, pero antes de eso, se dividió en dos y, con un aleteo, adoptó la forma de dos palomitas que, tras darse un piquito, se fusionaron y dieron forma definitiva de muérdago al conjunto. Solo que era un muérdago con dos salientes a los lados, como si fueran alas. - ¡Qué bonito! - Dijo entusiasmada la chica del puesto, que claramente miraba desde allí. Dylan bajó los hombros. - Jo, colega, cómo te pasas. Pero bueno, me alegro porque es para la hermana, pero vaya nivel. - Le guiñó un ojo al chico y se ahorró puntualizarle que se estaba delatando solo, porque Olive parecía tan asombrada con lo que acababa de ver que ni lo notó.




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    Dom Abr 07, 2024 6:06 pm


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    Con Marcus | En Feria de Navidad | 21 de diciembre de 2002
    Puso una sonrisa brillante y aplaudió. — ¡Es verdad, somos cuatro! Pero nosotros no somos Ravenclaw. — Replicó Dylan. — Pero somos Gallia, y nos ponemos nombres de pájaro si hace falta. — Yo no soy Gallia. — Dijo Oli, mientras seguía oteando la sala de los juegos, y Alice estuvo a punto de decir “date tiempo”, pero reculó y dijo. — Pero te queremos tanto en la familia que te podemos poner uno. Podemos llamarte petirrojo. — Dijo moviéndole las trencitas que llevaba y la chica sonrió y se removió. — Me gusta más que aceitunita y esas tonterías. — Y entonces Marcus dijo lo de las palomas tórtolas y ella se deshizo. — AAAAWWWW. — Ya empiezan. — Pinchó la niña, y ella respondió pinchándola en el costado. — ¿A que no comparto regalos contigo? La que tiene amado soy yo. — Pero no estiró el tema y se fue hacia el puesto con ella.

    La chica que atendía hablaba y reaccionaba como si fuesen familia y además se sintiera muy orgullosa del amor que se tenían, y Alice simplemente se cruzó de brazos a esperar, porque sabía que su Marcus se luciría. Y, por supuesto, la hizo partícipe, y a ella le encantaba entrarle a las ficcioncitas, y encima multiplicadas por mil, así que se llevó una mano al pecho y abrió mucho los ojos. — ¿YO? — Miró a los lados con una gran sonrisa, y vio a Olive en tensión. — Alice, ¿te sabes el código? — A veces se le olvidaba que aún estaban chiquitos y se les podía vacilar un poquito. Ella resopoló y miró a Marcus… — No sé, no sé… — Achicó los ojos y se acercó al mostrador. — ¿Y si lo que el sol necesita es justo… Una luna? — La dibujó y tocó el montoncito. Podía sentir las vibraciones de envidia e impresión de todo el sector que estaba mirando. Ella rio y le dejó un piquito. — Perfecto. Como él. Como siempre. — La chica les entregó unos adornos del árbol que eran dos pajaritos hechos en madera que, gracias a un hechizo, se daban un besito. — Que los disfrutéis como el eterno amor de las aves. — Alice rio un poco y asintió riéndose. — Muchas gracias. — Lo movió delante de Marcus. — Hay que colgarlo en cuanto lleguemos a Irlanda, le va a encantar a la familia.

    Con el resto de juegos que fueron probando, Marcus se pavoneó un poquito menos, y aunque ella iba repartiendo las baratijillas con Olive, veía a su hermano torcer el morro cada vez que no conseguía algo o era eminentemente fácil. Se acercó a él y le dijo por lo bajini. — ¿Quieres que busquemos uno donde puedas lucirte? — Dylan pareció pensárselo, pero al final levantó la cabeza y asintió. — ¿Qué tal los cinco anillos de oro? Es lo más guay. — ¡Hermana! — Dijo en un susurro apurado. — ¿Cómo voy a ser tan descarado de hacerle algo de anillos? Esas cosas solo las hacéis el colega y tú, de verdad. — Eso la hizo reír, teniendo que contenerse y mirando a otros lados. — A ver… ¿Y las bailarinas? El regalo debe estar guay, y podemos acercarnos, hacer un plan sin magia, y llevarlo a cabo. — Dylan la miró con ojos brillantes. — ¿Pero eso no sería hacer trampa? — Ella se encogió de hombros y sacó el labio inferior. — Yo estoy ayudando a mi hermano, no es ilegal, y lo vas a hacer tú.

    El juego era de lo más sencillo. Salían unas muñecas bailarinas de unos agujeros en la plataforma e iban bailando aleatoriamente. Tenías que inmovilizarlas a todas, no siguiendo un orden específico, pero una vez hubiera echado a bailar la última, tendrías solo tres segundos para pararlas a todas. Obviamente, con un poco de puntería y un hechizo inmovilizador lo tenías hecho, de una en una, pero Alice tuvo una visión rapidísima, que susurró a Dylan bajo las divertidas miradas de los otros. El chico enrojeció, pero al final, se acercó a Oli y dijo. — Ehmmmm, Olive… — E imitando bastante el gesto de Marcus cuando se ponía pomposo, dijo. — ¿Me prestarías un lazo de tus trenzas? — La chica parpadeó un poco sorprendida, pero se lo dio con una risa. Dylan se lo llevó a Alice y ella lo alargó con un hechizo y habló con la chica del puesto, que parecía una versión inglesa de la prima Sandy y un poco cansada de estar allí. — Ponnos la versión sin magia. — Dylan la miró decidido, con los dos extremos del lazo en sus manos. Mientras la chica había activado el hechizo, su hermano había rodeado los agujeros con el lazo, y se quedó agarrando los extremos hasta que la última bailarina empezó a bailar. Justo entonces, tiró de los extremos y las ató a todas de golpe, cerrándolas con un lazo. Hasta la lánguida chica rubia no daba crédito. — ¡QUÉ DICES! ¡ESTO LE CUESTA UN MONTÓN A LA GENTE! — ¡QUÉ FUERTE, DYLAN! — Celebró Oli acercándose con los ojos como platos. — Bueno… La hermana me ayudó… — Contestó él, tímidamente, aún pegado al lazo, como si se fuera a deshacer y perder el premio. Y hablando de eso, la chica sacó una corona de plástico con joyitas rosas, del mismo color que las bailarinas. — Para ti, guapo. Pónsela a quien tu quieras. — Miró de reojo a Alice, pero ella hizo un gesto con los ojos en dirección a la chica y Dylan carraspeó y se acercó. — Oli… Yo quiero que… La lleves tú. Mi hermana ya tiene la que Marcus le ganó el año pasado aquí, y tú también te la mereces. — Ella estaba parpadeando, por primera vez sin palabras. — Ay, jo… Gracias… — Agachó la cabecita para que se la pusiera. — A ver qué dicen mi madre y Rose… Me van a preguntar cómo la he ganado.Diles que te la he dado yo. — Contestó con suficiencia. Alice se dejó reposar sobre Marcus. — No, si está más espabilado de lo que parece. — Y rio un poco, cerrando los ojos y solo escuchando el ambiente, sintiendo la felicidad.








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    Dom Abr 07, 2024 9:06 pm


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    Con Alice | En Feria de Navidad | 21 de diciembre de 2002
    Rio y apoyó la cabeza en el hombro de su novia, mientras esta movía el adorno de pajaritos delante de él. - Junto a las bolas con nuestros nombres. Por supuesto, les he dicho a mis padres que se las lleven... Aunque, como haya que poner una por cada miembro de la familia, vamos a necesitar un bosque. - Bromeó. Las pruebas eran eminentemente fáciles y bastante graciosas, muy en sintonía con el ambiente navideño. Dylan ya estaba poniendo cara de estar quedándose atrás, por lo que su hermana salió en su rescate mientras Marcus intentaba entretener a Olive, porque la cara de agobio de Dylan era tan descarada que sería un milagro que la chica no se diera cuenta de sus intentos por impresionarla y pasar desapercibido al mismo tiempo.

    Asistió mostrando mucho interés (y aguantándose la risa) a los esfuerzos del chico, que ahora parecía querer copiarle el modus operandi pero con un nada por ciento Slytherin y un todo por ciento Hufflepuff. Eso sí, tuvo que reconocer que la maniobra fue impresionante... tanto que, un segundo después del impacto inicial, miró a Alice con una ceja arqueada. Tampoco era necesario ser un experto detective, porque ese corazón Hufflepuff que trataba de conquistar a una íntegra Gryffindor reveló el secreto sin necesidad de tirarle mucho de la lengua. - Doble mérito tienes: haberlo hecho, y ser tan humilde de pedir ayuda y reconocer que la has pedido. Enhorabuena, Dylan. - Marcus, desde luego, sí que era experto en llevarse a su terreno todos los argumentos, y como quería alabar el buen hacer de Dylan, lo haría hiciera lo que hiciese. Por supuesto, la bonita corona de regalo se la llevó Olive, y Marcus compartió una miradita cómplice con su novia. - Me da que el año que viene van a prescindir de nosotros para la feria. - Miedo le daba la evolución de Dylan estando en la sala común de Hufflepuff, menos mal que él ya no estaba en Hogwarts: ojos que no ven, corazón que no siente.

    Fueron terminando las pruebas, en una de las cuales su amada le consiguió un bonito broche con una lucecita roja, emulando la nariz de Rudoff y sus cuernecitos, que emitía la melodía de la canción de los doce días de Navidad, y que no se pensaba quitar de la solapa. Ya solo les quedaba una prueba, la de los cuatro pájaros cantores, y el muchacho del puesto, que llevaba más cascabeles de los que pudieran llegar a hacer un sonido melodioso al sonar todos juntos (que encima no dejaba de moverse), les recibió con una amplia sonrisa. Le recordaba bastante a Peter Bradley. Haría buena pareja con la chica del puesto de las tórtolas. - ¡Bienvenidos! ¡Vaya, si vosotros sois cuatro! Entonces la prueba para vosotros va a ser facilísima. - Se miraron entre sí con sonrisillas, expectantes por las instrucciones. - Como sois cuatro pájaros cantores, tenéis que... ¡cantar entre los cuatro la canción de los doce días de Navidad! - Marcus arqueó una ceja. El que chilló casi asustado fue Dylan. - ¿Y eso es fácil? - Bueno, os habéis ahorrado el paso de buscar compañeros hasta llegar a cuatro, o de echar a alguien del grupo. Y más compenetración que cantar con desconocidos. - Dijo el chico, con una sonrisa radiante y rebosando alegría (y ruido de cascabeles), como si no le viera el menor problema.

    - Sin embargo, no todo va a ser tan sencillo. - Ah que seguíamos bajo la premisa de que esto era sencillo, pensó Marcus. - Como son doce días de Navidad y vosotros sois cuatro, tendréis que cantar cada uno tres de los regalos que se dan en los doce días de Navidad. Es decir, los cuatro a coro cantaréis las partes comunes, pero cada uno dirá un regalo. Y... ¡tenéis que adivinar cuál! - No me estoy enterando. - Le susurró Dylan a Marcus, asustado. Él tampoco estaba seguro de estar enterándose. El chico sacó entonces doce tarjetas en blanco, las barajó y le dio tres a cada uno. - Esas tarjetas contienen cada uno de los regalos, pero ahora están invisibles. Se mostrarán conforme vayáis acertando. Entre todos, empezáis: "El primer día de Navidad, mi amor me entregó..." y uno de vosotros, el que quiera, dirá "una perdiz en un peral". Si esa persona tenía esa tarjeta, se revelará en su mano y podréis seguir. "El segundo día de Navidad, mi amor me entregó...", y el segundo dirá "dos palomas tórtolas", y así. Pero si falláis, oiréis un sonido de error y tendréis que empezar desde el principio. - O sea, cantar, que a Marcus no se le daba NADA bien, y encima tener que acertar en base a la nada. Definitivamente, el juego más infernalmente difícil de todos, aquello les iba a llevar horas.

    No fue para tanto, y tuvo que reconocer que se rieron muchísimo a medida que no paraban de fallar, y celebraron un montón los aciertos. Ya estaban tensos cada vez que les tocaba adivinar. - "En el sexto día de Navidad, mi amor me entregó..." - Cantaron a coro, y tras compartir miradas y esconder risas, Olive se arriesgó. - "seis gansos poniendo huevos." - ¡¡MEEEEC!! - Todos clamaron y rieron, Marcus casi se tira al suelo, pero estaban muertos de risa. Otra vez a empezar. Resultaba que era Alice la que tenía los seis gansos poniendo huevos, y los siete cisnes nadando sí que los tenía Olive, pero habló Dylan, por lo que tuvieron que empezar otra vez. Cada vez que acertaban a la primera era una auténtica fiesta. Ya solo les quedaban los dos últimos, uno era de Olive y el otro de él, pero no tenían ni idea de cual. - "En el undécimo día de Navidad, mi amor me entregó..." - Y, tras unos segundos de tensión, con todos mirándose, Marcus le hizo un gesto a Olive. Se arriesgarían. La chica dijo, casi con prudencia. - "Once gaiteros tocando". - Y, de repente, la carta de los gaiteros se iluminó en manos de la niña. Todo fueron gritos de júbilo, dijeron corriendo todo lo que les quedaba (por poco se adelante Dylan a su hermana en el tercero y tienen que empezar de nuevo) y, llegado al último, todos cantaron. - "En el duodécimo día de Navidad, mi amor me entregó..." - Y Marcus clamó, victorioso. - "¡Doce tamborileros tamboreando!". - Y, exultantes, y cada uno el que les tocaba, disfrutaron de cantar el resto de la canción. - "Once gaiteros tocando." - "Diez señores saltando." - "Nueve bailarinas bailando". - "Ocho damas ordeñando". - "Siete cisnes nadando". - "Seis gansos poniendo huevos". - "Cinco anillos de oro". - "Cuatro pájaros cantores". - "Tres gallinas francesas". - "Dos palomas tórtolas". - "¡Y una perdiz en un peral!" - Saltaron y celebraron como si les hubieran tocado un dos millones de galeones, y el chico del puesto lo celebró con ellos como si el tercer millón le hubiera tocado a él. - ¡Enhorabuena! Qué sincronización. - No me quiero imaginar lo que habrás visto por aquí si a esto lo llamas sincronización, porque divertido había sido, sí, pero eficiente no mucho, porque se habían equivocado en casi todos los versos. - Como premio, las cartas, para vosotros. Son unas ilustraciones muy bonitas, cada una la ha hecho uno de nosotros, el del puesto correspondiente. ¡Que las disfrutéis! - ¡Pienso darles el mejor sitio de mi cuarto de Hogwarts! - ¡Y yo! - Dijeron Dylan y Olive respectivamente, lo que hizo al muchacho reír con una carcajada halagada. - Las nuestras se vienen a Irlanda. - ¡Qué honor! - Se despidieron el majo chico del puesto y salieron de la tienda.

    - Así que... - Comentó Marcus, mirando las cartas de Alice por encima de su hombro. - Las tres gallinas francesas, es justo que te hayan tocado a ti, los seis gansos y las dos palomas tórtolas. Me gusta. - Miró la suya. - Yo tengo a los doce tamborileros, wow, qué nivel dibujar esto; los cuatro pájaros cantores, me encanta, aunque al chico se le da mejor socializar que dibujar, pero se aprecia el intento. - Comentó entre risas. - Y, por supuesto porque no podía ser de otra forma, los cinco anillos de oro. - La miró con una sonrisa ladina y pasó su brazo por los hombros de ella, apretándola contra sí. - A ver para qué quiero yo tantos anillos, si solo tengo una amada a la que querría dárselos. -




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    Con Marcus | En Feria de Navidad | 21 de diciembre de 2002
    Era posible que Dylan estuviera despegándose de ellos, pero eso era bueno. Su patito tenía que crecer. No obstante… — Creo que aún nos necesitará un poco más. — Ladeó una sonrisa y susurró. — Aún necesita de su colega y su hermana, y si no, mira cómo se ha desarrollado la atracción. — Se enganchó al brazo de Marcus y siguió paseando por los juegos, sintiéndose feliz y satisfecha de poder tener un día así y dárselo a su hermano. Más veces de las que desearía, sentía que no le estaba dando una vida alegre y despreocupada como la que ella había tenido a su edad. Pero en días como aquel sentía que había cumplido como la hermana mayor, aunque no debería retrasar mucho más el cumplir como tutora.

    Antes, no obstante, Marcus no había olvidado por supuesto lo de los cuatro pájaros cantores, así que allá fueron. Solo con el que atendía, tendrían que haber sabido que aquel juego iba a ser un pandemonio, porque es que Alice no se enteraba de nada entre el entusiasmo del chico y los cascabeles. Menos mal que su hermano confesó que no se estaba enterando tampoco, aunque no sabía si eso le daba más vergüenza. — ¿Pero cómo que empezar de nuevo? ¿Pero cuánto vamos a estar aquí? — Encima miró de reojo a su novio y… Una prueba nada científica, sin método ninguno y cantando… Su Marcus había sido premiado con casi todos los bienes de la creación, pero no con el del oído musical.

    Al final, se las había deseado mucho peor de lo que fue la prueba. Entre la alegría del chico, y las risas tontas que les daban a todos, estaba siendo la prueba más divertida. Una de las veces, con el sonido del error, entre risas, se le escapó. — En esta canción hay tantos pájaros que yo ya no sé quiénes ponen los huevos. — Y a todos les dio un ataque tan fuerte que se echaron hasta a llorar. — ¡Oye! ¡Tordo! ¡Pero contéstame! — Le decía picando a Dylan en el hombro. — ¿Eran los cisnes o los gansos? ¿No te la sabes o qué? ¿Entonces qué estamos haciendo? — ¡AY, HERMANA, PARA, QUE ME DA ALGO!

    Pero, finalmente, se obró el milagro de Navidad, Oli acertó y, como si aquello fueran los últimos segundos de un partido de quidditch, cantaron el resto del villancico y, al llegar al final se pusieron a saltar y celebrarlo como un grandísimo logro (con el chico también, por supuesto, porque era de esa gente que es amigo de la humanidad). Miró las cartas con ilusión. Esas cosas le gustaban, cositas que les trajeran recuerdos felices, acumularlas, para el día de mañana decir “mira, eso fue en la feria de Navidad del año que estábamos en Irlanda). Sonrió a su novio cuando se puso a consultar las tarjetas que le habían tocado. — Claro, como en el juego no había método ninguno, intentas buscarlo en las cartas. — Comentó entre risas mientras salían. Asintió, entre risas, a lo del tendero, y levantó la mano abierta, separando mucho los dedos. — ¿Y no quieres ponerme uno en cada dedo? Solo por asegurar que soy tu amada y solo tuya, con tus cinco anillos.

    Se dirigieron al sitio del año pasado, y ella no quería alargar más sus funciones de tutora, así que rodeó a Dylan por los hombros y dijo. — ¡Me acabo de acordar del ponche aquel que cambia de sabor! Se coge allí. — Señaló un puesto en una esquina cercana. — Vamos tú y yo a cogerlo y dejamos al colega experto en comida y a Oli encargados de la comida, ¿vale? — Dylan iba a protestar, pero Olive se fue tan ufana con Marcus, que no le quedó de otra que callarse e ir con ella. Llegaron a la cola, pidieron el ponche, y Alice sabía que lo preparaban a demanda, así que iban a tardar un poquito, por lo que condujo a Dylan a un banco cercano, como si simplemente esperaran. — ¿Te lo has pasado bien en la atracción? — Él sonrió débilmente y se apoyó en sus rodillas, mirando la feria. — Hermana, ¿sabes por qué me gusta tanto la feria de Navidad? — Ella negó con la cabeza. — Porque puedo sentir la inmensa felicidad de muchísimas personas. Siempre hay algún cascarrabias que querría estar en otro lado, o uno que se acuerda de alguien que no está, algún corazón roto… Pero, en su mayoría, todos son felices, y su felicidad llega en cantidades inmensas a mí. — Ella sonrió con dulzura. — Qué bonito es eso, patito. Eso es saber usar tu don. — Dylan asintió y la miró. — Pero mi don también sirve para que note que estás nerviosa o tensa, y me imagino que es porque quieres hablar de papá o darme una noticia que no me va a gustar. — Alice suspiró. La crianza de un legeremante era mucho más complicada, pero la de alguien con el don de Dylan empezaba a ponerse cuesta arriba. — No es ninguna noticia. Pero no puedo no hablar de la situación que hemos vivido y que tenemos. Y cuando llegues a Saint-Tropez todo van a ser risas y fiestas, y nadie te va a preguntar, pero ya hemos visto que así no se solucionan las cosas. Simplemente odio preguntarte por algo que sé que, aunque sea en parte, te va a doler. Pero tengo que hacerlo, eso es de verdad ser tu tutora, preocuparme de que todo está claro y se habla.






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    Con Alice | En Feria de Navidad | 21 de diciembre de 2002
    Tomó su mano con la exagerada delicadeza de una propuesta de baile victoriano, mirando y acariciando cada uno de sus dedos por separado. - Tienes razón. Además, así tendrías una mano engalanada de joyas como te mereces, y la otra desnuda, para que todo el mundo aprecie lo bella que es sin necesidad de adornos. - Lo dicho, la exageración victoriana que solo Marcus podía llegar a alcanzar, pero es que Alice se lo ponía en bandeja.

    Conforme se acercaron al puesto, Alice propuso ir ella con Dylan a por las bebidas y que él fuera con Olive a por las bebidas. Si la conocía de algo, eso significaba que quería una conversación a solas con su hermano. Miró a Olive y, cómicamente, alzó repetidas veces las cejas, lo que hizo a la niña reír y decirle a Alice. - ¿Tú estás segura? Con Marcus decidiendo la comida, vamos a salir de aquí como toneles. - ¿Cuestionas mi expertizaje? - Nooo cuestiono tus cantidades. - Pues que la señorita ponga las medidas, y ya veré yo si le hago caso o no. -Decía mientras la giraba por los hombros y le bailaba graciosamente las trenzas, provocando que se riera y se intentara zafar sin mucho convencimiento. Se colocaron ante los puestos, mirando las ofertas de comida. - Hmmm... Me gusta todo. - Hay que dejar hueco para el postre. Yo quiero un gofre con chocolate. - Marcus miró a Olive con una ceja arqueada. - Si tantas ganas tienes de gofre, tendrás ya el hueco hecho. - Si me inflo con otras comidas, se me va a rellenar. - Señorita, eduque usted a su estómago por compartimentos, ese no es mi problema. - Olive rio y le dio un empujoncito en la parte alta del brazo (con ambas manos para poder medio moverle, y en el brazo porque al hombro no llegaba). - ¡Eso no se puede! - ¿Cómo que no? Yo he podido. - ¡Claro! Como eres Ravenclaw y lo sabes hacer todo. - ¡Vaya! Salió la ofensita Gryffindor, ya era hora. Creía que a vosotros os salía todo bien por defecto. - Y así se pasaron un rato, picándose el uno al otro, hasta que Marcus decidió que ya habían perdido tiempo suficiente y fue pidiendo comida.

    Olive le recordó como unas cien veces que ella no podía hacer magia fuera de la escuela, como si él no lo supiera, y todo para decir que estaban cogiendo más comida de la que podían cargar. - Tú sabes que un hechizo no pesa tanto como llevarlo en las manos ¿verdad? A ver si voy a tener que levitarte a ti también por ahí para demostrártelo. Y cuando ya hayas comido, además, y seas un tonelito con trenzas. - Aunque sí que era cierto que empezaba a ver compleja la levitación de tantos elementos diferentes. Puso un par de canastitas en los brazos de Olive y él se armó de un par de bolsas de papel en la mano que no llevaba la varita. Lo demás, iba levitando. De camino a la mesa se cruzaron con un mago que estaba haciendo un espectáculo de chocolate en una fuentecita. - ¡Qué chulo! - Dijo Olive ilusionada. Marcus la miró, pillo. - Para ti no hay. Tú quieres un gofre. - La niña le sacó la lengua. Volvieron a mirar al hombre, que hacía bailar frutas y chucherías al interior de la fuente a ritmo del Cascanueces. Olive no paraba de reír. - A ver si luego lo repite. Tenemos que enseñárselo a Dylan y Alice. Seguro que les encanta. - Marcus se mordió el labio, porque ese comentario le había hecho directamente conectar con algo. Porque, al ver a ese mago y la fuente de chocolate con dulces, no pensó en Alice y Dylan precisamente.

    Se mojó los labios y se agachó junto a Olive. - Sí... les puede gustar... ¿Sabes por qué les gustaría? - Olive le miró con un punto de extrañeza. - Porque es divertido. Y da un montón de ganas de comerse esas cosas con chocolate. - Marcus ladeó una sonrisa tierna. - Claro... Pero yo, cuando lo he visto, no he pensado en Alice y en Dylan. ¿Sabes a quiénes les hubiera encantado esto? - Olive ya no era tan nueva en la vida de los Gallia como el año anterior, así que puso una sonrisita apenada. - A William y a Janet. A William le encanta hacer hechizos y tonterías de esas, y a Janet le encantaban los dulces, era supergolosa, me lo ha dicho Dylan. - Marcus asintió. Adoptó un tono más serio, aunque comprensivo. - Olive... ¿recuerdas la conversación que tuvimos el año pasado en la feria sobre Janet? - Ella asintió. - Que, para conocerla, solo necesitaba mirar a Alice y conocer a Dylan. - Exacto... Y lo más importante. - La miró a los ojos. - Dylan sí que tiene madre. Su madre es Janet. - Eso hizo a la niña atribularse un poco, así que se apresuró en no hacerla sentir mal. - Yo sé la buenísima intención con la que veis a Alice como si fuera su madre. Alice es su tutora, es... ligeramente distinto. Y sí, tienes toda la razón: Dylan tiene que contarle a ella las cosas, porque ahora es la responsable de lo que le pase, y de su cuidado. Pero Dylan tiene una madre, aunque no esté presente. A Alice le pondría muy triste que Dylan la sustituyera por ella. - ¡No! Eso nunca. Dylan adora a Janet... pero es que... - Olive pareció pensarse lo que iba a decir, pero Marcus ya se lo imaginaba. - Las circunstancias de Dylan son... complicadas. Pero él tiene unos padres, Olive. Janet no está presente... pero William, sí. - Ella le miró con ojitos cautos. - Dylan os tiene más a vosotros dos como sus padres que a William y Janet. - Si es que lo sabía, de ahí que no quisiera que la creencia se expandiera. No podía contradecir los sentimientos de Dylan, de hecho le halagaban y emocionaban muchísimo; pero bajo ningún concepto quería arrebatarle a William su puesto, o que Alice se sintiera presionada a cumplir con un estándar aún más alto del que ya de por sí se ponía como hermana mayor. Su mejor baza era tener a Olive recordándole este punto. A ella, desde luego, le haría muchísimo caso. - Pues... nosotros somos sus hermanos mayores. Y lo vamos a ser siempre, y le vamos a querer muchísimo, y a ayudar en lo que haga falta. Pero él ya tiene unos padres... Estoy seguro de que tú mejor que nadie le puedes ayudar a entender eso, y a que cada uno tenga su lugar. ¿Te parece bien? - Ella asintió con una sonrisita, contenta de tener una misión. Marcus se incorporó. - Pues vamos a las mesas. Que se me cansa la mano del hechizo. - Si es que te has pasado un montón, Marcus, te lo he dicho. -




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    Vie Abr 12, 2024 9:22 pm


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    Con Marcus | En Feria de Navidad | 21 de diciembre de 2002
    Dylan se quedó serio y pensativo, y así, apoyado en sus rodillas, con las palmas juntas, y esas altura que estaba cogiendo, se parecía tantísimo a su padre que hasta le dio abismo verlo. No parecía atreverse a hablar. — ¿Cómo ha sido incorporarte? — Empezó ella por él. El chico se encogió de hombros. — Ya sabes cómo es la sala común de Hufflepuff. Desde que llegué, todo el mundo me recibió con alegría, sin hacer preguntas incómodas, simplemente celebrando. Me he desahogado con Oli a veces, pero… Cuando hablo de América… — Se mordió los labios y se puso a pensar. — Es que no sé cómo decirlo. — Alice se pegó a él. — ¿Quieres hablar de cómo te sientes tú o de cómo se comporta Olive a ello? — Lo segundo. — Ella asintió. — Vale. ¿Y es una reacción que te duele o te molesta? — Dylan negó con la cabeza. — Es… Que… Va a sonar absurdo pero… Siento que se vuelve una niña más pequeña. Siento su miedo, un miedo como el que sientes ante las pesadillas. Es miedo, aunque sepas que no es real, pero no alcanzas a comprenderlo… — Suspiró y acarició la cabeza de su hermano. — Eso, patito, es justo de lo que llevo intentando protegerte toda la vida. Eso es crecer de golpe, más rápido que los demás, por el sufrimiento. Eso me aisló de Marcus mucho tiempo, ¿sabes? No quería que conociera una realidad demasiado dura solo por mí. — Dylan la miró de golpe con los ojos muy abiertos. — ¡Eso me pasa con Oli! Yo no quiero que conozca esa angustia, además me da la sensación de que, de todas formas, no la entiende… Y trata de animarme y yo me siento peor… — Alice cerró los ojos y trató de contener las lágrimas. — Noooo, hermana, no quiero ponerte triste a ti también. — Suplicó Dylan, girándose para mirarla y haciendo amago de abrazarla. Ella le cogió las manos y le miró a los ojos. — Dylan, escúchame. Lo que tú sufras, yo lo sufro. Yo cuido de ti, mi niño, siempre. Es mi trabajo, el más importante que me han encomendado en la vida, y si tienes que desahogarte o contarme cosas desagradables, para eso estoy yo. — Acarició su mejilla. — Lo que viviste fue muy duro. Y a veces puedes creer que la gente de tu edad no te entiende, y tendrás razón, pero al final tienes que dejarles entrar. Yo me encerré muchísimo en mí misma, obsesionándome con no contaminar con mi sufrimiento a nadie, y no gané nada, Dylan, eso te lo aseguro. — Él asintió con los ojos brillantes y Alice miró al cielo. — Me voy a arrepentir de decir esto, pero va con condiciones. — Volvió a mirarle, con dulzura pero con firmeza en la voz. — Si alguna vez no te sale hablar de esto, pero lo necesitas, escríbelo. Estabas más acostumbrado a eso, y en América tampoco has hablado mucho, así que, cuando las ideas te desborden y no encuentres la forma, lo puedes escribir. Pero no lo cojas por costumbre, solo como recurso para liberar, ¿vale? — Dylan asintió y se lanzó a abrazarla, y ella le estrechó.

    Cuando se separaron, puso una mano en su brazo. — No obstante, hablaremos de esto más detenidamente durante las Navidades. — ¿Me voy a ir contigo a Irlanda? — Alice sonrió. — Sí y no. ¿No quieres ver a papá? — Preguntó alzando una ceja. Dylan titubeó. — Sí, sí, claro… Es solo que… — ¿No esperabas que quisiera estar con papá? — El chico apretó los labios. — ¿Quieres? — Ella suspiró con resignación. — Lo que papá y yo queramos siempre va a estar supeditado a lo que quieras tú. Yo ahora tengo una familia más, tengo a los O’Donnell, pero tú también puedes tenerlos, están deseando conocerte. Pero también quiero que estés con papá y los abuelos todo lo que puedas, que vuelvas a Saint-Tropez y veas a los tíos y los primos, que puedas celebrar de verdad. Pero también sé que el año pasado te lo pasaste muy bien con los O’Donnell. — Él asintió. — La verdad es que sí. — Pues tendrás de los dos. Yo voy a pasar la Nochebuena y Navidad en Ballyknow, y la tata y Erin también, pero el día veintiséis allí se celebra el banquete de San Esteban, así que Darren te traerá a Irlanda con él y estaremos allí todos juntos un par de días, hasta que nos vayamos a La Provenza. — ¿Todos? — Preguntó emocionado. — Marcus, las tías, los O’Donnell, tú y yo. — Dylan se volvió a abrazar a ella. — ¡GRACIAS, HERMANA, GRACIAS! Ya no hace falta que me regales nada más, de verdad que no. — Eso la hizo reír. — Bueno, bueno, ya veremos. — Se separó y tomó su carita en las manos. — Tú prométeme que hablarás al menos con el abuelo y los primos de cualquier cosa que te preocupe. Y la tata puede que siempre esté de broma, pero te aseguro que si quieres hablarle de cualquier cosa, te va a escuchar y ayudar en lo que pueda. — ¿Y papá? — Alice tomó aire. — Papá está sanándose. Tú ni tienes por qué esconder nada, pero quizá si necesitas ayuda, es mejor que no recurras a él, pero si necesitas ser sincero con él, con dulzura y tacto, siempre puedes serlo. — Dylan asintió y Alice tomó su mano. — Y ahora a ver que ha hecho tu cuñado. No he medido yo bien el movimiento de dejarle la comida.

    Llegaron con el ponche y encontraron una mesa que parecía mínimo para cinco personas. Suspiró y miró a los jóvenes. — Él siempre ha sido así, pero es que no os imagináis cómo son en Irlanda con la comida, no han hecho más que empeorarlo. — Los niños rieron y ella se sentó, cogiendo una patata frita. Cuando se la terminó miró a Marcus y dijo. — Me temo que se me ha metido del todo Irlanda en la piel, porque acabo de pensar “vaya birria de patata, esto ni se puede comparar con las de Ballyknow”. — Y volvieron a reír, y Alice echó un poquito del ponche en los vasos aún vacíos de cada uno. — Porque siempre encontremos un días para venir a esta feria. Con las plantas, los juegos… Y los piratas. — Dijo con retintín, y todos brindaron. Sería otra cosa que retendría para siempre, por si acaso, por asegurarse un rincón de felicidad eterno. Oli con la corona, su hermano aún con cara de niño, los ojos llenos de felicidad y sabiduría de Marcus. La Navidad.







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    Sáb Abr 13, 2024 1:02 pm


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    Con Alice | En Feria de Navidad | 21 de diciembre de 2002
    Se puso las manos en las caderas, mirando orgulloso el despliegue que había organizado en una mesa para más personas de los que eran. Olive le miraba con cara de circunstancias. - Alice va a decir que te has pasado. - Intensificó la mirada. - Porque te has pasado. - Si sobra, nos lo llevamos para cenar. A esa cena en la que los niños quejicas no venís. - ¿Acabas de llamar a Alice niña quejica? - Te lo he dicho a ti. - Y le sacó la lengua, gesto que Olive le repitió. Para su desgracia, y aunque no era necesario ser adivino para vérselo venir, fue la Gryffindor la que acertó, solo había que verle a Alice la cara. - Todo es poco para mi princesa y mis hermanitos pequeños. - Dylan parecía encantado, pero la cara de Olive era de plantearse fuertemente si la estaba vacilando.

    El comentario de Alice sobre las patatas le hizo reír fuertemente. - No esperaba encontrar calidad, honestamente. - Por eso ha intentado suplirlo con cantidad. - Se burló Olive, provocando risitas maliciosas en Dylan. Marcus le dio un tirón flojito de una trenza. - ¡Au! - Estás poniendo el gofre de chocolate en grave peligro. - ¿También has comprado gofres de chocolate? - Se sorprendió Dylan, pero le brillaron los ojos con el reflejo de la genética golosa de Janet, claramente. Marcus se puso digno. - Por ahora no. - Y a este paso os vais a ir los dos a comprarlos como buenos tortolitos. Obviamente ese comentario se lo guardó para su pensamiento. Tomaron cada uno su vaso de ponche y brindaron entre sonrisas. Qué lejos quedaba el sufrimiento de Nueva York, y qué miedo habían pasado de pensar que no tendrían eso otra vez. - Hay que repetir esto esta noche cuando vengan Lex y Darren. - Sintió las miradas, pero no dejó a nadie hablar, sino que rápidamente respondió con ofensa. - ¡No comáis si no queréis! - Y todos rieron. Mucha burla con sus cantidades de comida, pero al final estaban todos comiendo.

    - Bueno. - Anunció tras un rato de comida, con una sonrisilla, mirando a los niños. - Ahora es cuando nos ponéis al día de todos los cotilleos de Hogwarts. - Casi se atragantan los dos, atropellándose por contarlo todo a la vez. Se tuvo que reír con el bombardeo de información, aunque había mucha gente a la que no conocía, por ser de las promociones y casas de los dos niños, que no eran la suya. - Y un día. - Continuó Olive, entusiasmada. - Después de un partido de quidditch de Gryffindor contra Slytherin, escuché a la capitana de mi equipo decir que mientras estuviera O'Donnell en la capitanía no tenían nada que hacer, y todos estaban en plan, "joer pues eso no es así, pues tenemos que ganar, pues la liga y no se qué", y ella decía, "siendo el capitán O'Donnell, lo tenemos crudo, vamos a tener que buscar otras tácticas", y todos como "blablá pues no me parece pues somos mejores pues tal", y ella venga a insistir. - Definitivamente tenemos que repetir esto cuando vengan Lex y Darren. - Comentó Marcus entre risas, mirando a Alice. Eso sí, se iba a rebosar por el banco de orgullo hinchado. Dylan, mojando una patata en salsa como si nada, comentó. - A Mike le gusta un montón. - ¿Mike Conroy? - Sí. - ¡Buah, lo sabía! - Marcus se miró con Alice con cara de estar perdiéndose algo, pero el cotilleo continuó. - Está siempre diciendo que es muy guapo y que como es gay y su novio un Hufflepuff a lo mejor tiene posibilidades. - Oh, wow. - Exclamó Marcus, sorprendido por la brutal sinceridad y normalidad de los niños comentándolo, pero estos siguieron. - Pero que le da un poco de miedo porque tiene cara de serio pero que en verdad eso le pone. - ¡¡Oh!! - Se escandalizó Marcus, porque oír a Dylan hablar así no se lo vio venir. Ni tampoco, insistía, la normalidad de los dos niños con el tema. Olive rio bajito. - Me parece normal. Su hermana estaba enamorada de Marcus. - Ya no atinaba ni a exclamar, solo a hacer gestos con las manos, pero la niña siguió. - Y la he escuchado decirle a Colin un montón de veces "esto el prefecto O'Donnell no lo haría así", y la oía cuchichear con las de su clase en plan "mira qué guapo es, mira qué ojos tiene, mira cómo sonríe, mira..." - ¿Hola? - Interrumpió, ya encontrando al fin hueco para hablar, aunque fuera para decir eso. Los niños le miraron. - ¿De quién estamos hablando? - Olive arqueó las cejas. - De Hanna Conroy, la hermana de Mike Conroy. Hanna está en quinto de Gryffindor y Mike está en segundo de Hufflepuff. - Dylan se encogió de hombros. - Mike es buen chico. - Hanna es un poco tonta, no me junto con ella. Pero la oigo hablar. - Respondieron él y ella respectivamente. Dylan puso cara de diablillo. - Y a Mike le gusta Lex y a Hanna le gustabas tú. - Marcus trató de hacer memoria. No recordaba a ninguna Hanna Conroy. - Pobrecita. Espero no haberla ignorado. - Los niños le miraron con cara de obvio aburrimiento. - Tú no ignorabas a nadie, Marcus. - Pero no me acuerdo de ella. - Porque es medio lela. - Insistió Olive. Dylan chistó. - Póbrecita. - El hermano también es medio lelo. Tú es que ves bueno a todo el mundo. - Olive miró a Marcus con malicia y añadió. - Beverly Duvall la odia. - Marcus soltó una carcajada espontánea. Me pregunto por qué, pensó, pero volvió enseguida a su preocupación. - Pero en serio: no recuerdo... - Porque estaba siempre cuchicheando en su grupito y mirándote pasar de reojo, y no hacía más que reírse como una boba. ¿A que sí conoces a Bertha Parkins? - ¡Sí! A Bertha, sí. - Porque ella era a la que mandaban siempre a preguntarte cosa. Y luego volvía al grupito y se ponían "AY QUÉ MONO ES, AY ME HA CONTESTADO, MIRA TENGO UN PERGAMINO ESCRITO POR ÉL, AY LO VOY A ENMARCAR". - Te estás inventando todo eso. - Respondió azorado, pero los dos niños rieron. - El otro día castigaron a Creevey por culpa de ellas. - Marcus suspiró. Creevey castigado, qué novedad. - A ver, ¿por qué? - Porque no paraban de meterse con Colin y de usarte a ti de comparativa. - Pues eso está muy feo, decídselo de mi parte también. Colin es un prefecto estupendo. Pero ¿qué tiene que ver Creevey ahí? - Pues que les soltó un discursazo sobre que "el prefecto O'Donnell jamás usaría su posición para mancillar la del que viene detrás y que están juzgando tu criterio en el nombramiento de Colin y que son unas descerebradas y que tú ni las mirarías y que se laven la boca antes de hablar de ti y blablá". - Marcus alzó los brazos y los dejó caer. - Hay que fastidiarse. Me voy y me empieza a defender. - Y al equipo de Ravenclaw le tiene dicho que el único que puede lanzarle bludgers a tu hermano es él. - Marcus se frotó la frente, suspirando. Olive se encogió de hombros. - La prefecta Ming dice que eso es técnica y moralmente inapropiado. - Ya se me va a cortar la comida. - Se resignó, porque lo que le faltaba era Amber en la ecuación. No sabía si le alegraba o no ver que todo en Hogwarts seguía igual que cuando lo dejó.




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    Con Marcus | En Feria de Navidad | 21 de diciembre de 2002
    Se rio en silencio, simplemente admirando el momento, dejando a los chicos disfrutar de Marcus, que ella lo tenía todo el tiempo, mientras calmaba su espíritu después de la conversación con Dylan y el darse cuenta de que iba a tener que ver a su padre esa misma noche. Disfrutaría del momento y ya está. Simplemente rio, como todos los demás, cuando mencionaron lo de repetir para la cena, y Alice señaló los platos. — Desde luego, sobras va a haber. Y tu hermano que seguirá pensando en qué significa “pensar en la cena”. Bueno, o igual no, igual está liadillo ahora mismo, pero dentro de un rato, pensó para sí con una sonrisilla traviesa.

    Le apetecía mucho oír cotilleos de Hogwarts, echaba de menos esas cosas un montón, y quería dejarse llevar por esa sensación de hablar de cosas livianas y sin importancia. Alice nunca había sido una chismosa, pero siempre había sido MUY curiosa, y como la gente se pusiera a hablar cerca de ella sin tenerla en cuenta, algo se activaba en un rincón de su cabeza y le hacía poner la oreja. La mayor parte de las veces, desconectaba porque no era interesante, pero claro, con algo se quedaba. Se cruzó de brazos mientras seguía picoteando. — Lo de Conroy era un secreto a voces. — Dijo, ante la mirada de Marcus. — Cariño, por favor, ¿nunca te fijaste en cómo miraba a tu hermano? Pero si se quedaba petrificado. — Dijo con evidencia. Se rio de la franqueza de su hermano y luego señaló a Oli, asintiendo largamente cuando dijo lo de Hanna. Entornó los ojos y negó, mirando a la niña. — Es inútil, casi nunca se daba cuenta de esas cosas. — Oli le devolvió una mirada traviesa. — ¿Casi nunca? — Alice se puso traviesilla también. — Bueno… Cuando Cassey Roshan le ponía ojitos creo que sí que se daba cuenta. — Cassey es de mi casa. — Contestó la chica. — Y este año hubo un chico y se puso de rodillas en la puerta suplicándole que estuviera con él, que era el amor de su vida. — Alice suspiró. — Sin novedades en el frente de nuevo. — Y siguió riéndose con la historia sobre las niñas de Gryffindor. — Te voy a decir más, no se acuerda porque había tantas que hacían eso, que no pueden caber todas en su cabeza. — Los niños más se rieron. — ¿Y a que a ti no te molesta, Alice? — Dijo la chica. — Es que de la hermana no se enamoraba nadie, menos Theo. — Eso la hizo estallar en risas. — Gracias, patito, tu sinceridad siempre apreciada. — Pero a tu hermana no le molesta porque no es tóxica, no por eso. — De nuevo le salió una carcajada. — ¿Quién te ha enseñado eso? — Oli se encogió de hombros. — Se lo oigo a las niñas mayores, y Beverley Duvall contó que tú también te enamoraste de un prefecto que era como Marcus. — Dylan la miró sin sorpresas. — Pues claro.

    Le dio una fuerte carcajada respecto a lo de Creevey y señaló a Marcus. — Ohhhh, mi amor, ¿no estás contento de que tus enseñanzas calaran tanto? Mira a Ben defendiendo a Colin. Eso es precioso. Quizá no exactamente lo que te imaginabas, con la prefecta Ming dictando leyes de quidditch y todo eso, pero mira qué bonita armonía. — Alzó las cejas y dijo. — Yo creo que Ben tiene cierta querencia por los prefectos… — Tú también. — Dijo Oli picándola en el brazo. — Porque me han contado que una vez bailaste con el prefecto Jacobs delante de todo el colegio. — Ella puso media sonrisa. — Es verdad, pero porque éramos amigos. — Y que te dejó ganar la final de duelos porque estaba enamorado de ti. — Alice levantó el índice. — No señora, me ofreció unas tablas que no cogí, y no porque estuviera enamorado ni nada de eso, sino porque creía que merecíamos los dos ganar. No las cogí, por suspicaz, y ganó él. Así que corrige el rumor, que la gente es muy chismosa. — Dylan se apoyó sobre sus codos, comiendo dulces. — Mi hermana y el colega estaban destinados el uno al otro. Se amaban desde siempre, como agua en el desierto, y si no, que me pregunten a mí, que yo lo cuento. — Y ella le miró con el cariño de la seguridad de que su hermano sabía lo que era el amor bueno y verdadero y estaba convencido de ello.

    Un par de horas más tarde, tras varios paseos y unas cuantas plantas compradas, consiguió convencer al grupo (especialmente a Marcus) de que podían dejar los gofres para aperitivo mientras veían el espectáculo. Ya caía la luz cuando se acercaron al recinto de las estatuas del mundo de hielo, que eso sí que era nuevo. — Igual los que las han hecho son alquimistas. — Sugirió Olive. — No lo creo, pero seguro que son bonitas y tienen fantasías. Yo quiero ver la de la Justicia. Hay un pasillo que son las figuras del tarot. — Alice se llevó las manos a la cara. — Al final vamos a tener tarot de todas formas. — Se inclinó sobre Marcus y susurró, haciéndole cosquillitas en el costado. — ¿No quieres tú ver los amantes? ¿O el alquimista? — Y justo, desde la periferia de la vista, vio unas caras conocidas. — Esa es Eunice McKinley, con el tío alto, que parece bastante mayor que ella. — Dijo, tratando de disimular justo después. — Y que me caiga un rayo si la rubia que está ahí no es la tía loca que te persiguió en el examen de alquimia. — ¿QUIÉN? — Preguntaron los niños. — Chssst. Que van delante de nosotros. No miréis. — ¿Será su novio? — Especuló Olive. — Anda, mirad para otro lado que nos vamos a delatar.






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    Con Alice | En Feria de Navidad | 21 de diciembre de 2002
    Miró a Alice con cara de reproche. - No me hagas hablar... - Dejó caer. Bien que le vino a Alice y a todos la querencia que Cassey le tenía cuando el juicio contra Layne. Lo de la pedida de rodillas le dejó con la boca abierta. Por un momento miró a Alice maldiciendo que se le hubieran adelantado en el gesto romántico... hasta que lo repitió en su mente, imaginándose la escena, y decidió que era demasiado Gryffindor precipitado y heroico para su gusto, así que mejor no haberlo hecho. Eso sí, la afirmación de Dylan sobre que de Alice solo se enamoró Theo le hizo soltar una carcajada. - Bueno... - Aunque prefería no darle más cancha a los cotilleos de esos dos. No es como que hiciera falta, ellos tenían ya información de sobra, mucha de ella falsa. Ahora fue Marcus el que se dedicó a observar cómo Alice se defendía con una sonrisilla. Historia en Hogwarts tenemos los dos, princesa. Eso sí, el comentario de Dylan le hizo revolverle los rizos con cariño. - Gracias, colega. Y sin peticiones innecesarias en sitios públicos ni nada. - Los niños rieron.

    Al final tanta tontería y se quedaba sin postre, lo estaba viendo venir. Picó varias veces a Olive con lo de no haber dejado hueco en su estómago y clamó deshonra sobre la casa Gallia por no querer dulces, aunque no es como que de Alice le sorprendiera, más bien iba por Dylan. Aunque entre compras, risas y paseos, no le importó postergarlo. Ahora iban al lugar en el que estaban las estatuas de hielo, que ciertamente le daba bastante curiosidad. - Nos persigue el tarot. - Bromeó. Al comentario de Alice, revisó que los niños no atendían y le dijo sugerente. - Al alquimista ya lo tienes aquí... y creía que al amante, también. - Se mojó los labios y se ahorró añadir más comentarios, que estaban con compañía. Pero se le cortó el tonteíto con la referencia a quienes estaban por allí. Debía habérsele teñido la cara de un desprecio marca Horner que le salió tan espontáneo que ni tiempo le dio a contenerlo.

    - Yo sé quién es ese. - Le susurró a Alice. - Se me acercó cuando estaba en primero, uno de los primeros días, y me dijo "yo soy amigo de tu primo Percival", y en fin, varias ofertas de amistad marca Slytherin influyente. Yo respondí con educación y no le volví a hablar más: el apellido Gaunt siempre me ha hecho ir en dirección contraria. - Arqueó las cejas. - Si es novio de Eunice, le lleva seis años. Estaba en séptimo cuando nosotros estábamos en primero, tiene un año menos que Percival. - Suspiró en silencio y, poniendo las manos en los hombros de Olive, recondujo. - Vamos por aquí. - Porque no tenía ninguna ganas de encontrárselos.

    - ¡Mira! ¡Flamel! - Señaló Dylan. Le miró. - Algún día seguro que le conoces, colega. ¿No te da nervios? - Me dan ganas de desmayarme y solo es su estatua de hielo. - Eso les hizo reír, pero también burlarse de él, porque nadie se creía que no estuviera deseando conocerle y trabajar con él. - Marcus, cuando hagan tu figura de hielo, ¿cómo de cerca estarás de Flamel? - Estás tú muy chistosa para tener un gofre pendiente todavía. - Que noooo que va en serio. - Dijo Olive entre risas. Pero una voz más irrumpió por allí. - Algunos se lo tienen tan creído que ya están buscando hueco para su estatua. - Marcus miró lentamente y con desdén hacia el lugar de la voz. Alecta, junto a Eunice y el chico, que no parecía recordarle (ni importarle lo más mínimo), le miraba con burla despreciativa y los brazos cruzados. Eunice parecía debatirse entre la incomodidad de enfrentarles directamente y las ganas de quedar por encima. Se decidió por lo primero. - Qué va. Ya mismo se pone a tener niños y se le olvidan sus planes. - Alecta rio con ella. Las dos les miraban con ojos desafiantes, deseando una confrontación. No les iba a dar ese gusto. - ¿Aquella sabéis quién es? - ¡Es Bathilda Bagshot! La historiadora. - Mira, te acercas al gofre. - Olive rio y, con mucha dignidad, se enganchó de su brazo y dijo un poco más alto. - Es que es la zona de los que hacen historia, por eso algún día tú vas a estar aquí. - La rodeó con el brazo y se la llevó, esperando que Dylan y Alice hicieran lo propio yéndose con ellos, mientras decía. - Vamos donde los jugadores de quidditch famosos, que luego tenemos que contárselo al mejor capitán que ha tenido la casa Slytherin. - Esa sí que iba para Eunice. Pero lo dicho, no pensaba dar ni media respuesta a esas dos. No quería ni verlas.




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    Con Marcus | En Feria de Navidad | 21 de diciembre de 2002
    Lo último que se esperaba era que Marcus conociera al que a todas luces parecía el novio (o prometido, que con esa gente nunca se sabía) de Eunice. La pregunta era qué haría la otra Gaunt allí. — Ellos siempre con sus ofertas de dudosa confiabilidad. — Dijo entre dientes y echando una mala mirada al grupito. Le diría cuatro cosas a Eunice sobre cómo había tratado a su hermano, pero no estaban allí para eso. No obstante, Marcus había pensado como ella y había colocado la etiqueta de novio al muchacho, que por lo visto era familia de la rubia. Vio cómo reconducía a Olive y le siguió. Sí, parecía lo mejor, porque no estaba en su ánimo arruinarse el día con Slytherins de clase alta de los que no tenían fin.

    Sonrió, orgullosa a lo que había señalado su hermano. — No sabes lo feliz que me hace que sepas reconocer a Flamel. — Dylan sonrió como un patito orgulloso y se dedicó, al igual que su amiga, a soñar alto por Marcus. Pero antes de que se diera cuenta, ya tenían a las malditas privilegiadas allí, haciendo sus comentarios al aire. Gustosa se volvería y le preguntaría a Eunice si es que ese era su plan, dejarlo todo por traer chiquillos de muy pura raza mágica al mundo y olvidar todo por lo que había estudiado y destacado en Hogwarts, y a la otra decirle que si pretendía ser alquimista que no podía sentirse intimidada por alguien como Marcus, porque era como un marinero que se empeña en salir con tormenta a navegar. Pero nada de todo eso llegó a decir, porque Marcus pasó, y ella se fue detrás de él. — Hermana. — Susurró Dylan. — ¿Qué ha pasado? — Ella negó con la cabeza y susurró. — La chica rubia que va con Eunice es alquimista también. Se presentó al examen de Plata el mismo día que nosotros, y suspendió. — El niño asintió. — Ah… Y cree que el colega tiene la culpa. — Pues eso parece. Su rabia inunda el sitio. Derretiría las estatuas. — Alice entornó los ojos. — Venga, vamos a ver la galería donde va a estar Lex. — Dijo ya en voz más alta y riéndose de la reacción de la siempre orgullosa Gryffindor del grupo.

    Se pusieron a imitar a algunas de las estatuas, se perseguían entre ellas y reían, y a las que tenían efectos de movimientos o iluminación las hacían activarse una y otra vez como niños pequeños. Aún no habían llegado a las del tarot, pero una llamó su atención. Era una mujer con un vaporoso vestido y rodeada de plantas, movida por el viento y mirando al cielo. Se separó un poco de los demás para verla y leyó el cartelito de debajo. — La sanadora. — Sonrió. Le gustaba, le atraía esa figura y sintió que… Conectaba con ella, como Marcus debía conectar con el Alquimista del tarot u Olive con la Justicia. Oh, y venía de Irlanda… Qué curioso. — ¡Ay! ¿Qué más quieres que haga Phoebus? — Le llegó a su oído. Se asomó por la sanadora y vio a la alquimista discutir con el otro Gaunt. — Que dejes de seguir a O’Donnell y te quedes con nosotros, para eso te han traído. — Ella rio hirientemente y lo miró de arriba abajo. — Debes ser el único tío del mundo que quiere que la carabina se quede arruinándole la cita. Aprovecha para meterle mano a tu cachorrita y déjame hacer lo que me dé la gana. — Alice tragó saliva. Menuda situación. Pero el tal Phoebus la agarró del antebrazo y susurró violentamente. — ¿Es que no te importan nada las apariencias? Si la gente nos ve solos, podrían empezar a cuchichear. — Temió que fuera a tener que intervenir, pero la chica se deshizo solita de él, con una sonrisa heladora y simplemente dijo. — No. — Decidió que era momento de alejarse y se metió al pasillo del tarot con los demás, acercándose a Marcus. — Creo que la Gaunt te está siguiendo. — Dijo en un susurro juguetón. — ¿Crees que persigue tu habilidad o al alquimista que viene con ella? — Siguió vacilándole. Tiró de él hasta la estatua del alquimista, frente a quien le puso, abrazándole por la espalda. Apareció por su costado, como si les evaluara a ambos. — Mmmmm yo creo que me quedo con el mío. Antes he visto una que me ha gustado, luego te la enseño… — ¡Mira, Alice! — Le llamó Dylan. Ambos se girarion y le vieron ante una estatua de una mujer que elevaba la mirada y una mano hacia una estrella. — ¡Era la carta de mamá! ¿A que se parece a ella? — A Alice le brillaron los ojos y acarició los rizos de Dylan. — La verdad es que sí, patito. Le habría encantado. — Al final del día, sí que le quedaban recuerdos y se emocionaba, incluso creía ver a su madre en ciertos sitios. Ya podía estar tranquila. Olive les llamó de otro lado. — ¡LOS AMANTES! — Shhh. — Le pidió Alice, para que no llamara demasiado la atención. — Daros un besito aquí, delante de los amantes. Sois las dos personas más enamoradas del mundo, tenéis que hacerlo. — Ella se giró hacia Marcus y se encogió de hombros con una sonrisita. — El público manda. — Y le dio un piquito, antes de susurrar solo para él. — Aunque mi amante hace más cosas… Cuando nadie nos ve, claro.







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    Con Alice | En Feria de Navidad | 21 de diciembre de 2002
    La capacidad de Eunice, Alecta y el otro Gaunt de empañar su felicidad era absolutamente nula, porque apenas desaparecieron de su vista retomaron la excursión, riendo e imitando a los personajes célebres, con Marcus haciendo poses para estudiar cuál quedaría mejor allí y ofendiéndose cómicamente por la falta de respeto a tan ilustres personalidades. Estaba siendo una jornada perfecta y empezaban a dolerle hasta las mejillas de tanto reír. Estaba tan ocupado en hacer tonterías con los dos niños que no se había percatado de la puntual desaparición de Alice, y el comentario cuando volvió le hizo soltar un resoplido de desdén. - Que lo siga intentando con ambas cosas. Ninguna la va a conseguir. - Un Marcus feliz era un Marcus que se venía muy arriba... Bueno, realmente Marcus se venía arriba con cualquier excusa. Rio cuando Alice le colocó frente al alquimista del tarot y le abrazó por detrás, aunque escuchaba sus comentarios de fondo mientras se perdía un poco en la visión ante él. - ¿Sí? Pues debe ser muy bueno el tuyo para que te quedes con él... - La luz que alumbraba el sendero del conocimiento en la mano, y ese símbolo del infinito flotando sobre su cabeza... que no dejaba de moverse y moverse... por toda la eternidad...

    La llamada de Dylan le devolvió a tierra, girándose y mirando con una sonrisa lo que señalaba. Se acercó a la estatua. - Mi suegra es mucho más guapa. - Dylan soltó una risita entre dientes, negando con la cabeza. - Pelota... - ¡Eh! Nada que ella no supiera. Solo que en su momento yo era muy tímido para dec... - Ni pudo terminar porque Dylan (y Olive en imitación) interrumpió con sonoras carcajadas y negativas. - ¡Tú siempre has sido igual de pelota! - ¡Se dice educado! De verdad, qué poco sentido del protocolo. - Y más se reían los otros, y él también. Pero la Gryffindor se les había ocurrido y ahora clamaba a gritos una de las cartas más controvertidas del tarot, haciendo a Marcus mirar apurado a los lados. - Lo dicho, ningún sentido del protocolo ni del decoro. - Incidió, burlón. Y estuvo a punto de decirlo de verdad después del comentario de Alice, que afortunadamente solo había oído él, pero optó por recibir su beso y tomarla de la cintura, mirándola con cariño y una sonrisita. - Soy mejor que una estatua de hielo, ya lo he dicho antes. - Y tras reír de nuevo, le dio otro beso.

    Abandonaron la zona de las estatuas y, en pleno paseo, los menores se fueron de cabeza a un cartel flotante con alas que señalaba un espectáculo con búhos justo antes del de piratas. Empezaron a pegar botes preguntando si podían ir, pero Marcus tenía otros planes. -  Vale, ya en serio, ¿queréis gofres o no? - ¡¡Sí!! - Pues como a nosotros no nos importa no ver a los búhos, id vosotros, buscad un buen sitio para poder ver luego el de piratas y nosotros os llevamos los gofres. - Aceptaron en medio segundo y corrieron en la dirección oportuna. Marcus miró a Alice con una sonrisa ladina. - No se han pensado mucho irse a ver un espectáculo los dos solitos. - Agarró a Alice con cariño por la cintura y rozó su nariz con la mejilla de ella. - Y mira por donde, eso nos da también un ratito a nosotros. - La tomó de la mano y la recondujo. - Ven, que tenía pendiente hacer una cosa. -

    Los muérdagos estaban en el mismo lugar que el año pasado, eso no había cambiado. Con un cosquilleo en el pecho, se acercó junto a Alice hasta ponerse bajo uno de ellos, frente a frente con ella. - ¿Sabías que, en la cultura escandinava, las bolitas del muérdago se usaban para hacer infusiones que eran buenas para el corazón? - Hizo una caída de ojos. - Me lo contó una chica muy guapa justo debajo de uno, para justificarme por qué es la planta que cura el corazón y, por tanto, de los enamorados. - Se acercó un poco más a ella y, mucho menos chulesco y mucho más enamorado entregado, musitó. - Me quedé sin respuesta a mi pregunta ese día... ¿Soy entonces el chico adecuado? - Se mojó los labios y acarició su mejilla. - Te quiero, Alice. Cómo hubiera deseado tener la valentía suficiente para decírtelo en ese momento. Solo podía soñar en que al próximo año las cosas fueran diferentes... Y menos mal que ha sido así. - Y se acercó para dejar un lento beso en sus labios, de esos que hacían que el mundo desapareciera a su alrededor.

    - Si es que no sé ni de qué me sorprende. - Oyó la taciturna voz de Lex, aunque con un punto alegre indudable porque desde luego no llevaba mala jornada. Marcus y Alice miraron con la resignación de, una vez más, verse interrumpidos. - Ay, pero mira qué bonito y qué romántico es. Yo es que me emociono con estas cosas. - Ciertamente Darren parecía al borde de las lágrimas. Empezó a tirarle a su novio de la manga. - Anda, yo también quiero un beso bajo el muérdago, eso es de enamorados... - Lex rio al comentario de su novio y después, socarrón, continuó con su burla. - ¿Ya os habéis deshecho de los niños para ir a hacer manitas? ¿Dónde os los habéis dejado? - ¡LEXITO, MIRA! ¡UN ESPECTÁCULO CON BÚHOS! - Marcus hizo un gesto con las manos en señal de evidencia. - Ya sabes dónde están. - Aaaaaaay ahora quiero ver los buhitos, pero también quiero un beso bajo el muérdago. - Marcus se aguantó la risa y miró a Alice, pensando apuesto a que mi hermano se está alegrando muchísimo de haber salido de casa. - Apuestas bien. - Respondió Lex, y ante la mirada de Marcus rio y se encogió de hombros. - Olvidaba lo divertido que era esto y echaba de menos ver tu cara de mosqueado. - Ñeñeñe. - Fue toda la madura respuesta de Marcus al respecto.




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    Con Marcus | En Feria de Navidad | 21 de diciembre de 2002
    En cuanto Marcus mandó a los niños al espectáculo de los búhos y les trasladó a ellos a por los gofres supo que su tonteíto había funcionado, aunque fuera para lo que más les gustaba, que era robarle minutillos al tiempo solo para estar solos y darse los mimitos o arrumacos que pudieran, sin miradas indiscretas ni comentarios capciosos. — Yo tampoco me pensaba ni un segundo quedarme a solas contigo… — Dejándose mimar con una risita, y luego prácticamente dejándose arrastrar por Marcus hacia el centro de la feria de nuevo.

    Antes de darse cuenta, Marcus se puso a contarle una historia que le resultaba muy familiar, y que puso una sonrisa absolutamente enamorada en su rostro, mirándole como la bobalicona que era. Sabía que estaban debajo del muérdago, exactamente igual que el año anterior. Los ojos le brillaron, absolutamente cautivada. — No, no eres el adecuado. — Tragó saliva, para controlar el tono. — Eres el único, y siempre o serás. Eres mucho más que simplemente adecuado, eres un alma gemela como nunca ha existido, eres el dueño de mi corazón, mi cuerpo y cada sentimiento de amor, pasión o devoción que se ha despertado en mí. — Una lágrima se le cayó a la vez que le salía una risa cuando le dijo que la quería y susurró. — Y mira lo lejos que hemos llegado. — Y se fundió en aquel beso tan tierno y bonito. Nada podría separarla de aquel tacto que veneraba.

    Nada excepto la voz de Lex, claro. Se separó y suspiró. — Lex, algún día voy a hacer una lista de las veces que me has interrumpido y me voy a ir vengando de una en una. — El chico entornó los ojos con aburrimiento y dijo. — No, qué va, tu corazón Hufflepuff te lo impide. — Negó. — ¿Y qué es eso de “una lista”? Por Merlín, deja esas cosas a los Slytherin. — Ella le sacó la lengua, pero enseguida tuvieron que echarse a reír con la reacción de Darren. No te quejes de mi corazón Hufflepuff, pensó, para que le oyera Lex. Tomó a Marcus de los hombros y dijo. — Vamos a por lps gofres, anda. — Porque Lex había puesto la cara más O’Donnell que tenía de “¿cómo voy a besarme con mi novio delante de mi hermano así como así en medio de esta feria?”, así que se lo puso en bandeja para que lo hiciera.

    Estando en el puesto de gofres aún, muerta de risa porque no lograban levitar todos los gofres, y Marcus estaba sembrado, se puso a llamar a gritos a sus cuñados. — ¡A VER! AYUDA LA ORDEN DE MERLÍN, POR FAVOR. — Y Darren se acercó con Lex de la mano, que haría mucho teatro, pero traía una sonrisita supertonta, cuando su oído volvió a captar otra transmisión. — Venga, no seas niña chica, Eunice, por favor, me estás poniendo en vergüenza delante de todo el mundo. — Giró los ojos, buscando a la mencionada y al musculitos Gaunt, y, efectivamente, estaban cerca de allí. — Bueno, ¿y que te cuesta que vayamos al espectáculo aunque sea? ¿Qué más da que tu prima se haya perdido? Solo es un espectáculo de Navidad… — Pero Alice no era la única mirando. En realidad estaban llamando bastante la atención. Cruzó una mirada con Lex y le mandó el mensaje de no merece la pena, no va a querer ni que la saludes. Darren se acercó y se puso a ayudar a Marcus con su alegría habitual, pero, en cuanto se alejaron un poco puso cara de pena y chasqueó la lengua. — La pobre Eunice nunca va a encontrar lo que le haga feliz, porque nunca va a entender que la vida que le plantean es incompatible con la felicidad. — Alice le miró y dijo. — Eres demasiado bueno, cuñado. Eunice nunca pensaría así de ti. — Él se encogió de hombros. — Eso es indiferente. A mí siempre me da pena alguien así.

    Llegaron al espectáculo y Olive y Dylan saltaron y saludaron. — ¡LEXITOOOO! ¡HAS VENIDOOOO! — Se pusieron a vacilarle. Él resopló. — No me libro de vosotros ni de vacaciones. — Pero los niños se lanzaron a abrazarle, y tirarle del pelo, y hacerle cosquillas, y, en general, a darle infierno hasta que empezara el concierto. Ella, por su parte, se dedicó a picar un poco a su hermano con el orden de los sitios, y a untar chocolate del gofre en la nariz de su novio y a reír con Darren, y en un momento dado vio entrar a Eunice con el novio y Alecta (que aparecía y desaparecía como un demiguise). No, Darren tenía razón. No tenían ni idea de lo que era la felicidad.






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